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Había
una vez un fueye de pantalones cortos...
Por
Mariano del Mazo
Hay datos que el destino se encarga, retrospectivamente, de subrayar. Resignada
a que jamás sería farmacéutico, Felisa le compró el primer bandoneón a su hijo
Aníbal Carmelo Troilo "a un ruso de la calle Córdoba". Costaba 120 pesos y
acordó un pago mensual de diez cuotas de 12. Aníbal tenía 11 años, se había
encandilado con unos bandoneonistas que tocaban durante los picnics que
organizaba la sociedad La Fanfarria en los terrenos del antiguo Hipódromo
Nacional, gastaba horas simulando tocar el fueye con un almohadón de pluma y se
había comprometido a pagar él mismo, con changas, cada una de las cuotas. El
cobrador pasó dos meses y nunca más se supo nada de él ni del "ruso". Troilo
comenzaba su historia con el tango con una deuda impaga.
Lo que ocurrió a partir de ese momento tuvo un vértigo meteórico. El chico se
hizo un hueco entre la escuela y el fútbol (alternaba como centrohalf y
centrofoward en los clubes Regional Palermo y San Salvador) y se contactó con
Goyo, un muchacho que tocaba el bandoneón en cafés del Centro. Aníbal quería
aprender pero Goyo era, apenas, orejero. Le dijo que probara con un maestro que
él conocía, Juan Amendolaro. A él recurrió Troilo. Después de seis meses
febriles, Amendolaro tiró la toalla. "Ya está, pibe. No tenés nada que
aprender".
Debutó de rigurosos cortos y con gesto de gorrión mojado en el cine Petit Colón
de Córdoba y Laprida, a algunas cuadras de su casa de Cabrera 3457, donde nació
el 11 de julio de 1914. Nadie entendía bien de dónde venía el talento musical.
Su padre, carnicero, apenas rasgaba la guitarra; su madre, ni eso. "Yo no soy
músico —diría muchos años después—; yo soy tanguero. ¿Me imaginás a mí tocando
la flauta?"
Lo concreto es que en aquellos años, y antes de formar su propia orquesta en
1937, Aníbal Troilo realizó un veloz aprendizaje tocando en distintas
formaciones bajo la dirección de Juan Maglio "Pacho", Elvino Vardaro, Osvaldo
Pugliese, Alfredo Gobbi, Lucio Demare. Secreta o inconscientemente estaba
definiendo su estilo. En algunos años haría crujir las estructuras del tango. Se
convertiría en un símbolo de Buenos Aires y en una síntesis perfecta del buen
tango popular; su hinchada sería heterogénea, equidistante del pulso
anfetamínico y masivo de Juan D'Arienzo y de la elegancia de salón de un Osvaldo
Fresedo, por citar dos extremos.
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Además del puntapié inicial como director, 1937 también significó el comienzo de
su relación con Zita. Fue una relación tormentosa, que se volvió todo ternura en
el final. Zita solía contar que su marido bajaba con la bolsa de los mandados a
comprar soda y volvía a los tres días... "¡y sin la soda!". La bohemia de Troilo
estaba hecha de noches eternas.
Cuando la década de oro del tango se extinguió junto con los carnavales y Aníbal
Troilo ya había convertido a un puñado de buenos cantores en los mejores del
género y no estaba más el rasgo saliente de Orlando Goñi al piano ni José Basso,
Pichuco se fue replegando hacia formatos más pequeños. Su sociedad con Roberto
Grela pulió de un modo insuperable la tradición criolla de fueye y guitarra. Y
su cuarteto con Osvaldo Berlingieri (luego reemplazado por José Colángelo),
Ubaldo De Lio y Rafael del Bagno atravesó como una ráfaga de luz las madrugadas
de boliches como Caño 14 que resistían como podían los embates del rock and
roll, el boogie italiano y El Club del Clan.
Nutrido en las filas de su orquesta, Astor Piazzolla se había lanzado a inventar
otra historia y a profundizar, también, su tensa y ambigua relación con el tango
tradicional, Troilo incluido.
El famoso poema Nocturno de mi barrio ("dicen que me fui de mi barrio, pero
¿cuándo? / Si siempre estoy llegando...") colaboró a fortalecer el mito. Ya era
el Troilo crepuscular. Cuarenta años de nocturnidad habían hecho mella, y además
atacaba la artrosis. "La peor enfermedad para un bandoneonista", decía Zita.
El 17 de mayo de 1975, un día antes de su muerte, en el teatro Odeón, fue su
última actuación. El espectáculo se titulaba Simplemente Pichuco y se escucharon
Danzarín, A mis viejos, La última curda, Pa'que bailen los muchachos, Sur.
