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Dirección general: Lic. Alberto J. Franzoia

 





NOTAS EN ESTA SECCION
El pensamiento de Saint Simon, por Alberto J. Franzoia | Espontaneidad y dirección consciente, por Antonio Gramsci
Carta a José Bloch, por Federico Engels |
Reflexiones "preocupantes" sobre la Teoría de la Evolución, por Alberto J. Franzoia
Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, por Karl Marx

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El pensamiento de Saint-Simon, fusión y fisión de la ciencia social*

Por Alberto J. Franzoia

El pensamiento de Saint–Simon

El conde Claude Henri Saint–Simon (1760-1825), considerado positivista por unos y socialista utópico por otros, recibió las influencias de las dos corrientes filosóficas: el iluminismo y la reacción romántico conservadora. Ellas nutrieron su pensamiento constituyéndose en la clave para la explicación de lo aquí presentamos como la fisión binaria de la ciencia social, concepto éste introducido con meridiana lucidez por el sociólogo Alvin Gouldner.

El encuentro entre empirismo y racionalismo gestado por los iluministas, sentó las bases para el desarrollo de un conocimiento científico en el campo social. Saint-Simon, heredero de esta visión, se planteó la necesidad de trascender el conocimiento especulativo de la filosofía para construir una ciencia de lo social, superando el abordaje general de la realidad, mediante la formulación de teorías más acotadas y verificables. Para conquistar dicho objetivo tomó como referentes a las ciencias de la naturaleza, particularmente la física, demostrando en este campo una profunda admiración por el descubrimiento de Newton sobre la ley de la gravitación. El conde francés consideraba a la ciencia como un conjunto de enunciados teóricos verificables, que habían logrado una gran unidad en las ciencias naturales, la cual debía ser alcanzada en el terreno de los estudios humanos. Por otro lado, le asignaba a estos conocimientos la función que había desempeñado la religión en el feudalismo, como fuerza cohesionante para la sociedad. A ellos se había llegado a través de un largo proceso evolutivo constituido por tres etapas: teológica, metafísica y positiva o científica. Cada una de ellas representaba por un lado una necesidad y por otra una superación, adoptando una típica concepción evolutiva que sería retomada por los representantes del paradigma positivista.

Saint-Simon se había identificado en su práctica de juventud con los revolucionarios franceses, aunque en ocasiones lo negó, quienes como ya dijimos se apoyaban en los planteos anticipados por los filósofos iluministas. Desde ese momento tuvo clara conciencia acerca de las contradicciones entre la vieja y la nueva sociedad, expresadas, según su análisis, a través de las clases ociosa y productiva. Esta última incluía un amplio espectro conformado tanto por industriales, banqueros y científicos, como por obreros manuales; con lo que dejaba entender que todos ellos confluían en una unidad de intereses. Si bien era un noble fue partidario de la Revolución, ya que comprendía que el conflicto social entre los representantes del viejo y nuevo orden, se resolvería con el reemplazo de sus pares en la conducción de la sociedad. En el plano económico-político los empresarios estaban llamados a desempeñar dicho papel, en el político-espiritual les asignaba un lugar preponderante a los científicos. Así como en el medioevo el conocimiento y la cohesión espiritual de la sociedad estaban garantizados por la religión, en esta nueva etapa la ciencia cumpliría esa tarea que adquiría un carácter absolutamente funcional, favoreciendo el desarrollo de las ideas morales y valores necesarios. Ellas resultaban indispensables para que la nueva sociedad se consolidara, la ciencia debía contribuir para alcanzar la unión y estabilidad social, superando la anarquía que siguió a la Revolución.

La concepción que Saint-Simon sostuvo acerca de la ciencia en el campo social estaba fuertemente influida por la filosofía iluminista, ya que hacía converger a la observación con una razón aplicada. Sin embargo, a ésta la despojaba del tono crítico de sus antecesores, reemplazándolo por un positivismo que era entendido como sinónimo de objetividad en el abordaje de los fenómenos, tanto naturales como sociales. Mientras los iluministas intentaban conocer la realidad para transformarla a partir del empleo de la razón, su objetivo era conocer las leyes de la sociedad tal como se manifestaban, así como los científicos naturales trataban de conocer las de la naturaleza; a partir de allí se podría prever y sobre la base de ello planificar.

