
Dicha frase a pasado a integrar la larga lista de sentencias autodenigratorias con las cuales la “intelligentzia” y sus voceros que, pontifican respecto a la “nociva” experiencia histórica de los protagonismos populares y nos estigmatizan como representantes del pensamiento arcaico o resabios de ideologías perimidas y arrasadas por los vientos de una discutible globalización. Omiten destacar que el Japón pudo convertirse en un país moderno porque fue atípico, porque se aferró a sus instituciones tradicionales, porque mantuvo en forma inquebrantable su propia personalidad nacional.
El desarrollo japonés se caracterizó por un
elevadísimo ritmo de acumulación, sobre todo de capital productivo. La
reinversión llegó a la tercera parte del producto en el largo período de
prosperidad que siguió a la Segunda Guerra Mundial. El capitalismo japonés fue
fundamentalmente austero, no solo en los estratos superiores, sino en toda la
población
Los gastos militares, que antes constituían el 7% del producto, se redujeron a
niveles insignificantes a partir del gobierno del general Mc Arthur. Por otra
parte, el mismo gobierno japonés impuso una reforma agraria más avanzada que la
que habían deseado algunos reformadores. El desmantelamiento de las fuerzas
armadas liberó a muchos técnicos, que iniciaron modestas empresas que después
alcanzaron dimensiones gigantescas. El gobierno y la iniciativa privada
incorporaron masivamente la tecnología de Occidente, sobre todo por el envío
sistemático de gente a formarse en el exterior. Pero no renegó de sus propios
valores ni abjuró de su historia y su tradición. Solo se admitieron las
trasnacionales cuando el Japón pudo tenerlas y competir con ellas.
Ahora bien, ¿A qué se debe la austeridad del capitalismo japonés?, ¿Algunos
pueblos están predestinados a la acumulación previsora y otros al derroche por
su carácter nacional o por un determinismo genético?, ¿Existe algún fatalismo
histórico que lleva a algunas naciones a la prosperidad y a otras a la pobreza y
a la dependencia?
Indagando el pasado
En 1543, un barco comercial portugués que iba rumbo a China naufragó en alta mar
y después de varias semanas de estar a la deriva encalló en la isla Tanegashima
en el extremo sur de Kyushu. Los tripulantes fueron rescatados por los isleños,
quienes repararon el buque portugués para que pudieran volver a su patria. Los
portugueses, muy agradecidos, hicieron una demostración de “tubos negros que
lanzaban fuego estruendosos y simultáneamente dan al blanco con una distancia de
más de setenta metros”. El señor feudal de Tanegashima se asombró por la
precisión con que alcanzaron el blanco las balas y compró dos ejemplares a
cambio de una cuantiosa cantidad de plata. Fueron los primeros fusiles que se
conocieron en Japón.
Unos años después, los portugueses volvieron a Japón trayendo muchos fusiles
tratando de venderlos bien; pero el precio que lograron no llegaba al nivel
esperado. Después de varios días de frustración, los portugueses descubrieron
que ya en el mercado japonés estaban en venta gran cantidad de fusiles
fabricados por los japoneses. Resultó que el señor de Tanegashima (Tokitaka,
1528 – 1579) al comprar los dos fusiles, ordenó a su súbdito, Kinbei Yaita,
encontrar la manera efectiva de reproducirlos. Kinbei desarmó los fusiles y con
la ayuda profesional de los herreros de espadas logró dominar la metodología
para fabricarlos.
La técnica de manufactura de fusiles fue transmitida a Sakai (en aquella época
era el centro comercial “industrial” de Japón. Se ubica al lado de Osaka). Los
herreros especializados en producir las famosas espadas japonesas dominaban los
secretos de cómo forjar el acero y dar tratamiento térmico más adecuado para
aumentar la resistencia del metal. Tenían sus talleres alrededor de Sakai y
empezaron a manufacturar los fusiles con mejores resultados que los originales
en cuanto a la calidad de la puntería y resistencia al calor.
Al principio, los tradicionales señores feudales no reconocieron el verdadero
valor de los fusiles. Los consideraban armas cobardes e indignas de un samurai y
rechazaron darles un lugar merecido en la estrategia militar. Pero la historia
de Japón fue drásticamente modificada a partir de la batalla de Nagashino en
1575, cuyos protagonistas no fueron famosos caballeros con armaduras, lanzas y
espadas, sino desconocidos fusileros.
Este episodio, y posteriores, se encuentra en el encantador e imprescindible
libro de Kanji Kikuchi: “El origen del poder. Historia de una nación llamada
Japón” (Sudamericana. 1993) de obligatoria lectura para quien quiera aproximarse
al espíritu nipón. Con este incidente, se inicia una lucha de cuatro siglos
contra las tentativas de los “bárbaros del este”, es decir, los occidentales.
