Alberto Carlos del Rey (PRT-ERP). Nació en Rosario el 22 de febrero de 1949 (23 años), estudió ingeniería química en la Universidad de Rosario, donde se integró al PRT. Participó del congreso fundacional del ERP. Detenido el 27 de abril de 1971.
Alfredo Elías Kohon (FAR): Nació en Entre Ríos el 22 de marzo de 1945 (27 años), estudiaba ingeniería en la Universidad de Córdoba y trabajaba en una fábrica metalúrgica. Formó parte de los comandos Santiago Pampillón y fue fundador de las FAR local. Detenido el 29 de diciembre de 1970.
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Clarisa Rosa Lea Place (PRT-ERP). Nació en Tucumán el 23 de diciembre de 1948 (23 años), estudió derecho en la Universidad de Tucumán, donde se integró al PRT. Participó del congreso fundacional del ERP. Detenida en diciembre de 1970 durante un control de rutina.
Susana Graciela Lesgart de Yofre (MONTONEROS). Nació en Córdoba el 13 de octubre de 1949 (22 años), maestra. Se radicó en Tucumán donde enseñaba y compartía la vida con los trabajadores cañeros. Fue una de las fundadoras de Montoneros en Córdoba. Detenida en diciembre de 1971.
José Ricardo Mena (PRT-ERP). Nació el 28 de marzo de 1951 en Tucumán (21 años), obrero azucarero. Integró los primeras grupos del PRT en Tucumán. Detenido tras la expropiación a un banco, en noviembre de 1970.
Miguel Ángel Polti (PRT-ERP). Nació en Córdoba el 11 de julio de 1951 (21 años), estudió ingeniería química en la Universidad de Córdoba, era hermano de José Polti, muerto en abril de 1971. Detenido en Córdoba, en julio de 1971.
Mariano Pujadas (MONTONEROS). Nació en Barcelona el 14 de junio de 1948 (24 años), fue fundador y dirigente de Montoneros en Córdoba. Participó en la toma de La Calera. Estaba a punto de terminar la carrera de ingeniero agrónomo cuando fue detenido en una redada, en junio de 1971.
María Angélica Sabelli (FAR). Nació en Buenos Aires el 12 de enero de 1949 (23 años), conoció a Carlos Olmedo cuando estudiaba en el Colegio Nacional Buenos Aires. Cursaba matemática en la facultad de ciencias exactas, trabajaba como empleada y como profesora de matemática y latín. Detenida en febrero de 1972 y salvajemente torturada.
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Ana María Villareal de Santucho (PRT-ERP). Nació en 9 de octubre de 1935 (36 años), era compañera de Mario Roberto Santucho y madre de tres chicos. Licenciada en artes plásticas por la Universidad de Tucumán. Junto a Santucho empezó a militar en el FRIP (Frente Revolucionario Indoamericano y Popular) que luego confluyó en el PRT. Detenida en un control de rutina en un colectivo.
Humberto Segundo Suarez (PRT-ERP). Nació en Tucumán el 1 de abril de 1947 (25 años), de origen rural, fue cañero, obrero de la construcción y oficial panadero. Detenido en marzo de 1971.
Humberto Adrián Toschi (PRT-ERP). Nació en 1 de abril de 1947 en Córdoba (25 años), trabajaba en una empresa familiar hasta que eligió ser obrero. Detenido, junto con Santucho y Gorriarán Merlo, en una redada el 30 de agosto de 1971.
Jorge Alejandro Ulla (PRT-ERP). Nació en Santa Fe el 23 de diciembre de 1944 (27 años), maestro; abandonó sus estudios para trabajar como obrero en una fábrica metalúrgica. Participó del congreso fundacional del ERP y en la primera operación armada. Detenido junto con Humberto Toschi en Córdoba, en agosto de 1971.
Los sobrevivientes:
Maria Antonia Berger (MONTONEROS). Licenciada en sociología, había sido detenida el 3 de noviembre de 1971. Herida por una ráfaga de metralla logró introducirse en su celda, donde recibió un tiro de pistola; fue la última en ser trasladada a la enfermería. En la fecha de la masacre tenía 30 años. Secuestrada a mediados de 1979.
Alberto Miguel Camps (FAR). Estudiante, había sido detenido el 29 de diciembre de 1970. Eludió la metralla arrojándose dentro de su propia celda, donde fue baleado. En la fecha de la masacre tenía 24 años. Su cuerpo, enterrado como NN en el cementerio de Lomas de Zamora, fue identificado en el año 2000.
Ricardo René Haidar (MONTONEROS). Ingeniero químico, había sido detenido el 22 de febrero de 1972. Evadió las ráfagas de ametralladoras introduciéndose en su celda, donde fue herido. En la fecha de la masacre tenía 28 años. Secuestrado el 18 de diciembre de 1982.
Salvaron sus vidas porque los fusiladores los creyeron muertos. Los tres están desaparecidos.
Seis presos lograron fugar el 15 de agosto, llegar a Chile y luego a Cuba:
Roberto Quieto. Secuestrado el 28 de diciembre de 1975. Desaparecido
Marcos Osatinsky. Detenido en Córdoba, en la Jefatura de Policía se le aplicó la "ley de fugas" y fue asesinado el 21 de agosto de 1975. Su cadáver fue dinamitado.
Domingo Mena, desaparecido el 19 de julio de 1976
Mario Roberto Santucho, desaparecido el 19 de julio de 1976
Enrique Gorriarán Merlo. Sobrevivió. Fue secuestrado en México en octubre de 1995 y trasladado a Argentina. Procesado y condenado por los hechos de La Tablada permaneció 8 años preso. Fue indultado por el presidente Duhalde en 2003. Falleció de un paro cardiorrespiratorio en Buenos Aires, el 22 de septiembre de 2006, a los 64 años.
Fernando Vaca Narvaja. Sobreviviente.
Los militantes que participaron en el secuestro del avión:
Carlos Goldemberg. Secuestrado en agosto de 1976. Desaparecido.
Anna Wiessen. Desaparecida en 1979
Víctor Fernández Palmeiro. Murió luego de participar en el operativo de ejecución del almirante Hermes Quijada, portavoz de la versión oficial de la dictadura de Lanusse sobre la masacre. La lápida que había en su tumba fue hallada recientemente en las excavaciones que se están realizando para sacar a la superficie las instalaciones del campo de concentración Club Atlético, que funcionó en Paseo Colón y Cochabamba, durante la dictadura militar iniciada el 24 de marzo de 1976.
Francisco Paco Urondo, quien entrevistó a los tres sobrevivientes de la masacre en la cárcel de Devoto, donde los cuatro estaban detenidos, la noche del 24 de mayo de 1973, murió enfrentando a la dictadura militar en Mendoza, en julio de 1976.
HEROE |
Represalias sufridas por los familiares de algunos de los asesinados en la Base Almirante Zar:
Los padres y dos hermanos de Mariano Pujadas fueron secuestrados y asesinados el 14 de agosto de 1975 en Córdoba, por el Comando Libertadores de América, integrado por militares del Tercer Cuerpo de Ejército (ver nota al final de pagina y documento desclasificado).
El 25 de abril de 1976 fueron secuestrados Rogelio y María Amelia Lesgart (hermanos de Susana Lesgart). El padre de ambos, Rogelio también fue secuestrado, y liberado pocos días después.
Arturo Lea Place, padre de Clarisa, y su hermano Luis, fueron asesinados el 22/08/76.
Hugo Vaca Narvaja, padre de Fernando Vaca Narvaja, está desaparecido. Hugo Vaca Narvaja (h) fue asesinado en la cárcel de Córdoba en julio de 1976.
Destino de algunos de los abogados de los presos políticos del penal de Rawson que llevaron adelante las acciones judiciales luego de la masacre:
Rodolfo Ortega Peña,
asesinado por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) el 31 de julio de 1974.
Mario Amaya, asesinado por la dictadura.
Roberto Sinigaglia y Mario Hernández, desaparecidos.
En 2006 fue colocada una placa en el lugar de los hechos, que junto a los nombres de los 16 caídos dice: "Nunca más terrorismo de Estado. En este lugar el 22 de agosto de 1972 fueron asesinados 16 presos políticos y otros 3 heridos de gravedad. Por siempre respeto a la Constitución Nacional, verdad y justicia".

La emblemática fotografía del momento en que los fugados deponen las armas y se entregan en el aeropuerto
Tonada de abrazos, estrellas y pañuelos
Por Enrique Gil Ibarra
Casi primavera en la Patagonia. Sol radiante, fresco, los arbolitos recién plantados se agitan en el viento suave, que apenas molesta, que se desplaza casi ignorado por los más de 500 compañeros de casi todo el país.
Las madres y las abuelas, como siempre: con sus pañuelos, con sus ojos húmedos y afectuosos, con su sonrisa, hoy, casi triunfante.
Me abrazo con Alicia Bonet, mientras ella ríe y llora y ambos susurramos: "¡Qué día!" y nos miramos cómplices, subversivamente implicados en otro pedacito de utopía. La busco a la mamá de Capelo y la encuentro. Me mira desde su pequeña altura, desde su alma inmensa, y su mirada sabia y dolorida de décadas sigue consolándome, hoy mucho más que otras veces. Hoy, ella también se ha despojado de un cacho de duelo, hoy ha plantado por su hijo un nuevo árbol, que en esta oportunidad no será robado.
Elisa, eléctrica, va de un lado a otro, preguntando, confirmando, dando indicaciones de lo que viene después. Desde su subsecretaría de Derechos Humanos provincial, este es en gran medida su logro. Pero desde su recuerdo, los 35 años de lucha no se cumplieron hoy, sino el día que asumió como obligación personal ser la "apoderada" de Mariano Pujadas. Elisa Martínez, a la que no le importó no ser peronista, ni estar en desacuerdo con la lucha armada. Los compañeros estaban presos. Los ciudadanos de Trelew y de Rawson tenían que ser solidarios. Así de simple. Así de claro.
Los abrazos se han multiplicado en la mañana que se acaba. Incontables, estrechos, furiosos de nostalgia, recuperando años de soledad, de desencuentros, ecos de discusiones lejanas que se subsumen en una bandera con las dos estrellas. Nadie cuenta las puntas. ¿Para qué? Como en ese 15 de agosto, hoy da lo mismo.
Ya ha pasado la "hora formal". Los discursos, concretos pero breves, dieron el marco necesario para institucionalizar el acto. Sin embargo, sospecho que fueron algunas palabras de ellos, algunas pequeñas frases, las que calaron más adentro en todos: "nunca será tarde para hacer justicia" dijo Das Neves. "Eran cinco bellos corazones" memorió Duhalde cuando surgieron a su frente los fantasmas vivos de las cinco compañeras.
Por supuesto que el aire olía a muerte en aquellos días de agosto del 72. Treinta y cinco años demoraron nuestras ropas –las de todos- para sacudir un poco de ese hedor maligno que nos acompañaba. Hedor que se fue disipando a medida que la tarde comenzaba, derrotado por el aroma de las rosas rojas, oscuras, que los familiares, los amigos, los desconocidos, iban dejando caer, como al descuido, frente a las fotografías. Me abrazo con el hijo del Turco Haidar, con José. El Vasco se ríe a carcajadas y le dice: "si tu viejo te viera, te mata". Porque José es un chico de hoy. Se viste y se comporta como un chico de hoy. Y charlamos, Y descubrimos que piensa como nosotros. Y que también es un chico de ayer, y de mañana.
Entramos juntos, con Fernando y Celedonio. Ayer el Cele, sin darle importancia, nos refregó por la cara su estrellita federal. Una de aquellas. Ayer por la noche revolví placares y hoy por la mañana, solamente para joderlo al Cele, le di al Vasco una y me prendí otra para mi. (Pero debe ser cierto que dios castiga la malicia, porque la perdí ni bien llegamos).
El aeropuerto ya no es viejo. Pero es el mismo. Algunos preguntan: ¿las pintadas reproducen las que se fueron haciendo durante estos años? Les decimos que son las que se hicieron en estos años. Que no las hemos tocado. Por algún lado se oye un emocionado y suavecito: ¡mieerda!
"La memoria se construye cada día, luchando en el presente", y es por eso, también por esa pintada, que insistimos tanto en estos años. "Tiene que ser un Centro Cultural, no queremos un Museo". Ellos también insistieron. Pero el gobierno provincial decidió: Centro Cultural. Aquí estamos. "Ahora viene el desafío, Enrique, nosotros cumplimos" me dice Norberto. Es cierto. Ahora hay que hacerlo funcionar. Ahora hay que lograr que sus puertas abiertas las atraviese gente. La que no es compañera "de antes". La que no sabe, la que nació después, la que todavía tiene en su cabeza dos demonios, y no sólo uno. Los que continuarán en un camino que no empezamos nosotros, y que no podremos terminar. Hace muchos años, leyendo a Omar Khayyam, una de sus frases me golpeó: "eres una hebra en el tapiz del mundo".
¿Tan sólo una hebra? Si, pero ¡qué tapiz!
