
¿Quién mató a Rosendo?
NOTAS EN ESTA SECCION
Hace cuarenta años, por Enrique Arrosagaray
|
Noticia
preliminar | Primera parte |
Segunda parte | Tercera parte
Conclusión | Epílogo del editor
LECTURAS RECOMENDADAS
Obras literaria y
periodística de Rodolfo Walsh (5,95 Mb)
Hace cuarenta años, en La Real de Avellaneda, no sólo moría García
|

Domingo Blajaquis (de anteojos) murió
en el Hospital Fiorito
|
Se cumplen cuarenta años del tiroteo en la confitería La Real en el que
resultaron muertos el dirigente de la UOM Rosendo García y dos militantes de
la resistencia peronista. El hecho fue narrado por Rodolfo Walsh en ¿Quién
mató a Rosendo? Aquí, la historia de Domingo Blajaquis, uno de los
asesinados menos conocidos y, a decir de Walsh, "un auténtico héroe de su
clase".
Por Enrique Arrosagaray [14/05/06]
"... El Viejo estaba mordiendo una porción de pizza cuando la bala se le
metió en el pecho, por el costado", asegura Francisco Alonso tocándose
debajo de su axila derecha. Alonso estaba sentado en la otra punta de la
misma mesa, a un metro, cuando se apagaba el 13 de mayo de 1966. "Ese tiro
–agrega Alonso–, como todos los otros, vino de la mesa en donde estaba el
Lobo Vandor con su troupe. Quedó sentado el Viejo, sangrando, muriendo."
Cuatro horas antes, el "Viejo" Domingo Blajaquis había salido de una
sociedad de fomento de Gerli con dos o tres amigos y marcharon al centro de
Avellaneda, a una reunión de solidaridad con un gremio del Norte que estaba
en lucha. Luego llegaron a la esquina de la plaza en donde se encontraron
con Raimundo Villaflor, obrero de la Conen, una fábrica de jabones, quien a
las diez de la noche había terminado su turno iniciado a las dos de la
tarde. Cruzaron la avenida y entraron a la confitería La Real, que era
también pizzería, café y lo que venga.
Francisco Granato –31 años, alto, pelo oscuro– invitó con la pizza porque
había cobrado unos pesos extra. Era obrero en la planta del Docke de la
Shell. Pero exigió esquivarle al vino tinto porque no andaba bien del
estómago, pidieron blanco. En la mesa estaban Domingo Blajaquis, los
hermanos Villaflor, Horacito –creemos que es Miguel Gomar–, Juan Zalazar y
los mencionados Granato y Alonso.
A seis o siete metros –en el mismo salón–, varios sindicalistas y políticos
tomaban whisky y charlaban. Augusto Vandor, Rosendo García, Petracca,
Valdez, Saffi, el Beto Imbelloni, Gerardi, Armando Cabo, etcétera.
La trifulca comenzó a los minutos por miradas desafiantes y porque a
Horacito lo apretaron en el baño unos hombres de Vandor. Los primeros
puñetazos fueron entre Raimundo Villaflor y Rosendo García, y entre Rolando
Villaflor y el Beto Imbelloni. Sonaron varios disparos desde la mesa de
Vandor seguramente porque los invadió ese cóctel tan peligroso compuesto por
el alcohol, el miedo y el odio. Un disparo partió la espalda de Rosendo
García. Otros dos se metieron en los cuerpos de Blajaquis y de Juan Zalazar
–38 años, cinco hijos, vivía en Wilde, casado con Juana Fernández–. Otros
balazos marcaron mesas, mármoles y columna. Una más terminó en un glúteo de
Saffi.
Los diarios hablaron de los hechos porque hubo tres muertos y uno de ellos
de prestigio. Rosendo García era secretario nacional adjunto de la poderosa
UOM y se perfilaba en esos días hacia la candidatura a gobernador de la
provincia de Buenos Aires por el justicialismo.
De Blajaquis casi no habló nadie más que Rodolfo Walsh, con emoción
profunda, pero en el marco represivo de la dictadura de Juan Carlos Onganía.
Domingo Blajaquis era el jefe del "grupo Avellaneda" de Acción
Revolucionaria Peronista (ARP), un núcleo que tuvo pocos años de vida,
orientado hasta la médula por John William Cooke. Su perfil político era de
raíces peronistas pero con gran adhesión a la Revolución Cubana. Todos los
integrantes de aquella mesa en La Real reconocían el liderazgo de Blajaquis.
Hijo de Crispina Díaz y de Juan, Blajaquis nació el 19 de julio de 1919,
como coletazo de la Patagonia Trágica.
Era un tipo alto y corpulento, con una frente que le penetraba el cuero
cabelludo, cara redonda, bigotes, lentes intocables y, cuentan, una
constante predisposición a charlar, a explicar, a contar. Le decían "El
Químico" porque estudió esa ciencia, porque como obrero curtidor sabía de
ácidos, y por fabricante de "caños". También le decían "El Griego" por su
apellido heleno, y además le decían "El Viejo" porque en ese otoño que olía
a golpe de Estado tenía 46 años, contra una o dos décadas menos que sus
compañeros de mesa. "Yo no le conocí mujeres al Griego, pero era jodón,
divertido", dice Alonso, intentando no hacer un bronce de su amigo. "Y al
mismo tiempo era estudioso, ¡nos hacía estudiar!. Y si no entendíamos,
teníamos que preguntarle y nos explicaba mil veces hasta entender. El Negro
Raimundo era igual."
Nos contaba hace tiempo Luis Avellino, dueño de un pequeño taller
metalúrgico en Gerli, que fue él quien vinculó a Blajaquis con el peronismo.
Porque El Griego era del PC hasta fines del 55, cuando opinó que ante los
bombardeos a la Plaza de Mayo había que formar milicias; lo expulsaron o se
fue. Un cimbronazo para su formación marxista. A partir de allí fue como una
bisagra: precisó de dos superficies para sentirse útil. Una superficie, los
trabajadores peronistas; la otra, la teoría marxista. Fue parte de la
resistencia peronista contra "la Libertadora" y contra las ambigüedades
democráticas posteriores.
Una de sus crisis la padeció en su propio trabajo: los obreros estaban en
conflicto y tiraron algún producto químico en los engranajes de una máquina;
Blajaquis reaccionó contra ellos y lo trataron de alcahuete del patrón. En
su intimidad sabía que lo defendía porque colaboraba financieramente con su
partido.
Un rato después de los disparos en La Real, Blajaquis murió en el Hospital
Fiorito, producto de una "herida de bala en tórax", tal como firmó el doctor
José Rodríguez Giménez. Eran las 0.40 del 14 de mayo. Los tres asesinatos
están impunes.
Página/12, 14/05/06


¿QUIÉN
MATÓ A ROSENDO?
Primera edición: Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1969.
Sexta edición: agosto de 1994
© Para esta edición Ediciones de la Flor S.R.L., 1984
ISBN N° 950-515-353-8
A la memoria de
Domingo Blajaquis
y Juan Salazar
Noticia
preliminar
Este libro fue inicialmente una serie de notas publicadas en el semanario CGT a
mediados de 1968. Desempeñó cierto papel, que no exagero, en la batalla
entablada por la CGT rebelde contra el vandorismo. Su tema superficial es la
muerte del simpático matón y capitalista de juego que se llamó Rosendo García,
su tema profundo es el drama del sindicalismo peronista a partir de 1955, sus
destinatarios naturales son los trabajadores de mi país.
La publicitada carrera de los dirigentes gremiales cuyo arquetipo es Vandor
tiene su contrafigura en la lucha desgarradora que durante más de una década han
librado en la sombra centenares de militantes obreros. A ellos, a su memoria, a
su promesa, debe este libro más de la mitad de su existencia.
En el llamado tiroteo de La Real de Avellaneda, en mayo de 1966, resultó
asesinado alguien mucho más valioso que Rosendo. Ese hombre, el Griego
Blajaquis, era un auténtico héroe de su clase. A mansalva fue baleado otro
hombre, Zalazar, cuya humildad y cuya desesperanza eran tan insondables que
resulta como un espejo de la desgracia obrera. Para los diarios, para la
policía, para los jueces, esta gente no tiene historia, tiene prontuario; no los
conocen los escritores ni los poetas; la justicia y el honor que se les debe no
cabe en estas líneas; algún día sin embargo resplandecerá la hermosura de sus
hechos, y la de tantos otros, ignorados, perseguidos y rebeldes hasta el fin.
La publicación de mis notas en CGT mereció algunas objeciones, en particular de
ciertos intelectuales vinculados al peronismo. Existía según ellos el peligro de
que la denuncia-contra un sector sindical fuese instrumentada por la propaganda
del régimen contra todo el movimiento obrero. Se mencionaban precedentes: cinco
días después del episodio de Avellaneda, La Prensa había publicado un editorial
titulado "Entre Ellos", que exhalaba ese odio inconfundible, a veces cómico, que
profesa contra la clase trabajadora en general. Toda una cadena de editoriales
posteriores, entre los que pueden señalarse los del 17 de mayo de 1967 y 20 de
marzo de 1968, reflejaron la inquietud del diario ante el estancamiento del
proceso judicial y su aparente deseo de que, se llegara a esclarecer la verdad y
sancionar a los culpables. Me encontraba pues en peligro de coincidir con La
Prensa, cosa grave.
Supongo que los hechos ulteriores habrán disipado ese temor. Bastó que esta
investigación efectivamente aclarara lo sucedido para que la avidez de justicia
de La Prensa se aplacara y el editorialista se dedicase a la lucha contra la
garrapata y la vinchuca, o a graves reflexiones sobre "Doce hombres para colocar
un foco", cuando alcanzan trescientos tontos para escribir un diario.
El silencio que rodeó esta campaña prueba que el interés real de ese periodismo
era mantener el misterio que borraba las diferencias "entre ellos". Cuando
resultó que "entre ellos" no estaban solamente algunos "dirigentes gremiales
adictos a la tiranía depuesta", sino la policía, los jueces, el régimen entero,
el desagradable asunto volvió al archivo.
Quedaba todavía una punta de objeción, que se expresaba así: Vandor, con sus
errores y sus culpas, era de todas maneras un dirigente obrero; el tiroteo de La
Real, un episodio desgraciado.
Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa suya.
Yo no creo que un episodio tan complejo como la masacre de Avellaneda ocurra por
casualidad. ¿Pudo no suceder? Pero al suceder actuaron todos o casi todos los
factores que configuran el vandorismo: la organización gangsteril; el macartismo
("Son trotskistas"); el oportunismo literal que permite eliminar del propio
bando al caudillo en ascenso; la negociación de la impunidad en cada uno de los
niveles del régimen; el silencio del grupo sólo quebrado por conflictos de
intereses; el aprovechamiento del episodio para aplastar a la fracción sindical
adversa; y sobre todo la identidad del grupo atacado, compuesto por auténticos
militantes de base.
El asesinato de Blajaquis y Zalazar adquiere entonces una singular coherencia
con los despidos de activistas de las fábricas concertados entre la Unión Obrera
Metalúrgica y las cámaras empresarias; con la quiniela organizada y los negocios
de venta de chatarra que los patrones facilitan a los dirigentes dóciles; con el
cierre de empresas pactado mediante la compra de comisiones internas; con las
elecciones fraguadas o suspendidas en complicidad con la secretaría de trabajo.
El vandorismo aparece así en su luz verdadera de instrumento de la oligarquía en
la clase obrera, a la que sólo por candor o mala fe puede afirmarse que
representa de algún modo.
Restaba un último argumento: Vandor estaba muerto, no podía ganar siquiera una
elección en fábrica, ocuparse de él era agrandarlo. Este reproche ingenuo omitía
el punto esencial, a saber, que el poderío de Vandor no dependía ya de las bases
obreras, sino del apoyo del gobierno y las cambiantes tácticas de Perón. Sin
movilizar a su gremio, sin un solo acto de oposición real, Vandor había
recuperado a fines de 1968 toda su influencia, embarcaba a más de cuarenta
sindicatos en una campaña de "unidad" y ha vuelto a ser en 1969 el principal
obstáculo para una política obrera independiente y combativa.
En la reconstrucción de los hechos que narro en este libro conté con la ayuda de
los sobrevivientes Francisco Alonso, Nicolás Granato, Raimundo y Rolando
Villaflor, y de su abogado defensor Norberto Liffschitz. La invesntigación en sí
fue breve y simultánea a las notas. Cuando apareció la primera el 16 de mayo de
1968, ignorábamos aún los nombres de los ocho protagonistas "fantasmas" que la
policía y los jueces no habían conseguido identificar en dos años (ahora han
pasado tres). Nueve días más tarde los tuve en una conversación que grabé con
Norberto Imbelloni, integrante del grupo vandorista. Número a número los invité
desde el semanario a presentarse y decir la verdad, designándolos por iniciales.
Mi intención no era llevarlos ante una justicia en la que no creo, sino darles
la oportunidad, puesto que se titulanban sindicalistas, de presentar su descargo
en el periódico de los trabajadores. Ninguno atendió esa advertencia. Si con
alguno he cometido error -cosa que no creo-, no ha sido por mi culpa. No hay una
línea en esta investigación que no esté fundada en testimonios directos o en
constancias del expediente judicial.
No quise molestarme en cambio en presentar al juez doctor Llobet Fortuny la
cinta grabada y el plano con anotaciones de puño y letra de Imbelloni, que
constituían una prueba material. Por una parte, no era mi función. Por otra,
tenía ya en mis manos una fotocopia del expediente que es en cada una de sus
quinientas fojas una demostración abrumadora de la complicidad de todo el
Sistema con el triple asesinato de La Real de Avellaneda. Al relato de los
hechos aparecido en el semanario CGT, he agregado un capítulo que resume la
evidencia disponible; otro sobre sindicalismo y vandorismo, que aporta un
encuadre necesario aunque todavía imperfecto.
Las cosas sucedieron así:
Primera Parte
LAS PERSONAS Y LOS HECHOS
1. RAIMUNDO
Había que arreglar esa empaquetadora para que la fábrica Conen pudiera seguir
empaquetando sus jabones, las farmacias los vendieran, el grupo Tornquist
siguiera cobrando sus dividendos y Raimundo Villaflor comiera el puchero que
comió ese mediodía del 13 de mayo de 1966.
Conocía ese férreo círculo de las cosas: lo había elegido. O tal vez lo eligió
su padre, Aníbal Clemente Villaflor, que el 17 de octubre de 1945 contribuyó a
poner en Plaza de Mayo los gremios más poderosos de Avellaneda. Y dos años
después fue comisionado.
Es probable que para Raimundo Villaflor la primera opción se haya presentado en
el colegio industrial. Dejó en quinto año, cuando le faltaban dos para recibirse
de técnico. Tal vez no quería ser técnico, como el padre, a su tiempo, no quiso
ser intendente. Pero no, dice, fue de haragán. Porque en esa época nos daban
todo gratis: libros, uniforme, dinero para el viaje.
A los catorce años entró de aprendiz en Corrado, a los dieciséis pasó a Baseler
Limitada. Allí se fabricaban vagones y puentes-grúa. Era oficial ajustador
cuando cayó Perón y los interventores militares nombraron de oficio los cuerpos
de delegados. En Baseler el delegado general fue Raimundo Villaflor: tenía
veintiún años.
Como era tan pibe y tenía antigüedad, pensaron que no me iba a meter en nada.
Entonces les "organicé" el taller y les hice una huelga.
En la casa de la calle Pasteur al 600, este viernes 13, Raimundo Villaflor
terminó de almorzar. Tenía once años más, su mujer Alicia lavaba los platos, su
hija Chela estaba en el colegio.
Echó un vistazo al diario. Parece que ese día no hubiera cambiado el de hoy: 300
ataques aéreos a Vietnam, aumentos en las tarifas telefónicas, huelgas en
Tucumán, la construcción del Chocón. El presidente (Illia) viajaba a Chubut: el
futuro presidente (Onganía) iba a cazar a Entre Ríos. El dólar bordeó los 190
pesos, la temperatura media los 15 grados.
-¿Sabe usted cuántos generales hay en el ejército argentino? -preguntaba en
Washington el senador Fulbright, presidente de la comisión de relaciones
exteriores del senado.
-No, señor -respondía el secretario de Defensa, Robert MacNamara.
-Se me informa que hay más generales en el ejército argentino que en el
norteamericano. ¿Es posible?
-Supongo que sí, pero está fuera de la cuestión, señor presidente.
Habiendo tantos generales, Raimundo Villaflor no conocía ninguno, pero el
secretario del general Gallo le habló una vez por teléfono
Me dijo que levantara el paro, y si no, toda la comisión y yo a la cabeza,
estábamos todos presos. Le dije que si quería levantar el paro, que viniera él.
Me dijo que nos presentáramos inmediatamente al sindicato. Entonces fue la
comisión patronal, y fuimos nosotros por separado, no quisimos ir en el mismo
camión. Allá nos presentaron, y en seguida nos quisieron apurar.
Un capitán gritaba que daba miedo. Villaflor agrandado gritó más que él:
Que si él estaba acostumbrado a mandar en los cuarteles, con nosotros no iba a
mandar, y que a nosotros no nos iba a manosear ningún general, ni coronel ni lo
que fuera, porque nosotros éramos trabajadores y nos tenía que respetar. Que si
los patrones querían levantar el paro, que pagaran las quincenas atrasadas,
porque ésa era la causa del paro. Y que además él podía gritar y darse el lujo
de decir las cosas que estaba diciendo porque él no sabía lo que era el trabajo.
Se quedó sin palabras, y se la ganamos, ¿no? Se la ganamos.
Pero después vino la del 56, la gran huelga metalúrgica
La gente estaba encojonada, quería guerrear. Se reunieron los personales, y
todos los personales decidieron ir a la huelga. Pero después en los congresos
había delegados de las fábricas grandes que querían aflojar.
Uno de esos delegados de fábricas grandes al congreso de la Unión Obrera
Metalúrgica, seccional Avellaneda, era un orador fogoso de actitudes tibias o
prudentes. Hacía sus primeras armas sindicales, representaba a Siam, se llamaba
Rosendo García. Villaflor casi no se acuerda de él.
En mitad del congreso se presentaron dos camiones de la policía y el ejército,
con un comandante al frente que nos venía a prepear. Bueno, como siempre, el
tipo se creía que estaba en el cuartel, y amenazó con corrernos a tiros y
encanarnos y pelarnos, hasta que no faltó uno que le dijo: ¿Por qué no se va a
la puta que lo parió?, y ahí entraron todos: Andate, carnicero, hijo de una tal
por cual, y se tuvo que ir. Tenía que irse o matarnos a todos. Pero la impresión
les quedó a algunos, y empezaron a exponer posiciones que no eran las que habían
decidido los personales, y a buscar pretextos sobre huelgas de brazos caídos,
que había leyes que nos protegían, y patatín patatán. Se habían cagado. Entonces
saltamos muchos de los talleres chicos y les dijimos que ahí no era cuestión de
exponer el miedo que les había entrado, sino lo que habían decidido los
personales. Se votó por la huelga general. Y peleamos, nos mantuvimos cuarenta y
cinco días. Sí, dicen que Vandor. Pero aquí en Avellaneda Vandor era
desconocido. Al propio Rosendo casi no lo conocía nadie. Aquí los que hicieron
la huelga general fueron Curra, Bellón, Álvarez, el finado Fernández, Rincón,
Isotti, Casi toda esa gente ha desaparecido.
Cuando se formó el comité de huelga de treinta miembros, Raimundo era el más
joven. Le tocó el enlace con la fábrica más difícil, la Ferrum, que estaba al
lado de Gendarmería, además de Tamet, Sánchez y Gurmendi, Gálvez. La policía los
buscó, pero nadie sospechaba de ese muchacho que andaba por ahí, con la campera
en la mano, comiendo una manzana. El que se dio cuenta fue el oficial Plomer, de
la segunda de Lanús. Le allanó la casa, pero ya estaba en Dock Sur. Y cuando lo
buscó en Dock Sur, estaba en Berazategui. Al fin cayeron todos, menos él.
Me acuerdo que fue en la calle Catamarca, de Lanús Este, éramos veintinueve
miembros del plenario cuando llegó la brigada con camiones, toda la patota.
Varios se tiraron de la azotea, pero cayeron en un gallinera, y uno se quebró
una pierna. El que cayó bien fui yo. Entonces empezaron a tirar, con carabina
incluso. Salté tres alambrados antes de salir a la calle. Cuando iba a saltar el
último, venía conmigo un compañero que fumaba mucho, y ya no corría, trotaba, y
justo en el momento en que yo iba a saltar, pegan dos tiros contra una pared, y
él se quedó parado. Pero yo salté, corrí un tranvía y lo agarré, aunque iba con
los nueve puntos. Me saqué la campera y volví, los estaban subiendo al camión
policial. La gente se amontonaba, y la policía dijo que eran ladrones, qué
grande: una banda de veintinueve ladrones. Entonces ellos gritaban: "¡No somos
ladrones, somos obreros!", pero igual los llevaron.
El comité de huelga de Avellaneda había quedado reducido a este muchacho de
estatura mediana y ojos oscuros. Pisándole los talones iba casi siempre un chico
nervioso, de humor descomunal: su hermano Rolando, tres años menor, que después
recordará esa época con nostalgia y admiración
-Qué lija que corrimos, Dios me libre. Pescábamos ranas de los arroyos, comíamos
puerro, ¿te acordás, Pelusa?
Raimundo se acuerda. En Quilmes lo corrió la policía, se tuvo que tirar de un
tren. Cambiaba de casa y seguía activando. Cuando el plenario nacional levantó
la huelga, volvió a su fábrica, se sentó en el cordón de la vereda. El personal
lo rodeó antes de entrar. Les explicó que ahora había que pelear por los presos.
La gente, con tantos días de huelga, no estaba quebrada. Y había una
mishiadura... pero la gente no estaba quebrada. Ahora resulta que adentro de la
fábrica me estaba esperando el principal Plomer. Estuvo allí toda la noche, era
mi sombra negra, igual que el policía ése que persigue a Jean Valjean en "Los
Miserables", ¿cómo se llamaba? De un auto bajaron otros dos con ametralladoras,
y el preso fui yo. Catorce días incomunicado en Lanús, eran esos días de
cuarenta grados de calor, perdí siete kilos en el calabocito ése. Diez días en
Olmos. Cuando el oficial me dio la libertad, me dijo: "Espero no verlo más por
acá". Y yo le dije: "En cada huelga que haya, nos va a encontrar siempre".
¿Habría valido la pena? Raimundo Villaflor se despidió de su mujer, recogió el
bolsón con el paquete de sándwiches: a las dos entraba en la Conen y hacía ocho
horas corridas. Caminó hasta la avenida Mitre donde tomó el 8 -La Colorada- que
lo dejaría en Piñeyro, enfrente de la lanera.
En la sección manutención de tocador de la Conen, que ya en 1883 era una fábrica
de velas, y hoy empleaba 500 obreros en tres turnos, con cuatro mecánicos por
turno, Raimundo estuvo arreglando la empaquetadora hasta que el papel dejó de
trabarse. Después anduvo con las prensas de los jabones, los molinos, alguna
pieza suelta. Era el primer trabajo estable que conseguía en diez años, después
de la huelga.
De Olmos había salido marcado y sin empleo. Recorrió innumerables talleres.
Duraba dos días: el tiempo que tardaban en llegar los informes patronales y
policiales.
Me la pasé yirando, changueando, años enteros. Eso es terrible para un hombre
con oficio, que sabe desempeñarse en cualquier máquina, el torno, la limadora,
el cepillo, la fresa. Después que se perdió la huelga, los patrones echaban
cualquier cantidad de gente, se daban el lujo de seleccionar, exigían el
certificado. Yo era nuevo en esa época, no sabía el asunto del certificado falso
y todas esas cosas. Era un continuo girar de montones de gente. No nos daban
trabajo, nos perseguían, jamás podíamos hacer pie. Y algunos nos poníamos en
evidencia como luchadores apenas entrábamos, eran esos berretines, esa falta de
experiencia que tienen los hombres, que estaban calientes y seguían calientes
nomás, no se enfriaba nunca la cosa.
Con el paso del tiempo empezó a durar dos y tres meses en cada trabajo: los
informes demoraban más. Adonde nunca pudo volver, fue al sindicato.
Parece increíble, pero ahí nos persiguieron más que los patrones. Ninguno de los
que dirigimos aquella huelga en Avellaneda pudimos volver al sindicato. Se
convirtió en una maffia. Hasta los quinieleros independientes desaparecieron:
había que bancar para ellos. Los dirigentes hacían negocios de chatarra con los
patrones, con el argumento del comunismo expulsaban del sindicato y las empresas
a los obreros combativos, amasaban fortunas, se rodeaban de matones a sueldo.
Entonces sí, oímos hablar de Vandor.
Cerrada la vía gremial, Raimundo siguió en la militancia política. En 1958
conoció a un hombre corpulento, risueño, miope, que usaba un enorme sombrero.
Objeto de incansable cariño, necesitaba ser llamado por muchos nombres: "El
Viejo", "Mingo", "El Griego", "El Químico". Su nombre verdadero era Domingo
Blajaquis y fue uno de los muertos olvidados de esa noche. Es incalculable la
influencia que ejerció en Raimundo y sus amigos.
Porque él nos sacó todos esos berretines que teníamos, de ser peronistas por el
hecho de serlo, y no comprender que el peronismo es un movimiento parecido al de
otros pueblos que luchan por su liberación. El no, él siempre fue un
revolucionario, siempre tuvo una concepción del destino de la clase trabajadora.
Y él nos explicó las causas por las que estábamos derrotados, el papel del
imperialismo, el papel de la oligarquía, y el papel de la burocracia en el
peronismo: esos recitadores de los días de fiesta.
Aprendimos lo que significaban los movimientos de liberación en el resto del
mundo, y por qué nosotros teníamos que desembocar en un movimiento de
liberación. Una vez que se abraza la concepción revolucionaria, ya no se la
abandona más.
Vivieron el proceso, duramente, los pactos, las elecciones, las crisis, las
defecciones imperdonables:
Las traiciones dobles, porque nosotros no concebimos que hombres que llegaron a
posiciones dirigentes como luchadores y con banderas políticas, como Vandor,
después se burocraticen y cambien esas banderas por el sindicalismo y el
acomodo. Ahí empezaba la postración del movimiento, la traición declarada, la
podredumbre de la burocracia, la quiebra total de la solidaridad. En Misiones no
se levantaba la cosecha de yerba, en Tucumán estaban pasando hambre, empezaban
las ollas populares, y no había el menor síntoma de sensibilidad hacia eso. Al
contrario, si los tucumanos adoptaban una forma de lucha más radical, éstos
decían que eran frentistas, que eran comunistas. Ahora la iban de Mahatma
Gandhi. De los movimientos de liberación, ni hablar. Se ignoraba todo y se
practicaba un chauvinismo asqueroso, se marcaba a los hombres que señalaban que
el peronismo era una parte de los movimientos de liberación nacional, que no era
un movimiento aislado, que estaba unido a los movimientos de liberación en todo
el mundo.
Nosotros estábamos en las 62 de Pie, pero también sabíamos que en las 62 había
los que estaban de pie porque tenían la tachuela en la silla. Para nosotros no
se trataba de cambiar los hombres sino las actitudes, se trataba de tomar una
auténtica posición de clase.
Estas eran las ideas que defendían en mayo de 1966 Raimundo y sus amigos. Son
las ideas que defienden hoy. Pero en esos días el país era sacudido por una gran
batalla. El régimen de Illia agonizaba. Uno de los motores del golpe en marcha
era el proyecto de reformas a la ley de despido, que el Parlamento había votado
y los trabajadores apoyaban en masa. La tremenda ofensiva contra el primer
avance en la legislación laboral producido después de 1955 saltaba desde los
titulares de los diarios. En nombre de la Unión Industrial, el doctor Oneto
Gaona calificaba a la ley como "la más regresiva que ha existido en el país". La
Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa demostraba en los hechos que,
cristianos o no, los dirigentes de empresa tienden a inclinarse por la variante
reaccionaria de cualquier pleito. El Frente Anticomunista Latinoamericano
reclamaba el veto presidencial, "en defensa de la libertad y de la seguridad
nacional amenazadas por los imperialistas de Moscú y Pekín". La CGE, de lejana
extracción peronista, coincidía con el Partido de la Revolución Libertadora, con
la Sociedad Rural, con la Bolsa, con la Cámara de Comercio, con los centros, las
federaciones, las asociaciones, en que era lícito seguir despidiendo a la gente
a la vieja usanza, en la forma en que Raimundo y sus amigos y decenas de miles
de trabajadores venían siendo despedidos desde 1955.
A las diez de la noche Raimundo Villaflor se limpió las manos engrasadas, cambió
el mono por un traje a rayas, salió a encontrarse con Rolando, con Blajaquis,
con cuatro miembros más de su grupo de militantes que, precisamente, estaban
organizando un acto de apoyo a los cañeros tucumanos y las reformas a la ley
17.229.
Se topó con ellos en la esquina del Automóvil Club. Caminaron por Mitre que,
según explicó dos horas después el parte policial, es "una arteria altamente
comercial, en lo más céntrico de la población, por donde circulan varias líneas
de colectivos de transporte de pasajeros, que enlazan este partido con la
Capital Federal y poblaciones aledañas, tanto de ida como de vuelta, a lo que
hay que sumar la de vehículos particulares":
Entre los que se contaron esa noche los del dirigente Vandor, el dirigente
Izetta, el dirigente Castillo, el dirigente Safi y una veintena más de
dirigentes motorizados, relucientes y bien vestidos, que comieron pollo en el
Roma o tomaron whisky en La Real.
Sin contar al finadito Rosendo.
2. AVELLANEDA
Los últimos saladeros cerraron cuando la fiebre amarilla, pero aún perdura en
las orillas del Riachuelo ese "olor peculiar" que un viajero inglés señaló hace
un siglo. Los buques de la Star anidan en los muelles del Anglo, embarcando el
chilled que hizo la riqueza de pocos y la miseria de tantos. Día y noche sube el
ganado por las rampas de La Negra para caer bajo el martillo, o bajo la espada
del rabino. Petroleros de doscientos metros de eslora entran cautelosamente en
el Dock Sur, que ilumina de noche el fulgor anaranjado de la Shell. Millares de
hombres transpiran en invierno junto a los trenes de laminación, los crisoles,
los tornos. Mas que las calles largas y monótonas, más que las plazas
desfoliadas por el humo y los residuos, las fábricas son aquí los puntos de
referencia: la papelera, la cristalería, la Ferrum, la textil.
