
¿Es
nacional el nacionalismo de derecha?*
Lic. Alberto J. Franzoia
Partiendo del esquema dicotómico formulado por Sarmiento, nuestra sociedad fue
dividida en civilización (todo lo vinculado con la cultura “culta” de los países
avanzados) y barbarie (la cultura “atrasada” producida por los pueblos de
América Latina); de allí que todo intelectual que se preciara de tal obviamente
debía adherir a los preceptos rectores de la civilización. Como bien ha señalado
Jauretche, en la civilización se integraron intelectuales que aparentemente
expresaban ideologías contrapuestas, por ejemplo: Martínez Estrada era la
izquierda mientras Borges representaba la derecha en la Argentina de mediados
del siglo XX. Pero ambas expresiones se manifestaban conjuntamente como élite
cuando los sectores populares (la barbarie) trataban de construir su camino de
liberación antiimperialista. Por supuesto, esta dicotomía no ha sido superada,
inclusive ha llegado a gestar en la actualidad adhesiones grotescas, como la del
intelectual “progresista” Juan José Sebreli al político conservador
Ricardo López Murphy en las elecciones presidenciales de Argentina durante
el año 2003. El común denominador de estos comportamientos es la visión del
intelectual como un ser diferenciado de la masa por su racionalidad,
talento, originalidad y estudios, visión que expresa la versión más elitista
(la peor versión por lo tanto) del iluminismo europeo. En realidad, más allá
de diferencias ideológicas coyunturales, priva la identificación con las
ideas de la clase dominante, ya que estas dos vertientes que nutren a la
civilización ejercen una división del trabajo que se asienta en la
aceptación, confesada o no, del país como una semicolonia dirigida por los
que consideran que su status superior proviene exclusivamente de sus
talentos y estudios, nunca de un privilegio social.
Un intelectual de la izquierda civilizada e internacionalista
podrá objetar esta observación presentándose como un luchador revolucionario,
sin embargo, su práctica contraria a los movimientos populares gestados por la
realidad latinoamericana, a los que frecuentemente ha identificado como
expresiones populistas y bárbaras, ha contribuido objetivamente al
debilitamiento de dichos procesos favoreciendo acciones contrarrevolucionarias.
Es decir, más allá de sus intenciones ha resultado funcional al imperialismo.
Así como la postura que ubica al intelectual en un lugar de
privilegio por su carácter de iluminado, ha servido a la consolidación de un
proyecto político anclado en una América Latina dependiente de los sucesivos
imperialismos anglosajones (primero británico y luego estadounidense), no ha
sido superior la perfomance de aquellos que han recogido la herencia intelectual
de otra corriente filosófica también europea: la reacción romántico
conservadora. Esta corriente surgió para confrontar con los planteos iluministas
(basados en la razón crítica aplicada a la observación como soporte intelectual
de la revolución francesa) apoyándose en una reivindicación de la intuición, la
fe y una particular visión de las tradiciones. Si bien los románticos produjeron
obras importantes en el campo artístico, fueron absolutamente irrelevantes para
el desarrollo de un método científico para estudiar la realidad, aunque algunos
de sus conceptos filosóficos fueron integrados por teorías sociológicas del
orden como el funcionalismo. Desde la perspectiva política favorecieron procesos
conservadores (antirrevolucionarios) o, en ocasiones, decididamente
reaccionarios (intentos de regreso al régimen aristocrático depuesto).
Trasplantada en Latinoamérica, esta concepción básicamente irracional sirvió
para descalificar la labor de los intelectuales “iluministas” a quienes ha
acusado sistemáticamente de ejercer una racionalidad perversa, enemiga de la fe
y la tradición. Si bien durante el período transcurrido entre las dos guerras
mundiales los herederos de la tradición romántica (conservadora o reaccionaria)
se manifestaron mediante posturas tanto fascistas como nazis (que no han
desaparecido), la expresión más persistente se vincula con un hispanismo de
corte reaccionario, reivindicatorio de la España negra, con nostalgias por los
tiempos del general Franco y una defensa de los aspectos más oscuros del
catolicismo despojándolo de sus orígenes populares. Desde ya estas expresiones
del totalitarismo nunca encontraron las condiciones socio-económicas necesarias
(los contenidos) para manifestarse como en Europa, por lo que el producto final,
consecuencia de la acción de sujetos que profesaban dichas ideas (las formas)
fue distinto al que se dio al otro lado del atlántico. Debe quedar claro
entonces que en América Latina ha sido materialmente imposible el desarrollo de
regímenes nazi-fascistas o incluso franquistas, pero sí han existido individuos
y grupos identificados con dichas ideologías que terminaron gestando dictaduras
oligárquicas.
