Imprimir este documento



NOTAS EN ESTA SECCION
Reseña biográfica | Roa Bastos y el dolor de la significación, por Carlos Pacheco | Lucha hasta el alba
Chepé Bolívar | La Excavacion | Bajo el puente | El trueno entre las hojas | Kurupí

Augusto Roa Bastos sufrió la historia de Paraguay en carne propia y la convirtió en literatura.

Nace el año 1917 en Asunción, Paraguay. Pasa su infancia en Iturbe, un pequeño pueblo de la región del Guairá, escenario de sus primeros relatos.
Con apenas 15 años se fuga con un grupo de compañeros de colegio a la guerra del Chaco, contra Bolivia, como asistente de enfermería.

Trabaja en múltiples oficios y comienza a publicar en prensa. En 1945, invitado por el British Council, viaja a Gran Bretaña y Francia, y sus entrevistas y crónicas del final de la II Guerra Mundial se publican en el diario "El País" de Asunción.

En el año 1947, nada más regresar a Paraguay, las persecuciones desencadenadas por la dictadura militar, tras una breve primavera democrática, le obligan a huir a Buenos Aires iniciando un prolongado exilio.

En Argentina sobrevivió con todo tipo de oficios sin abandonar nunca su actividad literaria. El de cartero fue uno de sus favoritos. Más tarde, trabajó como guionista de cine, autor teatral, periodista y profesor de diversas universidades de América Latina.

En 1953 publica "El trueno entre las hojas", su primer libro de relatos, y en 1960 "Hijo de hombre", título que iniciaba su trilogía sobre el monoteísmo del poder. A éste le seguiría "Yo el Supremo", su obra maestra y una de las cumbres de la literatura castellana contemporánea; en la que narra la historia de José Gaspar Rodríguez Francia, dictador del Paraguay durante 26 años.

En 1976 se traslada a Francia, invitado por la Universidad de Toulouse, y desde entonces residió en esa ciudad.

Descargar obras de Augusto Roa Bastos
Hosted by eSnips

Nombrado profesor de Literatura Hispanoamericana, crea el curso de Lengua y Cultura Guaraní y el Taller de Creación y Práctica Literaria. Es miembro de honor de varias universidades hispanoamericanas, europeas y norteamericanas.

Ha recibido prestigiosos premios y condecoraciones, destacan; el Concurso Internacional de Novelas Editorial Losada (1959) y el Premio de las Letras Memorial de América Latina (Brasil,1988).

En 1989 recibe el Premio Cervantes.

Más de veinte títulos, entre novelas, cuentos, obras de teatro y poesía, componen su obra, que ha sido traducida a 25 idiomas. Es uno de los grandes escritores latinoamericanos de este siglo.

Augusto Roa Bastos falleció en la misma ciudad en la que nació, Asunción, el 26 de abril de 2005, a los 87 años de edad.

Roa Bastos y el dolor de la significación

Po Carlos Pacheco
Universidad Simón Bolívar

El primer recuerdo que tengo de Augusto Roa Bastos (1917-2005) es el de su invisibilidad. Estamos en el gran patio de la Casa de Bello, en Caracas, y es la mañana inaugural de un encuentro de escritores de lengua española en marzo de 1982. Debo presentar allí al autor de una novela a cuyo estudio he dedicado muchas horas durante la preparación de mi tesis de maestría y llego agobiado por la timidez y la admiración. No lo veo por ninguna parte. Mi amiga, la investigadora chilena Ana Pizarro, sale al rescate y me lleva en volandas a conocerlo. Sí, Carlos, ese señor bajito y callado, casi sorprendido de que se interesen por él, jugando a ser invisible cuando ya es nada menos que el autor de Yo el Supremo, es Augusto Roa Bastos.

Reacio a integrar el jet set de la intelectualidad latinoamericana, don Augusto, como me acostumbré a llamarlo a pesar de sus protestas, con ese "don" que para los trujillanos es homenaje de genuino respeto, no abandonaría jamás esa vocación de invisibilidad.

Un par de años más tarde, una extensa entrevista realizada en la Universidad de Maryland durante un coloquio dedicado a su obra1 refrendaría nuestra amistad. Y una ristra de cartas, para mí inolvidables, la mantendría viva a lo largo de los años.

En efecto, Roa Bastos fue consecuente con esa voluntad suya de mantenerse alejado de los reflectores y las cámaras. Personalmente prefirió el bajo perfil. Nunca movió un dedo para promoverse.

Su temperamento lo hacía preferir la soledad de la escritura: que la obra hablara por sí misma, mientras él simplemente seguía escribiendo.
Me doy cuenta de ello ahora, de nuevo, a raíz de las simplificaciones que encuentro en la cobertura que ha recibido su reciente fallecimiento en los medios de comunicación.

Ante la noticia de su muerte el pasado mes de abril se activa, en efecto, un implacable sistema de informaciones y comentarios que debe regirse por la claridad y la concisión. Debe identificarse rápida y eficientemente al escritor fallecido con una gran obra y, de ser posible, con un par de nociones nítidas y recordables. En este caso, la obra es por supuesto Yo el Supremo (1974) y las nociones, las de poder y exilio. Se alude a la representación ficcional de la dictadura de José Gaspar Rodríguez de Francia (1814-1840) como crítica a la de Alfredo Stroessner (1954-1989), que lanzó a Roa al exilio, primero en Buenos Aires y luego en Toulouse, durante la mayor parte de su vida. Si quedan aún algunos caracteres disponibles, se mencionan sus otras novelas, su premio Cervantes en 1989, o se señala su identificación raigal con la cultura paraguaya, escindida entre sus vertientes indígena e hispano-cristiana y diglósica entre el castellano y el guaraní.

Sin duda, con Yo el Supremo, su máxima contribución a la narrativa, Roa Bastos realizó un osado, innovador y sistemático desmontaje del mito del poder omnímodo, mostrando acuciosamente cómo quien pretende asumirlo va siendo proporcionalmente destruido en tanto ser humano y convertido en un monstruo incomunicado.

Suficientemente recia y consistente para inscribir el nombre de Roa entre los protagonistas de nuestra ficción de todos los tiempos, Yo el Supremo es probablemente la más compleja y lograda novela de la dictadura en Latinoamérica; lo que es bastante decir para quienes apreciamos El Señor Presidente, de Asturias; El recurso del método, de Carpentier; El otoño del patriarca, de García Márquez o La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, entre las decenas de obras sobre el poder omnímodo y sus consecuencias, que tantas veces, entonces y ahora, ha estado presente en la vida política y en la novelística continental.

Pero Yo el Supremo es mucho más que una novela histórica, que una novela de la dictadura, o que una novela de denuncia política.
El lenguaje, la comunicación, la escritura, la dificultad de acceder a la verdad de los hechos y de comunicarla impregnan sus páginas con similar intensidad. Como lo apreciábamos en nuestro "Prólogo" de la edición de Biblioteca Ayacucho publicada en 1986, [l]a lucha por el poder no se da sólo en el terreno político, sino también en el semiótico. El conflicto entre lo hegemónico y lo insurreccional, entre el centro y la periferia […] no es sólo una batalla por el control del Estado, sino que se produce también entre las diversas voces y espacios textuales que pretenden monopolizar el sentido del texto novelesco total.

En otras palabras, la novela no sólo exhibe un combate por el poder autoritario, sino también por el poder autorial […] esta obra elude la unidimensionalidad de relatar un acontecimiento ficticio para presentarse como perpetuum mobile, como movimiento permanente de textos que se desdoblan, dialogan, se invierten, se contraponen […], confrontación intertextual que será, en definitiva […] el principal agente portador de la significación.2 Por eso, como lo apreció tempranamente Ángel Rama al calificarla de "inclasificable libro"3, Yo el Supremo es mucho más que una novela de la dictadura. Es un complejísimo experimento de intertextualidad y metaficción y también una exploración insomne de la difuminada frontera entre historia y novela, del arquetipo del doble (YO / ÉL) y sus repercusiones míticas, psicológicas y estéticas, así como de los límites de la escritura y sus encuentros y desencuentros con la oralidad popular. Son estas otras vertientes de la excelsa construcción novelística de Roa en Yo el Supremo las que mejor se conectan con el resto de su obra, para mostrar la consistencia de su producción ficcional (también ensayística, dramatúrgica y poética), a menudo centrada en la (im)posibilidad de captar la realidad y de expresarla a través de la voz y la escritura: eso que hemos llamado el dolor de la significación.

Como un tenaz intento de responder a ese llamado, Roa Bastos vivió su dedicación a la escritura ficcional justamente como una pasión, en el sentido evangélico de la palabra, como la obsesiva misión de un santo laico. Es la afiebrada y tenaz búsqueda de un logro escriturario ideal, utópico como el aludido en nuestro epígrafe, que se sabe esquivo, elusivo, inasible, pero que se persigue sin embargo sin cejar, con la insistencia de quien pone en ello el íntegro sentido de la vida. No otro es el empeño pertinaz de algunos de sus personajes, tanto en sus mejores cuentos ("Moriencia", "Bajo el puente", "Nonato", "Él y el otro", "Contar un cuento", "Lucha hasta el alba") como en varias de sus novelas desde Hijo de hombre (en ambas versiones de 1960 y 1983) hasta El fiscal (1993) y Contravida (1995), en una en una consistente trayectoria literaria donde el narrador asume en carne propia lo que sus personajes viven en la ficción.

Y uno de los escenarios donde se dio con mayor insistencia la persecución de ese ideal utópico fue el intento de oralizar la escritura, de "hacer sonar" la lengua escrita con las cadencias de la lengua popular, tan propio del proyecto transculturador que compartió con altas figuras de las letras latinoamericanas como Juan Rulfo, José María Arguedas o Joao Guimaraes Rosa. En un revelador ensayo titulado " Una cultura ora l" , expresa este particular sufrimiento, o dolor de la significación, con las siguientes palabras: De lo que se trata finalmente es [...] de intentar establecer creativamente en los textos literarios escritos en castellano y en guaraní un movimiento de genuina intercomunicación: hacer pasar a la escritura naturalmente, sin forcejeos artificiales y retóricos, la entonación de la oralidad.

Esto supone una tarea creativa de resemantización del guaraní, no la restauración de una hipotética pureza de la lengua vernácula, que es también una abstracción idealista. [...] Para los escritores que escriben en castellano, se plantea la misma necesidad de hacer "pasar a la escritura" la entonación oral y coloquial del otro hemisferio vivo pero en constante deterioro que es el guaraní popular paraguayo.4 Es también este dolor de la significación el que hace que el complejo protagonista de Yo el Supremo sea un ser dividido entre su apariencia y coraza dictatorial y su lacerada, subversiva y encerrada conciencia interior: "El YO sólo se manifiesta a través de Él." De manera similar, en Hijo de hombre se proyecta el contraste entre los llamados "cristos paraguayos", en especial el viejo Macario, memoria, conciencia y voz popular, frágil portador de una sabiduría tradicional de fuente guaraní, y el protagonista Miguel Vera, también de origen campesino, pero educado en la ciudad, oficial del ejército y escritor de un diario. Incapaz de reintegrarse del todo a su cultura original, debe cargar de por vida con el estigma y la culpa de una supuesta traición a sus orígenes.

Por lo que nos muestran varias de sus novelas posteriores, como El Fiscal y sobre todo Contravida, la más lograda de sus varias novelas de la última década, Roa Bastos comparte en buena medida este difícil destino de exiliado cultural que no cesa de trabajar para reintegrarse a sus fuentes populares, del escritor que lucha por lograr la utopía rulfiana de "escribir como se habla", de escuchar atentamente y dejarse impregnar, antes de escribir, por el texto oral constituyente de la tradición popular. Don Augusto dio esa batalla con humildad, perseverancia y rigor y así lo expresa [...] en mi oficio de escritor de ficciones, he experimentado siempre, vivencialmente, la presencia crepuscular de ese texto primero, audible más que legible, que remonta del hemisferio subyacente del guaraní, y he sentido la necesidad de incorporarlo y trasfundirlo en los textos escritos en castellano; integrarlo en la escritura, si no en su materialidad fonética y lexical, al menos en su riqueza semántica, en sus reverberaciones significativas; en su radiación mítica y metafórica; en sus modulaciones que hablan musicalmente de la naturaleza, de la vida y del mundo.5

Esa inserción en lo popular fue mucho más allá de la escritura; llegó a ser un proyecto de vida. Durante sus últimos años, cuando finalmente le había sido posible volver a Paraguay, también cuando el resplandor de la celebridad había amainado en algún punto, don Augusto disfrutó de volver a interactuar con la gente más sencilla, dio generoso apoyo y orientación a organizaciones juveniles y populares, fomentó y financió un proyecto de alfabetización popular, ayudó, en fin, desinteresadamente a muchos compatriotas que aprendieron a apreciarlo sin conocer plenamente la dimensión internacional como escritor de su renombre, hasta tal vez sin haber leído ninguna de sus obras.

Por eso, según el testimonio de Mirta Roa, hija del escritor que desde hace años vive en Caracas, al conocerse la noticia de su muerte, no pocos centenares de paraguayos, de todas las esferas, pero sobre todo del pueblo llano, desfilaron ante sus restos en un silencioso y elocuente homenaje que durante tres días, frente a la Plaza de la República, hizo realidad el opuesto simétricamente perfecto de la condena que según el famoso pasquín paródico que ocupa la primera página de Yo el Supremo se autoinflinge el protagonista dictador6.

Se daba cumplimiento así también a algunas de las enseñanzas orales del sabio Macario de Hijo de hombre, quien explica a los muchachos del pueblo lo que perdura más allá de la muerte: "Porq ue el hom b re, m is hijos, […] t iene dos nacim ientos. Uno a l nacer, otro a l morir... Muere pero queda vivo en los otros, si ha sido cabal con el prójimo. Y si sabe olvidarse en vida de sí mismo, la tierra come su cuerpo, pero no su recuerdo..."7.