La historia puede remontarse a las barracas que hace dos siglos fueron de negros
esclavos, al disciplinado asalto de Buenos Aires que en 1820 realizaron los
gauchos del sur al mando de Rosas, a la revolución del 80 que ensangrentó
Barracas y Puente Alsina, donde un ejército de línea peleó con milicias de
empleados de comercio. Treinta y tantos años imperó aquí don Alberto Barceló,
con el favor electoral de los muertos y la empeñosa prepotencia de los vivos.
Persiste en la memoria de los viejos el desafío de su mejor caudillo, el balazo
que lo acechaba en una calle oscura, su muerte en el hospital que donaron los
hermanos Fiorito:
Cuando el sepelio salió
con millares de mortales
por las calles principales
de Avellaneda siguió.
Si la historia ha de empezar esta noche a repetirse, es ya con otro signo:
Los hombres de Avellaneda sonríen cuando oyen hablar de Cipriano Reyes y el 17
de Octubre. Porque aquí -dicen- el 17 empezó el 16, con el paro de los
lavaderos, fábricas de armas, textiles, el vidrio, la Colorada, y ya esa misma
tarde la gente llegó hasta Pompeya, donde la corrió la montada.
Por la noche hubo reunión en el Comité de Unidad Sindical, que aglomeraba a
todos los gremios de la ciudad, los que estaban en la CGT y los que no estaban
obreros de la carne, el cuero, la lana, metalúrgicos, madereros, construcción,
jaboneros, aceiteros. Sin orden de la CGT, que estaba entregada a secretas
cavilaciones desde que a Perón lo pusieron preso una semana antes, se declaró la
huelga general y se redactó el primer volante exigiendo su libertad. Presidía el
comité Raúl Pedrera, y en lugar del tesorero ausente firmó el acta el vocal
Aníbal Villaflor.
A las seis de la mañana del día siguiente (recuerda don Aníbal) salió una
comisión de once hombres rumbo a la Plaza de Mayo. Avellaneda estaba parada,
pero en la Capital caminaban los tranvías. Cuando llegaron a la estación
Barracas increparon a los guardas y a pesar de los ofrecimientos siguieron a pie
porque la huelga había que cumplirla. Rato después un taxista voluntario los
llevó a los once: sobre la plaza estallaban ya las granadas de gases y la
policía repartía sable. Cuando en la Casa Rosada pidieron hablar con el
Presidente, les quitaron los documentos y los recluyeron en una pieza. Una hora
después, inexplicablemente, los llevaron a presencia de Farrell, del almirante
Vernengo Lima, del general Ávalos
Farrell nos dio la mano, qué deseaban ustedes. Le dijimos lo que deseamos es
esto. Y él nos dice, pero cómo es eso que han declarado la huelga, ustedes saben
lo que es eso. Y nosotros le contestamos: el único que nos dio algo aquí, es
Perón. Bueno, dice, pero ¿qué quieren ustedes? Nosotros queremos hablar con
Perón. ¿Y la huelga quién la para? La huelga no la para nadie, la huelga ya
está.
Los mandaron en auto al Hospital Militar. Más de diez mil personas se apiñaban
contra las verjas mientras en el parque los soldados emplazaban ametralladoras.
Fuimos a una salita, y ahí estaba Perón, recostado en una cama. Lo primero que
dijo fue: Me han cagado, muchachos. Y nosotros le preguntamos: ¿Qué podemos
hacer? Y él dice, ¿qué han hecho? Nosotros hemos declarado la huelga general.
Cómo, cómo, dice, ajá, bueno, ¿y por qué lo han hecho? Por usted lo hemos hecho,
porque usted es el hombre que nos dio libertad y nos hizo respetar.
Cuando volvieron a la Plaza de Mayo, ya no se podía caminar. Avellaneda, Lanús,
Quilmes, Lomas de Zamora, todo el Sur se volcaba en las calles, una muchedumbre
harapienta que no se iba a mover de ahí hasta que Perón apareció en los
balcones.
En 1947 don Aníbal Villaflor ocupó el sillón de Barceló. Todos sus funcionarios
eran delegados obreros, como él mismo, que ya a los diecinueve años militaba en
panaderos, admiraba a los anarquistas y no le temblaba la mano en las
represalias violentas con que un proletariado miserable se hacía sentir por
primera vez. Más tarde militó en portuarios, fundó el sindicato de barraqueros,
contribuyó a crear el comité de unidad. ¡Quién les habría dicho que iban a
llegar a gobierno! Pero, "Acordate cuando andabas con los fierros al hombro,
acordate cuando caminabas descalzo entre la bosta", eran las frases con que
prevenía cualquier cosa rara en lo que había sido el municipio más corrompido
del país. Porque él había visto sufrir a la gente, los inmigrantes durmiendo en
las harineras, las mujeres que se quemaban las manos en el arrancado de pelambre
o envenenando los cueros, los compañeros muertos -el gordo Villaverde, el negro
Bonilla, tantos otros- por la policía, como si fueran delincuentes. Ahora el
comisionado de Avellaneda vivía en una casa de chapas.
Duró trece meses. Cuando sus propios municipales le hicieron una huelga y el
gobernador le mandó reprimir, no pudo con la sangre: se puso al frente de la
delegación que iba a reclamar.
- El único comisionado que me hizo una huelga -comentaría risueñamente el
coronel Mercante.
La huelga se arregló, pero a don Aníbal Villaflor lo echaron. Salió de la
intendencia y volvió al puerto a cargar bolsas.
Los viejos tiempos no habían muerto -como él creyó-, se recreaban con cada
cambio político, cada convulsión social. Los fusilamientos del treinta tendrían
su eco agrandado en la segunda de Lanús, año 56. La picana eléctrica cumpliría
su primer cuarto de siglo en la comisaría primera. Las bombas anarquistas serían
puntualmente repetidas por los improvisados "caños" del peronismo. A su turno
llegaría el hambre, la desocupación, el juego, los nuevos caudillos con sus
favores y matones.
Ciudad que se levanta temprano, resoplando en los hornos y las chimeneas de sus
cinco frigoríficos, setenta fábricas de automóviles, maquinarias y aparatos,
cincuenta metalúrgicas, cuarenta plantas químicas, treinta textileras, tres mil
talleres chicos y más de cincuenta mil obreros industriales. Ciudad que se
acuesta temprano, sólo quedaba un hilo de gente en la avenida Mitre, en los
cafés alrededor de la plaza Alsina, en el bar El Plata, en la confitería y
pizzería La Real.
3. ROLANDO
Bailoteaba, Juan Zalazar, fingiendo poses de boxeo: contento, porque venía de
trabajar treinta y seis horas seguidas en la Shell y exhibía un sobretodo azul
que usaba por primera vez.
-Soy burócrata -le decía a Rolando Villaflor-. Tengo sobretodo nuevo.
Nuevo, de la percha. Todavía yo le dije, al cruzar la calle. No vaya a ser cosa
que tengamos que enterrarte con ese sobretodo. ¡Me cago en..., esa noche!
Parecía una lechuza, se lo estaba vaticinando.
Caminaron los siete amigos por frente a la plaza, confundidos entre "el público,
que es intenso a todas horas del día, decreciendo algo ello en horas de la
madrugada", según el parte que escribirían después el subcomisario Martínez y el
oficial Dellepiane.
Rolando no pensaba en ellos, la yuta de Avellaneda. De pensar, tal vez habría
tenido alguno de esos ademanes instintivos que lo diferenciaban de lo que
algunos llaman la gente honrada y otros los giles: un bando al que ahora
pertenecía sin haber perdido la mirada, los gestos, la forma de caminar del que
alguna vez anduvo en la pesada.
Porque uno se vuelve puro reflejo. Como los animales, vio. No es que no pueda
analizar, pero cuando la cosa viene mal y usted tiene que hacer frente, no lo
piensa dos veces. De la risa a la seriedad, es una fracción de segundo. Porque
en los hechos usted está obligado a darse cuenta quién es quién, y sin ser
psicólogo ni nada, de un golpe de vista sabe quién se le puede rechiflar. Y eso
ya no es que lo piense, sino el reflejo de uno, la vida que uno ha llevado.
Hacía dieciocho meses que Rolando Villaflor había salido de Olmos, donde purgó
tres años por asalto en banda.
Allí tuve tiempo de pensar. Yo dividía el -inundo en turros, giles y yuta.
Después comprendí que los giles éramos nosotros.
Pretextos no le faltaron para entrar en la delincuencia. La historia se remonta
a aquel terrible año 57, cuando su padre estaba cesanteado por motivos
políticos, su hermano Raimundo yiraba inútilmente en busca de trabajo, y la
situación en su casa se volvía cada vez más angustiosa. El conscripto Rolando
Villaflor desertó y tomó su decisión.
Yo siempre fui un muchacho intranquilo. Andaba sin plata, sin laburo. Después
usted ve que los turros hacen ostentación de guita. A usted lo deslumbran,
¿sabe? Usted quiere ser como ellos, empilchar bien, andar rodeado de mujeres,
tener un valerio que lo pase a buscar con un auto. Y después le dicen: Vení que
es fácil. Todavía le dan guita a uno. Y uno va, lo convidan a un asaltiño, usted
se prendió y después chau, no salió más de ahí.
Al principio todo le fue bien. La policía no tiene la bola de cristal, tarda en
descubrir a los que no están prontuariados ni caen en las razzias. Rolando
Villaflor creció en hechos ignorados, amistades que no se nombran, secretos que
se llevaron amigos muertos. Ganó respeto en la calle y carpeta de hombre derecho
aunque estuviera en la bronca.
Pero, es como una bola de nieve que se echó a rodar, ¿vio? En algo tiene que
parar. La bola de nieve por ahí cae en un río. Nosotros caíamos en la cárcel.
La suerte se le quebró en el 62. Cambió la ropa fina por el uniforme del penado,
la recelosa aventura del hampa por el tedio de las altas paredes, los entreveros
con la policía por las palizas a mansalva de los llaveros. Un día corrió a uno
por toda la redonda. Lo bajaron a control, le pegaron entre muchos, lo metieron
bajo la ducha helada. Pasó quince días en un calabozo incomunicado, treinta en
aislamiento. Recién entonces el alcaide quiso averiguar lo sucedido.
-¿Qué pasó?
-El Chacarero me faltó el respeto.
El alcaide miró alrededor, como buscando algo en el piso. Después escupió un
gargajo.
-Vos valés menos que eso. Todos ustedes valen menos que eso.
-Si yo valgo menos que eso -dijo Rolando Villaflor-, vos estás debajo de la
escupida.
Y se comió una paliza que casi lo matan.
En la vida de Rolando iba a producirse tiempo después una transformación casi
milagrosa. Pero la cárcel no tuvo nada que ver con eso:
Al contrario. Uno sale de ahí envenenado. Con un odio, con un odio terrible. Hay
cosas que no tienen explicación y cosas que tienen mucha explicación porque hay
hombres que usted dice, son débiles de cabeza, o no analizan las cosas, son
carne de reja, salen y vuelven, salen y vuelven, pero qué es lo que pasa, el
gran veneno que le inculcan ahí adentro a usted lo hace rebelar contra todo.
Porque ellos en vez de llevarlo a uno, de hacerle comprender, le dan cada paliza
de novela y lo quieren domar. Yo mi rebeldía no la perdí en la cárcel, no me
podían domar, porque son hombres como cualquiera, y a mí un tipo me levanta la
mano y no lo puedo permitir. Ellos no son más que nosotros, son menos. Después
están los empleados de tratamiento, que andaban con guardapolvo blanco y
pusieron el doble de que iban a encaminar a los presos por la buena senda. Pero
nosotros les decíamos llaveros también, porque son más verdugos que los mismos
llaveros.
Una cosa es contar y otra estar allá. Claro que hay momentos en que un hombre
detiene su vida, contempla, mira lo que hizo de positivo, qué hizo de negativo.
Yo comprendí que no era para eso, le escribí a la vieja diciéndole que no iba a
estar más en la joda, pero no quería volver a mi casa. Porque yo no tenía a
quién salir, y si a un hombre con la conducta de mi viejo, si usted le sale la
mosca blanca, con qué cara se le presenta otra vez en la casa. Así que yo no
quería volver. Cuando me llevaron a la Jefatura de La Plata para darme la
libertad, no podía creer que saliera, creí que iba a otra cárcel, que me iban a
biabar. Y cuando iba a salir, veo una figura que viene corriendo a toda vela,
cruzando la plaza, una placita que hay, toda arbolada, y era mi hermano y vino
corriendo y me dijo: Dame la mano, y yo por reflejo le di la mano, y me dijo:
Corré, y salí como bala de ahí adentro. Todo reflejo, porque yo no pensaba nada
y cuando me dijo dame la mano le di la mano y salimos de vuelo. Y del otro lado
de la plaza, en una camioneta, me estaba esperando mi papá.
Sí, estaba emocionado, pero no podía llorar. Estaba muy duro. No tenía
sensaciones casi. Tanto me daba que estuvieran matando a uno, que si no le
hicieran nada. Me habían hecho un tipo muy frío, y de adentro me habían matado.
Pero después fui viendo que no era así, que yo tenía sentimientos, lo que pasa
es que tenía una pared de hielo que yo mismo había creado como defensa dentro de
la cárcel. Una barrera que la mente misma se va formando, vio. Y cuando salí, ya
era otra cosa. Después el contacto con los muchachos, con Blajaquis, con
Raimundo...
Y también con el Negro Granato, Zalazar y Francisco Alonso, a los que se
agregaba esta noche un nuevo miembro del equipo de activistas, que Blajaquis
presentó con el nombre de Horacio. Entraron todos en el bar y pizzería La Real,
que según calcularon más tarde el subcomisario Martínez y el oficial Dellepiane
"tiene unas dimensiones, aproximadamente, de ocho de ancho por doce de largo,
que sobre la calle Mitre posee una puerta de entrada y salida, hacia la calle
Sarmiento posee dos entradas y salidas, una que da al salón general y otra al
denominado salón familiar... y que tanto en el salón familiar como en el salón
general no existe ninguna subdivisión, pudiéndose ver claramente las mesas
ubicadas en ambos lugares, que se diferencian únicamente por tener las del de
familias manteles en su parte superior".
Se ubicaron en dos mesas, una grande y una chica, junto a una columna que dista
cinco metros de la entrada de Sarmiento, cuatro metros y medio de la entrada de
Mitre. El mozo Jesús Fernández les sirvió siete moscatos y dos pizzas. Aún no
eran las once.
Rolando le contó a su hermano las gestiones que acababan de hacer en el
sindicato de textiles y el Centro de Estudios Políticos para organizar un acto
en apoyo de los cañeros tucumanos.
Le contamos que todos estaban de acuerdo, que el acto se iba a hacer. Porque no
era posible que mientras en el interior se estaban muriendo de hambre,
tuberculosos, qué sé yo, acá no pasara nada. Y esos traidores de la CGT no
hacían absolutamente nada, al contrario, trataban de que no se supiera, hasta
que nos enteramos que estábamos comiendo, lo poco que comíamos, a costilla del
hambre del interior. Y ellos hacían de dique de contención, y si alguien
saltaba, lo apuntaban a la policía. Entonces nosotros queríamos hacer algo por
los muchachos de Tucumán, romper ese hielo que había.
La cara ancha, burlona del Griego, seguía con atención el gesto empecinado del
converso: "La Bestia" se interesaba por el prójimo.
Sí, porque a mí, el Griego me decía la bestia. Qué hacés, bestia. Es que yo
decía cada barbaridad cuando ellos hablaban de política. Me decían: Ya cayó la
bestia. Sí, eso me decía el Griego.
La historia venía de lejos, de la época en que Raimundo fue dirigente gremial y
Rolando iba pegado a sus talones, piqueteaba, pegaba carteles. Lo que para el
hermano mayor constituía el centro de la vida, para él era una aventura
momentánea, un favor a los amigos, algo que en el mejor de los casos sentía como
un vago compromiso sentimental.
Después se apartó aún más. Muchas veces al regresar de madrugada los encontró
reunidos, hablando de política, arreglando el mundo. Francamente, eran del bando
de los giles.
Seguían en lo mismo cuando Rolando salió de la cárcel, volvió a reírse de ellos,
y el Griego lo bautizó.
Pero decime una cosa, le digo, Griego, ¿vos cuántos años tenés? Me dijo cuarenta
y pico. Y decime, ¿qué hiciste de tu vida vos? Hasta ahora. Porque yo no veo que
nada hayas hecho vos. Siempre te lo pasaste en cana, porque es la verdad: estuvo
en la Resistencia, en el 9 de junio, lo pasearon por todas las cárceles al Viejo
-él siempre en su lucha por los humildes, por sus hermanos de clase, decía-. Y
cuando me dijo que no tenía nada, le digo: Claro, qué vas a tener, si vos
siempre te la pasaste en cana, molido a palos, muerto de hambre, sos un hombre
grande y no tenés hogar, no tenés familia, no tenés nada, no formalizaste nada.
Y el me dijo: Claro, vos me decís así, dice, porque vos todavía no comprendés lo
que es luchar por un ideal. Y tenía razón el Griego. Tenía razón porque un
idealista, la mayoría de las veces, no llega a ver sus aspiraciones concretadas,
se muere en la pelea y no tiene nada. Y esas son cosas muy grandes para los
hombres. Cuando uno las llega a comprender, son cosas muy grandes.
Claro, empezó a picarme. Yo les decía, pero expliquenmé, convenzanmé, a ver por
qué hacen eso ustedes. Era lo que estaban esperando estos tipos: me dieron por
los cuatro costados. Uno me soltaba y me agarraba el otro. Y así me fueron
formando, hasta que empecé a mirar las cosas como un hombre las tiene que mirar.
A través de la acción política, Rolando Villaflor hizo un tratamiento heroico.
El viejo mundo tironeaba cada vez menos, la policía ya no iba a buscarlo. "Se le
achicó el bobo", sentenciaron los de antes; pero él sabía que era grupo, que
ésta era más pesada que la otra, y cuando un 17 de octubre los cosacos lo
quisieron correr a él y a su padre y a su hermano y a su tío, y se rechiflaron
todos aguantando los sablazos y manoteando los caballos, le dijo a Raimundo.
-Pero decime, yo salgo de una y me meto en otra peor. Porque aquí nos cagan a
palos, no nos tiran un mango, gritamos como locos y cobramos como perros. ¿Es
todo al revés esto?
Sólo que ahora se reía.
De simpatizante peronista, se hizo militante revolucionario. Un día o una noche,
que tal vez fueron una sucesión de días y de noches, el Griego le explicó su
vida Rolando Villaflor: había querido salvarse solo, y no hay salvación
individual, sino del conjunto.
Por eso estaba allí, sin armas, definitivamente incorporado al mundo de los
giles que piensan en los otros. El suyo había sido el camino más duro.
-Si yo les cuento quién entró, no me lo van a creer -dijo Francisco Alonso, que
era un pibe.
Granato y Horacio lo estaban viendo, pero Zalazar y Blajaquis miraron de
costado. Raimundo y Rolando Villaflor tuvieron que darse vuelta para contemplar
al "Lobo", que entraba con su séquito por la puerta de Sarmiento y enderezaba al
salón de familias de La Real de Avellaneda.
4. EL LOBO
Cuarenta y tres años, la boca fina y tensa, los ojos claros, una mueca de
energía desdeñosa: esa cara había salido ya muchas veces en las tapas de las
revistas, seguiría saliendo. "Diez años de lucha", se jactaba en una solicitada.
Más de diez años: las primeras escaramuzas en la fábrica de Saavedra, el fervor
de los compañeros, la asamblea del Luna en que Paulino lo presentó como el nuevo
secretario de la Capital. Más: la cucheta en el rastreador "Py", la sala de
máquinas, el cabo Vandor. Más todavía: la infancia entrerriana, el pueblo que
era una estancia inglesa. De allí había venido sin nada, con sexto grado, un
provinciano tímido al que no le gustaba hablar en público. Ahora no necesitaba
hablar, otros hablaban por él en los congresos y los confederales. Murmuraba "uno" y se paraba Avelino,
"dos" y hablaba Maximiano, "tres" y recitaban su
libreto Izetta o Cavalli: eso era organización.
En algún momento le pareció que comprendía la esencia del poder: ese punto de
equilibrio en que nadie hace su voluntad, pero el más hábil opera con la
voluntad ajena. En algún momento comprendió lo que es negociación: quizá en
enero del 59, cuando el correo de Ciudad Trujillo le dijo: "No se puede largar
la huelga porque esta noche entregamos el toco". Desde entonces, o ya desde
antes, prefirió negociar por su cuenta. Diez años de negociación: "Estoy muy
satisfecho por el convenio". El doctor Doliera-Siemens sonreía. Los empresarios
son unos explotadores, pero lo acompaño a tomar una copa: el ingeniero
Negri-Tamet le palmeaba el hombro. Eso es democracia. Hoy hasta los
conservadores nos comprenden, ¿eh, doctor Solano Lima? Es cierto que hubo
algunos malos ratos, pero usted puede volver a ser presidente, general. Y usted,
doctor, sí que se parece a Perón, la misma sonrisa: tendríamos que trabajar
juntos. Pero si lo que los sindicalistas queremos es la grandeza del país,
coronel, el bienestar social: ¿dónde ha visto un policlínico como éste?
Diez años de frialdad, de no mover un músculo, de esconder las emociones. A
veces un oscuro sentimiento lo traiciona, pero en seguida recupera la noción de
la realidad, de su realidad. Se dice que ha llorado en Cuba, al contemplar la
revolución del pueblo -ese sueño enterrado-, pero luego le ha dicho a Ernesto
Guevara: "Nosotros nunca podremos hacer lo que han hecho ustedes". Eso es
realismo. Volverá a llorar dentro de media hora, y en el acto adoptará las
decisiones justas que cambian el curso de las cosas. Eso es política.
Diez años de paciencia, de tejer y destejer alianzas, de empollar en el campo
adversario, de convertir derrotas de los suyos en victorias para sí. "El más
hábil negociador sindical"; "el cerebro político de las 62"; "un sindicalista de
ideas populares que sabe trabajar con la derecha y frecuentar la embajada de los
Estados Unidos" son algunas entre los centenares de frases acuñadas por un
periodismo que lo convierte en vedette, en mito. Es cierto que a veces se
preguntan si ha llegado "el ocaso", el "último aullido del Lobo", pero es para
remontarlo más alto: "Todo confluye en Vandor". El Sistema lo ha aceptado
plenamente, se divierte con su astucia, es él quien "maneja los piolines", quien
suma o resta las 62 a las 19, a los 32, opone o amiga comunistas e
independientes, inventa alineados y no alineados, y cuando terminan los insultos
se sienta a un costado y murmura "uno" para que hable Vicente o Francisco. Eso
es prestigio.
Lástima que las cosas se hayan puesto difíciles en los últimos tiempos. Ahora su
enemigo se llama Perón. Vandor lo ha querido, sin duda: es aquí en Avellaneda
donde nació meses atrás el neoperonismo. Quizá el choque venga de antes, del
fracaso de la Operación Retorno, un buzón que el vandorismo le ha vendido al
general. El conflicto asoma a las versiones periodísticas en junio del 65,
estalla cuando Perón envía a su mujer como delegada personal. Vandor domina en
ese momento la Junta Coordinadora del Justicialismo, las 62 Organizaciones, el
bloque parlamentario, la Unión Popular, los partidos provinciales: lo que está
en juego es todo el aparato partidario.
La primera batalla se libra en la CGT, en cuya secretaría general el vandorismo
ha instalado en 1963 al sastre José Alonso, que ahora predica poco menos que la
guerrilla, aunque su lucha más notoria es contra las comadrejas que acechan su
criadero de gallinas. En enero de 1966, cumpliendo las órdenes de Madrid, Alonso
divide el sindicalismo peronista: nacen las 62 "de pie junto a Perón" que
arrastran a veinte gremios, algunos importantes, como textiles y mecánicos;
otros luchadores, como azucareros y sanidad. Los vandoristas se burlan con una
solicitada que lleva el título "De pie junto al trotskysmo", el metalúrgico (y
diputado) Paulino Niembro usa la televisión para delatar como "castrista" a
Amado Olmos, uno de los pocos dirigentes leales a su clase. "Yo soy argentino,
cristiano y peronista", lagrimea Alonso, pero en febrero el consejo directivo de
la CGT lo expulsa del secretariado.
La segunda batalla se da en las elecciones de gobernador de Mendoza, el 17 de
abril. Contra todos los cálculos, en una campaña que dura apenas una semana,
pero que cuenta con la presencia y el apoyo de Isabel Perón, el candidato
Corvalán Nanclares obtiene dos tercios de los votos del peronismo, derrotando al
vandorista Serú García. Beneficiado en definitiva, el gobernador electo resultó
conservador, pero un dirigente de esa tendencia -Emilio Hardoy- considera el
episodio como "una verdadera catástrofe".
¿Catástrofe, ganar una elección? Un semanario lo explicaba con cierto aire de
melancolía: "El resultado de la experiencia mendocina obligó a una revisión...
Se consideraba como un valor entendido que la influencia directa de Perón, a la
distancia y después de casi once años de alejamiento del país, se había
deteriorado sustancialmente... La hipótesis fue claramente desmentida por los
hechos."
¿Qué pasa con Vandor? "Todos admiten que deberá replegarse transitoriamente a la
lucha gremial". Más tarde se vio que esto era un eufemismo. El caudillo
metalúrgico se replegó, sí, pero a los contactos militares que iban a
fructificar dos meses más tarde con el golpe de Onganía.
El partido estaba empatado esa noche del 13 de mayo en que los jerarcas del
vandorismo pensaban reunirse en Avellaneda para discutir el futuro. ¿Temía
Vandor un desempate violento? El 29 de enero, una bomba que otros llamaron
petardo, colocada por amigos de Patricio Kelly, le había arruinado en el paddock
de San Isidro el goce de su deporte preferido. Por esos días un encumbrado
personaje pagó cierta suma para sacarlo del medio: el encargado de la faena
arregló con Vandor por una suma más grande, y con las contribuciones de ambas
partes puso un boliche. Después una bomba estalló en la CGT de Avellaneda, feudo
de Rosendo García. Veinticuatro horas antes, en fin, Rosendo había ajustado
cuentas con el disidente Américo Cambón, haciéndole propinar una histórica
paliza.
Detrás de todo eso había una carta. Dirigida a José Alonso el 27 de enero,
señalaba a Vandor como el "enemigo principal" y agregaba: "En política no se
puede herir, hay que matar, porque un tipo con una pata rota hay que ver el daño
que puede hacer". Firmaba Juan Domingo Perón.
Tal vez era el recuerdo de esa carta, distribuida en centenares de copias, lo
que tenía tan inquieto a Vandor mientras sorbía un whisky y miraba
disimuladamente a su alrededor en busca de posibles enemigos.
5. EL INCIDENTE
El mozo Antonio González calculó que eran ocho o nueve personas las que entraron
en La Real a las once y media de la noche, sin contar "uno que se ubicó en forma
separada". Juntó tres mesas a lo largo del salón familiar y recogió el pedido de
coñac y whisky importado que llamó la atención no sólo a González, sino al
patrón Hevia e incluso al mozo Oscar Díaz, por ser "poco frecuente".
Solamente el parroquiano solitario, sentado junto al ventanal de Sarmiento,
rechazó el convite de los notables, y pidió, modestamente, un vaso de moscato y
dos porciones de muzzarella. Se llamaba Acha, le decían "Hacha Brava" y su
misión aparente era cuidar la puerta.
Parecida función, cerca de la entrada de Mitre, cumplían tres hombres más a
quienes los mozos no relacionaron con el grupo vandorista. Eran Luis Costa,
también llamado "Arnold", guardaespaldas que empezó su carrera en Mataderos al
servicio del dirigente Carrasco: Tiqui Añón (o Agnon), del secretariado de la
UOM, y un metalúrgico de San Nicolás, Juan Ramón Rodríguez, que estaba de paso
en Buenos Aires.
El despliegue protector, que reflejaba las aprensiones del dirigente
metalúrgico, se repetía en su propia mesa. A su derecha, en la cabecera, estaba
Armando Cabo, un hombre de la vieja guardia metalúrgica, héroe de la
Resistencia, ahora dilapidado por las transacciones y el alcohol; a su
izquierda, un guardaespaldas: Raúl Valdés; seguían Juan Taborda, chofer de
Vandor; el asesor del gremio metalúrgico, Emilio Barreiro, y otro hombre que
figuró en la Resistencia: José Petraca. Frente a ellos se ubicaron Norberto
Imbelloni, delegado de Siam Automotores, con licencia gremial; Rosendo García y
Nicolás Gerardi, prosecretario del bloque justicialista de diputados de la
provincia .
Gerardi había insistido en concurrir a la reunión de jerarcas, cuya primera
parte se estaba desarrollando en el Roma.
-No te van a dejar entrar -le dijo Vandor cuando lo encontró esa noche en la
UOM.
-Con el carné que tengo, no me para nadie -bromeó el prosecretario, y Vandor lo
llevó en su auto.
Con excepción de Barreiro, Imbelloni y Gerardi, todos estaban armados.
No se sabe con seguridad quién fue el primero que reparó en las mesas de
Blajaquis. Más tarde, declarando ante el juez, Vandor dirá que al levantar la
vista "en forma instintiva" observó a un grupo de personas en una mesa ubicada a
unos ocho metros. Le pareció ver que buscaban espacio moviendo las sillas y eso
le llamó la atención. Imaginó entonces "por un sexto sentido que esas personas
tratarían de provocar".
-¿Qué te pasa que estás tan nervioso? -le preguntó Rosendo.
-De esa mesa me están mirando -dijo Vandor-, me están haciendo muecas. Ya no se
puede ir a ningún lado.
Según Imbelloni, el asesor Barreiro atizó los temores.
-Son trotsquistas -dijo.
Armando Cabo quiso salir de dudas. Ordenó a Taborda:
-Andá a, buscarlo a Safi.
El senador Julio Safi era uno de los que cenaban en el Roma, muy cerca de allí.
Había tenido contactos con el grupo de Blajaquis, y era la persona apropiada
para establecer su filiación. Se despidió del pollo y acudió en compañía del
dirigente del vidrio, Maximiliano Castillo, y del propio Taborda. Estas son las
tres personas que todos los testigos vieron entrar unos minutos después de
Vandor.
Lo que hizo Castillo, se ignora. Taborda cedió su silla a Safi, quien pidió un
coñac que no llegaron a servirle, y según algunos pretendió disipar las dudas de
Vandor; según otros, agravarlas.
