Un límite
Por Sandra Russo
El antikirchnerismo es una cosa; el golpismo es otra. Se puede ser
antikirchnerista en democracia, se puede hacerle un lockout patronal salvaje a
un gobierno kirchnerista, se puede desparramar recelo, sospecha e injurias sobre
la figura presidencial democrática y popular sin mayor riesgo. Todo eso se puede
y está a la vista. La supuesta tiranía de De Angeli no usó una sola bala de goma
a lo largo de este conflicto ni tuvo en ningún medio electrónico importante ni
la mitad, ni la tercera, ni la cuarta parte no de la difusión, sino de la más
burda propaganda que tuvieron gratis las entidades agropecuarias. Pero las cosas
transcurrieron como un show desnudista, en el que a muchos de sus participantes
ya se les cayeron los pantalones y ahora exponen sus partes íntimas.
Ya está a la vista que lo que
hubo y hay es resistencia a vivir en una democracia que supone reglas de juego.
Que hay resistencia a aceptar que hay límites para la ganancia extraordinaria.
Ahora de eso se trata todo. Los ruralistas no van a respetar las reglas de juego
democráticas. No lo están haciendo. Y no se detendrían si para deshacerse de la
resolución maldita debieran deshacerse de la democracia. Pueden decir lo que
quieran. Ya han dicho demasiado. Ahora estamos en acto.
Y lo que importa es lo que hacen, no lo que dicen. Más sopa, no. Más sapos, no.
Llaman a desconocer la ley que saldrá del Parlamento. Ni importa cuál sea esa
ley. No será la que ellos reclaman, porque hay un Estado decidido a intervenir
en la redistribución de la renta. Están dadas las condiciones, según dijo De
Angeli, para que se vuelvan a escuchar las cacerolas.
De Angeli, Buzzi, Llambías, Miguens, Biolcatti, Bullrich, Carrió, Aguad, en fin,
del campo propio al despacho, ya conocemos las voces y las imágenes de quienes
si hay cacerolas saldrán por la televisión de cable y aire a declarar que qué
pena que no hubo diálogo. ¿Somos todos idiotas? No hay más hilo.
El antikirchnerismo es una cosa; el golpismo en la Argentina es otra. Limar las
instituciones, desconocer leyes, correr todos los días las propias condiciones,
volver a amenazar con cortes de rutas, volver a amenazar en consecuencia con el
conflicto y el caos social que crearon ellos, a esta altura es actuar aquello
que se desprendía, desde un primer momento, del “clima destituyente”. Están,
repito, en acto.
Acá deberían bifurcarse los caminos entre el antikirchnerismo y el golpismo.
Nadie que no haya votado a este gobierno está obligado a coincidir con sus
políticas, y todos pueden criticarlas. Pero plegarse ahora, que pasamos al acto,
a difundir las ideas desestabilizadoras de algunos ruralistas y algunos penosos
dirigentes opositores equivaldrá a pasar un límite que, como argentinos y con
nuestra historia doliéndonos en los huesos, puede no ser un error más. Puede ser
el error imperdonable.
Página/12
No
voy en tren, voy en avión
Por Sandra Russo
Los medios de transporte argentinos también han caído bajo la oleada
resemantizadora de las derechas campestre y urbana. No conviene ir en bondi
a ningún lado, toda vez que el bondi en sí mismo está estigmatizado, y es,
de la clase media reacia al peronismo para arriba, el medio de transporte
por excelencia de los sobornados.
Antes de cada acto peronista o gubernamental, ahora los grandes medios, que
no quieren retacear ninguna información que importe a sus lectores, indican
cuántos micros se esperan. El anuncio de la cantidad de micros funciona como
un aguafiestas por anticipado, como un desautorizador de presencias, como un
prejuicio hecho juicio. Desde la publicación del dato, el dato mismo
comienza su recorrido por bocas opositoras que, agarradas con uñas y dientes
a la idea de que si el Gobierno tiene apoyo es porque paga, machacan con la
representatividad de “los sueltos”.
El micro es el emblema del acto de afirmación comprado a fuerza de viático y
chori. Los representantes de las entidades de propietarios campestres se
ufanan muy seguido de que “su gente” es la que va gratis a todas partes.
Vaya paradoja, cuando “su gente” y ellos mismos han desatado este vendaval
institucional de proporciones para impedirle al Estado que regule la renta.
Irán a los actos gratis, pero por todo lo demás vienen cobrando y mucho
desde hace tiempo. Es más: podría decirse que se constituyeron en quienes
son gracias a unas ganancias con las que ni sueñan ni soñaron nunca ni los
desarrapados que antes cortaban rutas y para quienes se pedía represión
(recuerdo un entredicho público con Joaquín Morales Solá, en tiempos del
Puente Pueyrredón cortado, a raíz de su pedido de “orden” desde La Nación;
un “orden” que sólo podía implicar en ese entonces represión).
Uno no va a negar el modo clientelista de gobierno, típicamente peronista de
derecha, pero de ahí a extender la idea de que Los Micros, esos vehículos
fantasmáticos que transportan aluviones zoológicos, son el único apoyo en el
que se respalda el gobierno democrático, hay por lo menos varios errores de
evaluación e interpretación. El Micro, enviado por el sindicato o el
puntero, es señalado hoy como la prueba de que de un lado están los que
enarbolan sentimientos y del otro los muertos de hambre.
Tiremos de esa sospecha, tiremos del hilo que nos dice que Los Micros llevan
gente que no vale la pena de ser tenida en cuenta, y nos encontraremos muy
pronto con aquellos que no hace mucho volvían a soñar con el voto
calificado.
Cuando Buzzi dijo que el obstáculo en la Argentina son los Kirchner, lo hizo
con la brutalidad de quien decide obviar una victoria electoral o lo hace
descansar en el voto comprado, en el voto vacío de contenido porque el que
votó K lo hizo apurado para no perderse el choripán correspondiente. Sólo
esa lectura de la realidad, subestimadora en un grado inefable de la
voluntad popular, guiada por la idea de la vanguardia iluminada que no sólo
derrotará al Gobierno, sino que también, después, derrotará a la Sociedad
Rural y a todo escollo que se interponga entre “los gringos” y su paraíso de
soja liberada, puede explicar un dislate semejante. Ayer pidió disculpas; es
de esperar que sean sinceras, no porque de repente tenga mejor opinión de la
Presidenta, que eso no se le pide, sino por un elemental respeto
institucional.
Pero los muchachos del “campo” actúan como si este gobierno no hubiera
tenido votos, apoyo, cariño, confianza. Como si no los tuviera. Actúan como
si estuvieran solos en un país, y alguien osara regularles algo. No
cualquiera. Los regularon, los apretaron, los hicieron pelota, pero los
muchachos fueron mansos en el menemato. El menemato tenía a la clase media
de su lado, acaso porque los que más pagaron sus políticas fueron los
débiles. Si Menem fue alguna vez rubio y de ojos celestes para muchos, esos
muchos eran los que, como siempre, desde el principio de esta historia
argentina, no tenían nada que agregar cuando los aplastados eran de tez
mate.
Página/12

La
parte por el todo
Por Sandra Russo
Si este país fuera un pizarrón, se vería una flecha salir de la escarapela y
llegar a aquello que en la dictadura se llamaba “el ser nacional”. Gracias a
las Ciencias de la Comunicación, y a saberes relacionados con ellas que han
tenido un extraordinario desarrollo en las últimas décadas, hoy es posible,
claro (¡Acá siempre es posible casi todo!), pero mucho más difícil que un
sector pretenda hacer pasar sus intereses por los de “todos”, o que se
embandere impunemente con “la argentinidad”, sin que nadie pegue el grito.
Ha pasado. Ha pasado y no se gritaba. Los sectores financiero y militar
hicieron en su momento un atroz merchandising con los colores patrios,
hicieron de la escarapela un packaging del argentino modelo, o del argentino
tipo, o del argentino promedio: quiero decir, de alguien que no existe. No
importaba. O mejor dicho: invocando al que no existía, hicieron y
deshicieron biografías de gente real, de carne y hueso, con nombre y
apellido. Usaron los símbolos para tragarse a los opositores.
Pero es como el truco de un mago que uno ya conoce. El espectador no se
concentra en la paloma que sale del sombrero: deja fijos los ojos en la
manga del mago. A propósito, hace ya un tiempo hubo un reality show que no
llegó a prosperar por la protesta, precisamente, de los magos. Sin el
secreto del truco, su oficio no tiene chance. Un reality que expusiera en
detalle cada truco era pura ganancia para el reality, y un pasaporte a la
muerte para el oficio del mago. Los magos se defendieron. Se dio por válido
el razonamiento.
Hay saberes vinculados a la Comunicación, como la Semiología, por ejemplo,
cuya esencia radica en mostrar los trucos del lenguaje. Desarticularlos.
Antes no los había. Antes estábamos inermes. Vestir una ciudad de celeste y
blanco o repartir escarapelas es un ardid más bien sencillo y burdo, toda
vez que no es el patriotismo lo que impulsa esos actos, sino una pretensión
de representación inexacta, desproporcionada, voraz, falaz, cretina.
Varias generaciones fueron rehenes del truco montado ya a principios del
siglo pasado, cuando se estableció que algunos eran más argentinos que
otros, y cuando se decidió que algunos iban a formatear la idiosincrasia
nacional sin la participación del pueblo. Así, resultó que el modo de vida
“occidental y cristiano” era el inequívocamente argentino, y dentro de ese
modo de vida tabulado, pautado, controlado, la política era basura.
Hoy que los chacareros le han tomado el gusto a la política, enhorabuena si
se agrupan y dan forma a un partido político que pueda competir en
elecciones. Pero no es ésa la ruta que avizoran por el momento, ya que hasta
ahora persisten, sus representantes, en pretender representar más que los
intereses de su sector. En una nota que pasó TVR hace una semana, un
ruralista, al principio del conflicto, era interpelado por un cronista.
“Bajan las retenciones o se van”, decía el hombre, refiriéndose al Gobierno.
Los presidentes de las entidades agropecuarias han recurrido, desde que la
crisis se les fue de las manos y desde que comprobaron que no era tan fácil
como a ellos les parecía hacer retroceder al gobierno que lidera una mujer,
al otro viejo truco: “Las bases nos desbordan”.
Bueno, aquí y en todas partes cuando algo álgido estalla, las bases
desbordan. “Las bases”, aisladas en su microclima, enamoradas de su propia
épica, tienden a creer que la pelea por sus ganancias es una “patriada”.
Pero esos presidentes de entidades sectarias deberían revisar de qué modo y
con qué argumentos fogonearon durante todo el conflicto a “sus bases”. Cómo
les calentaron las orejas. Cómo dibujaron, hacia afuera pero también hacia
adentro, un poder de maniobra que necesariamente es acotado, y está bien y
es democrático que así sea, ya que acá nunca hubo, como rezó cierto relato “pro-campo”,
dos partes en conflicto. Hay un Estado nacional que actúa y regula, y un
sector que reacciona y se defiende. Pero incluso en esa presentación del
panorama, heredamos del pasado teorías dípticas y simplistas, teorías
mentirosas, que prefieren suprimir diferenciaciones sustanciales y,
haciéndolo, avivan los fuegos.
Ni la bandera ni la escarapela son de nadie y ni la bandera ni la escarapela
hacen más argentino a nadie, ni mejor, ni más honesto, ni más sincero.
¿Insistirán mucho más con este tipo de trucos desgastados? ¿Seguirán
mezclando soja con nobleza, tractor con fuerza de voluntad, pollo con
valentía y lácteos con coraje?
Probablemente las cosas tendrían una solución más rápida y más sencilla si
dejaran los símbolos en el lugar que les corresponde, que es un lugar
colectivo, y se abocaran a ver cómo siguen trabajando dignamente en un país
en el que hay muchos otros que aspiran a lo mismo.
25/05/08
"Ver morir"
y "regalar"
Por Sandra Russo
"Prefiero ver morir a las vacas antes que regalarlas", dijo Alfredo De Angeli. Ya no hace ninguna falta decir quién es De Angeli ni describir sus
modos. La frase es de barricada, ya que uno tiende a creer que De Angeli,
como cualquier ganadero, como cualquier persona con dos dedos de frente,
preferiría vender barata una vaca antes que verla morir. ¿O no? ¿Pero y si
fuera cierto? ¿Qué pasa por la cabeza de una persona que de verdad, y no en
forma figurada, prefiere ver morir a una vaca antes que venderla barata? En
esta última pregunta fue necesario reemplazar el "regalarla" por el
"venderla barata", porque inequívocamente lo que quiso decir De Angeli fue
eso. Pero el uso de "regalarlas" también merecerá, más adelante, un
comentario.
