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LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA NACIONAL (1930-1960)
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Juan José Hernández Arregui

NOTAS EN ESTA SECCION
Introducción
Juan José Hernández Arregui, ese lanzallamas, por José Luis Muñoz Azpiri (h)
Peronismo y socialismo (Introducción)
¿Qué es un escritor nacional?, Juan José Hernández Arregui
La formación de la conciencia nacional

Hernández Arregui, intelectual peronista, Carlos Piñeiro Iñíguez (pdf)

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Laura Schenquer, Hernández Arregui: la teoría marxista de la Nación

Introducción

"Usted tiene el mérito de ser uno de los pocos intelectuales que ha sido capaz de sembrar ideas por las cuales valga la pena morir, o vivir peleando por su aplicación -que es lo mismo-. Y nosotros hemos leído sus trabajos hace tiempo, cuando superando la adhesión emocional al peronismo que nos impulsaba a la acción, debimos buscar bases más firmes y sólidas para seguir luchando". (carta dirigida a Juan José Hernández Arregui por Envar El Kadri, de las FAP -Fuerzas Armadas Peronistas- el 15 de enero de 1970.)

Nació en Pergamino, el 29 de septiembre de 1913, y falleció en Buenos Aires, el 22 de septiembre de 1974. Cursó Derecho en la Universidad de Buenos Aires, pero debió trasladarse a Villa María (Córdoba), y en 1931 se afilió a la UCR yrigoyenista, y escribió en sus órganos periodísticos Debate, Doctrina Radical y La Libertad. Durante la década de 1940, estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la capital cordobesa, en la que tuvo como principal maestro al insigne Rodolfo Mondolfo, y allá se graduó con una tesis sobre "Las bases sociológicas de la cultura griega" en 1944.

En 1947, se produjo un primer acercamiento al peronismo, de la mano de Arturo Jauretche, quien lo llevó a colaborar en el gobierno bonaerense, como Director de Publicaciones y Prensa del Ministerio de Hacienda. Por ese tiempo disertó sobre "La Universidad y la Reforma del 18", en vísperas de sancionarse una Ley Universitaria. En 1948 empieza su labor docente en la Universidad Nacional de La Plata, como Profesor Adjunto de Introducción a los Estudios Históricos, y en la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires, hasta el golpe setembrino de 1955.

Entre sus obras se cuentan: Imperialismo y cultura (1957), La formación de la Conciencia Nacional (1960), ¿Qué es el ser nacional? (1963), Nacionalismo y liberación (1969), y Peronismo y socialismo (1972). Juan Perón, en carta del 10 de diciembre de 1969 en que le agradece el envío del libro de ese año, formula un cálido elogio de toda su obra. En uno de sus párrafos le dice:

"Por todo lo que ustedes hacen allí con la difusión de la verdad tantos años oculta, yo deseo como argentino hacerles llegar, junto con mi encomio más entusiasta, mi felicitación más sincera. La causa de la revolución necesita de algunos realizadores, pero no menos de muchos predicadores que, empeñados en la tarea de persuadir, no cejen en el empeño de incendiarlo todo si es preciso.

Fermín Chávez, prologando la reedición del libro"¿Qué es el ser nacional" dice: ..."De seguro que más de un lector se verá sorprendido por tesis expuestas por quien vulgarmente aparece asociado al marxismo tradicional. Así en un punto histórico que ha sido hegemonizado por la "leyenda negra". Repasemos en lo que escribió Juan José:

"El menosprecio hacia España arranca de los siglos XVII y XVIII como parte de la política nacional de Inglaterra. Es un desprestigio que se inicia con la traducción al inglés, del libro de Bartolomé de las Casas "Lágrima de los indios: relación verídica e histórica de las crueles matanzas y asesinatos cometidos en veinte millones de gentes inocentes por los españoles". ."El título lo dice todo. Un libelo"

El análisis que nuestro autor realiza del intelectual pequeño burgués no concuerda con la visión tradicional de la izquierda internacionalista, ratificada por autores socialistas y comunistas. Sus observaciones responden a un realismo histórico, sin idealizaciones:

"La clase media tiende a la formación de grupos intelectuales que fluctúan, por diversos motivos, entre las élites que miran hacia arriba y los ghettos espirituales que miran hacia abajo. Esto explica la abundancia de intelectuales de izquierda que se pasan a la derecha ideológica, al conservatismo social. En realidad, los intelectuales son los que sienten más vivamente esta situación incierta que ocupan en la sociedad. Mientras la perspectiva de descender les lleva a la comprensión de la lucha que libra la clase trabajadora por otra parte les estimula a no caer en ella".

La enseñanza oficial que dominó en la Argentina a partir del llamado "proyecto del 80" será cuestionado por Hernández Arregui como un factor ineludible. Y así escribe sin pelos en la lengua:

"En la escuela le enseñaron a preferir el inmigrante al nativo, en el colegio nacional que el capital extranjero es civilizador, en la Universidad que la Constitución de 1853 ha hecho la grandeza de la Nación o que la inestabilidad política del país es la recidiva de la montonera o de la molicie del criollo. Este estado de espíritu, fomentado sutilmente por la clase alta aliada del imperialismo, distorsiona la conciencia de estos grupos, cuyo escepticismo frente al país favorece el pasivo sometimiento intelectual".

Y en otro párrafo de su libro de análisis sociológico:

"Estos intelectuales democráticos, a veces a pesar de ellos, sin conciencia de su verdadera situación al ligarse a la oligarquía, representan a la pequeño_burguesía proimperialista. El carácter uniformemente extranjerizante de sus escritos, refleja la naturaleza portuaria de esa mentalidad parasitaria del comercio de exportación. En esa literatura hay también una "voluntad de forma", en el sentido de Riegl. Una voluntad narcotizante en el doble plano estético y político".

Este pensador argentino no iluminista había de dirigir durante 1974 la revista Peronismo y Liberación. Un año antes, en 1973, al ser distinguido como Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires, expresó categóricamente lo que sigue: "He pertenecido, pertenezco y perteneceré al Movimiento Nacional Peronista...". Es una autodefinición que no puede ser extraviada u omitida.(...) Fermín Chávez.

Fuente: www.pensamientonacional.com.ar


Juan José Hernández Arregui, ese lanzallamas

Por José Luis Muñoz Azpiri (h)

[Conferencia pronunciada en el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas el 27 de junio de 2007]

Martín Lafforgue, en un libro hoy inhallable, "Antiborges" (Javier Vergara Editor, 1999), realiza una ajusta definición del nacionalismo popular: "El nacionalismo popular como corriente de pensamiento comienza a gestarse en la década de los veinte a partir de las ideas de un conjunto de políticos, periodistas e intelectuales: el socialista antiimperialista Manuel Ugarte; el general ingeniero Alonso Baldrich, del grupo fundador de Yacimientos Petrolíferos Fiscales; el precursor de las corrientes económico-desarrollistas en el radicalismo Manuel Ortiz Pereyra y periodistas como José Luis Torres, a quién le debemos la acertada expresión de "Década infame".

En 1935 tras fracasar en su intento de desplazar a la dirección alvearista (moderada) del viejo partido de Irigoyen, un grupo de jóvenes militantes decide escindirse, recoger las preocupaciones de los arriba citados, con ellas renovar y profundizar el "credo yrigoyenista" y construir una nueva forma de organización: nace la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA). En su primer manifiesto atacan a las "oligarquías" e "imperialismos", exigen la restauración de la "soberanía del pueblo" y se proclaman los únicos continuadores del yrigoyenismo. El ideólogo del grupo es el ya reconocido ensayista de temas nacionales Raúl Scalabrini Ortiz y forman su núcleo dirigente, entre los más conocidos, el escritor Arturo Jauretche, Luis Dellepiane, hijo de un ex ministro de Irigoyen y el poeta y músico Homero Manzi.

Aún cuando FORJA no logra un caudal significativo de adherentes ni una organización sólida, sus innumerables volantes y conferencias y sus vehementes pero bien documentadas publicaciones logran penetrar e influir en vastos sectores de la opinión pública. Para los forjistas la "oligarquía" conservadora era responsable de la crisis que se vivía; se consideraba que para sostener sus privilegios había traicionado al país entregándolo al "imperialismo británico"; se denunciaba a la "dictadura política" al servicio de minorías, impuesta mediante la corrupción más escandalosa y el fraude generalizado y a una "tiranía económica" al servicio del capital extranjero. "El proceso histórico –dice uno de sus documentos- revela una lucha permanente del pueblo en procurar su soberanía popular". De alcanzarse este cometido, será el fin de la dependencia y el sometimiento.

El "ser nacional" es, en primer término, un concepto general y sintético, compuesto por una pluralidad de subconceptos subordinados y relacionados entre sí. Es un hecho político vivo empernado con múltiples factores naturales, históricos y psíquicos, a la conciencia histórica de un pueblo. Es una comunidad establecida en un ámbito geográfico y económico, jurídicamente organizada en nación, unida por una misma lengua, un pasado común, instituciones históricas, creencias y tradiciones también comunes en la memoria del pueblo, y amuralladas, tales representaciones colectivas, en sus clases no ligadas al imperialismo, en una actitud de defensa ante embates internos y externos, que en tanto disposición revolucionaria de las masas oprimidas, se manifiesta como conciencia antiimperialista, como voluntad de destino. Si el "ser nacional" es el conjunto de los factores reales enunciados, es obligatorio entonces buscar sus orígenes en la historia JJHA (¿Qué es el ser nacional?)

La influencia de FORJA sobre el pensamiento de Perón y sus más estrechos colaboradores está bien documentada. Tanto el Grupo de Oficiales Unidos (G.O.U.) –logia militar de decisiva influencia en la primera mitad de los años cuarenta- como Perón leyeron y estudiaron el material forjista y los libros de Scalabrini Ortiz y de Torres, por lo menos desde 1936 y años más tarde se sucedieron encuentros personales. Las principales ideas, temas y categorías del nacionalismo popular fueron incorporadas al peronismo: la postura antioligárquica y antiimperialista, los objetivos de autonomía económica y justicia social, la fe en el pueblo instalado como sujeto privilegiado del cambio, un cierto menosprecio hacia las formalidades legal-institucional. En 1945 el forjismo se disuelve y la mayoría de sus miembros se incorpora al naciente peronismo. Muchos de ellos pasan a ocupar cargos oficiales en el gobierno nacional y en el de la Provincia de Buenos Aires.

Julio Cortázar dijo que se tuvo que ir de la Argentina porque el tronar de los bombos peronistas no le dejaban disfrutar de los conciertos de Bela Bartók. Borges, en cambio, no parece haber tenido inconvenientes, en esos años, para escribir sus textos más personales y reconocidos. En 1944 habría de publicar Ficciones, cinco años después El Aleph, en 1951 la selección de cuentos que conforman La muerte y la brújula y al año siguiente el volumen ensayístico Otras inquisiciones. De este período son también buena parte de sus obras en colaboración – El Martín Fierro con Margarita Guerrero, Antiguas literaturas germánicas con Delia Ingenieros, entre otras- y de las antologías y volúmenes de cuentos realizados con Adolfo Bioy Casares. Esta intensa producción literaria, sin embargo le dejó tiempo para comenzar una tardía pero exitosa carrera docente en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa y en el Colegio Libre de Estudios Superiores, ejercer la dirección de la revista Anales de Buenos Aires e, incluso, para la actividad gremial (fue presidente de la S.A.D.E. entre 1950 y 1953). Derroche de energía realizado en la opresiva y lúgubre atmósfera de la Segunda Sangrienta Tiranía. No tuvieron igual suerte los intelectuales de la década del setenta, signada por la tutela de los que él denominó caballeros militares.

La caída del gobierno peronista (1955), calurosamente apoyada por los sectores medios, la intelectualidad y los sectores dominantes, encuentra a los escasos grupos que se reconocen en la experiencia peronista cuestionando nuevamente las orientaciones políticas y económicas gubernamentales. Pero ya no alcanza con analizar el pasado histórico y la estructura económica del país: se deben encontrar las causas que posibilitaron esta oposición acérrima, muchas veces más cultural y valorativa que directamente social o económica. Surge, entonces la corriente nacionalista popular. En ella hemos englobado – continúa Lafforgue – un espectro bastante amplio de pensadores que reúnen las características reseñadas. En un análisis más fino es posible establecer diversas diferenciaciones; la más frecuente es entre "izquierda nacional" (provenientes de las agrupaciones tradicionales de la izquierda, pero que se distancian a partir de su visceral rechazo a la tradición liberal y una lectura positiva del fenómeno peronista) y nacionalismo popular con una variante reformista y otra revolucionaria.

Comienza un vasto programa de revisión del pensamiento y la literatura argentina a partir de una doble vía explicativa: la primera partía de la tesitura, deudora de un materialismo algo rústico, de que "a la estructura material de un país dependiente corresponde una superestructura cultural destinada a impedir el conocimiento de esa dependencia"; la segunda se elaboró a partir de la incorporación de buena parte de la relectura de la historia nacional que el revisionismo histórico venía haciendo desde los años treinta.. Esta escuela sostenía que en la Argentina había habido desde sus inicios un enfrentamiento permanente entre dos antagonistas irreconciliables: un proyecto de país liberal y dependiente consagrado por la historiografía tradicional y legitimado por la "superestructura cultural; y el país "auténtico", por fuera de las superestructuras culturales dominantes, resguardado por la memoria popular y al que esta escuela historiográfica viene a rescatar, sistematizar y presentar en un cuadro completo. El objetivo del nacionalismo popular, entonces, pasa a ser demostrar como la "colonización pedagógica" había provocado que los intelectuales liberales – que por cierto incluía a pensadores de procedencia muy dispar- evaluaran erróneamente, o aún mintieran deliberadamente, en sus interpretaciones de la realidad nacional. Los "profetas del odio", según los definiera Jauretche, no podían entender al país real; lo que los llevaba a despreciar y rechazar todo aquello identificado con el campo de la "barbarie": el gauchaje, el yrigoyenismo, el peronismo y, en general, todas sus producciones culturales.
Ante el panorama actual de la política nacional, caracterizado por la inercia mental, la importación de teorías pergeñadas por las usinas de propaganda del hemisferio norte y la vocinglería de "analistas" condenados al pensamiento de sirga, Juan José Hernández Arregui representa el más dramático encuentro del intelectual argentino con el hecho nacional. Con una cultura inexistente en otros representantes de la izquierda de nuestro país, supo subordinar la teoría marxista y el método histórico- cultural al análisis de la realidad concreta que examinaba y con la que se hallaba raigalmente comprometido desde su militancia peronista que no abandonó hasta su muerte. Sus afirmaciones, no siempre exentas de polémica, continúan siendo hoy referencias ineludibles para pensar el "ser nacional" sin caer en utopías frustrantes o alineaciones coloniales. Incursionó en la narrativa con los cuentos "Siete notas extrañas" (1935) celebradas por la crítica en su momento. "Las corrientes históricas durante el siglo XIX" (1951), "El siglo XVI y el nacimiento del espíritu moderno" (1952), "Introducción a la historia" (1953), son algunas de sus producciones de cátedra, que precedieron a sus formidables ensayos.

