EL GIRO DE LOS AÑOS SETENTA

 

   Después de la Guerra del Yom Kippur, y con el establecimiento de la paz, comenzaron a acusarse de inmediato las repercusiones de la misma. El conflicto, aunque terminado sin una victoria aparente, tuvo profundas repercusiones sobre los países árabes, en especial sobre Egipto y sobre la economía occidental. Los primeros toman conciencia de la eficacia de su boicot petrolífero sobre las potencias occidentales que llega a perturbar gravemente su economía así como su equilibrio financiero. Egipto, además, consideró que se había tomado la revancha y lavado la "humillación de 1967" sobre Israel. Se elaboraron planes para la reconstrucción de la zona del Canal de Suez y de la economía nacional con la ayuda de los petrodólares árabes e iraníes.

    Egipto fue el país que más acusó las consecuencias de la guerra, y el éxito del Ejército egipcio dio al presidente Anwar el Sadat un gran prestigio y popularidad entre sus compatriotas, así como un margen de maniobra considerable que inmediatamente puso en práctica. Su crédito político le permitió intensificar la estrategia de liberación económica y política, y violar uno de los tabúes de la política árabe aceptando establecer negociaciones directas con los israelíes, lo que provocaría tensiones y diferencias dentro del mundo árabe.

    Egipto recibió una importante ayuda financiera de Estados Unidos y de otros países occidentales, y una ayuda muy notable de Arabia Saudí y de los Estados petrolíferos del Golfo, pero los capitales extranjeros tardaban en llegar y tenían tendencia a ser invertidos en los servicios más que en la industria. La liberalización de los cambios permitió un enriquecimiento rápido de los privilegiados y entrañaba un crecimiento de la desigualdad. La reducción de las subvenciones concedidas a algunos productos de consumo básico llevó consigo un alza importante de los precios. En enero de 1977, esta coyuntura provocó alteraciones populares que fueron reprimidas por el Ejército.

    En política exterior se produjo una creciente degradación de las relaciones con la Unión Soviética, con la que prácticamente se rompió casi en su totalidad en marzo de 1976; por otro lado, de forma paralela, se fue registrando un restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos. Debido al rechazo que provoco la política de negociaciones con Israel entre los otros países árabes; sólo conservó dos aliados privilegiados en la región: Arabia Saudí, que apoyaba al régimen moderado de El Cairo como garantía de seguridad y ayudaba financieramente a Egipto, y Sudán, así como Irán. Pero a pesar de este rechazo Sadat llevó adelante sus negociaciones de paz con Israel.

    Siria, en adelante, rechazó seguir la política negociadora de Egipto y se alejó de este país, rechazando asimismo la mediación norteamericana, posición que le permitió beneficiarse del apoyo y ayuda de la Unión Soviética, que le suministró armamento. La política interior del presidente Hafiz al Assad se orientó hacia una liberalización de la economía. En 1976 Siria intervendría en la Guerra Civil libanesa y en el conflicto con los palestinos.

    En Jordania, que no había participado en la Guerra del Yom Kippur, se vivieron sus principales problemas como consecuencia de las tensiones internas existentes que a comienzos de 1974 se derivaron, principalmente de un fuerte aumento del coste de la vida, registrándose manifestaciones y desordenes en el país. Estados Unidos incrementó desde ese año su ayuda al reino hachemita en el aspecto militar, técnico y alimenticio.

    A partir de noviembre de 1977, la vida política del reino hachemita estuvo dominada esencialmente por el curso de las negociaciones entre Egipto e Israel: los acuerdos de Camp David en septiembre de 1978, y la firma del tratado de paz egipcio-israelí en marzo de 1979.

 

-La confrontación entre Israel y los palestinos-

    Tras la guerra del Yom Kippur, en la que los palestinos no tuvieron un papel activo, van a ser precisamente éstos, que se oponían al proceso de negociación establecido con Israel sin contar con ellos, los que se mostraron más activos contra el poder israelí, manifestándose esa actividad, por parte de las organizaciones palestinas, en varios frentes.

    Uno de estos frentes de acción palestina fue la aspiración a la creación de un Estado palestino propio. Es esta una cuestión clave entonces, planteada para evitar que se consolidase la tesis de la federación jordano-palestina, que subyacía en las negociaciones en curso. Por otro lado, como se ha indicado, la representatividad de la O.L.P. como único y legítimo representante del pueblo palestino no admitía ya dudas en el mundo árabe, desde las Conferencias árabes de Argel en 1973 y de Rabat en 1974.

    Otro frente de acción palestina fueron los ataques de comandos contra las fronteras israelíes, desplegados desde 1974, y lanzados principalmente desde Líbano, lo que obligó a Israel, como primera medida, a ejercer un mayor control de las fronteras por parte de sus servicios de seguridad con el fin de detener las infiltraciones palestinas, y a reaccionar con la fuerza ante las acciones terroristas de los palestinos. Algunas de estas acciones fueron entre otras:

    El asalto a la escuela de Maalot, un pueblo habitado por colonos en la frontera con Líbano el día 15 de mayo de 1974. Allí, un comando palestino llegado de Líbano tomó como rehenes a los niños. El Ejército israelí no cedió al chantaje y atacó. Murieron todos los terroristas y 21 niños.

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    En marzo de 1975, un pequeño grupo de fedayines, ocho al parecer, pertenecientes al famoso Al-Fatah, lograron desembarcar en Tel-Aviv y saltar desde las barcas de goma que les transportaron; desde un posible barco zarpado de Líbano; hasta el Paseo Marítimo de la capital judía. Utilizando un nutrido fuego de metralletas, consiguieron sembrar el pánico en la ciudad vieja. Por fin el grupo consiguió introducirse en el hotel Savoy, pequeño edificio de cuatro pisos y repleto de huéspedes, muchos de ellos turistas. Dueños del edificio, se hicieron fuertes frente a la barrera de fuerzas policiales y militares israelitas que les cercaron, produciendo un frente de batalla urbano, que duró varias horas. A las doce de la noche de ese día, los guerrilleros destacaron a una mujer del hotel, para dar un ultimátum al Gobierno de Israel: los guerrilleros volarían el hotel con todos los rehenes dentro, si el Gobierno no liberaba al obispo ortodoxo Hilario Capucci; condenado a doce años de prisión por afecto a la causa palestina; junto con otros cautivos palestinos internados en cárceles israelíes. Los liberados deberían dirigirse a Damasco escoltados por miembros de los cuerpos diplomáticos. Israel se negó a negociar. A las tres de la madrugada, tras varias horas de terror, los guerrilleros cumplían sus amenazas. Un enorme boquete se abría en el edificio del hotel Savoy, tras estallar las cargas de dinamita que los propios guerrilleros llevaban anudadas a la cintura. El balance: más de quince muertos; entre ellos siete guerrilleros palestinos; y muchos heridos. El único guerrillero superviviente fue capturado herido.

