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"La Gente del Tao", Capital Federal, Argentina.
   
 
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"CAFÉ DE LOS ANGELITOS"
(Av. Rivadavia y Rincón, Balvanera)
“LA GENTE DEL TAO”

Hasta hace unos años era muy común encontrar en las plazas de Capital Federal a unos “simpáticos chinitos”, los que por las mañanas y por las tardes de lunes a viernes como cumpliendo horario y también los fines de semana, provistos de raquetas de badminton y plumillas se acercaban sonrientes ofreciéndose a jugar con el que pasara.

Corrían con “cara de cumpleaños” llenas de risas hasta cruzarse en tu camino y al verlos sonreír y tan bien dispuestos era muy común comenzar una conversación sobre el tiempo, la alegría de los pájaros o lo lindo del día soleado.

Si estabas atento podías ver que allá al extremo opuesto de la plaza había otro o varios los que hacían algo similar con los transeúntes y habitúes. Con un castellano así como de caricaturas te buscaban conversación, con la idea de volver a jugar contigo cuando aparecieras otra vez por el lugar.

LAS PLAZAS EN “LAS CALLECITAS DE BUENOS AIRES”

“Y los empleados me saludan al pasar
Preferiría estar limpiando en el subte
Rezo cada día a la Virgen de Lujan
Para que me haga invisible en la ciudad
Cuando recuerdo mis mañanas
En el Subte
Quieres acercarte a mí
Y sólo te vas...”
Fito

Creo necesario destacar el hecho notable para otras idiosincrasias nacionales sudamericanas normalmente vueltas sobre sí mismas, del habitual uso de las plazas y parques por parte de los vecinos porteños de todas las edades, quienes en verano provistos sólo de pantaloncitos cortos o ropa ligera caminando rápido circunvalan la plaza elegida en grupos o en solitario, normalmente gente de tercera edad; pero también es muy común ver durante la semana a hombres y mujeres en edad productiva en la única ocupación de cultivar su apariencia física, muy necesaria en el exigente mercado corporal argentino.

Argentina fue y todavía lo es, un país rico para muchos en Capital Federal, lo que no es la norma en el Gran Buenos Aires y el resto de la República.

UN LIMBO DE CEMENTO

Capital Federal, lo más parecido a un limbo perfecto en donde no estás en el infierno de Salta o Jujuy en donde los niños mueren de hambre y a falta de cuadernos escriben en la sala de clases con piso de tierra -y maestro esforzado tan pobre como ellos- con una ramita en el suelo las letras y frases recién aprendidas. Limbo hecho de cemento, brutalidad humana disfrazada con tetas plásticas, silicona en la cola, en los labios, peluquines ridículos y teñidos obscenos para los viejos, labios de estuco y cara ídem, la plaza, el supermercado, el parque, la plaza, el churrasco y luego la Costanera y otra vez el churrasco y el mate y la plaza y correr por el parque hacia ninguna parte en espera del último trote hasta el cementerio de La Chacarita...

En esa soledad espantosa llena de departamentos de uno o dos ambientes, en donde la gente mete a gigantescos uno, dos y hasta tres siberianos u ovejeros y con gato incluido, cagando en cajitas con piedras y en donde todos los días los pasan a buscar los “paseadores de perros” (toda una profesión por esos lares) para llevarlos a las plazas y a los parques en donde en medio de cagarrutas diversas y polvo que vuela con el viento junto a papeles y a hojas secas, toman el sol en “bolas” las chicas cincuentonas y en donde el dueño de casa sale por las noches a caminar sin rumbo por Corrientes para no enloquecer, en este horror hecho sólo para disfrute del turista, allí aparecieron desde no sé dónde los “chinitos” con su “cara de cumpleaños” y sus raquetas...”Quiele jugal usté señol...”, “¿Quiele jugal con mí?”

