1965:
Contacto en La Habana
Joe Baxter fundó el MNR Tacuara, cuyos miembros derivaron hacia la guerrilla
peronista de FAP y Montoneros, pero él se integró al ERP y luego se escindió con
la Fracción Roja. Estuvo en Cuba, China y Vietnam. Ruth Arrieta era hija de un
general boliviano y fue a Cuba para alfabetizar. Allí se conocieron. Testimonio
de una época de conmociones.
Por Alejandra Dandan
–No sé por dónde podríamos empezar –dice Ruth, mientras intenta saber cómo será
esta charla–. Hoy no estoy muy brillante, hace unos dos días me caí. Tal vez
podrías hacerme unas preguntas.
–Empecemos tal vez por el principio. Quizá sirva saber quién es Ruth Arrieta.
Usted nació en Bolivia, es la hija de Felipe Arrieta, un general importante,
¿cómo era eso?
–Mi papá es ése que está en el cuadro. El del sombrero, ¿lo ve? Está en la
trinchera de la guerra paraguaya. Mi papá, mi abuelo y toda la familia era de
militares, estuvieron en todas las guerras. Con Chile, en Antofagasta, después
en Argentina. Yo era muy chica cuando él se fue a la guerra con Paraguay y eso
me impactó mucho. En ese momento, yo tenía cuatro años y me acuerdo que me
gustaba muchísimo comer conejos, los conejitos eran mis platos favoritos. Nos
gustaban a todos. En mi casa íbamos a preparar uno para mi papá porque se iba.
Yo no tenía la menor dimensión de lo que significaba la guerra ni lo que
significaba que se fuera: total, se iba todos los días. Pero después, cuando me
di cuenta de que iba a pasar mucho rato antes de que lo viera de nuevo, nunca
más volví a comer conejos.
–¿Cuándo pasó eso?
–Cuando recién se iba. Me acuerdo que mi mamá me dijo que era una desconsiderada
porque pensaba solamente en mí. "¡No ves que se está yendo tu papá!", me decía.
El estuvo toda la guerra del Chaco, volvió cuando la guerra se acabó, como dos
años después. Volvió muy cansado, y como ausente, con mi mamá también. Por un
momento pensé que iban a separarse. Era muy buena gente, posiblemente lo tocó
mucho todo eso y le llevó mucho, pero volvió a ser el de siempre.
–De La Paz se fueron, pero volvieron después cuando nombraron prefecto a su
padre. Esa disciplina militar marcó el corazón de la familia, sin embargo años
más tarde usted aparece en Cuba entre los revolucionarios. ¿Eso era lo que
esperaba su padre de usted?
–Normalmente lo que él se imaginaba de nosotros era con quién nos íbamos a
casar. Si me iba a casar con otro militar, no quería ninguna otra cosa, pero yo
tenía ganas de ir a la universidad en Cochabamba. De hecho, hubiese querido
estudiar Medicina, pero no me dejaron entrar.
–¿Qué pasó?
–Mi madre no era de mucho conceder, las cosas tenían que hacerse de una forma y
no de otra. Yo tenía 18 años, estábamos en el año ’47 más o menos, y eso forma
parte de otra parte divertida de mi historia. Mi madre estaba muy molesta con mi
decisión de estudiar Medicina, y no me hacía la vida fácil, pero yo era muy
buena alumna, había ido a un colegio de monjas y tantas cosas no me podía decir.
En la escuela, éramos tres compañeras las que queríamos ser médicas cuando
todavía no era común que las mujeres quisieran ir a la universidad. De las tres,
una sola pudo terminar con la carrera. Yo me pasé a Derecho porque entre las
materias que podía elegir, la única que mi madre aceptaba era abogada. En tanto,
yo no terminaba de entender por qué los hombres podían estudiar y las mujeres
no.
–Usted llegó a Cuba para los primeros años de la Revolución. Su libro, ese que
todavía no termina y que recomienza cada vez, empieza con los encuentros en la
casa de Hilda Gadea.
–Ella hacía el papel de extranjera con los extranjeros. Porque no era cubana y
al mismo tiempo lo era. Su casa era un lugar para juntar gente, ayudar a que la
gente lo pasara bien. Durante las reuniones también ella iba sacando sus
conclusiones sobre quién era quién, no vamos a ser inocentes. Después, recibía a
Guevara o a alguien mandado por él y les daba el resumen de quién era tal
persona o qué pensaba tal otra. Pero era muy justa. Nos queríamos mucho, y me
decía: ¿Qué te pareció fulana o mengana? Y siempre coincidíamos.
–¿Cómo eran esas reuniones? Cuando habla de esas noches, usted recuerda con
alegría que podían comer caviar, mariscos y hasta tenían jugos de fruta.
–Es que eso era un lujo. Parece mentira, pero en La Habana en ese momento no
había ni siquiera jugo de naranjas porque hasta eso importaban de Estados
Unidos. Ahora ya no, pero en ese principio de la Revolución tener aquellas cosas
era un lujo tremendo: ahí, éramos todos favorecidos. Una vez sucedió una cosa
muy patética, muy triste. Fue cuando llegó un peruano que venía a refugiarse con
un hijito de 4 o 5 años, tal vez tenía más. Cuando el nene entró y vio toda esa
gente reunida se puso lívido: "¡Papá, tenemos que irnos de acá!", dijo. Todo el
mundo se quedó paralizado porque se veía que estaba acostumbrado a vivir
escondido.
–¿Quiénes llegaban hasta ese lugar, qué hacían?
–Eran tertulias con gente de todo el mundo, de unas ocho o diez personas. Una
vez, por ejemplo, estuvo un peruano que se suicidó después, y ahora no me
acuerdo el nombre. Era una persona muy dolida con todo, no sé bien por qué.
Había viajado mucho, tenía una familia y terminó suicidándose. Fuera de eso,
había un grupito que iba todos los viernes a encontrarse para leer algo; unos
tocaban guitarra, otros cantaban, otros contaban cosas, otros leían. Y se
hablaba.
–¿De qué?
–¿De qué se puede hablar? De política, de conspiraciones eternas. Y cada cual
daba una opinión de acuerdo a su país, porque llegaban de todos lados. Todo lo
que pasaba en la casa lo sabían los del G2 porque, es cierto, nadie sabía muy
bien quién podía ser quién en ese lugar.
–Hablemos un poco de eso. ¿Cómo estaba organizada la isla? ¿Qué era el G2?
–El G2 era parte de la policía cubana. Se ocupaba de saber quién venía a la
isla, qué hacía, de qué vivía. Estabas totalmente catalogado. Ahí no había
vuelta. ¿Cooke es el que murió, no? Porque él siempre contaba un cuento: una
persona que había venido a La Habana se había muerto prácticamente de hambre,
porque los del G-2 se lo habían olvidado y no podía salir de su casa. Es
gracioso, pero la verdad es que podía suceder perfectamente.
–Usted cuenta que dividían a la gente en "aspirantes a revolucionarios" o "amigos de la revolución".
–En toda la isla era así. A la casa de Hilda, por ejemplo, no llegaba
cualquiera. El G2 mandaba tal vez a la gente que le era más difícil de valorar,
de saber bien quién era porque podían ser revolucionarios pero también podían
ser alguna otra cosa. Además, muchos venían de Buenos Aires o de otro lugar,
pero supuestamente no tenían que estar ahí: estar ahí era muy delicado, algunos
no volvían en años a sus lugares pero otros sí tenían que volver. Y por eso
tenían que estar muy protegidos.
–¿Lo suicida era que se supiera que trabajaban para la revolución?
–Claro, ¿qué iban a hacer en La Habana? Algo tenían que hacer. Al principio todo
era muy delicado, porque no se sabía qué iba a pasar con la revolución.
–Ese fue el caso de Baxter, que llegó a la isla clandestino. Ustedes se
conocieron en las famosas noches de tertulias de la casa de Gadea, ¿cómo llegó
él? Ese encuentro parece dar cuenta de la relación de Baxter con la madre del
Che. Al parecer, ella lo despidió en Buenos Aires y le dio un recado para llevar
a la isla.
–El recado era para su hijo. Parece que ella se lo dio porque sabía que él iba a
ir a Cuba. Nunca supe qué mandó. Sé que era algo muy especial, pero no supe qué
era porque yo no llegaba hasta ahí. En ese momento todo era difícil. No era como
la idea que una tiene de una revolución: se supone que una revolución es para
ser libre, para hacer lo que se quiere, pero te encontrabas con que todo era al
revés. Sobre todo con los extranjeros, que nos veían con lupa: y tenían razón.
–¿Sentía contradicciones por eso?
–Al final me acostumbré. Me fabriqué como un mecanismo de autodefensa, aprendí a
no confiar en cualquiera: vos confiabas en alguien sólo cuando ya lo conocías
mucho y al final te acostumbras a pensar antes de hablar.
–Volvamos a Baxter. Usted describe el encuentro muy tiernamente: habla de "El
Gordo", de su cuerpo inmenso y de él apoyado en un sillón muy chiquito.
–Es que siempre, todos los sillones, le quedaban chicos al lado del cuerpo.
Cuando nos fuimos a vivir juntos conseguí un sillón grande después de buscarlo
mucho. Tomándole el pelo a alguien del G2, un cubano muy simpático, que se
llevaba muy bien conmigo, le dije: ‘Necesito conseguir un sillón ancho porque si
no ¡qué hago con Baxter!’. Se la pasaba el día sentado en la puntita de una
silla, y entonces me pusieron una especie de sofá que sacaron de alguna casa
porque las cosas se conseguían así. Eran cosas que había dejado la gente. En la
casa donde estábamos había una ventana inmensa. Uno entraba derecho, era todo de
vidrio y daba afuera, a un patio interno. La gente que había vivido ahí ya no
estaba, pero abajo habían quedado sus viejos empleados. El vidrio daba a ese
patio. Y el sofá todo redondito daba a ese lugar. El Gordo se la pasaba el día
pegado a la ventana porque con su cuerpo era difícil esconderlo en cualquier
lado.
–Usted dice que Baxter la fascinó, pero no tenía idea de quién era él.
–A mí me pareció que tenía ganas de vivir, claro. Era más chico que yo, pero
nadie lo hubiera dicho. De todas maneras, había vivido mucho desde muy chiquito
y eso se notaba. Lo vi, me gustó; era como que necesitaba cariño. Lo veía muy
solo, desamparado. Parece raro, pensé, un tipo tan grande que transmita esa
sensación.
–¿El le dijo algo?
–No, que se sentía muy mal. Decía que no debía haber venido, pero que ahora ya
no se podía ir. En la reunión, no dijo nada pero era muy perspicaz, e
inmediatamente determinaba quién era quién.
–Volvamos al guión, a su historia de ese encuentro.
–Cuando salimos de la casa de Hilda Gadea anduvimos cuatro o cinco cuadras
largas como si nos hubiésemos conocido siempre. Nos encontramos ahí y ya no nos
separamos más. Los dos estábamos contentos. Fuimos a mi casa, y después él se
fue a la suya que quedaba cerca de ahí. Le habían determinado varias casas para
que pudiera estar.
–Usted cuenta algo interesante de ese encuentro. Que cuando se despidieron, como
en un acto de confianza, él le dijo su verdadero nombre: "Yo no soy Salvador",
le dijo con el nombre con el que se presentaba en la isla. "Soy Joe Baxter."
–Sí, y a mí podía haberme dicho que era Joe Mongo porque no sabía quién era Joe
Baxter. Después empecé a saber un poco porque en el Granma las noticias del
mundo capitalista no salían. Había que vivir con todo adentro. Y creo que estuvo
bien, por ahí se necesitó mucha fuerza.
–En ese mundo, volvieron a verse después casi de casualidad. Iban a encontrarse
en un hotel, ¿pero usted llegó tarde?
–Una hora más tarde. El estaba enojado. Es que yo no sabía si me iban a mandar a
una escuela, y no tenía cómo avisarle.
–A propósito de esto, por qué no cuenta qué hacía usted en La Habana.
–Trabajaba 8 o 9 horas de maestra porque no habían quedado maestras en la isla.
Por eso fui a parar a Cuba. Tenía una amiga uruguaya, que estaba casada con un
paraguayo, los dos revolucionarios. Muy buena gente. Ella era maestra y para esa
época también vivía en Uruguay. Siempre seguíamos las noticias de Cuba porque
estaban muy relacionadas con todo eso y nos interesaba cada cosa. Siempre me
acuerdo del día de la invasión a Bahía de los Cochinos, fue uno de los días más
importantes para mí. La noticia estaba en todos los títulos de los diarios y nos
pusimos locos: en ese momento entendí que tenía que ir a Cuba.
–De hecho, como le decía Baxter, usted se fue así: "Sin orga ni partido
político".
–Necesitaban maestros. Casi todos se habían ido. No había médicos, ni maestros.
Yo me dije: ‘Vamos a ver qué puedo hacer’. Mi amiga me alentó, me dijo que por
mi carácter podía hacerlo. Yo había dado algo de clases en la universidad, pero
no sabía qué iba a pasar ahí. Igual, menos mal que lo hice, era un gran despiole
toda la isla porque no había maestros.
–¿Como fue la etapa del Plan de Alfabetización?
–Trabajábamos con unos cuadernitos de un argentino que estaban pensados como
para tres etapas y estaban muy bien. La primera era de alfabetización,
trabajábamos con la gente vieja y que pensaba que nunca iba a poder aprender a
leer porque no era para ella, pero al final yo me sorprendí porque después de
dos años ellos sabían leer. Ese era el trabajo, los del tercer nivel eran más
adolescentes y les resultaba más fácil aprender. Cuando terminaban, ellos mismos
se convertían en alfabetizadores. En ese primer momento, yo estaba sola con mis
dos hijos y con mi hermano Mario; nos habían dado una casa grande en la bahía de
Jibacoa, frente al mar. Los guajiros vivían en los alrededores de la casa, al
borde de la bahía, pero nunca habían entrado al mar. Nunca, porque no los
dejaban.
–¿Cómo lo notó?
–Porque se lo pregunté a uno de ellos. Las casas como la nuestra habían sido de
las familias ricas que se fueron de la isla. La gente venía y se acercaba de a
poco, primero los chicos. Mi hermano incluso les decía: "Vamos a la playa", y se
los llevaba al mar. ¡Nunca habían entrado! ¿Te das cuenta? "¿Cómo vamos a ir?",
nos decían. "Si están ustedes?"
–¿Cómo eran los lugares a los que iban llegando? Al comienzo, usted pasó un
tiempo en el Hotel Habana y luego la mandaron para la bahía.
–Después de un tiempo largo, nos cambiaron de lugar porque la verdad es que yo
estaba molesta. En el Hotel todavía vivían muchas de las familias
antirrevolucionarias, digamos, que no se habían ido de la isla. En ese momento,
me propusieron ir con la familia a pasar un tiempo a un lugar que había quedado
abandonado. El lugar era un paraíso total, una zona de ensueño que había sido de
un grupo de argentinos, que eran dueños y señores de todo. De pronto, vos venías
por una avenida, te encontrabas con una carretera muy ancha y entrabas ahí
adentro y te encontrabas con una escolta de soldados que cuidaban todo eso. Los
soldados quedaron allí luego de la revolución. Nos quedábamos un montón de
tiempo en la playa y nos cansábamos de decir que no habíamos venido a pasear,
que realmente queríamos hacer algo. Algunas noches, en ese tiempo, todavía
desembarcaban los cubanos que se habían ido.
–¿Los contrarevolucionarios?
–Eso mismo. Desembarcaban en distintos lugares, pero la zona donde estábamos
nosotros era ideal porque Jibacoa era una sola bahía, con muy poca gente que
estaba justo derecho de una punta de Estados Unidos, tal vez 160 kilómetros de
mar. A la entrada, en el camino de ingreso, siempre estaban esos tres o cuatro
pobres soldados que tenían teléfonos y qué se yo cuántas cosas más por si pasaba
algo, porque siempre llegaban lanchas con hombres armados o barcos. Una de esas
noches, nos avisaron que tuviéramos cuidado. Hacía días estábamos esperando que
pasara algo. Siempre era lo mismo: cuando nos avisaban una cosa así, teníamos
que poner las persianas de madera en la casa, tener todo cerrado, que pareciera
que estaba abandonado, que no había nadie. Pasamos unos cuantos sustos porque
desembarcaban tranquilamente. Esa noche, nos pidieron apagar todas las luces,
todas las ventanas y rezar: no se podía hacer nada más.
–¿Y llegaron?
–Llegaron. Por lo menos, estaba con mi hermano Mario que era una especie de
gigante de un metro ochenta que de todas maneras en ese momento no hubiera
podido no hacer nada.
–Más tarde se mudó a La Habana, porque en un momento le pidieron que lo haga.
Allí se fue a vivir a la casa del sillón redondeado de Baxter.
–Uh... El lugar era feo.
–¿Por qué?
–Tenía todo lo necesario, pero era feo. No había ni plata ni joyas ni esas cosas
porque se las habían llevado, pero siempre era feo entrar a una de esas casas.
–¿Y exactamente qué era lo feo? ¿Los fantasmas?
–Por lo menos a mí me parecía todo tan innecesario, porque no era que yo
necesitaba demasiado para vivir. Cuando entramos nos encontramos con zapatos,
ropa, y cartas escritas en hebreo; nos dimos cuenta de que la familia que estaba
no las había podido destruir y de que podían haber sido judíos religiosos porque
en la casa había adornos y una lámpara de cristal de roca muy hermosa en el
living. A la tarde, cuando el sol se ponía, los rayos se empezaban a poner de
colores azules, rojos y amarillos. Los chicos se divertían como locos con esas
luces. Habían dejado muchas cosas en la casa. Impresionaban porque en las cartas
que nunca habían podido mandar avisan que se iban, diciendo que no podían vivir
más en la isla. Esa casa tenía dos bloques.
–Para el final, volvamos a Baxter. ¿Cómo leyó el paso por Tacuara? ¿Cuál es su
lectura, finalmente sobre él?
–Creo que era una persona que tenía muchas ganas de hacer algo, y en esa época
era muy fácil encontrar ese algo: llámese Tacuara u otra cosa, lo que más se
acercaba a lo que él quería hacer. Supongo que tenía ganas de hacer, tal vez
como una revancha de las cosas malas que le habían pasado.
–A los 15 años murió su padre, el "Inglés", una persona muy rígida pero que
parece haberle marcado la vida. Con esa muerte, perdió al padre, pero también el
haras y una condición social. ¿Cree que eso fue una de sus marcas?
–De todas las pérdidas, creo que la del padre fue la peor. La que le dejó la
impresión de que no le había dado cariño. De que al padre le había quedado la
sensación de que él no lo quería.
¿POR QUE RUTH ARRIETA?
Ella es como una de esas personas sin edad. Hace años ya que no cuenta sus años.
Sabe que nació en el ’29 del siglo pasado, y con eso le basta. A cierta edad,
dice, ya no importa si es uno más o uno menos. Ruth es Ruth Arrieta, con sus
arrugas suaves de abuela de cuentos, y los ojos movedizos de una niña. Nació en
Cochabamba, entre las familias acomodadas de Bolivia. Su abuelo fue militar,
combatió en la Guerra del Pacífico. Su padre, también militar, peleó en la del
Chaco y luego fue intendente de La Paz y opositor de quienes, como su hija, se
enrolaron más tarde en las revueltas del Movimiento Nacionalista Revolucionario
que intentó llevar al gobierno a Víctor Paz Estenssoro. En esos años, Ruth se
casó con un diplomático, hombre clave del MNR, poeta y secretario del gobierno
de Paz Estenssoro años más tarde. Con él vivió en Buenos Aires y luego de
divorciarse en Montevideo subió al avión del Che Guevara que la dejó en Cuba en
1961. Allí comenzó su segunda historia, la más intensa. Ella escribe parte de
todo desde hace años en una especie de diario personal donde guarda sus
memorias, escenas frescas de un eterno tiempo presente que no pasa. En Cuba,
además de muchas aventuras, su encantadora imagen enamoró a Joe Baxter, el
legendario guerrillero que pasó de la extrema derecha nacionalista en la
Argentina a formar parte de las primeras organizaciones armadas de la izquierda
en distintos lugares del mundo. Baxter murió a los 33 años, en un accidente
aéreo de 1973 en Orly, Francia; Ruth tuvo una hija con El Gordo, como aún lo
llama, y para el mundo ella empezó a aparecer como su viuda. De esa viuda, mujer
política y amante es de quien habla ella en estas líneas.
Fuente: Página/12, 30/07/07
El
amante de Ava Garner, Joe Baxter
Por Roberto Bardini
Pasaron cuarenta años. José María Guido hacía lo que podía intentando gobernar
el país, bajo la vigencia del tristemente célebre Decreto 4161. En las
elecciones presidenciales de julio de 1963, con el peronismo proscrito,
triunfaba Arturo Illia con el veinticinco por ciento de los votos. El 17 de
agosto, Día del Libertador, un grupo de la Juventud Peronista se apoderaba del
sable corvo del general San Martín.
Poco después, el jueves 29 de agosto de 1963, un comando armado toma por asalto
el Policlínico Bancario, frente a la plaza Irlanda, cerca del centro geográfico
de la Capital Federal. Es el primer caso de una operación de guerrilla urbana en
el país. También la primer expropiación de dinero –o si se prefiere robo- de un
grupo extremista. Pero todo esto tardaría varios meses en saberse.
Una ambulancia con la sirena encendida llegó a media mañana de ese jueves al
estacionamiento del nosocomio. El conductor y su acompañante vestían
guardapolvos blancos y declararon al guardia de la entrada que traían a un
enfermo. El vigilante observó que en la parte trasera del vehículo un hombre de
rostro pálido yacía dormido en la camilla, cubierto por una sábana, y les
permitió entrar.
Casi inmediatamente arribó al lugar una camioneta IKA de la Dirección de
Servicios Sociales Bancarios con catorce millones de pesos de la época
(alrededor de 100.000 dólares) destinados al pago de los sueldos del personal. A
bordo del vehículo venían dos empleados administrativos custodiados por un
sargento de la Policía Federal. Dentro del sanatorio de la obra social,
alrededor de cien personas -entre médicos, enfermeras y trabajadores- formaban
fila ante la ventanilla de cobranzas. Como de costumbre, dos oficinistas
salieron del edificio y se dirigieron a la camioneta para recibir los paquetes
con el dinero.
-¡Quietos! ¡Esto es un asalto!- se escuchó de pronto.
Las miradas del suboficial y de los cuatro empleados se volvieron hacia un joven
rubio que empuñaba una ametralladora PAM. Sorprendidos, asustados y
momentáneamente paralizados, no alcanzaron a ver a otros dos muchachos que los
apuntaban con pistolas, escondidos entre los coches estacionados.
Ante un movimiento en falso del policía, el rubio disparó una ráfaga: dos
ordenanzas murieron en el acto mientras el sargento y los tres oficinistas
rodaban por el suelo, heridos. Las personas que caminaban por el lugar se
arrojaron cuerpo a tierra o corrieron hacia el edificio. Repentinamente,
aparecieron los dos jóvenes que estaban ocultos, tomaron los paquetes con el
dinero y los subieron a la ambulancia que había llegado antes. En pocos minutos
más todos los asaltantes huyeron.
A partir de la alarma, la División Robos y Hurtos de la Policía Federal citó a
un testigo presencial, a dos empleados de la agencia de automotores donde quince
horas antes se había alquilado la ambulancia y al chofer del vehículo, a quien
le habían aplicado dos inyecciones a través del pantalón para adormecerlo (era
el hombre pálido que yacía en la camilla de la parte posterior).
En la Sección Identificación, un comisario –dibujante y experto en retratos
hablados- logró una descripción detallada de los asaltantes. Los investigadores
les mostraron a los testigos voluminosos álbumes con fotos de delincuentes con
antecedentes. Al anochecer de ese mismo jueves, la certeza era casi total: el
asalto había sido cometido por dos conocidos malhechores con una extensa
trayectoria al margen de la ley, Félix Arcángel Miloro, El pibe de la
ametralladora, ex integrante de la célebre banda de Jorge Villarino, y
Salustiano Franco, alias Salunga, eran los responsables del robo.
La División Robos y Hurtos movilizó a sus 144 agentes tras los rastros de Miloro
y Franco, consultó informantes, policías retirados, ladrones de segunda
categoría y prostitutas, ordenó allanamientos y detenciones, e intensificó lo
que en la jerga del periodismo policial se designa con el cínico eufemismo de
"intensos interrogatorios".
No era para menos: según Clarín, el asalto al Policlínico Bancario, "al
constituirse por su importancia en el número uno de los ocurridos en nuestra
Capital en todos los tiempos, ha calado hondo en el ánimo de magistrados y
funcionarios". Finalmente, un soplón dio la dirección de una vivienda en la
provincia de Córdoba.
El 10 de septiembre, alrededor de cien agentes federales se dirigieron
velozmente al lugar. El aguantadero fue ubicado y rodeado. Adentro estaban
Miloro y otra pareja. Un oficial de policía ordenó a los gritos que se
entregaran y que no intentaran escapar. Los pistoleros no se rindieron ni
huyeron: en realidad, fueron literalmente masacrados; el cuerpo de Félix parecía
un colador.
El expediente del asalto fue cerrado y archivado.
Seis meses después trascendió que El pibe de la ametralladora había sido
acribillado a balazos por error, y que no había tenido ninguna vinculación con
el asalto al Policlínico.
En verdad, el joven rubio que empuñaba la PAM se llamaba José Luis Nell,
descendía de irlandeses y era estudiante de derecho. Uno de sus mejores amigos y
compañero de facultad era Cacho, un ex-cadete del Liceo Militar de ascendencia
sirio-libanesa llamado Envar El Kadri. Otro de sus amigos, era José Joe Baxter,
de 24 años, también estudiante de abogacía y empleado de Teléfonos del Estado.
Nell y Baxter habían caído presos varias veces pero no eran delincuentes: eran,
junto a otra docena de participantes del operativo, militantes del Movimiento
Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT).
El botín estaba destinado inicialmente a financiar una invasión por mar a las
Malvinas.
Hasta entonces Tacuara estaba considerado como un activo grupo juvenil con gran
inserción en los colegios secundarios de Buenos Aires, cuyos integrantes
profesaban el revisionismo histórico y un fuerte antisemitismo. La opinión
generalizada era que estaban más ocupados en pintar cruces svásticas en las
paredes, arrojar alquitrán contra alguna sinagoga y enfrentarse a otros grupos
estudiantiles que en asaltar bancos u organizar operaciones comando. Como
máximo, cachiporras, trompadas o pedradas. Lo nuevo, ahora, era el agregado de
Revolucionario a la denominación Movimiento Nacionalista. Lo cierto es que la
investigación policial terminó dando un giro de 180 grados, y de Robos y Hurtos
pasó a la Dirección de Coordinación Federal y a la División de Orden Político.
Nell, de 22 años de edad, estaba cumpliendo con el servicio militar en una base
de la Fuerza Aérea en Río Gallegos, Santa Cruz. Al principio de su conscripción
era chofer del ministerio de Defensa, pero fue enviado al sur como castigo al
comprobarse que usaba automóviles del Ejército para asuntos particulares (sus
jefes, claro, aún no sabían en qué consistían esos asuntos). La investigación lo
alcanzó. Encapuchado y aún vistiendo el uniforme de soldado, Nell fue trasladado
en avión a Buenos Aires el 26 de marzo del 64. En el aeroparque lo esperaba una
custodia integrada por carros de asalto de la Guardia de Infantería, agentes de
civil con armas largas y motociclistas del Cuerpo de Tránsito, que lo llevó
directamente al Departamento Central de Policía, donde lo interrogaron hasta
altas horas de la madrugada.
El 4 de abril la Policía Federal informó que de enero a noviembre de 1963 los
miembros del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara habían protagonizado
cuarenta y tres hechos terroristas. Y ya no eran agresiones a la comunidad
judía. Ahora se trataba de ataques a los centinelas de la Escuela Superior de
Guerra, la Dirección General de Remonta y Veterinaria del Ejército, el Tiro
Federal Argentino y el destacamento de guardia del Aeroparque Jorge Newbery, con
el objetivo de apoderarse del armamento. También habían robado municiones de un
camión de la firma Duperial-Orbea y de la fábrica de armas Halcón.
Los nuevos tacuaras también habían realizado atentados contra la fábrica
Philips, estaciones de servicio ESSO, supermercados Minimax y empresas de origen
británico y norteamericano. Según la policía, se habían descubierto planes para
atacar la guarnición militar de Campo de Mayo y efectuar acciones de sabotaje
contra la usina central de SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires),
un gasoducto ubicado en La Plata y depósitos de Shell. En allanamientos a varios
domicilios se habían encontrado, además, una imprenta y volantes de apoyo a la
Confederación General del Trabajo y a la Juventud Peronista.
Con relación a las nuevas pistas del asalto al Policlínico, la Policía Federal
divulgó una extensa lista de dieciocho detenidos y once prófugos. Algunos de
ellos no habían participado del operativo comando del 29 de agosto pero eran
buscados por otros hechos. Casi todos eran estudiantes que trabajaban,
pertenecían en su mayoría a la clase media, se definían como peronistas y,
detalle para ser tomado en cuenta, la edad promedio era de veinte años.
A fines de noviembre de 1955 se había creado el Grupo Tacuara de la Juventud
Nacionalista en el local que la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios
(UNES) poseía en Matheu 185, en el barrio de Once. Más tarde, la Unión Cívica
Nacionalista (UCN) les presta un destartalado local de tres habitaciones en un
viejo edificio de Tucumán 415. En 1958, el nombre de Tacuara quedará asociado a
las enormes manifestaciones con violentos enfrentamientos estudiantiles entre la
laica y la libre, en torno a la discusión sobre la educación religiosa.
El jefe político de Tacuara es Alberto Ezcurra Uriburu, nació en 1937 y es el
séptimo hijo de un modesto profesor de historia. Es un austero, inteligente,
astuto, estudioso y casto joven de 21 años que abandonó sus estudios de
seminarista y se gana la vida como pintor de motos. A los 13 años, había
ingresado a la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios (UNES).