Acababa de sentarse Safi, cuando del grupo opuesto se levantó un hombre, avanzó
en dirección a ellos, siguió de largo hacia el baño ubicado en el fondo.
Norberto Imbelloni se paró y fue tras él. Y detrás de Imbelloni, alguien más,
que pudo ser el propio Castillo.
Rolando Villaflor estaba pagando la cuenta cuando vio que se levantaba
Imbelloni: 710 pesos.
-¿Qué comimos, pepitas de oro? -bromeaba el Griego, pero Rolando no le hizo
caso.
Cuando vi que Horacio no volvía, yo le digo a mi hermano: Mirá, aquí pasa algo,
seguramente que lo están apretando. Y entonces yo me levanto y voy para el baño.
Y efectivamente, lo tenían agarrado a Horacio, le decían que se las tomara.
Entonces yo discutí con Imbelloni, le dije unas cuantas barbaridades. Porque él
dice: Mirá, dice Imbelloni, me extraña que nos vamos a arremeter entre nosotros,
es una lástima porque somos todos peronistas. Y yo le dije: No te confundás,
peronistas somos nosotros, y ustedes son una manga de traidores al movimiento, y
no sólo al movimiento obrero, ustedes son unos entreguistas, son capaces de
entregar a la madre. Y él me dice: Bueno, tomenselás igual, porque ya no da para
más. Están todos calzados, los van a reventar. Y yo le digo: Nosotros no tenemos
nada, pero si nos vienen a prepear así, vamos a ver qué pasa.
Horacio y Rolando volvieron a su mesa.
-Vamonós -dijo Rolando-. Ya saltó la bronca.
Fue entonces que Francisco Alonso se dio vuelta como presintiendo la cosa y vio
a su derecha la otra mesa con tres tipos que los observaban.
-Mirá -dijo Alonso-, acá están los guardaespaldas.
Granato miró y vio confusamente al hombre alto rubio, al otro alto y moreno y al
tercero de poncho y anteojos.
Estaban en una ratonera.
6. ROSENDO
Rosendo García había escuchado los aplausos ahogados que venían tras las puertas
cerradas. Pensó: "Ya termina", y miró su reloj pulsera de oro: las nueve. Cuando
Vandor salió del salón de actos de la CGT, donde sesionaba el congreso de
delegados metalúrgicos de Capital, lo miró con extrañeza:
-Dijiste que te ibas a Rioja.
-Como vi que te aplaudían tanto, supuse que terminabas en seguida.
Conocía los mecanismos, después de diez años: el breve discurso de inauguración
donde se hablaba para el periodismo y "la gilada". Después no hacía falta
quedarse, el aparato funcionaba solo.
El día de Rosendo estuvo hecho de pequeños desencuentros, frustradas despedidas.
Nadie lo esperaba a almorzar en su casa -modesta- de tejas coloradas y raquítico
jardín, a catorce cuadras de la estación Lanús, donde su mujer, Teresa Moccia,
tenía el día entero para sí sola y el único hijo, Néstor, nacido dos años
después del casamiento y de la revolución que Rosendo tal vez aplaudió, porque
al menos al principio había sido radical. Allí paraba poco y a veces no paraba,
porque la política, porque el sindicato, porque algunos dicen las mujeres y sin
duda la quiniela bancada por sus acólitos a la puerta misma de las fábricas a
beneficio de "la organización".
Solamente los fines de semana descansaba, y aún eso era relativo, porque los
sábados iba Vandor a almorzar acompañado de su propia mujer, "y éramos todos una
gran familia", dirá Teresa. Pero ese viernes fue a mediodía, y comió solo y se
marchó a las tres: ella no lo vio más.
Eran las siete cuando subió al auto de Vandor, manejado por Taborda: se sentó
atrás. Media hora después llegaban al Ministerio de Trabajo, se entrevistaban en
el cuarto piso con miembros de la federación empresaria, a los que entregaron un
anteproyecto de convenio. De ahí fueron a la CGT y por algún motivo Rosendo se
quedó ambulando, en vez de regresar a la UOM, como había dicho.
El congreso metalúrgico, Vandor en el escenario, los aplausos eran el último eco
de una batalla que en el campo gremial ya parecía definida con la expulsión de
Alonso.
No cabe duda de que Rosendo secundó a Vandor sin reservas en esa batalla, como
lo había secundado diez años. En los congresos de la UOM, en los confederales de
la -CGT, su palabra fue siempre la palabra de Vandor. Participó en sus manejos,
asimiló sus enseñanzas, se propuso sus mismos objetivos. Forjado en el
sindicalismo negociante, rechazaba por hipócritas los arrestos verbales de un
Alonso, por imposibles las fórmulas revolucionarias. El comentario más favorable
que le arrancó una gira por Cuba, fue que los cubanos eran "unos locos lindos".
Igual que Vandor se enriqueció, igual que él adquirió poder, a diferencia de él
llegó a ser querido por muchos. Simple delegado de Siam en 1956, secretario de
la UOM de Avellaneda en 1958, secretario nacional adjunto ese mismo año, estaba
en esa encrucijada de los caudillos: era el segundo, destinado a heredar a un
hombre apenas seis años mayor.
Había crecido, sin embargo. Avellaneda era su feudo, y en Avellaneda se
discutiría esa noche el problema central del peronismo enfrentado con Perón. ¿Le
gustaba a Rosendo ese papel? Hay un indicio para conjeturar su posición: en
abril se niega a viajar a Mendoza en apoyo del candidato vandorista a gobernador
y prohíbe que ninguno de sus hombres intervenga en esa campaña.
No era quizás el único punto de fricción. Después de lo ocurrido en Mendoza, muy
pocos pensaban que el gobierno de Illia pudiera durar hasta las elecciones de
gobernador en la provincia de Buenos Aires, previstas para marzo de 1967. Ese
era en realidad el obstáculo que acortaría su gobierno. Estaba claro que el
peronismo volvería a triunfar como ocurrió en 1962, cuando la elección de
Framini provocó la inmediata caída de Frondizi. Pero esta vez los golpistas iban
a salvar las apariencias. Desde un semanario enrolado en la conspiración, el
doctor Cueto Rúa predijo certeramente el 28 de abril: "Es evidente que el golpe
de Estado se produciría antes de abrirse el proceso electoral".
Uno de los pocos que al parecer creía en las elecciones era. Rosendo García. Su
nombre figuraba ya como candidato a gobernador de la provincia. Para dar ese
salto, que lo arrancaría quizá definitivamente de la órbita secundaria a que
estaba relegado, era preciso, desde luego, que hubiera elecciones. Pero Vandor
no quería elecciones: Vandor estaba en el golpe.
Quizás hablaron de eso cuando volvieron esa noche a la Unión Obrera Metalúrgica
y se encerraron casi dos horas en la oficina de Rosendo. Después viajaron
separados a Avellaneda.
Fue el propio Vandor quien propuso que no fueran al Roma, donde los esperaban
como las figuras centrales de la noche. Los motivos que alegó son interesantes:
al llegar juntos, empezarían los aplausos y les ofrecerían la cabecera. Siempre
habían tratado de evitar estas "situaciones" (agrega Vandor en su declaración
judicial) para que no hubiera lugar a interpretaciones de "golpes políticos
personales". ¿Temía quizá que le ofrecieran la cabecera a Rosendo, y no a él,
que Rosendo le hiciera escuchar una réplica de los aplausos que sonaron esa
tarde en la CGT?
Lo cierto es que Rosendo aceptó. Estacionaron sus automóviles frente al
Sindicato de Municipales, donde debía realizarse después el verdadero debate.
Para hacer tiempo, caminaron a La Real. Pidieron sus whiskys. Allí Vandor sintió
el aguijón de su sexto sentido. Cada vez más inquieto, habría sacado un arma de
la cintura y la habría puesto sobre sus rodillas.
El mismo admite que previno a Rosendo contra aquellos hombres, que desde la otra
mesa lo miraban con cara burlona: "Seguramente intentarían algo contra ellos
-declaró más tarde-, ya que la expresión de sus rostros no era tranquilizadora".
Rosendo García echó un vistazo.
-Bueno -dijo-, no te hagás problemas.
Y agregó esta extraña frase
-¿O qué querés, que nos matemos entre todos?
7. GRANATO
Francisco Granato había visto cómo el aire se ponía espeso de miradas y malas
intenciones. Porque es cierto, ellos los miraban con repugnancia, hicieron sus
chistes y la cosa vino pesada. Así que Granato, 29 años, un hombre sólido, de
cara huesuda, también pensó que había que irse y saber perder frente a aquella
gente que al fin era peor que los patrones: la maffia sindical, el Lobo
disfrazado de cordero que rodeado de matones terminaba su whisky importado y
aprontaba su revólver. Gracias a ellos, él andaba sin trabajo ni sindicato,
changueando para ganarse la vida.
Aunque yo siempre anduve a, los saltos, por una cosa o por la otra, toda mi vida
fue así.
Toda su vida a los saltos, con esas cuatro o cinco escenas que moldearon su
carácter y que ya eran él mismo: Eva Perón en su piedad besando al vecino
anciano y tuberculoso; la lluvia en el rancho inundado; el patrón Kun que lo
mandaba al carajo y la huelga que hizo temblar a la Shell, todas las ranas de
Dock Sur cantando en la noche mientras el griego Mingo le hablaba con paciencia
del comunismo primitivo y la formación de la sociedad capitalista. Esas eran las
cosas que nunca se irían de su mala memoria, las cosas que Francisco Granato
puede contar lentamente, hoy, ayer y mañana.
Cinco hermanos y el viejo albañil. Vivíamos en un galponcito forrado con madera
y se criaban chinches y toda una serie de cosas, y la vieja decía que más vale
hacer una pieza en el terreno que había comprado el viejo, aquí en Gerli. Y él
se decidió un día y con un amigo levantaron la pieza. Las chapas alcanzaron para
el techo, que es lo fundamental, y el resto lo cerraron con una lona. Esa noche
llovió y tuvimos que andar por arriba de las camas, porque se había inundado
todo y era un terreno que no tenía zanja. Después nosotros mismos hicimos la
zanja, y la pieza se fue terminando de a poco con ladrillos, y la cocina con
chapas de cartón. Había muchas miserias en aquel entonces, y lo sigue habiendo.
Naturalmente, hay veces que cuando los padres conversan, no se dan cuenta de que
los hijos están escuchando o se dan cuenta, pero no saben en el subconsciente
todo lo que puede quedar en un ser humano, ¿no? El viejo se daba maña para todo,
colocaba mosaicos, levantaba paredes, hacía fino y grueso, pero bajo patrón no
aguantaba mucho tiempo. Cambiaba de trabajo como de camisa, porque decía: "A mí
no me van a explotar estos hijos de puta", y a veces contaba cómo eran las cosas
anteriormente, cómo algunos se dejaban explotar, cómo algunos resistían la
explotación, cómo se rebelaban. El, más bien trabajó de changa, claro que a
veces terminaba vendiendo empanadas. El tenía su rebeldía, naturalmente, era
peronista, pero no era un hombre armado ideológicamente.
La madre, en cambio, andaba agitando por ahí: una mujer decidida que se metía en
todos lados, gritaba en los actos con Francisco pegado a las faldas y,
principalmente, en aquel acto increíble, cuándo se juntaron las mujeres de Gerli
y vinieron juntas en todos los tranvías del Sur, que a lo mejor eran todos los
tranvías del mundo: derecho en procesión los tranvías a la Secretaría de
Trabajo, a pedirle a Evita que pusiera agua corriente en Gerli.
La primera vez que Eva Perón se fijó en aquel chico de ojos hundidos y oscuros,
fue cuando se adjudicaron las casas a los campeones olímpicos: Iglesias y Delfor
Cabrera, que eran del barrio.
Me dio la mano y, bueno, naturalmente, la casa de nosotros era bastante
friolenta y yo tenía frío, así que me acuerdo que la mano de Evita era muy
caliente.
Ella le acarició la cabeza. El le pidió una bicicleta.
La próxima vez Francisco Granato andaba literalmente a los saltos. A los catorce
años había empezado a trabajar en la sección ajustes de Carilino Inca, un taller
metalúrgico que ya no existe. Ganaba cuarenta y cinco centavos la hora. Después
hizo de todo: un poco de torno, un poco de limadora, un poco en la fresa y la
amortajadora que hacía los chaveteros, los ratos libres admiraba a los
pulidores, y cuando hacía alguna cosita para él, iba a pulirla y aprendía. Fue
una viruta de torno la que le cortó un tendón del pie. Durante mucho tiempo
caminó con una pierna sola, pero el Seguro igual le daba el alta y tenía que
volver al trabajo.
Entonces Eva Perón le preguntó por qué rengueaba, fulminó sus órdenes, el Seguro
se calló la boca y las palabras "calcio", "radioterapia" empezaron a significar
algo para Francisco Granato
Era una noche, no sé en qué tiempo fue, bueno esto fue hace muchísimos años.
Debió ser en el 51, cuando su madre recibió la carta de la Fundación, fue con
él, hicieron las horas de espera hasta la medianoche, conversando el chocolate y
los sandwiches de miga, hasta que ella los recibió, y la madre pidió la máquina
de coser pero también las chapas para terminar la pieza, y al fin, con un
supremo esfuerzo, la dentadura postiza,
-Si no fuera demasiado abuso.
Vio, con esa humildad de todos los humildes, que les parece que siempre piden
mucho, y Evita le dice: "No, si eso no lo pide nadie; al contrario, necesitamos
gente que pida eso, para que los médicos puedan estudiar", y le hizo un chiste
como agradeciéndole que se atreviera a pedir los dientes postizos para ella y
para el viejo.
A los dos o tres días llegó el camión con las chapas, las camas, los colchones,
la bolsa de azúcar, las tazas, los platos, la ropa, las hormas de queso, las
dentaduras postizas.
Después ella se murió. Después Francisco Granato cambió de trabajo. Después cayó
Perón. La infancia habla concluido.
Debió ser por el 55 que se fundió Carilino Inca y Granato entró de medio oficial
pulidor en la Compañía General de Automotores. De allí pasó a la Shell, donde
todo el mundo ingresa de ayudante. Pero Granato hizo méritos: si otros se
lavaban las manos a las menos diez, él se lavaba a las menos cinco, cosa de
conseguir la categoría. Se convirtió en "un obrero digno de la patronal".
Su ascenso provocó los primeros e inesperados conflictos. Ahora todos querían
ser medio oficial. Lo eligieron subdelegado. Su carrera gremial culminó en las
movilizaciones más grandes que hayan realizado en Avellaneda los petroleros
privados.
Se armó cada podrida que bueno bueno, dentro de las posibilidades mías, porque
yo fui hasta cuarto grado y no tengo muchos estudios, lo que pude aprender lo
aprendí leyendo y escuchando. Después me largué a hablar en las reuniones, hasta
que al fin me animé a hablar en las asambleas. Ahí choqué con algunos que
siempre buscaban soluciones dentro de la legalidad. Yo era muy impulsivo y
nervioso, las posibilidades legales siempre eran cortas para mí. Y bueno,
naturalmente, cuando se hace un movimiento pasa del cuerpo de delegados a la
comisión interna y después al cuerpo administrativo del sindicato. Pero a veces
las cosas rebalsaban y antes que se llegara a la comisión interna ya los
movimientos estaban hechos.
Yo pensaba que todo lo que iba a pedir era poco, de lo que en realidad le
corresponde a la clase trabajadora, pero lo poco que iba a pedir creía necesario
que se hiciera.
Eso no le gustó al jefe Kun. Un día insultó a Granato. No terminó de insultarlo,
que le hicieron un paro.
El paro venía bravo y el jefe de personal acudió a pedirle a Granato que hiciera
lo posible por levantarlo porque el holandés Kun "no sabía conversar bien" en
castellano. La posición de Granato fue inconmovible:
Que él no era muy instruido, pero creía "que todos los extranjeros que vienen de
afuera" deben tener un profesor de castellano que les enseñe cuáles son las
palabras buenas y las palabras malas y cómo tienen que comportarse en la
Argentina. Así que el jefe Kun debía pedir perdón.
¿Pedir perdón en público un alto jefe de la Shell? No le quedó más remedio, pero
Granato estaba marcado.
El impulso que él creó lo desbordaba. Aparecieron los oportunistas que
planteaban cosas imposibles. Por primera vez Granato quedaba en minoría en una
asamblea que planteaba un paro.
Vieron la oportunidad de quemarme. Yo veía el juego cómo venía, me retiré, me
fui al baño. Bueno, son cosas, me puse a llorar un poco, decía: No tienen
confianza en mí. Y éstos impulsaron tanto que desencadenaron un movimiento de
huelga. Ahora resulta que cuando llega el momento de las papas, los que daban la
cara ahí en la reunión se echan atrás. Y cuando viene el ingeniero y entra a
tomar los nombres de los que van a trabajar y los que no, la gente agarra para
cualquier lado. Y yo que veo eso, los reúno de nuevo y les digo: Bueno, yo
estaba en contra, pero ahora me hago cargo. Me hago cargo, porque está el paro.
Fue su última batalla gremial. Cuando tiempo después la empresa decide
indemnizar a los miembros de la comisión interna que aceptan el arreglo y dejan
la planta en banda, Granato queda solo. Ya ni era delegado. A último momento los
compañeros hacen una asamblea y vuelven a elegirlo. Mandan el nombramiento al
sindicato, y el sindicato en vez de elevarlo dentro de las veinticuatro horas,
como establece la ley, tarda cuarenta y ocho horas, dando tiempo a la patronal
para echarlo y no reconocer la protección legal al delegado. Esta era, ya en
1961, la maniobra favorita descubierta por el vandorismo en combinación con las
empresas, aplicada sistemáticamente en el seno de la UOM, extendida luego a
todos los gremios dóciles.
Granato ya no era nadie: había dejado de molestar a la Shell y a la burocracia
sindical. Detrás de él, despidieron a trescientos obreros. Uno de ellos era
Raimundo Villaflor.
El sindicato se cerraba cada vez más para los militantes de la Resistencia.
Ahora sólo quedaba el campo político, donde estos hombres acosados, perseguidos,
traicionados, siguieron activando:
Hoy en día uno piensa todo lo que activó y parece mentira. Al principio yo era
uno de esos peronistas de escudito, tenía mucho fanatismo y un desconocimiento
casi absoluto de las cosas, de los intereses que se mueven detrás de la
política. Nosotros, en Gerli, habíamos creado la juventud peronista, pero
también íbamos a las reuniones con los más viejos, los del Consejo de Partido. A
ellos les parecíamos marcianos. Cuando pintábamos con pintura colorada nos
decían que éramos comunistas, y cuando pintábamos con pintura negra nos decían
anarquistas. Así fuimos sacando ciertas conclusiones, cierta experiencia, vimos
la mediocridad con que ellos miraban el peronismo y la perspectiva del futuro.
Como a todos sus amigos, fue el mitológico Griego el que lo inició en los
secretos, le hizo comprender lo incomprensible. Entre los muchachos del barrio,
Domingo Blajaquis tenía esa aureola de algunos viejos comunistas que toda su
vida fueron corridos por la policía y al final por el partido. Una paciencia
infinita, y una bondad casi absurda, ése era Mingo.
Capaz que nos hablaba de pescar ranas o agarrar anguilas, o de los hongos que
eran venenosos y los que se podían comer, y después nos enchufaba la inyección
de cómo son las cosas, ¿no?, encontraba la semejanza entre los hongos y la
sociedad, y nos iba dando instrucciones en forma escalonada y despacito, a
medida que nosotros asimilábamos la historia, cómo había crecido el mundo hasta
llegar al capitalismo, y lo que nosotros teníamos que hacer.
El viejo enorme Mingo, prematuramente encanecido y corto de vista, con sus
grandes manos manchadas para siempre de curtiente, sin un arma encima después de
haber luchado tanto, de haber enseñado tanto, y que ahora iba a morir asesinado,
pero antes dijo:
-Vámonos, que va a haber lío.
Raimundo Villaflor se dio vuelta. Miraba no más, clavado en esa cara de la punta
en la otra mesa.
8. LA BRONCA
A José Petraca no le gustaba cómo lo estaba mirando ese hombre de ojos oscuros y
cara angulosa. Ya no le habían gustado algunas cosas que le pareció oír de la
otra mesa. Y cuando aquella gente pagaba para irse, el hombre lo seguía
estudiando, con ese gesto, medio de burla y de desprecio.
Entonces Petraca se paró y dijo:
-¿Qué carajo mirás, guacho hijo de puta?
Petraca no lo conocía. Por uno de esos chistes de la suerte, Raimundo Villaflor
había repartido volantes pidiendo su libertad cuando Petraca estuvo preso
durante la Resistencia.
-Qué carajo te interesa, más guacho hijo de puta serás vos.
El cajero Hevia se dispuso a intervenir. Incluso apoyó la mano en el mostrador
móvil para franquearse el paso. Pero en ese momento media confitería se paró, y
el cajero lo pensó mejor.
Norberto Imbelloni, armado de una silla, se abalanzaba sobre Rolando
-Me tiró un sillazo y se le embocó a la vitrina. Después nos agarramos a las
piñas.
Rosendo García se incorporó de un salto, echó mano a la cintura y sacó un
revólver 38.
Petraca ya estaba sobre Raimundo.
-Yo también me paré -dice Raimundo- y lo serví.
El parroquiano Mario Basello tomaba una coca-cola de pie junto al mostrador.
Disparó por Sarmiento, sin pedir la cuenta. Próximo a esta puerta, el peón de
taxi Jorge P. Álvarez "vio más claridad" hacia Mitre y corrió en esa dirección.
Juan García, el diariero de la esquina, estaba tomando el café de costumbre en
la mesa de costumbre, frente a la avenida Mitre. Tenía los diarios apilados en
una silla junto a la puerta, y la distancia que lo separaba del grupo de
Blajaquis, al que daba la espalda, era de dos metros. De pronto oyó un ruido de
sillas y presenció una escena surrealista:
El mozo Oscar Díaz, con bandeja y botella en alto, iba corriendo hacia la puerta
y al pasar le gritaba:
-¡Rajá que hay lío!
El diariero disparó con tanta velocidad que ni siquiera dio vuelta la cabeza
para fijarse qué pasaba. Al cruzar el umbral, oyó el primer tiro.
Según Imbelloni, el autor de ese disparo era Juan Taborda, que seguía parado
junto a Safi.
Hubo una pausa y después un tiroteo tan cerrado que a Oscar Díaz, desde la
calle, le pareció una ráfaga de ametralladora.
Rosendo García no alcanzó a gatillar su revólver. Un balazo, exactamente
perpendicular a la trayectoria que llevaba, le atravesó la espalda. El arma
quedó junto al mostrador móvil.
Una bala 45 rebotó en el borde de ese mostrador y fue a pegar sobre la puerta de
Mitre, a cuatro metros de altura. El desconocido tirador apretó nuevamente el
gatillo, la bala entró por la solapa derecha de Blajaquis, que no había atinado
a levantarse, destrozó la arteria pulmonar y salió por la espalda. El Griego se
desmoronó.
En la cabecera de la mesa vandorista, Armando Cabo se haba parado y avanzaba
tirando metódicamente con su 38 especial. Zalazar se derrumbó.
Carlos Sánchez, paraguayo, cortador de pizza, estaba en la cuadra amasando para
empanadas gallegas. Se asomó a la ventanilla y entre el remolino de personas vio
una mano con un revólver negro que hacía fuego. Creyó que era un asalto y se
armó de una cuchilla, dispuesto a defender sus empanadas hasta las últimas
consecuencias. Entonces vio a su patrón Hevia, "que venía caminando en cuatro
patas" y le pedía que llamara a la policía.
Petraca había desaparecido de la vista de Raimundo. Tras él llegaba Gerardi.
-Se me vino encima -dice Raimundo-. Le di una trompada y se fue al suelo.
Raimundo se abalanzó sobre él y siguió golpeándolo en la cara. Gerardi no
reaccionaba. Lo que lo había derribado era una bala calibre 45, que le entró por
la espalda.
Francisco Alonso vio el brazo armado de Vandor apuntando en su dirección. Dio un
salto a la izquierda, se encontró con la pelea de Imbelloni y Rolando, colaboró
con una piña. En ese momento Rolando oyó a su espalda un estrépito de vidrios
rotos. Creyó que le habían tirado un botellazo y gritó:
-¡Erraste, turro!
Más tarde razonó que era un balazo.
-Perdí la noción de todo -dice Alonso-. Corrí hacia la puerta de Mitre. Cuando
iba corriendo sentí un golpe en la pierna, pensé que estaba herido.
No estaba herido: una bala había picado bajo la suela de su zapato, y el golpe
le adormeció la pierna.
Detrás de la mesa de Blajaquis, el mozo Jesús Fernández atendía a un
parroquiano. Al oír los tiros se echó al suelo y se arrastró hasta quedar a
cubierto tras la curva del mostrador, paralela a Mitre. El parroquiano huyó, lo
mismo que cuatro estudiantes que estaban sobre la calle Sarmiento, que dejaron
sus portafolios.
El copropietario Ramón García estaba junto a la pileta. Cuando oyó los tiros se
metió bajo el mostrador. El último en enterarse de lo que pasaba fue el mozo
Antonio González. Sordo del oído derecho, estaba de espaldas al local. Sostenía
en la mano la bandeja con una botella de coñac, destinada a la mesa de Vandor,
que acababa de recibir de su colega Héctor Gómez, y estaba esperando la copa. De
pronto Gómez se zambulló. Mientras trataba de explicarse el motivo de tan
misteriosa conducta, González creyó oír "una motocicleta". Entonces se le
vinieron encima Imbelloni y Rolando, "que luchaban entre sí a puño limpio". Vio
a Blajaquis y Zalazar, caídos, dejó la bandeja sobre el mostrador y se agachó:
así estuvo cinco minutos.
En la mesa de tres que flanqueaba al grupo Blajaquis, también se habían parado.
Juan Ramón Rodríguez gatilló una vez su revólver 38, y el disparo no salió: en
su fuga, perdería el arma. Luis Costa y Tiqui Añón se corrieron hacia la puerta
de Sarmiento. Según Imbelloni, hicieron fuego desde allí.
Horacio desapareció, simplemente. Presentado por Blajaquis, sólo se sabe que
militaba en la juventud peronista. Nunca se presentó a declarar.
Francisco Granato corrió hacia la puerta de Sarmiento. Vio el tropel vandorista
que avanzaba en dirección contraria, entre ellos el propio Vandor guardaba un
arma en la cintura. Granato les arrojó una mesa y escapó. Delante de él trotaba
el senador Safi, herido en una nalga.
-¡Miró lo que me hicieron! -gimió Safi cuando Granato lo alcanzó en la esquina.
Raimundo seguía a caballo sobre Gerardi. De pronto recibió un sillazo en la
cabeza. Era Imbelloni, que después de zafarse de Rolando completaba así su
retirada.
Y ahora Raimundo veía a un hombre con el revólver en alto, acercarse desde el
fondo: presumiblemente Armando Cabo.
En ese momento se interpuso Rolando, que gritaba a su hermano
-¡Pará, que Mingo está herido!
El hombre que avanzaba, quizá con el revólver descargado, se detuvo. Vio a
Rosendo caído, trató inútilmente de levantarlo. Descubrió junto a la caja el
revólver de Rosendo, lo alzó y se lo puso en la cintura. Después se marchó con
la misma serenidad con que había tirado.
Alrededor de doce segundos habían transcurrido desde que empezó el incidente.
Ahora sólo quedaban en La Real los caídos y los hermanos Villaflor. Desde la
esquina Granato oyó que Rolando gritaba desesperado
-¡Mingo! ¡ Mingo!
Volvió. Segundos después regresaba Alonso. Los cuatro amigos se quedaron
mirando. El Griego tenía un tiro en el pecho, y de la mejilla de Zalazar brotaba
incesante un chorro de sangre, como un surtidor.
9. EL GRIEGO
Entonces Rolando que quería agarrar a los dos, y Raimundo que decía: No que está
muerto, no que está muerto. Porque él ya había visto que Mingo no reaccionaba, y
lo pesado que era para moverlo pero Raimundo seguía masajeándolo, implorándole:
Griego, reaccioná Griego, que no es nada, te la dio en la derecha, esto se cura,
viejo.
Pero no se curaba. Un rato después el viejo Mingo moría en el Fiorito y lo que
de él quedaba es ese "Te acordás?" con que empiezan tantas conversaciones:
¿Te acordás, Negro?, esa tarde fuimos a buscarlo a la sociedad de fomento, y
cuando nos veníamos todos juntos había una vieja en el barrio y él le hizo un
chiste, le dice: "Acá me voy yo con toda mi prole", te dice el finadito. Y la
vieja le dijo: "Cuidensén, muchachos, cuidensén muchachos", pero él se moría de
risa, "No tenga miedo viejita que a mí no me pueden hacer nada, decía, yo soy
como el Ave Fénix". No sé cómo es la milonga esa,¿-no? pero es uno que se muere
y vuelve a renacer, el Griego siempre tenía esos chistes.
En los pibes de Gerli que hoy son hombres resignados o conformes o rebeldes, la
figura de Domingo Blajaquis fue desde siempre la parte del misterio, que al
mismo tiempo era la insuperable bondad, y desde lo más remoto que nadie se
acuerde, trató de unir para luchar, incluso a los chicos que encontraba
perdiendo el tiempo en las esquinas:
-¿Qué hacen ustedes?
-Y, aquí estamos, sentados.
-¿Por qué no leen, por qué no se juntan, por qué no se organizan? Ustedes saben
que en la antigüedad existió un ser que se llamó Espartaco. ¿Por qué no forman
ustedes, la juventud, ahí tienen un nombre, la juventud espartaquista?
Y se iba cargado de sus libros, folletos, diarios, dejándolos atónitos de que se
dignara hablar con ellos, porque todos sabían que Domingo Blajaquis había estado
preso tal vez desde que nació, y que era el primer hombre que sufrió la Picana,
tal vez el inventor del Gran Sufrimiento de la Picana, que la policía siempre lo
buscó y que él contestó a la policía y a todos los explotadores del mundo con
bombas que hacían saltar los puentes y las fábricas de los explotadores. Así
crecía el mito:
Lo mirábamos como a un jugador de fútbol, qué sé yo. La prueba está que después,
en cierto momento, él quiere practicar boxeo. Entonces en el club Villa Modelo
venían ya boxeadores de cartel pero todos los pibes íbamos adonde se entrenaba
Blajaquis.
