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¿Se puede ser marxista hoy?
Por
Adolfo Sánchez Vázquez
¿Tiene sentido en el alba del siglo XXI pensar
y actuar remitiéndose a un pensamiento que surgió en la sociedad capitalista de
mediados del siglo XIX?
Discurso de Investidura pronunciado por el filósofo y escritor mexicano Adolfo
Sánchez Vásquez, al recibir el Doctorado Honoris Causa en la Universidad de La
Habana, el 16 de septiembre de 2004.
Nacido en Algeciras, Cádiz, exiliado en México desde los 14 años y recibido en la UNAM de Doctor en Filosofía, Adolfo Sánchez Vásquez ha escrito numerosas obras sobre ética, estética y marxismo, entre ellas: "Ciencia y Revolución, el marxismo de Althusser" (1978), "Ensayos marxistas sobre historia y política"(1985), "Filosofía y circunstancias" (1997) y otros ensayos que han contribuido a la formación de investigadores latinoamericanos y al modo de aplicar el materialismo histórico a nuestra específica realidad, por aquello que expuse en una ponencia en un Seminario de la UNAM en 1985: "¿América Latina desde Marx o Marx desde América Latina"? El Sistema Nacional de Investigadores de México reconoció la labor de Sánchez Vásquez nombrándolo Dr. Emérito.
Distinguidos miembros del Consejo Universitario de la Universidad de La Habana.
Doctor Juan Vela Valdés, rector de esta universidad, Profesores y
estudiantes, Compañeros y amigos:
La decisión del Consejo Universitario de la Universidad de La Habana de
otorgarme el grado de doctor honoris causa, me ha conmovido tan profundamente
que la expresión de mi agradecimiento resultaría pobre e insuficiente. Pero no
puedo dejar de decir que tan alta y honrosa distinción la aprecio, sobe todo,
por provenir de una institución universitaria que, junto a sus elevadas
contribuciones académicas, tanto ha dado al realce y a la realización de los
valores que más podemos estimar: la verdad, la justicia, la dignidad humana, así
como la soberanía nacional, la solidaridad, la convivencia pacífica y el respeto
mutuo entre los pueblos. Pero a este agradecimiento institucional, quisiera
agregar el personal por la fraternal, lúcida y bella laudatio de quien -Roberto
Fernández Retamar- me siento, desde hace ya casi 40 años, no sólo compañero de
ideas y esperanzas y admirado lector de su admirable obra poética, sino también
persistente seguidor de su conducta intelectual y política al frente de una
institución tan consecuente con la digna e inquebrantable política
antimperialista de la Revolución Cubana como La Casa de las Américas, a la que
tanto debemos los intelectuales de este continente y del Caribe por su defensa
ejemplar y constante enriquecimiento de la cultura latinoamericana.
La Habana (Cuba) - 21 de septiembre de 2004
I - A continuación voy a dedicar mi discurso de investidura a la obra que tan
generosamente se reconoce con el grado de doctor honoris causa. Y, por supuesto,
no para juzgarla, pues yo sería el menos indicado para ello, sino para
reivindicar el eje filosófico, político y moral en torno al cual ha girado toda
ella: o sea, el marxismo. Pero no sólo el marxismo como conjunto de ideas, sino
como parte de la vida misma, o más exactamente: de ideas y valores que han
alentado la lucha de millones de hombres que han sacrificado en ella su
tranquilidad y, en muchos casos, su libertad e incluso la vida.
Ahora bien, ¿por qué volver, en estos momentos, sobre este eje, fuente o
manantial teórico y vital? Porque hoy, más que en otros tiempos, se pone en
cuestión la vinculación entre sus ideas y la realidad, entre su pensamiento y la
acción. Cierto es que el marxismo siempre ha sido no sólo cuestionado, sino
negado por quienes, dados su interés de clase o su privilegiada posición social,
no pueden soportar una teoría crítica y una práctica encaminadas a transformar
radicalmente el sistema económico-social en el que ejercen su dominio y sus
privilegios. Pero no es éste el cuestionamiento que ahora tenemos en la mira,
sino el que cala en individuos o grupos sociales, ciertamente perplejos o
desorientados, aunque no están vinculados necesariamente con ese interés de
clase o privilegiada posición social. Esta perplejidad y desorientación, que se
intensifica y amplía bajo el martilleo ideológico de los medios masivos de
comunicación, sobre todo desde el hundimiento del llamado "socialismo real",
constituye el caldo de cultivo del cuestionamiento del marxismo, que puede
condensarse en esta lacónica pregunta: ¿se puede ser marxista hoy? O con otras
palabras: ¿tiene sentido en el alba del siglo XXI pensar y actuar remiti éndose
a un pensamiento que surgió en la sociedad capitalista de mediados del siglo
XIX?
Ahora bien, para responder a esta pregunta habría que tener una idea, por mínima
que sea, de lo que entendemos por marxismo, dada la pluralidad de sus
interpretaciones. Pues bien, teniendo esto presente, y sin pretender extender
certificados de "pureza", se puede entender por él -con base en el propio Marx-
un proyecto de transformación del mundo realmente existente, a partir de su
crítica y de su interpretación o conocimiento. O sea: una teoría y una práctica
en su unidad indisoluble. Por tanto, el cuestionamiento que se hace del marxismo
y se cifra en la pregunta de si se puede ser marxista hoy, afecta tanto a su
teoría como a su práctica, pero -como trataremos de ver- más a ésta que a
aquélla.
II - En cuanto teoría de vocación científica, el marxismo pone al descubierto la
estructura del capitalismo, así como las posibilidades de su transformación
inscritas en ella, y, como tal, tiene que asumir el reto de toda teoría que
aspire a la verdad: el de poner a prueba sus tesis fundamentales contrastándolas
con la realidad y con la práctica. De este reto el marxismo tiene que salir
manteniendo las tesis que resisten esa prueba, revisando las que han de
ajustarse al movimiento de lo real o bien abandonando aquellas que han sido
invalidadas por la realidad. Pues bien, veamos, aunque sea muy sucintamente, la
situación de algunas de sus tesis básicas con respecto a esa triple exigencia.
