El hombre oscuro; cuento de Robert E. Howard

EL HOMBRE OSCURO

ROBERT E. HOWARD

 

Pues en esta noche se desenvainan las espadas, y la torre pintada de las hordas paganas se inclina bajo nuestros martillos, fuegos y sogas, se inclina un poco y cae.

Chesterton

Un viento mordiente hacía derivar la nieve que caía. El oleaje gruñía en la agreste costa y, más a lo lejos, largas olas plomizas gemían incesantemente. En el gris amanecer que se abría paso sobre la costa de Connacht, un pescador caminaba penosamente, un hombre tan salvaje como la tierra que le soportaba. Sus pies estaban envueltos en cuero mal curado; una única vestimenta de piel de ciervo delineaba su cuerpo. No llevaba otra ropa. Mientras marchaba impasible por la costa, tan indiferente a la mordedura del frío como si fuera el animal velludo que aparentaba al primer vistazo, se detuvo. Otro hombre surgió entre el velo de la nieve que caía y la flotante niebla marina. Turlogh Dubh se alzó ante él.
Era casi una cabeza más alto que el fornido pescador, y tenía el aspecto de un guerrero. Cualquier hombre o mujer cu-yos ojos se posaran en Turlogh Dubh fijaría en él la mirada largo rato. Medía más de un metro ochenta de alto, y la pri-mera impresión de delgadez se desvanecía tras un examen más atento. Era grande, pero de constitución perfecta; soberbia era la anchura de sus hombros y su torso. Tenía los miembros largos pero sólidos, combinando la fortaleza de un toro con la esbelta velocidad de una pantera. El más ligero de sus movi-mientos mostraba la férrea coordinación del gran luchador. Turlogh Dubh..., Turlogh el Negro, en tiempos pasados del clan na 0'Brien. Y negro era en cuanto a la cabellera, y oscuro de tez. Bajo unas cejas negras y espesas atisbaban ojos de un profundo azul volcánico. Y en su rostro bien afeitado había algo de las sombrías y oscuras montañas, del océano a media-noche. Como el pescador, era parte de aquella tierra feroz.
En su cabeza llevaba un sencillo casco sin visera y carente de todo símbolo o penacho. Del cuello a medio muslo estaba protegido por una ceñida cota de malla negra. El faldellín que llevaba bajo su armadura y que le llegaba a las rodillas era de simple tela. Llevaba las piernas envueltas en un duro cuero que podía desviar el filo de una espada, y su calzado se hallaba desgastado de mucho viajar.
Un ancho cinturón rodeaba su esbelta cintura, sosteniendo una larga daga en una funda de cuero. En su brazo izquierdo llevaba un pequeño escudo redondo de madera cubierta de piel, duro como el hierro, reforzado por bandas de acero, y con una punta pequeña pero fuerte en el centro. Un hacha colgaba de su muñeca derecha, y hacia ella se dirigieron los ojos del pescador. El arma, con su mango de un metro y graciosas líneas, parecía pequeña y ligera cuando el pescador la comparó mentalmente con las grandes hachas que llevaban los normandos. Y con todo, apenas habían transcurrido tres años, como sabía el pescador, desde que hachas semejantes aniquilaran a las hordas normandas, infligiéndoles una sangrienta derrota y rompiendo para siempre el poder pagano.
Había algo de individual en el hacha y en su poseedor. No era como ninguna de las que el pescador había visto. Tenía un solo filo, con una corta punta de tres filos detrás y otra encima de la cabeza. Como su portador, era más pesada de lo que parecía. Con su mango ligeramente curvado y el arte lleno de gracia de la hoja, su aspecto era el del arma de un experto..., rápida, letal, mortífera, como una cobra. La cabeza era de la más fina artesanía irlandesa, lo que en aquellos días equivalía a la mejor del mundo. El mango, cortado de un roble centenario, especialmente endurecido al fuego y reforzado con acero, era tan difícil de romper como una barra de hierro.
–¿Quién eres? –preguntó el pescador, con la brusquedad del oeste.
–¿Quién eres tú para preguntarlo? –respondió el otro. Los ojos del pescador derivaron hacia el único adorno que llevaba el otro..., un pesado brazalete de oro en su brazo izquierdo.
–El rostro rasurado y el corte de pelo a la manera normanda... –murmuró–. Y tu tez oscura... Diría que eres Tur-logh el Negro, el desterrado del clan na 0'Brien. Mucho has andado; oí de ti por última vez en las colinas Wickiow, cuando hacías presa por igual en los 0'Reilly y los hombres de Oast.
–Desterrado o no, un hombre debe comer –gruñó el dalcasiano.
El pescador se encogió de hombros. Un hombre sin dueño... era un camino difícil. En aquellos días de clanes, cuando los propios parientes de un hombre le expulsaban se convertía entonces en un hijo de Ishmael, con una venganza que cumplir. Todos los hombres estaban contra él. El pescador había oído hablar de Turlogh Dubh..., un hombre extraño y amar-gado, un terrible guerrero y hábil estratega, pero a quien repentinos estallidos de extraña locura convertían en un hombre marcado, incluso en aquel país y tiempo de locos.
–Será un mal día –dijo el pescador, sin referirse a nada en concreto.
Turlogh contempló sombríamente la barba enredada y el salvaje desorden de la cabellera del pescador.
–¿Tienes una barca? –preguntó.
El otro señaló hacia una cala pequeña y refugiada, donde estaba anclada una hermosa embarcación construida con la ha-bilidad de cien generaciones de hombres que habían arrancado su sustento del tozudo mar.
–No parece muy marinera –dijo Turlogh.
–¿Marinera? Tú que naciste y te criaste en la costa occidental deberías estar mejor enterado. Con ella he navegado en solitario hasta la bahía de Drumcliff y he regresado, con todos los diablos del viento intentando hacerla pedazos.
–No se puede pescar en un mar así.
–¿Acaso crees que sólo los jefes os divertís arriesgando vuestros pellejos? Por todos los santos, he navegado con tor-menta hasta Ballinskellings, y he regresado también, sólo para divertirme.
–Muy bien –dijo Turlogh–. Tomaré tu barca.
–¡Tomarás un diablo! ¿Qué conversación es ésta? Si quieres salir de Erín, vete a Dublín y toma el barco con tus amigos daneses.
Un sombrío fruncimiento de cejas convirtió el rostro de Turlogh en una máscara amenazante.
–Algunos hombres murieron por menos de eso.
–¿Acaso no intrigaste con los daneses? ¿Y no fue por eso por lo que tu clan te exilió para que murieras de hambre entre los brezales?
–Los celos de un primo y el despecho de una mujer –gruñó Turlogh–. Mentiras..., rodo mentiras. Pero basta ya. ¿Has visto un serpiente-larga surgir del sur los últimos días?
–Sí..., hace tres días avistamos una galera con el mascarón del dragón, antes de la tempestad. Pero no echó el ancla... A fe mía que los piratas no reciben de los pescadores occidentales sino golpes.
–Sería seguramente Thorfel el Hermoso –musitó Tur-logh, balanceando su hacha por la correa de la muñeca–. Lo sabía.
–¿Alguna incursión de naves en el sur?
–Una partida de saqueadores cayó por la noche sobre el castillo de Kilbaha. Las espadas saciaron su sed..., y los piratas se llevaron a Moira, hija de Murtagh, un jefe de los dalcasianos.
–He oído hablar de ella –murmuró el pescador–. Las espadas se afilarán en el sur... ¿Un mar de sangre, eh, mi joya negra?
–Su hermano Dermod yace indefenso con una herida en el pie. Las tierras de su clan están amenazadas por los MacMurroughs en el este y los 0'Conner en el norte. No se puede apartar a muchos hombres de la defensa de la tribu, ni siquiera para buscar a Moira... El clan está luchando por su vida. Toda Erín se mueve bajo el trono dalcasiano desde que cayó el gran Brian. Aun así, Cormac 0'Brien ha salido a la niar para cazar a sus raptores..., pero sigue un rastro enga-ñoso, pues se cree que los incursores eran daneses de Coninbeg. Bueno, los desterrados tenemos nuestros medios de información... Fue Thorfel el Hermoso, que domina la isla de Slyne, a la que los normandos llaman Helni, en las Hé-bridas. Allí la ha llevado... y allí le seguiré. Préstame tu barca.
