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I. JULIO 1927. FLOR DE NÁCAR

Ayer la lluvia nos cogió por sorpresa a mi amigo Vincent Saint-Paul y a un servidor cuando acudíamos a la Residencia de Estudiantes. Mi interés se centraba en recabar información de la biblioteca y el resto de las instalaciones, en aras de un futuro trabajo que me sacara de mi precaria situación económica. Vincent había decidido unírseme en el último instante dado su interés por conocer el edificio. De todas formas tuvimos suerte a la salida casi dos horas después, pues en aquél momento el sol lucía ya radiante, una tarde veraniega más en definitiva, pero de esas que invitan a sonreír y pensar que la vida puede ser bella. Y aún no había tenido ocasión de transmitir verbalmente a mi querido amigo esta sensación de aparente felicidad, cuando ella apareció ante mis ojos por vez primera. Jamás había tenido la ocasión de contemplar una mujer tan bonita como Alexia Carvajal, que así se llamaba aquella muchachita de perfectos bucles dorados, como bien supe a través del propio Vincent. Él la conocía desde hacía algún tiempo, al coincidir ambos en una de las pruebas hípicas más importantes de la reunión cortesana madrileña. Alexia era dueña de una preciosa yegua llamada Viva mi Niña, y aquél día resultó poco menos que catastrófico para ambas, al traspasar el pobre animal la línea de meta en último lugar. El primo de Vincent, un mediocre jockey que solía participar en las carreras, aunque ganador en aquella ocasión, fue el encargado de presentarles. Ella estaba furiosa, pues había deseado ganar a toda costa, y al acercarse aún enrabietada para felicitar al vencedor, quiso la casualidad que justo en aquél instante Vincent se hallara a su lado. Desde entonces surgió una discreta amistad entre ellos, si bien afianzada al coincidir en diversas ocasiones en todo tipo de actos sociales, eso sí, de cierta envergadura. No resultó difícil, entonces, que mi amigo me presentara aquella belleza tan singular.
-Encantado de conocerle, señorita Carvajal, -dije, besando su linda mano derecha después de una breve inclinación de mi cabeza -y perdone usted mi atrevimiento, pero su presencia me inspira la imagen de una perfecta flor de nácar.
-Vaya, señor De Vidal, es usted muy adulador, y también gran observador, -respondió con una pequeña sonrisa dibujada en sus labios -pues sin duda debe haberse fijado detenidamente en el adorno que luzco en el hombro izquierdo.
-¡Oh, usted supera en belleza a esa flor que luce con creces, créame! -dije, utilizando una de esas miradas seductoras que tenía a menudo tan bien ensayadas.
-Me parece que tendré que protegerme de sus garras, un tanto afiladas, señor De vidal… ¿No lo crees tu así, mi querido Vincent? -inquirió finalmente a este último, al tiempo que le dirigía una más que astuta mirada.
-Manuel es así, Alexia, pero no debes preocuparte. Todo es “fachada”, nada más. Es… su costumbre cuando se trata de ser presentado a una mujer.
-Bueno… me he sentido muy halagada, así que no debes justificarle, Vincent.

Debo reconocer que esta increíble mujer acabó desarmándome por completo. Sobre todo al cruzar por última vez, antes de la despedida, nuestras miradas, pues en sus encantadores ojos me pareció contemplar una maliciosa alegría, cuando menos a la vez alentadora. Y sólo al verla partir me fijé con mayor detenimiento en su precioso vestido de crespón amarillo, haciendo juego con la flor de nácar en el hombro, sus zapatos de seda y el sombrero diablesco de fieltro que remataba su elegante figura, por no decir sus pendientes y collar de perlas que culminaban una exquisita e inigualable combinación.

