Soriano se sentó junto al chofer, un negro
enorme al que le faltaba un ojo y fumaba con boquilla. Marlowe se apoyó en
la ventanilla abierta y miró a su compañero sin demasiada confianza.
-No se meta en líos y recuerde las instrucciones que le di. No intervenga
para nada. Donde ella entre, usted espera. Tiene viáticos para media docena
de cafés por la tarde. ¿Entendido?
-Si, ¿Cree que habrá tiros?
-No, no fantasee. Es un caso de infidelidad y celos. Esta noche tendremos
todo resuelto.
El negro miraba sonriente, como si lo divirtiera el dialogo entre los dos
hombres. Colocó un cigarrillo en la boquilla y puso en marcha el motor del
Ford. Marlowe se apartó.
-Apúrese. A las cuatro, la señora Walcott saldrá de su casa. El chofer tiene
la dirección; háblele en español. Es portorriqueño.
-Muy bien. Hasta luego, Marlowe. ¡Cuídese!
El detective rió y levantó un brazo para saludar al coche que partía.
Tomaron una avenida de doble mano, donde los autos se pasaban velozmente
unos a otros. A los costados se elevaban las palmeras deshojadas, frías, las
casas eran chalets de una sola planta, envejecidos y decadentes. Soriano
miraba en silencio mientras fumaba un cigarrillo. La carretera ondulaba
sobre un cerro, hacía una ese y luego subía hasta la cima. Cuando tomaron la
segunda curva, Soriano miró
hacia abajo y el horizonte le pareció una nebulosa, un sueño sin sentido.
Los Ángeles estaba sumergida en el humo y se extendía subiendo y bajando a
lo lejos, entre los cerros, hacia el mar. Del otro lado, el valle mezclaba
el verde de la vegetación con algunos cuadros limpios en los que se veía una
quinta o un club nocturno. Otra vez el argentino se sintió extraño en medio
de esa ciudad. Cerró los ojos y se vio caminando por calles desiertas,
ensombrecidas por edificios altos e interminables. Pensó en Marlowe, en la
soledad que lo rodeaba; lo vio caído en el baño, herido y balbuceante; lo
vio en su oficina, alegre ante la posibilidad de ganarse unos dólares y tuvo
la sensación de que lo conocía desde siempre, de que podría volver a
encontrarlo en cualquier esquina de Buenos Aires. Giró la cabeza otra vez y
halló la sonrisa del negro que manejaba con la pericia de un profesional.
-¿Queda muy lejos? -dijo Soriano en español.
-¿Que? -pregunto el chofer en ingles.
-Si queda muy lejos -insistió el argentino en su idioma,
-No entiendo -contesto en ingles el chofer, que sostenía la boquilla entre
sus dientes muy blancos.
-¿No habla español? -se sorprendió el periodista.
-No -dijo el negro, muy divertido-, el que habla español es Freddy.
-¿Freddy?
-El que se fue con su compañero. Como él es argentino pidió chofer
portorriqueño.
-No, no. El argentino soy yo. Hay una confusión -dijo Soriano, algo
alarmado.
-¿Que lío! -rió el negro-. Entonces el patrón se equivoco. Le dijo a Freddy:
"Anda con el sudamericano. Es blanco, pero ustedes son todos la misma roña".
El patrón es algo duro con los negros, pero nos paga bien. Es el mejor
blanco que conozco, perdóneme usted.
-No le entiendo -dijo Soriano en inglés, con gesto contrariado-, hábleme
pausadamente, tal vez comprenda algo.
-Vea, señor, a mi me pagan para manejar, no para charlar con los blancos. Me
dice adonde vamos y yo manejo. Me dice que pare y yo paro, me dice que
volvamos y vuelvo. ¿Entendió eso?
-No mucho.
Diana Walcott vivía en un chalet de dos plantas, en Beverly Hills. La casa,
sobre una colina, estaba rodeada por un parque de pinos. La entrada para
autos era automática. El sendero que conducía a la entrada principal era
amplio y estaba cubierto de pedregullo gris. Los molinetes lanzaban agua en
todas direcciones. Un jardinero negro trabajaba en unos claveles rojos que
serpenteaban alrededor de la casa.
Soriano indicó al chofer que siguiera de largo y se detuviera a cien metros.
Estacionaron a un costado del camino. A pocos pasos de allí nacía una calle
secundaria. Los dos hombres permanecieron en silencio. El negro fumaba un
cigarrillo tras otro y la sonrisa parecía pintada en sus labios gruesos.
Tenía el pelo enrulado y muy corto.
A velocidad moderada, el Chrysler que conducía a Marlowe se ubico en la vía
de la carretera que indicaba sesenta millas de máxima. El detective encendió
su pipa y se recostó en el asiento.
-No pierda de vista al Ford -indico al chofer.
-Descuide -dijo Freddy.
Era un joven de rostro oscuro, de rasgos latinos, serio y orgulloso de su
habilidad con el volante. Manejaba con una sola mano y con la otra
sintonizaba la radio que transmitía en castellano. La voz de Armando
Manzanero aparecía melosa y envolvente. Al compás, Freddy movía los hombros.
Marlowe chupó la pipa y miró el tablero del coche.
-Es un buen auto -dijo.
-Es aguantador -contesto Freddy-, pero más lento que un cartero. Cuando
termine de juntar unos dólares me comprare un Jaguar. Mi chica dice que
primero debería comprar el departamento, pero yo pienso darme el gusto.
Tengo la velocidad en la sangre, compañero.
-Le advierto que no quiero comprobarlo -dijo el detective, muy serio.
Freddy lo miró algo extrañado, se rascó la cabeza en la que el pelo lacio
estaba apretado por una gorra, se echó dos chicles a la boca y observó:
-No es que me interese, pero me gustaría saber para que pidió un chofer que
hablara español.
Marlowe miro a Freddy, aspiro la pipa y movió la cabeza.
-El que necesitaba un chofer con español era mi compañero.
-¿Si? El patrón me dijo: "Anda con el sudamericano. Es blanco, pero ustedes
son todos la misma roña", y lo señalo a usted.
-No me importa lo que dijo su patrón. Usted tendría que estar en el otro
coche, con el argentino.
-Bueno, cuando lleguemos haremos el cambio.
-No, ahora no se puede. No pierda de vista al Ford.
-No se preocupe, el tuerto ve poco y no le gusta correr -dijo Freddy, con
una ancha sonrisa.
-Que le falte un ojo no quiere decir que vea la mitad -respondió Marlowe.
-No, ya se. Sam perdió el ojo bueno en una gresca con la policía. Tiene una
catarata en el otro.
-No podría manejar así.
-Puede. El patrón no sabe nada de eso. Es difícil para un negro conseguir
trabajo. Si tiene un ojo solo es más difícil, pero si esta casi ciego es
imposible. Sam siempre hizo cosas imposibles.
-Oiga, ¿quiere decirme que Sam maneja a ciegas? -se enojo el detective.
-No, claro -Freddy levanto el brazo del volante-, tiene un campo de visión
reducido, eso es todo. No se estrelló nunca todavía.
-Espero que no sea la primera vez -dijo Marlowe, echándose hacia atrás.
Freddy río a carcajadas, largo rato, como si Marlowe hubiera dicho un chiste
ingenioso. Cuando llegaron, el detective ordenó al chofer que se detuviera
al costado del camino, tras un grupo de árboles deshojados y retorcidos.
Diana Walcott subió a su Jaguar sport, lo puso en marcha y dejó que el motor
se calentara un par de minutos. Se miró en el espejo. Tenía el pelo rubio
muy suelto, las pestañas postizas eran largas y curvas, los labios pintados
con rojo vivo y un lunar artificial marcado sobre la mejilla derecha. Sacó
una lengua muy
fina y pasó la punta por los labios. Descubrió los dientes muy blancos y
sonrió. Algunas arrugas, casi imperceptibles, asomaban junto a sus ojos,
pero el maquillaje las había cubierto totalmente. Encendió un cigarrillo
negro francés, movió la palanca de cambios y salió marcha atrás.
El día era fresco y amenazaba tormenta. Transcurría un invierno
excesivamente riguroso para esa zona cálida; cada tarde, a las cuatro, Diana
repetía el ritual de mostrarse ante el espejo del auto. Quería que el la
viera joven y hermosa. El Jaguar rugió por el camino de pedregullo, derrapó
con las ruedas traseras al subir a la carretera y arrancó a toda velocidad.
-¡Sígalo, rápido! -grito Soriano.
El negro Sam tenía el ojo abierto y vigilante. Vio una ráfaga roja que cruzo
por la carretera y salió con el Ford a velocidad normal, como si volviera a
su casa. Sintió el zumbido de un Buick negro que paso junto a ellos. Adentro
iban tres hombres y uno fumaba un puro descomunal.
-¡Apúrese! -chillo Soriano.
El velocímetro del coche subió a noventa millas. Sam sonreía y apretaba las
manos sobre el volante. Grito:
-¡Apártense, que aquí viene Sam!
Freddy puso el Chrysler a noventa millas y siguió manejando con una mano. En
la radio pasaban un tango quejumbroso. El portorriqueño miró la cola del
Ford y dijo:
-No lo podrá seguir. A esa velocidad, Sam iría tras una manada de coyotes
creyendo que es la cola del Jaguar.
-¡Páselo! Siga usted al Jaguar -ordenó Marlowe.
-¡Ahora si, compañero! Nadie escapa de Freddy en una carretera, ni siquiera
un Jaguar con una rubia al volante.
Soriano vio como el Chrysler de Marlowe pasaba junto a ellos. El detective
miró al periodista que fumaba tranquilamente en el asiento delantero y no
supo que gesto hacer. Fue apenas un segundo y el coche de Soriano quedo
atrás. El argentino se enardeció.
-¡Corra, imbecil! -gritó con la cara alterada por la angustia. Creía que
todo el plan se desmoronaba. Imaginaba a Marlowe reprochándole su
inutilidad. Tronó-: ¡Lo alcanza o le rompo la cabeza!
-Le dije que no entiendo su idioma -respondió Sam, siempre sonriente, pero
apretó al acelerador.
El coche dio un brinco y el motor enronqueció. La aguja salto a ciento diez
millas. El Chrysler parecía estar parado cuando lo pasaron.
-¡Mierda! -grito Freddy-. ¡El viejo está loco!
Marlowe salto del asiento y la pipa, apagada, cayo al piso del coche.
-¡Alcáncelos, se van a matar! -rugió.
Freddy pisó el acelerador a fondo. El Chrysler pasó a dos autos y se puso a
la cola del Ford. Freddy empezó a tocar bocina repetidamente, Soriano se dio
vuelta y vio al detective que hacia señas. Dijo:
-No pierda de vista al Jaguar, Sam, todo anda bien ahora.
El sport de Diana Walcott sorteaba obstáculos a cien millas por hora. La
rubia disfrutaba el aire fresco que golpeaba contra el parabrisas y le
enloquecía el pelo. La máquina se pegaba en sus caderas y ella sentía que un
cosquilleo de excitación le recorría el cuerpo. Él estaría ahora tirado en
la cama, fumando un cigarrillo, leyendo una revista quizá; tenía que ganar
tiempo para volver a la hora de la cena, cuando regresara su marido. Era
jueves y eso la inquietaba: John Peter Walcott siempre se ponía cariñoso los
jueves.
Sam se pasó una mano por la cara y quito el sudor que se escurría de su
frente. El pie derecho le temblaba sobre el acelerador y el hombre que iba a
su lado no le quitaba la vista de encima. Veía bultos multicolores que
quedaban en el camino. No tenía la menor idea de donde estaba el Jaguar.
Suponía que todo marchaba bien porque el sudamericano había dejado de
protestar en su idioma seco y monótono. La cinta blanca que dividía la
carretera era apenas perceptible para él, pero estaba seguro de conducir
bien. Llevaba tantos años manejando autos que podría hacerlo de oído.
Escuchó un ruido de chapas arrancadas, destrozadas, y se sobresalto. Sintió
el grito de su acompañante, pero no entendió. Busco el freno, pero no lo
piso bruscamente. Se afirmó en el volante cuando advirtió que el coche había
perdido estabilidad. Sintió un chirrido de frenos y luego un estrepitoso
choque. Enderezó el auto y aceleró a fondo. El Buick negro, enganchado en el
paragolpes trasero por el Ford, perdió estabilidad y salió de la ruta. El
conductor hizo un esfuerzo tremendo para impedir el vuelco y logró meter la
trompa en la carretera otra vez. Entonces oyó el impacto en la parte trasera
y el coche salió despedido de costado hasta chocar contra el cerro. Los tres
hombres saltaron afuera.
Marlowe alcanzó a gritar el alerta, pero era tarde. Solo la pericia de
Freddy impidió el choque frontal. El Chrysler iba muy cerca del Ford de
Soriano cuando de pronto este salió lanzado hacia el medio de la ruta y
luego de un esfuerzo por mantenerse sobre sus ruedas se aceleró a fondo.
Entonces apareció el Buick desbocado, que entraba en la ruta en una maniobra
alocada. El paragolpes trasero arrastraba en el pavimento y producía un
reguero de chispas multicolores. Freddy giró bruscamente, bombeó el freno un
instante y acomodó el auto para el impacto. Fue un topetazo de costado y el
Chrysler se clavó en medio de la ruta. Freddy aceleró tras el Ford. Marlowe
miró por la ventanilla trasera y vio el Buick parado y a los tres hombres
que saltaban a la carretera.
-Usted es un gran piloto -dijo, y frunció los labios. Luego levantó la pipa.
Soriano miró al negro Sam, se sonó la nariz y comentó en español:
-¡Que reflejos, morocho!
Sam seguía acelerando el coche. Soriano vio a lo lejos el Jaguar que trepaba
una colina y se abría en una curva.
-Manténgase así, Sam. Lo tenemos.
El negro sonrió satisfecho. Miro por el espejo retrovisor y vio la trompa
algo borrosa del Chrysler. Sostuvo el volante con los codos y colocó otro
cigarrillo en la boquilla. Abajo, tras la curva, asomaban las casas bajas de
Hollywood. El Jaguar entraba en el tránsito difícil. Sam disminuyó la
velocidad.
-No tengo tiempo de ver el Jaguar -dijo a su acompañante-, guíeme usted.
Cuando frenaron en el semáforo estaban a la cola del sport de Diana Walcott.
Soriano miró a la derecha y halló tres rostros duros, inmóviles, tocados por
la furia. El Buick estaba destrozado en un costado y había perdido el
paragolpes trasero. De la nariz del hombre más gordo caían gotas de sangre.
Soriano creyó ver el caño de una ametralladora asomar entre las piernas del
flaco que iba en el asiento de atrás. Un escalofrío le corrió por la
espalda. Levanto la vista hacia el espejo y vio dentro del Chrysler a
Marlowe que chupaba su pipa.
-Menos mal -murmuro.
Diana Walcott estacionó el Jaguar en una playa del Sunset Boulevard. Antes
de bajar se miró otra vez al espejo. Cruzó la calle. Se había colocado
anteojos negros y de un hombro colgaba una cartera de cuero marrón. El Ford
de Soriano paró junto a la vereda y el periodista bajó de un salto.
-Estacione en la otra mano -dijo en español- y quédese en el coche.
-¿Cómo dice? -preguntó el chofer tuerto, agachándose para mirar por la
ventanilla.
-Pare enfrente -tradujo Soriano en un inglés torpe.
El viento era frío y húmedo. Soriano levantó la vista y le pareció extraño
que el aire pudiera filtrarse entre la maraña de edificios blancos y rectos.
En el kiosco de la esquina se exhibían revistas pornográficas y los diarios
de la tarde. Pasó frente al edificio donde había entrado la señora Walcott
Llegó a la otra esquina y encendió un cigarrillo. Miró hacia atrás y vio que
el Buick negro se detenía. Dos hombres bajaron y compraron chicles. Estaban
vestidos con impermeables y se habían puesto sombreros. Soriano se paró
frente a una boca de incendios. Sintió algunas gotas sobre su cabeza y miro
al cielo. Se había vuelto sucio. Empezaba a llover y percibió un ligero
estremecimiento de satisfacción. Le gustaba la lluvia.
Recordó, de pronto, una lluvia verde y unos cerros bajos y cubiertos de
árboles. Vio el lago diminuto, solitario, la cinta de pavimento, la curva
donde había detenido el auto aquel mediodía de hacia cinco años, cuando la
lluvia caía violenta y fragante y el se sentía solo. Había estado una hora
con la vista fija en el horizonte, dejándose ganar por una melancolía suave.
Jamás había olvidado esa imagen de si mismo en la pequeña ciudad de la
provincia de Buenos Aires donde había vivido muchos años.
Philip Marlowe supo que llovía porque vio a la gente correr hacia los
refugios. El agua se deslizaba por su cara sin que él la sintiera. Tenía la
vista fija en el hombre que estaba parado a una cuadra, junto a la boca de
incendios. Se preguntó que buscaba ese joven latinoamericano junto a la
tumba del viejo Laurel. Pensó también en el afecto que sentía por él desde
aquella tarde en que lo encontró.
