Umberto Eco nació el 5 de Enero de 1932 en Turín,
Italia. Crítico literario, semiólogo y novelista italiano. Licenciado en
filosofía, se gradúa en 1954 y a partir de ese año es profesor de estética y
semiótica en universidades como las de Milán, Bolonia, Florencia y Turín.
Se da a conocer a partir de su tesis El problema estético en Santo Tomás de
Aquino (1956). Algún tiempo después, ejerció dando clases en la Universidad de
Milán durante dos años, antes de convertirse en profesor de Comunicación visual
en Florencia en 1966. Fue en esos años cuando publicó sus importantes estudios
Obra abierta (1962) y La estructura ausente (1968).
Con Obra abierta (1962) se orienta hacia la investigación de los sistemas de
significación y los procesos de comunicación. Desarrolla otras obras como
Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas (1965), La forma y el
contenido (1971), El signo (1973), Tratado de Semiótica General (1975), El super-hombre
de masas (1976) y Desde la periferia al imperio (1977).
Al mismo tiempo que sus trabajos teóricos sobre el análisis de los signos y los
significados ha influido y creado escuela en círculos académicos, Eco se ha
hecho popular a través de dos novelas, El nombre de la rosa (1981) una historia
detectivesca que se desarrolla en un monasterio en el año 1327, llevada al cine
en 1986 por el director francés Jean-Jacques Annaud, en la que aúna a su
erudición, la fuerza narrativa de una sensibilidad que para muchos poco tiene
que ver con el rigor académico de sus obras anteriores, y El péndulo de Foucault
(1988), una fantasía acerca de una conspiración secreta de sabios, construida en
torno a temas esotéricos y desde una perspectiva ideológica, propicia una
revaloración del arte narrativo del siglo XX.
Estas novelas se basan en los amplios conocimientos que Eco ha ido adquiriendo
sobre filosofía y literatura.
En 1995 se publica su novela La isla del día de antes y en 1998 Cinco escritos
morales. En 2001 publicó la novela Baudolino.
En febrero de 2000 creó en Bolonia la Escuela Superior de Estudios Humanísticos.
La 'Superescuela', como se la conoce ya en Italia, es una iniciativa académica
sólo para licenciados de altísimo nivel destinada a difundir la cultura
universal. También es secretario (y fundador desde 1969) de la Asociación
Internacional de Semiótica.
Es doctor honoris causa por 25 universidades de todo el mundo, entre ellas, la
Complutense (1990), la de Tel Aviv (1994), la de Atenas (1995), la de Varsovia
(1996), la de Castilla-La Mancha (1997) y la Universidad Libre de Berlín (1998).
Posee numerosos premios y condecoraciones, como la Legión de Honor de Francia.
Es asimismo autor de otras obras como Arte y belleza en la estética medieval,
Interpretación y sobreinterpretación, La búsqueda de la lengua perfecta, De los
espejos y otros ensayos, Apostillas a El nombre de la rosa, Diario íntimo, Entre
mentira e ironía o Kant y el ornitorrinco.
Recientemente ha publicado en español Historia de la belleza (2004) y La
misteriosa flama de la reina Loana (2005).
Su última obra en castellano es Historia de la fealdad (2007), en la que después
de Historia de la belleza (Lumen, 2004), Eco se sitúa en el polo opuesto, ya que
para para la comprensión de las ideas estéticas a través de los tiempos no basta
con una historia de la belleza, hace falta también una historia de la fealdad.
Fuente: www.booksfactory.com
La
belleza ya no es lo que eraTodavía Tomás de Aquino, a cuyo pensamiento estético Eco dedicó en 1956 su
primer libro (nunca traducido), define a la belleza en términos similares.
Sólo en el siglo XVIII la estética burguesa iniciaría una revisión. Pero
ella no estuvo dirigida a discutir los términos de la definición, sino que
más bien intentó hallar un lugar para las nuevas pretensiones del sujeto. El
arte bello, afirmaría Kant hacia el final de ese siglo, era aquel cuya forma
generaba un sentimiento de placer en el observador. No eran por tanto las
propiedades objetivas de la obra cuanto sus efectos sobre la sensibilidad
individual —sobre el gusto— lo que caracterizaba a la belleza. Por otra
parte, ella no estaba restringida, para Kant, a las obras de arte. También
la naturaleza generaba un placer estético análogo.
Hasta el siglo XVIII, entonces, la historia de la belleza presenta muchas
ramificaciones si la consideráramos en detalle, tal como hace Eco, pero
apenas alguna fase realmente revolucionaria respecto de los parámetros
fijados por la antigüedad. Claro que la belleza se adaptó a la poderosa
presencia del pensamiento cristiano durante la Edad Media (un avatar
complejo que Eco condensó en su Arte y belleza en la estética medieval) por
no hablar de las evoluciones a todo nivel del Renacimiento. Pero un cierto
trasfondo entre platónico y matemático (la noción de proporción asociada al
número, por ejemplo) siguió definiendo a la belleza.
En su último libro, Arthur Danto, una de las principales figuras de la
estética actual, intentó indagar la crisis del concepto (y del completo
cambio en la vivencia) de la belleza en el arte contemporáneo. El verdadero
terremoto, sostiene, tuvo lugar ya al comienzo del siglo XX, con el
emblemático mingitorio de Duchamp y las vanguardias plásticas y literarias
que allanaron el camino para la introducción de obras difícilmente
aceptables siquiera como arte (es decir, sin considerar su valor estético,
bueno o malo, sino su mero estatuto) en los 25 siglos que nos preceden. A la
muerte del arte anunciada oscuramente por Hegel se sumaba ahora la
desintegración de uno de sus componentes básicos: la belleza. La modernidad
puede verse, por cierto, como un angustiante funeral colectivo. Todas las
grandes y antiguas palabras empezaron a perder su sentido y a prepararse
para una larga, interminable agonía. En esta época, de acuerdo con la broma
corriente que Eco repite en otro de sus encantadores ensayos, Dios ha
muerto, el arte dejó de existir, la historia ha llegado a su fin, y yo mismo
no me siento del todo bien.
Es en ese contexto que los trastornos de la belleza confluyen con la crisis
de la cultura contemporánea constituyendo uno de sus capítulos más curiosos.
Aprovechada, y redefinida, por el diseño industrial o el reclamo comercial,
¿qué relación sigue manteniendo la belleza con el arte? Eco no ignora desde
luego la crisis de la belleza ni las provocaciones de los artistas o los
escritores. Con vigor y capacidad de síntesis da cuenta tanto de la
confusión entre lo culto y lo popular que los medios masivos de comunicación
trajeron aparejada como de la dificultad para identificar un ideal
específico de belleza en una era como la nuestra que, según las palabras
finales de su obra, se halla rendida "a la orgía de la tolerancia, al
sincretismo total, al absoluto e imparable politeísmo de la belleza".
