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El encuentro con Jesús...
Hola mi amado. La palabra amado proviene de Amor, y cada vez
que esa palabra se hace consciente en mí, Dios es una misma palabra con
ese sentir. Quienes estamos aquí, en este portal, somos conscientes de que
Dios no abandona jamás a ninguno de sus hijos. Por lo tanto, y de vez en
vez, manda aquí a la tierra a uno o varios de sus rayos. Tal como sucede
con el sol filtrándose entre las nubes, llegan a la superficie rayos
grandes, otros pequeños, unos suaves y otros intensos. Me refiero a sus
encarnaciones, a los seres como Jesús, Moisés, Krishna, Buda y otros
tantos.
¿Y qué sucede cuando nosotros, que no somos sino destellos
pequeñitos de esos rayos, entramos en contacto con esos mismísimos rayos
emanados directamente por la Gran Luz? Pues que no podemos distinguir
entre el rayo, el destello y la misma Luz. Allí es cuando somos UNO,
fundiéndonos. Por supuesto, cuando este sucede, nos transformamos, dejamos
de ser lo que éramos.
A mí como a otros se les ha otorgado esa Gracia, aunque más no
sea por algunos instantes fugaces en la vida. Hay quienes relatan visiones
de estos seres, otros han escuchado su Voz, como Juana de Arco, Francisco
de Asís,etc., algunos hemos sentido la Voz dentro de la mente, y otros han
tenido enseñanzas más o menos directas de acuerdo a la necesidad y
evolución de cada ser.
De pequeño me preguntaba como sería volver al tiempo de Jesús,
estar allí con ese ser tan esplendoroso. Uno de mis primeros recuerdos
(creo que fue a la edad de tres años) es que mirando la televisión,
proyectaban la película Rey de Reyes (sobre la vida de Jesús), en el
tiempo de semana santa. Creo que yo aún no hablaba, pero conservo la
vívida imagen de mi sensación cuando en la pantalla vi a un hombre
arrastrándose por el calvario, llevando un objeto pesadísimo sobre sus
espaldas en forma de cruz. La angustia que sintió mi ser era gigantesca y
abrumadora. Yo, por supuesto,a esas edad no sabía ni quien era
Jesús, ni lo que era la cruz, ni nada de historia. Sólo recuerdo que algo
afloró en mí como de otro tiempo, y fui sacudido por tan gran angustia,
que me incliné de rodillas mirando la desoladora imagen. Mi madre relata
que a la edad de once meses, estando yo internado en un hospital pues me
hallaba muy enfermó, salió un momento de la habitación a hablar con un
médico, y al abrir la puerta, me vio hincado en la camita, llorando frente
al crucifijo que pendía de la pared. Una enfermera que era monja (según me
ha relatado mi madre) sonreía al ver ese pequeño. Ella me dice: supe
entonces que tú y Jesús estaban unidos de manera
inexplicable.
Durante el año 2000, te presenté mis diálogos
con Él y su maestro (luego revelado como maestro interior a mi
consciencia) Juan, según iban apareciendo en mi ser, sin filtrado ni
correcciones de ningún tipo. Ellos hablaban, yo escribía.
Pero imagina ahora que dentro de la palabra Eternidad, donde se
halla implícita la palabra tiempo, exista la mínima posibilidad de que al
ser humano le halla llegado el conocimiento de cómo moverse a través de
los siglos con alguna máquina o proceso científico. He dicho IMAGINA
porque no sé si esto en efecto es real.
Lo que sí sé es que, con formato de novela, el autor J.J.
Benítez ha relatado esta aventura científica de un ser que viaja al tiempo
de Jesús. Como por lo menos me ha parecido interesante este diálogo entre
el viajero y el Cristo, quería compartirlo contigo, a ver qué te
parece.
Aunque más allá de esto que ahora has de leer, quisiera que
pienses en tu propia máquina de tiempo. Lakshahara, mi instructor,
despertó a los 8 años de edad con un pensamiento en su mente que se había
hecho carne: SOY ETERNO.