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    Fue una operación suicida, producto de la soledad y la indiferencia ante los palestinos. Al-Fatah, tras atribuirse el ataque, llamó la atención sobre las conversaciones entre Kissinger y Sadat, celebradas en aquellas fechas, por demorar una vez más el urgente problema palestino.

    El lunes 15 de septiembre de 1975 un comando palestino, compuesto por cuatro miembros enmascarados, asaltó la embajada de Egipto en Madrid y secuestró al embajador de aquel país, al cónsul y al agregado de prensa. A continuación, los secuestradores se dirigieron a las autoridades españolas declarando que mantenían como rehenes a los diplomáticos hasta que se declarara invalidado el tratado árabe-israelí firmado recientemente entre Kissinger y Sadat, tratado que debía ser denunciado por los diplomáticos árabes de Madrid, a la vez que debían abstenerse de firmar los protocolos del mismo, pendientes en Ginebra de dicho requisito. De no cumplirse tales exigencias, la embajada de Egipto sería volada. Se solicitaba también el arbitraje de los demás embajadores árabes acreditados en Madrid. Hubo momentos de gran tensión al conocerse la noticia. Los embajadores de Irak, Kuwait, Jordania, etc., se apresuraron a acudir a la embajada para la mediación solicitada. Por su parte, la O.L.P. negaba su participación en el asunto, declarando que el grupo secuestrador denominado Abdel Kader El Husseini... no tenía nada que ver con ellos. Se dijo que la existencia de este grupo, que llevaba el nombre de un guerrillero palestino muerto en 1948, revelaba las disensiones de la lucha palestina. Los embajadores de Irak y Argelia fueron, poco a poco, tranquilizando los ánimos. Todo marchaba bien. Los diplomáticos no corrían peligro y se había decidido firmar las declaraciones solicitadas. Argelia enviaría un avión de sus líneas comerciales para trasladar a secuestradores y secuestrados, junto a dos mediadores a Argel. A las tres de la madrugada, todos fueron trasladados al aeropuerto de Barajas, donde embarcaron en el avión que les llevó a Argelia. Antes de salir habían firmado la denuncia del acuerdo entre Egipto e Israel, amenazante contra el estado palestino. Todo había terminado felizmente. Al otro día, cuando los tres diplomáticos volvieron de Argel, declararon que habían sido muy bien tratados, y que nunca habían dejado de estar "entre hermanos".

    A pesar de estos sucesos, sin embargo, para la O.L.P. fueron políticamente los días más dorados desde su existencia. Reconocida como representante única de los intereses palestinos por la O.N.U. y la Liga Árabe en octubre de 1974. El 13 de noviembre de ese mismo año, Yasser Arafat habló ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Tras 26 años de silencio forzado, un palestino pudo por fin hablar ante las Naciones Unidas. Los gobiernos occidentales, también habían evolucionado; seguían apoyando a Israel, pero los árabes tenían el arma del petróleo, un arma que obligó a los occidentales a negociar y a escuchar la voz de los palestinos: "Yo soy un rebelde", comenzó. "La libertad es mi causa. Muchos de los presentes en esta sala, estuvieron en el pasado en la misma situación en la que hoy estoy yo. La posición de resistencia en la que estoy y en la que debo luchar. Ustedes también tuvieron que luchar para hacer realidad sus sueños. Hoy deberían compartir mis esperanzas".

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    En sus 40 minutos de discurso Arafat resumió cómo su pueblo había sido despojado de tierras, propiedades y nacionalidad, resultando arrojado a miserables campamentos de refugiados; y cómo aún allí fue perseguido por el Estado sionista cada vez que se rebelaba contra la injusticia que padecía. Reclamó su derecho a vivir en sus tierras y a ejercer sobre ellas una soberanía independiente. Terminó con esta frase: "Hoy he traído una rama de olivo en una mano y un fusil de combatiente por la libertad en la otra. No permitan que la rama de olivo caiga de mi mano. Repito, no permitan que la rama de olivo caiga de mi mano..."

    Los representantes de Israel no estuvieron presentes en la sala durante la alocución de Arafat como protesta ante este acto.

    Durante algún tiempo fueron noticias esperanzadoras las que recibieron los palestinos. Una vez más se les reconoció en la O.N.U. el derecho a retornar a sus hogares, al tiempo que la O.L.P. recibía el status de observador permanente. La U.N.E.S.C.O. suspendió sus ayudas a Israel y la Comisión de Derechos Humanos condenó a Tel-Aviv por su terrorismo de Estado.

    En el interior de Gaza y Cisjordania también se fomentó la resistencia palestina a la ocupación, confiscación de tierras, discriminación de la población árabe y al establecimiento de colonias judías por parte del Gobierno de Israel; obteniéndose algunos resultados en su favor.

    En la noche del 29 al 30 de marzo de 1976, unidades del Ejército israelí y destacamentos de vigilancia de fronteras, se pusieron en movimiento abandonando las posiciones que habían establecido la víspera, a cierta distancia de los poblados árabes, y se fueron acercando a las zonas céntricas de los núcleos urbanos.

    Los primeros encuentros violentos tuvieron lugar a las cinco de la mañana cuando fue atacado un convoy militar con piedras, botellas incendiarias y diversos proyectiles improvisados, a lo largo de la carretera que conduce a Sakhnine. Inmediatamente fue decretado el toque de queda más absoluto en los tres poblados que constituían el núcleo de la resistencia árabe: Sakhnine, Arrabeh y Dir-Hanna.

