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Entrevista con Félix Sarravalle, por Julio Carreras (h), 1998 |
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Julio
Carreras (h) Nació en Santiago del Estero (Argentina), el 19 de agosto de 1949.
Estudió pintura y música desde pequeño. Desde los 14 a los 20 años tocó la
guitarra eléctrica en conjuntos de rock. Desde los veinte empezó a escribir
artículos sobre música (pagos) en el diario El Liberal.
Luego trabajó como periodista en las revistas Posición (Córdoba) y Nuevo Hombre
(Buenos Aires). También integró en 1973 la corresponsalía en Córdoba del diario
El Mundo de Buenos Aires.
A los 23 decidió ser escritor porque había muerto su novia, Clara Beatriz
Ledesma Medina (19), a quien amaba, y le pareció que de alguna forma debía
transmitir las abrumadoras circunstancias que vivía. Pese a ello siguió
trabajando como periodista, en Córdoba, principalmente porque en 1972 se había
vuelto marxista leninista, más bien trotskista, (sin renunciar al cristianismo)
y empezó a militar en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (dirección
política del Ejército Revolucionario del Pueblo).
En enero de 1976 las fuerzas represivas lo capturaron en San Francisco de
Córdoba, junto con su esposa. Estuvo siete años en diferentes cárceles -y campos
de concentración-, y su esposa seis.
A los treintaitrés años salió, en los últimos meses del proceso, sin nada más
que lo puesto y la señal de caín entre los ojos.
Quince días luego de su libertad obtuvo, por concurso, la realización de 31
murales en un gigantesco santuario abierto que se construía en Mailín, sitio de
peregrinación santiagueño donde cada año concurren unos 200.000 peregrinos a
cada una de las grandes fiestas, en mayo y diciembre. Con lo que ganó en este
trabajo -efectuado en tres meses con dos ayudantes- pudo comprar una pequeña
casita para cobijase con su esposa y su hasta entonces única hijita de ocho
años.
Luego de ese reinicio trabajó: como director de un museo de bellas artes, como
director de un Centro de Capacitación Rural, donde también desarrollaba
actividad de apicultor, pues habían vendido su casa de la ciudad, comprado cinco
hectáreas, construido una ancha casa en su campito, y pretendían conformar, con
un grupo muy interesante de argentinos y alemanes, una comunidad cristiana.
Más tarde editó la revista Quipu de Cultura -ocho números.
También fue director del suplemento Cultura y Educación de El Liberal (un diario
que intenta parecerse a La Nación) y más tarde jefe de Editoriales de ese
diario. Por dos años renunció para poner su propia imprenta, pero le fue mal y
se la transfirió a sus propios empleados, quienes siguen llevando adelante su
explotación.
Fue director de un diario en internet (Pantalla de Noticias), coordinador
general de la Asociación de Periodistas de Internet. Escribe para varias
revistas y medios, en papel e internet. Es, actualmente, editor general de @DIN
(Agencia Digital de Noticias) en Internet.
Terminó de escribir 9 libros, de los cuales cinco son novelas -dos cortas y tres
extensas-, dos libros de cuentos, uno de poesía, además de muchos artículos -y
un par de libros de ensayos juveniles, que prefiere ignorar. Una de las novelas
cortas fue traducida y editada en Italia. Trabaja ahora (de a poco) en tres
novelas.
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[Novela, Quipu Editorial, 1987]
Habían venido caminando desde la oficina de su padre, a la hora del
crepúsculo, por la ciudad. Era verano. La plaza Libertad estaba llena de
olores: de perfumes de mujer, de rocío, de tierra mojada y de polen. Las
veredas oscuras presentaban reflejos de los faroles eléctricos atenuados por
el claror ya débil del atardecer. Cuando llegaron a la vereda de la galería
Tabycast, junto a una mesa de la confitería El Barquito, o en una mesa de
las del Jockey Club -no pudo distinguirlo bien por su turbación- Antón la
vio a Beatriz. (En el verano la confitería El Barquito y el Jockey Club, que
eran vecinos, sacaban sus mesitas y sus sillas afuera, para los
parroquianos, y llenaban con ellas la mitad de la extensión de la vereda en
aquella cuadra.) Estaba con otros muchachos y chicas de su edad, que la
acompañaban. En conjunto hacían un grupo muy ameno; todos vestían de esport,
con ropas livianas, camisas a cuadritos, discretas remeras con cuello,
soleras y zapatillas de soga. Beatriz ocupaba el extremo derecho de la mesa,
mirando hacia la acera, vuelta precisamente hacia el lugar por donde debían
pasar Antón y su padre, que al tener que hacerlo por la franja estrecha
entre dos hileras de mesas la rozarían posiblemente. Habían dejado atrás el
quiosco de revistas de Chicho en la esquina, y la vidriera constelada de
plata y diamantes del Trust Joyero Relojero; estaban alcanzando las primeras
mesas del Jockey Club.