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EL MEDIO PELO EN LA SOCIEDAD ARGENTINA
[Apuntes para una sociología nacional]

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http://centrojauretche.blogspot.com | Equipo de investigaciones Rodolfo Walsh
Al fondo que hay lugar, colectivo de memoria cultural | Centro Cultural Enrique Santos Discépolo

RESEÑA DE CONTRATAPA

Nacido con el siglo, Arturo Jauretche es uno de los testigos más sagaces que tiene el país desde los últimos cuarenta años. Soldado en la revolución del 33 en El Paso de los Libres, poeta que cantó esa patriada, fundador de FORJA, acuñador de felices expresiones incorporadas al lenguaje popular de la política, pensador y fecundador de ideas en una Argentina esterilizada por la oligarquía, Jauretche, a la edad en que los hombres se tornan cautelosos y prudentes, sigue empeñado en demoler los mitos que perturban la comprensión de la Argentina real.
Con su estilo coloquial, que alguno dirá plebeyo, nutrido en las vertientes más profundas del idioma hablado por los argentinos, resultó, sin proponérselo, un escritor clásico, quizá el último clásico argentino creador de una literatura política que se creía extinguida y cuya filiación habría que buscarla en Balestra, Mansilla y Sarmiento.
Así lo ven las últimas generaciones de argentinos para quienes es el maestro; en este entendimiento los más diversos matices del pensamiento político nacional rodearon su persona en un homenaje reciente, cuya trascendencia previsible, lo transformó en un acontecimiento nacional.
Este sello editorial, al presentar hoy El medio pelo en la Sociedad Argentina (Apuntes para una sociología nacional), siente la honda satisfacción de hacerlo con un autor cuya voz ha tenido siempre particular resonancia en todos los medios de la vida nacional. A las formas de la sociología académica, opone Jauretche una visión sociológica nacida de la vasta experiencia personal y de su percepción de un sector social del país que no había sido debidamente estudiado. Su sonrisa es filosa y piadosa a la vez y lo contagioso de su humor vital no es una de sus menores virtudes como escritor.

EL MEDIO PELO en la Sociedad Argentina

(Apuntes para una sociología nacional)

A. PEÑA LILLO, Editor

OBRAS DEL MISMO AUTOR
El Paso de los Libres. Prólogo de Jorge Luis Borges Buenos Aires 1934.
El Paso de los Libres. Segunda edición. Prólogo de Jorge Abelardo Ramos. Ediciones Coyoacán, Buenos Aires 1960.
El Plan Prebisch. Retorno al coloniaje. Ediciones "El 45", Buenos Aires 1955.
Los Profetas del Odio. Ediciones Trafac, Buenos Aires, 1957.
Los Profetas del Odio. Segunda edición. Ediciones Trafac, 1957.
Ejército y Política. Suplemento de la Revista "QUE", Buenos Aires, 1958.
Política Nacional y Revisionismo Histórico.Colección La Siringa. A Peña Lillo editor. Buenos Aires 1959.
Prosa de Hacha y Tiza. Ediciones Coyoacán, Buenos Aires 1960.
Forja y la Década Infame. Ediciones Coyoacán, Buenos Aires 1962.
Filo, Contrafilo y Punta. Ediciones Pampa y Cielo, Buenos Aires, 1964.

1ª. Edición Noviembre 1966 ; 2ª. Edición Diciembre 1966; 3ª. Edición Diciembre 1966; 4ª. Edición Enero 1967.

Impreso en la Argentina. Se terminó de imprimir la presente edición en los Talleres Gráficos ORESTES S.R.L, Gascón 274, Capital Federal, en el mes de Febrero de 1967.

Indice general

 

Advertencia preliminar
CAPÍTULO I - El marco económico de lo social
CAPÍTULO II - La sociedad tradicional
CAPÍTULO III - Desarraigo de la clase alta
CAPÍTULO IV - La crisis de la sociedad tradicional
CAPÍTULO V - La sociedad urbana se modifica
CAPÍTULO VI - La Sociedad y los límites de la "Patria Chica"
CAPÍTULO VII - Una escritora de "medio pelo" para lectores de "me¬dio pelo"
CAPÍTULO VIII - Las clases medias, la nueva burguesía y la aparición del "medio pelo"
CAPÍTULO IX - La partida de nacimiento del "medio pelo"
CAPÍTULO X - La composición social del "medio pelo. Permeabi¬lidad y filtro
CAPÍTULO XI - Las pautas del "medio pelo"
Conclusiones
Apéndice

Indice de la parte 1

Advertencia preliminar
CAPÍTULO I - El marco económico de lo social
CAPÍTULO II - La sociedad tradicional
CAPÍTULO III - Desarraigo de la clase alta
CAPÍTULO IV - La crisis de la sociedad tradicional
CAPÍTULO V - La sociedad urbana se modifica

ADVERTENCIA PRELIMINAR

Si bien el tema que voy a tratar en este libro es de sociología debo prevenir al lector que no estoy especializado en la materia, y que sólo ando por ella de "bozal y lazo", como dijo Hernández, un sociólogo nuestro que tampoco era de la especialidad. Guardando las distancias con el autor del Martín Fierro intento colocármele "a la paleta" en el método, proporcionando datos y reflexiones que he recogido como actor y observador apasionado en el curso de una vida lo suficientemente prolongada para que pueda ser testigo de casi todo lo que va del siglo.
Tal vez lo que resulte sea pura anécdota de "mirón", pero no es mi propósito, como no fue el de Hernández, hacer obra puramente literaria a través de un personaje de imaginación, que es lo que pretendieron entender durante mucho tiempo los mandarines de nuestra cultura.
Porque los conocía se previno:

...............................................................................................................

Digo que mis cantos son
para los unos... sonidos
y para otros... intención.

Nos dejó así, el mejor, sino el único, documento histórico sobre una época de transición en que fue sepultado el pueblo-base de nuestra nacionalidad; de ese drama tendríamos muy escasas noticias, a pesar de lo reciente, por la labor de los informantes documentales y eruditos, sin la presencia de su testimonio poético elaborado en una vida de hombre "comprometido", y en causas perdedoras.
Con esto se comprenderá porque he subtitulado este trabajo como "apuntes para una sociología" con la esperanza de proporcionar al sociólogo, desde la orilla de la ciencia, elementos de información y juicio no técnicamente registrados, que suelen perderse con la desaparición de los contemporáneos. Que lo logre o no, dependerá de mis aptitudes que "pido a los santos del cielo" me ayuden a ponerme en la huella de tan ilustre marginal de lo científico.
Al mismo tiempo, pretendo ofrecerle a mis paisanos un espejo donde vean reflejadas ciertas modalidades nuestras, particularmente en la cuestión de los status, de cuya evolución histórica me ocuparé en primer término. Deseo hacerlo amablemente, abusando del escaso humor de que dispongo, para atenerme al castigat ridendo mores, en espera de que la comprensión de la falsedad de ciertas situaciones, y el ridículo consiguiente, contribuyan a liberar a muchos de las celdas de cartón en que se encierran con la aceptación de artificiales convenciones.
El sociólogo apreciará los hechos que refiero, valorándolos según el juicio que surja de su particular inclinación interpretativa. Yo sólo pretendo señalarlos y es su tarea determinar causas, lo que no excluye que ocasionalmente me aventure hasta las mismas, cuando lo imponga la descripción de los grupos identificados. Esencialmente aspiro a señalar la gravitación en nuestra historia de las pautas de conducta vigentes en los grupos sociales que la han influido, y solo subsidiariamente referirme a las causas originarias de las mismas.
Con lo ya dicho, —la naturaleza de testimonio de este trabajo— excuso la ausencia de informaciones estadísticas y de investigaciones de laboratorio que pudieran darle, con la abundancia de citas y cuadritos, el empaque científico de lo matemático y al autor la catadura de la sabiduría. Las pocas pilchas que lo visten son las imprescindibles para justificar la presentación del testimonio. 1

RELATIVIDAD DEL DATO "CIENTÍFICO"

A este respecto debo confesar mi prevención contra los datos de ese género que en muchas ocasiones, con su deficiencia perturban más que ayudan. Creo en la eficacia utilizar como correctivo del dato numérico la constatación personal para que no ocurra lo que al espectador de fútbol que con la radio a transistores pegada a la oreja, cree que dice el locutor con preferencia a lo que ven sus ojos.
Por vía de ejemplo van pruebas al canto:
"La Nación" del 6 de marzo de 1966, nos informa sobre el resultado de un relevamiento aerofotográfico realizado en la ciudad de Córdoba, para comprobar la validez del registro de propiedades urbanas de la Municipalidad de esa Capital. Dice el ingeniero Víctor Hansjurgen Haar, quien tuvo a su cargo el relevamiento, que la pesquisa ha indicado que sólo el 50 % de las propiedades se encuentran correctamente registradas, y de ese 50% si bien cumplen con sus obligaciones al fisco, no han declarado sus propietarios mejoras que se han hecho en sus viviendas.
Esto significa que el 50% de la ciudad de Córdoba no existe estadísticamente pues los datos sobre la construcción se recogen de los registros municipales. El sesudo investigador que sólo se guía por estos datos y no por las empíricas comprobaciones, se encontrará con que la oficina en que trabaja y el techo bajo el que duerme no tienen existencia efectiva, según los datos de la realidad científicamente documentada, si como es muy probable, ese techo y esa oficina pertenecen al 50% de construcción que para la estadística es inexistente. En cambio otras informaciones estadísticas le permitirán comprobar paralelamente que Córdoba ha crecido varias veces en estos últimos decenios, en población y en actividad, con lo que tendrá que concluir que Córdoba es un fenómeno urbano en el cual la mayoría de la población está indomiciliada y donde no existen las fábricas, los talleres, los escuelas, etc., que resultan de otras estadísticas que no son las de la construcción. ¿A cuáles se atendrá?
(Limitándome a la construcción, ya había hecho mi composición de lugar hace mucho tiempo mediante una somera investigación reducida a la manzana céntrica de Buenos Aires en que resido y que el lector puede hacer en la suya. Pude comprobar que las modificaciones interiores en las casas de la manzana hechas en los últimos años sin la correspondiente intervención municipal —presentación de planos, aprobación, permiso de construcción e inspecciones— importaban una inversión muy superior a la de los dos o tres edificios nuevos construidos en la misma manzana con el consiguiente registro municipal. Sáquele la punta el lector a este hecho y trasládelo a la crítica general de los datos estadísticos).
El caso de Córdoba se repite para el Gran Buenos Aires en dos épocas distintas.
Desde las últimas décadas del siglo pasado Buenos Aires y sus alrededores recibieron gran parte del contingente inmigratorio europeo cuando el Hotel de Inmigrantes y el conventillo fueron escalones hacia la casita propia. Es muy posible que el italiano, el español o el turco que las levantaron construyendo una pieza y una cocinita, sin sanitarios, haya registrado en la municipalidad suburbana esa primitiva construcción. Pero ese hombre ahorrativo que realizaba el sueño de la casa propia fue agregando habitaciones construidas con la ayuda de un media cuchara, a lo largo del lote que pagaba en mensualidades, pues la casa crecía a medida que crecía la familia. Y éstas no las registró.
El fenómeno volvió a repetirse cuando a la ola inmigratoria ultramarina sucedió la migración provinciana hacia los centros industriales. Cualquier inspector municipal del Gran Buenos Aires podrá decir cómo se suceden barriadas y barriadas enteras no inscriptas en los padrones municipales. (O tal vez no se lo diga porque allí hay un "rebusque": sorprender a los vecinos de esas barriadas en plena construcción sabatina y dominical con el aporte voluntario de vecinos y amigos, para paralizarle la obra por falta de planos y llegar, después del susto consiguiente al "arreglo" ¡Pero el "arreglo" tampoco figura en las estadísticas! Sin embargo, sería interesante registrar estadísticamente el monto de los mismos que explicarían por qué esos inspectores se resignan al mísero sueldo comunal, que no alcanza para mantener el automóvil que tienen a la puerta y es elemento imprescindible para el descubrimiento de las infracciones al Digesto, que dan origen al arreglo).
Si a la estadística de la construcción le falla la base, ¿qué puede informar la estadística sobre la mano de obra si el dueño de casa, sus amigos y parientes que colaboran no pertenecen al gremio de la construcción y están registrados en otras actividades? ¿Y qué datos sobre el consumo de materiales de construcción cuando se utilizan restos de demolición, elementos en desuso u objetos de otro destino habitual que no pasan ni siquiera por el control de producción de la fábrica? ¿Y qué valor tienen los datos sobre el producto bruto del país si los datos sobre la construcción de viviendas en la parte más extensa del Gran Buenos Aires en los últimos veinte años, en que se sumaron millones de habitantes, no figuran en los mismos ni por lo construido, ni por mano de obra, ni por materiales empleados?

La rectificación por la experiencia del dato aparentemente científico exige haberse graduado en la universidad de la vida: por lo menos tener algunas carreras corridas en esa cancha, sin perjuicio de la bastante Salamanca para ayudar a Natura. Porque si el ratón de biblioteca, de hábitos sedentarios y anteojos gruesos, no es el más indicado para corregir el dato con las observaciones, tampoco basta con mirar para ver.

