CONSIDERACIONES GENERALES
Nadie puede negar la situación de auténtico desastre social en la que se encuentra la sociedad vasca. Los últimos acontecimientos han colocado a sus ciudadanos al borde de una ruptura y de un enfrentamiento civil que no parece que se pueda detener. Los tiempos de reflexión para poner remedio a este desastre, están practicamente agotados y no pueden prever ni adelantarse a las continuas e imparables actuaciones que unos y otros están espoleando. Todo el mundo parece tener prisa en llegar al enfrentamiento. Todos hacen redoblar con fuerza el sonido de sus tambores.
Como perdedores asustados, unos y otros amenazan con sacar el pueblo a la calle.
¿Qué guerra es ésta, deberíamos preguntarnos los ciudadanos? ¿Es ésta nuestra guerra?
Sin duda alguna, el pueblo vasco es un pueblo agredido. Lo está su burguesía caduca que ha visto desmantelado su emporium industrial; su clase política cada vez más alejada de los ciudadanos; sus sistemas de representación y sus libertades democráticas ganadas en las duras batallas antifranquistas con los otros pueblos de España; sus trabajadores que ven día a día deteriorarse las condiciones de vida y de trabajo; sus jóvenes estudiantes sin perspectivas ante tanta precariedad laboral; sus sindicatos cada vez más alejados de aquellas comisiones de obreros surgidos de las luchas asamblearias de las grandes empresas navieras o siderúrgicas; sus inmigrantes ante la ola racista enmascarada en la moderna genética crítica; su propia identidad como pueblo que, en un ámbito territorial acotado por las luchas políticas anteriores, intenta conservar el legado de sus antepasados. Agredidos y acosados por verdaderas mafias fascistas que dominan el Estado español o por otras mafias criminales que se autodefinen como su vanguardia salvadora, los ciudadanos vascos están al borde de la división y de la ruptura social.
Esta agresión no es ajena ni diferente de la que sufren otros pueblos y comunidades de la Tierra. Ni de la que sufren los ciudadanos españoles, catalanes, argentinos, brasileños, kurdos, o iraquíes.
Es evidente, que en el interior de este conglomerado humano que llamamos pueblo, son los sectores trabajadores los mas perjudicados por esta agresión. A ellos me referiré puesto que los otros sectores (aunque en plena decadencia y bancarrota) ya tienen otros muchos defensores.
Todos los ciudadanos del mundo estamos inmersos en un proceso en donde los que deciden nuestro destino ya no pueden ofrecernos ninguna esperanza ni ninguna salida, salvo la de transgredir permanentemente las propias leyes de la vida, la destrucción de la naturaleza, los desequilibrios ecológicos, el deterioro sin el menor escrúpulo de los ciclos biológicos de los animales y las especies, la contaminación de la atmósfera, el expolio y la privatización de todos los recursos naturales y la destrucción de las infraestructuras de los pueblos de manera que sus posibilidades de supervivencia se agotan en un abrir y cerrar de ojos provocando su ruina, el exterminio de sus poblaciones o un éxodo interminable.
La disolución práctica de la antigua sociedad de las naciones (los estados nacionales) es un hecho determinante en este saqueo de los pueblos del mundo. Bush lo propone descaradamente a los aliados que quieran participar en el ataque al Irak. El pueblo iraquí será destruido y a los pobladores sobrevivientes de la aniquilación les quedarán pocas posibilidades reales de seguir adelante. Su territorio será convertido en un inmenso pozo petrolífero repartido entre las grandes compañías que camparán a sus anchas. Como en Afganistán, luego sus pobladores seguirán desangrándose en inacabables luchas intestinas, tribales, de clanes, quizás entre viejas burguesías perdedoras,... mientras una élite militar colosalmente armada vigilará los oleoductos, gaseoductos, o puertos por donde las riquezas energéticas marcharán hacia occidente.
Situar este conflicto, que atañe a los ciudadanos del mundo en su conjunto, fuera del proceso histórico general de la crisis del sistema social capitalista e inscribirlo en problemáticas de identidades y culturas diferentes, en conflictos entre naciones o pueblos, sería una gran derrota para la Humanidad. Volver a coger los blasones, las consignas, las banderas, las cruces y los cañones de viejas guerras en las que los poderosos nos arrastraron para mantener, ampliar o defender sus territorios contra otros poderosos sería una nueva derrota.