El conflicto social, que en algunos planteos iluministas era presentado como un antagonismo entre las anacrónicas instituciones feudales y las verdaderas necesidades humanas que la nueva sociedad promovía, se expresó en Saint-Simon como un conflicto de clases (ociosa y productiva, que se resolvía a través del cambio social. Los filósofos como Rousseau (quien también había plantado el conflicto de clases a lo largo de la historia) anticiparon la necesidad de una transformación radical, Saint-Simon participó en ella y la justificó. Sin embargo, el desarrollo de los acontecimientos en el período posterior a la gran Revolución, lo volvieron permeable a otro tipo de influencias. La corriente filosófica que había surgido como respuesta a los iluministas y al proceso revolucionario desencadenado, adquirió en Francia un carácter decididamente reaccionario, ya que postulaba el regreso al statu quo anterior. Saint-Simon, contemporáneo de estos filósofos, rechazaba la irracionalidad romántica como fuente de conocimientos tanto como el regreso al pasado, pero le resultaban particularmente atractivas las ideas vinculadas con el orden y las jerarquías sociales formuladas por los intelectuales de la reacción conservadora. Ellos pretendían recuperar el orden feudal y una jerarquización basada en los tres estados feudales. Saint-Simon, sin embargo, era consciente de que el cambio había sido necesario, por lo tanto no aspiraba a retrotraer la historia, pero sí con adecuar los conceptos de orden y jerarquías a los nuevos tiempos.

Los iluministas habían contribuido con su visión crítica a derribar una superestructura política y jurídica que no se correspondía con las necesidades de la época, ya que lo revolucionarios adoptaron sus planteos como guía para la acción, pero Saint-Simon opinaba que no habían aportado lo imprescindible para construir el futuro. Él estaba persuadido acerca de la impostergabilidad de construir un nuevo orden, ya no feudal sino industrial, conducido por una elite que ahora estaría constituida por industriales y científicos. Los primeros eran los conductores naturales de la producción material, y los segundos debían aportar tanto a la producción de conocimientos como a cohesionar espiritualmente a la sociedad.

La fusión filosófica y la fisión binaria de la ciencia social.

Como vemos, Saint-Simon intentó fusionar planteos teóricos provenientes de corrientes filosóficas de signo contrario. De los iluministas tomó la convergencia entre razón y observación como camino para producir el conocimiento de la realidad social, pero tratando de descubrir las leyes que la gobiernan para trascender las hipótesis inespecíficas y especulativas de la filosofía, de allí que las ciencias naturales fueran referentes aún más fuerte que para los filósofos mencionados. Por otra parte coincidió con ellos en cuanto a la existencia de conflictos, justificando el cambio institucional de 1789 que acompañó a los que se venían operando en la estructura económica y los potenció. Pero el contexto histórico en el que Saint-Simon produce gran parte de su obra es posterior a la Revolución, por lo que a esa altura resultaba imprescindible construir un nuevo orden, con jerarquías sociales adaptadas a circunstancias distintas; fue entonces cuando prestó atención a las ideas de sus contemporáneos conservadores.

Más allá de su origen noble, Saint-Simon se identificó con los intereses de la burguesía en ascenso, convirtiéndose en el teórico que reflejó dos situaciones históricas distintas vividas por esta clase, como bien lo expresa Zeitlin en "Ideología y teoría sociológica". Por un lado apoyó la revolución política contra un régimen absolutamente decadente, utilizando en su prédica argumentos que provenían de los iluministas; por otro priorizó la necesidad de edificar una sociedad estable y orgánica, de acuerdo con las nuevas necesidades de la clase a la que expresaba. Si bien la mayoría de los planteos de Saint-Simon están emparentados con el positivismo, hay quienes lo presentan como un socialista utópico, tal como ocurre en el trabajo en que Engels analiza a estos primeros socialistas como antecedente de lo que luego sería el socialismo científico. Haciendo una evaluación de todos aquellos rasgos que consideramos esenciales en el pensamiento de Saint-Simon, consideramos que este encuadre es básicamente incorrecto, pero sí es cierto que acentuando y desarrollando algunas de sus ideas otros teóricos iniciaron un camino alternativo.