Mas allá de su identificación hispanista (siempre en tonalidad negra), fascista
o nazi, sin olvidar la influencia del nacionalismo francés de Maurras, se suelen
presentar como “nacionalistas”autóctonos y los une una visión tan irracional
como reaccionaria que identifica al intelectual como un agente disgregador de la
sociedad tradicional, ya que todo proceso de secularización (desarrollo de
procesos racionales) es visto como una encarnación del mal. Se presentan como
enemigos del liberalismo y neoliberalismo, sin embargo, cada vez que los pueblos
de América Latina se radicalizan en sus posturas políticas, terminan
objetivamente aliados con la clase dominante (por lo tanto con el liberalismo y
neoliberalismo), pues su verdadero enemigo es el nacionalismo democrático y las
izquierdas nacionales de Latinoamérica a los que identifican en silencio o a
viva voz como desencadenantes del fantasma comunista. En principio se
manifiestan contrarios a los “civilizadores” de la derecha liberal y de la
izquierda internacionalista, pero suelen ostentar una postura ante las masas tan
elitista como ellos, aunque interpretan que dicha condición emerge de un “orden
natural”y estático, ya que son adversarios del progreso racional postulado por
los liberales (tanto en su versión oligárquica clásica como en su variante
izquierdista). Ellos son por designio divino la conducción natural de las masas;
la presencia de éstas los incomoda tanto como a uno de sus popes intelectuales,
el menos español de los españoles, José Ortega y Gasset, autor de “La rebelión
de las masas”. Por eso Jauretche incluye en la superestructura cultural de la
Argentina “civilizada” una tercera variante que esta élite “natural” olvida
convenientemente: Julio Irazusta y su nacionalismo de derecha.
Ante las masas adoptan una postura “paternalista”, pero desconfían cuando ellas
intentan caminos independientes que podrían llegar a trascender los límites del
sistema que las mantiene en condición de dominadas. Los nacionalistas de los
países capitalistas dominantes manifiestan una ideología invariablemente
expansiva como producto de las condiciones materiales existentes allí (los
contenidos), por lo tanto su nacionalismo es siempre imperialista. En los países
dependientes exhiben su postura crítica en el campo de la historia lejana y de
la cultura, postulando la liberación respecto de los colonizadores de turno a
partir de la defensa de tradiciones supuestamente atemporales (las formas), por
lo que podría constituir la plataforma para un nacionalismo defensivo. Pero como
en el plano económico resultan de una inconsistencia absoluta, porque nunca
concretaron una crítica seria de la infraestructura de América Latina (sus
contenidos), sus teorías desembocan en experiencias políticas antinacionales,
con una lamentable participación (siempre subordinada) en gobiernos
dictatoriales de corte liberal y neoliberal (como por ejemplo en Argentina tanto
durante la “revolución fusiladora” de 1955 como en el “proceso cívico-militar”
que se dio entre 1976 y 1983). Por otra parte hay que tener mucho cuidado con
las frecuentes simplificaciones de la realidad, porque si bien muchos
nacionalistas han militado y lo siguen haciendo en organizaciones críticas de
los movimientos populares de Latinoamérica, también pueden hacerlo en su seno
(como ha ocurrido con el peronismo). Cuando esto se da y no asumen el carácter
necesariamente democrático que debe tener todo movimiento nacional y popular, no
dejan de comportarse objetivamente como nacionalistas de élite, participando en
ellos no por identificación con las masas, sino porque consideran a estos
movimientos como un freno para el avance del eterno fantasma comunista. Tanto
que si en determinadas condiciones históricas se produce una radicalización
política en el movimiento popular, entonces actúan dentro de él como agentes de
la coerción, apelando a la fuerza (y no precisamente del “espíritu nacional” que
dicen defender). Recordemos a Alberto Ottalagano o José López Rega y las Tres A,
cuyas actuaciones en el gobierno peronista durante el período 1973-1976
resultaron funcionales al enemigo, sin que esto signifique olvidar los tremendos
errores políticos del accionar militar de Montoneros (pero este no es el objeto
de estudio de nuestro trabajo). Ottalagano, ex rector de la Universidad de
Buenos Aires, decía aún en 1983:
“El fascismo es un sí a la vida, al pueblo, a la guerra, un sí a la vida en sí”.