Vincent, creo que acabo de sufrir un hechizo -le dije a mi amigo poco después, mientras caminábamos de regreso a nuestras casas.
Ambos vivimos en el mismo edificio, ocupando un par de pisos de un total de diez, repartidos en cinco plantas. Mi estimado amigo vive en el segundo izquierda, mientras que yo lo hago justo un piso más arriba, es decir, en el tercero izquierda.
-Eso me suena. ¿Seguro que no me lo has dicho alguna vez? -objetó irónicamente Vincent.
-No. Es decir… que lo que siento es algo nuevo, especial, ¿comprendes?
-Sí, sí… comprendo -asintió él, aún con mordaz mirada dibujada en su rostro.
-No me mires de esa forma, hombre, que te estoy diciendo la verdad -dije al fin, no sin cierto atisbo de crispación.
-Bueno, bueno, no te apures. Te creo, Manuel. Alexia es una mujer muy bonita, de eso no me cabe duda.
-Ni a mí, Vicent, ni a mí…

Un sexto sentido me advirtió que esta linda mujer volvería a cruzarse en mi camino, y para entonces… ya procuraría no desaprovechar la oportunidad de conocerla un poco mejor. No podría perdonarme el permanecer de brazos cruzados ante semejante vendaval femenino.

Poco después de dejar a Vincent, acudí a un pequeño restaurante para cenar, aún a sabiendas que me hallaba con apenas cinco míseras pesetas, y era todo el capital del que disponía. Estos últimos tiempos me siento tan optimista que, de alguna manera, presiento un futuro cercano esperanzador, así que a pesar de las dos pesetas que invertí en la suculenta cena, postre incluido, mi mano no temblaba al desprenderse de capital tan importante a día de hoy. Mis posibilidades de éxito personal siguen intactas y mi autoestima aumenta también a pasos agigantados, especialmente cuando anoche sentía que era observado positivamente, y bajo cualquier circunstancia, por la mayoría del sexo opuesto que se cruzase en mi camino. Y tenía claro que Alexia Carvajal… no había sido una excepción.



Sabedor de que una famosa exposición artística tendrá lugar esta misma noche, en el Círculo de Bellas Artes, y que sin duda alguna contará con la asistencia de la señorita Carvajal, aprovecharé la ocasión que se me brinda para acercarme a su persona y tener así la oportunidad de conversar con ella, tal y como es mi honrosa intención. Creo que la exposición trata sobre orfebrería portuguesa, y como no ando yo muy puesto en este tipo de obras, y lo mismo me da que sea portuguesa que compostelana o cordobesa, que ni maldita idea tengo, tendré que informarme esta misma tarde en la biblioteca, abusando una vez más de la ayuda de mi apreciado amigo Vincent, que bien conocerá mejor que yo donde paran los volúmenes que interesan al respecto.

Ahora tendré que consumir una de las tres pesetas que me quedan, hasta bien no encuentre un trabajo digno con el que mantenerme. El problema es que, de seguir así, es más que probable que mañana a estas horas ande con los bolsillos vacíos. No quiero abusar de la amistad de mi amigo Vincent, pero creo llegado el momento de que me eche una mano y me ayude a encontrar algún empleo. Mi vida bohemia debe finalizar de una vez por todas, pero no pienso renunciar a mi espíritu aventurero, que es lo que al fin y al cabo me mantiene en un optimismo que no desearía perder, suceda lo que suceda. Por supuesto, huelga decir que no abandonaré mis escritos aunque no pueda colarlos en ninguna redacción que se precie, por el momento. Desde luego, ya podría Vincent acordarse de mí en ese sentido, sabiendo como sé que trabaja de gacetillero en un importante periódico madrileño…
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II. LA TRAVESÍA DEL COMANDATE BYRD
JULIO 1927

El brillante salón del Círculo de Bellas Artes apareció ante mi vista repleto de auténticas obras de arte. Jarros con decoración de Yedra, fuentes de tipo renacentista moderno, bandejas orladas con magistral simetría, servicios de mesa en plata cincelada… A decir verdad, yo apenas entendía sobre este maravilloso arte de la orfebrería, pero gracias a mi querido amigo Vincent, que iba poniéndome al día, terminé pareciendo todo un experto. No en vano, una de mis mayores virtudes era la capacidad que tenía para recordar todo aquello que se me explicase o contase por vez primera.

