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Alejandro Apo - Viejo con árbol |
Alejandro Apo - Pichón de Cristo |
Fontanarrosa, el
artista de todos
Por Guillermo Saccomanno
Prolífica (una veintena de libros), escrita al margen de camarillas e
internas, alabada por críticos y escritores de lo más disímiles, y bendecida
por un público cada vez más grande, Roberto Fontanarrosa viene forjando, a
la par de su carrera como dibujante y humorista, una de las reputaciones
literarias más veneradas de los últimos tiempos. En esta entrevista, el
hombre que abrió y cerró el último Congreso de la Lengua en su Rosario natal
habla del arte (y los trucos) de escribir, la parodia que tanto cultivó (y
de la que ahora se aleja), las lecciones de Hemingway, Soriano y Dal
Masetto, la importancia de escribir sobre el deporte, la relación entre la
violencia de los ‘70 y las armas de Boogey, y la influencia de la literatura
en los diálogos de Inodoro.
"Los diplomas no cuentan y el talento no siempre ayuda: lo que cuenta es el
trabajo. Yo me considero un dibujante correcto, que no tiene el afán del
virtuosismo. Es que un buen chiste salva un mal dibujo, pero no al revés."
Esta mañana de primavera, soleada y azul, en este bar en la orilla del
Paraná, somos dos los que esperamos que el Negro termine su clase de inglés
para entrevistarlo. Primero está la nena.
La nena debe de tener unos diez años y está sentada junto a su papá a una
mesa. El bar se llama Metrópolis, en la calle Wheelright, y está frente a
una ex estación de tren, Rosario Central, reciclada en moderno complejo
oficinesco con una denominación que es un oxímoron: Centro de
Descentralización del Centro. La nena mira con ansiedad la mesa más allá,
donde el Negro está con Eddie, su profesor de inglés, Eddie, un galán de más
de sesenta, una carpeta, un diccionario entre ambos y los pocillos. "Si no
estudié inglés de pibe fue porque mi viejo era peronista, antiimperialista",
dirá más tarde el Negro. "Hace unos años estaba en una muestra de humor
gráfico en Estambul. Imaginate lo que es comunicarse en un inglés
chapurreado con polacos, búlgaros y alemanes en una lengua que es la de
todos pero que nadie habla como la propia. Por la noche, al volver al cuarto
de hotel, no me daba más la cabeza." Pero todavía falta para que el Negro lo
diga. Antes está esa nena, esperando.
Falta también que Eddie levante el diccionario, la carpeta y le dé la mano
al Negro, que Rocío –la nena junto su padre–, nerviosa, contenta y nerviosa,
se acerque a la mesa y ponga su grabador. Para la nena entrevistarlo al
Negro es como salir abanderada. "Las maestras se mueren por un dibujo tuyo",
dice pícara la nena. Después aclara, como si fuera necesario, que el
reportaje es para el colegio. Rocío despliega una hoja en la que tiene
anotado en mayúsculas el cuestionario. Suspira, toma envión. Y arranca: "¿Cómo es ser famoso?". El Negro se acomoda en la silla y sonríe:
"Yo famoso
no soy. Famoso es Fito Páez. Por ahí lo que influyó en que tenga cierta
popularidad es publicar desde el ‘73 un cuadrito de humor en Clarín todos
los días".
A Rocío parece no conformarle la respuesta. Y sigue: "¿Cómo nació Inodoro?",
le pregunta. "Fue en los ‘70, en Hortensia", hace memoria el Negro. "El
Gordo Cognini me pidió una tira de humor para su revista. Por entonces la música
que se escuchaba era el folklore y eso me influyó, porque de campo yo no sabía
nada. Siempre fui un tipo de ciudad. Nunca estuve en el campo."
Rocío ataca de nuevo: "¿Desde chico soñabas con esto?". El Negro podría
preguntarle a la nena qué es soñar "esto". Pero le contesta: "En mi época de
pibe no había tele. Había historietas. Y yo era muy lector".
Ahora Rocío se prepara para una pregunta trascendente:
"¿Qué pensás del Congreso de la Lengua?"
"Que fue importante", dice el Negro. "Importante para la ciudad. Hubo sol esos días. El tiempo ayudó. Todo salió bien. Pero lo más valioso es que sirvió para darnos cuenta de que hablamos un idioma importante, algo a lo que no se le presta habitualmente mucha atención. Se tomó conciencia de eso. De lo que significa nuestra lengua, la lengua que usamos para comunicarnos. Además fue toda una experiencia para Rosario y para el futuro de los rosarinos, una ciudad que cambió para mejor. Que ahora tiene un millón y medio de habitantes. Yo no quiero una ciudad con más habitantes, con los conflictos de las grandes urbes, quiero una ciudad a escala humana."
19 de diciembre de 1971, leido por
Alejandro Apo, y entrevista -
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Rocío pone cara seria. Controla el grabador. Vuelve a tomar impulso: ¿Cómo
es tu nombre completo? El Negro sonríe: Roberto Alfredo. Rocío carga otra
vez: ¿Y de qué signo sos? El Negro contesta: Sagitario. Rocío: ¿De qué
cuadro sos? El Negro se enorgullece ahora: Rosario Central. Y mira por
encima de la nena, hacia la estación reciclada. ¿Un número?, pregunta Rocío.
El Negro no vacila: El 3. Rocío: ¿Un juguete? El Negro: Los soldaditos de
plomo. El Negro considera a la nena con la misma atención que podría
prestarle a Oriana Fallaci. ¿Un referente? Así lo ha preguntado la nena: ¿Un
referente?, repite el Negro. Hugo Pratt. Y después, siguiendoel ping pong:
¿Ves tele? Fútbol, dice el Negro. Veo fútbol. Rocío: ¿El mejor libro? El
Negro: No puedo nombrar uno. Sería una lista. Muchos. Rocío: ¿Un animal? El
Negro: El gato. Rocío: ¿Una película? El Negro: El Padrino. Todas las de El
Padrino.
El reportaje terminó. Sin embargo Rocío todavía no está conforme. Tarda en
pedirle al Negro lo más importante: un dibujo. Y el Negro se lo hace. En la
tele del bar un noticiero transmite las imágenes del huracán Katrina y la
inminencia de Rita. Pasan imágenes de un reportaje. Pero éstas no son
noticias para Rocío. Noticia es la suya. Su reportaje al Negro.
Y ahora es mi turno. No estoy menos nervioso que la nena. Porque si un don
tiene la literatura del Negro es hacerles sentir a sus lectores la estupidez
humana. El Negro logra este efecto sin soberbia, con una inteligencia que,
cuando asoma es sabiduría, y la irradia también sobre el lector. Tal vez
esto es lo que hace que su literatura, sin preocuparse por los prestigios de
género, supere la contradicción civilización/barbarie que se traslada en la
literatura entre lo culto y lo masivo poniéndose simplemente a escuchar con
una percepción que le envidiaría el mismísimo Puig. Esta es la naturaleza de
su escritura, que puede funcionar como denuncia de las vilezas familiares de
la clase media en picada, las traiciones amorosas, los crímenes domésticos,
los fracasos del machismo y las defecciones de presuntos heroísmos.
Superando el costumbrismo, sus cuentos le entran sin anestesia a una
realidad que lastima. Quien no se haya reconocido en uno de sus cuentos,
miente. Y se miente. Y cuando el Negro te mira vos tenés la certeza de que
no te está juzgando. Simplemente, te comprende. Por algo el Negro es el
artista de todos.
NO SE SI HE SIDO CLARO
Al observar la trayectoria de Fontanarrosa como humorista quizá pueda
notarse que, desde sus inicios, cuando era un pibe fan de Pratt, hasta
conseguir una personalidad gráfica, una vez lograda, su dibujo empezó a
aquietarse en la exploración gráfica, a volverse cada vez más igual a sí
mismo, mientras que sus cuentos fueron avanzando en incisión, en un
ahondamiento del lenguaje y en la construcción de las tramas, más preocupado
por el detalle que hace a la construcción del personaje y la atmósfera que
por el gag de impacto directo. La lectura de la realidad, los climas, la
puesta en escena del absurdo en los instantes en apariencia monótonos de
intimidad de lo cotidiano, eso le interesa ahora. En tanto, ni Boogey, el
Aceitoso ni Inodoro Pereyra, el Renegau, perdieron eficacia: los diálogos y
los globos fueron incursionando en una mayor teatralización del lenguaje y
esto, con seguridad, se debió a la escritura de cuentos.
Vamos a decirlo de una vez, y de paso explicamos la razón de ser de esta
entrevista: Fontanarrosa es uno de los narradores argentinos más notables y
menos pillados, con una llegada inmensurable a un público que, además de
serle fiel, aumenta y aumenta sin parar mientras el escritor, como recelando
de este fenómeno, se mantiene, sin creérsela, en una reserva irónica,
apartado de todo circuito literario y toda rosquita de consagración. Sus
seguidores componen un público diverso que va desde los hinchas de fútbol a
los lectores de comics.
Todo esto explica por qué Fontanarrosa fue elegido para abrir el último
Congreso de la Lengua en Rosario, su ciudad, y también para cerrarlo en
lugar de Saer, a quien se le había confiado el cierre, pero que estuvo
imposibilitado de hacerlo aun por teleconferencia debido a su enfermedad. En
el Congreso, con su habitual socarronería de pibe que parece haberse colado
más que haber sido un invitado de lujo, un Fontanarrosa tímido y
desacralizador dejó empequeñecidos a figurones como Saramago. Fontanarrosa,
en su intervención en el Congreso, fue corto y conciso, se refirió a algo
que constituye la materia de sus personajes: la lengua y las malas palabras.
Con modestia, Fontanarrosa pidió una amnistía para lasmalas palabras. Porque
sus personajes, hombres, mujeres, pibes, pertenecientes a una clase media
baja, cada vez más baja, hablan así y Fontanarrosa los escucha con unción
pues ellos son las criaturas de su narrativa y sus "bocas sucias" son la
carne con la que crea esos relatos en los que si una función cumple el humor
es atenuar las miserias sociales, miserias de clase. Y también las humanas,
muchas veces individuales.