Con todo, Eco no explora a fondo las causas de dicha situación en relación
con el arte, y éste no es un asunto marginal. Aunque al comienzo de su
relato aclare que una historia de la belleza no debe confundirse con una
historia del arte, no puede prescindir de la tradición visual (apenas se
habla aquí del otro sentido jerarquizado desde los griegos: el del oído) o
literaria. La plástica de Occidente (acaso en fallido desafío a la dictadura
de la corrección política, Eco olvida siquiera señalar que su panorama no
considera en absoluto a Oriente) aporta la enorme mayoría de las imágenes de
su libro, secundada a distancia por piezas arqueológicas, retratos de
actores, de edificios o de máquinas. Una selección de citas filosóficas y
extractos literarios completan el aporte de fuentes ilustrativas del
volumen, escrito por partes iguales con Girolamo de Michele.
La belleza del cuerpo humano resulta por supuesto crucial para una
aproximación no específicamente artística (aunque todos los ejemplos previos
al final del siglo XIX sean para nosotros artísticos), en especial si
recordamos que la hermosura femenina es uno de los temas más remotos y
constantes en la tradición occidental desde Homero. Eco consagra abundante
espacio a este tópico e incluye un abanico de imágenes que abarca desde
estatuas antiquísimas que representan mujeres fellinescas (la por muchos
motivos vertiginosa pieza denominada "Venus de Willendorf" data del siglo 30
antes de Cristo) hasta las más recientes y raquíticas chicas de calendario
sin olvidar el esquizoide modelo de mujer típico del cine: la femme fatale y
la vecina de al lado.
No es sólo que cada época tenga su ideal de belleza, sino que, al mismo
tiempo, en cada una conviven muchas tendencias divergentes, incluso sin
llegar a los extremos de profusión que distingue a la nuestra, en la que el
propio ideal se halla asimismo cuestionado. La empresa en la que se embarcó
Eco parecía por eso imposible puesto que debía conjugar un relato en sí
mismo complejo y vinculado, además, a problemas mayores como los del bien y
la verdad, siempre mezclados con lo bello por la filosofía y la religión.
Sin embargo, logró sortear el abismo con sobrios movimientos. Su libro
reserva un lugar para la inspiración pitagórica y para los oscuros impulsos
hacia lo feo teorizados en el siglo XIX, para el resplandor divino que el
catolicismo vio en las imágenes y para la fascinación romántica ante la
muerte, la crueldad o el dolor. La armonía de la figura humana y su
deformidad, la alegría y la melancolía, la rivalidad entre la jardinería
barroca y la neoclásica, un mármol romano y una estación de subte parisina
conviven en sus páginas. En esta parafernalia Eco consiguió imprimir un
orden elegante y erudito. Que su repaso histórico no haya logrado iluminar
direcciones decisivas para el presente cabe atribuirlo al hecho de que la
belleza del mundo nunca parece suficiente. Y esto es casi lo único cierto
que se puede decir sobre ella a través de los siglos.
Fuente: www.antroposmoderno.com
Imaginemos
un historiador del arte del futuro o un explorador llegado del espacio que se
planteen ambos la siguiente pregunta: ¿cuál es la idea de belleza dominante en
el siglo XX?
En el fondo, en un paseo por la historia de la belleza en la Grecia antigua, el
Renacimiento o en la primera o segunda mitad del siglo XIX, siempre tenemos la
sensación, mirando "desde lejos", de que cada siglo presenta características
unitarias o, a lo sumo, una única contradicción fundamental.
Puede suceder que los intérpretes del futuro, mirando también "desde lejos",
consideren que hay algo realmente característico del siglo XX, y que den la
razón a Marinetti, por ejemplo, diciendo que la Niké de Samotracia del siglo
recién concluido era un hermoso coche de carreras, olvidando tal vez a Picasso o
a Mondrian. Nosotros no podemos mirar desde tan lejos; podemos contentarnos con
destacar que la primera mitad del siglo XX, y a lo sumo los años ‘60 de ese
siglo (luego será más difícil), es el escenario de una lucha dramática entre la
belleza de la provocación y la belleza del consumo.
La vanguardia o la belleza de la provocación
La belleza de la provocación es la que proponen los distintos movimientos de
vanguardia y del experimentalismo artístico: del futurismo al cubismo, del
expresionismo al surrealismo, de Picasso a los grandes maestros del arte
informal y otros.
El arte de las vanguardias no plantea el problema de la belleza. Se
sobreentiende, sin duda, que las nuevas imágenes son artísticamente "bellas" y
han de proporcionar el mismo placer procurado a sus contemporáneos por un cuadro
de Giotto o de Rafael, precisamente porque la provocación vanguardista viola
todos los cánones estéticos respetados hasta ese momento. El arte ya no se
propone proporcionar una imagen de la belleza natural, ni pretende procurar el
placer sosegado de la contemplación de formas armónicas. Al contrario, lo que
pretende es enseñar a interpretar el mundo con una mirada distinta, a disfrutar
del retorno a modelos arcaicos o exóticos: el mundo del sueño o de las fantasías
de los enfermos mentales, las visiones inducidas por las drogas, el
redescubrimiento de la materia, la nueva propuesta alterada de objetos de uso en
contextos improbables (véase nuevo objeto, dadá, etcétera), las pulsiones del
inconsciente...
Sólo una corriente del arte contemporáneo ha recuperado una idea de armonía
geométrica que puede recordarnos la época de las estéticas de la proporción, y
es el arte abstracto. Rebelándose contra la dependencia tanto de la naturaleza
como de la vida cotidiana, el arte abstracto nos ha propuesto formas puras,
desde las geometrías de Mondrian a las grandes telas monocromas de Klein, Rothko
o Manzoni. Pero quien haya visitado una exposición o un museo en los últimos
tiempos con toda seguridad habrá escuchado a personas que, ante un cuadro
abstracto, se preguntan "qué representa" y protestan con la inevitable pregunta:
"Pero, ¿esto es arte?". Por consiguiente, este retorno "neopitagórico" a la
estética de las proporciones y del número se produce en contra de la
sensibilidad común, en contra de la idea que el hombre corriente tiene de la
belleza.
Existen, por último, muchas corrientes del arte contemporáneo (happenings, actos
en que el artista corta o mutila su propio cuerpo, implicaciones del público en
fenómenos luminosos o sonoros) en las que parece que bajo el signo del arte se
desarrollan más bien ceremonias de sabor ritual no muy diferentes de los
antiguos ritos mistéricos; cuya finalidad no es la contemplación de algo bello,
sino una experiencia casi religiosa (aunque de una religiosidad primitiva y
carnal) de la que los dioses están ausentes.
Por otra parte, de carácter mistérico son las experiencias musicales de enormes
multitudes en las discotecas o en los conciertos de rock, donde entre luces
estroboscópicas y sonidos ensordecedores se practica una formade "estar juntos"
(a menudo acompañada del consumo de sustancias estimulantes) que puede parecer
incluso "bella" (en el sentido tradicional de un espectáculo circense) a quien
la contempla desde fuera, aunque no es así como la viven los que están inmersos
en ella. Los que participan en ella podrán hablar incluso de una "hermosa
experiencia", pero en el sentido en que se habla de un buen baño, de una buena
carrera en moto o de un coito satisfactorio.