En el momento en que mi ansiada “flor de nácar” irrumpió en la exposición, casi me consideraba ya un perfecto enterado del asunto, por lo que sorprenderla se me antojaba algo bastante sencillo. Un comentario sobre la orfebrería realista por aquí, otro sobre la importancia del arte industrial de la platería en nuestro país por allá, y a buen seguro que la dejaba impresionada.

Si el día en que Vincent me presentó a la señorita Alexia Carvajal, quedé deslumbrado por su belleza, el día de la exposición casi me arrancó el corazón de cuajo. En esta ocasión lucía un espectacular vestido de muselina de seda rosa, bordado con hilillos de plata y esferitas de cristal, que realzaba su esbelto talle, haciendo perder el aliento a cuantos encontraba a su paso.

Era cuestión de provocar un encuentro con ella, si bien estaba seguro de que, en cuanto me viese, no dudaría un instante en acercarse hasta donde yo me hallaba. Vincent, poco después de darme su pequeña lección de orfebrería, acabó perdiéndose entre la maraña de público que se agolpaba en el interior del recinto, especialmente a la altura de los diferentes estantes que resguardaban aquellas pequeñas obras de arte. Que Alexia Carvajal acabara reparando en mí no resultó nada difícil, pues disimuladamente procuraba colocarme en su entorno inmediato, aunque eso sí, intentando no ser engullido por la marabunta de inopinados visitantes. Y digo inopinados porque, a tenor de los comentarios vertidos por parte de los organizadores, ninguno de ellos hubiese imaginado una presencia de público tan grande.
-¿Señor De Vidal? ¿Es usted? ¡Menuda sorpresa! -dijo, mientras cogía mi brazo haciendo que me diese la vuelta, situándome frente a ella.
Colocarme de perfil era una de las mejores estrategias que solía usar en estos casos, pues con ello podía aparentar de forma limpia no haber visto a la persona que reclamaba mi atención.
¡Ah! ¡Señorita Carvajal, es un inmenso placer contemplarla de nuevo! dije, mostrándome gratamente sorprendido-. No me había dado cuenta de que estaba usted en la exposición, y fíjese que me encontraba casi a su lado. Lo raro es que no haya tropezado con usted, porque mire que soy un poco patán.
-¡Oh, no se preocupe! Es normal que no me hubiese visto, con tanto visitante como se encuentra hoy en la exposición. Y no diga que es algo patán, que no me lo creo -alegó, sonriente.
-¿Le parece poco, no haber reparado en la presencia de una mujer tan bonita como usted? dije, mirándola directamente a los ojos. Pero si va lanzando destellos por donde camina, no lo niegue.
-¿Yo? Pero que adulador es usted, señor De Vidal. No sé cómo tomarme las cosas que me dice.
-No tiene que tomárselas de ningún modo, señorita Carvajal. Pero créame, soy sincero cuando le digo lo que pienso sobre su inusitada belleza. Además, a buen seguro que está acostumbrada a escuchar estas mismas palabras en boca de otros.
-Pues… no, sinceramente no. Quiero decir, no como usted las dice…
Era inútil sustraerse a su encanto, por más que yo no dejaba, no obstante, de utilizar todas mis armas para conquistarla. Casi diría que, más que ella hacia mí, era yo el que me sentía rendido a sus pies. Y no era habitual que sucediese así en todas las mujeres que habían pasado por mi vida, por no decir que era la primera vez que tenía esa extraña sensación. ¿Serían sus ojos verdes? ¿Los dorados rizos de su cabello? ¿Sus labios rojos de puro carmín? ¿Su carita de ángel? ¿O era su patente y exótica personalidad?
-Señor De Vidal -continuó hablándome -¿le gustaría acudir a una cena que organizo en mi casa mañana por la noche? Le anticipo que acudirán personalidades muy importantes dentro de la alta sociedad madrileña. Algunos de ellos se hallan hoy presentes en esta exposición. ¿Desea que se los presente?
-Quizá mejor mañana, cuando acuda a esa cena, pues le prometo que haré acto de presencia -le respondí, temiendo perder el hechizo que parecía envolver nuestra conversación.
