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HISTORIA
Jaén es una ciudad histórica y monumental que cuenta con un rico patrimonio artístico y con unos bellísimos paisajes en sus proximidades.
La ciudad de Jaén ha estado poblada desde el Paleolítico. La investigación arqueológica ha puesto de relieve que estamos ante una de las ciudades más antiguas de la península. Y es que en el entorno de la actual capital de la provincia, hacia final del Neolítico, existían varias aldeas dispersas: Puente Tablas, Huerto Berenguer y Marroquíes Bajos. De todas ellas, fue esta última la que reagrupó a todas las demás en un enclave que entre el 2500 el 2000 a.C. alcanzó su máxima extensión. Este asentamiento de Marroquíes Bajos, de cuyo núcleo central hay restos en la zona norte de la ciudad moderna, se organizaba en cinco círculos concéntricos. Estos anillos estaban delimitados por fosos excavados que canalizaban el agua que llegaba desde las faldas del monte para luego distribuirse en el interior de los anillos hasta las viviendas. Se trata de una de las obras de ingeniería más antiguas de las que se tiene noticia. El enclave fue fortificado en torno al 2450 a.C. En el siglo IX a.C. la población se concentró en el oppidum de Plaza de Armas de Puente Tablas. Allí se registró un fenómeno también notable, como es el de la planificación urbana, con un diseño de ciudad de trazado ortogonal. En el siglo IV antes de nuestra era, hubo un nuevo trasvase de población, esta vez hacia el cerro de Santa Catalina que es donde finalmente se originó la ciudad de Jaén.
En tiempos romanos la toma Lucio Escipión en el año 207 a.C. y se amplían las fortificaciones. Culmino el proceso de romanización por el decreto de Vespasiano que la declaró Municipio Flavio Aurgitano. Los autores griegos y romanos la llamaron Oringis o Auringis. El dominio de Roma se tradujo en multitud de obras públicas. También se transformó el paisaje agrario con una parcelación geométrica del territorio.
Al año siguiente de la llegada de los árabes a la península, se asientan en ella. Un hecho marcó la evolución de la ciudad musulmana: Abd al-Rahman II trasladó la capital de la cora desde La Guardia (Mentesa) a Yayyan (Jaén). El traslado fue acompañado de un ambicioso programa de obras oficiales, entre las que destacan la mezquita, una alcazaba en el cerro o la conducción de aguas del manantial de la Magdalena. Como prueba de su prosperidad, la ciudad contaba con cinco baños, de los que se han localizado dos.

Plano de la antigua ciudad amurallada
Conforme los ejércitos cristianos avanzaban sobre el Guadalquivir, Jaén sufrió varios asedios, pero sin ser tomada. Finalmente, en 1234 el rey nazarí de Granada Ibn al-Ahmar, se declaró vasallo de Fernando III (El Santo) rey de Castilla, le entregó la ciudad y se comprometió a pagar un tributo. Por su calidad de ciudad fronteriza, es una plaza fuerte que los cristianos saben aprovechar en sus incursiones en tierras moras.
Se convirtió así la ciudad en una plaza fronteriza de primer orden. El rey castellano trasladó hasta Jaén la sede del obispado, hasta entonces en Baeza, y la ciudad incrementó su pujanza como avanzada en "tierra de moros". En 1466 Enrique IV le concedió la leyenda que orla su escudo "Muy noble, famosa y leal ciudad de Jaén, guarda y defendimiento de los reinos de Castilla".
Después de la caída del reino de Granada, con el final de la Reconquista, la ciudad deja de tener la importancia fronteriza que la caracterizaba. La etapa medieval se caracteriza en la ciudad por las continuas luchas. Y no sólo contra el Reino de Granada. Fueron constantes las pugnas de la nobleza, especialmente en el reinado de Enrique IV, al residir en ella el Condestable de Castilla, Miguel Lucas de Iranzo, uno de los más firmes partidarios del rey.
A pesar de ello, en los comienzos de la Edad Moderna, Jaén se había convertido en una de las grandes ciudades del reino castellano. En 1587 tenía cerca de 6.000 vecinos que vivían principalmente de la agricultura. Había también un destacado sector artesanal.
