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Quisieron reducirme a bestia, a animal sólo preocupado por la supervivencia

por Pau Arenós    /   publicado en El Periódico

En los campos de exterminio de Hitler no sólo hubo judíos, arquetipo del Holocausto. Unos 3.000 catalanes, malparados por la guerra civil, pasaron por el tormento. Sobrevivieron mil. Aguantan una veintena.

Puede que una mujer o un hombre atesoren un episodio de su vida que merezca ser contado. Si reúnen dos, es motivo de atención. Si tienen tres, es un hallazgo para poner por escrito. En la vida extraña de Enric Marco hay, al menos, seis momentos de excepción, algunos de los cuales los cuenta en Memòria de l'infern (Edicions 62). Fue sargento de la Columna Durruti. Fue un clandestino en la Barcelona franquista. Fue un huido a la Francia rendida a los nazis. Fue preso en el penal alemán de Kiel. Fue cautivo dos años en el campo de concentración de Flossenbürg. Fue líder de la CNT. Fue --y es-- encendida memoria.

¿Número de deportado?
El 6.448.

Ustedes siempre lo dicen.
Era obligatorio. Al entrar en el campo de concentración perdíamos el nombre, que era sustituido por un número. Teníamos que aprenderlo en alemán. Con ese número debíamos responder cuando nos llamaban. Era necesario sabérselo de memoria porque, de lo contrario, podías ser víctima de golpes, víctima de insultos...

¿Cuándo dejó de ser un número, cuando volvió a ser Enric Marco?
Nunca perdí la noción de ser Enric Marco. Cuando nos liberaron pensé: "Ya no soy un número. No eres cualquier cosa. Has recuperado tu identidad. Eres otra vez un ser humano". Intentaron precisamente eso: desespiritualizarnos, desanimarnos. De esa forma era más fácil destruirnos. El hecho de recuperar el nombre, como otras cosas, querría decir volver a la normalidad. Hubo mucha gente que se encontró tan desanimada que acabó por aceptar aquella situación. Perdieron las ganas de vivir. Fue innecesario pegarles un tiro o enviarlos a la cámara de gas. Murieron porque no pudieron seguir viviendo.

Usted sobrevivió porque sabía por qué estaba allí.
Claro. Esa es la razón. Nosotros éramos la vida y ellos eran la muerte. Era joven, lo que me permitía sustraerme a la realidad. Sabía que más allá de los barrotes y las alambradas estaban la vida y la libertad. Y yo sabía que las recuperaría. Después está mi capacidad de resistente. Para mí la lucha continuaba y la situación no era más que una batalla perdida. Nunca pensé en la posibilidad de que acabasen conmigo. Tenía tanta fuerza de voluntad y creía tanto en mí...

¿Ninguna flaqueza?
No. A veces en situaciones de muerte, cuando nos llevaban a las duchas, y no sabías si te ibas a duchar o te iban a pasar por la cámara de gas, cuando podías pensar "ya se ha acabado", algunos compañeros sufrían ataques de terror, ataques que no podían dominar, como epilépticos. Entonces les daba algunas bofetadas porque había que recuperarlos --no sé si decir recuperar la dignidad--, porque había que plantar cara, a la vida o a la muerte.

Tiene una gran sonrisa, pero los ojos están apagados. Esos ojos lo han visto todo. La alegría nunca está en ellos.
Sí. Lo sé. Estuve tantas veces con la vista baja... Me duele. Tengo una sonrisa que probablemente no refleja lo que ha pasado. Horas de verdadera desesperación... En los días en los que estuve en el penal de Kiel, en el norte de Alemania, nueve meses incomunicado, escuchaba el rumor de lo que pasaba a través de los barrotes. Escuchaba a los pájaros o el graznido de las gaviotas. O las carreras y los cantos de los hijos de los funcionarios de prisión que corrían por los patios... Sí, era muy joven, y algunas veces clavé la frente en el muro y a veces pensé que lo tiraría a tierra con la fuerza con la que apretaba. Alguna lágrima me cayó, pero era una lágrima ardiente. Lloré muy pocas veces. No acostumbro a llorar.