EL ESTAÑO COMO MÉTODO DE CONOCIMIENTO

Tener estaño es una expresión sucedánea de otra tal vez más gráfica pero menos presentable, y se refiere al "estaño" de los mostradores. Recuerdo que Lucas Padilla o el "Colorado" Pearson, no estoy seguro cual de los dos, que actuaban en los movimientos iniciales del nacionalismo, dijo una vez que la condición de "pianta-votos", calificación atribuida a Perón, provenía de que los fundadores del movimiento eran "niños bien" de "familias bien" es decir, los juiciosos "hijos de mamá"; que otra cosa hubiera ocurrido si los primeros hubieran sido "niños mal" de "familias bien", esto es "tenido estaño".
Tal vez la deficiencia de nuestros datos científicos obedezca al tipo de nuestra economía y sociedad en transición, fluida en sus etapas cambiantes —como ocurrió en los Estados Unidos, cuyas técnicas son ahora modelo imprescindible, desde el final de la Guerra de Secesión hasta la primera de las guerras mundiales; que sus métodos sólo sean compatibles con la existencia de un capitalismo de concentración muy avanzado, o con el socialismo, que excluyen la presencia del pequeño empresario, del taller patronal que conserva una organización casi artesanal, de la abundancia de pequeños productores que entre nosotros representan el grueso de las actividades. (Si Ud. tiene alguna duda al respecto, averigüe qué dato estadístico proporciona el tallercito donde arregla su automóvil, el hojalatero que le arregla el balde, el colchonero, el marquero de sus cuadros, etc., etc., las múltiples actividades de empresarios que calculan los costos a ojo, no llevan contabilidad, no están inscriptos, no registran su producción, eluden impuestos, etc.).
En cambio el ajuste de los datos es condición de existencia en las grandes organizaciones económicas con sus contabilidades organizadas, su propia estadística, el registro de los costos, es decir, los elementos básicos para una estadística general.
Parecida cosa ocurre con los censos y encuestas, donde se suman factores personales propios del informante y del recolector de datos que además pueden ser típicos de nuestra modalidad, factor del que se prescinde cuando se aplican sistemas que pueden ser hábiles en su lugar de origen.
Así, frecuentemente, el interrogado está prevenido contra el interrogatorio y tiende a desfigurar los hechos; además, muchas veces es descomedido y grosero con el agente de la investigación. Es lo que pasa en las "investigaciones de mercado".
El "Hombre que está solo y espera" no es un tipo fácil. Pregúntele usted a un paisano su juicio sobre algo o alguien y oirá que le contesta: Regular. Pero regular quiere decir bueno; o muy bueno; también malo. Serán su oído y el conocimiento del hombre los que darán la interpretación, según el tono y tal vea algún detalle mímico. Pero esto no es para el "potrillo" que hace la encuesta y menos para la computadora electrónica. ¿Y el "gallego"? —el gallego de Galicia, se entiende—; hágale usted una pregunta cualquiera y verá que le contesta con otra: pruebe, y le juego cualquier cantidad a que acierto
Hace pocos días llevé a un industrial, que creía en la eficacia de las "encuestas", a un café para mostrarle cómo actuaban los agentes de una investigación que había contratado. Los muchachos a quienes se les paga por el número de planillas que llenan estaban reunidos a lo largo de dos mesas y los formularios se alternaban con los pocillos de café. Mi amigo industrial puso los ojos como "dos de oro" cuando oyó que unos a otros se preguntaban. Y a este, ¿qué le ponemos?, y así las iban llenando, cansados de golpear puertas estérilmente, o de que los encuestados les hicieran un interrogatorio a ellos en actitud defensiva, o les contestaran a la "macana". Si todavía tiene alguna duda, lector, recuerde que le responde a esa vocecita femenina que le pregunta por teléfono: ¿Qué programa de televisión está usted viendo? Y por lo que usted le contesta considera la validez del rating que está haciendo la vocecita.
Pero, además de la muy relativa validez de los datos, existe el uso malicioso de la información, para fines políticos y económicos, como la creada por los órganos de publicidad y por las manifestaciones de los grupos económicos agroimportadores interesados en dar una imagen del país que les conviene y que en los últimos años es directamente depresiva.

EL CHICO DE LA BICICLETA

El doctor Manuel Ortiz Pereyra, uno de los fundadores de F.O.R.J.A., fallecido hace ya muchos años, dejó un pequeño libro, editado en 1926 ó 1927, que se titulaba "El S.O.S. de mi pueblo". Era hombre con mucho "estaño", dotado de una notable inteligencia que le había permitido superar la solemnidad y el empaque, entonces anexos al título universitario; había sido la suya una vida múltiple y agitada en la que había tocado los más variados niveles de la fortuna y de las actividades ciudadanas; además, Dios lo había dotado de gracia.
Sobre esto de la información traía un capítulo titulado "El chico de la bicicleta".
Comentaba allí la apariencia técnica con que los diarios presentan una página llena de cuadritos con letras y números diminutos, donde se habla de cotizaciones de la producción en mercados de los que el chacarero nunca oyó hablar y en medidas y precios de los que no tiene la menor idea. El chacarero, decía, se hace una imagen borrosa donde se embarullan Winnipeg, Ontario, Yokohama, Rotterdam, con dólares, libras, yens, rupias, florines, toneladas y bushells, todas palabras misteriosas para él. No entiende, pero está muy agradecido a los grandes diarios que se preocupan por ilustrarlo para la defensa del precio de su cosecha, y supone que estos sostienen grandes oficinas llenas de peritos de toda clase, que le proporcionan la información.
No hay nada de eso, decía Ortiz Pereyra. Lo único que hay es un chico con una bicicleta que va a buscar la página a lo de Bunge y Born o a lo de Dreyfus; es decir que la aparente información para el vendedor la proporciona el comprador. ¡Y hace tanto tiempo que vamos al almacén con el "Manual del Comprador" escrito por el almacenero! El último que se ha "avivado" es Raúl Prebisch2.
De tal manera, a los efectos que en sí tiene la supuesta información científica, se agrega ésta del "chico de la bicicleta" donde la "información científica" es utilizada, y aun los datos correctos, de manera hábil para despistarnos mediante el manejo de la publicidad.
Lo que llevo dicho basta para dar la idea que me propongo. He citado sólo algunos casos, tanto de la falacia del dato, como de su utilización maliciosa para sorprender al que no está prevenido y carece de "cancha" para leer las entrelíneas de la información. Deseo que el lector lo tenga presente, cuando recordando que el que escribe es un hombre comprometido, lo confronte con otros informantes de apariencia aséptica. La verdad es que todos estamos comprometidos, por que todos estamos en la vida y la vida es eso: compromiso con la realidad.
Me resta advertir que con frecuencia seré redundante volviendo a lo ya dicho para ampliar algo, presentarlo desde otro punto de vista, o relacionarlo con lo que se expone en ese momento. Espero que se me perdone, pues escribo para mis paisanos del común, a quienes quiero facilitar la lectura que desearía fuese como un diálogo y que no deje a nadie en ayunas por un prurito de precisión técnica o sobreentendidos. Cárguelo a la cuenta de la común inteligencia que busco, y que también me obliga a ser algo difuso y a apelar al socorro de ejemplos y anécdotas ilustrativas, que pudieran ahorrarse con el lenguaje para iniciados que simplifica la exposición, pero que puede resultar esotérico para el profano.

IDENTIFICACIÓN DEL MEDIO PELO

Falta ahora explicar por qué digo medio pelo.
En principio decir que un individuo o un grupo es de medio pelo implica señalar una posición equívoca en la sociedad; la situación forzada de quien trata de aparentar un status superior al que en realidad posee. Con lo dicho está claro que la expresión tiene un valor históricamente variable según la composición de la sociedad donde se aplica.
Francisco Javier Santamaría ("Diccionario General de Americanismos" México, Ed. P. Robredo, 1942) define el medio pelo: "En México dícese de la persona que no pertenece a la clase decente; pardo. No hay que confundir el trabajador, etc., con el medio pelo que es la gentuza o pelusa, la gente de mala educación, mediocre social, palurda y basta. Pero aun este mismo concepto varía con el lugar. Así dice: En Puerto Rico la persona de color o cruzada que no es de raza blanca o pura. En México la calificación parte de la estructura social. En Puerto Rico esencialmente de la racial, tal vez porque raza y clase se identifican allá.
Tobías Garzón en su "Diccionario de argentinismos" expresa: Aplícase a las personas de sangre o linaje sospechoso o de oscura condición social que pretenden aparentar más de lo que son. Aquí sangre no es una referencia racial sino una complementación de linaje, pues como lo veremos más adelante el linaje, expresado por la legitimidad de la filiación, es un factor predominante para marcar la composición de las clases. Pero Garzón está hablando en una época que corresponde a la estructura tradicional de la sociedad argentina. A renglón se remite a la Academia que dice: locución figurada y familiar con que se zahiere a las personas que quieren aparentar más de lo que son o cosa de poco mérito e importancia.
La primera definición que hace Garzón corresponde al momento local en que la hace; al remitirse a la expresión de la Academia le da luego la latitud que corresponde a una situación general. Medio pelo es el sector que dentro de la sociedad construye su status sobre una ficción en que las pautas vigentes son las que corresponden a una situación superior a la suya, que es la que se quiere simular. Es esta ficción lo que determina ahora la designación y no el nivel social ni la raza.
Cuando en la Argentina cambia la estructura de la sociedad tradicional por una configuración moderna que redistribuye las clases, el medio pelo está constituido por aquella que intente fugar de su situación real en el remedo de un sector que no es el suyo y que considera superior. Esta situación por razones obvias no se da en la alta clase porteña que es el objeto de la imitación; tampoco en los trabajadores ni en el grueso de la clase media. El equívoco se produce a un nivel intermedio entre la clase media y la clase alta, en el ambiguo perfil de una burguesía en ascenso y sectores ya desclasados de la alta sociedad.

CAPÍTULO I

EL MARCO ECONÓMICO DE LO SOCIAL Y LOS TRES FRACASOS DE LA BURGUESÍA

EL "PROGRESO INDEFINIDO"... Y SUS LÍMITES

Las generaciones que se propusieron el "progreso indefinido", y lo fundaron en el exclusivo desarrollo agropecuario, actuaron como si estuviesen en presencia de un horizonte cuyos límites fugan delante del que marcha. Fueron congruentes con el pensamiento filosófico de la época, como el personaje de la zarzuela: "hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad". La superstición cientificista se alimentaba de una gran simplicidad que suponía que entre la lente del microscopio y la del telescopio podía caber todo el universo. Pero mayor simplicidad fue ignorar que el límite de la expansión económica agropecuaria estaba dado por la extensión de las pampas, su fertilidad y la curva de las precipitaciones pluviales.
Mucho más adelante este límite podría ser trascendido corriendo la lana más al sur y al oeste o con la aparición de los sorgos, ampliando la zona agrícola-ganadera hacia tierras entonces consideradas semiáridas, o con la diversificación de la producción agraria en los regadíos o en las zonas tropicales y subtropicales, pero se haría para satisfacción de otros mercados, particularmente el interno al crecer, y esto estaba fuera del presupuesto del "progreso indefinido", que consistía en el intercambio cereal-carne por manufacturas.
También estaba fuera de ese presupuesto la relativa ampliación del espacio pampeano en sentido vertical, agregando algún pisito a la producción, por el mejor manejo de tierras, su abono, o por la aplicación a la genética al cereal de lo que ya se hacía con el refinamiento de las haciendas. En cambio estaba a la vista la disminución de la producción de cereales, inevitable por la erosión o el desgaste de los suelos en sucesivas cosechas expoliadoras y la inmovilización de gran parte de la todavía zona cerealera al convertirse en alfalfares destinados a la invernada de haciendas.
Los límites de ese progreso estaban marcados por la geografía; una vez ocupado el espacio de la pampa húmeda se habría llegado al tope de las posibilidades de la producción previsible para el intercambio con la metrópoli, en cuanto a la cantidad.

RELACIÓN DE LOS TÉRMINOS DEL INTERCAMBIO

En cuanto al precio, el error es más comprensible: todavía la ciencia económica no había esclarecido eso de "la relación adversa de los términos del intercambio", que consiste, simplemente, en saber que el proceso de transformación de la materia prima va incorporando costos a la misma y que éstos son absorbidos, en las distintas etapas de la transformación, por el salario y el capital del país donde se industrializa, de manera tal que las materias primas, en cuanto productoras de riqueza, sólo benefician en la primera etapa al país que las produce y exporta en bruto, mientras se le incorporan riqueza en cada etapa de la transformación, en el país que las transforma.
(Así, al que exporta hierro o lana sólo le queda lo correspondiente a la producción minera o ganadera, mientras que el proceso que va del hierro o la lana a la máquina o el traje va dejando, en el país que importa la materia prima, todos los costos de las sucesivas modificaciones, a los que se incorporan los costos de los instrumentos utilizados, desde el transporte y el seguro, a la remota labor de los que preparan las máquinas usadas en la transformación, sumados a la transformación misma. Con esto quiero decir que la valorización primaria es la única que beneficia al país productor de la materia, mientras que el país transformador incorpora los aumentos, o las economías originadas por el desarrollo técnico, a la capacidad de su propio mercado. Así, si a principios de siglo equis kilos de lana permiten comprar una locomotora, treinta años después hacen falta cinco o seisveces más de lana para el mismo cambio, pues, en el mejor de los casos, el aumento del valor absoluto de la lana es un aumento que no compensa los innumerables aumentos correspondientes a los innumerables momentos de la transformación. Esta aclaración no es exactamente técnica, pero permite dar una idea al profano de en qué consiste ese enunciado un poco misterioso "de la relación adversa de los términos del intercambio").
La estadística al respecto nos puede ilustrar con precisión. Los índices usados traducen la capacidad adquisitiva de 100 unidades de materias primas respecto de los productos manufacturados.

Años Índices
(1958 = 100)
1876/1880 ................................ 147
1901/1910 ................................ 132
1930 .......................................... 105
1938 .......................................... 100

Pero cuando se trata de las materias primas que produce la Argentina la situación se hace mucho más onerosa. Así la relación de precios del intercambio de la Argentina, según la CEPAL ("El Desarrollo Económico de la Argentina", México, 1959, T. I, pág. 20), evoluciona en la siguiente forma:

Año Índice
1949 ................................... 143,8
1953 ................................... 100
1957 ................................... 72,5

Lo que significa que en 10 años el poder adquisitivo de la materia prima argentina en producto industrial importado ha disminuido al filo de la mitad. (Ver nota en el Apéndice).

