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Los
militares lo secuestraron el 25 de marzo de 1976, un día después del golpe de
Estado y, apenas lo liberaron, él se exilió en Madrid, donde murió el 1º de
julio de 1992 a los 62 años. No fue el primer desarraigo que sufrió el escritor
Daniel Moyano, ni el último. Aunque había nacido en Buenos Aires en 1930, pasó
su infancia en la ciudad de Córdoba y se radicó en La Rioja, en donde escribió
la mayoría de sus relatos y novelas. A pesar de haber sido elogiado nada menos
que por José Bianco ("no propaga doctrina, no teoriza ni argumenta, sino que
sencillamente narra") y Augusto Roa Bastos, el último exilio que sufrió Moyano
–Premio Juan Rulfo en 1985– fue el olvido de la crítica, la academia y el mundo
editorial.
Viaje de la
literatura al exilio
Buenos Aires-Córdoba-La Rioja-Madrid fue su itinerario vital, muchas veces
forzado, y siempre influyente en su obra. "No he conocido la estabilidad, nací
en un incendio permanente", solía decir este discípulo de Kafka, Pavese y Rulfo,
que en España supo trabajar como obrero en una fábrica para subsistir. Daniel
Moyano obtuvo numerosos premios, entre ellos el Juan Rulfo.
Por Silvina Friera
La vida y la obra del escritor, periodista y músico Daniel Moyano representan
una de las paradojas más difíciles de desentrañar a 10 años de su muerte en
Madrid: la condición del desarraigo-identidad como un componente constitutivo de
su literatura y el olvido o, lo que es peor, la sistemática indiferencia que
sufre su producción literaria en el país. El autor de Libro de navíos y
borrascas, que nació el 6 de octubre de 1930, exactamente un mes después del
golpe que derrocó a Hipólito Yrigoyen, comentaba que el primer exilio interior
lo vivió a los cuatro años cuando su familia se mudó a las sierras cordobesas
(Alta Gracia). De aquellos años, recordaba travesuras infantiles, compartidas
nada menos que con Ernesto Guevara, como robar frutas del huerto de un señor
español, conocido con el nombre de Manuel de Falla. El segundo, en 1959, lo
arrojó hacia La Rioja, donde comenzó su carrera periodística y se desempeñó como
profesor en el Conservatorio Provincial de Música y como violinista en el
Cuarteto de Cuerdas y Orquesta de Cámara de esa institución. Pero, sin duda, de
todos estos "viajes", el más perturbador fue el que lo expulsó definitivamente
de Argentina a España en 1976.
El secuestro (estuvo una semana desaparecido y tuvo que enterrar en una huerta
la primera versión de El vuelo del tigre, que luego reescribiría y publicaría en
Madrid en 1981), las torturas y el simulacro de fusilamiento que padeció
marcaron toda su producción literaria posterior. Su madre, nacida en Brasil, era
hija de italianos. Su padre, producto de un hibridaje de sangre india y
españoles extremeños, nació en Argentina. "Soy un argentino típico porque un
argentino es esas mezclas", afirmaba Moyano. Y para prolongar la demostración de
esa autenticidad en su narrativa confesaba: "No puedo hablar ni escribir sobre
Abelardo y Eloísa mientras está ardiendo mi casa. Tengo que apagar el incendio
antes. No he conocido la estabilidad, yo nací en un incendio permanente". El
desarraigo y la marginación, las zonas deterioradas y miserables, tal vez
originadas por ese incendio constante, son dos de los ejes fundamentales de Una
luz muy lejana. El título alude al viaje iniciático de Ismael y su
descubrimiento del rutilante mundo social de la ciudad a la que intenta
integrarse. Claro que, frente al extrañamiento del lugar de no pertenencia,
Ismael termina por resignarse a observar esa ciudad desde los bordes.
Discípulo de Kafka, Pavese y Rulfo, Moyano aprendió del primero que el tema de
una narración profunda es de raíz metafísica y que la única manera de trascender
lo anecdótico es dotándolo de una significación alegórica. Como señala Augusto
Roa Bastos en el prólogo a El trino del diablo, Moyano procede por "excavación y
no por acumulación, por la creación de atmósferas, de cierto clima espiritual y
mental, más que por el abigarrado tratamiento de la anécdota". Respecto de los
climas opresivos que emanan de sus ficciones, donde el individuo está despojado
del poder de decidir su propio destino, el autor los consideraba producto de su
época. "No me he evadido de la realidad sino que he tocado fondo en ella",
decía.
Su escritura, que se distanció simultáneamente y
con notable prudencia de los temas del relato clásico regionalista y de las
complejidades de la vanguardia, se caracterizó por una condensación y sobriedad
propias de su condición de músico y violinista. "Procuro que mis palabras se
sostengan en verdades auditivas o sonoras iguales a las que soporta la música",
precisaba. Moyano, a diferencia de tantos escritores de los años ‘60, no fue
hijo de Julio Cortázar (de quien en el exilio sí fue amigo). "Una vez Onetti me
decía que Julio había dejado un montón de cortazaritos en Buenos Aires. Pero yo
creo que los escritores del interior –entre los que incluyo a mis amigos Haroldo
Conti y a Antonio Di Benedetto– seguimos siendo fieles a nuestro estilo, que
tiene que ver más con Rulfo, que con Cortázar y Borges", reflexionó el narrador.
En Argentina escribió sietelibros de cuentos y tres novelas: Artistas de
variedades (1960), El rescate (1963), La lombriz (1964), El fuego interrumpido
(1967), El monstruo y otros cuentos (1967), Mi música es para esta gente (1970),
El estuche del cocodrillo (1974) y las novelas Una luz muy lejana (1966), El
oscuro (1968) y El trino del diablo (1974). El oscuro ganó el premio del
concurso internacional de novela Primera Plana-Sudamericana, con un jurado
integrado por García Márquez, Roa Bastos y Marechal.
Moyano erigió un mundo posible porque siempre tenía algo que contar, algo que
auscultar y develar. En El Trino del diablo, el violinista Triclinio narra su
"pasaje" (nuevamente el exilio interior) de La Rioja a una villa miseria de los
suburbios de Buenos Aires. En Madrid solía despertarse con melodías que tenían
un poder evocador tremendo. Contaba que se levantaba con la melodía del tango "Ladrillo" y surgía la visión estremecedora de Jorge Rafael Videla. En Madrid,
Moyano trabajó como obrero en una fábrica de maquetas para subsistir, mientras
intentaba retomar la escritura. En 1981, la Editorial Legasa publicó su novela
El vuelo del Tigre y dos años después Libro de navíos y borrascas. Más tarde, en
1985, ganó el prestigioso premio Juan Rulfo con uno de sus relatos, El halcón
verde y la flauta maravillosa.
"Cuando fui jurado en el premio Casa de las Américas recuerdo que leí tantas
descripciones de torturas tal como eran que, a pesar de saber que eran ciertas,
terminé por no creerlas. Por eso en El vuelo... recurrí al símbolo de los verbos
para contar las torturas más aberrantes: imaginé la situación en que a un hombre
lo obligan a conjugar verbos que no conoce. No me considero un escritor
realista; no describo las cosas tal como suceden. No me gusta fotocopiar la
realidad", explicó a Página/12 en 1989, después de editar su última novela, Tres
golpes... El Libro de navíos..., estudiada en Francia como testimonio
sobrecogedor sobre el exilio, representa la historia del naufragio de 700
argentinos políticamente incorrectos, embarcados en el puerto de Buenos Aires,
rumbo a Europa.
| Recuerdos de La
Rioja "... El nuevo gobierno, ante los agobiantes problemas riojanos, los había resuelto eliminando la provincia. Con la nueva división política, la parte cordillerana quedó para San Juan, la parte norte para Catamarca y el resto para Córdoba. Los cordobeses habían instalado una fábrica de salchichas en la Casa de Gobierno, el gobernador había pasado a ser ordenanza en un pasillo de los Tribunales de San Juan, (...) la ciudad capital fue taponada con quioscos, y el obispo, que se resistió, fue descendido a monaguillo por sugerencia del cardenal primado. Finalmente los perros, los burros, los gallos y los vendedores ambulantes fueron unificados en el rubro ‘varios’, embalados y remitidos a Bolivia en pago de una deuda..." [Fragmento de "El trino del diablo", novela escrita en La Rioja en 1974, durante la gobernación de Carlos Menem] |
Los últimos textos de Moyano poseen un núcleo: los efectos de la transterritorialidad sobre la estética y los usos lingüísticos. Durante los primeros años del exilio, Moyano señalaba que cada vez que debía nombrar una palabra, no sabía cómo hacerlo. Muchos de sus amigos sostenían que Moyano era de esos tipos que, casi sin buscarlo, se enredaban en sucesos extraordinarios, como por ejemplo, que tuviese que raptar a su novia Irma Capelleti con la ayuda de un taxista miope o el asado argentino que le pidió Gabriel García Márquez y que terminó, según cuenta la leyenda, en un incendio. Y, tal vez la más inverosímil, un burro noctámbulo que entró a su casa en La Rioja y se comió siete de los mejores cuentos que escribió Moyano (que nunca pudo reconstruir). La muerte lo sorprendió mientras estaba escribiendo una novela, El sudaca en la corte, y un libro de memorias musicales. Aunque sus obras se tradujeron al inglés y al francés, Moyano se sentía un sudaca en el ámbito literario español. Sabía muy bien que de ciertos viajes no hay regreso. El mismo recordaba que Ovidio había demostrado literariamente que el exilio es irreversible. De la óptica del vencido se nutren sus mejores páginas, que revelan el itinerario creativo de una memoria que resiste al tiempo y al olvido.
Persecución de un ritmo
Por Noé Jitrik
La circulación de la producción literaria de un escritor responde a la
inmediatez instituida de los escritores consagrados por la academia o por las
grandes editoriales, lo que implica que el sujeto de la literatura ya no es el
lector sino el propio editor. En la madeja de esta complejidad, la obra de
Daniel Moyano, a diferencia de Rodolfo Walsh, es más silenciosa, y tal vez por
eso menos recordada. Existe la "veleta", un oportunismo que establece cuáles son
los autores que hay que leer y de los cuales hay que hablar, sin tener en cuenta
el valor de los que quedan afuera de este círculo. La primera novela que leí de
Moyano fue Una luz muy lejana. En esas páginas sentí que aparecía una voz que
recordaba la luz de la provincia con una solidez y una firmeza que me
sorprendieron. La constante de su escritura está relacionada con la música, la
persecución de un ritmo, que distinguía sus cuentos y novelas de otras
narrativas. El tomaba a la música como soldador de su escritura, con la
precisión y la elegancia del violinista que era. Lo vi en España, poco antes de
morir, cuando le otorgaron el Premio Cervantes a Augusto Roa Bastos, y me dijo
que se sentía poco reconocido y leído.
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Los caminos inversos
Por Héctor Tizón
La obra del escritor no muere cuando se acaba la vida biológica del autor.
Moyano fue el precursor de una literatura que hizo el recorrido contrario, desde
adentro hacia la metrópolis, junto con Juan José Saer y Antonio Di Benedetto.