Para quienes comenzamos nuestra militancia política en el peronismo y nos habíamos formado doctrinariamente en las fuentes del nacionalismo revisionista, que nos ofrecía una respuesta a falsificación de la historia que denunciara Ernesto Palacio y a su vez; por razones familiares conocíamos en carne propia las purgas ejemplificadoras del terrorismo liberal-gorila, Hernández Arregui nos brindó las herramientas conceptuales para desenmascarar los basamentos de una realidad ficticia, colonial y cipaya.

Herramientas que trascendían el marco del revisionismo histórico, nacido al fragor de la lucha para denunciar la leyenda negra (las calumnias contra España), la leyenda roja (las calumnias contra Rosas y los caudillos) y la leyenda rosa (la supuesta realidad de ese color que se desarrolló en la Argentina a partir de Caseros), pero insuficientes para analizar el complejo marco, nacional e internacional, de las últimas décadas del siglo XX.

Antes de ahondar en las mismas, es necesario destacar su formación e historia de vida, hasta 1955, dado que a partir de esa fecha publica sus obras cardinales.

Juan José Hernández Arregui nació en Pergamino, Pcia .de Buenos Aires el 29 de Septiembre de 1912, donde pasó sus primeros años de vida; luego su madre ya viuda, lo trajo consigo a la Capital y aquí realizó sus estudios para ingresar a la facultad de Derecho. Norberto Galazo en una discutible – ya desde el título: "J.J. Hernández Arregui: del peronismo al socialismo" – biografía, habla de un abandono por parte de su padre que, supuestamente, lo sumiría el resto de su vida en una profunda melancolía. Aparte de innecesaria, esta mención nos recuerda una metáfora del querido y poco recordado Salvador Ferla:

En el mundo antiguo circuló en diversas versiones una leyenda significativa, la del niño desvalido que se vuelve poderoso. Un niño abandonado en las orillas del Tíber llega a ser el fundador de Roma; otro niño, depositado en una canasta en la ribera del Nilo se convierte, ya adulto, en el libertador del pueblo israelita. Y el bebé a quien Herodes quería asesinar, resultó nada menos que el hijo de Dios. La moraleja es: ¡cuidado con maltratar al débil, al pequeño, al indefenso!...¡Puede ser un genio, un rey, o el mismísimo Dios!...Esta simbología del débil que se levanta triunfal de la abyección en que injustamente fuera arrojado por la arrogancia y la sensualidad de los poderosos, nos indica cuál debe ser nuestra principal pauta valorativa en materia histórica. La civilización nació enferma del complejo de culpa. La historiografía debe ayudar a curarla concientizándola sobre las causas de ese complejo.

Personalmente, no compartimos este tipo de interpretaciones psicologistas, reduccionistas, que circunscriben el talento y la creación a circunstanciales incidentes externos.

Al morir su madre, un tío, amigo del caudillo Amadeo Sabattini, se lo lleva consigo a Villa María (Córdoba). Ahí trabaja de bibliotecario y comienza a colaborar en periódicos locales y en 1931 se afilia a la UCR yrigoyenista y escribe en sus órganos periodísticos Debate, Doctrina radical y Libertad. Reinició sus estudios universitarios durante la década de 1940 en la Facultad de Filosofía y Letras de la capital cordobesa, en la que tuvo como principal maestro al insigne Rodolfo Mondolfo, y allá se graduó con una tesis sobre "Las bases sociológicas de la cultura griega" en 1944.

Comenta Eduardo Romano en un meduloso artículo (CREAR, Nº 14, junio 1983) que sus primeros enfrentamientos con la conducción partidaria se produjeron a consecuencia de la revolución militar de aquel año, pues su prédica a favor de la misma no halló eco entre sus correligionarios. De todas maneras él colabora en la Corporación Nacional de Transporte, a cargo de Santiago H. Del Castillo, porque ve en las medidas económicas del nuevo gobierno un corte respecto de la política de entrega irrestricta de nuestro patrimonio a los intereses británicos. Congresal por la provincia de Córdoba, en 1945 se opone fervorosamente a la participación del radicalismo en el engendro político que fue la Unión Democrática. Después de las elecciones que consagraron a Juan D. Perón presidente, contra dicha coalición, sus relaciones con el radicalismo se volvieron francamente irreconciliables y decidió renunciar a ese partido ante el Presidente del Comité de la provincia, Dr. Arturo Illia. Dice en un pasaje de su carta fechada el 10 de febrero de 1947:

"El conflicto entre intransigentes y unionistas, en lo esencial, no ha sido un mero antagonismo de núcleos, sino la lucha en profundidad entre dos concepciones irreductibles, antinómicas e irreconciliables de lo radical y argentino, en cuanto a ideales populares insertos en el sentido propio de lo nacional. Es superfluo, pues, tratar de salvar la unidad del partido, inmolando esta ilusión casuística y formal, el contenido concreto mismo de la doctrina radical, que es la expresión genuina del sentimiento emancipador de las multitudes argentinas, empeñadas desde Mayo en el ideal vigoroso de la plena autodeterminación nacional. Eran estas síntesis oscuras que germinaban en lo colectivo histórico de las masas, lo que el radicalismo debió convertir en conceptuaciones políticas de lucha. Al no hacerlo, su derrota estaba sellada. La gran frustración de lo radical ha sido consumada. Y nada contrarrestará mientras tanto, el poderío de las fuerzas políticas que triunfaron con Perón, gracias al error de perspectiva –nacional e internacional –de aquellos que al influjo de factores foráneos, cayeron en una imperdonable desviación de la línea del partido, traicionando los postulados históricos de la U.C.R.".

En 1947, se produjo su primer acercamiento al peronismo, de la mano de Arturo Jauretche, quien lo llevó a colaborar en el gobierno bonaerense, como Director de Publicaciones y Prensa del Ministerio de Hacienda. Por ese entonces disertó sobre "La Universidad y la Reforma del 18", en vísperas de sancionarse una Ley Universitaria. En 1948 empieza su labor docente en la Universidad Nacional de La Plata, como Profesor Adjunto de Introducción a los Estudios Históricos, que amplía con incursiones por la sociología, la historia del arte, la literatura, etc., y en la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires, hasta el golpe septembrino de 1955.

Ante la coyuntura, se convierte en ideólogo de la resistencia peronista y si bien no participa directamente en política, es detenido un mes en San Martín cuando el levantamiento patriótico del Gral. Juan José Valle contra el gobierno de facto, que había desatado una cruenta represión contra las fuerzas populares.

En 1957, un año después de Civilización y Barbarie. El liberalismo y el mayismo en la historia de la cultura argentina, de Fermín Chávez y el mismo año de Los profetas del odio de Arturo Jauretche, aparece Imperialismo y Cultura. Estos tres libros constituyen un dique conceptual contra los intentos de retrotraer la situación nacional a lo que era antes de 1943, avalados por una intelectualidad cipaya, cuyo paradigma era Borges, escritor cosmopolita, de un europeísmo afectado y erudición esotérica, ajeno a los problemas nacionales. Prueba de ello es el Nº 237 de la revista Sur en que Victoria Ocampo, Eduardo González Lanuza y Guillermo de Torre, entre otros, tratan de demostrar que el "verdadero" pueblo argentino no participó de la experiencia peronista, argumento que, con otros basamentos teóricos, emplea Juan José Sebrelli en el Nº 7/8 de la revista Contorno. Sea por derecha o por izquierda, el objetivo consistía en negar al sector popular todo protagonismo histórico.

En "Imperialismo y Cultura", Hernández Arregui analiza descarnadamente la cultura oficial y la dependencia, la deificación de todo lo extranjero, la falta de proyecto nacional en gran parte de la dirigencia argentina, el uso de las corrientes filosóficas nacidas en Europa sin comprensión del país real. Encuadra las relaciones entre imperialismo y cultura dentro del contexto europeo a lo largo del siglo XIX, así como sus consecuencias para la formación de una literatura "mundial", inexistente antes de la era imperialista, en la primera mitad de nuestro siglo. Juzga toda producción y actividad culturales a través de una contradicción básica de una país de pendiente (Romano dixit) "lo nacional liberado vs. Lo mimético sumiso". Según su criterio, la cultura nacional se apoya siempre en componentes folklóricos de raíz hispano-indígena, reelaborados luego por artistas individuales con los criterios de la cultura cultivada. Por eso exalta la obra de Lugones y la opone a la de quienes se dejaron seducir por modelos sin arraigo telúrico. A partir de la polémica lectura que Borges hiciese del Martín Fierro de José Hernández, realiza una lectura demoledora. Este paradigma de intelectual cosmopolita, de un europeismo afectado y una erudición esotérica es considerado en Nacionalismo y Liberación (1969) como el arquetipo del eunuco escriba, hechizado por mundos inexistentes:

"Hay un pensamiento nacional y un antipensamiento colonial. Un escritor nacional tipo es Raúl Scalabrini Ortiz. Un escritor colonial – más perfecto que una esfera musical en la mente de Pitágoras - es Jorge Luis Borges. De un Pitágoras que nunca existió. Y en esto se parece a Borges. Que ha caído en la farolería de hablar de Pitágoras sin conocer la filosofía griega. En rigor, Borges, pájaro nocturno de la cultura colonizada, desde el punto de vista argentino es más fantasmagórico que el Pitágoras de la leyenda órfica. Un Borges – ese "cadáver vivo de sus fríos versos" que dijera Lope de Vega – hinchado todos los días por la prensa imperialista. Y que ni siquiera merecería ser citado aquí, sino fuese porque es la entalladura poética de ese colonialismo literario afeminado y sin tierra al que hacemos referencia. Poeta del Imperio Británico, condecorado por Isabel II de Inglaterra, ha declarado hace poco: "Si cumpliese con mi deber de argentino debería haber matado a Perón". El desmán sería para reírse, sino fuese, como lo hemos expresado en otra parte " porque detrás de estas palabras pierrotescas se mueven las miasmas oscuras del coloniaje". Así habla la "inteligencia pura" de este ancestro hermafrodita de la poesía universal fuera del mundo que, como una orquídea sin alma, llora en la mayoría de sus poemas, su "muerte propia" a la manera de Rilke.

Sí. Todos hemos de morir. Borges también. Y con él, se irá un andrajo del colonato mental. A diferencia de ellos, bufones literarios de la oligarquía, mensajeros afamados del imperialismo, cuando a los grandes hombres de América les llega la hora de la muerte, en ese mismo y supremo instante, la eternidad de la historia, la única y luminosa inmortalidad que le es dable esperar a la criatura humana en su tránsito terreno, los amortaja en una estela de gloria con las palabras de los verdaderos poetas nacionales: "Hay una lágrima para todos aquellos que mueren, un duelo sobre la tumba más humilde, pero cuando los grandes patriotas sucumben, las naciones lanzan el grito fúnebre y la victoria llora".

Según Fermín Chávez en su prólogo al ¿Qué es el ser nacional? (Catálogos, 2002) esta resignación agnóstica dio paso, en el en viaje que realizaron a Toledo, al surgimiento de una sensibilidad religiosa.

Los capítulos dedicados al nacimiento de la revista Sur, y la caracterización de sus mentores y adláteres, tienen vigencia hasta hoy. Victoria Ocampo dijo entonces: "No hay nada peor que un canalla con talento" a lo que él le respondió diciendo "solo atino a figurármela a medida que va poniéndose vieja, con la casaca roja y los botones dorados de una domadora de fieras suelta en Picadilly".

En 1960 aparece un segundo libro, cardinal y corrosivo hasta hoy: La formación de la conciencia nacional (1930-1960). "Esta es la crítica – dice en el Prologo – inspirada en un profundo amor al país y fe en el destino nacional de la humanidad, contra la izquierda argentina sin conciencia nacional y el nacionalismo de derecha, con conciencia nacional y sin amor al pueblo". Entre esas falsas opciones analiza y documenta el surgimiento de FORJA primero y sintetiza luego todos los aspectos socializadores de los gobiernos peronistas, desde una perspectiva no partidaria, "pues el autor – añade – carece de compromisos políticos, salvo con las masas argentinas depositarias del destino nacional".

"El nacionalismo posee un doble sentido, según corresponda al contexto histórico de un país poderosos o un país colonial. Hay pues, en el umbral del tema, una diferencia, no de grado sino de naturaleza, entre el nacionalismo de las grandes potencias – Inglaterra y los Estados Unidos, por ejemplo – que son formaciones históricas ya constituidas, y el nacionalismo de los países débiles, que aspiran justamente a convertirse en naciones. Hay además un nacionalismo ligado a las clases privilegiadas aunque adopte cierta actitud crítica frente a ellas, y un nacionalismo que se expresa en voluntad liberadora de las grandes masas nacionales. Mantener el equívoco entre ambas concepciones del nacionalismo, en que están conjuras tanto las potencias coloniales del presente como las clases encumbradas de los países coloniales, y destinado a velar el nacionalismo del pueblo, ha sido respecto a estos países sin soberanía real una de las más diestras y calculadas defraudaciones de la filosofía del imperio". Esto decía quien, por aquellos años, sostenía que el único intocable era Nicolino Locche...

Juan Perón, en carta del 10 de diciembre de 1969 en el que le agradece el envío de sus libros, formula un cálido elogio de toda su obra. En uno de los párrafos le dice:

"Por todo lo que hacen ustedes allí con la difusión de la verdad tantos años oculta, yo deseo como argentinos hacerles llegar, junto con mi encomio más entusiasta, mi felicitación más sincera. La causa de la revolución necesita de algunos realizadores, pero no mucho menos de muchos miles de predicadores que, empeñados en la tarea de persuadir, no cejen en el empeño de incendiarlo todo si es preciso.