La belleza de consumo
Nuestro visitante del futuro no podrá evitar hacer otro curioso
descubrimiento. Los que acuden a visitar una exposición de arte de vanguardia,
compran una escultura "incomprensible" o participan de un happening van vestidos
y peinados según los cánones de la moda, llevan vaqueros o ropa de marca, se
maquillan según el modelo de belleza propuesto por las revistas de moda, por el
cine, por la televisión, es decir, por los medios de comunicación de masas.
Siguen los ideales de belleza del mundo del consumo comercial, contra el que el
arte de las vanguardias ha luchado durante más de cincuenta años. ¿Cómo hay que
interpretar esta contradicción? Sin pretender explicarla: es la contradicción
típica del siglo XX. El visitante del futuro deberá preguntarse, por tanto, cuál
ha sido el modelo de belleza propuesto por los medios de comunicación de masas,
y descubrirá que se ha producido una doble censura a lo largo del siglo.
La primera se produce entre un modelo y otro en el transcurso del mismo decenio.
Veamos tan sólo un ejemplo: el cine propone en los mismos años el modelo de
mujer fatal encarnado por Greta Garbo o por Rita Hayworth, y el modelo de "la
vecina de al lado" personificado por Claudette Colbert o por Doris Day. Presenta
como héroe del Oeste al fornido y sumamente viril John Wayne y al blando y
vagamente femenino Dustin Hoffman. Son contemporáneos Gary Cooper y Fred
Astaire, y el flaco Fred baila con el rotundo Gene Kelly. La moda ofrece trajes
femeninos suntuosos como los que vemos desfilar en Roberta, y al mismo tiempo
los modelos andróginos de Coco Chanel. Los medios de comunicación de masas son
totalmente democráticos, ofrecen un modelo de belleza tanto para aquella a quien
la naturaleza ha dotado ya de gracia aristocrática como para la proletaria de
formas opulentas; la esbelta Delia Scala constituye un modelo para la que no se
corresponde con el tipo de la exuberante Anita Ekberg; para el que no posee la
belleza masculina y refinada de Richard Gere, existe la fascinación delicada de
Al Pacino y la simpatía proletaria de Robert De Niro.
Y, por último, el que no puede llegar a poseer la belleza de un Maserati puede
optar por la belleza proporcionada del Mini Morris.
La segunda censura divide el siglo en dos partes. A fin de cuentas, los ideales
de belleza a los que se remiten los medios de comunicación de los primeros
sesenta años del siglo XX evocan las propuestas de las artes "mayores".
Damas de la pantalla como Francesca Bertini o Rina de Liguoro son parientes
próximas de las lánguidas mujeres de D’Annunzio; las mujeres que aparecen en los
carteles publicitarios de los años ‘20 o ‘30 evocan la belleza filiforme del
estilo floral, del Liberty o del Art Déco.
En la publicidad de diversos productos se nota la inspiración futurista, cubista
y también surrealista. Los cómics de Little Nemo están inspirados en el Art
Nouveau, mientras que el urbanismo de otros mundos que aparece en Flash Gordon
recuerda las utopías de arquitectos modernistas como Sant’Elia, e incluso
anticipa las formas de los futuros misiles. Los cómics de Dick Tracy manifiestan
una lenta adaptación a la propia pintura de vanguardia. Y en el fondo basta
seguir a Mickey Mouse y a Minnie, desde los años ‘30 hasta los años ‘50, para
ver cómo el dibujo se adapta al desarrollo de la sensibilidad estética
dominante. Pero cuando por un lado el pop art se apodera, como arte experimental
y de provocación, de lasimágenes del mundo del consumo, de la industria y de los
medios de comunicación de masas, y por el otro los Beatles revisan con gran
sabiduría incluso formas musicales que proceden de la tradición, el espacio
entre arte de provocación y arte de consumo se reduce. No sólo eso, sino que si
parece que existen aún dos niveles entre arte "culto" y arte "popular", el arte
culto, en ese ambiente que se ha llamado posmoderno, ofrece al mismo tiempo
nuevas experimentaciones más allá de lo figurativo y retornos a lo figurativo,
como revisiones de la tradición.
Por su parte, los medios de comunicación de masas ya no presentan un modelo
unificado, un ideal único de belleza. Pueden recuperar, incluso en una
publicidad destinada a durar tan sólo una semana, todas las experiencias de la
vanguardia y ofrecer a la vez modelos de los años ‘20, ‘30, ‘40 o ‘50, llegando
incluso al redescubrimiento de formas ya en desuso de los automóviles de
mediados de siglo. Los medios proponen de nuevo una iconografía decimonónica, el
realismo fabuloso, la exuberancia de Mae West y la gracia anoréxica de las
últimas modelos, la belleza negra de Naomi Campbell y la nórdica de Claudia
Schiffer, la gracia del claqué tradicional de A Chorus Line y las arquitecturas
futuristas y gélidas de Blade Runner, la mujer fatal de tantas transmisiones
televisivas o de tantos mensajes publicitarios y la muchacha con la cara recién
lavada al estilo de Julia Roberts o de Cameron Díaz, ofrecen Rambo y Platinette,
o un George Clooney de cabellos cortos y los neocyber con el rostro metalizado y
el cabello transformado en una selva de cúspides coloreadas o pelados al ras.
Nuestro explorador del futuro ya no podrá distinguir el ideal estético difundido
por los medios de comunicación del siglo XX en adelante. Deberá rendirse a la
orgía de la tolerancia, al sincretismo total, al absoluto e imparable politeísmo
de la belleza.
Grecia: Por qué las estatuas no se tocan
Se mira y no se toca
El arte griego y el occidental en general, a diferencia de ciertas formas
artísticas orientales, dan mucha importancia a la distancia correcta de la obra,
con la que no se entra en contacto directo: en cambio, las esculturas japonesas
se tocan, y con un mandala tibetano de arena se interactúa. La belleza griega es
expresada, pues, por los sentidos que permiten mantener la distancia entre el
objeto y el observador: vista y oído más que tacto, gusto u olfato.
Sonido y visión son las dos formas de percepción privilegiadas por los griegos
(probablemente porque, a diferencia del olor y del sabor, se pueden reducir a
medidas y órdenes numéricos). Pero aunque se reconozca a la música el privilegio
de expresar el alma, sólo a las formas visibles se aplica la definición de bello
(kalón) como "lo que agrada y atrae". Esta diferencia se entiende si se tiene en
cuenta que una estatua debía representar una "idea" (y, por tanto, suponía una
contemplación detenida), mientras que la música se interpretaba como algo que
suscita pasiones.
Debido a esta implicación que se produce en el ánimo del espectador, las formas
perceptibles por el oído, como la música, despiertan sospechas. El ritmo de la
música remite al fluir perenne (y disarmónico, porque carece de límites) de las
cosas. Así pues, desorden y música constituyen una especie de lado oscuro de la
belleza apolínea armónica y visible, y como tales se incluyen en la esfera de
acción de Dionisos.