-Entonces, será un placer contar con usted, señor De Vidal. Le aseguro que como anfitriona procuro siempre dar la talla.
-No me cabe la menor duda, señorita Carvajal -indiqué, con una de mis afables sonrisas.
-Me gusta como sonríe, señor De Vidal, debo reconocerlo. Seguro que la mayoría de las mujeres caen rendidas a sus pies, con su forma de expresarse y esa tierna sonrisa que dibuja en su cara.
-No es esa mi intención, créame. Mi comportamiento es natural, forma parte de mí. Quiero decir que no soy un “Don Juan” al uso, aunque pueda parecerlo.
-Me alegro de que así sea, aunque de todas formas le prevengo que soy una mujer prometida en matrimonio, y perdería el tiempo conmigo.
-¡Oh! No sabía… pero ya le dije que podía estar tranquila -acabé diciendo, sorprendido ante la inesperada noticia.
-Jacques es uno de los compañeros y asistentes del comandante Byrd, que en estos momentos prepara su tan anunciada travesía del Atlántico a bordo del avión “América“, desde la ciudad Nueva York hasta el bello París. No podremos casarnos hasta después de terminada la hazaña, que todos esperamos culminen el comandante y sus acompañantes con éxito. Hace ya cuatro meses que Jacques y yo no nos vemos, justo desde que me pidió la mano el día que yo regresaba a España a bordo de un trasatlántico.
-¿Vivía usted en Nueva York, señorita Carvajal?
-No, no precisamente. Mi madre, que pertenecía a la aristocracia americana, poseía varios negocios, y al fallecer víctima de una grave enfermedad, viajé hasta allí para hacerme cargo de la herencia. Su padre, mi abuelo, era un magnate de los ferrocarriles, emparentado con cierta rama de los Vanderbilt. Durante un tiempo, sobre todo después de conocer a Jacques, que por entonces ya trabajaba con el comandante Byrd, estuve tentada de residir en Nueva York de forma indefinida, pero para una mujer con sangre española en las venas, como yo, era poco menos que algo imposible. Así que vendí todo al mejor postor y convencí a Jacques de que, si deseaba realmente casarse conmigo, debía ser en España, y por supuesto, fijar nuestra residencia en Madrid.
-No hay duda de que supo elegir bien, señorita Carvajal. Yo habría hecho lo mismo, por supuesto. En fin, espero que al menos, pueda contar entre los invitados a la boda. Sería un honor para mí.
-También lo será para mí, señor De Vidal. Y, por descontado, cuento a la vez con Vincent.
-Se lo comunicaré de su parte dije, besando su mano a modo de despedida. Hasta mañana por la noche, entonces, señorita Carv…
-Puede llamarme Alexia, si lo desea me interrumpió. Creo… que empezamos a ser buenos amigos, ¿no le parece?
-Como guste, Alexia. Aunque espero que usted también se dirija a mí como Manuel… Sería lo justo para afianzar esta incipiente amistad, ¿me equivoco?
-No, claro que no, Manuel -respondió finalmente Alexia, antes de perderse entre la neblina de gente asistente a la exposición.
Un extraño sentimiento invadió mi cerebro durante unos instantes, lo justo para que el propio Vincent me hallase embobado, por completo fuera de lugar en aquel Salón repleto de cachivaches de plata y demás objetos extraños, pues esa era la opinión que tenía, a fin de cuentas, sobre dichos artilugios. El fondo de todo era que Alexia Carvajal estaba prometida en matrimonio, y un servidor acababa de enamorarse de la mujer imposible. Yo, que siempre había creído que ninguna mujer me haría perder jamás mi equilibrio emocional…
-Manuel, ¿qué te pasa, amigo? ¡Despierta de una vez, hombre! ¿Nos vamos ya? Deseo regresar a casa.
-Vincent…
-¿Qué pasa ahora? -me preguntó chasqueando la lengua y subiendo los ojos hasta las cejas, mostrando infinita paciencia.
-Tenemos que hablar…


© Francisco Arsis Caerols (2007)

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III. EL PALACIO CASTELLANO
Julio 1927