UNO NUNCA SABE
El Negro tenía unos pocos años más que Rocío cuando estudiaba dibujo técnico
en el industrial con el Goro, el Goro es el arquitecto Gorodischer, esposo
de la gran escritora Angélica Gorodischer. El Negro, según cuenta el Goro,
era vagoneta. Un día el Goro lo reprendió con severidad: si no se aplicaba,
se acuerda el Goro que le garantizó, no iba a ser nadie en la vida. Pasado
el tiempo, se ríe el Goro, el alumno Fontanarrosa llegó a ser alguien. Y en
una exposición consagratoria en el Museo Castagnino, ya humorista
consagrado, expuso unos de sus primeros dibujos donde, al pie, indicaba:
"Colección Arquitecto Gorodischer". Así como al Goro le gusta acordarse de
esta historia, también al Negro, que tiene su versión: "Es que en esa época
yo ya estaba haciendo por correspondencia el curso de los Doce Famosos
Artistas, donde entre otros grandes del dibujo, además de Pratt, estaban Breccia y Del Castillo".
"Yo le digo a mi hijo Franco que no hay diploma de músico ni de jugador de
fútbol. Los diplomas no cuentan y el talento no siempre ayuda: lo que cuenta
es el trabajo. Yo me considero un dibujante correcto, que no tiene el afán
del virtuosismo. Virtuosismo tienen Crist, Caloi o los Breccia. Es que un
buen chiste salva un mal dibujo, pero no al revés. Y esto me pasa con los
cuentos, que escribo tres y cuatro veces. Me pregunto qué es lo que voy a
contar, cuál es la situación, cuál es el género, a qué corresponde y
después, recién después, el cómo contarla. Ahora, por lo general escribo a
mano, en cuadernos. Gabi, mi mujer, pasa en la compu lo que puede descifrar de
mi letra y después corrijo de nuevo. Nunca se termina de corregir."
Antes de subir al micro para entrevistarlo al Negro volví a leer algunos de
sus libros de cuentos. Digo algunos. Porque en su totalidad sobrepasan la
decena. Y como si esta cantidad fuera escasa, en estos días el Negro está
entregándole a su editor y amigo, Daniel Divinsky, un libro más. Bromeando,
por teléfono, le avisé previamente al Negro que venía en el micro intentando
leer su obra completa. "Un viaje a Rosario no te va a alcanzar", dijo. "Hubieras
sacado un pasaje a Río."
Los últimos cuentos del Negro, como lo señaló en otra entrevista, vienen
alejándose cada vez más de la parodia que tanto supo rendirle. La parodia,
en su narrativa, empieza quizá en Sobre la podrida pista, una nouvelle de
los ‘70, que caricaturizaba los relatos más burdos de la serie negra, los de
Mickey Spillane o Brett Halliday en sus abominables traducciones mexicanas o
españolas. Y llega, hasta acá, caricaturizando la literatura japonesa, la
ramplonería aforística, la mitología de guapos y tangueros, el
testimonialismo reality, la crónica de viajes, la bobaliconada de la mística
new age, lo que se te ocurra. La parodia, en la escritura de Fontanarrosa,
pasa por encima de la imitación a lo Chamico, como firmaba Conrado Nalé
Roxlo sus imitaciones a la manera de las prosas consagradas de su tiempo. La
parodia en el Negro es más totalizadora y en primer plano: el auscultar los
discursos y sus formas, los diferentes registros que circulan en la
actualidad si se piensa que todo es relato. Pero al Negro, como se dijo, ya
no le entusiasma tanto la parodia. No es que haya perdido afición a la
parodia, admite. Y se explica: "¿Pero cuánto tiempo se puede mantener la
parodia? Tenés un mecanismo, te pegás a su funcionamiento, lo exacerbás.
Tarde o temprano se agota, se falsea el mecanismo. Quizá lo que pasa es que
ahora me interesa más contar algodesde mi propia voz". De ser así, ¿cómo
surge esa propia voz en un cuento que no es paródico, uno de los cuentos "realistas" que ahora parecen preocuparle más? Y le pongo un ejemplo:
Julito, un cuento que pertenece a la colección Usted no me lo va a creer: un
adolescente trae a su casa una valija y la esconde bajo su cama. Los padres
le recriminan su conducta, le rezongan, lo flanquean con un discurso moral
sobre su comportamiento atorrante hasta que descubren que el contenido de la
valija es un fangote de dólares. Entonces la actitud de los padres cambia. "Ahí
–dice el Negro–, lo que buscaba era indagar sobre los dobles discursos."
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"En otros cuentos trato de usar la primera persona, de ponerme en el lugar
de los otros. A mí me gustaría tener lo que tienen algunos músicos: oído
absoluto. Porque uno, por más que se esmera, no escribe como la gente habla.
Por más que uno tuviera oído absoluto, no alcanzaría. Uno edita. Como esa
vez que le hice un reportaje a la Brujita Verón. No podía transcribirlo tal
cual, con los ecos del ambiente, las vacilaciones, los balbuceos. Pero tenía
que conseguir que las inflexiones, la respiración, el tono, todo, sonara
real. Entonces tenía que editarlo. Es decir, hacer una simulación. Por
ejemplo, con las repeticiones, para que sonaran ciertas. Y eso se aprende
con la lectura. Fijate Hemingway cómo repite palabras. Cómo repite ‘dijo’. A
menos que tengas una idea y que sea necesario no repetir para sugerir algo
distinto, en un estado de ánimo, como podría ser ‘advirtió’, quedate con el
‘dijo’."
"Hace poco pasó por acá Dal Masetto. Yo lo leí mucho al Tano. Y hace poco
había leído Bosque. Estuvimos hablando bastante. A mí lo que me gusta de su
manera de contar es que el narrador nunca supone. Lo que no ve el
protagonista no lo cuenta. Sólo cuenta lo que ve. Yo soy un lector clásico.
Como lo era también el Gordo Soriano. Quiero que me cuenten una historia.
Que ocurra el mismo fenómeno de encantamiento como cuando viene un amigo y
me dice ‘Esto no me lo vas a creer’. Cuando de pibe descubrí a Cortázar, me
impresionó. Entonces me dije: Si tengo que contar no puedo hacerlo sencillo.
Pero después leí a los norteamericanos, que fue en la época en que leía a Pavese,
otro escritor que me deslumbró, y se me aclaró, me di cuenta de que no era así.
Que se podía contar sencillo. Lo que pasa es que contar sencillo no es fácil,
exige todo un aprendizaje."
TE DIGO MAS
A propósito del aprendizaje, El Negro cuenta: "En mi casa había libros
porque mi madre era muy lectora. Por gusto leía ella. De todo. Yo estaba
enganchado con la colección infaltable, la Robin Hood. Hasta que un día
agarré un libro de los que leía mi madre, uno de Huxley. No me acuerdo si
era Un mundo feliz o Contrapunto. Entonces me di cuenta de que ahí había
otra cosa. Después, Viñas. Dar la cara creo que fue lo primero que leí de
Viñas. Toda una revelación fue: los personajes puteaban como mi viejo,
hablaban como nosotros. Entonces me sentí interpretado. Y eso era válido:
reflejar el alrededor era válido. Viñas es para mí el recuerdo del primer
escritor argentino importante que leí, un autor argentino distinto. Nada que
ver con Amalia, María, esas novelas que te imponían en el colegio. Viñas era
cercano. Y lo era por el lenguaje. Pensemos que en esa época hasta el cine
era artificial: los personajes hablaban de tú. Quizá lo real empezó a pasar
por la tele. Aunque después se fue produciendo un ida y vuelta con lo real:
la tele copia la realidad y la realidad copia la tele".
Cuando se le pregunta si la fidelidad a la lengua no puede acaso restarle
otros lectores, otros públicos, el Negro insiste en la cuestión del
lenguaje. Hace poco Alfaguara publicó en España su narrativa dividida en dos
gruesos tomos. La crítica y la prensa en general, dice como justificándolos
por haberlo tratado bien, conocían su trayectoria. Sin citarlo, el Negro
coincide con Beckett en que "la patria de un escritor es su lengua". "Es que
si vos leés un cubano, un venezolano, querés que suspersonajes hablen como
hablan ellos y no el neutro de los Simpson. No hace mucho fui al teatro a
ver Art. Y precisamente por la asepsia de la traducción no sabés dónde pasa
esa obra. Fijate vos en una película de Kubrick, Full Metal Jacket, la jerga
en que hablan los soldados. Kubrick respetó la manera de hablar del libro
original de Michael Herr, la lengua de una tropa de infantería yanqui. ¿Cómo
traducir eso? Siempre es mejor ser fiel a la propia lengua. Siempre.
Prefiero que los personajes hablen su propio idioma. Por supuesto habrá
cosas que no se comprenderán, pero es mejor que un castellano neutro. Y esto
se agradece en un cuento de box, por ejemplo. Aunque no sepás la jerga del
box, igual te avivás de qué viene la historia."
EL FUTBOL ES SAGRADO
Le había anticipado al Negro que quería conversar de literatura y que
perdonara mi ignorancia deliberada de todo lo que es fútbol. Habíamos
acordado que el fútbol, justamente por mi ignorancia, para salvar el
papelón, quedaría fuera de la entrevista. Pero el Negro fue acomodando la
pelota, como sin querer, en la conversación. De pronto, sin dejar de lado la
literatura, estábamos en el fútbol. Daniel Samper, mencionaba ahora el
Negro. Hermano del presidente de Colombia, periodista estrella y escritor.
Vive en Madrid. "Samper siempre dice que el periodismo latinoamericano
creció leyendo el Billiken y el Gráfico. Yo, por ejemplo, me siento más
cerca del periodismo. Casi no leo ficción. Leo reportajes, biografías o eso
que es fiction non fiction. Pero lo que sí me genera expectativas y ansiedad es
escribir."
"Cuando leía a los norteamericanos me daba cuenta de que ellos escribían
sobre deporte. Hemingway sobre boxeadores, sobre toreros. Mailer sobre Clay.