Logró jugar en primera sin haber nacido en Buenos Aires. El hecho de que no haya
muchos libros en las librerías es por las mecánicas de funcionamiento del
marketing editorial. La importancia de su literatura va a vencer esta
indiferencia aparente. Una novela como Libros de navíos y de borrascas es un
trabajo contundente porque representa el momento sublime de la madurez de
Moyano, al reflejar el estado de ánimo de toda una generación. En Madrid nos
veíamos con frecuencia y siempre me dio la impresión de que quería regresar pero
que intuía que jamás volvería a pisar suelo argentino. Solía utilizar una
metáfora sobre la desaparición de lo que alguna vez se llamó Argentina: como una
isla de Cracatova. La última vez que lo vi estaba triste, un estado de ánimo
poco representativo de su personalidad. Supongo que aunque él no sabía que tenía
cáncer, intuía que la muerte le estaba rondando bajo la forma de una enfermedad
incurable.
Fuente: Página/12, 2002
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Cronología
1930
Nace el 6 de octubre en Buenos Aires.
1934
Su familia se traslada a las sierras cordobesas.
1937
Luego del fallecimiento de su madre, viaja a la ciudad de Córdoba, en dónde
cursará sus estudios y trabajará de albañil.
"Después de vivir con mis abuelos pasé de tío en tío. Mi padre desapareció.
Reapareció años después. Todos los tíos me dieron material para los cuentos...
Pasé un tiempo en un reformatorio, y mi hermana en un colegio de monjas, donde
nos colocó un tío", relató en una entrevista con Andrew Graham-Yooll, en agosto
de 1987 y noviembre de 1988, publicada en el suplemento Radar/Libros del diario
Página/12, el 26 de junio de 2005.
1947
"Cuando me tuve que enrolar en Córdoba, no tenía documento. Mi padre le había
dicho a mi madre: ‘Hay que hacer los trámites para anotarlo a Daniel’, pero mi
mamá dijo: ‘Daniel está anotado en el cielo, qué me importan los papeles’. Estoy
anotado en el cielo, con el pastor, pero no en la tierra. Escribimos a Buenos
Aires y nos dijeron que viajáramos. No fui a Buenos Aires, costaba un dineral.
Un juez en Córdoba me dijo: ‘Venite con dos testigos falsos, decí que naciste en
Córdoba un año antes, y entonces te enrolamos y no te cobramos’. Me enrolé a los
diecisiete e hice el servicio a los diecinueve. En los papeles figuro nacido en
Córdoba, el 6 de octubre del ‘29. Nací en Buenos Aires el 6 de octubre del ‘30.
Mis testigos falsos fueron un violinista gallego y un ave negra de esas que
andan en los tribunales, que dijo: ‘Yo me ocupé, Sr. Juez, de los servicios de
obstetricia’. El violinista dijo: ‘Pues mire, yo he estado ahí sentado, leyendo
una partitura y me puse a tocar el violín, y me dijeron: ¡Ha sido un varón!’",
de la entrevista de Andrew Graham-Yooll.
1957
Su libro de cuentos "Artistas de variedades" gana el concurso organizado por la
Editorial Assandri, de Córdoba.
1959
Viaja a la provincia de La Rioja. Allí trabajará para el diario "El
Independiente" e iniciará su carrera de periodista.
1960
La editorial Assandri publica su libro de cuentos "Artistas de variedades".
Comienza a trabajar como corresponsal del diario Clarín en La Rioja. Es
violinista del Cuarteto de Cuerdas y Orquesta de Cámara, y profesor en el
Conservatorio Provincial de Música.
1963
Aparece, en Buenos Aires, su libro de cuentos "El rescate", publicado por
Burnichón Editor (es reeditado en 2005 por Interzona Editora).
"Los diecinueve cuentos reunidos en ‘El rescate’ (...) rescriben esa sensación
quizás trasplantada de su vida: lo de Moyano es, antes que nada, un tono. Y es,
además, el tono que lo caracteriza, independientemente de que algo hay de sus
resonancias, ahora, que parece un poco añejo, quizás vencido por las tendencias
post y la sobreabundancia de textos montados sobre la experiencia de los
discursos contextuales, inmediatos, reales. Porque el modelo de Moyano es uno
que tal vez ya no existe pero que igual conserva, en algún punto, la frescura
del origen. Transido por la construcción metafórica a partir de un patrón
realista (que llevó al máximo en su novela menor ‘El trino del diablo’,
publicada por Sudamericana en 1974, que podría leerse, incluso, en clave de
ciencia ficción), el camino de estos relatos alterna entre la vertiente realista
y la pulsión fantástica, a la que se agregan un par de textos -los más
‘recientes’- que no desoyen el homenaje (Kafka y Cortázar) con formas breves y
con una suerte de interesante alegoría de estilo", escribió Alfonso Mallo en el
sitio www.bazaramericano.com, noviembre de 2005.
1964
Se publica su libro de cuentos "La lombriz", con prólogo de Augusto Roa Bastos
(Nueve 64 Editora).
1966
La editorial Sudamericana, de Buenos Aires, publica su novela "Una luz muy
lejana".
"La dominante del desarraigo y la marginalidad (a la que no es ajena su
experiencia de habitante del interior: ‘La Rioja es la última provincia del
país, la más pobre, la más olvidada. Es latinoamericana por donde se la mire’)
como resultante de un fenómeno social: la emigración de los habitantes de las
provincias pobres hacia las grandes ciudades, determina las diferentes
articulaciones de las tres novelas: ‘Una luz muy lejana’, que por otra parte es
la que más desarrolla núcleos temáticos presentes ya en los cuentos, sigue el
extrañamiento del personaje y su imposibilidad de encontrar el propio espacio en
la ciudad que lo desborda y lo deja de lado. En la segunda, ‘El oscuro’, la
lucha del protagonista entre el rechazo de su origen humilde y ‘oscuro’ y la
imposibilidad de ser aceptado plenamente por el ámbito social elegido, determina
la paranoia como último refugio para resolver el conflicto; mientras que ‘El
trino del diablo’ ejemplifica en forma de alegoría humorística el drama del
artista provinciano sin posibilidades de trabajo ni de inserción social, forzado
a emigrar a Buenos Aires, donde lo espera la miseria y el desarraigo", escribe
en el prólogo de "La espera y otros cuentos", Ana María Amar Sánchez.
1967
Se publican, en Buenos Aires, sus libros de cuentos "El monstruo y otros
cuentos" (Centro Editor de América Latina) y "El fuego interrumpido"
(Sudamericana).
Recibe el Premio de Novela Primera Plana por su novela "El oscuro".
1968
La editorial Sudamericana publica su novela "El oscuro".
1969
Trabaja como colaborador para la Revista Primera Plana.
1970
En Caracas, Venezuela, se publica su libro de relatos "Mi música es para esta
gente" (Monte Ávila Editores).
1974
Se publican, en Buenos Aires, su libro de cuentos "El estuche del cocodrilo"
(Ediciones del Sol) y su novela "El trino del diablo" (Sudamericana).
1976
Un día después de producirse el Golpe de Estado, el 25 de marzo, es detenido en
su casa de La Rioja por las Fuerzas Armadas y luego de quedar en libertad se
exilió definitivamente en España. Allí fue obrero en una fábrica de maquetas
para poder subsistir.
"El día del golpe de 1976 yo estaba en Córdoba, intentando inscribirme en la
Facultad de Filosofía, porque se me había ocurrido estudiar. Cuando regresé a La
Rioja había controles como si fuera una ciudad ocupada. Llegué a casa... Me
dijeron que habían detenido a casi todos los intelectuales. Muchos eran del
diario El Independiente. Además estaba detenido Ramón Eloy López, un poeta, un
sacerdote, uno de los tres miembros del Partido Comunista, algunos de la JP y el
arquitecto que proyectó la cárcel. Lo metieron en la celda de castigo. Esa noche
dormí en casa, sabía que me podían detener. Había sido amenazado por la Triple
A, y por LV14, la emisora local. Una locutora estaba leyendo un capítulo por día
de ‘El trino del diablo’ y le dijeron que si seguía leyendo iban a volar la
radio. Me amenazaron a mí, recurrí al gobernador, Carlos Menem y me había puesto
custodia policial en casa. Me levanté temprano, estaba preparando mi ingreso a
la Facultad con ese placer de entrar por primera vez a esas disciplinas. Abrí un
libro y vi que se detenía un auto: eran cuatro, tres caminaron despacio hacia
casa. Mi hija María Inés, de siete años, dormía. Mi hijo Ricardo, que tenía
catorce, estaba levantado junto a dos hijos de una familia amiga, y estaba mi
mujer. Me apresuré a abrirles la puerta antes de que la derribaran. Era el 25.
Pregunté si me podía cambiar de ropa. Dijeron, ‘Sí, pero pronto’, y me
acompañaron al dormitorio. ‘¿Llevo documentos?’ ‘No los va a necesitar’, dijo
uno. Eso me asustó. Pero no tuve tiempo de tener miedo. Quedé incapaz de
reaccionar porque eso era insólito. Yo era periodista, además de escritor,
trabajaba para Clarín, y músico y plomero. Me llevaron de casa al cuartel, en
silencio. Estaba cerca. Al cuartel entré a los empujones. En un salón enorme
estaba media La Rioja de pie, contra la pared (no nos dejaban sentar), con un
colchón al lado. (...) Me enteré de que mis libros los secuestraron de la
librería Riojana y los quemaron en el cuartel, junto con los de Cortázar y
Neruda. Qué honor. Bajé siete kilos en doce días: hacía gimnasia a escondidas.
Cuando me dijeron que podía abandonar la provincia, me fui a Buenos Aires,
gestioné mi pasaporte, volví a La Rioja y en una semana levanté mi casa. El 24
de mayo de 1976, tomamos el ‘Cristóforo Colombo’, y el 8 de junio comenzó el
exilio en Barcelona," relató en la entrevista con Andrew Graham-Yooll.
1981
En Madrid, la editorial Legasa publica su novela "El vuelo del tigre".
1982
El Centro Editor de América Latina, de Buenos Aires, publica su libro "La espera
y otros cuentos", con selección y prólogo de Ana María Amar Sánchez.
1983
En Buenos Aires, la editorial Legasa publica la novela "Libro de navíos y
borrascas".
1984
Recibe el Premio Konex Diploma al Mérito en la categoría "Cuento: primera obra
publicada después de 1950".
1985
Obtiene, en París, el Premio Juan Rulfo por el cuento "Relato del halcón verde y
la flauta maravillosa".
1989
La editorial Alfaguara de Madrid, publica su novela "Tres golpes de timbal".
1990
Recibe el Premio Boris Vian por "Tres golpes de timbal".
Trabaja como crítico literario para el diario madrileño "El Mundo".
1992
El 1º de julio, muere en España.
1999
En España, KRK ediciones publica su libro de relatos "Un silencio de corchea".
2005
La editorial Gárgola, de Buenos Aires, publica póstumamente su novela "Dónde
estás con tus ojos celestes".
"Escrita en Oviedo y Madrid, lugares de residencia de Moyano desde su exilio en
1976, la novela ‘no tuvo la oportunidad de la más mínima corrección ni
reescritura’, como señala en el prólogo su hijo, Ricardo Moyano. Sin embargo,
‘Dónde estás con tus ojos celestes’ es una sensible y lograda novela sobre los
recuerdos, que representa un cierre del prolífico recorrido literario del autor.