La prosperidad se truncó en el siglo XVII. Comenzó un paulatino declive que obedece a múltiples factores: enfrentamientos entre la nobleza, recesión económica, epidemias y plagas, hambrunas, pérdida de población, ...
Una situación que se intenta invertir con la creación, en el siglo XVIII, de la Sociedad Económica de Amigos del País que, entre sus objetivos destaca los de recuperar la agricultura, la industria, la enseñanza y otros de utilidad pública.
En 1833, la división territorial del país fijó la capitalidad de la provincia en Jaén, una ciudad con una endeble economía basada en la actividad agraria, la administración y los servicios.
Prehistoria
No son muchas las noticias que tenemos en Jaén acerca de asentamientos
prehistóricos. Los alrededores de la ciudad presentan diversos yacimientos
de pinturas rupestres, sobre todo en el sur, donde los abrigos rocosos son más
abundantes. Se tratan de figuras aisladas y esquemáticas, zoomórficas
o humanas con tonos predominantes en rojo y negro, con presencia de algún
azul oscuro. Este tipo de pinturas, relacionadas con el tipo levantino, presenta
dificultades de datación. Los especialistas barajan su comienzo en el
Neolítico medio, aproximadamente en la mitad del tercer milenio, y abarcaría
hasta el primer período de la Edad del Bronce.
Los principales yacimientos conocidos son los de Peñas de
Castro, Cerro de la Mella, Fuente de la Peña -muy cerca de la ciudad
ésta, donde se ubica la Cueva Secreta-, Cerro Veleta, Cerro del Canjorro
y Cueva de los Soles, en Cerro Calar.
Es posible que la crisis de subsistencia que se produjo a mediados
del tercer milenio empujara hacia el Alto Guadalquivir a algunos grupos que
encontraran en la Vega de Jaén valores suficientes para instalarse en
una zona en la que desde muy primera hora la disponibilidad de agua en abundancia
fue un factor determinante.
Este punto de la Edad del Bronce conectaría estos primitivos
pobladores con la cultura de Argar, que se desarrolla a lo largo del II Milenio
en una extensa zona del sureste peninsular, especialmente en Murcia y Almería,
pero que acabaría por extenderse al sur de Alicante, norte de Granada
y sureste de Jaén y Albacete.
Su modelo de poblamiento buscaba la proximidad con nacimientos y
ramblas. Los asentamientos, en lugares altos, disponían de pequeñas
fortificaciones y en su interior se abrían calles estrechas que permitían
la circulación ente las distintas agrupaciones de casas. Sin conocer
aún las conclusiones definitivas de las excavaciones realizadas desde
hace una década en Marroquíes Bajos, la tipología anunciada
al principio de los hallazgos parece coincidir con estos poblamientos.
La cultura argárica aportó importantes cambios en
la organización social, en las producciones de cerámica y de bronce,
en el ritual funerario y en la explotación agropecuaria. Practicó
una agricultura basada en el regadío y en el control de los recursos
hidráulicos. El mantenimiento de estas instalaciones agrícolas
requirió una organización social fuerte, con una élite
poderosa. Esta clase dominante adoptó las armas como símbolo de
su poder y se enterró con ellas.
Ejemplos de estas costumbres funerarias y próximos a alguno
de los abrigos rupestres mencionados anteriormente, encontramos ejemplos de
arquitectura megalítica, como el de los dólmenes de los Cañones
de Otíñar, descubiertos en 1965 y cuyo ajuar pasó a manos
particulares, posiblemente material argárico. Existen otros dólmenes
cercanos, pero en muy mal estado y expoliados.
En 1956 se descubría en Marroquíes Altos, a la espaldas
de la actual Parroquia de Cristo Rey una necrópolis datada en el primer
período de la Edad del Bronce.