LA POBLACIÓN

La inmigración vino a satisfacer las exigencias del complejo de inferioridad racial que padeció aquella generación de hispano-americanos avergonzados de su origen y que se liberaban del mismo calificando al resto de connacionales como víctimas de taras congénitas que los hacían inadecuados para la civilización; la promovieron, a pesar de sus reticencias en cuanto a los meridionales de Europa, porque su brazo y su técnica les eran imprescindibles para ese progreso soñado, y en función de ese progreso previeron un crecimiento de población por la continuidad de la ola inmigratoria y el crecimiento vegetativo de los hijos del país nuevo. Así el "progreso indefinido" tenía una meta muy distante que acuñó una frase de ritual conmemorativo : "El día en que cien millones de argentinos irán ante el trono del Altísimo, conducidos por la azul y blanca".
Ni vieron el límite del espacio geográfico apto para la economía que fundaban, ni vieron el límite de la población que cabía en ese espacio y con esa economía; jugaron la suerte definitiva del país a un destino de país chico creyendo que jugaban a la grandeza: creyendo que jugaban a la lotería jugaban a la quiniela; buscando el premio mayor jugaban a las dos cifras.
Cuando el país llegó a la décima parte de la población prevista y fue ocupado totalmente el espacio geográfico destinado a la carne y al cereal, el "progreso indefinido", en el orden agropecuario, se detuvo. En adelante todo progreso significaría una competencia, un factor de perturbación en la estrategia económica prevista para la Argentina y, por consecuencia, todo el aparato de dirección económica que ellos habían dejado en manos del extranjero, por su incapacidad para realizarse como burguesía, se convertiría en el instrumento del antiprogreso.
Con esto creo que queda bien evidenciada la naturaleza real de un debate frecuente en el cual los partidarios del retorno al pasado invocan como su gran argumento el progresismo de aquellas generaciones para oponerlo al progresismo de las nuevas, sin comprender que aquel progresismo apresurado, como economía dependiente, fue el plato de lentejas por el que los primogénitos vendieron las posibilidades de una economía nacional integrada, que fatalmente reclamaría sus derechos una vez cubiertas las precarias posibilidades de aquel progresismo.

OLIGARQUÍA = DEPENDENCIA

O comprendiéndolo. Y aquí dejo la palabra a un economista que nos explicará la alianza de las fuerzas económicas internas correspondientes a ese progreso limitado, con las fuerzas extranjeras que dirigieron y aun dirigen los resortes esenciales de nuestra economía, que quedó en sus manos por la incapacidad de esas mismas fuerzas internas.
Dice Aldo Ferrer ("La economía argentina", Ed. Fondo de Cultura Económica —1963—) : ... Finalmente, dado el papel clave que el sector agropecuario jugó en el desarrollo económico del país durante la etapa de economía primaria exportadora, la concentración de la propiedad territorial en pocas manos aglutinó la fuerza representativa del sector rural en un grupo social que ejerció, consecuentemente, una poderosa influencia en la vida nacional. Este grupo se orientó, en respuesta a sus intereses inmediatos y los de los círculos extranjeros (particularmente británicos) a los cuales se hallaban vinculados, hacia una política de libre comercio opuesta a la integración de la estructura económica del país mediante el desarrollo de los sectores industriales básicos, naturalmente opuesta también a cualquier reforma del régimen de tenencia de la tierra. La gravitación de este grupo no llegó a impedir el desarrollo del país en la etapa de la economía primaria exportadora, dada la decisiva influencia de la expansión de la demanda, externa y la posibilidad de seguir incorporando tierras de la zona pampeana a la producción. Sin embargo, después de 1930, cuando las nuevas condiciones del país exigían una transformación radical de su estructura económica, la permanente gravitación del pensamiento económico y la acción política de ese grupo constituyó uno de los obstáculos básicos al desarrollo nacional.

Con lo dicho queda señalada la miopía de los hombres que desde 1853 han pasado en nuestra historia como los grandes visionarios del destino racional y también el proceso por el cual los continuadores de aquellos "chicatos" ilustres se empeñan en ponerle al país las anteojeras que le impiden encontrar su verdadero camino, pues lo que en aquellos fue miopía en éstos es un estado de conciencia que resulta de la fusión de la estructura de sus intereses actuales con el mantenimiento de nuestra tradicional estructura económica.

GRAN BRETAÑA JUEGA SUS CARTAS

Ahora, dejando a los miopes conviene señalar a quién los condujo con su vista larga, porque siempre junto al ciego hay un lazarillo que lo guía, como el de Tormes, contra el guardacantón.
El progreso agropecuario argentino se iba realizando a medida que el país encajaba como la pieza de un puzzle en la organización económica buscada por el Imperio Británico con su avanzada ideológica: la doctrina manchesteriana.
Si en un principio el Río de la Plata fue considerado por la política de Gran Bretaña como una de las tantas plazas comerciales ultramarinas interesantes al comercio de Su Majestad, el pensamiento se completó después en la fórmula de Cobden (Inglaterra será el taller del mundo y la América del Sur su granja) precisada luego en la conformación exclusivamente agrícola-ganadera que hizo de nuestro país lo que Raúl Scalabrini Ortiz ha llamado "base y arma del abastecimiento británico".
Bastará para señalar lo acertado de esta afirmación leer las instrucciones que da Churchill —ya en nuestros días— a Lord Halifax al encargarle las negociaciones para la intervención norteamericana en la última guerra ("Memorias de Winston Churchill", Tomo VIII Ed. Boston): "Por otra parte nosotros seguimos la línea de EE.UU., en Sud América, tanto como es posible, en cuanto no sea cuestión de carne de vaca o carnero". La expresión de Cobden, América del Sud, se concreta de manera precisa: Río de la Plata. Si aquí Scalabrini Ortiz acuñaba su frase, allá Churchill la ratificaba.
El gran ministro británico lo hacía en el momento más dramático de la historia inglesa, cuando ya no el Imperio sino la misma metrópoli estaba al borde del derrumbe del que sólo podía sacarla el éxito de la misión encomendada; en ese momento toda la América del Sur podía ser objeto de negociación con la metrópoli del Norte, toda, menos el Río de la Plata.

LA DÉCADA INFAME CONFIESA SU JUEGO

Esto nos permite fijar, y para más adelante, el alcance y los límites de ese progreso. Cuando en 1934 el vicepresidente de la República, Dr. Julio Roca, como embajador argentino (negociación del tratado Roca-Runciman) dice en Londres que: "La Argentina forma parte virtual del Imperio Británico", no hace más que confirmar la naturaleza dependiente de nuestra economía como pieza en el puzzle imperial. Si la frase es lesiva para nuestra soberanía y honor nacional y provocó las consiguientes reacciones patrióticas en quienes las sentimos profundamente, esto no ocurrió porque estuviéramos ajenos al conocimiento de esa realidad que, precisamente, estábamos denunciando. Lo indignante era la aceptación como destino definitivo y como finalidad por los gobernantes argentinos cuando ya la miopía de los fundadores no era posible. Porque el Dr. Julio Roca no lo expresaba como la comprobación de un hecho destinado a superarse, sino como ratificación de la conformidad de ese gobierno y los sectores que representaba con la condición de dependencia que allí se reconocía. El Tratado Roca-Runciman lo confirmó, porque fue un compromiso para que al precio de algunas ventajas a un sector dirigente del país se cristalizase definitivamente esa virtual incorporación al Imperio.
Así, las leyes votadas en 1935, y que constituyeron el estatuto legal del coloniaje, tuvieron por finalidad detener cualquier progreso argentino en otra dimensión que pudiera modificar su situación en el puzzle. La política del "progreso" devenía ya la del antiprogreso, y la fuerza que nos había impulsado a andar, era ahora la que nos detenía.
Sintetizando: se aceleró nuestro desarrollo para integrarnos eficazmente en el Imperio. Ahora éste había llegado a los límites técnicamente exigidos y cualquier progreso de otro orden implicaría una alteración de la finalidad propuesta.

PRIMER FRACASO: LA GENERACIÓN CONSTITUYENTE. LIBERALISMO INTERNACIONAL O LIBERALISMO NACIONAL

Es que en toda colonización hay ese momento próspero mientras se avanza hacia el límite óptimo de sus necesidades. Y el frenazo después. He ahí las dos fases de una misma política.
¿La adscripción de la Argentina al sistema de la división internacional del trabajo era inevitable para los vencedores de Caseros? ¿La única perspectiva de progreso que se tenía por delante era la impuesta por la ortodoxia liberal y el libre juego de las fuerzas económicas nacionales e internacionales con que se adoctrinaban?
Ni teórica ni prácticamente era así. Lo que sí puede ser cierto es que las condiciones históricas determinaban la organización capitalista de la producción. Es cierto que era la hora del capitalismo en marcha, pero no la del internacionalismo liberal. Los constituyentes del 53 buscaron su inspiración en las instituciones de los Estados Unidos, y hay aquí que preguntarse por qué se quedaron en las apariencias jurídicas y eludieron la imitación práctica. ¿No entendieron la naturaleza profunda del debate entre Hamilton y Jefferson o la entendieron y vendieron después a las generaciones argentinas desde la Universidad, desde el libro y desde la prensa una interpretación superficial y formulista?
En ese debate está sintetizado el enfrentamiento entre el liberalismo ortodoxo, que implicaba aferrarse a la división internacional del trabajo, y el liberalismo nacional, que construyó los Estados Unidos, que fue el instrumento de su grandeza y le sirvió para delimitar la esfera propia del desarrollo norteamericano por oposición a la subordinación económica a la metrópoli, que hubiera convertido la independencia en una ficción. ¿Entre tanto libro que leyeron "al divino botón" no encontraron una línea de las que habían escrito Carey e Ingersoll, y no tropezaron con un volumen del "Sistema de Economía Nacional" de List, que fueron los teóricos del desarrollo da una economía capitalista nacional, es decir, de un capitalismo y un liberalismo para los norteamericanos o, los alemanes, y no para los ingleses? ¿No sabían que esa heterodoxia que le cortó las alas al águila de la división internacional del trabajo nutrió la gallina prolífica que ponía los huevos para los hijos de su tierra, defendiendo con la protección aduanera el fruto del trabajo nacional y promoviendo el desarrollo interno, con el Estado como propulsor de la grandeza? ¿Por qué se atrevieron a la doctrina liberal como mercadería de exportación para vender a zonzos y no a la doctrina liberal, reelaborada en los Estados Unidos para la construcción de una economía liberal pero integrada?
Y contemporáneamente también, y más adelante, ¿por qué prescindieron del ejemplo de Alemania, que realizó su propia política liberal, pero nacional, empezando por el “zollverein” hasta llegar a la construcción de la gran Alemania cuando el pensamiento político de Bismarck integró el pensamiento económico del mismo List, perseguido por los príncipes como liberal y por los liberales como nacional?
Alemania, hasta ese momento, no había sido más que el mísero país del que habla Voltaire; el campo de batalla de franceses, suecos, austriacos y españoles, en el que nunca había pesado el interés de sus nacionales. Los factores materiales de la grandeza alemana habían estado siempre allí: sus puertos y sus ríos, el genio y la capacidad de trabajo de sus hombres, los bosques en las faldas de las montañas, los granos y las carnes en los valles y las llanuras, el hierro y el carbón en las entrañas de la tierra; todas las condiciones materiales de la grandeza que sólo se manifestaron cuando el pensamiento y la voluntad nacional se articularon para ponerlos a su servicio.
(Conviene recordarlo a los que creen que sólo los factores materiales determinan la historia y subestiman el pensamiento y la voluntad que puede hacer una mísera dependencia de un país rico, y una metrópoli de un país pobre en recursos materiales.)

LA GUERRA DE SECESIÓN: EJEMPLO PRÁCTICO

Pero hubo después en los Estados Unidos la guerra de Secesión: allí se enfrentaron sangrientamente el Norte, liberal nacionalista, con el Sur, adscripto a la producción exclusiva de materias primas, y puede decirse que la verdadera independencia de los Estados Unidos se resolvió en el campo de batalla de Gettysburg. ¿Cómo fue que los promotores de la política liberal internacionalista siempre tratando de imitar a los Estados Unidos, no comprendieron el verdadero sentido de esa guerra, y cómo el "Destino Manifiesto" sólo podía cumplirse a condición de que el país industrial que promovía el desarrollo interno venciese al país de producción primaria que lo obstaculizaba? ¿Lectores pueriles de las doctrinas exportadas como los collares de abalorios para seducir a los indígenas, sólo vieron en aquella página dramática de la vida norteamericana la seducción lacrimógena de "La Cabaña del Tío Tom", sin percibir el trasfondo económico y político de los acontecimientos?

¿Y cómo es posible que generaciones y generaciones de juristas hayan acosado a los estudiantes de derecho y de economía con la vida de las instituciones norteamericanas a través de su permanente evolución, en la jurisprudencia del Supremo Tribunal, sin percibir el hecho económico que rigió y condujo esa construcción jurídica, en la que la vida fue acordándose a las exigencias de la realización económica integral, según el país iba creciendo de la estrecha franja original en el Atlántico hacia el Medio Oeste, los desiertos interiores y la costa del Pacífico, o el desborde sobre la tierra mexicana?
¿Lo vieron o no lo vieron? ¿Traidores o "chicatos"? Esa es la alternativa. En "Política y Ejército" he señalado un factor cultural que también pesó en esa ceguera. Desde el día siguiente de la independencia, directoriales y unitarios, cuyos continuadores habrían de ser los famosos "visionarios", partieron de la urgencia por hacer el país no según lo determinaban sus raíces —como se hace el árbol hasta la copa—, sino según un modelo a trasplantar. Quisieron realizar Europa en América y todo lo que Europa les ofrecía era válido; y sin valor lo que surgía de la realidad. Trabajaron para la destrucción de la Patria Grande, porque, consciente o subconscientemente, les estorbaba a su apuro la montaña, la selva, el río y el hombre, por español, por indio o por mestizo.
Gobernar es poblar, como diría Alberdi, pero despoblando primero como ellos lo hicieron para abrir la tierra a nuevos hombres que imaginaban no iban a ser americanos. Así es como también diría Alberdi, resumiendo sin saberlo el pensamiento original de su grupo: "El mal que aqueja a la Argentina es la extensión". Por eso había que achicarla. Empezó Rivadavia facilitando la segregación del Alto Perú y la Banda Oriental; lo harían los unitarios en los largos años de la guerra civil buscando con la ayuda extranjera la segregación del Norte y la Mesopotamia; lo haría Mitre abriendo un abismo de sangre y de luto con el Paraguay. Siempre estuvieron decididos a achicar el espacio, y así segregaron Buenos Aires frente al gobierno de Paraná. Reducir la patria a la pampa húmeda, fácilmente europeizable, permitía ahorrar tiempo en el camino de la grandeza concebida a través de la pequeñez. Congruentemente fue necesario destruir el Paraguay, que se había puesto a la vanguardia del progreso americano, cerrándole el camino al pernicioso progreso conseguido contra las normas manchesterianas.

