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Walsh:
Un hombre de honor, un testimonio
Por Miguel Bonasso, escritor, peridista y
político. Palabras en el acto de homenaje a Rodolfo Walsh durante la XVI
Feria Internacional del Libro de La Habana, Cuba, el martes 20 de febrero de
2007.
"Si hay un nombre que une a esta isla entrañable de Cuba con la Argentina es
Rodolfo Walsh, y no sólo por haber sido parte de su revolución."
Walsh esta unido a Cuba no sólo por el hecho de haber participado con la
revolución recién estrenada de la experiencia de creación de Prensa Latina,
sino porque Rodolfo se mantuvo fiel a Cuba hasta el fin de su vida. Nuestra
generación de lucha en la Argentina -que no es una sola generación
biológica- es hija directa de la Revolución Cubana; nos formamos con una
conciencia guevarista y con el compromiso de unir la palabra y la acción.
En Walsh esa coherencia entre el discurso y el acto alcanza niveles poco
comunes en la historia. Hay pocas figuras que representaron más a cabalidad
lo que Antonio Gramsci llamaba el "intelectual orgánico", es decir, el
intelectual vinculado a la lucha revolucionaria, que actúa y al mismo tiempo
reflexiona sobre esa acción, con un pensamiento crítico, muy libre, muy
abierto, muy flexible. La parábola existencial de Rodolfo comienza y termina
con una paradoja: primero lo que un famoso dirigente de la Revolución China
llamaba "traidor de clase". Debería haberse enrolado como su hermano, el
capitán de navío, en las filas de una marina asesina, que el 16 de junio de
1955 bombardeó Buenos Aires provocando más de 300 muertos y 2000 heridos de
población civil y, en cambio, acabó emboscado por la Armada.
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Es fascinante asomarse a esa parábola que
carga en sus inicios la ingenuidad de ciertos mitos de la clase media.
Rodolfo, como descendiente de irlandeses (y por lo tanto antibritánico) tuvo
en los años ’40 una corta militancia en una organización nacionalista de
derecha, la Alianza Libertadora Nacionalista. Pero fue una experiencia
fugaz. Después se alejó de la política activa y fue simplemente
antiperonista, como muchos hombres y mujeres de la clase media que no
entendían el proceso popular, en parte por errores del propio peronismo
respecto del mundo de los intelectuales y de la academia. Con esa conciencia
ingenua practicaba la literatura policial deductiva, si bien conocía una
literatura policial más dinámica, como la novela negra de Dashiell Hammett y
Raymond Chandler. Estaba todavía muy inmerso en el mundo matemático y
especulativo de sus "Variaciones en rojo", que después repudiaría.
Así, en 1956, cuando llega a ese café de La Plata en el que alguien le dice:
"Hay un fusilado que vive", no le interesaba Perón, no le interesaba el
almirante Rojas, no le interesaba el dictador Aramburu. Se decía:
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"¿Puedo volver a Capablanca? ¿Puedo volver al ajedrez? Puedo." Y volvía.
Era una conciencia abstraída del drama que estaba ocurriendo, en el que la
clase obrera argentina soportaba el mayor rigor de la represión y no las
capas medias que habían apoyado el golpe. Rodolfo mismo había considerado al
comienzo que la llamada Revolución Libertadora estaba bien y que el
peronismo merecía ser derribado. Sin embargo la realidad lo había golpeado
poco antes porque el propio 9 de junio de 1956, cuando se produjo un
alzamiento cívico-militar y se intentó tomar el Regimiento 7 de La Plata,
Rodolfo escuchó detrás de la ventana de su propia casa cómo agonizaba un
soldado y luego lo describió admirablemente: "Ese hombre no gritaba al morir
‘Viva la patria’, sino ‘No me dejen solo, hijos de puta’".
Esas percepciones fueron como intersticios, como aperturas de una ventana
por la cual se iba filtrando un rayo de luz en la conciencia cándida, que
todavía no comprendía el drama social y la lucha de clases que se estaba
produciendo en la República Argentina. Pero le atrae como periodista la
existencia de un fusilado, le atrae la posibilidad de convertirse en un
periodista-detective como esos personajes de las películas de la serie
negra. Pensó que había una gran nota y tal vez un libro de gran éxito. Y lo
había, pero no en el sentido en que lo imaginaba el propio Rodolfo. Walsh
logró descubrir al fusilado que vivía y utilizando lo que él llamaba
palabras-ganzúas consiguió que ese sobreviviente aterrado hablara. Luego
descubrió que había otros sobrevivientes de la masacre de los basurales de
José León Suárez y los fue entrevistando uno a uno. A medida que hacía el
libro, iba creando, sin saberlo, a través del folletín por entregas, como lo
han hecho los grandes escritores en el siglo XIX. Su conciencia iba dejando
de ser ingenua.
Al comienzo Rodolfo pensaba que cuando se descubriera la masacre le iban a
dar el Pulitzer y que se iba a convertir en una gran figura del periodismo.
Sí se convirtió, pero de una manera completamente distinta: lejos de darle
el Pulitzer, lo convirtieron a él mismo en un proscrito.
Cuando, con un rigor admirable, logró determinar la culpabilidad del propio
jefe de la Policía Bonaerense, el coronel Desiderio Fernández Suárez, tuvo
que cambiar de nombre y usar una cédula de identidad a nombre de Norberto
Freyre, que fue la que tenía al final, 20 años más tarde, cuando la
operación masacre se había generalizado en la Argentina.
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En el interregno, Walsh cumplió la sentencia sartreana y en el hacer se hizo
a sí mismo. Esa gran investigación que es Operación Masacre cambió su vida
y, desde el punto de vista literario, se anticipó en siete años a Truman
Capote en la creación de la non fiction novel.
Además, el libro parecía mutar como un ser vivo. En las sucesivas
modificaciones que fue teniendo, en las sucesivas ediciones y en los
sucesivos prólogos, un Rodolfo cada vez más agudamente comprometido con la
realidad fue comprendiendo que la masacre no era un hecho fortuito, sino que
formaba parte de un plan de exterminio que iría creciendo en el país, a
medida que se iba hundiendo en el modelo neoliberal del Fondo Monetario
Internacional, hasta llegar a esa terrible contrarrevolución económica que
fue la causa determinante del golpe militar del 24 de marzo de 1976.
Sin duda que la experiencia cubana fue fundamental para Rodolfo por muchas
razones: por la vivencia misma de la Revolución en sus tiempos inaugurales,
por el trabajo junto a Massetti en la agencia Prensa Latina, por el
conocimiento personal del Che. Y por un hecho que García Márquez recogió en
su crónica sobre "el escritor que se adelantó a la CIA". Un día Walsh
encontró un despacho de la agencia Tropical Cable que venía con una serie de
números, y con esa inteligencia que lo caracterizaba, se dio cuenta de que
se trataba de un mensaje cifrado. Entonces, recorrió las librerías de viejo
de La Habana y se compró todos los libros de criptografía que pudo
encontrar, y se puso a estudiarlos con esa cabeza matemática, ajedrecística
que tenía, hasta dominarla y conseguir un resultado asombroso. Porque ese
despacho de la Tropical Cable encerraba un mensaje cifrado procedente de la
hacienda guatemalteca de Retalhuleu, donde se entrenaban los mercenarios que
habrían de venir a invadir a Cuba, en Playa Girón, en 1961. El hombre que
había revelado la masacre de los basurales, ignorada por todos los medios de
comunicación, ahora estaba en presencia de otra primicia extraordinaria y
también de un dato providencial para el Estado cubano.
Este descubrimiento de Walsh es fundamental porque tiene mucho que ver con
lo que sería después su actividad revolucionaria en la estructura de
inteligencia de varias organizaciones guerrilleras como las Fuerzas Armadas
Peronistas, las Fuerzas Armadas Revolucionarias y finalmente en Montoneros.
Pero antes de llegar a esa actividad anónima y clandestina, Rodolfo Walsh
había madurado como escritor y producido algunas gemas inolvidables, como el
cuento "Esa mujer", que tiene la exactitud verbal de un gran poema. A fines
de los ’60, Rodolfo era ya un escritor consagrado, y con un gran porvenir
pero en vez de entregarse por completo a su carrera literaria eligió la
militancia y sumergió su nombre en el anonimato de la lucha sindical, al
participar activamente en lo que fue el primer intento importante de una
central obrera independiente, no burocrática: la CGT de los Argentinos. Ahí
Rodolfo escribe algunos documentos esenciales, como el programa del Primero
de Mayo de 1968. Y me consta, porque lo hablamos en la época del diario
Noticias, que seguía soñando siempre con la posibilidad de la novela que no
llegó a escribir.
Ese proceso de ascesis se profundizó al compás de las luchas populares en
ascenso hasta alcanzar el estallido en el Cordobazo de 1969. Tras el
Cordobazo los sectores revolucionarios evalúan que el llamado "sindicalismo
de liberación" ha llegado a un tope en su evolución y que se impone, "como
forma superior de lucha", la lucha armada. Nacen entonces las organizaciones
armadas de distinto signo: algunas procedentes del trotskismo que después
pasaron al guevarismo, como el caso del ERP; las Fuerzas Armadas Peronistas,
con hombres y mujeres que venían de la primera resistencia peronista; las
FAR, que habían sido en sus orígenes el grupo de apoyo a la guerrilla del
Che en Bolivia. Y finalmente Montoneros, que engloba a las principales
organizaciones de la izquierda peronista. Después tuvimos la suerte de
trabajar y militar juntos en el diario Noticias. Un diario popular y exitoso
que en su breve existencia de 9 meses llegó a vender 150.000 ejemplares por
día.
Ahí vivimos experiencias fantásticas como la dirección colectiva ejercida
por un grupo de grandes periodistas que eran, a la vez, militantes.
El diario Noticias fue clausurado de manera brutal, con ese antecedente del
terrorismo de Estado que fue la Triple A, que llamaba prácticamente todas
las noches para decir que nos iban a cortar en pedazos a Rodolfo, a Juan
Gelman, a Paco Urondo, a Horacio Verbitsky, a mí.
La noche de la clausura -el 28 de agosto de 1974- el comisario Alberto
Villar, que durante el día era el jefe de la Policía Federal y durante la
noche jefe militar de la Triple A, subió las escaleras del diario
Noticias, donde unos meses antes nos habían metido un bombazo fenomenal, al
grito de: "¿Dónde está el escritorio de Rodolfo Walsh?". Fue un acto
fetichista, muy significativo, como si en ese simple escritorio de oficina,
metálico y pintado de gris, sobre el cual no había nada importante, el
comisario Villar pensara encontrar las claves del "pensamiento subversivo".
En Noticias vimos a Rodolfo, día a día, manejando la sección policial y
enseñando los secretos del oficio a un grupo de jóvenes periodistas entre
los que se encontraba su hija Patricia. Y lo hacía con modestia y paciencia,
sin guardarse las recetas.
Después de la clausura las cosas fueron de mal en peor: vino el golpe de
Estado del 24 de marzo de 1976 que, como él intuyó de manera genial, no se
hacía para acabar con "el demonio de ultraizquierda", sino para aplicar una
política económica devastadora que supondría la exclusión social de millones
de argentinos. Un plan que sería perfeccionado en democracia, con el
gobierno de Carlos Menem.
Rodolfo pasó a manejarse entonces en las estructuras del servicio de
inteligencia de la organización y no perdió ni un segundo en ir creando
todos los instrumentos que estaban a su alcance, como la agencia clandestina
de noticias, Ancla. Y fue sometido a pruebas terribles.
Le tocó lo peor que le puede tocar a alguien, que fue la muerte de su hija
mayor, Vicki, que cayó heroicamente combatiendo al ejército. Le tocó sufrir
la muerte de un gran amigo, el poeta Francisco (Paco) Urondo, que también
estuvo estrechamente ligado a Cuba y a Casa de las Américas. Al final de la
parábola, con una conciencia comprometida pero muy lúcida, entendió antes
que muchos militantes los errores trágicos que estaba cometiendo la
conducción montonera.
Lo advirtió a través informes críticos que tuvo la decencia de presentar a
la propia conducción, que fueron censurados por la dirección de Montoneros y
recién se dieron a conocer tres años más tarde (1979) en el exilio. Allí
decía que Montoneros corría el peligro de no ser nunca una vanguardia, sino
una patrulla perdida. Sin embargo, pese a esa conciencia de la derrota
inminente, su pensamiento nunca fue derrotista. Con esa conciencia decidió
quedarse en el país, precisamente cuando la conducción había decidido sacar
a un grupo de cuadros para lanzar en Roma el Movimiento Peronista
Montoneros. Perdón por la referencia personal, pero es ineludible. Yo era
uno de esos militantes que debían abandonar el país. Para evitarme riesgos
el responsable de la operación me ordenó que no me contactara con nadie de
la organización. Con una sola excepción: debía buscar a Rodolfo y
convencerlo de que saliera de la Argentina.
Pese a todos mis esfuerzos, no lo conseguí. Días antes de partir, me enteré
por un amigo periodista de que Rodolfo había caído. Durante años viví esa
búsqueda fracasada con angustia, hasta que una tarde -en el exilio mexicano-
Lilia me dijo que Rodolfo nunca hubiera aceptado salir del país.
No se quería ir y entiendo perfectamente la razón: no podía dejar a Vicki,
no podía dejar a Paco, no podía abandonar a sus muertos entrañables.
Crítico de la conducción de la organización, no de la organización en sí
misma, porque la integraban compañeros muy generosos, quería estar ahí, fiel
a sí mismo y tal vez emprender una marcha de retorno al útero original, al
Sur. Lejos de abandonar el territorio, internarse en el territorio y
regresar al Sur.
No pudo ser porque el Grupo de Tareas 332, de la Escuela Mecánica de la
Armada, dirigida por el capitán de fragata Jorge Eduardo "El Tigre" Acosta,
lo emboscó para secuestrarlo y no pudo llevárselo vivo. Walsh se resistió
contra diez hombres armados hasta los dientes, con su pistola Walter PPK
calibre 22. Quien disparó sobre él hasta matarlo fue el subcomisario Ernesto
Weber, conocido como "220" por sus hábitos de torturador. Y fíjense ustedes,
lo que Cortázar llamaría "la continuidad de los parques": cuando se produjo
el gran alzamiento popular del 2001 contra el desgobierno de Fernando de la
Rúa, uno de los que encabezaron la brutal represión que costó siete muertos
en la ciudad de Buenos Aires y 34 en todo el país fue el subcomisario Weber.