Los dos hombres que se habían detenido en el kiosco caminaban ahora hacia el
argentino. Cuando Marlowe los vio acercarse a Soriano, retrocedió hasta el
Chrysler y metió la mano en la guantera a través de la ventanilla. Puso el
revolver en el bolsillo interior del saco. Caminó. Los dos hombres avanzaron
lentamente hacia la esquina. El argentino los miró y tuvo miedo. Se
colocaron a su lado. El flaco de grandes bigotes y cara tan pálida como la
angustia dijo:
-¿Espera a su novia?
Soriano lo miró de frente. Entendió solo el verbo espera y la pregunta.
Respondió:
-Perdón, no hablo inglés.
El más corpulento tenía una cicatriz sobre la mejilla que le atravesaba un
ojo; se arregló el nudo de la corbata y dijo.
-Se va a mojar. ¿Por qué no vamos a charlar a un lugar más seco?
Soriano repitió:
-Perdón, no hablo inglés.
Los dos hombres se miraron. El flaco metió la mano en el bolsillo exterior
del sobretodo y apretó una pistola contra la espalda del periodista.
-Camine, amigo. Vaya hacia el Buick.
-Perdón, no entiendo inglés.
De pronto, el argentino cruzó la calle con las manos en los bolsillos del
gabán de cuero. Corrió en dirección contraria al lugar donde estaba
estacionado el Buick. Espero el impacto en la espalda. Recién cuando llego a
la vereda de enfrente, sonrió. Miró a los dos hombres que se habían quedado
clavados en su lugar. Como si hubieran recibido una orden militar, giraron y
se marcharon a paso acelerado hacia el edificio en el que había entrado
Diana Walcott. Marlowe caminaba lentamente hacía la esquina cuando vio a su
compañero desprenderse de la pareja del Buick. Los dos hombres lo cruzaron
antes de entrar en el edificio. El detective volvió sobre sus pasos. Fue
tras ellos y los dejó tomar el ascensor. El indicador de pisos se encendió
en el 34. Llamó otro ascensor.
Llegó al 34. El piso tenía tres departamentos. Fue hacia la escalera y
comprobó que los dos hombres no estaban allí. Se paró en el pasillo y
escucho. Oyó una suave melodía que salía a través de la puerta del
departamento de la izquierda. Se sentó en la escalera, lo suficientemente
abajo como para que nadie pudiera verlo si se abría la puerta. Sacó la pipa,
la cargó y la encendió. Cerró los ojos y se pasó la mano por la cara y el
pelo. Estaba mojado. El traje era viejo, ordinario, y había perdido la
apostura. Estornudó. Se sonó la nariz y volvió a cerrar los ojos. Sin
advertirlo se durmió y su cabeza cayó hacia adelante. Soñó con una morocha
de ojos oscuros y muy grandes. Estaba vestida con un salto de cama y
caminaba sobre un par de chinelas rojas. Tenía el pelo suelto y una copa de
champan en la mano. Junto a ella había un maletín negro. El living de la
casa parecía confortable y tibio y la mujer no tenía sueño. Fueron a la cama
y duró toda la noche. A la mañana siguiente se despidieron. Entre las
sabanas, Marlowe encontró un largo cabello negro.
Las voces lo despertaron. Guardó la pipa apagada. En el departamento de la
izquierda, la puerta estaba entreabierta y podía escucharse a una mujer que
lloraba como una Magdalena. Marlowe subió diez escalones y caminó suavemente
hasta pegarse a la puerta. Un murmullo de voces masculinas eclipsaba el
llanto de la rubia. El detective abrió un poco más la puerta y miró hacia
adentro. La mujer estaba de pie, en medio del living, desnuda y sin
consuelo. Tenía el cuerpo tostado por el sol, salvo en los lugares que un
bikini pequeño había ocultado. Los pechos eran firmes y erectos; el vello
del pubis era ralo pero suficiente, y los muslos, agresivos y suaves. No se
tapaba más que la cara y tenía convulsiones ahogadas. Richard Frers estaba
frente a ella, rojo de ira, tenso como un alambre, y los dos matones
permanecían firmes, de espaldas a la puerta. Frers estaba a punto de tener
un ataque de cólera. Acurrucado contra la pared, había un hombre de unos
treinta años, de largo pelo rubio y enormes bigotes. Estaba desnudo, pero
tenía las medias puestas. Tiritaba, aunque no de frío. Frers dio un paso
adelante y sacudió la cara de Diana Walcott con una bofetada. Ella lloró un
poco mas fuerte.
-¡Por Dios, Richard, basta! -grito con voz entrecortada.
Frers se dio vuelta y enfrentó a los matones. Dos lágrimas le corrieron por
la cara.
-Mi hermana no merece seguir viviendo, ¿verdad? -dijo con tono de
inconsolable pena.
Los dos guardaespaldas permanecieron en silencio. Marlowe sintió
irrefrenables deseos de fumar. Hubo un silencio prolongado, hasta que el
hombre acurrucado habló sin firmeza:
-Por favor, déjennos salir de aquí.
El matón flaco fue hasta él y le dio una patada en el pecho. El joven tosió,
cabeceo dos veces y se desvaneció.
-¡Déjelo! -grito Frers-. ¡El no tiene la culpa! ¡Ella es una puta!
Siguió tirando lágrimas al suelo. Marlowe asomó un poco más la cabeza y vio
a Diana y a su hermano abrazados, llorando. El joven rubio vomitaba sin
parar y los matones casi cubrían el campo de visión. El detective aprovecho
el bochinche para encender un cigarrillo.
-¿Espera a alguien?
La voz tronó a sus espaldas. Marlowe se dio vuelta y miró al gigante que
fumaba un habano y tenía en la mano derecha una pistola tan grande como un
tanque de guerra.
-Pasaba por aquí -dijo el detective.
-¡Que bien! -respondió el paquidermo-, pase a tomar un whisky.
Le puso el tanque de guerra en la cabeza. Marlowe sonrió sin ganas y abrió
la puerta.
-¿Molesto?
Los dos matones se dieron vuelta. Los hermanos dejaron de llorar por un
momento y todas las pistolas apuntaron hacia el detective.
-Estaba curioseando en la puerta -explicó el del habano-. ¿Lo conocemos?
Frers caminó hacia Marlowe. Tenía la cara desencajada por el dolor.
-Mi hermana es una puta -anunció.
-No sea puritano -dijo Marlowe-, cualquiera da un traspié.
-¡Voy a matarla! -grito Frers y empezó a llorar otra vez.
-No exagere -contesto el detective-; al marido no le gustaría.
Richard Frers dejó de llorar súbitamente. Su cara pasó del dolor al
desprecio.
-Trabajen, muchachos -dijo.
El flaco fue hacia la chica y sacó una cuerda del bolsillo; en dos minutos
le amarró las manos a la espalda.
-¡Vístase! -ordenó al joven rubio y bigotudo. Este se paró y empezó a
ponerse la ropa. Temblaba.
-¿Quiere decirme para que me contrató? -pregunto Marlowe a Frers.
-Quería asegurarme de que no me traicionarían.
-¿Quiénes?
-Ellos -señaló a los matones-; pensé que trabajaban para mi cuñado.
-¿Y quién les paga? -preguntó el detective.
-Ahora yo. Les di dos billetes grandes.
-Lo van a traicionar igual.
-¡No es cierto! -dijo el flaco-; usted nos dio dos grandes para que
despachemos a la chica. Somos gente seria. Al detective lo limpiamos gratis
si quiere.
-Si, quiero.
-¿Y al Don Juan? -señalo al rubio que ya estaba vestido.
-Hagan lo que quieran.
-Eso es mucho. Deje un retrato de Madison y arreglaremos todo.
Frers abrió la cartera y sacó un cheque.
-Le cobran muy caro -acotó Marlowe-, es un trabajo fácil y cualquiera puede
hacerlo por dos mil.
-¡No se meta! -gritó el flaco mientras golpeaba en el cuello a Marlowe con
el caño de la pistola. Luego miró a Frers y dijo amablemente-: No se aceptan
cheques, señor.
-No tengo efectivo.
-¿Cuánto hay allí? -señalo la billetera.
-Dos mil quinientos.
-Esta bien -el flaco puso el dinero en el bolsillo y agrego-: Váyase ahora.
Frers saludó con amabilidad y tendió la mano a Marlowe.
-Adios, señor. Usted hizo un buen trabajo.
-Todavía me debe trescientos dólares.
-Le mandare un cheque.
-Por lo que veo no va a servirme.
-¡Dios! Lo había olvidado. Discúlpeme. Estoy un poco confundido. ¿Y su
socio? Puede cobrar él.
-Claro. Llámelo, por favor. Recuérdele que debemos el alquiler de la
oficina.
-Lo haré.
-¡Basta de farsa, Frers! -gritó Marlowe-, estos chapuceros lo están metiendo
en un asesinato y dejan huellas por todas partes. ¿Se ha vuelto loco?
-Ya no me importa nada, Marlowe. Arréglese con su problema.
Salió. El detective miró a su alrededor. No entendía nada de lo que pasaba
desde que había entrado al edificio. Pensó que Soriano estaría afuera,
mojándose, firme en su puesto, sin saber que pasaba aquí.
-Desvístase -dijo el flaco.
-¿Me va a bañar?
-No se haga el gracioso. Lo voy a meter en la cama con la rubia.
-¡No me diga! Ordene a su socio que me sirva un whisky con soda.
-¡Desnúdese, imbecil!
Marlowe se quitó el saco, los zapatos y la camisa.
-Todo. Dije desnudo -recalcó el flaco.
-¿Se trata de asesinato y violación?
-Acábela. ¿No se da cuenta de que lo vamos a liquidar?
-Si, pero no entiendo el sistema. Hace mucho que ando en esto y nunca vi
nada tan sofisticado.
-Gas, compañero. Sáquese el calzoncillo.
-Me da vergüenza.
El gigante puso el tanque de guerra apuntando a la cabeza del detective.
Este se sacó el calzoncillo. Tenía las piernas peludas y los músculos eran
firmes. Una cicatriz le cruzaba el pecho y otra le marcaba la espalda. La
rubia se dio vuelta.
-Bueno, a la cama los dos -dijo el flaco.
La rubia se metió en la pequeña cama y Marlowe vaciló. Por fin se estiró
bajo las sábanas.
-Que pensaría su marido, señora -dijo.
El gigante golpeó a Diana y a Marlowe con la culata de la pistola. Ambos
quedaron inmóviles. Luego desató a la mujer y les acomodó los brazos. El
derecho de Marlowe pasaba alrededor del cuello de la rubia y caía sobre uno
de los pechos. Luego abrió los muslos de ella y puso la otra mano del
detective apretando el sexo. El flaco sacó la ropa de la cama y contempló la
escena con una sonrisa tierna.
-Adiós para siempre, preciosidad.
El gigante abrió las llaves del gas de la cocina. Salieron empujando al
rubio.
Cuando entraron en el ascensor, Soriano salió del hueco de la escalera y
tocó timbre en el departamento varias veces, pero no tuvo respuesta. Había
seguido al hombre del habano y vio cuando este sorprendió a Marlowe. Desde
entonces había estado escondido. Como nadie salió a la puerta, sintió que su
corazón empezaba a saltar en el pecho. Sin embargo, trato de tranquilizarse,
pues no había escuchado disparos. Llamó todos los ascensores. Un minuto
después se abrió la puerta de uno. Cuando llegó a la planta baja busco el
departamento del administrador y toco timbre. Abrió una mujer gorda que
tenía puestos los ruleros y se había levantado del sillón que estaba frente
al televisor.
-Necesito la llave del departamento A del piso 34 -dijo Soriano en español.
La mujer hizo un gesto con la cara y encogió los hombros.
-Váyase a México -dijo-, aquí no damos limosna a los chicanos.
Soriano intentó en inglés:
-Llave -hizo un gesto con la mano-, departamento A 34 -dibujo el numero con
el dedo índice sobre la puerta.
-¿Que le pasa, vago? -grito la mujer-. ¿Quiere que llame a la policía?
-Si, ¡por favor! -grito Soriano.
La mujer lo miró de arriba abajo. Sonrió.
-Sos un lindo chico después de todo. ¿Qué te pasa, jovencito? ¿Necesitas un
billete?
Soriano dio un empellón a la gorda y entró en la casa. Corrió de una
habitación a otra hasta que halló un tablero con las llaves de todos los
departamentos. De un vistazo lo recorrió hasta el A 34. Tomó la llave y se
dispuso a salir. La gorda estaba en la puerta con un cuchillo de cocina y
una sartén. Gemía.
-No vas a salir, jetón, mexicano criminal. Nadie entra en mi casa cuando no
está mi marido, nadie.
Soriano tomó una silla y la tiro contra la gorda. La mujer cayo de espaldas
dando gritos. El periodista saltó sobre el cuerpo rechoncho y tropezó. Trató
de hacer equilibrio con los brazos, pero no encontró en que sostenerse. Cayó
hacia adelante. La gorda se puso de rodillas, tomó la sartén y golpeó en la
cabeza al argentino. Soriano trataba de cubrirse la cara, pero los
sartenazos de la gorda eran terribles. Por fin pudo agarrar el brazo de la
mujer y ponerse también de rodillas. Estaban nariz a nariz. Ella le escupió
la cara.
-Chicano mugriento -dijo con una mueca de asco.
Soriano bajó la frente y cabeceó la cara de la gorda. Ella dio un alarido y
cayó de costado. Le salía sangre de la nariz. Un hombre que había entrado al
escuchar el escándalo avanzó y tiró una patada a Soriano. El periodista
alcanzó a esquivar el golpe y tomó la pierna del hombre que se sentó junto a
la gorda. Soriano se puso de pie. Levantó el cuchillo y cubrió con el la
salida. Atravesó el pasillo a la carrera. Un ascensor permanecía abierto
mientras entraba una mujer joven. Soriano picó a toda velocidad, como en su
época de futbolista, y frenó patinando. Se zambulló de cabeza dentro del
ascensor cuando la puerta automática ya había cerrado hasta la mitad. Cayó
junto a la muchacha. La miró, sentado y con el cuchillo en la mano. Tenía la
cara morada por los golpes de la sartén. La mujer estaba pálida y no podía
hablar. Soriano quiso calmarla.
-Tranquila, no le haré nada -dijo en castellano. La joven dio un grito y se
desmayó. Soriano se puso de pie y apretó el botón 34. El ascensor paró en el
18. Un hombre que iba a entrar vio a la mujer caída y detuvo el cierre de la
puerta con la mano. Soriano sacó el cuchillo y lo puso en la garganta del
hombre. La puerta se cerró. Hubo dos paradas más y el argentino usó con
éxito el mismo procedimiento. Cuando el ascensor se abrió en el 34 dio un
salto y se abalanzó sobre la puerta del departamento A. Hizo girar la llave
y abrió. Un vaho de gas lo paralizó. Salió al pasillo, aspiró hasta llenar
los pulmones de aire y entro. Abrió una ventana y luego huyó al pasillo otra
vez. Jadeó. Cambió el aire y corrió a la cocina. Cerró las llaves. Las
piernas se le aflojaron, pero alcanzó a salir otra vez. No podía creer lo
que había visto sobre la cama. Respiró un minuto y volvió a entrar. Abrió la
ventana que faltaba. Cuando el aire se hizo más limpio, cerró la puerta de
entrada. Sentía opresión en el pecho. Apretó la muñeca del detective. Tenia
pulso. Luego probó con la mujer: también vivía. Los sacudió pero no tuvo
respuesta. Fue a la cocina y llenó una olla con agua. La volcó sobre las
cabezas, que seguían juntas. Marlowe abrió un ojo y lo volvió a cerrar. La
mujer tiritó y sus pechos se irguieron contra las peludas tetillas del
detective. Soriano echó sobre ellos más agua.
Marlowe despertó lentamente, miró a su alrededor y fijó los ojos en la
mujer.
-¿Qué pasa? -preguntó.
-Perdone que lo interrumpa -dijo Soriano-, se dejó el gas abierto.
-¿Qué? -Marlowe no entendía. Pasó una mano por sus ojos y se sentó-. ¿Qué
hago con ella?
-Lo mismo me pregunto yo, compañero. La rubia no esta mal. En su lugar no me
hubiera quedado dormido.
-¿Cómo llegué acá?
-Lo trajo un gigante.
De pronto la puerta se abrió y por ella entraron varios vecinos, encabezados
por la gorda y dos policías.
-¡Aquel! -grito la gorda.
Los policías avanzaron, pistolas en mano. Las señoras gritaron al ver la
escena de la cama. Todavía el ambiente olía a gas.
-¿Qué te parece, Bob? -pregunto un policía.
-No se -respondió otro-: Los Ángeles está cada vez más podrida, Ted.