EL PROFETA DEL LIBRE CAMBIO Y SUS APÓSTOLES

Y esto no es una afirmación al pasar. Oigámoslo a Mitre en la oración pronunciada saludando a los soldados que venían de desangrarse en los esteros paraguayos: "Cuando nuestros guerreros vuelvan de su larga y victoriosa campaña a recibir la larga y merecida ovación que el pueblo les consagre, podrá el comercio ver inscriptos en sus banderas los grandes principios que los apóstoles del libre cambio han postulado para mayor felicidad de los hombres”.
Y véase ahora esto de Sarmiento que ajusta perfectamente al alcance de esa libertad de comercio y el límite fijado por sus apóstoles: “La grandeza del Estado está en la pampa pastora, en las producciones del Norte y en el gran sistema de los ríos navegables cuya aorta es el Plata. Por otra parte, los españoles no somos ni industriales ni navegantes y la Europa nos proveerá por largos siglos de sus artefactos a cambio de nuestras materias primas”. Así dirá Billinghurst: Llegaremos a exportar manufacturas dentro de mil años, y Vélez Sársfield, autor del Código Civil, codificará en una frase la política de una clase como inseparable del destino argentino: Es imposible proteger a los industriales, que son los pocos, sin dañar a los ganaderos, que son los más. Esa fue la mentalidad de los “visionarios” que sólo alcanzaron a verse la punta de la nariz; ésa la gente que bajé con las Tablas de la Ley del Sinaí del 53.

Así se crearon las condiciones del capitalismo, pero se impidió el surgimiento de un capitalismo nacional al ponerlo en indefensión frente a la economía imperial. Así también, a medida que el progreso de la economía dependiente consolidaba el poder de los intereses extranjeros en el país y ligaban a ellos, como se ha explicado en la cita de Ferrer, los beneficiarios de la economía puramente abastecedora, se hacía más difícil la aparición de una economía capitalista propia. A mayor prosperidad de la economía exclusivamente agropecuaria, mayor dificultad para fundar una economía nacional integrada. Así quedaron excluidas las posibilidades del desarrollo de una política liberal nacional por la rápida expansión de una política liberal internacional. Anotemos como simple curiosidad el hecho que se ha señalado más arriba: en la deformación mental que hizo posible que la inteligencia argentina aceptara ese hecho la irrisión llegó hasta el punto de que el ejemplo de los Estados Unidos que hubiera servido para fundar una economía nacional integrada, fuera utilizado para impedirlo.

LA ARGENTINA PREINDUSTRIAL

¿Pudo, a nivel histórico 1853, planearse una política económica nacional? ¿Existía la posibilidad de surgimiento de una burguesía nacional que cumpliera ese papel?
Existía. Y Juan Manuel de Rosas había sido su máxima expresión. Lo que hay que saber es si Rosas no fue combatido por eso mismo y si el propósito de los vencedores no fue precisamente aniquilar toda posibilidad de economía integrada, que él acababa de demostrar. Vencido políticamente, quedaba su camino económico para recorrer.
Rosas es uno de los pocos hombres de la alta clase que no desciende de los Pizarros de la vara de medir que en el contrabando y en el comercio exterior fundaron su abolengo. Por eso no tuvo inconveniente en ser burgués. Fundó la estancia moderna y después fundó el saladero para industrializar su producción, y fundó paralelamente el saladero de pescado para satisfacer la demanda del mercado interno. Y defendió los ríos interiores y promovió el desarrollo náutico para que la burguesía argentina transportara su producción; integró la economía del ganadero con la industrialización y la comercialización del producto y le dio a Buenos Aires la oportunidad de crear una burguesía a su manera. Pero además, con la Ley de Aduanas, de 1835, intentó realizar el mismo proceso que realizaba los Estados Unidos; frenó la importación y colocó al artesanado nacional del litoral y del interior en condiciones de afirmarse frente a la competencia extranjera de la importación, abriéndole las posibilidades que la incorporación de la técnica hubiera representado, con la existencia de un Estado defensor y promovedor, para pasar del artesanado a la industria1.
Pequeño intento, se dirá, pero para muestra basta un botón. Un botón construido mientras los unitarios, en insurrección permanente, obligaban a la guerra constante, y los grandes Imperios de la hora. Francia e Inglaterra y el vecino Brasil, agredían las fronteras argentinas, atacaban la navegación, bloqueaban los puertos, cañoneaban las fortificaciones y desembarcaban sobre nuestro territorio con la complicidad de sus aliados internos.
Pequeña muestra, pero grande si se ve lo que ocurrió después.
Transcribo, también de "Política y Ejército", lo que sigue: "Martín de Moussy señalaba los efectos de la libertad de comercio que Mitre había inscripto en las banderas del Ejército según su arenga: La industria disminuye día a día a consecuencia de la abundancia y baratura de los tejidos de origen extranjero que inundan el país y con los cuales la industria indígena, operando a mano y con útiles simples, no puede luchar de manera alguna.”
Dice José María Rosa: Los algodonales y arrozales del Norte se extinguieron por completo. En 1889 el primer Censo Nacional revelaba que en provincias enteras apenas si malvivían madurando aceitunas y cambalacheando pelos de cabra. ("Defensa y pérdida de la Independencia económica"). Ramos, de quien extraigo esta cita ("Revolución y Contrarrevolución en la Argentina"), nos informa que en 1869 había 90.030 tejedores sobre una población de 1.769.000 habitantes, y en 1895 sólo quedaban 30.380 tejedores en una población de 3.857.000. Lejos de importar máquinas de producción, el capitalismo europeo en expansión nos enviaba productos de consumo. No venía a contribuir a nuestro desarrollo capitalista, sino a frenarlo.

LA POSIBLE BURGUESÍA FRUSTRADA DE LA "PATRIA CHICA"

Ni los pálidos exiliados de Montevideo que echaron sebo después de Caseros, ni los generales uruguayos brasileristas traídos por Mitre para la guerra de exterminio de la población nativa, ni los pobretones doctores de la Constituyente, podían haber constituido una burguesía. Pero estaba vivita y coleando esa burguesía federal que se le había dado vuelta a Rosas después de la derrota o en sus vísperas, con la parentela del "tirano" a la cabeza, y ese mismo Dr. Vélez Sársfield, que venía directamente de los salones de Manuelita. Ellos pudieron pesar para que, aceptando la estructura liberal que se plagiaba de los Estados Unidos, se condicionase ésta al interés nacional como los mismos Estados Unidos habían hecho, asumiendo ellos mismos el papel económico que el "dictador" había representado y sostenido.
Pero aquellos doctores habían adquirido ya el hábito de actuar como agentes internacionales, y lo siguieron haciendo desde sus bufetes donde fundaron la dinastía de los abogados de empresas y maestros del derecho y la economía conveniente a la política antinacional. Los burgueses de Buenos Aires prefirieron disminuir los recursos de la Aduana —que a Rosas le habían servido para establecer el orden nacional— para facilitar el orden de la dependencia y excluyeron la protección económica que significaba la posibilidad de integrar una economía.
Desde Pavón se aplicó la política del país chico. Ahora los recursos aduaneros, que se limitaban y habían servido para pelear contra lo extranjero, serían útiles para aniquilar al interior; y la protección, que había sido la defensa económica de éste, desaparecía para abrir camino al importador. Ahora el interior no es más que un desgraciado remanente del país hispanoamericano, sólo tolerable en la medida que no estorbe la adaptación de las pampas al destino que le tenía reservado la división internacional del trabajo. Es lo que le permitiría decir a Sarmiento: "Pudimos en tres años introducir cien mil pobladores y ahogar en los pliegues de la industria a la chusma criolla inepta, incivil, ruda, que nos sale al paso a cada instante". Pero ya sabemos de qué industria habla Sarmiento, según lo dicho más arriba.

SEGUNDO FRACASO: LA BURGUESÍA PROSPERA SE SIENTE ARISTOCRACIA

Hacia el 80 se abre otra perspectiva. Es el momento en que comienza la brusca expansión agropecuaria del país.
Aldo Ferrer (Op. cit.) sintetiza de manera general el proceso de integración de los países productores de materias primas en el mercado mundial. Dice (pág. 96) : "La apertura de los mercados europeos a la producción de alimentos y materias primas del exterior fue consecuencia del proceso de industrialización de los países de Europa, la Especialización creciente de éstos en la producción manufacturera y la mejora de los medios de navegación de ultramar que rebajaron radicalmente los costos de transporte. Esto abrió en las economías de los países ajenos a la revolución tecnológica y a la industrialización de la época, llamados más tarde de la periferia, grandes posibilidades de inversión en las actividades destinadas a producir para los mercados de los países industrializados. Naturalmente, según se apuntó antes, los que más posibilidades ofrecían fueron aquellos de grandes recursos naturales y escasa población". Señala más adelante, llamando a estos países de "espacio abierto", que "la Argentina fue un caso típico de integración a la economía mundial de un espacio abierto". Agrega, también, que las "inversiones se presentaron tanto en las actividades puramente exportadoras como en la ampliación del capital de infraestructura, particularmente transportes, y también en los campos vinculados a las actividades de exportación, sus mecanismos comerciales y financieros, y en el desarrollo de actividades destinadas a satisfacer las demandas de países periféricos".
Ya Scalabrini Ortiz en su "Historia de los FF.CC. Argentinos" ha mostrado cómo la inversión fue muy relativa y se hizo por capitalización del trabajo nacional; lo mismo puede decirse de los servicios públicos en general, uno de los cuales, el de la electricidad, ha historiado minuciosamente Jorge del Río. En cuanto a los mecanismos comerciales y financieros, conviene recordar que los exportadores y los importadores se financiaron antes y después del IAPI, a través de la banca por el ahorro nacional, es decir que lo mismo que el IAPI, pero con la correspondiente diferencia de destino de los márgenes que resultan del comercio exterior. Estos márgenes se convierten con el sistema restablecido después de 1955, en nuevas inversiones extranjeras cuando no son utilidades que se van.
Pero dejando de lado la cuestión del origen de esas inversiones, el hecho que anota Ferrer es el mismo que hemos señalado poniendo las iniciales a la política inteligentemente trazada; las inversiones en la infraestructura no están dirigidas a desarrollar el país sino a facilitar su deformación en el sentido de un desarrollo dependiente.
La clase propietaria de la tierra, enriquecida bruscamente por la ampliación de sus dominios con la Conquista del Desierto, por el orden y la juridicidad, por el progreso técnico —alambrados, aguadas, genética, etc.—, por la contribución de los brazos inmigratorios y, sobre todo, por la demanda mundial dirigida a las producciones de la pampa húmeda, ha cuidado minuciosamente de mantener su hegemonía territorial, limitando por esto mismo la posibilidad de la formación de una fuerte burguesía de origen inmigratorio que podría haber nacido de una mejor distribución de la tierra y de una más amplia distribución de los frutos del trabajo.

EL ROQUISMO Y LA APARICIÓN DE UNA IDEA INDUSTRIALISTA

Pero en cambio el interior ha vencido a los portuarios y la federalización de Buenos Aires abre las perspectivas de una visión política nacional sustituyendo la exclusivamente porteña. Otro pensamiento económico que el vigente hasta ese momento acompaña a los vencedores. Avellaneda, con la modificación de la Tarifa de Avalúos, parece volver a la política económica señalada por Rosas. Están los dos Hernández, Vicente López, Roque Sáenz Peña, Estanislao Zeballos, Nicasio Oroño, Carlos Pellegrini, Amando Alcorta, Lucio Mansilla, el mismo Roca. Pellegrini sintetizará el pensamiento de esa generación: "No hay en el mundo un sólo estadista serio que sea librecambista en el sentido que aquí entienden esa teoría. Hoy todas las naciones son proteccionistas, y diré algo más: siempre lo han sido, y tienen fatalmente que serlo para mantener su importancia económica y política. El proteccionismo puede hacerle práctico de muchas maneras, de las cuales las leyes de Aduana son sólo una, aunque sin duda la más eficaz, la más generalizada y la más importante. Es necesario que en la República se trabaje y se produzca algo más que pasto"
En el plano de la inteligencia política las cosas han cambiado; la generación del 80 parece no estar arrodillada ante "los apóstoles del libre cambio", como Mitre, ni creer en la ineptitud congénita de los argentinos como Sarmiento. Con Roca llegan al gobierno nacional, si no la "chusma incivil" que dijo el sanjuanino, la "gente decente", los principales de provincia cuyos intereses difieren de los portuarios.
Pero todo queda en vagos enunciados teóricos. Primero la lana, después la carne y los cereales, multiplican las cifras de la exportación; el roquismo, como tentativa de grandeza nacional, se desintegra en las pampas vencido por los títulos de propiedad que adquieren sus primates, ahora estancieros de la provincia.