Philip Roth describe en uno de sus libros la literatura norteamericana como
si se tratara de un partido de baseball. Pero acá esto no pasaba. De
acuerdo, Cortázar y algún otro más habían escrito sobre box, pero sobre
fútbol, nadie. Y el fútbol era y es nuestro deporte nacional. Uno que fue
pionero fue el uruguayo Enrique Estrázulas que, creo que fue en Crisis,
escribió sobre Pepe Sasía, un jugador magnífico. Desde el barro se llamaba
el cuento. Y no transcurría en la cancha sino afuera. A mí me llamó mucho la
atención ese cuento porque por este lado nadie escribía sobre fútbol. Hasta
que empezó Soriano. Después, Sasturain. Y no muchos más. Quien más ayudó a
difundir esta relación entre el fútbol y la literatura fue el periodista
Alejandro Apo con su programa de radio. Es que escribir sobre fútbol no es
contar un partido, lo que pasa en la cancha, sino lo que está afuera, lo que
rodea y hace a la cancha. Como hicieron los norteamericanos con sus boxeadores:
la pelea es lo de menos. Y lo que interesa no es el combate en sí sino lo que
hace a su esencia."
Al Negro no se le escapa una cualidad de su literatura: "En las ferias de
libros, la gente que se me acerca no viene por la literatura. Se me acerca
por el fútbol. Es decir, no son lectores ‘cultos’".
FONTANARROSA DE PENAL
Escribir sobre la escritura del Negro es todo un riesgo. La bibliografía
sobre su obra es inabarcable. Son escasos y contados los escritores que no
se ocuparon de subrayar los méritos de su narrativa. Rodrigo Fresán, Juan
Sasturain, Elvio Gandolfo, Daniel Link, Marcelo Birmajer, Sergio Olguín y
Pablo de Santis son apenas algunos de los que escribieron sobre el Negro en
los últimos años. La enumeración completa sería interminable. Además de
haber participado en el Congreso de la Lengua, antes el Negro está citado
varias veces en el volumen La narración gana la partida de la Historia
crítica de la literatura argentina de Noé Jitrik. Sin embargo, considerado
un autor a la vez popular y de culto, el Negro permanece al margen del
gallinero literario. Lo suyo, más bien, es lo de Mark Twain. Al referirse a
Mark Twain, en Por qué leer los clásicos, Italo Calvino festeja su profesión
de ética social.Twain tiene el mérito de hacer esta profesión sincera y
verificable, más que muchas otras cuyas ambiciosas pretensiones
didascálicas. El gran mérito de Twain sigue siendo el de haber dado la
prueba de un estilo de alcance histórico: el ingreso del lenguaje hablado
americano con la estridente voz de Huck Finn. Toda su obra a pesar de que
parece desigual e indisciplinada, indica lo contrario. Twain se nos presenta
como un infatigable experimentador y manipulador de instrumentos
linguísticos y retóricos.
Retomando lo que Calvino opina de Twain, los cuentos del Negro, los más
despiadados y, a la vez, más conmovedores son aquellos donde tus vecinos, o
también vos, protagonizan escenas en las que el límite entre nobleza y
rafañería es borroso. Cada lector que se sumerja en la lectura de sus libros
de cuentos hará su antología personal. Pero el fenómeno no se agota acá sino
que se reproduce cuando sus lectores, al comentar sus cuentos favoritos,
empiezan a contarlos como si se tratara de cuentos populares, y entonces se
produce ese milagro que persiguen en su sueño muchos escritores: que la
historia, Madame Bovary, por ejemplo, adquiera vida propia y borre el nombre
de su creador. Viene al caso quizáz una observación más: el Negro, a
diferencia de otros autores, para su narrativa, no ha apelado a un
seudónimo. Tampoco se ha quitado un segundo nombre ni agregado o quitado un
segundo apellido. O dejado sólo el apellido. En la tapa de sus libros de
cuentos publicados por De la Flor siempre firma R. Fontanarrosa. Hay algo
del orden de la escolaridad en ese modo de firmar, como el pibe que pone la
inicial de su nombre y el apellido en la prueba que debe entregar. Y ésa es
su identidad.
Si bien reconocido por los escritores, al Negro le importa, más que el
mundito "intelectual", el de sus lectores. Basta un ejemplo, a propósito de
su cuento Mamá. Contado en primera persona, en clave de relato iniciático,
Mamá es la historia de un hijo que cuenta los vicios secretos de su madre y
los va disculpando. El tabaco, el alcohol, el juego. Hasta que un médico le
diagnóstica que el verdadero problema de su madre no es ni el tabaco ni el
alcohol ni el juego sino la "ninfomanía". A partir de ahí el hijo decide no
evocar más a su madre y prefiere no enterarse de qué se trata esta
enfermedad. Una vez publicado el cuento, al Negro lo llamaron tías y
vecinas: Robertito, le dijeron, nosotras no sabíamos que tu mamá era así.
Pagina 12, 02/10/05
¡No
te enloquesá, Lalita!
por Roberto Fontanarrosa
El más sorprendido fue Chalo cuando (no iban ni cinco minutos de empezado el
partido) el Lalita se cruzó toda la cancha y le entró muy fuerte y abajo a
Pascual y Pascual, aún antes de caer pesadamente junto a la línea del área,
le preguntó al Lalita por que no se iba a la recalcada concha de su madre
puta. Pensándolo bien, recordaba luego Chalo (los brazos en jarra, algo
alejado del quilombo) antes de empezar, había escuchado a los muchachos
conversando mientras se cambiaban en ese vestuario de mierda y Polenta se
había dicho que, seguramente, Pascual y Lalita se iban a cagar a trompadas
otra vez. Es más -rememoró Chalo, viendo como los muchachos trataban de
separar a los calentones- Salvador lo había cargado bastante a Pascual
preguntándole si esa tarde lo iban a echar de nuevo por cagarse a trompadas
con el Lalita.
- ¿Será posible? -pasó a su lado el ocho de ellos, buen jugador,
callado-. Siempre lo mismo con estos dos infelices.
- Cosa de locos -dijo el Chalo, tocándolo en la panza, en gesto de
amistad.
- ¡Aprendé a jugar al fútbol, choto de mierda! -gritaba, ya de pie,
Pascual, contenido a medias por Norberto.
- ¡Sí, seguro que vos me vas a enseñar, pajero! -respondió Lalita.
- ¿Ah no? ¿Ah no? ¿No te voy a enseñar yo? ¿No te voy a enseñar yo? Sabes
comó te enseño, la puta madre que te parió!
- ¡Seguro! ¡Vos me vas a enseñar, forro! ¡Vos me vas a enseñar a jugar al
fútbol!
- ¡Choto de mierda, en la puta vida jugaste al fútbol, sorete!
- ¡Vos me vas a enseñar, maricón!
- ¡Sorete, sos un sorete mal cagado!
Tal vez ese concepto de "maricón" exaltó más a Pascual, que se libró del
esfuerzo de Norberto y se le fue encima al Lalita. El Alemán se abalanzó
para agarrarlo, con Prado y el flaco Peralta. El referí pegaba saltitos en
torno al tumulto como un perro que no puede zambullirse en una pelea
multitudinaria.
- ¡Pero dejalos que se maten! -gritó desde lejos el cuatro de ellos-.
¡Dejalos que se maten de una vez por todas esos boludos!
- ¡Así nos dejan jugar tranquilos!
- ¡Vení, vení a enseñarme, maricón! -insistía Lalita, contenido por sus
compañeros, viendo como Pascual se debatía entre una maraña de brazos.
- ¡Callate, pelotudo! -se anotó, desde lejos, Hernán, con escaso sentido
de la oportunidad en el uso del humor-. ¡Si vos tuviste poliomelitis de
chico y no te dijeron!
- ¡Pero pisale la cabeza a ese conchudo! -saltó de pronto Antonio
corriendo también hacia Lalita-. ¡Siempre el mismo hijo de puta ese hijo de
puta!
Allí Chalo pensó que el conflicto se generalizaría.
- ¡Antonio! ¡Antonio! -trato de pararlo el Negro.
- ¡Agarralo! ¡Agarralo, Pedro!
- ¡Hijo de mil putas, la otra vez hiciste lo mismo! -recordaba Antonio,
medio estrangulado por un brazo de Pedro, las venas del cuello a punto de
estallar, la cara roja como una brasa.
- ¿Qué querés vos? ¿Qué querés vos? -Lalita se volvió hacia Antonio,
estirando el mentón hacia adelante. Dos de ellos lo agarraron de la camiseta
y otro de la cintura.
- ¡Te hacés mucho el gallito porque nuncan te han puesto una buena quema!
- ¡Aflojá, Lalita, no seas boludo!
- ¡Te echan, pelotudo, te van a echar!
- ¿Qué querés vos? ¿Qué querés negrito villero y la concha de tu madre?
- ¡Tito! ¡Paralo, carajo, paralo!
- ¡Cortala, cinco, no te metás que es peor!
- ¡Pará, Mario, pará!
- ¡Te voy a reventar, la concha de tu madre! -Pascual se había zafado de
los que lo contenían y corría en un movimiento semicircular hacia su enemigo
tratando de eludir los nuevos componedores que se le interponían. Chalo se
dejo caer sentado sobre el césped sin llegar a entender demasiado bien como
se podía armar semejante quilombo cuando incluso algunos no habían llegado
siquiera a tocar la pelota (como él). Miró al dos de ellos y enarcó las
cejas en señal de complicidad.
- ¿Podés creer, vos? -dijo el otro, parado en el círculo central y
acomodándose los huevos. Escupió a un costado.
Prácticamente todos los muchachos, sin olvidar al tío del Perita (fiel y
único hincha del "Olimpia") se habían metido en la cancha y estaban
separando a los beligerantes. Eran dos grupos que se movilizaban en bloque,
hacia atrás o hacia adelante, correlativos unos con otros, como dos arañas
negras y deformes, de acuerdo a los impulsos mas o menos homicidas de los
contendientes.