...He visto que el Peronismo está despertando entre los "intelectuales" el deseo de escribir sobre él, unas veces con fines leales a la Nación y otras buscando lo contrario. El profesor Gonzalo Cárdenas sé que lo ha hecho bien y de buena fe, que es lo que interesa. Otros como Félix Luna lo han hecho a su manera, a lo que ya estamos acostumbrados."

¿Qué es el ser nacional? (1963) resulta de una conferencia y de cursillos realizado en universidades del interior (noroeste, Tucumán, Santiago del Estero) y profundiza observaciones anteriores sobre política y cultura de ámbito iberoamericano, para lo cual replantea las vicisitudes históricas atravesadas por el continente. Más de un marxista se verá sorprendido por tesis expuestas por quien vulgarmente aparece asociado al marxismo tradicional o, lo que es peor, un progresista "trucho", tan el boga en estos tiempos, que desconoce la obra del Júpiter tonante que escribía en la biblioteca del Museo Británico. Ya el propio Marx lo decía: "Yo no soy marxista" (y no conocía la Argentina):

"El menosprecio hacia España arranca en los siglos XVII y XVIII como parte de la política nacional de Inglaterra. Es un desprestigio que se inicia con la traducción al inglés, muy difundida en la Europa de entonces, del libro de Bartolomé de las Casas Lágrimas de los Indios: relación verídica e histórica de las crueles matanzas y asesinatos cometidos en veinte millones de gentes inocentes por los españoles. El título lo dice todo. Un libelo".

"Junto a la acometida sobre la raza de bronce subyugada, España trajo a estas tierras una de sus virtudes más grandes, el espíritu de independencia y las instituciones que lo resguardaron. Un antecedente de esta actitud altiva y libre, que América Hispánica recibió como legado, se encuentra ya en Lope de Aguirre, al tratar de igual a igual, en 1561, a Felipe II: "Te aviso, rey español, que tus reinos de Indias tienen necesidad de justicia y equidad para tantos y tan buenos vasallos como en ellos moran. En cuanto a mí y mis compañeros, no pudiendo sufrir más las crueldades de tus oidores y gobernantes, nos hemos salido de hecho de tu obediencia y nos hemos desnaturalizado de nuestra tierra que es España, para hacerte aquí la más cruel guerra que nuestras fuerzas nos consientan (...) En estas tierras damos a tus pendones menos fe que a los libros de Martín Lutero."

El análisis de nuestro autor sobre el intelectual pequeño burgués, dista diametralmente de la izquierda internacionalista, su definición se asienta en la realidad, sin idealizaciones; ya que si bien usaba las categorías del análisis marxista, contó una historia de la que nunca habló el Partido Comunista argentino:

"La clase media tiende a la formación de grupos intelectuales que fluctúan, por motivos diversos, entre las "élites" que miran hacia arriba y los "ghettos" espirituales que miran hacia abajo. Esto explica la abundancia de intelectuales de izquierda que se pasan a la derecha ideológica, al conservatismo social. En realidad, los intelectuales son los que sienten más vivamente esta situación incierta que ocupan en la sociedad. Mientras la perspectiva de descender les lleva a la comprensión de la lucha que libra la clase trabajadora por otra parte les estimula a no caer en ella."

Hernández Arregui nos estimuló para que repensemos y redefinamos toda la cultura argentina desde sus orígenes. Y también a denunciar la mistificación del intelectualismo que se dice progresista sin entender nada de los movimientos populares que surgen no de los libros sino de las tradiciones de un pueblo:

"En la escuela le enseñaron a preferir el inmigrante al nativo, en el colegio nacional que el capital extranjero es civilizador, en la Universidad que la Constitución ha hecho la grandeza de la Nación o que la inestabilidad política del país es la recidiva de la montonera o de la molicie del criollo. Este estado de espíritu, fomentado sutilmente por la clase alta aliada al imperialismo, distorsiona la conciencia de estos grupos, cuyo escepticismo frente al país favorece el pasivo sometimiento espiritual".

Dirigentes obreros de San Juan, Tucumán, Mar del Plata y Rosario fueron sus interlocutores, pero su prédica se abrió a otros, aparentemente menos permeables a este tipo de ideas. En septiembre de 1969, el Director del Colegio Militar, Gral. Mariano de Nevares, sancionó con diversas penas a unos cuarenta oficiales del ejército en un sumario secreto. Encabezaba esa lista el Tnte. Licastro, acusado de: "mantener vinculaciones y vincular a otros oficiales con un ideólogo de izquierda conocido por él, formular comentarios favorables al mismo y defender sus ideas ante sus camaradas" y sancionado con cincuenta días de arresto y su pase a disponibilidad. A partir de ese momento, Hernández Arregui pasó a integrar la lista de los que años después se conocerían como "desaparecidos". En octubre de 1972 y tras varios allanamientos, un "caño" explota en su casa y lesiona gravemente a su mujer.

Tal desastre no lo arredra y en 1973 publica "Peronismo y Socialismo", aclarando en el prólogo que contrariamente a sus obras anteriores, es "un libro de divulgación", con "un lenguaje más bien periodístico", pero "cuidando, no obstante, en la medida de lo posible,, encuadrar los diversos temas abordados dentro de un nivel intelectual adecuado para quienes buscan una visión resumida de la realidad nacional", Su título, por otra parte no debe llevar a la confusión, se trataba una perfecta delimitación del socialismo nacional del que hablaba Perón en las Pautas de actualización doctrinaria (1972) de manera tal de evitar las confusiones de los peronistas oportunistas de la época (añadiríamos también, de la actualidad). Esto está claro en los artículos firmados en la revista Peronismo y Liberación, al explicar el cambio de denominación de la publicación. (anteriormente, en 1973, era Peronismo y Socialismo). Pues así definía la actualidad del momento:

"No habrá alternativas pretendidamente socialistas frente a la política peronista. El peronismo tiene en su seno todo el socialismo posible, al poseer un programa liberador, único eje de la unidad nacional contra el imperialismo, y por sostenerse fundamentalmente en el apoyo que le da la clase obrera".

La izquierda cipaya jamás le perdonó su compromiso nacional ni la derecha reaccionaria su formación marxista. Unos intentan encuadrarlo con extrañas alquimias en una posición que nunca compartió, otros, lo acusan de haber agitado el "inmundo trapo rojo", sin percatarse como cretinos que son, que por más de una década flameó en el firmamento de la república una bandera roja... de remate.

Sobre el éxito de sus libros pensaba Hernández Arregui que "estos libros han surgido del dolor nacional y no del narcisismo literario, el prestigio intelectual de nada vale, y si tal prestigio emana de una obra áspera y crítica contra las instituciones y figuras representativas del coloniaje, más que prestigio acarrea sinsabores, odios duraderos y calumnias"

En el año 1974, año trágico para los nacionales, que acarreó la desaparición física de Juan Domingo Perón y de un pensador de la talla de Arturo Jauretche, corroído por los sinsabores mencionados, inició su tránsito hacia la gloria. Sus libros, polémicos y sin duda discutibles, no son de investigación sino de lucha", como él mismo dijera. A esa lucha, que es la liberación definitiva del gran país iberoamericano, dedicó su pensamiento tan lúcido como apasionado.

Este pensador argentino, en 1973, al ser distinguido como Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires, expresó categóricamente: "He pertenecido, pertenezco y perteneceré al Movimiento Nacional Peronista".

Nada más podemos agregar.


Peronismo y socialismo

Lo que sigue es la introducción de Peronismo y Socialismo, último libro que editara Juan José Hernandez Arregui, en 1971/72.

Hernández Arregui, aquel que afirmó "soy peronista porque soy marxista" e intentó concienzudamente multiplicar centros de izquierda nacional para nutrir de marxismo a las masas trabajadoras peronistas; fue, a la muerte de Cooke, el principal referente teórico de los peronistas de izquierda.
Fundador junto a Ricardo Carpani, Ortega Peña, Eduardo Luis Duhalde y otros intelectuales, del grupo Cóndor, concebido como usina teórica para herramentar a los revolucionarios.
Muere en 1974 en medio de una persistente presión de la Triple A, víctima de un colapso cardíaco. Por entonces el peronismo cooptado por Isabel y Lopez Rega presentaba un escenario demasiado confuso como para persistir en sus tesis de formar cuadros medios sindicales en el marxismo y dentro del peronismo para dar el inevitable salto cualitativo de peronismo en socialismo, de movimiento nacional en partido revolucionario. Su muerte impidió saber cómo hubiera planteado H.A. el posicionamiento ante semejante traición a las bases que se operaba desde el isabelismo.

I - Colonialismo. Liberación Nacional. La Crisis actual. Imperialismo y socialismo.
Nuestro tiempo es el más convulsivo de la historia universal. El malestar del presente engloba a todas las instituciones, altera las conciencias, solivianta a las clases sociales, incorpora a todos los países del orbe a una lucha que crea un sentimiento generalizado de crisis y revolución. Nada ni nadie escapa a esta perturbación de un mundo en situación de viraje. Los problemas de esta época, aunque vividos en forma individual, son objetivos y es imposible dasasirlos entre si. Sólo por abstracción, que es una forma de empobrecer la realidad histórica, podemos evaluarlo por separado. Como en todos los períodos de mudanza, el desorden ideológico, de creencias, de sentimientos, son los síntomas de un desarreglo que todos percibimos. En tiempos como este la neutralidad es cobardía. En forma consciente, o poco consciente, presentimos el atardecer de una civilización y que marchamos hacia un desenlace nuevo. Para muchos, lo nuevo es lo desconocido. Y lo desconocido es miedo. Una transformación se acerca y abarca los espacios individuales y colectivos de la existencia. Tal crisis histórica, imponente y trágica, puede resumirse - aunque no agotarse-, en algunos temas centrales: 1) La declinación del imperialismo; 2) El colonialismo como hecho crucial del presente; 3) La fractura en cadena de todas las instituciones, la Iglesia, la Universidad, el Ejército, con su conclusión, la desarticulación total de la vida histórica.
A estos temas vertebrales de nuestro tiempo, se asocia, en intrínseca conexión de sentido, el destino de la Argentina, de Iberoamérica, del llamado Tercer Mundo. Y el avance de un orden mundial, el socialismo, que no es una utopía, sino un sistema que concierta a casi la mitad del mundo actual, y que en tanto tránsito, es la raíz de la conmoción que turba a nuestra época, la más grandiosa de la humanidad.
El poder del imperialismo se desmorona. Al capitalismo pertenecen aún naciones fuertes. Basta referirse a una de ellas para ubicarnos frente al imperialismo en general. EEUU es la potencia representativa de este orden mundial. Y, por tanto, patentiza la discusión misma de la cuestión colonial. Imperialismo y colonialismo son las dos fases de un mismo fenómeno histórico. EEUU no es una nación independiente. Ni en el plano económico, diplomático o militar. Su dominio tambalea. Esta crisis viene de atrás. Dos guerras mundiales; la Revolución Rusa de 1917; la China de 1949; el levantamiento del África Negra; las guerras de liberación en Asia, Corea, Argelia, Vietnam, Indonesia, Medio Oriente; la Revolución Cubana; la inestabilidad del Japón; la propagación de los Movimientos de Liberación a Iberoamérica; el volcán -no el milagro- del Brasil; los ensayos militares o legales en Perú, Chile, Ecuador, el peronismo en la Argentina como movimiento revolucionario de masas, etc. son indicaciones de esta desintegración mundial. La crisis se ha desplazado a la periferia. Al llamado Tercer Mundo.
Esta denominación, no obstante, debe ser usada con precaución. Antes de discutir sobre una cosa hay que examinarla y definirla. El incumplimiento de este requisito conduce a los equívocos más estériles. La definición es, pues, previa al uso del término. No hay un Tercer Mundo incomunicado de los bloques capitalista y comunista. El planeta está unificado. Y sostener que el Tercer Mundo -al cual la Argentina pertenece- es independiente, no sólo es una abstracción inexistente en la realidad, sino una esquematización peligrosa. Los países coloniales no escapan a la influencia del capitalismo y del socialismo. Del mismo modo que las naciones capitalistas o socialistas no pueden desligarse del círculo colonial. La configuración económica y política del mundo torna insostenible toda tesis de una autarquía de las naciones, o de grupo de naciones, en el orden internacional. El concepto de Tercer Mundo, útil y hasta necesario para individualizarnos genéricamente, interpretado de una manera interesada puede servir a las concepciones más reaccionarias, que con el pretexto del "tercermundismo" lo que en rigor se proponen, en beneficio del imperialismo, es excluir a estos pueblos, mediante las llamadas "fronteras ideológicas", del contexto internacional. El criterio debe ser inverso. Y por Tercer Mundo, debe entenderse una categoría histórica que otorga plena vigencia a los pueblos coloniales y los convierte en carta decisiva en la resolución del problema mundial. Es decir, en el eslabón roto del imperialismo, y en el puente hacia el socialismo. El levantamiento de los pueblos coloniales marca el fin del imperialismo. La revolución ha penetrado en EEUU. El desafío negro y de las minorías étnicas marginadas, el desequilibrio económico y social interno, la disolución de las costumbres, el apagamiento de los valores culturales y tradicionales del apogeo de los comienzos, la rebelión neurótica de la juventud, las drogas, la impresionante propaganda que en vano busca desviar la certeza de un cataclismo, son factores, entre otros, que sólo pueden desembocar en la guerra o la revolución. Esto revela que el mundo es indiviso. Que la tecla que suena en una latitud redobla en la otra. Pero esta repercusión no es presentada, ni puede serlo, de un modo veraz, pues la muerte de una civilización monumental no es súbita y, justamente, en los tramos finales de la decadencia más concentrados son los recursos que ese sistema agonizante moviliza para retrasar el curso de la Historia.
Un manto grasiento de mentiras cubre a la llamada civilización occidental y cristiana. Las mismas informaciones, los mismos alimentos periodísticos científicamente orquestados por un puñado de agencias noticiosas -en su mayoría norteamericanas- son los megáfonos monstruosos de los truts mundiales que dirigen la economía internacional y congelan la opinión pública en una visión aberrante de la vida. Esta información cotidiana que reciben millones de seres no es más que la pantalla deformante del mundo real interpuesto por los monopolios. El imperialismo económico aparea el imperialismo cultural. El 90% de las noticias políticas, financieras, artísticas, historietas para niños y adultos, son acaparadas por diez agencias noticiosas de ilimitado poder difusor, a las que deben sumarse las estadísticas y estudios especializados, no siempre falsos, pero incompletos y dirigidos a deformar la realidad. Estas agencias noticiosas y organizaciones como la CEPAL, UNESCO, etc., fiscalizadas por los monopolios, son fábricas de narcóticos ideológicos, de mercaderías mentales que atrofian en el infantilismo cultural, o en la verdad a medias, a millones de seres en las metrópolis y en las colonias. Nadie está totalmente inmunizado contra esta urdimbre de la propaganda capitalista. De estas invasiones mentales del imperialismo, de esta idiotización pedagógica concentrada que las grandes usinas psicológicas manipulan a fin de inducir a los habitantes de las metrópolis al optimismo más trivial, y a las colonias, a mirar lo propio con ojos extranjeros. O sea, con optimismo importado. La propaganda es la segunda naturaleza del colonizado armada por las vías entrelazadas del cine, la tevé, la radio, los avisos comerciales, etc. En las colonias la realidad social está maquillada. Se imita a las metrópolis productoras de venenos culturales, tanto como de artículos de mercado, se calcan las modas extranjeras, se leen los autores extranjeros. Todo es comercializado. La putrefacción de la cultura de las metrópolis, el hipismo, la homosexualidad, los crímenes orgiásticos de Charles Mason, son exportados, lo mismo que los vicios de la burguesía europea o norteamericana expuestos como formas permanentes de la vida, y no como lo que son, frutos apestosos de una sociedad en descomposición. De este modo, la decadencia cultural adopta en las colonias moldes prestados, el sexo es glorificado, la modelo de TV es el modelo femenino supremo para millones de muchachas solitarias, el impacto erótico de "la colonia que mata", el cigarrillo americano con materias primas argentinas lanzado bajo licencia de Philip Morris, aprisionan en el microcefalismo al gran público, mientras la censura oficial prohibe mostrar los obrajes del Chaco, Misiones, Santiago del Estero, el Tucumán hambriento, el ultraje a la vida humana en las villas miserias, ahogado este horror colonial por los sones frenéticos de la música "beat". He aquí el fúnebre escenario de la cultura del imperialismo que en los subsuelos dorados de las grandes urbes agruma a las clases altas y medias, en el tedio, el miedo o el vértigo, en tanto más abajo, pero cerca ya, las miserables masas se preparan contra una cultura miserable.