El pueblo vasco no está en guerra contra el pueblo español, ni el catalán, ni el argentino, ni el irakí ni el norteamericano. El pueblo vasco no puede solucionar ningún problema al margen del pueblo español, el catalán, el argentino, el iraquí o el norteamericano.
Ni nuestras identidades, ni nuestras lenguas, ni nuestro folcklore, ni nuestras danzas, ni nuestras competiciones deportivas, ni nuestros atuendos, ni nuestras canciones de cuna ... diferentes, pueden ser obstáculo alguno para impedir que tomemos en nuestras manos la solución de los problemas comunes. Ninguna diferencia es tal para impedirlo.
Los que intentan hacer de nuestras diferencias un arma de conflicto entre nuestros pueblos son nuestros enemigos. Quienes no entienden que los pueblos hemos de avanzar desde nuestra propia diversidad hacia decisiones colectivas más allá de fronteras y de organizaciones territoriales parcelarias son también nuestros enemigos. La Patria Tierra no puede ser el producto de la destrucción de los pueblos sino de un gran proceso de convergencia.
En este proceso, que nadie tenga la menor duda, los pueblos de la Tierra hemos de poner en la picota los pensamientos y las ideas de los brujos, los sacerdotes y los escribas que conformaron nuestras viejas sociedades. No van a caber en la nuestra ni las del Cesar Bush, ni las del fascista Aznar, ni las de los sectarios del Partido Socialista, ni las del ex-estalinista Frutos, ni las del biologismo reduccionista de Otegi, ni las del nacionalista Arzallus que aún no se ha desembarazado del discurso racista de Sabino Arana.
Nuestras sociedades tienen mucha más fuerza y nuestra rebeldía más determinación como para no pasar por encima de las guerras que, por sus intereses mezquinos, nos quieren arrastrar estos personajes dementes.
EL DERECHO A LA AUTODETERMINACIÓN
Existe la errónea convicción de que fuimos los pueblos quienes construimos los antiguos imperios, los feudos, los reinos, los burgos, las naciones o los conjuntos de naciones. Permanece la idea que los españoles conquistamos las Américas, que los europeos descuartizamos el continente africano, que los ciudadanos occidentales hemos colocado hombres crueles y corruptos en el gobierno de Palestina o de Israel; que asesinamos a Patricio Lumumba y pusimos procónsules en Santiago de Chile, Buenos Aires o Bogotá; que los ciudadanos americanos decidieron arrasar los arrozales en Vietnam o los puentes sobre el Danuvio; o que nosotros los ciudadanos privilegiados estamos saqueando Argentina.
Fueron los poderosos de todos los tiempos los que construyeron los viejos imperios, los feudos, los reinos, los burgos, las naciones y los conjuntos de naciones. Fueron ellos los que pusieron límites y cercas a sus posesiones, cada día más extensas, en las que nos explotaron y saquearon. En las que generación tras generación por designio divino, endogámicamente, han querido mantener por la fuerza de las armas y de su Estado de Derecho, su propiedad y sus vasallos.
Fueron ellos, los que nos arrastraron a guerras y barbaridades deleznables para mantener y ampliar sus dominios, para acceder a nuevos territorios y nuevas riquezas. Hicimos torpemente de sus guerras nuestras guerras y éstas forman parte también de nuestra Historia.
Y lo continuarán siendo hasta que un clamor masivo se adueñe de nuestras sociedades: ¡Basta ya, ésta no es nuestra guerra¡
Ya es hora de que enterremos nuestra vieja Historia y que emprendamos un camino distinto. Porque nunca participando en las guerras de los poderosos hemos conseguido soluciones a nuestros problemas. Venció un poderoso sobre otro y nosotros tuvimos que volver a lo nuestro una y mil veces: volver a levantar nuestras casas, reconstruir los puentes y caminos, volver a labrar, aprender nuevos oficios, crear nuevas máquinas, aprender y mejorar de nuestro trabajo cotidiano, emigrar a nuevos continentes, entablar lazos y relaciones amistosas con nuevos convecinos de otras razas y de diferentes culturas, emprender procesos de integración y convivencia... siempre por encima de unas fronteras políticas impuestas que han ido cambiando artificialmente a lo largo de la Historia. Un simple vistazo a los cambios del mapa político de la vieja Europa en los últimos 200 años es clarificador.
No se movieron los bosques, ni los campos, ni los mares, ni las montañas, ni las ciudades... mientras pasaron y cambiaron barreras fronterizas, banderas, himnos, e insignias.