-Vamos a ver… ¿me estás diciendo que te has enamorado? ¿tú? -me interrogó Vincent, sin dejar de mostrar en su rostro una absoluta incredulidad.
-Sí, bueno, es decir…
La reacción de mi amigo no hizo sino que comenzase a balbucear como un idiota, al intentar responder a todas sus preguntas.
-¿Y de Alexia? ¿Alexia Carvajal? Pero, hombre de Dios, ¿tú sabes quién es Alexia de verdad?
-Está bien… los dos sabemos que pertenece a la aristocracia, sí. ¿Y qué? ¿Acaso crees que no podría entrar en su círculo de amistades? ¿Que no tendría ninguna posibilidad de enamorarla?
-¡Por supuesto que no la tendrías! -exclamó Vincent-. ¡Oh, vamos, Manuel! Se coherente, hombre. Si ni siquiera tienes un trabajo decente, y nunca llevas un céntimo encima. Sólo eres un “don nadie”, como yo. Claro que yo, al menos, tengo ocupación…
-De eso precisamente quería hablar contigo, al margen de lo de Alexia. Necesito un trabajo decente, sí, y he pensado que tú podrías proporcionármelo. No… no te lo pedí antes porque pensaba que lo lograría por mí mismo, pero carezco de referencias, y nadie confía en mí porque tampoco nadie me conoce.
-¿Y qué trabajo pensaste que yo podría conseguirte? Fuera del periódico no tengo contacto con ninguna persona que pudiese ayudarte, y…
-¿Y dentro? -inquirí expectante.
-Bueno, no había pensado en eso, sinceramente. No te imagino como periodista, ya que, según dijiste, ni siquiera llegaste a terminar el bachillerato, ¿no es así?
-¿De verdad es tan fundamental el tener esos estudios finalizados? Al fin y al cabo, me quedé en el último curso, así que no veo por qué no podría estar a al altura. Incluso puede que tengas compañeros que, a la hora de la verdad, sirvan menos que yo, aunque cuenten con el bachillerato en sus vitrinas. ¿A que tampoco lo habías pensado?
-Pero, Manuel, no es solo eso. ¿Qué me dices de la experiencia? ¿Acaso has trabajado alguna vez en un periódico?
-Esperaba que tú me dieses la oportunidad, Vincent -dije, con semblante serio.
-La verdad es que nunca imaginé que tuvieses intención de trabajar conmigo -dijo mi amigo sujetándose la barbilla, pensativo-. Quizá tengas razón… aunque comprende que, si consigo ponerte a mi servicio, debes dar a entender en la redacción que sabes de qué va el oficio. Cualquier paso en falso, y no podré hacer nada por ti.
-Pero tú podrías ayudarme, y tapar mis defectos, hasta que vaya cogiendo experiencia. Sabes que puedes hacerlo, Vincent.
-¿Acaso pretendes que encima trabaje por ti? ¿Que presente mis propios trabajos como si fueran tuyos? Debes estar loco.
Enseñarle las palmas de mis manos abiertas, mientras me encogía de hombros, era más que suficiente como respuesta a sus preguntas.
-Oye, ya sé que somos grandes amigos, Manuel, pero no puedes pedirme algo así. No sería digno, por no decir que es algo inmoral, porque…
-Vincent, empléame, te lo ruego. No te defraudaré. Lo necesito.
Tras unos instantes de absoluto silencio, mientras me miraba fijamente y con aire pensativo, acabo diciéndome:
-Bien, de acuerdo. Lo haré. Mañana te espero a las ocho en punto en la redacción. Pero no te prometo nada. El redactor-jefe tendrá que darte el visto bueno. Aunque imagino que te empleará si yo se lo pido, dado que supondrá que necesito un ayudante. No obstante, procura ser puntual. Allí no les agrada que los empleados acudan a horas intempestivas, por mucho que aún no seas un trabajador del periódico. Es más, la gente madrugadora les impresiona gratamente, y eso será un punto a tu favor.
-Bueno -comencé a decir, resoplando -espero entonces que la cena no se prolongue demasiado, pues de lo contrario lo tendré un poco difícil para acudir tan temprano…
-¿De qué cena me hablas? -preguntó mi amigo, frunciendo el entrecejo-. ¡Si tú no cenas nunca!
-Verás, Alexia…
-¡Dios mío, no! ¿Qué estás tramando? ¿Le has propuesto cenar contigo? ¿Esta noche?
-No, hombre, tranquilízate -dije, riéndome al ver la cara de circunstancia que ponía-. Ella me ha invitado a una velada que ha organizado, y que contará con la presencia de varios personajes de gran importancia en la alta sociedad madrileña, y aún española.
-¿Y debería tranquilizarme por eso? No veo demasiada diferencia. ¿Pero tú que pintas ahí, amigo mío?
-Vincent, deja de preocuparte. Olvida lo de Alexia. Ella está prometida a un tal Jacques, así que no voy a entrometerme en su vida. Sólo quiero acudir a esa cena, nada más. Después la dejaré en paz. Es más, no entiendo porqué quieres protegerla tanto de mí. ¿Qué es ella para ti?
-No se trata de eso. Es que te conozco bien, y aunque digas que crees haberte enamorado de ella, en el fondo estoy convencido de que es sólo una más entre tantas. Y ella es una buena chica, Manuel. Sé que acabarías haciéndole daño, y su vida ya está encarrilada con ese muchacho del que hablas. Además, nosotros no encajamos ahí, y lo sabes…
-¿Y qué si no encajamos? Mira el lado bueno. ¿Quién te dice que no conozco a alguien importantísimo esta noche, y encima me concede una entrevista? Y si no, dime, ¿qué pensarías si mañana mismo apareciese en tu redacción con una de esas espectaculares noticias?
-Pues que no te creería en absoluto -respondió en tono de burla.
-Bien, tú mófate si quieres. Mañana se verá.
Si algo me gustaba de verdad eran los retos. Yo no sería periodista, pero lo que sí tenía claro era que poseía grandes dotes de seducción. De eso estaba seguro.
-Manuel…
-¿Qué? -gruñí, enfurruñado con mi amigo al no tomarme ni siquiera un poco en serio.
-Dime… ¿piensas acudir así vestido a la cena?
Miré de nuevo a Vincent, que seguía con su cara llena de socarrona expresividad, y avergonzado yo hasta la saciedad, le dije finalmente:
-Vincent… tú no tendrás por casualidad un “frac” para dejarme, ¿verdad?