-Llama a la seccional.
-¿Con quien pido? ¿Con Homicidios o con Moralidad?
Era un salón blanco y el cielo raso estaba muy alto. No tenía ventanas y
apenas cuatro lámparas iluminaban la cuadra de treinta metros. Pegados a las
paredes había bancos de madera, sin respaldo. Medio centenar de hombres,
blancos y negros, de prostitutas, blancas y negras, estaban acostados, o
sentados con la cabeza gacha. Unos pocos miraban pasar de aquí para allá a
un par de vigilantes que llevaban carpetas y papeles.
Un policía de pelo rojo y cara mofletuda, con aspecto de haber cumplido con
el último deber de la noche, empujó a Marlowe y a Soriano a través de la
pequeña puerta de acceso.
-Siéntense donde quieran, están en su casa.
Los dos hombres habían dejado en la guardia cuanto tenían en los bolsillos;
Soriano usaba mocasines, pero Marlowe había tenido que dejar también los cor-dones
de sus zapatos. Fueron hacia un banco donde estaban dos mujeres gastadas, de
labios carmesí y mirada abstraída. Soriano sacudió la cabeza.
-En estos casos me dan mas ganas de fumar.
Marlowe no contestó. Se sentó en el banco y estiro las piernas. Estaba
cansado, sin aire y sin ganas de reclamar nada. El argentino parecía más
entero. Eran las diez de la noche y tenía el estómago vacío. Empezó a
protestar:
-Le dije, Marlowe, íbamos a terminar en cana. Todo era absurdo. Un tipo de
su experiencia, si es que la tuvo alguna vez, no puede meterse en estos
líos. ¿Qué nos pasará ahora?
-No sé -contestó Marlowe con desgano-; a usted le van a poner una multa por
meter las narices donde no le importa sin tener licencia. Para colmo le van
a cargar invasión de domicilio y propiedad privada. Eso es grave. Tiene que
cuidarse cuando sale de su país.
-¿Multa? -el periodista levantó las cejas-. ¿Se cree que soy Rockefeller?
¿De dónde voy a sacar la plata?
-No sé. Al que no paga le dan un calabozo gratis.
-Y a usted, ¿qué le pasara?
-Contra mi no tienen nada. Si la señora Walcott no presenta denuncia, mañana
me iré a casa.
-¡Muy lindo! Le salvo la vida y me deja adentro.
-Voy a buscar a Frers. Él pagara las multas.
-Mejor busque al cónsul argentino. Él tiene que hacer algo.
A medianoche, un policía de pelo lustroso y rostro descansado como si recién
tomara servicio, apareció en la puerta y llamo:
-¡Philip Marlowe y Osvaldo Soriano!
Los dos hombres se pusieron de pie y caminaron hacia la entrada.
-A la guardia, ¡vamos!
El oficial rubio, con la cara llena de granos rojos, tenía el rostro duro e
impasible de los que no se conmueven ante nada. Los miró detenidamente.
-¡Quién es el argentino?
-Yo -Soriano usó su voz más suave y humilde.
- ¿Dónde queda eso?
- La Argentina.
Soriano lo miró un rato y luego se dio vuelta hacia Marlowe.
— Pregunta dónde queda la Argentina - dijo el detective.
— Eso lo entendí. Explíquele usted.
— ¿Yo? ¿Y dónde queda?
— ¿De qué hablan? - preguntó el policía.
— Soriano no habla inglés, oficial.
— Bueno. Pregúntele dónde queda ese país y si es comunista.
— ¿El o el país?
- Los dos. Pregúntele.
Marlowe miró a Soriano y sonrió:
- Bueno, por fin me voy a enterar: Usted es comunista?
- ¿Eso pregunta?
- Si.
— Dígale que antes de entrar a Estados Unidos tuve que firmar un papel donde
juraba que no era comunista.
— ¿Pero es o no? - insistió Marlowe.
— Déjese de joder, detective.
— El que jode es él. ¿Le digo que no?
— Claro.
— Comunista. - Y agregó en inglés, dirigiéndose al oficial: - Dice que es
demócrata, admirador de Kennedy. Lloró como un chico cuando lo mataron.
Ayudó mucho a su país. Alfabetizo a los indios.
— Aja. ¿Y dónde queda la Argentina?
-En Sudamérica. Bien abajo del mapa, cerca del Brasil.
-¡Brasil! Siempre soñé con unas vacaciones allá. Bueno, ¿quién va a pagar la
fianza?
-¿Cuánto?
-Dos mil. Mil quinientos por el y quinientos por usted.
-¿Y yo que hice?
-Exhibición obscena, adulterio, escándalo. Elija lo que quiera.
-Mire, oficial, está equivocado si cree que no conozco la ley del Estado. Si
no hay denuncia no puede acusarnos de nada. Además necesito a mi abogado.
-Llámelo. Con lo que había en su bolsillo dudo que pueda pagarle.
-Tengo amigos.
-¿Amigos? Ustedes son basura, peor que los negros. ¡Vagos, buscavidas! Ahora
se mezclan con los chicanos. Basura con mierda, todo en la misma cloaca.
-Mida sus palabras, oficial. Usted es la ley en este distrito y puede
arrepentirse.
-¿Arrepentirme? ¿Cree que no tengo su prontuario? Encubrimiento de ladrones,
sospecha de encubrimiento de asesinos, borracho, vago, tramposo, traidor a
la policía. Basta con que yo levante un dedo para que se pudra en un
calabozo.
-No se agrande. El señor es extranjero y tiene que tratarlo como tal. Llame
al cónsul argentino en Los Ángeles en lugar de cacarear tanto.
El rubio rió y las arrugas de la cara le apretaron los granos rojos. Dijo:
-Claro que es extranjero. Si ese fuera americano yo habría roto mi cédula.
No voy a perder más tiempo con ustedes. Pagan antes de mediodía o van a la
cárcel.
-No puede secuestrarnos. Présteme el teléfono.
-¿Teléfono? ¡Eh, Micke! ;Los señores quieren hablar por teléfono!
Micke era un hombre pequeño y serio, de rostro apretado como un puño. Tenía
un cigarrillo apagado entre los labios y estaba limpiando la pistola a dos
pasos del oficial. Apunto a los detenidos.
-No es hora de hacer citas, mejor van a dormir.
-Tendría pesadillas, después de haber visto su cara -dijo Marlowe.
El hombre se puso de pie lentamente.
-Gracioso, ¿eh? Me gustaría verlo en la TV porque cuando estoy de servicio
no me río.
Acercó su cara de puño a la nariz de Marlowe.
-¿Dónde cree que está?
-En una cueva de degenerados vestidos con el uniforme de la policía de Los
Ángeles.
El policía pequeño empujó el cañon de su pistola en el estómago del
detective que se dobló en dos.
-Repítalo. No le oí bien.
-¡Déjelo! -gritó Soriano.
El oficial levantó su mano gorda, llena de anillos de oro y sacudió la oreja
del argentino.
-Respete un poco, ¡mugriento!
El policía pequeño -sonrió.
-Dejamelos un rato, Gordon, me gustaría hablar con ellos en tu oficina.
-Que los lleven. Tenemos toda la noche para charlar. Me gustan. Son
conversadores y simpáticos. Estoy cansado de tratar con negros y putas.
Además siempre quise conocer el Brasil.
Estaban tendidos en el suelo como dos bolsas sucias. Soriano tenía la boca
cerrada por la sangre seca que se había puesto marrón. Los ojos le habían
des-aparecido por la hinchazón de los pómulos y apenas se veían dos líneas
oscuras. Cuando Marlowe abrió los párpados encontró una piel blanca y un
matorral de pelo rubio y sin brillo. Tardó en darse cuenta de que estaba
tirado boca abajo y de que se desangraba sobre el pecho de su compañero.
Levantó la cabeza y sintió que algo estaba dentro de ella. Se tocó la cara.
Escupió. Tenía el cuerpo blando como si le hubieran quitado los huesos. No
era dolor lo que sentía y eso le extraño. Era una sensación de no pertenecer
al mundo que había descubierto al abrir los ojos. Miró a Soriano. Trató de
levantarse y cayó de rodillas. Ahora si, le pareció que un puñal atravesaba
su cuerpo a lo largo. Se tomó del borde del escritorio opaco, manchado de
tinta, y puso toda su fuerza en incorporarse. Su cintura se quebró.
-¿Adónde vas, amiguito?
La voz le sonaba lejana. Se dio vuelta. Apoyó las palmas de las manos en el
suelo para girar su cabeza. Encontró un uniforme azul que volaba por la
habitación, sobre él. Sacudió la cabeza y vio a un policía joven. Sintió que
tenía la boca seca y que las imágenes escapaban a sus ojos.
-Agua -balbuceo.
Nadie se movió. Un silencio absoluto flotaba en la habitación blanca.
Marlowe se arrastró hacia el cuerpo de Soriano, que estaba inmóvil. Lo tomó
de la camisa abierta y quiso levantarlo, pero no tenía fuerza; sus dedos se
aflojaron. Se dejó caer. Antes de desmayarse escuchó una música suave.
-Se les fue la mano -dijo el policía joven-, estos dos están para el
hospital.
Micke estaba demacrado y el pelo le caía desgreñado sobre la cara. Se sentía
cansado y tenia sed. Se le habían terminado los cigarrillos.
-Llévalos a dar un paseo. No podemos darle esto al fiscal.
El joven salió y regresó con tres hombres en ropa de calle.
-Apúrense, que no los agarre el amanecer.
Cargaron los dos cuerpos y por una puerta estrecha salieron al patio. Los
echaron en el asiento trasero de un coche sin patente. Soplaba un viento
suave y frío. El auto arrancó. Veinte minutos más tarde tres hombres
descargaban los cuerpos sobre una playa de Bay City. En la arena quedaron
dos manchones alcanzados por los golpes de las olas frías.
Soriano tuvo un estremecimiento. Abrió los ojos y se sintió dolorido y
confuso. Miro a su compañero. Marlowe descansaba con los ojos abiertos,
fijos en las nubes grises.
-¿Marlowe? -llamó Soriano en voz baja.
El detective giró su cabeza hacia su compañero. Sus ojos eran un manantial
de sangre. Sintió la boca llena de arena. Las nubes se pusieron rojas y la
luz iluminó suavemente la playa. Las dos figuras estaban de pie y se
recortaban como sombras lentas y perezosas. Las olas llegaban a sus pies y
al retirarse dejaban una espuma como la que se derrama de un vaso de
cerveza. El hombre alto, muy encorvado, tenía la camisa rota y sin botones
hasta el medio del pecho. Empezó a caminar con paso vacilante, la cabeza
caída, los brazos abiertos y los puños apretados. Detrás, a cinco pasos,
Soriano aspiró dificultosamente el aire fresco del amanecer. Se agachó para
sacarse los zapatos, los tomó en la mano y empezó a andar. Tenía la cabeza
erguida y los ojos profundos como una ciénaga.
No hablaron. El gordo tenía la mirada fija en la nuca de su compañero. De
vez en cuando dejaba escapar un suspiro, de disgusto. Estornudó cuatro
veces, sonó su nariz contra la arena y siguió caminando. Delante de él,
Marlowe trastabilló y cayo sentado, ya lejos del agua. Soriano dio algunas
vueltas alrededor de su amigo, como si estuviera reconociéndolo a distancia
y se dejó caer de rodillas. Con una mano alisó la arena. La brisa les
refrescaba las caras. O lo que quedaba de ellas.
Amaneció sin apuro. Un hombre de sobretodo pasó caminando junto al mar;
metía sus botas en la espuma y fumaba en pipa. Tenía grandes anteojos y
llevaba un gato negro en sus brazos. Se detuvo, miró a los personajes y se
alejó con paso lento, como quien ya no puede ver el mundo.
-No se vaya -dijo Marlowe en voz baja-, mire lo que han hecho de mí.
Apretó la arena con sus puños y se puso de pie. La ruta trepaba hacia el
cerro y el detective la vio cercana y cálida. Soriano fue tras él. Recordó
que pronto volvería a Buenos Aires, que se sentaría ante una máquina de
escribir, que esto le parecería un sueño delirante y audaz y que entonces
Marlowe sería una sombra, un fantasma irreal y estúpido. Le dolieron los
pómulos hinchados. Escuchó, de pronto, como de su boca salía, dificultosa,
la letra de un tango de Gardel. Marlowe se dio vuelta y lo enfrentó.
-¿Sabe, Soriano? Me cago en Laurel y Hardy -barbotó algunos monosílabos-.
¡Me cago en usted, hijo de puta!
-¿Por que habla en inglés? Sabe que no entiendo.
-No se haga el tonto. Entiende bien -hablaba en castellano-, lo suficiente
para darse cuenta de que su amistad me trajo demasiados líos.
-Yo no tengo la culpa si usted anda buscando que le rompan la cara. A mi
también me dieron una paliza, ¿no?
Soriano había girado la cabeza y miraba de reojo, como si en realidad
quisiera no ser el protagonista de esa escena. Sintió que estaba de más.
Apuró el paso y salió a la carretera. Se dio vuelta y vio la costa y el
cielo. El hombre de sobretodo se alejaba por la arena.
Los autos pasaban casi pegados entre si por ambos sentidos de la ruta. Los
dos hombres caminaban lentamente por la banquina, separados a diez metros.
Iban en silencio. Soriano miraba los coches y trataba de divisar las caras
hoscas de los hombres en la madrugada. Durante una hora avanzaron
deteniéndose a ratos para descansar. Un patrullero policial paró en la
banquina. Un oficial lustroso se acercó a ellos.
— Ya se - dijo - , vienen de visitar a sus mamás.
— Muy gracioso - respondió Marlowe.
— Ah, ah, ah, mamá les dio una paliza, ¿eh?
Marlowe se sentó en un mojón de señalización.
— ¿Tiene un cigarrillo?
— No. Explíquense, muchachos. Voy a la central y no quisiera ir acompañado.
— Tuvimos un accidente de tránsito.
-¿Si? ¿Y dejaron el auto en el camino? Eso es infracción.
Soriano miraba el patrullero, donde otro policía fumaba un cigarrillo. Lo
saboreaba de un modo casi voluptuoso. El argentino se acercó y habló en
inglés.
— Un cigarrillo - hizo un gesto con la mano señalando el Lucky que se
consumía entre los dedos del policía, dejando una ceniza larga y firme.
— Escuche, basura, no me pagan para alimentarle los vicios. ¿Qué le pasó en
la cara? ¿Se le cayó encima una pared?
Soriano volvió junto a Marlowe.
-Dígales algo, no quiero volver adentro.
-Mire, amigo -explico el detective y mostró su placa-, nos toco un caso
duro. Los policías siempre salimos castigados. No tengo ganas de explicarle.
Discúlpeme, ¿por qué no tomamos un whisky un día de estos?
-Está bien. Deje el whisky. Podemos acercarlos.
Arrancaron a toda velocidad. La sirena quebró el ruido monótono de la
carretera. Soriano echó la cabeza hacia atrás y halló el respaldo blando y
mullido del asiento. Marlowe había abierto muy grandes los ojos y los tenía
fijos en la ruta. Al llegar a un cruce de caminos vio un bar.
-Déjennos aquí -pidió.
Bajaron. El auto arrancó y se alejó por la carretera. Soriano suspiró.
-Creí que nos llevaban de nuevo.
-¿Qué hubiera cambiado eso? -preguntó el detective.
El argentino no contestó. Miró a su alrededor y pregunto:
-¿Y ahora que hacemos?
Estaban parados frente al bar. Era un edificio esquinero, de madera, pintado
de azul claro. El frente estaba tapado por los carteles de propaganda de
Coca Cola, Fanta, Firestone, Marlboro, Lee, Vat 69, Ford, Columbia, Philips,
Martini, Stromberg Carlson y Eveready. Había tres coches estacionados de
punta contra una de las paredes laterales. Al fondo se veía el patio de la
casa por donde trotaba un perro San Bernardo entre una docena de gallinas
gordas. Era el único edificio en el cruce de dos carreteras. Detrás se veía
la montaña arbolada cuya falda caía suavemente sobre el fondo del bar. El
sol había asomado pleno y radiante aunque todavía la mañana era fresca. La
ruta 101 a San Francisco estaba despejada. Soriano se apoyó en uno de los
coches parados frente al bar. Vio que uno tenía la llave puesta.
-¿Y si robamos el auto? -dijo, divertido.
Marlowe levantó las cejas y miró a su compañero.
-Gran idea. Después lo vendemos y con esa plata nos compramos ropa nueva y
alguna comida. Si nos sobran algunos dólares podemos ir a escuchar un
concierto. No se que sería de mi sin sus ideas.
-Mire, detective, mis ideas no suelen ser demasiado brillantes: una vez
hasta se me ocurrió ir a vivir a su casa y confiar en usted. Me gustaría que
ahora piense algo que nos permita comer aunque sea una hamburguesa.