Hoy, aunque con parches, con muchas, demasiadas hebras faltantes, el tapiz de nuestra generación pudo visualizarse por algunos minutos, extendiéndose a través de kilómetros desde las barricadas del mayo francés y de las tonadas cordobesas, los montes cerrados de la Sierra Maestra, atravesando el "sertao" brasilero, compartiendo la gloria del compañero Salvador, y descansando suavemente sus flecos aquí, en el fin del mundo, en medio de la árida planicie patagónica. El milagro de un diseño inconcluso, pero inteligible, remendado pacientemente durante décadas por esos pañuelos blancos, por los viajes, las protestas, las manifestaciones, las lágrimas.
El predio va quedando vacío. El Vasco me ha pedido que esperemos, cuando la gente se vaya, cuando se apague la melodía de las voces, "para mirar". Quiere pararse, supongo, solo frente a la pista. Aquella en la que el "Gallego" Fernández Palmeiro le colocó un fierro en la cabeza porque creyó que era un militar que quería subir al avión tomado. "me salvó el Roby –cuenta Fernando- que venía atrás mío y tuvo tiempo de gritarle: `pará, Gallego, que es Vaca Narvaja´". Quiere llorar tranquilo, me imagino, aunque todos simularemos que los montoneros no lloramos. Mi turno llegará a la noche, cuando todos se hayan ido. Cuando mi encuentro con el hijo del querido "Negro" Quieto sea un recuerdo más, y una deuda menos. Será entonces, cuando queden sólo un par de amigos de aquí o de allí, y las últimas casi agotadas copas de vino. Salud. Hasta la victoria.
Enrique Gil Ibarra
Trelew/22 de agosto del 2007
Una herida clavada en mi costado
Por Eduardo Luis Duhalde
En agosto de 1972, con mi socio profesional Rodolfo Ortega Peña, teníamos cerca de trescientas defensas jurídicas de presos políticos. No fue de extrañar entonces que lo de los 19 prisioneros que se entregaron a las autoridades en el aeropuerto de Trelew -tras haber fugado de la cárcel y no poder abordar el avión en que se alejaron sus restantes seis compañeros- fueran defendidos nuestros, en algunos casos, en patrocinio compartido con otros abogados.
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Aquella madrugada en que nos anoticiamos por llamadas periodísticas de lo ocurrido en el atardecer y la noche anterior entre la Cárcel de Rawson y el aeropuerto, los primeros nombres conocidos nos indicaban que se trataba de varias de las personas cuyas defensas técnicas teníamos a nuestro cargo. No vacilamos en tratar de viajar a la cárcel de Rawson: fue imposible hacerlo en avión. El gobierno militar había bloqueado todas las plazas para el vuelo de ese día. Fue así como, a media mañana, iniciamos con Ortega Peña junto a otros abogados (Rodolfo Mattarollo, Carlos González Gartland, Miguel Radrizzani Goñi, Pedro Galín) un tenso viaje en dos automóviles, que de Bahía Blanca para abajo fue objeto de trabas en sucesivos controles policiales, tendientes a impedir o demorar nuestro arribo a destino.
Al llegar, comenzó una de las situaciones más dramáticas que me tocó vivir en mi larga e intensa vida profesional. Muy pocas veces sentí tanta impotencia y pude comprobar en tal grado el desamparo que trae aparejado la ausencia de respeto a ley y a las garantías individuales con que someten los gobiernos militares a los ciudadanos.
Desde la mañana del 17 de agosto, Rawson parecía, por un lado, una ciudad ocupada, las patrullas militares la controlaban, incluyendo hasta el comedor del Hotel Provincial. Pero, por otro, era un páramo sólo recorrido por los fuertes vientos invernales: los habitantes -sensatamente- sólo se dejaban ver lo indispensable. Una indescriptible sensación de muerte nos embargaba, era una crónica anunciada. íbamos de la cercanía de la cárcel a la zona próxima a la base Almirante Zar, donde tenían a los prisioneros, sin que en ningún lado nos permitieran acercarnos. Constantemente pedíamos entrevistar al juez de la Cámara Federal Jorge V. Quiroga, que había viajado desde Buenos Aires y que instruía el sumario, sin que accediera a recibirnos: hasta llegamos a presentarle escritos pasándolos por debajo de la puerta de su habitación del hotel, reclamándole seguridad para nuestros defendidos.
Todo era vano. Salíamos a la calle y éramos vigilados, mientras los despachos militares y judiciales continuaban herméticamente cerrados para nosotros. El clima era cada vez más lúgubre: advertíamos que estábamos jugando tiempo de descuento: a vida de los prisioneros corría cada hora más peligro y se nos escurría entre las manos. Ortega Peña, Mattarollo, González Gartland y yo fuimos detenidos junto al abogado de Trelew, Mario Amaya, asesinado luego por el golpe del 76, que no le perdonó su participación en la defensa de aquellos prisioneros. Se nos amenazó con fusilarnos, y tras un recurso de hábeas corpus presentado en Buenos Aires, fuimos liberados. Amaya continuó detenido. Intentamos entonces hacer una conferencia de prensa en el estudio de Romero, otro abogado de dicha ciudad. Un explosivo en su puerta, impidió hacerla.
| TRELEW ¿Cuántas muertes nos hubiéramos ahorrado todos los argentinos si las prisiones preventivas dictadas la semana pasada por el juez federal Hugo Sastre contra los responsables de la Masacre de Trelew hubieran sido dictadas el mismo 22 de agosto de 1972? Es difícil responder, pero seguro que muchas, miles. Porque, para mi generación, la impunidad de aquella masacre fue determinante cuando debíamos decidir qué hacer, cuando tuvimos que decidir si mirábamos hacia otro lado o nos incorporábamos a alguno de los movimientos políticos vigentes, independientemente del compromiso que estuviéramos dispuestos a asumir. Del compromiso y de los riesgos que, por cierto, no dependían de nosotros. En mi caso, los fusilamientos de Trelew terminaron con la felicidad de nuestra casa familiar, un ambiente muy politizado pero siempre pacifista, por donde habían pasado intelectuales, artistas, militantes políticos de distintos partidos, con nombre y apellido verdaderos, con trayectorias públicas reconocibles, cargados de historias que el tiempo transformó en leyendas. El bombardeo a Plaza de Mayo pertenecía a la historia, era parte de la leyenda urbana, tenía algo de irreal para los adolescentes que en 1972 teníamos 16 años. Los fusilamientos de Trelew, en cambio, eran una canallada que se podía sentir en carne propia, eran una amenaza. Y cualquiera de nosotros se podía identificar fácilmente con cualquiera de los jóvenes que habían intentado escaparse de la cárcel de Rawson una semana antes de que los fusilaran. Envidiábamos la tranquilidad con la que se habían entregado luego de perder el avión que los hubiera llevado a la libertad, la convicción con la que actuaban. En aquel entonces yo me devoraba toda la prensa política que caía a mis manos y, aunque confieso que me costaba creer, ya en aquel entonces, que fuéramos capaces de torcer el rumbo del mundo, no podía dejar de sentirme solidario con aquellos militantes que habían sido fusilados por un puñado de cobardes. De a poco fueron llegando a casa algunos militantes relacionados con la tragedia. Un viudo, la hermana de una de las mujeres asesinadas, que no usaba corpiño (ante mi ingenuidad, siempre repetía “el que no conoce que aprenda y el que conoce que admire”), el abogado de uno de ellos, y de a poco todos nosotros fuimos reemplazando a nuestros antiguos amigos por otros, nuestras fantasías de estudio y de progreso profesional por otros proyectos, y aprendimos a crecer con la sombra y la amenaza de Trelew sobre nuestras conciencias. Cuántas vidas nos hubiéramos ahorrado si las prisiones dictadas hoy contra los asesinos de aquel entonces se hubieran decidido en el momento adecuado, estableciendo una barrera infranqueable entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto. Es verdad que ni la democracia ni los derechos humanos pertenecían a nuestro universo político, pero si en algún momento hubiéramos recibido desde el Estado alguna señal inequívoca de justicia, otra hubiera sido nuestra historia, y mejor. Quizás haya sido necesario el sacrificio de gran parte de una generación para que el juez Sastre hoy pueda dictar estas prisiones. Ojalá no haya sido en vano. Ni la muerte de mi hermana Soledad, ni la de su marido, ni la de Liliana Lesgart, que no usaba corpiño y que me permitió soñar durante diez años de cárcel con un amor redondo y completo. Juan Schjaer, febrero 2008 |
Comprendimos que nada podíamos hacer allá. Nos embargaba el dolor, la impotencia, el sentirnos absolutamente inútiles frente a la negación de todo derecho. Lo único posible era volver de inmediato a la ciudad de Buenos Aires, a denunciar que el crimen avanzaba a pasos agigantados.
En la tarde del 22 de agosto, en la sede de la Asociación Gremial de Abogados, en nombre de los profesionales intervinientes, Rodolfo Ortega Peña, en conferencia de prensa, hizo pública denuncia de la situación y reclamó por la vida de los 19 prisioneros. Esa noche un artefacto explosivo estalló en dicho organismo.
Concomitante con aquella denuncia, en la base Almirante Zar la pedagogía criminal del terrorismo de Estado producía la masacre de Trelew. Una danza de horror, en el pasillo y las celdas, dejaba 16 cuerpos inertes y tres heridos graves. La sangre en las paredes, los restos de masa encefálica, las marcas de los centenares de balas disparadas contra las víctimas indefensas, mostraba en plenitud la furia homicida y ejemplificadora.
Masacraban a estos jóvenes militantes, pero apuntaban más que a sus corazones, a matar las utopías que anidaban en ellos, sus sueños transformadores y su pasión argentina: no se condenaba su metodología violenta; por lo contrario, aquel hacer de los marinos a cargo del capitán Sosa era un himno a la violencia más extrema (sólo la perversión hipócrita asesina sin piedad en nombre del derecho a la vida).
Tampoco fue el exceso de una guardia ebria. Esta había sido la mera ejecutora de una orden secreta y directa del presidente Lanusse y de los comandantes en jefe. Trataban de restablecer la autoridad de los militares, golpeada en su orgullo envanecido, ahogando en sangre a los que habían osado desafiarla.
Pero la vida de la Nación, que es mucho más rica que los lineales propósitos dictatoriales, hizo que Trelew fuera para el régimen de Lanusse lo que Malvinas para el gobierno de Galtieri. Un gran espasmo, un enorme escalofrío e indignación recorrió el cuerpo social. Un creciente sentimiento colectivo de repudio y espanto embargó al pueblo argentino. Ocho meses después, el 25 de mayo de 1973, esos militares debieron entregar el gobierno, aunque tres años más tarde volverían a asaltar el poder para producir el vasto genocidio.
En mi modesta historia personal, percibí en Trelew, tan palpable como nunca antes, la diferencia entre un estado de derecho y la barbarie autoritaria. En esa comunión con la tragedia sentí la reafirmación del compromiso con los derechos humanos y con la vida, que en medio de tanta impotencia y fracaso recibía como un mandato irrenunciable.
Palabras de un padre
A un año de la matanza, Manfredo Sabelli, padre de María Angélica, revivió su último encuentro con su hija en el texto emocionado que se transcríbe a continuación.
Llegué a Rawson el domingo 13, preocupado por las noticias de una epidemia de gripe en la cárcel, pero mi hija me tranquilizó apenas la vi. Ella también había caído enferma, y a pesar de que se la notaba débil y pálida, tenía un aspecto animoso. Sus compañeros médicos la habían tratado con vitaminas y antibióticos (me contó ella) y lo único que echaba de menos eran los mimos de esos días. Hablamos de nuestras cosas y nos divertimos en grande. Siempre sonreía, María Angélica, con la mirada despierta y la cara llena de luz.
No nos importó separarnos ese domingo, sentíamos que aún nos quedaban muchas horas juntos y esperábamos disfrutarlas sin pensar en la soledad de mañana. Desde algún tiempo atrás, el régimen de visitas al Penal primero se había extendido a cinco días por semana y luego reducido a cuatro, de 9 a 11.30 y de 14.30 a 16. Las horas pasaban volando y yo me preguntaba si habría una red para cazar las horas que se iban, como si fueran mariposas.
Siempre era lo mismo en Rawson: yo me alojaba en casa de unos parientes de buena voluntad y llenaba mis ratos vacíos hablando de María Angélica. El martes llegué al Penal a las 9 en punto. Al rato apareció ella en la capilla. Sonreía, me acuerdo.
Volvimos a hablar de su madre y de Chela, de mis máquinas de escribir y calcular. Yo le repetí las historias que ya le había contado.
Al despedirnos me dijo: -No vengas esta tarde, papá. Tengo una conferencia con las chicas delegadas. Amagué una protesta. ¿Te molestaría no venir, papá?, insistió ella. Yo le mentí que de ningún modo, que me daba lo mismo. Al fin de cuentas, nos quedaba todo el miércoles para vernos y todos los días del año para escribirnos cartas.
Me acuerdo bien de aquel 15 de agosto: hacía frío, con un poco de viento y el cielo estaba nublado. De lo que no me acuerdo es de si besé a María Angélica por última vez en la frente o en la mejilla.
