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Notas periodísticas de Susana Viau

NOTAS EN ESTA SECCION
El dueño de la derecha  |  La historia menos conocida del motín carapintada de semana santa  |  Una noche menemista, con marchita y desagravios, allá en El General  |  Con bastón blanco y pelo rubio  |  Volveré y seré zapatos  |  Casting  |  Vida de country
Ni por un millón de libras  |  "Los pobres ya no son haraganes, sino incultos"

El dueño de la derecha

Nacido y criado para hacerse cargo de un imperio económico, la vida del flamante jefe de Gobierno electo está signada por la difícil relación con su padre Franco.

Por Susana Viau

La política juega a la ronda catonga. El ingeniero Mauricio Macri llega, por el voto popular, al lugar que años antes, pero a riguroso dedo, ocupó su empleado, el licenciado Carlos Grosso; Grosso, a su vez, hizo debutar en el funcionariado local al derrotado Daniel Filmus. No fue Grosso el único punto de cruce entre los candidatos: en 1995, una dura pelea librada muros adentro de la Bombonera consagró victorioso al ingeniero frente al actual candidato a vice de Filmus, el banquero cooperativista Carlos Heller, por entonces vice de Antonio Alegre, el hombre que dio pie a que la Argentina fuera llamada Boca Juniors porque en el país, a esas fechas, el único Alegre era el presidente. Sí señor, la política es una puerta giratoria y por ella acaba de hacer su aparición protagónica el joven magnate nacido en Tandil el 2 de febrero de 1959 bajo el signo de Acuario, o del cerdo en el horóscopo chino, y no es éste un dato banal, porque Franco, su padre, tiene excelentes relaciones con el gigante asiático y una punta más que interesante para desarrollar en conjunto un auto económico.

El apellido del próximo jefe de Gobierno es inseparable de la obra pública y con ello especuló Néstor Kirchner al hacer retintinear con escasos dividendos el “Mauricio, que es Macri”. A los contratos del Estado estuvo ligado Franco, su padre, que era apenas un adolescente al desembarcar en Buenos Aires en el verano de 1949. Eran años en que los italianos cruzaban el mar, inseguros del rumbo que tomaría la historia sin el Duce: así llegó Agostino Rocca, el “ministro del acero” del fascio, en 1945, y así llegó, en la misma fecha, Vittorio, el hijo de Benito Mussolini. El abuelo Giorgio Macri quería que Franco fuese ingeniero. El sueño quedó incumplido porque el muchacho rindió algunas materias y abandonó, necesitado del dinero contante y sonante que obtuvo con sacrificio, trabajando –cuenta Silvia Naishtat– en la constructora Sadop (Sociedad Anónima de Obras Públicas), propiedad de la familia Salleri, a la que el gobierno peronista había adjudicado la ejecución del proyecto de Ciudad Evita. El trabajo en relación de dependencia no era para Franco, que fundó Demaco, su primera constructora. Del matrimonio de Franco con Alicia Blanco Villegas nacieron cuatro descendientes: Mauricio, Gianfranco, Sandra y Mariano. Del segundo nació Florencia, la benjamina, la preferida, un auténtico dolor de cabeza, dedicada a estudiar cine y a flirtear con un presunto secuestrador, tan luego ella, víctima de un secuestro extorsivo. De todos modos, Franco Macri, el jefe de la dinastía, ha confesado a sus biógrafos que en su universo las mujeres no participan de los negocios sino de las tareas de la casa o, en el peor de los casos, de cualquier actividad sin riesgo financiero. Además, admitió ser pragmático en cuestiones amorosas: las esposas pasan, los hijos quedan. El emporio Macri estaba destinado, por lo tanto, a ser timoneado por los varones del clan, que mientras aguardaban su oportunidad iban a recibir una educación esmerada.

Mauricio fue anotado en un colegio frecuentado por las clases altas y codiciado por los arribistas, el Cardenal Newman, un baluarte en tres aspectos sustanciales de la educación de un heredero: el dominio del inglés, la práctica del rugby y los contactos sociales. Quizás a Mauricio le haya pesado como una losa el mandato paterno y para cumplirlo se recibió de ingeniero en la Universidad Católica. Si bien nunca ahondó en el alcance de sus declaraciones, describió esa etapa como “una pesadilla”. El dinero no es todo y aun la vida de los privilegiados tiene sus turbulencias. A los 18 años Mauricio Macri recurrió al diván y a los 22 estaba casado con Ivonne Bordeu, madre de sus tres hijos. De Mauricio y su temprano matrimonio, Franco habló con condescendencia: “La convivencia con padres separados pudo haber acelerado su casamiento. El y su mujer eran muy jóvenes. El peso de la responsabilidad era tan grande que nunca tuvo la experiencia de sentirse libre y disfrutar de la vida de un joven”. Mauricio admitiría con el tiempo que no es un buen marido, cuanto más, un ex aceptable. Franco, de todos modos, guardaba in pectore los planes que tenía para Mauricio: convertirlo en la cabeza de un imperio que en 1976 contaba con 7 empresas y en 1980 con 47, generadoras de 180 millones de dólares de deuda externa.

¿Es papá el amo?

Tras una fugaz colaboración con la Secretaría de Turismo hacia el fin de la dictadura, Mauricio respondió al deseo paterno con un maratón de títulos y puestos empresariales. En 1983 fue controller de Sideco en Venezuela; en 1984 pasó seis meses en el Departamento de Créditos del Citibank; en 1984 aterrizó en Socma –nombre del grupo Sociedades Macri– y en 1985 ascendió a gerente general; entre 1985 y 1992 ocupó la vicepresidencia y la presidencia de Sideco; de 1992 a 1994 se hizo cargo de la vicepresidencia y la presidencia de Sevel. En 1993 el juez Carlos Liporace lo procesó por contrabando agravado. La Justicia bautizó el escándalo como “el caso Opalsen”, e investigó a Sevel por una falsa importación de autos desde Uruguay. En 1991 la “banda de los comisarios” secuestró a Mauricio. Fue Franco quien se puso al frente de las negociaciones. Nunca se sabrá si fueron 6 o 20 millones de pesos/dólares los que pagó por la libertad de su hijo. Ambos mantuvieron siempre una relación difícil, que mejoró ahora “que hace años que no trabajo con él”, contó Mauricio. Se ven una vez por semana, para jugar a las cartas en una mesa de amigos. Y no conversan demasiado porque “si se juega a las cartas, se juega a las cartas”.

Es probable que aquellos hechos y el “caso Opalsen” hayan funcionado como una bisagra en la cabeza de Mauricio Macri: volvió al psicoanálisis, siguió católico pero dejó la práctica y en 1995 se casó con Isabel Menditeguy; además, y contra la opinión de su padre, se candidateó a la presidencia de Boca Juniors. Este, preocupado por la alta exposición del apellido, que ya tenía demasiados problemas para agregar el de la compra y venta de jugadores, le endosó, por si las moscas, un ladero, un hombre de confianza y ejecutivo del Grupo, Orlando Salvestrini. El debut del heredero en el mundo deportivo resultó polémico: formó un fondo de inversión, La Xeneixe, que nació y murió rodeado de sospechas, impulsó la modificación de los estatutos, exigió que los directivos demostraran un patrimonio personal de, por lo menos, tres millones y anunció que se había acabado “la reelección indefinida. Sólo habrá una reelección. Yo en Boca estaré tres años. Si tengo energía seguiré otros tres y después vendrá otra persona”.

Pronto, en febrero de 1997, dejó entrever sus intenciones de saltar a la arena política, aunque aseguró que eso sólo ocurriría una vez finalizado su compromiso con el club. No obtuvo la aprobación de los balances ni cumplió ninguna de las otras dos promesas: el máximo de seis años en la presidencia de Boca se estiró a doce, mientras, en paralelo, se candidateó a jefe de Gobierno (2005) y ganó una banca como diputado nacional en la que casi nunca posó las asentaderas, un déficit que el kirchnerismo le recordó sin hacerle mucha mella puesto que es vox populi que los legisladores suelen escaparle a los parámetros sarmientinos. Con el hándicap que le dio el haber sido ignorado como adversario en la primera vuelta, buscó profundizar el anclaje en el espacio de la “derecha moderna”, derecha pura y dura pero sin las aristas del fanatismo religioso y la retórica fascista: una derecha todavía sin dueño. Tenía a favor juventud, divorcios y hasta el nombre del partido, PRO, destinado a evocar lo positivo, el futuro, la acción y también la jerga veinteañera, el universo de lo grosso, lo cool y lo power. En síntesis, un velo que atenuara la dureza del realismo que suele adjudicarse como un don la gran burguesía, restañara las heridas abiertas por las opiniones cavernarias sobre cartoneros, piqueteros y minorías e hiciera amena y amigable la insinuación de degollinas masivas de empleados comunales.