La riqueza de su pensamiento, más la cantidad de discípulos y seguidores que cosechó, dieron a luz un proceso teórico de gran singularidad, al que el cientista estadounidense Alvin Gouldner ha denominado "fisión binaria de la sociología". Este concepto tomado de la física nuclear intenta dar cuenta de cómo a partir de un núcleo intelectual (expresado por las ideas de Saint-Simon), se produjo la división de la teoría social en dos ejes, que son conocidos como: teorías del orden o consenso, y teorías del conflicto.

Cada eje produjo un abordaje de la realidad social y un vocabulario para describirla y explicarla, que resultan incompatibles entre sí, tal como lo refleja el trabajo de John Horton: Las teorías de orden y conflicto de los problemas sociales como dos ideologías contrapuestas. Este cientista social afirma: "Las teorías del orden tienen en común una imagen de la sociedad como sistema de acción unificado, en el nivel más general, por un sistema compartido, por consenso de valores (o por lo menos de costumbres), de comunicación y de organización política". Y agrega: "El concepto de anomia es clave en el análisis de los problemas del sistema (problemas sociales, desviación, conflicto). Los problemas sociales pueden resultar de la anomia o promoverla. La anomia significa desequilibrio del sistema o desorganización social, una carencia o fracaso en la organización que se refleja en el debilitamiento del control social, en la inadecuada institucionalización de objetivos, en los medios inadecuados para alcanzar los objetivos del sistema, en la inadecuada socialización, etc. En el nivel de análisis socio-psicológico, la anomia termina con el fracaso de los individuos para satisfacer las necesidades de conservación del sistema social".

Dejando a un lado los matices particulares que se manifiestan entre los diversos representantes de este eje teórico, recurriendo a una tipología como lo hace Horton, podemos señalar que existe un planteo general compartido. Los principales componentes del mismo son:

-la estabilidad social del sistema es producto del consenso con respecto a un conjunto de valores, normas, ideas y creencias;
-a veces se da un desequilibrio por la presencia de situaciones anómicas que pueden ser producto de problemas sociales o generarlos;
-así como la conformidad con los valores del sistema y el adecuado desempeño de los roles representan la salud, la desviación de individuos o grupos constituye una patología;
-cuando esto ocurre, las soluciones están contenidas en el propio sistema: mejorando los procesos de socialización, favoreciendo medios más adecuados para el logro de objetivos, o fortaleciendo los mecanismos de control social. La definición de salud de Parsons, citada en el trabajo de Horton es emblemática: "Podemos definir a la salud como el estado de óptima capacidad de un individuo para la efectiva realización de los roles y tareas para las cuales ha sido socializado..."

El enfoque opuesto a éste es presentado por Horton en los siguientes términos: "Los teóricos del conflicto concuerdan en su rechazo del modelo de orden de la sociedad contemporánea. Interpretan el análisis del orden como la estrategia de un grupo dirigente, una reificación de sus valores y motivaciones, una racionalización para lograr un control social más efectivo." "El análisis del conflicto es sinónimo del análisis histórico: la interpretación de los procesos intersistémicos que producen la transformación de las relaciones sociales. Un concepto clave en el análisis del cambio histórico es el de alienación-separación, no del sistema social tal como lo definen los grupos dominantes sino separación de la naturaleza universal del hombre o de un estado de cosas deseado. El cambio es la respuesta progresiva a la alienación".

En este eje también podemos detectar un núcleo teórico compartido si recurrimos nuevamente a la construcción de una tipología:

-se considera el orden vigente como el producto estratégico de un grupo dirigente que no responde a los intereses generales de la sociedad sino a los propios;
-se incorpora la noción de cambio histórico y social a partir de la práctica colectiva de los hombres;
-el concepto de alienación resulta esencial para comprender la justificación del cambio de las relaciones sociales (ya que la alienación implica un proceso de deshumanización).