Quedaron 64 composiciones entre tangos, valses y milongas. Y también un
imaginario de actos nobles y buenos, de amistades blindadas, de sobremesas y
correrías. Una idea vaga de que Aníbal Carmelo Troilo hacía feliz a la gente.
Quizá sea verdad.
La vieja deuda del bandoneón —las diez cuotas impagas— puede considerarse
saldada.
Tres
tristes Troilos
Soy, o mejor, era tanguero de oreja y de disco. Ni fui
a los bailes de club ni bailé ni vi a las orquestas al pie del escenario. No
tengo nada para contar a la hora o el día de los aniversarios memoriosos. Ni
siquiera soy porteño y llegué tarde a la ciudad del tango, ya en los sesenta,
cuando Piazzolla rompía las cáscaras de lo que quedaba por romper y sólo Julio
Sosa arrastraba módicas multitudes. Así, más allá de las enfáticas actuaciones
radiales presentadas por el envidiable Antonio Carrizo en mi infancia -"Troilo
se escribe así, con 't' de Tango"- y alguna excursión nocturna de estudiante al
Caño 14 de la calle Talcahuano, la primera vez que realmente escuché además de
oír al gordo Troilo fue cuando un amigo mayor -Jorge Salcenes, que tenía más de
treinta- me puso en el Winco un iniciático disco de Pichuco con Floreal Ruiz. Yo
ya -o todavía- tenía veinte años de demorada adolescencia, era un boludo grande
a mediados de los sesenta, y nunca había puesto la oreja a Flor de lino, Naranjo
en flor, Llorarás, llorarás, tangos y valsecitos criollos de Manzi y Expósito
que se me revelaron junto con la primitiva y velocísima orquesta de Troilo con
Orlando Goñi al piano y la voz maravillosa de ese instrumento más, el gallego
Floreal.
Enseguida o junto con eso vino la compra de dos discos más: primero un
majestuoso Troilo-Rivero ya de fines del cuarenta, con orquesta lenta y pastosa,
antología de grabaciones de la Víctor donde están La viajera perdida, El
milagro, La mariposa y Sur; y después el Tristezas de la calle Corrientes
-también de la Víctor, pero en sus registros anterior al del Feo- que tenía lo
mejor con Fiorentino: El bulín de la calle Ayacucho, el mismísimo Tristezas...,
ese blues de Homero, Toda mi vida, De barro y no sé cuántos más que puedo llegar
a inventar de memoria. Es decir: tuve en tres saques musicales de una década
mítica el conocimiento directo de obras maestras de buen gusto y pericia extrema
metidas en grabaciones de tres minutos cuanto mucho. Y con todo el espectro de
la emoción en voces disímiles, de tono, registro y sensibilidad diferente: lo
mejor de los brillantes pero melancólicos cuarenta está ahí. Y eso fue el primer
Troilo que me tocó.
El segundo fue sin voces. Fueron las grabaciones en cuarteto con la guitarra de
Roberto Grela -creo que el disco surgió tras una actuación teatral- y que son de
principios de los cincuenta. Ahí está todo, en términos instrumentales. El fueye
y la viola se persiguen, se torean, se cruzan, se pisan, se hacen a un lado para
dejar pasar al otro, frenan de golpe... Rompen todo sin necesidad de virtuosismo
alguno. Maipo, Nunca tuvo novio -sobre todo- y una milonga velocísima que creo
es La trampera te dejan sin aliento. Eso es verdad. Una antología absoluta y
rigurosísima del tango no puede soslayar, entre diez, uno de estos temas. Pero
además, como complemento, como compensación o equilibrio casi, por ese entonces
me alcanzó el Troilo For Export, que más allá de su nombre espantoso encerraba
joyas reveladoras de otra faceta del Gordo: el conductor de gran orquesta. Es un
disco en que copa Julián Plaza como autor y la orquesta suena gruesa, solemne y
sólida, con huecos precisos para la entrada ya retardada, alevosa del fueye de
Pichuco, que es otro del de los cincuenta, mucho más pausado y gordo, un Buda de
pocas palabras (notas) elocuentes, apenas soñadas con los ojos cerrados. Ahí
están Danzarín, Responso, creo que incluso el Quejas de bandoneón al que le
incorpora una cita de El pañuelito vive ahí, melancólico e inolvidable...