EN “EL BARRIO DEL “ZORZAL CRIOLLO” (por allá por 1998)

Por esos años vivía yo en el barrio de Balvanera, al que en distintas épocas de mi vida he vuelto casi como de manera mágica. El centro de mi existir ha sido siempre la plaza Primero de Mayo, habitada normalmente por borrachos con sus carritos arrebatados a los supermercados conduciendo a todo su mundo en éste... Por los rincones sobre colchones tirados en el suelo despiertan los vagabundos, los más tempraneros lavan ropa en una llave de regadío, luego la cuelgan al sol... Gente trotando por las veredas, otros caminando rápido, llegan algunos viejos a tomar el mate con “facturitas” y a conversar, algunos otros hacen estiramientos a tirones de esos de gente inexperta, niños que se escaparon de la escuela juegan en el sector del arenero, un paseador de perros con su trineo imaginario sigue “rápido que te vuelan” con su jauría a toda velocidad casi llevándose por delante a los chinitos y a sus raquetas de badminton... Por el frente los encargados del edificio barren y baldean con agua con lavandina las veredas llenas de orín y de cacas de perros, las baldosas sueltas acumulan el líquido venenoso que liquidará el traje del transeúnte descuidado de ida a la oficina, pisa una suelta y ¡plaf! Se te vino el chorro y te mató el pantalón con su mancha blanca a continuación y había pagado casi cien dólares por él... ¡Carajo!... Por la esquina aparece la rusa esa del carrito, como muchas atravesó medio mundo la licenciada en ciencias para terminar caminando ciento cincuenta cuadras diarias o más con su batería de termos vendiendo “sanduchitos” y café; allá a seis cuadras esperan sus hijitos en el “hotel familiar” lleno de ucranianos y sus niñitos de cabezas blancas, los que en invierno sus papás con cero grados y viento salen a comprar el pan con pantalones cortos y remera delgadita y hawainas...¡Brrrr! Por el frente una delegación baja de un bus y entran al hotel, vienen de “Venado Tuerto”, son unos abuelos de paseo por la Capital...

La Plaza Primero de Mayo, la que fue antiguo cementerio según me contaron, tal vez en otra supuesta “encarnación” he dejado mis huesos bajo sus árboles, quizá por eso cuando todo se me ha desarmado en mi hacer diario a través de los años y quedo a “medio morir saltando”, solo y en la nada, como un fantasma aparezco por sus veredas...


UN SHILENITO (que se creía canchero)

En ese tiempo de esos años un chileno en medio de tanta gente, tratando de conquistar a la Capital y en ese tiempo de pasados apenas los treinta años creía de verdad que podría. Luego de muchos e imposibles esfuerzos de empujar nubes y en un país de caída en picada al colapso de diciembre del 2001, terminé apenas sobreviviendo en un departamento tipo casa de esos que abundan en el barrio: oscuros, construidos normalmente a fines del siglo XIX; sin terremotos como en Chile en donde cada diez años se viene todo al suelo, se mantienen dignamente en pie siendo lugar de vivienda común entre las familias de aquí. El edificio nuestro, con abuelas que tuvieron tiempos mejores, arriba nuestro compartiendo un patio de luz en que se ve el cielo diez metros arriba allá en donde viven los estanques que nos abastecen de agua, un psicoanalista freudiano solterón de casi setenta años con su madre de noventa y tantos, analizando a sus “pacientes” en base a su experiencia edípica, dedica su vida a llenarle el “marote” de prejuicios a los jovencitos en sus clases en la universidad y a pelear con la vieja y a gritar por el teléfono pues él no escucha, pero el otro sí y nosotros abajo nos enteramos de sus desastres. ¡¡¡HOOOLAAA!!!” se escucha, “¡¡¡¡HOOOLAAA...QUIÉN ES..AHHH, SOS VOS JOAQUÍN, AH, LA PUTA MADRE VOS OTRA VEZ...!!!!”... Más allá un actor medianamente conocido en el medio e incluso se ha visto algunos sus avisos en Chile, uno de chocolates y otros de productos de belleza, el que vive con su hijita algunos días; otros tipos buena onda también relacionados con la tele cuyos nombres no recuerdo más allá por el pasillo del segundo piso y así nuestro lugar es así como algo de gente liberal y abuelas que desaparecen de vez en cuando para no volver enfundadas en pijamas de madera... En nuestra casa una profesora de yoga y un profe de tai-chi y padres de un niño de seis años que va a la escuela a dos cuadras de distancia...