Una sociedad jerárquica
Hasta 1867 existía en Japón una estructura de poder dual. El emperador, con
residencia en Kyoto, resumía la autoridad religiosa y la santificación de la
jerarquía social, pues otorgaba títulos y poderes nobiliarios, pero carecía de
funciones políticas reales. El verdadero poder estaba en manos de los grandes
señores feudales, los daimyos, entre los cuales descolló Tokugawa, quien dio su
nombre a todo este período. El emperador era un personaje sin poder real,
relegado a un papel simbólico, de carácter esencialmente religioso. El verdadero
jefe de gobierno era el shogun, equivalente al chambelán de palacio de los
francos, que ejercía un cargo igualmente hereditario.
Al servicio de los daimyos estaba la casta militar de los samurai y, en la base,
los labradores (no), los artesanos (ko), los comerciantes (sho) y los
desclasados (hinin, “no humanos”); todos despreciados y oprimidos al no ejercer
la actividad guerrera, y sujetos a disposiciones rigurosas sobre vestimenta,
prohibición de montar a caballo, etc.
Los daimyos y sus guerreros profesionales, los samurai, combinaban una difusa
lealtad al emperador y a las antiguas instituciones con una despiadada
explotación de los campesinos, cuya situación era tan desesperante que los
inducía con frecuencia al mabiki (infanticidio) con el objeto de los niños
sobrevivientes pudieran seguir alimentándose.
Los occidentales intentaron repetidas veces poner el pie en el Japón , aunque
los shogun – en un intento desesperado de cortar todo lazo con Occidente –
llegaron a prohibir la construcción de barcos oceánicos y a castigar con la pena
de muerte el arribo de extranjeros. Pero todo cambió con la penetración
imperialista: en 1853, cuatro barcos pintados de negro dirigidos por el Comodoro
norteamericano M.C.Perry (1794-1858) aparecieron el la bahía de Tokio (Edo de
entonces) y exigieron la apertura del Japón. ¿La razón?, aunque parezca
increíble: las ballenas.
En aquel entonces, los puertos japoneses se necesitaban como bases de
reabastecimiento para los buques balleneros norteamericanos. Los
estadounidenses, conquistando la frontera oeste, llegaron a California. La
población norteamericana estaba en franca expansión y la demanda de la grasa de
ballena, una suerte de petróleo de la época, como aceite para las lámparas y la
materia prima para fabricar alimentos y jabones, crecía cada vez más. Al
principio, los norteamericanos cazaban ballenas en el Océano Atlántico, pero al
exterminarlas (los cachalotes del Atlántico), se trasladaron al Pacifico y
pronto se convirtieron en los dueños del Océano Pacífico del Norte. Los buques
balleneros salían de su base en California y tomaban a las islas Hawai como base
de reabastecimiento. Según la estadística del año 1846, los buques balleneros
norteamericanos en el Océano Pacífico sumaban 736 y la producción anual de
aceite de ballena llegó a 27.000 toneladas.
Estos buques balleneros persiguiendo cachalotes navegaron desde el mar de
Behring hasta la costa norte del Japón. Entrando al siglo XIX, los buques
balleneros norteamericanos aparecieron varias veces en la costa japonesa,
pidiendo suministros de agua y comida, además de combustible. Porque la
autonomía de esos balleneros que navegaban a vapor no era suficiente para un
viaje que demandara más de cinco meses. Conseguir la base de reabastecimiento en
Japón, o no, era de vital importancia para mejorar la productividad de estos
buques factorías. Sin embargo, las autoridades locales de las pequeñas aldeas de
pescadores del Japón automáticamente rechazaron a los buques balleneros y ni
siquiera les permitieron desembarcar. Para ellos no hubo ningún motivo de
discusión al cumplir la orden de la Carta Magna celosamente respetada durante
siglos por sus antepasados. A nadie le importaba el por qué del aislamiento. No
tratar con los extranjeros era simplemente una regla de juego que había que
cumplir so pena de muerte, y punto. La ley de aislamiento ya formaba parte del
ser japonés.
El Comodoro Perry volvió a la bahía de Edo en el año siguiente (1854), esta vez
con siete negros buques de guerra, y llegó hasta la distancia adecuada para el
alcance de sus modernos cañones que apuntaban al castillo y a la ciudad de Edo,
y exigió de nuevo la apertura. El Shogunato de Tokugawa, completamente asustado,
firmó el acuerdo de amistad con Norteamérica, concediendo dos puertos como base
de reabastecimiento para sus barcos: Shimeda y Hakodate.
De esta manera, el aislamiento en que el Japón vivía desde el comienzo del siglo
XVII fue levantado a la fuerza por la escuadra de Perry. Ese año arribó al Japón
el primer Cónsul General de Norteamérica, Mr. Harris (1804-78). La misión del
señor Harris era lograr la firma del Tratado de Libre Comercio bilateral con el
Gobierno del Japón. Inmediatamente lograron concesiones similares Inglaterra,
Holanda, Francia y Rusia.
Esto contribuyó a desprestigiar al Shogun, y el Emperador, apoyado por una parte
de la nobleza, de los samurai que controlaban la flota y el ejército, y de
algunas poderosas familias de banqueros, depuso al Shogun, destruyó el poder
territorial de la nobleza feudal e impuso un régimen centralizado: un ministerio
de quince miembros, fuerzas armadas unificadas, impuestos, administración y
justicia nacionales.
