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Arteterapia
La poética como psicoterapia
Dr. Carlos De los Ríos Moller
En general se tiende a separar la vocación profesional de las aptitudes artísticas. En la formación psicológica como carrera universitaria, la falta de lo lúdico como imaginación que permita una apertura de lo inconsciente, ocasionara para el futuro profesional una pobreza en verbalizar los conflictos psíquicos y emocionales.
No es este el caso, de la psicóloga y poetisa Imanuela Jirón. Optando por el anonimato casi franciscano, Jirón opto por habitar el valle quillotano. Su creación poética esta marcada con la certeza del desgarramiento. La narrativa poética es usada como una forma de terapia no para embellecer a ritmo de caracol las relaciones interpersonales, sino para hacer un llamado a la profundidad del drama de la existencia humana: el desamparo radical.
Jirón realiza un riguroso trabajo de la palabra poética casi al unísono del ritmo respiratorio.
La narrativa poética como instrumento psicoterapéutico, permite reconocer dichos conflictos no verbalizados, no puestos en palabras por el paciente. La mente enferma no esta exenta del alma trastocada. Solamente la caída de las mascaras en el baile de la ignorancia de la condición humana, permitirá la muerte del ego: origen del gran malentendido humano.
Ref. artículo publicado en el diario "El Mercurio de Valparaíso"
21 de Noviembre del 2003.
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Novela: "Amor a Paso de Caracol"
Prólogo
Quizás si alguien nos hubiera anticipado desde el principio que en esta vida unos serían compañeros del espíritu y otros de la materia, todas las historias de amor habrían podido encontrar un mejor desenlace.
Si desde el comienzo hubiésemos canalizado nuestros esfuerzos para desarrollar el amor dentro de nosotros mismos, entonces no habríamos tenido que buscarlo afuera.
Si las condiciones de libertad se hubieran dado también desde lo interno, entonces no habríamos tenido que pedir tanta venia a los demás para poder ser felices.
CAPITULO UNO
No quería pensar que en la mitad de vida que le quedaba por delante, se la pasaría desde el metro a las conferencias de prensa y luego a su casa para almorzar apurada, ver poco a sus hijos y luego regresar al periódico para poder concentrarse en alguna crónica el fin de semana.
La playa, estas vacaciones, su mitad de ciclo vital andada, su mayor soltura intelectual y laboral le estaban permitiendo por primera vez en su vida, lograr la detención necesaria para dejar que las cosas esenciales volvieran a fluir desde su fuero interno.
Ciertamente sus últimos devaneos amorosos no habían sido lo suficientemente contundentes como para generar en ella otra crisis existencial, como las vividas en el pasado. Ya no le dolía tanto el amor y se levantaba sola al poco tiempo. Estas aventuras de los 40 no pasaban de entregarle cierta cuota moderada de sexo pasión y cuestionamientos momentáneos y livianos.
Era por primera vez libre de dramas sentimentales y de verse en la obligación de responder a otros acerca de su vida. El tiempo que dedicaba a este aspecto de sí misma era suficiente y más aún, lo veía como un exceso de obstinación pensar lo contrario.
A sabiendas de que sus antiguas historias la habían hecho sufrir, precisamente por el desapego que era incapaz de generar desde dentro de sí, ya no quería apegarse más a nadie.
Su vida con Antonio, su ex marido, había sido bastante rica en vivencias compartidas, desde un enfoque del realismo, del día a día, del amor cotidiano, el que había estado condimentado con algunos paisajes y fantasías orientales e indígenas, que la habían hecho ver la vida desde su inmediatez y criar a sus hijos, al lado de un compañero que la ayudaba en su diario vivir, practicando por encima de todo el fantástico principio de la equidad de los roles en la pareja.
Todo pareció responder casi a una fórmula matemática del éxito marital, hasta que tuvo que pasar lo inevitable, en tiempos del amor incierto en una sociedad cambiante, donde el amor también es un bien deshechable.