Después vino el 55 y el oscuro drama de Blajaquis con su partido, el partido
comunista, del que renegó y no renegó porque como dice uno de los que fueron sus
amigos "a Mingo lo cascaron los conservadores, lo fajaron los radicales, lo
expulsaron los comunistas, lo torturaron los libertadores y al final lo
masacraron los que se dicen peronistas." Y eso que él nunca quiso hablar mal de
nadie y hasta resultaba ingenuo en su afán de encontrar lo que había de bueno en
cada uno. Pero el 16 de junio fue de los que sostuvieron que había que armar
milicias obreras, y por eso lo radiaron los burócratas. Marxista convencido, los
peronistas de la base lo aceptaron como suyo: el dilema que aún no termina de
aclararse en los papeles, se resolvía en el corazón de un hombre al que nadie
tuvo que explicarle dónde estaba el pueblo del que formaba parte. Lo que sí
quería el Griego era una revolución, y a eso dedicó los días y los minutos de su
vida, sin más descanso que una partida de ajedrez, una jarra de vino o una
aventura ocasional que provocaba las risas de sus compañeros.
Preso en un barco, preso en Caseros, preso en Esquel, perseguido siempre,
derrotado nunca, le quemaban los libros con querosén, se escapaba por un agujero
debajo de la cama que daba a un baldía, se zambullía detrás de una cerca, y
reaparecía siempre con una sonrisa y un chiste malo, con su chaqueta de cuero y
su gorra, con su aspecto de obrero que no pudo perder ni leyendo a Hegel ni
desmenuzando el idealismo alemán, con su formidable impulso organizador: las
huelgas de una década al, sur del Riachuelo llevan el sello de Domingo
Blajaquis.
-Esto lo cortó él -me cuentan en un taller, mostrándome un puñado de recortes de
varillas del seis-. Cada vez que había un paro se aparecía con tres o cuatro
rollos de alambre, decía: "Vamos a trabajar", y nos quedábamos hasta la
madrugada sacándole punta a los clavos Miguelito.
Otras cosas le pedían: había estudiado química, conocía las fórmulas, sus manos
estaban manchadas de tinturas y de ácidos que no eran solamente de la curtiembre
donde trabajaba. Si hay un símbolo de la resistencia obrera en estos años, es
Domingo Blajaquis y en ese sentido tenía razón al decir que a él no lo podían
matar, ni siquiera los bandidos que ahora lo mataron.
Tal vez le habría alegrado presentir que esta evocación insuficiente, que algún
día será completada, la cerraría en el periódico de los trabajadores uno de sus
compañeros. En un folleto mimeografiado en Gerli escribe Raimundo Villaflor:
"Dicen que pasó sin trascendencia por la escuela industrial y la universidad sin
recibirse de nada, que tenía pocos recursos, que siempre vivió a salto de mata,
que su vida fue siempre agitada. Y es cierto, nunca tuvo nada, ni llegó a nada
en el sentido que los burgueses dan a ese concepto. Porque un auténtico
revolucionario no llega a nada hasta que destroza el régimen corrompido y
parasitario que nos explota e instaura una nueva sociedad... Sus conocimientos
de la historia y de las revoluciones mundiales, las diferentes escuelas
filosóficas, la física, la química, la medicina, eran parte del conocimiento con
que aclaraba nuestras dudas, nuestra ignorancia, nuestros interrogantes... Era
el padre del grupo, "nuestro hermano mayor", tuvo también claridad para
comprender con mucha anticipación cómo la burocracia se transformaba en dique de
contención de las masas... Ese era Domingo Blajaquis, nuestro griego, la muerte
lo sorprendió trabajando por el pueblo trabajador, tratando de unir la lucha de
nuestros hermanos del norte, de nuestros compañeros del interior, con nuestra
lucha, tratando de quebrar ese cerco de hielo e insensibilidad de la burocracia
traidora. No murió peleando, murió asesinado a mansalva. Pero no es un mártir,
es un héroe. Fue un militante más del ejército invencible del pueblo trabajador,
fue un auténtico revolucionario."
10. "JUSTO A MI ..."
Con el balazo que lo derrumbó había saltado de la mano de Rosendo García el
revólver 38 especial que alcanzó a sacar de la cartuchera ceñida al cinturón.
Mientras manoteaba desesperadamente el piso de La Real, oyó el resto de los
tiros que zumbaban sobre él, se arrastró entre convulsiones hasta quedar casi
sentado, con la espalda apoyada en la cabecera de la mesa: en esa posición
alcanzó a verlo Raimundo Villaflor.
Después cesó el tiroteo, lo rodeó el tropel de pasos fugitivos. Una mano -la de
Armando Cabo- lo sacudió por el hombro, trató inútilmente de enderezarlo. Con
ojos turbios pudo contemplar el desastre -Gerardi inmóvil, los caídos en el
bando adversario- mientras se preguntaba quién a su espalda, qué cuenta
arreglada; y cómo era que todos lo dejaban solo. Entonces volvió a arrastrarse
en dirección a la puerta, la salida, la vida que se escapaba y comprendió lo
jodido que estaba cuando tuvo que apoyarse nuevamente contra la pared de La
Real. Allí lo vería el desesperado Rolando mientras cargaban pesadamente con
Zalazar y Blajaquis, los metían en el taxi de Jorge Próspero Álvarez y volaban
al Fiorito.
Entonces Rosendo volvió a arrastrarse hasta la calle y quedó tendido a lo largo
sobre la vereda de Sarmiento, mientras Norberto Imbelloni buscaba un auto que el
dirigente Izetta le negó por no estropear el tapizado, y conseguía al fin el
Fiat 1500 de Maximiliano Castillo, donde lo cargaron con la ayuda de Tiqui Añón,
y ese fue el momento que eligió Rosendo para decir, tal vez con tristeza o como
una simple comprobación, porque ya se iba, el momento que eligió para decir a
sus amigos
-Justo a mí me la fueron a dar.
Sí, justo a él, el hombre que había crecido demasiado en Avellaneda y en la UOM,
el hombre que aspiraba a ser gobernador de la provincia, el único que a corto o
largo plazo podía desplazar a Vandor.
Nicolás Gerardi quedó totalmente abandonado sobre las baldosas de La Real.
Cuando llegó la policía, el vigilante Segovia lo metió en un taxi. Gerardi
quería que lo llevaran al sanatorio de la UOM y parece que volvió a acordarse de
su carnet de la Cámara de Diputados. El taxista se dio vuelta y le dijo:
-Gracias que te llevo al Fiorito.
11. ZALAZAR
"Porque para ser peronista, hay que estar con Perón, y si no se es peronista, se
es traidor al movimiento." Estas eran las cosas que Juan Zalazar había empezado
a escribir en un cuaderno a los 34 años y que mostraba candorosamente a los que
llamaba sus hermanos. Mingo y Raimundo podían hablarle de Argelia o del Congo,
de Cuba o de Vietnam, que él respondería:
-¿Eso es peronismo?
Asombrado de que alguien quisiera enseñarle algo, por primera vez. Aunque los
resultados no fueran deslumbrantes sobre el papel, Zalazar intentaba explicarse
el amargo mundo, su maltratada suerte
-Toda su vida -explica Granato- fue una desesperación por conseguir trabajo.
Boxeador mediocre en su juventud, las peleas disminuyeron a medida que aumentaba
la familia. Llegó a tener cinco hijos, cuyo porvenir lo desesperaba. "Que no
sean burros como yo", repetía. Su destino natural de militante en la Resistencia
fue el de guardaespaldas de los que iban a convertirse en jerarcas y olvidarse
de él. Un día acudió a ver a uno de esos hombres a quienes él había cuidado:
quería un permiso para un puestito de sandías.
-¿Con cuánto vamos? -le preguntó el concejal.
-Mirá estos hijos de puta -comentó Salazar.
Nunca pudo entender esas cosas.
La obsesión del trabajo se convirtió casi en locura. Un día entró con un amigo a
trabajar de prepotencia en una fábrica. El capataz los quería matar y los
operarios se reían.
-Mirá estos hijos de puta -volvió a decir Zalazar-. En vez de ayudarnos, se ríen
de nosotros.
Los corrieron a bulonazos mientras él desafiaba a todos a que salieran a pelear
a la calle. Pero igual siguió sin entender.
Ahora boxeaba cuando podía, en cualquier festival, contra cualquiera. Lo
amasijaban, y se iba contento con unos pesos para que comieran los pibes. Una
vez de las tantas veces que no hubo nada en la casa, trajo unos pescados que
encontró en la costa. Se intoxicaron todos.
Anduvo en una bicicleta vendiendo flores. Quiso inventar una máquina de hacer
chorizos donde él era el motor: "Porque yo tengo fuerza", se reía. Y la noche
que lo mataron acababa de trabajar 36 horas seguidas en la Shell, porque al fin
había agarrado una changa y no la quiso desperdiciar, y aún le quedaban ganas
para reunirse con sus compañeros, a ver si podían hacer algo por los cañeros de
Tucumán.
Entonces Armando Cabo, que estaba sentado al lado de Vandor, terminó de tomar su
whisky, hizo puntería y lo mató.
Pero ya no importaba tanto porque Juan Zalazar también se había salvado en los
otros, en la fraternidad de los que luchan y al fin comprenden. Sea una vez más
su hermano Raimundo Villaflor quien lo despide:
"Era la imagen y la expresión del hombre simple que pugna por romper esa
simpleza. Sabía poco de retóricas intelectuales, pero sabía muchas cosas
prácticas. En la medida que descubría la traición incubada por la burocracia, la
postración del movimiento y la frustración de los militantes, nos unimos, y las
pasamos juntos, y las comimos juntos. Nos preguntamos por la muerte y por la
vida, si duramos o vivimos. Durar, dura el borrego. Vivir, vive el militante
revolucionario."
Segunda Parte
LA EVIDENCIA
12. LA POLICÍA DESTRUYE LA PRUEBA
-Pero, ¿cómo van a hacer eso? -exclamó el cortador de pizza Carlos Sánchez al
ver que los primeros baldazos caían sobre el piso ensangrentado de La Real. ¡No
hay que tocar nada!
-¿Y tú que sabes? -dijo el patrón Hevia.
-Es que yo he sido policía militar en Paraguay. Los cepillos de goma y los
trapos de piso quedaron en suspenso.
-Hombre -repuso Hevia-, si ya estuvieron ellos aquí, y no han dicho que no
laváramos. Esta es la hora de la limpieza, así que a limpiar.
Sánchez de todas maneras llamó por teléfono.
-¿Podemos limpiar?
-Sí, claro -le respondieron de la comisaría.
Los mozos volvieron a su tarea. Recogieron vasos rotos, enderezaron mesas y
sillas caídas, lanzaron nuevos baldes de agua sobre las manchas de sangre. En
seis minutos la confitería quedó reluciente, como si no hubiera pasado nada.
-Así da gusto -suspiró Hevia.
En ese momento sonó el teléfono y una voz áspera gritó en el oído de Sánchez
-¡ No toquen nada!
-¿Han visto? -dijo Sánchez.
-Coño -dijo Hevia.
La destrucción sistemática de la prueba por la policía de Avellaneda había
empezado media hora antes cuando "una persona particular, visiblemente azorada"
se presentó en la comisaría primera y denunció ante el jefe de turno,
subcomisario Alberto Martínez, lo que acababa de ocurrir. El subcomisario no
identifica al testigo, y el juez Néstor Cáceres, al interrogarlo un mes después,
no le pregunta quién era.
Martínez acudió a La Real con el ayudante Atilio Dellepiane, el cabo Santamaría,
los agentes Segovia, Cristaldo y Zacarías. Allí se enteró que Rosendo estaba en
el Fiorito y se hizo llevar en un automóvil que pasaba, dejando a Dellepiane
"con las órdenes del caso".
Junto a la curva del mostrador, frente a la caja, el cabo Santamaría encontró
una cápsula 45 y un plomo del mismo calibre. Sin la menor precaución los
recogió.
El agente Zacarías levantó otra cápsula "en el pasillo divisorio de los dos
ambientes" y dos más "cerca de la caja registradora". Cuando el juez le pida que
por lo menos señale dónde las encontró, responderá que "en cinco años que lleva
en la policía es la primera vez que interviene así en un procedimiento de un
hecho de esta naturaleza y magnitud, por lo que no puede asegurar precisión en
las referencias que hace sobre el croquis".
Rato después, las cápsulas ya eran cinco. Nadie aclara dónde apareció la quinta,
ni quién la halló. El revólver de Juan Ramón Rodríguez, que estaba caído bajo
una mesa, anduvo de mano en mano antes que Hevia lo entregara a Dellepiane.
Volvió el subcomisario del hospital y en seguida se retiraron todos sin dejar
vigilancia ni consigna. El copropietario Ramón García, declarando ante el juez,
dirá que antes de irse Dellepiane, su socio Hevia le preguntó qué hacía con el
local, "respondiendo el policía que podían limpiar". Hevia no recuerda ese
diálogo pero señala que "habiendo estado ya la policía y no habiendo dejado
órdenes en contrario se podía limpiar". Dellepiane se justifica alegando que "se
trasladó al hospital, dejando cerrado el local, no recordando si quedó
vigilancia, y al volver observó que se habían lavado las manchas de sangre, pues
fue difícil hacer cumplir las directivas por la confusión reinante". Habla,
suponemos, de la confusión reinante en su cabeza.
Cuando ocho horas después del tiroteo se presentó en La Real el perito en
rastros de la policía bonaerense Alberto Giglio, no encontró siquiera una copa
que no hubiera sido lavada. El pianista Dardo Osle hizo un croquis muy preciso
de un local que ya tenía poco que ver con el escenario de los hechos. Las tres
mesas rectangulares del grupo vandorista no conservaban siquiera su forma, pues
los mozos las habían reemplazado por otras redondas, además de correrlas
aproximadamente un metro con setenta centímetros hacia el fondo del salón
familiar, y unos veinticinco centímetros hacia la calle Sarmiento. Las dos mesas
del grupo Blajaquis tampoco estaban ya junto a la columna, sino desplazadas
alrededor de un metro con treinta y cinco centímetros hacia el salón familiar.
Con este croquis trabajaron los dos jueces de la causa.
La única evidencia que la policía de Avellaneda no consiguió suprimir fueron las
huellas físicas de los balazos. El parte redactado por el subcomisario Martínez
inventa sin embargo "cuatro perforaciones producidas presumiblemente por armas
de fuego" en la pared que estaba a espaldas del grupo vandorista. Eran en
realidad simples astilladuras superficiales, originadas en cualquier causa
anterior, y no aparecen por supuesto en el relevamiento pericial que descubre
once accidentes balísticos registrados en trece tomas fotográficas. Ninguno de
estos disparos había hecho blanco a espaldas del grupo vandorista, ni en sus
inmediaciones, pero el erróneo informe de Martínez permitió mantener a nivel
periodístico la ficción de que se había producido un auténtico tiroteo, con
fuego de ambos bandos: el 15 de mayo La Nación publicaba un croquis donde
aparecían las cuatro famosas "perforaciones".
Martínez y Dellepiane no resultaron más afortunados al atribuir la muerte de
Rosendo a "una herida de bala en la cara anterior de abdomen con orificio de
salida en región dorsal". Como se sabe, era exactamente al revés: la bala entró
por la espalda y salió por el ombligo. Dieciséis meses más tarde el segundo juez
de la causa, doctor Llobet Fortuny, censuraba amargamente el sumario policial: "No puede establecerse que la actitud de los conductores del procedimiento haya
sido maliciosa, pero sí al menos incauta".
Las cosas mejoraron algo cuando llegó el titular de la primera. El comisario
Luis Fernández da intervención al juez Néstor Cáceres, pide instructor a la
Dirección Judicial, solicita por radio la presencia de peritos, demora a los
testigos y a las dos y quince de la madrugada va al Fiorito donde en presencia
del inspector San Félix y el médico policial doctor Rodríguez Jiménez recoge las
últimas palabras del agonizante Zalazar:
"... nos trasladamos a la camilla donde se encuentra JUAN ZALAZAR y a instancias
del señor Médico, esta instrucción acierta hacerle algunas preguntas,
respondiendo ZALAZAR, con apenas un murmullo y en forma entrecortada, entre lo
que se destaca el nombre de VANDOR, relacionando su presencia en lugar, pues oyó
que lo nombraron y cree haber oído que decían ‘no tire VANDOR’ (Literal)."
El mundo se le borraba al ex boxeador, su perspectiva de derrotas, de hombres
sin trabajo y chicos desamparados. Entró en el coma, treinta horas después en la
muerte. Esas fueron sus últimas palabras, la plena conciencia de su drama.
13. "TODO BUENOS AIRES"
Tirado en el piso del Fiorito, Domingo Blajaquis apenas respiraba. Granato y los
Villaflor intentaban reanimarlo con masajes al corazón, cuando entre varios
trajeron a Rosendo. Enloquecido, Rolando se les fue encima, en la escaramuza le
pegó una trompada a un médico mientras Luis Costa escapaba a la calle.
A John William Cooke el teléfono lo despertó después de medianoche: el Griego
estaba herido. Eran amigos, en 1956 había compartido una de sus tantas cárceles.
Corrió al hospital, cuando llegó había un acta de defunción con la hora precisa:
una menos veinte. Le contaron.
Cooke mantuvo su acostumbrada serenidad, observó cómo el Fiorito se iba poblando
con los notables del peronismo oficial, diputados, senadores, dirigentes, cómo
crecía en los cuchicheos la ola de consternación que tan eficazmente iba a
utilizar el vandorismo: Rosendo había muerto a las doce y veinte.
-Disparen -dijo.
-Pero si nosotros estábamos desarmados.
-Disparen -dijo Cooke-. Les van a tirar con todo Buenos Aires.
Granato no podía creerlo. En su inocencia se había ofrecido para ir a buscar un
remedio que necesitaba con urgencia Nicolás Gerardi, herido del otro bando, y lo
había conseguido en Dock Sud, después de largo peregrinaje.
Al salir Rolando se encontró con Alonso que le dijo:
-Me parece que estoy herido en un pie.
Tenía la pierna paralizada por el rebote de una bala en la suela del zapato.
-Si es un pie, no es nada -dijo Rolando.
Tomaron un taxi y fueron a avisar a una hermana de Blajaquis que vivía en Gerli.
Volvieron a casa de Rolando, se cambiaron las ropas ensangrentadas. Rolando tomó
un colectivo a Buenos Aires, en busca de su amigo, el abogado Norberto
Liffschitz.
Raimundo Villaflor no supo que tenía sangre en la cara hasta que notó que un
vigilante lo miraba en el pasillo del Fiorito. Fue al baño, se lavó ante un
espejo. Regresaba de la furia, de la desesperación, eran las cuatro de la mañana
y estaba solo con Granato.
Al salir del hospital compraron los diarios. La profecía de Cooke empezaba a
cumplirse. Durante quince días únicamente el vandorismo hablaría por boca de la
prensa, mientras los sobrevivientes de la matanza pasaban a la clandestinidad.
Una sola persona, quizá, tenía en la tarde del sábado 14 un cuadro medianamente
claro de lo ocurrido. El instructor, comisario Néstor De Tomás, había acumulado
metódicamente en sesenta fojas el resultado de unas treinta diligencias, entre
ellas los ocho testimonios de mozos y propietarios de La Real. Tres eran
particularmente importantes.
Ramón García, copropietario del negocio, declaraba a fojas 27 que "momentos
antes de comenzar los disparos observó a una persona de espaldas quien se arrojó
sobre los que estaban reunidos" (en el sector Blajaquis) "agitando sus manos tal
como si golpeara a alguien". En su segunda declaración, ante el juez Llobet,
marcará en el croquis el lugar del incidente, que es el de Rolando Villaflor
agredido por Imbelloni.
El mozo Oscar Díaz "observó que una de las personas integrantes del segundo
grupo, se levantaba de improviso, dirigiéndose a la mesa de los primeros y sin
mediar palabras, comenzó a golpear a todos indistintamente, poniéndose de pie
los integrantes del segundo grupo y armándose de sillas comenzaron a golpear a
quienes en ningún momento había provocado. En ese instante comenzaron a
escucharse disparos..."
El testimonio de Fructuoso Hevia es aún más significativo por la posición
privilegiada que tenía como observador desde la caja registradora. Dice:
"En un momento dado, las personas que habían llegado en primer término se
levantan de la mesa presumiblemente con la intención de retirarse, y es en ese
preciso instante que una de las personas del segundo grupo, se levanta de
improviso, arrojándose contra los que ya se retiraban, comenzó a golpearlos,
siendo repelida la agresión."
Esta es una descripción bastante exacta de la acometida de José Petraca contra
Raimundo Villaflor. Pero Hevia dice más:
"En ese instante los demás integrantes del segundo grupo se sumaron a la
refriega originada, armándose algunos de sillas, agrediendo a los que llegaran
en primer término. Fue en ese instante que el dicente observó cómo la lucha
tomaba incremento y escuchó una serie de disparos de arma de fuego, cree que del
bando atacante."
El 19 de mayo surgirá un cuarto testimonio sobre el origen de la agresión. Es el
del joven comerciante Mario Basello, quien declara que "sin que existiera
discusión previa se armó un revuelo de mesas y sillas que partían de una mesa
instalada en el sector familiar... hacía otra ídem distante unos cinco metros...
Que luego de esa gresca entre ambos bandos con mesas y sillas siguieron disparos
de armas de fuego. Que el que depone... se hallaba... de pie junto al mostrador
bebiendo una coca-cola, es decir dando espaldas al local y con la vista al salón
familiar, de allí su aseveración acertada de que la provocación partiera de ese
grupo."
Un episodio tragicómico oscureció momentáneamente la pesquisa. En la madrugada
del 14 ingresa al Fiorito, herido de bala, Dante Navarro. Morirá después. A
fojas 104 Miguel Argüello, tras aclarar que está comprendido en las generales de
la ley "por la íntima amistad que lo une a la víctima Dante Navarro", explica
compungido cómo fue. Iba caminando con un tal Ruziak cuando se topan con Navarro
y entran en La Real. "El que habla en el instante preciso en que iba a penetrar
oye que alguien grita ‘traidores hijos de puta’; no obstante entra y en ese
momento observa una descomunal riña entre gran cantidad de gente, cuyo número no
pudo determinar". Navarro cae herido.
Es, como se advierte, una de las versiones más coloridas del tiroteo. Lástima
que sea totalmente falsa. Argüello había baleado a Navarro en otro lugar, por
motivos que no eran precisamente políticos, y se coló en la matanza de La Real.
"La íntima amistad que lo unía a la víctima" es una notable contribución a la
picaresca del hampa.
14. ENJUAGUES Y MISTERIOS
-Yo, Vandor, Negro, ¡te lo juro!, sabés cómo sé querer yo, y yo sé cómo pensabas
vos, te prometo que sí los trabajadores argentinos no ven aparecer a los
culpables en los próximos días, acá va a correr un río de sangre.
Estas son las palabras, quebradas por la emoción, que un periodista creyó oír de
boca de Augusto Timoteo Vandor en el cementerio de Avellaneda, la templada
mañana del 16 de mayo de 1966.
Hoy es preciso acudir a los archivos de las diarios para advertir que de las
palabras de Vandor ha quedado otra versión, menos hermosa pero acaso más fiel:
"Sí dentro de pocos días los responsables de este crimen no levantan la bandera
de la paz, entonces sí habrá un río de sangre". La diferencia podía parecer una
sutileza en aquellos momentos. Hoy es reveladora. La primera versión es lo que
Vandor debió decir, lo que todo el mundo esperaba que dijera, y tal vez por eso
creyó escucharlo el periodista de Primera Plana: Si no aparecen los culpables,
correrá un río de sangre. Pero los culpables no aparecieron, y el río de sangre
sólo ha corrido en el papel. La segunda versión en cambio se cumplió. Los que
Vandor llamaba responsables levantaron en efecto la bandera de la paz y ya el
río de sangre era innecesario. Vandor no tenía interés en que "apareciera"
nadie, ni los guardaespaldas que lo secundaron, ni los sobrevivientes que iban a
denunciarlo.
Una transformación casi milagrosa se había operado en el hombre que cincuenta
horas antes, en el sindicato Municipales de Avellaneda, lloraba por anticipado
la muerte de Rosendo, y el fin de su carrera política. En una de las farsas más
espectaculares que haya presenciado el país, aparecía ahora corno el vengador de
su propia víctima.
Decenas de coches cargados de flores habían precedido el féretro del último
caudillo de Avellaneda. Una de las coronas ostentaba el nombre de Juan Perón. La
que mandó Isabel Perón, en cambio, había sido pisoteada y destruida por
furibundos vandoristas. Una muchedumbre enorme y apesadumbrada caminó durante
dos horas detrás de las eminencias del peronismo, acompañadas por políticos de
todos los partidos, mientras las fábricas paraban y la ciudad entornaba sus
puertas. Monseñor Podestá ofició el responso. La policía, entretanto, demoraba
la entrega del cadáver de Zalazar para "evitar incidentes".
Sin visitar a Rosendo en el Fiorito ni aguardar el desenlace, Vandor se había
trasladado a la sede de la UOM, en la calle Rioja, donde convocó al abogado
Fernando Torres. De allí surgió una estrategia elemental pera efectiva:
proseguir la destrucción de la prueba iniciada por la policía. Armando Cabo se
encargó de reunir las armas utilizadas y hacerlas desaparecer. Alguien sustrajo
del Fiorito el saco, el chaleco (perforados de bala) y la corbata de Rosendo.
Cabe suponer que de Gerardi también ha desaparecido alguna ropa, pues la única
que consta en autos es una camisa de corderoy que en el acta de recepción de la
comisaría es "azul" mientras que en la pericia balística sobre ropas es "gris":
parece poco abrigo para una noche invernal. El propio Gerardi fue sacado del
hospital, conducido al policlínico de la UOM en la calle Pueyrredón y operado
por el doctor David Bracuto, quien dice que le extrajo un proyectil 45 y lo
entregó no a la instrucción sino a Fernando Torres.
Han pasado treinta y seis horas desde el tiroteo cuando Torres, invocando "su
carácter de apoderado general de la Unión Obrera Metalúrgica", se presenta con
el saco. El instructor le pregunta quién se lo dio. Responde que "una persona
cuyo nombre y apellido se reserva, amparándose como letrado dentro del secreto
profesional". Entrega también la bala de Gerardi.
El 16 de mayo vuelve a presentarse el milagroso doctor Torres. Trae esta vez un
revólver Colt 38 con seis proyectiles intactos "que perteneciera a la víctima de
autos Rosendo García".
-¿Quién se lo dio, doctor?
-Secreto profesional, comisario.
La destrucción de la evidencia se completará con el ocultamiento de los
protagonistas. A La Real han entrado por lo menos quince. Los mozos mencionan
doce porque los tres restantes se ubicaron aparte. La táctica consiste en
suprimir a los guardaespaldas y presentar solamente a los heridos, a Vandor (no
hay más remedio), a Castillo, diputado protegido por sus fueros y al inofensivo
asesor Barreiro. Sus declaraciones, obviamente concertadas, mienten en los
mismos puntos. Así Julio Safi dice que estaba por entrar en La Real en compañía
de Castillo cuando empezó el tiroteo y se sintió herido. La verdad es que había
entrado y se había sentado, pero la negativa le permite sostener que "no
reconoció a ninguna de las personas que reñían" y que "tampoco pudo ver a la
persona de Augusto Timoteo Vandor u otro perteneciente al gremio metalúrgico".
Casi un año más tarde admitirá ante el juez Llobet que entró, que "al llegar al
bar se encontró de frente con Rosendo García" (metalúrgico) "y con Gerardi, de
quien es amigo ... que Rosendo García lo invitó a tomar un café o una copa" y
que permaneció en La Real "dos o tres minutos, que pudieran ser cuatro".
Barreiro declara haber visto solamente a Rosendo, Vandor y Gerardi. Admite que
había varias personas más pero "no les prestó atención alguna". Castillo repite
la versión de Safi y asegura que se quedó en la calle. Cuando termina el tiroteo
lleva en su auto el cuerpo de Rosendo ayudado por "varias personas" a las que
considera "simples transeúntes a los que no conocía". Tales simples transeúntes
eran Imbelloni, "Tiqui" y Rodríguez: Castillo los conocía perfectamente.
Pocas horas después de la farsa en el cementerio de Avellaneda, declara el
propio Vandor. Cuenta su llegada a La Real:
-Me senté de espaldas a Sarmiento. Como una cosa que ya resulta común, varios
compañeros que seguramente nos habían reconocido, entraron y se sentaron a mi
lado.
COMISARIO DE TOMAS: -¿Quiénes eran?
VANDOR : -No conozco sus apellidos, pero tengo la esperanza de individualizarlos
e invitarlos a que concurran a prestar declaración.
Ya va para tres años que el dirigente metalúrgico alienta esa esperanza. La
memoria, infortunadamente, no le ayudó a identificar a sus propios
guardaespaldas.
Describe sus temores, su "sexto sentido" el incidente del baño, y agrega:
"A todo esto Rosendo, nervioso por naturaleza, se hallaba cada vez en mayor
tensión. Transcurren escasos segundos y de pronto, tres o cuatro de los
individuos de la otra mesa se ponen de pie, aclara que no medió provocación
alguna de parte de ningún grupo, y al ruido de las sillas al levantarse, sumado
a la atención que prestaba el dicente, hizo que rápidamente se percatara de la
situación, tratando de buscar refugio, no así García, que imprevistamente dando
un salto y con los brazos en alto se pone frente a los atacantes. En ese momento
el dicente escucha un disparo y casi de inmediato una sucesión de ellos..."
Subrayemos: García dando un salto y con los brazos en alto se pone frente a los
atacantes, y en ese momento se escucha un disparo. Sin quererlo, Vandor prueba
que Rosendo fue muerto por su propio grupo. Basta recordar que la bala le entró
por la espalda.
Pretende Vandor que "ya agazapado perdió la noción de cuanto lo rodeaba". Quizá
para explicar el abandono que hace de Rosendo, afirma que "suponiendo el dicente
que la reyerta no había tenido mayores consecuencias, se dirige a la central de
calle Rioja". Omite la escena de llanto público en Municipales. Simula que dejó
a su chofer Taborda en el auto. Alega que no vio a Safi ni Castillo. En ese
punto el instructor, haciéndose eco de un secreto a voces, le pregunta:
-¿Estaba sentado Cabo junto a usted?