"Prefiero ver morir a las vacas antes que regalarlas" indica antes que nada
que se es dueño de vacas que están a la venta.
En rigor, es un eufemismo que
refiere el valor de mercado que se le trata de imponer a una mercancía, la
vaca, y el extremismo con el que se pretende defenderlo. No deja de ser,
claro, una metáfora que nadie tomará por literal, pero por el hecho mismo de
ser una metáfora que se interna en territorios semánticos con connotaciones
que nada tienen que ver con el mercado, también es un acto nudista del
lenguaje. Está sellado a fuego, para la opinión pública acrítica que se
informa a través de los grandes grupos periodísticos, que las medidas del
Gobierno obligarían a los ruralistas a "regalar" sus mercaderías. Las
coberturas periodísticas de las asambleas de De Angeli nunca se alejan de su
persona. Es lo que provoca a su alrededor De Angeli lo que les ha regalado,
y sin comillas, la posibilidad de espectacularizar una protesta que esos
medios siguen definiendo como "protesta", sólo porque a esos mismos medios
no se les ocurre irse un poco más allá, informativamente, del escenario en
el habla De Angeli.
¿No es raro que en semejante crisis que ya superó hace rato el conflicto con
"el campo", jamás hayan aparecido, en los grandes medios, notas sobre los
campesinos? ¿Vivimos en un país sin campesinos? ¿"El campo" estalla sin
campesinos? ¿Y eso no es un hecho insólito en un país tan extenso? La
Federación Agraria, vaciada de todo su contenido original, degenerada en su
naturaleza de actor social con intereses y lectura propia, fagocitada por la
melena canosa y patricia de Miguens, debería hablar de campesinos, no sólo
de propietarios. La Sociedad Rural no ha necesitado exhibir ninguno de sus
costados salvajes. Ahí los tiene a los muchachos de la Federación, que
manejan mejor que ellos la barricada, para darle épica a la epopeya de las
camperas de carpincho.
"Prefiero ver morir a las vacas antes que regalarlas" es una frase que
contiene al De Angeli básico, y es otra prueba del inmenso poder simbólico
que la Federación Agraria está poniendo al servicio de sus explotadores
históricos. Como es improbable que esta crisis termine con una reforma
agraria, como a veces parece esperar el otro, Buzzi, y algunas agrupaciones
troskas, se diría que ese poder simbólico está siendo no sólo desvirtuado,
sino además regalado.
La palabra "regalar" es curiosa. Me imaginaba a Jesús, a Gandhi, a San
Francisco, a San Bernardo, al Che, a la Madre Teresa, qué sé yo, a cualquier
líder humanista o cristiano, diciendo "prefiero ver morir a las vacas antes
que regalarlas". ¿No parece un blooper semántico? ¿No se le traspapela, a la
frase, su costado siniestro?
Pero no hay que exagerar. No es una frase religiosa, ni siquiera política.
Es apenas la chicana del dueño de la vaca. Pero a propósito, para revisar
también esa última instancia, la muerte, aplicada a slogans y discursos
políticos, arrimo aquí una reflexión de Bertrand Russell, tomada de un
reportaje que le hizo en 1965 el periodista desaparecido Enrique Raab: "En
1782, el patriota norteamericano Patrick Henry pergeñó la frase que dio
rienda suelta a todos los nacionalismos. Dijo: ‘prefiero morir que seguir
dependiendo de la Corona Británica’. Ahí comenzó el desastre; la fórmula
hizo carrera. El día en que algún norteamericano diga ‘prefiero ser
comunista antes que morir’, o que algún soviético grite ‘prefiero ser
capitalista y no cadáver’, bueno, ese día se habrá producido una revolución
en el pensamiento humano".
Página/12, 19/05/08
Por Sandra Russo
Durante un año vinieron a mi taller de escritura dos vecinas de Zárate. Dos
audaces. Se venían todos los jueves a la Capital por dos horas, aunque me
imagino que por lo menos en la mitad de la medida disfrutaban las charlas de
los viajes de ida y vuelta. Recuerdo muy bien la cara de una, la de la otra
no tanto. Pero si tengo que hacer algo parecido a la memoria emotiva que
hacen los actores, lo que me trae el recuerdo de aquellas dos mujeres es el
de un constante estado de alerta.
Las dos estaban vinculadas a los derechos humanos. O por lo menos ésa era la
perspectiva desde la que escribían todos sus textos. Los de ficción y no
ficción. Las dos, por distintas razones personales y con diferentes grados
de intensidad, necesitaban escribir sobre su estado de alerta. La escritura
era en ese sentido, para ellas, de-sinflamatoria, igual que algunos vínculos
de toda la vida, vínculos barriales que cultivaban con dedicación. Creo que
en este caso se entiende perfectamente la expresión "desahogarse". Zárate
tuvo un número record de desaparecidos. Algo había quedado crudo en Zárate.
- - -
Zárate volvió esta semana y lo hizo como un latigazo.
Pero es un latigazo que recae en una parte del lomo de esta sociedad.
Increíblemente. Ya pasó con Julio López. De acá para allá son todos
setentistas. La indiferencia general (esto es: el secuestro de Puthod no fue
tema de conversación ni en ascensores ni en verdulerías, como sí "el campo",
como sí el humo) está diciendo que a más de treinta años de la peor masacre
política de la historia argentina, todavía hace pie, en las profundidades
más sórdidas de la conciencia colectiva, aquel "algo habrán hecho". Todavía,
en el pozo ciego de esta idiosincrasia, sigue vigente la materia prima
ideológica y emocional que admite, llegado el caso, el asesinato. Para
decirlo claramente: "Algo habrán hecho" es una frase con la que se disculpa
el asesinato.
No estamos hablando de otra cosa. Es el modo de terminar con algo.
Es un permiso. Es un umbral muy bajo de tolerancia a la política. Es una
desviación. La tortura, la intimidación, la amenaza, el robo de niños, el
mal en todas sus formas, desplegado en todas sus estrategias. Esta sociedad
lo anidó, lo dejó madurar, lo concibió. Concibió a esos hombres que
concibieron ese plan de exterminio. Los está juzgando a regañadientes.
Los condenados y los procesados tuvieron sobradas razones, durante décadas,
para creer que jamás iban a pagar sus culpas. Ni siquiera las admiten. No se
ven constreñidos a admitirlo, ni siquiera a defender sus ideas. Y eso es
crucial. Los genocidas nunca defendieron sus ideas públicamente. Han
desaparecido a sus ideas, como a sus víctimas. Y cuando hablo de ideas, no
me refiero ni a política ni a economía, sino a algo anterior a todo eso.
¿Qué ideas soportan el crimen como herramienta? ¿Qué ideas valen la vida de
uno o de tantos? ¿Cómo se justifica lo que hicieron? No lo justifican. Lo
niegan.
Esa ruta que tomó el impulso asesino de los mentores y ejecutores del
genocidio, el más completo silencio, encuentra su contraparte en varios
sectores sociales que ahora responden con silencio a la prueba fehaciente de
que lo que llamaban "pasado" no pasó. La misma prueba sirve para constatar
una vez más que en eso que en relación a los derechos humanos se llama
"pasado" hubo prácticas inexcusables y aberrantes, como la que lo tuvo por
víctima ahora a Puthod. Y sin embargo... ningún escalofrío parece recorrer
el clima general, como sí las retenciones móviles y la pelea del Gobierno
con Clarín. Si el espanto no espanta, estamos en problemas mucho más graves
que los que provocan las peleas por intereses sectoriales. Esas peleas son
la moneda corriente de una democracia, sobre todo cuando hay piezas
avanzando y retrocediendo. Pero ésas y decenas de otras peleas políticas por
venir pisan en falso si una sociedad que se pretende democrática, que se
declama tolerante, que se asume occidental, cristiana para más detalles, no
ha tomado entera, toda, la íntima conciencia de que absolutamente ninguna
idea –y ningún interés– vale una vida.
- - -
El que viene de Zárate es un latigazo tan fuerte, tan espeluznante, que no
cabe menos que dar cuenta del sonido del golpe sobre los cuerpos y los
miedos de miles y miles de personas. Pero algo de eso hay: la noticia del
secuestro del presidente de la Casa de la Memoria de Zárate es, desde el
jueves pasado, el sonido de un latigazo, el relato de un latigazo, algo
referido, diferido, vago, lejano, es hasta impreciso cuando esta vez, y no
como sucedió con López, los responsables de las áreas respectivas estaban
como aquellas dos vecinas que conocí, en estado de alerta.
En su momento se habló de la "desprotección" de López, testigo clave contra
Etchecolatz. Ahora también se habló de la "desprotección" de Puthod. Pero
nadie está protegido de verdad, aunque tenga custodia, si vive en un país
que no grita de indignación ante el esbozo de un crimen como hubo miles.
Miles y miles. Asesinaron a miles y miles de personas. Lo digo, lo escribo,
y sin embargo logro apenas el sonido del teclado y el dibujo de las letras
en la pantalla. Este país tiene una costra que no deja pasar el peso
específico de los huesos sin tumba. Todavía
Página/12, 02/05/07
Una
inquietud
Por Sandra Russo
Dicho así, puede parecer una pregunta. "Perdón, una inquietud", es un tipo
de interrupción que se usa mucho. Es previsible que hoy haya muchísima gente
con ganas de decirles a la Presidenta y al ex presidente, desde ayer la
cabeza del PJ, "perdón, una inquietud". Porque hay cosas que inquietan, sin
ir más lejos la salida de Lousteau. ¿Qué explicación se le atribuye a esa
salida? ¿La que uno decida creerle al columnista político cuya versión elija
o le toque en el diario de la mesa del bar?
Y es de esperar, en virtud del vendaval desatado, que en Gobierno se
comprenda que si hay vendaval es porque no están solos, que son acompañados
en la neblina simbólica y violenta que en estos días en parte reflejan y en
parte generan los medios. Pero que la energía para enfrentar momentos
difíciles debe encontrar su flujo constante y rítmico hacia arriba y hacia
abajo. Y que no hay otra manera de que esa savia fluya que no sea a través
de la comunicación. El Gobierno es responsable de cómo comunica sus medidas,
sus diagnósticos y sus políticas. El Gobierno es responsable de generar,
como dice la Presidenta cuando usa una palabra que irrita sobremanera a los
dueños de los medios, su propio "relato". Si no hay relato propio, hay
ajeno.
La situación política nacional, con los ruralistas y los medios apantallando
todo el día versiones e interpretaciones dramáticas, incluso con relojitos
que hacen parecer la "tregua" como un acuerdo entre dos partes de iguales, y
que le dan incluso al relojito el sonido de una bomba, se enrareció de un
modo tan vertiginoso y tan beligerante que es necesario dar herramientas
discursivas y argumentales a los ciudadanos. Ese lugar no se puede dejar
vacío, porque por definición se llena. Así como a esos ciudadanos les habría
gustado que el discernimiento entre pequeños productores y pools de siembra
hubiera quedado expuesto desde un primerísimo momento, para ahorrarse días
de malestar e incertidumbre, hoy también necesitan saber por qué se fue
Martín Lousteau. Es imprescindible pensar este escenario con alguna lógica
que nos salve de repetir como idiotas la cantidad considerable de idioteces
que se escuchan todo el día.
Al Gobierno hoy se lo ataca y se lo defiende. Pero así las cosas, hoy,
inermes frente a una información dirigida no a informar sino a generar
sucesos, tampoco los ciudadanos que interpretan este momento como el de una
puja decisiva pueden quedarse sin palabras ante hechos que no comprenden o
los sorprenden o los inquietan.
Esa es la inquietud que provoca el alejamiento de Martín Lousteau. Hoy hay
en danza muchas versiones; los ciudadanos críticos con los críticos se han
vuelto buzos expertos en sumergirse entre líneas. Decodificar cansa. No
cuenten con semejante inversión de energía ni a corto plazo. Es obvio que
cuando la Presidenta habla de "relato" no se refiere a un "cuento" ni a una
ficción sino a la acepción que "relato" tiene desde hace ya décadas en las
ciencias sociales. Una construcción de sentido a partir de datos reales.
