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Hawthorne, Nathaniel (1804-1864), novelista estadounidense, cuyos
trabajos muestran una profunda conciencia de los problemas éticos del pecado, el
castigo y la expiación.
Nació el 4 de julio de 1804, en Salem (Massachussets) en el seno de una familia
puritana. Tras graduarse en el Bowdoin College en 1825, retornó a su ciudad
natal y allí, en semirretiro, se dedicó a la literatura. Su obra, sin embargo,
recibió muy poco reconocimiento por parte del público, por lo que intentó
destruir toda las copias de su novela gótica Fanshawe (1828), cuya publicación
había financiado él mismo. Durante este periodo escribió también artículos y
cuentos breves en distintos periódicos. Algunos de los cuentos se recogieron en
Historias dos veces contadas (1837), un libro que, a pesar de no proporcionarle
unos excesivos ingresos económicos, le creó un nombre entre la crítica. Estas
primeras obras son, en su mayoría, apuntes históricos y cuentos alegóricos,
centrados en conflictos morales y en los efectos del puritanismo en las colonias
de Nueva Inglaterra.
Incapaz de vivir con los ingresos que le producían sus obras, en 1839 comenzó a
trabajar como tasador en la Aduana de Boston. Dos años más tarde retomó la
escritura y publicó una serie de apuntes sobre la historia de Nueva Inglaterra,
destinada al público infantil, que llevaba como título La silla del abuelo:
relatos para los jóvenes (1841). Ese mismo año se unió a la sociedad comunal de
la Granja Brook, cerca de Boston, albergando la esperanza de conseguir una
estabilidad económica que le permitiera casarse y dedicarse al mismo tiempo a la
literatura. Pero el trabajo en la granja era excesivo, y no podía encontrar
tiempo para escribir, por lo que a los seis meses abandonó la comunidad. En 1842
se casó con Sophia Amelia Peabody, de Salem, y la pareja se estableció en
Concord (Massachussets) en una casa llamada Old Manse (la vieja rectoría).
Durante los cuatro años que vivieron allí, el autor escribió numerosos cuentos
que, más tarde, fueron publicados bajo el título de Musgos de una vieja rectoría
(1846). Entre ellos se encuentran El entierro de Roger Malvin, La hija de
Rappacini y El joven Goodman Brown, en los que muestra su preocupación por los
efectos del orgullo y el pecado, por medio de la alegoría y el simbolismo.
Con el fin de subsistir, Hawthorne volvió a trabajar para el gobierno en 1846,
como supervisor de la Casa de Aduanas de Boston, aunque en 1849 fue despedido,
debido a una reestructuración política. Por entonces ya había comenzado a
escribir La letra escarlata (1850), una historia sobre una puritana adúltera,
Hester Prynne, que, dando muestras de gran lealtad, se niega a revelar el nombre
de su amante. Considerada como su obra maestra, y como uno de los clásicos de la
literatura estadounidense, pone de manifiesto tanto la maestría narrativa de su
autor como su profundidad psicológica a la hora de describir los sentimientos de
culpa que se crean en los seres humanos y la angustia que les producen.
En 1850 se trasladó a Lenox (Massachussets), donde gozó de la amistad de uno de
sus admiradores, el novelista Herman Melville. Allí escribió La casa de los
siete tejados (1851), novela en la cual rastreó la decadencia del puritanismo en
el seno de una antigua familia de Nueva Inglaterra, y el Libro de las maravillas
para chicas y chicos (1852), en los cuales reelabora leyendas clásicas. Durante
una corta estancia en West Newton (Massachussets) escribió La estatua de nieve y
otros cuentos contados dos veces (1852), que muestran su constante preocupación
por los temas del orgullo y la culpa, y La granja de Blithedale (1852), una
novela inspirada en su estancia en la granja Brook.
En 1852, regresó a Concord, donde escribió una biografía en compañía de su
amigo, el también escritor Franklin Pierce, que llegaría a ser presidente de los
Estados Unidos. Tras su elección, Pierce recompensó a Hawthorne con el cargo de
cónsul en Liverpool, que mantuvo hasta 1857. Durante los dos años siguientes,
vivió en Italia, donde recogió materiales para su novela El fauno de mármol
(1860), obra profundamente simbólica.