Por lo que toca a las primeras, encontramos tesis que no sólo se mantienen, sino
que hoy son más sólidas que nunca, ya que la realidad no ha hecho más que
acentuar, ahondar o extender lo que en ellas se ponía al descubierto. Tales son,
para dar sólo unos cuantos ejemplos, las relativas a la naturaleza explotadora,
depredadora, del capitalismo; a los conceptos de clase, división social clasista
y lucha de clases; a la expansión creciente e ilimitada del capital que, en
nuestros días, prueba fehacientemente la globalización del capital financiero;
al carácter de clase del Estado; a la mercantilización avasallante de toda forma
de producción material y espiritual; a la enajenación que alcanza hoy a todas
las formas de relación humana: en la producción, en el consumo, en los medios
masivos de comunicación, etcétera, etcétera.
En cuanto a las tesis o concepciones que habría que revisar para ajustarlas al
movimiento de lo real, está la relativa a las contradicciones de clase que, sin
dejar de ser fundamentales, tienen que conjugarse con otras importantes
contradicciones en la sociedad actual: nacionales, étnicas, religiosas,
ambientales, de género, etcétera. Y por lo que toca a la concepción de la
historia hay que superar el dualismo que se da en los textos de Marx, entre una
interpretación determinista e incluso teleológica, de raíz hegeliana, y la
concepción abierta según la cual "la historia la hacen los hombres en
condiciones determinadas". Y que, por tanto, depende de ellos, de su conciencia,
organización y acción, que la historia conduzca al socialismo o a una nueva
barbarie. Y están también las tesis, que han de ser puestas al día acerca de las
funciones del Estado, así como las del acceso al poder, cuestiones sobre las
cuales ya Gramsci proporcionó importantes indicaciones.
Finalmente entre las tesis o concepciones de Marx y del marxismo clásico que hay
que abandonar, al ser desmentidas por el movimiento de la realidad, está la
relativa al sujeto de la historia. Hoy no puede sostenerse que la clase obrera
sea el sujeto central y exclusivo de la historia, cuando la realidad muestra y
exige un sujeto plural, cuya composición no puede ser inalterable o establecerse
a priori. Tampoco cabe sostener la tesis clásica de la positividad del
desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas, ya que este desarrollo minaría
la base natural de la existencia humana. Lo que vuelve, a su vez, utópica la
justicia distributiva, propuesta por Marx en la fase superior de la sociedad
comunista con su principio de distribución de los bienes conforme a las
necesidades de cada individuo, ya que ese principio de justicia presupone una
producción ilimitada de bienes, "a manos llenas".
En suma, el marxismo como teoría sigue en pie, pero a condición de que, de
acuerdo con el movimiento de lo real, mantenga sus tesis básicas -aunque no
todas-, revise o ajuste otras y abandone aquéllas que tienen que dejar paso a
otras nuevas para no quedar a la zaga de la realidad. O sea, en la marcha para
la necesaria transformación del mundo existente, hay que partir de Marx para
desarrollar y enriquecer su teoría, aunque en el camino haya que dejar, a veces,
al propio Marx.
III - Ahora bien, reafirmada esta salud teórica del marxismo, hay que subrayar
que éste no es sólo, ni ante todo una teoría, sino fundamental y
prioritariamente, una práctica, pues recordemos, una vez más, que "de lo que se
trata es de transformar el mundo" (Tesis XI sobre Feuerbach de Marx). Pues bien,
si de eso se trata, es ahí, en su práctica, donde la cuestión de si tiene
sentido ser marxista hoy, ha de plantearse en toda su profundidad.
Pues bien, considerando el papel que el marxismo ha desempeñado históricamente,
desde sus orígenes, al elevar la conciencia de los trabajadores de la necesidad
y posibilidad de su emancipación, y al inspirar con ello tanto sus acciones
reivindicativas como revolucionarias, no podría negarse fundamentalmente su
influencia y significado histórico-universal. Ciertamente, puede afirmarse sin
exagerar, que ningún pensamiento filosófico, político o social ha influido, a lo
largo de la historia de la humanidad, tanto como el marxismo en la conciencia y
conducta de los hombres y de los pueblos.
Para encontrar algo semejante habría que buscarlo fuera de ese pensamiento, no
en el campo de la razón, sino en el de la fe, propio de las religiones como
budismo, cristianismo o islamismo, que ofrecen una salvación ilusoria de los
sufrimientos terrenales en un mundo supraterreno. Para el marxismo, la
liberación social, humana, hay que buscarla aquí y desde ahora con la razón y la
práctica que han de conducir a ella.
Aunque sólo fuera por esto, y el "esto" tiene aquí una enorme dimensión, el
marxismo puede afrontar venturosamente su cuestionamiento en el plano de
práctica encaminada a mejorar las condiciones de existencia de los trabajadores,
así como en las luchas contra los regímenes autoritarios o nazifascistas o por
la destrucción del poder económico y político burgués. Los múltiples testimonios
que, con este motivo, podrían aportarse favorecen esta apreciación positiva de
su papel histórico-práctico, sin que éste signifique, en modo alguno, ignorar
sus debilidades, sombras o desvíos en este terreno, ni tampoco las aportaciones
de otras corrientes políticas o sociales: demócratas radicales, socialistas de
izquierda, diferentes movimientos sociales, o de liberación nacional,
anarquistas, teología de la liberación, etcétera.