Usó toda su vida lentes de gruesos cristales y marco negro bajo unas cejas
espesísimas, poseía una sólida formación histórica y era un orgulloso
descendiente de Juan Manuel de Rosas y del general José Félix Uriburu. Su padre,
Alberto Ezcurra Medrano, nacido en 1909, era conferencista, articulista en una
docena de publicaciones nacionalistas y autor de alrededor de veinte libros.
Se le considera entre los precursores del revisionismo histórico y uno de sus
seguidores lo definió como antiliberal, católico, rosista e hispánico. Con los
años, Alberto Ezcurra hijo terminará finalmente volviendo al seminario,
ordenándose como sacerdote y cumpliendo una larga y brillante carrera al
servicio de la Iglesia.
El subjefe es José Baxter, alias Joe o El Gordo, un ex afiliado a la Unión
Cívica Radical que ingresó a Tacuara en 1957 y que pronto se transformó en su
vocero. Nacido en 1940 e hijo de un capataz de estancia descendiente de
irlandeses, el robusto Baxter estudia derecho y trabaja como telefonista.
La edad de los jefes oscila entre los 21 y los 24 años, y entre ellos se tratan
de usted. Predican un estilo austero. La revista Ofensiva, órgano de la
Secretaría de Formación de Tacuara, lleva en su portada un escudo con un águila
feudal germana. La bandera del Movimiento Nacionalista Tacuara posee tres
franjas horizontales: las dos de los extremos superior e inferior son de color
negro y simbolizan la revolución nacional; la central es roja y representa la
revolución social. Sobre esta franja hay una Cruz de Malta celeste y blanca.
Varios militantes exhiben en sus solapas también una cruz de Malta celeste y
blanca o la estrella federal de ocho puntas, color rojo punzó, o un crucifijo
que cuelga del llavero.
El escritor izquierdista uruguayo Eduardo Galeano comenta: -Vienen en busca del
mito del poder, los atrae la emoción de los campamentos, en los que las
maniobras militares suelen hacerse con verdadera munición de guerra y con
verdaderos heridos, la magia de los juramentos en las galerías subterráneas del
cementerio, el estampido de los primeros balazos, el culto del peligro elaborado
en torno a las fogatas, lejos de la familia y el hogar -y de la blanda vida
burguesa de la que pretenden liberarse- reivindicándolos a sangre y fuego, como
‘un pelotón de soldados que salva a la civilización’, que dijera Oswald
Spengler.
Diez años después del operativo comando en el sanatorio de los bancarios, el 11
de julio de 1973, un Boeing 707 de la compañía Varig que debía volar a Bruselas
se estrelló en el aeropuerto parisino de Orly a los cinco minutos de despegar.
Murieron 123 de sus 134 pasajeros.
Fue muy difícil para los familiares de uno de ellos retirar el cadáver
calcinado, porque viajaba con un pasaporte falso. Era argentino, tenía 33 años y
había vivido en la cuerda floja durante la última década de su vida. Se trataba
de Joe Baxter y hoy está sepultado en el cementerio británico de Buenos Aires.
Su historia posterior al asalto al Policlínico terminó por convertirse en una
leyenda fenomenal, paradigmática de una época. Ni siquiera sus viejos camaradas
de distintas organizaciones quieren tocar el tema, como no sea en muchos casos
para tratarlo de chanta. Y es que Baxter fue un controvertido personaje con una
trayectoria política igualmente controvertida y en una época histórica
absolutamente controvertida.
Poco después de la acción que hoy evocamos, Baxter habló en la Facultad de
Filosofía y Letras ante estudiantes de izquierda presentando al Movimiento
Nacionalista Revolucionario Tacuara y tomó distancia del grupo dirigido por
Alberto Ezcurra.
Dijo: -No sólo hay liberalismo cipayo e izquierdismo cipayo; hay también
nacionalismo cipayo. Los nacionalistas cipayos son quienes creen que la batalla
por la soberanía argentina se jugó en la cancillería de Berlín en 1945.
Después del asalto al Policlínico, fugitivo y bajo el nombre de Salvador
Ballesteros, vivió durante casi tres años en el barrio de Pocitos de Montevideo.
Se relacionó con el dirigente agrario Raúl Sendic y participó en la creación del
Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros.
También fue oficial del ejército cubano, viajando en incontables oportunidades a
la isla.
Para 1968 residía en París y fue testigo del Mayo francés, un masivo movimiento
universitario que levantaba consignas como La imaginación al poder o Seamos
realistas: pidamos lo imposible. Fue allí donde se vinculó al contador
santiagueño Roberto Mario Santucho. Se integró entonces, con el nombre de
Rafael, al Partido Revolucionario de los Trabajadores - Ejército Revolucionario
del Pueblo (PRT-ERP).
Después se unió a un desprendimiento trotskista: la Fracción Roja, perteneciente
a la Cuarta Internacional, que entonces dirigía el economista belga Ernst Mandel
(cuando murió en el mencionado accidente aéreo precisamente volaba para reunirse
con él en Bruselas).
También viajó a Madrid, El Cairo y Argel, donde se entrevistó sucesivamente con
el ex presidente Juan Domingo Perón, el mandatario egipcio Gamal Abdel Nasser y
el estadista argelino Ben Bella. En esa oportunidad, en España, tuvo un amorío
pasajero con la actriz Ava Gardner. Después vuelve al Uruguay, porque debe
encontrarse en Punta Carretas con el ex presidente del Brasil, Joao Goulart,
exiliado en Montevideo.
Junto con un grupo de ex-tacuaras de izquierda y militantes de la Juventud
Peronista recibió entrenamiento militar en China. Después pasó a Vietnam y se
unió al Vietcong. Su leyenda personal sostiene que, gracias a su aspecto físico
-alto, corpulento, pelirrojo y con pecas- entró vestido de militar canadiense al
Club de Oficiales del ejército de Estados Unidos en Saigón, dejando un
explosivo. Se dice que también, durante la famosa contraofensiva del Thet,
participó de aquella decisiva operación de guerra. Se dice incluso que el líder
vietnamita Ho Chi Minh lo condecoró por su valor en combate.
Obvio, además estuvo en el Chile de Salvador Allende y el MIR.
Un personaje aventurero y legendario –aunque denostado sin piedad por la mayoría
de los que lo conocieron- que pretendió vivir peligrosamente, un poco a la
manera de un Lawrence de Arabia, de un André Malraux, o de un Che Guevara.
[De "TACUARA, LA PÓLVORA Y LA SANGRE"]
El
caso Nell, clave para el proceso político argentino
Por John William Cooke (1967)
En estos días ha de expedirse la justicia del Uruguay con respecto a la
extradición de José Luis Nell, requerido por las autoridades argentinas como
presunto integrante del comando del Movimiento Nacionalista Revolucionario
Tacuara que asaltó el Policlinico Bancario de Buenos Aires en agosto de 1963. A
los efectos de ese pronunciamiento, es irrelevante el que Nell haya o no
cometido los hechos que se le imputan: lo que se discute es si fueron
perpetrados con fines políticos, puesto que las leyes excluyen expresamente la
extradición por delitos políticos o por delitos comunes conexos con lo político
ya sea que formen parte de la ejecución del acto político o ejecutados en forma
aislada pero con objetivos políticos. Es un principio intangible y universal que
tutela los derechos humanos del asilado, y que los despotismos buscan burlar
fraguando procesos comunes a sus enemigos expatriados (caso reciente de los
tiranuelos brasileños, calificando de "delincuente común" a Lionel Brizola) o
negando que los hechos que le incriminan tengan alcances políticos, que, es la
técnica empleada contra Nell.
La requisitoria de la dictadura argentina es
tan cristalinamente improcedente que presupone magistrados uruguayos carentes
del más elemental buen sentido o susceptibles de ser inducidos a violentar los
preceptos legales y la tradición jurídica de su país.
No pretendo leer en la brumosa interioridad de las mentes gorilas: cabe también la hipótesis de que esa demostración de menosprecio no refleje una convicción real sino que sea una astucia primitiva con la finalidad de prolongar la detención de Nell y someterlo a los perjuicios de una tramitación semejante. Aparte de que estamos seguros de que esa tentativa correrá la suerte que se merece, para nada podemos gravitar en un litigio que se dirime en el ámbito forense. Pero precisamente porque es un problema político, nos interesa exponer sus datos esenciales, que contribuirán a la comprensión de la realidad argentina, velada aún por tenaces equívocos y malentendidos.
¿QUE CLASE DE "TACUARA"?
Así mientras basta la existencia de un móvil político para que la extradición
sea ilegal, independientemente de cual sea la concepción ideológica sustentada
esto es lo más importante para nosotros. La trayectoria de Nell ejemplifica la
de muchos jóvenes que iniciaban su vida política hace más o menos una década, en
medio de las frustraciones de una Argentina manejada por una minoría rapaz que
abdicaba nuestra autodeterminación política y económica, mientras el pueblo,
superexplotado y proscripto, no lograba traducir su protesta en una lucha
efectiva por la toma de poder. Debo omitir referirme al complejo de
circunstancias que llevó a un sector de la juventud a ver en las organizaciones
nacionalistas de extrema derecha el camino para terminar, por medio de la acción
directa, con este estado de cosas. Pero, en la medida que los impulsaba un
auténtico fervor popular y patriótico, fueron percibiendo la naturaleza de ese
nacionalismo violento, reaccionario y folklórico, que tras el fuego de su
retórica no ofrecía un programa revolucionario sino saldos y retazos ideológicos
trasplantados a los fascismos europeos. Sus núcleos paramilitares, lejos de ser
dispositivos de combate revolucionario, eran engranajes del "Establishment", que
fustigaban al imperialismo pero lo servían con una práctica inspirada en las
consignas del "occidentalismo" y orientada por energúmenos de sacristía,
rezagados del milenio corporativo, nostálgicos medioevales y agentes de los
Servicios de Información.
Nell, ligado directamente a la lucha de masa trabajadora y capaz de asimilar
críticamente los datos de la realidad contemporánea, fue uno de los primeros en
tomar conciencia de que, en nuestras naciones dependientes, no hay nacionalismo
de derecha posible, y, que con ese punto de partida, concluir, que a esta altura
ni siquiera es posible un nacionalismo burgués. Esa evolución determinó que un
grupo se separase de Tacuara -que en 1963 era la más poderosa organización
derechista- para formar el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara
(pronto conocido como "la Tacuara de izquierda") del cual Nell fue figura
destacada y miembro de la delegación que viajó a China y otros países
revolucionarios; rápidamente se completa el tránsito hacia los planteos más
radicales: el carácter global de la lucha liberadora del Tercer Mundo, la
Revolución Social y la liberación nacional como aspectos indisociables de un
proceso único, el papel de la Revolución Cubana, etc.
Teniendo presente esta ubicación ideológica, el "caso Nell" entra en su
verdadera perspectiva, desde la praxis insurreccional hasta el ensañamiento
represivo y este pedido de extradición en base a fundamentos que por el
contrario, demuestran su improcedencia.
LOS BARULLOS DEL SURREALISMO JURÍDICO
El juez argentino que condenó al grupo del MNRT sostiene que no son delincuentes
políticos sino "seres inadaptados que con el pretexto de móviles sociales o
patrióticos dan rienda suelta a pasiones criminales realizando acciones que
algunos tratan de per-suadirse a sí mismos como de carácter epopéyico o
justiciero...".
Ese buceo en la psiquis de los procesados está reñido con las normas de
imparcial administración de justicia y constituye una fuga hacia la
arbitrariedad de las afirmaciones infundadas. Por lo pronto, son los propios
protagonistas quienes deben estar "persuadidos del carácter epopéyico o
justiciero..." de sus acciones, eso es lo que distingue a los activistas
revolucionarios, y no la prueba de que son personalidades aberrantes. El ideal
perseguido puede parecer horroroso a los que pertenecen al sistema de valores
atacado, pero el rebelde tampoco concibe como "normal" el acondicionamiento
espiritual en el seno de una estructura socio-política injusta y deformante, ni
que esas almas frígidas sean la pauta, para medir los "desajustes". No
pretendemos que nuestros salomones aborígenes compartan ese punto de vista de
los marginales, pero aun dentro de la juridicidad del status quo, el
inconformismo integral no puede reducirse a fenómeno de patología psicológica; y
una infracción a la ley es política o no de acuerdo con criterios elaborados por
la ciencia penal, y no de acuerdo con requisitos que un magistrado fije por su
cuenta para que una concepción merezca la calidad de lo político.
Para sustentar ese frívolo diagnóstico, ¿qué elementos de juicio objetivos
permiten afirmar que los móviles invocados son simples "pretextos", "una
cobertura supuesta-mente ideológica?" Cabría suponer que se apoya en la
constancia de que los MNRT invirtieron el producto del atraco para fines
personales, o en bienes suntuarios, timbas, orgías, perfume francés, mulatas
incandescentes y otras delicias de la opulencia. Pues, no: el mismo juez se
encarga de informarnos, en otro pasaje de su fallo, que "se trata de una
verdadera sociedad criminosa que ora con propósitos de índole insurreccional,
ora con el propósito de allegar fondos, armas, municiones, y otros elementos
para la consecución de objetivos declarados por sus integrantes, proyectó y
llevó a cabo hechos de carácter delictivo...". Como señala el letrado defensor
de Nell, es imposible hacer una descripción más exacta de lo que la doctrina
penal considera delitos políticos conexos. La raíz, de las contradicciones e
incongruencias es política, y está explícita en otro parágrafo del dictamen
judicial. Esta especie de organización delictiva es más peligrosa y amenaza
tomar un incremento mucho mayor por los recursos de que se vale y los medios que
emplea, que las simples bandas criminales que actúan sin esa cobertura
supuestamente ideológica, razón por la cual debe combatírsela más severamente
porque hace peligrar los cimientos de nuestra sociedad".
Primero eran delincuentes comunes; luego resultó que eran comunes pero no tanto,
y hubo que fijarles un limbo clasificatorio que los separaba del hampa pero sin
entreverarlos con los políticos; por fin, estamos en que son peores que los
criminales. Igualmente errátil es la lógica que descalifica como simulaciones
los fines subversivos proclamados; para luego señalar que su práctica pone en
peligro el orden constituido. Lo que equivale a decir que los MNRT lograban como
revolucionarios los fines que simulaban como pseudo revolucionarios. Bravo.
Finalmente, los tribunales argentinos pueden confinar a quienes atenían contra
los cimientos de la sociedad al octavo círculo del infierno carcelario; lo que
no pueden es hacer de eso una causal de extradición, pues si en algo coinciden
los juristas de, todo el mundo es en que ese tipo de infracciones son políticas
por excelencia.
VIOLENCIA SAGRADA Y VIOLENCIA DESFACHATADA
Veamos que régimen inefable de convivencia estuvieron por corroerlas modestas
hazañas de estos reos. Cuando delinquieron, en la Argentina estaban cerradas las
vías legales de expresión popular, y la acción directa era la única política que
quedaba. Fue ese carácter falseado de la representatividad democrática la que
invocaron las Fuerzas Armadas para dar el golpe de junio de 1966. Al fin y al
cabo, lo mismo que se planteaban Nell y los suyos, con la diferencia de que, no
disponiendo del instrumental bélico del estado, tuvieron que recurrir al asalto
para armarse. Pero desde el punto de vista técnico, eso tampoco rompe la
similitud de ambas situaciones jurídicas: el dinero del Policlínico Bancario
pertenecía a los tacuaras tanto como pertenecen a los militares las armas que
paga el pueblo para defender su soberanía y que ellos utilizan para despojarlo
de esa soberanía y hacer con el país lo que se les da la gana.
Las FF.AA. responsables de la deformación representativa durante once años, no
vacilaron en hacer mérito de esa anomalía para justificar el alzamiento contra
el gobierno civil (elegidos en comicios presididos por los militares y con
proscripción de los candidatos mayoritarios). Lo sorprendente es que el golpe
triunfante, en lugar de redimir esos vicios de la práctica política, arrasó con
todo el dispositivo de participación ciudadana en la elección de los mandatarios
del estado, disolvió los partidos y convirtió en delito toda actividad política,
aún pacífica y tradicional. Como caso de "simulación", éste alcanza proporciones
de maravilla. Detrás de este atropello está la crisis permanente del sistema
capitalista argentino, que ya no permite disimular la violencia clasista tras la
legalidad -siquiera formal- del gobierno democrático representativo; los órganos
encargados de aplicar la coerción resolvieron asumir el poder, del cual eran
sostén exclusivo y visible, liquidar el dispositivo ya inoperante de la política
clásica e integrar directamente a los grupos económicos predominantes designando
para las altas funciones administrativas del estado a los directivos y
apoderados de los grandes consorcios locales y extranjeros.
La usurpación no es novedad sino lo habitual a través de 80 de los 104 años de
vigencia de nuestra constitución. Pero por primera vez la práctica de la
violencia no se recubre con los siete velos de la legalidad republicana: la
actual dictadura militar no pidió, como las anteriores, reconocimiento como
gobierno "de facto", justificado como necesidad transitoria con el fin de
restablecer el normal funcionamiento de las institucio-nes, sino que se título
emanada de una legalidad propia que cancela la preexistente. Los comandantes en
jefe de las tres armas declararon que asumían el "poder constituyente" y fijaron
los imprecisos objetivos de la "revolución", que tienen preeminencia por sobre
los textos constitucionales; designaron presidente a Onganía, otorgándole
también facultades legislativas y sin término a su mandato, y reemplazaron a los
miembros de la Suprema Corte. Por consiguiente el gobierno no prestó juramento
ante el alto tribunal sino que los integrantes de éste juraron acatamiento a la
nueva juridi-cidad.
Ese gobierno omnímodo, legitimado por su propia fuerza, es el que tramita la
entrega de Nell. A instancias de esa justicia, que también tiene las espadas
como fuente última de su existencia. Los hijos de la prepotencia claman venganza
contra Nell, por el posi-ble crimen de haber participado en la empresa patética
y desesperada de un grupo de rebeldes. La sociedad burguesa presumía ser fruto
del consenso general, pero en ella puede suprimirse de hecho y de derecho la
voluntad colectiva en las determinaciones de las cosas públicas sin que por eso
tiemblen los "cimientos" de la convivencia organizada. Oficialmente se confirma
que la democracia representativa era una superestruc-tura de la que se prescinde
para apuntalar lo que es básico e intocable: el sistema de relaciones de fuerzas
entre clases dominantes y clases dominadas. He aquí por que nuestros guerreros
se coronan de laureles por estas epopeyas que tal vez la historia ignorará, pero
que están registradas en las estadísticas sobre desempleo, ausentismo escolar,
desnutrición, mortalidad infantil, nivel de vida, mientras los tacuaras de
izquierda pasan miseria en las cárceles o se organizan contra ellos la caza del
hombre disfrazada de tramitación jurídica internacional.
En un país donde los aviones navales han bombardeado a una multitud obrera
indefensa en Plaza de Mayo -y mañana lanzarán rocíos de napalm con idéntico
ánimo alegre-, donde se movilizan los tanques contra la protesta obrera, donde
cada prócer castrense moviliza "su" guarnición o "su" barco en las
confrontaciones internas por el poder, la única violencia que causa escándalo es
la de Nell, mala plusvalía.
Desde la Argentina, una regencia de bayonetas que tutela los privilegios de
dentro y de fuera exige la remisión de un prisionero de guerra que escapó a sus
guardias de hierro. Las saturnales revanchistas son catarsis para estas
ciudadelas del Occidente imperial, acechadas por hordas oscuras cuya irrupción
presagian signos intranquilizadores.
Además, Nell es un militante revolucionario, es decir, un subversivo que
pretende esconder que el poder económico y el poder de fuego son monopolios
sagrados en ese mundo de pequeños déspotas sin cabeza, de arcángeles blindados
que vigilan la insu-misión de las masas hambreadas, de adoradores de fetiches,
de payasos solemnes, de respetuosos de la respetabilidad, de púrpuras y togas
tendidas para que no se vean las verdades peligrosas.
John W. Cooke
Acción Revolucionaria Peronista
[Publicado en "Marcha", 1967]
La
saga de Baxter
[ADELANTO DEL LIBRO "JOE BAXTER, DEL NAZISMO A LA
EXTREMA IZQUIERDA"]
Fue uno de los fundadores de Tacuara, un adolescente gordo que le escribía
poemas a Primo de Rivera. Pero en una trayectoria tal vez posible sólo en su
época, se corrió al peronismo y terminó entrenando en Argelia y China, y
funcionando como una suerte de combatiente internacional entre el ERP,
Tupamaros, MRT y Cuba.
Por Alejandra Dandan y Silvina Heguy
Al Grupo Nacionalista Revolucionario Tacuara la Policía lo tenía fichado como
Grupo Baxter. Con armas guardadas hasta en las bóvedas de los cementerios, la
nueva agrupación se lanzó a buscar financiamiento para sus operaciones. ¿Y dónde
estaba el dinero?, le gustaba preguntar a Baxter. En los bancos, respondían los
integrantes de la nueva fracción. Entonces, argumentaban, ahí había que ir a
buscarlo. En los primeros meses de 1963, los tacuaristas se dedicaron a buscar
objetivos para robar o para "apropiarse", como preferían decir para
diferenciarse de los delincuentes comunes. Pero el borde entre lo delictivo y lo
revolucionario era muy difícil de mantener. El dato para la operación más
importante que iban a emprender ese año lo trajo un día Ricardo Vieira, el
estudiante de Medicina que realizaba sus prácticas en el Hospital
Neuropsiquiátrico Borda. En una de sus salas del barrio de Barracas se planeó la
primera operación de guerrilla urbana de la historia argentina.
.....
Perón, como todas las mañanas de invierno, se había levantado a las cinco. Lo
habían despertado los gallos. Después de unos mates amargos dio su habitual
largo paseo por las calles del barrio. De vuelta había tomado varios mates más.
El ritual matinal indicaba que estaba listo para recibir a la larga lista de
invitados diarios. Los esperaba en su escritorio atiborrado de libros y cartas
para responder. Aquel 7 de enero, a Baxter lo acompañó un empleado hasta la
habitación que ocupaba la planta baja.
(....) Villalón abrió la puerta del despacho de Perón y se encargó de hacer las
presentaciones. Perón había pasado los últimos diez años recibiendo visitas de
distintos sectores de la política argentina y, a esa altura, era un experto
anfitrión.
Como parte de su bienvenida, y para hacer sentir bien a su invitado, Perón le
comentó a Baxter que conocía perfectamente la trayectoria del grupo al que
representaba. Incluso recordó que le había enviado una carta con su fotografía
firmada cuando dos de sus miembros habían caído presos. El 17 de octubre de
1962, José Luis Nell y Rubén Rodríguez habían sido detenidos por el robo de
varios autos. Perón se había solidarizado con ellos en su condición de
luchadores contra el régimen militar.
En su monólogo de recibimiento, Perón se explayó sobre los escritos de la
agrupación Tacuara que había leído. Se extendió también en un largo elogio sobre
uno en especial, que alababa al Estado fascista italiano de Benito Mussolini. Le
comentó a Baxter que en la época del Duce había visitado Italia y que él también
había quedado impresionado por la organización del Estado italiano y por los
escritos de Mussolini. Baxter no respondió al comentario y la conversación se
desvió hacia la política argentina. Cuentan que fue Campos quien, después de la
primera visita de Baxter, le dijo a Perón:
Disculpe, General, pero estos muchachos leen más a Mao que al Duce.
Al otro día, Baxter se encontró en el escritorio de Perón algo diferente. Entre
las carpetas y papeles había un nuevo retrato: el del líder chino. Baxter no
dijo nada sobre el retrato de Mao. Pero cuando volvió a Buenos Aires se cansó de
contar la anécdota y casi siempre la terminaba de la misma manera, con una gran
carcajada y repitiendo:
Hay que seguir a este hombre, ¡este hombre sabe! Baxter se despidió de Perón y
su séquito en el jardín de la quinta. Mientras caminaba hacia el portón, Perón
lo miró de lejos y le dijo a Villalón una de esas frases que parecía decir sólo
para que quedaran en la historia: "Un muchacho fantástico. Parece capaz de hacer
él solo la revolución". Baxter tenía 23 años y, si bien no estaba dispuesto a
hacer solo la revolución, sí quería aprender las técnicas de los movimientos
revolucionarios. Al otro día del segundo encuentro, viajó a la RAU y después a
Argelia.
.....
Desde las ventanas del Hotel de las Nacionalidades, los argentinos quedaron
extasiados ante la panorámica de la plaza de Tiananmen. Durante el primer mes de
su estadía en China ése sería su lugar de residencia. La primera noche eligieron
comer en el restaurante oriental y dejaron de lado el que ofrecía comida
occidental. Querían aprender todo del país que había logrado la revolución tan
soñada. Desde la ventana de su habitación Baxter se quedó en silencio. Había
algo que no podía explicar sobre lo lejano, conmovedor y tétrico del paisaje
urbano. Las luces de los autos iban y venían por la avenida. El silencio que
desprendía el país más poblado del mundo era abrumador. Se lo comentó a
Rodríguez y juntos se dieron cuenta de que la falta de carteles de publicidad
era lo que provocaba esa extraña visión. Baxter y sus compañeros estaban
rodeados de millones de personas y no escuchaban nada.
.....
La rutina en la academia era dura. El día comenzaba a las cinco y media de la
mañana. El grupo estaba fuera de forma y en los primeros días les costaba seguir
el entrenamiento. Al principio, el instructor los hacía correr poco: unos dos
kilómetros por día. Pero sobre el final llegaron a trotar en buen ritmo casi
doce kilómetros diarios. En cada salida al exterior quedaban sorprendidos de la
cantidad de pequeñas brigadas extranjeras con las que se cruzaban.
Una mañana, el instructor les hizo una seña para que se corrieran hacia la
derecha para dejar pasar a una brigada. Los argentinos no podían creer que
quienes les estaban ganando en la carrera eran parte de una compañía femenina
china. Subían una montaña corriendo y cargadas con todo el arsenal para un
ataque: desde armas de guerra hasta mochilas, fusiles y morteros. Más allá del
entrenamiento físico, de aquella experiencia Baxter se llevó uno de los
conceptos claves para su vida política: el de guerra revolucionaria que, a la
manera china, significaba la lucha popular y prolongada contra el régimen.
Después de sus días en China, Baxter se transformó en uno de los personajes que
se dedicaron a expandir esta técnica en América latina.
.....
Los conoció sin verles la cara. Cubierto por una capucha, atravesó el pasillo y
enfiló para el fondo de una casa que les habían prestado en pleno Barrio Norte.
Otros ocho enmascarados esperaban adentro, todos sentados detrás de un biombo.
Entró con Mario Roberto Santucho, aunque nadie lo reconoció porque también
estaba cubierto con un pasamontañas. Del plenario clandestino participaba un
grupo muy reducido de delegados del PRT. Habían llegado de toda la provincia de
Buenos Aires para preparar un documento clave para el V Congreso del Partido que
iba a realizarse veinte días más adelante, entre el 28 y 30 de julio de 1970.
Baxter no pronunció palabra. Al presentarlo, Santucho lo describió como un
integrante del Comité Central y lo llamó por su nombre de guerra, Rafael
Barletta. ¿Quién era?, se preguntaron en la sala.
Aunque los participantes de la reunión lo consideraron como un gesto exagerado,
Baxter había sugerido el uso de las capuchas como medida de seguridad. Con el
mismo objetivo preparó un sistema para controlar la entrada y salida de la
puerta de calle. Le pidió a Luis Pujals que permaneciese ahí y le dio una serie
de instrucciones. Pujals se quedó parado, de espaldas, a la espera de los que
iban llegando. Cuando entraban les pedía un santo y seña. Si era correcto, les
daba una capucha y sin mirarlos a la cara decía:
Pasillo al fondo, a la derecha.
La reunión se hacía en casa de los Gelter, dos hermanos polacos (desaparecidos
después de 1976). Desde la entrada salía un largo pasillo que desembocaba en el
living donde se llevaba a cabo la reunión. Los que llegaban podían caminar por
el pasillo a cara descubierta, pero antes de entrar a la sala donde detrás del
biombo estaban los encapuchados tenían que cubrirse obligatoriamente.
Cuando la reunión terminó, un delegado de Zárate caminó, completamente
intrigado, hasta donde estaba el encargado de la regional Buenos Aires para
preguntarle quién era ese inmenso sabelotodo que parecía muy seguro de lo que
decía. Acosado por las preguntas, el de Buenos Aires finalmente habló:
–¿Qué quién es? –le dijo–. ¿Te acordás del asalto al Policlínico Bancario?
La fama de Baxter había crecido repleta de fábulas, leyendas pero también con
fragmentos de sus historias verdaderas. En el PRT habían escuchado de su estadía
entre los revolucionarios de Vietnam, de la condecoración de Ho Chi Ming y de su
entrenamiento en China. Santucho lo recibió como un revolucionario de fuste
especialmente porque, como decían entonces, llegaba con las "chapas de Vietnam".
En esas condiciones lo sumó como un cuadro político mayor, con el grado de
comandante revolucionario que había alcanzado en La Habana. Siempre dijo que los
cubanos se lo habían presentado y entregado para trabajar en el Partido.
.....
El 31, los diarios publicaron la noticia del asesinato de Hermes Quijada. La
policía señaló a Víctor José Fernández Palmeiro como responsable del asesinato.
La televisión trasmitió durante varias horas partes informativos. Los flashes
aparecían a mitad de una novela que contaba cómo una chica de doble apellido se
enamoraba de un taxista llamado Rolando Rivas. Fernández Palmeiro no había
actuado solo, decían los presentadores de noticias. Pero nadie tenía información
del resto. Frente a las cámaras, un militar explicó luego algunos detalles del
operativo. Se supo, y se dijo, que los autores habían contado con un coche de
apoyo, pero que huyeron en motocicletas.
¡Zas!
Dijo Oscar Falchi, el chico de los cines club de la Acción Católica, un ex
militante de Tacuara sentado ante el televisor de su casa, casado y frente a su
mujer.
¡Zas!
Y dudó en seguir hablando. No podía contarle de cuando era chico, ni de las
veces, tantas veces, en las que mirando Lawrence de Arabia u otras películas de
acción con sus amigos habían planeado un asesinato de esa misma forma. Un
atentado igualito. Como nunca antes se había hecho en la Argentina.