A fines del II milenio a. d. C. desaparece por paulatino agotamiento el mundo argárico y se inicia el período final de la Edad del Bronce, recibiendo la comarca numerosas influencias que llegan desde el interior. La principal vendrá desde el reino de Tartesos, en la desembocadura del Guadalquivir. En el año 1000 a. d. C., las civilizaciones avanzadas del Oriente Mediterráneo iniciaban su expansión marítimo - comercial hacia los límites del mundo conocido.
En el plano de la hipótesis, es posible que en este período se localizaran, coincidiendo con el actual núcleo urbano, al menos dos grupos asentados en la zona. Uno, si acaso más reducido, asentado en la falda del cerro de Santa Catalina, cerca del manantial de la Magdalena, como demuestran los hallazgos de Caño Quebrado (1941), y un segundo tal vez más numeroso que se asentaría al final de la pendiente del monte, junto a la rambla que hoy ocupa el Paseo de la Estación, con una importante actividad agraria y que ocuparía la zona de Marroquíes Bajos.
Iberos
Las primeras manifestaciones del mundo ibérico en la provincia datan
del siglo VI a.C. Siguiendo fuentes clásicas, como Estrabón, Plinio
o Ptolomeo, la provincia quedaría dividida bajo la influencia de oretanos
y turdetanos, sobre la que los romanos establecerían los límites
entre la Tarraconense y la Bética. Los textos de Plinio permiten albergar
supuestos sobre la existencia de un tercer núcleo independiente, los
mentesanos.
En el plano siempre de la hipótesis, y siguiendo los trabajos de Arturo
Ruiz, Oretania se extendería desde Mengíbar, por el norte del
valle del Guadalquivir hasta Baeza, desde donde ocuparía la zona sur
de los ríos Torres, Bedmar, Jandulilla y Guadiana Menor, y ocupando las
sierras de Cazorla y Segura. La Bastetania debió ocupar las zonas las
zonas más al sur.
Ya a finales del siglo V es apreciable una organización territorial
madura, que se centralizaría en Cástulo para los oretanos y en
Obulco para los turdenanos.
En este momento es apreciable en la zona un aumento de la población
que se trasladaría a la aparición de numerosos asentamientos en
la zona, más de doscientos según fuentes romanas, con una tipología
constructiva que los arqueólogos han llamado oppidum: poblaciones situadas
sobre una meseta, fuertemente fortificadas, de mayor tamaño que los asentamientos
levantinos que implicaría una estructura social desarrollada. A su vez,
en estos oppidum ya en la campiña se distinguen unos de mayor tamaño,
como Obulco o Iliturgis, y otros menores en la campiña alta, entre los
que se encontraría el de Puente Tablas, en las cercanías de la
actual ciudad.
El trabajo comunal, tal vez el uso de esclavos públicos,
produjo sin duda excedentes de producción que de alguna manera revertieron
en las estructuras familiares y en los propios oppidum, pero que también
provocaron una estratificación social, como se demuestra en los distintos
tipos de ajuares funerarios hallados, e incluso en la apropiación de
parte de los excedentes de oppidum dominados que pasaban a manos de otros oppidum
dominadores.
Los restos arqueológicos testimonian la presencia ibérica
en las proximidades del Castillo de Santa Catalina, haciendo especial referencia
al interesante poblado ibérico del Puente de Tablas. Las excavaciones
realizadas en este último enclave han determinado la existencia de un
muro escalonada, con torres avanzadas de grandes sillares en lo que se ha dado
en llamar como plaza de armas. Han sido abundantes los hallazgos de cerámica
de borde quebrado y vuelto de finales del siglo V y principios del IV. El poblado
no se romaniza y en él se encuentran restos asimismo de cultura tartésica
y medieval.
Cartagineses
Situada en una zona de paso, Jaén tuvo a griegos y fenicios
como pobladores y, por tanto, como protagonistas de hechos históricos.
Tito Livio y Estrabón dan noticias de importantes hallazgos cerámicos
en esta ciudad que el primero cita como Auringi y Oringe; Polibio, como Elinga
y el Concilio de Ilíberis, como Advinge, Plinio como Nijis u Oringis,
para ser llamada por los romanos Flavia, luego de declararla municipio.