II -
La cultura del imperialismo deslumbrante en la cumbre es cenagosa en su fondo. En efecto, la situación de las colonias, base material de esta civilización, es tan despiadada que el anticolonialismo arrastra hoy a continentes enteros. Al torbellino no escapa Iberoamérica. No se trata de una "subversión" comunista. Son levantamientos de los pueblos contra la opresión colonial.
Estas referencias apuntan al tema de la violencia. La violencia tiene signo contrario según las clases sociales que la nombran. Para el imperialismo y sus aliados nativos, la violencia es ejercida por grupos minoritarios que sirven a intereses extranacionales. A Rusia, China o Cuba. Es una violencia asesina. Para los que luchan por la Liberación, en cambio, la violencia es la respuesta patriótica de la conciencia nacional agredida por el colonialismo. Son dos actitudes

irreconciliables. Como lo es la oposición entre el imperialismo y el colonialismo, entre la riqueza y la miseria. Esta oposición no admite neutralidades. Pero es una verdad, válida para ambas posiciones, que sólo la violencia aniquilará a la violencia. De un lado la violencia es la opresión ejercida por el colonialismo. Del otro, la violencia es la forma activa de la libertad, la racionalidad de la justicia colectiva que se hace imperativo político. En el primer sentido es la violencia del privilegio. En el otro, la reacción contra esos privilegios armados. La violencia es la forma más nítida de la lucha de clases. La violencia es la réplica a que está condenado todo país avasallado. No hay pensamiento revolucionario sin una pasión que lo alimente. El fenómeno es universal. Común a todos los países coloniales. Por ello, la liberación colonial, es precedida por un pensamiento renovador centrado en la tierra. Un pensamiento nacional que anticipa la revolución política. De ahí el rencor que en tales períodos circunda a los escritores nacionales. A los Raúl Scalabrini Ortiz, a los John W. Cooke. Son ellos, los fulminantes que preparan el estallido colectivo. Del mismo modo que, en tanto escritores nacionales, no hacen más que interpretar los estados latentes de las masas. En esta interacción entre el pensamiento nacional revolucionario y los grupos llamados combativos se contiene la organización política del Pueblo, el anuncio de la Insurrección que conoce sus fines, que sabe cómo se construye el Estado-Nación.
La violencia no es un fenómeno argentino, es mundial. Como es mundial la caída del colonialismo. Por eso, las explosiones de violencia, deben medirse en escala iberoamericana. Iberoamérica es una nación frustrada por el imperialismo. La división de América del Sur en débiles estados (en realidad países) fue impuesta por Europa durante el siglo XIX y preservada hasta nuestros días. Hoy asistimos al alumbramiento de la nación iberoamericana. La unidad esencial de indoiberia (o América Latina como nos llaman los anglosajones para secar nuestras raíces históricas) ha sido repartida en un conjunto de particularidades geográficas, de nacionalidades sin soberanía real, ni otro fundamento que la voluntad disgregadora de los dominadores extranjeros. Un argentino que no siente como propia las luchas de los países hermanos sigue siendo un lacayo mental, un colonizado. Sin la unidad de Iberoamérica, incluido el Brasil, la liberación es incompleta. El golpe mortal al imperialismo sólo puede asestárselo el Tercer Mundo unificado. Pero el realismo político nos obliga a pensar, primero en lo nuestro como parte de lo iberoamericano, ya que la transformación de la sociedad capitalista en socialista sólo podrá consumarse previa la revolución del mundo colonial. Y la América hispánica es para EEUU la zona neurálgica más próxima de su propia crisis que es la del imperialismo en el orden mundial.
En síntesis la revolución colonial es, sin duda, internacional. Pero deberá realizarse a través de las revoluciones nacionales. Todo internacionalismo antepuesto a lo nacional es un supuesto dogmático. Y del mismo modo, todo nacionalismo sin visión internacional es reaccionario. El "internacionalismo", tal cual lo entienden los grupos "marxistas" sin conocer a Marx, no existe en ninguna parte. Es un internacionalismo nebuloso que recuerda el caso de aquel ciego que en una pieza oscura buscaba a un gato negro que no estaba allí. Las masas no piensan en el allá del mundo. Piensan en su acá. En la Patria. Incluso en el terruño provinciano. Pero es la suma de estas luchas multilocales y nacionales, la que en un momento histórico dado desprenden efectos internacionales. El nacionalismo de las masas nace del hecho inmediato, no teórico, de la colonización. No de los libros sino del desarraigo destructor que nos viene de afuera. El secreto del colonialismo se llama opresión imperialista. Y el desciframiento del misterio colonial, primero es hambre, después conciencia política y finalmente liberación nacional. El internacionalismo no existe en ninguna parte. De ahí el descrédito de estos grupos de izquierda europeizantes ante las masas. Niegan a Perón en la Argentina. Algunos se dicen maoístas. Pero es un chinoísmo sin Mao: "Hay dos maneras de aprender de otros. Una es la dogmática, que significa copiarlo todo, sea o no aplicable a las condiciones de nuestro país. Esto no es una buena actitud. La otra es hacer funcionar nuestras cabezas y aprender lo que se adapta a nuestras condiciones, es decir, asimilar cuanta experiencia nos sea útil. Esa es la actitud que debemos adoptar." Mao Tse-Tung.
Nuestros "internacionalistas", como dice Perón, "no son mala gente". Aunque en ellos, bajo la presión de las masas, se ha operado un cambio, aún se muestran recelosos de la palabra nacionalismo. Atragantados de literatura extranjera son revolucionarios fantasmas. Y colonizados corpóreos. Empero, en la Argentina de hoy, acorralados como clase media intelectual por la violencia imperialista, empiezan a pensar en términos de política nacional, de tradiciones nacionales, de cultura nacional. Y ahí se encuentran con que el pueblo analfabeto es más nacional que ellos. Esta es una culpa que todo intelectual debe purgar. El colonialismo, no los libros, crea el nacionalismo de las masas. Por eso, no sin embrollos teóricos, en la Argentina, la clase media dislocada por la filosofía del imperialismo que la hizo identificar al peronismo con el fascismo europeo, y que además, por ese internacionalismo ultraterreno también europeo, no vio al pueblo, hoy se hace nacional. En la Argentina, esta nacionalización creciente de la clase media, en especial las capas universitarias, que ayer no entendían al pueblo y sus líderes, implica un redescubrimento de la realidad. Tal el caso de Perón, abominado por el estudiantado y erigido ahora en estandarte de liberación por jóvenes de esa misma clase media que no lo conocieron. Ha sido necesario que el imperialismo maltratase a la clase media para que sus miembros más patriotas entendiesen que la liberación sólo puede alcanzarse previa una etapa de consolidación nacionalista. Nacionalismo y socialismo son términos convergentes. Todavía la resistencia al nacionalismo no ha desaparecido de los partidos y grupos de la izquierda argentina tradicional. Vacilan ante la resistencia patriótica del pueblo. No saben si el peronismo es "totalitarismo" o si conduce al socialismo. Entienden por "totalitarismo" al demagogo. Y al negar a Perón niegan a las masas. Es decir, como mini partidos de izquierda al levantar banderas "democráticas", "constitucionalistas", "acuerdistas", son partidarios del parlamentarismo. Esto es justo. Parlamento viene de "parler", de hablar, y en verdad, el parlamento es el lugar de los charlatanes. El pueblo al ignorarlos los conoce. Tales partidos prefieren la salida electoral -que en ciertas condiciones pueden ser un medio- a la lucha armada. Y, con citas de Marx y Engels, consideran anarquistas , terroristas, en consonancia con el régimen, a estas formas de la guerra patriótica. De este modo -aunque no se compartan tales métodos- a la grandeza de los que mueren por la liberación de la Argentina prefieren "la mentira de las ideas elevadas" y la concreta cobardía personal. Son antiimperialistas y al mismo tiempo, el repulsivo compromiso de conciencia, candidatos a una banca. El temor a la lucha frontal los esteriliza. Los convierte en teóricos aislados del pueblo, en oportunistas prácticos. Y por esta vía se integran al colonialismo institucionalizado, a la alianza de la izquierda con el imperialismo.

III -
Estas pocas referencias indican una realidad que estalla. La esclavitud colonial subleva a pueblos enteros. Guerras, genocidios, secuestros, asesinatos, guerrillas, violencia organizada contra la violencia organizada, anticipan el fin de una era y el nacimiento de otra. No es un cambio apacible. Emerge teñido de sangre. Y este intermedio, es simultáneamente el más reaccionario y el más revolucionario de la humanidad. Dos sistemas se enfrentan.