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El tercer y último Troilo triste -así, como "gordo triste" lo describió
Expósito, que sabía de quién hablaba mucho más que yo y que casi nadie- no tiene
su voz sino su recuerdo. Es el réquiem que le dedicó Piazzolla cuando murió, y
que escuché y conservé en un disco (¿Trova, puede ser?) con dibujos de Astor y
de Pichuco hechos por Sábat, el mejor: la Suite troileana. Son cuatro partes que
evocan las pasiones, los amores del Gordo: Bandoneón, Zita, Whisky y Escolaso.
No cabe sino el silencio. Sólo en Tristezas de un Doble A, que es posterior,
Piazzolla pondría la botonera y los dedos a una temperatura tan acorde con las
circunstancias. Eso es amor, perdonando la palabra.
Troilo, un eterno y taciturno niño gordo y madurado a golpes de noche y de
trasnoche, es responsable de muchos de los más hermosos tangos -suyos o
encarnados por él- que nos hacen cantar y silbar con melancólico acento cada vez
y todavía. Destino maravilloso para un artista.
Fuente: Pagina/12, 2002
| Che Bandoneón
Parecía dormido sobre el fueye. Cerraba sus ojitos rasgados y
rojizos -andá a saber por qué-, quizás por la noche, porque era paseador de
adoquines y gran respirador de fresquitos de la madrugada. |
Bandoneón
"Antes de ponerme el fuelle en las rodillas me ponía la almohada de la cama.
Hasta que un día fuimos a un picnic en lo que había sido el viejo Hipódromo
nacional. Habían llevado a dos bandonenistas y tres guitarras, y cuando se
fueron a comer yo subí unos escalones, agarré un bandoneón y me lo puse en las
rodillas. Esa fue la primera vez. Yo tendría nueve años."
El Tango
"No hay tango viejo ni tango nuevo. El tango es uno sólo. Tal vez la única
diferencia está en los que lo hacen bien y los que lo hacen mal."
Buenos Aires
"De Buenos Aires tendría que decir muchas cosas... Que es mi vida, que es el
tango, que es Gardel, que es la noche... Que es la mujer, el amigo... Tendría
que decir muchas cosas y muchas no sabría cómo decirlas... Pero anote esto:
agradezco haber nacido en Buenos Aires."
La Calle
"La calle es el mejor lugar de todos. Se aprende. En el hogar se aprende la
educación, pero en la calle se aprende a vivir... y si no quen me lo digan a mí.
Todo lo que aprendí, lo poco y extraño que aprendí, lo aprendí en la calle."
La calle Corrientes
"En la calle Corrientes yo trabajé en dos lugares y muy distintos: en el
Germinal y en el Tibidabo. En el viejo café Germinal debuté con Juan Maglio
Pacho. Fue una rentré que hizo él después de muchos años sin trabajar. Imagine
en la calle Corrientes, angosta, los carteles anunciando a Pacho. El no tocaba,
la orquesta se la formé yo con elementos como Héctor Lagnafietta; el cantor era
Antonio Maida y otros muchachos como Guisado... Se volcó todo Mataderos, la
provincia, había gente hasta en la vereda de enfrente, no podían pasar los
tranvías..."
Con el alma
-¿Por qué cuando coloca su paño de terciopelo sobre las rodillas y toma su
bandoneón entrecierra los ojos?
- Honestamente no sabría explicarlo. Posiblemente sea porque me meto adentro de
mí mismo. Yo creo que todos los artistas tienen que entregarse cuando hacen
algo.
Respeto
Hay cosas que tienen que ser fundamentales en un hombre: la bonhomía y el
repeto. El respeto sobre todas las cosas. Yo tenía 17 años y trabajaba en un
cabaret. sabe cómo les decía a las bailarinas? Cómo está señora? Señora, les
decía...
Troilo por Troilo
- ¿Cómo se portó el mundo contigo?
- Maravillosamente. Me dio la madre más linda del mundo y no sé cuantos amigos.
- ¿Y vos, cómo te portaste con el mundo?
- A veces mal. Fueron las veces que me porté mal con Aníbal Troilo.
- ¿Qué pensás de Aníbal Troilo?
- Que es una buena persona, amiga en el dolor, y con una gran pretención: la de
darse cuenta alguna vez de que hizo algo importante en su vida.
- ¿Qué harías si desapareciera el tango?
- Creo que me moriría.
Anhelo
"Yo sé que la gente me quiere... No sé si soy un ídolo... Por otra parte no soy
tan vanidoso como para creerme eso... ¿Buenos Aires? No, que voy a ser Buenos
Aires... Pero yo quisiera ser media calle de un barrio cualquiera de mi
ciudad..."
