El
campo de batalla suramericano
Por Enrique Lacolla
Otra vez Iberoamérica se enfrenta al ser o no ser de su destino.
En el mundo globalizado todo tiene que ver con todo. Y el principal motor de
esa dinámica es el mundo desarrollado, en extremo agresivo. Lo grave para
nosotros es que los dirigentes de América latina, o más bien los exponentes
de los gobiernos de centro izquierda que surgieron de la resistencia al
modelo neoliberal del Consenso de Washington, no terminan de decidirse a ir
a las cosas y suelen disimular con palabras bienintencionadas una falta de
operatividad en el plano de las iniciativas concretas que hacen falta para
salir al encuentro de las amenazas que pesan sobre la región.
Desde el hundimiento del comunismo los acontecimientos han acelerado su
curso. La fragilidad económica de la única superpotencia que existe en el
globo, Estados Unidos, no le ha impedido lanzarse a la conquista de su
proyecto hegemónico. Más bien al contrario, parecería que esa fragilidad y
los límites que está encontrando ese proyecto ante el surgimiento de
resistencias encarnizadas en áreas estratégicas fundamentales como son el
Medio Oriente y el Asia Central, apuntan a exacerbarlo y a generar una fuga
hacia delante. América latina y Suramérica en particular, a las que el
desastre de las políticas neoliberales habían impulsado a buscar vías
alternativas a la dependencia a través de su integración regional,
encontraron en un primer momento una cierta latitud de márgenes para armar
una incipiente organización unitaria. Estados Unidos estaba obsesionado con
otras zonas y el desastre promovido por el neoliberalismo le achicaban aquí
el espacio sociopolítico para la reedición del experimento que Naomi Klein
denominó “la doctrina del shock”. Se abrió entonces un interludio durante el
cual se fortificó el Mercosur, surgió la Unasur y los presidentes
iberoamericanos comenzaron a tomar carta en los problemas regionales que los
afectaban directamente. Las reuniones de Mar del Plata, de Bariloche, de
Santo Domingo, dinamitaron el proyecto de sujeción supuesto por el Alca y
frenaron la escalada bélica entre Colombia y Ecuador, así como el
separatismo del Oriente boliviano, que habría introducido un catastrófico
elemento de secesión en el techo de América. Pero estas iniciativas, con ser
importantísimas, no dejan de ser expedientes provisorios que no anulan los
factores de riesgo. La disponibilidad de poderes que tiene el imperialismo
le consiente volver una y otra vez sobre los núcleos para él problemáticos
con la intención de proseguir socavando el proyecto unitario latinoamericano
con recursos que van desde las acciones de inteligencia destinadas a
interferir en los asuntos internos de nuestros países, fomentando cuantas
opciones separatistas que puedan debilitarlos, a la práctica del liso y
llano golpe de Estado, del cual fue ejemplo el alzamiento contra Chávez en
2002. Los gobiernos de centroizquierda a los que hemos mencionado y que
abarcan un arco de modalidades políticas bastante variado, desde la
temperamental de Chávez a las más moderadas de Lula, Cristina Fernández y
Bachelet, pasando por Correa, Daniel Ortega y Evo Morales, no terminan, sin
embargo, de encontrar una política ponderada y enérgica a la vez, que sirva
para acomodarse a las exigencias del nuevo tiempo y a la ya evidente
decisión norteamericana de poner un freno a las veleidades autonómicas de
los países de lo que Washington entiende es su patio trasero.
