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"Trabajo
como si me fuera a morir mañana"
Aun cuando compartimos un lugar de trabajo -Clarín- durante casi tres décadas
nunca tuve más oportunidad que cambiar un civilizado saludo o algún comentario
ocasional con el Negro Fontanarrosa. Esto fue hasta que una tarde de primavera
del 2000, nos sentamos a hablar durante horas sobre la vida. En realidad el
habló y yo lo escuché regalar una sabiduría natural que se extendió hasta la
ingrata idea de la muerte. He rescatado este texto no solo para contribuir a los
muchos homenajes que se le hacen, si no porque es uno de los discursos más
inteligentes que recuerdo haber escuchado.
Por Oscar Cardoso
La vida después de los 50
El humorista y escritor Roberto Fontanarrosa –nacido en 1944– cree que tener 50
años o algo más es habitar un territorio extraño. “Se habla de la mediana edad,
que no tiene una definición muy clara”, afirma el creador de Inodoro Pereyra y
Boogie el Aceitoso, entre otros personajes populares. “Ya no somos jóvenes, al
menos en la dimensión que la sociedad le da hoy a la categoría juventud. Pero
los que estamos ahí tampoco ocupamos el lugar respetable que antes se reservaba
para esta edad”, agrega. Fontanarrosa –autor de ocho libros de cuentos y de las
novelas “El área 18”, “La gansada” y “Best Seller”– admite una única certeza: la
necesidad de “asimilar la idea de que ya no queda mucho tiempo”. Este rosarino
tan entrañable y sedentario como sus personajes acaba de publicar “No te vayas,
campeón”, sobre fútbol, uno de sus temas ya clásicos.
En un presente en el que la expectativa de vida se alargó tanto que la
adolescencia parece llegar hasta los 25 años, ¿qué supone tener 50 o algo más?
Hay como un desfase de esto. Un amigo, el periodista colombiano Daniel Samper,
cuenta que él en la familia siempre escuchaba hablar de su abuelo. De las
alegrías del abuelo, de las tristezas del venerable abuelo. Y un día pregunto:
“¿A qué edad murió?” A los 40, le dijeron. “¡Si era más joven que yo!”, fue su
primera reflexión asombrada. Se lo imaginaba un viejito de barba blanca. Daniel
tiene más de 50 hoy.
¿Entonces una primera inferencia apresurada es que a los 50 uno puede seguir
sintiéndose joven, aun en el sentido literal del término?
Sin embargo, no. Ya no somos jóvenes, al menos en la dimensión que la sociedad
le da hoy a la categoría juventud. Pero el de los 50 años es un lugar extraño,
porque los que estamos ahí o poco más allá tampoco ocupamos el lugar respetable
que antes se reservaba para esta edad. El del hombre que estaba de vuelta y ya
había hecho lo suyo, que había hecho su vida. Ahora se habla de esta etapa como
de la mediana edad, que no tiene una definición muy clara. En algunos momentos
se toma una brusca sensación del lugar que se ocupa, pero es en relación con el
futuro cercano. Algunas veces me pasa cuando leo en un diario algo sobre “el
sexagenario” tal o cual. Ahí es cuando digo “¡Pucha!, lo de sexagenario sí suena
serio”. Suena de verdad como la puerta a la vejez. Pero esto también tiene mucho
de relativo, porque conozco gente de 70 años o más que está fantástica. Mi vieja
tiene 83 años y está activa, tiene una vida completa. Es evidente que le hemos
levantado bastante el techo a la vida, aunque en esto de los grados relativos de
juventud o vejez no pueda generalizarse demasiado porque depende de las
condiciones personales. Siempre recuerdo lo que decía y repetía Javier Villafañe
cuando tenía ya más de 80 años. Lo cargaban porque siempre andaba acompañado con
minas que eran 40 años más jóvenes que él o poco menos. Y le preguntaban con
sorna “¿Cómo hace para estar siempre tan joven?” Y Villafañe respondía:
“Sencillo, no me junto con viejos”.
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Además del humor, ¿no hay en esa respuesta un
elemento de autoengaño?
Hay, sí, ciertos engaños. Yo, por ejemplo, intento, trato de seguir jugando al
fútbol. Lo hago en forma absolutamente recreativa, porque no puedo ya competir
para nada. Entonces, por ahí juego con chicos que son jóvenes. Por supuesto ya
no podés acercárteles mucho, ni nada por el estilo. Pero el hecho simple de
estar charlando y compartiendo, te da como una sensación de paridad. Pero es
falsa y se viene a pique cuando sacás algunos puntos de referencia en la
conversación. Por ahí mencionás a jugadores y decís: “Bueno, yo me acuerdo de
César Luis Menotti”. Y, entonces, te miran asombrados y te preguntan: “¿Vos lo
viste jugar a Menotti?” Y Menotti jugador es uno de mis recuerdos más recientes.
O me sucede cuando reflexiono sobre la edad de mi hijo, Franco, que tiene 17
años. El número no dice nada por sí solo, pero algunas veces me doy cuenta de
que nació un año después de la guerra por Malvinas. Pero si en mi memoria esa
guerra está ahí no más... Es en estos momentos en que se derrumban los pequeños
trucos de la conciencia.
¿Notaste, o notás, algún cambio sustancial entre los 40 y los 50? ¿Fue el medio
siglo una frontera de alguna forma?
Que el tiempo cambió y se volvió vertiginoso sin aviso previo. Cuando era chico,
Navidad no llegaba nunca. Ahora digo a comienzos de año: “Esto lo vamos a hacer
en noviembre” y cuando te querés acordar estás a mediados de noviembre y ya se
terminó el año. Eso, por un lado, hacia el futuro. Y la otra, hacia atrás, la
falta de percepción. Te doy un ejemplo. Hace poco en una conversación se
mencionó el caso del transbordador espacial que estalló en el aire. Y yo dije:
“Si, fue hace seis o siete años...” Y me corrigieron: había sido en los 80.
¡Hace casi veinte años! Esa percepción debe ser producto, más o menos, de la
edad. Pero también es cierto que la única forma que he encontrado para detener
el tiempo es el aburrimiento y, sinceramente, no vale la pena.
¿Te aburrís más que antes?
No, me aburro cuando me voy de vacaciones. No sé qué hacer con el tiempo. Pero
esto no creo que tenga que ver con la edad, sino con lo demandante de mi
actividad, que obliga a cumplir con el tiempo, con plazos estrictos.
¿Es la década de los 50 años, como sostienen algunos, un tobogán hacia la
nostalgia como modo de vida permanente?
–En esto cuenta mucho lo personal. Yo no soy un tipo nostálgico. Me acuerdo de
cosas, pero no bajo la sombrilla de que todo era entonces –y no ahora– una
maravilla. Además, y aquí vuelvo a lo particular de mi trabajo que demanda
encontrar enfoques nuevos y actuales, hay una cierta sensación de vitalidad que
te da la tarea. Pero me quedé un poco atrás, en aquello de la frontera entre los
40 y los 50, y pienso que si no pude marcarla con nitidez es porque no han
habido grandes conmociones ni cambios en mi vida. Sigo casado con la misma
mujer, no me fui a vivir a otro lado, sigo en Rosario. No tuve muchos cambios
grandes. Soy un tipo bastante paulatino, no soy de decir: “Desde mañana me voy a
criar ovejas a la Patagonia”, o algo así. En ese continuo es difícil encontrar
diferencias en el paso del tiempo. Sólo algunas cosas me hablan de ese paso como
tal. Por ejemplo, cuando me encuentro repitiendo a mi hijo, con las mismas
palabras, consejos que mi viejo me daba a mí. Ahí, sí, me asombro.
Dicen también que los 50 y sus alrededores son el tiempo en que se agota
definitivamente todo impulso de rebelión y uno se descubre con mansedumbre hasta
los mismos gestos y muecas del padre.¿Te sucede?
–Es más patético que eso, digamos. Por ahí me inclino a levantar algo del suelo
y en mi esfuerzo, en mi incomodidad, en la queja, descubro a mi viejo en la
misma circunstancia.
Viejos y nuevos miedos.
En un medio que devora creatividad ¿cómo es hoy hacer, esencialmente, el mismo
trabajo que hacías a los 30 y a los 40 años?
El fantasma que está presente hoy es el temor de que no se te vaya a ocurrir
nada más. Recuerdo que esta misma pregunta se la hicieron a Quino en una mesa
redonda. Y citó el miedo, pero agregó algo muy racional: “Siempre he tenido ese
temor. Pero después pienso: si hasta ahora se me han ocurrido, ¿por qué de golpe
no se me va ocurrir más?” Yo siento el temor de repetirme, de empezar a emplear
un lenguaje absolutamente obsoleto. Uno lo com¬pensa con lo que escucha, lo que
lee y con el contacto con jóvenes. Pero hay una limitación, tampoco podés tomar
para vos ese lenguaje nuevo porque es impostado, ya no te corresponde. Y del
otro lado te acecha el anacronismo. Hay puntos de referencia que hablan de
excepciones a esta regla: el negro Alejandro Dolina, que emplea esas palabras
antiquísimas –chichipío, galochas, qué se yo– y sin embargo los chicos lo
aceptan. Creo que esto también es por el carisma que tiene Dolina. Porque si por
ahí dice galocha Raúl Alfonsín, puede parecer un viejo ridículo. Fuera de los
miedos de los que hablé, debo decirte que también es cierto que en mi trabajo
ahora siento –la mayor parte del tiempo al menos– que piso un terreno más firme,
más conocido.
¿Son el peligro del vacío de ideas o de la repetición los únicos miedos de esta
edad?
No, en verdad también me doy cuenta de que uno va interiormente tratando de
asimilar la idea de que ya no queda mucho tiempo. Aunque yo soy optimista y digo
que voy a vivir hasta los 90 años, 30 y pico de años más a pleno, sé que puede
no ser ese el caso. Por eso siempre trabajo como si me fuera a morir mañana. Es
una ven-taja que el trabajo que hago pueda hacerse hasta muy viejo. Llegado el
caso en que mañana no pueda dibujar, escribiré. ¿Cómo te llevás con ese
auténtico signo de los tiempos, la tecnología?
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Es algo que afortunadamente uno no intenta
descifrar. Pero hay una dimensión de maravilla. La televisión es un ejemplo; se
le pega mucho por cómo se utiliza. Pero si lo pensás bien, la televisión es el
aleph del que escribió Jorge Luis Borges: el punto desde el cual se ve todo el
universo a un mismo tiempo. Siempre digo que si solamente hubiera sido una
entrada para el fútbol, ya está justificado. Gracias a la TV vamos a ver a Boca
jugar en Japón. Es una cosa mágica, no la puedo entender, no sé cómo puede haber
una cosa así.
¿Integraste la tecnología informática a tu trabajo?
Yo tengo aún una lejanía respecto de todo este avance de la computación. Me
fascina, lo acepto y creo que veo un adelanto bárbaro. Solamente escribo con la
computadora y uso un cinco por ciento o menos del potencial. Y me da temor
apretar otro botón, porque digo: “A ver si se me borra todo”. Pero en mi
trabajo, francamente, a mí no me da mucho la computadora. Ni siquiera estoy
seguro de que me ahorre tiempo. Si yo fuera un diseñador gráfico seguramente
sería distinto. Con el tiempo, seguramente, tendré que utilizar más los
recursos. O cuando se dibuje en la computadora, como si fuera con un lápiz, lo
voy a hacer. Pero mientras yo dibuje acá y aparezca ahí, en la pantalla, no creo
que lo haga. No estoy mentalmente coordinado para eso.
Si vos no tenés más remedio que envejecer, tus personajes no tienen ese dilema.
Inodoro Pereyra –por ejemplo– me sigue pareciendo el mismo tipo de 35, 40 años
que tenía en el inicio de la tira. ¿Cómo se reflejan tus cambios en los
personajes?
Yo también calculo una edad así, de 40 años. Pero creo que los personajes
cambian, hasta desde el punto de vista gráfico, como cambia uno. No es cierto
que sigan igual. Es como cuando te ven después de un tiempo y te dicen: “Vos
siempre estás igual”. Agarrá –habría que responder– una foto de seis años atrás
y mirá la diferencia. Yo no me doy cuenta de los cambios gráficos del personaje
a medida que lo voy haciendo; cuando agarro un libro, digo: “Ah, mirá cómo
cambió la cosa”. Ahora, desde el punto de vista de la actividad, de la actitud,
también yo experimento cambios de acuerdo con el lugar en que publico y a la
frecuencia. Porque si publicás una cosa semanal es distinto a una quincenal o a
una tira diaria. Si tenés más espacio, por ahí podés contar traslados del
personaje de un lugar a otro. Yo me acuerdo cuando publicaba en Siete Días dos
páginas por semana. Ahí el personaje viajaba de un lado para otro. Ahora es
necesario, para mi gusto, que esté en un lugar y que todo ocurra ahí. Entonces,
se ha hecho mucho más sedentario, está siempre ahí, en el rancho o al lado del
rancho.
Es decir que se asemeja mucho a su creador, sedentario y poco propenso a los
grandes cambios...
Tengo el síndrome del historietista. ¿Cómo explicarte? Vos nunca lo viste a
Batman con otra pilcha. Y yo, en ese aspecto, soy un tipo rutinario, a nivel
personal. No he cambiado de mujer, tengo otro auto, por supuesto. Pero tengo un
Citröen del año ‘73, he vivido siempre en Rosario, en la misma casa. Entonces,
por ahí vos ves dibujantes que tienen personalmente otro tipo de altibajos y eso
se refleja también en el dibujo de los personajes. Hubo un caso que era bastante
enfermizo. Era el caso del Príncipe Valiente. El Príncipe Valiente creo que
envejecía un año por cada seis años reales, y Harry Foster tenía prevista la
tira para su muerte. Eso, para mí, es demasiado.
[Publicado en Clarín, el domingo 11 de noviembre del 2000]
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Un
artista genial, que es un sello del mejor humor argentino
(Clarín, 20/07/07) Murió ayer Fontanarrosa. Padecía una grave enfermedad
neuromuscular que incluso le impidó seguir dibujando. Colaborador de Clarín
desde hace décadas, brilló en varios campos.
Por Alberto Amato
aamato@clarin.com
Nos hizo reír. Mucho. A todos. Durante mucho tiempo.
Sólo por eso, deberíamos haberle colgado del pecho y las solapas las medallas al
heroico valor en combates imposibles.
No intentemos colgárselas ahora que está muerto porque se nos va a reír en la
cara. Y lo peor, con esa risa cargada de ironía que te calificaba para siempre
como un pelotudo impenitente. Palabra ésta, la penúltima, que reivindicó la
memorable tarde (para las letras) de noviembre de 2004 en la que cerró en
Rosario el Congreso Internacional de la Lengua Española.
