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Eduardo Galeano
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Recordatorio
del exceso imperial contra los pueblos |
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Las venas abiertas de América
Latina
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Recordatorio del exceso imperial
contra los pueblos
Las venas abiertas de América Latina, ensayo periodístico del escritor uruguayo
Eduardo Galeano, contiene crónicas y narraciones que dan pruebas del constante
saqueo de recursos naturales que sufrió el continente latinoamericano a lo largo
de su historia a manos de naciones colonialistas, del siglo XV al siglo XIX, e
imperialistas, del siglo XX en adelante.
El libro presenta la historia de América en forma cronológica mediante relatos
cortos, da cuenta de los excesos que cometieron los colonizadores contra los
pueblos originarios y del saqueo al que fueron sometidos los territorios que en
el presente conforman Latinoamérica y el Caribe.
Se publicó en el año 1971, a comienzos de una década plagada de enfrentamientos
políticos e ideológicos en la región.
De acuerdo con el portal web Wikipedia, el autor aseguró más de una vez que no
se arrepiente en nada de lo que escribió en este libro que algunos coterráneos
han llegado a llamar “la Biblia Latinoamericana”.
Muchos afirman que esta obra marcó la época en la que se escribió, causando
honda huella en los sectores juveniles y adquiriendo rápida popularidad.
Fue prohibido en Uruguay y en Chile durante la dictadura de Augusto Pinochet.
El prólogo de las últimas versiones [a partir de
1997] ha sido escrito por Isabel Allende, escritora y dramaturga chilena, y
desde entonces se ha convertido en uno de los clásicos de la literatura política
del continente.
Eduardo Hughes Galeano nació en Montevideo, Uruguay, el 3 de septiembre de 1940.
Es periodista, escritor y una de las personalidades más destacadas de la
literatura latinoamericana.
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Sus libros han sido traducidos a varios idiomas y
trascienden géneros ortodoxos, combinando documental, ficción, periodismo,
análisis político e historia.
Galeano niega ser un historiador: “Soy un escritor que quisiera contribuir al
rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo de América
Latina, tierra despreciada y entrañable”, dice de sí mismo, y se clasifica como
un periodista que estudia la globalización y sus efectos.
Si bien Las venas abiertas de América Latina es su obra más conocida, por ser un
acta de acusación de la explotación de en la región por poderes extranjeros a
partir del siglo XV, su extensa bibliografía y minuciosa investigación ha
permitido al autor plasmar crudamente la problemática sociológica, económica y
política de América Latina.
Memoria del fuego, obra ampliamente aclamada por los críticos, es un relato de
la historia de América dividido en tres tomos.
Sus personajes son figuras históricas, generales, artistas, revolucionarios,
obreros, conquistadores y conquistados, quienes son presentados en episodios
breves que reflejan, a su vez, la historia colonial del continente. Comienza por
los mitos de creación precolombinos y culmina en la década de 1980.
Ha sido galardonado con el premio Casa de las Américas en dos ocasiones: en
1975, con la novela La canción de nosotros; y en 1978, con Días y noches de amor
y de guerra, de género testimonial. Su último libro, Espejos, ha sido aclamado
por la crítica y los lectores.
En la V Cumbre de las Américas, el presidente de la República Bolivariana de
Venezuela, Hugo Chávez Frías, le obsequió a su par de Estados Unidos, Barack
Obama, Las venas abiertas de América Latina, convirtiéndolo así, en las últimas
24 horas, en uno de los primeros libros en la lista de ventas por Internet.
Agencia Bolivariana de Noricias, 19/04/09
Primera parte: La
pobreza del hombre como resultado de la riqueza de la tierra
Fiebre del oro, fiebre de la plata:
narra de forma sucinta toda la fiebre del oro y de la plata, desde la llegada de
Cristóbal Colón hasta que estos metales se agotaron o perdieron su valor.
El Rey azúcar y otros monarcas agrícolas: el capítulo más extenso del libro.
En él se habla sobre las usurpaciones de los recursos en distintas regiones a lo
largo de los años en manos de las grandes potencias (como son el caso del azúcar
en Cuba, el caucho en Brasil, la banana en Ecuador y Colombia, etc.).
Las fuentes subterráneas del poder: capítulo dedicado a las riquezas mineras y
las atrocidades cometidas en su nombre.
Segunda parte: El desarrollo es un viaje con más náufragos que navegantes
Historia de la muerte temprana: reseña histórica de América Latina y sus
vaivenes.
La estructura contemporánea del despojo: en contraste con el capítulo anterior,
éste trata cómo continúa el saqueo por vías más indirectas pero no menos
efectivas, mediante un sistema colonial opresor hacia adentro y oprimido desde
fuera.
LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA
Historia Inmediata
“... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez ...”
(Proclama insurrecional de la Junta Tuitiva en la ciudad de La Paz, 16 de
julio de 1809).
INTRODUCCIÓN: CIENTO VEINTE MILLONES DE NIÑOS EN EL CENTRO DE LA TORMENTA
La división internacional del trabajo consiste en que unos países se
especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy
llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos
tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y
le hundieron los dientes en la garganta. Pasaron los siglos y América Latina
perfeccionó sus funciones. Este ya no es el reino de las maravillas donde la
realidad derrota a la fábula y la imaginación era humillada por los trofeos de
la conquista, los yacimientos de oro y las montañas de plata. Pero la región
sigue trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio de las
necesidades ajenas, como fuente de reservas del petróleo y el hierro, el cobre y
la carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino
a los países ricos que ganan consumiéndolos, mucho más de lo que América Latina
gana produciéndolos. Son mucho más altos los impuestos que cobran los
compradores que los precios que reciben los vendedores; y al fin y al cabo, como
declaró en julio de 1968 Covey T. Oliver, coordinador de la Alianza para el
progreso, “hablar de precios justos en la actualidad es un concepto medieval.
Estamos en plena época de la libre comercialización...”
Cuanta más libertad se otorga a los negocios, más cárceles se hace necesario
construir para quienes padecen los negocios.
Nuestros sistemas de inquisidores y verdugos no sólo funcionan para el mercado
externo dominante; proporcionan también caudalosos manantiales de ganancias que
fluyen de los empréstitos y las inversiones extranjeras en los mercados internos
dominados. “Se ha oído hablar de concesiones hechas por América latina al
capital extranjero, pero no de las concesiones hechas por los Estados Unidos al
capital de otros países ... es que nosotros no damos concesiones”, advertía,
allá por 1913, el presidente norteamericano Woodrow Wilson.
Él estaba seguro: “Un país –decía- es poseído y dominado por el capital que en
él se haya invertido”. Y tenía razón. Por el camino hasta perdimos el derecho de
llamarnos americanos, aunque los haitianos y los cubanos ya habían asomado a la
historia, como pueblos nuevos, un siglo antes que los peregrinos del Mayflower
se establecieran en las costas de Plymouth. Ahora América es, para el mundo,
nada más que los Estados Unidos: nosotros habitamos, a lo sumo, una sub América,
una América de segunda clase, de nebulosa identificación.
Es América Latina, la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento
hasta nuestros días, todo se ha trasmutado siempre en capital europeo o, más
tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos
centros de poder. Todo: la tierra, sus frutos y sus profundidades ricas en
minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y de consumo, los recursos
naturales y los recursos humanos. El modo de producción y la estructura de
clases de cada lugar han sido sucesivamente determinados, desde fuera, por su
incorporación al engranaje universal del capitalismo. A cada cual se le ha
asignado una función, siempre en beneficio del desarrollo de la metrópoli
extranjera de turno, y se ha hecho infinita la cadena de las dependencias
sucesivas, que tiene mucho más de dos eslabones, y que por cierto también
comprende, dentro de América Latina, la opresión de los países pequeños por sus
vecinos mayores y, fronteras adentro de cada país, la explotación que las
grandes ciudades y los puertos ejercen sobre sus fuentes internas de víveres y
mano de obra. (Hace cuatro siglos, ya habían nacido dieciséis de las veinte
ciudades latinoamericanas más pobladas de la actualidad).
Para quienes conciben la historia como una competencia, el atraso y la miseria
de América Latina no son otra cosa que el resultado de su fracaso. Perdimos;
otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros
perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha
dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial. Nuestra derrota
estuvo siempre implícita en la victoria ajena; nuestra riqueza ha generado
siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad de otros: los imperios y
sus caporales nativos. En la alquimia colonial y neocolonial, el oro se
transfigura en chatarra, y los alimentos se convirtieron en veneno.
Potosí, Zacatecas y Oruro Preto cayeron en picada desde la cumbre de los
esplendores de los metales preciosos al profundo agujero de los socavones
vacíos, y la ruina fue el destino de la pampa chilena del salitre y de la selva
amazónica del caucho; el nordeste azucarero de Brasil, los bosques argentinos
del quebracho o ciertos pueblos petroleros del lago Maracaibo tienen dolorosas
razones para creer en la mortalidad de las fortunas que la naturaleza otorga y
el imperialismo usurpa. La lluvia que irriga a los centros del poder
imperialista ahoga los vastos suburbios del sistema. Del mismo modo, y
simétricamente, el bienestar de nuestras clases dominantes –dominantes hacia
dentro, dominadas desde fuera- es la maldición de nuestras multitudes condenadas
a una vida d bestias de carga.
La brecha se extiende. Hacia mediados del siglo anterior, el nivel de vida de
los países ricos del mundo excedía en un cincuenta por ciento el nivel de los
países pobres. El desarrollo desarrolla la desigualdad: Richard Nixon anunció,
en abril de 1969, en discurso ante la OEA, que a fines del siglo veinte el
ingreso per capita en Estados Unidos sería quince veces más alto que el ingreso
en América Latina. La fuerza del conjunto del sistema imperialista descansa en
la necesaria desigualdad de las partes que lo forman, y esa desigualdad asume
magnitudes cada vez más dramáticas. Los países opresores se hacen cada vez más
ricos en términos absolutos, pero mucho más en términos relativos, por el
dinamismo de la disparidad creciente. El capitalismo central puede darse el lujo
de crear y creer sus propios mitos de opulencia, pero los mitos nos se comen, y
bien lo saben los países pobres que constituyen el basto capitalismo periférico.
El ingreso promedio de un ciudadano norteamericano es siete veces mayor que el
de un latinoamericano y aumenta a un ritmo diez veces más intenso. Y los
promedios engañan, por los insondables abismos que se abren, al sur del río
Bravo, entre los muchos pobres y los pocos ricos de la región. En la cúspide, en
efecto, seis millones de latinoamericanos acaparan, según las Naciones Unidas,
el mismo ingreso que ciento cuarenta millones de personas ubicadas en la base de
la pirámide social. Hay sesenta millones de campesinos cuya fortuna asciende a
veinticinco centavos de dólar por día; en el otro extremo los proxenetas de la
desdicha se dan el lujo de acumular cinco millones de dólares en sus cuentas
privadas de Suiza o Estados Unidos, y derrochan en la ostentación y el lujo
estéril ofensa y desafío y en las inversión total, los capitales que América
Latina podría destinar a la reposición, ampliación y creación de fuentes de
producción y trabajo.
Incorporadas desde siempre a la constelación del poder imperialista, nuestras
clases dominantes no tienen el menor interés en averiguar si el patriotismo
podría resultar más rentable que la traición o si la mendicidad es la única
forma posible de la política internacional. Se hipoteca la soberanía porque “no
hay otro camino”; las coartadas de la oligarquía confunden interesadamente la
impotencia de una clase social con el presunto vacío de destino de cada nación.
Josué de Castro declara: “Yo, que he recibido un premio internacional de la paz,
pienso que, infelizmente, no hay otra solución que la violencia para América
Latina”.
Ciento veinte millones de niños se agitan en el centro de esta tormenta. La
población de América latina crece como ninguna otra; en medio siglo se triplicó
con creces. Cada minuto muere un niño de enfermedad o hambre, pero en el año
2000 habrá seiscientos cincuenta millones de latinoamericanos, y la mitad tendrá
menos de quince años de edad: una bomba de tiempo.
Entre los doscientos ochenta millones de latinoamericanos que hay, a fines de
1970, cincuenta millones de desocupados o sub ocupados y cerca de cien millones
de analfabetos; la mitad de los latinoamericanos vive apiñados en viviendas
insalubres. Los tres mayores mercados de América Latina Argentina, Brasil y
México no alcanzan a igualar, sumados, la capacidad de consumo de Francia o de
Alemania occidental, aunque la población reunida de nuestros tres grandes excede
largamente a la de cualquier país europeo. América Latina produce hoy día, en
relación con la población, menos alimentos que antes de la última guerra
mundial, y sus exportaciones per capita han disminuido tres veces, a precios
constantes, desde la víspera de la crisis de 1929. El sistema es muy racional
desde el punto de vista de sus dueños extranjeros y de nuestra burguesía de
comisionistas, que ha vendido el alma al Diablo a un precio que hubiera
avergonzado a Fausto. Pero el sistema es tan irracional para todos los demás que
cuanto más se desarrolla más agudiza sus desequilibrios y sus tensiones, sus
contradicciones ardientes. Hasta la industrialización, dependiente y tardía, que
cómodamente coexiste con el latifundio y las estructuras de la desigualdad,
contribuye a sembrar la desocupación en vez de ayudar a resolverla.
Se extiende la pobreza y se concentra la riqueza en esta región que cuenta con
inmensas legiones de brazos caídos que se multiplican sin descanso. Nuevas
fábricas se instalan en los polos privilegiados de desarrollo -Sao Paulo, Buenos
Aires, la ciudad de México- pero menos mano de obra se necesita cada vez. El
sistema no ha previsto esta pequeña molestia: lo que sobra es gente. Y la gente
se reproduce. Se hace el amor con entusiasmo y sin precauciones. Cada vez queda
más gente a la vera del camino, sin trabajo en el campo, donde el latifundio
reina con sus gigantescos eriales, y sin trabajo en la ciudad, donde reinan las
máquinas: el sistema vomita hombres. Las misiones norteamericanas esterilizan
masivamente mujeres y siembran píldoras, diafragmas, espirales, preservativos y
almanaques marcados, pero cosechan niños; porfiadamente, los niños
latinoamericanos continúan naciendo, reivindicando su derecho natural a obtener
un sitio bajo el sol en estas tierras espléndidas que podrían brindar a todos lo
que a casi todos niegan.
A principios de noviembre de 1968, Richard Nixon comprobó en voz alta que la
Alianza para el Progreso había cumplido siete años de vida y, sin embargo, se
habían agravado la desnutrición y la escasez de alimentos en América Latina.
Pocos meses antes, en abril, George W. Ball escribía en Life: «Por lo menos
durante las próximas décadas, el descontento de las naciones más pobres no
significará una amenaza de destrucción del mundo. Por vergonzoso que sea, el
mundo ha vivido, durante generaciones, dos tercios pobre y un tercio rico. Por
injusto que sea, es limitado el poder de los países pobres». Ball había
encabezado la delegación de los Estados Unidos a la Primera Conferencia de
Comercio y Desarrollo en Ginebra, y había votado contra nueve de los doce
principios generales aprobados por la conferencia con el fin de aliviar las
desventajas de los países subdesarrollados en el comercio internacional.
Son secretas las matanzas de la miseria en América Latina; cada año estallan,
silenciosamente, sin estrépito alguno, tres bombas de Hiroshima sobre estos
pueblos que tienen la costumbre de sufrir con los dientes apretados.
Esta violencia sistemática, no aparente pero real, va en aumento: sus crímenes
no se difunden en la crónica roja, sino en las estadísticas de la FAO. Ball dice
que la impunidad es todavía posible, porque los pobres no pueden desencadenar la
guerra mundial, pero el Imperio se preocupa: incapaz de multiplicar los panes,
hace lo posible por suprimir a los comensales.
«Combata la pobreza, ¡mate a un mendigo!», garabateó un maestro del humor negro
sobre un muro de la ciudad de La Paz. ¿Qué se proponen los herederos de Malthus
sino matar a todos los próximos mendigos antes de que nazcan? Robert McNamara,
el presidente del Banco Mundial que había sido presidente de la Ford y
Secretario de Defensa, afirma que la explosión demográfica constituye el mayor
obstáculo para el progreso de América Latina y anuncia que el Banco Mundial
otorgará prioridad, en sus préstamos, a los países que apliquen planes para el
control de la natalidad. McNamara comprueba con lástima que los cerebros de los
pobres piensan un veinticinco por ciento menos, y los tecnócratas del Banco
Mundial (que ya nacieron) hacen zumbar las computadoras y generan
complicadísimos trabalenguas sobre las ventajas de no nacer: «Si un país en
desarrollo que tiene una renta media per capita de 150 a 200 dólares anuales
logra reducir su fertilidad en un 50 por ciento en un período de 25 años, al
cabo de 30 años su renta per capita será superior por lo menos en un 40 por
ciento al nivel que hubiera alcanzado de lo contrario, y dos veces más elevada
al cabo de 60 años», asegura uno de los documentos del organismo. Se ha hecho
célebre la frase de Lyndon Johnson: «Cinco dólares invertidos contra el
crecimiento de la población son más eficaces que den dólares invertidos en el
crecimiento económico». Dwight Eisenhower pronosticó que si los habitantes de la
tierra seguían multiplicándose al mismo ritmo no sólo se agudizaría el peligro
de la revolución, sino que además se produciría «una degradación del nivel de
vida de todos los pueblos, el nuestro inclusive».
Los Estados Unidos no sufren, fronteras adentro, el problema de la explosión de
la natalidad, pero se preocupan como nadie por difundir e imponer, en los cuatro
puntos cardinales, la planificación familiar. No sólo el gobierno; también
Rockefeller y la Fundación Ford padecen pesadillas con millones de niños que
avanzan, como langostas, desde los horizontes del Tercer Mundo. Platón y
Aristóteles se habían ocupado del tema antes que Malthus y McNamara; sin
embargo, en nuestros tiempos, toda esta ofensiva universal cumple una función
bien definida: se propone justificar la muy desigual distribución de la renta
entre los países y entre las clases sociales, convencer a los pobres de que la
pobreza es el resultado de los hijos que no se evitan y poner un dique al avance
de la furia de las masas en movimiento y rebelión.
Los dispositivos intrauterinos compiten con las bombas y la metralla, en el
sudeste asiático, en el esfuerzo por detener el crecimiento de la población de
Vietnam. En América Latina resulta más higiénico y eficaz matar a los
guerrilleros en los úteros que en las sierras o en las calles. Diversas misiones
norteamericanas han esterilizado a millares de mujeres en la Amazonía, pese a
que ésta es la zona habitable más desierta del planeta. En la mayor parte de los
países latinoamericanos, la gente no sobra: falta. Brasil tiene 38 veces menos
habitantes por kilómetro cuadrado que Bélgica; Paraguay, 49 veces menos que
Inglaterra; Perú, 32 veces menos que Japón. Haití y El Salvador, hormigueros
humanos de América Latina, tienen una densidad de población menor que la de
Italia. Los pretextos invocados ofenden la inteligencia; las intenciones reales
encienden la indignación. Al fin y al cabo, no menos de la mitad de los
territorios de Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay y Venezuela está
habitada por nadie. Ninguna población latinoamericana crece menos que la del
Uruguay, país de viejos, y sin embargo ninguna otra nación ha sido tan
castigada, en los años recientes, por una crisis que parece arrastrarla al
último círculo de los infiernos. Uruguay está vacío y sus praderas fértiles
podrían dar de comer a una población infinitamente mayor que la que hoy padece,
sobre su suelo, tantas penurias. Hace más de un siglo, un canciller de Guatemala
había sentenciado proféticamente:
«Sería curioso que del seno mismo de los Estados Unidos, de donde nos viene el
mal, naciese también el remedio». Muerta y enterrada la Alianza para el
Progreso, el Imperio propone ahora, con más pánico que generosidad, resolver los
problemas de América Latina eliminando de antemano a los latinoamericanos.
En Washington tienen ya motivos para sospechar que los pueblos pobres no
prefieren ser pobres. Pero no se puede querer el fin sin querer los medios:
quienes niegan la liberación de América Latina, niegan también nuestro único
renacimiento posible, y de paso absuelven a las estructuras en vigencia.
Los jóvenes se multiplican, se levantan, escuchan: ¿qué les ofrece la voz del
sistema? El sistema habla un lenguaje surrealista: propone evitar los
nacimientos en estas tierras vacías; opina que faltan capitales en países donde
los capitales sobran pero se desperdician; denomina ayuda a la ortopedia
deformante de los empréstitos y al drenaje de riquezas que las inversiones
extranjeras provocan; convoca a los latifundistas a realizar la reforma agraria
y a la oligarquía a poner en práctica la justicia social. La lucha de clases no
existe -se decreta- más que por culpa de los agentes foráneos que la encienden,
pero en cambio existen las clases sociales, y a la opresión de unas por otras se
la denomina el estilo occidental de vida. Las expediciones criminales de los
marines tienen por objeto restablecer el orden y la paz social, y las dictaduras
adictas a Washington fundan en las cárceles el estado de derecho y prohíben las
huelgas y aniquilan los sindicatos para proteger la libertad de trabajo.
¿Tenemos todo prohibido, salvo cruzarnos de brazos? La pobreza no está escrita
en los astros; el subdesarrollo no es el fruto de un oscuro designio de Dios.
Corren años de revolución, tiempos de redención. Las clases dominantes ponen las
barbas en remojo, y a la vez anuncian el infierno para todos. En cierto modo, la
derecha tiene razón cuando se identifica a sí misma con la tranquilidad y el
orden, es el orden, en efecto, de la cotidiana humillación de las mayorías, pero
orden al fin: la tranquilidad de que la injusticia siga siendo injusta y el
hambre hambrienta. Si el futuro se transforma en una caja de sorpresas, el
conservador grita, con toda razón: «Me han traicionado». Y los ideólogos de la
impotencia, los esclavos que se miran a sí mismos con los ojos del amo, no
demoran en hacer escuchar sus clamores. El águila de bronce del Maine, derribada
el día de la victoria de la revolución cubana, yace ahora abandonada, con las
alas rotas, bajo un portal del barrio viejo de La Habana. Desde Cuba en
adelante, también otros países han iniciado por distintas vías y con distintos
medios la experiencia del cambio: la perpetuación del actual orden de cosas es
la perpetuación del crimen.
Los fantasmas de todas las revoluciones estranguladas o traicionadas a lo largo
de la torturada historia latinoamericana se asoman en las nuevas experiencias,
así como los tiempos presentes habían sido presentidos y engendrados por las
contradicciones del pasado. La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia
atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será.
Por eso en este libro, que quiere ofrecer una historia del saqueo y a la vez
contar cómo funcionan los mecanismos actuales del despojo, aparecen los
conquistadores en las carabelas y, cerca, los tecnócratas en los jets, Hernán
Cortés y los infantes de marina, los corregidores del reino y las misiones del
Fondo Monetario Internacional, los dividendos de los traficantes de esclavos y
las ganancias de la General Motors. También los héroes derrotados y las
revoluciones de nuestros días, las infamias y las esperanzas muertas y
resurrectas: los sacrificios fecundos. Cuando Alexander von Humboldt investigó
las costumbres de los antiguos habitantes indígenas de la meseta de Bogotá, supo
que los indios llamaban quihica a las víctimas de las ceremonias rituales.
Quihica significaba puerta: la muerte de cada elegido abría un nuevo ciclo de
ciento ochenta y cinco lunas.
PRIMERA PARTE
LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA FIEBRE DEL ORO
FIEBRE DEL ORO, FIEBRE DE LA PLATA:
El signo de la cruz en las empuñaduras de las espadas
Cuando Cristóbal Colón se lanzó a atravesar los grandes espacios vacíos al oeste
de la Ecúmene, había aceptado el desafío de las leyendas.
Tempestades horribles jugarían con sus naves, como si fueran cáscara de nuez, y
las arrojarían a las bocas de los monstruos; la gran serpiente de los mares
tenebrosos, hambrienta de carne humana, estaría la acecho. Solo faltaban mil
años para que los fuegos purificadores del Juicio Final arrasaran el mundo,
según creían los hombre del siglo XV, y el mundo era entonces el mar
Mediterráneo con sus costas de ambigua proyección hacia el África y Oriente. Los
navegantes portugueses aseguraban que el viento del oeste traería cadáveres
extraños y a veces arrastraba leños curiosamente tallados, pero nadie sospechaba
que el mundo sería, asombrosamente multiplicado.
América no solo carecía de nombre. Los noruegos no sabían que la habían
descubierto hacía largo tiempo, y el propio Colón murió, después de sus viajes,
todavía convencido de que había llegado al Asia por la espalda. En 1492, cuando
la bota española se clavó por primera vez en las arenas de las Bahamas, el
Almirante creyó que estas islas eran una avanzada de Japón. Colón llevaba
consigo un ejemplar de libro de Marco Polo, cubierto de anotaciones en los
márgenes de las páginas. Los habitantes de Cipango decía Marco Polo, «poseen oro
en enorme abundancia y las minas donde lo encuentran no se agotan jamás...
También hay en esta isla de perlas del más puro gran tamaño y sobrepasan en
valor a las perlas blancas». La riqueza de Cipango había llegado a oídos del
Gran Khan Kublai, había despertado en su pecho el deseo de conquistarla: él
había fracasado. De las fulgurantes páginas de Marco Polo se echaban al vuelo
islas en el mar de la India con montañas de oro y perlas, y doce clases de
especias en cantidades inmensas, además de la pimienta blanca y negra.
La pimienta, el jengibre, el clavo de olor, la nuez moscada y la canela eran tan
codiciados como la sal para conservar la carne en invierno sin que se pudriera y
ni perdiera sabor. Los Reyes Católicos de España decidieron financiar la
aventura del acceso directo a las fuentes, para liberarse de la onerosa cadena
de intermediarios y revendedores que acaparaban el comercio de las especias y
las plantas tropicales, las muselinas y las armas blancas que provenían de las
misteriosas regiones del oriente. El afán de metales preciosos, medio pago para
el tráfico comercial, impulsó también la travesía de los mares malditos. Europa
entera necesitaba plata; ya casi estaban exhaustos los filones de Bohemia,
Sajonia y Tiro.
España vivía el tiempo de la reconquista. 1492 fue el año del descubrimiento de
América, el nuevo mundo nacido de aquella equivocación de consecuencias
grandiosas. Fue también el año de la recuperación de Granada, Fernando de Aragón
e Isabel de Castilla, que habían superado con su matrimonio el desgarramiento de
sus dominios, abatieron a comienzos de 1492 el último reducto de la religión
musulmana en el suelo español. Había costado casi ocho siglos recobrar lo que se
había perdido en siete años, y la guerra de reconquista había agotado el tesoro
real. Pero esta era una guerra santa, la guerra cristiana contra el Islam, y no
es casual, además, que en ese mismo año, 1492, ciento cincuenta mil judíos
declarados fueron expulsados del país.
España adquiría realidad como nación alzando espadas cuyas empuñaduras dibujaban
el signo de la cruz. La reina Isabel se hizo madrina de la Santa Inquisición. La
hazaña del descubrimiento de América no podría explicarse sin la tradición
militar de guerra de cruzadas que imperaba en la Castilla medieval, y la Iglesia
no se hizo rogar para dar carácter sagrado a las conquistas de las tierras
incógnitas del otro lado del mar. El papa Alejandro VI, que era valenciano,
convirtió a la reina Isabel en dueña y señora del Nuevo Mundo. La expansión del
reino de Castilla ampliaba el reino de Dios sobre la tierra.
Tres años después del descubrimiento, Cristóbal Colón dirigió en persona la
campaña militar contra los indígenas de la Dominicana. Un puñado de caballeros,
doscientos infantes y unos cuantos perros especialmente adiestrados para el
ataque diezmaron a los indios. Más de quinientos, enviados de España, fueron
vendidos como esclavos en Sevilla y murieron miserablemente. Pero algunos
teólogos protestaron y la esclavización de los indios fue formalmente prohibida
al nacer el siglo XVI. En realidad, no fue prohibida sino bendita: antes de cada
entrada militar, los capitanes de conquista debían leer a los indios, ante
escribano público, un extenso y retórico Requerimiento que los exhortaba a
convertirse a la santa fe católica: «Si no lo hiciereis, o en ello dilación
maliciosa pusiereis, certificados que con la ayuda de Dios yo entraré
poderosamente contra vosotros y vos haré guerra por todas las partes y manera
que yo pudiere, y os sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia y de Su
Majestad y tomaré vuestras mujeres e hijos y los haré esclavos, y como tales los
venderé y dispondré de ellos como Su Majestad mandare, y os tomaré vuestros
bienes y os haré todos los males y daños que pudiere...» (Daniel Vidart,
ideología y realidad de América, Montevideo, 1968).
América era el vasto imperio del Diablo, de redención imposible o dudosa, pero
la fanática misión contra la herejía de los nativos se confundía con la fiebre
que desataba, en las huestes de las conquistas, el brillo de los tesoros del
Nuevo Mundo, Bernal Díaz del Castillo, fiel compañero de Hernán Cortés en la
conquista de México, escribe que han llegado a América «por servir a Dios y a Su
Majestad y también por haber riquezas».
Colón quedó deslumbrado, cuando alcanzó el atolón de San Salvador, por la
colorida transparencia del Caribe, el paisaje verde, la dulzura y la limpieza
del aire, los pájaros espléndidos y los mancebos «de buena estatura, gente muy
hermosa» y « harto mansa» que allí habitaba. Regaló a los indígenas « unos
bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras
cosas muchas de poco valor con que hubieron mucho placer y quedaron tanto
nuestros que era maravilla». Les mostró las espadas. Ellos no las conocían, las
tomaban por el filo, se cortaban. Mientras tanto, cuenta el Almirante en su
diario de navegación, «yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y
vide que algunos de ellos traían un pedazuelo colgando en un agujero que tenían
a la nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo a la isla por
el Sur, que estaba allí un Rey que tenía grandes vasos ello, y tenía muy mucho».
Porque «del oro se hace tesoros, y con él quien lo tiene hace cuanto quiere en
el mundo y llega a que echa las ánimas al Paraíso». En su tercer viaje Colón
seguía creyendo que andaba por el mar de la China cuando entro en las costas de
Venezuela; ello no le impidió informar que desde allí se extendía una tierra
infinita que subía hacia el Paraíso Terrenal. También Américo Vespucio,
explorador del litoral de Brasil mientras nacía el siglo XVI, relataría a
Lorenzo de Médicis: «Los árboles son de tanta belleza y tanta blandura que nos
sentíamos estar en el Paraíso Terrenal... » . con despecho escribía Colón a los
reyes, desde Jamaica, en 1503: « cuando yo descubrí las indias, dije que eran el
mayor señorío rico que hay en el mundo. Yo dije del oro, las perlas, piedra
preciosas, especierías... »
Una sola bolsa de pimienta valía, en el medioevo, más que la vida de un hombre,
pero el oro y la plata eran las llaves que el Renacimiento empleaba para abrir
las puertas del paraíso en el cielo y las puertas del mercantilismo capitalista
en la tierra. La epopeya de los españoles y los portugueses en América combinó
la propagación de la fe cristiana con la usurpación y el saqueo de las riquezas
nativas. El poder europeo se extendía para abrazar el mundo. Las tierras
vírgenes, densas de selvas y de peligros, encendían la codicia de los capitanes,
los hidalgos caballeros y los soldados en harapos lanzados a la conquista de los
espectaculares botines de guerra: creían en la gloria, «el sol de los muertos»,
y en la audacia. «A los osados ayuda tortura», decía Cortés. El propio Cortés
había hipotecado todos sus bienes personales para equipar la expedición a
México. Salvo contadas excepciones como fue el caso de Colón o Magallanes, las
aventuras no eran costeadas por el Estado, sino por los conquistadores mismos, o
por los mercaderes y banqueros que los financiaban.
