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cierto que últimamente los argentinos no tenemos, como sociedad, mucho de
que enorgullecernos, más bien todo lo contrario, pero como si no alcanzara
nuestra propia vergüenza, algunos extranjeros prominentes se encargan casi a
diario de recordarnos nuestras lacras, solazandose con su nuevo pasatiempo.
Hasta ahora, milagrosamente, el incumplimiento de nuestras deudas, de dudosa
legitimidad, por cierto, no nos ha valido la declaración de país terrorista
y hostil, pero en cualquier momento podemos calificar como tal. Si ello no
ha sucedido todavía ha sido sólo porque no es necesario para someternos e
imponernos un ejemplar castigo por sobre el hambre de nuestros niños. ¿Si no
fuera así, por qué no nos abren sus mercados en lugar de imponernos políticas
económicas cada vez más recesivas? ¿Puede alguien seriamente suponer que
podremos pagar nuestras deudas achicandonos en lugar de crecer? Nuestros
pseudos representantes no se dan por aludidos y temerosos de más
represalias, optan por un ominoso silencioso o por tibias respuestas
carentes de convicción alguna.
Sin embargo, cabría recordar que si bien los
argentinos tenemos bastante de que avergonzarnos, al menos no fuimos los
responsables del holocausto, ni lanzamos bombas atómicas, ni sometimos
colonias, ni arrasamos ni explotamos otros pueblos, ni los invadimos o
bombardeamos con cualquier excusa para quedarnos con sus riquezas. Es cierto
que nuestros gobernantes suelen guardar un silencio cómplice respecto de las
aventuras neocolonialistas, pero en eso no le van a la zaga a los dirigentes
de los países centrales, que deberían avergonzarse mucho más que nosotros
por su inexplicable sumisión.
Ese es el mundo del que amenazan expulsarnos,
un mundo belicoso e insolidario que margina y excluye a los más débiles, un
mundo en el que las democracias han sucumbido ante la permanente extorsión
del poder financiero y para el cual el consumo de unos pocos vale más que el
hambre de la mayoría, un mundo de plástico, cada vez más deshumanizado y
uniformado por los intereses comerciales.
Así las cosas, levantemos la cabeza, porque no somos ni con mucho los peores de la Tierra, ni tienen
nuestros críticos demasiada autoridad para vapulearnos, ni es del Paraíso de
donde nos van a expulsar.
Por Francisco Jorge Martínez Pería - Abogado - C.I.6.190.046
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