En medio del despelote y a falta de clases esos meses y con medio día disponible por las mañanas, soy el encargado de cuidar a nuestro niño, vestirlo, al desayuno y a clases; luego de vuelta a la casa, a escribir (en ese tiempo casi nada) y practicar en la plaza cercana... Luego el ir a buscar a la escuela a mi hijo, se nos viene el almuerzo y luego a dar clases por la tarde-noche a San Telmo...

UNOS AMIGOS

A eso de abril de ese año y habiendo comenzado las clases en la escuela de mi niño hacía poco más de un mes, me llamó la atención un día una familia china la que absolutamente descolocada “como turco en la neblina”, trataba de recoger a su hijita en una de las salidas de a la hora de mediodía en ese lugar lleno de porteños, paraguayos, rusos, bolivianos, vaya a saber qué y el que habla. Al pasar de los días pude ver que era el hombre quien venía a retirarla y luego de a pocos desapareciendo quedó a la madre el seguir la historia, una china flaquita que no hablaba ni dos palabras en castellano. Así pasaron algunos y los chinos seguían descolocados y no entendiendo nada; entre muchos nadas lo que se les pedía como útiles escolares de la niña y otras esas las pequeñas indicaciones que se les suelen dar a los padres a la salida diaria de clases en relación a tareas y otras minucias, resultando enterarme al poco ser la niña compañerita de mi hijo.

En una de estas veces y viendo el desespero de la china y las imposibilidad de la maestra de darse a entender en medio del despelote de los chicos gritando, sus madres hablando como cotorras y gritos van y vienen y bocinazos y algo conocedor de la idiosincracia china y de sus códigos por mi vida de algunos años al lado de mi “maestro de tai-chi”, un monje chino de Beijing, me vi obligado por la vida y la benevolencia a ayudarla, pudiendo comunicarme por lo menos a través de gestos; traté de hacerme entender en mi inglés de “yo Tarzán y tú Jane” y nada, la señora tampoco hablaba inglés como la mayoría de los chinos trotamundos... Ahora sí que estamos mal, pero muy mal. Creo haberle dibujado en un papel lo que se le pedía y así con sonrisas y saludos y “¡Glacias, glacias!”, nos despedimos....

Al pasar de los días sonrisas por la mañana, sonrisas por la tarde y los chinos cada vez tenían más palabras y de a pocos comenzamos a comunicarnos y ellos me preguntaban lo que no entendían y entonces como suele suceder nos fuimos haciendo amigos y un día agradecidos me trajeron manzanas de regalo y yo “¡Gracias, gracias!” también y entonces yo les llevé otro obsequio y luego fueron a visitarnos a nuestra casa y seguimos conversando y pudieron enterarse de que daba clase de Tai-Chi y que conocía sus costumbres y “¡Ah, que bueno!!”. Les conté mi historia mostrándoles mis fotos, a mi profesor con su sonrisa dentífrica, y así ellos sonriendo y de a pocos o muchos “¡Glacias!” nos hicimos amigos.

A continuación fuimos a visitarlos, nos invitaron a almorzar y como suele suceder en cualquiera amistad nos hicimos cercanos en nuestros ires y venires cotidianos y así cada dos por tres nos encontrábamos.