La existencia de élites ajenas al anhelo unificador e independentista que
hay en América latina y que conservan todo su poder económico y su peso
mediático, más la presencia de una importante masa de clase media alienada
de la realidad gracias al discurso del sistema, representan obstáculos muy
importantes para el logro de la aspiración regional a la complementariedad y
la integración. Lo que ha sucedido en los últimos tiempos en la región debe
leerse en este marco. La reactivación de la IV Flota norteamericana, el
golpe de Estado en Honduras, la sumisión del pretendido reformador y
progresista Barack Obama a los dictámenes del complejo militar-industrial
que maneja la política estadounidense, la erección de siete bases
norteamericanas en Colombia, para las que el Congreso ha autorizado ya los
fondos respectivos, y quizá hasta algunos extraños fenómenos (1) que se han
producido últimamente en el país cuyo gobierno se apunta como el líder
natural de la región, Brasil, están dando a entender que el gobierno
estadounidense ha declarado una suerte de guerra de facto al proyecto
latinoamericano de erigirse en una suerte de bloque regional.
Esto implica la puesta en práctica, dirigidos esta vez sin tapujos contra
Suramérica, de los mecanismos que vienen definiendo la política
estadounidense para el resto del mundo a partir de 1991. En este esquema, el
debilitamiento de los competidores potenciales de la hegemonía
norteamericana es un dato fundamental y se activa a partir de dos principios
básicos. Uno es la agresión física directa contra factores que pueden
obstaculizar el acceso a los recursos estratégicos –casos de Irak o
Afganistán- y otro es el cerco de los principales adversarios y la división
o el fomento de los particularismos étnicos o confesionales latentes en sus
sociedades. La explosión de la ex Yugoslavia, la atracción de los países del
ex bloque del Este al cuadro de la Unión Europea e incluso de la Otan, que
empuja a Rusia hacia los Urales y al mismo tiempo diluye la composición
nuclear de la UE como factor independiente ahogando a Francia y a Alemania
en un puzzle asociativo donde tomar decisiones comunes se torna más difícil;
el fomento de los nacionalismos de campanario en el Cáucaso y el Tíbet, son
muestra de que Washington entiende a adherir al viejo principio del
memorándum Crowe que en enero de 1907 determinó la planificación de la
política exterior británica de cara al siglo XX: “la estructura y no el
motivo es lo que determina la estabilidad”–es decir, el mantenimiento del
estatus quo que favorece a la o las potencias dominantes. (2)
Esto significa que, aun en el caso de que el rival potencial no tenga
disposiciones agresivas, su poderío creciente debe ser neutralizado para
impedir que ese aumento se constituya, objetivamente, en un pendant, en un
contrapeso para la influencia de la potencia que se quiere hegemónica. En
este sentido China es el principal enemigo, seguida por Rusia, porque ambas
compondrían el bloque euroasiático que más poderosamente podría gravitar en
el mundo y contrabalancear o incluso desbancar el poderío de Estados Unidos
y de los otros países que conforman la tríada dominante en el presente. Es
decir, el Japón y la Unión Europea. Se trata de una descarnada lucha por el
poder, que no tiene mucho que ver con las ideologías.
Objetivo: América latina
¿Y qué tiene que ver América latina con todo esto?, se preguntará el lector.
Pues tiene que ver, y mucho, pues ingresa en la categoría de reservorio de
recursos estratégicos esenciales para el mantenimiento de la hegemonía
norteña durante el presente siglo y porque su constitución en Nación
unitaria la erigiría en un factor que podría mover sus piezas de acuerdo a
un criterio independiente en un mundo donde las tensiones seguirán
aumentando.
A partir del golpe en Honduras y del beneplácito del gobierno colombiano
presidido por Álvaro Uribe en el sentido de conceder siete bases
estadounidenses en su territorio (la cháchara en torno de que se trata de
bases colombianas en donde “se admitirá a las fuerzas” norteamericanas para
combatir el narcoterrorismo es un flaco pretexto); de la reactivación de la
IV Flota estadounidense en disposición de operar en el Caribe y el Atlántico
sur de acuerdo a las directivas del Southcom, y del putsch en Honduras, a
partir de estos datos, decimos, se hace evidente que los tiempos se están
acortando y que Estados Unidos está listo para volver al “monroísmo”. Es
decir, a la práctica de la Doctrina Monroe que en 1823 sentenció que América
debía ser para los “americanos”. O sea para los “usamericanos”, toda vez que
la potencia norteña se apropió del patronímico inspirado en el nombre del
navegante y cartógrafo italiano al servicio de España, Américo Vespucio, con
el cual se bautizara a las tierras descubiertas por Cristóbal Colón.
