Por Luis Bruschtein
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Cuando en los ‘70 una persona decía que tenía un pensamiento revolucionario se
entendía lo que quería decir. Pero ahora, cuando alguien dice que es
progresista, son más las dudas que las claridades y si quiere avanzar en esa
definición lo más seguro es que se meta en un berenjenal.
Por ejemplo, numerosos columnistas de los medios especializados en economía
consideran que son progresistas, están con el progreso económico que para ellos
equivale, en forma excluyente, al progreso de la sociedad. Y tienen una mirada
desdeñosa hacia quienes no coinciden con ellos, a quienes critican ya no por
“izquierdistas”, “socializantes” o “estatistas”, sino por “jurásicos” o
“cavernícolas”.
Ellos se dicen progresistas y resulta que los que tienen un dejo social en su
discurso, son conservadores y anacrónicos.
Es un lío. La derecha ahora quiere ser izquierda y mandar la izquierda a la
derecha, promoviendo la lógica gerencial empresaria más vulgar al rango de
paradigma ideológico.
Tiene el poder económico, presiona al poder político y quiere que, además, la
aplaudan y se lo agradezcan.
Chávez en Venezuela es un militar jurásico porque es populista, afirman. Ellos
tienen el poder económico y a la gente sólo le queda la posibilidad de
participar y presionar.
Pero si lo hace, los acusan de populistas, una categoría que el Departamento de
Estado ya incorporó a su lista de ultrajes y blasfemias.
La oposición a Chávez hace manifestaciones agresivas y es una demostración
democrática. Pero si el pueblo se moviliza para apoyar a Chávez, eso es
populismo.
Populista es también quien escucha los reclamos sociales y trata de darles
alguna respuesta.
Un gobernante serio es el que les explica a los hambrientos que deben tener
paciencia porque para darles de comer debería recortar las ganancias de las
empresas y eso debilitaría los estímulos del mercado. O sea, y como todos saben,
si esa gente come, habría menos inversión externa porque la ganancia estaría más
repartida.
En esta misma línea, otra categoría despreciada es el keynesiano. Se la aplican
a los gobernantes que, sin hacer discursos programáticos ni convocar a grandes
movilizaciones, intentan racionalizar la economía desde el Estado. Un keynesiano
es un populista inminente. Porque se descarta que cuando intente racionalizar la
economía sufrirá presiones para impedirlo. Y para neutralizar esas presiones
tendrá que convocar el respaldo popular.
Esta trasposición implica que un tipo que trata de expresar o incluir las
necesidades de las mayorías sea un dinosaurio antediluviano, y los que impulsan
los negocios corporativos y la concentración de la riqueza sean progresistas y
modernos.
Pero lo más loco de todo es que muchos progresistas de verdad aceptan esas
premisas culturales en sus propios universos ideológicos, premisas que en el
momento de gobernar los dejarán inermes y sin capacidad de reaccionar. Intentar
hacer gobiernos progresistas con paradigmas neoliberales es una forma de perder
antes de empezar.
Imbuidos por esa hegemonía tan fuerte del pensamiento neoliberal, una parte de
este progresismo real siente antipatía por la organización y la movilización
popular. Y no es un desarrollo conceptual genuino, sino la subordinación a esos
criterios que se fundan en intereses contrarios.
Según ellos, esas formas de hacer política han quedado relegadas a las figuras
de caudillos populistas, autoritarios y anacrónicos. En esto coinciden con la
derecha neoliberal que trata de presentarse como una propuesta moderna, pero es
cierto que también varios teóricos del progresismo europeo califican de esa
manera al venezolano Chávez y advierten a Kirchner y a Lula para que no tomen
ese camino.
Lula, cuyo gobierno se apoya en el aparato político más importante de Brasil, ha
intentado hasta ahora no hacerlo, pero está cada vez más arrinconado. Y a
Kirchner le llovieron palos por derecha e izquierda solamente porque algunos de
sus ministros asistieron a una reunión de organizaciones piqueteras.
El llamado progresismo expresa en este momento una vaguedad tan grande que hasta
los conservadores se llaman progresistas. Y sin embargo es un espacio
gravitante. Esa contradicción entre la vaguedad y su peso, implica que se debe
una discusión que le permita una visión propia del país y del mundo.
Hace poco se había puesto de moda la pregunta “¿qué es ser de izquierda?”.
Parecería que lo único claro es cómo ser de derecha.
Porque tampoco está claro qué es ser progresista en un país que no es Francia ni
Estados Unidos, que tiene una brecha profunda entre ricos y pobres y donde la
derecha ha demostrado una voracidad poco ciudadana.
Página/12, 13/08/04
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