Claro, ya no era el asesino de Rodolfo Walsh, sino su hijo homónimo. Una
circunstancia que convoca a una reflexión.
Lamentablemente, la vida de Rodolfo fue truncada a los 50 años, cuando tanto
podía dar. Pero es indudable que murió como vivió, yendo mucho más allá de
lo que afirmó en su "Carta de un escritor a la Junta Militar": el compromiso
de dar testimonio en tiempos difíciles. Dio, como un hombre de honor, su
propia vida.
El caso Rodolfo Walsh: un
clandestino
Primer premio del concurso anual de ensayos
legislador José Hernández 1999, organizado por el Senado de la Nación.
"El exceso de verdad puede enloquecer y aniquilar la conciencia moral de un
pueblo",
(Rodolfo Jorge Walsh, periodista, escritor y militante, 1927-1977)
Introducción
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Introducción
Un hombre que se anima
En el micromundo de los medios de comunicación en Argentina es habitual que se
mencione a Rodolfo Jorge Walsh como ejemplo y modelo de periodista, pero son
pocos los profesionales que se animan a manifestar su admiración abiertamente o
publicarlo en el lugar donde se desempeñan. La militancia de Walsh en las FAP y
su identificación con la izquierda peronista, en la década del ‘70, son algunos
de los elementos que lo transforman en un escritor maldito. Pero el análisis de
su vida y su obra nos demuestran que él fue más allá de las coyunturas.
Su movimiento ideológico pasó desde la derecha de la Alianza Libertadora
Nacionalista, en la década del ‘40, hasta culminar en la agrupación Montoneros,
en los ‘70. Y su trabajo como cronista nos permite, no solo conocer esa
evolución personal, sino que ayuda a observar en detalle los cambios
sociopolíticos y económicos de nuestro país en la segunda parte del siglo.
A Mariano Moreno se lo respeta y recuerda como patriota, integrante del
movimiento revolucionario que instaló el primer gobierno patrio y luchador por
ideales libertarios, aunque su texto del plan revolucionario que elabora no es
muy digerible para los estómagos e intelectos argentinos. Con Rodolfo Walsh en
cambio ocurre al revés, muchos obvian y hasta le imputan haber participado de un
movimiento revolucionario, aunque rescatan los textos que escribió en diversas
etapas de su vida.
"No siempre un rótulo político basta para definir a un hombre, para abarcarlo en
toda su profundidad", dice en alguna oportunidad Walsh. Ante esto es necesario
agregar que una persona lo es en su integridad, no existe en partes ni
seccionada, sino que es una totalidad, con sus luces y sombras, con sus matices
y contradicciones, que es lo que le da riqueza. Tanto Moreno como Walsh son
mencionados como importantes hombres de prensa, ambos fueron políticos, en el
sentido amplio del término, aunque la distancia temporal aún no permitió valorar
el aporte de Walsh a la cultura argentina.
El presente trabajo pretende hacer una semblanza del escritor, periodista y
militante político. El desgranar algunos detalles de su vida, y transitar por
los textos que legó, nos permitirá descubrir que su obra resultan claves para
comprender algunos procesos; pero además nos mostrarán a un hombre que se
adelantó a su tiempo en la búsqueda de recursos y estilos, influyendo en más de
una generación de periodistas.
Era descendiente de irlandeses, nació en 1927, en Choele Choel (provincia de Río
Negro), fue educado en colegios religiosos de Capilla del Señor y Moreno. En su
primera infancia la familia no sufrió necesidades, pero cuando su padre dejó de
ser mayordomo de estancia y tuvo que rondar el puerto en busca de trabajo, como
consecuencia de la década infame, las necesidades empezaron a abundar. Su
vocación era ser aviador, aunque su incursión en el mundo de las letras, en su
adolescencia, lo marcaron para siempre. Cuentos policiales, traducciones para la
editorial Hachette, artículos de periodismo cultural para diversos medios -entre
los que figuran La Nación-, y un premio municipal de literatura figuran en su
curriculum hasta el ‘56.
Cuando estaba a menos de mes de cumplir treinta años, un ‘dato’ lo interrumpió
de su amodorrado refugio intelectual. En un café de La Plata, alguien le dijo
que de los fusilados en un basural, que había ordenado el gobierno nacional
meses antes, había un sobreviviente. Entonces se animó, salió y fue más lejos
que la ‘gran prensa’ y que la misma justicia. Su vida cambió, preguntó sobre la
historia de los fusilados del ‘56, averiguó acerca de los fusiladores, encontró
a sobrevivientes y nunca dejó de buscar respuestas, a fin ampliarlas hasta que
la luz encegueciera. Los jefes militares de la policía bonaerense lo pusieron en
la mira.
Luego encaró otra investigación, la del asesinato de un poderoso abogado judío
vinculado con el diario La Razón. Los responsables del SIDE, recién creado,
también lo consideraron su enemigo por los datos que reveló.
Hastiado del sistema de complicidades e impunidad, viajó a Cuba, donde la
incipiente revolución lo incorporó de inmediato, para fundar una agencia de
noticias primero y ser espía después, hasta derivar en criptógrafo, descubriendo
el desembarco en Bahía Cochinos con meses de anticipación.
Más tarde se refugió en el Delta, escribió con melancolía algunos cuentos,
cultivó la ironía a través de dos obras teatrales y planificó una novela que
nunca pudo terminar de redactar. Su andanza lo llevó a conocer al coronel que
escondió durante años el cadáver de Evita.
Recorrió el litoral junto a un fotógrafo, compañero de aventuras. Describió, en
notas de antología, el rostro oculto del país que la megalópolis porteña
desconoce, porque siempre intuyó que debía acompañar a los abandonados.
Luego de encontrarse con Perón en Madrid, fundó una revista gremial para los
trabajadores. Sabía que el movimiento obrero era traicionado por sus principales
dirigentes, y los enfrentó descifrando el asesinato de uno de ellos. Se
incorporó al Peronismo de Base, recorrió villas, integró las Fuerzas Armadas
Peronistas (FAP) y luego se sumó a Montoneros. La llamada burocracia sindical y
la Triple A también lo consideraron tropa enemiga.
El 24 de marzo de 1976 empezó la última dictadura, que oscureció el sol de los
argentinos por más de un lustro. Un año después, con la masacre y el exterminio
a pleno galope, Rodolfo Walsh estaba sufriendo un exilio interno; vivía
refugiado, tratando de ayudar a la militancia abandonada. A veces pensaba que a
la edad en que muchos jóvenes eran perseguidos por la jauría de los borceguíes,
él se dedicaba a imitar a Capablanca en el tablero, a armar laberintos
literarios para alguna trama policial, o reseñaba la obra de Doyle o Bierce
diciendo que hacía periodismo.
Perdió a su mejor amigo, supo de la muerte violenta de su primer hija y terminó
enfrentándose con la cúpula del movimiento guerrillero. Había cumplido cincuenta
años y desde su refugio, en San Vicente, decidió salir a pelear cara a cara
contra el terror desatado por fuerzas perversas. Blandió el arma que mejor
usaba, su máquina de escribir, y redactó el informe más lapidario que tuvo el
gobierno militar al cumplir el primer año de gobierno. Pagó la osadía con su
muerte.
Hacía veinte años había publicado el libro más importante de su vida, ‘Operación
Masacre’. Recordaba que en el prólogo de la primera edición decía: "Investigué y
relaté estos hechos tremendos para darlos a conocer en la forma más amplia, para
que inspiren espanto, para que no puedan jamás volver a repetirse". Su deseo no
se cumplió, y por eso escribió su último texto "sin esperanza de ser escuchado,
con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso de dar testimonio en
momentos difíciles".
Tal vez la mejor definición de Walsh no sea ni lo que dicen sus apologistas, ni
lo que dicen sus detractores, sino simplemente "un hombre que se anima, y eso es
más que un héroe de película".
Capítulo I
El problemático ejercicio de la literatura
Las primeras letras, la incursión por editoriales, el periodismo cultural y los
cimientos de una obra.
Para hacer más fácil la comprensión del trabajo intelectual de Walsh, vamos a
dividir la escritura de su labor en tres etapas, aunque sabemos que es una
simple reducción, una simplificación necesaria para poder asir la obra. Los tres
momentos - periodismo cultural, periodismo de investigación (político y social)
y periodismo en la clandestinidad- se entrecruzan a lo largo de su vida, y no
resultará extraño ver notas de una etapa en otro momento.
Era un adolescente de diecisiete años cuando se presentó en la editorial
Hachette para poder ganarse el pan. Ocupó el puesto de auxiliar y, poco a poco,
fue descubriendo todo lo relacionado con el mundo de la edición de libros.
Rodolfo Walsh estuvo tres años allí, cubriendo puestos como auxiliar de
ediciones propias, más tarde corrector de pruebas, luego traductor y finalmente
editor de antologías. Pero su interés fue más allá del mundo del libro como
objeto, e inició la incursión por el país de las letras.
El amor por el ajedrez y por la lectura de laberínticas tramas de novelas
policiales influyó estéticamente en sus escritos, y en sus primeros textos armó
juegos mentales para resolver ‘casos’ en los que, algunas veces, él mismo es
protagonista y en otros simple relator. Su manejo del clima, del suspenso y la
trama del policial negro será magistral, aunque el mundo académico considere el
género como marginal, de igual manera que a la ciencia ficción, la historieta o
las telenovelas.
Lentamente se aproximó al periodismo, pero no como cronista -nunca trabajó en
redacciones de diarios- sino como redactor de artículos de interés general,
muchos relacionados con escritores y obras literarias.
El canon Walsh
Su primer artículo, al que consideramos la apertura del canon de Walsh, tiene
que ver con un autor casi desconocido: Ambrose Bierce. El artículo, ‘La
misteriosa desaparición de un creador de misterios’, fue un homenaje al ‘otro
Poe’, señalándolo como escritor maldito, hombre de acción, militar, periodista y
permanente polemista. Dice que Bierce dejó una maldición para quien lo recordara
en el futuro, a la vez que se admira al observar que "en algunos relatos alcanza
la difícil perfección del género". Ambrose Bierce, al igual que Edgar Allan Poe,
"padecieron el desprecio o la incomprensión de sus contemporáneos. Ambos
murieron misteriosa muerte". Y lo mismo podemos afirmar de Walsh.
Su conocimiento de los textos del género policial le permitirá escribir
numerosas notas sobre el tema, entre ellos ‘¡Vuelve Sherlock Holmes! - La
resurrección literaria más sensacional del siglo-’. En el breve ensayo
periodístico relata la vida de Arthur Conan Doyle, otra figura en su canon,
médico, amante de las novelas históricas, responsable del nacimiento, vida,
muerte y doble resurrección del detective más famoso de la literatura: Sherlock
Holmes.
Más tarde publicó en ‘La Nación’, como especialista literario, el texto ‘Dos mil
quinientos años de literatura policial’. Plantea la tesis de que Poe no es el
padre del género policial, sino que se cristalizó en él una tradición que ya
figuraba en la Biblia, con el profeta Daniel a quien, además de reconocerle el
don de aclarar sueños, desatar preguntas y soltar dudas, considera como el
primer detective de la historia. Walsh continuó con el armado de su canon, sumó
a los clásicos griegos y romanos, destacando a Cicerón y Virgilio, incorporó el
Renacimiento, el Popol Vuh y el Quijote. A mediados del ‘55 publicó ‘Un
estremecimiento, por favor -En torno al cuento fantástico y de suspenso-’, donde
indaga acerca del nacimiento del relato fantástico y la importancia de algunos
autores como Poe y ‘El Caso del Señor Valdemar’, H. G. Wells y la ciencia
ficción, Jack London, Anthony Boucher y Richard Matheson.
En la revista ‘Leoplán’ publicó ‘El genio del anónimo’ donde recuerda "la más
larga y enconada batalla periodística de todos los tiempos", canonizando a un
extraño personaje, de quien imitará sus métodos en los ‘70. Se trata de la
historia de un ‘fantasma’ llamado Junius quien, a fines del siglo XVIII y
durante tres años consecutivos, tuvo en jaque a la nobleza y al gobierno
británicos. Este escritor publicaba de manera anónima en el periódico ‘Public
Advertiser’, develando secretos escandalosos de los hombres públicos de un país
tan "amante de venerables tradiciones". Con sus cuarenta y cuatro cartas desató
la polémica y se perdió en la noche de los tiempos, sin dar a conocer su
identidad. El método usado era la única forma de hacer política, porque "estoy
seguro que si me descubrieran no me quedarían tres días de vida", le dijo a su
editor el hasta hoy enigmático Junius. Años más tarde Walsh repetirá este gesto
pero no para denunciar "escandaletes de la vida privada de los miembros del
palacio", sino para desnudar "el terror más profundo" que vivió la Argentina.
Antes de contraer matrimonio compartía un cuarto de pensión con uno de sus
hermanos; luego se casó con Elina Tejerina, a quien le dedicará su primer libro.
Su esposa estudió letras y fue nombrada directora de una escuela para ciegos en
La Plata, lugar adonde van a vivir. Allí tuvieron dos hijas: Patricia Cecilia y
María Victoria.
Personajes en rojo
Cuando tenía 23 años participó del concurso literario que organizaron la revista
‘Vea y Lea’ y la editorial Emecé, recibiendo una mención por el eléctrico relato
‘Las tres noches de Isaías Bloom’; integraban el jurado Jorge Luis Borges,
Adolfo Bioy Casares y Leónidas Barletta. Fue su primer cuento editado en una
revista de circulación amplia, antes había publicado dos relatos en la revista
de Dénix, de un grupo cultural de la facultad de Humanidades de La Plata. Ese
primer relato responde al género policial, perfilándose veladamente, y de manera
implícita, algunos de sus personajes, como el comisario Jiménez y Daniel
Hernández, éste último también será su seudónimo en muchas notas periodísticas.
En 1951 publicó cuentos en ‘Leoplán’, el primero de ellos fue ‘Los nutrieros’,
una exacta descripción de la vida de los cazadores furtivos en los campos de la
provincia de Buenos Aires y los riesgos que enfrentan al invadir propiedades. De
manera póstuma se reunirán once de estos escritos bajo el título ‘Cuento para
tahúres y otros relatos policiales’, historias ambientadas en paisajes
geográficos y humanos típicamente argentinos. El texto que da título al libro
prefigura de algún modo la historia del gremialista Rosendo García, "la muerte
planificada entre malandras", que plasmó en su investigación acerca del
asesinato del dirigente en ‘¿Quién mató a Rosendo?’.
