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A
pesar de La Noche de los Lápices, hoy los lápices siguen escribiendo
El 16 de septiembre de 1976, 10 estudiantes secundarios de la Escuela Normal
Nro 3 de la Plata, son secuestrados tras participar en una campaña por el
boleto estudiantil. Todos tenían entre 14 y 17 años. El operativo fue
realizado por el Batallón 601 del servicio de Inteligencia del ejercito y la
Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida en ese entonces por el
general Ramón Camps, que califico al suceso como "accionar subversivo en las
Escuelas". Este hecho es recordado como "La noche de los lápices".
Este articulo es para las nuevas generaciones que poco y nada conocen de lo
que sucedió hace 29 años en nuestro país, y que consideramos indispensable
para recuperar nuestra capacidad de lucha y organización en estos duros
momentos que nos toca vivir bajo el neoliberalismo.
Los estudiantes secundarios y la política en 1973-1974.
El arribo de la democracia en el mes de mayo de 1973, luego de un proceso
creciente de enfrentamientos contra la dictadura miliar que gobernaba desde
junio de 1966, trajo consigo la irrupción en la vida política y social de
los distintos sectores populares que habían experimentado un crecimiento
sustancial durante las luchas; entre ellos, los estudiantes secundarios.
En el movimiento estudiantil secundario se vivieron experiencias hasta ese
momentos inéditas en lo referente a participación política, en tanto ésta es
atendida en un sentido partidario más o menos directo.
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La noche de los lápices (película completa) |
El diario La Opinión editó en 1973 un suplemento dedicado al análisis de los
fenómenos políticos entre los adolescentes. En dicho suplemento se
publicaron los resultados de una encuesta que realizó el periódico entre 252
estudiantes. Se comprobó que el 30.3% de los jóvenes encuestados tenía
participación política de algún tipo.
La política había impregnado el conjunto de la vida estudiantil, dentro y
fuera de los colegios. Las organizaciones políticas vieron incrementado
notoriamente el número de sus militantes y el grado de su influencia. Según
el suplemento citado, "las tres fuerzas más importantes son, en este orden,
la Unión de Estudiantes Secundarios, (UES), la Federación Juvenil Comunista
(FJC) y la Juventud Secundaria Peronista (JSP)"
La encuesta de La Opinión revelaba también que en 1973 los estudiantes
secundarios se inclinaban ante figuras emblemáticas de la izquierda, con la
salvedad de Perón, quién, sin embargo, asumía para una porción amplia de los
estudiantes, contornos casi revolucionarios, pese a todo, quien encabeza la
encuesta era el CHE Guevara, con el 67%, a continuación venían J. D. Perón
con 66% y a mayor distancia, Salvador Allende 19%; Fidel Castro con 19%; Eva
Duarte 17 %; Mao Tsé-tung 16%
En esta encuesta queda por demás claro, que
para aquélla generación de estudiantes secundarios, los referentes
revolucionarios y socialistas eran los que más ocupaban en la conciencia
estudiantil.
En aquellos años se había alcanzado un nivel de conciencia, acción y
participación bastante elevados con lo cual el nivel de cuestionamiento al
sistema capitalista era de por demás peligroso para la Burguesía y los
sectores reaccionarios de nuestro país.
EL GOLPE DE 1976
En la historia de nuestro país, como en el resto de América latina, los
golpes de Estado siempre estuvieron al servicio de la clase dominante, y del
Imperialismo. Pero el Golpe de Estado de 1976 se podría caracterizar no tan
solamente, como el más sangriento vivido en la historia de nuestro país,
sino que también se lo puede caracterizar como el más pro-imperialista, ya
que el estado político-económico que dejo la dictadura a nuestro país le
sirvió al Imperialismo para garantizar su hegemonía en la región durante
varios años.
LOS OBJETIVOS DEL PROCESO
Uno de los objetivos más tenazmente buscado por la dictadura militar que
gobernó entre 1976 y 1983, fue neutralizar a buena parte de la juventud y
ganar a una porción para su propio proyecto reaccionario.
Para los que no encajaban en sus esquemas, se aplicaban distintos métodos "preventivos", desde el asesinato y la desaparición, hasta la más refinadas formas de marginamiento social y psicológico, pasando, claro esta, por la clásica y tradicional prisión.
Cuando asumieron, en 1976, los militares consideraban que en la Argentina había una generación perdida: la juventud. Esta, por la sofisticada acción de "ideólogos" se había vuelto rebelde y contestataria.
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Si bien el gobierno militar toma en cuenta la situación en la que se
encontraba la juventud argentina, no fue tan obstinado como para suponer que
se debía atacara toda la juventud por igual. La política hacia los jóvenes
parte de considerar que los que habían pasado por la experiencia del
Cordobazo y demás luchas previas a 1973, los que habían vivido con algún
grado de participación del proceso de los años 1973,74 y 75, los estudiantes
universitarios y los jóvenes obreros, eran en su mayoría irrecuperables y en
consecuencia había que combatirlos. Para ello utilizaron un pretexto tan
obvio como falaz, se trataba de subversivos reales o potenciales que ponían
en riesgo al conjunto del cuerpo social. El ser joven pasa a ser un peligro.
Al mismo tiempo, y pensando en el largo plazo, se empieza a desarrollar una
estrategia que va más allá de la eliminación del "enemigo". Se empieza a
poner la mira sobre el relevo. Ahí están los estudiantes secundarios. Al
momento del golpe tienen entre 13 y 18 años más de un millón de jóvenes.
EL TERROR EN LAS AULAS
Uno de los aspectos más dramáticos de la represión vivida en aquellos años,
fue el secuestro de adolescentes. Llegaron a 250 los desaparecidos que
tenían entre 13 y 18 años, claro que no todos estudiaban. Muchos se habían
visto obligados a abandonar la escuela para incorporarse al mundo del
trabajo.
Pero de los procedimientos utilizados, surge claramente que no se trataba de
hechos aislados, sino de una investigación permenorizada de distintas
escuelas. En una entrevista concedida a un grupo de padres, un Coronel de
Campo de Mayo les expresó que se llevaban a los jóvenes que habían estudiado
en "colegios subversivos para cambiarles las ideas".
El 16 de septiembre de 1976, 10 estudiantes secundarios de la Escuela Normal
Nro 3 de la Plata, son secuestrados tras participar en una campaña por el
boleto estudiantil. Todos tenían entre 14 y 17 años. El operativo fue
realizado por el Batallón 601 del servicio de Inteligencia del ejercito y la
Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida en ese entonces por el
general Ramón Camps, que califico al suceso como "accionar subversivo en las
Escuelas". Este hecho es recordado como "La noche de los lápices".
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Solo tres de ellos aparecieron un tiempo después. Pablo Díaz, uno de los
liberados, declaró en el juicio a las ex juntas: yo pertenecía a la
Coordinadora de Estudiantes Secundarios de la Plata y con los chicos del
Colegio fuimos a presentar una nota al ministerio de Obras Públicas".
Levantaron chicos en algunos colegios que ellos tenían marcados y enemigo
era todo aquel estudiante que se preocupara por los problemas sociales, por
fomentar entre los estudiantes la participación y la defensa de los derechos
de los mismos.
Hoy, Los lápices siguen escribiendo.
Hoy los estudiantes secundarios, están de a poco recuperando aquella
tradición de lucha y defensa, por los derechos a una educación al servicio
del pueblo y con mayor presupuesto.
Hoy, los secundarios sector dinámico de nuestra sociedad tienen un doble
desafío, que es la de reconstruir la memoria de lucha de nuestro pueblo y la
de reorganizarse para enfrentar este calamitoso estado de nuestra educación,
ya que ellos son los más perjudicados.
Bibliografia consultada: Estudiantes secundarios: Sociedad y política, Berguier, Hechker y Schifrin.
Comunicadores Solidarios -
Agencia Latina de Información Alternativa, 16/09/2005
http://www.alia.com.ar,
Córdoba, 15 de Septiembre de 2005 -
Fuente: www.odiseo.com.mx
Quienes
fueron los chicos asesinados
La siguiente es la nómina de los chicos muertos. Los dos más grandes tenían
18 años.
DANIEL ALBERTO RACERO
"Calibre", 18 años.
Hijo de un suboficial naval peronista que murió en el 73, trabajó desde pibe
como mensajero. Cuando ingresó a la UES del Normal 3 de La Plata, escribió:
"Encontré una trinchera para luchar por una causa justa". Realizó labores de
vacunación, recuperación de viviendas y apoyo escolar en barrios pobres y
participó de la conquista del BES. Secuestrado en la casa de Horacio Ungaro
el 16.09.76 en Arana y Pozo de Banfield.
MARIA CLAUDIA FALCONE
16 años
Hija de un ex intendente peronista de La Plata, se sumó a la UES a poco de
ingresar a Bellas Artes. Después del 73 participó en tareas de apoyo escolar
y de sanidad en barrios pobres de La Plata. En el 75 participó activamente
en la campaña por el boleto estudiantil secundario (BES). Secuestrada
16.09.76 en la casa de su abuela paterna, fue vista en Arana y Pozo de
Banfield
MARIA CLARA CIOCCHINI
18 años
Alumna de colegios católicos, participó del scoutismo parroquial y en la UES
de Bahía Blanca. Debido a los crímenes de la Triple A y la CNU en esa
ciudad, a fines del 75 se mudó a La Plata donde se inscribió en Bella Artes
y se fue vivir a la casa de Claudia Falcone. Fueron secuestradas juntas el
16.09.76. Fue vista en Arana y Pozo de Banfield.
FRANCISO LOPEZ MUNTANER
"Panchito", 16 años.
Hijo de trabajador petrolero peronista preso durante el Plan Conintes que en
el 73 se alineó con el sindicalismo ortodoxo, Panchito marchó contra la
corriente familiar: era hincha de Gimnasia y militó en la UES de Bellas
Artes. Junto a Claudia Falcone participó en trabajos voluntarios en barrios
pobres y en la lucha por el BES en 1975. Secuestrado 16.09.76, fue visto en
Arana y Pozo de Banfield.
CLAUDIO DE ACHA
17 años.
Sus padres eran trabajadores con ideas de izquierda y tras el triunfo de
Campora participó de la toma del Colegio Nacional por su democratización.
Tímido y gran lector, se incorporó a la UES luego de la muerte de Perón.
Como todos, participó en las manifestaciones por el BES. Secuestrado
16.09.76, fue visto en Arana y Pozo de Banfield.
HORACIO UNGARO
17 años.
De familia comunista, en el 74 rompió la tradición familiar y se sumó a la
UES del Normal N 3. Gran lector y excelente alumno, participó de la lucha de
la Coordinadora por el BES. Realizaba tareas de apoyo escolar en la villa
miseria ubicada detrás del hipódromo platense. Secuestrado 16.09.76, fue
visto en Arana y Pozo de Banfield.
Los
chicos que sobrevivieron
Cuatro de los pibes que, entre el 16 y 17 de septiembre fueron secuestrados,
lograron su libertad entre el 78 y el 80, tras estar a disposición del PEN
(Poder Ejecutivo Nacional).
PABLO DIAZ
18 años.
Hijo de un docente universitario peronista de derecha, fue expulsado de un
colegio católico y recaló en "La Legión". Había militado en la UES pero en
1976 militaba en la Juventud Guevarista. Secuestrado 21.09.76. Estuvo en
Arana, Pozo de Banfield, Comisaría 3 de Valentín Alsina y U- 9 de La Plata
(a disposición del PEN hasta 1980).
GUSTAVO CALOTTI
"Francés", 18 años.
Egresado del Colegio Nacional de La Plata, era cadete policial cuando fue
secuestrado 8.09.76. Había militado en la UES pero en el ’76 ya se había
desvinculado y estaba más próximo a agrupaciones de izquierda. Estuvo en
Arana, Pozo de Quilmes, Comisaría 3 de Valentín Alsina y U- 9 de La Plata (a
disposición del PEN hasta 1979).
EMILCE MOLER
17 años. Militante de la UES en la Escuela de Bellas Artes, era hija de
un comisario inspector retirado. Secuestrada el 17.09.76. Estuvo en Arana,
Pozo de Quilmes, Comisaría 3 de Valentín Alsina y Devoto (a disposición del
PEN hasta marzo 78)
PATRICIA MIRANDA
17 años.
Estudiante De Bellas Artes, nunca participó de las luchas por el boleto
estudiantil ni tuvo militancia política. Secuestrada el. 17.09.76, nunca
hizo la denuncia. Estuvo en Arana, Pozo de Quilmes, Valentin Alsina y Devoto
(a disposición del PEN hasta marzo 78).