La resistencia contra el reforzamiento de esta tendencia, de parte de los
gobiernos iberoamericanos no acaba de superar el estadio declarativo.
Brasil, es cierto, se permitió una interesante jugada al permitir o más bien
propiciar que su embajada en Tegucigalpa alojase al presidente Zelaya a su
vuelta a Honduras, pero el gobierno norteamericano, a pesar de su aparente
repudio al golpe de Estado en ese país, permaneció impertérrito y hoy el
mandatario depuesto ve pasar los días desde una ventana de la representación
diplomática, sin que la situación se mueva un ápice.
Si Washington desea, como desea efectivamente, desarticular lo que a sus
ojos son las veleidades autonomistas de América latina, debe lidiar en
primer término no sólo contra quienes hoy más con mayor estridencia la
proclaman, sino contra quienes detentan los recursos y disponen de una
potencia centrípeta capaz de nuclear, a la corta o a la larga, a los países
del área.
El más obvio de los objetivos para comenzar la ofensiva es Venezuela, donde
el presidente Hugo Chávez Frías encarna una combinación de factores sociales
cuya coalición siempre ha inquietado sobremanera a Washington: un jefe
carismático y populista apoyado en las masas y sustentado por un ejército
donde prepondera un ala nacionalista. Pero más allá está Brasil, una
incógnita para propios y extraños, pero que podría ser “ayudado” a plegarse
al diktat estadounidense a través de políticas que conjuguen la oferta del
“bastón y la zanahoria”. Es decir, del halago y el castigo, simultáneamente.
Las vías para una agresión contra la revolución bolivariana hace rato que
están trazadas y la aparición de las bases norteamericanas en Colombia les
dan el sustento práctico que necesitan. De acuerdo a una reciente nota de
Heinz Dieterich, las opciones instrumentales que se ofrecen para tornarlas
operativas son varias y aplicables de acuerdo a la gradación que pueda
imprimirse al conflicto, a saber:
1) El incremento de la oposición interna al gobierno a través de los canales
mediáticos y aprovechando el fuerte rechazo que inspira Chávez a más o menos
un 40 por ciento de la población, en busca de una derrota electoral del
partido bolivariano en las elecciones del año que viene y del 2012. Esta vía
es la menos cruenta, pero podría ser incentivada por medio de:
2) El fomento de bandas paramilitares que comprometan al ejército venezolano
en acciones de guerrilla en la frontera con Colombia, donde esos grupos
encontrarían protección del ejército colombiano a su vez cubierto por el
paraguas de la aviación y los efectivos norteamericanos aposentados en ese
país. El desgaste y la humillación que suscitaría este escenario reforzaría
a los elementos que dentro de las fuerzas armadas venezolanas no confían en
Chávez y podrían tentarlos a derrocar al mandatario y terminar con la
experiencia bolivariana.
3) Si eso no sucede, un choque abierto con los colombianos sostenidos por la
panoplia norteamericana suscitaría a su vez la aparición de un tercer
escenario, el de una guerra convencional y abierta con Colombia, de
proyección de veras catastrófica, prácticamente imposible de ganar dada la
presencia norteamericana y que significaría la liquidación del proceso
chavista y un escarmiento para el resto de América latina. Más allá de las
secuelas insurgentes y contrainsurgentes que un episodio de esas
características arrastraría consigo.