De sus relatos surgirán algunos personajes entrañables, como el comisario
Laurenzi, corpulento y asmático, que bien podría ser un homenaje del escritor
hacia su padre, Esteban. Laurenzi llevó una tropilla a Choele Choel, pueblo de
donde era oriundo Walsh, y allí se afincó por un tiempo. En muchas de las tramas
se pone de manifiesto la violencia que surge del encuentro entre los hombres y
la naturaleza salvaje; y Laurenzi, con sencillez, empírico saber popular y la
paciencia del hombre de tierra adentro, recorre la misma senda que el padre
Metri de Leonardo Castellani, o el Isidro Parodi de la dupla Borges- Bioy
Casares. Resuelve algunos casos en los cuentos ‘Transposición de jugadas’, donde
se manifiesta la rudeza de la vida de campo a través del famosos dilema entre el
lobo, la cabra y el coliflor; ‘Simbiosis’ donde se entrecruzan la religiosidad
popular, el sincretismo y el paganismo, fusionándose dos fanatismos: el
religioso y el ateo; ‘Los dos montones de tierra’, describiendo la prepotencia
de los dueños de la tierra para con los humildes; ‘En defensa propia’ realizando
por un lado una indagación psicológica de ‘una persona intachable’, y por otro
un análisis sociológico de la parte hipócrita de la sociedad.
Otros cuentos, como el largo relato ‘La sombra de un pájaro’ o el divertimento
‘Tres portugueses bajo un paraguas’, son resueltos por el comisario Jiménez, más
urbano, impulsivo y racional que Laurenzi, quien actúa con su amigo Daniel
Hernández, un intelectual que acompaña al protagonista. En esta colección hay
dos cuentos más, es primero se llama ‘Los ojos del traidor’, de indudable
influencia borgeana, y el segundo es ‘El viaje circular’, suerte de homenaje a
Poe, que superan los límites del género policial para introducirse en lo
fantástico.
En el ‘53 publicó la antología ‘Diez cuentos policiales argentinos’, primera
recopilación del género en nuestro país, donde se rescata la labor de diez años
de escritura policial en clave local, con personajes, paisajes, idioma y
situaciones propias de nuestra tierra. Walsh destaca como autores de ‘obras
maestras’ a Borges con ‘El jardín de los senderos que se bifurcan’; Jerónimo del
Rey (seudónimo de Leonardo Castellani) con ‘La mosca de oro’; y Manuel Peyrou
con ‘La plaza mágica’.
Su primer producción literaria se plasma en un volumen de relatos policiales,
que obtiene el Premio Municipal de Literatura: ‘Variaciones en Rojo’; un
homenaje al detective Holmes, su creador Doyle y la primera novela de éste:
‘Estudio en escarlata’. Se trata de tres nouvelles donde el protagonista, Daniel
Hernández, es un detective aficionado, suerte de alter ego de Walsh con quien
comparten el oficio de corrector de pruebas. Hernández es amigo del comisario
Jiménez, a quien acompaña en los casos que se le plantea, resolviendo con
ingenio los enigmas de cada uno de los crímenes. Esta pasión de Walsh por armar
historias como si fueran partidas de ajedrez la abandonará cuando compruebe que
la realidad misma es un juego mucho más amplio, complejo y peligroso, y se
transforme él mismo en el investigador que debe develar misterios de odios,
rencores y muertes.
Una vez pasada la euforia, y tomando la sana distancia del tiempo, el autor
dijo: "Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que
hoy (1966) abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en
la diversión y el dinero. Me callé durante cuatro años más, porque no me
consideraba a la altura de nadie".
Periodismo que no es periodismo
Mientras avanzaba la década del ‘50, la vida de Walsh presentaba un panorama
cada vez más alentador y promisorio, los días transcurrían con tranquilidad,
tenía una existencia ordenada, una familia constituida y un futuro prometedor.
No tenía ningún compromiso político, solo estaba atado a sus seres queridos y a
las letras; y como joven escritor caminaba a consolidar su prestigio. Ya estaba
‘haciendo carrera’.
Años más tarde recordará esta etapa como algo idílico a la que desearía volver:
"al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que
escribo, a la novela ‘seria’ que planeo para dentro de algunos años, y a otras
cosas que hago para ganarme la vida y que llamo periodismo, aunque no es
periodismo".
Al finalizar su adolescencia había tenido cierta simpatía con el peronismo, a
través de la Alianza Libertadora Nacionalista, de donde le venía su amistad con
el cura Castellani.
Pero, como muchos pensadores de su tiempo, se transformó en un intelectual
antiperonista, sin por ello enfrentar abiertamente el régimen, manteniendo su
tendencia por el nacionalismo.
En 1955 se desató la revolución autodenominada Libertadora, encabezada por los
generales Eduardo Lonardi, Pedro Eugenio Aramburu y el almirante Isaac Rojas.
Derrocan a l entonces presidente Juan Domingo Perón, quien marcha al exilio,
mientras sus seguidores son perseguidos por todo el país.
Apoya la movida militar, influido por los argumentos antiperonistas sobre el
petróleo, despreciando toda actitud autoritaria del régimen, pero a la vez por
una cuestión doméstica, uno de sus hermanos era capitán de Corbeta y director de
la Escuela Naval de Aviación, perteneciente al arma más furibundamente ‘gorila’,
que es como se denominaba a quienes se oponían al movimiento peronista. En el
epílogo de ‘Operación Masacre’ explicó: "He sido partidario del estallido de
septiembre de 1955. No solo por apremiantes motivos de afecto familiar, sino
porque abrigué la certeza de que acababa de derrocarse un sistema que burlaba
las libertades civiles, que negaba el derecho de expresión, que fomentaba la
obsecuencia por un lado y el desborde por el otro".
A pesar de su aprobación tácita, él no salió a la calle, tampoco integró los
comandos civiles ni se sintió convocado. "Mis creencias de entonces son
indefendibles, lo defendible es mi inacción", le confiaría a Ernesto Fossati en
una entrevista. El compromiso lo hace con su hermano, por quien escribe dos
artículos en ‘Leoplán’, exaltando el valor y el heroísmo de los aviadores que
combatieron en aquellas jornadas para derrocar a Perón, cerca de las sierras de
la provincia de Buenos Aires.
En la primer nota, ‘2-0-12 no vuelve’, la acción transcurre en el sur de la
provincia, en los cielos del pueblo de Saavedra donde, durante las acciones
revolucionarias, mueren tres pilotos de aviación: el capitán de fragata Eduardo
Estivariz, el teniente de fragata Miguel Irigoin y el suboficial mayor Juan
Rodríguez. Desde la base aeronaval Comandante Espora habían partido los dos
oficiales rebeldes y el suboficial peronista, de quien dirá "no siempre un
rótulo político basta para definir a un hombre, para abarcarlo en toda su
profundidad". Hace un retrato épico, exaltando la figura de quienes enfrentan el
orden constituido.
La belleza literaria del texto periodístico tiene su efecto al dejar de lado las
fechas, calificaciones, ascensos, cifras y adjetivos para forjar mejor la imagen
del protagonista, el capitán Estivariz, dedicándose a indagar en las relaciones
humanas, en la anécdota y el recuerdo personal. Más allá de lo cuantitativo,
ésta será una característica esencial del método cualitativo de investigación
que el escritor implementará, de manera rigurosa, en casi toda su producción
periodística y literaria.
El segundo artículo, ‘Aquí cerraron sus ojos’, fue escrito un año después, luego
de la cobertura de un acto en el serrano pueblo de Saavedra, por los
acontecimientos que llevaron a la muerte a los tres aviadores. Ambos textos
generaron un enfrentamiento con la Armada.
En el ‘57 escribió: "Las autoridades del ministerio de Marina vetaron esas
notas, primero verbalmente y después por escrito. Ellos entendieron que los
caídos, sus propios muertos, podían prescindir de tal homenaje, y yo entendí que
podía prescindir de la opinión del ministerio de Marina. Porque tanto entonces
como ahora creo que el periodismo es libre, o es una farsa, sin términos
medios".
La misma fuerza militar que lanzó a la batalla a los aviadores pretendía
olvidarlos, y Walsh, a pesar de las objeciones de la fuerza, publicó la
reivindicación. Se trató de su primer discusión con una institución de gran
envergadura, hecho que de ahí en adelante fue una constante en la obra
walshiana. Pero su enfrentamientos no pasarán por cuestionar la institución en
sí, sino porque le molestaba la corrupción e impunidad de los hombres que las
distorsionaba. Se sumará así el enfrentamiento con miembros de la policía
Bonaerense, que él llamaba la secta del gatillo alegre; las imputaciones contra
la jerarquía sindical, manejada por el ‘Lobo’ Vandor que pretendía un peronismo
sin Perón y sin obreros; las denuncias contra el mismísimo estado de Israel ante
el caso Palestino; y en último término el enfrentamiento final con el ‘sistema’
encarado por el Proceso de Reorganización Nacional, en el ‘76.
Desde entonces lo puro y específicamente literario quedó atrás, un
acontecimiento en su rutina le hará dar un vuelco en la manera de encarar su
escritura, e incluso la vida misma. Ese muchacho "de estatura más bien baja,
delgado, pálido, huidizo, que habla en voz baja y ríe con una risa breve", tal
como lo describió Juan Bautista Brun, dejará "las suaves, tranquilas
estaciones".
Aquí culmina una etapa, que se puede describir como burguesa y liberal, donde el
futuro está asegurado, con un trabajo respetable y una carrera de escritor
promisoria. Lo dejará todo para dedicarse a un periodismo distinto que con los
años lo llevará a una militancia revolucionaria.
Capítulo II
Periodismo de investigación
La chispa del fusilado viviente y la trilogía que desenmascaró un Estado
criminal.
La segunda etapa de Walsh es la referida al periodismo de investigación, un área
poco frecuentada en los medios de la época. Tal vez el aporte más importante del
escritor es la fusión de la crónica con la literatura, donde la realidad abarca
su obra, y no se dedica a armar juegos mentales para descubrir el nombre del
‘asesino’, sino que los mismos acontecimientos le aportan la trama, donde él
pasa a ser el protagonista y el mismo descifrador de asesinatos, con el riesgo
que ello implica. Esta etapa a su vez la dividiremos en dos niveles, el primero
tiene que ver con el periodismo de investigación político, la segunda con la
indagación social.
La obra fundamental
Un clásico es tal porque, pasado un tiempo, que puede medirse en lustros,
décadas o centurias, sigue manteniendo vigencia en su forma y en su contenido.
Por otra parte, un clásico sintetiza una época, dibujando en una historia el
perfil de un tiempo. Y además un clásico es tal porque resulta modelo, ejemplo y
referencia. En el triple sentido decimos que el libro ‘Operación Masacre’ es un
clásico.
Rodolfo Walsh tenía treinta años cuando publicó este libro, el más importante de
su vida, que se convertiría en un hito fundamental en la historia del periodismo
y la literatura argentina. El contacto con esta historia y la pesquisa que le
siguió, cambió rotundamente la vida del escritor, y él lo señala así en el
Epílogo a la segunda edición:
"Hacía diez años que estaba en el periodismo. De golpe me pareció comprender que
todo lo que había hecho antes no tenía nada que ver con una cierta idea del
periodismo que me había ido forjando en todo ese tiempo, y que esto sí - esa
búsqueda a todo riesgo, ese testimonio de lo más escondido y doloroso -, tenía
que ver, encajaba en esa idea".
El texto marca una época, pues inicia el periodismo de investigación en nuestro
país, con un método, una hipótesis y sus conclusiones. Su estructura señala un
modelo que será imitado, y que cobrará vigencia tres décadas más tarde, no
siendo superado. A pesar de haberse publicado numerosos volúmenes de
investigación periodística, pasados cuarenta años de su primera edición, ninguno
ha opacado a ‘Operación Masacre’. El texto superó el tiempo y las fronteras,
siendo leído y reconocido por periodistas-escritores de la talla de Gabriel
García Márquez, Tomás Eloy Martínez o Arturo Pérez Reverte.
Walsh relata los hechos que se inician durante la noche del 9 junio del ‘56, son
24 horas que sintetizan y definen la centuria. En su texto desnuda el
fusilamiento clandestino en un basural, pero no el de los militares y militantes
que encabezaron la revolución peronista para derrocar a Aramburu y a Rojas, sino
el fusilamiento de los inocentes, de los que tenían nada o poco que ver con el
alzamiento. La influencia de éste acontecimiento en los años posteriores fue
crucial, y aquí hay que buscar la chispa que desató el incendio de la década del
‘70.
La violación a los derechos humanos por parte de hombres que integraron entes
armados estatales, fue una constante a lo largo del siglo XX, desde la semana
trágica del ‘19, pasando por los fusilamientos en la Patagonia en el ‘20, junto
con los atropellos de la década infame, sin dejar de mencionar los 60 años de
golpes de estado y la noche trágica iniciada en el ‘76. La etapa democrática,
iniciada en el ‘83, también está signada con el estigma de la violencia
institucional, con crímenes como el del soldado Carrasco, los atentados a la
embajada de Israel y la AMIA, el asesinato de José Luis Cabezas y la masacre de
Ramallo; hechos donde estuvieron involucrados miembros de algunas fuerzas armada
o de seguridad.
El tema que elabora Walsh sintetiza un siglo de política autoritaria en
Argentina, y delinea el perfil del quehacer de las Fuerzas Armadas. Se hace
evidente que con la impunidad con que actuaron los encargados de brindar
protección y seguridad aquella noche, actuaron muchos policías y militares a lo
largo del siglo, y lo seguirán haciendo después del 2.000, la estructura
educativa aún no fue modificada. El teniente coronel Varela, el capitán Astiz,
el Coronel Camps o el comisario Ribelli en poco se diferencian con el jefe de la
policía Bonaerense, teniente coronel Desiderio Fernández Suárez, protagonista
del texto walshiano.
La investigación fue el paso fundacional de una novedosa forma de acción
política, abarcando la denuncia, el testimonio, el análisis político, la
historia y el relato literario. Por eso quizás se encuentre a Walsh en su
plenitud en ésta crónica, que puede señalarse como su obra cumbre. La verdadera
novela que deseaba escribir fue este trabajo, aún sin haberse dado cuenta, con
un estilo, con un esquema, con un compromiso totalmente renovado para todo lo
que se conocía en la época. Se adelantó casi diez años a la novela periodística
norteamericana, incluso a Truman Capote y a Norman Mailer. El libro puede
considerarse como único en su tiempo y en su género, anteriormente no existieron
trabajos similares y, tal vez, su primera aproximación sean las novelas
policiales generadas en hechos verídicos, pero sin tener el compromiso ni la
carga explosiva de este texto.
