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El 31 de Julio de 1974 el diputado en ejercicio, abogado defensor de presos políticos y director de la revista Militancia, Rodolfo Ortega Peña, cae asesinado por la derechista Alianza Anticomunista Argentina (Triple A, Tres A ó AAA), organización criminal paramilitar cuyas siglas también significan y simbolizan las Tres Armas: ejercito, aviación y marina, que poco después, en manos de los golpistas Videla, Agosti y Massera, desencadenaran el genocida Proceso de Organización Nacional, mediante el derrocamiento del gobierno constitucional peronista e iniciando la noche más negra y sangrienta de la historia nacional. |
Rodolfo
Ortega Peña (1936-1974), modelo para armar
Por
Eduardo Luis Duhalde
Es lógico que así sea, aunque ello evidencia la profunda ruptura social con el
propio proceso histórico. Este desconocimiento sobre Ortega Peña se inscribe en
un desconocimiento más amplio y general. El ejercicio del olvido al que han sido
condenados los argentinos desde el 24 de marzo de 1976 hasta el presente y los
artilugios desarrollados para obliterar el pasado con el ejercicio interesado de
la desmemoria forman parte del esfuerzo por ocultar dos décadas intensas y
profundas durante las que los jóvenes de entonces (entre los que me incluyo) se
plantearon con profundo sentido solidario y colectivo ligar sus vidas con la
búsqueda de un mundo mejor, más justo e igualitario, aun a costa de los mayores
sacrificios.
A su vez, el olvido no es sólo derogación de la memoria. Tiende a colocar en su
lugar una mítica narración del pasado: el silencio ha dado lugar a formas de
normalización falsificadas, a través de una unívoca interpretación oficial. Se
sustituye la cultura social -que actúa como conciencia crítica - deslizándose el
sentido conceptual del pasado a través de la opacidad del presente,
resignificando la temporalidad rica y múltiple del saber crítico hasta llegar a
la clausura de su significación: ninguna cuestión que pudiese plantearse carece
de respuesta dentro del propio sistema articulado por la teoría de los dos
demonios como eje de una suerte de fundamentalismo democrático.
Rodolfo Ortega Peña pertenece a esa generación que hace cuatro décadas
-recogiendo los legados históricos- soñó la revolución cultural, política,
económica y social como un hecho posible y actuó consecuentemente, con-vencida
de la irrelevancia ingrávida de toda otra tarea que no fuera promover aquel
cambio -de acortar los tiempos a una victoria que pensábamos inevitable por el
decurso de la historia -, abandonando en muchos casos la tranquila existencia
personal (sentida por unos como opacidad triste, y por otros, pese a su éxito
biográfico, como una situación de complicidad con un sistema injusto):
dispuestos a ofrendar su propia vida si ello resultare una contingencia
inevitable.
Estos proyectos revolucionarios de los años 60 y 70, no siempre se expresaron
mediante el ejercicio de la violencia, aunque todos por igual sufrieron la
violencia represiva del terrorismo de Estado. En la mayoría de los casos,
aquellos portadores de la ilusión se habían acercado a la política huyendo de la
inmovilidad del pensamiento, para pasar a la acción -en todas sus variantes-
abjurando tanto del revolucionarismo de café de una izquierda tradicional con la
que pretendían romper y superar, como del burocratismo peronista entrampado en
los pliegos del poder proscriptivo.
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Esta instancia política, fuertemente vital, no fue una mera contingencia de un
deslizarse crispante del tiempo social en que estaba inmersos sus actores sino
el intento de una relectura de la historia argentina, en acto de continuidad y
cuestión al mismo tiempo, en una instancia fundante de un devenir diferente. Al
mismo tiempo, traducía en el campo nacional el peso de las experiencias
universales y contenía en su multiplicidad dicursiva el plexo de aquella
herencia inmediata y mediata. Tenía un claro sentido reparador y
regeneracionista.
Ningún sector social ni estamento profesional o laboral quedó al margen de esta
interpelación convocante de los años 60 y 70. Aquellas generaciones existieron
sobradamente y fueron muchísimo más que aisladas ínsulas.
La opción
revolucionaria recorrió medularmente la sociedad hasta convencerse a sí misma de
la factibilidad de la victoria. Más: estas generaciones fracasaron en su
intento, y la mayor parte de quienes encamaron aquellos propósitos
transformadores fueron aniquilados por el terrorismo de Estado, en sus formas
para estatales antes del 24 de marzo de 1976, y luego por la acción directa de
las Fuerzas Armadas.
La revolución quedó como una utopía incumplida, como un sueño desvanecido,
transformado en un estallido de dolor y sangre. Llegaron los tiempos de derrota
y muerte, que no sólo sesgaron la vida de aquellos que estaban animados por el
fuego sagrado de sus convicciones sino que hicieron añicos esos proyectos
concretos, personales y organizativos. Y aquellos programas, con 'el tesoro'
ideológico revoluciona - no y emocional que le dio su encarnadura, quedaron allí
perdidos, bajo un pesado manto de silencio, carente de toda resonancia y
haciendo incomprensible para las generaciones futuras la densa textualidad de
sus proyectos, la capacidad cuestionadora y movilizadora de su palabra y el
profundo sentido político de su accionar. Tan incomprensible la acción como su
respuesta represiva. Escamoteo interesado, evitante de las preguntas: ¿Qué
estaba en juego esos años? ¿Qué y por qué se peleaba?
Es decir, cuál fue el entramado de sueños, ideas, análisis teóricos, compromisos
vitales y prácticas germinadoras de un hombre nuevo como constructor de un mundo
diferente que fue el signo distintivo de aquellos 'olvidados y proscriptos'
desde el silencio y la descalificación.
Rodolfo Ortega Peña es una figura paradigmática de aquellos jóvenes
intelectuales de la generación del 60, que vivió el influjo sartreano de la vida
como compromiso existencial, desde sus primeros pasos como estudiante hasta el
cargo de diputado nacional que ejercía a la hora de su muerte (con su
unipersonal Bloque de Base, conformado tras separarse del frente justicialista
por el que había sido elegido). El 31 de julio de 1974, cuando los sicarios de
la Triple-A comenzaron su cadena de muertes quitándole la vida a los 38 años de
edad, sin duda, en su criminalidad, coincidían en el reconocimiento del carácter
paradigmático y la proyección de aquel que comenzaba a trascender los propios
planos de la militancia para adquirir una dimensión nacional.
En distintas instancias de estos veinticuatro años transcurridos desde aquel
crimen he abordado el análisis de quien fue mi hermano entrañable y compañero en
la militancia y en la actividad cultural y profesional. Lo hice en su
accidentado entierro, en el homenaje a los diez años del crimen a los veinte
años, al inaugurarse la plazoleta que lleva su nombre, y en otras oportunidades,
de manera escrita, en algunas publicaciones.
Cada vez que debí evocar a Rodolfo públicamente, fui completando mi visión de
sus múltiples y riquísimos perfiles. De aquellos trabajos rescato especialmente
dos, que hoy reproduzco parcialmente.
En una extensa nota hace doce años, decía yo: '¿Desde dónde aproximarnos al
recuerdo de Rodolfo? Desde el rechazo de todo encasillamiento, reconociendo que
él, como todo ser humano, fue una presencia abierta en sus significaciones, que
su vida admite plurales lecturas y que no es posible abarcarlo en su totalidad,
ni aquella es reproducible sintéticamente con un puñado de anécdotas o juicios
de valor'.
Urgencia vital, preparación Intelectual
'En 1962, en la revista Ficción, que dirigía Juan Goyanarte, Ortega Peña publicó
un largo análisis de la novela Sobre héroes y tumbas. En esa nota, escrita poco
antes de que tomáramos la decisión política de elaborar y firmar conjuntamente
todos nuestros trabajos, analiza el tema de la muerte (aun era tiempo de que
nuestra generación la visualizara a través de las obras literarias) y dice:
Lavalle, Alejandra, Fernando, muertos. ¿Sus muertes tienen algún sentido o
carecen absolutamente de él? ¿Por qué ir a Jujuy? ¿ Por qué morir en 'El
Mirador'? ¿Azar de una partida que dispara? ¿Libre determinación en incendiar la
casa, su propia vida? La muerte, ¿tiene realmente un sentido que no es posible
delimitar en lo orgánico? Allí quedan los restos lacerados de Lavalle.
Malolientes. Ahí va su corazón con sus hombres. ¿Llevaba Lavalle dentro, muy
dentro, su muerte como Alejandra o Fernando? ¿Fue creciendo esta muerte día a
día con su vida, hasta surgir galopando desesperadamente? ¿ O, por el contrario,
la muerte se cruza en el camino inesperadamente? ¿Es realmente un elemento
irracional que no se puede reducir' Quizá no estamos preparados para responder.
Pero la existencia sigue su curso: y allí va Martín, como nosotros, proyectando
su vida, abierto a lo inesperado.
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'Ortega a los 26 años reflexionaba antropológicamente sobre el sentido de la
muerte, que es lo mismo que decir que analizaba el sentido de la vida. Y lo
hacía desde su propia proyección vital totalmente comprometida, que llevaría
-doce años después de esas meditaciones- a que convergieran las balas sobre su
cabeza y a que hoy, transcurridos otros doce años, yo rescate este texto y lo
repiense no sobre Lavalle sino sobre Rodolfo mismo. Ya que, quienes lo
conocimos, sabemos bien con qué urgencia vivió, prodigando su inteligencia tan
fuera del nivel común y su cultura de límites incomprobables, con tal
vertiginosidad como si llevara 'dentro, muy dentro su muerte' y ésta fuera
'creciendo día a día con su vida'.
'Pareciera -la historia está llena de ejemplos variados- que hay seres que viven
presentidamente su muerte joven y que para ellos, los tiempos de ser y hacer,
son como una carrera contra el reloj sin resuello ni descanso. Y Ortega Peña no
escapaba a esta característica.
'Recibido de abogado a los 20 años, haciendo al mismo tiempo la carrera de
Filosofía, estudiando luego Ciencias Económicas; polemizando con Julián Marías
sobre la ontología de Unamuno; con Carlos Cossío sobre la teoría ontológica del
derecho; con Tulio Halperín Donghi sobre la significación del Facundo: con
Marechal y Sabato sobre la estructura de la novela; con Córdova Iturburu sobre
las pinturas rupestres de Cerro Colorado; pocos casos debe haber en nuestro país
de un intelectual con tanta capacidad y actividad interdisciplinaria. Al mismo
tiempo, con tan poco interés en dedicar su vida prioritaria-mente a cualquiera
de esas disciplinas, pese a haber sido hasta el fin, un ávido y obsesivo lector
de todas ellas, en castellano, inglés, francés, alemán, italiano, portugués,
latín y griego.
'Urgencia por saber, para hacer: es decir el conocimiento como arma
transformadora. Es que para Rodolfo no había actividad científica abstracta,
había sólo una práctica teórica, absolutamente enraizada con las tareas de la
liberación nacional y social. De él sí que, siguiendo Gramsci, puede decirse era
un intelectual orgánico ligado al destino de la clase obrera y del pueblo.
Porque toda su actividad estaba puesta al servicio del desarrollo político, del
avance en la lucha de las clases postergadas: a las que se había integrado por
una firme convicción, saltando por encima de su origen social, tratando de
darles lo mejor de sí mismo.
'Pero esta urgencia vital no devenía en un sentimiento trágico de la misma. Todo
lo contrario, sólo desde el optimismo esperanzador se puede actuar de ese modo.
Por otra parte, Ortega Peña era la contraimagen de la solemnidad, un chico
grande con una calidez y una ternura que muchas veces con infantil vergüenza por
mostrarse desnudo en sus sentimientos, pretendía sepultar con su aplastante
racionalidad, esa que se convertía en un arma implacable sólo con los enemigos
de los intereses colectivos.
'De esta manera su vida cotidiana no aparecía escindida entre la alegría de los
hechos menores y una solemne y grave actitud ante las grandes perspectivas de su
existencia, las que integraba en un continuo sin contradictorias percepciones'.
Su humanismo ético y revolucionario
Hace cuatro años, cuando se inauguró por disposición del Concejo Deliberante de
la ciudad de Buenos Aires la plazoleta Rodolfo Ortega Peña en la Avda. 9 de
Julio, allí donde le mataron, volví a precisar los rasgos de Rodolfo. Decía
entonces:
'¿Cuál es el legado de Ortega Peña, su valor paradigmático, lo históricamente
rescatable? Cuáles son los grandes trazos de su personalidad, aquellos que
aspiramos a que queden indelebles en el tiempo. Porque la historia con sabiduría
olvida la crónica política concreta para abstraer y esencializar los valores
ejemplarizantes, dejando aquella, para los estudiosos e investigadores.
| La Triple A y el asesinato de
Ortega Peña Por Irina Hauser El día que la Triple A mató al diputado Rodolfo Ortega Peña, su socio y amigo Eduardo Luis Duhalde fue a reconocer el cuerpo perforado por quince proyectiles a la comisaría 15. "Nunca me voy a olvidar: allí estaba el comisario Alberto Villar, que festejaba con los demás policías y gritaban ¡qué noche fantástica!", repasa el actual secretario de Derechos Humanos. Junto con Ortega Peña, Duhalde denunció desde un comienzo a José López Rega y su estructura terrorista a través del periódico Militancia que ambos dirigían. Fue, además, un testigo clave cuando la Justicia extraditó al Brujo desde Estados Unidos. Ahora el juez Norberto Oyarbide lo citó para que vuelva a dar su testimonio. También convocó al ex senador radical Hipólito Solari Yrigoyen, víctima del primer atentado reivindicado por la organización parapolicial. Duhalde y Ortega Peña compartían estudio y defendían a presos políticos. El titular de Derechos Humanos testificó varias veces en la causa. Fue él, además, quien le tomó declaración en Europa, en la Comisión Argentina de Derechos Humanos de Madrid, al ex policía Rodolfo Peregrino Fernández, un "arrepentido" que tras el golpe del ’76 trabajó con Albano Harguindeguy en el Ministerio de Interior. El ex oficial describió en 1983 con lujo de detalles cómo funcionaba la estructura de le Triple A "y ratificó su relato ante el centro de Derechos Humanos de Naciones Unidas en Ginebra", cuenta Duhalde. Desde la publicación Militancia Peronista para la Liberación, Duhalde y Ortega Peña revelaron el funcionamiento de la organización de López Rega, sus crímenes y el financiamiento que le daba Bienestar Social. El juez espera que el martes Duhalde ratifique lo que sabe y refresque sus impresiones sobre el relato de Peregrino Fernández, del que surge una larga lista de responsables en que el magistrado tiene particular interés. Solari Yrigoyen, ex senador de la UCR, fundador del Movimiento Renovación y Cambio, fue la primera víctima reconocida de las Tres A. El 21 de noviembre de 1973 cuando intentó poner en marcha el motor de su Renault 6 estalló una bomba que le destrozó los pies. Un día antes había recibido una carta amenazante con la sigla AAA. Tiempo después tuvo un segundo ataque, al que también sobrevivió, en su casa de Puerto Madryn. Tiene que presentarse mañana en tribunales, aunque pediría postergar la audiencia. "Con gusto voy a declarar todo lo que sé", se limitó a decir ante la consulta de este diario. Fuente: Página/12, 11/01/07 |
'¿Es posible ya, señalar, los valores perdurables de una figura como Rodolfo
Ortega Peña que laboró con igual fervor, la política como la historia, el
periodismo como el ejercicio de la abogacía aplicada en función social? ¿Es
posible hacerlo pese a la complejidad de su postura ideológico-política, de este
hombre visceralmente peronista, pero intelectualmente un obstinado gramsciano,
que heredó la pasión argentina de su abuelo David Peña y como aquél, tributario
del sueño alberdiano de construir una gran nación sobre bases jurídicas y
económicas sólidas?