Por otra parte, un documento oficial de la fuerza aérea norteamericana
reproducido en forma parcial por el licenciado Carlos Pereyra Mele en su
trabajo “Construyendo un enemigo a medida”, expresa que la base de
Palanquero (en Colombia) “garantiza la oportunidad para conducir operaciones
de espectro completo por toda América del Sur. El documento expresa asimismo
que “Estableciendo una Localidad de Cooperación en Seguridad (CSL) en
Palanquero…, su desarrollo nos dará una oportunidad única para las
operaciones de espectro completo en una sub-región crítica en nuestro
hemisferio, donde la seguridad y la estabilidad están bajo amenaza constante
de las insurgencias terroristas financiadas por el narcotráfico, los
gobiernos anti-estadounidenses, la pobreza endémica y los frecuentes
desastres naturales”. La base de Palanquero, por otra parte, “también
incrementará nuestra capacidad para conducir operaciones de inteligencia,
espionaje y reconocimiento…, mejorará las relaciones con socios… y aumentará
nuestras capacidades para librar una guerra expedita”.
Todo un programa. Pero el objetivo último de esta compleja construcción no
puede ser sólo Venezuela. Resulta obvio que apunta al conjunto del
subcontinente y en primer término a Brasil que, en tanto miembro prominente
del club de potencias mundiales emergentes e integrante del BRIC (Brasil,
Rusia, India y China) podría ejercer un poder de imantación muy serio en el
hemisferio sur, a poco que acuerde sus políticas con Argentina, el socio con
más recursos potenciales, con una inserción geográfica poderosa y vocero
natural de los países que hablan castellano frente a un Brasil que habla
portugués, otra de las variables idiomáticas que dividen al foco cultural
significado por la península ibérica. Principal referente esta, en
definitiva, de una civilización indoeuropea que constituye uno de los
fenómenos más originales y eventualmente más progresivos en un siglo de
signado por la inevitabilidad del mestizaje a escala universal.
Brasil y Argentina, con la Amazonia y con las reservas hídricas y minerales
que detentan, más su potencial tecnológico e intelectual que, aunque todavía
coartado, es grande, son un objetivo primario del activismo preventivo que
el imperialismo está en condiciones de poner en práctica para adecuarse a
los principios del memorándum Crowe: se tratará de frenar la articulación de
una estructura de poder que, aunque esté en buena disposición para
entenderse con Estados Unidos, supone, objetivamente, la posibilidad de que
se constituya en un alternativa capaz de escapar a las reglas de sumisión
que se exigen desde arriba y apta para elaborar una estrategia autónoma,
dirigida a dominar sus recursos y a hacerse un lugar en los asuntos
mundiales por propia gravitación.
La presión norteamericana sobre Suramérica puede, pues, darse por
descontada. Y estos países tienen mucho que andar para elaborar una política
común, tanto en materia diplomática como de defensa, capaz de desalentar los
intentos de ingerencia movilizados desde el Norte. La guerra relámpago
lanzada por Estados Unidos en estos días a través del golpe en Honduras y de
la radicación de las bases militares en Colombia no ha encontrado todavía
una respuesta clara de parte de los gobiernos suramericanos involucrados en
un curso diferente al propuesto por Estados Unidos. Ha habido declaraciones,
sí, pero ninguna sintonía definida acerca de cómo enfrentar con expedientes
prácticos el activismo norteamericano en la región.
Suponer que estos países podrán autovertebrarse sometiéndose a la doctrina
Monroe recocinada, es una entelequia. Semejante posición sólo dejará espacio
para un discurso genéricamente antiimperialista que apenas podrá disimular
la sumisión. Por otra parte, imaginar que se puede ganar tiempo a fin de ir
construyendo una correlación de fuerzas menos desequilibrada para enfrentar
a Estados Unidos antes de encararlo con franqueza, es con probabilidad
ilusorio. El Imperio no tiene tiempo que perder y sólo moderando sus
apetitos y su voluntad de poder podría acomodarse a un tren de acción más
ponderado y que mida de forma racional las relaciones con el Sur. Si esto
fuera así sería maravilloso. Pero atendiendo a los datos de la historia es
improbable que ello suceda.