Sin embargo, resulta pertinente aclarar que en el trabajo de Horton, la definición del concepto alineación y su relación con el cambio no son plenamente satisfactorias. La alineación incluye una separación del trabajador con respecto al producto de su trabajo, que convierte a éste en una mercancía fetiche, que se impone a su productor dominándolo; tal como lo expresa Marx que es el principal referente del eje teórico analizado. Por otra parte, el cambio, es mucho más que una respuesta progresiva a la alienación generada por la sociedad capitalista (lo que puede confundirse con una relación casi mecánica entre los términos), en tanto que está indisolublemente ligado con el desarrollo de la conciencia, concepto éste que ha sido excluido por el autor. Sólo la toma de conciencia colectiva o de clase acerca del carácter alienante de la sociedad contemporánea, les posibilita a los hombres gestar un cambio radical de las condiciones objetivas a través de su práctica social.

Las teorías del orden se desarrollaron a partir de aquellos seguidores del pensamiento de Saint-Simon que retomando sus aspectos más moderados, los condujeron, en muchos casos, hacia una postura conservadora. Mientras quienes recuperaron sus planteos críticos dieron origen a las teorías del conflicto.
Los intelectuales que intentaron construir un nuevo orden acentuaron los conceptos que provenían de los filósofos identificados con el pasado; jerarquías, estabilidad, valores compartidos y organicismo social (válido este último fundamentalmente para numerosos sociólogos y antropólogos del eje) fueron sus ideas rectoras (adaptadas a la sociedad capitalista). Sin embargo, la justificación de las mismas se hizo recurriendo a la autoridad de la ciencia, renegando en este plano del valor positivo que los románticos le asignaban a las fuentes irracionales del conocimiento. Augusto Comte, uno de los más importantes discípulos de Saint-Simon, avanzó hacia una ciencia social del orden, a la que denominó sociología. Pero, si bien fue el responsable de la introducción del nuevo concepto, los postulados epistemológicos, metodológicos y teóricos contenidos en el mismo, eran producto de la lucidez de su maestro, deuda que, como sostiene Zeitlin, nunca fue reconocida por quien suele ser presentado como el padre de esta ciencia.

Otros seguidores de Saint-Simon retomaron sus análisis del conflicto y cambio social, pero también en este caso adecuándolos a un contexto que se modificaba velozmente. El conflicto principal ya no era entre la clase ociosa y la productiva, ahora estaba instalado en el seno de esta última: industriales (o burgueses) y proletarios era la contradicción inherente a la sociedad capitalista; cada momento de su desarrollo histórico mereció distintos abordajes. En la etapa embrionaria fueron los socialistas utópicos los responsables de su estudio, mientras que en la madurez la tarea fue emprendida por los socialistas científicos a través de una concepción materialista y dialéctica de la historia. Con respecto al cambio, los representantes del eje ya no se preocuparon por justificar la Revolución de 1789, a la que consideraban un hecho consumado y positivo, sino que explicitaron la necesidad de nuevos cambios para superar los conflictos propios del orden capitalista.

Volviendo al texto de Horton, si bien peca de un exceso de simplificación (por más que recurra a una tipología), de todas maneras tiene el mérito de presentar sintéticamente y sin ambages la innegable polarización teórica de la ciencia social. Sin embargo, resulta imprescindible proponerle al lector una profundización en estos problemas teóricos, ya que algunos exponentes del orden estudian ciertas formas de conflicto y cambio que no se deben descuidar (como Robert Mentón cuando analiza las disfunciones, o Gino Germani cuando se ocupa de los procesos de modernización), como, a su vez, representantes del conflicto incursionan en el campo del consenso presentándolo como un componente fundamental del cambio estructural(tal es el caso de Antonio Gramsci con su teoría acerca de los procesos que se perfilan hacia la producción de una nueva hegemonía basada en la visión de las clases subalternas).