    Los habitantes de los pueblos reseñados no obedecieron la orden. Los enfrentamientos prosiguieron a todo lo largo del día, no sólo en el valle de Bet-Netofa, jalonado por los tres pueblos, ahora rodeados, sino en todo el país. Llegada la noche eran seis los muertos, cuatro de ellos dentro del perímetro en el que regía el toque de queda, y más de setenta los heridos, incluidos treinta y ocho soldados o policías. Casi un millar de árabes fueron detenidos.

    Esto sucedía en Galilea. No se trataba de guerra ni era una nueva conquista de Israel. Las fronteras quedaban lejos y estaban en calma aquel día. Era que el Gobierno israelí enviaba sus tropas contra sus propios ciudadanos árabes, porque estos habían proclamado que el 30 de marzo sería día de huelga general, convocada como protesta por la ocupación de tierras árabes; ese día se denominaría en adelante "Yom el Ard", es decir, "El Día de la Tierra".

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    La convocatoria de esta huelga general a toda la población árabe, convocatoria que sería seguida por casi un 80% de una población de casi medio millón de personas, había sido lanzada a comienzos del año 1976 por un frente, denominado: "Conferencia Nacional para la Defensa de las Tierras Árabes", que se constituyó en septiembre de 1975 bajo el impulso del Partido Comunista Israelí (Rakah). Esta organización agrupaba, junto a los militantes estudiantes y campesinos, a la casi totalidad de la dirección tradicional de la sociedad árabe; (alcaldes y concejales de las principales localidades árabes sitas en Galilea y en la región del Triángulo, una zona de fuerte concentración árabe que se extiende desde el sur de Nazaret y Galilea hasta Kafr Kassem a una veintena de kilómetros de Tel-Aviv).

    Este movimiento de protesta venía motivado por la publicación de un nuevo plan gubernamental israelí de confiscación de 25.000 hectáreas de tierras cultivables pertenecientes a los árabes de Galilea, que venía a constituir la última etapa de un plan permanente establecido en 1949, y, no sin candor, bautizado como: "La judaización de Galilea".

   A lo largo de la campaña que se suscitó en Israel y en el extranjero a propósito del plan de 1975, los dirigentes israelíes lo rebautizaron como: "Repoblación de la Galilea"; denominación cuyas connotaciones eran menos agresivas, pero que no dejaba de sugerir que Galilea, con sus 350.000 habitantes árabes, era un supuesto "desierto humano" que se trató de "repoblar".

    El plan de confiscaciones, hecho público en 1975, debía completar un proceso cuya parte esencial había sido ya realizada: entre 1949 y 1975, 320.000, de las 400.000 hectáreas de tierras pertenecientes a la minoría árabe, fueron confiscadas por el Estado con los pretextos más diversos, antes de que fueran entregadas a las colectividades locales, exclusivamente judías, o a las instituciones sionistas.

    Así fue como desde 1936, la totalidad de las tierras adquiridas por las instituciones sionistas y las compradas a los "effendis" árabes representaban 1.200.000 dunoms. En base a una sola ley de efecto retroactivo, promulgada en 1952, Israel se apropió de una superficie igual a la que las empresas sionistas habían podido acumular a lo largo de los años que iban de 1872 a 1936.

    Desde que fue anunciada, a comienzos de 1976, la huelga general del 30 de marzo, la prensa israelí inició una campaña hostil contra ella. Se intensificaron las presiones tendentes a convencer a los organizadores de la huelga a que la anularan.

    Los patronos israelíes, por su parte, anunciaron que todo árabe huelguista, seria despedido y los agentes de la policía, fueron comunicando este anuncio por todos los poblados árabes de puerta en puerta.

    Dos días antes del anunciado para la huelga, se avisó por la radio que "las Fuerzas del Ejército de Defensa de Israel han dado cima a su prevista maniobra de dispersión en los pueblos de minoría árabe, en previsión de lo que pudiera ocurrir en la huelga...".

    Sin embargo, pese a tantas amenazas, la huelga tuvo lugar y fue masivamente acatada. Pero fue la presencia del Ejército lo que transformó la huelga, primero en manifestación y después en revuelta. El "Día de la Tierra" se convirtió así, al desbordar violentamente las masas el marco que sus organizadores les habían asignado, en el "Día de la Resurrección política de los árabes de Israel"; la de esos olvidados, a los que se creían extinguidos, rotos, resignados o quizá también "integrados".

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    En Cisjordania, donde se incuba una semi-insurrección permanente, también aquel día fue de huelga general. Un millón de palestinos sometidos al régimen del Gobierno Militar, expresaron así su solidaridad y su sostén a sus hermanos "ciudadanos" de Israel. En las cárceles, la huelga de hambre observada por los prisioneros políticos, reúne en un mismo ámbito a palestinos de Galilea con palestinos de Cisjordania o de Gaza.

    En Nazaret, la situación era especialmente tensa. En uno de los poblados, Kafr Kana, uno de los manifestantes cae abatido por las balas de la policía. La propia Nazaret es teatro de colisiones de extrema violencia.

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    Sin embargo los combates más violentos y más mortíferos tuvieron lugar en los tres pueblos sometidos; desde la mañana del 30 de marzo al toque de queda: Sakhinne, Arrabeh y Dir Hanna.

    Estos poblados jalonan un valle que ni siquiera las confiscaciones masivas de tierras de los años 50 consiguieron vaciar a su población árabe. "Cuando atravieso estos poblados, creo encontrarme en Siria no en Israel", había declarado hacia unos años David Ben Gurion.

    A mediados de 1976 se confeccionó el Informe Koenig, este hacía referencia a varios temas relacionados con la población árabe como: el problema demográfico, nacionalismo árabe, economía, empleo, educación y la aplicación de las leyes. Dicho informe hacía unas previsiones y proposiciones totalmente desfavorables para la población árabe de Israel. En su contenido general incitaba a presionar, controlar y marginar todavía aún más a los árabes que vivían dentro de las fronteras del Estado judío.