'Estoy convencido de que sí es posible. Sin ánimo de hablar ex-cátedra, apunto
aquí algunos rasgos a mi juicio definitorios: fue antes que nada un humanista,
en el más puro sentido ontológico del término. Sus estudios de filosofía, su
búsqueda del saber de los saberes, no era otra cosa que la búsqueda del hombre,
de todos los hombres. Su primer compromiso era entonces con el destino del ser
humano como tal.
'De este compromiso fundante, nacieron sus quehaceres: la política como servicio
a los demás, asumida con el rigor de quien para ejercerla, no consideró
suficiente su formación jurídica y filosófica, sino que estudió con igual
dedicación las ciencias económicas. Su casi infinita cultura, fue también parte
de su aprendizaje para la acción política. Porque sin estas herramientas jamás
Rodolfo se hubiera considerado en condiciones de acceder a algo que consideraba
absolutamente serio y responsable: la práctica política.
'De aquélla deriva también su irrenunciable compromiso con los derechos humanos,
que lo llevó desde el inicio de su profesión al ejercicio de la defensa de los
presos políticos, aun y en muchos casos, de quienes estaban en su antípoda
ideológica y política.
Un compromiso racionalmente asumido que le hizo transitar el camino de la
muerte, porque éste fue lo que más incomodó a quienes planearon el crimen.
'Necesariamente, también allí, radica su inclaudicable postura a favor de las
causas populares, saltando sobre el prefijado destino familiar que le hubiera
permitido fácilmente ser un brillante abogado de minorías privilegiadas.
'Otro rasgo esencial -y que en estas épocas aparece mucho más destacable - es la
honestidad de este hombre que murió pobre, sin más patrimonio que su biblioteca,
no por falta de oportunidad de quien asesoró a encumbrados dirigentes sindicales
y que pasó por el Congreso de la Nación, rechazando las ofertas altamente
beneficiosas en lo económico con que le tentaron para acallar su voz disidente.
'Es que Rodolfo Ortega Peña fue esencialmente un hombre ético, de una profunda
eticidad, que lo llevó a soñar con un Hombre Nuevo capaz de construir
revolucionariamente un mundo mejor. Revolucionar, como enseña el Diccionario del
uso del español de María Moliner, es imprimir un giro diferente a un tiempo
determinado o preconizar un cambio radical de las cosas. Y Ortega Peña desde su
ética absoluta, jamás se resignó a aceptar el mundo en que le tocó vivir como
algo con lo que debía conformarse. Siempre creyó que la humanidad, y en el caso,
los argentinos, nos merecíamos un mundo mejor, mucho más justo e igualitario y
luchó apasionadamente para que despuntara el alba.
'Pero no nos confundamos, Ortega Peña, no se planteó para sí, tomar el cielo por
asalto, y por el contrario, fue un ferviente partidiario de la lucha de
posiciones, en el marco de las instituciones republicanas. Por ello este hombre
que no pertenecía a organización alguna, aceptó ser diputado de la Nación
conformando un bloque unipersonal, para luchar por una democracia auténtica,
fiel al mandato recibido. Y porque creía en los valores de la democracia
participativa no usó su banca para convertirla en tribuna del petardismo sino
que trabajó con ahínco en mejorar las leyes tanto en las comisiones como en el
recinto, dando memorables aportes a los debates y convirtiéndose en un fiscal
insobornable. Paralelamente llevó su banca a la calle y allí donde hubo una
necesidad o una injusticia, lo encontró presente'.
24 años después, hoy, al cumplirse un nuevo aniversario del crimen, quisiera
agregar, un hecho sustancial, implícito en todo lo antes dicho. Poco a poco, y
por la fuerza de los acontecimientos, el campo popular y revolucionario estaba
encontrando la figura capaz de unirlo y liderarlo, en aquel hombre que hizo del
antisectarismo y de la unidad, un estilo de vida. Junto a Agustín Tosco, Rodolfo
Ortega Peña, aparecía en el escenario político argentino con la capacidad para
convertirse en la amalgama que superara las dicotomías y las obstinaciones, y de
conducir en el campo de las instituciones republicanas, ese gran movimiento
transformador que agitaba la Argentina. No fue casual entonces que su prematura
muerte inaugurara la etapa sangrienta del último terrorismo de Estado padecido
en el país.
Fuente:
Revista La Maga, 11/07/03. Nota escrita por Eduardo Luis Duhalde en 1998.
33º
aniversario del asesinato del diputado nacional Rodolfo Ortega Peña
BUENOS AIRES, 29 de julio 2007 (DyN) - El 33º aniversario del asesinato del
diputado nacional Rodolfo Ortega Peña se cumplirá el martes próximo sin que los
autores intelectuales del crimen, consumado con el sello de la Alianza
Anticomunista Argentina, se encuentren todavía condenados.
Ortega Peña, quien antes de ser legislador fue historiador, editor de autores
nacionalistas, abogado sindical y de presos políticos, fue acribillado el 31 de
julio de 1974, un mes después de la muerte del ex presidente Juan Domingo Perón.
La causa fue reabierta este año con el pedido de extradición de la ex presidenta
María Estela Martínez de Perón y del ex policía Rodolfo Almirón, y la detención
domiciliaria de Juan Morales -estos dos últimos sospechados de ser los autores
materiales del crimen-.
Un viento de revisión sacudió en 2007 los adormecidos expedientes judiciales que
tenían en la mira a los miembros de la Triple A de José López Rega.
El movimiento judicial ayudó, a su vez, a volver la mirada hacia el asesinato de
Ortega Peña.
El mes pasado, el libro "La ley y las armas", de los periodistas Felipe Celesia
y Pablo Waisberg, ofreció la primera biografía de una personalidad que
entremezcló de forma singular la intelectualidad con la militancia.
Ortega Peña prácticamente inició su vida política en el Partido Comunista para
luego transitar el camino de la "peronización" de la mano del César Marcos
-mítico líder de la Resistencia Peronista-.
La biografía recorre la vida de Ortega Peña desde su infancia, en la coqueta
Escuela Argentina Modelo y el exclusivo Argentino Tenis Club, hasta su madurez,
convertido en uno de los más claros exponentes del peronismo de izquierda y del
revisionismo histórico. Un camino particular, no exento de contradicciones.
"Se trata de un personaje oculto en la historia argentina, que realizó diversos
aportes como historiador y que tuvo una activa participación en la vida política
argentina, y también expresa a parte de esos jóvenes que rompieron políticamente
con hogares profundamente antiperonistas y se sumaron a los viejos militantes de
la Resistencia", explica Celesia, en diálogo con DyN, al señalar algunos de los
motivos evaluados para abordar el trabajo.
Ortega Peña, junto a su inseparable amigo Eduardo Luis Duhalde (actual
secretario de Derechos Humanos), escribieron "Facundo y la montonera", "Baring
Brothers y la historia política argentina" y "Felipe Vallese: Proceso al
sistema", entre otros libros que fueron muy leídos por los militantes de los 70.
Sobre su tarea legal, Waisberg recuerda que Ortega Peña "participó de un grupo
de letrados, la Asociación Gremial de Abogados, que tomó el desafío de defender
a los presos políticos de la dictadura de Agustín Lanusse y esa tarea está
considerada como uno de los pilares de los actuales abogados de derechos
humanos".
La investigación, que demandó cuatro años, recoge un centenar de entrevistas que
fueron cotejadas con documentación relevada en una decena de colecciones de
diarios e incluye información contenida en los archivos de la SIDE y la DIPBA
(el ex servicio de inteligencia de la Policía bonaerense)
Si bien su asesinato no fue el primero cometido por la Triple A, los autores
entienden que ese crimen, que la fuerza paraestatal se encargó a adjudicarse,
"marcó un cambio de dimensión en la lucha política y un incremento en la
violencia que había comenzado a crecer ya con Perón en el poder".
Esa definición toma en cuenta lo que les relató Duhalde "sobre la existencia de
un 'Plan para la Eliminación del Enemigo' que López Rega le presentó a Perón" en
una reunión reservada en la residencia de Olivos y que los incluía entre los
blancos a eliminar.
Según afirmó Duhalde ante los autores y luego ratificó este año ante el juez
federal Norberto Oyarbide en la reabierta causa sobre la Triple A, la noticia se
las dio el ministro de Justicia, Antonio Benítez, quien además contó que "Perón
hizo silencio" ante la propuesta de su ministro.
"'Tienen luz verde', pensó Duhalde no sin cierto estremecimiento. Se preocupó
más que su amigo, le insistió para que tomara medidas de seguridad, le dijo que
no se expusiera tanto. Pero Ortega Peña no hizo más que lo acostumbrado: no
tomar taxis cuando iba con sus dos hijos, utilizar distintos caminos para ir de
su departamento al Congreso o a la redacción de la revista que dirigían, no
salir sin su arma", relatan los autores, en referencia a las advertencias.
La amenaza finalmente se corporizó el 31 de julio de 1974, cuando la sangre de
un diputado Ortega Peña corrió por la vereda de Carlos Pellegrini, esquina
Arenales.
DN FCR K-5539
DYN 07-29-07
La
primera biografía de Ortega Peña
La ley y las armas, Pablo Waisberg y Felipe Celesia, Aguilar, Buenos Aires 2007
- Capítulo de adelanto.
Descargar en pdf
A punto de llegar a las librerías, "La ley y las armas", el libro de los
periodistas Pablo Waisberg y Felipe Celesia, editado por Aguilar, es la primera
biografía de Rodolfo Ortega Peña, el militante del peronismo revolucionario
asesinado por la Triple A en 1974.
Abogado laboral, escritor, periodista, cofundador y codirector de la revista
Militancia, diputado del monobloque De Base al momento de su asesinato, había
ido evolucionando desde una adhesión acrítica al peronismo -incluso con un paso
por el vandorismo-, propia de muchos antiguos activistas de la izquierda
tradicional, hacia un consecuente compromiso con las experiencias más clasistas
y combativas del propio peronismo, con una fuerte influencia intelectual en esos
espacios.
A manera de adelanto, este es el capìtulo de introducción de "La ley y las
armas".
Aunque uno de los personajes era calvo y el otro melenudo, se integraban
mutuamente por sus edades indefinibles, por sus ropas idénticas y por un cinismo
natural que no carecía de gracia. "Parecen -observé- dos mellizos engendrados en
la propia matriz de la desvergüenza."
LEOPOLDO MARECHAL, Megafón o la guerra
¿Qué pasa, flaca?
Fueron las últimas palabras del diputado Rodolfo Ortega Peña. Helena Villagra,
su compañera, no pudo responder. Una bala le había lastimado el labio superior y
su boca se llenaba de sangre. Habían bajado de un taxi estacionado en doble fila
sobre la calle Carlos Pellegrini, pocos metros después de cruzar Arenales, en
pleno centro. Era una noche templada para ese invierno porteño.
El grupo armado que perpetró el ataque cumplió con el doble propósito de
eliminar a un adversario y anunciar sin ambigüedades que los tiempos habían
cambiado.
Los asesinos acertaron trece veces en ese hombre sin mucho control de su
entorno, que temía cruzar la calle porque no veía bien. Trece balas habían
lacerado mortalmente el cuerpo de ese provocador de lengua filosa, de ese hijo
de la burguesía porteña que había sido criado para asesorar multinacionales pero
que se había convertido en defensor de presos políticos.
Cuatro balas pegaron en la base del cráneo, otras cuatro se le incrustaron en el
cuello, el resto se repartió en axila, dedos, tórax, antebrazo. Una de ellas le
había rozado el revés de la mano derecha. Tal vez buscaba la pistola automática
que llevaba bajo el brazo y no llegó a empuñar. Helena Villagra intentó detener
su caída, sin éxito. No pudo evitar que el cuerpo robusto de casi cien kilos,
siempre acalorado, golpeara secamente contra un Citroën estacionado.
En el lugar quedaron veinticinco vainas servidas. En aquellos días se podía
morir de formas horribles en la Argentina, pero "ejecutar" a un diputado
nacional en el corazón de Buenos Aires corría el límite de la confrontación
política. Varios factores habían confluido esa noche para que Ortega Peña fuese
asesinado. Era el 31 de julio de 1974, minutos después de las diez. A comienzos
de ese mes, una multitud había llorado la muerte del presidente Juan Domingo
Perón.