Mauricio Macri comprendió que a la estrategia milimétrica le faltaba carnadura, sustancia, que a su perfil sereno y frío había que compensarlo con un rostro suave y cálido, y en una maniobra audaz resolvió mover la dama. Ella, Gabriela Michetti, dominó el centro del tablero, neutralizó el papelón de Juan Carlos Blumberg y se convirtió en pilar del triunfo en el ballottage. Atrás, muy atrás venían los recursos tontorrones de las campanitas, las propuestas por hora y el maillot amarillo de ciclista que identificó al binomio PRO en el sprint final. El domingo, el éxito PRO aportó dos evidencias: a la derecha le ha nacido una estrella y no es Macri. Una estrella que tiene el estilo de Ségolène Royal y el alma de Nicolás Sarkozy, dos que al fin y al cabo tampoco son tan distintos entre sí. La otra es que Mauricio le demostró a Franco que, tal como asegura el sponsor del enemigo aviar, “impossible is nothing”. Un batacazo. Como dijo el torero Jesulín de Ubrique: “En dos palabras: im-presionante”.

Fuente: Página/12, junio 2007


La historia menos conocida del motín carapintada de semana santa

20 años de la casa en orden

Fue una conspiración que tanteaba el golpe y con elementos como considerar al alfonsinismo como un gobierno "gramsciano" que preparaba "la cultura para una revolución". La indefensión, las leyes de impunidad, los que se lavaron las manos y las negociaciones en secreto.

Por Susana Viau

Al filo de la medianoche del 14 de abril de 1987, el mayor Ernesto Guillermo Barreiro se presentó en la 14ª Brigada de Infantería de Córdoba. Llegaba de la Capital y le comunicó al jefe de la guarnición, coronel Luis Polo, que no pensaba acudir a la convocatoria de la Justicia federal, interesada en indagarlo acerca de su responsabilidad en el secuestro y muerte de un grupo de militantes en el campo de exterminio de La Perla. Lo que parecía un hecho fortuito tenía un nombre, "Operación Dignidad", aunque nadie lo recuerde así, y aquel primer asedio a la democracia recuperada sea mencionado simplemente como "Semana Santa". Esas horas proyectaron la figura de un militar con nariz de boxeador llamado Aldo "el Ñato" Rico, un movimiento de oficiales fascistoides que presumían de comandos, a quienes la irreverencia popular rebajó al rango de "carapintadas". También quedó una frase que se impregnó para siempre de sorna y una cierta amargura: "Felices Pascuas. La casa está en orden".

Barreiro no era un personaje menor en la provincia. Testimonios de los sobrevivientes lo sindicaban como jefe de interrogadores de La Perla y pesaban sobre él las desapariciones de Alejandra Haimovich, el menor Oscar Liñeri, Carlos Altamira, del Colegio de Abogados local, María Rus Mujica Duarte, Mario Alberto Nivoli, Rita Ales de Spíndola y Dalila Matilde Essio de Delgado. Se lo consideraba, asimismo, uno responsable de la OP3, uno de los cinco grupos encargados de ejecutar detenciones y secuestros. Con ese historial a cuestas, el mayor Barreiro, alias "el Nabo", "Hernández", "Rubio" y "Gringo" le informó a Polo que no respondería a la convocatoria de la Cámara Federal cordobesa. Esa misma noche el coronel Polo se contactó con el jefe del Cuerpo de Ejército III, general Antonio Fichera, para ponerlo al tanto de la situación. Fichera transmitió las novedades al jefe del Estado Mayor del Ejército, general Héctor Ríos Ereñú, quien despertó al ministro de Defensa Horacio Jaunarena. Polo no se quedó quieto: se dirigió a Buenos Aires para conversar con el subjefe de la fuerza, general Mario Sánchez. Seis días después, el Estado Mayor desmintió aquel encuentro y, como prueba, aseguró que Barreiro había entrado al regimiento recién el día el 15 por la mañana. No obstante, todos tomaron muy en serio la versión de que, frente al planteo de Sánchez, de que Barreiro debía presentarse a la Justicia por las buenas o por las malas, Polo habría contestado "no puedo ni quiero entregarlo".

La Justicia notificó al Gobierno que el mayor estaba en rebeldía. Con esa información en su poder, Jaunarena ordenó la baja de Barreiro.

El miércoles por la mañana Polo regresó a la guarnición y Jaunarena pidió informes de inteligencia para saber con qué respaldos contaba Barreiro. Los alfonsinistas sabían que estaban huérfanos de apoyos militares y el propio presidente suponía que el único sector de relativa fidelidad era la aeronáutica, al mando del brigadier Horacio Crespo, y por eso había hecho de ella su niña mimada. Al fin, evaluaban en la Casa Rosada, la aeronáutica había tenido menor incidencia en la represión y era la única de las tres armas que había salido prestigiada de la Guerra de Malvinas. El miércoles por la noche, Alfonsín se comunicó con Ríos Ereñú. Quería saber si las aguas se habían aquietado y podía tomarse unos días de descanso en Chascomús. El jefe militar lo tranquilizó: todo, dijo, estaba bajo control. Fue el segundo gran error de Ríos Ereñú, que se sentía sentado sobre un volcán y sólo pensaba en un retiro prudente.

No se trataba de un fallo descomunal del aparato de inteligencia. Se resquebrajaba el conjunto de la política militar del radicalismo en el poder. El justicialismo, con Italo Luder a la cabeza, sostenía la validez de la autoamnistía resuelta por la dictadura en sus tramos finales. De hecho, ningún hombre del peronismo ocupó los lugares reservados para el PJ en la Conadep. El líder del Movimiento de Renovación y cambio creía, con todo, que una veintena de cabezas debía rodar para emitir una señal de justicia. La veintena de testas a cortar eran las de los generales y caciques. La línea debía ser golpear arriba y establecer las máximas responsabilidades para quienes dieron las órdenes. La estrategia contaba con respaldo internacional. "Los socialistas españoles daban como ejemplo una transición suave, con el pasado pisado y una reconciliación implícita cuya representación máxima era la figura del rey; los italianos ponían sobre la mesa la figura del secretario del PCI, Palmiro Togliatti que, como ministro de Justicia, había firmado la amnistía para los fascistas", rememora un miembro de la Coordinadora, por esos días joven espectador privilegiado de la historia.

Un suceso imprevisible había venido a cooperar con el deterioro de las relaciones con el Ejército. El 25 de mayo de 1985 moría Raúl Borrás, titular de la cartera de Defensa, arquitecto del triunfo de la UCR, el hombre más cercano al presidente y en quien estaban depositadas las expectativas de neutralizar el golpe de Estado. Lo sucedió un ex socialista, Germán López, que dimite cuando trasciende que ha instruido a los fiscales para que traten de poner límites a los juicios. A López lo reemplaza el ingeniero Roque Carranza. La danza de titulares de Defensa era una evidencia del terreno pantanoso en que se movía el Poder Ejecutivo. Por fin, la cartera queda en manos de Horacio Jaunarena, a quien algunos de sus correligionarios consideraban demasiado imbuido del punto de vista militar. Fue en vano que, en abril de 1985, se impidiera la televisación del Juicio a las Juntas e igualmente inútil que la ley de punto final tratara de frenar –otorgando apenas 60 días de plazo para presentar las denuncias– la apertura de causas por crímenes de lesa humanidad. El decreto 187/83 había creado la Comisión Nacional de Personas Desaparecidas (Conadep) y el 24 de septiembre de 1984 esa comisión entregaba sus conclusiones. Aun limitados, ambos acontecimientos (el juicio y los informes) hicieron presentir a jefes y oficiales, con razón, que se hallaban en la mira. El juego se había abierto y todos quienes habían participado de la represión tenían, por lo tanto, un interés personal en los procesos.

Las fuentes consultadas por Página/12 prefirieron mantener el anonimato. Con todo, uno de ellos, perspicaz y veterano ex legislador peronista, relató que, en verdad, "el papel de prima donnna de aquel movimiento que quiso parecer espontáneo estaba destinado no a Rico sino a otro coronel malvinero, Mohamed Alí Seineldín, por ese tiempo instalado en Panamá como instructor de las fuerzas de Noriega. Fue su mujer la que le advirtió que no regresara al país y estuviera alerta". El puesto lo tomó entonces Rico, que abandonó el Regimiento 18 de Infantería de San Javier, en Misiones, para dirigirse a Campo de Mayo. Se cuenta que fue el coronel Enrique Venturino, su encargado de inteligencia, quien guió sus movimientos. Polo es sindicado, de igual modo, como uno de sus asesores. "Eran muy modernos –opina un ex funcionario radical que siguió minuto a minuto el alzamiento–, tenían una idea de la acción psicológica copiada de los ‘paras’ de Argelia, que a su vez la habían aprendido del vietminh. Una estrategia de la tensión basada en negar que el objetivo fuera la caída del gobierno, circulaba una lista de asesinables, decían que Borrás había sido coronel del Ejército Rojo y el alfonsinismo encarnaba la versión política del ERP, la ‘misión gramsciana’ de conquistar las conciencias para después tomar el poder".