Vandor: "Que terminantemente, refiere que sentado junto al que habla no se
hallaba ni Dardo, ni Armando Cabo". Dardo Cabo (que más tarde iba a comandar la
expedición a las Malvinas) no tuvo por supuesto la menor intervención en la
matanza de La Real. Pero su padre, Armando, ocupaba la silla contigua a Vandor.
Juan Taborda, chofer de Vandor, arguye que no entró en La Real. Se quedó en el
auto y no vio a nadie más que Rosendo y Vandor. Olvida explicablemente que fue
el iniciador del tiroteo. No será siquiera procesado.
El interrogatorio de Nicolás Gerardi es postergado hasta el 26 de mayo, por
indicación de los médicos de la UOM. Dice que llegó a La Real con Vandor y
Rosendo, y que "con ellos penetraron varios muchachos que él reconoce como
activistas metalúrgicos... cuyos apellidos desconoce". Cabe preguntarse por qué
el desdichado Gerardi protege de este modo a sus propios heridores. Estaba a
merced del aparato de la UOM. Más tarde administraría desde un sillón de ruedas
el hotel metalúrgico en Mar del Plata.
Una parte del testimonio de Gerardi es a pesar de todo prueba de cargo. Fojas
108 v.:
"Inmediatamente tres o cuatro individuos de la mesa observada se ponen de pie,
moviendo sillas y mesas de manera brusca, sin que mediara ninguna provocación
por parte de la mesa integrada por el dicente. En el acto Rosendo se levanta
imprevistamente, dando un salto y sin nada en las manos se pone frente a los
atacantes. Sonó un disparo en la mesa contraria..."
Subrayemos una vez más: sin nada en las manos, frente a los atacantes, sonó un
disparo que Gerardi atribuye a la mesa contraria sin explicar por qué. Un año
después Gerardi admitirá que "esa noche no vio a ninguna persona con armas ni
antes, ni durante, ni después del conflicto".
Entretanto, alguien le ha soplado al instructor el nombre de un tal "Imbellone".
El doctor Torres saca un nuevo conejo de su inagotable galera: presenta a Ángel
Imbelloni que no tiene más relación con los hechos que ser hermano de Norberto.
Descubierto el truco, comparece Beto, quien relata su incidente en el baño pero
omite su pelea con Rolando y no identifica a otros actores que Rosendo, Gerardi
y Vandor.
El 19 de mayo inopinadamente el comisario De Tomás resuelve cambiar la carátula
del sumario, de homicidio simple a triple homicidio y lesiones graves en riña.
Ordena sin embargo la detención de Vandor y designa para buscarlo al cabo
Antonio Crucci. Dejando a salvo sus grandes méritos como torturador (hoy
procesado) Crucci no era quizá la persona indicada. El 20 de mayo informa que
Vandor y Barreiro "han desaparecido de sus domicilios y lugares que frecuentaban
asiduamente".
El destino del vandorismo pasaba en ese momento por esferas más altas que las de
Crucci y el propio De Tomás. Las febriles negociaciones, los encuentros, las
conjeturas sobre cifras en juego han engrosado el folklore judicial. Lo cierto
es que el mismo 20 de mayo Vandor conseguía que el juez de la causa, Néstor
Cáceres, lo eximiera de prisión. Armado con ese papelito, se presenta en
Avellaneda y le dice rotundamente al instructor que él no habla más: por lo
menos en la comisaría.
15. LA MONTAÑA CRECE
Entonces yo agarré y me fui a mi casa. En mi casa me quedé un día, y mi mamá me
preguntaba, Qué te pasa, qué te pasa, le digo No, no nada, nada. No ves el
problema que hay, qué querés que haga. Me dice, Pero qué te pasó, le digo No,
nada, nada, y entonces me dice, Cómo, no vas a dormir hoy a tu pieza, le digo
No, me voy a quedar acá, y entonces mi mamá desconfiaba, Cómo, si nunca se queda
acá, qué raro. Entonces yo no podía dormir, ni dormí. Al otro día me fui de mi
casa. Me fui, fui a casa de unos amigos, después volví de nuevo a mi casa, y mi
mamá me dice, Cómo no te pasó nada ayer, si ayer mataron a Zalazar, estaba
herido Zalazar, y mataron a Blajaquis. Le digo No, lo que pasa es que yo no te
quería contar nada, si vos sufrís del corazón, para qué más problemas, bastante
con lo, me dice Sí, pero cuidate porque ahora te van a, te van a matar a vos y
yo, mi mamá lloraba, le digo No, no me van a matar le digo, no, de jame que no
me va a pasar nada. Entonces yo agarré y me fui. Me fui, iba a ir a, ya había
pasado un día y pico, iba a ir al velorio de Zalazar, pero unos amigos me dicen,
No, no vayás, porque ahí te van, ahí te van a.
Hacía bien Francisco Alonso en desconfiar. En sus declaraciones ante el
instructor los vandoristas pretendían ignorar la identidad de sus rivales :
"Nadie quiere jugarla de delator", explicó a Primera Plana un dirigente. Por
debajo, la verdad era menos bella. Un breve parte del cabo Crucci, fechado el 20
de mayo, la pone al descubierto: "Según versiones circulantes dentro de personas
vinculadas al gremio metalúrgico, entre los integrantes del grupo isabelino
figuraría una persona de apellido Alonso".
La identidad de los hermanos Villaflor y de Granato había sido revelada a la
policía por un hermano del mismo Blajaquis, de nombre Jacinto. El instructor
pidió su paradero y después su detención.
Los sobrevivientes de la matanza pasaron a una lúgubre clandestinidad. De
refugio en refugio, durmiendo amontonados, a veces cuatro en una cama, una
formidable campaña de prensa descargaba sobre ellos toda la indignación del
país. A veces escuchaban con un sobresalto las noticias radiales que los
imaginaban cercados en tal o cual lugar. No habían podido asistir al entierro de
sus amigos queridos. Cuando cambiaban de escondite, era de noche, furtivamente.
La Banca Tornquist no permaneció del todo indiferente a sus destinos: el 19 de
mayo la empresa Conen ordenaba el despido de Raimundo Villaflor. De este modo
Tornquist expresaba su solidaridad nunca desmentida con Vandor y el mecanismo de
delación interna que tantos estragos ha causado entre los delegados de Tamet y
otras empresas del grupo.
En los medios peronistas, la verdad se iba filtrando lentamente. Ya en el
entierro de Zalazar, Alicia Eguren había formulado contra el vandorismo una
acusación apenas velada. Una reunión en el sindicato de Sanidad, dirigido
entonces por Amado Olmos, permitió esclarecer los hechos ante dirigentes
obreros. Olmos prestó su automóvil para realizar las diligencias judiciales
necesarias. Una campaña reunió penosamente los ciento veinte mil pesos de las
fianzas. José Alonso, en cuyo nombre -según los diarios- se habían enfrentado
las facciones de La Real, contribuyó con quince mil pesos, algo así como la
milésima parte de la valuación de su finca en la calle Santos Dumont.
Detrás de Vandor, habían sido eximidos de prisión Barreiro e Imbelloni. Esto
decidió al doctor Liffschitz a presentar a sus propios defendidos. Pero antes
hubo una reunión de abogados de las partes.
Viendo crecer la prueba en contra a pesar de sus manejos, el vandorismo había
echado a rodar una nueva versión de los sucesos. Según esta fábula, un "tercer
grupo" formado por policías de la provincia de Buenos Aires intervino en la
riña, la convirtió en tiroteo y se hizo culpable de las muertes. Era una forma
de remitir al limbo la identidad de los victimarios, y un aporte circunstancial
al clima del golpe militar que se estaba gestando contra el gobierno radical.
Torres propuso abiertamente a Liffschitz que aceptara esa versión. Liffschitz la
rechazó y el 31 de mayo presentó al instructor sus defendidos Raimundo y Rolando
Villaflor, Francisco Granato y Francisco Alonso. Con excepción de Horacio, que
no aparece, constituyen la totalidad del grupo sobreviviente de Blajaquis.
Sus declaraciones son las más amplias y ricas en detalle incorporadas a la
causa. En minuciosos croquis, los cuatro identifican y ubican correctamente a
Rosendo, Vandor, Safi e Imbelloni. Cometen errores parciales con Gerardi y
Barreiro, a quienes no conocían bien. Describen a los desconocidos. Los
vandoristas son diez en las reconstrucciones de Raimundo y Alonso; once, en las
de Granato y Rolando. Ninguno menciona a los tres guardaespaldas en la mesa de
Luis Costa, que habían sido vistos borrosamente por Alonso y Rolando.
Probablemente no querían dar pábulo a la versión del "tercer grupo". El
solitario Acha también les pasó inadvertido.
Raimundo dice que Vandor extrajo una pistola, aunque no lo vio tirar porque en
ese momento estaba ocupado con Gerardi; Rolando dice que Vandor, con una pistola
45, "tiraba continuamente y al montón... en su cara reflejaba una desesperación
tal que daba la sensación que quería barrer con todo lo que había delante".
Granato sostiene que lo vio tirar con una pistola "e inclusive escuchó a alguien
del grupo antagónico que decía: ‘No tire Vandor, no tire Vandor’ ", confirmando
así el testimonio de Zalazar moribundo. Alonso dice que Vandor sacó una pistola.
A pesar de la unanimidad, éste es un punto conflictivo: como veremos luego,
Imbelloni asegura que Vandor tiró con un revólver 38.
Esa noche por primera vez los diarios desplegaron la versión de los atacados.
Entretanto el laboratorio balístico forense de la policía provincial aportaba
una prueba decisiva. Es la pericia realizada por el comisario inspector Arnaldo
Romero. Tras describir los once accidentes balísticos que ya mencionamos, llega
a las siguientes conclusiones:
"a) Que en el interior del bar y pizzería La Real, se han constatado cuatro
perforaciones, cinco impactos y dos roces de proyectiles servidos por armas de
fuego.
"b) Que el roce ubicado en el mostrador móvil corresponde a un proyectil de
grueso calibre tal como el .44 ó .45.
"c) Que la perforación en la mesa situada en el sector bar, ha sido producida
por un proyectil calibre .44 ó .45.
"d) Que la perforación existente en la silla corresponde a un calibre no mayor
del .38.
"e) Que se han efectuado dentro del local por lo menos nueve disparos, con las
consecuencias ya señaladas.
"f) Que se han utilizado armas de distintos calibres.
"g) Que no se ha verificado huellas de ahumamiento o tatuaje, que son evidencias
de disparos próximos al blanco.
"h) Que se han constatado dos zonas claras y definidas desde donde partieron los
disparos, una de ellas situada en las proximidades de la puerta de acceso que da
sobre la calle Sarmiento, y la otra en el sector familiar. En el plano adjunto,
para su mejor interpretación, se marcan las áreas de tiro que son señaladas con
las letras "A" y "B".
"i) Que desde el área "A" se efectuaron disparos hacia el NO. y desde el área "B" (sector familiar), disparos de arma de fuego también hacia el NO. y hacia el
sector bar, o sea el SO.
"j) Que no existen huellas de que se hayan efectuado disparos dirigidos hacia el
sector familiar o a las adyacencias de la puerta de acceso a la calle
Sarmiento".
En resumen, que se ha tirado desde la puerta (área A) y desde el sector familiar
o vandorista (área B). No se ha tirado contra la puerta ni contra el sector
vandorista. No se dice pero surge del plano, y lo admitirá más tarde el propio
juez Llobet, que hay una única zona batida por las dos áreas de fuego, y que esa
zona es la que ocupaba el grupo Blajaquis .
La conclusión es transparente: el grupo vandorista tiró, el otro no tiró.
La pericia es un buen trabajo. Para ser perfecta debió establecer el calibre de
todos los impactos y perforaciones. Si es posible determinar el calibre del
proyectil que produce un simple roce en un mostrador, cabe dentro de lo
razonable exigirle al perito que diga qué clase de bala hizo un nítido agujero
en una vidriera.
De todos modos, las cosas empezaban a ponerse feas para Vandor.
-Si esto fuera menos conversado -se le oyó decir tristemente al comisario De
Tomás-, ya estaría todo resuelto.
16. EL DOCTOR CÁCERES: INCOMPETENTE
En el mes de junio, a medida que se precipitaban en el país los acontecimientos
políticos, la investigación entraba progresivamente en coma. El día 6 el
comisario De Tomás da por terminada la instrucción y eleva las actuaciones al
juez de La Plata, Néstor Cáceres. El 17 se recibe la pericia balística sobre
ropas, armas, cartuchos, vainas y proyectiles. Contiene una novedad sensacional,
que pasa inadvertida para todo el mundo.
La autopsia de Rosendo había establecido ya que su muerte fue provocada por un
proyectil "con orificio de entrada en la región dorsal sobre la línea media a
nivel de la duodécima vértebra dorsal y orificio de salida en la cara anterior
del abdomen".
Pero la pericia efectuada sobre el saco, la camisa y la camiseta, afirma: "a)
Que las ropas de Rosendo García han sido afectadas por un disparo de arma de
fuego... ; d) Que no se ha constatado orificio de salida del proyectil".
Dicho. de otro modo, la bala que atravesó el cuerpo de Rosendo, se paró ante la
camiseta. Esta impresión se acentúa cuando a fojas 11 v. del expediente leemos
que el secretario del instructor ha recibido: "Correspondientes a la víctima
Rosendo García, los efectos que se detallan: una camiseta de malla, con manchas
de sangre en su parte posterior; una camisa blanca, mangas largas, también con
sangre en su parte posterior". Parece, pues, que en estas ropas no sólo no hay
orificio de salida; ni siquiera hay sangre en la parte delantera, donde salió la
bala que había rozado la aorta y provocado una terrible hemorragia.
Estos absurdos resultados son el fruto de la sistemática adulteración y
manipuleo de la prueba.
Blajaquis, continúa la pericia, fue alcanzado por un proyectil de un calibre no
mayor al 45, dirigido de adelante hacia atrás, de derecha a izquierda y de
arriba hacia abajo. "Debió no estar erguido, fundamentado este concepto, en base
a la altura del orificio de entrada en relación a la estatura de la víctima". En
resumen, a Blajaquis lo mataron sentado.
En las ropas de Zalazar no hay perforaciones. Recibió un tiro en la cara y se le
extrajo una bala 38.
La camisa de Gerardi tiene un balazo en la espalda. El proyectil que se le
extrajo y el que apareció en el lugar del hecho han sido disparados por la misma
arma. Las cinco vainas encontradas también han sido servidas por una misma arma
de calibre 45.
El revólver Colt entregado por Torres como propiedad de Rosendo no había sido
disparado en fecha reciente. El Eibar 38 (de Juan Ramón Rodríguez), alojaba seis
cartuchos, uno de ellos percutido en forma excéntrica por desajuste del tambor:
el disparo no salió.
El 28 de junio, cuando los tanques calentaban sus motores para inaugurar la era
de Onganía, aparece Norberto Imbelloni ante el doctor Cáceres y recuerda que
tiene una causa anterior en un juzgado de Bahía Blanca. Una semana después
Cáceres arguye esa novedad, para declararse incompetente, e invocando un
artículo del Código de Procedimientos, un inciso de otro artículo, tres
acordadas y una sentencia de la Corte, remite la causa al doctor Llobet Fortuny.
El juez de Bahía Blanca se la devuelve, persignándose sobre otro artículo del
mismo código. Cáceres saluda ese artículo, admite que se equivocó de inciso,
emboca el inciso adecuado y plantea la cuestión de competencia. Siguen cuarenta
y dos días de parálisis total.
El 22 de agosto presta declaración indagatoria Augusto Timoteo Vandor. Ha
perfeccionado su relato. Ahora resulta que al comenzar el tiroteo no sólo se
"agazapó" sino que "se tiró al suelo y se levantó recién cuando ya había cesado
el incidente". De la existencia de Imbelloni, "que pudo o no estar en su mesa",
se enteró después. No tenía armas, no ha hecho fuego, sigue sin recordar los
nombres de sus acompañantes.
Durante seis meses más, el expediente fue celebrado por la polilla. El 14 de
febrero de 1967 la Suprema Corte de la provincia notifica a Cáceres que los
códigos, artículos, incisos, causas, acordadas y sentencias coinciden en que la
causa por la masacre de Avellaneda pase al lejano juzgado de Bahía Blanca.
El tiempo transcurrido no le ha alcanzado al doctor Cáceres para disponer el
careo de los protagonistas, identificar a los ausentes por el sistema identikit,
confrontar a Taborda y Cabo (mencionados en el expediente) con el grupo atacado
y con los mozos, periciar el pantalón de Safi, reconstruir sobre el croquis
policial la posición de los protagonistas, advertir las contradicciones sobre la
ropa de Rosendo e investigar las dudosas intervenciones del doctor Torres.
17. LOS SALTOS GIRATORIOS
El revólver con que Miguel Argüello mató a Dante Navarro, a pesar de "la íntima
amistad que los unía", estaba animado del mismo espíritu burlón que su dueño.
Sin que nadie sepa por qué, aparece entre las armas y efectos recibidos por el
juzgado de Bahía Blanca. El doctor Llobet Fortuny seriamente ordena periciarlo
para establecer si con él se ha dado muerte a Zalazar. La respuesta, por suerte,
es negativa.
En abril de 1967, propietarios, mozos y parroquianos de La Real inician su
peregrinaje a Bahía Blanca y repiten sus declaraciones, más cautelosas que las
primeras. Sánchez, que antes había visto una mano disparando un revólver, ahora
se acuerda del revólver pero no de los disparos. El comerciante Basello, que ha
tenido un año para reflexionar, invierte su testimonio: "sin intervención alguna
de la gente" que estaba en el sector vandorista, se armó en el sector opuesto un
revuelo de mesas y sillas.
EL JUEZ. -Eso es lo contrario de lo que usted ha declarado.
BASELLO. -Me habré confundido, doctor.
García, Hevia y Díaz confirman en cambio el origen de la agresión.
Gerardi agrega algún detalle a su testimonio anterior: "tiene el vago recuerdo
de haber visto entrar del lado de Mitre al diputado De Cicco y al doctor Sanz,
diputado provincial".
Son dos testigos falsos, según Imbelloni, sugeridos por la inagotable inventiva
del doctor Torres. Valentín De Cicco, metalúrgico, declara que al entrar en La
Real vio a Gerardi "discutiendo o conversando"; a Vandor "que parecía estar
cayéndose o agachándose" y "se tomaba de la mesa con una de las manos"; señala
en el croquis una, posición donde Vandor nunca estuvo; salió a la calle
arrastrado por la gente, pasado el tiroteo entró con Sanz y se cruzaron con
Vandor, que "se incorporaba por detrás de una mesa" ; vieron tres heridos, entre
ellos Gerardi y Rosendo; "el doctor Sanz, como médico, les echó un vistazo y le
dijo al declarante: «Che, están jodidos»". Lo que toda esta colorida invención
tiende a demostrar es que Rosendo, caído, no estaba en la línea de fuego de
Vandor. Para eso hay que arrastrarlo detrás del mostrador de la heladera.
El doctor Sanz repite la fábula, pero menos hábil que De Cicco debe marcar dos
veces la posición de Vandor, y otras dos las de Rosendo, para que al fin se
interponga entre ellos el codo del mostrador...
El 2 de junio de 1967 por primera vez se constituye el doctor Llobet en La Real,
sin que de esa visita surja nada concreto. Totalmente desorientado, la emprende
entonces contra el único punto sólido de la pesquisa: la pericia balística. El
22 de junio formula al perito tres preguntas. La tercera quiere saber si los
roces, perforaciones e impactos que menciona el laboratorio "son sin duda
producto de disparos de armas de fuego" ; y no, digamos, de otros tantos
sartenazos o tentativas frustradas de clavar un clavo.
La segunda muestra, en cambio, la dirección en que están funcionando las ideas
del juez. A saber: "Si en su criterio técnico no resulta aventurado atribuir a
las zonas de tiro identificación segura con la posición. de dos grupos
antagónicos en el local, atendiendo al escaso perímetro en que se movieron
presumiblemente y con extrema rapidez las numerosas personas que intervinieron
en la agresión o que buscaron protección".
La respuesta del comisario inspector Romero es cortante. La fundamentación
técnica de que los roces, perforaciones e impactos corresponden a disparos de
armas de fuego descansa "en las características morfológicas netas y bien
definidas que se apreciaron a la observación física directa o indirecta,
realizada esta última mediante el auxilio de instrumental de óptica adecuado.
Estas características están representadas fundamentalmente por las formas,
profundidad, coloración, dirección, residuación, fricción, zonas de
enjugamiento, etcétera".
"En cuanto al punto segundo -dice el perito- hago constar que identifiqué con
absoluta seguridad dos zonas definidas de tiro". Agrega, naturalmente, que no ha
asignado ubicación en ellas a presuntos grupos antagónicos, y aprovecha para dar
al magistrado una velada lección sobre los respectivos oficios : "Para fundar mi
apreciación de las zonas de tiro, no he tenido en cuenta otra cosa que las
huellas de impacto de proyectil de arma de fuego que localizara en el ámbito del
suceso... haciendo absoluta abstracción de dimensiones del local, movilización
de actores y toda otra circunstancia extrapericial".
Abruptamente, el 18 de septiembre de 1967, el doctor Llobet Fortuny decide
sobreseer a todo el mundo.
El auto de sobreseimiento se funda en una serie de datos falsos, de presunciones
erróneas y de testimonios y pruebas mal interpretados, que merecen examinarse en
detalle.
Considera el juez que Rosendo García fue herido "por un proyectil del calibre
38", lo que es verosímil, pero no está probado en las actuaciones que juzga. En
efecto, esa presunción se basa en el peritaje de ropas que, tras ser manipuladas
por el abogado de una de las partes, ofrecen la increíble contradicción de no
presentar orificio de salida del proyectil, a pesar de pertenecer a una víctima
atravesada por un balazo.
Acepta el juez, sin más ni más, las declaraciones de Sanz y De Cicco. Elude en
cambio o minimiza el testimonio de los mozos, alegando que "sólo Díaz y Hevia
atribuyen la primera hostilidad a un desconocido... de la mesa del segundo
grupo". Omite la declaración coincidente de Ramón García, y olvida señalar que
estas tres personas son la mitad del personal presente (Sánchez y Marín estaban
adentro, en la cuadra) y las más próximas al lugar de los hechos.
No tiene en cuenta para nada las palabras que oyó Zalazar al comenzar el tiroteo
y que repetiría antes de morir: "No tire, Vandor". Cabe presumir que si alguien
le gritó a Vandor que no tirara, es porque éste ya estaba tirando, o iba a
hacerlo, y en todo caso empuñaba un arma.
Deduce correctamente el magistrado que "la zona única batida, o sea el punto
donde se entrecruzan las trayectorias de los disparos, coincide con el lugar
donde había estado el primer grupo" (o sea el de Blajaquis). Con esto sólo, ha
llegado el juez al centro de la verdad. Pero en seguida la descarta: "El mismo
perito declara relativa la posibilidad de atribuir únicamente al segundo bando
los disparos que dejaron huellas". El perito no declara ni puede declarar tal
cosa, porque no entra en sus funciones. El perito, en principio, ignora hasta la
existencia de bandos. Analiza un escenario vacío, las huellas que han quedado en
ese escenario, y dice: dos zonas de tiro, no dos bandos. Lo que el perito dice
es: No he tenido en cuenta otra cosa que las huellas de impactos, haciendo
abstracción del movimiento de los protagonistas y de toda otra circunstancia
extrapericial.
Pero el doctor Llobet alcanza el sumum de la parcialidad cuando por su propia
cuenta, sin respaldo alguno en los hechos, oponiéndose a la prueba de los
hechos, afirma: 2Hubo en todo caso una tercera zona de tiro con respaldo en las
mesas del primer grupo y en dirección al lugar donde estaba el segundo".
Sosteniendo, pues, que desde el grupo Blajaquis se tiró hacia el grupo Vandor,
el juez se sustituye al perito y contradice con una invención el examen
científico.
Se funda para ello en la posición en que según él cayeron las víctimas: "Gerardi
casi junto a su silla; García junto a la cabecera de su mesa, y Safi fue
alcanzado desde atrás, cuando corría hacia la puerta de los hechos".
¿De dónde saca el juez que Gerardi cayó "casi junto a su silla"? Según él, "del
conjunto de la prueba reunida". Ese conjunto de la prueba se reduce a la primera
declaración de Gerardi, que Gerardi desestima en la segunda. La primera vez ha
dicho (fojas 108): "Sonó un disparo de la mesa contraria (sic) y en seguida
varios más y allí el que depone se siente herido". La segunda vez declara (fojas
449): "...el declarante se sintió herido. Que en ese primer momento el
declarante debe haber perdido el conocimiento porque no recuerda haber caminado;
pero sin embargo debe de haberlo hecho porque cuando recuperó la conciencia
estaba caído muy cerca del lugar donde estaba caído también García".
Subrayemos: Gerardi debió caminar; por lo tanto no cayó "junto a su silla".
Ningún testimonio, ni siquiera los de Sanz y De Cicco, ubica a Gerardi caído "casi junto a su silla".
En todo caso lo que el juez desestima es que Rosendo, Gerardi y Safi fueron
heridos por la espalda, y que tanto en las posiciones que él acepta, como en la
posición corregida para Gerardi, lo único que tenían a la espalda es el grupo de
Vandor. Lo que esto prueba, no es entonces lo que dice el juez: prueba
precisamente lo contrario.
El mismo lo ha dicho, aunque no quiera verlo: "La zona única batida... coincide
con el lugar donde había estado el primer grupo". ¿Cuál fue entonces el punto
batido por su "tercera zona de tiro", cuál fue esa zona suicida que tira y se
bate a sí misma en el único punto batido? Me gustaría que el señor juez la
dibujara en el croquis.
Sin embargo él insiste, ciegamente: "Si se admite que hubo zonas o agrupamientos
de tiradores, debe también admitirse que ellas no señalan a uno solo de los
grupos sino a los dos". Quod erat demostrandum.
"En el segundo grupo -continúa el magistrado- estaban Augusto Timoteo Vandor,
Rosendo García, Nicolás Severo Gerardi, Emilio Héctor Barreiro, Norberto
Imbelloni y Julio Safi". ¿Nadie más? Esta es, por supuesto, la falla más
catastrófica de toda la investigación, que se traga ocho participantes del grupo
Vandor: más de la mitad.
Aduce luego el doctor Llobet los antecedentes penales de Rolando y su enemistad
y la de su grupo con Vandor, para señalar las "vivas sospechas de parcialidad"
que despiertan sus testimonios. Es bien curioso que la enemistad que sirvió para
masacrar a Zalazar y Blajaquis se invoque ahora para sobreseer a sus asesinos.
Solamente en este caso hace el juez la evaluación de una personalidad. Claro que
no tenía a su alcance los antecedentes de Costa, Valdés, Tiqui y otros bellos
personajes.
"Miente o se confunde Raimundo Villaflor -pontifica el juez- al decir que golpeó
a Gerardi". ¿En qué se funda? En que "la pericia médica no encontró en Gerardi
otra lesión que la del balazo que lo paralizó". ¡ Bravo! Pero resulta que el
brevísimo informe del médico policial se refiere tan solo a la herida de bala y
sus graves efectos (shock, hematuria, trastornos motores y sensitivos). No dice
que no existan lesiones menores. Raimundo tampoco declara que lo haya lesionado;
dice que lo golpeó. Si la caída no produjo lesiones, ¿por qué habrían de
producirla los golpes? Lo más lógico es que tanto la caída como los puñetazos
hayan provocado alguna magulladura de escasa importancia, y que esa escasa
importancia explica su ausencia en el informe. Dice el juez: "Gerardi no tendría
interés en encubrir la acción de su supuesto atacante". Por pasiva: ¿qué interés
tendría Raimundo en declararse atacante? Cualquier médico pudo explicarle al
doctor Llobet que son comunes los estados de amnesia que borran de la memoria
los episodios inmediatamente anteriores a un shock violentísimo como el que
sufrió Gerardi.
Cuando llega el momento de pronunciarse sobre la muerte de Rosendo, dice el
doctor Llobet que "pueden formularse sólo conjeturas". Y en tren de formularlas,
acierta con la siguiente: "Podría calcularse como posible que al ponerse de pie,
dando la espalda al primer grupo, desde allí pudo llegarle de inmediato el
disparo que a su vez bien pudo haber sido dirigido a Vandor, que estaba en la
misma línea de tiro".
Pero, ¿quién le ha dicho al juez que Rosendo dio la espalda al primer grupo, al
de Blajaquis? Le han dicho todo lo contrario, a saber
VANDOR. – "García..., imprevistamente, dando un salto y con los brazos en alto,
se pone frente a los atacantes. En ese momento el dicente escucha un disparo..."
(fojas 49 v.). "Rosendo García... dio un salto poniéndose de pie, con los brazos
en alto y dando el frente a la otra mesa: que después de esto sonó el primer
tiro..." (fojas 279).
GERARDI. – "En el acto Rosendo se levanta imprevistamente, dando un salto y sin
nada en las manos se pone frente a los atacantes. Sonó un disparo..." (fojas 108
v.).
Estimulado en su inventiva por la facilidad con que contradice todos los
testimonios existentes, prosigue el doctor Llobet Fortuny: "García, según las
referencias, se puso de pie y luego saltó girando para dar frente al otro grupo,
agitando las manos en alto. Cabe en lo probable que en ese instante ya estuviese
herido, puesto que cayó aproximadamente en el sitio".
Para esta acrobacia del razonamiento, era necesario convertir al propio Rosendo
en un Nijinsky, que se pone de pie, da la espalda al otro grupo (único modo de
que el balazo entre perpendicular a la espalda), "salta girando" y sólo entonces
"da frente" a los atacantes mientras suena el disparo que lo hirió cuando estaba
de espalda, camina todavía varios pasos y cae junto a la cabecera, ¿o se olvida
el doctor Llobet que allí lo dejó ocho fojas antes, y no "aproximadamente en el
sitio"?
No hay una sola referencia que diga que Rosendo "saltó girando". Ese salto
giratorio sólo figura en la imaginación del doctor Llobet.