La conquista cartaginesa del Guadalquivir comenzaría en el 237 a.C. y
se prolongaría hasta el 231. Amílcar vencería a Istolatio,
general celta, posiblemente al mando de tropas mercenarias al servicio de los
turdetanos, y a Indortes. El hecho de que Amílcar muriera a manos de
los oretanos en Cástulo, lo que explicaría el tratamiento que
los cartagineses darían a los pobladores de la zona. Tras la derrota
y dominación de los oretanos, sin embargo, Asdrúbal seguiría
una política diplomática: se casó con la hija del caudillo
de aquellos y su proclamación como General de todos los Iberos, insertándose
así en la estructura sociopolítica indígena.
La consecuencia inmediata de esta presencia fue la explotación
de los yacimientos mineros de Sierra Morena.
El Jaén cartaginés tuvo cierto protagonismo. Establecidos
Asdrúbal y Aníbal en Cástulo, Vilches y el Centenillo,
sería el propio Aníbal quien haría de Auringis (Jaén)
una gran fortaleza que, juntamente con Mentesa Bastia (La Guardia), llegaría
a tener una gran importancia estratégica, dada su situación próxima
a la Vía Hércula y a otras calzadas ibéricas, caminos éstos
que servían para unir a Levante con Turdetania, que hunde sus raíces
en el antiguo imperio de Tartesos.
A la entrada de los cartagineses fue Jaén alcázar
de Asdrúbal, haciéndose entonces la ciudad grande, rica y fuerte,
hasta el extremo de ser terror para los romanos.
Romanización
Lucio Scipión, hermano de Scipión el Africano, en duros combates,
se apoderó de Jaén calificándose esta plaza como opulenta,
fortísima y bien situada. Era una ciudad notable de cuyo esplendor, al
hilo de la narración de Tito Livio, poco quedaría.
Una vez expulsados los cartagineses, todo el territorio se integró
en la estructura política, administrativa y económica de Roma.
Así, el sistema esclavista se impone y se produce una progresiva sobreexplotación
de los recursos tanto mineros como agrícolas, lo que tiene una decisiva
influencia en la implantación del hecho urbano.
Tras la reforma de 197 a.C., existirían tres tipos de ciudades:
estipendarias, sometidas al pago de tributos; ciudades libres, que poseían
sus propia administración aunque sin el reconocimiento de ciudadanía
romana; y ciudades federadas, con iguales derechos que las anteriores, pero
obligadas a contribuciones militares.
Ya en época imperial, con Vespasiano, las tierras de la provincia
se dividirían entre las provincias Baética y Carhaginensis, el
cuyo límite justo se ubicaría Aurgi.
Los romanos la declararon municipio con el nombre de Flavia. De
esta época se conservan diversos restos arqueológicos: estelas
funerarias, restos de villas con hermosos mosaicos, esculturas, baños,
etc. El Acueducto del Carmen quedó definitivamente destruido en la década
de los 80' del recién finalizado siglo. Podríamos considerar que
sería en esta época cuando el núcleo originario de la ciudad
se establecería definitivamente, siendo desde entonces el punto de expansión
urbana con continuidad hasta nuestros días.
Las dimensiones de la ciudad romana eran considerablemente inferiores
a la árabe o a la actual. Se circunscribía a una parte del barrio
de la Magdalena hasta su confluencia con el barrio de San Juan. Precisamente
en la plaza de la Magdalena se cree que se ubicaba en foro. En esta época
se construiría la red de alcantarillado que desalojaría las aguas
fecales hacia el Caño del Agua.
Visigodos
Los visigodos se asentaría definitivamente en el primer tercio del siglo
VI. Ya habían hecho acto de presencia durante el siglo anterior en expediciones
de acoso contra los vándalos silingos, por encargo de los romanos.
En la segunda mitad del mismo siglo surge la presencia bizantina,
que ocuparía una franja mediterránea que llegaría justo
hasta la línea del Subbético. Los visigodos a lo largo de diferentes
campañas irían recuperando este territorio.