    El Informe Koenig, fue la consagración lógica de cien años de colonización, y destruyó a ojos de los árabes de Israel, el equívoco relativo a la verdadera naturaleza de su "ciudadanía" en el Estado judío. Cien años de colonización no demostraron más que la trayectoria, la tradición, la historia y los hábitos de los hombres que dirigían el Israel de aquella época.

    Aunque hacía tiempo que no se secuestraba ningún avión comercial, el 27 de junio de 1976 volvió de nuevo a ocupar las primeras páginas de los periódicos; esta vez más por el desenlace final, que por el secuestro en sí.

    Un comando de guerrilleros pro-palestinos, dirigidos por el alemán Wilfried Boese, secuestró un avión de la compañía Air France. Los 250 pasajeros que se dirigían desde Tel-Aviv a París, a los pocos minutos de partir de Atenas; una de las escalas normales de vuelo y donde al parecer subieron los secuestradores; se encontraron dominados por guerrilleros pertenecientes al Frente Popular de Liberación de Palestina. El nuevo rumbo del aerobús sería el aeropuerto libio de Bengasi donde después de repostar combustible continuó hasta el de Entebbe, en Uganda. Su presidente, Idi Amin estaba claramente inclinado por los países árabes y los intereses palestinos.

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-Soldados ugandeses custodian el avión-

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-Aeropuerto de Entebbe-

    Las condiciones exigidas para la liberación de los rehenes fueron especificadas por los secuestradores a través de la radio ugandesa: la liberación de 53 guerrilleros presos en las cárceles de Israel (40), Alemania (6, integrantes del grupo Baader-Meinhoff y del Movimiento 2 de Junio), Kenia (5), Francia (1) y Suiza (1). El plazo para la liberación se fijó en el 1 de julio, y pese a que poco antes los secuestradores habían dejado marchar a 47 rehenes, advirtieron claramente que cualquier intento de liberación por la fuerza sería motivo para hacer volar el aerobús con todo su pasaje. En un clima cada vez más tenso, mientras se sostenían las conversaciones entre Uganda, Israel y Francia para llegar a un acuerdo, se produjo la primera sorpresa: Gazit, embajador israelí en París, anunció que por vez primera su Gobierno estaba dispuesto a entablar negociaciones. Aparentemente Israel había cedido. Con esta hábil estratagema consiguió que los secuestradores dejaran en libertad a 101 rehenes y concedieran una nueva prórroga hasta el 4 de julio. Estos dos hechos fueron decisivos para el éxito de una de las acciones político-militares más asombrosas de la historia.

    En efecto, en la madrugada del domingo, un comando aerotransportado israelí liberó a los 104 rehenes restantes en el brevísimo tiempo de 40 minutos. El primer ministro Rabin, en absoluto secreto, había decidido la operación dos días antes. El Gobierno de Tel-Aviv debía enfrentarse a las críticas de la oposición y de sectores populares descontentos por los impuestos cada vez mayores, y en el plano internacional, las próximas elecciones de Estados Unidos amenazaban el futuro entendimiento con la superpotencia. De tal modo, en la Operación Pidyom, tal como se la bautizó, Israel ponía en juego su prestigio internacional y la estabilidad de su Gobierno.

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    Tres aviones, uno de ellos gigante, despegaron de Israel, y, salvando una distancia de 3.500 kilómetros se presentaron en el cielo de Uganda, comunicando desde el aire que traían a los 50 prisioneros exigidos por el comando palestino. La torre de control autorizó el aterrizaje sin problemas. Sólo un centenar de soldados custodiaban el aeropuerto. A la una de la madrugada los aviones israelíes, antes de tomar tierra, dejaron caer algunas bombas para sembrar el pánico entre los defensores. Inmediatamente, numerosos jeep salían del vientre del mayor de los aviones israelíes, dirigiéndose unos a la torre de control, otro hacia el avión secuestrado y el resto se dispersaron por todo el aeropuerto. El teniente coronel que mandaba el primer grupo murió al entrar en el edificio del terminal víctima de una granada lanzada por los secuestradores. Pero sus soldados abatieron a la mayoría de los ugandeses de guardia, a los secuestradores y liberaron a los rehenes, inmediatamente trasladados a los aparatos de Israel. Otro comando destruyó once aparatos Mig de fabricación soviética, así como algunos aviones civiles. A los 35 minutos de tomar tierra, los comandos israelíes iniciaban el despegue y el vuelo hacia Israel.

    En total habían muerto dos rehenes, todos o casi todos los guerrilleros pro-palestinos, 20 soldados ugandeses y un oficial israelí.

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-Rehenes rescatados-

    En Israel los comandos eran acogidos como héroes de una gesta inigualada. Evidentemente, la hazaña aumentó el prestigio militar del Ejército israelí, si bien, por otra parte, no supuso un real desprestigio para la causa palestina, pues la O.L.P. de Arafat había descalificado, poco antes, el secuestro. Desde 1973 los palestinos dejaron un poco de lado los secuestro de aviones como método de lucha por considerarlos más perjudiciales que beneficiosos para su causa. El raid israelí sobre Entebbe fue un recurso inesperado, una respuesta sin antecedentes a nivel internacional. Fue en parte una maniobra de rescate, pero fue también una clara advertencia: Israel no negocia ni negociará.

   El palestino Abu Daud, llegó a París en los primeros días de enero de 1977. Portaba un pasaporte falso, a nombre del inexistente iraquí Yussif Raji Hanna, y venía a la capital gala para asistir a los funerales de Mahumud Ould Saleh; militante palestino asesinado pocos días atrás en el distrito quinto de París. Abu Daud entró en Francia con un visado otorgado por el cónsul francés en Beirut, que sabía muy bien que el pasaporte era falso. En París no sólo fue recibido por funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores sino que se le permitió también realizar múltiples contactos políticos, y que; aquí empieza realmente el problema; a las veinticuatro horas de haber desplegado esa actividad semioficial, fue detenido en su hotel e internado en la cárcel de La Santé. ¿Que ocurrió?.

    La luz comenzó a hacerse cuando se supo que el personaje en cuestión, Abu Daud, estaba acusado de ser el mayor responsable de la matanza de israelíes que participaron en las Olimpiadas de Munich en 1972.