Nació el mito de El dorado, el monarca bañado en oro que los indígenas
inventaron para alejar a los intrusos: desde Gonzalo Pizarro hasta Walter
Raleigh, muchos lo persiguieron en vano por las selvas y las aguas del Amazonas
y el Orinoco.
El espejismo del «cerco que manaba plata» se hizo realidad en 1545, con el
descubrimiento de Potosí, pero antes habían muerto vencidos por el hambre y por
la enfermedad o atravesados a flechazos por los indígenas, muchos de los
expedicionarios que intentaron, infructuosamente, dar alcance al manantial de la
plata remontando el río Paraná.
Había, sí, oro y plata en grandes cantidades, acumulados en la meseta de México
y en el altiplano andino. Hernán Cortés reveló para España, en 1519, la fabulosa
magnitud del tesoro azteca de Moctezuma, y quinde años después llegó a Sevilla
el gigantesco rescate, un aposento lleno de oro y dos de plata, que Francisco
Pizarro hizo pagar al inca Atahualpa antes de estrangularlo. Años antes, con el
oro arrancado de las Antillas había pagado la Corona de servicios de los marinos
que habían acompañado a Colón en su primer viaje.
Finalmente, la población de las islas del Caribe dejó de pagar tributos, porque
desapareció: los indígenas fueron completamente exterminados en los lavaderos de
oro, en la terrible tarea de revolver las arenas auríferas con el cuerpo a
medias sumergido en el agua, o roturando los campos hasta más allá de la
extenuación, con la espada doblada sobre los pesados instrumentos de labranza
traídos desde España. Muchos indígenas de la Dominicana se anticipaban al
destino impuesto por sus nuevos opresores blancos: mataban a sus hijos y se
suicidaban en masa. El cronista oficial Fernández de Oviedo interpretaba así, a
mediados del siglo XVI, el holocausto de los antillanos: muchos de ellos, por su
pasatiempo, se mataron con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron por sus
manos propias» .
Retornaban los dioses con las armas secretas
A su paso por Tenerife, durante su primer viaje, había presenciado Colón una
formidable erupción volcánica. Fue como un presagio de todo lo que vendría
después en las inmensas tierras nuevas que iban a interrumpir la ruta occidental
hacia el Asia. América estaba allí, adivinaba desde sus costas infinitas; la
conquista se extendió, en oleadas, como una marea furiosa. Los adelantados
sucedían a los almirantes y las tripulaciones se convertían en huestes
invasoras. Las bulas del Papa habían hecho apostólica concesión de África a la
corona de Portugal, y a la corona de Castilla habían otorgado las tierras
«desconocidas como las hasta aquí descubiertas por vuestros enviados y las que
se han de descubrir en lo futuro...». América había sido donada a la reina
Isabel. En 1508, una nueva bula concedió a la corona española, a perpetuidad,
todos los diezmos recaudados en América: el codiciado patronato universal sobre
la Iglesia del Nuevo Mundo incluía el derecho de presentación real de todos los
beneficios eclesiásticos.
El Tratado de Tardecillas, suscrito en 1494, permitió a Portugal ocupar
territorios americanos más allá de la línea divisoria trazada por el Papa, y en
1530 Martín Alfonso de Souza fundó las primeras poblaciones portuguesas en
Brasil, expulsando a los franceses. Ya para entonces los españoles, atravesando
selvas infernales y desiertos infinitos, habían avanzado mucho en el proceso de
la exploración y la conquista. En 1513, el Pacífico resplandecía ante los ojos
de Vasco Núñez de Balboa; en el otoño de 1522, retornaban a España los
sobrevivientes de la expedición de Hernando de Magallanes que habían unido por
primera vez ambos océanos y habían verificado que el mundo era redondo al darle
la vuelta completa; tres años antes habían partido de la isla de Cuba, en
dirección a México, las diez naves de Hernán Cortés, y en 1523 Pedro de Alvarado
se lanzó a la conquista de Centroamérica: Francisco Pizarro entró triunfante en
el Cuzco, en 1533, apoderándose del corazón del imperio de los incas; en 1540,
Pedro de Valdivia atravesaba el desierto de Atacama y fundaba Santiago de Chile.
Los conquistadores penetraban en el Chaco y revelaban el Nuevo Mundo desde el
Perú hasta las bocas del río más caudaloso del planeta.
Había de todo entre los indígenas de América: astrónomos y caníbales, ingenieros
y salvajes de la Edad de Piedra. Pero ninguna de las culturas nativas conocía el
hierro ni el arado, ni el vidrio ni la pólvora, ni empleaba la rueda. La
civilización que se abatió sobre estas tierras desde el otro lado del mar vivía
la explosión creadora del Renacimiento: América aparecía como una invención más,
incorporada junto con la pólvora, la imprenta, el papel y la brújula al bullente
nacimiento de la Edad Moderna. El desnivel de desarrollo de ambos mundos explica
en gran medida la relativa facilidad con que sucumbieron las civilizaciones
nativas. Hernán Cortés desembarcó en Veracruz acompañado por no más de cien
marineros y 508 soldados, traía 15 caballos, 32 ballestas, diez cañones de
bronce y algunos arcabuces, mosquetes y pistolones. Y sin embargo, la capital de
los aztecas, Tenochtitlán, era por entonces cinco veces mayor que Madrid y
duplicaba la población de Sevilla, la mayor de las ciudades españolas, Francisco
Pizarro entró en Cajamarca con 180 soldados y 37 caballos.
Los indígenas fueron, al principio, derrotados por el asombro. El emperador
Moctezuma recibió, en su palacio, las primeras noticias: un cerro grande andaba
moviéndose por el mar. Otros mensajeros llegaron después: «... mucho espanto les
causó el oír cómo estalla el cañón, cómo retumba el estrépito, y cómo se desmaya
uno; se le aturden a uno los oídos. Y cuando cae el tiro, una como bola de
piedra sale de sus entrañas: va lloviendo fuego... ». Moctezuma creyó que era el
dios Quetzalcóatl quien volvía. Ocho presagios habían anunciado, poco antes su
retorno. Los cazadores le habían traído un ave que tenía en la cabeza una
diadema redonda con la forma de un espejo, donde se reflejaba el cielo con el
sol hacia el poniente. En ese espejo Moctezuma vio marchar sobre México los
escuadrones de los guerreros. El dios Quetzalcóalt había venido por el este y
por el este se había ido: era blanco y barbudo. También blanco y barbudo era
Huiracocha, el dios bisexual de los incas. Y al oriente era la cuna de los
antepasados heroicos de los mayas.
Los dioses vengativos que ahora regresaban para saldar cuentas con sus pueblos
traían armaduras y cotas de malla, lustrosos caparazones que devolvían los
dardos y las piedras; sus armas despedían rayos mortíferos y oscurecían la
atmósfera con humos irrespirables. Los conquistadores practicaban también, con
habilidad política, la técnica de la traición y la intriga. Supieron explotar,
por ejemplo, el rencor de los pueblos sometidos al dominio imperial de los
aztecas y las divisiones que desgarraban el poder de los incas. Los tlaxcaltecas
fueron aliados de Cortés, y Pizarro usó en su provecho la guerra entre los
herederos del imperio incaico, Huáscar y Atahualpa, los hermanos enemigos. Los
conquistadores ganaron cómplices entre las castas dominantes intermedias,
sacerdotes, funcionarios, militares, una vez abatidas por el crimen, las
jefaturas indígenas más altas.
Pero además usaron otras armas o, si se prefiere, otros factores trabajaron
objetivamente por la victoria de los invasores. Los caballos y las bacterias,
por ejemplo.
Los caballos habían sido, como los camellos, originarios de América, pero se
habían extinguido en estas tierras. Introducidas en Europa por los jinetes
árabes, habían prestado en el Viejo Mundo una inmensa utilidad militar y
económica.
Cuando reaparecieron en América a través de la conquista, contribuyeron a dar
fuerzas mágicas a los invasores ante los ojos atónitos de los indígenas. Según
una versión, cuando el inca Atahualpa vio llegar a los primeros soldados
españoles, montados en briosos caballos ornamentados con cascabeles y penachos,
que corrían desencadenando truenos y polvaredas con sus cascos veloces, se cayó
de espaldas. El cacique Tecum, al frente de los herederos de los mayas,
descabezó con su lanza el caballo de Pedro de Alvarado, convencido de que
formaba parte del conquistador: Alvarado se levantó y lo mató. Contados
caballos, cubiertos con arreos de guerra, dispersaban las masas indígenas y
sembraban el terror y la muerte. «Los curas y misioneros esparcieron entre la
fantasía vernácula», durante el proceso colonizador, «que los caballos eran de
origen sagrado, ya que Santiago, el Patrón de España, montaba en un potro
blanco, que había ganado valiosas batallas contra los moros y judíos, con ayuda
de la Divina providencia».
Las bacterias y los virus fueron los aliados más eficaces. Los europeos traían
consigo, como plagas bíblicas, la viruela y el tétanos, varias enfermedades
pulmonares, intestinales y venéreas, el tracoma, el tifus, la lepra, la fiebre
amarilla, las caries que pudrían las bocas. La viruela fue la primera en
aparecer. ¿No sería un castigo sobrenatural aquella epidemia desconocida y
repugnante que encendía la fiebre y descomponía las carnes?
«Ya se fueron a meter en Tlaxcala. Entonces se difundió la epidemia: tos, granos
ardientes, que queman, dice un testimonio indígena, y otro: “A muchos dio la
muerte la pegajosa, apelmazada, dura enfermedad de granos”. Los indios morían
como moscas; sus organismos no oponían defensas ante las enfermedades nuevas. Y
los que sobrevivían quedaban debilitados e inútiles. El antropólogo brasileño
Darcy Ribeiro estima que más de la mitad de la población aborigen de América,
Australia y las islas oceánicas murió contaminada luego del primer contacto con
los hombres blancos.
«Como unos puercos hambrientos ansían el oro»
A tiros de arcabuz, golpes de espada y soplos de peste avanzaban los implacables
y escasos conquistadores de América. Lo cuentan las voces de los vencidos.
Después de la matanza de Cholula, Moctezuma envía nuevos emisarios al encuentro
de Hernán Cortés, quien avanza rumbo al valle de México.
Los enviados regalan a los españoles collares de oro y banderas de plumas de
quetzal. Los españoles «estaban deleitándose.
Como si fueran monos levantaban el oro, como que se sentaban en ademán de gusto,
como que se les renovaba y se les iluminaba el corazón.
Como que cierto que es que eso que anhelan con gran sed. Se les ensancha el
cuerpo por eso, tienen hambre furiosa de eso. Como unos puercos hambrientos
ansían el oro», dice el texto náhuatl preservado preservado en el Código
Florentino. Más adelante, cuando Cortés llega a Tenochtitlán, la espléndida
capital azteca, los españoles entran en la casa del tesoro, «y luego hicieron
una gran bola de oro, y dieron fuego, encendieron, prendieron llama a todo los
que restaba, por valioso que fuera: con lo cual todo ardió. Y en cuanto al oro,
los españoles lo redujeron a barras...».
Hubo guerra, y finalmente Cortés, que había perdido Tenochtitlán, lo reconquistó
en 1521. « ya no teníamos escudos, ya no teníamos macanas, y nada teníamos que
comer, ya nada comimos». La ciudad, devastada, incendiada, y cubierta de
cadáveres, cayó. « toda la noche llovió sobre nosotros».
La horca y el tormento no fueron suficientes: los tesoros arrebatados no
colmaban nunca las exigencias de la imaginación, y durante largos años excavaron
los españoles el fondo del lago de México en busca de oro y los objetos
preciosos presuntamente escondidos por los indios.
Antes de la batalla decisiva, y «vístose los indios atormentados más, que allí
les tenían mucho oro, plata. Diamantes y esmeraldas que les tenían los capitanes
Nehaib Ixquin, Nehaib hecho águila y león. Y luego se dieron a los españoles y
se quedaron con ellos...».
Antes de que Francisco Pizarro degollara al inca Atahualpa, le arrancó un
rescate en «andas de oro y plata que pesaba más de veinte mil marcos de plata,
fina, un millón y trescientos veintiséis mil escudos de oro finísimo...».
después se lanzó sobre el Cuzco. Sus soldados creían que estaban entrando en la
ciudad de los Césares, tan deslumbrante era la capital del imperio incaica, pero
no demoraron en salir del estupor y se pusieron a saquear el Templo del Sol:
«Forcejeando, luchando entre ellos, cada cual procurando llevarse del tesoro la
parte del león, los soldados, con otra de malla, pisoteaban joyas e imágenes,
golpeaban los utensilios de oro o les daban martillazos para reducirlos a un
formato más fácil y manuable... Arrojaban al crisol, para convertir el metal en
barras, todo el tesoro del templo: las plantas habían cubierto los muros, los
asombrosos árboles forjados, pájaros y otros objetos del jardín».
Hoy día, en el Zócalo, la inmensa plaza desnuda del centro de la capital de
México, la catedral católica se alza sobre las ruinas del templo más importante
de Tenochtitlán, y el palacio de gobierno está emplazado sobre la residencia de
Cuauhtémoc, el jefe azteca ahorcado por Cortés. Tenochtitlán fue arrasada. El
Cuzco corrió, en el Perú, suerte semejante, pero los conquistadores no pudieron
abatir del todo sus muros gigantescos y hoy puede verse, la piedra de los
edificios coloniales, el testimonio de piedra de la colosal arquitectura
incaica.
Esplendores del Potosí: EL CICLO DE LA PLATA.
Dicen que hasta las herraduras de los caballos eran de plata en la época del
auge de la ciudad de Potosí. De plata eran los altares de las iglesias y las
alas de los querubines en las procesiones: en 1658, para la celebración de
Hábeas Christi, las calles de la ciudad fueron desempedradas, desde la matriz
hasta la iglesia de Recoletos, totalmente cubiertas con barras de plata. En
Potosí la plata levantó templos y palacios, monasterios y garitos, ofreció
motivo a la tragedia y a la fiesta, derramó la sangre y el vino, encendió la
codicia y desató el despilfarro y la aventura. La espada y la cruz marchaban
juntas en la conquista y en el despojo colonial. Para arrancar la plata de
América, se dieron cita en Potosí los capitanes y los ascetas, los caballeros de
lidia y los apóstoles, los soldados y los frailes. Convertida en piñas y
lingotes, las vísceras del cerro rico alimentaron sustancialmente el desarrollo
de Europa. «Vale un Perú» fue el elogio máximo de las personas o a las cosas
desde que Pizarro se hizo dueño del Cuzco, pero a partir del descubrimiento del
cerro, Don Quijote de la Mancha habla con otras palabras: «vale un Potosí»,
advierte a Sancho. Vena yugular del Virreinato, manantial de la plata de
América, Potosí contaba con 120.000 habitantes según el censo de 1573. solo
veintiocho años habían transcurrido desde que la ciudad brotara entre los
páramos andinos y ya tenía, como por arte de magia, la misma población que
Londres y más habitantes que Sevilla, Madrid, Roma o París. Hacia 1650, un nuevo
adjudicaba a Potosí 160.000 habitantes. Era una de las ciudades más grandes y
más ricas del mundo, diez veces más habitada que Boston, en tiempos en que Nueva
York ni siquiera había empezado a llamarse así.
La historia de Potosí no había nacido con los españoles. Tiempos antes de la
conquista, el inca Huayna Cápac había oído hablar a sus vasallos del Sumaj Orko,
el cerro hermoso, y por fin pudo verlo cuando se hizo llevar, enfermo, a las
termas de Tarapaya. Desde las chozas pajizas del pueblo de Cantiumarca, los ojos
del inca contemplaron por primera vez aquel cono perfecto que se alzaba,
orgulloso, por entre las altas cumbres de las serranías. Quedó estupefacto. Las
infinitas tonalidades rojizas, la forma esbelta y el tamaño gigantesco del cerro
siguieron siendo motivo de admiración y asombro en los tiempos siguientes. Pero
el inca había sospechado que en sus entrañas debía albergar piedras preciosas y
ricos metales, y había querido sumar nuevos adornos al Templo del Sol en el
Cuzco. El oro y la plata que los incas arrancaban de las minas de Colque Porco y
Andacaba no salían de los límites del reino: no servían para comerciar sino para
adorar a los dioses. No bien los mineros indígenas clavaron sus pedernales en
los filones de plata del cerro hermoso, una voz cavernosa los derribó. Era una
voz fuerte como el trueno, que salía de las profundidades de aquellas breñas y
decía, en quechua: « no es para ustedes; Dios reserva estas riquezas para los
que vienen de más allá». Los indios huyeron despavoridos y el inca abandonó el
cerro. Antes, le cambió el nombre. El cerro pasó a llamarse Potjosí, que
significa: «Truena, revienta, hace explosión».
«Los que vienen de más allá» no demoraron mucho en aparecer. Los capitanes de la
conquista se abrían paso. Huayna Cápac ya había muerto cuando llegaron.. en 1545
el indio Hualpa corría tras las huellas de una llama fugitiva y se vio obligado
a pasar la noche en el cerro. Para no morirse de frío hizo fuego. La fogata
alumbró una hebra blanca y brillante. Era plata pura. Se desencadenó la
avalancha española.
Fluyó la riqueza española. El emperador Carlos V dio prontas señales de gratitud
otorgando a Potosí el título de Villa Imperial y un escudo con esta inscripción:
« Soy el rico Potosí, del mundo soy el tesoro, soy el rey de los montes y
envidia soy de los reyes». Apenas once años después del hallazgo de Huallpa, ya
la recién nacida Villa Imperial celebraba la coronación de Felipe II con
festejos que duraron veinticuatro días u costaron ocho millones de pesos
fuertes. Llovían los buscadores de tesoros sobre el inhóspito paraje. El cerro,
a casi 5000 metros de altura, era el más poderoso de los imanes, pero a sus pies
la vida resultaba dura, inclemente: se pagaba el frío como si fuera un impuesto
y en un abrir y cerrar de ojos una sociedad rica y desordenada brotó, en Potosí,
junto con la plata. Auge y turbulencia del metal: Potosí pasó a ser «el nervio
principal del reino» según lo definirá el virrey Hurtado de Mendoza. A comienzos
del siglo XVII, ya la ciudad contaba con treinta y seis iglesias espléndidamente
ornamentadas, otras tantas casas de juego y catorce escuelas de baile. Los
salones, los teatros y los tablados para las fiestas lucían riquísimos tapices,
cortinajes, blasones y obras de orfebrería; de los balcones de las casas
colgaban damascos coloridos y lamas de oro y plata.
Las sedas y los tejidos venían de Granada, Flandes y Calabria; los sombreros de
París y Londres; los diamantes de Ceilán; las piedras preciosas de la India; las
perlas de Panamá; las medias de Nápoles; los cristales de Venecia; las alfombras
de Persia; los perfumes de Arabia, y la porcelana de China. Las damas brillaban
la pedrería, diamantes, y rubíes y perlas, y los caballeros ostentaban finísimos
paños bordados de Holanda. A la lidia de toros seguían los juegos de sortija y
nunca faltaban los duelos al estilo medieval, lances de amor y del orgullo, con
cascos de hierro empedrados de esmeraldas y de vistosos plumajes, sillas,
estribos de filigrana de oro, espadas de Toledo y potros chilenos enjaezados a
todo lujo.
En 1579, se quejaba el oidor Matienzo: «Nunca faltan –decía- novedades,
desvergüenzas y atrevimientos» por entonces ya había en Potosí ochocientos
tahúres profesionales y ciento veinte prostitutas célebres, a cuyos
resplandecientes salones concurrían los mineros ricos. En 1608, Potosí festejaba
las fiestas del santísimo sacramento con seis días de comedias y seis noches de
máscaras, ocho días de toros y tres de saraos, dos de torneos y otros de fiesta.
España tenía la vaca, pero otros tomaban la leche.
Entre 1545 y 1558 se descubrieron las fértiles minas de plata de Potosí, en la
actual Bolivia, y las de Zacatecas y Guanajuato en México; el proceso de
amalgama con mercurio, que hizo posible la explotación de plata de ley más baja,
empezó a aplicarse en ese mismo período. El «rush» de la plata eclipsó
rápidamente a la minería de oro. A mediados del siglo XVIII la plata abarcaba
más del 99 por ciento de las exportaciones minerales de la América hispánica.
América era por entonces, una vasta bocamina centrada, sobre todo, en Potosí.
Algunos escritores bolivianos, inflamados de excesivo entusiasmo, afirman que en
tres siglos España recibió suficiente metal de Potosí como para tender un puente
de plata desde la cumbre del cerro hasta la puerta del palacio real al otro lado
del océano. La imagen es sin duda, obra de fantasía, pero de cualquier manera
alude a una realidad que, en efecto, parece inventada: el flujo de la plata
alcanzó dimensiones gigantescas. La cuantiosa exportación clandestina de plata
americana, que se evadía de contrabando rumbo a Filipinas, a la China y a la
propia España, no figura en los cálculos de Earl J. Hamilton, quien a partir de
los datos obtenidos en la Casa de Contratación ofrece, de todos modos, en su
conocida obra sobre el tema cifras asombrosas. Entre 1503 y 1660, llegaron al
puerto de Sevilla 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. La plata
transportada a España en poco más de un siglo y medio, excedía tres veces el
total de las reservas europeas. y esas cifras, cortas, no incluyen contrabando.
Los metales arrebatados a los nuevos dominios coloniales estimularon el
desarrollo económico europeo y hasta puede decirse que lo hicieron posible. Ni
siquiera los efectos de la conquista de los tesoros persas que Alejandro Magno
volcó sobre el mundo helénico podrían compararse con la magnitud de esta
formidable contribución de América al progreso ajeno. No al de España, por
cierto, aunque a España pertenecían las fuentes de plata americana. Como se
decía en el siglo XVII, «España es como la boca que recibe los alimentos, los
mastica, los tritura, para enviarlos enseguida a los demás órganos, y retiene de
ellos por su parte, más que un gusto fugitivo o las partículas que por
casualidad se agarran a sus dientes». Los españoles tenían la vaca, pero eran
otros quienes bebían la leche. Los acreedores del reino, en su mayoría
extranjeros, vaciaban sistemáticamente las arcas de la Casa de Contratación de
Sevilla, destinada a guardar bajo tres llaves, y en tres manos distintas, los
tesoros de América. La Corona estaba hipotecada. Cedía por adelantado casi todos
los cargamentos de plata a los banqueros alemanes, genoveses, flamencos y
españoles. También los impuestos recaudados dentro de España corrían, en gran
medida, esta suerte: en 1543, un 65 por ciento del total de las rentas reales se
destinaba al pago de las anualidades de los títulos de deuda. Solo en mínima
medida la plata americana se incorporaba a la economía española; aunque quedara
formalmente registrada en Sevilla, iba a parar a manos de los Függer, poderosos
banqueros que habían adelantado al Papa los fondos necesarios para terminar la
catedral de San Pedro, y de otros grandes prestamistas de la época, al estilo de
los Wesler, los Shertz o los Grimaldi. La plata se destinaba también al pago de
exportaciones de mercaderías no españolas con destino al Nuevo Mundo.
Aquel imperio rico tenía una metrópoli pobre, aunque en ella la ilusión de la
prosperidad levantara burbujas cada vez más hinchadas: la Corona abría por todas
partes frentes de guerra mientras la aristocracia se consagraba al despilfarro y
se multiplicaba, en suelo español, los curas y los guerreros, los nobles y los
mendigos, al mismo ritmo frenético en que crecían los precios de las cosas y las
tasa de interés del dinero. La industria moría al nacer en aquel reino de los
vastos latifundios estériles, y la enferma economía española no podía resistir
el brusco impacto del alza de demandas de alimentos y mercancías que era la
inevitable consecuencia de la expansión colonial. El gran aumento de los gastos
públicos y la asfixiante presión de las necesidades de consumo en las posesiones
de ultramar agudizaban al déficit comercial y desataban, al galope, la
inflación. Colbert escribía «Cuanto más comercio con los españoles tiene un
estado, más plata tiene». Había una aguda lucha europea por la conquista del
mercado español que implicaba el mercado y la plata de América. Un memorial
francés de fines del siglo XVII nos permite saber que España solo dominaba, por
entonces el cinco por ciento del comercio de « sus» posesiones coloniales de más
allá del océano, pese al espejismo jurídico del monopolio: crecía de una tercera
parte del total estaba en manos de holandeses y flamencos, una cuarta parte
pertenecía a los franceses, los genoveses controlaban más del veinte por ciento,
los ingleses el diez y los alemanes algo menos. América era un negocio europeo.
Carlos V, heredero de los Césares en el Sacro Imperio por elección comprada,
solo había pasado en España dieciséis de los cuarenta años de su reinado. Aquel
monarca de mentón prominente y mirada de idiota, que había ascendido al trono
sin conocer una sola palabra del idioma castellano, gobernaba rodeado por un
séquito de flamencos rapaces a los que se extendía salvoconductos para sacar de
España mulas y caballo cargados de oro y joyas y a los que también recompensaba
otorgándoles obispados y arzobispados, títulos burocráticos y hasta la primera
licencia para conducir esclavos negros a las colonias americanas. Lanzado a la
persecución del demonio por toda Europa, Carlos V extenuaba el tesoro de América
en sus guerras religiosas. La dinastía de los Habsburgo no se agotó con su
suerte; España habría de parecer el reinado de los Austria durante casi dos
siglos. El gran adalid de la Contrarreforma fue su hijo Felipe II. Desde su
gigantesco palacio-monasterio del Escorial, en las faldas del Gualderrama,
Felipe II puso en funcionamiento, a escala universal, la terrible maquinaria de
la Inquisición, y abatió sus ejércitos sobre los centros de la herejía. El
calvinismo había hecho presa a Holanda, Inglaterra y Francia, y los turcos
encarnaban el peligro del retorno de la religión de Alá. El salvacionismo
costaba caro: los pocos objetos de oro y plata, maravillas del arte americano,
que no llegaban ya fundidos desde México y el Perú, eran rápidamente arrancados
de la Casa de Contratación de Sevilla y arrojados a las bocas de los hornos.
Ardían también los herejes o los sospechosos de herejía, achicharrados por las
llamas purificadoras de la Inquisición; Torquemada incendiaba los libros y el
rabo del diablo asomaba por todos los rincones: la guerra contra el
protestantismo era además la guerra contra el capitalismo ascendente en Europa.
«La perpetuación de la cruzada –dice Elliott- entrañaba la perpetuación de la
arcaica organización social de una nación de cruzados». Los metales de América,
delirio y ruina de España, proporcionaban medios para pelear contra las
nacientes fuerzas de la economía moderna. Ya Carlos V había aplastado a la
burguesía castellana en la guerra de los comuneros, que se había convertido en
una revolución social contra la nobleza, sus propiedades y sus privilegios. El
levantamiento fue derrotado a partir de la traición de la ciudad de Burgos, que
sería la capital del general Francisco Franco cuatro siglos más tarde;
extinguidos los últimos fuegos rebeldes, Carlos V regresó a España acompañado de
cuatro mil soldados alemanes. Simultáneamente también fue ahogada en sangre la
muy radical insurrección de los tejedores, hilanderos y artesanos que habían
tomado el poder en la ciudad de Valencia y lo habían extendido por toda la
comarca.
La defensa de la fe católica resultaba una máscara para la lucha contra la
historia. La expulsión de los judíos –españoles de religión judía- había privado
a España, en tiempos de los Reyes Católicos, de muchos artesanos hábiles y de
capitales imprescindibles. Se consideraba no tan importante la expulsión de los
árabes –españoles, en realidad, de religión musulmana- aunque en 1609 nada menos
que 275 mil fueron arriados a la frontera y ello tuvo desastrosos efectos sobre
la economía valenciana, y los fértiles campos del sur del Ebro, en Aragón,
quedaron arruinados.
Anteriormente, Felipe II había echado, por motivos religiosos a millares de
artesanos flamencos convictos o sospechosos de protestantismo: Inglaterra los
acogió en su suelo, y allí dieron un importante impulso a las manufacturas
británicas.
Como se ve, las distancias enormes y las comunicaciones difíciles no eran los
principales obstáculos que se oponían al progreso industrial de España. Los
capitalistas españoles se convertían en rentistas, a través de la compra de los
títulos de deuda de la Corona, y no invertían sus capitales en el desarrollo
industrial. El excedente económico deriva hacia cauces improductivos: los viejos
ricos, señores de horca y cuchillo, dueños de la tierra y de los títulos de
nobleza, levantaban palacios y acumulaban joyas; los nuevos ricos, especuladores
y mercaderes, compraban tierras y títulos de nobleza. Ni unos ni otros pagaban
prácticamente impuestos, ni podían ser encarcelados por deudas. Quien se
dedicara a una actividad industrial perdía automáticamente su carta de
hidalguía.
Sucesivos tratados comerciales, firmados a partir de las derrotas militares de
los españoles en Europa, otorgaron concesiones que estimularon el tráfico
marítimo entre el puerto de Cádiz, que desplazó a Sevilla, y los puertos
franceses, ingleses, holandeses y hanseáticos. Cada año entre ochocientas y mil
naves descargaban en España los productos industrializados por otros. Se
llevaban la plata de América y la lana española, que marcaba rumbo a los telares
extranjeros de donde sería devuelta ya tejida por la industria europea en
expansión. Los monopolistas de Cádiz se limitaban a remarcar los productos
industriales extranjeros que expedían al Nuevo Mundo: si las manufacturas
españolas no podían siquiera atender al mercado interno, ¿cómo iban a satisfacer
las necesidades de las colonias?
Los encajes de Lille y Arraz, las telas holandesas, los tapices de Bruselas y
los brocados de Florencia, los cristales de Venecia, las armas de Milán y los
vinos y lienzos de Francia inundaban el mercado español, a expensas de la
producción local, para satisfacer el ansia de ostentación y las exigencias de
consumo de los ricos parásitos cada vez más numerosos y poderosos en un país
cada vez más pobre. La industria moría en el huevo, y los Habsburgo hicieron
todo lo posible para acelerar su extinción. A mediados del siglo XVI se había
llegado al colmo de autorizar la importación de tejidos extranjeros al mismo
tiempo que se prohibía toda exportación de paños castellanos que no fueran de
América. Por el contrario, como ha hecho notar Ramos, muy distintas eran las
orientaciones de Enrique VIII o Isabel I en Inglaterra, cuando prohibían en esta
ascendente nación la salida del oro y la plata, monopolizaban las letras de
cambio, impedían la extracción de lana y arrojaban de los puertos británicos a
los mercaderes de la Liga Hanseática del Mar del Norte.
Mientras tanto, las repúblicas italianas protegían el comercio exterior y su
industria mediante aranceles, privilegios y prohibiciones rigurosas; los
artífices no podían expatriarse bajo pena de muerte.
La ruina lo abarcaba todo. De los 16 mil telares que quedaban en Sevilla en
1558, a la muerte de Carlos V, solo restaban cuatrocientos cuando murió Felipe
II, cuarenta años después. Los siete millones de ovejas de la ganadería andaluza
se redujeron a dos millones. Cervantes retrató en Don Quijote de la Mancha –
novela de gran circulación en América- la sociedad de su época.
Un decreto de mediados del siglo XVI hacía imposible la importación de libros
extranjeros e impedían a los estudiantes cursar estudios fuera de España; los
estudiantes de Salamanca se redujeron a la mitad en pocas décadas; había nueve
mil conventos y el clero se multiplicaba casi tan intensamente como la nobleza
de capa y espada; 160 mil extranjeros acaparaban el comercio exterior y los
derroches de la aristocracia condenaban a España a la impotencia económica.