(...) Con exceso de sentimentalismo algunas veces, con buen equilibrio entre el
humor y la reflexión otras tantas, la novela encuentra uno de sus mejores
momentos en el diálogo imaginario y ciertamente ‘musical’ que entabla el
narrador con la estatua del general realista Pezuela, bajo los registros del
español antiguo y la lengua gauchesca, al que se suma un italiano hablando en
cocoliche. En éste como en otros momentos, las capas de imaginación, recuerdo y
realidad se mezclan para llenar ese espacio vacío que se abre entre el
desarraigo y el intento de recobrar lo perdido. La novela de Moyano es, por
ello, su último testimonio de esta búsqueda", escribió Soledad Quereilhac en el
diario La Nación, Buenos Aires, 14 de agosto de 2005.
Bibliografía
"Artistas de variedades". Cuentos. Daniel Moyano, Editorial Assandri, Córdoba,
1960.
"El rescate". Cuentos. Daniel Moyano, Burnichón Editor, Buenos Aires, 1963.
"La lombriz". Cuentos. Daniel Moyano, Nueve 64 Editora, Buenos Aires, 1964.
"Una luz muy lejana". Novela. Daniel Moyano, Editorial Sudamericana, Buenos
Aires, 1966.
"El fuego interrumpido". Cuentos. Daniel Moyano, Editorial Sudamericana, Buenos
Aires, 1967.
"El monstruo y otros cuentos". Cuentos. Daniel Moyano, Centro Editor de América
Latina, Buenos Aires, 1967.
"El oscuro". Novela. Daniel Moyano, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1968.
"Mi música es para esta gente". Relatos. Daniel Moyano, Monte Ávila Editores,
Caracas, 1970.
"El estuche del cocodrilo". Cuentos. Daniel Moyano, Ediciones del Sol, Buenos
Aires, 1974.
"El trino del diablo". Novela. Daniel Moyano, Editorial Sudamericana, Buenos
Aires, 1974.
"El vuelo del tigre". Novela. Daniel Moyano, Editorial Legasa, Madrid, 1981.
"La espera y otros cuentos". Cuentos. Daniel Moyano, Centro Editor de América
Latina, Buenos Aires, 1982.
"Libro de navíos y borrascas". Novela. Daniel Moyano, Editorial Legasa, Buenos
Aires, 1983.
"Tres golpes de timbal". Novela. Daniel Moyano, Editorial Alfaguara, Madrid,
1989.
"Un silencio de corchea". Relatos. Daniel Moyano, Ediciones KRK, Madrid, 1999.
"Dónde estás con tus ojos celestes". Novela. Daniel Moyano, editorial Gárgola,
Buenos Aires, 2005.
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Un
artista de variedades
Daniel Moyano murió el 11 de junio de 1992, en España, donde permaneció exiliado
desde que escapara de la dictadura militar en el mes de mayo de 1976. Mientras
algunas antologías revalorizan su obra, también se dio a conocer su novela Dónde
estás con tus ojos celestes, nunca publicada antes. En esta entrevista inédita
(extractos, en rigor, de una extensa conversación entre agosto de 1987 y
noviembre de 1988), Moyano repasa su infancia, su relación con la literatura, la
música, su detención y el exilio.
Por Andrew Graham-Yooll
Con Daniel Moyano alguna vez tratamos de calcular cuántos kilómetros había entre
su casa en La Rioja y el "piso" en la Ronda de Segovia, de Madrid. El cálculo
estaba dirigido a saber dónde nos había llevado la vida, pero se hallaba
condenado al fracaso porque la cifra no nos interesaba. Había armado la casa del
exilio madrileño con su mujer, Irma Capellino, y con los dos hijos del
matrimonio. De los encuentros familiares, en Madrid y, también en Londres, queda
el recuerdo de su humor y de la calidez en su cara algo cansada. ("Dale, inglés,
decilo, cara de indio. Es así. Mi padre era medio indio", reía Moyano.) Lo
extraño mucho, ahora como en aquel primero de julio hace trece años en que su
hijo avisó que Daniel había muerto. Me habla todavía, en dos cintas, dos
extendidas charlas (53 hojas en la desgrabación) que sostuvimos en agosto de
1987 y en noviembre de 1988. Sus palabras reflejan erudición, su amplia lectura,
su obra y su angustia.
Daniel Moyano fue el menos conocido de los grandes escritores argentinos y
latinoamericanos de los ‘60 y ‘70. Felizmente, este año se ha comenzado a
reeditar su obra. Tenía obra publicada cuando ocurrió su gran lanzamiento como
escritor a raíz del premio Primera Plana, en 1967. Un jurado de lujo (Jorge Luis
Borges, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez) proclamó ganadora su novela El
oscuro. Su carrera había comenzado como plomero y albañil, si bien siempre fue
escritor, y músico, desde que no pudo ir a la escuela en Córdoba. Sus oficios le
sirvieron en el exilio luego de su detención en marzo de 1976. Aparte de cargar
con la máquina de escribir, lo que más cerca llevaba era la bolsa con las
herramientas de plomero.
Lo que sigue, un extracto de esas dos charlas grabadas, son palabras de Daniel
Moyano, hablando como amigo, escritor, argentino y exiliado.
"Hablabas de Antonio di Benedetto. El decía que el exilio no tiene regreso. Era
un caballero. Todos conocimos un Di Benedetto en Mendoza y en Buenos Aires, y
otra persona en España, cuando salió de la cárcel. Sufría delirios de
persecución, estaba envejecido y con problemas de memoria. Los militares lo
acusaron de viajar a Cuba en busca de instrucciones para la guerrilla. Le
preguntaban qué hacía en Cuba, si usaba el télex del diario Los Andes, donde fue
subdirector, para comunicarse con la guerrilla. En los interrogatorios lo
golpearon todo el tiempo, me dijo. Antonio se exilió en España. Sara Gallardo
trató de ayudarlo, igual que muchos. Regresó a Buenos Aires, trabajó unos meses,
y se quedó sin trabajo. Cuando murió, los diarios porteños le hicieron grandes
elogios."
"Lo cito porque al exilio traté de negarlo. Poco a poco uno se va dando cuenta
de la mentira de eso. He regresado a Buenos Aires, como muchos, pero me doy
cuenta de que no regreso, aunque regrese. Lo que dejé ya no existe, los hilos
están cortados. Alguien me dijo que mi novela Navíos y borrascas es mi paso
hacia el exilio.
"Nuestra identidad es la de exiliado permanente. Julio Mafud, en El desarraigo
argentino, sostenía que eran desarraigados los españoles que emigraban y
desarraigados los indios que desposeían, y desarraigados los inmigrantes del
siglo XIX que vinieron a desposeer. Eduardo Mallea por ahí dice que la Argentina
es como una gran ramera con la que todos se acuestan, pero que nadie la asume.
Mi abuelo materno hablaba de volver a Italia, y de un barco mitológico que lo
llevaría. No volvió, como no vamos a volver ninguno de nosotros. Yo me invento
que mi abuelo se fue para allá con un acordeón, pensando que iba a volver. Volví
yo, él soy yo, y volví con un violín. Cambiamos de instrumento, nada más. Mario
Benedetti ha inventado una palabra muy buena, desexilio, pero no creo que sea
posible el desexilio.
"Lo he superado: no tengo nostalgia, ni me quejo. Empecé a ver a Madrid como una
ciudad real. No la veía como real, sino como ciudad ‘impuesta’. Ahora, que sé
que el exilio es irreversible, me siento cómodo. Es saludable y debe ser un
mecanismo de defensa. Quiero asumir el exilio sin temor, y sin esperanza."
"Los primeros siete años de exilio no pude escribir nada. Había perdido toda
capacidad expresiva. Lo que intentaba escribir era visceral, patológico,
mezclado con pesadillas... que terminaban en un cuartel, no podía escribir
porque todo lo que escribía estaba prendido a esta desesperación. Hasta que
intenté la re-escritura de El vuelo del tigre, que yo había escrito en La Rioja.
Cuando me detuvieron, Irma enterró el original en la huerta, porque si los
militares leían además de saquear no me soltaban más. Un cura amigo le dijo a
Irma: Hagan desaparecer ese manuscrito. No había copia. Hice una reconstrucción
del manuscrito. Cuando volví a La Rioja, los que vivían en la casa habían
volteado la higuera, pusieron césped, una pileta de natación... Andá a saber qué
pasó con el original."
"Navíos y borrascas sirvió para recuperar mi capacidad expresiva. Eso y la
re-escritura de El vuelo... Ahora la novela que he escrito ya no tiene nada de
eso. Es una novela andina, que se desarrolla en un pueblo de la cordillera de
los Andes donde un hombre encerrado con un diccionario y una gramática se
enfrenta con las palabras para contar la historia de su pueblo que va a
desaparecer."
"Sabés que tenemos cosas en común, vos y yo. Algo de ingleses y protestantes, de
vivir en Córdoba, y eso de caer en juzgado de menores de muy joven. Vivíamos en
La Falda cuando yo tenía entre cuatro y siete años. Eramos los caseros de unos
pastores ingleses que tenían un chalet muy bonito. Mr. Louis Robert y Mr.
Clifford. Hablaban un castellano tarzánico. La mujer de Mr. Robert, Emilia,
tocaba el armonio y el culto evangélico se hacía en su casa. Nosotros desde
antes éramos protestantes..., desde Buenos Aires. Mi madre lo era. Yo nací en
Buenos Aires, pero mi familia era de Córdoba."
"Cuando muere mi madre yo tenía siete años. Entonces mis tías católicas me
bautizaron en la Iglesia..., no era bautizado. Ahí me vino el susto porque me
dicen usted es un animalito, no se ha bautizado. No entendí nunca lo del pecado
original, me llenaba de terror. Todavía me da miedo la religión católica."
"A mi hermana la mandaron a Alta Gracia con otros tíos. Cuando pude me escapé,
porque quería estar cerca de mi hermana. Iba a tercer grado en el Colegio de la
Torre. En los recreos jugábamos a la mancha, y el más ágil de todos se llamaba
Guevara. Era asmático y tenía un tórax grande. Otro recuerdo que tengo del Che
es que un día todo el grupo que jugaba a la mancha fuimos a una casa a robar
duraznos, a la siesta. Estábamos robando y se asomó un viejo, que dijo: Lleváos
los duraznos pero no me rompáis el árbol. Era Manuel de Falla, que vivía en Los
Espinillos, en Alta Gracia. Yo le conté esto a Julio Cortázar. Me dijo, ¿Por qué
no lo escribís? No puedo... es como escribir las memorias. Después se lo conté a
don Ernesto, en Cuba."
"Yo nací en Buenos Aires, me llevaron a Córdoba, y luego me fui a La Rioja
porque los abuelos de mi padre eran de Olta, de La Rioja. Yo decidí irme de
Córdoba a La Rioja, buscando raíces. Mi madre nació en Minas Gerais, cerca de
Belo Horizonte. A los diez años la trajeron a la Argentina. Se casó con mi padre
(que según él tenía sangre india). Tengo muy pocos recuerdos."
