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LA PRINCESA DE LA MONEDA DE ROSA (CUENTO DE HADAS)

Relato dedicado a mi querida hermana Cristina, con todo el cariño de el mundo, allá donde esté.






Una mañana de primavera, muy temprano, mientras estaba asomado a la ventana de mi habitación, quedé sorprendido al ver aparecer en el portal de la casa una linda muchacha.

Pude comprobar que llevaba un bolso y un paraguas, ambos de color rojo, y al observarla con mayor detenimiento, pues me había impresionado su mirada triste y algo melancólica, me di cuenta al instante de que tenía unos ojos tremendamente hermosos, negros
como el azabache. Era realmente bonita, y su vestido aterciopelado aún realzaba más su agradable aspecto.

Al pasar por delante del jardín de mi casa, se paró a contemplar las flores que allí reposaban con todo su esplendor. Al instante, su semblante comenzó a cambiar, dibujando sus labios una amplia sonrisa y superando la belleza que poco antes había reconocido en ella. De pronto supe que iba a arrancar una de esas maravillosas flores, llevándosela consigo. Curiosamente fue a coger la única rosa que había en nuestro jardín, la más preciosa de todas las que allí habían, y que inexplicablemente para mí, apareció un precioso día tan soleado como el de esa mañana. Por supuesto que la rosa no debería sentirse triste por abandonar el jardín y pasar a las manos de alguien que, como mínimo, la igualaba en hermosura. Eran dos preciosas flores unidas, formando un esplendoroso cuadro.

La muchacha llevaba los cabellos negros, largos hasta casi rozar su cintura, con las puntas terminando en unos rizos graciosamente caídos en forma de caracol. En resumidas cuentas, parecía una princesa de un cuento de hadas.

Lo que a continuación sucedió, aún me sorprendió más. Inesperadamente sacó de su bolso una moneda, depositándola en el suelo del jardín, allí donde momentos antes había ocupado el lugar la rosa que ella había arrancado. Después se puso a recorrer con la mirada mi casa, deteniéndose justo en la ventana desde donde yo, inmóvil como una estatua, la estaba observando. Nuevamente esbozó una sonrisa al descubrirme, y tras oler la rosa, la lanzó al aire, no pudiendo yo por menos que demostrar una gran sorpresa en mi rostro al comprobar que la rosa desaparecía en el instante de ser lanzada. A continuación, la muchacha acercó la mano derecha a su linda boca, escapándosele un beso hacia donde yo me encontraba, y al momento, tras abrir su paraguas colocándolo delante de ella, despareció de repente de la misma forma que había hecho su aparición en la casa.

A partir de ese momento supe que mi vida ya no sería la misma, y que nada valdría la pena si no la volvía a ver. Pero no sabía nada de mi muchachita, y había desaparecido sin dejar rastro alguno. Tan solo una moneda era lo único que quedaba de su visita a mi
jardín, pues así interpreté yo su presencia allí.

Rápidamente me acerqué hacia donde unos instantes atrás ella había inundado de maravillosos colores el lugar en que depositara la moneda, recogiéndola del ajardinado suelo. Una vez más me invadió la sorpresa, pues aparte de que la moneda me era desconocida, brillaba más que el mejor metal precioso existente en la tierra. En una de las caras aparecía grabado un texto ininteligible, probablemente en un idioma desconocido; al menos, no se parecía a ninguno de los que yo tenía constancia. Decía lo siguiente:

ADALCZEM NOC SATOG ED ROMUH ED AL ADIV, EM OTREIVNOC NE ANU ROLF ASOMREH OMOC ANUGNIN

En la otra, se podía observar la imagen de una rosa idéntica a la que había tenido en mi jardín. ¿Qué clase de moneda era aquella? ¿De dónde había salido mi princesa? (pues a partir de entonces así la iba a llamar cada vez que pensara en ella).

Aquella noche primaveral no pude conciliar el sueño, recordando a mi princesa sin cesar y en todo lo que me había sucedido, y aunque solo había durado apenas unos minutos, procuraba extender el recuerdo del encuentro reparando en todos los detalles hasta el punto de convertirse en una obsesión para mí.

Pasaron los días, y mi mente no cesaba en el empeño de recordar una y otra vez la visita de mi adorable princesa a mi jardín. Mis padres estaban preocupados, pues notaban cierta tristeza en mi semblante, idéntica a la que la muchacha de cabellos negros y ojos azabaches tenía cuando la descubrí.

-No me pasa nada, mamá. Solo que descubrí algo que se ha convertido en el centro de mi vida, y no descansaré hasta que lo encuentre de nuevo, pues lo perdí y ahora no sé dónde se halla.

-Te diré una cosa, David, hijo mío. Si no desfalleces en tu empeño por encontrar aquello que buscas, al final lo lograrás. Solo los que tienen fe y luchan por aquello que desean con ahínco, pueden recibir finalmente su recompensa, tarde o temprano, siempre que sea de una manera noble y fiel a su propia conciencia.

-Gracias, mamá, por tu consejo -le contesté, acariciando su mejilla-. Sin embargo, no puedo encontrar el camino hacia donde se encuentra lo que busco, y tampoco sé como hacerlo.

-Penetra en el centro de tu corazón, hijo mío, pues seguro que hallarás lo que estás buscando.

-Así lo haré, mamá. Gracias por tus consejos.
Siguieron pasando los días, y una mañana, paseando por las calles, encontré a una niña sentada en el rellano de la escalera de una vieja casona, llorando desesperadamente. No pude evitar detenerme, y acercándome a ella, le pregunté rozando una de sus
mejillas:
-¿Que te ocurre, preciosa? ¿Por que lloras?