La Triple A estaba desbocada.
Esa noche de luna llena, la Alianza Anticomunista Argentina empezaba a cobrar un
cheque en blanco. La banda de policías retirados y matones a sueldo, adiestrados
en el terrorismo urbano por los sicarios profesionales de la Organización Armada
Secreta de Argelia (OAS), había salido de cacería mayor. Sus víctimas ya no eran
solamente los militantes de base y los delegados de fábrica. Iban por todo y por
todos. No estaban solos, un sector del gobierno nacional los apoyaba.
El Ministerio de Bienestar Social, dirigido por el ex cabo de la Policía Federal
José López Rega, los había cobijado como a hijos dilectos. Fraternales amistades
y comunidad de intereses los unían a las fuerzas de seguridad. Los jefes de las
Fuerzas Armadas los dejaban actuar como parte de su estrategia golpista.
El asesinato de un diputado nacional marcó un cambio de dimensión en la lucha
política y un incremento en la violencia que había comenzado a crecer ya con
Perón en el poder. Así lo entendió la conducción de la organización Montoneros,
que poco después anunció su pase a la clandestinidad.
"La muerte no duele" era la sentencia que repetía el "Pelado" Ortega Peña cada
vez que alguien le pedía que se cuidara. Lo decía serio, casi solemne, para
después soltar su particular carcajada. Estaba convencido de que la exposición
pública y la lucha política junto a sus compañeros eran ese chaleco antibalas
que siempre rehusó usar.
Ortega Peña y su inseparable amigo, el abogado Eduardo Luis Duhalde, habían sido
advertidos, pero el Pelado ignoró el anuncio. La posibilidad de un atentado era
parte de sus vidas cotidianas. Varias veces les habían volado las oficinas.
Otras tantas los habían amenazado. Por eso no tomaron demasiado en cuenta el
aviso del ministro de Justicia, Antonio Benítez, sobre un "Plan de Eliminación
del Enemigo" que el lopezrreguismo presentó a Perón y a otros funcionarios
nacionales ese otoño de 1974. La Triple A ya había asesinado al sacerdote Carlos
Mugica, pero no se había adjudicado el atentado. Benítez les habló con evidente
preocupación.
Ortega Peña y Duhalde integraban la lista de ese plan, del que hablaron López
Rega y el flamante jefe de la Policía Federal, Alberto Villar. Perón había visto
sus figuras proyectadas en una pantalla y guardó silencio. "Tienen luz verde",
pensó Duhalde no sin cierto estremecimiento.
Se preocupó más que su amigo, le insistió para que tomara medidas de seguridad,
le dijo que no se expusiera tanto. Pero el Pelado no hizo más que lo
acostumbrado: no tomar taxis cuando iba con sus dos hijos, utilizar distintos
caminos para ir de su departamento al Congreso o a la redacción de la revista
que dirigían, no salir sin su arma. Sólo eso.
Nunca aceptó la custodia que le ofrecieron distintas organizaciones políticas y
que varias veces le recomendó Duhalde.
Ortega Peña prefería concentrarse en su trabajo intelectual o político más que
en diagramas de seguridad o contención. "La muerte no duele", insistía y
enseguida pasaba al comentario de la actualidad o la preparación de su revista.
Primero fue Militancia peronista para la liberación, clausurada por orden del
gobierno en marzo de 1974, y luego De Frente, que retomaba el nombre de la vieja
publicación de John William Cooke. Tenían una gran influencia sobre la
militancia. Sus posturas críticas eran un dolor de cabeza, tanto para el
gobierno como para las distintas organizaciones políticas.
Progresivamente se habían distanciado del tercer mandato de Perón. Una brecha
cada vez más profunda se había abierto tras el "Perón vuelve", que ellos habían
alentado. Su participación en el chárter que trajo al General en su regreso a la
Argentina, en noviembre de 1972, parecía ya parte de una historia ajena.
Se opusieron tenazmente a la designación de José Ber Gelbard como ministro de
Economía y a gran parte de los miembros del gabinete. Tampoco aceptaron la
"teoría del cerco" con la que muchos intentaron explicar el curso que tomaba la
tercera presidencia de Perón, que -según denunciaron los dos amigos- era una
traición al pueblo argentino y un abandono del programa que éste había votado.
"Yo creo que el peronismo debe aportar hacia la patria socialista desde el
peronismo.
Hay un camino de transición que debe recorrerse rápidamente. Pero el programa
del Frejuli ha sido abandonado. Acá, ahora, gana (Alejandro) Lanusse o el
peronismo", afirmaba Ortega Peña en marzo de 1974, en declaraciones publicadas
por la revista Así. La mención del ex presidente Lanusse apuntaba a denunciar
del gobierno como "continuista" de la anterior dictadura militar. Hacía sólo
unos días que Ortega Peña había asumido como legislador nacional y ya daba
muestras del papel que desempeñaría en el Congreso.
"Yo no lo necesito, lo necesita el país", le había dicho Perón el 29 de enero de
1974 al comisario Alberto Villar. Ese día lo había nombrado subjefe de la
Policía Federal. En mayo, lo ascendió a jefe de la fuerza. Villar conocía a
Perón desde los años cincuenta porque había formado parte de su custodia.
Para la militancia, la notoriedad del comisario Villar venía desde agosto de
1972, cuando al frente del Cuerpo de Infantería irrumpió con una tanqueta,
perros, gases lacrimógenos y balas de goma en la sede del Partido Justicialista,
en avenida La Plata. Allí estaban velando a tres de los fusilados en la Base
Naval Almirante Zar, de Trelew. Casi dos años después, en el entierro de Ortega
Peña, habría una reedición, corregida y aumentada.
El cuerpo de Ortega Peña fue llevado a la Comisaría 15ª, a dos cuadras del lugar
del atentado. Hasta esa seccional se movilizaron sus amigos Eduardo Luis
Duhalde, el abogado y poeta Vicente Zito Lema y el ex diputado Diego Muñiz
Barreto.
Allí se produjo un duro cruce con el comisario Villar, que entró en la seccional
sonriendo y bromeando con su plana mayor. La cosa no llegó a mayores en ese
momento, por la interposición de Ferdinando Pedrini, presidente del bloque de
diputados del Frejuli. Fue una noche muy larga. Pedrini había concurrido para
ofrecer el Salón Azul del Congreso para velar al diputado asesinado.
Pero sus amigos no aceptaron despedir en ese ámbito al Pelado, que al jurar como
legislador había reiterado la consigna "La sangre derramada no será negociada".
Duhalde entendió que el gobierno tenía responsabilidad en el asesinato y
prefirió buscar otro sitio.
Debía ser un sindicato. No en vano había sido, como él,abogado laboral y habían
defendido a más de dos mil trabajadores de los más variados gremios peronistas:
desde la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) de Augusto Vandor hasta la Federación
Gráfica Bonaerense de Raimundo Ongaro. Fue en la sede de los gráficos, en Paseo
Colón casi Independencia, donde se armó la capilla ardiente. Obreros,
estudiantes universitarios y militantes de las más variadas fuerzas políticas se
reunieron para despedir a Ortega Peña. Había jefes de las organizaciones
armadas, dirigentes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) chileno y
de los Tupamaros uruguayos.
En una habitación de la Federación Gráfica, a pocos metros del féretro, Duhalde
se sentó frente a la máquina para escribir el discurso de despedida. La ausencia
de Rodolfo era palpable. Golpeaba las teclas pero no sentía los pasos del Pelado
a sus espaldas. Estaba solo. Nadie cruzaba la habitación a zancadas, se
encontraba con la pared y recorría el camino inverso dictando frases, pensando
en voz alta. Duhalde intentaba encontrar las palabras justas que sintetizaran y
expresaran la intensidad de esa vida que acababan de apagar.
A la mañana siguiente, una movilización multisectorial acompañó el cuerpo hasta
el cementerio de la Chacarita. Incluía desde líderes de organizaciones armadas
hasta estudiantes secundarios que habían luchado intensamente para escuchar rock
en las clases de música o para que las chicas pudieran usar pantalones. El arco
ideológico abarcaba desde el ERP y las FAL hasta juveniles dirigentes radicales
como Leopoldo Moreau y Marcelo Stubrin, entre otros muchos lineamientos. Eran
años en los que la política se hacía en el barrio, en la escuela, en las
universidades, en las fábricas y también en el Congreso y en la Casa de
Gobierno. La composición social del cortejo que acompañó los restos de
OrtegaPeña era una expresión propia de la época.
La columna arrancó su marcha por Paseo Colón rumbo a la Casa Rosada. Estaba
encabezada por la bandera que había presidido el improvisado salón velatorio:
"La sangre derramada no será negociada". El cajón iba custodiado por sus amigos
más cercanos. Durante todo el camino los militantes mentaron a las madres de
Isabel, López Rega, Villar y Casildo Herrera, titular de la CGT.
La Policía Federal montó un operativo de proporciones y desplegó una cantidad
desusada de efectivos. Incluyó tanquetas y personal del Cuerpo de Caballería.
Hubo intentos de apoderarse del cajón y dispersar el cortejo. Uno de ellos se
produjo a metros de la Casa de Gobierno. La multitud se cerró sobre el coche
fúnebre y un legislador se atrincheró en el vehículo.
Los policías se dispusieron a reprimir, pero se contuvieron. Muchos
manifestantes creyeron ver que, desde el despacho presidencial, Isabel Perón y
López Rega observaban la escena.
Después de atravesar el centro, los militantes se distribuyeron en subtes,
micros y autos, rumbo a la Chacarita. En el camino, la policía iba deteniendo
los vehículos que cerraban la caravana. Al llegar, eran muchos menos. El
gobierno no quería que el entierro fuera un acto político, pero eso era
imposible. Los manifestantes forcejearon, pecharon y entraron cantando. La
represión se desató sin límite. Una multitud escapaba a los garrotazos y los
gases, mientras policías en moto disparaban escopetazos con balas de goma. Sobre
las tumbas, la tierra copiaba las huellas de los neumáticos.
El gobierno no tardó mucho en intervenir la Federación Gráfica. Durante la
semana siguiente al entierro, los nombres de los 380 detenidos aparecieron en
las listas amenazantes que la Alianza Anticomunista Argentina pegaba en las
paredes de fábricas y facultades. Pocos días después comenzaron a multiplicarse
los secuestros y fusilamientos en descampados. Ya no quedaban dudas sobre
quiénes integraban la Triple A ni sobre los intereses que estaban detrás de
ella.
El asesinato de Ortega Peña cerró una etapa. Le puso fin al período en el que
Rodolfo consideró que había vivido "de regalo". Esas ráfagas de ametralladora
completaron la tarea que había quedado inconclusa en octubre de 1965. En esa
ocasión, Ortega Peña y Duhalde habían escapado a una inesperada encerrona.
Los dos amigos eran por entonces jóvenes abogados de la UOM. Una noche, cuando
salían de un plenario gremial en la sede de la CGT, conocieron de cerca lo que
años después se convertiría en moneda corriente. Un auto con hombres armados
intentó cortarles el paso. Un volantazo rápido hizo que el Regis en el que iban
Ortega y Duhalde subiera a la vereda e improvisara un camino de escape. El
conductor tensó los músculos de su pierna derecha, llevó el pedal casi hasta el
fondo y el auto salió disparado. Era inevitable asociar el frustrado ataque con
la publicación, el mes anterior, de su primer libro: "Felipe Vallese: Proceso al
sistema".
El secuestro, la tortura y la desaparición de Felipe Vallese, delegado
metalúrgico y militante de la primera Juventud Peronista, se habían producido en
agosto de 1962. La persecución a obreros y dirigentes gremiales insumisos no era
una novedad, como tampoco lo eran el secuestro, el uso de la picana eléctrica o
los fusilamientos sumarísimos. Algunas de estas prácticas se remontaban al menos
a la Semana Trágica de 1919 y a la "década infame".
Pero en el "caso Vallese" se anunciaba la metodología de la desaparición forzada
de personas, que a partir de los setenta se generalizaría. La participación de
las policías bonaerense y federal en este caso se combinaba con otros elementos
del "sistema". Como había ocurrido en el pasado y se repetiría en el futuro, las
fuerzas de seguridad no actuaron en soledad. Necesitaron la colaboración, o al
menos la mirada cómplice, de muchos.
El primer libro redactado por Ortega Peña y Duhalde, editado por la UOM, provocó
más ruido que el esperado. La investigación retomaba el trabajo publicado por el
periodista Pedro Leopoldo Barraza en las revistas 18 de Marzo y Compañero sobre
el primer desaparecido peronista. Aunque la UOM demoró tres años en difundir
ampliamente la trama del crimen, el texto generó un efecto similar al de una
bomba de esquirlas:era difícil conocer a ciencia cierta el número de heridos.
Sobre todo porque no muchos querían mostrar sus laceraciones. De su lectura y
del contexto político se desprendían y se desprenden aún muchas más
responsabilidades que las que señala el libro. Ortega Peña y Duhalde habían
ingresado al peronismo desde la izquierda, con trayectorias disímiles. Por su
formación social e intelectual, Ortega Peña se había opuesto a los primeros
gobiernos de Perón y festejó el golpe de 1955.
Después, militó en el frente cultural del Partido Comunista, hasta su
desvinculación total en 1960. Por su parte, en la universidad, Duhalde se había
relacionado con Palabra Obrera, un grupo trotskista que practicaba el "entrismo"
en las filas del movimiento peronista. Luego, el contacto con César Marcos,
dirigente mítico de la Resistencia, los acercó definitivamente al movimiento
liderado por Perón.
Llegaron a la UOM de la mano del abogado Fernando Torres y dieron asesoramiento
legal durante el Plan de Lucha que libró la CGT en 1964. Esa vinculación
llevaría a que muchos militantes los acusaran de "vandoristas", un mote que los
siguió por mucho tiempo. Sin embargo, en aquellos años, también colaboraron con
Andrés Framini.