La química cedió a los encantos de terceros. Un tercero para ella y otro tanto para él. No pudieron resistir la triangulación sugún sus terapeutas de cabecera, y entonces, este buen intento de familia feliz, veía llegar su propia muerte, previo el caos y salvataje desde todas las vías posibles e imaginadas.
En el fondo sabía, que no era fácil dejar el sueño invisible que ambos habían desarrollado, como paisaje implícito que surgía siempre desde el interior de esta relación.
Se habían conocido pretendiendo desde la magia, reconstituir un espacio indígena para el amor, en los tiempos donde burlarse de la modernidad resultaba un atractivo alimento, para el resurgimiento de una sexualidad prehistórica, que se apoyaba en aspectos cuasi mitológicos de la existencia.
Esto duraría un tiempo hasta que Antonio conoció a otra mujer en un momento de su vida en que su razón laboral comenzaba a darle mayores frutos.
Cassandra, en plena época de crianza de sus dos hijos pequeños, con menor tiempo para poder compartir con Antonio su diario vivir, también se nutrió por otro lado del encantamiento que le produjo un compañero en el periódico donde trabajaba, que tenía de mundo, todo lo que a la prehistoria de Antonio le faltaba. Soñó en ese entonces que este héroe encantado la llevaría por la cosmopolita vida que nunca había querido tener pero que ahora misteriosamente la seducía y paseándola por el mundo en sus sueños más que en la realidad, se encontraba inventándose excusas para poder estar más cerca de Horacio, su solícito jefe en el periódico.
Entretanto Antonio, empezaba a relacionarse cada vez más con la joven rubia que reeditaba en él todas las vivencias pasadas de sentirse solicitado, admirado y seducido desde un aspecto estrictamente carnal, moderno, laboral y onírico también para él. Todo parecía demasiado para ser cierto, valía la pena jugársela por esta aventura y empezar de una buena vez a ausentarse del hogar.
Para su desgracia, no le duró mucho este impulso de ser nuevamente intensamente feliz, pues Cassandra, exigente de lo que habían sido como pareja, no haría vista gorda de los deslices de Antonio, si bien de sí misma, tampoco reconocía el peso de su propia carencia afectiva.
Resultado, al poco tiempo de ventilarse el conflicto, con los consabidos llantos, gritos y jarrones quebrados con que suelen adornarse estas escenas, se les vino encima el quiebre de una relación , dos hijos pequeños que afortunadamente no sufrieron los embates de la separación, salvo en grado mínimo, sobre todo en los momentos de tristeza de sus padres lo que también tiñe el ambiente familiar de un ensombrecido ánimo que empieza a afectarlos en todo sentido. Con el tiempo aprenderían que estos padres que tuvieron por suerte elegir, les darían igual todo el cariño que se necesitaba en la vida para saberse queridos, mimados y respetados en un espacio que desarrollarían y enriquecerían durante el resto de sus vidas.
Por primera vez Cassandra se daba cuenta que la relación de un padre con un hijo era eterna, para siempre, incondicional. Descubrió para su pesar que el amor de pareja en cambio era más condicional y pasajero.
Algo la ataría de todos modos a Antonio para siempre, y eran estos dos niños. Por primera vez en su vida no podría darse el gusto de terminar una relación, sin ver más al fallecido en cuestión. Aquí el duelo sería con un muerto viviente que la visitaría en más de una ocasión, con la indiferencia suficiente y frialdad necesaria para no confundir las cosas y mantener el ámbito de pareja totalmente separado de la relación de ellos con sus hijos. En esto pudo, pese a sus sufrimientos, ser bastante generosa privilegiando el beneficio que otorgaría esta actitud a sus hijos quienes podrían contar con un padre en todo momento.
El supuesto trauma de la separación fue vivido por Ignacio y Rodolfo, como la tristeza que vieron muchas veces en los ojos de sus padres, al no poder ellos devolverles una familia como la de antes.