-Me he perdido, sin duda, y no sé como regresar a mi hogar -dijo la niña, acompañando sus palabras con un sollozo.

-Quizá yo pueda ayudarte. ¿Dónde vives?

-¡No lo recuerdo! Llegué aquí tras salir de mi casa, aun advirtiéndome mi hermanita que no me alejara demasiado, pues podía perderme. Y ahora veo que todo esto es desconocido para mí, y no sé como regresar.

-¿Llevas algo encima que nos pueda ayudar a identificar dónde está tu casa? -le pregunté, intentando contagiarle mi sonrisa.

-¡No! -dijo la muchachita, secándose las lágrimas con sus manitas-. Tan solo llevo una moneda que me dió mi hermanita por si quería comprarme algo en la tienda de golosinas.

-¡Bueno, quizá eso si pueda servirnos! ¿Me dejas un momento la moneda?
Al acercarme la moneda la pequeña, cuál no sería mi sorpresa al descubrir que ésta era idéntica a la de mi preciosa princesa.

-¡Oh! Yo tengo una moneda igualita a esta! Me la dejó en el jardin de mi casa una muchacha tan linda como tú. ¡Quizá la conozcas!
Echando una mano a mi bolsillo, saqué la moneda, que siempre llevaba encima como si fuese un talismán, enseñándosela a aquella niña que ahora secaba sus lagrimitas con un pañuelo bordado con la misma rosa grabada en la moneda.
-¡Ojalá fuese mi hermanita Zana! - dijo la niñita-. ¿Y si realmente es ella, que me está buscando?

-Te llevaré a mi casa, pues allí fue donde vi a mi princesa. Te cuidaremos mis padres y yo mientras tanto no sepamos dónde vives ni de dónde vienes, pero si verdaderamente es tu hermanita, seguro que prontamente aparece de nuevo en mi jardín y todo se arregla felizmente.


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Sin embargo, el tiempo siguió su curso, y los días continuaron pasando, mientras que la niña cada vez estaba más triste y melancólica. Mi máximo interés ya no era otro que aquella muchacha que había robado mi corazón apareciese y pudiese recuperar a su hermanita Zobenia, que así se llamaba la niña, aunque ya no volviese a verla nunca más. Sería un justo precio que sin duda daría por bueno,
con tal de ver a la niña feliz. Ahora entendía la tristeza que embargaba a mi princesa ante la pérdida de su ser más querido, esa niñita que ahora ocupaba mi habitación, donde estaba la ventana en que la descubriría aquella mañana de primavera.

Intenté hallar una respuesta en mi corazón, como mi madre me aconsejó, refugiándome en mis pensamientos, hasta que de repente comprendí que todo lo que me había sucedido hasta ese momento no podía ser fruto de la casualidad, sino algo más profundo.

Finalmente, una noche soñé que mi princesa y su hermanita se reencontraban, sintiéndose infinitamente agradecidas, porque en parte yo había sido quien había logrado que estuvieran juntas otra vez.
Al despertar y comprobar que todo seguía igual, el abatimiento inundó mi espíritu, con la tristeza de nuevo reflejada en mis ojos.

Saqué de mi bolsillo nuevamente la monedita, y colocándola en la palma de mi mano derecha, me dediqué a observarla mientras con la otra mano le daba la vuelta una y otra vez, intentado ver algo con claridad, algo que me diese alguna pista, pues estaba seguro de que en ella se escondía la respuesta que yo iba buscando. Pero finalmente, tras desistir, opté por dejarla en un cofrecillo que me había regalado mi madre, y que también había pertenecido a mis antepasados, el cuál tenía un espejillo en la parte interna de la tapa.

Sorprendentemente, y al escapárseme la monedita de las manos y caer de canto frente al espejillo, me di cuenta de que la leyenda que figuraba en su reverso cobraba ahora vida, reflejándose en mis ojos, y decía:

MEZCLADA CON GOTAS DE HUMOR DE LA VIDA, ME CONVIERTO EN UNA FLOR HERMOSA COMO NINGUNA.

De repente comprendí que la solución estaba al alcance de mi mano, y que el sueño que había tenido era algo más profundo que todo eso, pues de alguna manera tenía ante mí la llave que me llevaría a lograr el encuentro de las dos muchachitas.

Salí corriendo al jardín, y en el lugar donde estuvo aquella rosa, enterré la moneda que mi princesa me había dejado. Regresando a casa, mezclé en un vaso de agua las lágrimas que corrían por las mejillas de la niña y utilicé la mezcla para regar el trozo de tierra
donde se encontraba la moneda. Al instante, una nueva rosa lucía ocupando aquel lugar, tan preciosa como la que antes había estado allí. Yendo en busca de la pequeña, y tras hacerla asomar a la ventana, le dije:
-Estoy seguro de que tu hermana aparecerá muy pronto para recoger esta rosa, y entonces podrás volver a tu casa, con aquellos que más te quieren.

Y, en efecto, de la misma manera que en la anterior ocasión, apareció mi preciosa princesa, inmensamente bella, y corriendo salí con la niña para que se reencontraran y abrazaran de nuevo. Y así fue, llorando de alegría y emoción las dos hermanitas al verse juntas otra vez.

Nunca podré olvidar el beso que Zana, mi adorada princesa, me dio, y no hay día que pase que no la recuerde con especial cariño, porque sé que tarde o temprano yo estaré en aquél, de seguro maravilloso lugar, de donde ella procede, y entonces ya no nos separaremos jamás.

© Francisco Arsis (2002)
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