Edad Media: Cada color tiene un significado
Así es el color
La Edad Media cree firmemente que todas las cosas en el universo tienen un
significado sobrenatural, y que el mundo es como un libro escrito por la mano de
Dios. Todos los animales tienen un significado moral o místico, al igual que
todas las piedras y todas las hierbas. Se llega así a atribuir significados
positivos o negativos también a los colores, aunque los estudiosos ofrezcan a
veces opiniones contradictorias respecto del significado de determinado color;
esto sucede por dos razones: ante todo, para el simbolismo medieval una cosa
puede tener incluso dos significados opuestos según el contexto en el que se
contempla (de ahí que el león a veces simbolice a Jesucristo y a veces al
demonio); en segundo lugar, la Edad Media dura casi diez siglos, y en un período
de tiempo tan largo se producen cambios en el gusto y en las creencias acerca
del significado de los colores. Se ha observado que en los primeros siglos el
azul, junto con el verde, es considerado un color de escaso valor, probablemente
porque al principio no consiguen obtener azules vivos y brillantes, y por tanto
los vestidos o las imágenes azules aparecen descoloridos y desvaídos.
A partir del siglo XII, el azul se convierte en un color apreciado; pensemos en
el valor místico y en el esplendor estético del azul de las vidrieras y de los
rosetones de las catedrales: domina sobre los otros colores y contribuye a
filtrar la luz de forma "celestial". En determinados períodos y lugares, el
negro es un color real, en otros es el color de los caballeros misteriosos que
ocultan su identidad. En las novelas del ciclo del rey Arturo, los caballeros
pelirrojos son viles, traidores y crueles, mientras que, unos siglos antes,
Isidoro de Sevilla consideraba que entre los cabellos más hermosos estaban los
rubios y pelirrojos.
Igualmente, las casacas y las gualdrapas rojas expresan valor y nobleza, aunque
el rojo sea también el color de los verdugos y de las prostitutas.El amarillo es
el color de la cobardía y va asociado a las personas marginales y objeto de
rechazo, los locos, los musulmanes, los judíos, pero también es celebrado como
el color del oro, entendido como el más solar y el más precioso de los metales.
Manierismo: Qué hay detrás de todas esas frutas y verduras
Memento Mori
No es casual que el manierismo no haya sido bien entendido y valorado hasta la
Edad Moderna: si se priva a lo bello de los criterios de medida, orden y
proporción, inevitablemente es sometido a criterios de juicio subjetivos,
indefinidos. Un caso emblemático de esta tendencia es la figura de Arcimboldo,
artista considerado menor o marginal en Italia, que alcanza éxito y notoriedad
en la corte de los Habsburgo. Sus sorprendentes composiciones, sus retratos con
rostros compuestos de objetos, vegetales, frutas, etcétera, sorprenden y
divierten a los espectadores. La belleza de Arcimboldo está despojada de toda
apariencia de clasicismo y se expresa a través de la sorpresa, lo inesperado, la
agudeza. Arcimboldo demuestra que incluso una zanahoria puede ser bella, pero al
mismo tiempo representa una belleza que lo es no en virtud de una regla objetiva
sino tan solo gracias al consenso del público, de la "opinión pública" de las
cortes.
Desaparece la distinción entre proporción y desproporción, entre forma e
informe, visible e invisible: la representación de lo informe, de lo invisible,
de lo vago trasciende las oposiciones entre bello y feo, verdadero y falso. La
representación de la belleza gana complejidad, se remite a la imaginación más
que a la inteligencia y se dota de reglas nuevas. Por eso, la belleza manierista
expresa un desgarramiento del alma apenas velado: es una belleza refinada, culta
y cosmopolita como la aristocracia que la aprecia y encarga las obras (mientras
que el barroco tendrá rasgos más populares y emotivos).
Neoclasicismo 1
El gran aporte femenino a la filosofía
La lección de las mujeres
Don Juan, al representar el fracaso existencial del seductor, propone en cambio
una mujer nueva; lo mismo puede decirse de la Muerte de Marat, que documenta un
hecho histórico ocasionado por una mano femenina: no podía ser de otra manera en
un siglo que marca la aparición de la mujer en la vida pública. También se ve en
las imágenes pictóricas, cuando las damas barrocas son sustituidas por mujeres
menos sensuales pero más libres, despojadas ya del asfixiante corsé, y con la
melena ondeando libremente: a finales del siglo XVIII está de moda no ocultar el
pecho, que a veces se muestra libremente por encima de una faja que lo sostiene
y marca el talle. Las damas parisinas organizan salones y participan,
evidentemente no como coprotagonistas, en los debates que en ellos se
desarrollan, anticipando los clubes de la Revolución y siguiendo una moda que se
había iniciado ya en el siglo XVII, en las discusiones de salón sobre la
naturaleza del amor. En el seno de estas discusiones nació, a finales del siglo
XVII, una de las primeras novelas de amor, la Princesa de Clèves de madame de La
Fayette, a la que siguieron en el siglo XVIII Moll Flanders (1722) de Daniel
Defoe, Pamela (1742) de Samuel Richardson y la Nueva Eloísa (1761), de
Jean-Jacques Rousseau.
En la novela de amor del siglo XVIII, la belleza es vista con el ojo interior de
las pasiones, preferentemente en forma de diario íntimo: una forma literaria que
contiene ya en sí misma todo el primer romanticismo. Pero en estas discusiones,
sobre todo, se va abriendo paso la convicción –y es la contribución de las
mujeres a la filosofía moderna– de que el sentimiento no es una simple
perturbación de la mente sino que expresa, junto con la razón y la sensibilidad,
una tercera facultad del hombre.
El sentimiento, el gusto y las pasiones pierden pues el aura negativa de la
irracionalidad y, al ser reconquistados por la razón, se convierten en
protagonistas de una lucha contra la dictadura de la propia razón.
El sentimiento representa una reserva a la que recurre Rousseau para rebelarse
contra la belleza moderna artificiosa y decadente, recuperando para el ojo y el
corazón el derecho a sumergirse en la belleza originaria e incorrupta de la
naturaleza, con un sentimiento de nostalgia melancólica por el "buen salvaje" y
por el niño espontáneo que originariamente se hallaban en el hombre y que ya se
han perdido.
Romanticismo: Napoleón prohíbe el suicidio por amor
El amor mata
"Como las viejas novelas": a mediados del siglo XVII, la expresión se refería a
las novelas de ambientación medieval y caballeresca, a las quese oponía la nueva
novela sentimental, cuyo tema no era la vida fantástica de las gestas heroicas
sino la vida real, cotidiana.