Hacia 1630, poco más de un centenar y medio de duques, marqueses, condes y
vizcondes recogían cinco millones de ducados de renta anual, que alimentaban
copiosamente el brillo de sus títulos rimbombantes. El duque de Medinaceli tenía
setecientos criados y eran trescientos los sirvientes del gran duque de Osuna,
quien, para burlarse del zar de Rusia, los vestía con tapados de pieles . El
siglo XVIII fue la época del pícaro, el hambre y las epidemias.
Era infinita la cantidad de mendigos españoles, pero ello no impedía que también
los mendigos extranjeros afluyeran desde todos los rincones de Europa. Hacia
1700 España contaba ya con 625 mil hidalgos, señores de la guerra, aunque el
país se vaciaba: su población se había reducido a la mitad de siglo en algo más
de dos siglos, y era equivalente a la de la Inglaterra, que en el mismo período
la había duplicado. 1700 señala el fin del régimen de los Habsburgo. La
bancarrota era total. Desocupación crónica, grandes latifundios baldíos, moneda
caótica, industria arruinada, guerras perdidas y tesoros vacíos, la autoridad
central desconocida en las provincias: la España que afrontó Felipe V estaba
«poco menos difunta que su amo muerto».
Los Borbones dieron a la nación una apariencia más moderna, pero a fines del
siglo XVIII el clero español tenía nada menos que doscientos mil miembros y el
resto de la población improductiva no detenía su aplastante desarrollo a
expensas del subdesarrollo del país. Por entonces, había aún en España más de
diez mil pueblos y ciudades sujetos a la jurisdicción señorial de la nobleza y,
por lo tanto, fuera del control directo del rey. Los latifundios y la
institución del mayorazgo seguían intactos. Continuaban en pie el oscurantismo.
No había sido superada la época de Felipe IV: en sus tiempos, una junta de
teólogos se reunió para examinar el proyecto de construcción de un canal entre
Manzanares y el tajo y terminó declarando que si Dios hubiese querido que los
ríos fuesen navegables, Él mismo los hubiese hecho así.
La distribución de funciones entre el caballo y el jinete.
En el primer tomo de El capital, escribió Karl Marx «El descubrimiento de los
yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de exterminio, esclavización y
sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista
y el saqueo de la Indias Orientales, la conversión del continente africano en
caza de esclavos negros: son todos hechos que señalan los albores de la era de
producción capitalista. Estos procesos idílicos representan otros tantos
factores fundamentales en el movimiento de la acumulación originaria». El
saqueo, interior y externo, fue el medio más importante para la acumulación
primitiva de capitales que, desde la Edad Media, hizo posible la aparición de
una nueva etapa histórica en la evolución económica mundial. A medida que se
extendía la economía monetaria, el intercambio desigual iba abarcando cada vez
más capas sociales y más regiones del planeta. Ernest Mandel ha sumado el valor
del oro y la plata arrancados de América hasta 1660, el botín extraído de
Indonesia por la Compañía Holandesa de la Indias Orientales desde 1650 hasta
1780, las ganancias del capital francés en la trata de esclavos durante el siglo
XVIII, las entradas obtenidas por el trabajo esclavo en las Antillas británicas
y el saqueo inglés de la India durante medio siglo: el resultado supera el valor
de todo el capital invertido en todas las industrias europeas hacia 1800. Mandel
hace notar que esta gigantesca masa de capitales creó un ambiente favorable a
las inversiones en Europa, estimuló el «espíritu de empresa» y financió
directamente el establecimiento de manufacturas que dieron un gran impulso a la
revolución industrial. Pero, al mismo tiempo, la formidable concentración
internacional de la riqueza en beneficio de Europa impidió, en las regiones
saqueadas, el salto a la acumulación de capital industrial. «La doble tragedia
de los países en desarrollo consiste en que no solo fueron víctimas de ese
proceso de concentración internacional, sino que posteriormente han debido
tratar de compensar su atraso industrial, es decir, realizar la acumulación
originaria de capital industrial, en un mundo que está inundado con los
artículos manufacturados por una industria ya madura, la occidental».
Las colonias americanas habían sido descubiertas, conquistadas y colonizadas
dentro del proceso de la expansión del capital comercial. Europa tendía sus
brazos para alcanzar al mundo entero. Ni España ni Portugal recibieron los
beneficios del arrollador avance del mercantilismo capitalista, aunque fueron
sus colonias las que, en medida sustancial, proporcionaron el oro y la plata que
nutrieron esa expansión. Como hemos visto, si bien los metales preciosos de
América alumbraron la engañosa fortuna de una nobleza española que vivía su Edad
media tardíamente y a contramano de la historia, simultáneamente sellaron la
ruina de España en los siglos por venir. Fueron otras las comarcas de Europa que
pudieron incubar el capitalismo moderno valiéndose, en gran parte, de la
expropiación de los pueblos primitivos de América.
A la rapiña de los tesoros acumulados sucedió la explotación sistemática, en los
socavones y en los yacimientos, del trabajo forzado de los indígenas y de los
negros esclavos arrancados del África por los traficantes.
Europa necesitaba oro y plata. Los medios de pago de circulación se
multiplicaban sin cesar y era preciso alimentar los movimientos del capitalismo
a la hora del parto: los burgueses se apoderaban de las ciudades y fundaban
bancos, producían e intercambiaban mercancías, conquistaban mercados nuevos.
Oro, plata, azúcar: la economía colonial, más abastecedora que consumidora, se
estructuró en la función de las necesidades del mercado europeo, y a su
servicio. El valor de las exportaciones latinoamericanas de metales preciosos
fue, durante prolongados períodos del siglo XVI, cuatro veces mayor que el valor
de las importaciones, compuesta sobre todo por esclavos, sal, vino, aceite,
armas, paños y artículos de lujos. Los recursos fluían para que los acumularan
las naciones europeas emergentes. Esta era la misión fundamental que habían
traído los pioneros, aunque además aplicaban el Evangelio, casi tan
frecuentemente como el látigo, a los indios agonizantes. La estructura económica
de las colonias ibéricas nació subordinada al mercado externo y, en
consecuencia, centralizada en torno del sector exportador, que concentraba la
renta y el poder.
A lo largo del proceso, desde la etapa de los metales al posterior suministro de
alimentos, cada región se identificó con lo que produjo, y produjo lo que de
ella se esperaba en Europa: cada producto, cargado en las bodegas de los
galeones que surcaban el océano, se convirtió en una vocación y un destino. La
división internacional del trabajo, tal como fue surgiendo junto con el
capitalismo, se parecía más bien a la distribución de funciones entre un jinete
y un caballo, como dice Paul Baran. Los mercados del mundo colonial crecieron
como meros apéndices del mercado interno del capitalismo que irrumpía.
Celso Furtado advierte que los señores feudales europeos obtenían un excedente
económico de la población por ellos dominada, y lo utilizaban, de una u otra
forma, en sus mismas regiones, en tanto que el objetivo principal de los
españoles que recibieron del rey minas, tierras e indígenas en América,
consistía en extraer un excedente para transferirlo a Europa. Esta observación
contribuye a aclarar el fin último que tuvo, desde su implantación, la economía
colonial americana; aunque finalmente mostrara algunos rasgos feudales, actuaba
al servicio del capitalismo naciente en otras comarcas. Al fin y al cabo,
tampoco en nuestros tiempos la existencia de los centros ricos del capitalismo
puede explicarse sin la existencia de la periferia pobres sometidas: unos y
otros integran el mismo sistema. Pero no todo el excedente se evadía hacia
Europa. La economía colonial estaba regida por los mercaderes, los dueños de las
minas y los grandes propietarios de tierras, quienes se repartían el usufructo
de la mano de obra indígena y negra bajo la mirada celosa y omnipotente de la
Corona y su principal asociada la Iglesia. El poder estaba concentrado en pocas
manos, que enviaban a Europa metales y alimentos, y de Europa recibían los
artículos suntuarios a cuyo disfrute consagraban sus fortunas crecientes. No
tenían, las clases dominantes, el menor interés en diversificar las economías
internas ni elevar los niveles técnicos y culturales de la población: era otra
su función dentro del engranaje internacional para el que actuaban, y la inmensa
miseria popular, tan lucrativa desde el punto de vista de los intereses
reinantes impedía el desarrollo de un mercado interno de consumo.
Una economía francesa sostiene que la peor herencia colonial de América Latina,
que explica su considerable atraso actual, es la falta de capitales. Sin
embargo, toda la información histórica muestra que la economía colonial produjo,
en el pasado, una enorme riqueza a las clases asociadas, dentro de la región, al
sistema colonialista de dominio. La cuantiosa mano de obra disponible, que era
gratuita o prácticamente gratuita, y la gran demanda europea por los productos
americanos, hicieron posible, dice Sergio Bagú, « una precoz y cuantiosa
acumulación de capitales en las colonias ibéricas. El núcleo de beneficiarios,
lejos de irse ampliando, fue reduciéndose en proporción a la masa de población,
como se desprende del hecho cierto de que el número de europeos y criollos
desocupados aumentara sin cesar ». El capital que restaba en América, una vez
deducida la parte del león que se volcaba al proceso de acumulación primitiva
del capitalismo europeo, no generaba, en estas tierras, un proceso análogo al de
Europa, para echar las bases del desarrollo industrial, sino que se desviaba a
la construcción de grandes palacios y templos ostentoso, a la compra de joyas y
ropas y muebles de lujo, al mantenimiento de servidumbres numerosas y al
despilfarro de las fiestas.
En buena medida, también ese excedente quedaba inmovilizado en la compra de
nuevas tierras o continuaba girando en las actividades especulativas y
comerciales.
En el ocaso de la era colonial, encontrará Humboldt en México « una enorme masa
de capitales amontonados en manos de los propietarios de minas, o en las de
negociantes que se han retirado del comercio ». no menos de la mitad de la
propiedad raíz y del capital total de México pertenecía, según testimonio, a la
Iglesia, que además controlaba buena parte de las tierras restantes mediante
hipotecas. Los mineros mexicanos invertían sus excedentes en la compra de
latifundios, y en los empréstitos en hipoteca, al igual que los grandes
exportadores de Veracruz y Acapulco; la jerarquía clerical extendía sus bienes
en la misma dirección. Las residencias capaces de convertir al plebeyo en
príncipe y los templos despampanantes nacían como los hongos después de la
lluvia.
En el Perú, a mediados del siglo XVII, grandes capitales precedentes de los
encomenderos, mineros, inquisidores y funcionarios de la administración
imparcial se volcaban al comercio. Las fortunas nacidas en Venezuela del cultivo
del cacao, iniciado a fines del siglo XVI, látigo en mano, a costa de legiones
de esclavos negros, se invertían «en nuevas plantaciones y otros cultivos
comerciales, así como en minas, bienes raíces urbanos, esclavos y hatos de
ganados».
Ruinas de Postosí: EL CICLO DE LA PLATA
Analizando la naturaleza de las relaciones « metrópoli-satélite» a lo largo de
la historia de América Latina como una cadena de subordinaciones sucesivas,
André Gunder Frank ha destacado en una de sus obras, que las regiones hoy día
más signadas por el subdesarrollo y la pobreza son aquellas que en el pasado han
tenido lazos más estrechos con la metrópoli y han disfrutado de períodos de
auge. Son las regiones que fueron las mayores productoras de bienes exportados
hacia Europa o, posteriormente, hacia Estados Unidos, y las fuentes más
caudalosas de capital: regiones abandonadas por la metrópoli cuando por una u
otra razón los negocios decayeron. Potosí brinda el ejemplo más claro de esta
caída hacia el vacío.
Las minas de plata de Guanajuato y Zacatecas, en México, vivieron su auge
posteriormente. En los siglos XVI y XVII, el cerro rico de Potosí fue el centro
de la vida colonial americana: a su alrededor giraban, de un modo u otro, la
economía chilena, que le proporcionaba trigo, carne seca, pieles y vinos; la
ganadería y las artesanías de Córdoba y Tucumán, que la abastecían de animales a
tracción y de tejidos; las minas de mercurio de Huancavelica y la región de
Arica por donde se embarcaba la plata para Lima, principal centro administrativo
de la época. El siglo XVIII señala el principio del fin de la economía de mala
plata que tuvo su centro en Potosí; sin embargo, en la época de la
independencia, todavía la población del territorio que hoy comprende Bolivia era
superior a la que habitaba lo que hoy es la Argentina. Siglo y medio después, la
población boliviana es casi seis veces menor que la población Argentina.
Aquella sociedad potosina, enferma de ostentación y despilfarro, solo dejó a
Bolivia la vaga memoria de sus esplendores, las ruinas de sus iglesias y
palacios, y ocho millones de cadáveres de indios. Cualquiera de los diamantes
incrustados en el en escudo de un caballero rico valía más, al fin y al cabo que
lo que un indio podía ganar en toda su vida de mitayo, pero el caballero se fugó
con los diamantes, Bolivia, hoy uno de los países más pobres del mundo, podría
jactarse –si ello no le resultara patéticamente inútil- de haber nutrido la
riqueza de los países más ricos. En nuestros días, Potosí es una pobre ciudad de
la pobre Bolivia: « la ciudad que más ha dado al mundo y la que menos tiene»,
como me dijo una vieja señora potosina, envuelta en un kilométrico chal de lana
de alpaca, cuando conversamos ante el patio andaluz de su casa de dos siglos.
Esta ciudad condenada a la nostalgia, atormentada por la miseria y el frío, es
todavía una herida abierta del sistema colonial en América: una acusación. El
mundo tendría que empezar por pedirle disculpas.
Se vive de los escombros. En 1640, el padre Álvaro Alonso Barba publicó en
Madrid, en la imprenta del reino, su excelente tratado sobre el arte de los
metales. El estaño, escribió, Barba, «es veneno”. Mencionó cerros donde « hay
mucho estaño, aunque lo conocen pocos, y por no hallarle la plata que todos
buscan, le echan por ahí». En Potosí se explota ahora el estaño que los
españoles arrojan a un lado como basura.
Se venden las paredes de las casas viejas como estaño de buena ley. Desde las
bocas delos cinco socavones que los españoles abrieron en el cerro rico se ha
chorreado la riqueza a lo largo de los siglos. El cerro ha ido cambiando de
color a medida que los tiros de dinamita lo han ido vaciando y le han bajado el
nivel de la cumbre. Los montones de roca, acumulaba en torno de los infinitos
agujeros, tiene todos los colores: son rozados, lilas, púrpuras ocres, grises,
dorados, pardos. Una colcha de retazos. Los llamperos rompen las la roca y las
palliris indígenas, de mano sabia para pesar y separar, picotean, como
pajaritos, los restos de minerales en busca de estaño. En los viejos socavones
que no están inundados los mineros entran todavía, la lámpara de carburo en una
mano, encogidos los cuerpos, para arrancar lo que se pueda. Plata no hay. Ni un
relumbrón; los españoles barrían las vetas hasta con escobillas. Los pallacos
cavan a pico y a pala pequeños túneles para extraer venenos de los despojos. El
cerro es rico todavía – me decía sin asombro un desocupado que arañaba la tierra
con las manos-. Dios ha de ser, figúrese: el mineral crece como su fuera planta,
igual ». Frente al cerro rico de Potosí, se alza el testigo de la devastación.
Es un monte llamado Huakajchi, que en quechua significa: « Cerro que ha llorado
». de sus laderas brotan muchos manantiales de agua pura, los « ojos de agua »
que dan de beber a los mineros.
En sus épocas de auge al promediar el siglo XVII, la cuidad había congregado a
muchos pintores y artesanos españoles o criollos o imagineros indígenas que
imprimieran su sello al arte colonial americano. Melchor Pérez de Holguín, el
Greco de América, dejó una vasta obra religiosa que a la vez delata el talento
de su creador y el aliento pagano de estas tierras: se hace difícil olvidar, por
ejemplo a la espléndida Virgen María que, con los brazos abiertos, da de mamar
con un pecho al niño Jesús y con el otro a San José. Los orfebres, los
cinceladores de platería, los maestros de repujado y los ebanistas, artífices
del metal, la madera fina, el yeso y los marfiles nobles, nutrieron las
numerosas iglesias y monasterios de Potosí con tallas y altares de infinitas
filigranas, relumbrantes de plata, y púlpitos y retablos valiosísimos. Los
frentes barrocos de los templos, trabajados en piedra, han resistido el embate
de los siglos, pero no ha ocurrido lo mismo con los cuadros, en muchos casos
mortalmente mordidos por la humedad, no con las figuras u objetos de poco peso.
Los turistas y los párrocos han vaciado las iglesias de cuanta cosa han podido
llevarse: desde los cálices y las campanas hasta las tallas de San Francisco y
Cristo en haya o fresno. Estas iglesias desvalijadas, cerradas ya en su mayoría,
se están viniendo abajo, aplastadas por los años. Es una lástima, porque
constituyen todavía, aunque hayan sido saqueadas, formidables tesoros en pie de
un arte colonial que funde y enciende todos los estilos, valioso en el genio y
en la herejía: el « signo escalonado » de Tiahuanacu en lugar de la cruz y la
cruz junto al sagrado sol y la sagrada luna, las vírgenes y los santos con pelo
natural, las uvas y las espigas enroscadas en las columnas, hasta los capiteles
junto con la kantuta, la flor imperial de los incas; las sirenas, Baco y la
fiesta de la vida alternando con el ascetismo romántico, rostros morenos de
algunas divinidades y las cariátides de rasgos indígenas.
Hay iglesias que han sido reacondicionadas para prestar, ya vacías de fieles,
otros servicios. La iglesia de san Ambrosio se ha convertido en el cine Omiste,
en febrero de 1970, sobre los bajorrelieves barrocos del frente se anunciaba el
próximo estreno: « El munos está loco, loco, loco». El templo de la Compañía de
Jesús se convirtió también en cine, después en depósito de mercaderías de la
empresa Grace y por último en almacén de víveres para la caridad pública. Pero
otras pocas iglesias están aún, mal que bien, en actividad: hace por lo menos
siglo y medio que los vecinos de Postosí queman cirios a falta de dinero. La de
San Francisco, por ejemplo. Dicen que la cruz de esta iglesia crece algunos
centímetros por año, y que también crece la barba del Señor de la Vera Cruz, un
imponente Cristo de plata y seda que apareció en Potosí, traído por nadie, hace
cuatro siglos. Los curas no niegan que cada determinado tiempo lo afeitan, y le
atribuyen, hasta por escrito, todos los milagros: conjuraciones sucesivas de
sequías y pestes, guerras en defensa de la ciudad acosada.
Sin embargo, nada pudo el Señor de la Vera Cruz contra la decadencia de Potosí.
La extenuación de la plata había sido interpretado como un castigo divino por
las atrocidades y los pecados de los mineros. Atrás quedaron las misas
espectaculares; como los banquetes y las corridas de toros, los bailes y los
fuegos de artificio, el culto religioso a todo lujo había sido también, al fin y
al cabo, un subproducto del trabajo esclavo de los indios. Los mineros hacían,
en la época del esplendor, fabulosas donaciones para las iglesias y los
monasterios, y celebraban suntuosos oficios fúnebres.
Llaves de plata pura para las puertas del cielo: el mercader Álvaro Bajarano
había ordenado, en su testamento de 1559, que acompañaran su cadáver « todos los
curas y sacerdotes de Potosí». El curanderismo y la brujería se mezclaban con la
religión autorizada, en el delirio de los fervores y los pánicos de la sociedad
colonial. La extremaunción con campanillas y palio, podía, como la comunión,
curar a la agonizante, aunque resultaba mucho más eficaz un jugoso testamento
para la construcción de un templo o de un altar de plata. Se combatía la fiebre
con los evangelios: las oraciones en algunos conventos refrescaban el cuerpo; en
otros, daban calor.
« El Credo era fresco como el tamarindo o el nitro dulce y la Salve era cálida
como el azahar o el cabello de choclo...».
En la calle Chuquisaca puede uno admirar el frontis, roído por los siglos, de
los condes de Carma y Catyara, pero el palacio es ahora el consultorio de un
cirujano-dentista; la heráldica del maestre de campo don Antonio López de
Quiroga, en la calle Lanza, adorna ahora una escuelita; el escudo del marqués de
Otavi, con sus leones rampantes, luce en el pórtico del Banco Nacional. «En qué
lugares vivirán ahora. Lejos se ha debido ir...» la anciana potosina, atada a su
ciudad, me cuenta que primero se fueron los ricos, y después también se fueron
los pobres: Potosí tiene ahora tres veces menos habitantes que hace cuatro
siglos.
Contemplo el cerro desde una azotea de la calle Uyuni, una muy angosta y
viboreante callejuela colonial, donde las casas tienen grandes balcones de
madera tan pegados de vereda a vereda que pueden los vecinos besarse o golpearse
sin necesidad de bajar a la calle. Sobreviven aquí, como en toda la ciudad, los
viejos candiles de luz mortecina bajo los cuales, al decir de Jaime Molins, « se
solventaron querellas de amor y se escurrieron, como duendes, embozados
caballeros, damas elegantes y tahúres». La ciudad tiene ahora luz eléctrica,
pero no se nota mucho. En las plazas oscuras, a la luz de los viejos faroles,
funcionan las tómbolas por las noches: vi rifar un pedazo de torta en medio de
un gentío.
Junto a Potosí, cayó Sucre. Esta ciudad del valle, de clima agradable, que antes
se había llamado Charcas. La Plata y Chuquisaca sucesivamente, disfrutó buena
parte de la riqueza que manaba de las venas del cerro rico de Potosí. Gonzalo
Pizarro, hermano de Francisco, había instalado allí su corte, fastuosa como la
del rey que quiso ser y no pudo; iglesias y caserones, parques y quintas de
recreos brotaban continuamente junto a los juristas, los místicos y los
retóricos poetas que fueron dando a la ciudad, de siglo en siglo, su sello. «
Silencio, es Sucre. Silencio no más, pues. Pero antes... ». Antes, esta fue la
capital cultural de los virreinatos, la sede principal arzobispado de América y
del más poderoso tribunal de justicia de la colonia, la ciudad más ostentosa y
culta de América del Sur. Doña Cecilia Contreras de Torres y doña María de las
Mercedes Torralba de Gramajo, señoras de Ubina y Coquechaca, daban banquetes de
Camacho: competían en el derroche de las fabulosas rentas que producían sus
minas de Potosí, y cuando las opíparas fiestas concluían arrojaban por los
balcones la vajilla de plata y hasta los enseres de oro, para que los recogieran
los transeúntes afortunados.
Sucre cuenta todavía con una Torre Eiffel y con sus propios Arcos del Triunfo, y
dicen que con todas las joyas de su virgen se podría pagar toda la gigantesca
deuda externa de Bolivia. Pero las famosas campanas de las iglesias que en 1809
cantaron con júbilo a la emancipación de América, hoy ofrecen un tañido fúnebre.
La ronca campana de San Francisco, que tantas veces anunciara sublevaciones y
motines, hoy dobla por la mortal inmovilidad de Sucre. Poco importa que siga
siendo la capital legal de Bolivia, y que en Sucre resida todavía la Suprema
Corte de Justicia. Por las calles pasean innumerables leguleyos, enclenques y de
piel amarilla, sobrevivientes testimonios de la decadencia: doctores e aquellos
que usaban quevedos, con cinta negra y todo. Desde los grandes palacios vacíos,
los ilustres patriarcas de Sucre envían a sus sirvientes a vender empanadas a
las ventanillas del ferrocarril. Hubo quien supo comprar, en otras horas
afortunadas, hasta su título de príncipe.
En Potosí y en Sucre solo quedaron vivos los fantasmas de la riqueza muerta. En
Huanchaca, otra tragedia boliviana, los capitales anglochilenos agitaron,
durante el siglo pasado, vetas de plata de más de dos metros de ancho, con una
altísima ley, ahora solo restan las ruinas humeantes de polvo. Huanchaca
continúa en los mapas, como su todavía existiera, identificada como un centro
minero vivo, con su pico y su pala cruzados. ¿Tuvieron mejor suerte las minas
mexicanas de Guanajuato y Zacatecas?
Con base en los datos que proporciona Alexander von Humboldt, se ha estimado en
unos cinco mil millones de dólares actuales la magnitud del excedente económico
evadido de México entre 1760 y 1809, apenas medio siglo, a través de las
exportaciones de plata y oro. Por entonces no había minas más importantes en
América. El gran sabio alemán comparó la mina de Valenciana, con la de
Guanajuato, con la Himmels Furst de Sajonia, que era la más rica de Europa: la
valenciana producía 36 veces más plata, al filo del siglo, ya dejaba a sus
accionistas ganancias 33 veces más altas. El conde Santiago de Laguna vibraba de
emoción al describir, en 1732, el distrito minero de Zacatecas y « los preciosos
tesoros que ocultan sus preciosos senos », en los cerros « todos honrados con
más de cuatro mil bocas, para mejor servir con el fruto de sus entrañas a ambas
Majestades », Dios y el Rey, y « para que todos acudan a beber y participar de
los grande, de lo rico, de los doctos, de lo urbano y de lo noble » porque era «
fuente de sabiduría, policía, armas, nobleza...». El cura Marmolejo escribía más
tarde a la ciudad de Guanajuato, atravesada por los puentes, con jardines que
tanto se aparecían a los de Semíramis de Babilonia y los templos deslumbrantes,
el teatro, la plaza de toros, los palenque de gallo y las torres y las cúpulas
alzadas contra las verdes laderas de las montañas. Pero este era « el país de la
desigualdad » y Humboldt pudo escribir sobre México: « Acaso en ninguna parte la
desigualdad es más espantosa... la arquitectura de los edificios públicos y
privados, la finura del ajuar de las mujeres, el aire de la sociedad; todo
anuncia un extremo de esmero que se contrapone extraordinariamente a la
desnudez, ignorancia y rusticidad del populacho ». los socavones engullían
hombres y mulas en las lomas de las cordilleras; los indios, « que vivían solo
para salir del día », padecían hambre endémica y las pestes los mataban como
moscas. En un solo año, 1784, una oleada de enfermedades provocadas por la falta
de alimentos que resultó de una helada arrasadora, había segado más de ocho mil
vidas en Guanajuato.
Los capitales no se acumulaban, sino que se derrochaban. Se practicaba el viejo
dicho: « Padre mercader, hijo caballero, nieto pordiosero ». en una
representación dirigida al gobierno, en 1843, Lucas Alamán formuló una sombría
advertencia, mientras insistía en la necesidad de defender la industria nacional
mediante un sistema de prohibiciones y fuertes gravámenes contra la competencia
extranjera: « Preciso es recurrir al fenómeno de la industria, como única fuente
de prosperidad universal –decía- . de nada serviría a Puebla la riqueza de
Zacatecas, si no fuese por el consumo que proporciona a sus manufacturas, y si
estas decayesen otra vez como antes ha sucedido, se arruinaría ese departamento
ahora floreciente, sin que pudiese salvarlo de la miseria la riqueza de aquellas
minas ». la profecía resultó certera. En nuestros días, Zacatecas y Guanajuato
ni siquiera son las ciudades más importantes de sus propias comarcas. Ambas
languidecen rodeadas de los esqueletos de los campamentos de la prosperidad
minera. Zacatecas, lata y árida, vive de la agricultura y exporta mano de obra
hacia otros estados; son bajísimas las leyes actuales de sus minerales de oro y
plata, en relación con los buenos tiempos pasados. De las cincuenta minas que el
distrito de Guanajuato tenía en la explotación, apenas quedan ahora, dos. No
crece la población de la hermosa ciudad, pero afluyen los turistas a contemplar
el esplendor exuberante de los viejos tiempos, a pasear por las callejuelas de
nombres románticos, ricas de leyendas, y a horrorizarse con las cien momias que
las sales de la tierra han conservado intactas. La mitad de las familias del
estado de Guanajuato, con un promedio de más de cinco miembros, viven
actualmente en chozas de una sola habitación.
El derramamiento de la sangre y de las lágrimas; y sin embargo el Papa había
resuelto que los indios tenían alma
En 1581, Felipe II había afirmado, ante la audiencia de Guadalajara, que ya un
tercio de los indígenas de América había sido aniquilado, y que los que aún
vivían se veían obligados a pagar tributos por los muertos. El monarca dijo,
además, que los indios eran comprados y vendidos. Que dormían a la intemperie.
Que las madres mataban a sus hijos para salvarlos del tormento en las minas.
Pero la hipocresía de la Corona tenía menos límites que el Imperio: la Corona
recibía una quinta parte del valor de los metales que arrancaban sus súbditos en
toda la extensión del Nuevo Mundo hispánico, además de otros impuestos, y otro
tanto ocurría, en el siglo XVIII, con la Corona portuguesa en tierras de Brasil.
La plata y el oro de América penetraron como un ácido corrosivo, al decir de
Engels, por todos los poros de la sociedad feudal moribunda en Europa, y al
servicio del naciente mercantilismo capitalista los empresarios mineros
convirtieron a los indígenas y a los esclavos negros en un numerosísimo «
proletariado externo » de la economía europea. La esclavitud grecorromana
resucitaba en los hechos, en un mundo distinto; al infortunio de los indígenas
de los imperios aniquilados en la América Hispánica hay que sumar el terrible
destino de los negros arrebatados a las aldeas africanas para trabajar en Brasil
y en la Antillas.
La economía colonial latinoamericana dispuso de la mayor concentración de fuerza
de trabajo hasta entonces conocida, para hacer posible la mayor concentración de
riqueza de que jamás haya dispuesto civilización alguna en la historia mundial.
Aquella violenta marca de codicia, horror y bravura no se abatió sobre estas
comarcas sino al precio del genocidio nativo: las investigaciones recientes
mejor fundadas atribuyen al México precolombino una población que oscila entre
los veinticinco y treinta millones, y se estima que había una cantidad semejante
de indios en la región andina; América Central y las Antillas contaban entre
diez y trece millones de habitantes.
Los indios de la América sumaban no menos de setenta millones, y quizás más,
cuando los conquistadores extranjeros aparecieron en el horizonte; un siglo y
medio después se habían reducido, en total, a solo tres millones y medio. Según
el marqués de Barinas, entre Lima y Paita, donde habían vivido más de dos
millones de indios, no quedaban más que cuatro mil familias indígenas en 1685.
El arzobispo Liñana y Cisneros negaba el aniquilamiento de los indios: «Es que
se ocultan –decía- para no pagar tributos, abusando de la libertad de que gozan
y que no tenían en la época de los incas». Manaba sin cesar el metal de las
vetas americanas, y de la corte española llegaban, también sin cesar, ordenanzas
que otorgaban una protección de papel y una dignidad de tinta a los indígenas,
cuyo trabajo extenuante sustentaba al reino. La ficción de la legalidad amparaba
al indio; la explotación de la realidad amparaba al indio; la explotación de la
realidad lo desangraba. De la esclavitud a la encomienda de servicios, y de esta
a la encomienda de tributos y al régimen de salarios, las variantes en la
condición jurídica de la mano de obra indígena no alteraron más que
superficialmente su situación real, la Corona consideraba tan necesaria la
explotación humana de la fuerza de trabajo aborigen, que en 1601 Felipe III
dictó reglas prohibiendo el trabajo forzoso en las minas, y simultáneamente,
envió otras instrucciones secretas ordenando continuarlo « en caso de que
aquella medida hiciese flaquear la producción ». Del mismo modo, entre 1616 y
1619 el visitador y gobernador Juan de Solórzano hizo una investigación sobre
las condiciones de trabajo en las minas de mercurio de Huancavelica: « ...el
veneno penetraba en la pura médula, debilitando los miembros todos y provocando
un temblor constante, muriendo los obreros, por lo general, en el espacio de
cuatro años », informó al Consejo de Indias y al monarca. Pero en 1631 Felipe IV
ordenó que se continuara allí con el mismo sistema, y su sucesor, Carlos II,
renovó tiempo después el decreto. Estas minas de mercurio eran directamente
explotadas por la Corona, a diferencia de las minas de plata, que estaban en
manos de empresarios privados.