Nadie puede escaparle al relato en ese sentido. Ni en lo privado ni en lo
público. Pero cuando se le pide la renuncia a un ministro de Economía y hay
zumbidos de modales jacobinos por parte de otro funcionario flotante, y hay
embestidas por los cuatro costados, el Gobierno debe admitir que la
comunicación es un área oficial descuidada, desértica. Hay una inercia
peronista, se diría, que se cree capaz de prolongar la magia más allá de
donde lo aconseja la razón
Página/12, 27/04/08
Una
flor
Por Sandra Russo
Se trata de una mujer común, ni linda ni fea, una mujer entre tantas.
Peronista, debe ser de familia peronista. Militaba en los ’90 cerca de
Ernesto Landau, un caudillo bonaerense que en ese preciso momento era el
apoderado del PJ. El de los ’90 era un PJ vergonzoso. Hubo una alianza en
Escobar, con Patti, que asumía su primera intendencia. Esa mujer, Claudia
Achu, fue designada encargada del cementerio de Escobar, sin tener ninguna
experiencia en gestiones de ese tipo. Y aquí empieza a fisurarse el hueso de
la historia.
En el reportaje que le hizo en este diario Adriana Meyer, Achu relata su
historia con una pasmosa naturalidad. Y en el verosímil de esa historia, es
importante que Achu, en aquel momento, haya sido una mujer casada, con dos
hijos, auxiliar de enfermería de profesión, quizá de vocación. Se tiró a
medicina, pero llegó a segundo año. Pero fue asistente social y trabajó en
los barrios y en los hospitales. Quién le hubiese dicho que iba a terminar
encargándose de los muertos.
Esta historia, cuyo hueso quedó expuesto en el juicio a Luis Patti, también
habla de las vocaciones profundas, las que vienen sopladas por alguna
interior. Las vocaciones que se realizan más allá de cualquier
circunstancia. En ese sentido, la historia de Claudia Achu es asombrosa.
Achu necesitaba remover tumbas y no podía. Y necesitaba habilitar más tierra
en el cementerio y no podía. Como el cementerio de Escobar era una de las
cajas del intendente, esta señora Achu, con una rara mezcla de inocencia
pejotista y obstinación femenina, fue a verlo a Patti. Achu sabía quién era
Patti. Se presume en el relato que en aquella entrevista puso por delante su
deber de recaudar para el intendente por encima de la sospecha de que ese
mismo intendente era el que había sembrado el cementerio local de muertos
sin identificación.
La orden fue no tocar, no hablar, no remover, olvidar. Aquí la figura de
Achu comienza a recortarse de las que la rodean. Aquí empieza a latir en la
historia la pulsión de la verdad, que encuentra en su camino a Achu. Ella en
ese preciso momento destinaba un sector recién removido del cementerio a una
empresa de sepelios. Pero cuando se iba a hacer la inhumación, el encargado
corrió a avisarle que abajo del cuerpo reducido esa mañana había otro, sin
cajón, con zapatillas.
Pese a que la orden ya había venido y que el intendente era Patti y que Achu
no tenía ni apoyos políticos ni otro trabajo, la mujer prohibió tirar ese
cuerpo NN al osario. Al día siguiente la echaron. Y pese a todo lo que ya se
dijo, pero que conviene tener presente todo el tiempo, como Achu lo debe
haber tenido, la mujer decidió no irse a su casa sin antes hacer una
denuncia en un juzgado de Campana.
Descubrieron más de cien cuerpos sin identificar. Entre ellos el de
Gonçalvez, cuya causa fue clave para la detención de Patti. La denuncia y la
declaración de Achu también. La denuncia, radicada en 1996, ya había pasado
al olvido después de la ley de Punto Final. Achu no sólo se había quedado
sin trabajo. Se divorció y se tuvo que ir de Maschwitz con sus dos hijos,
para los que tuvo que pedir protección.
En el reportaje del lunes, Achu dijo en un momento: "Yo no lo enfrenté desde
la ideología, sino porque era lo que tenía que hacer". Me permito, por la
presente, pasarle resaltador a esa frase. Pese a su inserción partidaria,
pese a las intimidaciones que siguieron, pese a que esos NN se pusieron
accidentalmente en su camino, la historia de Achu es la que alguien, como ha
habido siempre, como es de esperar que siempre habrá, sencillamente se
planta ante lo que considera inaceptable. Alguien que de pronto sabe algo y
se ve compelido a actuar en consecuencia. Las personas como Claudia Achu son
las que nos devuelven, cada tanto, el mejor rastro de la condición humana.
A ella la invitaron los hermanos Gonçalvez cuando enterraron a su padre ya
identificado, y ellos ya estaban juntos gracias a esa identificación. Achu
no fue. Sí los había conocido, dice que cuando se vieron se abrazaron como
si se conocieran de toda la vida. Pero Achu no fue al entierro porque, dice,
"no quise que esto se politizara". Ella quería simplemente "que esa gente
tenga una flor en su tumba".
Achu es un ejemplo de los escasos. El de los que hacen lo que tienen que
hacer
Página/12, 15/04/08
La
zona gris
Por Sandra Russo
A una chica de Zona Norte las compañeras le pegaron porque era muy linda.
Vaya razones, criaturas. Están pasando algunas cosas raras con las púberes,
de las que conviene tomar nota. Hay explotando una nueva sexualidad
adolescente, que incluye la ambientación mental del porno. Un amplio sector
de las niñas de vidas amables se da permisos insólitos. Pero tratándose de
un giro de época, marcado a fuego por el mercado, habría que preguntarse o
invitarlas a preguntarse si esos permisos se los toman, o si se sienten
obligadas a tomárselos, para estar a tono unas con otras, y así
sucesivamente.
Los estudios de algún remoto instituto de sexualidad norteamericano, si uno
se tomara el trabajo de buscarlos, seguramente tendrán alguna estadística
sobre adolescentes peteras o algún trabajo sobre la incidencia del pete en
la satisfacción con la que algunos varones de hoy sobrellevan las relaciones
estables. (El solo y simple hecho de que a la fellatio se le pase a decir
"pete" implica necesariamente la domesticación de lo exótico: ese mismo
movimiento vuelve trivial lo excitante. Por una fellatio un varón tenía que
esperar. Hoy, la cultura popular indica que un "pete" no se le niega a
nadie. Si hay onda, se entiende.)
La revista Cosmopolitan, biblia de nuevos usos y costumbres que en general
suelen ser siempre los mismos, filtraba sin embargo en octubre del año
pasado otra nueva escena de la sexualidad adolescente. Cosmo lo titulaba "Un
nuevo tipo de violación".
El fenómeno pertenece al mismo reino que las peteras, los cócteles de
alcohol y tranquilizantes, los boliches donde se admite sexo en los
sillones, el valor en alza de la puta sobre el de la chica new romantic, los
sitios porno dedicados exclusivamente a adolescentes borrachas. La nota
habla de "una zona gris", un límite borroneado entre la relación sexual
ocasional consentida y la relación forzada.
En rigor, de lo que está hablando es de un límite borroneado, no por el
varón de la escena, sino por el alcohol que tomó la chica, y que no le
permite recordar exactamente si pasó o cómo pasó. Uno de los sueltos de la
nota informa que "tres de cada cuatro de las víctimas están borrachas cuando
ocurre el ataque".
Es interesante el planteo de si esto constituye o no una nueva forma de
violación. Todos recordamos a la joven y fumada Jodie Foster en aquel bar de
la película, coqueteando en la máquina de música. Y experimentamos el
sentimiento asqueante de aquella violación múltiple, una escena que tuvo por
víctima a la chica que no por fumar ni coquetear indujo a nadie. Pero no se
trata de una historia así, en singular. Se trata más bien de una tendencia a
depositar en "la zona gris" las decisiones, las elecciones, las convicciones
que debe hacer una mujer en cada etapa de su vida. Se trata de estar
conscientemente (esto es: públicamente) a favor o en contra de determinadas
actitudes, pero sin necesidad de sostener lo que se cree, porque a "la zona
gris" se llega después de la pastilla, las gotas, los tragos, en fin, se
llega vulnerable. Y sobre todo, ya institucionalizada, codificada,
descripta, a "la zona gris" se llega queriendo desentenderse de la
responsabilidad sobre el propio cuerpo.
09/04/08
La
plaza de las Trillizas
Por Sandra Russo
Hace rato que el campo seduce a la ciudad, tanto como la ciudad seduce al
campo. "Yo estoy con el campo", se leía ayer en las pancartas cuadraditas
que exhibían jóvenes de look Cardon, una marca que, dicho sea de paso, tiene
en Palermo su "torre rural". Parece una bizarrada argentina, y acaso lo sea,
pero en el sitio web de la marca que impuso la ropa de estancia entre
jóvenes y adultos que de estancieros tienen poco, se indica que sus
emprendimientos inmobiliarios se originaron en el deseo de que la gente del
campo "se sienta en la ciudad como en su casa".
Algunos barrios de esta ciudad, anoche, estuvieron con el campo, aunque no
se sepa muy bien cuál es el lazo que se estrecha, más allá del espanto que
los une, y que es el gobierno kirchnerista. Iba a pasar tarde o temprano,
pero seguro iba a pasar ante alguna señal concreta de que había llegado la
hora de redistribuir un poco, un poquito, algo de lo que tienen y nunca en
la historia han cedido de buena fe o buena gana.
Las Trillizas de Oro lo supieron antes que muchos, y por eso hicieron buenos
matrimonios: acabado hace rato su cuarto de hora, las chicas fueron noticia
solamente porque las tres eligieron casarse con polistas. Hay un glamour
polista que recoge cierta muchachada bilingüe, un toque de distinción en
alpargatas, un manierismo de mate con la peonada, un aire de familia
numerosa y divina que aunque argentina, es rubia y fina. La base social y
cultural del nicho citadino que no tiene empacho en arrebatarles a los
piqueteros sus piquetes y que desembarcó en las calles con entusiasmo de
debutante, encanto del polista.
A propósito, el lunes 24 me equivoqué de marcha, y en lugar de ir a la de
los organismos de derechos humanos aterricé en la de las agrupaciones de
izquierda. Quien se atuviera a lo que allí se megafoneaba, jamás hubiese
comprendido este país, que un día después, un solo día, ofreció en el mismo
escenario el espectáculo del sector agropecuario forzando rebelión en la
granja.
A pesar del arrebato con el que estas líneas están siendo escritas, hay al
menos un par de cosas claras. Quien votó a Cristina Kirchner se presume que
votó algo parecido a lo que pasa. Medidas que redistribuyan riqueza. ¿Por
qué hasta ahora no se tomaron medidas como éstas? Porque medidas como éstas
no son gratis. Porque la riqueza no se suelta. Porque no hay lógica ni
ideología capaces de arrancarle a un sector privilegiado algo de lo que
tiene. Porque a la redistribución de la riqueza hay que acompañarla y
sostenerla y defenderla de la reacción que provoca. Porque para acompañar un
proceso de redistribución de recursos y de asignación de torta hay que
hablar claro, tener coraje y poner el cuerpo y la cabeza a favor de ese
cambio. Porque es más fácil, desde un progresismo previsible, rancio y fofo,
seguir boludeando con el bótox o las carteras de la Presidenta.
Hoy hay miles de personas en las calles con pancartitas que dicen "Yo estoy
con el campo", sin que eso signifique otra cosa que estar en contra de este
gobierno y de las medidas que pueden rozarles las ganancias. Así ha sido
siempre. Siempre han estado a favor de quien les done favores y en contra de
quien se los recorte. No los mueve nada más que el bolsillo. No hay otra
ideología que el bolsillo, aunque usen alpargatas y salgan de padrinos del
hijo de un peón.
26/03/08

Palau tuvo el viernes y ayer en el corazón de Buenos Aires, que le fue incomprensiblemente concedido, a la otra cara de la sociedad que lo mima y le compra rifas en cenas en las que los políticos se rinden ante el poder de convocatoria del pastor. El, que abiertamente busca y recibe la complacencia de los poderosos, tuvo en el centro porteño a los clásicos fieles evangelistas. Pobres que buscan calma y consuelo. "Aquí, esta misma tarde, hoy, 14 de marzo, en Buenos Aires, puede presentarse Jesús en tu vida y cambiarla", repitió varias veces. "¿Quién quiere que Jesús entre en su corazón?" Esa pregunta es más fácil, y se levantan unas cuantas manos y manitos.
Así, a modo de formulario para ser completado entre Palau y
la gente, el pastor habló de Dios, de su hijo Jesús, de la cruz, del pecado.
"¡Jesús vino a pagar nuestros pecados! ¿De cuánto pecado nos libró Jesús?"
Otra vez el neutro lo traiciona. La pregunta es rebuscada. "¡De todo
pecado!" se apura a completar él mismo, para que no decaiga.