Los
otros secuestrados
La Comisión Provincial de la Memoria registra
varios "ensayos" de la Noche de los Lápices:
El 1 de septiembre, y tras ser interrogados por el vicerrector del Colegio
Nacional de La Plata, Juan Antonio Stormo, fueron secuestrados a pocas
cuadras cuatro alumnos: Eduardo Pintado, Víctor Vicente Marcaciano, Pablo
Pastrana (militantes comunistas) y Cristian Krause, sin ningún tipo de
militancia. Pintado logró escapar.
El 4 de setiembre fueron secuestrados Víctor Triviño, de "La Legión"
continúa desaparecido), Fernanda María Gutierrez (Liceo Víctor Mercante),
Carlos Mercante (Colegio del Pilar ) y Alejandro Desío, Abel Fuks, Graciela
Torrado (los tres del Colegio Bellas Artes) y Luis Cáceres (de la Escuela
Técnica), los cuatro últimos militantes del GESA (Grupo de Estudiantes
Secundarios Antiimperialistas).

El
testimonio del sobreviviente Gustavo Calotti
"Aquellos días fueron para siempre: han estado los
30 años"
Fue secuestrado una semana antes de la "Noche de los Lápices", pero se
considera un sobreviviente de esa jornada. Para él, la historia oficial
vació de contenido la verdadera lucha.
Gustavo Calotti fue detenido el 8 de setiembre de 1976, una semana antes de
la Noche de los Lápices, pero nunca dudó en definirse como un sobreviviente
de esa noche trágica en que fueron secuestrados ocho de sus antiguos
compañeros del secundario con quienes compartió, además, meses de tortura y
prisión clandestina.
"El Francés", como le decían entonces, había participado 1975 en la
Coordinadora de Estudiantes Secundarios en representación del Colegio
Nacional de la Plata, en uno de cuyos patios un placa evoca a sus 94 alumnos
y profesores asesinados o desaparecidos en esos años.
"Se construyó una historia con el boleto estudiantil y se hizo de ésta un
símbolo que vació el contenido", dice hoy a treinta años de distancia y algo
menos de vida en Francia, donde trabaja como maestro.
"En ningún interrogatorio se mencionó el boleto. Nos detuvieron por militar
en organizaciones populares; lo que queríamos era hacer la revolución",
asegura.
En sus vacaciones de este año viajó a Argentina para testimoniar en el
juicio al ex jefe de investigaciones Miguel Etchecolatz, reconocer su lugar
de detención en el Pozo de Quilmes y, como siempre que está en La Plata,
visitar a los amigos y recordar a sus compañeros que ya no están, y que son
muchos.
"Aquellos días fueron para siempre, han estado los treinta años", dijo
evocando su cautiverio, que se inició en la jefatura de policía platense,
donde cumplía tareas administrativas como cadete policial.
"Las grandes manifestaciones por el boleto estudiantil fueron en 75. En ese
entonces yo militaba en la UES con Claudio de Acha, que fue secuestrado la
Noche; con Adela Segarra, que ahora es senadora provincial, y con Rubén
Scaramilo, que desapareció un año más tarde. En el 76 ya estaba en otro
ámbito", relató con la minuciosidad de quien no quiere equivocar detalle.
¿Porqué se considera un sobreviviente de la Noche?
Yo siempre digo que no hubo una noche sino muchas, y que no fueron seis los
desaparecidos sino muchos más. Y que también sobrevivimos muchos otros. La
versión de la película es un recorte en el que el símbolo vació al
contenido.
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¿Cuál sería ese contenido?
Yo empecé a militar a los 14 años, el año que mataron a los 22 guerrilleros
en Trelew y que volvió Perón. Nosotros éramos producto de ese proceso:
militantes populares, no del boleto estudiantil, queríamos hacer la
revolución. En el relato "oficial" ni siquiera están los que dirigieron la
luchas por el boleto.
¿Quiénes fueron?
Quiero nombrar a "Patulo" Rave, que fue el alma mater del UES de La Plata y
lo mató la Tripe A en diciembre del ’75 colgándolo de un puente. Después
desaparece Abel Vigo, "Homero" y años más tarde, Alfredo Reboredo. Ellos no
han tenido una fecha de homenaje. Tampoco los chicos secuestrados el 4 de
setiembre del ‘76 en la puerta del Colegio Nacional.
¿Cuál era su relación con los chicos de La Noche?
La militancia, aunque yo ya hubiera egresado. A mi me detiene el comisario
Luis Vides, "Lobo", en la jefatura, donde yo era cadete. Me llevan a Arana y
me torturan pidiéndome nombres pero nada del boleto. Allí había algunos
secundarios que yo conocía, como Claudio de Acha y Horacio Húngaro. También
cambié algunas palabras con Claudia Falcone, a quien yo no conocía pero me
acuerdo que lloraba. Después nos trasladaron y ya no supe de ellos.
¿A dónde lo llevaron?
El 23 de setiembre nos cargan en dos camiones. En el que iba yo fue al Pozo
de Quilmes. Allí estábamos Emilce Moler y Patricia Miranda, secuestradas la
noche del 16 y Victor Treviño, "chupado" a comienzos del mes y que luego
desapareció. Al mes nos llevaron a la comisaría 3 de Valentín Alsina y allí
nos encontramos con Walter Docters, que había militado en el secundario y
luego se había recibido de policía, y a Nilda Eloy, que había estado en la
Coordinadora. Luego llegó Pablo Díaz con José María Novielo. A todos nos
blanquearon el 28 de diciembre, Día de los Inocentes, pero seguimos presos a
disposición del PEN un año más.
¿Qué es lo que más recuerda de esos días?
Todos los que sobrevivimos nos acordaremos para siempre de ese 21 de
setiembre del ’76 en Arana. Nos sacaron de la celda para lavarlas, nos
pusieron de rodillas con los ojos vendados en un patio y nos sacaron por un
rato las ataduras de las manos. Nos dieron ñoquis y nosotros pensábamos en
los compañeros que estarían festejando en Pereyra Iraola. Pero, la verdad,
aquellos días fueron para siempre, han estado los treinta años.

Segunda
Cuarta del Colegio Nacional de La Plata
La foto de una generación
Es de 1973. Allí. Claudio de Acha está a la derecha de brazos cruzados. Tres
años después fue secuestrado y asesinado. Pertenecía a una generación de
pibes "para los que nada de lo humano les fue ajeno".
Por Rubén Furman
La foto fue sacada en 1973 y corresponde a la 2º 4ta. del Colegio Nacional
de La Plata. Hay chicas que ríen con el pelo suelto, y pibes de pelo largo
con pantalones de bota ancha.
El cuarto desde la derecha, parado, con los brazos cruzados y serio, es
Claudio de Acha, hijo de una familia de trabajadores de izquierda, humildes
pero instruidos.
En esa imagen aun falta un año para que Claudio, después de la muerte de
Perón, decida ingresar a la peronista Unión de Estudiantes Secundario. Lo
transporta una ola incontenible que augura el cambio
social, una patria para todos, la revolución. Y todavía faltan tres
para que ese negrito ruloso, estudiante mediano pero gran lector, sea
robado de su casa la Noche de los Lápices.
Su nombre está escrito hoy en una placa de mármol blanco ubicada en un
pasillo junto a los de otros 94 alumnos y profesores, pero fotos con
historias parecidas se guardan en muchos colegios del país.
En ellas hay pibes de esa generación que maduró en la resistencia a
otra dictadura inquisitorial y que creyeron que el regreso del líder
proscripto marcaría el fin de todas las proscripciones.
"Claudia no necesitaba el boleto estudiantil barato, porque nosotros no
teníamos problemas económicos y ella vivía a dos cuadras de la escuela. Se
metió en esa lucha por solidaridad", contó alguna vez Nelva Falcone con algo
de candidez.
Es que ella, María Clara, Horacio, Panchito, Daniel y Claudio, y todos los
que no están en esta foto pero si en otras, tenían algo común. Eran chicos
comprometidos con su tiempo para los que nada de lo humano les fue ajeno.
Los pibes de otra generación les rindieron su homenaje al proclamar: "Vano
intento el de la Noche: los lápices siguen escribiendo".

El
relato del relator de aquella noche
"Me gritaban que no los olvide", recordó Pablo Díaz
Tuvo un salvoconducto que lo salvó de la muerte. Hoy, a treinta años, dice
que se convirtió en el difusor de aquella trágica jornada porque fue y es un
mandato. "Yo respondo por mi juramento, que está basado en los últimos
minutos de convivencia. Como sobreviviente respondo a eso", le contó a
Télam.
"Yo respondo por mi juramento, que está basado en los últimos minutos de
convivencia. Ellos me gritaban que no los olvide y que los recuerde siempre.
Como sobreviviente respondo a eso", dice Pablo Díaz, el gran "relator" de La
Noche de los Lápices.
Detenido el día de la primavera de 1976, cinco días más tarde que el resto
de sus compañeros, asegura que su rol, ese que cumplió durante el juicio a
los comandantes de 1985 y luego, durante años recorriendo colegios para
comentar la película, poniéndose frente a micrófonos y cámaras, y volviendo
a testimonial en tribunales, "es un mandato".
"Soy el único que salió con vida del Pozo de Banfield, el único que estaba
con ellos cuando me dijeron que tenía un salvoconducto que me salvaba de la
ejecución y que me trasladaban bajo la amenaza de no contar nunca lo que
había vivido, de lo que había sido testigo. Sólo ellos me gritaban que no
los olvide y que los recuerde siempre", repite.
Su relato se amolda entonces al de un tipo que dice que lo suyo durante
noventa días fue "esperar el traslado final", igual que los seis pibes que
se llevaron la peor parte: "en Banfield estábamos condenados a morir".
Díaz, que hoy a los 48 años es un exitoso empresario del área energética,
replica también con algún enojo cuando se le insinúa "arbitrariedad" en el
recorte de su relato.
"El operativo de La Noche de los Lápices fue un secuestro planeado y
sistemático de estudiantes secundarios, relacionados con un hecho
justificado para ellos: anular una potencial resistencia al proyecto adulto
o político a implementar".
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¿Porqué un operativo contra los secundarios y no contra militantes en un
sentido genérico?
El documento elaborado en la jefatura de policía decía textualmente que
había que eliminar el semillero subversivo. El operativo partió de suponer
la desarticulación política y militar de las organizaciones guerrilleras, y
de los sectores universitario o barrial, de modo que buscaban la
desarticulación de los secundarios. Todo hace pensar que ese operativo
empezó por agosto y terminó sobre fines de noviembre.
¿Se simplificó el relato para que hubiera poca militancia y hacerla una
historia "posible" en los 80?
Si, a la distancia es así. Yo recuerdo que cuando trabajamos en el guión de
la película había un marcado miedo de que la gente nos viera culpables por
haber militado en una organización política, algo que hoy es parte de la
normalidad democrática. Pero en ese momento trabajábamos contra prejuicios
fuertes como el "por algo será". Allí razonamos que lo importante era
reconstruir valores, porque ninguna sociedad admite fácilmente las cosas que
dejó pasar aunque luego le horroricen.
Y hoy, treinta años después, cómo es la memoria de "La noche.."?
La Noche de los Lápices será la historia de todos los sobrevivientes
secundarios reprimidos en la dictadura, será la historia de todos los
estudiantes secundarios reprimidos hoy, será la historia que querran que sea
los secundarios de mañana. Pero también hay una historia que no podrá ser
contada por ellos, los noventa días de soledad, de amor, de compañerismo de
despedida y de muerte. Sólo de ahí, y de ningún lado más, yo soy el
sobreviviente.
Fuente: Télam
"Lo más
importante es que mis hijos no me vean derrotada"
Por Victoria Ginzberg
Emilce Moler tiene 39 años, tres hijos y vive en Mar del Plata desde que los
militares la obligaron a dejar La Plata. Allí fue secuestrada el 17 de setiembre
de 1976 en la que se conoce como La Noche de los Lápices. Sobrevivió para
contarlo y no arrepentirse de su pasado.
La Noche de los Lápices se transformó en el símbolo de la represión militar
contra los estudiantes.