La conspiración de los infantes

El estado mayor riquista se completaba con los coroneles Arturo González Naya y Horacio Martínez Zuviría, sus compañeros de promoción. El mayor Gustavo Breide Obeid también era de la partida. Por supuesto, la rebeldía del "Nabo" Barreiro había sido diagramada como detonante de la "Operación Dignidad". Con ellos y con la seguridad del apoyo de un puñado de guarniciones, Rico intima y depone al coronel Luis Pedrazzini, director de la Escuela de Infantería de Campo de Mayo, donde establece su cuartel general. Recibe las adhesiones del Regimiento 14 de Infantería Aerotransportada de Córdoba (al mando de Polo), el 19 de Tucumán (coronel Angel Rafael de León), el 4 de Infantería de Monte Caseros (Corrientes, coronel Héctor Alvarez Igarzábal), el 21 de Infantería de Neuquén (teniente coronel Alberto Valiente) y el 35 de Infantería de Rospenteck (Santa Cruz, teniente coronel Santiago Alonso).

Ríos Ereñú y el ministro Jaunarena despiertan entonces de su siesta e indican al general Ernesto Alais, comandante del II Cuerpo, que entre en operaciones y se dirija a Campo de Mayo para reprimir la conjura. Alais narró más tarde que habían interceptado un mensaje de adhesión enviado por Rico a Barreiro y Polo, y lo habían bloqueado "en la central de tráfico. Inmediatamente ordené la presentación del teniente coronel a este comando, pero salió de su lugar y nunca llegó aquí". El gobierno constituyó un "comité de crisis" integrado por Carlos Becerra, secretario general de la Presidencia, César Jaroslavky, Enrique Nosiglia y Leopoldo Moreau, "verdaderos jefes del alfonsinismo ortodoxo, uno por Capital y otro por la provincia de Buenos Aires", define la fuente. ¿Y el resto? "Tróccoli (Antonio, ministro del Interior), que pertenecía a lo que había sido el balbinismo, planteó que en cuestiones militares hay que contar los porotos. Lo veía como una asonada típica. Proponía balconear, aunque nunca explicó cómo seguía si las cuentas nos salían mal. No se aceptó su postura y se llamó a la primera convocatoria de masas. No teníamos al principio ninguna unidad militar con nosotros. Estaban los que apoyaban a los amotinados y los que no se pronuciaban. Se analizó, incluso, la posibilidad de atacar la Escuela de Infantería donde estaba Rico y se repartieron armas. Primero hubo mucho entusiasmo para agarrar los fierros. Después no tanto." En la cabeza de los jóvenes funcionarios radicales presionaba el recuerdo del golpe de Chile y el modelo del GAP (Grupo de Amigos del Presidente).

Tras las deliberaciones se resolvió que no se colocaran las radios en cadena nacional permanente ni se llamara a la población a participar de la resistencia armada, puesto que un baño de sangre podía abrir las puertas a la guerra civil. "Los jefes de la Fuerza Aérea, Crespo y Waldner, se lavaron las manos con la excusa de que era un problema interno del Ejército. Llamamos a Antonio Cafiero, presidente del PJ, y a José Luis Manzano, jefe de la bancada. Lorenzo Miguel se portó bien. Igual, no hubo columnas sindicales ni en Plaza de Mayo ni en el Congreso. La movilización fue de las clases medias", reconstruye el ahora maduro ex joven alfonsinista y agrega: "Muchas comunicaciones las hacíamos a través de la red policial. Los cuarteles llamaban a las radios para informar que se plegaban al golpe y las radios se negaban a difundirlo. El domingo 19 Jaunarena fue a negociar con Rico. Parecía arreglado y cuando Alfonsín está caminando hacia el balcón para hacer el anuncio le avisan que se había caído el acuerdo. Entonces decide ir personalmente a Campo de Mayo". La fuente radical asegura que "Menem y Ubaldini mantenían contactos con los carapintadas, al menos ninguno estuvo en el balcón de la plaza". La fuente peronista concluye que "Alfonsín nombró un jefe de Estado Mayor y se encontró con un tarado que no supo ponerlo sobre aviso. Ríos Ereñú había sido el segundo de Cornicheli en la Secretaría Política y Técnica. Los carapintadas no contaban con apoyos absolutos, pero los que no apoyaban sabían que en la negociación ganaban todos y por eso no se pronunciarían en contra. Y tenían una importante base civil. Recuerdo que entre quienes los visitaron en Campo de Mayo estaba José María Díaz Bancalari. Era profundamente nacionalista".

Fuente: Página/12, 08/04/07


Una noche menemista, con marchita y desagravios, allá en El General

El restaurante temático peronista es la escena, de cajón, para la reunión mensual de la Peña Eva Perón.

El restaurante en la avenida Belgrano, temático y peronista. Hacía frío. Frío y lluvia, el miércoles por la noche. En la avenida Belgrano, tributaria de la vida de las oficinas, no quedaba ni un alma. Nadie, excepto las figuras de contorno humano que se movían a la altura del 500, en la puerta del local iluminado a giorno y cuyo nombre, al menos en las pampas, no admite errores: El General, un restaurante temático que lleva, como una suerte de aposición, la inscripción "1945-1955". El sitio estaba atestado. Para los distraídos que empujados por la garúa helada se habían refugiado en El General, las razones de tamaño éxito podían reducirse a tres: a) los peronistas son infinitos, b) los propietarios se están haciendo el agosto con los curiosos, o c) algo se celebraba allí dentro. El enigma se develaría pronto. En el enorme salón decorado con motivos caros al justicialismo se desarrollaba la reunión mensual de la Peña Eva Perón.
Es casi una fija que el nombre El General que adorna las ventanas ha salido de las manos de algún fileteador del barrio sur. En el interior, las arañas de bronce iluminan las telas rojas que recorren el techo. El rojo no es casual: es el rojo punzó, el rojo federal. Se entiende, el peronismo se declara heredero de otro general, o brigadier general: Juan Manuel de Rosas. Sobre las paredes, descansa el non plus ultra de la iconografía peronista. Reproducciones de diarios de la época, fotografías del General y sus ministros. A un costado, rodeada por un cordón bordó que, al separarlo del mundo, subraya la importancia del souvenir, una moto Puma, fabricada por IMA –Industrias Metalúrgicas Argentinas–, perla del desarrollo industrial y que, en una de ésas, ha pertenecido al ex presidente, un fanático de las dos ruedas como lo atestiguan las instantáneas donde se lo ve conduciendo el modelo más popular de la época, la SIAM Lambretta, rebautizada con el apodo gorila de "pochoneta". Cerca, una plaqueta de bronce homenajea al recientemente fallecido Norberto "Croqueta" Ivancich. Enfrentado a la Puma, reluce el logo de acero del Volkswagen criollo, el "sedán del pueblo", el coche que como parte de la obligada sustitución de importaciones produjo IAME –Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado–, con motor copiado a los DKW y carrocería imitación del Chevrolet 51. Sobre la escalera que baja a los baños, una gigantografía de Eva Perón interpela a los clientes.
Es, sin duda, el lugar apropiado para lo que, desde el micrófono sostenido por un colaborador, pasa a explicar un hombre cuyo biotipo responde al de la Italia meridional, bajo, de pelo y bigotes oscuros y mejillas ligeramente enrojecidas por la ingesta. Es imposible saber quiénes son exactamente los destinatarios de sus palabras. De todos modos, a él no parece preocuparle el punto y su mensaje ecuménico engloba sin mezquindades a toda la clientela del local. El hombre afirma que es necesario recuperar el poder adquisitivo del salario; que es impostergable la regeneración del empleo; que la diáspora y el desconcierto del 2002 han sido superados y las voluntades que representa la Peña Eva Perón han vuelto a reunirse tras su referente, el ex presidente Carlos Menem. Quien así se dirige a la concurrencia es Pascual Albanese, periodista, antiguo miembro de la derecha del PJ, funcionario de la Secretaría de Planeamiento Estratégico durante la segunda presidencia del riojano. Albanese acota en que esta convocatoria fue suscripta, entre otros, por Jorge Raventos –quien no se halla presente en el evento–, un periodista salido de las filas del FIP (Frente de Izquierda Popular), la formación liderada por Jorge Abelardo –el Colorado– Ramos, y por Víctor Lapeña, un militante estudiantil que en los ’70 entró en prisión como integrante del Partido Comunista Revolucionario (PCR) y salió para adherir a José López Rega primero y al ex almirante Emilio Eduardo Massera, después. Lapeña es el segundo orador de la noche. Su discurso es a la carta, sin complejidades, destinado a una grey signada por una estética uniforme: pelo rojizo en la cabeza de las mujeres que se debaten entre los cuarenta y los sesenta; derroche capilar y patillas cuadradas en los varones canosos. Desde el micrófono, los organizadores interrumpen el anuncio de que habrá un interregno electoral para saludar alborozados el arribo del "Patón Pérez", el dirigente gastronómico que acaba de atravesar la puerta en compañía de una dama. Los mozos, de pantalón y chaleco negros, camisa blanca con mangas sostenidas por un elástico al modo tradicional, escuchan las alocuciones con interés. "¿Son peronistas?", se les pregunta. "Acá no nos piden la ficha de afiliación, pero por supuesto que somos peronistas." La frase se completa con el dedo pulgar levantado en señal de triunfo y complicidad. El menú del restaurante es variado y se abre con un texto sentido y, para ser sinceros, un poquitín errático: "Hoy nuestra propuesta es muy sencilla: que recuperemos juntos el tiempo aquel del ’45 al ’55. Ojalá que al final de la velada nos brote un grito de corazón: en este país de enamorados, siempre se puede ser feliz. Si así resulta, habremos logrado nuestro cometido. Los saludo y me presento: yo soy El General".
Es casi milagroso. Obedeciendo al reclamo de la carta, el orador de fondo hace alusión a Aníbal Fernández y sus blasfemias. "Para nosotros no es una marchita –arenga el orador– y no nos la metemos donde él dice. Con las distancias del caso es como proclamar: ‘Soy cristiano pero el Padrenuestro que se lo metan en el culo.’" Era previsible, el orador pide un desagravio, que se hinchen los pechos, se preparen las gargantas y la concurrencia cante "la Marcha". Su pedido es una orden. Como un resorte se levantan todos los comensales –excepto los distraídos– y agitando sus brazos entonan, "Imitemos el ejemplo/ de este varón argentino/ y siguiendo su camino/ gritemos de corazón/ Viva Perón/ Viva Perón".
En el centro del salón, Horacio Frega –fascista, ex director de Radio Nacional– vibra. A un costado, en una mesa redonda y con mucho menos entrenamiento gestual, Jorge Castro –ideólogo de Menem– aplaude, canta y se balancea al ritmo de la marcha; en otro grupo confraternizan bajo el mismo himno Albanese y Juan Curutchet, fundador de la UPAU (Unión para la Apertura Universitaria, brazo terciario de la UCeDé) y cabeza de la rebelión de los abogados contra la designación de Eugenio Zaffaroni en la Corte Suprema. La Marcha insinúa el final. Los miembros de la peña van enfilando rumbo a la calle mojada. Besos, abrazos, promesas de reencuentros. Albanese, a un costado de la puerta, saluda a cada uno. La música vuelve a sonar. Son tangos, normal. Cantados siempre por una misma voz, la de Hugo del Carril. Lógico. Se trata de El General.