En medio del caos el presente muestra el futuro. El imperialismo les impone a los pueblos sometidos exigencias históricas de liberación. Nadie está radiado del proceso universal. No cabe la indiferencia política. Pues la historia es la política. Y la política son los pueblos que hacen la historia. El extravío marca todos los ámbitos de la existencia. Pero ningún síntoma es más significativo para describir a nuestra época que el levantamiento de los pueblos coloniales con el nacimiento correlativo de nuevas nacionalidades. La experiencia de nuestro tiempo prueba que ejércitos de alta preparación profesional nada pueden contra la resistencia de los pueblos. Argelia, Corea, Vietnam, Cuba, hablan por sí mismos. Y las metrópolis mismas ven aparecer en sus fronteras, hasta ayer seguras, la sombra de la revolución. Soldados que vuelven de los frentes coloniales enviciados por las drogas, convertidos en guiñapos, perseguidos por pesadillas atroces, son portadores mudos, máscaras espectrales, de las contradicciones de todo el sistema. Millones de hombres descubren la barbarie blanca. La reacción contra el colonialismo es mundial. El poder imperial, soberbio por fuera, se manifiesta anémico por dentro. La civilización aparece ahora como lo que es, la personificación del dinero creador de un mercado mundial de esclavos. El mismo imperialismo de las informaciones se agrieta. Los pueblos exiliados de la historia universal traspasan el umbral de esa historia y desafían a los civilizadores. Del mundo de los oprimidos surge el odio patriótico contra el conquistador de siglos. Y con la liberación, nuevas naciones y culturas, deshacen las configuraciones históricas construidas por las potencias imperiales. El siglo XIX asistió al nacimiento de las nacionalidades europeas, el siglo XX, con la disociación del colonialismo, es testigo de la florescencia de nacionalismos nuevos: "el sentimiento de la nacionalidad se convierte en nacionalismo, actitud de grupo que es de la mayor importancia en el mundo moderno. El nacionalismo como estado de ánimo que trata de hacer a la nación una unidad efectiva y convertirla en objeto de la más suprema lealtad del hombre, se desarrolló notablemente en el mundo occidental a partir del siglo XVIII y con la llegada de las nuevas democracias con sus demandas de autogobierno dio lugar a que la nación se gobernase por si misma, asaltando a la vez el orden dinástico-feudal, el Estado dominado hasta entonces por una clase. De este modo, el espíritu del nacionalismo contribuyó a ensanchar la base comunitaria del Estado". Mac Iver y Page.
El nacionalismo, plasmado de las naciones europeas durante el siglo XIX, al compás del desarrollo del capitalismo, ha dado paso a otro nacionalismo. Un nacionalismo que rechaza las agresiones del nacionalismo imperial. Es el nacionalismo de los pueblos coloniales. Un nacionalismo que nace de los pueblos y sus tradiciones enterradas por la oligarquías ajenadas a Europa. Sólo se construye la nación sobre el pasado. EEUU supo cimentar su poderío afianzando, no rehusando el pretérito. A diferencia de Iberoamérica cuyas oligarquías de la tierra renegaron de todo lo nativo, Jefferson impuso en Virginia la enseñanza del antiguo sajón a fin de conservar las tradiciones idiomáticas y culturales que EEUU había heredado de Inglaterra. En nuestros países acaeció lo contrario. Las oligarquías vencedoras borraron el pasado del pueblo, hablaron en francés y traficaron en inglés. Hasta se avergonzaron del idioma español, y si no lo extirparon fue porque el pueblo se mantuvo impenetrable al extranjerismo de la clase dirigente. Extranjerismo cultural que es el revés sin brillo de la entrega material. En las oligarquías coloniales la clase está antes que la patria. Por eso, la respuesta es un nacionalismo apasionado frente a la falta de patriotismo y el odio al pueblo de esas oligarquías sin adherencia al suelo.
¿Qué significa un nacionalismo apasionado? "Nada grande se ha cumplido jamás sin pasión". Hegel. Y esta fe nacionalista es hija de la expatriación de la oligarquía, de la despersonalización cultural, y del retorno a la comunidad histórica indesmembrable del pueblo nacional. Este nacionalismo tiende a destruir los mitos creados por el imperialismo y acatados por las oligarquías. Uno de estos mitos, creados en EEUU, es el "panamericanismo". El panamericanismo ha sido un instrumento de la supremacía del Norte sobre el Sur. Ha sonado la hora de cambiar ese "panamericanismo" por el iberoamericanismo. La idea de la comunidad iberoamericana como resistencia cultural a EEUU está designada para cumplir un papel destacado en la unidad política de nuestros pueblos frente al poder anglosajón. Esto augura la articulación, desde Méjico a la Argentina, de la Confederación Iberoamericana de Naciones. Separados no tenemos poder. Unidos, como lo fuimos en nuestros orígenes, seremos la nación de un próximo futuro continental y mundial. Nacionalismo iberoamericano que será logrado a través de la insurgencia ya iniciada en nuestros días. Ahí están Cuba, Chile, Perú, Méjico, la Argentina de Perón, en condiciones de confederarse bajo la presión extranjera que alimenta la conciencia histórica de un pasado y un porvenir común de grandeza en la unidad y unidad en la grandeza. De Méjico partirá la corriente unificadora con el rescate de los países dispersos de la América Central, y por vecindad geográfica, también se integrarán Colombia, Venezuela, Ecuador, lo que fue la Gran Colombia, también destrozada por EEUU e Inglaterra durante el siglo XIX, tragedia que aún pesa sobre Iberoamérica. Brasil no es ajeno a nuestro destino compartido. El imperialismo, sin duda, aportará su última carta al divisionismo, probablemente a través del Brasil. Pero Brasil no es el grupo militar que hoy gobierna. Brasil incuba la revolución. Iberoamérica, incluido el Brasil, cuyo idioma es casi el nuestro, reúne los requisitos de una verdadera nación. El imperialismo lo sabe. Iberoamérica es una cultura única, aunque fraccionada, cuyas notas definitorias pueden resumirse en la gran masa terrestre y oceánica de sus países deslindados por fronteras ideológicas y lesivas a todos y cada uno de estos pueblos, que tarde o temprano -sin perder sus características secundarias-, reconstruirán la fusión geográfica, económica y política de sus partes, entrelazadas por vías de comunicación terrestres, marítimas y aéreas que miren hacia adentro y no sólo a ultramar, es decir, hacia nosotros mismos como gran mercado interno de consumo. Por encima de aquelllas diferencias regionales accesorias, un mismo perfil identifica a Iberoamérica, mezcla de las fascinantes culturas indígenas precolombinas y de España y Portugal. Parecidas costumbres, similar folklore, un arte sorprendente que nos diferencia de todas las culturas universales otorgan a Iberoamérica una homogeneidad, tal vez la más unitaria del mundo, a lo cual se asocia la comunidad lingüística, que no existe ni en África, ni en Asia, ni en Europa. Esta personalidad vive en los pueblos, en el pensar y sentir colectivos. Todos intuimos una superhermandad entre mejicanos, colombianos, peruanos, chilenos, argentinos, cubanos, uruguayos, paraguayos. Y es este parentesco, el que por encima de ultrajes culturales nos hace sentirnos extraños a Europa. Por esto hablamos de esta cualidad iberoamericana como de un componente aglutinante de nuestra liberación continental. EEUU y Europa se oponen a esta unidad. Empero, el colonialismo nos aferra al sentimiento de una cultura afín que es el embrión de la voluntad histórica de edificar la Patria Grande. EEUU y Europa no han conseguido aniquilar, a pesar de ciento cincuenta años de colonialismo, este parentesco cultural. Duro es el camino a recorrer. Y más dura aún la caparazón europea que hay que quebrar. Empero, esta conciencia iberoamericana avanza. Hace más de un siglo y medio en sus "Lecciones sobre la Historia Universal", un hombre de genio, J.G.F. Hegel, lo auguró: "Por consiguiente América es el país del porvenir. En tiempos futuros se mostrará su importancia histórica. Acaso en la lucha entre América del Norte y América del Sur(...) América debe apartarse del suelo en que hasta hoy se ha desarrollado la historia universal. Lo que hasta ahora acontece allí no es más que el eco del viejo mundo y el reflejo de ajena vida."
Las luchas de liberación provocan cambios en la conducta cultural, una vuelta a lo propio. En la Argentina, sobre todo en las clases medias -el pueblo permanece fiel a sus tradiciones- cuyos círculos intelectuales creyeron, y aún creen, en la superioridad europea bajo la iconografía escolar y universitaria, para caer en la servidumbre cultural, que es el nimbo de la dependencia económica y política sobre la cual la oligarquía construyó la imagen convencional de la Argentina. Un hecho, verdadera ley histórica de nuestro tiempo, es que las luchas de los pueblos en Asia, África e Iberoamérica, ha partido de tradiciones nacionales y no de transplantes europeos. La revolución china, se apoyó en el pensamiento de Marx, pero el resultado fue un marxismo chino no europeo. Vale decir, adaptando las verdades universales del marxismo a las tradiciones milenarias orientales. Y así Argel, Egipto, Vietnam, Indonesia, Cuba. La revisión de la historia en la Argentina, la reivindicación por ejemplo, de los caudillos y montoneras del siglo XIX, desalojados de nuestro pasado por la historiografía, mitrista, responde a este retorno al pasado, a las gestas populares como alientos vitales de las luchas del presente. El veto al imperialismo es tanto por la emancipación económica como por la afirmación cultural del pueblo compenetrado con su historia nacional. Este regreso al pasado al servicio del presente, a los lutos y glorias populares negados por la oligarquía, responde a su vez, a una violación externa. En el mundo colonial, más allá de diferencias de razas y culturas y del desarrollo desigual de sus países, la oposición al imperialismo, genera, en todas partes, la misma respuesta, a saber, la conciencia nacional. Y la miseria de las masas es el denominador común de la actividad política revolucionaria. Liberación Nacional quiere decir tanto abolición de la miseria como negación de lo extranjero. Esto implica un problema complejo. De una parte, la ignorancia de las masas es un escollo en la marcha hacia la toma de la conciencia revolucionaria. Más, en otro sentido, esa ignorancia, impermeable a la deformación cultural extranjera, preserva las antiguas tradiciones -lenguas, creencias, religión- y al profundizarse la lucha revolucionaria, le da un contenido nacional, un fanatismo hermético. En tiempo increíblemente corto, millones de analfabetos comprenden colonizados que "han sido crucificados por la bayoneta de la civilización capitalista y la cruz de un cristianismo prostituido" (Ho-Chi-Minh). El imperialismo congrega a los pueblos coloniales en un mismo consentimiento histórico: la liberación. En tal orden, el imperialismo hace internacional la insurrección de los oprimidos, y el colonialismo debe entenderse como el fenómeno más revolucionario de nuestro siglo.

IV -
En los países coloniales, por eso, toda lucha por la liberación contiene en su seno la emancipación cultural. De ahí que en el pueblo las palabras extranjero y enemigo son sinónimas y se funden en un solo sentimiento de defensa y rechazo. Al revés, la oligarquía tradicional y los grupos económicos ligados al imperialismo, anteponen

los intereses de clase a los nacionales. Hay, en un país colonial, dos patrones culturales: 1) La "cultura" de la oligarquía, de la tierra transmitida, en particular, a la clase media, y cuyos valores, difundidos a través de la escuela, diarios, revistas, televisión, etc., son las máscaras de la dependencia económica. Estos valores coloniales contrahechos tienden a crear una imagen falsificada de la Argentina. Así, el colonizado deviene extranjero en sus maneras de sentir y pensar, y de este modo, aunque vive en el país, permanece extraño a su realidad profunda. Esto es comprobable en Buenos Aires, sucursal del imperialismo. Como se trata de un europeísmo o un yanquismo falsos, las clases altas y medias acomodadas -a través de sus gustos, modas, diversiones - muestran una personalidad no menos falsa. En rigor, la mentalidad colonizada no es ni nativa, ni extranjera, pues siendo ambos términos excluyentes entre si, tal extranjerismo encubre las relaciones materiales que configuran la mentalidad colonia, siempre asociada a la desestimación de lo propio. 2) Frente a esta cultura colonial, late en el pueblo oscuro la cultura nacional. Toda cultura nacional es colectiva. Esta cultura colectiva, casi por entero, es inmune a la difusión en masa de la "cultura" del colonialismo. Por eso mismo, la conciencia histórica está en el pueblo, no en las clases altas. Y si esta conciencia histórica es interpretada y alumbrada por una minoría de escritores nacionales, es porque no todos los intelectuales son lacayos. Lucha cultural es, pues, rescate y revitalización de las tradiciones colectivas, costumbres, creencias, folklore -un pueblo sin folklore no es tal sino un conglomerado sin historia- que vienen del pasado y se anudan al presente como herencia y al porvenir como revolución nacional. Para un pueblo cultural, por eso, todo extranjerismo es descastamiento. Y cuando un pueblo -como pasa en la Argentina- está en lucha por la liberación, la lucha política es simultáneamente, lucha cultural contra la dominación extranjera. En suma lucha cultural es prédica y actividad por la liberación argentina e iberoamericana de la opresión imperialista, cualquiera sea los nombres que ésta adopte, "desarrollismo", "economía social de mercado", etc. Pues estas teorías, más aún que las formas artísticas, son los mitos tendenciosos que nos remiten embalados desde afuera. En síntesis, el objetivo de la lucha política y cultural es la descolonización económica de la Argentina.
La existencia de una cultura nacional de liberación, sólo puede concebirse como militancia política. En tal sentido, cultura nacional de liberación es aquella que desnuda las causas del colonialismo y señala con el dedo a sus personeros. Ya sean delincuentes de levita o intelectuales asalariados. En otra perspectiva, la cultura de liberación apunta a la construcción de la Patria Grande, el retorno orgulloso a nuestro acervo cultural indohispanocéntrico y a la voluntad de unión con nuestros pueblos hermanos, ya que, como lo ha dicho Perón, con relación a la América Ibérica, el final de esta centuria nos encontrará "unidos o dominados". Solo podremos ser libres unidos. Únicamente unidos ingresaremos a la Historia Universal. Y, con relación al presente, sólo unidos expulsaremos a las fuerzas intrusas que nos explotan y encima culturalmente nos oprobian. Hoy, la edificación de la patria iberoamericana nos convoca a la sombra de San Martín y Bolívar.


¿Que es un escritor nacional?

Por Juan Jose Hernandez Arregui
[De Nacionalismo y Liberación - Metrópolis y colonias en la era del imperialismo, 1969]

Una simple recorrida por las librerías de Buenos Aires, atestigua el hecho. tan comentado en los últimos tiempos, del repentino interés de los lectores par los libros que hacen referencia al país. La observación, sociológicamente considerada es verídica.

Pero lo que se soslaya y en la vida social todo esta de alguna manera coordinado - es que - tal "literatura nacional", es protegida, promovida y canalizada por organismos empresarios y universitarios, etc. que de algún modo mantienen e industrializan esa producción, y a un tiempo, preservan los controles culturales sobre el país a través de un amplio sistema de ventas y propaganda.

Es verdad, que esa literatura, se vuelve ahora, hacia una temática argentina y no interesa su contenido de clase, en alguna una forma a pesar de las variantes que puedan encontrarse en tales manifestaciones literarias, ligado al mas grande movimiento de masas de Iberoamérica: el peronismo.

Esto es, a los cambios sociales operados en el país con la industrialización y el peso político de las masas. Junto a estas expresiones, que aún en su cobarde pestilencia de clase, son positivas en tanto miran al país, se mueve otro pensamiento nacional, en el que pre-domina, mas que la literatura, el tema histórico y anticolonialista de combativa orientación critica. Y lo más resaltante es que esta literatura escatimada por los diarios, es leída con avidez por amplios y desconocidos públicos. Esta dicotomía, la existencia de una literatura nacional y otra antinacional, significa, por implicancia, la indagación sobre la esencia del escritor nacional. En esto no se puede andar con melindres,

¿Que es pues, un escritor nacional? Escritor nacional es aquel que se enfrenta Con su propia circunstancia, pensando en el país, y no en si mismo. Este es un hecho también condicionado por la historia donde el azar no cuenta. Si en 1955, con la caída de Perón, no se hubiese producido lo que Arturo Jauretche, en un libro profético, título EL PLAN PREBISCH (Retomo al coloniaje), la mayoría de los verdaderos libros nacionales aparecidos desde entonces y devorados hoy por millares de argentinos, no se hubiesen escrito,

Una literatura propia, larvada o desdeñada por las elites. ha existido siempre pero lo que por primera vez se ha dado, en lo que va de este siglo en la Argentina, es la pasión par los libros esclarecedores de la conciencia nacional. De no haberse operado este aciago retorno al colonialismo mis propios libros no hubiesen nacido.

Y esto testimonia que el escritor - ya se ha dicho-es un reflejo social de 1os impulsos positivos o negativos de las potencias laterales que gravitan sobre el a través del país verdadero. Aquel que se ufana de sus obras es un majadero o como dijera Fichte sobre los escritores. "El deseo de gloria es una vanidad despreciable" Todo libro anticolonialista, cualesquiera sea su éxito, es más bien un fruto acre.

Pues tales libros han manado de la desventura del país y no del narcisismo literario. Y si tal prestigio emerge, como es inevitable, de una obra áspera y critica contra las instituciones Y figuras representativas del coloniaje, mas que valimiento, acarrea sinsabores, odios perdurables y calumnias, solo compensadas por la fe en la patria avasallada,

Una fe, que es el único contrafuerte que puede oponerse al regulado aparato de 1a cultura colonial, cuya concertada y rencorosa reacción, es proporcional al peligro que el pensamiento nacional lleva implícito. Todo escritor nacional ha experimentado alguna vez, la sensación de un muro que lo asfixia y la interrogación concomitante acerca de si la lucha empeñada tiene un sentido que la justifique.