IV - La cuestión se plantea, sobre todo, con respecto a la práctica que, en
nombre del marxismo, se ejerció después de haberse abolido las relaciones
capitalistas de producción y el poder burgués, para construir una alternativa al
capitalismo: el socialismo. Ciertamente, nos referimos a la experiencia
histórica, que se inaugura con la Revolución Rusa de 1917, que desembocó en la
construcción de la sociedad que posteriormente se llamó el "socialismo real". Un
"socialismo" que se veía a sí mismo, en la ex Unión Soviética, como la base, ya
construida, del comunismo diseñado por Marx en su Crítica del programa de Gotha.
Sin entrar ahora en las causas que determinaron el fracaso histórico de un
proyecto originario de emancipación, al pretender realizarse, puede afirmarse:
Primero, que, no obstante los logros económicos, sociales y culturales
alcanzados, condujo a un régimen económico, social y político atípico -ni
capitalista ni socialista-, que representó una nueva forma de dominio y
explotación. Segundo: que ese "socialismo" significó, no obstante, un dique a la
expansión mundial del capitalismo, aunque es evidente también que con su
derrumbe la bipolaridad en la hegemonía mundial dejó paso a la unipolaridad del
capitalismo más depredador, concentrada en el imperio de Estados Unidos. Y
tercero: que la opción por, y las esperanzas, en la alternativa social del
socialismo quedaron sumamente reducidas o cegadas, así como las del marxismo que
la inspiró y fundamentó. A ello contribuyó decisivamente la identificación falsa
e interesada del "socialismo real" con todo socialismo posible y la del marxismo
con la ideología soviética que lo justificó.
V - Puesto que no es tan fácil negar el carácter liberador, emancipatorio, del
pensamiento de Marx y del marxismo clásico, los ideólogos más reaccionarios,
pero también más perspicaces del capitalismo, tratan de sostener la
imposibilidad de la realización del socialismo. Y para ello recurren a diversas
concepciones idealistas del hombre, la historia y la sociedad. Unas veces apelan
a una supuesta naturaleza humana inmutable -egoísta, competitiva-, propia en
verdad del homo economicus capitalista, incompatible con la fraternidad,
solidaridad y cooperación indispensable en una sociedad socialista. Otras veces
se valen de la concepción teleológica de la historia que decreta -muy
hegelianamente- la inviabilidad del socialismo al llegar aquélla a su fin con el
triunfo del capitalismo liberal, o más exactamente neoliberal.
También se recurre a la idea fatalista de que todo proyecto emancipatorio, al
realizarse se degrada o desnaturaliza inevitablemente. Y, por último, se echa
mano del "pensamiento débil" o posmoderno para el cual la falta de fundamento o
razón de lo existente invalida toda causa o proyecto humano de emancipación.
Como es fácil advertir, en todos estos casos se persigue o alimenta el mismo
fin: confundir las conciencias, desmovilizarlas y cerrar así el paso a la
organización y la acción necesarias para construir una alternativa social al
capitalismo y, por tanto, a todo pensamiento que -como el marxista- contribuya a
ella.
VI - Ahora bien, aun reconociendo la falsedad de los supuestos ideológicos en
que se apoyan estos intentos descalificadores, así como los intereses de clase
que los promueven, es innegable que, a raíz del hundimiento del "socialismo
real", se da un descrédito de la idea de socialismo y un declive de la recepción
y adhesión al marxismo. Y ello cuando la alternativa al capitalismo, en su fase
globalizadora, se ha vuelto más imperiosa no sólo porque sus males estructurales
se han agravado, sino también porque al poner el desarrollo científico y
tecnológico bajo el signo del lucro y la ganancia, amenaza a la humanidad con
sumirla en la nueva barbarie de un holocausto nuclear, de un cataclismo
geológico o de la supeditación de los logros genéticos al mercado.
De tal manera que, en nuestros días, el agresivo capitalismo globalizador
hegemonizado por Estados Unidos, al avasallar, con sus guerras preventivas, la
soberanía y la independencia de los pueblos, al hacer añicos la legalidad
internacional, al volver las conquistas de la ciencia y la técnica contra el
hombre y al globalizar los sufrimientos, humillaciones y la enajenación de los
seres humanos, atenta no sólo contra las clases más explotadas y oprimidas y
contra los más amplios sectores sociales, sino también contra la humanidad
misma, lo que explica el signo anticapitalista de las recientes movilizaciones
contra la guerra y de los crecientes movimientos sociales altermundistas en los
que participan los más diversos actores sociales.
La emancipación social y humana que el marxismo se ha propuesto siempre pasa hoy
necesariamente por la construcción del dique que detenga esta agresiva y
antihumana política imperial estadunidense. Pues bien, en la construcción de ese
dique al imperialismo que tantos sufrimientos ha infligido al pueblo cubano,
está hoy sin desmayo, como siempre, y fiel a sus orígenes martianos, la
Revolución Cubana.
VII - Llegamos al final de nuestro discurso con el que pretendíamos responder a
la cuestión de si se puede ser marxista hoy. Y nuestra firme respuesta al
concluir, es ésta: puesto que una alternativa social al capitalismo -como el
socialismo- es ahora más necesaria y deseable que nunca, también lo es, por
consiguiente, el marxismo que contribuye -teórica y prácticamente- a su
realización. Lo cual quiere decir, a su vez, que ser marxista hoy significa no
sólo poner en juego la inteligencia para fundamentar la necesidad y posibilidad
de esa alternativa, sino también tensar la voluntad para responder al imperativo
político-moral de contribuir a realizarla.
Por último, reitero mi más profundo agradecimiento a la Universidad de La
Habana, porque con la alta distinción que me otorga, me da un vigoroso impulso
para continuar, en su tramo final, la obra que ha tenido y tiene como eje
teórico y vital al marxismo.