Emilce Moler fue secuestrada en la madrugada del 17 de setiembre de 1976. Tenía
17 años y militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios, agrupación
estudiantil de tendencia peronista. Ella, Gustavo Calotti -actualmente radicado
en Francia- y otra chica que vive en La Plata son, junto a Pablo Díaz, los
sobreviviente de la llamada Noche de los Lápices. Tiene 39 años, está casada,
tiene tres hijos y vive en Mar del Plata desde que los militares la obligaron a
dejar La Plata. "Teníamos un proyecto político", dice en relación a que las
desapariciones de los secundarios de La Plata no se debieron exclusivamente a la
lucha por el boleto estudiantil. Reivindica su militancia y afirma que "la pelea
por una sociedad más justa en la que todos tengan dignidad y trabajo sigue
absolutamente vigente. Y si seguir pidiendo justicia es un idealismo sigo siendo
idealista".
-¿Por qué su nombre no se asocia con La Noche de los Lápices?
-No fue algo deliberado. Fui cuidadosa porque la cosa pública es muy difícil de
sostener a lo largo del tiempo. Sabía que tenía que tener otros objetivos en mi
vida, pero también fueron historias de desencuentros. Hablé sobre el tema desde
el primer momento, pero no estar en La Plata ni en Buenos Aires influyó
muchísimo. A lo largo de estos años eso se ha ido modificando.
-¿Cómo era su vida antes del secuestro?
-Estaba en quinto año de Bellas Artes. Era muy alegre, llena de vida, con
muchos ideales. En la vida cotidiana estudiaba dibujo, me dedicaba al grabado y
me preocupaba por qué carrera iba a seguir.
-¿Estudió algo relacionado con el arte?
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-No, soy matemática. La historia me cambió mucho. Salí a los 19 años de la
cárcel de Devoto con libertad vigilada y rendí quinto año libre. Me sentía
bastante vieja, quería tener una independencia económica y estudiar una carrera
de arte me significaba mucha dependencia. Además tenía miedo, pensaba que me
podían mirar peor si estudiaba arte. Busqué algo que no tuviera nada que ver con
la realidad y elegí matemática.
-¿Cuándo pudo conectarse de vuelta con la realidad?
-Fui siguiendo los pasos que siguió el país. En el '82 estaba en los últimos
años de la facultad y ya estaba participando de los incipientes centros de
estudiantes. Tuve el aislamiento necesario para protección, nada más. Estuve
inmersa en toda la problemática de Malvinas y luchando por la democracia.
-¿Qué se acuerda de la noche del secuestro?
-Desgraciadamente todo. Fue entre las 3 o 4 de la mañana del 17 de setiembre.
Llegó una patota grande de hombres fuertemente armados a mi casa y encañonaron a
mis padres con armas largas. Buscaban a una estudiante de Bellas Artes. Cuando
aparezco yo, que era muy chiquita, parecía menos de 17 años, no me querían
llevar. Se iban a llevar también a mi hermana mayor, finalmente, como no había
lugar en el auto, a ella la dejaron. Era un plan deliberado pero también jugaba
mucho el azar.
-¿Qué pasó después?
-Me encapuchan, me atan, me meten en una auto y me llevan a un lugar que, mucho
tiempo después, supe que era el centro clandestino de Arana. Ese es uno de los
recuerdos mas dolorosos que tengo porque durante toda la semana recibí torturas
y en los momentos en que no me torturaban a mí, escuchaba cómo torturaban a
otros. Ahí me encontré con Gustavo Calotti. También pude reconocer los gritos de
dolor de Horacio Ungaro y compartía la celda con Claudia Falcone y María Clara
Ciochini y con otras personas más. Lo que se puede contar de esos momentos es el
horror, la situación límite, la degradación como ser humano, como mujer. Es
indescriptible. Después de una semana en Arana me trasladan. A los chicos que
hoy están desaparecidos los hacen bajar en otro lugar, los que sobrevivimos
continuamos.
-¿Adónde la llevaron?
-A la Brigada de Investigaciones de Quilmes. Allí no recibí tortura física,
pero seguía vendada, atada, en calidad de desaparecida. Después pasé a la
comisaría 3ra de Valetín Alsina, en Lanús, donde me sacaron las vendas y me
desataron, pero todavía estaba ilegal. En enero del 1977 me legalizaron y pasé a
la cárcel de Devoto, siendo menor. En Arana era como que no tenía conciencia, no
sabía lo que pasaba al minuto siguiente en mi vida. Pero cuando cerraban las
rejas de la celda sentía morir. Hasta que recibí las primeras visitas. Como
siempre, rescato la solidaridad de los compañeros. Pasé algo más de un año y
medio en Devoto hasta que me dieron la libertad vigilada y me dijeron que me
vaya de La Plata, debía ser muy peligrosa. Con mi familia decidimos venir a Mar
del Plata.
-¿Volvería a vivir en La Plata?
-Me costaría mucho reconstruir mi vida en La Plata. Es una ciudad que me trae
mucho dolor porque en cada calle veo las imágenes de los compañeros que hoy no
están, que desgraciadamente son muchos más que estos seis chicos que están
desaparecidos, y son ausencias que duelen mucho. Tardé veinte años en volver a
mi escuela.
-Su padre era comisario inspector ¿cómo vivió el secuestro?
-Fue durísimo. Si bien no sabía lo que estaba pasando porque ya era jubilado,
tenía más noción que mi mamá de lo que podía ocurrirme. Nunca fue un policía
demasiado convencido, así que desde lo ideológico no fue tan terrible, pero como
padre sintió que no podía hacer nada, que su cargo no le servía, que después de
una vida íntegra de trabajo tenía que pedir por la vida de su hija y no le daban
bolilla. Se puso en el rol de padre, no en el de policía, y luchó conmigo a
brazo partido, me comprendió y me apoyó, igual que mi madre, y pienso que eso
fue una de mis llaves de salvación.
-¿Qué le cuenta a sus hijos sobre la dictadura?
-Tenemos el tema instalado de una manera natural. Además la mayoría de nuestros
amigos vivieron esos años y también aportan. Lo más importante es que no me vean
derrotada, abatida, ese sería el principal triunfo de los militares. Me ven
íntegra, con ganas de seguir hablando, luchando y sin miedo a participar. Eso es
lo que les trato de transmitir.
-¿En qué cambió en estos años?
-No cambié mucho, salvo por los años y las arrugas. Nunca me arrepentí de lo
que pensaba. Pelear por una sociedad más justa, que todos tengan dignidad y
trabajo, me parece que sigue siendo absolutamente vigente. Y si seguir pidiendo
justicia en este país es un idealismo sigo siendo idealista. Cambié en la pasión
que ponía en esas cosas y en tomar conciencia de que no vamos a ser
protagonistas de ningún cambio importante. Pero bueno, seremos una buena
retaguardia.
-¿Qué le pareció la película La Noche de los Lápices?
-Muestra lo que significó la desaparición de los chicos de una manera bastante
fidedigna y tiene componentes de película respecto de las historias de
alrededor. Hay que rescatar que sirvió para que este hecho se conozca. Ese es un
mérito indiscutible, pero hay que recrearlo con verdaderas historias. Creo que
con La Noche de los Lápices se hizo un modelo de lo que pasó en nuestro país,
que hay que recrearlo con lo que fue dejado de lado y lo que yo y otros podamos
aportar no entra en contradicción con lo que se sabe sino que muestra una
dimensión más profunda del horror.
-La Noche de los Lápices se asocia a la lucha por el boleto estudiantil pero
usted habla de una lucha política más amplia.
-No creo que a mí me detuvieran por el boleto secundario, en esas marchas yo
estaba en la última fila. Esa lucha fue en el año '75 y, además, no secuestraron
a los miles de estudiantes que participaron en ella. Detuvieron a un grupo que
militaba de una agrupación política. Todos los chicos que están desaparecidos
pertenecían a la UES, es decir que había un proyecto político, con escasa edad,
pero proyecto político al fin.
Fuente: Página/12, 15/09/98
El
testimonio de Nelva Méndez, madre de Claudia Falcone, 1998*
Nelva Alicia Méndez, madre de María Claudia
Falcone -una de las estudiantes desaparecidas durante la recordada y trágica
"Noche de los lápices"-, relató pormenorizadamente los detalles del
secuestro de su hija, en los primeros minutos del 16 de septiembre de 1976,
además de las dos detenciones de las que fueron víctimas ella y su esposo.
Con los testimonios de Méndez y de familiares de víctimas de la represión,
se desarrolló ayer la tercera jornada de las audiencias públicas en la
Cámara Federal de La Plata para conocer el destino de desaparecidos durante
el último régimen militar.
En su relato, Nelva Méndez, precisó que María Claudia, quien cursaba el
quinto año en el Bachillerato de Bellas Artes, fue secuestrada por efectivos
del Ejército del departamento de una tía suya, en el centro de nuestra
ciudad, ubicado en 56 nro. 556, junto a su compañera María Clara Ciocchini,
en la misma jornada en que otros cinco estudiantes secundarios fueron
detenidos durante "La noche de los lápices".
Indicó que, según el testimonio de otros ex detenidos, pudo establecer que
su hija, al igual que los otros adolescentes, en un primer momento fue
alojada en un centro de la localidad de Arana, y con posterioridad
trasladada a "El Pozo", dependencia policial de Banfield, en tanto que
"averiguamos que los fusilaron en el subsuelo de la Jefatura de la Policía
Bonaerense", de calle 2 entre 51 y 53.
La testigo pudo identificar a militares implicados en casos de desaparición
o a quienes visitaban los centros clandestinos de detención como es el caso
del capitán "Colores", y a los entonces posibles jefes de zona Carlos
Minicucci y Guillermo Suárez Mason.
La mujer recordó las dos ocasiones en las que junto a su marido Juan Carlos,
permaneció secuestrada en los centros clandestinos "La Cacha", en la vecina
localidad de Lisandro Olmos, y en "El Banco", donde fueron sometidos a
torturas durante los interrogatorios, para conocer el paradero de Jorge, el
otro hijo del matrimonio.
También remarcó que durante su permanencia en el centro clandestino "el
Banco" en Capital Federal, algunos de los detenidos eran liberados durante
algunos días a cambio de ofrecer información para que se pudieran detener a
otras personas.
Durante su relato al tribunal, presidido por Leopoldo Schifrinn, la señora
de Falcone subrayó que "ellos (los secuestradores) no sólo mataron a mi
hija, sino también a mi esposo".
En tal sentido, dijo que su marido, poco después de haber recuperado la
libertad luego de 45 días de cautiverio, falleció a comienzos de 1978 a
raíz, dijo Falcone, de los golpes recibidos en las sesiones de tortura.
Asimismo, los camaristas escucharon ayer los testimonios de Stella Maris
Balboa, hermana del desaparecido Jorge Balboa, y de Elsa Noemí Bacchini,
esposa de Héctor Paladino, de quien nunca se pudo llegar a establecer cuál
fue su destino.
El 16 de septiembre de 1976, siete alumnos que asistían a establecimientos
educativos de La Plata fueron secuestrados por fuerzas de seguridad cuando
reclamaban la devolución del boleto estudiantil, en una jornada que pasó a
ser conocida como "La noche de los lápices".
Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio
Ungaro, María Clara Ciochinni y Daniel Racero son los seis estudiantes que
permanecen desaparecidos, en tanto el séptimo, Pablo Díaz, fue liberado poco
después del secuestro.
La madre de Falcone compareció ayer ante la Cámara Federal de La Plata,
donde desde el 30 de septiembre último se desarrolla un juicio oral para
conocer el destino de unas dos mil personas desaparecidas en La Plata
durante la última dictadura militar.
Las audiencias se realizan todos los miércoles y están citados a declarar
miembros del Ejército y de la Armada, policías federales y bonaerenses,
retirados y en actividad.
Fuente: Hoy en la Noticia, La Plata, 15/10/98
*[24/12/06,
Télam] Nelva Falcone, de 76 años, murió el 24/12/06 en La Plata. Con la
muerte de Nelva Falcone, desaparece una de las primeras Madres de Plaza de
Mayo. Falcone se unió a las Madres a partir de la desaparición de su hija
María Claudia, en la Noche de los Lápices de setiembre de 1976.
Esposa de Jorge Falcone, un ex intendente de la capital provincial y destacado
sanitarista vinculado al peronismo, Nelva organizó en su propia casa las
primeras reuniones del grupo platense de madres. Y con un grupo de Madres viajó
a Brasil para intentar entregarle una carta al papa Juan Pablo II, a fines de
los setenta.
Notable oradora, reivindicó siempre la actividad estudiantil, social y
política de su hija, estudiante de Bellas Artes de La Plata secuestrada y
desaparecida junto a otros seis adolescentes en los primeros meses de la
dictadura.