Fuente: Revista La Maga, 19 de julio 1998
Crónica publicada por el diario Noticias, 22 de agosto de 1974
La cárcel de Rawson, una de las más seguras del país, comenzó a relacionarse con la represión política poco después del Viborazo de marzo de 1971, cuando el gobierno militar trasladó ese penal a los detenidos durante la rebelión popular cordobesa. En abril de 1972, alrededor de 200 prisioneros políticos compartían seis pabellones colmando prácticamente la capacidad del penal. En las inmediaciones, una base aeronaval con 600 soldados, dos aviones de reconocimiento, una compañía de Gendarmería con refuerzo de Ejército estacionada a cinco cuadras de la prisión, 500 efectivos de la policía provincial y una delegación de la Policía Federal, además de los 60 hombres del Distrito Militar de Trelew y la Base Naval de Puerto Madryn, con helicópteros a 60 kilómetros de Rawson, y la octava brigada del V Cuerpo de Ejército en Comodoro Rivadavia.
(…) En el aeropuerto de Trelew el 15 de agosto, Rubén Pedro Bonet también había señalado a los periodistas: "Nuestro objetivo, haber tomado la cárcel, haber venido hasta aquí e intentado la fuga, ha sido reincorporarnos a la lucha activa", y agregaba "ya que estamos en la Patagonia concebimos esta Nación y esta lucha como la continuación de la que libraron todos los obreros rurales y los obreros industriales en el año 1921 y que fueron asesinados por el Ejército, por la represión".
(…) Cerca de las 18 horas, a medida que se cumplían las últimas tareas previas de cada pabellón, los combatientes convergían sobre las rejas entonando una canción salteña, "la de Luis Burela" que recuerda la historia de los primeros montoneros de Güemes. A las 18.24 horas, llegó desde afuera el aviso de que estaba en camino el avión previsto, era el límite máximo de espera y ya se estaba por levantar la operación, los guerrilleros coparon todo el interior del penal (cuatro puestos centrales que controla respectivamente dos pabellones cada uno), la sala de biblioteca, aulas, cocina, enfermería y sobre todo dirección y la sala de armas. Luego un grupo de vanguardia llega hasta la caseta que controla la entrada al penal donde se produjo el único enfrentamiento armado en el que resultó muerto un guardiacárcel, y finamente los otros dos puestos de muralla que controlaban el frente del establecimiento penitenciario. El grupo 1, Quieto, Osatinsky, Santucho, Mena, Gorriarán, Vaca Narvaja, ocupan el auto que trae el apoyo externo.
La camioneta y los dos camiones previstos no llegaron.
Se intentó llegar al aeropuerto en remises de Rawson que fueron abordados por los otros 19 de la "vanguardia". Antes de irse Bonet volvió a la caseta de entrada al penal para informar que no había camiones y que sólo fugaría la vanguardia y recordó la forma en que se había previsto la entrega del penal en caso de derrota.
Los 19 tuvieron un camino accidentado y llegaron cuando el avión ya decolaba. Los que quedaron en el penal, con solo un par de FAL lo mantuvieron en sus manos hasta que se garantizó el respeto a sus vidas. Luego, al entregar el establecimiento a las fuerzas de Ejército y Gendarmería fueron encerrados en cada celda del pabellón 7. Una ráfaga de FAL que erró por milímetros a dos combatientes rendidos fue el inicio de la etapa de más abierta represión.
(…) Desde la llegada a la base Almirante Zar, rigurosamente incomunicados, sancionados cada vez que eran encontrados hablando, los prisioneros mantuvieron diálogos usando le lenguaje de las manos y a veces el sistema morse con los golpes. Creyeron que la presencia de numerosos periodistas, médicos y jueces en el aeropuerto eran una garantía suficiente para sus vidas, aunque no para evitar la tortura.
(…) En el último minuto, cuando los están haciendo formar a los 19 en los pasillos, a las 3.30 de la madrugada del 22 de agosto, el capitán Sosa le pone a Haidar la pistola en la cabeza para que apoye la barbilla contra el pecho y mire al piso. Haidar piensa que el marino está loco, y alcanza a comentarlo con Kohon. Después las ráfagas de Sosa, Bravo y Marchard, se abatieron sobre los guerrilleros. Sosa, Bravo y el teniente Fernández recorrieron las celdas rematando a los caídos y matando a quienes ni siquiera habían sido alcanzados, como Delfino o Kohon.
Seis horas más tarde recibieron atención de enfermeros, y recién al mediodía la de médicos. En ese tiempo murieron Astudillo, Kohon, Polti y Bonet.
El 30 de abril de 1973, el presidente general Lanusse premió al capitán de corbeta Luis Emilio Sosa con una beca para instruirse en la infantería de marina norteamericana, en Estados Unidos, con sobresueldos y otras recompensas. Los paraderos de Sosa, Bravo y Marchand son de los secretos más celosamente guardados por la Marina hasta hoy.
Al tiempo de la masacre, los prisioneros que seguían en Rawson recibieron cartas de los hijos de Pedro Bonet de 4 y 5 años, contaban a sus "queridos tíos" que la gente les decía que su padre "era como San Martín pero que todavía por unos años" no iban a encontrar estatuas con su figura. Las tres hijas de Ana María Villarreal de Santucho no creían que su madre había muerto, "lo que pasa es que mamita es pícara y está escondida para que no la encuentren". El montonero Miguel Bustos escribía: "No olvido las sombras de los rendidos en el aeropuerto (las armas en el suelo/sonrientes como acabados de nacer/ con el coraje intacto/entregados a un enemigo infame)".
La
"Vida" después Trelew - 35 Años de
lucha por la Justicia
Por Alicia L. de
Bonet – Krueger
El 15 de Agosto de 1972, un grupo de 6 dirigentes de FAR, Montoneros y
ERP integrado por Mario Santucho, Roberto Quieto, Fernando Vaca Narvaja,
Enrique Gloriarán Merlo, Domingo Mena y Mario Osatinsky logran fugarse
del penal de máxima seguridad de Rawson y abordar un avión en el
aeropuerto de Trelew, esperaron al resto de compañeros. El avión es
tomado y despega con rumbo a Chile y a Cuba.
"Pensad que esto ha sucedido, os encomiendo estas palabras"
Primo Levi sobreviviente de los campos de concentración nazis.
El
segundo grupo integrado por miembros de dichas organizaciones llega al
aeropuerto con retraso sin posibilidad de despegar. Toman el Aeropuerto
de Trelew 19 compañeros: Ana Villarreal de Santucho, Carlos Astudillo,
Eduardo Capello, Carlos del Rey, José Mena, Clarisa Lea Place, Humberto
Suarez, Humberto Toschi, Jorge Ulla, Mario Delfino, Alfredo Kohon,
Miguel Angel Polti, Mariano Pujadas, Ricardo Haidar, Susana Lesgart,
Maria Angelica Sabelli, Maria Antonia Berger, Alberto Camps y mi esposo
Rubén Bonet después serán conducidos a la Base Almirante Zar.
Fue la más grande operación que se concibió de manera unitaria por las
organizaciones peronistas y no peronistas en esos años de militancia.
El gobierno del Gral. Lanusse declara el Estado de Emergencia y la zona
queda bajo el mando de V Cuerpo del ejército.
Al enterarnos de la fuga, familiares de los compañeros decidimos viajar
a Rawson y alquilamos una avioneta. Por su lado, los abogados de los
compañeros (Los Dres, Ortega Peña, Duhalde, Galin, González Garland y
Mattarollo) viajan también a Rawson en remises.
Estos compañeros eran muy jovencitos (entre 20 y 30 años), la mayoría de
los familiares eran los padres, eran pocos los que ya tenían esposa e
hijos. En Rawson, nos vamos unos a hablar con los militares que estaban
al mando en la región, otros, con la iglesia y otros con políticos.
Queríamos que les hagan llegar mantas y comida y sobretodo que supieran
que nos estábamos ocupando de ellos. Pero nadie nos escuchó, seguimos
tratando de hacer algo y nos detuvieron.
En la comisaría de Rawson, estaba con los padres de Mariano, de Susana,
de Maria Angélica, entre otros, nos tomaron las impresiones digitales y
nos hicieron el prontuario mientras nos "aconsejaban" que volviéramos a
nuestras casas. Esta era la condición para liberarnos. Los “viejos” no
podían creer que se las agarraran con ellos y me decían: “yo soy medico
en mi pueblo y lo único que quiero saber es como esta mi hija, ¿por qué
no me van a dejar acercarme a ella?” - “Si mi hijo hizo lo que considero
que tenia que hacer, ¿Por qué se la agarran conmigo?” - “Che ¿te parece
que tengo cara de gangster?”. Tenían fuerza, humor, orgullo por el
camino que habían elegido sus hijos. Para salir, prometimos a los
policías que nos iríamos a nuestras casas.
Nos fuimos a Trelew y seguimos buscando información. Yo era maestra y un
poco periodista de “Nuevo Hombre” de esa manera conseguí fotos del
aeropuerto cuando estaba tomado y una cinta grabada por la televisión de
la Conferencia de Prensa. En esa cinta, los compañeros explican las
razones de sus luchas y las negociaciones antes de entegarse. En ese
momento, se encontraban con ellos en el aeropuerto los periodistas del
diario Jornada y Chubut, el Dr. Amaya, abogado, el Juez Godoy y el Dr.
Viglione, médico que los revisó y verificó que se encontraban en buen
estado de salud. En las negociaciones, autorizan su traslado nuevamente
a la cárcel de Rawson: El Capitán Sosa da “su palabra de honor". Mariano
habla en nombre de Montoneros, Maria Antonia de la FAR y Rubén del ERP.
Firman un acta. Sin embargo, finalmente se los llevan a la Base
Almirante Zar.
Esa Conferencia de Prensa queda inmortalizada en la película “Ni olvido,
ni perdón” de Raymundo Gleyzer.
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Intentamos ir a la Base
pero había militares por todos lados controlando, nos vuelven a detener
y nos llevan a la comisaría de Trelew. Los abogados se enfrentan a un
hermético cerco de silencio que les impide todo contacto con los
detenidos de la Base y de la cárcel de Rawson. Los detienen también para
su identificación, al igual que los chóferes de los remises que los
condujeron. Los Doctores Amaya y Solari Irigoyen que eran abogados
locales tampoco logran tomar contacto con los presos y el Dr. Amaya
queda detenido. Los jueces Quiroga y Godoy no reciben ninguna petición
ni habeas corpus de los abogados. Los abogados convocan una Conferencia
de Prensa en el estudio del Dr. Romero y del Dr. Amaya. Poco después, el
estudio es allanado. Lo que obliga a realizar sus declaraciones en la
calle. Al día siguiente, decidimos todos regresar a nuestras casas.
El 22 de Agosto, muy temprano, escucho en la radio, una de las primeras
versiones de los militares diciendo que los compañeros presos en la Base
intentaron fugarse, que hay muertos y heridos. Inmediatamente, todos los
familiares nos ponemos en contacto con los abogados. Nos dicen que nos
vayamos directamente al Aeroparque para viajar a Trelew, sobretodo nos
aconsejan no pasar por sus oficinas ni por la Asociación Gremial de
Abogados donde solíamos reunirnos. Poco después una bomba explota y
destruye el local de la Asociación.
Yo explico a mis hijos, Hernán de 6 años y Mariana de 4 años que les
llevo “curitas” para curar a papá y a los tíos y a las tías que se
habían peleado con los militares (ellos hacia dos años que visitaban a
su papá en las cárceles de Devoto y de Rawson). Tomo un taxi y le pido
al chofer que ponga la radio, le explico por qué; cuando llegamos al
aeropuerto, no me cobra y me dice Sra. si a su marido lo matan es porque
él luchaba por todos nosotros. Era así que se vivió desde un primer
momento la masacre de Trelew en el pueblo.
Tomo un taxi aéreo con los Dres Landaburu, Sandler, Cavilla y Lombardi
hasta Bahía Blanca para ir al Hospital donde se encontraban los heridos.
En el camino, anuncian por la radio que Rubén acaba de morir. Regreso,
entonces a Ezeiza para recuperar el féretro. Al llegar, recupero a mis
hijos y nos enteramos que los cuerpos de los compañeros los enviaron a
sus lugares de nacimiento; en Rosario, Córdoba, Tucumán, Entre Ríos,
Santa Fé, Santiago del Estero, Capital y a Pergamino en mi caso.
Seguramente, viendo las manifestaciones estudiantiles y populares que se
estaban produciendo en Capital, los militares deciden de esta manera
evitar todo funeral popular. A Capital, llegan los cuerpos de Eduardo
Capello, Maria Angélica Sabelli y Ana Maria Villarreal de Santucho.
Quienes serían velados en la Sede Justicialista de Avenida de La Plata.
Tomo un ómnibus para ir a Pergamino con mis hijos, les explico que no se
pudo curar a papa y a los tíos y tías que estaban muertos. Mariana, mi
hija quería saber si el tío Chupete había muerto también (Eduardo
Capello, era su preferido). Empezaron a hacerme preguntas sobre la
muerte “¿cómo se hace para respirar y comer dentro de un cajón?”
Hicieron dibujos para su papa, que pegué en el cajón.