En la década de los noventa los nacionalistas incorporan un nuevo exponente del
“pensamiento nacional”, por supuesto, una vez más, el pensador fetiche (pero
nunca intelectual porque es una palabra maldita, como tantas otras) resulta ser
de origen europeo (como lo fueron los primeros referentes de su formación
intelectual: Franco, Primo de Rivera, Maurras, Mussolini, Hitler y Ortega y
Gasset), su nombre y nacionalidad: Carl Schmitt, alemán. Resulta pertinente
destacar que la teoría de este exponente del derecho público fue un referente
esencial para los nazis. Sostiene el politólogo Hans Manfred Bock:
“Ahora bien, en Alemania el desmantelamiento del Estado de derecho parlamentario
burgués se llevó a cabo de forma paradigmática al iniciarse la serie de
gabinetes presidencialistas, encabezadas por el Brüning en marzo de 1930. Desde
el punto de vista teórico, este Estado de derecho ya fue puesto en entredicho y
atacado anteriormente por uno de los principales maestros del derecho público
alemán: Carl Schmitt. En unión de unos vulgares filósofos conservadores y
antiburgueses como Spengler, Span y Moeller van den Bruck, que pueden ser
incluidos en una tradición restauradora del pensamiento que se inició con el
romanticismo alemán, dicho pensamiento adquirió virulencia política en la
polémica entablada contra la democracia en general, tildada de producto de
importación y de dictado occidentaloide, extraño a la mentalidad germana...”
(1).
Obviamente Schmitt no era un revolucionario que pretendía superar el estado de
derecho burgués desde una concepción que favoreciera la real participación
popular, y obsérvese que en esta caracterización se cita precisamente como
antecedente a los románticos reaccionarios a los que aludíamos al comenzar el
análisis... En nuestro medio su pensamiento ha sido reivindicado por
“nacionalistas” de derecha como el ya desaparecido Raúl Puigbó. Tampoco podemos
olvidar al francés Julien Freund, un intelectual muy considerado en la España
franquista (al igual que Carl Schmitt), enemigo de la filosofía de Rousseau, que
se definía a sí mismo como “un reaccionario de izquierda” (aunque quizá le
sobrara la última palabra) y es musa inspiradora de nuestro conocido filósofo
Alberto Buela. Es más, sería interesante que muchos investigaran la obra de
Freund para constatar hasta qué punto hay una llamativa influencia en las
producciones “originales” de nuestro “filósofo gaucho”.