-Es muy fácil -dijo Marlowe-: cuando salga un tipo le damos un golpe y le
sacamos la billetera. Usted tiene experiencia en eso.
-Cuando volvamos a Los Ángeles voy a buscar a un cura que me confiese. Cada
vez que miro su cara me remuerde la conciencia.
-¿Tiene hambre? -pregunto Marlowe.
-No, todavía estoy eructando el banquete de anoche.
Marlowe revisó los bolsillos de su pantalón y encontró solo los documentos
en la billetera.
-Nos pelaron, compañero.
-Hay que hacer la denuncia -respondió Soriano.
-Déjese de bromas, ya me está cansando. ¿Cree que vine a las montañas a
tomar sol?
-No creo nada. Estamos sin un dólar y por lo menos hay que volver a la
ciudad. ¿Se le ocurre alguna manera de conseguirlo?
-No sé. Hablar con los tipos del bar. Quizás alguno nos lleve.
-Muy bien. Vamos a lavarnos un poco. Si usted muestra la chapa nos van a
llevar.
Entraron al bar. Una veintena de personas comía jamón con huevos, tomaba
café o Coca Cola. Siguieron hasta el baño. Funcionaba una sola canilla.
Marlowe se lavó la cara y sintió otra vez que las heridas le quemaban.
Soriano se miró al espejo. Descubrió un rostro tumefacto.
-Apúrese, Marlowe, eso es una ducha.
El detective se apartó de la pileta y se pasó las mangas de la camisa por la
cara. Su aspecto no había mejorado mucho, pero tenía los ojos más abiertos.
Soriano se echó agua sobre la cara, luego se agachó y metió la cabeza bajo
la canilla. Por fin sacudió el pelo y salió detrás del detective. Se
acercaron al hombre del mostrador. Marlowe saco su identificación.
-Necesitamos llegar a Los Ángeles.
-Cada vez es más duro ser policía, ¿eh? -comentó el hombre moviendo la
cabeza de arriba hacia abajo-. ¿Tuvieron problemas con los hippies?
-Aja -Marlowe asintió-. En la playa. Los sorprendimos en pleno viaje. Se
pusieron nerviosos.
-Mierda, señor -dijo el hombre, que había empezado a sudar-, pura mierda. Si
encuentro a Crystal con uno de esos barbudos, le rompo la cabeza. No es
época para tener hijos, se lo digo yo. ¿Tiene hijos, señor?
-Seis.
-¡Jesucristo! Lo compadezco -dijo el del mostrador.
-¿Cree que alguien podrá llevarnos a la ciudad? -pregunto Marlowe,
impaciente.
-Crystal los llevara. Ella tiene que ir a Hollywood. La policía debería
ocuparse de despejar la zona de barbudos. Las montañas están llenas de
ellos. Hacen campamentos. Verdaderas orgías. Me han robado cuatro veces este
año.
-¿Tendrá un par de cigarrillos?
-¡Por supuesto, teniente! -buscó tras el mostrador y alargó un paquete-.
Quédese con ellos. No siempre viene gente sana a pedirme cosas.
-Gracias -dijo Marlowe y alargó un cigarrillo a Soriano-. ¿A que hora sale
Crystal?
-Voy a avisarle. ¿Por que no comen algo?
-No quisiéramos molestar. No tenemos dinero. Los barbudos se quedaron con
todo.
-¡Cristo! Después dicen que se cagan en el dinero... -el hombre acercó su
cara a la de Marlowe-. Un día de estos voy a dejar seco a uno de ellos
-sonrió y tardó un minuto en retirar su cara por la que corría sudor-. Jamón
con huevos para dos! -gritó. Luego salió por una puerta pequeña que estaba
cubierta por una cortina. Una muchacha blanca, de unos veinte años, que
tenía una cicatriz en el mentón, sirvió la comida.
-¿Qué le contó? -pregunto Soriano.
-Nada. Le mostré la tarjeta de Diners.
Comieron en silencio. El patrón, que había regresado, los contemplaba con
simpatía. La cortina se abrió y apareció una muchacha rubia, de unos
dieciocho años, que tenía el pelo atado sobre la espalda. Era pecosa y
parecía atrevida. Vestía pantalón ajustado y un sweter.
-¿Ustedes son los policías? Marlowe asintió con la cabeza. Soriano miró a la
muchacha y comentó: -Está buenísima. Ella le sonrió. Marlowe tradujo: -Dice
que usted es muy simpaticá. Él no habla inglés. Es un detective de Interpol.
-¡Que fascinante! -dijo la muchacha-, voy a llevar a dos policías conmigo.
Marlowe y Soriano se pusieron de pie. Estrecharon la mano del dueño del bar.
-Gracias, amigo -dijo Marlowe-, todavía queda gente de bien en este país.
-Mande a sus muchachos a pasear por este lugar, teniente; le aseguro que se
divertirán. -Pierda cuidado.
Subieron a un Chevrolet blanco. Marlowe se sentó adelante.
La muchacha manejó a toda velocidad. -Basta de juego -dijo-; a mi pueden
decirme la verdad.
Marlowe la miro.
-Cualquiera se da cuenta de que ustedes no son policías -agregó-; esto es
absurdo.
-No somos policías -reconoció Marlowe-, yo soy detective privado y el es
periodista.
-¿Entonces?
-¿Entonces qué?
-¿Se puede saber que les pasó?
-La policía nos dio una paliza.
-¿Anduvieron en líos?
-Hace una semana que ando en líos. Desde que conocí a este -señalo a
Soriano.
-¿Qué pasa? -pregunto el argentino, inclinándose hacia adelante.
-Si no se ofenden les diré que ustedes parecen una caricatura. Nadie anda
por las carreteras de California con la cara y las ropas destrozadas
haciéndose pasar por policías para que los lleven a Los Ángeles.
-Eso creía yo -dijo Marlowe.
-¿Se puede saber qué buscan?
-A Laurel y Hardy.
-¿A quiénes?
-Al gordo y el flaco. Soriano los esta buscando desde hace años.
Crystal empezó a reír. Se echó hacia adelante y apretó el volante hasta que
sus dedos largos y finos se pusieron blancos.
-¿Qué broma es esa? -preguntó entre carcajadas.
-No es broma. Él quiere escribir sobre Laurel y Hardy. Vino a Los Ángeles
para investigar sus vidas. Desde que empezamos a trabajar juntos nos va
siempre mal.
-Como a ellos -observo Crystal.
Marlowe la miró y luego empezó a reír, cada vez con mayor intensidad. Tuvo
que tomarse la barriga y agacharse. Sintió que todo el cuerpo le dolía.
Crystal los dejó en Hollywood, frente a una parada de ómnibus. Había
estacionado el auto en un lugar prohibido. La muchacha sonrió, mostrando
unos dientes un poco separados entre si y una lengua corta y filosa.
-No puedo prestarles más que un par de dólares para el viaje -dijo con tono
apesadumbrado.
-No le costaba nada llevarnos hasta casa, carajo -protestó Soriano en
español.
-¿Qué dice? -preguntó la muchacha a Marlowe mientras ampliaba su sonrisa
para Soriano.
-Es un desagradecido. Dice que usted podría habernos llevado hasta casa.
-¡Oh! Lo lamento mucho... No me interpreten mal. Debo llegar a tiempo a mi
analista. Tengo hora a las nueve.
-¿Adónde va? -pregunto Soriano en inglés.
-A mi analista.
-También, con el padre que tiene -dijo el argentino en su idioma, mientras
salía del auto.
-Muchas gracias, Crystal -dijo Marlowe, asomado a la ventanilla.
El auto arrancó y se perdió en el bulevar. Marlowe plancho los dos billetes
de un dólar que la muchacha había puesto en su mano.
-Muy bien -dijo, muy serio-, nos espera otro viaje proletario.
Tomaron el ómnibus. Una hora después entraron en casa de Marlowe. Un olor
intenso, sucio, estaba encerrado en las habitaciones. Por la claraboya de la
cocina saltó el gato que daba maullidos prolongados. Corrió de un lado a
otro del living, con la cola parada y los ojos fijos en Marlowe. Por fin se
sentó. Soriano lo levantó, le acarició la cabeza y le rascó el cogote. El
gato echó las orejas hacia atrás, movió la cola larga y protestó con un
gruñido amenazante. Estaba demasiado flaco. Marlowe salió del baño.
-Lo va a arañar.
-No se preocupe. Un gato nunca ataca a quien lo quiere. De todas maneras mi
cara no podría estar peor.
Marlowe sacó de la heladera un pedazo grande de bofe y lo puso en un plato
que dejó en el suelo. Soriano soltó al gato y luego puso leche en una taza;
-Le gustan mucho los gatos, ¿no? -preguntó el detective.
-Aja.
Recordó la muerte de aquel gato que lo acompañó en los años de su
adolescencia. Estaba echado y su cara flaca aguantaba el dolor en silencio.
Se iba apagando de a poco. Cuando sintió que iba a tener una convulsión se
paró y se alejó unos pasos, como para que el no participara de su tragedia.
Luego cayó, se retorció dos minutos y se quedo quieto.
Marlowe miró a su amigo que estaba sentado en el diván. En su cara golpeada,
confusa, podía adivinar una mueca de tristeza. Busco un paquete de
cigarrillos y encendió uno. Aspiró el humo con fuerza y dijo:
-Usted es un tipo extraño.
Soriano tomó también un cigarrillo. Antes de encenderlo respondió:
-¿Extraño? ¿Cuál de nosotros es el extraño?
-Es la primera vez que veo a un tipo joven que viene a Estados Unidos para
correr detrás de dos cómicos muertos de los que ya nadie se acuerda.
-¿Por qué me acompaña, entonces? -preguntó el argentino-. ¿Por que se hace
golpear a cada momento?
-También usted recibió las palizas.
-Cierto -Soriano se puso de pie-. Pero las palizas significan cosas
distintas para usted y para mí. A su edad, en su profesión, una paliza es
apenas una anécdota.
-Estoy lleno de anécdotas, compañero. Tengo el cuerpo destrozado por ellas.
Lo que usted recibió le servirá de lección. Todavía es muy joven y tal vez
necesite pelear algún día.
-¿En la Argentina?
-No sé. Usted me dijo que los yanquis no los dejan vivir tranquilos.
-No es tan simple. Allí muere mucha gente de hambre o a balazos todos los
días. Los que tiran no son yanquis. Ellos no dan la cara.
-Usted es un latinoamericano rubio que pudo pagarse un viaje a Estados
Unidos. No venga a llorar las desgracias de los otros.
-Es distinto -el argentino hizo un gesto con las manos-, usted confunde las
cosas.
El gato terminó de engullir el trozo de bofe, dio un par de lengüetazos en
la taza de leche y se sentó entre los dos hombres. Fijó sus ojos grandes y
brillantes en los del detective.
-¿Cuándo vuelve a Buenos Aires? -pregunto Marlowe.
-Dentro de una semana. Tengo que confirmar el pasaje y avisar al diario.
Estoy demorado.
-Muy bien. Nos queda poco tiempo. Dígame que haremos.
-No sé, Marlowe; estoy cansado. A veces tengo la fantasía de que podría
hablar con Chaplin. Vino a la entrega del Oscar, pero nadie puede acercarse
a ese monstruo.
-Nadie va a intentarlo tampoco -dijo el detective.
-¿Qué insinúa? No sea delirante. Nadie pasaría entre la custodia. Aun así,
hablar con él sería más difícil que hablar con el presidente de los Estados
Unidos.
-Será difícil hablar con el presidente, pero es fácil pegarle un tiro.
-Yo no quiero matar a Chaplin.
-Pasaría a la historia. Ya veo los titulares de los diarios:
"Latinoamericano mata al genio para vengar al gordo y al flaco". O si no:
"Genio asesinado por un loco".
-Cuando termine de divertirse me avisa -dijo Soriano.
-Ya está. ¿Qué puede saber Chaplin de Laurel y Hardy?
-Les jugó sucio con los circuitos de distribución de películas en 1929.
Quiso romper la pareja. Además vino a Estados Unidos con Laurel. Quizá
podría contarme algunos detalles.
-Seguro. Chaplin le contara todo. Veo otra vez los titulares: "Genio
confiesa a un periodista latinoamericano que es un ogro".
-No se ilusione. No podremos verlo.
-¿Le parece? ¿Cuándo es el show? -Pasado mañana.
-Bueno, póngase su mejor traje de etiqueta. Allí estaremos.
-Usted es el detective más irresponsable que he conocido.
-¿Conoció a muchos?
-No. Cuando veo a un policía doy vuelta la cara.
Cuando bajaron. del ómnibus, la madrugada era húmeda, fresca y despejada. El
detective palmeó a su amigo y encendió un cigarrillo. Soriano cruzó la calle
y caminó frente al edificio de la Academia de Hollywood. Dobló en la esquina
y miró el reloj. Eran las seis menos veinte. Se apretó contra el portón de
un garaje cerrado y esperó cinco minutos. Un auto estacionó cerca de la
esquina luego de empujar la fila de coches. Bajaron dos hombres de uniforme
azul. Soriano encendió un cigarrillo y lo tiró en seguida. Los guardias
caminaron hacia la entrada de servicio de la Academia, situada en medio de
la cuadra. Tras ellos avanzó Marlowe. Soriano los vio acercarse. Cuando los
tuvo a veinte metros levantó el pañuelo que tenía atado al cuello, y se
cubrió el rostro. Del bolsillo del pantalón sacó otro pañuelo blanco al que
le había hecho nudos en las puntas y se lo puso en la cabeza. Parecía un
hincha de fútbol enmascarado. Cuando los guardias estuvieron a tres metros
apretó la culata del revolver en el bolsillo del saco y les salió al paso.
Los dos hombres se pararon de golpe, sorprendidos. El más alto echó mano a
la cintura.
-¡No se moleste, amigo! -dijo Marlowe a sus espaldas-. ¡Deje quietos los
brazos!
Bajó el pañuelo, el argentino sonreía. Los guardias se dieron vuelta. El
detective estaba también enmascarado con un pañuelo negro de seda y el
sombrero gris le caía casi sobre los ojos. Empuñaba una pistola 45.
-Sean juiciosos -agrego Marlowe-, llamen a la puerta, como siempre.
El petiso, que temblaba, miró a su compañero.
-¿Es un asalto? -preguntó.
-Perdón -respondió Marlowe colocando la pistola sobre la nariz del más
alto-, olvidé anunciarlo: esto es un asalto.
Soriano sacó un revolver Colt 38, corto. Apretó el caño contra la barriga
del petiso. Luego hizo un gesto con la cabeza indicándole que se apurara.
El guardia sacó un manojo de llaves y abrió una caja empotrada en la pared,
junto a la puerta. Dentro había un botón rojo. Dudo un instante y luego lo
apretó cuatro veces. Soriano se ocultó a un costado de la entrada. Abrió la
puerta un pelirrojo gordo y bajo, de abundante barba y bigotes como
manubrios de bicicleta, que vestía un mameluco verde. Marlowe le puso la
pistola en la cara.
-Pase. Tenemos apuro -dijo en voz baja. Entraron. Los tres hombres tenían
las manos levantadas.
-Contra la pared -dijo Marlowe. Luego miró hacia el fondo del pasillo vacío
y llamó-: ¡Vamos!
Soriano entró con el revolver a la altura de su cintura. Con la otra mano
sostenía el pañuelo de la cara que estaba flojo y amenazaba caerse.
-Sáqueles las armas -dijo el detective en inglés.
-¿Qué? -respondió Soriano, también en inglés.
-¡Las armas, estúpido! -gritó Marlowe.
El periodista despojó de sus revólveres 38 largos a los tres hombres.
Entregó uno a Marlowe y guardó los otros dos.
-Desnúdense -dijo el detective.
Los tres hombres empezaron a sacarse la ropa.
-Usted no -indico Marlowe al de mameluco-; tírese al piso.
El pelirrojo se tendió en el suelo. Los dos guardias se desvistieron
rápidamente. Marlowe tomó el uniforme más grande y comenzó a cambiarse de
ropa. Soriano apuntaba a los que quedaron en calzoncillos y de vez en cuando
giraba el revolver hacia el que estaba en el suelo. Marlowe terminó de
vestirse. El uniforme le iba perfecto. Guardó las armas entre la ropa que se
había quitado, hizo un rollo, lo ató con el cinturón y lo dejó en el piso.
-Ahora usted -dijo a Soriano.
El argentino se cambió. El traje del guardia petiso le quedaba corto y muy
apretado. Hizo un esfuerzo por echar la barriga hacia adentro y logró
atarlo. Envolvió su ropa igual que la de Marlowe y la dejó en el piso junto
al otro atado.
-Caminen -ordenó el detective-. Vamos al sótano.
Entraron al ascensor. Se detuvieron en el segundo subsuelo. Salieron.
-¿Cómo se llega al salón de actos? -pregunto Marlowe.