¡Zas!
Y mirando a su mujer dijo:
¡Zas! ¡Volvió el Gordo Baxter!
El primer ensayo de guerrilla urbana en la
Argentina
Por Juan Gasparini [especial para ARGENPRESS.info,
28/08/06]
Fragmentos de 'Memoria de un desaparecido en la ESMA - El libro de Jorge
Caffatti', de Juan Gasparini. Editorial Norma, 2006
En el primer gran ensayo de guerrilla urbana que conocería la Argentina el 29 de
agosto de 1963, con la sangrienta irrupción en el Policlínico Bancario, Nell y
Caffatti tuvieron papeles preponderantes. Se desempeñaron mancomunados con otros
tacuaras del MNRT, a tono con lo que se registra en la causa a la
que finalmente se abocara el juez federal Jorge Aguirre, con la instrucción
previa de su colega subrogante Horacio Rébori, realizada a través de la
secretaría de Carlos González Gartland. De su investigación se desprende que se
alzaron con los 100 mil dólares que debían sufragar los sueldos de los
trabajadores del nosocomio, dejando dos cadáveres y tres heridos. La condición
de factibilidad para una acción de tal envergadura en aquella época surgió de un
dato de retorcida
procedencia. Lo procuró Ricardo Viera, estudiante avanzado de medicina que
practicaba en el Hospital de neuropsiquiatría de la calle Vieytes, correoso
tacuara que adoraba las armas y fantaseaba con la Legión Extranjera. Lo recibió
de un amigo velado en un cierto embrollo. González Gartland logró reconstruir
que esa fuente había sido Gustavo Posse, quien conociera a Viera compartiendo la
plantilla de un tribunal civil y comercial de Buenos Aires, al que le hiciera un
favor: en febrero de 1963 Posse intercedió para que le aliviaran la situación
carcelaria a Viera, preso en el establecimiento de Caseros por tenencia de un
arsenal en su casa de O’Higgins y Mendoza, a raíz de que se le disparó un tiro e
hirió a un militante de Juventud Peronista, Carlos Eduardo Suárez, cuya
internación en una clínica fue denunciada a la policía. Así las cosas, por un
30% del botín, Posse entregaba lo avistado por desconocidos, en realidad una de
sus dos hermanas, de nombre Beatriz, y una prima de su esposa, Elsa Susana
Echazú, ambas empleadas en el hospital. Estas se habían percatado de que en el
penúltimo día hábil de cada mes, alrededor de las diez de la mañana, una
camioneta traía desde el centro de la ciudad una valija con trece millones de
pesos, algo así como 100 mil dólares, para el pago mensual de los haberes del
personal, con la sola custodia de un policía. Como se imponía interceptarlos a
esa hora precisa, y en Argentina era muy conocida la novela de Marco Denevi,
"Rosaura a las diez", unos dicen que la operación fue motejada "Rosaura",
mientras que otros afirman que el nombre vino porque su realización se programó
para la efeméride de Santa Rosa de Lima, el 29 de agosto.
A las 7 de la mañana del día señalado, atravesando una cortina de lluvia, dos
miembros del MNRT Tacuara, Rubén Rodríguez y Mario Duaihy subieron a una
ambulancia contratada telefónicamente en la víspera a la Cochería García de
Rivadavia 14.290, en Ramos Mejía. La arrendaron con chofer y sin camillero. Al
abordarla le indicaron al conductor, Luis Voda, ir a buscar a un paciente,
persuadiéndolo de que antes levantara a un médico y un auxiliar a veinte
cuadras. Se trataba de Tomislav Ribaric, estudiante de medicina descendiente de
croatas, y Horacio El Viejo Rossi, ex suboficial de la marina que se incorporó a
la resistencia peronista, futuro inductor del secuestro de Revelli-Beaumont en
París. Provisto de un disfraz blanco, Rossi reemplazaría a Luis Voda, chofer de
la ambulancia Rambler, una vez que estuviera reducido y narcotizado con dos
inyecciones preparadas por Viera. El chofer sería extendido sobre la camilla
acondicionada para el enfermo en la parte de atrás del vehículo y cubierto por
una sábana hasta el cuello para disimular que estaba maniatado. El recorrido
hasta el Policlínico, en Gaona 2197, entre Donato Alvarez y Seguí, no tuvo
sobresaltos. El edificio de cuatro pisos, abarca aún hoy dos manzanas, con
jardines y una playa de estacionamiento protegidas de la mirada externa por un
muro circundante. En sus inmediaciones, frente a la Plaza Irlanda, los recién
llegados divisaron un Valiant gris estacionado en la calle Seguí, robado la
noche anterior en un garaje de Zabala 2552 por Luis Alfredo Fredy Zarattini,
Jorge Andrés Cataldo y Rubén Rodríguez, estos dos últimos predestinados a ser
cofundadores de las FAP en 1967. En la esquina de Seguí y Gaona, se apostaban
Nell, Arbelos y Caffatti, los dos primeros vestidos de blanco. Repentinamente
descompuesto, Ribaric se apeó de la Rambler, saliendo a reponerse en el
departamento "B" de Talcahuano 1224, un bulín coalquilado por Posse y dos de sus
colegas de trabajo, previsto para que acudiera a recoger su parte cuando los
asaltantes se reunieran a contar lo recaudado. Rodríguez se sentó al volante del
Valiant, y Duaihy se puso a deambular por la acera del Policlínico. El comando
tenía ubicados otros autos en las inmediaciones, con gente armada de "contención", cuyo objetivo era neutralizar a la policía si los desenmascaraban.
Caffatti entraría a pie al playón del hospital por el portón para autos de
Gaona, siguiendo la ambulancia con sus tres compañeros de blanco; Rossi
manejando, Arbelos en el habitáculo del acompañante y Nell detrás, donde Voda
dormía en los sopores del somnífero, ignorante del desquicio que se incubaba en
su derredor. Cada uno llevaba armas suministradas por los militares peronistas
que metieran baza en las asonadas golpistas de la Aeronáutica, de la Marina y
del Ejercito, entre 1960 a 1963, o sustraídas por ellos mismos a miembros de las
fuerzas de seguridad. Todos portaban pistolas 45, con el suplemento de una
ametralladora en manos de Nell, probablemente uno de los más fogueados por sus
probados antecedentes de jefe de la "milicia" de la primogénita Tacuara, y por
estar cumpliendo el servicio militar en Aeronáutica, afectado al Ministerio de
Defensa.2
Para que hubiera tiempo de posicionarse previamente a que lo hiciera el
transporte de caudales, el ya mencionado Luis Alfredo Fredy Zarattini, a su
turno avisado por Cataldo que viera salir el furgón del Banco Nación en Plaza de
Mayo, se adelantó en un Jaguar rojo que le regalara su padre, anunciando a sus
compañeros de la Rambler que se avecinaba el instante de actuar. No tuvieron
inconvenientes en simular ante el portero, Juan Carlos Lowry, que traían un
doliente. Hacia las 10,30 horas penetraron en la playa de estacionamiento y se
pusieron de espaldas a la muralla que impedía los vieran desde la calle Luis
Viale, paralela a la Avenida Gaona. Se ubicaron en la vecindad de donde por
rutina lo haría la camioneta Ika con el dinero, chofer, empleada administrativa,
un sargento de la Policía Federal, y el cajero y pagador del Policlínico,
Alfredo Silvestre Ricci. Caffatti se colocó entre los dos cuerpos del edificio y
su misión era reducir al suboficial de la policía. Tras el paso de los rodados,
con la faz cubierta por un pañuelo blanco, Duaihy inmovilizó al portero, para
que no transmitiera lo que empezaba a suceder. La Estanciera Ika era gris. Se
detuvo por detrás de las escalinatas en el lugar de costumbre, descendiendo sus
ocupantes, a los que se acercaron dos ordenanzas para acarrear los 80 kilos que
pesaba la valija en la que traían los sueldos. Nell los sorprendió en los
prolegómenos dando una sonora voz de alto. Empuñando la ametralladora hizo punta
flanqueado por Caffatti y Arbelos desenvainando las pistolas, con Rossi en la
platea de una butaca de ambulancia. Instintivamente el suboficial Abelardo
Cecilio Martínez movió su mano a la cartuchera. Nell lo tumbó de una ráfaga,
hiriendo en el antebrazo a la administrativa, Nelly Culasso de Ordóñez. Con el
segundo tableteo abatió al chofer, Víctor Cogo, y al ordenanza Alejandro Morel,
encajándole un tiro en un hombro al otro, Vicente Bóvolo. Como en una
distribución de roles Caffatti se abocó a quitarle el arma al policía y Arbelos
sacó de la camioneta la valija marrón repleta de billetes y monedas. Entre los
dos la arrastraron a la Rambler, que Rossi aproximó. Detrás de los ventanales, o
en el dédalo de las veredas circundantes, se disimulaban otros MNRT como
transeúntes impávidos en la circulación hospitalaria, tal vez Alfredo Roca,
según deja entrever Caffatti en sus memorias de la ESMA. Nell, imperturbable con
un barbijo blanco que le tapaba de la nariz al mentón, dominaba la escena
compuesta del tendal de muertos y heridos, encapotada por el cielo gris y
líquido de la persistente llovizna. Al verlos retirarse con toques de sirena por
Seguí hacia Juan B. Justo, Rodríguez y Duaihy picaron en el Valiant, pero se
pegó a ellos el auto particular de un policía, casualmente de paso, del que
lograron desembarazarse doblando por una calle a contramano. En Camarones y
Terrero abandonaron la ambulancia, con el chofer siempre durmiendo, el que, más
tarde, al despertar, denunciaría el robo de mil pesos y un paquete de
cigarrillos.3
De los seis tripulantes salidos de los dos vehículos, Rodríguez, Duaihy, Arbelos
y Caffatti se fueron a pie o en colectivo. Rossi y Nell retomaron el Valiant con
la valija llena de dinero, y se orientaron hacia el departamento facilitado por
Gustavo Posse, donde debían darle su porcentaje; pero se les pinchó un
neumático. El coche quedó en la cuneta de la Avenida Warnes al 300 y sus
ocupantes siguieron en taxi. En el bulín de Posse los esperaba Rivaric, quien se
reponía de su descompostura, por la que se había separado a la vera de la Plaza
Irlanda, en los instantes previos al drama. Sumado Arbelos, reclamaron por
teléfono la presencia de Viera a su consultorio en el hospital Vieytes, quien se
presentó con Posse hacia las 13 horas. Les abrió la puerta Nell, con su pistola
ametralladora en una mano. A ninguno se le debió cruzar por la mente que
deberían enfrentar los daños colaterales de haber cegado por primera vez vidas
ajenas, con el consiguiente peligro que cerniría sobre ellos. Habían descartado
eliminar a Posse a pesar de que menospreciaban su falta de entidad política, y
recelaban de alguien que, además de no ser fuerza propia, conocía el trasfondo y
los actores de "Rosaura", máxime la altísima comisión que les envenenaba el
espíritu. Pero el saldo trágico del hurto no les hizo cambiar de parecer. Lo
dejaron ir con el 30%, mitigando el talante delincuencial y sanguinario con que
algunos menoscaban el comportamiento de los atracadores del Policlínico
Bancario. El resto del dinero lo evacuaron Nell y Viera, con la asistencia de
Cataldo para esconderlo. Abandonaron el departamento de Posse, confundiéndose en
la atónita Buenos Aires, atribulada según los periódicos de esa tarde por el
natalicio de una guerrilla que tardaría siete meses en mostrar su verdadero
rostro.4
De cara a los resultados, el libre arbitrio de Posse fertilizó el error cuyo
resultado fue que los aprehendieran a casi todos, no obstante haber sabido y
tomado recaudos para transformar los billetes fraccionadamente y poco a poco. La
numeración de los billetes era correlativa y había sido comunicada sin
discriminación por el Banco Central, obedeciendo una orden del secretario
judicial González Gartland. De que la represión olfateaba el dinero dio fe el
propio Gustavo Posse, a quien le hicieron firmar un acta policial en Necochea al
pagar un recauchutaje de un neumático con uno de esos billetes. Persistiendo en
el error, Gustavo suscitó la desgracia. El 20 de noviembre de 1963 se fue de
juerga por Europa con su hermano Lorenzo Andrés, empleado de la compañía de
aviación Varig, que lo convidó con uno de los dos pasajes a Portugal, España,
Italia, Francia e Inglaterra que le regalaba la empresa aérea una vez al año.
Aprovechando esta ocasión, realizaría un cambio de divisas al MNRT de 3 de los
13 millones de pesos robados. Una vez en Europa, Lorenzo sufragó con 45.000 de
esos pesos la factura de una cena en La Roseraie con Simone Malatesta de Pont,
alias Brigitte, una bailarina de un cabaret del barrio de Montmartre, dando
lugar a que el Banco Jourdan no los tradujera a francos franceses, informando a
INTERPOL de la génesis delictiva de esos billetes. René Lasserre, dueño del
restaurante, efectuó una denuncia en la policía, cuya pesquisa dio con las señas
de identidad de los hermanos Posse, gracias al chivatazo de la bailarina, que
localizada indicó al Hotel Lutetia como sitio de alojamiento de Lorenzo. El
expediente galo fue remitido a la Argentina, dado que los hermanos Posse se
habían entre tanto ido a Buenos Aires. El primer detenido fue Lorenzo, seguido
por su hermana que trabajaba en el Policlínico. La otra hermana, prosecretaria
de la Cámara Civil y Comercial de Buenos Aires, le advirtió a Gustavo que
González Gartland lo buscaba, por lo que se dio a la fuga, y alertó a Viera,
quien, a su vez, hizo cundir la alarma hacia los demás. Pero al quinto día de
estar prófugo Gustavo se rindió. El 20 de marzo de 1964, quebrado en los
interrogatorios judiciales, se desbarrancó en la redada. Una llamada tentativa
por teléfono a su casa del MNRT Jorge Andrés Cataldo confirmó que la vivienda
estaba ocupada por la policía y que los iban cercando. Los allanamientos se
sucedieron en múltiples hogares. Varios de sus compañeros se salvaron con él; a
saber, Arbelos, Rodríguez, Zarattini, Roca y Baxter. Los demás incriminados, y
otros tacuaras imputados por infracciones diferentes a las perpetradas en el
Policlínico al tomar paralelamente cartas en el asunto el juez federal Jorge
Aguirre, fueron forzados a fijar domicilio en las cárceles porteñas de Villa
Devoto y Caseros; 18 en total, entre los que estaba Jorge Caffatti, mientras 11
quedaron prófugos.5
No es superfluo aclarar que ninguno de ellos era debutante. Previo al bautismo
de muerte con "Rosaura", habían acopiado unas cuarenta acciones directas en sus
alforjas. Al compás del viraje por la senda de la izquierda peronista en sus
debates ideológicos y políticos, influidos por las lecturas de intelectuales
vernáculos citados en el capítulo anterior, venían intensificando una
subterránea labor guerrillera, esponjando libros de Stalin y Mao Tse-tung, amén
de cartillas, reglamentos y manuales bélicos. Para conseguir solventar una
fianza que liberara a Tomislav Rivaric de la cárcel, robaron la caja de la
farmacia Salvatori, de O’Higgins y Juramento, en operativo genioles. Con el fin
de pertrecharse, les quitaron armamento a centinelas de la Escuela Superior de
Guerra, de la Dirección General de Remonta y Veterinaria del Ejército, de
Aeroparque y del Tiro Federal, y vaciaron de treinta y cinco pistolas y cinco
ametralladoras la guardia del Instituto Geográfico Militar. A la fábrica de
ametralladoras Halcón le redujeron el inventario en 134 unidades, adueñándose de
ciento cincuenta mil proyectiles. Los sabotajes se sucedieron con posterioridad
a lo del Policlínico Bancario, atacando estaciones de servicios y oficinas de
las multinacionales Shell, Esso y Phillips, quemando banderas estadounidenses,
incendiando supermercados, y lanzando cócteles molotov contra empresas, galerías
comerciales, hoteles, cabarets, locales políticos, estaciones de radio,
despachos de abogados reaccionarios, cines y confiterías frecuentadas por
quienes estimaban sus enemigos en la "burguesía" y el "imperialismo
angloyanqui". Ponderaban que "las fábricas son de los trabajadores",
panfleteando y rellenando paredes de consignas con tinta roja, a menudo en
fechas conmemorativas para el peronismo como el 17 de octubre o el 16 de
septiembre, clamando "por el retorno incondicional de nuestro jefe
revolucionario general Perón". Las detenciones de marzo del 64 no ahogaron la
protesta aguantando el "Plan de Lucha" de la CGT. Tampoco la repulsa por la
claudicación de los dirigentes gremiales que transaron con el gobierno cesar la
movilización, estafando las reivindicaciones y adormeciendo "la voluntad de
lucha de los trabajadores negociando con las fuerzas oligárquico-burguesas" el
sacrificio de los "descamisados". Se esforzaban en darle vida a "las milicias
populares para la toma del poder y transformar el régimen gubernativo
imperante". Se erguían "contra el hambre" y "por la implantación definitiva del
Estado Nacional Comunitario", escarneciendo a "la burocracia frenadora aliada
del capitalismo", firmando "Soberanía o Muerte", o lo que les era igual: "Perón
o Muerte".6
Desde abril de 1963, esa exaltación de la violencia urbana peronista y
antiimperialista, escoltada por un indiciario marxismo como método de análisis y
de acción política y social, dividía en dos la Tacuara rebelde en gestación, que
coordinaba el triunvirato de Ossorio, Caffatti y Baxter. Desde el inicio del
año, Ossorio y sus seguidores se expresaban en Barricada, en tanto que Baxter y
Caffatti lo hacían en Tacuara del Manchón, por la mancha asemejada a una gota de
sangre con que se lacraba la primera letra del vocablo, diferenciándose del
membrete de la Tacuara de Ezcurra, en cuya portada una lanza circular abrazaba
toda la palabra. En septiembre de 1963, Ossorio y los suyos no se plegaron al
anuncio de Baxter, en un encendido acto en la Facultad de Filosofía y Letras de
Buenos Aires, dando a conocer la aparición del Movimiento Nacionalista
Revolucionario Tacuara (MNRT), omitiendo la autoría de "Rosaura", que sería
desollada por la policía recién en marzo del año siguiente. En aquel mitín el
MNRT exhibió prensa sin alusiones antisemitas y anticomunistas, figurando
condenas al racismo y la discriminación religiosa, pidiendo la anulación de los
contratos petroleros y la nacionalización de la banca y los frigoríficos.
Caffatti, Baxter y Nell dejaban atrás los designios de fundirse en la
estudiantil UNES. Cobraban autonomía involucrándose con la Juventud Peronista
(JP) en la preparación del Movimiento Revolucionario Peronista (MRP), una
estructura concebida por el general Juan Domingo Perón para acumular fuerzas y
retornar al país, según se verá a capítulo seguido. Zahondaban como adultos en
la liberación nacional, apuntalando a los sindicalistas "combativos" de la CGT y
apalancando la conducción del líder justicialista, persuadidos de que "el
proletariado" era "el depositario histórico de la conciencia nacional". En sus
comienzos los reunió la práctica militar en las "milicias" del tronco de
Tacuara, pero desmadraron. Y avanzaron hasta la configuración de una nueva
fuerza de acción política. Desbordaron en el MNRT, haciendo eje en la práctica
de comandos, "cuyo objetivo central era ser la vanguardia armada de la
resistencia peronista", como lo resume en su volumen sobre los nacionalistas el
profesor Luis Fernando Beraza. "Tacuara Ejército del pueblo", mandaba pintar
Caffatti en los muros de Buenos Aires.
Notas:
1) Libros de Gutman y Bardini antes mencionados. Clarín, Buenos Aires, 28 de
marzo de 1964. Informe de la División Delitos Federales de la Policía Federal,
firmado por el Comisario Aldo Palmieri, Buenos Aires, 31 de marzo de 1964 y
dictámenes de prisiones preventivas para los detenidos por el asalto al
Policlínico Bancario, Poder Judicial de la Nación, Buenos Aires, 7 y 29 de abril
de 1964. Entrevista con Carlos González Gartland, Buenos Aires, 31 de agosto de
2005, quien fuera secretario del juzgado 14 de la justicia ordinaria de Buenos
Aires, a cargo del subrogante de Horacio Rébori, titular de la instrucción de
"Rosaura", sumario luego absorbido por el magistrado federal Jorge Aguirre, dada
la connotación política de Tacuara. Carlos González Gartland, conocido abogado
de presos políticos en la dictadura 1966-1973, es ahora asesor de la Secretaría
de Derechos Humanos en el gobierno presidido por Néstor Kirchner.
2) Dictamen del fiscal federal Silvano Raúl Becerra sobre el caso del
Policlínico Bancario, Poder Judicial de la Nación, 5 de mayo de 1967, y
declaración indagatoria de José Luis Nell en la causa del Policlínico Bancario,
5 de abril de 1964, fotocopias en el archivo del autor. La Razón, Argentina, 4
de abril de 1964. Karina García, Todo es Historia, número 373, Argentina, agosto
de 1998.
3) Sentencia del juez federal Jorge Alberto Aguirre, Buenos Aires, 7 de octubre
de 1970. La Razón y Todo es Historia antes citados. Entrevista con González
Gartland antes mencionada y con Alfredo Zarattini, Buenos Aires, 29 de agosto de
2005. Sobre este último, en un informe judicial recabado en los tribunales
federales argentinos por la juez María Romilda Servini de Cubría, en el sumario
por el asesinato de general chileno Carlos Prats y su esposa, cometido el 30 de
septiembre de 1974 en Buenos Aires, documento cuya autoría la magistrada mantuvo
en secreto, el argentino Luis Alfredo Zarattini, alias Fredy, aparece en el
centro de una telaraña encordando los servicios de inteligencia militares y
policiales argentinos, la banda de Aníbal Gordon en la SIDE, los terroristas
italianos capitaneados por Stefano Delle Chiaie y los pinochetistas que operaran
en Argentina a partir de 1974, con Enrique Arancibia Clavel y Michael Townley a
la cabeza. Zarattini, un civil volcado hacia derecha del peronismo tras su
ruptura con el MNRT en 1964, fue dado por partícipe en los grupos de la
dictadura militar argentina enviados a Nicaragua y Guatemala durante los años 70
y 80, afiliándose al Congreso Mundial Anticomunista con sede en México. En el
2001
Zarattini fue candidato a diputado provincial bonaerense por el "Partido Popular
de la Reconstrucción", creado por el teniente coronel golpista Mohamed Alí
Seineldín, sindicado como enlace entre la Triple A y el Ejército por el
arrepentido Rodolfo Peregrino Fernández. Nacido en 1944, Zarattini ingresó a
Tacuara a los 14 años, continuando hoy su militancia con Seineldín y su adjunto,
Breide Obeid, dedicándose a la actividad agropecuaria en la localidad de Capilla
del Señor, Argentina.
4) Libros de Gutman, Bardini y Beraza ya citados, entrevista con González
Gartland y dictámenes judiciales antes mencionados. La polémica sobre la
calificación de "Rosaura" en el microcosmos guerrillero argentino, fue entablada
en los números 1 y 2 de la revista trimestral Lucha Armada, de diciembre de 2004
y marzo de 2005, entre uno de sus directores, Gabriel Rot, y Carlos Flaskamp,
autor de Organizaciones político-militares. Testimonio de la lucha armada en la
Argentina (1968-1976), Buenos Aires, Ediciones Nuevos Tiempos, 2002. En otro
orden de informaciones, según testimonios concordantes, Rivaric ha fallecido y
Duaihy fue muerto por la policía en 1986, asaltando el casino de Termas de Río
Hondo, en Santiago del Estero. Viera se hacinaría aún en prisión por un
secuestro extorsivo contra pago de rescate en Córdoba, luego de haber pasado por
el ERP, al que habría partido con Joe Baxter (La Razón, Buenos Aires, 13 de
noviembre de 1985). Menos Caffatti, los demás están todos vivos.
5) Carlos Arbelos y Alfredo Roca, Los Muchachos Peronistas, Madrid, Emiliano
Escolar editor, 1981. Libros de Gutman y Beraza antes mencionados y entrevista
con González Gartland ya citada.
6) Libros de Gutman y Beraza e informes de la policía y la justicia sobre el
Policlínico antes mencionados, y entrevista con Zarattini aludida
precedentemente. Manifestaciones espontáneas de José Luis Nell en la causa del
Policlínico Bancario, 2 y 3 de abril de 1964, y sentencia del juez federal Jorge
Alberto Aguirre, del 7 de octubre de 1970, copias en el archivo del autor.
Panfletos del MNRT confiscados por la Policía Federal, copias en el archivo del
autor.
7) Libros de Beraza y Gutman antes citados y correo electrónico de este último
del 27 de julio de 2005, entrevista con Alfredo Ossorio ya mencionada y sus
e-mails del 1 y 2 de agosto de 2005. Declaración indagatoria de José Luis Nell
del 5 de abril de 1964. En la causa judicial por el robo al Policlínico
Bancario, se fija el mes de abril de 1963 como el de la ruptura en dos grupos de
quienes querían formar el MNRT, entre Ossorio por un lado, y, por otro,
Caffatti, Nell y Baxter.
Fuente: Argenpress.info
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A 43 años de la Operación Rosaura
EL EXILIO DE UN MUCHACHO PERONISTA
Por Roberto Bardini
Carlos Arbelos, autor de "Los muchachos peronistas", anuncia la aparición
de un nuevo libro.
El 6 de mayo de 2005, un periódico de Almería (España) publicó una noticia que
comenzaba así: "El prestigioso fotógrafo y crítico de flamenco Carlos Arbelos
presenta en el VI Certamen Internacional de Guitarra Clásica de Cajamar su
exposición ‘Duende y Bordón’, con fotografías de tocaores míticos, como Paco de
Lucía o Tomatito...".
La nota se refería a un argentino del barrio de Belgrano, nacido en 1944, ex
alumno del Colegio Nacional Roca y estudiante de Arquitectura de 1962 a 1964. Se
trata de un hombre que vivió 30 años en Argentina y que reside desde hace 32 en
España.
Los datos biográficos de Carlos Arbelos, hoy con domicilio en Granada y dedicado
al arte flamenco desde 1985, registran que ha realizado programas de radio y
televisión, que es colaborador habitual en revistas especializadas del arte
jondo y que ha publicado varios libros: Antonio Mairena: la pequeña historia
(1988), El Flamenco contado con sencillez (2002), Sinmisterios del flamenco
(2003) y Granada Flamenca (2003). También ha sido expositor en congresos y
seminarios, jurado en diversos concursos del arte gitano y premiado por la
"Mejor labor didáctica" en el Festival Internacional de Cante de las Minas
(2003) y por la Cátedra de Flamencología de Jerez de la Frontera (2005-2006).
Extraños zigzag de la vida: en su adolescencia, el hoy reconocido crítico y
fotógrafo colaboró con la Resistencia Peronista, militó en el Movimiento
Nacionalista Tacuara que dirigía Alberto Ezcurra Uriburu y posteriormente se
integró al Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT) encabezado por
Joe Baxter y José Luis Nell.
Arbelos estuvo implicado en el asalto al Policlínico Bancario el 29 de agosto de
1963, conocido como "Operación Rosaura" y considerado el primer operativo de
guerrilla urbana en Argentina. Pasó un primer destierro en Uruguay y conoció las
celdas de Villa Devoto, Caseros, Rawson y el buque-cárcel Granaderos. A
comienzos de la década del 70, se sumó con otros ex militantes del MNRT a las
Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y al Peronismo de Base (PB), vivió la
clandestinidad junto con Envar El Kadri y, finalmente, en 1974 tuvo que
exiliarse en España amenazado por la Triple A.
Lo de "finalmente" es un decir, porque en la vida de Carlos Arbelos hubo más
zigzag, gambetas y altibajos. En Madrid administró un restaurant llamado Cafetín
de Buenos Aires, vendió alfombras árabes y tapices persas, redactó para
sobrevivir artículos que firmaban otros y se dio el gusto de atravesar la
frontera con Portugal, a pesar de tener un pedido de captura de Interpol, para
ver la "Revolución de los claveles" impulsada por el Movimiento de las Fuerzas
Armadas que derrocó a una dictadura de 40 años.
En 1977 fue detenido en el aeropuerto de Barajas junto con Alfredo Roca y
Horacio Rossi –viejos camaradas de Tacuara– acusado de participar en París del
secuestro de Luchino Revelli-Beaumont, director-gerente de la Fiat en Francia,
por el que se pagó un rescate de dos millones de dólares. Sin juicio, estuvo
preso en la cárcel de Carabanchel, con pedidos de captura de las policías de
Francia, Italia y Suiza. Después de salir en libertad por falta de pruebas, en
1978 vivió un nuevo exilio en Costa Rica en compañía de Roca, con quien más
tarde –de regreso en España– publicó cuatro libros: Argentina, peronismo y
democracia (1980), Los muchachos peronistas (1981), Evita: No me llaméis
fascista (1982) y Argentina: Proceso a la violencia (1983).
Ahora, a los 62 años, Arbelos acaba de concluir un texto autobiográfico que
narra todas estas peripecias y que editará en Argentina: El exilio de un
muchacho peronista. La próxima aparición de este libro, los 43 años de la
"Operación Rosaura" que se cumplieron en agosto y el afán de hurgar en viejas
historias con repercusiones en el presente, son los motivos que justifican esta
entrevista.
– Hace 32 años que te fuiste de la Argentina perseguido por la Triple A. ¿Aún te
considerás un exilado?
– Sí, y no pienso regresar hasta que en Argentina se haga justicia. Hasta que
todos los militares, policías, políticos, religiosos y colaboradores paguen por
los crímenes que perpetraron impunemente, sobre todo en el período 1974-1983.
Mientras haya un torturador suelto y un asesino en libertad –que hasta en
algunos casos cobran jugosos sueldos o jubilaciones– no me propongo regresar a
la Argentina.