NOTAS: 1. "El escritor es un productor de mentiras (diálogo con Augusto Roa Bastos) Actualidades (Caracas, Celarg) 1980-1982) 6: 35-45.
2. Carlos Pacheco: "Prólogo" a Yo el Supremo, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1986: XVII-XVIII.
3. Ángel Rama: "El dictador letrado de la revolución nacional latinoamericana", Revista de Literatura Hispanoamericana (Maracaibo, Universidad del Zulia), 8, 1975.
4. Augusto Roa Bastos: "Una cultura oral". Hispamérica (Maryland) XVI, 4647 1987: 103-104.
5. Augusto Roa Bastos: "Una cultura oral. Loc. cit. p. 110.
6. "Yo, el Supremo Dictador de la República. / Ordeno que al acaecer mi muerte mi cadáver sea decapitado; la cabeza puesta en una pica por tres días en la Plaza de la República donde se convocará al pueblo al son de las campanas echadas a vuelo. / Todos mis servidores civiles y militares sufrirán pena de horca. Sus cadáveres serán enterrados en potreros de extramuros sin cruz ni marca que memore sus nombres. / Al término del dicho plazo, mando que mis restos sean quemados y las cenizas arrojadas al río…" Yo el Supremo, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1986: 3.
7. Hijo de hombre (segunda versión). Asunción, El Lector. 19

Fuente: REVISTA DE CRÍTICA LITERARIA LATINOAMERICANA Año XXXI, Nº 61. Lima-Hanover, 1er. Semestre de 2005, pp. 219-223

Lucha hasta el alba

Y quedóse Jacob solo, y luchó con él una Persona hasta que rayaba el alba.
(Génesis, 32, 24)

Tendido en el camastro boca abajo, el muchacho oyó la tos seca del padre, el soplido para apagar la lámpara. Esperó aún un buen rato hasta que la noche se metiera bien adentro en la casa. Siempre era posible que el hermano mellizo acechara despierto en el cuarto contiguo. Cuando el silencio dejó oír el suave retumbo del río en las barrancas, el muchacho se inclinó y sacó el envoltorio escondido. Los verdugones del castigo de la tarde le escocieron de nuevo hasta el hueso; en las rodillas, las punzadas de los maíces sobre los cuales el padre le mandó hincarse durante horas, como de costumbre. "¡Ahí lo tienen al futuro tirano del Paraguay! ¡Rebelde ahora, déspota después!... ¡A vergajazos voy a enderezar a este cachorro del maldito Karaí­Guasú. La madre, tratando de aplacarlo: "¡No lo castigues así, Pedro! ¡Lo vas a resabiar!..." Desde el patio el velludo mellizo le sacaba la lengua; las morisquetas de burla aumentaron su humillación, formaban parte del castigo. Sus brazos en cruz le pesaban cada vez más. Cuando se quedó solo los dobló y entrelazó los dedos sobre la nuca. Se sentía hecho una criba. Su rabia le llenaba la boca de saliva amarga, le hacía bombear salvajemente el corazón entre los huesos.
Abrió el envoltorio con mucho cuidado, no fueran a crujir los papeles viejos. El frasco brilló entre sus manos con tenue fosforescencia. lo agitó soplando varias veces en la boca de¡ frasco. Los puntitos que titilaban adentro con luz verdosa se avivaron un poco; una luz más débil que el halo de la luna menguante sobre las hojas de los guayabos. Pero alcanzó a ver borrosa la silueta de su mano, las falanges crispadas sobre el vidrio.
Han muerto muchos de ayer a hoy -murmuró-. Tendré que poner más lámpiros. Es difícil escribir con tantos gusanos muertos. Esaú empieza a sospechar. Me sigue a escondidas cuando por las noches voy al campo a cazar muãs. Me ha preguntado si pienso tejer cinturones luminosos para las Wõro que danzan desnudas en los cañadones del bosque pidiendo a la ¡una que llueva, como cuenta mamá que pasa en una tribu de indios, en los desiertos del Chaco. "¿Son mujeres de verdad?", pregunta Esaú. "Son mujeres­póra" -dice mamá-. "Son las deidades silvestres de los indios. Pero ellos son de otra manera. la verdad no se sabe..." Cuando Esaú va al monte a cazar encuentra los cinturones de muãs que yo dejo colgados en las ramas de los árboles. Los toca y los huele. Mete la cabeza entre las piernas y grita como un enano insultando a las Wõro. Después voltea a hondazos una mortandad de tapitíes y palomas de monte y los trae de regalo a papá que mucho aprecia lo que hace Esaú con fina voluntad. Yo veo y me callo. La verdad no se ve, digo.
Sopló otra vez por el cuello del frasco. El zumbido de su aliento le sobresaltó. Lo puso sobre el cajón y tomó el cabo de lápiz. Mojó la punta en la saliva. Hablaba en voz muy baja para sí mismo, habría sido difícil tal vez seguir su pensamiento sin apuntalarlo con ese susurro.
-Tal vez sea más fácil ser Jacob que escribir sobre Jacob, y mamá que me pregunta por que quiero ser como Jacob. Yo cierro fuerte la boca para no contestar. Mamá entonces me toma la cabeza entre las manos y mirándome en los ojos como ella sabe hacerlo me dice que cada uno es lo que es y que no arrienda compararse con los otros. Pero quién sabe lo que uno es. ¡Uno de tantos entre tantas cosas! Yo no sé si soy joven o viejo, o las dos cosas al mismo tiempo. En los cuadernos de papá, de cuando era todavía seminarista, leí: "Mi infancia murió hace ya mucho tiempo, y yo aún vivo..." Y cuando abuelo José murió, papá escribió sobre su tumba: "Entregó su espíritu en las manos de Dios. Le devolvió su vida en buena vejez, anciano y lleno de días."
Volvió a agitar el frasco. - Son como pescados muertos -dijo-, pero el vientre todavía les brilla en el aire viciado. Hay que echar los muertos y poner lámpiros vivos todos los días. Me acuerdo de la noche cuando se metió un muã dentro de una botella, en el patio, y me dio la idea de una lámpara que no fuera como las otras y que alumbrara con otra luz, la luz de los bichos que alumbran el aire de la noche.
La mano del muchacho siguió escribiendo en el rotoso cuaderno, a la luz del tenue reverbero.
-Papá no es hombre malo, pero me cree malo a mí. Él sabe que su infancia murió hace tiempo, pero no sabe que yo soy más viejo que él. Capaz que por eso me pega con esa correa doble, que él usa para asentar el filo de su navaja. Pero no pega nunca a Esaú. Mamá me dice que es porque mi hermano es contrahecho y tiene la cabeza un poco desvariada. Papá me pega cuando cree que hago algo malo. Pero yo sé que no es malo zambullirme en el río con los otros muchachos M pueblo para buscar el cuerpo del pasero ahogado en el remanso, enredado entre los raigones M fondo bajo los flotadores de la balsa ' Esaú contó que yo salí echando sangre por la nariz y por la boca, abrazado al cadáver del viejo. Eso no es cierto. Yo encontré el cadáver bajo la balsa pero no me animé a tocarlo. Me miraba fijo debajo M agua como riéndose con una mueca. Vi los huesos ganchudos de las manos ya comidas por las pirañas. Lo sacaron los otros muchachos. Pero aunque lo hubiese sacado yo, ¿es malo eso? ¿Es pecado tan grande sacar a un ahogado? Por lo menos para que lo entierren en camposanto.
Suspiró con estremecimiento.
-Mamá defiende a papá tratando de explicar que él tiene miedo a que yo también un día me ahogue en el río, y que lo que él quiere es que volvamos a la ciudad para sacar de nosotros dos hombres útiles y sabedores y respetados. Pero los castigos no son solamente por culpa M río. La otra vez fue la llave que perdió Esaú en la chacra y no pudimos entrar en la casa. Papá me mandó a buscarla mucho después que cayó la noche y yo tuve que pasar corriendo con los ojos cerrados y los oídos tapados sobre el empalado del puente donde dicen que tiene su guarida el fantasma del Descabezado. Estos castigos son los que más duelen y me pueden desvariar la cabeza a mí también, si es que no la tengo ya desvariada. El miedo es la cosa más mala que puede caerle a un cristiano. Y lo que yo siento es que papá tiene miedo a otra cosa que él mismo no entiende qué es. Hace ya mucho tiempo que es mensual de la fábrica y sabe que de aquí no podrá salir, como salió M seminario, de los obrajes, de los Verba les. Hay lugares de donde no se puede salir. Y este lugar de Manorã, en Iturbe del Guaira, es uno de ellos. La gente se muere aquí como los muãs en el frasco cuando ya no pueden echar más luz de su vientre, digo cuando la vida se les apaga en la fábrica o en los cañaverales. Papá no es hombre malo y yo diría que es el más bueno si no fuera por ese miedo que tiene a lo que no sabe y no en tiende, o tal vez lo sabe tan bien que ya lo olvidó...
El muchacho escribía con apuro, pero las letras gordas de escuelero le salían lentas y difíciles. Se quedaban atrás de lo que él procuraba decir y escribir. Las borraba cada tanto con trazos temblorosos que a veces rasgaban el papel. El frasco se iba apagando poco a poco.
- Cuando leo en la Biblia ese hecho que hizo Jacob, yo encuentro que es de otra manera, no como cuando mamá nos lee o nos cuenta los mismos hechos. Igual que cuando a papá estuvieron por matarlo los revolucionarios porque no quiso decir dónde estaban las armas de la policía de la fábrica. Toda la noche entre si lo mataban o no lo mataban, y que dónde están las armas, y los golpes y los insultos, y los tiros junto a su cabeza quemándole los cabellos y hasta uno de esos tiros arrancándole un pedazo de oreja. Todo esto justo hasta el alba cuando llegó al galope un jinete de la montonera y gritó a los que tenían atado a papa con trozos de alambre: "¡No, a ése no lo maten ya! ¡Encontramos las armas escondidas en las calderas de la fábrica!..." Y así papá se salvó de los fusiles y los machetes de la pueblada. Mamá no quiere acordarse de esas malas memorias. Se le humedecen los ojos y se queda callada. Me pasa la mano sobre la cicatriz que tengo en la cabeza y que me dejó ahí una pedrada de Esaú. Mi hermano Esaú de¡ que nunca puedo separarme como si él siguiera teniendo trabada su mano a mi calcañar desde que nacimos juntos. Eso dice mama cuando cuenta que Esaú es el mayor porque nació último y que su alma está derramada en mí como la mía está derramada en él. Pero yo no quiero un alma así, tan de dos sin ser de nadie y que sin ser nada y al mismo tiempo doble da a uno solo tanta aflicción...
Ya no vio la forma de su mano. Se puso el lápiz entre los dientes. Empezó a envolver el frasco con el mismo cuidado del comienzo. El viento que las Siete Cabrillas suelen soltar hacia la medianoche, había apagado el retumbo del río. El muchacho sintió el peso enorme de la noche amontonada en el cuarto. tomó el frasco a tientas, abrió la puerta y salió sin hacer ruido.
la noche hedía a los charcos de agua estancada, al guarapo fermentado en los canales de desagüe del ingenio. Arrojó el frasco al río desde lo alto de la barranca. Oyó el ruido del choque en el agua. Se estuvo un rato inmóvil. Luego siguió andando en la oscuridad, de cara al olor lejano de los cañaverales. Sintió que la frente le ardía en relente.
Caminó sin detenerse una sola vez. Su paso firme parecía olvidar todo otro rumbo que no fuera ése. Por atajos y desvíos que conocía bien llegó al cruce de los dos caminos que, en la historia de Jacob, en la Biblia se llama Manhanaim y en la tierra de Manorã, Tape­Mokõi. Algo o alguien le salto por detrás clavándole uñas como garras en la nuca. El muchacho giró y comenzó a luchar contra su invisible adversario con toda la furia y la tristeza que llevaba adentro, con un ansia mortal de destruirlo. Luchó cada vez con más fuerza logrando que todo el peso de la noche entrara en su brazo. Sintió que ese esfuerzo desbarataba los malos recuerdos; sintió que los arrojaba de sí en los espumarajos que echaba por la nariz y por la boca. Sintió que sudaba sangre y que este sudor lo purificaba, que lo volvía más liviano, sin peso ninguno.
Pero que todavía estaba vivo y que sólo vivía para triunfar en esa lucha con el Desconocido. Como éste notó que no podía contra él, puso su puño forzando la palma del anca del muchacho y le descoyuntó el muslo. Pero el muchacho no cejaba y arremetía con creciente encarnizamiento. La voz dijo: -¡Déjame, que el alba sube!" Y el muchacho gritó fuerte, no como un ruego sino como una orden: "¡No te dejaré si no me bendices!" La voz dijo: "¡No puedo bendecirte porque estás maldito para siempre!..."
El muchacho siguió luchando ciegamente, hasta que se dio cuenta de que había estrangulado a su adversario; su cuerpo permanecía abrazado a él, pero ya inerte y sin vida. El muchacho se sacudió y lo dejó caer. Su pie tropezó con una piedra. la levantó y contempló entonces la cabeza separada del tronco. Y en esa cabeza descubrió el rostro de filudo perfil de ave de rapiña del Karai­Guasú, tal como lo mostraban los grabados de la época. Pero también vio en la cabeza muerta el rostro de su padre. Dudó un instante como en el centro de una alucinación o de una pesadilla. Pero la palma del anca descoyuntada le mostró que si era un sueño se trataba de un sueño de otra especie. El día claro le mostró dos paisajes superpuestos, dos tierras, dos tiempos, dos vidas, dos muertes.
... Yo también, como Jacob, vi a Dios cara a cara y fue liberada mi alma...
Pero esa voz no era la suya, ni la de su madre, ni la de las Escrituras, ni la voz que había entrado muchas noches en su vigilia cuando al resplandor fosfórico de las luciérnagas ese - ' bía a su manera la historia de Jacob. Sintió en lo hondo de sí que todo eso era falso. Un sueño. Pero que esa falsedad, ese sueño, eran la única verdad que le estaba permitida.
El sol, el rescoldo neblinoso de un sol que no se veía quemaba todo el cielo y borroneaba el día en una tiniebla blanca. El muchacho continuó su camino rengueando del anca descoyuntada. Llevaba la cabeza sanguinolenta bajo el brazo. El fuego blanco del sol la iba despellejando por instantes. Pronto quedó el cráneo calcinado, arrugado, cada vez más pequeño. El muchacho no se dio cuenta de ello entre las reverberaciones y el polvo que subían del camino, ni de que sus propios cabellos le habían crecido hasta los hombros y habían tomado el color de la ceniza.
Se dirigió hacia el pueblecito de Nazareth. Llegó a casa del rabino Zacarías que no lo reconoció y lo tomó por un mendigo. El muchacho Jacob le tendió las manos sin ver que en ellas no había ningún cráneo.
-¡Es de una persona importante de Phanuel! dijo-. Se lo vendo por poco dinero...
El rabino Zacarías no entendió lo que el otro le dijo. Salvo la palabra Phanuel, el nombre hebreo que quiere decir: el­que­ha­visto­la­faz­de­Dios. Le sorprendió que un muchacho campesino de Manorá pudiese conocer el nombre y pronunciarlo con acento arcaico. Se lo hizo repetir. El muchacho Jacob volvió a decir claramente:
-¡Phanuel!
El rabino Zacarías retrocedió. Su voz se volvió dura:
- ¡Deja en paz lo que no entiendes y es sagrado! El hombre malo, el hombre depravado anda en perversidad de boca. Y tú no eres el suplantador que estará en lugar de aquel hombre santo. Anda y trabaja los campos y siembra y cosecha.
El muchacho Jacob inclinó la cabeza. De entre los cabellos encanecidos cayeron sobre sus pies gotas de sudor o de lágrimas.
-Vete -le dijo el rabino, y cerró la puerta después de arrojarle unas monedas.
La noche había caído de nuevo. La silueta que rengueaba entró en un rancho de expendio de bebidas, que brillaba con resplandor calcáreo a la luz de la luna, en un recodo del camino. Pidió al bolichero con voz ronca apenas audible una botella de aguardiente y dejó caer las monedas sobre las tablas. Bebió a sorbos largos apretando la boca ansiosamente contra el gollete, sin unapausa, sin un respiro, como si ya no tuviera aire adentro. Se retiró bamboleándose hacia un rincón del rancho, y se tendió en lo oscuro poniéndose el anca descoyuntada como cabeza.
Entraron dos hombres del lugar y también se pusieron a beber. De pronto uno de ellos se fijó en el que yacía en la sombra, y dirigiéndose al patrón, le preguntó con un guiño de picardía:
-¿No es ése el hijo de don Pedro, el de la azucarera?
El patrón asintió encogiéndose de hombros.
-Los muchachos de ahora pronto empiezan a darle al trago -dijo el que había hablado-. Pero el padre le va a sacar el vicio a latigazos. Don Pedro no se anda con vueltas.
El segundo hombre se aproximó, husmeó la sombra y removió el cuerpo yacente,
-A éste no le puede pasar ya nada -dijo moviendo la cabeza.
-¿Qué quieres decir? -preguntó el posadero.
El hombre regresó al mostrador, bebióse de un trago la media caña. Después dijo con la voz opaca:
- Ése ya huele a muerto.

