
Películas
El fantasma de la
ópera, de Andrew Lloyd Weber. País: EEUU-GB. Intérpretes: Gerald Butler, Emmy
Rossum, Patrick Wilson. Música: A. Lloyd Weber. Dirección: Joel Schumacher.
Año: 2004.
Andrew Lloyd Weber
estuvo durante muchos años dudando
sobre si permitir o no que su hiperexitosa obra diese
o no el salto a la pantalla de cine. Parece ser que
la primera propuesta que se le hizo en tal sentido
data de fecha tan temprana como 1988. Y digo temprana
porque El fantasma de la Ópera (el musical)
se había desplegado sobre la escena sólo unos años
antes, y tal vez Weber consideraba que el invento
aún no había sido suficientemente exprimido en los
teatros. Y si a ello añadimos la incertidumbre de
los productoras cinematográficas en lo que se
refiere al género del musical a lo largo de los
años noventa, podemos explicarnos el porqué se ha
tardado tanto en convertir en película esta
agradable y pegadiza ópera-rock.
Pero en el 2001 la cosa pareció cambiar: el musical
cinematográfico experimentó un claro revival.
Moulin Rouge -con Ewan McGregor y Nicole
Kidman- fue un éxito. Más tarde vino Chicago,
starring Richard Gere y Renée Zelweguer.
Total, que en el 2004, Andrew Lloyd Weber -y las
productoras- vieron ya claro tras años de dudas que
la obra podía al fin trasladarse al medio
cinematográfico. Y a ello se pusieron.
El fantasma de la Ópera -película- es,
como no podía ser de otra manera, de una
deslumbrante espectacularidad. Hará sin duda las
delicias de los amantes del musical y de la obra de
Andrew Lloyd Weber (y yo me cuento entre ellos).
La novela de Gaston Leroux ha ejercido una
extraña fascinación a lo largo de un siglo, desde
su lejana publicación en 1911. Parece claro que
ésta reelaboración del tema de Frankenstein
conocerá en el próximo y también en el distante
futuro nuevos acercamientos. El ser deforme que vive
oculto, que ha de vivir oculto a causa de su
deformidad y del rechazo que ésta le supone -o que
cree que le supone o ha de suponerle- que para
entretener su soledad ha desarrollado una gran
maestría en el campo del conocimiento y del sentido
estético, continuará recorriendo el arte y sus
formas: música, literatura, teatro, cine.
¿Porqué Christine opta por Raoul -el joven
inconsistente, de arrojada simplicidad, entusiasta de
trajes y corbatas, consciente de su apostura y
elocuencia-, y acaba desestimando su propio lado
Oscuro, su ser más recóndido y sofisticado,
allá donde El Angel de la Música, ese
arquitecto, ese artista, ese soñador, podría
conducirla, si se dejase? ¿Sólo porque el rostro
del petimetre Raoul es más regular y simétrico que
el del enmascarado? La pregunta, la cuestión,
-aunque pudiera parecerlo- no es baladí.
Uno de los más deslumbrantes descubrimientos de la
película es Emmy Rossum, actriz que desconocía por
completo y la encargada de dar vida a Christine.
Emmy Rossum, retened ese nombre. 18 añitos. Su cara
y su voz son una maravilla de maravillas. Viéndola
-contemplándola, admirándola- me sentí de
pronto poseido por el recuerdo de Audrey Hepburn.
Serafín, Julio 2005
