
Retenciones
móviles e inflación
Una medida que llegó para quedarse
Por Fabián Amico*
Las variaciones en el valor del dólar determinan el precio en el mercado interno
de los productos exportables (agropecuarios). O lo que es similar: si el valor
del dólar está fijo (como hoy, que se sitúa en torno a 3 pesos) y los precios
internacionales de los productos exportables aumentan, entonces ese aumento se
traslada al mercado interno.
Veamos esto con el ejemplo de la carne. Más o menos el 20 por ciento de la
producción se exporta y el resto se destina al mercado interno. Supongamos que
hay un aumento del precio internacional de la carne mientras el dólar permanece
fijo (3 pesos). Sería el caso en que un kilo de lomo, que ayer valía 10 dólares
en el mercado internacional, pasa a costar 12,5 dólares. Por cada kilo exportado
el exportador pasó de obtener 30 pesos a percibir 37,5 pesos.
Como gana más vendiendo la misma cantidad, y como Argentina no puede incidir en
el precio internacional (su nivel de producción en el mercado mundial es muy
pequeño), ese exportador va al mercado de Liniers y demanda más vacas, haciendo
que su precio suba frente a un stock dado de vacunos. Pero el mercado de
hacienda es el mismo para todos los que participan en él y no hay modo de
separar las vacas que demanda el exportador de las que demanda Coto o la
carnicería del barrio, que son destinadas al consumo interno y no tienen nada
que ver con la exportación. De modo tal que si hay más demanda y el precio sube,
esta alza se produce para todas las vacas: las de exportación y las que van al
mercado interno.
Retenciones
móviles e inflación / Fabián Amico
Así, el aumento del tipo de cambio (el dólar) o el alza del precio internacional
con tipo de cambio fijo determinan el alza del precio de todos aquellos
productos que cuentan con mercado de exportación, aunque la producción en su
mayoría se consuma en el mercado interno. La venta en el mercado interno no se
realiza a un precio menor a la que se podría obtener exportando la producción.
Un aumento del precio en dólares de la carne (sea por devaluación de la moneda o
por aumento del precio mundial, o por ambos) sube el precio en pesos que reciben
los exportadores y más o menos automáticamente sube el precio en el mercado
local. A esto se le llama “efecto de arrastre”.
Este “efecto de arrastre” varía en importancia según el peso que tenga el
producto exportable en el consumo interno. Si el producto exportable es la soja
(que aquí no se consume) el “efecto arrastre” es débil o casi nulo. Pero
Argentina exporta carne, cereales y productos frescos y el aumento persistente
del precio internacional de estos bienes conduce a fuertes alzas de precios en
el mercado interno mediante el mecanismo descripto antes. Como esos bienes
integran la canasta de consumo de los asalariados, el alza de su precio
determina automáticamente una baja del salario real y un menor nivel de demanda
interna. Luego, este “efecto de arrastre” agudiza la puja distributiva y
potencia la inflación originalmente disparada por el alza del precio de los
alimentos. En suma, ese “efecto de arrastre” significa una transferencia de
ingresos desde los asalariados y toda la sociedad hacia el sector productor de
los exportables (agropecuarios).
Veamos de cerca cómo está formado el precio de los bienes exportables (en este
caso agropecuarios). Dicho precio se forma mediante la suma de un costo de
producción y una ganancia “normal” sobre ese costo: costo + ganancia “normal”=
precio interno “normal”. El inédito aumento del precio internacional de los
alimentos con costos medidos en pesos
devaluados (transportes, combustibles, salarios, etc), le brindaron al sector
agropecuario en su conjunto un nivel de ingreso muy por encima de ese precio
“normal”. A esa diferencia entre el precio internacional y el precio “normal”
(que ya incluye una ganancia), se le llama “renta”. La renta es una ganancia
extraordinaria derivada del monopolio sobre un recurso natural (en este caso, la
tierra).
Según los investigadores Javier Rodríguez y Nicolás Arceo de la Universidad de
Buenos Aires, la renta apropiada por el sector agropecuario se multiplicó por
cinco medida en pesos desde la devaluación: era de 72 pesos por hectárea en la
convertibilidad y en 2004 rondaba los 370 pesos. En la década de la
convertibilidad, el sector obtuvo ingresos por 5200 millones de dólares anuales
promedio, de los cuales 1000 millones fueron renta anual promedio. Entre 2002 y
2004, en cambio, los ingresos totales promedio fueron 7850 millones de dólares
por año, de los cuales 3000 millones de dólares promedio por año fueron de
renta. O sea, la renta se triplicó en dólares.
