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Eduardo Sacheri
nació en Buenos Aires en 1967, es profesor y licenciado en
Historia, y ejerce la docencia universitaria y secundaria. Comenzó a escribir
cuentos a mediados de la década del '90. Pertenece a ese extraño grupo de
escritores que son best seller pero que pocos conocen. Sus primeros relatos
futboleros encontraron una amplia audiencia gracias a la difusión que de ellos
hizo Alejandro Apo en su programa “Todo con afecto”, que se emite por Radio
Continental.
Desde entonces ha publicado "Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol", "Te
conozco, Mendizábal y otros cuentos" y "Lo raro empezó después, cuentos de
fútbol y otros relatos". Esperándolo a Tito fue también editado en España como
"Los traidores y otros cuentos".
Algunos de sus relatos han sido asimismo publicados en medios gráficos de
Argentina, Colombia y España, e incluidos por el Ministerio de Educación de la
Nación en sus campañas de estímulo de la lectura.
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Recientemente ha guionado su primer largometraje cinematográfico a partir de sus
cuentos "El golpe del Hormiga", "La promesa" y "Cerantes y la tentación".
Ha sido invitado a participar en varias oportunidades de las ferias del Libro de
Buenos Aires y Tandil. También fue invitado en dos oportunidades por la
Secretaría de Cultura de la provincia de Santa Cruz. Con frecuencia es invitado
por diversas instituciones y colegios a participar de mesas redondas y charlas.
Prólogo
a
"Esperándolo a Tito"
Por Alejandro Apo
"Me van a tener que disculpar" en la voz de Alejandro Apo |
La primera vez que Eduardo Sacheri me escribió a Todo con afecto,
me envió "modestamente" tres cuentos: "Me van a tener que disculpar", esa genial
justificación de Maradona en la que habla del jugador sin nombrarlo;
"Esperándolo a Tito" y "De chilena".
Por aquellos días, fines de 1996, yo cumplía a rajatabla con el precepto de leer
los cuentos al aire sin haberlo hecho antes. Al leer "Me van a tener que
disculpar", de inmediato me identifiqué con la voz del autor, con la historia
que contaba y con sus pasiones, que eran las mías. Lo mismo sintieron los
oyentes, porque comenzaron a comunicarse desde todos los rincones del pais
preguntándome dínde estaba incluído el relato o como lo podían conseguir.
La lectura de "Esperándolo a Tito", una magnífica idealización de la amistad,
generó las mismas reacciones entusiastas que el anterior. Mientras que con "De
chilena" me pasó lo que nunca me había sucedido frente a un micrófono: en medio
de la lectura me quebré y la emoción me pudo sin que hubiera modo de
disimularlo.
Al tiempo, y en mérito a sus virtudes, ascendí a Sacheri a la primera. Esto es:
a la apertura del programa, un espacio que considero de privilegio y en el cual
sus relatos se alternan con los de un equipo de notables integrado por Osvaldo
Soriano, Julio Cortazar, Mario Benedetti, Jorge Luis Borges y Roberto
Fontanarrosa, entre otros elegidos.
De chilena
Por Eduardo Sacheri
Ayer a Anita se la llevaron un rato largo a firmar un montón de papeles. Al
volver, ella dijo que no había entendido muy bien, porque eran muchos
formularios distintos, con letra chica y apretada. Supongo que me habrá mirado
varias veces, buscando un gesto que le calmara las angustias. Pero yo estaba de
un ánimo tan sombrío, tan espantado por el olor a catástrofe en ciernes, que
evité con cierto éxito el cruce inquisitivo de sus ojos.
Los doctores dicen que, prácticamente, no hay manera casi de que salgas de ésta.
Y lo dicen muy serios, muy calmos, muy convencidos. Con la parsimonia y la
lejanía de quienes están habituados a transmitir pésimas noticias. El más claro,
el más sincero, como siempre, fue Rivas, cuando salió a la tarde tempranito de
revisarte. Cerró la puerta despacio para no hacer ruido, y le dijo a Anita que
lo acompañara a la sala del fondo y la tomó del brazo con ese aire grave, casi
de pésame anticipado. Yo me levanté de un brinco y me fui con ellos, pobre
Anita, para que no estuviera sola al escuchar lo que el otro iba a decirle.
Rivas estuvo bien, justo es decirlo. Nos hizo sentar, nos sirvió té, nos explicó
sin prisa, y hasta nos hizo un dibujito en un recetario. Anita lo toleró como si
estuviera forjada en hierro. Y te digo la verdad, si yo no me quebré fue por
ella. Yo pensaba ¿cómo me voy a poner a llorar si esta piba se lo está bancando
a pie firme? Cuando Rivas terminó, supongo que algo intimidado ante la propia
desolación que había desnudado, Anita, muy seria y casi tranquila (aunque me
tenía aferrado el brazo con una mano que parecía una garra, de tan apretada), le
pidió que le especificara bien cuáles eran las posibilidades. El médico, que
garabateaba el dibujo que había estado haciendo, y que había hablado mirando el
escritorio, levantó la cabeza y la miró bien fijo, a través de sus lentes
chiquitos. «Es casi imposible». Así nomás se lo dijo. Sin atenuantes y sin
preámbulos. Anita le dio las gracias, le estrechó la mano y salió casi
corriendo. Ahora quería estar sola, encerrarse en el baño de mujeres a llorar un
rato a gritos, pobrecita. Yo estaba como si me hubiera atropellado un tren de
carga. Me dolía todo el cuerpo, y tenía un nudo bestial en la garganta. Pero
como Anita se había portado tan bien, me sentí obligado a guardar compostura. Le
di las gracias por las explicaciones, y también por no habernos mentido
inútilmente. Ahí él se aflojó un poco. Hizo una mueca parecida a una sonrisa y
me dijo que lo sentía mucho, que iba a hacer todo lo posible, que él mismo iba a
conducir la operación, pero que para ser sincero la veía muy fulera. A la tarde
la familia en pleno ganó tu habitación v desplegó un aquelarre lastimoso. Todos
daban vueltas por la pieza, casi negándose a irse, como si quedándose pudieran
torcer al destino y enderezarte la suerte. Vos seguías en tu sopor distante, en
esa modorra quieta que te había ido ganando con el transcurso de los días. Ni
siquiera comer querías. Dormías casi todo el día. Con Anita apenas cruzabas dos
palabras. Y a mí te me quedabas mirando fijo, como sabiendo, como esperando que
yo me aflojara y terminara por desembuchar todo lo que me dijo Rivas y que a vos
te conté nomás por arriba para que no te asustases. Cuando me clavabas los ojos
yo miraba para otro lado, o salía disparado con la excusa de irme a fumar al
baño del corredor. Y encima ese cónclave familiar que armamos sin proponérnoslo,
pero que tampoco fuimos capaces de ahorrarte. Ayer estaban todos: papá, Mirta,
José, el Cholo, y hasta la madre de Anita que no tuvo mejor idea que traer a los
chicos para que te saludaran. Menos mal que a Diego y a su mujer los atajé a
tiempo saliendo del ascensor y los despaché de vuelta. Venían con cara de
pánico, como queriendo rajar en seguida. Así que les di las gracias por pasar y
les evité el mal trago.
Después llegó la hora macabra del atardecer. No hay peor hora en un hospital que
ésa. La luz mortecina estallando en el vidrio esmerilado. El olor a comida de
hospicio colándose bajo las puertas. Los tacos de las mujeres alejándose por el
corredor. La ciudad calmándose de a poco, ladrando más bajo, con menos
estridencia, dejando a los enfermos sin siquiera la estúpida compañía de su
bullicio.
Para entonces, la pieza era un velorio. Faltaba sólo la luz de un par de cirios,
y el olor marchito de las flores tristes. Pero sobraban caras largas, susurros
culposos, miradas compasivas hacia tu lecho. Justo ahí fue cuando abriste los
ojos. Yo pensé que era una desgracia. Anita trataba de convencerlo a papá de que
se volviera a Quilmes, y él porfiaba que de ninguna manera. Mirta hojeaba una
revista con cara de boba. José te miraba con expresión de «que en paz
descanses». Era cosa de que si hasta ese momento no te habías dado cuenta, de
ahora en adelante no te quedase la menor duda de lo que estaba pasando. Y vos
miraste para todos lados, levantando la cabeza y tensando para eso los músculos
del cuello. Se ve que te costaba, pero te demoraste un buen rato en vernos a
todos, y al final me miraste a mí y yo no sabía qué hacer con todo eso. Yo temía
que me dijeras vení para acá y contámelo todo, pero en cambio me dijiste dame
una mano para levantar un poco el respaldo. Y mientras yo le daba a la manija a
los pies de la cama de hierro, vos le ordenaste a Mirta que encendiera la luz,
que no se veía un pepino. Con la luz prendida todos se quedaron quietos, como
descubiertos en medio de un acto vergonzoso y hasta imperdonable, como incómodos
en la ruptura de ese ensayo general de velorio inminente.
Y para colmo, como para ponerlos aún más en evidencia, como para que nadie se
confundiera antes de tiempo, empezaste a dar órdenes casi gritando,estirando el
brazo con el suero que bailaba con cada uno de tus ademanes, que vos papá te vas
a casa, que vos José te la llevás a Mirta que para leer revistas bastante tiene
en su propio living, que ya mismo alguien se ocupa de darle de cenar a Anita o
se va a caer redonda en cualquier momento, y que se dejan de joder y me vacían
la pieza. Tu voz tronó con tal autoridad que, en una fila sumisa y monocorde,
fueron saliendo todos. Y cuando yo me disponía a seguirlos sin mirar atrás, me
frenaste en seco con un «vos te quedás acá y cerrás la puerta». Como un chico
que trata de pensar rápido una disculpa verosímil, gané el tiempo que pude
moviendo el picaporte con cuidado, corriendo las cortinas para acabar de una vez
por todas con la luz moribunda de las siete, pateando y volviendo a su lugar la
chata guarecida bajo la cama. Pero al final no tuve más remedio que sentarme al
lado tuyo, y encontrarme con tus ojos preguntándome.
Te lo conté todo. Primero traté de ser suave. Pero después supongo que me fui
aflojando, como si necesitara hablar con alguien sin eufemismos tontos, sin
buscar y rebuscar atenuantes tranquilizadores, sin inventar al voleo ejemplos
creíbles de sanaciones milagrosas. Te relaté cada uno de los diagnósticos
sucesivos, el inútil anecdotario del periplo de locos de los últimos dos meses,
el puntilloso pésame velado de los especialistas.Vos te tomaste tu tiempo.
Llorabas mientras yo seguía el monótono detalle de nuestra pesadilla. Llorabas
con lágrimas gruesas, escasas, de esas que a veces sueltan los hombres. Después,
cuando por fin me callé, cerraste los ojos y estuviste un largo rato respirando
muy hondo. Yo empecé a levantarme de a Poquito, casi sin ruido, como para
dejarte descansar, queriendo convencerme de que te habías dormido.
Y ahí pasó. Te incorporaste en la cama con tal violencia que casi me tumbás de
nuevo á la silla del susto. Me agarraste casi por el cuello, haciendo un guiñapo
con mi camisa y mi corbata, y miraste al fondo de mis ojos, corno buscando que
lo que ibas á decirme me quedara absolutamente claro. Tu cara se había
transformado. Era una máscara iracunda, orgullosa, llena de broncas y rencores.
Y tan viva que daba miedo. Ya no quedaban en tu piel rastros de las lágrimas.
Sólo tenías lugar para la furia. En ese momento me acordé. Te juro que hacía
veinte años por lo menos que aquello ni se me pasaba por la cabeza. Parece
mentirá cómo uno, á veces, no se olvida de las cosas que se olvida. Porque
cuándo me miraste así, y me agarraste la ropa y me la estrujaste y me sacudiste,
el dique del tiempo se me hizo trizas, y el recuerdo de esa tarde de leyenda me
ahogó de repente. Ahora, en el hospital, no dijiste nada. Como si fuesen
suficientes las chispas que salían de tus ojos, y el rojo furioso de tu
expresión crispada. Aquella vez, la primera, cuando me agarraste, también era
casi de noche. Y también yo estaba cagado de miedo. Me habías mirado fijo y me
habías gritado: «Todavía no perdimos, entendés. Vos atajálo y dejáme á mí».