El alma es eterna, por lo tanto el tiempo transcurre a través
de ella sin que ella transcurra por el tiempo sino por la eternidad. Te
propongo que abras tu mente a tu alma, para que sientas esa eternidad, y
tal vez aquellas cosas que te parecían imposibles con la razón, cobren
sentido a través de la conciencia eterna.
Espero que disfrutes de esta lectura. nos vemos la semana
próxima. GRACIAS!!!!
| DEL LIBRO "Caballo de Troya" (extracto) - Autor
J.J. Benitez, sobre un "supuesto" viaje de un científico cosmonauta
de EE.UU. llamado Jasón, desde nuestros días al año 30 D.C., en
misión secreta, según investigaciones para realizar travesías en el
tiempo y llegar el encuentro de Jesucristo
El gigante me observó unos instantes. Después, en silencio, se
inclinó sobre aquel burlado despojo humano y, con sumo tacto, fue
quemando las mallas. Libre de las ataduras, me apresuré a
incorporarme. Fue una situación embarazosa. Violenta. Incapaz de
articular palabra, me limité a contemplarle. A pesar de haberle
visto en el cenáculo, no podía dar crédito a lo que tenía ante mí.
¡Dios santo! No cabía duda: ¡era Él! Lucía su habitual manto color
vino, forjándole el fornido tórax, con aquella túnica blanca, de
amplias mangas ¡Qué difícil y apasionante reto para la ciencia y qué
absurda posición la mía! ¡Yo, un científico, acababa de ser liberado
de una red por un "hombre" resucitado! Porque, evidentemente, se
trataba de un ser vivo. Sostenía una antorcha, había abrasado parte
de un aparejo de pesca y, en fin, allí estaba: ocupando un volumen
en el espacio. ¿Cómo asimilar tamaña locura? Yo lo había visto
morir. Había comprobado el rigor mortis . había tocado su cadáver
... ¿Cómo era posible? Adivinando tan tormentosos pensamientos,
el Hombre aproximó la tea a su pecho. Y la luz bañó su alta y serena
faz, arrancando destellos desde los lacios cabellos que reposaban
sobre los anchos y poderosos hombros. Su nariz prominente, la fina y
partida barba y, sobre todo, aquellos rasgados, intensos e infinitos
ojos color miel, eran los de Jesús de Nazaret. La proximidad del
fuego hirió sus pupilas. En un movimiento reflejo, las largas
pestañas descendieron una y otra vez. Aquel parpadeo, absolutamente
natural, no podía ser fruto de mi imaginación. Y el Hombre, con
aquella dulce y acogedora sonrisa que tanto me impresionaba, habló
sin fin. Su voz grave, inconfundible, me estremeció.
No te
preocupes del cómo. En todo caso, mi querido y asustado Jasón,
pregúntate por qué ... Y girando sobre sus talones, reemprendió
el regreso hacia la hoguera. Aturdido, salí tras él, hundiéndome en
sus largas zancadas. En mi mente empezaban a agolparse mil y una
preguntas. Pero, torpe, tímido y avergonzado por mi reciente huida,
no fui capaz de agradecer su ayuda. Continué a su lado, caminando
como un autómata e intentando poner en orden mi bloqueado cerebro.
Al rodear una de las lanchas varadas, a pesar de la iluminación
de la antorcha, volví a tropezar. Juro por lo más sagrado que no fue
premeditado. E instintivamente me sujeté a su brazo derecho. Jesús
se detuvo. Flexionó el antebrazo y tensó los músculos en una simple
y pura reacción de ayuda, evitando así que me desplomara sobre los
guijarros. Al aferrarme a él pude percibir bajo la túnica la pétrea
masa del bíceps braquial y del supinador largo, rígido por el
momentáneo esfuerzo. "Aquello" obviamente, no era un fantasma ...