Supone el magistrado que "las circunstancias con respecto a Gerardi también
pueden conjeturarse de modo similar. También estaba en la línea de tiro hacia
Vandor y recibe el balazo en la línea axilar posterior derecha, es decir, que si
fue herido al ponerse de pie como él mismo lo refiere, el proyectil vino desde
atrás a su derecha, donde estaban sus antagonistas". Lo que cuenta Gerardi en su
segunda declaración es que "se puso de pie García y también el declarante, con
la intención de tomarlo de un brazo e impedir que se dirigiera a la mesa B" y se
sintió herido. Para que las hipótesis del juez fuesen aceptables, habría que
admitir que Gerardi no enfrentó al grupo adversario, ni se dio vuelta siquiera
ligeramente hacia la derecha para tomar de un brazo a Rosendo; que el grupo
adversario disparó sin hacer en el sector vandorista ningún otro blanco que el
ya milagroso de Rosendo y el de Gerardi; que la bala que atravesó a Rosendo no
impactó después en ninguna parte (quizá porque la contuvo la camiseta); que el
proyectil calibre 45 disparado por la misma arma que hirió a Gerardi dio una
vuelta carnero en el aire para ir a batir "la zona única", etcétera. ¿O tampoco
recuerda el juez ese pedazo abollado de plomo que encontró el cabo Santamaría al
pie del mostrador?
Es curioso que el mismo magistrado que afirma que Gerardi y Rosendo estaban en
la línea de tiro hacia Vandor no advierta que por consiguiente estaban en la
línea de tiro desde Vandor, y que para aceptar la hipótesis de que fueron
baleados por sus propios compañeros no hay que violentar testimonios ni
pericias, ni gestionar que nadie "salte girando", ni procurar que Gerardi caiga
al pie de su silla cuando admite que debió haber caminado, ni inventar una
tercera zona de tiro, estampidos retroactivos, una bala fantasma y otra bala
bumerang.
Como resultado de tan brillantes conjeturas, el doctor Llobet Fortuny concluye
que: "No se demuestra quién o quiénes fueron el o los autores de esos disparos,
ni quién efectuó disparo alguno, ni siquiera quién esgrimió o simplemente tenía
en su poder un arma".
En consecuencia, sobresee a todos.
Safi, Imbelloni y Barreiro aceptan el sobreseimiento. Los hermanos Villaflor,
Alonso y Granato lo rechazan entre el 28 de septiembre y el 4 de octubre. Vandor
se ve obligado a rechazarlo el 2 de noviembre.
El 12 de febrero de 1968 el doctor Llobet produce una restallante resolución.
Sostiene ahora que "la autoría y responsabilidad penal de los imputados...
surgen «prima facie» de sus respectivas declaraciones indagatorias". Y decreta
su procesamiento "por resultar de lo actuado indicios vehementes y la semiplena
prueba de ser autores penalmente responsables de los delitos de triple homicidio
en riña", etcétera.
Se habían acabado los giros y los saltos. Empezaba el sueño.
18. LA CONFESIÓN DE IMBELLONI
-Bueno, Imbelloni, mire: yo quisiera que usted me hiciera un relato de cómo
pasaron las cosas esa noche en La Real. Desde que ustedes llegan, inclusive
desde antes que ustedes llegan; si quiere; cuando van en el auto, cuando salen
de la Unión Obrera Metalúrgica, ¿eh?
-Exactamente.
El hombre rubio y atlético había salido vistiéndose del baño en la casa de
Lanús. Cuando saludó sin animosidad a Rolando Villaflor, me sentí aliviado. Era
la noche del 25 de mayo de 1968. Dos años atrás Imbelloni y Rolando habían
cambiado furiosas trompadas y sillazos mientras a su alrededor crecía el
tiroteo. Ahora estaban juntos, iban a reconstruir en mi presencia lo ocurrido.
Contrariamente a nuestras fantasías, Imbelloni no nos esperaba con una
ametralladora, sino con un mate. Yo estaba publicando en el Semanario CGT mis
primeras notas sobre el caso. Quería saber los nombres de los ocho protagonistas
que se habían esfumado. El "misterio" que resistió dos años se iba a develar
ahora en cinco minutos.
Imbelloni era el hombre para eso. Distanciado de Vandor a raíz del cierre de la
planta Siam Automotores, el 30 de septiembre de 1967 publicó una violentísima
solicitada acusando a Vandor de ser "el único y verdadero culpable" de la muerte
de Rosendo. Vandor acudió al juez y "en aras de las posibilidades de
esclarecimiento" de la muerte de Rosendo García "cuya memoria es sagrada e
inviolable para el suscripto", pidió que se investigara la acusación. Citado,
Imbelloni se retractó parcialmente. No podía afirmar que Vandor fuese el
ejecutor material de Rosendo, tampoco podía afirmar lo contrario: se refería,
sí, a su "responsabilidad moral".
Le pregunté a Imbelloni por qué se había retractado. Respondió que falto de
apoyo sindical y político, no tenía confianza en que se hiciera justicia. Lo
preocupaba, además, la causa anterior pendiente. ¿Pero hablaría ahora? Sí, ahora
hablaría.
Prendí el grabador.
Lo que sigue es una transcripción casi total de la cinta grabada. Me he limitado
a suprimir repeticiones y unificar algunos pasajes separados que hablan del
mismo tema.
PERIODISTA. - Ustedes salieron de la calle Rioja, y usted iba en el mismo coche
de Vandor, ¿no es cierto?
IMBELLONI. - Exactamente.
P.- Ajá. ¿Y qué pasó después?
I. - Bueno, llegamos al teatro Roma, donde había una cena de la Junta Nacional
del Partido.
P.- Con los diputados y todo eso.
I. - Exactamente. Ahora resulta que debido a que todavía estaba la cena, y
nosotros ya habíamos cenado, fuimos con el compañero Rosendo hasta el bar de la
esquina, la confitería La Real. Cuando íbamos caminando con Rosendo por la
calle, Vandor preguntó dónde íbamos. Entonces Rosendo le contestó que íbamos a
tomar una copa a La Real... ¿Sigue preguntando usted?
P. -No, no, no. Usted siga contando nomás. Usted cuente todo lo que pasó.
I. -Bueno, al llegar a La Real ocupamos una mesa, donde estábamos varios
compañeros, entre ellos Luis Costa, Raúl Valdés, Armando Cabo, Añón ("Tiqui"),
que está en el Secretariado, el compañero Gerardi, Rosendo, Vandor, Barreiro y
José Petraca.
De un golpe surgen aquí cinco de los ocho protagonistas que la policía y la
justicia no habían podido identificar en dos años. Los tres que faltan
aparecerán en seguida.
P.- En las posiciones que están ahí marcadas en el plano, ¿no es cierto?
I.- En las mismas posiciones que está marcado el plano ése que yo le confeccioné
a usted. Más o menos, poquito Gerardi corrido hacia atrás, Armando casi en el
centro de la mesa, y Vandor haciendo cruces justamente con el compañero Rosendo
García. Bueno, ahí apenas nos sentamos en la mesa, noté que el compañero Vandor
estaba muy nervioso, los motivos los ignoro hasta ahora, entonces le preguntó
Rosendo qué le pasaba, y le dijo: De una mesa de ahí me están mirando, me están
haciendo gestos, dice, no se puede ir a ningún lado. Entonces Rosendo dijo:
Bueno, no te hagas problemas, dice, no tenés necesidad de ponerte tan nervioso,
y si no, dice, qué querés, que nos matemos entre todos. Entonces entablamos una
pequeña discusión con el compañero Barreiro, el cual decía de que en la mesa que
señalaba se encontraban algunos compañeros que él decía que eran trotsquistas.
Entonces le dije de que eso no era cierto, de que eran muchachos peronistas y
que estaba equivocado, que no echara todavía más leña al fuego. Entonces Armando
mandó a llamar por intermedio de Taborda, que estaba sentado al lado de él, al
compañero Julio Safi, que estaba en la cena esa. Ahora al llegar el compañero
Safi desmintió categóricamente lo afirmado por Barreiro...
Juan Taborda, el chofer de Vandor, es pues el sexto "desconocido".
I.- Eh, a partir de ahí fui al baño, conversé con algunos de los muchachos que
estaban en la mesa opositora, y me volví a sentar. Apenas me siento, se levanta
este compañero José, porque había tenido unas miradas o no sé qué había tenido
con un compañero de la otra mesa, y lo acompañé ahí, tuvimos unos cambios de
sillas y de trompis, y en eso sonó el primer disparo.
P. - ¿Usted tuvo un cambio de sillas y de trompis con, acá con Rolando, no?
I. - Sí, con Rolando.
ROLANDO. - Porque él en ningún momento tuvo armas. El, cuando se levantó el otro
que nombró recién, él se me vino a mí, y conmigo se agarró a trompadas.
I. -Ahora, cuando estábamos en medio de la trifulca, si se puede decir así, sonó
un primer disparo que fue hecha por -el señor Taborda, con un arma, no sé por
qué será, sonó con menos potencia que los tiros que le sucedieron, siendo igual
38 largo.
P. - Cartucho defectuoso.
I. - Exactamente. Después de eso sonaron casi una veintena de disparos, seguir
relatando lo que sucedía, bueno, podíamos decir que se podía seguir relatando a
la finalización de esos disparos porque mientras estaban los disparos, eso
parecía una guerra. Entonces cuando cesó el fuego, fue que vi salir a Vandor
corriendo y que todavía hacía fuego de la puerta del local...
P. - ¿El tiraba al salir?
I. - Seguía tirando al salir.
P. - ¿Usted sintió algún disparo cerca suyo?
I.- Sí, por lo menos dos o tres disparos cerca mío, sí.
ROLANDO.- Eso, hay una anécdota entre él y yo, ¿no? Porque resulta que en un
determinado momento nosotros dos, en vez de estar agarrados a galletazos, yo lo
agarré a Reto de los brazos. ¿Te acordás vos de ese pasaje?
I. - Sí, sí.
R. - Y en eso sentí un ruido fuerte atrás mío. Y yo creí que me habían tirado un
botellazo. Y yo me di vuelta y le dije: Erraste, turro. Pero yo creí que era un
botellazo, y no era, porque ahí no hubo botellazos; ahí lo que eran balazos.
I.- Ahora, cuando salíamos, que ya había cesado el fuego, todavía estaban los
compañeros Villaflor, Granate, que me enteré que era Granato mucho después,
estaba el compañero Rosendo García tirado, ya estaba casi muerto... Las únicas
personas que se quedaron últimamente fueron de la otra mesa, y de los nuestros
quedó nada más que Juan Ramón Rodríguez y Acha, que Acha estaba sentado en una
mesa a la izquierda nuestra, o sea entrando por Sarmiento a la derecha, solo.
P. - Que pidió un vaso de vino y una pizza.
I. - Exactamente. Ni más ni menos.
Aparecen de este modo los últimos dos ausentes.
I. - Bueno, terminado eso, le grité al compañero Vandor que Rosendo estaba
herido, y el compañero Vandor siguió su camino, que fue el sindicato, la
federación municipales. Entonces cuando llegamos a la federación, para decirle
que vengan que teníamos que llevar a Rosendo, que facilitaran un coche, le pedí
el coche a Izetta, el cual lo negó rotundamente, y Vandor estaba llorando;
llorando, que no lo podrá negar, no sé si lloraba de haber sentido que quizás él
haya matado al compañero, o lloraba de miedo, no sé.
Volvimos otra vez al salón de La Real con Tiqui y con Rodríguez, subimos al
coche de Castillo, el Fiat 1500, de color azul, a Rosendo, en el cual lo
trasladaron Tiqui y Rodríguez al hospital Fiorito. Entonces me encontré con
Armando y le dije que iba a ir hasta el Fiorito a ver qué es lo que había pasado
con los muchachos que estaban allí. Ahí me trasladé al hospital y del hospital
me trasladé hasta el Secretariado. Y ahí finalizó todo.
P.- ¿ Y después usted tuvo que transportar las armas?
I.- Sí.
P.- ¿Y qué armas habían tirado?
I. -Bueno, habían tirado una 45; otra que se había trabado, con empuñadura
blanca.
P.- ¿Esa, de quién era?
I.- Bueno, ésa era de propiedad del Secretariado.
P.- ¿Pero quién tiró con ésa?
I.- La tenía en uso esa, Tiqui.
P.- Esa se le trabó.
I.- Sí, igual que a Juan Ramón Rodríguez, que no tiró, que apareció ahí un
revólver... el cual no pudo tirar porque se le trabó.
P.- ¿Y el arma de Cabo estaba disparada totalmente?
I.- Esa sí.
P.- Cinco tiros son esos.
I.- Seis tiros.
P.- Si es el especial de calibre...
I.- El corto. Cinco tiros.
P. - Cinco tiros. ¿Y qué otra había? La de Taborda, la de Vandor. La de Vandor,
¿cuántas balas tiró?
I.- Bueno, Vandor, en la puerta de adentro de municipales estaba con el arma en
la mano y la tenía totalmente descargada.
Cabe aclarar aquí que según Imbelloni las armas de Taborda y de Vandor eran
revólveres calibre 38.
P.- ¿Y todas esas armas fueron eliminadas después?
I.- Sí, fueron todas al Secretariado y después se hizo cargo Armando Cabo.
P.- De este lado de la mesa, ¿quién tenía una 45?
I.- ¿Del lado donde estábamos nosotros?
P.- Sí.
I.- Ninguno.
P.- Y quién se puede haber corrido para tirar desde aquí, mire, fíjese. (Le
muestro la pericia balística.) Para tirar desde aquí, más o menos, un tiro de
45. 0 de aquí o de atrás, en esta línea.
I.- Bueno, se pudo haber corrido Raúl Valdés. El único que tenía 45.
P.- ¿Sabe por qué le digo? Porque aquí, en este mostrador, hay un tiro de 45,
que aquí lo puede ver en la pericia. Esta bala, que agarra el mostrador y va a
pegar aquí, a dos metros de altura, es 45. ¿Puede haber sido Valdés?
I.- Puede ser. El único que tenía 45.
P.- Y en esta mesa que estaba atrás de los hermanos Villaflor, ¿quiénes me dijo
que estaban?
I.- Estaban tres muchachos amigos nuestros y del gremio. Luis Costa era del
gremio de la carne, el cual me lo había mandado Vandor a la CGT cuando fue el
problema con Alonso. Y estaba Tiqui, y este muchacho amigo mío, Juan Ramón
Rodríguez ("Plomo"). De ellos, "Plomo" tenía el arma inutilizada, a Tiqui se le
trabó al cuarto tiro, y el otro, Luis Costa, también tiró tres o cuatro tiros.
Todavía le quedaban tres o cuatro tiros en el cargador.
P.- ¿Y este Acha, quién es?
I.- Acha es un hombre que está en el Secretariado, pertenece al Policlínico
Central y era muy amigo de Rosendo. Después de lo sucedido lo ralearon
directamente del Secretariado; todo el mundo buscó de darle leña y separarlo.
Era un muy buen muchacho.
P.- ¿Qué aspecto físico tiene?
I.- Morocho, petiso, de bigotes, no sé si los conservará todavía, pelo bien
renegrido, ondulado.
P.- ¿ Y Luis Costa?
I.- Hoy en día es guardaespaldas de Vandor. Rubio, más o menos un metro ochenta,
cara bastante lisa y cabello rubio liso.
P.- ¿Tiqui?
I.- Bueno, Tiqui tiene una estatura mediana, anteojos, se distingue por anteojos
con bastante aumento, y todavía me acuerdo de él una anécdota, cuando le tiré
los lentes de contacto, que no sabía lo que eran y se los tiré. Está de
guardaespaldas de Vandor, y aparte de guardaespaldas es el que señala las fijas
a Vandor y le lleva los boletos cuando está en el hipódromo.
P.- Rodríguez.
I.- Bueno, "Plomo" es un pedazo de pan, que es el que tenía el revólver
niquelado; un pedazo de pan.
P.- ¿Y Raúl Valdés?
I.- Pertenece a la fábrica Philips, a la fábrica donde pertenecía Vandor. Sigue
también como guardaespaldas de Vandor.
P.- Nos falta Petraca, nada más.
I.- Bueno, José es un muchacho amigo del gremio, muy amigo de Armando, muy buena
persona. Es un caballero, Josecito. Y estoy seguro que no tiró, porque fue uno
de los que me agarró a mí, para que me tirara cuerpo a tierra cuando empezó el
tiroteo. Que todavía me decía, cuando estábamos ahí, me decía: Qué desastre que
es esto. Josecito Petraca.
P.- Ahora, Armando ha tirado a pegar, ¿no?
I.- Bueno, Armando es un hombre que sabe tirar muy bien.
P.- El hombre con el que peleó Raimundo, ¿era Gerardi?
I.- Era Gerardi.
P.- Y Gerardi después no se acuerda de nada de eso.
ROLANDO.- Y, con el tiro que le han pegado se conoce que perdió toda noción.
P.- ¿Usted lo vio a Raimundo encima de él?
I.- Sí, sí.
R.- Si él le pegó el sillazo cuando se iba.
P.- Ya que estaba le dio un sillazo.
R.- Le dio un sillazo en el mate.
I.- Sí.
R.- A la pasada nomás, a la carrera, agarró una silla y se la dio en el melón.
P.- ¿Usted me decía que Rosendo tenía un traje gris con chaleco?
I.- Un traje gris con chaleco, y como dato, que recuerdo fehacientemente cómo
estaba vestido, tenía una corbata, la cual se la había regalado yo. Una a él y
otra a Vandor le había regalado, que Vandor tuvo la desgracia de usarla por
primera vez cuando fue a felicitarlo a Onganía, después de la revolución.
P.- ¿Y eran iguales las corbatas?
I.- Eran iguales, gemelas.
P.- ¿Qué pasó con la ropa de Rosendo?
I.- Bueno, la ropa de Rosendo yo sé que la trajeron como a las tres de la
mañana, tres y media de la mañana, al Secretariado, a Rioja. Quién la trajo, en
este momento no tengo...
P.- ¿ Usted se acuerda qué ropa llevaron? ¿El saco solamente?
I.- El saco solamente.
P.- Ajá.
I.- Y que han llevado otro saco, sí, a presentar a la comisaría: lo pidió el
doctor Torres, era casualmente un traje que tenía el compañero Rosendo en el
ropero del Secretariado, donde tenía un dormitorio.
P.- ¿ Y lo sacaron de ahí para cambiar el saco?
I.- Lo sacaron de ahí para presentarlo en la comisaría.
P.- Es decir que ahí parece que hubiera habido un cambio de saco. ¿Y el resto de
la ropa, usted no sabe?
I.- El fin que tuvo la ropa de Rosendo, no.
P.- La camiseta está agujereada atrás y no adelante.
I.- ¿Cómo era?
P.- Era una camiseta musculosa.
I.- ¿Sin mangas?
P.- Creo que sí, yo no la he visto.
I.- Si es de malla, pudo haber ocurrido. Porque creo que el tiro le entró por
acá, por la espalda, y le salió...
P.- Encima del ombligo.
I.- Sí, por ahí yo veía que tenía un manchón de sangre.
P.- Bueno, ahí toca otro punto. La ropa de Rosendo está manchada de sangre atrás
y no adelante. La camisa y la camiseta.
I.- Manchada atrás, y no adelante. Tenía que... y el chaleco. Tenía chaleco él.
P.- El chaleco no apareció nunca.
R.- ¿Te das cuenta de lo que pasa? Vos fijate la milonga que han hecho.
P.- Lo de la ropa, todavía no me lo explico.
I.- Ahora, para el calibre puede ser.
P.- Sí.
I.- La única manera. Ahora, ¿figura bala 38?
P.- En lo del saco, sí.
I.- Y bueno, es 38 lo que lo mata.
P.- Entonces, no me explico para qué hicieron la manganeta.
I.- Habrán llevado el saco y cambiado ... Sí, pero para qué hicieron la
manganeta.
P.- Para ver; a lo mejor no sabían.
R.- Quién sabe cómo es esa joda. Yo me rompo la cabeza y no me la puedo
explicar.
P.- Dígame, Imbelloni, estos que entraron al final, De Cicco y Sanz, ¿no
tuvieron nada que ver?
I.- No.
P.- ¿Entraron de casualidad nomás ahí?
I.- Pero yo no lo vi a Sanz, ¿eh?
P.- No, ellos entraron. Han declarado inclusive...
I.- Ah, no, no, no. Pero le voy a decir por qué han declarado. Esa es otra
triquiñuela. Metaló, metaló.
P.- Sí.
I.- Eh, hágame la pregunta.
P.- Sí. ¿Por qué han declarado Sanz y De Cicco?
I.- Y bueno, De Cicco y Sanz en ningún momento estuvieron ahí. Escuché una
conversación de Torres de como tenían inmunidad por ser diputados y faltaban
personas, que el comisario De Tomas le pedía que faltaban todavía tres o cuatro
personas de metalúrgicos, el doctor Torres dijo, bueno, vamos a mandarlos a De
Cicco y Sanz...
P.- Así que no estuvieron.
I.- No estuvieron en ningún momento.
Norberto Imbelloni ha señalado en el croquis el lugar donde cayó Rosendo,
recuerda ahora sus últimas palabras
I.- Yo le metí la cabeza adentro, que el Fiat, vio, que es incómodo para
ponerlo. Y Tiqui en vez de entrar primero él y después agarrarlo, se quería
entrar juntamente con el cuerpo de Rosendo, y los dos no entraban. Cuerpo
muerto, viste, en un Fiat atrás. Y Rosendo dijo: "Justo a mí me la fueron a
dar".
La imagen de Vandor llena todos los resquicios de la historia que ya casi de
madrugada está llegando a su fin.
I.- Lo de Rosendo, me lo dice cuatro veces que es una pistola 45 que lo mató.
Ahí se deschavó solo Vandor de que fue el revólver de él el que lo mató. Si no,
¿por qué me insiste? Porque el hombre de la duda era yo, si la misma noche me
llama para decirme cómo había, visto él la pelea, y para decirme, incluso,
después cuando lo estábamos velando, que apareció con un croquis diciendo que
todos los tiros estaban contra el lugar donde estábamos nosotros sentados.
P.- No hay ningún tiro contra ustedes. En la zona de ustedes, ni un solo tiro.
I.- Por eso. Y ahí me avivo yo. Porque Vandor sabe que yo sé que él lo mató.
19. RECONSTRUCCIÓN
Al empezar la investigación de estos hechos en el Semanario CGT, me comprometí a
probar los siguientes puntos:
1. Que los hombres del grupo Blajaquis estaban desarmados y no hicieron fuego.
2. Que Rosendo García fue muerto por la espalda, por un disparo que partió del
grupo de Vandor.
El primer punto, creo, ya está demostrado. No hay un solo testigo, un solo
procesado -ni siquiera los del sector vandorista- que declare haber visto armas
entre los agredidos. Únicamente Gerardi dice que "sonó un disparo de la mesa
contraria", pero un año más tarde admite que no vio a nadie con armas. La prueba
de la parafina, realizada sobre las manos de Blajaquis y Zalazar, resultó
negativa. La pericia balística no sitúa en las mesas de este grupo ninguna de
las dos zonas de tiro; al contrario, es "la zona única batida", según el propio
juez Llobet.
El segundo punto también es bastante claro: que Rosendo fue muerto por la
espalda, lo dice la autopsia; que no tenía a la espalda a ningún miembro del
bando adversario surge de la mayoría de los testimonios, principalmente los de
Vandor y Gerardi.
¿Era posible ir más lejos? La identificación de las ocho personas que faltaban
en el grupo vandorista, demostró que sí. Cabe preguntarse ahora si con la
evidencia disponible -mutilada como ha sido en el proceso-, se puede intentar
una reconstrucción más detallada de los hechos. Los resultados, naturalmente,
serán "conjeturas"; a diferencia de las que formuló el doctor Llobet, espero
darles una fundamentación en los testimonios y pericias.
El primer paso es reconstruir el escenario de los hechos tal como estaba antes
de la limpieza realizada por los mozos. Los detalles, necesariamente farragosos,
de esa operación, quedaron expuestos en la serie que publiqué en CGT, y es
inútil repetirlos. Baste decir que para la modificación del plano policial he
usado los testimonios de Fructuoso Hevia, propietario; Osvaldo Díaz, mozo; Jorge
P. Álvarez, parroquiano; Nicolás Gerardi, víctima, y de los procesados Raimundo
y Rolando Villaflor, Granato, Alonso, Imbelloni. Al escenario, así depurado de
errores, que puede verse en página 129, he incorporado los datos de la pericia
balística.
En los aspectos más generales, hablan por sí mismos. Los miembros del grupo
Blajaquis fueron tiroteados primero desde el salón familiar, luego desde la
puerta por los que iban saliendo. Las dificultades aparecen cuando descendemos a
lo particular. Así, el número total de disparos no puede establecerse con
certeza. La pericia recoge siete impactos en paredes y vidrieras. Una bala le
fue extraída a Zalazar y otra a Gerardi. Tenemos, pues, nueve proyectiles con
impacto final comprobado. Hay, además, dos roces, tres balas que atravesaron a
Rosendo, Safi y Blajaquis, dos perforaciones (mesa y silla) y un rebote en el
zapato de Alonso. Total de episodios: 17. Pero es indudable que los roces y
algunas perforaciones están ya contados en los impactos finales. La cifra oscila
entonces entre un mínimo de nueve y un máximo de diecisiete, salvo que algún
efecto balístico haya escapado a los peritos, o que algún herido no se haya
presentado: tal como el que creyó ver Alonso.
Si empezamos por los puntos que permanecen oscuros, el principal es la identidad
del tirador de pistola 45, que hirió a Gerardi y mató a Blajaquis.
El proyectil número 1, aunque de calibre 45, puede descartarse como causante de
la muerte de Blajaquis. El roce inicial sobre el mostrador móvil se produce a un
metro diez de altura; el impacto sobre la pared de Mitre, a cuatro metros con
cinco: es fácil establecer que pasó a dos metros cincuenta de altura sobre las
mesas atacadas.
El proyectil número 2, en cambio, pudo matar al Griego. Basta admitir que en el
momento del incidente estaba sentado, mirando casi de frente al sector
vandorista, con el cuerpo algo echado hacia adelante y apoyando el codo
izquierdo sobre la mesa. En esa posición la bala habría entrado a 95 centímetros
de altura sobre el piso, y salido a 90 centímetros, siguiendo la trayectoria de
derecha a izquierda y de arriba abajo, que señalan la autopsia y la pericia
sobre ropas. Esa trayectoria conduce al roce en la pata de una mesa, a 25
centímetros de altura, que se produce tres metros veinte más lejos.
Infortunadamente, la pericia no determina el calibre del proyectil que roza la
pata de la mesa e impacta luego en la pared.
Si esa bala fuese de calibre 45, podría afirmarse que mató al Griego: aún así
ignoraríamos quién la disparó. Según Imbelloni, Tiqui hizo tres disparos de 45 y
Luis Costa tres o cuatro, pero sabemos por las cápsulas halladas que alguien
tiró cinco veces, y que por lo menos uno de los disparos (el número 1) ha sido
hecho desde una posición difícil de alcanzar para Tiqui y para Costa en las
posiciones en que Imbelloni los coloca: accesible en cambio para Raúl Valdés.
Las mismas dudas con respecto al heridor de Gerardi. Las sospechas se dividen
entre Tiqui, Costa y Valdés.
Juan Zalazar fue muerto por una bala 38 largo, sin orificio de salida, que entró
por la mejilla derecha y siguió una trayectoria de arriba-abajo, adelante-atrás
y ligeramente derecha-izquierda. Esto elimina como sospechosos a Valdés, Costa y
Tiqui, armados con pistola 45. Rodríguez apretó el gatillo de su revólver 38,
pero la bala no salió. Rosendo también tenía un 38: nadie lo vio tirar y la
prueba de la parafina resultó negativa. Petraca enfrentó primero a puñetazos a
Raimundo y se arrojó después al piso junto a Imbelloni: nadie lo vio tirar.
Imbelloni estaba desarmado, según Rolando, que peleó con él. Barreiro, Safi y
Gerardi: desarmados, nadie los vio hacer fuego. Quedan solamente Taborda, Vandor
y Armando Cabo. Tanto por ser mejor tirador como por la posición que ocupaba
junto a la cabecera de la mesa, las probabilidades favorecen -si se puede decir
así- a Armando Cabo.
El disparo número 3 arranca de su silla. Pasó a unos veinte centímetros del
asiento de Zalazar y aproximadamente a un metro ochenta de altura, para perforar
a dos metros de alto la vidriera de la puerta que da sobre Mitre. El disparo
mortal debió seguir una trayectoria paralela y algo más baja. El proyectil
número 2 (cuyas posibilidades ya examinamos en relación con Blajaquis), pudo
formar también parte de la serie. La incertidumbre que resta obedece una vez más
a que la pericia no establece el calibre de los proyectiles 2 y 3, a pesar de
los abundantes rastros que dejaron.
La distracción del juez Cáceres al no disponer la pericia del pantalón de Safi
impide formular hipótesis alguna sobre la bala que lo alcanzó de atrás en la
nalga derecha.
Llegamos así al interrogante principal: ¿Quién mató a Rosendo?
Rosendo García -dice la autopsia- fue muerto por un proyectil con orificio de
entrada en la línea media de la región dorsal, a la altura de la duodécima
vértebra dorsal, que resultó fracturada, y con orificio de salida en la cara
anterior del abdomen, línea media de la región umbilical.
Traducido al idioma corriente, esto quiere decir que la bala entró
perpendicularmente por la espalda, a una altura aproximada de un metro quince
centímetros sobre el suelo, siguiendo una trayectoria de atrás adelante y
"ligeramente de arriba hacia abajo".
El proyectil que lo mató, según la autopsia, es de "grueso calibre", lo que
tanto puede significar 38 como 45. La pericia sobre las ropas dice 38. Es cierto
que las ropas fueron manipuladas; personalmente dudo de que se haya llegado al
extremo de cambiar un saco por otro, perforar éste con un balazo que debía
coincidir son los agujeros de la camisa y la camiseta, mancharlo de sangre, etc.
Lo verosímil es que el doctor Torres quisiera saber por anticipado lo que iba a
revelar la pericia, para adecuar la defensa de Vandor. El resultado neto, sin
embargo, es que las conclusiones de la pericia sobre la ropa de Rosendo dejan de
ser una certeza para convertirse también en "conjetura", y queda sin explicar la
ausencia de orificio de salida en la camisa y la camiseta.
Esta incertidumbre empalma, irónicamente, con las contradicciones de los
testigos. No hay duda que Vandor tiró. Lo dicen todos los sobrevivientes del
grupo Blajaquis. Lo dice Imbelloni, del grupo vandorista. Y el agonizante
Zalazar repite las palabras que oyó: "¡No tire, Vandor!" Es decir que estaba
tirando o tenía un arma en la mano. ¿Pero qué arma? Pistola 45, asegura Rolando
Villaflor, y lo repiten con decrecientes grados de seguridad sus compañeros.
Revólver 38, sostiene Imbelloni. Parece imposible avanzar más.