Cualquier ciudadano que haya participado en un guerra asentirá sobradamente con esta afirmación y su mayor deseo es que sus hijos y sus nietos nunca se vieran involucrados en tales desastres. Los grandes ideales terminan llorando y enterrando a nuestros muertos.
En Euskadi siguen pretendiendo embarcarnos en la batalla por la vieja consigna del derecho de autodeterminación de los pueblos.
Desde un análisis histórico podemos entender que desde el siglo XVII el derrumbamiento de las innumerables fronteras que separaban y parcelaban a los pueblos en pequeños territorios dominados por la Iglesia, los condes, los señores feudales o los reyes fue la condición para que el sistema burgués pudiera desarrollarse. Ni las antiguas barreras fronterizas, ni sus leyes, ni sus relaciones de producción feudales fueron capaces de aguantar el envite de la máquina de vapor, del ferrocarril, de los canales de navegación, de los nuevos conocimientos en medicina, en la siderúrgica, en las comunicaciones, etc.
Fue el trabajo de los hombres quien siguió liderando, con su esfuerzo colectivo, el desarrollo de los nuevos conocimientos que permitían avanzar y perfeccionar la sociedad, pero fue la burguesía quien tomó el relevo de las antiguas clases privilegiadas y se apropió de los resultados de estos avances. Fue la burguesía y su necesidad de continuo enriquecimiento y poder quien decidió la dirección en la que caminaría la nueva sociedad.
De la misma manera que fue la burguesía la que impulsó la construcción de naciones, fue ella misma quien las ahogó. Todos los nuevos proyectos de pueblos independientes y autodeterminados fueron abortados y sus dirigentes asesinados, derrocados y cambiados por dictadores, torturadores y criminales a sueldo de las grandes corporaciones internacionales. Ninguna de las sangrientas luchas de liberación nacional que llevaron a cabo los pueblos tras los procesos de descolonización (en las que las burguesías nacionales propias alcanzaron el poder) llevaron el bienestar a sus pueblos. Si no fueron derrocadas, vendieron la riqueza de sus tierras y el trabajo de sus pobladores al mejor postor. Porque nadie olvide que para la burguesía (la gran instigadora del derecho de autodeterminación de los pueblos) su única patria y su única bandera es el poder del dinero. Cuando en litigio con otras burguesías no es capaz de mantener la propiedad de su finca y la explotación de sus vasallos no duda en venderla aunque sea a precio de saldo. Si dudan de ello pueden preguntárselo a nuestros conciudadanos argentinos. Si dudan de ello pueden repasar lo que han hecho las derechas e izquierdas del Capital con todo el Patrimonio "Nacional" acumulado en los últimos siglos en todos los países industrializados.
Las burguesías siguen en guerra porque su mundo se tambalea. Siguen en guerra en sus propios territorios en los que no están dispuestas a perder un ápice de su poder a favor de otras burguesías, y en otros territorios alejados. Siguen en guerra en su intento de acumular y concentrar más poder aunque deban terminar implorando un lugar de privilegio en el nuevo Imperio de Bush. Sus maneras ya no son las que fueron como clase impulsora de los procesos industriales, las mercancías, el comercio, las comunicaciones y las conquistas (aunque militares y de rapiña) de nuevos territorios en donde nuevas relaciones de producción se imponían sobre las antiguas. Sus maneras son ya propias de bandas de criminales y mafiosas que sin el menor escrúpulo están saqueando a los pueblos de la Tierra. Sin disfraz ni tapujos. Ellas, impulsoras del derecho de autodeterminación de los pueblos, de la Sociedad de las Naciones, de los Tribunales Internacionales, de la democracia parlamentarista, ... se han convertido en su sepultureros.
La burguesía se ha convertido ya en una inmensa losa incapaz de seguir dirigiendo un proceso en donde los seres humanos hemos alcanzado unas condiciones inmejorables para solucionar nuestros problemas. Se ha convertido en una máquina destructiva y asesina capaz, como los antiguos zares y señores feudales, de aniquilar a toda la Humanidad antes de ver perder sus privilegios. Con ella se muere el estado nacional, el asalariado, los partidos políticos, el sistema de representación partidista, los Parlamentos, y su propio Estado de Derecho con la que legalizó la ley y el orden de su apropiación.