Tal vez la historia me gane la partida y no vuelva nunca, pero como en el final
de la película Una vida difícil, protagonizada por Alberto Sordi, el día que me
vaya –si estoy aquí– les haré una grossa pernacchia. De ahí que el último libro
que acabo de escribir reciba el nombre de El exilio de un muchacho peronista,
que comienza cuando me fui de Buenos Aires en 1974 y se cierra en el día de hoy,
pero no con un punto final, sino con un punto y seguido.
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– En agosto se cumplieron 43 años del asalto al
Policlínico Bancario. ¿Qué se proponía el MNR Tacuara con esa acción?
– Pensábamos en generar la insurrección armada a partir de una serie de hechos
protagonizados por una vanguardia política, que asumiese la violencia como
respuesta a las violencias que se fueron generando desde la "revolución
fusiladora" de septiembre de 1955. Para lograrlo había que crear una importante
infraestructura y para ello hacía falta dinero. Esa insurrección iba tener tres
ejes: un foco rural en Formosa, la masiva realización de actos de violencia
urbana con formas operativas simples –que fueran calando en la mayoría del
pueblo peronista– y la liberación de las Islas Malvinas del dominio inglés para
que allí se asentara Juan Perón y dirigiera todo el proceso de liberación
nacional.
El grupo que participa en la "Operación Rosaura" no lo hace con una visión
homogénea, aunque finalmente la asumimos todos. Se discutió sobre la
conveniencia o no de firmarlo, se discutió la presencia de los entregadores –que
eran los hermanos Gustavo y Lorenzo Posse, ajenos a nuestra actividad política–
en quienes veíamos el punto más débil de la operación. Esto se confirmó luego,
ya que la investigación policial se inició a partir de la dilapidación del
dinero que obtuvieron por suministrar el dato, y su escasa fortaleza para
resistir el primer embate policial. También analizamos el comportamiento
operativo, sobre todo de José Luis Nell. Lo hablamos con él y aunque hoy esté
muerto, victima de la violencia de la derecha peronista más nefasta, creo que es
bueno para su memoria hablar de ello.
– Nell estaba armado con una pistola ametralladora y disparó contra el sargento
de policía que custodiaba el dinero...
– El sargento, que estaba a punto de jubilarse, intentó desenfundar su arma y
José Luis disparó. La ráfaga hirió al agente y a tres empleados, y mató a un
ordenanza y al chofer de la camioneta que transportaba el dinero. Para entender
la conducta de José Luis en el operativo del Policlínico Bancario, hay que saber
que tenía una profunda formación militar, primero en el Liceo Militar y luego en
el grupo de milicias de Tacuara. Con esa arraigada formación llega al
Policlínico Bancario, y por eso da una voz de alto –fuerte y clara– desde cinco
metros de donde estaban descargando el furgón con el dinero. Si en vez de ello
hubiese dado cinco zancadas y abordado de cerca –como habría hecho cualquier
bandido– no habríamos tenido que lamentar las víctimas, que no respondieron a la
voz militar de "¡alto!".
Él comprendió posteriormente el error, pero ya era tarde para hacer una
autocrítica. El daño estaba hecho y comprometió la limpieza de la recuperación
del dinero. Esto caló profundamente en el MNRT, a tal punto que a partir de la
"Operación Rosaura" no se realizaron más operativos militares, ni de rescate de
armamento, ni de dinero.
– ¿Y cómo ves aquel hecho más de cuatro décadas después?
– Hoy lo considero un lamentable acontecimiento y en aquel momento también,
aunque se lo haya idealizado, fruto del desarrollo de la teoría del "foco"
guerrillero urbano, la mala lectura de la experiencia de la revolución argelina
y del trasplante forzado de la experiencia de los rebeldes cubanos con la toma
del poder en enero de 1959.
– ¿Cómo fue la "peronización" del MNRT? ¿Qué papel desempeñaron personajes como
Joe Baxter, José Luis Nell y Jorge Caffatti, por mencionar tres nombres
representativos de aquellos años?
– Ninguno de los tres tenía una experiencia peronista previa. Desde distintos
ángulos provenían del Movimiento Tacuara, al que asumieron como primera
experiencia política, sobre todo por su carácter nacionalista y revisionista de
la historia y por una sensibilidad social particular que los podía acercar a las
teorías sociales de la Falange Española o al contenido verbal del socialismo de
Benito Mussolini. De los tres, quien más relación había tenido con los
peronistas era José Luis, por una temprana amistad con Envar El Kadri.
Al final, ninguno de ellos se sentía cómodo dentro de Tacuara por el abuso de
las teorías nazis y fascistas que primaban ideológicamente. El triunfo peronista
del 18 de marzo de 1962 –cuando Andrés Framini, dirigente sindical de los
textiles, gana la elección para gobernador en la provincia de Buenos Aires–
acelera la ruptura de todo un grupo con la Tacuara de Ezcurra Uriburu. En ese
grupo estaban Joe, José Luis y Jorge, además de Alfredo Roca, Tommy Rivaric,
Alfredo Ossorio, Jorge Cataldo, Rubén Rodríguez, Mario Duhay, Amílcar Fidanza y
unos cuantos más. La propuesta era abandonar los rescoldos de aquella ideología
nazi-facho-falangista y asumir al peronismo como vehículo para la liberación
nacional.
Para resumir, podría decirse que Joe Baxter giraba más a la izquierda, José Luis
Nell apostaba más por una vanguardia detonante y Jorge Caffatti lo hacía hacia
aspectos más populares; los tres siempre dentro del marco peronista.
La lectura de teóricos como Juan José Hernández Arregui, John William Cooke y
Jorge Abelardo Ramos nos abre una nueva perspectiva, incluso hacia un peronismo
que podría considerarse "de izquierda", aunque algunos den alaridos
escandalizados. Pero nadie podrá negar que éramos peronistas y que estábamos
dispuestos a la lucha.
– Y en este proceso de cambios, ¿cómo se produce tu integración a las Fuerzas
Armadas Peronistas y al Peronismo de Base?
– Cuando surgen las FAP, yo estoy preso en la cárcel de Villa Devoto. El
conocimiento que tengo es de segunda mano. Claro que es una segunda mano de
lujo, porque quien primero nos habla de ellas es Carlitos Caride, que también
había sido detenido. Para esto ya habían caído Cacho El Kadri y los compañeros
que estaban preparando el foco rural en la localidad tucumana de Taco Ralo. Más
adelante –y siempre en prisión– Cacho corrobora y amplía todo lo charlado con
Carlitos en los largos días de cárcel.
La idea de crear una Fuerza Armada Peronista independiente surge en 1963 en el
seno del Movimiento Revolucionario Peronista (MRP), pero tras su desmembramiento
y disolución Cacho El Kadri retoma el plan a finales de 1966 o principios de
1967, con su estructura nacional del Movimiento de la Juventud Peronista,
algunos compañeros que estaban en libertad del ya desaparecido MNRT y otros
provenientes del grupo de John William Cooke, como Amanda Peralta.
En la prehistoria de las FAP se realizan acciones de expropiaciones de armas y
de dinero con la idea de crear una sólida infraestructura político-militar. Y
antes de hacerse pública su aparición, surgen las primeras contradicciones con
relación a la metodología a emplear. El Kadri impulsa la creación de un foco
guerrillero rural, mientras que Caride y el grupo de ex MNRT aboga por la
guerrilla urbana. La discusión se zanja conciliando ambas formas de lucha. Las
detenciones del grupo de compañeros en Taco Ralo, en 1968, precipitan las cosas
y al poco tiempo de esa caída aparecen públicamente las FAP en acciones
operativas de tipo urbano.
– Hace un momento dijiste que luego de la experiencia del asalto al Policlínico
Bancario MNR Tacuara decidió no realizar más operativos militares para conseguir
armamento o dinero. ¿Cómo se entiende entonces esta nueva opción por la
guerrilla urbana?
– Desde la cárcel y después de mi experiencia en el MNRT, yo veía con
reticencias la aparición de esta nueva vanguardia armada dispuesta a liderar el
proceso de liberación nacional. Esto ya lo habíamos discutido desde la prisión,
a través de cartas, con los ex MNRT que aún quedaban en libertad, tomando como
base Revolución en la revolución, el libro de Regis Debray. Sin embargo, las
charlas con Carlitos Caride y luego con Cacho El Kadri fueron disipando esas
reticencias. Ellos nos hablaban de una estructura nacional creada a partir del
Movimiento de la Juventud Peronista, el acercamiento de antiguos activistas de
la Resistencia Peronista, de la Juventud Revolucionaria Peronista, de
sindicalistas que estaban fuera del vandorismo y de otros grupos provenientes de
la corriente católica de la teología de la liberación, de sectores de las
Cátedras Nacionales e, incluso, del Movimiento de Cine y Liberación.
– ¿Y a partir de entonces cuál era la diferencia en el modo de operar con el
MNRT?
– Esto no era ya la estructura cerrada del viejo MNRT. Se abría hacia un abanico
más amplio de sectores sociales, incluso se sumaban algunos sindicalistas y
antiguos militares peronistas, por supuesto degradados por la "revolución
libertadora". Sin embargo, la estructura se mantenía férreamente militarizada en
compartimentos estancos, lo que no favorecía la ampliación masiva de una fórmula
que estaba creando simpatías en la masa peronista.
Los términos de unidad política por ese entonces son bastante genéricos: se
luchaba por el retorno de Perón y por las tres banderas justicialistas. Las
contradicciones giraban en torno al socialismo y al marxismo que algunos
compañeros impulsaban, mientras que otros eran muy remisos a estas formas
ideológicas. Ante este panorama fue natural que los presos del MNRT nos
identificáramos con las FAP. Luego se crea el Peronismo de Base (PB) para
ampliar el desarrollo en los frentes de lucha de la clase trabajadora peronista
que culmina en la formulación de la "alternativa independiente de la clase
obrera peronista".
– En aquella época, ¿cómo veían las FAP a las otras dos organizaciones armadas
peronistas –los Montoneros y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR)– y cuáles
eran las diferencias con ellas?
Hay dos realidades diferentes con Montoneros y FAR. La que se vivió en la calle
y la que viví yo, junto a otros compañeros de las FAP, en la prisión. Y también
hay períodos diferentes. Cuando las dos organizaciones aparecieron en el
panorama político, la relación fue fraternal y solidaria. Se intercambiaba
información, se facilitaban infraestructuras. Este hermanamiento desembocó en
algunas operaciones politico-militares conjuntas que se hicieron bajo la
denominación de Organizaciones Armadas Peronistas (OAP).
Luego las diferencias políticas separaron a unos y acercaron a otros.
Concretamente alejaron a Montoneros mientras que con las FAR se produjo un mayor
acercamiento, al punto que en algún momento ellos se plantearon integrarse en
las FAP.
¿Cuales eran las diferencias? Ellos asumían el peronismo acríticamente y eso
para las FAP era intolerable, porque suponía no respetar ni valorar todo el
proceso político y de resistencia anterior y no cuestionar ninguno de los
ángulos cuestionables de Juan Perón, ni ver las diferencias ideológicas que
había dentro del peronismo. Para verlo más claro: para ellos era lo mismo un
empresario peronista como José Ber Gelbart que un obrero anónimo que también se
reconocía peronista.
A medida que esas organizaciones se fueron desarrollando, comenzaron a aparecer
los matices. Mientras los Montoneros adoptaban una actitud más movimientista y
les daba lo mismo ocho que ochenta, las FAR asumían el peronismo desde una clara
posición de izquierda y a Perón lo miraban de reojo y con desconfianza.
Finalmente las FAR fueron seducidas por la masiva adscripción a Montoneros de
grandes sectores de la juventud de clase media y terminaron fagocitados por
ellos y perdiendo aquella identidad que los hacía diferentes.
En la cárcel conviví con muchos compañeros de ambas organizaciones. Me llevaba
bien con ellos, especialmente con los de las FAR que eran menos rigurosos en sus
planteamientos de convivencia, más flexibles. Y aún me duele la muerte absurda
de muchos de ellos. Me daba bronca que se saltaran los 18 años de lucha de la
clase trabajadora peronista, pero a decir la verdad las FAR eran más respetuosas
con eso que los Montos, para quienes el proceso político comenzó cuando ellos
mataron a Aramburu en junio de 1970. Como decía un compañero de las FAP, el
"Toto" Franco, "para ellos la historia peronista es como en el cine continuado:
la película empezó cuando llegaron".
– ¿Qué balance hacés hoy de la década del 70? ¿Qué considerás entre los aciertos
de las organizaciones armadas y qué entre los errores?
– Acertaron en crear una conciencia política en una generación que hasta ese
entonces parece que en Argentina habían vivido en Babia. Jóvenes que no sabían
quien había sido Juan Manuel de Rosas ni Facundo Quiroga descubrieron que,
además de las figuritas que le habían mostrado en la escuela, había otros
próceres, mucho más enraizados con la Argentina real, y no con la que nos gestó
el imperio colonial. Y la pifiaron en no valorar el carácter contradictorio de
las fuerzas políticas que confluían en el peronismo y en una soberbia desmedida
que los llevó a enfrentarse con Perón.
– ¿Qué representó el exilio? ¿Qué fue lo bueno, lo malo y lo feo?
– El exilio de un muchacho peronista, libro ya terminado pero a la espera de que
una mano profesional corrija y documente con calma, trata largamente este tema.
La opción de vivir fuera de Argentina surge en el año 1974, cuando crecía la
espiral de violencia entre la derecha peronista y los Montoneros y otras
organizaciones de la izquierda armada. El asesinato en 1974 del periodista Pedro
Leopoldo Barraza –un compañero que había señalado a los responsables del
secuestro y muerte de Felipe Vallese en 1962– actuó como detonante final. Un
grupo de compañeros amenazados por la Triple A decidimos irnos para no
comprometernos en un proceso de violencia al que le augurábamos un mal fin. Fue
un presagio que lamentablemente se cumplió.
Cuando uno emprende el camino del exilio, piensa que este trayecto será corto,
que a los pocos meses o tal vez en un año podrá regresar, que las cosas
cambiarán para bien. Y con esa ilusión partí. Pero los acontecimientos no
posibilitaron el retorno. Primero aumentó la espiral de violencia. Luego llegó
la dictadura militar. Después vinieron los gobiernos conciliadores de Alfonsín y
Menem con los asesinos más crueles de nuestra historia. Todo eso determinó que
mi exilio se prolongara, porque decidí que hasta que no se haga justicia con esa
parte de nuestra historia optaré por vivir en España. Y no me arrepiento de esta
decisión, ya que en España conocí –como dicen los gitanos– el bien más preciado
que tiene el hombre que es la libertad, algo que yo no conocí en Argentina.
Haciendo cuentas, pasé más de la mitad de mi juventud detrás de las rejas.
Cuando era un niño, todos los domingos se celebran asados en la casa de mi tío
Francisco "Paco" Arbelos –que en gloria esté– y esos asados terminaban siempre
cantando, porque no faltaba alguien que aportara una guitarrra. Y generalmente
se cantaba la Marcha Peronista como culminación. A partir de septiembre de 1955,
los asados se siguieron haciendo con menor frecuencia, pero ya no se cantaba "la
marchita". Y si alguien lo intentaba, se lo hacía callar de inmediato. Ésa era
la libertad de "libertadora" que conocí con apenas 11 años. Después, ya en el
conflicto entre enseñanza libre o laica, en 1958 empecé a correr delante de la
policía y creo que no paré hasta 1974. Siempre la policía por detrás. La
libertad para mí en Argentina fue una entelequia, pero en España tuve el
privilegio de ser testigo de todo el proceso de recuperación de la democracia
tras la muerte del dictador Francisco Franco. Esto es lo bueno de mi exilio.
Lo malo es todo lo que se queda por detrás, las ilusiones, los sueños, los
olores y sabores de la infancia, una idiosincrasia que hay que ir transformando,
treinta años de vida en Argentina y el dolor que muchos amigos y compañeros ya
no están…
Lo feo tiene otros ribetes y está relacionado con los compañeros que no pudieron
soportar el exilio, y se fueron bebiendo un alcohol amargo que les hizo dejar la
vida en estas tierras, como el caso del "Gallego" Salvador Buzzeta o el "Toto"
Franco en Brasil. Y algunos comportamientos nada solidarios de quienes creías
tus compañeros también afean este exilio. Pero frente a esto está el recuerdo de
la entereza y sonrisa de muchos otros y, sobre todo, la enorme solidaridad el
pueblo español que muchas veces al evocarla en anécdotas me llena los ojos de
lágrimas, por la felicidad de haber compartido tamaña entrega.
– Ya que hablamos del exilio, ¿cómo surge la idea de este libro? ¿Es un último
ajuste de cuentas político o vendrán otros?
– En España, y especialmente en Andalucía donde vivo, nunca se habla del último
o la última. Siempre es la penúltima copa, la penúltima despedida y así
sucesivamente, porque el último es un viaje sin regreso. Por otra parte, Lo que
vendrá es un tango que nos dejó el maestro Astor Piazolla y la respuesta la dejó
en suspenso, tal como yo dejo ésta.
La idea de plasmar en un libro mi experiencia durante estos años surge de una
larga serie de conversaciones con Alfredo Ossorio, paseando por Granada en 2004.
Él me impulsó a hacerlo a cuenta de las cosas que yo le iba contando sobre este
exilio y lo que pensaba sobre la realidad que había vivido. No es casual que la
idea surja de Ossorio: él fue mi primer compañero en 1958 y batallamos juntos
hasta que el año de 1974 nos separó en los espacios geográficos, ya que él
decidió exiliarse en Mexico. Uno de los últimos capítulos de El exilio de un
muchacho peronista está dedicado casi por entero a él y a la relación que
sostuvimos a lo largo de los años. Digamos que estuvimos 30 años sin vernos,
pero al reencontrarnos fue como si nos hubiéramos dejado de ver ayer. Nos
entendimos como lo hicimos toda la vida, incluso saltándole por encima a un
periodista que quería hacernos una entrevista. Ni siquiera se habían perdido las
viejas complicidades y los guiños. El me convenció de hacer el libro, porque
sostenía que la memoria de estos años no se debía perder y porque mi memoria
individual era una memoria colectiva. Así lo entendí yo también, pero lo
comprometí a que él escribiera el prólogo.
En cuanto al "ajuste de cuentas", yo tengo todas mis cuentas saldadas. Y si
después de leer mi libro algún personaje o personajillo considera que estoy
ajustando cuentas con él, será porque tal vez me deba algo.
Fuente: www.nacionalypopular.com
Joe
Baxter, símbolo de una época
Por Esteban Crevari, 2003
Los episodios vinculados al fenómeno de la insurrección armada protagonizados
por las organizaciones guerrilleras argentinas cuentan -al menos desde el
retorno de la democracia- con abundante información literaria y documental.
Aquellos -como yo- que cuentan con un particular interés sobre esta compleja e
intrincada etapa de la historia argentina, pueden llegar a coincidir en una
cuestión singular: toda vez que se procede a releer a las diferentes y profusas
publicaciones, siempre ofrecen algún nuevo detalle desde donde resulta posible
repensar a uno de los ciclos de mayor movilización social y de mayor virulencia
que registramos como país.
Las primeras impresiones que se establecen al adentrarse en dicha temática;
coadyuvadas por los estigmas y la cristalización de la historia convencional,
tienden a reafirmar los esquemas políticos y doctrinarios de las diferentes
organizaciones juveniles (juntamente a los modos de operar en materia de acción
directa), como a los perfiles de los máximos protagonistas y responsables
políticos en un parcializado contexto político de época. Desde dicho encuadre
metodológico uno tras otro van acumulándose diferentes trabajos que tanto desde
el rechazo visceral, como del rescate y la reivindicación, tienden a engrosar
posiciones polares desde las cuales -más allá de ciertos intentos- no se
advierten posibilidades de arribar a una síntesis pretendidamente de función
cauterizadora.
Es que probablemente lo más atinado se vincule con empezar a pensar la historia
desde lo que fue: una verdadera tragedia.
Como bien se desprende de los diversos trabajos publicados por el Doctor Arnoldo
Siperman; fundamentalmente aquel en donde analiza el pensamiento trágico desde
la óptica de Isaiah Berlin, la tragedia griega fue un recurso desde el cual se
canalizaban representaciones concretas de determinados conflictos a los que la
política como actividad esencial de la vida pública no alcanzaba a dar cuenta.
La vida y la muerte; la vejez y la juventud; el complejo de Edipo; constituyen
algunos ejemplos en los que la dramatización griega daba cuenta de ciertas
díadas propias de la condición humana.
Los sucesos comprendidos en el período que transcurre entre 1955 y 1983 merecen
ser vistos de acuerdo a dicha óptica. Así como la tragedia del fenómeno
insurreccional se inscribe fundamentalmente en términos ambientales, la
violencia constituye el fluido que se deriva directamente de un contexto en el
que la convulsión fue la regla más que la excepción, junto a un colectivo desdén
por toda forma asimilable a la democracia como forma de vida.
Es lógico suponer que en aquel medio turbulento surgieran individuos motivados
existencialmente por una pulsión primordial: el protagonismo como derivado de la
acción directa; o como se solía afirmar: la primacía de la praxis. Lo que
probablemente hoy pueda ser incluido dentro de los cánones de un comportamiento
eminentemente errático, al menos a la luz de cierto eclecticismo ideológico,
resultó en aquellos tiempos un fenómeno muy usual. Es el caso que se desprende
de un singular personaje como Joe Baxter.
Sus primeros pasos de actividad política fueron en la organización Tacuara,
de neto corte nacionalista, católica anticomunista, antidemocrática y antisemita
del que surgirían años después destacados cuadros de Montoneros;
fundamentalmente en la agrupación Tacuara del Colegio Nacional de Buenos Aires.
En 1962 y desde dicha organización, Joe Baxter -también conocido con el nombre
de guerra Rafael- cobraría cierta notoriedad a partir del millonario atraco
perpetrado al Policlínico Bancario. Aunque nunca del todo aclarado, lo extraído
habría sido destinado a acrecentar los fondos de la causa nacionalista.
Con idéntico compromiso, Baxter posteriormente asumiría posiciones opuestas
-aunque similarmente radicalizadas- que lo llevarían a revistar cerca del
Movimiento Tupamaros del Uruguay, fundamentalmente como consecuencia de un
obligado exilio en Montevideo mientras huía de la justicia argentina.
Sin embargo el verdadero desenfreno recién comenzaba. Uruguay sólo sería un
punto de permanencia transitoria mientras se volcaba a viajar por el mundo con
pasaporte falso a fin de preservar eficazmente su identidad. Desde esa vida
extremadamente vertiginosa, donde la ideología sólo representaba un transporte
hacia la acción, Baxter llevaría a cabo un periplo increíble entrevistándose con
Perón en Madrid, con Nasser en El Cairo y con Ben Bella en Argelia. En su paso
por España tendría un romance circunstancial con la actriz Ava Gardner, y
nuevamente en Uruguay (en la localidad de Punta Carretas) procedería a reunirse
con el ex presidente brasileño Joao Goulart quien en ese momento también se
encontraba en Montevideo en calidad de exiliado.
Su peregrinar no terminaría allí. Viajaría a China para recibir entrenamiento
militar y posteriormente se haría presente en Vietnam donde disfrazado de
militar, ingresaría al club de oficiales del ejército norteamericano acantonado
en Saigón. Por tal suceso Ho Chi Minh lo condecoraría con una medalla al valor.
En 1968 viajaría a Cuba con su compañera boliviana Ruth, y allí nacería su hija
Mariana.
En junio de 1970 Joe Baxter llevaría a cabo un nuevo giro. A partir de la
amistad con Mario Roberto Santucho viajaría a las islas Lechiguanas en el
extremo norte del Delta del Paraná para formar parte de la fundación del
Ejército Revolucionario del Pueblo durante el desarrollo del V Congreso del
Partido Revolucionario del Pueblo. Su participación no estaría limitada a una
mera presencia física: junto a Santucho modificarían sustancialmente el
documento original que previamente había redactado Urteaga para la consideración
del plenario de delegados.
En septiembre de 1970, se daría lugar al "bautismo de fuego" de la nueva
organización portadora de una estrella roja de cinco puntas como estandarte. El
blanco elegido sería la Comisaría 24 de Rosario, y en dicho acto morirían dos
agentes policiales. Dicho episodio dio lugar a la primer crisis interna de la
organización, donde Baxter criticaría ácidamente al proceder por las bajas
ocasionadas. Dicha crítica no quedaría inadvertida ya que la animosidad hacia
Rafael se incrementaría. Al desdén del que resultaba objeto por su eventual
inconsecuencia y charlatanería, se agregaría ahora el calificativo de
"morenista" (propio de quienes expresaban una "línea blanda" semejante a la que
desde Palabra Obrera esgrimiese Nahuel Moreno en tiempos de organización del
PRT).
Aunque permanecería un tiempo más como responsable de ciertos operativos
delegados por la conducción central del ERP, con destinos internos y en el
exterior (Chile), poco a poco Baxter sería marginado de los ámbitos de decisión.
En 1971 sería separado del Comité Ejecutivo acusado de ineficiencia. La crisis
se incrementaría aún más como consecuencia de las críticas propinadas a los
fugados del penal de Rawson, a los que responsabilizaba de haber abandonado a
sus pares posteriormente asesinados.
Víctima del descrédito y probablemente también preso de una singular ansiedad
Baxter abandonaría el ERP luego de una escisión interna de la que surgiría la
fracción ERP-22 de Agosto (que cobraría celebridad a partir del asesinato del
almirante Hermes Quijada en 1973) y PRT Fracción Roja a la que el incansable
personaje en cuestión se sumaría por poco tiempo más.
Joe Baxter fue sorprendido por la muerte de una manera que probablemente pueda
ser absolutamente homologable al desenfreno de su vida. El 11 de julio de 1973
el avión que lo conducía a Francia se estrellaría en el aeropuerto de Orly.
Paradójicamente, y como se afirmara en un principio, a pesar de la múltiple y
dinámica participación de Rafael en numerosos episodios trascendentes la
historia le reservó tan sólo un lugar marginal, probablemente como consecuencia
de un simétrico odio o desprecio del que resultó objeto por izquierda o por
derecha.
Probablemente la vida de este personaje sea objeto de algún trabajo
cinematográfico. Pero aunque la intensidad de sus años vividos amerita
sobradamente un proyecto de esta naturaleza, por ahora este tipo de testimonios
permanecen en un estado de virtual negación o indiferencia.
Es desde dicha omisión donde es posible afirmar que lo que aún no se ha indagado
con el rigor necesario y que la historia convencional precisamente ha condenado
a circunstanciales espacios de pie de página, merece una nueva vuelta de tuerca
en términos de investigación.
Es necesario analizar este proceso histórico a la luz de la efervescencia social
de la época y la tremenda inducción que precipitó a una infinidad de jóvenes a
sumarse -muchas veces hasta como "moda"- a una pléyade de proyectos cuyo común
denominador fue el pretender cambiar diametralmente al mundo como actores
involuntarios de una tragedia en la que se entrecruzan compromiso, valor,
voluntarismo, soberbia, hermetismo, candor, romance, violencia, amor, muerte y
desolación... El gordo Joe Baxter es el producto de una época.
Fuente:
PaisGlobal
"El
M.N.R.T. es peronista y revolucionario"
[Comunicado de Tacuara, 1º de mayo de 1964]
A un mes de la detención de numerosos camaradas, acusados de haber
asaltado el Policlínico Bancario, un mes que la prensa y los servicios
de acción sicológica del régimen aprovecharon para difamarlos y sembrar
confusión en el pueblo argentino, el Movimiento Nacionalista
Revolucionario TACUARA refirma nuevamente con claridad su total
identificación con el Movimiento Peronista y su jefe indiscutido, el
General PERÓN.
No vamos a contestar ni uno solo de los agravios inferidos por la
pasquimería liberal, ni siquiera al diario "El Mundo" y su director
Marcos Berodsnik que indudablemente llevó la delantera, junto con el
Partido Comunista, en el desenfreno por hacer del M.N.R.T. "una banda de
asesinos de ideología extremista", como le califican. No nos llegan los
ataques personales, cuando lo que está en peligro es la organización
misma de la Patria, como consecuencia de la acción desintegradora del
imperialismo y la oligarquía local, que han subvertido todos los
valores, espirituales, religiosos, económicos y políticos, al cabo de
ocho años de planificación devastadora.
Pero vamos a precisar, sí, las causas que condujeron a la Argentina a la
situación de caos y miseria en que se halla postrada, y los ideales que
motivan el accionar de TACUARA, junto a los cuadros revolucionarios del
Movimiento Peronista.
Primero: En 1955 un golpe de estado termina con diez años de legalidad
popular. El gobierno peronista, expresión democrática de las masas
argentinas, es vencido por medio de la violencia y la represión; el
revanchismo más crudo es ejercitado por el gobierno de facto contra el
pueblo, al tiempo que se desentierran viejos personeros de la década
infame, para la ejecución de planes económicos dictados por la
extranjería. Desde entonces, la fuerza, la VIOLENCIA, reemplaza al
derecho porque es éste el único método con que la oligarquía puede
conservar sus privilegios y tratar de doblegar la voluntad de un pueblo
que, durante una década de gobierno peronista, se acostumbró a
participar del poder y gozar del derecho a la vida, que antes era
privilegio de unos pocos a costa de la bárbara explotación de los más.
Segundo: La traición del frondizismo y toda la burguesía, que capituló
ante la oligarquía y el imperialismo y cuyo broche final fue la
anulación de los históricos comicios del 18 de marzo, señala que la
experiencia liberal está definitivamente agotada en el país, y que
nuevos métodos se imponen para esta nueva realidad. El fraude vergonzoso
del 7 de julio confirma que las masas peronistas jamás tendrán acceso al
poder por vías pacíficas, porque los sectores del privilegio no son
suicidas y tienen perfectamente claro que el Movimiento Peronista en el
poder significa la REVOLUCIÓN NACIONAL que terminará con ellos.
Tercero: Por todo lo antedicho, el General Perón, conductor de la Patria
y del movimiento de masas, viene ratificando desde hace tiempo la
necesidad de organizarse para la lucha. NO HABRÁ SALIDA PACIFICA DENTRO
DEL SISTEMA. "Contra la fuerza bruta -dice Perón- sólo puede ser eficaz
la fuerza inteligentemente manejada". "La guerra civil se gana no sólo
en una gran batalla de conjunto, si no y preferentemente en miles de
pequeños combates que se libran en todas partes y en todo momento".