Adolfo Sánchez Vásquez
Qué pensó Marx sobre América
latina
Por Néstor Kohan
Un libro reciente del mexicano Arturo Chavola comenta las ideas de Marx y los
marxistas sobre Latinoamérica. Néstor Kohan hace aquí una lectura crítica de sus
tesis; le objeta, sobre todo, no tener en cuenta las revisiones que el Marx
maduro hizo a sus análisis de juentud. Además, una entrevista con el
especialista Michael Löwy.
Ante su muerte, José Martí escribió: "Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto.
Como se puso del lado de los débiles merece honor". Así le rendía tributo, sin
ser marxista, una de las máximas plumas de América latina al fundador del
socialismo revolucionario.
No fue la única vez que el pensamiento insumiso se entrecruzó en América con la
llama libertaria inaugurada por Marx. Durante los años 20, el peruano José
Carlos Mariátegui se animó a recuperar el "comunismo incaico" como antecedente
de las luchas socialistas. Treinta años más tarde, Fidel Castro identificó a
Martí como "el autor intelectual" de la toma del cuartel Moncada que inicia la
revolución cubana. Ernesto Che Guevara, estudiando con sus combatientes en
Bolivia, leyó a Lenin entremezclado con las historias de Juana Azurduy. En los
70, sus discípulos más radicales de la insurgencia argentina eligieron la
bandera del Ejército de los Andes de San Martín para representar su ideología
guevarista. Inscribiéndose en esa dilatada herencia, Hugo Chávez desafía hoy a
los EE.UU. reivindicando a Marx, Lenin, Trotsky, Mao, el Che y Rosa Luxemburgo
abrazado a Simón Bolívar.
¿Cómo entender ese sincretismo latinoamericano, donde el judío alemán Karl Marx
se viste de indígena, negro, mulato, cristiano revolucionario, campesino sin
tierra o piquetero? ¿Es el marxismo parte central de la cultura de la rebelión
latinoamericana o es una "ideología foránea", como acostumbraban vociferar los
genocidas militares de 1976?
A diferencia de los primeros inmigrantes europeos, que a fines del siglo XIX
tradujeron y divulgaron algunas obras de Marx y Engels, los primeros marxistas
latinoamericanos utilizaron sus categorías de un modo creador. Tenía razón el
investigador italiano Antonio Melis cuando caracterizó a Mariátegui como "el
primer marxista de América". El peruano no sólo citó a Marx. Apeló a su
pensamiento para dilucidar el problema indígena, articulando la lucha
anticapitalista, el antiimperialismo y el socialismo.
Enfrentando tanto el populismo nacionalista de Víctor Raúl Haya de la Torre como
el incipiente stalinismo de Victorio Codovilla, Mariátegui inauguró el marxismo
latinoamericano. Tradición que, hasta hoy, se opone a los esquemas eurocéntricos
y a los simulacros populistas que terminan reclamando, en nombre del "movimiento
nacional", el apoyo de los trabajadores a fracciones de empresarios y banqueros.
Entre los fundadores, Mariátegui es el más radical, original y audaz para
descifrar incógnitas que Marx no había conocido. Pero no estuvo solo. En sus
polémicas contra Haya de la Torre, Mariátegui estuvo acompañado por el joven
marxista cubano Julio Antonio Mella. A ese brillante binomio podrían quizás
agregarse otros dos nombres: el argentino Aníbal Norberto Ponce y el chileno
Luis Emilio Recabarren.
A este gran elenco le sucedió, durante 30 años, el eco de los esquemas mediocres
implantados por Stalin en la Unión Soviética, donde Marx no era más que una
caricatura. Recién con la revolución cubana y la hegemonía de Fidel Castro y el
Che Guevara, el marxismo de este continente podrá sacudirse el polvo burocrático
y dogmático de las Academias de Ciencias de la URSS. No es casual que en los 60
la revolución cubana recuperara el marxismo revolucionario de los 20
(antiimperialista y anticapitalista) y los escritos menos transitados de Marx.
En especial, los artículos, cartas y manuscritos tardíos donde estudia el
colonialismo y las sociedades periféricas y dependientes, revisando y superando
las limitaciones eurocéntricas de juventud.
Sobre este horizonte se inscriben investigaciones posteriores como El marxismo
en América latina (1980) de Michael Löwy; Marx y América latina (1980) de José
Aricó; Una lectura latinoamericana de "El Capital" de Marx (1988) de Alberto
Parisi; El último Marx y la liberación latinoamericana (1990) de Enrique Dussel
y De Marx al marxismo en América latina (1999) de Adolfo Sánchez Vázquez, entre
otros.
Más allá de los matices, estas obras coinciden en que, en su madurez, Marx
revisa sus puntos de vista frente al problema del colonialismo, el mundo
periférico y los pueblos sometidos a la dominación capitalista. Y llega a dos
conclusiones. Primero, no hay "progreso" para los pueblos sojuzgados mientras
sigan bajo la bota imperial. Inglaterra no sólo no hizo avanzar a la India
colonial —como ingenuamente había esperado el joven Marx—: la hizo retroceder.
Segundo, la historia no tiene un recorrido evolutivo por etapas. No hay un
centro único (Europa occidental), del cual se irradiarían, escalón por escalón,
sin saltarse ninguno, las diversas etapas del desarrollo histórico para todo el
orbe.
Estas dos conclusiones del Marx tardío son dinamita. Lo obligaron a repensar
toda su concepción histórica y política. Están presentes, por ejemplo, en su
correspondencia con Vera Zasulich y en otros escritos análogos.
Apologista del imperio?
Para los estudiosos serios constatar ese cambio de paradigma en los escritos de
madurez ya constituye un lugar consensuado. Existe suficiente documentación
empírica que lo prueba. Pero, a la hora de discutir a Marx, suele pasarse por
alto el estudio riguroso de los documentos que hoy están al alcance de cualquier
investigador. Marx sigue despertando pasiones encendidas. No es malo, siempre y
cuando el ardor del corazón no nuble la vista. Tal es el caso de algunos
ensayistas que, todavía hoy, se dejan llevar por su arrebato polémico.