Jugábamos de visitantes, contra el Estudiantil, en cancha de ellos. La pica con
el Estudiantil era uno de esos nudos de la historia que, para cuándo uno nace,
ya están anudados. Lo único que le cabe al recién venido al mundo, si nació en
el barrio, es tomar partido. Con el Estudiantil o con el Belgrano. Sin medias
tintas. Sin chance alguna de escapar á la disyuntiva. De ahí para adelante, el
destino está sellado. La línea divisoria no puede ser traspuesta.
Ambos clubes jugaban en la misma Liga, y los dos cruces que se producían cada
año solían tener derivaciones tumultuosas. Para colmo, ese año era más especial
que nunca. Nosotros, en un derrotero inusitado para nuestras campañas
ordinarias, estábamos á un punto del campeonato. Quiso el destino que nos tocara
el Estudiantil en la última fecha. Con cualquier otro equipo la cosa hubiese
sido sencilla. Nos bastaba un simple empate, y ningún osado delantero contrario
iba á estar dispuesto á amargarnos la fiesta a cambio de una fractura inopinada,
y menos con el verano por delante y el calor que dan los yesos desde el tobillo
hasta la ingle. Pero con el Estudiantil la cosa era distinta.
Entre argentinos hay una sola cosa más dulce que el placer propio: la desgracia
ajena. Dispuestos á cumplir con ese anhelo folklórico, ellos se habían preparado
para el partido con un fervor sorprendente, que nada tenía que ver con el magro
décimo puesto en la tabla con el que despedían la temporada.
Lo malo era que lo nuestro, en el Belgrano, era por cierto limitado: dos wines
rápidos, un mediocampo ponedor, y dos backs instintivamente sanguinarios,
capaces de partir por la mitad hasta á su propia madre, en el caso de que ella
tuviera la mala idea de encarar para el área con pelota dominada. Para colmo, de
árbitro lo mandaron al negro Pérez, un cabo de la Federal que partía de la base
de que todos éramos delincuentes salvo demostración irrefutable de lo contrario.
Un árbitro tan mal predispuesto á dejar pasar una pierna fuerte era lo peor que
podía sucedernos. Igual nos juramentamos vencer o vencer. También nosotros
éramos argentinos: y darles la vuelta olímpica en las narices, y en cancha de
ellos, iba a ser por completo inolvidable.
El partido salió caldeado. Nos quedamos sin uno de los backs a los quince del
primer tiempo, y si tengo que ser sincero, Pérez estuvo blando. A los diez
minutos el tipo ya había hecho méritos suficientes como para ir preso. Pero su
sacrificio no fue en vano: a los delanteros de ellos les habrán dolido esos
quince minutos, porque después entraron poco, y prefirieron probar desde lejos.
Las gradas eran un polvorín, y había como doscientos voluntarios listos para
encender la mecha. La cancha tenía una sola tribuna, en uno de los laterales,
que estaba copada por la gente de ellos. Los nuestros se apiñaban en el resto
del perímetro, bien pegados al alambrado. Encima el gordo Nápoli, que tenía al
pibe jugando de ocho en nuestro cuadro, les sacaba fotos a los del Estudiantil
y, aprovechando los pozos de silencio, para que lo oyeran con claridad, les
gritaba las gracias porque las fotos le servían para el insectario que estaba
armando.
El partido fue pasando como si los segundos fueran de plomo. Yo me daba vuelta
cada medio minuto y preguntaba cuánto faltaba. Don Alberto estaba pegado al
alambre, y me gritaba que me dejara de joder y mirara el partido o me iba a
comer un gol pavote. Pero yo no preguntaba por idiota. Preguntaba porque sentía
algo raro en el aire, como si algo malo estuviese por pasar y yo no supiera cómo
cuernos evitarlo. Cuando terminaba el primer tiempo, mis dudas se disiparon
abruptamente: el nueve de ellos me la colgó en un ángulo desde afuera del área.
Sacamos del medio y Pérez nos mandó al vestuario. La hinchada del Estudiantil
era una fiesta, y yo tenía unas ganas de llorar que me moría.
Ahora me acuerdo como si fuera hoy. Vos jugabas de cinco, y eras de lo mejorcito
que teníamos. Pero en todo el primer tiempo la habías visto pasar como si fueras
imbécil. Las pocas pelotas que habías conseguido, o te habían rebotado o se las
habías dado a los contrarios. Chiche no lo podía creer, y te gritaba como loco
para hacerte reaccionar. Trataba de que te calentaras con él, aunque fuera, como
cuando jugábamos en la calle. Pero vos seguías ahí, mirando para todos lados con
cara de estúpido. Siempre parado en el lugar equivocado, tirando pases
espantosos, cortando el juego con fules innecesarios.
En el entretiempo el gordo Nápoli guardó la cámara y nos improvisó una charla
técnica de emergencia. La verdad es que habló bastante bien. Con su tradicional
estilo ampuloso, y sin demorarse en falsas ternuras, nos recordó lo que ya
sabíamos: si perdíamos el partido, y Estudiantil nos sonaba el campeonato, que
ni aportáramos por el barrio porque seríamos repudiados con justa razón por las
fuerzas vivas de nuestra comunidad belgraniana. Vos seguías ahí, sentado en un
banco de listones grises, con las piernas estiradas y la cabeza baja. Cuando nos
llamaron para el segundo tiempo, tuve que ir a buscarte porque ni aún entonces
te incorporaste. No sé si fue el miedo o una inspiración mística y repentina,
pero de pronto me vi casi llorándote y pidiéndote que me dieras una mano, que no
arrugaras, que te necesitaba porque si no íbamos al muere. Se ve que te
impresioné con tanta charla y tanto brote emotivo (yo que siempre fui tan
tímido), porque después te levantaste y me dijiste solamente vamos, pero tu tono
ya era el tuyo.
El segundo tiempo fue otra historia. Ese se me pasó volando. Parece mentira como
corre la vida cuando vas perdiendo. Yo ya no preguntaba la hora. Don Alberto nos
gritaba que le metiéramos pata, que faltaba poco. Y a vos se te había acomodado
la croqueta. Todas las que te rebotaban en el primer tiempo, ahora las amansabas
y las distribuías con criterio. En lugar de regalar pelotas ponías pases
profundos, bien medidos. Pero no alcanzaba. Pegamos dos tiros en los palos, y el
pibe de Nápoli se comió dos mano a mano con el arquero (que encima andaba
inspirado). Y para colmo, a los treinta minutos a mí me empezó de nuevo la
sensación de catástrofe inminente.
No andaba mal encaminado. Jugados al empate como estábamos, nos agarraron mal
parados de contraataque: se vinieron tres de ellos contra el back sobreviviente
(Montanaro se llamaba) y yo. La trajo el nueve y cerca del área la abrió a la
izquierda para el once. Montanaro se fue con él y lo atoró unos segundos, pero
el otro logró sacar el centro que le cayó a los pies de nuevo al nueve, y yo no
tuve más remedio que salir a achicarle. Parece mentira cómo a veces el hombre
sucumbe a su propia pequeñez: si el tipo la toca a la derecha para el siete, es
gol seguro. Pero la carne es débil: los gritos de la hinchada, el arco enorme de
grande, el sueño de ser él quien nos enterrase definitivamente en el oprobio.
Mejor amagar, quebrar la cintura, eludir al arquero, estar a punto de pasar a la
inmortalidad con un gol definitivo, y recibir una patada asesina en el tobillo
izquierdo que lo tumbó como un hachazo.
Pérez cobró de inmediato. El petiso seguía aullando de dolor en el piso, pobre.
Pero no me echaron. Tal vez fuese el propio ambiente el que me puso a salvo. En
efecto, se respiraba una ominosa atmósfera de asunto concluido. Ellos se
abrazaban por adelantado. Su hinchada enfervorizada se regodeaba en el sueño
hecho realidad. El gordo Nápoli lloraba aferrado a los alambres. Don Alberto
insultaba entre dientes. La verdad es que en ese momento, si me hubiesen
ofrecido irme, hubiese agarrado viaje. Intuía ya el grito feroz que iban a
proferir cuando convirtieran el penal. Ya me veía tirado en el piso, con esos
mugrientos saltando y abrazándose alrededor mío, pateando una vez y otra la
pelota contra la red. Me volví a buscar la cara de Don Alberto en medio de los
rostros entristecidos.
«Faltan tres», me dijo cuando nuestros ojos por fin se encontraron. Y era como
una sentencia inquebrantable. Ahí bajé definitivamente los brazos. Un dos a cero
es definitivo cuando faltan tres minutos y uno es visitante. De local vaya y
pase, aunque tampoco. ¿Cómo dar vuelta semejante cosa?
Me fui a parar a la línea como quien se dirige al cadalso. Lo único que quería
ahora era que pasara pronto. Sacarme de una vez por todas a esos energúmenos
borrachos en la arrogancia de la victoria.
Y entonces caíste vos. Nunca supe qué habías estado haciendo todo ese tiempo. O
tal vez fueron sólo segundos, que a mí me parecieron siglos. Pero lo cier to es
que cuando levanté la cabeza te tenía adelante. Me agarraste el cuello del buzo
y me lo retorciste. Me zarandeaste de lo lindo, mientras me gritabas:
«¡Reaccioná, carajo, reaccioná!». Tu cara metía miedo. Era una mezcla explosiva
de bronca y de rencor y de determinación y de certeza. La misma que pusiste ayer
en la cama, y que me hizo acordar de todo esto. Me miraste al fondo de los ojos,
como para que no me distrajera en el batifondo de los gritos y los cohetes y los
consejos de tiráte para acá, arquero, tiráte para el otro lado, pibe. Cuando te
aseguraste de que te estaba mirando y escuchando, y teniéndome bien agarrado del
cuello me dijiste: «Atajálo, Manuel. Atajálo por lo que más quieras. Si vos lo
atajás yo te juro que lo empato. Prometéme que lo atajás, hermanito. Yo te juro
que lo empato».
Me encontré diciéndote que sí, que te quedaras tranquilo. Y no por llevarte la
corriente, nada de eso. Era como si tu voz hubiese llevado algo adherido, como
un perfume a cosa verdadera que apaciguaba al destino y era capaz de
enderezarlo. De ahí en más ya fui yo mismo.
Cumplí todos los ritos que debe cumplir un arquero en esos casos límite. Iba a
patearlo Genaro, el dos de ellos, un tano bruto y macizo que sacaba unos
chumbazos impresionantes. Me acerqué a acomodarle la pelota, arguyendo que
estaba adelantada. La giré un par de veces y la deposité con gesto casi
delicado, en el mismo lugar de donde la había levantado. Pero a Genaro le dejé
la inquietante sensación de habérsela engualichado o algo por el estilo. Volvió
a adelantarse y a acomodarla a su antojo. De nuevo dejé mi lugar en la línea del
arco y repetí el procedimiento. Pero esta vez, y asegurándome de estar de
espaldas al árbitro, lo enriquecí con un escupitajo bien cargado, que deposité
veloz sobre uno de los gajos negros del balón. Genaro, francamente ofuscado,
volvió hasta la pelota, la restregó contra el pasto, y me denunció reiteradas
veces al juez Pérez. Sabiéndome al límite de la tolerancia, e intuyendo que el
tipo ya iba incubando ganas de asesinarme, volví a acercarme con ademanes
grandilocuentes. Invoqué a viva voz mis derechos cercenados, y mientras le
tocaba de nuevo la pelota le dije a Genaro, lo suficientemente bajo como para
que sólo él me escuchara, que después de errar el penal mi hermano iba a
empatarle el partido, que se iba a tener que mudar a La Quiaca de la vergüenza,
pero que en agradecimiento yo le prometía que iba a dejar de afilar con su
novia. Genaro optó por putearme a los alaridos, como era esperable de cualquier
varón honesto y bien nacido. Pérez lo reprendió severamente, y a mí me mandó a
la línea del arco con un gesto que va no admitía dilaciones.En ese momento
empezó a rodar el milagro. Me jugué apenas a la izquierda, pero me quedé bien
erguido: Genaro le pegaba muy fuerte pero sin inclinar se, y la pelota solía
salir más bien alta. Le dio con furia, con ganas de aplastarme, de humillarme
hasta el fondo de mi alma irredenta. Tuve un instante de pánico cuando sentí la
pelota en la punta de mis guantes: era tal la violencia que traía que no iba a
poder evitar que me venciera las manos. De hecho así fue, pero había conseguido
cambiarle la trayectoria: después de torcerme las muñecas la pelota se estrelló
en el travesaño y picó hacia afuera, a unos veinte centímetros de la línea. Me
incorporé justo a tiempo para atraparla, y para que los noventa y cinco kilos de
Genaro me aplastaran los huesos, la cabeza, las articulaciones. Pérez cobró el
tiro libre y me gritó: «Juegue».