UNA TRISTE PÁGINA DE HISTORIA

Quizá una de las páginas más tristes de la historia argentina es aquella entrega de la banda y el bastón que el general Roca hace al nuevo presidente Quintana. Es el mismo Quintana abogado del Banco de Londres y América del Sud que habla amenazado al ministro de Relaciones Exteriores de Avellaneda, Bernardo de Irigoyen, con movilizar la escuadra inglesa por un incidente bancario en el Rosario.
Esos eran sus títulos, y los de gran señor con su atuendo londinense, su oficio y filiación política mitrista que definen su ideología.
Abelardo Ramos (Op. Cit. Tomo II) nos relata el episodio:
Rodeado de un puñado de amigos y con un velo melancólico en sus ojos saltones, el general Julio Argentino Roca entregaba las insignias del mando al Dr. Manuel Quintana, con su perilla blanca, retobado y despreciativo, enfundado a presión en su célebre levita.
... El mandatario saliente pronunció algunas banales palabras de cortesía. Quintana contestó al ceñirse la banda presidencial: “Soldado como sois, transmitís el mando en este momento a un hombre civil. Si tenemos el mismo espíritu conservador, no somos camaradas ni correligionarios y hemos nacido en dos ilustres ciudades argentinas más distanciadas entre sí que muchas capitales de Europa”. En esta respuesta desdeñosa, Quintana componía su autorretrato: se había sentido siempre más próximo a Londres que a Tucumán. Su alusión al común espíritu conservador no era menos que transparente: comprendía perfectamente el íntimo sentido de la declinación del roquismo y su incorporación al “statu quo” de la oligarquía triunfal.
Del soldado de Pavón, la Guerra del Paraguay, Santa Rosa y la Conquista del Desierto al estanciero de “La Larga”. Lo que no pudieron las armas lo hizo la estancia. Continuaría su hijo el mismo camino de declinaciones que ahora se rubricaban con la traición a Pellegrini.
En su mensaje al Congreso, Quintana sería más concreto advirtiendo sobre el final de toda tentativa de economía nacional. Se imponía reducir los impuestos, ahorrar en los gastos públicos y renunciar a “ciertos excesos del proteccionismo aduanero”. El mismo autor agrega que se renunciaba a la orientación proteccionista que había sido una forma desde la presidencia de Avellaneda en 1875 y que a pesar de su moderación había permitido crear las industrias nacionales en el último cuarto de siglo de la influencia roquista. Quintana agregaría en el mensaje; “... corregir las tarifas de otras naciones y aplicarlas sobre avalúos de verdad... moderar la protección de industrias precarias si hemos de asegurar con ello la prosperidad de las industrias capitales”.

LOS “CIVILISTAS” UTILIZAN A LOS MILITARES

Desde entonces, con una sola excepción, los generales que llegaron al poder terminan por entregarlo a civiles que enuncian estos “sanos” propósitos bajo la mirada complacida de las metrópolis económicas; convierten las armas nacidas para instrumento de la grandeza nacional en el recurro cómodo de esa clase de civilidad de que Manuel Quintana puede ser el símbolo.
Esto es lo que en definitiva dice también José Luis Imaz al hablar de las Fuerzas Armadas en "Los que Mandan" (Ed. Eudeba): Sin funciones manifiestas —no ha habido guerras—, el aparato bélico de las FF.AA. ha terminado por ser visualizado, por todos los grupos políticos, como instrumento potencialmente útil para satisfacer sus propios objetivos. Así, el recurso de las FF.AA. como fuente de legitimación ha terminado por ser una regla tácita del juego político argentino.
La regla es válida para la generalidad de los golpes militares, con sus "Batallones de Empujadores” y sus "Regimientos de Animémonos y Vayan" (civiles), que se saben herederos pero no para el caso de 1913 que se engloba en el juicio. Aquí el Ejército falló a los viejos partidos políticos, a quienes el juego se les fue de la mano. Lo que sucedió al golpe de Estado fue un proceso nuevo y distinto que instrumentó la única tentativa seria de economía nacional que hemos tenido. Porque la cuestión que define el hecho militar, es la de saber si éste se produce para restablecer el status quo de los viejos partidos políticos como guardianes de la economía dependiente, o para abrir las perspectivas de una política nacional para el país y para el mismo ejército, rompiendo el esquema preestablecido en obsequio al acceso al poder de la parte de sociedad capaz de realizarse nacionalmente porque no está ligada a la vieja estructura.
Pero no nos apartemos del tema que es el fracaso de la burguesía.
La burguesía argentina fracasa pro segunda vez.

FRACASAN LOS DEL "OCHENTA"

Ese momento de la incorporación de las pampas al mercado mundial, también ocurrió en Estados Unidos con sus cereales y carnes.
Entonces la burguesía norteamericana capitalizó la riqueza así generada. Complementó la producción con el manejo de la comercialización, de la navegación y de la banca. No se limitó a producir y vender sobre el lugar de producción entregando la parte del león a los exportadores. La hizo suya, la reinvirtió y proyectó los recursos logrados sobre el desarrollo interno, acompañando la marcha hacia el Oeste.
Ya hemos visto que la burguesía inmediata a Caseros fue incapaz de continuar el papel económico señalado por Juan Manuel de Rosas. Puede ella justificar su incapacidad para cumplirlo en la gravitación de las ideologías, en la caída del pensamiento nacional, en la conducción política en manos del odio que quería borrar todo el pasado, y en su propia debilidad económica para emprender en ese momento la tarea.
Pero la situación es muy distinta del 80 en adelante; esa burguesía se encuentra bruscamente enriquecida y plena de poder. Tiene conductores políticos que señalan un rumbo de economía nacional; las provincias pesan en las decisiones del Estado; sólo les basta asumir su papel como burguesía ilustrándose con el ejemplo de sus congéneres contemporáneos de los EE.UU. y de Alemania. Y, sin embargo, no lo cumple; por el contrario, absorbe en sus filas a los políticos y pensadores que pudieron ser sus mentores, los incorpora a sus intereses y los somete a las pautas de su status imponiéndoles, junto con su falta de visión histórica, la subordinación a los intereses extranjeros que la dirigen.

LOS AUSENTISTAS EN SU HORA DE "MEDIO PELO"

Es que esa burguesía de los descendientes de los Pizarro de la vara de medir prefiere creerse una aristocracia. Es la alta clase ausentista que reproduce en sus estancias los manors británicos y en sus palacios a la francesa el estilo de la alta sociedad parisiense. Es la burguesía ausentista que sube, en París y en Londres, la escalera del refinamiento finisecular después de haber saltado los escalones del rastacuero y se identifica con las grandes metrópolis del placer, la cultura, el dinero; entrega sus hijos a manos de "misses" y "mademoiselles" o a colegios pensionados de dirección extranjera, cuando no extranjeros directamente; se desentiende de la conducción del país, que deja en manos de protegidos de segunda fila —con todo, mejores que ella, porque no se han descastado totalmente—. Imita a la burguesía norteamericana en el dispendio y le disputa el matrimonio de sus hijas con los títulos de la nobleza tronada. Pero pretende ser una aristocracia, a diferencia de la "yanqui", que en su simplicidad arrogante se afirma como burguesía.
Carga sobre la espalda de esa burguesía argentina el complejo de inferioridad anti-indígena. anti-español y anti-católico, y en lugar de ser como la "yanki", ella misma, prefiere ser imitadora de la alta clase europea. Tal vez remedando al príncipe de Gales, que después será Eduardo VII es un poco continental y un poco isleña y fabrica ese híbrido anglo-francés que después traslada a Buenos Aires en la arquitectura, en los modos y hasta en el lenguaje.
Los racistas habituales imputarán este fracaso psicológico de los terratenientes argentinos a la supuesta incapacidad hispánica heredada, cuando si de algo se ocuparon esos "burgueses" es de borrar toda huella de lo español.
Puestos a imitar, no imitaron a esta burguesía poderosa y constructiva y sólo quisieron reproducir la imagen de los landlords en sus dominios territoriales. Anticipan el "medio pelo" contemporáneo en su arribismo de aquella etapa, porque en París y en Londres son el "medio pelo" de la alta sociedad; "medio pelo" que cree cotizarse por sus propios valores, hasta que la declinación de la divisa fuerte le destruye todo el fundamento de su prestigio internacional1.

BUENOS AIRES Y SU CITY

No supieron ser en su país los hombres de la "city" y la "city" fue extranjera. Por la estúpida vanidad de esa clase, el país frustró la ocasión de capitalizar para el desarrollo nacional la oportunidad que la historia le brindaba. Dilapidaron en consumo superfluo la parte de la renta nacional que la burguesía extranjera les dejó a cambio de la renuncia de su función histórica; cuando la divisa fuerte se acabó dejaron de ser ''los ricos del mundo" y volvieron para ser "los ricos del pueblo", no en razón de la riqueza que pudieron crear, sino del privilegio que les permitió acumular su condición de titulares del dominio, en la valorización de las tierras originada en la transformación y lo poco que invirtieron en la producción primaria. Volvieron a cuidar aquí ese orden en virtud del cual, ya pobres en el mundo, se les permitía ser ricos en el país por comparación con los más pobres, a condición de garantizarle a la infraestructura extranjera de la producción el cómodo usufructo del intercambio.
Así, la expansión agropecuaria, que fue la más grande oportunidad que tuvo el país de capitalizarse, como consecuencia del fracaso de su burguesía sirvió para consolidar su situación de dependencia.
En la medida que esa clase no cumplió el papel que correspondía a una burguesía, se resignó a ser la fuerza interna dependiente cuya misión ha sido impedir toda modificación de la estructura. Es lo mismo que pasa con los ejércitos en todos los países periféricos: o intentan la realización nacional cumpliendo como tales con su destino histórico, o se convierten en una mera policía del orden conveniente a los de afuera. Esa diferencia que hay entre el soldado y el cipayo ocurre en el orden económico según la burguesía cumpla funciones nacionales o simplemente sea un sector dependiente.

LOS "PROGRESISTAS" DEVIENEN ANTIPROGRESISTAS

Cuando la producción agropecuaria llegó a los topes previsibles y la población siguió creciendo, ya no sólo dejó de cumplir su papel como burguesía, ante el peligro de que la realidad, imponiendo las leyes de la necesidad, alterase la estructura a que se ligaba. De la euforia del progreso y su hipertensión, que vivió tirando manteca al techo, pasó a la lipotimia del miedo a la grandeza.
Quiero aquí recordar la frase de ritual de la vieja oligarquía que he dicho al principio de la nota: '"Cien millones de argentinos conducidos por la azul y blanca ante el trono del Altísimo". Y agregar dos citas que no me cansaré de reiterar, porque definen los dos extremos entre la euforia de los triunfadores y la derrota de los sometidos que quieren someter el país.
En 1956 el Dr. Ernesto Hueyo, ex ministro de la Década Infame y personaje representativo de su clase, sostiene en un artículo de "La Prensa" que el país tiene exceso de población y sólo se le ocurre una solución: que emigre el excedente de argentinos innecesario para la economía pastoril. En 1966 el presidente de la Sociedad Rural, Sr. Faustino Fano —un nuevo incorporado a la alta clase— expresa el pensamiento de la misma diciendo en el habitual banquete de la prensa extranjera —donde los primates del país van a dar examen de buena conducta e higiene mental— que la población conveniente a la República está en la relación de cuatro vacunos por cada hombre. Ajustándonos al cálculo de este último, y partiendo de una existencia presumible de 45 a 50 millones de vacunos, hoy no debería tener más de 12 millones de habitantes. Si tiene 25 millones se ha excedido en el 100 por ciento. ¡A esto ha llegado la élite que se dice continuadora de la que jugaba a los 100 millones de habitantes y los prometía ante el trono del Señor!
Y lo terrible es que tiene razón si el esquema económico argentino ha de ajustarse al destino que le tienen reservado al país los que se creen sus dirigentes por derecho propio, los que habitualmente sacan al Ejército de sus cuarteles, los que habitualmente vuelven a meterlo en los mismos y los que ponen al frente de la economía a los expertos profesionales que se turnan en su dirección.

EN LOS LIMITES DE LA PAMPA

En 1914 —y no en 1930, como lo entiende Ferrer— el país ha llegado al límite potencial de su riqueza agropecuaria. Habrá coyunturas circunstanciales, como la excepcional demanda posterior a la primera guerra o la falta de competencia internacional, o condiciones climáticas extraordinarias que permitan en algunos años superarlo.
De todos modos se sumará a los factores adversos la cada vez más adversa relación de los términos del intercambio; ya ni el préstamo internacional ni los saldos favorables de la balanza comercial podrán compensar la demanda creciente del mercado interno, que, además, afecta los saldos exportables, ni tampoco el servicio de amortizaciones y de intereses. Todo lo que el país avance sólo dependerá de la expansión del mercado interno —de lo que el país sea capaz de producir y consumir para sí, es decir, de la diversificación de la producción y el alza de los niveles de consumo generada por el desarrollo de las fuerzas internas, de la producción al salario—, de su capacitación para integrar una economía nacional que no repose en los saldos del comercio exterior. Este dejará de ser eje para ser sólo complementario, como lo es en EE.UU. y en todos los países que los "'expertos" cipayos nos proponen como ejemplo. Ese problema de población que preocupa a Hueyo y a Fano, la eliminación del excedente de 13 millones de habitantes, sólo tiene dos soluciones: el genocidio que puede consistir en el no te morirás, pero te irás secando de un pueblo condenado a la miseria endémica, que además facilite mano de obra barata para complacer con el bajo costo "el mercado tradicional", o tomar el toro por las astas —el toro o el dueño del toro— y marchar hacia la integración de la economía.
Para un argentino no hay otra alternativa que la segunda solución en lo inmediato. En lo mediato, volver a la expansión internacional, pero con la producción y los mercados diversificados.