En 1860, en vísperas de la Guerra Civil estadounidense, regresó a su país. Su
aislamiento político queda de manifiesto en la dedicatoria de Nuestro viejo
hogar (1863) a Pierce, que había perdido popularidad por su apoyo a los
propietarios de los esclavos sureños. Hawthorne murió el 19 de mayo de 1864 en
Plymouth (New Hampshire) mientras se encontraba de viaje con Pierce, y fue
enterrado en Concord. Entre sus libros publicados póstumamente, destacan
Septimius Felton o el elixir de la vida (1872), El romance de Dolliver (1876),
El secreto del doctor Grimshawe (1883) y sus Cuadernos americanos (1868),
Cuadernos ingleses (1870) y Cuadernos franceses e italianos (1871).
A través de sus profundas exploraciones psicológicas, Hawthorne descubrió las
motivaciones secretas de la conducta humana, y los sentimientos de culpa y
angustia que él achacó a los pecados cometidos contra la humanidad,
especialmente los debidos al orgullo. Por su preocupación por el pecado, es
continuador de sus antepasados puritanos, pero por su concepto de las
consecuencias del pecado, así como de los castigos derivados de la falta de
humildad y del exceso de orgullo, o de la regeneración a través del amor y la
expiación de las culpas, se alejó radicalmente de la idea de destino que
mantenían sus hermanos de religión. La utilización frecuente que hace de la
alegoría y la simbología presenta a sus personajes, con cierta frecuencia, un
tanto difuminados e irreales, aunque manifiestan la ambivalencia emocional y
espiritual que el autor consideraba inseparable de la herencia puritana de su
país. El escritor Henry James publicó en 1879 un estudio acerca de su vida y
obra dentro de la serie 'Hombres de letras ingleses'.
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Wakefield
Recuerdo haber leído en
alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un
hombre -llamémoslo Wakefield- que abandonó a su mujer durante un largo
tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni
tampoco -sin una adecuada discriminación de las circunstancias- debe ser
censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser
el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que
haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan
encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en
cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su
casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de
él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para
semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso
de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la
desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad
matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido
repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo
tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal -una noche él
entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo
durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.
Este resumen es todo lo que recuerdo. Pero pienso que el incidente, aunque
manifiesta una absoluta originalidad sin precedentes y es probable que jamás
se repita, es de esos que despiertan las simpatías del género humano. Cada
uno de nosotros sabe que, por su propia cuenta, no cometería semejante
locura; y, sin embargo, intuye que cualquier otro podría hacerlo. En mis
meditaciones, por lo menos, este caso aparece insistentemente, asombrándome
siempre y siempre acompañado por la sensación de que la historia tiene que
ser verídica y por una idea general sobre el carácter de su héroe. Cuando
quiera que un tema afecta la mente de modo tan forzoso, vale la pena
destinar algún tiempo para pensar en él. A este respecto, el lector que así
lo quiera puede entregarse a sus propias meditaciones. Mas si prefiere
divagar en mi compañía a lo largo de estos veinte años del capricho de
Wakefield, le doy la bienvenida, confiando en que habrá un sentido latente y
una moraleja, así no logremos descubrirlos, trazados pulcramente y
condensados en la frase final. El pensamiento posee siempre su eficacia; y
todo incidente llamativo, su enseñanza.
¿Qué clase de hombre era Wakefield? Somos libres de formarnos nuestra propia
idea y darle su apellido. En ese entonces se encontraba en el meridiano de
la vida. Sus sentimientos conyugales, nunca violentos, se habían ido
serenando hasta tomar la forma de un cariño tranquilo y consuetudinario. De
todos los maridos, es posible que fuera el más constante, pues una especie
de pereza mantenía en reposo a su corazón dondequiera que lo hubiera
asentado. Era intelectual, pero no en forma activa. Su mente se perdía en
largas y ociosas especulaciones que carecían de propósito o del vigor
necesario para alcanzarlo. Sus pensamientos rara vez poseían suficientes
ímpetus como para plasmarse en palabras. La imaginación, en el sentido
correcto del vocablo, no figuraba entre las dotes de Wakefield. Dueño de un
corazón frío, pero no depravado o errabundo, y de una mente jamás afectada
por la calentura de ideas turbulentas ni aturdida por la originalidad,
¿quién se hubiera imaginado que nuestro amigo habría de ganarse un lugar
prominente entre los autores de proezas excéntricas? Si se hubiera
preguntado a sus conocidos cuál era el hombre que con seguridad no haría hoy
nada digno de recordarse mañana, habrían pensado en Wakefield. Únicamente su
esposa del alma podría haber titubeado. Ella, sin haber analizado su
carácter, era medio consciente de la existencia de un pasivo egoísmo,
anquilosado en su mente inactiva; de una suerte de vanidad, su más incómodo
atributo; de cierta tendencia a la astucia, la cual rara vez había producido
efectos más positivos que el mantenimiento de secretos triviales que ni
valía la pena confesar; y, finalmente, de lo que ella llamaba "algo raro" en
el buen hombre. Esta última cualidad es indefinible y puede que no exista.