Juan Marcos continuaba dormido. Y el resucitado, tras acariciar
los revueltos cabellos del benjamín, fue a sentarse junto al fuego,
de cara al lago. Yo, sin poder sacudirme aquella pastosa sensación
de irrealidad, permanecí unos instantes de pie, contemplando como un
bobo el haz de troncos y ramas de conífera que yacía a un metro de
la palpitante hoguera. Finalmente, con un nudo en la garganta,
obedecí a mi corazón y le imité, sentándome a su lado. Tenía la
vista perdida en las lejanas luces del yam. Parecía esperar. Durante
un tiempo - ¿qué podían significar los minutos en aquella situación?
– no me atreví a interrumpir sus pensamientos. Flexionó sus piernas.
Las abrazó con sus largos brazos y, descansando el mentón sobre las
rodillas, suspiró profundamente. A renglón seguido, fijando su
mirada en mí, exclamó:
¡Gracias por vuestros sacrificios!
Atónito le miré de hito en hito. Sonrió con una leve sombra de
amargura y, comprendiendo mi perplejidad, añadió:
Sabes bien
a qué me refiero. Vuestra decisión de conocer la verdadera historia
del Hijo del Hombre no es fruto del azar. Éstos (los apóstoles) – y
su mano izquierda señaló hacia las embarcaciones del yam - , mis
pequeñuelos de hoy, terminarán por alterar involuntariamente mi
mensaje... Estúpido de mí, en lugar de permitirle que ahondara
en tales reflexiones, me decidí a intervenir, interrumpiéndole:
Maestro, yo soy un científico. ¿Cómo puedo comprender y
transmitir tu resurrección? Tu estabas muerto... Jesús cedió
benévolo a mis requerimientos. Levantó el rostro hacia las estrellas
y, a media voz, comentó rotundo:
Hay realidades que
difícilmente podrán ser probadas por la ciencia o por las razones de
la deducción pura. Nadie puede concebir esas verdades mientras
permanezca en el reino de la experiencia humana. Cuando hayáis
acabado aquí abajo, cuando completéis vuestro recorrido de prueba en
la carne, cuando el polvo que forma el tabernáculo mortal sea
devuelto a la tierra de donde procede, entonces, sólo entonces, el
espíritu que os habita retornará al Dios que os lo ha regalado y tu
pregunta quedará plenamente satisfecha.
Entonces - insistí
sin ocultar mi incredulidad -, ¿es cierto que la muerte es sólo un
paso?
Tan natural y obligado como la calma que sucede a la
tempestad.
Pero los hombres de ciencia no creen... Esta
vez fue él quien se adelantó a mi exposición.
La correa de
hierro de la verdad, que vosotros calificáis de invariable, os
mantienen ciegos en un círculo vicioso. Técnicamente se puede tener
razón en los hechos y, sin embargo, estar eternamente equivocados en
la Verdad. Y, dibujando una inmensa sonrisa, añadió:
...Yo soy la Verdad. Me has tocado y ahora me ves y escuchas
mis palabras. ¿Por qué sigues dudando? El hecho de que no lo
comprendas no significa que esa realidad superior sea una quimera o
el fruto de unas mentes visionarias. Cuando llegue tu hora, mis
ángeles resucitadores te despertarán en un mundo que ni siquiera
puedes intuir...
Tus ángeles resucitadores? El Maestro
apuntó hacia las estrellas. Creí comprenderle.
Tú, querido
amigo – comentó sin dejar de observar el brillante firmamento -, a
tu manera, ya respondiste a esa cuestión: en mi reino hay muchas
moradas... Y una de ellas es paso obligado para los mortales que
proceden de los mundos evolucionarios del tiempo y del espacio.
Y tú, ¿también has sido resucitado?
No, hijo mío –
su voz se llenó de ternura -. Acabo de decirte que yo soy la Vida.
Mis ángeles, no a petición mía, sólo han dispuesto de mi envoltura
carnal. Pero el poder de resucitar en el Espíritu es un don que sólo
debo al Padre. Algún día, cuando pases al otro lado, lo
comprenderás.
