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Ciclo de Antón Tapia

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Ciclo de Antón Tapia

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Julio Carreras (h) Nació en Santiago del Estero (Argentina), el 19 de agosto de 1949. Estudió pintura y música desde pequeño. Desde los 14 a los 20 años tocó la guitarra eléctrica en conjuntos de rock. Desde los veinte empezó a escribir artículos sobre música (pagos) en el diario El Liberal.

Luego trabajó como periodista en las revistas Posición (Córdoba) y Nuevo Hombre (Buenos Aires). También integró en 1973 la corresponsalía en Córdoba del diario El Mundo de Buenos Aires.

A los 23 decidió ser escritor porque había muerto su novia, Clara Beatriz Ledesma Medina (19), a quien amaba, y le pareció que de alguna forma debía transmitir las abrumadoras circunstancias que vivía. Pese a ello siguió trabajando como periodista, en Córdoba, principalmente porque en 1972 se había vuelto marxista leninista, más bien trotskista, (sin renunciar al cristianismo) y empezó a militar en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (dirección política del Ejército Revolucionario del Pueblo).
En enero de 1976 las fuerzas represivas lo capturaron en San Francisco de Córdoba, junto con su esposa. Estuvo siete años en diferentes cárceles -y campos de concentración-, y su esposa seis.

A los treintaitrés años salió, en los últimos meses del proceso, sin nada más que lo puesto y la señal de caín entre los ojos.

Quince días luego de su libertad obtuvo, por concurso, la realización de 31 murales en un gigantesco santuario abierto que se construía en Mailín, sitio de peregrinación santiagueño donde cada año concurren unos 200.000 peregrinos a cada una de las grandes fiestas, en mayo y diciembre. Con lo que ganó en este trabajo -efectuado en tres meses con dos ayudantes- pudo comprar una pequeña casita para cobijase con su esposa y su hasta entonces única hijita de ocho años.

Luego de ese reinicio trabajó: como director de un museo de bellas artes, como director de un Centro de Capacitación Rural, donde también desarrollaba actividad de apicultor, pues habían vendido su casa de la ciudad, comprado cinco hectáreas, construido una ancha casa en su campito, y pretendían conformar, con un grupo muy interesante de argentinos y alemanes, una comunidad cristiana.
Más tarde editó la revista Quipu de Cultura -ocho números.
También fue director del suplemento Cultura y Educación de El Liberal (un diario que intenta parecerse a La Nación) y más tarde jefe de Editoriales de ese diario. Por dos años renunció para poner su propia imprenta, pero le fue mal y se la transfirió a sus propios empleados, quienes siguen llevando adelante su explotación.

Fue director de un diario en internet (Pantalla de Noticias), coordinador general de la Asociación de Periodistas de Internet. Escribe para varias revistas y medios, en papel e internet. Es, actualmente, editor general de @DIN (Agencia Digital de Noticias) en Internet.
Terminó de escribir 9 libros, de los cuales cinco son novelas -dos cortas y tres extensas-, dos libros de cuentos, uno de poesía, además de muchos artículos -y un par de libros de ensayos juveniles, que prefiere ignorar. Una de las novelas cortas fue traducida y editada en Italia. Trabaja ahora (de a poco) en tres novelas.


Ciclo de Antón Tapia

[Novela, Quipu Editorial, 1987]

83. En lo profundo del corazón se generan los buenos pensamientos y aquellos que no lo son. No es que él lleve en su naturaleza los pensamientos que no son buenos, pero ocurre que ha contraído, como continuación del primer extravío, el hábito del recuerdo del mal, recibiendo la mayor parte de los pensamientos de la malicia de los demonios.

Diádoco de Fótice, Filocalia (Siglo V)
 

Buen hermano, no debéis buscar la compañía de la casa para tener señorío ni riqueza, ni para comodidad de vuestro cuerpo ni honores; la debéis buscar para tres cosas: Una, para esquivar y dejar el pecado de este mundo; la otra, para hacer el servicio de Nuestro Señor; la tercera, para ser pobre y hacer penitencia en este mundo para la salvación del alma.

Regla de los Templarios  (1128)
 

5. Ve la vista que el imán atrae al hierro, y que el hierro tocado con él se vuelve y dirige a buscar el norte o tramontana; de cuyas dos acciones desea saber la causa el entendimiento; y halla que como el hierro es un cuerpo trabajado y sacado artificialmente por el hombre por medio del fuego, siendo su materia una piedra fría y húmeda, y el fuego para atraerle, mortificó y despojó el agua de su cualidad y vigor, la que con el apetito natural de poderla recobrar y sustentar, apetece unirse al imán, que es cuerpo intensamente frío y húmedo, atrayendo mediante este apetito el imán a sí al hierro, como lo perfecto atrae a sí lo imperfecto, para que tenga en sí su quietud y descanso; del mismo modo se vuelve la aguja tocada al imán a buscar el norte, porque como esta región es fría y húmeda y el imán lo es también, apetece y se dirige a ella como lo menos perfecto a lo más perfecto en su cualidad, de forma que el imán atrae al hierro por tener en sí las cualidades fría y húmeda (de que el hierro también participa), más exaltadas y simples, y se deja atraer o dirigir de la tramontana o septentrión por hallarse en esta región las mismas cualidades más simples y activas que en el mismo imán...

Raimundo Lullio. De la acción de la piedra (1304)                                                                                                                                    
No pises este lugar:
¡Ayer tarde había, por aquí,
Luciérnagas!
 
Issa
(1793)



1
 
Habían venido caminando desde la oficina de su padre, a la hora del crepúsculo, por la ciudad. Era verano. La plaza Libertad estaba llena de olores: de perfumes de mujer, de rocío, de tierra mojada y de polen. Las veredas oscuras presentaban reflejos de los faroles eléctricos atenuados por el claror ya débil del atardecer. Cuando llegaron a la vereda de la galería Tabycast, junto a una mesa de la confitería El Barquito, o en una mesa de las del Jockey Club -no pudo distinguirlo bien por su turbación- Antón la vio a Beatriz. (En el verano la confitería El Barquito y el Jockey Club, que eran vecinos, sacaban sus mesitas y sus sillas afuera, para los parroquianos, y llenaban con ellas la mitad de la extensión de la vereda en aquella cuadra.) Estaba con otros muchachos y chicas de su edad, que la acompañaban. En conjunto hacían un grupo muy ameno; todos vestían de esport, con ropas livianas, camisas a cuadritos, discretas remeras con cuello, soleras y zapatillas de soga. Beatriz ocupaba el extremo derecho de la mesa, mirando hacia la acera, vuelta precisamente hacia el lugar por donde debían pasar Antón y su padre, que al tener que hacerlo por la franja estrecha entre dos hileras de mesas la rozarían posiblemente. Habían dejado atrás el quiosco de revistas de Chicho en la esquina, y la vidriera constelada de plata y diamantes del Trust Joyero Relojero; estaban alcanzando las primeras mesas del Jockey Club.
¡Qué hermosa estaba Beatriz! Llevaba un ajustado solero de hilo blanco, que le llegaba hasta las pantorrillas para finalizar en un fino festón con detalles naranja que sostenía un volado; por arriba terminaba recto a la altura de la línea final de los pechos, sostenido a los hombros por dos tiras medianamente anchas aplicadas con costuras vistas; fuera de eso Beatriz no llevaba ningún adorno -su adorno es la piel tan bronceada que hace lucir ese vestido y su pelo lacio brillante, suave y marrón (ésto lo pensó Antón)-; llevaba, también ella, sandalias con planta de soga, tres capas de soga tejida firmemente una sobre otra y unidas con una trenza que las recorría por el borde. La cinta del talón, la tobillera (que tenía una hebilla forrada) y la capellada eran de arpillera blanca, esta última con unas florecillas bordadas, a la altura del empeine, con hilo naranja; de allí asomaban por la abertura los tres primeros dedos de los pies; sin maquillaje, el rostro de Beatriz despedía como un hálito primaveral, era muy joven; bajo su frente alta y combada que el peinado simple, con raya al medio realzaba, sus cejas perfectas parecían delineadas por el pincel de un pintor japonés -en efecto, Antón pensó que la figura de aquella muchacha, por alguna asociación que no acertaba a explicar en ese momento, producía en la mente el recuerdo de esos paisajes tan precisos que los japoneses hacían con tintas transparentes sobre hojas de pergamino-; los ojos engarzados en los párpados con forma de almendras despidiendo destellos como piedras oscuras; la nariz ni muy grande ni muy chica, con un gracioso respingo precisamente antes de su final; bajo de ella, la boca, pequeña -Antón no la había notado antes tan pequeña- de dibujo renacentista. ¿Cuántos años hacían desde que Beatriz había muerto? -se preguntó Antón. En ese momento no lo recordaba. De tanto en tanto Beatriz se le aparecía, se negaba a desaparecer de su vida, en escenarios melodiosos -y como suele suceder en esos casos, Antón se quedaba luego lleno de reproches, que surgían de sí mismo, por cierto-, en actitud pasiva las más veces, como si hubiera aprendido los secretos que por encima del tiempo rigen al evo, comprendiendo de ese modo exactamente el sentido de cada movimiento, o de cada inmovilidad, por lo cual los detalles de sus apariciones, hasta el más pequeño, tenían la importancia de un signo, que por referido a un significado trascendental, se imponía a los sentidos produjéranse o no acciones (Antón buscaba entonces memorizar cada movimiento apenas perceptible de su cuerpo, el fluir de los tenues líquidos que producían destellos en sus ojos, su ropaje, que jamás era arbitrario, un reflejo de su pelo, en un aprendizaje que intuía esencial para su vida sin saber por qué, razón por la cual de cada aparición podía reconstruir con la memoria cada vez más detalles luego): hiciera lo que hiciese o no hiciera nada, la actitud de Beatriz era siempre la apropiada -desde luego, ésto Antón recién después lo entendía. Esta vez la sonrisa que le dirigió Beatriz le pareció irónica, y al mismo tiempo, como una dolorosa comprobación llegó a su entendimiento la imagen feliz que con los otros componía: un testimonio de cuán a gusto se encontraba ella, con otros compañeros de su edad, a quienes Antón ni siquiera conocía... No lo necesitaba, pues. Por otra parte, Antón envejecía -sus treintaidós años ya le pesaban- mientras que Beatriz se mantenía adolescente. La reacción instantánea que este pensamiento causó en Antón fue que hinchara el pecho, se concentrara en su cuerpo, y emprendiera la tarea interior de conseguir que éste exhalara seducción hacia Beatriz; que al verlo llegar, y al pasar por lado de ella, la atrajera, con emanaciones, con apenas aprehensibles movimientos y con imágenes.
Antón vestía una remera blanca, de hilo, que como único detalle presentaba un cuello de caprichosa forma oval (de modo que dejaba al descubierto el cuello, el comienzo de los hombros y el pecho hasta un poco más abajo de las clavículas) con gruesos rebordes, iguales a los de las mangas, cortas, que apenas alcanzaban al final de los músculos de los hombros. Antón no estaba bronceado, pero comprendía que su piel tenía un tono rosáceo-trigueño que resultaba muy atractivo, así que conocía muy bien la combinación excelente que hacía con la remera; trató entonces que de su cuerpo emanara la mayor seducción y caminó, levantando la barbilla y estirando su cuello largo, manejando el cuerpo como un bailarín muy sabio para que Beatriz apreciara cada detalle suyo de un modo agraciado sin que al mismo tiempo ningún movimiento se volviera indiscreto ni demasiado manifiesto; de tal modo, con una conciencia muy viva de sí mismo, de Beatriz, y en un segundo plano de las personas que como manchitas azuladas ocupaban las mesas Antón avanzó hacia Beatriz, llegó hasta donde ella estaba, y pasó a su lado: (percibió el perfume fresco de su vestido sobre la piel adolescente, los efluvios delicados de su pelo, la fragancia tibia de alguna suave crema para piel, y sintió sobre sí la mirada dulce de Beatriz) un instante; luego todo desapareció. La noche se volvió oscura, los objetos se enfriaron, tendidos bajo una luz inmovilizadora, y Antón se encontró con una pequeña desazón en el pecho y silencioso, en la esquina donde debían esperar el remisse con su padre.
 
No me acordé de nada. No me acordé de mis padres, ni de mi abuelo, ni de los momentos felices, ni de Diana, ni de Beatriz. Solamente pensaba en los golpes, en el fogonazo de la picana y el dolor, cuando me torturaban.
Por absurdo que parezca, sentía una extraña euforia: me alegraba -mientras me torturaban- de que al fin se hubiera resuelto de un modo claro este largo enfrentamiento. Me sentía, gozozamente, un mártir.
Y no hablé nada.
Al fin, luego de no se cuántos días, se fueron. No se si me dejaron por muerto, o porque se cansaron. Me desperté en el hospital de la cárcel.
 
Toma este cuenco -me dijo la hechicera.
Lo hice. A la luz de la lámpara pude ver que contenía algo aceitoso.
-Aquí está el sentido de tu vida. ¡Mira!
Lo hice.
-¿Qué ves? -me preguntó.
-Un campo yermo -dije.
-Es el vientre de tu madre-, contestó la hechicera-. ¿Qué ves?
-Veo unas grandes construcciones, y saliendo y entrando en ellas unos hombres sucios, encadenados.
-Es lo que te legó tu padre. ¡¿Qué ves?!
-Veo un hombre sin cabeza, estaqueado, y unos demonios que lo azotan.
-Eres tú, pues tienes que purgar de ese modo muchas faltas de tus abuelos.
-Veo una mujer vestida de blanco, que me acaricia las heridas -dije.
-Es la Ñaña. Cuando todo acabe ella te ha de dar paz.
 
Teresa Perea era amiga de Antón. Pero esa noche, caminando solos por la aireada avenida del parque, él sintió unos deseos grandes de abrazarla.
Y lo hizo.
Ella recibió su abrazo sobre los hombros sin inmutarse, como si lo hubiera estado esperando. Era una noche fresca del verano. Teresa llevaba un vestido simple de una sola pieza, sin mangas. Antón Tapia sintió el calor de la piel de su hombro delgado, tostado por el sol, bajo su mano. El cielo estaba abovedado. Sin decir nada se fueron internando, abrazados, entre los árboles. Por todas partes flotaba un olor a hojas húmedas.
Llegaron junto a un alambrado y se detuvieron allí. Antón tomó con sus dos manos los hombros desnudos de Teresa y la volvió suavemente hacia él. Quedaron enfrentados, mirándose un instante; luego él se acercó. Ella corrió sus brazos delgados por su espalda, rodeándole el cuello. En ese momento a él se le ocurrió que alguna patota podría verlos, e intentar violar a Teresa, y se puso tenso por reflejo. Involuntariamente borneó la cabeza, pero enseguida se maldijo por arruinar con ese pensamiento infame el momento. No pudo evitar una reflexión vaga sobre la relación en esta cultura entre la violencia y la sensualidad. Pero la besó.
 