Un auténtico palacio castellano, de los que podría asegurar existen ya pocos en esta España del siglo XX, se alzaba frente a mí. Parecía increíble, pero en un par de horas más cruzaría su puerta, contemplando los tesoros que sin duda debía guardar en su interior, al margen, como está, de la esplendorosa belleza llamada Alexia Carvajal. Únicamente un extenso muro señorial me separa de sus admirables jardines y su magnánima entrada principal. Sigo observando detenidamente, y con todo detalle, lo que este palacio deja entrever a través de las rejas del muro, y siento como mi corazón comienza a latir con fuerza, más allá de cualquier entendimiento, pero sin dejar de saber a ciencia cierta que, una vez lo haya cruzado, esta sensación se multiplicará por mil, y sólo habrá que pensar, en esos instantes, en disfrutar de tan inigualable momento en la vida de uno. A buen seguro que tendré que dedicar un extenso montón de páginas en este humilde diario, para relatar lo que acontezca esta misma noche. Y por supuesto que lo haré con gusto…

© Francisco Arsis Caerols
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IV. EL PALACIO CASTELLANO (2)
Julio 1927

Gracias a Dios que el frac que había tomado prestado de mi querido amigo Vincent era más o menos de mi propia talla. No es que estuviese en muy buenas condiciones, pero para el caso pensaba que era más que suficiente. Me sorprendió ver reflejada mi propia figura en el espejo, con aquel porte tan distinguido en mi persona, y que jamás antes había podido contemplar. No podía sentirme menos satisfecho, y realmente estaba deseando que llegase de una vez el momento del inicio de aquella velada tan especial para mí.