Fuente: Pagina/12, 18/09/05
 


Con bastón blanco y pelo rubio

T. casi no ve. No es nuevo para ella, que sabe desde la adolescencia que así se desarrollan casi siempre las cosas con la retinosis pigmentaria. Lo cierto es que me lo anunció el día que llamó por teléfono para avisar que estaba en Buenos Aires: "Uso bastón blanco", me dijo, y agregó: "Tengo el pelo rubio". Lo primero es una verdad a medias, tiene el bastón blanco plegado en el bolso; lo segundo, una rotunda mentira. "Lo que pasa es que España es el país de Europa donde las mujeres más se tiñen de rubio", se burla. La verdad es que T. es una mujer con enorme sentido del humor, un personaje extraño. Era una chiquilina cuando llegó exiliada a Galicia. Buscándola, el ejército había derrumbado con una granada la puerta de la casa, en Barrio Norte, porque la de T. es una familia elegante. Después de un tiempo, con su novio gallego, se instaló en Madrid. Pero T. es lo que por aquellas tierras llaman un culo de mal asiento y en una de esas vueltas de la vida sintió que la revolución sandinista la convocaba. Ahí se fue, con su visión de cámara fotográfica y dejando sumido en la tristeza al encantador muchacho de Vigo. El día que en Managua sus jefes le preguntaron qué destino quería como corresponsal, ella contestó sin vacilar: "Matagalpa". T. no veía dos en un burro, pero no podía menos que pedir una zona de frontera, al lado de los contras y de la guerra. Regresó a Madrid unos años más tarde y con un niño, pese a que los médicos le habían advertido que el embarazo aceleraría la ceguera. El paso siguiente fue refugiarse en uno de los pueblos rojos de Andalucía, pequeño, pequeño y con un alcalde comunista.
Nos reunimos para recibirla. T. nos cuenta que está bien, que la va llevando. "Vendo cupones de la ONCE", suelta. Los "cupones" son del loto y la ONCE, que empezó como mutual de los ciegos del bando nacional, es hoy una potencia empresaria. T. vende sus cupones en la puerta de un mercado. Todo hay que decirlo, los vendedores de la ONCE son una institución ibérica, como las vendedoras de tabaco o las castañeras. "Me viene muy bien se sincera T., porque estoy en plantilla y tengo la prepaga para mí y para el niño." T. tantea a su alrededor, localiza la cartera, hurga entre un montón de chucherías y saca una fotos. Nos muestra lo grande y lo lindo que está el chico. En una de las fotos está ella, en la puerta del mercado, con un bonete y un traje largo, toda de amarillo. "¿Disfrazada de papisa?", me juego, y ella se larga una carcajada descomunal. "¡No, mujer, que estoy de hada. ¿No te das cuenta?" Entonces explica que se ha disfrazado varias veces, "de princesa, el día de la boda de Felipe. Fue todo un éxito. Desde los autobuses me gritaban "¡Guapa! ¡Más guapa que esa Letizia!" También se ha vestido de polichinela, con un gorro de cascabeles, y de Caperucita Roja. T. pela otra foto para probar que no miente. Lloramos de risa con esa mujerona de caperuza y canastita: "Lo hice por divertirme. Pero a mis clientes les gustó. Yo estoy en el grupo de baja rentabilidad. O sea... de los que venden poco. Con el disfraz vendo más, pero no puedo alquilarlo siempre".
Yo creo que, en verdad, a T. se le debe haber estrujado el corazón el día en que se paró con su ristra de "cupones" en la puerta del mercado. Normal: todos los que han sido arrojados a la calle sienten el ardor de esa lastimadura narcisista. ¿Y de qué manera se cura eso? Como lo hace ella, llevándola a su máxima expresión: "Tú me destierras por dos/ yo me destierro por cuatro". Con esa compadrada, el Cid le estaba haciendo saber a Alfonso VI que no podía ofenderlo, que no podía humillarlo, que nadie podía infligirle una herida más profunda que la que él era capaz de hacerse a sí mismo. Y T. tiene algo de esa sustancia: se arma con el bastón blanco anticipándose a la oscuridad total; desafía su naturaleza miedosa pidiendo el destino de más riesgo; protegida por el ridículo, con el descaro grandioso de una reina, borra la palabra vergüenza de su diccionario privado. Bueno, no tanto. Se la escucho pronunciar de madrugada, con esa voz grave y áspera que le va tan bien, cuando alguien le cuenta que quizás haya un dinero para compensar los días de exilio."¡Bueno, bueno! ¡Qué locura, tío! dice ella, tan necesitada ¡Mirá, fijáte!..., si me corren escalofríos de vergüenza."
 