Ahora imaginémonos a Wakefield despidiéndose de su mujer. Cae el crepúsculo
en un día de octubre. Componen su equipaje un sobretodo deslustrado, un
sombrero cubierto con un hule, botas altas, un paraguas en una mano y un
maletín en la otra. Le ha comunicado a la señora de Wakefield que debe
partir en el coche nocturno para el campo. De buena gana ella le preguntaría
por la duración y objetivo del viaje, por la fecha probable del regreso,
pero, dándole gusto a su inofensivo amor por el misterio, se limita a
interrogarlo con la mirada. Él le dice que de ningún modo lo espere en el
coche de vuelta y que no se alarme si tarda tres o cuatro días, pero que en
todo caso cuente con él para la cena el viernes por la noche. El propio
Wakefield, tengámoslo presente, no sospecha lo que se viene. Le ofrece ambas
manos. Ella tiende las suyas y recibe el beso de partida a la manera
rutinaria de un matrimonio de diez años. Y parte el señor Wakefield, en
plena edad madura, casi resuelto a confundir a su mujer mediante una semana
completa de ausencia. Cierra la puerta. Pero ella advierte que la entreabre
de nuevo y percibe la cara del marido sonriendo a través de la abertura
antes de esfumarse en un instante. De momento no le presta atención a este
detalle. Pero, tiempo después, cuando lleva más años de viuda que de esposa,
aquella sonrisa vuelve una y otra vez, y flota en todos sus recuerdos del
semblante de Wakefield. En sus copiosas cavilaciones incorpora la sonrisa
original en una multitud de fantasías que la hacen extraña y horrible. Por
ejemplo, si se lo imagina en un ataúd, aquel gesto de despedida aparece
helado en sus facciones; o si lo sueña en el cielo, su alma bendita ostenta
una sonrisa serena y astuta. Empero, gracias a ella, cuando todo el mundo se
ha resignado a darlo ya por muerto, ella a veces duda que de veras sea
viuda.
Pero quien nos incumbe es su marido. Tenemos que correr tras él por las
calles, antes de que pierda la individualidad y se confunda en la gran masa
de la vida londinense. En vano lo buscaríamos allí. Por tanto, sigámoslo
pisando sus talones hasta que, después de dar algunas vueltas y rodeos
superfluos, lo tengamos cómodamente instalado al pie de la chimenea en un
pequeño alojamiento alquilado de antemano. Nuestro hombre se encuentra en la
calle vecina y al final de su viaje. Difícilmente puede agradecerle a la
buena suerte el haber llegado allí sin ser visto. Recuerda que en algún
momento la muchedumbre lo detuvo precisamente bajo la luz de un farol
encendido; que una vez sintió pasos que parecían seguir los suyos,
claramente distinguibles entre el multitudinario pisoteo que lo rodeaba; y
que luego escuchó una voz que gritaba a lo lejos y le pareció que
pronunciaba su nombre. Sin duda alguna una docena de fisgones lo habían
estado espiando y habían corrido a contárselo todo a su mujer. ¡Pobre
Wakefield! ¡Qué poco sabes de tu propia insignificancia en este mundo
inmenso! Ningún ojo mortal fuera del mío te ha seguido las huellas.
Acuéstate tranquilo, hombre necio; y en la mañana, si eres sabio, vuelve a
tu casa y dile la verdad a la buena señora de Wakefield. No te alejes, ni
siquiera por una corta semana, del lugar que ocupas en su casto corazón. Si
por un momento te creyera muerto o perdido, o definitivamente separado de
ella, para tu desdicha notarías un cambio irreversible en tu fiel esposa. Es
peligroso abrir grietas en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo
largo y ancho, sino porque se cierran con mucha rapidez.
Casi arrepentido de su travesura, o como quiera que se pueda llamar,
Wakefield se acuesta temprano. Y, despertando después de un primer sueño,
extiende los brazos en el amplio desierto solitario del desacostumbrado
lecho.
-No -piensa, mientras se arropa en las cobijas-, no dormiré otra noche solo.