–¡Estás loco! –exclamó vivamente el pescador–. ¿Qué
estás diciendo? ¿De Connacht hasta las Hébridas en una barca sin abrigo? ¿Con este tiempo? Digo que estás loco.
–Lo intentaré –respondió Turlogh, como ausente–. ¿Me dejarás tu barca?
–No.
–Podría matarte y cogerla–dijo Turlogh.
–Podrías –replicó el pescador, impertérrito.
–¡Cerdo rastrero! –gruñó apasionadamente el fugitivo–, una princesa de Erín languidece bajo el abrazo de un salteador pelirrojo del norte y tú regateas como un sajón.
–¡He de vivir! –exclamó el pescador, con igual apasiona-miento–. ¡Toma mi barca y moriré de hambre! ¿Cuándo podré conseguir otra igual? ¡Es la mejor de su clase!
Turlogh llevó la mano al brazalete de su brazo izquierdo.
–Te pagaré. Esto es un torque puesto por Brian Boru en mi brazo, con sus propias manos, ante Clontarf. Tómalo; con él podrías comprar cien barcas. Me he muerto de hambre llevándolo en el brazo, pero ahora la necesidad es desesperada.
Mas el pescador sacudió la cabeza; la extraña falta de lógica de los gaélicos ardía en sus ojos.
–¡No! Mi choza no es lugar para un torque tocado por las manos del rey Brian. Guárdalo.. y llévate la barca, en nombre de todos los santos, si tanto significa para ti.
–La tendrás de vuelta cuando regrese –prometió Tur-logh–, y puede que una cadena de oro que adorne ahora el cuello de toro de algún salteador normando.
El día era triste y agobiante. El viento gemía, y la sempiterna monotonía del mar era como la pena que nace en el co-razón del hombre. El pescador permaneció de pie en las rocas y contempló la frágil embarcación deslizarse y retorcerse como una serpiente entre las rocas hasta que la furia del mar abierto la atrapó y la sacudió como una pluma. El viento hinchó la vela y la esbelta barca saltó y se tambaleó, para enderezarse luego y correr ante el vendaval, empequeñeciéndose hasta no ser sino un punto que bailaba en los ojos del observador. Y después un torbellino de nieve la ocultó de la vista.
Turlogh comprendía algo de la locura de su peregrinación. Pero había crecido en la dureza y el peligro. El frío, el hielo y el granizo que habrían congelado a un hombre más débil no hacían sino espolearle a mayores esfuerzos. Era tan duro y
flexible como un lobo. Entre una raza de hombres cuya dureza asombraba incluso a los normandos más resistentes, Turlogh Dubh era único. Cuando nació le arrojaron a la nieve para poner a prueba su derecho a sobrevivir. Su infancia y su juven-tud habían transcurrido en las montañas, costas y paramos del oeste. Hasta el estado adulto jamás habiá llevado sobre el cuerpo telas tejidas; una piel de lobo había sido el vestido de aquel hijo de un jefe dalcasiano. Antes de ser puesto fuera de la ley podía agotar a un caballo, corriendo todo el día delante de él. Nunca se había fatigado en la natación. Ahora, desde que las intrigas de los celosos hombres de su clan le habían arrojado a las tierras salvajes y la vida del lobo, su dureza era tal que el hombre civilizado no podría concebirla.
Cesó la nieve, aclaró el tiempo, se detuvo el viento. Tur-logh tenía que ceñirse a la línea costera, evitando los arrecifes contra los que parecía iba a estrellarse, una y otra vez. Trabajó incansablemente con timón, vela y remo. Ni uno entre mil marineros podría haberlo logrado, pero Turlogh lo hizo. No necesitaba dormir; mientras timoneaba, comía las frugales provisiones que le había dado el pescador. Al divisar Malin Head el clima se había calmado prodigiosamente. El mar seguía picado, pero la tempestad se había convertido en una fuerte brisa que hacía volar la pequeña barca. Los días y las noches se confundieron. Turlogh se dirigía hacia el este. Sólo una vez tomó tierra para proveerse de agua fresca y dormir algunas horas.
Mientras mantenía el timón pensó en las últimas palabras del pescador:
–¿Por qué arriesgar tu vida por un clan que ha puesto precio a tu cabeza?
Turlogh se encogió de hombros. Fuerte era el lazo de la sangre. El simple hecho de que su gente le hubiera echado para morir como un lobo acosado de los páramos no alteraba el he-cho de que era su gente. La pequeña Moira, la hija de Murtagh na Kilbaha, no tenía nada que ver en ello. La recordaba–había Jugado con ella cuando ambos eran niños–; recordaba el gris profundo de sus ojos, el sombrío brillo de su negra cabellera, la hermosura de su piel. Ya de niña su belleza era notable... ¡Maldición!, incluso ahora era una niña, pues él, Turlogh, era joven y le llevaba bastantes años... Ahora corría hacia el norte para convenirse en novia involuntaria de un salteador normando, Thorfel el Hermoso..., el Apuesto. Turlogh juró por los dioses que no conocían la cruz. Una niebla roja onduló ante sus ojos, de modo que las olas marinas enrojecieron a su alre-dedor. Una muchacha irlandesa cautiva de un pirata norman-do... Con gesto rabioso, Turlogh enderezó la proa y se dirigió hacia mar abierto, con un resplandor de locura en los ojos.
Larga es la navegación de Malin Head a Helni cruzando las olas espumeantes, tal como Turlogh la emprendió. Se dirigía a una pequeña isla que yacía, junto con muchas otras, entre Mull y las Hébridas. Turlogh no tuvo dificultad en hallarla. Navegó por instinto y por conocimiento. Conocía aquellos mares como un hombre conoce su casa. Había navegado por ellos como in-cursor y como vengador, y una vez como un cautivo azotado en el puente de un barco dragón danés. Y seguía un rastro rojo. Humo que derivaba de las costas, restos flotantes de naufragio, maderos calcinados mostrando que Thorfel devastaba su camino. Turlogh gruñó, salvajemente satisfecho; le pisaba los talones al vikingo, pese a su amplia ventaja. Pues Thorfel incendiaba y saqueaba las costas en su camino, mientras que el curso de Turlogh era recto como una flecha.
Se hallaba aún lejos de Helni cuando divisó una pequeña isla ligeramente fuera de su rumbo. Sabía que llevaba mucho tiempo deshabitada, pero que allí podría conseguir agua fresca. Así pues, enfiló hacia ella. La llamaban la Isla de las Espadas, nadie sabía el porqué. Y cuando se acercaba a la playa vio un espectáculo que interpretó correctamente. Había dos embar-caciones varadas en la orilla. Una era rudimentaria, algo parecida a la de Turlogh, pero considerablemente mayor. La otra era larga y baja..., innegablemente vikinga. Ambas estaban de-siertas. Turlogh estuvo atento al choque de las armas y el grito de la batalla, pero reinaba el silencio. Pescadores, pensó, de las islas escocesas; habían sido avistados por alguna banda de salteadores en alta mar o en alguna otra isla, y habían sido largamente perseguidos a remo. Pero la persecución había sido más larga de lo previsto, de eso estaba seguro; de lo contrario no la habrían empezado en una embarcación sin puente. Sin embar-go, inflamados por el ansia de matar, los salteadores habrían perseguido a su presa a través de cien kilómetros de aguas turbulentas, si era necesario, en una embarcación sin puente.
Turlogh se aproximó a la costa, arrojó la piedra que servía de ancla y saltó a la playa, con el hacha dispuesta. Vio entonces, a corta distancia más al interior, un extraño amasijo de formas rojizas. Unas rápidas zancadas le enfrentaron con el misterio. Quince daneses de barbas rojas yacían en su propia sangre dispuestos más o menos en círculo. Ni uno respiraba. Dentro del círculo, mezclándose con los cuerpos de sus asesinos, yacían otros hombres, como Turlogh jamás había visto. Eran de corta estatura y muy morenos; sus ojos, helados por la muerte, eran los más negros que Turlogh hubiera visto nunca. Apenas llevaban armadura, y sus rígidas manos seguían aferrando espadas rotas y dagas. Aquí y allá yacían flechas que se habían roto en los petos de las armaduras danesas, y Turlogh observó con sorpresa que muchas de ellas tenían punta de pedernal.