Ayer, a los 62 años, murió Roberto Fontanarrosa. Una enfermedad neurológica
degenerativa, que entre otras cosas le impedía dibujar, le provocó una
insuficiencia respiratoria. Murió a las tres de la tarde en el Sanatorio Central
de Rosario, apenas una hora después de haber sido internado. "Mi terapia —dijo
no hace mucho— es el cariño de la gente". De haber sido cierto, Roberto seguiría
vivo.
Era un genio. Y era, además, una buena persona. No es común esa conjunción. Era
un amigo fiel, amaba el fútbol, la música popular, la buena mesa, el lenguaje
claro y el humor.
Sobre todo el humor. Incapaz de
escatimarlo, nos lo regaló durante décadas en sus trazos inconfundibles e
imborrables que ya son un pedazo de historia; en sus personajes entrañables,
como el gaucho Inodoro Pereyra, el Renegáu, y su perro Mendieta, o despiadados,
como Boogie, el Aceitoso, el mercenario que nació sin saber que la realidad iba
a terminar por copiarlo.
Fontanarrosa había nacido en Rosario en
1944. Y allí pasó casi toda su vida, aferrado a las calles y al paisaje de su
ciudad, sabedor que, como aseguraba Borges, la patria es el sitio donde uno ha
transcurrido su juventud.
Rara vez bajaba a Buenos Aires. Sus amigos del alma iban a verlo a Rosario. Uno
de ellos, Joan Manuel Serrat, ha confiado a carcajadas algunos detalles de esos
encuentros que también ya son historia.
¿Qué hacer de ahora en más sin Fontanarrosa? Borges, otra vez: sólo nos queda el
goce de estar tristes. Sin solemnidades. Porque El Negro nos va a sacudir otra
de sus carcajadas. Pero es una pena enorme su muerte. Es de esos tipos que no
tienen reposición. No hay muchos.
Empezó su carrera como dibujante en 1968 como una prolongación lógica de su
infancia anclada a legendarias revistas de historietas: "Rayo Rojo", "Puño
Fuerte", "El Tony", "Misterix" y la inolvidable "Hora Cero" que fundó Héctor
Oesterheld a quien Hugo Pratt le dibujaba Ernie Pike, el corresponsal de guerra
inspirado en un personaje real, Ernie Pyle.
En
otra revista de leyenda, "Hortensia" fundada en Córdoba por Alberto Cognini,
nacieron Boogie e Inodoro. En 1973, de la mano de Caloi, Altuna, Tabaré, Dobal y
Crist, Fontanarrosa se instaló en este diario, para nuestro regocijo.
Ayer, cuando se conoció su muerte, algo extraño sucedió en esta redacción. Poco
a poco, por sectores, la fue ganando un intenso silencio. No debe haber nada más
extraño y turbador que una redacción en silencio. Nació en Deportes, donde El
Negro tenía hondos y buenos amigos, y se extendió luego como una pesada ola
umbría. Fue un silencio que duró poco, antes de que todo volviera a lo habitual.
Pero será difícil lo habitual sin El Negro.
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Fontanarrosa fue también escritor y periodista.
Tenía la repentización, la capacidad de observación y el poder de síntesis de
los periodistas, tan corregidos y aumentados, que muchos de nosotros deberíamos
imitarlo.
En 1983, con la democracia recién recuperada, un semanario le pidió una viñeta
que sintetizara los horrores de la dictadura. Apenas una hora hora después llegó
el fax, desde Rosario, claro, con el retrato de un hombre agobiado, gastado,
deteriorado, envejecido, que hablaba de las virtudes de la democracia. Su
entrevistador le preguntaba entonces cuál era su edad, y el tipo contestaba:
"Catorce".
Escribió tres novelas (Best Seller, El Area 18 y La Gansada) y varios libros de
cuentos desopilantes, con retratos imborrables de guerreros derrotados, de
futbolistas descascarados, de poetas sin rima, de fracasados del alma, de
cultores del quiero y no puedo, habitantes de regiones indómitas con idiomas
inabarcables.
Todos se han editado tal vez en España en un solo tomo en lo que debe ser el
primer y único tratado sociológico sobre el país escrito en forma de cuentos. De
todos sus formidables personajes, sobresalen los aforismos de Ernesto Esteban
Echenique, que ahora también serán historia.
Dicen que Gaetano Donizetti incluyó en su opera cómica "L''Elisir d''Amore" el
aria "Una furtiva lágrima" para que quedara constancia de sus intenciones y
cualidades. En sus muchos cuentos de humor, El Negro incluyó páginas de alta
literatura, de las que le gustaba leer aunque confesara con pudor que jamás leyó
a los clásicos: "No leí El Quijote, y creo haberlo intentado". En 2004, en
cambio, admitió haber leído a Tolstoi, "Anna Karenina" y haberse sorprendido por
lo cinematográfico de las descripciones. Al igual que Tolstoi, Fontanarrosa
pintó su aldea para pintar el mundo entero.
Pero además expresó como nadie el sentimiento popular para desentrañar los
misterios de esas cuatro o cinco cosas que nos mueven en la vida: el amor, la
amistad, la locura, la muerte, la pasión. Sus libros de cuentos llevan como
título el sello de las frases diarias, que repetimos una y otra vez en las
casas: No sé si he sido claro, Te digo más, Usted no me lo va a creer, El mundo
ha vivido equivocado.Ese humor callejero, de tablón y de real Academia que
campeaba en sus cuentos era fácilmente identificable en algunos juegos de
palabras y situaciones absurdas que encarnaba otros artistas geniales, Les
Luthiers, con quienes el Negro colaboraba con deleite también para nuestro
regocijo.
Era un tipo simple consciente de que, reveló alguna vez, la simplicidad es un
punto de llegada, no un punto de partida.
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Dato sabido pero ineludible, era un irreductible hincha de Rosario Central en
ese universo partido en dos que es el Rosario del fútbol. Inventó un cuento de
disparate para eternizar un momento de gloria del club de sus amores, el pase a
la final del campeonato y a la gloria arrancados nada menos que a las manos de
su rival eterno. Y le puso como título la fecha de la epopeya: 19 de diciembre
de 1971.
Tenía la lucidez, y también la valentía, necesaria para quitarle dramatismo a
todo, para hacerle pito catalán a la solemnidad, a la que despreciaba con el
ropaje de la ironía, como lo hacía con ciertos círculos intelectuales que
intentaban no hallar oro literario en su humor delirante, que buena falta le
hubiera hecho a Tolstoi, dicho sea de paso.
"En el ámbito intelectual me parece muy pasible de humorizar —dijo hace año y
medio en una entrevista en la revista Ñ de Clarín— Me hace gracia. Porque lo
contrario de lo humorístico no es lo serio. Lo contrario de lo humorístico es lo
pomposo. Todas esas instituciones que son altamente pomposas, el ejército, la
Iglesia y los círculos intelectuales, se prestan para cagarse de risa.
Realmente".
Alguna vez el propio Fontanarrosa habló de sus influencias literarias: Jack
London, Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway, J. D. Salinger, Norman Mailer, pero
siempre se sintió más cercano a los dibujantes y a los periodistas. Y mucho más
cercano a los periodistas deportivos, que ayer se dolieron de su muerte con
fiero estupor.
Fontanarrosa transpiraba fútbol. Su lógica tiene la lógica endeble de ese
deporte apasionado. El Negro iba todavía más lejos: "Como juego, el fútbol es
una forma de aprendizaje muy directa de la vida y más cuandose está
constantemente sometido a la competencia".
Otro de sus personajes célebres, que El Negro encerró en el difícil formato de
la crónica periodística breve, estuvo también ligado al fútbol. La Hermana Rosa,
pitonisa, vidente, hechicera y enamorada eterna de los vaivenes del seleccionado
nacional de fútbol y de algunos de sus atletas, que también es ya un pedazo de
la historia.
Enfrentó su mal con el coraje de un león. Vistió sus sentimientos con el
cauteloso disfraz del optimismo. Supo y aceptó esa insospechada ironía de Dios
que le quitó la movilidad para dibujar y le quitó, cómo no, dramatismo y
solemnidad. No entendía ni jota de todo lo que la ciencia le decía sobre su mal:
"Repito como un loro. Posiblemente padecí una atrofia monomiélica, una neurona
que se muere antes de tiempo", confesó al periodista de Clarín Camilo Sánchez. Y
con un gesto pícaro decía que los médicos no lo habían tranquilizado cuando
admitieron que era un mal del que se sabe poco: "Ojo, no sólo acá, en el mundo
entero se sabe poco de la enfermedad".
Cuando el daño en su cuerpo fue mayor, escribió veinte o treinta simpáticas
líneas en la que anunciaba que su brazo o su mano habían quedado inútiles y que
confiaba a su amigo Crist los dibujos que él iba a dedicarse a pensar. Vio un
costado positivo en el drama: ahora, sus dibujos tendrían mejores colores.
Aceptó premios y homenajes con la conciencia plena que eran póstumos con
adelanto. No lo dijo, pero lo pensó. En el homenaje que Clarín le rindió el año
pasado cuando la entrega del Premio Novela, sus ojos brillaron con tierna
malignidad cuando dijo: "Un premio a la trayectoria... Está bien que no empecé
recién, pero todavía tengo mucho por delante..." Lo dijo con una sonrisa que
decía más que la frase, junto a su mujer Gabriela y sostenido por su hijo
Franco, de 23 años, un músico, bajista que detesta el fútbol, como debe ser.
Antonio Gala dice que el hombre siempre es más fuerte que cualquier cosa que lo
mata. Dice que aún en medio de una tormenta marina el hombre nunca está a merced
de un elemento: "El hombre sabe que se muere, pero el mar no sabe que lo mata",
dice el escritor español.
Tal vez el Negro no haya leído nunca a Gala, pero con ese espíritu enfrentó sus
horas finales. Supo que se le iba la vida y nos ayudó a reír. Eso es ser fiel a
un estilo.
Ayer mismo, este diario publicó la última genialidad de Fontanarrosa, con los
colores de Crist: una viñeta de rigurosa actualidad, tamizada por una tierna
ironía, sobre las andanzas de la ex ministro de Economía. Eso también es ser
fiel a un estilo.
Ya sabemos como vamos a andar de ahora en más, sin el humor y la compañía
entrañables del Negro Fontanarrosa.
Mal, pero acostumbrados.
Fuente: Clarin, 20/07/07
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Defensa
de las malas palabras ante la Academia
Una intervención recordada
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Fue uno de los pocos que hizo reír al público en el Congreso de la Lengua en
Rosario, en 2004. En una mesa redonda, defendió las palabras proscriptas.
No sé que tiene que ver con lo de la internacionalización, que, aparte, ahora
que pienso, ese título lo habrán puesto para decir que una persona que logra
decir correctamente in-ter-na-cio-na-li-za-ción es capaz de ponerse en un
escenario y hablar algo —porque es como un test que han hecho—.
Algo tendrá que ver el tema, éste, el de la malas palabras, por ejemplo, con
éste, como el que decía el amigo Escribano (José Claudio Escribano. Se nota que
es tan polémica esta mesa que es la única a la que le han asignado "escribano"
para que se controle todo lo que se dice en ella.
Es un aporte real en cuanto al intercambio. Me ha tocado vivir, cuando he tenido
que acompañar a la Selección Argentina a partidos (de fútbol) en Latinoamérica.
El intercambio que hay en esos casos de este lenguaje es de una riqueza notable;
es más, en Paraguay nos decían "come gatos" que es, estrictamente para los
rosarinos, "un rosarinismo".
Un Congreso de la Lengua es, más que todo, para plantearse preguntas. Yo, como
casi siempre hablo desde el desconocimiento, me pregunto por qué son malas las
malas palabras, quién las define como tal. ¿Quién y por qué? ¿Quién dice qué
tienen las malas palabras? ¿O es que acaso les pegan las malas palabras a las
buenas? ¿Son malas porque son de mala calidad? ¿O sea que cuando uno las
pronuncia se deterioran? ¿O, cuando uno las utiliza, tienen actitudes reñidas
con la moral?
Obviamente, no se quién las define como malas palabras. Tal vez sean (ellas)
como esos villanos de viejas películas —como las que nosotros veíamos—, que en
un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos. Tal vez
nosotros, al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas. Lo que yo pienso
es que brindan otros matices, muchas de ellas. Yo soy fundamentalmente
dibujante, con lo que uno se preguntará: ¿qué hace ese muchacho arriba del
escenario? Manejo muy mal el color, por ejemplo, pero a través de eso sé que
cuanto más matices tenga uno, más puede defenderse, para expresarse, para
transmitir, para graficar algo; entonces: hay palabras, palabras de las
denominadas malas palabras que son irremplazables, por sonoridad, por fuerza,
algunas incluso por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que
una persona es tonta o zonza que decir que es un pelotudo. Tonto puede incluso
incluir un problema de disminución neurológica realmente agresivo.
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El secreto de la palabra pelotudo, ya universalizada —no sé si está en el
diccionario de dudas—, está en que también puede hacer referencia a algo que
tiene pelotas. Puede hacer referencia a algo que tiene pelotas, que puede ser un
utilero de fútbol que es un pelotudo porque traslada las pelotas; pero lo que
digo, el secreto, la fuerza, está en la letra t. Analicémoslo —anoten las
maestras—: está en la letra t, puesto que no es lo mismo decir zonzo que decir
peloTudo.
Otra cosa, hay una palabra maravillosa que en otros países está exenta de culpa
—esa es otra particularidad, porque todos los países tienen malas palabras pero
se ve que las leyes de algunos países protegen y en otros no—, hay una palabra
maravillosa, decía, que es carajo. Yo tendría que recurrir a mi amigo y
conocedor, Arturo Pérez Reverte, conocedor en cuanto a la navegación, porque
tengo entendido que el carajo era el lugar donde se colocaba el vigía, en lo
alto de los mástiles de los barcos para divisar tierra o lo que fuere; entonces
mandar a una persona al carajo era estrictamente eso, mandarlo ahí arriba.
Amigos mexicanos con los que estuve cenando anoche me estuvieron enseñando una
cantidad de malas palabras mexicanas. Ahora que lo pienso creo que me estaban
insultando porque se suscitó un problema con la cuenta a la hora de pagar. Me
explicaban que las islas Carajo son unas islas que están en el océano Indico.
En España, el carajillo es el café con coñac y acá apareció como mala palabra,
al punto que se llega a los eufemismos, se decía caracho; es de una debilidad
absoluta y de una hipocresía... ¿no?
A veces hay periódicos que ponen: "El senador Fulano de Tal envío a la m... a su
par". La triste función de esos puntos suspensivos, realmente el papel absurdo
que están haciendo ahí, merecería también una discusión acá, en el Congreso de
la Lengua.