- ¡Vos me vas a venir seguro a enseñar a jugar al fútbol, sorete! -la
seguía Lalita-. ¡Seguro que vos me vas a venir a enseñar!
- ¡No te enloquesá, Lalita! ¡No te enloquesá! -repetía una voz aguda,
desde afuera, como un sonsonete.
- ¡Choto de mierda! ¡Choto de mierda! -Pascual se atragantaba con las
palabras y despedía por la boca una baba blanca, casi acogotado por los
compañeros-. ¡Claro que te voy...! ¡Choto de...! -obnubilado, no
encontraba los mas elementales sinónimos para enriquecer sus agravios y
recaía siempre en las mismas diatribas-. ¡Choto de mierda! ¡Chotazo!
El árbitro, apreciando un claro en el tumulto, dió dos zancadas mayúsculas
hacia adelante, manoteó el bolsillo superior y anunció a Pascual.
- ¡Señor! -y le plantó una tarjeta roja incandescente frente a los ojos.
Pascual ni lo miró. Después el árbitro giró con la misma aparatosidad,
caminó tres pasos hacia Lalita y repitió el gesto de la mano en alto, como
dando por terminado el problema. A Pascual ya se lo llevaban hacia el
costado. Lalita caminaba medio ladeado, aplastado en parte por el peso de
sus compañeros, buscando todavía con los ojos a su rival, respirando fuerte
por la nariz, como un toro.
- ¡Dejame! ¡Dejame, Miguel! -pidió, sofocado, y hasta llegó a tirar un par
de piñas a sus amigos.
- Ya está, Lalita -le recitaba el cuatro al oído-. Cortala.
El lungo que jugaba al arco le pasó un par de veces la mano por el pelo,
comprensivo, pero el Lalita apartó la cabeza, negándose a la caricia.
- ¡Señores! ¡Señores! -gritó el referí-. ¡Miren! ¡Miren! -y mostró la
fatídica tarjeta roja casi oculta en la palma de la mano, como una carta
tramposa-. ¡No la guardo! ¡No la guardo! ¡La tengo en la mano! ¡Al primero
que siga jodiendo lo echo de la cancha! ¿Estamos? -y salió corriendo para
atrás, elástico, señalando con la mano donde debía ponerse la pelota-.
¡Juego, señores!
Y decían que no había que joder mucho con ese árbitro. Que era cana. Que
siempre andaba con un bufoso dentro del bolso. Así le había contado Camargo
al Chalo, porque lo conocía de la liga de Veteranos Mayores, los que están
entre los 42 y la muerte.
Ya sentado en la vereda, la espalda empapada contra la pared del quiosco,
las piernas extendidas sobre el piso, desprendidos los cordones de los
botines, Chalo se apretó fuerte los parpados para mitigar el escozor
profundo que le producía el sudor al metérsele en los ojos. Sin decir
palabra, el Lito, al lado suyo, le alargó la botella de Seven familiar, casi
vacía. Chalo tomó unos seis tragos apurados, puso despues el culo frío y
humedo de la botella sobre su muslo derecho, eructó con deliberación y se
secó la boca.
- Hay que joderse -exhaló-. Qué manera de correr al pedo -y le extendió
la botella a Salvador que esperaba, mirando la calle, las manos en la
cintura, a su lado.
- ¡Chau, loco! -gritó Antonio, subiendo al auto de Pedro, yéndose- ¡Chau,
Salva!
- ¿Hablastes con el referí? -le preguntó Lito. Antonio se encogió de
hombros.
- ¿Para qué?
- Para que no te escrache en el informe.
- Me echó por tumulto.
- Por pelotudo te echo -rió Salvador. Antonio levantó la mano, se metió en
el auto de Pedro y Pedro puso marcha atrás cuidando de no caerse en la
cuneta.
- Veinte fechas le van a dar a este -dijo Salva, limpiando el pico de la
botella de Seven con la manga de la camiseta verde. Chalo no contestó.
Apenas si tenía aliento para hablar. Lito, más que sentarse a su lado, se
derrumbó, con un quejido animal.
- Parece mentira -dijo Chalo-. Cuando yo jugaba en la "25 de Mayo", donde
no hay limite de edad, pensaba que los veteranos serían más tranquilos, que
cuando pasara a la liga de veteranos las cosas se iban a tomar de otra
manera.
- Nooo... -Lito se reía.
- ¡Pero es peor! Es indudable que las locuras se agudizan cuando viejos.
Acá me he encontrado con tipos de cincuenta, cincuenta y pico de años, que
se cagan a trompadas, le pegan al referí, se putean entre ellos, más que los
jóvenes.
- Y... -dijo Lito-. Las manías, cuando viejo, se agudizan...
- Además, Chalo -Salvador ya había encontrado las llaves del auto entre
los mil bolsillos de su bolsón deportivo-. El fútbol es asi. Hay tipos que
descargan todas las jodeduras de toda la semana acá en la cancha. Yo he
visto a tipos cagarse a trompadas en un partido de papi, en un mezclado, que
no son ni por los puntos ni por nada. Un picado cualquiera y se han cagado a
trompadas, oíme.
- Sí -aprobó Chalo-. Son calenturas del juego...
- Es así -cerró Salvador. Dijo "Chau muchachos", puso en duda su presencia
para el difícil compromiso del sabado siguiente contra el Sarratea y se fue
hacia el auto rengueando ostensiblemente de su pierna derecha.
Chalo se inclinó con esfuerzo hacia sus medias, ceñidas bajo las rodillas
por dos banditas elásticas, y las fue bajando hasta enrollarlas sobre los
tobillos. Recién allí cayó en la cuenta de cuanto necesitaba liberar su
circulación sanguínea de tal tortura y se preguntó como había podido
sobrevivir hasta ese momento bajo presión semejante. Volvió a recostarse
contra la pared caliente.
- De todas maneras -retomó- por más que sean cosas del fútbol, esto de
Pascual es difícil de entender.
- No son cosas del fútbol, Chalo -dijo Lito, sin mirarlo.
- Dejame de joder... ¡No iban más de cinco minutos!
- No son cosas del fútbol, Chalo... -Lito hizo un paréntesis largo-. Acá
el asunto viene de lejos. Un asunto de guita.
- Ah... Ah... -se contuvo Chalo. Empezaba a comprender. Lito bajo la voz,
confidente, como si alguien pudiese oirlo.
- Pascual le salió de garantía de un crédito a Lalita. Y el Lalita lo cagó.
De ahí viene la cosa.
- Ahhh... Ese es otro cantar.
- Claro... Eran socios, o algo así. A mí me conto el Hugo, que era cuñado
del Lalita en esa época. Tenían una gomería o algo así, no sé muy bien. Y la
cosa vino por el asunto del crédito.
- Bueno, ya me parecía -dijo Chalo-. No te digo que uno no vaya a
entender que dos tipos se agarren a piñas en un partido, porque es lo más
común del mundo... Pero, cuando ya uno ve que un tipo, a los cuatro minutos
de estar jugando, se cruza la cancha para estrolarlo a otro, y después se
reputean de arriba a abajo... Ya sale de lo común, es sospechoso.
- No -precisó Lito-. La cosa viene de antes. Son cosas extrafutbolísticas
-. Con un esfuerzo digno de un levantador de pesas, Chalo se puso de pie.
- Y ahora les van a dar como ocho fechas a cada uno-dijo.
- Lo menos. Porque son reincidentes -aprobó Lito.
Fueron ocho las fechas, o diez, o quince. Lo cierto es que, en la segunda
rueda, en el partido revancha contra Minerva, Pascual y Lalita estaban en la
cancha. Hasta los veinte minutos del segundo tiempo no sucedió nada e
incluso dio la impresión de que habían surtido efecto los reiterados
consejos de los compañeros de ambos bandos en el sentido de que los
seculares contendientes evitaran la conflagración. Hubo un par de cruces,
sí, alguna trabada dura, fuerte pero abajo, pero Pascual y el Lalita ni se
miraron después tras el choque, atentos a aquello de "reciba y pegue
callado" que tantos futboleros pregonan virilmente. Pero, casi sobre el
final, en una jugada tonta que no los tuvo como protagonistas directos, los
envolvió esa violencia recurrente que parecía ser su sino. Hubo de nuevo
corridas, gritos, insultos y el consabido intercambio de golpes entre
Pascual y el Lalita, al punto que todos se olvidaron de los otros dos
anónimos jugadores que habían iniciado la escaramuza para ocuparse de ellos.
La tarjeta roja en alto, elevada por el árbitro con la firmeza y pomposidad
con la que puede elevarse un cáliz, marcó, simplemente, el final de un nuevo
capítulo para los duelistas.
Una hora después, sentados a una mesa de "El Morocho de Abasto", Chalo
apuraba una cerveza con el Alemán. Y el Alemán no cesaba de preguntarse como
podía ser Pascual tan pelotudo.
- Es que... -inició Chalo, consciente de que quien tiene la información
tiene el poder-. No es un fato meramente futbolístico, Alemán. Hubo un
quilombo de guita entre ellos.
El Alemán lo miró, curioso.
- Me contó Lito -siguió Chalo-. Una cuestión de un crédito. Parece que
Pascual salió de garantía.
- No -la respuesta del Alemán fue lo suficientemente breve y segura como
para cortar a Chalo- Eso fue después.
- Me lo contó Lito.
- Te lo contó Lito. Pero Lito solamente sabe esa parte porque el llegó al
equipo hace tres años recién. Eso fue después. Yo sé la justa, Chalo. El
quilombo fue de polleras. Lala, en la facultad, estuvo a punto de casarse
con una mina y el Pascual se la chorió.
- ¿En la facultad?
- Y el Pascual se la chorió.
- ¡Entonces se conocen de hace una punta de años!
- ¡Añares! Amigos de pendejos. Entonces Pascual se casó con esa mina, su
actual mujer para más datos, sin saber que la mina le había salido de
garantía al Lalita en un crédito para una moto.
- ¡Ah! ¡Y ese es el crédito famoso!