–Una lucha feroz –musitó–. Sí, las espadas han saciado largamente su sed. ¿Qué gente será ésta? Nunca he visto a nadie igual en todas las islas. Siete..., ¿es eso todo? ¿Dónde están los camaradas que les ayudaron a matar a estos daneses?
Ninguna huella se alejaba del ensangrentado lugar. La frente de Turlogh se ensombreció.
–Éstos eran todos..., siete contra quince, y sin embargo los asesinos murieron con sus víctimas. ¿Qué clase de hombres son éstos que matan dos veces su número de vikingos? Son hombres pequeños, de armadura casi inexistente. Y con todo...
Otra idea le asaltó. ¿Por qué los extranjeros no se habían dispersado y huido, escondiéndose en los bosques? Creyó conocer la respuesta. Allí, en el mismo centro del círculo silencioso, yacía algo extraño. Era una estatua, de una sustancia oscura y con la forma de un hombre. Tenía un metro cincuenta de largo, o de alto, y estaba esculpida con tal apariencia de vida que Turlogh se sobresaltó. Medio tendido sobre ella yacía el cuerpo de un anciano, tan mutilado que apenas parecía hu-mano. Un delgado brazo rodeaba la figura; el otro se hallaba extendido, y en la mano aferraba una daga de pedernal hun-dida hasta la empuñadura en el pecho de un danés. Turlogh notó las temibles heridas que desfiguraban a todos los hom-bres morenos. Había sido difícil matarles... habían luchado hasta ser prácticamente despedazados y, agonizando, habían dado muerte a sus asesinos. Eso le indicó la escena a Turlogh. En los muertos rostros de los terribles extranjeros había una temible desesperación. Notó como sus manos muertas seguían aferrando las barbas de sus enemigos. Uno yacía bajo el cuerpo de un enorme danés, en el que Turlogh no pudo ver herida al-
guna. Hasta que miró más de cerca y vio que los dientes del hombre moreno se hundían, como los de una bestia, en el cuello de toro del otro.
Se inclinó y arrastró la estatua de entre los cadáveres. El brazo del anciano la aprisionaba, y se vio obligado a tirar con codas sus fuerzas. Era como si, incluso en la muerte, el viejo se agarrara a su tesoro; pues Turlogh sentía que por esa imagen habían muerto los hombrecillos morenos. Eligieron morir junto a ella. Turlogh meneó la cabeza; su odio hacia los normandos, una herencia de injusticias y ultrajes, era algo ardiente y vivo, casi una obsesión, que a veces le llevaba al borde de la locura. No había sitio para la piedad en su fiero corazón; la visión de aquellos daneses, yaciendo muertos a sus pies, le llenaba de una satisfacción salvaje. Pero en los otros muertos silenciosos sentía una pasión más fuerte que la suya. Allí había un impulso que les guiaba, más profundo que su odio. Sí..., y más antiguo. Aquellos hombrecillos le parecían muy viejos, no como lo son los individuos, sino como lo es una raza. Hasta sus cadáveres exudaban un aura intangible y primigenia. Y la estatua...
El gaélico se agachó y la tomó para levantarla. Esperaba hallar un peso mayor y quedó asombrado. No pesaba más que si hubiera sido de madera ligera. La golpeó y el sonido le sugirió que era de hierro; luego decidió que era de piedra, pero una piedra tal como nunca había visto, sintió que una piedra semejante no podía hallarse en las Islas Británicas o en ningún otro lugar del mundo que conocía.
Era la figura de un hombre que se parecía mucho a los hombrecillos morenos que yacían a su alrededor. Pero dife-ría sutilmente. Turlogh sintió de algún modo que se trataba de la imagen de un hombre que había vivido tiempo ha, pues con seguridad el desconocido escultor había tenido un modelo vivo. Y había conseguido dar a su obra un toque de vida. Allí estaba la anchura de los hombros, los brazos poderosamente moldeados; la fuerza de los rasgos era evidente. La mandíbula firme, la nariz regular, la frente alta, todo indicaba una inteligencia poderosa, un elevado valor, una volun-tad inflexible. Con seguridad, pensó Turlogh aquel hombre era un rey... o un dios. Pero no llevaba corona, su única vestimenta era una especie de taparrabos, trabajado tan hábilmente que cada pliegue y arruga estaba esculpido como si fuera real. Tenía el mismo aspecto que si hubiera sido tallada el día anterior pero, pese a todo, era obviamente un símbolo de la antigüedad.
–Éste era su dios –meditó Turlogh, contemplando lo que le rodeaba–. Huyeron de los daneses..., pero murieron final-mente por su dios. ¿Quiénes son esta gente? ¿De dónde vinie-ron? ¿Adonde se dirigían?
Permaneció en pie, apoyándose en su hacha, y una marea extraña se alzó en su alma. Una sensación de poderosos abis-mos de tiempo y espacio se abrió ante él; de la extraña e interminable marea de la humanidad que anda siempre a la deriva; de las olas de hombres que se funden y desvanecen con el fundirse y desvanecerse de las mareas del mar. La vida era una puerta abriéndose sobre dos negros mundos desconocidos... ¿Cuántas razas de hombres con sus esperanzas y miedos, sus amores y odios, habían cruzado esa puerta... en su peregrinación de la oscuridad a la oscuridad? Turlogh suspiró. Muy hondo en su alma se alzó la tristeza mística del gaélico.
–Fuiste rey una vez. Hombre Oscuro –le dijo a la imagen silenciosa–. Quizá fuiste un dios y reinaste sobre todo el mundo. Tu pueblo pasó, como está pasando el mío. Con seguridad fuiste un rey del Pueblo del Pedernal, la raza que mis antecesores celtas destruyeron. Bien, hemos tenido nuestro día y también nosotros nos vamos. Estos daneses que yacen a tus pies... son ahora los conquistadores. Deben tener su día..., mas también ellos pasarán. Pero tú vendrás conmigo. Hombre Oscuro, rey, dios, diablo o lo que seas. Sí, pues tengo en mente que me traerás suene, y suerte es lo que voy a necesitar cuando vea a Helni, Hombre Oscuro.
Turlogh ató fuertemente la imagen en la proa. Una vez más rastreó el mar. Los cielos se volvían grises y la nieve caía en ráfagas que pinchaban y herían. Las olas se estriaban de gris con el hielo y los vientos se hinchaban y golpeaban el mar abierto. Pero Turlogh nada temía. Y su barca navegaba como jamás lo había hecho antes. A través del rugido de la galerna y de la nieve que azotaba guió la barca, y a la mente del dalcasiano le pareció que el Hombre Oscuro le ayudaba. Con toda seguridad se habría perdido un centenar de veces sin ayuda sobrenatural. Luchó con toda su habilidad marinera, y le pareció que había una mano invisible en el timón, y en el remo; que un arte más que humano le ayudaba cuando tendía la vela.
Y cuando todo el mundo se convirtió en un ondulante velo blanco en el que hasta el sentido de la orientación del gaélico se perdió, le pareció que guiaba el timón siguiendo una voz silenciosa que hablaba en las regiones oscuras de su conciencia. No se sorprendió tampoco cuando por fin, cuando cesó la nieve y las nubes se alejaron bajo una luna fría y plateada, vio alzarse tierra más allá y la reconoció como la isla de Helni. Aún más, supo que justo después de un saliente de la costa se hallaba la bahía donde el barco dragón de Thorfel estaba anclado cuando no surcaba los mares, y a cien metros de la bahía se hallaba la morada de Thorfel. Sonrió salvajemente. Ni toda la habilidad del mundo podía haberle traído a este lugar exacto; era pura suerte... No, era más que suerte. Allí se hallaba el mejor lugar posible para aproximarse... a media milla del dominio de su enemigo, pero escondido a la visión de cualquier centinela por el saliente del promontorio. Contempló al Hombre Oscuro en la proa... meditabundo, inescrutable como la esfinge. Una sensación extraña inundó al gaélico..., la de que todo aquello era su obra; que él, Turlogh, era sólo un peón en el juego. ¿Qué era aquel fetiche? ¿Qué lúgubre secreto encerraban aquellos ojos tallados? ¿Por qué los hombrecillos morenos luchaban tan terriblemente por él?