Por ejemplo, José Pablo Feinmann, en su libro Filosofía y Nación (escrito en
plena euforia del populismo nacionalista entre 1970 y 1975, publicado en 1982 y
reeditado en 1996) afirma con liviandad que Marx es "un pensador del imperio
británico", un ingenuo apologista de la dominación colonial sobre los pueblos
sometidos. Una lógica discursiva que comparte —pese a sus intenciones opuestas—
el hoy neoliberal Juan José Sebreli, quien en El asedio a la modernidad (1992)
caracteriza a Marx como un vulgar entusiasta de la expansión imperial. Algo que
a Sebreli le servía, en los 90, para barnizar con jerga "filosófica" su apoyo a
la derecha argentina y a las privatizaciones de la era menemista.
Mucho más exquisito pero no menos superficial, Toni Negri en su celebrado
Imperio (2000) termina aplaudiendo los escritos de Marx de 1853 sobre la
dominación británica en la India. Le sirven para legitimar su actual apología de
la globalización del capital, su defensa de la constitución europea, etcétera.
Ni siquiera menciona la revisión que el propio Marx realizara al final de su
vida de aquellos textos.
Sea para rechazarlo, "defenderlo" o manipularlo, en estos casos se toma como
axioma que Marx es un pensador eurocéntrico, modernista e ilustrado, y se dejan
de lado sus incisivos textos tardíos, donde esa perspectiva es agudamente
criticada.
Después de todos ellos, ahora un académico mexicano se suma al coro de quienes
quieren ver en Marx un acrítico partidario de la expansión imperial. Es el
profesor Arturo Chavola, director del Instituto de Estética de la Universidad de
Guadalajara, autor de La imagen de América en el marxismo (Prometeo, 2005).
El libro de Chavola resulta un típico producto académico de esta época, donde el
rechazo del marxismo se encubre con una terminología en apariencia neutral.
Aunque su autor no lo aclara, está escrito para rendir examen en la Academia
francesa. Esto tiñe muchas de sus conclusiones, de mal disimulada antipatía por
el marxismo. Toda la bibliografía se cita en francés, aun cuando el idioma de
Marx es el alemán y el del autor, el castellano. Hasta se citan en francés
libros que sólo han sido editados en la Argentina o México, como los de Pasado y
Presente.
Como Feinmann, Sebreli o Negri, Chavola insiste con que Marx es un europeo que
aplaude la dominación de las colonias y no entiende nada de los pueblos
oprimidos. Pero mucha agua ha corrido bajo el puente. Al menos este profesor
mexicano no desconoce algunos escritos tardíos de Marx. Sólo que en lugar de
registrar el notable cambio de mirada del último Marx, ve en ellos la
confirmación de los textos juveniles. Desconociendo la revisión que Marx
emprende a partir de la creación de la Asociación Internacional de los
Trabajadores (AIT), Chavola vuelve a dibujar un Marx iluminista, determinista,
eurocéntrico y apologista de la burguesía europea. Y decreta cómodamente la
inutilidad del marxismo para América latina.
No conforme con esto, condena en forma tajante el "desarrollo nefasto" (sic) que
produjo el marxismo en América. Lo curioso es que el autor reconoce
explícitamente "no haber estudiado" las opiniones marxistas que han defendido
las culturas latinoamericanas ni los documentos de la Internacional Comunista y
sus repercusiones en este continente. ¿La ignorancia otorga derecho?
Es incuestionable que el debate sobre la herencia de Marx no está saldado en
América latina. Contribuyeron a que ahora haya resurgido el interés, entre
otros, el Movimiento Sin Tierra, la teología de la liberación, el zapatismo, las
rebeliones contra el neoliberalismo y los foros sociales mundiales. Superadas
las secuelas que produjo la derrota de la revolución sandinista en los 90, la
discusión sobre Marx ha regresado al centro de la escena. ¿Cómo será el marxismo
del siglo XXI? Este interrogante y sus desafíos siguen abiertos. Es muy probable
que la respuesta no venga de los papers académicos.
Néstor Kohan es autor de Marx en su (Tercer) mundo y El Capital: Historia y método.
Fuente: Revista Eñe, Clarín, 21/01/06
Diálogo con el sociólogo
Michael Löwy
"Su herencia aquí debe ser creación, no copia"
[Michael Löwy, director del Centro Nacional de
Investigación Científica (CNRS) en Francia y uno de los mayores especialistas en
marxismo latinoamericano]
[Michael Löwy (Brasil, 1938) es uno de los principales investigadores sobre el
marxismo latinoamericano a nivel mundial. Radicado en París, donde es director
de investigaciones en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), ha
escrito numerosos libros, entre los que destacan El pensamiento del Che Guevara,
La guerra de los dioses. Religión y política en América latina y Redención y
utopía. Ya ha sido traducido a más de veinte idiomas.]
Löwy visitó recientemente la Argentina, invitado a participar de un congreso
internacional sobre Max Weber organizado en el Instituto Goethe.
-Actualmente se cumplen 25 años de la publicación de su libro "El marxismo en
América latina" (1980). ¿Qué cambió y qué hay de nuevo en el marxismo
latinoamericano durante este último cuarto de siglo?
-¡Cambió todo! El mundo latinoamericano actual es completamente distinto del
que era en 1980. Cambió, por ejemplo, la apropiación creciente del marxismo por
parte de grupos cristianos. En el año 1980 yo recién comenzaba a percibirlo. Hoy
considero que la historia del marxismo en América latina durante los últimos 30
o 40 años tiene mucho que ver con la aparición de una corriente sociopolítica
—yo la denomino cristianismo de la liberación— que utiliza el marxismo de manera
muy decisiva.