Su firme postura en la búsqueda de su hija y sus compañeros, aprovechando los
contactos que la daba el mundo de la política de su marido pero también
superándolo en esa lucha, quedó reflejada en el personaje de la película "La
Noche de los Lápices", que dirigió Héctor Olivera.
También participó de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos hasta que,
con el regreso de la democracia en 1983, volcó su espíritu batallador en defensa
de la vida dentro del ámbito partidario.
Su última aparición pública fue al cumplirse los treinta años de ese doloroso
episodio, cuando participó en la escuela de María Claudia de la inauguración de
un mural con la imagen de los chicos.
Internada diez días atrás por una descompensación, Nelva Falcone falleció en la
madrugada de ayer, fue cremada y sus cenizas serán esparcidas en los próximos
días en la platense Plaza San Martín o bien en la porteña Plaza de Mayo.
Fuente: Télam
Por Gustavo Calotti
Apellido: Calotti
Nombres: Atilio Gustavo
Fecha de nacimiento: 27 de Septiembre de 1958
Lugar de nacimiento: La Plata, Argentina
Domicilio actual: 10, Place des Géants, 38100-Grenoble, Francia
Profesión: Profesor
Lo que paso ahora a relatar ocurrió hace 22 años, en 1976, cuando yo tenía 17
años y estudiaba en quinto año del Colegio Nacional de La Plata. Vivía con mi
madre y su compañero y mi hermanita Gabriela en la calle 43 N° 183 en un
apartamento en el quinto piso, en la ciudad de La Plata.
Para entonces yo trabajaba como 'correo' de la oficina Tesorería de la Policía
de la Provincia de Buenos Aires, en la Jefatura ubicada en la calle 2 entre 51 y
53 de la ciudad de la Plata. Por la mañana iba al colegio y por la tarde
trabajaba. Comencé a trabajar en dicha repartición oficial en el mes de
noviembre de 1975. El día 8 d septiembre de 1976, mientras estaba trabajando,
fui llamado por mi jefe, el Comisario Ordinas. Cuando entré en su despacho,
deberían ser entre las 17 y 17.30 horas, ya se encontraba allí una persona que
yo nunca había visto y que se presentó como Comisario Inspector Luis Vides. Este
último comenzó a hablarme violentamente y a preguntarme para quién trabajaba,
que sabía que yo 'andaba en algo' y que si no hablaba en ese momento de todas
maneras 'me iban a masticar todo'. Recuerdo perfectamente el sentimiento de
angustia que me invadió en ese momento.
|
Cristián Caretti, fundador de
la UES |
Mi jefe no pronunciaba palabra y creo que la tensión era tal que en toda la
oficina reinaba el silencio. Este hombre, Vides continuó vociferando hasta que
llamaron a la guardia de la Jefatura y y entre cuatro policías me condujeron
hasta la Dirección de investigaciones que estaba en el otro ala del edificio, en
la planta baja, como la Tesorería. Ya en una oficina de esta Dirección, cuyo
director era el Comisario Etchecolatz, me esposaron y, sentado, me cubrieron con
una manta. No sé cuánto tiempo pasé allí sentado, creo que fueron por lo menos
dos horas durante las cuales escuché entrar y salir a varias personas. Recuerdo
que alguien me dijo que ya todo se iba a aclarar. Al cabo de ese tiempo volvió
gente que me llevó hasta un coche que supuse un Torino, por el ruido y porque
eran los vehículos utilizados por la Policía. Siempre cubierto anduvimos en ese
coche durante un buen rato; los ruidos de la ciudad se alejaron y me di cuenta
que ya estábamos en el campo. En un momento determinado el coche abandonó la
ruta y, por los ruidos y los bamboleos, deduje que estábamos en un camino,
sendero, de tierra en donde el coche se detuvo. Creo que no tuve ni tiempo de
tocar el suelo que ya me llevaban a la rastra hasta adentro de un edificio, una
casa, en ese momento no supe. Sólo sé que ni bien llegué me ordenaron que me
desvistiera. Me ataron tobillos y muñecas, estirado, a una especie de catre y
allí permanecí un rato. Alguien me dijo que el 'Coronel' ya iba a llegar.
Reconocí la voz de Vides, que horas antes me había gritado y amenazado en la
Tesorería. Escuché nombrar a un tal Vargas, que no conozco, y en un momento dado
comenzaron a 'picanearme'. Creo que esa sensación es una de las cosas más
horribles que sentí en mi vida.
Tengo aún la consciencia de sentir mi propio cuerpo que se retorcía. Yo no
dejaba de gritar y ellos no dejaban de torturarme. Me hacían preguntas de todo
tipo pero todas estaban centradas en mi actividad laboral: querían saber, sin
antes conocer nada sobre mí, quiénes eran mis contactos dentro de la Policía.
Querían nombres, querían saber a quién yo 'había entregado de los de ellos'.
Querían mi cita y mi responsable, mi organización, todo... Mientras me
torturaban uno de ellos ponía sobre mi boca no sé si un trapo o un pedazo de
goma espuma y su pie por encima, para no escuchar mis gritos o simplemente para
lastimarme aún más. Otro me decía que si quería decir algo abriera y cerrara la
mano. Uno de ellos echaba algo sobre mi cuerpo, que después supe era agua para
que las descargas eléctricas fuesen más sentidas. Sólo sé que yo abría y cerraba
las manos y cuando se detenían con la 'picana' y como yo no les decía nada, con
más odio, porque creo, tengo esa impresión de que era odio, me torturaban más
violentamente. la picana me la aplicaban en las zonas más sensibles: genitales,
boca, ojos, pecho. Al final, en vano abría y cerraba las manos, ellos ya no
hacían caso. Tengo la impresión de haberme desmayado varias veces. Alguien
siempre decía si podían continuar o no. Pero no podría precisar si se trataba de
un médico o no. En todo caso estoy seguro de que uno de los que me torturó fue,
sin ninguna duda, en Comisario Inspector Luis Vides. Presumo que esa primera vez
fui torturado durante toda la noche.
Cuando cesaron y me ordenaron que me levantara, ya no podía hacerlo, estaba
totalmente incapacitado de cualquier movimiento y fueron ellos que me vistieron
como pudieron. Tenía los ojos vendados con lo que había sido mi propia camisa,
las manos esposadas atrás, las piernas atadas con cuerdas, ya no poseía zapatos,
no podía casi hablar porque tenía la boca destrozada por el que apretaba con su
pie y no daba caro por mi vida. Me arrastraron hasta una habitación, una celda,
en donde había muchas personas. Aprendí a reconocerlos por la voz. Hablábamos
pero poco. Por un lado creo que cada uno desconfiaba del otro, por otro,
teníamos miedo de ser escuchados. Durante todo el día había un entrar y salir de
gente de esta celda. Cada vez que la puerta se abría venían a buscar a uno de
nosotros. Y cada vez, sistemáticamente, podíamos escuchar los gritos y las
descargas eléctricas de una radio que funcionaba a todo volumen y que
constantemente era interferida por las descargas de la picana. Noche y día, era
como una fábrica de torturas. A veces, en algunas oportunidades escuché
disparos. También reonocía los cambios de guardia. A los pocos días de estar
allí logré ubicarme: una o dos veces por día escuchaba pasar un tren y yo sabía
que tan pocos trenes, cerca de la ciudad de La Plata no podían ir sino al sur,
para la zona de Pipinas. Además a veces se escuchaba despegar y aterrizar
aviones. Era evidente que estaba en un descampado que deduje podía ser Arana.
Además yo sabía que funcionaba un puesto de Cuatrerismo en la localidad de
Arana. Fue allí en donde estuve hasta el 23 de septiembre de 1976. En esa celda
éramos casi constantemente una quince personas y la celda no tenía más que una
pequeña ventana en altura y unos dos o tres metros por lado. Para dormir,
esposados, vendados, cada uno hacía como podía. La comida casi no existía. La
higiene tampoco. Cuando éramos torturados yo recuerdo que sentía una sequedad de
garganta que era como fuego. Pero no nos daban de beber porque decía que si no
uno 'reventaba como sapo'.
Nunca creí que iba a conocer un lugar tan dantesco como aquél. Durante diez días
de los quince que permanecí allí, fui torturado. Recuerdo que muchos llegaban y
pedían ver al 'traidor' y allí mismo me pegaban. Yo era el traidor y había que
hacérmelo sentir físicamente. Las únicas secuelas que conservé de ese período
son los recuerdos y algunos dientes que perdí. Pero en ese momento, aparte del
dolor, no tengo recuerdos de mi cuerpo porque no podía ni tocarme ni verme; sólo
recuerdo ese sentimiento de dolor. Un día que no sabría precisar exactamente, me
vinieron a buscar y me llevaron a una oficina. Allí alguien me preguntó algo que
ni recuerdo pero yo podía ver por debajo de las vendas y vi sobre el escritorio
que había algunas cosas que reconocí enseguida: una toalla, una muda y algunos
paquetes de Particulares, que era la marca que yo fumaba. Era evidente que mi
madre había logrado moverse y podido enviar eso. La persona que me interrogaba
no hizo ninguna alusión a esos objetos ni yo tampoco, pero no me fueron dados.
Creo que me sentí aliviado de saber que mi madre se estaba moviendo por mí. Tal
vez lo que aún hoy me cuesta superar es el miedo, el sufrimiento que sentía cada
vez que la puerta se abría y que venían a buscar a uno de nosotros. No sé si
logro explicarme correctamente.Cuando uno está siendo torturado no ve la hora en
que eso termine, le duele todo. Pero saber que a uno lo van a torturar de nuevo
es un dolor en la memoria, en la psique, que llega a ser casi tan doloroso como
el físico. Ese sentimiento lo llevo hoy, 22 años más tarde. Durante muchos años,
cada noche me desperté bañado en sudor y con ese miedo, porque tenía pesadillas
recurrentes, siempre en la misma situación de tortura. En esa celda conocí a
varias personas, escuché los nombres de otros, y así pude reconstruir una lista.
Con algunos fui trasladado a la Brigada de Investigaciones de Quilmes, a otros
nunca más volví a ver ni a saber de ellos. Pero antes de ese traslado recuerdo
un día que quedará para siempre en mi memoria. Fue el 21 de septiembre, el Día
de la Primavera que también es el día del estudiante. A eso del mediodía nos dan
de comer. Nos sacaron a todos a un lugar que creo que era como un salón y
trajeron comida, eran ñoquis. Un policía me acercó un plato y me invitó a
comer.Como yo estaba esposado por detrás y nadie me había sacado las esposas yo
no podía servirme del tenedor, así que este policía se tomó el trabajo de darme
de comer como se hace con los enfermos. Y me hablaba calmamente. Después me
llevaron a un patio interno en donde pude darme cuenta que estaban todos los
detenidos de Arana. No sé cuántos seríamos, pero éramos varias decenas, todos en
lamentable estado. Un policía decía que había dos perros que nos controlaban,
uno que se llamaba Santucho y otro Firmenich.
Estábamos sentados en el suelo y al lado mío había una persona. Con esta chica
pude apenas hablar y se trataba de Claudia Falcone, una estudiante de secundario
de Bellas Artes. Recuerdo que lloraba. Allí había muchos jóvenes que provenían
de diferentes colegios secundarios de La Plata y que eran víctimas de lo que más
tarde se llamó La Noche de Los Lápices. Se encontraban Emilce Moler, Horacio
Ungaro, Claudio de Acha, Pablo Díaz, Patricia Miranda, Francisco López Muntaner,
María Claudia Ciochini, Víctor Treviño, Daniel Alberto Racero.
Reconocí a algunos porque había tenido actividades con ellos, había militado con
ellos y con ellos había estado en la coordinadora por el reclamo del medio
boleto escolar. Además yo estaba en quinto año del secundario y con varios de
ellos seguía encontrándome. Una vez terminado ese recreo en que los cerberos
aprovecharon para limpiar las celdas, nos devolvieron cada uno a nuestra celda.
Era el día del estudiante. De ellos sólo Emilce Moler, Pablo Díaz y Patricia
Miranda sobrevivieron. la celda en donde estaba sería de unos dos metros por
tres y si mal no recuerdo llegamos a ser unas quince personas allí dentro. Para
dormir, con las manos atadas o esposadas por detrás, cada uno hacía como podía y
en el medio de esa celda las piernas se apilaban. Todos estábamos en un estado
físico más que deplorable. A una de las personas que más recuerdo es a un hombre
de 60 años que se llamaba Santiago Servín. (Utilizo el imperfecto para aquellos
de los cuales nunca más supe nada). Este hombre era de una gentileza, de una
bondad.... Era el director de un pequeño periódico que se llamaba 'Le Voz de
Solano', era de nacionalidad paraguaya y había escrito dos libros. Como
pertenecía al Partido Comunista Paraguayo, él vivía como un exilado en la
Argentina aunque ignoro si tenía o no ese estatuto y ya había estado preso en el
Paraguay hacía muchos años. El había sido detenido con un sobrino del mismo
apellido de unos 25 años y otro muchacho de apellido Etelbaum o Epelbaum que
trabajaba en ese mismo diario. Con Santiago Servín y su sobrino fuimos
trasladados el 23 de septiembre a la Brigada de Investigaciones de Quilmes.