Al traspasar el muro que rodeaba aquel inmenso palacio, la emoción que sentía era tan grande que me resultaba imposible alcanzar un mínimo de serenidad. Las manos me temblaban, y una sensación extraña pero placentera a la vez invadía mi cuerpo a cada paso, el cual iba aumentando conforme observaba que la fulgurante entrada se hallaba cada vez más cerca. Y aún no había dejado de tocar el timbre, provisto de un delicado y característico tintineo que endulzaba los oídos, cuando un anciano mayordomo vestido de etiqueta, de mirada altiva e imponente presencia, apareció ante mí preguntándome a quién tenía el honor y deber de anunciar.
-Acompáñeme, señor De Vidal -dijo, con voz grave, tras anunciarle mi nombre-. La anfitriona, mi señora, y el resto de invitados, le están esperando.
Únicamente un tímido gesto de aprobación con la cabeza fue todo lo que pude manifestar en aquél instante, y no era para menos. La ansiada velada no había hecho más que empezar…

El mayordomo me guiaba a través del amplio vestíbulo, y comenzando yo a observar tanta maravilla junta en apenas recorridos unos pocos metros, puse a trabajar mis cinco sentidos como nunca antes lo había hecho, para así poder recordar más tarde, justo en el momento de sentarme frente a mi diario, todo lo vivido, visto y experimentado sin perder ni un solo detalle.

Una chimenea labrada en piedra y ornada de blasones sostenía sobre sus hombros un admirable retablo cargado de siglos, tan antiguo que su sola presencia ya bastaba para mantener hipnotizado a cualquiera que penetrase en la estancia por vez primera, y aún puede que en sucesivas visitas, tal era el efecto que sin duda producía en mi persona. Y sólo después de haber logrado sustraerme al encanto que desprendía, pude alcanzar a fijarme en el resto de curiosidades que adornaban el vestíbulo. Columnas dóricas perfectamente pulimentadas, elegantes tapicerías, cuadros de Zuloaga aquí, del mismísimo Delacroix por allá, muebles de estilo renacentista… todo ello dando lugar a una composición genuina, a la altura de tan insigne palacio.

Justo en el lateral izquierdo, al lado de la atractiva chimenea, una escalera invitaba a subir a las dependencias superiores, resguardadas estas por una puerta lacrada a cal y canto. Sin embargo, abrirla fue, por parte del mayordomo, cuestión de segundos. Al traspasarla, la Sala Principal apareció en todo su esplendor, iluminada como estaba toda la estancia. Lo primero que hice fue fijarme en un curioso atril que había dispuesto en un extremo, custodiando lo que parecía ser parte de un texto antiguo repleto de estampas no menos arcaicas, y que me recordaban a los libros del medioevo, los cuáles ya había tenido ocasión de contemplar alguna que otra vez en la biblioteca de la Residencia de Estudiantes. Allí, a sus espaldas, se hallaba un enorme mueble-estantería repleto de libros, a cada cual más antiguo que el propio que reposaba en el vistoso atril. Hubiera pagado con gusto por entretenerme curioseando aquellos impactantes volúmenes, pero, por desgracia, el mayordomo no se detenía en su carrera por trasladarme hasta el salón donde, casi con total seguridad, Alexia Carvajal y el resto de los invitados estarían ya esperándome. Aún tuve ocasión de fijarme en el escudo heráldico que pendía de una de las paredes, finamente estampadas y bordadas, el cual imaginé que podría pertenecer al apellido Carvajal, así como el sólido tablero castellano que, y de esto no me cabía la menor duda, debía servir como plataforma para las típicas tertulias de invierno, auxiliado como estaba por un más que vasto e irresistible brasero. Pero el recorrido había finalizado ya, y el mayordomo, lanzando con aplomo el nombre de este humilde servidor, me invitó a entrar en el Salón Comedor justo después de haber levantado el aterciopelado cortinaje que de él me separaba.