-Por la escalera del fondo, o por el ascensor. Dan a un pasillo. Hay que
seguirlo, cruzar el museo y los camarines. Desde allí se sale al escenario
-explicó el petiso.
-Muy bien. Al suelo -ordenó el detective.
Los tres hombres se acostaron. Marlowe sacó varios trozos de cuerdas de su
atado de ropa y los sujeto uno por uno. Luego los aferró entre si. Con las
piernas estiradas formaban una estrella de tres puntas. Luego les colocó
abundante estopa en la boca. Se alejó y quitó el pañuelo de su cara.
Encendió un cigarrillo y Soriano hizo lo mismo. Se sentaron sobre unos
cajones, lejos de los prisioneros, y fumaron lentamente.
-Si nos agarran vamos adentro otra vez -dijo Soriano.
-Pierda cuidado, hoy estarán muy ocupados. ¿A que hora empieza el show?
-A las nueve de la noche.
-Va a ser divertido -dijo el detective-, nunca vi nada igual.
-¿Sabe una cosa? Estoy nervioso -dijo Soriano.
-No es para menos. Va a conocer a Chaplin.
-Y a John Wayne.
-¡No me diga que viene Wayne! -se sorprendió Marlowe.
-Si. Es una de las estrellas invitadas.
-¡Carajo! Ese me debe algo.
-¿Piensa arruinar el show? -preguntó Soriano.
-No. Tal vez lo anime un poco.
-¿Qué hacemos hasta la noche?
-Dormir. A mediodía pensaremos la estrategia -dijo Marlowe.
-Despiérteme con un café -contestó Soriano, y se acostó sobre una plancha de
cartón. Antes de cerrar los ojos puso un revolver bajo el cartón y el otro
lo dejó al alcance de la mano.
-¿Alguna vez disparó un tiro? -preguntó Marlowe.
-Tire al blanco con una 22. Tengo mala puntería.
-Bueno. Si hay lío no se ponga nervioso.
Durante toda la tarde escucharon ruido, música, gritos, gente que bajaba al
subsuelo a dejar y a buscar cosas. A medida que se acercaba la hora la
actividad se hacia más intensa y la confusión parecía llenar el edificio.
Marlowe había ocultado a los guardias entre cajas de cartón y tanto él como
su amigo estaban doloridos cuando dejaron su refugio del sótano, entre las
máquinas de la calefacción. Soriano se asomó lentamente y salió a la
superficie. Todavía conservaba el pañuelo en la cabeza; detrás surgió
Marlowe, que tenía la cara manchada de grasa. Ambos llevaban el atado con
ropa y las armas.
-Póngase la gorra -dijo el detective en voz baja.
Soriano se quitó el pañuelo y colocó la gorra que tenía la insignia de la
Paramount. Caminaron hacia el ascensor. Subieron y se mezclaron entre una
multitud que corría de un lado a otro llevando spots, herramientas, cámaras,
bandejas con café y pocillos, ropa y micrófonos. Los dos amigos entraron en
un baño y se cambiaron de ropa. Tenían otra vez las suyas. Salieron.
Un hombrecito de pelo gris y anteojos sin marco gritaba ordenes a todo el
mundo. Tenía un anotador en la mano y se dejaba atropellar por cuantos
corrían por el pasillo. Soriano y Marlowe atravesaron el museo, luego otro
corredor, y desembocaron en la fila de camarines. En el último, algo alejado
de los demás, se leía: "Mr. Charles Chaplin". Dos hombres custodiaban la
entrada. Marlowe se acercó.
-Traigo un mensaje para el señor Chaplin -dijo.
Uno de ellos, que tenía un garrote por nariz, gruño y escupió de costado.
-No está. Dígame a mi.
-Usted no es Chaplin. Lo esperaremos a él -respondió Marlowe.
-Mire, alcahuete, hable conmigo o guárdese el mensaje. El señor Chaplin no
llego.
-¿A que hora llega?
-No llega -bramó el guardia.
-No se haga el vivo. El viejo esta adentro.
Marlowe hizo una sena a Soriano. Al mismo tiempo, los dos lanzaron furiosas
patadas contra las piernas de los guardaespaldas. El de la nariz de garrote
hizo un gesto de dolor y echó mano a la cartuchera que ocultaba bajo el
saco. Marlowe los tomó a ambos de las cabezas y las hizo chocar como
piedras. Soriano, entretanto, abrió la puerta y entró.
Sobre una cama de dos plazas, un hombre viejo, de pelo blanco y piel muy
arrugada, descansaba con los ojos cerrados. Tenía puesta una robe roja con
cuello bordado en hilos de oro. Cuando escuchó el ruido de la puerta,
entreabrió los ojos y los fijó en el joven que había entrado.
Soriano sintió un estremecimiento. Su garganta se cerró como un embudo. El
silencio de la habitación le entraba por la piel. Se sintió, de pronto,
pequeño y estúpido como una perdiz que entra en la guarida del zorro. Miró
al viejo que permanecía inmóvil y relajado. Vio, también, las orquídeas del
jarrón chino. Se sintió mal. Recordó aquella noche en Buenos Aires, el mismo
silencio, un cigarrillo que pasaba de un labio a otro y la cercanía de la
muerte. Estaba tendido en la cama y los pulmones, muy abiertos, aspiraban
ciclones, tempestades. Había una muchacha pequeña que se estrechaba a su
cuerpo y le preguntaba: "¿Quién sos? ¿Quién sos?". Ella caminaba por una
ciudad de edificios altos y sin ventanas. Estaba sola.
Ahora, Soriano permanecía de pie frente a ese monumento tumbado y en su
cuerpo había un caos, otra muerte menos rotunda pero más solitaria.
-¿Quién es usted? -preguntó el viejo, sin moverse, sin alterar su mirada
perversa.
-¿Señor Chaplin? -murmuró Soriano, y al pronunciar el nombre sintió que cada
cosa volvía a su lugar, que su cuerpo funcionaba otra vez como una máquina
precisa.
-¿Cómo entró? -preguntó Chaplin que seguía inmóvil.
-A trompadas -dijo Soriano en español y entonces se dio cuenta de que no
podría hablar con ese hombre; advirtió lo absurdo de la situación y miró
hacia la puerta esperando que Marlowe entrara para auxiliarlo.
Chaplin se incorporó pesadamente y se sentó en la cama. Tomó un par de
anteojos de la mesa de luz y se los colocó. Estudió un rato al argentino.
-¿Qué quiere? ¿Quién es usted?
-Soriano, Osvaldo Soriano. Periodista argentino -dijo en inglés.
-¿Periodista? ¿Qué hace en mi camarín? Desesperadamente, Soriano buscó en el
fondo de su memoria algunas palabras en inglés que pudieran armar una
explicación. Las deletreo.
-Escribo sobre Laurel y Hardy. Quiero... usted fue... -iba a decir amigo,
pero no se animó a pronunciar la palabra- actor, con el señor Laurel.
Chaplin lo miró. Su rostro era más duro. . -¿Habla francés? -preguntó con
voz firme.
-No. Hablo español.
-No nos entenderemos -dijo Chaplin en inglés-. Lo siento. ¿Hace el favor?
-con un gesto indicó la puerta.
-¡Favor un carajo! -gritó Soriano y se quedó mirando al viejo. Se
estudiaron. Por fin, Chaplin tomó el teléfono. El argentino se abalanzó
sobre él y le arrebató el tubo.
El viejo dio un alarido y saltó hacia atrás, derribando el bastón de Charlie
que estaba apoyado sobre la pared. Su robe se abrió y dejó al descubierto
unos calzoncillos blancos y un pecho pálido y canoso. Su rostro tenía
huellas de miedo. Soriano metió la mano en el bolsillo y apretó la culata
del revolver. Estuvo tentado de sacarlo para ver como el monumento gemía de
terror.
-Viejo cagón -dijo en castellano-; deberían verte, ¿no te acordás ahora del
viejo Stan?
Sonó el teléfono. Soriano lo miró. Era un teléfono azul que estaba junto al
otro, verde, que él había quitado a Chaplin y ahora colgaba de la mesa de
luz. Comprendió su furia inútil.
-Atienda -dijo, e hizo un gesto con la cabeza.
Chaplin avanzó vacilante, se sentó al lado de la cama y habló durante un
minuto. Colgó.
-Tengo que presentarme. La fiesta va a comenzar -dijo.
Soriano lo miró. Había entendido a medias. Chaplin fue hasta el ropero y
empezó a vestirse lentamente. A cada momento levantaba la vista y miraba al
argentino. Por fin, dijo:
-No entiendo que quiere ni como entro; no entiendo nada.
Soriano se sentó en la cama. Esperó a que el actor se vistiera. Fue media
hora de silencio. Después se paró y se acercó a Chaplin. Lo señalo y luego
se puso el dedo sobre el pecho.
-Usted y yo, juntos, ¿comprende? -dijo en castellano, con voz pausada-.
Vamos -indicó la salida.
-No, no -Chaplin giró la cabeza a un lado y otro-. Vienen a buscarme los
organizadores.
Soriano pensó en Marlowe. ¿Dónde estaría el detective? ¿Lo habrían agarrado?
Imaginó otra vez un calabozo. Se miró las ropas y las halló tan descuidadas
y sucias que le pareció absurdo salir junto a Chaplin, que se había puesto
un esmoquin de tela inglesa. Golpearon a la puerta. En cuatro pasos, Chaplin
cruzó la habitación y abrió. En su cara se encendió una sonrisa de alivio.
Soriano se quedó parado en medio de la habitación, con los ojos fijos en la
puerta. Parecía un espantapájaros.
James Stewart, Jerry Lewis y Liz Taylor entraron a la habitación, seguidos
de dos hombres calvos de rostros rosados. También vestían esmoquin. Rodearon
a Chaplin, hablaron en voz alta y pasaron una y otra vez alrededor de
Soriano, que seguía inmóvil. Fueron hacia la puerta, en fila. Uno de los
hombres calvos miró al argentino, metió una mano en el bolsillo y sacó cinco
dólares.
-Gracias -dijo, y le metió el billete en el bolsillo del saco. Salieron. El
periodista miró la puerta cerrada. En el suelo estaba caído el bastón de
Charlie. Lo levantó, lo miró un rato y se lo llevó con él. En el pasillo
había poca gente. Corrió. Cuando vio a Chaplin y a sus acompañantes los
siguió a veinte metros. Ellos desaparecieron detrás de una puerta. Soriano
la abrió lentamente. El escenario no era tan grande como el del Madison
Square Garden. Una luz intensa como el sol del desierto inundaba la tarima
superior. Veinte hombres se alineaban tras un animador que gesticulaba. La
sala estaba repleta de esmóquines y trajes largos de fiesta. Chaplin se
había sentado a un costado, oculto por bambalinas, y conversaba con sus
acompañantes. Liz Taylor reía siempre y Stewart tenía el pelo muy blanco.
Soriano se sentó tras un amplificador y miró al viejo cowboy. Era uno de sus
preferidos. Cuando Dean Martin se acercó al grupo recordó Los bandoleros. Le
pareció estar sentado en una platea imaginaria, de la que nadie podría ya
desalojarlo. Imaginó la cara del director del diario, en Buenos Aires,
cuando atendiera el teléfono y él contara lo sucedido y le propusiera
cambiar el artículo por un giro de dólares. Pensó en sus amigos, en la
pequeña muchacha, en sus caras cuando relatara cada detalle en la mesa del
café.
De pronto, una ovación quebró la monotonía del acto, las luces tomaron un
color más vivo y más alegre, todo Hollywood estaba de pie y aplaudía.
Charles Chaplin había subido a la tarima y recibía el saludo de un hombre de
anteojos y rostro emocionado.
"El genio del cine." "El cómico más grande de este siglo." "Estados Unidos
le debía este homenaje." "Nadie hizo más que él por tanta gente."
John Wayne cayó sobre el escenario como una caja fuerte desde un décimo
piso. Sobre él llovieron pedazos de vidrios multicolores y una cortina de
terciopelo gris.
Hubo un silencio que duró tres segundos y luego una multitud de risas. El
vaquero intentó ponerse de pie, pero el hombre que atravesó la puerta
destrozada le dio una patada en la mandíbula, Wayne gimió y se desplomó
hacia atrás. Soriano se paró. Todo el mundo estaba de pie. Chaplin había
abierto la boca como si esos desastres le fueran ajenos y absurdos. Charles
Bronson saltó al escenario y tiró su izquierda que se perdió en el aire. El
hombre alto de traje raído le pegó un derechazo en el hígado y Bronson cayó
sobre la primera fila de plateas. En un instante, Dean Martin y James
Stewart estuvieron frente al pegador. Martin lanzó un gancho y Stewart un
uppercut. El hombre trastabilló y el público bramó desde las plateas. Todas
las cámaras enderezaron sus lentes hacia el centro del escenario. Martin
tomó una silla y la lanzó contra el hombre. Este alcanzó a extender un
brazo, pero el proyectil lo arrastró en su caída. Wayne se puso de pie. Tomó
un micrófono y lo esgrimió. Los tres hombres avanzaron sobre el caído. La
multitud ovacionaba. Soriano apretó el bastón de Charlie, subió al
amplificador y desde allí se lanzo en el aire como una bala humana. Grito:
-¡Huija, mierda! -y se estrelló la cabeza contra Wayne. En la caída
arrastraron a los demás.
-¡Arriba, Soriano viejo! -gritó Marlowe, mientras se ponía de pie-. ¡La
fiesta recién empieza!
Stewart, Wayne y Martin estaban desparramados en medio del escenario.
Soriano había aterrizado su cuerpo de ochenta kilos sobre los noventa de
Wayne. El cowboy estaba aprisionado bajo el argentino, formando ambos una
cruz de movimientos desesperados. Wayne aferró a su rival del cuello y
apretó. El periodista se puso Colorado, quiso toser pero no pudo. Metió un
dedo en el ojo derecho del actor y con una rodilla lo golpeó entre las
piernas. Wayne gritó y se retorció. Soriano comenzó a levantarse y buscó con
la vista a Marlowe. Un error estúpido: el puño derecho de Martin le dio en
la mandíbula y lo levantó del piso. Cayó sobre Charles Bronson. Este lo
detuvo con el brazo derecho y con el izquierdo le pegó en el estómago
primero y en la nariz después. El argentino cayo boca abajo, con medio
cuerpo fuera del escenario. Sangró sobre el vestido blanco de Mia Farrow. Le
pareció un papelón. Cerró los ojos.
Marlowe avanzó hacia Martin. El actor retrocedió un par de metros hasta que
su espalda se apoyó en un gran piano de cola. El detective le pegó en el
cuello. Martin puso los ojos en blanco. Marlowe giró a toda velocidad,
arqueó el cuerpo hacia atrás y esquivó un derechazo de Stewart. Levantó una
pierna y la puso contra el estómago del hombre de pelo blanco que cayó
sentado. Marlowe saltó a un costado y piso una mano de Wayne que seguía en
el suelo. Un locutor de
traje azul y lentes de contacto celestes corrió hacia él con un micrófono en
la mano.
-¿Se da cuenta de que está pasando a la historia?
Marlowe lo miró. La sala desbordaba un entusiasmo ruidoso.
El locutor dijo que no recordaba una fiesta en la Academia de Artes y
Ciencias más divertida, apasionante, estremecedora. Fue lo último que dijo
esa noche. Marlowe lo levantó sobre su cabeza y lo arrojó contra Dean Martin
que se acercaba.
En la platea, Mia Farrow había sentado a Soriano sobre su regazo como a un
bebe y Julie Christie agitaba una carpeta frente a su cara para darle aire.
El argentino ya no sangraba. Sonrió.
-¡Está vivo! ¡Está vivo! -gritó la Farrow. Todos aplaudieron. El argentino
se quitó el saco.
-Téngalo -dijo a Julie Christie-: esta pelea es a muerte.
Sobre ellos pasó una silla. Un hombre menudo se puso de pie, levantó la
cabeza y miró al periodista.
-No permitiré que terminen con Hollywood -declaró. Soriano lo reconoció de
inmediato.
-No se meta, enano. ¿Tiene un cigarrillo? -Mickey Rooney le pegó en la cara.
Las mujeres rieron. Soriano sacó un pañuelo y lo pasó por su frente-. Buen
golpe -dijo.
La derecha del argentino salió como un cañonazo y dio en la nariz del petiso
que se desmayó. Marlowe se hacia fuerte en la tarima de Chaplin. Jackie
Coogan lloraba frente a él y trataba de tomarlo de las piernas.
-¡Papá!, ¡papá!
Marlowe se agachó y dijo paternalmente:
-No soy su papá.
-¿Y a usted quién lo conoce? -respondió Coogan y le escupió en la cara.
Media docena de policías entraron por la puerta de servicio. Llevaban
cachiporras de goma y el más pequeño, que tenía galones de jefe, levantó un
altoparlante.
-¡Aquí está la autoridad! -gritó-. ¡Cálmense y no entorpezcan la tarea de la
ley! ¡Desalojen la sala por el pasillo cen...!