Disparos en la madrugada
Los hechos que dieron vida a la investigación se iniciaron durante la noche del
9 de junio del ‘56, continuaron en la madrugada del 10 de junio, y tuvieron
repercusión más allá de las jornadas siguientes. Perón había sido derrocado en
septiembre del ‘55, el general Pedro Eugenio Aramburu gobernaba el país. A
mediados del ‘56 el general peronista Juan José Valle encabezó una revolución a
fin de provocar la caída de Aramburu, para que Perón volviera al poder. La
revuelta fracasó y el huracán represivo fue atroz. Se decretó la ley marcial. A
Valle y a los que detuvieron conspirando los fusilaron; el general Tanco, uno de
los jefes de la conspiración, se salvó milagrosamente, pero fue perseguido por
todo el país, junto con otros.
Paralelamente el jefe de la policía Bonaerense, teniente coronel Desiderio
Fernández Suárez, encabezó diversos allanamientos. Uno de ellos fue en Hipólito
Yrigoyen 4519, de la localidad de Florida, fue antes del inicio del
levantamiento, y antes de que rigiera la ley marcial. Llevaron a los detenidos a
la Brigada de Investigaciones de San Martín y, durante la madrugada, desde La
Plata, ordenó su fusilamiento.
No había pruebas fehacientes de la vinculación del grupo detenido con el
levantamiento, pero la orden se ejecutó igual, en un basural de José León
Suárez. No todos murieron, algunos lograron escapar de la oscuridad de la
muerte, y sus revelaciones desde el exilio, la clandestinidad o los juzgados
fueron recogidas y formaron parte de la historia del periodista.
Personalmente Walsh tuvo contacto con ese intento de alzamiento fallido, no como
protagonista sino como vecino de una unidad militar y de la sede policial de La
Plata. La revolución entró en su casa cuando, en la madrugada del 10 de junio,
volvía a su hogar y, cincuenta metros antes de llegar, se produjo el tiroteo más
intenso de aquellas jornadas, en la esquina de 54 y 4. El sargento rebelde
Ferrari le permitió pasar, para que se reencontrara con su familia, sin saber
que horas más tarde la casa de ese civil se transformaría en guarida de cuarenta
soldados leales que tiraban contra él.
Los hombres del segundo batallón de comunicaciones de City Bell salvaron sus
vidas gracias a las paredes, ventanas y puertas que les dieron cobertura y que
pertenecían a Walsh. El escritor, que había apoyado el movimiento del ‘55,
aprendió a odiar todas las rebeliones militares anteriores; allí empezó a
comprender que las primeras víctimas de las revoluciones son personas inocentes,
que no mueren gritando ¡Viva La Patria! sino vomitando de miedo.
Pesquisa y ocultamiento
El 18 de diciembre, seis meses después de la rebelión, mientras estaba en un bar
de La Plata jugando al ajedrez, alguien lo sorprendió con una frase misteriosa
que cambiaría su vida para siempre: "Hay un fusilado que vive". Al día siguiente
conoció al abogado Jorge Doglia, quien llevaba adelante la denuncia judicial de
un fusilado sobreviviente de aquella madrugada: Juan Carlos Livraga. El 20
recibió la copia de la demanda y, al otro día, conoció y entrevistó al hombre
que escapó de la muerte.
El periódico ‘Propósitos’, dirigido por Leónidas Barletta, dio a conocer a la
opinión pública la denuncia del caso Livraga, que destaparía el escándalo de los
fusilamientos. Aunque al día siguiente de Navidad ya estaba listo, el reportaje
a Livraga nadie lo quiso publicar, hasta que el 15 de enero del ‘57 apareció en
el periódico nacionalista ‘Revolución Nacional’, de Luis Benito Cerrutti Costa,
ex ministro de Lonardi. El título de la nota era ‘Yo también fui fusilado’, y
sería el primer artículo de una larga serie que se irían publicando en otros
medios. A partir de allí se inicia una novedad en el periodismo local, las notas
seriadas. La investigación ya estaba en marcha, enfrentando contradicciones,
aclarando hechos, entrevistando testigos, buscando fuentes, dilucidando mensajes
velados, leyendo entrelíneas y abriendo la senda de la verdad más allá de un
primer testimonio.
No hay una verdad definitiva y, si podemos decir que existen verdades reales,
históricas, testimoniales o analíticas, no podemos dejar de subrayar que todas
se complementan y dan forma al rompecabezas. No estuvo solo en la empresa, a lo
largo de esos meses de labor lo acompañó Enriqueta Muñiz. Reportajes, visitas a
detenidos, lectura de expedientes, envío de cartas, entrevistas con familiares
de fusilados y sobrevivientes, fotografías de los lugares claves, formaron parte
de la tarea de aquellos días del verano del ‘57.
El minucioso trabajo de búsqueda y pesquisa trajo consecuencias no esperadas
para la tranquila vida del escritor de cuentos policiales y de periodismo
cultural. A los pocos días de iniciada la investigación, Walsh dejó su trabajo,
abandonó su casa de La Plata y debió pasar a la clandestinidad. Dejó de ser
Rodolfo Walsh para ser Francisco Freyre. Llevaba encima una pistola de manera
permanente, vivió oculto en casas de Tigre o ranchos de Merlo, pueblos del
conglomerado urbano que entonces se estaba formando y que hoy llamamos Gran
Buenos Aires. Los allanamientos a su hogar se transformaron en una constante,
sin lograr detenerlo. Casi cuarenta años después su hija Patricia recordará en
una entrevista efectuada por La Maga: "A mi casa de La Plata la policía lo fue a
buscar tantas veces que perdimos la cuenta. Cómo no ir a buscarlo allí si él
nunca dio cambio de domicilio".
Lo esencial de la investigación concluyó el 21 de febrero, y una serie de nueve
artículos apareció desde mayo en el diario ‘Mayoría’, de los hermanos Jacovella.
La escritura bajo presión, la vida en clandestinidad, la certeza que estaba
enfrentado a todo un sistema, la esperanza de poder movilizar los resortes de la
justicia y la pasión por develar la verdad le dieron un brillo excepcional a su
prosa. El 20 de marzo terminó la primera versión del libro que, igual que su
primer reportaje de la serie, al principio no encontró editor.
Finalmente la primer edición del libro, a fines de ese mismo año, tuvo como
título ‘Operación Masacre, un proceso que no ha sido clausurado’, siendo el
artífice de la publicación el nacionalista Marcelo Sánchez Sorondo. No le
interesó la ideología de su mecenas, en el prólogo de la primera edición
sostendrá: "Escribí este libro para que fuese publicado, para que actuara, no
para que se incorporase al vasto número de las ensoñaciones de ideólogos..., en
éste momento no reconozco ni acepto jerarquía más alta que la del coraje civil.
¿O pretenderán que silencie estas cosas por ridículos prejuicios partidistas?
Mientras los ideólogos sueñan, gente más práctica tortura y mata".
La investigación, a pesar de la edición del libro, no paró. Reescribió la obra y
agregó nuevos datos en la segunda edición, publicada en el año ‘64, cuando había
vuelto de Cuba y vivía recluido en una casa del Delta, en Tigre.
El arte de molestar
Podemos definir a ‘Operación Masacre’ como un libro que molesta, que en
definitiva es como entendía Walsh el periodismo; dando nacimiento a un género
distinto, un híbrido fundacional entre lo policial y lo literario. El texto se
estructura en tres partes: las personas, los hechos y las evidencias. La obra
avanza como si se intentara demostrar un siniestro teorema, o se estuviera en un
invisible tribunal que, con el material aportado, pudiera dictar un veredicto.
El autor fue armando la lista real de los que enfrentaron el pelotón de
fusilamiento en el basural de José León Suárez; pero no se conformó con el
simple hecho de nombrarlos, sino que trazó el rasgo sicológico de cada uno de
ellos, ya sea a través de entrevistas personales en el caso de los que estaban
vivos, o con descripción por parte de familiares, amigos o testigos, en el caso
de los muertos. De cada uno de ellos conoció a los seres queridos, su barrio,
sus aspiraciones, sus progresos, sus alegrías y tristezas, el modo en que se
ganaban la vida, las posibles motivaciones que los llevaron a ese departamento
suburbano de Florida, el antes y después de la noche fatídica. Fue al inmenso
baldío y sacó fotos del lugar, señaló responsables con nombres y apellidos,
rescató de su exilio a prófugos inocentes.
Sintetizaremos el relato. Un número no determinado de personas se reunieron para
oír la pelea que relataba Fioravanti, desde el Luna Park, donde se disputaba el
título sudamericano. Se enfrentaban Lausse, recién venido de Estados Unidos, y
el joven chileno Loaysa. Los asistentes a la reunión fueron el obrero
ferroviario Nicolás Carranza, quien era perseguido por peronista; Francisco
Garibotti, quien fue sacado de su hogar por el prófugo; Horacio Di Chiano, dueño
de la casa donde se produce el ‘allanamiento’; Miguel Ángel Giunta, invitado por
el dueño de casa a escuchar la radio; el suboficial de la marina Rogelio Díaz;
Carlos Lizaso, que sabía de la revolución y pudo haberse salvado si aceptaba
irse junto con el enigmático terrorista ‘Marcelo’, que entró y salió del
departamento en numerosas ocasiones; el gendarme Norberto Gavino, quien estaba
prófugo por opositor y sabía del movimiento revolucionario en ciernes; Juan
Carlos Torres, inquilino del departamento y habitual anfitrión de reuniones
barriales, donde por el solo hecho de ser amigo de un amigo ya se podía acercar
a compartir un rato; Mario Brion un vecino que fue invitado, no se sabe por
quien, a participar de la velada; el joven colectivero Juan Carlos Livraga,
quien se sumó a la reunión invitado por el bolseador del puerto Vicente
Rodríguez, quien a su vez se desvió de su camino al trabajo al encontrarse con
uno de los fusilados que sobrevivirá. Esa noche entran y salen más personas,
entre ellas dos miembros de fuerzas de seguridad no identificados que,
solapadamente, pesquisan el lugar en busca de armas, se confunden entre los
presentes y recorren los grupos.
De todos los nombrados sobrevivieron siete, aunque la lista se empezó a armar
con el dato de la existencia de "un fusilado que vive": Juan Carlos Livraga. El
autor lentamente arma la lista de sobrevivientes, ya sea por datos concretos,
por hipótesis o por intuición.
Luego de presentar a las personas, que bien podrían denominarse las víctimas,
realiza la reconstrucción minuciosa de lo que ocurrió durante la noche que va
del 9 al 10 de junio; desde el procedimiento en la casa, pasando por el arresto,
para concluir el itinerario en la Unidad Regional de San Martín. Nadie que del
levantamiento que se estaba produciendo esa noche, ni tampoco conocían la ley
marcial que se aplicó al conocerse la intentona.
En la segunda parte del libro relata la noche del fusilamiento, que se inicia
con el procedimiento en la casa de Florida. Desde allí llevan a todos hasta la
Unidad Regional, sumándose en el camino tres personas más, que más tarde serían
liberadas. Se sumarán a las víctimas del pelotón dos personas que llegaron al
departamento allanado minutos después, ellos fueron Julio Troxler, un ex-policía
que conoce los ‘métodos’ que usan los que fueron sus compañeros, y el almacenero
Reinaldo Benavídez. El allanamiento ilegal se realiza a las 23:30, por parte del
jefe de la policía Bonaerense, teniente coronel Desiderio Fernández Suárez,
aunque los fusilamientos los encabeza el comisario Rodolfo Rodríguez Moreno,
jefe de la Unidad Regional, obedeciendo órdenes del primero. La operación había
sido realizada antes de que rigiera la ley marcial, pero la decisión de matarlos
a todos ya estaba tomada cuando llegan a la casa de Florida, según lo expresa
Fernández Suárez al descubrir a Gavino.
En realidad la presencia de Fernández Suárez se diluye aquella noche, se llega a
sospechar que ‘usa’ el fusilamiento de los detenidos como para ‘blanquear’ su
situación, que habría sido ambigua durante los primeros intentos
revolucionarios. Próximo a Campo de Mayo, habría decidido arrestar a unos
civiles y ‘guardarlos’ hasta ver lo que ocurría con el movimiento rebelde. En un
artículo escrito por Walsh, donde ironiza sobre su ascenso a Coronel, pregunta:
"¿Cuál fue la hora más misteriosa de su vida?... ¿Será la) madrugada del 10 de
junio de 1956, que pasó usted refugiado en el garaje de Ambrosis, en la calle 1,
entre 44 y 46, mientras a pocas cuadras sus hombres ya casi desesperaban de
seguir resistiendo?".
Los ejes centrales del relato, para demostrar la ilegalidad de los
fusilamientos, son dos, el primero se refiere a la vinculación de los catorce
con la revolución encabezada por el general Valle, de la cual solo dos o tres
tenían alguna remota noticia, y por lo tanto eran inocentes en su totalidad; el
segundo eje se centra en la ley marcial, ya que todos fueron detenidos antes de
dictarse y darse a conocer públicamente la misma a las 0:32, siendo a todas
vistas ilegal el proceder al aplicarles dicha ley.
El capítulo más político de la obra es el 15 de la edición definitiva, allí
Walsh explica el levantamiento que tiene tres centros geográficos: Campo de
Mayo, Lanús y La Plata, donde se combate hasta la madrugada. El autor opina,
critica y evalúa los avatares de la situación del país y la oportunidad del
levantamiento.
Pelotón
El fusilamiento se realizó en total desorden, en un descampado que servía de
basural, en José León Suárez. Los detenidos fueron bajados de los camiones, no
se los hizo formar ni se formó el pelotón como corresponde. El desbarajuste
permitió que, aunque algunos murieran, como Lizaso, Carranza, Garibotti,
Rodríguez y Brión, otros pudieran escapar y, en algunos casos, sin recibir ni un
impacto de bala, ni siquiera el famosos tiro de gracia. Los que escaparon fueron
los testigos de la saña y el sadismo de las autoridades que debían encargarse de
la seguridad de la población de la provincia.
