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Carta de Kafka a Milena del 7 de agosto de 1920.

"Esta noche maté. Alguien, un pariente, durante un diálogo que no recuerdo, que sin embargo significaba que éste o aquel eran incapaces de algo —un pariente, entonces, terminaba diciendo irónicamente: "Entonces Milena quizá"—. Como respuesta lo despedazaba no sé cómo, luego volvía a casa exaltado, mi madre corría detrás mío y también en el pasillo tenía lugar una conversación parecida; al fin, rojo de rabia, gritaba: "Si alguien nombra a Milena con malas intenciones, por ejemplo el padre (mi padre), lo mato a él también o me mato". Luego me desperté, pero no había sido ni un dormir ni un despertar verdaderos".

 

Milena Jessenská (1896-1944), un amor epistolar de Kafka.

Todos aquellos que nos acercamos a Kafka, a sus escritos o a su peripecia biográfica, no dejamos de sentirnos de algún modo deslumbrados en un momento u otro (sobre todo si pertenecemos al género masculino) por la personalidad de Milena Jassenská, cuya vida se cruzó con la del autor checo a primeros de la década de 1920.

Milena fue una especie de amor platónico para Kafka; se atraían mutuamente y mantuvieron un copioso intercambio epistolar, pero sus respectivos caracteres y maneras de ver el mundo no siempre coincidían. Milena admiraba a Kafka, vio en él al gran escritor que estaba llamado a ser, y repensó y absorvió sus textos mediante el acto de traducirlos. Se dio entre los dos una indudable sintonía espiritual pero el comportamiento libérrimo de Milena tal vez no acababa de encajar con el reservado y cauteloso de Kafka, incansable soñador de escenarios sombríos y carcelarios y recreador de personajes tiranizados por la culpa y las reglamentos.

Milena era hija de un médico checo orgullosísimo de contar entre sus antepasados a Juan Jessenius, que había sido galeno de cabecera del Emperador Rodolfo II. El doctor Jassensky era hombre de vida disipada, amante de los juegos de azar y su actitud en lo marital no puede decirse que fuera de excesiva y ciega fidelidad. Paradójicamente intentó inculcar a la rebelde Milena unos principios de contención que él mismo no contemplaba.

También pretendió que la joven estudiara Medicina, a lo que Milena accedió de entrada. Pero al primer contacto con una clase práctica consistente en una disección, salió poco menos que corriendo de la Facultad de Medicina, que apenas acababa de franquear.

Milena era muy asidua del café Arco de Praga y de sus tertulias literarias. El lugar era frecuentado por intelectuales del mundo cultural judío germanohablante, como Franz Kafka o Max Brod. Fue ahí donde conoció a Ernst Pollack, también judío praguense de lengua alemana, y del que se enamoraría. Lo cual no hizo la más mínima gracia al Dr. Jassensky, checo hasta la médula. La enérgica oposición del padre chocó con la igualmente fuerte determinación de Milena; tras un intento de suicidio y un aborto secreto, Milena Jessenská fue internada por su padre en un psiquiátrico.

Al final, Jessensky aceptó el matrimonio de su hija con Pollack a condición de que desapareciesen de Praga, donde a su juicio, habían dado ya suficientes escándalos. La pareja se instaló en Viena. La vida disipada de ambos condujo a la rápida volatilización de sus iniciales recursos. Milena se puso a dar clases de checo a familias bienestantes. La convivencia entre Pollack y Milena comenzó a dejar que desear. Mejor dicho, la convivencia entre los tres, ya que Ernst llevó a casa a una de sus conquistas; la mentalidad libre de Milena le hizo aceptar inicialmente este inesperado menage à trois, pero su autoestima empezó a resentirse. Fue entonces cuando comenzó a escribir y traducir. Sus versiones al checo de los escritos de Kafka, la llevó a establecer contacto con el autor de La Metamorfosis. Mantuvieron una intensa y apasionada correspondencia, aunque sus encuentros personales no siempre alcanzaban a ser tan satisfactorios como los que tenían por carta, al no faltar diferencias de temperamento o de actitud cultural entre ambos. Pero puede hablarse de una especie de pasión en un terreno intangible, espiritual y epistolar. Milena Jessenská pudo entrever el genio literario de Franz y supo apreciar como nadie sus escritos. Pero parece que no llegó a conocer a Kafka en el sentido bíblico del término.

A mediados de los veinte y después del fallecimiento de Franz, Milena se separó de Pollack y regresó a Praga; tuvo un segundo y efímero matrimonio con un arquitecto vanguardista, representante de la izquierda exquisita del momento, esa izquierda teatral y de sofá que ha recorrido todo el siglo XX, y que en este XXI está lejos de desaparecer.

La carrera periodística de Milena entró en una fase ascendente. Se hizo adicta a la morfina. Llegó a colabor con la prensa comunista, pero se negó a hacer oídos sordos a las atrocidades del régimen stalinista. Ayudó a los refugiados alemanes que huyendo del nazismo, llegaban a tierras checas. Cuando los nazis invadieron Checoslovaquia en marzo de 1939, Milena se adhirió a la resistencia. Pocas semanas antes de la invasión, había entregado a Willy Haas las cartas que Kafka le dirigiera entre 1920 y 1922, lo que permitió la supervivencia del célebre epistolario. A finales de aquel 1939, fue detenida por la Gestapo e internada en el campo de concentración de Rawensbruck. Allí sucumbió en mayo de 1944, sin conocer la liberación.

S.G.L.


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