Fuente: Página/12, 21/10/04
 


Volveré y seré zapatos

Botines, corbatas con bastones, sacos sport de textura blanda, reloj grande con malla metálica. Esas, dicen, son las claves. La imagen es la de un modelo de ojos pequeños, labios de contornos esfumados, como de paspadura, pelo peinado hacia atrás con aire de oficial de la Wehrmacht. Lo muestra la revista dominical de un periódico español, el de mayor tirada, a todo color y en páginas satinadas, una perfecta producción de moda masculina que, a poco de andar (y eso lo saben los editores, que trabajan para una sociedad enriquecida de la noche a la mañana), no tendrá otro destino que ser una más entre las miles que, por día, sacian la necesidad de consumo visual.
Para sacarla de lo indiferenciado, ya no alcanza con la exclusividad de las marcas o la firma de los diseñadores. No basta con que el reloj lleve el nombre de Massimo Dutti o el bolso tenga el sello de Boss. Tampoco es suficiente que el mandato del otoño europeo eche una mirada sobre el hombro y la fije en los años ‘40 y ‘50. Si esto de la moda es un eterno retorno: retro hippie, new romantic, Mary Quant, faldas cortas, mini-mini, Courrèges, dibujos geométricos o look Jackie Kennedy, blancos tapaditos aniñados y carteras Chanel. En materia de moda, está todo inventado, excepto las medias de nylon que no se corren, el maquillaje indeleble, los materiales invulnerables a la fatiga y al tiempo. Para ingresar a ese círculo la condición es que nada sea para siempre, lo que dura es mortal.
Si pretende ser singular, entonces, el universo fashion debe recurrir a algo exterior a él: debe tomar prestado el plus. Y no es al cine al que se le hace el mangazo. La pantalla es un lugar común. Por lo tanto, los objetos (¿la ropa lo es?) de esta producción de El País van a ganarse el cielo con la indicación de que quien los use, como en los cuentos de hadas, andará por el mundo A la Manera de Boris Vian. La sospecha de que el probable consumidor de tanta elegancia coagulada sea un handicapé intelectual ha forzado a incluir una nota biográfica sobre el tal Boris Vian, el escritor, actor, músico, cantautor francés que veneraron muchos jóvenes sesentistas. Entre ellos, una servidora, que miró y remiró Las Relaciones Peligrosas hasta descubrirlo recostado contra una chimenea (¿o era una pared?), mientras Gérard Philippe se robaba la película.
Eran épocas en que se escuchaba "El Desertor", el tema antibélico que había escrito y también cantaba; los más refinados aprendían de memoria las canciones de Mouloudji ("Soy snob, soy snob / todos mis amigos lo son / son snobs y está bueno"), de Jacques Brel y de Brassens. Pero Vian era más en aquello que ya era mucho, por Escupiré sobre sus Tumbas, la novela que escribió con el seudónimo de Vernon Sullivan, por La Espuma de los Días y El Otoño en Pekín (que hoy habría que llamar Beijing, supongo), por sus notas sobre jazz. Vian era patafísico, un colectivo selecto y restringido, con la espiral y el cinocéfalo papión como emblemas, devoto del doctor Faustroll y su balsa agujereada, vasallo del Rey Ubu. Jarry y Marcel Duchamp, con El Desnudo Bajando la Escalera y sus inventos (el metro de azar, el criadero de tierra), supervisaban desde el más allá la ortodoxia de esa ciencia de lo particular, de las leyes que rigen los fenómenos irrepetibles.
En Buenos Aires, algunos personajes admirables difundían la doctrina: Julio Cortázar hablaba de ella en Rayuela; a su vez, Esteban Fassio inventaba una máquina para leer Rayuela. La máquina contenía un botón que, al accionarse, destruía la máquina y el libro; el periodista Enrique Alonso, miembro del Colegio de Patafísica, tenía enmarcada la corbata que le habían cortado en la ceremonia iniciática. Otro patafísico, cuyo nombre me es imposible recordar, nos recibió una tarde de los ‘60 a Adolfo Aristarain y a mí en su pequeño departamento del bajo. Ahí, entre espirales, nos miraba con sus ojos de vidrio un cinocéfalo papión embalsamado. En aquella atmósfera, cómo no amar a Vian. Pero Vian tenía un corazón frágil y, como ocurriría con Gérard Philippe, había muerto pronto, tal vez la noche del estreno de una de sus obras. Igual, no se había privado: estaba resuelto a vivir como si nada, "hasta que las bielas perforen el carter".
Cuánto tiempo hemos perdido creyendo que Vian, el patafísico, era también irrepetible. Tenía que venir la moda a enseñarnos que es una cuestión de "estilo", que Vian está ahí, al alcance de la mano de cualquier tilingo que se ponga unos pantalones a rayas de Armando Biassi o enfunde los cojones en un boxer de Calvin Klein. A la nota de El País sólo le faltó un subtítulo: volveré y seré zapatos

Fuente: Página/12, 10/11/03
 


Casting

Que las modelos sintieran la tentación de nadar en aguas turbulentas es un fenómeno hijo de la tevé. En los ‘60 fue Karin Pistarini, nuera de un ex comandante en Jefe, la que se conchabó como locutora de noticiero y metió una pata fenomenal anunciando que el "presidente Juan Carlos Onganía viajó a Vietnam". Un furcio lo tiene cualquiera, está claro, pero la confusión de Vietnam por Viedma (¡en esos días, tan luego!) mostraba que la rubia cabecita de la mannequin no alcanzaba las cotas mínimas de sentido común. Ella se obstinó y probó suerte en un programa de espectáculos. Durante una emisión del Festival de Mar del Plata, el conductor entrevistó al director Jean-Gabriel Albicoco, cuyo film El Gran Meaulnes había sido invitado a la muestra. Albicoco explicó que la novela de Alain Fournier en la que se basaba el guión era una lectura de iniciación para los jóvenes franceses. Pistarini, que iba de co-conductora, agitó el micrófono, miró la cámara y razonó: "Lo que el señor Coco quiere decir es que El Gran Meaulnes es para ellos lo que el Martín Fierro para nosotros". No sería serio hacer silogismos: ni todas las lindas son tontas ni todas las tontas son lindas. Pero fuerza es reconocer que la belleza da de comer a la audacia, infla el ego y desenfrena la burrez: la lengua pierde a los bellos con una frecuencia mayor que al resto de los mortales. Hace mucho menos tiempo, pongamos unos meses, otra ex modelo, Teté Coustarot, empeñada en usar del periodismo como salida laboral, reporteaba a un discípulo de Patch Adams. El médico contaba sus experiencias como clown y hablaba de las reacciones de los niños hospitalizados. "¿Cómo se hace llamar?", preguntó ella aludiendo, por supuesto, al nombre artístico. "Bakunin", contestó el hombre. "¡Qué imaginativo! –reaccionó la ex Miss 7 Días–. Vacunin por vacuna ¿no es verdad?." "No –rectificó él–, no es por las vacunas. Es por Bakunin." Coustarot, tomada de sorpresa, quiso saber "¿Quién es Vacunin?". El médico, para no abundar en detalles, simplificó: "Un prócer". Sin darse por vencida, la veterana modelo insistió: "Bueno, pero también por las vacunas". Afectado de vergüenza ajena, el médico aclaró casi en un murmullo: "Bakunin es con b larga". La conductora no dio el brazo a torcer: "Ajá, pero igual se asocia a las vacunas".
Los agraciados, además, son sueltos. Sueltos de cuerpo, precisamente. Lo confirma La Luna, la media hora de la medianoche del cable, escenografía de bajo presupuesto, pretensiones perroverdeanas, displicencia en las piernas cruzadas de la presentadora de sonrisa perenne, como El Guasón. "¿Eso te calienta?", "¿En la cama cómo se te da?", "¿Qué te pone cachondo?", son algunas de las inquietudes que los invitados despiertan en Verónica Lozano. Y aunque hay que reconocer que no es César Milstein el que suele sentarse en la silla de enfrente, nadie merece ser sometido a la vejatoria obligación de contestar a los "¿No te da como miedito?", "¿No te produce cosita?" El pobre Iván González, que uno se viene a enterar –y no por la conductora– es hijo de Jairo y actor de telenovelas, las debe haber pasado canutas. Subido a ese potro de los tormentos entró indefenso al mundo "hot" de Lozano. "¿Levantás mucho?", lo acribilló ella entre risas. "¿Cómo te acercás a las minas?", lo buscó con más risas. "¿Te gustan los mimos?", le histeriqueó. La sensación de que Lozano le estaba avanzando al "chaval" se hacía fuerte. En una de ésas, González quiso rumbear hacia otro lado y ensayó una definición: "Soy muy cabrón". Lozano, por un segundo, titubeó. Sin embargo, lejos de tratar de saber qué quería decir su interlocutor con lo de cabrón, prefirió jugar a las adivinanzas: "¡Ah! Sos calentón", dedujo. Y siguió adelante como si nada, porque, total, todo es efímero. El cierre fue digno de lo que se acababa de ver: "¿Qué título le pondrías a esta entrevista?". ¡Entrevista! ¡Fresca como una lechuga, Lozano llamaba "entrevista" a lo que acababa de ocurrir!
En fin, qué remedio, de noche todos los gatos pueden soñar con ser pardos. Pero ya de mañana alguien debería hacer la caridad de recordar a quien corresponda que la entrevista es un género con reglas propias. Un género traicionero y maldito (cabrón, Verónica Lozano, muy cabrón) que se ne frega en las narices respingadas y castiga sin piedad la estupidez humana: James Lipton, Bernard Pivot, Jesús Quintero, tres maestros en esa ingeniería que conduce a la revelación del alma y el pensamiento ajenos, no fueron seleccionados en un casting.