Mientras yo estaba convencida que jamás, ni Rubén, ni Mariano, ni los
otros compañeros podían haber hecho un solo gesto para fugarse. Tenían
una fuerte moral revolucionaria, ya habían sido torturados y se
mantenían siempre firmes, sabían que estaban rodeados por la Marina, que
el lugar estaba en medio del desierto, que no tenían comunicación con el
exterior. Simplemente yo pensaba que los habían matado a sangre fría, a
pesar de las versiones “oficiales” que aumentaban la confusión. En esos
años, no había antecedentes que se hubiera matado a un grupo tan grande
de presos políticos en el país y todos comenzamos a hablar de “Masacre”,
hasta gente que no estaba de acuerdo con los grupos armados.
Cuando llego a Pergamino, de la misma manera que a todos los familiares
fuimos interrogados por la policía, se tenia que firmar una orden
militar para que no hubiera ceremonia, velatorio, y que se enterrara
inmediatamente al familiar; Para mí, era imposible aceptar estas
condiciones, yo quería comprobar que el que estaba en el cajón era Rubén
y lo que le habían hecho. Por eso, dejé el cajón en la morgue y empecé a
realizar gestiones con la policía para poder abrir el cajón. No fue
fácil, ya que hicieron circular en el pueblo, que el ERP iba a recuperar
el cuerpo con lo cual el cementerio estaba rodeado de militares. Al
final, entre amenazas y tratativas, me permiten identificarlo. Entro con
un lápiz y un papel, escribo todo lo que veo; era Rubén, tenia
hematomas, tenia especies de grandes lunares (después supe que era la
entrada de balas) y una parte de la cabeza destrozada.
Me entero, luego, que en diferentes lugares del país se abrieron los
cajones, que había enormes manifestaciones y que con tanques habían
desalojado la Sede Justicialista.
A partir de ese momento, estaba convencida que no se podía ocultar la
verdad de lo que había pasado, era necesario denunciarlo para que no se
continuara matando con total impunidad.
Unos días después inicio el juicio caratulado “Alicia de Bonet contra el
Estado Nacional (Comando en Jefe de la Armada)” en el Juzgado de primera
instancia n°6. El juez ordena la autopsia de Rubén. En la autopsia, se
menciona 3 heridas de bala de distancia y calibre semejante, una herida
en la cabeza de bala de otro tipo de proyectil, disparado a corta
distancia por lo cual se verifica que es “un tiro de gracia”.
El mismo juicio lo inicia la familia de Ana Villareal de Santucho
representada por la Dra. Manuela Santucho. El 26 de Octubre 1972
acompaño a mi abogado Dr. Mario Diehl Gainza a la cárcel de Villa Devoto
donde se constituyo el tribunal, para tomar declaraciones a los tres
sobrevivientes. Están presentes todos los abogados de los compañeros.
Primero declara Alberto Camps, luego Ricardo Haidar y finalmente Maria
Antonia Berger quienes a pesar de estar heridos e incomunicados nombran
al Teniente Bravo, al Suboficial Marechal, al oficial Sosa y explican
con detalles similares cómo procedieron a fusilarlos.
Estos testimonios fueron recogidos por Francisco Urondo el 23 de mayo
1973 en la cárcel de Villa Devoto, los publicó en dos libros “Trelew” y
“Trelew, La patria fusilada”.
El Juicio siguió su curso hasta 1974, en que empezó a actuar las triple
A con sus asesinatos y bombas. Cuando asesinaron al abogado de Rubén, el
Dr. Rodolfo Ortega Pena, hablé con los padres de Mariano, Susana, de
Clarisa y me decían “pero querida, no te preocupes por nosotros, somos
personas mayores, cuídate vos y los chicos” .No podían imaginar tanta
crueldad.!!!
Juan Gelman escribe, en 1972 "Glorias", versos premonitorios de lo que
iba a suceder:
..¿Acaso no esta corriendo la sangre de los fusilados en Trelew?…
...¿hay algún sitio del país donde esa sangre no este corriendo
ahora?....
Relataré algunos de los casos de ”la sangre que siguió corriendo“
después de Trelew:
- Alberto Camps murió el 16 de agosto de 1977 en un enfrentamiento en su
domicilio,
- Maria Antonia Berger murió en 1979 en un enfrentamiento y su cuerpo
fue mostrado en la ESMA como trofeo,
- Ricardo Haidar está desaparecido desde 1980.
- Roberto Quieto fue secuestrado y está desaparecido desde 1975,
- Marcos Osatinsky fue ejecutado en 1975, sus hijos José y Mario de 18 y
15 años murieron en un enfrentamiento en su domicilio, su esposa Sara
fue secuestrada,
- Mario Santucho murió en un enfrentamiento en 1976, gran parte de su
familia permanece desaparecida (hermanos, esposas, sobrinas).Entre ellos
la Dra. Manuela Santucho.
- El padre y el hermano de Fernando Vaca Narvaja fueron asesinados en
1976.
El 14 de agosto de 1975 fueron secuestrados los padres de Mariano
Pujadas, José Maria y Josefa junto a su hija Maria José, su hijo José
Maria y su compañera Mirta. Fueron ametrallados, dinamitados y tirados
sus cuerpos en un pozo: Mirta se salva y muere años después de las
secuelas.
Arturo Lea Place padre de Clarisa fue matado y su hermano Luis detenido.
Una vez liberado abandono el país.
El hermano de Eduardo Capello, Jorge es secuestrado junto con su
compañera Irma y el hijo de ella de 12 años. Están desaparecidos.
El hermano de Susana Lesgart, Rogelio es arrestado en 1976, sus hermanas
Maria Amelia y Adriana se encuentran desaparecidas desde 1979.
Muchos familiares han sobrevivido por haber vivido clandestinamente y/o
haber salido del país.
LA REACCION DE LA GENTE DE TRELEW |
Raymundo Gleyzer está desaparecido desde mayo de 1976.
Paco Urondo muere en un enfrentamiento junto a su mujer en marzo de
1976.
El 22 de agosto de 1976 se
descubren 60 cuerpos de personas que habían sido
secuestradas por las Fuerzas Armadas.
Los presos políticos y sindicales de las cárceles del país en especial
los de Rawson fueron duramente castigados, muchos de ellos están
desaparecidos o tuvieron que salir del país.
Entre 1974 y 1983, hubo más de 200 abogados, asesinados y desaparecidos,
en el ejercicio de su profesión; defendiendo el derecho a la libertad y
a la vida de presos políticos y sindicales. Con ellos se eliminó la
defensa legal y se silenció la Justicia. Los que pudieron salvarse
vivieron en la clandestinidad hasta salir del país.
La población de Rawson y de Trelew sufrió persecución, tortura, por
haber sido testigos, apoderados, sindicalistas, políticos, periodistas,
amigos, médicos, docentes, obreros, estudiantes o miembros de la
comisión de solidaridad con los presos de Rawson y de Trelew.
Estas informaciones no son exhaustivas, solo son una parte del iceberg
que constituyó en nuestro país la aplicación de la política llamada de
"Terrorismo de Estado" que se tradujo por la eliminación física de todos
aquellos que se suponía opositores al régimen gubernamental vigente, sin
respeto de ninguna ley nacional o internacional de protección de la vida
de las personas y que culmino con los 30 000 muertos y desaparecidos.
A partir de agosto de 1974, viví en la clandestinidad con mi familia.
Mis compañeros de trabajo me avisaron que los militares habían ido a
buscarme a la escuela y que la directora había recibido la orden de mi
captura de parte de la Marina. En 1977, salí del país con mi familia.
Una vez restablecida la democracia en Argentina, comencé a mandar cartas
a los presidentes argentinos para que se hiciera justicia por Trelew.
Traté de reabrir el juicio iniciado pero había desaparecido de los
Tribunales.
En 2005 fui invitada junto a otros familiares y ex- presos de Rawson a
“los actos oficiales” de conmemoración de los 33 años de la Masacre de
Trelew. Fuimos recibidos por la Secretaria de Derechos Humanos de
Chubut, Sra. Elisa Martines, por el Subsecretario Dr. Mattarollo y el
Secretario de Derechos Humanos de la Nación Dr. Duhalde y más tarde por
el Sr. Presidente de la Nación Dr. Kirchner. Por primera vez después de
33 años que reclamaba justicia era escuchada por las más altas
autoridades del país. Todos nos dieron su apoyo para que la masacre de
Trelew no quede impune.
Se decidió transformar el Aeropuerto de Trelew en Monumento a la
Memoria.
Unos meses después varios familiares iniciamos una Querella contra el
Estado, esto fue en el mes de febrero 2006. Nuevamente comenzaron a
llover las amenazas sobre algunos de los testigos y poco después se
denunciaban a los Servicios de Inteligencia de la Marina, situados en la
Base de Trelew por sus actuaciones.
Así pudimos saber que nunca dejaron de funcionar, ni antes de la
democracia, ni ahora. Los que quedaron vivos y se manifestaron contra la
impunidad de Trelew teníamos seguimientos, fotografías, informes, datos
sobre las actividades que realizábamos desde los espectadores que fueron
a ver la valiente película "Trelew" de Mariana Arruti, que restituye la
verdad histórica de estos hechos hasta la entrevista que los familiares
tuvimos con el Presidente, pasando por altos funcionarios, abogados,
familiares, piqueteros, gente del pueblo. Todos estábamos en esas
carpetas que retiró el juez de la Base Almirante Zar.
La Querella iniciada esperamos que permita que la Masacre sea
considerada como un "crimen de lesa humanidad" o sea imprescriptible,
que los marinos que ayer salieron protegidos del país a las embajadas de
EEUU y de Sudáfrica entre otras y que hoy siguen viviendo en barrios
protegidos y que fueron los que actuaron en la masacre sean juzgados y
que se haga justicia por los compañeros fusilados el 22 de Agosto de
1972.
En la actualidad el juez federal Hugo Sastre, a cargo de la querella, ha
procesado a 9 marinos por el caso de espionaje ilegal por delito de
abuso de autoridad y separados de sus cargos.
Se están tomando declaraciones a gran cantidad de personas que han
podido aportar sus testimonios.
Se ha citado al médico que firmó las actas de defunción de los
militantes fusilados, para que declare.
El equipo de física forense del Instituto Balseiro realizara una pericia
sobre las paredes de las celdas donde fueron acribillados. La justicia
está haciendo su trabajo.
Es el primer 22 de agosto que puedo tener confianza que el compromiso
que asumí junto a mis hijos por la Memoria, la Verdad y la Justicia de
la Masacre de Trelew se transforme en realidad.
Bibliografía:
Libros
"Abogados Desaparecidos", Familiares de detenidos y desaparecidos
"Proceso de explotación y represión en la Argentina", Foro de Buenos
Aires por la vigésima de los Derechos Humanos
"Trelew" de Francisco Urondo
"Nunca Mas", CONADEP
"Argentine:dossier d'un génocide", Commission Argentine des Droits de
l'Homme
"Héroes", Gregorio Levenson y Ernesto Jauretche
"Trelew: La Patria Fusilada" de Francisco Urondo
Películas
"Ni olvido ni Perdón", Raymundo Gleyzer
"Trelew" de Mariana Arruti
Sra. Alicia L. de Bonet – Krueger
22 de agosto de 2007
Homenaje oficial a 34 años de los fusilamientos en la base naval de TrelewPor Nora Veiras desde Trelew
"Una semana por mes veníamos con mi marido a verlo desde Buenos Aires. Teníamos un Citröen 3 CV y siempre llegábamos con los vidrios rotos por los ripios del camino. Nos emponchábamos con todo. Pensaba en el frío y le tejía pullóveres y medias. El los repartía para todos... Acá lo mataron, fue al primero que le llegó la ráfaga de ametralladora." A los 84 años, la mirada cristalina de Soledad Capello, la madre de Eduardo, se nubla un instante al señalar el salón de la Base Naval Almirante Zar de Trelew, donde la Armada trató de borrar las huellas de las celdas en las que el capitán de corbeta Sosa y el teniente Bravo asesinaron a dieciséis presos políticos y dejaron mal heridos a tres en la madrugada del 22 de agosto de 1972. En ese lugar el Ministerio de Defensa y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación colocaron ayer una placa con el lema "Nunca Más, terrorismo de Estado" con los nombres de los fusilados y un compromiso "Por siempre respeto a la Constitución nacional, por la Verdad y la Justicia".
Todo el entorno es hostil. La estepa, el viento, la nada que rodea ese lugar todavía treinta y cuatro años después de la masacre le da otra dimensión a la fuga del penal de Rawson. El 15 de agosto, los líderes de la conducciones guerrilleras del ERP Mario Roberto Santucho, Enrique Gorriarán Merlo y Domingo Mena; Fernando Vaca Narvaja (Montoneros) y Marcos Osatinsky y Roberto Quieto de las FAR habían logrado llegar al aeropuerto de Trelew para huir rumbo a Chile en un avión secuestrado. Los diecinueve cuadros políticos que salieron en segundo término llegaron tarde y tuvieron que rendirse. Violando el compromiso asumido por el capitán Sosa, no los devolvieron al penal sino que los recluyeron en la Base Almirante Zar. Una semana después los ejecutaron a mansalva. La investigación judicial recién se abrió el año pasado y pasó a Rawson en febrero. Está a cargo del juez Hugo Sastre.