Por ejemplo, el duro discurso que leyó el dirigente gremial de los textiles para
condenar la invasión a Santo Domingo en 1965 había sido escrito por Ortega Peña
y Duhalde. Como otros intelectuales de izquierda, que llegaron al peronismo en
busca del "sujeto social" de la historia y el contacto directo con los
trabajadores,habían ingresado al movimiento como si fuera un todo. Poco a poco
fueron notando las diferencias. En ese proceso entendieron que cabían muchos
peronismos dentro del peronismo. Observaron, como tantos otros, que entre un
Vallese y un Vandor, por ejemplo, había grandes diferencias.
El alejamiento de la UOM se inició cuando Vandor apoyó el golpe del general Juan
Carlos Onganía. A partir de entonces, Ortega Peña y Duhalde se harían conocidos
por la gran difusión de sus trabajos sobre la historia argentina y su actividad
como abogados defensores de presos políticos. En libros como "Felipe Varela
contra el Imperio Británico" y "Baring Brothers y la historia política
argentina", se abocaron a reescribir la historia que habían instalado los
relatores oficiales.
Encontraron otra forma de leer los procesos sociales, las luchas políticas, los
ciclos económicos y los sufrimientos populares. Pusieron el centro en las masas
como sujeto de cambio y escrutaron la historia argentina con una mirada propia.
Capitalizaron para su trabajo las reuniones con Juan José Hernández Arregui y
José María Rosa. Sintetizaron el materialismo dialéctico de Rodolfo Puiggrós y
Eduardo Astesano con la visión peronista de John William Cooke. Sumaron a ello
la perspectiva antiimperialista de Raúl Scalabrini Ortiz y las conclusiones
nacionalistas de Arturo Jauretche. Rescataron la construcción del ser nacional
de Leopoldo Marechal.
En sus escritos, la resistencia a la "penetración extranjera" y los
padecimientos populares tenían una continuidad en el tiempo que les tocaba
vivir. Era una manera de tender lazos entre las luchas pasadas, las presentes y
las que vendrían.
Paralelamente, su actuación como defensores de presos políticos durante la
llamada "Revolución Argentina" (1966-1973) los iría convirtiendo en referentes
del peronismo revolucionario y de la izquierda. En esa labor, intervinieron en
causas difíciles, como las de acusados por los secuestros del general Pedro
Eugenio Aramburu y el empresario Oberdan Sallustro, e impulsaron la creación de
la Asociación Gremial de Abogados.
Esa intensa actividad no les impedía participar en las disputas públicas. No
dejaron de lado ni las reuniones con otros dirigentes ni la edición de sus
revistas. Tampoco dejaron de dedicar tiempo a sus familias. Eso era parte de la
vida y estaban dispuestos a vivir cada momento como parte de un todo, como si
fuera el último. Todos aquellos que conocieron de cerca a Rodolfo Ortega Peña le
reconocen una fabulosa capacidad de trabajo y una entrega sin par, junto con una
gran vocación de poder y ansias de reconocimiento.
Reconstruir esa vida intensa y llena de matices es la intención de este libro.
No es un homenaje, sino una investigación biográfica sobre un hombre que, a
través de los muchos ámbitos en que actuó y los grandes cambios que protagonizó,
se vincula a buena parte de la vida social, cultural y política de la Argentina
anterior al golpe de 1976. Desde su infancia, en la "década infame", hasta su
asesinato por la Triple A; de los "petiteros" de los cincuenta a "El extraño de
pelo largo"; de la familia católica y antiperonista a la identificación con el
peronismo revolucionario y la vinculación con la izquierda marxista.
La investigación insumió largas jornadas de búsqueda, lectura y cotejo de
documentos, publicaciones y escritos de todo tipo. Pero quizá la parte más rica,
sin duda la más vital, proviene de los testimonios obtenidos durante las
entrevistas realizadas.
De ellas surgieron datos, líneas de investigación, situaciones clave, puntos de
vista y anécdotas, de otro modo imposibles de saber, a partir de quienes
conocieron a Ortega Peña, compartieran o no su militancia o sus afectos. Su
valioso y generoso aporte hizo posible este trabajo. Salvo cuando se indica de
otro modo en el texto o en nota, son las voces y memorias registradas en esas
entrevistas las que se citan a lo largo de estas páginas.
"Cuento con el apoyo del pueblo. Creo que lo que está solo es el Parlamento, que
hace leyes antipopulares. Yo voy a tratar de hacer proyectos que respondan a lo
que el peronismo quiere y a las necesidades populares. El Consejo [Nacional
Justicialista] piensa que yo no soy peronista mientras que el pueblo me reconoce
como tal. Esto es lo que cuenta", disparó el flamante diputado Ortega Peña
durante un reportaje publicado el 19 de marzo de 1974 en la revista Así.
Eran sus primeras declaraciones como legislador nacional. Había asumido tras la
renuncia de los ocho hombres de la Juventud Peronista que habían dejado sus
bancas ante la decisión de Perón de avanzar en el endurecimiento del Código
Penal. Su situación no era cómoda en ese otoño de 1974, el último de su vida.
Había roto con el Frejuli y lideraba el Bloque de Base. Desde esa bancada
unipersonal, era un francotirador sin parapeto y no dejaba de lanzar andanadas
contra el gobierno. Fundamentaba políticamente cada una de sus exposiciones.
Molestaba. Empujaba como un tanque.
"Ortega
Peña sería muy útil en este escenario político"
Los dos periodistas se propusieron un trabajo que llevó cuatro años de
investigación: la minuciosa reconstrucción de una vida breve e intensa, en la
que la pasión política convivió con la abogacía, la filosofía y la tarea de
historiador. Quedó un misterio: el destino final de las cenizas de Ortega Peña.
"El reivindicaba la figura de Perón, pero no para que Perón le dijera que
hiciera cualquier cosa."
Subnotas
Por Silvina Friera
"La muerte no duele" era la sentencia que repetía Rodolfo Ortega Peña, el
Pelado, cada vez que alguien le pedía que se cuidara. Cuentan que lo decía
serio, casi solemne, para después soltar su particular carcajada. Estaba
convencido de que la exposición pública y la lucha política junto a sus
compañeros eran ese chaleco antibalas que siempre se negó a usar. Aunque el
diputado nacional y su inseparable amigo, el abogado Eduardo Luis Duhalde,
habían sido advertidos por el entonces ministro de Salud, Antonio Benítez, sobre
el "Plan de Eliminación del Enemigo" que el lopezreguismo había presentado a
Perón, el Pelado prefería concentrarse en su trabajo intelectual y político más
que en diagramas de seguridad o contención. En el otoño de 1974, su situación no
era cómoda: había roto con el Frejuli y lideraba el Bloque de Base. Desde esa
bancada unipersonal era un francotirador sin parapeto que no dejaba de lanzar
andanadas contra el gobierno, fundamentando políticamente cada una de sus
exposiciones, molestando, empujando como un tanque. La noche del 31 de julio de
1974, después de haber bajado de un taxi sobre Carlos Pellegrini, en pleno
centro porteño, los asesinos de la Alianza Anticomunista Argentina acribillaron
a ese provocador de lengua filosa de 38 años, hijo de la burguesía porteña –de
familia católica y antiperonista, que festejó el derrocamiento del "tirano"–,
educado para asesorar multinacionales, pero que se convirtió en abogado de
organizaciones sindicales y defensor de presos políticos, historiador
revisionista, militante del peronismo vinculado con organizaciones armadas,
peronistas y no peronista, y que había jurado como diputado bajo la consigna "La
sangre derramada no será negociada".
En La ley y las armas (Aguilar), los periodistas Felipe Celesia y Pablo Waisberg
reconstruyen minuciosamente la intensidad con la que vivió Ortega Peña, desde la
infancia y educación en la exclusiva Escuela Argentina Modelo (EAM), donde lo
consideraban el "traga", un tipo personalista, competitivo y hasta un poco
"alcahuete", aunque la mayoría reconocía que era "un gran lector, con una
cultura superior a la normal", pasando por su opción por la abogacía y su pasión
por la filosofía, hasta su identificación con el peronismo revolucionario y su
vinculación con la izquierda marxista. El libro, la primera biografía publicada,
es una rigurosa investigación que demandó a los autores cuatro años de trabajo,
más de cien entrevistas realizadas a personas que conocieron a Ortega Peña,
entre las que se destacan sus hijos, Ramiro y Mariana, y su amigo Eduardo Luis
Duhalde, actual secretario de Derechos Humanos de la Nación, y el relevamiento
de distintas fuentes documentales: diarios y revistas, artículos periodísticos y
políticos de la época, y los archivos de la SIDE y la Dipba (el ex servicio de
inteligencia de la Policía Bonaerense). Esta biografía viene a reparar el olvido
–esa forma de derogación de la memoria– que pesa sobre Ortega Peña a 33 años de
su asesinato, sin que los autores intelectuales del crimen hayan sido aún
condenados. La causa judicial sobre los crímenes de la Triple A fue reabierta el
año pasado por el juez federal Norberto Oyarbide con el pedido de extradición de
Rodolfo Almirón, ex jefe de la organización terrorista de ultraderecha que vive
en Torrente, cerca de Valencia (España), y que fue descubierto por una
investigación periodística del diario El Mundo. En enero de este año el
magistrado ordenó también la detención domiciliaria de Juan Morales, ambos
sospechados de ser los autores materiales del crimen de Ortega Peña.
Lejos del peligro de moldear un busto de bronce, Celesia y Waisberg, que
nacieron en 1973 y 1974, respectivamente, señalan que quisieron relatar el
derrotero de una vida corta y explosiva; profunda y lúdica y, a menudo,
contradictoria y criticable como cualquier existencia puesta bajo la lupa. "Fue
un referente muy importante de los años ’70 que estaba en el olvido", confirma
Celesia en la entrevista con Página/12. "Es un tapado de la historia argentina,
que hizo diversos aportes como historiador y que tuvo una activa participación
política. Además, representa a buena parte de esos jóvenes que rompieron
políticamente con hogares profundamente antiperonistas y que se sumaron a los
viejos militantes de la Resistencia." Waisberg cuenta que lo primero que le
llamó la atención fue la intensidad con la que vivió. "Se recibió de abogado a
los 21, se afilió al PC, después se sumó al peronismo a través de César Marcos,
un histórico de la Resistencia peronista, escribió doce libros de historia y
fundó una editorial, Sudestada, para editar a autores nacionales", enumera el
periodista. "Más allá de los claroscuros que tiene su vida, como la de cualquier
persona, hay cierta coherencia con su pensamiento más íntimo", agrega Waisberg.
"Era un peronista crítico, que reivindicaba la figura de Perón, pero no para que
Perón le dijera que hiciera cualquier cosa. Cuando empezó su ruptura con el
peronismo, Perón estaba vivo. Uno puede estar de acuerdo o no con su lectura
política, pero eso marca la diferencia con otros dirigentes de la época que no
se animaron a cuestionar a Perón en vida."
Celesia explica que en los ’70 estaba legitimado el asesinato político. "Por
supuesto que no lo van a decir públicamente, pero no creo que se hayan
entristecido cuando lo mataron a Rucci. En ese momento la confrontación hacía
que se legitimara moral y políticamente el asesinato. Ahora el asesinato
político no es una práctica habitual, esto es una gran diferencia entre aquella
y esta época", compara el biógrafo. "Si bien no podemos proyectar qué hubiera
pasado con un dirigente como Ortega Peña, pienso que sería un tipo muy útil en
este escenario político. Quizá en la violencia previa al golpe de 1976 y durante
la dictadura, mataron a una parte sustancial de la clase política, que creo que
habría evitado muchos males en este país, o por lo menos grandes crisis. No sé
si mataron a los mejores, como muchos dicen, pero estoy convencido de que
mataron a muchos muy buenos."
–¿Por qué creen que la figura de Ortega Peña quedó eclipsada, cuando fue tan
representativo en los años ’70?
Pablo Waisberg: –Los jóvenes militantes actuales tienen datos muy sueltos, y
algunos ni siquiera saben quién fue Ortega Peña. El punto de vista que planteaba
Ortega Peña y lo que lo diferenciaba es que con la misma información, él buscaba
una lectura distinta. Y eso era bastante revulsivo. Con la misma información con
la que Montoneros decía que a Perón lo estaban cercando, él decía que Perón
traicionaba el programa del Frejuli.
Felipe Celesia: –Su inorganicidad lo terminó eclipsando. Nunca fue un dirigente
ni un militante orgánico de ninguna de las organizaciones armadas, ni de un
partido político, entonces no fue reivindicado ni homenajeado por ningún grupo
político.
P. W.: –Como no es propio, se lo disputan todas las organizaciones. El PRT-ERP
decía que Ortega Peña era de ellos, el peronismo de base y las FAP también. Y no
era de ninguno, aunque estuvo más cerca del peronismo de base. En uno de sus
últimos libros, Ortega Peña decía que reivindicaba el peronismo de las bases, y
el PB lo veía como uno de sus intelectuales. Pero tanto Ortega Peña como Duhalde
no eran orgánicos. Lo que él hacía era colaborar con todos, pero no subsumirse a
ninguno.
F. C.: –El hubiera logrado otra cobertura en el marco de una organización, pero
estaba muy solo políticamente en el ámbito legislativo. Pero también consiguió
una relevancia y una trascendencia que era difícil de medir para alguien que era
independiente. Cuando asumió como diputado, La Opinión le dedicó la tapa y
Noticias hizo lo mismo. No era un hecho menor que Ortega Peña obtuviera una
banca de diputado.
–Esta independencia era muy atípica para el paradigma de pertenencia de la
época.
F. C.: –El paradigma de la época era que uno borraba su individualidad en
función del proyecto colectivo, se integraba sin cuestionamientos. Y Ortega Peña
no encajaba en este molde. Tanto él como Duhalde fueron muy criticados por
querer figurar y tuvieron que cargar con eso. Hoy serían considerados muy
mediáticos.
–¿Ellos apelaban a los medios de comunicación, sin el prurito de considerarlos
"burgueses" o funcionales al sistema?