Amigos
"Sí, son emociones que se van juntando y juntando, y tengo tantas! Por ejemplo
aquel 19 de febrero, cuando cumplí 40 años de vida artística y me hicieron
aquella fiesta en el Luna Park, algo inolvidable... Todos mis amigos, todos
estaban allí: Cátulo Castillo, Mercedes Simone, Tania, Roberto Ruffino... A
veces pienso que habría sido de mí sin el cariño de mis amigos. A alguna gente
le llama la atención que sea tan afectuosos con ellos, que nos abracemos y por
ahí hasta nos demos un beso, pero ¡eso es cariño de hombre a hombre! hay que
comprender que soy un hombre simple pero muy afectivo..."
Responso
"Hay algunos temas que son mis preferidos, mejor dicho los que más quiero: Sur y
Responso... Responso salió una noche que estábamos en mi casa; había una gente
ahí jugando al bacará y yo, no sé... no sentía que estaba ahí. Eran las 4 de la
madrugada, y de repente agarré, me fui a mi habitación y empecé a tocar unas
notas, así hasta que salió Responso. Creo que era el mejor homenaje que podíamos
hacerle a Homero."
"Cuando volvía a Buenos Aires inauguré con mi conjunto electrónico un hermoso
lugar que se llamaba La Ciudad. Una noche vino Zita y me regaló uno de los
bandoneones que tenía el Gordo. Fue una de las emociones más lindas de mi vida".
Astor Piazzolla
"Si uno escucha a Troilo desde su origen hasta el final, ve una evolución muy
marcada, constante, en su forma de expresar la música y de vincularse con ella.
Piazzolla, en cambio, arrancó en quinta velocidad y siguió en quinta."
Hermenegildo Sábat
Fuente: www.troilo.com.ar
Por Andrés Casak
Mucho antes de convertirse en El Bandoneón Mayor de Buenos Aires –tal como lo
definió Julián Centeya- o en la expresión casi definitiva de Buenos Aires –así
sintetizó Cátulo Castillo-, Aníbal Troilo fue un muchacho que cubrió el cierre
de la década del 20 y los comienzos de los 30 en múltiples agrupaciones como la
de Vardaro- Pugliese o la orquesta de Maglio Pacho.
De todas ellas se nutrió y algunos de sus músicos lo marcaron a fuego (como los
bandoneonistas Ciriaco Ortiz y Pedro Maffia) y para el debut de su propia
orquesta el 1 de julio de 1937 en Marabú Troilo apenas tenía 22 años pero
contaba con una vasta experiencia.
Con esa primera orquesta, en realidad un octeto en el que se trabajaba
prácticamente sin arreglos, es nítida la marcación del piano de Orlando Goñi y
el contrabajo de Kicho Díaz. Como Osvaldo Maderna en la orquesta de Miguel Caló
o Rodolfo Biagi con Juan D`Arienzo, el hechizo de esos músicos redondearon el
sonido troileano en tiempos de definiciones.
Otro tanto se puede decir de Francisco Fiorentino, su cantor emblema de los
primeros años 40: junto a Pichuco dejó registros notables y muy exitosos de En
esta tarde gris y El cuarteador, por sólo citar dos ejemplos. Como maestro de
cantores, Troilo siguió en un nivel alto con Alberto Marino, Floreal Ruíz,
Edmundo Rivero, Roberto Rufino, Raúl Berón y Roberto Goyeneche. Todos brillaron
junto a él.
Un jovencísimo Astor Piazzolla vivió desde adentro la cultura de la orquesta, la
noche, los boliches y hasta los recelos de sus compañeros: fue parte del
conjunto de Troilo entre 1939 y 1944 y son célebres las anécdotas de Pichuco
borrando una parte de sus arreglos para no desviar la atención de los
bailarines. Al embrujo del éxito danzable de D`Arienzo, el sonido más picado de
la orquesta en ese momento no admitía otro influjo.
Esa relación de amor -y también de algunas broncas- entre Troilo y Piazzolla
quedó plasmada en la honda emoción del disco Suite troileana, tras la muerte de
Pichuco. Más que un tema, Astor necesitó todo un disco para expresarle su afecto
y más de una vez lo definió como "un monstruo de la intuición". Es que en los
arreglos Troilo también sabía perfectamente lo que quería -sin ser un
orquestador- y para eso contó con un elenco de lujo: Artola, Galván, Stamponi,
Plaza, Rovira y Garello.
Mientras que el tango se achicaba en los años 60, los boliches cerraban y las
formaciones se disolvían, Troilo siguió estoico con su orquesta aunque en
paralelo formó un cuarteto junto a la guitarra amiga de Roberto Grela, otro
hallazgo de ensamble musical.