En tres centurias, el cerro rico de Potosí quemó, según Josiah Conder, ocho
millones de vidas. Los indios eran arrancados de las comunidades agrícolas y
arriados, junto con sus mujeres y sus hijos, rumbo al cerro. De cada diez que
marchaban hacia los altos páramos helados, siete no regresaban jamás. Luis
Capoche, que era dueño de minas y de ingenios, escribió que « estaban los
caminos cubiertos que parecía que se mudaba el reino ». En las comunidades, los
indígenas habían visto « volver muchas mujeres afligidas sin sus maridos y
muchos hijos huérfanos sin sus padres » y sabían que en la mina esperaban « mil
muertes y desastres ». Los españoles batían cientos de millas a la redonda en
busca de mano de obra. Muchos de los indios morían por el camino, antes de
llegar a Potosí. Pero eran las terribles condiciones de trabajo en la mina las
que más gente mataban. El dominico fray Domingo de Santo Tomás denunciaba al
Consejo de Indias, en 1550, a poco de nacida la mina, que Potosí era una « boca
de infierno » que anualmente tragaba indios por millares y que los rapaces
mineros trataban a los naturales « como animales sin dueños ». Y fray Rodrigo de
Loaysa diría después: « Estos pobres indios son como las sardinas en el mar. Así
como, los otros peces persiguen a los miserables indios... ». Los caciques de
las comunidades tenían la obligación de reemplazar a los mitayos que iban
muriendo, con nuevos hombres de dieciocho a cincuenta años de edad. El corral de
repartimiento, donde se adjudicaban los indios a los dueños de las minas y los
ingenios, una gigantesca cancha de paredes de piedra, sirve ahora para que los
obreros jueguen al fútbol; la cárcel de los mitayos, un informe montón de
ruinas, puede ser todavía contemplada a la entrada de Potosí.
En la Recopilación de Leyes de Indias no faltan decretos de aquella época
estableciendo la igualdad de derechos de los indios y los españoles para
explotar las minas y prohibiendo expresamente que se lesionaran los derechos de
los nativos. La historia formal –letra muerta que en nuestros tiempos recoge la
letra muerta de los tiempos pasados- no tendría de qué quejarse, pero mientras
se debatía en legajos infinitos la legislación del trabajo indígena y estallaba
en tinta el talento de los juristas españoles, en América la ley «se acataba
pero no se cumplía». En los hechos, « el pobre del indio es una moneda –al decir
de Luis Capoche- con lo cual se halla todo lo que es menester, como en oro y
plata, y muy mejor ». Numerosos individuos reivindicaban ante los tribunales su
condición de mestizos para que no los mandaran a los socavones, ni los vendieran
y revendieran en el mercado.
A fines del siglo XVII, Concolorcorvo, por cuyas venas corría sangre indígena,
renegaba así de los suyos: « No negamos que las minas consumen número
considerable de indios, pero esto no procede del trabajo que tienen en las minas
de plata y azogue, sino del libertinaje en que viven ». El testimonio de
Capoche, que tenía muchos indios a su servicio, resulta ilustrativo en este
sentido. Las glaciales temperaturas de la intemperie alternaban con los calores
infernales en lo hondo del cerro. Los indios entraban en las profundidades, « y
ordinariamente los sacan muertos y otros quebradas las cabezas y las piernas, y
en los ingenios cada día se hieren ». Los mitayos hacían saltar en mineral a
punta de barreta y luego lo subían cargándolo a la espalda, por escalas, a la
luz de una vela. Fuera del socavón, movían los largos.
La « mita » era una máquina de tritura indios. El empleo del mercurio para la
extracción de la plata por amalgama envenenaba tanto o más que los gases tóxicos
en el vientre de la tierra. Hacía caer el cabello y los dientes y provocaba
temblores indominables. Los « azogados » se arrastraban pidiendo limosna por las
calles. Seis mil quinientas fogatas ardían en la noche sobre las ladras del
cerro rico, y en ellas se trabajaba la plata valiéndose del viento que enviaba
el « glorioso San Agustino » desde el cielo. A causa del humo de los hornos no
había pastos ni sembradíos en un radio de seis leguas alrededor de Potosí, y las
emanaciones no eran menos implacables con los cuerpos de los hombres.
No faltaban las justificaciones ideológicas. La sangría del Nuevo Mundo se
convertía en un acto de caridad o una razón de fe. Junto con la culpa nació todo
un sistema de coartadas para las conciencias culpables. Se transformaba a los
indios en bestias de carga, porque resistían un peso mayor al que soportaba el
débil lomo de la llama, y de paso se comprobaba que, en efecto, los indios eran
bestias de carga. Un virrey de México consideraba que no había mejor remedio que
el trabajo en las minas para curar la « maldad natural » de los indígenas. Juan
Ginés de Sepúlveda, el humanista, sostenía que los indios merecían el trato que
recibían porque sus pecados e idolatrías constituían una ofensa contra Dios. El
conde de Bufón afirmaba que no se registraba en los indios, animales frígidos y
débiles, «ninguna actividad del alma». El abate De Paw inventaba una América
donde los indios degenerados alternaban con perros que no sabían ladrar, vacas
incomestibles y camellos impotentes.
La América de Voltaire, habitada por indios perezosos y estúpidos, tenía cerdos
con el ombligo a la espalda y leones calvos y cobardes. Bacon, De Maistre,
Montesquieu, Hume y Bodin se negaron a reconocer como semejantes a los «hombres
degradados» del Nuevo Mundo. Hegel habló de la impotencia física y espiritual de
América y dijo que los indígenas habían perecido al soplo de Europa.
En el siglo XVII, el padre Gregorio García sostenía que los indios eran de
ascendencia judía, porque al igual que los judíos «son perezosos, no creen en
los milagros de Jesucristo y no están agradecidos a los españoles por todo el
bien que les han hecho». Al menos, no negaba este sacerdote que los indios
descendieran de Adán y Eva: eran numerosos los teólogos y pensadores que no
habían quedado convencidos por la Bula del Papa Paulo III, emitida en 1537, que
había declarado a los indios «verdaderos hombres».
El padre Bartolomé de las Casas agitaba la corte española con sus denuncias
contra la crueldad de los conquistadores de América: en 1557, un miembro del
real consejo le respondió que los indios estaban demasiado bajos en la escala de
la humanidad para ser capaces de recibir la fe.
Las Casas dedicó su fervorosa vida a la defensa de los indios frente a los
desmanes de los mineros y los encomenderos. Decía que los indios preferían ir al
infierno para no encontrarse con cristianos.
A los conquistadores y colonizadores se les «encomendaban» indígenas para que
los catequizaran. Pero como los indios debían al « encomendero » servicios
personales y tributos económicos, no era mucho el tiempo que quedaba para
introducirlos en el cristiano sendero de la salvación. En recompensa a sus
servicios, Hernán Cortés había recibido veintitrés mil vasallos; se repartían
los indios al mismo tiempo que se otorgaban las tierras mediante mercedes reales
o se las obtenía por el despojo directo. Desde 1536 los indios eran otorgados en
encomienda, junto con su descendencia, por el término de dos vidas: la del
encomendero y su heredero inmediato; desde 1629 el régimen se fue extendiendo,
en la práctica. Se vendían las tierras con los indios adentro. En el siglo
XVIII, los indios, los sobrevivientes, aseguraban la vida cómoda de muchas
generaciones por venir. Como los dioses vencidos persistían en sus memorias, no
faltaban coartadas santas para el usufructo de su mano de obra por parte de los
vencedores: los indios eran paganos, no merecían otra vida. ¿Tiempos pasados?
Cuatrocientos veinte años después de la Bula del Papa Paulo III, en septiembre
de 1957, la Corte Suprema de Justicia del Paraguay emitió una circular
comunicando a todos los jueces del país que « los indios son tan seres humanos
como los otros habitantes de la república » Y el Centro de Estudios
Antropológicos de la Universidad Católica de Asunción realizó posteriormente una
encuesta reveladora en la capital y en el interior: de cada diez paraguayos,
ocho creen que « los indios son como animales ». En Caaguazú, en el Alto Paraná
y en el Chaco, los indios son cazados como fieras, vendidos a precios baratos y
explotados en régimen de virtual esclavitud. Sin embargo, casi todos los
paraguayos tienen sangre indígena, y el Paraguay no se cansa de componer
canciones, poemas y discursos en homenaje al « alma guaraní».
La nostalgia peleadora de Túpac Amaru
Cuando los españoles irrumpieron en América, estaba en su apogeo el imperio
teocrático de los incas, que extendía su poder sobre lo que hoy llamamos Perú,
Bolivia y Ecuador, abarcaba parte de Colombia y de Chile y llegaba hasta el
norte argentino y la selva brasileña; la confederación de los aztecas había
conquistado un alto nivel de eficacia en el valle de México, y en Yucatán y
Centroamérica la civilización espléndida de los mayas persistía en los pueblos
herederos, organizados para el trabajo y la guerra.
Estas sociedades han dejado numerosos testigos de su grandeza, a pesar de todo
el largo tiempo de la devastación: monumentos religiosos levantados con mayor
sabiduría que las pirámides egipcias, eficaces creaciones técnicas para la pelea
contra la naturaleza, objetos de arte que delatan un invicto talento. En el
museo de Lima pueden verse centenares de cráneos que fueron objeto de
trepanaciones y curaciones con placas de oro y plata por parte de los cirujanos
incas. Los mayas habían sido grandes astrónomos, habían medido el tiempo y el
espacio con precisión asombrosa, y habían descubierto el valor de la cifra cero
antes que ningún otro pueblo en la historia. Las acequias y las islas
artificiales creadas por los aztecas deslumbraron a Hernán Cortés, aunque no
eran de oro.
La conquista rompió las bases de aquellas civilizaciones. Peores consecuencias
que la sangre y el fuego de la guerra tuvo la implantación de una economía
minera. Las minas exigían grandes desplazamientos de población y desarticulaban
las unidades agrícolas comunitarias; no solo extinguían vidas innumerables a
través del trabajo forzado, sino que además, indirectamente, abatían el sistema
colectivo de cultivos. Los indios eran conducidos a los socavones, sometidos a
la servidumbre de los encomenderos y obligados a entregar por nada las tierras
que obligatoriamente dejaban o descuidaban. En la costa del Pacífico los
españoles destruyeron o dejaron extinguir los enormes cultivos de maíz, yuca,
frijoles, pallares, maní, papa dulce; el desierto devoró rápidamente grandes
extensiones de tierra que habían recibido vida de la red incaica de irrigación.
Cuatro siglos y medio después de la conquista solo quedaban rocas y matorrales
en el lugar de la mayoría de los caminos que unían el imperio. Aunque las
gigantescas obras públicas de los incas fueron, en su mayor parte, brotadas por
el tiempo o por la mano de los usurpadores, restan aún, dibujadas en la
cordillera de los Andes, las interminables terrazas que permitían y todavía
permiten cultivar las laderas de las montañas.
Un técnico norteamericano , estimaba, en 1936, que si en ese año se hubieran
construido, con métodos modernos, esas terrazas, hubieran costado unos treinta
mil dólares por acre. Las terrazas y los acueductos de irrigación fueron
posibles, en aquel imperio que no conocía la rueda, el caballo ni el hierro,
merced a la prodigiosa organización y a la perfección técnica lograda a través
de una sabia división del trabajo, pero también gracias a la fuerza religiosa
que regía la relación del hombre con la tierra – que era sagrada y estaba, por
lo tanto, siempre viva.
También habían sido asombrosas las respuestas aztecas al desafío de la
naturaleza. En nuestros días, los turistas conocen por «jardines flotantes» las
pocas islas sobrevivientes en el lago desecado donde ahora se levanta, sobre las
ruinas indígenas, la capital de México. Estas islas habían sido creadas por los
aztecas para dar respuesta al problema de la falta de tierras en el lugar
elegido para la creación de Tenochtitlán. Los indios habían trasladado grandes
masas de barro desde las orillas y habían apresado las nuevas islas de limo
entre delgadas paredes de cañas, hasta que las raíces de los árboles les dieron
firmeza. Por entre los nuevos espacios de tierra se deslizaban los canales de
agua. Sobre estas islas inusitadamente fértiles creció la poderosa capital de
los aztecas, con sus amplias avenida, sus palacios de austera belleza y sus
pirámides escalonadas: brotada mágicamente de la laguna, estaba condenada a
desaparecer ante los embates de la conquista extranjera. Cuatro siglos demoraría
México para alcanzar una población tan numerosa como la que existía en aquellos
tiempos. Los indígenas eran, como dice Darcy Ribeiro, el combustible del sistema
productivo colonial. «Es casi seguro – escribe Sergio Bagú- que a las minas
hispanas fueron arrojados centenares de indios escultores, arquitectos,
ingenieros y astrónomos confundidos entre la multitud esclava, para realizar un
burdo y agotador trabajo de extracción. Para la economía colonial, la habilidad
técnica de esos individuos no interesaba. Solo contaban ellos como trabajadores
no calificados» o no se perdieron todas las esquirlas de aquellas culturas
rotas. La esperanza del renacimiento de la dignidad perdida alumbraría numerosas
sublevaciones indígenas. En 1781 Túpac Amaru puso sitio al Cuzco.
Este cacique mestizo, directo descendiente de los emperadores incas, encabezó el
movimiento mesiánico y revolucionario de mayor envergadura. La gran rebelión
estalló en la provincia de Tinta. Montado en su caballo blanco, Túpac Amaru
entró en la plaza de Tungasuca y al son de los tambores y pututus anunció que
había condenado a la horca al corregidor real Antonio Juan de Arriaga, y dispuso
la prohibición de la mita de Potosí. La provincia de Tinta estaba quedando
despoblada a causa del servicio obligatorio en los socavones de plata de cerro
rico.
Pocos días después, Túpac Amaru expidió un nuevo bando por el que decretaba la
libertad de los esclavos. Abolió todos los impuestos y el « repartimiento » de
mano de obra indígena en todas sus formas. Los indígenas se sumaban, por
millares y millares, a las fuerzas del «padre de todos los pobres y de todos los
miserables y desvalidos”.
Al frente de sus guerrilleros, el caudillo se lanzó sobre el Cuzco. Marchaba
predicando arengas: todos los que murieran bajo sus órdenes en esta guerra
resucitarían para disfrutar las felicidades y las riquezas de las que habían
sido despojados por los invasores.
Se sucedieron victorias y derrotas; por fin traicionado y capturado por uno de
sus jefes, Túpac Amaru fue entregado, cargado de cadenas, a los realistas. En su
calabozo entró el visitador Areche para exigirle, a cambio de promesas, los
nombres de los cómplices de la rebelión. Túpac Amaru le contestó con desprecio
«Aquí no hay más cómplice que tú y yo; tú por opresor, y yo por libertador,
merecemos la muerte».
Túpac fue sometido a suplicio, junto con su esposa, sus hijos y sus principales
partidarios, en la plaza del Wacaypata, en el Cuzco. Le cortaron la lengua.
Ataron sus brazos y sus piernas a cuatro caballos para descuartizarlo, pero el
cuerpo no se partió. Lo decapitaron al pie de la horca. Enviaron la cabeza a
Tinta. Uno de sus brazos fue a Tungasuca y el otro a Carabaya. Mandaron una
pierna a santa Rosa y la otra a Livitaca. Le quemaron el torso y arrojaron las
cenizas al río Watanay. Se recomendó que fuera extinguida toda su descendencia,
hasta el cuarto grado.
En 1802 otro cacique descendiente de los incas, Astorpilco, recibió la visita de
Humboldt. Fue en Cajamarca, en el exacto sitio donde su antepasado, Atahualpa,
había visto por primera vez al conquistador Pizarro.
El hijo del cacique acompañó al sabio alemán a recorrer las ruinas del pueblo y
los escombros del antiguo palacio incaico, y mientras caminaban le hablaba de
los fabulosos tesoros escondidos bajo el polvo y las cenizas. « ¿No sentís a
veces el antojo de cavar en busca de los tesoros para satisfacer vuestras
necesidades?», le preguntó Humboldt. Y el joven contestó: «Tal antojo no nos
viene. Mi padre dice que sería pecaminoso: si tuviéramos las ramas doradas con
todos los frutos de oro, los vecinos blancos nos odiarían y nos harían daño». El
cacique cultivaba un pequeño campo de trigo. Pero eso no bastaba para ponerse a
salvo de la codicia ajena. Los usurpadores, ávidos de oro y plata y también de
brazos esclavos para trabajar las minas, no demoraron en abalanzarse sobre las
tierras cuando los cultivos ofrecieron ganancias tentadoras. El despojo continuó
todo a lo largo del tiempo, y en 1969, cuando se anunció la reforma agraria en
el Perú, todavía los diarios daban cuenta, frecuentemente, de que los indios de
las comunidades rotas de la sierra invadían de tanto en tanto, desplegando sus
banderas, las tierras que habían sido robadas a ellos o a sus antepasados, y
eran repelidos a balazos por el ejército. Hubo que esperar casi dos siglos desde
Túpac Amaru para que el general nacionalista Juan Velasco Alvarado recogiera y
aplicara aquella frase del cacique, de resonancias inmortales: « ¡Campesino! ¡El
patrón ya no comerá más tu pobreza! ».
Otros héroes que el tiempo se ocupó de rescatar de la derrota fueron los
mexicanos Hidalgo y Morelos. Miguel Hidalgo, que había sido hasta los cincuenta
años un apacible cura rural, un buen día echó a vuelo las campanas de la iglesia
de Dolores llamando a los indios, a luchar por su liberación:
« ¿Queréis empeñaros en el esfuerzo de recuperar, de los odiados españoles, las
tierras robadas a vuestros antepasados hace trescientos años? ». Levantó el
estandarte de la virgen india de Guadalupe, y antes de seis semanas ochenta mil
hombres lo seguían, armados con machetes, picas hondas, arcos y flechas. El cura
revolucionario puso fin a los tributos y repartió las tierras de Guadalajara;
decretó la libertad de los esclavos; abalanzó sus fuerzas sobre la ciudad de
México. Pero fue finalmente ejecutado, al cabo de una derrota militar y, según
dicen, dejó al morir un testimonio de apasionado arrepentimiento. La revolución
no demoró en encontrar un nuevo jefe, el sacerdote José María Morelos: « Deben
tenerse como enemigos todos los ricos, nobles y empleados de primer orden... ».
Su movimiento –insurgencia indígena y revolución social- llegó a dominar una
gran extensión del territorio de México hasta que Morelos fue también derrotado
y fusilado. La independencia de México, seis años después, « resultó ser un
negocio perfectamente hispánico, entre europeos y gentes nacidas en América...
una lucha política dentro de la misma clase reinante ». El encomendado fue
convertido en peón y el encomendero en hacendado.
La Semana Santa de los indios termina sin Resurrección
A principios de nuestro siglo, todavía los dueños de los pongos, indios
dedicados al servicio doméstico, los ofrecían en alquiler a través de los
diarios de La Paz. Hasta la revolución de 1932, que devolvió a los indios
bolivianos el pisoteado derecho a la dignidad, los pongos comían las sombras de
la comida del perro, a cuyo costado dormían, y se hincaban para dirigir la
palabra a cualquier persona de piel blanca.
Los indígenas habían sido bestias de carga para llevar a la espalda los
equipajes de los conquistadores: las cabalgaduras eran escasas. Pero en nuestros
días pueden verse, por todo el altiplano andino, changadores aimaraes y quechuas
cargando fardos hasta con los dientes a cambio de un pan duro. La neumoconiosis
había sido la primera enfermedad profesional de América; en la actualidad cuando
los mineros bolivianos cumplen treinta y cinco años de edad, ya sus pulmones se
niegan a seguir trabajando: el implacable polvo de sílice impregna la piel del
minero, le raja la cara y las manos, le aniquila los sentidos del olfato y el
sabor, y le conquista los pulmones, los endurece y los mata.
Los turistas adoran fotografiar a los indígenas del altiplano vestidos con sus
ropas típicas. Pero ignoran que la actual vestimenta indígena fue impuesta por
Carlos III a fines del siglo XVIII. Los trajes femeninos que los españoles
obligaron a usar a las indígenas eran calcados de los vestidos regionales de las
labradoras extremeñas, andaluzas y vascas, y otro tanto ocurre con el peinado de
las indias, raya al medio, impuesto por el virrey Toledo. No sucede lo mismo en
cambio con el consumo de la coca, que no nació con los españoles; ya que existía
en tiempos de los incas.
La coca se distribuía, sin embargo, con mesura; el gobierno incaico la
monopolizaba y solo permitía su uso con fines rituales o para el duro trabajo en
las minas. Los españoles estimularon agudamente el consumo de coca. Era un
espléndido negocio. En el siglo XVI se gastaba tanto, en Potosí, en ropa europea
para los opresores como en coca para los oprimidos. Cuatrocientos mercaderes
españoles vivían, en el Cuzco, del tráfico de coca, en las minas de plata de
Potosí entraban anualmente cien mil cestos, con un millón de kilos de hojas de
coca. La iglesia extraía impuestos a la droga. En inca Garcilaso de la Vega nos
dice, en sus, «comentarios reales», que la mayor parte de la renta del obispo y
de los canónigos y demás ministros de la iglesia del Cuzco provenía de los
diezmos sobre la coca, y que el transporte y la venta de este producto
enriquecían a muchos españoles. Con las escasas monedas que obtenían a cambio de
su trabajo, los indios compraban hojas de coca en lugar de comida: masticándola,
podían soportar mejor, al precio de abreviar su propia vida, las mortales tareas
impuestas. Además de la coca, los indígenas consumían aguardiente, y sus
propietarios se quejaban de la propagación de los «vicios maléficos». A esta
altura del siglo veinte, los indígenas de Potosí continúan masticando coca para
matar el hambre y matarse y siguen quemándose las tripas con alcohol puro. Son
las estériles revanchas de los condenados. En las minas bolivianas, los obreros
llaman todavía mita a su salario.
Desterrados en su propia tierra, condenados al éxodo eterno, los indígenas de
América Latina fueron empujados hacia las zonas más pobres, las montañas áridas
o el fondo de los destierros, a medida que se extendía la frontera de la
civilización dominante. Los indios han padecido y padecen –síntesis del drama de
toda América Latina- la maldición de su propia riqueza. Cuando se descubrieron
los placeres de oro del río Bluefields, en Nicaragua, los indios carcas fueron
rápidamente arrojados lejos de sus tierras en las riberas, y esta es también la
historia de los indios de todos los valles fértiles y los subsuelos ricos del
río Bravo al sur. Las matanzas de los indígenas que comenzaron con Colón nunca
cesaron. En Uruguay y en la Patagonia argentina, los indios fueron exterminados,
el siglo pasado, por tropas que los buscaron y los acorralaron en los bosques o
en el desierto, con el fin de que no estorbaran el avance organizado de los
latifundios ganaderos . Los indios yanquis, del estado mexicano de Sonora,
fueron sumergidos en un baño de sangre para que sus tierras, ricas en recursos
minerales y fértiles para el cultivo, pudieran ser vendidas sin inconvenientes a
diversos capitalistas norteamericanos. Los sobrevivientes eran deportados rumbo
a las plantaciones de Yucatán.
Así, la península de Yucatán se convirtió no solo en el cementerio de los
indígenas mayas que habían sido sus dueños, sino también en la tumba de los
indios yanquis, que llegaban desde lejos: a principios de siglo, los cincuenta
reyes del henequén disponían de más de cien mil esclavos indígenas en sus
plantaciones. Pese a su excepcional fortaleza física, raza de gigantes hermosos,
dos tercios de los yanquis murieron durante el primer año de trabajo esclavo..
en nuestros días, la fibra de henequén solo puede competir con sus sustitutos
simétricos gracias al nivel de vida sumamente bajo de los obreros. Las cosas han
cambiado, es cierto, pero no tanto como se cree, al menos para los indígenas de
Yucatán.: «Las condiciones de vida de estos trabajadores se asemeja en mucho al
trabajo esclavo», dice el profesor Arturo Bonilla, el peón indígena está
obligado a entregar jornadas gratuitas de trabajo para que el hacendado le
permita cultivar, en las noches de claro de luna, su propia parcela: «Los
antepasados de este indio cultivaban libremente, sin contraer deudas, el suelo
rico de la llanura, que no pertenecía a nadie. ¡Él trabaja gratis para
asegurarse el derecho de cultivar la pobre montaña!».
No se salvan, en nuestros días, ni siquiera los indígenas que viven aislados en
el fondo de las selvas. A principios de este siglo, sobrevivían aún doscientas
treinta tribus en Brasil; desde entonces han desaparecido noventa, borradas del
planeta por obra y gracia de las armas de fuego y los microbios. Violencia y
enfermedad, avanzadas de la civilización: el contacto con el hombre blanco
continúa siendo, para el indígena, el contacto con la muerte. Las disposiciones
legales que desde 1537 protegen a los indios de Brasil se han vuelto contra
ellos. De acuerdo con el texto de todas las constituciones brasileñas, son, «los
primitivos y naturales señores» de las tierras que ocupan. Ocurre que cuánto más
ricas resultan esas tierras vírgenes más grave se hace la amenaza que pende
cobre sus vidas; la generosidad de la naturaleza los condena al despojo y al
crimen. La cacería de indios se ha desatado, en estos últimos años, con furiosa
crueldad; la selva más grande del mundo, gigantesco espacio tropical abierto a
la leyenda y a la aventura, se ha convertido, simultáneamente, en el escenario,
de un nuevo sueño americano. En tren de conquista, hombres y empresas de los
Estados Unidos se han abalanzado sobre la Amazonia como si fuera un nuevo Far
West. Esta invasión norteamericana ha encendido como nunca la codicia de los
aventureros brasileños. Los indios mueren sin dejar huellas y las tierras se
venden en dólares a los nuevos interesados. El oro y otros minerales cuantiosos,
la madera y el caucho, riquezas cuyo valor comercial los nativos ignoran,
aparecen vinculadas a los resultados de cada una de las escasas investigaciones
que se han realizado. Se sabe que los indígenas han sido ametrallados desde
helicópteros y avionetas, que se les ha inoculado el virus de la viruela, que se
ha arrojado dinamita sobre sus aldeas y se le ha obsequiado azúcar mezclada con
estricnina y sal con arsénico. El propio director del Servicio de Protección a
los Indios, designado por la dictadura de Castello Branco para sanear la
administración, fue acusado, con pruebas, de cometer cuarenta y dos tipos
diferentes de crímenes contra los indios. El escándalo estalló en 1968.
La sociedad indígena de nuestros días no existe en el vacío, fuera del marco
general de la economía latinoamericana. Es verdad que hay tribus brasileñas
todavía encerradas en la selva, comunidades del altiplano aisladas por completo
del mundo, reductos de barbarie en la frontera de Venezuela, pero por lo general
los indígenas están incorporados al sistema de producción y al mercado de
consumo, aunque sea en forma indirecta. Participan, como víctimas, de un orden
económico y social donde desempeñan el duro papel de los más explotados entre
los explotados. Compran y venden buena parte de las escasas cosas que consumen y
producen, en manos de intermediarios poderosos y voraces que cobran mucho y
pagan poco; son jornaleros en las plantaciones, la mano de obra más barata, y
soldados en las montañas; gastan sus días trabajando parta el mercado mundial o
peleando por sus vencedores. En países como Guatemala, por ejemplo, constituyen
el eje de la vida económica nacional: año tras año, cíclicamente, abandonan sus
tierras sagradas, tierras altas, minifundios del tamaño de un cadáver, para
brindar doscientos mil brazos a las cosechas del café, el algodón y el azúcar en
las tierras bajas. Los contratistas los transportan en camiones, como ganado, y
no siempre la necesidad decide: a veces decide el aguardiente. Los contratistas
pagan una orquesta de marimba y hacen correr el alcohol fuerte: cuando el indio
despierta de la borrachera, ya lo acompañan las deudas. Las pagará trabajando en
tierras cálidas que no conoce, de donde regresará al cabo de algunos meses,
quizás con tuberculosis o paludismo.
El ejército colabora eficazmente en la tarea de convencer a los remisos. La
expropiación de los indígenas –usurpación de sus tierras y de su fuerza de
trabajo- ha resultado y resulta simétrica al desprecio racial, que a su vez se
alimenta de la objetiva degradación de las civilizaciones rotas por la
conquista. Los efectos de la conquista y todo el largo tiempo de la humillación
posterior rompieron en pedazos la identidad cultural y social que los indígenas
habían alcanzado. Sin embargo, esa identidad triturada es la única que persiste
en Guatemala . Persiste en la tragedia. En semana santa, las procesiones de los
herederos de los mayas dan lugar a terribles exhibiciones de masoquismo
colectivo.
Se arrastran las pesadas cruces, se participa de la flagelación de Jesús paso a
paso durante el interminable ascenso al Gólgota; con aullidos de dolor, se
convierte Su muerte y Su entierro en el culto de la propia muerte y el propio
entierro, la aniquilación de la hermosa vida remota. La semana santa de los
indios guatemaltecos termina sin Resurrección.
Villa Rica de Ouro Preto
La fiebre del oro, que continúa imponiendo la muerte o la esclavitud a los
indígenas de la Amazonia, no es nueva en Brasil; tampoco sus estragos.
Durante dos siglos a partir del descubrimiento, el suelo de Brasil había negado
los metales, tenazmente, a sus propietarios portugueses. La explotación de la
madera, el «palo Brasil», cubrió el primer período de colonización de las
costas, y pronto se organizaron grandes plantaciones de azúcar en el nordeste.
Pero, a diferencia de la América española, Brasil parecía vacío de oro y plata.
Los portugueses no habían encontrado allí civilizaciones indígenas de alto nivel
de desarrollo y organización, sino tribus salvajes y dispersas.
Los aborígenes desconocían los metales; fueron los portugueses quienes tuvieron
que descubrir por su propia cuenta, los sitios en que se habían depositado los
aluviones de oro en el vasto territorio que se iba abriendo, a través de la
derrota y el exterminio de los indígenas, a su página, a su paso de conquista.
Los bandeirantes de la región de San Pablo habían atravesado la vasta zona entre
la Serra de Mantiqueira y la cabecera del río San Francisco, y habían advertido
que los lechos y los bancos de varios ríos y riachuelos que por allí corrían
contenían trazas de oro aluvial en pequeñas cantidades visibles.
La acción milenaria de las lluvias había roído los filones de oro aluvial en
pequeñas cantidades visibles. La acción milenaria de las lluvias había
depositado en los ríos, en el fondo de los valles y en las depresiones de las
montañas.
Bajo las capas de arena, tierra o arcilla, el pedregoso subsuelo ofrecía pepitas
de oro que era fácil extraer del cascalbo de cuarzo; los métodos de extracción
se hicieron más complicados a medida que se fueron agotando los depósitos más
superficiales. La región de Minas Gerais entró así, impetuosamente, en la
historia: la mayor cantidad de oro hasta entonces descubierta en el mundo fue
extraída en el menor espacio de tiempo.
«Aquí el oro era bosque», dice, ahora, el mendigo, «y su mirada planea sobre las
torres de las iglesias» «Había oro en las veredas, crecía como pasto».
Ahora él tiene setenta y cinco años de edad y se considera a sí mismo una
tradición de Mariana (Ribeirao do Carmo), la pequeña ciudad minera cercana a
Ouro Preto, que se conserva, como Ouro Preto, detenida en el tiempo. «La muerte
es cierta, la hora incierta. Cada cual tiene su tiempo marcado», me dice el
mendigo. Escupe sobre la escalinata de piedra y sacude la cabeza: «Les sobraba
el dinero», cuenta, como si los hubiera visto. «No sabían dónde poner el dinero
y por eso hacían una iglesia al lado de la otra».