Voy a ir cerrando. Hay otra palabra que quiero apuntar que creo es fundamental
en el idioma castellano, que es la palabra "mierda", que también es
irremplazable. El secreto de la contextura física está en la r —anoten las
docentes—, porque es mucho más débil como la dicen los cubanos: mieLda, que
suena a chino, y eso —yo creo que ahí está la base de los problemas que ha
tenido la Revolución cubana—, le quita posibilidades de expresividad.
Voy cerrando, después de este aporte medular que he hecho al lenguaje y al
Congreso. Lo que yo pido es que atendamos a esta condición terapéutica de las
malas palabras. Mi psicoanalista dice que es imprescindible para descargarse,
para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pediría
(no quiero hacer una teoría) es reconsiderar la situación de estas palabras.
Pido una amnistía para la mayoría de ellas. Vivamos una Navidad sin malas
palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar
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Pequeño
Fontanarrosa Ilustrado
Por Roberto Fontanarrosa
[Extractado de la extraordinaria charla abierta
que brindó el escritor y humorista en la Feria del Libro de Rosario en 2006]
- Los libros "Hay un tema que yo he dicho en muchos casos y que puede sonar
provocativo en una feria del libro, pero les voy a explicar desde mi punto de
vista cómo yo elijo un libro. Ustedes lo toman como quieran, pero yo les voy a
decir qué condiciones tiene que tener un libro para que yo lo elija."
"Primero y principal no tiene que ser un libro gordo. Un libro gordo me parece
un abuso de confianza del autor hacia mi tiempo. Es como si aparece alguien y me
dice: ‘Quisiera hablar con vos, tenés dos semanas libres...’. ¿Cuál es el lazo
de confianza que me une a ese escritor para que durante dos meses yo me vaya a
la cama con él y su libro?"
"Segundo, y lo va a comprender la gente que ya tiene cierta edad, y no es por la
madurez: tiene que tener letra grande. Hay escritores que escribían con letra
muy chiquita, y ya a esta altura del campeonato ese esfuerzo es excesivo."
"Otra cosa: tiene que tener espacios en blanco. Si abro un libro y veo un masacote
negro, como si fuera un amontonamiento de hormigas, yo digo: ‘¿Por dónde entro
al texto?’."
"Otra alternativa: fíjense en capítulos cortos. Ustedes mismos se van a dar
cuenta de la sabiduría del cuerpo humano: usted está leyendo un libro y de
repente observa que sin darse cuenta su mano derecha va buscando las páginas
hasta llegar a un capítulo."
"Otra cosa que me interesa también es que tenga diálogos, porque a mí me gusta escuchar a los protagonistas. Antes pasaba en algunos diarios, porque ahora el género del reportaje es mucho más fluido, que hacían un reportaje y decían: ‘Estuvimos en la casa del afamado escultor fulano de tal, y nos dijo que está pensando en hacer una escultura que representa a un caballo comiendo una codorniz’."
"Yo digo: dejalo hablar al escritor, qué te metés
en el medio. A mí con los libros me pasa eso. Y si están bien escritos mejor,
pero siempre préstenle atención a esas consideraciones."
- Los amigos "Es placentero y descansado encontrarse a las ocho de la tarde con
los amigos en El Cairo o en algún boliche, porque a los amigos, a los verdaderos
amigos, no hay por qué darles pelota. Si un amigo te dice: ‘Fui a ver una
película iraní’, yo le digo: ‘Dejáme de romper las pelotas’."
- Los estudios "Yo desde mi ignorancia me hago una pregunta: ¿por qué los chicos
se tienen que levantar tan temprano para ir a la escuela? Gardel se levantaba a
las ocho de la noche. Y fue Gardel. (...) Les voy a contar que estuve en
Córdoba, donde me dieron el Doctor Honoris Causa, lo que indica lo mal que está
la educación argentina. Imagino la desolación de los estudiantes que estudian
ocho horas diarias y ven que a un tipo como yo le dan el Doctor Honoris Causa.
Yo no terminé el tercer año de la escuela secundaria. Y no levanto como bandera
el ser un ‘salvaje ilustrado’; digo que no terminé la escuela porque desde el
comienzo sostuve una batalla desigual contra las matemáticas. Desigual por la
simple condición de superioridad numérica de ellas. Los números son millones, y
yo era uno solo. Yo fui a lo que era el Politécnico y me acuerdo de aquellas
épocas de estudiantes, con todas las expectativas..., ¡qué horrible que era eso!
Para mí era un espanto, similar a lo que me ocurrió no hace mucho, que tuve que
hacer una dieta ayurveda de vegetales."
- La lectura "Siempre he ligado la lectura con el placer. Siempre he sido un
lector vago. Y repito otra consideración que pasará al mármol: creo que casi
todos los grandes logros y avances de la civilización se debieron a la vagancia.
O sea, el tipo que inventó la rueda es porque no quería caminar más. Y después
de la rueda, el otro invento maravilloso, que ha hecho dar un salto cualitativo
y cuantitativo a la humanidad, es el cambiador del televisor. Volviendo a la
literatura, no entiendo el esfuerzo por leer, cuando uno se encuentra con tantos
libros que los empieza y no los puede dejar, se siente atrapado por los libros,
quiere terminarlos y está feliz mientras los lee."
- La relación autor-personaje "Sé que algo mío hay dentro de Boggie e Inodoro
Pereyra; es más parecido a mí y a cualquiera, porque es un antihéroe que a veces
reacciona bien, a veces reacciona mal, es temeroso. Más temeroso es Mendieta.
Pero hay algunas cosas mías en esos personajes. Incluso en Eulogia, pero eso lo
vamos a hablar en otro momento."
- Los nuevos medios de comunicación "Con los mensajes de texto estamos muy
susceptibles. Yo me acuerdo de los telegramas. A nadie se le ocurrió decir que
ese invento estaba arruinando el lenguaje. Está la gente que dice enfadada que
no le gustan los shoppings. Y, no vayas querido, cuál es el problema. Si no, es
muy fácil pegarle a la televisión, que a mi juicio es un invento maravilloso. Y
repito, si solamente hubiera sido creado para transmitir fútbol ya estaría
largamente justificado. Ahora, como todas estas cosas, como la historieta, es un
instrumento. Si alguien me escucha a mí tocar el piano, dirá que el piano es un
instrumento nefasto. Ahora, si lo escucha a Richard Clayderman, por ejemplo,
dirán que es un instrumento sublime. Con la televisión pasa lo mismo. Ahora,
estoy de acuerdo con que se usa un vocabulario bastante pequeño, y en ese
aspecto la lectura te da más posibilidades de expresarte. Para mí la lectura
siempre ha sido un placer. Hay muchísima información, e imperceptiblemente uno
va ganando una vastedad de lenguaje, y aparte es una compañía formidable. Se
puede vivir perfectamente sin leer un libro. Creo que más de las tres cuartas
partes de la población mundial jamás ha leído un libro. Pero, entre una cosa y
otra, prefiero leerlos."
Fuente: Página/12, agosto 2006
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Entrevista a Roberto Fontanarrosa
El hombre que se ríe de lo pomposo
El dibujante y narrador celebra que su circulación en los medios masivos le
sirva para vender más libros, como su novísimo tomo de cuentos "El rey de la
milonga". En estos relatos reaparecen sus típicos cruces entre el mundo popular
y la cultura, su mirada sobre el hombre gris enfrentado a situaciones que lo
superan, su desopilante sociología sobre los sectores medios bajos donde a su
criterio se juega todo: "celos, ambiciones, quiero y no puedo".
Por Vicente Muleiro, Clarín, 2005
Estoy nada menos que con Roberto Fontanarrosa. ¡Cuando se lo cuente a los
muchachos! Hay un cuento suyo "Cuando se lo cuente a los muchachos" que habla de
ese criterio: más que vivir las cosas lo importante es contarlas. Hay un chiste
que dice que en este país hay eyaculación precoz porque los hombres consuman
rápido para ir a contárselo a los amigos.
"Y está aquel otro dice él: un tipo cae en una isla con una mina
despampanante, y después de unos días con la mina, le pide que por favor se
disfrace de tipo. Entonces, cuando está disfrazada de hombre, se acerca y le
dice: ''Vos no sabés la mina que me estoy cogiendo''. Lo que quería era
contarlo, ¿no?"
- Bueno, es una pasión nacional y masculina. Focalizás mucho en eso. ¿Se
transforma en una concepción literaria?
- Puede ser. Son tantas las motivaciones que puede generar un cuento... Una vez
Cipe Lincovsky me hablaba de sus actuaciones en países extraños. Ella pensaba
que todo lo que hacía era para volver y contárselo a la madre. Contárselo al
círculo íntimo. Y bueno, es un poco el caso este. Hay veces que uno se encuentra
en lugares muy particulares, o exóticos, y parte del disfrute es eso: "Uy, mirá
cuando se lo cuente a los muchachos" Compartirlo con la gente habitual. Volver a
la casa o al barrio a contar eso tan particular que se ha vivido.
- Y a veces pareciera que se estuviera jugando un eterno truco: "Ahora vuelvo
con el as de espada y los mato".
- Es lo que ocurre cuando vas a contar un buen chiste. Saber que por un minuto
o dos minutos vas a ser el centro de atención. Lo mismo que tener una gran
anécdota. Es esa atención que se pone sobre el narrador. Hay un regodeo en eso,
una satisfacción. Estimo que debe ser universal. Y en la tradición de tertulia
nuestra, de los bares, de los cafés, del grupo de amigos, tener algo importante
para contar te hace por un ratito el rey de la milonga.
- En "El rey de la milonga" hay un cuento, "Retiro de Afganistán, ya", que
confronta al hombre común con los VIP''s.
- Claro, y es un pobre infeliz. Eso: tipos comunes puestos en situaciones
extrañas. Me gusta mucho encontrar esa vuelta, porque hace que el personaje esté
mucho más cerca de nosotros. A mí nunca me atrajeron los superhéroes. O sea: si
tenés superpoderes, tenés una ventaja enorme. Y además, yo no tengo
superpoderes, así que no me puedo imaginar qué le pasa por la cabeza al
superhombre. Jamás me atrajeron estos héroes, fundamentalmente de películas
norteamericanas, que no demostraban miedo, que nunca tienen miedo. Están muy
lejos de mí. Yo me cago en las patas con cualquier circunstancia de peligro o de
riesgo. Por eso me parece mucho más excepcional el tipo común y silvestre a
quien de golpe le pasa algo extraño y se encuentra frente a personajes de mucho
poder, o mucha fama, o de mucho prestigio. Me gusta ese contraste.
- Tenés una galería de esos personajes, que están satelitando el poder y lo
miran de una manera muy golosa. ¿Qué ves en ese hombre medio? ¿La lucha por sus
quince minutos de fama de la que habló Andy Warhol?.
- Puede ser. Pero también hay cosas que uno ha visto en los demás y en uno. En
un cuento del libro anterior, hay un pibe que se roba una tostadora eléctrica, y
el padre lo caga a pedos por una cuestión moral, y después descubre que el pibe
también se ha robado un millón de dólares, y entonces le arroja: "Bueno, no es
para tanto". A uno le asalta un poco eso: me resisto a hacer publicidad, no con
mis personajes, pero a aparecer yo recomendando un yogur, no me cierra. Ahora,
después digo: "¿Y si me ofrecen un millón de dólares?" Ahí te entra el
conflicto. Y el conflicto es la base de los cuentos.
- Llama la atención esa capacidad para acercarte a esa especie de hombre gris.
- Es por donde estamos circulando. Uno no tiene mucha cercanía con héroes o
gente demasiado estrafalaria o particular; y me interesa la reacción del hombre
gris ante una situación fuera de lo común. Incluso, sin ser amante de la ciencia
ficción, por ahí he hecho algunas cosas con extraterrestres pero que siempre
parten... bué, cómo en el Eternauta: cuatro tipos jugando al truco en un chalé.
Y eso creo que te da una proximidad Son los mundos con los que uno convive.
- Ese mundo de la clase media baja que es por el que más transitamos, un mundo
popular argentino que posiblemente sea el mayoritario.
- Sí. Le veo muchas posibilidades. Porque toda esa trama de envidias, de celos,
de ambiciones, de quiero y no puedo, se da en esos niveles.
- Hay un cuento "Bahía desesperación", donde se pone en juego la ambición
familiar de unas vacaciones distintas, típico del que está metido en una masa
humana y quiere diferenciarse siquiera un poco, y se encuentra con una tremenda
frustración.
- Y que además son también exageraciones de situaciones que le han pasado a
uno. O sea, eso de ir al mar argentino, que es tan inhóspito, tan áspero. Porque
me acordaba, me reía de la última vez que fui a la playa, porque siempre te
decían "y bueno, estuvo nublado", o llovió, o no llovió. Y nunca te hablan del
viento. Y el viento te caga una vacación igual que la lluvia, o que el cielo
nublado. Me acuerdo de días que no se podía bajar a la playa. El Atlántico
argentino tiene un enorme atractivo, por la inmensidad y todo eso pero yo no me
meto al agua ni en pedo, porque es helada. Pero además, el viento, que vos ves
las banderas y parecen de lata. Ni aletean. Esas cosas a mí me causan gracia.
Una vez me acuerdo fuimos a una playa de esas con el Negro Caloi y con Brócoli,
que todavía vivía. Y bueno, llegábamos a la playa, acomodábamos las cosas, aun
en días lindos, y decíamos "¿Y ahora? ¿Qué se hace ahora en la playa?. ¿Cuál es
la joda?" Y por ahí te empiezan a caer unos goterones helados Y vos decís "¡La
puta!"
- En esa exploración de estos mundos populares tenés dos cuentos de futbolistas
"Los heraldos negros" y "El pensador". Los jugadores son visualizados, sobre
todo en el primer caso, casi como humanoides. Pero después nos encontramos con
tipos que se aparecen con una riqueza cultural muy fuerte ¿De dónde sale esa
constante?
- Estuve dudando mucho de "Los heraldos negros" antes de escribirlo, porque me
parecía una relación muy primaria, muy fácil. O sea, el defensor central, que es
una bestia, y que por el otro lado es poeta. Sería como un poco grosero, la
solución; muy fácil. Como decir: "Bueno, pero él tiene otra vida, es bailarín de
ballet". Esto lo hablábamos siempre con el Gordo (Osvaldo) Soriano: sucede que
antes no había mucha literatura sobre fútbol y ahora sí la hay. Entonces me veo
obligado a explorar por otro lado. Por ejemplo ahí está ese jugador
excesivamente reflexivo de "El Pensador", casi un intelectual. Como si Sabato
estuviera jugando de número diez mortificado por la condición humana y la marcha
del mundo.
- El punto que los hila es éste: un deporte popular y un mundo popular y
conectado a su vez con la cultura.