Turlogh llevó su barca a un pequeño entrante en la costa. Ancló a unos cuantos metros dentro de él y saltó a la orilla. Dirigió una última mirada hacia el pensativo Hombre Oscuro en la proa, y se dio la vuelta y ascendió apresuradamente la cuesta del promontorio, manteniéndose tan a cubierto como le fue posible. A menos de un kilómetro de distanda estaba anclado el navio dragón de Thorfel. Y allí estaba el skalli* de Thorfel, así como la larga y achaparrada construcción de troncos mal cortados cuyos resplandores delataban los ruegos que rugían en su interior. Gritos de ebriedad llegaban claramente a quien prestara oídos a través del aire límpido y tranquilo. Rechinó los dientes. ¡Borrachera! Sí, estaban celebrando la ruina y la destrucción que habían causado..., las casas convertidas en ascuas humeantes..., los hombres muertos..., las muchachas violadas. Los vikingos eran los señores del mundo..., todas las tierras del sur estaban indefensas bajo sus espadas. La gente del sur vivía sólo para divertirles... y para darles esclavos. Tur-logh se estremeció violentamente y tembló como si estuviera helado. El ansia de sangre era como un dolor físico, pero luchó contra las nieblas de pasión que obnubilaban su cerebro.
No estaba allí para combatir, sino para huir con la muchacha que habían secuestrado.
Tomó cuidadosa nota del terreno, como un general revisan-do los planes de su campaña. Observó el lugar donde se espe-saban los árboles; que las casas más pequeñas, los almacenes y las cabanas de los criados se hallaban entre el edificio principal y la bahía. Una enorme hoguera ardía junto a la costa y unos cuantos esbirros gritaban y bebían a su alrededor, pero el frío cruel había empujado a la mayoría de ellos hacia el salón del banquete del edificio principal.
Turlogh descendió, arrastrándose por el espeso boscaje de la ladera, entrando en el bosque que se extendía en una amplia curva, alejándose de la costa. Se mantuvo en el límite de sus sombras, aproximándose en un curso más bien indirecto, pero temiendo aventurarse en terreno abierto, donde podría ser visto por los centinelas que Thorfel habría destacado con toda seguridad. ¡Dioses, si sólo tuviera a sus espaldas a los guerre-ros de Clare, como en los viejos tiempos! ¡Entonces, nada de escurrirse como un lobo entre los árboles! Su mano se cerró férreamente sobre el mango de su hacha mientras visualizaba la escena –la carga, el griterío, el derramamiento de sangre, el remolinear de las hachas dalcasianas–, y suspiró. Ahora no era sino un desterrado solitario, que jamás volvería a conducir a los espadachines de su clan a la batalla.
Se arrojó súbitamente a la nieve detrás de un arbusto y permaneció inmóvil. Se acercaban hombres procedentes de la misma dirección de la que él había venido..., hombres que gruñían ruidosamente y marchaban con pesadez. Aparecieron por fin. Eran dos enormes guerreros nórdicos, su armadura de escamas plateadas destellando a la luz de la luna. Entre los dos llevaban algo con dificultad y, para la sorpresa de Turlogh, vio que era el Hombre Oscuro. Su consternación, al darse cuenta de que habían descubierto su barca, fue sumergida por un asombro mayor. Aquellos hombres eran gigantes; sus brazos abultaban con férrea musculatura. Y con todo se tambaleaban bajo lo que parecía un peso portentoso. En sus manos el Hombre Oscuro parecía pesar centenares de kilos, ¡pero Turlogh lo había levantado con la ligereza de una pluma! Estuvo a punto de blasfemar en su asombro. Seguramente, los hombres estaban bebidos. Uno de ellos habló, y el ralo vello de Turlogh se erizó ante el sonido de los acentos guturales, como se encrespa un perro ante la visión del enemigo.
–Bájalo; por la muerte de Thor, esto pesa una tonelada. Descansemos.
El otro gruñó algo en respuesta, y empezaron a bajar la imagen al suelo. Entonces uno de ellos perdió su presa; su mano resbaló y el Hombre Oscuro chocó pesadamente contra la nieve. El que había hablado primero aulló.
–¡Torpe, imbécil, lo has dejado caer en mi pie! ¡Maldito seas, tengo el tobillo roto!
–¡Se retorció en mi mano! –gritó el otro–. ¡Te digo que esta cosa está viva!
–¡Entonces la mataré! –rugió el vikingo herido y, sacando su espada, golpeó salvajemente la figura postrada.
Un resplandor ígneo brotó al romperse la hoja en cien fragmentos, y el otro nórdico aulló al golpearle la mejilla un pedazo de acero.
–¡El diablo la habita! –gritó el otro, arrojando su empuñadura a lo lejos–. ¡Ni siquiera la he arañado! Toma, sostenía..., llevémosla a la taberna y que Thorfel se las arregle con ella.
–Déjala –gruñó el segundo hombre, limpiándose la sangre de la cara–. Sangro como un cerdo degollado. Regresemos y digámosle a Thorfel que ninguna embarcación se ha acercado a la isla. Eso es lo que nos mandó a ver al promontorio.
–¿Qué hay de la barca donde encontramos esto? –saltó el otro–. Algún pescador escocés desviado de su curso por la tormenta y que ahora se esconde en los bosques como una rata, supongo. Vamos, échame una mano ídolo o diablo, le llevaremos esto a Thorfel.
Resoplando por el esfuerzo, alzaron la imagen una vez más y prosiguieron lentamente, uno gruñendo y maldiciendo mientras cojeaba, el otro sacudiendo la cabeza de vez en cuando al entrarle la sangre en los ojos.
Turlogh se incorporó cautelosamente y les vigiló. Un escalofrío subía y bajaba por su columna vertebral. Cada uno de aquellos hombres era tan fuerte como él, pero lo que él había llevado sin dificultad les exigía un esfuerzo sobrehumano. Sa-cudió la cabeza y reemprendió el camino.
Por fin llegó al lugar en los bosques más cercano a los edificios. Ahora se enfrentaba con la prueba crucial. De algún
modo, debía llegar a aquel edificio y esconderse sin ser percibido. Las nubes se acumulaban. Aguardó hasta que una tapó la luna y en las tinieblas subsiguientes corrió velozmente y en silencio a través de la nieve, agazapándose. Parecía una sombra surgida de las sombras. Ahora se hallaba próximo a la casa, intentando fundirse con los troncos mal cortados. La vigilancia se hallaba ahora muy relajada, con toda seguridad..., pues ¿qué enemigo podía esperar Thorfel, cuando se hallaba en amistad con todos los saqueadores del norte, y nadie más podía esperarse que navegara en noche semejante?
Convertido en una sombra entre las sombras, Turlogh se acercó a la casa. Vio una puerta lateral y se deslizó precavida-mente hacia ella. Después, se pegó de nuevo a la pared. En el interior, alguien tanteaba el cerrojo. Una puerta se abrió de golpe y un guerrero enorme salió tambaleándose, cerrando la puerta de golpe tras él. Entonces vio a Turlogh. Sus labios barbudos se abrieron, pero en ese momento las manos del gaélico saltaron a su garganta y se cerraron en ella como una trampa para lobos. El grito presentido murió en un jadeo. Una mano voló a la muñeca de Turlogh, la otra desenfundó una daga y golpeó hacia arriba. Pero el hombre estaba ya inconsciente; la daga chasqueó débilmente contra el corselete del proscrito y cayó en la nieve. El nórdico se aflojó bajo el abrazo de su asesino, su garganta literalmente aplastada por aquella presa de hierro. Turlogh le arrojó despectivamente a la nieve y escupió sobre su rostro muerto antes de volverse de nuevo hacia la puerta.