Con los años, aún en plena carrera, el músico cristalizó su carrera el mito,
aunque los achaques de salud ya arreciaban. Aún así, su última grabación (de
1971), con la voz invitada de un solista Polaco Goyeneche es otra muestra de
síntesis de recursos musicales y emoción. Está claro: como ejecutante, como
director, como compositor, Troilo no dejó escuela. Cualquier continuador sonaría
a imitación.
Fuente:
www.terra.co.uy
Aníbal Troilo (11/7/14 - 19/5/75)
Aníbal Troilo nacio el 11 de julio de 1914, en la calle Cabrera 2937, entre
Anchorena y Laprida, es decir, en pleno barrio del Abasto pero se crió en
Palermo. Su padre murió cuando "Pichuco" tenía 8 años y su vocación por el
"fueye" despertó cuando todavía cursaba la escuela primaria, años despues
comentaría "Mi viejo era carnicero y murió cuando yo tenía ocho años... A los
diez, el fueye me atraía tanto como una pelota de fútbol. Jugaba de centrojás en
el Regional Palermo. La vieja se hizo rogar un poco, pero al final me dio el
gusto y tuve mi primer bandoneón: diez pesos por mes en catorce cuotas. Y desde
entonces nunca me separé de él".
Una tardecita de 1928, un gordito retacón, con ojos de japonés, bajó del tranvía
31 y encaró para el lado de la calle Soler, en la frontera sur de Palermo Viejo
con el Abasto y Almagro. El pibe venía del Carlos Pellegrini, del colegio. En la
esquina, lo pararon los amigos: el jorobadito Goyo, Duve, el flaco Cutaro,
Luisito el peluquero... "¡Dogor! –le gritó el jorobadito- ¿te querés ganar unos
mangos? Te conseguimos una actuación en el Petit Colón".
El fue al tango, como instrumentista, lo que Carlos Gardel a su interpretación
cantada.
Así empezó la historia. El gordito retacón con ojos de japonés tenía 14 años,
los pantalones cortos y todo el barrio adentro. Se llamaba Aníbal Carmelo
Troilo.
Ejecutante de bandoneón, justamente el instrumento símbolo del género, su apodo
familiar de "Pichuco" trascendió a la sociedad y coexistió armoniosamente con el
artístico de "El Bandoneón Mayor de Buenos Aires", según lo bautizara el poeta
lunfardo Julián Centeya.
Varios factores contribuyeron a hacer de Troilo un mito viviente: su manera de
tocar "hacía hablar" al bandoneón en los fraseos, del mismo modo que la trompeta
de Louis Armstrong "enseñaba" a cantar jazz a sus contemporáneos. Pero además,
Troilo fue un melodista inigualable, cuyo talento para la composición quedó
registrado en temas como los que escribió para letras de Homero Manzi ("Barrio
de tango", "Sur", "Discepolín", "Che Bandoneón"), o de Cátulo Castillo ("María",
"La última curda") o en su "Responso", a la muerte, justamente, de Homero Manzi,
en 1951. Fue un tío llamado Juan Amendolaro quien le impartió las primeras
nociones de ejecución de bandoneón. Y ya en 1926, con apenas 12 años, estaba
tocando en un festival benéfico del Petit Colón, un cine de su barrio. Nunca más
se bajó de las tablas. Por su orquesta pasarían, entre una larga constelación de
grandes, un joven bandoneonista marplatense llamado Astor Piazzolla, a quien
distinguió prontamente con la confianza que el director dispensa a quien se
convierte en su arreglador, y a quien solía hacer una sola recomendación: "La
gente tiene que bailar, no perdamos el baile, si perdemos la milonga, sonamos".
Muchos años después, ese mismo Troilo, ya devenido en "Pichuco", fue a visitar a
Enrique Santos Discépolo, que entonces vivía en La Lucila. Se quedó a cenar y
cuando la sobremesa se alargaba, Discépolo lo llevó a los fondos de la casa para
que viera el jardín que él mismo cuidaba. De repente, le preguntó:
¿Cómo estás?
Bien – le contestó Pichuco.
¿Qué vas a hacer?
No sé.
¿Sabés lo que tenés que hacer?
No.
Nada.
Para Discépolo, Pichuco, ya había hecho todo. Pero, se equivocaba, le quedaba
por ejemplo, envolver en melodías los versos de "Discepolín", escritos por
Homero Manzi. O los de "A Homero", "Desencuentro" y "La última curda", que hizo
Cátulo Castillo. Cuando murió Manzi, una noche lo sintió dentro de él. Estaban
jugando al Bacarat en su casa cuando se levantó de la mesa y se fue a otra
habitación para componer de un tirón "Responso", una elegía que está entre los
tangos más grandes de todas las épocas. Lo grabó y no quiso tocarlo nunca más.