La noche siguiente ella estaba con una amiga, sentada en la cruceta de un encatrado con enredaderas. Me acerqué sonriente, pero ella no sonrió. Sin hacer caso estiré los brazos para acercarla, pero ella se quedó fría, rígida. Sencillamente me despreció, como si yo fuera un pobre tipo. Cavilando sobre esto me alejé entre el perfume de los árboles. Era una noche clara.
 
-¿Por qué me abrazas, Antón?
-Porque te quiero Teresa.
-Yo también te quiero, como amigo. Pero no te olvides que yo tengo a mi novio en Salta. Y vos tienes tu novia, también, en Córdoba.
-Yo no quiero hacer nada. Solamente abrazarte. No ando bien del alma, Teresa.
-¡Qué tranquilas son tus manos, Antón!, me dan como una somnolencia.
 
Aquellos hombres comenzaron a perseguirme apenas me alejé. Entonces comprendí la indiferencia de Teresa. De lejos se veía que eran norteamericanos. Teresa lo sabía, estoy seguro.
Cada vez caminé más rápido, pero no logré perderlos. Al llegar a una encrucijada de las callejuelas, me llamaron. Y yo me largué a correr.
La edificación de mi ciudad es complicada. Son calles angostas y los edificios altos, que la ahogan, le dan el aspecto de un abigarrado laberinto. Pensé que jamás me alcanzarían esos yanquis en esta ciudad.
Después que murió mi padre y me dejó su empresa, yo le conté a un novelista lo que había venido viendo desde muy chico y el hombre publicó una novela con mis memorias. Tenía que hacerlo, porque no aguantaba más el peso de tanta historia sucia. Y yo no tenía por qué cargar con lo que no elegí. Pero sabía que ese libro me iba a traer como consecuencia, tarde o temprano, esto. Los yanquis corriéndome para eliminarme.
Teresa lo sabía, estoy seguro. ¿Será así la condición humana? Solamente uno, que es el condenado, cree que alguien deba preocuparse por su suerte. Pero los que ven hundirse a un hombre con un bloque atado de sus piernas ¿por qué habrían de aferrarlo para hundirse junto con él? Me resigné a pensar que Teresa había obrado, para su posición, con sensatez.
Los yanquis resollaban detrás de mí, pero yo estaba tan cansado como ellos. Comencé a escalar las terrazas de césped que el gobierno había hecho cultivar en el enorme edificio de piedra de la Cultura. Y ellos tras de mí. No se por qué en ese instante tuve la intuición de que me iba a salvar. Y así fue.
Todo parecía indicar que al descender el último escalón yo debía dirigirme obligatoriamente a la derecha. Pero al llegar allí, en la oscuridad más honda, torcí a ciegas, por instinto, hacia el lado opuesto. Sabía que iba a quedar atrapado en un pórtico, pero lo hice. Y vi pasar a los yanquis, con sus pesados pasos, que se perdieron buscándome en el camino por donde yo no había ido.
 
-Lo que estamos haciendo no está bien, Teresa- dijo Antón. («Porque vos me has traicionado. No eres mi amiga. Cuando me seguían los lobos, me abandonaste; te fingías indiferente, me dejaste solo. Y ahora que estoy fuerte, me abrazas. No temes que nadie te vea conmigo». Todo esto hubiera querido decir Antón. Pero dijo solamente: «Lo que estamos haciendo no está bien, Teresa», y se dejó abrazar.)
Estaban en medio de la calle de tierra, a la siesta. Su cuerpo largo se apretaba contra él. Sintió la tela gruesa del vaquero de Teresa abultado por el cierre metálico que se apretaba contra su sexo. Y se dejó estar, porque era una buena sensación. Ella se ocupaba de acariciarlo.
No había por qué pensar que alguien debía ser fiel en el peligro, pensó Antón, aunque algunos lo eran. Pero éste no es el caso, se dijo. Y se dejó acariciar.
El vapor de la tierra producía vibraciones en el perfil de los cerros, a la distancia. Antón se durmió.
 
Una noche de carnaval salieron a vagar los dos por una calle, cansados de la fiesta. De a ratos pasaba junto a ellos alguna pareja solitaria. Se sentaron en el umbral, callados.
Celia era una experta en callar. Una mujer del Norte. Pero esta vez, luego de un rato dijo:
-Te siento extraño.
Antón no supo qué contestar.
-Tengo frío adentro- murmuró al fin.
-¿Está cansado tu corazón?
-No sé por qué, creo que mucha muerte anda bullendo por algún lado.
-Madre está en Salta. No he sentido nada.
Había olor a mojado en el aire. Se conocía que estábamos en carnaval por la música y los gritos, apagados. El cielo aclaraba los árboles.
-Celia, algo me acongoja el corazón.
Ella lo miró, comprensiva, grave.
-Celia, tal vez sea porque hace mucho que no toco la guitarra. ¿Quién ha muerto, Celia? Nadie.
Hablaba solo Antón, hablaba por no llorar. Pero ella le dijo:
-Llorá, Antón.
Entonces él se apoyó en su pecho y luego de un corto esfuerzo, lloró, sin saber por qué.
Una pareja que llevaba las caras cubiertas con máscaras blancas, pasó por enfrente, sin mirarlos.
 
Diana miró al muchacho de cabello renegrido que bebía solo en un costado del salón. Se notaba que le gustaba mucho la música folklórica. No perdía uno solo de los movimientos del conjunto. Sus rasgos eran flacos y firmes, como los de alguien con autoridad. Vestía con descuido, pero su ropa era de tela y corte caros.
Por fin se dio cuenta de que ella lo miraba. Sus ojos brillaron, como si sonrieran. Ya estaba. Diana supo que iba a venir. Pensó en la razón de lo dicho una vez por su madre: «somos las mujeres, en realidad, quienes elegimos. Pero déjalos creer siempre que lo hacen ellos».
-Me llamo Antón Tapia -dijo Antón-. Me agradaría conversar contigo.
Parecía un poco borracho.
-¿Y de qué vamos a conversar?- preguntó Diana, escondiendo los ojos y sonriendo con picardía.
-El tema no interesa -dijo él-: lo importante es hacerlo contigo.
 
Las calles pavimentadas con adoquines, casas altas, muy viejas, se van yendo con el claror de la oración. Antón vigila, en una esquina, la aparición de los monstruos.
Hasta que se presenta uno, en el horizonte. Es como una sombra inmensa, sin otros órganos que unos grotescos brazos y piernas: se agita, tapando el rojo resplandor.
Antón lo enfrenta. A fuerza de energía espiritual lo hace retroceder. Por fin se va.
Pero Antón se queda vigilante pues sabe que van a volver. Y no todos tienen la fuerza espiritual de él.
En efecto, en el mismo momento en que una pareja de ancianos se acerca al lugar, aparecen dos monstruos.
Los ancianos se asustan, pero Antón los tranquiliza.
De nuevo los enfrenta, y los hace retroceder.
Los ancianos se van.
Esa noche, Antón deberá quedar de guardia allí.
 
Tu padre, Antón, ya estaba muerto por dentro. Andaba apenas con la fuerza de los músculos, que lo empujaban atrás o adelante según el caso. Nadie que le entrega su alma al diablo queda vivo. Y tu padre hacía rato que se había entregado al demonio yanqui. El era criollo de raza, pero se volvió yanqui por dentro. Y todo su conocimiento, lo aplicaba como un yanqui. Si hubiese podido cambiarse la piel, los ojos, hacerse ojos azules y cabellos rubios lo hubiera hecho. El era un renegado de sí mismo. Por eso estaba muerto, aun antes de colgarse.
 
El padre de Diana era un abogado de provincias, flaco y estropajoso. Nunca entendí cómo haría para defender a sus clientes, con una voz tan tiple y una pronunciación tan defectuosa. Ahora estaba jubilado. Era uno de esos tipos que terminan una carrera por constancia. Por lo demás, era medio vicioso y de carácter blando. Creo que simpatizó conmigo. Seguramente creía que en un tiempo próximo iba a ser su colega. Por suerte, murió antes de que me detuvieran, librándome de tener que cargar en mi conciencia también el peso de su decepción.
Clámades, el hermano de Diana, era un paralítico tranquilo y accesible que escribía poesías y armaba juegos mecánicos. No hablaba. En aquella casa, las únicas tormentosas eran las mujeres. Tal vez aquella excesiva verbosidad de ellas, había obligado a su naturaleza tímida a moldearse bajo ese aspecto taciturno. Casi no había oído su voz hasta que una tarde, al ir al baño, lo escuché por casualidad, enzarzado en una animosa conversación. Por curiosidad, espié a través de la ventanilla. Clámades hablaba con los gorriones, pájaros carpinteros y reinamoras, que criaba en cantidad encerrados en aquella piecita de tras del baño.
La que más se alegró con mi casamiento con Diana fue su madre. Era una vieja maquinadora; toda su vida se había ocupado de armar tejidos para que alguna de sus hijas se casara con un muchacho rico. Aún no era tan patente la decadencia de los Tapia, y la vieja creyó que al fin había pillado un buen pescado. Ella era la que en verdad mandaba allí. Tras unos modales bondadosos se escondía una voluntad de fierro. Casó a sus otras hijas con un ingeniero y un tano con boliche; pero a el haberme atrapado a mí consideraba su obra mayor. Finalmente, cuando sucedió todo y sospechó verdaderamente quién era, terminé siendo el hueso de pollo atravesado en su garganta.
 
Bajaron repentinamente de la camioneta, con las armas remontadas. El agente de guardia no atinó a moverse. Celia se quedó junto a él, luego de desarmarlo, de campana.
Entraron velozmente. Eran seis. Un grupito de agentes, tres suboficiales y dos oficiales tomaban mate alrededor de una mesa. Antón los encañonó con la Itaka.
-¿Y el jefe? -preguntó.
-Está durmiendo -tartamudeó el agente.
-Dame un mate -le dijo Antón. El agente le extendió una mano temblorosa. Le había agarrado como un chucho. Repentinamente, había tomado conciencia de la situación.
-¿Son guerrilleros? -se atrevió a preguntar un oficial joven.
-No, si vamo’a sé los Reyes Magos -le contestó el moreno Trago de Sombra.
Cargaron todas las armas, cortaron los hilos del teléfono, soltaron a los asombrados presos, estropearon la radio, y se fueron, dejando encerrados a los policías en las celdas. Por curiosidad, Antón echó una mirada en la habitación del jefe, antes de salir. Era un gordo grandote, de bigotes. Los pies desnudos le sobresalían por el extremo de la frazada. Roncaba.
 
Tu tatarabuelo era alférez cuando lo mandó el general Taboada para colaborar con las fuerzas de Mitre, que andaban reprimiendo a los Montoneros. Querían aplastar toda resistencia en el interior y La Rioja era el último foco organizado.
La Ñaña caminaba, tomada de mi brazo, con su paso lento. Ibamos hacia el Santuario de Mailín.
-Benjamín Tapia era un soldado ingenuo y nuevito, recién salido de la Academia Militar. Le tocó servir con el coronel José Miguel Arredondo. Allí fue cuando se volvió loco.
Una bandada de catas pasa chillando alegremente por el cielo.
-¿Fue allí cuando empezó la maldición? -le pregunté.
-No. Fue más adelante. Pero creo que todas estas cosas ya la presagiaban.
Mi abuela inició su relato lentamente.
-Fue en el pueblito de Aimogasta. Eran las dos de la madrugada del 20 de abril de 1862. El coronel Arredondo mandó revisar el caserío, rancho por rancho. Quería encontrar a Severo Chumbita, jefe montonero. Tu tatarabuelo había estado desde que llegó, perplejo. Con sus diecinueve años, cargado de la mística de la Academia, iba esperando enfrentar a huestes enemigas y derrotarlas en rudos combates. Y se encontraba con esto: allanamientos en viviendas miserables, repliegue a la ciudad cuando los Montoneros atacaban, torturas a los prisioneros, violación de mujeres. «Guerra de policía» la llamaba el general Mitre.
Una caravana de sulkis se nos adelantó, con sus caballos a paso lento. Iban también, con sus banderas, peregrinando a Mailín.
-Revisaron casa por casa, rincón por rincón, pero nada. El caudillo montonero no aparecía. Entonces el coronel Arredondo, furioso, mandó reunir a todos los vecinos en la plaza. Eran las cuatro de la mañana. Hacía frío. Cuando estuvieron allí, hombres, mujeres, viejos, niños, gritó: «A ver, los hombres... vayan a buscar palas». Los hizo cavar una zanja grande. Les dijo: «¡parensé ahí todos, al borde de la zanja!» Y mandó cargar sobre ellos. Otro pelotón tenía que incendiar el poblado.
De pronto, el cielo se empezó a nublar .
-Los soldados ya estaban cebados en sangre. A lanzazo puro y a golpes de sable se abalanzaron sobre aquella aterrorizada multitud, sin respetar mujeres ni chicos. Cortaron cabezas, partieron cráneos. En el suelo se había formado un lodazal de sangre. Los ranchos habían empezado a arder, y la escena de la masacre adquiría tonalidades demoníacas bajo el resplandor de las llamas. Tu tatarabuelo se quedó paralizado, mudo, sin saber qué hacer. La matanza de ancianos y niños era demasiado para él. En eso se le acercó el coronel Arredondo y le gritó: «¡Qué le pasa alférez Tapia! ¡Por qué no ataca!» Tenía el sable prusiano chorreando sangre. «Mi coronel... mi coronel...», balbució tu tatarabuelo, desconcertado. En ese momento un niñito de unos tres años, desnudo, quiso escapar corriendo del montón. Un soldado veloz lo atajó antes que hiciera tres pasos, y con su lanza terrible lo ensartó en el vientre, removiéndole después el arma adentro, casi hasta partirlo por la mitad. Tu tatarabuelo corrió hacia el niño, en un acto instintivo. Lo levantó del suelo... de la tremenda herida que le abría el vientre, cayeron sobre sus manos las vísceras del infortunado. Entonces se paró, con el niño en brazos, y lo miró al coronel Arredondo, con ojos de alucinado. «¡Qué le pasa amigo!» gritó Arredondo, «¿se me ha vuelto marica? ¡no me diga que ahora les va a tener lástima a estos bárbaros!» Benjamín Tapia no contestó nada, y dándole la espalda fue a sentarse, con el niño muerto en brazos, en una piedra al costado de la plaza. Allí se quedó, quieto, mirando las llamas del pueblo con ojos abismados. «¡Esto lo va a saber el general Taboada!», gritó Arredondo. «¡Ahora va a saber en qué mierda ha venido a parar su recomendado!»
El pueblo de Beltrán apareció a la distancia. Las casitas blancas, tranquilas, rodeadas de árboles coposos, se recortaban contra el horizonte, de un celeste subido.
-A tu tatarabuelo lo dieron inmediatamente de baja, y lo mandaron de vuelta a Santiago. Allí se encontró con que su mujer había dado a luz a tu bisabuelo Pedro. Pero no se sabe si llegó alguna vez a darse cuenta de que era su hijo. A partir de aquella experiencia de La Rioja, tu tatarabuelo quedó mudo e idiota para siempre.
 