En otros tiempos, esta comarca era la más importante del Brasil. Ahora… «Ahora
no», me dice el viejo. «Ahora esto no tiene vida ninguna. Aquí no hay jóvenes.
Los jóvenes se van». Camina descalzo, a mi lado, a pasos lentos bajo el tibio
sol de la tarde: «¿Ve? Ahí, en el frente de la iglesia, están el sol y la luna.
Eso significa que los esclavos trabajan día y noche. Este templo fue hecho por
los negros; aquel por los blancos. Y aquella es la casa de Monseñor Alipio, que
murió a los noventa y nueve años justos».
A lo largo del siglo XVIII, la producción brasileña del codiciado mineral superó
el volumen total del oro que España había extraído de sus colonias durante los
dos siglos anteriores. Llovían los aventureros y los cazadores de fortuna.
Brasil tenía trescientos mil habitantes en 1700; un siglo después, al cabo de
los años del oro, la población se había multiplicado once veces. No menos de
trescientos mil portugueses emigraron a Brasil durante el siglo XVIII, «un
contingente mayor de población… que el que España aportó a todas sus colonias de
América».
Se estima en unos diez millones el total de negros esclavos introducidos desde
África, a partir de la conquista de Brasil y hasta la abolición de la
esclavitud: si bien no se dispone de cifras exactas para el siglo XVIII, debe
tenerse en cuenta que el ciclo del oro absorbió mano de obra esclava en
proporciones enormes.
Salvador de Bahía fue la capital brasileña del próspero ciclo del azúcar en el
nordeste, pero la «edad de oro» de Minas Gerais trasladó al sur el eje económico
y político del país y convirtió a Río de Janeiro, puerto de la región, en la
nueva capital de Brasil a partir de 1763. En el centro dinámico de la flamante
economía minera, brotaron las ciudades, campamentos nacidos del boom bruscamente
acrecidos en el vértigo de la riqueza fácil, «santuarios para criminales,
vagabundos y malhechores» –según las corteses palabras de una autoridad colonial
de la época. La Villa Rica de Ouro Preto había conquistado categoría de ciudad
en 1711; nacida de la avalancha de los mineros, era la quintaesencia de la
civilización del oro. Simao Ferreira Machado la describía, veintitrés años
después, y decía que el poder de los comerciantes de Ouro Preto excedía
incomparablemente al de los más florecientes mercaderes de Lisboa: «Hacia acá,
como hacia un puerto, se dirigen y son recogidas en la casa real de la moneda
las grandiosas sumas de oro de todas las minas. Aquí viven los hombres mejor
educados, tanto los laicos como los eclesiásticos. Este es el asiento de toda la
nobleza y la fuerza de los militares. Esta es, en virtud de su posición natural,
la cabeza de América íntegra; y por el poder de sus riquezas, es la perla
preciosa del Brasil».
Con frecuencia llegaban a Lisboa quejas y protestas por la vida pecaminosa en
Ouro Preto, Sabará, San Pablo d’El Rey, Riberao do Carmo y todo el turbulento
distrito minero. Las fortunas se hacían y se deshacían en un abrir y cerrar de
ojos. El padre Antonil denunciaba que sobraban mineros dispuestos a pagar una
fortuna por un negro que tocara bien la trompeta y el doble por una prostituta
mulata, « para entregarse con ella a continuos y escandalosos pecados », pero
los hombres de sotana no se portaban mejor: de la correspondencia oficial de la
época pueden extraerse numerosos testimonios contra los «clérigos maus» que
infestaban la región. Se los acusaba de hacer uso de su inmunidad para sacar oro
de contrabando dentro de las pequeñas efigies de los santos de madera. En 1705,
se afirmaba que no había en Minas Gerais ni un solo cura dispuesto a interesarse
en la fe cristiana del pueblo, y seis años después la Corona llegó a prohibir el
establecimiento de cualquier orden religiosa en el distrito minero.
Proliferaban, de todos modos, las hermosas iglesias construidas y decoradas en
el original estilo barroco característico de la región. Minas Gerais atraía a
los mejores artesanos de la época. Exteriormente, los templos aparecían sobrios,
despojados; pero el interior, símbolo del alma divina, resplandecía en el oro
puro de los altares, los retablos, los pilares y los paneles en bajorrelieve; no
se estimaban los metales preciosos, para que las iglesias pudieran alcanzar
«también las riquezas del Cielo», como aconsejaba el fraile Miguel de san
Francisco en 1710.
Los servicios religiosos tenían altísimos precios, pero todo era fantásticamente
caro en las minas. Como había ocurrido en Potosí, Ouro Preto se lanzaba al
derroche de su riqueza súbita. Las procesiones y los espectáculos daban lugar a
la exhibición de vestidos y adornos de lujo fulgurantes. En 1733 una festividad
religiosa duró más de una semana. No solo se hacían procesiones a pie, a caballo
y en triunfales carros de nácar, seda y oro, con trajes de fantasía y alegorías,
sino también torneos ecuestres, corridas de toros y danzas en las calles al son
de flautas, gaitas y guitarras. Los mineros despreciaban el cultivo de la tierra
y la región padeció epidemias de hambre en plena prosperidad, hacia 1700 y 1713:
los millonarios tuvieron que comer gatos, perros, ratas, hormigas, gavilanes.
Los esclavos agotaban sus fuerzas y sus días en los lavaderos de oro. «Allí
trabajan – escribía Luis Gomes Ferreira-, allí comen, y a menudo allí tienen que
dormir; y como cuando descansan o comen, sus poros se cierran y se congelan de
tal forma que se hacen vulnerables a muchas peligrosas enfermedades, como las
hay muy severas pleuresías, apoplejías, parálisis, neumonías y muchas otras». La
enfermedad era una bendición del cielo que aproximaba la muerte. Los capitanes
do mato de Minas Gerais cobraban recompensas en oro a cambio de las cabezas
cortadas de los esclavos que se fugaban.
Los esclavos se llamaban «piezas de indias» cuando eran medidos, pesados y
embarcados en Luanda; los que sobrevivían a la travesía del océano se convertían
ya en Brasil, en «las manos y los pies» del amo blanco.
Angola exportaba esclavos bantúes y colmillos de elefante a cambio de ropa,
bebidas y armas de fuego; pero los mineros de Ouro Preto preferían a los negros
que venían de la pequeña playa de Whydad, en la costa de Guinea, porque eran más
vigorosos, duraban un poco más y tenían poderes mágicos para descubrir el oro.
Cada minero necesitaba, además, por lo menos una amante negra de Whydad para que
la suerte lo acompañara en las exploraciones . La explosión del oro no solo
incrementó la importación de esclavos, sino que además absorbió buena parte de
la mano de obra negra ocupada en las plantaciones de azúcar y tabaco de otras
regiones de Brasil, que quedaron sin brazos. Un decreto real de 1711 prohibió la
venta de los esclavos ocupados en tareas agrícolas con destino al servicio en
las minas, con la excepción de los que mostraran «perversidad de carácter».
Resultaba insaciable el hambre de esclavos de Ouro Preto. Los negros morían
rápidamente, solo en casos excepcionales llegaban a soportar siete años
continuos de trabajo. Eso sí: antes de que cruzaran el Atlántico, los
portugueses los bautizaban a todos. Y en Brasil tenían la obligación de asistir
a misa, aunque les estaba prohibido entrar en la capilla mayor o sentarse en los
bancos.
A mediados del siglo XVIII ya muchos de los mineros se habían trasladado a la
Serra do Frio en busca de diamantes. Las piedras cristales que los cazadores de
oro habían arrojado a un costado mientras exploraban los lechos de los ríos
habían resultado ser diamantes. Minas Gerais ofrecía oro y diamantes en
matrimonio, en proporciones parejas. El floreciente campamento de Tijuco se
convirtió en el centro del distrito diamantino, y en él, al igual que en Ouro
Preto, los ricos vestían a la última moda europea y se traían desde el otro lado
del mar las ropas, las armas y los muebles más lujosos: horas del delirio y el
derroche. Una esclava mulata, Francisca da Silva, conquistó su libertad al
convertirse en la amante del millonario Joao Fernández de Oliveira, virtual
soberano de Tijuco, y ella, que era fea y ya tenía dos hijos, se convirtió en la
Xica que manda. Como nunca había visto el mar y quería tenerlo cerca, su
caballero le construyó un gran lago artificial en el que puso un barco con
tripulación y todo. Sobre las faldas de la sierra de san Francisco levantó para
ella un castillo, con un jardín de plantas exóticas y cascadas artificiales; en
su honor daba opíparos banquetes regados por los mejores vinos, bailes nocturnos
de nunca acabar y funciones de teatro y conciertos. Todavía en 1818, Tijuco
festejó a lo grande el casamiento del príncipe de la corte portuguesa. Diez años
antes, John Mawe, un inglés que visitó Ouro Preto, se asombró de su pobreza;
encontró casas vacías y sin valor, con letreros que las ponían infructuosamente
en venta, y comió comida inmunda y escasa. Tiempo atrás había estallado la
rebelión que coincidió con la crisis en la comarca del oro. José Joaquim da
Silva Xavier, «Tiradentes», había sido ahorcado y despedazado, y otros
luchadores por la independencia habían partido desde Ouro Preto hacia la cárcel
o el exilio.
Contribución del oro de Brasil al progreso de Inglaterra
El oro había empezado a fluir en el preciso momento en que Portugal firmaba el
tratado de Methuen, en 1703, con Inglaterra. Esta fue la coronación de una larga
serie de privilegios conseguidos por los comerciantes británicos en Portugal. A
cambio de algunas ventajas para sus vinos en el mercado inglés, Portugal abría
su propio mercado, y el de las colonias, a las manufacturas británicas. Dado el
desnivel de desarrollo industrial ya por entonces existente, la medida implicaba
una condenación a la ruina para las manufacturas locales. No era con vino como
se pagarían los tejidos ingleses, sino con oro, con el oro de Brasil, y por el
camino quedarían paralíticos los telares de Portugal. Portugal no se limitó a
matar en el huevo a su propia industria, sino que, de paso, aniquiló también los
gérmenes de cualquier tipo de desarrollo manufacturero en el Brasil.
El reino prohibió el funcionamiento de refinerías de azúcar en 1715, en 1729,
declaró crimen la apertura de nuevas vías de comunicación en la región minera;
en 1785, ordenó incendiar los telares y las hilanderías brasileñas.
Inglaterra y Holanda, campeonas del contrabando del oro y de los esclavos, que
amasaron grandes fortunas en el tráfico ilegal de carne negra, atrapaban por
medios ilícitos, según se estima, más de la mitad del metal que correspondía al
impuesto del «quinto real» que debía recibir, de Brasil, la corona portuguesa.
Pero Inglaterra no recurría solamente al comercio prohibido para canalizar el
oro brasileño en dirección a Londres. Las vías legales también le pertenecían.
El auge del oro, que implicó el flujo de grandes contingentes de población
portuguesa hacia Minas Gerais, estimuló agudamente la demanda colonial de
productos industriales y proporcionó, a la vez, medios para pagarlos. De la
misma manera que la plata de Potosí rebotaba en el suelo de España, el oro de
Minas Gerais, solo pasaba en tránsito por Portugal. La metrópoli se convirtió en
simple intermediaria. En 1755, el marqués de Pombal, primer ministro portugués,
intentó la resurrección de una política proteccionista pero ya era tarde:
denunció que los ingleses habían conquistado Portugal sin los inconvenientes de
una conquista, que abastecían las dos terceras partes de sus necesidades y que
los agentes británicos eran dueños de la totalidad del comercio portugués.
Portugal no producía prácticamente nada y tan ficticia resultaba la riqueza del
oro que hasta los esclavos negros que trabajaban las minas de la colonia eran
vestidos por los ingleses.
Celso Furtado ha hecho notar que Inglaterra, que seguía una política
clarividente en materia de desarrollo industrial, utilizó el oro de Brasil para
pagar importaciones esenciales de otros países y pudo concentrar sus inversiones
en el sector manufacturero. Rápidas y eficaces innovaciones tecnológicas
pudieron ser aplicadas gracias a esta gentileza histórica de Portugal. El centro
financiero de Europa se trasladó de Amsterdan a Londres. Según las fuentes
británicas, las entradas de oro brasileño en Londres alcanzaban a cincuenta mil
libras por semana en algunos períodos. Sin esta tremenda acumulación de reservas
metálicas, Inglaterra no hubiera podido enfrentar, posteriormente, a Napoleón.
Nada quedó, en el suelo brasileño, del impulso dinámico del oro, salvo los
templos y las obras de arte. A fines del siglo XVIII, aunque todavía no se
habían agotado los diamantes, el país estaba postrado. El ingreso per capita de
los tres millones largos de brasileños no superaba los cincuenta dólares anuales
al actual poder adquisitivo, según los cálculos de Furtado, y este era el nivel
más bajo de todo el período colonial. Minas Gerais cayó a pique en un abismo de
decadencia y ruina. Increíblemente, un autor brasileño agradece el favor y
sostiene que el capital inglés que salió de Minas Gerais «sirvió para la inmensa
red bancaria que propició el comercio entre las naciones y tornó posible
levantar el nivel de vida de los pueblos capaces del progreso ». Condenados
inflexiblemente a la pobreza en función del progreso ajeno, los pueblos mineros
«incapaces» quedaron aislados y tuvieron que resignarse a arrancar sus alimentos
de las pobres tierras ya despojadas de metales y piedras preciosas. La
agricultura de subsistencia ocupó el lugar de la economía minera. En nuestros
días, los campos de Minas Gerais son, como los del nordeste, reinos del
latifundio y de los «coroneles de hacienda», impertérritos bastiones del atraso.
La venta de trabajadores mineiros a las haciendas de otros estados es casi tan
frecuente como el tráfico de esclavos que los nordestinos padecen. Franklin de
Oliveira recorrió Minas Gerais hace poco tiempo. Encontró casas de palo a pique,
pueblitos sin agua ni luz, prostitutas con una edad media de trece años en la
ruta al valle de Jequitinhonda, locos y famélicos a la vera de los caminos. Lo
cuenta en su reciente libro A tragedia da renovacao brasileira. Henri Gorceix
había dicho, con razón, que Minas Gerais tenía un corazón de oro en un pecho de
hierro pero la explotación de su fabuloso quadrilátero ferrífero corre por
cuenta, en nuestros días, de la Hanna Mining Co. y la Bethlehem Steel, asociadas
al efecto: los yacimientos fueron entregados en 1964, al cabo de una siniestra
historia. El hierro, en manos extranjeras, no dejará más de lo que el oro dejó.
Solo la explosión del talento había quedado como recuerdo del vértigo del oro,
por no mencionar los agujeros de las excavaciones y las pequeñas ciudades
abandonadas. Portugal no pudo, tampoco, rescatar otra fuerza creadora que no
fuera la revolución estética. El convento de Mafra, orgullo de Don Joao V,
levantó a Portugal de la decadencia artística: en sus carillones de treinta y
siete campanas, sus vasos y sus candelabros de oro macizo, centellea todavía el
oro de Minas Gerais.
Las iglesias de Minas han sido bastante saqueadas y son raros los objetos
sacros, de tamaño portátil, que en ellas perduran, pero para siempre quedaron,
alzadas sobre las ruinas coloniales, las monumentales obras barrocas, los
frontispicios y los púlpitos, los retablos, las tribunas, las figuras humanas,
que diseñó, talló o esculpió Antonio Franciso Lisboa, el «Aleijadinho», el
«Tullidito» comenzó a modelar en piedra un conjunto de grandes figuras sagradas,
al pie del santuario de Bon Jesús da Matosinhos, en Congonhas do Campo. La
euforia del oro era cosa del pasado: la obra se llamaba Los Profetas, pero ya no
había ninguna gloria por proferir. Toda la pompa y la alegría se habían
desvanecido y no quedaba sitio para ninguna esperanza. El testimonio final,
grandioso como un entierro para aquella fugaz civilización del oro nacida para
morir, fue dejado a los siglos siguientes por el artista más talentoso de toda
la historia de Brasil. El «Aleijadinho», desfigurado y mutilado por la lepra,
realizó su obra maestra amarrándose el cincel y el martillo a las manos sin
dedos y arrastrándose de rodillas, cada madrugada, rumbo a su taller.
La leyenda asegura que en la iglesia de Nossa Señora de Mercês e Misericordia,
de Minas Gerais, los mineros muertos celebraban todavía misa en las frías noches
de lluvia. Cuando el sacerdote se vuelve, alzando las manos desde el altar
mayor, se le ven los huesos de la cara.
EL REY AZÚCAR Y OTROS
MONARCAS AGRÍCOLAS
Las plantaciones, los latifundios y el destino
La búsqueda del oro y de la plata fue, sin duda, el motor central de la
conquista. Pero en su segundo viaje, Cristóbal Colón trajo las primeras raíces
de caña de azúcar, desde las islas Canarias, y las plantó en las tierras que hoy
ocupa la República Dominicana. Una vez sembradas, dieron rápidos retoños, para
gran regocijo del almirante. El azúcar, que se cultivaba en pequeña escala en
Sicilia y en las islas Madeira y Cabo verde y se compraba, a precios altos, en
Oriente, era un artículo tan codiciado por los europeos que hasta en los ajuares
de las reinas llegó a figurar como parte de la dote. Se vendía en las farmacias,
se lo pesaba por gramos. Durante poco menos de tres siglos a partir del
descubrimiento de América, no hubo, para el comercio de Europa, producto
agrícola más importante que el azúcar cultivado en estas tierras. Se alzaron los
cañaverales en el litoral húmedo y caliente del nordeste de Brasil y,
posteriormente, también las islas del caribe –Barbados, Jamaica, Haití y la
Dominicana, Guadalupe, Cuba, Puerto Rico- y Veracruz y la costa peruana
resultaron sucesivos escenarios propicios para la explotación, en gran escala,
del «oro blanco». Inmensas legiones de esclavos vinieron a África para
proporcionar, al rey azúcar, la fuerza del trabajo numerosa y gratuita que
exigía: combustible humano para quemar. Las tierras fueron devastadas por esta
planta egoísta que invadió el Nuevo Mundo arrasando los bosques, malgastando la
fertilidad natural y extinguiendo el humus acumulado por los suelos. El largo
ciclo del azúcar dio origen, en América Latina, a prosperidades tan mortales
como las que engendraron, en Potosí, Ouro Preto, Zacatecas y Guanajuato, los
furores de la plata y el oro; al mismo tiempo, impulsó con fuerza decisiva,
directa e indirectamente, el desarrollo industrial de Holanda, Francia,
Inglaterra y Estados Unidos.
La plantación, nacida de la demanda de azúcar en ultramar, era una empresa
movida por el afán de ganancia de su propietario y puesta al servicio del
mercado que Europa iba articulando internacionalmente. Por su estructura
interna, sin embargo, tomando en cuenta que se bastaba a sí misma en buena
medida, resultaban feudales algunos de sus rasgos predominantes. Utilizaba, por
otra parte, mano de obra esclava. Tres edades históricas distintas
–mercantilismo, feudalismo, esclavitud- se combinaban así en una sola unidad
económica y social, pero era el mercado internacional quien estaba en el centro
de la constelación del poder que el sistema de plantaciones integró desde
temprano.
De la plantación colonial, subordinada a las necesidades extranjeras y
financiada, en muchos casos, desde el extranjero, proviene en línea recta el
latifundio de nuestros días. Este es uno de los cuellos de botella que
estrangulan el desarrollo económico de América Latina y uno de los factores
primordiales de la marginación y la pobreza de las masas latinoamericanas. El
latifundio actual, mecanizado en medida suficiente para multiplicar los
excedentes de mano de obra, dispone de abundantes reservas de brazos baratos. Ya
no depende la importación de esclavos africanos ni de la «encomienda» indígena.
Al latifundio le basta con el pago de jornales irrisorios, la retribución de
servicios en especies o el trabajo gratuito a cambio del usufructo de un
pedacito de tierra; se nutre de la proliferación de los minifundios, resultado
de su propia expansión, y de la continua migración interna de legiones de
trabajadores que se desplazan, empujados por el hambre, al ritmo de las zafras
sucesivas.
La estructura combinada de la plantación funcionaba, y así funciona también el
latifundio, como un colador armado para la evasión de las riquezas naturales. Al
integrarse al mercado mundial, cada área conoció un ciclo dinámico; luego, por
la competencia de otros productos sustitutivos, por el agotamiento de la tierra
o por la aparición de otras zonas con mejores condiciones, sobrevino la
decadencia. La cultura de la pobreza, la economía de subsistencia y el letargo
son los precios que cobra, con el transcurso de los años, el impulso productivo
original. El nordeste era la zona más rica de Brasil y hoy es la más pobre; en
Barbados y Haití habitan hormigueros humanos condenados a la miseria; el azúcar
se convirtió en la llave maestra del dominio de Cuba por los Estados Unidos, al
precio del monocultivo y del empobrecimiento implacable del suelo. No solo el
azúcar.
Esta es también la historia del cacao, que alumbró la fortuna de la oligarquía
de Caracas; del algodón de Maranhao, de súbito esplendor y súbita caída; de las
plantaciones de caucho en el Amazonas, convertidas en cementerios para los
obreros nordestinos reclutados a cambio de moneditas; de los arrasados bosques
de quebracho del norte argentino y del Paraguay; de las fincas de henequén, en
Yucatán, donde los indios yanquis fueron enviados al exterminio. Es también la
historia del café, que avanza abandonando desiertos a sus espaldas, y de las
plantaciones de frutas en Brasil, en Colombia, en Ecuador y en los desdichados
países centroamericanos. Con mejor o peor suerte, cada producto se ha ido
convirtiendo en un destino, muchas veces fugaz, para los países, las regiones y
los hombres. El mismo itinerario han seguido, por cierto, las zonas productoras
de riquezas minerales. Cuanto más codiciado por el mercado mundial, mayor es la
desgracia que un producto trae consigo al pueblo latinoamericano que, con su
sacrificio, lo crea. La zona menos castigada por esta ley de acero, el río de la
Plata, que arrojaba cueros y luego carne y lana a las corrientes del mercado
internacional, no ha podido, sin embargo, escapar de la jaula del subdesarrollo.
El asesinato de la tierra de Brasil
Las colonias españolas proporcionaban, en primer lugar, metales. Muy temprano se
habían descubierto, en ellas, los tesoros y las vetas. El azúcar, relegada a un
segundo plano, se cultivó en Santo Domingo, luego en Veracruz, más tarde en la
costa peruana y en Cuba. En cambio, hasta mediados del siglo XVIII, Brasil fue
el mayor productor mundial de azúcar. Simultáneamente, la colonia portuguesa de
América era el principal mercado de esclavos; la mano de obra indígena, muy
escasa, se extinguía rápidamente en los trabajos forzados, y el azúcar exigía
grandes contingentes de mano de obra para limpiar y preparar los terrenos,
plantar, cosechar y transportar la caña y, por fin, molerla y purgarla. La
sociedad colonial brasileña, subproducto del azúcar, floreció en Bahía y
Pernambuco, hasta que el descubrimiento del oro trasladó su núcleo central a
Minas Gerais.
Las tierras fueron cedidas por la corona portuguesa, en usufructo, a los
primeros grandes terratenientes de Brasil. La hazaña de la conquista habría de
correr pareja con la organización de la producción. Solamente «doce capitanes»
recibieron, por carta de donación, todo el inmenso territorio colonial
inexplorado, para explotarlo al servicio del monarca. Sin embargo, fueron
capitales holandeses los que financiaron, en mayor medida, el negocio, que
resultó, en resumidas cuentas, más flamenco que portugués. Las empresas
holandesas no solo participaron en la instalación de los ingenios y en la
importación de los esclavos; además, recogían el azúcar en bruto en Lisboa, lo
refinaban obteniendo utilidades que llegaban a la tercera parte del valor del
producto, y lo vendían en Europa.
En 1630 la Dutch West India Company invadió y conquistó la costa nordeste de
Brasil, para asumir directamente el control del producto. Era preciso
multiplicar las fuentes del azúcar, para multiplicar las ganancias, y la empresa
ofreció a los ingleses de la isla de Barbados todas las facilidades para iniciar
el cultivo en gran escala en las Antillas.
Trajo a Brasil colonos del caribe, para que allí, en sus flamantes dominios,
adquirieran los necesarios conocimientos técnicos y la capacidad de
organización. Cuando los holandeses fueron por fin expulsados del nordeste
brasileño, en 1654, ya habían echado las bases para que Barbados se lanzara a
una competencia furiosa y ruinosa.
Habían llevado negros y raíces de caña, habían levantado ingenios y les habían
proporcionado todos los implementos. Las exportaciones brasileñas cayeron
bruscamente a la mitad, y a la mitad bajaron los precios del azúcar a fines del
siglo XVII. Mientras tanto, en un par de décadas, se multiplicó por diez la
población negra de Barbados. Las Antillas estaban más cerca del mercado europeo,
Barbados proporcionaba tierras todavía invictas y producía con mejor nivel
técnico. Las tierras brasileñas se habían cansado. La formidable magnitud de las
rebeliones de los esclavos en Brasil y la aparición del oro en el sur, que
arrebataba mano de obra a las plantaciones, precipitaron también la crisis del
nordeste azucarero. Fue una crisis definitiva. Se prolongó, arrastrándose
penosamente de siglo en siglo, hasta nuestros días.
El azúcar había arrasado el nordeste. La franja húmeda del litoral, bien regada
por las lluvias, tenía un suelo de gran fertilidad, muy rico en humus y sales
minerales, cubiertos por los bosques desde Bahía hasta Ceará. Esta región de
bosques tropicales se convirtió, como dice Josué de Castro, en una región de
sabanas. Naturalmente nacida para producir alimentos, pasó a ser una región de
hambre. Donde todo brotaba con vigor exuberante, el latifundio azucarero,
destructivo y avasallador, dejó rocas estériles, suelos lavados, tierras
erosionadas. Se habían hecho, al principio, plantaciones de naranjos y mangos,
que «fueron abandonadas a su suerte y se redujeron a pequeñas huertas que
rodeaban la casa del dueño del ingenio, exclusivamente reservadas a la familia
del plantador blanco». Los incendios que abrían tierras a los cañaverales
devastaron la floresta y con ella la fauna; desaparecieron los ciervos, los
jabalíes, los tapires, los conejos, las pacas y los tatúes. La alfombra vegetal,
la flora y la fauna fueron sacrificadas, en los altares del monocultivo, a la
caña de azúcar. La producción extensiva agotó rápidamente los suelos.
A fines del siglo XVI, había en Brasil no menos de 120 ingenios, que sumaban un
capital cercano a los dos millones de libras, pero sus dueños, que poseían las
mejores tierras, no cultivaban alimentos. Los importaban, como importaban una
vasta gama de artículos de lujo que llegaban, desde ultramar, junto con los
esclavos y las bolsas de sal. La abundancia y la prosperidad eran, como de
costumbre, simétricas a la miseria de la mayoría de la población, que vivía en
estado crónico de subnutrición. La ganadería fue relegada a los desiertos del
interior, lejos de la franja húmeda de la costa: el sertao que, con un par de
reses por kilómetro cuadrado, proporcionaba (y aún proporciona) la carne dura y
sin sabor, siempre escasa.
De aquellos tiempos coloniales nace la costumbre, todavía vigente, de comer
tierra. La falta de hierro provoca anemia; el instinto empuja a los niños
nordestinos a compensar con tierra las sales minerales que no encuentran en su
comida habitual, que se reduce a la harina de mandioca, los frijoles y, con
suerte, el tasajo. Antiguamente, se castigaba este «vicio africano» de los niños
poniéndoles bozales o colgándolos dentro de las cestas de mimbre a la larga
distancia del suelo .
El nordeste de Brasil es, en la actualidad, la región más subdesarrollada del
hemisferio occidental . Gigantesco campo de concentración para treinta millones
de personas, padece hoy la herencia del monocultivo del azúcar. De sus tierras
brotó el negocio más lucrativo de la economía agrícola colonial en América
Latina. En la actualidad, menos de la quinta parte de la zona húmeda de
Pernambuco está dedicada al cultivo de la caña de azúcar, y el resto no se usa
para nada: los dueños de los grandes ingenios centrales, que son los mayores
plantadores de caña, se dan este lujo del desperdicio, manteniendo improductivos
sus vastos latifundios. No es en las zonas áridas y semiáridas del interior
nordestino donde la gente come peor, como equivocadamente se cree. El sertao,
desierto de piedra y arbustos ralos, vegetación escasa, padece hambre
periódicas: el sol rajante de la sequía se abate sobre la tierra y la reduce a
un paisaje lunar; obliga a los hombres al éxodo y siembra de cruces los bordes
de los caminos. Pero es en el litoral húmedo donde se padece hambre endémica.
Allí donde más opulenta es la opulencia, más miserable resulta, tierra de
contradicciones, la miseria: la región elegida por la naturaleza para producir
todos los alimentos, los niega todos: la franja costera todavía conocida, ironía
del vocabulario, como zona de mata, «zona del bosque», en homenaje al pasado
remoto y a los míseros vestigios de la forestación sobreviviente a los siglos
del azúcar. El latifundio azucarero, estructura del desperdicio, continúa
obligando a traer alimentos desde otras zonas, sobre todo de la región
centro-sur del país, a precios crecientes. El costo de la vida en Recife es el
más alto de Brasil, por encima del índice de Río de Janeiro. Los frijoles
cuestan más caros en el nordeste que en Ipanema, la lujosa playa de la bahía
carioca.
Medio kilo de harina de mandioca equivale al salario diario de un trabajador
adulto en una plantación de azúcar, por su jornada de sol a sol: si el obrero
protesta, el capataz manda a buscar al carpintero para que le vaya tomando las
medidas del cuerpo.
Para lo propietarios o sus administradores sigue en vigencia, en vastas zonas,
el «derecho a la primera noche» de cada muchacha. La tercera parte de la
población de Recife sobrevive marginada en las chozas de los bajos fondos; en un
barrio, Casa Amarela, más de la mitad de los niños que nacen muere antes de
llegar al año. La prostitución infantil, niñas de diez o doce años vendidas por
sus padres, es frecuente en las ciudades del nordeste. La jornada de trabajo en
algunas plantaciones se paga por debajo de los jornales bajos de la India. Un
informe de la FAO, organismo de las Naciones Unidas, aseguraba en 1957 que en la
localidad de Vitoria, cerca de Recife, la deficiencia de proteínas «provoca en
los niños una pérdida de peso de un 40 % más grave de lo que se observa
generalmente en África». En numerosas plantaciones subsisten todavía las
prisiones privadas, «pero los responsables de los asesinatos por subalimentación
–dice René Dumont- no son encerrados en ellas, porque son los que tienen las
llaves». Pernambuco produce ahora menos de la mitad del azúcar que produce el
estado de San Pablo, y con rendimientos menores por hectárea; sin embargo,
Pernambuco vive del azúcar, y de ella viven sus habitantes densamente
concentrados en la zona húmeda, mientras que el estado de San Pablo contiene el
centro industrial más poderoso de América Latina. En el nordeste ni siquiera el
progreso resulta progresista, porque hasta el progreso está en manos de pocos
propietarios. El alimento de las minorías se convierte en el hambre de las
mayorías. A partir de 1870, la industria azucarera se modernizó
considerablemente con la creación de los grandes molinos centrales, y entonces
«la absorción de las tierras por los latifundios progresó de modo alarmante,
acentuando la miseria alimentaria de la zona». En la década de 1950, la
industrialización en auge incrementó el consumo del azúcar en Brasil. La
producción nordestina tuvo impulso, pero sin que aumentaran los rendimientos por
hectárea. Se incorporaron nuevas tierras, de inferior calidad, a los
cañaverales, y el azúcar nuevamente devoró las pocas áreas dedicadas a la
producción de alimentos. Convertido en asalariado, el campesino que antes
cultivaba su pequeña parcela no mejoró con la nueva situación, pues no gana
suficiente dinero para comprar los alimentos que antes producía. Como de
costumbre, la expansión expandió al hambre.