"Cuando me tuve que enrolar en Córdoba, no tenía documento. Mi padre le había
dicho a mi madre: Hay que hacer los trámites para anotarlo a Daniel, pero mi
mamá dijo: Daniel está anotado en el cielo, qué me importan los papeles. Estoy
anotado en el cielo, con el pastor, pero no en la tierra. Escribimos a Buenos
Aires, y nos dijeron que viajáramos. No fui a Buenos Aires, costaba un dineral.
Un juez en Córdoba me dijo: Venite con dos testigos falsos, decí que naciste en
Córdoba un año antes, y entonces te enrolamos y no te cobramos."
"Me enrolé a los diecisiete e hice el servicio a los diecinueve. En los papeles
figuro nacido en Córdoba, el 6 de octubre del ‘29. Nací en Buenos Aires el 6 de
octubre del ‘30. Mis testigos falsos fueron un violinista gallego y un ave negra
de esos que andan en los tribunales, que dijo: Yo me ocupé, Sr. Juez, de los
servicios de obstetricia. El violinista dijo: Pues mire, yo he estado ahí
sentado, leyendo una partitura. Y me puse a tocar el violín, y me dijeron: ¡Ha
sido un varón!"
"Mi padre había trabajado en el Ministerio de Obras Públicas, y por ser radical
lo echaron cuando Uriburu, en el ‘30. Durante un tiempo estuvimos muy mal."
"En La Falda, para los carnavales, las murgas cantaban coplas (¡sucias para la
época!, ahora son inocentes): La murga caradura / no sabe qué hacer / se pone a
fabricar / calzones de mujer. ¡Mirá vos la inocencia! Joaquín se fue / a mear
detrás de un convento / vinieron los perros / y le comieron el instrumento. Las
coplas las escribía mi papá. Cuando pasaban las murgas Mr. Robert se ponía
algodones en los oídos y decía ¡Qué horror! Y mi papá decía ¡Qué horror! ¡Cómo
van a seguir así las cosas!... Si el inglés se enterara, decía mi papá. Fue un
momento muy agradable, hasta que murió mi madre en 1937. Después de vivir con
mis abuelos pasé de tío en tío. Mi padre desapareció. Reapareció años después.
Todos los tíos me dieron material para los cuentos... Pasé un tiempo en un
reformatorio, y mi hermana en un colegio de monjas, donde nos colocó un tío."
"De vuelta en casa de mis abuelos maternos, cuando tenía doce años, leíamos La
Divina Comedia, en italiano, claro. Yo leí El Quijote, la literatura gauchesca,
Don Juan Tenorio. Son las lecturas que más recuerdo, inviernos enteros leyendo.
Fui a Córdoba capital para hacer el bachillerato y no lo pude hacer porque no
tenía papeles, como te dije. Entonces me iba a la Biblioteca de Córdoba, y
leía... mucho. A Lugones. Descubrí la poesía de T. S. Eliot. En Córdoba empecé a
escribir poesía. Luego me puse a leer a los autores norteamericanos. Pasé a
Chéjov... Y escribía. Luego vendrían los cuentos en Artista de variedades
(1960), y La lombriz (1964). Una luz muy lejana (1966) fue mi primer intento de
novela. Después vino El monstruo y otros relatos, y El fuego interrumpido
(1967). Escribí El oscuro a raíz de los tiempos del general Onganía. Esto me
llevó a meterme en la realidad de mi país. Creo que terminé mi ciclo con mi
país: lo que tenía que decir ya está dicho. Quiero evadirme de la historia de mi
país, que me ha limitado mucho. El oscuro, El trino del diablo (1975), El vuelo
del Tigre, son libros sobre los acontecimientos históricos, alguna vez
anticipándome, como en El trino del diablo.
"Cortázar decía: escribas lo que escribas nunca vas a dejar de ser argentino, ni
de escribir para tu país. Borges permaneció físicamente en la Argentina, pero
mentalmente nunca estuvo."
"Yo le decía a Julio: Mirá, después que dejé Córdoba y me fui a La Rioja, empecé
a atisbar esta entelequia que es América latina. Yo necesito a América latina:
necesito que exista, porque no soy ni italiano como mi abuelo, ni indio como mi
padre. Soy mezcla. Necesito mi identidad, no a nivel literario, la necesito como
persona. Le decía a Julio, me siento mucho más cerca de Rulfo que de vos o de
Borges. A Borges lo admiro y a vos te quiero, le decía a Julio. Rulfo me dice
más."
"Sabés que el Cacho (el escritor, Mario Paoletti) cuenta por ahí la historia de
cómo me reconcilié con mi suegro. Es graciosa, te hago la síntesis: mis suegros
son de origen piamontés y tuve que raptarla a Irma porque no me dejaban casar
con ella. Decían que yo no era nativo y que no tenía vacas. Nos fuimos a vivir a
La Rioja, pero al año nos reconciliamos, cuando nació nuestro hijo, Ricardo. A
mi suegro no le gustaba que yo fuera escritor, porque él vinculaba la literatura
con la bohemia y la pobreza. La cocina nuestra daba al oeste, y no sé por qué
entraban por ahí muchas moscas, un problema cuando había un niño en casa.
Entonces le dije al abuelo: vamos a convertir la puerta al patio en ventana, y
abrir una puerta al comedor. Mi suegro pensaba que eso nos iba a llevar mucho
tiempo. Le dije Lo hacemos hoy. Lo puse de peón... traiga esto... mezcle el
cemento. El piso no me gustaba, y le digo: vamos a estucar. No, dice, estucar es
difícil. Terminamos a las dos de la mañana. Al otro día venían amigos, poetas
riojanos, que todas las noches se reunían en casa. El suegro les dice: Mi yerno
es un escritor como ustedes pero no es inútil como ustedes. Mi yerno es un
escritor que sabe estucar un piso y poner un ladrillo."
"El día del golpe de 1976 yo estaba en Córdoba, intentando inscribirme en la
Facultad de Filosofía, porque se me había ocurrido estudiar. Cuando regresé a La
Rioja había controles como si fuera una ciudad ocupada. Llegué a casa... Me
dijeron que habían detenido a casi todos los intelectuales. Muchos eran del
diario El Independiente. Además estaba detenido Ramón Eloy López, un poeta, un
sacerdote, uno de los tres miembros del Partido Comunista, algunos de la JP y el
arquitecto que proyectó la cárcel. Lo metieron en la celda de castigo."
"Esa noche dormí en casa, sabía que me podían detener. Había sido amenazado por
la Triple A, y por LV14, la emisora local. Una locutora estaba leyendo un
capítulo por día de El trino del diablo y le dijeron que si seguía leyendo iban
a volar la radio. Me amenazaron a mí, recurrí al gobernador, Carlos Menem, y me
había puesto custodia policial en casa. Me levanté temprano, estaba preparando
mi ingreso a la Facultad con ese placer de entrar por primera vez a esas
disciplinas. Abrí un libro y vi que se detenía un auto: eran cuatro, tres
caminaron despacio hacia casa.
"Mi hija María Inés, de siete años, dormía, mi hijo Ricardo, que tenía catorce,
estaba levantado junto a dos hijos de una familia amiga, y estaba mi mujer. Me
apresuré a abrirles la puerta antes de que la derribaran. Era el 25. Pregunté si
me podía cambiar de ropa. Dijeron, Sí, pero pronto, y me acompañaron al
dormitorio. ¿Llevo documentos? No los va a necesitar, dijo uno. Eso me asustó.
Pero no tuve tiempo de tener miedo. Quedé incapaz de reaccionar porque eso era
insólito. Yo era periodista, además de escritor, trabajaba para Clarín, y músico
y plomero. Me llevaron de casa al cuartel, en silencio. Estaba cerca. Al cuartel
entré a los empujones. En un salón enorme estaba media La Rioja de pie, contra
la pared (no nos dejaban sentar), con un colchón al lado."
"Estuvimos desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde. Al mediodía
trajeron esa polenta asquerosa de las comisarías que nadie quiso comer. Nos
hicieron llenar una planilla, una tarjeta, donde teníamos que poner el nombre,
profesión e ideología. Nunca me había planteado qué ideología tenía. Pa’ colmo
no era ni católico. No sé qué disparate habré puesto. A las seis de la tarde nos
arrearon a un autobús..., unas cincuenta personas. Los vidrios estaban tapados
con papel pero a través del parabrisas del conductor yo veía la curva que
llevaba a la Cárcel Provincial. Nos metieron contra una pared blanca, separados
un metro de cada uno, y un hombre dijo: no miren la pared, miren fijo a la
arañita (eso lo puse en El vuelo del tigre), busquen una arañita que hay en la
pared, y no se miren ni hablen... ¡Las armas son muy celosas y se pueden escapar
los tiros! Hicieron ruidos de armas, de sacar los seguros. Había un silencio
terrible."
"Duró, no sé cuánto..., de golpe se oyó una carcajada de treinta personas, una
risa mecánica y fingida. Apareció un tipo y nos puso una cuchara, cosa que nunca
me explicaré por qué: una cuchara entre el cinturón y el pantalón a cada uno. Y
cuando terminaron de poner las cucharas, vino otro y las retiró, y largaron otra
carcajada. La cuchara significaría que nos iban a dar de comer. Y no nos daban
de comer." "Fuimos pasando uno por uno, nos preguntaron nombre y profesión, me
sacaron los cordones de los zapatos y el cinturón, y con el pantalón en la mano,
me empujaron con la culata del rifle. Subimos una escalera hasta una puerta, me
dieron un culatazo y me metieron dentro. ¡No entraba luz por ningún lado! Ahí
estuve ocho días en esa celda de castigo, y me daban la comida por un cuadradito
de quince por quince. A los ocho días, a otro calabozo. Tenía una ventanita y
podía ver el patio. Empecé a medir la hora por la sombra del sol. Un pajarito
venía todos los días a la misma hora, a la misma teja: lo conté en El vuelo del
tigre. Salía con el mismo rumbo todos los días y así quizá toda la Eternidad. Un
día viene un carcelero, que era oficial y riojano, y me dice Oiga, profesor
–debía ser pariente de algún alumno del Conservatorio–, quiero decirle que su
familia está bien."
"Me enteré de que mis libros los secuestraron de la librería Riojana y los
quemaron en el cuartel, junto con los de Cortázar y Neruda. Qué honor."
"Bajé siete kilos en doce días: hacía gimnasia a escondidas. Cuando me dijeron
que podía abandonar la provincia me fui a Buenos Aires, gestioné mi pasaporte,
volví a La Rioja y en una semana levanté mi casa. Volvimos todos a Buenos Aires
a esperar el barco. El 24 de mayo de 1976, tomamos el ‘Cristóforo Colombo’, y el
8 de junio comenzó el exilio en Barcelona."
"Como te contaba, decía Di Benedetto: el exilio no tiene regreso."
Fuente: Suplemento Radar, Página/12, 25/06/05
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La
transterrada historia de Daniel Moyano
Por Reina Roffé
Un 6 de septiembre de 1930, el general José Félix Uriburu derrocó al presidente
electo Hipólito Yrigoyen. Daniel Moyano estaba aún en el vientre de su madre. A
los 8 meses de gestación ya oía el ruido de los sables, contaba Moyano, que
nació exactamente un mes después, el 6 de octubre y en Buenos Aires, aunque fue
en Córdoba donde se formó intelectualmente. En 1959 se trasladó a la ciudad de
La Rioja, en el noroeste argentino, y allí ejerció el periodismo y se desempeñó
como profesor en el Conservatorio Provincial de Música, y violinista en el
Cuarteto de Cuerdas y Orquesta de Cámara de la citada institución.