Era demasiado inmenso el cine aquel. Antón estaba como perdido, y sentía vértigo. La monumentalidad lo abrumaba. Habían subido hasta la sexta planta, y desde allí miraban. Gigantescas columnas rectangulares, a los lados, se elevaban imponentes. Una luz tenue alumbraba las hileras de sillas en la sexta planta. El Negro Coria lo sacudió y le dijo:
-A ver si te sientas, chango.
Antón andaba con el Negro Coria y Froilán Aguirre. Se sentaron los tres. Tres bellas muchachas se situaban delante de ellos. A Antón sus cabellos no le permitían ver bien la pantalla. Estaban proyectando una película de Glauber Rocha. Antón sintió vértigo de nuevo. Se olvidó de la película y se perdió en algún lugar de su mente. No en pensamientos: en algún lugar recóndito habrá sido, sencillamente se perdió, por ese lapso no existió, sólo tenía noción de una especie de flotar sin demarcaciones, sin forma, bajo una luz azulada -el mismo era la luz.
-Ha terminado la película, chango -oyó que le decían.
Se levantaron y fueron a tomar vino.
Salieron a las calles angostas de la ciudad antigua. Antón se decía con desagrado que los ingleses habían influido en exceso sobre la edificación de la ciudad. Pero pensó que de algún modo el carácter de la tierra había predominado: uno veía los empedrados brillosos bajo antiguos faroles, los delgados marcos de madera oscura rematados en esquinas de bronce, y extrañamente, uno pensaba: aquí habitan viejas historias castellanas. En estas calles hay muchos fantasmas. Eso pensó Antón.
Había olor a tabaco y a incienso en las calles.
En este barrio vivió mi madre, pensó Antón.
Entraron en un bar amarillento. Tomaron dos jarras de vino entre los tres, comieron empanadas. Le dijeron a Antón:
-Qué raro que no te haya reconocido nadie...
Mientras no me reconozca la policía... -pensó Antón. Cómo le agradaba ese parpadear de los faroles a querosén que alumbraban diseminados el flaco salón.
Salieron a la calle ya muy de noche. Después de saludarse, fueron cada uno por su lado.
Antón vagabundeó por las calles hasta el amanecer. Al llegar a una pequeña plazoleta halló sentadas en el césped junto a una fuente labrada a su tía Dorita y a la hermana de Santiago Lucero. Caminó contento hacia ellas. Sobre unos repasadores tendidos en el suelo habían dispuesto carpetitas bordadas, y encima de ellas, platos pequeños con presas de ave, panecillos, mayonesa, ensalada de papas y bocadillos de zapallo en almíbar.
-Aquí está Antón -oyó decir a la tía Dorita.
-¿De cómo están aquí tan temprano? -preguntó él.
-Queríamos aprovechar el amanecer tan fresco para charlar y estar juntas, antes de ir al trabajo -dijo la hermana de Santiago-, ¿quieres comer con nosotras?
Sentía la humedad de la brisa besándole el pecho bajo la camisa abierta; el olor a sicómoros, flor de paraíso y romeros flotando en el aire. Como un resplandor azulado se levantaba desde el horizonte, por detrás de las casas. Antón se sacó los zapatos. El rocío le mojó los pies. La hermana de Santiago no dejaba de hablar y de reírse: era una muchacha muy simpática. La tía Dorita celebraba, desde la inteligente bondad de sus años. Antón no tenía inquietudes: se sintió calmo y relajado. El tiempo parecía extenso, suave.
Por la arbolada calle de piedras apareció una pareja caminando. No. Eran dos mujeres. Una muy joven y la otra madura. En la esquina que daba a la plazoleta había un elegante quiosco de descanso, de madera labrada, cobre y vidrio, con techo en pirámide coronado por una lanza. Al llegar allí se detuvieron, y lo miraron. Las dos se pusieron a mirarlo a Antón.
No puede ser ella -pensaba Antón. Sin embargo, era ella, y su madre. Era Beatriz. Beatriz Lealande.
¿Cuántos años tenía cuando murió? -se preguntó Antón. -Diecinueve -se oyó murmurar. La miró allí parada, hermosa y alta. Esta Beatriz no tenía más de dieciséis años. Peinaba delgadas trenzas con mechones lacios que caían a los costados del rostro, rostro de durazno alargado, ojos de almendra. El cuello fino y el brillo sonriente de sus ojos: era ella misma, pero parecía haberse aniñado.
Beatriz, del brazo de su madre. Llevaba un largo vestido marrón, de fina tela con recamados, y sobre los hombros, una chalina tejida a mano. Sus pies calzaban sandalias de cuero, con tacos altos. Aparecía su piel adolescente del color del trigo maduro. La coronaba una peineta de plata.
Lo miraron mucho rato. Y Antón se enamoró de ella. Ella me ama -sintió Antón. Y estaba tranquilo mientras ella lo miraba.
Después que se fueron, Antón trató de sacar mentalmente la cuenta de los años que hacían desde que Beatriz se había muerto. Ocho años -se sorprendió diciendo. -Ocho años y dieciséis días.
La tía Dorita y la hermana de Santiago no decían nada.
No se oía nada más que la brisa.
 
(Buenas tardes. Y Poncho se retorcía las zapatillas de lona. En eso apareció Eduvigis y todos miraron. Bah, todos es un decir pues el mongólico quedó abismado. Joan Báez nos acariciaba con sus tetas el alma. La hora, estábamos, no, estaba fresca y nosotros allí parados, mirando ir y venir soldados, llevando y trayendo presos, presos políticos, comunes. Apareció Cabeza de Candado y se ensombreció la escena. Vanessa Redgrave no llegaba. Y las tetas de Joan en el alma. Entonces todos tomamos las toallas en las que habíamos envuelto las mercaderías que compráramos, y nos fuimos a las celdas.)
 
Fue cuando ya habían hecho la fiesta de compromiso. Después de la muerte de Beatriz Lealande, Antón no quería otro noviazgo largo. Se sentía culpable, y aunque no experimentaba hacia Diana más que un afecto racional -era lo que él nunca había podido: ordenada y limpia, segura de lo que buscaba, de pensamiento simple y gran sentido común-, quería casarse con ella, cuanto antes.
-Si yo me hubiese casado con Beatriz, no se hubiera muerto -se decía. Y había hecho la promesa de ser fiel, ajustadamente fiel.
Pero al humano lo persigue la fatalidad de su sino interior. No le era posible a Antón en aquel tiempo ceñirse a las promesas que le había hecho a su Dios. Recibía grandes castigos, por esto.
La había visto alguna vez en la facultad de Ciencias de la Información, durante una asamblea. Una muchacha alta. Su cuerpo pertenecía al tipo de proporciones delicadas pero rotundas que exhiben las vírgenes de Boticelli, piernas firmes, con curvas dulcemente graduales, torso fino, hombros erguidos, cabeza clásica (en el sentido europeo), nariz pequeña, recta, ojos marrones profundísimos, cabello ensortijado, cayendo adorablemente sobre el pecho y la espalda «como el jacinto joven» (Poe). Al verla, Antón tuvo el pequeño vuelco de advertencia interior de cuando iba a despertarse en él una pasión. En ese tiempo aún no había conocido a Diana. Estuvo un buen rato mirándola, por ver si ella se daba cuenta de su presencia. Al parecer la muchacha ni lo notó. Quedó como el recuerdo de un sueño, pues luego ya no la vio.
La segunda vez -se acordaba Antón- fue en casa de Julián Cruz. Se juntaban allí a estudiar para un parcial, con otros muchachos y chicas. La casa que Julián Cruz alquilaba con otros tres estudiantes de diferentes carreras estaba siempre como una romería. Amigos de los otros y de Julián Cruz iban y venían a cada rato, llevando y trayendo cosas, libros, apuntes, discos; en cada sala se organizaban grupos distintos, alrededor de los calentadores y los mates. Estaban con Julián Cruz, tres chicas y un muchacho más, alrededor de un escritorio grande que había, cuando la vio, a través de la puerta cancel, entrar por el pasillo (en realidad era un grupo, pero Antón la vio sólo a Eugenia). Esta vez ella sí lo tomó en cuenta. Así pensaba Antón, pero no se atrevía a asegurarlo. Saludaron con la mano y siguieron hacia la otra sala, donde estaban sus compañeros. Antón también lo vio a aquel hombre, como de cuarenta años, que la tomaba levemente del brazo. En ese tiempo ya hacían tres meses de su noviazgo con Diana.
Córdoba era entonces un universo en ebullición. Antón estudiaba allí desde cuatro años atrás, por voluntad de su padre. Se había acostumbrado a la gran ciudad fácilmente, quizá por ese inexplicable dejo de provincianismo que conservaba, pese a su calidad de metrópoli, tan diferente a Buenos Aires. Córdoba detesta a los rascacielos. Es inmensa, pero sus casas son relativamente bajas. Hay edificios del siglo XVIII en pleno centro; la plaza central es silenciosa y arbolada como si estuviera en un pueblito de Catamarca o México. La tonada de las gentes, de vocales muy alargadas, acentúa la impresión. Pero es una realidad aparente, pues en esa ciudad habitan más de un millón de hombres y mujeres. Así que se puede vivir en Córdoba, al mismo tiempo, como en una provincia o en una gran ciudad. El padre de Antón le había alquilado una casa confortable en un barrio, donde habitaba con dos compañeros.
Esa noche de mayo de 1972 él había salido solo. Era un sábado. Sus compañeros habían viajado al interior, a ver a sus familias y novias. Diana había vuelto a Río Cuarto para pasar el fin de semana con sus padres. Antón se había hecho la promesa de no caer en la tentación. Por eso había pensado en ir a un cine, solo, y luego acostarse. Una película donde actuaba Helmut Berger, como Luis de Baviera, y... ¿quién representaba a Wagner? Un norteamericano, cuyo nombre no recordaba. La noche estaba fría, pero no le hacía mella. Antón cargaba sobre su cuerpo el sacón negro, y tapándole entero, su poncho negro. Salió del cine en un estado especial del alma; la película lo había conmovido muy hondo.
¿Por qué se le ocurrió entrar en aquella reunión política? «La fatalidad es para los hombres como la sombra al cuerpo», sentenciaría luego Julián Cruz, medio en broma, citando textos antiguos. Ni siquiera fue allí voluntariamente. Simplemente encaminó sus pasos hacia cualquier parte, y se halló de repente ante el local del Sindicato de Transportistas. Había mucha gente; casi sin darse cuenta, entró. Se sentó. Un muchacho de las F.P.R. hablaba sobre el escenario, acerca de la necesidad de defender con las armas del pueblo las legítimas conquistas de los trabajadores y aprovechar el espacio que abrirían las próximas elecciones, que la presión popular había arrancado a la dictadura, para profundizar las conquistas, hasta desalojar del poder a la oligarquía proimperialista. Había mucha gente; muchos jóvenes, de su edad, aproximadamente. Entonces fue que la vio. Vendía, entre el público, una revista revolucionaria. Como de manera casual caminó hacia él, y se sentó a su lado.
-Hola Antón -le dijo. El se quedó callado y conmocionado. Ella le había reconocido.
-Hola -dijo, y por dentro: «no caer en la tentación». «Pero qué pienso, se dijo después, esta hermosa muchacha no se va a fijar en mí; trata sólo de no ser hipócrita, asume que me vio en casa de Julián Cruz; o está en plan de acercar simpatizantes a su partido, sólo eso».
No hablaron nada. Estuvo sentada allí un rato, a su lado, contando el dinero obtenido con las revistas, en silencio. Antón afectaba estar absorbido por el discurso político (ahora hablaba un dirigente sindical, gordo, de grandes bigotes). Pero ambos estaban vitalmente conscientes de la presencia mutua; se había formado como un arco de energía psíquica entre la muchacha y Antón. Ella se levantó y se fue. Antón respiró aliviado. En realidad no quería serle infiel a Diana.
Pero al rato volvió.
-¿No quieres comprarme la revista? -le dijo, mostrándole la carátula-, es la última.
Antón miró. «Venceremos». Una reproducción de un gaucho de Carpani en la tapa. Metió la mano en el bolsillo para buscar la plata. Mientras lo hacía ella se sentó a su lado.
-¿Cómo andas, Antón? -le dijo, mirándole a los ojos.
-Bien -dijo Antón. No hablaron más. Pero ella se quedó allí, a su lado, mirándolo un largo rato. Después se volvió a ir. Esta vez desapareció. Se perdió entre la muchedumbre, y Antón no la vio hasta el momento de salir.
Cuando terminó aquel acto y Antón salió ella estaba en la puerta, con un grupo.
-Chao, Eugenia -murmuró Antón. Ella le miró de esa manera fija otra vez. Eran cerca de las dos de la mañana.
El cielo estaba nublado. Hacía frío. Antón caminó por Rivera Indarte, sobre las veredas brillantes de humedad, evitando los focos de Neón y buscando las sombras de los pinos. El poncho lo cubría hasta las rodillas, flotando al ritmo de su caminar, bajo el aire pesado.
-Antón -sintió que lo llamaban, de atrás. Supo quién era. No se dio vuelta, pero aminoró el paso. «No caer...», pensó. Pero se dejó alcanzar. Sintió que metían la mano por bajo del poncho, que le tomaban de la mano. Caminaron así una media cuadra, en silencio.
-Antón -repitió Eugenia, y él se detuvo. La miró, estremecido. Estaban bajo la copa de un olmo que sobresalía la verja trasera de una antigua escuela. En la penumbra nocturna sus ojos brillaron y su pelo suave del color de la avellana madura le caía en guedejas por los costados-. Quiero decirte algo.
Pero no dijo nada, sus ojos se llenaron como de lágrimas y le acercó los labios.