    En todo caso, y con estos datos en la mano, era previsible que la detención de Daud se convirtiera, como lo hizo, en un asunto explosivo para la administración de Giscard d'Estaing. ¿Por qué?. Porque nadie supo quién informó a la policía alemana que Raji Hanna era en realidad Abu Daud, porque esa misma policía, una vez que pidió su detención a su colega francesa, dilató su petición de extradición; porque, al parecer, el último en enterarse de la operación fue Michel Poniatowski, ministro del Interior francés; porque en el seno de la administración francesa nadie quiso asumir responsabilidades, hubo órdenes y contraórdenes, unas declaraciones anulaban a otras. La palabra final la tuvo que dar el mismísimo presidente, en una conferencia de prensa agitada y tensa.

    Francia corrió el riesgo, de incalculables consecuencias político-económicas, de enemistarse con Israel y Estados Unidos, con la prensa europea y norteamericana, con Alemania Occidental y con sus amigos árabes y palestinos. Hubo otro riesgo, que más que riesgo fue un lamentable error: poner en libertad a Abu Daud, después de una velocísima audiencia judicial.

    La intervención personal de Giscard d'Estaing en la acelerada liberación de Daud obedecía a una razón de Estado y sería confirmado por él mismo pocos días después. En efecto, el 23 de enero subía al supersónico avión Concorde para trasladarse a Riad, capital de Arabia Saudí. Sus objetivos eran evidentes. Por un lado, se trataba de afirmar la posición de Francia como mediadora en las conversaciones árabes-israelíes sobre la paz en Oriente Medio. Por otro, y lo más importante, había que llegar a acuerdos concretos y, en lo posible, favorables, sobre dos puntos básicos: la venta de armamento y la compra de petróleo. También se firmaron acuerdos sobre energía nuclear y solar, vivienda, petróleo y cultura. También se decidió la creación de un Instituto de Estudios Islámicos y Árabes en París. "Compro petróleo y vendo armas y un prestigio que, a pesar de todo, aún se mantiene", parecía ser el eslogan de Giscard d'Estaing.

    En Israel, la Guerra del Yom Kippur de 1973, y la amenaza que parecía cernirse sobre el Estado judío, hizo que se modificase la fisionomía política del país, aunque en las elecciones de diciembre de 1973 volvió a triunfar el Partido Laborista; si bien con pérdida de votos; y formó gobierno Y. Rabin a comienzos de 1974. Como consecuencia de las dificultades económicas y de las incertidumbres políticas de un gobierno debilitado, resultado de las repercusiones de la crisis de 1973 en los comicios celebrados en Israel el 17 de mayo de 1977 se derrumbaba el Gobierno laborista que se había mantenido en el poder desde la fundación del Estado judío, en 1948.

    En un parlamento de 120 escaños, el Likud ganaba 41. Su jefe, el conocido ex terrorista del Irgún de los tiempos de la ocupación británica, Menajem Begin, se disponía a formar Gobierno buscando alianzas que le permitieran contar con los indispensables 21 parlamentarios que le faltaban para formar la mayoría. En la derecha podía contar con los doce diputados del Partido Nacional Religioso. Seguro parecía también, el apoyo del Partido Aguda y del Palaei Aguda con cinco diputados. Dos escaños más le proporcionaría el general Sharon con su Partido Shlomziom. El diputado que faltaba sería, sin duda, el pintoresco judío millonario francés Flatto-Sharon, quien buscaba la calidad de parlamentario para hacer más difícil a la justicia francesa pedir su extradición por irregularidades financieras. No obstante, las cuentas resultaban demasiado justas: 61 parlamentarios entre 120.

    Ante la victoria del Likud, la opinión pública internacional se mostró inquieta en un primer momento, ya que debía suponerse que los "halcones" de Begin seguirían una política expansionista del Gran Israel que paralizaría las negociaciones de Ginebra y, además, disgustaría al más grande e indispensable aliado de Israel, los Estados Unidos. En efecto, a los pocos días de las elecciones, el presidente Carter declaraba, en una conferencia de prensa en Washington, que el Gobierno de U.S.A. deseaba una solución pacífica en Oriente Medio, que debía incluir la retirada de Israel de las zonas ocupadas en la ribera occidental del bíblico río Jordán.

    Por otra parte, las elecciones en Israel fueron ganadas por la derecha en medio de una problemática muy diferente a la de los años del triunfalismo judío después de la Guerra de los Seis Días. Pesaron fuertemente sobre los electores los problemas internos y el desgaste y la parcial corrupción de las filas laboristas. Otro hecho importante de la política judía era, en mayo de 1977, la existencia del partido Movimiento Democrático para el Cambio, tercero del país. Una alianza con este partido permitiría a Begin formar un Gobierno nacional. Cabría preguntarse si cuando el presidente del Estado, una semana después, llamara al triunfante Likud a formar Gobierno, el viejo "halcón" Begin sería capaz de volverse atrás de sus antiguas convicciones expresadas pública y violentamente durante largos años, en el sentido de considerar los territorios arrebatados a los árabes en 1967 como integrantes naturales del Estado de Israel y no aceptar siquiera el concepto de anexión usado por los duros del laborismo como el propio general Dayan.

    De cualquier manera, el triunfo de la ultraderecha en Israel despertó en los primeros momentos un sentimiento de alarma frente a la inminencia de un nuevo conflicto armado en la zona, con todas sus implicaciones, en el intrincado juego de poder de las grandes potencias y el peligro de un endurecimiento y una mayor unión del mundo árabe. Este sentimiento fue desapareciendo en las cancillerías de los grandes países implicados de una u otra forma en Oriente Medio, para dar paso a la convicción de que nada grave había sucedido con el triunfo de los "halcones" en el conflictivo Estado de Israel.

    A todo esto, al flamante ganador de las elecciones le fue trabajoso y difícil formar su primer Gobierno que, a un mes largo de aquéllas, quedó constituido por figuras del Likud y del Partido Nacionalista Independiente, más la notoria y discutida participación de Moshe Dayan como ministro de Asuntos Exteriores.