Disculpa mi torpeza. El Maestro me
envolvió en su cálida mirada, animándome a proseguir:
Si no
he entendido mal, ninguno de los seres humanos tiene el poder de
autorresucitarse...
Así es. Sin embargo podéis disfrutar de
la esperanza de que nadie, nadie, puede perder ese derecho. Todos,
como yo lo he hecho, despertaréis a una vida que sólo es el
principio de una larga carrera hacia el Paraíso Una continuada
ascensión hacia el Padre Universal. Un "viaje"... sin retorno.
Las palabras de Jesús – rotundas – no dejaban el menor resquicio
a la duda.
¿Qué quieres decir con eso de que tus ángeles
sólo han dispuesto de tu envoltura carnal?
Te lo he dicho,
pero, en tu perplejidad, no escuchas mis palabras... LO
reconozco. Su "presencia" me tenía trastornado. Mi limitada
inteligencia no hacía otra cosa que dar vueltas en torno a la
realidad física de aquel cuerpo, surgido de la "nada". Supongo que,
en el fondo, era inevitable, y hasta lógico. No era tan sencillo
sentarse junto a un "resucitado" y dialogar como si tal cosa...
... ¡Yo soy la Vida! En verdad te digo que ninguna de mis
criaturas puede devolverme lo que es mío y que sólo comparto con mi
Padre. Mis discípulos, y la mayoría de los hombre de los tiempos
venideros, han asociado y asociarán la maravillosa realidad de la
vuelta a la vida eterna y espiritual con la mera desaparición de mi
cuerpo terrestre. Se equivocan. La desintegración de esa envoltura
carnal ha sido un fenómeno posterior a mi verdadera resurrección. Un
fenómeno necesario, fruto del poder de mis ángeles. Con el paso
del tiempo – rememorando estas frases del Maestro – creo haber
llegado a intuir su significado. La desaparición del cadáver era del
todo necesaria y conveniente. Por un lado, de no haber sido así, los
judíos no se habrían planteado siquiera la posibilidad de un Cristo
resucitado. Y, como dice Pablo, "nuestra fe sería vana". Por otro,
los restos mortales del Hijo del Hombre habrían terminado por
convertirse en un motivo de lógica veneración por parte de sus
seguidores, con los riesgos de una casi idolatría, o enfermiza
adoración, totalmente contrarios al mensaje del Maestro.
¿Desintegración? Todo el mundo piensa que la desaparición
del cuerpo fue un milagro... Durante unos instantes siguió con
la mirada fija en la mágica danza de las llamas. Pensé incluso que
no me había oído.
A ti sí puedo decírtelo – susurró al fin -
. Los milagros, tal y como los conciben muchos seres humanos, no
existen. El poder de mi Padre es tan inmenso que no necesita alterar
el orden de lo creado. El verdadero milagro es vuestra ciega
creencia en los milagros.
Sigo sin entender. Ese cadáver se
esfumó... Jesús sonrió llenándome de confianza.
¿Es que
tus ángeles conocen una técnica...?
Tú lo has dicho. Pero,
al igual que ocurre con vuestro código moral, el de esas criaturas a
mis órdenes tampoco debe ser violado. Sé que lo comprendes. No es el
lugar ni el momento para hacerlo.
Disculpa mi curiosidad.
¿Tiene esa "técnica" algo que ver con la manipulación del tiempo que
nosotros mismos estamos utilizando? (Aclaración: Jasón era un
viajero quien hizo un viaje regresivo a través del tiempo, desde
nuestros tiempos al año 30 D.C.) La sonrisa se acentuó. Fue la
mejor de las respuestas. Y con un cálido tono de reproche añadió:
¿Cuándo comprenderéis que el tiempo es sólo la imagen en
movimiento de la eternidad? ¿Cuánto más necesitaréis para considerar
que el espacio es sólo la sombra fugitiva de las realidades del
Paraíso? Os enorgullecéis de vuestros hallazgos y pensáis que la
Verdad absoluta está a vuestro alcance. No comprendéis que sois como
niños recién llegados a un orden inmensamente viejo e
inconcebiblemente sabio.