[Primer cuento que escribió Augusto Roa Bastos, publicado por primera vez en 1978]

Chepé Bolívar

¡Ah Chepé Bolívar! ¡Cómo no me voy a acordar de él! dijo la mujer sentada a mi lado en el camión de carga . Alto, flaco, patas de pájaro. Siempre emponchado, en invierno y verano, por esas llagas que no se le curaban nunca. De noche, cuando había luna, se encasquetaba un sombrerón y encima, para más seguridad, se cubría con una sombrilla. Salía a caminar por ahí, asustando a la gente. ¡Cómo no me voy a acordar de Chepé Bolívar, el telegrafista de Manorá!
El olor de antes iba entrando en mi somnolencia cuando el mixto empezó a traquetear por el camino de tierra del pueblo. La presencia de Chepé Bolívar se iba formando en la voz de falsete de la vieja entre las jaulas de las gallinas, las bolsas de naranjas y los fardos de tabaco.
En eso de la soledad de Chepé, la vieja monoreña no mentía. Lo veo aún, desnudo, las ronchas untadas con grasa de lagarto, encerrado en su rancho, trabajando la madera de su caja a la luz de una vela. Y la imagen borrosa se juntaba sin mezclarse con la voz de la vieja, asordinada por el cigarro. Lejos se oían en la noche los golpes de la azuelita y del formón sobre el tronco del árbol. "¡Ya está telegrafiando otra vez Chepé!", se decía en el pueblo cuando escuchábamos ese picoteo enterrado de pájaro carpintero.
Todo mezcladamente, la realidad con las realidades.
El mixto hendía con sus faros la noche polvorienta. La voz de la vieja chirriaba de tanto en tanto, cercana o lejana, según los golpes de viento.
Chepé murió cuando llegaron las tropas del gobierno, el año de la creciente grande, en la revolución del 47.
No murió de bala dije por decir cualquier cosa.
Hubo quien dijo que del susto de la balacera y hubo quien dijo que de una bala perdida replicó la revendedora . Pero no es verdad. Cada uno muere a su manera y nunca en la víspera del día señalado. Tiene razón usted. Chepé murió en su momento de hora. Había estado esperando su muerte demasiado tiempo. Veinte años le llevó labrar ese cajón de palosanto en que lo enterramos.
El Chepé de la vieja y el Chepé de mi infancia, cabedores en una misma memoria, no eran los mismos. Y estaba el otro Chepé, el que había querido ser otro para cumplir más fielmente su propio destino. Pájaro de un solo vuelo entre dos cielos.
Lo cierto es que en los días de su vida no había hombre en todo Manorá del Guairá que conociera mejor que Chepé la historia de Simón Bolívar y las guerras de la Independencia. Mejor dicho, era el único que la sabía en aquel poblacho perdido entre ríos, selvas y montes, y probablemente el único entre los campesinos del Paraguay entero, sin excluir a los letrados de la ciudad. Al menos, Chepé era el único que había aprendido la historia de esa manera. Acabó transformándola en algo tan suyo como sus sueños y su sangre: una obsesión desmemoriada de todo otro recuerdo que fuese la visión de ese tumulto poblado de imágenes, de fragor, en cuyo centro se erguía la figura del Libertador.
Chepé hablaba de Caracas nombrándola a veces Mba'evera guasu, la Ciudad Resplandeciente del viejo mito de El Dorado. Poseer tal ciudad en ese villorrio de ranchos y cañaverales no era, decía Chepé, "mascar tabaco ajeno". En el ruinoso cobertizo de la estación del ferrocarril, en la plaza, en el atrio; en los caminos, contaba, temático, a quien la quisiese oír, la historia de esas luchas. Ante los ojos incrédulos o deslumbrados ponía el resplandor de Caracas de donde habían salido los ejércitos de Bolívar para liberar a otros pueblos. "Nosotros no tuvimos esa suerte murmuraba bajo el sombrero de paja apretándose la cucarda que sostenía el doblez del ala . Atravesando miles y miles de leguas, el Gran Capitán quiso venir a liberar también al Paraguay, pero los porteños le cerraron el paso..."
Para los más Chepé era un loco, el loco hablador del fierrito de la estación. Impasible y alucinado continuaba contando esa historia con nombres extraños y familiares. Para él, los hombres eran imágenes y las imágenes las únicas cosas verdaderas en su revelación originaria. "La verdad, decía, no hace ruido y sólo tiene caras muy escondidas".
Todo comenzó con los latidos eléctricos del telégrafo. Alguien, algún estudiantillo de Asunción, empleado en el turno de noche, encontró la manera de memorizar sus lecciones de historia o de divertirse con ellas transmitiéndolas a ese colega semianalfabeto de Manorá con la palanquita del morse.
A lo largo de noches y noches el repiqueteo metió en el alma, en la mente simple del telegrafista la historia sin tiempo ni fronteras, que por ser de todos y de ninguno tan suya era y a la vez tan ajena.
Cipriano Ovelar sintió la coacción del decoro. Sin salir de Manorá se fue a vivir a Caracas. Sintió que la sangre del Libertador corría por sus venas. Sintió que era otro y que otro debía ser su nombre. Desde entonces Chepé Ovelar se llamó Chepé Bolívar. Lo sintió como el único nombre digno de su obsesión; el único que expresaba lo verdadero y mejor de su inútil vida. Si lo llamaban con el nombre abolido permanecía en silencio. Vivo no lo sacarían de allí.
A lo largo de noches y años y noches, Chepé Bolívar transmitió incansable, a su turno, a otros pájaros insomnes como él posados en la barrita de bronce, la historia del largo y desvelado sueño de los oprimidos. El sueño que suda sangre en los vivos y en los muertos subía lentamente en las palabras sonámbulas de Chepé. El maestro de música Salustro hacía estallar a veces en los oídos sordos de Chepé dos o tres notas roncas de su viejo trombón. "¡Ya voy!...", decía Chepé, visionario, encarando la luz fuerte que llenaba el día antes del día.
En la revuelta agraria del año 12, Chepé Bolívar se unió a las montoneras del Guairá, en el sur del Paraguay. Cayó prisionero y los regulares estuvieron a punto de fusilarlo porque se negó a transmitir una noticia falsa, la treta diabólica que hizo caer en una emboscada al grueso de las tropas campesinas.
Chepé contaba que lo habían fusilado entonces. Lo que era una manera de decir la verdad. Desde la derrota del levantamiento agrario él estaba muerto en la más humana forma del morir. "Yo ya no existo...", decía ciego y lejano, hueso y piel bajo los guiñapos de su blusa. Hasta las llagas se le habían muerto, borrado, sanado. Si le quedaba alguna cicatriz, él todo entero era esa sola cicatriz. Costra de la nada. Silencio. Mudez.
Nada más y todo eso. Seguiría contemplando en lo hondo el amado resplandor. Y lo que él no vio pero algunos veían en los días de neblina era el águila oscura posada en la cumbrera del rancho de Chepé.
¡Ah pícaro viejo! murmuró la vieja manoreña . Se daba maña para encontrar lo que no buscaba. Para los pobres la dicha está siempre en otra parte...
En el tiempo sin tiempo de Chepé, la cuenta era simple. Después de los diez años de prisión por "desacato militar y propaganda subversiva a través del sistema de comunicaciones del Estado", Chepé regresó a Manorá, ahora sí lejanísimo y espectral.
Más de treinta años sobrevivió a su muerte, encerrado en su rancho, mientras su sombra vagaba recorriendo en peregrinación la ruta de Bolívar por medio continente.
Hay un momento en que el Libertador, viudo de la gloria, huye de Caracas entre los retratos rotos y la indiferencia que alfombran su paso hacia el destierro. En una esquina de la Plaza Mayor, semiescondido entre los soportales, Chepé lo contempla pasar. Se adelanta hacia el fugitivo, sacándose el sombrero. "¡Vamos al Paraguay, mi General!... dijo Chepé que le dijo a su tocayo en desgracia . Allá usted tiene todavía mucho que hacer..." Las telitas de las cataratas temblaban húmedas sacudidas por el vendaval que le salía de adentro.
Durante veinte años refluyó la voz de la vieja en el mixto Chepé labró la madera de su caja. Al final nos olvidamos de él. Cuando llegaron las tropas del gobierno y atacaron el pueblo, Chepé se nos murió así no más de golpe. Por algún agujero se le escapó el ánima...
La mujer guardó silencio por un largo instante. La primera luz empezó a teñir el polvo. El rostro arrugado se volvió hacia mí.
Ya estamos llegando dijo . Usted no es de estos lugares, creo, me parece.
No mentí sin remordimiento.
¿Qué viene a hacer a Manorá? Digo..., si se puede saber.
Nada me oí decir entre dientes.
Ah bueno dijo la vieja . La nada es buena como remedio. Eso fue lo que Chepé tomó a lo último. Al cristiano le cuesta a veces morir. Por falta de costumbre, digo yo. Cuando llegaron las tropas del gobierno y atacaron el pueblo por todos lados, alguien vino a decir que Chepé estaba acostado en su caja, muerto. En esa caja lo enterramos. Pero no en el cementerio. El acompañamiento no pudo atravesar la fusilería que cercaba el pueblo. Tuvimos que enterrar a Chepé en un potrero. Eso también hay que decirlo sin ofender. A Chepé mucho el pueblo le quería a pesar de todo y por todo. Un hombre más para nada que él no había en este mundo. Pero valía por lo que era y sabía mucho sin saber que lo sabía, sin vergüenza de ser limpio y honrado entre tantos sinvergüenzas. Su vicio era la esperanza del pobre que es querer el todo para todos. Y Chepé era capaz de encoger hasta su sombra para no estorbar a nadie. Eso fue Chepé, y un poco más y un poco menos. En un potrero lo enterramos bajo la lluvia, el viento y las balas. Cada uno dejó su ramo de flor sobre el estiércol y el barro. Ninguno faltó al acompañamiento de ese muerto al que muchos, entre los más viejos, le debíamos la vida.

La Excavacion

El primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a sus espaldas. No le pareció al principio nada alarmante. Sería solamente una veta blanda del terreno de arriba. Las tinieblas apenas se pusieron un poco más densas en el angosto agujero por el que únicamente arrastrándose sobre el vientre un hombre podía avanzar o retroceder. No podía detenerse ahora. Siguió tvanzando con el plato de hojalata que le servía de perforador. La creciente humedad que iba impregnando la tosca dura lo alentaba. La barranca ya no estaría lejos; a lo sumo, unos cuatro o cinco metros, lo que representaba unos veinticinco días más de trabajo hasta el boquete liberador sobre el río.
Alternándose en turnos seguidos de cuatro horas, seis presos hacían avanzar la excavación veinte centímetros diariamente. Hubieran podido avanzar más rápido, pero la capacidad de trabajo estaba limitada por la posibilidad de desalojar la tierra en el tacho de desperdicios sin que fuera notada. Se habían abstenido de orinar en la lata que entraba y salía dos veces al día. Lo hacían en los rincones de la celda húmeda y agrietada, con lo que si bien aumentaban el hedor siniestro de la reclusión, ganaban también unos cuantos centímetros más de "bodega" para el contrabando de la tierra excavada.
La guerra. civil había concluido seis meses atrás. La perforación del túnel duraba cuatro. Entre tanto, habían fallecido, por diversas causas, no del todo apacibles, diecisiete de los ochenta y nueve presos políticos que se hallaban amontonados en esa inhóspita celda, antro, retrete, ergástula pestilente, donde en tiempos de calma no habían entrado mmca más de ocho o diez presos comunes.
De los diecisiete presos que habían tenido la estúpida ocurrencia de morirse, a nueve se habían llevado distintas enfermedades contraídas antes o después de la prisión; a cuatro, los apremios urgentes de la cámara de torturas; a dos, la rauda ventosa de la tisis galopante. Otros dos se habían suicidado abriéndose las venas, uno con la púa de la hebilla del cinto; el otro, con el plato, cuyo borde afiló en la pared, y que ahora servía de herramienta para la apertura del túnel.
Esta estadística era la que regía la vida de esos desgraciados. Sus esperanzas y desalientos. Su congoja callosa, pero aún sensitiva. Su sed, el hambre, los dolores, el hedor, su odio encendido en la sangre, en los ojos, como esas mariposas de aceite que a pocos metros de allí -tal vez solamente un centenar- brillaban en la Catedral delante de las imágenes.
La única respiración venía por el agujero aún ciego, aún nonato, que iba creciendo como un hijo en el vientre de esos hombres ansiosos. Por allí venía el olor puro de la libertad, un soplo fresco y brillante entre los excrementos. Y allí se tocaba, en una especie de inminencia trabajada por el vértigo, todo lo que estaba más allá de ese boquete negro.
Eso era lo que sentían los presos cuando escarbaban la tosca con el plato de hojalata, en la noche angosta del túnel.

Un nuevo desprendimiento le enterró esta vez las piernas hasta los riñones. Quiso moverse, encoger las extremidades atrapadas, pero no pudo. De golpe tuvo exacta conciencia de lo que sucedfa, mientras el dolor crecía con sordas puntadas en la carne, en los huesos de las piernas enterradas. No había sido una simple veta reblandecida. Probablemente era una cuña de tierra, un bloque espeso que llegaba hasta la superficie. Probablemente todo un cimiento se estaba sumiendo en la falla provocado por el desprendimiento.
No le quedaba otro recurso que cavar hacia adelante con todas sus fuenu, sin respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese. Quizá no eran cinco metros los que faltaban, quizá no eran veinticinco días de zapa los que aún lo separaban del boquete salvador de la barranca del río. Quizá eran menos, sólo unos cuantos centímetros, unos minutos más de arañazos profundos. Se convirtió en un topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la tierra. A medida que le iba faltando el aire, se sentía más animado. Su esperanza crecía con la asfixia Un poco de barro tibio entre los dedos le hizo prorrumpir en un grito casi feliz. Pero estaba tan absorto en su emoción, la desesperante tiniebla de túnel lo envolvía de tal modo, que no podía darse cuenta de que no era la proximidad del río, de que no eran sus filtraciones las que hacían ese lodo tibio, sino su propia sangre brotando debajo de las uñas y en las yemas heridas por la tosca. Ella, la tierra densa e impenetrable, era ahora la que, en el epílogo del duelo mortal comenzado hacía mucho tiempo, 1a gastaba a él sin fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente. De pronto, pareció alejarse un poco. Manoteó al vacío. Era él quien se estaba quedando atrás en el aire como piedra que empezaba a estrangularlo. Procuró avanzar, pero sus piernas ya irremediablemente formaban parte del bloque que se había desmoronado sobre ellas. Ya ni las sentía. Sólo sentía la asfixia. Se estaba ahogando en un río sólido y oscuro. Dejó de moverse, de pugnar inútilmente. La tortura se iba transformando en una inexplicable delicia. Empezó a recordar.