Esta nueva novela, que había nacido en los salones parisinos, influye
profundamente en la idea romántica de la belleza, en cuya percepción se mezclan
pasión y sentimiento: una muestra excelente, considerando además el destino
posterior del autor, es la novela juvenil de Napoleón Clisson et Eugénie, en la
que ya aparece la novedad del amor romántico respecto de la pasión amorosa
dieciochesca. A diferencia de los personajes de madame de La Fayette, los héroes
románticos –de Werther a Jacopo Ortis, por citar a los más conocidos– no son
capaces de resistir a la fuerza de las pasiones. La belleza amorosa es una
belleza trágica, frente a la que el protagonista se encuentra inerme e
indefenso.
Además, como veremos, para el hombre romántico la muerte misma, arrebatada al
reino de lo macabro, tiene su fascinación y puede ser bella: el propio Napoleón,
una vez convertido en emperador, deberá promulgar un decreto contra ese suicidio
por amor al que había destinado a su Clisson, como demostración de la difusión
de las ideas románticas a principios del siglo XIX.
Siglo XX: La fascinación por las máquinas
Horror Vacui
El comienzo del siglo XX es tiempo ya para la exaltación futurista de la
velocidad, y Marinetti llegará a afirmar, tras haber invitado a matar el claro
de la luna como trasto inútil poético, que un coche de carreras es más bello que
la Niké de Samotracia. De ahí arranca la época definitiva de la estética
industrial: la máquina ya no necesita ocultar su funcionalidad tras los oropeles
de la cita clásica, como sucedía con Watt, porque ahora se afirma que la forma
sigue a la función, y la máquina será tanto más hermosa cuanto más capaz sea de
exhibir su propia eficiencia.
Sin embargo, en este nuevo clima estético el ideal de un design esencial alterna
también con el del styling, según el cual a la máquina se le da formas que no
derivan de su función sino que tienden a hacerla más agradable estéticamente y
más capaz de seducir a sus posibles usuarios.
En esta lucha entre design y styling es célebre el magistral análisis que hizo
Roland Barthes del primer ejemplar del Citroën DS, cuya siglas, que parecen tan
tecnológicas, si se pronuncian en francés, suenan como déesse, es decir,
"diosa".
Tampoco ahora nuestra historia será lineal. La máquina, que se vuelve bella y
fascinante por sí misma, no ha dejado de suscitar en estos últimos siglos nuevas
inquietudes que no nacen de su misterio sino precisamente de la fascinación del
engranaje que se pone al descubierto. Pensemos en las reflexiones sobre el
tiempo y sobre la muerte que el engranaje de un reloj inspira a algunos poetas
barrocos que hablan de esas ruedas dentadas, tan penosas y lacerantes que
desgarran los días y rasgan las horas, mientras el fluir de la arena en el reloj
se percibe como un constante sangrar en el que nuestra vida se consume en
partículas polvorientas.
Dando un salto de casi tres siglos llegaremos a la máquina de En la colonia
penitenciaria de Franz Kafka, en la que engranaje e instrumento de tortura se
identifican y el conjunto resulta tan fascinante que el propio verdugo se inmola
a mayor gloria de su criatura. Máquinas tan absurdas como la kafkiana pueden, no
obstante, dejar de ser instrumento mortal para convertirse en las llamadas
"máquinas célibes", esto es, en máquinas bellas porque carecen de función, o
tienen funciones absurdas, máquinas de derroche, arquitecturas consagradas al
despilfarro o máquinas inútiles.
La expresión "máquina célibe" procede del proyecto del Gran vidrio, la obra de
Duchamp también conocida como La casada desnudada por sus solteros, incluso, de
la que basta examinar algunos componentes parahallar directamente, como fuentes
de inspiración, las máquinas de los mecanismos renacentistas.
Máquinas célibes son las que inventa Raymond Roussel en Impresiones de Africa.
Pero si bien las máquinas descritas por Roussel producen aún efectos
reconocibles, como, por ejemplo, sorprendentes texturas, las construidas como
esculturas por un artista como Tinguely sólo producen su propio movimiento
insensato, y su único objetivo es chirriar sin efecto alguno.
En este sentido son célibes por definición, carentes de finalidad funcional, nos
hacen sonreír y nos incitan al juego, porque con ello mantenemos bajo control el
horror que podrían inspirarnos en cuanto distinguiéramos un objetivo oculto, que
forzosamente habría de ser maléfico. Las máquinas de Tinguely tienen, por tanto,
la misma función que muchas obras de arte que han sabido exorcizar, a través de
la belleza, el dolor, el miedo, la muerte, lo perturbador y lo desconocido.
Neoclasicismo 2: Es verdad: antes no existían
El nacimiento de los críticos
Las excavaciones de Pompeya (1748) marcan en cambio el inicio de una auténtica
fiebre por lo antiguo y originario, y consolidan una profunda transformación del
gusto europeo.
Resulta decisivo el descubrimiento de que la imagen renacentista del clasicismo
se refería de hecho a la época de la decadencia: se descubre que la belleza
clásica es en realidad una deformación efectuada por los humanistas y, al
rechazarla, se inicia la búsqueda de la "verdadera" antigüedad.
De ahí el carácter innovador que caracteriza a las teorías sobre la belleza en
la segunda mitad del siglo XVIII:
la búsqueda del estilo originado implica la
ruptura con los estilos tradicionales y el rechazo de los temas y actitudes
tradicionales en favor de una mayor libertad expresiva.
Pero no son solamente los artistas quienes reclaman una mayor libertad de los
cánones: según Hume, el crítico sólo puede determinar las reglas del gusto si
tiene capacidad para liberarse de los usos y de los prejuicios que desde el
exterior determinan su juicio, que debe basarse, en cambio, en cualidades
internas como buen sentido y libertad de prejuicios, y también método,
delicadeza, habilidad.
Este crítico, como veremos, presupone una opinión pública en la que las ideas
son objeto de circulación, de discusión y también (¿por qué no?) de mercado. Al
mismo tiempo, la actividad del crítico presupone la liberación definitiva del
gusto de las reglas clásicas, un movimiento que se inicia como muy tarde con el
manierismo, y que en Hume llega a un subjetivismoestético que roza el
escepticismo (término que el propio Hume no duda en atribuir, con valor
positivo, a su propia filosofía).
En este contexto, la tesis fundamental es que la belleza no es inherente a las
cosas, sino que se forma en la mente del crítico, esto es, del espectador libre
de las influencias externas. Este descubrimiento es tan importante como el
descubrimiento del carácter subjetivo de las cualidades de los cuerpos
(caliente, frío, etcétera), que hizo Galileo en el campo de la física en el
siglo XVII. A la subjetividad del "gusto corporal" –que un alimento tenga sabor
dulce o amargo no depende de su naturaleza, sino de los órganos del gusto de
quien lo prueba– le corresponde una subjetividad análoga del "gusto espiritual":
puesto que no existe un criterio de valoración objetivo e intrínseco a las
cosas, el mismo objeto puede parecer bello a mis ojos y feo a los ojos de mi
vecino.