Después de acostarse juntos sin dormir ni un instante salieron a caminar la madrugada. Ella le confesó que era casada y esperaba un hijo. En un café de Boulevard Junín él le aseguró que se casaría con ella y adoptaría al hijo como suyo. Ella avanzó en sus confesiones y le dijo que era guerrillera. Su compañero ocupaba uno de los lugares máximos en la organización. Antón pensó un rato, y le dijo que el combatiría a su lado. Irían al monte; allí se daba la verdadera batalla. Ella asintió, silenciosa. Lo propondría en su equipo. El se sentía culpable. Se quería responsabilizar. Quería mostrarle a Eugenia que si había un macho, él lo era. Al fin tomaría las armas. Hacía rato que lo pensaba. Eugenia era la Patria. Beatriz era la Patria. No hay diferencias entre la tierra y su producto. Somos sus hijos. Luchar por la Patria es luchar por todos. Y por cada uno. Las cosas se harían formalmente. Ella hablaría con su compañero. El le explicaría a Diana, al día siguiente. Era domingo. Ella avisó por teléfono a sus compañeros, que iría recién mañana. Alarmado, su compañero preguntó qué sucedía. «Te hemos buscado», le dijo; «dimos un alerta general... temíamos lo peor... ¿no sabés en qué tiempo vives?... ¡estás actuando como una niña caprichosa!» Ella dijo que necesitaba estar sola. Fueron de nuevo a la casa de Antón. A la noche cenaron en el «Rancho de los Santiagueños». Olvidaron la guerra y fueron felices. Mientras Antón y Eugenia comían locro y humita un cantor recitaba con voz sonora canciones de la tierra.
 
Así me decía, cuando era chico, la Ñaña. Ella cantaba vidalitas con voz muy triste, cuando cocinaba.
-¿Por qué cantas con voz tan triste, abuelita? -le preguntaba.
-Porque así son los cantos de esta tierra. Esta tierra está endemoniada.
-¿Por qué dices «endemoniada»?
-Porque los demonios convencieron a los hombres para que vengan, de otras tierras, a sojuzgarla en nombre de Dios. Eso fue lo peor. Allí empezó la maldición.
-¿Y cuando se va a terminar la maldición?
-Cuando los hombres y las mujeres de esta tierra se levanten, y se sacudan de encima los demonios, en nombre de Dios.
 
Estabas allí, Beatriz. Los primeros rayos del sol coloreaban las hojas más altas de los eucaliptus. Estabas allí. Eran las siete de la mañana. El parque despertaba con rumores de pájaros. Estoy buscando una medalla, me dijiste, una medalla con forma de corazoncito. ¿Cuándo la perdiste, pregunté. Estábamos haciendo un pic-nic con el curso, me dijiste. Yo no me la saqué. Al volver a casa me di cuenta de que la cadenita abierta colgaba de mi cuello, sin la medalla. ¿Te la regaló tu novio?, te pregunté. Sós muy curioso vos, dijiste, y vi por primera vez tu risa. No conocía un gesto que me hubiese transmitido antes tanta alegría. Beatriz. Tu risa. Te ayudé a buscar la medallita, entre la gramilla. ¿Cómo te llamas?, pregunté, y me lo dijiste. ¿Cuántos años tienes?, quise saber, y me preguntaste, riendo: ¿Sós de la policía vos? Dios me libre, dije, yo me llamo Antón Tapia. Tengo diecinueve años. ¡Ah!, ¿el hijo del empresario? dijiste, y yo tuve miedo. El pertenecer a una familia adinerada impide a los individuos averiguar si poseen algún valor humano. No. Soy sobrino lejano. Y soy pobre, dije. Ah, me contestaste, y al mirarte me di cuenta de que habías asimilado rápidamente cuál era mi problema con el apellido. Esta es la mujer, pensé. Tengo diecisiete años, dijiste. Y yo lancé una exclamación, pues había visto un destello de sol parpadear un instante entre los cuchillitos de césped. ¡Ay, Antón!, me dijiste, ¡Cómo te agradezco!, y me diste un beso en la cara. Agradecemeló dándome tu número de teléfono, te dije. Me lo diste.
 
-¿Y cuándo comenzó la maldición? -le pregunté a la Ñaña.
-Con tu bisabuelo. Yo le conocí.
-Pedro.
-Sí. El tenía sangre aborigen. Su padre era uno de los últimos vástagos de una noble casa tavantisuyu. Pero él se avergonzaba de eso. Lo ocultaba.
-Pero mi abuelo era rubio.
-Sí. La madre de tu bisabuelo era española. Pero morena. Y él se avergonzaba también de ella. Tu bisabuelo tenía vergüenza de sus rasgos aborígenes, y su tez oscura. Por eso se casó con esa prostituta inglesa: quería tener un hijo rubio. Y lo consiguió.
-¿Por qué dices que mi bisabuela era prostituta?
-Ella era hija de una ramera inglesa, que la llevaba desde su pubertad a esos balnearios donde van los ricos, en Europa. La vendía a su hija para diversión de los magnates. Uno de esos rastacueros amigos de tu bisabuelo, las trajo, a ella y a su madre, prometiéndoles buena vida. Cuando se cansó, las dejó abandonadas a su suerte, en una pensión de Buenos Aires. De allí las sacó tu bisabuelo.
-Pero si ella fue una buena esposa, no habría por qué atacarla -dije.
-Tu bisabuelo la hizo matar a la vieja, a los dos meses de llegada a Santiago -prosiguió la Ñaña-; quería borrar las huellas del pecado. La muchacha no lo lamentó. Pero después que nació el hijo -tu abuelo-, empezó a descarriarse. Tenía alucinaciones, de noche no podía dormir. Salía desnuda, iba a las barracas, y obligaba a los peones a acostarse con ella, entre los cueros aún sanguinolentos y las moscas. Entonces, tu bisabuelo la hizo matar a ella también.
-¿Y cuándo empezó la maldición?
-Había una liga de hacendados y empresarios del interior. Tu bisabuelo era vicepresidente. El presidente era Manuel Artasa, su mejor amigo. El lo promocionó para que a tu bisabuelo lo hicieran diputado nacional. Se habían juramentado, para defender un impuesto a las importaciones, que los protegiera de las manufacturas inglesas. Habían logrado el compromiso de diputados salteños, tucumanos, riojanos y cordobeses. Los otros necesitaban los dos tercios para aprobar. Ellos se iban a oponer.
-¿Y qué hizo mi bisabuelo?
-Traicionó. Se vendió a los ingleses. Roca lo convenció. Pero él se dejó convencer.
-¿Y qué dijo su amigo, Manuel Artasa?
-Se suicidó.
-¿Por eso?
-Los otros ganaron por un voto. Cuando Manuel se enteró de que había sido el de tu bisabuelo, le agarró como una desesperación. Levantó un revolver y vino a su casa. Si lo encontraba, lo iba a matar.
-Y él no estaba.
-No. De Buenos Aires nomás se había ido a Mar del Plata. Entonces Manuel Artasa se metió el caño del revolver en la boca y se voló la cabeza. Delante de tu bisabuela inglesa, que amamantaba el chiquito. Ella se desmayó, y lo dejó caer (de ahí, del golpe, dice que le venían esos ataques que le agarraban, en grande). Las baldosas del suelo quedaron manchadas con la sangre de Manuel Artasa. Artasa era nieto del general Ibarra. De entonces decían que les empezó esa maldición a los Tapia.
 
-Un hombre lucha hasta morir. Eso decía mi padre. Solamente que él lo decía y por detrás era bastante flojo; en cambio a mí se me había puesto desde pequeño la peregrina idea de cumplir al pie de la letra -y la acción- con esta sentencia. Y así me fue.
 
Eugenia es un mar en calma tibio como el líquido amniótico en su cuerpo me pierdo sus piernas anchas su pubis como un sueño de hojas suave cubriéndome sus brazos y duermo despierto y la encuentro abajo de mí tan extendida que me cubre entero los dedos de los pies el resplandor dorado de la cocina matecocido con tortilla y diálogos de cualquier tema amor de instantes comunión digámoslo de horas sin conflictos olvidando los tiros los atentados la Alianza Anticomunista Argentina los parapoliciales la muerte no queda, Eugenia yo en sus brazos su pelo suelto tan suave como una manta de vicuñas enrulado bajo mis clavículas sobre mi espalda en mi cintura sus ojos marrones sus labios blandos dientes de perlas sus piernas blandas gruesas y bellas (Murillo) bajo de Antón bajo de mí no tengo derecho a esta maravilla la luz aúrea proviniendo de la cocina el ciprés por la ventana el silencio la penumbra de la madrugada el olor a calostro a cuerpo de mujer a sábana impregnada con el olor de Antón vientre extenso no por vastedad física sino amatoria parejo rodillas suaves pantorrillas pechos limones maduros manos; me duermo navegando y me despierto náufrago incontrito cuando suena el teléfono en la mesita de luz lo descuelgo una voz de hombre medio afónica me dice hola y yo aprieto la horquilla.
 
Recuerdo sus rostros y su perfume. Sin embargo no podría dar demasiados datos. Sólo decir que me producían una indefinible opresión. También agregar que sus trajes eran impecables, sin una pizca de exageración, aunque con el detalle cursi de un escudito en sus ojales. Los dos hombres eran militares -lo dijo mi padre después, conversando con la Ñaña.
-Debemos guardar absoluta discreción -decía el más delgado. Mi padre los recibía en el inmenso despacho que poseía, dentro de nuestra fábrica de piezas para automóviles y camiones.
-¿Ustedes creen que los servicios del gobierno no están enterados de lo que planean? -dijo mi padre.
-Nosotros somos los servicios.
-Bueno, serán una parte, pero no creo que ustedes controlen todo, ché.
-Las Fuerzas Armadas apoyan el derrocamiento. Los demás no importan, no tienen el menor peso.
Durante cuatro días los obreros habían mantenido la fábrica tomada. Mi padre había logrado que abandonaran su posición provisoriamente con la promesa de que el lunes siguiente otorgaría mejoras sustanciales. Ese día, para el cual faltaban cuatro, se reuniría con la Comisión de Delegados, más el representante del gremio y su abogado.
-No es necesario que haya muertes, según mi criterio -casi susurró mi padre- Basta con asustarlos un poco...
-Las causas del mal deben ser eliminadas para construir la Argentina que deseamos -afirmó el más gordito- la Argentina inserta en el mundo Occidental y Civilizado. No podemos dejar ninguna huella del régimen corrupto, si nos es posible. Y ahora es posible... después, no sé.
-Usted deje todo en nuestras manos, doctor Tapia -pronunció el alto, el que tenía la voz como un zumbido de sierra para metales- Usted es experto en negocios, nosotros en cuestiones militares... y políticas...
El 14 de setiembre de 1955 los cinco delegados fueron hallados con un tiro en la cabeza, cerca del camino que une Llajta Sumaj con Rumi Yacu, en el departamento Santa Lucía. El secretario del gremio se arrepintió públicamente de su anterior combatividad, y pudo salir de la cárcel en una semana. El abogado del sindicato desapareció sin dejar rastros.
-Te dejé escuchar nuestra conversación porque esta experiencia te servirá para tu futuro como empresario- me dijo mi padre. Yo tenía siete años.

-¡Mirá, mirá, Antón!: una mujer te espera, en el fondo de tu alma -dijo la hechicera.
-¡La Ñaña! -exclamé.
-¡Quién sabe! -dijo -No me es dado verle el rostro.
-¡Esfuérzate, por favor! -le pedí.
La hechicera revolvió las vísceras de quirquincho que había volcado en un cuenco lleno de aceite.
-Ya se acerca, se acerca... va caminando por un campo desolado... viste un vestido de color ocre claro, que tapa sus tobillos...
De pronto la hechicera me miró asustada. Durante un largo momento se estuvo así.
-Más te vale no saber quién es -me dijo.
Luego se levantó y se fue.
 
Antón abrió el sobre que le entregara Eugenia. Se había bajado de un auto, donde había otra chica y dos hombres. Por casualidad él estaba en la puerta, viendo pasar la gente. Apenas le entregó el sobre su rostro se mojó de lágrimas. Subió al coche que lanzó un rugido y le dijo adiós con la mano y el silabeo de los labios. Antón se sentó en un escalón de la puerta y leyó, con esa maldita indiferencia en el corazón, que desde niño lo atacaba en los momentos trágicos.
 
Córdoba, 2 de junio de 1972.
 
Querido Antón:
 
Te amo. Pueden parecer palabras cursis. Tal vez lo sean. Son en realidad las únicas que pueden transmitir aproximadamente mi sentimiento hacia vos. Al menos las únicas que yo conozco. Entre nosotros no ha habido ninguna de esas naturales diferencias que suelen darse entre seres que no se conocían y provienen de medios distintos. Lo nuestro fue un amor perfecto. Es maravilloso hallar alguien con quien se congenia tan totalmente y que además resulta tan atractivo como vos. Podríamos haber sido una gran pareja. En circunstancias normales no hubiera vacilado un instante en casarme con vos. Incluso ahora mismo, yo estaba decidida ya a hacerlo. Si no me hubieras pedido que nos tomáramos unos días para pensarlo, no hubiera regresado a casa, para quedarme con vos. Y tampoco hubiese tomado conciencia del paso equivocado que iba a cometer.
Pues la ayuda de los compañeros me ha hecho reflexionar viendo la cuestión desde parámetros más objetivos y racionales. Hemos tratado el problema en nuestra célula, durante largas y agotadoras reuniones (en las que me avergonzaba ser yo el eje de todas las discusiones) Mi compañero también participaba; vinieron especialmente, además, compañeros de la Dirección del Partido. Si no hubiera sido por sus críticas fraternales y su paciencia para explicarme mi error, su constancia revolucionaria para mostrarme una y otra vez algo que por mis limitaciones pequeñoburguesas yo no alcanzaba a entender, jamás hubiese comprendido el escándalo que estábamos protagonizando (la culpable fui yo, por partida doble, pues te incité, y además, aunque tienes ideas progresistas, no eres un militante revolucionario). Tuve que autocriticarme, y me rebajaron, de militante a simple contacto. Pero eso no es lo que más importa.
La clase trabajadora y el pueblo están viviendo momentos de gran auge revolucionario. El conjunto de los sectores que llevan adelante el combate contra la dictadura militar burguesa y el imperialismo están produciendo la acumulación de factores objetivos y elementos subjetivos que van creando las condiciones necesarias para asumir con plenitud la nueva etapa, ya caracterizada con anticipación por nuestro Partido: la insurrección de las masas. Por todas partes, florecen espontáneamente los conflictos reivindicativos y las movilizaciones. Existe un alto grado de politización de la clase trabajadora, que junto a las consignas por salarios dignos levanta otras antidictatoriales, amtiimperialistas y por el socialismo. Pero carentes de una conducción clara, estos gigantescos esfuerzos populares pueden diluirse sin resultados, o ser usados en provecho de la alternativa bonapartista. Por ello es vital, hoy, la función de la vanguardia. Los revolucionarios debemos unificarnos sólidamente en torno de nuestra Dirección, bajo la línea correcta. En momentos de clandestinidad, el centralismo democrático debe ser llevado a su mínima expresión, y esto es ciertamente necesario. Es necesario asumir en la actual circunstancia una disciplina militar, en todos los niveles del Partido. Nuestra acción revolucionaria debe ser camino y ejemplo para las masas. No debemos fallar, ni en el plano político ni en el moral.
 