Cuando el público lo obligaba, accedía, pero se desgarraba por dentro.
Fue autor de 60 tangos. Todos inolvidables. Sus músicos decían que llevaba al
tango en la piel. Tocaba como bailaban los bailarines de antes, resbalando sobre
el piso encerado. Eso no se lo enseñó nadie, porque eso no se aprende sino que
se trae en el alma. Es necesaria una sensibilidad muy especial y Troilo la
tenía, por eso fue lo que fue.
Sus sucesivas formaciones orquestales no sólo incorporaron a cantores insignes
-Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, Elba Berón,
Nelly Vázquez- sino a instrumentistas prestigiosos, auténticos paradigmas del
género: los pianistas Orlando Goñi, José Basso, Carlos Figari y Osvaldo
Berlingieri; los bandoneonistas Astor Piazzolla, Ernesto Baffa y Raúl Garello;
los violinistas Hugo Baralis, Salvador Farace y Juan Alzina; el cellista José
Bragato... Como siempre sucede, los artistas que logran aquerenciarse en el
espíritu ciudadano son humildes de alma, desdeñan los oropeles del éxito y
disfrutan el regocijo que sólo proporcionan "esas pequeñas cosas".
Remolón, parsimonioso, "fiaca" confeso, Troilo se volvía frenético cuando lo
asaltaba la inspiración o cuando sus kilos de más y la jaula sobre sus rodillas
conjugaban un solo cuerpo de pasión tanguera.
La gente le tenía cariño, siempre lo reconoció; y él siempre decía: "Los que
caminan al bardo, como yo, siempre quieren a los que les hacen bien". Al bardo,
para él, era caminar sin ton ni son. Los que lo conocieron muy de cerca afirman
que un hijo podría haberle cambiado la vida. Pero, no lo tuvo, siempre se jactó
de su amor por la noche. Un día, entró a una Iglesia y discutió con el párroco
que pretendió darle un sermón. "El recién tenía treinta años y me quería enseñar
a vivir a mí, justo a mí, que me pasé la vida en la calle, a los golpes con la
vida, con la gente y conmigo mismo, porque yo siempre fui mi peor enemigo.
Pichuco fue el peor enemigo de Aníbal Troilo".
Solía cerrar los ojos cuando tocaba y nunca supo explicar porqué. Si lo
apuraban, decía que era porque, posiblemente, se sentía dentro de sí mismo. Era
así, parecía que se dormía sobre el fueye. Los aplausos lo despertaban.
Entonces, comprendía que todo había sido en vano, que nunca había estado solo.
Víctima de un derrame cerebral y de sucesivos paros cardíacos, Pichuco murió el
19 de mayo de 1975 en el Hospital Italiano, pero aún hoy su recuerdo promueve un
reverencial sentimiento de porteñidad.
A
30 años de la muerte de Aníbal Troilo
El bandoneón eterno.
Pichuco cada día toca mejor
Junto con Gardel, sigue siendo la figura emblemática del tango. Una biografía
novelada escrita por Gustavo Nahmías reconstruye la relación de Pichuco con la
música y la ciudad.
Por Karina Micheletto
Treinta años atrás, un 18 de mayo de 1975, moría en Buenos Aires Aníbal Troilo,
aquel que ostentó el título de "el bandoneón mayor de Buenos Aires".
Dejó unas sesenta obras que lo unieron a poetas como Homero Manzi, Cátulo
Castillo y Enrique Cadícamo. Entre ellas, muchas de las que todos tararearon
alguna vez: María, Garúa, Barrio de tango, Sur, La última curda, Pa’ que bailen
los muchachos, entre tantos clásicos del cancionero. Dejó un estilo con su
nombre como director de orquesta y como bandoneonista. Y también dejó su imagen
entrecerrando los ojos cada vez que colocaba el paño de terciopelo sobre las
rodillas, tomaba el bandoneón, se inclinaba levemente hacia adelante y daba
inicio al ritual. La figura de aquel gordo bueno, el músico único, el hombre de
las mil anécdotas, aquel que quedó grabado con las dos alitas atrás, tal como
aparece retratado por Hermenegildo Sábat en la tapa de la Suite Troileana con la
que lo homenajeó Astor Piazzolla, agiganta hoy la potencia de su obra. Entre
otras actividades celebratorias, Sadaic expondrá hasta el 29 de este mes en el
hall central de la entidad (Lavalle 1547) uno de los cuatro bandoneones que
Pichuco utilizó en sus conciertos, donado al Museo Mundial del Tango por Raúl
Garello, a quien Zita, la mujer de Troilo, le regaló el instrumento. Y también
se editó Alma de bandoneón, una biografía novelada en la que Gustavo Nahmías
reconstruye la relación de Pichuco con el tango y el bandoneón, pero también con
Zita, la noche, el fútbol, los amigos, el juego, la ciudad que amaba.
