La Paz de Obligado
Por José Luis
Muñoz Azpiri (h) *
Disertación en el Municipio de San Andrés de Giles con
motivo del “Día de la Soberanía”, el 20/11/09.
Triunfante en París, la revolución de febrero de 1848, que da por tierra la
monarquía orleanista y el ministerio de Guizot, Manuel de Sarratea, enviado
argentino en Francia y amigo personal del nuevo Ministro de relaciones
Exteriores, , Alphonse de Lamartine, comunica a Buenos Aires que luego de
una entrevista con el flamante Canciller, ha arribado al convencimiento de
que toca a su fin la aventura en el Plata.
El gobierno provisional lo ha recibido oficialmente, dice, y, al despedirse
la guardia del Ayuntamiento lo ha aclamado con un estentóreo “¡Vive la
Republique Argentine!”. El vitor representa una expresión de solidaridad y
simpatía con una victima triunfante de la prepotencia orleanista, unida con
los republicanos en su victoria contra el enemigo común. Los libres del
mundo responden: ¡Al gran pueblo argentino, salud! Así como en la revolución
liberal de 1830, se coreó, en París, el nombre de Bolívar, recordábanse
ahora los de la Argentina y Rosas, como llamas que ardían jubilosas junto al
“feu sacré des republiques” encendidos entre las barricadas de Francia.
Sarratea extrae de los sucesos revolucionarios el mayor caudal de ventajas
convencido de que la intervención platense es una aventura impopular en
Francia – denomínase así a todo acto de gobierno que no triunfa – la cual a
sido promovida y sustentada por el gabinete de Londres y la resignada
complicidad del Rey Burgués y Guizot. París ha sido arrastrada al conflicto
por la política de intimidación del “Foreing Office” cometiendo lo que el
lúcido Tomás Guido, confidente de San Martín, definiría desde la corte del
emperador brasileño como “el extravío más insensato y la afrenta más necia a
la voluntad de su rival”. Toda abdicación es gravosa, tanto más si resulta
improductiva, como ésta realizada por Guizot, quien ha visto agitarse contra
su política claudicante la bandera subversiva del nombre y la causa del
general Rosas, junto con los símbolos de la revolución republicana.
La táctica de Sarratea consiste en explotar los sentimientos populares
contra Londres y tratar de provocar una fisura en la coalición, a ejemplo de
lo sucedido en Buenos Aires, donde se ha abrumado a la inversa a los
negociadores ingleses con el espectáculo de los “execrables” designios de
Francia, opuestos a las intenciones de su aliado, con la conciencia de que
todo el integrante de una gavilla recela de los movimientos de su colega. El
enviado argentino se pone de acuerdo con Manuel Moreno, ministro de la
Confederación en Londres y hermano del prócer de Mayo, para encontrarse en
Aquisgrán y preparar un plan conjunto de acción destinado a separar a los
aliados. La técnica del “divide ut imperam” permite tanto que reine el
fuerte como que pueda defenderse mejor el débil.
El clima era propicio y Sarratea, viejo y venerable artista de combinaciones
insospechadas, resulta un experto en beber los vientos. El “acuerdo cordial”
que regía las relaciones de Inglaterra y Francia había comenzado a
resquebrajarse desde tiempo antes., cuando manifestaciones y actos
internacionales de Guizot relativos a Italia, Polonia y Suiza empezaron a
ilustrar la contramarcha de Francia hacia el autoritarismo y la represión
política. Lamartine había declarado en el Parlamento que la nación se había
hecho “gibelina en Roma, clerical en Berna, austríaca en el Piamonte y rusa
en Cracovia, pero en ninguna parte francesa y, en todas,
contrarrevolucionaria”. Los errores denunciados por la oposición no se
enmendaban y sólo habrían de desaparecer con la destrucción del régimen.
La política interna tampoco contribuían a reforzar el fondo liberal del
“acuerdo” Francois Guizot, más empeñado en perdurar en el poder que en hacer
buen uso de él y más cuidadosote la paz de su administración que la del
país, gobernaba mediante la corrupción, acaso porque, en su tiempo, tal como
aseguró Macaulay del primer Walpole, no existiese otra manera de gobernar.