    En sus primeras declaraciones, el nuevo Gobierno manifestó su intención de llevar a cabo una radical ofensiva de pacificación. El nuevo presidente se dirigió a los reyes Hussein de Jordania, Hassan de Marruecos y al presidente Sadat invitándoles a "negociar pública o secretamente un acuerdo de paz para poner fin a la efusión de sangre que venía durando demasiado". En cuanto a las relaciones extranjeras, confirmó estar decidido a consolidar los lazos con Estados Unidos, Francia y la Unión Soviética, a lo cual el Gobierno dedicaría todos los esfuerzos necesarios. Y afirmó que éste asistiría a la Conferencia de Ginebra si en ella; esto dicho de manera tangencial, pero evidente; no estuvieran presentes los palestinos.

    Como era de esperar, la presencia de Dayan en el nuevo Gobierno despertó enconadas protestas entre el laborismo israelí, que trató de traidor al héroe mítico de la Guerra de los Seis Días. Pero el nuevo ministro de Asuntos Exteriores aguantó bien el diluvio de protestas de los laboristas, sus incondicionales hasta entonces, y manifestó: "Israel irá a Ginebra, de donde puede salir una esperanza de paz pero también la reanudación de las hostilidades". Su buen sentido de estratega militar podía muy bien acertar en estas declaraciones, que no coincidían del todo con las del jefe de Gobierno.

 

-Los acuerdos egipcio-israelíes: de Jerusalén a Camp David-

    Una intensa actividad diplomática favoreció la evolución general de la situación hacia acuerdos transitorios y después hacia un firme acuerdo de paz entre Egipto e Israel. El sentimiento de que el honor de los árabes había sido restablecido por la Guerra del Yom Kippur, considerada en Egipto como una campaña victoriosa, permitió el desbloqueo del proceso de paz. Las principales etapas de este proceso fueron: la espectacular visita del Presidente Sadat a Jerusalén en noviembre de 1977, los acuerdos de Camp David en septiembre de 1978, y la firma del tratado de paz Entre Egipto e Israel en marzo de 1979. La aplicación progresiva de estos acuerdos fue definitivamente alcanzada en la primavera de 1982.

    Ya se ha visto cómo la política de mediación activamente preconizada por H. Kissinger había desembocado en unos primeros acuerdos egipcio-israelíes en 1974-1975, y a una aparentemente sólida situación de no beligerancia entre ambos países. El contexto internacional favorecía esta política a fines de 1976, cuando el primer ministro israelí Rabin propuso la celebración de una conferencia de la paz en Ginebra, que fue aceptada por Egipto, y la Asamblea General de Naciones Unidas, en diciembre, la consagró oficialmente al pedir a Israel, Egipto, Siria y Jordania que se reuniesen. Al mismo tiempo, el presidente norteamericano J. Carter expuso las tres condiciones de la paz que juzgaba razonables: 1ª) el reconocimiento del derecho a la existencia de Israel; 2ª) la negociación de fronteras permanentes; y 3ª) el derecho de los palestinos a una patria.

    Pero estas condiciones de paz propuestas encontraron dificultades, como fueron el rechazo de Israel a la participación de los palestinos en la Conferencia de Ginebra en marzo de 1977, y el resultado de las elecciones de mayo que dieron la victoria al conservador radical Begin que pasó a presidir el Gobierno; y, por otro lado, el Congreso Nacional Palestino se opuso en su reunión de marzo al reconocimiento de Israel.

    Así, en los primeros meses de 1977 las expectativas parecían paralizadas, aunque en octubre se hizo pública una declaración común soviético-norteamericana en favor de un arreglo pacífico del conflicto. Pero entonces el presidente Sadat tomó la iniciativa y actuó con un gran realismo, provocando una sorpresa política general. Consciente de que su país no podría soportar una nueva guerra con Israel, inició contactos secretos con Begin a través de Rumania y Marruecos. El 9 de noviembre declaró en un discurso ante el Parlamento egipcio que estaba dispuesto a negociar la paz con Israel; al día siguiente Begin invitó a Sadat a visitar Jerusalén. Y entre el asombro general, el día 19 Sadat llegó a Jerusalén; visitó la ciudad, rezó en la mezquita de Al Aksa y pronunció un discurso ante el Parlamento de Israel, todo lo cual ha sido considerado como el hecho más espectacular de la historia contemporánea de Oriente Medio. En su discurso Sadat afirmó que su objetivo no era un tratado separado sino una paz global.

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-Sadat llega a Jerusalén-

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-Sadat en la mezquita Al Aksa-

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-Sadat en el Parlamento de Israel-

    Aunque Sadat delineó un plan de paz fundado sobre sus conocidas exigencias; retirada israelí de los territorios ocupados y reconocimiento de los derechos del pueblo palestino; sus concesiones fueron importantes: aceptación previa del Estado judío e incluso de su capital, el ofrecimiento de una "paz total" y el olvido de la O.L.P., todo ello acompañado de innumerables garantías internacionales.

    El primer ministro israelí, Menahem Begin, por el contrario, se mantuvo en sus trece, en sus posiciones maximalistas, con una ferviente defensa de la ideología sionista y los presuntos derechos del pueblo judío a reconquistar el "Gran Israel" y, por ende, a anexionarse la Cisjordania (las regiones históricas de Judea y Samaria, según la terminología bíblica defendida por los entonces dirigentes de Jerusalén). La delegación egipcia quedó consternada por la intransigencia del discurso de Begin. La legitimidad de un Estado urge de su propia existencia, y no cabría la menor duda de que Israel existía, a pesar del rechazo de los árabes; pero las pretensiones judías de expansión, fundadas sobre unos supuestos "derechos morales e históricos", eran inaceptables. No podía esgrimirse un "derecho" con base a una ocupación que había cesado hacia diecinueve siglos.

    La iniciativa del rais sacudió a todo el mundo árabe, desde el Atlántico al golfo Pérsico. El estupor inicial dio paso a una cólera en la que se mezclaban la impotencia y la humillación. "La presencia de un dirigente árabe en la mezquita de Al Aksa", dijo un portavoz de los palestinos, "constituye para nosotros el símbolo de la sumisión". El "frente del rechazo", que agrupaba a todos los que se oponían a una solución negociada y propugnaban la destrucción de la "entidad sionista", hizo un llamamiento para "derrocar al régimen egipcio en el más breve plazo posible". El coronel Gadafi lanzó contra Sadat las acusaciones de "traidor" y de "marioneta al servicio del sionismo y del imperialismo". Diversas manifestaciones, ataques a las embajadas egipcias y proclamas incendiarias se sucedieron durante varios días. El Gobierno de Siria decretó una jornada de duelo nacional. Hasta los regímenes árabes más conservadores, como los de Arabia Saudí y Jordania, expresaron su reprobación, no tanto por la visita del presidente egipcio a Jerusalén, como por el hecho de que éste no les hubiera consultado.