El grito que surgió en Japón, sin embargo, fue Isshin: volvamos al pasado,
recobremos lo perdido. Era lo opuesto a una actitud revolucionaria. Ni siquiera
era progresiva. Unida al grito de “Restauremos al Emperador”, surgió el de
“Arrojemos a los bárbaros”, igualmente popular. La nación apoyaba el programa de
volver a la edad dorada del aislamiento, y los pocos dirigentes que vieron cuán
imposible era seguir semejante camino fueron asesinados por sus esfuerzos de
renovación.
Con la misma terca determinación con que se habían negado durante cuatro siglos
a todo contacto con los extranjeros (salvo la curiosa excepción de los
holandeses, que eran tolerados, pero confinados en una isla artificial) los
japoneses se lanzaron a la aventura de vencer a los occidentales con sus propias
armas. Se acusó al shogun – uno de cuyos títulos era el de “generalísimo
dominador de los bárbaros” – de ser incapaz de impedir la humillación nacional,
se le obligó a renunciar y se desencadenó un tsunami bautizado como
“Restauración Meiji”.
La Restauración Meiji
Desde 1867 ocupaba el trono imperial un muchacho de quince años, Mutsuhito,
quien adoptó en 1868 para designar su reinado el nombre del año en curso, Meiji
(“gobierno ilustrado”). Los eruditos del culto nacional (Shinto) habían ganado
mucho apoyo para su concepción de que el Japón era un país superior, por contar
con una casa imperial fundada por la Diosa del Sol. Estas enseñanzas – que
constituían en realidad la doctrina nacional japonesa – fueron rescatadas por
los grandes señores feudales del sudoeste del Japón, que querían debilitar la
institución del Shogunato para imponer su propia autoridad.
Cuando el Estado se configura como tal, a partir de la acumulación mercantil,
elementos como la religión (transformación cultural del animismo, según algunos
antropólogos), queda incorporado al orden estatal como regulador del consenso.
Se levantó así la bandera del “retorno a lo antiguo” (fukkó) y los jóvenes
samurai, violentamente antiextranjeros – que se habían vinculado extensamente
entre si a través de años de entrenamiento en las academias de la espada, y que
a menudo eran pobres – se plegaron al bando de los daimyos del sur, y derrocaron
al último shogun, entregando el poder al emperador adolescente, en cuyo nombre
se había realizado todo el movimiento.
En 1868 los principales señores feudales fueron convocados al palacio imperial
de Kyoto, donde se proclamó la restauración del poder imperial. Al año siguiente
la capital fue trasladada a Tokio, y se inició la construcción del Japón
moderno.
Para 1889 se había creado una monarquía constitucional fuertemente oligárquica,
con dos cámaras: la de los pares, vitalicios, designados por el emperador y
elegidos por los grandes propietarios, y la de diputados, elegida por los
habitantes que pagan censo (500.000 sobre 50 millones que componían la población
total. El apoyo directo del régimen lo constituía la casta militar.
Tales cambios no modificaron la situación del jornalero agrícola, ferozmente
explotado, y fueron acompañados por el empobrecimiento brutal de los pequeños
campesinos propietarios, que debieron vender e hipotecar sus tierras. Tampoco se
evitaron totalmente las tensiones entre la casta militar y la nueva burguesía.
Pero la estructura samurai, actuando sobre el capitalismo existente y el poder
fuertemente centralizado, dio origen a un desarrollo aceleradísimo, que se
benefició del éxodo de los campesinos arruinados y de los obreros agrícolas,
empujados por la miseria hacia las ciudades, donde formaron un enorme ejército
de mano de obra barata.
La centralización del poder permitió que, en lugar del tradicional laissez-faire
de los capitalismos occidentales, se instituyera un fuerte capitalismo de
Estado, que mediante la asociación con la nueva oligarquía, dio origen a una
rápida trustificación, tanto en la banca como en la industria. El Estado creó y
modernizó la industria del hierro, del acero y las empresas textiles,
cediéndolas luego a los particulares. Se crearon instituciones bancarias a
imitación de las de Estados Unidos, y los comerciantes japoneses, apoyados por
el Estado, desplazaron a los extranjeros.
El período llamado Meiji significó así la estructuración en pocos años de una
sociedad capitalista centralizada, monopólica, militarista, que producía a muy
bajos costos debido a lo económico de la mano de obra. Estaban dadas todas las
condiciones para que Japón se lanzara a la expansión imperialista y territorial,
en conflicto con las otras potencias, y en primer término con Rusia, con la que
debía dirimir la hegemonía sobre la costa asiática del Pacífico.
Pilares de la transformación
Los líderes revolucionario-tradicionalistas estaban convencidos que la fuerza de
los países occidentales provenía de tres factores:
1) el constitucionalismo, que originaba la unidad nacional.
2) La industrialización, que proporcionaba fuerza material
3) Un ejército bien preparado. La nueva consigna fue: “país rico, armas fuertes”
(fukoku-kyohei).