No me detuve a escuchar los gritos de alegría de los nuestros. Me incorporé como
pude y te busqué desesperado. Estabas en el medio campo, totalmente libre de
marca: ellos volvían desconcertados, como no pudiendo creer que tuvieran todavía
que aplazar el grito del triunfo. Te la tiré bastante mal por cierto; pero como
andabas inspirado la dominaste con dos movimientos. Levantaste la cabeza y se la
tiraste al pibe de Nápoli que corrió como una flecha por la izquierda. Sacó un
centro hermoso, bien llovido al área, pero alguno de ellos consiguió revolearla
al córner.
Era la última. Pérez ya miraba de reojo su muñeca, con ganas de terminarlo.
Fuimos todos a buscar el centro. Lo mío era un acto simbólico. Si me hubiese
caído a mí hubiera sido incapaz de cabecear con puntería. Al arco me defendía,
pero afuera era una tabla con patas. El centro lo tiró de nuevo Nápoli, pero
esta vez le salió más pasado y más abierto, y bajó casi en el vértice del área.
Vos estabas de espaldas al arco. El sol ya se había ido, y no se veía bien ni la
cancha ni la pelota. Mientras estuvo alta, donde el aire todavía era más claro,
la vi pasar encima mío sin esperanza. Cuando te llegó a vos, supongo que debía
ser poco más que una sombra sibilante.
Parece mentira cómo todos estos años lo tuve olvidado, porque mientras avanzo en
el recuerdo los detalles se me agolpan con una vigencia pasmosa. Por que fue
justo ahí, mientras yo pensaba sonamos, pasó de largo, ahora la revienta alguno
de ellos y Pérez lo termina, fue ahí que el milagro concluyó su ciclo
legendario. La camiseta con el cinco en la espalda, las piernas volando
acompasadas, la izquierda en alto, después la derecha, la chilena lanzada en el
vacío, y la sombra blanquecina cambiando el rumbo, torciendo la historia para
siempre, viajando y silbando en una parábola misteriosa, sobrevolando cabezas
incrédulas, sorteando con lo justo el manotazo de un arquero horrorizado en la
certidumbre de que la bola lo sobraba, de que caía para siempre contra una red
vencida por el resto de la eternidad, de que era uno a uno y a cobrar. Y nada
más en el recuerdo, porque ya con eso era demasiado, apenas un vestigio de
energía para salir corriendo, para treparse al alambrado, para tirarse al piso a
llorar de la alegría, para encontrarme con vos en un abrazo mudo y sollozante,
para que el gordo Nápoli resucitara la cámara y las fotos para el insectario, y
los gestos obscenos, y el grito multiplicado en cien gargantas, y el tumulto
feliz en el mediocampo, y la vuelta olímpica lejos del lateral para librarnos de
los gargajos.
Ayer a la nochecita, con esa cara de loco y ese puño arrugándome la ropa, me
hiciste retroceder veinte años, a cuando vos tenías quince y yo dieciséis, a tu
fe ciega y al exacto punto de tu chilena legendaria, heroica, repentina, capaz
de torcer los rumbos sellados del destino. Ni vos ni yo tuvimos, ayer, ganas de
hablar de aquello. Pero yo sabía que vos sabías que arribos estábamos pensando
en lo mismo, recordando lo mismo, confiando en lo mismo. Y nos pusimos a llorar
abrazados como dos minas. Y moqueamos un buen rato, hasta que me empujaste y te
dejaste caer en la cama, y me dijiste dejáme solo, andá con los demás que van a
preocuparse. Y yo te hice caso, porque en la penumbra de la pieza te vi los
ojos, llenos de bronca y de rencor, llenos de una furia ciega. Y me quedé
tranquilo.
La noche me la pasé en la capilla de la clínica, rezando y cabeceando de sueño
pero sin darme por vencido. Recién cuando te llevaron al quirófano me fui hasta
la cafetería a tomar un café con leche con medialunas. Me la llevé a Anita, que
estaba hecha un trapo, pobrecita. Lógicamente no le dije nada de lo de anoche,
porque pensé que con el batuque que debía tener ahora en el balero me iba a
sacar rajando si empezaba a desempolvar historias antiguas. A los demás tampoco
les dije nada. Los dejé que volvieran con su velorio portátil, esta vez
improvisado en la sala de espera del quirófano, a dejar pasar las horas, a
consolarla a Anita y a los chicos, a murmurar ensayos de resignación y de
entereza.
Ni siquiera dije nada cuando salió Rivas hecho una tromba, cuando la agarró a
Anita del brazo y ella lo escuchó llorando pero maravillada, agradecida, in
crédula, ni cuando él habló y gesticuló y dejó que se le desordenara el pelo
engominado, ni cuando la voz entró a correr entre los presentes, ni cuando
empezaron a oírse exclamaciones contenidas y risitas tímidas buscando otras
risas cómplices para animarse a tronar en carcajadas y gritos de júbilo, ni
cuando Anita me lo trajo a Rivas para que lo oyera de sus labios.
Ahí tampoco dije nada, aunque lloré de lo lindo. Yo lloraba de emoción, es
claro. Pero no de sorpresa. No con la sorpresa todavía descreída, todavía tensa
ydesconfiada de José, de Mirta, de los chicos, de la propia Anita. Yo también,
en su lugar, hubiese estado sorprendido. Para ellos este milagro es el primero.
Al fin y al cabo, ellos no vivieron aquel partido de epopeya. Y no le dieron la
vuelta olímpica al Estudiantil en cancha de ellos, con el gol tuyo de chilena.
Me van a tener
que disculpar
Por Eduardo Sacheri
Para Diego
Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona
de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos,
adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos.
Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su
conducta, y la de sus semejantes, con la misma e idéntica vara. No puede hacer
excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia
crítica, su criterio legítimo.
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus
amigos por el sólo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que
uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la
idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta.
Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido,
tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la
lógica.
Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y
ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la
disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo
no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero
que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene
una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más
profana. Les voy adelantendo que el tipo es un deportista. Imagínense, señores.
Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y
sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando
una pelota. Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más
reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas
disculpándome.
No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi
actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al
resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado
de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien
escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo,
señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante
él, y lo dispensa.
No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más
profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo
disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de
pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle.
Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier
eventual reproche.
Él no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima
es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora
los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.
Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me
presenta a menudo. Es que hablar de él, entre argentinos, es casi uno de
nuestros deportes nacionales. Para enzalzarlo hasta la estratósfera, o para
condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos, los argentinos gustamos, al
parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme
serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando
me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno
en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en
el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios
superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además,
con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de
los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos
bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los
muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que
cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que
pienso, y digo alguna sandez al estilo de «y, no sé, habría que pensarlo»; o tal
vez arriesgo un «vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta». Es
que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y
soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis
argumentos y mis justificaciones.
Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí,
como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a
veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper
los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el
tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto
justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las infinitas
traiciones tan propias de nosotros los mortales.
Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto
como lo hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances, esas
barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la cual
mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de
adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y
con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto
a ese día, al día inolvidable en que me vi obligado a sellar este pacto que,
hasta hoy, he mantenido en secreto. Un pacto que puede conducirme (lo sé), a que
alguien me acuse de patriotero. Y aunque yo sea de aquellos a quienes desagrada
la mezcla de la nación con el deporte, en este caso acepto todos los riesgos y
las potenciales sanciones.
Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar
cristalino del cual no debió moverse, porque era el exacto sitio en que merecía
detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí. Porque
la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes
después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo
ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de
lo cual nunca vamos a lograr desprendernos.
Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en
apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de
tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del
planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no
es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha
frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que
no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más
terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de
acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio,
porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la
cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a
desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son
ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa,
más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos
en silencio «te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a
nosotros».
Así que están ahí los tipos. Los once nuestros y los once de ellos. Es fútbol,
pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para
que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.
Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de
tragedia, va este tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros.
Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba.
Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese afano por el
otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque
aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs,
queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo
salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca
el medio.
Hasta ahí, eso solo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo
al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te
regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde
acá diga bueno, es suficiente, me doy por hecho, hay más. Porque el tipo además
de piola es un artista. Es mucho más que los otros.
Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que
está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La
lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y
los va liquidando uno por uno, moviéndoseal calor de una música que ellos,
pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero sí sienten un vago
escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante.
Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que
allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la
mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando
que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido
de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced,
que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por
afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y que las cosas
sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la
vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder
pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la
pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una
fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo
bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia
como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones
de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para
siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el
tipo va a abrazarse con todos y a levantar los ojos al cielo. Y no sé si él lo
sabe, pero hace tan bien en mirar al cielo.
Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era
demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos
para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para
siempre, en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta
el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando
tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose
definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y
eterna e inolvidable.
Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara
con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos
dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en
paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir
transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima
de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo
para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria.
Los traidores
Por Eduardo Sacheri
Que nadie se haga cargo de esta historia, ni de sus
apellidos ni de sus equipos.
Lo único cierto es Ella.
¿Qué decís, pibe? Llegaste temprano. Vení, acomodáte. «¡Hey, jefe: Dos cafés!»
Dejáte de jorobar, pibe, yo invito. El sábado pasado convidaste vos. ¿Y qué
tiene que ver que hoy sea el clásico? El café sale lo mismo. Van uno a cero.
Mirálo bien al petisito que juega de nueve. Lo vi en el entrenamiento del
jueves, no sabés cómo la lleva. Se mezcló bárbaro con la Primera. Lo acaban de
traer. De Merlo, creo. Una maravilla. Aparte ahora que nos cagó Zabala nos hacen
falta delanteros. Es una fija, pibe. La única que nos queda es sacar pibes de
abajo. Y sacarlos como si fueran chorizos, ¿eh? Si no, te pasa como con Zabala.
El club se rompe el alma para retenerlo cuatro, cinco años, y a la primera de
cambio cuando le ofrecen dos mangos se te pianta a cualquier lado y te desarma
el plantel. Sí, seguro. Si no les importa nada. ¿La camiseta? No pibe, ésa te
calienta a vos o a mí, pero ¿a éstos? ¿No fue el imbécil éste y firmó para
Chicago? Ya sé que es un traidor, pero fijáte lo que le importa.
Se muda al Centro y listo. si te he visto no me acuerdo. Igual no te preocupés.
Hoy no la va a tocar. A ese matungo no le da el cuero para amargarnos la vida.
Ya sé que con Chicago la cosa se puede poner fulera. Clásicos son clásicos. Pero
quedáte tranquilo. Es un amargo y no se va a destapar ahora.
Si vos hubieras vivido en la época de Gatorra sí que te hubieses chupado un
veneno de aquéllos. Vos no habías nacido, ¿no? Si fue hace una pila de años...
¿Y cómo sabés tanto del asunto? Ah, tu viejo estuvo en la cancha. Bueno,
entonces no tengo que recordarte mucho. Fue algo como lo de Zabala pero peor.
Porque Gatorra era nuestro, pero nuestro, nuestro. Desde purrete había jugado
con los colores gloriosos. Pero resulta que en el pináculo de su carrera, cuando
nos dejó a tres puntos del ascenso en una campaña de novela, va y firma con
Chicago.
Fue el acabose, pibe, el acabose. No lo lincharon porque en esa época la gente
se tomaba las cosas con más calma. Porque en Chicago la siguió rompiendo. Y para
peor, en el primer clásico en el que jugó contra nosotros, con ese harapo
bicolor puesto en el lugar donde hasta entonces había estado «la gloriosa», nos
metió tres goles y nos los gritó como un loco. Así, pibe, sin ponerse colorado.
Lo putearon de lo lindo, pero el resentido parece que cuanto más lo insultaban
más se enchufaba. Escucháme un poco: el tercer gol lo metió de taco, con las
manos en la cintura, sonriendo para el lado en que estaba la hinchada del Gallo.
Ni te imaginás, pibe.
Así que tu viejo lo vio, fijáte un poco. Si hubieses estado, nene. No sabés lo
que fue aquello. Pero 10 mejor, lo mejor...