En este marco, la aplicación de retenciones a las exportaciones (que en la
práctica constituyen impuestos a la renta de recursos naturales), se volvió una
opción forzoza. Por otro lado, los elevados precios internacionales han
permitido un aumento inédito de la rentabilidad en el sector agropecuario, aun
con la aplicación de retenciones. En 2007 se ubicó un 72 por ciento por encima
de la registrada durante la vigencia del plan de convertibilidad (ver cuadro).

* Anteriores retenciones ** Nuevas retenciones Fuente: Rodríguez y Arceo. Estos
altos niveles de rentabilidad del agro se han traducido en un extraordinario
incremento en el valor de la tierra, especialmente en la región pampeana, donde
el precio en dólares de la tierra ha llegado a ubicarse un 171 por ciento por
encima de los valores del quinquenio 19951999. Y a comienzos de 2008, los
precios continúan evidenciando una tendencia alcista.
Después de 2004 los costos internos aumentaron levemente, pero nunca para
amenazar los impresionantes niveles de rentabilidad. Como dice el investigador
Osvaldo Barsky, “los precios de los granos en el último trienio han aumentado a
razón de 80 a 120 por ciento por año. Contra semejante suba no hay costo interno
que haya crecido en esa proporción ni nada parecido”. Algo similar corroboran
Rodríguez y Arceo: “Con respecto al valor promedio que registraron en 2006 y
2007, en la actualidad se observa un aumento del 86,9 por ciento en el caso del
girasol, de un 75,7 por ciento en la soja y de un 59,2 y 43,4 por ciento en el
caso del maíz y del trigo, respectivamente. El precio internacional de estos
productos en dólares constantes es el más alto de los últimos 25 años, con la
única excepción del maíz, que registró cifras similares en 1996”.
Ante este escenario de infla ción creciente (especialmente en los alimentos) el
gobierno optó por subir las retenciones (impuestos) a las exportaciones de
alimentos, ahora con carácter “movil”. ¿Qué significa esto? El gobierno aplicó
un impuesto a las exportaciones agropecuarias que “poda” el ingreso de los
exportadores y los deja con un precio efectivo similar al que tenían en
diciembre de 2007 (una rentabilidad de 1223 pesos por hectárea para la soja y
1038 en promedio para otros cultivos como dice el cuadro) . A partir de ahora,
si el precio internacional de la carne sube más allá de cierta magnitud, ese
impuesto subirá acompañando tal suba hasta capturar la diferencia de ingresos
originada por el aumento, de modo que el exportador (y todo el sector
agropecuario) siguen ganando lo mismo. De igual modo, le asegura un “piso” a los
exportadores ya que si el precio mundial cae, el impuesto se hace menor.
Dicho impuesto (retenciones) poda parte de la renta sin afectar la ganancia
“normal”. Así, al no haber suba del ingreso de los exportadores en pesos, no
habría “efecto de arrastre”. Por ende el precio de la carne en el mercado
interno debería reducirse y la inflación podría finalmente desacelerarse. En
suma, lo que hacen las retenciones es diferenciar los precios internos respecto
de los vigentes en el mercado internacional.
Además, la aplicación de las retenciones se hace de manera diferencial, cargando
menos sobre los cereales y más sobre la soja, insinuando una estrategia de
desaliento de la “sojización”. El aumento de las retenciones a la producción
sojera mejora la rentabilidad relativa de otros cultivos, así como de la
producción ganadera. En esta actividad, la mejora podría permitir la expansión
ganadera en terrenos antes dedicados a la producción agrícola.
Por supuesto, esto no es la solución final para el problema de la inflación y
para el desarrollo agropecuario. Pero debe asumirse que en el contexto actual el
recurso a la herramienta de las retenciones es casi forzozo. Como advierte
Barsky, “lo que la gente de campo debe entender es que con las retenciones no
hay marcha atrás. Ningún político, ni Macri, va a salir de este esquema, salvo
que sea un suicida. Si los productores agropecuarios no entienden esta cuestión
no pueden discutir nada. Las retenciones son una condición necesaria del
bienestar general, incluidos ellos”.
A partir de aquí queda pendiente un debate acerca de qué se hace con esos fondos
adicionales que ingresan a las arcas fiscales. Ciertamente, el aumento de las
retenciones podría afectar la rentabilidad de algunas pequeñas explotaciones. La
situación especial de los pequeños y medianos productores debe atenderse con
políticas espcíficas basadas en el esquema general de retenciones, y no en su
supresión. Muchos pequeños productores tienen dificultades en la provisión de
semillas y fertilizantes, y mantienen una relación desventajosa con el
comercializador y el exportador. Deben existir a tal efecto estrategias
específicas. Pero tal apoyo no puede basarse en la supresión de las retenciones
que conducen a incrementos de renta y transferencias de los bolsillos de los
asalariados hacia el campo en forma indiscriminada. Sería como pretender ayudar
a las Pymes industriales aumentando el precio de todos los productos
industriales que pagan los asalariados.
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