El M.N.R.T. tiene orgullo en decir que es una de las organizaciones
peronistas que viene cumpliendo con mayor disciplina las instrucciones
tácticas y estratégicas del jefe del movimiento y por eso hoy es atacada
de "nazi" o de "izquierdista", según convenga a la prensa del régimen
para desorientar a la opinión pública y sembrar el confusionismo en las
filas del pueblo, que tanto rechaza, las copias simiescas de nuestros
"nacionalistas" a la violeta paradójicamente europeizantes, como la
declamatoria liberal e hipócrita de la izquierda, que siempre ha servido
a los intereses de la oligarquía y del imperialismo.
El M.N.R.T. TACUARA no es, por lo tanto, ni de "derecha" ni de
"izquierda", porque tanto unas como otras son, conciente o
inconcientemente -que para el caso es lo mismo- sostenedoras del régimen
de explotación. El M.N.R.T. es PERONISTA y REVOLUCIONARIO, y seguirá
luchando junto al pueblo como una de las tantas organizaciones del
Movimiento Nacional que librarán la batalla definitiva por la liberación
de la Patria.
Por ello, y ante la crisis total del sistema liberal-capitalista, el
M.N.R.T., reunido su Comando Nacional en sesión extraordinaria, ha
resuelto:
- Disponer el estado de movilización general de todos sus cuadros, para
reorganizarse y continuar la lucha de acuerdo a las directivas emanadas
del Estado Mayor de las Fuerzas del Pueblo, cuya jefatura ejerce el
General Perón.
- Imponer el PROGRAMA DE HUERTA GRANDE, olvidado por la dirección
claudicante, a través de la movilización popular y la lucha armada.
- Rescatar a los prisioneros de guerra que el Ejército de Ocupación
secuestró: Cafatti, Nell, Duhay, Rivaric, Rossi, y demás combatientes.
LA PATRIA SERA LIBRE O LA BANDERA FLAMEARA SOBRE SUS RUINAS, ¡PERÓN O
MUERTE!
Buenos Aires, 1° de Mayo de 1964.
Fuente: CEDEMA
Siete
generales para medio continente
[Qué pasaba en América Latina en 1969 - Revista Panorama, enero 1969]
Cuando el mariscal Arthur da Costa e Silva clausuró el Congreso brasileño, el
último 13 de diciembre, el semanario norteamericano "Time" se apresuró a anotar:
tres de cada cuatro sudamericanos viven bajo regímenes militares. El cálculo,
proyectado al ámbito latinoamericano (230 millones de habitantes), sigue siendo
impactante: el 57 por ciento de la población está gobernada por
generales-presidentes.
América Latina aparece como el área más militarizada del mundo. Los observadores
extranjeros suelen explicar este fenómeno de manera sumaria. Una oleada militar
barre con las instituciones democráticas sin otro propósito (o ideología) que la
toma del poder lisa y llana. Se realizaría así un ideal hedónico: ministerios,
embajadas, reparticiones caen en manos de una casta armada, su parentela y sus
amistades. Como cualquier otra generalización, tal hipótesis se corresponde con
la realidad sólo en parte. Son muchos los casos en que los militares reaccionan
frente a estos síntomas que les parecen disgregantes:
• Inoperancia de los gobiernos civiles;
• Excesiva fragmentación en partidos políticos irreconciliables;
• Carencia de un ideal nacional aglutinante que permita llevar a cabo proyectos
de desarrollo económico y social.
• El fantasma del comunismo que aparece detrás de cada intento "hacia el
cambio".
El esquema militar ofrece, en cambio, estas ventajas:
• Verticalidad de los mandos.
• Ideas claras acerca de las reformas necesarias. Voluntarismo para aplicarlas.
• Invulnerabilidad ideológica (por ejemplo: pueden comerciar con el bloque
comunista sin riesgos de contaminación).
• Cierto grado de expectativa inicial que permite superar enfrentamientos
internos y se confunde fácilmente con el consenso popular o la unión nacional,
A partir de este "plafond" hacen su experiencia los militares en función de
gobierno. Es decir: comienzan a toparse con la realidad; las viejas estructuras
paralizadoras, los grupos de presión externos e internos, la propia ineficacia o
inexperiencia, la complejidad de una situación global que no se concilia con los
esquemas simplificadores.
En todo caso, un enfoque fotográfico de la realidad militar de Latinoamérica
permite distinguir corrientes castrenses parecidas en las formas, pero
divergentes en los contenidos. O sea, "modelos".
Espectro
Aunque en todos los ejércitos coexisten tendencias contradictorias, verdaderos
"partidos castrenses", allí donde una corriente ideológica recibe apoyo
mayoritario de la oficialidad y se encaraman (o no) al aparato del Estado, se da
un modelo representativo de su propia tendencia:
• El general-presidente Juan Velasco Alvarado, en Perú, es tal vez quien mejor
ilustra el "militarismo nacionalista", capaz -en principio- de afrontar
tensiones internacionales para realizar su propio esquema interno.
• La administración del marisca! Arthur da Costa e Silva, en Brasil, ilustra el
"liberalismo compulsivo". En este caso el ejercicio del poder es autoritario,
pero sus actos refuerzan el viejo sistema de origen liberal. Estos gobiernos
nacen cuando las instituciones democráticas por medio del voto, levantan
estadistas que amenazan intereses y estructura tradicionales (vulgo oligarquía).
Los "Iiberales compulsivos" son una versión blindada del Gattopardo ("cambiar
algo para que nada cambie").
• Finalmente están los cuerpos armados que se recluyen en su misión específica y
abandonan la política a los políticos. Chile y Uruguay, países que no conocieron
gobiernos militares en períodos recientes, exhiben el tercer modelo de
ejércitos. Los que, por su naturaleza, no podrían tener sitio en un análisis del
golpismo.
Nacionalistas
"Es inútil esperar que el cuerpo militar pueda, por sí mismo, trasformarse (en
sentido nacional). Es necesario que el Estado lo obligue, en virtud de una idea
general de los intereses nacionales". La frase pertenece al general Charles de
Gaulle, pináculo occidental de militar nacionalista. En América latina no hay
oficial de esa tendencia que no admire al presidente de Francia ni lo tome como
ejemplo a seguir. La toma del poder, en tal lógica, aparece como el paso primero
hacia la revolución nacional.
En Perú, en el CAEM -Centro de Altos Estudios Militares- muchos oficiales
analizan temas de reivindicación nacional. Se asoman también a los
(correlativos) problemas sociales. Ambas preocupaciones, evidentes ya a
comienzos de la década del 60, les valió el mote de "nasseristas". Pero estos
uniformados no aceptan el calificativo de reminiscencia musulmana; recuerdan sus
simpatías -de católicos- por la iglesia progresista. Exaltan a De Gaulle y dicen
inspirarse en la más pura tradición occidental: "Ya que la injusticia armada es
la más peligrosa" -según Aristóteles-, estos uniformados se prometen implantar
la justicia armada cuando el sistema democrático -con gobierno conservador y
amigo de intereses extranjeros- amenaza el patrimonio nacional y paraliza el
desarrollo económico-social.
Llegaron a conclusiones golpistas por obra de las circunstancias, casi a
regañadientes. Si los gobiernos civiles hubieran ejecutado algunas consignas
nacionalistas habrían permanecido en los cuarteles. Así parece demostrarlo el
caso peruano.
En febrero de 1960, bajo la presidencia -civil- de Manuel Prado, las Fuerzas
Armadas elevaron al mandatario un memorándum, secreto, que pedía la
nacionalización de los yacimientos petrolíferos de La Brea y Fariñas, otorgados
en concesión a una subsidiaria de la Standard Oil de Nueva Jersey. En aquel
momento el Parlamento debatía la situación petrolera, que reconoce este
antecedente: la compañía adeudaba cuantiosos impuestos al fisco y, por
añadidura, pretendía recibir nuevas concesiones.
El conservador Prado no accedió a nacionalizar, tampoco se atrevió a favorecer a
la Standard. Hubo, en cambio, maniobras que desplazaron a los nacionalistas de
la cúspide castrense. A mediados de 1962 los militares derrocaron a Prado y
asumieron el poder. La Junta castrense permaneció un año en el Palacio de
Pizarro, para entregar el mando a un presidente (constitucional) que contaba con
su simpatía. En junio de 1963, el general Nicolás Lindiey -presidente
provisional- toma el juramento a su sucesor, Fernando Belaúnde, electo por el
partido Acción Popular. Y Belaúnde promete resolver la cuestión de La Brea y
Fariñas en 90 días.
Pasaron cinco años. Los militares comenzaron a pensar que la promesa
presidencial se demoraba. Recién el 13 de agosto, de 1968 el cauteloso Belaúnde
(que colocaba por encima de todo sus planes de obras públicas e infraestructura
y quizá temía cegar las fuentes de financiación externa con un ataque frontal a
la compañía petrolera) proclamó la nacionalización y dio a conocer sus términos.
Que resultaron sólo formalmente nacionalizadores y en realidad favorecían a la
compañía extranjera. Con rápida consecuencia: el 3 de octubre el jefe del Estado
Mayor conjunto, general Juan Velasco Alvarado, destituye -y reemplaza- a
Belaúnde. Una semana después, manu mílitari, Velasco hace ocupar yacimientos e
instalaciones, que pasan al patrimonio nacional.
Desde ese instante, el gobierno militar recibe amplio respaldo popular. Al mismo
tiempo, entra en dificultades con Washington. Pero Velasco insiste y concreta
otro proyecto demorado: la nacionalización de un fértil latifundio de 230.000
hectáreas, propiedad de otra compañía norteamericana, la Cerro de Pasco Co. En
esas tierras se hará reforma agraria.
Velasco -y su partido "militar"- intuye que sin compensatorio apoyo popular no
podrá soportar de pie las presiones que le dedican, en el plano interno, la
derecha económica y, desde afuera, los intereses extranjeros afectados. Por eso
suma nacionalismo económico más reforma agraria más programas sociales más
medidas de aliento a la clase media. Naturalmente, en una sociedad piramidal
como la peruana, la fuerza de la base, marginada desde siempre de la vida
nacional, ofrece un débil contrapeso. Es incierto, por lo tanto, el resultado
del forcejeo que experimenta el gobierno; acaso no llegue a "trasformar el
cuerpo militar" como pide el general De Gaulle.
Dificultad adicional: Velasco llegó al poder en brazos de una minoría militar
que suplió con audacia su exigüidad numérica. Importantes sectores de Ejército,
la mayoría naval, amplios grupos aeronáuticos fueron sorprendidos por este golpe
que no desearon. Si toleraron al nuevo gobierno es en virtud de la cohesión
castrense que contribuían a crear estas dos circunstancias: 1) Víctor Raúl Haya
de la Torre, Jefe del resistido partido APRA, tenía chance de alcanzar en 1964
la presidencia, repitiendo el cuadro que en 1964 sacó a los militares de sus
cuarteles. 2) El gobierno de los Estados Unidos había interrumpido su ayuda
militar al Perú como sanción por la compra de aviones Mirage a Francia,
conceptuados necesarios para la lucha convencional por todos los estrategas
peruanos, sin distinción de ideologías.
El modelo del Perú aparece ahora contenido hasta tanto se solucione el pleito
provocado por la expropiación de La Brea y Pariñas. La aceptación por la opinión
pública internacional de que, en este caso, el gobierno revolucionario actuó
motivado por estrictas razones de justicia, que hacen a la soberanía, aparece
como previa para una eventual profundización del programa
nacional-desarrollista.
Liberales violentos
Los militares-presidentes reclutados por el "liberalismo compulsivo" se
distinguen, entre otras características, por lo escuálido de su popularidad. No
convencen a la base, no introducen cambios sustanciales de estructura, no agitan
banderas nacionales. A veces ascendieron entre incertidumbres y temores; casi
siempre los acompañó -al comienzo- la esperanza popular. De inmediato, se
dedicaron a implantar "el orden". Este -severo- fue, sin embargo, el único
cambio, divorciado de la expectativa del país. Así el inmovilismo y el
ordenamiento del envejecido sistema económico-social erosionaron la confianza y
les quitaron consenso a medida que ejercían el poder. Esto no les interesa
demasiado: opinan que el calor popular es sofocante. El sociólogo Kalman Silvert
(liberal, norteamericano) los calificó, quizá con deliberada ironía, "liberales
compulsivos".
El caso típico de esta corriente se ubica en el Brasil. El 31 de marzo de 1964
un golpe militar derribó al presidente (constitucional) Joao Goulart, quien
.había practicado un populismo desordenado, pero al que resultaba aventurado
adjudicarle un comunismo ajeno a su militancia. Esa fue la acusación que le
propinaron los militares brasileños, ratificada -como un eco, a nivel de
declaraciones presidenciales- por Washington. Lo concreto es que Goulart
intentaba poner en marcha un programa económico nacionalista; amenazaba
refinerías petroleras norteamericanas, y proyectaba limitar los envíos de
ganancias por parte de compañías extranjeras con casas matrices en el exterior.
Golpe a la democracia
El golpe liquidó las instituciones democráticas, a través de las cuales nunca,
en ningún país del mundo, el comunismo llegó al poder. El mariscal Humberto
Castelo Branco fue el primero en digitar -y ejercer- el Ejecutivo. Luego le tocó
el turno a Arthur da Costa e Silva, otro mariscal, quien ocupa todavía el
Palacio de Planalto.
En el Brasil se avanza con el buen ritmo tradicional en algunos rubros de la
economía (acero, hidroelectricidad); en contraste, este periodo -aunque marcial-
se conoce como el de mayor grado de penetración foránea en el país. Lo que
caracteriza a esta injerencia no es la introducción de nuevas industrias, con
efecto multiplicador sobre la economía, sino la trasferencia de empresas y
bancos brasileños a capital foráneo. Casi siempre, a precios irrisorios.
Correlativamente, se demora toda justicia distributiva, se archivan los
proyectos de reforma agraria y se mantiene férrea censura sobre la actividad
política y la prensa.
Este proceso se desenvuelve sin reacciones de la mayoría militar. Salvo casos
aislados: El general Peri Bevilacqua - soldado prestigioso e influyente, pero
retirado- propone unir fuerzas contra "la entrega". Incluso en el seno del
gobierno. el general Afonso de Albuquerque Lima, ministro del Interior,
apostrofa lo que en Brasil se conoce como "la invasión de Amazonia", inmensa,
rica y abandonada región. Allí se asentaron hombres de negocios extranjeros,
adquirieron extensos latifundios con minerales estratégicos y se consagraron a
limpiar el territorio de indios brasileños. Corren denuncias de exportación
ilegal de esos minerales -que interesan a la defensa nacional- y no faltan
oficiales que, periódicamente, documentan excesos en la zona.
Para subsistir, el gobierno Costa e Silva se apoya en una dualidad en cierto
modo ficticia, en cierto modo real: "blandos" y "duros", los dos grandes
sectores militares. Ya Castelo Branco había hecho de arbitro entre ambas
corrientes. No cedió totalmente a los "duros", defensores de la dictadura
completa. Admitió un remedo de oposición parlamentaria que satisfizo a los
"blandos". Pero Castelo gobernó condicionado por su ministro de Guerra, Costa e
Silva, entonces jefe de los "duros" y tan influyente que terminó por capitalizar
la sucesión.
Ya en Brasilia, Costa e Silva probó que es un hombre rico en matices. Repitió la
maniobra de Castelo, medió entre "blandos" y "duros". Hasta que, a mediados de
diciembre último, los "duros" presionaron en favor de medidas drásticas. Costa
impuso vacaciones forzosas al Parlamento, extendió la represión.
Tras este acrecentamiento del poder militar se habla nuevamente de "reconquistar
la Amazonia". Según los observadores, dicha insistencia -que podría deteriorar
las relaciones entre los Estados Unidos y el Brasil- difícilmente se llevará a
cabo. Prueba, sin embargo, que los "liberales compulsivos" también conocen
contradicciones. En el balance queda clara la orientación: inmovilizan las
estructuras heredadas del pasado, abren paso a la penetración extranjera,
rechazan la participación popular.
Mapa militar
La relación de fuerzas -a escala latinoamericana- muestra a los liberales
compulsivos como clara mayoría. Miembros de esa corriente integran casi todos
los gobiernos castrenses del área:
• Argentina. En el gobierno Onganía se reflejan las dos tendencias básicas del
Ejército argentino: liberales y nacionalistas. Los observadores puntualizan:
a) el equipo político registra antecedentes nacionalistas (en la linea
conservadora);
b) la conducción económica responde ideológicamente a la concepción liberal;
c) el gobierno ha puesto vallas a la penetración extranjera sólo en casos
circunscriptos (acero, usina nuclear), .pero sin poner decididamente en marcha
un plan de crecimiento económico; d) en términos generales, el antiguo
nacionalismo conservador tiende a coexistir con el liberalismo económico.
• Bolivia. Mediante elecciones digitadas gobierna, desde 1965, el general del
aire Rene Barrientos. En el país altiplánico la injerencia extranjera es
importante tanto en el campo económico como en el político. Pese a que Bolivia
tuvo dos generaciones recientes de oficiales nacionalistas que subieron a
Palacio Quemado (Germán Busch -se quitó la vida-, Gualberto Villarroel -fue
asesinado), sus cuadros actuales regresan aceleradamente al liberalismo
compulsivo.
• Paraguay. El general Alfredo Stroessner, presidente desde 1954, es e! decano
de los gobernantes castrenses. Por sus tendencias conservadoras entra en la
categoría de liberal compulsivo. Pero es también exponente de una generación que
tiende a desaparecer, la de caudillos militares paternalistas al estilo Batista
(Cuba), Pérez Jiménez (Venezuela). Trujillo (Dominicana).
• Panamá. En octubre pasado, la Guardia Nacional derribó al recién ungido
presidente (constitucional) Arnulfo Arias, Los coroneles Pinilla y Urrutia
accedieron al poder en calidad de copresidentes. Aparentemente, se proponen
zanjar con Estados Unidos el nuevo acuerdo para la explotación del Canal de
Panamá y dejar entonces el Palacio de las Garzas. Desde luego, después de
orquestar una combinación interpartidaria que los satisfaga.
• El Salvador. A partir de 1962, en que se hizo presidente el coronel Julio
Rivera, los militaras procuran legalizarse por medio de un partido ad hoc. Así
logran sucederse a si mismos. El régimen - presidido hoy por e! coronel Fidel
Sánchez Hernández- tolera .una oposición moderada, con representación
parlamentaria.
• Honduras. Variante del anterior, a partir de 1965 en que el coronel Oswaldo
López Arellano derribó el gobierno constitucional.
De este cuadro se desprende que sólo el gobierno de! Perú entrarla nítidamente
en el grupo nacionalista. Esa corriente representa, entonces, nada más que al 10
por ciento de las poblaciones gobernadas por generales. El 90 por ciento
restante está en manos de liberales compulsivos o reconoce una fuerte influencia
de esa corriente.
En cuanto a los gobiernos civiles de América latina (43 por ciento de la
población total), sólo excepcionalmente exhiben democracias de funcionamiento
abierto. Hay dictaduras civiles mucho más férreas que los gobiernos militares
(Haití). Y en el segundo país en población del área -México- se erige un sistema
que monopoliza la suma del poder desde hace medio siglo.
La división política del continente, por lo tanto, no se agota en el esquema
"democracia o gobierno militar". En la medida en que la democracia formal se
muestra incapaz de superar el sistema tradicional y marchar hacia una política
coherente de cambio tiende a ser sustituida por generales de tres o cuatro
estrellas. Los cuales trasladan a las Fuerzas Armadas el dilema de proteger las
viejas estructuras o renovarlas. Es decir, que eligen entre ser "liberales
compulsivos" o "nacionales". También aceptan "la prueba de la eficacia". Lo que
todavía no se sabe, en esta etapa del proceso latinoamericano, es lo que vendrá
después, si los gobiernos castrenses no convalidan sus manifiestos iniciales.
Fuente: www.magicasruinas.com.ar
Comentario
sobre "Tacuara, la pólvora y la sangre", de Roberto Bardini
Por Giselle Dexter (*)
San Diego, California, 2003.
"Tacuara, la pólvora y la sangre", un nuevo libro del periodista e historiador
Roberto Bardini, ya está en las librerías de Buenos Aires, después de algunas
peripecias que demoraron su publicación durante un año.
Los originales fueron entregados a la editorial Océano, de México, en octubre
del 2001 y salió de imprenta en enero del año siguiente. Pero no alcanzó a
distribuirse, porque entre una cosa y otra, se desencadenó en Argentina la
crisis del "corralito" y la reacción del "cacerolazo". Estas circunstancias
provocaron que el libro no se enviara al país y que terminara apilado en una
bodega del Distrito Federal hasta ahora.
Soy la autora -sin firma- del texto que figura en la contratapa de "Tacuara, la
pólvora y la sangre", que transcribo a continuación:
"Todavía hoy cuando se menciona al movimiento juvenil que conmovió a Argentina
en la década de los 60, periodistas e intelectuales caen en el lugar común y la
frase hecha: "grupo nazi" o "banda fascista". Roberto Bardini (Buenos Aires,
1948), en cambio, no escribe sólo sobre lo que leyó en recortes de diario o
escuchó de tercera mano: fue simpatizante de Tacuara desde los 14 hasta los 18
años. Después, como muchos de sus ex compañeros, tomó otro rumbo. Tres décadas
más tarde, se sumergió en archivos de la época, entrevistó a jefes y militantes
de esa organización maldita y confrontó versiones. El resultado es un libro
esclarecedor que divulga detalles inéditos, destruye mitos y ofrece una visión
diametralmente opuesta a la que se maneja hasta la actualidad".
Entre las personas entrevistadas por Bardini se cuentan figuras históricas del
peronismo, como Juan Manuel Abal Medina, Jorge Rulli, Héctor Spina y Américo
Rial. También se encuentran jefes y militantes que llegaron a ser casi
legendarios, como el sociólogo Alfredo Ossorio y el médico Tomislav Rivaric, un
apacible homeópata que en su juventud participó en el espectacular asalto al
Policlínico Bancario. Este suceso, que sacudió al país en 1963, se considera "la
primera acción guerrillera urbana" de Argentina. Otro de los entrevistados es
Andrés Castillo, uno de los fundadores de la Juventud Trabajadora Peronista
(JTP), dirigente gremial bancario y sobreviviente de la Escuela de Mecánica de
la Armada (ESMA).
A lo largo de sus 254 páginas desfilan los nombres de otras figuras
controvertidas: Alberto Ezcurra Uriburu, José Luis Nell, Joe Baxter, Dardo Cabo,
Alejandro Giovenco, el sacerdote jesuita Julio Meinvielle y el sociólogo,
antropólogo y arqueólogo francés Jaime María de Mahieu.
De todas las variantes y fraccionamientos del grupo juvenil "maldito", el autor
se centra en el Movimiento Nacionalista Revolucionario, la variante más
peronista, cuyos integrantes -en su mayoría- se unieron a las Fuerzas Armadas
Peronistas (FAP).
Como los anteriores libros de Bardini, residente en México desde hace 26 años,
éste es un relato histórico-periodístico, un reportaje de investigación
redactado en un estilo "tenso, seco y descarnado", como recomendaba Ernest
Hemingway. El periodista se acerca por momentos a Rodolfo Walsh, el creador de
todo un género.
Bardini reconstruye historias de vida, describe hechos desconocidos o poco
conocidos, narra anécdotas, enumera trayectorias, aventuras y epílogos trágicos
de dirigentes juveniles "unidos por el mito y la furia" -como escribió el
uruguayo Eduardo Galeano- en una especie de "pelotón de soldados dispuestos a
salvar a la civilización", en palabras de Oswald Spengler.
En su parte final, incluye un testimonio de Envar el Kadri, uno de los
fundadores de la primera Juventud Peronista, y una cronología que va de 1955
(caída del peronismo) a 1965, cuando Tacuara fue declarada "fuera de la ley" por
el gobierno radical de Arturo Illia.
Me consta que, curiosamente, el autor no espera una buena acogida de la crítica.
Cuando me pidió por e-mail que le redactara el texto de la contraportada, él
mismo me advirtió con las mismas palabras con las que concluye el libro:
"En un país semidesmemoriado o de memoria selectiva, la pertenencia a Tacuara
continúa siendo un estigma. Y en una era en que los pobres se llaman
"carenciados", el capitalismo se denomina "economía de mercado" y el vocablo
imperialismo ha sido alegremente sustituido por "globalización", intentar
explicar el fenómeno nacionalista revolucionario equivale a efectuar una
autopsia. O a exhumar un cadáver mal enterrado".
Los que conocemos a Roberto Bardini sabemos que es "políticamente incorrecto", a
mucha honra. Y de todos modos, quienes tienen la última palabra son los lectores
y no los críticos.
A continuación publicamos como adelanto el primer capítulo del libro.
1963: El asalto al policlínico bancario
Poco antes de las 11 de la mañana del jueves 29 de agosto de 1963, una
ambulancia con la sirena encendida llegó al estacionamiento del Policlínico
Bancario, ubicado en el barrio de Flores, frente a la plaza Irlanda. El
conductor y su acompañante vestían guardapolvos blancos y declararon al guardia
de la entrada que traían a un enfermo. El custodio observó que en la parte
trasera del vehículo un hombre de rostro pálido yacía dormido en la camilla,
cubierto por una sábana, y les permitió entrar.
Casi inmediatamente arribó al lugar una camioneta IKA de la Dirección de
Servicios Sociales Bancarios con 14 millones de pesos de la época (alrededor de
100,000 dólares) destinados al pago de los sueldos del personal. A bordo del
vehículo venían dos empleados administrativos custodiados por un sargento de la
Policía Federal.
Dentro del policlínico, alrededor de cien personas -entre médicos, enfermeras y
trabajadores- formaban fila ante la ventanilla de cobranzas. Como de costumbre,
dos oficinistas salieron del edificio y se dirigieron a la camioneta para
recibir los paquetes con el dinero.
-¡Quietos! ¡Esto es un asalto! -se escuchó de pronto.
Las miradas del suboficial y de los cuatro empleados se volvieron hacia un joven
rubio que empuñaba una ametralladora PAM. Paralizados momentáneamente no
alcanzaron a ver a otros dos muchachos que los apuntaban con pistolas,
escondidos entre los coches estacionados.
Ante un movimiento del policía, el rubio disparó una ráfaga: dos ordenanzas
murieron en el acto mientras el sargento y los tres oficinistas rodaban por el
suelo, heridos. Las personas que caminaban por el lugar se arrojaron cuerpo a
tierra o corrieron hacia el edificio.
Repentinamente, aparecieron los dos jóvenes que estaban ocultos, tomaron los
paquetes con el dinero y los subieron a la ambulancia que había llegado antes.
En pocos minutos más todos los asaltantes huyeron.
A partir de la alarma, la División Robos y Hurtos de la Policía Federal citó a
un testigo presencial, a dos empleados de la agencia de automotores donde quince
horas antes se había alquilado la ambulancia y al chofer del vehículo, a quien
le habían aplicado dos inyecciones a través del pantalón para adormecerlo (era
el hombre pálido que yacía en la camilla de la parte posterior).
En la Sección Identificación, un comisario -dibujante y experto en "retratos
hablados"- logró una descripción detallada de los asaltantes. Los investigadores
les mostraron a los testigos voluminosos álbumes con fotos de delincuentes con
antecedentes. Al anochecer de ese mismo jueves 29 de agosto, la certeza era casi
total: el asalto había sido cometido por dos conocidos malhechores con una
extensa trayectoria al margen de la ley.
El "pibe de la ametralladora"
Al día siguiente, la Policía Federal hizo el anuncio: Félix Arcángel Miloro y
Salustiano Franco eran los responsables del robo.
Miloro, alias "El pibe de la ametralladora", tenía 27 años, medía un metro
ochenta y cinco, y había sido integrante de la célebre banda de Jorge Villarino,
hasta formar su propio grupo. El diario Clarín lo describió así: "Bien parecido,
alto, siempre sonriendo y vestido a la moda, su exterior recuerda antes al twist
que a la pistola 45".
Franco, alias "Salunga", tenía 33 años y todos sus hermanos eran delincuentes.
Dos de ellos habían sido apresados en 1960, luego de un asalto en Barracas y un
tiroteo con policías que se prolongó hasta Constitución.
La Policía Federal informó que muchos de los billetes de $5,000 eran de la serie
"A" y su numeración iba desde el 04.578.001 hasta el 04.583.000.
La División Robos y Hurtos movilizó a sus 144 agentes tras los rastros de Miloro
y Franco, consultó informantes, policías retirados, ladrones de segunda
categoría y prostitutas, ordenó allanamientos y detenciones, e intensificó lo
que en la jerga del periodismo policial se designa eufemísticamente como
"intensos interrogatorios".
No era para menos: según "Clarín", el asalto al Policlínico Bancario "al
constituirse por su importancia en el número uno de los ocurridos en nuestra
capital en todos los tiempos, ha calado hondo en el ánimo de magistrados y
funcionarios".
Finalmente, un soplón dio la dirección de una vivienda en la provincia de
Córdoba. El 10 de septiembre de 1963, alrededor de cien agentes federales se
dirigieron velozmente al lugar. El aguantadero fue ubicado y rodeado. Adentro
estaban Miloro y otro delincuente conocido como "El gaitero" Zarantonello; los
acompañaba Ana Carbó, amiga de ambos.
Un oficial de policía ordenó a los gritos que se entregaran y que no intentaran
escapar. Los pistoleros no se rindieron ni huyeron. Versiones posteriores
indicaron que resistieron con coraje; un rumor aseguró que fueron literalmente
masacrados.
Lo cierto es que el tiroteo duró media hora y cuando todo concluyó los cuerpos
de "El pibe de la ametralladora" y "El gaitero" parecían coladores. En
comparación, Ana Carbó fue casi afortunada: una ráfaga le arrancó la pierna
izquierda.
El expediente del asalto fue cerrado y archivado.