Basados en estas premisas pusieron en marcha drásticas reformas que significaron
en poco tiempo la liquidación de toda la estructura de la sociedad feudal. En
primer término se obligó a los grandes daimyos a revertir sus propiedades al
trono, que era considerado titular de toda la tierra japonesa. Los señores
feudales, en un primera etapa, fueron nombrados gobernadores de sus antiguos
feudos.
Pero eso duró poco. En 1871 los gobernadores-daimyos fueron convocados a Tokio,
se les entregó un título de nobleza, a la usanza occidental, y se les quitaron
sus cargos, al mismo tiempo que se declaraba abolido oficialmente el feudalismo.
Los 300 feudos fueron convertidos en 72 prefecturas y tres distritos
metropolitanos.
No menos decidida fue la campaña contra la estratificación social que había
predominado durante la época feudal. Era fácil otorgar títulos y generosas
pensiones a los grandes señores feudales, pero resultaba mucho más difícil
reubicar a más de dos millones de samurai y demás dependientes, sin dinero y sin
tierras. A éstos se les concedió una pensión igual a una parte de su antiguo
estipendio, y cuando la erogación resultó una carga demasiado pesada para el
erario, se los sustituyó por bonos del tesoro, inconvertibles y de bajo interés.
Se les prohibió también portar espada y seguir exhibiendo su característica
coleta.
Pronto las pensiones y bonos se esfumaron, pues la inflación devoró gran parte
de su valor. Por otra parte, los samurai carecían de capacidad para adaptarse a
las nuevas condiciones imperantes. En 1873, el mazazo final: se instituyó la
conscripción obligatoria, con lo cual los samurai perdieron su tradicional
monopolio del servicio militar. Hubo motines, por supuesto, pero fueron
sofocados. El más célebre fue el de Saigo.
Caballos desbocados
Después de la Restauración Meiji, los samurai que pelearon para derrocar el
régimen feudal, advirtieron que habían sido utilizados y que su premio había
sido la desocupación y la pérdida de todos sus privilegios. Al hecho de no poder
portar katana ni la indumentaria que los había caracterizado durante siglos se
sumaba la obligación de tener que trasladarse a Tokio (ex Edo) con el
consiguiente abandono de sus castillos tradicionales y la separación de sus
súbditos. Era el precio a pagar por la modernización a la que consideraban una
traición a los valores tradicionales y nacionales y una imitación servil de todo
lo extranjero.
Takamori Saigo, quien fuera Comandante Supremo de las Fuerzas Unidas Reales que
derrotaron al Shogunato, surgió por propia gravitación como líder de los
descontentos.
Por esa época, al igual que la actual, Rusia porfiaba en lograr puertos cálidos
en el sur, que no se congelaran en el invierno (Tal fue una de las principales
causas, sino la principal, de la invasión a Afganistán), en algún lugar en la
Bahía del Mar Amarillo o en la costa coreana. Por ello el Imperio Ruso se
interesaba tanto en Manchuria o en la Península Coreana a las que Japón
consideraba vitales para su defensa. Saigo intentó resolver militarmente los dos
frentes aprovechando la energía latente de los samurai ora desempleados y planeó
la invasión de Corea. El rechazo a sus planes detonó la rebelión de Satsuma de
1877.
Fue la última de las grandes protestas armadas contra las reformas del nuevo
gobierno Meiji, y sobre todo contra aquellas que representaban una amenaza para
la clase samurai al acabar con sus privilegios sociales, reducir sus ingresos y
obstaculizar su tradicional estilo de vida. Son muchos los samurai de Satsuma
que en 1873 abandonaron el gobierno junto a Saigo, resentidos por el rechazo a
la propuesta de éste de invadir Corea y por el proceso de reforma, que parecía
hacer caso omiso a sus intereses. La rebelión surgirá por fin en enero de 1877,
acabando con el suicidio de Saigo. Cuenta la tradición que se quitó la vida
cometiendo el tradicional seppuku (harakiri) junto con trescientos de sus
últimos seguidores.
Junto con Saigo, murieron los samurai como fuerza política vigente. Pero la
imagen que dejaron, idealizada y embellecida, renació inmediatamente después de
la muerte como símbolo de la ética del pueblo. El espíritu honorable de los
samurai y sus almas nobles empezaron a buscar un lugar en el corazón de los
ciudadanos comunes de Japón. Hoy se venera su memoria junto a las leyendas de
los Marinos de Tsushima, el general Kuribayashi de Iwo Jima o los más de 300
pilotos Kamikaze de la Segunda Guerra Mundial.
Con ligeras variantes, este episodio fue narrado en las novelas de Yukio Mishima,
las películas de Kurosawa o en la versión hollywoodense de “El último samurai”.
Como generar capital sin endeudarse
La abolición de los señores feudales y la expropiación de sus feudos hizo
posible desechar el viejo sistema de tenencia de la tierra e instituir un
sistema impositivo regular y confiable. Los líderes del Japón moderno estaban
convencidos de que sólo podían y debían depender de sus propios recursos. Para
obtenerlos no vacilaron en decretar un impuesto en dinero del 3% sobre los
valores inmobiliarios, para lo cual se realizó previamente, en 1873, un censo
agrario, determinando sus tasaciones sobre la base de los rendimientos medios en
los años anteriores. Este censo permitió también otorgar títulos de propiedad a
los campesinos, a quienes se liberó de todas las tabas feudales, dándoles entera
libertad para escoger sus propias siembras.