Los pibitos de cuatro o cinco años que tienen vinchas de "Jesús te ama"
piden helado y Coca. Las púberes andan con remeras de Vico C, el
puertorriqueño que desde hace unos años acerca al público del reaggetón al
culto. Tremendo desafío. Asexuar el reaggetón.
–¿Por qué le dicen "el filósofo" a Vico C? –le pregunto a Nancy, de
dieciséis, que está con una amiga y tiene puesta una remera con la cara del
cantante.
–No sé –me dice.
–Por las letras –contesta la amiga.
–¿Cómo son las letras?
–Habla de Jesús. No dice suciedades.
Sobre Carlos Pellegrini, un grupito de adolescentes hip hoperos se amucha
para rapear casi en secreto. Uno lleva el ritmo y otro improvisa. Hay que
agacharse junto a ellos para alcanzar a escuchar algo. Lo que se escucha no
es estrictamente religioso. "Me voy a fumar un porrazo." Se ríen. Vinieron
con su iglesia, como todos. Hace poco que forman parte. Aunque ya está Palau
hablando en el escenario, ellos siguen en la suya. Miriam, que lleva puesto
un chaleco naranja que reza "Amigos del Festival", comenta: "Son chicos.
Todavía no son siervos".
La célula
Miriam me acerca un folleto del festival. En él se lee, en tipografía bien
grande, un incoherente "Entrada gratis", tratándose de un acto callejero. El
folleto guarda la gran promesa de Palau. "Tu vida puede cambiar hoy mismo."
El pastor sabe que en las cenas en las que vende rifas a precio de oro o
cosecha relaciones con actuales o futuros líderes políticos están los pocos.
Y que los muchos son estos otros, éstos a los que les gustaría "cambiar la
vida, salir de este enredo, huir de todos, alejarse, viajar a otro país,
empezar de nuevo". El trae la solución, que obviamente no es ni huir ni viajar
ni alejarse, sino "recibir a Jesús ¡ahora mismo!"
–Yo prosperé –dice Miriam.
Esa es la primera razón que enuncia para explicar su condición de líder en
su iglesia evangélica de La Matanza. Como todos los que forman parte de la
organización esta tarde, Miriam fue designada por su propio pastor para
hacer su tarea. Cada pastor interesado en vincularse con el festival se
contactó con la gente de Palau y así, a través del aporte de decenas de
Iglesias, bajaron las directivas primero a los pastores, después a los
líderes y por último a los miembros de las células.
–¿Las células?
–Cada líder tiene a cargo doce personas. Eso es su célula.
–¿Por qué doce?
–Como los apóstoles.
–Ah. ¿Y qué hace falta para ser líder?
–Que te elija tu pastor.
–¿Y a vos por qué te eligió?
–Porque soy siervo.
La historia de Miriam es aproximativa a muchas historias más surgidas del
malestar y la pobreza. Se acercó a una Iglesia evangélica hace quince años,
cuando estaba pensando en suicidarse. Un mal matrimonio y una constante
melancolía no le daban ganas de vivir. Dice que encontró a Jesús y fue un
consuelo, pero que recién hace cinco años que es "siervo". Debe entenderse
por "siervo" la entrega acrítica a Jesús, intermediada por su pastor.
Miriam convenció a su marido para que la acompañara, con la esperanza de que
dejara de pegarle. Dios la escuchó, dice. Su marido hoy no está en el
Obelisco. Hace mucho calor. El no es siervo. Pero ya no le pega.
–Y prosperé –dice ella.
Y esto es muy importante, explica, porque antes la plata no rendía. El
pastor los ayuda a organizarse con los gastos mensuales. Los embarca en
sueños compartidos, como comprarse una heladera nueva a fin de año. Me
despido de Miriam comprendiendo perfectamente la diferencia entre estar
pensando en suicidarse y estar planeando la compra de una heladera. Por eso
Miriam es sierva. Su vida cambió.
Fidelidad, clase, pecado
Palau ahora está en el escenario gritando que recibió a Jesús a los doce
años. Ahora tiene 71. Entre sus doce y sus 71, pasó una vida entera
construyendo este enorme edificio religioso y virtual que lo propone como el
pastor evangélico del spanglish. Discípulo de Billy Graham, ha esquivado los
escándalos sexuales que derribaron a los más importantes pastores
electrónicos norteamericanos y ha hecho, como ellos, de la fidelidad
conyugal un estandarte básico.
Palau ve en el divorcio un pecado. Palau ve el pecado, en rigor, en
cualquier parte que se aleje del núcleo fundamental que propone a sus
seguidores: sexo matrimonial, y matrimonio a toda costa y cualquier precio
(en uno de los micros de radio que vende a emisoras evangélicas de todo el
mundo, el pastor le habla a la "mujer maltratada" y le pide que aguante).
En la página oficial de su Iglesia, cada integrante caracterizado de la
organización es presentado con su foto y sus principales datos. Uno de ellos
es con quién está casado y cuántos hijos tiene. Son fichas sin posibilidad
de cambios. Otro de los rubros repetidos de los micros de radio es "¿Con
quién me caso?" o "¿Cómo sé con quién casarme?" Un joven feligrés le pedía
consejo, porque quería casarse con una chica a la que sus padres
consideraban por debajo de su nivel. Palau le contestaba que analizara,
antes de enojarse con sus padres, si estar con ella en público no le daría
vergüenza.
Porque en el mundo de Palau se trata de ir siempre para arriba y nunca para
abajo, y eso no sólo incluye lo espiritual, qué va, sino además lo material.
El pastor tiene prédica capitalista. Parece que el Jesús que recibió no es
exactamente el que echaba a los mercaderes de los templos, sino otro, que
celebra la riqueza si sopla en su dirección, y que ataja con la promesa de
la vida eterna a los que en ésta no les ha tocado casi nada.
En el mundo de Palau hay números, muchos números. Se presenta a sí mismo
como alguien que "entra en la historia moderna como uno de los contados
hombres que le hablaron a más personas en todo el mundo". Es escuchado,
dice, por unos 800 millones de personas en 112 países a través de sus micros
de radio y televisión. Ha reunido, dice, a 22 millones de personas en sus
festivales. Ha escrito decenas de libros electrónicos y decenas de libros
"disponibles en tu kiosco más cercano", finaliza el folleto. No sin
enfatizar con signos de admiración: "Adquirilo hoy".
Página/12
Los
derechos de los niños cuatri
El lugar es Cariló. Un lugar que, como casi todos, soporta sobre sus seis
letras varios mundos paralelos. En todos ellos naturalmente hay plata,
porque Cariló es muy caro. Pero es distinto tener la plata para pagarse una
semana en un apart, que la que se tiene para alquilar una casa todo un mes,
y ambas cosas están a una distancia más que considerable de la plata que
tienen los dueños de algunas casas, los cuatris estacionados como al
descuido en la puerta junto con los demás vehículos, a la sazón un par de
Audis o Toyotas. También tienen el lote de al lado para no perder
perspectiva y carpa fija en algunos de los balnearios, preferentemente
Cozumel. Casi no van al centro porque no quieren tener contacto con los
advenedizos de los últimos años ni con los aún más repelidos visitantes
ocasionales que llegan desde Pinamar o Gesell.
Diría incluso más, para que no me acusen de clasista, que después de todo no
sé por qué suena a insulto, cuando es usada casi siempre para marcar
diferencias de clase. Como si las clases no existieran o hubieran sido
reemplazadas por alguna otra cosa más que subclases. Diría entonces que
incluso hay gente que tiene mucha plata y aun así comparte una zona de su
mundo no sólo con el que alquila su semanita en el bosque sino con el que
veranea en Valeria o San Bernardo.
Más no me puedo esforzar: estoy dando tanto ejemplo para abrir el paraguas,
ok. Después me llegan un montón de mails de gente que últimamente se hizo
lectora de este diario (uno conoce bien, después de veinte años, a los
lectores del medio en el que trabaja). Desde hace unos meses me bombardean a
mails que me insultan o me acusan de no ser pluralista, de tener prejuicios
¡de clase! contra Macri, de odiar a los ricos y de evidenciar ciertas faltas
privadas o la pobre ejecución de esas prácticas sexuales que presuntamente
hacen dóciles y pro a las mujeres. Por suerte no es el caso.
A mí me encanta Cariló. Vengo desde hace más de una docena de años, porque
cuando vine por primera vez una herida profunda que tenía se curó. Y quedó
el lazo con el bosque, aunque es una estupidez decir que uno viene a Cariló
por el bosque. Nadie viene a Cariló por el bosque. El bosque es magnífico,
pero no deja ni por un centímetro de ser el marco perfecto para ser
salpicado por casas que muchas veces son deliciosas, pero también por otras
que lo único que hacen, con sus volúmenes y sus diseños dinastíacos, es
gritar que ahí hay alguien que la supo hacer. No, no, uno no viene por el
bosque. Los habitués que graduamos nuestras estadías de acuerdo con cómo nos
haya ido puntualmente cada año venimos a descansar sobre nuestro costado más
burgués.
Los progres, por identificarlos pronto, que venimos a Cariló, nos pasamos
todo el año intentando aplastar esa parte nuestra. Es necesario aplastarla
porque, al menos a mi entender, es la parte que no nos permitiría sostener
algunas ideas fuerza que no tienen nada que ver con nuestros intereses
individuales. Pero la gente no nace de un repollo, ni alcanza con explicar
qué tipo de hombre puso la semillita en qué tipo de mujer para traernos al
mundo. Caray, tanta parrafada para decir que veraneo en Cariló porque el
bosque está bueno, pero además me provocan descanso las playas limpias, el
silencio, la prolijidad, lo que se ve se mire hacia donde se mire. Todo es
lindo. Perdón, perdón, no puedo evitarlo. Lo lindo me atrae.
Además estar en Cariló permite, en un día nublado, estar sentado con una
computadora en un bar, con una enorme mesa a lado, ocupada por dos de esas
tremendas familias numerosas que hay por aquí. A Cariló parecen venir todas
las mujeres iguales o parecidas a Maru Botana. Todas tienen pilas de hijos,
son rubias, manejan camionetas importadas, dan marcha atrás sin mirar si
vienen peatones, tienen dientes superblancos, les dan delicadas pero firmes
órdenes a las mucamas o niñeras que van con ellas a todas partes, y han
perdido entre sus sucesivas maternidades alguna chispa que les encendería un
poco más las caras.
Decía que en la mesa de al lado los padres y las madres estaban enfrascados
en una conversación y algunos de los niños, en otra. Los de la punta, que
estaban justo dentro de mi campo auditivo, tenían entre 6 y 8 años y eran
compañeros de colegio.
Primero hablaron sobre algo deportivo que no llegué a escuchar y no me
importaba. Después empezaron a preguntarse por otros compañeros. Ema está en
Punta del Este con los abuelos, el Alemán manda mails desde Nueva York (sus
padres están separados; se fue a Nueva York con el padre; un capo, el
padre), Nico llega mañana. Y Manu... Pobre Manu, se tuvo que quedar en
Buenos Aires. Se armó un kilombo terrible en la familia de Manu, porque al
padre lo acusaron por estafa. Dijo uno, y ahhh, dijo el otro.
Después de un silencio tan corto que no sé si podría llamarse silencio o más
bien pausa obligada para tragar y respirar, volvieron brevemente sobre el
tema deportivo, como si lo último que dijo uno perturbara al otro. El otro,
entonces, volvió rápidamente sobre el tema del que se había escapado. Quién
sabe por qué. Eso es lo que tienen los chicos de todas las clases sociales:
tratan de entender. "¿Qué es estafa?", preguntó de pronto. "Es como robar,
pero con empleados, oficinas, con todo legal." Ahhh, dijo el más chico.
Después volvieron otra vez al deporte.
Más allá de los encantadores bares del centro, el bosque seguía y sigue
siendo magnífico. El problema en esta playa tan encantadora son las ideas
que caen como paracaídas obscenos, disparados a veces por ricachones
pintorescos y a veces por niños de 6 o 7 años. Todos son lindos y tendrán
todas las oportunidades. No se los puede culpar por ello. Como no se puede
juzgar a un nene de Lugano por haber nacido en Lugano. Tienen 6 o 7 años y
ya se podría hacer un trazado tentativo de las vidas que tendrán estos
chicos, y sus contemporáneos que no están aquí y que tal vez ni pronunciaron
nunca la palabra vacaciones.