El primer sobreviviente fue Juan Carlos Torres, quien saltó la tapia en el
momento en que los policías llegaron para realizar el allanamiento, exiliándose,
un año más tarde, en Bolivia. Ya en el basural sobrevivieron Gavino, quien
corrió y corrió hasta trasponer las puertas de la embajada boliviana, donde se
asiló para luego abandonar el país; Troxler quien, luego de buscar sin suerte a
Benavídez en el basural, emprendió el camino del exilio; Di Chiano, quien se
hizo el muerto hasta la salida del sol, y luego huyó hasta el barrio porteño de
Liniers en colectivo, para finalmente refugiarse en su casa de Florida; Díaz,
quien se refugió en su casa pero fue detenido meses después y confinado en
Olmos, sin que Walsh nunca pudiera entrevistarlo; Giunta, quien huyó, tomó el
tren, se arrojó del mismo hasta llegar a casa de sus padres, para luego,
inexplicablemente, ‘entregarse’ a explicar la confusión, quedando detenido y a
punto de perder la razón ante la tortura sicológica a que lo sometió la policía,
siendo liberado por los oficios del abogado Máximo Von Kotsch. Un caso especial
es el de Livraga, quien recibió el tiro de gracia que le destrozó la cara pero
no lo mató, horas más tarde fue ayudado por un policía (sic), quien lo acompañó
al policlínico de San Martín, donde lo encontraron sus familiares y las
autoridades policiales, quienes lo llevaron a la comisaría de Moreno,
arrojándolo desnudo y sin atención médica, y luego lo trasladaron a Olmos.
Gracias a la rápida acción de su padre, quien intima al mismísimo presidente
Aramburu, logró sobrevivir, hasta que el abogado Von Kotsch consigue su
libertad, junto con la de Giunta, el 16 de agosto.
Revelación
En la tercera parte de la obra definitiva se explican los pasos sucesivos para
desenmascarar la ‘operación’. Todo empezó a ser develado por el abogado, jefe de
la División Judicial de la policía, Jorge Doglia, quien luego será destituido;
la investigación la seguirá la Junta Consultiva del ministerio de Gobierno de la
Provincia, principalmente Eduardo Schaposnik, uno de sus miembros; y finalmente
por Juan Carlos Livraga, el ‘fusilado que vive’, quien inició una causa penal
contra quien ‘resultare responsable’ de lo que él vivió desde la noche del 9 de
junio.
El texto fundamental de esta parte del libro desarrolla el ‘expediente Livraga’,
donde se destaca el rol del juez Belisario Hueyo, quien investigó, logró la
declaración y confesión de los funcionarios policiales y militares que
participaron en el operativo y fueron ejecutores materiales de la masacre,
confirmando que lo que decía Livraga, y lo que venía publicando Walsh en los
medios que se animaban, no era falso sino que era absoluta verdad. Desarmó la
coartada de Fernández Suárez y su cómplice, el ministro de Ejército Ossorio
Arana. Aunque no lo hace explícito, en el ’58 conocerá a otro personajes, el
general Cuaranta, quien habría dado la orden de los fusilamientos al jefe de la
policía Bonaerense.
El expediente Livraga no contradice la investigación periodística de la
‘Operación Masacre’, sino que lo complementa, lo enriquece, además de confirmar
con mayor o menor precisión los datos que se publicaron hasta ese momento. Es
decir que a las 23:00 del 9 de junio se detuvo, sin oponer resistencia, a 14
personas en un departamento de Florida; que al día siguiente, las 0:30 del 10 de
junio, se dictó y difundió el estado de Ley Marcial; y que a las 5 de la mañana
se fusiló a los detenidos en un descampado de José León Suárez, sin hecho
delictual ni causa procesal en marcha.
Pero como ocurre en todo gobierno militar, y también en gobiernos civiles, la
división de poderes no existe y, con diversos artilugios legales, se logró que
la causa pasara al fuero militar. Es así como el teniente coronel Desiderio
Fernández Suárez pasó a ser juzgado por un juez militar, teniente coronel
Abraham González, cumpliéndose el viejo adagio que dice que ‘entre bueyes no hay
cornadas’.
En ningún momento Walsh mezcló el alzamiento militar de Valle con el crimen de
José León Suárez, recién en el penúltimo capítulo hace referencia a los
fusilamiento de los militares que protagonizaron la revolución. En el ‘72 dirá:
"Valle es un traidor a su clase, que toma partido por los oprimidos. Nunca el
Ejército fusiló a un militar, pero a quienes traicionan su clase sí. Por eso
Perón es traidor a la Patria. La oligarquía, cuando dice ‘Patria’, quiere decir
‘clase’. Por otro lado, hay que analizar la forma y los métodos propuestos por
la gente de junio para retomar el poder. El golpe militar no es una forma de
lucha de clase obrera. Y ésa era la limitación objetiva del movimiento".
Más allá de los vaivenes políticos que vivió ideológicamente, Walsh siempre
mantuvo lo que dijo en la Introducción: "Esta obra persigue un objetivo social:
el aniquilamiento a corto o largo plazo de los asesinos impunes, de los
torturadores, de los ‘técnicos’ de la picana que permanecen a pesar de los
cambios de gobierno, del hampa armada y uniformada".
Anexos
Los sucesos de la noche sin estrellas del ‘56 no aparecen en los diarios de la
época. El mismo Walsh, cuando empezó la investigación, creyó que los grandes
medios le arrebatarían la historia de las manos, teniendo 20 días en su bolsillo
el primer reportaje de la serie. Pero los grandes medios le dieron espacio a
Fernández Suárez para que realizara sus descargo ante las acusaciones por los
fusilamientos, pero en ningún momento los medios gráficos de peso en aquella
época se encargaron de consultar la investigación de Walsh, aunque él se encargó
de responder cada mentira que publicaron sobre el tema, siguiendo los dictados
del jefe policial, en su ‘Obligado Apéndice’ del ‘57. En ese mismo texto explica
los pasos de su investigación, cosa que se deduce leyendo los resultados, pero
que brinda detalles sustanciales para quien aspire ser periodista.
En su corrección permanente agrega en los ‘70 un nuevo texto a la obra, donde se
explaya sobre el ajusticiamiento de Aramburu en manos del incipiente grupo
Montoneros, explicando en gran parte el rebrote violento de los ‘70. No deja de
mencionar la canonización de Aramburu por parte de los sectores beneficiarios de
su política, comparando el hecho con Lavalle y el fusilamiento de Dorrego,
expresando que "es posible que Aramburu, además del monumento gorila, llegue a
merecer la cantata expiatoria de un Sábato futuro".
La edición definitiva de ‘Operación Masacre’ agrega el texto de parte del guión
del film sobre los fusilamientos de José León Suárez. La película fue realizada
clandestinamente por Jorge Cedrón, durante la dictadura de Lanusse, entre los
años ‘71 y ‘72, con guión del mismo Rodolfo Walsh, música de Juan Cedrón y la
actuación de Carlos Carella, Víctor Laplace, Leonor Manso, Walter Vidarte, Ana
María Picchio y el mismo Julio Troxler representándose a sí mismo. Walsh
discutió detalladamente el texto con Troxler, concediendo que la película no se
limitara a la mera narración de los hechos, "una militancia de casi 20 años
autorizaba a Troxler a resumir la experiencia colectiva del peronismo en los
años duros de la resistencia, la proscripción y la lucha armada", dirá el
escritor.
El texto apunta a una visión ideológica que Walsh no tenía cuando empezó la
investigación de los fusilamientos, pero que la fue formando, delineando y al
final adscribiendo en las diversas ediciones del texto. Ese caminar por un nuevo
sendero combativo concluirá con el guión para película, donde cierra el ciclo, o
por lo menos su itinerario, con una frase explícita: "la larga guerra del
pueblo, el largo camino, la larga marcha hacia la Patria Socialista".
Género bastardo
‘Operación Masacre’ se encuentra dentro de la mejor tradición literaria
argentina, donde sus obras suelen ser inasibles, degeneradas y hasta híbridas.
Aún hoy está planteada la pregunta sobre el género al que pertenece ‘Facundo’,
de Domingo Faustino Sarmiento; no habrá una sola respuesta pues no podemos
categorizarlo como novela, ni como ensayo, ni como biografía, ni como crónica,
aunque contiene, entremezclados, cada uno de esos elementos literarios. Lo mismo
ocurre con ‘Martín Fierro’, de José Hernández, obra sobre la cual se discute si
es solo poesía gauchesca, o si es una novela en poemas, o un ensayo de denuncia
social sobre la condición del gaucho a fines del siglo pasado.
No es desatinado decir que ‘Operación Masacre’ es el ‘Facundo’ del siglo XX, por
la descripción exacta que hace de la centuria, por la denuncia que ello
significa, por el enfrentamiento a todo un sistema y porque además no se acota a
un género literario para expresarse. Es una obra que, al igual que tantas de
nuestra literatura, no puede encasillarse; no es una crónica policial, no es una
novela negra, no es un panfleto ideológico, no es el guión de una película. En
cuanto a sus protagonistas no es claro; ¿quién es el personaje central?,
¿Livraga, el fusilado que denuncia?, ¿todos los fusilados?, ¿el teniente coronel
Fernández Suárez?, ¿ el investigador que estaba en un café, se entera de la
existencia de ‘un fusilado que vive’ e inicia la pesquisa?, ¿todos a la vez?,
¿el sistema social que permite la complicidad, el ocultamiento y la impunidad?
En rigor de verdad podemos afirmar que es una crónica, aunque veremos que su
aporte a la literatura y al periodismo es fundamental, pues rompe límites de
géneros, gestando y dando a luz algo nuevo. En lo periodístico inaugura el
tiempo de la investigación a través del seguimiento meticuloso de un tema hasta
las últimas consecuencias, que en este caso será enfrentarse al omnímodo poder
de la policía Bonaerense y a las castrenses autoridades nacionales que obligaron
al autor a pasar a la clandestinidad, sin que por eso él dejara de investigar y
publicar.
No es tarea fácil la que emprendió Walsh, un trabajo solitario y oculto; sin
contar con el apoyo de grandes recursos económicos, ni de los grandes medios de
comunicación. Su trabajo fue una afrenta a lo que entonces se consideraba
‘prensa seria’, llevando la libertad de prensa hasta límites donde su vida y la
de los suyos corrían peligro. Se adelantó en más de una década a lo que se llamó
‘nuevo periodismo’, y en Argentina se verá una rigurosidad y constancia en un
tema recién cuarenta años después, a través de publicaciones como diarios o
revistas. En la década del ‘90 los libros periodísticos de investigación se
pusieron de moda, con mayor o menor rigurosidad, pero en muchos casos
respondiendo a estudios de mercado y a través de un trabajo de marketing y
difusión. Walsh, sin ningún tipo de encuesta, se lanzó a abrir un lugar a un
nuevo género cuarenta años antes, pero con la diferencia que lo suyo fue también
un aporte al terreno literario, pues jamás perdió su condición de escritor,
realzando su trabajo periodístico a través de la riqueza del lenguaje. Pero no
nos engañemos, ‘Operación Masacre’ no es solo periodismo bien escrito, es algo
nuevo, es la fusión de lo periodístico con lo literario que abre un campo nuevo
tanto a la novela, como a la crónica periodística misma.
Lo real inverosímil
En el campo literario genera un producto híbrido, un paso más allá de la novela,
abriendo un nuevo campo, con la posibilidad de introducir la realidad al mundo
de la literatura, sin por ello caer en un texto realista, ni en historias con
textos verosímiles. ‘Operación Masacre’ relata lo inverosímil de la realidad, es
totalmente inverosímil, raya en lo fantasioso, no es lógico que lo que relata
pueda ocurrir, sólo es dable en el terreno de la imaginación. Cuando entra en
contacto con la denuncia judicial de Livraga manifiesta: "era demasiada
cinematográfica. Parecía arrancada directamente de una película", y en la
Introducción a la primera edición sostiene: "La historia me pareció
cinematográfica"; a la vez que recuerda que un oficial de las Fuerzas Armadas "los calificó con toda buena fe de ‘novela por entregas’".
Los norteamericanos ‘descubrirán’ y ‘patentarán’ este estilo diez años después,
a través de Truman Capote y su obra ‘A sangre fría’, y lo denominarán ‘no
fiction’. Norman Mailer, Core Vidal y otros transitarán con éxito por la nueva
senda. En el contexto latinoamericano, Gabriel García Márquez dio algunos pasos
por el mismo camino, aunque asentándose firmemente en la ruta literaria a través
del ‘Relato de un náufrago’ y, últimamente, en ‘Noticia de un secuestro’. Tal
vez el producto más acabado de este intento, luego de la obra de Walsh, sea
‘Recuerdos de la muerte’, de Miguel Bonasso, que como obra fue usada en los
juicios a la junta de comandantes de la dictadura del Proceso de Reorganización
Nacional, e incluso al proceso judicial contra esos mismos comandantes que se
lleva adelante en España. Es decir que una obra que corre por los andariveles
señalados por Walsh puede ir más allá del terreno de la ficción hasta llegar a
subir, como testimonio, a los estrados judiciales.
En el nuevo género hay una ruptura de la frontera entre la literatura y géneros
menores, como la novela negra o policial, el comic e incluso el periodismo, con
fusión de elementos y mezcla de códigos que no descarta los textos judiciales,
como ocurrió con el expediente Livraga, que en ‘Operación Masacre’ abarca un
capítulo completo.
La irrupción de los medios de comunicación a lo largo del siglo penetró en la
literatura, y el autor fue consciente de esto. La ruptura de esta frontera da
como resultado un género distinto, el mismo Walsh teorizaba sobre esto en 1970,
en un reportaje que le realizó Ricardo Piglia, sosteniendo: "Es probable que un
nuevo tipo de sociedad y nuevas formas de producción exijan un nuevo tipo de
arte, más documental, la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve
inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte. En un futuro
es posible que lo que realmente se aprecie en cuanto a arte sea la elaboración
del testimonio o el documento, evidentemente en el montaje, la compaginación, la
selección, en el trabajo de investigación se abren inmensas posibilidades
artísticas".
En cuanto al objetivo de ‘molestar’ a través de su trabajo, buscó que el
material no fuera un producto para una biblioteca, sino que sirviera para
sacudir conciencias y, de ser posible, romper estructuras. En su obra dialoga
con la historia, con el futuro, con las generaciones que vienen detrás de él;
sabe que en su tiempo está combatiendo una estructura solidificada y monolítica,
como es la policía Bonaerense y los intereses que se mueven alrededor.