    El día 22 Sadat regresó a El Cairo, y seguidamente propuso la reunión en la capital egipcia de todas las partes interesadas en el conflicto.

    Pasados los primeros días de emociones incontrolables, las profundas divergencias que separaban a los países árabes se manifestaron sin equívoco. Los adversarios más radicales de la política egipcia se reunieron en Trípoli el 2 de diciembre, con el propósito de establecer una estrategia destinada a hacer fracasar la "capitulación" de Sadat. Los regímenes moderados, influidos sin duda por Washington, dieron a entender que mantenían su desaprobación, pero que no tratarían de oponerse a ninguna gestión pacificadora, a condición de que la causa árabe no fuera traicionada... La "Conferencia del Rechazo", celebrada en la capital libia, puso de manifiesto, por otra parte, el abismo existente entre Irak, que se oponía a cualquier forma de negociación, y Siria, que seguía considerando las resoluciones 242 y 338 de la O.N.U. como base para una salvación global. No obstante, los reunidos en Trípoli, a pesar del boicot de la delegación iraquí, publicaron una declaración en la que dieron cuenta de la constitución de un "Frente de la Confrontación" y el establecimiento de un "pacto de defensa".

    El viaje del presidente Sadat a Jerusalén alteró substancialmente la situación político-diplomática en Oriente Medio. El mundo árabe se encontraba más dividido que nunca, y la O.L.P., que se consideraba muy gravemente amenazada, se vio impulsada a patrocinar una declaración de todas las organizaciones palestinas, que rechazaban las soluciones de la O.N.U. y la eventual conferencia de Ginebra. Se diría que los palestinos más moderados, dirigidos por Yasser Arafat, no tuvieron más remedio que radicalizar sus posiciones ante la perspectiva de verse supeditados, una vez más, a los acuerdos entre Israel y los Estados árabes.

    El asombroso viaje del rais a Jerusalén recibió una respuesta de Israel que también podría considerarse asombrosa. Israel ofrecía: a) retirada escalonada del Sinaí, en el plazo de tres a cinco años, exceptuando las zonas estratégicas para la seguridad de Israel, de Sharm El Sheik y de Rafah; b) estudio de un autogobierno y posible aplicación del derecho de autodeterminación de Cisjordania, cosa que podría evitar que la O.L.P. rompiera sus relaciones con los egipcios.

    La Conferencia de El Cairo se reunió el 14 de diciembre de 1977 participando representantes de Egipto, Israel, Estados Unidos y Naciones Unidas, organizándose encuentros bilaterales que llevaron a la creación de dos comisiones egipcio-israelíes, una política y otra militar. Pero las negociaciones hubieron de hacer frente a dificultades aparentemente insuperables, como eran el incremento de la colonización israelí en los territorios ocupados, el destino de Sinaí, Gaza y Cisjordania y el futuro de los palestinos.

    A fines de año se vio claro que había una diferencia fundamental entre ambas posiciones. Israel hablaba de autonomía y de autogobierno, pero no aceptaba la idea de un verdadero estado palestino, estado cuya existencia introduciría un factor revolucionario institucionalizado en el Oriente Medio.

    ¿Quería Sadat un estado palestino de extrema izquierda en esa región?. Mucho se había avanzado, pero fueron muchas las incógnitas que permanecían oscuras en la cuestión árabe-palestina al finalizar el año 1977.

    Ante el bloqueo de las negociaciones, el presidente norteamericano J. Carter decidió intervenir directamente como mediador, y por iniciativa suya, Sadat y Begin se reunieron con él en Camp David entre el 5 y el 17 de septiembre de 1978, estableciéndose como resultado de la reunión dos acuerdos.

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    El primero contenía un arreglo global del conflicto árabe-israelí en favor de la paz en Oriente Medio, y fijaba un periodo transitorio de autonomía administrativa para Gaza y Cisjordania de cinco años en que se negociaría su estatuto definitivo. El segundo estipulaba la conclusión de un tratado de paz entre Egipto e Israel que sería firmado en un plazo de tres meses, recuperando los egipcios la soberanía sobre la totalidad del Sinaí, del que se irían retirando los israelíes, y estableciéndose relaciones diplomáticas entre ambos países. Pero estos acuerdos resultaban ambiguos en algunos aspectos y dieron lugar a malentendidos según fuera la interpretación egipcia o israelí, y de ahí las dificultades posteriores para su total aplicación práctica.

    Por estos acuerdos y conversaciones de paz en Camp David, el Comité Nobel Noruego decidió, el 27 de octubre de 1978 conceder el premio Nobel de la Paz a Anwar el-Sadat y Menahem Begin.

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    Dicho premio fue entregado en Oslo el 10 de diciembre de 1978. La concesión del premio Nobel de la paz resultó harto polémica, sobre todo en aquellos países que, como Gran Bretaña, habían padecido las consecuencias de los métodos terroristas utilizados antaño por el dirigente judío. También se recordó que el presidente egipcio, que no era precisamente un pacifista, desencadenó la Guerra del Yom Kippur en octubre de 1973. Sin embargo para los miembros del Comité Nobel noruego, los acuerdos de Camp David fueron más que suficientes, ya que a pesar de sus defectos, terminaron con treinta años de guerra y abrieron nuevas perspectivas para un proceso pacificador en una de las regiones más turbulentas del mundo.