Esta nota no tiene por objeto señalar la evidencia tan obvia de que hay
chicos ricos y chicos pobres, ni que todos los chicos deberían tener las
mismas oportunidades, como marca la Constitución argentina y la Convención
de los Derechos del Niño. Estos de Cariló no eran los remanidos niños ricos
que tienen tristeza, esa figura tarada que forma parte del legado discursivo
de Carlos Menem.
Pero me quedé pensando si esos chicos que tomaban su licuado en un bar de
Cariló no tendrían también derecho a saber, ya a su edad, qué significa
realmente la palabra estafa.
Fuente: Pägina/12, 12/01/08
Tener
huevos
El team Macri-Michetti, esas caras renovadoras de la política argentina, tan
sucia, tan corrupta, salió a mostrar el estilo de gobierno que tiene en mente
con un puñado de acciones altamente impopulares. A esto la derecha le llama
tener huevos.
Si uno tuviera que hacer una distinción tajante entre una corriente política de
centroizquierda o peronista y una corriente de cepa elitista, liberal o
conservadora, podría simplemente guiarse por la relación entre un gobierno y los
trabajadores. No hay demasiadas vueltas: cuando se habla del "costo político" de
una medida cualquiera, eso necesariamente implica que se trata de una medida
impopular, que atenta contra los intereses de la mayoría, en beneficio de una
elite social, económica o religiosa.
Los gremios estatales provocaron a los sucesivos gobiernos democráticos dolores
de cabeza y la obligación de permanentes negociaciones. Los sucesivos gobiernos
municipales, provinciales y nacionales debieron soportarlos. Los gobiernos y las
patronales siempre deben soportar a los trabajadores. Hay una inercia
capitalista que casi por definición, o si se quiere, por una relación
dialéctica, lleva la riqueza hacia arriba. A esa inercia capitalista, cuando no
es autoritaria, le corresponde el derecho de los trabajadores a defender sus
intereses.
Es su pan, su dignidad y su pertenencia a esta sociedad lo que reclama un
trabajador despedido. Si hasta ahora nadie tomó medidas tan brutales como las
que tomaron Macri-Michetti, no fue porque las respectivas administraciones no
chocaran contra los gremios estatales, sino porque evaluaron ese "costo
político".
Para considerar que una medida
higiénica del Estado implica un "costo político", es necesaria también la
conciencia de lo que implican los despidos masivos. No sólo manifestaciones y
paros: provocan manifestaciones y paros porque está en juego la supervivencia de
cada despedido.
En el modelo que Macri-Michetti tienen por lo visto en mente, esa ecuación, si
fue contemplada, también fue minimizada. La derecha se excita cuando ve que se
aplastan las conquistas gremiales. La derecha no quiere sindicatos. Así como en
las fábricas repelen a las comisiones internas, se agrandan cuando el viento
sopla a su favor, y despiden en masa y sin anestesia cuando merman las
ganancias. Así como echa sospechas y decide la suspensión de un bien escaso para
los pobres, los medicamentos, y en un mismo movimiento perjudica a los
ciudadanos y beneficia a los laboratorios. A este tipo de cosas la derecha le
llama tener huevos. A los que acusan a los nuevos líderes latinoamericanos de
populistas, simplemente porque reparten la riqueza y privilegian su relación con
el pueblo por sobre su relación con lobbies empresarios. Toda esa gente, que
quiso a Macri jefe de Gobierno, la gente que adhirió al discurso prefabricado
según el cual no despedir y no reprimir es "no hacer nada", piensa que para
tomar estas medidas hay que tener huevos.
Yo rescataría aquí los huevos que, por el contrario, y a mi entender, hay que
tener para abstenerse de despedir y reprimir. Como se recordará, fue en los
últimos años que volvió la actividad sindical después de mucho tiempo en el que
la problemática general era la desocupación. Como conviene también recordar,
esta ciudad rica cercada por cordones de extrema pobreza fue de pronto inundada
por piqueteros y cartoneros. Hubo incidentes, claro, como los presos de la
Legislatura. Pero la política nacional y porteña en los últimos años fue
evidentemente contraria a la represión tanto de los desocupados como de los
trabajadores.
También rescataría los huevos extraordinarios que tuvieron siempre los
organismos de derechos humanos, que se atuvieron a la Justicia incluso cuando
esa Justicia estuvo al servicio aberrante de los que cometieron crímenes
aberrantes. Rescataría, también, los huevos de quienes salieron a las calles en
el 2001, muchos defendiendo sus intereses individuales y muchísimos otros por la
dignidad colectiva. Rescataría por último los cortes de calles que hubo por
protestas justas, porque está bueno tener un tránsito ordenado, pero pretender
orden cuando hay miseria es tentar a la muerte. Para la derecha, hay vidas que
pueden ser sacrificadas en pos del orden. El orden es la utopía del capital.
Muertos en vida que trabajen y que resuciten para volver a trabajar.
Cualquier sociedad civilizada, como las europeas, acepta que es parte de la
lógica capitalista que los trabajadores reclamen. En Francia o en Italia hay
muchos ciudadanos perjudicados por los paros y las manifestaciones, por los
incendios de autos y los conflictos raciales. La violencia de la globalización
marca ese escenario. Y los gobiernos globalizados buscan soluciones consensuadas
para aplacar el mal humor social. Cualquier sociedad civilizada se reserva el
derecho hasta de la xenofobia, pero evalúa el "costo político" de las soluciones
brutales. Desde el nazismo, es de rigor democrático evaluar "costos políticos".
Macri dijo que "no se dejará extorsionar". A que 21.000 personas que ven
tambalear sus fuentes de trabajo protesten, Macri le llama "extorsión". Es
interesante ver las coberturas del acto de los municipales. Este diario lo
publicó en su tapa. La Nación también, pero con bocadillos como "La movilización
sindical frente al palacio municipal y los trastornos provocados a los
particulares no doblegaron a Macri". O sea: el tipo tiene huevos. Clarín sólo
hizo una pequeña mención en tapa a los miles de personas que salieron a la
calle.
Propongo que repasemos colectivamente a qué le llamamos coraje, y a qué le
llamamos desvergüenza.
Página/12
Guardar
y tirar
Creo que era Carmen la que estaba hablando sobre un texto, decía algo sobre
raspar el fondo de la olla, y ahí saltó Rodolfo, que tiene 22 años y ya es
sociólogo, y gritó: "¡Sí, eso cambió! ¡Nosotros no soportamos los culitos de
las botellas de Coca!". Lo que siguió fue una sucesión de asociaciones entre
todos, como si algo se nos hubiese revelado, y eso pasa cuando se descubre
algo que es percibido colateralmente y no ha sido nombrado.
Esta vez el tema sería: ¿qué pasó entre aquellos hijos de inmigrantes
polacos que habían adquirido el hábito y el gusto de masticar la grasa de la
carne, marcados genealógicamente por el frío y el hambre, y estos
consumidores ávidos de un primer trago y un primer bocado, estos aparentes
hijos de la abundancia urbana, o acaso habría que invertir los términos y
decir estos hijos de la aparente abundancia urbana? Creo que valen las dos
expresiones.
Lo de los inmigrantes polacos es un ejemplo fuerte de aquella vieja inercia
de conservar, almacenar y resistir. Esos tres verbos ejemplifican bastante
bien la actitud de la gente en épocas de hambrunas o pestes. La Segunda
Guerra fue una de esas pestes. Y aquellos que vinieron para acá pero que
allá habían experimentado lo que se siente cuando hasta el pan se trafica,
trajeron con ellos esa actitud. Conservar, almacenar, resistir.
Raspar el fondo de la olla. Masticar hasta la grasa. Ponerles cueritos a los
pulóveres y rodilleras a los pantalones. Destejer algo para volver a tejer
otra cosa. Cortar los envases de dentífrico, mayonesa, crema hidratante con
tijera, cortarlos por el extremo opuesto a los picos, para arrasar con el
dedo con absolutamente todo lo que resta. Guardar el papel de aluminio de la
manteca para untar con su cara interna una olla. Emparchar. Buscarle el
repuesto al tocadiscos. Mandar a arreglar el reloj. Llevar a la modista un
vestido para que lo reforme. En fin. Aquella actitud.
Como todo el mundo que vive con o sin adolescentes, cada tanto abro la
heladera y veo un par de botellas de Coca-Cola casi vacías. A veces no están
ni siquiera tan vacías. Pero hay otra recién abierta. Abrir un envase es una
actitud históricamente reciente. Podría decirse que como sujetos históricos
somos abridores de envases. Porque no sólo consumimos gaseosas o mayonesa,
ésa que descartamos cuando en el envase va quedando menos de la mitad y el
borde se empieza a poner duro. También somos abridores de envases
culturales, de envases políticos y de envases éticos. La vida nos llega
envasada. La vida de la sociedad de mercado nos empuja a consumir ideas
seriadas que en la serie encuentran su peso: a eso se le llama opinión
pública o "termómetro del ambiente".
No hay caso. El dentífrico se seca. Las tapitas modernas cierran
perfectamente unos días. Después, irremediable, fatalmente, quedan abiertas.
Y el dentífrico se seca. Arrasamos con él. O desearíamos arrasar. Con el
poder adquisitivo necesario para vivir como degustadores de primeros tragos
y primeros bocados, pero incluso sin él, está instalado en nuestras
subjetividades el deseo de abrir envases. Está la inercia, al menos. Porque
el deseo de consumo es un deseo de segunda clase. No puede ser un deseo
profundo. No puede serlo en tanto no sale del fondo oscuro de nosotros, sino
todo lo contrario: nos es lanzado como una flecha, o como una descarga
eléctrica infinitesimal y continua. El malestar posmoderno deviene, acaso,
de la maldición de abrir envases y no tolerar verlos vacíos.
Fuente: Página/12, 22/11/07
A
la derecha con Moria
En la final de "Bailando por un sueño", Moria Casán dijo que el resultado de
la votación del público entre Paula Robles y Celina Rucci le importaba a la
gente mucho más que el resultado de las elecciones. Yo no vi la final, pero
ese fragmento fue repetido en varios programas. Subrayado, entonces, por el
recorte en seco que provoca la repetición de ese momento, me asaltó una
indignación atroz, un ataque de ovarios contra esa mujer que cuando yo era
adolescente, encarnaba en las ficciones con Olmedo y Porcel –-ella y Susana
Giménez fueron las dos grandes sex symbols de los años de plomo– una
picaresca reaccionaria, acorde con la época.
Es un personaje muy complejo Moria Casán, tan complejo que hay quienes ven
en ella un icono de liberación y transgresión. Esos dos atributos, que en
política en general van acompañados por pensamientos del centro a la
izquierda, aparecen agitados por una mujer de derecha o derechas, porque
Moria Casán ha adherido, en diferentes épocas, a derechas de estilo
burocrático autoritario y a derechas de manteca al techo y el vuelto en el
bolsillo.
Cuando recuerdo que Roland Barthes dice que "el sentido común trafica
ideología", me pregunto cuánto contribuyó Moria Casán, más allá de su
voluntad, a la constitución del sentido común reaccionario argentino. Ella
misma fue la transgresión de esos hombres que no dejan que sus mujeres usen
minifalda porque así se visten las putas. Ignoro por el contrario qué les
pasa a las mujeres que admiran a Moria Casán. Su misoginia es tal, que sólo
identificándose con ella es soportable. Su mundo de gays la dispensa y
explica por qué su nombre está ligado a la palabra liberación. Moria Casán
es una mujer liberada en tanto se sirve de padrillos y tiene amigos gays.
Acaso ésa, la liberación burguesa del ama de casa que espera al marido
planchando, sea la que ella represente.
Por lo demás, Moria Casán no quiere a los hombres ni a las mujeres. No
quiere a los hombres porque los ejemplares que la acompañan son motivo
suficiente para odiar al género masculino entero. Pero por qué se los elige
así, es un misterio. Pusilánimes, babosos, cortesanos, vividores. Andá a
querer a los hombres.
En Moria Casán resiste, además, un modelo de mujer fálica que está en vías
de extinguirse. Ella declara que tiene un hombre adentro, o se jacta de su
falo, y es aquella vagina dentada en la que entra sólo el que quiere ser
devorado. Las mujeres fálicas han mutado en estos últimos años. Ahora son
mujeres que desean un falo intercambiable. Hemos descubierto la ventaja de
la falta. Estamos amigándonos con ella. Ser una mujer fálica da réditos en
el trabajo, en la batalla cotidiana, pero en la cama... es bueno sacarse
todo, el falo también. Se lo pasa mejor.