- Bueno, hay personajes como Jorge Valdano, como Juampi Sorin. Mirá Sorin. El
otro día comentábamos con (Roberto) Perfumo: ¿Cómo puede ser?, este pibe,
capitán de la Selección Argentina, pintón, inteligente, buen pibe, lo único que
falta es que cante. Si canta, nos recontracaga a todos. En el mundo del fútbol,
los que más han progresado desde un punto de vista no sé intelectual, de
manejo y todo, han sido los jugadores. Más que los periodistas.
- ¿Cómo te sentís en esa permanente oscilación entre mundos populares y
referencias culturales?
- A mí me divierte. Me atrae la figura del... bueno, hay una figura
caricaturesca del intelectual, ¿no? Woody Allen, suponete. Bueno, esa
posibilidad o esa controversia entre lo popular y lo restringido... Nunca leí
ensayos ni cosas por el estilo, y ahora me interesa leer a tipos que tienen otro
punto de vista, que te explican las cosas diferente. Pero siempre que manejen
una información a la cual yo tenga acceso. Leo a (Fernando) Savater, por ejemplo
y a este inglés... Hobsbawn, Eric Hobsbawn. Pero en el ámbito intelectual me
parece muy pasible de humorizar, me hace gracia. Porque, como dice mi amigo
Samper, lo contrario de lo humorístico no es lo serio, porque Woody Allen es un
tipo muy serio para trabajar, y Les Luthiers son tipos muy serios para trabajar.
Lo contrario de lo humorístico es lo pomposo. Entonces, todas esas instituciones
que son altamente pomposas el ejército, la Iglesia, los círculos
intelectuales, se prestan. Se prestan para cagarse de risa un rato. Realmente.
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- Muchas veces pareciera que tenés que decir que te gusta el fútbol y que vas a
la cancha, como si tuvieras miedo de que por escribir libros los muchachos te
pudieran tomar por maricón.
- Hay algo de eso. No de que tengo miedo de que me digan maricón, pero... yo me
doy cuenta. Mirá, yo tengo muy buena relación con algunos escritores. Tengo
buena relación con Juan Martini, desde hace mil años, con Sasturain, con
Feinmann, con Saccomanno, con el Tano Dal Masetto. No nos vemos con frecuencia,
pero cuando nos encontramos hay buena onda. Pero a veces leo algunas de estas
polémicas entre escritores y me pasa esto: están muy cargados de una información
que yo no conozco. Me quedo afuera.
- ¿Y qué les pedís? Porque manejan un saber y se supone que tienen derecho a
manejarlo.
- Obviamente. No, lo que pasa es que yo no les pido nada.
- Que lo comuniquen, que socialicen su conocimiento...
- Te repito, no les pido nada. En mi caso se da la casualidad que a mí me gusta
el fútbol y a la mayoría de los argentinos les gusta el fútbol. Así como no se
puede impostar un estilo no le puedo pedir a un tipo que se maneja con una
información altamente intelectual que escriba para mí. Buscaré los autores que
son más allegados a mí. Pero en todos los órdenes, lo más difícil es conseguir
el equilibrio. Está toda esa controversia de que si vos aparecés en la
televisión sos mediático, estás robando, estás haciendo circo. Yo me complazco
en ser mediático, en el sentido de que hace treinta años que publico en Clarín.
Mirá qué pavada. Y yo sé que es una gran ayuda para poder vender este libro.
Ahora, que yo publique o no publique no va a hacer que este libro sea mejor o
peor, pero va a acercar a la gente al libro. Ahora por eso te digo lo del
equilibrio yo no voy a ir a un programa de entretenimiento a comer una torta
sin tocarla con la mano, esas boludeces. Iré adonde pueda hablar de lo mío. Eso
me parece totalmente válido.
- Ahí se esconde un reproche al campo intelectual.
- Es que me causan gracia algunas posturas.
- Hay una mirada tuya sobre el campo cultural, que aparece en otros cuentos
Recuerdo uno de un lector que manda una carta furibunda a la página literaria de
un diario...
- ... y que en realidad lo que quiere es escribir para el diario.
- Y en este nuevo libro de cuentos está "Sara Susana Báez, poetisa". Son
personajes que tienen una alta ambición y una crasa mediocridad. ¿Cómo ves ese
mundo de poetas opacos, aspirantes a una gloria que no van a conseguir?
- Son cosas como enternecedoras. En ese cuento yo arranco de la imagen de una
tía de mi vieja, que realmente era poetisa, tengo entendido que era buena
poetisa. Hay otra atracción: me contaban que Gabriela Mistral, Juana de
Ibarbourou, movían multitudes, metían gente en los teatros como si fueran Fito
Páez. Y vuelvo a lo que hablábamos antes: lo enternecedor y lo apto para el
humor es lo pretencioso. Y también esa cosa de la poesía, de la selección de
determinada palabra, y de esos ámbitos muy espirituales. A mí me causan gracia.
- Veo que también te causa gracia la especialización crítica sobre Borges,
según se desprende del cuento "El especialista o la verdad sobre "El Aleph"
- La idea de "El Aleph" siempre me pareció maravillosa, por inexplicable,
también, eso de que en un puntito así se dieran todas las cosas del universo al
mismo tiempo. O sea, desde el punto de vista práctico es imposible. Y después,
releyéndoló para escribir este libro, uno vuelve a decir: "¡Cómo escribía este
hijo de puta, Dios mío!" Y era sencillo. Pero bueno, es lo que siempre se dice,
¿no?: la simplicidad es un punto de llegada, no un punto de partida.
- Otra línea que reaparece es la del sueño y la realidad en "Nada más que un
sueño"
- Me apoyé en tantos y tantos relatos que a mí me decepcionaban muchísimo
cuando leía una situación interesantísima que terminaba así: "Y de repente se
despertó, había sido nada más que un sueño". Y yo digo: ¡Viejo, no me hagás
entusiasmar para terminar así!. Entonces traté de darle otra vuelta, de desafiar
ese facilismo.
- Teniendo en cuenta que una vez me insultaste con ese texto que empezaba "Puto
el que lea esto" ...
- Es popular eso, eh. Te aclaro que eso lo hemos leído todos.
- Ahí hay algunas frases que hablan de la eficacia del escribir esa que dice
que el escritor tiene que apuntar: "Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa." ¿Es
una enunciación estética?
- Es gracioso lo de ese cuento, porque era un cuento, entre tantos otros. Como
se llamaba "Palabras iniciales", lo puse al principio. Entonces, parecía un
mensaje del autor, un prólogo. Pero hay muchas cosas que son ciertas. A mí me
encantan esos libros que los agarro y no los puedo dejar de leer. Y desde el
primer momento puteo cuando los tengo que dejar, y estoy ansioso por terminarlo,
por saber qué va a pasar. Entonces... Lo que pasa es que es muy difícil
conseguir eso. Es muy difícil ¿no? En ese aspecto, yo creo ser un lector
clásico: quiero saber qué va a pasar. O sea, quiero que haya una cierta intriga,
que haya un crecimiento, que haya un desenlace...
- ¿Intentaste otro tipo de lectura y fracasaste?
- Me pasa esto: desde hace muchos años no leo ficción, aunque he leído mucha.
Leo periodismo. A mí me deslumbró la cosa periodística. Mailer, Capote, Walsh,
el Gordo Soriano. Pero por ahí... leí a Pavese, que no tiene eso, y tenía un
clima. que vos decís: ¿cómo mierda consigue esto? ¡Esa tristeza!. Uno ha tomado
de todos ellos. Pero si tengo que elegir, prefiero lo periodístico, lo activo,
donde no sé qué va a pasar. Y me remito un poco a lo que hablábamos antes: la
alegría que te da cuando vos tenés algo digno de ser contado. El tipo que te
cuenta: "¿Sabés lo que me pasó cuando venía para acá?" Y ya te agarró, ¿no? Y
hay otros libros, que vos te preguntás: ¿Dónde está la parte atractiva de este
relato? ¿Viste cuando te ponen una pequeña reseña?: "Fulanito de tal conoce a
una mujer, ella se recibe de economista, y luego se van a vivir a tal parte" Y
vos decís ¡ este tipo es un fenómeno si me atrapa con eso!.
- Hay una constante en tu narrativa y es cómo parodiás discursos de ámbitos
absolutamente diferentes. O sea, tomás a un relator de fútbol y le encontrás el
tono. Tomás en solfa las leyendas también. E inclusive hay ciertos acercamientos
a discursos científicos o pseudocientíficos.
- Absolutamente mentirosos, siempre se nota el barrio atrás.
- ¿Pero te entrenás para conseguir el tono?
- Y... sí.
- Por ejemplo, los diarios de las batallas argentinas.
- Claro. Es que he leído mucho de eso. Este libro último está teñido de
periodismo. Y bueno, es lo que te digo, desde hace muchos años estoy leyendo no
ficción. Entonces, quieras o no aparece. No me lo propuse, pero la forma
periodística de narrar me resulta cómoda y atractiva. Y lo que no leí en la
escuela sobre los relatos históricos, bueno, lo leí fuera de la escuela. Félix
Luna... Incluso, siempre menciono, de (Marcos) Aguinis, La batalla perpetua,
sobre la vida de Guillermo Brown, (Felipe) Pigna, ahora. Y a mí me causa gracia
cuando escriben en presente. Dicen: "El general San Martín piensa...". Me causa
gracia el uso del presente histórico.
- ¿Tiene una marca especial el trabajo sobre este libro?
- Hay más presencia de Rosario. Y después, hay un rasgo que es absolutamente
personal, que creo que no trasciende: para mí fue muy satisfactorio poder sacar
un libro en estas circunstancias de salud.
- ¿Cómo te llevás vos, precisamente un dibujante y escritor con esa enfermedad
que te complica la motricidad?
- Mal pero acostumbrado, como dice Inodoro Pereyra. Porque ha sido muy
paulatino, y vos te vas ajustando el bocho, pero... es difícil convivir con la
preocupación constante. Una cosa es que vos tengas un accidente y pierdas un
brazo, y otra cosa es una enfermedad que puede ser progresiva, puede seguir,
puede detenerse, se puede difícilmente controlar. Entonces, yo digo: ¿Y antes de
qué me preocupaba? Obviamente, de cómo iba a salir Central el domingo, de mi
laburo, del quilombo afectivo. Y ahora, siempre atrás está eso, la esclerosis. O
sea, por ahí estamos acá y charlamos, y me cago de risa, y hablo con los
muchachos, y vamos a un partido de fútbol, y de golpe decís mierda, ando con
este asunto. Pero tengo una expectativa esperanzada. Me hice un tratamiento de
células madres en Uruguay, que es quasi experimental pero tiene fundamentos que
hacen decir a algunos médicos, "debería funcionar". Y bueno, estoy esperando a
ver qué pasa con eso.
- A los 61 años cambia el sentido del tiempo, supongo.
- Y sí... Ya no hay tanto tiempo para adelante. Y encima me cae esto. Pero
nosotros no somos tenistas, que a los veinticuatro años ya no pueden jugar... El
viejo (Alberto) Breccia dibujó hasta tres días antes de morirse. Yo he perdido
fuerza del brazo derecho, entonces, ya te entran... Estoy tratando de poner la
mejor buena voluntad y el mejor optimismo, y decirme que la vamos a pilotear.
"Vamo'' arriba", como dicen los uruguayos: "Vamo'' arriba la celeste".
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Maradona, antes
que Tolstoi
Roberto Fontanarrosa, más conocido
como "El Negro", nació en Rosario en 1944. Ha publicado en Ediciones de la Flor
23 libros de su personaje de tiras cómicas "Inodoro Pereyra" y 12 de su otro
personaje "Boggie, el Aceitoso", que ya no dibuja. Como escritor, ha publicado
tres novelas –Best Seller, El área 18, y La gansada– y ocho libros de cuentos
cortos. Ha reunido sus chistes sobre fútbol en los libros Fontanarrosa, de
penal, El fútbol es sagrado y Fontanarrosa y el fútbol. A partir del Mundial de
Fútbol de los Estados Unidos (1994), pasando por las eliminatorias y el Mundial
de Francia (1998), cubre para el diario Clarín las actuaciones del seleccionado
argentino, desde un enfoque humorístico en "Las columnas de la Hermana Rosa".
La hilarante visión del futbol del escritor y humorista. Peter O' Toole, Palermo
y Houseman.
Entrevista por Pablo Perantuono, Revista Noticias, 09/12/00
A nadie, seguramente a nadie, se le ocurriría emparentar a Omar Gómez (45),
número 10 de Quilmes en los años 70, con la actriz norteamericana Lauren Bacall.
Gómez, petiso, macizo, de gesto aindiado, era la antítesis de la languidez
extrema y los ojos verdes de la última mujer de Humprey Bogart. A nadie salvo a
Roberto Fontanarrosa (56), que trata de resolver en su libro "No te vayas
campeón" otros inquietantes interrogantes: ¿El 3 de Boca en los '60 era Peter
O'Toole ó Silvio Marzolini? ¿La cintura de Rojitas era neumática? ¿Es Martín
Palermo un refutador de Aldo Rico? ¿Qué es peor, marcar ó pararse en la barrera?
Roberto Fontanarrosa: El libro es una asociación libre de ideas. Lo que busqué
es divertirme. Sé que cuando lo consigo, ese efecto se produce también en el
lector.
Noticias: Parece escrito por un fanático antes que por un escritor entusiasta
del fútbol.
Fontanarrosa: Llego a escribir de fútbol, no porque sea un escritor al que le
gusta el fútbol, sino porque soy un futbolero nato. No es que siempre escribí, y
que mi preocupación era la literatura y además me gustaba el fútbol. No, no.
Posiblemente todas las horas que dediqué a ver fútbol ó ir a la cancha, los
Intelectuales más serios las ocuparon leyendo. Ellos elegían a Tolstoi mientras
yo leía "El Gráfico".
Noticias: ¿Sigue siendo tan fanático?
Fontanarrosa: Sí, sí.
Noticias: ¿Cuántos partidos mira por semana?
Fontanarrosa: No, yo no... bueno, yo digo no: en la semana, si es a la noche,
miro por lo menos un partido. El sábado a la tarde veo fútbol de España y a la
noche el que dan en directo de acá. Los domingos, si voy a ver a Central, trato
también de ver el partido de la reserva. Cuando vuelvo, veo el clásico de las
seis de la tarde. Si no voy a ver a Central, veo un partido de Europa, escucho
la radio y en diferido miro a Central por tevé. Después, "Fútbol de Primera".
Todos lo saben: no me vengan a romper: El domingo, el fútbol es la prioridad.
Como también siempre ha sido prioritario jugar al fútbol.
Noticias: ¿Juega todavía?
Fontanarrosa: Ya decir que juego es demasiado...
Noticias: Participa...
Fontanarrosa: Claro, contemplo. Los sábados juego a la mañana. Debo aclarar que
siempre jugué... mal. Competí durante muchos años en torneos comerciales en
Rosario. Ahora no puedo jugar a nada competitivo. Sólo recreativo. Tengo una
operación de meniscos y una prótesis de cadera.