Resultó que los chinos eran de Taiwán, habiendo llegado como inmigrantes y pudiendo enterarme que el papá trabajaba para la colonia de gente como ellos haciendo reparaciones en sus tiendas o casas-habitaciones y que le estaba yendo bien y luego en su casa instalaron una verdulería. Vi en sus comidas que eran vegetarianos, que no comían nada de carne en un país en que éste es el alimento principal y además que tenían restricciones con los ajos y las cebollas.

Siguieron las visitas y de a pocos me entero que pertenecen a algún tipo de movimiento que ellos llaman “El Tao”, lo que en verdad no me dice mucho en ese momento, pues existen infinidad de grupos con tal denominación los que van desde el más delirante de los adoradores de ovnis, hasta auténticos taoístas y también devotos tipo cristianos sincretistas de Oriente que no tienen relación alguna con el taoísmo.

Lo que me quedó claro es que asistían a unas reuniones las que se realizaban regularmente, a las que cada vez eran invitadas más gente argentina... Siguieron las visitas mutuas y de pronto me informan que una especie de líder de ellos vendrá a su casa desde Taiwán y que desea conocer a nuestra familia, que será un honor el verlo. Curioso e imbuido de un auténtica y liberal actitud que se expresaba en esos días inocentemente como “que cada cual puede hacer lo que desea si no molesta a los demás”, digo que asistiré gustoso a su invitación la que se lleva a cabo creo un día sábado y en torno a un almuerzo familiar.

Ese día sólo vamos a la reunión mi hijo y yo mismo, pues mi esposa y madre del niño debe asistir a una de sus innumerables reuniones en el “grupo filosófico” en que participa en esos días, la norma es que estamos siempre solos.

LOS DEL TAO

Llegamos temprano esperando conversando; de pronto aparece un hombre pequeño y flaquito de gabán tipo impermeable al estilo de Humphrey Bogart y con sombrero ídem, provisto de unos gruesos lentes nos saluda misterioso con voz cavernosa como de ultratumba. Sin duda que el resto de los habitantes de la casa, que incluye a otra familia china, la de una hermana del dueño de casa y también a uno su amigo mayor, practicante de artes marciales y profesor primario en su país le tienen en gran alta estima. Todos lo reverencian por su lugar dentro de la “gente del Tao” y “sus grandes conocimientos y nivel espiritual”. Entre los otros visitantes de la casa en ese día y anteriores se ve cada dos por tres a un joven chino y a algunos otros de esos que juegan con la gente en las plazas.

Hablando mediante la ayuda del profesor que oficia de intérprete traduciendo todo su discurso, me explica los principios de su sistema y sus relaciones con los sistemas de Oriente, hablamos sobre ellos, hablamos sobre mi vida actual y pasada y al parecer queda más que contento; luego hablamos de artes marciales con el profesor. De pronto preparan la mesa y se nos viene el almorzando abundantemente y en silencio a continuación. Charlamos luego algunos momentos y el señor N. dice tener que retirarse; con su voz cavernosa se despide, todavía enfundado en su impermeable, bajo éste se adivina un traje antiguo y camisa blanca y corbata, todo muy demodé y acartonado.

Al irse el señor N. los dueños de casa me preguntan ansiosos si me ha gustado el señor N. y su discurso, sus abundantes explicaciones. Les expreso que para mí ha sido muy interesante el conocerlo y que sin duda aumentará mi caudal de conocimiento con respecto al tema. Sonríen mirándose, pero seguramente esperaban unas expresiones más claras de adhesión y compromiso de mi parte...

Nos despedimos y aquí no ha pasado nada. Salimos a la calle ventosa y fresca del invierno porteño, siento una liberación en mi interior; muchas veces he sido invitado por este tipo de grupos para que los conozca, rara vez me han interesado, tienen todo tan resuelto, todo está lleno de respuestas y certezas absolutas y a mi modo de ver el Universo, Tao es tan indescriptible e incognocible que no creo en tanta bondad junta y prolijita.