En cuanto a la organización territorial, la provincia seguiría
dividida tal y como se dispuso bajo el reinado de Vespasiano en Baética
y Cartaginense, con metrópolis en Hispalis y Toledo respectivamente.
En esta época decae la ciudad frente a la creciente importancia
de Mentesa (La Guardia) impulsada por la presencia bizantina y por su enorme
interés estratégico sobre el valle del Guadalbullón, llegando
a ser sede episcopal y una de las plazas fuertes más importantes junto
al “limes bizantino”.
Un dato curioso aportado por una constitución aprobada por
Sisebuto en 612 es la presencia judía de cierta entidad en Aurgi.
Arabe
Durante cinco siglos estuvieron los árabes en Jaén.
La consideraron como una gran ciudad. Le dieron walí, levantaron mezquitas,
construyeron fortificaciones y palacios.
Conquistada Jaén por Abdelazib, en el 713. En el siglo X
sería la capital del reino moro llamado Dijaryan. Los almorávides
la incorporarían a su imperio en 1.091 y los almohades la ganarían
en 1.148.
Con los árabes Jaén, la cora de Yayyan es una excelente
tierra regada por abundante agua que fluye en forma de ríos y fuentes,
poseedora de gran cantidad de cultivos, así como de una famosa industria
de tapices y utensilios domésticos de madera que se exportaban por todo
Al-Andalus y el Magreb. Así la describe Al-Sagundi: “Yayyan es
la ciudad del Al-Andalus con la que ninguna otra ciudad puede ser comparada
en abundancia de cereal, número de valientes soldados y fortaleza y solidez
de sus murallas”.
Se señala la magnífica situación geográfica
de Jaén (Kiurin, Gien o Geen, para otros) como paso obligado entre Córdoba
y Toledo, y entre Córdoba y Tudmir, pues se podría afirmar que
algunas de las más importantes vías del sur de Al-Andalus cruzaban
la cora de Jaén o de Yayyan. Aquella Giyen o Geen, «camino de caravanas»,
tuvo épocas de enorme esplendor.
Esta época deja una enorme marca en la configuración
urbana. Aquella ciudad seguiría el modelo islámico de oriente,
que se ha descrito como: “secreta, indiferenciada, sin rostro, misteriosa
y recóndita, hondamente religiosa, símbolo de igualdad de los
creyentes antes el Dios Supremo”.
Medina Yayyan aparece plenamente configurada en el primer cuarto
del siglo XI como núcleo urbano compuesto por la medina amurallada y
la alcazaba. El abundante potencial de agua en la propia ciudad y en sus inmediaciones
hizo que surgieran fértiles huertos y vegas circundantes para cuyo riego
se construyeron albercas.
La ciudad estaba formada por un nicho central o madina, en que se
hallaba la mezquita mayor, en torno a la cual se agrupaba la vida comercial
y religiosa, en el mercado cerrado de productos valiosos, las alhóndigas
o almacenes de mercancías, y al mismo tiempo, posadas, baños y
zocos (AGUIRRE SABADÁ, 1979). La mezquita aljama, construida por cAbd
al-Ramãn II, se alzaba en una zona desde la que se dominaba toda la ciudad,
en una plaza de la que partían las calles principales, angostas y tortuosas,
que se tornaban a cada paso, formadas por manzanas de casas grandes e irregulares.
Al-Himyari la describiría así en el siglo XII: “la mezquita
aljama de Jaén domina la villa y se sube a ella por escalones en sus
cuatro frentes. Tiene cinco naves sostenidas por columnas de mármol y
un gran patio rodeado de ganerías y cubiertas”. Las calles más
estrechas no tenían salida generalmente, pero sí una puerta para
ingreso que se cerraba por la noche al objeto de ofrecer seguridad a sus vecinos.
A éstas se le denominaban adarves y aún se conservan algunos.
Otras calles aparecen atravesadas por cobertizos y pasos que unían las
plazas elevadas de las casas, a uno y otro lado de la calle. Las gentes se agrupaban
en los arrabales y barrios por sus creencias religiosas, así como por
su medio de vida u ocupación, de donde se tomaba el nombre del barrio.