Recordó aquella otra mina subterránea en la guerra del Chaco, hacía mucho tiempo. Un tiempo que ahora se le antojaba fabuloso. Lo recordaba, sin embargo, claramente, con todos los detalles.
En el frente de Gondra, la guerra se había estancado. Hacia seis meses que paraguayos y bolivianos, empotrados frente a frente en sus inexpugnables posiciones, cambiaban obstinados tiroteos e insultos. No había más de cincuenta metros entre unos y otros.
En las pausas de ciertas noches que el melancólico olvido había hecho de pronto atrozmente memorables, en lugar de metralla canjeaban música y canciones de sus respectivas tierras.
El altiplano entero, pétreo y desolado, bajaba arrastrado por la quejumbre de las cuecas; toda una raza hecha de cobre y castigo, desde su plataforma cósmica bajaba hasta el polvo voraz de las trincheras. Y hasta allí bajaban desde los grandes ríos, desde los grandes bosques paraguayos, desde el corazón de su gente también absurda y cruelmente perseguida, las polcas y guaranias, juntándose, hermanándose con aquel otro aliento melodioso que subía desde la muerte. Y así sucedía porque era preciso que gente americana siguiese muriendo, matándose, para que ciertas cosas se expresaran correctamente en términos de estadística y mercado, de trueques y expoliaciones correctas, con cifras y números exactos, en boletines de la rapiña internacional.


Fue en una de esas pausas en que en unión de otros catorce voluntarios, Perucho Rodi, estudiante de ingeniería, buen hijo, hermano excelente, hermoso y suave moreno de ojos verdes, había empezado a cavar ese túnel que debía salir detrás de las posiciones bolivianas con un boquete que en el momento señalado entraría en erupción como el cráter de un volcán.
En dieciocho días los ochenta metros de la gruesa perforación subterránea quedaron cubiertos. Y el volcán entró en erupción con lava sólida de metralla, de granadas, de proyectiles de todos los calibres, hasta arrasar las posiciones enemigas.
Recordó en la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había precedido a la masacre y también el que lo había seguido, cuando ya todo estaba terminado. Dos silencios idénticos, sepulcrales, latentes. Entre los dos, sólo la posición de los astros había producido la mutación de una breve secuencia. Todo estaba igual. Salvo los restos de esa espantosa carnicería que a lo sumo había añadido un nuevo detalle apenas perceptible a la decoración del paisaje nocturno.
Recordó, un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos en el tranquilo sueño del que no despertarían. Recordó haber elegido a sus víctimas,
abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a una de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de'una pesadilla. Tal vez soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso al que les estaba acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y flexible, esas distinciones en realidad carecían de importancia. Era despreciable la circunstancia de que uno fuese el exterminador y otro la víctima inminente. Pero en ese momento todavía no podía saberlo.
Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó que cuando la automática se le había finalmente recalentado y atascado, la abandonó y siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que sus dos brazos se le durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que, mientras sucedían estas cosas, le habían atravesado recuerdos de otros hechos, reales y ficticios, que, aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y acentuaban, en cambio, la sensación de sueño en que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el escapulario carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce de la tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel, recién recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos chapoteando en un vasto y espeso estero de sangre.
Aquel túnel del Chaco y este túnel que él mismo había sugerido cavar en el suelo la cárcel, que él personalmente había empezado a cavar y que, por último, sólo a él le había servido de trampa mortal; este túnel y aquél eran el mismo túnel; un único agujero recto y negro con un boquete de entrada pero no de salida. Un agujero negro y recto que a pesar de su rectitud le había rodeado desde que nació como un círculo subterráneo, irrevocable y fatal. Un túnel que tenía ahora para él cuarenta años, pero que en realidad era mucho más viejo, realmente inmemorial.
Aquella noche azul del Chaco, poblada de estruendos y cadáveres había mentido una salida. Pero sólo había sido un sueño; menos que un sueño: la decoración fantástica de un sueño futuro en medio del humo de la batalla
Con el último aliento, Perucho Rodi la volvía a soñar; es decir, a vivir. Sólo ahora aquel sueño lejano era real. Y ahora sí que avistaba el boquete enceguecedor,
el perfecto redondel.de la salida.
Soñó (recordó) que volvía a salir por aquel cráter en erupción hacia la noche azulada, metálica, fragorosa. Volvió a sentir la ametralladora ardiente y convulsa en sus manos. Soñó (recordó) que volvía a descargar ráfaga tras ráfaga y que volvía a arrojar granada tras granada. Soñó (recordó) la cara de cada una de sus víctimas. Las vio nítidamente. Eran ochenta y nueve en total. Al franquear el límite secreto, las reconoció en un brusco resplandor y se estremeció: esas ochenta y nueve caras vivas y terribles de sus víctimas eran (y seguirán siéndolo en un fogonazo fotográfico infinito) las de sus compañeros de prisión. Incluso los diecisiete muertos, a los cuales se había agregado uno más. Se soñó entre esos muertos. Soñó que soñaba en un túnel. Se vio retorcerse en una pesadilla, soñando que cavaba, que luchaba, que mataba. Recordó nítidamente el soldado enemigo a quien había abatido con su ametralladora, mientras se retorcía en una pesadilla. Soñó que aquel soldado enemigo lo abatía ahora a él con su ametralladora, tan exactamente parecido a él mismo que se hubiera dicho que era su hermano mellizo.
El sueño de Perucho Rodi quedó sepultado en esa grieta como un diamante negro que iba a alumbrar aún otra noche.
La frustrada evasión fue descubierta; el boquete de entrada en el piso de la celda. El hecho inspiró a los guardianes.


Los presos de la celda 4 (llamada Valle-i), menos el evadido Perucho Rodi, a 1a noche siguiente encontraron inexplicablemente descorrido el cerrojo. Sondearon con sus ojos la noche siniestra del patio. Encontraron que inexplicablemente los pasillos y corredores estaban desiertos. Avanzaron. No enfrentaron en la sombra la sombra de ningún centinela. Inexplicablemente, el caserón circular parecía desierto. La puerta trasera que daba a una callejuela clausurado, estaba inexplicablemente entreabierta. La empujaron, salieron. Al salir, con el primer soplo fresco, los abatió en masa sobre las piedras el fuego cruzado de las ametralladoras que las oscuras troneras del panóptico escupieron sobre ellos durante algunos segundos.
Al día siguiente, la ciudad se enteró solamente de que unos cuantos presos habían sido liquidados en el momento en que pretendían evadirse por un túnel. El comunicado pudo mentir con la verdad. Existía un testimonio irrefutable: el túnel los periodistas fueron invitados a examinarlo. Quedaron satisfechos al ver el boquete de entrada en la celda. La evidencia anulaba algunos detalles insignificantes: la inexistente salida que nadie pidió ver, las manchas de sangre aún frescas en la callejuela abandonada.
Poco después el agujero fue cegado con piedras y la celda 4 (Valle-í) volvió a quedar abarrotada.