Moria Casán diciendo en la final de "Bailando por un sueño" eso que dijo, es
Moria Casán esencialmente. Es esa mujer madura, tetona, un poco pasada de
rosca con el colágeno, que desprecia hoy como ha despreciado siempre la
democracia.
Fuente: Página/12
Resulta casi imposible separar la biografía de la nueva presidenta de la de su
marido, el actual. Algo que no debería sorprender si se tiene en cuenta la
construcción que llevó del 22 por ciento alcanzado por Kirchner a lo logrado por
ella ayer. Desde los lejanos y gloriosos días de La Plata a la larga estadía en
la Quinta de Olivos, pasando por ese inhóspito paraje llamado Santa Cruz.
Historia de una mujer que no se deja encasillar solo como mujer.
De adolescente en La Plata, desde entonces con maquillaje.
Por Sandra Russo
El chiste alguna vez le causó gracia a Cristina Fernández: Bill Clinton y
Hillary paran con su auto en una estación de servicio, y el empleado que los
atiende resulta ser el primer novio de ella. Cuando se van, Bill le dice a
Hillary: "¿Qué serías vos, hoy, si te hubieras casado con éste?" Y ella,
displicente y sin mirarlo, contesta: "Naturalmente, Primera Dama". Parejas
como los Clinton o los Kirchner hacen emerger este tipo de chistes.
Simbióticos, obsesivos, recíprocamente leales; capaces de ampararse mutuamente en público hasta las últimas consecuencias, y de mantener sus evidentes terremotos en reserva; mentes que manejan al unísono eso tan difícil de reconciliar entre dos seres humanos: los planes a largo plazo. Tratándose éste de un perfil de la primera presidenta electa en la Argentina, debería haber comenzado, ya lo sé, hablando directamente de Cristina Fernández de Kirchner. De su biografía. Pero del nombre con el que ella ha llegado a la presidencia sale la sustancia de Cristina K. (piénsese además que ese lugar, la presidencia, ocupado por una mujer, merece un paréntesis de celebración por pura conciencia de género). Pero los hombres y las mujeres que forman extrañas parejas como los Kirchner o los Clinton no se dejan leer por separado. No se los puede pensar por separado. Son personas que han encontrado al cómplice justo para hacer planes a largo plazo, y eso imbrica, mezcla, refunda.
Tan difícil es amarrar en la figura de Cristina K, que en las notas, en los
libros escritos sobre ella, en los elogios y las críticas que más arrecian a su
alrededor, van a parar al rimmel (el corrector de Windows me corrige y
castellaniza "rimel", pero el que usa Cristina K. es rimmel, el de Cuentos para
leer sin rimmel, el título con el que Poldy Bird dejó colgando esa palabra de
una época). Muy lejos del universo sensiblero de cualquier especie, Cristina K.,
en esa misma época, era una chica que quería ser psicóloga y que sin embargo,
después, nunca en su vida hizo terapia. Era una chica que después decidió
estudiar Derecho, y a juzgar por todos los que la conocieron en esa época, era
todavía un volcán sin erupciones. Su inteligencia y su tenacidad estaban todavía
a la espera de alguna convicción muy fuerte, de ésas que pueden marcar una vida.
Eso llegó con Kirchner.
La Plata en llamas
Hasta entonces, la hija mayor de Eduardo Fernández y de Ofelia Wilhelm había
sido siempre una chica, según los cánones de la época, demasiado linda como para
ser inteligente. Escuela primaria pública, escuela secundaria en colegio de
monjas, vida de clase media (éste es un punto notable: en el archivo, los que la
quieren dicen que el padre era "un mediano empresario de colectivos" y los que
no la quieren dicen que era "colectivero": esto habla más de esta sociedad que
del padre de Cristina K.). Padre radical, madre peronista y encima, sindicalista
del Ministerio de Economía platense. Infancia y adolescencia en La Plata y en
Tolosa, un par de novios y, sobre todo, antes que nada, la efervescencia de esa
ciudad en la que a Cristina K. le tocó vivir y estudiar.
La Plata en los ’70 era una fiesta que lentamente se iría convirtiendo en un
infierno. Un micromundo hiperpolitizado en el que a los jóvenes muy jóvenes se
les había dado por ser actores políticos e históricos. Ese micromundo tan
difícil de pensar hoy, en el que hacer política daba chapa y no vergüenza.
Aquella fue una generación que fue marcada por un valor crucial, que se llevó
con ella cuando la desaparecieron: el status intelectual. Había una vez en la
Argentina una generación que despreciaba profundamente los símbolos de status
económico, y que estaba muy lejos de estas generaciones de jóvenes limados por
el mercado, que creen en lo que dice la publicidad de cualquier marca deportiva.
Muy, muy, muy lejos del mundo en el que billetera mata galán, en aquel mundo
platense de los ’70 el atractivo de un pibe era político. Los levantes se hacían
en las asambleas. La política estaba erotizada. Y esa generación se abrazó a la
política como no hubo otra que lo hiciera en muchos años de historia argentina.
Era un fenómeno mundial. Los jóvenes pedían cancha. A veces no la pedían, la
tomaban.
Lindero con ese mundo estaba, naturalmente, el de las organizaciones armadas,
pero el matrimonio K. no se alejó nunca de la ruta política: quienes los
conocieron por entonces indican que ya en ese momento, después del golpe, cuando
los recién casados se fueron a Río Gallegos, Kirchner empezó a fantasear con un
camino que lo llevara de una intendencia a una gobernación, y de una gobernación
a la presidencia. Y también se refiere que usó los años de la dictadura en el
estudio jurídico-inmobiliario que llevaba adelante con su esposa –rematando
casas de deudores–, para acumular dinero que le permitiera financiarse alguna
vez políticamente. ¿Cómo saberlo? Ellos no hablan. Dejan hablar.
Cuando Cristina K. accedió con 18 o 20 años a ese mundo hiperpolitizado de los
universitarios platenses, el rimmel ya estaba puesto. El pelo ya estaba
domesticado. Las uñas ya eran largas y estaban pintadas. Hay una autoimagen que
parece necesitar y a la que se aferra la flamante presidenta electa. Su
maquillaje setentista podría ser leído, creo, como un pacto con una versión de
sí misma que floreció en aquella época. La época de las grandes convicciones.
Miro la tapa del libro Cristina K. La dama rebelde, que escribió José Angel Di
Mauro, un periodista parlamentario. Es un primerísimo plano en blanco y negro
apenas sepiado en el que los ojos y la boca de Cristina parecen tatuajes de esa
época. Las pestañas están apelmazadas y separadas en líneas que se levantan
desde la línea segura y finita del delineador líquido. Hace falta mucho pulso
para eso. La boca está desbordada por el brillo. Las cejas están reforzadas con
lápiz. Esta mujer que no apela a "lo femenino" para actuar políticamente ha
elegido, probablemente sin quererlo o sin saberlo, el tatuaje de aquellas chicas
platenses que se enamoraban de los buenos oradores, para llevarlo inscripto en
la cara.
El cliché de los medios ha intentado sin éxito apropiarse de su personalidad, de
su carácter, de sus declaraciones y los rebotes de sus declaraciones. Pero
Cristina K. no se ha dejado. En su estrategia para llegar al poder, no se ha
dejado interpretar. La decisión de no hablar con la prensa la ha privado de una
comunicación blanda y emocional con la gente, que después de todo es el tipo de
comunicación que uno espera de una candidata mujer. Pero ahí tampoco Cristina K.
se ha dejado. Puso fichas en otro casillero, hizo una apuesta más alta, casi
soberbia. No usó "lo presuntamente femenino" en su campaña. Ni en su campaña ni
nunca. Se desmarca. Le han llovido escupitajos por su debilidad por las
carteras. Este tipo de consistencia han tenido la mayoría de las críticas que se
le hicieron. Pero ella, furtivamente, en diálogo con alguien, deja escapar un
"Me pierden las carteras". Y con esa frase cortita y tan sencilla desarticula el
mecanismo que se había puesto en marcha: la
peronista-sin-conciencia-de-clase-loca-por-el-shopping dice "Me pierden las
carteras" y es una mina como cualquier otra. ¿A qué mina no la pierden las
carteras?
A la política
La vida pública de Cristina K. comenzó en el sur, cuando todo estalló. Cuando La
Plata ya no era una fiesta y era en cambio una fuente de noticias desgraciadas.
Cuando ya era madre de Máximo, antes de recibirse de abogada. Cuando faltaban
todavía trece años para que naciera Florencia, la hija menor, con quien Cristina
parece no poder imponer toda la fuerza que le atribuyen a su carácter. La chica
tiene un fotolog y sube fotos familiares. Cristina intentó hacerla desistir de
la idea porque va completamente a contramano de la política oficial de
comunicación. La chica le contestó que iba a seguir haciendo lo que tenía ganas
de hacer. Su madre le dijo: "Ma’sí, hacé lo que quieras".
En 1987, Néstor Kirchner ganó la intendencia de Río Gallegos, y allí emergió
Cristina para la vida pública. Pero emergió como un monstruo del lago Ness a la
inversa: se asomó y nunca más volvió a meter la cabeza abajo del agua. Fue
legisladora electa y reelecta antes de la Ley de Cupo. A veces ese detalle pasa
como un detalle. No lo es. Antes de la Ley de Cupo circulaban en política pocas
mujeres. Las que se habían abierto espacio a los codazos.
Mientras el plan a largo plazo iba cumpliéndose lentamente, Cristina fue
diputada provincial, reelecta dos veces, senadora nacional, miembro de la
Convención Constituyente, punta de lanza del bloque peronista cuando el menemato
se agrietó y, todavía con la opinión pública de su lado, debió empezar a
enfrentar un peronismo que quería un poco de Perón. Un poco de lo otro de Perón.
Eso que el menemato borró, despintó, basureó. En el Poder Legislativo, a lo
largo de todos estos años, mientras Kirchner era gobernador una vez y otra vez,
y mantenía en reserva sus aspiraciones con algo de samurai paciente, ella sola,
por sí misma, cada vez más, iba no sólo a integrar las comisiones clave de la
Cámara en la que estuviera, sino a impregnar el apellido en común en Buenos
Aires.
El plan a largo plazo del matrimonio, y por esto se entiende hasta aquí
solamente que Kirchner llegara a la presidencia, supuso decisiones familiares
difíciles. Florencia creció en Santa Cruz con su abuela paterna –y con su padre
gobernador–, mientras su madre hacía su carrera legislativa en la Capital. Esas
decisiones suelen traer consecuencias inevitables para una madre, todavía. Las
mujeres siguen pagando costos emocionales extra para pagar el peaje a la vida
pública.
Su Eva
El plan a largo plazo les quedó chico a los K. Quién sabe cuándo empezaron a
percibir que podían ir por más. La carta astral de alguno de los dos debe ser
fabulosa: aquel 22 por ciento de los votos se convirtió en Cristina K.
presidenta cuatro años más tarde. El usó su presidencia para sentar bases,
principios, acumular poder, imponerle autoridad al aparato, negociar, ceder y
ganar, ganar y ceder con los sectores más reacios a un cambio estructural. Lo
hizo de una manera inesperada, como esos muñecos con resortes que salen
sorpresivamente de una caja, por no decir como esas chicas que salen
sorpresivamente de una torta. Pero así fue. El escenario político sin
precedentes mundiales que han creado los K. en estos últimos años –se trata de
la primera mujer que es elegida presidenta en una elección general para suceder
a su esposo– era absolutamente impensable hace muy poco. El poder económico se
ha lanzado a la política, acaso porque la política ya no es la yegua dócil que
se dejaba acariciar el lomo. A la derecha tradicional se le ha sumado una nueva
versión del gorilaje, y que posiblemente en los próximos años recicle su
resentimiento con esta nueva mujer fuerte del peronismo. Sin duda, y casi
descriptivamente, la mujer más importante en la historia del peronismo después
de Eva. Alguna vez Cristina K. dijo: "Mi Eva es crispada, combativa, sin
concesiones". Deberá recordarlo, si de verdad la suya será la etapa de la
redistribución de la riqueza.
Fuente: Página/12
López
Esta semana se cumplió un año de la desaparición de Julio López, y aunque
los diarios reseñaron el aniversario del secuestro, y la televisión y la
radio amplificaron la noticia, el caso López es un ejemplo de cómo los
medios no siempre imponen la agenda de la sociedad, esto es, para aquellos
que nunca cursaron Comunicación, los temas circulantes entre la gente: la
gente habla de lo que hablan los medios. Pues bien, nadie habló de Julio
López. Nadie habla de Julio López. Entre los casos resonantes que atraen y
capturan la atención de la opinión pública, no podría incluirse el caso
López. Es un desaparecido en democracia también desaparecido de la
conciencia colectiva.