P. W.: –Sí, armaban muchas conferencias de prensa.
F. C.: –Y tenían vínculos con los periodistas que cubrían los temas policiales,
hacían comunicados, y cuando tenían la oportunidad hablaban con la prensa, lo
cual era muy novedoso para la época. Y tuvieron mucha efectividad como abogados,
más allá de que algunos nos dijeron que no eran juristas brillantes. Tenían un
gran talento para diferenciar hasta dónde tenía que ser jurídica o política la
defensa de un preso político. Eran tipos muy audaces que jugaban con todas las
herramientas que tenían a mano.
–¿Creen que si Ortega Peña viviera, integraría el gobierno kirchnerista, como
Duhalde?
P. W.: –No sé, sería hacer una proyección política demasiado compleja.
F. C.: –Me animaría a decir que su independencia se habría agudizado. Hoy sería
un dirigente de izquierda que mantendría su independencia como valor. Pero si me
preguntaran qué hubiera hecho si Kirchner le ofrecía un ministerio, quizá lo
hubiera aceptado porque no le tenía miedo al poder. Y supongo que en muchos
aspectos coincidiría con la agenda de este gobierno, pero estoy seguro de que no
se hubiera encuadrado con el kirchnerismo.
–¿Es cierto que no se sabe dónde están los restos de Ortega Peña?
P. W.: –Sí. Cinco años después de la muerte de Ortega Peña, su padre, que no
había ido al velorio del hijo porque estaba peleado con él desde fines de los
sesenta, retiró las cenizas del cementerio y las puso en una maceta. Después el
padre se murió y nadie sabe qué pasó con la maceta.
F. C.: –Es una interpretación personal, pero hay un contraste notable entre esa
intensidad con la que vivió y cómo desaparece y se pierde en el fondo de la
historia en una maceta...
El recuerdo de Duhalde
"Buscó colocar su profesión al servicio de la clase obrera y lo hizo de la
manera que en su momento creyó correcta. A través de los sindicatos, de la clase
obrera organizada sindicalmente. Pensaba en aquel entonces que era posible
cambiar la naturaleza de los dirigentes sindicales. Que la burocracia sindical
era una estructura huérfana de ideología y que a través de ella era posible
llegar a los trabajadores en su conjunto. Que no debíamos descolgarnos y debía
darse batalla en el propio campo de la superestructura sindical", leyó Eduardo
Luis Duhalde el 2 de agosto de 1974, en el cementerio de la Chacarita, durante
el sepelio de Rodolfo Ortega Peña. "No tenía una vocación suicida o destructiva.
Por el contrario, era profundamente vital. Amó tanto la vida que no vaciló en
morir para que otros pudieran vivir más dignamente", agregó Duhalde. "Porque
morir por el pueblo es vivir, en esta hora de apretar los puños y de tristezas,
reafirmamos aquel juramento: La sangre derramada por Ortega no será negociada. Y
decimos simplemente, como a él le hubiera gustado: Ha muerto un revolucionario,
¡viva la revolución!".
Felipe Celesia. Nació en Buenos Aires en 1973. Es periodista de la agencia de
noticias Télam y trabajó en el diario La Capital de Mar del Plata, en La Prensa
y en la agencia Noticias Argentinas. En 1996 ganó el Premio Municipal de
Literatura de Mar del Plata por el ensayo La ciudad enemistada.
Pablo Waisberg. Nació en Buenos Aires en 1974 y es licenciado en Periodismo por
la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora.
Es periodista de la agencia Noticias Argentinas, trabajó también en la agencia
Télam y desde 2000 es corresponsal de la revista Latinamerica Press / Noticias
Aliadas (Lima, Perú).
La mirada de los otros
- Guillermo Dameno (arquitecto, compañero de escuela de Ortega Peña): "Era el
tipo más pacífico del curso. Muy callado y disciplinado, jamás me hubiera
imaginado lo que vino después. No tenía inclinación por la política; imposible
pensar que se metiera en líos".
- Arturo Peña Lillo (editor): "A Rodolfo y a Eduardo los leía la juventud
universitaria. Había una gran avidez por todo lo que suponía una revisión de la
historia. Ellos no negaban su filosofía marxista. Hacían gala de ese marxismo,
no sé hasta qué punto estudiado a fondo. Había un gran movimiento de izquierda
marxista pero desde el punto de vista del trotskismo. El otro sector, que no sé
hasta qué punto era marxista, era el Partido Comunista. Pero ellos renegaban del
PC, porque el PC era bien liberal".
- Vicente Zito Lema (poeta y militante): "La gente en la facultad sabía quién
era Rodolfo. Tenía peso propio. Lo conocían por su vozarrón, por su tamaño, por
su andar. Tenía un andar como el de alguien que sabe adónde va. Caminaba como
Cortázar, balanceándose, como si fuera un marinero en alta mar, que avanza, que
es azotado por vientos, pero que uno sabe que va a llegar".
- Marcelo Stubrin (ex diputado radical): "Era un hinchapelotas profesional.
Pedía la palabra, se metía, molestaba, era un tipo muy activo y de una
inteligencia única".
- Eduardo Paredes (cronista parlamentario del diario La Opinión): "Era muy
irónico y no se repetía nunca. Cuando tomaba la palabra, sus fundamentos eran
políticos, no técnicos. Tenía un gran coraje para meterse en aquella cámara con
un treinta por ciento de diputados de extracción sindical".
(En La ley y las armas, Aguilar)
Fuente: Página/12, 11/08/07
Por Pablo Mendelevich
Hace 30 años, el senador radical Hipólito Solari Yrigoyen sobrevivía al primer
atentado cometido por la siniestra organización de ultraderecha creada por José
López Rega.
Hipólito Solari Yrigoyen, que entre 1973 y 1995 sumó doce años como senador
nacional por Chubut, es un hombre de hábitos estables. Vive en Puerto Madryn en
la misma casa que se construyó en los sesenta, usa cuando viene a Buenos Aires
su departamento de siempre, sobre la avenida Santa Fe, y hasta conserva la misma
cochera de hace treinta años, a sólo una cuadra, en el garage de Marcelo T. de
Alvear 1276. Que conserve la cochera y allí estacione su auto actual -un Renault
9 sedentario- es una curiosidad. Pero que viva, que este radical de mucho más
coraje y cicatrices que rencores viva, es ya un dato histórico. Una excepción.
Acaso un milagro.
En esa cochera, hace treinta años, voló por los aires apenas encendió el motor
de su Renault 6, donde lo esperaba una bomba destinada a matarlo. Aunque el
objetivo no se cumplió, el atentado figura con relieve en todos los libros
dedicados a los años de plomo -y seguramente en los textos de historia que
vendrán- porque así debutó, ese 21 de noviembre de 1973, la Alianza
Anticomunista Argentina, conocida como Triple A.
Se acaban de cumplir, pues, tres décadas del bautismo de fuego de la mayor banda
de ultraderecha jamás conocida, autora de 600 o 700 asesinatos, que fermentó en
el gobierno peronista 1973-76 y sirvió de piedra basal al terrorismo de Estado.
Cofundador del Movimiento de Renovación y Cambio de la UCR, Solari Yrigoyen, de
perfil progresista, no ejercía como abogado pero asesoraba a los gremialistas
combativos Agustín Tosco y Raimundo Ongaro y había contribuido a salvar a
militantes chilenos de la flamante represión pinochetista. Hoy, a los 69 años,
acepta recordar ese miércoles y el garage ensangrentado siempre que no sea por
él, por su caso personal, dice, sino para no olvidar lo que la Triple A le causó
al país.
A él, imposible soslayarlo, le causó otros contratiempos. Cuando ya había dejado
la silla de ruedas y volvía a caminar -con muletas-, después de infinitas
semanas de internación y seis operaciones de las piernas, en 1975 volvió a volar
por los aires (en sentido más literal aún: chocó contra el techo del dormitorio)
cuando la Triple A le colocó otras dos potentes bombas sincronizadas en Puerto
Madryn, una de las cuales no estalló; eso evitó que la casa se le cayera encima.
Más tarde, ya bajo el Proceso, la represión ilegal que había fagocitado a la
Triple A probó sobre Solari Yrigoyen todo su instrumental: el senador fue
secuestrado, estuvo desaparecido, fue torturado, lo "blanquearon" (fue puesto a
disposición del Poder Ejecutivo) y, tras un año de cárcel, la Junta Militar lo
expulsó del país. El senador norteamericano Edward Kennedy, que lo homenajearía
en Washington al comienzo del exilio, estuvo entre los primeros en comprender
que Solari Yrigoyen resumía sobre su cuerpo el drama de la Argentina trágica.
La voladura del auto ocurrió horas después de una sesión del Senado en la cual
este político de hablar articulado, con una exposición de cuatro horas, había
sido la figura central. Se trataba en el recinto la ley de Asociaciones
Profesionales (por algún motivo, también la legislación laboral marcó las aguas
políticas en los años ochenta y fue la chispa del escándalo de las coimas en el
Senado en los noventa). Sostenía que aquella ley consolidaba una "oligarquía
sindical". Enseguida, Lorenzo Miguel, uno de los hombres más fuertes del
sindicalismo dominante, paradigma del burócrata sindical según las iracundas
organizaciones de la llamada izquierda peronista, calificó públicamente a Solari
Yrigoyen como "enemigo público número uno".
La prensa de la época no tardó en conectar esta declaración con el atentado y
Miguel tampoco tardó en apersonarse en el Instituto del Diagnóstico para
gesticular una condena, pero Solari Yrigoyen no la escuchó de sus labios porque
a esa hora luchaba para evitar que le amputaran la pierna izquierda.
En cambio, el sobreviviente sí pudo oír apenas a la vicepresidenta Isabel Perón.
La había enviado el presidente Juan Domingo Perón, quien el mismo día de la
bomba caía en cama, no con una ligera indisposición, ahora se sabe, sino con una
grave crisis que al año siguiente derivaría en su muerte.
Recuerda Solari Yrigoyen: "No sé si Isabel entendía lo que estaba pasando; me
dijo: "¡No sé qué pretende esta gente!, ¿una Cuba, un Chile?". Me hablaba
como si el atentado lo hubiese cometido la izquierda". Un día antes del ataque
el senador había recibido un sobre que decía AAA. "Ya no me acuerdo si lo
traducían como Alianza Anticomunista Argentina o Alianza Antiimperialista
Argentina (duda comprensible: ambos nombres se alternaron), pero yo sólo estuve
en condiciones de contar la existencia de la amenaza días después. Cuando la
conté, se conoció la Triple A". Los sobres con amenazas y las listas de
condenados a muerte por la Triple A se harían desde entonces una costumbre que,
a partir de marzo de 1976, la represión militar abandonaría: sobraba el miedo,
se fingiría orden, ya no habría advertencias personales. Pero durante el
gobierno justicialista muchas personas salvaron su vida al saberse enfocadas por
el terrorismo de ultraderecha, como el diputado Héctor Sandler, que se escondió
en el Congreso, o los actores Héctor Alterio, Luis Brandoni y Norman Briski y la
cantante Nacha Guevara, quienes se fueron del país cuando se difundió que la
Triple A los consideraba enemigos. No era necesario tener ideas radicalizadas
para estar en las listas. Como el macartismo norteamericano, la Triple A veía
comunistas, "zurdos" o "infiltrados" por todas partes. Las figuras públicas
potenciaban el efecto.
Lo más notable de la condena oficial al atentado sufrido por Solari Yrigoyen es
que a Isabel la había acompañado al sanatorio -aunque no habló con el paciente-
el ministro de Bienestar Social, José López Rega. Es decir, el creador de la
Triple A.
El obsecuente López Rega, ex cantante, astrólogo, sirviente, secretario privado
del general, sargento de la Policía Federal autoascendido a comisario y ministro
entronizado por Perón en el elenco del efímero Héctor Cámpora para permanecer
incólume en el gabinete mientras los presidentes cambiaban (fue el único que
duró con Lastiri, Perón e Isabel, hasta caer por presión sindical a mediados de
1975), iba entonces camino a convertirse en el hombre fuerte del gobierno
justicialista. Esotérico Rasputín, temerario emergente de un gobierno que
prometía la Argentina Potencia mientras la espiral de violencia de origen
peronista, marxista y paraestatal cobraba cientos de muertos y el descontrol
económico crecía, López Rega estaba ensayando el principio rector del golpe
militar posterior. "La subversión y el terror de derecha no son lo mismo -diría
en 1976 el contralmirante César Guzzetti, canciller de Videla-. Cuando el cuerpo
social del país ha sido contaminado por una enfermedad que le devora las
entrañas, forma anticuerpos y esos anticuerpos no pueden considerarse del mismo
modo que los microbios".
Una parte de la Triple A funcionaba en el propio Ministerio de Bienestar Social,
sobre la Plaza de Mayo. Allí se descubrió el 19 de julio de 1975, cuando el
Cuerpo de Granaderos desarmó la guardia del Brujo, un verdadero arsenal de
guerra: escopetas Itaka, fusiles Hight S, ametralladoras Ingram, revólveres
Magnum, granadas, silenciadores y munición de grueso calibre, nada demasiado
vinculado con el bienestar social, desmesurado, en el mejor de los casos, para
asistir a la custodia personal del ministro, como argumentaban sus escasos
defensores. La Triple A se completaba con policías retirados y en actividad,
como el comisario Alberto Villar (designado jefe de la Policía Federal por
Perón, luego asesinado por los Montoneros), militares (se cree que entre ellos
estaba el capitán Mohamed Alí Seineldín), matones sindicales, extrema derecha
peronista y delincuentes, como Aníbal Gordon. La impunidad era ilimitada.
Confirma hoy Solari Yrigoyen que a nadie le interesó investigar su atentado.
Tampoco hubo voluntad política de esclarecer las amenazas ni las bombas
colocadas en locales partidarios, una acción modesta al lado de las mutilaciones
de algunas de las víctimas cuyos cadáveres -otra diferencia con el Proceso-
aparecían luego y esparcían el espanto. Aunque sin una configuración orgánica
definida, la Triple A giraba en torno a las revistas Cabildo, abiertamente nazi,
y El Caudillo, financiada por Lorenzo Miguel.