Por la mañana madruga más que de costumbre y se dispone a considerar lo que
en realidad quiere hacer. Su modo de pensar es tan deshilvanado y vagaroso,
que ha dado este paso con un propósito en mente, claro está, pero sin ser
capaz de definirlo con suficiente nitidez para su propia reflexión. La
vaguedad del proyecto y el esfuerzo convulsivo con que se precipita a
ejecutarlo son igualmente típicos de una persona débil de carácter. No
obstante, Wakefield escudriña sus ideas tan minuciosamente como puede y
descubre que está curioso por saber cómo marchan las cosas por su casa: cómo
soportará su mujer ejemplar la viudez de una semana y, en resumen, cómo se
afectará con su ausencia la reducida esfera de criaturas y de
acontecimientos en la que él era objeto central. Una morbosa vanidad, por lo
tanto, está muy cerca del fondo del asunto. Pero, ¿cómo realizar sus
intenciones? No, desde luego, quedándose encerrado en este confortable
alojamiento donde, aunque durmió y despertó en la calle siguiente, está
efectivamente tan lejos de casa como si hubiera rodado toda la noche en la
diligencia. Sin embargo, si reapareciera echaría a perder todo el proyecto.
Con el pobre cerebro embrollado sin remedio por este dilema, al fin se
atreve a salir, resuelto en parte a cruzar la bocacalle y echarle una mirada
presurosa al domicilio desertado. La costumbre -pues es un hombre de
costumbres- lo toma de la mano y lo conduce, sin que él se percate en lo más
mínimo, hasta su propia puerta; y allí, en el momento decisivo, el roce de
su pie contra el peldaño lo hace volver en sí. ¡Wakefield! ¿Adónde vas?
En ese preciso instante su destino viraba en redondo. Sin sospechar siquiera
en la fatalidad a la que lo condena el primer paso atrás, parte de prisa,
jadeando en una agitación que hasta la fecha nunca había sentido, y apenas
sí se atreve a mirar atrás desde la esquina lejana. ¿Será que nadie lo ha
visto? ¿No armarán un alboroto todos los de la casa -la recatada señora de
Wakefield, la avispada sirvienta y el sucio pajecito- persiguiendo por las
calles de Londres a su fugitivo amo y señor? ¡Escape milagroso! Cobra coraje
para detenerse y mirar a la casa, pero lo desconcierta la sensación de un
cambio en aquel edificio familiar, igual a las que nos afectan cuando,
después de una separación de meses o años, volvemos a ver una colina o un
lago o una obra de arte de los cuales éramos viejos amigos. ¡En los casos
ordinarios esta impresión indescriptible se debe a la comparación y al
contraste entre nuestros recuerdos imperfectos y la realidad. En Wakefield,
la magia de una sola noche ha operado una transformación similar, puesto que
en este breve lapso ha padecido un gran cambio moral, aunque él no lo sabe.
Antes de marcharse del lugar alcanza a entrever la figura lejana de su
esposa, que pasa por la ventana dirigiendo la cara hacia el extremo de la
calle. El marrullero ingenuo parte despavorido, asustado de que sus ojos lo
hayan distinguido entre un millar de átomos mortales como él. Contento se le
pone el corazón, aunque el cerebro está algo confuso, cuando se ve junto a
las brasas de la chimenea en su nuevo aposento.
Eso en cuanto al comienzo de este largo capricho. Después de la concepción
inicial y de haberse activado el lerdo carácter de este hombre para ponerlo
en práctica, todo el asunto sigue un curso natural. Podemos suponerlo, como
resultado de profundas reflexiones, comprando una nueva peluca de pelo
rojizo y escogiendo diversas prendas del baúl de un ropavejero judío, de un
estilo distinto al de su habitual traje marrón. Ya está hecho: Wakefield es
otro hombre. Una vez establecido el nuevo sistema, un movimiento retrógrado
hacia el antiguo sería casi tan difícil como el paso que lo colocó en esta
situación sin paralelo. Además, ahora lo está volviendo testarudo cierto
resentimiento del que adolece a veces su carácter, en este caso motivado por
la reacción incorrecta que, a su parecer, se ha producido en el corazón de
la señora de Wakefield. No piensa regresar hasta que ella no esté medio
muerta de miedo. Bueno, ella ha pasado dos o tres veces ante sus ojos, con
un andar cada vez más agobiado, las mejillas más pálidas y más marcada de
ansiedad la frente. A la tercera semana de su desaparición, divisa un
heraldo del mal que entra en la casa bajo el perfil de un boticario. Al día
siguiente la aldaba aparece envuelta en trapos que amortigüen el ruido. Al
caer la noche llega el carruaje de un médico y deposita su empelucado y
solemne cargamento a la puerta de la casa de Wakefield, de la cual emerge
después de una visita de un cuarto de hora, anuncio acaso de un funeral.