Eduardo Luis Duhalde era en aquella época abogado de varios de los fugados y detenidos en Chubut. Junto a Rodolfo Ortega Peña, Carlos González Garland y Rodolfo Mattarolo fueron los primeros abogados en llegar a Trelew. Sumaron a su periplo a Hipólito Solari Yrigoyen y Mario Abel Amaya, pero ningún recurso legal era considerado. "Es muy raro que la historia te dé una segunda oportunidad para tratar de que se haga justicia", dice el ahora secretario de Derechos Humanos que se presentó como querellante en la causa. "La forma en la que se protegió a los autores materiales es la mejor prueba de que este episodio criminal no lo hizo la guardia, ni siquiera los mandos de la Marina. Fue una decisión de la Junta de Comandantes en Jefe. En ese momento (Alejandro Agustín) Lanusse estaba negociando con Perón ‘si le daba el cuero’ o no para volver. La fuga fue un golpe durísimo al poder de las Fuerzas Armadas. Los psicoanalistas dirían que fue una tremenda herida narcisista", dijo a Página/12.
El paradero de los ejecutores del fusilamiento, Sosa y Bravo, que pidieron el retiro de la Armada durante la última dictadura, es uno de esos secretos que nadie explica. El secretario de Asuntos Militares, José María Vásquez Ocampo, sugirió ante este diario que se podría haber cambiado la identidad y señaló que "es un tema de la Justicia". Duhalde recordó que uno de los jefes de la ESMA, Jorge "El Tigre" Acosta, invitó a Sosa a ese centro clandestino y lo paseó ante los prisioneros como reconocimiento a su "trabajo" precursor en la aplicación del terrorismo de Estado.
Las secuelas de la masacre en la que murieron Clarisa Lea Place, Susana Lesgart, María Angélica Sabelli, Ana María Villarreal de Santucho, Carlos Astudillo, Pedro Bonnet, Eduardo Capello, Alberto Del Rey, Mario Emilio Delfino, Alfredo Khon, José Ricardo Mena, Mariano Pujadas, Humberto Suárez, Miguel Angel Polti, Humberto Toschi y Alejandro Ulloa y fueron heridos María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y René Haidar siguieron generando más muertes. Fueron asesinados el almirante Hermes Quijano, quien desde el gabinete de Lanusse puso la cara para justificar los fusilamientos en un supuesto intento de fuga, y el juez federal del "Camarón" Jorge Quiroga, que se trasladó a Trelew para conjurar todo intento de justicia. Los represores se ensañaron con las familias de las víctimas: asesinaron a los padres, dos hermanos y una cuñada de Pujadas; a la familia de Vaca Narvaja la diezmaron; hicieron desaparecer al hermano de Capello y su esposa.
El hostigamiento alcanzó también a los posibles testigos del horror. Recién el año pasado, Miguel Marilco, empleado de la funeraria de Trelew que había tenido que poner los cuerpos en los cajones, se atrevió a dar su testimonio. "No hablés porque vamos a reventar a tu hijo", le habían dicho y durante treinta y tres años el temor clausuró su memoria.
Alicia Sanguinetti era una de las presas políticas de Rawson. "Era una de los que íbamos a salir en los camiones que no llegaron", recuerda y explica "estábamos frustrados pero contentos por los que salieron. Teníamos una disciplina militante. Lo importante era la dirigencia, después los cuadros políticos y después los militantes". El traslado a celdas individuales, el verdugueo constante, los interrogatorios arreciaron en el penal y "gracias a la solidaridad de afuera no fue una masacre adentro", dice esta mujer que tiene a su compañero Alberto Funarris, a tres primos y a un cuñado desaparecidos.
Los fantasmas de aquel pasado invadieron ayer la recorrida de funcionarios, familiares y sobrevivientes de aquella tragedia. En la puerta de la Base Almirante Zar, uno de los pocos marinos que apareció se acercó a saludar a Nora Cortiñas, madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora.
Una tensa mano extendida frenó al uniformado.
–¿Nos va a seguir espiando? Le cuento que llegamos ayer, hoy estamos acá y más tarde vamos a hacer un acto con Hijos...
El marino optó por el silencio. La historia y la crónica reciente no deja margen para la inocencia. En marzo pasado en esa misma base, un suboficial denunció las tareas de espionaje interno a las que lo obligaban sus jefes. La causa avanza a tientas en la Justicia, pero provocó el relevo de parte de la cúpula de la Armada y la reformulación de la Inteligencia Interior.
Fuente: Página/12, 23/08/06
La demanda de la memoria
Por Pablo Dratman (22/08/07)
Un puñado de versos atravesó el tiempo y ancló la memoria en el viejo Aeropuerto de Trelew. Conmovedora y entrañable, la voz de Tati Almeida desgranó la poesía de su hijo Alejandro, detenido y desaparecido en la década del setenta. La mujer, un emblema de las Madres de Plaza de Mayo, ofrendó el legado que dejó aquel adolescente cuando escribió hace más de tres décadas un poema sobre el asesinato de los militantes en la Base Zar y que títuló "Trelew". Ayer, esa palabra resonó como un trueno, pese a que Tati Almeida la pronunció con serenidad, sin dramatismo.
Ese hilo de plata que enhebró aquel retazo trágico y deslumbrante de nuestra historia con la búsqueda actual de verdad y justicia, sintetizó el espíritu del acto que inauguró el Centro Cultural de la Memoria en la terminal aérea y que abre un espacio de recuerdo y reflexión sobre la Masacre de Trelew, sin dudas el hito inicial del sangriento camino que desembocó, más tarde, en el mayor genocidio de la historia argentina.
Fue un acto que reivindicó conceptualmente la memoria, planteada como un desafío que compromete con la verdad y la Justicia. No fue un acto político, ni siquiera institucional; las mujeres y los hombres -muchos de ellos víctimas de los más terribles tormentos- desplegaron sus banderas, saludaron con sus puños en alto y sus dedos en "v", en el marco del más terrible ensordecedor de los silencios.
Fue una convocatoria a evitar el olvido, pero al mismo tiempo una renovación del compromiso con la democracia a partir de la política como condición inherente al hombre.
Quienes ayer fueron reivindicados y cuyo martirologio aún demanda una respuesta de la Justicia, enfrentaron a una dictadura que había monopolizado la política condenando al ostracismo político al conjunto del pueblo.
Sin política la existencia del hombre resulta inconcebible, y por consiguiente la eliminación de la política es imposible, a menos que se la reduzca exclusivamente al ajetreo de los comités en vísperas electorales. La experiencia de la historia contemporánea de nuestro país muestra que cada vez que las dictaduras lo intentaron, en verdad lo que pretendían era convertir al pueblo en una masa de consentimiento, para una política que otros procuraban hacer en su nombre, para acentuar el privilegio económico de las minorías poseedoras de la riqueza, o para desintegrar el patrimonio económico y moral de la nación. Contra eso lucharon los militantes que ayer fueron recordados en el Aeropuerto Viejo de Trelew.
Hubo discursos, pero el acto fue esencialmente una imagen cargada con hechos de nuestro pasado reciente, aún no debidamente debatidos en los planos ideológico y político, y mucho menos resueltos en el ámbito de la Justicia. Ese recorte de la historia plantado con indudable coraje político en el centro de la escena donde comenzó a labrarse la masacre, fue en si mismo una convocatoria a la memoria y la reflexión para pensar en el futuro. Ese es el punto.
Alguien dijo que Trelew no debería ser asociada a la muerte, sino a la memoria. Otros, después de escuchar a Tati Almeida, pensaron que había que asociarla a la vida. Y no se equivocaron: ¿Que otra sensación puede despertar la actitud de una madre que convoca a la esperanza desde la poesía que escribió aquel hijo adolescente que busca sin resignación desde hace más de tres décadas? La poesía, como se dijo, se llama "Trelew" y fue un canto a la vida.
Fuente: www.diariodemadryn.com
Rawson y Trelew
Por Rubén Batallés (1)
En la cárcel de Rawson el PRT ERP le propuso a las FAR una fuga conjunta, que éstas aceptaron. También fue invitado Montoneros como organización, pero la dirección externa no estuvo de acuerdo y dejó la resolución final librada a sus propios presos. La participación de la "eme" quedó limitada a la decisión de los montoneros presos.
En verdad, tampoco la dirección externa del PRT ni de las FAR estaban del todo convencidas de las posibilidades de éxito. Esa falta de confianza acarrearía graves consecuencias.
Tomó cuerpo, pues, el intento de fuga de más de un centenar de presos políticos de diferentes organizaciones armadas.
Desecharon cavar un túnel por la dureza del terreno (aunque en los años 80 la requisa descubrió un principio de excavación disimulada bajo las baldosas de una celda).
El plan contempló escapar en camiones hasta el aeropuerto de Trelew, distante unos 20 kilómetros, y de ahí en avión hasta Santiago de Chile.
Facio, un guardiacárcel amigo de Mena, aceptó entrar algunas armas a cambio de dinero. Más tarde la represión lo descubrió y asesinó.
A último momento se invitó a Tosco, quien declinó por su carácter de dirigente de masas. Pero aclaró que estaba a disposición en todo lo que pudiera colaborar. Y en efecto, ayudó a controlar el penal mientras los guerrilleros intentaban fugar.
Constituyó todo un acuerdo no sólo militar sino político, de unidad entre las principales organizaciones guerrilleras.
Es conocido que el copamiento interno del penal fue cumplido perfectamente. En la última guardia se produjo un ligero tiroteo, durante el cual Osatinsky abatió al guardiacárcel Valenzuela.
Estos disparos llevaron a que José Luis Marcos del PRT y Jorge Omar Lewinger de las FAR, que estaban a cargo de los camiones, pensaran que la fuga había sido descubierta y fracasado. Por tanto, precipitadamente, ordenaron retirarse con los camiones.
En cambio, otro joven compañero de las FAR, Carlos Goldemberg, desobedeció la orden de retirada. Valientemente, se aproximó con su coche al portón del penal. En ese vehículo pudieron trasladarse los 6 compañeros de la vanguardia.
Un avión de Austral procedente de Río Gallegos había sido copado por otros compañeros: Ana Weissen de las FAR y Fernández Palmeiro y Ferreira Beltrán del PRT-ERP.
Al salir del penal el segundo contingente de 19 compañeros, no encontró los móviles para la retirada. Aunque apelaron a taxis de la zona, perdieron minutos preciosos. Cuando llegaron al aeropuerto vieron que el avión, que los había esperado más de lo previsto, ya despegaba.
Santucho, Mena, Gorriarán del ERP, Osatinsky y Quieto de las FAR, Vaca Narvaja de Montonoeros, más los 4 compañeros de apoyo (Ana Weissen, Carlos Goldemberg, Ferreira Beltrán, Fernández Palmeiro) aterrizaron en Chile. Quedaron demorados. El MIR, la izquierda del Partido Socialista y de la Democracia Cristiana, ganaron las calles exigiendo su libertad.
Argentina y el continente se estremecieron.
(…)
A la semana, en Trelew fueron asesinados fríamente 16 de los 19 capturados.
Entre ellos 4 compañeras. Fue el primer crimen múltiple de compañeras. La primera guerrillera muerta en combate había sido Liliana Gelín, de las FAR.
Esa noche, los recluidos en las celdas de Rawson, rabiosos de dolor, escucharon la voz potente y solidaria de Agustín Tosco. De allí en adelante el Gringo pasaría a ser un estrecho aliado del PRT.
Los 3 baleados que sobrevivieron, Antonia Berger, Alberto Camps y René Haidar, caerían años después en la nueva Resistencia a la barbarie fascista.
Finalmente Allende, que 5 años antes había ayudado a la evacuación de Pombo y otros guerrilleros sobrevivientes de la columna del Che, extendió un salvoconducto y los prófugos arribaron a Cuba. Allí Roby pudo entrevistarse con Fidel.
Paradójicamente, las relaciones políticas del PC cubano eran más afines con Montoneros y las del Ejército Rebelde con el PRT ERP.
(1) Militante Histórico del PRT y del ERP. En 1968 participó junto a Mario Roberto Santucho y otros militantes, en la primera expropiación del Banco de Escobar, donde sería detenido en la fuga. Confundador del actual PRT Santucho. Falleció el 14 de diciembre de 2004.
Fuente: PRT Santucho
Compañeros fusilados en Trelew en la base Almirante Zar el 22 de agosto de 1972 ¡presentes!
Por Lucrecia Cuesta
La dictadura estaba herida de muerte con el Cordobazo. La estrategia para producir los cambios necesarios para que todo siguiera igual estaba montada, el "Gran Acuerdo Nacional" buscaba recomponer el sistema político con un proyecto sustentado por la burguesía nacional y el acatamiento de las masas obreras a su condición de supuestos socios del capital. En cualquier otro país capitalista estos propósitos hubiesen tenido un trámite que evitara la masacre, pero vivimos en Argentina y Argentina es un país demasiado joven y muy cruel.