Este conjunto de calles se ha clasificado en cuatro tipos (LÁZARO
DAMAS, 1986), distinguiéndose las vías maestras; las calles públicas,
que parten de las anteriores, en las que se afincaban los artesanos y que funcionaban
como maestras de los barrios; las calles de paso, conectadas con las públicas;
y por fin, los callejones sin salida.
Las dos vías maestras discurrían paralelas siguiendo
las curvas de nivel, cruzando la falda del monte, y que confluían en
la Puerta de Martos:
La primera enlazaba la parte noroeste con el sector suroeste, la
Puerta de Martos con la Puerta de Granada, y por tanto, unía los caminos
que conducían a ambas poblaciones. Se conoce como calle Maestra Alta
y se correspondería con las actuales plaza de la Magdalena y calles de
Almendros Aguilar, Merced Alta y Puerta Granada.
La calle Maestra Baja uniría los sectores noroeste y oeste,
la Puerta de Martos con la de Santa María, y con el tiempo sería
la que mayor entidad adquiriría y en la que aparecerían los edificios
más destacados. Se correspondería con la plaza de la Magdalena,
Santo Domingo, Martínez Molina, Maestra, Alcaicería, Mezquita
Aljama y Campanas.
Esta estructura urbana se mantendría en época medieval
y moderna.
Se desarrolla una tipología de vivienda unifamiliar: casas
sin arreglo ni igualdad y por común oscuras, de mala distribución
interior; con gradas para pasar de unas piezas a otras y los pisos desiguales.
Las ventanas pequeñas con muchas rejas y celosías, aun las que
miran a los patios interiores y a los corrales. La mayor parte tenían
sus galerías y corredores sobre postes o columnas pequeñas, a
su tradicional usanza. Las puertas de la calle tienen todavía dinteles
de madera, aunque sea la fachada de piedra.
Durante la larga dominación árabe se produjeron luchas
entre moros y cristianos y prolongadas etapas de paz. Alfonso el Batallador
cercaría Jaén entre 1.125 y 1.151, conquistándola finalmente
Fernando III el Santo, en 1.246. Los moros la atacaron en 1.300, pero no consiguieron
hacerse con la plaza debido a la ayuda prestada a Jaén por los Caballeros
de Baeza. A lo largo de aquella etapa árabe el castillo de Jaén,
que era modificado continuamente, fue escenario de grandes acontecimientos.
Reconquista
Fue Fernando III El Santo quien recuperaría finalmente la ciudad de Jaén
para el reino de Castilla. La Primera Crónica General lo describe como
un rey mesurado, cortés, de buen entendimiento, muy sabidor y bravo,
temido de los moros, y al mismo tiempo, amado. La lucha contra los moros y el
ensanchamiento de Castilla fueron constantes en su reinado.
En este momento de la reconquista, Jaén pertenecía al reino moro de Arjona, uno de los tantos de Taifas que tras la derrota almohade se formaron, cuyo rey era Amed ben Yúsuf ben Nasar, conocido como Aben Alahmar, el hijo del Rojo, que finalmente trasladará su reino a Granada.
Antes de 1245, Fernando ya puso cerco a la ciudad. Fue en 1225,
del 5 al 20 de Julio. La ciudad estaba defendida por Álvar Pérez
de Castro, un noble castellano enemistado con el rey. Pero Fernando termina
por levantar el campo y dirigir sus tropas, a través de Martos y Fuensanta,
hacia Granada.
Álvar iría en busca del rey a Granada y obtendría
su perdón, recibiendo honores y la confianza real.
Tres años más tarde volvería el rey por tierras
de Jaén y tomaría Castro, las actuales Peñas de Castro,
y remontaría el río de la Plata por el cerro Veleta y Otíñar,
cuya población sería destruida, al igual que antes se destruyó
Grañena, en el Cerro Pitas.
En 1230 vuelve a poner cerco a Jaén y los alrededores son saqueados.
El cerco de Jaén.