AVANCES Y RETROCESOS

Desde 1914 estamos en eso: en la lucha del país nuevo y real con el país viejo y perimido, que para vivir él impide el surgimiento de nuestras fuerzas potenciales. Es un andar y desandar continuo; un avanzar tres pasos y retroceder dos. En ese andar hacia adelante muchos sectores del interior han encontrado su solución transitoria en el crecimiento del mercado del litoral y sólo por él; el algodón del Chaco, el vino y la fruta de Mendoza y Río Negro, la yerba y el té de Misiones, los citrus de la Mesopotamia y del Norte, el tabaco, el azúcar, el arroz y la variada gama de productos que han permitido avanzar a algunas provincias de las condenadas a vegetar miserablemente en el mecanismo exportador-importador del litoral.
Las dos grandes guerras, la de 1914 y la de 1939, y la neutralidad mantenida a pesar de todas las presiones, rompieron en dos oportunidades críticas el esquema agro-importador y dieron lugar a un incipiente desarrollo industrial en la primera, que tuvo carácter mucho más, definido y profundo en la segunda. Las condiciones históricas favorables fueron relativamente acompañadas en la primera oportunidad, por el gobierno de Yrigoyen, con medidas imprecisas pero que ayudaron, como el cierre de la Caja de Conversión, el incremento de la actividad del Estado como promotor y el primer reconocimiento de los trabajadores como fuerza dinámica de la realización argentina en la segunda, desde la política inicial de Castillo, con la creación del Banco Industrial y la creación de la Marina Mercante, a la decidida y enérgica política de Perón, ejecutada audazmente por Miranda y con la efectiva acción de los trabajadores que, con la lúcida conciencia de su papel, ocuparon el lugar vacante de la burguesía en la conducción nacional, pues la burguesía que surgía entonces, al amparo de condiciones favorables, tampoco tuvo conciencia de su valor histórico ni de la línea política de sus intereses.
1930 y 1955 son fechas equivalentes, y la Década Infame y la Revolución Libertadora se identifican en los fines, en la técnica revolucionaria, en los equipos de gobierno y en el mismo aprovechamiento de las fuerzas militares destinadas al increíble papel de frenar la grandeza nacional y cerrarle al país —cuya expresión armada de potencia son— el camino que les abriría la posibilidad de ser potencia.
No se trata aquí de hacer el análisis de la política económica del gobierno caído en 1955. Sólo bastará con decir que, cabalgando la única tentativa de política económica nacional en gran escala después del precario ensayo que pudo hacer Rosas. (Ésta analogía que quiso ser injuriosa resultó un cumplido y lo resultará cada vez más a medida que se vaya conociendo la historia verdadera de las “Tiranías Sangrientas” y la de sus adversarios). El establecimiento de prioridades, la concentración de la banca y el manejo de las divisas para proyectar sus recursos sobre las mismas, el manejo del comercio de exportación y el control de la infraestructura económica y la paralela redistribución de la renta, con la consiguiente promoción social del país, son caminos que habrá siempre que recorrer, corrigiendo errores, perfeccionando aciertos y aportando nuevas soluciones y perspectivas, porque son los únicos caminos posibles de una integración económica nacional.

EL TERCER FRACASO DE LA BURGUESÍA

Esta vez también la burguesía traicionó su destino. Y ahora no fue la burguesía tradicional, ya ligada definitivamente al anti-progreso como expresión del país estático frente al país dinámico, porque el proceso de desarrollo que se cumplió en la etapa 1945-1955 significaba la oportunidad de la aparición de un capitalismo nacional con fines nacionales.
Era el avance hacia una frontera interior de progreso donde todavía el capitalismo tiene un amplio margen de posibilidades y una tarea que cumplir. También los trabajadores lo comprendían, demandando como precio el ascenso social que ese avance generaba, aceptando los márgenes de capitalización y reclamando sólo una distribución digna de la capacidad del consumo. Sociedad ésta signada por el inmigrante con la voluntad de los ascensos individuales, levantó con el mismo sentido las masas criollas del interior secularmente resignadas a ser marginales de la historia; el movimiento social tuvo así características propias del país, en que se conjugaron la demanda gremial de las reivindicaciones gregarias y la individual afirmación de las posibilidades personales; porque el movimiento social se da en un país de frontera interior en las dos dimensiones que la riqueza en expectativa permite, lo mismo que la fluidez de las situaciones de trabajo, originadas en una economía de expansión.

EL MEDIO PELO Y LA NUEVA BURGUESÍA

A la sombra de esa expansión del mercado interno y el correlativo desarrollo industrial surgió una nueva promoción de ricos, distinta a la de los propietarios de la tierra que venía de las clases medias, y aun del rango de los trabajadores manuales, y se complementaba con una inmigración reciente de individuos con aptitud técnica para el capitalismo.
Pero esta burguesía recorrió el mismo camino que los propietarios de la tierra, pero con minúscula.
Bajo la presión de una superestructura cultural que sólo da las satisfacciones complementarias del éxito social según los cánones de la vieja clase, buscó ávidamente la figuración, el prestigio y el buen tono. No lo fue a buscar como los modelos propuestos lo habían hecho a París o a Londres. Creyó encontrarla en la boite de lujo, en los departamentos del Barrio Norte, en los clubes supuestamente aristocráticos y malbarató su posición burguesa a cambio de una simulada situación social. No quiso ser guaranga, como corresponde a una burguesía en ascenso, y fue tilinga, como corresponde a la imitación de una aristocracia.
Eso la hizo incapaz de elaborar su propio ideario en correspondencia con la transformación que se operaba en el país, hasta el punto que los trabajadores tuvieron más clara conciencia del papel que les tocaba jugar a esa clase. Basta leer, después de 1955, la literatura sindical y la de la burguesía —con la sola excepción parcial de la CGE— para verificarlo.
Esta nueva burguesía evadió gran parte de sus recursos hacia la constitución de propiedades territoriales y cabañas que le abrieran el status de ascenso al plano social que buscaba. Fue incapaz de comprender que su lucha con el sindicato era a su vez la garantía del mercado que su industria estaba abasteciendo y que todo el sistema económico que le molestaba, en cuanto significaba trabas a su libre disposición, era el que le permitía generar los bienes de que estaba disponiendo. Pero, ¿cómo iba a comprenderlo si no fue capaz de comprender que los chismes, las injurias y los dicterios que repetía contra los "nuevos" de la política o del gremio eran también dirigidos a su propia existencia? Así asimiló todos los prejuicios y todas las consignas de los terratenientes, que eran sus enemigos naturales, sin comprender que los chistes, las injurias y los dicterios también eran válidos para ella. Como los propietarios de la tierra en su oportunidad, perdió el rumbo. Pero no se extravió como la vieja clase en los altos niveles del gran mundo internacional. Se extravió aquí nomás, entre San Isidro y La Recoleta, y no la llevaron de la mano los grandes señores de la aristocracia europea, sino unos primos pobres de la oligarquía que jugaron ante ella el papel de vieja clase.
El tema del "medio pelo" es un filón inagotable para humoristas del lápiz y de la pluma. Tanto han "cargado" éstos que parece inexplicable la subsistencia de la actitud que lo caracteriza. Esto revela que se trata de algo más que una de esas modas pasajeras que constituyan las frivolidades de nuestra tilinguería; es que estamos en presencia de un verdadero status correspondiente a un grupo social ya conformado.
Si este grupo social estuviera aislado no tendría importancia y hasta podríamos agradecerle la diversión que nos proporciona su espectáculo; pero lo grave es que ejerce magisterio y se extiende hasta ir absorbiendo la nueva burguesía y parte de la clase media con sus pautas de imitación, con su calcomanía de una supuesta aristocracia, y esto perjudica al país en el momento que reclama una urgente transformación que debe contar con el empuje creador de la clase hija de esa transformación, en riesgo de cometer el mismo error de la burguesía del 80, confundiendo esta vez el oro fix de sus mentores porteños con el oro viejo de los que guiaron a aquellos.

CAPITULO II

LA SOCIEDAD TRADICIONAL

FUNDACIÓN DE BUENOS AIRES Y DESPUEBLE

El "Diccionario de los conquistadores del Río de la Plata", de Lafuente Machain, sólo incluye por excepción algún apellido correspondiente a la actual guía social de Buenos Aires; en cambio son frecuentes en los sindicatos, tanto en los "cabecitas negras" provenientes del interior, como en gente de origen paisano de la provincia de Buenos Aires.
Es que a diferencia de Europa —donde la sociedad aristócrata proviene de la nobleza feudal— en Buenos Aires la alta clase es directamente de origen burgués.
Allá los estamentos feudales, basados en el dominio territorial y en la espada, fueron penetrados por la burguesía a medida que el desarrollo del estado moderno rompía la estructura política feudal, paralelamente con la desaparición del aislamiento geográfico. Aquí la alta sociedad no proviene de un feudalismo prexistente: nace directamente de la incorporación del Río de la Plata al mercado mundial; es burguesa desde sus orígenes.
Buenos Aires se funda como un fuerte y la plata de su engañoso reclamo metálico no existe. Tampoco la posibilidad de la encomienda que permite asentarse a los colonizadores sobre una base de vasallos o siervos, en un remedo de la sociedad medieval europea. Además de la falta de mano de obra indígena, el clima y el suelo no son propicios al establecimiento de la plantación, en la que el esclavo pudiera reemplazarlos. Ni existen ganados, ni la agricultura del clima templado es posible porque el transporte marítimo, a una distancia tan grande como la del extremo sur, sólo es hábil con su menguado tonelaje para el comercio de los metales preciosos o las mercaderías agrícolas de primera como el añil, el tabaco, el algodón, el azúcar, etc., que toleran altos fletes.
Así la propiedad privada de la tierra no tiene sentido más allá de las pocas chacras necesarias para el abastecimiento del fuerte. Buenos Aires no es más que “una puerta de la tierra”, pero de entrada, no de salida, en el camino al Perú de los metales. Su creación es una exigencia política que Gil Munilla esclarece en su libro sobre la fundación del Virreynato del Río de la Plata: poner un obstáculo al avance portugués y crear una base en el Atlántico Sur para cerrar el acceso del estrecho de Magallanes a los navíos holandeses e ingleses cuyo objetivo son los puertos en el Pacífico.
El fuerte fundado por don Pedro de Mendoza carece de abastecimientos y no puede subsistir: sus pobladores emigran al Paraguay, donde se establecen.
Allí el repartimiento de los indios, más dóciles y abundantes, y que conocen algunas artes de agricultura, y la variedad de los frutos de la tierra que proporciona alimentos sustitutivos o complementarios de los habituales del europeo, hacen posible una economía doméstica de auto-satisfacción1.

SEGUNDA FUNDACIÓN

De Asunción bajan ochenta años después, con Juan de Garay, los autores de la Segunda Fundación. Pero las circunstancias han cambiado por el milagro de la multiplicación de las haciendas provenientes de Europa: las pampas se han poblado de baguales y cimarrones y esta nueva riqueza hará del nuevo fuerte una villa y de la villa una metrópoli. Así vacunos y yeguarizos signarán por siglos el destino del Río de la Plata constituyendo su riqueza básica, sobre un medio geográfico que parece estuvo a la expectativa de este destino desde los orígenes de los tiempos2.
Ahora el mantenimiento y prosperidad de la fundación está asegurado porque existe su base elemental: la alimentación proporcionada sin necesidad de una mano de obra prexistente, en una ganadería que más se aproxima a la caza que a la producción rural. Además, los nuevos pobladores tienen experiencia americana: son los "mancebos" de la tierra, hijos puros de españoles o mestizos, hábiles ya en las artes necesarias para la vida americana. Sobre la base del abastecimiento de carnes y cueros —cuyo aprovechamiento en sustitución de otros recursos permite hablar de una "civilización del cuero"— los repartimientos de las tierras colindantes con la villa bastan para complementar, desde las "chácharas", el mantenimiento de la misma con tambos y huertas.
Es una economía como la asunceña, autosuficiente, sin perspectivas de riqueza, con intercambios domésticos, modestas construcciones y hábitos elementales de convivencia social.
La misma ganadería, que ha resuelto el problema de la subsistencia, provocará el cambio incorporando a Buenos Aires al mercado mundial, dando vida al puerto que genera la base de una economía burguesa de riqueza en expansión. De aquí provendrá el establecimiento de la burguesía que es raíz histórica de la actual clase alta argentina.
El pregón hecho en Asunción y repetido en Santa Fe por el caudillo Juan de Garay, recluta "vecinos" de estas ciudades y "estantes". El "vecino" tiene privilegio por nacimiento, como los hijosdalgos españoles, entre los que cuenta el de los cargos públicos y el poder solicitar "merced" de tierras con reparto de indios. Aquí se crea un derecho típico del Río de la Plata: el de "accionar" contra "cimarrones" y "baguales", es decir, hacer "vaquerías", apropiándose de estas haciendas; además, desde que contrae matrimonio y tiene casa poblada puede ingresar al Cabildo como Alcalde o Regidor. Su obligación esencial es empuñar las armas.
Los "estantes" que se han incorporado a la fundación respondiendo al pregón: "constituidos por domiciliados llegados recientemente de España o descendientes de "vecinos" de las ciudades fundadoras adquieren también condición de "vecinos" en la nueva población con todos sus privilegios. (José María Rosa, "Historia Argentina").
Así derechos patrimoniales y cívicos se van fijando en la clase constituida por los descendientes de los fundadores juntamente con las obligaciones que surgen del servicio de las armas3.
Toca ahora explicar por qué esos hidalgos fundadores desaparecen del primer plano social hasta el punto que se ha señalado al principio de que sus linajes no existan en la alta sociedad porteña.