¿Te cuento una historia rara? ¿Seguro? Tiempo tenemos: van cinco minutos del
segundo tiempo. Falta como una hora para que empiece. Bueno, entonces te cuento:
¿qué me decís si te digo que ese partido de los tres goles de Gatorra con la
camiseta de Chicago yo lo vi en medio de la tribuna de ellos, rodeado por esos
ignorantes que gritaban como enajenados? ¿Qué me dirías si te digo que los dos
primeros goles hasta tuve que alzar los brazos y sonreír como si estuviera
chocho de la vida?
¿Sabés qué pasa, pibe? La verdad es que Gatorra no era el único traidor de
aquella tarde: yo también estaba del lado equivocado. Sí, flaco, como te cuento.
Y todo, ¿sabés por qué?: por una mina. Todo por una mina, ¿te das cuenta? No, ya
sé que no entendés ni jota. No te apurés. Dejáme que te explique.
A veces la vida es así, pibe, te pone en lugares extraños. La cosa vino más o
menos de este modo: un año antes más o menos de ese partido de la traición de
Gatorra, les ganamos en Mataderos, encima con un gol de él, fijáte un poco. A la
salida me desencontré con los muchachos de la barra, así que entré a caminar por
ahí, cerca de la cancha, pero me desorienté feo. Muy tranquilo no andaba, qué
querés que te diga. Ya era de tardecita, y terminar a oscuras rodeado de gente
de Chicago no me hacía ninguna gracia, sabés. Pero en una de ésas doy vuelta una
esquina y la veo. No te das una idea, pibe. Era la piba más linda que había
visto en mi vida. Llevaba un trajecito sastre color grisesito. Y zapatitos
negros. Mirá si me habrá impactado: jamás de los jamases me fijaba en la pilcha
de las minas. Y de ésta al segundo de verla ya le tenía hasta la cantidad de
botones del chaleco. Era menudita pero, ¡qué cinturita, mama mía, y qué piernas!
Bueno, pibe, no te quiero poner nervioso. Y cuando le vi la cara... ¡Qué ojos,
Dios Santo! No sabés los ojos que tenía. Cuando me miró yo sentí que me acababa
de perforar los míos, y que el cerebro me chorreaba por la nuca. Qué cosa, la
pucha. Estaba apoyada contra un auto, con un par de fulanos a cada lado. Dudé un
momento. Si me paraba ahí y la seguía mirando capaz que esos tipos me terminaban
surtiendo. Pero, ¿si me iba? ¿Cómo iba a verla de nuevo?
No tenía ni idea de dónde cuernos estaba. Era entonces o nunca. Así que enfilé
para donde estaban. Sí, como lo oís. Mirá que me he acordado veces, pibe.
¿Cómo me animé a encarar hacia el grupito ése, de nochecita, en Mataderos,
después de llenarles la canasta? Y fue por amor, pibe. No hay otra explicación
posible ¿Qué vas a hacerle?
Cuando me acerqué medio que entre dos de los fulanos me salieron al paso. Ahí un
poco me quedé: los medí y me avivé de que me llevaban como una cabeza.
Atorado, voy y les pregunto para dónde queda Avenida de los Corrales. Apenas
hablé me quise morir. Ahí nomás se iban a apiolar: ¿qué hacía un tarado
caminando solo por Mataderos el sábado a la nochecita, preguntando por Avenida
de los Corrales, si no era un hincha de Morón que venía de llenarles la canasta
y no tenía ni idea de dónde estaba parado? Tranquilo, Nicanor, me dije.
Capaz que estos tipos ni bola con el fútbol. Pero la esperanza me duró poco. Uno
de los tipos me encara y me pregunta de mal modo: «¿Vos no serás uno de esos
negros de Morón, no?». Yo me quedé helado. Iba a empezar a tartamudear una
excusa cuando la oí a ella: «Alberto, cuidá tus modales, querés». Dijo cinco
palabras, pibe. Cinco. Pero bastó para que yo supiera que tenía la voz más dulce
del planeta Tierra. Casi me la quedo mirando de nuevo como un bobo, pero el
instinto de conservación pudo más y me encaré con el tal Alberto. Yo sé que
ahora te lo cuento, cuarenta años después, y parece imperdonable. Pero ubicáte
en el momento. La piba ésta. Yo con el amor quemándome las tripas. Y esos cuatro
camorreros listos para llenarme la cara de dedos. La boca puede caminarte más
rápido que la mente, sabés: «¿Qué decís? ¿De Morón? Ni loco, enteráte». Y volví
a mirarla. A esa altura ya me quería casar, sabés. Así que no se me movió un
pelo cuando seguí: «De Chicago hasta la muerte».
Los tipos sonrieron, y a mí me pareció que ella se aflojaba en una expresión
tierna. El único que siguió mirándome con dudas fue el tal Alberto: «Y decíme,
si sos de Chicago, ¿cómo cuernos no sabés dónde queda la Avenida de los
Corrales?». Era vivo, el muy turro. Los demás me clavaron los ojos,
repentinamente apiolados del dilema. Pero yo andaba inspirado. Y la miraba de
vez en cuando a la piba y el verso me salía como de una fuente: «Resulta... me
hice el que dudaba si exponer semejante confidencia, resulta que es la primera
vez que puedo venir a la cancha». Los tipos me miraron extrañados. Yo ya andaba
por los treinta, así que no se entendía mucho semejante retraso. «Yo vivo en
Morón seguí, es cierto, pero...los tipos me clavaban los ojos, pero volví a
caminar recién hace cuatro meses».
Te la hago corta, pibe. Arranqué para donde pude, y lo que se me ocurrió fue
eso. Supongo que fue por los nervios. Pero no vayas a creer. Después fui
hilvanando una mentira con otra, y terminó tan linda que hasta yo terminé
emocionado. Les dije que de chiquito me había dado la polio y había quedado
paralítico. Y que por eso nunca había podido ir a la cancha. Agregué que me hice
fanático de Chicago por un amigo que me visitaba y que después murió en la
guerra (no se en qué carajo de guerra, dicho sea de paso, pero les dije que en
la guerra). Y que me había enterado de que en Estados Unidos había un doctor que
hacía una operación milagrosa para casos como el mío. Y que había vendido todo
lo que tenía para pagarme el tratamiento. Terminé diciendo que había sido todo
un éxito. Que había vuelto hacía dos semanas, después de la rehabilitación, y
que apenas había podido me había lanzado a Mataderos a ver al Chicago de mis
amores. Tan poseído del papel estaba que cuando conté mi tristeza por los dos
goles recibidos en la tarde se me quebró la voz y se me humedecieron los ojos.
Cuando terminé los cuatro energúmenos me rodeaban y el tal Alberto me apoyaba
una mano en el hombro.
«Me llamo Mercedes, encantada.» Me alargó la diestra, y mientras se la
estrechaba pensé que cuando llegara a casa me iba a cortar la mano y la iba a
poner de recuerdo sobre la repisa. Tenía la piel suave, y me dejó en los dedos
un aroma de flores que me duró hasta la mañana siguiente. Después se presentaron
los tipos. Tres eran hermanos de ella, «gracias a Dios», pensé. Y el coso ése,
Alberto, era un amigo. «Me cacho en diez, será posible, el muy maldito», me
lamenté.
Estaban en la vereda de la casa de ella. Y acababan de volver del partido. El
corazón me dio un vuelco cuando me enteré de que el papá de ella era miembro de
la comisión directiva, y que el más grande de los hermanos era vocal de la
asamblea. No sólo eran de Chicago: ya era una cosa como Romeo y Julieta, ¿viste?
Resulta que iban todos los sábados a ver a Chicago, pero Mercedes iba sólo
cuando jugaban de locales. Y al palco, junto con el padre. Los hermanos y el
otro tarado iban a la popular, con algunos amigos. Se ofrecieron a llevarme a
casa.
Traté de disuadirlos, diciéndoles que en Morón tal vez no fueran bien recibidos,
pero insistieron. «Tendrás que descansar», decían.
Yo fui rezando todo el viaje para no cruzarme con ninguno de los vagos de mis
amigos. Llegué sano y salvo. Tuve el cuidado de cojear levemente al bajar
delante del portón de casa. Los saludé efusivamente. Ellos se dijeron algo
mientras yo me alejaba. «¡Nicanor!», me llamó el hermano grande. «¿Querés venir
el sábado con nosotros?» Mi alma estaba vendida definitivamente al diablo. Me di
vuelta. Y algo vi en los ojos de ella que me decidió. «Seguro contesté. Pero no
se molesten hasta acá. Los veo en la sede.» Los miré alejarse creyendo entender
a San Pedro cuando escuchó cantar al gallo el Viernes Santo.
Cuando entré a casa la encaré a mi vieja y le di rápido el resumen de mi nueva
vida. Pobre viejita, no entendía nada. Cuando le dije que me habían traído unos
hinchas de Chicago rajó para la heladera para prepararme unos paños fríos.
«Vos te insolaste», diagnosticó. Pero la seguí hasta la cocina y con paciencia
le expliqué varias veces el asunto. «¿Tan rica es esa chica, Nicanor?», me
preguntó. «No me pregunte, mamita». contesté turbado. Se ve que entendió, porque
nunca más me dijo nada.
Con los muchachos la cosa iba a ser distinta. ¿Cómo explicarles semejante
agachada? No me animé a hablar. Tuve que apilar una mentira sobre la otra, y
sobre la otra, y así hasta formar una torre interminable. En el barrio dije que
me había salido un laburito de contabilidad en una empresa de colectivos, los
sábados. Y los muchachos, lógicamente, se quejaron. Decían: «¿Para qué lo querés
Nicanor? Si con el sueldo del banco para vos y tu vieja te alcanza y te sobra».
Y yo que «no, sabés que pasa, que quiero ahorrar unos manguitos», y toda esa
sanata. La vieja resultó de fierro. Tan entregado me veía a mí que hasta
colaboró con alguna mentirita menor para darme más coartada. Cuando salía a
hacer las compras comentaba que el pobre Nicanor estaba deslomándose con dos
trabajos, para comprarle los remedios para el asma. «¿Y desde cuándo tiene asma,
Doña Rita?» «Es `asma muda', por eso», contestaba. Pobre viejita, se ve que en
la familia nunca fuimos demasiado brillantes para el verso.
El asunto es que en ese año emprendí una doble vida de Padre y Señor nuestro.
Durante la semana hacía mi vida normal: después del banco pasaba por la sede del
Deportivo a tomar una copita y jugar naipes con los muchachos. Cara de póker,
como si nada. Una vez sola estuve a punto de pisar el palito. Se habían trenzado
en una discusión de las habituales, pero ese día se les había dado por lucirse
citando equipos en cuya formación se repitieran ciertos nombres de pila.
No sé, Carlos, Artemio, el que fuera. Y voy yo como un pelotudo y digo que en la
primera de Chicago juegan cuatro tipos que se llaman Roberto. Me miraron como si
fuera un extraterrestre. Salí del paso levantando el dedo y con voz solemne: «Y,
viejo, conoce a tu enemigo» o alguna imbecilidad por el estilo.
Pero transpiré la gota gorda. ¿Qué querés? Pasaba lo evidente. Todos los sábados
a ver a Chicago. Chicago para acá, Chicago para allá, como si fuese el hincha
más fiel del planeta. Ya me conocía hasta las mañas del aguatero suplente. Pero
¿cómo no iba a ir? Si a la vuelta los hermanos me insistían para que me quedara
a un vermouth en casa de Mercedes. Por supuesto me los tenía que bancar al viejo
y a los hermanitos, pero también estaba ella, que se prendía a las
conversaciones futboleras con elegancia pero sin remilgos.
Todo tenía sus ventajas: si perdía Chicago yo disfrutaba como un príncipe
heredero las caras de culo de mis acompañantes, mientras fingía certeras pala
bras de consuelo y pronosticaba futuras abundancias. Si ganaban, la algarabía
del papá solía redundar en una invitación para comer afuera, todos juntos,
Merceditas incluida. Así que no podía quejarme. Es cierto que la conciencia a
veces me remordía mientras saboreaba la picada con el Gancia rodeado de mis
enemigos de sangre. Pero de inmediato se acercaba Mercedes, precedida por su
sonrisa de arco iris y su mirada de incendio; Mercedes rodeada por su fragancia
de mujer inolvidable, ofreciéndome la última aceituna antes de que se la
deglutieran aquellos mastodontes, y la sensación de culpa se disolvía en una
egoísta gratitud a Dios y a la creación en general.