Noticias: Pero no se resigna...
Fontanarrosa: Entre tantas virtudes que perdí con el tiempo, jugando al fútbol
perdí el amor propio, lo cual me permite seguir jugando. Si tuviera amor propio,
hace 15 años que habría abandonado el fútbol. Uno se va resignando a ver pasar a
los tipos, a no llegar. Pero terapéuticamente es fantástico. Es una descarga muy
grande. Pateás, puteás, corrés. Hace un año y medio, la cadera no me daba más.
Comencé a andar en bicicleta. Pero no es ninguna descarga. Uno sigue pensando en
el laburo.
Noticias: ¿Cree que el fútbol sigue una línea evolutiva?
Fontanarrosa: La tevé consiguió algunos cambios. Aldo Poy, el 10 de Central en
los '70, cuenta que cuando jugaba de visitante en Buenos Aires, los "lineman" no
lo dejaban pasar la mitad de la cancha. Le cobraban "off side", invariablemente.
Ahora eso no pasa. Lo mismo ocurre con las patadas. Creo que eso cambió con el
marcaje escandaloso que le hizo Gentile a Maradona en el Mundial '82. Todo el
mundo lo vio por tevé. Y se dio cuenta de que, si querían espectáculo, debían
cuidar a los que divierten. Es como si la contratás a Mercedes Sosa y le cortás
los cables y le sacás la luz.
Noticias: Usted es fanático de Central. ¿Es de esos que se pelean, gritan,
insultan?
Fontanarrosa: Los partidos los vivo intensamente, pero no grito, sino peor: me
guardo las cosas. Invariablemente vuelvo con un dolor de cabeza tremendo a casa.
A veces pienso: cómo puedo ser tan pelotudo. Las amarguras que me agarro... la
familia que me tiene que aguantar con mala cara... Me lo pregunto siempre: ¿Por
qué? Y... no se entiende. Si no se entiende que es una pasión, no se entiende.
Lo peor es que cuando sufro, o sea cuando el equipo pierde, el sentimiento es
más intenso que cuando gozo.
Noticias: Tienen un espíritu tanguero...
Fontanarrosa: Claro. Lo que pasa es que con clubes como Central los sinsabores
son grandes.
Noticias: ¿Qué le parece Marcelo Bielsa como entrenador?
Fontanarrosa: Me cae bien, me gusta. Me parece serio, honesto. No lo conozco
personalmente, pero es un caso raro porque la mayoría de los tipos que son
obsesivos y estudiosos justifican con eso los sistemas defensivos. Y él no es
defensivo. Además, siempre fue un tipo muy respetuoso en la relación con la
gente de Central, pudiendo haberse agrandado. Cuando dirigía a Newell's, pese a
que tenía un equipo muy superior al de Central, nunca se burló. Y lo que hace
más meritoria su actitud es que es fanático de Ñuls.
Noticias: ¿Le gusta el seleccionado?
Fontanarrosa: Estuve en el partido que le ganó a Colombia, allá. El estadio era
un quilombo, había un clima terrible. Pero estaba seguro de que la Argentina iba
a salir a la cancha y el entorno no le iba a producir nada. Los jugadores tienen
la edad exacta. Además, funcionan bien como grupo, según me comentan. Siempre
tengo la sensación de que el equipo va ganar.
PAUSA. Como la mitad de los habitantes de Rosario, Fontanarrosa no es hincha de
Central, ni siquiera fanático: es un fundamentalista. Capaz de cualquier
desborde. Como festejar un gol a Newell's convertido en... 1971. El 19 de
diciembre de cada año se repite el ritual pagano: Aldo Poy cebecea una pelota
que ingresa en un arco y cientos de hinchas lo llevan en andas.
Fontanarrosa: Yo le digo a Aldo, menos mal que fue de cabeza y no de chilena,
sino te matabas cada vez que te lo hacían repetir.
Noticias: ¿Se acuerda dónde estaba cuando Poy hizo el gol?
Fontanarrosa: Lo vi por tevé. Pasaron el partido en directo. Uno se acuerda
siempre de lo que estaba haciendo cuando ocurren ese tipo de cosas, como el día
que mataron a Kennedy o el del terremoto de San Juan, de la otra vez.
Noticias: El terremoto fue en 1977...
Fontanarrosa: Nooo... (Pausa de unos segundos. Fontanarrosa mira con el ceño
fruncido.) Es verdad. Que lo tiró. Claro, si hay chicos que no lo vieron jugar a
Bochini...
Fuente: www.elbuenlibro.com
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No sé si he sido claro y otros cuentos
[Estos cuentos pertenecen al libro "No sé si he sido claro y otros cuentos", ©
1985 by Ediciones de la Flor S.R.L., Décima edición: noviembre de 1998]
No
sé si he sido claro
Antes que nada quisiera pedir, señor juez, señores del jurado, que sepan
disculpar si, tal vez, en mi relato, ofendo sin querer el oído de la dama o el
caballero, con palabras que puedan parecer "non sanctas". Pero es que el tema
señor juez, en sí mismo, se hace un poco dificultoso de contar sin recurrir a
esas palabras a las que hago mención.
Yo creo que ha sido el destino, el azar, el que me ha puesto en esta situación,
la casualidad, y, lamentablemente, señores, no tengo, ni mucho menos, dotes de
orador. Procuraré, a lo sumo, ser concreto y lo más breve posible. Pero quería
dejar hecha la salvedad para que nadie, después, diga que no lo he advertido y
se me pueda acusar de maleducado o boca sucia. Por otra parte, estamos entre
gente madura que sabrá comprender lo que yo diga.
Ya sé, ya sé, señor juez, perdóneme. Iré al grano. Pero ocurre que no es fácil
para un hombre humilde, como yo, desenvolverme en esta situación, frente a tan
honorables mandatarios. Es el destino, como le decía, el que ha querido que yo
fuese testigo de los hechos, y procuraré ser lo más claro posible, sin ofender a
nadie. Voy a comenzar la historia por el principio, o al menos, voy a tratar,
señor juez, señores del jurado, de darles una idea de quién era Miguel Panizo,
Miguelito, como le decíamos en el barrio, el Burro Panizo. Y Miguel Panizo,
allá, en Saladillo, era famoso por una cosa, señor juez, por su virilidad, su
hombría. Y cuando digo su virilidad, su hombría, no me refiero con esto a que
era un guapo, un hombre de coraje, o un tipo valiente. Eso no lo sé. Nunca lo
demostró, o no tuvo oportunidad de demostrarlo. Tampoco era un tipo provocador
como para tener oportunidad de demostrarlo. Todo lo contrario, Miguelito era un
pan de Dios, un muchachote buenazo, señores. Por eso, cuando yo digo que Miguel
Panizo era famoso por su virilidad me refiero a otra cosa. Y ustedes saben bien
a qué me refiero. Me refiero, procuraré ser más explícito, me refiero. . .
porque veo entre los presentes rostros algo dubitativos. . . algunos ya veo que
me han compendido. . . sí, sí. . . eso mismo. . . eso mismo. . . Pero seré
claro, me refiero a que Miguel Panizo era famoso por el. . . digamos. . . por lo
que calzaba. . . ¿Cómo explicarlo? . . . El aparato que calzaba, el sexo,
digamos, el miembro viril, exactamente. Puedo asegurarle, señor juez, y perdone
si soy muy crudo en mis términos, que era inhumano lo que tenía ese muchacho
entre las piernas. Una cosa bárbara. Así, observe. Mi antebrazo, casi. Soy un
hombre grande, he visto muchas cosas, pero puedo asegurarles que nunca en mi
vida había visto algo así. ¡Una cosa tremenda! Por algo le decían "El Burro", a
Miguelito. El "Burro" Miguel, porque como ustedes saben. . . noto que han
comprendido por las miradas de todos ustedes. . . los burros son notorios por. .
. Está bien, sí señor juez, perdóneme. . . intento ser claro para ilustrar al
jurado, y a la vez, no aparecer demasiado grosero para las damas que lo
componen, también. . . Ellas sabrán perdonarme.
Sí, sí, continúo, señor juez. Puedo asegurarles, señores del jurado, que el
atributo de Miguel Panizo era para ser expuesto en circos, en ferias públicas,
de la misma forma que a veces se muestran terneros de dos cabezas, o jorobados,
u otras deformidades físicas. Pero él, Miguelito, siempre se había negado a eso
porque decía, y tenía razón, señores del jurado, que él no era un payaso, o un
animal, para ser exhibido en una kermesse, o en algún circo. Y yo les aseguro,
señores del jurado, que ese muchacho podía haberse ganado la vida muy fácilmente
trabajando en el Tihany, o en el Ringlin Brothers, por dar un ejemplo.
Pero no, Miguel siempre trabajó en el Almacén de don Isidro, a la vuelta del
club Calzada, como cualquier hijo de vecino. Pero eso sí, tiempo atrás solía
aceptar desafíos, apuestas, de gente que venía de otras partes. Eso sí. Un poco
porque no dejaba de ser una diversión para los muchachos del barrio, que lo
seguíamos como quien sigue a un equipo de fútbol. Nosotros éramos su hinchada. Y
otro poco porque así, de cuando en cuando, se ganaba los buenos pesos. Pero
hacía mucho que eso ya no pasaba en Saladillo. El último que recuerdo, hace como
ocho años, fue un. . . un bobalicón de Santa Fe. . . un grandote que jugaba al
básquet y vino a desafiarlo a Miguel. Me acuerdo que la competencia fue a
puertas cerradas, por supuesto, en la sala de los trofeos del club Unión y
Gloria, frente a un escribano público, y estábamos todos. Se había acondicionado
una mesa, quisiera explicarles el procedimiento a los señores del jurado, una
mesa a la que se le había pintado, muy prolijo, en la madera, un sistema
métrico, que llegaba al metro y medio, más o menos, y sobre esa mesa se hacía la
exhibición. . . bueno. . . de las piezas. Disculpen las damas si me extralimito,
porque veo. . . bueno. . . rostros un tanto ruborizados, pero entiendo que es mi
deber de testigo aportar, en lo posible. . .
Está bien, está bien, señor juez, perdóneme. Pido disculpas. Quizás mi intención
de colaborar hace que me extralimite. . . Sí, sí, continúo. Bueno, aquella vez
del santafecino fue un fiasco porque Miguel le ganó, casi, por veinte
centímetros. Sí, señores, advierto ciertas miradas suspicaces entre los
honorables presentes, pero puedo jurarles por lo que más quiero, por el cariño
de mi madre, que no les miento. Es que lo de Miguelito era pavoroso. Y estoy
hablando del aparato. . . ¿cómo podría explicarlo?. . . del aparato en posición
de descanso. No les hablo, no quiero contarles lo que era eso cuando entraba en
actividad, porque en esos. . .
Bien, perdón señor juez. Lo que ocurre es que la gente suele no creer cuando uno
les cuenta, piensan que uno está fantaseando, pero quiero recordarles que yo he
jurado decir solamente, la verdad y no voy a defraudar ni la confianza que ha
depositado en mí el jurado al llamarme a declarar, ni mucho menos la mirada de
mi padre, quien, tal vez, desde el Cielo. . .
Ya sé, señor juez, perdón. Mil perdones. Continúo. Esa vez con el santafecino,
fue la última vez que Miguel participó en un desafío de ese tipo. Estoy hablando
de casi ocho, si no nueve años atrás. Pero, por lo demás, Miguel Panizo, llevaba
una vida normal, tranquila, común. No era un hombre de farolear, digamos, de
engrupirse con sus condiciones fuera de lo común. ¡Y mire que cualquiera pudiera
haberlo hecho, en su misma situación! Más considerando, ustedes bien saben cómo
son los barrios, ese culto que existe por el machismo, por la cosa viril. ¡Cómo
se habla de eso en la barra del café, en el club, los chistes de los amigos, las
cargadas, las bromas! Pero no, Miguelito ya dije que era un pan de Dios, no le
daba mucha bolilla a esas cosas. Tampoco las desmentía porque no era tonto. No
las desmentía. El sabía que, en la medida en que esa fama se difundiera, él
sacaba sus buenas ventajas. ¿De qué modo? Permítame explicarlo, señor juez, dado
que aprecio miradas algo confundidas entre los presentes. Todos sabemos que las
mujeres son bastante curiosas, señor juez. . . No sé si me explico. . . No sé si
ha sido clara mi intención. No sé si han logrado captar lo que quiero decir con
esto. . . Un momento, un momento. . . quisiera aclarar, porque veo rostros un
tanto enojados entre las damas del jurado. . . Es solamente lo que he dicho. . .
En ese aspecto, en el aspecto de la relación, digamos, por así decirlo,
hombre-mujer, la relación íntima, o bien, sexual, la mujer se dice que es más
inquieta que el hombre. Más curiosa, la subyuga lo desconocido, o lo misterioso.
Se siente atraída por aquello que no conoce. Al menos leí algo así en alguna
revista especializada. ¡No quiero que se piense que yo, señor juez, soy el
inventor de esta teoría! Creo haberlo visto en el "Maribel". O al menos algunas
mujeres son así, si no todas. Por lo menos, y eso doy fe, lo juro por la salud
de mis hijos, en el barrio yo he visto varias mujeres, incluso digo más, muchas
de ellas "señoras", "señoras respetables", venir al club a la hora en que ellas
sabían que nos reuníamos los muchachos, para verlo al Miguel. Y le buscaban la
conversación, le "daban calce", como dicen los muchachos. Y el Miguelito
aprovechaba, porque era un grandote algo quedado en algunas cosas, pero de tonto
no tenía nada. Y al día siguiente se las veía a esas mujeres con el rostro
cambiado, con una sonrisa, así, como perdidas y uno entonces sabía que el Miguel
les había hecho saber lo que es la buena eh. . . ustedes ya me comprenden, la
buena. . . creo ser claro, la buena herramienta, disculpen si soy crudo en mis
palabras. Y voy llegando al núcleo de lo que tengo que contar, según todos
sabemos, y pido disculpas si me he excedido en detalles irrelevantes, vuelvo a
repetir que no soy orador y. . .
Bien, señor juez, tiene razón. Perdone usted. La cuestión es que una semana
atrás, el lunes pasado, sí, el lunes pasado, llega al barrio un enano. Un enano
de Resistencia, Chaco. Se imagina, señor juez, que la noticia corrió enseguida
porque un enano es muy notorio, siempre, por la misma razón de su baja estatura.