Del otro muchacho Etelbaum, recuerdo que me dijo que a él lo habían llevado a la
comisaría 8va de La Plata. Porque fue llevado y traído dos o tres veces.
Recuerdo que una vez llaman a este muchacho y a los pocos minutos se escucharon
varios disparos de armas. Yo pensé que lo habían fusilado, pero a los días lo
trajeron de nuevo a la misma celda. Santiago Servín y su sobrino permanecieron
hasta mediados del mes de octubre en Quilmes. Luego fueron 'trasladados' y hoy
permanecen desaparecidos. En cuanto a Etelbaum, más tarde supe que estaba en la
Unidad Carcelaria N° 9 de La Plata (U.9) En Arana Estuve con Víctor Treviño, a
quien conocía desde la escuela primaria. El también fue torturado y con él me
trasladaron también a Quilmes. Víctor tenía apenas algunos meses más que yo. A
mediados del mes de octubre también fue 'trasladado'. En general, antes de cada
traslado, venían dos guardias y afeitaban y permitían que la persona se
higienizara un poco. Por entonces yo pensaba, ingenuo, que iban a ser liberados.
De Víctor tampoco supe más nada y permanece desaparecido. En ese traslado del 23
se septiembre íbamos, además de los chicos de La Noche de Los Lápices, los
Servín , José María Novielo, que era un estudiante que venía de Ushuaia y que
vivía en La Plata y yo. No recuerdo si fuimos más. El traslado debe haber sido
bastante impresionante porque se escuchaban sirenas y estábamos por lo menos en
dos camiones celulares para el transporte de detenidos. El convoy se detuvo en
un lugar en donde bajó la mayoría. Luego supe que ese lugar era la Brigada de
Investigaciones de Banfield, cuyo Jefe era el Comisario Arana. Luego seguimos
hasta Quilmes en donde quedamos Patricia Miranda, Emilce Moler, Los Servín,
Víctor Treviño y yo. Pero en Arana quedaron otros que no fueron trasladados en
ese momento: Willy, un estudiante peruano que venía de la ciudad de Piura y cuya
familia tenía un hotel del mismo nombre.
Nunca más supe de él. Un señor de apellido Ringa, Giampa, Nora Ungaro, (hermana
de Horacio y de quien no recuerdo si fue o no trasladada el 23 ), Ana Teresa
Diego, Cristina Doglio, Néstor Silva, la novia de Néstor Silva, un peruano de
apellido Icama?, Marlene Katherine Kegler Krug (le decían La Paraguaya y escuché
decir a los guardias y a otros detenidos que la habían torturado muchísimo. Ella
era estudiante de medicina en La Plata). El día 24 de septiembre por la noche,
estando en Quilmes, me vienen a buscar. En coche me llevan a un lugar, después
de mucho andar, que reconozco otra vez como Arana. Aparentemente se estaba
negociando algo porque me torturan un poco pero creo que ese no era el objetivo.
En un momento recuerdo que dejaron de hacerlo y escuché que había caído algo
importante del ERP por la zona de Citty Bell, en los alrededores de La Plata. Me
devuelven a la celda y allí encuentro de Walter Docters, que me refiere que
también estaban en Arana José María Schunk, Walter Samperi, Osvaldo Busetto. Me
entero también con posterioridad que estaban dos hermanos que trabajaban en la
Policía que se llamaban Julio Aníbal Badell y Esteban Badell, (uno de ellos,
dice la crónica policial, se tiró del tercer piso de la Jefatura, y el otro se
ahorcó en su celda), también se encontraba Ángela López Martín.
Presumo que se encontraba allí una mujer chilena Acosta Velasco de Badell,
esposa de unos de los hermanos y que permanece desaparecida. Esa misma
madrugada, así como me habían llevado a Arana, me volvieron a llevar a Quilmes.
Para esto tengo que agregar que durante mi estadía anterior en Arana tuve que
firmar papeles que nunca supe si estaban en blanco o si era mi sentencia de
muerte. No recuerdo con precisión si fue el 27 o el 29 de septiembre, por la
tarde, me vienen a buscar y me llevan a una oficina en otro piso. Allí un hombre
me levanta brevemente las vendas de los ojos y pude ver sus manos bien cuidadas
y un gran anillo de oro. Me presentó un escrito a máquina en donde yo presentaba
mi renuncia a la Policía con fecha 2 de septiembre, o sea anterior a mi
detención.
Por supuesto firmé. No volvieron a sacarme de allí hasta el mes de diciembre. En
este lapso de tiempo conocí a otras personas. El lugar pude identificarlo pocos
días después gracias a un detenido que supo reconocerlo por ser él mismo de la
localidad de Quilmes. Los coches entraban en un garaje y de allí éramos
conducidos por una escalera estrecha hasta un segundo piso. Las celdas estaban
repartidas en forma de "L" alrededor de un 'agujero' o vacío. Así supimos que en
esa misma posición se encontraban las mujeres desaparecidas, pero en el primer
piso. Podíamos entrever el exterior, la calle. Había un edificio antiguo que
supimos más tarde que se trataba del Hospital de Quilmes. Creo que en la planta
baja había delincuentes comunes. La persona que supo ubicarme era Juan Carlos
Fund, que vivía en la calle Monroe al 900 en Quilmes. Permanece desaparecido.
Cuando llegué compartí la celda con Santiago Servín y dos personas más, jóvenes
y de quien no tengo datos para identificarlas. Fueron trasladados. La vida se
hizo un poco más rutinaria. No se escuchaban gritos de torturados aunque no sé
si allí se torturaba o no. Por la mañana nos traían mate cocido, al mediodía
alguna comida tipo polenta o fideos y por la noche generalmente mate cocido otra
vez.
La cantidad de comida variaba según fuéramos muchos o pocos los detenidos.
Calculo que cuando llegamos deberíamos encontrarnos allí unos 25 hombres. En
algunos momentos fuimos sólo 10 más o menos. Si bien casi todos los días se
pasaba un trapo, la higiene personal era lamentable. En tres meses de estar allí
sólo me permitieron lavarme dos veces. Cuando llegué, y al saberme lejos de la
guardia, menos controlado, comencé a sacarme las esposas o las cuerdas (depende
del momento) y las vendas de los ojos. Fue en ese momento que pude observar mi
cuerpo. No podía apoyar el pie derecho porque tenía una infección. Las plantas
de los pies estaban negras.
La piel había sido completamente quemada. Tenía heridas en los puños por las
esposas y desde los senos hasta casi las rodillas había una placa rígida que se
había formado con las quemaduras y la sangre coagulada provocado todo por la
picana. En Quilmes el remedio milagroso se llamaba Pancután, que es una pomada
antiséptica que ayuda a cicatrizar las quemaduras. Sólo con esa pomada fue
desapareciendo la infección en la planta del pie derecho. Durante estos tres
meses en Quilmes, sumados a los quince días en Arana, perdí mi aspecto humano.
Para levantarme debía hacerlo en varias etapas, lentamente, porque varias veces
me desmayé. Y cuando estaba de pie debía aferrarme a algo porque por unos
instantes se me nublaba la vista y tenía vértigos. Dormía no sé, 16 o 18 horas
por día. Cuando salí de la cárcel, casi tres años más tarde, pesaba 58 kilos y
estaba bien. Pienso que en Quilmes debo haber pesado bastante menos y cuando me
detuvieron pesaba 72 kilos.
En Arana estuve con un hombre de entre 35 a 40 años que era un obrero de la
fábrica Rigoleau, que estaba cerca de Quilmes. Este hombre me contó que era
español. Le decían por supuesto 'El Gallego'.Más tarde supe que su apellido era
Coley. Fue trasladado. Un tiempo después lo trajeron a Walter Docters, a Osvaldo
Busetto que estaba herido de bala en piernas y abdómen y que también fue
trasladado. Una persona que ya estaba allí desde antes de que yo llegara era
Néstor Busso, de La Plata y que recuperó su libertad. También trajeron al
peruano Icama ? y que luego estuvo en la U9.. Nora Ungaro, que recuperó la
libertad. Angela López Martín, que sigue desaparecida. También pasaron por allí
Pablo Díaz, José María Novielo, que recuperaron la libertad. Había tembién un
muchacho de apellido Enríquez y con las mujeres estaba su esposa que estaba
embarazada, Marta Enríquez. Ella fue 'legalizada', mientras que de él nunca supe
más nada ya que me trasladaron a mí primero. Un hachero de Misiones de apellido
Galván y su esposa, de los cuales no tengo noticias. Un muchacho a quien
llamaban "El Colorado", pelirrojo, de la zona de Quilmes. Un muchacho a quien
llamábamos "El zapatero" porque trabajaba en una fábrica de zapatos de la zona
de Lomas de Zamora. Me fui antes que él. Creo, sin seguridad, que había una
chica que se llamaba Rosa y que tenía unos 15 años. Una familia de La Plata, que
tenían su domicilio no recuerdo si en las calles 2 y 44 o 3 y 44. Era un hombre
de 65 años, su hijo de unos 30 y la esposa del hombre mayor.
Muchos más pasaron por allí pero sería incapaz de afirmar nada ya que algunos a
veces permanecían dos o tres días, incluso menos. Algunos llegaban heridos de
bala. Todos torturados. Por ejemplo al peruano Icama una bala le había entrado
por detrás, cuando huía, y le había quebrado la clavícula. Sobrevivía quien
podía y las heridas se curaban solas generalmente. Durante el período que estuve
en Quilmes una vez mi madre pudo venir a verme.
Para mí eso fue como un signo de que todo no estaba perdido, de que tal vez no
me mataran . La vi en el mes de diciembre, pocos días antes de que me volvieran
a trasladar. Esa fecha coincidió con una serie de fichas que nos hicieron allí
mismo, con huellas dactiloscópicas, fotos etc. Cuando mi madre me viene a ver a
Quilmes la veo durante unos cinco o diez minutos. Después la volvería a ver más
de un mes más tarde. Tengo que precisar aquí algunas informaciones que no relaté
precedentemente. Mi madre trabajaba como empleada administrativa en Jefatura de
Policía, en la Dirección de Logística. Mi hermana también trabajaba en la
Policía como empleada en la Caja de Jubilaciones. Inmediatamente después de mi
detención mi casa fue allanada en lo que aparentemente fue un despliegue
policial bastante grande. Unas ocho personas entraron en el apartamento mientras
que había otros grupos de apoyo en el exterior, incluso tiradores apostados en
la terraza del edificio vecino. Mi madre y mi hermana perdieron sus trabajos,
fueron echadas. Pero mi madre conocía a mucha gente dentro de Jefatura y creo
que a través de alguno de esos conocidos logró hacer llegar a Arana unas prendas
y visitarme luego en Quilmes. El 21 de diciembre de 1976, por la mañana vinieron
a buscarme. También a Walter Docters.
Nos hicieron bajar por esas escaleras pequeñas y empinadas y ya allí nos
instalaron en la caja de una camioneta cerrada. También estaban Emilce Moler,
Patricia Miranda y Marta Enríquez. Nos previnieron que a cualquier intento
éramos hombres muertos y acostados en esa caja nos cubrieron con mantas. Pienso
que la camioneta no tenía distintivos de la policía. Bueno, el hecho es que al
cabo de un cierto tiempo que no fue demasiado largo, nos bajan en otro lugar.
Durante los primeros días permanecemos atados y los ojos vendados, en unos
calabozos obscuros. Un lugar a donde nadie venía ni siquiera para sacarnos al
baño. Sí, venía un guardia dos veces por día. Creo que dos o tres días más tarde
nos sacan las vendas y una semana después comenzamos a recibir a nuestras
familias. Media hora por semana. La razón de todo esto era que ya estábamos a
Disposición del Poder Ejecutivo Nacional desde el 28 de diciembre por decreto
3454/76. Este lugar era la comisaría 3ra de Valentín Alsina, en Lanús.