Bajo el puente

Por qué no come, le dijo taitá. Y el viejo: De noche no. Usted ya sabe, don Chiquito. Si no hay luz sobre mi comida, no puedo comer. Taitá se rió fuerte: Bajen el lampión y pónganle delante, dijo. El viejo miraba la oscuridad; casi sin mover los labios dijo: No. Tiene que ser luz del día, y si hay sol, mejor. De no, la comida es de otro gusto. Taitá lo miró con la boca llena. Enojado. Después le preguntó, burlón: Gusto a qué, si se puede saber, don. El viejo no contestó. No dijo nada más. Se levantó y se fue hasta que se emparejó con la oscuridad. Taitá volvió a masticar, rezongando: tiene la cabeza más dura que el recado. Capaz que un día va a enladrillar el río para vadearlo sin mojarse los pies.
Taitá y el maestro nunca se entendieron. Con el maestro nos pasó que lo empezamos a conocer cuando se desgració bajo el puente. Y ya para entonces tenía más de sesenta años. Un poco encorvado el espinazo no más; pero sabía ponerse derecho cuando quería. Mayormente en la fiesta de la Natividad, que en Itacuruví empieza un día antes del 24 y se alarga, a remezones, hasta la Epifanía. Muy guardador. Un hombre de orden, de trabajo. Flaquito. Inacabado. El redoblante y alférez mayor de la cofradía de mariscadores. Clavábamos la punta de los pies entre el gentío para verlo tocar. Despacito al principio. Ciego o dormido en el susurro del cuero. El cabello negro y lacio, pegado al cráneo con la goma del tártago. El pecho muy abombado en la figura pequeña. Reventaba en un tronido el redoble mientras el malón salvaje robaba al Niño-de-Cabellos-Rojos. Doscientos años después, jinetes de sudadas camisetas de fútbol lo traían a salvo. Sólo entonces el redoble paraba. Los mariscadores un rato de piedra sobre los caballos. Los brazos en alto. Florecidos ramos de palma. Por debajo pasaba la imagen. Un cuajito de leche, el pelo teñido de bermellón como el fleco del niño-azoté. La inmensa bola de polvo y ruido flotaba sobre el pueblo, y se iba en una nube a llover en otra parte, hasta el año que viene. Siempre igual.
En un lugar así la vejez es larga para cualquiera. No para el maestro. Con menos que poco se conformaba. Dentro de él encontraría todo lo que le hacía falta. Quién sabe. Por fuera, siempre ocupado; un hombre activo como ninguno, de provecho, cumplidor. La escuela. Su chacra llena de plantíos de muchas clases. El cuidado de los pájaros y animales silvestres en su casa, a media legua del pueblo, en la orilla del monte.
Al rayar el día ya estamos todos los alumnos en el patio, tiroteándonos con las semillas de los nísperos; los más grandes pelando al descuido las polleritas rotosas, para mirar debajo. "Guá, el maestro". Una vela negra entre el vaho del roció. Detrás viene saltando el coatí. Lejísimo todavía, si hasta parece que no se mueven, que van reculando. De un parpadeo a otro, se ha puesto a repicar el trozo de riel. El ruido de los bancos se apaga antes que el fierro. Desde la puerta nos está barajando hace rato; nos mira y no nos mira. Nosotros, duros; cada uno con su estaca bien tragada. Sin saber dónde poner las manos y el traste. Los ojos de santitos. Un ramalazo de escarcha quema de refilón una mano, una pierna. Lo único que se mueve es la cola de humo del coatí, bajo la mesa del maestro. El vergajo atado al puño, tiembla un poco todavía. Él mira. No se oye más que su resuello; un anhelar más aire del que hace falta para uno solo. ¿En qué momento ha sacado la libreta de tapas negras donde nos tiene guardados? No precisa abrirla para saber quién está cazando pájaros en el monte. 0 quiénes están temblando con el chucho y vaciándose en la diarrea, hasta que les hace tomar a la fuerza sus remedios de yuyos. Ni la sombra de un pelo se le escapa. Sabido.
Le miramos la cara para ver si hace buen tiempo. Entonces salimos a sacar la paja podrida del techo, a trenzar tientos y bozales; a tejer sombreros y guayacas, para el mercado. La escuela no le cuesta al gobierno más que la venida del inspector, que a saber a qué viene. Nada más que a emborracharse en la fonda del pueblo, a poner su firma en el registro, como de que todo está en orden. Nos hace cantar el himno al pie del asta pelada (ni bandera tenemos), y se va.
El nublado le dura varios días al maestro. Por cualquier cosa: Suba al palo, alumno. La voz gruesa en un cuerpo tan ajustado (a veces la voz más grande que su tamaño). El dedo uñudo apuntando hacia afuera. El castigo más temido: el palo pelado, alto, y el culpable ahorquetado en la punta, achicharrándose al sol. Todo el tiempo de la penitencia debe chirriar allí como una chicharra. Si el ruido sale bien, más corta la pena: Bájese, alumno. Vuelva a su lugar. Sudores y temblores, esto de sostener el chirrido entre los dientes. Los brazos y las piernas se mueren contra el palo, antes que la voluntad. Con todo el sol y las moscas juntas, el cielo y la tierra dan vueltas alrededor del asta. Una bandera. ¿De qué patria seria? Uno cierra la boca para aguantar las arcadas del mareo. Ya está abajo la manchita brillosa, resonando fuerte en medio del solazo: Qué le pasa a esa chicharra. Si no canta la van a comer las hormigas. Señor, me cuesta mucho, agarro y le digo esa mañana. Y él: Nunca lo mucho costó poco. Meta a cantar pues. Y déjese de pito-pito-colorito. Me entró un poco de rabia hasta la boca del estómago. Todo por esa porquería de lagartija que recogí en el camino y se me escapó de la bolsa cuando andábamos por la Provincia Gigante de las Indias, para partirse en dos pedazos contra los dientes del coatí. Me saltó la espuma y oigo que le grito: Creo que ya estoy muerto, señor. Que me coman no más las hormigas. La voz abajo: Animal muerto no mueve la cola. Y yo, con el último aliento: No puedo cantar más. La saliva no me alcanza. Cómo no, dice la manchita desde más abajo que el suelo: Alcanza el que no se cansa. Siga pues. Cuando esté muerto del todo se callará solo. El tono justo vuelve a subir; hay que empezar otra vez. El carapacho vacío acababa cayendo sobre las tunas. Venían las hormigas y se llevaban los pedazos bajo tierra, muy apuraditas.
A ratos, más distraído que ninguno el maestro. Se largaba a mirar la punta de sus botines de caña alta y elásticos a los costados. Más viejos que él, de puro remendados. Sin una gota de polvo vil. Todas las mañanas lustrados con flores de cinesia o con almendra de coco. La mano en lo negro del pizarrón. Los palotes, los números, los dibujos (siempre cosas redondas: una naranja, el pimpollo del irupé, un nido de alonsito, el globo terráqueo con la garrapata del Paraguay prendida a la verija) se borraban poco a poco bajo su aliento de asmático, soltando una lloviznita de albayalde sobre la manga de lustrina. Tan caída la mirada. El hombre se iba cayendo. Se aplomaba, se achicaba. Desaparecía. Una mota de polvo en el brillo de las suelas. Los zapatos solos ahí, sobre el piso. El dueño volando lejos. Y nosotros sin poder saltar ni brincar; nada más que sudar del antojo. Los pies vacíos rayando el suelo. Los ojos hacia el trozo de sol que se retorcía en el hueco de la ventana, cargado de viento, de tierra, de nubes, más allá de los árboles. Cuando tardaba mucho, nuestra mirada se ponía verde de tanto restregarse contra el campo.
La víspera del hecho que hizo bajo el puente, tardó más que otras veces. Pensamos que ya no iba a volver. Me voy a pescar todos los dorados que hay en el río, suscitó Epifanio Ortigoza. La mano espinuda volvía a animarse sobre el pizarrón El maestro se levantaba otra vez sobre los zapatos. Esa tarde se largó a hablar tupido, mezclando todo. Nosotros entendíamos sin entender. Las cosas que decía no eran de ese momento; habían pasado hacia mucho tiempo. O estaban por suceder. Él vivía en espera. Dijo: Un día va a llegar aquí un desconocido. Y no lo van a ver si no están preparados. Le faltaron las palabras, el resuello. Los rastrojitos de pelo a los costados de la boca, quietos por un rato. "De la casualidad no se saca nada", dijo al salir a flote su respiración de ahogado, tras una tos. El mismo se había puesto un plazo, vamos a decir; no hacia adelante, sino al revés. ¿Seria esa su fuerza? El lento poder crecido de esperar contra toda esperanza. La paciencia. La fuerza de su desamparo. Todos los días, desde el principio. Mañana no era un día para él. Qué tiempo iba a tener para pensar en viajes ni en zonceras.
Una sola vez bajó a la capital, dicen que a gestionar su jubilación. Tampoco ese hecho está claro. Algunos calcularon que había ido a buscar el título del terrenito del fisco, donde vivía. De allá no trajo más que los bolsillos llenos de unos granos como de pólvora o pimienta. Los echó en la laguna que forma el río un poco más allá del puente del ferrocarril. Al verano siguiente (o muchos veranos después), el agua barrosa se cubrió de unas plantas como cedazos, de más de una vara de ancho. Del centro salían unas espigas redondas envueltas en un mechón de seda negra; unas flores lustrosas y tiernas del color de la garza real. En la atardecida, el maestro bogaba lentamente en su canoa entre las cunitas flotantes de las victorias-regias; a cuidar que los pimpollos y las cabecitas de niño de los frutos se metieran a dormir bajo el agua. Antes de que comenzaran los ladridos.
Para lo único que sirvió el viaje. Un don no nacido de la casualidad: esas flores del Río-de-las-Coronas, aclimatadas en esa mierdita de laguna. Un milagro. Un hecho simple no más. Positivo. El aroma salía del estero al amanecer cuando los pimpollos despertaban sobre el agua. La alegría. A esa hora la laguna, hecha una sola ola de perfume, se metía enterita en la nariz llevándose el olor que los perros dejaban por la noche.
Ya para entonces (desde que me acuerdo) la gente se mandaba mudar. Uno después de otro, como si los agarrara una enfermedad de la que solamente se podían curar yéndose. Sin decir nada a nadie; sin despedirse siquiera. En tren, o a pie por el camino, muchas leguas, hasta el cruce de la ruta por la que pasan los camiones hacia el sur. Con lo puesto; como para pegar la vuelta en seguida. No vuelven más. Y hasta los que se han ido la víspera parece que faltaran hace mucho tiempo. Si vuelven alguna vez, vienen cambiados. Son otros. Llegan como extraños que sintieran vergüenza por alguna antigua mala acción. Todo falso en ellos: el parecido con las caras que llevaron al salir; la ropa, la tonada nueva que traen. Sólo su olor a lejos es cierto. Cuando el maestro se encuentra con estos lejeños de paso, ni el saludo. Los mira con desprecio. Y si alguna vez fueron sus alumnos, menos que mirarlos. Como ya no puede mandarlos de chicharra al palo, no existen para él. Los más chicos los miramos con envidia. Esa lejanía que traen escondida en la mirada como una culpa; las golosinas que se sacan de los bolsillos y reparten por ahí, para hacerse perdonar. Andamos detrás de ellos, riéndonos con una risa de plata, los dientes forrados con los papelitos de los chocolatines. "Les sacamos el molde", dice Juanchí, mi primo, inflando en la boca el poronguito transparente de la goma de mascar, que nos gusta más que todo. Vienen y se van otra vez en seguida, como escapados. Pero no vemos llegar por ningún lado al desconocido que nos anunció el maestro.
Llegaron las tropas. De la noche a la mañana el pueblo se llenó de soldados que bajaron del tren militar. Al norte, hacia Villarrica del Espíritu Santo, cuando no había viento, se oía el tronar del cañón y el matraqueo de las ametralladoras. En Itacuruví los soldados no pelearon. Corridas y patrullajes; nada más que simulacros de combate. Parecían cuidar al pueblo de algún peligro, que por momentos se acercaba y por momentos se alejaba. Como una amenaza de tormenta que únicamente ellos veían. La estación del ferrocarril era su campamento. Por allí embarcaron en vagones de carga la hacienda y los hombres que consiguieron arrear. Lo más que pudieron. Su buen mes les llevó el trabajo. A taitá no lo mandaron porque él carneaba para las fuerzas. Por la noche, amontonados a la luz de la luna, tocaban guitarras y cantaban. Desde la sombra de las casas escuchábamos sus voces y sus gritos. De repente se largaban a brincar y a zapatear. El retumbo nos hacía tiritar la piel bajo el relente. Pero no era como el batifondo del gentío en las procesiones. Capaz porque las cosas que pasan bajo el sol son diferentes de las que pasan bajo la luna. Mamaíta rezaba por ellos también.
Aparte de taitá, entre los de más edad, el único que se quedó en el pueblo fue el maestro. No parecía enterado de nada. Ni que le importara tampoco. Durante el día, en la escuela como siempre. Por la tardecita, desamarraba su cama y se metía en la laguna, ya para entonces forrada del todo por los cedazos de los irupés Tanto que el maestro daba la impresión de estar sentado en una de esas coronas que se apagaban poco a poco en la penumbra del poniente.