Fuente: Página/12, 28/02/05
Por Umberto Eco
[Las imágenes son de Roland Topor y no pertenecen a la obra de
Eco]
A lo largo de los siglos, filósofos y artistas han ido proporcionando
definiciones de lo bello, y gracias a sus testimonios se ha podido reconstruir
una historia de las ideas estéticas a través de los tiempos. No ha ocurrido lo
mismo con lo feo, que casi siempre se ha definido por oposición a lo bello y a
lo que casi nunca se han dedicado estudios extensos, sino más bien alusiones
parentéticas y marginales. Por consiguiente, si la historia de la belleza puede
valerse de una extensa serie de testimonios teóricos (de los que puede deducirse
el gusto de una época determinada), la historia de la fealdad por lo general
deberá ir a buscar los documentos en las representaciones visuales o verbales de
cosas o personas consideradas en cierto modo "feas".
No obstante, la historia de la fealdad tiene
algunos rasgos en común con la historia de la belleza. Ante todo, tan solo
podemos suponer que los gustos de las personas corrientes se correspondieran de
algún modo con los gustos de los artistas de su época. Si un visitante llegado
del espacio acudiera a una galería de arte contemporáneo, viera rostros
femeninos pintados por Picasso y oyera que los visitantes los consideran
"bellos", podría creer erróneamente que en la realidad cotidiana los hombres de
nuestro tiempo consideran bellas y deseables a las criaturas femeninas con un
rostro similar al representado por el pintor. No obstante, el visitante del
espacio podría corregir su opinión acudiendo a un desfile de moda o a un
concurso de Miss Universo, donde vería celebrados otros modelos de belleza. A
nosotros, en cambio, no nos es posible; al visitar épocas ya remotas, no podemos
hacer ninguna comprobación, ni en relación con lo bello ni en relación con lo
feo, ya que solo conservamos testimonios artísticos de aquellas épocas. Otra
característica común a la historia de la fealdad y a la belleza es que hay que
limitarse a registrar las vicisitudes de estos dos valores en la civilización
occidental. En el caso de las civilizaciones arcaicas y de los pueblos llamados
primitivos, disponemos de restos artísticos pero no de textos teóricos que nos
indiquen si estaban destinados a provocar placer estético, terror sagrado o
hilaridad.
A un occidental, una máscara ritual africana le parecería horripilante, mientras
que para el nativo podría representar una divinidad benévola. Por el contrario,
al seguidor de una religión no occidental le podría parecer desagradable la
imagen de un Cristo flagelado, ensangrentado y humillado, cuya aparente fealdad
corporal inspiraría simpatía y emoción a un cristiano. En el caso de otras
culturas, ricas en textos poéticos y filosóficos (como, por ejemplo, la india,
la japonesa o la china), vemos imágenes y formas pero, al traducir textos
literarios o filosóficos, casi siempre resulta difícil establecer hasta qué
punto ciertos conceptos pueden ser identificables con los nuestros, aunque la
tradición nos ha inducido a traducirlos a términos occidentales como "bello" o
"feo". Y aunque se tomaran en consideración las traducciones, no bastaría saber
que en una cultura determinada se considera bella una cosa dotada, por ejemplo,
de proporción y armonía. ¿Qué significan, en realidad, estos dos términos? Su
sentido también ha cambiado a lo largo de la historia occidental. Solo
comparando afirmaciones teóricas con un cuadro o una construcción arquitectónica
de la época nos damos cuenta de que lo que se consideraba proporcionado en un
siglo ya no lo era en el otro; cuando un filósofo medieval hablaba de
proporción, por ejemplo, estaba pensando en las dimensiones y en la forma de una
catedral gótica, mientras que un teórico renacentista pensaba en un templo del
siglo XVI, cuyas partes estaban reguladas por la sección áurea, y a los
renacentistas les parecían bárbaras y, justamente, "góticas", las proporciones
de las catedrales.
| Historia de la fealdad Cuatro años después de su ricamente ilustrada Historia de la belleza (2004), Umberto Eco dedica un libro a aquello que puede ser considerado la contraparte menos estudiada. Frankenstein y las figuras grotescas de El Bosco, el horror de las cabezas de serpiente de la "Medusa" de Rubens o el Jesucristo de la película de Mel Gibson, todo tiene espacio en "La historia de la fealdad". Historia de la fealdad (2007) se
compone de quince capítulos en los que se analiza la
evolución de los cánones estéticos. El mal ha seducido
tanto o más que el bien desde aquel conocido episodio de
la serpiente y la manzana en el Paraíso. ¿Podría decirse
lo mismo de la fealdad respecto a la belleza? Umberto
Eco trata de averiguar por qué caminos le lleva esta
pregunta en su último libro 'Historia de la fealdad'. |
Los conceptos de bello y de feo están en relación
con los distintos períodos históricos o las distintas culturas y, citando a
Jenófanes de Colofón (según Clemente de Alejandría, Stromata , V, 110), "si los
bueyes, los caballos y los leones tuviesen manos, o pudiesen dibujar con las
manos, y hacer obras como las que hacen los hombres, semejantes a los caballos
el caballo representaría a los dioses, y semejantes a los bueyes, el buey, y les
darían cuerpos como los que tiene cada uno de ellos".
En la Edad Media, Giacomo da Vitri ( Libro duo, quorum prior Orientalis, sive
Hierosolymitanae, alter Occidentalis historiae ), al ensalzar la belleza de toda
la obra divina, admitía que "probablemente los cíclopes, que tienen un solo ojo,
se sorprenden de los que tienen dos, como nosotros nos maravillamos de aquellas
criaturas con tres ojos Consideramos feos a los etíopes negros, pero para ellos
el más negro es el más bello". Siglos más tarde, se hará eco Voltaire (en el
Diccionario filosófico ): "Preguntad a un sapo qué es la belleza, el ideal de lo
bello, lo to kalòn . Os responderá que la belleza la encarna la hembra de su
especie, con sus hermosos ojos redondos que resaltan de su pequeña cabeza, boca
ancha y aplastada, vientre amarillo y dorso oscuro. Preguntad a un negro de
Guinea: para él la belleza consiste en la piel negra y aceitosa, los ojos
hundidos, la nariz chata. Preguntádselo al diablo: os dirá que la belleza
consiste en un par de cuernos, cuatro garras y una cola".
Hegel, en su Estética , observa que "ocurre que, si no todo marido a su mujer,
al menos todo novio encuentra bella, y bella de una manera exclusiva, a su
novia; y si el gusto subjetivo por esta belleza no tiene ninguna regla fija, se
puede considerar una suerte para ambas partes Se oye decir con mucha frecuencia
que una belleza europea desagradaría a un chino o hasta a un hotentote, porque
el chino tiene un concepto de la belleza completamente diferente al del negro Y
ciertamente, si consideramos las obras de arte de esos pueblos no europeos, por
ejemplo las imágenes de sus dioses, que han surgido de su fantasía dignas de
veneración y sublimes, a nosotros nos pueden parecer los ídolos más monstruosos,
del mismo modo que su música puede resultar sumamente detestable a nuestros
oídos. A su vez, esos pueblos considerarán insignificantes o feas nuestras
esculturas, pinturas y músicas".