Mas no hay que dejar que la melancolía, haga su nido. en la cabeza. El poder de las ideas nacionales y sus efectos letales son mas destructivos de lo que el escritor nacional piensa. Y entonces, la lucha vuelve a vivirse como un baño saludable del espíritu, como un compromiso -el único tal vez- que compensa la vocación intelectual en un país colonizado. En verdad, el país colonial nos marca a todos. A unos por cobardes e infieles al pensamiento argentino, y a otros por lealtad al país.

Todo libro nacional, en el sentido, expuesto, es necesariamente polémico. Y cuando concuerda con las disyuntivas de un país, internamente sobresaltado por la historia, repercute de múltiples y contradictorias maneras. Pero tales libros van descalabrando a la "intelligentzia" cipaya. Esa "intelligentzia" tanto de derecha como de "izquierda", se irrita ante los escritores genuinamente nacionales que son, en tanto hombres amasados a su pueblo, la mala conciencia que le recuerda, como una voz interior, su deserción de las luchas del pueblo;

Mas que el escritor nacional en si mismo, lo que le resulta inadmisible, es que las masas argentinas representan no solo la alpargata (2) sino la Cultura Nacional. El liberalismo colonial les endilgo que eran ellos, mandarines una ficticia "elite" intelectual, los depositarios de esa cultura. Pero la cultura es colectiva, creación anónima del pueblo. No de los intelectuales. Y aunque es un signo favorable, en la Argentina actual, la creciente nacionalización de las izquierdas, aun no son revolucionarias, aunque algunos de sus intelectuales lean tardíamente EL HOMBRE QUE ESTA SOLO Y ESPERA de Raúl Scalabrini Ortiz. Todavía, aunque de otro modo, ellos, atascados en un callejón sin salida, también están solos y esperan, intermedios, en este tránsito avinagrado de su evolución ideológica, entre el país y sus angustias individuales, nihilistas, solitarias, tras las cuales lo que en realidad se debate es la crisis de la inteligencia argentina. Y pongamos punto final a este tema sobre los escritores.

Hay un pensamiento nacional y un antipensamiento colonial. Un escritor nacional tipo es Raul Scalabririi Ortiz. Un escritor colonial, más perfecto que una esfera musical en la mente de Pitágoras, es Jorge Luis Borges. De un Pitágoras que nunca existió.

Y en esto se parece a Borges, que ha caído en la farolería, de hablar de Pitágoras sin conocer la filosofía griega. En rigor, Borges, pájaro nocturno de la cultura "colonizada, desde el punto de vista del pensamiento argentino es mas fantasmagórico que
el Pitágoras de la leyenda órfica. Un Borges -ese "cadáver vivo de sus fríos versos' que dijera Lope de Vega- hinchado todos los días por la prensa imperialista y que ni siquiera merecería ser citado aquí, si no fuese porque es la entalladura poética de ese "colonialismo literario afeminado" y sin tierra al que hacemos referencia. Poeta del Imperio Británico, condecorado por Isabel II de Inglaterra, ha declarado hace poco: "Si cumpliese con mi deber de argentino debería haber matado a Perón" El desmán seria para reírse, si no fuese, como lo hemos expresado en otra parte, "porque detrás de estas palabras pierrotescas se mueven las miasmas oscuras del coloniaje. Así habla la 'inteligencia pura" este "ancestro hermafrodita de la poesía universal fuera del mundo que, como una orquídea sin alma, llora en la mayoría de sus poemas, su 'muerte propia' a la manera de Rilke. Todos hemos de morir. No es nuevo este tema de la muerte. Ya lo dijo Shakespeare: 'Tu le debes una muerte a la Naturaleza'. Mas es preferible, a la muerte dominical y exhibida, la muerte concebida por Walt Whitmann:

Todo va hacia adelante
y hacia arriba.
Nada perece
Y el morir es una cosa distinta a lo que algunos suponen.
¡Mucho mas agradable!

¡Si! Todos hemos de morir, Borges también. Y con el se irá un andrajo del colonato mental. A diferencia de ellos, bufones literarios de la oligarquía, mensajeros afamados del imperialismo, cuando a los grandes hombres de América les llega la hora de la muerte, en ese mismo supremo instante, la eternidad de la historia, la única y luminosa inmortalidad que le es dable esperar a la criatura humana en su tránsito terreno, Ios amortaja como una estela de gloria con las palabras de los verdaderos poetas nacionales "Hay una lagrima para todos aquellos que mueren, un duelo sobre la tumba mas humilde, pero cuando los grandes patriotas sucumben las naciones lanzan el grito fúnebre y la victoria llora "

Pocos mejor que Perón han destacado esta antitesis de lo nacional y lo antinacional en el pensamiento argentino.

A un gran político no le interesan las ideologías, palabra esta a la que Perón le da mas bien el sentido de teorizaciones muertas separadas de la practica, sino los resultados que una ideología anudada a la cuestión nacional, pueda reportarle al pensamiento argentino. Peron valora tales libros. Pero el juicio de un gran patriota tiene relevancia no con respecto a un escritor determinado, sino con relación a las ideas nacionales - o antinacionales que tales escritores promueven. y las ideas no caen del cielo. Pertenecen al país del cual el escritor las toma.

Perón, en las cartas que me ha enviado, lo que en realidad se ha propuesto es denunciar a la intelectualidad que ha desfigurado la cultura argentina, "hasta entonces -dice textualmente en una de ellas- servida en su mayoría por vendepatrias y cipayos".

Y en otro juicio: "Imperialismo y Cultura" (...) es un libro admirable en el que, por primera vez, se hace una disección realista de la política intelectual argentina, en el que la juventud argentina del presente y del futuro ha de encontrar una fuente pura en que beber, dentro de este mundo de simulación e hipocresía. Nada puede. haber mas importante ni mas imperativo, para un escritor de conciencia, que decir la verdad cuando todos intentan sofisticarla atraídos por las pasiones y los intereses. Los argentinos deberemos agradecer siempre a Ud., esas verdades que tan profundamente deben calar en la juventud de nuestra tierra, que representa el porvenir mismo de la patria".

"Pero la situación de la Republica Argentina no es un problema aislado ni una posición intrínseca: es la situación y el problema del mundo. Desgraciadamente, el mundo que nos esta tocando vivir, se debate, en un clima de falsedades impuesto por el ejemplo y la presión de los imperialismos dominantes que no pueden disimular de otra manera el estado de decadencia en que están cayendo. El mundo occidental que para mayor escarnio de la verdad se le ha llamado también 'el mundo libre', es solo un cúmulo de simulaciones, de valores inexistentes, donde la libertad que debería caracterizarlo es un mito ya insoportable y donde pareciera que lo único que considera sublime de las virtudes es su enunciado."

No faltarán papelistas pringosos, que dada mi conocida posición ideológica, le cuelguen a Perón el sambenito de "marxista". Perón se ríe de las ideologías, Ya lo hemos dicho. Si no hemos vacilado en transcribir sus palabras, es porque tales juicios deben ubicarse en el plano patriótico y no en el literario. y si, en otros trabajos del propio Gral. Perón, vuelve a silenciar mi nombre, tal cosa es accidental y su intención es referirse al pensamiento nacional como uno de los tantos instrumentos de la liberación. Por eso, Perón pone como símbolo de ese pensamiento nacional, a Raul Scalabrini Ortiz. Y a renglón seguido a un historiador, Jose Maria Rosa, de formación ideológica opuesta a la mía, aunque nos una, el mismo sentimiento de identidad, a la tierra.

Prueba evidente -insistimos una vez mas- que Perón mas que de hombres habla del pensamiento nacional en oposición al pensamiento antinacional y que la palabra "marxismo" no lo horripila, cuando de algún modo le sirve a un escritor argentino desprovisto de toda ambición humana, para servir a la patria.


1. Recientemente (1969) ha sido designado, a más de caballero británico, doctor "honoris causa" por la Universidad de Oxford. Según Borges, su predilección por Inglaterra "proviene de (su) abuela materna". De este modo el cipayaje mental se disfraza de culto a los antepasados y de ejemplar conducta como aspirante al Premio Nobel galardón en el que hay que empezar a creer dada la orquestada e increíble propaganda desatada alrededor de su nombre.
2. ( refiere a ¡alpargatas si, libros,no!)
3. Enrique Pavon Pereyra: COLOQUIOS CON PERON; Esteban Pelcovich: HOLA PERON.


LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA NACIONAL
(1930-1960)

Juan José Hernández Arregui

Introducción  |  Capítulo I  |  Capítulo II  |  Capítulo III  |  Capítulo IV  |  Capítulo V  |  Capítulo VI

A la memoria de Raúl Scalabrini Ortiz, uno de los grandes constructores de la conciencia histórica de los argentinos.

Prólogo

Este libro está destinado a la juventud argentina, que hoy, desorientada, busca un lugar en la lucha por la liberación, y recordando a Napoleón: "Los jóvenes ejecutan las revoluciones que los viejos han preparado".

J.J.H.A., Buenos Aires, 1º de mayo de 1960


INTRODUCCIÓN

I. Izquierdas y derechas – II. El liberalismo y la Iglesia – III. El Imperialismo – IV.Progreso y antiprogreso liberal – V. La Argentina actual.

Ya debemos señalar, y el hecho es de vital importancia, que aquí en América Hispánica el liberalismo penetró más que como una ideología progresista como reflejo residual de la Europa colonizadora, un medio de opresión y dominio envasado tras el rótulo de libertad, democracia, progreso, derechos humanos, etc.
La historiografía oficial, desde Mitre en adelante, no ha sido más que la idealización de la oligarquía por si partiquinos universitarios, y en lo esencial, herramientas de la voluntad dominadora extranjera empeñada en quebrar todo espíritu nacional, mediante el ocultamiento de la verdad histórica.

II

Si el liberalismo en su ascenso, necesitó ya en el siglo XVIII, de la libertad burguesa a fin de resistir el autoritarismo de la Iglesia, es natural que haya creído, y no sin razón, en la libertad.
Estos valores liberales (libertades políticas, de conciencia, de pensamiento, de comercio( contenían los gérmenes de la decadencia del sistema en su conjunto. Las clases sociales víctimas de esas libertades, encontraron en su ejercicio político, el instrumento activo para atacarlas, revisarlas, criticarlas, negarlas. Las ideas democráticas se volvieron contra su creadora histórica, la burguesía, que ahora, dentro de la cruda realidad del capitalismo, debía soportar la crítica sobre su función histórica de clase.
La misma Iglesia no podía escapar al proceso histórico. Enemiga del liberalismo en tanto ligada al orden feudal de la nobleza, apeló a la burguesía para subsistir. Y su tesis religiosa de la libertad de la persona humana no fue más que una variante, un ajuste teológico, al liberalismo victorioso.
La Iglesia Católica y el liberalismo, formaron un compromiso hipócrita. La solución política, luego de la lucha liberal contra el absolutismo monárquico, fue el término medio de la monarquía constitucional, sistema a través del cual la burguesía ingresaba al conservatismo santificado por la Biblia. En este período muchos católicos se hicieron liberales y a su vez, estos reconocieron las tradiciones religiosas como cemento del orden social.
Liberalismo y catolicismo, más allá de circunstanciales disputas, han marchado unidos frente a la amenaza revolucionaria de las clases bajas.
Este liberalismo, , como fenómeno histórico general, fue fecundo y además revolucionario, aunque llevaba en sus entrañas las semillas de la reacción.
La predicción de Marx sobre la incapacidad del capitalismo para controlar las fuerzas que había desanudado y que condenaban al liberalismo en un determinado momento de su desarrollo histórico, a echar por la borda una libertad que al transfigurarse en lucha de clases no solo negaba, en su antinomia viviente, el concepto mismo de esa libertad, sino que anunciaba su anulación real por el despotismo, revelando simultáneamente, a los idealistas eternos, la contradicción interna del concepto puro, reflejo político de una vida histórica desgarrada en su esencia. Cuando el libre cambio mercantil encontró en Bismark (Alemania) el competidor más peligroso, los liberales abandonaron la libertad a los profesores de filosofía. Es decir, la mandaron de paseo.
Por su parte, la Iglesia, mantuvo rasgo más ostensible, que ha residido y reside, en pactar con los poderes temporales dominantes.
El marxismo niega del liberalismo no su pujanza revolucionaria gigantesca, sino su putrefacción histórica. Es cierto que tanto el marxismo como la actual doctrina social de la Iglesia, son formaciones históricas derivadas del liberalismo. Pero mientras el espíritu conservador intenta mantener con retoques ese mundo, el marxismo busca destruirlo, sin dejar de aprovechar lo que el liberalismo ha significado como progreso irreversible en relación al desarrollo de las conquistas materiales útiles a la humanidad. Esta confusión, no puede extrañar. Está determinada ella misma por las ideologías en pugna. La historia es un enjuiciamiento incesante y no un conjunto de estampas iluminadas. En forma expresa, el marxismo se opone a la libertad burguesa, pero no porque desee perfeccionarla sino para aniquilarla, en tanto el reaccionario se opone a esa libertad del liberallismo para salvarse como burgués, no como revolucionario. De ahí que grupos enemigos, no de la libertad burguesa, sino de toda libertad frente a las clases bajas, se presenten como reformistas o revolucionarios. Tal fue el caso del fascismo. ¿En qué consistía esta revolución? "La Nación italiana –dice la Carta Italiana del Trabajo- es una organización con finalidades, vida y medios superiores a la acción de los individuos que la componen. Es una unidad moral, política y económica íntegramente realizada por el Estado fascista". Es evidente que semejante programa, no podía desagradar a la Iglesia, menos al liberalismo, que si enfrentó al fascismo no fue por cuestiones éticas, sino por las imposiciones del reparto del mundo planteadas por la guerra imperialista en su forma más sanguinaria. Así como del racionalismo del siglo XVIII devino la Revolución Francesa, su forma jacobina, el liberalismo ha promovido, no sólo el espíritu revolucionario de los trabajadores de Europa sino el levantamiento de los continentes coloniales enteros. Esta antítesis radical, niega toda comunidad ideológica entre el liberalismo y el marxismo. Fue Marx quien enfiló contra el liberalismo su crítica lapidaria. No la Iglesia.