Somos hijos del cordobazo, en las calles de Córdoba aprendimos que el dueño de la Revolución era el propio pueblo, sus masas explotadas; en las calles de Córdoba el pueblo argentino enterró igual que lo está haciendo hoy el régimen de terror que nos habían impuesto los bombardeos de junio sobre la Plaza de Mayo contra un gobierno electo por el pueblo y sobre miles de ciudadanos inermes. ¿Podíamos creer en la democracia que nos proponían 18 años después los mismos asesinos del pueblo?
En este contexto, la lucha armada no sólo era legítima, son que no tenía nada que ver con cualquiera de los numerosos precedentes históricos que esta forma de lucha tuvo en la historia de los partidos políticos de la Argentina, como lo demuestran sin ir más lejos los miles de radicales inmolados durante los motines yrigoyenistas, y hoy olvidados por sus propios correligionarios. O esa masacre que, en un Día de la Bandera destruyó en el cuerpo de la multitud un movimiento histórico y le dejó al país el escarnio que hoy padecemos.
Yo era joven y no se vayan a creer que en ese momento la gente estaba encantada de ir a votar o que la juventud y las amplias mayorías se desvivían por ser candidatos en una lista sábana. Hoy, que ya no tengo esos años sé que a nuestro país le costó menos vidas imponer la jornada de 8 horas que lograr la ley Sáenz Peña.
Yo era joven y estaba prisionera cuando los compañeros decidieron la fuga del tenebroso penal de Rawson.
Todos ustedes saben que el primer deber de u prisionero es la libertad. Fuimos una generación avisada por la Historia. Sabíamos que el Gran Acuerdo Nacional, igual que la Ley Sáenz Peña, podía ser otra de esas primaveras destinadas por las clases dominantes a desposeer a los explotados de la utopía de protagonizar su propia historia. El escándalo de nuestra generación no fueron las armas, sino el propósito de que asumimos incorporarnos a la causa del pueblo como sujeto activo de su propio acontecer.
Trelew es la expresión más acabada de lo que acabo de decirles, la alegría popular por la fuga se transformó en un instante en la indignación más profunda que atravesó aquella sociedad al intuir la burda mentira de los verdugos para encubrir una impunidad que todavía hoy persiste, en un Estado que sumó a su dimensión criminal las políticas sociales y económicas.
Trelew unió a todos los combatientes y esa unidad llevó a una escala hasta entonces desconocida la homogénea respuesta popular que terminó de desalojar a los militares de los poderes formales de la República. En el aeropuerto de Trelew y frente a las cámaras de televisión la vieja resistencia popular adquirió para millones de argentinos el rostro público de la revolución. Los verdugos sin embargo permanecieron en el mismo sitio y si lo miramos más atentamente, ahí tenemos a los jefes del Ejército y de la Marina actuales yendo a reclamarle a un presidente inelecto por los juicios de la verdad.
El gobierno que en 1973 fue electo por el pueblo no castigó a los hechores de la masacre. Apenas en Salta el gobierno democrático de Ragone encarceló y juzgó a torturadores con el resultado que ya sabemos: ninguno de los responsables políticos de esa medida ejemplar, comenzando por el propio Miguel Ragone, se salvó de que los asesinaran las bandas fascistas de los militares y oligarcas argentinos.
Los asesinos de Trelew, como el huevo de la serpiente, alumbraron la noche del 24 de marzo de 1976.
La única diferencia que mantenían con el gobierno militar de Lanusse consistía en no haber sido beneficiarios de las monumentales coimas de los altos mandos en su gran acuerdo con la entonces llamada burguesía nacional y de la que apenas hoy queda el adjetivo.
Ninguno de los errores que hemos cometido, ni nuestro vanguardismo, ni la mirada insuficiente al ritmo colectivo que la profunda crisis traía, han llegado a adquirir la monstruosa dimensión desplegada por el terrorismo de Estado y la revancha de los burgueses depredadores que aún hoy dominan sobre nuestro país.
La distancia que el tiempo nos permite ilumina minuciosamente zonas de la realidad que cuando éramos jóvenes permanecían en el terreno de nuestras consignas. Toda la confrontación de los 70 estaba monitoreada al detalle desde el centro de lo que hoy conocemos como un Estado mundial de las empresas transnacionales, ninguno de los verdugos disparó un solo balazo sin el OK de los yanquis. Los primeros desaparecidos datan de los tiempos de Lanusse, la CIA tenía una oficina en la Policía Federal, la embajada virreinal verificaba la limpieza de los sectores juveniles del sindicalismo y de las cúpulas sindicales, una práctica que venía de los lejanos años 60, el Plan Conintes; y la sociedad argentina demoró más de 20 años en conocer la existencia del Plan Cóndor.
Y así Trelew sigue sucediendo. Tanto sus enseñanzas para el campo popular, para lo que el pueblo puede y sus conciencias deben, como en lo referente a las intenciones criminales del poder.
Trelew ha sucedido en el Puente Pueyrredón. ¿Hemos sabido sacar las lecciones de unidad que la sangre de los caídos nos impuso durante los primeros días? ¿Preferimos seguir ignorando que la cadena de impunidad configura un verdadero estado de guerra contra el pueblo?
¿Volveremos a ignorar que ante este estado de cosas nadie es dueño de la verdad?
Ninguno de los sacrificios que atravesó nuestra generación, la generación de Trelew, fue en vano, por la sencilla razón de que lo primero que poníamos en juego a la hora de proponer una verdad, era nuestra disposición de dar la vida en practicarla.
Jamás en nuestra historia el poder depredador de las clases dominantes en Argentina ha sido desafiado por un arco social más amplio y seguro de sí que el establecido por la consigna "que se vayan todos y no quede ni uno solo".
La dictadura y 160 años de democracia representantiva y delegativa han sido enterrados en la noche y la tarde del último mes de diciembre y lo que nunca había sucedido, tampoco estaba previsto acaso, en las palabras y conceptos que daban lugar a nuestros sueños.
Estamos en la tierra que abrieron nuestros queridos compañeros y que fue abonada por la complicidad y la ternura inmortal de nuestros caídos. El pueblo nos quiere unidos.
La unidad del pueblo es un desafío ético y lo que Trelew hoy nos dice es que sin esa moral no habrá condiciones para una fuerza que sostenga el futuro sin impunidad, ni habrá oportunidades para el poder, la democracia será participativa o la noche se hará cargo de nuestros sueños.
Las Madres abrieron la primera trinchera en la noche de la dictadura preguntando dónde estaban todos nuestros compañeros. Y nosotros, treinta años después también estamos aquí preguntando: señores Stella y Brinzoni, ministro Jaunarena, presidente Duhalde, ¿dónde están el capitán de corbeta Luis Emilio Sosa y el teniente de fragata Roberto Guillermo Bravo?
Ahora quisiera agregar unas palabras en relación a la presencia en ese momento en la cárcel que me tocó vivir después de la fuga.
Días anteriores a la fuga, dos o tres días antes, yo estaba en el penal de Rawson. Me llaman desde el Camarón y dos o tres días antes de la fuga me trasladan al buque Granaderos. Por supuesto que ahí también los verdugos cumplieron con su cometido. Éramos escasa mujeres, y fuimos víctimas de los mayores atropellos. Permanentemente nos tenían con requisas, con atropellos verbales, impidiendo que pudiéramos ver a nuestros familiares. Las mayoría éramos mujeres con hijos. En cada lugar ellos cumplieron con un cometido: perseguirnos psíquicamente e impedirnos cosas elementales, nos sacaron el recreo, nos limitaron en la comida, requisas permanentes. En ese momento creo que estaba Ruiz –después pasó al penal de Rawson– y fue terminante. Me dijo personalmente, a mí y a otras compañeras: "Si se fugaban todos de Rawson no sabemos cuál hubiera sido el destino de ustedes".
[Exposición oral en FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS - CATEDRA LIBRE DE DERECHOS HUMANOS - A 30 AÑOS DE LA MASACRE DE TRELEW - Resistencia popular y terrorismo de Estado - Foro Nº 2, 23 de agosto de 2002]

A 34 años de la masacre de los prisioneros políticos
El pacto de silencio de Trelew
Por Susana Viau
La idea de la fuga estuvo siempre viva en los seis pabellones que los presos políticos ocupaban en el penal de Rawson. Luego de descartar que un avión contratado fuera obligado a aterrizar en las adyacencias de la cárcel, como les sugerían sus compañeros desde el exterior, Mario Roberto Santucho, Enrique Gorriarán y Marcos Osatinsky, integrantes del comité encargado de la planificación y ejecución de la huida, se inclinaron por un diseño que parecía más sencillo: tras el copamiento de la cárcel, en camiones y camionetas, 110 guerrilleros se trasladarían hasta el aeropuerto. Allí abordarían aviones de línea para cruzar la cordillera. Si lo conseguían, podrían afirmar que habían protagonizado la fuga más grande de la historia argentina. Contaban con que el gobierno del socialista chileno Salvador Allende, por principios o por condicionamientos, no podría devolverlos a la dictadura. Fueron meses de trabajo intenso, sigiloso. Fabricaron uniformes, gorras, bordaron las insignias del servicio penitenciario, levantaron planos, acumularon información minuciosa de la rutina de los guardias, estudiaron horarios de aviones, frecuencias de vuelos. Habían logrado ingresar unas pocas armas cortas que servirían para reducir a los primeros efectivos; el resto del armamento lo proveerían los propios carceleros. Los militares iban a sospechar siempre que las pistolas habían sido introducidas en el penal durante las visitas por el abogado radical Mario Abel Amaya. Se tomaron un tiempo, pero no lo olvidaron: Amaya fue detenido y asesinado a golpes en la cárcel cuatro años después, en octubre de 1976.
A las 18.30 del 15 de agosto de 1972, con unos minutos de retraso, Santucho se quitó el sweater que llevaba puesto y lo agitó. Era la señal de comienzo de la operación gestada por el acuerdo del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Montoneros, desde el exterior, se había negado a avalar la acción, al menos como organización. Consideraba que no serviría sino para poner piedras en el camino de las elecciones generales que se avecinaban. Sin embargo, sus militantes detenidos en Rawson no quisieron quedar al margen del intento. Su representante en el Comité de Fuga era Fernando Vaca Narvaja e integraba el contingente destinado a salir en el primero de los vehículos junto a Santucho, Gorriarán, Domingo Mena (todos dirigentes del PRT), Marcos Osatinsky y Roberto Quieto (jefes de las FAR). Tiempo después, "el gringo" Mena le contaría a su compañero del Buró Político Luis Mattini que él llevaba también un uniforme "pero yo parecía un comisario de pueblo. Vaca Narvaja lo llevaba como un oficial". Vaca Narvaja tenía, sin duda, el "physique du rôle" y su prestancia ayudó a disuadir al guardia que, extrañado, dudó al verlos llegar. Un rato después, cuando con Santucho corrieron por la pista del aeropuerto para detener el avión que carreteaba, fue la naturalidad con que llevaba el uniforme de mayor del ejército la que terminó de convencer a los pilotos de que debían detener la máquina. El uso del uniforme constituía una afrenta adicional para el honor militar. Al punto de que al arribar a Chile, se le solicitó al jefe montonero que, para desembarcar, se desvistiera.
Durante la fuga, los guerrilleros abrieron fuego una sola vez. Marcos Osatinsky disparó contra el guardiacárcel Juan Gregorio Valenzuela, el único que atinó a resistirse. Según estaba estipulado, una vez tomados los pasillos, los pabellones, la dirección y los puestos de guardia, buscaron los camiones. Pero los transportes no estaban allí. Sólo se había hecho presente un coche en el que estaba como chofer el militante de las FAR Carlos Goldemberg. A él ascendieron los seis máximos dirigentes. Convencidos de que la fuga masiva había fracasado, los restantes detenidos llamaron taxis y remises. Así, otros 19 prisioneros alcanzaron el aeropuerto. Era demasiado tarde. El BAC 111 de Austral ya había levantado vuelo. Entre el pasaje estaban Víctor "el gallego" Fernández Palmeiro y Alejandro Ferreyra, ambos del PRT, y Ana Wiesen, de las FAR, quienes tenían como misión ingresar en la cabina y controlar a los pilotos. Losguerrilleros que habían quedado en tierra pactaron su entrega: pidieron la presencia de un juez y de un médico que constatara su estado físico. Actuaban como voceros Rubén Pedro "el Indio" Bonet y Mariano Pujadas. Exigieron ser devueltos a Rawson y no a dependencias militares. El capitán de corbeta Luis Emilio Sosa les dio su palabra de que así se haría. Sin embargo, el ómnibus que los trasladaba tuvo una larga parada a mitad de camino y al reanudar la marcha el destino había cambiado: se dirigían a la base naval Almirante Zar. Transcurrió una semana. Los sucesos del sur tenían en vilo al gobierno del general Alejandro Agustín "el cano" Lanusse, quien por esas cosas del destino (en realidad, por su ferviente antiperonismo) había pasado un largo período prisionero en Rawson, donde, solía recordar, había trabajado en la construcción del campo de fútbol. La foto con uniforme de preso estaba, para el que quisiera mirarla, debajo del vidrio de su escritorio.