Por otro lado Gouldner, indagando con mayor agudeza en el tema, realiza un recorrido histórico por las diversas manifestaciones del proceso de la fisión de la teoría social. En relación con el eje del conflicto nos dice: "Un aspecto de la obra de Saint-Simon fue continuado por sus discípulos franceses Enfantin y Bazard; estos la convirtieron en el "saint-siminismo", el cual una vez fundido con las infraestructuras del romanticismo y el hegelianismo alemanes, contribuyó al desarrollo del marxismo en la obra de Karl Marx, Friedrich Engels, Katl Kautsky, Nicolai Bujarin, León Trotsky, Vladimir I. Lenin. Allí donde renovó sus contactos con el hegelianismo se expresó en la obra de Georg Lukás, Antonio Gramsci y en la escuela alemana contemporánea de "sociología crítica de Franfort", en la que participaran Herbert Marcuse, Theodore Adorno, Max Horkheimer, Leo Lowenthal, Erich Fromm y Jurgen Habermas". Continuando con su análisis de la polarización teórica Gouldner se refiere al eje del orden en los siguientes términos: "La otra tendencia de esta fisión cristalizó en un comienzo en la sociología positivista, que dio base a la sociología académica convencional, cuando, a partir de Comte y a través de Emile Durkheim y la antropología inglesa, se convirtió en una de las fuentes a que recurriría Talcott Parsons para su síntesis teórica. Esta persistente tradición de la sociología académica tiene como tema permanente la necesidad del orden social y del consenso moral").Nos parecen oportunas algunas observaciones en relación con esta cita extraída del trabajo de Gouldner. Cuando recuerda a los primeros exponentes de las teorías del conflicto, además de Enfantin y Bazard deberían incluirse a otros dos de trascendencia mencionados por el propio Engels: Fourier y el inglés Owen. En cuanto al peso atribuido a las influencias románticas en la constitución del materialismo histórico y dialéctico, insistimos en relativizarlas; preferimos recordar en cambio a la economía política de Smith y Ricardo (junto al reconocimiento que Gouldner destaca de los socialistas utópicos y la filosofía hegeliana). Por otro lado, en lo que respecta a los teóricos del orden, el autor citado omite las influencias de Max Weber en la síntesis histórica de Parsons.

Resumiendo, la fusión filosófica que expresa el pensamiento de Saint-Simon, ha sido, a su vez, desencadenante de la fisión teórica de la ciencia social, que desde el siglo XIX y hasta nuestros días se ha manifestado en los ejes del orden y conflicto. Con la presentación de estos ejes no pretendemos agotar el análisis de un panorama teórico por demás complejo, sino simplemente favorecer la comprensión de las diferencias conceptuales más significativas existentes en la ciencia social. Diversos trabajos han buceado en las profundidades de la teoría, tratando de hallar matices más sutiles entre exponentes de un mismo eje, por lo que deliberadamente desistimos de esta tarea; nuestro esfuerzo apunta por lo tanto, a marcar divergencias epistemológicas y metodológicas que justifiquen encuadres paradigmáticos alternativos. Por ejemplo: ¿por qué motivo si Durkheim y Weber se ubican ambos en el eje de las teorías del orden o consenso social, sin embargo, pueden ser reconocidos como referentes innegables de distintos paradigmas?

*Fragmento del texto aún inédito de Alberto J. Franzoia "La totalidad fragmentada. Un enfoque alternativo de la ciencia social"


POLITOLOGÍA

Espontaneidad y dirección consciente*

Por Antonio Gramsci

Escrito: 1931
Digitalización: Juan Carlos de Altube
Antonio Gramsci, "Escritos Políticos"