A Antonio le dolería mucho más el tener que renunciar a la presencia diaria de sus hijos, y por primera vez comenzaba a valorar este aspecto. Aunque en el último tiempo no había podido compartir con Cassandra, sobretodo, por su absorbente trabajo de alcalde de una comuna, donde se requería su asistencia a distintos eventos y situaciones que resolvía más con la ayuda de Blanca, su nuevo amor. Ella le estaba ayudando a paliar la ausencia familiar de una manera mucho más real y concordante con el tiempo en el que vivía, de almuerzos en restaurantes. De visitas a terreno y elaboración de informes hasta altas horas de la noche junto a su fiel ayudante.
Cassandra lo sabía, era bastante intuitiva y se sentía cansada de competir y luchar por su terreno de pareja, el que veía cada vez más reducido a la nada. El desencantamiento era recíproco, solo faltaba la gota que hiciera rebalsar el vaso de la intolerancia para que uno de los dos tuviera que marcharse.
En este caso fue Antonio quien diera el paso decisivo por esas casualidades de la vida.
Bastó un par de llegadas tarde aduciendo motivos muy poco convincentes para Cassandra. Esta vez, ella quiso esperarlo para hacerle la pregunta inevitable ¿Por qué demoraste tanto? Y Antonio con un aire de suficiencia después de haber saboreado una conquista esperada hace tiempo, sin duda Blanca lo había podido retener hasta el punto de poder provocar la suficiente cólera en Cassandra para que ésta tuviera que pedirle que de una buena vez se marchara a vivir fuera del hogar y muy lejos de ella.
Lo que creía entonces era que las rupturas matrimoniales podían otorgar el beneficio de nunca ver más al otro, cuando la convivencia llegaba a ser poco soportable. Este fue su primer aprendizaje en una nueva vida que comenzaría recién entonces. "Ni los matrimonios ni las separaciones son para siempre"- pensó- cuando ya un tiempo después de consumado el triste descenlace, Antonio venía con cierta frecuencia a ver a sus hijos.
Quizá Antonio partiera para siempre desde su corazón, pero en el aspecto parental aún estaban ligados de por vida, a través de estos dos hijos que para ambos eran la luz de sus vidas.
El miércoles debió partir temprano con los niños al colegio en su primer día de clases. Antonio los iría a buscar a la salida. Cassandra comenzó a relacionarse con él en función de las necesidades de los niños. El vínculo era ahora únicamente a través de ellos. Ella pensó acerca de su decisión, si ya no había vuelta atrás y si había elegido el camino correcto. Se dijo a sí misma que la vida de las esposas y de las amantes sólo se distinguían en algo. Siempre estuvo al tanto de toda la vida de Antonio, sus detalles, citas. Se sentía un poco dueña de su vida pero al mismo tiempo desconociendo toda su vida profunda. Esposa sería según su nueva definición: "la que todo lo tiene de él pero nada profundo conoce de él".
Por otro lado Blanca, no había perdido el tiempo y se acercó a Antonio en un plano afectivo cada vez más cercano.
Un mundo laboral que se disociaba del mundo familiar, hacía que Antonio y Cassandra fueran ahora dos desconocidos. No se nutrían mutuamente, se aborrecían estos dos territorios. Blanca pasó a dar un aire familiar a ese frío mundo del trabajo tan impersonal. Cassandra en cambio, tenía plenamente ocupado su tiempo laboral y hogareño, sin embargo su espacio de pareja se veía cada vez mas reducido en los últimos años de matrimonio.
Así es como un día Horacio, su amigo y jefe en el periódico le sorprendió un día en estas cavilaciones.
"Te he notado muy pensativa en estos días"-argumentó- ¿no estarás enamorada?
Cassandra lo miró descubriendo algunas canas que le daban la confianza que inspiran las blancas cabelleras de los viejos sabios y decidió sentarse un momento a su lado a conversar. Había sido duro el día, insoportable el calor y el humo de los autos. Solo le vendría bien tomar un jugo de naranjas y una conversación tranquila.
"No lo sé-respondió"- estoy muy confundida.
"Quizás empiezas ya a sentir un poco de soledad -inquirió.
"No, creo que es mas bien tristeza. Tengo la sensación de haber perdido algo de verdad importante y me pregunto si realmente hice todo lo que estuvo a mi alcance para rescatar mi matrimonio del naufragio".