-¿Registró esos cambios en la segunda edición que apareció en Brasil, en 1999?
-En la segunda edición actualizada incluí estos aspectos nuevos: la teología
de la liberación, el Movimiento Sin Tierra (MST), los zapatistas, etcétera.
Ahora estamos preparando una nueva edición que incorporará otros elementos. Hace
un año fui a dar un curso a Brasil para cuadros del MST sobre el marxismo
latinoamericano. Las personas que estaban allí, en su mayoría mujeres, me
dijeron que les gustaba mucho mi curso, pero que tenía un defecto: no había
mujeres en esa historia. Y yo tuve que autocriticarme. Ahora estoy preparando
para la tercera edición la introducción de mujeres marxistas latinoamericanas,
luchadoras y pensadoras, desde los años 30 hasta hoy. Uno siempre aprende con la
gente de los movimientos sociales.
-En esa reconstrucción del marxismo latinoamericano usted destaca dos figuras:
José Carlos Mariátegui y el Che Guevara. ¿Por qué los elige?
-Ellos encarnan los dos momentos más creativos del marxismo en América latina.
Primero, la aparición del pensamiento marxista latinoamericano, el más creativo
de esta historia. Mariátegui es su figura más original, innovadora y radical;
planteó que el marxismo no debe ser aquí un calco y una copia de otras
experiencias sino una creación heroica de los mismos latinoamericanos. Por eso,
él hablaba de socialismo indoamericano. Afirmaba que el comunismo en América
latina debe beber de la tradición del socialismo internacional, pero también de
una tradición americana que proviene de la experiencia comunitaria indígena
precolombina: las civilizaciones inca, maya, etcétera. El pensamiento de
Mariátegui es de una originalidad increíble, de una creatividad inigualable.
Debemos redescubrir a Mariátegui. Es el gran pensador de nuestra América hasta
el día de hoy.
-¿Qué papel jugó la revolución cubana?
-Tras 25 años de predominio del stalinismo, con la revolución en Cuba vuelve a
florecer el marxismo. El Che Guevara, que no es sólo "el guerrillero heroico"
sino un pensador marxista de primera calidad, trató de reflexionar sobre la
realidad latinoamericana: la importancia de las clases campesinas, la violencia
en el conflicto social, la nueva subjetividad, el comunismo como una ética y
también la búsqueda de un modelo de socialismo distinto de los países del Este.
Al Che, la URSS le parecía muy discutible y la criticaba. A través de esa
búsqueda de un modelo alternativo de socialismo específicamente latinoamericano,
también él hizo un gran aporte a esta historia.
-¿Se superó el obstáculo del eurocentrismo que durante muchos años impregnó a
algunas corrientes marxistas?
-El eurocentrismo deja oír su eco en Europa y en los Estados Unidos (en los
Estados Unidos bajo otra forma), pero dentro del marxismo europeo, el marxismo
de las "metrópolis" capitalistas, también existió siempre una vertiente
internacionalista identificada con las luchas del Tercer Mundo y defensora de
las luchas antiimperialistas. Desde sus orígenes con Marx, Lenin, Rosa
Luxemburgo, etcétera, el marxismo siempre tuvo esa impronta de universalidad.
Pero hubo tendencias eurocentristas bastante importantes, incluso en América
latina.
-¿Por ejemplo?
-Para el caso argentino, Juan B. Justo. No existe nada más eurocéntrico que
esa socialdemocracia de carácter colonialista. Cuando habla de los indígenas, lo
que aflora en Juan B. Justo es el espíritu colonialista. El creía que el
desarrollo de la Argentina y de América latina entroncaría con el evolucionismo
europeo; creía que ese desarrollo derivaba de la lucha de la "civilización"
contra la "barbarie". Más tarde, con el auge del stalinismo, vuelven a aplicarse
de modo mecanicista los modelos europeos, ahora soviéticos, para América latina.
Hoy existen en América latina vertientes menores que siguen siendo
eurocéntricas, pero no tan sistematizadas como la socialdemocracia y el
stalinismo. La tentación continúa, pero no es predominante. Sin embargo, el
marxismo más rico, como el de Mariátegui o el del Che Guevara, nada tiene que
ver con ese eurocentrismo.
-¿Cuál será, desde su perspectiva, el marxismo del futuro?
-El marxismo del futuro dependerá de su capacidad para integrar el aporte de
los movimientos sociales, enriqueciéndose y radicalizándose. Eso implica
integrar el aporte de los movimientos de mujeres, de los movimientos indígenas y
campesinos, de los movimientos negros y de la cuestión del medio ambiente y la
ecología. Desde mi punto de vista, el despliegue futuro del marxismo
latinoamericano se dará —de hecho ya se está dando— mediante la integración de
esos elementos con el objetivo de la transformación revolucionaria.
Fuente:
Revista Eñe, Clarín, 21/01/06
DEBATES
Marx
ha muerto ¡Que viva Marx!
El vacío que acompañó la caída del Muro de Berlín y las
sucesivas derrotas de movimientos sociales llevaron rápidamente a proclamar la
última "crisis del marxismo" y a saludar la llegada de etapas neo o posmarxistas.
Acaso sea hora de analizar seriamente el legado de Marx, "el filósofo más
importante de todos los tiempos", según la BBC. Historiadores, economistas y
politólogos revisan aquí su vigencia. Escribe Elmar Altvater. Además, el primer
diccionario biográfico de la izquierda argentina, por Horacio Tarcus. Y un
análisis de la recepción en nuestro país de la Revolución de Octubre en Rusia,
próxima a cumplir 90 años.
MARIANA CANAVESE BRUNO FORNILLO.