Fuente: Página/12, 03/12/03
 


Vida de country

UN ESTILO EN CRISIS POR EL CASO GARCIA BELSUNCE

Fueron la marca en el orillo del estilo menemista, una vidriera de la nueva riqueza y una supuesta huida hacia la privacidad y la seguridad. Un asesinato dejó entre signos de interrogación sus virtudes: sólo el temor a una devaluación impidió la venta masiva de casas en el Carmel, escenario del crimen. Una breve historia del fenómeno country, con los favoritos de políticos y empresarios, y otros escándalos que se pudieron tapar.
Por Susana Viau
Hicieron explosión en los ‘70, aunque dos o tres de ellos, como el Tortugas o el Mapuche, nacieron mucho antes. A principios de los ‘90 se insinuó su ocaso, el declive del modo de vida country club. Pero el vaticinio no era aún verificable: estaba apenas en la cabeza de las inmobiliarias que preparaban su sustitución por el barrio cerrado o los megapueblos. La desesperada lucha de los aspirantes a una existencia segura, a salvo de las violencias urbanas y planificada inter pares –o como sanción del ascenso social y obtención de nuevas relaciones– seguía sembrando de clubes de campo el Conurbano bonaerense. Pilar se llevó las palmas en materia de precios, cantidad de enclaves y número de desplazados en pos de la ilusión rural, una expansión favorecida por las autopistas que ponían a sus habitantes en el corazón de la city en contados minutos. Para 1996, Pilar y sus aledaños se habían duplicado en población, en demanda de servicios y en un consumo de alto standing rápidamente detectado por los hipermercados de mayor categoría y tiendas exclusivas. Fue a mitad de la década que los agentes de bienes raíces empezaron a lanzar una nueva advertencia: "Pilar ya fue". El boom y la decadencia del proyecto dibujaron, dicen, una parábola similar a la de Puerto Madero. Otros, desde un ángulo diferente al del valor del metro cuadrado, sospechan que allí ocurrió lo que en Pinamar. Para reducir a cenizas el prestigio del balneario bastó una madrugada: la de la aparición del cadáver calcinado del fotógrafo José Luis Cabezas, en el verano de 1997; para poner en cuestión la salud del estilo de reclusión lujosa basta una breve sucesión de historias violentas. La sobreacumulación en pocas hectáreas de tanto dinero y tantas influencias ya no parece ser un ideal.
El cielo
"Los que vendieron la idea de que era más barato vivir allí que en la ciudad, vendieron una burbuja: hay que tener tres coches, el costo fijo es alto, los colegios son caros, la seguridad es de puertas adentro, pero es inseguro llegar. En algún momento vender la casa del centro y comprar más barato en un country pudo pensarse como un negocio. Hoy, sin crédito ni políticos deseosos de mostrarse con sus ganancias, sin gente que quiera mostrar la plata que gana, el producto de la situación que creían eterna se pinchó. Una muestra es que las dos estrellas de los ‘90, Pilar y Puerto Madero, expresión de la euforia consumista, son las que más sienten el bajón", dice un especialista del mercado.
El fenómeno, como todo, fue bueno mientras duró y el menemismo y sus riquezas instantáneas generadas al contacto con el poder y con las privatizaciones se le plegaron en masa. Genaro Contartese, ex Guardia de Hierro, masserista y pieza clave en el affair IBM-Banco Nación –era miembro del directorio del BN–, no dudó en afincarse en Las Praderas (Luján), reducto regularmente visitado por Carlos Menem para jugar al golf con su funcionario. Adelina Dalesio de Viola saltó de un pequeño departamento de San Telmo a un piso en Barrio Norte y una casa en El Argentino. El contador de la curtiembre Yoma, el riojano Erman González, se aposentó en Miraflores (Escobar), de un rango algo inferior a los mencionados, aunque de perfil más democrático. En Miraflores se expansionan también el senador Eduardo Menem y Juan Carlos Cattáneo, gran amigo de Alberto Kohan (quien lo llevó a la Secretaría de la Presidencia) y propietario de Consad y CCR, las dos empresas de informática que firmaron los fabulosos contratos con el Banco Nación y la DGI.
Víctor Alderete, el diminuto ultramenemista que ocupó la presidencia del PAMI, ya contaba desde hacía tiempo y pese a las quiebras de sus prepagas médicas con una parcela en Lagartos (Pilar). Allí y hasta que decidió sacar a la venta su propiedad, solía escribir curiosos artículos para sus condómines en el boletín del country. Los socios no iban a quedardesprotegidos: Miguel Angel Toma había llegado para quedarse, aunque solicitando una guardia personal en la puerta de su vivienda. Se lo suele ver salir a bordo de un Volkswagen Passat metalizado, con sus clásicos sweaters amarillo patito, la inseparable campera de gamuza y gorra de golfista. Algunas de las salidas del actual secretario de Inteligencia consistían en ir de compras y así andaba, empujando un carrito en el Jumbo de Pilar, menester al que tampoco le escapa el ex ministro de Justicia León Arslanian, propietario de parcela y casa en el country Armenia (Pilar). En el Armenia ha realizado inversiones quien fuera titular de la Casa de la Moneda, Armando Gostanian, con seguridad una carta de reserva puesto que nunca se sabe si la amplia quinta de Don Torcuato deberá volver a acoger a un preso famoso.
Muy cerca de Lagartos, casi pegado, está el Haras del Pilar (Pilar), donde se ha afincado el ex ministro del Interior e importante magnate de los medios, José Luis Manzano. El Haras del Pilar no se encuentra lejos de Villa Rosa, asiento de las quintas de Enrique Nosiglia, Luis Cetrá –lo que dio pie a que el paraje fuese rebautizado como Villa Coordinadora– y, por cierto, la que alojó al ex presidente Fernando de la Rúa durante los sombríos meses que siguieron al 20 de diciembre. El ex ministro del Interior, Carlos Corach, tenía, para los fines de semana, residencia en Highland (Pilar-Del Viso), un country elegido para descansar también por Graciela Fernández Meijide, si bien en calidad de inquilina estacional. El senador por Catamarca y ex dirigente de gastronómicos, Luis Barrionuevo, estableció su colonia de vacaciones en el Golfer’s (Pilar), aunque con una escritura labrada a nombre de su mujer, la ministro de Trabajo, Graciela Camaño. Ahí suele descansar el senador, entre mate y mate, mirando los links.
Los vecinos aceptaron a regañadientes la presencia sindical. De todos modos admiten que sólo alguna noche la calma del Golfer’s fue interrumpida por las jaranas y risotadas que llegaban de la casa de ladrillo visto. Si ocurría, podía asegurarse que Barrionuevo pasaba la velada con Rulo, su amigo, y un grupo de gremialistas. Al concretar la adquisición, en 1994, eran varios los menemistas que habían pagado casa, parcela y los 12 mil dólares que costaba la inscripción: Mario "Pacho" O’Donnell –que ofreció una controvertida función tanguera para los pobladores del Golfer’s con dinero público–, Andrés Marutián, ex secretario de Política Penitenciaria del Ministerio de Justicia; y Humberto Bellocchio, ex director de la Anssal y de la quebrada obra social APS.
La comisión de admisión es el primer regulador de la vida del country y sus decisiones resultan inapelables: la bolilla negra fulmina las aspiraciones del candidato a socio. Y si bien no resulta sencillo atreverse a aplicar el veto a un representante del poder, no fue el temor lo que cimentó la buena acogida que estas cofradías dieron al funcionariado menemista. Al fin y al cabo, eran las beneficiarias de sus políticas globales, y de su trato personal nacieron brillantes negocios particulares. En todo caso, si existe, el disgusto queda confinado a las largas sobremesas entre amigos, una vía de escape que se suele alternar con la temática favorita de los clubes campestres: el cotilleo sobre la vida privada de los habitantes de ese pequeño universo. Para el resto de la humanidad, vale la premisa de que en los countries no compra quien quiere sino quien puede.
Una víctima de los estrictos criterios de selección del Mayling (Pilar) fue el arquero Carlos Fernando Navarro Montoya, desairado sin piedad en su pretensiones de ingreso. Murmuran que también la aceptación de la solicitud de Daniel Hadad se debió a una "distracción". Suena a excusa. Al menos, la gran mayoría de socios de Mayling asistió embelesada a la exhibición de fuegos artificiales que la noche del 31 de diciembre último ofreció el periodista y magnate de los medios. Mientras el cielo seiluminaba, Hadad, feliz y rodeado de cajas de champagne, invitó a brindar en vasos descartables, aclarando de paso que bengalas, globos y demás artificios eran "de canje". Hadad es un pionero en la reversión de la tendencia y ha reemprendido el regreso a la ciudad: el country es su sosiego de sábados y domingos. En la semana vive en un tríplex de Avenida del Libertador donde refulge, cuentan sus vecinos, una majestuosa escalera de mármol de carrara.