Se sostenía merced al apoyo que alcanzaba en las cámaras, formadas por
parlamentarios cuyas actas representaban un sistema de compromiso culpable
entre el dinero y el gobierno. Los personajes activos y egoístas,
intrigantes y serviles de Balzac, obsesionados por la sed de oro y el
escalamiento de posiciones públicas personificaban los ideales de esa
sociedad que prosperaba en un clima de vicios y abusos. Acaudalados
comerciantes, financieros y ricos industriales, decidían en toda cuestión de
índole nacional a través de sus personeros burocráticos. Los principios de
la representación política estaban cercenados y los campeones del derecho –
así se presentaban en el Río de la Plata – no reconocían libertad de reunión
ni de asociación, ni siquiera opción al trabajo, a sus propios compatriotas.
Como las manos de los Cresos no eran ociosas, solían a veces perder sentido
del tacto y .aparecían sus dedos untuosos mezclados en clamorosos casos de
cohecho, peculado y venalidad.
¿Qué sucedía mientras tanto en la otra orilla respecto de la política con
Sudamérica? Henry Palmerston, un heredero de la vieja familia de los Temple,
ocupaba ahora el gobierno. Sus sentimientos eran contrarios a Guizot y a la
prosecución de la alianza. En marzo de 1846 había censurado acremente en la
Cámara de lo Pares ante Robert Peel, presidente del consejo de ministros, la
intervención en América, demostrando que los hechos de los marinos ingleses
eran actos bélicos, aún cuando el gobierno se empeñase en demostrar lo
contario. Había existido un bloqueo, desembarco de tropas y asalto de
baterías, captura de buques de guerra y oferta de venta de dichas naves, tal
como si se tratase de presas de guerra; la oposición gubernativa no podía
imaginar por cuales razones toda esta virulencia y actividad combativa debía
interpretarse solamente como un experimento de persuasión diplomática.
A dicha interpelación había respondido Peel candorosamente que no existía
guerra, por cuanto no se la había declarado, y que las naves debieron
venderse por no existir personal apto para mantenerlas o cuidarlas; ninguna
operación bélica había sido prevista, autorizada o aprobada por el gobierno
de S.M., el cual confiaba galantemente en que los opositores no se asieran
de esta oportunidad para provocar una discusión que “en la actualidad mucho
lastimaría”.
John Russell, otro parlamentario, se sumó a los ataques de Palmerston, quién
resultaba con este acto, sorpresivo amigo de un país que se oponía a la
expansión imperial de la Corona, sin meditar aún en el proyecto que
acariciaría con posterioridad, de despojar a dicha nación de la parte
austral de su territorio, es decir, de la Patagonia. Sir John alegó que la
venta de los barcos era una medida de guerra que no podía verificarse sin la
previa reunión y autorización del consejo, noción elemental del derecho de
naciones y medida administrativa que el presidente no podía menos que
conocer y respetar. El primer ministro, acosado, optó por eludir la
respuesta y formuló un elogio hacia la conducta de los soldados ingleses
“cualesquiera hayan sido las instrucciones de su gobierno”, sin ver que no
se trataba precisamente de los soldados, sino por el contrario, de las
instrucciones y del gobierno.
Más tarde el diputado Cobden aportó leños a la hoguera y lo mismo hizo un
sector de la prensa británica. El “Daily News” publicó un artículo
importante sobre las negociaciones del Río de la Plata y la falsa política
de Lord Aberdeen, origen del conflicto, a través del cual venía a luz todo
el revés del tapiz diplomático. Manuel Moreno remitió el recorte a Arana
recomendándolo por la justicia de sus ideas y la perfecta exactitud con que
exponía la engañosa política de la intervención con el pretexto de la
presunta garantía de independencia del Uruguay, por parte de Inglaterra y la
menos presunta que se arrogaba, sin ningún derecho, Francia.