La Dirección del Partido ha resuelto que no debemos vernos más, Antón. Y aunque me duele (¡de qué manera me duele!), me he convencido de que ésto es realmente necesario para el bien de nuestro pueblo y la revolución. Con nuestra limitada actitud pequeño burguesa y nuestro individualismo, estábamos minando la unidad revolucionaria no solamente de mi pareja, sino de un equipo de seis combatientes, que además es eje de todo un trabajo vecinal de masas. Estábamos poniendo en serio peligro la eficiencia revolucionaria del Partido (pues cada célula es, ante las masas, el Partido). No amo a mi compañero, es cierto, pero antes que hombre, debe ser para mí un revolucionario. Si hay algo por lo cual yo me acerqué a él, en un momento en que mi vida había caído en esa incertidumbre sin propuestas claras, propia de mi condición social pequeñoburguesa, es porque representaba para todos el modelo de dirigente y cuadro revolucionario. Los compañeros veían en él un pensador claro y un guía, siempre primero en la acción y siempre dispuesto a asumir con gusto las tareas más difíciles. Pero luego de lo nuestro, su moral combatiente había decaído de una manera increíble.
De tal modo, nuestro romance llegó a repercutir en todos los niveles del Partido. Por el afecto y respeto de los compañeros hacia nosotros, y la calidad de líder de mi compañero, estábamos produciendo una verdadera conmoción negativa en el seno de la organización. Se me planteó entonces, firmemente, que mi deber revolucionario es fortalecer la moral de mi compañero, única manera de restablecer la cohesión moral y política de nuestro sector del Partido. Yo, por cierto, lo acepté.
Por lo tanto, debo decirte adiós, ahora.
 
Yo te amo. Pero hay un pueblo entero que depende de nosotros. No me juzques impulsivamente, Antón, te lo ruego... Por encima de nuestros afectos personales, por fuertes que sean, en este momento hay que priorizar a la revolución. ¿Cómo seguir lo nuestro, sin traicionarla?
Nunca te olvidaré. Y si me matan, tu imagen será lo único que acudirá a mi mente, antes de irme.
 
Eugenia.
 
Antón se quedó pensando. En su mente parpadeó el recuerdo reciente de Eugenia, tras el cristal del auto y mojado en lágrimas. Ahora el sentía el peso de una nueva culpa en su corazón.
 
Oh más dura que mármol a mis quejas, el orgullo de tu padre le impedía aceptar que anduvieras con un muchacho burgués, no quiero que entres en esa familia, te dijo, nos despreciarían y además está maldita, tu padre era un poeta socialista y tú le amabas con demasiada veneración como para atreverte a desobedecer sus deseos, Y al encendido fuego en que me quemo no contestabas al teléfono, si te encontraba en la calle estabas siempre con apuro, yo me daba cuenta de que me amabas, algo luchaba dentro de tí, Beatriz, me daba vuelta en mi cama a la siesta sin poder dormir, imaginando escenas en las cuales estábamos los tres, con tu padre y yo le explicaba, que todo era un equívoco, que yo no tenía nada que ver con la mentalidad de mi familia, Más helada que nieve Galatea! Aceptaste salir conmigo a escondidas, una semana, y yo te besé, ¡oh, Antón!, me dijiste, ¡creo que estoy enamorada de vos!, pero lo mismo me dejaste, no soporto esto, dijiste, no puedo ir en contra de mi propia sangre, Estoy muriendo, y aun la vida temo; tu padre te mandó un tiempo a la casa de tu tía, en Bahía Blanca, eso lo supe después, por tu propia boca, pero en aquel momento te busqué como un idiota por Córdoba, Tucumán y Mendoza, haciendo el ridículo ante tus parientes que me miraban como a un loco, Témola con razón, pues tú me dejas; estuve un tiempo vagando de aquí a allá, sin hallar qué hacer, fui a bailes de los barrios pobres, me emborraché, Que no hay, sin ti, el vivir para qué sea. La cabeza me dolía de una manera infernal, no volví a la facultad por dos meses y me dejé crecer insensiblemente el pelo y la barba, Vergüenza he que me vea me fui a dedo hasta Jujuy, Ninguno en tal estado, sin hallar sosiego, De ti desamparado, anduve por entre los cerros, solo, Y de mí mismo yo me corro ahora, la soledad me produjo una especie de timidez suprema, me daba miedo la posibilidad de hallarme con alguien humano y me internaba cada vez más, sin poder borrar de mi corazón la pena, ¿De un alma te desdeñas ser señora, empecé a padecer el hambre y no atiné a alimentarme, Donde siempre moraste, no pudiendo, al hambre sucedió un estado súbito de calma total, una lucidez extraordinaria y una lasitud teñida de indiferencia al mundo, mi mente se concentró en un punto de luz y una música, Della salir un hora? me hallaron unos alpinistas, a dos mil metros de altura, con el cuerpo sacudido por las convulsiones, Salid sin duelo, lágrimas corriendo.
 
Me acuerdo la manera como la conocí a Amanda. Yo tenía 17 años, ella 13. Fue en la casa de campo de mi abuelo. En medio de los alelíes, las dalias, las siemprevivas, aparecieron con su padre bajo el sol. Ragnar Günhelstronn. Individuo parco y potente, había venido huyendo de la guerra europea y ahora dirigía la filial de una empresa extranjera. Me pareció un tipo noble, me acuerdo, pero le molestó que me fijara tanto en su hija (yo me di cuenta). Salimos a caminar, Amanda y yo, por entre la hierba del campo. Nos distrajimos con la conversación y se nos hizo la noche en el lago. Fuimos buenos amigos. Recién luego de la muerte de Beatriz -cinco o seis años después- llegamos a mirarnos como hombre y mujer.
 
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Aquella casa tan extensa posee una ancha galería con balaustrada, de cuyas cornisas cuelgan encatrados con florecidas enredaderas y desde la cual -como la casa está edificada en lo alto de una serranía- se puede apreciar gran parte de la ciudad. Hemos llegado, guiados, a un ángulo de la galería que da su frente a un paisaje ondulado; el dueño de casa, que nos conduce, nos llama a la atención acerca de él, y nos detenemos; es un paisaje de cerros suaves, azulados, entre cuyas ondulaciones como de un mar de piedra asoman, aquí y allá, casitas blancas, algún arbolillo lejano y luces que no tienen certificado origen; extrañas sombras se esfuman desde misteriosas honduras, todo está quieto; como si hubiéramos pasado de un mundo a otro, totalmente distinto, con sólo doblar un recodo bajo el alero, desapareció de ante nuestros ojos el puntillismo luminoso de la ciudad, y aquí estamos, ante este cuadro lunar, propio de un tiempo pasado. He venido notando que el dueño de casa me profesa aversión aunque no lo demuestra, y ésto tiene su buena razón de ser, ciertamente, ya que su única hija está relacionada sentimentalmente conmigo, desde hace algunos años, pese a que su padre no aprueba esta relación -el padre de mi enamorada es un hombre de cabellos blancos, que bajo la luz lunar asumen reflejos azulados, de rasgos finos y muy correctamente vestido con un conjunto de verano, saco esport a cuadros, camisa clara y pantalón al tono, y lleva su mano izquierda constantemente tomada del último botón del saco, mientras que con la derecha, acompaña su conversación sobre el paisaje-, esta relación, digo, que a sus costumbres conservadoras repugna pues se me hecho reputación de inconstante y muy poco previsible en mis acciones, y se sabe que nada hay más desagradable para un hombre ordenado que otro de quien nunca se conoce en qué forma se ha de conducir, o que hoy tiene una pasión y mañana tal vez la ha olvidado; pero nada denota en sus actos esta aversión, el hombre se conduce como si todos -yo, mi papá y un matrimonio norteamericano- fuéramos por igual apreciados, yo percibo, sin embargo, una irradiación de ondas negativas desde ese hombre hacia mí, pues aunque nuestras facciones permanezcan bajo el dominio más absoluto no podemos, cuando se está entre gentes sensibles, ocultar el desorden de nuestra energía que se produce al introducirse en el ánimo un factor de inquietud. De la red de madera se descuelgan retorcidas guías plenas de hojas alveoladas y de tanto en tanto, flores azules, flores blancas, que se mecen en la brisa estival; hemos quedado detenidos ante el paisaje extraño, en donde nada se mueve y en el que el contraste con el leve bambolear de las enredaderas de la galería acentúa la impresión de extraterrenalidad; cuando yo decido marcharme para liberar a este hombre -pero principalmente a mi padre, que ha percibido tan bien como yo el clima de esta reunión- y permitirle que continúe enseñando su casa solariega, sin la perturbación de mi energía adversa, a sus invitados. Salgo.
Este es un caserío de moradas pequeñas, alternadas con mansiones de veraneo, todas ellas de piedra, todas parecidas -propiedad muy apreciable que conservan las poblaciones antiguas y que las distinguen del caos arquitectónico de la mayor parte de las ciudades, dotándolas de un carácter en el que puede destacarse el contenido interior-; bajo la luna los faroles semejan luciérnagas empaladas de trecho en trecho y es notable el efecto de los reflejos centrífugos que al herir con sus rayos amarillentos el empedrado y mezclarse con los destellos lunares producen la impresión de un inaprehensible movimiento, un movimiento de llovizna en expansión, cuyo centro de aspersión es el flaco farol, y cuyas gotas parecieran componerse de oropimente y polvo de záfiros; lluvia de luz que al atravesarla nos baña, y me lleva a mirarme la mano, para entregarnos de nuevo a la suave oscuridad, desde la que se ve el próximo farol sólo como una luciérnaga y a su pie un círculo de luz.
Camino dos cuadras solo por la calle desierta, y al llegar a una esquina, me introduzco en un bodegón. Allí encuentro a un grupo de muchachones alrededor de dos mesas que han juntado, charlando y bromeando al modo propio de este tipo de pandillas, entre el desorden del ruido de las botellas al chocar con los vasos, y los papeles, los platos con pizzas a medio comer, y los ceniceros desbordantes formando una «naturaleza muerta» que impresiona como muy activa. Uno de ellos me reconoce -es un maestro, conocido de mi tío Mariano- y me llama. Lo saludo, y como era inevitable me presenta al resto de sus amigos (parecen un tipo de muchachotes buenazos, casi todos maestros, casi todos de esa clase media argentina, pobre pero bien alimentada, peligrosos en sus excesos cuando deciden divertirse, en el fondo generalmente un poco tímidos, razón por la cual no es fácil caerles en gracia viniendo de otro medio, pues aquel mismo aspecto de sus personalidades los hace desconfiados) y me ofrecen un lugar en la mesa, junto a ellos. A poco de estar allí va creciendo respecto de mí -y para mi desconsuelo, un parecido sentimiento de incongruencia al del anfitrión de mi padre, similar a aquél hasta en que tampoco este se manifiesta, aunque todos lo sienten, motivado según creo en que enseguida comprenden que no pertenezco al mismo estilo de ellos y el reconocimiento mutuo se hace difícil: una palabra mía no significa lo mismo para mí que para ellos, un movimiento que para mí es natural resulta afectado, las narraciones que emprendo con el ánimo de agradar, como barriletes sin viento se desestabilizan y caen, en finales que son más patéticos por los cada vez más tensos esfuerzos de mis interlocutores por aparentar que les agradan, y por fin, llegamos a un momento en que estamos todos incómodos y con ganas de irnos de allí. De mi conocido, que ha evaluado certeramente la situación, parte la idea salvadora: iremos a un baile.
Esto remoza el ánimo. Los muchachos se olvidan de mí y recomienzan las bromas entre sí y los cantos de festichola. El baile queda a poca distancia de allí, distancia que recorremos, con mi conocido, unos pocos pasos por detrás de la barra. No preciso hablar pues mi acompañante lo hace por los dos, aunque yo no lo oigo, pues mi cuerpo entero va suspenso de los matices atmosféricos de esa hermosa noche, de los contornos de los objetos y los mil juegos que la luz ejercita sobre ellos, de los olores a árbol que evolucionan libremente en el liviano aire, al mismo tiempo que, por un paradójico equilibrio, no pierdo conciencia de mí mismo.
Hemos llegado al baile, y hemos debido ascender unas escalinatas poco numerosas pero muy extensas que preceden al pórtico del gran escenario; se trata de una especie de Coliseo de piedra, muy espacioso por lo que se percibe -nos hemos quedado en la puerta con mi compañero mientras los otros entraban-; sus líneas son sencillas, chatas, imponentes, y en la entrada, dejando apenas un resquicio suficiente para que se pueda advertir adentro tentadores movimientos de parejas y bailarines pero no para abarcar con la mirada todo lo que sucede, han colgado de las columnas de piedra unos cortinones de color púrpura oscuro. Ante ellos, una mesita, y una muchacha que vende entradas. Se me ha ocurrido el capricho de no pagar entrada. Trato de entrar sin pagar, pero la muchacha me detiene. Mi conocido -que viste traje negro y corbatín de seda- pretende pagar él las entradas de los dos pero se lo prohibo, pidiéndole en cambio que me acompañe en mi intento. La muchacha que está parada junto a la mesa como para acentuar su papel severo, es rubia y muy flaca, su cabello naturalmente enrulado tiene ese color de paja desteñida que produce la impresión de haber sido tratado con lavandina, su rostro es pequeño sobre un cogote largo y surcado por muchas venas, tiene pecas que se me antojan salpicaduras de sangre y ojos acuosos, pequeñitos; su nariz, de forma indefinible, termina en una especie de pomponcito, que, debiendo de ser gracioso en otro rostro, aquí causa la impresión de un arma; viste una camisa mangalarga, blanca, sobre la que lleva un chalequito de lana, cremita, con bordados de hojas sobre el pecho tan desabridos como su pelo, y una pollera anticuada color marroncito claro; sus piernas, dos estacas amarillentas, terminan en feos tobillos, y lo que se ve de los pies está recorrido por venas que me recuerdan a los brotes de una parra; estos pies grandes se empotran en dos especies de buques colorados con tacos, que son sus zapatos. Sabiendo que voy a fracasar trato de aplicar a aquella muchacha mi poder de seducción; le hablo untuosamente, le pido luego que nos permita entrar gratis, pero es en vano. La euménide es impenetrable a todo tipo de venalidad y permanece impasible. Al fin, me deja desarmado. Permanecemos allí, yo desconcertado, mi amigo incómodo, en medio de la luz amarilla que difunde un farol oculto.
Mi compañero, que tiene interés en agradarme pues mi tío Mariano puede ayudarle en su carrera, me propone que vayamos a un lugar más interesante, y me dice que tiene una tía que vive a poca distancia de allí, a quien desde hace rato debe una visita, y en cuya casa se hace reuniones de espiritismo. Me toma del brazo suavemente y me lleva.
La casa, ni muy grande ni muy chica, posee un vestíbulo en el cual me piden que espere, pues la sesión ha empezado y no se puede recibir en ella a un extraño. Es un recinto con paredes de piedra, pequeño -o tal vez produzca esa impresión por la cantidad de objetos disímiles que se amontonan en él, al parecer sin orden, aunque muy limpios y cuidados: armarios decorados con figuras coloreadas en laca, bargueñitos españoles, sillones, un escritorio barroco con tapa artísticamente labrada, cortinas, en los lugares más inesperados, y por todas partes trapos, transparentes, colgados, meciéndose largamente por los impulsos de vapor en el aire que producen lámparas de petróleo colgadas aquí y allá en las paredes-, pero de techo muy alto, lo que me inspira la sensación de haberme introducido en un tubo; en el techo hay una enigmática claraboya; a mi lado, una cama, y precisamente a sus pies un sillón de madera con patas de hamaca. Por largo rato me entretengo en mirar la cama -único elemento desprolijo, aunque limpio, en el conjunto-; los pliegues que produce el sencillo cubrecama de tela imitación cuero de serpiente, las sábanas amarillas, y los finos detalles -es una cama turca- a uno y otro lado, y como es natural, esto me produce el deseo de acostarme. No soy hombre de reprimir mis deseos cuando no entrañan peligro muy grande, así que enseguida me saqué los pantalones, quedando con mis calzoncillos celestes y saco, y me acosté a probar la cama. No estuve allí ni dos minutos cuando viene una mujer alta, toda de negro y gris hasta los pies, con reboso negro que le tapa la cara, saliendo de tras una cortina seguida por otra mujer, más baja y jorobada, también vestida de negro y con reboso, y se sienta, la mujer alta, en el sillón con hamaca y la más baja se arrodilla frente a ella. La mujer alta se ha sentado en la hamaca, con la actitud de quien lo hace en el sillón del dentista; la mujer baja, arrodillada, saca una mantilla negra, bordada en las orillas con intrincadas figuras que no entiendo, en el medio una gran roseta de puntilla blanca y en medio de la roseta una estrella negra; con movimiento ritual se la echa sobre la cabeza (no comprendo cómo efectúan las mujeres sus movimientos tan precisos pues el reboso les cubre a las dos la cabeza y la cara): yo asisto asustado a la escena desde la cama.
Como animales ciegos las embozadas mujeres desarrollan sus rituales (comprendo que voy a asistir a una curación): la hechicera -ya he dilucidado que es la que está de rodillas- lanza ininteligibles ensalmos, y se expande un impulso eléctrico por el aire. Voy sintiendo cómo todo el ámbito se va cargando de una energía extraña que perturba mi ánimo y los objetos comienzan con pesadez a cambiar de lugar. Las contorsiones de las dos mujeres van creciendo, sin que se muevan de su lugar -sólo la mujer sentada se hamaca rítmicamente, impulsada por una energía que no parte de ella, como si la meciera una brisa-, adquiriendo el aspecto de seres en trance, y se oyen quejidos, gruñidos y exclamaciones ahogadas que no se sabe bien de dónde salen; de pronto, la hechicera mete su cabeza por bajo de la pollera negra de la otra y comienza una escena abrumadora: como un inmenso gusano explorándole las entrañas, se tiene la impresión de que la mujer arrodillada se introduce en el vientre de la mujer sentada sin dejar ambas de mecerse rítmicamente -por extraño que parezca, yo empiezo a ver a través de la falda de la mujer sentada, y veo que la cabeza de la hechicera, como un feto, está adentro de la caverna uteral y sobre ella la mantilla con la roseta blanca y la estrella negra ha adquirido una intensa luminosidad: entonces hay un verdadero apogeo de la energía, percibo con mi afato que desde las mujeres se expande, en abanico, una poderosa marea de ondas, y se oyen ensalmos y sollozos entrecortados.
Ahora bien, desde el comienzo de la ceremonia he advertido que hay en mí un tipo de energía parecida, que aunque trato de apagar para que aquellos seres a quienes temo no me adviertan, por el contrario crece y se manifiesta. Temo que la hechicera la perciba y se vuelva hacia mí pues la intuyo como una devoradora, pero comprendo que eso tiene que ocurrir fatalmente... Como una serpiente que midiera amenazante la distancia antes de atacar, desenvolviendo y enrrollando el cuerpo con celeridad, la energía que brota de mi pecho una y otra vez se aproxima y se aleja contenida por mis esfuerzos a su objeto, la cabeza de la hechicera. Mi energía es similar a ondulados rayos azules y parte de mi corazón: al fin la alcanza... se produce un estridente choque... mi energía -las veo claramente- azul se introduce chirriando en la de la hechicera, que es amarillenta.
Por unos momentos todo se detiene; el movimiento de las mujeres se congela, los objetos se aquietan; las ondas que se expandían del sitio ritual se han convertido en resplandor amarillo, desleído, que parpadea alrededor de las mujeres como el reflejo de la última llama de una lámpara de querosén, mientras que mi energía, nítida -seis delgadas y azules serpientes onduladas- se conectan ininterrumpidamente en la cabeza alerta de la hechicera por debajo de la pollera de la mujer sentada. Me paraliza el horror.
Por unos instantes la hechicera se queda quieta, alerta, tratando de reconocer esa energía nueva que ha venido a interrumpir su tarea; bajo la pollera, como un animal que olfatea el peligro, se nota que está aplicando todos sus sentidos para saber de dónde proviene la agresión. De pronto la descubre: me descubre. Saca la cabeza bruscamente, y me mira -no se cómo, pero me mira, aun con la cara totalmente cubierta por el rebozo negro y la mantilla-: mi energía cesa, y el horrible ser se dirige hacia mí, rodeando la cama, a cuatro pies, como si fuera una foca o una morsa, y con un impulso tremendo salta y me aplica la cabeza sobre el pecho. Me inmoviliza el horror, y grito. Grito, pero nadie me oye.
Entonces, me encuentro en la espaciosa habitación con paredes de piedra del anfitrión de mi padre (ellos me rodean y me miran como se lo hace con un enfermo grave); la brisa que filtra por la abierta ventana me acaricia la frente bañada en sudor. Me han hallado gritando, sin rastro de alcohol, en medio de una calle.
 