Pero lo bueno dura poco, pibe. Ese es el asunto. Ya iba para un año de mi
traición inconfesa cuando se me vino encima el choque del siglo. Morón versus
Chicago, con el malparido de Gatorra estrenando los trapos verdinegros luego de
venderse a Lucifer por unos pocos pesos. Yo ya tenía decidido enfermarme de algo
incurable ese fin de semana y ver el clásico desde la tribuna correcta de la
vida. Ya había anunciado en la sede del Deportivo que en la empresa de
colectivos había pedido un adelanto de vacaciones para disfrutar de esa tarde
impostergable, en la cual con justa razón los simpatizantes del Gallo harían
naufragar al «vendido en un océano de insultos que perseguiría su memoria por el
resto de la eternidad. Los muchachos habían recibido mi anuncio con alborozo. En
el campamento enemigo abrí el paraguas aludiendo a cierta enfermedad incurable
de una cierta tía mía residente en Formosa (que súbitamente se agravaría y me
llamaría a su lado para no despedirse del mundo en soledad).
El problema surgió el martes anterior al partido. Debo confesar que para ese
entonces yo asistía los martes a la nochecita á un vermouth en la sede de
Mataderos. No me mirés así, pibe. Yo estaba compenetrado de mi papel, y Mercedes
me tenía totalmente enajenado. Pero los cuatro brutos ésos me la marcaban de
cerca. De alguna manera tenía que verla entre semana, aunque fuera de pasadita.
Además, estaba ese fulano Alberto, el «amigo», que no la dejaba ni a sol ni a
sombra. En verdad, nunca los había visto en actitud de noviecitos. Nada que ver.
Pero el tipo se la comía con los ojos. Y al viejo de ella lo seguía como un
perro, el muy guacho. Le chupaba las medias que daba asco: le llevaba los
papeles, le hacía de chofer, le tenía la puerta vaivén de la sede.
Lástima que yo siempre fui tan bueno. Porque si no, en algún amontonamiento en
la popular lo empujo y termina veinte escalones más abajo con cuarenta huesos
rotos, viste. Pero siempre fui un romántico bobalicón, qué le vas a hacer.
Pero ese martes anterior al clásico se me vino el mundo abajo. El muy imbécil va
y anuncia en la mesa de café que el viejo de Merceditas lo ha autorizado a
llevarla al cine el sábado a la noche, como festejo especial del previsible
triunfo de Chicago en el clásico vespertino. Los hermanos de Mercedes lo
palmearon complacidos; y yo tuve que fingir algo parecido a una sonrisa
aprobatoria.
Ahora no tenía salida. O lo mataba el sábado en la cancha o el tipo me ganaba
definitivamente de mano. Justo ahora, que Mercedes prolongaba las miradas que
cruzábamos furtivas en el vermouth de la nochecita, y me buscaba tema de
conversación cuando nos encontrábamos a la salida del palco y caminábamos todos
juntos hasta el auto. ¿O era una impresión mía, inducida por el embotamiento del
amor que le tenía? El hecho, pibe, es que tuve que dar media vuelta en el aire y
cambiar de planes.
A los muchachos les dije que en la empresa de colectivos me habían denegado el
permiso, bajo amenaza de echarme. Ellos ofrecieron quemar la terminal con mis
jefes adentro, pero los disuadí entre sonrisas, convenciéndolos de que no era
para tanto. A los hermanos de Mercedes les dije que mi tía la que se estaba
muriendo en Formosa se había curado de repente.
Celebraron y brindaron a mi salud y a la de mi tía. Al único que se lo vio medio
arisco fue al tal Alberto, como si sospechara algo turbio, o como si lo hubiese
desilusionado mi permanencia en Buenos Aires. Por supuesto que verlo así me
llenó de alegría.
Con todas esas complicaciones de última hora no tuve tiempo de detenerme a
pensar seriamente en las dificultades de presenciar ese clásico histórico en la
tribuna visitante. ¿Entendés, chiquilín? Primera dificultad: que me reconociera
la gente del Gallo. Solución: anteojos negros, cuatro días sin afeitarme y un
amplio sombrero para protegerme del sol. Segundo problema: llegar en medio de
los visitantes y ser reconocido pese a mis camuflajes. Solución: entrar a
primera hora, solo, y esperar en las gradas la llegada de la tribu de
Merceditas, bien escondido en el extremo de la popular opuesto a la zona de
plateas.
Quedaba un tercer problema, pero éste no tenía solución posible: soportar
noventa minutos en nuestra cancha en silencio, o moviendo los labios acompañando
a los energúmenos éstos, mientras del otro lado del césped los nuestros
descargaban su justo rosario contra esos malparidos y sobre todo contra Gatorra,
su más pérfida y reciente adquisición. Y mientras tanto rezar, rezar para que
nadie se diera cuenta de la impostura, para que Gatorra estuviese en una mala
tarde, para que ganáramos el clásico, para que la derrota le torciese el humor
al padre de Mercedes y cancelara la salida al cine de la noche en el auto del
tarado de Alberto. Demasiados pedidos para un solo Dios en un solo rezo. Pero,
¿qué iba a hacer, pibe?
Cumplí mi plan a la perfección. Llegué a la una en punto, recién abiertas las
puertas. Completé mi atuendo con un piloto verde y amplio que había sido de mi
difunto tío. No sabés la facha, pibe: sombrero ancho, anteojos negros, capote
militar y barba de varios días. Cuando me vio salir de casa a la viejita casi le
da un soponcio. Tuve que sacarme todo de raje para mostrarle y convencerla de
que no era una aparición de San La Muerte.
¿Qué te contaba, pibe? Ah, sí. Que llegué temprano y me acomodé bien arriba en
las gradas a esperar. Cuando fueron llegando los de Chicago no hablaban de otra
cosa: jorobaban con cuántos goles nos iba a meter Gatorra, practicaban los
cantitos alusivos, hacían gestos, no sabés, pibe. Una tortura. A eso de las dos
cayeron los hermanos de Mercedes. Tuve que hacerles señas mientras me acercaba a
ellos para que me reconocieran. Aduje una extraña reacción cutánea que me
obligaba a protegerme del sol. «¿Qué sol, si en cualquier momento llueve?» No
podía faltar el inoportuno de Alberto para buscarle la quinta pata al gato.
«Secuela de la operación, por la anestesia, sabés. Los otros lo codearon,
enternecidos por mi sufrimiento, y lo obligaron a callar.
Cuando faltaban quince minutos, en la tribuna visitante no cabía un alfiler. La
verdad, ellos habían traído a todo el mundo. Y a la luz de cómo fueron los
hechos hicieron bien, ¿no? Imagináte pibe: ser testigo de una goleada bárbara
con tres tantos de un tipo que traicionó a tus enemigos y ahora juega para vos.
¿No parece un cuento de hadas, pibe?
A Merceditas la ubiqué enseguida gracias al enorme paraguas negro que el viejo
de ella abrió cuando empezó a chispear, faltando cuatro minutos. Levanté un
brazo a modo de saludo, y ella me contestó con una sonrisa que me levantó la
temperatura debajo del capote verde. ¿Cómo hizo para ubicarme con semejante
indumentaria? En ese momento me dije que era el amor el que la guiaba con sus
dictados. No pongás esa cara, pibe, ya sé que uno es cursi cuando habla de amor,
pero qué querés. Si la hubieses visto como yo la vi. Nunca más volví a ver a una
mina tan linda como estaba Merceditas esa tarde. Llevaba un vestidito verde con
cartera y zapatitos negros (y qué querés, si la pobre no conoció otro cuadro)
que le quedaba que ni pintado. Y el pelo recogido en un rodete. Y los labios
rojos. Me hubiese quedado mirándola el resto de la tarde. Bah, el resto de la
vida.
Pero cuando salieron a la cancha los ojos se me fueron a Gatorra. El muy guacho
iba bien erguido, encabezando la fila. Recibía los insultos casi con gra cia,
con elegancia. Cuando enfiló para el medio miró hacia la hinchada visitante que
se vino abajo. En esa época los equipos no solían saludar desde el medio, pero
el soberbio éste se tomó el tiempo de alzar los brazos en dirección a las vías
del Sarmiento, para que a sus espaldas un rumor de rabia se alzara como un
incendio desde la barra enfurecida. Yo rezaba debajo de mi disfraz para que lo
partieran a la primera de cambio. Pero se ve que Dios andaba en otra cosa.
Porque este malnacido, este traidor imperdonable, eludió a cuatro tipos y la
tocó suavecita a la salida del arquero. Alrededor mío los fulanos se subían unos
a otros, lloraban, gritaban como energúmenos, levantaban los brazos gesticulando
obscenidades. Sintiéndome Judas tuve que alzar los brazos, para no botonearme
tanto. En cuanto pude miré para el palco y la vi a Mercedes aplaudiendo con la
carterita colgada del antebrazo izquierdo y sonriendo hacia donde yo estaba; y
solté dos lagrimones de dolor que me corrieron bajo los lentes oscuros. La
impotencia, ¿sabés?.
Veinte minutos más y ¡zas! Córner y un cabezazo del cornudo de Gatorra. Dos a
cero y de nuevo el delirio. Ahí yo empecé a pensar que en realidad todo era un
castigo por mi traición; y que la culpa de esa humillación colectiva la tenía
yo, el Judas moderno del fútbol argentino. Decí que cuando terminó el primer
tiempo y todos los tipos se apuraron a apoyar el trasero en algún huequito libre
de los escalones, yo me hice el otario y me quedé parado. Me pasé los quince
minutos hablando por gestos con Merceditas, a través de la distancia. Ya sé,
flaco: alrededor mío tenía cinco mil tipos convencidos de que yo era un
pelotudo. Pero qué querés, si era un primor la piba. Aparte, de vez en cuando,
lo relojeaba de costadito al tal Alberto y estaba hecho una furia, no sabés.
En el segundo tiempo nos pegaron un peludo inolvidable, pero estaba por terminar
y no nos habían vacunado de nuevo. Yo miraba el reloj cada veinticinco segundos,
desesperado porque terminara de una vez por todas el suplicio chino. «Quedáte
tranquilo, Nicanor, que están muertos», me tranquilizaban los hermanos. «Ya sé,
ya sé», contestaba yo, en una mueca semisonriente, y con ganas de
descuartizarlos con una sierra de calar. Yo los veía a los nuestros, al otro
lado del océano verde, y el pecho se me hinchaba de orgullo. Seguían cantando e
insultándolo a Gatorra en cuatro idiomas, indiferentes a las burlas y al
oprobio. ¡Qué no hubiera dado por estar entonces del otro lado! Pero de
inmediato giraba hacia mi derecha y la veía a ella, tomadita del brazo del
viejo, indefensa, pura, increíblemente hermosa, y me decidía a tolerar unos
minutos más.
Pero lo que pasó entonces fue demasiado. Faltaban cinco. Se escapa Gatorra y
enfrenta al arquero. Le amaga y lo pasa. Se detiene. La hinchada visitante grita
enloquecida. El arquero vuelve sobre sus pasos. El Traidor, con la sangre fría
de un cirujano, vuelve a enganchar y el guardameta pasa como una tromba para el
otro lado. A mi alrededor deliran. Pero falta. Porque el inmundo ése se da
vuelta con las manos en jarra, observa parsimoniosamente a la heroica hinchada
del Gallo, y le da a la bola un tacazo disciplicente en dirección al arco
vencido. Para terminar de perpetrar su osadía, se acerca al alambrado y empieza
a besarse el harapo verdinegro que los turros ésos usan de camiseta.
Uno de los hermanos de Mercedes me estampó tal apretón que casi me arranca el
sombrero. Delante mío dos tipos lloraban abrazados. Yo miraba sin po der dar
crédito a mis ojos. Enfrente, la hinchada de mis amores en un silencio de
sepulcro. Alrededor estos fulanos con una chochera de mil demonios. Y al pie de
las gradas Gatorra besuqueándose la casaca con cara de chico bueno y cumplidor.
Es el día de hoy que aún recuerdo la sensación de fuego que empezó a subirme
desde las tripas, y que terminó casi quemándome la piel de la cara. Y para colmo
van los nuestros, primero sueltos, algunos pocos, luego más, por fin todos,
dándole al «¡El que no salta, es de Chicago... el que no salta, es de Chicago!»,
y a mí se me empezó a dar vuelta el estómago como si me estuviesen mirando a mí
a través de todo el largo de la cancha; como si ni el sombrero ni el capote ni
los lentes oscuros hubiesen bastado para tapar la traición delante de los míos.