En las últimas décadas del siglo pasado, una serie de sucesivas derrotas
impuestas al movimiento de masas determinaron una también sucesiva serie de
decepciones entre los intelectuales, que terminaron por proclamar la última
"crisis del marxismo" conocida hasta el presente y se abrieron a otros
paradigmas, emergiendo numerosos marxismos, neomarxismos y posmarxismos. Es
posible que hoy, pues, se note engañosa la crítica vulgar al marxismo vulgar,
aquella que, por ejemplo, lo acu saba de un mecanicismo que simplificaba el
derrotero de la historia o de conducir inevitablemente al totalitarismo. Y
quizás se haya atravesado el vacío teórico y político que acompañó a la caída
del Muro de Berlín y a la mistificación neoliberal. No deja de ser sintomático
que una encuesta recientemente realizada por la BBC de Londres ubicara a Karl
Marx como el filósofo más importante de todos los tiempos. Así, podríamos
asistir al relajamiento de la ortodoxia, al avistaje de prácticas políticas que
sintetizan la experiencia transitada y a un trabajo molecular de la teoría.
El
sacudón sísmico vivido no es absolutamente inédito para una tradición de un
dinamismo significativo. El filósofo José Sazbón postuló que el concepto de
crisis es inherente a la biografía intelectual del propio Marx: "La unidad
incuestionada de un marxismo carente de tensiones no puede existir sino como un
paradigma evanescente". Y, en este sentido, conoció decontrucciones y
reconstrucciones, agrupables en los nombres propios de Sartre, Althusser,
Habermas, entre tantos otros. Más allá de la crisis -siempre proclive a
convertirse en eslogan- tres libros de reciente aparición procuran indagar en
torno de los principios inaugurados por el pensador alemán: Verdades y saberes
del marxismo, de Elías Palti, Los marxismos del nuevo siglo, de César Altamira,
y una compilación que reúne autores y temáticas varias bajo el título La teoría
marxista hoy. Diferentes entre sí, cada cual apuesta por sondear el corpus
clásico y abreva en diversas vertientes contemporáneas, dando cuenta de los
obstáculos a sortear y de las potencialidades para pensar lo actual, requisito
decisivo de su carácter crítico.
En el balance acerca de la posibilidad de una política emancipatoria hay quienes
aseguran que la acción colectiva que el marxismo alentó se muestra de antemano
condenada al estancamiento y que, en el camino de su legado, las nuevas
formulaciones no se ven obligadas a nutrirse de un recorrido emprendido a
mediados del siglo XIX. Para Elías Palti, "frente a una primera crisis del
paradigma hegeliano evolucionista -discurso en el que se inscribe Marx- se
presenta una recomposición que se puede sintetizar en el paso del marxismo al
leninismo, donde se pone en el centro la acción subjetiva y la militancia ocupa
el lugar de la filosofía de la historia. El marxismo tenía un sentido trágico
porque era una apuesta subjetiva que debía proyectar al mundo un sentido que en
sí mismo no tiene. Lo que habría ahora entrado en suspenso es esta idea de que
los sujetos son quienes construyen la historia, visión que se ha revelado tan
mítica como la hegeliana-evolucionista".
Por otro lado, hay quienes subrayan aquello que permanece: "La crisis del
marxismo -sostiene Eduardo Grüner, uno de los autores de La teoría marxista hoy-
fue decretada por el pensamiento posmoderno. No había razón, era una avanzada
ideológica, pero era un síntoma, ninguna ideología puede funcionar si no tiene
algo de verdad, y lo cierto es que el marxismo posee graves hipotecas
históricas. Pero el marxismo es un pensamiento y un movimiento de lo real que se
va transformando necesariamente junto con las transformaciones de lo real. Por
supuesto que no se puede desestimar que el proletariado no es lo que era en la
época de Marx, pero en el capitalismo sigue existiendo el conflicto
capital-trabajo. La proliferación de heterogéneas expresiones no puede taparnos
esa fractura fundamental". Lo novedoso, por lo tanto, parece ser que se ha
reconocido un lastre propio de la tradición, pero sobre todo que, entre la
apertura a problemáticas no exploradas y una continuidad crítica, emerge un
campo para volver a pensar eligiendo cada vez la relación con el corpus
marxista.
En plural
Si el marxismo se encuentra en una fase espectral, y es Jacques Derrida quien
así lo enuncia, ello sería a causa de su actual incapacidad para hacer
inteligible al mundo y a sí mismo, de la crítica a sus fundamentos esencialistas,
de la ineficacia de su proyección partidario-estatal; se trataría, entonces, de
pensar a partir de habitar un lugar imposible, permaneciendo en "la inmanencia
de la crisis". Subjetivamente, habría que afrontar lo que significa recorrer una
época suspendida, en un tiempo -sostiene Palti- en el cual no sólo Dios ha
muerto sino que todos sus nombres seculares (nación, proletariado, etcétera) han
develado su trasfondo mítico, donde todo sentido se ha vuelto precario: "En
última instancia, el mito inherente a esta era postsecular es pensar que desde
el momento en que nos hemos librado de la pregunta por el sentido también nos
libramos de la presión de su búsqueda. En ese doble horizonte es donde se abre
el núcleo tenso que define a esta nueva era; es la pregunta por el sentido
después de El Sentido. En el pensamiento marxista, coincidentemente pero no por
casualidad, es donde esta situación paradójica se va a expresar más crudamente.
Lo que le da todavía un sesgo perturbador a este interrogante es que aún así no
podemos prescindir de la idea de un sentido porque sin él no hay una posibilidad
para la vida comunal". El libro de Elías Palti diagnostica una época que carece
de un fundamento sólido y procura llevar lo más lejos posible esta constatación
para habilitar así un modo renovado de asumir la pregunta por la política.