Desde que el “Morning Chronicle” donde se publicara una carta de San Martín
sobre el conflicto, hacía más de dos años que no había aparecido en la
prensa de Europa un artículo sobre nuestros problemas tan importante y
oportuno que el que publicaba el “Daily” del 9 de agosto de 1849, por cuanto
el medio usado por los agentes montevideanos en Londres para confundir la
cuestión y desvirtuar los tratados propuestos, era el argumento de garantía
de dicha independencia por los interventores y quedar la misma, sujeta a
grave peligro. Aberdeen, al ver que el asunto no adelantaba, había
pretendido dar marcha atrás con la misión Hood, pero luego, estimulado por
la oposición a Palmerston e influido por los agentes orientales, pretendió
desde las cámaras, dar a la intervención un peso que no podía tener en la
balanza pública ni en los arreglos territoriales de Europa, tal como lo
denunciaba, con precisión y firmeza, el “Daily News”.
En una palabra, el “acuerdo” incomodaba a Francia, tanto en su aspecto
europeo como en la aparcería americana, y, en Inglaterra, desde Palmerston a
un sector de la opinión pública y periodística, sin citar el comercio y las
finanzas – los cariacontecidos accionistas del empréstito de los Baring
–deseaban poner punto final al incidente. Una expedición “colonial”,
equipada con los cañones y las banderas de Trafalgar, que no logra imponer
la victoria después de tres años, compromete la política, el erario y el
propio prestigio. Palmerston, sabiamente, ordenó la retirada y, un año más
tarde, el 29 de noviembre de 1849 se firma la Convención Arana-Southern o
Paz de Obligado que puso fin a la guerra.
El repliegue británico no alteraba, de cualquier modo, principios
fundamentales de convivencia internacional o de política, por cuanto los
motivos de la intervención no se relacionaban con la defensa de tratados y
derechos humanos y, si, con algunas menudencias, como las que supo enumerar
Guido en una carta que escribió a San Martín, desde Río de Janeiro, en 1846:
“La aduana de Montevideo. Las adquisiciones de una compañía inglesa. El
tratado de comercio y navegación celebrado por Inglaterra con el gobiernillo
de aquella plaza. El interés mercantil y político de aquella nación es que
gobierne en la Banda Oriental una gavilla de hombres prostituidos
miserablemente al extranjero. Si Oribe (presidente constitucional) triunfa,
no será tan ancho el campo para los especuladores ingleses, ni habrá la
docilidad de sus adversarios a la política de Inglaterra. Cualquier otro
pretexto es historia de viejas, o, como decían nuestros padres,
engañabobos…”.
Y como anticipándose a los argumentos de Sir Robert Peel en Londres y a los
de sus prosélitos porteños del siglo XXI, embobados con los beneficios de
una supuesta globalización, desautorizaba las intenciones pacíficas de
“tales misioneros”, cuando encendían la guerra en la Banda Oriental, “cuando
transportan expediciones militares a ocupar los puntos principales, cuando
entran a sangre y fuego en nuestros ríos interiores, cuando se demuelen a
cañonazos nuestras baterías y nos matan por cientos nuestros soldados y
cuando saquean y queman nuestros buques neutrales y nacionales dentro de
nuestros puertos; cuando se nos apresan y destruyen nuestras embarcaciones,
cuando bloquean nuestras costas; por último, cuando habilitan al caudillo
Rivera y le conducen de un punto al otro con una columna de extranjeros para
invadir su propio país. Si todo esto hacen en paz, qué se reservan estos
caballeros para tiempos de guerra”
Por lo visto, nada.
* José Luis Muñoz Azpiri (h) nació el 22/06/57 en Buenos Aires, cursó estudios superiores de Historia en la Universidad del Salvador y de Antropología en la UBA y la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México. Egresado del Curso Superior de la Escuela de Defensa Nacional, integra el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. Ejerce el periodismo en diversos medios nacionales y extranjeros. Su último libro (2007) es "Soledad de mis pesares" (Crónica de un despojo).
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