¡Mujer querida! ¿Irá a morir? A estas alturas Wakefield se ha excitado hasta
provocarse algo así como una efervescencia de los sentimientos, pero se
mantiene alejado del lecho de su esposa, justificándose ante su conciencia
con el argumento de que no debe ser molestada en semejante coyuntura. Si
algo más lo detiene, él no lo sabe. En el transcurso de unas cuantas semanas
ella se va recuperando. Ha pasado la crisis. Su corazón se siente triste,
acaso, pero está tranquilo. Y, así el hombre regrese tarde o temprano, ya no
arderá por él jamás. Estas ideas fulguran cual relámpagos en las nieblas de
la mente de Wakefield y le hacen entrever que una brecha casi infranqueable
se abre entre su apartamento de alquiler y su antiguo hogar.
-¡Pero si sólo está en la calle del lado! -se dice a veces.
¡Insensato! Está en otro mundo. Hasta ahora él ha aplazado el regreso de un
día en particular a otro. En adelante, deja abierta la fecha precisa. Mañana
no... probablemente la semana que viene... muy pronto. ¡Pobre hombre! Los
muertos tienen casi tantas posibilidades de volver a visitar sus moradas
terrestres como el autodesterrado Wakefield.
¡Ojalá yo tuviera que escribir un libro en lugar de un artículo de una
docena de páginas! Entonces podría ilustrar cómo una influencia que escapa a
nuestro control pone su poderosa mano en cada uno de nuestros actos y cómo
urde con sus consecuencias un férreo tejido de necesidad. Wakefield está
hechizado. Tenemos que dejarlo que ronde por su casa durante unos diez años
sin cruzar el umbral ni una vez, y que le sea fiel a su mujer, con todo el
afecto de que es capaz su corazón, mientras él poco a poco se va apagando en
el de ella. Hace mucho, debemos subrayarlo, que perdió la noción de
singularidad de su conducta.
Ahora contemplemos una escena. Entre el gentío de una calle de Londres
distinguimos a un hombre entrado en años, con pocos rasgos característicos
que atraigan la atención de un transeúnte descuidado, pero cuya figura
ostenta, para quienes posean la destreza de leerla, la escritura de un
destino poco común. Su frente estrecha y abatida está cubierta de profundas
arrugas. Sus pequeños ojos apagados a veces vagan con recelo en derredor,
pero más a menudo parecen mirar adentro. Agacha la cabeza y se mueve con un
indescriptible sesgo en el andar, como si no quisiera mostrarse de frente
entero al mundo. Obsérvelo el tiempo suficiente para comprobar lo que hemos
descrito y estará de acuerdo con que las circunstancias, que con frecuencia
producen hombres notables a partir de la obra ordinaria de la naturaleza,
han producido aquí uno de estos. A continuación, dejando que prosiga furtivo
por la acera, dirija su mirada en dirección opuesta, por donde una mujer de
cierto porte, ya en el declive de la vida, se dirige a la iglesia con un
libro de oraciones en la mano. Exhibe el plácido semblante de la viudez
establecida. Sus pesares o se han apagado o se han vuelto tan indispensables
para su corazón que sería un mal trato cambiarlos por la dicha. Precisamente
cuando el hombre enjuto y la mujer robusta van a cruzarse, se presenta un
embotellamiento momentáneo que pone a las dos figuras en contacto directo.
Sus manos se tocan. El empuje de la muchedumbre presiona el pecho de ella
contra el hombro del otro. Se encuentran cara a cara. Se miran a los ojos.
Tras diez años de separación, es así como Wakefield tropieza con su esposa.
Vuelve a fluir el río humano y se los lleva a cada uno por su lado. La grave
viuda recupera el paso y sigue hacia la iglesia, pero en el atrio se detiene
y lanza una mirada atónita a la calle. Sin embargo, pasa al interior
mientras va abriendo el libro de oraciones. ¡Y el hombre! Con el rostro tan
descompuesto que el Londres atareado y egoísta se detiene a verlo pasar,
huye a sus habitaciones, cierra la puerta con cerrojo y se tira en la cama.
Los sentimientos que por años estuvieron latentes se desbordan y le
confieren un vigor efímero a su mente endeble. La miserable anomalía de su
vida se le revela de golpe. Y grita exaltado:
-¡Wakefield, Wakefield, estás loco!