No habían asegurado el cerrojo por dentro. La puerta ce-dió un poco. Turlogh atisbo el interior y vio un cuarto vacío, lleno de barriles de cerveza. Pensó en ocultar el cuerpo de su víctima, pero no sabía cómo podía hacerlo. Debía confiar a la suerte el que nadie lo viera en la espesa nieve donde yacía. Cruzó el cuarto y descubrió que llevaba a otro paralelo con el muro exterior. Se trataba también de un almacén, y estaba vacío. Desde éste, un umbral, sin puerta pero provisto de una cortina de pieles, llevaba al salón principal, como Turlogh podía deducir por los sonidos procedentes del otro lado. Atisbo cautelosamente.
Estaba viendo el salón de banquetes..., el gran salón que servía como sala de festines, de consejo y residencia del amo. El salón, con sus vigas ennegrecidas por el humo, sus enormes fuegos rugientes y sus mesas cargadas de vituallas, era esa noche el escenario de una terrorífica orgía. Enormes guerreros de barbas doradas y ojos salvajes estaban sentados o reclinados en los toscos bancos, caminaban por el salón o yacían cuan largos eran en el suelo. Bebían abundantemente de cuernos espumeantes y odres de cuero, y se atiborraban con grandes pedazos de pan de centeno y enormes trozos de carne que cortaban con sus dagas de los cuartos enteros que se asaban al fuego. Era una escena de extraña incongruencia, pues en contraste con estos bárbaros y sus groseras canciones y gritos, de las paredes colgaba un rico botín que atestiguaba el arte de la civilización. Delicadas tapicerías trabajadas por mujeres de Normandía; armas ricamente cinceladas que habían sido esgri-midas por príncipes de Francia y España; armaduras y vestimentas de seda de Bizancio y del Oriente..., pues lejos se aventuraban las naves dragón. Junto a éstos se hallaban dispuestos los despojos de la caza, para mostrar el dominio que los vikingos tenían sobre las bestias al igual que sobre los hombres.
El hombre moderno a duras penas puede concebir los senti-mientos de Turlogh 0'Brien hacia aquellos hombres. Para él eran diablos..., ogros que moraban en el norte sólo para caer sobre la pacífica gente del sur. Todo el mundo era su presa para tomar y escoger, usar y tirar según sus bárbaros caprichos. Su mente latía y ardía mientras miraba. Les odiaba como sólo puede hacerlo un gaélico..., su magnífica arrogancia, su orgullo y su poder, su desprecio por todas las demás razas, sus ojos austeros y amenazadores; odiaba por encima de todo lo demás aquellos ojos que miraban con desprecio y amenaza el mundo. Los gaélicos eran crueles pero tenían raros momentos de sentimiento y bondad. No había sentimiento en el alma del nórdico.
La visión de aquella orgía fue como una bofetada en el rostro de Turlogh el Negro, y sólo una cosa era necesaria para completar su locura. Le fue concedida. En la cabecera de la mesa estaba Thorfel el Hermoso, joven, apuesto, arrogante, inflamado por el vino y el orgullo. En su constitución se parecía mucho al propio Turlogh, excepto en que era mayor en todo, pero allí cesaba la semejanza. Así como Turlogh era excepcionalmente moreno entre un pueblo moreno, Thorfel era excepcionalmente rubio entre un pueblo esencialmente de tez clara. Su cabellera y bigote eran como oro finamente tejido y sus ojos gris claro lanzaban destellos como relámpagos. A su lado... Las uñas de Turlogh se clavaron en sus palmas... Moira
de los 0'Brien parecía enormemente fuera de lugar entre aquellos hombretones rubios y robustas mujeres de pelo amarillo. Era pequeña, casi frágil, y su cabello era negro con reflejos de bronce reluciente. Pero su piel era tan clara como la de ellos, con un delicado matiz rosado del que no podían presumir ni sus más hermosas mujeres. Sus carnosos labios estaban ahora pálidos de miedo, y se encogía ante los clamores y el tumulto. Turlogh la vio temblar cuando Thorfel la rodeó insolentemente con el brazo. El salón vaciló en una niebla rojiza ante los ojos de Turlogh, que luchó obstinadamente por controlarse.
–El hermano de Thorfel, Osric, a su derecha –murmuró Turlogh para sí mismo–; al otro lado Tostig, el danés, que puede partir en dos a un buey con esa gran espada suya..., eso dicen. Y allí está Hangar, y Sweyn, y Oswick, y Athelstane el sajón..., el único hombre en una manada de lobos marinos. Y en el nombre del diablo..., ¿qué es eso, un sacerdote?
De un sacerdote se trataba, sentado pálido e inmóvil entre la algarabía, contando silenciosamente su rosario, mientras sus ojos llenos de pena se aventuraban hacia la esbelta muchacha irlandesa en la cabecera de la mesa. Entonces Turlogh vio algo más. En una mesa más pequeña a un lado, una mesa de caoba cuyo rico trabajo de taracea la delataba como un botín de las tierras del sur, se alzaba el Hombre Oscuro. Los dos nórdicos heridos lo habían traído al salón, después de todo. Su visión impresionó extrañamente a Turlogh y calmó su cerebro. ¿Sólo metro y medio de alto? Ahora parecía mucho mayor, de algún modo. Dominaba la orgía, como un dios que medita asuntos hondos y oscuros más allá de la comprensión de los insectos humanos que aullan a sus pies. Como siempre que miraba al Hombre Oscuro, Turlogh sintió que una puerta se había abierto de pronto al espacio exterior y al viento que sopla entre las estrellas. Parecía hallarse esperando..., ¿a quién? Quizá los ojos tallados del Hombre Oscuro miraban a través de los muros del skalli, a través de la llanura nevada y por encima del promontorio. Quizá esos ojos ciegos veían las cinco barcas que en ese mismo instante se deslizaban silenciosamente con callados golpes de remo, a través de las aguas tranquilas y oscuras. Pero de eso Turlogh Dubh nada sabía; nada de las barcas o de sus silenciosos remeros; hombres pequeños y morenos con ojos inescrutables.
La voz de Thorfel cortó el estruendo.
–¡Oíd, amigos!
Guardaron silencio y se volvieron cuando el joven rey del mar se levantó.
–¡Esta noche, tomo esposa! –tronó.
Un retumbar de aplausos sacudió ruidosamente las vigas. Turlogh blasfemó, enfermo de furia.
Thorfel cogió a la muchacha con ruda amabilidad y la depo-sitó en la mesa.
–¿No es acaso la digna novia de un vikingo? –gritó–. Cierto, es algo vergonzosa, pero eso es muy natural.
–¡Todos los irlandeses son cobardes! –gritó Oswick.
–¡Como lo prueban Clontarfy la cicatriz de tu mandíbula! –gruñó Athelstane, cuya ligera broma hizo pestañear a Os-wick y provocó un rugido de salvaje diversión en la multitud.
–Vigila tu temperamento, Thorfel –exclamó una joven de ojos atrevidos sentada entre los guerreros–. Las mucha-chas irlandesas tienen garras como los gatos.
Thorfel rió con la confianza del hombre acostumbrado a mandar.
–Le daré lecciones con una buena vara de abedul. Pero basta. Se hace tarde. Sacerdote, cásanos.
–Hija –dijo el sacerdote, tembloroso–, estos paganos me han traído aquí por la fuerza para celebrar nupcias cristia-nas en una casa sin dios. ¿Te casas voluntariamente con este hombre?
–¡No! ¡No! ¡Oh, Dios, no! –Moira gritó con tan salvaje desesperación que el sudor brotó en la frente de Turlogh–. ¡Oh, santo hombre, salvadme de este destino! ¡Me arrancaron de mi hogar..., abatieron a mi hermano, que me habría salvado! ¡Este hombre me arrastró como si fuera un objeto..., una bestia sin alma!
–¡Silencio! –tronó Thorfel, abofeteándola en la boca con ligereza pero con la fuerza suficiente para hacer brotar un hilo de sangre de sus delicados labios–. Por Thor que te vuelves independiente. Estoy decidido a tener una esposa, y los gritos de una niña llorosa no me detendrán. Vaya, mujerzuela des-graciada, ¿acaso no me caso contigo a la manera cristiana, sim-plemente por tus estúpidas supersticiones? ¡Ten cuidado de que no prescinda de las nupcias y te tome como esclava, no como esposa!