Todas estas medidas requirieron cierto tiempo, y como implicaban cambios
fundamentales, hubo momentos de gran confusión y frecuentes desajustes, que
provocaron levantamientos y manifestaciones de campesinos. Sin embargo, la
entrega en propiedad a los campesinos, junto con las enérgicas medidas adoptadas
por el nuevo régimen para promover los adelantos tecnológicos y adoptar nuevos
fertilizantes y semillas seleccionadas, produjeron finalmente un enorme
incremento en la producción agraria. Sobre esas bases se construyó el Japón
moderno, que en tres décadas pasó de sus inofensivos barcos de guerra de madera
a una poderosa flota, con la cual el almirante Togo hundió en el estrecho de
Tsushima (1905) a toda la flota rusa del Báltico, que acudía a Extremo Oriente
para tratar de levantar el bloqueo japonés.
El impuesto a la tierra y la emisión de papel moneda avalado por los valores
inmobiliarios se convirtieron durante varias décadas en la principal fuente de
recursos del Estado japonés.
En toda su historia, el Japón sólo ha hecho uso de un préstamo inglés de un
millón y medio de libras esterlinas.
Así, en el plazo de una generación y contando solamente con sus propias fuerzas,
el Japón se convirtió en una gran potencia. Téngase en cuenta para valorar lo
realizado, la extrema pobreza del territorio japonés, que obliga a depender
tanto del mar como de la tierra para alimentarse. La alternativa consistía en
convertirse en una colonia europea o norteamericana, a lo cual Japón parecía
predestinado por su carencia de recursos materiales y su falta de tradición
tecnológica. Eligió otro camino.
Japón probó que un pueblo asiático era capaz de desarrollar los adelantos
técnico-industriales ostentados por los occidentales, y luego enfrentar
militarmente a estos, aún derrotándolos, como sucedió con Rusia. El Japón, como
ejemplo que demostraba la mentira occidental de una superioridad basada en la
raza o en recónditas cualidades espirituales, contó con las simpatía del
naciente movimiento nacionalista, tanto chino como indio, indonesio, vietnamita,
birmano, malayo o filipino.
¿Imitación o creatividad endógena?
La autogestión y la imitación ¿Son en realidad dos polos opuestos? Un país que
desee acelerar su industrialización debe ser capaz de reconciliar ambos
aspectos, como lo demuestra la experiencia japonesa.
En 1875 el gobierno Meiji inició la primera fábrica moderna de manufactura de
hierro, en Kamaishi, bajo la supervisión de un ingeniero británico. Durante
veinte años habían operado allí pequeños hornos, construidos también conforme a
un diseño extranjero, pero sin ingenieros extranjeros. Los hornos habían tenido
dificultades financieras, pero técnicamente habían tenido éxito. Con todo, el
gobierno ignoró esta tecnología tradicional y prefirió los métodos británicos.
Los resultados fueron desastrosos. Al cabo de cien días se acabó en carbón.
Después de un tiempo se reanudó la producción utilizando coque. Pero esto dio
por resultado la congelación del hierro y el coque en el horno y, así, hubo de
clausurarse toda la planta.
La investigación tecnológica e histórica señala las tres causas siguientes del
fracaso: había una amplia brecha entre la modernidad de la tecnología en que se
basaba el nuevo horno y la forma anticuada de producir carbón: la ubicación de
los hornos y el sistema total de transporte no eran adecuados para proporcionar
rápidamente materia prima, y el diseño del horno mismo era fundamentalmente
defectuoso. Además, la operación era dirigida por extranjeros, quienes no
tomaron en consideración las características del mineral de hierro y el carbón
japoneses. Debe añadirse una cuarta causa, a saber, la veneración por Occidente
que sentía el gobierno. Este fracaso inicial de establecer la industria moderna
del hierro en Japón demuestra claramente los peligros de importar tecnología sin
prestar atención a las condiciones locales, y también demuestra la ventaja dela
tecnología doméstica, es decir, su integración prioritaria con las condiciones
locales.
