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Una
sola Bolivia, blanca y próspera
La principal herencia estratégica de esta historia
fue la progresiva división social y geográfica. Mientras se admiraba primero la
revolución cultural de Estados Unidos, basada en teorías utópicas, y luego
simplemente se admiró su fuerza muscular, la que procedía por uniones y
anexiones, la América del Sur procedía con el método inverso de las divisiones.
Así se destruyeron los sueños de los hoy
llamados libertadores, como Simón Bolívar, José Artigas o San Martín. Así
explotaron en fragmentos de pequeñas naciones como las de América Central o las
de América del Sur.
Esta fragmentación fue conveniente a los nacientes imperios de la Revolución
Industrial y del celebrado caudillismo criollo, donde un jefe representante de
la cultura agrícolo-feudal se imponía sobre la ley y el progreso humanista para
salvar su prosperidad, la que confundía con la prosperidad del nuevo país.
Paradójicamente, como en la democracia imperial de la Atenas de Pericles, tanto
el imperio británico como el americano se administraban de forma diferente, como
democracias representativas. Paradójicamente, mientras el discurso de las clases
prósperas en América latina imponía el ideoléxico “patriotismo”, su práctica
consistía en servir los intereses extranjeros, los suyos propios como minorías,
y someter a la expoliación, expropiación y ninguneo de una mayoría que
estratégicamente se consideraban minorías.
En Bolivia los indígenas fueron siempre una minoría. Minoría en los diarios, en
las universidades, en la mayoría de los colegios católicos, en la imagen
pública, en la política, en la televisión. El detalle radicaba en que esa
minoría era por lejos más de la mitad de la población invisible. Algo así como
hoy se llama minoría a los hombres y mujeres de piel negra en el Sur de Estados
Unidos, allí donde suman más del cincuenta por ciento. Para no ver que la clase
dirigente boliviana era la minoría étnica de una población democrática, se
pretendía que un indígena, para serlo, debía llevar plumas en la cabeza y hablar
el aymará del siglo XVI, antes de la contaminación de la Colonia. Como este
fenómeno es imposible en cualquier pueblo y en cualquier momento de la historia,
entonces le negaban ciudadanía amerindia por pecado de impureza. Para ello, el
mejor recurso ahora consiste en la burla sistemática en libros harto
publicitados: se burlan de aquellos que reclaman su linaje amerindio por hablar
español y encima lo hacen a través de Internet o de un teléfono celular. Por el
contrario, a un buen francés o a un japonés tradicional nunca se les exige que
orinen detrás de un naranjo como en Versailles o que su mujer camine detrás con
la cabeza gacha. Es decir, los pueblos amerindios no tienen más lugar que el
museo y los bailes para turistas. No tienen derecho al progreso, eso que no es
invento de ninguna nación desarrollada sino de la humanidad a lo largo de toda
su historia.
Los recientes referéndum separatistas de Bolivia –evitemos el eufemismo– son
parte de una larga tradición, lo que demuestra que la habilidad para retener el
pasado no es patrimonio exclusivo de quienes se niegan a progresar sino de
quienes se consideran la vanguardia del progreso civilizador.
Si las ideologías y las culturas medievales (es decir, prehumanistas) defendían
hasta ayer con sangre en los ojos y en sus sermones políticos y religiosos las
diferencias de clase, de raza y de género como parte de la naturaleza o del
derecho divino y ahora han cambiado el discurso, no es que hayan progresado
gracias a su propia tradición sino a pesar de esa tradición. No han tenido más
remedio que reconocer e incluso tratar de apropiarse de ideoléxicos como
“libertad”, “igualdad”, “diversidad”, “derechos de minorías”, etcétera, para
legitimarse y extender una práctica contraria. Si la democracia era “un invento
del demonio” hasta mediados del siglo XX, según esta mentalidad feudal, hoy ni
el más fascista sería capaz de manifestarlo en una plaza pública. Por el
contrario, su método consiste en repetir esta palabra asociándola a prácticas
musculares contrarias hasta vaciarla de significado.
Es fácil advertir por qué un patriotismo o un nacionalismo puede ser fascista y
el otro humanista: uno impone la diferencia de su fuerza muscular y el otro
reclama el derecho a la igualdad. Pero como tenemos una sola palabra y dentro de
ella se mezclan todas las circunstancias históricas, usualmente condenamos o
elogiamos indiscriminadamente.
Ahora, la fuerza muscular del opresor no es suficiente; es necesaria también la
tara moral del oprimido. No hace mucho una Miss Bolivia –con unos trazos de
rasgos indígenas para una mirada exterior– se quejaba de que su país sea
reconocido por sus cholas, cuando en realidad había otras partes del país donde
las mujeres eran más lindas. Esta es la misma mentalidad de un impuro llamado
Domingo Sarmiento en el siglo XIX y la mayoría de los educadores de la época.
El coloniaje militar ha dejado paso al coloniaje político y éste le ha pasado la
posta al coloniaje cultural. Esta es la razón por la cual un gobierno compuesto
de etnias históricamente repudiadas por propios y ajenos no sólo debe lidiar con
las dificultades prácticas de un mundo dominado y hecho a la medida del sistema
capitalista, cuya única bandera es el interés y el beneficio de clases
financieras, sino que además debe lidiar con siglos de prejuicios, racismo,
sexismo y clasismo que se encuentran incrustados debajo de cada poro de la piel
de cada habitante de esta adormecida América.
Como reacción a esta realidad, quienes se oponen recurren al mismo método de
elevar a la cúspide caudillos, hombres o mujeres individuales a quienes hay que
defender a rajatabla. Desde un punto de vista de un análisis humanista, esto es
un error. Sin embargo, si consideramos que el progreso de la historia –cuando es
posible– también está movido por los cambios políticos, entonces habría que
reconocer que la teoría del intelectual debe hacer concesiones a la práctica del
político. No obstante, otra vez, aunque dejemos en suspenso esta advertencia, no
debemos olvidar que no hay progreso humanista luchando eternamente con los
instrumentos de una vieja tradición opresora y antihumanista.
Pero primero lo primero: Bolivia no se puede partir en dos en base a una Bolivia
rica y blanca y otra Bolivia india y pobre. ¿Qué fundamento moral puede tener un
país o una región autónoma basada en principios de agudo retardo histórico y
mental? ¿Por qué no se llegó a estos límites separatistas –o de “unión
descentralizada”– cuando el gobierno y la sociedad estaban dominados por las
tradicionales clases criollas? ¿Por qué entonces era más patriótica una Bolivia
unida sin autonomías indígenas?
* Escritor uruguayo. Profesor en la Universidad de Georgia, EE.UU.
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