Supongo que tratando de encontrar fuerzas para seguir corrompiéndome, miré hacia
la platea para verla. Allí estaba, como siempre en todo ese año de mi perdición:
bella, perfecta, inolvidable. Sonriendo hacia donde yo estaba, quemando el
cemento desde su sitio hasta el mío con las chispas de sus ojos incandescentes.
Le pedí a Dios que me hiciera nacer de nuevo. Que me cambiara de vida. Que me
arrancara para siempre la memoria.
Pero algo adentro mío, algo empezó a crecer mientras escuchaba los cantos del
otro lado y las burlas de éste, una mezcla de vergüenza y de pudor y de rabia
por saber al fin definitivamente que no podía, y que por más que quisiera y lo
intentara nunca jamás de los jamases podría cambiar de vereda, aunque la
perdiese a ella para siempre, aunque me pasase el resto de la vida lamentándome
semejante cuestión de principios, porque tarde o temprano todo iba a saltar,
porque un martes u otro les iba a terminar cantando las cuarenta en esa sede de
mierda que tienen ellos, o un sábado del año del carajo me iba a pudrir de
aplaudir castamente los goles de ellos, y porque aunque no les partiera una
botella en la zabiola a todos los hermanos y al tal Alberto, tarde o temprano en
la jeta se me iba a notar que no, que nunca jamás en la puta vida voy a ser de
Chicago, porque mis viejos me hicieron derecho y no como al turro malparido de
Gatorra. Y cuanto más me calentaba conmigo, más me calentaba con él, porque
mientras se besaba la camiseta más y más yo sentía que me decía: «Vení, Nicanor,
vení conmigo acá al pastito, dale vos también algunos chuponcitos a la camiseta,
dale Nicanor, no te hagás rogar, si vos y yo somos iguales, si los dos somos un
par de vendidos, yo por la guita y vos por la minita, pero somos iguales; dale
Nicanor, qué te cuesta, dale, sacáte el disfraz y vení, que estamos cortados por
la misma tijera, pero por lo menos yo no me ando escondiendo».
Cuando tuve a mis hijos me puse nervioso, es cierto. Pero nunca sufrí tanto como
esos dos minutos de los festejos del tercer gol de Gatorra en cancha nuestra. Te
lo juro. Volví a levantar los ojos. Todo seguía igual. Alrededor mío la hinchada
de Chicago comenzaba a apaciguarse: se destrenzaban los abrazos, algunos se
sentaban para reponer energías, otros se ajustaban la portátil a la oreja para
escuchar los detalles. Enfrente bailaban las banderas rojiblancas. A mi derecha,
Mercedes me acunaba en sus ojos. Abajo, el traidor prolongaba un poco más la
burla hacia mi gente.
De ahí en más no pude controlarme. Miré por anteúltima vez a la platea e hice un
gesto de adiós con la mano. Después me erguí en puntas de pie. Hice bocina con
ambas manos. Respiré hondo. Entrecerré los ojos. Y cacareé con todas las fuerzas
de mi alma renacida un: ¡¡¡¡¡GATORRA VENDIDO HIJO DE MIL PUTA!!!!! que se
escuchó hasta en la Base Marambio.
No tuve ni tiempo de disfrutar la sensación de alivio que me sobrevino apenas lo
mandé al carajo, porque en el instante en que me enfrié un poco tomé conciencia
del sitio donde estaba: ahí solito con mi alma, en medio de los leones, listo
para ser devorado. Cuando miré a las fieras, había por lo menos sesenta pares de
ojos clavados en mi pobre persona, y por los cuchicheos se iba corriendo la voz
gradas arriba y gradas abajo. «¿Qué dijiste?», me encaró de mal modo el tal
Alberto, desde el escalón inferior al mío. Lo miré. A fin de cuentas yo estaba
ahí por su culpa: ¿no estaba en ese antro en un intento desesperado por evitar
su salida nocturna con Merceditas? El maldito no sólo iba a salir con ella:
después de lo de hoy tendría el camino definitivamente libre de obstáculos. Sin
pensarlo dos veces le mandé un directo a la mandíbula. El muy zopenco cayó hacia
atrás organizando una pequeña avalancha en los tres o cuatro escalones
subsiguientes.
Mi vida pendía de un hilo: no sólo acababa de deschavarme delante de cinco mil
enemigos. Acababa también de surtirle una linda piña a un socio querido y
respetado de la institución. Sin pensarlo dos veces, tomé la decisión que
finalmente y pese a todo terminó salvándome la vida. Salí disparado escalones
abajo, aprovechando el claro dejado por mi contrincante semidesvanecido.
Llegué al alambrado y me prendí con ambas manos como si fueran tenazas. Ya
detrás mío distinguía con claridad los primeros «atájenlo que es de la contra»,
«párenlo que es un vendido», «vení que te reviento la jeta a patadas». Con los
mocasines me costó enganchar los pies en los rombos del alambre. Encima no
faltaban los comedidos que sin saber muy bien del asunto igual trataban de
atajarme por la ropa. Perdí el sombrero de una pedrada. Los anteojos se me
cayeron forcejeando con un viejito sin dientes que no me soltaba la pierna
derecha. Gracias a Dios, en esa época el alambrado era más bajo. Me pinché hasta
el alma cuando llegué a la cúspide. Me arqueé hacia atrás para verla por última
vez en mi vida. No fue fácil, pibe. ¿Sabés lo que fue saber que estaba
renunciando a ella para siempre?
Para ese entonces ya me tiraban con serpentinas sin desenrollar. Igual me
encaramé como pude en el alambrado y, en acto penitencial y al grito de «¡Sí,
sí, señores, yo soy del Gallo» obsequié floridos cortes de manga a derecha e
izquierda, hasta que me acertaron un cascote en plena frente, perdí el
equilibrio y me fui de cabeza. Gracias al cielo, caí del lado de la cancha. Si
no, estos tipos me cuelgan ya sabés de dónde.
El resto me lo contaron, porque permanecí inconsciente como cinco días. Mi vieja
batió el récord de velas encendidas en la Catedral, pobrecita. Cuando abrí los
ojos estaban todos. El Negro, Chuli, Tatito. Me habían cubierto con la bandera
del Gallo. Primero pensé que estaba muerto y que me estaban velando; pero los
muchachos me convencieron, en medio de mis lágrimas, de que estaba vivito y
coleando. «La clavícula, tres costillas y cinco puntos en la zabiola me
decían, la sacaste rebarata, Nicanor.» Sí, pibe, como lo escuchás. Yo soy ese
tipo del capote verde que se tiró desde la cabecera visitante a la cancha el día
de ese clásico espantoso de los tres goles de Gatorra. Sí, capaz que lo hacés
ahora y te pegan tres tiros y no contás el cuento.
Yo qué sé, eran otros tiempos.
Yo era joven, y aparte no sabés. Si la hubieses visto a Mercedes... Nunca volví
a conocer a otra mujer como ella. Pero, bueno, qué le vas a hacer, así es la
vida.
Igual sufrí como un condenado, no vayas a creer. Los muchachos me decían que no
lo tomara así, que minas hay muchas pero Gallo hay uno solo, y todas esas cosas
que son verdad, pero, qué querés, a mí esa piba me había pegado muy hondo,
sabés. Eh, chiquilín, no te pongás triste. ¿Qué se le va a hacer? Hay cosas que
podés hacer y cosas que no.
A ver, dejáme fijarme un poco. Sí, por acá ya se están parando. Me rajo que
quedó un caminito. Dale, pibe. Ayudáme a levantarme. No, ya me tengo que ir,
dale. ¿No ves que acaba de terminar el partido de reserva? Ya sé que ahora
empieza el partido en serio. No flaco, en serio. Tengo que rajarme. No, pibe,
¿qué corazón, ni qué carajo? Del bobo ando hecho un poema.
Pero qué querés. Promesas son promesas. Y si me quedo capaz que no puedo
contenerme y falto a mi palabra. El sábado que viene me contás. No, pibe, en
serio. Tengo que irme. Permiso, permiso, gracias. Hasta el sábado.
Creéme, pibe. Te digo en serio. ¿Cómo qué promesa, pibe? «Vos juráme que nunca
más gritás un gol de Morón contra Chicago. Nunca en la vida. Y yo le digo a papá
que le guste o no le guste nos casamos igual.» ¡Chau, pibe!
Esperándolo a Tito
Por Eduardo Sacheri
Yo lo miré a José, que estaba subido al techo del camión de Gonzalito. Pobre,
tenía la desilusión pintada en el rostro, mientras en puntas de pie trataba de
ver más allá del portón y de la ruta. Pero nada: solamente el camino de tierra
y, al fondo, el ruido de los camiones. En ese momento se acercó el Bebé Grafo y,
gastador como siempre, le gritó: "¡Che, Josesito!, ¿qué pasa que no viene el
'maestro'? ¿Será que arrugó para evitarse el papelón, viejito?". Josesito dejó
de mirar la ruta y trató de contestar algo ocurrente, pero la rabia y la
impotencia lo lanzaron a un tartamudeo penoso. El otro se dio vuelta, con una
sonrisa sobradora colgada en la mejilla, y se alejó moviendo la cabeza, como
negando. Al fin, a Josesito se le destrabó la bronca en un concluyente
"¡andálaputaqueteparió!", pero quedó momentáneamente exhausto por el esfuerzo.
Ahí se dio vuelta a mirarme, como implorando una frase que le ordenara de nuevo
el universo. "Y ahora qué hacemos, decíme", me lanzó. Para Josesito, yo vengo a
ser algo así como un oráculo pitonístico, una suerte de profeta infalible con
facultades místicas. Tal vez, pobre, porque soy la única persona que conoce que
fue a la facultad. Más por compasión que por convencimiento, le contesté con
tono tranquilizador: "Quedáte piola, Josesito, ya debe estar llegando". No muy
satisfecho, volvió a mirar la ruta, murmurando algo sobre promesas incumplidas.
Aproveché entonces para alejarme y reunirme con el resto de los muchachos.
Estaban detrás de un arco, alguno vendándose, otro calzándose los botines, y un
par haciendo jueguitos con una pelota medio ovalada. Menos brutos que Josesito,
trataban de que no se les notaran los nervios. Pablo, mientras elongaba, me
preguntó como al pasar: "Che, Carlitos, ¿era seguro que venía, no? Mirá que
después del barullo que armamos, si nos falla justo ahora...".
Para no desmoralizar a la tropa, me hice el convencido cuando le contesté:
"Pero, muchachos, ¿no les dije que lo confirmé por teléfono con la madre de él,
en Buenos Aires?". El Bebé Grafo se acercó de nuevo desde el arco que ocupaban
ellos: "Che, Carlos, ¿me querés decir para qué armaron semejante bardo, si al
final tu amiguito ni siquiera va a aportar?". En ese momento saltó Cañito, que
había terminado de atarse los cordones, y sin demasiado preámbulo lo mandó a la
mierda. Pero el Bebé, cada vez más contento de nuestro nerviosismo, no le llevó
el apunte y me siguió buscando a mí: "En serio, Carlitos, me hiciste traer a los
muchachos al divino botón, querido. Era más simple que me dijeras mirá, Bebé, no
quiero que este año vuelvan a humillarnos como los últimos nueve años, así que
mejor suspendemos el desafío". Y adoptando un tono intimista, me puso una mano
en el hombro y, hablándome al oído, agregó: "Dale, Carlitos, ¿en serio pensaste
que nos íbamos a tragar que el punto ese iba a venirse desde Europa para jugar
el desafío?". Más caliente por sus verdades que por sus exageraciones, le
contesté de mal modo: "Y decíme, Bebé, si no se lo tragaron, ¿para qué hicieron
semejante quilombo para prohibirnos que lo pusiéramos?: que profesionales no
sirven, que solamente con los que viven en el barrio. Según vos, ni yo que me
mudé al Centro podría haber jugado".