La tacuara revolucionaria
Seis meses después trascendió que Félix Arcángel Miloro había sido acribillado a
balazos por error. "El pibe de la ametralladora" no había tenido ninguna
vinculación con el asalto al Policlínico.
El joven rubio que empuñaba la PAM en la mañana del 29 de agosto se llamaba José
Luis Nell Tacci, descendía de irlandeses y era estudiante de Ciencias Jurídicas
y Sociales. Sus compañeros lo apodaban "Pepelu", vivía en el barrio de Flores y
uno de sus mejores amigos era un estudiante de Derecho y ex cadete del Liceo
Militar General San Martín, llamado Envar El Kadri.
Otro de sus amigos, era José "Joe" Baxter, de 24 años, también estudiante de
abogacía y empleado de Teléfonos del Estado. Nell y Baxter habían caído presos
varias veces pero no eran delincuentes: eran militantes del Movimiento
Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT).
Hasta entonces Tacuara estaba considerado como un activo grupo juvenil con gran
inserción en los colegios secundarios de Buenos Aires, cuyos integrantes
profesaban el revisionismo histórico y un fuerte antisemitismo. La opinión
generalizada era que estaban más ocupados en pintar cruces svásticas en las
paredes, arrojar alquitrán contra algunas sinagogas y enfrentarse a estudiantes
judíos que en asaltar bancos.
Lo nuevo, ahora, era el agregado de "Revolucionario" a la denominación
"Movimiento Nacionalista". El asunto dio un giro de 180 grados, y de Robos y
Hurtos pasó a la Dirección de Coordinación Federal y a la División de Orden
Político.
Nell, de 22 años de edad, estaba cumpliendo con el servicio militar en una base
de la Fuerza Aérea en Río Gallegos (Santa Cruz). Al principio de su conscripción
era chofer del ministerio de Defensa, pero fue enviado al sur como castigo al
comprobarse que usaba automóviles del Ejército para "asuntos particulares" (sus
jefes, claro, aún no sabían en qué consistían esos "asuntos"). Encapuchado y aún
vistiendo el uniforme de soldado, Nell fue trasladado en avión a Buenos Aires el
26 de marzo. En el aeroparque lo esperaba una custodia integrada por carros de
asalto de la Guardia de Infantería, agentes de civil con armas largas y
motociclistas del Cuerpo de Tránsito, que lo llevó directamente al Departamento
Central de Policía, donde lo interrogaron hasta altas horas de la madrugada.
El 4 de abril de 1964, la Policía Federal informó que de enero a noviembre de
1963 los miembros del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara habían
protagonizado "cuarenta y tres hechos terroristas". Y ya no eran agresiones a la
comunidad judía argentina. Ahora se trataba de ataques a los centinelas de la
Escuela Superior de Guerra, la Dirección General de Remonta y Veterinaria del
Ejército, el Tiro Federal Argentino y el destacamento de guardia del Aeroparque
"Jorge Newberry", con el objetivo de apoderarse del armamento. También habían
robado municiones de un camión de la firma Duperial-Orbea y de la fábrica de
armas Halcón.
Los nuevos tacuaras también habían realizado atentados contra la fábrica
Philips, estaciones de servicio ESSO, supermercados Minimax y empresas de origen
británico y norteamericano. Según la policía, se habían descubierto planes para
atacar la guarnición militar de Campo de Mayo y efectuar acciones de sabotaje
contra la usina central de SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires),
un gasoducto ubicado en La Plata y depósitos de Shell. En allanamientos a varios
domicilios se habían encontrado, además, una imprenta y volantes de apoyo a la
Confederación General del Trabajo y a la Juventud Peronista.
Con relación a las nuevas pistas del asalto al Policlínico, la Policía Federal
divulgó una extensa lista de dieciocho detenidos y once prófugos.
La lista de detenidos, publicada en el vespertino "La Razón", era la siguiente:
Jorge Caffatti, Lorenzo Posse, Gustavo Posse, Tomislav Rivaric, Horacio Rossi,
Mario Duaihy, Alfredo Ossorio, Osvaldo Vanzini, Dámaso Fernández, Luis Arean,
Nelson Latorre, Adolfo Infante, Alberto Pascual Fürpass, Horacio Bonfanti, José
Luis Nell, Luis Barbieri, Carlos Fuentes y Eduardo Álvarez. Los prófugos eran
Federico Russo, Amílcar Fidanza, Horacio Iglesias, Alfredo Roca, Ricardo Viera,
Rubén Rodríguez, Luis Alfredo Zarattini, Jorge Cataldo, Carlos Arbelos, José
Baxter y Juan Carlos Brid. Algunos de los detenidos y prófugos no habían
participado del asalto pero eran buscados por otros hechos.
Casi todos eran estudiantes que trabajaban, pertenecían en su mayoría a la clase
media, se definían como peronistas y, detalle para ser tomado en cuenta, la edad
promedio era de veinte años.
Réplica y comentarios a la autora: giselle_dexter@latinmail.com
(*) Giselle Dexter (Montevideo, 1958) estudió Historia en la Universidad de La
Plata, en Argentina. En la actualidad es profesora-investigadora en el área de
Historia Latinoamericana Contemporánea de la San Diego State University (SDSU),
en California. También es editora del boletín electrónico del Movimiento
(virtual) Bambú.
Copyright © 2003 Roberto Bardini
Tacuara
Julio Carreras (h)
A principios de la década del sesenta aparece una organización que se autodenomina "Tacuara" con un discurso y una práctica violentamente antisemita. Sus miembros representaban una nueva especie de militantes nacionalistas católicos que, inspirados por el padre Meinvielle, planteaban un Nacionalismo Restaurador reivindicando la figura histórica de Juan Manuel de Rosas.
Algunos de ellos eran hijos de antisemitas y nacionalistas destacados, estudiaban en Liceos militares o escuelas católicas tradicionales, tuvieron un alto grado de participación en la movilización y el debate que se produjo en el país en torno a la sanción de la Ley de educación que tenía que determinar si la educación sería religiosa o laica. Los militantes de Tacuara, en defensa de la educación religiosa, participaron activamente en movilizaciones callejeras y protagonizaron peleas y tumultos con los que estaban a favor de la educación laica.
La operación del secuestro clandestino de Adolf Eichmann en nuestro país, realizada por miembros de los servicios de inteligencia Israelíes, dieron un marco sumamente favorable al recrudecimiento del accionar de este grupo. En 1962 secuestran a una estudiante judía, Graciela Sirota, que aparece golpeada y tatuada con Svásticas. Poco tiempo después matan en Rosario a Raúl Alterman, un judío que había sido miembro activo del Partido Comunista. En esa época se realizaron también una gran cantidad de atentados contra sinagogas y otros objetivos de la colectividad, se colocaban explosivos de bajo poder (petardos) o se arrojaban bombas de alquitrán.
Posteriormente Tacuara se fracciona en dos grupos, uno de derecha que pasa a llamarse Guardia Restauradora Nacionalista (GRN) y otro de izquierda denominado Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT). La fracción de derecha, minoritaria, se fue diluyendo sin alcanzar nunca relevancia. La fracción de izquierda terminaría incorporándose al Peronismo Revolucionario.
A
45 años del secuestro de Eichmann en Argentina
Tacuara salió a la calle
Por Sergio Kiernan
Este miércoles se cumplieron 45 años desde que un comando israelí capturó al
criminal de guerra nazi Adolf Eichmann en un suburbio de Buenos Aires. El
aniversario no sólo marca casi medio siglo de un proceso legal que permitió
realmente entender y difundir cómo fue la destrucción de los judíos de Europa,
sino también el arranque de una campaña de violencia antisemita en Argentina
como no se había visto en el país y como no se volvió a ver desde entonces.
Protagonizada por Tacuara, la campaña de ataques duró casi cuatro años y fue la
última vez que el nacionalismo de ultraderecha pudo montar algo desde el llano:
su violencia se encarnaría a partir de entonces en el Estado. Este ensayo
general de la manera entrópica de hacer política que se tragaría al país también
marcó la primera vez en que los argentinos judíos se defendieron, cambió el
mismo concepto de organización institucional de la comunidad y disparó la
emigración a Israel, hasta entonces mínima.
A fines de los cincuenta, los israelíes recibieron información precisa del
paradero de Eichmann en Argentina. El calvo y miope ex oficial de la SS ya era,
junto al sádico sociópata de Josef Mengele, uno de los símbolos de lo que
empezaba a llamarse Holocausto. Como resumiría Hannah Arendt en su cobertura del
juicio de Jerusalén, Eichmann fue el burócrata "banal" que hizo que los trenes
llegaran a tiempo a los campos, organizó censos, asignó las tropas y hasta pagó
los viáticos para que judíos, gitanos y otros indeseables fueran tragados por la
máquina de destrucción de su führer. Una discreta misión de inteligencia
confirmó los datos recibidos y ubicó una dirección, después célebre, en la calle
Garibaldi. A principios de 1960, el premier David Ben Gurión organizó la misión
de secuestro con la conciencia tranquila respecto de que Argentina de ninguna
manera arrestaría y deportaría al nazi. Alemania acababa de pedir a Mengele, que
fue defendido por el gobierno y que se esfumó para morir muchos años después en
la tranquila playa brasileña de Bertioga. Los países que fueron ocupados ya
habían pedido a varios de sus verdugos, sin suerte.
Ben Gurión organizó la misión asegurando la mayor "negabilidad" posible: los
enviados eran "voluntarios"; su tarea no existía formalmente y si algo salía mal
serían ignorados por el gobierno. El premier ni siquiera les informó del tema a
su presidente o al gabinete, y les explicó a los veinte agentes –del entonces
flamante e ignoto Mossad y de otros entes de seguridad– que de ninguna manera
debían matar a Eichmann porque lo que se buscaba era que Israel hiciera por
primera vez justicia con un nazi. Los agentes llegaron a Buenos Aires, hicieron
contacto con un reducido grupo de argentinos que apoyaron la misión, alquilaron
una casa y se llevaron a Eichmann de la esquina de la calle Garibaldi el 11 de
mayo a la noche. Para sacarlo del país esperaron que llegara la delegación
israelí que visitó el país para festejar los 150 años de la Revolución de Mayo y
aterrizó el 19 de mayo. Era el primer avión de El Al que tocaba Sudamérica y el
20 despegó rumbo a Tel Aviv llevando un tripulante de uniforme que se caía de
borracho: era Eichmann, drogado hasta las cejas. El 22 a la mañana el avión
aterrizó en el aeropuerto de Lod y el alemán fue arrestado formalmente. Al día
siguiente, un radiante Ben Gurión informaba al Parlamento que tenía a Eichmann
en prisión y que lo juzgaría por la Ley de justicia contra los nazis y sus
colaboracionistas sancionada por esa misma Knesset en 1950. El ministro se cuidó
de no aclarar de dónde había sacado al nazi, pero la deducción era tan obvia que
la Cancillería israelí amagó "filtrar" que venía de un país árabe. Nadie se lo
creyó.
En esos tiempos previos al fax y el correo electrónico, la noticia tardó un par
de días en llegar a Buenos Aires, pero fue una bomba de formidable potencia. El
presidente Arturo Frondizi se enteró literalmente por los diarios –La Razón y el
olvidado Correo de la Tarde– que tenía otra crisis entre manos, justamente una
que era kerosén para las llamas del nacionalismo civil y militar que lo acosaba.
Las urgentes reuniones con el embajador y la delegación israelí que todavía
estaba en Buenos Aires dejaron en claro que en Jerusalén nadie había pensado en
este aspecto de la operación: el manejo político de una situación en un país con
un presidente amigo, un Estado calado de filonazis y 300.000 judíos.
Lo que siguió fue una serie de improvisaciones que solucionaron el tema sólo por
la voluntad política de los protagonistas. Israel emitió un comunicado
inverosímil en el que afirmaba que Eichmann había sido traído por "un grupo de
voluntarios judíos, entre ellos algunos israelíes" y que el gobierno se enteró
sólo cuando los "voluntarios" entregaron al nazi a la policía. Para mejor, la
versión indicaba que Eichmann había aceptado ir a Jerusalén para ser juzgado. La
nota fue rechazada por la Cancillería argentina, completamente dominada por
nacionalistas, y la crisis comenzó a escalar. Mientras Ben Gurión y Frondizi
dialogaban por intermediarios para salir del pantano, el tema se trasladaba a la
ONU, entraba en la agenda norteamericana y amenazaba con crear toda clase de
problemas para ambos países, pero más para el nuestro. Finalmente, en agosto, se
arregló que Argentina expulsaría de mal modo al embajador israelí, que Jerusalén
se disculparía por "los actos de algunos de sus ciudadanos", que a los sesenta
días nombraría un nuevo representante y que todos amigos. Esto explica lo
pintoresco de que este año Israel admitiera oficialmente que los "voluntarios"
eran agentes estatales: todo el mundo se había olvidado de la demencial nota de
1960.
Fachos en la calle:
Lo que no arregló la diplomacia fue el notable pico de violencia antisemita
protagonizado por Tacuara con la alevosa complicidad de la Policía Federal, el
apoyo abierto de los militares y el más discreto de la oposición. Frondizi, que
había llegado al gobierno con un poder limitado y cuestionado, con un peronismo
que soñaba con un alzamiento y una oposición radical que lo veía prácticamente
como un traidor por haber dividido el partido, tenía poco espacio de maniobra
ante los militares que lo derrocarían en 1963 y una derecha que empezaba a
armarse, aprendiendo eso de hacer política tirando cadáveres sobre la mesa.
El historiador israelí especializado en Argentina Raanan Rein cuenta en su libro
Argentina, Israel y los judíos –editado por Lumière– que los primeros años
sesenta fueron el peor momento de esa comunidad desde el pogrom de la Semana
Trágica de 1919. Sobre 21 millones de argentinos, 300.000 eran judíos, el 80 por
ciento de ellos en Buenos Aires y el GBA. En esos momentos, la comunidad vivía
un momento de cambios profundos. Comenzaba a sentirse la realidad del Estado de
Israel, nuevo de 12 años, salido de su segunda guerra regional y ofreciendo un
drástico cambio de roles a los judíos del mundo que culminaría en la Guerra de
los Seis Días, en 1967. En diálogo con Página/12, Jacobo Kovadloff –en esos años
vicepresidente de Hebraica y hoy asesor del American Jewish Committee– recordó
que también fue la época en que comenzó a escribirse la historia del Holocausto
y se conoció la historia de la resistencia del ghetto de Varsovia. "En esa época
se debatía mucho por qué los judíos se dejaron matar por los nazis", explicó
Kovadloff, "y la historia de Varsovia nos demostró que no todos fueron así, que
hubo judíos que resistieron con las armas en la mano".
Esa comunidad convivía con personajes como el cardenal primado Antonio Caggiano,
que peroraba sobre el "deber como cristianos" de perdonar a Eichmann, "un
inmigrante que llegó a nuestro país buscando el perdón y el olvido". También con
Jordán Bruno Genta, siniestro fascista y profesor en la Fuerza Aérea de temas
como Masonería y Judaísmo. Y con la abierta costumbre de los comisarios de
declararse nacionalistas, igualito que el canciller y el embajador argentino
ante la ONU. En la calle, esa Argentina hoy inimaginable tenía una expresión
militante, Tacuara.
El Movimiento Nacionalista Tacuara, nacido en el desorden posterior a la caída
de Perón, tuvo su bautismo de combate en 1957. Era un grupo muy juvenil, con
bastante de clase alta, exclusivamente masculino y con dos banderas principales:
la restauración de la enseñanza religiosa en las escuelas, abolida por Perón a
fines de gobierno, y el combate a judíos e izquierdistas, que veían como una
misma cosa. Dirigida por Alberto Ezcurra Medrano y con letra del prolífico padre
Julio Meinvielle –un antisemita tan violento que el mismo Vaticano acabó
ordenándole que bajara el tono–, Tacuara hacía una crítica drástica de la
democracia y proponía un país "libre de políticos, libre de demagogos y libre de
judíos".
Tacuara compartía con la izquierda, sin embargo, la tendencia a atomizarse por
cuestiones doctrinarias. Entre 1960 y 1963, mientras cometía todo tipo de
tropelías en las calles, el grupo tuvo tiempo de dividirse en tres. Primero se
fueron los "patricios", que formaron la Guardia Restauradora Nacionalista con
una "cláusula de limpieza de sangre": tener cinco o más generaciones en el país.
Luego se abrió el Movimiento Nueva Argentina, madre de casi todos los grupos
católicos nacionalistas de hoy, y finalmente el más notorio, el que encabezaba
Joe Baxter, que renunció al antisemitismo y comenzó un giro hacia la izquierda
que lo llevaría a la Fracción Roja del ERP, nada menos.
Pero en 1960 los tacuaras actuaban coordinadamente y con amigos como Hussein
Triki, representante de la Liga Arabe en Buenos Aires, puente entre los nazis
locales y los neonazis extranjeros, e introductor de la idea de que la "lucha"
de estos argentinos era la de los árabes. También batía el parche la prensa
nacionalista encabezada por El Pampero –fundado en 1940 con fondos de la
embajada alemana–, el todavía existente Cabildo, creado en 1942 con dineros del
gobernador bonaerense Manuel Fresco, y Azul y Blanco, fundado en 1956 por el
notorio Marcelo Sánchez Sorondo. Uno de los primeros frutos de la campaña fue la
batalla entre nacionalistas y "liberales" en la puerta de la Facultad de
Medicina, en julio de 1960, con el entredicho diplomático todavía sin arreglar.
Los tacuaras hicieron pintadas, gritaron consignas como "Queremos a Eichmann de
vuelta" y se trenzaron con los estudiantes. Hubo seis heridos de gravedad, entre
ellos dos nacionalistas.
En agosto, las piñas abundaron en los secundarios, en buena medida en el
conflicto entre laica y libre que enfrentaba a los que querían una educación
católica obligatoria y los que no. El pico fue el 17 de agosto, cuando tacuaras
del Colegio Nacional Sarmiento atacaron a sus compañeros judíos e hirieron de un
tiro a Edgardo Trilnik, de 15 años, durante el acto de homenaje a San Martín. Le
siguieron interminables meses de bombas –de las explosivas y las de alquitrán–
contra sinagogas y colegios judíos, cientos de pintadas, volanteadas y amenazas.
El nivel de producción de las acciones de Tacuara se ve, por ejemplo, en el
ataque comando en un campo de Mercedes donde se realizaba un cursillo
agropecuario para futuros emigrantes a Israel, que se preparaban para trabajar
en un kibbutz. Un grupo de tacuaras atacó el lugar de noche, les dio una grave
paliza a los chicos y arrasó con las simples instalaciones del campito.
Tanta violencia generó crecientes repudios dentro y fuera del país, con el
antisemitismo argentino instalándose definitivamente en la agenda internacional.
Ante cada reclamo –de la comunidad judía, de los padres de alumnos del
Sarmiento, de instituciones no judías–, el gobierno juraba escarmientos diversos
y medidas rápidas, pero nada ocurría. La administración Frondizi era simplemente
demasiado débil como para quebrar la intimidad policial con los nacionalistas o
controlar a sus tantos funcionarios pronazis. Policías como el comisario Green
confesaban abiertamente su nacionalismo y el discurso hasta de sectores
moderados no dejaba de destacar la presencia "de comunistas" en las
manifestaciones de repudio a la violencia.
Cuando el peronismo ganó varias gobernaciones en las elecciones de marzo de
1962, Frondizi no pudo resistir las presiones cruzadas y acabó derrocado por los
militares, que nombraron a José María Guido, presidentedel Senado, como
presidente provisional con el mandato de llamar a elecciones. El gobierno de
Guido, de nula base social o política, presidió una época de crisis económica y
desorden que los nazis criollos leyeron como una oportunidad. La ejecución de
Eichmann, el 31 de mayo de 1962, les sirvió de disparador para una serie de
treinta ataques antisemitas. El más grave fue el secuestro de Graciela Sirota,
el 21 de junio. La chica de 19 años fue golpeada, subida a un auto cuando
esperaba el colectivo para ir a la facultad y torturada groseramente con
quemaduras de cigarrillos por todo el cuerpo. Para terminar, le grabaron con una
navaja una esvástica en el pecho.
El grotesco ataque resultó también un disparador para la comunidad judía, que
llevaba dos años abroquelándose y aprendiendo a defenderse ante una situación en
que cada día del año había por lo menos una acción antisemita. Los nacionalistas
ya percibían que no era gratis ir a buscar pelea: estaban conociendo la
autodefensa de la comunidad, que incluía clases de judo cada vez más masivas,
turnos de guardia de voluntarios en las instituciones, universitarios judíos que
iban a clase armados y hasta una galería de tiro instalada en la cancha de
paleta de Hebraica, en la calle Sarmiento. Un incidente que rescata Rein terminó
con un grupo de voluntarios judíos tiroteándose con sospechosos que rondaban una
institución en un auto: resultaron ser policías de civil.
Cuando se produjo el caso Sirota, la comunidad judía llamó a una huelga de
comerciantes para el 28 de junio. El debate interno mostró una mayoría a favor
de defender a los judíos atacados más allá de su identidad política –Sirota era
simpatizante de izquierda– que para el golpe de 1976 se había perdido. La huelga
resultó una sorpresa porque trascendió por mucho a esa comunidad y se
complementó con secundarios enteros vaciados de sus alumnos e infinitas
expresiones de apoyo de sectores políticos, gremiales e intelectuales.
El pico de violencia antisemita, que comenzó a abatir bajo el gobierno de Arturo
Illia, dejó otro cambio en la comunidad judía. La emigración a Israel,
prácticamente marginal entre los argentinos, pegó un salto. Entre 1950 y 1960,
apenas 400 judíos por año solían dejar el país. En 1962 fueron 693 y en 1963 la
cifra fue record, 4255. Al año siguiente los números se estabilizan en un nuevo
piso, que pasaba los mil por año.
[Imágen: Acto de grupo nacionalista hacia fines de los '50]
Fuente:
Página/12, 14/05/05
Por Roberto Bardini
El 11 de julio de 1973, un Boeing 707 de la compañía Varig que debía volar a Bruselas se estrelló en el aeropuerto francés de Orly a los cinco minutos de despegar. Murieron 123 de sus 134 pasajeros. Fue muy difícil para los familiares de uno de ellos retirar el cadáver calcinado, porque viajaba con un pasaporte falso. Era argentino, tenía 33 años y había vivido en la cuerda floja durante la última década de su vida. Se llamaba José Baxter y hoy está sepultado en el cementerio británico de Buenos Aires.
Aunque Baxter era, junto con Alberto Ezcurra Uriburu, uno de los rostros visibles del Movimiento Nacionalista Tacuara, adquirió una espectacular notoriedad después del asalto al Policínico Bancario, el 29 de agosto de 1963. Ese hecho, que representó un botín de 100 mil dólares de la época -destinados inicialmente a financiar una invasión por mar a las Islas Malvinas- se considera la primera acción guerrillera urbana en la historia argentina.
Hoy a nadie le interesa conmemorar la fecha o reivindicar públicamente su figura. Ni siquiera sus viejos camaradas de distintas organizaciones quieren tocar el tema. Y es que Baxter fue un controvertido personaje con una trayectoria política igualmente controvertida.
Ex afiliado juvenil de la Unión Cívica Radical, dio sus primeros pasos como dirigente a fines de los años 50 en un nacionalismo católico con rasgos antisemitas. A comienzos de los 60 se pasó con armas y seguidores al peronismo revolucionario. En 1968, residía en París y fue testigo del Mayo francés, un masivo movimiento universitario que levantaba dos consignas: 'La imaginación al poder' y 'Seamos realistas: pidamos lo imposible'.
Fue allí donde se vinculó al contador santiagueño Roberto Mario Santucho. A partir de ahí se integró, con el nombre de 'Rafael', al Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Y finalmente se unió a un desprendimiento trotkista: la Fracción Roja, perteneciente a la Cuarta Internacional, entonces dirigida por el economista belga Ernst Mandel.
Descendiente de irlandeses, estudiante de abogacía y empleado de Teléfonos del Estado, tenía 24 años de edad cuando su nombre saltó a las primeras planas de los periódicos.
A mediados de septiembre de 1963, Baxter habló en la Facultad de Filosofía y Letras ante estudiantes de izquierda, presentó al Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara y tomó distancia del grupo dirigido por Ezcurra Uriburu. Dijo: 'No sólo hay liberalismo cipayo e izquierdismo cipayo; hay también nacionalismo cipayo. Los nacionalistas cipayos son quienes creen que la batalla por la soberanía argentina se jugó en la cancillería de Berlín en 1945'.
Unos días antes, Baxter le había confiado a un periodista judío: 'Nos sacamos de encima toda la Segunda Guerra Mundial... Hacer antisemitismo ahora es crear un problema artificial de tipo diversionista. Divide inútilmente y fabrica confusión en torno al verdadero enemigo'.
Fugitivo en Uruguay con el nombre de 'Salvador Ballesteros', vivió durante casi tres años en la casa de la familia Pérez Iriarte, en la esquina de las calles 26 de Marzo y Buxareo, en el barrio de Pocitos. En Montevideo se relacionó con el dirigente agrario Raúl Sendic y participó en la creación del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros.
Desde allí viajó a Madrid, El Cairo y Argel donde se entrevistó sucesivamente con el exiliado ex presidente Juan Domingo Perón, el mandatario egipcio Gamal Abdel Nasser y el estadista argelino Ben Bella.
Junto con un grupo de tacuaras de izquierda y militantes de la Juventud Peronista recibió entrenamiento militar en China. Después pasó a Vietnam y se unió al Vietcong.
Su leyenda personal sostiene que, gracias a su aspecto físico -alto, corpulento, pelirrojo y con pecas- entró vestido de militar canadiente al Club de Oficiales del ejército de Estados Unidos en Saigón. Se dice que poco después, durante la ofensiva del Thet, participó del ataque de ese lugar y que el líder vietnamita Ho Chi Minh lo condecoró por su valor en combate.
Uno de sus ex camaradas, el sociólogo Alfredo Ossorio, describe a Baxter como 'ocurrente e histriónico' y dice que su personalidad le recuerda una frase de José Ortega y Gasset: 'En épocas de crisis hay hombres que se hacen matar por una ficción'. Algunos ex tupamaros aseguran que era 'un aventurero'. Ex integrantes del PRT-ERP lo definen como 'un chanta con mucho bla bla'. Y hay quienes tienen la duda, sin poseer datos concretos, de que fue 'agente de algún servicio de inteligencia'.
Alberto Pérez Iriarte, uruguayo de 55 años nacionalizado suizo, ex militante del Movimiento Revolucionario Oriental (MRO) y actual vicepresidente del Partido Socialista de Ginebra, tiene una visión diametralmente opuesta. Él tenía 14 años cuando Baxter se alojó en su casa del barrio de Pocitos y compartió su habitación. Después se siguieron viendo en Cuba, en el Chile de Salvador Allende y en Europa. Lo recuerda como 'un joven de conversación rápida, graciosa, con ironías porteñas, amable y respetuoso'.
Pérez Iriarte afirma: 'Contra lo que opinan muchos, para mí el gordo Joe sigue siendo un personaje legendario, casi como Lawrence de Arabia o André Malraux'.
A 30 años de su muerte, José 'Joe' Baxter, alias 'El gordo', 'Salvador' y 'Rafael', continúa representando el mismo enigma que lo caracterizó en vida.
Un hombre del cual lo único seguro que se puede decir es que encarnó con sus acciones la consigna 'vivere pericolosamente'.
Acerca del Movimiento Tacuara, dos formas de ver la historia
Roberto Bardini
El domingo 16 de noviembre, el diario La Nación, de Buenos Aires, publicó un comentario de Luis Alberto Romero sobre dos libros más o menos recientes que tratan el mismo tema. El artículo de Romero se titula
"Años de plomo" y se refiere a Tacuara, historia de la primera guerrilla urbana argentina, de Daniel Gutman (editorial Vergara-Grupo Zeta, 333 páginas) y Tacuara: la pólvora y la sangre, de mi autoría (editorial Océano, 254 páginas). Desde ya pido disculpas por dedicar este espacio a un tema que me toca de cerca.
La Nación es un diario de tendencia liberal conservadora. Desde hace más de un siglo representa a los sectores agrícola-ganaderos, es portavoz de la llamada
"alta sociedad" –si por eso se entiende a la Sociedad Rural y al Jockey Club, entidades de los terratenientes locales– y vocero de la Unión Industrial Argentina. Periódico antiperonista y, en general, antipopular, se alineó con la última dictadura militar (1976-1983), aplaudió el desguace neoliberal encabezado por el incalificable Carlos Menem y hoy coloca bajo el microscopio al presidente Néstor Kirchner, a quien considera casi un rojo.
Tacuara es un fenómeno que, a 37 años de su extinción, permanece en una especie de
"noche y niebla" para las nuevas –y no tan nuevas– generaciones. Todavía hoy cuando se menciona al movimiento juvenil que conmovió la década de los 60 en Argentina, periodistas e intelectuales caen el lugar común y la frase hecha:
"grupo nazi" o "banda fascista". En cambio, en un artículo titulado "Los jóvenes fascistas descubren su país", publicado en el semanario uruguayo Marcha en 1967, Eduardo Galeano observó prematura y lúcidamente,:
Del mismo tronco original provienen los tacuaras que terminaron en el peronismo de izquierda y los que se sumaron al peronismo de derecha, los que abrazaron el marxismo-leninismo y los que ofician de guardaespaldas de ciertos burócratas sindicales; los que pintan, todavía, en los muros, cruces svásticas y consejos:
"Degüelle un comunista por día". De la misma fuente salieron las viudas de Hitler y los devotos de Perón, Mao y Fidel. (...) Definiéndose por lo que rechazaba, pero sin una idea clara de lo que buscaba, de ideología prestada, imprecisa y contradictoria, Tacuara continuó desprendiendo, hasta el fin, subgrupos que se fueron separando como consecuencia de la lucha interna de tendencias (...). Casi todos los grupos terroristas de derecha que han sobrevivido, provienen de aquella matriz, y dentro del peronismo hay núcleos de todos los matices, desde los marxistas hasta los rosistas, que salieron de Tacuara: todas las posiciones y todas las actitudes reflejan hoy, desde la desintegración, lo que fue aquella heterogénea congregación de jóvenes furiosos unidos por sus mitos y su estilo.