Si deseamos examinar intentos anteriores de crear un moderno sector de la
manufactura de hierro, podemos volvernos a la historia de la fundición de
cañones. Aquí encontramos lo que se puede designar como el “modelo de la
autogestión /imitación”, que podría demostrar ser un ejemplo valiosos para los
países actualmente en desarrollo. Los hornos de reverbero en Saga, Kagoshima,
Nirayama, Tottori y Hagi se basaban todos en un libro en idioma holandés. Hubo
un prolongado proceso de prueba y error: tan solo la mitad del hierro se fundía,
los cañones estallaban al primer disparo, etc... Pero no debe pasarse por alto
el hecho de que, en medio de innumerables fracasos tuvieron un progreso
constante. En efecto, en solo unos cuantos años todos los problemas iniciales
habían sido superados y para fines del período Edo (1600 –1868) habían
construido alrededor de doscientos cañones, incluyendo tres con rayado en
espiral, que eran el último avance en la Europa contemporánea. Pese a
innumerables fracasos, la velocidad con que asimilaban la nueva técnica exógena
nos parece sorprendente. Ha habido muchos debates acerca de las razones de esta
velocidad, pero aquí es de interés especial la posición adoptada por el profesor
Shuji Ohashi: Usando sus estudios detallados sobre la metalurgia del hierro en
las postrimerías del período Edo, el profesor Ohashi ha mostrado tres etapas
diferentes en el proceso de formación de la tecnología del fundido de cañones en
Saga. Cada una de estas etapas tuvo su propia contraparte en el desarrollo
europeo.
La primera etapa fue el fundido de cañones de bronce. En Japón, este período
duró de 1842 a 1859, mientras que la misma tecnología en Europa había
permanecido en la etapa del bronce hasta mediados del siglo XVII. En ambos
lugares, constituyó la base histórica para el fundido de cañones posterior. En
Japón, esta segunda etapa de fundir cañones de hierro tuvo lugar entre 1851 y
1859 y correspondió a un avance que tuvo lugar en Europa desde mediados del
siglo XVII a la década de 1850. La tercera etapa, que data de 1863, se centró en
la capacidad de hacer cañones rayados de acero fundido. Esta etapa correspondió
al desarrollo europeo desde la década de 1840. Debe observarse que, aunque cada
etapa cubrió solo un breve período de tiempo, Saga había pasado exactamente por
las mismas etapas y en el mismo orden que Europa.
En este desarrollo, confiaron no sólo en su propia experiencia en el fundido de
cañones de bronce, sino también en muchos otros logros de la ciencia y la
tecnología locales, tales como la elaboración de ladrillo refractarios, la
utilización de la energía hidráulica, la aritmética japonesa local y, sobre
todo, la totalidad de la tecnología doméstica de manufactura de hierro. Los
artesanos desde hacía tiempo habían hecho armas, tales como espadas y pistolas,
e implementos agrícolas tales como rastrillos y hoces de hierro en bruto y
acero. Las temperaturas de sus horno eran comparables a la de los altos hornos.
Así, los artesanos tenían un nivel notablemente alto en el arte del forjado y la
fundición, y estaban bien informados acerca del comportamiento del hierro
fundido y otros materiales diversos en altas temperaturas.
Sin el apoyo sólido de la tecnología local y de sus propias experiencias en las
tecnologías precedentes, no puede esperarse que tenga éxito cualquier intento de
imitación. Esto está fuera de toda dudad. Pero ¿podrían haber alcanzado los
mismos resultado sin imitación alguna?. Sin duda, pero posiblemente con mucha
lentitud. El intento de imitar un modelo occidental sin duda los alentó.
Exactamente debido a que sus intentos de fundir cañones fueron una imitación de
tecnología exógena, estos intentos fueron acompañados por problemas nuevos,
previamente desconocidos. La resolución de éstos requería de un nivel de
destreza tecnológica más alto que el que realmente habían logrado los
ingenieros. Afortunadamente, las brechas que se encontraban cada vez eran lo
suficientemente pequeñas como para superarlas. Pero, debido a la presencia de
estas brechas, el incremento de sus habilidades puede describirse mejor como una
serie de “saltos” en vez de cómo un simple progreso.
El desarrollo tecnológico japonés ha conocido muchos saltos así, uno de los
cuales, por lo general, se considera como la fecha de nacimiento de la moderna
industria del hierro de Japón: el primero de diciembre de 1857 vio encenderse el
primer fuego en el alto horno de Kamaishi, un horno de carbón que una vez más se
basó en el libro único mencionado arriba. Claro está que, fuera de estos saltos,
hubo fracasos, pero también éstos fueron importantes, ya que prepararon a los
ingenieros japoneses para su siguiente salto. Esta característica (es decir, una
serie de saltos pequeños) del desarrollo tecnológico japonés es extremadamente
importante para los países actualmente en desarrollo. En la medida que los
países emergentes pretenden alcanzar el mismo nivel tecnológico que los países
desarrollados en un período de tiempo más corto, sus planes de desarrollo
necesariamente deben diseñarse como una serie de saltos.
Los problemas sociales relacionados con los saltos tecnológicos también deben
ser interesantes para los países que inician su propio desarrollo. Los saltos
técnicos deben ser vistos en sus contextos sociales e históricos. Pues, aunque
en sí es un logro tecnológico, cada salto siempre fue parte inseparable de algún
movimiento social histórico. El primer salto surgió de la agitación que comenzó
con el choque social ocasionado por la Guerra del Opio y la aparición de buques
de guerra occidentales y que terminó con la caída del gobierno Edo. Muchos
cañones fundidos durante esa época fueron disparados contra el gobierno de
Tokuwaga así como contra escuadrones occidentales. El segundo salto, claro está,
estuvo asociado con el gran cambio social después de la Revolución Meiji, y el
tercero con la tensión internacional entre la guerra ruso-japonesa. Mas tarde,
también, los acontecimientos históricos siguieron siendo el incentivo de los
saltos.