Se pueden dar varias definiciones de la expresión espontaneidad, porque el fenómeno al que se refiere es multilateral. Hay que observar, por de pronto, que la espontaneidad pura no se da en la historia coincidiría con la mecanicidad pura. En el movimiento más espontáneo los elementos de "dirección consciente" son simplemente incontrolables, no han dejado documentos identificables. Puede por eso decirse que el elemento de la espontaneidad es característico de la "historia de las clases subalternas", y hasta de los elementos más marginales y periféricos de esas clases, los cuales no han llegado a la consciencia de la clase para sí y por ello no sospechan siquiera que su historia pueda tener importancia alguna, ni que tenga ningún valor dejar de ella restos documentales.
Existe, pues, una multiplicidad de elementos de dirección consciente en esos movimientos, pero ninguno de ellos es predominante ni sobrepasa el nivel de la ciencia popular de un determinado estrato social, del sentido común, o sea, de la concepción del mundo tradicional de aquel determinado estrato.
Este es precisamente el elemento que De Man contrapone empíricamente al marxismo, sin darse cuenta (aparentemente) de que está cayendo en la misma posición de los que, tras describir el folklore, la hechicería, etc., y tras demostrar que estos modos de concebir tienen una raíz históricamente robusta y están tenazmente aferrados a la psicología de determinados estratos populares, creyeran haber superado con eso la ciencia moderna y tomaran por ciencia moderna los burdos artículos de las revistas de difusión popular de la ciencia y las publicaciones por entregas. Este es un verdadero caso de teratología intelectual, del cual hay más ejemplos: los hechiceristas relacionados con Maeterlinck, que sostienen que hay que recoger el hilo de la alquimia y de la hechicería, roto por la violencia, para poner a la ciencia en un camino más fecundo de descubrimientos, etc. Pero De Man tiene un mérito incidental: muestra la necesidad de estudiar y elaborar los elementos de la psicología popular, históricamente y no sociológicamente, activamente (o sea, para transformarlos, educándolos, en una mentalidad moderna) y no descriptivamente como hace él; pero esta necesidad estaba por lo menos implícita (y tal vez incluso explícitamente declarada) en la doctrina de Ilich (LENIN), cosa que De Man ignora completamente. El hecho de que existan corrientes y grupos que sostienen la espontaneidad como método demuestra indirectamente que en todo movimiento "espontáneo" hay un elemento primitivo de dirección consciente, de disciplina. A este respecto hay que practicar una distinción entre los elementos puramente ideológicos y los elementos de acción práctica, entre los estudiosos que sostienen la espontaneidad como método inmanente y objetivo del devenir histórico versus los politicastros que la sostienen como método "político". En los primeros se trata de una concepción equivocada; en los segundos se trata una contradicción inmediata y mezquina que trasluce un origen práctico evidente, a saber, la voluntad práctica de sustituir una determinada dirección por otra. También en los estudiosos tiene el error un origen práctico, pero no inmediato como el caso de los políticos. El apoliticismo de los sindicalistas franceses de anteguerra contenía ambos elementos: era un error teórico y una contradicción (contenía el elemento soreliano y el elemento de concurrencia entre la tendencia anarquista-sindicalista y la corriente socialista). Era, además, consecuencia de los terribles hechos de París de 187l: la continuación, con métodos nuevos y con una teoría brillante, de los treinta años de pasividad (1870-1900) de los obreros franceses. La lucha puramente económica no podía disgustar a la clase dominante, sino al contrario. Lo mismo puede decirse del movimiento catalán, que no "disgustaba" a la clase dominante española más que por el hecho de que reforzaba objetivamente el separatismo republicano catalán, produciendo un bloque industrial republicano propiamente dicho contra los terratenientes, la pequeña burguesía y el ejército monárquico. El movimiento torinés fue acusado al mismo tiempo de ser espontaneísta y voluntarista o bergsoniano (!).