A paso de carga en las islas del Caribe
Las Antillas eran las Sugar Islands, las islas del azúcar: sucesivamente
incorporadas al mercado mundial como productoras de azúcar, al azúcar quedaron
condenadas, hasta nuestros días, Barbados, las islas de Sotavento, Trinidad
Tobago, la Guadalupe, Puerto Rico y Santo Domingo (la Dominicana y Haití).
Prisioneras del monocultivo de la caña en los latifundios de vastas tierras
exhaustas, las islas padecen la desocupación y la pobreza: el azúcar se cultiva
en gran escala y en gran escala irradia sus maldiciones. También Cuba continúa
dependiendo, en medida determinante, de sus ventas de azúcar, pero a partir de
la reforma agraria de 1959 se inició un intenso proceso de diversificación de la
economía de la isla, lo que ha puesto punto final al desempleo: ya los cubanos
no trabajan apenas cinco meses al año, durante las zafras, sino todo a lo largo
de la ininterrumpida y por cierto difícil construcción de una sociedad nueva.
«Pensaréis tal vez, señores –decía Karl Marx en 1848-, que la producción de café
y azúcar es el destino natural de las Indias Occidentales. Hace dos siglos, la
naturaleza, que apenas tiene que ver con el comercio, no había plantado allí ni
el árbol del café ni la caña de azúcar». La división internacional del trabajo
no se fue estructurando por mano y gracia del Espíritu Santo, sino por obra de
los hombres, o, más precisamente, a causa del desarrollo mundial del
capitalismo.
En realidad, Barbados fue la primera isla del caribe donde se cultivó el azúcar
para la exportación en grandes cantidades, desde 1641, aunque con anterioridad
los españoles habían plantado caña en la Dominicana y en Cuba. Fueron los
holandeses, como hemos visto, quienes introdujeron las plantaciones en la
minúscula isla británica; en 1666 ya había en Barbados ochocientas plantaciones
de azúcar y más de ochenta mil esclavos. Vertical y horizontalmente ocupada por
el latifundio naciente, Barbados no tuvo mejor suerte que el nordeste de Brasil.
Antes, la isla disfrutaba el policultivo; producía, en pequeñas propiedades
algodón y tabaco, naranjas, vacas y cerdos. Los cañaverales devoraron los
cultivos agrícolas y devastaron los densos bosques, en nombre de un apogeo que
resultó efímero. Rápidamente, la isla descubrió que sus suelos se habían
agotado, que no tenía cómo alimentar a su población y que estaba produciendo
azúcar a precios fuera de competencia.
Ya el azúcar se había propagado a otras islas, hacia el archipiélago de
Sotavento, Jamaica y, en tierras continentales, las Guayanas. A principios del
siglo XVIII, los esclavos eran, en Jamaica, diez veces más numerosos que los
colonos blancos. También su suelo se cansó en poco tiempo. En la segunda mitad
del siglo, el mejor azúcar del mundo brotaba del suelo esponjoso de las llanuras
de la costa de Haití, una colonia francesa que por entonces se llamaba Saint
Domingue. Al norte y al oeste, Haití se convirtió en un vertedero de esclavos:
el azúcar exigía cada vez más brazos. En 1786, llegaron a la colonia veintisiete
mil esclavos, y al año siguiente cuarenta mil. En el otoño de 1791 estalló la
revolución. En un solo mes, septiembre, doscientas plantaciones de caña fueron
presa de las llamas; los incendios y los combates se sucedieron sin tregua a
medida que los esclavos insurrectos iban empujando a los ejércitos franceses
hacia el océano. Los barcos zarpaban cargando cada vez más franceses y cada vez
menos azúcar. La guerra derramó ríos de sangre y devastó las plantaciones. Fue
larga.
El país, en cenizas, quedó paralizado; a fines de siglo la producción había
caído verticalmente. «En noviembre de 1803 casi toda la colonia, antiguamente
floreciente, era un gran cementerio de cenizas y escombros», dice Lepkowki. La
revolución haitiana había coincidido, y no solo en el tiempo, con la revolución
francesa, y Haití sufrió también, en carne propia, el bloqueo contra Francia de
la coalición internacional. Inglaterra dominaba los mares. Pero luego sufrió, a
medida que su independencia se iba haciendo inevitable, el bloque de Francia.
Cediendo a la presión francesa, el Congreso de los Estados Unidos prohibió el
comercio con Haití en 1806.
«He aquí mi opinión sobre este país: hay que suprimir a todos los negros de las
montañas, hombres y mujeres, conservando solo a los niños menores de doce años,
exterminar la mitad de los negros de las llanuras y no dejar en la colonia ni un
solo mulato que lleve charreterras». El trópico se vengó de Leclerc, pues murió
«agarrado por el vómito negro» pese a los conjuros mágicos de Paulina Bonaparte
, sin poder cumplir su plan, pero la indemnización en dinero resultó una piedra
aplastante sobre las espaldas de los haitianos independientes que habían
sobrevivido a los baños de sangre de las sucesivas expediciones militares
enviadas contra ellos. El país nació en ruinas y no se recuperó jamás: hoy es el
más pobre de América Latina.
La crisis de Haití provocó el auge azucarero de Cuba, que rápidamente se
convirtió en la primera proveedora del mundo. También la producción cubana de
café, otro artículo de intensa demanda en ultramar, recibió su impulso de la
caída de la producción haitiana, pero el azúcar le ganó la carrera al
monocultivo: en 1862 Cuba se verá obligada a importar café del extranjero. Un
miembro dilecto de la «sacarocracia» cubana llegó a escribir sobre «las fundadas
ventajas que se pueden sacar de la desgracia ajena». A la rebelión haitiana
sucedieron los precios más fabulosos de la historia del azúcar en el mercado
europeo, y en 1806 ya Cuba había duplicado, a la vez, los ingenios y la
productividad.
Castillos de azúcar sobre los suelos quemados de Cuba
Los ingleses se habían apoderado fugazmente de La Habana en 1762. Por entonces,
las pequeñas plantaciones de tabaco y la ganadería eran las bases de la economía
rural de la isla; La Habana, plaza fuerte militar, mostraba un considerable
desarrollo de las artesanías, contaba con una fundición importante, que
fabricaba cañones, y disponía del primer astillero de América Latina para
construir en gran escala buques mercantes y navíos de guerra. Once meses
bastaron a los ocupantes británicos para introducir una cantidad de esclavos que
normalmente hubiese entrado en quince años y desde esa época la economía cubana
fue modelada por las necesidades extranjeras del azúcar: los esclavos
producirían la codiciada mercancía con destino al mercado mundial, y su jugosa
plusvalía sería desde entonces disfrutada por la oligarquía local y los
intereses imperialistas.
Moreno Fraginals describe, con datos elocuentes, el auge violento del azúcar en
los años siguientes a la ocupación británica. El monopolio comercial español
había saltado, de hecho, en pedazos; habían quedado deshechos además los frenos
al ingreso de esclavos.El ingenio absorbía todo, hombres y tierras.
Los obreros del astillero y la fundición y los innumerables pequeños artesanos,
cuyo aporte hubiera resultado fundamental para el desarrollo de las industrias,
se marchaban a los ingenios; los pequeños campesinos que cultivaban tabaco en
las vegas o frutas en las huertas, víctimas del bestial arrasamiento de las
tierras por los cañaverales, se incorporaban también a la producción de azúcar.
La plantación extensiva iba reduciendo la fertilidad de los suelos; se
multiplicaban en los campos cubanos las torres de los ingenios y cada ingenio
requería cada vez más tierras. El fuego devoraba las vegas tabacales y los
bosques y arrasaba las pasturas. En 1792, el tasajo, que pocos años antes era un
artículo cubano de exportación, llegaba ya en grandes cantidades del extranjero,
y Cuba continuaría importándolo en lo sucesivo . Languidecían el astillero y la
fundición, caía verticalmente la producción de tabaco; la jornada de trabajo de
los esclavos del azúcar se extendía a veinte horas. Sobre las tierras humeantes
se consolidaba el poder de la «sacarocracia». A fines del siglo XVIII, euforia
de la cotización internacional por las nubes, la especulación volaba: los
precios de la tierra se multiplicaban por veinte Güines; en La Habana el interés
real del dinero era ocho veces más alto que el legal; en toda Cuba la tarifa de
los bautismos, los entierros y las misas subía en proporción a la desatada
carestía de los negros y los bueyes.
Los cronistas de otros tiempos decían que podía recorrerse Cuba, a todo lo
largo, a la sombra de las palmas gigantescas y los bosques frondosos, en los que
abundaban la caoba y el cedro, el ébano y los dagames. Se puede todavía admirar
las maderas preciosas de Cuba en las mesas y en las ventanas de El Escorial o en
las puertas del palacio real Madrid, pero la invasión cañera hizo arder, en
Cuba, con varios fuegos sucesivos, los mejores bosques vírgenes de cuantos antes
cubrían su suelo. En los mismos años en que arrasaba su propia floresta, Cuba se
convertía en la principal compradora de madera de los Estados Unidos. El cultivo
extensivo de la caña, cultivo de rapiña, no solo implicó la muerte del bosque
sino también, a largo plazo, «la muerte de la fabulosa fertilidad de la isla ».
Los bosques eran entregados a las llamas y la erosión no demoraba en morder los
suelos indefensos; miles de arroyos se secaron. Actualmente, el rendimiento por
hectáreas de las plantaciones azucareras de Cuba es inferior en más de tres
veces al de Perú, y cuatro veces y media menor que el de Hawai. El riesgo y la
fertilización de la tierra constituyen tareas prioritarias para la revolución
cubana. Se están multiplicando las presas hidráulicas, grandes y pequeñas,
mientras se canalizan los campos y se diseminan, sobre las castigadas tierras,
los abonos.
La «sacarocracia» alumbró su engañosa fortuna al tiempo que sellaba la
dependencia de Cuba, una factoría distinguida cuya economía quedó enferma de
diabetes. Entre quienes devastaron las tierras más fértiles por medios brutales
había personajes de refinada cultura europea, que sabían reconocer un Brueghel
auténtico y podían comprarlo; de sus frecuentes viajes a París traían vasijas
etruscas y ánforas griegas, gobelinos franceses y biombos Ming, paisajes y
retratos de los más cotizados artistas británicos. Me sorprendió descubrir, en
la cocina de una mansión de La Habana, una gigantesca caja fuerte, con
combinación secreta, que una condesa usaba para guardar la vajilla. Hasta 1959
no se construían fábricas, sino castillos de azúcar: el azúcar ponía y sacaba
dictadores, proporcionaba o negaba trabajo a los obreros, decidía el ritmo de
las danzas de los millones y las crisis terribles. La ciudad de Trinidad es,
hoy, un cadáver resplandeciente. A mediados del siglo XIX, había en Trinidad más
de cuarenta ingenios, que producían 700 mil arrobas de azúcar. Los campesinos
pobres que cultivaban tabaco habían sido desplazados por la violencia, y la
zona, que había sido también ganadera, y que antes exportan carne, comía carne
traída de fuera.
Brotaron palacios coloniales, con sus portales de sombra cómplice, sus aposentos
de altos techos, arañas con lluvia de cristales, alfombras persas, un silencio
de terciopelo y en el aire las ondas del minué, los espejos en los salones para
devolver la imagen de los caballeros de peluquín y zapatos con hebilla. Ahí
está, ahora, el testimonio de los grandes esqueletos de mármol o piedra, la
soberbia de los campanarios mudos, las calesas invadidas por el pasto. A
Trinidad le dicen ahora «la ciudad de los tuvo», porque sus sobrevivientes
blancos siempre hablan de algún antepasado que tuvo el poder y la gloria. Pero
vino la crisis de 1857, cayeron los precios del azúcar y la ciudad cayó con
ellos, para no levantarse nunca más . Un siglo después, cuando los guerrilleros
de la Sierra Maestra conquistaron el poder, Cuba seguía con su destino atado a
la cotización del azúcar. «El pueblo que confía su subsistencia a un solo
producto, se suicida», había profetizado el héroe nacional, José Martí. En 1920,
con el azúcar a 22 centavos la libra, Cuba batió el récord mundial de
exportaciones por habitante, superando incluso a Inglaterra, y tuvo el mayor
ingreso per capita de América Latina. Pero ese mismo año, en diciembre, el
precio del azúcar cayó a cuatro centavos, y en 1921 se desató el huracán de la
crisis: quebraron numerosas centrales azucareras, que fueron adquiridas por
intereses norteamericanos, y todos los bancos cubanos o españoles, incluyendo el
propio Banco Nacional. Solo sobrevivieron las sucursales de los bancos de
Estados Unidos. Una economía tan dependiente y vulnerable como la de Cuba no
podía escapar, posteriormente, al impacto feroz de la crisis de 1929 en Estados
Unidos: el precio del azúcar llegó a bajar a mucho menos de un centavo en 1932,
y en tres años las exportaciones se redujeron, en valor, a la cuarta parte. El
índice de desempleo de Cuba en esos tiempos «difícilmente habrá sido igualado en
ningún otro país». El desastre de 1921 había sido provocado por la caída del
precio del azúcar en el mercado de los Estados Unidos, y de los Estados Unidos
no demoró en llegar un crédito de cincuenta millones de dólares: en ancas del
crédito, llegó también el general Crowder; so pretexto de controlar la
utilización de los fondos, Crowder gobernaría, de hecho, el país. Gracias a sus
buenos oficios la dictadura de Machado llega al poder en 1924, pero la gran
depresión de los años treinta se lleva por delante, paralizada Cuba por la
huelga general, a este régimen de sangre y fuego.
Lo que ocurría con los precios, se repetía con el volumen de las exportaciones.
Desde 1948, Cuba recuperó su cuota para cubrir la tercera parte del mercado
norteamericano de azúcar, a precios inferiores a los que recogían los
productores de Estados Unidos, pero más altos y más estables que los del mercado
internacional. Ya con anterioridad los Estados Unidos habían desgravado las
importaciones de azúcar cubana a cambio de privilegios similares concedidos al
ingreso de los artículos norteamericanos en Cuba. Todos estos favores
consolidaron la dependencia. «El pueblo que compra manda, el pueblo que vende
sirve; hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad; el pueblo que
quiere morir vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse vende a más de
uno», había dicho Martí y repitió el Che Guevara en la conferencia de la OEA, en
Punta del este, en 1961. La producción era arbitrariamente limitada por las
necesidades de Washington. El nivel de 1925, unos cinco millones de toneladas,
continuaba siendo el promedio de los años cincuenta: el dictador Fulgencio
Batista asaltó el poder, en 1952, en ancas de la mayor zafra hasta entonces
conocida, más de siete millones, con la misión de apretar las clavijas, y al año
siguiente la producción, obediente a la demanda del norte, cayó a cuatro .
La revolución ante la estructura de la impotencia
La proximidad geográfica y la aparición del azúcar de remolacha, surgida durante
las guerras napoleónicas, en los campos de Francia y Alemania, convirtieron a
los Estados Unidos en el cliente principal del azúcar de la Antillas.
Ya en 1850 los Estados Unidos dominaban la tercera parte del comercio de Cuba,
le vendían y le compraban más que a España, aunque la isla era una colonia
española, y la bandera de las barras y las estrellas flameaba en los mástiles de
más de la mitad de los buques que llegaban allí. Un viajero español encontró
hacia 1859, campo adentro, en remotos pueblitos de Cuba, máquinas de coser
fabricadas en Estados Unidos. Las principales calles de La Habana fueron
empedradas con bloques de granito de Boston.
Cuando despuntaba el siglo XX se leía en el Lousina Planter: «Poco a poco, va
pasando toda la isla de Cuba a manos de ciudadanos norteamericanos, lo cual es
el medio más sencillo y seguro de conseguir la anexión a los Estados Unidos». En
el Senado norteamericano se hablaba ya de nueva estrella en la bandera;
derrotada España, el general Leonard Wood gobernaba la isla. Al mismo tiempo
pasaban a manos norteamericanas las Filipinas y Puerto Rico . «Nos han sido
otorgados por guerras –decía el presidente McKinley incluyendo a Cuba-, y con la
ayuda de Dios y en nombre del progreso de la humanidad y de la civilización, es
nuestro deber responder a esta gran confianza». En 1902, Tomás Estrada Palma
tuvo que renunciar a la ciudadanía norteamericana que había adoptado en el
exilio: las tropas norteamericanas de ocupación lo convirtieron en el primer
presidente de Cuba.
En 1960, el ex embajador norteamericano en Cuba, Earl Smith, declaró ante una
subcomisión del Senado: «Hasta el arribo de Castro al poder, los Estados Unidos
tenían tenían en Cuba una influencia de tal manera irresistible que el embajador
norteamericano era el segundo personaje del país, a veces aún más importante que
el presidente cubano».
Cuando cayó Batista, Cuba vendía casi todo su azúcar en Estados Unidos. Cinco
años antes, un joven abogado revolucionario había profetizado certeramente, ante
quienes lo juzgaban por el asalto al cuartel Moncada, que la historia lo
absolvería: había dicho en su vibrante alegato: «Cuba sigue siendo una factoría
productora de materia prima.
Se exporta azúcar para importar caramelo... ». Cuba compraba en Estados Unidos
no solo los automóviles y las máquinas, los productos químicos, el papel y la
ropa, sino también arroz y frijoles, ajos y cebollas, grasas, carne y algodón.
Venían helados de Miami, panes de Atlanta y hasta cenas de lujo desde París. El
país del azúcar importaba cerca de la mitad de las frutas y las verduras que
consumía, aunque solo la tercera parte de su población activa tenía trabajo
permanente y la mitad de las tierras de los centrales azucareros eran
extensiones baldías donde empresas no producían nada. Trece ingenios
norteamericanos disponían de más de 47 por ciento del área azucarera total y
ganaban alrededor de 180 millones de dólares por cada zafra. La riqueza del
subsuelo –níquel, hierro, cobre, manganeso, cromo, tungsteno- formaba parte de
las reservas estratégicas de los Estados Unidos, cuyas empresas apenas
explotaban los minerales de acuerdo con las variables urgencia del ejército y la
industria del norte. Había en Cuba, 1958, más prostitutas registradas que
obreros mineros. Un millón y medio de cubanos sufría el desempleo total o
parcial, según las investigaciones de Seuret y Pino que cita Núñez Jiménez.
La economía del país se movía al ritmo de las zafras. El poder de compra de las
exportaciones cubanas entre 1952 y 1956 no superaba el nivel de treinta años
atrás, aunque las necesidades de divisas eran mayores.
En los años treinta, cuando la crisis consolidó la dependencia de la economía
cubana en lugar de contribuir a romperla, se había llegado al colmo de desmontar
fábricas recién instaladas para venderlas a otros países. Cuando triunfó la
revolución, el primer día de 1959, el desarrollo industrial de Cuba era muy
pobre y lento, más de la mitad de la producción estaba concentrada en La Habana
y las pocas fábricas con tecnología moderna se teledirigían desde los Estados
Unidos. Un economista cubano, Regino Boti, coautor de las tesis económicas de
los guerrilleros de la sierra, cita el ejemplo de una filial de la Nestlé que
producía leche concentrada en Bayamo: «En caso de accidente, el técnico
telefoneaba a Connecticut y señalaba que en su sector tal o cual cosa no
marchaba. Recibía en seguida instrucciones sobre las medidas a tomar y las
ejecutaba mecánicamente... Si la operación no resultaba exitosa, cuatro horas
más tarde llegaba un avión transportando un equipo de especialistas de alta
calificación que arreglaban todo. Después de la nacionalización ya no se podía
telefonear para pedir socorro y los raros técnicos que hubieran podido reparar
los desperfectos secundario habían partido». El testimonio ilustra cabalmente
las dificultades que la Revolución encontró desde que se lanzó a la aventurera
de convertir a la colonia en patria.
Cuba tenía las piernas cortadas por el estatuto de la dependencia y no le ha
resultado nada fácil echarse a andar por su propia cuenta. La mitad de los niños
cubanos no iba a la escuela en 1958, pero la ignorancia era, como denunciara
Fidel Castro tantas veces, mucho más vasta y más grave que el analfabetismo. La
gran campaña de 1961 movilizó a un ejército de jóvenes voluntarios para enseñar
a leer y a escribir a todos los cubanos y los resultados asombraron al mundo:
Cuba ostenta actualmente, según la Oficina Internacional de Educación de la
UNESCO, el menor porcentaje de analfabetos y el mayor porcentaje de población
escolar, primaria y secundaria, de América Latina. Sin embargo, la herencia
maldita de la ignorancia no se supera en una noche y un día –ni en doce años. La
falta de cuadros técnicos eficaces, la incompetencia de la administración y la
desorganización del aparato productivo, el burocrático temor a la imaginación
creadora y a la libertad de decisión, continúan interponiendo obstáculos al
desarrollo del socialismo. Pero pese a todo el sistema de impotencias forjado
por cuatro siglos y medio de historia de la opresión, Cuba está naciendo, con
entusiasmo que no cesa, de nuevo: mide sus fuerzas, alegría y desmesura, ante
los obstáculos.
El azúcar era el cuchillo y el imperio el asesino
«Edificar sobre el azúcar ¿es mejor que edificar sobre la arena?», se preguntaba
Jean- Paul-Sartre en 1960, desde Cuba.
En el muelle del puerto de Guayabàl, que exporta azúcar a granel, vuelan los
alcatraces sobre un galpón gigantesco. Entro y contemplo, atónito, una pirámide
dorada de azúcar. A medida que las compuertas se abren, por debajo, para que las
tolvas conduzcan el cargamento, sin embolsar, hacia los buques, la rajadura del
techo va dejando caer nuevos chorros de oro, azúcar recién transportada desde
los molinos de los ingenios. La luz del sol se filtra y les arranca destellos.
Vale unos cuatro millones de dólares esta montaña tibia que palpo y no me
alcanza la mirada para recorrerla. Pienso que aquí se resume toda la euforia y
el drama de esta zafra récord de 1970 que quiso, pero no pudo, pese al esfuerzo
sobrehumano, alcanzar los diez millones de toneladas. Y una historia mucho más
larga resbala, con el azúcar, ante la mirada. Pienso en el reino de la Francisco
Sugar Co., la empresa de Allen Dulles, donde he pasado una semana escuchando las
historias del pasado y asistiendo al nacimiento futuro: Josefina, hija de
caridad Rodríguez, que estudia en un aula que antes era celda del cuartel, en el
preciso lugar donde su padre fue preso y torturado antes de morir; Antonio
Bastidas, el negro de setenta años que una madrugada de este año se colgó con
ambos puños de la palanca de la sirena porque el ingenio había sobrepasado la
meta y gritaba: «¡Carajo!», gritaba: «¡Cumplimos, carajo!», y no había quien le
sacara la palanca de las manos crispadas mientras la sirena, que había
despertado al pueblo, estaba despertando a toda Cuba; historias de desalojos, de
sobornos, de asesinatos, el hambre y los extraños oficios que la desocupación,
obligatoria durante más de la mitad de cada año, engendraba: cazador de grillos
en los plantíos, por ejemplo. Pienso que la desgracia tenía el vientre hinchado,
ahora se sabe.
No murieron en vano los que murieron: Amancio Rodríguez, por ejemplo,
acribillado a tiros por los rompehuelgas en una asamblea, que había rechazado
furioso un cheque en blanco de la empresa y cuando sus compañeros lo fueron a
enterrar descubrieron que no tenía calzoncillos ni medias para llevarse al
cajón, o por ejemplo Pedro Plaza, que a los veinte años fue detenido y condujo
el camión de soldados hacia las minas que él mismo había sembrado y voló con el
camión y los soldados.
Y tantos otros, en esa localidad y en todas las demás: «Aquí las familias
quieren mucho a los mártires – me ha dicho un viejo cañero- , pero después de
muertos. Antes eran puras quejas». Pienso que no resultaba casual que Fidel
Castro reclutara a las tres cuartas partes de sus guerrilleros entre los
campesinos, hombres del azúcar, ni que la provincia de Oriente fuera, a la vez
la mayor fuente de azúcar y de sublevaciones en toda la historia de Cuba.
Me explico el rencor acumulado: después de la gran zafra de 1961, la revolución
optó por vengarse del azúcar. El azúcar era la memoria viva de la humillación.
¿Era también, el azúcar un destino? ¿Se convirtió luego en una penitencia?
¿Puede ser ahora una palanca, la catapulta del desarrollo económico? Al influjo
de una justa impaciencia, la revolución abatió numerosos cañaverales y quiso
diversificar, en un abrir y cerrar de ojos, la producción agrícola: no cayó en
el tradicional error de dividir los latifundios en minifundios improductivos,
pero cada finca socializada acometió de golpe cultivos excesivamente variados.
Había que realizar importaciones en gran escala para industrializar el país,
aumentar la productividad agrícola y satisfacer muchas necesidades de consumo
que la revolución, al redistribuir la riqueza, acrecentó enormemente. Sin las
grandes zafras del azúcar, ¿de dónde obtener las divisas necesarias para esas
importaciones? El desarrollo de la minería, sobre todo el níquel, exige grandes
inversiones, que se están realizando, y la producción pesquera se ha
multiplicado por ocho gracias al crecimiento de la flota, lo cual también ha
exigido inversiones gigantes; los grandes planes de producción de cítricos están
en ejecución, pero los años que separan a la siembra de la cosecha obligan a la
paciencia. La revolución descubrió, entonces, que había confundido el cuchillo
con el asesino. El azúcar, que había sido el factor del sudesarrollo, pasó a
convertirse en un instrumento del desarrollo. No hubo más remedio que utilizar
los frutos del monocultivo y la dependencia, nacidos de la incorporación de Cuba
al mercado mundial, para romper el espinazo del monocultivo y la dependencia.
Porque los ingresos que el azúcar proporciona ya no se utilizan en consolidar la
estructura del sometimiento . Las importaciones de maquinarias y de
instalaciones industriales crecieron en un cuarenta por ciento desde 1958; el
excedente económico que el azúcar genera se moviliza para desarrollar las
industrias básicas y para que no queden tierras ociosas ni trabajadores
condenados a la desocupación. Cuando cayó la dictadura de Batista, había en Cuba
cinco mil tractores y trescientos automóviles. Hoy hay cincuenta mil tractores,
aunque en buena medida se los desperdicia por las graves deficiencias de
organización, y de aquella flota de automóviles, en su mayoría modelos de lujo,
no restan más que algunos ejemplares dignos del museo de la chatarra. La
industria del cemento y las plantas de electricidad han cobrado un asombroso
impulso; las nuevas fábricas de fertilizantes han hecho posible que hoy se
utilicen cinco veces más abonos que en 1958. Los embalses, creados por todas
partes, contienen hoy un caudal de agua setenta y tres veces mayor que el total
de agua embalsada en 1958 y han avanzado con botas de siete leguas las áreas de
riego. Nuevos caminos, abiertos por toda Cuba, han roto la incomunicación de
muchas regiones que parecían condenadas al aislamiento eterno. Para aumentar la
magra producción de leche del ganado cebú, se han traído a Cuba trozos de raza
Holstein con los que, mediante la inseminación artificial, se han hecho nacer
ochocientas mil vacas de cruza.
Grandes progresos se han realizado en la mecanización del corte y el alza de la
caña, en buena medida en base a las invenciones cubanas, aunque todavía resultan
insuficientes. Un nuevo sistema de trabajo se organiza, con dificultades, para
ocupar el lugar del viejo sistema desorganizado por los cambios que la
revolución trajo consigo. Los macheteros profesionales, presidiarios del azúcar,
son en Cuba una especie extinguida: también para ellos la revolución implicó la
libertad de elegir otros oficios menos pesados, y para sus hijos, la posibilidad
de estudiar, mediante becas, en las ciudades. La redención de los cañeros ha
provocado, en consecuencia, precio inevitable, severos trastornos para la
economía de la isla. En 1970 Cuba debió utilizar el triple de trabajadores para
la zafra, en su mayoría voluntarios o soldados o trabajadores de otros sectores,
con los que se perjudicaron las demás actividades del campo y de la ciudad: las
cosechas de otros productos, el ritmo de trabajo de las fábricas. Y hay que
tener en cuenta, en este sentido, que en una sociedad socialista, a diferencia
de la sociedad capitalista, los trabajadores ya no actúan urgidos por el miedo a
la desocupación ni por la codicia. Otros motores la solidaridad, la
responsabilidad colectiva, la toma de conciencia de los deberes y los derechos
que lanzan al hombre más allá del egoísmo- deben ponerse en funcionamiento. Y no
se cambia la conciencia de un pueblo entero en un santiamén. Cuando la
revolución conquistó el poder, según Fidel Castro, la mayoría de los cubanos no
era ni siquiera antiimperialista. Los cubanos se fueron radicalizando junto con
su revolución, a medida que se sucedían los desafíos y las respuestas, los
golpes y los contragolpes entre La Habana y Washington, y a medida que se iban
convirtiendo en hechos concretos las promesas de justicia social. Se
construyeron ciento setenta hospitales nuevos y otros tantos policlínicos y se
hizo gratuita la asistencia social. Se construyeron ciento setenta hospitales
nuevos y otros tantos policlínicos y se hizo gratuita la asistencia médica; se
multiplicó por tres la cantidad de estudiantes matriculados a todos los niveles
y también la educación se hizo gratuita; las becas benefician hoy a más de
trescientos mil niños y jóvenes y se han multiplicado los internados y los
círculos infantiles. Gran parte de la población no paga alquiler y ya son
gratuitos los servicios de agua, luz, teléfono, funerales y espectáculos
deportivos. Los gastos en servicios sociales crecieron cinco veces en pocos
años. Pero ahora que todos tienen educación y zapatos, las necesidades se van
multiplicando geométricamente y la producción solo puede crecer aritméticamente.
La presión del consumo, que es ahora consumo de todos y no de pocos, también
obliga a Cuba al aumento rápido de las exportaciones, y el azúcar continúa
siendo la mayor fuente de recursos. En verdad, la revolución está viviendo
tiempos duros, difíciles, de transición y sacrificio. Los propios cubanos han
terminado de confirmar que el socialismo se construye con los dientes apretados
y que la revolución no es ningún paseo. Al fin y al cabo, el futuro no sería de
esta tierra si viniera regalado. Hay escasez, es cierto, de diversos productos:
en 1970 faltan frutas y heladeras, ropa; las colas, muy frecuentes, no solo
resultan de la desorganización de la distribución. La causa esencial de la
escasez es la nueva abundancia de consumidores: ahora el país pertenece a todos.
Se trata, por lo tanto, de una escasez de signo inverso a la que padecen los
demás países latinoamericanos.
En el mismo sentido operan los gastos de defensa. Cuba está obligada a dormir
con los ojos abiertos, y también eso resulta, en términos económicos, muy caro.
Esta revolución acosada, que ha debido soportar invasiones y sabotajes sin
tregua, no cae porque –extraña dictadura- la defiende su pueblo en armas. Los
expropiadores expropiados no se resignan. En abril de 1961, la brigada que
desembarcó en Playa Girón no estaba formada solamente por los viejos militares y
policías de Batista, sino también por los dueños de más de 370 mil hectáreas de
tierra, casi diez mil inmuebles, setenta fábricas, diez centrales azucareros,
tres barcos, cinco minas y doce cabarets. El dictador de Guatemala, Miguel
Idígoras, cedió campos de entrenamiento a los expedicionarios a cambio de las
empresas que los norteamericanos le formularon, según él mismo confesó más
tarde: dinero constante y sonante, que nunca le pagaron, y un aumento de la
cuota gualtemalteca de azúcar en el mercado de los Estados Unidos.