III

El resultado de la imposición dictatorial de los precios, la liquidación de toda competencia, el dominio omnímodo de los mercados en su más alta expresión técnica, no sólo mediante el agrupamiento de empresas intercomplementadas, sino con la creación de redes comerciales subsidiarias, bancos, sistemas de seguros, transportes, etc. En el siglo XX el comercio exterior, y en consecuencia, la economía interna de un país, están totalmente recogidos por la organización monopólica, que es internacional y que por su extrema condensación, puede llamarse con más propiedad, oligopólica. Pero los oligopolios no suprimen la lucha económica, fundamento residual de la economía capitalista basada en la ganancia. Al contrrio, se hace más despiadada. La saturación de los mercados tanto como el afán ilimitado de lucro, sobre la base de los precios más bajos, siempre asociados al adelanto técnico, desata una lucha indetenible.
El poder económico acopia su propio poder político y cultural. El Estado es la forma abstracta, en tanto el Estado mismo es el sistema, su reflejo ideal, que se convierte en fuerza real, en guerras. La exportación de capitales es propio de los países con su economía interna sobresaturada. La onda expansiva se extiende a aquellas zonas geográficas donde la materia prima y la mano de obra son baratas, y por tanto, favorables a una explotación intensiva con ganancias seguras a costa de la miseria de millones de seres.
Los monopopios internacionales, al comprar las materias primas de las colonias, dictan los precios más bajos, y a su vez, con relación a los propios productos industriales fabricados con esas materias primas, los más elevados. De este modo las colonias con sus sistemas de monocultivo, no pueden superar el nivel de miseria impuesto por el imperialismo.
El levantamiento de los puebles carece hoy de fronteras. La internacionalización de la economía internacionaliza las luchas nacionales. Y estas luchas, aunque formalmente sean nacionales en sus contenidos particulares, son mundiales por sus fines. Tal lucha se cumple en dos frentes, contra el imperialismo en general y contra las oligarquías nativas opresoras ligadas al imperialismo en particular. Clases nativas económicamente dependientes y culturalmente corrompidas por el colosal aparato ideológico de los monopolios mundiales. Esta política imperialista en los países coloniales, se vale de las ganancias residuales del sistema para plegar a su órbita, no sólo a las oligarquías vernáculas, sino a determinados sectores de la clase media, especialmente la pequeña burguesa comercial e intelectual (periodistas, profesores, etc)
La conciencia antinacional de estos grupos es alimentada con las migajas repartidas por el sistema mundial de poder. Así, los partidos de izquierda pasan a integrar el sistema, a través de sus intelectuales, y detrás de su algazara progresista, son en realidad, brotes degenerados del liberalismo.
La lucha por la liberación nacional en estos países, se asocia siempre a la lucha por la industrialización. Este conjunto de causas interrelacionadas agudiza el antagonismo entre las oligarquías agrarias y la naciente burguesía industrial.
La radicación de maquinarias, a su vez, desata el interés imperialista al acecho por controlar los nuevos mercados coloniales en expansión relativa y la lucha por dominar las líneas de la industrialización en un doble sentido: mediante el abastecimiento del mercado interno con nuevas plantas industriales, manteniendo al mismo tiempo a esos países, en las condiciones de zonas productoras de materias primas (nota: división internacional del trabajo).
Por su parte, la lucha de las masas contra sus enemigos internos y externos, sólo puede resolverse mediante el establecimiento de regímenes autoritarios, con el control de las exportaciones y medios de propaganda, con el apoyo estatal al movimiento popular y la participación del Ejército, en esta política nacional defentista. Tal es el caso de Nasser en Egipto, con su antecedente el gobierno de Perón en la Argentina. El capitalismo nacional, aún débil, en una etapa de la lucha por la liberación, debe ser apuntalado por el capitalismo de Estado y la política de nacionalizaciones, único medio de protección para las todavía endebles estructuras económicas locales. Frente al capitalismo monopolista internacional, la sola valla es el monopolio estatal, que además contribuye al disloque del mercado capitalista mundial al sustraer zonas de influencia a la explotación internacional de las grandes potencias. El caso de Fidel Castro en Cuba, no hace más que repetir en un país del caribe, las experiencias nacionales de este tipo representadas por Perón en la Argentina y Nasser en Egipto.
La ilusión de que el imperialismo puede "humanizarse" y contribuir al progreso de determinadas colonias, la política del "buen vecino" del "buen socio", etc., creencia comín a determinados sectores de la pequeñoburguesía, es un embaucamiento controlado por la propaganda, pues como decía Marx: "Los límites del capitalismo están dados por el propio capitalismo". Esta tendencia a idealizar al imperialismo, de entenderlo como filantropía, es propia de la intelectualidad pequeño burguesa, especialmente la universitaria.

IV

Decía Lenin: "La desesperación es propia de las clases que perecen". Cristina de Suecia –una reina- lo vio con realismo: "Hay que temerles a los que nada tienen que perder si tienen corazón".

V

La formación de la conciencia nacional está estrechamente vinculada a esta evidencia posterior a 1930. en esa década nace la conciencia histórica de los argentinos. Cuando un país no ha logrado aún su autodeterminación nacional, pero está conciente de su necesidad, asiste al despliegue conjunto de sus fuerzas espirituales. Este hecho es la resultante de una realidad material: la opresión imperialista, con su reverso, la lucha por la liberación nacional.
Treitschke dijo: "Lo más grande que le puede acontecer al hombre, es sin duda, defender en su propia causa la causa general.
Comprender el pasado es tomar conciencia del porvenir. El peronismo o el antiperonismo en la Argentina existían antes de Perón (nota: los dos países en pugna desde 1810, el librecambista portuario, y el proyecto nacional). El saladero dio una sociedad de hacendados y gauchos, la chacra una sociedad agraria e industrial incipiente, la industria moderna una Argentina revolucionaria, conciente de sus fines, pese a los parciales eclipses provocados por las fuerzas que resisten al desarrollo nacional. La conciencia nacional es la lucha del pueblo argentino por su liberación.

VI

El 17 de octubre de 1945 quedará en la historia de la Argentina como una fecha cumbre. Terminaba una época de humillación y advenía la Nación frente al mundo.
El fracaso de la democracia liberal, el fraude de la oligarquía, la entrega del país al imperialismo británico, crearon el sentimiento en la oficialidad argentina de la independencia económica.
Correspondió a Perón unir al Ejército con el pueblo. La síntesis significó que por primera vez en la historia argentina, fue posible sacudir el yugo del coloniaje.
El imperialismo angloyanqui se ha repartido la Argentina desde Salta a Tierra del Fuego. Y así, la Argentina, soberana ayer, es hoy mercado africano y zona de reserva militar, el Medio Oriente de América Latina.


OLIGARQUÍA E INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA

CAPÍTULO I

La oligarquía existe. Ha ensangrentado el país y está dispuesta a ensangrentarlo nuevamente.
En 1774, sobre 6.083 habitantes censados durante las campañas, 186 eran propietarios de tierras. En Buenos Aires, con una población de 10.000 habitantes, había 141 propietarios. El decreto del 17 de abril d e1822 decía: "Las propiedades del Estado son no sólo para garantizar la deuda pública (contraída con Inglaterra con el empréstito Baring) sino para hacerse de recursos extraordinarios". Los apellidos actuales de la oligarquía figuran entre los primeros beneficiarios de la ley de enfiteusis de Rivadavia. Rosas continuó el reparto, en gran parte gratuito de tierras públicas. En tal sentido tenía razón Sarmiento:
"¿Quién era Rosas? Un propietario de Tierras. ¿Qué acumuló? Tierras. ¿Qué dio a sus sostenedores? Tierras. ¿Qué quitó y confiscó a sus adversarios? Tierras".
Pero una verdad parcial es casi una mentira. Y Sarmiento es el menos veraz de los testigos de la época. Por eso la oligarquía lo ha convertido en mito.
El reparto de las tierras públicas de la provincia de Buenos Aires se aceleró entre 1854 y 1864, después de la caída de Rosas. Con el pretexto de investigar las adjudicaciones hechas por Rosas, las tierras fueron confiscadas, vendidas o arrendadas y las donaciones de Rosas se convirtieron en las de los unitarios triunfantes. En 1857 los rivadavianos subsistentes liquidan el régimen enfitéutico, ya fantasmagórico, supliéndolo por la ley de arriendos. El gobierno, convertido en propietario y especulador, repartió entre sus adictos fabulosas extensiones, al mism tiempo que serían a la clase propietaria para financiar la guerra política contra el interior y arruinarlo por el régimen aduanero del puerto exportador, que había derogado las medidas proteccionistas de Rosas. La clase terrateniente, en su forma actual, está ya establecida en 1869 al afirmarse el sistema de la tierra protegido por la Constitución de 1853. intentos de colonización con criollos, como el de 1857 recordados por Rafael Hernández, fueron casi aislados que la clase de los hacendados se cuidó muy bien de fomentar, con rígido espíritu de clase. En 1882 grandes compañías inglesas favorecidas por la ley, se posesionaron de la Patagonia. En 1878, aseguradas por Roca las fronteras contra el indio, se enajenaron tierras por millones de hectáreas en Córdoba, Mendoza, Buenos Aires. Más de 3 millones de hectáreas se repartieron entre pocas personas. La ley Avellaneda de colonización fue manejada a su antojo por empresas y sociedades capitalistas extranjeras, especuladores particulares y usureros. En las proximidades de 1890 las mejores tierras han sido cedidas ya a bajo precio. El final de remate se consumó con Roca, transformado él mismo en estanciero. El país creaba sus propios políticos de transición que habrían de ligar los intereses del interior y los de Buenos Aires hasta entonces segregados. El gobierno nacional., en 1880, había donado al provinciano Roca 20 leguas cuadradas de tierra. Tal misión consolidó el poder político de la clase terrateniente.
En 1912 al fallecer Roca, dejó una fortuna de más de 16 millones de pesos que en moneda actual (1960) sería cerca de 400 millones. La fortuna de la oligarquía explica su poderío. En 1926 los bienes de Mercedes Castellanos de Anchorena ascendían a $ 67.552.752, unos 1.500 millones de moneda de 1960.
Todos los gobiernos posteriores a Rosas, hasta el ascenso de Yrigoyen que también era estanciero, continuaron esta política. En 1914, en la zona de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos, el 63% de las tierras en explotación (41.216.739 millones de hectáreas) pertenecían al 6% del total censado, es decir, estaban repartidas en 10.056 explotaciones. Los campos mayores de 5.000 hectáreas que representan cerca del 70% pertenecían a 2.447 propietario.
Mil personas eran dueñas en 1930 de la tercera parte de la provincia de Buenos Aires, o sea, 100.000 km cuadrados .

EL ESPÍRITU DE LA OLIGARQUÍA

Esta conciencia de clase de la oligarquía se fortalece a través de entrecruzamientos diversos, en los "night clubs", en los partidos de polo, en la Sociedad Rural, en la banca, mediante el entretejimiento racional y calculado de los contratos matrimoniales que concentran en pocas mano, siempre las mismas, mediante los latifundios interpretados familiar y jurídicamente por la fusión de los apellidos, su poder material sobre el país. El sentimientos de un entronque familiar con el pasado, se asocia en la gente de la oligarquía, a la certeza de una situación económica elevada, legítima y dada en el orden natural de las cosas que a su vez, justifica como superioridad innata del espíritu, el ejercicio del poder político. El grupo dirigente no favorece la apertura de sus cuadros a miembros de otros estratos sociales, aunque en períodos de crisis económica, tiende a franquear sus fronteras de clase a los individuos prominentes de la burguesía industrial en ascenso.
La imagen material de este prestigio de clase se identifica en sus integrantes, con la condición de estancieros. La estancia es el basamento de su dominio a través de la visión idealizada del campo, que para la clase oligárquica clausurada en su propio destino sociológico, es la base tanto de su riqueza material como de la importancia de la Argentina en el mundo. Sólo las tareas del campo –la posesión de la tierra hipostasiada en valoraciones espirituales- implica distinción. Expresiones de esta nobleza son la Sociedad Rural como manifestación de bienestar en los negocios, y en el Jockey Club, correlato para sus miembros de elegancia mundana y similar filiación política. El ideal de vida es el reclutamiento de las amistades dentro de la misma clase sobre la norma selectiva de un parecido status económico. Los deportes que integran a la clase alta son aquellos difundidos por EE. UU. e Inglaterra y cuyo costo los hace inalcanzables al resto de la población. Los hijos de la oligarquía estudian con preferencia derecho, preparándose así para la conducción política del país conservador. Están convencidos los miembros de esta clase de su superioridad espiritual y de sangre, a pesar de que su nivel cultural, en general es bajo. Tienen además el sentimiento disgustado del crecimiento del país y de la presencia de nuevas clases de origen europeo que amenazan su dominio político. Como toda casta conservadora en descenso, en medio de sus mitos liberales calcinados, se aferra a una imagen histórica del país convertida en categoría inmóvil del ser en general. Y así, , de su propia situación de clase, deriva una visión de lo nacional que no existe fuera de esa psicología de clase estéril, adinerada y ociosa. Chateaubriand ha reparado con exactitud que: "La aristocracia tiene tres edades: la edad de alas superioridades, la edad de los privilegios y la edad de las vanidades". En su decadencia, la oligarquía argentina no posee ya más que el usufructo del privilegio y el boato exterior de sus fiestas nupciales y automóviles americanos. Una vanidad así no puede durar. Por eso la oligarquía tiene miedo.

LA HISTORIA DE LA OLIGARQUÍA

Este espíritu de clase se apoya en todo un sistema ideológico. Ritual por los héroes del a historia – que ellos mismo han escrito- el mismo deslumbramiento por Europa, propio de los bárbaros culturales, convencida de sus másmoles sagrados; unifica también su añoranza del pasado y ese temblor ante el presente representado por el espectro colectivo y sangriento de las montoneras, redivivo en los "cabecitas negras" y por el advenedizo industrial, hijo remoto de la inmigración que ella trajo. La burguesía nacional, la amenaza con desplazarla del mando (nota: ver esto en el marco de un país industrializado durante el peronismo); las calumnias con que esta población es presentada por una historia oficial escrita por uno de los suyos: Bartolomé Mitre. Este odio al pueblo, al que Sarmiento ayudó a difundir, se cuida de citar otros testigos de la época.
Las montoneras, es decir, sobre la "barbarie" intentada por Samiento. Esas masas luchaban por su causa nacional. De otro modo sería imposible explicar la constancia y bravura con que durante años sostuvieron la guerra. José Hernández, silenciado por la oligarquía, diría de esa misma raza difamada por el odio de clases: "El general Peñalosa ha sido degollado. El hombre ennoblecido por su inagotable patriotismo, fuerte por la santidad de su causa, el Viriato argentino, ante cuyo prestigio se estrellaban las huestes conquistadoras, acababa de ser cosido a puñaladas en su propio lecho, degollado y su cabeza ha sido conducida como prueba de buen desempeño del asesino, al bárbaro Sarmiento". Esta oligarquía se apoya cada vez más no en el país, sino en centros focales y lejanos de poder mundial de los cuales depende su supervivencia. La clase ociosa se sabe foránea en su propia patria. Trata por eso de abolir toda originalidad nacional negando lo colectivo, descastanto a las capas sociales inferiores mediante el sistema educativo.