Cuenta la Crónica General de Alfonso X que estando el rey
en Martos, oyó el consejo del Maestre de SAntiago, don Pelay Correa,
para cercar la ciudad de Jaén a mediados de 1245.
Cuando Fernando III pone sitio a Jaén ya se había
hecho con muchas ciudades y villas giennenses, entres las que destacaban Úbeda
y Martos. Su propósito de tomar la ciudad era firme y se prolongó
desde mediados de diciembre de 1245 hasta el 28 de febrero de 1246, meses en
los que los sitiadores sufrieron los rigores de un duro invierno. Ximénez
Jurado comentaría que la ciudad era fuerte "así por la asperaza
de su sitio, que obligaba a no poder levantar máquinas, ni ingenios de
guerra para combatirla, como por la fortaleza de sus muros, dentro de los cuales
había mucha gente de pelea bien prevenida de armas y bastimientos".
La defensa, por tanto, fue dura. Todo ello aconsejó al rey cristiano
hacer uso de la paciencia y practicar una de las técnicas de asalto más
antiguas: el hambre. La actitud del rey fue quebrantando la moral de los sitiados.
El wali Omar-ben-Muza procuraba infundir ánimo en sus huestes, pero los
prometidos refuerzos de los nazaritas granadinos no llegarían nunca.
Finalmente, Alahmar se presentó en el campamento cristiano
y se declaró vasallo de Fernando III, besando su mano, en prueba de lo
que le entregó la ciudad de Jaén. Alhamar pensó que de
prolongar la defensa de la ciudad podría peligrar su aún nuevo
reino de Granada. Así, el tratado reconocía el dominio del rey
moro de sus tierras en vasallaje, concepto en el que abonaría al cristiano
la mitad de sus rentas calculadas en 150.000 maravedíes anuales. El rey
moro iría anualmente a las Cortes, sentándose entre los ricohomes.
En cuanto a Jaén, ya de sobras ganada por el asedio, sólo quedaba
entregarla. Una vez cerrado el pacto, el ejército musulmán se
replegó hacia Granada.
Durante años en Jaén ha existido la creencia de que
la ciudad se tomó el 25 de Noviembre, día de la patrona de la
ciudad, Santa Catalina de Alejandría. En realidad ya el mismo Ximénez
Patón descarta este hecho y achaca su elección como patrona a
que fue ella quien se le reveló al rey santo para indicarle que sería
señor de la ciudad en poco tiempo.
La entrada en Jaén.
Fernando dispuso una gran procesión para escenificar su entrada
en la ciudad. Delante iba el ejército con sus banderas, seguido de las
milicias de los Concejos, con pendones. Les seguían prelados, religiosos
y sacerdotes seguidos de una imagen de la Virgen, que se cree que podía
ser la de la Virgen de la Antigua, y a continuación el rey con los ricohomes
de Castilla y de León y los maestres y freires de las Ordenes Militares.
La comitiva se dirigió directamente a la Mezquita Mayor.
Una vez purificada y consagrada, le dio el nombre de Santa María y levantó
un altar en honra, en el que cantó solemnemente misa don Gutierre, obispo
de Córdoba.
Se cuenta que el Rey clavó su espada en el lugar del Monte
de Santa Catalina en el que hoy se sitúa la Cruz.
Fernando III en Jaén.
El rey permanecería en la ciudad unos ocho meses, en los
que se dedicó a cuestiones de gobierno: concede fueros a Alcalá
de Abenzaide, franquezas y heredamientos a los nuevos pobladores, agrega a su
jurisdicción castillos y lugares, nombra primer alcaide de éstos
y del alcázar de Jaén a D. Ordoño Álvarez de Asturias,
señor de Noroña y, finalmente, parte hacia Sevilla.
El rey estableció en la ciudad sede episcopal. Fueron muchos
los que vinieron a poblarla de otras regiones españolas. También
se mandó construir un palacio extramuros, en el solar que hoy ocupa la
Diputación. Colateral a él, hace construir la Capilla Real y ordena
que nunca podrá demolerse.
El legado de Fernando III en Jaén.