Quizás lo estaba. De tal modo debía de haberse amoldado a la singularidad de
su situación que, examinándolo con referencia a sus semejantes y a las
tareas de la vida, no se podría afirmar que estuviera en su sano juicio. Se
las había ingeniado (o, más bien, las cosas habían venido a parar en esto)
para separarse del mundo, hacerse humo, renunciar a su sitio y privilegios
entre los vivos, sin que fuera admitido entre los muertos. La vida de un
ermitaño no tiene paralelo con la suya. Seguía inmerso en el tráfago de la
ciudad como en los viejos tiempos, pero las multitudes pasaban de largo sin
advertirlo. Se encontraba -digámoslo en sentido figurado- a todas horas
junto a su mujer y al pie del fuego, y sin embargo nunca podía sentir la
tibieza del uno ni el amor de la otra. El insólito destino de Wakefield fue
el de conservar la cuota original de afectos humanos y verse todavía
involucrado en los intereses de los hombres, mientras que había perdido su
respectiva influencia sobre unos y otros. Sería un ejercicio muy curioso
determinar los efectos de tales circunstancias sobre su corazón y su
intelecto, tanto por separado como al unísono. No obstante, cambiado como
estaba, rara vez era consciente de ello y más bien se consideraba el mismo
de siempre. En verdad, a veces lo asaltaban vislumbres de la realidad, pero
sólo por momentos. Y aun así, insistía en decir "pronto regresaré", sin
darse cuenta de que había pasado veinte años diciéndose lo mismo.
Imagino también que, mirando hacia el pasado, estos veinte años le
parecerían apenas más largos que la semana por la que en un principio había
proyectado su ausencia. Wakefield consideraría la aventura como poco más que
un interludio en el tema principal de su existencia. Cuando, pasado otro
ratito, juzgara que ya era hora de volver a entrar a su salón, su mujer
aplaudiría de dicha al ver al veterano señor Wakefield. ¡Qué triste
equivocación! Si el tiempo esperara hasta el final de nuestras locuras
favoritas, todos seríamos jóvenes hasta el día del juicio.
Cierta vez, pasados veinte años desde su desaparición, Wakefield se
encuentra dando el paseo habitual hasta la residencia que sigue llamando
suya. Es una borrascosa noche de otoño. Caen chubascos que golpetean en el
pavimento y que escampan antes de que uno tenga tiempo de abrir el paraguas.
Deteniéndose cerca de la casa, Wakefield distingue a través de las ventanas
de la sala del segundo piso el resplandor rojizo y oscilante y los destellos
caprichosos de un confortable fuego. En el techo aparece la sombra grotesca
de la buena señora de Wakefield. La gorra, la nariz, la barbilla y la gruesa
cintura dibujan una caricatura admirable que, además, baila al ritmo
ascendiente y decreciente de las llamas, de un modo casi en exceso alegre
para la sombra de una viuda entrada en años. En ese instante cae otro
chaparrón que, dirigido por el viento inculto, pega de lleno contra el pecho
y la cara de Wakefield. El frío otoñal le cala hasta la médula. ¿Va a
quedarse parado en ese sitio, mojado y tiritando, cuando en su propio hogar
arde un buen fuego que puede calentarlo, cuando su propia esposa correría a
buscarle la chaqueta gris y los calzones que con seguridad conserva con
esmero en el armario de la alcoba? ¡No! Wakefield no es tan tonto. Sube los
escalones, con trabajo. Los veinte años pasados desde que los bajó le han
entumecido las piernas, pero él no se da cuenta. ¡Detente, Wakefield! ¿Vas a
ir al único hogar que te queda? Pisa tu tumba, entonces. La puerta se abre.
Mientras entra, alcanzamos a echarle una mirada de despedida a su semblante
y reconocemos la sonrisa de astucia que fuera precursora de la pequeña broma
que desde entonces ha estado jugando a costa de su esposa. ¡Cuán
despiadadamente se ha burlado de la pobre mujer! En fin, deseémosle a
Wakefield buenas noches.
El suceso feliz -suponiendo que lo fuera- sólo puede haber ocurrido en un
momento impremeditado. No seguiremos a nuestro amigo a través del umbral.
Nos ha dejado ya bastante sustento para la reflexión, una porción del cual
puede prestar su sabiduría para una moraleja y tomar la forma de una imagen.
En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se
ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a
un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se
expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield,
se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo.
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