“El tao que tiene nombre, no es el Tao verdadero” dice el libro de sabiduría y creo que en esto de los grupos “espirituales” es una verdad indiscutible, en esos años era una “sensación” de vida, hoy día es una verdad irrebatible y la que creo una obligación difundir como pilar fundamental de la auténtica libertad religiosa en Occidente...

PASARON LAS SEMANAS ...

Y un día de algunos me llama por teléfono la señora china diciéndome que desea hablar conmigo para invitarme a una especie de congreso que realizará la “gente del Tao”: “Hola, tú pue venil casa mí quele hablal tú!”

Esa tarde pasé por la casa de la gente china y la señora me cuenta que habrá una gran conferencia en donde explicarán muy bien los principios de su grupo y que les encantaría que fuera, que vendrá gente desde Taiwán y que será una gran oportunidad para aprender, que no habrá ningún compromiso y es abierta la participación... Le contesto que me interesa todo lo que sea cultura de Oriente, así es que me avise cuando sea la reunión... Sonriendo se despide y pasan las semanas y yo me había olvidado del asunto hasta que...

¡¡¡¡TA, TA, TA, TA, TAAAAAN!!!!!

“Hola, la fiesta del Tao es mañana, ¿tú pué venil?” – se escucha por el auricular del teléfono. Contesto que sí, acordamos que el señor O. “su marido vendrá a buscarme, que busque una camisa y una corbata para ir elegante”. Camisa encontré una que no usaba hacía años, corbata, nada, así es que una vez me ha venido a buscar el señor O. pasamos por su casa y me presta una, sonrientes todos, el señor O. radiante.

Subimos a un taxi y nos dirigimos raudos por Avenida Independencia con dirección a Flores. El señor O. dice: “No puedo cleel que mi amigo chileno haya dicho que sí.” - abrazo y muchos dientes contentos- “Tú, hacelme muy feliz que quelel peltenecel al Tao!”- “¿Pertenecer yo a Tao?” –me digo suspicaz- “Mi esposa decil que tú habel aceptado sel de Tao” – “¡Ah, la flauta!” -me asusto- “Esto se ve feo.”

Hemos recorrido como diez cuadras y le explico al señor O. que nunca he dicho que pertenecería al Tao ese suyo, que su esposa me ha invitado a una conferencia y nada más. Parece muy sorprendido, a ojos vistas no entiende tampoco lo que pasa: “Pero mi esposa me ha dicho que sí”. Le digo que es posible que ella haya entendido mal; pero los dos sabemos que la señora al parecer entusiasmada por mi buena candidatura previa, se ha encargado de decidir lo que yo no he decidido. El señor O. se molesta, no conmigo y serio dice que “bueno, que iremos a la “conferencia” y que yo allí podré ver por mí mismo y que podré decidir mejor”.