APARICIÓN DE LA BURGUESÍA PORTEÑA. CONTRABANDO Y TRATA DE NEGROS

Como consecuencia del derrumbe de la economía española empezada bajo los Austria y acelerada por la influencia del oro de América, que convierte a la metrópoli en un poderoso comprador externo en beneficio de las industrias francesas, flamencas e italianas, y en perjuicio de la interna, en España se van creando las condiciones que reflejará la literatura picaresca: un país de gran des señores, lacayos y mendigos en la misma medida que decaen las artesanías y el agro. Ahora no emigran a América los hombres de espada, sino cirujanos, maestros, artesanos y menestrales, comerciantes, y hasta jornaleros para las chacras a falta de indios encomendados o negros esclavos.
Desde fines del siglo XVII van llegando a Buenos Aires judíos portugueses, catalanes, vascos, asturianos, que no son simples emigrantes de la metrópoli; son gente con recursos monetarios atraídas por las posibilidades económicas que crea el negocio del contrabando de cueros y la importación de esclavos. En poco tiempo se constituye una burguesía poderosa que consigue que los cargos del Cabildo sean puestos a la venta con lo que, por la posesión del dinero, desplazan a los descendientes de los fundadores en las funciones públicas. Así ocurre con todos los privilegios de éstos y aun con sus obligaciones de la milicia; los viejos herederos son desplazados políticamente —como ya lo habían sido económicamente con la venta en remate de su antiguo privilegio de las "vaquerías"— a medida que Buenos Aires deja de ser una pobre villa de economía cerrada y se incorpora al mercado internacional.
Dice José María Rosa, a quien estamos siguiendo: Una nueva manera de vivir sucede en el siglo XVII a la heroica del siglo XVI, corre el dinero y las mercaderías de contrabando mientras se desvalorizan los productos de las chacras. Ya no habrá "vecinos" ni "domiciliarios", sino ricos y pobres, "clase principal", también llamada "sana y decente", y clase inferior.
Los principales, dueños del dinero, sustituyen a la vieja aristocracia vecinal; la burguesía mercantil al feudalismo militar4.
Recién en este momento surgen las estancias pues las excesivas “vaquerías”, en competencia con las incursiones de los indios araucanos, ahora dueños del caballo que les permite cruzar los desiertos intermedios entre la cordillera y la pampa, y hacer sus arreos hacia Chile, amenazan terminar con “baguales” y “cimarrones”.5
Se hace necesario “aquerenciar” las haciendas y llevarlas a la propiedad privada, pues hasta ese momento “baguales” y “cimarrones” eran propiedad de la Corona, sólo concedida al “vecino” accionero para su aprovechamiento en las “vaquerías”. Así junto al origen de la estancia argentina está la propiedad privada de las haciendas6.
Conviene señalarlo, pues hay una larga tradición, especialmente en cierta izquierda, que en el afán de atribuir a América los fenómenos sociales y económicos de Europa, supone que necesariamente la estancia fue anterior al desarrollo de la burguesía, y hace surgir a ésta de la estancia, cuando el proceso fue precisamente inverso. Hasta ha inventado un término al caso –feudal-burgués-- para hacer conciliables la realidad que no está en sus libros, con las lecciones importadas.
De este cambio de situaciones originado, como se ha dicho, en la transformación de la villa-fuerte en puerto comercial –vinculado al comercio mundial por el contrabando y las sucesivas excepciones al monopolio hasta llegar a la libertad de comercio—surge el hecho que el siglo XVIII contempla ya consolidado: la burguesía y sus dependientes urbanos que constituyen la clase principal de la sociedad, mientras lo que pudo ser una aristocracia fundadora, proveniente de la hidalguía del “vecino”, pasa a constituir la clase inferior, predominantemente suburbana o rural. Es así, por esta inversión de las clases que los linajes fundadores de los hidalgos, provienen el orillero y el gaucho, en tanto que la burguesía inmigrada posteriormente constituirá lo que se ha de llamar la aristocracia argentina.

EL DESCLASAMIENTO DE LOS VECINOS FUNDADORES

La nueva y alta clase, la de los ricos, va comprando los lotes urbanos bien situados y el crecimiento de la Villa asiste a la sustitución del caserío de adobe y "chorizo", por las casas de ladrillos de los nuevos. Los descendientes de los fundadores, cuyos derechos y privilegios han pasado a los ricos, ceden su lugar en la urbe a los descendientes de contrabandistas y comerciantes y se van retirando hacia el suburbio como peones de las matanzas ("matanzeros"), carreros, jornaleros o vagos sin oficio. Aun los que conservan las chacras en propiedad y atienden con los tambos y las huertas al abasto de la ciudad, según se multiplican se van desclasando, y el conjunto de los descendientes de unos y otros van poblando la campaña, unas veces como intrusos en las mercedes reales, otros como peones de las mismas; o simplemente se asientan en las tierras no repartidas, atendiendo a su subsistencia con los recursos que proporcionan las habilidades del gaucho carente de propiedad. Terminarán prácticamente adscriptos a la estancia de los nuevos en una servidumbre atenuada por la posibilidad permanente de evasión que ofrece al gaucho la amplitud del espacio y la abundancia de recursos naturales.
Contra éste se alzarán las Leyes de Vagos vigentes hasta finales del siglo pasado destinadas a resolver a favor de los propietarios, el conflicto entre los derechos reales del titular y los consuetudinarios del ocupante, para quien campo y hacienda continúan siendo res nullius.

GENTE PRINCIPAL (PARTE SANA Y DECENTE DE LA POBLACIÓN) Y GENTE INFERIOR

Esta constitución de la sociedad en dos clases: la gente principal o decente, parte sana de la población, y la gente inferior estará vigente en la sociedad argentina hasta fines del siglo XIX 7.
Pero no es simplemente la riqueza la que determina la caracterización de estas dos clases, pues si en la “clase inferior” todos son pobres, no toda la "gente principal o decente" es rica; esta se integra con un amplio sector de habitantes urbanos que en ciertas artesanías o en funciones dependientes de las actividades comerciales u oficiales gozan relativamente del mismo status.
Este sector, si desprovisto de los medios de los ricos, por su residencia urbana participa de la vida cívica y religiosa y comparte sus pautas, sobre todo en una vida familiar conforme a las exigencias éticas de la clase principal.
En cambio, el habitante de los suburbios y la campaña, radiado de hecho de esa convivencia por las distancias y el aislamiento, va perdiendo el hábito de las normas cívicas y religiosas que practicó originariamente.
Excluido de las normas de la vida urbana se resiente principalmente en su organización familiar, pues la dificultad de transporte y la azarosa vida de la naturaleza sin control social, civil y religioso, destruye la práctica de las uniones matrimoniales legítimas, dificultosas y muchas veces imposibles, y no exigidas por el consenso del medio. Así la ilegitimidad del nacimiento se va convirtiendo en un elemento característico de la "clase inferior", y con él hasta la pérdida de la memoria del linaje, a diferencia de lo que ocurre en el medio urbano donde los pobres de la "clase principal" se aferran a las prácticas que le aseguran su permanencia en la misma. Dice Juan Agustín García en "La Ciudad Indiana": desaparece la familia cristiana en la clase proletaria, deshecha por el nuevo medio".
Estos dos estratos —"principales" e "inferiores"— si bien se corresponden con diferencias económicas, no coinciden con la habitual distinción de las clases en altas, intermedia y bajas; definen la estructura social de la Colonia y aun la posterior a la independencia durante casi todo el siglo XIX y persisten hasta que se organiza la producción agrícola y ganadera en vasta escala, conjuntamente con la incorporación de los inmigrantes al país (En todo caso la distinción entre las clases altas y las medias sólo podría hacerse dentro del esquema de la "clase principal") Para ser "gente decente o principal" no es imprescindible ser rico, aunque obste una pobreza extrema que puede desplazar hacia la clase inferior por sus efectos mediatos, que ya se han visto al hablar del desclasamiento de los fundadores de Buenos Aires. Lo inexcusable es no practicar las pautas sociales comunes a toda la "gente decente" ajustándose a la ética y al modo del medio urbano cívico-religioso, cosa posible mientras hay un mínimo económico; así el cuidado de su situación se hace obsesivo en los estratos más pobres de la "gente principal" pues perderlo significa sumergirse en el abismo de la ''gente inferior" a la que le está cerrada toda posibilidad de ascenso futuro. La condición sine qua non para pertenecer a la "gente decente" se vincula esencialmente a un elemento cultural: el linaje, cuya única exigencia es la filiación legítima transmitida familiarmente. El individuo antes que por sus hechos significa por su correcta situación de familia. Aquí está el elemento de separación entre los dos estratos que hace de los "inferiores" algo parecido a una casta de intocables con las atenuaciones de una sociedad reducida y de religión católica.
En Buenos Aires los gauchos provenientes de los primeros pobladores, constituyen el grueso de la "gente inferior" que tiene una situación peculiar; no es la del siervo de la gleba por la inexistencia previa del feudalismo territorial; son hombres libres, pero sin posibilidades de ser propietarios. Marginales en la economía viven en la alternativa del peón estable u ocasional y del gaucho alzado8.

EL CAUDILLO "SINDICATO DEL GAUCHO"

La guerra de la Independencia, y la Independencia misma, no alteran la situación de fondo. Pero la guerra da a la clase inferior una movilidad que la saca de su situación pasiva al incorporarla a la milicia. La caída económica del interior con el derrumbe de su artesanado a consecuencia del comercio libre desplaza también hacia la clase inferior a sectores cuyas actividades económicas le habían permitido mantenerlo en el estrato casi marginal de la "gente decente".
Aparece el caudillo. Será primero el caudillo de la Independencia, militar o no, que hace la recluta de sus soldados en la clase inferior, lo cual es ya un motivo de fricción de la "gente principal" con el jefe, salido generalmente de la misma, porque al hacer soldado al peón, lo priva de su brazo perjudicando la explotación de sus bienes. En este conflicto el caudillo, jefe militar, hostilizado por la "gente principal" se hace fuerte en la solidaridad que la guerra crea entre la tropa y el mando. De esta manera el militar deviene caudillo, y más en la medida que la guerra de recursos hace depender el éxito de una absoluta identificación, que para esa guerra es más eficaz que los reglamentos de cuartel y el arte académico de mandar.
Dice José María Paz en sus "Memorias" (Ed. Cultura Argentina, 1917) refiriéndose al general Martín Güemes: Principió por identificarse con los gauchos en su traje y formas..., ...desde entonces empleó el bien conocido arbitrio de otros caudillos, de indisponer a la plebe con las clases elevadas de la sociedad. (Como se ve, esta terminología está todavía vigente, cuando se altera el predominio exclusivo de la clase principal).
Agrega: Adorado de los gauchos que no veían en su ídolo sino al representante de la ínfima clase, el Protector y Padre de los Pobres como le llamaban.
(El abuso de la expresión carismática, en cuanto ésta implica una elección de los dioses, es en mi concepto un modo de retacear la verdadera significación del caudillo como hecho social, pues tiende a darle un carácter de magia o brujería a una adhesión consciente de la masa en el terreno de los intereses, aunque ésta se haya hecho subconsciente una vez dados los elementos de prestigio y autoridad y el acatamiento consiguiente. No otra cosa he querido significar en “Los Profetas del Odio” cuando digo que el Caudillo es el sindicato del gaucho).

FEDERALES Y UNITARIOS ANTE EL HECHO SOCIAL

Joaquín Díaz de Vivar (Revista del Instituto de Investigación Histórica "Juan Manuel de Rosas". N° 22: Pág. 147), refiriéndose a la única institución consuetudinaria de nuestra Constitución vigente, el Ejecutivo fuerte, dice que los Estatutos Provinciales Constitucionales que lo crearon se inspiraban en la realidad social a que estaban destinados: Por su parte las organizaciones lugareñas, las de las provincias argentinas en las que convivían políticamente su clase principal, cuyos representantes ocupaban una silla curul en su legislatura y frente a ello, su más importante magistratura, el Gobernador que era —casi siempre— el jefe natural de las muchedumbres rurales, sobre todo, y a veces también de las urbanas; el gobernador, que era una especie de personalidad hipostasiada de ese mismo pueblo, de esas masas que habían hecho la historia argentina y que se expresaban a través de su natural conductor, ese aludido gobernador, que indistintamente era plebeyo como Estanislao López o el "Indio" Heredia (no obstante su casamiento con la linajuda Fernández Cornejo) o "Quebracho" López o Nazario Benavídez, o que era un hidalgo como Artigas, como Quiroga, como Güemes y desde luego como Juan Manuel de Rosas.
Lo dicho por Díaz de Vivar trasciende al Derecho Público y explica en mucho las substanciales diferencias entre federales y unitarios, pues revela que los primeros comprendieron la relación entre el derecho y el hecho social, frente a los revolucionarios teóricos, nutridos de ideologías y de proposiciones importadas cuyo supuesto igualitarismo democrático era el producto de la consideración exclusiva de uno de los estratos sociales: el de la "gente principal" o "decente" y prescindía de la existencia de los inferiores. Mientras para los federales el pueblo tenía una significación total —ahora dirían totalitaria— para los unitarios es sola la clase principal, la parte “sana y decente” de la población como ahora.
Veamos el debate sobre el sufragio en la Constitución Unitaria de 1828. En el artículo 6° se excluía del derecho al voto a los criados a sueldo, peones, jornaleros y soldados de línea. Galisteo expresa la oposición federal diciendo: El jornalero y el doméstico no están libres de los deberes que la República les impone, tampoco deben estar privados de sus voces... al contrario, son estos sujetos, precisamente, de quienes se echa mano en tiempos de guerra para el servicio militar.
Dorrego dice: He aquí la aristocracia, la más terrible, porque es la aristocracia del dinero... Échese la vista sobre nuestro país pobre: véase qué proporción hay entre domésticos, asalariados y jornaleros y las demás clases y se advertirá quieres van a tomar parte en las elecciones. Excluyéndose las clases que se expresa en el artículo, es una pequeñísima parte del país que tal vez no exceda de la vigésima parte... ¿Es posible esto en un país republicano?... ¿Es posible que los asalariados sean buenos para lo que es penoso y odioso en la sociedad, pero que no puedan tomar parte en las elecciones?... Señalando a la bancada unitaria agregó: He aquí la aristocracia del dinero y si esto es así podría ponerse en giro la suerte del país y merccarse... Sería fácil influir en las elecciones; porque no es fácil influir en la generalidad de la masa, pero sí en una cierta porción de capitalistas... Y en ese caso, hablemos claro: ¡El que formaría la elección sería el Banco! Con razón Estanislao López escribía en 1831: Los unitarios se han arrogado exclusivamente la calidad de hombres decentes y han proclamado en su rabioso despecho que sus rivales, es decir, la inmensa mayoría de los ciudadanos argentinos, son hordas de salvajes y una chusma y una canalla vil y despreciable que es preciso exterminar para constituir la República (José María Rosa, ''Historia Argentina", tomo, IV, pág. 53 y sig.). En el mismo debate Ugarteche protestaba por los derechos que se le negaban a los nativos y los privilegios que se le acordaban a los extranjeros: Yo quisiera saber en qué país hay tanta generosidad... Todas nuestras tierras las vamos vendiendo a extranjeros y mañana dirá la Inglaterra: esos terrenos son míos, porque la mayor parte de tus propietarios son súbditos míos, luego yo soy dueña de esas propiedades. Y lo que no se pudo el año 1806 con las bayonetas cuando todavía éramos muy tontos se podrá con las guineas y las libras inglesas...
Trasladémonos ahora al escenario actual y percibiremos las verdaderas filiaciones históricas que no son las que distribuyen los profesores de Educación Democrática; también se ve clarito que los jefes federales percibían la identidad de la voluntad popular con los intereses nacionales, y la de los privilegiados con los extranjeros.
Con la caída del Partido Federal y los caudillos la clase inferior deja de ser elemento activo de la historia; su presencia en la vida del Estado no alteraba la situación en la relación de los estratos sociales entre sí, pero obligaba a contarla como parte de la sociedad.
Después de Caseros, y más precisamente de Pavón, deja de jugar papel alguno y es sólo sujeto pasivo de la historia. Sus problemas no cuentan en las soluciones a buscar, ni sus inquietudes nacionales perturban las directivas imperiales. La política será cuestión exclusiva de la "gente principal" durante más de cincuenta años.