En 1965, otro país azucarero, la República Dominicana, sufrió la invasión de
unos cuarenta mil marines dispuestos «a pertenecer indefinidamente en este país,
en vista de la confusión reinante», según declaró su comandante, el general
Bruce Palmer. La caída vertical de los precios del azúcar había sido uno de los
factores que hicieron estallar la indignación popular; el pueblo se levantó
contra la dictadura militar y las tropas norteamericanas no demoraron en
restablecer el orden. Dejaron cuatro mil muertos en los combates que los
patriotas libraron, cuerpo a cuerpo, entre el río Ozama y el Caribe, en un
barrio acorralado de la ciudad de Santo Domingo .
La Organización de Estados Americanos –que tiene la memoria del burro, porque no
olvida nunca dónde come- bendijo la invasión y la estimuló con nuevas fuerzas.
Había que matar el germen de otra Cuba.
Gracias al sacrificio de los esclavos en el Caribe, nacieron la máquina de James
Watt y los cañones de Washington
El Che Guevara decía que el subdesarrollo es un enano de cabeza enorme y panza
hinchada: sus piernas débiles y sus brazos cortos no armonizan con el resto del
cuerpo. La Habana resplandecía, zumbaban los cadillacs por sus avenidas de lujo
y en el cabaret más grande del mundo ondulaban, al ritmo de Lecuona, las
vedettes más hermosas, mientras tanto, en el campo cubano, solo uno de cada diez
obreros agrícolas bebía leche, apenas un cuatro por ciento consumía carne y,
según el Consejo Nacional de Economía, las tres quintas partes de los
trabajadores rurales ganaban salarios que eran tres o cuatro veces inferiores al
costo de la vida.
Pero el azúcar no solo produjo enanos. También produjo gigantes o, al menos,
contribuyó intensamente al desarrollo de los gigantes. El azúcar del trópico
latinoamericano aportó un gran impulso a la acumulación de capitales para el
desarrollo industrial de Inglaterra, Francia, Holanda y, también, de los Estados
Unidos, al mismo tiempo que mutiló la economía del nordeste de Brasil y de las
islas del caribe y selló la ruina histórica de África. El comercio triangular
entre Europa, África y América tuvo por viga maestra el tráfico de esclavos con
destino a las plantaciones de azúcar. «La historia de un grano de azúcar es toda
una lección de economía política, de política y también de moral». Decía Augusto
Cochin.
Las tribus de África occidental vivían planeando entre sí, para aumentar, con
los prisioneros de guerra, sus reservas de esclavos. Pertenecían a los dominios
coloniales de Portugal, pero los portugueses no tenían naves ni artículos
industriales que ofrecer en la época del auge de la trata de negros, y se
convirtieron en meros intermediarios entre los capitanes negreros de otras
potencias y los reyezuelos africanos. Inglaterra fue, hasta que ya no le resultó
conveniente, la gran campeona de la compra y venta de carne humana.
Los holandeses tenían, sin embargo, más larga tradición en el negocio, porque
Carlos V les había regalado el monopolio del transporte de negros a América
tiempo antes de que Inglaterra obtuviera el derecho de introducir esclavos en
las colonias ajenas.
Y en cuanto a Francia, Luis XIV, el Rey Sol, compartía con el rey de España la
mitad de las ganancias de la Compañía de Guinea, formada en 1701 para el tráfico
de esclavos hacia América, y su ministro Colbert, artífice de la
industrialización francesa, tenía motivos para afirmar que la trata de negros
era «recomendable para el progreso de la marina mercante nacional».
Adam Smith decía que el descubrimiento de América había «elevado el sistema
mercantil a un grado de esplendor y gloria que de otro modo no hubiera alcanzado
jamás». Según Sergio Bagú, el más formidable motor de acumulación de capital
mercantil europeo fue la esclavitud americana; a su vez, ese capital resultó «la
piedra fundamental sobre la cual se construyó el gigantesco capital industrial
de los tiempos contemporáneos». La resurrección de la esclavitud grecorromana en
el Nuevo Mundo tuvo propiedades milagrosas: multiplicó las naves, las fábricas,
los ferrocarriles y los bancos de países que no estaban en el origen ni, con
excepción de los Estados Unidos, tampoco en el destino de los esclavos que
cruzaban el Atlántico. Entre los albores del siglo XVI y la agonía del siglo
XIX, varios millones de africanos, no se sabe cuántos, atravesaron el océano; se
sabe, sí, que fueron muchos más que los inmigrantes blancos, provenientes de
Europa, aunque, claro está, muchos menos sobrevivieron. Del Potomac al río de la
Plata, los esclavos edificaron la casa de sus amos, talaron los bosques,
cortaron y molieron las cañas de azúcar, plantaron algodón, cultivaron cacao,
cosecharon café y tabaco y rastrearon los cauces en busca de oro. ¿A cuántas
Hiroshimas equivalieron sus exterminios sucesivos? Como decía un plantador
inglés de Jamaica, «a los negros es más fácil comprarlos que criarlos».
Caio Prado calcula que hasta principios del siglo XIX habían llegado a Brasil
entre cinco y seis millones de africanos; para entonces, ya Cuba era un mercado
de esclavos tan grande como lo había sido, antes, todo el hemisferio occidental.
Allá por 1562, el capitán John Hawkins había arrancado trescientos negros de
contrabando de la Guinea portuguesa. La reina Isabel se puso furiosa: «Esta
aventura –sentenció- clama venganza del cielo». Pero Hawkins le contó que en el
Caribe había obtenido, a cambio de los esclavos, un cargamento de azúcar y
pieles, perlas y jengibre. La reina perdonó al pirata y se convirtió en su socia
comercial. Un siglo después, el duque de York marcaba al hierro candente sus
iniciales, DY, sobre la nalga izquierda o el pecho de los tres mil negros que
anualmente conducía su empresa hacia las «islas del azúcar». La Real Compañía
Africana, entre cuyos accionistas figuraba el rey Carlos II, daba un trescientos
por ciento de dividendos, pese a que, de los 70 mil esclavos que embarcó entre
1680 y 1688, solo 46 mil sobrevivieron a la travesía. Durante el viaje,
numerosos africanos morían víctima de epidemias o desnutrición, o se suicidaban
negándose a comer, ahorcándose con sus cadenas o arrojándose por la borda al
océano erizado de aletas de tiburones. Lenta pero firmemente, Inglaterra iba
quebrando la hegemonía holandesa en la trata de negros. La South Sea Company fue
la principal usufructuaria del «derecho de asiento» concedido a los ingleses por
España, y en ella estaban envueltos los más prominentes personajes de la
política y las finanzas británicas; el negocio, brillante como ninguno,
enloqueció a la bolsa de valores de Londres y desató una especulación de
leyenda.
El transporte de esclavos elevó a Bristol, sede de astilleros, al rango de
segunda ciudad de Inglaterra, y convirtió a Liverpool en el mayor puerto del
mundo. Partían los navíos con sus bodegas cargadas de armas, telas, ginebra,
ron, chucherías y vidrios de colores, que serían el medio de pago para la
mercadería humana de África, que a su vez pagaría el azúcar, el algodón, el café
y el cacao de las plantaciones coloniales de América. Los ingleses imponían su
reinado sobre los mares. A fines del siglo XVIII, África y el Caribe daban
trabajo a ciento ochenta mil obreros textiles en Manchester; de Sheffield
provenían los cuchillos, y de Birmingham, 150 mil mosquetes por año. Los
caciques africanos recibían las mercancías de la industria británica y
entregaban los cargamentos de esclavos a los capitanes negreros. Disponían, así
de nuevas armas y abundante aguardiente para emprender las próximas cacerías en
las aldeas. También proporcionaban marfiles, ceras y aceite de palma. Muchos de
los esclavos provenían de la selva y no habían visto nunca el mar; confundían
los rugidos del océano con los de algunas bestias sumergida que los esperaba
para devorarlos o, según el testimonio de un traficante de la época, creían, y
en cierto modo no se equivocaban, que «iban a ser llevados como carneros al
matadero, siendo su carne muy apreciada por los europeos». De muy poco servían
los látigos de siete colas para contener la desesperación suicida de los
africanos.
Los «fardos» que sobrevivían al hambre, las enfermedades y el hacinamiento de la
travesía, eran exhibidos en andrajos, pura piel y huesos, en la plaza pública,
luego de desfilar por las calles coloniales al son de las gaitas. A las que
llegaban al caribe demasiado exhaustos se los podía cebar en los depósitos de
esclavos antes de lucirlos a los ojos de los compradores; a los enfermos se los
dejaba morir en los muelles. Los esclavos eran vendidos a cambio de dinero en
efectivo o pagarés a tres años de plazo. Los barcos zarpaban de regreso a
Liverpool llevando diversos productos tropicales: a comienzos del siglo XVIII,
las tres cuartas partes del algodón que hilaba la industria textil inglesa
provenían de las Antillas, aunque luego Giorgia y Lousiana serían sus
principales fuentes; a mediados del siglo, había ciento veinte refinerías de
azúcar en Inglaterra.
Un inglés podía vivir, en aquella época, con unas seis libras al año; los
mercaderes de esclavos de Liverpool sumaban ganancias anuales por más de un
millón cien mil libras, contando exclusivamente el dinero obtenido en el Caribe
y sin agregar los beneficios del comercio adicional. Diez grandes empresas
controlaban los dos tercios del tráfico. Liverpool inauguró un nuevo sistema de
muelles; cada vez se construían más buques, más largos y de mayor calado. Los
orfebres ofrecían «candados y collares de plata para negros y perros», las damas
elegantes se mostraban en público acompañadas de un mono vestido con jubón
bordado y un niño esclavo, con turbante y bombachudos de seda. Un economista
describía por entonces la trata de negros como «el principio básico y
fundamental de todo lo demás; como el principal resorte de la máquina que pone
en movimiento cada rueda del engranaje».
Se propagaban los bancos en Liverpool y Manchester, Bristol, Londres y Glasgow;
la empresa de seguros Lloyd’s acumulaba ganancias asegurando esclavos, buque y
plantaciones. Desde muy temprano, los avisos del London Gazette indicaban que
los esclavos fugados debían ser devueltos a Lloyd’s. Con fondos del comercio
negrero se construyó el gran ferrocarril inglés del oeste y nacieron industrias
como las fábricas de pizarras de Gales. El capital acumulado en el comercio
triangular –manufacturas, esclavos, azúcar- hizo posible la invención de la
máquina de vapor. Eric Williams lo afirma en su documentada obra sobre el tema.
A principios del siglo XIX, Gran Bretaña se convirtió en la principal impulsora
de la campaña antiesclavista. La industria inglesa ya necesitaba mercados
internacionales con mayor poder adquisitivo, lo que obligaba a la propagación
del régimen de salarios. Además, al establecerse el salario en las colonias
inglesas del caribe, el azúcar brasileño, producido con mano de obra esclava,
recuperaba ventajas por sus bajos costos comparativos . La Armada británica se
lanzaba al asalto de los buques negreros, pero el tráfico continuaba creciendo
para abastecer a Cuba y a Brasil. Antes de que los botes ingleses llegaran a los
navíos piratas, los esclavos eran arrojados por la borda: adentro solo se
encontraba el olor, las calderas calientes y un capitán muerto de risa en
cubierta. La represión del tráfico elevó los precios y aumentó enormemente las
ganancias. A mediados del siglo, los traficantes entregaban un fusil viejo por
cada esclavo vigoroso que arrancaban del África, para luego venderlo en Cuba a
más de seiscientos dólares.
Las pequeñas islas del caribe habían sido infinitamente más importantes, para
Inglaterra, que sus colonias del norte. A Barbados, Jamaica y Montserrat se les
prohibía fabricar una aguja o una herradura por cuenta propia. Muy diferente era
la situación de Nueva Inglaterra, y ello facilitó su desarrollo económico y,
también, su independencia política.
Por cierto que la trata de negros en Nueva Inglaterra dio origen a gran parte
del capital que facilitó la revolución industrial en Estados Unidos de América.
A mediados del siglo XVIII, los barcos negreros del norte llevaban desde Boston,
Newport o Providence barriles llenos de ron hasta las costas de África; en
África los cambiaban por esclavos; vendían los esclavos en el Caribe y de allí
traían la melaza a Massachusetts, donde se destilaba y se convertía, para
completar el ciclo, en ron. El mejor ron de las Antillas, el West Indian Rum, no
se fabricaba en las Antillas. Con capitales obtenidos de este tráfico de
esclavos, los hermanos Brown, de Providence, instalaron el horno de fundición
que proveyó de cañones al general George Washington para la guerra de la
independencia.
Las plantaciones azucareras del Caribe, condenadas como estaban al monocultivo
de la caña, no solo pueden considerarse el centro dinámico del desarrollo delas
«trece colonias» por el aliento que la trata de negros brindó a la industria
naval y a las destilerías de Nueva Inglaterra. También constituyeron el gran
mercado para el desarrollo de las exportaciones de víveres, maderas e
implementos diversos con destino a los ingenios, con lo cual dieron viabilidad
económica a la economía granjera y precozmente manufacturera del Atlántico
norte. En gran escala, los navíos fabricados por los astilleros de los colonos
del norte llevaban al caribe peces frescos y ahumados, avena y granos, frijoles,
harina, manteca, queso, cebollas, caballos y bueyes, velas y jabones, telas,
tablas de pino, roble y cedro para las cajas de azúcar (Cuba contó con la
primera sierra de vapor que llegó a la América hispánica pero no tenía madera
que cortar) y duelas, arcos, aros, argollas y clavos.
Así se iba trasvasando la sangre por todos estos procesos. Se desarrollaban los
países desarrollados de nuestros días; se subdesarrollaban los subdesarrollados.
El arcoriris es la ruta del retorno a Guinea.
En 1518 el licenciado Alonso Zuazo escribía a Carlos V desde Dominicana: «Es
vano el temor de que los negros puedan sublevarse: viudas hay en las islas de
Portugal muy sosegadas con ochocientos esclavos: todo está en cómo son
gobernados.
Yo hallé al venir algunos negros ladinos, otros huidos a monte; azoté a unos,
corté las orejas a otros; y ya no se ha venido más queja». Cuatro años después
estalló la primera sublevación de esclavos en América: los esclavos de Diego
Colón, hijo del descubridor, fueron los primeros en levantarse y terminaron
colgados de las horcas en los senderos del ingenio. Se sucedieron otras
rebeliones en Santo Domingo y luego en todas las islas azucareras del Caribe. Un
par de siglos después del sobresalto de Diego Colón, en el otro extremo de la
misma isla, los esclavos cimarrones huían a las regiones más elevadas de Haití y
en las montañas reconstruían la vida africana: los cultivos de alimentación, la
adoración de los dioses, las costumbres.
El arcoiris señala todavía, en la actualidad, la ruta del retorno a Guinea para
el pueblo de Haití. En una nave blanca... En la Guayana holandesa, a través del
río Courantyne, sobreviven desde hace tres siglos las comunidades de los
djuntas, descendientes de esclavos que habían huido por los bosques de Surinam.
En estas aldeas, subsisten «santuarios similares a los de Guinea, y se cumplen
danzas y ceremonias que podrían celebrarse en Ghana. Se utiliza el lenguaje de
los tambores, muy parecido a los tambores de Ashanti». La primera gran rebelión
de los esclavos de la Guayana ocurrió cien años después de la fuga de los
djukas: los holandeses recuperaron las plantaciones y quemaron a fuego lento a
los líderes de los esclavos. Pero tiempo antes del éxodo de los djukas, los
esclavos cimarrones de Brasil habían organizado el reino negro de los Palmares,
en el nordeste de Brasil, y victoriosamente resistieron, durante todo el siglo
XVIII, el asedio de las decenas de expediciones militares que lanzaron para
abatirlo, una tras otra, los holandeses y los portugueses. Las embestidas de
militares de soldados nada podían contra las tácticas guerrilleras que hicieron
invencible, hasta 1963, el vasto refugio.
El reino independiente de los Palmares –convocatoria a la rebelión, bandera de
la libertad- se había organizado como un estado «a semejanza de los muchos que
existían en África en el siglo XVIII». Se extendía desde las vecindades del cabo
de santo Agostinho, en Pernambuco, hasta la zona norteña del río San Francisco,
en Halagaos: equivalía a la tercera parte del territorio de Portugal y estaba
rodeado por un espeso cerco de selvas salvajes. En plena época de las
plantaciones azucareras omnipotentes, Palmares era el único rincón de Brasil
donde se desarrollaba el policultivo. Guiados por la experiencia adquirida por
ellos mismos o por sus antepasados en las sabanas y en las selvas tropicales de
África, los negros cultivaban el maíz, el boniato, los frijoles, la mandioca,
las bananas y otros alimentos.
No en vano, la destrucción de los cultivos aparecería como el objetivo principal
de las tropas coloniales lanzadas a la recuperación de los hombres que, tras la
travesía del mar con cadenas en los pies, habían desertado de las plantaciones.
La abundancia de alimentos de Palmares contrastaba con las penurias que, en
plena prosperidad, padecían las zonas azucareras del litoral. Los esclavos que
habían conquistado la libertad la defendían con habilidad y coraje porque
compartían sus frutos: la propiedad de la tierra era comunitaria y no circulaba
el dinero en el estado negro. «No figuraba en la historia universal ninguna
rebelión de esclavos tan prolongada como la de Palmares. La de Espartaco, que
conmovió el sistema esclavista más importante de la antigüedad, duró dieciocho
meses». Para la batalla final, la corona portuguesa movilizó el mayor ejército
conocido hasta la muy posterior independencia de Brasil. No menos de diez mil
personas defendieron la última fortaleza de Palmares; los sobrevivientes fueron
degollados, arrojados a los precipicios o vendidos a los mercaderes de Río de
Janeiro y Buenos Aires. Dos años después, el jefe Zumbi, a quien los esclavos
consideraban inmortal, no pudo escapar a una traición. Lo acorralaron en la
selva y le cortaron la cabeza. Pero las rebeliones continuaron. No pasaría mucho
tiempo antes de que el capitán Bartolomeu Bueno Do Prado del río das Mortes con
sus trofeos de la victoria contra una nueva sublevación de esclavos. Traía tres
mil novecientos pares de orejas en las alforjas de los caballos.
También en Cuba se sucederían las sublevaciones. Algunos esclavos se suicidaban
en grupo; burlaban al amo «con su huelga y su inacabable cimarronería por el
otro mundo», dice Fernando Ortiz. Creían que así resucitarían castrados, mancos
o decapitados, y de este modo conseguían que muchos renunciaran a la idea de
matarse. Allá por 1870, según la reciente versión de un esclavo que en su
juventud había huido a los montes de Las Villas, los negros ya no se suicidaban
en Cuba. Mediante un cinturón mágico, «se iban volando, volaban por el cielo y
cogían para su tierra», o se perdían en la sierra porque «cualquiera se cansaba
de vivir. Los que se acostumbraban tenían el espíritu flojo. La vida en el monte
era más saludable».
Los dioses africanos continuaban vivos entre los esclavos de América como vivas
continuaban, alimentadas por la nostalgia, las leyendas y los mitos de las
patrias perdidas. Parece evidente que los negros expresaban así, en sus
ceremonias, en sus danzas, en sus conjuros, la necesidad de afirmación de una
identidad cultural que el cristianismo negaba. Pero también ha de haber influido
el hecho de que la iglesia estuviera materialmente asociada al sistema de
explotación que sufrían. A comienzos del siglo XVIII, mientras en las islas
inglesas los esclavos convictos de crímenes morían aplastados entre los tambores
de los trapiches de azúcar y en las colonias francesas se los quemaba vivos o se
los sometía al suplicio de la rueda, el jesuita Antonil formulaba dulces
recomendaciones a los dueños de ingenios en Brasil, para evitar excesos
semejantes: «A los administradores no se les debe consentir de ninguna manera
dar puntapiés principalmente en la barriga de las mujeres que andan preñadas ni
dar garrotazos a los esclavos, porque en la cólera no se miden los golpes y
pueden herir en la cabeza a un esclavo eficiente, que vale mucho dinero, y
perderlo». En Cuba, los mayorales descargaban sus látigos de cuero o cáñamo
sobre las espaldas de las esclavas embarazadas que habían incurrido en falta,
pero no sin antes acostarlas boca abajo, con el vientre en un hoyo, para no
estropear la «pieza» nueva en gestación. Los sacerdotes, que recibían como
diezmo el cinco por ciento de la producción de azúcar, daban su absolución
cristiana: el mayoral castigaba como Jesucristo a los pecadores. El misionero
apostólico Juan Perpiñá y Pibernat publicaba sus sermones a los negros:
«¡Pobrecitos! No os asustéis porque sean muchas las penalidades que tengáis que
sufrir como esclavos. Esclavo puede ser vuestro cuerpo: pero libre tenéis el
alma para volar un día a la feliz mansión de los escogidos ». El dios de los
parias no es siempre el mismo que el dios del sistema que los hace parias.
Aunque la religión católica abarca, en la información oficial, el 94 por ciento
de la oblación de Brasil, en la realidad la población negra conserva vivas sus
tradiciones africanas y viva perpetúa su fe religiosa, a menudo camuflada tras
las figuras sagradas del cristianismo. Los cultos de raíz africana encuentran
amplia proyección entre los oprimidos –cualquiera que sea el color de su piel.
Otro tanto ocurre en las Antillas. Las divinidades del vudú de Haití, el bembé
de Cuba y la umbanda y la quimbanda de Brasil son más o menos las mismas, pese a
la mayor o menor transfiguración que han sufrido, al nacionalizarse en tierras
de América, los ritos y los dioses originales. En el Caribe y en Bahía se
entonan los cánticos ceremoniales en nagó, yoruba, congo y otras lenguas
africanas. En los suburbios de las grandes ciudades del sur de Brasil, en
cambio, predomina la lengua portuguesa, pero han brotado de la costa del oeste
de África las divinidades del bien y del mal que han atravesado los siglos para
transformarse en los fantasmas vengadores de los marginados, la pobre gente
humillada que clama en las favelas de Río de Janeiro:
Fuerza bahiana,
Fuerza africana,
Fuerza divina,
Ven acá.
Ven a ayudarnos
La venta de campesinos
En 1888 se abolió la esclavitud en Brasil. Pero no se abolió el latifundio y ese
mismo año un testigo escribía desde Ceará: «El mercado de ganado humano no
estuvo abierto mientras duró el hambre, pues compradores nunca faltaron. Raro
era el vapor que no conducía gran número de cearenses». Medio millón de
nordestinos emigraron a la Amazonia, convocados por los espejismos del caucho,
hasta el filo del siglo; desde entonces el éxodo continuó, al impulso de las
periódicas sequías que han asolado el sertao y de las sucesivas oleadas de
expansión de los latifundios azucareros de la zona de mata. En 1900 cuarenta mil
víctimas de la sequía abandonaron Ceará. Tomaban el camino por entonces
habitual: la ruta del norte hacia la selva. Después, el itinerario cambió. En
nuestros días los nordestinos emigran hacia el centro y el sur de Brasil. La
sequía de 1970 arrojó muchedumbres hambrientas sobre las ciudades del nordeste.
Saquearon trenes y comercios; a gritos imploraban la lluvia a San José. Los
“flagelados” se lanzaron a los caminos. Un cable de abril de 1970 informa: «La
policía del estado de Pernambuco detuvo el domingo último en el municipio de
Belém de San Francisco, a 210 campesinos que serían vendidos a propietarios
rurales del estado de Minas Gerais a dieciocho dólares por cabeza ». Los
campesinos provenían de Praíba y Río Grande do Norte, los dos estados más
castigados por la sequía. En junio, los teletipos trasmiten las declaraciones
del jefe de la policía federal: sus servicios aún no disponen de los medios
eficaces para poner término al tráfico de esclavos, y aunque en los últimos
meses se han iniciado diez procedimientos de investigación, continúa la venta de
trabajadores del nordeste a los propietarios ricos de otras zonas del país.
El boom del caucho y el auge del café implicaron grandes levas de trabajadores
nordestinos. Pero también el gobierno hace uso de este caudal de mano de obra
barata, formidable ejército de reserva para las grandes obras públicas. Del
nordeste vinieron, acarreados como ganado, los hombres desnudos que en una noche
y un día levantaron la ciudad de Brasilia en el centro del desierto. Esta
ciudad, la más moderna, del mundo, está hoy cercada por un vasto cinturón de
miseria: terminado su trabajo, los candangos fueron arrojados a las ciudades
satélites.
En ellas, trescientos mil nordestinos, siempre listos para todo servicio, viven
de los desperdicios de la resplandeciente capital.
El trabajo esclavo de los nordestinos está abriendo, ahora, la gran carretera
transamazónica, que cortará Brasil en dos, penetrando la selva hasta la frontera
con Bolivia. El plan implica también un proyecto de colonización agraria para
extender «las fronteras de la civilización»: cada campesino recibirá diez
hectáreas de superficie, si sobrevive a las fiebres tropicales de la floresta.
En el nordeste hay seis millones de campesinos sin tierras, mientras que quince
mil personas son dueñas de la mitad de la superficie total. La reforma agraria
no se realiza en las regiones ya ocupadas, donde continúa siendo sagrado el
derecho de propiedad de los latifundistas, sino en plena selva. Ello significa
que los «flagelados» del nordeste abrirán el camino para la expansión del
latifundio sobre nuevas áreas. Sin capital, sin medios de trabajo, ¿qué
significan diez hectáreas a dos o tres mil kilómetros de distancia de los
centros de consumo? Muy distinto son, se deduce, los propósitos reales del
gobierno: proporcionar mano de obra a los latifundistas norteamericanos que han
comprado o usurpado la mitad de las tierras al norte del río Negro y también a
la United States Steel Co., que recibió de manos del general Garrastazú Médici
los enormes yacimientos de hierro y manganeso de la Amazonia .
El ciclo del caucho: Caruso inaugura un teatro monumental en medio de la selva
Algunos autores estiman que no menos de medio millón de nordestinos sucumbieron
a las epidemias, el paludismo, la tuberculosis o el beriberi en la época del
auge de la goma. «este siniestro osario fue el precio de la industria del
caucho». Sin ninguna reserva de vitaminas, los campesinos de las tierras secas
realizaban el largo viaje hacia la selva húmeda. Allí los aguardaba, en los
pantanosos seringales, la fiebre. Iban hacinados en las bodegas de los barcos,
en tales condiciones que muchos sucumbían antes de llegar: anticipaban, así, su
próximo destino. Otros, ni siquiera alcanzaban a embarcarse. En 1878, de los
ochocientos mil habitantes de Ceará, 120 mil se marcharon rumbo al río Amazonas,
pero menos de la mitad pudo llegar; los restantes fueron cayendo, abatidos por
el hambre o la enfermedad, en los caminos del sertao o en los suburbios de
Fortaleza. Un año antes, había comenzado una de las siete mayores sequías de
cuantas azotaron el nordeste durante el siglo pasado.
No solo la fiebre; también aguardaba, en la selva, un régimen de trabajo
bastante parecido a la esclavitud.
El trabajo se pagaba en especies –carne seca, harina de mandioca, rapadura,
aguardiente- hasta el seringueiro saldaba sus deudas, milagros que rara vez
ocurría. Había un acuerdo entre los empresarios para no dar trabajo a los
obreros que tuvieran deudas pendientes; los guardias rurales, apostados en las
márgenes de los ríos, disparaban contra los prófugos. Las deudas se sumaban a
las deudas. A la deuda original, por el acarreo del trabajador desde el
nordeste, se agregaba la deuda por los instrumentos de trabajo, machete,
cuchillos, tazones, y como el trabajador comía, y sobre todo bebía, porque en
los seringales no faltaba el aguardiente, cuanto mayor era la antigüedad del
obrero, mayor se hacía la deuda que él acumulaba. Analfabetos, los nordestinos
sufrían sin defensas los pases de prestidigitación de la contabilidad de los
administradores.
Priestley había observado, hacia 1770, que la goma servía para borrar los trazos
de lápiz sobre el papel. Setenta años después, Charles Goodyear descubrió, al
mismo tiempo que el inglés Hancock, el procedimiento de vulcanización del
caucho, que le daba flexibilidad y lo tornaba inalterable a los cambios de
temperatura. Ya en 1850, se revestían de goma las ruedas de los vehículos. A
fines de siglo surgió la industria del automóvil en Estados Unidos y en Europa,
y con ella nació el consumo de neumáticos en grandes cantidades. La demanda
mundial de caucho creció vertiginosamente. El árbol de la goma proporcionaba a
Brasil, en 1890, una décima parte de sus ingresos por exportaciones: veinte años
después, la proporción subía al 40 por ciento, con lo que las ventas casi
alcanzaban el nivel del café, pese a que el café estaba, hacia 1910, en el cenit
de su prosperidad. La mayor parte de la producción de caucho provenía por
entonces del territorio del Acre, que Brasil había arrancado a Bolivia al cabo
de una fulminante campaña militar .
Conquistado el Acre, Brasil disponía de la casi totalidad de las reservas
mundiales de goma; la cotización internacional estaba en la cima y los buenos
tiempos parecían infinitos. Los seringueiros no los disfrutaban, por cierto
aunque eran ellos quienes salían cada madrugada de sus chozas, con varios
recipientes atados por correas a las espaldas, y se encaramaban a los árboles,
los hevea brasiliensis gigantescos, para sangrarlos. Les hacían varias
incisiones, en el tronco y en las ramas gruesas próximas a la copa; de las
heridas manaba el látex, jugo blancuzco y pegajoso que llenaba los jarros en un
par de horas. A la noche se cocían los discos planos de goma, que se acumularían
luego en la administración de la propiedad. El olor ácido y repelente del caucho
impregnaba la ciudad de Manaus, capital mundial del comercio del producto. En
1849 Manaus tenía cinco mil habitantes; en poco más de medio siglo creció a
setenta mil. Los magnates del caucho edificaron allí sus mansiones de
arquitectura extravagante y plena de maderas preciosas de Oriente, mayólicas de
Portugal, columnas de mármol de Carrara y muebles de ebanistería francesa. Los
nuevos ricos de la selva se hacían traer los más caros alimentos desde Río de
Janeiro; los mejores modistos de Europa cortaban sus trajes y vestidos; enviaban
a sus hijos a estudiar a los colegios ingleses. El teatro Amazonas, monumento
barroco de bastante mal gusto, es el símbolo mayor del vértigo de aquellas
fortunas a principio de siglo: el tenor Caruso cantó para los habitantes de
Manaus la noche de la inauguración, a cambio de una suma fabulosa, después de
remontar el río a través de la selva. La Pavlova, que debía bailar, no pudo
pasar de la ciudad de Belém, pero hizo llegar sus excusas.
En 1913, de un solo golpe, el desastre se abatió sobre el caucho brasileño. El
precio mundial, que había alcanzado los doce chelines tres años atrás, se redujo
a la cuarta parte. En 1900 el Oriente solo había exportado cuatro toneladas de
caucho; en 1914 las plantaciones de Ceilán y de Malasia volcaron más de setenta
mil toneladas al mercado mundial, y cinco años más tarde sus exportaciones ya
estaban arañando las cuatrocientas mil toneladas. En 1919 Brasil, que había
disfrutado del virtual monopolio del caucho, solo abastecía la octava parte del
consumo mundial. Medio siglo después Brasil compra en el extranjero más de la
mitad del caucho que necesita.