Pero este enano, señores del jurado, Sosa se llamaba, o se hacía llamar, desafía
al Miguelito. Así como lo oyen. Podría sonar como una petulancia, o una falta de
humildad de parte del enano, desafiar a un coloso como Miguel, pero ustedes bien
saben lo que se dice, lo que se comenta en torno a los enanos. . . No sé si soy
claro. . . No sé si ustedes entienden el sentido de lo que quiero transmitirles,
porque veo algunos rostros como. . . como que no comprenden. Se dice, no sé si
es cierto, que los enanos, a pesar de su escasa talla, de su tamaño reducido,
están, podríamos decir. . . están muy bien provistos.
Bien, señor juez, sí, sí, comprendo, continúo. No. . . Además veo que me han
comprendido perfectamente, veo por sus miradas que ellos también conocen la fama
de estos enanos, o al menos han oído de ella. Incluso a este Sosa, Marcial Sosa,
el enano que se presentó en el buffet del club el lunes pasado, le decían el
"Bracero". Por supuesto que es un apodo, que no configuraba un dechado de
imaginación porque es un apodo muy remanido, digamos, porque. . . claro. . . no
le decían el "Bracero" porque hubiese trabajado en la zafra. . . y perdonen la
ironía. No sé si me llegan a entender. No sé si comprenden, en especial las
damas, porque noto ciertas caritas como que no entienden. El brasero, por el
brasero brasero, el aparatito para calentar cosas, la pava, digamos. El brasero
que como todos sabemos tiene tres patas y suele llamarse así a ciertas personas,
lógicamente, hombres, cuando se comenta que, justamente. . .
Muy bien, muy bien, señor juez, es que intento ser lo más gráfico posible.
Perdone usted. Disculpe. Continúo y sepan disculparme las damas si soy un tanto
crudo en mis explicaciones. En el club de inmediato se creó una efervescencia
ante el desafío del recién llegado del Chaco e, incluso, comenzaron a tejerse
historias disparatadas. Usted sabe cómo son las barras de los clubes. Cómo se
habla ahí al divino botón. Porque este enano era del Chaco y el Miguelito Panizo
también es chaqueño. No de Resistencia pero sí del Chaco. De Roque Sáenz Peña,
creo. Se vino acá hace como quince años, pero es del Chaco. Y se empezó a decir
en la mesa del club que en Chaco todos los hombres son así, que era así por la
alimentación, o por el clima seco, qué sé yo. Hasta que Fermín, el Toto Fermín,
que es el macaneador mayor del club. . . Usted sabe, señor juez, que en todo
club, en todo barrio hay un macaneador, un loco, un tontito, bueno. . . Fermín,
que es el macaneador del club, inventó que el enano era en realidad hijo de
Miguel, un hijo natural, que por eso estaba también digamos. . . que por eso
cargaba también su buen, su buen aparato, que Miguel había huido del Chaco
justamente por eso, para no hacerse cargo del enano y todas esas cosas. ¡La que
se armó! De cualquier manera el desafío ya se había concertado, Miguel había
dicho que sí, y el enano había apostado cualquier guita a su. . . a su pingo. No
me pregunten cuánto porque mentiría si les digo, pero sí que era una cantidad
más que considerable, se hablaba de dólares, incluso. Bueno, el miércoles a la
noche, fue la cosa. Se cerró el club con la excusa de que había desinfección,
nos fuimos todos para el salón de los trofeos, éramos como treinta, y allí
estaba la mesa ésa que yo ya les expliqué, se había acondicionado como para este
tipo de. . . confrontaciones. Quiero aclarar que en este tipo de cosas no se
aceptan mujeres ni niños, que quede bien claro que es nada más que una
competencia con un público exclusivamente de hombres. No hay ninguna corrupción
ni porquería. Estaba también el escribano, pero no se permitían fotógrafos.
El enano llegó medio tarde, cuando ya pensábamos que se había borrado, temeroso
de pasar papelones. Pero llegó, agitado, con un envoltorio alargado de papel de
diario bajo el brazo, donde decía que traía una regla para constatar las
medidas. Ahí se armó medio una discusión porque hubo que decirle que él obraba
en condición de desafiante, y que acá las cosas se regían por las
reglamentaciones de la provincia de Santa Fe, y esas cosas. Yo no sé qué había
de cierto en todo eso, pero supongo que los muchachos medio lo apuraron para no
dejarse prepotear por un desconocido de afuera que venía a desconfiar de
nosotros, y para colmo, enano. De cualquier manera, después de la parada de
carro, hubo que hacer las cosas bien por derecha, no fuera a ser que el enano, o
el mismo escribano, pensaran que los queríamos llevar por delante y robarles el
dinero. El escribano sorteó quién debía. . . digamos, desenfundar primero. Y
salió elegido Miguelito, pobre. Miguel peló el termo y lo puso sobre la mesa.
Una cosa monumental, vea. El enano se puso pálido, yo lo estaba mirando de
reojo, blanco se puso. El escribano midió, no sé bien cuánto acusó Miguel si lo
supiese no me lo creerían, y le tocó el turno al enano. Yo vi que el enano
agarraba la regla envuelta en papel de diario y pensé: "Este no está convencido.
No lo puede creer". Y por ahí el enano saca del envoltorio alargado, no una
regla, saca un machete de este porte, de esos de abrir picadas en el monte y. .
.
Cuando revivo esa escena le juro, señor juez, que me recorre la comuna vertebral
un estremecimiento de arriba abajo. Fue un solo tajo, señor juez, un machetazo
seco sobre la mesa. . . Mire. . . El aparato de Miguelito era una víbora, un
brazo mutilado retorciéndose sobre la mesa. No quiero abundar en detalles porque
veo en los rostros transfigurados de todos ustedes. . . el mismo espanto que
sentí yo. . . Pobre Miguel. . . Después nos contaron que este enano, Sosa, había
resultado el marido de una mujer que un día probó con Miguel, allá en el Chaco.
No sé. Una historia así. Y que se la había jurado al Miguel. El enano era
obrajero. ¡Cómo son las cosas! ¿De qué vale, a veces, tener tanto, señor juez?
Me pregunto yo. . . ¿de qué vale tener tanto?
El
tesoro de los "cancas"
El espeleólogo uruguayo Filisberto Nelson Amatista realizó un descubrimiento
asombroso en una de sus, obviamente, profundas investigaciones por tierras
peruanas.
Amatista se dio, literalmente, de narices, contra un libro de tapas
ferruginosas, enmohecido hasta lo irreconocible, pero milagrosamente conservado,
cuando recorría una interminable caverna en la incaica provincia de Huamanga.
A la escasa luz de la linterna que llevaba adosada a su casco de seguridad, el
estudioso oriental pudo comprobar, con asombro, que dicho libro no era otra cosa
que un diario de conquista, llevado cientos de años atrás por la mano severa de
un adelantado español. No era tal material periodístico, por supuesto, lo que
ambicionaba encontrar Filisberto Nelson Amatista en aquella gruta. El
montevideano tenía un propósito muy distinto en principio, que consistía en
hallar de una buena vez un especial tipo de gallina que, según le habían
informado, pululaba en aquellos recovecos subterráneos ubicados nada menos que a
86 metros bajo la superficie de la tierra. El dato se lo había acercado un
caciquejo de la tribu Potó, tributaria de los milenarios "cancas", parientes
pobres de los incas. El caciquejo en cuestión fue encontrado casualmente por
Amatista en Berna, en un Simposio de Productores de Líquidos de Frenos para
Automotores, adonde el indígena había concurrido pensando que se trataba de una
mesa redonda sobre temas aborígenes. Lo cierto es que el inquieto uruguayo,
solo, según su costumbre, cargó su mochila y se lanzó en busca de aquella
colonia avícola que moraba en las profundidades de la tierra.
Las aventuras y desventuras que le acaecieran durante su azaroso periplo tras
las gallináceas subterráneas serían motivo, por sí solas, de constituir un
libro. (1) Pero el hallazgo de aquel documento invalorable es lo que ahora nos
ocupa y lo que pasamos a transcribir procurando disimular, de ser posible, las
omisiones, ausencias y obligadas confusiones propias de un escrito devastado por
el tiempo y un ámbito húmedo y soterrado. De cualquier forma, la narración del
capitán Diego de Mula Merced Uranga y Alvarado, condestable de La Pollina, es
una pequeña joya que encarna un ejemplo del drama encerrado entre la codicia y
el reuma.
13 de enero de 1528
Hemos atrapado a un nativo. Se acercó mucho a Francisco Urquijo de Samaniego,
quizás deslumbrado por el brillo de la armadura y Pancho lo atrapó. El nativo se
empeñaba en no hablar la lengua de Castilla. Son indios austeros en el lenguaje
y empecinados. Debimos recurrir a un lenguaraz ya que los gestos en nada
colaboraron. Es más, sospecho que muchos de los gestos que nos hacía el salvaje
con las manos no eran otra cosa que una serie de procacidades. Se tomaba mucho
los testículos, por ejemplo. Entre los aztecas eso significa: "Deben caminar dos
lunas hacia la derecha", pero entre estas criaturas no arriesgaría una
traducción. Finalmente pudimos hacerle entender que nuestro deseo era saber
dónde se hallaba el tesoro de los "cancas", del cual tanto nos han hablado. El
salvaje meneaba la cabeza, en señal de no comprender. No sé cómo pude conservar
la paciencia. Siempre he sido partidario del suplicio. El padre Aparicio me
convenció de que debemos persistir en la persuasión. Cercanas ya las sombras de
la noche abandonamos el intento.
14 de enero de 1528
Espero que la decisión haya sido la más acertada. Hoy por la mañana el nativo
prisionero insistía en decir que desconocía el sitio donde se halla oculto el
tesoro de los "cancas". No sólo eso: reclamaba a voces el desayuno. Yo perdí la
calma. El padre Aparicio pudo contenerme cuando ya estaba por pasar de lado a
lado al insolente con mi espada, pero debió suministrarme un par de hostias para
calmarme. Comprendo que mis nervios empeoran. Antes mi organismo no necesitaba
nada para mantener la templanza. Hoy por hoy sólo duermo si ingiero una hostia
antes de reposar. Es la única forma en que logro retener el cristianismo en el
cuerpo, me ha dicho el padre Aparicio.
Enrique Pinzón me sugirió otra cosa para convencer al cautivo: comprar su
voluntad con lo que nos quedaba de baratijas y chafalonías. Ante la vista de las
fantasías multicolores la expresión del salvaje cambió. Su rostro cetrino se
iluminó cuando arrojamos delante de él el contenido de dos alforjas de minucias.
Estuvo probándose collares, pulseras y dijes durante más de tres horas, abusando
de nuestra cristiana paciencia. Juro que debí contenerme para no degollarlo de
un solo tajo. Pero lo que más me ofuscó fue que, agotado ese tiempo, arrojó
todas las chafalonías a un lado haciendo gestos claros de que no le gustaban.
Luego él nos ofreció algunos de sus inmundos collares hechos con vértebras de
cochinillo y semillas de mandioca enhebradas en una tripa. Allí me tuvieron que
contener entre cuatro en tanto el padre Aparicio me hacía tomar una hostia de
las más fuertes. Cristóbal de Zarzaparrilla puso a mi consideración otra
alternativa entonces: ofrecerle los espejos. Así fue que pusimos ante los ojos
del salvaje varios trozos de espejo que sacamos del morral de Pinzón. Nunca he
visto a ser humano alguno, si se puede llamar seres humanos a estas criaturas
selváticas, poner expresión tal. Sólo recuerdo esa expresión en los ojos del
adelantado Florián Hernández de Argensola, la jornada aquella en que nos caímos
en la carabela por las cataratas del Diablo. El pobre Florián murió creyendo que
la tierra era cuadrada. Lo cierto es que el indio modificó su tesitura negativa
ante la visión de los espejos. Dijo que nos traería toda la información
necesaria para llegar hasta el tesoro, solamente si le dábamos el morral
completo conteniendo todos los espejos. Tuve que morderme para no destriparlo
con mi daga. Sucio analfabeto. Hemos comprado cosechas enteras con un solo
anillo de plomo. Obtuvimos cientos de onzas del mejor oro de Iquique, a cambio
de un orinal de latón. Pero este insensato pedía todos los espejos que eran como
quince trozos de buen porte. Decidimos discutirlo entre todos. Nos llevó más de
una hora ponernos de acuerdo, especialmente convencer a Cristóbal de
Zarzaparrilla, quien no puede peinarse sin que algo lo refleje. Finalmente,
decidimos aceptar el canje. Si logramos dar con ese tesoro podremos ya volver a
España e iniciar el armado de una nueva nave con más comodidades, con baños, por
ejemplo. Fue ahí que el nativo salió con un desplante: debíamos dejarlo ir con
los espejos y mañana él volvería con los datos. Tuvieron que tomarme de los
brazos para que no castrase al impío. El padre Aparicio pidió mi asentimiento
para dejarlo ir bajo su responsabilidad. Me dijo ser él un conocedor del
espíritu humano y que había visto en los ojos de ese anacoreta el brillo
inequívoco de la lealtad. Lo dejamos marchar.
15 de enero de 1528
No vino el indio.
16 de enero de 1528
Hoy tampoco.
17 de enero de 1528
Hoy hice crisis. Venía soportando bastante bien la ansiedad pero mis nervios me
traicionaron. Para colmo me picó un bicho y me puse morado negro. Eugenio de
Castellondo y Alcántara hubo de sajarme la pierna con su daga en torno a la
picadura del maldito insecto para que fluyese la sangre adulterada. El imbécil
del padre Aparicio, consciente de que su torpe actitud de liberar al indígena
había sido un error histórico, no se aproximó a mi camastro. No sé que hubiese
pasado de haber yo necesitado los últimos sacramentos. Recién se hizo presente a
la noche cuando ya la fiebre se había retirado de mi cuerpo maltrecho. Me hizo
tomar tres hostias y así, solamente, pude dormir. Al despertarme de unas horas
de sueño, comimos con Eugenio un poco de lagarto. La cola de lagarto sabe muy
bien. ¡Pensar que en mi lejana Castilla, veía pasar estos animalejos por entre
las almenas del castillo y ni tan siquiera sentía hambre! Este último lagarto no
me ha gustado. Quizás sea producto de la fiebre. La temperatura me sube cuando
pienso en el salvaje que desapareció con nuestros espejos. Por otra parte, no
puedo comer sin vino. Conservamos nuestros copones de oro, pero la única bebida
que podemos poner en ellos es agua o una melaza fermentada que consumen los
indios. Durante semanas la estuvimos bebiendo, hasta que nos enteramos de que
los "cancas" sólo la usan para preservar el pelaje de los puercos.
18 de enero de 1528
¡Apareció el indio! Por supuesto, sin la información y sin los espejos. El muy
ladino surgió desde la espesura acompañado de un lenguaraz que nos explicó que
el tesoro de los "cancas" había sido robado por un cacique joven quien huyó con
la fortuna a Europa. Según el intérprete, dicho cacique conoció a la hija de un
Adelantado y ésta lo convenció de hacerse de las riquezas y escapar a vivir en
una cabaña en los Alpes. Lógicamente todo esto me sonó a cuento. De un estoque
pasé de parte a parte al traductor. Luego hice atar al salvaje que se llevara
nuestros espejos y lo sometí a suplicio. En esta ocasión el padre Aparicio optó
por callar. ¡Bueno hubiese sido que hablase! Lo suyo fue un error mayúsculo.