Al Mayling coinciden en definirlo como un country de altos niveles gerenciales. No en vano uno de los residentes es Guillermo Stanley, ex BIBA y pieza clave en las relaciones públicas del Citibank. Otro era Jorge Vives, ejecutivo de Massalin. Aunque por prudencia no esté escrito en sus reglamentos, es un secreto a voces que este club de campo –como muchos otros de su especie– no admite judíos. El catolicismo allí es acendrado y por sus casas rota la imagen de la virgen. Cualquier informalidad en el pase de mano de la imagen puede abrir una herida incurable.
Pero sin duda el country donde se concentran más políticos por metro cuadrado es el Tortugas, magnífico en sus 18 pistas de tenis, sus cuatro canchas de polo y su campo de golf. En él conviven Huberto Roviralta y su madre, la marquesa de Maura, con los tres hermanos Anzorreguy, Hugo, Jorge y Carlos, impulsores del equipo de polo del lugar, que comentarios insidiosos daban como financiado gracias a los fondos reservados de la SIDE. Alvaro Alsogaray y su hija María Julia son parte del microcosmos, igual que el ex banquero Raúl Moneta, el ex intendente y ex ministro Jorge Domínguez, el ex DGI Ricardo Cossio.
El poder adquisitivo y la adhesión multitudinaria de hombres de gobierno a ese estilo de vida no evitó que en alrededor de 70 countries –entre ellos el Carmel, Martindale, Tortugas y San Diego– se detectaran infracciones por "fraude y hurto de energía": los muchachos se colgaban de la luz, ejercitando un método que hasta ese momento se creía privativo de casas tomadas y villas de emergencia. Otra práctica que rompió con las barreras de clase fue la ocupación ilegal de terrenos, el trapicheo con los lotes o la transgresión de las normas de construcción. En 1990 se denunció que el San Diego ocupaba ilegalmente 70 hectáreas de tierras fiscales; ese mismo año, la construcción del Altos de Palermo, en Villa de Mayo, un emprendimiento del grupo Pérez Companc que construyó en 500 lotes asentados sobre 107 hectáreas, taponó los desagües que terminaban en el arroyo Darragueira, afluente del Luján. Una madrugada tormentosa, la corriente arrastró a dos jóvenes que murieron ahogadas. La vida en el country continuó sin alteraciones, protegida de las barriadas pobres que lo circundaban por un paredón de dos metros, que los del lado de afuera bautizaron de inmediato "el muro de Berlín"; el Tortugas cambió a la municipalidad unos lotes de escaso valor por otros urbanizados. La "permuta" aprobada por el intendente fue legalizada por Graciela Balbiani, escribana comunal y cuñada de Hugo, Jorge y Carlos Anzorreguy, familia con peso determinante en el Tortugas.
El infierno
Obsesionados por la idea de la privacidad, los socios de los clubes de campo quisieron que dentro de los cercos perimetrales se erigieran sus propias capillas. Algunos lo lograron, otros se vieron obstaculizados por la jerarquía eclesiástica que hizo llegar la opinión de que no era conveniente acentuar hasta tal punto el aislamiento. La atención médica también se abría como un frente de conflicto: las clínicas privadas de la zona no garantizaban una atención de excelencia o alta complejidad, y los maltratados establecimientos públicos obligaban a una penosa frecuentación del mundo exterior. Instalada en Pilar, la Universidad Austral aportó la solución: la construcción de un hospital privado, al servicio de una clientela exclusiva y con planteles profesionales integrados, depreferencia, por miembros del Opus Dei. La formación de los niños y adolescentes se encauzó, cuando no en el interior de los mismos countries, en los colegios de elite abiertos en los alrededores.
El encapsulamiento y su contracara de libertad interior, no obstante, se han mostrado contraproducentes, al punto de que sólo el silencio y la protección diferencian las gamberradas que se producen en los elegantes clubes de campo de los casos de delincuencia infantil que registra la crónica policial. "Nos encontramos con casos de vandalismo de chicos de nueve años en un country –relató la socióloga Maristella Svampa, autora de Los que ganaron, una radiografía del country–. Doce casos en poco tiempo, donde los chicos entraban a las casas recién terminadas y las dañaban. Y hay episodios frecuentes de vidrios rotos o muebles arrojados a la piscina." Hechos similares sucedieron en Tortugas, protagonizados por el adolescente hijo de un ex ministro quien, junto a un grupo de amigos del lugar, se dedicó a limpiar de televisores y computadoras las moradas de los vecinos. De que la sangre no llegara al río, es decir, no avanzara hacia juzgados de menores, se encargó uno de los responsables de la seguridad del country, coronel retirado y hermano de Jorge "El Tigre" Acosta. Hay quienes descreen de la tan mentada preservación de la vida privada, tanto como de los aires de libertad que soplan en el interior del club de campo. En favor de esa sospecha, recuerdan la famosa batalla legal entablada por un propietario del San Jorge Village puesto que su segunda mujer, con quien convivía desde hacía añares, debía pagar por ciertos servicios como cualquier "invitado".
La irrupción de los rostros desagradables de la realidad en la vida cotidiana del country tiene un efecto demoledor, si bien raramente lo extraordinario sale a luz. Boca cerrada y discreción rodearon la extraña e inoportuna muerte de Cristina Onassis en Tortugas, donde su amiga, Marina Dodero, alquilaba una casa. En aquella oportunidad, la supermillonaria también fue hallada en la bañera y su tránsito al otro mundo diagnosticado como fruto de un edema pulmonar. Su cuerpo se trasladó, como si estuviera aún con vida, de provincia a Capital, y tampoco entonces se realizó autopsia antes de su reenvío a Europa. El asesinato de María Marta García Belsunce en el Carmel (signado por la presencia del capital financiero: allí viven, por ejemplo, Carlos Pando Casado, procesado por el Banco General de Negocios; y Juan Carlos Cassagne, titular de un prestigioso estudio especializado –como Horacio García Belsunce padre– en derecho administrativo) enrareció la atmósfera del lugar, puso sobre la mesa amoríos bien guardados, blanqueó a la fuerza negocios realizados bajo cuerda y elevó el voltaje de las rencillas de vecinos.
Pero, además, provocó casi la implosión de los precios del club. Media docena de casas, cuentan, anunciaron su salida a la venta y sólo la intervención de uno de los directivos llamando a la sensatez y a la preservación del patrimonio detuvo la estampida. El jueves, otra historia de violencia ensangrentó los countries: el médico de 62 años Armando Pochat apareció acuchillado con un tramontina en su casa del San Diego. Al tiempo que trascendía esa muerte, se informaba que Horacio Conzi, un "Rambo" criollo propietario del restaurante Dallas de San Isidro y acusado de matar a tiros a un joven de poco más de veinte años, era buscado en la casa que un oficial de la Marina tiene en Las Glorietas, uno de los clubes de campo que alberga Nordelta, el megaemprendimiento de Eduardo Constantini. El bostezo generalizado ante las maniobras de salvataje político, el tedio del verano han hecho que las clases medias se ceben con las internas de los countries y que los socios de los sofisticados clubes estén pensando en la conveniencia de permanecer en ellos.
"¿Quién se mudaría de un departamento porque en el piso de abajo se cometió un crimen? –se pregunta el avispado agente de bienes raíces–. ¿A quién se le ocurriría ponerle los puntos a un propietario porque traeamantes a la casa cuando su mujer está de vacaciones? En estos lugares, en cambio, después de algo así no se puede seguir viviendo. Los ojos de los otros, siempre encima de uno, se convierten en un infierno, y el estallido del drama siempre tiene una magnitud inconmensurable. ¿Por qué? Para que la onda expansiva dañe menos, los explosivos se hacen detonar dentro de una caja blindada o a campo abierto. Los countries no lograron ser lo primero y se negaron a lo segundo. Están pagando los precios."