Es hora pues, para los ciudadanos de todos los pueblos del mundo, resultado histórico de anteriores pueblos, culturas e identidades distintas, reivindicar nuestro derecho a decidir sobre nuestras vidas, el derecho a poder decidir juntos cómo usamos los recursos del Planeta, las fuentes energéticas, los yacimientos minerales, el agua de nuestros manantiales, los cereales de nuestros campos, las riquezas de nuestros mares; en qué dirección hemos de dirigir nuestras sociedades y cuál es el modelo de progreso que deseamos; qué Planeta dejamos a nuestros descendientes; cómo usamos nuestros cielos para favorecer nuestras comunicaciones; de qué manera terminamos con las hambrunas y las enfermedades que aunque conocidas aún siembran la muerte en muchos rincones del globo; cómo usamos los conocimientos científicos a favor de nuestras vidas; cómo continuamos nuestros sueños en la exploración del espacio; cómo convertimos en vergeles zonas aún inhóspitas y desérticas; cómo seguimos viviendo de nuestro trabajo cuando éste ya empieza a ser completamente distinto al que hasta ahora hemos conocido, cuando sistemas automatizados y robotizados están sustituyendo eficazmente a nuestras antiguas mecanizaciones y el tiempo de trabajo ha dejado de ser la medida de cambio ; cómo educamos a las futuras generaciones para que el conocimiento, la colaboración, la bondad y la paz sean las garantías más valiosas para nuestro desarrollo y nuestra supervivencia como especie.
Es hora de que los ciudadanos de todos los pueblos del mundo construyamos nuestras sociedades con el más amplio respeto al librepensamiento, a la libertad de asociación, reunión y manifestación.
Sobre todo esto debemos discutir y decidir, independientemente del color de nuestra piel, de nuestras costumbres, de nuestra lengua, de nuestros atuendos, de nuestros bailes, del sonido de nuestros instrumentos musicales o de los territorios en donde habitamos.
Por lo tanto, recuperar nuestro poder de decisión, NUESTRA SOBERANIA, significa plantearrnos seriamente la desaparición de la propiedad privada sobre nuestro Patrimonio Común, la desaparición de las élites que deciden sobre nuestros asuntos, la desaparición de las naciones y la eliminación de las fronteras. Cualquier conflicto local que no avance en esta dirección será infructuoso. La sociedad de las naciones solo puede ser sustituida por la sociedad de los ciudadanos.
QUE SE VAYAN TODOS
No es la primera vez en la Historia Moderna que la burguesía se siente acorralada. En otros momentos de graves crisis económicas y sociales estuvo obligada a arrinconar las formas democráticas de dominio por otras formas dictatoriales. Las propias sociedades europeas han vivido "formas" distintas del desarrollo capitalista. Los "Estados de Guerra" en donde fueron anulados los regímenes de libertades fundamentales han sido frecuentes durante una buena parte del siglo XIX. La transformación capitalista de Rusia fue un permanente estado de guerra.
Las "Razones de Estado" prevalecieron por encima de las leyes de los propios sistemas democráticos aún en los tiempos de no guerra declarada. Las "Razones de Estado" fueron siempre las razones de la burguesía.
Ahora, la crisis de la burguesía es mucho más profunda porque su sistema económico ha alcanzado cuotas de absoluta inviabilidad. Obligada a seguir utilizando los grandes avances tecnológicos que de manera continuada y progresiva la sociedad humana está desarrollando, es no solo incapaz de seguir liderando este proceso si no que se ha convertido en su freno.
Para seguir manteniendo sus privilegios ya no puede seguir manteniendo las formas democráticas de dominación en donde, en los momentos de esplendor, con el dinero compró a los partidos, a los sindicatos, a la justicia o a la ley, constituyó Parlamentos y se erigió como la portadora de los valores de la civilización occidental. Ahora, debe necesariamente emprender el camino dictatorial porque debe endurecer las condiciones de trabajo, liquidar las conquistas sociales anteriormente alcanzadas, aumentar la exclusión de miles de hombres y mujeres y embarcarse en nuevos enfrentamientos belicistas para participar en el saqueo y el reparto del mundo.
Esa es la razón por la que la burguesía, que utilizó políticos y organizaciones políticas para alcanzar y mantenerse en el poder, ha cedido ( en la medida que su crisis se ha profundizado) a auténticos aparatos mafiosos (político- militares) la dirección de las sociedades. Hombres mediocres, generales asesinos, políticos fascistas, asesores militares, jueces estrella, traficantes de drogas, blanqueadores de dinero, ladrones de cuello duro, bucaneros de grandes actos de piratería internacional ... provinentes de grandes clanes y familias poderosas que endogámicamente se transmiten favores y privilegios y que por cooptación extienden sus tentáculos en toda la administración pública y en los consejos directivos de las grandes empresas privatizadas, son los que ocupan los puestos de mando en los momentos de colapso de la sociedad del Capital.