Su madre era hija de italianos, nacida en Brasil; y su padre, argentino, con
gotas de sangre india y descendiente de españoles extremeños. "Soy un argentino
típico -afirmaba Moyano-, porque un argentino es esas mezclas".
De su infancia decía acordarse poco. Sin embargo, recordaba aquellos años en
Córdoba cuando trepaba un cerco con un chico que se llamaba Ernesto Guevara para
robar frutas del huerto de un señor español conocido con el nombre de don Manuel
de Falla.
Por entonces, quizá no sospechaba que ya no dejaría de oír el ruido de los
sables y que en 1976, hallándose en su casa de La Rioja templando el violín con
el que tantas veces se había ganado el favor del público y hasta el de "las
mulas melómanas de la cordillera", entrarían las fuerzas armadas para llevárselo
y encarcelarlo.
Cuando recuperó la libertad, se exilió en España. Pero su exilio comenzó antes.
Él mismo reconocía haberse criado en el exilio de su abuelo materno, que era
italiano. Y en otro, en el de su padre, un técnico en construcciones que se
había ido a trabajar a Buenos Aires en la época de Yrigoyen y que después del
golpe militar tuvo que regresar a Córdoba. Luego en uno más, elegido por propia
voluntad, que lo llevó con veinte años a radicarse en La Rioja, donde
precisamente escribió la novela Una luz muy lejana, intentando entender lo que
Córdoba había sido para él. Otras variaciones del exilio fueron los hogares de
diferentes tíos con los que vivió la infancia. Aunque estos exilios, decía
Daniel, son los que sufren todos los seres humanos y consisten en ir dejando
cosas y querencias.
De estos "viajes", el más perturbador para su vida y su obra fue, en efecto, el
de Argentina a España. Como su personaje Triclinio de la novela El trino del
diablo, Moyano siempre tenía la cabeza llena de sonidos. En Madrid, durante los
primeros siete años de su exilio, solía despertarse con melodías que tenían un
poder evocador tremendo. Contaba, con terror, que se levantaba de la cama con la
melodía del tango "Ladrillo" y la visión estremecedora del dictador Jorge Rafael
Videla.
En la Argentina había escrito y publicado siete libros de cuentos y tres
novelas. Con El oscuro, en 1967, había ganado el premio del concurso
internacional de novela "Primera Plana-Sudamericana", cuyo jurado lo integraron
Leopoldo Marechal, Augusto Roa Bastos y Gabriel García Márquez.
En España, y a pesar de una obra que lo sostenía como escritor, pasó muchos años
sin poder escribir, o mejor dicho, sólo podía narrar pesadillas, historias de
violencia. Decía que, en realidad, había perdido la fruición del lenguaje y las
palabras. Finalmente, aquella música que oía sin atreverse a tocar, vuelve y se
articula en forma de dos cuentos: "Tía Lila" y "María Violín".
A partir de aquí, Moyano retoma el tema del desarraigo y la marginación que son
la dominante de sus cuentos y de las tres novelas anteriores al exilio, pero
ahora con el agregado de una reflexión profunda sobre las condiciones en las que
se entretejen el lenguaje y el hombre transterrado y forzado a dar cuenta de dos
mundos a la vez.
Si el eje fundamental de Una luz muy lejana (1967), El oscuro (1968) y El trino
del diablo (1974) es la emigración o los exilios del habitante del interior, de
provincias pobres, de pueblos desposeídos hacia las grandes capitales, y si en
su primera novela se plantea el conflicto del extrañamiento ante un lugar que no
es el de pertenencia y que deja fuera de toda posibilidad de integración a los
protagonistas, en Libro de navíos y borrascas (1983) estos núcleos se erigen en
un exhaustivo análisis sobre el difícil o imposible proceso de inserción de los
seres humanos, y más concretamente del intelectual, en una sociedad represiva y
violenta que no sólo lo deja de lado sino que lo hace desaparecer, lo extingue o
lo silencia.
Sus últimos textos abordan muy específicamente los efectos que la
transterritorialidad tiene sobre la estética y los usos lingüísticos. Durante
los primeros años del exilio, Moyano señalaba que cada vez que debía nombrar una
palabra, no sabía cómo hacerlo, y es que resulta paradójico, por no decir
extraño, traducir oralmente del castellano al castellano, puesto que para
comunicarse uno debe hablar con el código del que escucha. Él lo resolvió
optando por una especie de bilingüismo. Decía: "A veces nombro de las dos
maneras la misma cosa".
Sin embargo, a la hora de escribir, el conflicto se agudizaba. Frente a las
opciones estéticas, Moyano soluciona el problema, por ejemplo, cuando en su
cuento "María Violín" debe nombrar una prenda interior femenina. Como las
palabras bombacha (en argentino) y braga (en español) son feas, las sustituye
por monocordio. Pero es en Tres golpes de timbal (1989) donde la búsqueda de
identidad presente en toda su obra, se transforma más que nada en una búsqueda
de identidad lingüística. Indefectiblemente, vuelve a la lengua aprendida en la
infancia, que es el dialecto personal de un escritor, pero modificada ahora por
el español peninsular que él adapta y reinventa.
El argumento es el mismo de Una luz muy lejana, aunque en Tres golpes de timbal
parece encontrar el núcleo vital que no está en su primera novela. Esta última
transcurre en un pueblo de marginados en la Cordillera de Los Andes. Hay un
exterminio, del exterminio se salva una mujer embarazada. El niño que nace,
cuando es adulto sale a recuperar un fundamento, algo anterior a la violencia y
a la muerte. Lo encuentra en una tumba donde hay una cajita de música. Encuentra
a su padre. El esquema formal de la novela es musical. El mismo Moyano reconocía
que tenía algo de las Variaciones Goldberg de Bach y es la variación 25 la que
trata de reproducir a través de la escritura. Toda la novela acusa recibo de las
mediaciones generadas por su exilio lingüístico, porque el personaje, como
Daniel, está encerrado con las palabras.
Cuando publicó Tres golpes de timbal en editorial Alfaguara, Daniel Moyano creyó
haberse liberado de lo que él llamaba la novela latinoamericana o de América
Latina como tema literario, y así lo registran algunas entrevistas publicadas en
aquel momento. Siempre que se refería a él como escritor decía que sus textos
reflejaban un sentimiento deliberadamente personal: "Así esté hablando de un
jabalí que va bajando por una montaña, lo tengo que hacer pasar por algo
interior mío, porque si no, no puedo sentirlo. Tengo que mojarlo con algo mío.
Siempre he pensado que las cosas y los seres humanos tienen armónicos, igual que
la música. Entonces ese jabalí tiene que tener un armónico mío".
Moyano, que se había nutrido de la realidad de todos los días, de la gente que
había conocido en la calle, en el trabajo, estaba profundamente marcado por la
historia de una Argentina que en 1930, año de su nacimiento, comienza su
descenso, su caída estrepitosa. Había vivido, se había criado en un país
provisional. "No puedo hablar ni escribir sobre Abelardo y Eloísa -decía-
mientras está ardiendo mi casa. Tengo que apagar el incendio antes. Yo no he
conocido la estabilidad, yo nací en un incendio permanente". Y agregaba que los
hechos le habían dado la razón, porque cuando creía que ya había estabilizado su
vida, había hecho su casa, tenía sus hijos y estaba escribiendo una obra,
vinieron los militares, lo sacaron de su casa con ametralladoras y lo metieron
en un calabozo. Después tuvo que exiliarse y empezar de nuevo. "Sigo -decía- en
el país provisional".
Después de Tres golpes de timbal, y para romper con lo que él denominaba la
"guitarra" latinoamericana, se propuso escribir una novela de amor. Creía que
como el cantor protagonista de Tres golpes... había encontrado a su padre,
cerraba así uno de los temas recurrentes de su obra, y mito de la literatura
latinoamericana: la búsqueda de identidad. Por lo tanto, se había quitado de
encima esta problemática y quedaba libre para emprender otras búsquedas. Pero
lamentablemente no tuvo tiempo de escribir la novela de amor. Tenía una cuenta
pendiente con su madre y así surgió otro texto de mitología familiar, Dónde
estás con tus ojos celestes (título tomado de la canción "La Pulpera de Santa
Lucía"). También quedaron inéditos un relato largo o novela corta, "El sudaca en
la Corte", y un libro de cuentos sobre memorias musicales.
Merece la pena detenerse un momento en lo que hay detrás de "El sudaca en la
Corte". El título no es casual, ya que Moyano se sentía como un sudaca en el
ámbito literario español. Tuvieron que pasar casi 10 años de exilio para que una
editorial española publicara El vuelo del tigre (Plaza & Janés, 1985) y para que
otra editara Libro de navíos y borrascas, sólo después de que sus anteriores
obras se tradujeran al inglés y al francés. Volvía a encontrarse con la
necesidad de ser reconocido fuera para no ser ignorado dentro. El binomio
provincia-capital argentina se llamaba ahora España-Francia. Moyano lo explicaba
sutilmente: "No hay tanta discriminación como indiferencia". Indiferencia que el
reconocimiento exterior le permitió mitigar hasta convertirse en ese sudaca
invitado a las recepciones del rey y homenajeado a título póstumo por la
televisión española.
Como muchos escritores que se exiliaron en España, Moyano se topó con un aparato
editorial que no buscaba obras sino campañas de marketing, donde el sujeto de la
literatura ya no era el lector sino el propio editor, a quien sólo se complace
con la búsqueda de la técnica que mejor se adapte a su montaje de ofertas,
premios y propaganda. Todo lo que salga de esta norma, no interesa.
Efectivamente, más que discriminación había indiferencia.
Daniel Moyano, criado y perseguido por el país provisional, también había
crecido en el miedo. Tal vez por eso no escribió la novela de amor. Quizá
todavía seguía apagando incendios. Decía: "En el fondo, le tengo miedo a la
vida. No en el sentido borgeano, quizá Borges le tenía miedo a la vida
biológica, a una mujer. Yo le tengo miedo a todo, al conjunto de la vida, donde
incluyo también a las mujeres. Y como le tengo miedo a todo, creo que nunca voy
a llegar a nada concreto. Pienso que nunca voy a poder realizar bien una obra
literaria porque llego hasta ahí nomás y allí me quedo, tengo miedo".
Los cuentos que constituyen una saga familiar, como "Para que no entre la
muerte", "Una partida de tenis", "La lombriz", "Mi tío sonreía en Navidad",
incluidos en los libros Artistas de variedades, El estuche del cocodrilo y La
lombriz, componen un universo narrativo donde la circulación de temas permite
leer y repensar en sus distintas versiones la relación entre los hombres, el
tiempo, su estado material y afectivo, su improbable transcurrir, y en los que
se condensan núcleos significativos que caracterizan su escritura por la
trascendencia que adquieren en ella los destinos individuales.
"Yo voy contando siempre -decía Moyano- la misma historia bajo distintas obras.