Una mañana el comandante visitó la escuela. Lindo hombre el capitán. Alto, de hombros anchos, la cintura muy delgada. Las botas le llegaban hasta la verija; pistola al cinto y esa especie de cañoncito negro que se encajaba en los ojos para manguear el monte y el camino cuando se subía al techo de la estación. Ojos verdes, cara blanca tostada por el sol. Suave, manso. Demasiado. Nos quedamos sin saber como sería en él la voz de mando, su furia en el combate. Se mostró muy amable. Hacia bromas con ojos de risa, la boca moviéndose en el humo perfumado del cigarrillo, que no era como el humo de alhucema del maestro que él prendía cuando había peste. El casi no tuvo necesidad de decir nada. Más callado que nunca. Estancado en su inmovilidad. Se pasó mirando las puntas de las botas del militar, que al mudar el paso soltaban un chillido a cuero nuevo. El capitán movía las manos y las manchitas de oro del reloj que llevaba en la muñeca corría por las paredes y el techo. No la podíamos alcanzar con los ojos, y volvíamos a la figura verdeoliva que nos miraba desde una ciudad desconocida. Muy grande. Cómo podía el caber ahí con todo eso. Nos dijo cosas que nunca habíamos oído. Pasamos pronto del susto a la diversión, y lo empezamos a querer en seguida. Dijo que nosotros éramos la esperanza de la patria y que el maestro era el héroe ignorado en la batalla contra la ignorancia. Así como ellos estaban ahora en lucha contra el bandidaje. Entró de un salto el coatí plumereando las botas del militar con la cola anillada. Trepó al hombro del maestro y se puso a mirar con ojitos asustados al visitante. Guiñando un ojo hacia nosotros, el capitán preguntó: ¿Este es alumno también? El maestro movió la cabeza: No, dijo. Me acompaña no más. Y el militar: Ah, es como su perro. Al maestro se le movió un poco un lado de la cara (a veces le venía ese temblor que tienen en sueños los animales): Si, dijo. Es como mi perro. Un pequeño quejido salió del coatí tal vez de las botas. El capitán dijo: así un día él también va a saber leer y escribir. Serio, sin levantar la vista, el maestro dijo pasando la mano por el lomo sedoso del animal: Lee y escribe, sí señor, cómo no. El militar lanzó una carcajada. Después se puso serio, sin fanfarronería. Prometió preocuparse de la escuela, apenas regresara de la capital: Aquí hay que levantar una escuela nueva, dijo midiendo con los ojos un espacio como para diez. Después dijo: Esto es poco para un pueblo como Itacuruví. El maestro murmuró a las cansadas: Lo poco basta. Lo mucho se gasta. (Su voz ahora era más chica que su tamaño). El militar no le oyó. Estaba ocupado con el futuro, haciéndose sonar los huesitos de los dedos: A cuentas viejas, barajas nuevas, dijo. Ya al irse se volvió al maestro y le palmeó el hombro que le llegaba a la altura del talabarte: Y a usted, mi amigo, le vamos a conseguir esa bendita jubilación. El maestro ladeó la cabeza hacia el coatí, como para escucharle el ronroneo: Lo que yo quiero, dijo, es un reemplazante. Y el capitán, retirando la mano: También se lo vamos a mandar.
Mucho después que se fueron las tropas, los que habían ganado los montes regresaron de a pucho. Flacos, el cuero enllagado por los huesos de las uras, aqueresados por los moscones. Nada más se venían pierneando su esqueleto. Taitá los miraba con lastima, y cuando podía carneaba para ellos. Algunos se fueron rellenando, y apenas podían se largaban hacia las frontera. Muchos se quedaron no más detrás de la parecita blanca.
Ahora hay mucha tranquilidad. Pero la gente sigue Yéndose. Más que antes. Por eso en Itacuruví se ven cada vez menos conocidos. Lo que sobra son los perros sin dueño. Y los recuerdos, que son los perros flacos de la memoria. Andan desatinados revolviendo las huellas, husmeando ese restito de los ausentes que ha quedado agarrado al polvo. Un olor, un hongo venenoso que los enloquece, que los enferma de tristeza, que les voltea la cabeza a ras del suelo; que los ayuda a procrearse. A los chicos también nos destetan con eso.
Al caer la noche, Itacuruví se puebla de aullidos que se responden desde todas direcciones, brotados de la tierra. Desde las casas a la estación; desde el río al camino; desde los aserraderos vacíos a los cañaverales y algodonales abandonados. Y más lejos todavía. Mayormente no se escuchan al principio y acaban llenando toda la noche. Cuando hay luna nueva, el olor se vuelve azucarado. Los perros se echan unos encima de otros. Se atacan a dentelladas. Se aparean en montón, salvajemente. Un desbordamiento.
La zafaduría de los perros enoja al maestro. Es lo único que lo enoja de veras. A guascazos, a patadas, se lanza contra la trenza de animales cebados. No para hasta apagar los colmillos y ojos que chispean en ese animalón de tantas cabezas y un cuerpo solo. Una noche, del montón que se deshacía lo han visto salir completamente desnudo. Embarrado con la baba de los perros se ha metido en su casa. De nuevo tranquilo y seguro. Algunos han dicho que lo han visto entrar en cuatro patas, como los mismos perros. Nunca se ponen de acuerdo en las cosas del maestro.
Resulta que en un pueblo chico, uno está muy cerca de otro, todo el santo día. Pero de repente entre uno y otro hay millones de años. Taitá y el maestro, por ejemplo. Las gentes no son según la cara que ponen, sino según su laya. Grande forzudo, comilón, la ropa y el tirador siempre llenos de sangre, de sebo, era taitá. Medio sin más pena lento. Toda la vida en el matadero municipal, faenando él solo tres o cuatro reses. Después se iba a capar toros y caballos en las estancias de Maciel y Caazapá. Llegaba los sábados al mediodía con un medio costillar atado al tiento. Seguido por una tolvanera de moscas, que se oían hasta el cerro. El mismo hacía el asado. Partía la carne con el cuchillo manchado por la queresa de las castraciones. Mientras comía con mucho ruido se iba llenando de sueño. Antes de acostarse a dormir la siesta, enterraba el cuchillo hasta el mango en el tronco de un guayabo. Llamaba a mamá y se encerraban en el cuarto. Al despertarse a media tarde, mamá le cebaba mate. Él arrancaba el cuchillo y olía la hoja cubierta de orín. Iba raspando con la uña la costra fermentada. Y las hilachitas caían en la espuma del mate mientras chupaba la bombilla. De esas raspaduras fuimos naciendo yo y mis hermanos. Una hilera.
Me había puesto una tarde a mirar el cuchillo. En la hoja herrumbrada, los ojos espantados de los caballos se apagaban en el cardenillo. Entre los relinchos lejanos, hinchados de dolor, la voz de taitá: A éste lo voy a curar. Siempre dormido. A usted lo que le hace falta no es escuela sino candela. Hasta cuándo va a andar así, hasta que se ponga a mear la gallina, o qué. Me mandó que me bajara el calzoncillo, delante de todos. Una gran risa. Me puso el cuchillo entre las piernas, por seguir la broma seguro. "Para que seas un buen padrillo, mi hijo", me aturdió su voz en el oído. Me agarré al cuchillo con las dos manos. Ni un arañazo, pero un frío de muerte me peló la sangre por dentro. Desde entonces me dura el susto. Una especie de vacío en esa parte del cuerpo. Me escapé al monte; crucé al otro lado del río. Estoy tendido en la arena, boca arriba, para que el sol me coma los ojos. El aliento del coatí en la cara, la mano del maestro lavándome los ojos enllagados, hasta el seso me araña la quemadura del agua de llantén. La voz de taitá en la oscuridad, muy achicado, servil como un perro: No sé por qué ha hecho eso. Al niño lo tratamos muy bien. La voz del maestro yéndose: Claro, cómo no, don Chiquito. A cada uno le güele bien su pedo.
Días y días para que me retoñaran los ojos. Una telaraña enrollada en la cabeza al principio. Después se me destapó adentro otra mirada, y en los ojos entraban más cosas que antes. De una manera diferente. Ver era desear y desear era recordar. Volví a la escuela. El maestro también distinto: él mismo, pero una persona diferente. Lo estaba empezando a conocer. Más fuerza que taitá tenía, en todo y por todo; a pesar de lo quebradizo de su condición. Entonces supe también por qué no podía comer él si la luz no caía sobre su comida: el gusto de cualquier cosa en lo oscuro recuerda a la muerte. Pero ahora todo era muy claro; el día y la noche. Por la tarde me quedaba a barrer el aula. Me sentía liviano. Dispuesto a volar como un pájaro.
Con el gajo de cepacaballo esa tarde barrí hasta el último pedacito de escuela. Sobre la mesa estaba la libreta. Más sobada que la baraja de la fonda. Parpadeaba al vientito caliente. Me fui corriendo al borde de la laguna. A contraluz del poniente, el maestro caminaba muy derecho sobre las victorias-regias, y se perdía a saltos en la oscuridad.
Cuando todos dormían y los ladridos aumentaban la noche, me senté despacito en el larguero del catre. Traté de no pensar en nada; en nada más que en ese desconocido que un día iba a llegar al pueblo. Entonces oí la voz de los que se habían ido y de los que se habían muerto. Los ladridos se apagaron. Un gusto a herrumbre me llenó de saliva la boca. Se me curaron las llagas, pensé, pero se me están enfermando las cicatrices. Así y todo, la felicidad. Me mordí la lengua hasta sentir el gustito tibio a sangre. Los ladridos no volvieron y el pueblo amaneció lleno de gente.
Mamá, taitá y todos mis hermanos están detrás de la parecita blanca, en medio del campo. También la tía Emerenciana, que me llevó a vivir con ella cuando me quedé solo.
Al maestro le prohibieron tocar en las procesiones. Capaz que él mismo se cansó de redoblar para ese pueblo cada vez más vacío. El último año ya ni un triste puñadito de brazos se pudo juntar para sacar las andas. Y de los jinetes, el polvo del galope era barro. El malón anda creciendo por otros lugares. El maestro más callado que nunca; alunado todo el tiempo. Envejeció de un día para otro. Los cabellos se le llenaron de canas. Unas motas de lana manchadas por el excremento de los loros. Se le arrugó el cuero; la ropa. Todo él se iba achicando, achicando. Apretado, atorado en un agujero, pujando por salir. Pujaba y se atoraba. Solo, en el profundo agujero. Nadie lo podía ayudar. A trueque de su encogimiento, la abertura se angostaba, lo estrujaba. Lo que saliera de allí (si algo salía), no iba a ser más que una despellejadura. Algo de nada. No bogaba más en la laguna. No se lo veía por ninguna parte. Fui a espiar la casa. Un agrio humo de alucema salía por la ventana. Adentro, el rumor del maestro leyendo en voz alta, o hablando solo. Un poco después, la voz carrasposa se quebró en la voz de un chico que hablaba a una mujer; como un chico malcriado puede hablar a su madre: resentido, porfiado, apenas con respeto. Me recosté contra la tapia, junto al cuadrado de sombra de la ventana; me metí entre la enredadera, los ojos lagrimeando por el humo. Las voces del chico y la mujer seguían discutiendo. Podían ser los loritos del maestro. Vino el coatí. Medio desconfiado, lento empezó a lamerme los pies. Gruñía un poco; capaz quería avisarme algo. Todos los animales se fueron alborotando. Después vi que no estaban: la selva había venido a buscarlos. Bejucos y ramas habían roto las jaulas, los corrales hacía mucho; se enredaban por todas partes, seguían avanzando sobre la casa. Pronto irían a caer y cerrarse sobre ella para siempre. El coatí dio un respingo. En eso salió el maestro con el tambor. Pasó junto a mí, sin verme; muy derecho, como enojado, golpeando el cuero, hasta que desapareció en la cueva del barranco. El redoble hacía tiritar la piel, metía bajo los huesos una especie de dentera. Entré en la casa. Nadie. No había nadie. Nada más que las sombras recostadas contra la pared. Un tiempo largo todo eso; demasiado, porque se terminaba de repente. Atravesando el yuyal que cubría los plantíos, regresé al pueblo. "Voy a volver mañana", oigo que me digo sin sentirme la voz; nada más que este gusto a cardenillo en la boca. Y encuentro que una montonera de años ha pasado desde entonces. Tengo la misma edad del maestro cuando se desgració bajo el puente, esa mañana en que todos los alumnos fuimos en fila a ver su cara bajo el agua barrosa. De golpe había volado hacia atrás, hacia el principio.
Lo que vimos desde el puente, entre el olor de las victorias-regias (que también ahora tenían el olor de los perros), era la cara arrugada de un chico. Menos que eso: la de un recién nacido. El agua turbia seguro engañaba un poco. Alguien venía tambaleándose por el camino, entre los reflejos. En el primer momento se nos antojó que era el inspector. Nos entró un poco de susto. Sin saber qué hacer, alguien se puso a cantar el himno. Al rato todos lo seguíamos. Un coro fuerte, desentonado, como si hubiéramos estado cantando al pie mismo del palo. Los ojos vueltos hacia el que se venía acercando.