LA BARBARIE DELA OLIGARQUÍA

Esta clase, extranjera por su mentalidad, dependen del imperialismo. Sin mediar una guerra civil, ha bombardeado a su propio pueblo y festejando su crimen como otro fasto triunfal de la "civilización" contra la "barbarie".
La oligarquía, en esa espesa red de intereses burocráticos, internacionales, no aparece en primer plano. El secreto de su poder es que es un poder secreto. Empapa con él a todo el país. Desde la mentalidad de la maestra rural que enseña a los niños criollos la historia de esa oligarquía que exterminó a sus antepasados, pasando por Bernardo Houssay que acorazado con su Premio Nobel niega a jóvenes argentinos el derecho a recibirse de médicos, hasta el presidente del Banco Central, faraón mudo de una pirámide cuya base es el tambo y su vértice la Constitución de 1853. la oligarquía, por ejemplo, no aparece como tal en la Universidad, sino mediante profesores que depende de ella por sus actividades profesionales (abogados de empresas extranjeras, médicos, etc. – o como colaboradores de sus salas de conferencias distribuidoras de una fama dirigida, no simplemente como burócratas. No le interesa a la oligarquía que tales profesores se califiquen de "izquierdistas" sino que esas ideas de izquierda den la sensación de liberalidad espiritual. Un profesor, por ejemplo, podrá mentar en abstracto la palabra "imperialismo". Esto le dará aires de librepensador a gusto de los estudiantes pertenecientes en su mayoría a la pequeño burguesía, pero lo que este profesor no hará nunca será hablar del imperialismo británico en Argentina, aunque sí, con algunas frases de Lenin, del imperialismo yanqui en otras partes del mundo.
Lo que los estudiantes no deben olvidar es que sus educadores fueron educados, y el sistema que los modeló fue la oligarquía-
Lo que la clase alta odiaba de Yrigoyen o Perón no era la incultura sino el peligro de la democratización de la cultura. Por eso luego del golpe del ’55 cantaban por las calles: "Con Rojas y Aramburu, el país está seguro".
También su admiración por Sarmiento, el bárbaro culto cuyos consejos conserva vivos en su memoria de clase: "Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos" o "Debe manifestarse un brazo de hierro y no tenerse en consideración con nadie". O mejor aún: "Todos los medios son buenos y deben emplearse sin vacilación". Por eso la oligarquía admira a Sarmiento.
Así es que Inglaterra ha protegido su propio comercio de exportación y exigido a las colonias de ultramar trato preferencial para sus productos industriales. De todos los arcos políticos ingleses, han seguido respecto a las colonias, una política invariable. Esta política no se ha fundado en razones éticas. Todos los medios son buenos para favorecer el interés nacional.

LA DEFORMACIÓN DE LOS HÉROES

El argumento de que la oligarquía liberal, abanderada durante el siglo XIX del "progreso" no podía vislumbrar por anticipado las consecuencias de su imprevisión frente al extranjero, no es defendible. Estados Unidos supo anticiparse a ese peligro. El entreguismo de la oligarquía no fue un simple error. Fue el coronamiento político y cultural de sus intereses de clase asociados, por encima del país, a su subordinación al mercado internacional. La obra maestra de la oligarquía, a fin de justificar esta política, ha sido su historia oficial. Ha inventado figuras, las ha iluminado u oscurecido, las ha exaltado o las ha deshonrado. Cuando no ha podido enterrar a determinados argentinos, sin entronque de clase con ella, , la oligarquía, a través de sus historiadores asalariados, ha creado maniquíes en lugar de hombres. Tal es el caso de Mariano Moreno (nota: San Martín, libertador de la Patria Grande, en los últimos años ha sido cuestionado como probritánico y otras yerbas).
Moreno proponía el dirigismo económico del Estado y el monopolio total de las riquezas del subsuelo, además de la prohibición de que el capitalismo extranjero se apropiase de esas riquezas. Era partidario de apoyarse en Inglaterra. Consistía en enemistar a Gran Bretaña con Portugal. Es decir, Moreno individualizaba con claridad al Brasil, que en décadas sucesivas Inglaterra volcaría contra la Argentina. Moreno comprendía bien el peligro del mercantilismo extranjero: "Los pueblos deben estar siempre atentos a la conservación de sus intereses y derechos y no deben fiar sino en sí mismos. El extranjero no viene a nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda proporcionarse".

LA INMIGRACIÓN: SU CARÁCTER COMPLEJO

La Constitución de 1853 contenía las más completas declaraciones que se hayan escrito en legislación alguna, particularmente sobre la inmigración. Por la Constitución se concedieron mayores ventajas a los extranjeros que a los nativos, con la vidente finalidad de excluir a la población autóctona en la que palpitaba aún el espíritu nacional oprimido por los ejércitos regulares de Buenos Aires.
Entre 1853 y 1930 ingresaron al país seis millones de extranjeros. Se ha dicho con potencia de mito que en la Argentina sobran tierra. Y se olvida que en el siglo XIX esas tierras tenían propietarios.

CENSO E INTERPRETACIÓN CIENTÍFICA

El censo de 1914 establece una proporción del 70% de los argentinos y el 29.9% de extranjeros. Pero no debe olvidarse que un gran sector de esa población argentina pertenece a la primera generación inmigratoria y étnica y sigue siendo parcialmente extranjera.
Distinta es la situación de 1947, época del segundo censo nacional. El 84% de la población es argentina y el 15.3% extranjera.
De la inmigración venida entre 1857 y 1950, 1.774.178 fueron italianos que se distribuyeron particularmente en el campo. Sobre todo en Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba, zonas aptas para la agricultura. El mayor coeficiente de fecundidad corresponde también a los italianos. En el orden económico este aporte fue efectivo. Los españoles, entre 1857 y 1950, aportaron 1.251.336 inmigrantes, pero salvo los vascos, más que en las tareas agrícolas se reparten en el comercio, por lo general como dependientes en los negocios minoristas y en el servicio doméstico. La inmigración francesa, prácticamente fue detenida a fines del siglo XIX y aporto unos 100 mil individuos. Hasta fines de 1950 entraron al país 71.847 alemanes en su mayor parte dedicados a la industria. Franceses y alemanes han permanecido como poblaciones marginales y en tal sentido, su aporte cultural ha sido neutro como negativo. La inmigración inglesa, de alto nivel económica, integrada por funcionarios del aparato imperialista como en la India y otras colonias, ha jugado un papel de extrañamiento total frente al país, aunque sus costumbres deportivas, formas y técnicas ambientales de la vida hogareña, etc., han influido por imitación en las clases altas y media acomodada pero no en medida notable. La influencia, más bien invisible de la inmigración anglosajona se ejerce desde la banca privada y el comercio de importación y exportación, y en particular, a través de asociaciones de cultura inglesa. Edward Bridges, presidente del British Council, en noticia aparecida en el diario La Nación, dijo: "El número de entidades argentinas de este tipo superan al de las que existen en toda América Latina y la Asociación Argentina de Cutura Inglesa es la más grande del mundo (31/01/60). La inmigración inglesa no es estable sino móvil, o sea integrada por grupos de viajeros ligados a intereses británicos en la Argentina. La inmigración inglesa, mediante el control cultural de diarios, publicaciones diversas, escritos en inglés y castellano, cumple una función velada o abiertamente antinacional. Los descendientes de estos grupos, cuando se afincan en el país, reciben una hermética formación británica, es decir, antiargentina, en establecimientos educativos propios. También la influencia inglesa se difunde mediante la enseñanza del inglés estimulada por aspiraciones de empleos, a través de institutos y academias, en ocasiones, vinculados a las embajadas, y gravita sobre grupos locales de la clase media urbana que incluso por la vía del cine y la propaganda admira y copia formas deportivas, musicales, etc., británicas y estadounidenses.
Por su parte, la inmigración judía en la Argentina es de las mayores del mundo. Proporcionalmente mayor quizás, en nuestros días, a la colectividad hebréa en Estados Unidos. Se calcula que esta población oscila entre 450.000 y 750.000 (nota: tener en cuenta de que el libro es de 1960) judíos. La mayor parte radicada en Capital Federal. Ligados al comercio, a las finanzas, a la industria en sus diversos niveles económicos, a la construcción, al libro, al periodismo, a la Universidad, a las actividades artísticas y a las profesiones liberales, su influencia financiera y política está conectada a focos internacionales de propaganda y control culturales.
La intelectualidad de izquierda cuenta no sólo con fuerte apoyo judío, sino que, en cuanto capa sociológica, está integrada por individuos de este origen en fuerte relación numérica. A su vez, el poder económico internacional del judaísmo vincula a estos grupos étnicos en forma poco visible pero real y organizada en escala mundial al imperialismo, particularmente norteamericano, del cual el sionismo no es más que una variante con su foco en Israel. Sin embargo, importantes sectores de la pequeño burguesía judía, tienden a la asimilación cultural, fenómeno relacionado con la transformación económica del país, que ha convertido al comerciante intermediario en industrial.

LA INMIGRACIÓN MÁS RECIENTE

Antes DE 1940 las estadísticas militares arrojaban cifras pavorosas. En algunas provincias, casi el 50% de la población nativa era físicamente inepta para defender a la patria. Las enfermedades infecto contagiosas y endémicas –escrófula, paludismo, tuberculosis, sífilis- sobre el cuadro general de desnutrición hacían estragos. La natalidad que era de 129.10 por mil mostraba el polo macabro de una mortalidad del 106.6 por mil. Chile a la vanguardia de niños muertos en América Latina, el 251 por mil. En tanto Nueva Zelanda, llamada "el paraíso de las madres y los niños" arrojaba una mortalidad infantil de sólo el 3.7%. con posterioridad a 1945 estas cifras sufrieron en la Argentina una disminución asombrosa, y después de 1955 (Golpe de Estado), junto con el descenso del nivel de vida, han vuelto a crecer en forma alarmante y constante. Respecto a esta cuestión conviene señalar las líneas de correlación estadísticas entre el fenómeno demográfico y el estado de la economía, observables desde la gran depresión mundial de 1929. El aumento anual por cada mil habitantes decrece y vuelve a aumentar en la siguiente proporción:

1929 25.8
1930 24.7
1931 18.7
1932 17.7
1933 15.7
1934 15.2
1935 14.7
1936 15.8
1937 16.3
1938 15.7
1939 14.0
1940 14.9
1941 14.9
1942 14.7
1943 14.8
1944 15.06
1945 15.2 (Año de estímulo a los salarios y la economía)
1946 15.4
1947 18.0
1948 24.4 (Una de las cifras más altas desde 1910)
1949 25.3
1950 24.2
1951 23.0 (Años de sequía)
1952 19.4

El censo de 1914 muestra que el 47.3% de la población vivía de las tareas del campo con niveles de vida cercanos a la pauperización. En 1955, esta proporción había disminuido al 27%, por el formidable desarrollo de la clase obrera en la Argentina, totalmente independiente de la acción de partidos políticos de izquierda anquilosados en la estrecha visión de la provincia de Buenos Aires y la ciudad puerto extranjerizante y económica y culturalmente segregada del país.

LA EXPERIENCIA EN OTROS PAISES

Rara vez fueron los inmigrantes capaces de alterar fundamentalmente el sistema social existente o los modos de vida. Después de 1930 determinó a los "democráticos" estadounidenses ponerle trabas a la inmigración (nota: la oligarquía nacional mantenía su status. A diferencia de lo que aconteció en EE.UU., en la Argentina los hijos extranjeros no han encontrado vallas para adquirir una instrucción superior. Con posterioridad a la primera guerra mundial, fuertes tendencias nacionalistas determinaron en los EE.UU. restricciones legales no sólo a la inmigración, sino al ingreso del inmigrante de cultura superior. La democracia norteamericana cambia su política cuando el interés nacional lo exige. Oscar y Mari Handlin escriben: "Vinieron a agravar esas dificultades las leyes restrictivas que prohibían el ejercicio de ciertas profesiones a quienes no fueran ciudadanos del país. En 98 estados no se permitía a los extranjeros ejercer la abogacía, en 28 no se les autorizaba la práctica de la medicina".
La inmigración inglesa en Australia, Canadá, etc., ha sido siempre bien recibida, sin trabas culturales. Los inmigrantes ingleses han fortalecido las culturas locales, luego de asimilarse a ellas sin esfuerzo, a través de lazos históricos y espirituales con el sistema imperial. Hecho probatorio de que la comunidad originaria de lengua y cultura es la base real del papel negativo o positivo de la inmigración.
También Brasil ha tenido conciencia del papel cultural negativo de la inmigración. A diferencia de la Argentina, Brasil ha procedido con criterio nacional. Después de 1930, junto con la supresión de la enseñanza de lenguas extranjeras en defensa del acervo histórico y cultural de la Nación en su relación con la cultura portuguesa, el interés a contribuido de un modo efectivo al fortalecimiento de la conciencia nacional.
En la Argentina, toda política de este tipo es atacada por la intelectualidad extranjerizante y "progresista", como "nacionalista" o "fascista", sin comprender que tal actitud, la coloca en la condición de instrumento de la clase oligárquica antinacional empeñada en desarmar, mediante el debilitamiento de la cultura colectiva, la conciencia nacional de convivencia con el imperialismo.

EL SENTIDO REAL DE LA INMIGRACIÓN

La inmigración debe valorarse en sus diversas etapas históricas. Durante el siglo XIX fue beneficiosa como hecho demográfico y económico, pero su asimilación al país y aporte cultural fueron negativos en tanto resistencia a la cultura nativa más antigua. Han sido los inmigrantes transmisores, no creadores de cultura.
El hecho de que los descendientes habiten el país desde hace más de ochenta años, no implic