–Hija –dijo trémulamente el sacerdote, asustado no por él sino por ella–, ¡piénsalo! Este hombre re ofrece más de lo que harían muchos. Al menos, se trata de un honorable estado matrimonial.
–Cierto –gruñó Athelstane–, cásate con él como una buena mujer y toma las cosas lo mejor que puedas. Más de una mujer sureña vive en las aldeas del norte.
«¿Qué puedo hacer?» La pregunta desgarraba la mente de Turlogh. Sólo había una cosa que hacer..., aguardar hasta que la ceremonia terminara y Thorfel se retirara con su prometida. Y llevársela entonces, como mejor pudiera. Después de eso... Pero no osaba mirar más adelante. Había hecho y haría lo más que pudiera. La necesidad le había obligado a actuar en solita-rio; un hombre sin señor no tiene amigos, ni siquiera entre los hombres sin señor. No había modo de llegar a Moira para ad-vertirle de su presencia. Tendría que soportar la boda sin si-quiera la débil esperanza de liberación que el conocimiento de su presencia podría haber significado. Instintivamente sus ojos saltaron hacia el Hombre Oscuro, que se alzaba sombrío y ale-jado del tumulto. A sus pies lo viejo luchaba con lo nuevo –lo pagano con lo cristiano–, e incluso en ese momento Turlogh sintió que lo viejo y lo nuevo eran igualmente jóvenes para el Hombre Oscuro, ¿Oían las orejas tapadas del Hombre Oscuro proas extrañas rascando la playa, el golpe de un cauteloso cuchillo en la noche, el gorgotear que señala una garganta cortada? Los que se hallaban en el salón no oían sino su propio ruido, y los que se divertían fuera junto al fuego siguieron cantando, sin notar los silenciosos anillos de la muerte que se cerraban a su alrededor.
–¡Basta! –gritó Thorfel–. ¡Cuenta tus abalorios y musita tu farsa, sacerdote! ¡Ven aquí, muchacha, y cásate!
Arrancó a la doncella de la mesa y la arrojó delante de él. Ella se liberó con los ojos llameando. Toda la caliente sangre gaélica ardía en su interior.
–¡Cerdo de pelo amarillo! –gritó–. ¿Piensas que una princesa de Clare, con la sangre de Brian Boru en sus venas, tomaría asiento en el banco de un bárbaro y llevaría en su seno los cachorros con cabeza de estopa de un ladrón norteño? No... ¡Nunca me casaré contigo!
–¡Entonces te tomaré como esclava! –rugió él, aferrando su muñeca.
–¡Tampoco de ese modo, cerdo! –exclamó, olvidado su miedo por un triunfo feroz.
Con la velocidad de la luz le arrebató una daga del cinturón y antes de que él pudiera agarrarla hundió la afilada hoja bajo su corazón. El sacerdote gritó como si hubiera recibido él la herida y, saltando hacia delante, la cogió en sus brazos mien-tras caía.
–¡La maldición del Todopoderoso caiga sobre ri, Thorfel! –gritó, con una voz que sonó como una trompeta mientras la llevaba a una litera cercana.
Thorfel permaneció inmóvil. Por un instante reinó el silen-cio, y en ese instante Thorfel 0'Brien enloqueció.
–Lamb LaidirAbu!
El grito de guerra desgarró la calma como el rugido de una pantera herida, y mientras los hombres se volvían en dirección del alarido, el enloquecido gaélico surgió del umbral como una tromba de viento del infierno. Estaba poseído por la negra furia celta al lado de la cual palidece la rabia berserk de los vikingos. Con los ojos llameantes y un poco de espuma en sus labios retorcidos, saltó entre los hombres, que, cogidos por sorpresa, se apartaron de su camino. Aquellos ojos terribles estaban clavados en Thorfel, al otro extremo del salón, pero mientras cargaba Turlogh golpeó a diestra y siniestra. Su carga fue como el asalto de un torbellino y dejó en su estela una confusión de muertos y agonizantes.
Los bancos chocaron con el suelo, los hombres gritaron, la cerveza se derramó de los toneles volcados. Aunque el ataque del celta fue veloz, dos hombres bloquearon su camino con las espadas desenvainadas antes de que pudiera llegar a Thorfel. Halfgar y Oswick. El vikingo con el rostro lleno de cicatrices cayó con el cráneo partido antes de que pudiera alzar su arma, y Turlogh, recibiendo la hoja de Halfgar en su escudo, volvió a golpear como el relámpago y el hacha acerada penetró peto, costillas y espina dorsal.
El tumulto en el salón era terrorífico. Los hombres cogían sus armas y se empujaban por todos lados y, en el centro, la rabia del gaélico solitario era terrible y silenciosa. Como un tigre herido era Turlogh Dubh en su locura. Cada uno de sus movimientos parecía borroso por la velocidad con que lo realizaba, una explosión de fuerza dinámica. Apenas había caído Halfgar cuando el gaélico saltó sobre su cuerpo encogido hacia Thorfel, que había sacado su espada y, desconcertado, seguía inmóvil. Pero una oleada de esbirros se interpuso entre ellos. Las espadas se alzaron y cayeron y el hacha del dalcasiano relampagueó entre ellas como los rayos de una tormenta veraniega. A cada lado, delante y detrás de él, le amenazaba un guerrero. Osric cargó desde un costado, blandiendo una espada con las dos manos; del otro, un siervo de la casa cargó con una lanza. Turlogh se agachó evitando la espada y golpeó por dos veces, hacia delante y hacia atrás. El hermano de Thorfel cayó, con un tajo en la rodilla, y el siervo murió de pie cuando el impulso de vuelta le hundió la punta trasera del hacha en el cráneo. Turlogh se enderezó, lanzando su escudo al rostro del guerrero que le atacaba de frente. La punta en el centro del escudo convirtió sus rasgos en una ruina sanguinolenta; entonces, en el mismo instante en que el gaélico giraba como un gato para protegerse la espalda, sintió sobre él la sombra de la Muerte.
Por el rabillo del ojo vio al danés Tostig blandiendo con las dos manos su gran espada y, apretado contra la mesa, perdiendo el equilibrio, supo que ni siquiera su rapidez sobrehumana podría salvarle. Entonces la silbante espada golpeó al Hombre Oscuro sobre la mesa y con el ruido de un trueno se quebró en mil chispas azuladas. Tostig se tambaleó, aturdido, sosteniendo aún la inútil empuñadura y Turlogh golpeó como con una espada; la punta superior de su hacha hirió al danés encima del ojo y se hundió hasta su cerebro.
Y hasta en ese momento el aire estaba lleno de un extraño canto y los hombres aullaban. Un esbirro enorme, el hacha aún levantada, se lanzó torpemente sobre el gaélico, que le cortó el cuello antes de ver que una flecha con punta de pedernal se lo atravesaba ya. El salón parecía lleno de resplandecientes líneas luminosas que zumbaban como abejas y llevaban una muerte veloz en su zumbido. Turlogh arriesgó su vida lanzando una mirada hacia el gran umbral al otro extremo del salón. Una extraña horda irrumpía a través de él. Eran hombres pequeños y morenos, con ojos negros como cuentas y rostros inmutables. Apenas llevaban armadura, pero sí espadas, lanzas y arcos. Arrojaban sus largas flechas negras a quemarropa y los esbirros caían como espigas segadas.
Una roja ola de combate barrió el salón del skalli, una tempestad de muerte que rompió las mesas, aplastó los bancos, desgarró las colgaduras y trofeos de las paredes y manchó los suelos con un lago rojo. Había menos extranjeros oscuros que vikingos, pero en la sorpresa del ataque la primera oleada de flechas había igualado las oportunidades y ahora, en el combate cuerpo a cuerpo, los extraños guerreros no se mostraron inferiores en ningún modo a sus enormes enemigos. A pesar de hallarse aturdidos por la sorpresa y la cerveza que habían bebido, y sin tiempo para armarse completamente, los nórdicos lucharon con toda la indómita ferocidad de su raza. Pero la furia primitiva de los atacantes igualaba su propio valor y, al fondo del salón, donde un sacerdote de pálido rostro protegía a una muchacha agonizante, Turlogh el Negro hería y desgarraba con un frenesí que convenía en inútiles por igual el valor y la furia.