Anoche soñé que escapaba de un gran maremoto, y mientras el agua avanzaba yo subía, sin parar por unos cerros con árboles. Entre medio vi a Antonio, sé que era él, por lo delgado, moreno y su bigote característico. Estaba con una mujer ¿sabes? Sentía que él quería algo, quizás poder ayudarme, pero yo no dejaba que lo hiciera, porque lo veía emparejado. Entonces seguía sola subiendo cerro arriba para poder ponerme a salvo.
Lo extraño sabes? Es que no iba con mis hijos, simplemente el sueño tenía que ver sin dudas con mi mundo de pareja.
¿Y cómo lo interpretas?-preguntó Horacio- quien se veía interesado en su vida. Esta imagen era distinta de aquella del frío y calculador periodista al que lo único que parecía interesarle era la organización del diario. Este era un Horacio más humano y más vulnerable, también muy seductor.
Bueno-contestó un poco vacilante- creo que sin duda es la carrera de obstáculos que debo sortear después de separarme, si bien me gusta esta soledad, se me dificulta el camino cada vez más. Aunque he aprendido a no ser envidiosa, eso de ver a Antonio emparejado en mis sueños, aún me causa
dolor.
¿Y no quisieras lo mismo para ti?-le preguntó
¡Uf¡-contestó-esto de ser mujer es un poco más complicado de lo que creía. Ustedes simplemente cuando terminan una relación, buscan otra de inmediato para consolarse. Nosotras en cambio debemos primero llorar bien llorado al muerto y después vencer la segunda parte del asunto.
- ¿Cual?
-"Lidiar con lo que piensan los demás"-le respondió.
-¿Te importa mucho el qué dirán?- concluyó
- No es que a mí me importe Horacio, lo que pasa es que lo que en estos países latinoamericanos con respecto a una mujer se espera es que o sea una santa o de lo contrario una puta. No existe esa demarcación en el mundo masculino. Antes del matrimonio y después del matrimonio es lo mismo para ustedes. Si no anda y comprueba la cantidad de hombres infieles.
- ¿Acaso las mujeres no lo son?- se defendió Horacio
- No en tan alto porcentaje-aseveró Cassandra-y si lo hacen, no es con motivo de vanagloriarse ni de refregarte acerca de sus conquistas amorosas.
- "A ver- dijo seductor, y burlando las distancias al punto en que Cassandra pudo sentir su aliento, su temperatura corporal y también sus ansias- ¿me encuentras conquistador ?.
Ella hizo el movimiento opuesto, sin rechazarlo abiertamente pero cuidando su retaguardia.
Si bien le parecía un tipo atractivo, algo de simpleza y brutalidad le hacían escapar de un contacto más profundo. Era el perfecto animal humano bien dotado de movimientos e intelecto. Pero no así de sensibilidad. Ella pensó que aún le haría falta algo de femeneidad, de yin, de ser más receptivo de lo que era. Antonio si lo había sido y por esto lo extrañaba mucho. Era raro en este país encontrarse con un espécimen masculino capaz de expresar tanto sin tener apariencia ni modos de marica. Antonio era todo un hombre, sin necesitar
demostrarlo a cada momento. Esto es lo que rechazaba de Horacio, él jamás se daría esas licencias, ese aparecer como un ser vulnerable. Sin embargo le agradaba de él su niño juguetón y pirata, su ingenuidad guiada por la pasión que expresaban sus ojos cuando sentía algo de verdad por alguien, y el movimiento corporal que quedaba como evidencia de ese cambio en él.
Para ella, hasta el ocultamiento en Horacio carecía de ocultamiento. Ella se podía dar cuenta perfectamente cuando iba o venía de una aventura nueva.
Bueno, Horacio- creo que tendremos que seguir conversando mañana. Se me hace tarde y tengo un buque con dos tripulantes pequeños que esperan que llegue su capitán a hacerles algunas gracias, para recordarles que tambien tienen infancia.
Está bien- si así lo quieres- nos vemos mañana-podríamos almorzar juntos si quieres.
De acuerdo. Y se fue rauda bajando en el ascensor hacia el estacionamiento.
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