Señala a uno por uno a los protagonistas, describe sus vidas, su pasado, su
presente y sus esperanzas. Cada unos de los fusilados aparece con un perfil
delineado en el texto, lo mismo que los principales responsable de los
fusilamientos. Pero además él mismo es protagonista, como periodista e
investigador, es el hilo conductor de la historia, no solo con su pluma, sino
con su presencia en la obra. Como algunos pintores que se autorretratan dentro
de una obra mayor, Walsh aparece aquí en distintos momentos de su crónica, y
habla en primera persona.
Habla como protagonista en la Introducción de la primera edición diciendo: "He
hablado con testigos presenciales de cada una de las etapas del procedimiento
que culminó en la masacre. Algunas pruebas materiales se encuentran en mis
manos, antes de llegar a su destinatario natural. He obtenido la versión
taquigráfica de las sesiones secretas de la Consultiva Provincial donde se
debatió el asunto. He hablado con familiares de las víctimas, he trabado
relación directa o indirecta con conspiradores, asilados y prófugos, delatores
presuntos y héroes anónimos. Y estoy seguro de haber tomado siempre las máximas
precauciones para proteger a mis informantes, dentro de lo compatible con la
obligación periodística...No hay un solo dato importante en el texto de
‘Operación Masacre’ que no esté fundado en el testimonio coincidente y
superpuesto de tres o cuatro personas, y a veces más. En los hechos básicos he
descartado implacablemente toda la información unilateral".
Pero además este párrafo nos gráfica su método investigativo, o por lo menos
algunos de los pasos que siguió, y que marcan la base para hacer buen
periodismo.
Obra abierta
La obra no tuvo un cierre definitivo, aunque lo esencial de la investigación
cerró en febrero del ‘57, y terminó de escribir el libro el 20 de marzo del
mismo año. Hubo diversas ediciones, agregados, nuevos prólogos, renovados
epílogos y relecturas de los sucesos desde la perspectiva que da el tiempo. En
el ‘64 reescribió el relato y concluyó con un amargo Epílogo, por la falta de
respuesta a lo denunciados, sosteniendo: "este caso está muerto". Pero al final
agrega un deseo que va más allá del clamor de justicia, sino que transita los
andariveles estéticos: "Releo la historia que ustedes han leído. Hay frases
enteras que me molestan, pienso con fastidio que ahora la escribiría mejor. ¿La
escribiría?".
Nunca pudo retocar el texto de manera íntegra, pero a medida que pasaba el
tiempo agregaba nuevos datos, sumaba prólogos, anulaba capítulos, y leía aquel
hecho que él descubrió con la perspectiva que daba el paso del tiempo,
incluyendo, por ejemplo, alguna reflexión sobre el asesinato de Aramburu, en el
‘70. Esta reescritura constante permite seguir además el itinerario ideológico
del autor, que en un primer momento, a través de sus contactos, logra publicar
en periódicos nacionalistas, aunque lentamente va girando a posiciones más
radicales, que designaremos como de ‘izquierda’, hasta su incorporación a la
lucha armada en las filas de ‘Montoneros’.
Solo la muerte le dio una edición definitiva a la obra, de seguir vivo Walsh
hubiera seguido repasando, suprimiendo y agregando elementos a su trabajo
fundacional. En el citado reportaje de Fossati, cuando ya tiene una intensa
militancia, en junio de 1972, revelará el intento de una nueva reescritura de
algunas partes de la investigación: "El capítulo que trata la rebelión de Valle
está tratado en forma incompleta, superficial. Está hecho desde afuera del
movimiento peronista. Para hacer algo más serio, más profundo, tendríamos que
analizarlo desde dos ángulos: por un lado, Valle y los militares de junio juegan
su destino junto a la clase trabajadora traicionada, y por eso los fusilan".
Aunque siempre llegaría a la misma y amarga conclusión final: "los muertos bien
muertos, y los asesinos probados, pero sueltos".
En el ensayo ‘La propuesta de una escritura’ su autora, Ana María Amar Sánchez,
dice: "Se hace necesario, entonces, replantear el lugar, en el contexto de la
literatura argentina, que corresponde a la producción de Rodolfo Walsh, en la
medida en que textos como éstos asumen un compromiso de reflexión en torno a lo
real tanto como sobre la práctica significante llamada literatura, cuyos límites
no tienen por qué ser precisos o fijados de antemano. Plantean nuevos espacios
para el ejercicio de esa práctica, nuevos interrogantes, polemizan y abren una
implícita propuesta, cuya acción se ejerce, como se ha visto, en diferentes
niveles: en primer término, aportan nuevas vías a la narrativa (iniciando una
forma que reemplace al relato de ficción tradicional y establezca otro tipo de
relación entre el arte y la política). Este proyecto, en segundo lugar, rechaza
la condición inofensiva de la literatura y revierte en un intento de cambio de
los modos de recepción, para evitar que el lector resulte un pasivo consumidor
de ‘denuncias sociales’; por último, impulsa la reflexión en torno a problemas
teóricos, obligando a revisar categorías que se complejizan, no solo por su
presencia en los textos de no ficción, sino por la continuidad que se establece
entre ellos y el resto de su producción".
Muerte en el estudio
Con anteojos de marcos negros, pelo rebelde y aire serio, Daniel Hernández ganó
el dinero que le ayudó a sobrevivir a Walsh. Con ese seudónimo escribía
artículos para las revistas ‘Leoplán’ y ‘Vea y Lea’, pero no los artículos
seriados donde daba a conocer nuevos casos, sino la reseña de algún libro sobre
el F.B.I., o las desventuras de un velero atrapado por vientos huracanados de
alta mar, o los secretos de algún nuevo lenguaje cifrado. En el ‘57 publicó una
antología que venía preparando desde al año anterior, pero que la investigación
de los fusilamientos postergó, se llamó ‘Antología del cuento extraño’.
En el aspecto político pasó del desencanto de la Revolución Libertadora, al
desengaño con el gobierno de Frondizi. Con el radical desarrollista Walsh
escribió una nota extraña, ‘Veinte preguntas al presidente electo’, donde
exhibía un lenguaje complaciente. Es posible suponer que, desde la dirección de
la revista, le hayan ‘bajado línea’, pidiéndole que tratara con ‘respeto’ al
nuevo primer mandatario. Lo cierto es que en su redacción busca justificar cada
pregunta, explicando e introduciendo a un mundo rosa, sin el compromiso ni el
rigor que demostró meses antes en ‘Operación Masacre’. Frases como "La respuesta
es concisa", "La fatiga de la campaña electoral es apenas una sombra en su voz
pausada y serena", "Ahora no hay vacilación en el presidente electo de los
argentinos", "El doctor Frondizi sigue resistiendo impávido el ametrallamiento
de preguntas", entre otras, no responden al Walsh que en el verano del ‘57 no
dudó en pasar a la clandestinidad y enfrentarse con la sombra de la muerte para
investigar los fusilamientos del basural.
El nuevo presidente recibió de sus manos un ejemplar dedicado de ‘Operación
Masacre’, pero no hizo ningún intento para que se hiciera justicia con los
familiares, esposas e hijos de los fusilados, hecho que se reparará cuarenta
años mas tarde, durante la presidencia de Carlos Menem. Por el contrario, el
desarrollista señaló al teniente coronel Fernández Suárez como ‘ejemplar’,
permitiendo que ascendiera a Coronel. La desilusión de Walsh se ahondó con la
investigación de la muerte del abogado Marcos Satanowsky, un crimen en el que
estaba vinculado el flamante Servicio de Inteligencia del Estado (SIDE). Es
entonces cuando adquiere la certeza de que abogados, militares, legisladores y
cuantos se acercan al poder se corrompen, en un sistema que hace agua y al cual
cuestiona.
Desde junio del ‘58 escribió para ‘Mayoría’ una serie de treinta dos artículos,
donde investigó la muerte del abogado y la posible participación de organismos
estatales en el hecho. Marcos Satanowsky tramitaba la causa para que el diario
‘La Razón’ volviera a manos de su antiguo dueño, Ricardo Peralta Ramos. La
investigación que hizo Walsh, basada en testimonios propios y en la actuación de
la justicia y el Congreso, lentamente lo condujeron a un posible móvil, a un
probable instigador y a supuestos autores materiales. El relato plantea el poder
de los medios, el sometimiento al que el gobierno radical de Frondizi se vio
sometido por las Fuerzas Armadas, el rol de uno de los generales de la Nación,
la complacencia de jueces y las evasivas de los legisladores. La compilación de
esas notas, en el ‘73, darán forma al libro ‘Caso Satanowsky’, completando, con
‘Operación Masacre’ y el caso del sindicalista Rosendo García, su trilogía de
investigación.
La Razón perdida
La historia que tiene al doctor Marcos Satanowski como infortunado protagonista,
y que suma todos los elementos de una novela policial, se inició luego de asumir
el poder la Revolución Libertadora. Los diarios, en los dos primeros gobiernos
peronistas, habían sido parte de la estructura informativa del Estado, muchos
cambiaron su línea editorial, otros hicieron ‘arreglos’ con el gobierno, armando
entre todos la organización empresaria ALEA S.A.. Cuando cayó Perón, los
verdaderos dueños quisieron recuperar sus propiedades, uno de ellos fue Ricardo
Peralta Ramos, antiguo propietario de ‘La Razón’. Pero a su vez su esposa y su
cuñada exigían el mismo derecho pues eran herederas del fundador del periódico.
El juicio para recuperar el diario para Peralta Ramos lo tramitó Satanowsky,
quien era un destacado abogado, con un importante prestigio dentro de la
comunidad judeo argentina, siendo uno de los nuevos ganaderos del país. Los
militares de la Revolución Libertadora recientemente habían creado la Secretaría
de Informaciones del Estado (SIDE), y su primer titular fue el general Juan
Constantino Cuaranta, quien se empecinó en expropiar el diario en cuestión.
Cuando el abogado estaba a punto de ganar el juicio, tres personas entraron a su
estudio, aparentemente para exigirle algo y, ante su resistencia, fue muerto de
dos balazos. Fue el 13 de junio del ‘57, en San Martín 536. En una carta
dirigida a los familiares de la víctima, Walsh decía: "Este es uno de los
crímenes más ‘literarios’ que se han cometido nunca: un crimen de literatura
policial".
La investigación la llevó adelante el juez Bernabé Ferrer Pirán Basualdo, quien
descubrió que querían hacer pasar el crimen como un atentado antisemita, los
medios fueron manipulados por el mismo gobierno para que distrajeran la atención
hacia tal o cual lado. Las primeras investigaciones llevaron a la detención de
un sospechoso que coincidía con uno de los identikits confeccionados con los
testigos del crimen. Se trataba de Marcelino Castor Lorenzo, que se hacía pasar
por Pérez Díaz, extorsionaba a los Satanowsky para no matarlos y, en la jerga de
los maleantes que trabajaban en el SIDE, era conocido como El Huaso.
Con la supuesta resolución del caso, el juez trató de que bajaran los decibeles
de información en los medios, hasta que alguien insinuó que el móvil del crimen
habían sido las acciones del diario ‘La Razón’. La familia Satanowsky pidió al
magistrado la realización de varios trámites para verificar o descartar la
conexión del crimen con el diario, pero Pirán Basualdo no dio a lugar a la
petición. Mientras, El Huaso había obtenido su libertad. Walsh publicó una serie
de notas sobre el asunto, pero se detuvo al no contar con elementos para seguir
avanzando, denunció la inconducta y los obstáculos del juez con la investigación
pero no obtuvo más datos. El móvil había quedado sin ser descifrado, y el
escritor decidió provocar a los protagonistas desde sus artículos hasta que
alguien reaccionara.
Una novela policial
Mataron a un abogado, y el juez a cargo de la causa mató el caso. Las notas de
Walsh para la revista Mayoría, de los hermanos Bruno y Tulio Jacovella, fueron
siempre contundentes y buscaron, un año después del asesinato, descifrar el
supuesto enigma. Los militares se fueron y asumió la presidencia Arturo
Frondizi. Las sospechas de la familia del muerto apuntaban a miembros de la
Marina, y se basaban en declaraciones que les había formulado el general
Cuaranta, quien dijo haber investigado el caso. Pero todo había quedado
suspendido, hasta que apareció La Gallega.
La mujer se presentó en los estudios de Satanowsky y allí sostuvo que ella había
convivido con José Américo Pérez Griz, que éste hombre pertenecía al SIDE y que
había matado al abogado. Ella había tenido el arma homicida en sus manos, sin
saberlo, y lo entregó a una persona a cambio de una deuda que tenía. Pérez Griz,
cuando se enteró de la entrega, la molió a golpes. Pero la testigo no declaró
ampliamente ante la justicia. Walsh, al verse en un callejón sin salida, decidió
cerrar la serie de artículos. Es entonces cuando Elsa del Pin Estévez, La
Gallega, decidió contar su versión de los hechos y firmar lo declarado. En su
testimonio sostiene que Américo Pérez Griz (guardaespaldas del general Cuaranta)
y Ladislao Palacios habrían participado en el crimen, y que El Huaso la estaba
buscando para matarla, por haber realizado las primeras declaraciones.
La investigación judicial volvió a avanzar, y la Cámara de Diputados de la
Nación formó una Comisión Investigadora, pidiéndose la captura de Pérez Griz y
del Huaso. Rodolfo Walsh y otro periodista, Rogelio García Lupo, habían instado
a la formación de la mencionada Comisión para esclarecer el crimen, o por lo
menos ver la responsabilidad que tuvieron algunos organismos del Estado en la
muerte. Por primera vez en su vida, Walsh integra un ente estatal para dilucidar
un caso, lo que marca que, a pesar de lo dicho en ‘Operación Masacre’, aún le
resta un poco de fe en la justicia. Participó de la comisión parlamentaria,
declaró ante ella en numerosas oportunidades, aportó datos, acercó
documentación, intervino en diligencias, hasta que la abandonó, al sumarse
policías un objetivo diverso al de buscar la verdad.
Lo descripto parece formar parte de un culebrón policíaco, pero lo que subyace
en los datos obtenidos es que un hombre, pagado y apañado por el Estado, estuvo
involucrado directamente con el asesinato, y que su mentor ideológico era uno de
los jefes de un ente estatal. La pista de la Marina se diluye para confirmarse
la pista del SIDE, comprometiendo a su jefe, el general Cuaranta. En el primer
artículo de la serie, el escritor había establecido su objetivo manifestando
que: "En una oportunidad anterior, ante circunstancias que tienen cierto
parecido con éstas, quise advertir de antemano que la finalidad que me proponía
no era el escándalo, y que determinada campaña periodística cesaría en el
momento preciso en que se dijese la verdad y se hiciera justicia. Por desgracia
no se me prestó atención, y hubo entonces cierta dosis de escándalo que recayó
no solo sobre funcionarios, militares, policías y jueces -seres humanos al fin-,
sino también sobre instituciones necesarias que deben ser prestigiadas. Pero la
función del periodismo no es prestigiarlas cuando eluden sus deberes, sino
cuando los cumplen".