Aunque vaya a saber luego qué escriben sobre él los historiadores. Así como
dijeron que Hernán Cortés había quemado sus naves para afirmar su determinación
de quedarse en estas tierras. Lo cierto es que se le había ocurrido festejar San
Pedro y San Pablo y se le prendió una vela. Incluso había grumetes vestidos de
cabezudos. Los historiadores arreglan todo a su gusto.
Lo importante es que pude demostrar palmariamente lo eficaz de mi sistema. Tan
sólo había pasado una hora de tormento cuando el salvaje hizo señas de que nos
indicaría el camino a seguir para llegar hasta el tesoro de los "cancas". Lo
pusimos de pie y, orinando sobre el piso, dibujó en el suelo terroso el camino a
la riqueza. El lugar queda a dos días de marcha si no nos detenemos a merendar y
luego hay que descender a una serie de pasadizos subterráneos. No han sido
tontos los "cancas" para ocultar sus valores. Yo ya había oído hablar sobre las
cavernas subterráneas de la región, un laberinto de túneles naturales, poblados
de demonios, monstruos y dioses del Mal, según los nativos. De un hachazo
terminé con el salvaje, ya obtenido el informe. No me agrada verlos sufrir.
22 de enero de 1528
Hemos hallado la boca de la cueva. Se inicia en ella un túnel descendente que
parece llevarnos a las mismas entrañas de la tierra. Mis articulaciones crujen
por la humedad. Encendemos antorchas. Iniciamos el descenso.
23 de enero de 1528
El maldito tesoro no aparece por ningún lado. No sé cuánto tiempo llevamos
recorriendo pasadizos, hostigados por los murciélagos a los que ya nos hemos
acostumbrados a ver como acompañantes de ruta. Pero nos distraen en nuestro
cometido ya que sus metálicos chistidos nos hacen pensar que alguien nos chista
a nosotros y permanentenemente volteamos nuestras cabezas mirando a todas
partes. No quiero pensar que hemos sido objeto de un nuevo engaño de parte de
ese salvaje. No debe resquebrajarse nuestro temple.
Enero de 1528
Dimos con el tesoro. Paso a explicar el porqué de mi falta de alegría. El tesoro
se hallaba en el centro de una amplia caverna donde incluso se apreciaba una
laguna subterránea. Se trataba de unas cincuenta canastas de paja trenzada por
los "cancas" y en ellas una enormidad de cuentas multicolores, pulseras de
fantasía y aretes de latón pintado, producto del trueque, sin duda, con otros
españoles. No dimos con nuestros espejos. Se ve que no tuvieron tiempo para
depositarlos allí. Desalentados abandonamos toda aquella chafalonía barata y
emprendemos el regreso.
Febrero de 1528
No hallamos la salida.
1528
Han muerto Esteban Cuquejo de Arancibia y Torres, Ezequiel Villaplana de
Montepío "Baturro", y Armando Arguello de Aragón y Mosquera. El padre Aparicio
propuso darles cristiana sepultura pero privó el lógico razonamiento de que es
una redundancia enterrar a alguien que ya se halla unos cuarenta metros bajo la
superficie. Temo que se termine la resina de nuestras teas. La oscuridad sería
el fin de todos nosotros.
1528
Hay una tenue esperanza. Hoy, al límite de nuestras fuerzas, llegamos a la
confluencia de dos pasadizos. Allí, debíamos decidir por cuál optar. Nuestra
debilidad no permitía que nos equivocásemos de rumbo. Envié dos expedicionarios
a que investigasen unos cien metros de cada túnel. ¡Y Federico "El Pollo" trajo
la buena nueva! Al fondo de uno de los pasadizos podía advertirse una débil luz.
Sin duda, la salida de este infierno. Optamos por descansar unas horas y, luego,
lanzarnos al tramo final.
Ya la última tea se apaga. Quiero dejar constancia de que caminamos a buen paso
en dirección a la luz que advirtiese Federico al fondo de una de las catacumbas.
A medida que avanzábamos la luz se agrandaba, lo que redobló nuestro ánimo. De
pronto, nos dimos de bruces contra una pared de roca que sellaba el fondo del
pasadizo. Prolijamente pegados a esa pared pudimos comprobar que se hallaban los
trozos de espejo que ese maldito salvaje tomara en canje de su información.
Habían logrado así, esos perversos, una superfiecie espejada. Y la luz que
advirtiésemos, confundiendo con la luz del día al final del pasadizo, no era
otra cosa que el reflejo de nuestras propias antorchas. Le he pedido una hostia
al padre Aparicio, pero ya no le quedan.
Sardina
De reojo, y ya a punto de taquear, Dardo Dardánelo observó la entrada del
Sardina, por la puerta del bar, pool y cafetería "Prólogo's".
En verdad, sólo entrevió la silueta del muchacho recortada contra la luz de la
calle, pero eso le bastó para reconocer la figura más bien pequeña, delgada y el
pelo con rulos.
Dardo Dardánelo midió el golpe sobre la bola rayada, calculó el impacto contra
la banda, el posterior desplazamiento hacia la tronera y taqueó. La bola rayada
recibió el empujón de la blanca, rebotó contra la banda y se perdió más lejos de
lo previsto. La blanca, en cambio, derivó caprichosamente tras el impacto, rozó
una lisa y cayó por la tronera.
Dardánelo quitó el cigarrillo de su boca y chasqueó los labios.
¿De qué sirve el cientificismo, amigo Rosales? preguntó. A lo que Rosales no
contestó nada, preocupado por su próximo juego.
El Sardina se había acercado a Dardánelo y miraba el paño verde, con una sonrisa
de compromiso, apoyado en la mesa contigua.
¿Cómo le va don Dardo? dijo.
¿Qué dice, Sardina? contestó, sin mirarlo, Dardánelo, poniéndole tiza a su
taco. ¿Cómo le va a usted?
Sardina se quedó en silencio, siempre con la sonrisa algo forzada. No se
acostumbraba a ese trato de "usted" que le dispensaba Dardánelo, a pesar de la
diferencia de edad. Tal vez hubiese preferido una fórmula más familiar, más
campechana, pero era conocido ese acento formal, cordial pero austero que
campeaba en las costumbres del viejo maestro.
Incluso en la vestimenta de Dardánelo, aun en verano y con un pretendido tinte
de sport, se advertían los vestigios de una elegancia no del todo perdida. La
camisa blanca abierta en el botón de arriba que dejaba ver el cuello de la
camiseta, el saco marrón oscuro, brilloso por el uso, el pantalón también marrón
pero ostensiblemente de otro marrón y otro traje, los zapatos negros de cuero
trenzado sobre el empeine. Y además, el gesto delicado para sostener el
cigarrillo, permanente entre los dedos finos manchados de nicotina. El toque
deportivo podía detectarse, tal vez, en la sombra de barba que oscurecía las
mejillas y amenazaba con unirse al bigotito fino y renegrido bajo la nariz
afilada, casi larga.
Aquí me ve decidió proseguir la conversación Dardánelo, consciente de que la
timidez del muchacho podía abrir un insondable pozo de silencio tras los saludos
de rigor procurando acercarme a los secretos de esta nueva disciplina lúdica,
Sardina.
Rosales le había hecho una seña con la cabeza, anunciándole su turno y Dardánelo
comenzó a girar en torno de la mesa calculando su próximo golpe.
Yo. . . continuó diciendo en tanto sus ojitos pequeños y negros reconocían la
ubicación anárquica de las bolas . . . debo reconocerle que prefiero el billar.
Es un juego más. . . digno. Algo más acorde con un caballero. Pero tampoco uno
puede dejarse avasallar por la mocosada. ¿No es así, Rosales? Rosales aprobó
con la cabeza. Si bien nunca era demasiado locuaz, a esa hora de la siesta, lo
era menos que nunca.
Si uno se deja ir acorralando en sus pequeños hábitos. . . prosiguió
Dardánelo, que ya había decidido su próximo golpe . . . llega un momento en que
se encuentra encerrado en el pasado. Si uno no acepta la televisión, la
licuadora, los satélites artificiales y todo eso, termina atrincherado en la
radio galena, el Glostora Tango Club, esas cosas y ya no puede salir a la calle.
Se inclinó para taquear y la atención en la maniobra le hizo bajar el tono de
voz. Y yo empiezo por el pool. Para que no se diga. . . esta vez la rayada
boqueó en torno a la tronera y volvió al ruedo.
Eso sí. . . enarcó las cejas Dardánelo, irguiéndose . . . me va para el culo.
Pero no es cosa tampoco de aceptar, sin ofrecer resistencia, la prepotencia de
la muchachada. Juega usted Rosales.
Me imagino que el rock nacional también le tira aventuró con una sonrisa el
Sardina.
No, no, no descartó, fingidamente enojado, Dardánelo. Hay límites. Hay
límites para un criollo.
Sardina se rió. Se hizo un silencio y por unos minutos sólo se escuchó el
golpear de las bolas sobre el paño verde.
Dardánelo, sin mirarlo, adivinó la intención del Sardina.
¿Qué lo trae por acá, Sardina? le facilitó las cosas. Sardina se puso serio,
como sorprendido en falta. Porque esta no es la hora a la que viene su barra.
No, no dijo el Sardina rascándose la frente. Quiero hablar un momentito con
usted. Pero no sé. . . se apresuró a aclarar . . . en otro momento, cuando no
esté ocupado.
Dardánelo aprobó con la cabeza.
Cómo no. Cómo no. dijo, estudiando su próximo tacazo. Pero déjeme antes que
meta aquella bola en su agujero. . . es un momentito nomás.
No, don Dardo pareció ofenderse el Sardina. Terminen el partido. Dardánelo
taqueó, hizo un gesto de contrariedad y depositó el taco sobre una mesa vecina.
Juegue usted por mí, Rosales ordenó. Rosales aceptó con un gesto, sin dejar de
mirar las bolas, en tanto sacaba del bolsillo de su saco pijama un dado de tiza.
Dardánelo caminó lentamente hacia una de las mesas cercanas a la entrada, en un
sector alejado de la luz que bañaba la mesa de pool donde había estado jugando.
Se sentaron los dos. Dardánelo con la espalda apoyada contra la pared de madera
aglomerada que separaba el salón del kiosco que daba a la calle. Sardina con los
brazos apoyados en el nerolite de la mesa, algo envarado. Dardánelo primero se
alisó, como distraído, el negro cabello bien pegado al cráneo por la
brillantina. Luego buscó en el bolsillo interno del saco un nuevo cigarrillo.
Lo bueno de jugar con Rosales dijo es que uno se distrae.
Sardina se sonrió.
Un hombre de una conversación brillante prosiguió Dardánelo, serio. Hubiese
sido un orador de fuste si no lo ganaba su vocación de justicia. Encendió un
cigarrillo. Se guarda las tizas en los bolsillos ¿vio? siguió mirando
Dardánelo hacia la mesa de pool. Se las debe llevar a la casa. Vaya a saber qué
hace con eso. ¿Hará caldo? Por ahí piensa que es caldo en cubo.
No había ni una sonrisa en el soliloquio de Dardánelo, pero se lo adivinaba de
buen humor. Sardina comprendió que con él hacía un distingo, permitiéndole
compartir sus chistes.
Don Dardo. . . se animó, de pronto, el Sardina quería contarle algo.
Usted dirá.
Sardina realizó unos golpeteos sobre la mesa con sus manos, buscando el
comienzo.
Bueno. . . se decidió anteayer me hice un grabador.
Ahá.
Un lindo grabador. Extranjero. Se ve que es bueno. Yo no sé mucho de esas cosas
pero se ve que es bueno.
Ahá. . .
Fue una cosa. . . este. . . fácil se animó Sardina . . . un auto importado
que se habían dejado la puerta abierta. Bah, abierta, sin seguro.
Dardánelo seguía mirando la mesa de pool, donde Rosales continuaba su solitario,
asintiendo con la cabeza.
Estaba estacionado en una calle con árboles, y no había nadie explicó
Sardina, era como esta hora. Yo manotié el grabador, había unas bolsas, de esas
bolsas de plástico con zapatos de mujer, y me llevé hasta una carpeta que había
ahí adentro, en el asiento de atrás. Y estaba todo ahí, a la vista, ni siquiera
habían puesto las cosas en el piso. Porque vio que hay gente que, por ahí, pone
las cosas debajo de los asientos para que no queden a la vista. Especialmente el
grabador. . .
Ahá. . .
. . . Porque esos grabadores son caros. Uno de ésos.
¿Y lo vieron? cortó Dardánelo.
No, no, no, fue una cosa fácil. Rápida Sardina detectó la impaciencia en
Dardánelo. No. No es eso lo que quiero contarle. Bah. . . o no es eso lo más
importante. Se imagina que no lo iba a molestar a usted para contarle que me
afané un grabador de un auto estacionado.
Dardánelo se encogió de hombros, como descartándolo.
Pero. . . escuche lo que pasó Sardina se acomodó en el asiento, entusiasmado.
Es increíble. Esa noche, anteanoche, llego a casa, llego a casa con el paquete
con las cosas, el grabador y esas cosas, las escondo todas en mi pieza, mis
viejos ni aportan por ahí, es un altillo. Bajo, y me pongo a ver televisión. Un
noticioso. Y por ahí veo que le hacían una entrevista a Zulema Carina, la
artista. ¿La conoce?
Por supuesto Dardánelo lo había mirado, de pronto, más interesado.
Que ha trabajado en varias películas. . . informó Sardina ha hecho cosas en
teatro. Que es muy linda.
Una hermosa mujer acordó Dardánelo. Y no sólo una hermosa mujer, sino que es
una mujer muy inteligente. Yo he leído reportajes que le han hecho y me ha
parecido una persona muy lúcida. Muy ubicada. No es sólo un rostro bonito. Nada
de eso.
Sardina pareció exultante ante el reconocimiento del viejo maestro.
¡Claro! ¡Claro! exclamó. Es bárbara. Es una barbaridad. A mí me gusta. . .
una locura.
Y además, pibe. . . Dardánelo lo miró profundamente a los ojos al Sardina
está rebuena. Es un camión. Usted la ve, esa mujer de carnes firmes, duras. De
rasgos bien marcados. Muy meridional. Tipo itálico. Muy bien. Muy bien.
