HISTORIA DE FE Y LUZ

    Fe y Luz Nació en 1968 de una familia: Gerárd y Camile, que tenían solamente dos hijos: Loïc y Thadeé.

    Éstos dos niños eran minusválidos. No podían marchar ni hablar, prácticamente no podían tener contacto con sus padres. Y ése padre y ésa madre que estaban profundamente mortificados, a veces descorazonados, decidieron participar en un peregrinaje a Lourdes, para confiar sus hijos a la Virgen María.

    Ellos trataron de inscribirse en el peregrinaje de su diócesis. Se les dijo que era totalmente imposible inscribirse con ésos dos niños tan minusválidos. ¿Para qué llevarlos a Lourdes si no entenderían nada y no harían más que molestar a los otros?.

    Los padres estaban bien decididos a ir a Lourdes y partieron los cuatro en coche, pos sus propios medios. En Lourdes conocieron una soledad  que no habían conocido nunca en su pequeña ciudad.
En el hotel se les dijo que era inaceptable que bajaran al comedor y que se les servirían las comidas en el comedor. Cuando fueron a la Gruta, por todas partes, se oía decir: "Cuando se tiene hijos así, se les deja en casa".

    Ellos regresaron muy afligidos por la experiencia. Tuvieron ocasión  de hablar de ésto con Jean Vanier y conmigo, contándonos lo que había sucedido.

Entonces germinó la idea: si nosotros hicieramos un peregrinaje dedicado especialmente a ésas personas minusválidas mentaales, niños, adoslescentes o adultos, y a sus padres. Además, para que los padres y los niños no se sintieran solos invitar tambien a amigos.

Y así es como se empezó a preparar el peregrinaje Fe y Luz en pequeñas comunidades, pues no queríamos ue las familias asistieran aisladamente.

Sugerimos que todos los que fueran al peregrinaje se reagruparan por quince, veinte o treinta personas y se reunieran regularmente para orar juntos, conocerse, gozar, hacer fiestas y reflexionar sobre el sentido del peregrinaje.
Éstas pequeñas comunidades se formaron para preparar el peregrinaje. Tres años más tarde, en la Pascua de 1971, nos encontramos doce mil personas de quince países: Los unos habían hablado con los otros y se produjo una reacción en cadena.

Ésos días de peregrinaje a Lourdes fueron algo inimaginable. Toda una muchedumbre que se puso a cantar, a rezar, que no tenía sino una sola palabra para comprenderse, porque muchos de nosotros no teníamos casi la posibilidad de hablarnos. La única palabra que usábamos entre nosotros era "Aleluya". Un "Aleluya" para decirse buenos días, para decirse buenas noches, para decirse gracias, y todo ésto durante tres días. La ciudad de Lourdes fué transformada en un inmenso lugar de paz y de alegría como no se había visto nunca allí.
Era realmente el milagro, no de la inteligencia pero sí del corazón.

Los padres descubrieron que sus hijos podían ser fuente de alegría y de paz. Las personas minusválidas comprendieron que todo estaba hecho para ellas, que eran ellos la causa de la alegría de ésta muchedumbre. Los jóvenes que habían ido a ayudar y acompañar a los otros, descubrían que recibían mucho más de lo que habían dado. Ellos hicieron relaciones profundas con las personas minusválidas. Pienso en Hubert, quien estudiaba en una escuela de comercio y que, después de éstos días eb Lourdes, decidió abandonar su escuela para ser educador.

El último día de peregrinaje todos se preguntaban "¿Qué va a pasar ahora?". El peregrinaje mostraba que éstas personas minusválidas y esos niños, no sólamente recibían, sino que también daban. Estaba probado, pero no se había planificado más allá.

Antes de separarse, en reunión con los responsables de las comunidades, Jean Vanier, que era el responsable del conjunto, dijo: "Lo que obtuvimos en Lourdes ha sido tan grande, un don tan precioso, que no tenemos derecho a ddejarlo de lado. Lo que debemos hacer es dejarnos llevarnos por el amor, y continuar sobre lo que el amor nos inspira".
Lo que el amor inspiró por todas partes son las pequeñas comunidades que se crearon gracias al peregrinaje y que han continuado reencontrándose regularmente, creando contactos más y más profundos entre ellos, padres, hijos y amigos. Se sigue haciendo fiesta en la pequeña ciudad, en los barrios, en las parroquias, y se trata de ayudar a los padres con pequeñas cosas: cuidar los niños de una familia en vacaciones, prestar su casa...

Es así como las comunidades de Fe y Luz han continuado multiplicándose y profundizando sus contactos.

En 1975 un segundo peregrinaje internacional reunió todos éstos grupos en Roma. Pablo VI confirmó el lugar de los más desvalidos en la Iglesia y estimuló éste movimiento.

Luego, un tercer peregrinaje a Lourdes en 1981. Con las palabras enviadas por Juan Pablo II se inicia una nueva etapa en la implantación de Fe y Luz en la Iglesia y en la sociedad.

Hoy en día, las comunidades se multiplican en unos  setenta países pertenecientes a los cinco continentes. El movimiento, arraigado en la Iglesia Católica, reagrupa en muchas comarcas cristianos de diferentes confesiones. Ésas comunidades ecuménicas testimonian que la persona débil e incapacitada puede llegar a ser una semilla de unidad, no solamente en la sociedad y en la Iglesia, sino entre las Iglesias.
 
 

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