Aquellos inmensos monstruos amables se acercaban a mí en las madrugadas. Eran mis amigos, pues me anunciaban si el día se presentaba favorable. Cuando me casé se alejaron. Diana no hubiera creído en ellos, y aunque jamás le conté de mis visitantes, los monstruos intuyeron que allí se había creado una ecuación negativa, y se alejaron de mi casa. Diana era un espíritu comtiano. Para ella todo debía ser pasible de ser encerrado en alguna fórmula de cualquier tipo.
Es notable como funcionan los pensamientos. Uno se hace una idea de las cosas y así son, para uno. Mi padre por ejemplo era un carácter sensible que sufría por el papel que le tocó desempeñar en la vida. El se había propuesto restaurar la grandeza anterior de los Tapia. Para su educación «grandeza» significaba poderío económico. Así se lo había enseñado mi abuelo, que ya andaba por mala senda. De modo tal, su vida se convirtió en un doloroso desdoblamiento, donde sus ideas, que modelaban los actos de lo que él concebía como la realidad, contradecían por lo general el sentido de su corazón.
Así, él, por ser «grande», fue creando esa poderosa maquinaria de opresión, donde al crimen se le denominaba justicia y en cuya cima parecía estar, pero lo era sólo como una triste polea de transmisión de los intereses multinacionales. Más tarde, cuando en mi país se asesinaba en las calles, fue también por su mandato que invirtió millones de dólares en maquinaria rusa: sólo para comprar silencio. Sus pensamientos lo habían llevado a optar por esa casta internacional; simulaba y trataba de convencerse de ser uno de sus miembros. Ellos lo invitaban a recepciones en sus embajadas y aparecían sonrientes en revistas frívolas, a su lado. Pero el corazón de mi padre no podía dejar de conocer que íntimamente lo consideraban un gusano.
 
-Cuando tu abuelo se casó conmigo todos se escandalizaron -dijo la Ñaña.
La lluvia caía en silencio sobre el jardín y el parque. El vidrio de la ventana estaba empañado por el vapor de las tortas fritas; de afuera, los chorros que se deslizaban desde el dintel habían abierto caminos.
-El se había casado en primeras nupcias con la Barbarita Saint Guillaume, hija del tucumano, el magnate azucarero. Pero ella resultó ser frígida. Y tu abuelo (si lo sabré yo) parecía tener fuego en la sangre. Para peor, ella ni siquiera podía darle un hijo. Porfiaba en que el defectuoso era él. Pero, como quedó demostrado luego, al nacer tu padre, tu abuelo era perfectamente potente. La mayoría de los empleados en oficinas, y muchos obreros de las fábricas son, como vos sabes, hijos de él, nada más que no llevan su apellido. Los tuvo con otras mujeres. Conmigo no quiso tener más que uno. El decía que no iba a dejar un montón de hijos para que se anduvieran peleando por la herencia.
-¿Y cómo terminó el matrimonio de mi abuelo con la Saint Guillaume -pregunté.
-Ella murió. Como aquí no existe el divorcio (y tampoco ella se quería separar), muchos lo culparon a tu abuelo de esa muerte. Su padre hizo iniciar una investigación. Y se desató lo que en realidad fue una guerra entre los Tapias y los Saint Guillaumes.
-Ganaron los Tapia.
-Sí. La cuestión se definió en 1930. Desde hacía rato que tu abuelo venía conspirando. Pero la crisis de 1929 les dio un pretexto para derrocar a Yrigoyen. Saint Guillaume era radical. Y tu abuelo era el jefe regional de la Liga Patriótica, organización civil armada, que apoyaba el golpe de Uriburu.
-Lo deben de haber destrozado a Saint Guillaume -reflexioné.
-Las Ligas Patrióticas tucumanas le hicieron la vida imposible -prosiguió la Ñaña-, le incendiaron galpones y cosechas, asesinaron a dos de sus hijos. Saint Guillaume denunciaba, pero la policía no descubría nunca nada. Por fin, Uriburu descabezó todo el Poder Judicial tucumano, y puso a su gente. Entonces, a través de un testaferro, Segundo Tapia le inició juicio, por defraudación al Estado. En tiempos de Yrigoyen, Saint Guillaume había recibido un subsidio del Banco del Tucumán, y una exención de impuestos que no estaba muy clara. Saint Guillaume fue a la cárcel, y a tu abuelo lo nombraron custodio de sus bienes, embargados por el Juzgado Federal. En la cárcel, Saint Guillaume se ahorcó.
La lluvia había cesado. La Ñaña me alcanzó un mate.
-Pero de esa muerte también lo culpan a Segundo Tapia.
El sabor del mate con ruda y miel se quedó suspenso un instante delicioso en mi paladar. Pregunté:
-¿Y Uriburu no le pidió nada por el favor, después?
-El gobierno del general Uriburu duró muy poco. Había un grupo de nacionalistas que lo rodeaban, y en realidad el golpe había sido dado para favorecer a los ingleses. Entonces, el nacionalismo después de haber «limpiado la casa» resultaba ya un poco inconveniente. Pronto llamaron a elecciones, por supuesto fraudulentas. Y arreglaron todo poniéndolo a Agustín P. Justo, un general al gusto de su Graciosa Majestad, la Banca Británica. Tu abuelo participó activamente en todo eso.
-¿Allí fue cuando él viajó a Inglaterra?
-Eso fue en 1933, un poco más adelante. Tu abuelo era amigo de Julito Roca, el vicepresidente de la nación. Se iba a firmar un pacto, en Inglaterra, para legalizar la enajenación del patrimonio argentino. Por supuesto, los ingleses habían prometido una suculenta comisión. Con ese objeto se armó una delegación, integrada por figurones como el financista Raúl Prebisch, el estanciero porteño Miguel Angel Cárcano y el coronel Alberto Oliveira Cezar. A tu abuelo lo hicieron entrar como «asesor» del doctor Guillermo Leguizamón, un catamarqueño al que los ingleses le dieron el título de «sir»-. La abuela se rió-: imaginesé, m’hijo. Un «sir» en Catamarca. Sir Leguizamón.
El cielo se estaba abriendo. Paradójicamente, pues era tarde, afuera se había puesto más claro.
-Tu abuelo volvió chocho con los ingleses. Dice que cuando habían llegado a Dover, les habían puesto una alfombra roja, que se destinaba únicamente a los reyes. Al llegar nomás les habían dado un telegrama del Príncipe de Gales, en castellano: «Experimento gran satisfacción y placer personal por vuestra visita», decía. Dice que Julito Roca se babeaba.
La Ñaña se quedó en silencio, un momento. Parecía a punto de sollozar. Yo me asusté. Pero prosiguió:
-¡También!... Les entregaron todo. Les sacaron todos los impuestos a los productos ingleses en Argentina. Impuestos al carbón, a la manufacturas textiles, al hierro... Encima, les regalaron grandes extensiones de tierra de la nación, con petróleo, bosques, o simplemente para pastoreo. Todo lo que había llevado a luchar a hombres como el general Ibarra, o Manuel Artasa... se había ido otra vez al diablo. ¿Y qué ganaron? Sí, ganaron ellos. Los de Buenos Aires. Nosotros fuimos los chivos degollados, los que les hicimos el juego por migajas. Tu abuelo Segundo, tarde se dio cuenta de ello. Cuando le tocó perder al interior, él estuvo entre los primeros.
-¿Y cuándo se casó con vos?
-Antes de que muriera Saint Guillaume. Por eso se armó el gran escándalo. No hacía seis meses que se había muerto la Barbarita. Pero era sabido que iba a ser así. Mi madre había sido la nodriza de él (y algunos dicen que también amante de tu bisabuelo), ella lo crió. Y nosotros nos habíamos criado juntos. Desde que yo tenía quince años él me embromaba para que me acueste. Pero yo le decía, «yo nunca me voy a acostar con un hombre, si no es mi esposo». Cuando murió doña Barbarita, yo era mayordoma, jefa del personal de servicio. Pero él ya me había dicho hacía rato: «Si me separo de la Barbarita», me había dicho, «me voy a casar con vos».
-¿Y después, la familia de ella no te hizo problema a vos?
-Después de los líos y la muerte de Saint Guillaume habían quedado solamente un hermano de Barbarita y la madre. El desapareció, y después de dos años hallaron un cadáver en el río Salí. Estaba atado de pies y manos, con cadenas. Por la dentadura, dijeron que era él. La madre perdió la razón, y murió finalmente en un hospicio.
 