Simultáneamente, a partir de un recorrido que durante años se ha alimentado de
autores como Michel Foucault o Félix Guattari y de ciclos de movilización que
los europeos ven despuntar en el 68 -el obrerismo italiano, por ejemplo-, un
"marxismo proyectual" ha sido capaz de dar a luz nuevos horizontes
problemáticos. Un bloque de pensamiento sostiene que la dinámica de la
producción capitalista actual fue motivada por la ebullición político-creativa
de los años 60 y 70, que sitúa a la fuerza viva del trabajo como el motor básico
del capital -volviéndolo dependiente de la cooperación social-, que emplaza así
al mundo de la autoorganización como horizonte político frente a los procesos de
burocratización de los sindicatos y de los partidos. Esta vertiente, en la que
se filia César Altamira, contrapone un "marxismo posmoderno", que absorbe las
innovaciones producidas en plurales campos de reflexión, a la lógica cultural
del capitalismo tardío.
En Los marxismos del nuevo siglo se traza, además, una genealogía original al
desplegar rigurosamente los recorridos del Open Marxism (gestado en Inglaterra y
cuyo principal exponente es John Holloway) y de la Escuela francesa de la
Regulación (que busca indagar las características de los regímenes de
acumulación del capital), con la certeza de que "a lo largo de los últimos 25
años de posfordismo y moderna reestructuración del capitalismo, los elementos
teóricos del marxismo metamorfoseado se han recompuesto lentamente y provisto de
una insospechada audacia a pesar de la descomposición social que ha acompañado a
la derrota". Lejos de abonar una continuidad sin quiebres, Altamira intenta
presentar la reformulación del ideario marxista sopesando los desafíos que
enfrentaron las izquierdas a lo largo del siglo XX.
Huellas del materialismo
Hacia mediados de los años 70, Perry Anderson sostuvo que el retroceso del
marxismo iba a quedar pronto clausurado al emerger un pensamiento estratégico
que reactivaría una tradición latente, fundiendo teoría y práctica política.
Para entonces, el ascenso de la historiografía británica bajo la influencia de
un grupo historiadores comunistas (Christopher Hill, Eric Hobsbawm y Edward P.
Thompson, entre otros) venía postulando hacía tiempo el traslado de la
producción intelectual marxista de la Europa continental al mundo anglosajón.
Tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, la
verificación de una impasse histórica -que asume esta corriente- corre junto a
la certeza de la superioridad teórica del marxismo, y el hecho de que éste logre
explicar las razones de sus propios obstáculos (como práctica) impide afirmar
que se encuentra en crisis (como teoría).
En esta línea, Javier Amadeo, politólogo y uno de los compiladores de La teoría
marxista hoy, señala que las consecuencias abiertas por la mundialización
neoliberal constituyen la "condición negativa" para una renovación del
pensamiento marxista. Los análisis de las luchas en torno a la contradicciones
de clase se imbricarían aquí con los problemas de género y opción sexual,
ecológico-medioambientales y nacionalistas, étnicos, raciales y religiosos, que
marcan nuestro tiempo. Y, en paralelo, serían las luchas sociales las que
estarían dando nuevos aires a la necesidad de resituar la reflexión marxista en
la coyuntura que despunta. Amadeo afirma que "asistimos en nuestro continente a
procesos de movilización política, luchas antineoliberales, emergencia de nuevos
sujetos y prácticas: movimientos indígenas en Ecuador y en Bolivia, la
articulación de la Vía Campesina en América del Sur, organizaciones de mujeres,
de desocupados, de sin tierra y sin vivienda. Experiencias políticas de
izquierda que colocan, desde el punto de vista práctico, desafíos para un
elaboración teórica y, al mismo tiempo, expresan una potencialidad crítica
fundamental hacia nuestra sociedad".
Los modelos de dicho dinamismo no sólo se pueden encontrar en la producción
local mencionada: ¿acaso los estudios culturales elaborados por Fredric Jameson
o Terry Eagleton no constituyen un instrumento necesario para comprender la
persistente despolitización de la cultura? ¿No son los análisis de la lógica del
capital los que hay que profundizar para conocer la función del trabajo
contemporáneo, que o bien se niega y desquicia subjetividades, o bien se da y
consume el tiempo de la vida? ¿No existen en Marx claves, tal como lo plantea
Elmar Altvater, para encontrar las causas concretas de la devastación de los
recursos naturales? Incluso el mismo marxismo y sus derivas de pensamiento, ¿no
contribuirán a descifrar la ausencia de una política contrahegemónica, como
quiso Gramsci, que definitivamente arraigue en este suelo?
Es fundamentalmente en el nexo con la práctica, expresado en términos clásicos,
donde las distintas propuestas encuentran que el marxismo no halla cauces
nítidos para volver a pulsear en el campo político, desligado del sitial de
cultura de masas que supo ostentar. Los textos reseñados comparten la necesidad
de dirigirse a una época diferente; un marxismo para Latinoamérica que parece
ser no poco productivo ante la necesidad de comprender las líneas de continuidad
del neoliberalismo o los recorridos de una izquierda progresista abocada a
introducir cambios de una tibieza por lo demás evidente. Con todo, también se
juega en nuevas experiencias, en la Bolivia de Evo Morales o en la aún
inescrutable Venezuela, donde Hugo Chávez llama a construir el "socialismo del
siglo XXI" y a leer La revolución permanente del líder comunista ruso León
Trotsky.
Recientemente, al diagnosticar el renovado protagonismo del pensador alemán,
Eric Hobsbawm marcaba una dinámica de largo aliento: "El fin del marxismo
oficial de la Unión Soviética ha liberado a Marx de su pública identificación
con el leninismo teórico y con los regímenes leninistas en la práctica. La gente
ha empezado a percibir una vez más que hay cosas en Marx que resultan
verdaderamente interesantes. El mundo capitalista globalizado que surgió en la
década de 1990 ha resultado en muchas cosas enigmáticamente parecido al mundo
que había pronosticado Marx en 1848 en el Manifiesto Comunista".
Fuente: Revista Eñe, 13/10/07
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