Habían sido arduas negociaciones, por cierto. El clásico se jugaba todos los
años, para mediados de octubre, un año en cada barrio. Lo hacíamos desde pibes,
desde los diez años. Una vuelta en mi casa, mi primo Ricardo, que vivía en el
barrio de la Textil, se llenó la boca diciendo que ellos tenían un equipo
invencible, con camisetas y todo. Por principio más que por convencimiento,
salté ofendidísimo retrucándole que nosotros, los de acá, los de la placita, sí
teníamos un equipo de novela. Sellar el desafío fue cuestión de segundos. El
viejo de Pablo nos consiguió las camisetas a último momento. Eran marrones con
vivos amarillos y verdes. Un asco, bah. Pero peor hubiese sido no tenerlas. Ese
día ganamos 12 a 7 (a los diez años, uno no se preocupa tanto de apretar la
salida y el mediocampo, y salen partidos más abiertos, con muchos goles). Tito
metió ocho. No sabían cómo pararlo. Creo que fue el primer partido que Tito jugó
por algo. A los catorce, se fue a probar al club y lo ficharon ahí nomás, al
toque. Igual, siguió viniendo al desafío hasta los veinte, cuando se fue a jugar
a Europa. Entonces se nos vino la noche. Nosotros éramos todos matungos, pero
nos bastaba tirársela a Tito para que inventara algo y nos sacara del paso. A
los dieciséis, cuando empezaron a ponerse piernas fuertes, convocamos a un
referí de la Federación: el chino Takawara (era hijo de japoneses, pero para
nosotros, y pese a sus protestas, era chino). Ricardo, que era el capitán de
ellos, nos acusaba de coimeros: decía que ganábamos porque el chino andaba
noviando con la hermana grande del Tanito, y que ella lo mandaba a bombear para
nuestro lado. Algo de razón tal vez tendría, pero lo cierto es que, con Tito,
éramos siempre banca.
Cuando Tito se fue, la cosa se puso brava. Para colmo, al chino le salió un
trabajo en Esquel y se fue a vivir allá (ya felizmente casado con la hermana del
Tanito). Con árbitros menos sensibles a nuestras necesidades, y sin Tito para
que la mandara guardar, empezamos a perder como yeguas. Yo me fui a vivir a la
Capital, y algún otro se tomó también el buque, pero, para octubre, la cita
siempre fue de fierro. Ahí me di cuenta del verdadero valor de mis amigos. Desde
la partida de Tito, perdimos al hilo seis años, empatamos una vez, y perdimos
otros tres consecutivos. Tuvimos que ser muy hombres para salir de la cancha año
tras año con la canasta llena y estar siempre dispuestos a volver. Para colmo,
para la época en que empezamos a perder, a algunos de nosotros, y también de
ellos, se nos ocurrió llevar a las novias a hacer hinchada en los desafíos.
Perder es terrible, pero perder con las minas mirando era intolerable. Por lo
menos, hace cuatro años, y gracias a un incidente menor entre las nuestras y las
de ellos, prohibimos de común acuerdo la presencia de mujeres en el público.
Bah, directamente prohibimos el público. A mí se me ocurrió argüir que la
presión de afuera hacía más duros los encontronazos y exacerbaba las pasiones
más bajas de los protagonistas. Y ellos, con el agrande de sus victorias
inapelables, nos dijeron que bueno, que de acuerdo, pero que al árbitro lo
ponían ellos. Al final, acordamos hacer los partidos a puertas cerradas, y
afrontamos la cuestión arbitral con un complejo sistema de elección de referís
por ternas rotativas según el año, que aunque nos privó de ayudas interesantes,
nos evitó bombeos innecesarios.
Igual, seguimos perdiendo. El año pasado, tras una nueva humillación, los
muchachos me pidieron que hiciera "algo". No fueron muy explícitos, pero yo lo
adiviné en sus caras. Por eso este año, cuando Tito me llamó para mi cumpleaños,
me animé a pedirle la gauchada. Primero se mató de la risa de que le saliera con
semejante cosa, pero, cuando le di las cifras finales de la estadística
actualizada, se puso serio: 22 jugados, 10 ganados, 3 empatados, 9 perdidos. La
conclusión era evidente: uno más y el colapso, la vergüenza, el oprobio sin
límite de que los muertos esos nos empataran la estadística. Me dijo que lo
llamara en tres días. Cuando volvimos a hablar me dijo que bueno, que no había
problema, que le iba a decir a su vieja que fingiera un ataque al corazón para
que lo dejaran venir desde Europa rapidito. Después ultimé los detalles con doña
Hilda. Quedamos en hacerlo de canuto, por supuesto, porque si se enteraban allá
de que venía a la Argentina, en plena temporada, para un desafío de barrio, se
armaba la podrida.
A mi primo Ricardo igual se lo dije. No quería que se armara el tole tole el
mismo día del partido. Hice bien, porque estuvimos dos semanas que sí que no,
hasta que al final aceptaron. No querían saber nada, pero bastó que el Tanito,
en la última reunión, me murmurara a gritos un "dejá, Carlos, son una manga de
cagones". Ahí nomás el Bebé Grafo, calentón como siempre, agarró viaje y dijo
que sí, que estaba bien, que como el año pasado, el sábado 23 a las diez en el
sindicato, que él reservaba la cancha, que nos iban a romper el traste como
siempre, etcétera. Ricardo trató de hacerlo callar para encontrar un resquicio
que le permitiera seguir negociando. Pero fue inútil. La palabra estaba dada, y
el Tanito y el Bebé se amenazaban mutuamente con las torturas futbolísticas más
aterradoras, mientras yo sonreía con cara de monaguillo.
Cuando el resto de los nuestros se enteró de la noticia, el plantel enfrentó la
prueba con el optimismo rotundo que yo creía extinguido para siempre. El sábado
a las nueve llegaron todos juntos en el camión de Gonzalito. El único que se
retrasó un poco fue Alberto, el arquero, que como la mujer estaba empezando el
trabajo de parto esa mañana, se demoró entre que la llevó a la clínica y pudo
convencerla de que se quedara con la vieja de ella. Ellos llegaron al rato, y se
fueron a cambiar detrás del arco que nosotros dejamos libre. Pero cuando
faltaban diez minutos para la hora acordada, y Tito no daba señales de vida, se
vino el Bebé por primera vez a buscar camorra. Por suerte, me avivé de hacerme
el ofendido: le dije que el partido era a las diez y media y no a las diez, que
qué se creía y que no jodiera. Lo miré al Tanito, que me cazó al vuelo y
confirmó mi versión de los hechos. El Bebé negó una vez y otra, y lo llamó a
Ricardo en su defensa. Por supuesto, Ricardo se nos vino al humo gritando que la
hora era a las diez y que nos dejáramos de joder. Ante la complejidad que iba
adquiriendo la cosa, con el Tanito juramos por nuestras madres y nuestros hijos,
por Dios y por la Patria, que la hora era diez y media, que en el café habíamos
dicho diez y media, y que por teléfono habíamos confirmado diez y media, y que
todavía faltaba más de media hora para las diez y media, y que se dejaran de
romper con pavadas. Ante semejantes exhibiciones de convicción
patrióticoreligiosa, al final se fueron de nuevo a patear al otro arco,
esperando que se hiciera la hora. Después, con el Tanito nos dimos ánimo
mutuamente, tratando de persuadirnos de que un par de juramentos tirados al
voleo no podían ser demasiado perjudiciales para nuestras familias y nuestra
salvación eterna.
Fue cuando lo mandé a Josesito a pararse arriba del camión, a ver si lo veía
venir por el portón de la ruta, más por matar un poco la ansiedad que porque
pensase seriamente en que fuese a venir. Es que para esa altura yo ya estaba
convencido, en secreto, de que Tito nos había fallado. Había quedado en venir el
viernes a la mañana, y en llamarme cuando llegara a lo de su vieja. El martes
marchaba todo sobre ruedas. En la radio comentaron que Tito se venía para Buenos
Aires por problemas familiares, después del partido que jugaba el miércoles por
no sé qué copa. Pero el jueves, y también por la radio, me enteré de que su
equipo, como había ganado, volvía a jugar el domingo, así que en el club le
habían pedido que se quedara. Ese día hablé con doña Hilda, y me dijo que ella
ya no podía hacer nada: si se suponía que estaba en terapia intensiva, no podía
llamarlo para recordarle que tomara el avión del viernes.
El viernes les prohibí en casa que tocaran el teléfono: Tito podía llamar en
cualquier momento. Pero Tito no aportó. A la noche, en la radio confirmaron que
Tito jugaba el domingo. No tuve ánimo ni para calentarme. Me ganó, en cambio,
una tristeza infinita. En esos años, las veces que había venido Tito me había
encantado comprobar que no se había engrupido ni por la plata ni por salir en
los diarios. Se había casado con una tana, buena piba, y tenía dos chicos
bárbaros. Yo le había arreglado la sucesión del viejo, sin cobrarle un mango,
claro. Él siempre se acordaba de los cumpleaños y llamaba puntualmente. Cuando
venía, se caía por mi casa con regalos, para mis viejos y mi mujer, como
cualquiera de los muchachos. Por eso, porque yo nunca le había pedido nada, me
dolía tanto que me hubiese fallado justo para el desafío. Esa noche decidí que,
si después me llamaba para decirme que el partido de allá era demasiado
importante y que por eso no había podido cumplir, yo le iba a decir que no se
hiciera problema. Pero lo tenía decidido: chau, Tito, moríte en paz. Aunque no
lo hiciera por mí, no podía cagar impunemente a todos los muchachos. No podía
dejarnos así, que perdiéramos de nuevo y que nos empataran la estadística.
Al fin y al cabo, en el primer desafío, cuando era un flaquito escuálido por el
que nadie daba dos mangos, y que nos venía sobrando (porque en esa época
jugábamos en la canchita del corralón, que era de seis y un arquero, yo igual le
dije vení, pibe, jugá adelante, que sos chiquito y si sos ligero capaz que la
embocás. Por eso me dolía tanto que se abriera, y porque cuando se fue a probar
al club, como no se animaba a ir solo, fuimos con Pablo y el Tanito; los cuatro,
para que no se asustara. Porque él decía y yo para qué voy a ir, si no conozco a
nadie adentro, si no tengo palanca, y yo que dale, que no seas boludo, que vamos
todos juntos así te da menos miedo. Y ahí nos fuimos, y el pobre de Pablo se
tuvo que bancar que el técnico de las inferiores le dijera a los cinco minutos
¡salí, perro, a qué carajo viniste!, y el Tanito y yo tuvimos que pararlo a Tito
que quiso que nos fuéramos todos ahí mismo, y decirle que volviera que el tipo
lo miraba seguido. Nosotros dos, con el Tanito, duramos un tiempo y pico, pero
después nos cambiaron y el guanaco ese nos dijo ta' bien, pibes, cualquier cosa
les hago avisar por el flaquito aquel que juega de nueve, nos dijo señalándolo a
Tito que seguía en la cancha. Pero no nos importó, porque eso quería decir que
sí, que Tito entraba, que Tito se quedaba, y nos dio tanta alegría que hasta a
Pablo se le pasó la calentura, primero porque Tito había entrado, y segundo
porque, como yo andaba con las llaves de mi casa, en la playa de estacionamiento
pudimos rayarle la puerta del rastrojero al infeliz del técnico. Y después,
cuando le hicieron el primer contrato profesional, a los 18, y lo acostaron con
los premios, lo acompañé yo a ver a un abogado de Agremiados y ya no lo
madrugaron más, y cuando lo vendieron afuera yo todavía no estaba recibido, pero
me banqué a pie firme la pelea con los gallegos que se lo vinieron a llevar, y
siempre sin pedirle un mango. Ah, y con el Tanito, aparte, cuando nos encargamos
de su vieja cuando el viejo, don Aldo, se murió y él estaba jugando en Alemania;
porque el Tanito, que seguía viviendo en el barrio, se encargó de que no le
faltara nada, y que los muchachos se dieran una vuelta de vez en cuando para
darle una mano con la pintura, cambiarle una bombita quemada, llamarle al
atmosférico cuando se le tapara el pozo, qué sé yo, tantas cosas.