- Ese es el crédito famoso. Por supuesto, Lalita, en llamas porque el otro
le había choreado la mina, dejó de pagar el crédito, y el Pascual se tuvo
que poner rigurosamente hasta el último mango. Eso le hizo un buen buco al
Pascual.
- Mirá vos. Así había sido la cosa.
En el camino de vuelta hasta la casa, Chalo no dejó de pensar en las
mujeres, en el dinero, temas por siempre conflictivos que pueden llegar a
torpedear una amistad, en apariencia milenaria, como la de Pascual y el
Lalita. Y siguió cavilando sobre eso casi hasta el final de la segunda
rueda, máxime que se había hecho bastante compinche con el Pascual mismo,
hombre en el que había descubierto una afabilidad y un certero sentido del
humor tras la apariencia rústica y silenciosa del áspero cuevero. Y quiso el
destino ("empeñado en deshacer" diría el tango) que en la cuarta fecha del
torneo Consuelo, volvieran a encontrarse en el campo con Minerva. Y que
volvieran a enfrentarse sobre el campo de juego Pascual y Lalita, quienes,
para colmo, no faltaban nunca a sus compromisos futboleros. Como arrastrados
por un designio oriental y fatalista, los presentes asistieron puntualmente
a las consabidas trompadas, insultos y forcejeos que terminaron, esta vez,
con cinco hombres fuera de la cancha.
Suplente de un ocho nuevo que habían traído de "La Cortada", Chalo,
recostado sobre un césped que se hacía yuyo, miraba el despelote desde
bastante lejos, sin siquiera levantar la cabeza de la pelota que le servía
de almohada, propiedad del hijo más chico del Cabezón Miraglia.
- El asunto no es futbolístico, Cabezón -le confío, locuaz, al Cabezón
Miraglia, que todavía estaba rumiando su bronca por no haber entrado de
titular-. Hubo un problema de mujeres.
Miraglia no contestó. Siguió masticando chicle, mirando como el Pascual,
desaliñado, caminaba hacia afuera de la cancha y se tiraba unos veinte
metros más alla, en su ya remanido sendero hacia el exilio de la expulsión.
El Cabezón giró hacia Chalo, se acercó un poco más como para que el viento
que favorecía al equipo adversario no llevara sus palabras hacia Pascual y,
mientras pateaba prolijamente un hormiguero, le dijo al Chalo:
- Eso fue después, Chalo.
- ¿Como después?
- Lo de la mina fue después. La cosa fue política, más que nada...
Chalo frunció el entrecejo sin quitar sus manos entrelazadas de bajo la
nuca, sintiendo el roce auténtico y voluptuoso de la pelota a gajos
hexagonales. Le parecía mentira asistir a ese relato por capítulos
futbolísticos, fecha a fecha, expulsión tras expulsión, que lo iba ahondando
en la vida de dos sujetos conocidos casualmente en las canchas de fútbol,
abocados a la defensa de una divisa. El Cabezón se agachó para seguir
contando.
- En la secundaria, Pascual era dirigente estudiantil de izquierda. Estaba
en una de esas agrupaciones como el P.T.P., el R.T. nosecuanto, una de esas.
Te estoy hablando de los sesenta. Y el Lalita militaba con él. Y un día, yo
pienso que debe haber habido uno de esos clásicos celos por la dirigencia,
una cosa así, el Lalita se aparece en la escuela, ya estarían por sexto año,
con una foto del Pascual, de traje blanco, bailando en una fiesta del Jockey
Club.
- ¡No me jodás! -se asombró Chalo.
- ¡Te imaginás! -se rió el Cabezón-. En esa época, pasabas nomás frente
al Jockey Club y ya eras un conservador, un facho...
- ¡Claro! Estaba todo tan politizado...
- Y de traje blanco para colmo el Pascual. En una de esas fiestas a todo
culo que se daban ahí.
- Lo crucificaron.
- Lo hicieron mierda. Los compañeros de ruta no se lo perdonaron.
- El Pascual habrá dicho que el puesto que no se ocupa lo ocupa el enemigo
-volvió a reírse Chalo.
- No sé, no sé. Pero se le acabó la carrera política. Pasó de golpe a ser
un chancho burgués, un enemigo de la clase obrera.
Se quedaron un rato en silencio, mirando el partido. Tatino acababa de
perderse un gol increíble.
- Es por eso que, después... -retomó el Cabezón-. Pascual se empecinó en
afanarle la mina al Lalita. Porque creo yo que fue un capricho, nomás. En
venganza.
- Pero mirá vos -se quedó pensativo, Chalo, mirando al cielo. El Cabezón
había empezado a trotar porque Salvador le gritaba "Calentá, calentá!",
mientras se agarraba el rebelde aductor derecho que lo tenía loco desde
hacía mucho.
Fue Pascual quien le pidió a Chalo que lo alcanzara con el auto. Se había
puesto un viejo pantalón de salir sobre el pantaloncito de fútbol y después
se había vuelto a calzar pero sin atarse los trabajosos cordones, a los que
arrastró hasta que salieron del predio. "Un chico" comparó Chalo, mientras
desestimaba la idea de decirle que se atara los cordones porque se podía
cagar de un golpe. Y luego, ya en el auto, siguió dando vueltas a los
conceptos de dinero, mujeres y política, que entreveraban sus coordenadas y
llevaban a dos personas mayores, como Pascual y Lalita, a romperse
literalmente la crisma del mismo modo formal y caballeresco con que aquellos
románticos personajes cruzaban sus espadas en el relato de Conrad.
-... porque me han dicho que vos, con el Lalita, se conocen de hace mucho
-se animó a decirle, por fin, al Pascual, tras un largo silencio en el
auto, solo amenizado por el sobrio comentario radial de José Pipo Parattore
desde el estadio "Gabino Sosa" de Central Córdoba. El mismo Pascual le había
dado pie, tras quejarse de que le ardía una peladura en la rodilla y tambien
el piñón voleado que le había acertado Lalita en medio del despelote.
- Mucho. Demasiado -crispó una sonrisa, Pascual, tocándose una ceja-. Es
al pedo -concluyó, con esa críptica frase donde no se entendía bien si
encerraba un escepticismo existencial frente al misterio de la vida, o una
desalentada conclusión ante el inútil acopio de años de amistad, o de la
convicción del guerrero de cara a una lucha que adivina estéril e
inconducente.
- Pero... claro... -se animó Chalo, quizá ante la ambiguedad de la
afirmación de Pascual-. Me contaban que no es un asunto futbolero, ¿no? De
lo contrario, sería difícil de entender. Por más que uno entienda
perfectamente que te podes cagar a trompadas incluso jugando un cabeza en un
pasillo...
Pascual volvió a sonreir, o quizá fue solo la expulsión de un poco de aire
de sus pulmones.
- ¿Qué te contaron? -apuró.
Chalo esgrimió la mano derecha en el aire, como espantando una mosca, antes
de depositarla de nuevo sobre la palanca de cambios.
- El asunto de un crédito -intentó ser vago-. Un fato relacionado con la
política, algo así...
Omitió el detalle de la mujer, temiendo meterse en temas demasiado privados
o bien deschavar al ocasional informante. Pascual estiró otra sonrisa
apretada mientras se tocaba la nariz. Pareció que iba a sumirse en uno de
sus habituales silencios de cuevero. Pero la siguió.
- Te informaron mal -dijo.
- Bueno... te cuento...-mintió Chalo- que no fueron conversaciones
formales. Fueron, digamos, comentarios al pasar, opiniones...
- Ya sé, ya sé... Pero te informaron mal.
Ya habían llegado. Chalo puteó para sus adentros. Tal vez hubiese debido
retrasar la marcha, pero la maniobra dilatoria hubiera sido demasiado
ostensible. Pascual abrió la puerta de su lado, puso el bolso sobre sus
muslos y saco el pie derecho como para bajarse. "Me pierdo el final" pensó
Chalo.
Pascual se había tomado del borde del techo del auto con su mano diestra
para dar el envión de salida. Era muy grandote.
- ¿Sabés de cuando lo conozco yo al Lalita? -dijo, pese a todo-. ¿Sabés
de cuando lo conozco yo a ese hijo de puta? -Chalo lo miraba fijo-. De
cuando teníamos los dos cinco años y jugábamos en el baby del club
Fisherton.
- Mirá vos -dijo el Chalo.
- ¿Y sabés de donde arranca todo? ¿Sabés de donde arranca la bronca?
Chalo negó con la cabeza.
- De un día en que jugábamos contra El Torito y al Lalita le hacen un penal
y nos peleamos por patearlo. Mirá lo que te digo. Cinco años teníamos.
Pascual, ya incorporado, medio cuerpo metido dentro del auto, osciló los
cinco dedos de su mano derecha frente a los ojos de Chalo.
- ¿Qué? -amagó reirse Chalo-. ¿Lo quería patear él?
- ¡Tomá, patear él! -percutió el puño cerrado como un émbolo, Pascual-.
El penal se lo habían hecho a él, pero el que los pateaba siempre era yo.
Esa era la orden que yo tenía del director técnico. Pero él ya era un
pendejo caprichoso. Y nos cagamos a trompadas -Pascual se refregó la cara
con la palma de la mano, como con intención de desfigurarse-. ¡Cómo nos
cagamos a trompadas ese día, Dios querido! Y de ahí viene todo...
Se irguió por completo y cerró la puerta. Chalo se inclinó un poco para
verle la cara.
- ¿De ahí viene todo?
- De ahí. Lo demás llega por añadidura. Pero el quilombo empieza con aquel
penal.
Pascual dijo chau con la mano y se metió en su casa. Chalo puso primera y se
fue, pensando. La vida era mas simple de lo que uno suponía, al final de
cuentas.
Wilmar Everton Cardaña, número 5 de
Peñarol
Por Roberto Fontanarrosa
Porque yo lo conocí a Cardaña. Y porque lo conocí a Cardaña puedo afirmar
que mucho se equivocan aquellos que juzgaron o juzgan al áspero centrohalf
peñarolense a través de la imagen recogida en los campos de juego.