Los tíos no son una obsesión sino un intentar explicar muchas cosas que quedaron
sin final en mi pasado. Hace ya tiempo le pregunté a mi hermana si mi tío
Antonio, el más terrible de todos, no había hecho nunca nada normal. Me
respondió que siempre había sido cruel. Entonces me puse a escribir "La
lombriz", pero como no pude encontrarle nada bueno con este cuento, tuve que
inventarme "Mi tío sonreía en Navidad". Yo le hallé asidero a la creación
literaria ahí, buscándole un sentido a mi tío Antonio. Desde entonces creo que
he escrito, más que por un goce estético, por necesidad de saber algo más".
También en los cuentos de El fuego interrumpido como, por ejemplo, en "La
espera", vuelve a aparecer la vertiente social configurada por la marginación, y
la afectiva representada por el niño solo que espera a su padre y observa desde
su entorno periférico las luces de la ciudad que, por desplazamiento, simbolizan
la figura paterna. Figura que se reitera de manera siempre fragmentada en buena
parte de su obra y reaparece en un juego de espejos, confundidos padre y
carcelero, en uno de sus cuentos más perfectos y conmovedores escrito en el
exilio: "Desde los parques". Es el cuento que reúne todas las obsesiones de
Moyano y casi todos los temas que dan cuerpo y sustancia a su obra. De alguna
manera, es un compendio de sus preocupaciones fundamentales y estilísticas. En
él asoma otra vez la infancia como lugar utópico, como paraíso inalcanzable y
también como infierno.
Hay otra inflexión en su obra que apunta igualmente al concepto de marginalidad
y que está presente en aquellos relatos de línea kafkiana en los que se recrean
ambientes sociales asfixiantes, donde el individuo está sujeto a designios
externos a sí mismo y despojado del poder de decidir su propio destino.
Extrañamiento, incomunicación, precariedad, provisionalidad y sometimiento a un
"otro" o terror de encontrarse con ese otro también monstruoso, son constantes
sobre las que se construyen cuentos como "Nochebuena", "Una guitarra para
Julián" y "El rescate".
Tanto en sus relatos como en sus novelas, el realismo narrativo de Moyano se
desprende de la pretensión meramente testimonial o de la tendencia a reproducir
ámbitos y cosas que caracterizan al realismo tradicional para teñirse de un
registro alegórico. Como los grandes narradores, Moyano procede -como señala Roa
Bastos- "por excavación y no por acumulación, por la creación de atmósferas, de
cierto clima mental y espiritual, más que por el abigarrado tratamiento de la
anécdota".
Su escritura, que guarda prudencial distancia de los tópicos del relato clásico
regionalista como asimismo de las complejidades de las vanguardias, se
caracteriza por una sobriedad en cuanto a procedimientos formales que hacen de
su manera de contar todo un estilo. "Procuro que mis palabras -decía- se
sostengan en verdades auditivas o sonoras, iguales a las que soporta la música".
Ciertamente, sus verdades estructurales son contundentes como las de una
melodía, sus páginas casi pueden oírse y leerse como una partitura, un fragmento
musical de vida. En este sentido, no resulta caprichoso que Moyano dijera que
muchas veces se sentía en una pieza donde está todo eso que llaman literatura y
que él llamaba hacer un tratamiento con las palabras para entrar en la vida.
Sus abuelos italianos tenían en la Argentina un baúl con objetos de su Italia
lejana y recordada. Daniel también guardaba celosamente un baúl mitológico que
trasladó de La Rioja a Madrid y conservó hasta su último día, 1 de julio de
1992. Allí se condensaban, como en sus libros, los símbolos del paraíso perdido.
El país provisional y el miedo, más que impedimentos para crear, fueron, sin
duda, elementos decisivos que detonaron la indagación personal para la
construcción de una obra que llegó más allá de lo que el propio Moyano creía.
Porque ¿de qué otro lugar sino del miedo, o de qué otra cosa se puede escribir,
si no de viajes, crímenes y exilios?
Daniel Moyano sabía muy bien que de ciertos viajes no hay regreso. Él mismo
decía que Ovidio había demostrado literariamente que no se puede volver ni
siquiera volviendo, porque el exilio es irreversible. De estas razones secretas,
de estos fundamentos a veces descorazonadores, de la óptica del vencido,
precisamente, se nutren sus mejores páginas, que nos revelan el itinerario
creativo de una memoria excepcional para vencer el tiempo, los tiempos y el
olvido.
Fuente: www.literaturas.com
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Mi
tío sonreía en navidad
Qué pasa, decía siempre mi tío ante alguna situación que podía alterar el
transcurrir de aquellos días idénticos, y la respuesta, de mi tía o de alguno
de nosotros, era una serie de palabras fluctuantes que no aclaraban nada y más
bien parecían prolongar el hecho. Entonces él replicaba con un gesto de su cara,
generalmente oblicuo, como si con eso aceptase la irrupción de un nuevo suceso
en su vida resignada de antemano.
Las cosas que pasaban, relacionadas a veces con sus muchos hijos, rozaban
siempre la integridad física, procuraban alterar la vida, caían de las nubes,
reptaban en los zanjones, bordeaban la muerte en sus variadas correspondencias.
Y como las cosas nunca llegaban a ese extremo, él podía decir qué pasa, no como
pregunta, sino como resignación.
Siempre que despertaba de su breve siesta para volver a la fábrica de cemento
tenía que decir qué pasa. Cuando se adormilaba, después de comer, posando su
figura inclinada sobre una mesa punitoria, los niños se iban hacia la siesta de
los baldíos próximos, donde existían las caídas y las mutilaciones. De noche, en
cambio, cuando ellos dormían desparramados en la única cama, eran los propios
territorios de los baldíos los que acudían por sí mismos a los cuerpos de los
niños, en la súbita fiebre, en el paso acelerado de los más grandes procurando
auxilio en la noche para buscar ayuda ante hechos que arrancaban un nuevo qué
pasa a mi tío, de esos que nunca tuvieron respuesta o explicación. Porque
nosotros nunca entendimos ni supimos nada por aquellos años: para qué estaba la
fábrica, por qué había peleas al repartir la comida, por qué mi tía lloraba
encerrada en su pieza.
El fue siempre grande y viejo. Tomaba mate acostado, en la mañana oscura y en la
siesta, antes de que sonara la sirena de la fábrica. Sostenía el mate
penosamente; sus dedos, gordos de cemento y muy cuarteados, no le permitían
formar la curva necesaria para asirlo normalmente. Lo sostenía como se podría
sostener una lastimadura, si ello es posible. Después se iba a hombrear bolsas
en los patios hectáreas de la fábrica sin decir hasta luego ni hola al regresar,
siempre con esa mirada oblicua cuando trataba de entender las cosas y ese paso
inclinado cuando regresa-ba, siempre con la única expresión verbal monótona que
lo salvaba del silencio.
Sin embargo, hubo una variante, al menos en el tono de su voz, que una vez
observó mi tía. Fue cuando los doctores y las enfermeras le salvaron uno de los
hijos agitando guardapolvos y algodones blancos, jeringas transparentes, pares
de botellitas y automóviles que partían apurados. El no pudo ir al hospital
porque la sirena estaba por sonar, y esa tarde, cuando volvimos, nos preguntó
qué pasa de una manera distinta que no entendimos porque estábamos apurados,
pero mi tía dijo más tarde: ¿Vieron que el tío está cada día más ronco?
Ella parecía amarlo, aunque nunca mereciese una respuesta de él cuando le
preguntaba algo. Lo acompañaba to-das las mañanas hasta la puerta, y allí lo
esperaba cuando regresaba. Entonces él solía mirarla rápidamente mientras
ubicaba su cuerpo en el espacio de la puerta que ella dejaba libre para que
entrara. Entendí eso de la ronquera años después, cuando aumentó. Era el polvo
del cemento que tragaba en la fábrica, que le iba deformando la voz, y así
parecía que decía las palabras con una garganta al aire libre, como tomaba el
mate con las manos suicidantes..
El cuerpo se le fue yendo poco a poco en la fábrica, aunque no las partes
fundamentales. Finalmente la fábrica nos lo devolvió y él quedó caminando
todavía, aunque muy vulnerado. Caminaba inclinado en círculos interminables, en
el fondo de la casa, como si estuviese postrado. Y como entonces las cosas se
pusieron más ariscas para nosotros, él tuvo que repetir muchas veces su
expresión única indagatoria ante el ruido estéril de las tapas de las ollas
mecidas por el viento, la cesación del azúcar, la periodicidad de la leche,
antes cotidiana; también ante los en-cierros repentinos de mi tía en su pieza,
donde algún bicho dañino le picaba los ojos hasta abultárselos y crisparle las
manos, que se tomaban entre sí como queriendo decir algo. Hubo nuevos revuelos
de ropa tan blanca, automóviles furtivos y noches de mirarse las caras
levantados. Pero todo anduvo bien porque los años evidentemente pasaron, y con
ellos la imprescindibilidad de la leche y aun de mi propio tío, que tuvo que
entregar finalmente los órganos que le había dejado la fábrica.
Mi tía de noche teje para afuera, porque algunos de los chicos no crecieron
todavía lo suficiente. En esta ciudad, donde nunca hay viento, cualquier ruido
nocturno la altera. Las pocas veces que sopla una brisa refrescante ella alza
los ojos, me mira y pregunta: ¿qué pasa?
No respondo. Ella entonces vuelve a contarme, como si yo no lo supiera, cómo era
el tío. Era bueno, dice; y una vez sonrió, lo puedo asegurar. Era un día de
fiesta. Creo que Navidad. Ustedes dormían en el patio y nosotros estábamos
despiertos todavía, tomando clericó. El se puso a contarlos uno por uno,
señalándolos con un dedo, y dijo que después de todo estaban casi criados, que
después de todo estaban todos vivos. Yo le ví la cara. Fue una sonrisa muy
corta, pero una verdadera sonrisa. Y qué hermoso, Dios mío, parecía tu tío
aquella noche.
![]()
La
puerta
Cuando llegó a la casa de sus tíos lo único que tenía, además de la ropa que
tenía puesta y algunos libros viejos, era un cofre de madera tallado a mano, de
escaso valor real (diez o veinte pesos, según le habían dicho), pero de un
incalculable valor ritual para él porque ese cofre era lo único que conservaba
de una edad más dichosa.
Sus tíos eran muy pobres y tenían muchos hijos y lo había adoptado a él como si
verdadera-mente hubieran sido capaces de mantenerlo. La casa le pareció
inmediatamente un lugar de castigo. Sus primos, unos niños rubios y
blanquísimos, pero sucios y harapientos, lo miraron como un objeto extraño. Su
tío no era argentino pero hablaba bastante bien el idioma del país, salvo cundo
blasfemaba. Él entonces sólo tenía trece años y ahora contaba diecisiete, cuando
ya podía darse cuenta de que no estaba en el infierno. Los chicos que, cuando
llegó, lo miraban como un objeto extraño, eran ahora muchachos de trece y
catorce años; pero el infierno no se había movido ni los niños habían crecido
porque el clima primordial subsistía en el vientre de su tía, que dando a luz
todos los años se marchitaba como una esponja.