Afortunadamente existe entre los testigos una cierta coincidencia sobre el lugar
en que cayó Rosendo. En base a esa coincidencia se puede afirmar que no salió
del sector familiar, que no traspuso la línea imaginaria que prolonga la caja
hasta la puerta de Sarmiento.
Sabemos además que Rosendo se paró de un salto, enfrentó a los miembros del otro
grupo y recibió un tiro en la espalda.
Es obvio que debemos buscar el tirador entre la gente armada que quedó a su
espalda, en el sector familiar. Podemos descartar entonces a Rodríguez, Tiqui y
Luis Costa, que no estaban en el salón general.
José Petraca fue el primero en adelantarse en dirección a Raimundo. Descartado.
Imbelloni se adelantó, no tenía armas y peleó a puñetazos con Rolando.
Descartado.
Safi, Gerardi, Barreiro. Desarmados. Los dos primeros también resultaron heridos
de atrás. Se los descarta.
Acha estaba sentado junto a la ventana de Sarmiento, fuera de la línea de fuego.
Nadie lo vio tirar y por eso lo descarto.
Es posible que Rosendo cruzara en algún momento la línea de tiro de Armando
Cabo, representada por la trayectoria del proyectil número 3. Para dirigirse de
frente al grupo opuesto, sin embargo, debió seguir un trayecto oblicuo en
relación con las mesas vandoristas, y como la línea de tiro de Cabo es paralela
a esas mesas, en caso de hacer blanco en Rosendo el proyectil debió atravesarlo
oblicuamente de derecha a izquierda. La bala que mató a Rosendo, en cambio,
entró y salió perpendicularmente.
En consecuencia, Cabo queda descartado.
Taborda debió retroceder varios pasos para poner en línea de tiro a Rosendo.
Descartable.
Quedan como posibles autores de la muerte de Rosendo García, Raúl Valdés y
Augusto Timoteo Vandor.
La posición de Vandor, especialmente, coincide con la trayectoria del proyectil
número 4 establecida por la pericia. Esa bala hizo impacto "sobre la curva del
mostrador en su plano vertical, próximo y por debajo del posavasos. Este efecto
se encuentra a un metro de altura y por sus caracteres corresponde a un disparo
efectuado ligeramente de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha (con
respecto al tirador) y desde una zona próxima al salón familiar".
Si recordamos que la bala matadora de Rosendo entró aproximadamente a un metro
quince de altura sobre la espalda, que siguió una trayectoria ligeramente de
arriba hacia abajo, si suponemos que es la misma que impactó a un metro de
altura sobre el mostrador, si prolongamos esta trayectoria hasta la silla de
Vandor, obtenemos una altura de la boca del arma de un metro cuarenta
centímetros, que es coherente para un tirador de estatura normal, quizás algo
agazapado.
Esa es mi "conjetura" particular: que el proyectil número 4 fue disparado por
Vandor, atravesó el cuerpo de Rosendo García e hizo impacto en el mostrador de
La Real, que hasta el día de hoy exhibe su huella. Admitiendo que no baste para
condenar a Vandor como autor directo de la muerte de Rosendo, alcanza para
definir el tamaño de la duda que desde el principio existió sobre él.
Sobra en todo caso para probar lo que realmente me comprometí a probar cuando
inicié esta campaña:
Que Rosendo García fue muerto por la espalda por un miembro del grupo vandorista
.
Tercera Parte
EL VANDORISMO
1. LA BASE
En 1895 ya había en el país tres mil fábricas y talleres metalúrgicos, con
15.000 trabajadores. Veinte años después la mano de obra se había duplicado,
aunque la cantidad de establecimientos era la misma. Producían máquinas para el
campo, ferretería. Sus condiciones de vida eran miserables, su peso en la vida
nacional casi nulo. Pero a comienzos de .1919 sacudieron al país con la huelga
en los talleres Vasena, que culminó en terrible matanza.
En 1935 eran ya 85.000, es decir que de cada cinco obreros industriales, uno era
metalúrgico.
¿Qué hacían? Casi la mitad trabajaban con metales en fundiciones, hojalaterías,
broncerías, fábricas de camas, cocinas y artículos de hierro. Algo más de la
mitad fabricaban maquinarias y vehículos o trabajaban en talleres mecánicos,
ferroviarios, astilleros. Y unos pocos inauguraban una industria nueva, la de
aparatos eléctricos. Estos eran los tres sectores básicos, que perduran hasta
hoy, con un agregado importante en el rubro "metales" a partir de 1938: la
siderurgia o producción de aceros y laminados: y un desdoblamiento a partir de
1954 en el sector "maquinarias y vehículos": la producción de automóviles .
Muchos creen que la industria metalúrgica apareció en la época de Perón. Entre
los que opinan eso, está Augusto Timoteo Vandor. "La industrialización no nace
con la Década Infame, sino con posterioridad a la revolución de 1943", -dice en
uno de los pocos trabajos escritos que se le conocen. La fantasía es más
profunda de lo que parece: se trata de oponer empresario bueno a terrateniente
malo y de identificar industria con liberación nacional.
La realidad no es tan simple. En 1943 había ya en el país dieciséis mil
establecimientos metalúrgicos, con
155.000 obreros. Este crecimiento fabuloso, que en ocho años iguala al de los
cuarenta años anteriores, formaba parte de la "explosión industrial" que en ese
período elevó el número total de obreros ocupados en la manufactura de casi
cuatrocientos mil a más de setecientos mil. Esa expansión era a la vez un
fenómeno mundial.
Algunos de los gigantes de la industria metalúrgica que aún subsisten, datan de
esa época, o aun de antes los talleres de Vasena se convirtieron en Tamet, de la
banca Tornquist; Di Tella viene de la década del 20; Acíndar es fundada por
Arturo Acevedo en 1942; una parte considerable de las inversiones alemanas de
preguerra se dirigieron al sector: Thyssen, Mannesman, Siemens.
Era una industria patas arriba, con un crecimiento desordenado y anómalo. El
país importaba todo el acero que consumían sus fábricas. De ahí la paradoja de
que el consumo de acero por cabeza fuese en 1945 (último año de la guerra) casi
diez veces inferior al promedio de 1905-1909, que no hemos recuperado hoy. La
respuesta a esa situación consistió en crear una siderurgia nacional. En 1937 la
Fábrica Militar realiza su primera colada de acero. Las 5.000 toneladas de 1938
ascienden a 70.000 en 1943, a 130.000 en 1945, pero ese rápido crecimiento ha de
estancarse luego durante más de una década.
Lo que sí aparece después de 1943 es la organización sindical de los obreros
metalúrgicos. La primitiva Asociación, de origen comunista, apenas nucleaba en
1941 a 2.000 afiliados.
Es un trotsquista, Ángel Perelman, quien embandera el sindicato en el peronismo.
En 1946, la Unión Obrera Metalúrgica tiene 100.000 afiliados, casi la mitad de
los trabajadores de la industria. La modesta pieza en el edificio de Humberto I
que compartía la UOM con los tintoreros y la construcción, le quedaba chica. Se
traslada entonces a la calle Hipólito Yrigoyen e inicia la expansión que le dará
un lugar dominante en el sindicalismo nacional.
Los cambios en la producción se reflejan en el poderío relativo de los
sindicatos. En el país exportador de carnes y cereales, dependiente de
Inglaterra, el transporte y el comercio tenían importancia decisiva. De ahí que
la Unión Ferroviaria dominara entre 1930 y 1943 el panorama: de sus filas
surgieron todos los secretarios generales de la CGT. La lucha por la hegemonía
de los metalúrgicos, paralela a la explosión industrial, se libró pues contra
los ferroviarios, con una característica singular: a la UOM no le interesó nunca
la secretaría general, le bastaba con dominar la CGT, y eso ha ocurrido con
mayor o menor intensidad en los últimos veinte años.
La irrupción se produce en 1948 cuando los metalúrgicos salen con carteles a la
calle pidiendo la renuncia del secretario general Aurelio Hernández, y la
imponen en el Congreso de la CGT. En el nuevo secretariado, que preside José
Espejo, figura por primera vez un hombre de la UOM. Cubano de nacimiento, se
llamaba Armando Cabo.
La lucha por el predominio cegetista no suprimió las pujas internas. Conducía el
gremio en ese entonces Hilario Salvo, un guitarrista que en sus ratos de ocio se
dedicaba al contrabando. En 1953 es destronado por el secretario adjunto Abdala
Baluch.
El gremio se mantuvo peronista, aunque en 1954 Salvo aliado con sectores
comunistas lo empujaron a una huelga que el gobierno declaró ilegal. Motivo:
indefinida dilatación del convenio por las empresas, cuyo idilio con el
peronismo ha concluido y que entonan ya con mucha fuerza la cantilena de la
"productividad". La conducción es rebasada y Baluch cae. Sólo más tarde cobrará
importancia un hecho que entonces pasa inadvertido. A propuesta, de Paulino
Niembro, que en su carácter de componedor de tendencias declina aspiraciones
propias, el congreso de la UOM reunido en el Luna Park elige secretario general
de la Capital a un delegado de la firma holandesa Phillips. Lo apodan,
precisamente, "el holandés": alguno de sus antepasados debió sustituir el Van
Thorpe original por el Vandor -Augusto Timoteo- con que figuraba en las boletas.
Su prontuario, "depurado" en agosto de 1958, dice que nació en Bovril, provincia
de Entre Ríos, el 26 de febrero de 1923.
Alrededor de este hombre ha de confluir la mayor cantidad de expectativas,
temores, ansiedades y mitos en la historia del gremialismo argentino. Es poco lo
que se sabe de su pasado. Seis años transcurridos en la Armada, de donde egresó
como cabo primero, alimentan la versión de que fue siempre un agente del
servicio de informaciones navales. Otras fantasías se oponen a ésa en junio de
1955 habría encabezado las columnas metalúrgicas que desafiando precisamente el
bombardeo de la Marina acudieron en auxilio de Perón. Unos lo pintan regando de
clavos Miguelito los caminos de la represión, en el año 56; otros, negociando en
secreto con los jefes de esa represión.
La historia no necesita de semejantes muletas. Es útil en cambio dar una nueva
mirada al campo en que el vandorismo iba a operar, tal como era en septiembre de
1955. Ese año la industria metalúrgica registró la ocupación más alta de su
historia
315.000,
es decir que uno de cada tres obreros ocupados en la manufactura industrial era
metalúrgico. La proporción de los sectores ya no era la misma que veinte años
atrás en metales se había multiplicado por tres, en vehículos y maquinarias por
tres y medio, en aparatos eléctricos por once. El valor de la producción se
había multiplicado por cuatro, y el número de establecimientos había crecido de
8.800 a más de 48.000. Esta cifra, por supuesto, no expresa el grado de
concentración a que ya había llegado la industria en general. En 1954, el uno
por ciento de los establecimientos industriales empleaba casi la mitad de los
trabajadores y acaparaba más de la mitad de la producción.
En esas empresas predominaba el capital nacional. Durante la época peronista no
se establecieron en el sector metalúrgico nuevas firmas extranjeras. Las que
existían -Tamet, La Cantábrica, Santa Rosa- databan de antes. Aliado con ellas y
con sus "enemigos" oligárquicos de ayer, este empresariado iba a ser el motor de
una gigantesca represión. En su nombre se producirían los despidos masivos, las
cárceles, las torturas, los fusilamientos.
Los sindicatos no estaban preparados para esa guerra a pesar del número de
afiliados (seis millones en 1953, según la CGT), y de los cuantiosos fondos con
que contaban. Enfrentaron la embestida y fueron deshechos. La revolución
libertadora intervino la CGT, derogó la ley de asociaciones, asaltó locales,
encarceló dirigentes, disolvió hasta los cuerpos de delegados.
Nace entonces una etapa oscura y heroica, que aún no tiene su cronista: la
Resistencia. Su punto de partida es la fábrica, su ámbito el país entero, sus
armas la huelga y el sabotaje. Las 150.000 jornadas laborales perdidas en la
Capital en 1955, suben al año siguiente a 5.200.000. La huelga metalúrgica del
56 es una de las expresiones más duras de esa lucha. Empieza la era del "caño",
de los millares de artefactos explosivos de fabricación rústica y peligroso
manejo, que inquietaron el sueño de los militares y los empresarios. Domingo
Blajaquis era uno de los hombres que vivieron para eso, y como él hubo muchos,
convencidos de que a la violencia del opresor había que oponer la violencia de
los oprimidos; al terror de arriba, el terror de abajo. Era una lucha condenada
por falta de organización y de conducción revolucionaria, pero alteró el curso
de las cosas, derrotó las fantasías del ala más dura de la revolución
libertadora y facilitó el triunfo de su ala conciliadora y frondizista.
La impotencia gorila se manifiesta cuando a fines de 1957 pretende normalizar la
CGT. En las elecciones de delegados triunfan candidatos peronistas que copan la
comisión de poderes. Al interventor Patrón Laplacette no le queda más remedio
que disolver el Congreso, pero allí hacen su aparición las 62 organizaciones
peronistas y los primeros dirigentes ganados por el pacto con Frondizi. En ese
congreso los delegados de la Unión Obrera Metalúrgica representan a 180.000
afiliados sobre 302.000 trabajadores de la industria.
Doce mil metalúrgicos han caído en esa primera ola represiva, pero el gremio
mantiene su poder. La influencia de Vandor es ya importante. Su despido de
Phillips, tres meses de cárcel, cierto papel en la Resistencia, le abren el
camino.
Frondizi y Vandor son los hombres adecuados para encontrar una salida al
callejón en que se ha metido el gorilismo. En 1958 ambos alcanzan el escalón más
alto de sus carreras: Frondizi la presidencia, Vandor la secretaría general del
gremio. Ambos usarán el mismo método: Frondizi convirtiendo una teoría de
liberación en práctica de entrega; Vandor presentando como Resistencia lo que ya
era negociación. Ambos se prestarán mutuos servicios : Frondizi permitiendo el
regreso de un dirigente cesante e intervenido, política que luego desaparece
para siempre del gremio; Vandor, dilatando en todo lo posible la reacción
obrera. De los dos, el caudillo metalúrgico resulta el más astuto. Acostumbrado
a la negociación entre bambalinas, que no compromete ante las bases, sus
contradicciones pasan inadvertidas fuera del gremio; las de Frondizi lo
arrastran a una caída sin gloria. Cuando eso ocurra, Vandor podrá permitirse una
sonrisa.
2. LA NEGOCIACIÓN
A cambio de los votos peronistas en las elecciones de 1958, Frondizi prometió
"una central obrera única y poderosa", con un sindicato por industria, la
restitución del derecho de huelga y la ley de asociaciones, un "ministro de
trabajo obrero", salario mínimo, vital y móvil, restitución de las cajas, y
hasta un diario de. los trabajadores.
Se trataba pues de desandar el camino recorrido por la revolución libertadora. A
través de Frondizi las clases dominantes descubren que no es necesario, ni
siquiera deseable, destruir la organización sindical. Se puede en cambio
reconstruir sus lazos con el Estado y darle un papel en el proceso de
desarrollo: era en suma el viejo y nuevo sueño de la "participación". Sólo que
ahora se trataba de un Estado entregador que renunciaba al desarrollo autónomo y
abría las puertas a la inversión extranjera. Para el movimiento obrero,
sensibilizado por una década de nacionalismo, era un hueso difícil de tragar.
Las dificultades empezaron enseguida, y ya en agosto el Pacto parecía quebrado
en el campo sindical. El frondizismo libra entonces una hábil acción de
retaguardia mientras se firman los contratos: en el momento preciso aparecerán
los tanques. Sus aliados principales son el dirigente de la carne Eleuterio
Cardozo, el petrolero Gomiz, el tranviario Cartillas, el metalúrgico Vandor.
Las cosas estallan el 11 de enero de 1959 cuando el gobierno anuncia la
transferencia a la CAP del Frigorífico Nacional. Era la gota que desbordaba un
vaso bastante lleno: huelgas declaradas ilegales, ley de cesantías, programa de
"austeridad", movilización de ferroviarios sometidos al salto de rana y la
máquina triple cero. La presión de las bases crece tumultuosamente. El 12,
Rosendo García, ya secretario adjunto de la UOM, debe desenfundar su revólver en
plena calle para impedir que un grupo de metalúrgicos irrumpa en el local del
sindicato. El 15, millares de trabajadores en asamblea resuelven ocupar el
frigorífico; dos días más tarde eran violentamente desalojados. Las 62
Organizaciones, reunidas en la UOM, decretan el paro general. Mientras el
presidente vuela a los Estados Unidos para convencer a los inversores de las
ventajas de su método, el frondizismo desnuda su verdadera entraña: petroleros y
tranviarios son movilizados, rige el plan Conintes, actos de desobediencia a los
jefes militares se castigan hasta con quince meses de prisión. Millares dé
dirigentes y militantes fueron puestos a disposición del Poder Ejecutivo. El
nombre de uno de ellos pasó entonces inadvertido: Felipe Valiese. El propio
Vandor retorna fugazmente a un buque de guerra, esta vez como detenido.
La huelga dura dos días en toda su fuerza. Los 19 gremios comunistas y los 32
"democráticos" son los primeros en levantarla, les siguen las 62. Avelino
Fernández, sombra de Vandor, afirma que en esa decisión "gravitaron
considerablemente" conversaciones con funcionarios a los que no menciona. El 24,
La Nación comentaba regocijadamente:
"Hubo explosiones en Mataderos y en las vías de distintas líneas ferroviarias.
En contraste con la violencia, y como expresión de fe en los días de la
Argentina próxima, siete empresas extranjeras obtuvieron ayer la autorización
que estaban gestionando para radicar sus capitales en este país".
Los huelguistas del Lisandro quedan solos. Testigos de la época acusan a Vandor
de haber propuesto como alternativa al paro general una ‘escalada’ de conflictos
parciales. Así son derrotados uno tras otro los obreros de la carne, los
bancarios, los propios metalúrgicos y los textiles: caen los baluartes del
gremialismo, sus vanguardias son barridas, pero quedan sus direcciones. Siete
años después en una repetición exacta de esta maniobra, Onganía batirá
sucesivamente a portuarios, ferroviarios y petroleros.
La huelga metalúrgica declarada el 25 de agosto de 1959 es el último
enfrentamiento real del vandorismo con el régimen. Empieza por una exigencia de
aumento de salarios, al que las federaciones empresarias acceden, "siempre que
las mejoras correspondan a un aumento de la productividad". Este aspecto, al
principio secundario, se torna luego decisivo. Los trabajadores cumplen
disciplinadamente el paro, acompañado de una nueva ola de terrorismo, que Vandor
y Rosendo García condenan al salir de una entrevista con Álvaro Alsogaray.
A fines de septiembre la policía allana los locales del sindicato, detiene
dirigentes, busca en vano a Vandor. Para encontrarlo, le habría bastado quizá
seguir los pasos de un joven y ambicioso funcionario de la Secretaría de Trabajo
y Previsión, llamado Rubens San Sebastián: el 6 de octubre los metalúrgicos se
enteran de que en su despacho de subdirector de relaciones laborales está
reunida la paritaria. Al día siguiente se levanta el paro, que ha durado un mes
y medio.
Las negociaciones son prolijas. A la patronal no le importa dar mil pesos de
aumento, en vez de los novecientos que inicialmente ofrecía. Lo que le importa
es que "la oferta de aumento está condicionada a cláusulas de productividad ...
mejor organización y rendimiento del trabajo".
El 30 de octubre se firma el acuerdo. En nombre de la Federación Argentina de la
Industria Metalúrgica, dice el doctor Juan Carlos Doliera
-Estoy muy satisfecho. El acuerdo representa un gran paso adelante para el bien
del país.
Vandor fue más modesto:
-Esta no es la solución más satisfactoria, pero en el momento actual era lo
mejor que se podía conseguir para el gremio.
-He presidido una comisión compuesta por representantes con amplio sentido de la
hora en que vive el país- se ufanó San Sebastián, cuyo sentido de la hora
perdura diez años más tarde-. He cumplido con mi deber de funcionario,
representando al Estado en su función de amigable mediador.
Después de la firma, patrones y dirigentes obreros participaron de una cena de
camaradería.
-Hermoso símbolo -dijo Galileo Puente, subsecretario de trabajo-. Aquí no hay
vencedores ni vencidos.
Con el tiempo, los trabajadores metalúrgicos también apreciaron el símbolo. En
cuanto a vencedores y vencidos, más que las anécdotas interesan las
estadísticas. Veamos por ejemplo el número de obreros ocupados en la industria
metalúrgica al celebrarse el acuerdo:
309.000
Un año después:
296.000
Dos años después:
284.000
Tres años después:
252.0001
La experiencia aislada de Raimundo Villaflor adquiere ahora todo su sentido.
Esos cincuenta y siete mil obreros menos, en una sola industria, reflejan el
"continuo yirar de gente" que golpeaba a las puertas de las fábricas. Y no lo
reflejan del todo, pues no aparecen en la diferencia los trabajadores nuevos
incorporados ni la reducción en las horas trabajadas. Se explica también esa "desesperación por conseguir trabajo" que afectó como una locura a Juan Zalazar,
el pescado podrido que llevó de comer a sus chicos, la miseria de centenares de
miles de hombres.
Sobre la gigantesca sangría del gremio, las empresas pudieron cumplir la vieja
aspiración de producir más con menos operarios. Los índices de productividad
ilustran el resultado de la negociación vandorista en esos años:
1950: 100 (índice)
1956: 108 (primera huelga)
1958: 136 (gobierno de Frondizi)
1959: 114 (segunda huelga)
1961: 150 (apogeo de la alianza)
El acuerdo de 1959 fue presentado a las bases metalúrgicas como un triunfo. La
derrota estaba en sus cláusulas no escritas, la alianza de hecho entre empresas
y dirigentes. La industria, reequipada en ese período y destinataria en su
conjunto de una cuarta parte de la nueva inversión extranjera, debía seguir un
curso monopolista: concentración de empresas, liquidación de talleres chicos,
aumento de la productividad, ganancias rápidas. El vandorismo accedió a todo
esto y las consecuencias resultaron graves no sólo para los trabajadores.
En 1961 el treinta por ciento de los quebrantos en todas las actividades del
país corresponden a la industria metalúrgica. Al año siguiente, aunque el
porcentaje desciende, la cifra del pasivo es aterradora: más de tres mil
millones de pesos (27 millones de dólares). El salario, momentáneamente
privilegiado por el acuerdo, contribuye a esa liquidación de la pequeña
industria nacional en beneficio de las grandes empresas monopolistas. Cuando ese
objetivo se cumpla, por supuesto, el salario dejará de ser privilegiado: llega
la congelación.
Para los trabajadores, el cierre de una pequeña fábrica es un desastre: se bajan
las persianas, y a cantarle a Gardel. No hay preaviso, no hay despido, no hay
indemnización, afortunado el que consiguió cobrar en especie, tantos cajones de
tornillos o diez docenas de ventiladores. En ese cataclismo caen todos.
En las grandes empresas, en cambio, el despido es selectivo. Se echa a los más
combatientes, previamente calificados de "comunistas" o de peronistas
revolucionarios. Se disuelven las comisiones internas, si es necesario se las
compra: un buen despido asegura un futuro tranquilo al delegado que lo acepta.
Cuando la oposición resurge, una nueva ola de cesantías acaba con ella. Así hay
empresas, como la Phillips -950 despidos en 1968- que barren todos los años y
aun todos los meses con cualquier asomo de rebeldía.
¿Adónde pueden protestar los trabajadores? Al sindicato. Pero allí también
fastidian, allí también cuestionan, allí también resultan "comunistas". Patrones
y dirigentes han descubierto al fin que tienen un enemigo común: esa es la
verdadera esencia del acuerdo celebrado por el vandorismo con las federaciones
industriales.
Para llevarlo a la práctica, el gremio se convierte en aparato. Todos sus
recursos, económicos y políticos, creados para enfrentar a la patronal, se
vuelven contra los trabajadores. La violencia que se ejercía hacia afuera, ahora
se ejerce hacia adentro. Al principio el aparato es la simple patota, formada en
parte por elementos desclasados de la Resistencia, en parte por delincuentes. A
medida que las alianzas se perfeccionan, a medida que el vandorismo se expande a
todo el campo gremial y disputa la hegemonía política, el aparato es todo: se
confunde con el régimen, es la CGT y la federación patronal, los jefes de
policía y el secretario de trabajo, los jueces cómplices y el periodismo
elogioso.
3. EL APARATO
El vandorismo tiene su discurso del método, que puede condensarse en una frase :
El que molesta en la fábrica, molesta a la UOM; y el que molesta a la UOM,
molesta en la fábrica. La secretaría de organización del sindicato lleva un
prolijo fichero de "perturbadores", permanentemente puesto al día con los
ficheros de las empresas. ¿Se explica ahora que la Banca Tornquist despidiera a
Raimundo Villaflor aún antes de que su nombre apareciera en los diarios?
Al despido sigue siempre la expulsión del sindicato, o viceversa: el artículo 9
de los estatutos permite expulsar a un afiliado sin asamblea, por simple
resolución de la directiva.
De este modo fueron arrasadas a partir de 1959 las vanguardias más combativas.
Las denuncias rara vez llegaban a los diarios: recién en 1967, con la aparición
de fuertes listas opositoras, es posible documentar esa interminable sangría. En
septiembre de ese año, la lista gris (peronista) prueba la complicidad de la UOM
con los despidos de más de setecientos trabajadores antivandoristas en veinte
empresas.
Al principio, la UOM prestaba asistencia legal a los cesantes. Después dejó de
hacerlo. Esa quiebra de los últimos escrúpulos es ilustrada dramáticamente por
el caso de Sergio Martínez, delegado de la firma Guillermo Decker. Detenido el
28 de junio de 1968 en el acto organizado por la CGT opositora, la empresa lo
despidió. Ricardo Otero, secretario de organización gremial de la UOM, dijo
simplemente:
-El sindicato no mueve un dedo.
Y no lo movió.
Hay desde luego quienes no se conforman: protestan, agitan, piden asambleas.
Actúa entonces el segundo escalón del aparato: una buena paliza suele disuadir
al perturbador. Si aun eso es insuficiente, o se trata de un traidor que se
queda con fondos de "la organización", puede aparecer con un tiro en la cabeza
en un camino suburbano.
Esto no sirve cuando el rebelde tiene ciertas condiciones, cuando en vez de
llamarse Rodríguez (por ejemplo) se llama Felipe Vallese y es un luchador sin
miedo. Aparece aquí el tercer escalón: la policía. Secuestra, tortura, mata. No
importa que el secuestrado en la comisaría de Villa Lynch de a dos detenidos que
salen en libertad el número telefónico de la UOM; no importa que, en efecto,
llamen ahí: "El sindicato no mueve un dedo". No importa que todavía haga llegar
a Vandor un mensaje desesperado donde dice que lo están destrozando: el papelito
se pierde, Vallese es "comunista". Después no faltarán quienes compongan un
libro para explicar todo lo que hizo la UOM para encontrar a Valiese: el aparato
tiene sus escritores, sus ensayistas, sus sociólogos.
¿Es una casualidad que los metalúrgicos Mussi y Retamar, asesinados por la
policía en San Martín, pertenezcan a ese grupo de rebeldes? Quizá. ¿Es también
una casualidad que Américo Cambón, al participar de una manifestación en Ramos
Mejía sea perseguido hasta el interior de un garage por un policía que allí lo
hiere de un tiro? Se trata en todo caso del mismo Américo Cambón que
veinticuatro horas antes del tiroteo de La Real recibe por orden de Rosendo
García una formidable paliza, cuyos ejecutores materiales son policías de la
provincia.
Si aún esto falla, se puede acudir a la difamación. Acusar de coimero, por
ejemplo, al ex asesor gremial Lorenzo Oddone. Es inútil que Oddone pruebe que el
acusador es gerente de la compañía en que están asegurados los bienes de la UOM.
Inútil que el juez lo absuelva: la UOM tiene más dinero para pagar solicitadas
más grandes que sus adversarios.
¿Cuánto dinero? Ochocientos millones asegurados en la empresa del acusador,
señor Plut. La cifra puede ser diez veces mayor, o puede estar comida por las
deudas. Nadie lo sabrá hasta que el vandorismo responda a las preguntas que
desde hace dos años viene formulando la oposición en el gremio. Lo único seguro
es el descuento del uno por ciento sobre los salarios de todos los trabajadores
de la industria, afiliados o no: un ingreso superior a los mil millones anuales.
No es de allí, sin embargo, de donde salen los fondos secretos que tanto sirven
para disuadir a un opositor apresurado como para aceitar las ruedas de la
justicia: la quiniela bancada en las fábricas forma parte del acuerdo con los
patrones, así como los intereses fuera de planilla sobre fondos retenidos, o la
movilidad social que permite a un "obrero" convertirse en industrial de la
chatarra. Tampoco salen de allí ciertas mercedes (Benz) recibidas por Vandor de
la empresa que, casualmente gana una millonaria licitación de equipos para el
policlínico. Es que, como dice Vandor, "nadie puede estar al frente de un gremio
si no mantiene una línea de conducta acorde con lo que piensan y sienten sus
representados".
Vandor se ha mantenido diez años al frente de su gremio, y lo que pensaban sus
representados se ignoró hasta mayo de 1967 cuando dos listas opositoras se
presentaron a discutirle la conducción. Cualquiera de las dos, la gris o la
rosa, bastaba para derrotarlo. Pero sus amigos de 1959 habían escalado
posiciones: el subdirector de relaciones San Sebastián era ya el secretario de
trabajo San Sebastián, y en ese carácter ordenó la suspensión de las elecciones
en la UOM y la prórroga de los mandatos de sus dirigentes. La maniobra resultó
visible hasta para el comentarista gremial de La Nación.
"Esta disposición -dijo- salvaría a Vandor del riesgo muy posible de perder el
mando de su gremio".
Más que riesgo era una evidencia. Vandor ya no era siquiera una primera minoría.
Fatalmente iba a perder, y San Sebastián lo salvó, fingiendo por supuesto una
medida adversa: "no controlar los comicios de los metalúrgicos y no reconocer a
dirigentes que surjan de ellos".
-Qué lástima -dijo Vandor-. Entonces no hay comicios.
Y se quedó, elegido por el secretario de 'trabajo del gobierno elegido por
nadie.