Lo acompañaba una Biblia. Y no es creyente.
Sigo teniendo una Biblia conmigo. Aquella Biblia era bilingüe, latín y alemán. Con ella aprendí las primeras nociones de alemán. Cada tres meses me daban permiso para escribir durante una hora en esa lengua. En tan poco tiempo era imposible preparar una carta para el Tribunal del Consejo de Guerra. Cuando se acercaba el día, me arrancaba un botón del uniforme. Abrían la celda para recoger la cubeta de los excrementos y la jarra de agua y yo dejaba el botón en el suelo. Me devolvían la cubeta. Al lado dejaban el botón, una aguja y un hilo. Con la aguja me hacía sangre en la muñeca. Con sangre, agua y saliva iba preparando el esbozo de la carta en los márgenes de las revistas alemanas, como Signal , que me daban para limpiarme. Luego escondía ese esbozo en un contraplacado que había en un marco, y cuando me entregaban papel y pluma podía copiar lo escrito.

Literalmente su vida está escrita con sangre. Y la siguió escribiendo en el campo de Flossenbürg.
Antes me llevaron a la universidad de Kiel a clasificar libros y publicaciones españolas. Me trasladaban dos uniformados por la calle y no me dejaban pisar la acera. Mis pies ensuciaban la acera. Por allí iban las personas. Yo tenía que ir por la calzada tragándome el humo y pisando las boñigas. Iba con la cabeza gacha como mi perro. Un día me pregunté: "¿Qué ha pasado, Enric? Alguien te ha usurpado la vida y la libertad. ¿Quién es? ¿Cómo es que visto el uniforme listado como si lo hubiese llevado toda la vida, llevo calzado de madera, como sopa de nabo, tronchos de col y alguna patata podrida? Mi nombre es un número. Mi nacionalidad, un color en un triángulo. ¿Qué ha pasado?" Quisieron reducirme a bestia, a animal sólo preocupado por la supervivencia, por la hora de la sopa, por el trabajo mecánico, y nada más

¿Aquel horror formaba parte de una estrategia?
Sí, aquello formaba parte de un plan, de una representación en la cual ellos jugaban un papel y nosotros, otros. En el ferrocarril ya entendías eso. Estábamos metidos en vagones para 40 caballos y nosotros éramos 180 o 200 hombres, los unos sobre los otros, de pie, porque no podíamos estar estirados. Nos dieron un saco con comida y un depósito de agua para un viaje de 10 horas. Tardamos tres días porque nos iban desviando a las vías muertas. Defecábamos en un bote y lo tirábamos por unas rejas, la gente vomitaba... El viaje era una avance de lo que sería el campo de exterminio.

¿Los ahorcados también eran elementos de esa escenografía?
Por supuesto. Cualquier acto era ejemplarización. Les servía para aterrorizar. El dejar a la gente colgada... Te tenías que parar y mirarlos, convencerte de que no tenías salida.

Ese teatro del pánico también era un gran negocio. Ustedes eran esclavos. Los campos se construían para ganar dinero.
La gran banca ayudó a Hitler. Se dieron cuenta de que no se trataba sólo de exterminar a unos enemigos, vieron que también se podía sacar un rendimiento. Las grandes empresas, las pequeñas, incluso las mujeres alemanas se llevaron mujeres para el servicio. Esas empresas alemanas a las que ahora compramos electrodomésticos acudían a los campos de concentración y alquilaban a mil hombres o mujeres y los llevaban a trabajar. Cuando se consumían, otros.

Usted era mecánico.
Primero fui a la cantera, pero después tuve la ocasión de librarme. En el campo de Flossenbürg montaron una planta de avioneta Messerschmitt. Mejoró mi condición, no pasaba tanto frío, el trato y la comida eran mejores, eso me permitió llevar ayuda a mis compañeros. Cualquier ventaja que conseguías la tenías que compartir.