Fuente: Pagina/12, 12/01/03
 


Ni por un millón de libras

El domingo 1° de marzo de 1981 fue frío y lluvioso. En el bloque H de la prisión de Maze, que los independentistas irlandeses seguían llamando obstinadamente "Long Kesh Camp", Robert Sands, Bobby Sands, de 26 años, dirigente de los militantes del IRA allí recluidos, iniciaba al frente de un grupo de sus hombres una huelga de hambre en reclamo del "status" de preso político. Las "cinco demandas" eran: el derecho de no hacer trabajo carcelario, el de vestir sus propias ropas civiles, mantener contacto humano entre ellos, tener una visita y una carta semanal, la quita del tiempo de condena adicionado a los detenidos por sus protestas. De eso se trataba. La "hungerstrike" se mantuvo hasta el 3 de octubre, con el pedido de intervención médica hecho por los familiares de los seis últimos relevos que se habían sumado a la medida y que se encontraban ya inconscientes. Bobby Sands no estaba entre esa media docena: había tirado la toalla por parada cardíaca irreversible a la 1.17 del 5 de mayo, después de 66 días de ayuno.
En papel higiénico, el joven jefe de los "Blanket" (el nombre que les daban por envolverse en mantas puesto que no se les autorizaba a usar sus propias ropas) había llevado un diario. En la primera jornada escribió: "Estoy parado en el umbral de un otro mundo estremecedor. Dios se apiade de mi alma"; a la siguiente: "63 kilos hoy, y qué... pusieron una mesa en mi celda y comida delante de mis ojos"; a la otra: "No me siento demasiado mal todavía... fui mostrado con el pelo corto. Diez años más joven, bromean los muchachos, pero yo me siento veinte años más viejo"; y a la otra: "No puedo ignorar los alimentos que me ponen directo en la cara todo el tiempo... pero me consuelo con el hecho de que haré una gran comida allá arriba". Con Sands subieron a ese cielo en el que creían otros nueve irlandeses católicos: Patsy O’Hara, Raymond McCreesh, Francis Hughes, Kevin Lynch, Joe McDonnell, Kieran Doherty, Martin Hurson, Thomas McElwee y Michael Divine.
Durante los seis meses de huelga, este mundo –o lo mejor de él– siguió expectante e incrédulo el boletín diario que anunciaba el deterioro de la salud de los presos. La primera ministro Margaret Thatcher fue inflexible. Quiso dar la lección que completaría un año más tarde en Malvinas. En el mismo lapso, Sands y algunos de sus compañeros habían sido elegidos miembros de la Cámara de los Comunes. A la muerte de Sands, George Thomas, speaker de la House of Commons, tuvo que poner la voz solemne de esas circunstancias y decir: "Lamento tener que informar a la Casa de la muerte de Robert Sands Esquire, miembro por Fermanagh y South Tyrone".
Thatcher es hoy una anciana odiosa y maldecida. Como Henry Kissinger, un cacharro que sirve para el lobby, el rostro desagradable de la iniquidad de los ‘80. El sacrificio de los diez jóvenes irlandeses es, en cambio, una gesta y Bobby Sands tiene una balada. Es que el camino de la inmolación es la única arma del preso político y sólo los presos políticos son capaces de recorrerlo hasta el fin. No es cuestión de elites: exige convicción, organización, fanatismo en la idea de que la mayor debilidad del cuerpo muestra la mayor fortaleza del espíritu.
Por estas horas, un puñado de presos por el copamiento de La Tablada ha superado los cincuenta días de huelga de hambre. No tienen tras sí una antigua causa nacional, ni adeptos, ni una lengua que reivindicar, ni canciones tradicionales para entonar, ni el verde que simboliza el verdor del país. Tienen, apenas, sus familiares: sus madres, sus padres, sus hermanos, sus hijos. En eso sí, como los prisioneros de Maze, están acercándose a la frontera. Un poco más, unas semanas, y no hará falta la segunda instancia de juzgamiento ni el "dos por uno" que reclaman, ellos y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. La gente corriente no lo sabe y si lo ha escuchado se encoge de hombros apremiada por otras formas del hambre; las clases medias ilustradas, salvo honradas excepciones, le dan la espalda a la realidad –tampoco es la primera vez–; losperiodistas llevan un calendario marcado por los fracasos de las sesiones convocadas para el tratamiento de la ley; los legisladores se niegan a dar quórum y pulsean con el gobierno para obligarlo a comprometerse con el indulto que empareje los tantos con el indulto menemista: es un interesante ejercicio tratar de adivinar cuál de ellos sería capaz de dar la vida por la democracia que defienden rehusándose a bajar al recinto.
El ingrediente que está faltando para que alguien tome nota de la gravedad de lo que se avecina es el primer síntoma de agonía, el fallo renal, el colapso generalizado, la ceguera precursora. Algo que tense los ánimos, recaliente las cámaras de televisión y agite a último momento las almas nobles. Falta el olor a una nueva tragedia, el primer muerto. Eso es lo que falta. Lo que sobran son crías de la vieja zorra del 10 de Downing Street, que están cerca, jugando a las escondidas en las bancas.
Gustavo Mezzutti, de 39 años, uno de los detenidos en huelga de hambre, dijo ayer a un periodista: "Ninguno de nosotros quiere morir, Pero tampoco queremos seguir viviendo así". Tal vez todos los prisioneros políticos lleguen a esa misma conclusión al cruzar el puente de los cincuenta días. Al menos, recuerda al diálogo que uno de los "Blankets" de la huelga del ‘81 mantuvo con su carcelero. El guardia lo miró, escuálido, envuelto en la frazada, y le dijo con lástima:
–Yo no estaría en tu situación ni por un millón de libras.
Habrá que comprender a ese individuo que sólo concebía el sacrificio a cambio de un montón de billetes. El preso contestó:
–Yo tampoco querría estar en la tuya ni por un millón de libras.
Si lo que tememos que pase, pasa, serán muchos los que sientan que no quieren estar en la piel de un legislador ni por un millón de libras. Aunque algún legislador sea capaz de cargar con eso y con mucho más por los seis ceros de moneda inglesa.

Fuente: Pagina/12, 2003
 


"Los pobres ya no son haraganes, sino incultos"

EL PRESTIGIOSO SOCIOLOGO FRANCES DIO UNA VIDEOCONFERENCIA PARA Argentina y chile

Pierre Bourdieu, uno de los intelectuales más respetados de Europa, advirtió que en el seno de las sociedades más ricas del mundo se está generando un verdadero "racismo de la inteligencia", producto de la distribución desigual del capital cultural. Aquí el encuentro fue organizado por la UBA y se transmitió en directo desde París.

En la pantalla, Bourdieu desde París.

Por Susana Viau

"Tenemos que usar la sociología con nosotros." Con esa sugerencia, Pierre Bourdieu –Las reglas del arte, La miseria del mundo– ponía fin a las casi tres horas de videoconferencia que lo habían enlazado con un auditorio que lo escuchó como en misa y luego, ordenadamente, intervino. Curioso, las preguntas largas, oscurecidas por la jerigonza especializada, fueron contestadas por uno de los intelectuales más prestigiosos de Francia con una insolente sencillez. No podía ser de otro modo viniendo de quien cree que la función del sociólogo es revelar lo que permanece oculto y apunta sin piedad contra un doble enemigo: el "esteticismo filosófico" y el "aristocratismo social".
Bourdieu comenzó su exposición definiendo la actualidad del capital financiero, "distribuido en grandes compañías de seguro y fondos de inversión y de pensión (...) una máquina infernal, sin sujeto, que impone sus leyes a los Estados mismos" y donde "la búsqueda del beneficio a corto plazo comanda toda la política de reclutamiento, la remuneración y la falta de planificación". Un mecanismo "fundado en la institución de la inseguridad (...) de la precariedad". En Estados Unidos, recordó, los salarios permanecen bajos, aunque la desocupación sea también baja".
Hijos de ese nuevo orden son la mano de obra del telemarketing, un "taylorismo de los servicios" que se nutre de "estudiantes fracasados, técnicos reconvertidos, frágiles" o las cajeras de supermercados, "trabajadores en cadena, obreros especializados de la nueva economía". Una economía dualista "semejante a la que observé en Argelia en los 60", con un "ejército de reserva sin futuro, condenado a sueños milenaristas y minorías privilegiadas de trabajadores estables" en un polo y "en el otro extremo del espacio social, los dominantes-dominados, los ejecutivos, la clase que vive bajo la presión de la urgencia, gana mucho dinero y casi no tiene tiempo para gastarlo", "internacionales", "políglotas". "El mito de que Internet debía cambiar las relaciones entre Norte y Sur está desmentido (...) En el seno de las sociedades más ricas –concluyó– el dualismo reposa en la distribución desigual del capital cultural", generando un verdadero "racismo de la inteligencia". Los pobres "ya no son oscuros, haraganes, sino imbéciles, incultos (...) Los excluidos son confinados al refugio de la nacionalidad y el nacionalismo". La situación, para Bourdieu, invita a los investigadores, a los intelectuales a movilizarse, a construir "una real-politik de la razón".
El panel quiso saber, a esa altura, qué queda para la sociología ante un panorama determinado por la economía. El sociólogo más respetado de Francia fue claro: hay que "discutir y tratar de destruir la frontera entre economía y sociología. Los sociólogos aceptan como evidente esa división del trabajo que se ve hasta en la división de los ministerios. Hay ministerios de economía y ministerios de asuntos sociales (...) Los economistas a veces tienen razón cuando dicen que los sociólogos son ingenuos". El sociólogo, agregaría más tarde, puede observar qué rol cumple el Estado en la sociedad actual (...) En el caso de Francia, un ministro socialista de Economía decidió la desregulación de la economía y contribuyó al desarrollo del poder del mercado (...) La defensa del Estado es algo ambiguo. No se puede defender al Estado de cualquier manera. Hay que defenderlo y al mismo tiempo permanecer críticos (...) El Estado es un instrumento potencial de regulación de los mecanismos económicos, pero tiene una lógica propia de burocratización que hay que controlar". Bourdieu, sin pelos en la lengua, hizo referencia a las obligaciones de sus colegas: "Los sociólogos pueden advertir lo que se prepara, lo que está por venir. No pueden decir cuántos asesinatos habrá, pero pueden advertir que si se profundiza el gap ocurrirán cosas terribles". De lo contrario, "corre el riesgo de no asistir a personas en peligro. Si un astrónomo sabe que va a caer un meteorito y no lo dice, es un crimen". Ya sobre el cierre, planteó lo que pareció una velada exigencia, porque "los sabios, los buscadores (¿investigadores?) –más que los intelectuales–" deben salir de la torre del marfil, lo que no es contradictorio con su autonomía, y ofrecerle a la sociedad sus logros para que puedan ser usados (ver Los intelectuales...).
Según este hombre que el martes 12 de diciembre de 1995, en medio de una poderosa, revulsiva huelga del transporte, se presentó en el salón de actos de la compañía nacional de ferrocarriles, para decirle a los obreros franceses que les daba su apoyo en la lucha contra "la destrucción de una civilización que es, asociada al servicio público, la de la igualdad republicana de los derechos", los sabios, los buscadores, tienen cuatro desafíos: encontrar una traducción que haga sensibles las cuestiones abstractas; destruir la falsedad; encontrar la verdad; encontrar los instrumentos para darle fuerza a la verdad", a la "verdad provisoria", "a la verdad ahora".

Fuente: Página/12, 2003

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