Se dice por ahí que el recuerdo es siempre el recuerdo de un recuerdo. Que
la memoria actúa no sólo como reactivadora del pasado, sino que la evocación
de un suceso se replica en el próximo recuerdo, con sus pequeñas
desviaciones y sus agregados y sus recortes, y finalmente del hecho original
queda poco, pero es eso la memoria: siempre reactualiza nuestros
sentimientos, porque esas desviaciones y esos recortes se van adaptando a
los que vamos siendo; es la estrategia de la memoria contra el olvido. El
olvido corta lazos. La memoria los reconstruye.
No es de ahora, que se cumple un año. Desde hace mucho me pregunto, y
escribí un par de notas al respecto, por qué el caso López escandalizaba tan
poco. Por qué parecía haber una costra entre la sensibilidad de un/a
argentino/a común y corriente, y el hecho de que haya desaparecido un
testigo clave en un juicio cuyo acusado fue luego condenado a prisión
perpetua por genocidio. La gente no quiere oír hablar de genocidio. La gente
está harta. Vaya gente. La gente antes no se enteraba de nada. Un patrullero
estacionaba en la cuadra, se escuchaban tiros, desaparecía un vecino, y
nadie sabía lo que pasaba. Ok. Después la gente, cuando vino el juicio a las
Juntas y se leyó el Nunca Más, lo hizo best seller. Allí se detallaba cómo,
por ejemplo, se picaneaba a mujeres embarazadas delante de sus maridos, o se
violaba por el ano a las prisioneras con la culata de un revólver. Y los
tiraban al mar. Dios mío, decía la gente. Los tiraban vivos al mar. Y
especialmente tiraban al mar a las mujeres que habían parido en los campos
clandestinos. Las tiraban al río y se apropiaban de sus bebés. La gente no
podía creer lo que había pasado en este país. Dios mío, repetían las señoras
allá por el ’85, cuando la Justicia estaba todavía muy lejos, pero los
hechos estaban claros. La gente no podía no decir Dios mío, porque no
existía ningún discurso circulante para defender un exterminio como el que
se había llevado a cabo. Lo clandestino de los asesinatos refrendó el pacto
de silencio entre el poder y la gente. Y por gente, que ya va siendo hora de
definir la palabra, entiendo en esta nota a todos aquellos y aquellas que
carecen del mínimo sentido crítico de la realidad, y políticamente son el
rociador de ideología favorito de todos: izquierda y derecha quieren
germinar ahí, en lo que cualquiera entiende, en lo que cualquiera cree,
porque ése es el único camino hacia la Meca. Pero cuando la Meca estuvo en
manos de asesinos, la gente no se dio cuenta.
Después no hubo más gente y hubo ciudadanos. Eran los flamantes habitantes
de un país democrático, que se proponía, como una quinceañera, tener un
vestido de tul rosa para su fiesta, y poco después se desilusionó, porque la
fiesta era en un pelotero y el vestido era alquilado.
Cuando se fueron los ciudadanos vinieron los clientes y los usuarios. Esos
consumían a lo loco. Deliveries, viajes, plasmas en cuotas, heladeras que
babean hielo, home theatres, pochoclo. Ellos mismos, con cada dólar que
gastaban, estaban definiendo la suerte de muchos otros, algunos de los
cuales después los asaltarían, y así son las cosas, amigos, circulares.
Tengo la sensación de que ha vuelto la gente. La gente que no cree que la
desaparición de Julio López la involucre. Después de todo, ese albañil
estuvo preso. Por algo la gente, cuando se puede dar un gusto, lee Gente.
Fuente: Pägina/12
Carver
y Ramos
El lunes pasado, a la noche, vino Pablo Ramos a mi taller de escritura para
hablar sobre el proceso de La ley de la ferocidad, su última novela.
Habíamos leído todos El origen de la tristeza, ese hilvanado de cuentos que
hizo despegar el nombre de Pablo del resto de los nombres de su generación y
lo ubicó junto a los "innegablemente escritores". Hace mucho tiempo que la
publicación dejó de ser el hito que convertía a una persona que escribía en
escritor. Las editoriales han entrado de lleno en las leyes del mercado y
publican cualquier cosa que se venda. Pero el autor... ah, el autor, como
rezan los contratos básicos, sigue no obstante siendo el que les recuerda a
los editores por qué se dedicaron a ese trabajo; el autor les trae a los
editores noticias de su pasado, de sus antiguos amores, porque no son ellos,
después de todo, quienes deciden qué publica la editorial, sino las
"políticas editoriales".
En el medio de todo ese entuerto que aleja muchas veces a la buena
literatura de sus lectores naturales, es milagroso que emerja un Pablo
Ramos. Pertenece a ese tipo de escritores animales, como Carver, a ese tipo
de extraños seres humanos que no podrían sobrevivir si no trasladaran a
formas narrativas la energía interna que los carcome. También como Carver,
Pablo empezó a dedicarse a "escribir en serio" a los 35 años, y también como
para Carver, "dedicarse a escribir en serio" significó dos cosas: el intento
de deslizar el alcoholismo hacia un lugar creativo, y la disposición, la
entrega, cierto fanatismo para abandonarse en el universo de la ficción.
Tanto Carver como Pablo escribieron más de veinte versiones de sus cuentos.
Y así como Carver se enternecía cuando describía el aspecto de agente del
FBI de su maestro, John Gardner, Pablo se sonríe desde algún núcleo duro
cuando habla de Liliana Hecker, su maestra. Durante mucho tiempo Pablo fue
becado al taller de Hecker. Hace muy poco, charlando con ella, le pregunté
por Pablo y su experiencia de tenerlo en el taller. Se llevó la mano al
corazón.
El lunes, Pablo habló de la importancia de tener un maestro, una maestra:
alguien que te lea y en quien vos confíes. Y me pareció que así como en
narrativa forma y fondo son la misma cosa, hay un instante en la vida en el
que algunas coordenadas permiten la redención de cualquiera. Que en ese
instante que no se anuncia y sucede, hay que estar listo y con el proceso de
limpieza ya empezado. Que cuando estamos atrapados en algún laberinto, no
debemos dejar de buscar la salida, aunque el mismo nombre del laberinto nos
desaliente. Que en eso, en definitiva, consiste la lógica de la esperanza:
en estar listo cuando llegue ese instante en el que alguien o algo nos abra
mejores. Pablo se encontró con la ficción. Y con Liliana Hecker.
La pasión loca y desmedida que Pablo transfiere a la escritura es, según él
mismo explica moviendo las manos como quien sostiene una enorme palangana,
la misma que estaba puesta en el alcohol. Transmutación. Parece no tener que
hacer en la vida más que escribir. Vivir para escribir. No es el resultado
de un contrato, como efectivamente podría ser, ya que ha habido algún
ofrecimiento rechazado. Es el fruto de una decisión vital fuera de época.
Una consagración laica o hasta profana pero profundamente espiritual. Quizá
a Pablo lo acompañen las almas que rodeaban el cementerio de Avellaneda y el
de la Chacarita. Al lado de uno creció y sobre el otro escribió. La
escritura de Pablo es así: arrancada. Pero arrancada a la muerte.
El origen de la tristeza fue escrita en máquina de escribir, y las o
terminaron agujereadas. Los originales estaban llenos de agujeros negros.
Signos de una desesperación por desprenderse de o que había que escribir.
Una escritura hija del éxito de las coordenadas, cuando en la vida de Pablo
no estaba previsto ningún éxito interno.
A mí me gustan los escritores como Carver o Ramos porque lo que escriben me
interesa y les creo, les creo la sordidez, la rugosidad, la sequedad, el
patetismo, lo triste y lo feroz de la vida. Entreví varias veces lo triste y
lo feroz de la vida, y cuando leo a Carver o a Ramos lo que percibo es que
nuestras partes heridas no son errores, son constancias de quienes somos.
Pero también me gustan porque los dos son escritores socialmente testigos de
un lado desarreglado de la condición humana. Porque ven la hendidura por la
que sale pus, y la escriben. Porque no usan fórceps para contar historias
simples y en las que, sin embargo, algo horrible o algo hermoso se cuela. Y
porque no provienen de escuelas de lujo ni de universidades prestigiosas,
contra las que no tengo nada. Pero tanto Carver como Pablo son la prueba de
que la escritura es un síntoma y no un ejercicio diplomado. Que el que tiene
que escribir escribe. Que no hay problemas de horario ni cansancio de
cervicales cuando estos animales narrativos tienen que hacerlo. Que quien ha
trabajado de cualquier cosa y no ha terminado el secundario y ha dormido en
la calle puede estar listo cuando llegue ese instante en el que rigen
algunas coordenadas, y puede también y en consecuencia parir una escritura
que nos hable mientras nos dice. Y el talento, finalmente, es el cisne que
tantas veces hace vida de pato.Fuente: Página/12, 08/09/07
Imágenes
En la contratapa del sábado 11, "María en el bosque", escribí sobre los
trastornos alimentarios de mi hija de quince años, acompañando, creo, un
interés de ella por testimoniar públicamente sobre este nuevo tipo de dolor
que ataca a las adolescentes. Hasta ahora mi trabajo como periodista me
había puesto muchas otras veces frente a personas de todas las edades que
querían testimoniar sobre sus diversos tipos de dolor. Hablar es una manera
de descargar, y en este caso de vomitar, pero con un mundo simbólico ya
acolchando el síntoma, con el Yo a salvo entre los símbolos que ordenan
nuestra relación con el mundo y los demás.
Una de las mayores dificultades de las chicas con estos trastornos, como con
otros en los que la ansiedad es un motor monstruoso que acelera
enloquecidamente los ritmos naturales, es encontrar la manera de hablar de
su dolor. La obsesión por la propia imagen, y la distorsión de la mirada de
la propia imagen, que las hace verse gordas horribles, vacas, cuando lo que
hay del otro lado es alguien que mide 1,50 y pesa 44 kilos, es a su vez una
trampa mental para encarrilar el lenguaje sólo en lo referente a la comida.
Las chicas hablan de comer. Las irrita comer. No saben si comer una tabla de
cereales o un yogur. Lo piensan durante una hora. Esa decisión encubre algún
otro dilema, pero el sinsentido de la enfermedad vacía esas mentes de otras
herramientas para pensarse a sí mismas. Quedan en pie sólo los recursos
discursivos para enunciar las miles de variantes de adversidades y
obstáculos que puede presentar la alimentación cotidiana.
Testimoniar sobre el propio dolor es también una forma de denuncia. Es
relatar secretos que se han mantenido en reserva para engañar o mentir. Es
exponer la parte quemada del alma que todavía en esa instancia arde. Y
finalmente, además de otras cosas, es buscar maneras de decir. Hablar
siempre implica una posible fuga.
Pero la presión descomunal que sienten las mujeres jóvenes sobre sus propias
imágenes ha ido sedimentando en otro sitio, en un infierno, en el que la
noción de placer se estalla cada dos o tres horas contra una orden interna
que hay que obedecer. Esa orden viene de muy adentro. No es propia, pero
parece. Indica que hay que rechazar con todos los ejércitos hormonales y
gástricos cualquier soporte de placer. Una anoréxica no rechaza solamente la
comida. Básicamente, rechaza la naturaleza física de su cuerpo, su
tridimensionalidad, y busca infructuosamente su ser plano, su ser
fotografía, su ser impenetrable.
Algunas, demasiadas de nuestras niñas expresan a través de esos síntomas un
dolor difícil de rastrear, pero que seguro que no encontró, para ser
tramitado, otra vía menos autodestructiva. Muchas otras no se enferman, pero
a la sobredosis de grasa de su alimentación infantil, salen directamente
disparadas a las dietas: hacen dieta desde los trece o catorce, y no llaman
mucho la atención. Incluso hay padres que las estimulan para que bajen esos
cuatro o cinco kilos que traen de más de la etapa redondeada de la vida, que
es la infancia, y se empiecen a convertir en adolescentes atractivas de
acuerdo al canon de la imagen plana.
Esta época de políticas globalizadas se caracteriza por los huesos marcados
en los cuerpos de las zonas sacrificables del mundo, en esos esternones
sobresalientes, en esas rodillas elefantiásicas, en esas pieles engrosadas,
en esas dentaduras podridas. Y replica, la época, esas marcas corporales en
las niñas que se ven en la punta del iceberg: cuerpos de líneas rectas
escritas con llanto. En la base del iceberg, millones de mujeres incorporan
productos desgrasados a sus dietas, y usan edulcorante. Toman bebidas light
y mastican chicles sin azúcar. Obedecen una orden, la misma de siempre,
exactamente la misma: no gozarás.