Julie Christie metió el saco de Soriano en la boca del parlante. El sargento
tragó saliva, se atoró y bajó el artefacto.
-Se trabó -dijo mirando a Jane Fonda. Ella sonrió dulcemente. Puso sus manos
sobre la cabeza del policía y tiró la gorra hacia abajo, tapándole los ojos.
-Eso no esta bien -dijo Marlowe, que había saltado desde la tarima. Dio un
golpe en la cabeza del sargento y lo dejó caer suavemente sobre él. Miró a
un agente-. Tome el mando. El sargento esta indispuesto.
-¿Quién es usted? -gruño el policía que era gordo y tenía pies planos.
-Un detective -contestó Marlowe y le mostró la credencial con una mano
mientras sostenía al sargento desmayado con el otro brazo.
-No se haga el vivo -dijo el policía-, podemos quitarle la licencia.
Alrededor del grupo se había formado una rueda de actores y colaboradores.
Chaplin, solo, estaba parado en la tarima mientras Coogan lloraba a sus
pies.
-Ingratos -farfulló.
-Soy de la escolta del señor Chaplin –dijo Marlowe-; tengo un compañero que
lo custodió desde Suiza. Debo responder por el ante el gobierno.
El policía no pareció convencido. Hubo un tumulto entre el grupo y apareció
Wayne.
-¡Conozco a ese hombre, es un impostor! -gritó el cowboy mientras se tapaba
el ojo magullado con una mano aplastada.
-¿Quién es usted? -preguntó el policía.
-¿Yo? -Wayne rió con dificultad.- No es el momento de hacerse el estúpido.
-¿Qué dice? -gritó el gordo de pies pianos-. Voy a detenerlo por desacato.
-¡No sea imbecil! -grito Wayne-. ¿Nunca fue al cine?
-No tengo oportunidad. Pierdo mucho tiempo con granujas como usted.
Marlowe sacó una derecha corta, seca, disimulada, que achato la mandíbula de
Wayne. El vaquero se dobló y cayó en brazos de Mickey Rooney. Era mucho peso
para el petiso. Los dos fueron al suelo.
-Se insolentó -justifico Marlowe, mirando al policía.
-Está bien -respondió el de pies pianos-, voy a pedir refuerzos. -Sacó una
pistola.- Por ahora no se mueva nadie. -Salió a toda carrera.
Soriano se había deslizado por el escenario hasta la tarima de Chaplin. Dijo
en castellano:
-¿Ahora tiene llorón propio? -miro a Coogan.
-¿Otra vez usted? -pregunto Chaplin en inglés-. ¿Qué se propone?
-Nada -dijo el argentino y se acercó al grupo que rodeaba a un policía y a
Marlowe.
Los otros cuatro agentes formaban una fila ordenada
-¿Qué pasa?-preguntó a uno de cara redonda y bigote que parecía una cerca de
ligustrinas.
-No sé -dijo el policía-; había un lío y nos llamaron. Cuando le diga a mi
mujer que estuve acá y vi a todas estas celebridades no lo va a creer.
-Llévese uno de muestra -dijo Soriano en español y se metió entre la gente.
Sacó un cigarrillo y lo encendió.
-Acá está prohibido fumar -dijo un hombre de traje azul con cara de
funcionario.
Soriano forcejeó hasta llegar al centro de la reunión. Apareció tras el
policía y alcanzó a ver la pistola que golpeaba el pecho de Marlowe.
-Usted me gusta. Hágase cargo de la situación con mi apoyo -dijo el agente
al detective.
Soriano no pudo escuchar. Sacó el revolver, lo tomó por el caño y con la
culata golpeó al policía que cayó hacia adelante, sobre Marlowe.
-No hago más que sostener policías -gruño el detective-. Usted siempre tan
oportuno.
El argentino miró a su alrededor.
-¿Por qué? –preguntó.
-Por nada -contestó Marlowe en castellano-; ¿golpea a todos los canas que
encuentra de espaldas?
-Le estaba apuntando a usted -se disculpó Soriano.
-¡Latinoamericano! -grito Jane Fonda y abrazó a Soriano. El argentino la
besó en la boca.
-¡Un nuevo romance ha nacido en Hollywood! -gritó un periodista que
gesticulaba frente a una cámara de la NBC.
-¡Mierda! -grito Marlowe en ingles-. loco?
-Por favor, no diga malas palabras -lo amonestó el periodista de la NBC-.
Estamos en el aire. ¡Esto es sensacional!
Soriano apartó a la Fonda. Afuera se escuchaban sirenas. Levantó su saco del
suelo y se lo puso. Estaba estropeado.
-Mejor nos vamos, Marlowe. Creo que el plan no salió bien.
Por la entrada principal irrumpió una docena de policías armados con
lanzagases.
-Cagamos -dijo Soriano en voz baja-, otra vez adentro.
La multitud empezó a moverse como un hormiguero espantado. Wayne se
incorporó y enfrentó a Marlowe.
-No sé quién es usted, pero dedicaré el resto de mi vida a buscarlo.
-No se moleste -dijo el detective, y metió una mano en el bolsillo-. Tome mi
tarjeta.
-Voy a triturarlo, proyecto de detective. Se lo juro.
-Péguele, Marlowe -dijo Soriano e hizo un gesto con el puño.
-No. Ahora hay que salir de aca -miró a Wayne-. ¡Hasta la vista, vaquero!
La sala se había convertido en un gallinero donde nadie ponía orden. La
gente corría de un lado a otro buscando la salida, derribaba butacas y todo
lo que hallaba a su paso. Los policías no podían hacerse oír y se
conformaron con bloquear las puertas. A medida que la gente iba acercándose
a la salida era llevada a una sala contigua. Marlowe miró hacia el escenario
y vio a Chaplin acurrucado en un rincón. Estaba despeinado y tenía miedo.
-¡Sígame! -gritó a Soriano.
Abriéndose paso entre la gente llegaron al escenario y subieron. El
detective se acercó a Chaplin. Un hombre rubio, corpulento como un ropero,
lo apartó de un empellón.
-¿Adónde cree que va? -vocifero. Marlowe lo estudio, miró a Soriano. El
argentino sacó su revolver y apuntó.
-Quieto -dijo Marlowe-; el gordo está caliente hoy. Acérquese, amigo.
El ropero avanzó con los brazos pegados al cuerpo y el mentón echado hacia
adelante, como preparándolo para una paliza. El detective le pegó en la
mandíbula. Fue un golpe justo, preciso. El ropero vaciló, pero sus ojos
dijeron que eso no era bastante para un hombre como él. Soriano dio un paso
al frente y le pegó en la nariz. El mueble levantó un brazo para devolver el
golpe, pero Marlowe le pegó otra vez en el mentón. Cayó sobre el escenario y
por el ruido que hizo se diría que había roto veinte tablas del piso.
-Le dije que no le pegue a un hombre indefenso -protestó Marlowe.
-¿Ah si? -contestó el argentino-. ¿Qué hizo usted cuando yo le estaba
apuntando?
-Oiga, no empiece. Mejor hablamos con este caballero -señalo a Chaplin, que
miraba como si esperara su turno para entrar en el degolladero. Marlowe se
acerco-. Encantado -dijo, y extendió su mano-. Soy Philip Marlowe, detective
privado. Este es un amigo argentino. ¡Ah, ustedes ya se conocen!
-Si -respondió Chaplin sin estrechar la mano del detective-. Entró en mi
habitación y quiso golpearme.
-No puedo creerlo, él no le pegaría a un enano.
-¿Qué quiere decir? -pregunto Chaplin, molesto.
-Nada. Que es un tipo pacifico.
-Matones -contesto el cómico-. Pude ver lo que hicieron aquí. Han arruinado
la fiesta, me han puesto en ridículo. Cualquiera se hace famoso a costa mía.
-Mire, señor -dijo Marlowe, muy serio-, yo tenía un asunto pendiente con
este vaquero barato y debía acariciarlo un poco, aquí o en el infierno. El
señor Soriano quería conversar con usted y no pudo hacerlo porque es algo
torpe con el inglés. Todo eso provocó alguna confusión, lo admito, pero no
creo que haya que exagerar.
-Ustedes golpearon a mis guardias y me maltrataron. ¡Voy a destruirlos!
-¿Usted también? -preguntó en inglés, y agregó en español-: No nos quieren
aquí, Soriano.
-No nos quieren en ninguna parte -respondió el periodista-, hay que cambiar
de aire.
-Escuche, señor Chaplin -Marlowe se inclinó hacia adelante, comprensivo-,
admito que usted no este contento con la fiesta. Los americanos somos muy
desagradecidos, pero ahora vamos a salir a tomar aire y usted vendrá con
nosotros.
-¿Es un secuestro?
-A medias. Yo tengo una pistola y mi compañero un revolver. Saldremos de
aquí juntos, como buenos amigos. Una vez afuera queremos charlar con usted
media hora. Eso es todo.
-No voy a salir con ustedes -protestó el actor-; creo que van a
chantajearme.
-¡Mire, payaso! -dijo Marlowe, furioso-. ¡Levántese y mueva su esqueleto! Si
dice algo a los policías lo dejó seco ahí mismo. No estamos bromeando. A
cualquier pregunta conteste que somos sus guardaespaldas. ¡Vamos, camine!
Chaplin se levantó. Marlowe caminó adelante del actor y Soriano cerraba la
fila. El detective sacó su pistola y fue apartando gente con los codos y las
manos. Jane Fonda se acercó a ellos.
-¡Le gusto la fiesta, señor Chaplin? -preguntó-. Hollywood no era tan
complicado en su tiempo, ¿verdad?
-No -contestó el cómico.
-Hollywood no existe ya -dijo la Fonda levantando los hombros-; solo quedan
algunos viejos, un puñado de matones y algunos hippies. Se terminó la farsa.
Besó al viejo en la mejilla y luego miró a Soriano.
-¿De donde sacó al latinoamericano?
-Me esta secuestrando -dijo Chaplin.
-¡Que divertido! -contestó ella y se perdió entre la gente.
Avanzaron. Al llegar a la puerta, Marlowe se acercó a un teniente de policía
y se identificó.
-Nos llevamos al señor Chaplin -dijo-, su salud no resiste estas
demostraciones y tiene dolor de muelas.
-Está bien -dijo el oficial-. Ojalá pudiera firmarme un autógrafo.
-Lo siento, teniente -dijo Marlowe-. Es un hombre difícil.
Pasaron al salón contiguo. Soriano había puesto una mano sobre el hombro del
actor y lo guiaba a través del recinto donde la concurrencia fumaba y
comentaba lo sucedido. Recorrieron varios pasillos, preguntaron por la
salida y llegaron a la calle. Era una noche tibia y algunos relámpagos la
iluminaban. Marlowe llamó un taxi. Dio la dirección de su casa y pidió al
chofer que diera un rodeo por la ruta de las colinas.
Durante el viaje los dos amigos hablaron en castellano. Habían sentado a
Chaplin entre ambos.
-Tendrá que hablarle rápido, compañero -dijo Marlowe-; aunque no lo parezca,
esto es un secuestro y en California se puede ir a la cárcel para toda la
vida por eso.
-No es un secuestro -replico Soriano-; lo invitamos a tomar un café y luego
podrá irse.
-¿Y si después hace la denuncia?
-Podemos probar que no hubo violencia -respondió el argentino.
-¿Ah, sí? -preguntó Marlowe con tono burlón-. ¿Qué dirá usted cuando
declaren los tipos que nos vieron armados? ¿O cuando Jane Fonda diga que lo
escucho hablar de secuestro?
-Pare, compañero -Soriano cambió el tono de voz, que se hizo inseguro-. ¡Lo
dice en serio?
-Claro. No estoy jugando.
-Ustedes son criminales. ¿Adónde me llevan? -pregunto Chaplin.
El chofer negro manejaba con calma. Pasó por Bel Air, subió por una suave
colina rodeada de árboles y enfiló hacia el Norte. Chaplin golpeó el vidrio.
El negro miró por el espejo, dio vuelta la cabeza y abrió la ventanilla de
separación.
-Dígame -habló mecánicamente.
-Estos hombres me han secuestrado -dijo él actor con voz temblorosa-; haga
algo. Soy Charles Chaplin.
-¿Si? -el chofer parecía divertido-. Yo soy Luther King y predico en los
ratos libres.
Soriano, que había entendido, lanzó una carcajada. Marlowe golpeó el hombro
de Chaplin con el puño y dijo en inglés:
-Oiga, Chaplin, el whisky era muy fuerte allí, ¿eh?
El chofer rió.
-Hoy es el día de los locos -dijo-; por la tarde lleve a un tipo que dijo
ser Frank Sinatra. Será mejor que me vaya a dormir pronto. Mi mujer se enoja
si le voy con estos cuentos. Ella trabaja en una fabrica de salchichas y no
ve...
-¡Esto es cierto! -gritó Chaplin-. ¡Cuidado!
La sonrisa se borró de la cara del negro. Un DeSoto azul se cruzó delante
del taxi y frenó bruscamente. El negro giró el volante de un golpe y apretó
los frenos, pero no pudo evitar el choque con el guardabarros del otro auto.
Tres hombres habían saltado al camino. Las ametralladoras con las que
apuntaban tenían un metro de largo y los tambores parecían ruedas de carro.
Corrieron hacia el taxi.
-¡Abajo! ¡Vamos! -gritó un matón flaco, alto, que tenía cara de faquir.
Marlowe había sacado la pistola y Soriano buscaba su revolver en el bolsillo
derecho del pantalón. No lo halló; estaba en el izquierdo.
-No tire -dijo Marlowe-; no se haga el loco.
-¿Esperan una invitación por correo? -dijo otro hombre de cara cuadrada y
ojos pequeños.
Bajaron con las manos en alto. El faquir les quitó las armas. Chaplin
permanecía en el auto. Temblaba y sentía frío. El tercer hombre, que tenía
un enorme bigote amarillo, descuidado y manchado de nicotina, se acercó al
auto, pateó la puerta que estaba entreabierta y metió el caño de la
ametralladora por el hueco.
-Vamos, abuelo -grazno-, sin hacer chistes.
Chaplin lo miró. Su rostro pasó del temor al enojo.
-Están equivocados -dijo con voz dura-, esto puede costarles caro.
El hombre estiró el cuerpo, puso una mano gigante alrededor del cuello del
actor y tiró hacia afuera. Chaplin salió despedido como una sardina. Cayó en
cuatro patas sobre el césped húmedo. Dos autos pasaron por la ruta. Uno
tenía el escape abierto. Un relámpago interrumpió la oscuridad por un
instante. El bosque comenzaba a tres metros de la banquina. Era tupido y
sombrío. El tipo con cara de faquir retrocedió hacia el follaje hasta
desaparecer entre las sombras. Desde allí apuntaba en dirección al grupo.
-¿Qué pasa? -dijo Marlowe-. ¿Quién los manda?
-¡Callate, hijo de puta! -gritó el bigotudo con voz aflautada-. Llévalo al
coche -agregó, dirigiéndose al de la cara cuadrada. Este tomó de un brazo a
Chaplin, que se había puesto de pie, y lo empujó hasta el DeSoto. Al volante
había un hombre pequeño, casi enano, que tenía la cabeza como la pirámide de
Keops en cuyo vértice álguien había olvidado una gorra de jockey. Era
jorobado. Cuando Chaplin entró al asiento trasero, encontró la boca de una
escopeta sobre su frente.
-Disculpe -el jorobado abrió la boca como un tacho de basura-. Tengo mala
puntería. Los dedos me tiemblan.
El de la cara cuadrada se sentó junto al actor. Dejó la ametralladora en el
piso. El tambor golpeó a Chaplin en un pie. Con las manos libres, el hombre
sacó una petaca de whisky del bolsillo trasero del pantalón. La abrió con
los dientes y se mando un trago que dejó la botella por la mitad. El
jorobado lo miró, reclamó el whisky. Inclinó la pirámide hacia atrás y la
llenó de alcohol. Afuera sonó un balazo. El chofer del taxi había disparado
un 32 largo y se quedó mirando su obra como si hubiera cazado un elefante.
Asomaba la cabeza negra por la ventanilla y sonreía mostrando unos dientes
blancos y anchos.
El bigotudo sintió el golpe en el pecho. El metro de ametralladora se le
resbaló de las manos mientras hacia un ocho con las piernas. A Soriano se le
ocurrió que estaba borracho y bailaba un tango. Lo miró sin bajar las manos.
El tipo se puso pálido y cayó hacia adelante en brazos de Marlowe, que trató
de tomar el arma. La sangre ensució las manos del detective y la
ametralladora casi se le escurrió entre los dedos. Se fue al suelo junto al
muerto. Desde la sombra del bosque salió un fuego azul y el cristal del taxi
estalló. El negro no gritó, pero alcanzó a abrir la puerta y cayó de costado
sobre el asfalto. Soriano hizo cuerpo a tierra. Marlowe no había apuntado
todavía la ametralladora, pero apretó el gatillo y disparó en dirección al
bosque. El faquir había desaparecido. Una lluvia de hojas molidas como papel
picado cayó sobre el camino. El cara cuadrada saltó del auto y se ocultó
tras un guardabarros. Desde el volante del De Soto, el jorobado apuntó la
escopeta hacia Marlowe que seguía en el suelo. El disparo fue un trueno
encerrado que ensordeció a Chaplin.