"En el cabaret Marabú, Troilo nos decía: ‘Toquemos piano porque están hablando
muy fuerte’. Al hacerlo, la charla general comenzaba a aplacarse, hasta que ya
nadie hablaba. Recién entonces empezábamos a tocar a pleno", recordaba José Votti, violinista de la orquesta de Troilo entre el ’55 y el ’60, entrevistado
para este diario por el periodista Julio Nudler. "Yo tocaba de pie, pegado a su
mano derecha. Nunca le escuché fallar una nota. Tenía un touche de gran artista.
Llegaba increíblemente a los ligados y a los pianísimos." En aquella entrevista,
el violinista también destacaba que el único arreglador que tuvo el privilegio
de que Troilo no le haya alterado una sola nota fue Emilio Balcarce. Ocurrió
cuando le llevó La Bordona, en 1958. "Emilio estaba emocionado, porque la goma
de borrar de Troilo era implacable con todos. Incluso con Astor Piazzolla y
Argentino Galván."
Troilo nació el 11 de julio de 1914 en el Abasto, y a los 10 años logró que su
madre le comprara ese instrumento que lo había fascinado sonando en los bares
del barrio. A los 11 años ya estaba tocando en un escenario cercano al Mercado
del Abasto. Poco después integró una orquesta de señoritas, y a los 14 años ya
quiso formar su quinteto. En diciembre de 1930 dio un primer paso esencial: se
integró al sexteto que conducían Osvaldo Pugliese y Elvino Vardaro, donde tuvo
de ladero a Ciriaco Ortiz, una de sus influencias como bandoneonista.
En 1937 lanzó su orquesta en la boite Marabú, donde, además, conoció a Ida
Calachi, Zita, la mujer que al año siguiente se convertiría en su esposa. Su
agrupación fue una escuela al servicio de un sonido que fue evolucionando y al
que aportaron, por citar sólo algunos, los pianistas Orlando Goñi, José Basso,
Osvaldo Berlinghieri y José Colángelo y los bandoneonistas Astor Piazzolla y
Ernesto Baffa. Otra gran virtud fueron los cantores que la orquesta supo
conseguir: Roberto Goyeneche, Fiorentino, Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo
Rivero, Roberto Rufino, Angel Cárdenas, Elba Berón, Tito Reyes y Nelly Vázquez,
entre otros.
Alma de bandoneón, la biografía novelada de Gustavo Nahmías, está estructurada a
la manera de un disco, dividida en Lado A y Lado B. Cada uno de los capítulos
lleva el título de un tango grabado por Troilo en ese año, como hilo conductor
de la cronología. El autor cuenta que a lo largo de la investigación que
antecedió a la escritura del libro cayó en la cuenta de que la vida de Troilo
era un gran anecdotario. "Troilo parece un personaje que vivió para forjar
anécdotas. Hay algo que me pareció percibir y que traté de componer en la
novela: que en ese cuerpo convivían el hombre y el músico. Estaba, por una
parte, el hombre generoso, amigo de todos, caritativo con íntimos y extraños. Y
por la otra, el hombre de la noche, el apasionado, con sus desbordes, sus
excesos, aquel a quien Zita mandaba a comprar soda y aparecía de vuelta a los
tres días", explica Nahmías. "Ambos convivían en este personaje mítico. La idea
de esta novela es que el artista termina por fagocitar al hombre", concluye.
Fuente:
Página/12, 18/05/05
El bandoneón eterno*
Como no podía ser de otra manera, después de la rambla todos fueron a cenar al
Club Peñarol, un restaurante alejado del centro donde Barquina había reservado
una gran mesa.
El ingreso de Troilo arrancó aplausos, palmadas y apretones de manos, pero
cuando un admirador lo comparó con el zorzal, Aníbal reaccionó:
–No, no se equivoque, Gardel era el tango. Era Buenos Aires, la noche, el día,
la copa.
Los mozos comenzaron a traer botellas de vino tinto, y llenaron los vasos para
el tradicional brindis. Uno de los músicos preguntó:
–Y, ¿qué le pareció, Aníbal?