La acusación contradictoria muestra, una vez analizada, la fecundidad y la justeza de la dirección que se le dio. Esa dirección no era abstracta, no consistía en una repetición mecánica de las fórmulas científicas o teóricas; no confundía la política; la acción real, con la disquisición teorética; se aplicaba a hombres reales, formados en determinadas relaciones históricas, con determinados sentimientos, modos de concebir, fragmentos de concepción del mundo, etc., que resultaban de las combinaciones espontáneas de un determinado ambiente de producción material, con la casual aglomeración de elementos sociales dispares. Este elemento de espontaneidad no se descuidó, ni menos se despreció: fue educado, orientado, depurado de todo elemento extraño que pudiera corromperlo, para hacerlo homogéneo, pero de un modo vivo e históricamente eficaz, con la teoría moderna. Los mismos dirigentes hablaban de la espontaneidad del movimiento, y era justo que hablaran así: esa afirmación era un estimulante, un energético, un elemento de unificación en profundidad; era ante todo la negación de que se tratara de algo arbitrario, artificial, y no históricamente necesario. Daba a la masa una conciencia teorética de creadora de valores históricos e institucionales, de fundadora de Estados. Esta unidad de la espontaneidad y la dirección consciente, o sea, de la disciplina, es precisamente la acción política real de las clases subalternas en cuanto política de masas y no simple aventura de grupos que se limitan a apelar a las masas.
A este propósito se plantea una cuestión teórica fundamental: ¿puede la teoría moderna encontrarse en oposición con los sentimientos espontáneos de las masas? (Espontáneos en el sentido de no debidos a una actividad educadora sistemática por parte de un grupo dirigente ya consciente, sino formados a través de la experiencia cotidiana iluminada par el sentido común, o sea, por la concepción tradicional popular del mundo, cosa que muy pedestremente se llama instinto y no es sino una adquisición histórica también él, sólo que primitiva y elemental).
No puede estar en oposición: hay entre una y otros diferencia cuantitativa, de grado, no de cualidad: tiene que ser posible una reducción, por así decirlo, recíproca, un paso de los unos a la otra y viceversa. (Recordar que Kant quería que sus teorías filosóficas estuvieran de acuerdo con el sentido común; la misma posición se tiene en Croce; recordar la afirmación de Marx en la Sagrada Familia, según la cual las fórmulas de la política francesa de la Revolución se reducen a los principios de la filosofía clásica alemana.) Descuidar -y aun más, despreciar-los movimientos llamados espontáneos, o sea, renunciar a darles una dirección consciente, a elevarlos a un plano superior insertándolos en la política, puede a menudo tener consecuencias serias y graves. Ocurre casi siempre que un movimiento, espontáneo de las clases subalternas coincide con un movimiento reaccionario de la derecha de la clase dominante, y ambos por motivos concomitantes: por ejemplo, una crisis económica determina descontentos en las clases subalternas y movimientos espontáneos de masas, por una parte, y, por otra, determina complots de los grupos reaccionarios, que se aprovechan de la debilitación objetiva del gobierno; para intentar golpes de estado. Entre las causas eficientes de estos golpes de estado hay que incluir la renuncia de los grupos responsables a dar una dirección consciente a los movimientos espontáneos para convertirlos así en un factor político positivo. Ejemplo de las Vísperas sicilianas y discusiones de los historiadores para averiguar si se trató de un movimiento espontáneo o de un movimiento concertado: me parece que en las Vísperas sicilianas se combinaron los dos elementos: la insurrección espontánea del pueblo italiano contra los provenzales -ampliada con tanta velocidad que dio la impresión de ser simultánea y, por tanto, de basarse en un acuerdo, aunque la causa fue la opresión, ya intolerable en toda el área nacional-y el elemento consciente de diversa importancia y eficacia, con el predominio de la conjura de Giovanni da Procida con los aragoneses. Otros ejemplos pueden tomarse de todas las revoluciones del pasado en las cuales las clases subalternas eran numerosas y estaban jerarquizadas por la posición económica y por la homogeneidad. Los movimientos espontáneos de los estratos populares más vastos posibilitan la llegada al poder de la clase subalterna más adelantada por la debilitación objetiva del Estado. Este es un ejemplo progresivo, pero en el mundo moderno son más frecuentes los ejemplos regresivos.
Concepción histórico-política escolástica y académica, para la cual no es real y digno sino el movimiento consciente al ciento por ciento y hasta determinado por un plano trazado previamente con todo detalle o que corresponde (cosa idéntica) a la teoría abstracta. Pero la realidad abunda en combinaciones de lo más raro y es el teórico el que debe identificar en esas rarezas la confirmación de su teoría, traducir a lenguaje teórico los elementos de la vida histórica, y no al revés, exigir que la realidad se presente según el esquema abstracto. Esto no ocurrirá nunca y, por tanto, esa concepción no es sino una expresión de pasividad. (Leonardo sabia descubrir el número de todas las manifestaciones de la vida cósmica, incluso cuando los ojos del profano no veían más que arbitrio y desorden).