A menudo la atribución de belleza o de fealdad se ha hecho atendiendo no a
criterios estéticos, sino a criterios políticos y sociales. En un pasaje de Marx
( Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 ) se recuerda que la posesión de
dinero puede suplir la fealdad: "El dinero, en la medida en que posee la
propiedad de comprarlo todo, de apropiarse de todos los objetos, es el objeto
por excelencia Mi fuerza es tan grande como lo sea la fuerza del dinero Lo que
soy y lo que puedo no está determinado en modo alguno por mi individualidad. Soy
feo, pero puedo comprarme la mujer más bella. Por tanto, no soy feo, porque el
efecto de la fealdad, su fuerza ahuyentadora, queda anulado por el dinero. Según
mi individualidad, soy tullido, pero el dinero me procura veinticuatro piernas:
luego, no soy tullido ¿Acaso no transforma mi dinero todas mis carencias en su
contrario?". Basta, pues, aplicar esta reflexión sobre el dinero al poder en
general y se entenderán algunos retratos de monarcas de siglos pasados, cuyas
facciones fueron devotamente inmortalizadas por pintores cortesanos, que desde
luego no pretendían destacar demasiado sus defectos, y hasta hicieron todo lo
posible por refinar sus rasgos. No cabe duda de que estos personajes nos parecen
bastante feos (y probablemente también lo eran en su tiempo), pero era tal su
carisma y la fascinación que les otorgaba su omnipotencia que sus súbditos los
contemplaban con ojos de adoración.
Por
último, basta leer uno de los relatos más hermosos de la ciencia ficción
contemporánea, "El centinela" de Fredric Brown, para ver que la relación entre
lo normal y lo monstruoso, lo aceptable y lo horripilante, puede invertirse
según la mirada vaya de nosotros al monstruo del espacio o del monstruo del
espacio a nosotros: "Estaba completamente empapado y cubierto de barro; tenía
hambre y frío y se hallaba a ciento cincuenta mil años luz de su casa. Un sol
extranjero le iluminaba con una gélida luz azul y la gravedad, dos veces mayor
de lo habitual, convertía cada movimiento en una agonía de cansancio Los de la
aviación lo tenían fácil, con sus aeronaves relucientes y sus superarmas; pero
cuando se llega al momento crucial, le corresponde al soldado de a pie, a la
infantería, tomar la posición y conservarla, con sangre, palmo a palmo. Como
este jodido planeta de una estrella de la que jamás había oído hablar hasta que
lo habían enviado. Y ahora era suelo sagrado porque también había llegado el
enemigo. El enemigo, la única otra raza inteligente de la galaxia crueles,
asquerosos, repugnantes monstruos Estaba completamente empapado y cubierto de
barro; tenía hambre y frío, y el día era gris y barrido por un viento violento
que le molestaba en los ojos. Pero los enemigos intentaban infiltrarse y era
vital mantener las posiciones avanzadas. Estaba alerta, con el fusil preparado
Entonces vio a uno de ellos arrastrándose hacia él. Apuntó y disparó. El enemigo
emitió aquel grito extraño, terrorífico, que todos emitían, y ya no se movió. El
grito, la visión del cadáver lo hicieron estremecer. Muchos se habían
acostumbrado con el paso del tiempo y ya no le prestaban atención; pero él, no.
Eran criaturas demasiado asquerosas, con solo dos brazos y dos piernas, y
aquella piel de un blanco nauseabundo y sin escamas ".
Decir que belleza y fealdad son conceptos relacionados con las épocas y con las
culturas (o incluso con los planetas) no significa que no se haya intentado
siempre definirlos en relación con un modelo estable. Se podría incluso sugerir,
como hizo Nietzsche en el Crepúsculo de los ídolos , que "en lo bello el hombre
se pone a sí mismo como medida de la perfección" y "se adora en ello El hombre
en el fondo se mira en el espejo de las cosas, considera bello todo aquello que
le devuelve su imagen Lo feo se entiende como señal y síntoma de degeneración
Todo indicio de agotamiento, de pesadez, de senilidad, de fatiga, toda especie
de falta de libertad, en forma de convulsión o parálisis, sobre todo el olor, el
color, la forma de la disolución, de la descomposición todo esto provoca una
reacción idéntica, el juicio de valor ´feo ¿A quién odia aquí el hombre? No hay
duda: odia la decadencia de su tipo ".
El argumento de Nietzsche es narcisísticamente antropomorfo, pero nos dice
precisamente que belleza y fealdad están definidas en relación con un modelo
"específico" -y la noción de especie se puede extender de los hombres a todos
los entes, como hacía Platón en la República , al aceptar que se considerara
bella una olla fabricada según las reglas artesanales correctas, o Tomás de
Aquino ( Suma teológica , I, 39, 8), para quien los componentes de la belleza
eran, además de una proporción correcta, la luminosidad o claridad y la
integridad-, es decir, que una cosa (ya sea un cuerpo humano, un árbol, una
vasija) había de presentar todas las características que su forma debía haber
impuesto a la materia. En este sentido, no solo se consideraba fea una cosa
desproporcionada, como un ser humano con una cabeza enorme y unas piernas muy
cortas, sino que también se consideraban feos los seres que Tomás definía como
turpi en el sentido de "disminuidos" o -como dirá Guillermo de Auvernia (
Tratado del bien y del mal )- aquellos a los que les falta un miembro, que
tienen un solo ojo (o tres, porque se puede adolecer de falta de integridad
también por exceso). Por consiguiente, se consideraban feos sin piedad alguna
los adefesios, que los artistas han representado a menudo de forma despiadada, y
en el mundo animal los híbridos, que fundían de forma violenta los aspectos
formales de dos especies distintas.
¿Podrá, pues, definirse simplemente lo feo como lo contrario de lo bello, un
contrario que también se transforma cuando cambia la idea de su opuesto? ¿La
historia de la fealdad puede ser el contrapunto simétrico de la historia de la
belleza?
La primera y más completa Estética de lo feo , la que elaboró en 1853 Karl
Rosenkranz, establece una analogía entre lo feo y el mal moral. Del mismo modo
que el mal y el pecado se oponen al bien, y son su infierno, así también lo feo
es "el infierno de lo bello". Rosenkranz retoma la idea tradicional de que lo
feo es lo contrario de lo bello, una especie de posible error que lo bello
contiene en sí, de modo que cualquier estética, como ciencia de la belleza, está
obligada a abordar también el concepto de fealdad. Pero justamente cuando pasa
de las definiciones abstractas a una fenomenología de las distintas
encarnaciones de lo feo es cuando nos deja entrever una especie de "autonomía de
lo feo", que lo convierte en algo mucho más rico y complejo que una simple serie
de negaciones de las distintas formas de belleza.