Pichuco se estiró el saco hacia abajo con ambas manos, giró el cuerpo con un
pequeño movimiento, e inclinándose hacia adelante, como si hablara a un
micrófono imaginario, respondió:
–Hoy se escuchó tango, muchachos, y eso no pasa todas las noches.
Todos levantaron sus copas. Aníbal se dirigió a los músicos:
–Gracias. Gracias, muchachos, por tanta nobleza. A ustedes –dijo mirando a
Marino y Ruiz– por las palabras que dejaron flotando en el aire. A los jóvenes
–mirando a la Beba y a Cardozo–, por haberle puesto el cuerpo al tango, y a
ustedes, qué puedo decir de ustedes –refiriéndose a Paquito, Zita y Baruqina–,
gracias por quererme tanto.
–¡Salud! –repitieron todos y brindaron.
*Fragmento de Alma de bandoneón,
biografía novelada de Aníbal Troilo, de Gustavo Nahmías.
Fuente:
Página/12, 18/05/05
Homenaje
Por Ricardo Espinosa
Nació el 11 de Julio de 1914; hijo menor de
Anibal Carmelo Troilo y Felisa Bagnolo, tenía 2 hermanos: Marcos(también
bandoneonista ) y Chochita que falleció poco después de nacer.
A los 11 años "Pichuco", tal como le decía su padre, descubrió su vocación por
el bandoneón y después de sólo 6 meses de clases con un profesor de su barrio
(Juan Amendolaro) integraba un quinteto en los que interpretaba obras sencillas.
Su primera aparición "profesional" fue animando peliculas mudas en el cine Petit
Colon.
Entre 1925 y 1930 participó en varias agrupaciones: en un trío junto con Miguel
Nijensohn y Domingo Sapia; en un quinteto (como director) en el cine Palace
Medrano; en el conjunto de Alfredo Gobbi (h) y en la formación de Juan Maglio "Pacho" como segundo bandoneón.
En 1930 integró el sexteto Vardano-Pugliese integrado nada más y nada menos que
por Elvino Vardano y Alfredo Gobbi en violines, Osvaldo Pugliese en piano,
Sebastian Alesso en contrabajo y Miguel Jurado junto con Troilo en bandoneones.
También pasó por el conjunto "Los Provincianos" (1931), La Orquesta Típica Victor (1931), La Orquesta Sinfónica de Julio De Caro (1932), Elvino Vardano
(1933), Angel D´Agostino (1934), Juan D´Arienzo (1935), Alfredo Attadia (1935),
Cuarteto del 900 (1936) y Juan Carlos Cobian (1937).
A mediados de 1937 Ciriaco Ortiz disuelve su orquesta y Troilo convoca a algunos
de estos músicos para crear lo que sería su primer orquesta con la que debutó el
1 de Julio de ese año en el cabaret "Marabu" con la siguiente formación:
Reynaldo Nichele, José Stilman y Pedro Sapochnik en violines; Juan Fascio en
contrabajo; Juan Rodriguez, Roberto Yanitelli y él mismo en bandoneones y
Francisco Fiorentino en voz.
Después de la muerte de Gardel los cantantes sólo acompañaban a las bandas
entonando los estribillos de los temas, quedaban relegados a segundo plano para
así poder lucirse los músicos, hasta que Troilo de manera innovadora hizo lucir
a sus cantantes siendo un auténtico conjunto.
Por esa razón siempre tuvo cantantes de primera linea de los que algunos después
continuaron su carrera como solista. Pasaron por su orquesta: Francisco
Fiorentino, Amadeo Mandarino, Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero, Aldo
Calderón, Jorge Casal, Raúl Berón, Carlos Olmedo, Pablo Lozano, Roberto
Goyeneche, Angel Cárdenas, Elba Berón, Roberto Rufino, Nelly Vázquez, Tito Reyes
y Roberto Achával.
En cuanto a su carrera como compositor tuvo muchos éxitos entre los que
mencionaremos: "Barrio de Tango" (Letra: Homero Manzi.1942), " Garúa" (Letra:
Enrique Cadícamo. 1943), " Sur" (Letra: Homero Manzi.1948), "Che, bandoneón"
(Letra: Homero Manzi.1950), "Discepolín" (Letra: Homero Manzi.1951), "Una
canción" (Letra: Cátulo Castillo.1953), "La última curda" (Letra: Cátulo
Castillo.1956), "Mi tango triste" (Letra: José Maria Contursi).
Con una gran trayectoria, muchos aportes para el arte del tango y todo el
respeto del público y los críticos, Anibal Troilo falleció el 18 de Mayo de
1975.
Fuente:
www.elportaldeltango.com
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