Ahora había que ajustar la deteriorada maquinaria. Las grandes empresas
metalúrgicas despiden uno por uno a los enemigos conocidos de Vandor. La General
Electric echa a cinco candidatos de la lista gris, además de 56 obreros de su
planta Santo Domingo y 70 (incluso 12 delegados) de su planta Carlos Berg. La
Phillips completa un millar de despedidos: no queda ningún delegado, o que haya
sido delegado aún en los tiempos más remotos. Tamet, de la Banca Tornquist,
cesantea a 47 candidatos opositores. Camea, a 150. Despidos masivos de
trabajadores antivandoristas sacuden a Ascensores Electra, BTB, Fanal, Saccol,
Volcán, Deadoro, Perdriel, Manuel Royo, Silvania y Zabaza.
Los grises y los rosados desaparecen del mapa. Advertidos, los metalúrgicos
esconden el bulto: antivandorismo equivale a perder el empleo. En marzo de 1968
Vandor ha recuperado su confianza y cree que puede dar elecciones.
Su proverbial cautela, sin embargo, le hace elegir el momento de la
convocatoria: la semana de carnaval, cuando muchos trabajadores están de
vacaciones. Como por milagro resurge la oposición, las listas rosa y gris se
unifican en la Capital, presentan sus 104 candidatos y las 750 firmas de aval.
Vandor acude entonces a una táctica que nadie ha perfeccionado como él: dividir
el campo opositor. Compra directamente a seis candidatos de la lista gris, que
se reúnen, "expulsan" a los demás y publican una solicitada bajo el título "Procedemos así porque no somos comunistas". Pero esta vez la maniobra fracasa.
Capital, con sesenta mil afiliados, era la seccional más importante. Setenta y
dos horas antes de los comicios era evidente que la lista gris arrasaba.
"Ganábamos por muerte y desolación", dice un dirigente. El vandorismo emplea un
último recurso: hace impugnar la lista por la junta electoral. La protesta
opositora se derivó al secretario San Sebastián, que todavía la está pensando.
La lista gris ordenó entonces no votar. En la Capital, 57.500 trabajadores sobre
60.000 cumplieron esa orden. El vandorismo obtuvo apenas 2.500 votos, el cuatro
por ciento del gremio. He aquí algunos resultados, fábrica por fábrica
Empresa Inscriptos Votaron
Centenera 1000 150
CAMEA 900 120
G. Decker 180 25
TAMET 1200 88
Deadoro 200 6
Perdriel 350 0
Purolator 90 0
Schwartz 70 0
Gillette 120 0
El colegio electoral surgido de este modo reelige a la plana mayor del
vandorismo. Se viola así la resolución 969 que dispone la elección directa, pero
San Sebastián vuelve a callar. Entretanto, los candidatos opositores son
despedidos en masa.
Falta aún elegir los cuerpos de delegados. Se hacen algunas elecciones
maravillosas, con sobres abiertos que entran de a tres en las urnas, carnets
falsos, voto cantado, urnas cambiadas. En la fábrica de envases Centenera, Bunge
y Born facilita el triunfo de sus amigos despidiendo a cuarenta activistas
opositores. A pesar de todo el vandorismo empieza a perder en las empresas más
grandes: Tamet, Camea, BTB. Entonces se suspenden las elecciones y la mayoría de
las fábricas permanecen hasta hoy sin delegados, los trabajadores sin defensa
alguna ante los patrones. Igual que en 1955, el gremio está intervenido. Sólo
que el interventor es ahora el secretario general de la UOM.
A medida que esta realidad penetra cada vez más profundamente en las bases
metalúrgicas, el gremio se despuebla. En 19,63 la Unión Obrera Metalúrgica tenía
219.000 afiliados
En 1966, 121.000
Faltaba poco para desandar todo el camino recorrido desde 1945. Es posible que
ese retroceso se haya cumplido ya. Pero quizá mejor que las cifras, exprese la
realidad del gremio y el sentimiento de los trabajadores metalúrgicos esta carta
de un ex delegado:
"El día 7/1/69 a las 15 horas se llevo a cabo una reunion en las oficinas de
Deneb S.A. convocada por el "señor" Rene Labate jefe de administración de dicha
enpresa y el compañero Luis Contarini ex delegado obrero de la misma, a los
efectos de comunicarle al sitado compañero, que de seguir peleando la C.G.T. de
los Argentinos por la reincorporación de la compañera Izzi, no se le harían
efectivos los documentos que se le dieron en consepto de indenmización al sitado
compañero, con los riesgos que tal medida proboque... con el agregado que como
patrones no podían tolerar nunca una comicion interna que responda a la C.G.T.
de los Argentinos por considerarla revolucionaria y contraria a sus intereses y
que preferían serrar la fabrica anparandose en el gran estok que tenían antes
que se les organise el personal y que preferían toda la vida a Vandor porque es
mas "negociante", a lo que le fue respondido que no es que sea "negociante" sino
patrón".
4. COMO MATAR AMIGOS E INFLUIR SOBRE LA CGT
Cuando el Aparato se extienda a la CGT, cuando la Negociación invada hasta los
últimos rincones del sindicalismo, los resultados serán los mismos que en el
gremio metalúrgico: la destrucción del movimiento obrero argentino, la quiebra
absoluta entre los dirigentes y sus bases.
El caso Rosendo García desempeñó un papel en ese epílogo.
El manejo total de los recursos informativos permitió al vandorismo mantener
durante quince días la ficción de que el tiroteo de La Real fue un atentado
contra los dirigentes metalúrgicos, e incluso contra toda la "plana mayor del
neoperonismo". Menos tiempo necesitó Vandor para resolver favorablemente el
pleito interno de la CGT, iniciado en febrero de 1966 con la expulsión de
Alonso.
Jugando de carambola, explotando la muerte del amigo y la mentira del atentado,
acorraló literalmente al sastre "isabelino", lo llenó de pavor con aquella
famosa amenaza pronunciada ante el ataúd de Rosendo en el cementerio de
Avellaneda: "Si en los próximos días los responsables de este crimen no levantan
la bandera de la paz, aquí van a correr ríos de sangre". El hombre que estaba "de pie" se sintió responsable de un crimen, cuando sólo era responsable del
abandono de las víctimas y de los sobrevivientes, que debieron esconderse. La
bandera de la paz levantada por Alonso, flamea hasta hoy en Azopardo 802.
De la montaña de información publicada en esos días, basta reseñar la del diario
La Prensa que habitualmente refleja en su forma más cruda los intereses
antiobreros. "Objetivamente" dice el 15 de mayo "se tiene la impresión de que el
grupo de sindicalistas adictos al tirano prófugo que actúa bajo las directivas
del dirigente metalúrgico Vandor es la que fue atacada, al parecer sin dar
tiempo a sus integrantes a defenderse". No podía pretenderse desde luego que el
matutino cambiara su jerga: lo que contaban eran los hechos. El 17 mencionaba al
propio Vandor como "posible destinatario de la agresión", hablaba de "los
atacantes de Rosendo García", citaba como presunto inspirador del ataque a
Héctor Villalón. El 18 afirmaba falsamente que "las pericias balísticas
certifican disparos de armas de fuego de ambos grupos". El 19 insistía en la "responsabilidad de ambos grupos", volvía a llamar
"agresores" al bando de
Blajaquis, informaba que García fue alcanzado por un disparo de "ametralladora"
cuando "intentaba darse vuelta" y publicaba un croquis totalmente tergiversado,
pero de indudable fuente vandorista, del escenario de los hechos .
Esta enorme presión rendiría sus frutos. Ya el 19 La Prensa relacionaba el caso
con la situación de la CGT diciendo que "la posición del sector peronista
dirigido por Augusto Vandor se robustece considerablemente". Esa misma tarde el
Comité Central Confederal iniciaba sus sesiones con un minuto de silencio en
homenaje a Rosendo, aceptaba la renuncia del Consejo Directivo y designaba
secretario general al vandorista Francisco Prado. Emotivamente reseñó el
episodio la revista Confirmado: "Augusto Vandor obtuvo, el jueves pasado, uno de
los triunfos sensacionales de su carrera política y gremial: una CGT ampliamente
representativa se ponía, otra vez, en marcha. Pero no pudo festejarlo con quien
hubiera querido hacerlo: Rosendo García".
El alonsismo estaba vencido.
La fuerza de la CGT podía jugarse ahora en favor del golpe. El 7 de junio un
formidable paro inmovilizó el país. El 29 Vandor sonreía en la Casa Rosada junto
al nuevo presidente.
Poco después el convenio metalúrgico era oficializado -primera vez en la
historia- en el salón de invierno con la presencia de Onganía. Vandor
correspondió la gentileza poniéndose también por primera vez una corbata, gemela
de la que llevaba Rosendo la noche de su muerte.
"Yo creo que el presidente está muy bien inspirado en el tema de la unidad de la
CGT", declaraba Vandor en septiembre.
Lo que sigue es de sobra conocido. En octubre estalla el conflicto en el puerto,
el gremio es intervenido. El 30 de noviembre los portuarios son apaleados por la
policía a la puerta de la CGT mientras los dirigentes discuten si los dejan
entrar. Vandor admite que "se le han visto las patas a la sota". El portuario
Telmo Díaz tiene dificultades para que lo dejen hablar. "Es una vergüenza" ruge
al fin. "Yo no vengo a tirar mierda, pero quisiera, verlos a ustedes con las
bases peleando todos los días, llenos de necesidades. Claro que la posición de
ustedes es cómoda. Aquí se han callado. Aquí cada uno cuida su boliche. Nos han
dejado solos. No vengamos aquí diciendo que vamos a parar dentro de quince días,
porque si no, les sugeriría que paremos la noche de Reyes".
De esta tormenta nace el plan de acción: el 14 de diciembre una huelga paraliza
al país. El gobierno responde encarcelando a Tolosa, negociando bajo cuerda con
el vandorismo. Las viejas alianzas se reconstruyen: el 21 de febrero de 1967
Liberato Fernández publica una carta abierta -se dice escrita por Frondizi-
donde aconseja a Vandor el "repliegue táctico". A las etapas del plan de acción
suceden nuevas represalias: el gobierno interviene la Unión Ferroviaria, dicta
la ley de servicio civil. El 9 de marzo el confederal levanta el plan de lucha.
"Si hubiera traído una valija de cinturones, los vendo todos -grita Telmo Díaz-,
a ustedes se les han caído los pantalones".
A la renuncia de Prado suceden los intentos de normalizar la CGT. El gobierno
necesita ahora un año de plazo para imponer el congelamiento de salarios,
derogar la legislación social, implantar la racionalización. Para obligar al
vandorismo a cumplir su parte del acuerdo, conserva en rehenes la personería
gremial de la UOM, pero libera sigilosamente sus fondos y en mayo suspende los
comicios del gremio salvando a Vandor de una derrota segura. Una comisión
delegada sumisa al vandorismo posterga una y otra vez el congreso normalizador.
El 28 de marzo de 1968 estalla al fin la rebelión: el congreso convocado según
los estatutos, con quórum reglamentario, elige secretario general de la CGT a
Raimundo Ongaro.
Es la primera votación de este tipo que pierde Vandor. Ni él ni el gobierno
aceptan la derrota. Con pretextos pueriles retira a los gremios adictos, crea
una segunda CGT, formaliza la división del sindicalismo. Con él se apartan los
responsables de una cadena interminable de derrotas populares: Alonso, Coria,
Taccone, Cavalli, March, artífices y beneficiarios del colaboracionismo. En
septiembre dejan librada a su suerte la huelga petrolera de Ensenada. Lo demás,
hasta hoy, es comedia.
Cabe preguntarse ahora por los resultados concretos que ha obtenido el
vandorismo en diez años de dominación abierta o solapada sobre el movimiento
sindical argentino. La participación de los asalariados en el ingreso nacional,
que en 1958 era del 57 %, en 1965 había descendido a menos del 47 %. Los
salarios reales en la industria se mantienen al nivel de 1943. Ya en 1965 la CGT
denunciaba la existencia de más de un millón de desocupados. Han desaparecido
las convenciones colectivas y el derecho de huelga, se han aumentado los topes
jubilatorios, se destruye paulatinamente el sistema de previsión social, 500.000
trabajadores tienen sus sindicatos intervenidos. Para esto ha servido tanta
astucia, tanto Lobo, tanta maraña de tácticas, tanto engranaje de
claudicaciones.
En 1953 la CGT se jactaba de nuclear a 6.000.000 de afiliados.
Quizá la cifra era exagerada. En todo caso había disminuido en 1963 a 2.400.000
afiliados.
En octubre de 1966 el gobierno de Onganía pudo anunciar triunfalmente que esa
cifra quedaba reducida a
1.900.000 afiliados sobre un total de casi 9.000.000 de trabajadores.
Es decir que apenas un obrero de cada cinco prefiere confiar al sindicato la
defensa de sus derechos. En este campo también se ha regresado a 1943. Como
dirían los comentaristas gremiales: "Un nuevo triunfo del vandorismo".
5. LA CAMISETA
-Si me saco la camiseta peronista, pierdo el gremio en una semana.
Con esta frase resumía Vandor en 1965 una de las claves de su ascenso: era
posible negociar en secreto con los empresarios, "ser un patrón", siempre que se
afirmara en público la lealtad al sentimiento de las clases populares.
Las 62 Organizaciones Peronistas fueron el instrumento apto para extender su
dominio a todo el campo gremial. La CGT, su plataforma para invadir el terreno
político. En 1963 pone allí a José Alonso. Coloca en la presidencia del partido
justicialista de la Capital a su más fiel lugarteniente, Paulino Niembro, que en
1965 presidirá el bloque de diputados del sector. Ya ese año ha reunido en una
sola mano la casi totalidad de los órganos del movimiento: el partido, la
central obrera, la oposición parlamentaria y las situaciones provinciales.
El propio Vandor parece no aspirar a nada (sólo preside las 62 y la UOM), aunque
aspira a todo. Podría recoger íntegra la herencia peronista, si el longevo
caudillo se resignara a morir. Pero eso no ocurre y tampoco se le escapan los
propósitos del heredero, "ambicioso incorregible", como lo define.
El peronismo por otra parte sigue ligado al recuerdo de tiempos más felices, al
mito del regreso que torna discutible en última instancia cualquier jefatura
local. Vandor concibe entonces su maniobra más audaz: demostrar que ese regreso
es imposible. De ahí nace a fines de 1964 la "operación retorno". ¿Creyó Perón
seriamente que el gobierno radical lo dejaría desembarcar? Encandilado por la
perspectiva, demostró que también era un mito su temor a volver, pero el saldo
íntegro de la operación fue rescatado por el vandorismo: Perón no volverá.
De esa demostración a la proclama de Avellaneda que postula un peronismo de
conducción local, hay un solo paso: el vandorismo lo da a fines de 1965. En
marzo, Primera Plana resume en tres palabras la alternativa "¿Vandor o Perón?"
El dirigente metalúrgico vuelve a ponerse la camiseta en una solicitada: "Vandor
responde: PERÓN", y firma "Augusto Vandor, afiliado peronista". Esa declaración
de solitaria humildad no le impide mover todas sus piezas para la confrontación.
Ya hemos visto cómo se jugó la partida: Vandor gana en la CGT, Perón en el
partido. El golpe de Onganía desempata a favor del dirigente metalúrgico: ya no
hay partidos, ni parlamentos, ni elecciones. El 17 de Octubre es comentado por
la revista empresaria "Análisis". Hace un año, dice, "los cuadros dirigentes del
movimiento de abandonar la estructura gregaria que otorgaba todo el control a su
líder"; "la dirección sindical y política del peronismo ha preferido adoptar el
pragmatismo que distingue a nuestras clases medias y altas más dinámicas"; "Vandor salió airoso de la prueba... Con decisión, pero al mismo tiempo con
cautela, sin estridencias, decidió arrancar del control madrileño al peronismo
sindical, abandonar la antigua e infecunda ortodoxia del exclusivismo". El
artículo se titula "De la rebelión a la madurez política", y lleva una foto a
página de Vandor.
El 5 de septiembre, en carta a un dirigente metalúrgico, Perón dictaba un
anatema que por la violencia de sus términos parece definitiva. Acusaba a Vandor
de "engaño, doblez, defección, satisfacción de intereses personales y de
círculo, desviación, incumplimiento de deberes, componendas, acomodos
inconfesables, manejo, discrecional de fondos, putrefacción, traición, trenza".
Y agregaba: "Por eso yo no podré perdonar nunca, como algunos creen, tan funesta
gestión".
Los expertos en famosos movimientos pendulares se permitieron dudar, y el tiempo
les daría la razón. Dos años más tarde Vandor parecía triturado entre la
ofensiva de la CGT rebelde y una momentánea cuarentena impuesta por el gobierno.
Acudió entonces a España y Perón lo reflotó con la consigna de la "unidad".
Ningún otro hecho político podía resultar tan paralizante en ese momento para la
CGT opositora. Ongaro debió viajar a Madrid para componer lo que fuera posible,
mientras en Ensenada se desencadenaba la huelga petrolera. El 17 de Octubre
-singular coincidencia- se publicaba en Buenos Aires un cable según el cual
Perón ordenaba crear una comisión reorganizadora de las 62, el tradicional
instrumento político de Vandor.
Uno de los hombres designados por Perón para integrar esa comisión era Armando
Cabo, el matador de Zalazar.
6. LAS IDEAS
En alguna oportunidad el vandorismo se ha jactado de no precisar para su acción
teorías políticas complicadas. En efecto, los supuestos de esa acción están
catalogados prácticamente desde que nació el movimiento obrero contemporáneo.
"El vandorismo", juzgaba en 1966 uno de sus grandes impugnadores, Amado Olmos "exhibe una brecha imposible de cerrar: su falta de ideología. Así Vandor obra a
merced del aventurerismo, del oportunismo político".
Los resultados de la acción son desde luego más importantes que los discursos y
las intenciones, que Vandor relega sensatamente a los ideólogos del aparato. Por
lo menos en una ocasión, sin embargo, expuso por escrito sus ideas . En la
medida en que corresponden a los hechos producidos en una década, vale la pena
detenerse en ellas.
Vandor atribuye al Sindicalismo (con mayúscula) un poder casi ilimitado: "En
todas las latitudes... ha sido y es fundamentalmente constructivo". En nuestro
país, las elecciones de 1958 demostraron "su poder real y concreto". Sin él no
se puede gobernar, si se lo elimina de la conducción nacional se produce "el
estancamiento económico".
¿Qué pretende este sindicalismo? No hay que asustarse. No se trata de "sostener
un planteo clasista y sectario". Clasista, pues, equivale a sectario. Ya
Taccone, secretario general de Luz y Fuerza, lo ha dicho con un epigrama: "La
clase obrera no es clasista". ¿Será clase, por lo menos? ¿Será obrera?
Los obreros no persiguen ningún fin separado como clase: "Si consideramos que el
Sindicalismo es columna vertebral de la Nación, es porque pensamos en términos
nacionales, es decir de totalidad, de comunidad". La Nación es, pues, de una vez
y para siempre la estructura actual, con sus opresores y sus oprimidos. La
comunidad incluye de una vez y para siempre a los propietarios y los
desposeídos. Esa estructura no debe ser alterada ni atacada mediante planteos
clasistas y sectarios: "La Paz Social no sólo es posible sino necesaria".
Se trata de reformar "la antigua sociedad liberal e individualista", de
convertirla en una "verdadera comunidad nacional". Para ello el sindicalismo
debe "institucionalizarse", ser factor de poder, "parte integrante" del poder: "Pienso que la única forma en que las relaciones entre el Sindicalismo y el
Poder Público adquieren carácter permanente, es con la participación del
Sindicalismo en este último".
El modelo ideal de esa participación es, naturalmente, el período de gobierno
peronista, concebido no como un paso adelante para la clase trabajadora, sino
como el paso definitivo, el nivel último de ascenso, el no-va-más de la
historia. En ese período "El Sindicalismo... es parte integrante del gobierno e
interviene en todas las decisiones que hacen a la vida nacional". Este modelo de
relación entre los sindicatos y el Estado es, al parecer, eterno, independiente
de la naturaleza de ese Estado y de las fuerzas económicas que expresa. La
proposición aceptada por un estado burgués nacionalista, que traduce la
expansión de las fuerzas productivas internas, puede formularse al Estado
frondizista que refleja el retroceso de esas fuerzas, reformularse ante el
Estado de Onganía que sanciona la definitiva penetración de los monopolios. Se
trata de "participar" con cualquiera: basta que a uno lo dejen.
Si el modelo peronista es el ideal, el frondizista merece un disimulado
homenaje: "La institucionalización debe producirse dentro de un estado que
impulse un verdadero desarrollo económico..., está ligada a una planificación de
desarrollo económico e industrial... Se habla de planificar para todos los
argentinos". Cabe, en fin, un saludo a las pretensiones cesaristas de Onganía: "La era de la ficción y de los intermediarios tiene que terminar", una
reverencia a sus veleidades comunitarias: "Aun en la coyuntura más desfavorable,
nuestro Sindicalismo ha probado su notable voluntad comunitaria... Policlínicos,
servicios sociales en general, turismo, planes de vivienda, campos de deporte,
bancos sindicales..., son la prueba..."
Como un corte geológico o el tronco de un árbol, este documento de la ideología
vandorista exhibe las sucesivas etapas de la transacción, los estratos
históricos en que se volvió a negociar lo ya negociado, todas las variables del
oportunismo que acusaba Olmos.
Este conjunto de ideas y proposiciones han aparecido reiteradamente en las
solicitadas de la UOM, en los reportajes a Vandor. Citaremos solamente uno,
publicado a comienzos de 1968 en la revista "Siete Días". Allí Vandor refirma: "Lo que hay que rescatar es la revolución, no interesa quién la haga..., todos
los sectores sociales sin prejuicios de clase... Yo no soy partidario del
movimiento clasista". Incidentalmente, el no clasismo de Vandor se ha revelado
en cada momento crítico como macartismo auténtico.
Como se ve, la burguesía no tiene nada que temer de Vandor. Lo que él pretende
es que las cosas mejoren dentro del Sistema, "discutir y decidir en un pie de
igualdad", llegar a un arreglo "permanente". ¿Discutir con quién, arreglar con
quién? Con los empresarios, naturalmente, y con el ejército, que "es una
realidad". Esto conviene a todos. "A mayor consumo de la clase trabajadora,
mayores inversiones de capital" y "mayor desarrollo industrial". La relación, en
suma, se define como "decidida participación en el desarrollo".
La comunidad capitalista no aparece cuestionada, la lucha de clases no es
reconocida, la "paz social" debe mantenerse, se quiere ser "factor de poder" y
no tomar el poder.
Discutir el vandorismo desde la perspectiva de una teoría revolucionaria de la
clase obrera es reencontrar uno por uno los viejos lugares comunes del
reformismo, del sindicalismo burgués. En todo caso Vandor es derrotado por los
hechos, además de la teoría. Si los trabajadores lo juzgan hoy duramente es por
los resultados de su acción, por lo que él ha conseguido con sus negociaciones,
sus maniobras y sus pactos: destruir el gremio metalúrgico convirtiéndolo en
simple aparato, dividir la CGT, quebrar la confianza de los trabajadores en sus
dirigentes, retrotraer el movimiento obrero a 1943.
Es bueno, sin embargo, que los trabajadores aprendan a reconocer las ideas que
conducen a esos hechos, y que sepan también que las ideas no son inocentes, que
el desprecio por la ideología de la clase obrera es una promesa segura de
traiciones, y que las traiciones no se consuman porque sí, sino en pago de algo.
Bien lo dijo Amado Olmos, refiriéndose no sólo a Vandor, sino al grupo de
jerarcas enriquecidos, de burócratas complacientes que lo han acompañado en sus
aventuras:
"Estos dirigentes han adoptado las formas de vida, los automóviles, las
inversiones, las casas, los gustos de la oligarquía a la que dicen combatir.
Desde luego con una actitud de ese tipo no pueden encabezar a la clase obrera".
CONCLUSIÓN
Hasta aquí la historia del caso Rosendo García, con algunas, no todas, sus
implicaciones. No quiero cerrarla sin decir lo que a mi juicio significa.
Hace años, al tratar casos similares, confié en que algún género de sanción
caería sobre los culpables : que el coronel Fernández Suárez sería castigado,
que el general Quaranta sería castigado.
Era una ingenuidad en la que hoy no incurriré. Sinceramente no espero que el
asesino de Zalazar vaya a la cárcel; que el asesino de Blajaquis declare ante el
juez; que el matador de Rosendo García sea siquiera molestado por la divulgación
de estos hechos.
El sistema no castiga a sus hombres: los premia. No encarcela a sus verdugos:
los mantiene. Y Augusto Vandor es un hombre del sistema.
Eso explica que en tres años la policía bonaerense no haya podido aclarar el
triple homicidio que nosotros aclaramos en un mes; que los servicios de
informaciones, tan hábiles para descubrir conspiradores, no hayan desentrañado
esta conspiración; que dos jueces en tres años no hayan averiguado los ocho
nombres que faltaban y que yo descubrí en quince minutos de conversación, sin
ayuda oficial, sin presionar a nadie ni usar la picana.
No se trata, por supuesto, que el sistema, el gobierno, la justicia sean
impotentes para esclarecer este triple homicidio. Es que son cómplices de este
triple homicidio, es que son encubridores de los asesinos. Sin duda ellos
disponen de la misma evidencia que yo he publicado y que en otras circunstancias
servirían para encarcelar a Vandor y sus guardaespaldas. Si no lo hacen es
porque Vandor les sirve. Y si Vandor les sirve es, entre otras cosas, porque esa
amenaza está pendiente sobre él. El poder real de Vandor es hoy el poder de
Onganía, el poder de San Sebastián. El vandorismo es una pieza necesaria del
sistema.
Ya hemos visto que esa complicidad entre Vandor y el sistema no se reduce al
caso Rosendo García, que dentro del mecanismo general de corrupción y violencia,
de acuerdos y traiciones que en mínima parte reseñamos, el caso Rosendo García
es, en efecto, una "anécdota", pero una anécdota que desnuda la esencia del
vandorismo: ningún otro factor aislado ha contribuido tanto a quebrar la
resistencia del movimiento obrero y entregarlo atado de pies y manos al gobierno
de los monopolios.
Esto fue posible porque efectivamente Vandor y muchos de los hombres que lo
rodean habían luchado en su momento, y al defeccionar provocaron en los
trabajadores esa tremenda quiebra de confianza que sólo es comparable a la que
produjo en el país entero el frondizismo. La traición de un líder es más difícil
de superar que la oposición de un enemigo abierto. Por eso pudo decir con
legítimo derecho uno de los sobrevivientes de la matanza de La Real: "Vandor es
peor que los patrones".
Los ríos de tinta que en mayo y junio de 1966 presentaron a los agresores como
víctimas y a los atacados como asesinos, no han desandado su curso hoy que el
"misterio" está aclarado. La prensa del régimen no ha retirado una coma de lo
que falsamente dijo. No esperaba yo otra cosa. Esta denuncia ha transcurrido en
el mismo silencio en que transcurrió "Operación Masacre". No es la única
semejanza. Tanto en un caso como en otro se asesinó cobardemente a trabajadores
desarmados como Rodríguez, Carranza y Garibotti, como Blajaquis y Zalazar. En
mayor o menor grado estos hombres representaban una vanguardia obrera y
revolucionaria. Tanto en un caso como en otro los verdugos fueron hombres que
gozaron o compartieron el poder oficial: esa es la afinidad que al fin podemos
señalar entre el coronel fusilador Desiderio Fernández Suárez, y el ejecutor de
La Real, Augusto Timoteo Vandor.
Ese silencio de arriba no importa demasiado. Tanto en aquélla oportunidad como
en ésta me dirigí a los lectores de más abajo, a los más desconocidos. Aquello
no se olvidó, y esto tampoco se olvidará. En las paredes de Avellaneda, de
Gerli, de Lanús, ha empezado a aparecer un nombre que hace mucho tiempo que no
aparecía. Sólo que ahora va acompañado de la palabra: Asesino.
EPÍLOGO DEL EDITOR
Desde mayo de 1966, los protagonistas de esta historia encontraron la forma de
continuar participando de la ardua militancia sindical y hasta hubo alguno que
logró escalar posiciones en la política.
A los hermanos Villaflor la tragedia los envolvió sin piedad.
Raimundo, de quien Walsh escribió el cálido retrato que ocupa el primer capítulo
de este libro, desapareció en agosto de 1979, cuando seguía siendo un militante
de base del gremio metalúrgico. Junto con él desapareció su compañera, Elsa
Martínez. Y un día antes fueron secuestrados Josefina Villaflor, la otra hermana
de Raimundo, y su esposo, José Luis Hassan. La larga mano de la represión
militar se cebó con los Villaflor, esa familia de activistas que en Avellaneda
representaban una tradición de hombres y mujeres a los que se podía matar, pero
no comprar. Josefina Villaflor era asesora gremial de la Federación Gráfica
Bonaerense cuando desapareció, en los tristes días de 1979. Y otra Villaflor, la
Azucena Villaflor que las Madres de Plaza de Mayo levantaron como bandera de
todas ellas, madre de un muchacho que desapareció acompañado por su novia,
también fue secuestrada en septiembre de 1977, en Sarandí, a dos cuadras del
puente. De los Villaflor sobrevivió Rolando, a quien Walsh dedica el tercer
capítulo de este libro, que sigue siendo obrero metalúrgico, cuida a los hijos
de Raimundo y, apartado temporariamente de la vida sindical, con su sola
presencia recuerda el pasado combatiente de una Avellaneda de fábricas que ya no
existen y de obreros que han emigrado. Y un primo de Raimundo y Rolando, el
gráfico Osvaldo Villaflor, después de ocho años de exilio en Perú y México, al
cabo de casi un año de prisión, es la presencia viva de una leyenda familiar
señalada por el coraje y la persecución.
Otros, por el contrario, hicieron carrera política. Norberto Imbelloni, cuya
confesión permitió a Walsh reconstruir lo que había pasado en La Real de
Avellaneda, es realmente el mismo diputado Norberto Imbelloni elegido en 1983.
La pista de otros testigos y protagonistas se ha perdido en la historia de la
ciudad, en los relatos de la represión y del exilio. Es posible que algunos
cayeran sin nombre, cuando las dos vertientes del sindicalismo peronista, que
Walsh revisó de cerca en este libro, se enfrentaron con violencia.
Escribir la historia de los Villaflor después de La Real es un tema que hubiera
apasionado a Walsh. El Editor solamente desea dejar impresa la noticia de la
suerte diversa que acompañó a algunos de estos hombres a quienes un aparente
hecho policial introdujo para siempre en la historia de la literatura política
argentina contemporánea.

VOLVER A
CUADERNOS DE LA MEMORIA