Marlowe se arrastró hacia la cola del taxi. Estaba apenas a seis metros del
De Soto. No quiso disparar para no herir a Chaplin. Soriano siguió apretado
contra el piso y no se movió. El cara cuadrada disparó con una pistola
automática. La ametralladora había quedado en el piso del auto, sobre los
pies de Chaplin. Dos balas picaron cerca de Soriano, que estaba tan asustado
como una liebre. Detrás del taxi, Marlowe apuntó hacia el guardabarros del
De Soto y lo roció de plomo. Hubo un silencio. Los pájaros gritaron desde el
bosque.
-¡Raje cuando lo cubra! -dijo Marlowe y disparó otra vez.
Soriano se arrastró hasta llegar junto a él.
-¡La puta! -dijo-. ¿En que nos metimos?
Marlowe no contestó. Desde el De Soto salió otra perdigonada de escopeta. El
detective sintió un calor en el brazo derecho y perdió el arma que cayo al
suelo. Se tomó el brazo y lo apretó.
-Me dieron -dijo en voz baja-; agarre la ametralladora y haga ruido de vez
en cuando.
Soriano la levantó. Pesaba más que una máquina de escribir. Apoyo el caño
sobre el baúl del taxi. Desde el bosque salió una ráfaga que duró medio
minuto. Cuando terminó, Marlowe asomó la cabeza.
-El hijo de puta está bien escondido. No lo vamos a sacar ni con una
granada.
Soriano apretó el gatillo y el culatazo lo hizo trastabillar. Cayeron más
hojas molidas.
-¡Salgan! -gritó el cara cuadrada.
Hubo un silencio.
-Si salimos no vamos a dormir en casa esta noche -dijo Marlowe-. Haga ruido.
El argentino tiró hacia el De Soto, cuidando de apuntar lejos de la cabina.
Algunas balas rebotaron y golpearon en el capo del taxi. El olor era
penetrante. Soriano estornudó.
-¡Qué le pasa? -pregunto Marlowe-. ¿Se resfrió?
-No -respondió Soriano-; tengo alergia por el olor de la pólvora.
-¡No sean boludos, salgan! -gritó el jorobado.
Como no hubo respuesta, tiró otra vez. Estaban destrozando el taxi.
-¡Mire! -alerto Marlowe y señaló el bosque. El faquir corría agachado entre
los árboles para tomar de espaldas al detective y a su compañero. Soriano lo
vio una vez y nada más. Apuntó dos metros delante de la silueta y tiró.
Algunas balas picaron en la tierra, otras en los árboles. Se escuchó un
grito. Luego otro. El faquir salió del bosque como si alguien hubiera tocado
timbre. Tropezó. Iba a caer hacia adelante, pero Soriano disparó otra vez
durante veinte segundos. El impacto levantó al hombre en el aire y lo arrojó
de espaldas.
-¡Lo cagué! -gritó el argentino. Miró a Marlowe. El De Soto donde estaba
Chaplin se puso en marcha, arrancó de culata y luego salió a gran velocidad.
El cara cuadrada intentó abrir una puerta del auto a la carrera, pero
resbaló y cayó sobre el pavimento.
-¡Allá! -señalo Marlowe.
Soriano tiró, pero el hombre alcanzó a refugiarse en una alcantarilla.
-Tranquilo -dijo Marlowe-, déjelo ir.
Soriano bajó la ametralladora. Fue hacia el bosque y se paró ante el cuerpo
del faquir. El muerto tenía cara de sorpresa. Soriano se inclinó y lo miró.
Los ojos estaban abiertos y no se les veía el color a causa de la oscuridad.
-No lo toque -dijo Marlowe-; podría dejarle las huellas.
Se agachó y con cuidado recuperó las armas que el faquir les había quitado.
La noche se había vuelto repentinamente más negra y unas gotas de lluvia
empezaban a caer. Soriano se puso a llorar. El detective pasó su brazo sano
sobre los hombros del gordo. Había tres hombres muertos y dos que empezaban
a sentir la lluvia. Con voz queda, entrecortada, Soriano dijo:
-¡Le curo la herida, detective? -respiró hondo-. Esta noche me siento mal.
Marlowe tenía el rostro duro y las arrugas le asomaban como cicatrices. Un
mechón de pelo gris le tapaba parte de la cara. Miró a su amigo.
-No -dijo-, es un rasguño. ¿Qué le parece si damos un paseo?
-Me gusta la lluvia -balbuceó Soriano, y las lágrimas le entraron en la
boca-. Es fresca... me hace recordar...
-Ya me lo contó -dijo Marlowe y sacó un cigarrillo-. Vamos.
Caminaban por la banquina, en dirección contraria al sentido del tránsito.
Cada tanto pasaba un auto a gran velocidad y el ruido tardaba en perderse
entre los cerros. La noche era cálida y la luna había desaparecido, tapada
por las nubes negras. La lluvia caía suave pero densa. Los dos hombres se
habían levantado los cuellos de sus sacos. Soriano miraba las borrosas
montañas que se perdían entre la oscuridad y las nubes. Marlowe tenía el
pelo bañado y lo apartaba cuando caía sobre su cara. A Soriano, el agua se
le deslizaba fácilmente sobre el escaso pelo y le empapaba la camisa. En la
mano derecha llevaba la ametralladora apuntando hacia el suelo. El detective
había puesto la mano izquierda en el bolsillo y la otra sobre el pecho, como
Napoleón. El saco estaba roto en la manga derecha. De sus labios colgaba un
cigarrillo apagado. Habían dejado atrás el taxi y a tres muertos. Nadie se
detenía a curiosear.
-¿Se la lleva de recuerdo? -preguntó Marlowe, y miró la ametralladora.
-¿Qué? -Soriano caminaba ensimismado, con los ojos fijos en el horizonte.
Siguió la mirada del detective y comprendió.- Ah, si... No se que hacer con
ella. ¿La dejo?
-Tírela en el bosque, pero antes limpie las huellas con el pañuelo.
-¿Y las que dejamos en el taxi?
-En un taxi viajan cientos de personas por día- dijo Marlowe, con voz dura-.
La policía no investiga tanto aquí.
-Tiene razón.
Soriano sacó un pañuelo arrugado y lo paso por toda el arma, como si la
estuviera lustrando. Marlowe observaba curioso.
-En el bosque -repitió.
Soriano corrió hasta el bosque, entró un par de metros y tiró la
ametralladora entre un pastizal. Antes de guardar el pañuelo se lo pasó por
la cara, lo escurrió y se lo puso en el bolsillo del pantalón. Encendió un
cigarrillo y tiró el fósforo entre los yuyos.
-Podrían acusarnos de quemar bosques -dijo, secamente.
Marlowe no contestó.
Llegaron a un camino secundario, de tierra, que estaba convertido en un
lodazal. Se arremangaron los pantalones y empezaron a caminar por el. Tres
horas más tarde la lluvia seguía cayendo. Estaban empapados, pero seguían
adelante. La marcha se hacia difícil. Subían y bajaban por ondulaciones
suaves. La noche era tan negra que no veían el camino y tropezaban
constantemente. Hacia dos horas que no pronunciaban una palabra. Se quedaron
sin cigarrillos. Soriano había juntado las colillas en un bolsillo, pero las
guardaba para mas adelante. Ignoraban adonde llevaba el camino. Cada tanto
un relámpago iluminaba el cielo y Soriano aprovechaba para mirar alrededor.
Luego esperaba ansioso otro golpe de luz. Marlowe iba con la mirada fija,
pero no parecía pensar. Tenían hambre, pero eso era lo último que el
argentino había dicho dos horas atrás. El único sonido era un suave picoteo
de la lluvia sobre la tierra y algún trueno. El camino se internaba en el
bosque. Soriano creyó ver fuego a lo lejos. Un relámpago disolvió la imagen.
-Hippies -dijo Marlowe, en voz baja.
Soriano miró a su compañero, sacó dos colillas del bolsillo y las encendió.
Le pasó una al detective.
-¿Nos darán bola? -preguntó.
-No sé-respondió Marlowe-, supongo que si. Tendrán café.
Se escuchaba el rasguido de una guitarra. No había voces, pero si una
melodía suave. Marlowe miró su reloj. Eran las cinco de la mañana. Cruzaron
el campo y se aproximaron al lugar donde veían el fuego. La guitarra cesó.
Se acercaron al grupo. Cuatro muchachos y dos chicas rodeaban un fuego vivo
donde hervía una cafetera golpeada y sucia de tizne. Uno de los jóvenes
sostenía la guitarra. Los recién llegados se pararon frente a ellos. Una
docena de ojos los escrutaron sin violencia, sin amor, sin nada. Los hippies
estaban sucios, barbudos, abrigados con ponchos indios unos, con sacos rotos
los otros. Uno era negro. Las dos muchachas, rubias; una parecía delgada y
frágil y la otra una estrella de cine desteñida y rebelde.
-¿Hay café? -preguntó Marlowe.
Alguien sacó la cafetera del fuego y sirvió en un par de latas de conserva
sin manija. Marlowe y Soriano se sentaron y bebieron rápidamente un café que
era fuerte. Se sacaron los zapatos y arrimaron los pies embarrados al fuego.
Una lona cubría parte de la reunión, aunque entre los árboles no penetraban
sino algunas gotas. A medida que la tierra se secaba, Marlowe y Soriano la
arrancaban de sus piernas con una rama.
-Quítense los pantalones -dijo el negro, que estaba tendido de espaldas y
acariciaba el cabello de una joven flaca.
Se los sacaron y los arrimaron al fuego. Marlowe se quitó el saco. La joven
desteñida lo miró. Buscó un trozo de camisa y limpió el brazo herido del
detective con agua caliente. Luego lo vendó con fuerza. Uno de los muchachos
abrió un paquete de Marlboro. Fumaron todos menos uno, que había empezado a
tocar otra vez la guitarra. Los recién llegados se sintieron bien. Soriano
pensó que era la primera vez que alguien les tendía la mano sin preguntar
nada. Se recostaron en el pasto. Estaban cansados y tenían sueño. Alguien
les puso un par de galletas duras y sin gusto al alcance de las manos.
Comieron acostados.
Soriano sintió que una mano pasaba sobre su cabeza. Levantó la vista y vio a
la chica flaca que lo tocaba sin mirarlo. Sonrió y se durmió lentamente. El
detective miraba a su compañero y a la rubia. La pistola le molestaba y la
dejó en el suelo. Tenía frío y se puso el saco. Cerró los ojos. Soñó algo
que luego no recordaría. Empezó a amanecer fuera del bosque. Un ruido
despertó a Marlowe, que instintivamente tomó el arma. A dos metros, Soriano
y la muchacha flaca estaban abrazados. Se habían quitado la ropa y hacían un
ruido leve, inútilmente furtivo. El negro estaba tirado contra un árbol y
armaba un cigarrillo. Miraba el bosque. Por fin, cruzó sus ojos con los del
detective. Marlowe cerró otra vez los párpados. Sonrió, pero en el estómago
tenía un peso extraño. Se levantó. El negro le pasó el cigarrillo. El
detective aspiró un par de pitadas y lo devolvió. Fumaron en silencio;
miraban el fuego. Marlowe sintió que ni las piernas ni los brazos le
respondían. Vio al negro con alas de murciélago. Percibió una caída en la
tensión de los músculos y vagamente pensó en morir. Se tocó la cara. Un
paisaje vasto y desolado lo absorbía. Sus ojos asomaban en medio de ese
desierto y no podían ver sino al negro con alas de murciélago. Marlowe se
sintió inmóvil, duro, salvaje, terrible, pero inútil. Soriano se acercó a
él. Lo vio caído sobre la tierra, en calzoncillos, aunque con el saco
puesto.
-Hola, amigo -dijo el detective, con voz pastosa-. Todavía estoy vivo.
Por la mañana se levantó un viento frío y seco que parecía surgir de los
pasos de las montañas. Se filtraba entre los árboles del bosque y traía olor
a barro.
Todos se despertaron alternativamente y se refugiaron tras los troncos más
gruesos. Pasado el mediodía, la joven flaca se levantó, encendió el fuego y
preparó café para todos. Los fue despertando de a uno, en silencio. El
viento silbaba entre las ramas, pero casi no llegaba a molestarlos en el
lugar en que estaban. Marlowe se incorporó lentamente, estiró sus músculos y
los sintió débiles. Las piernas no le respondieron como él hubiera querido.
Pidió un cigarrillo y se aproximó al fuego. El negro se acercó y le devolvió
la pistola. Se quedó mirando los ojos del detective. Le sostuvo la mirada
durante varios segundos y luego tomó café a grandes sorbos. Soriano tenía
sueño y estaba cansado. Le dolían las piernas y la espalda por la caminata y
por haber dormido en el suelo. Sonrió y dijo a Marlowe, en castellano:
-Me parece mentira, pero no soñé nada. Ni siquiera tuve pesadillas. Creo que
no entiendo lo que pasó.
El detective lo miró. Sus ojos parecían enterrados en un abismo negro.
-Se cargo a un tipo. Tiene que irse.
-¿Irme? -Soriano se puso serio y un estremecimiento lo recorrió. Agregó:-
Rajar, ¿eso quiere decir?
Marlowe tomó un sorbo de café y pito el cigarrillo. Dos hippies se
internaron en el bosque y los otros estaban en silencio. Parecía que no
habían hablado jamás.
-¿Cree que esto se arregla durmiendo tranquilo? -dijo Marlowe.
-No creo nada. Lamento haberlo metido en un lío.
-No me metió en nada. Los dos estábamos en un apuro y usted lo arregló de la
mejor manera. La vida es así.
-¿La vida? Su vida, detective. Es la primera vez que yo disparo un tiro. Eso
era común para usted en una época. Entonces andaba con plata en el bolsillo,
¿no?
Marlowe no contestó. Al rato agregó, en voz baja:
-Lo haré salir hacia México. Todavía tengo amigos que pueden arreglar estas
cosas.
-¿Y usted?
-Yo, ¿qué?
-¿Qué hará?
-No sé. Es posible que no se descubra nada.
-Entonces yo tampoco me rajo. Me iré a fin de semana con mi pasaje.
-Boludo, ¿eh? -dijo Marlowe.
-Solo que me quedo con usted.
-Mire, amigo -Marlowe se enojó-, si ese viejo carcamán no aparece tendremos
a toda la policía encima. Además, alguien tiene que darle de comer al gato.
Soriano dejó la lata con la que había tornado café. Dijo:
-Adelgace como cinco kilos desde que estoy acá. El gato puede esperar.
Terminemos la discusión.
-Muy bien. Entonces podemos pasar unas vacaciones en Bay City. Allá hay
gente que no se conmueve por el sol y pasa semanas en un sótano.
-¿Y como vamos a llegar?
Marlowe miró al joven que la noche anterior había tocado la guitarra. Se
puso en cuclillas junto a él.
-¿Pasa alguien por ese camino? -señaló la ruta de tierra por la que habían
llegado. El hippie frunció la trompa.
-Casi nunca. -Suavizó la voz y señalo una montaña a un kilómetro.- Si cruzan
ese cerro encontrarán la vía del tren. Pasa despacio y se puede saltar.
¿Están rajando?
-No. -El detective se puso de pie.- Mamá esta enferma y queremos llegar
pronto.
El hippie levantó la vista.
-¿Por qué tan agresivo? Le hice una pregunta y si no le gustó no debió
contestarme.
Marlowe se detuvo.
-Estoy viejo, ¿sabe? He pasado la vida preguntando y me olvidé de cómo se
responde.
El muchacho lo miró. Marlowe caminó hasta donde estaba Soriano.
-Prepárese -dijo-, tomaremos el tren.
-Aja. -Soriano sonrió.- ¿Ya sacó los boletos?
-La boletería está detrás de aquel cerro. Mejor nos apuramos.
Esperaron el regreso de todos los jóvenes. Uno de ellos les dio un atado de
cigarrillos. Se tendieron las manos y Marlowe agradeció sin una sonrisa. A
las dos de la tarde cruzaron el camino y entraron en pleno campo. Los pastos
estaban todavía mojados y el viento seguía rugiendo. El cerro parecía
cercano y la cumbre tendría unos doscientos metros. A las cuatro comenzaron
a ascender. La ladera no era muy escarpada, pero las piedras dificultaban el
paso. Varias veces se sentaron a descansar. El viento les hacía entrecerrar
los ojos. Caminaron el resto de la tarde. A las ocho de la noche vieron los
rieles. Fueron hasta la parte más cercana de la curva y se sentaron a fumar.