    Por otro lado, los acuerdos de Camp David reforzaron la hostilidad a la política egipcia por parte del mundo árabe. Arabia Saudí y Jordania negaron su apoyo a la misma, Siria e Irak se aproximaron, así como Jordania y la O.L.P. La réplica de los países árabes no se hizo esperar. El 21 de septiembre, en el hotel Sheraton de Bagdad, se reunió la cumbre de la Liga Árabe, que rechazó los acuerdos de Camp David. El presidente Assad de Siria, inauguró las sesiones. Asintieron, además, el presidente Huari Bumedián de Argelia, Muammar al-Gadafi de Libia, Alí Nasser de Yemen del Sur y el jefe de la O.L.P. Yasser Arafat, Georges Habash del F.P.L.P. y el líder Hawatmeh del F.D.L.P. Egipto fue excluido y se le amenazó con medidas económicas y diplomáticas en el caso de que firmara el previsto tratado de paz.

    Los tres meses del plazo establecido transcurrieron y el tratado de paz no se había firmado aún debido a las continuas diferencias entre egipcios e israelíes sobre algunos puntos, en especial sobre el proceso de arreglo concerniente a Gaza y Cisjordania. No era sólo ese problema importante el obviado por los defectuosos tratados de Camp David. Quedaron sin resolver problemas tan esenciales como las fronteras definitivas de Israel, la naturaleza de la entidad autónoma palestina, el destino de Jerusalén, los acuerdos de seguridad con Israel y también ¿que sería de los asentamientos israelíes en las zonas ocupadas?.

    Los acuerdos de Camp David, rimbombantemente intitulados "bases para la conclusión de un tratado de paz entre Israel y Egipto" y "bases para la paz en Oriente Medio" no dejaban de ser en última instancia dos documentos llenos de ambigüedad y de un impulso muy relativo.

    Ante esta nuevamente difícil y estancada situación, a comienzos de marzo de 1979 el presidente Carter intervino personalmente en el asunto viajando a Israel y a Egipto para desbloquear las negociaciones y elaborar un proyecto de tratado.

    Por fin, el 26 de marzo de 1979 se firmó en Washington el tratado de paz entre Egipto e Israel por Sadat y Begin, actuando Carter como testigo.

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    El tratado estipulaba que siguiendo unos plazos, cuyo tiempo máximo es de tres años, Israel evacuará de la península del Sinaí todas sus fuerzas armadas, así como sus establecimientos civiles, a la frontera que había separado a Egipto del mandato de Palestina, y que esta frontera sería definitiva e inviolable. El Canal de Suez quedaría abierto a la navegación israelí, y el estrecho de Tirán y el golfo de Akaba serían vías internacionales abiertas a todas las naciones. Durante la retirada del Sinaí de las tropas israelíes se establecerían tres zonas de seguridad, con unidades militares limitadas, y el estacionamiento de fuerzas de Naciones Unidas. Los dos países se comprometían a normalizar relaciones diplomáticas, económicas y culturales. Las cláusulas del tratado y el calendario de las operaciones sucesivas sobre los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza plantearon serios problemas ante las diferencias existentes entre egipcios e israelíes, así como por la actitud de Jordania y la de los mismos palestinos.

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    El mismo día de la firma del tratado egipcio-israelí se establecieron dos acuerdos entre Estados Unidos e Israel, por los que los norteamericanos daban apoyo y garantías a los israelíes. Estados Unidos ayudaba también económicamente a Egipto, que había perdido la ayuda financiera suministrada por Arabia Saudí y Kuwait. La reacción de los países árabes ante la firma del tratado fue totalmente hostil contra Egipto. La Liga Árabe reunida en Bagdad en septiembre acordó la ruptura de las relaciones diplomáticas con El Cairo y la exclusión de Egipto de la Liga, cuya sede fue trasladada a Túnez. También la O.P.E.P. y el Fondo Monetario Árabe expulsaron a Egipto de su seno.

    Como respuesta al tratado de paz egipcio-israelí firmado en Washington el 26 de marzo de 1979, los países árabes se reunían en la Conferencia Islámica de Fez dos meses después, e insistían en su condena a Egipto y nombraban a Jerusalén la capital islámica por excelencia. En estas fechas el presidente Sadat declaraba amargamente, con cierto tono premonitorio de Mesías venido a menos: "Aunque las reacciones árabes se han intensificado, a principios del próximo año se habrán convertido en historia antigua". Anwar el-Sadat, proseguía de esta guisa su carrera en solitario, aquella que desde el 19 de noviembre de 1977 venía sorprendiendo e indignando; a partes iguales; a todo un mundo árabe que, sin haber sido nunca monolítico, jamás había estado tan desconcertado.

    Diecisiete meses de arduas negociaciones, de tira y afloja, de concesiones, de retrocesos espectaculares, de inesperadas autocríticas, de soflamas ardorosas, de contradicciones, habían cimentado precariamente el acuerdo firmado por Sadat y Begin ante un Carter sonriente. Meses después, el 15 de diciembre, Carter confesaría ante los periodistas extranjeros en la Casa Blanca: "Las negociaciones de paz en Oriente Medio se están convirtiendo en la experiencia más frustrante de mi vida". Y no le faltaría razón. La autoría y responsabilidad del presidente norteamericano en el ambiguo tratado no descargaba en modo alguno la enorme deuda que Sadat contraía con el mundo árabe.

    Sinaí por Gaza y Cisjordania. Éste fue el "cambalache" de Sadat según sus oponentes árabes. Los palestinos clamaron venganza y prometieron un baño de sangre: "Hemos de quemar todo lo que sea necesario para que este tratado de traición no logre sus objetivos", gritaba el líder palestino Arafat entre los corresponsales extranjeros. ¿Podría ser "negociado" u "olvidado" todo esto en un plazo corto como prometía Sadat?. Era dudoso. Argelia, Irak, Siria, Libia, Yemen del Sur, Arabia Saudí, Kuwait, los Emiratos Árabes, hasta Marruecos.... contra Sadat, el solitario corredor de fondo.

    Pero mientras la política oficial seguía su curso en las cumbres de Camp David y de Bagdad, el pueblo libanés, y en particular su capital, soportaba otra cruenta embestida de los bandos enfrentados en el país. El Líbano se había convertido, desde 1975, en una palanca que Damasco manipulaba según soplara el viento de la política general de Oriente Medio. La desestabilización de la política libanesa constituyó en 1978 un factor favorable al deseo sirio de poner serias dificultades al entendimiento urdido en Camp David.

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