Hemos venido observándote desde hace rato, y creemos que sós un compañero que promete -dijo el compañero Responsable General. Antón creyó reconocer la voz de Alejandro, el marido de Eugenia, y se sintió incómodo. Había hablado con él, a cara descubierta, una sola vez (por aquél desagradable asunto). Pero no dijo nada. La capucha tenía únicamente dos agujeros, por donde se veían unos ojos melancólicos, verdosos.
-Eres un dirigente estudiantil reconocido, y siempre te hemos considerado un aliado táctico en nuestra lucha contra el imperialismo y la oligarquía vendepatria.
Algunos asintieron con la cabeza. Había dos hombres y tres mujeres alrededor de la mesa, mas el único sin capucha era Antón.
-Nos satisface que hayas decidido dar el salto cualitativo, incorporándote a una organización revolucionaria.
El compañero que montaba guardia junto a la ventana corrió un poco la cortina y se llevó la mano derecha a la axila izquierda, por bajo de la campera. Se produjo un silencio.
-Nada -dijo el compañero de guardia.
-Bien -dijo el compañero Responsable General-. Hemos decidido aceptar tu pedido de incorporación a las milicias. Pero es imprescindible, para ello, que te proletarices. No es posible asumir la lucha de la clase trabajadora desde una práctica pequeñoburguesa. A partir de ahora, debes comenzar a buscar trabajo en una fábrica.
 
Diana estaba echada bocaabajo, desnuda sobre las sábanas.
-No puede haberse dormido -pensó Antón -hace sólo cinco minutos que se acostó-. Empezó a desnudarse.
La miró. Sus nalgas en forma de durazno maduro estaban tensas. Tenía las piernas abiertas. Una raya suave subía, sinuosa, desde el coxis hasta el centro de su espalda. Sus pies delgados, estaban bajo un rectángulo de sombra, pero en el dorso de su pie derecho había un filete de luz.
Antón se sienta, desnudo, al lado de ella, en la cama. Su muslo se aprieta contra el de ella. Lentamente, empieza a acariciar sus nalgas. Diana no puede evitar un gesto de desagrado; pero se obstina en cerrar los ojos, que tiemblan a causa del esfuerzo. De la hebilla que le aprisiona el cabello escapa un penacho pajizo, afiligranado por los retazos de luz.
Antón está excitado. Se sube encima de ella, abriendo las piernas, y luego de tirar un poco las nalgas hacia sí, desde la zona femoral, penetra en su vagina, lenta, dificultosamente. Diana tuerce la boca con un gesto en el que se mezclan el dolor y el asco.
No dice nada. Lo deja moverse arriba de ella, sudoroso, y no esboza el menor gesto, ni a favor ni en contra, cuando él introduce sus dos manos por bajo del tórax y encierra en sus palmas los pechos pequeños.
Antón termina. Por un instante, se queda sobre la mujer, en silencio. Diana parece muerta. Pero Antón sabe bien que lo hace a propósito: para mostrarle su desprecio. Después, Antón se da vuelta y se acuesta al otro lado de su cuerpo, bocaarriba. La mujer finge dormir. Antón siente que una tristeza inexpresable, y una sensación parecida al remordimiento le han ganado el corazón.
 
La noche estaba muy oscura. Antón llegó a la casa, se internó en el desorden caótico de su habitación (había prohibido a la muchacha que modificara nada: allí, en otros tiempos, había dormido muchas veces con Beatriz; algunas veces habían amanecido conversando, durmiendo de a ratos, en instantes extendidos o vertiginosos, sin tiempo cronométrico; allí, alguna vez, había dormido también la Ñaña), pisando trapos dispersos en el suelo. Toda la tarde trabajaron en aquel embute. Habían recorrido el campo, en la finca de Ignacio, hasta hallar un lugar apropiado, entre dos árboles muy cercanos, donde no había peligro de que pasara una rastra o una trilladora. Cavaron hondo, turnándose los tres; la pala sacaba ampollas, Antón no estaba acostumbrado a ese trabajo; el calor derretía el cerebro, atacaba como una fuerza viva, en aquella desolada región del sur de Santiago del Estero. Cavaron un hoyo de tres metros y dos de diámetro; después bajaron a duras penas el tambor de la camioneta. No pudieron evitar que se les resbalara, por el peso; lo volteó al Goro y rodó unos metros. Seguramente eran armas. Hacía unos días había sucedido el copamiento de un batallón, en Tucumán, dos días después había llegado aquel compañero, con ese tambor de un metro y medio de alto con la tapa soldada, pesadísimo, y la orden de esconderlo en el campo. Seguramente para Córdoba y La Rioja habían partido envíos similares. El copamiento había sido un éxito: todo el parque había caído en manos de los guerrilleros. Antón entró a la casa silenciosa -Esmeralda y los chicos debían de dormir, en la planta alta o en la ampliación lateral-; la antigua casa de sus bisabuelos le acogió como una cálida concha. Sentía esa impresión cada vez que llegaba: como que su casa fuese una zona neutral, en donde ningún peligro le acechaba; podía dormir allí, en paz. Después de enterrar el tambor habían ido a un acto, en el club Gimnasia. Antón se había mezclado entre la multitud que anegaba la cancha de básquet, gritando consignas. ¿Cómo haría para despertarse? Miró el reloj pulsera: la una y media de la madrugada. No tenía despertador... la casa había caído en tal decadencia, luego de la muerte de su padre, que estaba seguro de no encontrar ninguno funcionando aunque fuera a buscarlo a las otras habitaciones. Ya a nadie le importaba el tiempo allí. Antón tenía que despertarse a las tres de la mañana. Debían realizar el desarme de dos policías. Ignacio y Goro le esperarían en el barrio Huaico Hondo, a las tres y media. A esa hora cambiaban de guardia. Se acostó, luego de sacarse los botines y el vaquero, entre el desorden de las sábanas. Pensó: Beatriz me va a despertar. Se durmió. Cuando estaba viva, Beatriz me despertaba a cualquier hora que le pedía; nunca me gustó el despertador, desde la infancia, para ir a la escuela y después, cuando estaba en la colimba, me despertaba la Ñaña, mas Beatriz apareció posiblemente en mi vida para relevarla en un trecho del camino, y yo necesitaba despertarme, por ejemplo, a las cinco de la mañana, y llegaba Beatriz, en el pequeño auto de su madre, después de haber recorrido los dos quilómetros desde su casa, para hacerme abrir los ojos; posaba con delicadeza sus labios sobre mis labios y yo me encontraba suavemente en medio del albor que filtraba a mi pieza por el entramado de las cortinas, con su perfil aureolado por la fugacidad rosácea de la mañana, los cabellos como alas cayendo sobre mi cuello; sus manos, posadas cual si fueran palomas en mi hombro; me despertaba Beatriz o me llamaba por teléfono, para recordarle a la Ñaña que a tal hora me debía levantar. La oscuridad de la noche entró en el pensamiento de Antón. Después, sintió el roce de los labios, el olor a mujer joven, y la presencia de Beatriz. Como una fuerza magnética, la percibió en el aire, al lado de su cama, sobrevolándole. Se levantó. Encendió la luz del velador. Nadie. ¿Por qué no le estaba dado verla, esta vez? Sintió el leve latido de la congoja en el pecho, cerca de la faringe. Miró el reloj: las tres y un minuto. Salió a la noche llevando bajo el brazo un paquete con aquellos pequeños volantes que llamaban «mariposas». Comando 29 de Mayo, decían. A VENCER O MORIR POR LA ARGENTINA. Se veían sólo resplandores de los faroles callejeros, de a ratos. Goro e Ignacio ya le esperaban. Allí, a la vuelta de la esquina, estaba el policía, dormitando en un umbral. Aguardaron pacientemente a que llegara el cambio de guardia. Al fin, oyeron sus pasos. No había faroles en aquel barrio proletario. Se adivinaban las formas. Un agente gordo y petizo venía a relevar al otro. En el momento en que estiraba la mano para sacudir a su compañero, lo rodearon. «Quieto», le dijeron. «Si te quedas tranquilo, no te va a pasar nada». El policía que dormitaba abrió los ojos y se encontró con el ominoso caño de la recortada del Goro. Impensadamente, trató de huir, pero Antón lo tomó de una bandolera y lo atrajo, poniéndole su 38 largo en el cuello. «Yo no hice nada, muchachos», dijo el agente. «Soy padre de familia, tengan compasión». Les dijeron que solamente querían llevarse las armas, y se quedaron quietos. Se dejaron atar y amordazar, resignados. Les pusieron un ejemplar de «Venceremos» a cada uno, doblado, bajo sus bandoleras, y los dejaron allí, sentados, al lado de un gran árbol. Dos pistolas «Ballester Molina», calibre 45. Ignacio las envolvió en un grueso hule, las metió en una bolsa de viaje, y se las llevó. Puteó un poco en contra de la burocracia policial: los muy ratas les daban a los agentecitos un solo cargador por cabeza. Mientras, los capos andaban rodeados de custodias y agachándose por el peso de los fierros. Así era la cosa. «La gallina de arriba caga a la de abajo», le decía un sargento a Antón, cuando estaba en la colimba. Después de volantear un rato, se separaron. Antón no supo más qué hacer, eran como las cuatro y media de la madrugada. Caminó sin rumbo, hasta llegar a la Moreno y Libertad. De allí dobló, hacia la izquierda, y se dirigió a la plaza. El cielo seguía nublado. En medio de los árboles centenarios, frente al cabildo tenuemente iluminado, la municipalidad, la catedral con sus naves altísimas, sentado en un banco bajo la estatua de Belgrano, Antón se sintió demasiado solo. Una soledad de muchos siglos. No estaba triste, ni tenía ganas de llorar. Pero esta indiferencia atroz era peor que cualquier congoja. En el bolsillo de su campera negra habían quedado algunos volantes. Los sacó y los tiró hacia arriba. Los blancos papeles quedaron un instante revoloteando a su alrededor, contra la noche negra; después se fueron, arrebatados por el viento.
 
No tienes brújula -le dijo Diana-. Hoy se te ocurre algo y lo haces, mañana estás arrepentido y emprendes algo nuevo.
Antón estaba en silencio. Ella tenía razón. Todos tenían razón. Sin embargo, él no podía manejar su destino.
-Ahora dices que sós revolucionario. Has dejado tus estudios, no te ocupas ni de echar una mirada a las empresas de la familia... y te has puesto a trabajar... ¡de albañil!... ¿Qué locura te ha dado? ¿Qué locura te va a dar mañana?... Vuelves a la madrugada, con el pretexto de tus conspiraciones. ¿Vos quieres cambiar el mundo?... ¡Me haces reír! Sós un niño de papá, Antón, y aunque te esfuerces hasta exprimirte el cerebro, jamás podrás entender la realidad de un obrero. No luchas por ellos, luchas por vos mismo... O, mejor dicho, luchas para huir de vos mismo, de todos esos recuerdos, esos dolores, esos monstruos que a veces mencionas y que llevas dentro, sin poderlos aguantar...
Antón encendió un cigarrillo.
-Estoy harta, Antón. Harta de tu locura, de tu irresponsabilidad, de tus infidelidades... ¡Sí, no me mires con esa cara de cordero degollado! ¿Te crees que soy estúpida, y no me doy cuenta que esa Celia, a quien llamas tu «compañera de equipo» no es más que tu hembra? Desde que la conociste, ya no se separan. Pero eso me tiene sin cuidado.
Diana se sacó una pelusa de la manga del pulóver. La mano le temblaba. Cuando estaba nerviosa, se hallaba pelusas en las mangas.
-¿Quieres que te lo diga? Sós un mal marido, Antón. Hasta en el plano sexual. Porque para amar bien, hay que tener conciencia de que eso se hace integrándose realmente al otro, a sus necesidades, a su razón, a sus sueños. Y vos, únicamente te amas a vos mismo. Jamás podrás integrarte a nadie. Nunca hallarás la mujer que buscas, Antón. Porque la falla no está en las mujeres... está en vos, en vos mismo.
El resplandor de la tarde empezó a huir tras la ventana.
-Estoy harta de tu inseguridad, de tus indecisiones. Vives siempre como si el único día de tu vida fuera hoy. Pero ni siquiera lo vives bien. ¡No aguanto más, Antón! Estoy harta de vivir como una pordiosera, habiéndome casado con un empresario. Estoy harta de dormir sola, cuando no llevo aún dos años de casada. Estoy harta de tus amigos, que me miran como a un bicho raro, cuando son ellos los bichos raros, vagos, intelectuales marginados, minas conflictuadas... Pero estoy más harta aún de vivir esta angustia, este temor de que, en cualquier momento, caiga la policía y nos lleve a la cárcel... o nos masacre. No quiero participar más de tus juegos de niño malcriado, Antón. Me voy. Me voy con mi madre. Ella está sola; me necesita más que vos.
Antón observó a través del ventanal a Diana, que acomodaba sus valijas en el portaequipajes del taxi. Desde la penumbra del asiento trasero, como dos tajitos ígneos, lo escrutaban los ojos de la madre. Ella cerró la puerta con cierta violencia, y le echó una mirada indefinible antes de que se alejara el vehículo.
Antón se acostó a dormir.
 
No. Ni la conocí un domingo, ni entramos juntos a la iglesia (Celia era atea), ni hablamos de pasión. La estúpida cancioncilla no tuvo la menor vigencia en nuestro encuentro.
Me la presentó el Negro Trago cuando me cambiaron de zona. Yo iba a ser el responsable militar. Ella la responsable política. En nuestro equipo había dos mujeres más, y cuatro compañeros. Las otras eran más lindas que ella, así que en un principio no le presté demasiada atención. Esa tarde hablamos de la situación nacional en el campo de la lucha revolucionaria, y de las tareas de nuestro frente (de Propaganda Armada).
¿Cuándo fue que empecé a mirarla como a mujer?
Una noche, huyendo de la policía, nos escondimos en el cantero florecido de un cementerio. El silencio me permitía oír sus resuellos, al lado de mí. De vez en cuando cruzaban el aire reflejos de las linternas de los que nos buscaban. Era verano.
Se fueron. Miré su rostro, a dos centímetros del mío; ambos estábamos bocaabajo sobre el césped. Había luna llena. Se me develó el óvalo perfecto de su cara, la nariz vagamente aguileña, los ojos húmedos, su pelo lacio, azabache. Celia era una mujer de verdad, de aquellas que no precisan parecerse a ninguna estúpida actriz yanqui o europea. Su hermosura era más intensa. Le venía desde adentro, de los siglos de su raza.
Nos incorporamos, y nos fuimos abrazados, contentos de que no nos hubieran pillado.
 