La reciente desclasificación de documentos de aquella época pertenecientes al
Departamento de Estado norteamericano permitió confirmar que la embajada de
Estados Unidos en Buenos Aires conocía entonces el concurso gubernamental en la
Triple A, aunque reconocía que era difícil de probar. Uno de los muchos informes
secretos en inglés dice que algunos atentados se hacían "por cuenta propia"
mientras que otros estaban "dirigidos oficialmente". No todos llevaban el sello
de la Triple A. Según la Conadep, está acreditado que la Triple A cometió 19
homicidios en 1973, 50 en 1974 y 359 en 1975.
Sí supo todo el país en su momento que la Triple A había asesinado a Silvio
Frondizi, hermano del presidente, a Rodolfo Ortega Peña, abogado de guerrilleros
y socio del actual secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, o,
entre muchos más, a jefes policiales legalistas como Julio Troxler y Rubén
Fortuny. No tuvieron la suerte de Jorge Taiana, médico y ministro de Perón, a
quien alguien le avisó que la Triple A planeaba matarlo y se puso a resguardo.
Ese alguien era Antonio Benítez, otro ministro, el de Justicia.
De triste recuerdo, los crímenes de la Triple A tampoco fueron demasiado
removidos cuando renació la democracia. A casi nadie le pareció indicado revisar
responsabilidades penales engarzadas con responsabilidades políticas nunca bien
aclaradas.
Un
nuevo crímen fascista contra el pueblo
El asesinato del Dr. Ortega Peña
[Publicado en El Combatiente N° 129, 7 de agosto de 1974]
"Las bandas asesinas dirigidas desde el "Ministerio del Pueblo" que comanda el
Secretario Privado de la Presidente de la República, se ha cobrado una nueva
víctima de las filas del Pueblo. El Dr. Ortega Peña consecuente defensor de los
intereses populares, diputado del Parlamento Nacional, fue fríamente acribillado
y herido de muerte en pleno centro de Buenos Aires, en otro de los tantos
crímenes que cometen las organizaciones parapoliciales y que en este momento,
intensifican su accionar represivo, apañados por el gobierno nacional, y en
especial por el ala lopezreguista que va cobrando fuerza en el gobierno y se
lanza decidida al ataque contra el pueblo.
El Dr. Ortega Peña en ejercicio de sus funciones como diputado supo aprovechar
revolucionariamente el Parlamento, denunciando en reiteradas oportunidades las
maniobras reaccionarias de la burguesía y dirigiendo su actividad como
parlamentario fuera del propio recinto de la Cámara, hacia las amplias masas
obreras y populares, llevando su solidaridad a los conflictos obreros,
denunciando en el recinto parlamentario los crímenes cometidos contra la clase
obrera y el pueblo y exigiendo su esclarecimiento.
Ortega Peña fue un elemento de vanguardia en la formación y surgimiento del
peronismo revolucionario, como corriente que rescataba todo lo sano y combativo
del peronismo, frente a la aversión oficial, burguesa y burocrática del
movimiento de Perón. Desde esta posición de peronista revolucionario, levantó y
defendió la bandera de la Patria Socialista y bregó con firmeza por la unidad de
acción con la izquierda revolucionaria no peronista, concretándola prácticamente
con su participación en el Frente Antimperialista y por el Socialismo (FAS).
En 1971, denunció el secuestro y muerte de Maestre por los parapoliciales, así
como otras denuncias sobre la acción represiva y reaccionaria de la dictadura;
luego de la asunción del gobierno peronista, prosiguió denunciando enérgicamente
la actividad antipopular de las bandas armadas del fascismo.
Hoy, esos mismos grupos, acompañados directamente por el gobierno, fueron sus
asesinos, porque para ellos que se cansan de hablar de "paz social" y repudian
la violencia, la paz social significa que los oprimidos dejen que sus opresores
los exploten sin protestar; llaman violencia a la defensa de los intereses
obreros y no a la que ejercen diariamente los explotadores contra el pueblo, o
contra quienes defienden sus intereses, como el caso del Dr. Rodolfo Ortega
Peña.
Sus restos fueron velados en la Federación Gráfica Bonaerense, cubierto con la
bandera argentina y rodeados por las insignias y el homenaje de las
organizaciones armadas del pueblo y de los partidos populares y revolucionarios.
Pero la misma barbarie criminal que impulsó las manos asesinas que terminaron
con la vida de Ortega Peña, también intentó empañar el homenaje que el pueblo
quiso brindarle en el acto de su sepultura. Así la Policía Federal, bajo las
órdenes del tristemente célebre comisario Villar, reprimió salvajemente al
cortejo que acompañaba sus restos.
Casi cuatrocientas personas fueron detenidas bajo las más caprichosas
acusaciones, cuyo único fundamento se encuentra en el irracional odio, que
caracterizaba Villar contra todo lo que sea popular, como así también a sus
siniestros federales y a quienes lo acompañan desde el gobierno.
Nuestro Partido reconoce en el Dr. Ortega Peña a un consecuente luchador popular
contra los intereses reaccionarios y proimperialistas de la burguesía
gobernante, y rinde homenaje a su memoria comprometiendo sus esfuerzos en
derrotar definitivamente este régimen lacayo, asesino y mercenario, hasta la
erradicación definitiva de la explotación en nuestro país, hasta el triunfo de
la revolución social, y la implantación de la Patria Socialista por la cual cayó
el compañero Ortega Peña."
COMPAÑERO ORTEGA PEÑA
¡HASTA LA VICTORIA SIEMPRE!
30
años del primer asesinato público de la Triple A
Ortega Peña, el diputado rebelde. Hace treinta años, la Triple A asesinaba en
pleno centro al diputado Rodolfo Ortega Peña, expresión del peronismo
revolucionario. Comenzaba así la larga lista de crímenes que llevaría al golpe.
Por
Luis Bruschtein
La imagen de la fotografía es siempre la de un hombre con la inteligencia
despierta, una inteligencia cazadora, acechante de nuevas realidades y
situaciones, para absorberlas, digerirlas y domarlas con una respuesta que le
diera la capacidad de transformarlas. La calva reluciente y prematura, los
anteojos de armazón gruesa y una barba candado, saco y corbata de abogado y a
veces un cigarrillo que le quema los dedos. Es la imagen de Rodolfo Ortega Peña,
sus últimas fotografías, abogado, diputado, 38 años. Hace 30 años, la Triple A
del ministro José López Rega lo fusiló con ocho balazos en la cabeza, uno en el
brazo y varios más en el cuerpo.
Para muchos será injustamente recordado por esa imagen que quedó en los archivos
y por haber sido la primera víctima de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA)
que comenzaba a operar abiertamente un mes después de la muerte de Perón. La
ráfaga de ametralladora que lo abatió en Carlos Pellegrini y Arenales, a las
cuatro de la tarde del 31 de julio de 1974, imponía su propia lógica también
para el recuerdo. Y abría la puerta a la espiral de crímenes y atentados que
empujaba indefectiblemente hacia el golpe militar del 24 de marzo de 1976.
Injustamente para el recuerdo porque esa forma de morir no estaba en su elección
de vida, aunque todas sus elecciones en esa época podían llevar a ese final.
Ortega Peña, el diputado del bloque unipersonal De Base, había sido amenazado
varias veces, estaba en una lista que había hecho pública la Triple A, que a
partir de ese primer asesinato se fue cumpliendo inexorablemente. La muerte de
Perón había desequilibrado el juego político, había creado un vacío que sería
ocupado ahora por una atropellada de los peores grupos enquistados en el esquema
de poder que dejaba. Y para los que Ortega Peña era un blanco estratégico, por
eso lo eligieron para empezar la lista.
Sin integrar en forma orgánica ninguna de las organizaciones armadas o no del
peronismo revolucionario e incluso de la izquierda, Ortega Peña era respetado
por todas. En muchos casos, había sido defensor de algunos de sus dirigentes,
con todas había polemizado, había planteado acuerdos y diferencias en un momento
en el que esa actitud despertaba la irritación de organizaciones más
acostumbradas a que el compromiso ideológico tuviera su correlato en una
adscripción vertical y menos discutidora.
La historia de su vida es coherente con esa imagen que quedó en los archivos, el
hombre de mirada lúcida que reflejaba una inteligencia innovadora con la
capacidad de ver más allá de los discursos instalados incluso en la izquierda.
En los años ‘60 había sido asesor legal de los sindicatos más poderosos, entre
ellos la UOM, había hecho una reivindicación de los caudillos montoneros en la
historia y en 1964 había publicado Felipe Vallese, proceso al sistema, una
durísima denuncia por el asesinato del militante peronista a manos de la
policía.
No era un bagaje tradicional para el pensamiento de una izquierda que más bien
era refractaria al peronismo y al revisionismo histórico en los que, así
combinados, creía ver reflejos amenazantes de fascismo. Una época en la que esa
visión de la izquierda determinaba que los primeros grupos del peronismo
revolucionario encontraran más afinidad con las corrientes nacionalistas. Sin
embargo, la nueva visión del peronismo y de la historia serían vertientes
importantes del pensamiento de la nueva izquierda que crecería desde el ‘66 en
adelante y en especial durante los años ‘70.
El actual secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, que fue socio
profesional y amigo de Ortega Peña lo recuerda en sus épocas de estudiante:
"Recibido de abogado a los 20 años, haciendo al mismo tiempo la carrera de
filosofía, estudiando luego ciencias económicas; polemizando con Julián Marías
sobre la ontología de Unamuno; con Carlos Cossio sobre la teoría ontológica del
derecho, con Tulio Halperín Donghi sobre la significación del Facundo; con
Marechal y Sabato sobre la estructura de la novela; con Córdova Iturburu sobre
las pinturas rupestres de Cerro Colorado, pocos casos debe haber en nuestro país
de un intelectual con tanta capacidad y actividad interdisciplinaria. Al mismo
tiempo con tan poco interés en dedicar su vida prioritariamente a cualquiera de
esas disciplinas, pese a haber sido hasta el fin un ávido y obsesivo lector de
todas ellas, en castellano, inglés, francés, alemán, italiano, portugués, latín
y griego".
Todos los trabajos periodísticos y ensayos llevan la firma de los dos socios,
desde prólogos a escritos de John William Cooke, hasta Facundo y la Montonera o
La Baring Brothers y la historia política argentina donde denunciaban a
Bernardino Rivadavia, el primer presidente, icono de la historiografía liberal.
Duhalde lo ha definido como "peronista visceral y gramsciano convencido" en una
mezcla que bajo la apariencia de complejidad esconde la verdadera sencillez
frente a la dificultad que tienen los dogmas para adaptarse a una realidad
concreta.
Es probable que esa decisión de poner la inteligencia al servicio de un proceso
de transformación de la realidad, y no al revés, donde los dogmas se esfuerzan
por adaptar la realidad a sus vericuetos y terminan siendo puros pero
inofensivos, haya sido uno de sus aportes más importantes y el que lo trasciende
con más fuerza. En una situación como la actual de profundos cambios en el mundo
y en el país, que ponen a prueba los esquemas tradicionales, esa actitud de
Ortega Peña aparece como exigencia y como ejemplo vigente.
Con la llegada de la dictadura tras el golpe de 1966, Ortega Peña se convirtió
en un activo defensor de presos políticos, colaboró en la organización de las
comisiones de familiares de presos y denunció las violaciones a los derechos
humanos poniendo en riesgo su propia vida. Desde el punto de vista profesional
ensayó todos los caminos de una práctica social de la abogacía. Abrió punta en
temas que comenzaban a tomar relevancia como la defensa de los derechos humanos
y entendió con gran agudeza la proyección política del escenario jurídico. Y al
mismo tiempo intervenía en la polémica y la discusión política a través de sus
escritos periodísticos y finalmente en las páginas de la revista Militancia que
dirigía.
Al asumir como diputado nacional juró con la consigna de las organizaciones
revolucionarias: "La sangre derramada jamás será negociada" y se separó del
bloque justicialista para conformar un bloque unipersonal. Tras la muerte de
Perón y el recrudecimiento de las amenazas, un grupo de amigos le planteó la
posibilidad de que renunciara y viajara al exterior. Ortega Peña se negó y
rechazó también que le pusieran custodia. El 31 de julio, cuando descendía de un
taxi, tras almorzar con su mujer, Helena Villagra, tres hombres que lo seguían
en un Fairlane verde lo acribillaron a balazos. Fue velado en la Federación
Gráfica Bonaerense y miles de personas acompañaron el féretro hasta la
Chacarita, donde fueron reprimidos por la policía. El crimen había sido certero,
la democracia se achicaba, el Parlamento no tenía espacio para la voz de Ortega
Peña.
Fuente: www.magicasruinas.com.ar
El 12 de febrero de 1976. en la cárcel de Villa
Devoto, un detenido de nombre Salvador Horacio Paino, de 50 años. declaró ante
la Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados. Sus palabras abrieron de
golpe el telón sobre el caso de la organización terrorista Triple A que hasta
entonces, a pesar de ser un secreto a voces, era un enigma.
Dijo entonces Paino:
"La organización de la Triple A me la encomendó a mí el señor Jorge Conti,
asesor de prensa del Ministerio de Bienestar Social. La Triple A la manejaba el
ministro José López Rega, pero su responsabilidad es relativa. También la
manejaban sus asesores y sus enlaces. El día 3 de marzo de 1974, el señor Conti
me entregó un cheque de dos millones de pesos contra Banco Nación, sucursal
Bartolomé Mitre y Callao -el cheque era de Sucesos Argentinos-, y me dijo que
cobrara ese dinero y que lo guardara- porque tenía que organizar un grupo para
una operación comando. El 20 del mismo mes me entregó otro cheque, de tres
millones, de Honegger y Compañía, la imprenta que editaba la revista Las Bases.