¿Qué había ocurrido? Allá por 1873, Henry Wickham, un inglés que poseía bosques
de caucho en el río Tapajós y era conocido por sus manías de botánico, había
enviado dibujos y hojas de árbol de la goma al director del jardín de Kew, en
Londres. Recibió la orden de obtener una buena cantidad de semillas, las pepitas
que heveas brasiliensis alberga en sus frutos amarillos.
Había que sacarlas de contrabando, porque Brasil castigaba severamente la
evasión de semillas, y no era fácil; las autoridades revisaban, con pelos y
señales, los barcos. Entonces, como por encanto, un buque de la Inman Line se
internó dos mil kilómetros más de lo habitual hacia el interior de Brasil.
Al regreso, Henry Wickham aparecía entre sus tripulantes. Había elegido las
mejores semillas, después de poner los frutos a secar en una aldea indígena, y
las traía dentro de un camarote clausurado, envueltas en hojas de plátano y
suspendidas por cuerdas en el aire para que no las alcanzaran las ratas a bordo.
Todo el resto del barco iba vacío. En Belém do Pará, frente a la desembocadura
del río, Wickham invitó a las autoridades aun gran banquete. El inglés tenía
fama de chiflado; se sabía en toda la Amazonia que coleccionaba orquídeas.
Explicó que llevaba, por encargo del rey de Inglaterra, una serie de bulbos de
orquídeas raras para el jardín de Kew. Como eran plantas muy delicadas, explicó,
las tenía en un gabinete herméticamente cerrado, a una temperatura especial: si
lo abría, se arruinaban las flores. Así, las semillas llegaron, intactas, a los
muelles de Liverpool. Cuarenta años más tarde, los ingleses invadían el mercado
mundial con el caucho malayo. Las plantaciones asiáticas, racionalmente
organizada a partir de los brotes verdes de Kew, desbancaron sin dificultad la
producción extractiva de Brasil.
La prosperidad amazónica se hizo humo. La selva volvió a cerrarse sobre sí
misma. Los cazadores de fortunas emigraron hacia otras comarcas; el lujoso
campamento de desintegró. Quedaron, sí, sobreviviendo como podían, los
trabajadores, que habían sido acarreados desde muy lejos para ser puestos al
servicio de la aventura ajena. Ajena, incluso, para el propio Brasil, que no
había hecho otra cosa que responder a los cantos de sirena de la demanda mundial
de materia prima, pero sin participar en lo más mínimo del verdadero negocio del
caucho: la financiación, la comercialización, la industrialización, la
distribución. Y la sirena se quedó muda. Hasta que, durante la segunda guerra
mundial, el caucho de la Amazonia brasileña cobró un nuevo empuje transitorio.
Los japoneses habían ocupado la malasia y las potencias aliadas necesitaban
desesperadamente abastecerse de goma.. también la selva peruana fue sacudida, en
aquellos años cuarenta, por las urgencias del caucho. En Brasil la llamada
«batalla del caucho» movilizó nuevamente a los campesinos del nordeste. Según
una denuncia formulada en el Congreso cuando la «batalla» terminó, esta vez
fueron cincuenta mil los muertos que, derrotados por las pestes y el hambre,
quedaron pudriéndose entre los seringales.
Los plantadores de cacao encendían sus cigarros con billetes de quinientos mil
reis.
Venezuela se identificó con el cacao, planta originaria de América, durante
largo tiempo. «Los venezolanos habíamos sido hechos para vender cacao y
distribuir, en nuestro suelo, las baratijas del exterior», dice Rangel . Los
oligarcas del cacao, más los usureros y los comerciantes, integraban «una
Santísima Trinidad del atraso». Junto con el cacao, formando parte de su
cortejo, coexistían la ganadería de los llanos, el añil, el azúcar, el tabaco y
también algunas minas; pero Gran Cacao fue el nombre con el que el pueblo
bautizó, acertadamente, a la oligarquía esclavista de Caracas. A costa del
trabajo de los negros, esta oligarquía se enriqueció abasteciendo de cacao a la
oligarquía minera de México y a la metrópoli española. Desde 1873, se inauguró
en Venezuela una edad del café; el café exigía, como el cacao, tierras de
vertientes o valles cálidos. Pese a la irrupción del intruso, el cacao continuó,
de todos modos, su expansión, invadiendo los suelos húmedos de Carúpano.
Venezuela siguió siendo agrícola, condenada al calvario de las caídas cíclicas
de los precios del café y del cacao; ambos productos surtían los capitales que
hacían posible la vida parasitaria, puro despilfarro, de sus dueños, sus
mercaderes y sus prestamistas. Hasta que, en 1922, el país se convirtió de
súbito en un manantial de petróleo. A partir de entonces, el petróleo dominó la
vida del país. La explosión de la nueva fortuna vino a dar la razón, con más de
cuatro siglos de atraso, a las expectativas de los descubridores españoles:
buscando sin suerte al príncipe que se bañaba en oro, habían llegado a la locura
de confundir una aldehuela de Marcaibo con Venecia, espejismo al que Venezuela
debe su nombre; y Colón había creído que en el golfo de Paria nacía el Paraíso
Terrenal.
En las últimas décadas del siglo XIX se desató la glotonería de los europeos y
los norteamericanos por el chocolate. El progreso de la industria dio un gran
impulso a las plantaciones de cacao en Brasil y estimuló la producción de las
viejas plantaciones de Venezuela y Ecuador. En Brasil, el cacao hizo su ingreso
impetuoso en el escenario económico al mismo tiempo que el caucho y, como el
caucho, dio trabajo a los campesinos del nordeste. La ciudad del Salvador, en la
Bahía de Todos los Santos, había sido una de las más importantes ciudades de
América, como capital de Brasil y del azúcar, y resucitó entonces como capital
del cacao. Al sur de Bahía, desde el Recôncavo hasta el estado del Espíritu
Santo, entre las tierras bajas del litoral y la cadena montañosa de la costa,
los latifundios continúan proporcionando, en nuestros días, la materia prima de
buena parte del chocolate que se consume en el mundo. Al igual que la caña de
azúcar, el cacao trajo consigo el monocultivo y la quema de bosques, la
dictadura de la cotización internacional y la penuria sin tregua de los
trabajadores. Los propietarios de las plantaciones, que viven en las playas de
Río de Janeiro y son más comerciantes que agricultores, prohíben que se destine
una sola pulgada de tierra a otros cultivos. Sus administradores suelen pagar
los salarios en especies, charque, harina, frijoles; cuando los pagan en dinero,
el campesino recibe por un día entero de trabajo un jornal que equivale al
precio de un litro de cerveza y debe trabajar un día y medio para poder comprar
una lata de leche en polvo.
Brasil disfrutó un buen tiempo de los favores del mercado internacional. No
obstante, desde el pique encontró en África serios competidores. Hacia la década
del veinte, ya Ghana había conquistado el primer lugar: los ingleses habían
desarrollado la plantación de cacao en gran escala, con métodos modernos, en
este país que por entonces era colonia y se llamaba Costa de Oro. Brasil cayó al
segundo lugar, y años más tarde al tercero, como proveedor mundial de cacao.
Pero hubo más de un período en que nadie hubiera podido creer que un destino
mediocre aguardaba a las tierras fértiles del sur de Bahía. Invictos todo a lo
largo de la época colonial, los suelos multiplicaban los frutos: los peones
partían las bayas a golpes de facón, juntaban los granos, los cargaban en los
carros para que los burros los condujeran hasta las artesas, y se hacía preciso
talar cada vez más bosques, abrir nuevos claros, conquistar nuevas tierras a
filo de machete y tiros de fusil. Nada sabían los peones de precios ni de
mercados. Ni siquiera sabían quién gobernaba Brasil: hasta no hace muchos años
todavía se encontraban trabajadores de las fazendas convencidos de que don Pedro
II, el emperador, continuaba en el trono. Los amos del caos se restregaban las
manos: ellos sí sabían, o creían que sabían. El consumo de cacao aumentaba y con
él aumentaban las cotizaciones y las ganancias. El puerto de Ilhéus, por donde
se embarcaba casi todo el cacao, se llamaba «la Reina del sur», y aunque hoy
languidece, allí han quedado los sólidos palacetes que los fazendeiros
amueblaron con fastuoso y pésimo gusto. Jorge Amado escribió varias novelas
sobre el tema. Así recrea una etapa de alza de precios: «Ilhéus y la zona del
cacao nadaron en oro, se bañaron en champaña, durmieron con francesas llegadas
de Río de Janeiro. En «Trianón», el más chic de los cabarets de la ciudad, el
coronel Maneca Dantas encendía cigarros con billetes de quinientos mil reis,
repitiendo el gesto de todos los fazendeiros ricos del país en las alzas
anteriores del café, del caucho, del algodón y del azúcar ». Con el alza de
precios, la producción aumentada; luego los precios bajaban. La inestabilidad se
hizo cada vez más estrepitosa y las tierras fueron cambiando de dueño. Empezó el
tiempo de los «millonarios mendigos»: los pioneros de las plantaciones cedían su
sitio a los exportadores, que se apoderaban, ejecutando deudas, de las tierras.
En apenas tres años, entre 1959 y 1961, por no poner más que un ejemplo, el
precio internacional del cacao brasileño en almendra se redujo en una tercera
parte.
Posteriormente, la tendencia al alza de los precios no ha sido capaz de abrir,
por cierto, las puertas de la esperanza; la CEPAL augura breve vida a la curva
del ascenso . Los grandes consumidores de cacao – Estados Unidos, Inglaterra,
Alemania Federal, Holanda, Francia- estimulan la competencia entre el cacao
africano y el que producen Brasil y Ecuador, para comer chocolate barato.
Provocan, así, disponiendo como disponen de los precios, períodos de depresión
que lanzan a los caminos a los trabajadores que el cacao expulsa. Los
desocupados buscan árboles bajo los cuales dormir y bananas verdes para engañar
el estómago: no comen, por cierto, los finos chocolates europeos que Brasil,
tercer productor mundial de cacao, importa increíblemente desde Francia y desde
Suiza. Los chocolates valen cada vez más; el cacao, en términos relativos, cada
vez menos. Entre 1950 y 1960, las ventas de cacao de Ecuador aumentaron en más
de un treinta por ciento en volumen, pero solo un quince por ciento de su valor.
El quince por ciento restante fue un regalo de Ecuador a los países ricos, que
en el mismo período le enviaron, a precios crecientes, sus productos
industrializados. La economía ecuatoriana depende de las ventas de bananas, café
y cacao, tres alimentos duramente sometidos a la zozobra de los precios. Según
los datos oficiales, de cada diez ecuatorianos siete padecen desnutrición básica
y el país sufre uno de los índices de mortalidad más altos del mundo.
Brazos baratos para el algodón
Brasil ocupa el cuarto lugar en el mundo como productor de algodón; México, el
quinto. En conjunto, de América Latina proviene más de la quinta parte del
algodón que la industria textil consume en el mundo entero. A fines del siglo
XVIII el algodón se había convertido en la materia prima más importante de los
viveros industriales de Europa; Inglaterra multiplicó por cinco, en treinta
años, sus compras de esta fibra natural. El huso que Arkwright inventó al mismo
tiempo que Watt patentaba su máquina de vapor y la posterior creación del telar
mecánico de Cartwrigth impulsaron con decisivo vigor la fabricación de tejidos y
proporcionaron al algodón, planta nativa de América, mercados ávidos en
ultramar. El puerto de San Luis de Maranhao, que había dormido una larga siesta
tropical apenas interrumpida por un par de navíos al año, fue bruscamente
despertado por la euforia del algodón: afluyeron los esclavos negros a las
plantaciones del norte de Brasil y entre ciento cincuenta y doscientos buques
partían cada año de San Luis cargando un millón de libras de materia prima
textil. Mientras nacía el siglo pasado, la crisis de la economía minera
proporcionaba al algodón mano de obra esclava en abundancia; agotados el oro y
los diamantes del sur, Brasil parecía resucitar en el norte. El puerto floreció,
produjo poetas en medida suficiente como para que se lo llamara la Atenas de
Brasil, pero el hambre llegó, con la prosperidad, a la región de Maranhao, donde
nadie se ocupaba ya de cultivar alimentos. En algunos períodos solo hubo arroz
para comer. Como había empezado, esta historia terminó: el colapso llegó de
súbito. La producción de algodón en gran escala en las plantaciones del sur de
los Estados Unidos, con tierras de mejor calidad y medios mecánicos para
desgranar y enfardar el producto, abatió los precios a la tercera parte y Brasil
quedó fuera de competencia. Una nueva etapa de prosperidad se abrió a raíz de la
Guerra de Secesión, que interrumpió los suministros norteamericanos, pero duró
poco. Ya en el siglo XX, entre 1934 y 1939, la producción brasileña de algodón
se incrementó a un ritmo impresionante: de 126 mil toneladas pasó a más de 320
mil. Entonces sobrevino un nuevo desastre: los Estados Unidos arrojaron sus
excedentes al mercado mundial y el precio se derrumbó.
Los excedentes agrícolas norteamericanos son, como se sabe, el resultado de los
fuertes subsidios que el Estado otorga a los productores, a precios de dumping y
como parte de los programas de ayuda exterior, los excedentes se derraman por el
mundo. Así, el algodón fue el principal producto de exportación de Paraguay
hasta que la competencia ruinosa del algodón norteamericano lo desplazó de los
mercados y la producción paraguaya se redujo, desde 1952, a la mitad. Así perdió
Uruguay el mercado canadiense para su arroz.
Así el trigo de Argentina, un país que había sido el granero del planeta, perdió
un peso decisivo en los mercados internacionales. El dumping norteamericano del
algodón no ha impedido que una empresa norteamericana, la Anderson Clayton and
Co., detente el imperio de este producto en América Latina, ni ha impedido que,
a través de ella, los Estados Unidos compren algodón mexicano para revenderlo a
otros países.
El algodón latinoamericano continúa vivo en el comercio mundial, mal que bien,
gracias a sus bajísimos costos de producción. Incluso las cifras oficiales,
máscaras de la realidad, delatan el miserable nivel de la retribución del
trabajo. En las plantaciones de Brasil, los salarios de hambre alternan con el
trabajo servil; en las de Guatemala los propietarios se enorgullecen de pagar
salarios de diecinueve quetzales por mes (el quetzal equivale nominalmente al
dólar) y, por si eso fuera mucho, ellos mismos advierten que la mayor parte se
liquida en especies al precio de ellos fijado; en México, los jornaleros que
deambulan de zafra en zafra cobrando un dólar y medio por jornada no solo
padecen la subocupación sino también, y como consecuencia, la subnutrición, pero
mucho peor es la situación de los obreros del algodón en Nicaragua; los
salvadoreños que suministran algodón a los industriales textiles de Japón
consumen menos calorías y proteínas que los hambrientos hindúes.
Para la economía de Perú, el algodón es la segunda fuente agrícola de divisas.
José Carlos Mariátegui había observado que el capitalismo extranjero, en su
perenne búsqueda de tierras, brazos y mercados, tendía a apoderarse de los
cultivos de exportación de Perú, a través de la ejecución de hipotecas de los
terratenientes endeudados.
Cuando el gobierno nacionalistas del general Velasco Alvarado llegó al poder de
1968, estaba en explotación menos de la sexta parte de las tierras del país
aptas para la explotación intensiva, el ingreso per cápita de la población era
quince veces menor que el de los Estados
Unidos y el consumo de calorías aparecía entre los más bajos del mundo, pero la
producción de algodón seguía, como la del azúcar, regida por los criterios
ajenos a Perú que había denunciado Mariátegui.
Las mejores tierras, campiñas de la costa, estaban en manos de empresas
norteamericanas o de terratenientes que solo eran nacionales en un sentido
geográfico, al igual que la burguesía limeña.
Cinco grandes empresas – entre ellas dos norteamericanas: la Anderson Clayton y
la Grace- tenían en sus manos la exportación de algodón y de azúcar y contaban
también con sus propios «complejos agroindustriales» de producción. Las
plantaciones de azúcar y algodón de la costa, presuntos focos de prosperidad y
progreso por oposición a los latifundios de la sierra, pagaban a los peones
salarios de hambre hasta que la reforma agraria de 1969 las expropió y las
entregó, en cooperativas, a los trabajadores. Según el Comité Interamericano de
Desarrollo Agrícola, el ingreso de cada miembro de las familias de asalariados
de la costa llegaba a los cinco dólares mensuales.
Los Anderson Clayton and Co. conserva treinta empresas filiales en América
Latina, y no solo se ocupa de vender el algodón sino que, además, monopolio
horizontal, dispone de una red que abarca el financiamiento y la
industrialización de la fibra y sus derivados y produce también alimentos en
gran escala. En México, por ejemplo, aunque no posee tierras, ejerce de todos
modos su dominio sobre la producción de algodón; en sus manos están, de hecho,
los ochocientos mil mexicanos que lo cosechan. La empresa compra a muy bajo
precio con el que ella abrE el mercado. A los adelantos en dinero se suma el
suministro de fertilizantes, semillas, insecticidas; la empresa se reserva el
derecho de supervisar los trabajos de fertilización, siembra y cosecha. Fija la
tarifa que se le ocurre para despepitar el algodón. Usa las semillas en sus
fábricas de aceites, grasas y margarinas. En los últimos años, la Clayton, «no
conforme con dominar además el comercio de algodón, ha irrumpido hasta en la
producción de dulces y chocolates, comprando recientemente la conocida empresa
Luxus».
En la actualidad, Anderson Clayton es la principal firma exportadora de café de
Brasil. En 1950 se interesó por el negocio. Tres años después, ya había
destronado a la American Coffe Corporation. En Brasil es además la primera
productora de alimentos, y figura entre las treinta y cinco empresas más
poderosas del país.
Brazos baratos para el café
Hay quienes aseguran que el café resulta casi tan importante como el petróleo en
el mercado internacional. A Principios de la década del cincuenta, América
Latina abastecía las cuatro quintas partes del café que se consumía en el mundo;
la competencia del café robusta, de África, de peor calidad pero de precio más
bajo, ha reducido la participación latinoamericana en los años siguientes. No
obstante, la sexta parte de las divisas que la región obtiene ene le exterior
proviene, actualmente, del café. Las fluctuaciones de los precios afectan a
quince países del sur de río Bravo.
Brasil es el mayor productor del mundo; del café obtiene cerca de la mitad de
sus ingresos por exportaciones. El Salvador, Guatemala, Costa Rica y Haití
dependen también en gran medida del café, que además provee las dos terceras
partes de las divisas de Colombia.
El café había traído consigo la inflación a Brasil; entre 1824 y 1854, el precio
de un hombre se multiplicó por dos. Ni el algodón del norte ni el azúcar del
nordeste, agotados ya los ciclos de la prosperidad, podían pagar aquellos caros
esclavos. Brasil se desplazó hacia el sur. Además de la mano de obra esclava, el
café utilizó los brazos de los inmigrantes europeos, que entregaban a los
propietarios la mitad de sus cosechas, en un régimen de medianería que aún hoy
predomina en el interior de Brasil.
Los turistas que actualmente atraviesan los bosques de Tijuca para ir a nadar a
las aguas de la barra ignoran que allí, en las montañas que rodean a Río de
Janeiro, hubo grandes cafetales hace más de un siglo. Por los flancos de la
sierra, las plantaciones continuaron, rumbo al estado de San Pablo, su
desenfrenada cacería del humus de nuevas tierras vírgenes. Ya agonizaba el siglo
cuando los latifundios cafetaleros, convertidos en la nueva élite social de
Brasil, afiliaron los lápices y sacaron cuentas: más baratos resultaban los
salarios de subsistencia que la compra y manutención de los escasos esclavos. Se
abolió la esclavitud en 1888, y quedaron así inauguradas formas combinadas de
servidumbre feudal y trabajo asalariado que persisten en nuestros días. Legiones
de braceros «libres» acompañarían, desde entonces, la peregrinación del café. El
valle del río Paranaíba se convirtió en la zona más rica del país, pero fue
rápidamente aniquilado por esta planta perecedera que, cultivada en un sistema
destructivo, iba dejando a sus espaldas bosques arrasados, reservas naturales
agotadas y decadencia general. La erosión arruinaba, sin piedad, las tierras
antes intactas y, de saqueo en saqueo, iba bajando sus rendimientos, debilitando
las plantas y haciéndolas vulnerables a las plagas. El latifundio cefetalero
invadió la vasta meseta purpúrea del occidente de San Pablo; con métodos de
explotación menos bestiales, la convirtió en un «mar de café» y continuó
avanzando hacia el oeste. Llegó a las riberas del Paraná; de cara a las sabanas
de Mato Grosso, se desvió hacia el sur para desplazarse, en estos últimos años,
de nuevo hacia el oeste, ya por encima de las fronteras de Paraguay.
En la actualidad, San Pablo es el estado más desarrollado de Brasil, porque
contiene el centro industrial del país, pero en sus plantaciones de café abundan
todavía los «moradores vasallos» que pagan con su trabajo y el de sus hijos el
alquiler de la tierra.
En los años prósperos que siguieron a la primera guerra mundial, la voracidad de
los cafetaleros determinó la virtual abolición del sistema que permitía a los
trabajadores de las plantaciones cultivar alimentos por cuenta propia. Solo
pueden hacerlo, ahora, a cambio de una renta que pagan trabajando sin cobrar.
Además, el latifundista cuenta con colonos contratistas a quienes permite
realizar cultivos temporarios, pero a cambio de que inicien cafetales nuevos en
su beneficio. Cuatro años después, cuando los granos amarillos colorean las
matas, la tierra ha multiplicado su valor y entonces llega, para el colono, el
turno de marcharse.
En Guatemala las plantaciones de café pagan aún menos que las del algodón. En la
vertiente del sur, los propietarios dicen retribuir con quince dólares mensuales
el trabajo de los millares de indígenas que bajan cada año desde el altiplano
hasta el sur, para vender sus brazos en las cosechas. Las fincas cuentan con
policía privada; allí, como alguien me explicó, «un hombre es más barato que su
tumba»; y el aparato de represión se encarga de que lo siga siendo. En la región
de Alta Verapaz la situación es aún peor. Allí no hay camiones ni carretas,
porque los finqueros no los necesitan: sale más barato transportar el café a
lomo de indio.
Para la economía de El Salvador, pequeño país en manos de un puñado de familias
oligárquicas, el café tiene una importancia fundamental: el monocultivo obliga a
comprar en el exterior frijoles, única fuente de proteínas para la alimentación
popular, maíz, hortalizas, y otros alimentos que tradicionalmente el país
producía. La cuarta parte de los salvadoreños fallecen víctimas de la
avitaminosis. En cuanto a Haití, tiene la tasa de mortalidad más alta de América
Latina; más de la mitad de su población infantil padece anemia. El salario legal
pertenece, en Haití, a los dominios de la ciencia ficción; en las plantaciones
de café, el salario real oscila entre siete y quince centavos de dólar por día.
En Colombia, territorio de vertientes, el café disfruta de la hegemonía. Según
un informe publicado por la revista Times en 1962, los trabajadores solo reciben
un cinco por ciento, a través de los salarios, del precio total que el café
obtiene en su viaje desde la mata a los labios del consumidor norteamericano .
A diferencia de Brasil, el café de Colombia no se produce, en su mayor parte, en
los latifundios, sino en minifundios que tienden a pulverizarse cada vez más.
Entre 1955 y 1960, aparecieron cien mil plantaciones nuevas, en su mayoría con
extensiones ínfimas, de menos de una hectárea. Pequeños y muy pequeños
agricultores producen las tres cuartas partes del café que Colombia exporta; el
96 por ciento de las plantaciones son minifundios. Juan Valdés sonríe en los
avisos, pero la atomización de la tierra abate el nivel de vida de los
cultivadores, de ingresos cada vez menores, y facilita las maniobras de la
Federación Nacional de Cafeteros, que representa los intereses de los grandes
propietarios y que virtualmente monopoliza la comercialización del producto. Las
parcelas de menos de una hectárea generan un ingreso de hambre: ciento treinta
dólares, como promedio, por año.
La cotización del café arroja al fuego las cosechas y marca el ritmo de los
casamientos.
¿Qué es esto? ¿El electroencefalograma de un loco? En 1889 el café valía dos
centavos y seis años después había subido a nueve; tres años más tarde había
bajado a cuatro centavos y cinco años después a dos. Este fue un período
ilustrativo. Las gráficas de los precios del café, como las de todos los
productos tropicales, se han parecido siempre a los cuadros clínicos de la
epilepsia, pero la línea cae siempre a pique cuando registra el valor del
intercambio del café frente a las maquinarias y los productos industrializados.
Carlos Lleras Restrepo, presidente de Colombia, se quejaba en 1967: ese año, su
país debió pagar cincuenta y siete bolsas de café para comprar un jeep, y en
1950 bastaban diecisiete bolsas.
Al mismo tiempo, el ministro de Agricultura de San Pablo, Herber Levi, hacía
cálculos más dramáticos: para comprar un tractor en 1967, Brasil necesitaba
trescientas cincuenta bolsas de café, pero catorce años antes setenta bolsas
habían sido suficientes. El presidente Getulio Vargas se había partido el
corazón de un balazo, en 1954, y la cotización del café no había sido ajena a la
tragedia: «Vino la crisis de la producción del café –escribió Vargas en su
testamento- y se valorizó su precio y la respuesta fue una violenta presión
sobre nuestra economía, al punto de vernos obligados a ceder».
Vargas quiso que su sangre fuera el precio de su rescate. Si la cosecha de café
de 1964 se hubiera vendido, en el mercado norteamericano, a los precios de 1955,
Brasil hubiera recibido doscientos millones de dólares más. La baja de un solo
centavo en la cotización del café implica una pérdida de 65 millones de dólares
para el conjunto de los países productores. Desde 1964, como el precio continuó
cayendo hasta 1968, se hizo mayor la cantidad de dólares usurpados por el país
consumidor, Estados Unidos, a Brasil, país productor. Pero, ¿en beneficio de
quién? ¿Del ciudadano que bebe el café? En julio de 1968, el precio del café
brasileño en Estados Unidos había bajado un treinta por ciento en relación con
enero de 1964. Sin embargo, el consumidor norteamericano no pagaba más barato su
café, sino un trece por ciento más caro.
Los intermediarios se quedaron, pues, entre el 64 y el 68, con trece y con aquel
treinta: ganaron a dos puntas. En el mismo espacio de tiempo, los precios que
recibieron los productores brasileños por cada bolsa de café se redujeron a la
mitad. ¿Quiénes son los intermediarios? Seis empresas norteamericanas disponen
de más de la tercera parte del café que entra en los Estados Unidos: son las
firmas dominantes en ambos extremos de la operación. La United Fruit (que ha
pasado allanarse United Brands mientras escribo estas líneas) ejerce el
monopolio de la venta de bananas desde América Central, Colombia y Ecuador, y a
la vez monopoliza la importación y distribución de bananas en Estados Unidos. De
modo semejante, son empresas norteamericanas las que manejan el negocio del
café, y Brasil solo participa como proveedor y como víctima. Es el estado
brasileño el que carga con los stocks, cuando la sobreproducción obliga a
acumular reservas.
¿Acaso no existe, sin embargo, un Convenio Internacional del Café para
equilibrar los precios en el mercado? El Centro Mundial de Información del Café
publicó en Washington, en 1970, un amplio documento destinado a convencer a los
legisladores para que los Estados Unidos prorrogaran, en septiembre, la vigencia
de la ley complementaria correspondiente al convenio. El informe asegura que el
convenio ha beneficiado en primer lugar a los Estados Unidos, consumidores de
más de la mitad del café que se vende en el mundo. La compra del grano sigue
siendo una ganga. En el mercado norteamericano, el irrisorio aumento del precio
del café (en beneficio, como hemos visto, de los intermediarios) ha resultado
mucho menor que el alza general del costo de la vida y del nivel interno de los
salarios; el valor de las exportaciones de los Estados Unidos se elevó, entre
1960 y 1969, una sexta parte, y en el mismo período el valor de las
importaciones de café, en vez de aumentar, disminuyó. Además, es preciso tener
en cuenta que los países latinoamericanos aplican las deterioradas divisas que
obtienen por la venta del café, a la compra de esos productos norteamericanos
encarecidos.
El café beneficia mucho más a quienes lo consumen que a quienes lo producen. En
Estados Unidos y en Europa genera ingresos y empleos y moviliza grandes
capitales; en América Latina paga salarios de hambre y acentúa la deformación
económica de los países puestos al servicio. En Estados Unidos el café
proporciona trabajo a más de seiscientas mil personas: los norteamericanos ganan
salarios infinitamente más altos que los brasileños, colombianos, guatemaltecos,
salvadoreños o haitianos que siembran y cosechan el grano en las plantaciones.
Por otra parte la CEPAL nos informa que, por increíble que parezca, el café
arroja más riquezas en las arcas estatales de los países europeos, que la
riqueza que deja en manos de los países productores. En efecto, «en 1960 y 1961,
las cargas fiscales totales impuestas por los países de la Comunidad Europea al
café latinoamericano ascendieron a cerca de setecientos millones de dólares,
mientras que los ingresos de los países abastecedores (en términos del valor
f.o.b. de las mismas exportaciones) solo alcanzaron a seiscientos millones de
dólares». Los países ricos, predicadores del comercio libre, aplican el más
rígido proteccionismo contra los países pobres: convierten todo lo que tocan en
oro para sí y en lata para los demás –incluyendo la propia producción de los
países subdesarrollados. El mercado internacional del café copia de tal manera
el modelo de un embudo, que Brasil aceptó recientemente imponer altos impuestos
a sus exportaciones de café soluble para proteger, proteccionismo al revés, los
intereses de los fabricantes norteamericanos del mismo artículo. El café
instantáneo producido en Brasil es más barato y de mejor calidad que el de la
floreciente industria de los Estados Unidos, pero en el régimen de la libre
competencia, está visto, unos son más libres que otros.
En este reino del absurdo organizado las catástrofes naturales se convierten en
bendiciones del cielo para los países productores. Las agresiones de la
naturaleza levantan los precios y permiten movilizar las reservas acumuladas.
Las feroces heladas que asolaron la cosecha de 1969 en Brasil condenaron a la
ruina a numerosos productores, sobre todo a los más débiles, pero empujaron
hacia arriba la cotización internacional del café y aliviaron considerablemente
el stock de sesenta millones de bolsas –equivalentes a dos tercios de la deuda
externa de Brasil- que el Estado había acumulado para defender los precios. El
café almacenado, que se estaba deteriorando y perdía valor progresivamente,
podía haber terminado en la hoguera. No sería la primera vez. A raíz de la
crisis de 1929, que echó abajo los precios y contrajo el consumo, Brasil quemó
78 millones de bolsas de café: así ardió en llamas el esfuerzo de doscientas mil
personas durante cinco zafras. Aquella fue una típica crisis de una economía
colonial: vino de fuera.
La brusca caída de las ganancias de los plantadores y los exportadores del café,
un incendio de la moneda. Este es el mecanismo usual en América latina para
«socializar las pérdidas» del sector exportador: se compensa en moneda nacional,
a través de las devaluaciones, lo que se pierde en divisas.
Pero el auge de los precios no tiene mejores consecuencias. Desencadena grandes
siembras, un crecimiento de la producción, una multiplicación del área al
cultivo del producto afortunado. El estímulo funciona como un boomerang, porque
la abundancia del producto derriba los precios y provoca el desastre. Esto fue
lo que ocurrió en 1958, en Colombia, cuando se cosechó el café sembrado con
tanto entusiasmo cuatro años antes, y ciclos semejantes se han repetido a todo
lo largo de la historia de este país. Colombia depende del café y su cotización
exterior hasta tal punto que, «en Antioquia, la curva de matrimonio responde
ágilmente a la curva de los precios del café. Es típico de una estructura
dependiente: hasta el momento propicio para una declaración de amor en una loma
antioqueña se decide en la bolsa de Nueva York»