Estaban todos demasiado pálidos. A la luz de las lámparas, los trajes negros, las pestañas pintadas, los convertían en muñecos de cera. Yo no sabía si los muertos eran ellos o la que yacía en el cajón. Mi madre.
No sentí nada cuando falleció. «Un niño de cuatro años vive inmerso en un mundo personal», se me dijo. Pero ella había sido demasiado distante conmigo. No recuerdo que alguna vez me haya hecho una caricia.
Mi madre, alta y pálida, era lo que uno se imagina como una belleza española. Vestía con tonalidades violáceas, y parecía siempre a punto de partir. Estaba como de visita en la casa; no hacía ninguna tarea, y me di cuenta temprano de que yo la molestaba. Nunca tocó mis pañales -me contaron. En ese sentido -como en todos, para decir la verdad- la Ñaña fue mi auténtica mamá. Mi madre sólo se interesaba por la música de Villalobos y la literatura extranjera.
Cuando ella murió fue que me mandaron, internado, a ese estúpido colegio masón, en las sierras de Córdoba. Tal vez por rebeldía yo me hice, secretamente, más católico.
Nadie me enseñó la religión. Yo solo la elegí.
Mi padre, quince años después, se casó con Esmeralda Estelles. Y tuvo cuatro hijos. Pero ellos fueron buenos chicos. No merecían lo que les sucedió.
 
Antón vestía traje oscuro. Venía de la cárcel. Traje azul, corbata colorada. Caminaba por la calle anochecida. Iba a una fiesta. Caminaba por la calle con reflejos en el pavimento humedecido y el rocío de los árboles.
Llegó a una casa del suburbio elegante. Frente a ella, la gente se reunía alrededor de un automóvil Ford Falcon azulado preguntándose de quién sería ese automóvil. Antón consideró idiota manifestar que pertenecía a su padre pero se alegró, pues la presencia del vehículo significaba que le encontraría allí. Pasó junto a la gente, silencioso. Llevaba sobretodo oscuro. Llevaba bufanda blanca de seda.
Entró a la casa. Una casa amplia. Decorada con poco gusto. Tuvo que atravesar un pasillo medianamente concurrido, donde lo recibieron con agasajos algunos hombres y mujeres. Una mujer rubia, no demasiado bella, de ojos acuosos, se prendió de su brazo y le rogó que firmara un papel. Lo leyó. Era un texto según el cual el señor Antón Tapia se comprometía a bailar únicamente con la portadora del documento toda la noche. Lo firmó. La mujer era abundante en carnes rosáceas (Rubens).
Adentro se estaba gestando una discusión alrededor de si el Sindicato de Maestros debía o no aceptar en su seno a los Maestros Zapateros. No por ello los circunstantes dejaban de levantar sus copas. Polvo plateado en la atmósfera y fraques.
Antón se quitó el sobretodo y quedó en traje. Lucía corbata colorada: zapatos negros. La dama blonda gastaba tapado de piel: se lo quitó. Se manejaba dentro de un negro vestido con apliques de perlas. Muy pequeñas perlas. Aromas de asfódelos, tabaco y áspic, se entrecruzaron.
Carnes rosáceas.
Bailaron.
Antón estaba preocupado, por la discusión y porque su padre no aparecía. Salió a un pequeño patio lateral, por donde también entraba la gente. Qué sorpresa se llevó pues encontró allí a Mariano, en medio de la gente: llegaba.
Mariano llevaba chambergo aludo. Se lo quitó, y brilló el peinado a la gomina. Vestía un traje marrón con solapas anchas. Camisa ocre clara, corbata negra tejida. Estaba delgado, muy delgado. Saludaba conocidos.
Antón ahogó un sollozo cuando vio a su tío Mariano. Estaba más joven que cuando había fallecido, más tranquilo. El lo vio también: fueron al encuentro uno de otro. Se abrazaron. Tantas emociones en el pecho. No podía creer que estaba abrazando a Mariano. Sentía su cuerpo magro contra el pecho, y el perfume seco, a chala, a colonia y a gomina. Adentro alguien punteaba en una guitarra. ¡Qué gran momento!
Antón despertó con los ojos mojados, en su cama de prisión.
 
Era de madrugada aún cuando salimos con la Ñaña. Yo había estado hojeando en el diario las páginas de anuncios de desnudismo, imaginando esos mecanismos, de luces rojizas, jaulas, sogas y látigos, con que hacen tan tortuoso el simple acto de desnudarse una mujer, cuando entró la Ñaña. Yo escondí por instinto las hojas de los anuncios, aunque maldito si mi abuela vería esas letras; y aunque así fuera, ella leía con mucha dificultad el castellano. En realidad no leía bien ningún idioma, y poca falta le hacía, ni hablaba del todo bien el castellano. Su idioma original, el quichua, por desgracia era para mí un misterio. Así que yo solía pasarme las horas callando, contristado, oyendo las pausadas conversaciones de la Ñaña con mi abuelo, en esa lengua tan medulosa.
Salimos, entonces, de madrugada. Había mucho rocío en los caminos. La Ñaña se había puesto un traje sastre de color gris ceniza, y un pañuelo en la cabeza. Colgando del brazo llevaba el canasto de mimbre con tapa donde iban nuestras vituallas, y en la mano del mismo brazo un monedero, y un pañuelo. Con la otra mano se tomaba de mi brazo. Yo tenía mis serias prevenciones respecto a ese viaje, porque mi abuela creía que estábamos en Semana Santa y debíamos ir en peregrinación a Mailín, y aún no era ni cuaresma (no digo la fecha que era por respeto). Así se lo manifesté a mi abuela pero ella ni me oyó: porfiaba con que era Viernes Santo. Entonces yo no dije más y me preparé para acompañarla.
Nos internábamos por un camino de árboles. Nos acogía la selva por todos lados. En aquel tiempo todavía la selva era imponente en algunas partes de Santiago. Aquella ciudad nuestra habría sido alguna vez el ombligo del Virreynato. Pero ese tiempo había pasado. Incluso cuando vivía aquí la abuela de la Ñaña. La Ñaña tenía en 1977 99 años.
Qué extraño. Aunque ya era mozo -tenía 29 años-, cada vez que salía con la Ñaña me sentía niño otra vez. Ella no era autoritaria, sólo un poco testaruda, pero si uno por una desgracia de su propio carácter, supongamos le gritaba, ella bajaba los ojos humildemente y callaba, a pesar de que era nuestra Mamavieja, más sabia de lo que nosotros pudiéramos llegar a ser en cien años y venerada por los padres nuestros. Pero uno era así, medio alocado, porque vivía como tironeado entre dos mundos: el mundo antiguo, que era holovivenciado, y el del modernismo, un mundo fragmentado. Así era uno: como un Túpac Amaru contemporáneo.
En la mitad del camino para la estación nos apareció por atrás una gran carreta. La conducía un hombre macizo, que se detuvo a conversar con la Ñaña. Era un buhonero, que también vendía alimentos. Extrajo de su carreta una caja de madera donde llevaba vísceras de animales mayores, en hielo. La Ñaña examinó unos hígados muy grandes, color de siena tostada y brillosos, y se les ocurrió escudriñar, con cautela, para ver si podían averiguar algo de otros lados. Allí estaban, mi abuela, y el buhonero en el pescante, conversando en la madrugada, y lentamente me comenzó a entrar el paisaje. Las ondulaciones de los árboles se sobreponían en miles de matices sobre la distancia y un aire fresco nos producía inmensa calma. A lo lejos (¿quién sabe qué serían?) titilaban unas luces azuladas, por sobre los árboles. Por todos lados cielo y tierra... y ramaje. Verde, gris, azulado. Y como flotando algunos techos de casas.
Tomamos el tren y llegamos a Mailín. Allí rezamos a nuestro Señor, y por la tarde volvimos.
 
Me pongo el traje azul y me preparo, bien afeitado y peinado salgo. Me pongo a caminar. Voy a la casa de Amanda. Hay un olor a lluvia y flores en el bulevar, la plaza está llena de gente. Los carteles de los negocios, apagados: aún no ha comenzado la fiesta. «Qué hermosa noche», me digo, aunque es una noche húmeda. Estoy contento y soy feliz. Tengo música en el alma.
Cruzo por las veredas anchas de la galería, y como he saludado a unas mujeres que se consideran a sí mismas de una condición inferior a la mía, ellas me han contestado con exagerado regocijo; me miran codiciosamente y eso no me extraña, pero sí el modo en que sus ojos se detienen en mis pies.
Me miro y veo que estoy con alpargatas.
¿Cómo he podido salir con traje y con alpargatas?
«Es que las calles están llenas de barro», me digo, por hallar una explicación.
 
Después de la muerte de Beatriz Lealande, no creí que pudiera volver a enamorarme. Aquellos negros siete años que pasaron luego de su muerte, como si el luto de mi pena hubiera ensuciado la tierra, ocurrieron sobre mi Patria toda clase de desgracias. Llantos, violaciones, asesinatos, dolor, degradación y miseria nunca vividos antes se expandieron en la atmósfera como un monstruo imparable, obscureciendo el sol. Nosotros errábamos como sombras, en un país desterrado, y de noche nos servían de alimento nuestras lágrimas. ¡Qué sangría, mi Dios!... Estábamos sin tiempo, pues horrorizaba el futuro, y no podíamos añorar. El presente era una negra pesadilla.
Es cierto que hubo algunas sonrisas. Aire puro en bocanadas, muy distantes. Pero eran como las muecas de Gwimplaine. Y aun esas sonrisas tal vez sólo en nuestra imaginación, tal vez sólo por no fallecer.
De tal modo es que me sorprendió enamorarme de nuevo. Como al azogado que despertara, en un tibio amanecer, sin rastro de las heridas de una noche atrás. Y aún más sorprendente fue que me enamorara de Amanda, teniendo en cuenta quién era yo. No podía haber en el mundo una mujer más opuesta a los modelos humanos que racionalmente me fijara.
Ya veremos cómo era Amanda.

Quién iba a decirme que vendría a enamorarme de la hija de un emigrado de Reykjavik?
Estoy en la casa de Amanda, sentado en un cómodo sillón. Ella manipula, frente a mí, un juego de jarrones tallados en cristal, sobre una mesita, sin necesidad, porque sabe que a mí me agrada mirarla y no desea incomodarme posando ni mirándome ella a su vez, sino finge ordenar las cosas con naturalidad, para que yo aprecie su cuerpo. Está vestida de fiesta Amanda, con un corto y sencillo vestido metálico. La casa donde vive con sus padres es muy extensa, pero aun así puede apreciarse a través de anchas puertas un bullir de gente bien trajeada. Sus padres ofrecen una recepción. «Demasiado cristal para mi gusto», me digo, y salimos. Las calles están humedecidas; hay luces por todos lados, y viandantes que van y vienen. Muy pocos automóviles. Los jóvenes y los adultos se han volcado en las aceras del barrio y se cruzan saludándose, muy elegantes. Hay fiestas en los cuatro puntos de la ciudad. Un ambiente de madura alegría palpita en el aire, como en el de un pueblo que comenzara a olvidar una tragedia.
Cuando camino con Amanda me pasa exactamente lo inverso a lo que con la Ñaña. Son sentimientos equivalentes, como los abanicos de luz que proyecta un prisma.
Amanda camina a mi lado pequeña y delgada. La quiero, junto a mi amor de amante, como si fuera mi hija o mi hermana menor. Es extraño. Esta bella adolescente me ha hecho renacer. Ahora que vivo, comprendo que hasta hoy estaba muerto.
La dejo en un bar esperándome y me voy a retirar de enfrente -un edificio enorme- el encargo -unas yerbas- de la Ñaña. Subo escaleras horribles y angostas de metal, que ascienden en espiras como túneles por el vientre colosal del edificio de piedra. Me introduzco en un piso, atravieso un salón pelado y me detengo ante un mostrador de acero y una secretaria. Detrás de ella fulguran incesantes las luces de las computadoras. Tras cada escritorio una gigantesca computadora. La secretaria, que me estaba esperando me dice que llego con dos minutos de retraso. No sólo eso, sino que tampoco han hallado las yerbas que he pedido.
-Esas yerbas, «Grigoüire», no existen, o por lo menos, aquí no se encuentran -me dice con voz profesional.
-Mi abuela me ha dicho que las retiraba de aquí -le contesto-. Por otra parte, es una yerba rara... no hay otra que se llame igual.
-Voy a ver -me dice, y se va. A los diez minutos vuelve, y me repite:
-De esa yerba, aquí, no hay.
Me quedo desalentado y no sé qué hacer, pues estoy seguro que la Ñaña llevaba de aquí esa yerba. Mientras tanto, pasa el tiempo y Amanda me está esperando. Pasan como veinte minutos. Al fin, la mujer me dice:
-Señor...
La miro.
-Aquí está la yerba que buscaba.
Y saca una caja verde, que ya conozco, de bajo el mostrador, mostrándola como a un trofeo. Yo me quedo estupefacto. Ella prosigue, como una buena maestra:
-No se llama «Grigoüire»... Se llama «Grigoüile». Usted escribió mal el nombre en su pedido. Como su error ocasionó contratiempos en nuestras máquinas (somos un servicio muy eficiente), decidimos someterlo a usted a esta demora, para que la próxima vez sea más cuidadoso...
Tengo ganas de darle una trompada. En lugar de eso, me brota espontáneamente una arenga sobre la degradación de lo humano en este mundo tecnificado. La secretaria parece aturdida por mi reacción, no la comprende. Nadie contesta así, hoy en día. Esta es la consecuencia de un estado militarizado -me digo-. Han dividido a los ciudadanos en civiles y funcionarios. Y para los militares que gobiernan y para sus funcionarios los civiles debemos movernos dentro de estos tres estadios: presos, reconvenidos, o vigilados. Por suerte algunos ya vamos despertando.
De pronto aparece Amanda. He demorado demasiado, y me ha venido a buscar. Recobro la calma y nos reímos del estúpido asunto, que le cuento mientras cruzamos el salón. De nuevo para nosotros el mundo es feliz. Nos equivocamos de piso y nos metemos en una gran sala de baile, adornada lujosamente, donde tiene lugar una fiesta. A un costado de la sala, un grupo de muchachas de largo y jóvenes engominados se divierten subiendo y bajando de una plataforma giratoria que se mueve al ritmo de la música de rock-and-roll. Se gozan sin duda también con el roce de sus cuerpos, pues están todos amontonados, las mujeres luchan fingidamente por bajar del carrousel, mientras los hombres las retienen por la fuerza y levantan a toda curiosa que se acerca. Uno de ellos me reconoce y nos saluda. No conforme con eso me toma del brazo, como por obligarme en broma a subir. Me subleva el lujo escandaloso de aquel lugar y su atmósfera sobrecargada. Tal vez por eso retiro el brazo con excesiva fuerza, tanto, que lo tiro al suelo al comedido. Antes que se genere otro incidente desagradable, tomo del brazo a mi Amanda y nos vamos.
La escalera que antes ascendí penosamente me parece ahora plena de seducciones, al descenderla con Amanda. Por una diacronía casual quedo un instante un escalón más arriba que mi amada, mientras ella estira su pierna derecha para posarla en el escalón siguiente; tengo desde allí un enfoque singular, y la detengo... Me mira...
Amanda tiene los cabellos lacios y suaves natural