Fuente: Página/12, 22/08/07
Ideología
y mensajes de texto
Me llega un mensaje de texto de un número que no reconozco: "¿Pediste
fugaZ?" Lo específico del mensaje y su origen desconocido hacen que
conteste: "¿Quién sos?", sin abrir signo de interrogación ni poner el
acento sobre la e. Alguien que seguirá siendo para mí un enigma me retruca:
"Juas! No era para vos!"
¿Quién de todos mis conocidos estaría por comerse una fugaZ con quién? ¿Por
qué no se tomó la molestia de decirme quién era? ¿Será alguien tan cercano
que descuenta que sé de memoria su número? ¿Qué tipo de equívoco o
malentendido es éste? ¿Qué hace que esto, que fue un equívoco o un
malentendido, sea tan perturbador cuando acaba de ocurrir y se convierta en
casi nada a los cinco minutos?
Primero fueron los muy jóvenes los que vertebraron su necesidad de
comunicación de acuerdo con las limitaciones del nuevo soporte. Y por un
tiempo hubo un dique generacional.
Los mayores de 40 nos quedamos
adheridos al correo electrónico, que ya era bastante, y nos resistimos con
obstinación al mensaje de texto. Pero fue cuestión de empezar, quizá con nuestros hijos,
que nos reclamaban que aprendiéramos pronto porque el crédito del abono les
duraba tres días. Y comenzamos a percibir y a incorporar otro tipo de
comunicación, una que hasta que llegó el mensaje de texto no existía, y que
consiste en ráfagas de contacto, en una breve catarata de caracteres que
nunca pretenderán la emoción o la profundidad si no es en la pura
especificidad del mensaje, en su esqueleto. Los golpes de efecto del soporte
hacen que sea posible generar, eventualmente, un clima entre nosotros y otra
persona a través de un monosílabo.
Por ejemplo, el que dice que usó Gabriela Cerruti contestándole "Gracias" a
Jorge Telerman, después de que él le informara por mensaje de texto que
había otro ministro ya designado. En este caso, en el que dos mensajes de
texto trepan de la banalidad o el arrebato de los millones de mensajes
anónimos a la esfera pública, ¿cómo se leen esos mensajes? ¿Como hilachas
privadas de la política o como un recurso novedoso para hacer política, con
ese "Gracias" que cuelga de un sentido ambiguo, o cínico, o literal?
McLuhan* cada vez goza de más admiración por mi parte. Fue el primer nombre
ligado a la Comunicación que escuché. Porque cuando yo era chica, o más
precisamente cuando estaba en edad de estudiar, no existía esto que se llama
Comunicación. Es increíble. Hace muy poco tiempo, unos veinte años, cuando
salió Página/12, era flamante la carrera de Comunicación. Y eso, la
comunicación, ha inundado nuestra noción de lo que somos y de cómo entramos
en contacto con los otros. A veces olvidamos que el proceso de globalización
fue avistado por McLuhan ya en los sesenta, en pleno pop, antes de las
guerrillas, antes de las masacres. La Aldea Global era un libro de
Comunicación.
"El medio es el mensaje" es una frase que encierra algo de parábola, como si
McLuhan se hubiera imaginado este mundo en el que las personas andan con su
teléfono móvil como si se tratara de un centro mental y emocional de
operaciones internas y externas. Aunque ni Gabriela Cerruti ni Jorge
Telerman adhieran al estilo paraideológico de Macri, la noticia del cambio
de ministra fue también paraideológica. El mensaje de texto no admite
explicaciones, ni argumentos, ni fundamentos, lo cual quiere decir que el
paso de tragicomedia de Cerruti y Telerman los dispensó a ambos de exponer
públicamente sus diferencias. A mí personalmente me hubiera gustado saber
cuáles eran esas diferencias, si eran ideológicas, tácticas o estratégicas.
Hay mucha gente que cree, y Macri ha dado en la tecla al tocar justo ésa,
que la ideología consiste, simplemente, en complicar las cosas o lo que es
peor, en mentir. Que la ideología es poco menos que una excusa para robar.
En insistir en un mundo complejo de palabras vacuas que no derivan más que
en el beneficio de los políticos que portan ideología. Es un razonamiento
bobo, completamente agujereable, pero es el que permite a gran parte de los
porteños tener esperanzas en la "gestión pura".
Lo cierto es que la dirigencia política argentina no se ha dedicado nunca, y
ése es uno de sus mayores pecados, a discutir públicamente ideología. La
dirigencia política tradicional ha enmascarado siempre las discusiones
ideológicas traduciéndolas en internas que no le interesan a nadie salvo a
sus protagonistas. A veces, incluso, no enmascaró nada, porque las internas
no tenían que ver con nada ideológico, y eran puras canalladas, peleas por
repartijas.
Bueno, amigos, la dialéctica histórica tiene un no sé qué de apasionante. No
queda más remedio. Macri y su troupe de políticos apolíticos nos pusieron
entre la espada y la pared, hay que admitirlo. A partir de ahora, con una
derecha en uso de todas sus facultades, los que no somos de derecha bien
haríamos en hablar de ideología todo lo que sea necesario. No vamos a
comprar, nosotros, el buzón de la gestión inocente. Habrá que hablar
claramente, con huevos, con franqueza, acerca de qué creemos que es verdad,
y qué es mentira.
Habrá que hacerlo para recuperar del lenguaje que usamos una palabra que
ahora está manchada con mugre propia y ajena. Si en lugar de tratar de decir
las cosas clara y profundamente nos mandamos mensajes de texto, ellos ganan.
Deberíamos hacer un esfuerzo para rehacernos de esa palabra, ideología,
porque ella explica conductas, abre puertas mentales, traza ejes de acción,
prioriza lo urgente y posterga lo accesorio. Y porque la ideología que al
menos tengo yo, postula que la ideología es la herramienta más apropiada
para organizar nuestra mente ante el mundo y los otros. Prefiero la
ideología que el interés.
* Herbert Marshall McLuhan (21 de julio de 1911-31 de diciembre de 1980) fue
un educador, filósofo y estudioso canadiense. Profesor de literatura
inglesa, crítica literaria y teoría de las comunicaciones, McLuhan es
reverenciado como uno de los fundadores de los estudios sobre los medios y
ha pasado a la posteridad como uno de los grandes visionarios de la presente
y futura sociedad de la información. Durante el final de los años ’60 y
principios de los ’70, McLuhan acuñó el término "aldea global" para
describir la interconectividad humana a escala global generada por los
medios electrónicos de comunicación.Fuente: Página/12, 14/07/07
imágen: Marshall McLuhan
García
Belsunce
Ella se llamaba María Marta García Belsunce y él se llama Carlos Carrascosa.
Desde que a ella la mataron, el caso se conoce como "García Belsunce", y a
lo mejor ese detalle revela algo de esta historia. Mejor dicho: no de la
historia en sí misma, sino en cómo ese crimen capturó la atención de la
opinión pública en los últimos años, y recién pudo competir con el caso
Dalmasso, en el que hay otros datos mucho más inquietantes, pero un solo
apellido.
Tampoco es casual que siempre los García Belsunce y nunca los Carrascosa
tuvieran una casa espectacular en el country El Carmel, uno de los primeros
y más espléndidos nuevos castillos posmodernos, y que los Dalmasso vivieran
en una provincia, y en un barrio que no es del todo cerrado: no hay
posibilidad de mujeres de estilos tan antagónicos como María Marta García
Belsunce y Nora Dalmasso. A Nora la muestran cincuentona, sonriente,
divertida, teñida, siliconada, a tono con su historia, en la que el sexo
deambula como el fantasma del padre de Hamlet, presente y omnipresente. A
María Marta, en cambio, la muestran con esa feminidad borrada de las mujeres
de su clase. Hay una tribu de mujeres como ella, que pertenecen a familias
que les han dado seguridad de base, y desprecian la ostentación, la
banalidad, y sobre todo, más que a los pobres, a los nuevos ricos. Sus
mujeres son un poco andróginas, no se pintan, usan taco bajo, ropa
deportiva, tal vez unos pequeños aros de oro.
Las otras, las Noritas, son frescas y pícaras, son infieles, tramposas, les
gusta mucho el sexo y tienen tiempo y dinero para invertirlo en alguna
ligera perversión. Norita también es Dalmasso, es cierto, pero la aberrante
insistencia de los medios la hacen Norita sobre todo, como Lolita, como
Naná, como Lulú, como tantas cortesanas de tan diferentes estilos que a lo
largo de la historia han satisfecho, con sus biografías, el morbo de
aquellos a los que escandalizaban.
Fuente: Página/12
Galaxia
Galeano
Galeano es conocido como Galeano, y rara vez se pronuncia su nombre de pila.
No hay otros Galeano en la vida pública, así que uno no debe estar aclarando
que se trata de Eduardo y no de otro. Y ese accidente de la realidad hace
que Galeano sea nombrado sólo por su apellido que, yo creo, para muchos
suena como el nombre de un planeta.
Leí hace poco que decía John Berger que cuando un escritor tiene un estilo
fuerte y depurado, lo que dice y cómo lo dice no pueden separarse. Hay una
cópula entre forma y sentido cuando el escritor hace del estilo lo mejor y
lo más difícil que se puede hacer con él: construir un mundo.
Si uno menciona el estilo de Galeano, los interlocutores, y ni siquiera hace
falta que lo hayan leído, comprenden que uno habla de textos transparentes y
oscuros al mismo tiempo, muy cortos, casi sin músculo: Galeano trabaja con
las palabras como huesos. Las elige quizá sin elegirlas, no sé cómo es su
método de trabajo, pero probablemente Galeano se haya ido conociendo a sí
mismo a medida que les sacaba palabras a los textos después de haberlos
escrito. Probablemente ese ejercicio de desmalezamiento en sus textos le
haya venido de una necesidad estética y al mismo tiempo ética. Dejar el
hueso de la palabra, el hueso chupado y lavado, el hueso con el sentido
último de la palabra, aquello que la palabra no puede dejar de ser: es a
través de esa operación de máxima limpieza que la prosa de Galeano es
generosa; muestra hueso de palabra para que en los ojos de quien lo lee
florezca espléndida la carne. Galeano no busca lectores: busca con quién
tomar su comunión. Y estoy segura de que aunque ésta sea una palabra que
tiene enagua católica, Galeano comprenderá a qué me refiero. Del hueso de la
palabra comunión necesitamos todos agarrarnos, antes que nada, para entrar
en el universo Galeano.
En ese universo hay olores y climas y conversaciones a veces sin sentido,
como de parábola china, que lo dejan a uno desacomodado. Hay viejos y
mendigos, pobre gente que sin embargo no se autocompadece y es protagonista,
muchas veces, de historias mágicas, aunque la magia del universo Galeano
tiene poco que ver con magos que convocan palomas. Esta magia que sobrevuela
a las criaturas vulnerables de Galeano es de otro orden. Quizá del orden de
la justicia. O de la libertad.
Su mirada concentrada en la América pre o poscolombina, su mirada
concentrada en la guerra de Irak. Dos escenarios y tiempos completamente
distintos, y no obstante qué placer encontrar esa misma mirada, atenta
siempre a los detalles que nos narran la verdadera historia.
Sus textos breves, o sus textos brevísimos, no hacen más que profundizar el
estilo que nombra su apellido. Los huesos de las palabras pesan mucho, y a
veces no le hacen falta más que tres o cuatro líneas para crear una
situación completa, con pasado, presente y futuro, con perspectiva y foco,
con ideología, con piedad o con rabia.
Si algo puede afirmarse de Galeano es que de los escritores de su generación
y de varias otras, es el que más ha esculpido la palabra. Las ha tomado de a
una. Homeopáticamente, quizá para devolverles, con muchos anticuerpos, el
sentido que les fue arrebatado por el tiempo, claro, pero sobre todo por el
poder.
En ese sentido, el trabajo político que ha hecho Galeano con las palabras
todavía está por reconocerse. Alguna vez se tendrá en cuenta, al hablar de
él, que además de ser un escritor magnífico, Galeano jamás ha dejado de
escribir una línea sin operar sobre el lenguaje y desenmascararlo, sin
liberar para sus lectores las palabras que eran rehenes de otros
significados.Fuente: Página/12
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