El cheque era contra Banco Shaw, sucursal Congreso. El señor Conti me dijo que
ese cheque era para pagarle a un grupo armado que tenía que matar al diputado
Rodolfo Ortega Peña y al abogado Antonio Tomás Hernandez, vicepresidente de la
empresa Dicon (Canal 11). Me negué terminantemente, tuve un fuerte cambio de
palabras con el señor Conti y decidí alejarme del ministerio. Yo había entrado
en el ministerio citado por el señor Carlos Alejandro Villone, que me mandó un
telegrama v me presentó al señor Conti y a otros colaboradores. Mis funciones
iban a ser de prensa v administración. Cuando me hablaron de organizar un
"cuerpo de seguridad dinámica" me lo explicaron como si se tratara de un grupo
de seguridad para defender el ministerio de ataques terroristas. Pero cuando
ocurrieron cosas como el incendio del diario Clarín, hablé con el señor Conti y
le dije que estaba totalmente en desacuerdo con esos métodos y que no me iba a
prestar a organizar un grupo extremista. El señor Conti me dijo que si no
cumplía la orden que me había dado me vería en dificultades. Dos o tres días
después, a eso de las dos de la madrugada, sonó el portero eléctrico de mi
departamento (Tres Arroyos 874. Capital). Atendí. Alguien dijo: "Paino, traemos
una orden urgente de Morales y de Conti". Tengo experiencia en estas cosas. Bajé
por la escalera. Cuando prendí la luz, desde afuera dispararon dos veces, al
parecer con Itaka. Rompieron los vidrios y perforaron el ascensor. A la mañana
fui a la casa del señor Conti (Las Heras 1619, sexto "D". Capital). Me dijo
textualmente: "Mira. Painito. Lo de anoche fue un aviso, nomás. La próxima va en
serio. Vos sabes lo que tenés que hacer". Me dijo también que él actuaba en
nombre del ministro López Rega. Las armas que usaba la Triple A las traían de la
ciudad de Pedro Juan Caballero, en el Paraguay. Los dólares con que se pagaban
las armas (ametralladoras Stein) me los daba el director de Administración del
ministerio, señor Rodolfo Roballos, aunque creo que él no sabía para qué era el
dinero. Las armas se compraban por medio de un miembro de la custodia, un ex
policía de apellido Coquibu, y de un señor Roberto Viglino, que trabajaba en la
oficina de prensa de Bienestar Social. Más tarde los paraguayos las entraban de
contrabando y había que ir a buscarlas a una casa de la avenida Figueroa Alcorta
donde vivía un señor paraguayo que era representante de la firma que las vendía,
íbamos a buscarlas con los vehículos de Bienestar Social y las depositábamos en
el tercer subsuelo del ministerio. Todo esto se hizo antes del 20 de marzo,
fecha en qué para mí empezaron a actuar las tres A. Cuando me negué a cumplir
esa misión, que según el señor Conti había sido ordenada por López Rega, viajé a
Mar del Plata. Al volver me detuvo la custodia de López Rega en la calle
Chacabuco 145. Me sucedió en el cargo el señor Juan Carlos Rousselot. Este señor
estaba muy interesado en lograr un puesto en Bienestar Social. En los últimos
días de febrero de 1974 el señor Conti nos dijo que sería muy buen negocio
conseguir el paquete accionario de una radio de Zarate (Radio Nuclear) porque él
conocía muy bien el medio y se podía hacer de ella una radio cabecera de zona.
Yo me desentendí: de radios no entiendo nada. El señor Conti me dijo que si todo
resultaba no se iba a olvidar de mí y que iba a hablar con el señor Rousselot.
El señor Rousselot se había ido al Chaco a dirigir un diario pero las cosas no
le iban bien y trataba de conseguir un crédito de Bienestar Social. Tengo un
testigo de que el señor Conti me ordenó organizar la Triple A. El 23 de marzo me
encontré con el doctor Lozada, hermano del que fue juez, v le dije que estaba
desesperado por lo que me ordenaban, que me iba a enloquecer. Hablé con él en la
Municipalidad, donde este doctor era asesor jurídico. No sé si el doctor Lozada
querrá hacer alguna declaración, porque yo me manejaba directamente con el señor
Conti, con el señor Carlos Villone, con el señor Julio Yessi y con don Felipe
Romero, el director de la revista El Caudillo, que tenía a su cargo uno de los
grupos de la Triple A. La revista El Caudillo se pagaba con fondos de Bienestar
Social. El señor Conti manejaba la caja chica: unos quinientos mil pesos del año
1973 se destinaban todos los meses a la revista El Caudillo. Todo esto está
documentado en el ministerio. Pero cuando pidan las facturas van a descubrir que
son de cosas que no existen.
Pero el señor Conti no sólo manejó la Triple A. Le hizo firmar al ministro López
Rega una disposición: toda la publicidad del ministerio a los diarios (avisos
oficiales) debía salir de nuestra oficina. El señor Conti, junto con el señor
Suárez Asín y el señor Tejera, de la agencia Télam, decidían las páginas, los
minutos de filmación, las pautas, todo. Cualquier negociado que haya en Télam
tiene como responsables al señor Conti y al señor Suárez Asín. Esto es todo lo
que sé. El organigrama de la Triple A está a disposición de ustedes en el
juzgado del doctor Teófilo Lafuente, y también las carpetas con los cargos que
cada uno ocupaba en la Triple A, que fueron escritos directamente de puño y
letra por el ministro López Rega".
Pocos días después de estas declaraciones. Jorge Conti habló también ante la
Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados. Dijo entonces Conti: "A Paino
lo conocí internado en el Borda. Me habían dicho que él sabía adonde estaba
enterrado el cadáver de Felipe Vallese y pensé que con ese tema podía hacer una
buena nota periodística. Después de mucho tiempo apareció en el ministerio. Lo
habían soltado el 25 de mayo, después del decreto de amnistía, y necesitaba
trabajo. Empezó a trabajar en la administración de personal. Controlaba la
entrada y salida de los empleados, autorizaba los gastos de la caja chica,
repartía las credenciales y además me pagaba las cuotas del coche y de la
sastrería. Era muy servicial. Pero al poco tiempo hubo problemas con él y me di
cuenta de que no estaba en su sano juicio. Primero dijo que dos hombres lo
habían seguido y que trataron de matarlo. Después, que alguien fue a llevarle un
mensaje a su casa y le disparó con Itaka. Más adelante le pidió un préstamo al
imprentero de la revista Las Bases, trató de sacarle una comisión a Sucesos
Argentinos y trató de cometer una estafa con unas órdenes de compra en las que
puso el sello de Roballos. Se encerraba largas horas en su oficina y se reía a
carcajadas. Obligaba a su secretaria a comprarle anfetaminas. Le compró joyas a
un chofer del ministerio y nunca le pagó. Paino me odia porque yo lo mandé
preso. Creo que fui demasiado bueno con él. Paino tiene una mentalidad
enfermiza. Es un paranoico. Se me puede acusar de negligencia acerca del
personal que he tomado para el ministerio. Pero es mentira que soy el
organizador de la Triple A. Nunca tuve nada que ver con una organización
extremista. Jamas hablé de ese tema en ninguna parte. Tampoco tuve nada que ver
con la compra de armas. A López Rega lo conocí un día en la CGT. mientras mi
canal trasmitía una reunión de Isabel con sindicalistas. Me dijo: "A usted lo
quiero ver mañana en el ministerio. Necesito un periodista peronista para la
Secretaría de Prensa". Así empecé a trabajar con él. Tenía esas cosas raras del
espiritismo, pero conmigo nunca las comentó."
Jorge Conti, ex reportero de Canal 11, llegó a ser famoso; hasta tenía su propio
club de admiradoras, creado en 1972. Cada semana recibía de ellas una boleta de
Prode (Pronósticos Deportivos) que jugaban a su nombre. Después hizo un programa
de televisión con Gerardo Sofovich, Las dos campanas, y un vuelo en un avión
chárter rumbo a la Argentina en el que obtuvo la única entrevista del momento
con Perón. Le había ganado una apuesta a su colega Sergio Villarruel, de Canal
13. Con una condición: el afortunado iba a viajar con el camarógrafo del otro,
de modo que ambos canales tuvieran la primicia.
Poco antes, en junio de 1971, Paino había estado alojado en la Unidad 20 del
Hospital Neuropsiquiátrico José Borda, de Buenos Aires. "Aparentemente, el
informe del médico legista fue minucioso y contundente –escribió el periodista
uruguayo Tabaré de Paula–. Diagnosticaba delirios, síntomas de agresividad, un
oscurecimiento de la razón que pedía a gritos la reclusión de Salvador Horacio
Paino en esa pesadilla con rejas que es la Unidad 20. Pero tanta prosa doctoral
encubría una falencia: decía apoyarse en un examen que no había tenido lugar. El
autor del referido informe nunca revisó al supuesto demente."
Salvador Horacio Paino, autoproclamado fundador de la Alianza Anticomunista
Argentina (AAA), o Triple A, o Tres A, quedó detenido en forma preventiva el 28
de noviembre de 1983 en Montevideo mientras el juez federal argentino José
Nicasio Dibur tramitaba su extradición, invocando el Tratado de Derecho Penal
Internacional del 23 de enero de 1889, ratificado el 3 de octubre de 1892 por
Uruguay y el 11 de diciembre de 1894 por la Argentina. Negada finalmente por la
justicia uruguaya.
Era un militante peronista separado del Ejército en 1955 con el grado de
teniente primero, pronto a ser ascendido a capitán. Había sido compañero de
promoción de Reynaldo Bignone, el último presidente del denominado Proceso de
Reorganización Nacional, y de Cristino Nicolaides, entonces comandante en jefe
de la fuerza. Vivía en Carmelo, a unos 150 kilómetros de Montevideo. De la
Argentina había huido, rumbo a Brasil, el 1° de marzo de 1979, poco después de
un atentado contra su vida. Pensaba radicarse en Uruguay: hasta buscaba trabajo,
de modo de afiliarse a una caja de pensiones. Pero encendió el ventilador. Y
armó un revuelo de proporciones, al extremo de prestar declaración testimonial
en la Embajada argentina, a mediados de octubre de 1983, por haber adjudicado a
la Triple A el crimen del secretario general de la Confederación General de
Trabajadores (CGT), José Ignacio Rucci, el 25 de septiembre de 1973.
El diario El Día, de Montevideo, publicaba anticipos de un libro de su autoría,
Yo fundé la Triple A. En él aseguraba que, en unas 300 operaciones, habían
matado a unos 2000 izquierdistas. Entre ellos, el cantante folklórico Jorge
Cafrune; el sacerdote Pedro Mujica; el diputado peronista Rodolfo Ortega Peña,
director de la revista Militancia, y Silvio Frondizi, hermano del ex presidente
argentino Arturo Frondizi. En 1976, decía, la Triple A tenía armas por valor de
dos millones de dólares "para enfrentar a los terroristas de izquierda"; estaban
en los sótanos del Ministerio de Bienestar Social. Y disponía de dinero a
granel, obtenido de la llamada caja chica, con el cual "se contrataba, además, a
cientos de confidentes, como porteros de edificios y personas que se hacían
pasar por estudiantes".
En el juego del acusador y el acusado muchas cosas quedaron sin aclarar. Paino
dijo: "El señor Villone me presentó al señor Conti. Yo no lo conocía". Sin
embargo, Jorge Conti le envió a Paino un telegrama que dice: "Señor Salvador
Paino - 9 de Julio 60 - Departamento "A" - Bernal - Te espero a la brevedad en
primer piso Ministerio de Bienestar Social - Jorge Conti - Coordinador de
Prensa". La techa del telegrama es 26 de julio de 1973 (un año antes de la fecha
en que Paino dijo que se lo presentaron), y el trato familiar ("Te espero")
revela un conocimiento previo.
Paino dijo:
"Cuando bajé la escalera y prendí la luz dispararon dos balazos de Itaka que
rompieron los vidrios y perforaron el ascensor".
Conti dijo: "Paino deliraba. Trató de hacerme creer que alguien intentó matarlo
una noche con dos disparos de Itaka".
La mujer de Paino dijo:
"Una vez, a las dos de la mañana, llamó el portero eléctrico. Atendió él y me
dijo que eran los de la custodia. Al rato escuché dos tiros. Si quieren pruebas,
todavía están los orificios en la puerta del ascensor".
Conti dijo:
"Paino es un loco. Un paranoico".
Emiliano Rodríguez Graham, del Servicio Penitenciario Federal, dijo:
"No hay pruebas de que Paino sufriera alteraciones mentales. Su legajo fue
quemado hace dos años, cuando los internados tomaron la unidad. Estaba acusado
de hurto y defraudación. Entró en junio del 71 y salió en junio del 73 amparado
por el decreto 2050 del Poder Ejecutivo, que puso en la calle a muchos
delincuentes comunes. Nosotros no sabemos nada de sus alteraciones mentales.
Para nosotros era un delincuente común. .
Le preguntaron a Conti por qué había tomado un loco en el ministerio.
Conti dijo:
"Bueno. Se nos fue la mano..."
Fuente: www.impunidad.com
Almirón,
la Triple A, Villa Constitución y Santa Fe
(Agencia Walsh) El asesinato de Constantino Razzetti, la invasión a Villa
Constitución financiada por los empresarios de la ciudad, entre otros José
Martínez de Hoz y Arturo Acevedo, la trayectoria de Agustín Feced y el relato de
un santafesino sobreviviente de los años setenta y que da cuenta del origen de
la Triple A, son elementos que deben ser tenidos en cuenta a la hora de reabrir
la investigación sobre el grupo paraestatal y que arrojan luz sobre los soportes
económicos y políticos de asesinos como Rodolfo Almirón, ahora descubierto en
una localidad cercana a Valencia, en España, a través de una investigación
periodística publicada por el diario "El Mundo".
Por Carlos del Frade.