Yo se que es difícil imaginar, suponer, adivinar, una personalidad
tierna y sensible escondida tras la carnadura hosca y prepotente del capitán
de los aurinegros. Yo entiendo que no es sencillo intuir el gesto amable o
la frase cordial en un hombre que hizo del encontronazo cruel, la pierna
arriba o el gesto acerbo, una marca personal e indeleble a lo largo de su
prolongada campaña. A lo sumo, admito, era factible entrever en el la
grandeza, el coraje y una hombría de bien reconocida incluso por aquellos
que fueron sus victimas, encarnizados rivales o detractores.
Pero yo lo conocí a Cardaña y creo que fui uno de los pocos privilegiados
que pudo compartir su circulo áulico, cimentado en el respeto mutuo y los
afectossobreentendidos. Y fue ese respeto, ese sobreentendido. el que me
permitió ser testigo de un hecho, de una anécdota, que echa por tierra el
equivocado concepto de considerar a Wilmar Everton Cardaña como un mero
cacique huraño, un ríspido patrón de la media cancha, temido y evitado por
los rivales. Cuantas veces el insulto hiriente, el epíteto injusto, el
cántico soez, cayo desde la gradería rival sobre la humanidad generosa de mi
amigo!
Sin duda alguna, muchos de aquellos que ayer desgranaron los mas pesados e
injuriosos improperios contra Wilmar Everton Cardaña se sentirán incómodos o
arrepentidos al finalizar de leer esta nota que revela la otra cara del
ídolo deportivo. Cuanta nobleza habitaba el pecho inconmensurable de Wilmar!
Cuanto valor cívico podía esconderse bajo el glorioso numero cinco prendido
a la mirasol peñarolense, ya fuera sobre el césped del Estadio Centenario,
en cualquier campo de la vecina Buenos Aires, o en la grama misma de tantos
y tantos estadios brasileños donde los frágiles y siempre pusilánimes
morenos le temían como a una figura mitológica !
No por nada, mi amigo y colega Pablo Aladino Puseya, inolvidable periodista,
desaparecido ya, que supo firmar sus columnas en "El Tero Alerta" de Rocha
con el ingenioso seudónimo de "Banderín de Corner", bautizo a Cardaña como
"El Hombre". Así, a secas, con mayúsculas, porque supo advertir en Cardaña
al luchador indoblegable, al deportista cabal de vergüenza invicta, mas allá
de la circunstancial controversia sobre un puntapié a destiempo o una
fractura expuesta.
Tiempo después, algún pícaro modifico el apelativo para extenderlo a "El
Hombre de Roble", lo que, en si, parecía configurar un elogio a la increíble
solidez de sus piernas ligeramente chuecas, pero que en verdad escamoteaba
la verdadera intención del apodo, que aproximaba a Cardaña a la infame
condición de "tronco". Lo avieso de la maniobra lo certifica el hecho de que
esta deformación de su apodo fue adaptada velozmente por los seguidores de
Nacional. Y no quedo allí la cosa, porque después de aquel desgraciado
incidente con Fanego (el veloz punterito de Huracán Buceo que se destrozara
una clavícula contra el alambrado olímpico en un cruce fortuito con Cardaña)
parte de un periodismo no propiamente imparcial, paso a llamarlo "El Hombre
de Neanderthal".
Quisiera que esta anécdota, que puedo contar dado el particular contacto que
tuve con el caudillo indiscutible de Peñarol, eche algo de luz sobre la
"leyenda negra" que sobre el se derramara desaprensivamente. A mucho tiempo
de los hechos, pienso que el mismo Cardaña, refugiado hoy en la paz y el
reposo de su hogar en Treinta y Tres, me perdonara que refiera lo ocurrido
en circunstancias de aquella histórica final del 54, tema que el, por pudor
y humildad, jamás quiso develar.
Puede que el relato aporte también nuevas referencias a los amigos
tangueros, ya que lo sucedido en torno a esa final inolvidable fue
inmortalizado en un tango que, precisamente, lleva por nombre "La numero
cinco". La anécdota revelara que el titulo de la pieza se refiere a la
casquivana pelota de fútbol, y no al numero que lucia la camiseta de Wilmar
Everton Cardaña sobre sus dorsales, ni al que identificaba (este fue un
rumor poco serio y malintencionado) a una damisela aspirante al trono de
"Miss Paysandú" y por quien, dicen, suspiraba el inspirado compositor de
tangos.
Aquella mañana del 3 de noviembre de 1954 llegue al hotel Olinto Gallo,
donde se alojaba habitualmente el plantel de Peñarol, palpitando encontrarme
con un clima de nervios y tensión, acorde con la magnitud del gran
encontronazo final con el clásico enemigo de todos los tiempos: Nacional.
Había una efervescencia formidable en Montevideo y los tamborines de la
murga "Los que pelan la chaucha" no habían dejado de atronar el barrio de La
Tumba en toda la noche.
Sin embargo, me halle con un grupo de muchachos -jugadores, técnicos y
dirigentes- departiendo mansamente luego del desayuno, al parecer olvidados
de la proximidad de la justa. Pero esa primera impresión fue efímera. Algún
gesto falso, ciertas torpezas en los movimientos, un par de respuestas
destempladas o el rechinar penetrante de algunas dentaduras, denotaban el
crispamiento interior, el desgarro insoportable de la espera.
Pregunté por Cardaña y me contestaron que el recio capitán se había
retirado a su habitación luego de merendar. Subí a su pieza, con la
familiaridad que me confería su actitud amistosa hacia mí, y me invitó a
pasar con un gruñido. Wilmar Everton Cardaña era hombre de pocas palabras,
muy pocas, como todo hombre criado en el campo, entre vacas y animales poco
propensos al dialogo. Creo que hasta ese DIA -y ya llevábamos mas de dos
años de amistad-, solo le había contabilizado nueve palabras, monosilabitas
en su mayoría. Y vale la pena consignar que mas de la mitad de ellas las
había gastado en una sola frase, previa a otro partido importante, cuando
levantándose imprevistamente de una tertulia, anuncio: "Permiso, voy a ir al
baño".
Era así, directo, franco, hombre de llamar al pan, pan, y al vino, vino, y
no podían esperarse de él frases grandilocuentes o inflamados discursos. De
más esta decir que era la tortura de los periodistas radiales quienes, mas
de una vez, debieron quitarle los auriculares sin haber obtenido de el ni un
dato, ni un nombre, ni una fecha. Encontré a un Cardaña taciturno y
cariacontecido, cosa que atribuí a la responsabilidad del partido de la
tarde. En aquella época no habían proliferado las líneas de ropa deportivas;
por lo tanto, en las concentraciones, los playera usaban sus propios
atuendos a veces de gustos caprichosos o discutibles. Cardaña llevaba puesto
un saco marrón, colocado al revez, o sea, con la pechera sobre la espalda,lo que lo hacia parecer sujeto por un chaleco de fuerza.
-Es por el pecho- me dijo, señalándose el cuello. Yo sabia que sufría
de severas anginas de pecho. El cigarrillo -aquellos cigarritos negros
"Barbudas", de la época, que solía lucir detrás de la oreja durante los
partidos- le había instalado una tos seca en el pulmón derecho y una tos
convulsa en el izquierdo. Parecía mentira que un hombre que fumaba como el,
casi siete etiquetas por DIA, pudiese tener ese despliegue incesante y
depredador en el campo de juego.
Cuantos jugadores de hoy en DIA, con los tan mentados y publicitados
sistemas de entrenamiento, dietas especiales y cuidados dignos de una
odalisca quisieran poseer aquella inagotable capacidad física que acreditaba
Cardaña, aun considerando sus excesos y descuidos! Cuantos de los señoritos
de hoy en día, atentos siempre a sus peinados y manicuras, se hubieran
atrevido a mostrarse a la prensa en saco de calle vuelto del revés, camiseta
musculosa debajo y pantalón pijama, sin temor a ser el hazmerreír o al
escarnio!
En la misma habitación de Cardaña estaba Nelson Amadeus Farragudo, aquel
implacable marcador de punta, el del gol agónico al Wanderers en el 49, de
sombrero de fieltro sobre los ojos, tomando mate. Le decían "El Buitre"
Farragudo, no solo por la nauseabunda peladura de su cuello, sino porque,
cual la conocida ave carroñera, era quien caía sobre los restos de las
victimas de Cardaña, cuando este recibía a los delanteros rivales por el
medio de la cancha. Por la mustia actitud de Farragudo -mitigaba el sonido
del mate cubriéndose la cabeza con una toalla- comprendí que algo no andaba
bien en mi amigo, su compañero de pieza, el legendario centrohalf
peñarolense.
Por si no lo he dicho, Wilson Everton Cardaña tenia una cara de rasgos
grandes, muy marcados. Las cejas, negras y pobladas, se juntaban sobre el
puente de la nariz. Los ojos, sin ser bellos, eran saltones y parecían
querer fugarse por debajo de unos párpados gruesos, de piel porosa como la
de los citrus. La nariz era prominente, larga, carnosa, de aletas amplias.
La boca se abultaba bajo el bigote generoso y se alargaba hacia los
costados, pareciendo que las comisuras profundas podían alcanzar los peludos
lóbulos de las orejas, también enormes.
Entre estos lóbulos y la boca, sin embargo, se interponían dos hondonadas
como tajos, arrancando desde los pómulos protuberantes para bajar y
delimitar con claridad el mentón avanzado y desafiante. Daba la impresión de
que uno podía tomar esa porción inferior de la cara, por aquellos surcos que
partían de las mejillas, y quitarla de allí, como si fuese un aditamento
plástico removible. Había en ese rostro algo perturbador y obsceno pero, al
mismo tiempo, sobrecogedor. Era como contemplar un fiordo inmemorial, un
precipicio de roca desnuda, el magma primigenio. Era asomarse al inicio de
la naturaleza. Y ese rostro, aquel DIA, estaba transfigurado.
Consciente Cardaña de que yo había percibido ese clima extraño y
dislocado, fue hasta una cómoda y saco algo de uno de los cajones. Pronto se
me acerco con la facilidad que le daba nuestra confianza mutua, y me
extendio una hoja de papel azul.