Como se puede observar en esta breve recorrida, el nacionalismo de derecha está
tan colonizado como aquella “civilización” a la que dice combatir en nombre del
“pensamiento nacional”. A diferencia de los exponentes de la izquierda nacional
o latinoamericana (Hernández Arregui, Spilimbergo, Ramos durante su etapa
revolucionaria, Puiggrós, Dos Santos, Galeano, González Casanova y tantos otros)
que apartándose de la izquierda liberal, han utilizado el método de los europeos
Marx y Engels para construir tanto una teoría concreta sobre nuestra realidad
como una práctica política popular a partir de las especificidades de América
Latina, el nacionalismo de derecha sólo ha intentado trasplantar (desde las
formas) la realidad de los países europeos a nuestra tierra, con el objetivo de
impedir todo avance revolucionario. La descalificación en masa de los
intelectuales (extensiva a la totalidad de las capas medias instruidas a las que
tildan de progres y pequebu) se vincula con una identificación teóricamente
primitiva, mediante la cual se relaciona a todos ellos tanto con un racionalismo
enemigo de la fe, ajeno a los sectores populares, como con la “civilización”
colonizada de Sarmiento. El concepto “intelectual” no está elaborado, se lo
utiliza arbitrariamente, de allí que los “intelectuales nacionalistas”
experimentan una negación patológica de su propia identidad, presentándose como
algo distinto a lo que realmente son. Podemos encontrarnos por ejemplo, con el
absurdo de historiadores, filósofos o políticos nacionalistas sumergidos desde
sus años de juventud en el campo de las ideas (gente que no realizó trabajo
manual en su vida), que dicen no ser intelectuales y que además son tan
elitistas como el que más. Sin embargo, estas simplificaciones poco rigurosas
constituyen un grave error de conciencia y, además, demuestran una mala lectura
o directamente el desconocimiento de los verdaderos pensadores nacionales como
Jauretche. Precisamente él marcó una línea para delimitar los terrenos,
señalando la presencia de la intelligentzia, y diferenciando a los pensadores
nacionales de ese “nacionalismo” mal entendido que cumple una función contraria
a la declamada. Es decir, las intenciones manifestadas nunca coinciden con las
consecuencias que objetivamente generan, ya que uno de los principales déficit
que manifiestan es su incomprensión de los vínculos por un lado materialistas y
por otro dialécticos entre las ideas (las formas) y la infraestructura de una
totalidad social (los contenidos). Esta incomprensión es en muchos casos una
objetiva limitación de clase, ya que no pocos de los integrantes de grupos
nacionalistas de derecha provienen de la oligarquía o pertenecen a sectores de
las capas medias influenciadas por sus valores y creencias. Por eso, sus aportes
innegables en el campo historiográfico, como bien lo ha señalado Hernández
Arregui, nunca pudieron completarse con una visión de mundo coherentemente
nacional y con una práctica política consecuente. Entonces, señala el mismo
autor:
“El verdadero promotor del nacionalismo de las masas terminó siendo Perón
mediante su obra defensiva de la economía nacional” (2).
Jauretche era indudablemente un intelectual, ubicado en las capas medias de
Argentina, que se dedicó básicamente a pensar, escribir y hacer política. Nada
de eso constituye una actividad manual, sin embargo, su labor fue esencial para
el desarrollo de la conciencia nacional que, en un país dependiente, es la
primera manifestación de la conciencia de clase de los oprimidos. Como
intelectual se identificó con los intereses de los sectores populares
enfrentando las ideas de la clase dominante. Su definición de lo nacional era
inseparable de lo social, ya que una nación es mucho más que su geografía y su
historia más lejana. La nación está estrechamente vinculada con la vida concreta
de quienes la habitan en el presente, y esto es claramente distinto a la
adopción de posturas elitistas (oligárquicas) escondidas tras el manto de una
espiritualidad atemporal que se eleva por sobre todas las clases sociales
existentes. Como intelectual fue inspirador del grupo FORJA (Fuerza de
Orientación Radical de la Joven Argentina), desarrollando ideas esenciales para
la conciencia nacional y popular, que constituyeron un puente entre el
yrigoyenismo y el peronismo. Más tarde se integró al movimiento conducido por
Perón, y cuando este cayó siguió luchando desde su especialidad, la producción
de ideas alternativas a las dominantes. Desde ya no renegaba de su función ni de
la cumplida por otros intelectuales, compañeros de ruta (como H. Arregui). Por
ese motivo cuando se refería al intelectual colonizado, formado en ideas nuevas,
o muy viejas, provenientes invariablemente del mundo “civilizado”,
entrecomillaba el concepto “intelectual” o utilizaba otro concepto de origen
ruso para referirse a ellos: intelligentzia. No fue un socialista de izquierda
nacional pero sí un nacionalista democrático, es decir vinculado a las clases y
sectores populares. Por eso la diferencia fundamental y comprobable que tuvo con
los otros “nacionalistas” (porque esto no es cuestión sólo de opiniones sino de
datos), es que mientras los intelectuales como él estaban peleando contra los
golpistas en 1955 y después del golpe fueron víctimas junto a su pueblo de los
dictadores de la “revolución fusiladora”, el nacionalismo antidemocrático de
derecha trabajaba para los golpistas.