El Gobierno alemán ha destinado fondos para, de algún modo, compensarlos. ¿Han recibido el dinero?
No ha llegado, y cuando llegue, al paso que vamos, habremos desaparecido. Estamos en un proceso en el cual se nos niega todo. Teniendo mucha suerte, mucha suerte a alguno le pagarán un millón y medio por cuatro años de sufrimiento. Al fin y al cabo las indemnizaciones que deberían dar son mínimas porque no queda nadie. Además son indemnizaciones por lo que rindieron esas personas, por lo que se aprovecharon de ellos, no por lo que lucharon. Y el Gobierno alemán y las industrias ya deberían haber hecho un gesto. ¿Cuántos quedamos? En España habrá unos 300.

En España tampoco reciben el reconocimiento que les corresponde. El PP pidió que se pasase página.
Sí, dijeron que ya era hora de que se dejase de hablar de la guerra civil y de las consecuencias, que era el momento de pasar página. Estoy de acuerdo. No soy ni revanchista, pero no estoy dispuesto que esa página se pase sin estar escrita y, sobre todo, sobre todo, sin haber sido leída.

En la guerra civil, Durruti fue su jefe de columna. ¿Qué decía?
Un día, los periodistas extranjeros le comentaron: "Ya sabe que, aunque ganen ustedes, heredarán un país destruido". Durruti levantó el puño y contestó: "¿Y qué? Nosotros los obreros sabemos construir, creamos riqueza. Y si es necesario edificar sobre las ruinas y las cenizas, lo volveremos a hacer". Esa convicción, esa fuerza moral es la que nos anima a mis compañeros y a mí. Sabemos que tenemos que seguir haciendo cosas, que tenemos que luchar.

Los campos de concentración de la actualidad están en el territorio ocupado de Palestina
Hoy hay otros campos de concentración. Hay campos de concentración en Ruanda, en Somalia, en Afganistán, en Guantánamo, en Palestina... Lo de Israel y Palestina no es sólo una cuestión de religión. La intolerancia es la intolerancia y la violencia es la violencia. Israel es un peón de EEUU y de Occidente, y se le consiente todo precisamente por eso. Lo necesitan. Es la barrera para frenar a los países árabes. El terrorismo de los palestinos no deja de ser una consecuencia de la miseria. Nosotros rechazamos la política de Israel. No pueden ampararse en el recuerdo de lo que pasó.

'Dinero negro' del BBV . Los fondos de pensiones de los poderosos son un escarnio para los ciudadanos corrientes
Se mueven en función del interés, del beneficio. Son capaces de llegar a unos límites... Están dispuestos a hundirse con el templo, como Sansón. El antagonista que tenemos es poderoso. Se atreve con todo y sin guardar las formas. Me asusta esa falta de elegancia. Nos friegan por los morros los beneficios mientras la gente muere de hambre. Esos fondos de pensiones son un escarnio. En tiempos de mi padre, y también en los míos, hubiéramos cogido a uno de esos presidentes de banco por el ganyot . El capitalismo nunca está harto, ni con ocho platos de sopa. Ahora el que te despide es un ordenador.

Los antimundialización. Miles de jóvenes han tomado el testigo de lucha de los viejos combatientes para cambiar la sociedad.
He visto a miles de jóvenes ilusionados y con una forma desenfadada de intentar cambiar las cosas. Tienen una forma alegre de ver la vida, pero a la vez protestan con lucidez. Les he dicho: 'He estado muchos años esperándoos'. Estoy satisfecho y emocionado. A mis compañeros les pregunto: '¿No notáis un hormigueo bajo los pies? ¿No os dais cuenta de que pasa alguna cosa?' Pues sí. Prestad atención y escucharéis un rumor. Hay una cosa que se mueve subterráneamente, que a veces no captamos porque, a lo mejor, hemos perdido la sensibilidad. El poder teme ese rupturismo. Teme no poder negociar.

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