El 21 de agosto fue un día de reuniones militares en la Casa Rosada. Desde las 11 de la mañana se dio cita ahí la Junta de Comandantes: Lanusse, el brigadier Carlos Alberto Rey y el almirante Guido Natal Coda. El secretario de la junta, brigadier Ezequiel Martínez, el secretario de la presidencia Rafael Panullo y el ministro del Interior, el radical Arturo Mor Roig, iban y venían. Estuvieron hasta altas horas. Se cuenta que un corresponsal de la prensa inglesa comentó a sus colegas de Balcarce 50: "Esta noche los matan a todos". No era una corazonada. Ciertos datos se habían filtrado. La gente común sentía que, con las horas, el ambiente se enrarecía. Algo terrible iba a ocurrir. A las 3.30 del 22, el capitán Sosa, seguido por el capitán Herrera y los tenientes Roberto Bravo y Del Real, sacó a los rehenes de sus celdas y comenzó a disparar. Murieron Mario Delfino, Rubén Bonet, Ana María Villarreal de Santucho, Eduardo Capello, Carlos Alberto del Rey, Clarisa Lea Place, José Ricardo Mena, Miguel Angel Polti, Humberto Suárez, Humberto Toschi y José Alejandro Ulla, todos del PRT; Carlos Astudillo, Alfredo Kohon, María Angélica Sabelli, de las FAR y Mariano Pujadas y Adriana Lesgart de Yofre de Montoneros. Sobrevivieron, malamente heridos, María Antonia Berger y Ricardo René Haidar, de Montoneros, y Alberto Miguel Camps, de las FAR.
El capitán Sosa fue premiado con un curso en los Estados Unidos y, al igual que el teniente Bravo, con un puestito en la embajada argentina en Washington. Se dice que más tarde, Sosa pasó por un país latinoamericano y hay quien creyó verlo por Buenos Aires durante la Guerra del Atlántico Sur. Lo único firme es que Sosa pasó a retiro el 1º de abril de 1981. Dos años antes, el 1º de abril de 1979, lo había hecho el teniente Bravo. Afirman que su paradero es el secreto mejor guardado por la marina, que tiene muchos. Podrían haber muerto. Quizás. O tal vez no, han tenido suerte y gozan de una vejez silenciosa y tranquila y algún placer que, de tanto en tanto, les permiten los haberes que deben seguir cobrando por los servicios a la patria.
Fuente: Página/12, 22/08/06
2005 - A 33 años de la masacre
El 15 de agosto de 1972, en la postrimería del gobierno dictatorial de General Alejandro A. Lanusse, veinticinco presos políticos, pertenecientes al ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo); las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y Montoneros, se fugaron del penal de Rawson en la provincia de Chubut. Seis de ellos lograron llegar al Chile de Salvador Allende. Diecinueve no alcanzaron a subir al avión. Se entregaron luego de acordar públicamente garantías para su integridad física.
El 22 de agosto los diecinueve prisioneros fueron fusilados a mansalva con ráfagas de ametralladoras en la base naval Almirante Zar.
Como antes había sucedido en la masacre de José León Suárez, algunos sobrevivieron para contar la historia, para mantener viva la memoria, para no olvidar, ni perdonar.
ETERNA INOCENCIA - MARTIRES DE TRELEW |
LA FUGA
La cárcel de Rawson tenía ocho pabellones. Los cuatro primeros eran de presos comunes y los restantes, de los políticos. Los pabellones de mujeres estaban en los pisos superiores. El 15 de agosto a las 18.30 comenzó la toma del penal y la fuga. En diez minutos tomaron los puntos neurálgicos y redujeron a un grupo de aproximadamente 60 guardias. El guardiacárcel Juan Gregorio Valenzuela, que intentó impedir la fuga, resultó ser el único muerto en los sucesos.
Los guerrilleros estaban numerados jerárquicamente para la fuga del 1 al 110. Fuera de la cárcel, no encontraron los camiones que debían estar esperándolos para llevarlos al aeropuerto de Trelew; los disparos que se escucharon provenientes del penal, los habían dispersado.
El primer contingente formado por los seis máximos jefes guerrilleros tomó el único coche que había permanecido, con el estudiante de Agronomía y Veterinaria Carlos Goldenberg (FAR) al volante. Los 19 guerrilleros restantes, que habían logrado salir, llamaron taxis desde la guardia del penal. Llegarían al aeropuerto de Trelew con un retardo fatal.
Los seis jefes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Montoneros, integrado por Mario Roberto Santucho, Roberto Quieto, Enrique Gorriarán Merlo, Domingo Mena, Marcos Osatinsky y Fernando Vaca Narvaja, lograron abordar en el aeropuerto un avión de Austral que previamente había sido copado y escaparon hacia Chile donde el gobierno de Salvador Allende les permitió seguir viaje a Cuba.
Los otros presos que se habían escapado llegaron al aeropuerto justo cuando despegaba el avión que llevaba a sus compañeros. Intentaron tomar, sin éxito, otro avión que debía arribar pero que finalmente no descendió al ser alertado desde la base naval Almirante Zar.
Después de una conferencia de prensa en el aeropuerto, se entregaron ante los periodistas y con la promesa de las autoridades judiciales y militares de que sus vidas serían respetadas, fueron alojados en la base naval Almirante Zar.
LA MASACRE
"El 22 de agosto de 1972, a las 3.30 de la mañana, los 19 presos fueron obligados a salir de sus celdas, los hicieron pararse en fila en el pasillo y los ametrallaron a mansalva. Los gritos se mezclaron con la furia de las ametralladoras, el humo se confundió con la sangre. Gritaban de dolor los heridos, gritaban de locura asesina sus verdugos. Quienes sobrevivieron a la primera ráfaga se tiraron dentro de los calabozos.
María Antonia Berger, luego de recibir un primer impacto en el estómago se arrojó dentro de su celda, la sangre brotaba de su vientre tiñendo su revolución de carmesí. Escuchó ruido de botas y escuchó tiros de gracia. Los quejidos e insultos de sus compañeros en la hora final, se fueron acallando. María Antonia, con su dedo ensangrentado, escribió "papá", "mamá" en la pared. De pronto, un segundo impacto le destrozó la mandíbula. Los asesinos borraron su escrito con zaña. Ella todavía estaba viva, sentía que le estallaba la cabeza, pero no se movió, no se quejó. Creyeron que estaba muerta y siguieron su masacre por las otras celdas.
María Antonia, volvió a pintar su dedo con sangre, pero esta vez escribió en la pared la palabra LOMJE, consigna que durante mucho tiempo se pintó en los muros de la ciudad "Libres o Muertos, Jamás Esclavos".
Virginia Giussani
Al amanecer del martes 22 de agosto, la armada hizo circular la versión de que las muertes habían sido el resultado de un nuevo intento de fuga. Mariano Pujadas, uno de los guerrilleros había intentado, según la versión oficial, arrebatarle el arma al teniente de corbeta Luis Emilio sosa. María Antonia Berger; Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar los únicos sobrevivientes de la masacre se encargaron de que el mundo supiera la verdad.
En los días sucesivos, hubo manifestaciones en las principales ciudades de la Argentina y más de 60 bombas fueron colocadas en protesta por la matanza. Peronistas, radicales, intransigentes, socialistas, comunistas, trotskistas y democristianos, condenaron al gobierno. Perón calificó a las muertes de "asesinatos". La opinión pública descreyó de la versión oficial. El 25 de agosto la CGT declaró un paro activo de 14 horas. Se prohibieron los velatorios públicos de los guerrilleros ejecutados.
El comisario Alberto Villar -luego jefe de policía de Perón y uno de los mentores de la Triple A- irrumpió con tanquetas en la sede del Partido Justicialista donde se velaban los cadáveres de tres de los guerrilleros asesinados.
Ana Villareal, compañera de Santucho, fue sepultada en el cementerio de Boulogne.
Pero allí no terminó todo. La sede de la Asociación Gremial de Abogados fue dinamitada, se exterminó a las familias de Clarisa Lea Place, Roberto Santucho y Mariano Pujadas, la mayor parte de los hermanos y hermanas de los fusilados están hoy desaparecidos y el letrado Mario Amaya, que escoltó con su auto al micro de la armada que el 16 trasladó a los detenidos hasta la base naval, fue asesinado durante la última dictadura.
Agencia Walsh
Fuentes: La Voluntad de Eduardo Ánguita y Martín Caparrós.
Artículo de "La Fogata" basado en Todo o Nada" de María Seone y "A vencer o morir" de Daniel De Santis (22-8-02)
Artículo de Virginia Giussani publicado por "La Insignia" (23-8-02)
Memorias de vidas
Los revolucionarios de esos años arriesgaban todo por el supremo objetivo de la revolución socialista, aun aquellos que aceptaban el liderazgo de Juan Perón, por muy contradictorias que pudieran resultar esas dos opciones simultáneas para los que identificaban al veterano General con la contrarrevolución. Lo mismo que en el resto de la sociedad, también en la guerrilla el peronismo era un parte-aguas excluyente. Esa diferencia no impidió, sin embargo, que para organizar y ejecutar la fuga del penal de Rawson, punto inicial de la tragedia que hoy se recuerda, reunieran inteligencias y recursos en un comando unificado ni que el estereotipado antiperonismo de la Marina hiciera ninguna distinción al momento de fusilar a los prisioneros de la base naval de Trelew. Los muertos fueron once miembros del PRT-ERP, tres de FAR y dos de Montoneros, y tres sobrevivieron a sus heridas porque los verdugos no hicieron a tiempo, antes que llegaran otros testigos, a rematarlos de un balazo, como sucedió con otras víctimas y pudieron aguantar por horas hasta que recibieron cuidados médicos.
Aquel momento de coincidencia logró la hazaña de perforar la "máxima seguridad" que los militares le atribuían a ese penal, tan lejos de todo y tan cerca de bases y cuarteles militares. Fue una humillación que las fuerzas armadas y el gobierno de facto encabezado por el general Alejandro Agustín Lanusse se cobraron de la peor manera, con premeditación y alevosía, con tiempo suficiente para elaborar la decisión y cumplirla a sangre fría. Aunque los carceleros de aquella madrugada del 22 de agosto alegaron defensa propia el inverosímil relato careció de consistencia y no pudo resistir el testimonio de María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar, los sobrevivientes.
Esa incapacidad para justificar la conducta criminal pudo haber influido en la decisión posterior de clandestinizar el plan represivo del terrorismo de Estado a partir de marzo de 1976. En todo caso, esa madrugada quedó instalada la opción de la muerte como "solución final" para el desafío de la insurgencia. Desde la perspectiva del poder establecido, había que quebrar de cualquier modo la voluntad popular de tomar en sus manos el destino propio. En ese momento, fracasaron en el propósito de dominar por el terror, ya que apenas seis meses después la mayoría popular impuso en las urnas al hasta entonces proscrito peronismo, representado por la candidatura de Héctor J. Cámpora, quien asumiría en mayo de 1973 escoltado por los presidentes de Cuba, Osvaldo Dorticós, y de Chile, Salvador Allende.
Hijos de su época, ninguno de los guerrilleros buscó la muerte con vocación suicida, ni en la toma del penal ni en el copamiento del aeropuerto de Trelew o en la rendición incondicional. Para detener ese ímpetu y retroceder la historia, el establishment conservador tuvo que empeñar el máximo esfuerzo durante el último cuarto del siglo XX, cometer asesinatos masivos y aplicar tormentos de todo tipo.
Recordar no es tarea vana ni mera deformación necrofílica. Forma parte sustancial de una misma y única batalla entre los fundamentalistas que quieren ponerle fin a la historia y los soñadores del futuro, los que atesoran la premonición cierta de lo que vendrá. En La Patria fusilada,texto en el que Francisco Urondo recopila los recuerdos de aquellos tres sobrevivientes sobre la tragedia de Trelew, la primera página está ocupada por un poema de Juan Gelman ("Condiciones") que termina así: "...el ciego a los oleajes de dolor y de sueño bajo las condiciones objetivas ¿no será oportunista? / por falta de memoria o miedo ¿quiere enterrar al ave?". Hoy en día, aunque hay otros cielos, otras las "condiciones", aun con las alas recortadas o enjaulada el ave nunca pierde la tentación de volar. Las memorias de vidas enseñan que sólo se trata de encontrar la oportunidad.
Fuente: La Fogata
El silencio de la Marina
La base Almirante Zar de la Marina, donde se asesinó a los 16 guerrilleros
Por Osvaldo Bayer
Cuesta pensarlo, cuesta finalmente entenderlo. Y no se entiende. La ferocidad, la brutalidad, la vocación del crimen. ¿Qué calificativo cabe para sus autores? En una Argentina católica, apostólica, romana. Donde todos los miembros de nuestras fuerzas armadas, sin excepción, han tomado la primera comunión y por supuesto se han casado por la iglesia, y se confiesan regularmente. Lo de Trelew es sólo imaginable en Siberia, en un relato de Dostoiewski. Diecinueve prisioneros –mujeres y hombres, todos jóvenes; Ana María Santucho, encinta de ocho meses– son mantenidos en calabozos, molestados, desnudados, maltratados, para luego fusilarlos impunemente. Los fusiladores son oficiales y suboficiales de la Marina de Guerra. Mientras se asesina a los presos, se los insulta. ¿Qué educación recibieron esos marinos? ¿Qué conducta llevaban y llevan esos marinos en sus hogares?