En esta comisaría, cuando llegamos, al otro día las mujeres fueron sacadas y
llevadas a otra parte de la comisaría. A Walter Docters y a mí, al cabo de unos
diez días nos pusieron en una celda en donde había otros detenidos. Uno de ellos
era un estudiante de medicina de la ciudad de La Plata, Rubén Saposnik que había
estado secuestrado en Infantería de la Policía en las calles 1 y 60 de La Plata,
esposado a una cama metálica durante un mes; un médico residente en el hospital
San Martín de La Plata, Néstor....? y un gremialista de la zona de Ezeiza que
fue trasladado antes que nosotros, cuyo nombre ignoro y no sabría decir si fue
liberado o no. Una semana antes de volver a ser trasladados una vez más llegaron
Pablo díaz y José María Novielo. Y el 21 de enero de 1977 fuimos trasladados
todos los hombres a la Unidad Carcelaria N° 9 de La Plata.
Aquí termina este relato del tiempo que permanecí secuestrado por las fuerzas de
seguridad argentinas.
Como anexo a este trabajo agrego una lista con los nombres de todas las personas
que recuerdo haber visto o escuchado e incluso algunas de las cuales sólo supe
más tarde que se encontraban allí. Con sentimiento de culpa soy consciente de
que olvido nombres, datos, informaciones sobre otras personas y que tal vez
hubiesen sido capitales para conocer la suerte que corrieron.
Grenoble 23 de Mayo de 1998
Listas de desaparecidos y de represores.
Cuatrerismo de Arana
Indico con un asterisco a las personas de las cuales supe personalmente, ya sea
porque las vi o porque las escuché, o porque escuché hablar de ellos en ese
momento como detenidos. Los otros nombres los recogí en diferentes testimonios
que fui leyendo, entrecruzando informaciones con otros ex-detenidos
desaparecidos y en algunos recortes de diarios que guardé).
*Santiago Servín D (Director del diario "La Voz de Solano")
*El sobrino de Santiago Servín D
*Etelbaum o Epelbaum ? (Trabajaba con Servín en el mismo diario)
*Víctor Treviño D
*Claudia Falcone D María Clara Ciochini D (Mencionada en el testimonio de Pablo
Díaz)
*Emilce Moler L
*Patricia Miranda L
*Horacio Ungaro D
*Claudio de Acha D
*López D
*"Willy" ?
*Ringa ?
*Kegler Krug Marlene Katherine D (escuché sus gemidos y alusiones a ella y de
cómo había sido torturada)
*Giampa ?
*Walter Docters
*L Walter Samperi (primo de Walter Docters, recogí su nombre en las
declaraciones)
*Osvaldo Bussetto D
*Pablo Díaz L
*Daniel Alberto Racero D
*Nora Ungaro
*L Ana Teresa Diego ? (este nombre lo recogí de la declaración de Nora Ungaro)
Cristina Doglio ? (testimonio de Nora Ungaro) José María Schunk D (Testimonio de
Pablo Díaz y de Walter Docters) Néstor Silva ? ( Idem ) La novia de Néstor
Silva? ( Idem )
*Icama ??? L?( es un peruano que volví a ver en Quilmes y finalmente en la U9,
cuando cayó, un tiro le quebró la clavícula, no sé si fue liberado,
expulsado...)
*Julio Aníbal Badell Muerto(figuraen el testimonio de Walter Docters y creo que
mi segundo paso por Arana coincidió con su paso por allí mismo.Lo tiraron del
tercer piso de la Jefatura de Policía el29/9/76)
*Esteban Badell D (idem que el anterior)
*Acosta Velasco de Badell D. Una señora chilena esposa de uno de los dos
hermanos.
Fuente: www.nuncamas.org/testimon/calotti.htm
La
historia no oficial de la noche de los lápices
Entrevista a Emilce Moler
Por
Sabina Crivelli
Ocurrió hace 29 años. Fue entre el 15 y el 16 de setiembre de 1976: los
militares secuestraron y torturaron a varios alumnos secundarios de La Plata...
La Noche de los Lápices. Hubo cuatro sobrevivientes. Emilce Moler es una de
ellos. Nos da su testimonio y, a diferencia de lo que cuenta la película que
hizo conocidos estos hechos, ella no relaciona la detención con la lucha por el
boleto estudiantil sino con su militancia en la Unión de Estudiantes
Secundarios.
El 16 de setiembre de 1976, Emilce había ido al Bachillerato de Bellas Artes.
Cursaba 5to. año y ese día estaba organizando la fiesta de la primavera. En
medio de los preparativos, alguien le avisó que la noche anterior se habían
llevado a sus dos amigas: Claudia Falcone y María Clara Ciocchini. También
habían secuestrado a Claudio de Acha, Daniel Racero, Horacio Ungaro y Francisco
Muntaner. Todos compartían la militancia en la Unión de Estudiantes Secundarios
(UES). Emilce tuvo miedo. Enseguida llamó a su padre que le pidió que escapara.
Emilce no quería irse dejando a sus compañeras en esa situación, pero sospechaba
que sería la próxima en la lista. Y no se equivocó. Esa misma noche, un grupo de
hombres encapuchados y armados irrumpió a los gritos en la casa de la familia
Moler. Dijeron que eran del Ejército y que venían a buscar a una estudiante de
Bellas Artes. Casi se llevan a su hermana, 5 años mayor. Emilce era bajita,
estaba en pijama y parecía una nena. Cuando la identificaron, su madre pidió que
la dejaran vestirse. Los militares accedieron. Le pusieron las esposas -que se
le salían porque le quedaban grandes- y se la llevaron. En el camino pasaron a
buscar a otras dos compañeras. Una no estaba. La segunda era Patricia, otra de
los cuatro sobrevivientes. Todas fueron llevadas a un centro clandestino. Con el
tiempo sabría que era en Arana. Ahí se encontró con sus dos amigas secuestradas
la noche anterior. Tenía los ojos vendados, pero mientras caminaba rumbo al
cuarto de tortura reconoció los gritos de otros dos amigos y compañeros de la
UES: Gustavo Calotti, que sobrevivió para contarlo, y Horacio Ungaro, uno de los
tantos desaparecidos. El 21 de setiembre se sumó a ellos un estudiante de la
"legión extranjera" que sería el cuarto sobreviviente: Pablo Díaz.
"Supuestamente estuvimos juntos en Arana dos días -recuerda Emilce-, pero nunca
supe que estaba. Él no militaba en la UES. Al no conocerlo de antes y no haber
hablado con él en ese momento, no supe que estaba ahí". El 23 de setiembre
cargaron a todos los estudiantes, maniatados y encapuchados, en un camión.
Después de un rato, la marcha se detuvo. Alguien leyó una lista: Claudia
Falcone, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Francisco López Muntaner, Daniel
Racero y Claudio de Acha... Los hicieron bajar y nunca más se supo de ellos.
Muchos años más tarde, la que era directora del Bachillerato de Bellas Artes,
Elena Makaruk, declaró que se enteró "por comentarios" que los chicos de la
"Noche de los Lápices" estaban desaparecidos, pero que la institución no hizo
gestiones para buscarlos porque "no se podía considerar verdad un comentario".
Emilce Moler sigue siendo bajita y hoy su vida transcurre en Mar del Plata. Por
aquel entonces estaba de novia con Fernando, un joven de 22 años que militaba en
la JUP de Agronomía. Ahora es su marido y tienen tres hijos. La chica de Bellas
Artes ya tiene 44 años, pero no es difícil imaginarla a los 17. Habla y ríe todo
el tiempo con una vitalidad contagiosa que no abandona ni a la hora de recordar
los momentos más duros de su vida.
-¿Cómo empezás a militar?
-Yo diría al revés: ¿Cómo no iba a militar? Habría que haber vivido esos años
para darse cuenta. Por supuesto que también estaban los que no se enganchaban,
pero a la edad que yo tenía, y en Bellas Artes donde todo era libertad,
participación y solidaridad, era imposible no militar. La revolución parecía
estar ahí nomás. Latinoamérica estallaba por todos lados. Teníamos los modelos
socialistas de Chile y Cuba. Yo podía no saber en qué partido, pero que iba a
participar no tenía ninguna duda. Había todo un clima en el que estaba muy mal
visto aquel que no se comprometía. Decirle a alguien, "sos un teórico", era el
peor insulto. Podías discutir, pero si no militabas y no llevabas a la práctica
tus ideas, eras lo peor.
De primero a cuarto año participé en todas las actividades de la escuela, pero
todavía no lo hacía desde ningún partido. Quería tener un poco más de idea de
dónde me iba a meter. Venía de una familia absolutamente anti-peronista. Hice la
primaria en un colegio de monjas, en el Eucarístico, y entré a Bellas Artes en
el 72. En el 73 todos mis compañeros fueron a buscar a Perón. Yo era re gorila.
Poco a poco fui cambiando y me di cuenta de que cualquier cambio en este país
venía por el peronismo. Una anécdota es que yo estaba convencida de eso, pero
nunca pude cantar la marcha peronista porque no la sabía. ¿Dónde la iba a
aprender? Me daba muchísima vergüenza. Cuando me detuvieron, militaba en la
peronista UES.
-¿Cuánto tiempo estuviste detenida?
-Casi dos años, más el año de libertad vigilada. Desde enero del 77 hasta abril
del 78, estuve en Villa Devoto. Era una presa legal bajo disposición del PEN,
siendo menor, con sólo 17 años. Llegar a Devoto fue uno de los peores momentos
de mi vida. Cuando entré, una celadora me leyó los cargos en mi contra:
asociación ilícita, tenencia de armas y explosivos. Yo lloraba y decía que no
era cierto. Sentía una terrible impotencia. Después me encerraron en una celda.
Cuando me largan no me dejan volver a La Plata y nos vamos con toda mi familia a
Mar del Plata, donde estuve bajo libertad vigilada.
-¿Qué sabés de los demás sobrevivientes?
-Con Gustavo Calotti, sigo siendo amiga. Él vive en Francia, es docente de
castellano y está muy bien. Dio su testimonio para el juicio a las juntas
militares y ante el juez Baltasar Garzón. Hay otra chica, Patricia, que es muy
respetable que nunca haya hablado porque no tenía ninguna relación con la
militancia política y le faltaron muchos elementos para comprender lo que le
estaba pasando. Tuvo una historia de vida muy dura porque se le murió la mamá
estando ella presa. Nunca la dejaron salir a verla y tenía sólo 17 años. Cuando
salió, estaba sola y su familia tenía una situación económica complicada. Con
ella me comunicaba los primeros años y después fui perdiendo contacto. Ella
prefirió callar. Yo la entiendo y la respeto muchísimo.
-¿Cómo vivieron tus padres toda esta situación?
-Fue muy duro. Mi padre era policía, jubilado por suerte. No fue un policía de
alma ni mucho menos. Pero fue durísimo para él. Por un lado tenía acceso a
montones de lugares para salvarme, pero por el otro recibía todas las
humillaciones posibles. Mi mamá lo vivió con mucha vergüenza. Sin embargo los
dos, a pesar de que estaban lejos de compartir las cuestiones políticas conmigo,
estuvieron firmes ahí desde lo afectivo. No faltaron nunca a las visitas. Mi
mamá me escribía semanalmente dos cartas. Eso para mí fue un salvavidas. Yo me
sentía muy culpable por lo que vivían mis viejos. Pasaron muchos años para que
la sociedad nos reivindicara. En aquellos momentos éramos la lepra. A mi familia
más de uno le retiró el saludo. Ellos tenían un proyecto de vida clase media y
se encontraron con que en su ciudad los abandonaron. Lo terrible era que nunca
sabíamos cuándo se acababa. En diciembre del '77, según averiguaciones de mi
padre, me habían hecho una condena de 5 años más. Los militares hacían como
parodias de juicios a algunos compañeros. Eso se llamaba Consejo de Guerra. En
ese entonces, en la cárcel, vos no sabías cuánto tiempo ibas a estar, y tampoco
sabías cuándo abrían una puerta, te sacaban y te llevaban andá a saber a dónde.
Yo ya había pasado por los centros clandestinos y sabía de las torturas… Además,
venían nuevos compañeros en estado calamitoso y contando historias de terror.
Sacaban compañeras de Devoto que nadie sabía a dónde las llevaban. Los de la
Masacre de Margarita Belén salieron del penal. Y allí, precisamente mataron a un
primo mío. Yo no tenía ni relación con él pero mi mamá se veía con sus primas,
que también iban a ver a su hijo a la cárcel y un día, cuando volvió, mi tía le
dijo a mi vieja: "Lo mataron". No sabemos por qué, pero por suerte decidieron
darme la libertad vigilada.