-Es una carta- me aclaro.
Ley la carta y, en ella, con una letra despareja, salpicada de errores
ortográficos, decía: "Soy casi un niño y, desde hace mucho tiempo, me hallo
encerrado en una oscura sala del Hospital Muñoz. Padezco de un mal
reversible y, por eso mismo, no estaré el domingo en el estadio para alentar
al glorioso Peñarol. Si no es mucho pedir, me aria muy feliz tener en mis
manos la pelota con que se juegue el encuentro, firmada por todo el plantel
mirasol. Si es necesario pagar, adjúnteme la factura, que oblare gustoso con
dinero que he ahorrado privándome de la medicación. Suyo, José Petunio
Invenianto, cama 747."
Confieso que termine de leer aquella carta con los ojos nublados por el
llanto. Cuantos purretes de hoy en DIA, deslumbrados por el artificio de la
tecnología y la banalidad de la computación, serian capaces de solicitar a
su ídolo deportivo el humilde y significativo obsequio de una pelota?
Cuantos niños de la actualidad, engañados por la urgencia de una sociedad
que no sabe de la pausa para la charla amable o la reflexión, tendrían la
delicada paciencia de solicitar la pelota para "después" del partido y no
para "antes" del mismo, con todos los inconvenientes que esa voracidad
podría provocar en la popular justa?.
Pero mi sorpresa fue inmensa y total cuando alce los ojos. Allí, delante
mío, Wilson Everton Cardaña, "El Hombre", "El Capitán Invicto", "El Hacha"
Cardaña estaba llorando. Aquel que hiciera callar de un solo chistido a
150.000 brasileños aterrados en el estadio Pacaembu, cuando la final de la
Copa Roca! Aquel que se bajo los pantaloncitos y el calzoncillo punzo para
mostrar sus testículos velludos, uruguayos y celestes a la Reina Isabel en
el mismísimo estadio de Wembley! Aquel que ya a los ocho años quebrara en
tres partes el tabique nasal a su profesora de música en la escuelita
sanducense... estaba llorando! Esta cartita escrita sobre el burdo papel
azul por aquel botija preso en la fría sala del Hospital Muñoz había hecho
el milagro de ablandar el corazón, en apariencia fiero, del granítico
centrohalf de Peñarol y la selección uruguaya.
No abundare en detalles ni cederé a la tentación periodística de recordar
los avatares de aquel partido memorable que termino con el resultado por
todos conocido. Calle la historia por mi presenciada en la habitación de
Cardaña, por pudor y por prudencia, consciente de que no saldría de mis
labios ese relato, como así tampoco de los del "Buitre" Farragudo, austero
en su vocabulario como en su manejo del bacón.
El lunes, al DIA siguiente del encuentro, acudí al Hospital Marcelo
Muñoz, a ser testigo del final de la historia. Esperaba hallar allí tan solo
a Cardaña pero cuan grande seria mi sorpresa al ver a las puertas de
nosocomio el plantel integro de Peñarol, algunos aun con la camiseta puesta
bajo el saco, deseosos de cumplir con el pedido postal! Y lo increíble, lo
conmovedor, es que no se habían reunido allí por un acuerdo previo o
concertado.
Uno a uno, por su propia cuenta, con la misma coordinación que ponían en el
campo de juego para implementar la ley del off-side o presionar a un juez de
línea, habían llegado hasta el Muñoz para acompañar al capitán en la entrega
del preciado regalo! Cuanto planteles de la actualidad, ahítos de dinero y
fama fácil, serian capaces de repetir aquella escena, aquella convocatoria,
llevada a cabo por hombres simples y cabales, deportista que no conocían los
devaneos en torno a contratos fabulosos ni los desplantes exigentes por unas
cuantas monedas de oro, antes de comenzar algún encuentro?.
Y entonces fue el sinceramiento. Ante esa presencia masiva y espontánea,
frente a tanta humanidad enternecida, Wilson Everton Cardaña no aguantó mas
y lloró como una criatura. Lo seguí yo y luego el plantel. LLoramos
abrazados sin avergonzarnos de los facultativos que nos miraban con cierta
curiosidad o de los transeúntes que acertaban a pasar por el lugar. Algún
periodista, mal periodista, arriesgo luego la mezquina versión que el
plantel de Peñarol lloraba aun el lunes la ignominia de la abultada derrota,
soslayando el hecho irrefutable de que se trataba tan solo de un acto de
amor y desprendimiento. Cuantos periodistas de hoy en día, mercenarios que
ponen su pluma al servicio de quien mas paga, habrían hecho exactamente lo
mismo que aquel sicario de la prensa amarilla!.
Desahogados en parte, pero aun trémulos por lo tocante de la escena, pudimos
seguir rumbo a la sala 2, media hora mas tarde. Adelante, Cardaña, con la
numero cinco entre sus manos enormes. Atrás, yo y el plantel, encolumnados
en un remedo de la tantas veces repetida entrada a la cancha.
Y quiero ser cauteloso al narrar lo que sucedió después, ya que tuvo
ciertos rasgos sorpresivos e inesperados. Como así también advertir al
lector que mi fidelidad al relato me obliga al uso de palabras que no son de
mi predilección, a pesar de ser moneda corriente en la vía publica.
Fue casi simultaneo entrar en la sala 2 e individualizar al pequeño que
había solicitado el obsequio. Tendría doce, trece años y, cubierto por un
camisón blanco de tela basta, se hallaba de pie sobre su cama, expectante,
mirando hacia la puerta como si nos hubiese adivinado. Tal vez el revuelo de
enfermeras y doctores lo alerto, quizás la intuición infantil, o tal vez el
hecho de que, nosotros, nos acercábamos cruzando los largos y umbrosos
pasillos cantando la Marcha del Deporte. Pareció no dar crédito a lo que
veían sus ojos, las pupilas se le empañaron y comenzó a temblar como atacado
por la fiebre. Impresionado, Cardaña se acerco a el y le entrego la pelota
firmada por todos.
El pibe la miro, nos miro a nosotros, volvió a mirar la pelota, nos volvió a
mirar a nosotros y finalmente grito:
-Hijos de puta! Como pueden perder con esos chotos de Nacional?
Confieso que nos quedamos estupefactos, helados por lo sorpresivo de la
agresión.
-Como carajo puede ser que esos putos nos hagan cuatro goles?- siguió
gritando el imberbe, ya absolutamente desaforado, roja la cara, las venas
del cuello tensas, como a punto de estallar-. Hijos de mil putas! Troncos
de mierda! Metanse la pelota en el culo!.
Y, acto seguido, arrojo el bacón al rostro de Cardaña, estrellándolo
contra su nariz. Vi palidecer al capitán y temí lo peor.
-Vendidos!- seguía, para colmo, el botija- Se vendieron como unos
miserables! Cuanta guita les pusieron para ir para atrás, guachos de
mierda?
Vi a Cardaña dar un paso hacia el muchacho y supe que no podría
contenerlo.
-Cagones!-vocifero el chico, empinándose hasta caer, casi, de la
cama-. Maricones! Vayan a trabajar, ladrones!
Advertí, en el ultimo instante, el brillo asesino de tigre en los ojos
de Cardaña, el mismo que había apreciado tantas veces en las inmediaciones
del arrea, y supe que atacaba. Se lanzo con los dos pies hacia adelante en
la
temida "patada voladora" y alcanzo al muchacho en pleno tórax, de la misma
forma que puso fin a la carrera de Alberto Ignacio Murinigo, el prometedor
numero nueve del River Plate. Cayeron los dos del otro lado de la cama y,
sobre ellos, se abalanzo una docena de enfermeros que se habían acercado
atraídos por los gritos del botija.
Salimos destrozados del Muñoz. Los muchachos de Peñarol, heridos hasta
lo mas recóndito por la injusticia de los agravios recibidos. Yo, por lo
estremecedor de la escena presenciada.
Al día siguiente, un medico de guardia me informo que el chico tenia
cuatro costillas fisuradas, lo que obligaría a prolongar su interacción seis
meses mas. También me dijo que el botija padecía de una calvicie
irreversible, y que había solicitado permanecer internado a los efectos de
no concurrir a una escuela técnica que detestaba. Que era un buen chico, en
verdad muy hincha de Peñarol y que, meses atrás, se había hecho regalar un
planeador firmado por un diestro del volovelismo que había batido un record
sudamericano.
Muy pocos conocen esta anécdota, ya que una conjura de silencio se
cernió en torno a ella. Yo me abrigue en el secreto profesional para no
revelarla. El plantel de Peñarol callo el suceso por un natural prurito del
deportista derrotado y en cuanto al agresivo muchacho, tengo información de
que aun sigue en el mismo hospital, aunque ahora con el cargo de "jefe de
enfermeras". Wilmar Everton Cardaña siguió jugando, desparramando coraje y
sangre charrúa en cuanto campo de juego le toco en suerte asolar. Siguió
acrecentando su fama de guapeza y virilidad sin limites. Siguió mostrando,
en suma, una sola de sus dos caras o facetas: la del enérgico, pétreo y
filoso centrohalf de los de aquellos tiempos.
Apenas un puñado de sus mas íntimos guarda, como un tesoro, el secreto
de aquellas lagrimas que supo derramar ante el conmovedor y sencillo pedido
de un niño.
Publicado en Puro Fútbol, Ediciones La Flor
© Copyright 1999/2001 - Ediciones de la Flor S.R.L.
Fútbol y Ciencia
por Roberto Fontanarrosa
¡Hasta siempre, señor árbitro!
Los 73.000 espectadores que concurrieron el 15 de enero de 1988 al Duisburg
Stadium de Oberhausen no pudieron dejar de apreciar que entre los
protagonistas del espectáculo había significativas ausencias.