Sí, es así. Es así le había causado gracia al Sardina la inclusión de algunos
adjetivos francamente nuevos en el vocabulario por lo general, clásico, de
Dardánelo. Y bueno, con lo que a mí me gusta esa mina, me quedé mirando a ver
qué decía, en el noticiero. Y entonces la Carina dice que estaba muy apenada,
"desolada" dijo, ésa era la palabra que yo no me acordaba, "desolada" porque le
habían robado del auto un grabador, unos pares de zapatos que había traído para
su próxima obra, los había traído de Nueva York, de por ahí. . . y que también
le habían robado un guión. . . Un guión ¿vio? Un argumento de una película, que
lo estaba estudiando, no sé. . .
Dardánelo se había echado un poco hacia atrás en su silla, como tomando
distancia para mirar mejor a Sardina, su mano derecha apoyada en el borde de la
mesa, las cejas enarcadas, la boca una "U" invertida, la otra mano sosteniendo
en lo alto el cigarrillo. Por un momento no dijo nada. Luego volvió a su postura
reposada, volvió a mirar hacia la iluminada mesa de pool.
Mire usted. . . musitó.
¡Pero mirá qué casualidad! se tomó la cabeza el Sardina. Mire lo que son las
casualidades.
El Destino sentenció Dardánelo.
Porque mire. . . no sé. . . Sardina bamboleó la cabeza, como dudando . . . a
usted le parecerá tonto . . . Pero yo soy fanático-fanático de esa mina. Soy un
admirador. En mi pieza, ahí, en el altillo, tengo un montón de fotos de ella.
Que las fui recortando de las revistas. Me acuerdo de que una vez me fui a la
puerta de un teatro donde trabajaba ella, en una obra de teatro, para pedirle un
autógrafo a la salida. Y. . . qué se yo, me dio no se qué. . . la verdad que me
cagué. Al final ella salió, pero medio a los apurones, rodeada de gente, y me
dio vergüenza acercarme. Está bien que yo era más chico. Tendría 16, 17 años. .
. Pero me dio vergüenza. Y no le pedí nada. Y eso que me había cagado mojando
porque. . . ¡llovía!. . . Era un diluvio eso.
Dardánelo se había quedado pensando, abstraído en el humo del cigarrillo.
¿Qué edad tiene usted ahora, Sardina? se interesó.
20. Cumplí 20.
Y bueno. . . pareció decir, a título de resumen, Dardánelo . . . ya tiene su
anécdota, Sardina. No muchos podemos decir que le hemos robado un par de zapatos
a Zulema Carina.
No. . . se rió, incómodo, Sardina.
Es más, dentro de algunos años podrá contar que ella se los regaló.
No insistió Sardina. Pero lo que yo le quería consultar es otra cosa.
Dardánelo lo miró, de reojo.
Le quiero devolver las cosas a Zulema soltó el Sardina.
Dardánelo no le quitaba la vista de encima, ahora.
Le quiere devolver las cosas. . . repitió lo dicho por Sardina, pensando en el
significado de la frase.
Se las quiero devolver.
Dardánelo tornó a mirar hacia adelante, entrecerrando los ojos por el humo del
cigarrillo, que hacía girar entre sus dedos, como acomodando el tabaco.
Sí, porque. . . empezó morosamente Sardina.
¿Ya lo decidió, o lo está pensando? preguntó Dardánelo.
Bueno. . . No. . . vaciló el muchacho . . . lo tengo casi decidido. Bah. . .
Sabía que su determinación implicaba un menosprecio al hecho de buscar consejo
en el viejo maestro. Dardánelo se había quedado en silencio.
¿Sabe lo que pasa? retomó Sardina. Yo hablé con Zulema.
Dardánelo volvió a mirarlo, deteniendo el movimiento del cigarrillo hacia su
boca.
Ayer, le hablé por teléfono siguió, como avergonzado, Sardina. Dardánelo hizo
un visaje de asombro.
La puta dijo.
Sí. ¿Vio? apuró la explicación Sardina ya le dije que yo soy, fui siempre muy
fana de esta. . . mina. Y una vez, en un Radiolandia, o en un TV Guía, no sé
dónde, había salido el teléfono de ella. ¿Vio en esas cartas que escriben los
lectores? Se ve que un tipo pedía el teléfono de ella para pedirle no sé qué
cosa, un autógrafo, o guita, qué sé yo. Y ahí en la revista ponían el número de
teléfono de ella. Y yo me acuerdo que agarré y lo recorté. Lo recorté y lo
guardé. ¿Vio? Qué sé yo. Yo pensaba que algún día me iba a atrever y la iba a
llamar, para hablarle, qué sé yo. Por supuesto que después nunca me dio el cuero
para llamarla. De pensar que me podía atender ella, me cagaba todo. Pero ayer me
acordé que tenía el número y lo busqué. Llamé y me dio con una oficina, qué sé
yo, la oficina de un representante, no sé qué era eso. Yo después pensaba, ¡qué
boludo!, más bien que no van a dar el número de la casa de ella porque
hincharían todo el día las bolas llamándola.
Dardánelo había permanecido mirándolo, fijamente, el cigarrillo suspendido casi
a la altura de su mentón.
Entonces. . . continuó Sardina . . . me atendió un tipo, le dije, no sé, que
era de una revista nueva y que le quería hacer una nota a Zulema Sardina ya
decía "Zulema" con una familiaridad llamativa . . . que era una cosa urgente,
qué sé yo, la cosa que el tipo me dio el teléfono de ella. El teléfono de la
casa. Y la llamé.
Dardánelo nuevamente enarcó las cejas, asombrado.
La llamé y le conté todo. Lo del auto, que yo le había afanado, que. . . en fin
que no sabía que era de ella. . . que le quería devolver las cosas. . .
El relato del Sardina fue apagándose. El muchacho mantenía los ojos bajos, en
tanto golpeteaba con las puntas de los dedos de su mano derecha sobre el
nerolite. Dardánelo lo contemplaba, serio. Estuvieron unos segundos así.
Me atendió ella. . . siguió el Sardina, sin levantar la cabeza . . . medio me
asusté porque yo pensaba que iba a atenderme alguna secretaria o qué sé yo.
Porque uno nunca piensa que esas. . . este. . . estrellas, uno las va a llamar y
ellas van a atender el teléfono. ¿Vio? Pero me atendió ella.
Sardina volvió a golpetear con los dedos sobre el nerolite. Luego persiguió un
residuo de ceniza, tal vez desprendido del cigarrillo de Dardánelo, procurando
que se le pegase en la yema del índice. Después se atrevió a mirar al viejo
maestro a los ojos.
¿Y qué quiere que le diga, Sardina? dijo éste, tras un instante. Usted me
trae ya el hecho consumado.
Sardina resopló, se echó hacia atrás hasta encontrar el respaldo de la silla y
se encogió de hombros.
No. . . pero. . . amagó defenderse.
¿Usted no necesita ese grabador? Dardánelo optó por no persistir en un tono
demasiado severo.
¿El grabador?. . . pensó Sardina, mirando al techo. No. No. Pensaba dárselo a
mi hermanita, por si lo necesita para estudiar. Pero ya tiene uno, uno que me
afané de un negocio hace bastante.
Lo podría vender.
Sí. . . pero. . . No se encogió de hombros Sardina, nuevamente.
¿Su madre no necesita la plata?
No. . . pareció vacilar el Sardina. Bah. . . plata siempre se necesita. Pero
por ahora andamos bien. Yo laburé bastante bien estos últimos tiempos.
Mire que su madre ha hecho mucho por usted recordó Dardánelo. Sardina aprobó
con la cabeza. Otra vez hicieron silencio.
¿Y cómo le va a devolver las cosas, Sardina? preguntó el viejo maestro. ¿Se
las va a mandar por correo, las va a dejar en alguna parte. . .? ¿Cómo piensa
hacer?
Sardina se animó visiblemente. Retomó su posición erguida en la silla.
No. Se las voy a llevar a la casa.
Dardánelo lo contempló largamente, el ceño fruncido. Paseaba la punta de la
lengua bajo los labios cerrados.
Se las va a llevar a la casa repitió.
Sí. Quedamos así.
Ah. . . Quedaron así Dardánelo osciló su cabeza, recorriendo con su mirada el
salón. Sardina. . . advirtió va a meter usted la cabeza en la boca del león.
¿Se da cuenta?
Bueno. . . no. . . defendió su posición, Sardina.
En este trabajo . . . reclamó silencio Dardánelo apenas con un gesto de su
mano derecha . . . y creo que lo hemos hablado alguna vez, Sardina, hay un
elemento vital, primario e impostergable. . .
La...
La seguridad.
La seguridad Sardina casi terminó la frase a coro con el maestro.
Eso es prioritario, Sardina. Uno no puede andar jugando con estas cosas porque
no es como en otros trabajos, donde uno si se equivoca pierde guita, o le meten
unos días de suspensión en el laburo, o le descuentan algo del sueldo. No. En
este trabajo, Sardina, si uno se equivoca, va en cana. Va en cana cuando tiene
suerte. Con un poco nomás de mala suerte si uno se equivoca es boleta, Sardina.
Usted lo sabe.
Sardina aceptó, con la cabeza.
Esta historia con esta mujer, con esta joven. . . por primera vez, Dardánelo
había girado el torso dando el frente al Sardina, asumiendo por fin su condición
pedagógica . . . es francamente romántica. . . Créame que es muy linda. Pero
usted va a ir como un chorlito a meterse en la propia casa de la persona a la
que usted le ha chorreado una serie de cosas, de su propio auto. Y va a ir a esa
casa no solamente como el asesino que vuelve al lugar del crimen, sino que
además va a ir como el asesino que antes de volver al lugar del crimen habla por
teléfono y avisa que va a ir.
Dardánelo mantuvo su mirada sobre Sardina, quien, la frente gacha, se rascaba la
oreja, dudando.
Usted es hijo único de madre viuda, Sardina recordó Dardánelo. Tiene un
compromiso frente a su familia. Es único sostén de su madre. Debe pensar en todo
eso, incluso antes que en la posibilidad de conocer a la mujer de sus sueños,
estar en su casa, y hasta por ahí, encamarse.
Esto último hizo sonreír a Sardina, como desestimando la alternativa.
No se ría, Sardina. La gente que anda en lo nuestro ejerce una atracción muy
especial en las mujeres. Se lo digo yo.
Sardina hizo un gesto escéptico.
Recuerde, además. . . prosiguió Dardánelo . . . que la mayoría de los grandes
malandras internacionales, ladrones de guante blanco, señores lo que se dice
señores en esta actividad tan discutida, Sardina, han terminado cagados por
alguna mujer. Siempre alguna mina les ha hecho pisar el palito. La joda es la
joda, Sardina. Y el laburo es el laburo.
Sardina aguantó a pie firme el chubasco. Sabía que, en parte, era el precio que
debía pagar por no haber consultado antes al maestro. Ahora, éste se desquitaba.
Es que ella me prometió total seguridad dijo, cuando estuvo seguro que
Dardánelo había finalizado su parrafada.
¿Ella se lo prometió?. Repítame qué le dijo.
Sardina mostró regocijo al recordar nuevamente el diálogo telefónico.
Yo le dije que estaba arrepentido. . . empezó . . . y que le iba a devolver
todas las cosas. Que estaban intactas. Que si hubiese sabido que eran de ella no
las hubiese tocado. Entonces ella me dijo que me creía, que iba a tener mucho
gusto en recibirme en su casa, eso me dijo, que iba a tener mucho gusto en
recibirme en su casa, que le llevara las cosas, y que me iba a invitar a tomar
el té.
Otra vez la boca de Dardánelo se convirtió en una "U" invertida.
Cágate de risa musitó, como para así, tomar el té.
Le cuento más se entusiasmó Sardina. Me dijo que me iba a preparar una torta
y me preguntó qué tipo de torta me gustaba a mí. Yo, por decir algo, porque
tenía unos nervios bárbaros, le dije que. . . no sé qué es. . . esas tortas que
tienen azúcar quemada arriba, que a veces hace mi vieja. Y ella me dijo que ésa
no la sabía hacer y que me iba a hacer una de chocolate.
¿De chocolate? se interesó Dardánelo. ¿Porqué no la llama y le pregunta si no
puede ir con un amigo?
Sardina se rió. El clima se había aflojado. Dardánelo advirtió eso y retomó su
tono académico.
Dígame, Sardina. . . dijo. ¿Se puede saber a qué carajo vino a verme?
Este. . . se replegó el muchacho.
Todas las cagadas que tenía que hacer, ya las hizo. Ya afanó de un auto
equivocado, ya llamó a la persona a la que usted le afanó, ya quedó con esa
persona en que iba a ir a su casa. . . ¿Qué me quiere consultar, entonces?
Sardina aspiró hondo, sin dejar de mirar la cubierta de la mesa.
Es que no sé si ir. . . exclamó . . . tengo un poco de cagazo.
Dardánelo lo miró, comprensivo. Hizo girar el cigarrillo entre los dedos, como
procurando afinarlo.
Mire Sardina. . . dijo después . . . yo no puedo tomar la responsabilidad de
decirle que vaya o que deje de ir. Pero, para serle sincero, como profesional el
asunto no me gusta. Como profesional le diría que no. Ahora bien, como hombre,
como ser humano, le confieso que la historia me parece hermosa. Sinceramente, es
una oportunidad que se da una vez en la vida, y nada más. Esa es la verdad. Y yo
siempre sostengo que lo nuestro no puede tomarse nada más que como un laburo
frío y matemático. Esto requiere también sensibilidad y hasta sentido del humor.
Como alguien con experiencia que le puede dar un consejo yo le diría: "no vaya".
Ahora, yo, en su lugar, iría. Pienso que la mujer es confiable, parece una mujer
seria, no una tarambana cualquiera. . . es una oportunidad de que usted se
relacione con otros niveles, otros ámbitos, más intelectuales, eso siempre
ayuda, enseña. . . No sé. Es un riesgo. Está en usted asumirlo, o no.
Sardina aprobó con la cabeza, enérgicamente.
Eso sí, epilogó Dardánelo, no vaya armado.
Sardina hizo un gesto como descartando de raíz esa posibilidad. Dardánelo se
puso de pie, dando por terminada la charla, levantándose el pantalón que, ya
habitualmente, usaba con el cinto muy cercano al esternón.
Después me cuenta agregó, caminando hacia la mesa de pool, donde Rosales
continuaba el juego. ¿Cómo va eso, Rosales? preguntó, en voz alta, Dardánelo.
¿Me ganó?
Al día siguiente, a eso de las siete de la tarde, Dardo Dardánelo llegó al café
de Quico, recién bañado y afeitado. Había tenido una larga noche de naipes, y
por lo tanto, había salteado su siestero aprendizaje de pool en "Prólogo's".
Se sentó en una de las mesas junto a la ventana y pidió un fernet. A esa hora
del atardecer, el café de Quico era el lugar indicado, ya que el pool pasaba a
manos de los jóvenes, exclusivamente. Por eso Dardánelo se sorprendió cuando el
"Panadero", uno de l