La serie de artículos se reinició, esta vez para desenmascarar las relaciones
del SIDE con ladrones, asesinos y traficantes; además de la muerte del abogado.
Las notas transitan diversos géneros, como el ensayo, el testimonio, las
historias de vida y muchos se emparentan con el relato policial. La
investigación tomó un nuevo giro, el hombre que había recibido el arma homicida
de manos de La Gallega, Marcos Ozanick, se presentó en los estudios de
Satanowsky para entregarla. La pericia balística confirmó que respondía a las
características del arma que disparó la bala asesina. Walsh publicó el carnet de
Pérez Griz que lo acreditaba como agente del SIDE, acompañando un epígrafe que
decía: "Buscado por el asesinato del doctor Satanowsky". Al otro día alguien le
confió el posible paradero de Pérez Griz: Paraguay. Hacia allá fue Walsh.
Mientras el presidente Frondizi preparaba un viaje protocolar a tierras
guaraníes, Pérez Griz había sido detenido en Asunción junto a un grupo comando
que pensaba invadir el país y, posiblemente, atentar contra la vida del
presidente argentino. En dos oportunidades el escritor entrevistó al buscado. El
detenido admitió haber participado del grupo que estuvo en la calle San Martín,
pero que él ni subió a la oficina, ni mucho menos mató al abogado. En ambas
oportunidades firmó declaraciones contradictorias, la segunda rectifica la
primera, pero ambas permiten aclarar puntos oscuros en la causa, la cual tenía
nuevo juez: Tiburcio Alvarez Prado.
Mientras tanto la familia de Satanowsky hizo pública la información que
recibieron de la supuesta investigación del general Cuaranta, que sostenía que
miembros de la Marina eran responsables del crimen; pero el militar no había
labrado ninguna documentación escrita. La fuerza del mar reaccionó de inmediato,
lo mismo que el capitán de navío Manrique, mencionado entre los responsables, y
la interna militar salió a relucir con toda su fiereza. La Comisión
Investigadora entrevistó a Cuaranta, quien reconoció haber mandado a Pérez Griz
a investigar la muerte de Satanowsky, y mencionó al pasar a Carlos Delgado.
Luego Walsh descubrirá que esa persona era venezolana, que había ingresado a la
Argentina con el nombre de Joaquín de la Torre, con recomendación del embajador
argentino en ese país, general Toranzo Montero, encargado de los atentados
contra Perón en Caracas. El venezolano entró en el SIDE, tuvo numerosas
identidades y pudo haber sido el autor material del asesinato del abogado de ‘La
Razón’.
Así como el caso Satanowsky le sirvió a Frondizi para tapar, en parte, los
escándalos producidos por los contratos petroleros; luego el estado de sitio
decretado por el radical sirvió para enterrar el caso Satanowsky. De todas
maneras el diputado Tello Rosas admitió que los ejecutores del crimen eran
personas vinculadas al SIDE. A su vez el diputado Rodríguez Araya daba a conocer
el dictamen donde nombraba a los culpables, daba pruebas, pero esquivaba el
móvil.
Los diversos indicios le hicieron sospechar a Walsh que el instigador del crimen
fue el general Cuaranta, basado en su investigación, pero también en el dictamen
del Parlamento que sostenía: "La comisión de este delito por estos sujetos,
algunos de los cuales mantenidos en función en el Servicio de Informaciones del
Estado a pesar de sus antecedentes, lo cual les ha permitido creer que contaban
con la protección y respaldo del referido organismo, importa una grave
responsabilidad para su ex jefe, el general Juan Constantino Cuaranta".
Dice Roberto Ferro, al analizar el final de la investigación, que "mientras en
los relatos policiales el cierre implica la dilucidación del enigma y,
consiguientemente, el retorno a la normalidad perturbada tras el desorden
provocado por el delito, en Caso Satanowsky las conclusiones son alarmantes. Se
revela una verdad inquietante: el Estado ampara y oculta a los culpables. El
criminal es el Estado".
La respuesta del ‘sistema’ fue de indignación general, todos aclararon su
posición, todos se sintieron ofendidos, nadie dispuso que se realizara ningún
juicio contra nadie. Al final Cuaranta fue premiado con la embajada de Bélgica.
"Todo el procerato chorreaba dignidad ofendida, mientras los consejos de guerra
juzgaban a los primeros huelguistas ferroviarios", dijo Walsh. Fue otro escalón
que aportó a su descreimiento en un sistema que protege a los poderosos, oprime
a los más débiles y desprecia la verdad. Por supuesto que, como ocurrió en
‘Operación Masacre’, no se haría justicia, aunque los hechos quedaron
demostrados y aclarados. No se procesó a un general de la Nación, violando la
norma que dice que todos son iguales ante la ley.
El aporte periodístico de Walsh a través de la investigación de los
fusilamientos y del crimen del abogado fue el de las notas seriadas, un sello
que se repetirá en otros trabajos. Sus notas se van a caracterizar por no
pretender agotar la riqueza del tema en una sola escritura, sino que va
puliéndola y agregando cada vez más datos, de manera de tener la información más
completa e integral. El hilo unificador será un concepto, una geografía, un
tema, una biografía. En el periodismo argentino no era habitual que se
utilizaran esos métodos, pero el escritor aplicaba el rigor informativo, basado
en su honestidad intelectual y su compromiso con la verdad. En sus dos
investigaciones más amplias, que no fueron seguidas por los grandes medios de la
época, desarticuló un enramado de complicidades que manifestaban alarmantemente
el estado de deterioro de las instituciones en la Argentina. En ambos casos se
enfrentó con fuerzas poderosas, en ambos casos desnudó a un Estado delincuencial
y mafioso, que se iba consolidando día a día, a través de todos los gobiernos.
Su pesquisa lo llevará, finalmente, a enfrentarse cara a cara con los
manipuladores más prepotentes que tuvo el Estado, en el segundo lustro de los
‘70, pagando su osadía con su propia vida.
Entre el Viejo y el Lobo
Del ‘58 saltamos una década, para descifrar la continuidad de su trabajo como
periodista de investigación, cada vez más comprometido con lo político y
estrechado con los gremios combativos. El dirigente gremial Raimundo Ongaro, del
sindicato gráfico, había roto lanzas con la CGT que dirigía Augusto Timoteo
Vandor, El Lobo, quien propiciaba un peronismo sin Perón y, con sus arreglos,
había beneficiado a las grandes empresas multinacionales perjudicando a los
trabajadores. El surgimiento de la combativa CGT de los Argentinos fue una
bocanada de aire fresco para el movimiento obrero.
En 1968 Walsh había concluido un nuevo viaje a Cuba y, como muchos en aquella
época, hizo una obligada escala en Madrid para entrevistarse con Juan Domingo
Perón, entonces en el exilio. El Viejo le presentó a Ongaro, líder de la nueva
central obrera, y les sugiere que trabajen juntos. Ya en Buenos Aires, Ongaro
convoca al periodista para crear un medio de comunicación e información para los
trabajadores. Es así como nace el semanario ‘CGT’, lo que implica el ingreso de
Walsh a las filas del peronismo más combativo, el que rescata el espíritu de la
Resistencia. "El contacto con la clase trabajadora es una vivencia que a uno lo
transfigura... En 1965 fui a hacer un reportaje al frigorífico Lisandro de la
Torre. Tenía una semana de tiempo y me quedé tres meses, aprendiendo de los
trabajadores" recuerda.
"En la casa de Pirí Lugones se empezó a discutir el proyecto del periódico de la
CGT de los Argentinos, que iba a dirigir Rodolfo..." recordó Ricardo Piglia. El
semanario salió a la luz el 1º de mayo de 1968 y llegan a publicarse 49 números
de manera regular; a partir del 25 de julio del ‘69 hasta febrero del ‘70 se
editó y distribuyó de manera clandestina y con una salida más espaciada en el
tiempo. Participaron los periodistas Horacio Verbitsky, Rogelio García Lupo,
Carlos Alberto Burgos, Vicky Walsh, Miguel Briante.
Fiel a su costumbre de entregar una serie de artículos sobre el mismo tema,
Walsh se abocó a la investigación de la violencia policial y el gangsterismo
sindical. Dando a conocer su investigación sobre la muerte del dirigente
sindical Rosendo García, ocurrida en mayo del ‘66. El gremialista era la mano
derecha de Vandor y, a la vez, quien le estaba haciendo sombra y lo podría
desplazar de la conducción de la CGT oficial. La síntesis de la investigación se
dio a conocer a través de un libro, donde además se desnuda la complicidad de la
policía, con los jueces, el sindicato manejado por Vandor, los grandes medios y
el régimen que entonces imperaba.
Los del gatillo alegre
Otra serie de artículos de peso fueron los que tuvieron como protagonistas a
efectivos de la policía de la provincia de Buenos Aires, a la que denomina ‘la
secta del gatillo alegre’. La campaña contra la ilegalidad del accionar de las
fuerzas públicas de seguridad, las torturas, los fusilamientos encubiertos, los
falsos enfrentamientos, los allanamientos ilegales son denunciados
sistemáticamente con la descripción de procedimientos, con lugares y nombres
incluidos.
Walsh designa a la policía como el equipo ‘Diez a Uno’ pues llegan a tener,
durante el primer trimestre del ‘68, una estadística donde matan diez ladrones
contra una sola baja propia. Esto ubicaría a la policía Bonaerense entre las más
efectivas del mundo, el método infalible lo revela el periodista: "a) el uso de
la metralleta en todos los procedimientos; b) la orden de fuego contra cualquier
desconocido o sospechoso que huye; c) la simple ejecución de pistoleros
capturados". Pero no solo la señala como la más ‘eficaz’, sino como la más
‘rápida’, sosteniendo que "la secta del gatillo alegre y la picana es también la
logia de los dedos en la lata".
Lo que en ‘Operación Masacre’ se vio como un exceso, en los ‘60 y ‘70 se
comprueba que es parte de la metodología del accionar policial, compartida con
otras fuerzas, como el Ejército y la Armada, que pone a sus hombres a comandar
la seguridad y la represión.
Es así como, antes de la década del ‘70, denunció desde el periódico centros
clandestinos de detención como ‘El Destino’, en Monte Grande, una casilla donde
la picana y el sadismo eran los factores comunes. Pero no solo eso sino también
el enfrentamiento de la Federal con la Bonaerense, con detenciones y torturas
cruzadas entre sus miembros; los incendios intencionales en las villas de
emergencia; el robo de las pertenencias a los detenidos; y el traslado de ese
concepto de la seguridad a otras policías provinciales como Tucumán, Salta,
Misiones, Córdoba y Mendoza. A pesar de la necesidad de una reforma sustancial
de la estructura policial, el General Imaz, máxima autoridad provincial, dijo:
"No habrá reestructuración, porque no hay motivo para ello.
Sólo unos pequeños retoques en la organización". Los mecanismos estaban
aceitados y se ajustaban cada vez más para la masacre iniciada en el ‘76.
La mafia sindical
En un debate sobre literatura argentina, coordinado por Mario Benedetti, donde
participaban Juan Carlos Portantiero, Francisco ‘Paco’ Urondo y Rodolfo Walsh,
el último afirmó que Roberto Arlt "es el escritor de la crisis en ese momento
(fines del ‘20), y de la que nadie tiene conocimiento salvo él". La sentencia es
aplicable al mismo Walsh que, en su obra, describió, analizó y denunció la
crisis que se vivía en ese momento y de la cual la siguiente generación sufriría
las consecuencias. El escritor no se dejó vencer ante los oídos sordos y, sin
conformarse con su testimonio escrito, se decidió a actuar en una militancia
política intensa, que pasó por el trabajo en las villas, el compromiso político,
las investigaciones y las denuncias.
Dentro de este marco surgió otro hito en su bibliografía, la crónica que se
inscribe dentro de la misma línea de ‘Operación Masacre’ y es la investigación
titulada ‘¿Quién mató a Rosendo?’. El texto describe la noche trágica de
Avellaneda, a mediados de los ‘60, cuando se desnudó la corrupción que vivía el
gremialismo y la connivencia que existía con el régimen militar de aquel
entonces. El eje fue el enfrentamiento verbal y físico de dos grupos antagónicos
del movimiento obrero, que concluyó con los disparos de uno de los bandos,
provocando la muerte de dos militantes obreros y de Rosendo García, importante
referente gremial de la CGT. Las muertes ocurrieron en la pizzería ‘La Real’ de
Avellaneda, en mayo de 1966.
Walsh, a través de su pesquisa, demostró que Rosendo fue muerto por su ‘propia
tropa’, sin descartar que la bala asesina fuera disparada por el mismo
Secretario General de la CGT, Augusto Timoteo Vandor, el Lobo. La primera
publicación fue a través de una serie de treinta artículos periodísticos, a los
que luego dio formato de libro. Se ha llegado a cuestionar que de éste hecho
Walsh no produjera una novela de tipo policial, ya que los elementos eran más
que interesante para armar una trama de ése tipo, a lo que él respondió: "una
novela sería algo así como la representación de los hechos, y yo prefiero su
simple presentación... A mi me parece que los fusilamientos y la muerte de
García tienen más valor literario cuando son presentados periodísticamente que
cuando se los traduce a esa segunda instancia que es el sistema de la novela".
Aquí hay todo un planteo teórico sobre el nuevo estilo que él venía
desarrollando, es decir que consideraba que novelar era una manera ‘light’ de
presentar la denuncia, de frivolizarla. Considera que la investigación gana en
seriedad cuanto más se aleja de la ficción, éste libro "es una impugnación
absoluta del sistema", ya que desnudaba el juego de mafia, entregas y traiciones
de la burocracia sindical, cosa que no se lograría ‘ficcionalizando’.
Entrevistas, historias, ensayo, pesquisa y análisis son algunos de los elementos
que se entremezclan en el texto y que sigue la concepción del los fusilamientos
de José León Suárez, dando lugar a algo nuevo dentro de la literatura, un género
distinto. La rigurosidad en la investigación es la misma que en ‘Operación
Masacre’, tal vez con una mayor riqueza en cuanto al manejo de géneros como el
reportaje, la historia de vida y la descripción sociológica. Sobre el trabajo en
la denuncia sostiene: "No hay línea en esta investigación que no esté fundada en
testimonios directos o en constancias del expediente judicial".