Y por encima de todo se alzaba el Hombre Oscuro. A las ocasionales miradas de Turlogh, entre los relámpagos de la espada y el hacha, la imagen había parecido crecer..., expandirse..., hacerse más alta; dominar como un gigante la batalla; su cabeza pareció alzarse hasta las vigas llenas de humo del gran salón; meditar como una oscura nube de muerte sobre los insectos que se cortaban las gargantas entre sí a sus pies. Turlogh sentía que el relampagueante juego de las espadas y la masacre eran el elemento adecuado al Hombre Oscuro. Exudaba violencia y furor. El crudo aroma de la sangre recién vertida era bueno para su olfato, y los cuerpos de cabellos amarillos que gemían a sus pies eran como sacrificios para él.
La tormenta del combate sacudía el espacioso salón. Se convirtió en un amasijo donde los hombres resbalaban en charcos de sangre y, resbalando, morían. Cabezas heladas en una mueca saltaban de hombros que se encogían. Lanzas aserradas arrancaban el corazón, latiendo aún, del pecho ensangrentado. Los sesos eran aplastados y se coagulaban en las hachas que giraban enloquecidas. Las dagas saltaban hacia arriba, abriendo vientres y derramando las entrañas en el suelo. El choque y el fragor del acero se alzaban ensordecedores. Ni se pedía ni se daba cuartel. Un nórdico herido había arrastrado en su caída a uno de los hombres morenos, y le estrangulaba tenazmente sin importarle la daga que su víctima hundía una y otra vez en su cuerpo.
Uno de los hombres morenos agarró a un niño que corría chillando desde un cuarto interior, y le reventó los sesos contra la pared. Otro aferró a una mujer nórdica por su dorada cabellera y, arrojándola de rodillas, le cortó la garganta mien
tras ella le escupía en el rostro. Quien prestara oído a los gritos de miedo o súplicas de clemencia no habría escuchado ninguno; hombres, mujeres y niños morían acuchillando y arañando, su último aliento un sollozo de furia, o un gruñido de odio imposible de saciar.
Y en la mesa se alzaba el Hombre Oscuro, inamovible como una montaña, lavado por las rojas olas de la carnicería. Nórdicos e indígenas morían a sus pies. ¿Cuantos rojos infiernos de carnicería y locura habían contemplado los ojos extrañamente esculpidos del Hombre Oscuro?
Hombro con hombro lucharon Sweyn y Thorfel. Athelsta-ne el sajón, su dorada barba encrespada por la alegría del combate, se había puesto de espaldas al muro y a cada movimiento de su hacha, manejada a dos manos, caía un hombre. Turlogh llegó como una ola, evitando con un ágil quiebro de cintura el primer y temible golpe. Ahora se demostraba la superioridad de la ligera hacha irlandesa, pues antes de que el sajón pudiera desviar su pesada arma, el hacha dalcasiana golpeó como una cobra y Athelstane se tambaleó cuando el filo mordió el peto y las costillas que se hallaban bajo él. Otro golpe y se derrumbó, con la sangre brotando de su sien.
Ahora nadie bloqueaba el camino de Turlogh hasta Thor-fel excepto Sweyn, y en el mismo instante en que el gaélico saltaba como una pantera hacia la pareja de feroces combatientes, alguien se le adelantaba. El jefe de los Hombres Oscuros se deslizó como una sombra bajo el tajo de la espada de Sweyn y su propia espada corta golpeó hacia arriba bajo la cota. Thorfel se enfrentaba a Turlogh en solitario. Thorfel no era ningún cobarde; hasta llegó a reír por la pura alegría del combate mientras golpeaba, pero no había ninguna sonrisa en el rostro de Turlogh el Negro, sólo una rabia frenética que le contorsionaba los labios y convertía sus ojos en carbones de fuego azul.
En el primer remolino de aceros la espada de Thorfel se rompió. El joven rey del mar saltó como un tigre sobre su presa, golpeando con los restos de la hoja. Turlogh rió ferozmente mientras la hoja quebrada le desgarraba la mejilla, y en ese mismo instante cortó el pie izquierdo de Thorfel. El nórdico cayó con un gran estruendo, luchando luego por arrodillarse, buscando a tientas su daga. Tenía los ojos nublados. –¡Acaba ya, maldito seas! –gruñó. Turlogh rió.
–¿Dónde están ahora tu poder y tu gloria? –se burló–. Tú, que habrías tomado por esposa involuntaria a una princesa irlandesa..., tú...
De pronto su odio le ahogó y con el aullido de una pantera enloquecida blandió su hacha en un arco silbante que partió al nórdico del hombro al esternón. Otro golpe separó la cabeza, y con el espantoso trofeo en su mano se acercó a la litera donde yacía Moira 0'Brien. El sacerdote le había levantado la cabeza y sostenía una copa de vino ante sus pálidos labios. Sus velados ojos grises se posaron con un leve reconocimiento en Turlogh..., y por fín pareció conocerle y trató de sonreír.
–Moira, sangre de mi corazón –dijo cansadamente el proscrito–, mueres en un país extraño. Pero los pájaros de las colinas de Culland llorarán por ti, y los brezos en vano suspirarán por la huella de tus piececitos. Mas no serás olvidada; por ti gotearán las hachas y chocarán las galeras y ciudades amuralladas serán pasto de las llamas. ¡Y para que tu fantasma no marche sin saciarse a los reinos de Tirna-n-Oge, contempla esta prueba de venganza!
Y sostuvo en alto lagoteante cabeza de Thorfel.
–En el nombre de Dios, hijo mío –dijo el sacerdote, su voz enronquecida por el horror–, basta ya, basta ya. Proclamarás tus horribles hazañas en presencia de..., mira, ha muerto. Que Dios, en su infinita justicia, tenga piedad de su alma, pues aunque se quitó la vida, murió con todo como había vivido, en la inocencia y la pureza.
Turlogh reposó su hacha en el suelo e inclinó la cabeza. Todo el fuego de su locura le había abandonado y sólo permanecía una oscura tristeza, un profundo sentimiento de futilidad y cansancio. En todo el salón no se oía ni un ruido. Ningún gemido se alzaba de los heridos, pues los cuchillos de los hombrecillos morenos habían estado muy ocupados y, excepto los suyos, no quedaba ningún herido. Turlogh vio que los supervivientes se habían apiñado alrededor de la mesa sobre la que se hallaba la estatua y permanecían contemplándola con ojos inescrutables. El sacerdote murmuró algo sobre el cuerpo de la muchacha, pasando su rosario. Las llamas devoraban la pared más alejada del edificio, pero nadie les prestaba atención. Entonces, de entre los muertos en el suelo, se levantó tambaleándose una forma enorme. Athelstane, el sajón, ignorado por los asesinos, se apoyó contra el muro y contempló aturdido lo que
le rodeaba. La sangre fluía de una herida en sus costillas y de otra en su cuero cabelludo, allí donde el hacha de Turlogh había golpeado ligeramente. El gaélico se acercó a él.
–No siento odio hacia ti, sajón –dijo cansadamente–, pero la sangre pide sangre y debes morir.
Athelstane le contempló sin responder. Sus grandes ojos grises estaban llenos de seriedad, pero no de miedo. También él era un bárbaro; más pagano que cristiano. También él comprendía los derechos de la deuda de sangre. Pero cuando Tur-logh levantaba su hacha, el sacerdote se interpuso de un salto, sus delgadas manos extendidas, sus ojos extraviados.
–¡Basta ya! ¡Te lo ordeno, en nombre de Dios! Por el Todopoderoso, ¿no se ha derramado ya sangre bastante en esta noche temible? En el nombre del Altísimo, reclamo a este hombre.
Turlogh dejó caer su hacha.
–Tuyo es; no por tu juramento o tu maldición, no porque le reclames sino porque también tú eres un hombre e hiciste todo lo posible por Moira.
Turlogh giró al sentir que le tocaban el brazo. El jefe de los extranjeros permanecía mirándole con ojos inescrutables.
–¿Quién eres? –preguntó el gaélico sin excesivo interés. No le importaba; sólo sentía cansancio.
–Soy Brogar, jefe de los pictos, amigo del Hombre Oscuro.