-¿Qué pasó cuando saliste?
-Fue en el Mundial, en el '78. Todos festejaban y yo lloraba. Sentía que nunca
iba a poder contar lo que me había pasado. "Nunca me van a creer", pensaba...
Estaba presente todo eso de "Los argentinos somos derechos y humanos". Cuando
escuchaba a los comunicadores en la televisión, lloraba de la bronca. Hoy sigo
teniendo terror de que la gente no vea los procesos históricos. Salí bajo
libertad vigilada en una ciudad que no conocía. Empecé a rendir libre las
materias de 5to. año. En La Plata me declararon alumna libre por "faltas". Mis
padres lograron con gran esfuerzo que me dieran los papeles de 4to. año para que
pudiera rendir 5to. libre. Tuve que decir que había tenido hepatitis. Para ese
entonces ya tenía 19. Me sentía viejísima. Mucho más tarde me di cuenta de la
atrocidad que viví en plena adolescencia. Me iban a buscar a determinados
lugares, venían a mi casa a vigilarme, controlaban con quién estaba y no podía
reunirme con muchas personas a la vez. Pero venía de tal horror que eso no me
molestaba. Pensaba que a mí, dentro de todo, no me había pasado nada. Tardé
mucho en darme cuenta de que yo también fui víctima.
-¿Cómo empezaste a estudiar Matemáticas?
-Con un permiso especial me dejaron ingresar a la Facultad. No podía pensar en
estudiar arte porque me detenían al día siguiente, entonces me anoté en
matemáticas. Me seguían y me esperaban en la puerta de la Facultad. Yo seguía de
novia con el que hoy es mi marido, Fernando. Él militaba en la JUP y era más
grande. Estaba estudiando en La Plata y siempre mantuvo el contacto con mi
familia. Eso fue muy importante porque tuve un compañero y amigo al lado mío.
Con él podía hablar de todo.
-¿Cómo termina la libertad vigilada?
-Como me vieron tranquila y aburrida -no me hablaba con nadie-, en julio del '79
me liberaron de todo y no me molestaron más. A partir de entonces, Fernando se
vino a vivir a Mar del Plata. En el '82 nos casamos. Ese año, por primera vez,
le conté a una amiga algo de mi historia. Era una compañera de la Facultad;
venía a nuestra casa y me sentí en la obligación de hacerlo. Nunca se lo
imaginó. Tardó años en entender. Fue la única persona, en ese entonces en Mar
del Plata, a la que le contamos nuestra historia. Hoy seguimos siendo amigas, es
dirigente gremial y en política la tiene más clara que yo.
-¿Cómo viviste la vuelta de la democracia?
-Empezamos a contactarnos con otra gente que había vivido lo mismo. En el '85 di
mi testimonio al equipo de Antropología Forense y en el '86, contra Camps, donde
también declaró mi padre. Fue el primer policía en testimoniar contra Camps. Ese
mismo año me ubicó una radio de Mar del Plata. Si mi primera declaración hubiese
sido en Buenos Aires, seguramente los hechos se hubieran contado como fueron. Yo
nunca me negué a contar la historia. Sin embargo me pasó con María Seoane que
cuando ella me pidió que escribiera mi testimonio yo acepté pero le pedí leer el
borrador del libro. Seoane se negó a dármelo y entonces yo y mi padre no
escribimos. A partir de ahí viene el castigo en el libro y después en la
película. Ni siquiera menciona la existencia de otros sobrevivientes. (N. de la
R.: "La Noche de los Lápices", de María Seoane y Héctor Ruiz Núñez, en base al
cual se hizo el guión de la película de Héctor Olivera) A mí me interesó salir
siempre a decir cómo son los hechos reales y yo siempre los conté así. Éramos
estudiantes secundarios y no relaciono nuestra detención con la lucha por el
boleto estudiantil, que fue en el '75, sino con nuestra militancia. Estoy segura
de esto. No es una negación de la historia anterior sino es como agregarle algo
más, recrearla.
-Sin embargo, todavía es fuerte la versión de que existió sólo un sobreviviente…
-Es bastante extraño porque he hablado muchas veces. Estuve en 1998 en el
programa de Santo Biasatti. Esto fue tapa de La Nación en el mismo año y
Página/12 también lo publicó. Fui a muchas entrevistas radiales y a charlas en
muchas ciudades y se vuelve a decir lo mismo. Más de una vez me ocurre que gente
que me conoce, cuando tiene que decir lo que fue "La Noche de los Lápices",
vuelve a repetir el tema del boleto estudiantil y que hubo un único
sobreviviente. Yo convivo con eso y no pongo energía ahí sino en contar lo que
fueron los hechos, lo que significaron y en la transmisión de la memoria para
los jóvenes de hoy en día.
-¿Tu familia volvió a La Plata?
-Mis padres nunca pudieron volver y a mí me cuesta horrores. Tardé muchos años.
Para volver a mí escuela necesité 20 años y fue durísimo, con mucho llanto. Vine
para un acto por los desaparecidos. Recién ahí pudimos abrazarnos y llorar entre
varios compañeros. Ahora vuelvo un poco más entera. También fui al acto por los
25 años del golpe con mis hijas y vieron toda la parte de la escuela que yo les
había contado. Fue algo fuerte pero reparador.
-¿Cómo te acercás al equipo de Antropología Forense?
-Ellos se acercaron primero para tener mi testimonio. A partir de
eso tuve conciencia de la importancia del sobreviviente. Creo que las Abuelas,
los Hijos, las Madres, todos juegan roles importantes, cada uno desde su lugar.
Cuando llevé mi relato al equipo ellos me empiezan a preguntar por el color de
la blusa de tal persona que yo había visto, para poder identificar los restos, y
yo ahí veo que puedo describirlo. Me di cuenta de que yo tenía información.
Además de las personas a las que vi, tenía detalles de marcas, olores,
sensaciones y sonidos que no los tiene nadie. Entonces me di cuenta de que iba a
ser un rol mío el del relato. Yo recuerdo todo: las palabras de la compañera que
no vi nunca más, el apretón de mano, la palabra de aliento. Mucha gente ha
olvidado. Cada uno elaboró como pudo. Yo hice el ejercicio de registrar todo
porque, inconscientemente, sabía que eso iba a ser importante.
-¿Cómo llegás a trabajar con el equipo?
-Cómo yo recordaba todo con mucha precisión, cada dos por tres el equipo de
Antropología Forense me volvía a llamar. Así empezamos a tener una cierta
amistad. Después ocurrió una casualidad: ellos empezaron a encontrar
documentación, huellas que pertenecían a desaparecidos. Sin embargo los peritos
las rechazaban porque no se podían ver bien. Alguien les dijo entonces que en
Mar del Plata había una persona que se dedicaba al procesamiento de imágenes...
¡Casualmente era yo! Me vinieron a ver y empezamos a trabajar juntos. Hoy mi
proyecto de investigación en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Mar
del Plata es la identificación de huellas dactilares para la identificación de
desaparecidos. Me he especializado en eso y ya se identificaron varios. Desde un
primer momento yo lo institucionalicé. Está aprobado por el Consejo Académico.
Por este trabajo obtuve un premio en el año 2000, en Estados Unidos. Mirá qué
paradoja dónde me premian. Era la primera vez que alguien de Latinoamérica
obtenía un premio así.. Esto es parte de mi trabajo y no lo quiero dejar porque,
¿quién lo va a hacer? Otros cobrarían mucho por esto. Yo lo hago desde otro
lugar y es muy reparador.
-¿Cuál es tu lectura de la situación política actual?
-Estoy enloquecida de contenta. En el '86 parecía que con el juicio a las juntas
las cosas empezaban a cerrar, pero después vinieron las leyes de Obediencia
Debida y el Punto Final. Entonces lloré. Después vino el indulto, pizza y
champagne y mirar para adelante. Decían que la historia había terminado de la
mano de la convertibilidad. En el '98 pensé que no avanzaríamos más. Todos los
chicos que crecieron durante esos años se formaron con la idea de que la lucha
no sirve. Como docente, siempre les repetí a mis alumnos que la lucha hay que
darla. Si no se da este saneamiento moral, no se puede construir nada. De todas
formas, la teoría de los dos demonios hoy todavía circula. Estoy segura de que a
mí me llevan a todas las charlas porque soy "la pobre chica del colegio
secundario". Si hubiera tenido una historia de lucha armada, no me llevarían. La
sociedad todavía no está preparada para ver y aceptar esto. Lo peor que nos
puede pasar es hacer análisis equivocados. Todos mis amigos de la JUP están
desaparecidos. Hoy no tengo ninguna militancia en ningún partido. Estoy cercana
a la asociación de familiares y ex detenidos. En el '98 me di cuenta, por lo que
sentía, de que ese era mi grupo de pertenencia.
-¿De qué cosas te arrepentís y cuáles te marcaron?
-Vi tanta arbitrariedad, por ejemplo con esta chica Patricia que no había estado
en nada, que si no me hubiera metido a militar tampoco era seguro que no me
pasara nada. Siento que fui coherente con lo que pensé, aunque mi militancia fue
muy chiquita. Ojo que ser militante en ese momento, pegar carteles en contra de
la dictadura, con ese gobierno militar era muchísimo. Yo no me hubiera bancado
la dictadura sin decir nada. Nadie previó una dictadura con tanta represión. Hoy
no me podría pensar sin esta experiencia de vida. El silencio y las ausencias de
las personas que yo hubiera necesitado que estén al lado mío y de mis padres, me
han dolido mucho. Mi objetivo es que mis hijos no se formen con esos valores.
Quiero que mis hijos sean solidarios, siempre que puedan y que alguien lo
necesite. Me parece que ese es el camino.
Fuente: La Pulseada / La Fogata
A veintinueve años de
La Noche de los Lápices
En la madrugada del 16 de setiembre de 1976 una patota militar secuestró a
varios adolescentes en La Plata. A tantos años, los sobrevivientes hablan de la
política detrás del boleto estudiantil.
Pablo Díaz piensa que el lado político de lo que le pasó fue dejado de lado por
muchos años.
"La sociedad tenía que comprender que, aunque hubiese militado, tenía derechos",
explica.
Por
Victoria Ginzberg
El relato mítico de La Noche de los Lápices dice que el 16 de setiembre de 1976,
en La Plata, siete adolescentes fueron secuestrados por reclamar por el boleto
estudiantil. Lo cierto es que para los militantes secundarios de la década del
70 esa lucha fue parte de otra más grande, que incluía un nuevo proyecto de
país. "Yo tenía trece años cuando empecé a militar. Estuve en Ezeiza, en Gaspar
Campos, en el sindicato del calzado donde Galimberti lanzó las milicias
populares y di la vuelta al cajón de Perón", dice a veinticinco años de su
detención Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes de la masacre. Desde que salió
de la cárcel, luego de pasar por dos centros clandestinos de detención, Díaz
denunció a sus captores pero admite que su compromiso político, como el de sus
compañeros, fue dejado en un segundo plano "porque la sociedad tenía que
comprender que, aunque hubiese militado, tenía derechos".
Durante los primeros años de la democracia los desaparecidos sufrieron un
proceso de despolitización. En ese momento, la prioridad era la condena de
quienes habían cometido crímenes horrendos contra hombres, mujeres y niños. Y la
pregunta sobre la militancia era la pregunta del "por algo será". Poco a poco,
las víctimas fueron recuperando su historia pero los chicos de La Noche de los
Lápices –tal vez por su edad o por la fuerza con que la sociedad se apropió del
relato– quedaron cristalizados como los casi niños que fueron secuestrados a
causa del boleto estudiantil.
"Hasta el 75 el boleto no tuvo nada que ver. Pero en ese momento había más
restricción y surgió buscar un elemento movilizador de todos los estudiantes.
Hubo una marcha multitudinaria en La Plata en la que yo iba en la cola pero fue
importante porque logró nuclear a un montón de estudiantes independientes y fue
un éxito porque se lograron las reivindicaciones. Pero cuando me secuestraron,
nunca me preguntaron nada del boleto", asegura Emilce Moler, otra sobreviviente
de La Noche de los Lápices. Hoy matemática, Molcer entró al colegio Bellas Artes
de La Plata en 1972, en plena efervescencia política. Durante los primeros años
de la secundaria participaba de discusiones y charlas, y coqueteaba con las
distintas agrupaciones que trataban de "cooptarla". En 1975 la libertad empezó a
escasear y con 16 años sintió que era momento de "dar un paso de compromiso".