Y tu Maestro, ¿qué lugar ocupas en
ese "orden"?
Soy un Hijo Creador. Negué con la cabeza,
dándole a entender que no podía seguirle.
No pretendas
atrapar lo que todavía es invisible a tus ojos de mortal. Te bastará
la fe en la existencia del Padre. Muchas de mis criaturas, a pesar
de haber traspasado la barrera de la muerte, tampoco están
preparadas para enfrentarse, cara a cara, a la luz cegadora del
Padre Universal. Un torrente de preguntas empezaba a encharcar
mi corazón. ¿El Padre? ¿La muerte? ¿Aquellas otras criaturas?...
- ¡Todo parece tan sencillo!... Hablas de la muerte sin miedo
Sin embargo, nosotros...
Vosotros os empeñáis en apagar la
"luz" que late en cada uno de los corazones y que fue depositada
ahí, precisamente para vencer el miedo. Si los hombres escucharan su
propia voz, nadie temería ese paso. ¿Por qué crees que he vuelto?
No me dejó responder.
...Es preciso que unos pocos me
vean ahora para que otros muchos crean y aprendan a mirar hacia sí
mismos. La muerte, hijo mío, es sólo una puerta. No temáis cruzarla.
Algunos seres humanos – esbocé con dificultad – temen más la
incógnita del "después" de la muerte que al hecho físico de la
misma...
Esos – se apresuró a intervenir -, en el
escandaloso tronar de sus dudas, silencian la íntima y sabia "voz"
de sus conciencias. Dejad que sea ella quien os guíe. Todo, en la
creación de mi Padre, está meticulosa y misericordiosamente
dispuesto para vuestro bien. Nadie muere. Nada muere. Todo es un
continuo progreso hacia el Paraíso. Y ni siquiera ese es el fin...
Pero algunas religiones y algunas iglesias predican la
salvación y la condenación... Fue la única vez que su rostro se
endureció.
No midas a nuestro Padre Universal con la vara de
los hombres. Ni confundas la religión de la autoridad con la del
espíritu. Algún día, todos los mortales comprenderán que sólo la
carrera de la experiencia y de la búsqueda personal es digna de la
"chispa" divina que os alimenta a cada uno de vosotros. Hasta que
las razas no evolucionen, el mundo asistirá a esas ceremonias
religiosas, infantiles y supersticiosas, tan características de los
pueblos primitivos. Hasta que la Humanidad no alcance un nivel
superior, reconociendo así las realidades de la experiencia
espiritual, muchos hombres y mujeres preferirán las religiones
autoritarias, que sólo exigen el asentimiento intelectual. Estas
religiones de la mente, apoyadas en la autoridad de las tradiciones
religiosas, ofrecen un cómodo cobijo a las almas confusas o
asaltadas por las dudas y la incertidumbre. El precio a pagar por
esa falsa y siempre provisional seguridad es el fiel y pasivo
asentimiento intelectual a "sus" verdades. Durante muchas
generaciones, la Tierra acogerá a mortales tímidos, temerosos y
vacilantes que preferirán este tipo de "pacto". Y yo te digo que, al
unir sus destinos al de las religiones de la autoridad, pondrán en
peligro la sagrada soberanía de sus personalidades, renunciando al
derecho a participar en la más apasionante y vivificante de todas
las experiencias humanas: la búsqueda personal de la Verdad y todo
lo que ello significa...
¿Y qué representa esa "búsqueda
personal"? Aquel increíble Hombre abrió sus brazos y,
mostrándome las luces del lago, la infinita belleza del firmamento y
el crepitar del fuego, sentenció vibrante:
¿Y tú, embarcado
en esta apasionante aventura, me lo preguntas? ¿Qué me dices de la
alegría y de las emociones que conllevan vuestros descubrimientos?
¿No ha merecido la pena? Guardé silencio. Una vez más estaba en
lo cierto.
