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Un grupo de alumnos de la Escuela 11 ganó en 1986 el concurso INCA. |
Los alumnos con el tema "La yerra" viajaron conocieron la costa atlántica y la escuela 11 fue pintada.
Con el tema "La yerra" la escuela 11 obtuvo en el año 1986 el concurso organizado por pinturas INCA.
PARTICIPANTES EN LA ELABORACIÓN DE LA PINTURA:
Maestro Orientador :Oscar Cabrera y los siguientes alumnos: Marcelo Cabrera Jorge Romero Silvia Gonzálvez Javier Costa Silvia Abreu José Artigas Meneses Colaboró el subdirector de la escuela Adán Castro en la adquisición de
pinturas y pinceles.
LA YERRA (1883)
VENTURA R. LYNCH
Llámase así al acto o a
la acción de la marcación que se hace cada uno o dos años, de la hacienda
orejana que tienen las estancias.
Ésta se lleva a cabo de
mediados a fines de otoño, es decir, durante los meses de abril, mayo y
junio, cuando la benignidad de nuestro clima aún no ha desplegado los
rigores del invierno.
Esta operación implica
uno de los más grandes acontecimientos de la vida del gaucho.
Conocido el
establecimiento que está de yerra, todo el vecindario se agita y se
estremece preparándose para el día señalado. La noticia cunde con la
celeridad del rayo, y no será extraño que al principio haya más de un
centenar de paisanos que vinieron de lejanos pagos.
Cuanta pilcha lujosa
compone el apero del gaucho, sale a tomar el aire con esta circunstancia.
Ponchos de vicuña, chapeados de pura plata, calzoncillos con flecos, botas
de potro bordadas en el empeine, lazos trenzados de veinticuatro, en fin,
todo aquello de más rico, de más caro y más apreciado que existe en el
paisano, entra a desempeñar su rol en aquellos días de algazara.
La yerra comienza por
echar la hacienda al corral; se mata una o dos vaquillonas que han de servir
la carne con cuero', las marcas están candentes en la hoguera; todo el mundo
ríe y charla que es un primor.
Se designan los
enlazadores y pialadores con que se ha de abrir el torneo y un vamos
muchachos, lanzado por el dueño de la estancia, es la señal de que ha
empezado la justa.
El corral se ve de
pronto invadido por un enjambre de gente. El estanciero, su capataz, en fin,
cualquiera, hace su armada, dirige la vista sobre el animal que ha de ser la
primera víctima, arremete contra ella, la hacienda se arremolina, levantando
la primer nube de polvo de la yerra y...
El lazo cae en las astas
del orejano, si es vacuno, y si es équido, en el cuello. Un hurrah, un
bravo, un grito de alegría, un aplauso o lo que se quiera, resuena entre los
actores y espectadores de la escena, y mientras los ecos y la brisa pierden
aquella manifestación en la llanura, la víctima brega pugnando por cortar la
fuerte polea que la aprisiona.
La contienda ha
comenzado.
Diez y hasta veinte
enlazadores y pialadores luchan siempre con el mejor éxito contra el crecido
número de animales que hay que tender en el suelo.
Tan presto un toro bravo
como las furias del averno, viéndose impotente para quebrar las ligaduras
que le oprimen, cambia de táctica y embiste. Simultáneamente, un sinnúmero
de lazos giran en todas direcciones. El jinete, por una hábil maniobra, hace
caracolear su caballo y el toro pasa como una avalancha, yendo a estrellarse
contra los palos, o dándose una güelta de carnero. Si el lazo se corta la
escena es peligrosa.
El animal furioso,
escarba la tierra con ciega cólera, sus ojos inyectados brillan de un modo
siniestro, su boca se cubre de una espuma blanquecina y largas babas
semejantes a las babas del diablo se desprenden por ambos lados de su
hocico.
El gaucho se entusiasma;
ha encontrado al fin un enemigo digno de su destreza y de su audacia; hace
su armada, arroja el lazo y al recibirlo el toro sobre sus aspas, baja la
cabeza y se precipita bramando de ira contra el jinete.
Éste ha previsto el
golpe; ya su caballo ha cambiado de posición y espera a pie firme el tirón
que necesariamente dará el animal. Este lazo también se revienta y el toro,
quizá avergonzado del poco éxito de su acometida, va a perderse
Un tercer lazo vuelve de
nuevo a cogerlo. Él resiste y hace inauditos esfuerzos por quedarse entre
los suyos. Pero en este instante otro paisano, cuyo vigoroso flete parece
estar impaciente por entrar en la contienda, se lanza contra él y lo saca a
pechadas hasta el centro del corral.
El toro no ha tenido
tiempo de reponerse de la embestida, cuando ya el pialador lo enlaza de las
patas y tira en sentido inverso al que lo tiene de las astas. Ya impotente
para resistir, berrea dejándose estirar, hasta que otro de los paisanos lo
empuja de las costillas y lo hace caer de costado.
Uno le pisa el pescuezo,
mientras los otros se apresuran a maniatarlo perfectamente de patas y manos.
En ese instante se presenta el de la marca, ¡Sin ninguna compasión, le
aplica el hierro candente, y una vez señalado para toda la vida, lo desatan
y se preparan a dejarlo salir.
El último que se retira
es el que le pisa el pescuezo. Necesariamente éste debe ser ágil y vivo,
porque ¡ay del que se atreve a arrostrar las iras del afrentado!
El toro, al verse libre,
alza la cabeza; investiga en todas direcciones con mirada vaga e indecisa y
velada por la ira y el furor.
De pronto se levanta, se
sacude y lame la parte dolorida, luego atropella a la puerta del corral.
Todos parecen respetar su dolor y el animal loco, echando espuma por la
boca, gana el campo.
En cuántas ocasiones,
antes de salir, algún jinete recibe una cornada en el pecho de su caballo.
¡Cuántas veces un simple espectador se ve expuesto a ser levantado en la
punta de sus cuernos!
Pero lo interesante de
la yerra no es precisamente el acto de la marcación sino el lujo y destreza
que despliegan los enlazadores y pialadores, los unos a caballo, los otros a
pie, y el variado conjunto que presenta la escena.
Mientras en el corral se
admira la facilidad con que el gaucho maneja el lazo y el caballo, bajo el
ombú, en la playa, en la cocina, se desarrollan otros cuadros de no menos
interés.
Aquí se percibe un grupo
en donde el mate, la guitarra y la ginebra contribuyen a amenizar un gato,
un triunfo u otra pieza que se baila.
Allá se distingue otro
por las imprecaciones y gritos de júbilo que a cada instante se producen:
ahí se juega a la taba.
Más lejos, frente a la
ramada, se entretiene un tercero jugando a las bochas. Este juego fue
introducido por los vascos.
Bajo una carreta, a la
sombra del edificio, en fin, donde sólo llegan los ecos de la grita del
corral, cuatro, ocho o diez paisanos se divierten al truco.
¡Cuánto desgraciado
pierde en ellas hasta la última pilcha de su recado, y cuántos deben a una
yerra el
principio de un mediano bienestar!
En todas partes, menos
donde se juega y en el corral, se destaca la bella y graciosa figura de
nuestras paisanitas, peinadas con sus dos trenzas, el pañuelo al cuello, sus
aritos con vidrios de colores, sus grandes anillos y sus vestidos llenos de
colorinches y de gran vuelo.
entre
sus compañeros de infortunio.