Este auténtico poder oscurantista y sin escrúpulos ha vuelto a relegar a la burguesía, en su decadencia irreversible, a un lugar secundario. ¡Que nadie tenga la más mínima esperanza en su resurgimiento¡ La crisis de la sociedad del Capital es la crisis de la burguesía y del asalariado: inseparablemente.
Asistimos pues, más a una lucha entre clanes mafiosos que a una lucha entre burguesías.
Depende en gran medida de las decisiones de estos clanes para observar con estupefacción el derrumbamiento de un sector económico o el auge de otro, la subida de las cotizaciones de una empresa o su hundimiento, la privatización de un sector público o la ayuda con dinero público a un sector privado, etc. Grandes fusiones, desmantelamientos de sectores industriales, guerras, conflictos, ... se están llevando a cabo desde círculos secretos al margen de cualquier conocimiento y participación de los ciudadanos.
Los Partidos Políticos se han convertido en la expresión más diáfana de esta lucha entre clanes.
Ello es de dominio público y estos hombres tienen nombres y apellidos. Los ciudadanos debemos denunciarlos y echarlos de nuestras sociedades.
Cuando la democracia se derrumba ningún sistema de representación política puede ya defender a los ciudadanos. Ellos no solamente callarán y obviarán este inmenso ladronicio sino participarán en él, convirtiéndose auténticamente en sus verdugos principales.
Tomar el poder o participar de él, usando a los ciudadanos como carne de cañón, es su objetivo.
Enzarzarnos en luchas estériles sin poner nunca en cuestión en donde reside verdaderamente la soberanía de los ciudadanos (en la recuperación de nuestro poder de decisión) es su cometido.
Participando en la guerra entre Arzallus, Aznar, Otegi, Zapatero, Frutos, Maragall... no resolveremos ni uno de nuestros problemas. Cuando ellos hayan conseguido dividirnos en dos bandos irreconciliables, enfrentarnos y ensangrentarnos nos habrán derrotado.
Los ciudadanos hemos de decirles con fuerza que su guerra no es la nuestra. Hemos de decirles QUE SE VAYAN TODOS.
En su lugar, el pueblo soberano ha de decidir su camino. Debemos empezar a hacerlo de la manera que siempre el pueblo trabajador lo ha hecho, al margen de las organizaciones partidistas, de los clanes y de las élites que deciden sobre nuestras vidas. Recuperar las formas de organización de la totalidad de sus hombres para discutir nuestros problemas y poner en práctica nuestras decisiones: LAS ASAMBLEAS.
Asambleas de fábrica, de barrio o de pueblo, en los centros de trabajo, en las escuelas, institutos y universidades. En ellas los ciudadanos aceptaremos y defenderemos el derecho de cualquier grupo o colectivo ciudadano de proponernos sus soluciones, pero les recordaremos decididamente que el poder de decisión está solamente en las resoluciones de la Asamblea. En las Asambleas los ciudadanos debemos tomar en nuestras propias manos la solución de nuestros problemas. No podemos delegar en ningún partido, ni a ningún organismo de representación su resolución.
Contra las agresiones a la identidad vasca, contra el terrorismo de Aznar y de ETA, contra los jueces fascistas, contra el deterioramiento de las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores, contra las libertades de asociación, expresión, manifestación, ...nosotros, trabajadores españoles, catalanes, gallegos, andaluces, valencianos, estaremos codo a codo con ustedes. Y con todos los pueblos del mundo. Ninguna diferencia cultural puede separarnos en esta contienda.
Si consiguen separarnos, ustedes y nosotros sumaremos otra derrota a una larga lista de tristes derrotas.
No deseo que ustedes vean esta proposición como otro "artículo inútil" a sumar al que escribieron, desde el filo de la navaja, alguno de sus escritores vascos. El que escribe tampoco tiene certezas inamovibles; tiene dudas, preguntas y temores. Pero estoy seguro de cuanto más tarde afrontemos claramente nuestros verdaderos problemas más derrotas inútiles sumaremos. Pero estoy también seguro de que los trabajadores de todos los pueblos del mundo, la última batalla la ganaremos.
Por Jorge Sánchez Rodríguez
ciudadanojosep@hotmail.com
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