El trueno entre las hojas

El ingenio se hallaba cerrado por limpieza y reparaciones después de la zafra. Un tufo de horno henchía la pesada y eléctrica noche de diciembre. Todo estaba quieto y parado junto al río. No se oían las aguas ni el follaje. La amenaza de mal tiempo había puesto tensa la atmósfera como el hueco negro de una campana en la que el silencio parecía freírse con susurros ahogados y secretas resquebrajaduras.
En eso surgió de las barrancas la música del acordeón. Era una melodía ubicua, deshilachada. Se interrumpía y volvía a empezar en un sitio distinto, a lo largo de la caja acústica del río. Sonaba nostálgica y fantasmal.
-¿Y eso qué es? -preguntó un forastero.
-El cordión de Solano-informó un viejo.
-¿Quién?
-Solano Rojas, el pasero ciego.
-Pero, ¿no dicen que murió?
-Él sí. Pero el que toca agora e' su la'sánima.
-¡Aicheyarangá, Solano! -murmuró una vieja persignándose.
La mole de la fábrica flotaba inmóvil en la oscuridad. Un perro ladró a lo lejos, como si ladrara bajo tierra. Dos o tres críos desnudos se revolvieron en los regazos de sus madres, junto al fuego. Uno de ellos empezó a gimotear asustado, quedamente.
-Callate, m'hijo. Escuchá a Solano. E'tá solito en el Paso.
El contrapunto de un guaimingüé que rompió con su tañido la quietud del monte, volvió aún más fantasmal la melodía. El acordeón sonaba ahora con un lamento distante y enlutado.
-Así suena cuando no hay luna-dijo el viejo encendiendo su cigarro en un tizón en el que se quemaba un poco de noche.
-La debe andar buscando todavía.
-¡Pobre Solano!
Cuando se apagó el murmullo de las voces, se pudo notar que el acordeón fantasma no sonaba ya en la garganta del río. Sólo la campana forestal siguió tañendo por un rato, a distancia imprecisable. Después también el pájaro calló. Los últimos ecos resbalaron sobre el río. Y el silencio volvió a ser tenso, pesado, oscuro.
Los primeros relámpagos se encendían hacia el poniente, por detrás de la selva. Eran como fugaces párpados de piel amarilla que subían y bajaban súbitamente sobre el ojo inmenso de la tiniebla.
El acordeón no volvió a sonar esa noche en el Paso.
En ese recodo del Tebikuary vivió sus últimos años Solano Rojas, el cabecilla de la huelga, después de volver ciego de la cárcel.
Probablemente él mismo a su regreso le dio al sitio el nombre con el que se le conoce ahora: Paso Yasy-Mörötï. Las barrancas calizas y el banco de arena sobre el agua verde, forman allí en efecto una media luna color de hueso que resplandece espectralmente en las noches de sequía.
Pero tal vez el nombre de Paso haya surgido menos de su forma que de cierta obstinada imagen pegada a la memoria del pasero.
Vivía en la barranca boscosa que remata en el arenal. Aún se pueden ver los restos de su rancho devorado por el monte, sobre aquella pequeña ensenada. Es un remanso quieto y profundo. Ahí guardaba su balsa.
No era difícil adivinar por qué había elegido ese sitio. Enfrente, sobre la barranca opuesta estaban las ruinas carbonizadas de la Ogaguasú en la que había terminado el funesto dominio de Harry Way, el fabricante yanqui que continuó y perfeccionó el régimen de opresiva expoliación fundado por Simón Bonavi, el comerciante judío-español de Asunción.
Es cierto que Solano Rojas ya no podía ver las ruinas ni el nuevo ingenio levantado en el mismo emplazamiento del anterior. Pero él debió contentarse seguramente con tenerlos delante, con sentirlos en el muerto pellejo de sus ojos y recordarles todos los días su presencia acusadora y apacible.
Se apostó allí y dio a su vigilancia una forma servicial: su trabajo de pasero, que era poco menos que gratuito y filantrópico, pues nunca aceptó que le pagaran en dinero. Sólo recibía el poco de tabaco o de bastimento que sus ocasionales pasajeros querían darle. Y a las mujeres y los niños que venían desde remotos parajes del Guairá, los pasaba de balde ida y vuelta. Durante el trayecto les hablaba, especialmente a los chicos.
-No olviden kená, che ra'y-kuera, que siempre debemo' ayudarno' lo uno a lo' jotro, que siempre debemo' etar unido. El único hermano de verdá que tiene un pobre ko' e' otro pobre. Y junto' todo'nojotro formamo la mano, el puño humilde pero juerte de lo'trabajadore...
No era un burdo elemento subversivo. Era un auténtico y fragante revolucionario, como verdadero hombre del pueblo que era. Por eso lo habían atado para siempre a la noche de la ceguera. Hablaba desde ella sin amargura, sin encono, pero con una profunda convicción. Tenía indudablemente conciencia de una oscura y vital labor docente. Su cátedra era la balsa, sobre el río; unos toscos tablones boyando en un agua incesante como la vida. Había algo de religioso pero al mismo tiempo de pura y simple humanidad en Solano Rojas cuando hablaba. Su cara morena y angulosa se tornaba viviente por debajo de la máscara que le habían dejado; se llenaba de una secreta exaltación. Sus ojos ciegos parecían ver. La honda cicatriz del hachazo en la frente también parecía mirar como otro ojo arrugado y seco. Los harapientos mitá'í lo contemplaban con una especie de fascinada veneración mientras remaba. No tenía más de cuarenta años, pero parecía un viejo. Sólo llevaba puesto un rotoso pantalón de a'tópoí arremangado sobre las rodillas. El torso flaco y desnudo estaba vestido con las cicatrices que el látigo de los capangas primero y el yatagán de los guardiacárceles después habían garabateado en su piel. En esa oscura cuartilla los chicos analfabetos leían la lección que les callaba Solano. Y un nudo de miedo valeroso, de emocionada camaradería, se les atragantaba con la saliva al saltar de la balsa gritando:
-¡Ha'ta la güelta, Solano!
-¡Adió manté, che ra'y-kuera!
Quedaba un rato en la orilla, pensativo. La mole rojiza del ingenio se desmoronaba silenciosamente sobre él desde el pasado. La sentía pesar en sus hombros. Desatracaba con lentitud y volvía a su remanso a favor de la corriente, sin remar, sin moverse. Sólo la roldanita de palo iba chirriando en el alambre.
Después de la puesta de sol sacaba su remendado acordeón y se sentaba a tocar en un apyká bajito, recostado contra un árbol. Casi siempre empezaba con el campamento Cerro-León tendiendo sus miradas de ciego hacia los escombros de la Ogaguasú, en el talud calizo, destruido por el fuego vindicador hacía quince años y habitado sólo ahora por los lagartos y las víboras. No restaba más que eso de Simón Bonaví, de Eulogio Penayo, de Harry Way.
Era su manera de recordarles que él aún estaba allí vencido sólo a medias.
Su presencia surgía en la sombra, entorchada de abultados costurones, rayada por las verberaciones oscilantes, como si el agua se divirtiera jugando a ponerle y sacarle un traje de presidiario trémulo y transparente.
Las ruinas también lo miraban con ojos ciegos. Se miraban sin verse, el río de por medio, todas las cosas que habían pasado, el tiempo, la sangre que había corrido, entre ellos dos; todo eso y algo más que sólo él sabia. Las ruinas estaban silenciosas entre los helechos y las ortigas. Él tenía su música. Sus manos se movían con ímpetu arrugando y desarrugando el fuelle. Pero en el rezongo melodioso flotaba su secreto como los camalotes y los raigones negros en el río.
Un último reflejo verde le bañaba el rostro volcado hacia arriba en el recuerdo instintivo de la luz. Después se oscurecía porque lo agachaba sobre el instrumento como quien esconde la cara entre las manos.
Poco a poco la música se ponía triste y como enlutada. Una canción de campamento junto al fuego apagado de un vivac en la noche del destino. A eso sonaba el acordeón de Solano Rojas junto al río natal. ¿No estarían dialogando acaso el agua oscura y el hijo ciego acerca de cosas, de recuerdos compartidos?
Él tenía metido adentro, en su corazón indomable, un luchador, un rebelde que odiaba la injusticia. Eso era verdad. Pero también un hombre enamorado y triste. Solano Rojas sabía ahora que amor es tristeza y engendra sin remedio la soledad. Estaba acompañado y solo.
En ese sitio había peleado y amado. Allí estaban su raíz, su alegría y su infortunio. El remendado acordeón lo decía en su lenguaje de resina y ala, en su pequeño pulso de tambor guerrero que esculpía en las barrancas y en la gente las antiguas palabras marciales:
Campamento Cerro-León, catorce, quince, yesiséis, yesisiete, yesi'ocho, yesinueve batallón...
Ipuma-ko la diana,
pe pacpá-ke lo'mitá...
La lucha no se había perdido. Solano Rojas no podía ver los resultados, pero los sentía. Allí estaba el ingenio para testificarlo; el régimen de vida y trabajo más humano que se había implantado en él; la gradual extinción del temor y de la degradación en la gente, la conciencia cada vez más clara de su condición y de su fraternidad; esos andrajosos mita'í en los que él sembraba la oscura semilla del futuro, mientras movía su arado en el agua.
Venían a consultarlo en la barranca. El rancho del pasero de Yasy-Mörötï era el verdadero sindicato de los trabajadores del azúcar en esa región.
-Solano, ya cortaron otra ve' lo'turno para nojotro entrar el cañadurce -informaban los pequeños agricultores.
-Solano, el trabajo por tareas ko se paga michí-itereí-se quejaban los cortadores.
Solano, esto y lo'jotro.
Él los aconsejaba y orientaba. Ninguna solución propuesta por Solano había fracasado. En el ingenio y en las plantaciones se daban cuenta en seguida cuando una demanda subía del Paso.
-Viene del sindicato karapé-decían.
Y la respetaban, porque esa demanda pesaba como un trozo de barranca y tenía su implacable centro de equilibrio en lo justo.
No; su sacrificio no había sido estéril. El combate, los años de prisión, sus cicatrices, su ceguera. Nada había sido inútil. Estaba contento de haberse jugado entero en favor de sus hermanos.
Pero en el fondo de su oscuridad desvelada e irremediable su corazón también le reclamaba por ella, por esa mujer que sólo ahora era como un sueño con su cuerpo de cobre y su cabeza de luna. Teñida por el fuego y los recuerdos.
Ella, Yasy-Mörötï.
No habían estado juntos más que contados instantes. Apenas habían cambiado palabras. Pero la voz de ella estaba ahora disuelta en la voz del río, en la voz del viento, en la voz de su cascado acordeón.
La veía aún al resplandor de los fogones, en medio de la destrucción y de la muerte, en medio de la calma que siguió después como un tiempo que había fluido fuera del tiempo. Y un poco antes, cuando convaleciendo del castigo, él la entrevió a su lado, menos un firme y joven cuerpo de mujer que una sombra desdibujada sobre el agua revuelta y dolorida en la que todo él flotaba como un guiñapo.
La recordaba como entonces y aunque estuviera lejos o se hubiese muerto, la esperaría siempre. No; pero ella no estaba muerta. Sólo para él era como un sueño. A veces la sentía pasar por el río. Pero ya no podía verla sino en su interior, porque la cárcel le había dejado intactos sus recuerdos pero le había comido los ojos.
Estaba acompañado y solo. Por eso el acordeón sonaba vivo y marcial entre las barrancas de Paso Yasy-Mörötï, pero al mismo tiempo triste y nostálgico, mientras caía la noche sobre su noche.
Luna blanca que de mí te alejas
con ojos distantes...
Yasy-Mörötï. . .
Antes de establecerse la primera fábrica de azúcar en Tebikuary-Costa, la mayor parte de sus pobladores se hallaba diseminada en las montuosas riberas del río. Vivían en estado semisalvaje de la caza, de la pesca, de sus rudimentarios cultivos, pero por lo menos vivían en libertad, de su propio esfuerzo, sin muchas dificultades y necesidades. Vivían y morían insensiblemente como los venados, como las plantas, como las estaciones.
Un día llegó Simón Bonaví con sus hombres. Vinieron a caballo desde San Juan de Borja explorando el río para elegir el lugar. Por fin al comienzo del valle que se extendía ante ellos desde el recodo del río, Simón Bonavi se detuvo.
-Aquí-dijo paseando las rajas azules de sus ojos por toda la amplitud del valle-. Me gusta esto.
Sacó del bolsillo un mapa bastante ajado y se puso a estudiarlo con concentrada atención. Su larga y ganchuda nariz de pájaro de rapiña daba la impresión de que iba a gotear sobre el papel. De tanto en tanto, distraídamente, se olía el pulgar y el índice frotándolos un poco como si aspirara polvo de tabaco. Los otros lo miraban en silencio, expectantes.
-Sí -dijo Simón Bonaví levantando la cabeza-. Esto es del fisco. Agua, tierras, gente. En estado inculto pero en abundancia. Es lo que necesitamos. Y nos saldrá gratis, por añadidura -giró el brazo con un gesto de apropiación; un gesto ávido, pero lento y seguro.
Los hombres también husmearon en todas direcciones y aprobaron respetuosos lo que dijo el patrón. En los ojos mansos y azules del sefardí la codicia tenía algo de apaciblemente siniestro como en su sonrisa, una hilacha blanda entre los dientes, entre los labios finos, como la rebaba festiva de su metálica y envainada sordidez.
Un hombre rubio, que parecía alemán, estudiaba el lugar con un ojo cerrado.
-Forkel -lo llamó Bonaví.
-Sí, don Simón.
-Puede medir no más. Aquí nos plantamos.
Descabalgaron. Un mulato bizco y gigantesco que siempre andaba detrás de Bonaví con un parabellum al cinto, lo ayudó a desmontar. Lo bajó aupado como a un niño.
-Gracias, Penayo-le sonrió el patrón.
Los ayudantes de Forkel empezaron a medir el terreno con una cinta de acero que se enrollaba y desenrollaba desde un estuche, semejante a una víbora chata y brillante.
Simón Bonaví era bajito y ventrudo. A la sombra del mulato, parecía casi un enano. Tenia las piernas muy combadas. Era el único que no llevaba polainas de cuero. Su ropa era oscura y su ridículo sombrerito que más parecía un birrete, tiraba al color de un ratón muerto sobre los mofletes rubicundos. Frecuentemente y como al descuido, introducía los dedos en la abertura del pantalón. El olor de sus partes era su rapé. De allí lo extraía, casi sin recato, entre el índice y el pulgar. Y al aspirarlo, sus ojos mortecinos, su pacífica expresión se reanimaban.
-¿Qué huele, don?-le había preguntado una vez, al discutir un negocio, un colega curioso y desaprensivo que lo veía meter a cada momento la mano bajo la mesa.
-El olor del dinero, mi amigo-le respondió sin inmutarse Simón Bonaví, al verse descubierto.
En ese valle del Tebikuary del Guairá, el "olor del dinero'' parecía formar parte de su atmósfera. Simón Bonaví lo pellizcaba en el aire mientras sus hombres hacían pandear sobre las cortaderas la flexible víbora de metal.
-El proyecto del ferrocarril a Encarnación pasa a un kilómetro de aquí-comentó el patrón.
-Probablemente-asintió el ingeniero alemán-. El terminal está a cinco leguas al norte de San Juan de Borja.
-Pasa por aquí. Lo he visto en el mapa.
-Ja. Eso es muy interesante, don Simón-dijo entonces el alemán sin despegar los ojos de los agrimensores.
-Claro. Sin ferrocarril no hay fábrica -los carrillos sonrosados estaban plácidos. Hasta cuando amenazaba, Simón Bonaví permanecía tierno y risueño.
-Sin ferrocarril no hay fábrica-respondió el otro en un eco servil.
-En Asunción moveré mis influencias para que siga la construcción de la trocha. Nosotros levantaremos aquí la fábrica. Que el gobierno ponga las vías. Eso es hacer patria -el cuchillito blanco se reflejaba entre los dientes sucios y grandes,
-Eso es hacer patria -dijo el ingeniero.
Así nació el ingenio. Simón Bonaví conchavó a los poblador es. Al principio éstos se alegraron porque veían surgir las posibilidades de un trabajo estable. Simón Bonaví los impresionó bien con sus maneras mansas y afables. Un hombre así tenía que ser bueno y respetable. Acudieron en masa. El patrón los puso a construir olerías y un terraplén que avanzó al encuentro de los futuros rieles.
Con los ladrillos rojizos que salían de los hornos se edificó la fábrica. Después llegaron las complicadas maquinarias, el trapiche de hierro, los grandes tachos de cobre para la cocción. Tuvieron que transportarlos en alzaprimas desde el terminal del ferrocarril, sobre una distancia de más de diez leguas.
Se levantaron los depósitos, algunas viviendas, la comisaría la proveeduría. Los hombres trabajaban como esclavos. Y no era más que el comienzo. Pero de los patacones con que soñaban, no veían ni "el pelo en la chipa", porque el patrón les pagaba con vales.
-Acciones al portador, muchachos-les decía los sábados-. Váyanse tranquilos.
-Kuatiá reí, patrón-se atrevió alguno a protestar.
-¿Qué dice éste?-preguntó a Penayo, que echaba su sombra protectora sobre él.
-Papel debarte -tradujo el mulato.
-Tonto, más que tonto-argumentó sonriendo el patrón-. El papel es la madre del dinero. Y este papel es más fuerte que el peso fuerte. Son acciones al portador. Vayan a la proveeduría y verán.
Eso de "acciones al portador" sonaba bien pero ellos no lo entendían. Creían que era algo bueno relacionado con el futuro. Tomaban sus vales y se iban al almacén de la proveeduría que chupaba sus jornales a cambio de provistas y ropas diez o veinte veces más caras que su valor real. Pero eran ropas y provistas y eso lo adquirían con la kuatiá reí, el papel blanco que era más fuerte que el peso fuerte, que el patacón cañón.
Simón Bonaví tejía su tela de araña con el jugo de las mismas moscas que iba cazando. Llevaba los hilos de un lado a otro en sus manos pequeñas y regordetas, balanceándose mucho al andar sobre sus piernas estevadas, como un péndulo ventrudo, rapaz y sonriente. El péndulo de un reloj que marcaba un tiempo cuyo único dueño era Simón Bonaví.
Los nativos veían crecer el ingenio como un enorme quiste colorado. Lo sentían engordar con su esfuerzo, con su sudor, con su temor. Porque un miedo sordo e impotente también empezó a cundir. Su simple mente pastoril no acababa de comprender lo que estaba pasando. El trabajo no era entonces una cosa buena y alegre. El trabajo era una maldición y había que soportarlo como una maldición.
Antes de que la fábrica estuviera lista, Simón Bonaví ya tenía bien ablandada a la gente por la intimidación. Él seguía sonriendo mansamente y aspirando el casto rapé de sus entrepiernas. No intervenía personalmente en la tarea del amansamiento. Para eso había puesto al frente de los trabajos a Eulogio Penayo, que ahora blandía a todas horas un largo y grueso teyú-ruguai atado al puño.
-¡Chake, Ulogio!...-susurraba el miedo en el terraplén, en las olerías, en los rozados, en los galpones. Y la cola de cuero trenzada restallaba en la tierra, en la madera, en las máquinas, en las espaldas sudorosas de los esclavos. A veces sonaban los tiros del parabellum en son de amedrentamiento. Penayo quería que supiesen que él era tan zambo para los trallazos como para los balazos.
Uno de los tiros dio en la cabeza de Esteban Blanco, que se atrevió a levantar la mano contra el capataz. El mulato le disparó a quemarropa.
-¡Omanó Teba! ¡Ulogio oyuka Tebä-pe! -los testigos esparcieron la noticia.
Fue el primer rebelde y el primer muerto. Lo arrojaron al río. El cadáver se alejó flotando en un leve lienzo de sangre sobre la tela verde y sinuosa del agua.
Simón Bonaví sonreía y se olía los dedos. Los ojos bizcos del mulato rondaban entre las hojas y el polvo. El patrón era manso. El mulato era la sombra siniestra del risueño hombrecito.
Entre los dos cerraron el círculo en torno a los pobladores de Tebikuary del Guairá. Los únicos que quedaron libres fueron los carpincheros. Ellos no quisieron vender su vagabundo destino al patrón que compraba vidas con vales de papel para toda la vida.