Nunca lo hicimos por nada, nos bastó el orgullo de saberlo del barrio, de
saberlo amigo, de ver de vez en cuando un gol suyo, de encontrarnos para las
fiestas. Lo hicimos por ser amigos, y cuando él, medio emocionado, nos decía
muchachos, cómo cuernos se lo puedo pagar, nosotros que no, que dejá de hinchar,
que para qué somos amigos, y el único que se animaba a pedirle algo era
Josesito, que lo miraba serio y le decía mirá, Tito, vos sabés que sos mi
hermano, pero jamás de los jamases se te ocurra jugar en San Lorenzo, por más
guita que te pongan no vayás, por lo que más quieras porque me muero de la
rabia, entendeme, Tito, a cualquier otro sí, Tito, pero a San Lorenzo por Dios
te pido no vayás ni muerto, Tito. Y Tito que no, que quedáte tranquilo,
Josesito, aunque me paguen fortunas a San Lorenzo no voy por respeto a vos y a
Huracán, te juro. Por eso me dolía tanto verlo justo a Josesito, defraudado,
parado en puntas de pie sobre el techo del camión de reparto; y a los otros
probándolo a Alberto desde afuera del área, con las medias bajas, pateando sin
ganas, y mirándome de vez en cuando de reojo, como buscando respuestas.
Cuando se hicieron las diez y media, Ricardo y el Bebé se vinieron de nuevo al
humo. Les salí al encuentro con Pablo y el Tanito para que los demás no
escucharan. "Es la hora, Carlos", me dijo Ricardo. Y a mí me pareció verle un
brillo satisfecho en los ojos. "¿Lo juegan o nos lo dan derecho por ganado?",
preguntó, procaz, el Bebé. El Tanito lo miró con furia, pero la impotencia y el
desencanto lo disuadieron de putearlo.
"Andá ubicando a los tuyos, y llamálo al árbitro para el sorteo", le dije. Desde
el mediocampo, le hice señas a Josesito de que se bajara del camión y se viniera
para la cancha. Para colmo, pensé, jugábamos con uno menos. Éramos diez, y
preferí jugar sin suplentes que llamar a algún extraño. En eso, ellos también
eran de fierro. No jugaba nunca ninguno que no hubiese estado en los primeros
desafíos. Cuando Adrián me avisó en la semana que no iba a poder jugar por el
desgarro, le dije que no se hiciera problema. Hasta me alegré porque me evitaba
decidir cuál de todos nosotros tendría que quedarse afuera. Tito me venía justo
para completar los once.
Para colmo, perdimos en el sorteo. Tuvimos que cambiar de arco. Hice señas a los
muchachos de que se trajeran los bolsos para ponerlos en el que iba a ser el
nuestro en el primer tiempo. Yo sabía que era una precaución innecesaria. Con
ellos nos conocíamos desde hacía veinte años, pero me pareció oportuno darles a
entender que, a nuestro criterio, eran una manga de potenciales delincuentes.
Cuando me pasaron por el costado, cargados de bultos, Alejo y Damián, los
mellizos que siempre jugaron de centrales, les recordé que se turnaran para
pegarle al once de ellos, pero lo más lejos del área que fuera posible. Alejo me
hizo una inclinación de cabeza y me dijo un "quedáte pancho, Carlitos". En ese
momento me acordé del partido de dos años antes. Iban 43 del segundo tiempo y en
un centro a la olla, él y el tarado de su hermano se quedaron mirándose como
vacas, como diciéndose "saltá vos". El que saltó fue el petiso Galán, el ocho de
ellos: un metro cincuenta y cinco, entre los dos mastodontes de uno noventa. Uno
a cero y a cobrar. Espantoso.
Cuando nos acomodamos, fuimos hasta el medio con Josesito para sacar. Con la
tristeza que tenía, pensé, no me iba a tocar una pelota coherente en todo el
partido. De diez lo tenía parado a Pablo. Si a los dieciséis el técnico aquél lo
sacó por perro, a los treinta y cuatro, con pancita de casado antiguo, era todo
menos un canto a la esperanza. El Bebé, muy respetuoso, le pidió permiso al
árbitro para saludarnos antes del puntapié inicial (siempre había tenido la
teoría de que olfear a los jueces le permitía luego hacerse perdonar un par de
infracciones). Cuando nos tuvo a tiro, y con su mejor sonrisa, nos envenenó la
vida con un "pobres muchachos, cómo los cagó el Tito, qué bárbaro", y se alejó
campante.
Pero justo ahí, justo en ese momento, mientras yo le hablaba a Josesito y el
árbitro levantaba el brazo y miraba a cada arquero para dar a entender que
estaba todo en orden, y Alberto levantaba el brazo desde nuestro arco, me di
cuenta de que pasaba algo. Porque el referí dio dos silbatazos cortitos, pero no
para arrancar, sino para llamar la atención de Ricardo (que siempre es el
arquero de ellos). Aunque lo tenía lejos, lo vi pálido, con la boca
entreabierta, y empecé a sentir una especie de tumulto en los intestinos
mientras temía que no fuera lo que yo pensaba que era, temía que lo que yo veía
en las caras de ellos, ahí delante de mí, no fuese asombro, mezclado con bronca,
mezclado con incredulidad; que no fuese verdad que el Bebé estuviera dándose
vuelta hacia Ricardo, como pidiendo ayuda; que no fuera cierto que el otro
siguiera con la vista clavada en un punto todavía lejano, todavía a la altura
del portón de la ruta, todavía adivinando sin ver del todo a ese tipo lanzado a
la carrera con un bolsito sobre el hombro gritando aguanten, aguanten que ya
llego, aguanten que ya vine, y como en un sueño el Tanito gritando de la
alegría, y llamándolo a Josesito, que vamos que acá llegó, carajo, que quién
dijo que no venía, y los mellizos también empezando a gritar, que por fin, que
qué nervios que nos hiciste comer, guacho, y yo empezando a caminar hacia el
lateral, como un autómata entre canteros de margaritas, aún indeciso entre
cruzarle la cara de un bife por los nervios y abrazarlo de contento, y Tito por
fin saliendo del tumulto de los abrazos postergados, y viniendo hasta donde yo
estaba plantado en el cuadradito de pasto en el que me había quedado como sin
pilas, y mirándome sonriendo, avergonzado, como pidiéndome disculpas, como
cuando le dije vení, pibe, jugá de nueve, capaz que la embocás; y yo ya sin
bronca, con la flojera de los nervios acumulados toda junta sobre los hombros, y
él diciéndome perdoná, Carlos, me tuve que hacer llamar a la concentración por
mi tía Juanita, pero conseguí pasaje para la noche, y llegué hace un rato, y
perdonáme por los nervios que te hice chupar, te juro que no te lo hago más,
Carlitos, perdonáme, y yo diciéndole calláte, boludo, calláte, con la garganta
hecha un nudo, y abrazándolo para que no me viera los ojos, porque llorar, vaya
y pase, pero llorar delante de los amigos jamás; y el mundo haciendo click y
volviendo a encastrar justito en su lugar, el cosmos desde el caos, los amigos
cumpliendo, cerrando círculos abiertos en la eternidad, cuando uno tiene catorce
y dice 'ta bien, te acompañamos, así no te da miedo.
Como Tito llegó cambiado, tiró el bolso detrás del arco y se vino para el
mediocampo, para sacar conmigo. Cuando le faltaban diez metros, le toqué el
balón para que lo sintiera, para que se acostumbrara, para que no entrara frío
(lo último que falta ahora, pensé, es que se nos lesione en el arranque). Se
agachó un poquito, flexionando la zurda más que la diestra. Cuando le llegó la
bola, la levantó diez centímetros, y la vino hamacando a esa altura del piso,
con caricias suaves y rítmicas. Cuando llegó al medio, al lado mío, la empaló
con la zurda y la dejó dormir un segundo en el hombro derecho. Enseguida se la
sacudió con un movimiento breve del hombro, como quien espanta un mosquito, y la
recibió con la zurda dando un paso atrás: la bola murió por fin a diez
centímetros del botín derecho.
Recién ahí levanté los ojos, y me encontré con el rostro desencajado del Bebé,
que miraba sin querer creer, pero creyendo. El petiso Galán, parado de ocho,
tenía cara de velorio a la madrugada. Ellos estaban mudos, como atontados. Ahí
entendí que les habíamos ganado. Así. Sin jugar. Por fin, diez años después
íbamos a ganarles. Los tipos estaban perdidos, casi con ganas de que terminara
pronto ese suplicio chino. Cuando vi esos ademanes tensos, esos rostros ateridos
que se miraban unos a otros ya sin esperanza, ya sin ilusión ninguna de poder
escapar a su destino trágico, me di cuenta de que lo que venía era un trámite,
un asunto concluido.
Mientras el árbitro volvía a mirar a cada arquero, para iniciar de una vez por
todas ese desafío memorable, Josesito, casi en puntas de pie junto a la raya del
mediocampo, le sonrió al Bebé, que todavía lo miraba a Tito con algo de pudor y
algo de pánico: "¿Y, viste, 'jodemil...? ¿No que no venía? ¿no que no?",
mientras sacudía la cabeza hacia donde estaba Tito, como exhibiéndolo, como
sacándole lustre, como diciéndole al rival moríte, moríte de envidia, infeliz.
Pitó el arbitro y Tito me la tocó al pie. El petiso Galán se me vino al humo,
pero devolví el pase justo a tiempo. Tito la recibió, la protegió poniendo el
cuerpo, montándola apenas sobre el empeine derecho. El petiso se volvió hacia él
como una tromba, y el Bebé trató de apretarlo del otro lado. Con dos trancos,
salió entre medio de ambos. Levantó la cabeza, hizo la pausa, y después tocó
suave, a ras del piso, en diagonal, a espaldas del seis de ellos, buscándolo a
Gonzalito que arrancó bien habilitado.
El orgullo de ser
calamar
Habían perdido. Habían perdido por robo. Estaban jugando el descuento, pero no
había manera de remontar esa catástrofe. Las conexiones con las otras canchas
hablaban de la algarabía de los cuadros que se habían salvado. En un arrebato de
amargura infantil se sintió despechado porque Dios hubiese hecho caso omiso de
sus promesas de regeneración absoluta. Mientras tomaba la salida de la autopista
hizo un último esfuerzo para que no le importara. Se detuvo en una cuadra
desierta, llena de galpones en las dos veredas. Se dijo que no podía ponerse
así. Que un dolor de ese tamaño solo podía sentirse por la perdida de un ser
querido. Que no podía tirar a la basura los esfuerzos de los últimos meses. Y
todavía le faltaba sobreponerse a la escenita que iban a hacerle los muchachos
en la parada. Control, gordo, control. Mejor seguir haciéndose el distante, el
superado, tal vez así lo dejaran en paz. Tardo quince minutos en arrancar de
nuevo rumbo a la parada.
Abelardo Celestino Tagliaferro dobló en la esquina sin prisa. Apretó suavemente
el embrague, puso la palanca de cambios en punto muerto, con las manos levemente
posadas en sobre el volante arrimó el auto a la vereda y lo detuvo sin
brusquedad al final de la hilera de autos amarillos y negros. Apagó el motor,
quitó la llave del tambor, aspiró profundamente y dirigió la mano izquierda
hacia la puerta.
Cuando logro incorporarse no se dirigió inmediatamente hacia la esquina. Fue a
la parte trasera del taxi y abrió el baúl. Hurgó un momento bajo la caja de
herramientas y encontró lo que buscaba. Desplegó la enorme tela rectangular con
ademanes tiernos. Se anudó la bandera blanca con la franja central marrón en el
cuello y la extendió sobre su espalda como si fuera una capa. Tanteo otra vez y
encontró el gorrito tipo Piluso. Se lo planto hasta las orejas. Cerró el baúl.
Levanto los ojos hacia la esquina. Abiertos en un semicírculo los otros se
pasaban el mate y le clavaban a la distancia siete pares de ojos inquisitivos.
Tagliaferro no caminó enseguida, porque acababa de entender que todos los
hombres son cautivos de sus amores. Uno no entiende porque ama las cosas que
ama. El intelecto no alcanza para escapar de los laberintos del afecto. Por eso
es tan difícil enfrentar el dolor: porque uno puede engañarse inundando con
argumentos razonables las llagas que tiene abiertas en el alma, pero lo cierto
es que esas llagas no se curan ni se callan. Y por eso un hombre puede amar a
una mujer que a los otros hombres les parezca funesta, o puede poner su corazón
al servicio de amores que a los otros se les antojen inútiles o intrascendentes.
Abelardo Tagliaferro estiró los brazos, prendió las manos a la tela, como un
extraño superhéroe excedido de peso, y supo que lo importante no es a quien o a
que uno ama, sino el modo en que uno ama lo que ama. Recién entonces camino
hacia la parada".
[Extracto de Motorola, de Eduardo Sacheri. En Lo raro empezó después. Galerna,
Buenos Aires. 2003]
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