Rosenkranz analiza minuciosamente la fealdad natural, la fealdad espiritual, la
fealdad en el arte (y las distintas formas de imperfección artística), la
ausencia de forma, la asimetría, la falta de armonía, la desfiguración y la
deformación (lo mezquino, lo débil, lo vil, lo banal, lo casual y lo arbitrario,
lo tosco), y las distintas formas de lo repugnante (lo grosero, lo muerto y lo
vacío, lo horrendo, lo insulso, lo nauseabundo, lo criminal , lo espectral, lo
demoníaco, lo hechicero y lo satánico). Demasiadas cosas para seguir diciendo
que lo feo es simplemente lo opuesto de lo bello entendido como armonía,
proporción o integridad.
Si
se examinan los sinónimos de "bello" y "feo", se ve que se considera bello lo
que es bonito, gracioso, placentero, atractivo, agradable, agraciado, delicioso,
fascinante, armónico, maravilloso, delicado, gentil, encantador, magnífico,
estupendo, excelso, excepcional, fabuloso, prodigioso, fantástico, mágico,
admirable, valioso, espectacular, espléndido, sublime, soberbio, mientras que
feo es lo repelente, horrendo, asqueroso, desagradable, grotesco, abominable,
odioso, indecente, inmundo, sucio, obsceno, repugnante, espantoso, abyecto,
monstruoso, horrible, hórrido, horripilante, sucio, terrible, terrorífico,
tremendo, angustioso, repulsivo, execrable, penoso, nauseabundo, fétido,
innoble, aterrador, desgraciado, lamentable, enojoso, indecente, deforme,
disforme, desfigurado (por no hablar de cómo el horror puede aparecer también en
terrenos como el de lo fabuloso, lo fantástico, lo mágico y lo sublime,
asignados tradicionalmente a lo bello).
La sensibilidad del hablante común percibe que, si bien en todos los sinónimos
de bello se podría observar una reacción de apreciación desinteresada, en casi
todos los de feo aparece implicada una reacción de disgusto, cuando no de
violenta repulsión, horror o terror.
En su obra sobre La expresión de las emociones en los animales y en el hombre ,
Darwin observaba que lo que provoca disgusto en una determinada cultura no lo
provoca en otra, y viceversa, pero concluía que sin embargo "parece que los
distintos movimientos descritos como expresión de desprecio y de disgusto son
idénticos en una gran parte del mundo".
Conocemos sin duda algunas descaradas manifestaciones de aprobación ante algo
que nos parece bello porque es físicamente deseable; basta pensar en la broma de
mal gusto al paso de una mujer guapa o en las inconvenientes manifestaciones de
alegría del glotón ante su comida preferida. En estos casos, sin embargo, no se
trata tanto de una expresión de goce estético como de algo parecido a los
gruñidos de satisfacción o incluso a los eructos que se emiten en algunas
civilizaciones para expresar el agrado de un alimento (aunque en esas ocasiones
se trata de una forma de etiqueta). En general, parece que la experiencia de lo
bello provoca lo que Kant ( Crítica del juicio ) definía como "placer sin
interés": si bien nosotros quisiéramos poseer todo aquello que nos parece
agradable o participar en todo lo que nos parece bueno, la expresión de agrado
ante la visión de una flor proporciona un placer del que está excluido cualquier
tipo de deseo de posesión o de consumo.
En este sentido, algunos filósofos se han preguntado si se puede pronunciar un
juicio estético de fealdad, puesto que la fealdad provoca reacciones pasionales
como el disgusto descrito por Darwin.
A lo largo de nuestra historia deberemos distinguir realmente entre la fealdad
en sí misma (un excremento, una carroña en descomposición, un ser cubierto de
llagas que despide un olor nauseabundo) y la fealdad formal, como desequilibrio
en la relación orgánica entre las partes de un todo. Imaginemos que vemos por la
calle a una persona con la boca desdentada: lo que nos molesta no es la forma de
los labios o de los pocos dientes que quedan, sino el hecho de que los dientes
supervivientes no estén acompañados de los otros que deberían estar allí, en
aquella boca. No conocemos a esa persona, esa fealdad no nos implica
pasionalmente y sin embargo -ante la incoherencia o la no completud de aquel
conjunto- nos sentimos autorizados a manifestar desapasionadamente que aquel
rostro es feo.
Por
esto, una cosa es reaccionar pasionalmente al disgusto que nos provoca un
insecto viscoso o un fruto podrido y otra es decir que una persona es
desproporcionada o que un retrato es feo en el sentido de que está mal hecho (la
fealdad artística es una fealdad formal). Y respecto a la fealdad artística,
recordemos que en casi todas las teorías estéticas, al menos desde Grecia hasta
nuestros días, se ha reconocido que cualquier forma de fealdad puede ser
redimida por una representación artística fiel y eficaz. Aristóteles ( Poética ,
1448b) habla de la posibilidad de realizar lo bello imitando con maestría lo que
es repelente, y Plutarco ( De audiendis poetis ) nos dice que en la
representación artística lo feo imitado sigue siendo feo, pero recibe como una
reverberación de belleza procedente de la maestría del artista.
Hemos identificado, pues, tres fenómenos distintos: la
fealdad en sí misma , la fealdad formal y la representación artística de ambas .
Lo que hay que tener presente es que por lo general solo a partir del tercer
tipo de fealdad se podrá inferir lo que eran en una cultura determinada los dos
primeros tipos.
Al hacerlo, nos exponemos a muchos equívocos. En la Edad Media, Buenaventura de
Bagnoregio nos decía que la imagen del diablo se vuelve bella si representa bien
su fealdad; pero ¿realmente era esto lo que pensaban los fieles que contemplaban
escenas de inauditos tormentos infernales en los portales o en los frescos de
las iglesias? ¿No reaccionaban tal vez con terror y angustia, como si hubiesen
visto una fealdad del primer tipo, horripilante y repugnante como sería para
nosotros la visión de un reptil que nos amenaza?
Los teóricos muchas veces no tienen en cuenta numerosas variables individuales,
idiosincrasias y comportamientos desviados. Si bien es cierto que la experiencia
de la belleza implica una contemplación desinteresada, un adolescente alterado
puede experimentar una reacción pasional incluso ante la Venus de Milo. Lo mismo
cabe decir respecto a lo feo: de noche, un niño puede soñar aterrorizado con la
bruja que ha visto en un libro de cuentos, que para otros niños de su edad no
sería más que una imagen divertida. Probablemente muchos contemporáneos de
Rembrandt, además de apreciar la maestría con que el artista representaba un
cadáver diseccionado sobre la mesa de anatomía, podían experimentar reacciones
de horror como si el cadáver fuese real, del mismo modo que el que ha padecido
un bombardeo tal vez no puede mirar el Guernica de Picasso de una forma
estéticamente desinteresada, y revive el terror de su antigua experiencia.
De ahí la prudencia con que debemos disponernos a seguir esta historia de la
fealdad, en sus variedades, en sus múltiples articulaciones, en la diversidad de
reacciones que sus distintas formas suscitan, en los matices conductuales con
que se reacciona. Considerando en cada ocasión si, y hasta qué punto, tenían
razón las brujas que en el primer acto de Macbeth gritan: "Lo bello es feo y lo
feo es bello ".
Traducción: María Pons Irazazábal (La Nación)
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