Después del bárbaro asesinato, la mentira. Se inventa una subversión, se aplica la ley de fugas. Los comunicados de los altos jefes de la Marina, aceptados y elogiados por el propio presidente de la Nación, general Lanusse, hombre probo y religioso, según sus biógrafos.
Pero, ¿y después? ¿Qué se hizo después cuando retornó la democracia?: ¿se juzgó a los asesinos? ¿Se esclareció el hecho hasta sus últimas consecuencias? No, nada de eso, todo siguió su camino habitual. Los muertos, muertos están. Al contrario, se protegió a los dos asesinos máximos del hecho: el capitán de corbeta Luis Emilio Sosa y el teniente de fragata Roberto Guillermo Bravo fueron enviados a la embajada argentina en Washington a "hacer cursos". Hoy los asesinos estarán paseando sus nietos por los parques de la Recoleta con una buena pensión en el bolsillo. De los 16 jóvenes asesinados en forma tan vil, queda esa última foto. En el aeropuerto de Trelew. Están todos expectantes. Entre la vida y la muerte. Tienen un rasgo de nobleza que los marinos de guerra pagarán con falsa moneda. Los revolucionarios no toman rehenes para después negociarlos por su libertad. No. Prefieren entregarse y no crear más problemas. Ya se ha llegado al pacto: ellos se entregan y el capitán de corbeta Sosa los devolverá al penal de Rawson. Pero el marino de guerra argentino los traiciona como lo pudiera sólo hacer un villano de la peor especie... El transporte se dirigirá directamente a la base naval del lugar. Allí los asesinarán.
No hubo ningún oficial de la Marina de Guerra que protestara o pidiera la baja ante tal ignominia realizada por jefes de esa arma. Todos se callan la boca. Y tal vez aplaudan la ignominia. Después serán proclamados "héroes de Malvinas" por Hadad en Radio Diez. El ministro del Interior de ese gobierno de Lanusse es nada menos que el radical Mor Roig, íntimo de Ricardo Balbín. Mira hacer y se calla la boca. Igual que el tuerto Gómez, ministro de Yrigoyen cuando el Ejército Argentino fusiló a centenares de gauchos, peones rurales, en la Patagonia. Los dos ministros radicales no oyeron, no vieron, no comentaron. Tradición democrática. Traición a la República.
Pero la valentía armada de esa tragedia tendrá su fin operístico de máxima cobardía. Serán atacados con tanques los velatorios de los fusilados. Además nuestra valiente policía al mando del comisario general Villar les sacudirá una paliza indecible a las madres y hermanas de los fusilados, que defienden a sus muertos. Esa orden la dio el general Sánchez de Bustamante, que ganó esa única batalla de su vida contra los deudos de los asesinados y las velas de luto. Ah, general, con ese apellido, usted ha pasado para siempre a la historia del ejército sanmartiniano.
Las heroicas avanzadas de la Patria se llevaron hasta los ataúdes. Siempre en perfecto orden y con gesto altruista. No será éste hoy un análisis ni histórico ni sociológico. Expresará toda nuestra sorpresa ante el proceder sanguinario y traidor de la Marina de Guerra argentina. Y la profunda torpeza y oportunismo que atestiguan el hecho de que el último decreto de Lanusse como presidente de facto será otorgarle un sobresueldo especial al capitán de corbeta Sosa y al teniente Bravo para que la pasen bien en Estados Unidos. Así terminó su mandato Lanusse, mandato que había robado a la democracia argentina. Un final muy digno del señor general.
Hemos querido hacer un análisis ético, en esta Argentina de hoy sin ética. Si todavía se tiene dignidad habría que obligar al comandante de la Marina, a hacer un juicio de la verdad acerca del crimen de Trelew. Es la propia Marina la que tiene que dejar en claro quiénes fueron los responsables y los culpables directos. Alejar para siempre de ese cuerpo uniformado a los asesinos calificándolos de indignos traidores a la Patria. Y en la base naval almirante Zar de Trelew levantar una escultura que recuerde la tragedia del cobarde fusilamiento de prisioneros. Y que en esa escultura se haga alusión precisamente a que entre los asesinados figuraba una criatura a quien le faltaba apenas un mes para nacer del vientre de la joven Ana Villarroel de Santucho.
Luis Emilio Sosa, el fusilador
Sosa, el capitán de corbeta. Sosa, el que se comprometió -en presencia de un juez y frente a testigos- a trasladar a los evadidos nuevamente al penal de Rawson, Sosa, el que les garantizó que no los recluiría en la Base Aeronaval Almirante Zar. Sosa, el que se mostró ofendidísimo cuando los presos políticos le manifestaron que su negativa a quedar detenidos en una base de la Marina obedecía a experiencias personales de torturas y vejámenes por parte de personal de esa fuerza. Sosa, el mismo que se asombró porque alguien pudiera temerle. Sosa, el mismo que traicionó su palabra de ¿honor? y apenas los diecinueve jóvenes se entregaron, después de deponer sus armas, los subió a un colectivo para hacer exactamente lo opuesto a aquello que había pactado. Sosa, el que se sintió dueño y señor de hacer su voluntad y que los depositó, seguramente con regocijo, en la Base Aeronaval donde consumaría su masacre.
El asesino de Trelew
Capitán de Corbeta Luis Emilio Sosa
¿Quién es este Sosa ¿Dónde está? Sosa? ¿Dónde lo escondieron? El capitán de corbeta Luis Emilio Sosa recibió adiestramiento en Fort Gulick, Panamá.
¿Lo adiestraron para qué? Para ser un idóneo en la "lucha antiguerrillera".
Aprendió bien.
Cuando mata, mata.
Ahora, para mentir hace falta un poquito de inteligencia, y de eso no pudieron inyectarle en Fort Gulick.
En la revista Marcha, del 8 de setiembre de 1972, en la nota titulada Trelew.. la obra de los marines, Martín Virasoro refiere, con bronca contenida pero explícita, la insólita versión suministrada por el capitán de corbeta de que los evadidos habían muerto en un intento de fuga en un relato totalmente inverosímil, al que Virasoro describe como "cuento infantil el relato del militar que asevera que "el guerrillero Pujadas, mediante un golpe de karate lo arrojó al suelo (a Sosa) y le quitó el arma, no obstante lo cual él, Sosa, logró zafarse y dio la orden de reprimir suena raro definitivamente". Y continúa: "Diecinueve a cero es una cifra concluyente para estimar que Sosa es una especie de Batman, si no fuese porque corresponde simplemente denominarlo con el nombre correcto: criminal, asesino, psicópata. Pujadas y el resto del grupo, incluida la mujer de Santucho, grávida de ocho meses, sabían perfectamente que no tenía sentido alguno pretender huir, como lo asevera la versión oficial. Ni estando completamente locos podrían tener la esperanza de que, dada la voz de alarma, pudiesen hacer nada, aun con una metralleta, contra los dos mil hombres de la guarnición, contra los tanques, los carriers, las tanquetas. Y menos todavía en la inhóspita zona a la que debían ingresar, supuesto de que hubiesen logrado salir de la Base. Por eso soportaron todas las provocaciones, escupitajos incluidos del capitán Sosa El cronista de Marcha saca la conclusión más coherente: "Sosa la pensó bien, No debía haber soldados conscriptos. Sólo oficiales y suboficiales de los más fieles, los más gorilas. Por eso eligió la hora que eligió. Nada de testigos que, al volver a ser civiles al terminar la conscripción, no puedan con su conciencia y refieran la verdad. De todos modos la imaginación gorila es corta para todo lo que no sea represión y violencia.
De ahí que, alrededor de las 4 de esa madrugada, cuando Lanusse fue despertado telefónicamente por el general Betti, quien le refirió la primera versión (la de Sosa), estalló en los más gruesos improperios del repertorio de la caballería y los coronó con preguntas tales como: ¿Ni siquiera cinco heridos, general?; ¿cómo, tampoco uno solo entre los nuestros con heridas ¿Qué le vamos a decir al país ahora?-.
Aunque a las Fuerzas Armadas nunca les importó dar explicaciones creíbles, la de Sosa era tan pueril que hasta a los más recalcitrantes representantes de la dictadura los dejaba sin respuestas. Cuando el contralmirante Hermes Quijada concluyó de brindarle a la prensa otra versión oficial (parecida, pero diferente), un periodista le preguntó si Sosa estaba herido. La respuesta de Quijada -que como se recordará tuvo su bautismo como aviador naval ametrallando a los civiles en la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955- sonó tan absurda como la versión: "No puedo contestar. Es secreto de sumario". La nota de Virasoro concluye con una gráfica sentencia: "El capitán de corbeta Sosa no es un torturador, no le gusta eso. Prefirió el nombre de asesino". 
Acto 22 de agosto 2007
Y a Sosa, el fusilador, no se lo volvió a ver por los alrededores de Trelew. Ni por ningunos otros alrededores. Se tejieron muchas versiones: que la Marina lo guardaba" para protegerlo era una de ellas. Otra decía que lo "guardaba" para utilizarlo en situaciones similares, que era un "duro" entrenado para "misiones especiales" (léase asesinar a víctimas indefensas). Lo cierto es que no se supo nada de él.
Pero el Boletín Oficial de la República Argentina, que registra a diario los textos de decretos, leyes y resoluciones del Gobierno, publicó en junio del 73 el último decreto firmado por Lanusse a sólo veinticinco días de entregar el poder: el 30 de abril de 1973 la dictadura lanussista parió el decreto 3.495 cuyo el texto completo dice: VISTO, lo informado por el señor comandante en jefe de la Armada y lo propuesto por el Ministerio de Defensa y CONSIDERANDO: que es muy conveniente para la Armada Argentina que un oficial jefe realice el curso de infantería para Infantería de Marina, en los Estados Unidos de América; que por la naturaleza de la comisión, la misma no puede ser cumplida por integrantes de nuestra representación diplomática, debiendo estar integrada por personal seleccionado, teniendo en cuenta la necesidad de una continuidad de la experiencia que se obtenga y su futura actividad dentro del servicio; que la fecha de iniciación de la presente comisión está prevista a partir del 15 de mayo de 1973, con una duración de trescientos sesenta y seis (366) días, incluyendo los tiempos de traslados."que tal providencia se halla incluida en el programa de viajes al exterior - Armada Argentina- año 1973, a elevarse oportunamente al Poder Ejecutivo; Por ello, el Presidente de la Nación Argentina decreta:
Artículo 1º - Nómbrase para prestar servicios en la Agregaduría Naval a la Embajada de la República Argentina en los Estados Unidos de América y Canadá en "misión transitoria" y por el término de trescientos sesenta y seis (366) días, al señor capitán de corbeta de Infantería de Marina don Luis Emilio Sosa, a fin de que realice el curso de infantería para Infantería de Marina.
Artículo 2º - El citado oficial jefe, percibirá en compensación de todo gasto, hasta un máximo diario de cuarenta dólares estadounidenses (u$s 40).
Artículo Y - Los gastos que demanda la presente comisión deberán ser imputados a la partida del ejercicio 1973 que se indica: 2. 10; 52; 0.379; 1; 1233; 228; 01; 2.10; 52; 01; 0.379-1 1; 12; 1223; 2371, 13.
Artículo 40 - En las oportunidades que lo solicite el Comando en Jefe de la Armada, se procederá a girar los importes correspondientes a los haberes mensuales respectivos Artículo 5º - Por el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, se extenderá el pasaporte correspondiente.
Artículo 6º - Comuníquese, publíquese dése a la Dirección Nacional de Registro Oficial, al Tribunal de Cuentas de la Nació y a la Contaduría General de la Nación. anótese ,, archívese en el Ministerio de Defensa. Comando en Jefe de la Armada.
Dirección General del Personal Naval. Agustín LANUSSE, Carlos G.N. CODA, Eduardo E, AGUIRRE OBARRIO, Eduardo F. MCLOUGLILIN.
La revista Marcha, que en su edición del 30 de junio del 73 lo publicó íntegro, con el título de El último decreto de Lanusse hizo los siguientes comentarios: "Lanusse era Comandante en Jefe del Ejército; Coda, su colega en la Armada nacional; Agarre Obarrio, ministro de Defensa nacional; y McLouglilin, ministro de Relaciones Exteriores y Culto. El capitán Sosa era segundo jefe de la base aeronaval Almirante Zar, de Trelew, Chubut, la madrugada del 22 de agosto de 1972, cuando fueron fusilados a mansalva, sin juicio previo y sin aviso, dieciséis presos políticos, salvándose milagrosamente otros tres aunque con graves heridas. El valiente y pundonoroso marino, que ya había recibido instrucción "antiguerrillera" en bases de Estados Unidos con antelación a su hazaña del 22 de agosto, fue el oficial jefe que dirijio la matanza. Cumplido su patriótico deber, descansará de sus fatigas occidentales y cristianas en otra base yanqui, lejos de las miradas acusadoras de sus compatriotas y camaradas de oficio. El reposo del guerrero".
La pregunta que cabe es sobre qué antecedentes se lo consideró a Sosa "personal seleccionado" y, en todo caso, seleccionado para qué. Lo que es obvio, a la luz de los años de plomo qu