LA CLASE ALTA SE AMPLÍA

Volviendo a la gente principal, veamos ahora como se va conformando dentro de ella la clase alta porteña.
Ya se ha visto su origen burgués; por lo mismo nunca fue muy exclusivista. Durante la Colonia era muy reciente su estabilización para que obstaculizase la incorporación de los nuevos ricos y además muy escasos los contactos exteriores que permitiesen la relación con la hidalguía metropolitana; en este sentido sólo contaron las alianzas matrimoniales con funcionarios reales o sus descendientes que daban prestigio social a la burguesía. (Así don Bernardino González Rivadavia contaba entre sus numerosas vanidades la muy importante de haberse casado con la hija del Virrey del Pino).
Las sucesivas capas de burguesía comercial iban integrando la alta clase en la medida de su ascenso económico, y hasta los bolicheros de campaña tuvieron sus descendientes en ella cuando sus recursos le permitieron pasar al contrabando primero, o hacerse estancieros directamente. La estancia, a su vez iba dejando de ser un complemento del comercio, como originalmente, para pasar a fundamento de la riqueza y la posición social; así de la estancia, sin haber pasado por el mostrador vienen por ejemplo los Ugarte; de un modesto vasco cuyo hijo, un notable jurista saltó en primera promoción a la alta clase, y ya cuenta entre la gente de peso en la primera mitad del siglo pasado, caso parecido al de los Unzué, que tampoco provienen de la burguesía de los siglos XVII y XVIII 9.
La permeabilidad se hizo mayor con el contacto que el comercio libre estableció con el mundo europeo. Se despertó entonces la preocupación por estilos y modos de sociabilidad que importaban los primeros viajeros comerciales y que mucho después, en el apogeo de la economía agropecuaria, se iría a buscar a Europa, pagando el derecho de piso en la etapa de los “rastacueros” y el "guarango" cuando brasiliens et argentines aparecieron en los grandes hoteles o en el mundo de las demimondaines, tirando manteca al techo. (Porque la alta clase argentina tuvo su época correspondiente al "medio pelo" actual y jugó su papel en otra dimensión geográfica y cultural —lejos del país y con resonancia apagada en el discreto "cotorreo" de los ya iniciados, y ante la sonrisa complaciente de una sociedad acostumbrada a los traspiés del pródigo “meteco”, que iba pasando las etapas del guarango y del tilingo hasta llegar al asentamiento.)
El más numeroso núcleo de viajeros comerciales fue el de los súbditos británicos que nos visitaron y recorrieron el país, unas veces como corredores de comercio y siempre como informantes del Imperio en expansión, por lo que nos han dejado una abundante y muy ilustrativa literatura sobre la época; se trataba de jóvenes procedentes de las clases medias inglesas y vástagos de la burguesía comercial e industrial que estaban cumpliendo el aprendizaje del mundo que sus padres les exigían antes de incorporarlos a sus negocios. Muchos quedaron aquí, en el asiento local de los mismos, de la banca y el comercio exterior. Otros fundaron establecimientos rurales.
Sabido es que el más modesto hijo de John Bull en el exterior trata de practicar entre los nativos –aun lo hace hoy hasta entre los nativos norteamericanos, sus primos rurales—las maneras del gentleman, que frecuentemente sólo conoce por referencia y a costa de un sacrificado entrenamiento. Lo ayuda la seguridad, que aun sigue siendo la típica del inglés en el exterior, de que los extranjeros son los indígenas y el aplomo que le da una diferenciación que como gentleman cuida minuciosamente en los modos; está, además, vigilado por los otros residentes británicos, pues todos están atentos a que un connacional no desmerezca la imagen que el Imperio exhibe para el exterior. Muy "patán" tiene que ser el recién llegado que no perciba las venteas que le reporta el cuidado de su condición de "gentleman" entre “natives”.
Fácil les fue a los "nuevos" acceder a los salones porteños de la más alta categoría que se honraron en recibirlos y obsequiarlos, así los entronques familiares y de fortunas se realizaron con facilidad a medida que las danzas europeas desplazaban a los bailes típicos de la colonia y el mate era desalojado de los salones por el té.
También hubo una numerosa incorporación de otras procedencias europeas, constituida en especial por ex oficiales de los ejércitos napoleónicos, algunos de los cuales participaron en nuestra guerra de la Independencia, burócratas o miembros de la pequeña nobleza bonapartista en derrota con la Restauración, igual que secundones de la minimizada nobleza centro-europea, o del abigarrado y confuso nobiliario italiano de los bajos rangos; también muchos profesionales y hasta artistas y artesanos de calidad: plateros, dibujantes, pintores, etc. De tal manera no es sólo la relación en los niveles del alto comercio y la propiedad lo que determina la incorporación de estos extranjeros. Se estaba a la búsqueda del “buen tono” europeo que ellos aportaban en sustitución del que había caracterizado las formas tradicionales de la Colonia.

CASEROS Y LAS NUEVAS INCORPORACIONES

Después de Caseros se producen otras incorporaciores.
La literatura de los expatriados ha hecho creer durante mucho tiempo que ellos representaban lo más granado de dicha sociedad, olvidando que ya para la época rosista la propiedad de la tierra, aun en los provenientes de la burguesía originaria había pasado a ser rasgo de más alta calificación que el comercio. Si Rosas dice despectivamente y para menoscabar a sus adversarios agiotistas y especuladores del puerto de Buenos Aires, es porque ya se ha establecido una diferenciación cualitativa a favor de la clase estanciera. La verdad es que al principio los ganaderos y terratenientes habían constituido la base originaria de los federales porteños; pero después gran parte de ellos —los '"Libres del Sur"— se habían alzado contra el "Tirano" por su política nacional que perturbaba, con los bloqueos, el comercio exterior, afectando el valor de las haciendas. Muchos no se sublevaron, porque no les dio el cuero para tanto, pero ya Rosas —como expresión del interés general de la Nación que los perjudicaba— había perdido el apoyo de los grandes terratenientes y éstos se incorporaron enseguida al bando de los vencedores; el conflicto con el gobierno de Paraná dio oportunidad a los rezagados para incorporarse. Los que no lo hicieron lo pagaron con un “luto social” y quedaron marginados de la alta clase, por lo menos en la acción pública, durante varios decenios.
Por la brecha abierta entraron nuevos aportes provenientes de familias principales de provincias que habían hecho mérito en la expatriación, y otros de extracción más modesta, como Mitre y sus generales uruguayos. También la victoria y el poder político los proveyó de recursos para establecerse en el nuevo nivel social.
La incorporación de nuevos a través de la fortuna comercial y territorial, o el ejercicio destacado de las profesiones liberales o de la política, se fue haciendo paulatinamente con argentinos de primera y segunda generación.

"PRINCIPALES" PORTEÑOS Y PROVINCIANOS

Esta permeabilidad de la alta clase pareció tener una solución de continuidad en la crisis del 80 como consecuencia de la derrota política de los viejos porteños. Con Roca pasan a la esfera política nacional figuras de la “gente principal” de provincias; en esa medida el roquismo significa una integración nacional pues después de Pavón sólo habían contado los porteños y aporteñados. Ahora el poder estaba en manos de la “liga de gobernadores” y el caudillo del ejército, también provinciano.
La alta clase resistió la incorporación de estos “nuevos” a pesar de que por su origen arribeño ostentaban mejor genealogía que sus antepasados, comerciantes abajeños. La actitud del riflero del 80 continuando a los pandilleros contra los chupandinos –al margen de las motivaciones político-económicas del unitarismo porteño—corresponde a una postura de rechazo social, en su esquema mental que sigue siendo el que originó "civilización y barbarie". A la oposición ciudad-campaña en cada provincia, identificada con la oposición gente decente-plebe en lo social, se corresponden la oposición del puerto, ciudad de las luces, a los “catorce ranchos”.
Bien está que la gente principal de provincias ejerza su despotismo ilustrado, —que sigue siendo la idea democrática de los liberales aun hoy— como representante local de la alta clase porteña; pero resulta inadmisible que esos provincianos intenten ponerse a su nivel político y social en Buenos Aires.
Vencidos los porteños, la alta clase opuso a los vencedores llegados a las altas funciones de gobierno una reticencia despectiva y una agresividad humorística, mayor que a los "parvenus" surgidos del agio y la especulación en el ''boom" económico de la época. La literatura porteña de fin de siglo alterna la ridiculización del "rasta" cuyos troncos Orloff y los Landós, Victorias y Cupés ofendían sensibilidad de los antiguos, con la de las maneras y modos de decir de los provincianos. Esta actitud también cuenta en la confusa motivación de la Revolución del 90, a la que no fue ajena el revanchismo de los vencidos en Los Corrales y Puente Alsina.
Pero los políticos provincianos se aporteñaron rápidamente a la vez que se afincaban como estancieros de la provincia de Buenos Aires. Juárez Celman estanciero dejará pronto de ser el “burrito cordobés” como Roca y Avellaneda han dejado de ser tucumanos.

CAPITULO III

DESARRAIGO DE LA CLASE ALTA

EL "AUSENTISMO" DE LA ALTA CLASE

Se ha visto que el nuevo siglo, encontró en el mismo grupo a la alta clase porteña y las figuras provincianas del roquismo. Había terminado también el "luto social" impuesto a las familias rosistas recalcitrantes.
La Argentina entraba triunfalmente en el mercado mundial y se abandonaba la pretensión de una economía integrada nacionalmente, de más largo alcance, pero inconvenientes para la prosperidad inmediata. La política manchesteriana estaba acreditando su eficacia en los bolsillos de los propietarios de la tierra y aun en los de muchos inmigrantes.
La conquista del desierto, los ferrocarriles, la inmigración, el alambrado, el Registro de la Propiedad, el mejoramiento de las razas y, enseguida, el frigorífico, realizaban de hecho el unitarismo, concentrando en el litoral y en sus grupos afincados, todo el destino de la República, en una estratificación social que garantizaba —por el poblamiento por gringos— la perdurabilidad del sistema sin el riesgo de la "chusma incivil" de que hablaba Sarmiento.
Para los propietarios de la tierra estábamos en Jauja y ésa era también Jauja para muchos en la ola inmigratoria.
Esa Jauja de la alta clase, hija de la divisa fuerte, permitió un ausentismo casi permanente de gran parte de la misma, que vivía más en Europa que en su propio país; allí educaron sus hijos y entroncaron con algunas ramas de la nobleza europea, y allí las niñas porteñas disputaron los títulos a las hijas de los Vanderbilt o los Morgan.
Del "rastacuero" de los primeros viajes pasamos al retiramiento de los salones de París; refinamiento que se traslada luego a Buenos Aires y de cuya existencia dan testimonio los lujosos palacios a la francesa del barrio Norte, hoy en trance de demolición, pero de los cuales bastan como testigos de época las residencias Anchorena y Paz, que subsisten como bienes del Estado (Ministerio de Relaciones Exteriores y Círculo Militar) en la plaza San Martín. Los amoblamientos y decoraciones y la increíble importación de objetos de arte que permite que hoy Buenos Aires sea un importante proveedor en los remates de Sotheby.
La colonia argentina en París tiene una significación especial y Buenos Aires adquiere de reflejo la importancia que ahora ha perdido y que nuestros comentaristas económicos atribuyen a una decadencia, cuando es el producto de un mejor equilibrio de su sociedad1.
Todo el pensamiento liberal, toda la enseñanza, todos los medios culturales tienden a lo mismo: desamericanizar el país —"este es un país blanco"— desvinculándolo además de lo español y afirmándolo en la doble línea en que lo estético es francés y lo económico británico.
Si el estilo de los palacios y los modos de los salones se afrancesaban vertiginosamente con la introducción de “cultura” por millones y mill