Hablando de manera general, en siempre que Japón tuvo siempre éxito en utilizar
la pasión nacionalista creada por los períodos de agitación, y emplearla como
fuerza motriz para un salto tecnológico. Esto sigue siendo verdad. Por ejemplo,
los dirigentes japoneses hicieron uso pleno de la crisis del petróleo en 1973 a
fin de crear un sentimiento de urgencia que pudieron aprovechar para el
desarrollo integral de tecnología economizadora de energía.
Respecto a los sentimientos nacionalistas como ayuda para crear un salto
tecnológico, un período especialmente interesante de la ciencia y tecnología
japonesas es el período entre las dos guerras mundiales. La Primera Guerra
Mundial impresionó mucho a los japoneses con las virtudes de la ciencia. Mas
concretamente, habían sufrido varios tipos de carencias porque hubo que detener
ciertas importaciones, y admiraban a los alemanes por haber inventado materiales
sustitutos, bajo circunstancias similares, gracias a su ingenio científico. La
tendencia que comenzó con esta guerra fue la “ciencia de los recursos”, que
significaba la ciencia para asegurarse los recursos y para la invención de
sustitutos, así como la ciencia de los “materiales de los recursos”. El problema
que Japón había afrontado durante la guerra fue una especie de “dependencia
tecnológica” parecida a la que puede verse ahora en los países periféricos. En
consecuencia, más tarde se recalcó la independencia respecto de la tecnología
occidental.
El respeto a la propia cultura, clave del éxito japonés
¿Cómo puede una sociedad reaccionar a las influencias exógenas y desarrollar
capacidades potenciales endógenas? El hecho de que ambas van de la mano se ha
demostrado repetidamente a lo largo de la historia. Como hemos visto, la
experiencia japonesa misma lo comprueba: Japón fracasó cuando trató
sencillamente de importar el conocimiento, sin tener en cuenta las condiciones
propias. E incluso Europa lo había tomado en préstamo y lo había integrado, ya
que en la temprana edad de este milenio Europa aprendió mucho de la ciencia y
técnica altamente avanzadas de las zonas culturales árabe, hindú y china. Este
proceso incluyó abundantes ejemplos de imitación y préstamo. Pero, una vez
arraigados en la cultura europea, estos elementos exógenos permitieron que
surgiera la energía latente en las condiciones domésticas europeas. Y Europa
comenzó a desarrollarse rápidamente.
Sobre la industrialización del Japón existen los excelentes estudios del
profesor Kazuko Tsurumi, que rechaza la opinión que considera la ciencia y la
tecnología como entidades independientes de la cultura de cualquier sociedad en
particular. Cada cultura tiene sus propias formas tradicionales de conocer y
hacer. Esto significa que habrá un conflicto entre toda la tecnología prestada y
la cultura local del país que la pide en préstamo, conflicto que no puede
resolverse sino en el momento en que la tecnología se haya integrado a la
cultura. El profesor Tsurumi investigó los conflictos en la tecnología local de
la manufactura del hierro en el período Meiji en Japón. Este enfoque se
recomienda a sí mismo como un método tecnosociológico. Si comparamos los
diversos conflictos ocasionados por la importación de tecnología en algunos
países, podemos encontrar muchas claves para la comprensión de la relación entre
tecnología y cultura social. No obstante, al comparar China y Japón, el profesor
Tsurumi siempre parece considerar la autogestión de manera favorable y positiva,
refiriéndose a la imitación en términos negativos. Pero sería imposible para los
países en desarrollo alcanzar la industrialización sin imitar o tomar a préstamo
tecnología. Tal el caso de nuestra industria metalmetalúrgica de aplicación
agrícola.
Un país capitalista atípico
Como Rusia, el Japón llegó tarde al desarrollo capitalista. Pero a diferencia de
aquella, a partir de la Revolución Meiji de 1867, el sistema feudal fue superado
en forma muy acelerada, por un lado; por el otro, también a diferencia de la
burguesía rusa, la japonesa, apoyada en un fuerte capitalismo de Estado, logró
controlar férreamente el proceso excluyendo del mismo la presencia y penetración
del capital extranjero.
La modernización del Japón, ocurrida de este modo, prácticamente se salteó el
período del capitalismo de libre competencia, pasando en forma casi directa del
feudalismo al capitalismo monopolista. La Restauración Meiji (1868) convirtió al
Japón en un país moderno, aunque atípico. En realidad, tendríamos que señalar
que pudo convertirse en un país moderno porque fue atípico, porque se aferró a
sus instituciones tradicionales, porque mantuvo en forma inquebrantable su
propia personalidad nacional.