Y no se trataba, por cierto, de que el Ruhr 214 no alistara entre sus filas
a Hans "Caperucita" Gfrörer, o bien que entre los fervorosos "barqueros" del
Postfach no estuviese Fritz, "El talabartero" Kiepenheuer. Lisa y
llanamente, lo que brillaba por su ausencia aquella tarde en el Duisburg
Stadium era el público, dado que, la "Effektivaterien Ballönem Helveticen"
había anunciado el match como una prueba piloto de un nuevo sistema de
"referato a distancia". Efectivamente, a escasos cien metros del coqueto
estadio de Oberhausen, los concurrentes podían advertir una misteriosa
construcción de cemento, de forma tubular, que alcanzaba la respetable
altura de 75 metros.
Esta torre no representaba ventaja alguna, y más podía confundirse con un
monumento moderno, o con alguna reminiscencia emblemática de la
majestuosidad nazi que con lo que verdaderamente era: la central
computarizada de control desde donde se dirigía el encuentro. Los curiosos
asistentes al match tampoco podían adivinar que, bajo sus pies, una
intrincada maraña de cables, sensores electrónicos, filamento inalámbricos y
terminales computadorizadas, unían el estadio propiamente dicho con la torre
de referato.
Dentro de la torre, a una altura de 50 metros sobre el nivel del piso, se
encuentra la nave central, a la cual se accede mediante el servicio de tres
elevadores, uno para el árbitro y los restantes para ambos jueces de línea.
Quien entra allí, a ese vasto recinto privado de luz natural y arrullado por
el permanente murmullo de los acondicionadores de aire, podrá pensar que se
halla en alguna de las centrales de control de vuelo de la NASA, o bien que
ha caído en el vientre mismo del Nautilius, el legendario sumergible del
capitán Nemo.
Ciento veintisiete pantallas de televisión, prolijamente alineadas, emiten
su mensaje, desde las paredes levemente curvadas del salón. En frente de
ellas, en medio de ellas, tres hombres, tres profesionales del difícil arte
del referato futbolístico, recepcionan hasta el más mínimo detalle de cuanto
ocurre sobre el campo de juego. Allí, alejados de la gritería ensordecedora
de la turbamulta, ajenos a la indudable presión que configura el
hostigamiento de los partidarios, los colegiados pueden dirigir,
asépticamente, el encuentro.
El sistema, costoso hasta el momento, simplifica notablemente la tarea del
árbitro y ha reducido en forma sensible los disturbios en los campos de
juego. El juez, fría su mente, gozando del privilegio de beber su marca de
cerveza preferida en tanto vigila a los 22 jugadores, cuenta, entonces, con
la inestimable ayuda de mil ojos electrónicos, que complementan los suyos.
En cuanto detecta una infracción, oprime un botón y un silbato estridente se
escucha a unos cien metros más allá, en todo el estadio. Si la jugada no ha
sido clara o si la infracción es dudosa, el colegiado cuenta con otro
valioso recurso para calmar y convencer, en forma palmaria, al bando que se
considera perjudicado: con otro simple botón desplegará sobre las dos
inmensas pantallas electrónicas colocadas en ambas cabeceras del estadio, la
escena repetida, con detención de imagen y ampliación de los ángulos
necesarios para refrendar con sólidas razones la penalidad adoptada.
Cualquiera podría suponer que esa maniobra requeriría dos o tres minutos en
concretarse, con el consiguiente retraso y ruptura del ritmo del partido.
Pero no es así, ya que la memoria computarizada seleccionará entre los
centenares de enfoques de la misma acción, las cuatro o cinco que considera
más gráficas y contundentes, brindando al juez, en una fracción de segundo,
la posibilidad de poner frente al público las que juzgue más válidas. Todo
esto, sin que la máxima autoridad del match sufra el reproche de los
jugadores ni sus estentóreos reclamos.
Más simple aun, para le nuevo sistema de referato, es eliminar cuanta duda
pueda presentarse respecto de balones fuera de juego, balones ingresados o
no tras la línea de la portería o bien, incluso, ante la siempre
controvertida "Ley del Offside". Un sistema televisivo tipo "Fotochart"
turfístico, elimina cualquier clase de duda, ya que le ojo eléctrico que
patrulla la línea del último defensor captará, precisará y denunciará a
quien reciba el balón en posición prohibida.
En los casos de un discutido hand, por ejemplo, donde ni siquiera la visión
televisiva puede dictaminar en un ciento por ciento el contacto del balón
con la mano del defensor, también la insospechable computación vendrá en
auxilio del señor árbitro, puesto que las pantallas mostrarán la acción,
agregando un luminoso pespunte verde. Nilo de coordenadas y flechas
indicatorias que avalan la posibilidad o la imposibilidad, de que dicho
contacto haya tenido lugar.
De cualquier manera, el revolucionario sistema, llamado provisoriamente
A.U.P. (Arbipeissal Und Perspecktiven) admite también el encanto de la
controversia. Nadie puede negar el importante condimento que significa para
el partidario del fútbol la discusión en la oficina, durante toda la semana,
sobre si tal o cual fallo estuvo acertadamente tomado. Y no puede tampoco,
quitársele al aficionado común la posibilidad de exorcizar sus frustraciones
y represiones domésticas, denostando la figura del colegiado. Así ha sido
siempre y lo seguirá siendo, aunque en menor medida con el nuevo sistema,
que también deja, sabiamente, resquicios para la discusión.
En algunos casos, muy puntuales, el poder de decisión quedará en manos del
clásico y consabido criterio personal del árbitro. Allí, como siempre la
falibilidad humana seguirá alimentando el intercambio de opiniones. Se dará,
por ejemplo, con la inefable "Ley de la ventaja". No habrá computadora,
entonces, que ayude a dictaminar a su referí si tal o cual jugador cometió
una infracción adrede o sin quererlo, como tampoco contará el árbitro con
ayuda tecnológica para decidir si el delantero que se proyectaba solo hacia
el gol ha de caer definitivamente o podrá continuar con su carrera, luego
del golpe que intentara derribarlo.
La misma incógnita deberá enfrentar el colegiado cuando deba determinar, sin
respaldo científico alguno, cuándo una "mano" dentro del área, es
intencional o casual, ya que no hay todavía, por fortuna, computadora alguna
que esté conectada con el cerebro mismo de los futbolistas. Se podrán
repetir, entonces, protestas o abucheos del público, pero ya nunca de la
magnitud de la ocurrida en torno al recordado árbitro internacional belga,
Henri Degrelle*.
Justamente en virtud de este suceso, la FIFA aceleró los estudios y puesta
en práctica del sistema A.U.P. De todos modos, ese grado de controversia,
ese resquicio de humana posibilidad de error ha sido minuciosamente
estudiado por los sicólogos que trabajaron en el proyecto para no revestir
al más popular de los deportes de un halo tecnocrático que le reste
espontaneísmo y creatividad. Así será, entonces, que los seguidores
partidarios de los conjuntos podrán continuar exteriorizando sus quejas
comosiempre, como en todas las épocas, a pesar de que, también en ese orden,
se han detectado indicios inquietantes.
En efecto, desde el 17 de junio último, un adelanto significativo se puso de
manifiesto en el campo de la protesta partidaria, en ocasión de llevarse a
cabo el clásico encuentro entre el Benelux-Gotha de Mons y el Astipalaia de
Grecia. Tras un discutido fallo del colegiado sueco Gustavo Skelleftea, un
proyectil misilístico del tipo M-L7, versión soviética de segunda
generación, impactó y redujo a polvo la torre de control de referato. Se
piensa que el proyectil fue accionado por un fanático del Astipalaia,
mediante un propulsor personal, desde atrás del arco norte del estadio,
distante casi unos 250 metros de la sólida construcción tubular, aún hoy
hecha escombros. "Ellos también han progresado mucho", sólo atinó a decir
Gerd Walde, titular del Consejo Arbitral Germano y propulsor del sistema
A.U.P., a título de conformista comentario.
Publicado en el libro El mayor de mis defectos, Ediciones de la Flor,
Buenos Aires, 1990.
© Copyright 1999/2001 - Ediciones de la Flor S.R.L.
Violencia,
Boogey, y los 70
El mundo ha vivido equivocado
Por Roberto Fontanarrosa
Hay una pregunta que queda picando y viene por el lado de la reflexión
política. Tanto el Inodoro como el Boogey son personajes creados en los ‘70,
cuando la violencia insurreccional estalló en el país. Es sabido que un
artista no tiene por qué tener en claro todos los signos que pueden leerse
en su obra. Pero uno puede aventurar una hipótesis acerca de cómo ambas
tiras alquimizan la violencia de ese período. En esos años Inodoro no sólo
nace como una relectura de lo gauchesco sino de cierta expresión de lo
gauchesco en la historieta: desde Lindor Covas el cimarrón de Walter Ciocca
hasta El Huinca de Enrique Rapela, pasando por Patria Fuerte de Héctor
Oesterheld y Carlos Roume, en Inodoro se lee una parodia del género. Pero lo
que allí se representa es una versión pop de lo nac que adquiere potencia en
los discursos políticos de la época: la reivindicación de una rebelión que
los militantes jóvenes fijan en consignas como liberación nacional, patria
socialista.
Por su lado, Boogey desciende en línea recta de Harry el sucio, el policial
negro de Don Siegel que protagonizara Clint Eastwood. Boogey es un amante de
las armas. Sus citas de armas son meticulosas, decoleccionista. "El que me
informaba sobre armas era Crist, todo un documentado en el tema." Me
pregunto y le pregunto al Negro cuánto hay en estas dos historietas de una
discusión que en los ‘70 estaba siempre: la lucha armada. Al Negro no lo
sorprende esta reflexión. "Cuando con Divinsky preparábamos la reedición del
Inodoro, lo pensé. Y se lo dije. Notaba la carga de violencia que había en el
personaje. El Inodoro se retoba y se pelea con todos: desde la policía a la
Eulogia, con todo el mundo se pelea. Y en cuanto al Boogey, es cierto que hay
algo que ahí se evidencia. Cuántos de aquellos que militaron abrazando una
causa, más allá de la convicción, lo que les atraía era la pasión por las armas.
Fijate que la coestrella de Harry en el film es la Magnum 44. Entonces lo que
importa no es la causa. Lo que importa es el fierro."
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