Una vez más, se repetía el estilo anterior en cada uno de los rincones del salón. La orlada chimenea, las bordadas paredes, un pequeño y antiquísimo escritorio de madera, aunque eso sí, mezclado todo en esta ocasión con un gracioso toque neoclásico, que lo constituía el característico cuadro de Madrazo, las sillas de terciopelo azul y la señorial mesa dieciochesca. Pero apenas pude fijarme en nada más, pues al instante me salió al paso la propia Alexia Carvajal en todo su esplendor. Y puedo asegurar que, una vez más, logró sorprenderme con su belleza natural y la gracia de su vestimenta. Un precioso vestido de noche, de color azul pálido, hacía lucir la desnudez de sus delicados brazos, coronados por sendos brazaletes de zafiros, a modo de manguitos, que no formaban sino una combinación arrebatadora.
-Bienvenido, señor De Vidal -dijo, nada más verme. Por favor, pase, no se detenga en la puerta.
Puedo asegurar, y sin que por ello deba sentirme avergonzado, que mis manos temblaban al recoger la que ella me ofrecía, como nunca antes me había sucedido. Mientras la besaba, sintiendo la suavidad de su carne en mis propios labios, mirándola directamente a los ojos, deseaba que aquella escena jamás terminase. Ignoro el tiempo que pudo transcurrir, pero en verdad que a mí me pareció eterno. Sin embargo, aún así regresé por fin a la pura realidad, justo en el instante en que ella retiraba la mano y me decía:
-Señor De Vidal, es todo un placer tenerle aquí. Venga, le presentaré al resto de invitados. Estoy convencida de que quedará usted gratamente sorprendido.
Apenas podía articular palabra, y no era para menos. Tanto tiempo esperando aquel ansiado momento, y todo parecía venirse abajo por culpa de un ridículo temor que paralizaba mi cuerpo de los pies a la cabeza.
-Claro… como no… -farfullé.
-Vea usted, le presento a la condesa de Castilleja, una de mis mejores amistades.
-Un… un honor para mí, señora -balbucí de nuevo, mientras sentía crecer un desmesurado nerviosismo en mi persona.
-El honor es mío, señor De Vidal -respondió aquella elegantísima señora-. La señorita Carvajal me ha hablado muy bien de usted.
-Celebro que lo haya hecho. Es importante que se tenga buena opinión de uno, ¿no le parece, condesa? - dije, comenzando a reencontrar la serenidad que creía ya perdida, al saber que Alexia ya les había hablado sobre mí.
-Por supuesto, joven.
-Señor de Vidal -dijo de nuevo Alexia, interrumpiendo el inicio de la conversación-. Mire, este es el señor Mata, ilustre novelista que goza de enorme éxito en nuestro país. ¿Conoce usted la novela “Mas allá del amor y la muerte”?
-Pues… no tengo ese placer, pero habiéndola nombrado y conocido a su autor, sería un error no hacerlo.
-Le haré llegar un ejemplar, señor De Vidal. No olvide darme su dirección al término de la velada. Las amistades de la señorita Alexia… son también mis amistades.
-Gracias, señor Mata. Le prometo que leeré su novela de cabo a rabo.
Poco a poco, Alexia fue presentándome cada uno de los invitados, que sumaban la cifra de ocho comensales, hasta que llegó el momento de conocer al último de ellos, en esta ocasión otra mujer, la cual reconozco que estaba dotada de una belleza tan inmaculada como la de la propia anfitriona.
-Le presento a la señorita Piquer, Conchita Piquer. Y puedo asegurarle, señor De Vidal, que lleva el arte en las venas.
-¡Oh, no exageres, Alexia! -dijo aquella morena de sin par salero-. No le haga caso, señor. Lo dice siempre que tiene ocasión. Hay otras muchas artistas que sí llevan de verdad ese arte, como Argentinita o Pastora, por citar algunas.
-Crea usted que no -respondió nuestra anfitriona, mirándome tras fruncir el entrecejo-. Siempre dice lo mismo, pero lo cierto es que la culpa es de esta España nuestra, que no sabe ver más allá de sus narices. La señorita Piquer ha tenido que triunfar fuera, en Estados Unidos, para que aquí en nuestro país sea por fin reconocida. Dígame, ¿le suena esto de algo?


(Continuará)


© Francisco Arsis Caerols