Vino una peste. Enfermaron y murieron muchos. Algunos se animaron al principio a pedir al patrón un adelanto para comprar remedios en San Juan de Borja. Con su mansa sonrisa, Simón Bonaví los regresó:
-¡Ah, los pobres no tenemos derecho a enfermarnos! Ahí está el río-dijo tirando leves pulgaradas por sobre el hombro-. Denles agua, mucha agua, hasta que se cansen. El agua es un santo remedio.
Por fin la fábrica empezó a funcionar. Sus intestinos de hierro y de cobre defecaron un azúcar blanco, mas blanco que la arena del Paso. Blanco, dulce y brillante. Los hombres, las mujeres y los niños oscuros de Tebikuary-Costa se asombraron de que una cosa tan amarga como su sudor se hubiese convertido en esos cristalitos de escarcha que parecían bañados de luna, de escamas trituradas de pescado, de agua de rocío, de dulce saliva de lechiguanas.
-¡Azucá..., azucá mörötï! ¡Ipörä itepa! -clamaron al unísono en voz baja. Algunos tenían húmedos los ojos. Tal vez el reflejo del azúcar. Lo sentían dulce en los labios pero amargo en los ojos donde volvía a ser jugo de lagrimales, arena dulce empapada en lágrimas amargas.
En el primer momento se dieron un atracón. Después tuvieron que comerlo a escondidas, a riesgo de pagar un puñito con diez latigazos del mulato.
Terminada la primera zafra, Simón Bonaví regresó a la capital dejando en la fábrica al ingeniero alemán Forkel y en la comisaría a Eulogio Penayo.
Lo vieron alejarse a caballo sonriendo y oliéndose los dedos, como si al marcharse se sorbiera el resto de la luz y del aroma agreste que aún sobraban en Tebikuary del Guairá. Se eclipsó detrás del mulato que lo escoltó hasta el tren.
En la fábrica se enconó entonces el sombrío reinado del terror cuyos cimientos había echado Simón Bonaví con gestos tiernos y blandas miradas azules. Forkel y Penayo debían rendirle estrictas cuentas. Quedaban allí como el brazo diestro y el siniestro del ventrudo hombrecito de Asunción.
De la chimenea del ingenio salía un humo negro que manchaba el aire limpio, el cielo en otro tiempo claro del valle. Era como el aliento de los desgraciados enterrados vivos en el quiste de ladrillo y hierro que seguía latiendo a orillas del río.
La noche de San Juan, las hogueras pasaron ese año, fugitivas y espectrales, verdaderos fuegos fatuos sobre el agua.
Solano Rojas tenía entonces quince años y trabajaba ya como peón en la conductora del trapiche. Él vio rebelarse y morir a Esteban Blanco. Su grito, su cabeza destrozada por el balazo del parabellum, pero sobre todo su altivo gesto de rebeldía contra el matón que lo había azotado, se le incrustaron en el alma.
Eulogio Penayo siguió cometiendo tropelías y vejámenes sin nombre. Estaba envalentonado. Se sabía impune y omnipotente. Ahora era también el comisario del gobierno. Bonaví le había conseguido su nombramiento por decreto.
La comisaría, una casa blanca con techo de cinc, tan siniestra como su ocupante, estaba frente al recodo en la parte más alta de la barranca. Desde allí el capataz-comisario vigilaba el ingenio como un perrazo negro aureolado de sangriento prestigio. Allí arrastraba por las noches a las mujeres que quería gozar en sus antojos lúbricos. A veces se oían los gritos o el llanto de las infelices por entre las risotadas y palabrotas del mestizo.
Al año siguiente de la partida del patrón, le tocó el turno a la madre de Solano, que era una mujer todavía joven y bien parecida. Consiguió de ella todo lo que quiso porque la amenazó, si se negaba, con que iría a matar a su hijo que estaba trabajando en la fábrica. Solano lo ignoró hasta mucho después, cuando ya el mulato estaba muerto y cuando una venganza personal hubiera carecido ya de sentido aun en el caso de no estarlo.
Pero entretanto, otro enemigo les apareció de improviso a los peones de la fábrica.
Max Forkel hizo traer a su mujer de Asunción. Llegó montada a lo hombre y con traje de amazona: botas negras, casaca y pantalón azules, sombrero de paño encasquetado sobre el cabello teñido de indefinible color.
Desde el primer momento supieron a qué atenerse con respecto a ella. Era una hembra cerrera e insaciable, la versión femenina del mulato. Andaba todo el tiempo a caballo fatigando los campos y mirando extrañamente a los hombres al pasar. Le llamaron la "Bringa". La mancha azul de su casaca volaba en el viento y en el polvo del ingenio a la mañana y a la tarde.
Al principio, la "Bringa" se lió con el mulato. Salían juntos y se tumbaban en cualquier parte, sin importárseles mucho que ocasionales espectadores pudieran murmurar después:
-Ya lo vimo' otra vé' a Ulogio y la Bringa... en el montecito.
-Parecen burro y burra...
Pero Penayo se cansó pronto de esta mujer cuarentona y repelente y acabó por volverle la espalda. Entonces ella se dedicó a buscar candidatos entre la peonada joven. Los mandaba llamar y se hacía cubrir por ellos con dádivas o bajo amenazas, casi en las propias barbas del marido y probablemente con su tácita aceptación. Algunos se prestaron a los seniles galanteos de la mujer del ingeniero, atacada de furiosa ninfomanía. Y los que no querían transigir eran echados de la fábrica. El dilema, sin embargo, era terrible: o las bubas de la Bringa o el hambre y la persecución.
La Bringa fue entonces la Vaca Brava.
-¡Vacá ñarö..., vacá cose..., vacá pochy!
Cuatro veces más las fogatas de San Juan habían bajado por el río.
Solano Rojas era ya un hombre espigado y esbelto. Un día Anacleto Pakurí le trajo la temida noticia.
-Ahora quiere liarse con vo.
-¿Quién?-preguntó Solano por preguntar. Sabía de quién se trataba. Sus veinte años vírgenes y viriles se irguieron dentro de él con asco sombrío y turbulento.
-Ella, Vacá Ñarö-dijo Anacleto friccionándose la bragadura-. Te va a mandar llamar. Anoche e'tuve con ella. ¡Neike, tapy-pi, que jembrón chúcaro pa que' e' el mujer del injiñero! Dié peso minte-ko me dio. Mä'é-sacó del bolsillo del pantalón un billete nuevo con un hombre frentudo en el centro.
-¡Te vendite, Anacleto!-Solano le arrancó el billete, escupió encima con rabia la espuma amarilla de su naco. Después lo arrojó al suelo, lo pisoteó como una víbora muerta y lo cubrió de tierra.
-Vi'a dirme ko agora mimo a la curandera de Kande'á a ver pa si me limpia del contagio-dijo humillado Anacleto-. Y vo'cuidate-ke, Solano. Yo ya te avisé.
Pero un imprevisto acontecimiento libró a Solano de la acometida de la Vaca Brava.
Al día siguiente de su encuentro con Anacleto el comisario amaneció muerto en su casa. Tenía un cuchillo clavado en la espalda. Fue un asesinato misterioso. Era un asesinato increíble. No había ningún indicio. La casa del perro negro era inexpugnable y de él se decía que dormía con un ojo sobre el caño del parabellum. Debía de ser una mujer. Tal vez la mujer de Forkel. La habían visto rondar la casa blanca y después hablar con el mulato en el alambrado. Podía ser el mismo Forkel. Lo único cierto era que el salvaje cancerbero de Simón Bonaví estaba muerto. Y bien muerto. La gente tenía por fin algún respiro. Los viejos rezaban, las mujeres lloraban de alegría.
Simón Bonaví mandó a otro testaferro y junto con él a varios inmigrantes para que procediera a una depuración de empleados, a una "cruza" general de los elementos más antiguos.
-El mestizaje aplaca las sangres y mejora los negocios-había dicho oliendo como siempre el olor del dinero, que él guardaba en la botonadura del pantalón.
Max Forkel también fue despedido. Simón Bonaví dio al testaferro instrucciones precisas con respecto al ingeniero alemán.
-Es blando, inepto con la gente, cobra un sueldo muy subido. Y tiene esa mujer que es un asco de inmoralidad. Además, ya no necesitamos de él. Me lo pone de patitas en la calle, sin contemplaciones.
Se marchó a pie con su mujer por el terraplén, cargado de valijas como un changador.
La Vaca Brava parecía que por fin se hubiese amansado. Iba extrañamente tranquila al lado del marido, como una sumisa y verdadera esposa. Estaba irreconocible. Vestía un sencillo vestido de percal floreado y no el agresivo traje de amazona que había usado todo el tiempo. El peso de un maletín negro que llevaba en la mano la encorvaba un poco. Parecía al mismo tiempo más vieja y más joven. Y el ala de un ajado sombrero de toquilla suavizaba y hacía distante la expresión de su rostro repulsivo en el que algo indescriptible como una sonrisa de satisfacción o de renuncia flotaba tristemente ennobleciéndolo en cierta manera. Una sola vez se volvió con recatada lentitud como despidiéndose de un tiempo que allí moría para ella.
Un viejo cuadrillero cuchicheó a otro en el terraplén:
-La Vaca Brava le arreló a Ulogio Penayo. No puede ser otra.
-Jhee, compagre. No engaña el yablo por má manso que se ponga.
-En la valija lleva el lasánima del mulato.
-¡Jha kuñá takú! Al fin sirvió para algo...
Pero era como si hablaran de un ser que ya tampoco existía, porque en ese momento una nube de polvo acabó de borrar el maletín negro y el vestido floreado.
La ex comisaría quedó abandonada por un tiempo sobre el talud calizo. Se decía que el alma en pena de Ulogio Penayo se lamentaba allí por las noches. Después la ocupó otro matrimonio alemán que tenía una hijita de pocos años.
Una noche que trajeron a la casa a un carpinchero muerto por un lobo-pe, la niña desapareció misteriosamente. Era una noche de San Juan y los fuegos resbalaban en la garganta del río.
La madre enloqueció al ver que el cadáver del carpinchero se transformaba en un mulato, un mulato gigantesco que lloraba y se reía y andaba golpeándose contra las paredes. Afirmaba que él había robado a su hijita. Pero eso era solamente la invención de su locura. El carpinchero muerto seguía estando donde lo habían puesto bajo el alero de la casa, estremecido por los rojizos reflejos.
Otras cuatro veces las fogatas de San Juan de Borja pasaro aguas abajo.
Las cosas aflojaron un poco en el ingenio. El reemplazante de Eulogio Penayo, más que un matón era un burócrata. Vivía en sus planillas. Y lo tenía todo organizado a base de números, de fichas, de metódica rutina. Los hombres trabajaban más holgados con la mejor distribución de las tareas. El descontento se apaciguó bastante. Simón Bonaví había dado un sagaz golpe de timón. Iba a ser el último. Mientras tanto, la fábrica seguía produciéndole mucho dinero y el régimen de explotación en realidad apenas había cambiado. La punta del lápiz del nuevo testaferro resultó tan eficaz como el teyúruguai del anterior. Es cierto que también el lápiz continuaba respaldado por buenos fusiles y capangas ligeramente adecentados. Esto era lo que producía el optimista espejismo.
Entre los pocos que no se dejaban engañar, estaba Solano Rojas. Era tal vez el más despierto y voluntarioso de todos. Palpaba la realidad y entreveía intuitivamente sus peligros.
-E'to ko' é' pura saliva de loro marakaná. No se duerman, lo'mitá.
Pero le hacían poco caso. Los hombres estaban cansados y maltrechos. Preferían seguir así a dar pretexto para que volvieran a reducirlos por la violencia.
Entre los conchavados que vinieron ese año para la zafra, llegó un arribeño que era distinto de todos los otros. Buena labia, fogoso, simpático de entrada, con huellas de castigos que no destruían, que ennoblecían su traza joven, la firme expresión de su rostro rubio y curtido. Se hacia llamar Gabriel.
Trajo la noticia de que los trabajadores de todos los ingenios del Sur estaban preparando una huelga general para exigir mejores condiciones de vida y de trabajo. Tabikuary-Guasú y Villarrica ya estaban plegados al movimiento. Él venia a conseguir la participación de Tebikuary-Costa.
-Nuestra fuerza depende de nuestra unión-repitió constantemente Gabriel en los conciliábulos clandestinos-. De nuestra unión y de saber que luchamos por nuestros derechos. Somos seres humanos. No esclavos. No bestias de carga.
Solano Rojas escuchaba al arribeño con deslumbrado interés. Por fin alguien había venido a poner voz a sus ansias, a incitarlos a la lucha, a la rebelión. El agitador de los trabajadores del azúcar se dio cuenta en seguida de que en ese robusto y noble mocetón tendría su mejor discípulo y ayudante. Lo aleccionó someramente y trabajaron sin descanso. El entusiasmo de la gente por la causa fue extendiéndose poco a poco. Eran objetivos simples y claros y los métodos también eran claros y simples. No era difícil comprenderlos y aceptarlos porque se relacionaban con sus oscuros anhelos y los expresaban claramente.
El agitador dejó a Solano Rojas a cargo de los trabajos y se marchó.
Poco tiempo después el administrador percibió sobre sus planillas y ficheros la sombra de la amenaza que se estaba cerniendo sobre el ingenio. Le pareció prudente retransmitir el dato sin pérdida de tiempo al patrón.
El hombrecito ventrudo vino y captó de golpe la situación. Su ganchuda nariz, habituada al aroma zahorí de su miembro, olió las dificultades del futuro, el tufo de la insurrección.
-Esto se está poniendo feo-dijo al administrador-. Dejemos que sea otro quien se queme las manos.
Regresó a los pocos días y puso en venta la fábrica junto con las tierras que obtuviera gratuitamente del fisco para "hacer patria". No le costó encontrar interesados. Simón Bonaví entró en tratos con un ex algodonero de Virginia que había venido al Paraguay como hubiera podido irse a las junglas del África. En lugar de cazar fieras o buscar diamantes, había caído a cazar hombres que tuviesen enterrados en sus carnes los diamantes infinitamente más valiosos del sudor. Había venido con armas y dólares. Bonaví, ladino, no le ocultó lo de la huelga. Sospechó que podía ser un matiz excitante para el ex algodonero. Y no se equivocó.
-No me importa. Al contrario, eso gustar a mí-le dijo el virginiano y le pagó al contado el importe de la transacción
que incluía la fauna, la flora y los hombres de Tebikuary-Costa.
Entonces llegó Harry Way, el nuevo dueño. Llegó con dos pistolas colgándole del cinto, los largos brazos descolgados a lo largo de los "breeches" color caki y una agresiva y siniestra actitud empotrada sobre las cachas de cuerno de las pistolas. Era grande y macizo y andaba a zancadas hamacándose como un ebrio. Sus botas rojas dejaban en la tierra los agujeros de sus zancajos. Los ojos no se le veían. Su rostro cuadrado sobre el que echaba perpetuamente sombra el aludo sombrero, parecía acechar como una tronera de cemento la posible procedencia del ataque o elegir el sitio y calcular la trayectoria del balazo que él debía disparar.
Le acompañaban tres guardaespaldas que eran todos dignos de él: un moreno morrudo que tenía una cuchillada cenicienta de oreja a oreja, un petiso de cara bestial que a través de su labio leporino escupía largos chorritos de saliva negruzca. De tanto en tanto sacaba de los fundillos un torzal de tabaco y le echaba una dentellada. El tercero era un individuo alto, flaco y pecoso que siempre estaba mirando aparentemente el suelo pero en realidad atisbando por debajo del sombrero volcado a ese efecto sobre la frente. Los tres cargaban un imponente "Smith-Wesson" negro a cada lado y una corta guacha deslomadora al puño. Parecían mudos. Pero todo lo que les faltaba en voz les sobraba en ojos.
Aparecieron una mañana como brotados de la tierra. Los cuatro y sus caballos. Nadie los había visto llegar.
Lo primero que hizo Harry Way en el ingenio fue reunir a la peonada y a los pequeños agricultores. No quedó un solo esclavo sin venir a la extraña asamblea convocada por el nuevo patrón. Su voz tronó como a través de un tubo de lata amplio y bien alimentado de aire y orgulloso desprecio hacia el centenar de hombres arrinconados contra la pared rojiza de la fábrica. Su cerrado acento gringo tornó aún más incomprensible y amenazadora su perorata.
-Me ha prevenido don Simón que aquí se está prepagando una juelga paga ustedes. Mí ha comprado este fábrica y he venido paga hacelo trabacá. Como que me llama Harry Way, no decaré vivo un solo misegable que piense en juelgas o en tonteguías de este clase.
Se golpeó el pecho con los puños cerrados para subrayar su amenaza. La camisa a rayas coloradas se desabotonó bajo la blusa y un espeso mechón color herrumbre asomó por la abertura. Con el dorso de la mano se reviró después el sombrero que cayó sobre la nuca. El rostro cuadrado y sanguíneo también parecía herrumbrado en la orla de pelo que lo coronaba ralamente. Harry Way paseó sus desafiantes ojos grises por los hombres inmóviles.
-Quien no esté conforme que me lo diga ahoga mismo. Mí conformar en seguida.
Su crueldad le sahumaba, le sostenía. Era su mejor cualidad. Su corpachón flotaba en ella como un peñasco en una cerrazón rojiza.
Se oyó un grito sofocado en las filas de los trabajadores. Lo había proferido Loreto Almirón, un pobre carrero enfermo de epilepsia. Sus ataques siempre comenzaban así. Estaba verde y su mandíbula le caía desgonzada sobre el pecho.
-¡Tráiganlo a ese misegable! -barbotó Harry Way a sus capangas. El moreno y el petiso corrieron hacia los peones. El pecoso se pegó al patrón con las manos sobre los revólveres. Loreto Almirón fue traído a la rastra y puesto delante de Harry Way. Parecía un muerto sostenido en pie.
-¿Usted ha protestado?
Loreto Almirón sólo tenía los ojos muy abiertos. No dijo nada.
-Mi va a enseñar paga usted a ser un juelguista... -se combó a un lado y al volver descargó un puñetazo tremendo sobre el rostro del carrero. Se oyeron crujir los dientes. La piel reventó sobre el canto del pómulo. Los que lo tenían aferrado por los brazos lo soltaron y entonces Loreto Almirón se desplomó como un fardo a los pies de Harry Way, que aún le sacudió una feroz patada en el pecho.
-¿Alguien más quiegue probar?-preguntó excitado.
La masa de hombres oscuros temblaba contra la pared, como si la epilepsia de Loreto Almirón, ahora inerte en el suelo, se estuviera revolviendo en todos ellos.
Solano Rojas estaba crispado en actitud de saltar con el machete agarrado en las dos manos. Gruesas gotas empezaron a caer junto a sus pies. No eran de sudor. En su furia impotente y silenciosa, había cerrado una de sus manos sobre el filo del machete que le entró hasta los huesos.
-¡Todavía no..., todavía no! -el espasmo furioso estaba por fin dominado en su pecho que resonaba en secreto como un monte.
El pecoso espiaba por debajo del sombrero pirí en dirección a Solano. No le veía bien. José del Rosario y Pegro Tanimbú lo habían tapado con sus cuerpos. Sólo el instinto le decía al capanga que allí estaba humeando la sangre. Pero la sangre de los esclavos ya estaba humeando en todas las venas bajo la piel oscura y martirizada. Sombras de sollozos reprimidos estaban arañando el cielo seco y ardiente de las bocas.
La carcajada de Harry Way apedreó a los peones.
-¡Ja..., ja..., ja...! ¡Juelguistas! Mi enseñar paga ustedes a ser mansitos como ovejas... ¡Miguen eso!
Por el terraplén venía un verdadero destacamento de hombres armados con máuseres del gobierno. Eran los nuevos "soldados" de la comisaría, cuyos nombramientos también habían salido del Ministerio del Interior.
Harry Way poseía un agudo sentido práctico y decorativo. La espectacular aparición de sus hombres se producía en un momento oportuno. Eran como veinte, tan mal encarados como los tres que rodeaban al patrón. En el polvo que levantaban sus caballos, se acercaban como flotando en una nube de plomo, hombres siniestros cuyos esqueletos ensombrerados asomaban en la sonrisa de hueso que el polvo no podía apagar. Se acercaban por el terraplén. Los envolvía aún