Se podría sostener que fue un error y todo nacionalista de derecha tiene derecho
a una nueva oportunidad. Pero no es así, ya que salvo en casos individuales que
festejamos, es una línea política y filosófica grupal que se caracteriza por la
inmovilidad de sus ideas. Éstas se reiteran en cada nueva encrucijada que
enfrenta nuestro país porque, hasta la fecha, han resultado incapaces de
incorporarse a los sectores populares democratizando su nacionalismo de élites.
Por eso en 1975 algunos apoyaban un golpe de Estado “nacionalista” contra Isabel
con el argumento de evitar el golpe liberal de 1976. Como si un golpe de Estado
se pudiera dar alegremente con las formas a las que alude Gramsci pero sin los
contenidos. Es decir, si uno realmente no está con la oligarquía y el
imperialismo tiene que establecer vínculos orgánicos con los trabajadores y sus
aliados, porque todo lo demás es cartón pintado. Sin embargo, el nacionalismo de
derecha no visualiza (o no quiere explicitar en algunos casos) los vínculos,
también muy concretos, entre la oligarquía y el capital financiero
internacional, porque está socialmente condicionado por su pertenencia y/o
posición de clase. Esta cuestión, que resulta central para entender sus
prácticas políticas, llevó a muchos de esos nacionalistas a integrarse
finalmente en el “proceso de reorganización nacional”, porque una vez más
consideraron que el enemigo número uno de la patria era el comunismo. Algunos
habían apoyado, o directamente integrado, las TRES A y luego pasaron a ser
grupos de tarea o paramilitares a las órdenes de los procesistas. Otros fueron
ideólogos o, en el mejor de los casos, dejaron hacer la tarea “sucia” pero
“necesaria”. Y como esta historia de desatinos “nacionalistas” no tiene límites,
ahora, cuando entre los gozos y las sombras del gobierno de Néstor Kirchner”
estamos tratando de construir una alternativa nacional y popular, los
nacionalistas de derecha se ponen en un terreno que pretende ser neutral. No
están con Kirchner pero tampoco con la oposición De Macri, Blumberg, López
Murphy y Lilita Carrió. Es probable, pero me pregunto ¿a la luz de nuestra
experiencia histórica, a quiénes puede favorecer finalmente esta neutralidad?
Además, si en 1955, estando Perón como presidente y líder lo combatieron porque
“hizo enojar a los curas”, que podemos esperar ahora si las relaciones entre
Kirchner y la cúpula de la Iglesia se tensan aún más. Si no aprendemos de la
historia la reiteraremos como comedia hasta el hartazgo; y en esta farsa
reiterada, los nacionalistas de derecha, aquellos que fieles a su situación o
posición de clase renunciaron a establecer vínculos orgánicos con los
trabajadores, siempre estuvieron objetivamente enfrentados con el bloque
nacional y popular, inclusive cuando actuaron dentro de él (para inmovilizarlo).
Decía al respecto Jorge Spilimbergo:
“El nacionalismo de las clases oligárquicas se manifiesta en la Argentina desde
las primeras décadas del siglo, no para emprender una cruzada contra el
imperialismo, sino como respuesta a la clase trabajadora”(3).
(1) Hans Manfred Bock, “El Fascismo”, páginas 129 a 130, en “Introducción a la
ciencia política” de Wolfgang Abendroth y Kurt Lenk. Editorial Anagrama
(2) Juan José Hernández Arregui, “La formación de la conciencia nacional”,
página 280, Editorial Plus Ultra.
(3) Jorge Spilimbergo, “Nacionalismo oligárquico y nacionalismo revolucionario”,
página 19, Editorial Amerindia
La Plata, febrero de 2007
Lic. Alberto J. Franzoia
albertofranzoia@yahoo.com.ar
*Publicado en Investigaciones Rodolfo Walsh y en Redacción Popular en marzo de
2007
VOLVER A NOTAS DE TAPA

Solo10.com: Dominios - Registro de Dominios - Alojamiento Web - Hospedaje Web - Web Hosting