Nada había variado, pues, ni las blasfemias de su tío dichas en un dialecto
traído del otro lado del mar, pero que él entendía perfectamente y a través de
las cuales captaba la intensidad de la ira que las producía. Su tío poseía una
para cada grado de ira, y quizá tuviese otras en reserva, que jamás había dicho,
para ciertos instantes de horror y paroxismo. Ahora que tenía diecisiete y sabía
que estaba en el infierno, pensaba que el dios que insultaba su tío no era
quizás aquel dios de quien él poseía un vago recuerdo, sino, como el dialecto en
que era vulnerado, un dios traído del otro lado del mar o quizás nacido allí
mismo y acostumbrado al dolor y a la miseria. El infierno descubierto en la
infancia había crecido con él, se había multiplicado en el vientre de su tía.
En el barrio de la pequeña ciudad a él lo conocían todos por Capozzo, el
apellido de su tío, aunque él se llamase Peralta, salvo teresa, la muchacha de
la casa vecina, a quien miraba pasar como algo inalcanzable, blanca y altísima
bajo el pelo negro. Había hablado muy pocas veces con ella . ¿Cómo atreverse a
hablar con el ángel siendo un condenado? Muchas veces se había detenido para
mirar la puerta alta y dorada, tan inaccesible como la propia teresa, y el
hermoso bacón con flores, y justificaba que ella pasara las más de las veces sin
mirarlo y que sólo de vez en cuando lo llamara para preguntarle algo sin
importancia. Pero lo llamaba por su verdadero nombre y él sentía entonces que
ella lo rescataba, que lo sacaba del infierno, aunque por eso mismo se volviese
más inalcanzable. Él respondía solamente con las palabras justas que requería la
pregunta, y jamás se hubiera animado a pronunciar otras que no significasen masa
más que una respuesta estricta. Y vislumbraba, desde cualquier parte del
infierno que el amor y los afectos eran cosas muy puras, pero pertenecían a los
seres humanos, eran como un agua violada que se escondía en los ojos y en lo
alto de su cabello. Los hombres representaban mediocremente todo lo realmente
puro del mundo, lo adaptaban a sus almas entristecidas y sólo daban aspectos
mutilados de algo que sin duda era muy hermoso.
Las piezas que constituían la casa de los Capozzo daban todas a la calle, unidas
por una galería, de modo que un espectador podía desde la calle ver entrar y
salir a los demonios, de una habitación a la otra, a pesar de la enredadera que
cubría la verja de alambre tejido durante el verano. Dos cuartos, hacia la
derecha, servían de dormitorios a sus tíos y a los niños de sexo femenino; en el
otro dormían el resto de la familia, grandes y chicos en dos camas enormes
unidas como si fueran una sola. Él dormía en un cuarto más pequeño, donde
guardaban también el carbón y la leña. Sobre la cabecera de su cama, en una
repisa, estaba el cofre. Dentro del mismo guardaba algunas cartas, una ramita
seca que le había dado Teresa y un certificado de estudios donde constaba que
había aprobado el sexto grado de la escuela primaria, cosa que antes le había
parecido un triunfo suyo digno de ser admirado pero que los años había
menoscabado. Lo había guardado para mostrárselo a Teresa algún día, para que
supiera que él era o tenía algo, pero ahora se burlaba de esa deseo diciéndose
que ningún certificado le permitiría evadirse del infierno. En realidad lo
guardaba porque creía que el papel, en cierto modo, pertenecía a Teresa; y en
rigor tenía el mismo valor que la ramita seca, caída de las manos de Teresa en
un noche recordable, y que él recogió del suelo como si se tratase de un
hallazgo valioso.
Durante los ocios que seguían a sus changas ocasionales, dibujaba. Lo hacía
siempre. Cuando ganó el premio de dibujo en el concurso organizado por una
entidad de turismo y fue a recibirlo, ante tanta gente ,tuvo miedo. Vio que
todos aplaudían, pero no a él, a Peralta, que también podía ser otra cosa que un
maldito. Dijeron su nombre verdadero, pero ¿quién lo había oído? Quizás los que
lo oyeron pensaron que se trataba de un error. Teresa no estuvo allí y nunca se
entró probablemente, y decírselo ahora era como mostrarle el certificado que
estaba en el cofre. Ya nadie se acordaba del concurso.
Recordó que un día le había dado a un dibujo al hermano de Teresa, para que ella
lo viese. Nunca pudo saber si ella lo vio. El hermano le pidió más dibujos
durante mucho tiempo. Él trazaba paisajes y retratos procurando que de alguna
manera se relacionasen con ella. Trataba de contarle todo lo que padecía y su
esperanza de salvarse. Si Teresa los había visto, sin duda sabía muchas cosas de
él y así por lo menos podía compadecerlo.
En sus dibujos procuraba mostrar algunas cosas pero ocultaba otras. Las riñas
entre sus tíos, por ejemplo, sobre todo a la hora de comer. Comían y reñían en
la galería, sentados los que podían en la única mesa, que había que apoyar
contra la pared porque estaba muy desvencijada. Los que no cabían comían
sentados en el suelo, apoyados también contra la pared, cerca de la mesa. Él
prefería esta última posición para ocultarse a los ojos de los que pasaban por
la calle.
Pero en realidad no hubiera necesitado ocultarse, porque Teresa, cuando pasaba,
jamás miraba hacia la casa y parecía ignorarla totalmente. Era ya una mujer
adulta, aunque tuviese su misma edad, y parecía cada día más inalcanzable. Por
otra parte él había abandonado toda idea de salvación, cuya prefiguración era
Teresa, sentía piedad por la miseria que lo rodeaba y de la que él formaba parte
y pensaba que el infierno, en último término, era un lugar que los condenados
amaban y ocultaban pacientemente. Pensaba que nunca podría abandonar esa casa
porque lo mantenía allí una vocación de silencio y abandono, una fuerza tenaz
que él mismo alimentaba.
Cuando se suicidó la tía (una solución de cianuro que acabó con ella y con el
vástago que como siempre llevaba en el vientre), el infierno pareció florecer,
resplandecer en sus frutos para que todos, incluidos los indiferentes, pudiesen
verlo. Ahora un espectador podía ver desde la calle una gran actividad en la
casa, entrar y salir a los demonios de una pieza a la otra. Velaban a la tía en
la habitación de la derecha. A él le parecía falso el hecho de que algunos que
no fuesen ellos mismos estuvieran en la casa. Y advirtió que la gente no había
ido por piedad o por cortesía o por seguir las costumbres sino para acabar un
asombro. Se miraban entre ellos como entendiéndose secretamente, y luego
callaban y alzaban los ojos hacia las gesticulaciones y blasfemias del tío, que
se paseaba aparatosamente por toda la casa.
Cuando apareció Teresa él estaba en cuclillas cerca de la pared. La vio y tuvo
la sensación de que ella avanzaba y él retrocedía tratando de ocultar la miseria
en la que vivía. Ella lo arrinconaba contra los muros grasientos, y sus ojos,
extendiéndose, veían los aspectos más repugnantes de su vida. Y aunque él
hubiese querido tapar la casa entera con su cuerpo con su cuerpo, incluso el
ataúd y la gente que había venido, habría sido imposible porque los ojos de
Teresa estaba hechos para verlo todo y cubrían con sus globos ariscos hasta los
últimos confines de la casa.
"Lo siento mucho", dijo ella, entrando en la habitación en donde velaban a su
tía, y él sintió que Teresa estaba viniendo para acabar con una lucha donde él
había sido vencido.
No respondió. Hubiera querido decir que la muerte de su tía no significaban nada
para él, que como todo lo demás en aquel ámbito carecía de sentido; pero sintió
que no era sólo la miseria lo que tenía que ocultar, no sólo el biombo sucio que
lo separaba del carbón y de la leña, sino todo lo que Teresa ya no vería jamás,
lo que había pasado ya y el hábito del infierno. Y quién sabe hasta qué punto la
suya era una visita formal, por tratarse de una muerte (de lo contrario nunca
hubiese ido a su casa), quién sabe hasta qué punto había venido para eso o para
saber cómo vivía él, el hombre que se había atrevido a amarla, no porque se
tratara de ella, que era una simple circunstancia, sino a amar a alguien.
Imposible, pues, ocultar nada, aunque dispusiera de un enorme biombo que
cubriera toda la casa.
Pensó en el cofre labrado, no entrevisto por Teresa, fue hasta su cuarto y se
echo en el catre. ¡Cuánto daría para que ella no hubiese entrado, para que no
hubiese visto! Uno de los niños llegó entonces y le dijo que Teresa lo llamaba.
En realidad eso creyó él, porque lo único que dijo el niño fue Teresa está aquí
y se fue inmediatamente. Él antes de ver sintió la presencia de ella asomando la
cabeza y parte del cuerpo por encima del biombo. Levantarse, mirar el cofre y
caminar luego con ella por la galería era finalmente un solo acto inconsciente
que nunca podría reconstruir. Dijo palabras tontas, ridículas, que sólo tenían
sentido para él o para la Teresa que imaginaba, algo así como se equivocó de
cuarto, el muerto está aquí, sintiendo que se arrepentía de decirlas mientras
estaba diciéndolo.
Cundo Teresa se fue, él sintió que no la había perdido a ella sino al ángel que
había descendido desde su cabello. Él en cambio era lo absurdo, o en todo caso
un demonio que cualquiera podía ver desde la calle, abriendo puertas, saliendo
de un cuarto para entrar a otro sin poder ocultarse nunca totalmente.
Pero después de todo la frase que le había dicho a ella no era tan ridícula,
porque cuando se fueron todos los visitantes, que eran también como unos
demonios acusadores, sintió que él también había muerto. La única diferencia
entre la muerte de su tía y la suya era que él podía todavía palpar los muros
envejecidos y oír bajo sus pies el crujido de los pisos de madera gastada.
Teresa sabía todo de antemano y había ido para demostrárselo y advertirle que
era infantil pensar en ella. Su vida había terminado allí, y un demonio como él
no podía ir a ninguna parte, porque le costaba mucho demostrar que no lo era.
Podía irse, sin duda, pero antes tenía que pensar en el modo de hacerlo para la
suya no fuese una simple partida sino una fuga. Los demonios lo dejarían ir
tranquilamente, hasta festejarían su ocurrencia , pero él quería fugarse, ser un
elemento extraño a ellos que por fin se evade y consigue la libertad.