–¿Por qué me llamas así? –preguntó Turlogh.
–Viajó en la proa de tu barca y te guió hasta Helni a través del viento y la nieve. Te salvó la vida al romper la gran espada del danés.
Turlogh contempló al meditabundo Hombre Oscuro. Pa-recía que una inteligencia humana o sobrehumana atisbaba tras aquellos extraños ojos de piedra. ¿Fue sólo la suerte la que hizo chocar la espada de Tosrig con la imagen cuando la blan-día en un golpe mortal?
–¿Qué es esta cosa? –preguntó el gaélico.
–Es el único Dios que nos queda –respondió el otro sombríamente–. Es la imagen del más grande de nuestros reyes, Bran Mak Morn, que unió las filas dispersas de todas las tribus pictas en una nación única y poderosa, que expulsó al nórdico y al britano y quebró las legiones de Roma, siglos ha. Un brujo hizo esta imagen cuando el gran Morn vivía y reinaba aún, y cuando murió en la última gran batalla, su espíritu entró en ella. Es nuestro Dios.
«Dominamos hace eras. Antes del danés, antes del gaélico, antes del britano, antes del romano, reinamos en las islas occidentales. Nuestros círculos de piedra se alzaron hacia el sol. Trabajamos el pedernal y las pieles y fuimos felices. Entonces llegaron los celtas y nos arrojaron a las tierras salvajes. Dominaron el sur. Pero nos mantuvimos en el norte y fuimos fuertes. Roma venció a los britanos y se dirigió contra nosotros. Pero de entre los nuestros se alzó Bran Mak Morn, de la sangre de Brule, Lanza Mortífera, que hizo pedazos las filas aceradas de Roma y envió a las legiones a refugiarse al sur detrás de su Muro.
»Bran Mak Morn cayó en combate; la nación se dispersó. Como lobos vivimos ahora los pictos entre las islas dispersas, entre los barrancos de las tierras altas y las oscuras colinas de Galloway. Somos un pueblo que desaparece. Pasamos. Pero el Hombre Oscuro permanece..., el Oscuro, el gran rey, Bran Mak Morn, cuyo fantasma mora para siempre en la pétrea apariencia de como era en vida.
Turlogh vio como en sueños a un viejo picto, que se pare-cía mucho a aquel en cuyos brazos muertos había encontrado al Hombre Oscuro, levantando la imagen de la mesa. Los brazos del anciano eran como ramas resecas y su piel colgaba de su cráneo como la de una momia, pero transportó con facilidad la estatua que dos fuertes vikingos habían tenido problemas en llevar.
Como si leyera sus pensamientos, Brogar habló quedamente.
–Sólo un amigo puede tocar con seguridad al Hombre Oscuro. Sabíamos que eras amigo, pues viajó en tu barca y no te hizo daño.
–¿Cómo lo sabíais?
–El Anciano –señalando al viejo de blanca barba–, Go-nar, gran sacerdote del Oscuro...El fantasma de Bran acude a él en sus sueños. Fue Grok, un sacerdote menor, y su gente quienes robaron la imagen y se hicieron con ella a la mar en una barca larga. Gonar le siguió en sueños; sí, mientras dormía envió su espíritu con el fantasma de Morn, y vio la perse-cución de los daneses, la batalla y la matanza en la Isla de las Espadas. Te vio llegar y encontrar al Oscuro, y vio que el fantasma del gran rey se complacía en ti. ¡Malhayan los enemigos de Mak Morn! Pero que la buena suerte acompañe a sus amigos.
Turlogh volvió a sí mismo como de un trance. El calor del salón ardiendo alcanzaba su rostro y las llamas vacilantes iluminaban y ensombrecían el rostro tallado del Hombre Oscuro mientras sus adoradores le sacaban del edificio, otorgándole una extraña vida. ¿Acaso en verdad el espíritu de un rey largamente muerto vivía en esa fría piedra? Bran Mak Morn amó a su pueblo con un amor salvaje; odió a sus enemigos con un odio terrible. ¿Era posible que en esa piedra ciega e inanimada alentara el latido de un amor y un odio que vencieran a los siglos?
Turlogh levantó la forma inmóvil y ligera de la muchacha muerta y la sacó del salón en llamas. Cinco grandes piraguas descansaban ancladas, y entre los rescoldos del fuego yacían los cadáveres enrojecidos de los bebedores que habían muerto en silencio.
–¿Cómo llegasteis hasta ellos sin ser descubiertos? –preguntó Turlogh–. ¿Y de dónde vinisteis en vuestras piraguas?
–Quienes viven escondidos adquieren el sigilo de la pantera –respondió el picto–. Y ésos estaban borrachos. Seguimos la ruta del Oscuro y vinimos desde la Isla del Altar, junto a la tierra de los escoceses, de donde Grok robó al Hombre Oscuro.
Turlogh no conocía ninguna isla de ese nombre pero se daba cuenta del valor de aquellos hombres al desafiar los mares en embarcaciones semejantes. Pensó en su propia barca y pidió a Brogar que enviase a sus hombres a buscarla. Así lo hizo el picto. Mientras esperaba que la trajeran rodeando el promontorio, contempló al sacerdote vendar las heridas de los supervivientes. Silenciosos, inmóviles, no profirieron ni una palabra de queja o agradecimiento.
La barca del pescador apareció dando la vuelta al promontorio justo cuando el primer atisbo del amanecer enrojecía las aguas. Los pictos subían a sus embarcaciones, llevando a ellas los muertos y los heridos. Turlogh saltó a su barca y depositó suavemente en ella su penosa carga.
–Dormirá en su propia tierra –dijo sombríamente–. No yacerá en esta fría isla extranjera. Brogar, ¿adonde iréis?
–Devolvemos al Oscuro a su isla y su altar –dijo el picto–. Por boca de su pueblo te da las gracias. Existe un lazo de sangre entre nosotros, gaélico, y quizá volvamos a ti en tus horas de necesidad, como Bran Mak Morn, gran rey de Pict dom, volverá a su pueblo en alguno de los días venideros.
–¿Y tú, buen sacerdote? ¿Vendrás conmigo? El sacerdote sacudió la cabeza y señaló hacia Athelstane. El herido sajón descansaba en un tosco lecho de pieles amontonadas en la nieve.
–Me quedo aquí para cuidar de este hombre. Está gravemente herido.
Turlogh contempló lo que le rodeaba. Los muros de los edificios se habían derrumbado en una masa de ascuas incandescentes. Los hombres de Brogar habían incendiado los alma-cenes y la gran galera, y el humo y las llamas luchaban en su lividez con la creciente luz del amanecer.
–Te helarás o morirás de hambre. Ven conmigo.
–Encontraré sustento para los dos. No intentes persuadirme, hijo mío.
–Es un pagano y un saqueador.
–No importa. Es un ser humano..., una criatura viviente. No le dejaré morir.
–Así sea.
Turlogh se preparó para zarpar. Las embarcaciones de los pictos rodeaban ya el promontorio. Hasta él llegaban con claridad los rítmicos chasquidos de los remos. No miraron atrás, inclinados sobre su labor.
Contempló los cuerpos inmóviles en la playa, los restos calcinados y las vigas incandescentes. Bajo el resplandor el sacerdote parecía irreal por su blanca delgadez, como un santo en un viejo manuscrito iluminado. En su rostro pálido y cansado había una tristeza más que humana, un cansancio mayor que el de cualquier hombre.
–¡Mira! –exclamó de pronto, señalando hacia el mar–. ¡El océano se ha vuelto de sangre! ¡Mira sus olas rojas al sol naciente! ¡Oh, pueblo mío, pueblo mío, la sangre que has derramado por la ira conviene al propio mar en escarlata! ¿Cómo podrás cruzarlo?
–Vine bajo la nieve y el vendaval –dijo Turlogh, sin entender al principio–. Me voy como vine. El sacerdote sacudió la cabeza.
–Es más que un mar morral. Tus manos están rojas de sangre y sigues una senda enrojecida, aunque la culpa no es totalmente tuya. Dios Todopoderoso, ¿cuándo terminará el reinado de la sangre?
Turlogh sacudió la cabeza.
–No terminará mientras la raza exista. Y el viento de la mañana hinchó su vela.