A la importante expansión por Andalucía que supuso
la obra de Fernando III le sucederían años de luchas por el poder
entre distintas facciones, como los Benavides, Molinas o Carvajales. En 1295
Abenalamar cercaría la ciudad y se sucederían incendios, saqueos
y muertes.
La biografía de un rey.
Nace el Rey en 1201. A la muerte del rey enrique I, en 1217, su
madre, Berenguela, hereda la corona de Castilla e inmediatamente renunció
en favor de su hijo. En 1220, Fernando toma como esposa a Beatriz de Suabia,
unión e la que nacerá el futuro Alfonso X. En 1237 contraería
nuevo matrimonio con Juana de Ponthieu.
Durante los primeros años de su reinado la vida política se caracterizó por la predominante presencia de su madre Berenguela en los asuntos del reino. En 1230 murió su padre Alfonso IX de León, que en su actitud anticastellana había designado como herederas a sus hijas Sancha y Dulce, habidas de su matrimonio con Teresa de Portugal. Sin embargo, la habilidad de Fernando, la ayuda de la Iglesia y de un sector de la nobleza leonesa, junto con la habilidad de Berenguela, consiguieron que la Corona de León recayera en Fernando.
La unión de Castilla y de León bajo el cetro de Fernando
III terminaba definitivamente con la separación de ambos reinos. La nueva
unidad política y las expectativas abiertas años atrás
por la victoria cristiana en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) permitieron
que desde 1231 a 1236 se desarrollaran bajo el reinado de Fernando importantes
campañas victoriosas frente a los musulmanes en el ámbito de la
Reconquista.
Su vasallo, el arzobispo Jiménez de Rada conquistó
Quesada y Cazorla (1231). En 1236 se conquistó Córdoba, antigua
capital del Califato.
La fase más importante de expansión territorial frente
a los musulmanes se desarrolló entre 1240 y 1248. Durante este periodo
se conquistó Jaén (1246), el reino de Murcia se convirtió
en vasallo de Castilla (1243), y Sevilla capituló en noviembre de 1248,
después de un largo asedio en el que participó la marina vasca
del almirante Ramón Bonifaz.
El repoblamiento cristiano de Andalucía comenzó poco
después de su conquista. La extensión e importancia económica
y estratégica de las nuevas tierras obligaron al monarca a repoblar el
territorio conquistado de una forma efectiva. El modo utilizado fue el llamado
sistema de 'repartimientos', con dos modalidades: donadíos y heredamientos.
Los primeros se utilizaron para repartir los bienes inmuebles, cuyos beneficiarios
fueron principalmente la aristocracia laica y eclesiástica. Por su parte,
los heredamientos hacen referencia al reparto de tierras entre verdaderos pobladores,
que fueron tanto caballeros de linaje y villanos, como peones.
Mediante este sistema se inició en Andalucía una estructura
de grandes propiedades que permitió un incremento de la autoridad de
los poderosos, tanto por las tierras que consiguieron, como por los derechos
jurisdiccionales que acumularon en sus manos. Por su parte, en Castilla y León,
de donde salieron la mayoría de los pobladores de las nuevas tierras,
se incrementaron los grandes dominios. La aristocracia militar, eclesiástica
y de los concejos castellano-leonesa adquirió rápidamente los
bienes que dejaban vacantes los emigrantes que se dirigían hacia el sur.
Muere en 1252. Ordóñez de Ceballos, un historiador
del siglo XVII, alude a una entrevista que el rey, en su lecho de muerte, tuvo
con su hijo Alfonso y en la que le confiaría el secreto de que había
recibido la ciudad en pleito-homenaje de Alhamar y que tendría que devolverla
cuando el rey de Granada la reclamara. Es una historia negada por historiadores
pero que, de alguna manera, añade un último halo de leyenda a
la relación del rey con esta ciudad.
La dedicación del rey Fernando III a la empresa de la Reconquista, sus grandes muestras de piedad y su respeto a la moral cristiana le valieron el calificativo de Santo y en 1671 su ascenso a los altares.