... Los descubrimientos intelectuales, amigo mío,
constituyen siempre una "aventura" y un riesgo. Pero sólo los
audaces, los que obedecen a su propio "yo", están capacitados para
enfrentarse a ello. Sólo esos, los auténticos "buscadores" de la
Verdad, saben explorar con resolución y sin miedo las realidades de
la experiencia religiosa personal. ¡Tú mismo y tu hermano estáis
experimentando la suprema satisfacción del triunfo de la fe sobre
las dudas intelectuales! Ahora, con el beneficio del tiempo y de
la perspectiva, aquella extrañeza mía me parece ridícula. Aferrado
aún al duro lastre de lo material, la directa alusión a Eliseo – y a
la familiar fórmula con que vengo definiéndolo: mi hermano – me dejó
perplejo. El "poder" de aquel Ser, sencillamente, era absoluto.
... Y estas victorias, único objetivo de la existencia
humana, conducen a un fin: la búsqueda personal de Dios. En verdad,
en verdad te digo que todo hombre que se empeñe en esa suprema
aventura encontrará a mi Padre, incluso en el desaliento de las
dudas. La religión del espíritu significa lucha, conflicto,
esfuerzo, amor, fidelidad y progreso. La dogmática, por el
contrario, sólo exige de sus fieles una parte ínfima de ese
esfuerzo. No olvides, Jasón, que la tradición es un sendero fácil y
un refugio seguro para las almas tibias y temerosas, incapaces de
afrontar las duras luchas del espíritu y de la incertidumbre. Los
hombres de fe viajan siempre por los difíciles océanos, a la
búsqueda de nuevos horizontes. Los sumisos se limitan a costear o
fondean sus inquietudes al abrigo de puertos limitados, impropios de
"navíos" que han sido hechos para audaces y lejanas singladuras.
Esas palabras – repliqué sin poder contenerme -, en "mi
tiempo", te llevarían de nuevo a la muerte...
No olvides que
mi paso por el mundo será motivo de división y enfrentamiento...
De nuevo le interrumpí:
Dime: ¿Qué debe hacer un hombre
que desea encontrar la Verdad?
¿Tu tampoco has comprendido
mi mensaje? Una ola de vergüenza me hizo bajar los ojos. Pero
aquel Hombre, al punto, pasando su brazo izquierdo sobre mis
hombros, me obligó a sostener su mirada. El contacto de aquella
mano, aferrada con firmeza a mi hombro, fue como una sacudida
eléctrica.
Confiar en nuestro Padre. Sólo eso. Cada
amanecer, cada momento de tu vida, ponte en sus manos. Lucha por la
fraternidad entre los humanos. Lucha por la tolerancia y por la
justicia. Lucha por los débiles. Él se encargará del resto.
¡El Padre! – exclamé contagiado de su entusiasmo -. ¡Debe de
ser un gran tipo! Mi prosaica definición hizo reír al Hombre.
Sus reacciones, como iría verificando, eran tan "humanas" y
naturales como las de cualquier mortal. ¡Era para volverse loco!
Y tomando un puñado de arena, extendió su mano, mostrándome el
negro granulado:
¡Es tan inmenso – replicó lenta y
pausadamente – que mide los mares en el hueco de su mano y los
universos en la distancia de un palmo! Es Él quien está sentado en
la órbita de la Tierra. Él quien extiende los cielos como un manto y
los ordena para que sean habitados. Pero no te confundas: Dios es un
mero símbolo verbal, que designa todas las personalidades de la
deidad... Jesús tomo mi mano derecha y, trasvasando la arena a
mi palma, insistió en algo que ya había comentado:
Nunca
olvides que una parte de ese Dios, de nuestro Padre, entró en ti
hace muchos años.
¿Cuándo?
Digamos, para
simplificar, que en momento en que tomaste tu primera decisión
moral.
Entonces, ¿yo soy Dios?
Tú lo has dicho. Y a
partir de hoy, búscate en lo más íntimo de tu alma...
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