No hablaron. A las nueve y treinta y cinco divisaron la luz del tren.
-Esté listo -advirtió Marlowe-, vamos a saltar sobre el techo. Después
veremos.
Esperaron de pie. La locomotora disminuyó la marcha, pero no tanto como el
detective esperaba.
-¡Tírese de panza sobre la punta del vagón! -gritó el detective.
Soriano dijo que sí. Saltaron. Llevaban las armas en las manos para no
perderlas. Al golpear sobre el techo del vagón, a Soriano se le escapó un
tiro. Marlowe avanzó agachado y saltó al coche donde estaba su compañero. El
tren tomó velocidad otra vez. Se tiraron sobre el techo. El viento era una
furia helada.
Estirados, muy juntos, con las manos se aferraban al borde del coche. Era un
vagón de pasajeros, brillante en los costados y mugriento en la superficie
exterior del techo. El viento zumbaba sobre sus cabezas y producía un ruido
ensordecedor. Miraban el horizonte negro. Alguna luz aparecía como una
instancia curiosa y los distraía hasta que el tren la dejaba atrás. A veces
se miraban las caras. En ellas no había otra expresión que la del esfuerzo
por mantenerse adheridos a la superficie para no ser arrancados por el
viento. Cuando el tren se detuvo en la estación de un pueblo pequeño,
bajaron sobre los topes que separaban los coches.
-No doy más -dijo Soriano-, estoy acalambrado.
-Entremos -replicó Marlowe.
Saltaron a tierra y subieron al tren. Se encerraron en un baño, se alisaron
las ropas y el pelo con las manos y salieron al pasillo. Pasaron a un vagón
y se sentaron. Frente a ellos, un matrimonio que aparentaba sesenta años
tediosos viajaba en silencio. La mujer tenía el pelo teñido de gris y el
hombre miraba con dureza tras unos diminutos lentes. Marlowe sacó el atado
de cigarrillos y le pasó uno a su compañero.
-¿Adónde vamos? -preguntó Soriano.
-No sé -respondió Marlowe-, tal vez a Las Vegas.
-Eso esta lejos de Bay City,
-Muy lejos.
La mujer del asiento próximo los miraba, divertida. Habló en castellano:
-Perdón, señores: ¿por casualidad ustedes son argentinos?
-Él, señora -respondió el detective, con una sonrisa fría-, yo no tengo el
honor.
-¿Ah! ¡El señor! -gritó la mujer, mientras se tomaba la cara con ambas
manos-. ¡Argentino! ¡Yo soy cordobesa!
Soriano la miró. En ese momento lo último que hubiera querido encontrar era
a un argentino.
-¡Mi marido es porteño! -lo señaló con un dedo.
Dos argentinos. Soriano se puso muy serio. Parecía un perro sorprendido
mientras robaba la carne al dueño.
-Que bien -dijo desganado-, que casualidad.
-¿Usted de donde es? -pregunto el hombre, con desconfianza.
-De Buenos Aires -dijo Soriano-, no soy porteño, pero vivo allá.
-¡Que maravilla! -aulló la mujer-. ¿Se está divirtiendo?
-Mucho, señora -terció Marlowe-, los argentinos son muy divertidos. Más aún
si están juntos. Los dejo charlar, mientras tomo una copa en el bar.
Se levantó. Soriano lo miró con horror. El detective saludó y se fue por el
pasillo.
-¿Qué le pasó a su amigo en el brazo? Parecía herido -preguntó el hombre.
-Nada -respondió Soriano.
-Sin embargo -insistió el porteño-, estaba lastimado.
Miraba con gesto desconfiado. Sus ojos eran pequeños y fríos. Acercó su
rostro al de Soriano en actitud cómplice.
-¿Es yanqui? -hizo un guiño.
-Sí, muy buen tipo.
-Se la dieron -agregó el hombre, solemne-. Tenía sangre en el saco.
Soriano levantó la vista. Estaba en guardia.
-No. Se lastimó en el pueblo, en una doma.
-¿En una doma?
-Sí.
-¿Con el saco puesto? -el hombre levantó las cejas.
-Los yanquis son muy raros. Quiso frenar el caballo y se enganchó. Nos
divertimos mucho.
-Claro -dijo el hombre.
Hubo un silencio prolongado. La mujer lo quebró.
-Tiene los pies muy sucios de barro -indicó el pantalón y los zapatos de
Soriano.
-Estuvo lloviendo -dijo el periodista y sonrió.
Los otros seguían serios.
-¿Cuánto hace que anda por acá? -dijo ella.
-Dos semanas, más o menos -respondió Soriano.
-¿Qué hace? -preguntó el porteño.
-Paseo.
-Aja -asintió el hombre-. ¿Son artistas?
-No. -Soriano se puso nervioso.- No, yo soy periodista y mi amigo... él es
domador.
-Aja -repitió el viejo; luego bajo la voz-. Vi su show por la televisión.
Soriano se quedó frío.
-¿Qué show? -preguntó por fin.
-El de los Oscars. Las peleas. Buen programa.
Fuera de lo común. Los diarios dicen que fue improvisado.
-¡Ah, si! -sonrió-. Fue improvisado. Una sorpresa. Hay que innovar.
-Claro -dijo el hombre-. Lastima lo de Carlitos Chaplin. ¿También fue
improvisado?
Soriano se puso tenso. Miro al hombre.
-¿Por qué? -preguntó.
-Ustedes se lo llevaron. Los vio todo el mundo.
-Era parte del show -replicó Soriano, arrastrando la voz.
-¿Si? -el porteño se puso de pie-. Los diarios dicen que la policía los anda
buscando.
Puso su cuerpo frente al de Soriano, cerrándole el paso. Gritó:
-¡Policía! -luego repitió el grito en inglés.
-¡Viejo alcahuete! -dijo Soriano, y se levantó de un salto-. ¡Argentino,
hijo de puta!
Dio un empellón al hombre y salió al pasillo. La gente se puso de pie.
-¡Al ladrón! -gritó una gorda que nunca había tenido expresión en su cara.
Soriano corrió. Un par de hombres saltaron al pasillo e intentaron
detenerlo; de un tirón se deshizo de ellos. Un muchacho con uniforme de
soldado le dio un empellón y lo tiró sobre una pareja joven. Estaba rodeado.
Tenía el rostro desencajado. Sacó su revolver del bolsillo del pantalón.
-¡Quietos! -gritó.
El soldado quedó paralizado. Soriano se levantó. Apuntó a la cabeza de una
vieja y la empujó. Alguien lo tomó de atrás y le hizo un torniquete con el
brazo. El soldado le saltó encima y le quitó el arma. Un hombre grande como
un álamo le pegó en la cara. Soriano cayó al suelo. La gente empezó a darle
patadas. Un policía de rostro anguloso apareció en la puerta. Soriano
gritaba de dolor y la gente de rabia, de miedo. El policía apartó a los
agresores. Gritó más fuerte que ellos, con esa voz que tienen los perros
callejeros. Los zamarreó y logró silencio por un momento.
-¡Es el tipo de la televisión! -gritó en inglés el viejo argentino-. ¡El
secuestrador!
-¡Tenía un revolver! -bramó otro hombre y entregó el arma al policía.
-A ver, amigo -dijo el agente-, levántese y explique.
Soriano se puso de pie.
-No hablo inglés -dijo en inglés.
-¿Ah, no? -el policía gruñó-. Entonces venga conmigo.
Lo empujó a través del vagón. La gente sonreía. El porteño aplaudió. La mano
del guardia era una tenaza en torno del brazo del argentino. Cruzaron varios
vagones en dirección a la sala del guarda. Al pasar por el bar, Soriano vio
a Marlowe sentado a una mesa, solo; había terminado de tomar un whisky. No
se saludaron. El policía empujó a Soriano dentro del escritorio del guarda.
-Bueno -dijo-, a cantar.
Marlowe pagó y se levantó. Pidió permiso a la gente que se había amontonado
contra la puerta que el guarda trataba de cerrar desde su escritorio.
Alcanzó a ver como su compañero era empujado contra una silla. La puerta se
cerró. El detective encendió un cigarrillo. Sintió que pisaba un pie y se
disculpó con una sonrisa fría. Buscó en un bolsillo del saco. En su mano
izquierda apareció la pistola. Abrió la puerta y la cerró tras de si.
Levantó el arma.
-Sin moverse, agente -dijo, sereno.
Soriano se puso de pie. Metió la mano en la chaqueta del policía y recuperó
su revolver. Apuntó al guarda.
-Levanten las manos y pónganse contra la pared -dijo Marlowe, y echo llave a
la puerta.
Luego se acercó y quitó el revolver de la cartuchera del policía.
-Estamos en un lío serio -dijo, dirigiéndose a Soriano-. Somos famosos.
Soriano lo miró sin contestar. El detective se acercó al policía y le pegó
con la pistola en la cabeza. Soriano iba a hacer lo mismo con el guarda,
pero el detective lo detuvo.
-Déjeme a mi -hablaba lentamente-, usted tiene la mano muy pesada.
Golpeó al empleado del tren. Los dos hombres quedaron tendidos en el piso.
Marlowe se sentó sobre el escritorio.
-Creo que es jaque mate.
-¿Nos entregamos? -preguntó el argentino.
-No. A menos que usted quiera ir a la cárcel por el resto de su vida.
-¿Qué hacemos, entonces? -A Soriano le temblaba la voz.
-Correr. -Marlowe inclinó la cabeza hacia abajo, pero siguió mirando a su
amigo.
-¿Hasta donde? -preguntó Soriano.
-No sé. -El detective habló con voz baja, cansada.- Hay que correr.
Soriano puso su cabeza entre las manos.
-¿Qué hicimos? Limpié a un tipo que quiso secuestrar a Chaplin, no pueden
matarnos por eso.
El tren empezó a detener su marcha. Marlowe se puso de pie, levantó la
ventanilla e hizo un gesto. El tren frenó con un resoplido y dio un brinco
hacia atrás. EL detective pasó una pierna por la ventanilla. Se detuvo sólo
un instante.
-La carrera empieza. ¡Suerte, Soriano!
Saltó a las vías. Muy cerca se veían las luces de un pueblo dormido. El
argentino cayó de pie junto al detective. Estaban frente a frente. Soriano
se acercó y estrechó a su compañero en un abrazo que duró dos segundos.
-Gracias por todo -dijo. Marlowe le dio con un puño en el antebrazo. Su
sonrisa era amarga.
-La historia la hace Chaplin, Soriano. Nosotros estamos solos y el guión nos
perjudica.
Un tren pasó a toda marcha y apagó la voz.
-Si -dijo Soriano-, es un guión de mierda.
Empezaron a correr.
Eran dos manchas en la oscuridad, recortadas contra locomotoras negras y
sucias, contra los apagados colores de las máquinas eléctricas y sus
vagones. Avanzaban entre los rieles y trataban de no meter los pies en
alguna trampa entre los durmientes. El viento había calmado. Dejaron la
estación atrás y salieron a una calle desierta. Las casas eran bajas y
parecían tristes. Caminaron hasta un depósito de Coca Cola y sandwiches.
Soriano se detuvo. Sin decir nada metió el caño del revolver bajo la tapa,
junto a la cerradura y la hizo saltar. Sacó un par de botellas y las abrió
golpeando el borde de la tapa contra el filo de una chapa. Luego rompió una
caja de sandwiches. Tomaron varios. Soriano volcó la tapa del kiosco otra
vez y siguieron caminando. Comieron lentamente y luego encendieron
cigarrillos. Doblaron por una calle lateral. A través de cuatro cuadras
probaron las puertas de todos los coches estacionados. Por fin, la de un
Ford azul abrió. Marlowe indicó a su compañero que subiera y levantó el
capo. Sacó una moneda, la metió en el distribuidor, cambió un cable de lugar
y arrancó. Atravesaron el pueblo. Eran las dos de la madrugada. Hallaron la
ruta y un cartel señalizador. Marlowe puso el coche en dirección a Los
Ángeles y aceleró a fondo. Soriano se había quedado quieto, recostado contra
la puerta. Tenía la mirada perdida en la ruta y apartaba los ojos cada vez
que las luces de otro coche lo encandilaban. Miró a Marlowe. Estaba
deprimido. Esa sensación lo llenaba de angustia y le advertía su soledad.
Sintió rabia contra ese hombre que manejaba el auto. Nunca habían hablado
demasiado uno del otro. Pensó en sus días tranquilos en Buenos Aires, pensó
también en ese enemigo final, tan obvio como parapetado, en cuyo corazón
estaban huyendo para sobrevivir. Le pareció absurdo. Ahora, con la policía
detrás, se sentía deprimido, aunque no temeroso. ¿Quién era ese hombre que
manejaba el auto? Viejo, aniquilado, despreciativo, brutal a veces, era de
todas maneras el único compañero que había conseguido, su único contacto con
el mundo. Soriano había matado a un hombre y aceptaba esto como un hecho
inevitable. Le costaba entender que la policía los persiguiera para
mandarlos a la cárcel, pero también le parecía increíble que en el futuro
pudiera volver a sentarse ante una máquina de escribir.
Cuando entraron en Los Ángeles, la ciudad estaba tan muerta como Pompeya. En
Washington Street abandonaron el coche y luego de caminar dos cuadras
tomaron un taxi. Marlowe le indicó que fuera por Yucca Avenue. Cuando pasó
frente a su casa, miró atentamente y ordenó al chofer que diera una vuelta a
la manzana. Bajaron a dos cuadras de distancia y caminaron por la vereda
opuesta a la de la casa. El detective decidió que no estaba vigilada.
-La policía está llena de estúpidos -dijo.
Entraron.
Al abrir la puerta, un silencio frío sacudió a Marlowe. Movió las llaves de
la luz, pero las lámparas no se encendieron. El detective gruñó y recordó
que no habían pagado la cuenta a la compañía de electricidad. Encendió un
fósforo y fue hasta la cocina. La llama casi le quemó los dedos. Encendió
otro y luego un tercero y del armario sacó una vela chorreada a la que le
quedaba poca vida. La prendió. Una luz lánguida llenó la habitación de
sombras extrañas. Los objetos aparecían y desaparecían como si fueran una
ilusión. El detective puso la vela sobre la mesa del living.
-¿Se baña usted primero? -preguntó.
-Como quiera -dijo Soriano, que se había volcado sobre un sillón.
El detective fue hasta la pequeña cocina y a tientas encendió el calefón.
Volvió al living y rompió por la mitad lo que quedaba de la vela. Encendió
el segundo pedazo y lo tendió a Soriano. El argentino se levantó arrastrando
el cuerpo y fue al baño. Abrió la ducha, se quitó la ropa y entró en la
bañadera. Dejó que el agua le corriera por el cuerpo y se quedó inmóvil
largo rato. Diez minutos más tarde pensó que se estaba demorando. No
escuchaba a Marlowe y supuso que se había dormido. Se secó, se vistió y
salió del baño sosteniendo la vela que había pegado sobre la tapa de un
frasco de desodorante. La luz pálida y fija de la otra vela aparecía como
una mancha amarilla por la puerta del dormitorio. Soriano entró a la
habitación y vio a su compañero que estaba sentado y tenía la cara entre las
manos. La vela estaba en el suelo, como si alguien la hubiera abandonado. El
argentino levantó su luz y sintió que el silencio de su amigo era una carga
muy pesada para esa casa oscura, que la tragedia lo había abrazado por fin y
para siempre desde ese cuerpo pequeño, suave, ahora rígido, que el detective
había dejado caer sobre sus piernas. La cabeza del gato colgaba fuera de las
rodillas de Marlowe y los ojos estaban abiertos, aunque no tenían color. La
cola era como el contrapeso de un barrilete abandonado.
Soriano miró a su compañero un largo rato y advirtió que se diluía en la
penumbra. Estaba muy quieto. Nada se movía en ese lugar. Por fin, el
argentino se acercó y tocó al animal con la punta de los dedos. Luego apretó
un hombro de Marlowe y se retiró del dormitorio. En los dedos llevaba
todavía una sensación de hielo.
Sacó una botella de whisky y sirvió dos vasos. Dejó uno sobre la mesa y tomó
el otro de un trago. Marlowe apareció en el living y encendió un cigarrillo.
No había temblor en sus manos. Bebió el whisky, dejó el vaso y se llevó la
vela al baño. Estuvo una hora bajo la ducha. Cuando salió, la luz entraba
por las ventanas. Se había peinado, vestido y afeitado. Fue hasta la
habitación de servicio, tomó una pala, la llevó al jardín y cavó un pozo de
medio metro. Por la calle pasaban los camiones de los proveedores. Regresó
al dormitorio y envolvió al gato en una camisa. Soriano lo seguía de cerca.
Marlowe depositó el cuerpo en el hoyo, con cuidado. Sacó la pistola de un
bolsillo y la puso encima del gato.
-Basta de muertes -murmuró.
Empezó a cerrar la tumba.
La