Al final de mi libro (y pido otra disculpa por autocitarme) menciono el caso de muchos ex tacuaras que se desgajaron del tronco original y en los años 70 continuaron militando en otras organizaciones políticas, armadas o no:
Hoy, a la distancia, son mirados con rencor por los nacionalistas a secas, con desconfianza por los sectores
"liberales" o "democráticos" y con desdén por los izquierdistas "científicos". El imaginario colectivo argentino, estimulado por formadores de opinión –locales y foráneos–
"tramposos", tiende a mezclar en el mismo lodo a los nacionalistas ultramontanos que colaboraron con la dictadura militar y a los nacionalistas revolucionarios masacrados por esa misma dictadura.
El norteamericano David Rock, por ejemplo, llega al colmo de la simplificación. Según él,
"los nacionalistas mantuvieron vivas arcaicas ideas clericales y escolásticas (...). Sus consignas se convirtieron en un medio para lanzar a las masas a la calle. Indujeron, a su vez, a los militares a verse a sí mismos como
"la última aristocracia" y como los guardianes de "un territorio sagrado y del estilo de vida Occidental y Cristiano", que sólo debían responder ante Dios y la Historia".
Hubo, sin embargo, nacionalistas que se diferenciaron notoriamente de estos esquemas y esa diferenciación los llevó al
"encierro, el destierro o el entierro" como a miles de otros militantes populares. Entonces Rock los denomina
"ultraizquierdistas".
Luis Alberto Romero es hijo del historiador José Luis Romero (1909-1977), considerado un
" humanista". Es profesor en Historia (Universidad Nacional de Buenos Aires), profesor de Historia General en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y docente de las maestrías en Ciencias Sociales de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y de la Universidad Nacional de Tucumán. Ha publicado Sectores populares, cultura y política: Buenos Aires en la entreguerra (con Leandro Gutiérrez, 1995), Volver a la historia (1997), Grandes discursos de la historia argentina (con Sylvia Saítta, 1998) y Argentina. Crónica social del siglo XX. Ha sido director académico de la colección "Historia visual argentina", publicada por el diario Clarín, y de la colección "Los nombres del poder", del Fondo de Cultura Económica.
Mi amigo Néstor Gorojovsky, del Partido de la Izquierda Nacional, escribió acerca de él en un mensaje divulgado el 12 de noviembre de 2002 por internet:
"El historiador Luis Alberto Romero es uno de los figurones indiscutibles del mortecino Olimpo gorila. Heredero y albacea intelectual del reaccionario medievalista y
"socialista" ilustrado José Luis, quien fuera el hombre de la Revolución Libertadora en la Universidad de Buenos Aires, Luis Alberto no ha llegado a los kilates académicos de su progenitor. Pero sí mantuvo intacto el gorilismo y el odio a la causa nacional democrática. Es así que, cuando en 1983 el Proceso Militar transmutó en Proceso Constitucional, Luis Alberto Romero se convirtió en uno de los principales referentes universitarios del alfonsinato. En ese carácter, y mientras sus conmilitones sufrían el permanente acoso de la clase trabajadora liderada por Saúl Ubaldini, Romero buscaba refugio en los tiempos pre-peronistas, indagando la construcción de un sujeto histórico obrero pacífico e integrado".
Luego de leer el comentario de Romero en La Nación, me llegó un mensaje de Rolando Mermet (rmermet@yahoo.com.ar), del Centro de Estudios Nacionales Arturo Jauretche, donde a fines de marzo de 2003 presenté Tacuara: la pólvora y la sangre. En ese mensaje, Mermet incluye el texto que leyó Roberto Baschetti, uno de los presentadores del libro. Y aclara que ese escrito –al que, con atrevimiento, titulé
"Anatemas y estigmas al por mayor"– permaneció inédito desde aquel día. Gracias a Rolando, RODELU ofrece una novedad a sus lectores.
Baschetti es técnico en Publicidad y sociólogo. Primer Director del Centro de Investigaciones de la Biblioteca Nacional (CIBINA), de Buenos Aires, publicó más de diez obras de historia política argentina, entre las que se destacan Documentos de la Resistencia Peronista 1973-1976, Rodolfo Walsh, vivo, Documentos 1970-1973: de la guerrilla peronista al gobierno popular y Eva Perón - Bibliografía 1936-2002. También ha escrito colaboraciones para libros que analizan la influencia del Che Guevara y John William Cooke en el proceso revolucionario argentino. Actualmente trabaja en un libro sobre la vida y la militancia del poeta montonero Francisco
"Paco" Urondo.
Así es que hoy decidí ceder mi espacio en rodelu a los comentarios de Romero y Baschetti, convencido de que uno y otro encarnan dos formas distintas de ver la historia. Seguramente hay otras perspectivas para analizar el pasado reciente, pero ofrezco las que ahora tengo a mano. Los lectores de esta publicación electrónica no mastican vidrio y podrán sacar su propias conclusiones.
Años de plomo
Luis Alberto Romero
La coincidente aparición de dos libros periodísticos referidos a Tacuara nos permite conocer en detalle una organización política poco estudiada, importante por sus acciones espectaculares en la década posterior a la caída de Perón, y sobre todo, por haber sido la escuela de varios militantes de notoria actividad luego de 1966.
En sus años de esplendor, a principios de los años sesenta, el Movimiento Nacionalista Tacuara tenía una organización extendida y laxa, que acogía militantes con experiencias y expectativas variadas. Antes que una agrupación orgánica, fue un plexo de movimientos y corrientes. Recogió en primer lugar la militancia católica nacionalista, fuerte en los años anteriores a 1946 y revitalizada en 1955. Eran viejos cuadros, formados junto al padre [Julio] Meinvielle o a algunos intelectuales europeos nostálgicos del III Reich, que habían recalado en nuestro país. A ellos se sumaron muchos jóvenes con escasa formación política, quizá proveniente de las lecciones de algún profesor enrolado en el revisionismo histórico.
Para muchos, fue la primera experiencia política, estimulada por la reacción contra el gobierno militar de la Revolución Libertadora, al que se acusaba de liberal, antinacional y antipopular. La creciente atracción del peronismo proscrito y los aires revolucionarios de la Revolución Cubana alentaron la incorporación de nuevos contingentes e hicieron crecer la agrupación. En un momento, las nuevas opciones políticas --como la Revolución Cubana-- pusieron de manifiesto diferencias de ideas y objetivos. Comenzó entonces el proceso de división y finalmente cada uno de los militantes buscó un rumbo distinto.
Por entonces, Tacuara apareció asociada con algunos hechos espectaculares y reveladores: el asalto al Policlínico Bancario en 1963, el asesinato de Raúl Alterman en 1964, quizá por ser judío, quizá por ser comunista, el "Operativo Cóndor" (un aterrizaje en las Islas Malvinas en 1966). Ya los grupos estaban diferenciados y los destinos fueron notablemente diversos. Algunos de quienes pasaron por Tacuara llegaron a los partidos armados; otros, al peronismo duro o al matonismo sindical. Muchos rodearon al general [Juan Carlos] Onganía y algunos aparecieron entre las bandas parapoliciales o las fuerzas del terrorismo estatal. El subjefe de Tacuara, Joe Baxter, terminó militando en el ERP [Ejército Revolucionario del Pueblo] mientras que el jefe, Alberto Ezcurra Uriburu, tomó los hábitos y junto al Vicario Castrense hizo en 1976 la apología del terrorismo de Estado. Otro dato significativo: el 20 de junio de 1973, en Ezeiza había ex militantes de Tacuara a la cabeza de uno y otro bando.
Tamaña dispersión, largamente testimoniada en estos dos volúmenes, tiene que ver con lo que aparece como el rasgo más característico de Tacuara. No los unía una ideología, en el sentido más clásico del término, sino una actitud, un sentimiento y una forma de entender la acción política, en términos de "tono sostenido", camorra, agresión, violencia física y finalmente terrorismo. Un arco que sus militantes recorrieron quizás un poco antes que otros, pero que en definitiva fue similar al de una buena parte de la sociedad argentina en la década del setenta.
Los dos libros aquí comentados son diferentes y en cierto modo complementarios. Bardini militó en Tacuara cuando era un adolescente de catorce años. Su testimonio, a la distancia, combina los recuerdos –corroborados por una buena investigación periodística– con sus experiencias posteriores, que lo llevan a resignificar algunas de sus vivencias juveniles. Su trabajo muestra la riqueza, pero a la vez los límites y los riesgos que tiene el uso de la memoria de los protagonistas para los investigadores. Gutman es un joven periodista, que enfoca la cuestión de manera distanciada. Su libro, ampliamente apoyado en la prensa y en entrevistas, carece de la pasión y las vivencias del de Bardini, pero la exposición es ordenada, clara y metódica.
Ambos libros se encuadran en el género periodístico. Una investigación histórica requiere además una crítica más exhaustiva de las fuentes y testimonios, y sobre todo, una contextualización más amplia del problema: los procesos sociales y culturales que se cruzan en la experiencia de Tacuara son complejos y diversos. Las obras de Gutman y de Bardini contribuyen con una primera versión, un borrador, de este fragmento del pasado reciente. Hay en ellos una invitación al trabajo de los historiadores profesionales, que están comenzando a incursionar sistemáticamente en esta etapa de nuestro pasado reciente
Anatemas y estigmas al por mayor
Roberto Baschetti
Tacuara:
"Variedad de caña maciza, de hasta 10 metros de alto y de follaje muy denso, con la corteza lisa y sin espinas, con abundantes ramificaciones en sus nudos". Ésa es la definición que puede encontrarse en el Diccionario del español de Argentina, editado por Gredos.
Repasemos parte de la definición:
"Caña maciza, corteza lisa y sin espinas, con abundantes ramificaciones en sus nudos", una excelente aproximación por la metáfora a esa otra tacuara, mezclada con pólvora y con sangre, que da el título a este magnifico libro de Roberto
"Tito" Bardini.
Porque lamentablemente, pólvora y sangre fueron elementos que en abundancia y con generosidad se desparramaron por todo el contorno de nuestra argentina a partir de 1955, cuando un golpe de estado oligárquico, dio por tierra con el segundo gobierno constitucional de Juan domingo Perón e inauguro una serie de dictaduras militares y/o gobiernos civiles debilitados y digitados desde los Estados Unidos.
El sistema, hábil para detectar a los revolucionarios y aislarlos del conjunto, hizo caer sobre los muchachos de tacuara anatemas, estigmas y excomuniones al por mayor.
"Bandidos, delincuentes, terroristas, fascistas, nazis, desequilibrados mentales" fueron solo algunos de los adjetivos calificativos que les regaló la prensa del establihsment para denigrarlos. Veremos que no todos sus componentes eran iguales y pensaban del mismo modo.
Los acusadores, parecían olvidarse que en Argentina la violencia política no nació con los tacuaras, sino como dije antes, con la interrupción del orden constitucional. Veamos la cantidad de hechos de violencia que se sucedieron con anterioridad al 29 de agosto de 1963, fecha del asalto al Policlínico Bancario por el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT):
1. Bombardeos a Plaza de Mayo en junio de 1955. Único caso en la historia, en que las fuerzas armadas de un país (en este caso aeronáutica y marina) bombardean a connacionales a cielo abierto.
2. Golpe militar del 16 de septiembre de 1955 (Revolución Libertadora) que derroca a un presidente constitucional elegido democrática y libremente por el 62.49% de los votos.
3. Intervención y conculcación de derechos a la Confederación General del Trabajo, que por entonces nuclea a casi 6 millones de trabajadores
4. Instauración del decreto ley 4161 que prohíbe al peronismo.
5. Robo del cadáver de Eva Perón por fuerzas armadas que se decían
"occidentales y cristianas".
6. Adhesión al Fondo Monetario Internacional, con lo que comienza nuestra larga marcha hacia la degradación económica.
7. Fusilamiento de soldados y civiles peronistas en junio de 1956, sin juicio previo.
8. En 1958, [Arturo] Frondizi sube con los votos peronistas y traiciona el mandato popular y el pacto establecido con Perón
9. En consonancia con los dictados del FMI, Álvaro Alsogaray lanza un plan económico de austeridad (que será de austeridad para los trabajadores solamente y de acumulación de riquezas para la oligarquía terrateniente y las empresas extranjeras).
10. En enero de 1959, es ferozmente reprimida la toma y posterior huelga del frigorífico Lisandro de la Torre defendido por los trabajadores para evitar su desnacionalización.
11. Frondizi apela a leyes represivas e implanta el Plan Conintes (Conmoción Interna del Estado).
12. El 18 de marzo de 1962 gana la elección a gobernador en la provincia de Buenos Aires, la fórmula peronista Framini-Anglada. Frondizi anula las elecciones.
13. El gobierno de [José María] Guido (1962-1963) tiene el triste privilegio de provocar el primer secuestrado-desaparecido de la argentina: Felipe Vallese, militante de Juventud Peronista y delegado gremial metalúrgico.
Como bien dice en el prólogo del libro José Steinsleger:
"¿Cómo éramos? Éramos violentos. Violentados más que violentos. antes de cumplir los 10 o 15 años asistimos al inicio sangriento de la desintegración nacional que hoy sigue legal y pacíficamente por lo social".
Los jóvenes de Tacuara, como tantos otros jóvenes, pelean por cambiar el mundo de acuerdo a su ideología y a la visión que tiene del mismo. Desconfían y aborrecen a esa democracia liberal que solamente ha logrado hundir aun más al país. Y están convencidos (los de Tacuara y muchos otros jóvenes más que luego vendrán) que solamente la muerte puede apartarlos de su cometido:
"Patria o muerte", dicen los seguidores de Fidel y el Che; "Perón o muerte, viva la patria", dirán los muchachos de la JP setentista;
"A vencer o morir por la Argentina", exclamarán los jóvenes del PRT-ERP para ese mismo tiempo;
"Volveremos vencedores o muertos", afirman ahora, estos pibes de la cruz de Malta.
Al respecto resulta muy útil exhumar un artículo de John William Cooke, aparecido en Marcha, con motivo de que la justicia de Uruguay debía pronunciarse sobre la extradición de José Luis Nell, requerido por la justicia argentina como presunto integrante del comando del mnrt que asaltó el Policlínico Bancario de Buenos Aires. Allí dice Cooke:
"La trayectoria de Nell ejemplifica la de muchos jóvenes que iniciaban su vida
política hace mas o menos una década en medio de las frustraciones de una
argentina manejada por una minoría rapaz que abdicaba de nuestra
autodeterminación política y económica, mientras el pueblo, súper explotado y
proscrito, no lograba traducir su protesta en una lucha efectiva por la toma del
poder. debo omitir referirme al complejo de circunstancias que llevó a un sector
de la juventud a ver en las organizaciones nacionalistas de extrema derecha el
camino para terminar, por medio de la acción directa, con este estado de cosas.
Pero, en la medida que los impulsaba un auténtico fervor popular y patriótico,
fueron percibiendo la naturaleza de ese nacionalismo violento, reaccionario y
folklórico, que tras el fuego de su retórica no ofrecía un programa
revolucionario sino saldos y retazos ideológicos trasplantados a los fascismos
europeos. Sus núcleos paramilitares, lejos de ser dispositivos de combate
revolucionario, eran engranajes del establishment…"
Pibes que, como bien explica Bardini,
"tienen entre 14 y 16 años, la mayoría pertenece a la clase media y son considerados chicos bien. Muchos son alumnos de colegios religiosos que antes estaban reservados a la oligarquía terrateniente o a la alta burguesía provincial". Pero concluido el conflicto entre enseñanza laica o libre
"un nuevo aluvión juvenil –cito nuevamente a Bardini- llega de los barrios
periféricos y desborda la capacidad de absorción de tacuara. Lo nuevo ahora, son
los apellidos tanos, gallegos y sirio-libaneses, las solicitudes de afiliación
que llegan de Flores, Lanús, Quilmes, Avellaneda: es el medio pelo"
Andrés Castillo aclara sobre su incorporación a esa organización que
"casi todos los chicos del barrio entran a Tacuara, pero nosotros –ahí adentro- seguíamos manteniendo nuestra identidad peronista. Nos integramos por el tema del nacionalismo, de la violencia, de la verdad de los puños y las pistolas, por encima de lo racional…".
A partir del fenómeno peronista, entonces, también en Tacuara tal como sucede en sus antípodas políticas (en el Partido Socialista y en el Partido Comunista, por ejemplo), comienzan a dividirse las aguas.
Roberto Bardini con paciencia de artesano va desgranando, en este libro que hoy presentamos, cada una de las diferentes alternativas que ofrecía aquella Tacuara original: la ruptura hacia la derecha de la Guardia Restauradora Nacionalista, el nacimiento del Movimiento Nueva Argentina funcional al peronismo, el surgimiento del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT), desde donde muchos de sus militantes se integrarán al peronismo revolucionario, es decir, a la tendencia revolucionaria del peronismo.
A posteriori, Bardini se preocupa en Tacuara, la pólvora y la sangre por recuperar las biografías de aquellos militantes más paradigmáticos que comenzaron su militancia política en dicha organización. Queridos compañeros como Alfredo Ossorio, Jorge Caffatti, Tomislav Rivaric, Carlos Dasso, Edgardo Salcedo, Joe Baxter y José Luis Nell, entre tantos otros.
Un Joe Baxter lúcido e implacable en sus definiciones, que supo apuntar al enemigo agazapado, cuando en un acto realizado en Filosofía y Letras afirma:
"No solo hay liberalismo cipayo e izquierdismo cipayo: hay también nacionalismo cipayo", que son aquellos que
"creen que la batalla por la soberanía argentina se jugó en la Cancillería de Berlín en 1945". Para luego afirmar:
"Hay una tradición nacionalista equivocada que hace que muchos militantes nacionalistas terminen siendo delatores policiales o fuerzas de choque de la oligarquía". Concluirá su alegato advirtiendo:
"Hacer antisemitismo ahora es crear un problema artificial de tipo divisionista. El problema no se da entre blancos y negros, católicos y judíos, sino entre explotadores y explotados".
Un Tomislav Rivaric que, apresado por su participación en el asalto al Policlinico Bancario (29 de agosto de 1963), tuvo la valentía de no deslindar responsabilidades, pese a los graves cargos que afrontaba.
El juez que entendía en la causa lo interrogó de la siguiente manera:
- Dígame, Rivaric, ¿usted se bajó antes del vehículo porque se arrepintió y no quiso participar de la segunda parte del delito?
Posiblemente, Tomi, como cariñosamente lo apodaban sus compañeros, hubiese podido ocultar la verdad para lograr más rápidamente su libertad o reducir sustancialmente la pena, si respondía afirmativamente a la pregunta del juez. Sin embargo, su respuesta fue un ejemplo de compromiso con su causa:
- No, señor juez, yo me bajé del vehículo porque ya había cumplido mi parte y porque así lo había dispuesto la organización.
La importancia fundamental del libro que hoy presentamos radica en que aniquila, destruye, pulveriza a todos esos formadores
"tramposos" de opinión –de aquí y del exterior– que se empeñan, se afanan y tergiversan para poder mezclar en el mismo lodo, por meter en la misma bolsa, a los nazionalistas ultramontanos que colaboraron con la última dictadura militar, por ejemplo, con los nacionalistas populares y revolucionarios, secuestrados, torturados y desaparecidos por esa misma dictadura. Los primeros –nazis y fascistas– defendían la perpetuidad de un orden injusto y desigual, arcaico y ultramontano por donde se lo mire. Los segundos peleaban por una patria justa, libre y soberana, con salud, trabajo y educación para todos,
"combatiendo al capital" como dice la olvidada estrofa de la Marcha Peronista y también luchando y presentando batalla contra el imperialismo donde quiera que el mismo se encuentre.
Roberto Bardini, dando a conocer el libro de su autoría, Tacuara, la pólvora y la sangre, que hoy nos reúne y nos convoca, sigue asumiendo el compromiso de decir la verdad, de ponerse del lado del pueblo y de enfrentar a los poderosos, aunque le cueste, como alguna vez, amenazas contra su vida, la persecución despiadada y el exilio obligado.
20 de Noviembre de 2003
Fuente: Rebelión
Orígenes de la violencia armada en Argentina
Reportaje a Daniel Gutman, por Mora Cordeu
La historia del Movimiento Tacuara es revisada en una investigación que repasa las luchas políticas de los años 60 y 70
Una investigación sobre el Movimiento Nacional Tacuara, abordada por el periodista Daniel Gutman, indaga en el accionar de este grupo configurado a finales de la década del 50 que va generando en su interior fuerzas contrapuestas
-desde la derecha a la izquierda- "en un proceso anticipatorio en diez años de la violencia armada que se iba a vivir en la Argentina".
El autor de "Tacuara" reconstruye la historia del grupo a partir de entrevistas a personajes que tuvieron un rol protagónico en ese entonces, a datos obtenidos en expedientes judiciales que se derivan del asalto al Policlínico Bancario
-la primera acción armada encaminada a recaudar fondos para la lucha armada- y el registro de colecciones de diarios y revistas de la época.
-¿Cómo te vinculaste con el tema?
-Me atrajo básicamente haber leído, como una cosa apenas mencionada, que Tacuara era el lugar donde habían militado desde gente muy importante de los grupos guerrilleros, de Montoneros, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) hasta sectores de la derecha peronista e incluso agentes de inteligencia del Batallón 601.
-¿Cómo era Tacuara en sus comienzos?
-A finales de los 50 se forma una organización muy homogénea, sobre todo integrada por hijos de familias muy tradicionales de la Argentina, que vienen de la línea del nacionalismo de la época de (José Felix) Uriburu. Pero con la incorporación de cientos de miles de jóvenes, ya no de familias patricias, Tacuara se convierte en una expresión de rebeldía contra el sistema. El grupo deja de ser lo que era, se atomiza y se transforma.
-¿Cuáles son los motivos que explican este pasaje?
-Una de las cosas es que lo que vivió la Argentina desde 1955 hasta bien entrados los años 70: el intento de construir una democracia sin el peronismo, lo que degeneró y envenenó toda la política y empujó a la radicalización a millones de personas.
Era algo que se tomaba como normal en aquel momento pero era una locura total construir una democracia sin las mayorías. Así se deslegitimó la democracia. El que más hablaba de democracia era (Pedro Eugenio) Aramburu, cuando nadie lo había elegido y estaba marginado el movimiento más popular. Así nos fue. Eso costó muchos años y muchas vidas.
También tuvo que ver lo que en ese entonces pasaba en el mundo: la revolución cubana, Argelia, la locura de la guerra fría, donde los militares y los conservadores en la Argentina veían comunistas en todos lados. Su obsesión era frenar el peronismo y frenar la transición al marxismo de muchos peronistas.
-¿Cuándo se percibe la división adentro de Tacuara?
-Con la proscripción del peronismo, un proceso liderado por John William Cooke y al cual se sumaron muchos integrantes de Tacuara, de los que participaron en el asalto del Policlínico Bancario (el 29 de agosto de 1963). Un tiempo en que aparecen figuras como Gustavo Rearte, Andrés Framini, la gente que se nuclea alrededor de la revista Compañero.
Al producirse la división, ese grupo decide seguir llamándose Tacuara aunque agrega el adjetivo revolucionario. Ahora, un tema que todavía queda abierto y la investigación no lo cierra es saber cómo en el primer grupo guerrillero urbano argentino, un grupo cuyos principios básicos fueron el antisemitismo, surge la admiración a la Falange española.
-Sobre este tema, vos hacés hincapié en las declaraciones de José Luis Nell, lo que figura en los expedientes judiciales.
-Cuando declara en la causa del Policlínico Bancario, Nell habla sobre la historia de Tacuara. Le preguntan que fue lo que pasó para pasar del fascismo a esa cosa revolucionaria marxista. Pero él hace hincapié en las diferencias de métodos. Había un grupo que creía que había que tomar las armas ya, influido por la teoría maoísta de que la chispa puede incendiar la pradera. Nell dice que se separan porque quieren tomar las armas y no porque crean que hay un problema ideológico. Siguen reivindicando un montón de valores de Tacuara: el nacionalismo, el rosismo, una actitud que tiene que ver con lo que representaba la izquierda... Para muchos jóvenes era una opción más válida Tacuara que el socialismo o el comunismo.
-¿Qué otra figura te parece importante en la historia de Tacuara?
-Joe Baxter me parece un personaje central, que simboliza todo ese proceso. De adolescente fue un admirador de los nazis y en el libro yo incluyo un poema donde reivindica los colaboracionistas nazis de todas las partes del mundo. Algo bastante grotesco. Y con esta cosa muy fuerte del antisistema.
La negación de la democracia creo que tenía que ver con esto del lugar que se le asignaba en aquella época, completamente distinto al que se le da hoy. Y un poco esa cosa de rebeldía, de luchar contra ese orden del mundo impuesto en la Segunda Guerra Mundial, eso era lo que originaba su dirección hacia los nazis.
Después Baxter va evolucionando y se convierte en uno de los fundadores del ERP, un fanático del marxismo leninismo que acusa a (Mario) Santucho de burócrata, de derechista, que pasó por China, por Vietnam, que vivió en el Chile de (Salvador) Allende. Creía que la vía del socialismo por los votos y por la democracia no era válida, que lo único legítimo era la revolución. Me parece un personaje que sintetiza las ideas de esa época.
-Vos afirmás que el proceso seguido por Tacuara anticipa en diez años la violencia que se iba a vivir en la Argentina.
-De un lado tenemos un grupo que hace el asalto al Policlínico Bancario, que es una operación que si la viéramos en los años 70 sería de lo más común para recaudar dinero y financiar una guerrilla. Por otro lado tenemos el grupo que afirma su identidad anticomunista, elige a un joven de 32 años, judío y comunista (Raúl Alterman), y lo mata en la puerta de su casa. Eso en los años 70 también sería común de parte de los grupos de ultraderecha como la Triple A, pero cuando lo hace Tacuara resulta novedoso.
Muchos de los que se enfrentaron en los años 70 estuvieron juntos en los 60, en un proceso de radicalización que parte de una Argentina y un mundo muy distinto al de hoy.
Una rosa roja en un casquillo de obús chino disparado en Vietnam
A 30 años de la muerte de Joe Baxter
Roberto Bardini
"Fue en 1964. Yo era un gurí de 14 años cuando unos muchachos argentinos se alojaron en la casa de mi mamá, en Montevideo. Después me enteré que andaban prófugos de la policía. Eran militantes del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara y habían asaltado un banco en Buenos Aires. Entre ellos se encontraba Joe Baxter, a quien traté casi hasta el último día de su vida".
Quien así habla se llama Alberto Pérez Iriarte y es un uruguayo de 55 años naturalizado suizo. Desde 1978 vive en Ginebra, donde es vicepresidente del Partido Socialista local y edil (consejero municipal) por la comuna de Lancy, en el cantón de Ginebra.
El 11 de julio de 2003 se cumplieron tres décadas de la muerte de José Baxter en un accidente aéreo en el aeropuerto francés de Orly. Los recuerdos de adolescencia y juventud de Pérez Iriarte trazan un retrato de ese argentino polémico con un itinerario político también polémico: se inició en el nacionalismo católico, se convirtió al peronismo combativo, pasó al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y terminó en la Fracción Roja, perteneciente a la Cuarta Internacional (trotskista).
Entre su fuga de Argentina luego del atraco al Policlínico Bancario en agosto de 1963 –la primera acción de guerrilla urbana en Argentina– y sus últimos días, José Baxter se entrevistó en España con el ex presidente Juan Domingo Perón, en Egipto con el mandatario Gamal Abdel Nasser y en Argelia con el estadista Ben Bella. En Madrid tuvo un breve amorío con la actriz norteamericana Ava Gardner. También se entrenó militarmente en Cuba y en China, participó de un combate en Vietnam –donde fue condecorado por Ho Chi Minh– y vivió exiliado en Chile durante el gobierno de la Unidad Popular encabezada por Salvador Allende. En esos diez años de vivir en la cuerda floja, usó tres o cuatro identidades diferentes.
Para muchos, Baxter fue un
"aventurero" o –para expresarlo de modo rioplatense– un "chanta". Algunos dicen, sin aportar pruebas, que era
"agente de algún servicio de inteligencia". Pérez Iriarte, en cambio, tiene otra imagen de este hombre que pareció encarnar la consigna
"vivere pericolosamente", expresada por Nietzche y retomada por Benito Mussolini:
"Contra lo que opinan muchos, para mí el gordo sigue siendo un personaje legendario, casi como Lawrence de Arabia o André Malraux".
Pérez Iriarte usa lentes de aro redondo, exhibe bigotes
"a la francesa" con las puntas hacia arriba, tiene aspecto bonachón y parece un próspero petit burgueois parisino del siglo XIX. Pero las apariencias, como se verá más adelante, engañan. En su juventud, recibió entrenamiento guerrillero para unirse a las fuerzas del
"Che" Guevara. El representante socialdemócrata utiliza bastón, a causa de una leve renguera: en 1969, cuando tenía 21 años, la policía uruguaya le pegó un balazo en una pierna. Y en los años siguientes logró esquivar muchos tiros más.
A continuación, el testimonio de Pérez Iriarte (se eliminaron las preguntas para dar continuidad al relato):
Dos balazos en la puerta de calle
"Mi madre, que era viuda con dos hijos, tenía una gran amiga argentina, Elvira Campos, la esposa de Alberto Campos, el representante de Perón en Uruguay. Campos viajaba casi todos los meses a ver a Perón en Madrid, donde estaba exiliado, y a Ginebra, porque allí estaban las fuentes financieras de la Resistencia Peronista. En aquella época residían en Montevideo muchos perseguidos peronistas, políticos y sindicalistas.
"Mamá alquilaba una o dos habitaciones de nuestra casa, a veces por solidaridad y otras directamente por complicidad. Es decir, sin declarar que tenía
"huéspedes". La policía llevaba un control diario, llamado "Formulario de población flotante", para los archivos del servicio de migraciones. Los hoteles y casas de pensión debían llenar ese formulario una vez registrados los turistas.