Resta la opción aparentemente más difícil, pero que tal vez sea la más sana
y realizable, si se quiere poner a estos países de veras de pie. Semejante
opción pasa por la formación de un frente militar integrado por Venezuela,
Brasil, Ecuador y Bolivia, con activo apoyo argentino, para erigir un
elemento capaz de frenar cualquier aventura en gran escala emprendida contra
Venezuela o la Amazonia. (3) Sí, suena a política ficción. Pero semejante
construcción supondría un factor disuasorio de marca mayor y encendería
todas las alarmas en la opinión pública norteamericana (factor que no
conviene descuidar) dados la inmediatez y los lazos que existen entre la
parte norte y la parte sur del hemisferio.
Como es natural cualquier experimento integrador de este tipo, o incluso su
insinuación, no podrá actuarse sin un trabajo en profundidad para acabar con
las desigualdades sociales en nuestra porción del continente. Si dijimos más
arriba que el ordenamiento mundial hacia el cual se está yendo es una
descarnada lucha por el poder en la cual poco tienen que ver las ideologías,
es evidente sin embargo que ninguna construcción asentada sobre una base
real de poderío podrá erigirse sin la abolición de la configuración
económica y cultural dependiente, promovida por una casta dominante que vive
en simbiosis con el imperialismo y que ha determinado la ruta por la que han
circulado estos países desde su nacimiento. No es posible que la exclusión
social sea la pauta por la que se gobiernan los países en crecimiento. La
profundización de la democracia, por lo tanto, la liberación de este
concepto de las excrecencias declamatorias con las que se lo ha rodeado y
una participación activa de las masas en la orientación del poder son
condición sine qua non para el logro de un objetivo unificador.
Estas no son metas para mañana. Dado el paso cansino de nuestros países
–roto de cuando en cuando por arrebatos de energía que concitaron
represiones feroces- las elaboraciones teóricas respecto al tema de la lucha
por la integración tendían a postergar su resolución para después de que se
hubiesen acumulado las reservas de conciencia necesarias para comprender
nuestra realidad y para lidiar con este tipo de proyecto. Pero los tiempos
se han acelerado. El mundo va hacia un nuevo ordenamiento que estará
presidido, al menos en una primera instancia, por el caos. Tomar conciencia
de nuestra situación no puede separarse ya de laborar de manera concreta
para modificarla. Los países de Iberoamérica se enfrentan a una batalla
cultural, mediática, social y productiva que sea capaz de erigir las
defensas intelectuales y también militares para que, detrás de ellas, pueda
surgir esa “nueva y gloriosa Nación” que el himno postuló como inevitable
para sentar la situación de Latinoamérica en el mundo.
1) No es bueno jugar con las teorías conspirativas de la historia, pero a
veces la tentación es irresistible o, mejor dicho, inevitable. El reciente e
inexplicable apagón que dejó a más de la mitad de Brasil a oscuras, ¿no pudo
estar vinculado a un ataque cibernético? ¿Quién dispondría de los
instrumentos idóneos para lanzarlo si no son los servicios de inteligencia
de una superpotencia? ¿No habrá sido una manera extorsiva de advertir al
gobierno brasileño acerca de la fragilidad de su infraestructura energética
en vísperas de la Copa Mundial de Fútbol de 2014 y de los Juegos Olímpicos
previstos para el 2017?
2) Para una exposición más precisa de este tema es útil apelar a Henry
Kissinger, quien lo describe con cierto detenimiento en su libro La
diplomacia, edición 1996 del Fondo de Cultura Económica, páginas 187 a 189.
3) Desde luego, no se trataría de librar una guerra abierta (all out war)
con Estados Unidos, sino de sembrar de obstáculos y problemas el camino
hacia ese tipo de conflicto, que a no dudar levantaría múltiples
resistencias en el mundo entero.