Por último, están aquellos que no son, ni
fueron, ni serán, otra cosa que chicha diluida con limonada (y azúcar), que
siempre entendieron todo, que siempre supieron que su progreso personal pasaba
por el movimiento popular, y que siempre tuvieron la inteligencia necesaria
para, una vez muerto Perón, apropiarse de las banderas y hacerlas flamear
indiscriminadamente hacia un lado y hacia el otro, porque simplemente su
proyecto no pasa por las banderas, sino por el rédito personal que su ondear
puede proporcionarles. Son los “progres” del movimiento. Liberales pero no
mucho, zurdos pero no tanto, reaccionarios cuando conviene y capitalistas
siempre.
La nota de Gabriel Marín, indudablemente un compañero, aunque muy
convincentemente escrita, adolece lamentablemente de un defecto central: culpa
al enemigo por ser enemigo.
Destacando una correcta crítica del “posibilismo”, Gabriel se pierde en minucias
devaluatorias del gobierno “Kirchnerista”. No estamos afirmando que el “Tren
Bala” esté bien. Desde luego es una estafa moral al pueblo argentino. Y digo
estafa moral porque si esa misma plata se hubiese destinado a la recuperación
del ferrocarril patagónico, yo hubiera aplaudido. Lo que me parece que Gabriel
no ve es que aquí no se trata de una cuestión de dinero. En un país capitalista
el despilfarro y el negociado son inevitables (y esperables), sea quien fuere el
gobernante, con o sin su anuencia.
El error principal de Gabriel es “suponer” que un gobierno con los orígenes del
actual, podría actuar de otra manera. Por consiguiente, su crítica es
inconducente porque comete el mismo error que cometimos los militantes de la
“izquierda peronista” en los 70: tiramos la “culpa” afuera.
Gabriel denosta a los Kirchner porque pretende que adopten una posición
revolucionaria que no tienen ni desean tener. No es su proyecto. El proyecto de
los Kirchner es, y todos nosotros lo supimos siempre, una “democracia” dentro de
un “capitalismo humanizado” que ellos creen posible y nosotros no.
Así como en los 70 el Roby Santucho consideraba a Perón “el jefe de la
contrarrevolución”, y muchos compañeros peronistas de izquierda terminaron
comprando esa definición errónea, hoy algunos compañeros del peronismo
revolucionario asumen a Kirchner con similar caracterización, olvidando dos
cosas: a) la derrota nunca es culpa del enemigo; b) la contrarrevolución existe
porque la revolución no existe.
Por supuesto, el otro error es el ideológico. Para usar la frase de Gabriel,
desde luego que sí existen contradicciones entre los proyectos neoliberales
imperialistas y un gobierno “progrepopulista”. Seguramente no son
“contradicciones principales”, sino secundarias, pero sin duda las hay.
Lo contrario significa afirmar subrepticiamente que esta democracia sumamente
imperfecta es comparable a las dictaduras que hemos conocido, y eso es
simplemente un disparate.
Pienso que la limitación evidente de un pensamiento maniqueo reside la mayoría
de las veces en la impotencia. Cuando un sector social no logra modificar la
realidad a su gusto, los individuos que lo integran tienden a trasladar –como
decía arriba- la culpa afuera. Lo contrario exigiría preguntarse porqué los
planteos que defendemos no prenden en el sector social que pretendemos
representar, y asumir por consiguiente una incompetencia profunda y reiterativa
para la construcción de poder.
Por supuesto, para lograr asumir esto hay que saber, definitiva e
irrevocablemente, “de qué lado se está”. En la lucha de clases, no hay opciones
dudosas: se está con el pueblo o contra él. Esto implica también aceptar y
comprender las decisiones populares, aunque nuestra individualidad no las
comparta. La construcción de poder popular tiene que ver con esa aceptación e
integración colectiva, no con las pretensiones “revolucionarias” (y teóricas)
que nos empujan a definiciones que sólo nosotros estamos en condiciones de
aprobar, aunque no de impulsar para convertirlas en prácticas superadoras.
Con la misma necedad que a veces (como actualmente en el conflicto con sectores
agrarios) se les endilga (justamente) a los Kirchner, Gabriel “denuncia” una
conspiración desde el gobierno para “traicionar” al pueblo. Se equivoca porque
esa “conspiración” no existe. Kirchner nunca dijo que quería una “patria
socialista”. Cristina tampoco. Y, si vamos al caso, tampoco el pueblo argentino.
¿Es culpa de Kirchner? ¿Es culpa del pueblo?
La responsabilidad de la construcción del poder popular que pueda hacer realidad
una revolución no recae en los gobernantes, aunque a muchos “intelectuales
revolucionarios” los justificaría si así fuera.
Los peronistas no somos kirchneristas, como no fuimos duhaldistas, ni menemistas,
ni vandoristas. Eso significaría abandonar nuestro proyecto de país. Pero los
compañeros que evalúan ahora, desde una supuesta posición “revolucionaria” del
peronismo que deben ser “antikirchneristas” a como de lugar, no hacen otra cosa
que brindar espacio a Macri, a Lilita y a la Sociedad Rural. Basta observar
quiénes concuerdan con su posición: la ultra derecha peronista y no peronista
utiliza sus mismos argumentos, idénticas descalificaciones, similares
pronósticos, análogas “esperanzas” de que esto se acabe.
Para quien tenga dudas, no alcanza con una economía “neoliberal” para configurar
una dictadura. Critiquen la economía cuando critiquen al sistema, porque es el
sistema nuestra contradicción principal, y no un gobernante coyuntural que,
aunque les pese, fue elegido por el pueblo que integramos y al que sin duda
debemos criticar, pero subordinando esa crítica a los intereses populares frente
a otras alternativas.
De lo contrario, no estarán haciendo otra cosa que repetir nuestra propia
historia de los 70, cuando decidimos que venceríamos en una guerra imposible que
el pueblo no comprendió. No confundamos el pan con el circo. Sólo los
intelectuales de clase media piensan que el pan no es importante.