En ese dilema estaba cuando un día oyó los gemidos. No les prestó atención, pero
cuando advirtió que eran gritos de Teresa que venían desde su casa corrió
velozmente y se detuvo ante la puerta, alta y dorada, hecha para que sólo teresa
entrase por ella. Los gritos habían cesado. Era mejor volverse. Además, creía
que no debía cruzar esa puerta, ese paraíso que perdería para siempre. Los grito
volvieron ahora, más fuertes que antes. Tomó el picaporte: la puerta estaba con
llave. Entonces arrojó varias veces su cuerpo contra ella, oyendo que los gritos
crecían adentro. En ese instante hubiera querido estar encerrado en un lugar
oscuro y desde allí oír los gritos de Teresa, pero no derribar aquella puerta,
penetrar hacia un fondo del misterioso y ausente. Los tres niños lo habían
seguido hasta allí y lo miraban. Les ordenó que se fueran, pero ellos fingieron
no oírlo. Al fin la puerta cedió y una hoja cayó entre un estrépito de vidrios
rotos. Miro y quedó inmóvil. Vio cuartos inmundos, enormes patios vacíos,
separados por pequeñas balaustradas, llenos de basura. Corrió hacia adentro,
hacia los gritos, alzó los ojos y vio un cielo distinto, pesante. Al llegar al
último patio vio a Teresa con un impecable vestido blanco apenas manchado,
peleando con su padre, borracho y su madre, una especie de bruja que nunca había
visto, sentada en un sillón de paralíticos. Teresa, armada con un palo, hirió a
su padre en la frente y éste cayó. Sin poder deshacerse todavía de sus primos,
que lo seguían, acudió. Teresa lo miró entonces y con una voz extraña,
prostituida, le dijo que ayudase, que no se quedara parado como un imbécil. Él
fue hasta el grifo, bajo la mirada oblícuala de la vieja, mojó su pañuelo y se
inclinó a lavar al herido.
Mientras lavaba la frente sangrienta que él advirtió súbitamente normal,
pareciéndole falsa en cambio la que estaba acostumbrado a oírle. Ella lo miraba
sin ningún temor y él bajaba los ojos sin atreverse a enfrentar su mirada, como
si fuese él quien había mentido y fingido. Recordó que muchas veces, cuando era
chico, el hermano de Teresa lo había invitado a entrar. Él era, pues, el único
culpable. Ella jamás le había ocultado nada. Teresa seguía hablando
familiarmente, como si ya fuesen marido y mujer. Miró a un costado y vio que
varios de sus primos se familiarizaban con la casa e invadían todos los
rincones. Les ordenó volverse. "¿Por qué? Ellos vienen siempre", dijo Teresa. De
la frente del herido ya no manaba sangre, pero el hombre seguía inconsciente,
quizás por el alcohol que había ingerido. Entonces él alzó los ojo y miró a
Teresa y, farfullando algo, empezó a sonreír.
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Hombre
junto al muelle
Mar bastante gris, la mañana fría apenas amaneciendo, del hombre solo en el
muelle se veían apenas las manos sosteniendo la caña de pescar y apenas bocetado
su perfil como borrado por aires marinos. También apenas unos metros de hilo y
el resto sumergido en un aire brumoso, imposible divisar la boya en el oleaje
donde la mirada ausente del hombre de perfil quizás estuviese alzada hacia un
improbable más allá buscando un horizonte de peces.
Hombre, muelle y mar, todos solos, se habrían fijado así para siempre si el
viento no hubiera movido de vez en cuando los extremos de su abrigo. El hombre
quieto no parecía tener siquiera pensamientos por dentro, tallado en su propia
carne junto al mar intallable. Reposaba en su postura como un resto que el otro
oleaje de la ciudad hubiese depositado junto al mar, inutilizado ya por las
oficinas y los ascensores, los relojes y los recuerdos.
La ciudad le había dejado intacta una parte apta de su pensamiento, orientado
hacia un solo camino que terminaba en la boya. Si pican, podré sentir el hilo
tenso y comenzar a girar el carrete. Me gustan los peces pesados, me gusta
sentir un peso del otro lado del hilo antes que el sol se levante y lleguen los
turistas.
Otro hombre apareció por un extremo del muelle. Lindo mar, pensaba, acá uno se
siente realmente libre. Me gusta el mar, alguien con quien conversar y sentir el
frío del alba en las orejas.
El hombre de perfil atisbó al otro, que se había parado a su lado, justo cuando
parecía que había picado algo. Si me quedo quieto sin mover un dedo, quizás no
me hable, no me pregunte nada, no me recuerde nada. En todo caso puedo fingir
que soy mudo y hacerle algunas señas, levantar el dedo pulgar para indicarle una
primera imposibilidad grande de hablar, y luego con el índice apoyado en la
palma de la otra mano decirle algo incomprensible que lo desaliente.
Curioso, no quiere hablar, mira como si estuviese odiando el mar, tan hermoso, y
si le digo lindo día será ridículo, si le pregunto si pican me odiará. Soy del
norte, le digo, de una provincia montañosa, nunca había visto el mar, me gusta
la gente también; entonces seguro él me dice caramba y lo lamento mucho, pero él
¿no ve que estoy pescando?
Si me muevo un milímetro seguro me va a decir algo. Si fuera dueño del mar lo
echaría de aquí, parece que algo está picando, mejor muevo la caña, aunque eso
lo animará a hablar, puede preguntarme si pican, Dios mío, cuántas palabras
estoy usando. Si giro de golpe y lo empujo se lo lleva el oleaje, un golpe y
nada más, pero qué manera de pensar, qué bajo estás llegando, qué manera de
pasar las vacaciones.
El hombre de perfil enrolló rítmicamente el hilo, se alzó la boya y en la punta
del anzuelo apareció un cangrejo chico, cuando lo tuvo en su mano lo sacó
cuidadosamente para no lastimarlo demasiado con el anzuelo, después lo tiró al
mar. Puso otra carnada y arrojó el anzuelo esperando resignado que el otro
empezase a hablar. La claridad del sol invisible todavía volvió un poco más
humano el perfil del pescador.
No ha dicho una sola palabra desde que picó el cangrejo hasta que lo tiré. Eso
está bien. Pero ya hablará. Debe tener una voz horrible. El año pasado fue lo
mismo, un imbécil me preguntó por qué pescaba y luego tiraba los pescados. Como
si uno pudiera andar llevando pescados en la mano para que le pregunten a uno
todavía adónde los pescó. Aquél era un cretino, lo recuerdo, este otro tiene en
cambio una cara de infeliz, una cara de descendiente de esos espantosos indios
del norte.
El hombre de pie se acercó más al pescador y se puso a mirar la boya. Buenos
días amigo, dijo después arrepintiéndose, y cuando vio que el otro no le
contestaba metió las manos en los bolsillos y siguió mirando la boya.
Tendría que haberle contestado caramba, y decirle enseguida que se fuera. Habla
cantando y cansado. Quién sabe de dónde es, con esa cara de noticias policiales.
Si me dice lindo día le voy a contestar duro, juro que le voy a decir algo.
Seguro que me va a decir entonces que es la primera vez que ve el mar. ¿Sabe?,
dice el muy miserable, es la primera vez que veo el mar. Entonces le digo ahora
lo tiene todo para usted solo para que no me pregunte qué pesco y por qué tiro
los pescados. O capaz que me pregunta ¿pican?, y entonces le contesto, esta vez
sí le contesto, le digo que qué le parece a él y si no tiene algo menos estúpido
para decir. O mejor lo insulto directamente o le tapo la boca con el primer
pescado que saque, le froto la boca con las escamas del pescado. Cómo me
gustaría retorcerle las orejas en el momento en que me pregunte si soy de Buenos
Aires, pero seguro me va a preguntar por qué tiro los pescados al mar. Dígame
una cosa, le digo mirándolo de frente, ¿puedo o no puedo pescar? Él me dice que
sí, naturalmente (odio esa palabra), por qué no voy a poder pescar, entonces yo
le digo que eso estoy haciendo, estúpido le digo, ¿ya no se puede salir a pescar
en este país? Capaz que entonces me dice que una prueba de que se puede pescar
es que precisamente eso estoy haciendo, pero entonces le digo para qué diablos
pregunta lo que está viendo, y él entonces sonríe, no tiene otra cosa que
responder y por eso se ríe, y entonces me larga de golpe la pregunta por qué
tiro los pescados al agua.
La boya se hundió varias veces y el pescador, después de gozar la tensión del
hilo y sentir por él el peso vivo en sus manos, comenzó a enrollar el carrete
sintiendo que era feliz. Debajo del rojo vivo de la boya un pez del tamaño de un
gato giraba en el aire buscando su propia turgencia hecha de escamas blancas y
gotas de agua verdosa que volvían al océano, luego inició el camino ascendente
hacia las manos del pescador. Este lo sacó cuidadosamente del anzuelo para no
lastimarle la boca. Le hablaba al pez en voz baja, como para que el hombre que
estaba a su lado no pudiese oírlo. Lamento tener que lastimarle la boca,
pescadito, pero esto es necesario, ¿eh? No, eso es imposible porque usted es un
pez y yo, en cambio, soy un hombre, especialmente del otro lado del anzuelo.
¿Puede ver la diferencia? Vamos, no tantos coletazos, eso hará que se le agoten
más pronto las reservas. ¿Sabe lo que hago yo con pescados como usted? ¿No lo
sabe? Esto. Y que no lo vuelva a ver por mi anzuelo.
El pez vibró unos instantes en el aire y cayó al agua. El hombre preparó otra
vez la carnada, arrojó el anzuelo y siguió mirando la boya, con la mente
bastante en blanco, satisfecho, son-riente, casi feliz.
El otro hombre también miraba la boya. Es curioso que tire los pescados al agua.
El cangrejo, vaya y pase; pero éste era un hermoso pescado. Me gusta el mar, me
gusta ver un hombre pescando en la orilla. Nunca había visto un hombre tirando
los pescados al agua. Él debe ser muy feliz con eso. Me gustaría hablar con él,
preguntarle por ejemplo por qué lo hace, pero más bien parece sordo o está muy
nervioso. Debe ser de esas personas que les gusta estar a solas.
¿Y ahora qué me va a preguntar? ¿No tengo derecho a sacar un pescado y tirarlo
al agua? ¿Ni siguiera eso está permitido en este país? Pasado mañana vuelvo a la
ciudad, ¿entiende? Me quedan dos días para pescar, y después tendré que volver a
resolver problemas. Porque yo tengo problemas, ¿no es así? Entonces él me dice
que lo sor-prende que yo saque pescados para tirarlos, y yo dejo la caña en el
suelo y me paro frente a él y lo sacudo para poner de una vez las cosas en su
lugar. Entendámonos de una vez, le digo. ¿Con qué derecho me pregunta por qué
los tiro al agua? Porque acá no se trata del derecho que tengo para hacerlo sino
del derecho que no tiene usted para preguntarlo. ¿Para qué quiere romperme el
juego? ¿No se da cuenta de que si le contesto algo se me rompe el juego? Me
costó años aprenderlo, con él me salvé del aburrimiento, porque lo único que
puede hacer uno cuando no tiene que resolver problemas es aburrirse. Yo no me
aburro, ¿entiende? Soy feliz, ¿lo sabía? Completamente feliz. Entonces él me
atormenta con los pero, aunque, sin embargo, y entonces ya no habrá paz, no me
podré controlar, vendrá la desesperación y me pondré a llorar, cómo sé eso, y él
para colmo me tendrá lástima, me rebajará hasta su lástima, me palmeará el
hombro con sus inmundas manos diciéndome que no es para tanto, y ya no podré
volver en la mañana húmeda y sola, solo, todo el mar para mí antes del sol y los
turistas, sus pelotas, sus sombreros, sus radios y sus perros.
Se le habían turbado los ojos en lágrimas, no veía la boya medio hundida por un
enorme pez prendido, no sentía su peso, y cuando giró el perfil para buscar la
insoportable piedad del hombre, éste había desaparecido, aunque se veía todavía
una parte de su abrigo oscuro en la otra punta del muelle.
(1989)
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