Estructura
La obra está dividida en tres momentos: las personas y los hechos, las
evidencias y, al final, un estudio sobre el vandorismo. La primera parte
contiene once capítulos, describiendo a cada uno de los personajes centrales del
incidente. El recurso de la historia de vida es manejado con maestría, y brinda
al lector un perfil amplio de cada protagonista. Por otra parte dibuja, con
minuciosidad, el cotidiano trajinar de los trabajadores de la zona sur del
conurbano, principalmente Avellaneda, con desarrollos que tocan, en algunos
momentos, lo sociológico. Del texto se deducen dos grupos antagónicos. Por un
lado el bando de los ‘militantes’, con los hermanos Raimundo y Rolando
Villaflor, Francisco Granato, Francisco Alonso, el ‘Griego’ Domingo Blajaquis y
el boxeador, eternamente desocupado, Juan Zalazar, quienes se reunían para
apoyar la lucha de los cañeros tucumanos. Por otro lado realiza una semblanza de
los miembros directivos de la CGT, además de bosquejar la actitud que venía
asumiendo la central obrera en esas horas del país. Aparecen el líder de la CGT
y Rosendo García, quienes asisten a ‘La Real’ junto a Armando Cabo, Raúl Valdés,
Juan Taborda, Emilio Barreiro, José Petraca, Norberto Imbelloni, Nicolás
Gerardi, a fin de discutir el problema central del peronismo enfrentado a Perón.
Aquí escribe los detalles del enfrentamiento, quiénes están armados y los que
reciben las balas.
En la segunda parte, titulada ‘La evidencia’, se dan los detalles de la
vergonzosa actuación de la policía en la pesquisa, borrando huellas, encubriendo
a dirigentes, persiguiendo a trabajadores; del rol que juegan los jueces de la
causa, sin comprometerse con la verdad, sino con la conveniencia; y cómo el
régimen maneja la información según sus deseos, sin que los grandes medios se
atrevieran a penetrar con profundidad en el caso. Walsh logró hacer, con su
trabajo periodístico, lo que la policía no logra en dos años: armó la lista de
los que intervinieron en cada bando, confirmó la identidad de los que estaban
armados, y consiguió que uno de los protagonistas dibuje un croquis, con la
posición de las mesas, de los que estaban en ‘La Real’ aquella noche y de dónde
salieron los disparos. La conclusión final del escritor es taxativa: Vandor
tenía sobrados motivos para matar a García, y aprovechó la oportunidad; la culpa
la cargaron a los militantes.
Hay una tercera parte titulada ‘El Vandorismo’, donde hizo un esquema del
surgimiento del Lobo y los manejos turbios en que se vio envuelto para negociar
a los trabajadores con el gobierno y las empresas. El objetivo de éste estudio
era para que lo descripto anteriormente no pareciera un hecho ‘inflado’, sino
una situación lógica dentro del contexto de gangsterismo instalado en el
movimiento de trabajadores. En textos de la época se decía: "Vandor más
vandorismo es igual a vandolerismo". Aunque forma parte de un mismo método con
‘Operación Masacre’, Walsh mismo sostiene que escribió su primer obra "como si
existiera la justicia, el castigo, la inviolabilidad de la persona humana", en
cambio el caso Rosendo "es un impugnación absoluta del sistema, y corresponde a
otra etapa de mi formación política".
¿Quién mató a Vandor?
En agosto del ‘68 Walsh se sentía agobiado, fue el tiempo de su mayor crisis, la
segunda después del ‘57 con ‘Operación Masacre’. Renegó de su obra anterior, de
sus proyectos literarios y opinaba que el semanario CGT la originaba un enorme
desgaste.
"Cuatro meses, quiero decir, cuatro meses entirely devoted, totalmente dedicado
a la clase obrera, que lo aprecia a razón de veinte mil ejemplares por mes, que
no son nada, para lo bien que está hecho ese periódico", decía.
Fue un tiempo difícil, donde la violencia aparecía por cualquier parte, no solo
estaban combatiendo al gobierno de entonces sino también a la otra CGT. Decía
Walsh: "¿Qué mas hubo? Noches de salir con un revólver en el bolsillo, por las
dudas, pero no creyendo nunca en serio que fuera a pasarme nada, que alguien se
animara conmigo, así como tal vez yo no me animaría con nadie: sagrado e
intocable entre los malos".
En ‘Operación Masacre’ sostenía que "el exceso de verdad puede enloquecer y
aniquilar la conciencia moral de un pueblo", pero en el caso Rosendo esa
conciencia moral, a la que apelaba, se vio sacudida, a la vez que el poder de
Vandor manifestó su debilidad. La vida de Walsh corrió peligro y debió ocultarse
durante algún tiempo, cambiando permanentemente de refugio, moviéndose con
cuidado ante la amenaza de los matones.
El objetivo se cumplió, no lo leyeron todos los trabajadores, pero el mismo
Walsh sostuvo: "basta con que llegue a las cabezas del movimiento obrero, a los
dirigentes, a los que tienen responsabilidad de conducción, a los militantes más
esclarecidos. Ellos son los vehículos de las ideas contenidas en el libro".
El 30 de junio del ‘69, un comando de cinco personas asesinó al ‘Lobo’ Vandor en
su oficina de la UOM, de La Rioja 1945, en el barrio Parque Patricios. Todas las
miradas se dirigieron a Walsh, quien debió ocultarse nuevamente durante algún
tiempo ante las sospechas que caían sobre él.
En un texto personal describe cómo se enteró del asesinato, a las 20.30 del
mismo día en que se produjo el hecho."- Siéntese- me dijo. Parecía agitado, pero
como a menudo lo veo así, no le hice caso.
- Tengo una noticia que se va a caer de culo- dijo .- Siéntese.
Le seguí la corriente. Me senté. Pero en seguida volví a pararme. Porque lo que
él acababa de decir era esto:
- Mataron a Vandor.
Parecía un chiste.
- Está en la radio- dijo-. Llamé a Clarín, a Télam, a Crónica. Está en todas
partes.
Me alegré. Dije que me alegraba. Todavía me alegra. Pero entonces supe que
tendría que irme hasta que las cosas se asentaran un poco".
Su vida clandestina en esos días mostraba la imposibilidad de escribir, las
medidas de seguridad que debió tomar, empezó a usar nombres en clave para
designar a otros, cambiaba constantemente de domicilio, refugiándose en casas de
amigos: "Sé que estuvimos en lo de H; en lo de J; volvimos a lo de H, a casa de
Tim; del holandés; a casa del navegante; a lo de H; estuvimos con B; nuevamente
con H; y ahora aquí. Once mudanzas". Finalmente llegó la clausura del periódico
por parte del gobierno de Onganía quien, el 4 de julio del ‘69, firmaba el
decreto por el cual se cerraba el semanario por ‘la prédica desarrollada’. De
todas maneras, antes de recibir sanción judicial o sufrir un decretazo, habían
sido boicoteados y saboteados en el circuito de la distribución.
Se refugió temporaria y clandestinamente en el Tigre. "Tapé las ventanas con
lonas para que no se filtrara la luz. Al día siguiente no recuerdo lo que hice,
pero a la noche vino A.
Bajó en el otro muelle y vino con el Oso. Vi acercarse el farol desde mi
escondite, y aparecí de espaldas a ellos. Estaba armado y no me vieron hasta que
los llamé. Eran días preocupados, quizá inútilmente, pero uno nunca sabe. La
muerte del hombre me había alegrado, cuando supe la noticia, pero después vi
todo lo que podía significar, y los demás también. Mis amigos estaban
preocupados", escribió el lunes 25 de agosto, un mes después del asesinato de
Vandor. El miércoles se reuniría con un fotógrafo y un navegante para recorrer
el Delta y escribir una nota periodística, se llamó ‘Claroscuro del Delta’, y
fue publicada al mes siguiente en Georema.
El trabajo para que la lucha del movimiento siguiera en marcha lo agotaba y a
fines del ‘69 escribió: "Durante cinco meses he vivido para mantener lo que se
podía mantener de la CGT; no he escrito casi una línea para mí; no he ganado un
peso para mí; he ambulado de un lado a otro; no he cuidado mi salud; no me he
tomado un fin de semana. Es decir, empecé a vivir de algún modo como un animal,
alienado en esa lucha. Aguanté. Ahora tengo que aflojar el ritmo. Hay algo de
inhumano, que viene dado por ese todo-o-nada". Pero Walsh, en ese momento, ya
estaba lanzado a una actividad política intensa, donde su compromiso con los
movimientos revolucionarios de liberación se transformó en algo más que en
palabras. Se integró a movimientos como el Peronismo de Base y las Fuerzas
Armadas Peronistas. Cambia su vida, hasta finalmente desembocar en Montoneros.
Al quedar trunco el proyecto CGT e incorporarse a una militancia plena sostuvo:
"Antes, en el ‘56, viví desde afuera la encarnizada persecución al peronismo.
Ahora la vivía desde adentro, compartiendo las luchas y las persecuciones, las
torturas de cientos de compañeros, la clausura del periódico. A mí me
convencieron los hechos."
Capítulo III
La indagación social
Una incursión por la revolución cubana y la elaboración de un periodismo
antropológico
El 1º de enero del ‘59 el mundo se vio conmovido por el triunfo de la revolución
cubana. Cayó Fulgencio Batista. Subió Fidel Castro. Y una figura acaparó la
escena: Ernesto ‘Che’ Guevara. Walsh viajó a mediados de año para presenciar "el
nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces
fastidioso".
Jorge Ricardo Masetti lo había convocado para participar en la organización de
un proyecto de gran envergadura, la creación de agencia de noticias: Prensa
Latina. En enero del ‘69, en un reportaje que le hace Juan Brun dirá: "Estuve
dos meses en Brasil y cuatro en Cuba. La atmósfera aquí era demasiado
decepcionante como para no ceder a la tentación de irse". El objetivo de la
nueva agencia era contrarrestar la invasión mediática del exterior hacia América
Latina, y difundir la obra de la revolución. El mismo autor diría que buscaban "dar una imagen de los países latinoamericanos que no esté deformada por
intereses ajenos a nuestros pueblos. Pero no se hace retórica ni propaganda. Se
trabaja duro, y con la verdad".
En otro texto dirá: "La deformación por la prensa internacional de las noticias
cubanas había empezado mucho antes de la caída de Batista, cuya larga
permanencia en el poder profetizaba la revista Time en su primer número de 1959,
cuando ya el régimen se había desplomado ... La campaña contra el gobierno
revolucionario alcanzó una intensidad jamás vista en la historia. United Press y
Associated Press, las agencias que monopolizan el mercado mundial de noticias,
pusieron en marcha esa catarata de basura informativa que dura hasta hoy (año
‘69), preparando el terreno para la cadena de agresiones que iba a culminar en
Playa Girón".
La sede de la agencia estaba en La Habana y tuvo sedes en todos los países de
América, y otros de Europa, Medio Oriente y Asia. Con obstáculos y escándalos
por parte de las grandes usinas internacionales de noticias, nació Prensa
Latina, que entre sus fundadores contó, además de Walsh y Masetti, con Gabriel
García Márquez, Plinio Mendoza, Mario Gil, Díaz Rangel, Teddy Córdova, Aroldo
Wall, Juan Carlos Onetti entre otros destacados escritores y periodistas. Entre
los argentinos que participaron en el proyecto estaban Rogelio García Lupo,
Francisco ‘Paco’ Urondo, Susana ‘Pirí’ Lugones, Roberto Pastorino, Luis Pico
Estrada, Jorge Timossi. Algunos de ellos no llegan a pisar la isla, sino que
trabajan desde las oficinas de la agencia en Buenos Aires. En ese tiempo convive
con Estela ‘Poupée’ Blanchard.
No te fíes de Playa Girón
El trabajo de Walsh pasaba por el doble oficio de cronista y espía. En el primer
oficio terrestre se desempeñó como Jefe de Servicios Especiales, donde se
publicaron notas acerca de la revolución en la isla. Roberto Pastorino explicó
la función del área: "Servicios Especiales consistía en la compra de artículos,
investigaciones y producciones especiales que se distribuían a los medios
especializados. Rodolfo establecía los temas". De la pluma de Walsh surgen notas
que son perlas y que tendrán continuación en futuros artículos de ‘antropología
cultural’. Allí realiza su entrevista más corta, a Ernest Hemingway quien
simplemente le dice "Nosotros, los cubanos, venceremos. I’ m not a yankee, you
know".
En el segundo oficio terrestre desempeña varias funciones, entre las que se
destacó el papel de criptógrafo, descifrando los mensajes enviados por la CIA
desde Guatemala a Estados Unidos. De esta manera descubre que ‘el gran país del
norte’ tenía tropas acantonadas en Guatemala y que intervino militarmente para
evitar un golpe militar a pedido de su presidente, el general Ydígoras, aunque
esas tropas estarían preparándose para un desembarco en la isla de Cuba; devela
los avatares de la presión que sufrió Venezuela para que condenara a Castro; y
dio a conocer la trastienda de la planificación de la Conferencia Interamericana
de Defensa, a realizarse en Quito, donde se pretendía expulsar a Cuba. Pero de
todos estos detalles, publicados por Prensa Latina y editados en marzo del ‘61
en la revista ‘Che’, de Argentina, no son más que la punta del iceberg de la
política exterior norteamericana hacia la isla del Caribe.
Escribe Gabriel García Márquez en octubre del ‘77: "En realidad, fue Rodolfo
Walsh quien descubrió, desde muchos meses antes, que los Estados Unidos estaban
entrenando exiliados cubanos en Guatemala para invadir Cuba por Playa Girón...".
Son las primeras pistas que prevén el ataque a la isla, que se concretará el 17
de abril del ‘61, con el desembarco en Bahía de Cochinos, y que será rechazada
en 72 horas por las milicias populares. Kennedy continuaba la política de
agresión contra la isla, instalada por Eisenhower.
Recuerda ‘Gabo’: "Jorge Masetti, había instalado en la agencia una sala especial
de teletipos para captar y luego analizar en junta de redacción el material
informativo de las agencias rivales. Una noche, por un accidente mecánico,
Masetti se encontró en su oficina con un rollo de teletipo que no tenía noticias
sino un mensaje muy largo en clave intrincada. Era en realidad un despacho de
tráfico comercial de la ‘Tropical Cable’ de Guatemala. Rodolfo Walsh, que por
cierto repu