Ese espíritu independiente se puso de manifiesto en todos los terrenos. En lo
referente al desarrollo industrial japonés, este fue totalmente autofinanciado,
y los nipones no pidieron el más mínimo crédito a Occidente. Los bancos
controlados por el Estado y ampliamente provistos de fondos provenientes de la
recaudación del impuesto a la tierra, suministraron todos los capitales
necesarios para crear la industria pesada y la liviana. Una vez que se
consolidaron las grandes familias (zaibatzu), dotadas de enorme poder económico
y político, e integradas en algunos casos por parientes y amigos de los líderes
Meiji, se les fueron entregando las plantas industriales. El desarrollo tuvo un
ritmo impresionante, pero gracias al bajísimo nivel de vida de la población.
Al mismo tiempo, se producía una profunda revolución político - religiosa. Un
decreto imperial de 1890, que amalgamaba elementos confucianos y shintoístas,
estableció la política educacional del nuevo régimen. Las lealtades feudales
fueron reemplazadas por la lealtad a la Nación, encarnada en la figura mítica
del Emperador, como un deber patriótico ineludible. Se inculcó en todos los
estratos sociales el ideal samurai del honor y la lealtad, que de este modo se
convirtió en la herencia legada por los antiguos clanes dominantes. También
quedó claramente en vigencia la veneración por los ancianos – rasgo típico de
toda cultura arcaica – y los estadistas de mayor edad, después de abandonar la
función pública, integraban una especie de gerontocracia, formando un consejo
asesor que mantuvo en forma inflexible la continuidad y la coherencia de la
política japonesa.
No se podría comprender nada de lo que ocurrió en Japón en estos cien largos
años sin tener presente esta mezcla inextricable de lo antiguo y lo moderno. Y
digámoslo con claridad: para que un país se realice debe asumir plenamente su
destino y su tradición nacional, es decir, debe de tener como punto de
referencia su futuro y su pasado.
En estos términos es posible comprender lo que ocurrió en Japón. En ese país se
mantenía totalmente viva, apenas recubierta por un débil estrato feudal, la
cultura arcaica, que liga al hombre con su tierra y consigo mismo, esa sociedad
que el mundo occidental niega, porque lo toca demasiado de cerca, o que lo
relega a los pueblos que llama “primitivos” (Véase al respecto las obras de
Pierre Clastres). La Restauración Meiji rescató y permitió el afloramiento de
dos aspectos básicos de esta sociedad, en las condiciones históricas muy
especiales de ese aislado país insular:
1)la lealtad a la institución imperial, en la cual habían quedado sintetizados y
simbolizados todos los valores espirituales de la aldea arcaica, y
2)el odio a los bárbaros es decir, hacia la civilización occidental, en lo cual
no se equivocaban en absoluto, porque esa civilización representaba una amenaza
clara de destrucción de todos sus valores esenciales.
Civilización y Barbarie
¿Por qué pudieron los japoneses afianzar su existencia como nación ante las
presiones de todas las potenciales coloniales?.
Disentimos en un todo con las explicaciones reduccionistas de ciertos
“analistas” que atribuyen el desarrollo nipón a su espíritu imitativo y
pragmático. Esta, explicación, elemental por cierto, que atribuye a una
civilización milenaria un supuesto deslumbramiento por la técnica y la cultura
de Occidente, se da, como hemos visto, de bruces con la realidad, con la
historia del Japón. No es otra cosa, que una de las tantas manifestaciones de
etnocentrismo occidental.
El Japón evitó ser aplastado e impuso su presencia como nación porque se replegó
sobre sus propias tradiciones, que se apoyan en el basamento inconmovible de la
cultura arcaica, cimiento insustituible de una comunidad bien organizada.
De este modo se constituyó, como hemos dicho, en el heraldo de las
reivindicaciones nacionales de otras naciones asiáticas. Lo logró porque a
partir de sus propios valores, plenamente vigentes, antepuso ante todo lo demás
su reconstrucción nacional, tras ser el único pueblo del planeta en sufrir una
agresión atómica, aceptó una total austeridad, desechó todo lo superfluo y
contando solamente con sus propias fuerzas se colocó en dos décadas a la
vanguardia de las potencias industriales.
Comprendieron que en el dilema “civilización o barbarie” tan caro al pensamiento
de nuestros liberales; que llegaron a importar maestras norteamericanas que ni
siquiera sabían el castellano y esgrimieron la consigna para realizar una
salvaje campaña de “limpieza étnica” con las montoneras del interior, que
civilización es lo propio y barbarie lo extraño. Y los países que lo advierten
tienen defensas más eficaces ante el intento la imposición del pensamiento
único, mediante el bombardeo masivo de los medios de comunicación donde se
ofrece un supuesto mundo racionalista y eficiente. “Un infierno climatizado que
nos quieren vender como felicidad” decía Julio Cortázar. Un racionalismo que ha
realizado un asalto despiadado e irracional contra el hombre y la naturaleza y
una eficacia que se traduce en crisis y guerras eternas.
Al igual que el Japón. Debemos afirmar que nuestro propios valores y nuestras
propias esencias son mas trascendentes, porque hacemos propio el certero axioma
de Le Corbusier: “Lo que permanece, en las empresas humanas, no es lo que sirve,
sino lo que conmueve”
José Luis Muñoz Azpiri (h)
Fuente: www.elortiba.org