Así entró a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) que respondía a
Montoneros. "Para mí el peronismo fue un impacto. Venía de una familia
antiperonista y por eso era con quienes más discutía. Quizá por eso de acercarme
para discutir me fui aproximando más. También estaban las afinidades de los
amigos, que influían mucho. Aunque no llegué a tener un sentimiento peronista,
comprendí que no se podía cambiar al país sin el peronismo y que las anécdotas
que se contaban en mi casa sobre las joyas de Evita y el luto obligatorio eran
eso, anécdotas", narra Moler.
La edad no era un impedimento para tener ideas claras. Cuando Horacio Ungaro
tenía trece años, su hermana Marta, que era miembro de la juventud comunista,
quiso reclutarlo. Horacio le contestó que pensaba lo mismo que José Ingenieros:
"El que sigue un ideal sin entenderlo es un fanático". Y dos años después empezó
a militar en la UES. En la madrugada del 16 de setiembre de 1976 un grupo que se
identificó como perteneciente al "Ejército y las fuerzas de seguridad" entró a
su casa y se lo llevó, junto con Daniel Racero, que se había quedado a dormir
allí. Esa noche también desaparecieron Francisco López Montaner, María Clara
Ciochini, María Claudia Falcone y Claudio de Acha. Son los seis que no volvieron
de la decena de adolescentes que fueron detenidos a mediados de ese setiembre.
Un día antes de su secuestro, Horacio le dijo a su hermana que no pensaba
esconder sus libros. En la mesita de luz tenía el diario del Che y un manual de
filosofía. El 16, Marta pudo ver desde la persiana a medio levantar del quinto
piso en que vivían los libros de Horacio en la vereda.
Pablo Díaz fue expulsado del Colegio Estrada, privado y católico, por participar
de la creación del centro de estudiantes. De allí fue directo al España,
conocido en La Plata como la "legión extranjera" porque recibía a los chicos con
problemas de "conducta" y los repetidores; y Díaz encajaba en ambas categorías.
"Yo vivía cerca de plaza Italia, que en La Plata es un lugar histórico del
peronismo, de las manifestaciones callejeras del luche y vuelve. Por curiosidad
me iba a la plaza con amigos del barrio y empezamos a tomarle el gustito al
peronismo, nos entró por los ojos", Díaz. Desde 1972, a los trece años, hasta la
muerte de Perón militó en la UES. Luego se fue a la Juventud Guevarista, que
respondía al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Allí se aproximó
a la militancia clandestina y tomó conciencia de la "seriedad del juego". Díaz
afirma que la lucha por el boleto estudiantil es una verdad histórica que sirvió
para agrandar las estructuras de las agrupaciones de los secundarios porque "la
motivación de los estudiantes al haber ganado implicó un ingreso masivo a las
organizaciones políticas" y que los que la encabezaron "pasamos a ser
marcadamente peligrosos porque nos convertimos en líderes naturales de
estudiantes con la implicancia de tener una ideología que nos confrontaba con el
sistema". Díaz asegura que él y muchos de sus compañeros estaban dispuestos a
participar en acciones "importantes" pero que los dirigentes no los dejaban. Y
que a pesar de eso, no siente que hubiera sido consciente del peligro que
corría.
Díaz, quien desde hace años recorre escuelas secundarias dando charlas, cree que
los estudiantes de hoy son muy distintos a los de la década del `70: "Los veo
productos de una gran soledad. Nosotros no estábamos solos, había gente
participando en distintos sectores y teníamos un proyecto de país. Estábamos
contenidos y motivados. Ahora hay una descomposición de la ilusión, aunque soy
optimista, pero en los centros de estudiantes ahora se hacen trabajos puntuales
y se sufre mucho el desgaste".
Fuente:
Página/12
María
Seoane y Héctor Ruiz Núñez, 1986, de "La noche de los lápices", Ed. Planeta,
1986
Prólogo a la edición de 1992
HAN PASADO YA SEIS AÑOS desde la madrugada del 7 de junio de 1986, primeras
horas del Día del Periodista, en la que escribimos la última frase del prólogo a
la primera edición de este libro. En esa vigilia tensa y conmovedora, nos
debatimos en la imposibilidad de escribir un epilogo a la historia que, por
primera vez, contaríamos a los jóvenes de las generaciones venideras.
Aún hoy, podemos recordar a los estudiantes secundarios que nos acompañaron en
la búsqueda de la verdad, la alegría por el advenimiento de la democracia, la
mordaza ferrosa de los organismos de seguridad, las definiciones y balbuceos de
la Justicia, el movimiento zigzagueante de la memoria histórica en la conciencia
de los argentinos. Aún hoy, recordamos la impotencia por desconocer el destino
final de los chicos secuestrados el 16 de setiembre de 1976 en el operativo
ordenado por el general Ramón Camps, pero también nuestras esperanzas: que la
impunidad jurídica sería reparada por la justicia porosa de la condena social;
que mientras existiera un joven que deseara un mundo más solidario y justo,
ninguno de los adolescentes secuestrado en la Noche de los Lápices desaparecería
para siempre.
En la delgada película del tiempo transcurrido en nuestra historia sin fin, han
quedado impresos, sin embargo, numerosos acontecimientos. Lo que era esperanza,
fue certeza. Lo que era temor, fue realidad. Seis meses después de terminar este
libro, entre gallos y a medianoche fue sancionada la ley de Punto Final. Un año
más tarde, la de Obediencia Debida. Los miembros de las fuerzas de seguridad y
civiles responsables de los hechos aquí narrados fueron sucesivamente
desprocesados, y algunos procesados y condenados. Sus nombres figuraron en todas
las listas de acusados del juicio a las juntas militares y en el informe de la
Conadep. Los delitos que se les imputaron no fueron sólo la elaboración y
ejecución de "un plan criminal", el detalle de esta sentencia genérica incluía
la terrible certeza de que no sólo habían exterminado a miles de opositores
adultos sino también a más de 232 adolescentes entre 13 y 18 años, en la noche y
niebla (NN) de la represión ilegal iniciada el 24 de marzo de 1976.
No repetiremos la cadencia de acontecimientos políticos que llevaron a los
presidentes Raúl Alfonsín y Carlos Menem a esgrimir razones de Estado, o
simplemente humanitarias, para desprocesar primero e indultar luego a los
máximos responsables de la mayor tragedia argentina del siglo XX, como fue
definido por el fiscal Julio César Strassera en su alegato final en el juicio a
las juntas militares. Tampoco repetiremos los nombres de los criminales porque
alimentamos la utopía de que sus acciones se perderán en la noche de los
tiempos, mientras aquéllo que quisieron matar vivirá en otros cuerpos.
Es sabido por todos los ciudadanos que ninguno de los indultados ha podido
eludir la condena pública cuando intentaban vivir como si nada hubiera ocurrido.
Fueron bíblicamente castigados, aunque no eran piedras sino palabras las
arrojadas, cuando tramitaban sus registros de conductor (Emilio Massera), cuando
trotaban en los bosques de Palermo (Jorge Videla), cuando tomaban café en una
confitería de Palermo (Ramón Camps), cuando eran descubiertos conduciendo su
auto (Luis Vides), cuando peinaban su perro pastor inglés con la ternura de un
padre en una plaza de la ciudad (Miguel Etchecolatz). El veredicto de la
sociedad los declaró culpables y construyó cárceles invisibles pero
invulnerables. Los motivos de este repudio cívico no parecen radicar en un deseo
atávico de venganza: sí en las ansias de justicia plena, en la necesidad de
escuchar una sola palabra de arrepentimiento, jamás pronunciada por los
indultados, que consolidara la esperanza de que nunca más la lógica de los
fusiles mutilará y segará la vida de los argentinos.
Muchas veces en estos años, sentimos el impulso de continuar investigando sobre
el destino final de los chicos desaparecidos. Nunca dejamos de preguntar a
funcionarios del gobierno, a familiares, a miembros de las entidades
humanitarias, a los científicos del Equipo Argentino de Antropología Forense si
sabían algo más sobre ellos. La respuesta era: nada. Nada. Ningún cuerpo, ni una
sola tumba. La nada que confirmaba el asesinato.
Sin embargo, hubo una puerta entornada en esa búsqueda: un testimonio decisivo
nos permitió probar lo que la Justicia, entonces, no pudo probar por la sola
declaración de Pablo Díaz. Uno de los autores de este libro mantuvo una
prolongada conversación con Emilce Moler, una de las adolescentes secuestradas
en la noche del 16 de setiembre de 1976, reaparecida algunos meses más tarde y
que por decisión personal no había prestado aún declaración ante la Conadep ni
ante la Cámara Federal que juzgó a las juntas militares.
La entrevista con ella se realizó un día de setiembre de 1986, en la sala de
estar de un hotel en Mar del Plata, y se extendió desde las diez de la mañana
hasta las seis de la tarde. El compromiso de quien escuchaba respetuosamente los
secretos celosamente guardados durante una década fue no reproducir jamás los
detalles revelados. Sólo podemos afirmar que el conmovedor testimonio de Emilce
Moler refrendó, lo sucedido en los primeros días del secuestro de los
adolescentes alojados en el campo clandestino de detención Arana, División
Cuatrerismo de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, incluida su tortura.
El 5 de agosto de 1986, Emilce y su padre, el comisario inspector Moler,
declararon finalmente por exhorto ante la justicia, brindando un testimonio
decisivo para el conocimiento de todo lo sucedido durante aquellos días
trágicos.
Al escuchar ese testimonio, pensamos que, simultáneamente al tiempo del dolor,
se gestaba un tiempo nuevo, vital, definitivo en la historia de los más jóvenes,
que seguían leyendo las aventuras de Sandokán, que continuaban escuchando las
canciones de Charly García, pero en un país distinto al que habitaron los chicos
que los habían precedido. Y, efectivamente, los adolescentes que se iniciaron en
la edad de la razón con el renacimiento de la democracia, crecieron más libres
al poder comprender muchas de las causas de los enfrentamientos y las pasiones
sociales y políticas de los años setenta.
Si en el período comprendido entre 1973 y 1976 había ocurrido el bautismo
político de los estudiantes secundarios en el seno de una sociedad turbulenta y
atormentada por la violencia y las proscripciones, fue sólo a partir de 1984
cuando su organización gremial se extendió masivamente en paz como un derecho
democrático adquirido. El 12 de noviembre de 1984 fundaron la Federación de
Estudiantes Secundarios (FES) con la participación de 450 delegados,
representantes de 77 centros de estudiantes de la Capital Federal y de más de
100.000 estudiantes.
Pero fue durante 1986 cuando lograron la mayor presencia en actos, marchas,
reuniones y en la constitución de su propia memoria histórica. El testimonio de
Pablo Díaz, sobreviviente de la Noche de los Lápices, escuchado en los lugares
más recónditos del país y del mundo; la aparición de las siete ediciones de este
libro, traducido al italiano, alemán y portugués, y la difusión de la película
dirigida por Héctor Olivera, vista por 3 millones de argentinos, que el 26 de
setiembre de 1988 alcanzó en Canal 9 49,7 puntos de rating, uno de los más altos
en la televisión nacional, luego del conseguido por las imágenes del viaje de
los hombres a la Luna, y de la final de un mundial de fútbol, potenciaron la
actividad de los adolescentes, y el aprendizaje de los adultos. Ya nunca más los
padres dejarían solos a sus hijos en el reclamo de sus derechos civiles y
políticos, como ocurrió amargamente en los años setenta. Las movilizaciones en
defensa de la escuela pública durante 1992 han sido un ejemplo elocuente, entre
otros, de este aprendizaje.
Tal vez porque los adolescentes intuyeron que estaban fundando su propia
historia, tal vez porque eran la herida más abierta de una sociedad que emergía
de una larga pesadilla, o porque sabían que muchos de sus sueños habían quedado
truncos, se asumieron de inmediato como herederos naturales de las banderas
estudiantiles y del compromiso social de los chicos secuestrados aquel 16 de
setiembre de 1976. El reclamo por el boleto estudiantil gratuito se extendió a
todo el país. El Congreso Nacional y numerosos parlamentos provinciales
legislaron sobre su aplicación. En la mayoría de los centros de estudiantes de
los colegios secundarios florecieron agrupaciones bautizadas "16 de setiembre",
en homenaje a los chicos desaparecidos en La Plata y, al mismo tiempo, como una
nueva identidad unitaria de los adolescentes que exigía, siempre, un país más
justo en el que valiera la pena crecer y soñar.
Y es esa herencia vital en los ideales inquietos y conmovedores de nuestros
jóvenes l