LOS PROLOGOS
El asesinato de Constantino Razzetti, la invasión a Villa Constitución
financiada por los empresarios de la ciudad, entre otros José Martínez de Hoz y
Arturo Acevedo, la trayectoria de Agustín Feced y el relato de un santafesino
sobreviviente de los años setenta y que da cuenta del origen de la Triple A, son
elementos que deben ser tenidos en cuenta a la hora de reabrir la investigación
sobre el grupo paraestatal y que arrojan luz sobre los soportes económicos y
políticos de asesinos como Rodolfo Almirón, ahora descubierto en una localidad
cercana a Valencia, en España, a través de una investigación periodística
publicada por el diario "El Mundo". El capítulo santafesino de la Triple A o la
huella de Almirón en el segundo estado santafesino resume algunas certezas: los
grandes empresarios apoyaron la conformación de estos grupos de tareas y lo
siguieron haciendo durante el terrorismo de estado; la información en torno a la
militancia social, gremial y política ya venía acumulándose desde los años
sesenta; los integrantes de las patotas irregulares de principios de los setenta
luego se fusionaron a través del Batallón 601 de inteligencia; y el eje de la
producción de torturas, información y secuestros fueron los archivos de la
Policía Federal Argentina que, increíblemente, no tiene ningún imputado en la
justicia federal santafesina.
Almirón y la Triple A
Horacio Salvador Paino llegó a ser teniente primero del ejército argentino e
integró, desde sus orígenes, la Triple A.
Sus declaraciones ante la Cámara de Diputados de la Nación, primero, y en los
medios de comunicación uruguayos, después, sirvieron para explicar la ingeniería
inicial del organismo paraestatal.
La parte operativa estaba dividida en ocho grupos dirigidos por Rodolfo Almirón,
"Coquibus", Miguel Ángel Rovira, López, Farquarsohn, Pasucci, José Miguel
Tarquini y Rubén Escobar.
"Almirón, otro defenestrado por la policía federal por su visible complicidad
con contrabandistas, traficantes y ladrones, la verdadera pesada de la década
del sesenta, acumulaba además una acusación por homicidio: el 9 de junio de
1964, él y un tal Vicente Lavía fueron detenidos por el asesinato del teniente
Earl Thomas Davies, un norteamericano de 23 años en la conocida boite Reviens,
de Olivos. Almirón y Morales en algún momento estuvieron asociados con la banda
de "El Loco" Prieto, que murió quemado en la prisión. Una venganza por sus
actividades como delator", contó en su indispensable libro "Buenos Muchachos",
el imprescindible y siempre presente Carlos Juvenal.
El 14 de julio de 1975, la señora de Perón y del doctor Antonio Benítez,
ministro del Interior, suscribieron un decreto por el que enviaban en comisión
al exterior a Miguel Angel Rovira, Rodolfo Eduardo Almirón, Oscar Miguel
Aguirre, Pablo César Meza, Héctor Montes y Jorge Daniel Ortiz. "El decreto
aclaraba que los fondos para la misión en el extranjero serían provistos por el
Ministerio del Interior. Un puente de plata, como el que cruzó López Rega",
explicó Juvenal en su impecable trabajo.
En abril de 1983, la revista española "Cambio 16" publicó una nota titulada "Así
mata Almirón" y apuntó aquel asesinato del teniente Davis en la década del
sesenta.
Villa Constitución
| Los crímenes que pueden
condenarlo El 31 de julio de 1974, el diputado Rodolfo Ortega Peña fue acribillado a balazos en Arenales al 900, pleno centro porteño. Recibió ocho en la cabeza y muchos más en el cuerpo. Minutos antes había salido de cenar con su mujer, herida en el atentado, del restaurante King George de la Avenida Santa Fe. Activo defensor de presos políticos y diputado por el peronismo, tenía en el comisario Alberto Villar a su enemigo declarado. Se cree que Almirón integró el grupo que lo baleó. El 20 de setiembre de 1974 fue asesinado Julio Troxler, sobreviviente de los fusilamientos de José León Suárez en 1956. Troxler ex subjefe de la policía de la provincia durante el gobierno de Héctor Cámpora, fue asesinado en Barracas luego de que un Peugeot 504 negro cerrara el paso de su auto. Sus asesinos lo obligaron a bajar, lo ametrallaron y lo remataron de un tiro en la cabeza. También se cree que Almirón participó del asesinato. Una semana después, el abogado y pensador Silvio Frondizi, hermano del ex presidente, fue secuestrado de su casa de la calle Cangallo. El secuestro fue resistido a balazos por su yerno, Luis Mendiburu, que fue asesinado. El cadáver de Frondizi apareció en los bosques de Ezeiza horas más tarde. Tenía más de cincuenta balazos, muchos de ellos en la cara. La familia está convencida de que Almirón formó parte del comando que asesinó a Frondizi. Por estos cuatro crímenes está acusado hoy el ex subcomisario. Aunque hay elementos para sospechar que Almirón también formó parte del grupo de la Triple A que el 11 de mayo de 1974 asesinó al sacerdote Carlos Mugica a la salida de la parroquia San Francisco Solano, en Mataderos, donde había celebrado misa. Mugica tenía un fuerte compromiso con los pobres. Había formado parte del contingente que acompañó a Perón en su retorno al país en noviembre de 1972. Días después, Perón le devolvió la visita en la capilla Cristo Obrero, de Retiro. Enero 2007 |
"El Grupo Villar fue una de las principales vertientes en la formación de la
Alianza Anticomunista Argentina (AAA), siendo el autor de los atentados que se
produjeron en el período anterior a su aparición pública, de indudable origen
policial.
Algunos de sus miembros prestaron servicios en tareas de represión política como
los llamados viborazos, en Córdoba, los tucumanazos y otros. Posteriormente,
pese al retiro de Villar, el grupo permanece cohesionado y en operatividad bajo
el liderazgo de su inspirador. Del entorno de Villar integran las AAA, el
principal Jorge Muñoz, el inspector Jorge Veyra, el inspector Gustavo Eklund, el
subinspector Eduardo Fumega, el inspector Alejandro Alais, el principal
Bonifacio, el inspector Félix Farías y el principal retirado Tidio Durruti",
sostiene el ex comisario de la policía federal, Rodolfo Peregrino Fernández, en
su declaración ante la Comisión Argentina de Derechos Humanos, en 1983.
Se trató de la más precisa y clara descripción sobre el origen de la Triple A en
la Argentina y sus principales operativos, entre ellos, Villa Constitución, el
20 de marzo de 1975.
"La designación de José López Rega en 1973 como ministro de Bienestar Social
trae aparejada la rehabilitación de los oficiales de la policía federal, Juan
Ramón Morales y Rodolfo Eduardo Almirón, que habían sido separados del servicio
por su vinculación con importantes bandas de delincuentes comunes. Morales y
Almirón fueron ascendidos y reincorporados como oficiales retirados a cargo de
la custodia del ministro de Bienestar Social y posteriormente, de la custodia
presidencial", agregaba Fernández.
Morales y Almirón, "conjuntamente con el principal José Famá -quien era de
confianza personal de López Rega en razón de su parentesco- y sectores
parapoliciales reclutados entre conocidos delincuentes comunes, como Antonio
Melquíades Vidal, alias Tony o antiguos represores como Héctor García Rey,
conformaron la otra vertiente principal de las AAA, cuya existencia, así como el
nombre de sus jefes principales, era conocida por la oficialidad de la policía
federal argentina", añadió.
Almirón habría participado del asesinato del diputado peronista Rodolfo Ortega
Peña y en junio de 1975 "abandonó el país junto a López Rega".
A continuación, Fernández relató la represión ilegal en Villa Constitución
contra los trabajadores de Acindar, Metcon, Vilber y Marathon.
Señaló que el procedimiento, la invasión de aquel 20 de marzo de 1975, fue
comandada por el comisario Antonio "Don Chicho" Fischietti, quien había sido
delegado de la Federal en la provincia de Tucumán.
"Al frente de los efectivos policiales regulares destinados en la zona rotaron
los oficiales Salas, Morales, Muñoz y otros", indicó.
Después narró cómo se les pagó dinero extra para generar las detenciones y
posteriores torturas en el ex albergue de solteros de Acindar, cuando el gerente
era José Alfredo Martínez de Hoz y el presidente del directorio, Arturo Acevedo.
"Las patronales de las industrias metalúrgicas instaladas allí, en forma
destacada el presidente del directorio de Acindar, ingeniero Arturo Acevedo,
establecieron una estrecha vinculación con las fuerzas policiales mediante pagos
extraordinarios en dinero. Acindar se convirtió en una especie de fortaleza
militar, con cercos de alambres de púas. Los oficiales policiales que
custodiaban la fábrica se alojaban en las casas reservadas para los ejecutivos
de la empresa...Acindar, pagaba a todo el personal policial (jefes, suboficiales
y tropa) un plus extra en dinero, suplementario al propio plus que percibían
oficialmente los efectivos, tarea que estaba a cargo del jefe de personal de
dicha empresa de apellido Aznares, así como del jefe de relaciones laborales,
Pellegrini", informó el ex comisario de la Federal.
La "banda" Aníbal Gordon.
El 25 de setiembre de 1983 fue secuestrado Guillermo Patricio Kelly.
Cuando fue liberado, luego de ser "retenido" en una casa operativa de Rosario,
San Martín al 4800, acusó directamente a Aníbal Gordon y su grupo de tareas, "la
brigada Panqueque".
Gordon formó parte de la Alianza Libertadora Nacionalista, justamente al lado de
Kelly, se enroló en la Concentración Nacional Universitaria y luego se integró a
la Triple A y a la inteligencia militar.
Junto al general Otto Paladino, llegó a formar parte de la selecta custodia de
Juan Domingo Perón cuando se entrevistó con el líder radical Ricardo Balbín. Era
el 31 de julio de 1973 y los aires de Ezeiza anunciaban las furias de marzo del
’76.
Fue uno de los cuatro mil hombres que asaltaron Villa Constitución el 20 de
marzo de 1975.
Bajo su mando operacional estuvo la suerte de los detenidos de Automotores
Orletti y también de sus órdenes dependían las maniobras de militares como el
entonces capitán Cabanillas que, en la década del noventa, llegó a ser titular
del Comando del Segundo Cuerpo de Ejército con asiento en Rosario.
Gordon, junto a Palladino, llegó a tener una agencia de seguridad privada,
"Magister" y su "brigada Panqueque" fue relacionada con el robo a los tribunales
rosarinos y al museo Estévez.
El crimen de Razzetti
"El crimen de Constantino Razzetti fue político, resulta verosímil que haya sido
cometido por la Triple A, encuadra en la calificación de 'lesa humanidad', es
por lo tanto imprescriptible y corresponde una investigación amplia, profunda y
sin limitaciones en el fuero federal", sostuvo el fiscal federal rosarino,
Claudio Palacín, al oponerse a la apelación presentada por su colega Adriana
Saccone que había negado la posibilidad de considerar e investigar el crimen de
Constantino Razzetti, producido el 14 de octubre de 1973, como un hecho de lesa
humanidad y atribuible a la Alianza Anticomunista Argentina.
"Comencemos a bucear, dejemos de hacer surf", escribió el fiscal en su dictamen.
Agregó que efectivamente se trató de un crimen "esencialmente político" y que,
además, "debe calificarse como un crimen de lesa humanidad".
"No puedo menos que coincidir también con el denunciante en que los delitos de
lesa humanidad son imprescriptibles", dijo el fiscal general que con su posición
confirmó la decisión de Sutter Schneider en cuanto a que era pertinente abrir la
investigación pero avanzó sobre el criterio de que se haga por averiguación de
la Verdad Histórica sin la citación a imputados.
"No debemos continuar con el dilema popular del huevo o la gallina ni seguir
atando el carro delante de los caballos... Gráficamente: comencemos a bucear,
dejemos de hacer surf", remarcó el fiscal.
Para Palacín corresponderá la intervención de la Unidad de Asistencia para
Causas por Violaciones a los Derechos Humanos a cargo de Griselda Tessio y
creada, justamente, por la Procuración General de la Nación.
"Seguramente impulsará, sin dilación alguna, la rápida, total y cabal
investigación" del homicidio de Constantino Razzetti.
El origen de la Triple A
Jorge Castro es sobreviviente por partida doble.
Primero resistió las torturas del terrorismo de estado por su militancia en el
Ejército Revolucionario del Pueblo, y segundo, cuando el agua del río Salado se
llevó todo y dejó a su familia en el barro.
Fue militante cristiano en tiempos de la iglesia de Vicente Zazpe, mientras su
papá, Saturnino "El Potrillo" Castro, se empeñaba en su fe peronista a pesar de
las persecuciones, cárceles y la muerte cercana después de la caída del general,
allá por 1955.
En el relato de la historia de su familia parece sintetizarse gran parte de la
historia argentina.
La pelea de su viejo, del Potrillo, lo llevaron a ser militante reconocido
nacionalmente de la mítica resistencia peronista y luego, por esas extrañas y
profundas razones de la vida colectiva de los pueblos, estuvo en la conformación
de la Triple A.
El relato de Jorge es el primero que revela fecha y lugar del principio del
grupo paraestatal y su profunda relación ya no sólo con López Rega, sino con el
mismísimo Juan Domingo Perón.
"El 8 de octubre de 1973, Osinde le organizó el cumpleaños a Perón. Se hizo una
comida en Gaspar Campos y a esa comida asistieron quinientos suboficiales de
todo el país. Entre ellos, mi viejo con la delegación de Santa Fe...
"En esa comida Perón les da un discurso. Los saluda uno por uno y ejerció una
presión política muy fuerte. En un momento Perón les dice que los va a
necesitar, que de vuelta va a necesitar de suboficiales del ejército argentino.
Que él sabía que habían resistido y que después Lopecito, por López Rega, se va
a encargar de la organización de ellos...
Quedaron entre 200 y 300 suboficiales de todo el país. Se reunieron en un salón
aparte.
"Perón, Osinde y López Rega están con ellos. Les pide que en los viajes de
Isabelita conformaran grupos para custodiarla de los zurdos...
"Cuando mi viejo vuelve, justo se había producido el nacimiento de nuestra
primer hija, Victoria, el 9 de octubre. Viene muy