"Mi abuela materna, que era italiana, tenía una casa grande y también rentaba habitaciones. La mayoría de los cuartos se alquilaba a los peronistas asilados. Esa casa, en la calle Río Branco 1394, había sido de Baltasar Brum en su época de presidente del Uruguay. Cuando Gabriel Terra dio el golpe de Estado de 1933, fue ahí a pedir la rendición de Brum, con la casa rodeada desde la Avenida 18 de Julio hasta la calle Colonia por policías, bomberos y periodistas. Brum, que era un gran demócrata, colorado y francmasón, salió con dos pistolas y se suicidó en la puerta de calle delante de todo el mundo.
"Nosotros vivimos en la Rambla República del Perú, a 50 metros del Rambla Hotel. Luego nos mudamos a la otra punta de Pocitos, a 26 de Marzo y Buxareo. Y fue entonces cuando empezaron a llegar
"los porteños". Venían Héctor "Pajarito" Villalón; Fernando Torres, el abogado de la CGT; el salteño
"Chango" Mena, un guerrillero "uturunco"; el sindicalista textil Andrés Framini, todos amigos de Alberto Campos. Unos paraban en la casa de mi abuela y otros en la de mamá.
"Hasta que un día, Campos y el "Chango" Mena, tuvieron una conversación con mi madre. Esa noche, ella nos habló a mi hermana y a mí, y nos dijo que iban a venir unos argentinos, pero que no debíamos hacerles preguntas. El asunto nos intrigó mucho, pero entendimos. Ya estábamos con mi hermana empezando a militar en la Asociación de Estudiantes del Liceo Joaquín Suárez, de Pocitos. Y yo había ocupado el Liceo en la primera lucha por el boleto estudiantil en los transportes.
En esa época fui cofundador de la Federación de Estudiantes de Secundaria de Montevideo, que luego se convirtió en la CESU (Confederación de Estudiantes de Secundaria del Uruguay).
Los muchachos peronistas
"Los primeros muchachos argentinos que llegaron a casa fueron cuatro. Recién muchos años después supe sus verdaderos nombres. Pero hoy que ya es de conocimiento público y varios libros los han citado, puedo decirlo: se trataba de Carlos Arbelos, Jorge Cataldo, Alfredo Roca y Rubén Rodríguez. Nos ayudaban a preparar los exámenes para el liceo y salían a caminar de noche conmigo y mis amigos por la Rambla de Pocitos. Pero no hablábamos de política.
"En aquellos días de 1964, mi madre y Elvira Campos tenían conversaciones con otras mujeres amigas. Así fue que, de confidencia en confidencia, llegó a mis oídos que los muchachos que estaban en casa semi
"enterrados" eran "revolucionarios". ¡Habían asaltado un banco para juntar dinero! También supe que había algunos
"peronistas de izquierda" en lo de mi abuela. A veces los veía en algún café de Pocitos conversando con otros que yo no conocía.
"Después llegó Joe Baxter y más tarde José Luis Nell. Y comenzó a haber un cierto movimiento de los muchachos entre la casa de mi abuela y la mía.
"También había otros peronistas exiliados que vivían en apartamentos de la calle Chucarro y la calle Charrúa. Se reunían en un lugar llamado el Boliche del Cahamadoira, donde almorzaban a mediodía. Luego Alberto Campos pasaba a fin de mes y pagaba la comida de todos. También había una parrillada argentina detrás del Parque Rodó, donde se hacían asados y se cantaba la Marcha Peronista. Nos invitaban a esas reuniones y a veces la homenajeaban o le agradecían a mi vieja al final de la cena. La querían mucho a doña Gladys, que en aquella época tenía 40 años.
"Pero estos argentinos no eran como los que estaban escondidos en casa. La de 26 de Marzo y Buxareo era una casa
"de confianza", a la que venían los ilegales, los clandestinos, los que tenían documentos
"yutos". Los muchachos que estaban en casa eran "diferentes". Eran del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara. La imagen de Tacuara en Uruguay era la de la primera Tacuara, un grupo nacionalista católico con algunos rasgos antisemitas.
"En Uruguay, como en Argentina, el nombre de Tacuara está asociado hasta hoy erróneamente al conservadurismo católico más que a la de izquierda revolucionaria. En Montevideo no se sabia que había distintas tendencias. El sector de Alfredo Ossorio era el ala más próxima a la tendencia impulsada por Joe Baxter, pero la que entró en la historia política fue la Tacuara
"nacionalista de izquierda" fundada por Joe Baxter, José Luis Nell, Jorge Caffatti, Carlos Arbelos y otros. Cuando el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT) se desarticuló, sus militantes fueron cofundadores de la gran mayoría de las nuevas organizaciones revolucionarias de Argentina y de Uruguay.
Un
"hermano mayor"
"Joe Baxter llega a mi casa el Primero de Mayo de 1964, día de paro general festivo y día en que se comen tortelines en casa. Lo recuerdo como si fuera hoy. Los muchachos nos presentan a
"Salvador Ballesteros". Pero el ambiente está muy tenso. Yo intuyo que se trata del jefe del grupo. Tiempo más tarde supe que había estado escondido en las islas del Paraná o del Río Uruguay.
"Es un tipo grande, con un gran bigote, pecoso. Tiene una conversación rápida, graciosa, con ironías porteñas. Es amable y muy respetuoso. Nada se escapa a su mirada. Yo quedo muy impresionado con ese personaje que tiene bajo el brazo
"Times" y "Le Monde Diplomatique". Al otro día se va para la casa de mi abuela. Luego lo veo allí. Después comienza a venir seguido a la casa de Pocitos. Me pide que vaya hasta el semanario
"Marcha" y retire un ejemplar que está a nombre de "Ballesteros". Yo voy, y ese gesto se convierte en un rito que repetiré durante meses. Me envía al diario
"Época", llevo sobres y paquetes, traigo periódicos y libros. Una tarde me invita a tomar un café en el bar Bahía, en la rambla de Pocitos. Hablamos de mi situación estudiantil y familiar.
"Un día, los muchachos de Tacuara se van de casa y Joe viene a instalarse. Como mi madre había alquilado una habitación a otro argentino, comparto con Joe mi habitación. Charlamos mucho y jugamos al ajedrez. Un día le cuento que tengo una presentación sobre Grecia en mi curso de historia. Me dice:
"Yo te ayudo". Le cuento que el profe es reaccionario, hijo o nieto de Zorrilla de San Martín. Joe me dice:
"OK, Atenas contra Esparta". Y me ayuda a armar una exposición oral genial sobre Esparta y sobre los esclavos en la
"democracia" ateniense.
"Otro día me dice quién es, me habla de su juventud y su familia, de la lucha continental. Yo siento que he ganado un hermano mayor. Más tarde, su familia y la mía se hacen amigas. Mi madre ayuda a su madre a venir a Montevideo. Mary, su hermana es mi amiga y un poco, también, como una hermana más.
"Ñata", su mamá, me adora. Yo viajo a Buenos Aires, me hospedo en su casa y duermo en la habitación de Joe. Y leo los artículos de los diarios, guardados por la familia Baxter, sobre el gordo. Veo las fotos en las revistas, leo sus discursos y declaraciones a la prensa.
"Traigo cosas de Argentina para Joe. Luego él viaja a Europa y lo acompaño al aeropuerto de Carrasco. Me deja varios encargos, paquetes para entregar en Montevideo. Y dos transmisores de radio. También debo esconder en casa un sobre con documentos. Abro uno, que dice:
"Comando estratégico de Fronteras - Movimiento Revolucionario Peronista".
"Joe regresa de su viaje y me cuenta: fue a ver a Perón a Madrid, Nasser lo invitó a El Cairo, estuvo en Argelia con Ben Bella. En España, tuvo un amorío pasajero con la actriz Ava Gardner. Ahora debe reunirse en Punta Carretas con el ex presidente del Brasil, Joao Goulart, exiliado, en Montevideo. Yo voy con Joe, para dar cobertura en ese encuentro. Son la ocho de la mañana de un día frío y ventoso. Un VW escarabajo, blanco, está estacionado en el extremo de Punta Carretas. Baja un tipo, cebando mate con un termo bajo el brazo. Joe me presenta y le habla de mí con elogios. Luego me voy, con la consigna de recorrer el perímetro y advertir si hay gente con aspecto de
"tiras".
"Luego Joe y los muchachos se van de Uruguay. Tiempo después supe estuvieron recibiendo entrenamiento militar en China. Unos meses después, regresan y vuelven a irse, menos Joe y Rubén. Pero Joe viaja mucho y nunca me dice a dónde. Un día, me trae un regalo: es la cápsula vacía de un proyectil de mortero chino disparado en Vietnam. Años más tarde, en Cuba, me enteraré que estuvo en Vietnam, que entró disfrazado de militar al Club de Oficiales del ejército norteamericano en Saigón, que participó del copamiento de ese lugar durante la ofensiva del Thet y que Ho Chi Minh le entregó una medalla por su valor.
"En esa época, también vienen a casa muchos uruguayos, que –luego supe– fueron fundadores de Tupamaros. Y también vienen de la Federación Anarquista Uruguaya, del Partido Socialista y del Movimiento Revolucionario Oriental.
Bautismo de fuego
"En septiembre de 1964 participé en la gran manifestación contra la decisión del gobierno uruguayo de romper relaciones con Cuba. Fue una tremenda refriega con la policía, desde el Palacio Estévez hasta la Universidad. Yo ya había participado en enfrentamientos con la policía, cuando las protestas contra el golpe de estado de ese año en Brasil, pero esta vez fue muy dura. Ocupamos la Universidad y durante tres días quedamos
"sitiados" y fuimos violentamente reprimidos por los coraceros y los granaderos.
"Ese fue mi "bautismo de fuego". Desde la Universidad llamo por teléfono a Joe. Me pide que le describa la situación adentro y le cuento la dificultad que teníamos para aguantar el control de la puerta principal, donde los compañeros
"anarcos" de Bellas Artes peleaban duramente. Entonces Joe me empieza a dar una serie de consejos, que van a cambiar el cauce de la refriega por el control de la entrada y por alejar a los milicos del cerco. Me dice que utilicemos el plomo de los cables de teléfonos como perdigones para las ondas de horqueta y los tubos de luz fría como proyectiles desde las azoteas, para que el vidrio lastime a los coraceros. También me indica que busque en el depósito de limpieza productos químicos para fabricar una receta sustitutiva a la del cóctel Molotov.
"Comunico todo esto a Marcelino Guerra y Jorge Errandonea, de Bellas Artes. Y montamos nuevos grupos en los techos y en la puerta principal.
"El Cabeza" Ramírez dirige a nuestros arqueros de hondas, con munición de plomo en lugar de piedras y logran desalojar a los coraceros de la entrada. A la segunda noche, los menores de edad –que éramos siete– somos evacuados y fichados por la policía, acompañados por nuestras madres. Al tercer día, luego de una negociación entre la Federación de Estudiantes Universitarios y el ministro Tejera, se levanta el cerco y 300 estudiantes pueden abandonar la Universidad sin ser identificados.
"Así era la amistad con Joe. Muchas veces fui el hermano menor, que lo escuchaba. Luego vinieron otras grandes manifestaciones, con choques con la policía, como las protestas estudiantiles de 1965 contra la intervención norteamericana en Santo Domingo y las de solidaridad con Vietnam. Joe me aconsejaba como moverme adentro de las manifestaciones: ir bien vestido y con otro saco o impermeable en el brazo, para cambiar de aspecto una vez terminada la bronca.
"A ese señor no lo conozco"
"También íbamos mucho al cine. Recuerdo que vimos juntos
"Lawrence de Arabia", "El Cid" y "Doctor Zhivago". Éramos muy compinches.
"La ultima vez que estuve con Joe en Uruguay, fue en mi casa el 23 de diciembre de 1966, al otro día de la muerte de Carlos Flores en un tiroteo con la policía. Fue el primer tupamaro muerto en combate. Joe cambió en nuestra última conversación en Montevideo. De manera solemne, pensando que ya no nos volveríamos a ver más, me anunció que los tiempos habían cambiado y que empezaba la lucha frontal con el imperialismo. Y se fue. Ninguno de los dos lo sabía, pero volveríamos a reencontrarnos en Cuba, en 1968, y en Chile, de 1972 al 73.
"Al día siguiente, 24 de diciembre, fuimos presos mamá, mi hermana y yo. El diariero de la esquina nos denunció a la policía porque había reconocido las fotos de Joe y los muchachos de Tacuara, además de Raúl Sendic, Jorge Manera Lluveras y otros.
"La casa de mi abuela, en la calle Río Branco, también fue visitada muchas veces por los servicios de inteligencia cuando en 1966 la policía buscaba a Joe. Una vez los policías de civil vinieron con una fotografía del gordo y la vieja, una napolitana pícara, les dijo que no podía reconocer la cara porque era una foto muy chica y ella no veía bien. Dos horas después volvieron con una foto enorme de Joe y ella la observó largo rato y les dijo que no conocía a
"ese señor". Ella, que los domingos le cocinaba ravioles.
Tras los pasos del
"Che"
"A principios de 1967, me integro al Movimiento Revolucionario Oriental (MRO), que era una organización de origen blanco, nacionalista, de la izquierda revolucionaria. A fines de ese año sube al gobierno la ultraderecha en la figura de Pacheco Areco e ilegalizan los partidos de izquierda y clausuran sus medios de prensa en diciembre de 1967. En enero me detienen durante una pintada callejera cerca de la Facultad de Medicina. A pesar de ser menor de edad, me meten preso durante 20 días en el Cuartel de Piedras Blancas.
"Al salir, yo tenia 18 años de edad. Con otros 10 ó 15 militantes de la juventud del MRO, fundamos el Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER). El 90 por ciento éramos de Pocitos y la mitad habíamos ido al liceo Joaquín Suárez Nº 7 de ese barrio.
"A finales del 1967, yo ya era un "guevarista" convencido, seguidor de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). Fue entonces cuando me invitaron a participar con los que se prepararían para apoyar al
"Che" en cualquier lugar del mundo. Y luego de algunas peripecias por Europa, que no vienen al caso, partí hacia Cuba, vía París, para integrarme a la vanguardia latinoamericana que crearía el
"segundo Vietnam" en América Latina.
"Yo tenía 20 años. La mayoría de edad en Uruguay se otorgaba a los 21. Cuando fui a sacar el pasaporte, necesité la autorización de mi madre para viajar al exterior. Es decir, necesité el permiso de mi mamá para integrarme a la revolución continental. Y fue así que el 2 de enero de 1968 me encuentro en la Plaza de la Revolución de La Habana junto con un grupo selecto de compañeros uruguayos, brasileros, paraguayos y argentinos. Sólo nombraré a una compañera, que ya no está: Soledad Barret.
"Años mas tarde, Daniel Viglietti, le dedicó una canción. La vida de Soledad fue trágica. Secuestrada por un grupo de extrema derecha uruguaya, en 1962 o 1963 le dibujaron esvásticas en cada muslo. Vivió clandestina y a los saltos en varios países. Se entrenó con nosotros, con la fortaleza del mejor hombre del grupo. Y terminó asesinada en Río de Janeiro, en un allanamiento. La ametrallaron durante cinco minutos. Estaba embarazada: esperaba su primer hijo.
"En la cafetería del Hotel Habana Libre me encuentro por casualidad con compañeros de John William Cooke, que habían estado en mi casa de 26 de Marzo y Buxareo. También veo a una pareja de argentinos, García Elorrio y su compañera Casiana Ahumada, que eran de la revista
"Cristianismo y revolución".
"Ellos me contactaron con Joe, que estaba instalado con Ruth, su compañera boliviana, en una casa de Miramar. Ruth había escrito un libro para Casa de las Américas sobre la Republica Dominicana. Y allí retomamos nuestra amistad como si nos hubiéramos separado ayer. En Cuba fui testigo del nacimiento de Mariana, la hija de ambos. La casa de ellos siempre estaba llena de gente. El gordo andaba vestido con el uniforme verdeolivo de oficial cubano y una pistola 45 en la cintura. Por las tardes, íbamos a la cinemateca del ICAIC y luego nos separábamos, cada uno a sus obligaciones.
"En 1969 regreso a Montevideo. El 17 de octubre, a los 21 años, caigo herido de bala. Voy preso en medio del estado de sitio, con una parálisis total de mi pie derecho. Me salvaron la femoral pero no el nervio ciático.
"Entre 1970 y 1972 siguen pasando por Montevideo argentinos de diferentes organizaciones políticas. Ya no venían a casa, pero llamaban por teléfono y les encontrábamos alojamiento. En particular, recuerdo a Gustavo Rearte, con quien conversamos mucho acerca del gordo Baxter.
Reencuentro en Chile
"En 1972, la policía allana mi casa y la de mi familia. Huyo a Buenos Aires con mi madre. Los ex tacuaras nos ayudan y consiguen casas para alojarnos. Poco a poco nos vamos para Santiago de Chile, donde nos reciben con cariño. En aquella época, entrar a Chile por Mendoza era emocionante.
"La Unidad Popular nos da casas y nos ayuda a encontrar trabajo. Y allí vuelvo a reencontrar a Joe. Me cuenta que ha roto con el PRT-ERP y me habla de la Cuarta internacional. Veo que nuevamente su cabeza funciona a cien kilómetros por hora. Voy a su oficina en Santiago y conozco sus nuevos compañeros. Viene el
"tancazo" de junio del 73 contra Salvador Allende. Salimos todos a la calle. Yo iba arriba de un tractor y saludo a Joe, que camina rápido por la Alameda. Todo se acelera de nuevo. El gordo me dice:
"Nos la van a dar con todo". Seguimos viéndonos y me cuenta que ha decidido irse de Chile. Cuando llega el día, como tantas veces en Uruguay, lo llevo al aeropuerto. Nos despedimos con un abrazo de hermanos el 10 de julio de 1973.
"Al día siguiente, el avión en que Joe viajaría de París a Bruselas para ver a Ernst Mandel se estrelló en el aeropuerto de Orly.
Protagonismo, ética y acción
"Joe viajaba con pasaportes falsos desde hacia 10 años. Tenía un récord de supervivencia en la clandestinidad. Vivió la historia latinoamericana de aquella época en carne propia, en cuerpo y alma a la vez, como un
"sufista". Es decir, lo que existía era lo aparente y lo aparente era lo que no existía. La ideología era para él como una nave para viajar a la acción. El protagonismo, al estilo de Malraux o Lawrence de Arabia, era su arma de combate. Para muchos, su evolución ideológica fue muy heteróclita. Hoy lo critican algunos
"puristas" que han olvidado sus propios orígenes y no se avergüenzan de sus actuales posturas.
"El gordo tenía una ética revolucionaria propia. La acciones deben ser "limpias", decía.
"No deben morir ni soldados, ni policías, ni compañeros". En aquella época, sólo los tupamaros y el MIR de Chile lograron respetar esa moralidad en el combate, y únicamente al principio, en los primeros años de los operativos iniciales, al estilo Robin Hood. Hoy el subcomandante Marcos, en México, hace de ese principio su doctrina.
"Así, a los 25 años de edad perdí a mi hermano mayor, de 33. Joe nunca supo que dos meses después Salvador Allende moría un 11 de septiembre, casi como murió Baltasar Brum en la calle Río Branco, enfrentando a los golpistas con honor. Brum y Allende fueron masones. Cuando en 1963 Joe vivió en casa de mi abuela, dormía en la habitación que había sido el despacho de Brum en 1933. Son 40 años de una habitación que unió sin querer a dos hombres tan diferentes.
"Hoy, Joe descansa por fin en el cementerio británico de Buenos Aires. Quizás alguien depositó una flor el 11 de julio.
"Mi madre, que siempre recibió el reconocimiento de los muchachos de Tacuara, cumplió 80 años en abril. En la cómoda de su dormitorio está la cápsula del proyectil de mortero que Joe nos trajo de Vietnam. Yo sé que dentro de ese casquillo –que vino de tan lejos traído por un argentino- el 11 de julio ella colocó una rosa roja".
Fuente: Rebelión
El
antisemitismo en la Tacuara
(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es
Lucha armada y terrorismo en Iberoamérica (VII) 1.2.3. El antisemitismo en la
Tacuara
Se ha discutido sobre el origen del antisemitismo de la Tacuara. Algunos lo han
atribuido a la influencia del Padre Meinvielle y otros a la de los exiliados
alemanes hitlerianos que llegaron a Argentina después de la II Guerra Mundial.
Lo sorprendente es que ambas influencias eran excluyentes y que Meinvielle
acusaba a los nazis de naturalismo y paganismo... pero, sea como fuere, el
antisemitismo es, prácticamente hasta el final de la Tacuara, una de las
características más sorprendentes de esta formación política.
1.2.3. El antisemitismo en la Tacuara
A principios de 1959 se produjeron las profanaciones de tumbas judías en el
cementerio de la Tablada, apareciendo svásticas en algunas lápidas. Los tacuaras
jamás reconocieron esta acción como propia y acusaron a los medios judíos de
haber realizado la provocación. A partir de 1960, cuando se produjo el secuestro
en Argentina de Adolf Eichmann, los Tacuara sostuvieron que era intolerable que
agentes clandestinos judíos operasen en el país, con la complicidad de medios
izquierdistas, así mismo judíos. Sea por este prurito nacionalista o acaso por
que los exiliados fascistas y hitlerianos en el país se habían fijado en
Tacuara, el caso es que, a partir de ese momento, el movimiento multiplica sus
acciones antisemitas. El 17 de agosto de 1960, al producirse el acto de homenaje
a San Martín, el grupo de militantes de la Tacuara del Colegio Nacional
Sarmiento se enfrentaron con los judíos del mismo centro, produciéndose un
enfrentamiento a tiros que causó la muerte de Edgardo Trilnik, de apenas 15
años. A este episodios seguirán varios meses de atentados contra sinagogas,
centros judíos, colegios judíos, miles de pintadas y decenas de miles de
panfletos aireando consignas antisemitas. La Guardia Restauradora Nacional que,
desde 1960 e había escindido de la Tacuara, siguió por esos mismos pasos,
compitiendo con ella en antisemitismo.
En Argentina existía una antigua y arraigada tradición antisemita que se reforzó
en los años 30 con la irrupción del nacional-socialismo en Alemania. Leopoldo
Lugones o el prolífico novelista Hugo Wast (director de la Biblioteca Nacional
desde 1931 a 1955) hasta Enrique Larreta, José María Rosa, Carlos Ibarguren,
Jordán Bruno Genta, habían sido exponentes, junto a Julio Meinvielle, del
antisemitismo argentino que, se expresaba a través de los periódicos "Bandera
argentina", "Nuevo Orden" y "Pampero".
La comunidad judía respondió constituyendo la Delegación de Asociaciones
Israelitas de la Argentina. La DAIA, fundada el 5 de octubre de 1935 por 28
organizaciones judías de centro y derecha pertenecientes a todos los gruos
étnicos y tendencias de la sinagoga; por su parte, los judíos vinculados a la
izquierda se agruparon en el Comité Popular contra el Antisemitismo. En 1937, la
DAIA constituyó el Comité contra el Racismo y el Antisemitismo integrado entre
otros por Arturo Illia y Arturo Frondizi... que luego gobernarían la Argentina
post-peronista.
Durante la II Guerra Mundial, la DAIA se preocupó particularmente de ayudar a
los judíos que huían de Europa, pero tras la guerra, con la llegada de Perón al
poder, las organizaciones de defensa de la comunidad judía retrocedieron. Como
se sabe, Perón favoreció la llegada de ingentes grupos de antiguos fascistas y
nacional-socialistas a Argentina que fueron, en buena medida, incorporados como
cuadros del nuevo régimen. Con la caída de Perón pareció que todo este entramado
perdía fuerza y así fue, efectivamente, pero entonces la comunidad judía debió
de afrontar un antisemitismo popular protagonizado por la Tacuara e inspirado en
los escritos del padre Julio Meinvielle.
Una década después cuando se produjo el golpe militar del General Videla ese
antisemitismo recrudeció. En la obra "La dimensión judía de la represión durante
el gobierno militar (1976-1983)," (Informe Co.So.Fam, Barcelona, marzo de 1999)
se rememora el aprecio que tuvo la Junta Militar por las obras de Meinvielle:
"En febrero de 1979 el Ministerio de Educación y Cultura [de Argentina]
instrumenta un decreto por el cual se establece la obligación de estudios
confesionales católicos en la asignatura de Instrucción Moral y Cívica que
afectó la libertad de cultos y el laicismo en la enseñanza. En la bibliografía
recomendada se encontraban autores notoriamente antisemitas como el Rvdo. Julio
Meinvielle y el profesor Bruno Genta".
Meinvielle, en su obra "El Judío plantea": "Ser grande en la grandeza carnal de
Babilonia podrán serlo, si, pero como sirvientes del Judaísmo. Porque los judíos
dominan en lo carnal....[de ahí] que la grandeza del capitalismo inglés y
americano no es mas que una creación judaica...". En esta frase pueden
apreciarse los lugares comunes de todo antisemitismo. En síntesis, la idea del
Padre Meinvielle era que los judíos controlaban la economía argentina y, a
través de sus peones políticos y culturales alentaban la disolución de la
sociedad argentina, atentando contra los tres elementos sobre los que Meinvielle
consideraba que constituían su pilar: la Patria, la Religión y la Familia (o,
como solía decir, el "Hogar"). No duda en que la única posibilidad de afrontar
estos riesgos es mediante una limitación de las libertades civiles y la
aplicación de una política de "mano dura". Su modelo de baluarte y defensa
contra estos riesgos era la Inquisición Española. La primera institución a
defender, por encima de cualquier otra, era la Iglesia, pues de ella dependía la
salud espiritual de la Nación. Había escrito: "Sinagoga y masonería son los
agentes, encarnaciones del diablo, que movilizan el combate de la Contra-Iglesia
a base de mentira y crimen...".
Pero las tareas represivas o de contención no serán nunca eficaces del todo, si
no se apoyan sobre un renacimiento cultural de los valores que hasta ese momento
han sido específicamente argentinos. Meinvielle está en contacto con el clero
tradicionalista español de los años 50 y 60. En aquel momento, ese clero goza en
España de todas las facilidades que le da el hacer causa común con el
franquismo. Lo que propone Meinvielle es un "renacimiento cultural
Hispanoamericano" (no latinoamericano, el matiz es importante por que Meinvielle
se identifica con la forma "hispana" de catolicismo, más rigorista, combativo,
"íntegro" sino integrista, y misional que el Italiano o cualquier otro). La idea
"Hispanoamericana" sería la única con energía y vigor suficiente para
enfrentarse al "panamericanismo" de los EEUU (también es significativo que
Meinvielle jamás aluda el "imperialismo" norteamericano, sin duda, por
identificar este concepto con la izquierda.
El antisemitismo de Meinvielle es completamente diferente al
nacional-socialista. Si en este el antisemitismo arraigaba en las diferencias
raciales, en Meinvielle la raza apenas tiene sino un papel secundario. El padre
Meinvielle ancla su antisemitismo en el hecho bíblico (los judíos, a la postre,
crucifican a Cristo y, por tanto, Israel es culpable); había escrito: "¿Quiénes
son los agentes que el diablo utiliza para la realización de sus maquinaciones?
En la providencia actual, el cristianismo tiene un enemigo primero y natural que
es el judío. No en vano el Señor los acusa de "hijos del diablo" (Jn 8,44). En
segundo lugar los paganos. En la crucifixión los judíos actúan como verdaderos
instigadores y responsables, mientras que los gentiles se desempeñan como
ejecutores. De aquí que los enemigos del cristianismo sean los judíos, masones y
comunistas". Es evidente que la matriz del antisemitismo hitleriano es
completamente diferente. De hecho, el Padre Meinvielle hacia 1937 tiene palabras
muy duras hacia el régimen hitleriano, en el que ve una forma de paganismo
naturalista. Percibía, además, que, a diferencia de otros regímenes fascistas
europeos (Franco, Pavelic, Tiso, Salazar, Mussolini o Dulfuss), el
nacional-socialismo no había concedido privilegios a la Iglesia Católica.
Además, tampoco se sentía –a diferencia de Perón- identificado con la forma
política de esos regímenes. Si bien era partidario de un "gobierno fuerte", más
o menos similar a una dictadura, no era eso lo que sostenía Meinvielle, sino más
bien un gobierno teocrático de estilo medieval. Años después, el Centro de
Estudios Evolianos de Buenos Aires, definió a esta corriente como "guelfismo",
y, seguramente es el apelativo que mejor le cuadra. Meinvielle sostenía la
necesidad de que el poder político estuviera bajo la férula del poder religioso.
Así se evitarían abusos: lo que en la concepción democrática supone el
equilibrio de poderes, en la guelfa es sustituida por la subordinación del poder
político al religioso considerado como emanación de la divinidad. Dios nunca
haría nada injusto contra su grey. Eso facilitaría el advenimiento de la "Ciudad
de Dios", concepto tomista que tuvo su momento álgido en el siglo XIII, con
Hildebrando elevado al papado con el nombre de Inocencio III. Por lo demás, el
Padre Meinvielle tenía en alta estima al pensamiento nacionalista francés de
Charles Maurras, hasta el punto que el secretario de éste, luego catedrático en
la Sorbona consideraba al Padre Meinvielle como una "inteligencia francesa".
El Padre Meinvielle no fue una excepción en su generación. En aquellos años
apareció toda una cohorte de intelectuales nacionalistas –algunos como sus
discípulos y otros como sus compañeros de generación- de envergadura, los curas
Castellani, Octavio Derisi, Sánchez Abelenda, Juan Sepich y los laicos Sacheri
(asesinado por el ERP-22 de Agosto), Tomas Casares, Cesar Pico, Nimio de Anquin
y Jordán Bruno Genta (asesinado por Montoneros). Aún hoy el legado de Meinvielle
y de toda esta generación de intelectuales nacionalistas católicos, sigue
presente en la sociedad argentina a través de la veterana revista "Cabildo",
dirigida por Antonio Caponetto y que mantiene un sitio en Internet donde puede
percibirse lo esencial de su doctrina, incluido el antisemitismo.
Fuente: www.infokrisis.blogia.com/
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