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La oligarquía no es "el campo"

Por Alberto J. Franzoia

En apresurada síntesis he de expresar algunas ideas en torno al conflicto agrario. Ante todo aquí hay un problema enorme y no es sólo económico sino también político e ideológico. Si no consideramos la heterogénea realidad material del campo nos equivocamos, porque ni son todos trabajadores y pequeños productores que están defendiendo sus insuficientes fuentes de ingreso, ni son todos oligarcas que expresan la objetividad de sus intereses antinacionales y antipopulares. Pero, por otra parte, si analizamos sólo esa realidad material compleja también nos equivocamos, porque tampoco es suficiente. Aquí hay cuestiones políticas e ideológicas que deben ser consideradas para captar el juego de acciones y reacciones entre la estructura socio-económica y la superestructura político-ideológica. No captar ese juego es conducir este conflicto hacia un callejón oscuro y muy peligroso.

Aquí hay un maniobra contraria a los intereses de las mayorías nacionales y populares muy clara, maniobra que como de costumbre es impulsada desde las sombras por la oligarquía (en este caso agraria y comercial, aunque también actúa en el mundo de la industria y las finanzas) más un grupo directamente imperialistas, que por lo tanto expresa intereses de la burguesía de los países centrales. La eterna alianza oligarco-imperialista adaptada obviamente al nuevo contexto mundial de la posmodernidad, una alianza que es más diversificada hacia el interior de la Patria que antes y a la vez más concentrada, que ha cambiado en cuanto al peso de algunos sus componentes internacionales, pero que en el fondo representa lo mismo que en 1955 o 1976: el proyecto de los enemigos de la Patria chica y grande. 

Es evidente que la política gubernamental de los últimos años ha beneficiado a los productores agrarios, y cuántas más hectáreas se tienen obviamente más grande es el beneficio. Sin embargo sería un enorme error incluir a todas las clases sociales agrarias en el concepto “campo”. Tal cosa no existe, no hay un “campo”, hay muchos campos y eso tiene que ver con la clase a la cual se pertenezca. Un propietario de 300 hectáreas ha obtenido beneficios muy superiores a los de otras clases y sectores sociales que conforman nuestra sociedad, pero no es un oligarca. Y la Federación Agraria no es lo mismo que la Sociedad Rural. Si esta diferencia no se establece con claridad, si metemos a todos en la misma bolsa recurriendo al confuso concepto “campo”, sólo estaremos potenciando la fuerza del enemigo principal que es, en el campo: la oligarquía terrateniente y los grupos concentrados del capital imperialista.

Al respecto diré que si bien la política del gobierno ha sido en materia económica muy superior a la de los liberales de variado pelaje que transitaron por el gobierno de nuestra Patria desde la dictadura de Videla hasta la impresentable democracia del Chupete, comete un error enorme cuando aplica una política económica sin diferenciaciones en el campo. Y esto no tiene que ver sólo con que no es lo mismo el pequeño y mediano productor que el terrateniente, sino con que no establecer esa diferencia genera una consecuencia objetiva en el terreno político e ideológico: une al conjunto del campo bajo la conducción de los intereses antinacionales y antipopulares de la oligarquía y el imperialismo. Es decir, les permite conformar un sólido bloque antinacional. El señor Alberto Fernández, que lamentablemente tiene más poder hoy que con Néstor Kirchner ha expresado en los medios un discurso impresentable. Y es impresentable porque hace lo posible e imposible por demostrar que debemos enfrentarnos al “campo”. El señor Fernández que dice ser peronista, aunque todos sabemos que no lo es (1), se niega a utilizar el concepto oligarquía, porque quizás comparta con su “enemiga” Carrió (o con los dirigentes de la Rural) que la oligarquía ya no existe, “es una antigüedad”. O quizás por que en realidad sabe que existe pero le teme. Ese temor se ha percibido en numerosas oportunidades a lo largo de nuestra historia, y es uno de los factores que le da oxígeno a una clase que constituye una auténtica tragedia para la Patria. Pero si queremos construir un lugar distinto para nuestros descendientes tarde o temprano habrá que enfrentarla y reconocer que la “comunidad organizada” que pergeñara el propio General Perón es una fantasía.

La importancia de manejar una teoría correcta consiste en que nos permite identificar con claridad aliados y enemigos. Y entre estos quiénes son principales y quienes son secundarios. Pero Fernández y algunos otros integrantes del gobierno son ajenos a las teorías clasistas, ya que les producen sarpullido. Si seguimos pensando que es posible una alianza de clases con el enemigo (y por eso no lo enfrentamos a fondo) o en su versión posmoderna, que ya no existen las clases, vamos mal. El precio que se suele pagar por la aplicación de una teoría equivocada es la derrota en la práctica concreta. Por lo tanto, no sólo es necesario diferenciar las clases que componen el campo y sus distintos intereses objetivos (lo cual no significa que todos sean concientes de ello), sino que esas diferencias deben ser trabajadas ideológica y políticamente. Trabajar esas diferencias objetivas significa por un lado asignar un peso distinto a las clases que integran el campo y proyectar esto al terreno económico, gravando con retenciones o impuestos diferenciados a cada uno, y además tener una política de recompensas económicas y políticas también distintas. Por otra parte, significa desarrollar una tarea cultural de largo plazo para favorecer un desarrollo de la conciencia posible dentro de los sectores del campo que no integran la oligarquía, porque no alcanza con no tener exactamente lo mismos intereses objetivos, también hay que saberlo y organizarse políticamente para defenderlos.

Por supuesto vamos apoyar al gobierno de Cristina hasta las últimas consecuencias contra esta embestida que tiene protagonistas visibles, los menos peligrosos, y otros ocultos o que cultivan un perfil bajo pero que son los auténticos enemigos. Pero esa defensa necesaria del gobierno (porque nadie en su sano juicio puede suponer que la alternativa real y disponible a Cristina es hoy un gobierno más nacional y popular) no debe impedirnos trabajar el problema en toda su profundidad. El enemigo real es poco numeroso pero muy fuerte porque es la expresión de los sectores más concentrados de la economía, y para vencerlo es necesario consolidar un frente nacional y popular lo más amplio y consciente posible. Dejar una parte de los sectores medios y pequeña burguesía en manos del enemigo es un error que se paga caro, ya que éstos terminan por constituirse en la base social de la desestabilización de los gobiernos elegidos mayoritariamente por el pueblo. Recordemos que las multitudinarias marchas de la Iglesia más reaccionaria en 1955 no estaban integradas sólo por oligarcas. Toda reacción de minorías ajenas al pueblo, necesita en algún momento del apoyo activo o por omisión de un sector de aquellos que objetivamente forman parte del pueblo. Impedirlo con una práctica y teoría adecuada es la tarea de todo revolucionario.

La Plata, 26 de marzo de 2008

Lic. Alberto J. Franzoia
albertofranzoia@yahoo.com.ar
Director General del Cuaderno de la IN
http://www.elortiba.org/in.html

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