Avanzamos otras decenas de cuadras hasta que el auto se detiene en una calle lateral de la Plaza Irlanda y en las afueras de una casa baja con persianas, similar a muchas otras en la cuadra y en el barrio. Bajamos, me dice si traigo dinero, le digo que no (siempre en la luna a ese respecto “Kwai Chang” Juan) y entonces saca $ 5 de su bolsillo (en ese tiempo equivalente a US$ 5) y me los pone en la mano, “para la ofrenda” me dice. Entramos por un pasillo oscuro en donde nos recibe un hombre chino vestido de pantalón azul, camisa blanca y corbata quien toma el dinero. Me doy cuenta que mi amigo el señor O. viste igual; pasamos a un segundo patio en donde hay otros muchos hombres vestidos de la misma manera, muchos chinos y algunos argentinos entre ellos, también mujeres creo con vestidos y asimismo iguales, luego a un tercer patio. Obviamente la casa se ha refaccionado y probablemente se ha unido por dentro a varias otras para hacer apto el lugar para las muchas personas que se reúnen habitualmente aquí... Sale a recibirnos una mujer, estamos en las afueras de una construcción interior, en la entrada una especie de vaporizador semejante a un termo eléctrico en donde se calientan toallas pequeñas con las que se debe enjugar la cara y las manos antes de entrar, se dejan los zapatos en la orilla y nos ponen sandalias de esas que se venden en los “Todo por $ 1”, en donde se mete el pie entero con calcetín y entonces debemos pasar a unas mesas en que hay unos varios hombres escribiendo y anotando los datos de los candidatos. Me toca el turno, es una situación incómoda, le ratifico mi deseo de no unirme al grupo al receptor y con anterioridad el señor O. de alguna manera ha dado su palabra de que seguro de que sería sí; pero ahora debe decir que no. Se ve envuelto en un problema, todo parece de esas películas chinas de malos y de sectas. Los que anotan se molestan y se inicia una pequeña discusión, al parecer se decide que en ese trance puedo pensarlo; pero que debo participar junto a un grupo de unas 35 a 50 personas de una conferencia en donde se explicarán los principios y que hasta ese momento no puedo irme. ¿Qué es lo que habría pasado si me escapo, si me pongo rebelde? En ese intríngulis considero lo mejor quedarme y salir librado lo mejor posible sin oponerme; al rato pasamos a una gran habitación lateral en donde hay una especie de púlpito y sillas para los asistentes, luego de una presentación aparece un argentino de unos treinta años, que hace una exposición típica del principio uno y lo múltiple, etc., etc. Un discurso para gente de un nivel intelectual mediano, especial para las mentes porteñas atosigadas de esoterismo barato y religiones de pacotilla de los cuales se enorgullece la Secretaría de Culto (y se llenan de “guita” sus funcionarios), de pronto reparten unos pastelitos y alguna bebida, ninguna de las cuales consumo, me digo: “No seré yo quien firme y acepte medio drogado”.

El asunto al cual no tuve acceso proseguía con una especie de rito en donde se abrirían a los candidatos que aceptaban “unos puntos secretos”, el del bajo vientre creo recordar de los más importantes y entonces se les preguntó a la gente quiénes se quedarían, todos lo hicieron salvo una mujer y yo quienes abandonamos el grupo; ignoro que es lo que sucedió con ella. Por lo pronto vino el señor O. diciendo perentorio: “¡Vámonos!”. Rápido desandamos el camino y atravesando el patio lleno de hombres de camisa y corbata, tomo mis zapatos. Salimos y llegamos a la calle. Caminando unas cuadras hasta llegar a y cruzando la Plaza Irlanda en uno de sus costados tomamos un colectivo que nos lleva otra vez hasta nuestro barrio. Los dos en silencio. Al bajarnos me dice casi suplicante que nunca dé a conocer la dirección en donde se ubica la casa. Hoy día aunque lo deseara no podría encontrarla. Sólo quedó la historia y la sensación de estar en “Operación Dragón”.

Por esta vez pude escapar de una secta ¿tal vez destructiva?... Por el nivel de coerción sin duda que muchos de los derechos de sus miembros deben ser violados habitualmente y también de seguro éstos obtendrán innumerables beneficios, entre los cuales de seguro la libertad no es uno de ellos.

FINAL

Curiosamente, sin darme cuenta en esos momentos participaba nuestra familia desde hacía un par de años en una de las más peligrosas sectas de Occidente, más lo es aún por la protección que le dan los Estados. Algún especialista amigo los ha calificado como “Neonazi menores...” considerando seguramente a los skinheads como a “Mayores”... En desacuerdo considero a estos pseudo-filósofos como los más temibles, ellos los que preparan el Quinto Reich, pues debe saber mi amigo el que lee, que estamos viviendo en el Cuarto...

Y como parte de la guerra psicológica para sojuzgar a los pueblos se descubrió que lo mejor era darles “filosofías y religiones”...

El “Opio de los pueblos” se les llamó antiguamente.

Juan Contreras Bustos@
06 de julio del 2007.

“El tao que tiene nombre, no es el Tao verdadero”
 
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