*Fuente: http://www.marxists.org/espanol/gramsci/gra1931.htm


Carta a José Bloch

Por Federico Engels

Londres, 21- [22] de septiembre de 1890.

... Según la concepción materialista de la historia, el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto. Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda. La situación económica es la base, pero los diversos factores de la superestructura que sobre ella se levanta --las formas políticas de la lucha de clases y sus resultados, las Constituciones que, después de ganada una batalla, redacta la clase triunfante, etc., las formas jurídicas, e incluso los reflejos de todas estas luchas reales en el cerebro de los participantes, las teorías políticas, jurídicas, filosóficas, las ideas religiosas y el desarrollo ulterior de éstas hasta convertirlas en un sistema de dogmas-- ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos casos, su forma. Es un juego mutuo de acciones y reacciones entre todos estos factores, en el que, a través de toda la muchedumbre infinita de casualidades (es decir, de cosas y acaecimientos cuya trabazón interna es tan remota o tan difícil de probar, que podemos considerarla como inexistente, no hacer caso de ella), acaba siempre imponiéndose como necesidad el movimiento económico. De otro modo, aplicar la teoría a una época histórica cualquiera sería más fácil que resolver una simple ecuación de primer grado.

Somos nosotros mismos quienes hacemos nuestra historia, pero la hacemos, en primer lugar con arreglo a premisas y condiciones muy concretas. Entre ellas, son las económicas las que deciden en última instancia. Pero también desempeñan su papel, aunque no sea decisivo, las condiciones políticas, y hasta la tradición, que merodea como un duende en las cabezas de los hombres. También el Estado prusiano ha nacido y se ha desarrollado por causas históricas, que son, en última instancia, causas económicas. Pero apenas podrá afirmarse, sin incurrir en pedantería, que de los muchos pequeños Estados del Norte de Alemania fuese precisamente Brandeburgo, por imperio de la necesidad económica, y no por la intervención de otros factores (y principalmente su complicación, mediante la posesión de Prusia, en los asuntos de Polonia, y a través de esto, en las relaciones políticas internacionales, que fueron también decisivas en la formación de la potencia dinástica austriaca), el destinado a convertirse en la gran potencia en que tomaron cuerpo las diferencias económicas, [515] lingüísticas, y desde la Reforma también las religiosas, entre el Norte y el Sur. Es difícil que se consiga explicar económicamente, sin caer en el ridículo, la existencia de cada pequeño Estado alemán del pasado y del presente o los orígenes de las permutaciones de consonantes en el alto alemán, que convierten en una línea de ruptura que corre a lo largo de Alemania la muralla geográfica formada por las montañas que se extienden de los Sudetes al Tauno.

En segundo lugar, la historia se hace de tal modo, que el resultado final siempre deriva de los conflictos entre muchas voluntades individuales, cada una de las cuales, a su vez, es lo que es por efecto de una multitud de condiciones especiales de vida; son, pues, innumerables fuerzas que se entrecruzan las unas con las otras, un grupo infinito de paralelogramos de fuerzas, de las que surge una resultante --el acontecimiento histórico--, que a su vez, puede considerarse producto de una fuerza única, que, como un todo, actúa sin conciencia y sin voluntad. Pues lo que uno quiere tropieza con la resistencia que le opone otro, y lo que resulta de todo ello es algo que nadie ha querido. De este modo, hasta aquí toda la historia ha discurrido a modo de un proceso natural y sometida también, sustancialmente, a las mismas leyes dinámicas. Pero del hecho de que las distintas voluntades individuales --cada una de las cuales aparece aquello a que le impulsa su constitución física y una serie de circunstancias externas, que son, en última instancia, circunstancias económicas (o las suyas propias personales o las generales de la sociedad)-- no alcancen lo que desean, sino que se fundan todas en una media total, en una resultante común, no debe inferirse que estas voluntades sean == 0. Por el contrario, todas contribuyen a la resultante y se hallan, por tanto, incluidas en ella.

Además, me permito rogarle que estudie usted esta teoría en las fuentes originales y no en obras de segunda mano; es, verdaderamente, mucho más fácil. Marx apenas ha escrito nada en que esta teoría no desempeñe su papel. Especialmente, "El 18 Brumario de Luis Bonaparte" [*] es un magnífico ejemplo de aplicación de ella. También en "El Capital" se encuentran muchas referencias. En segundo término, me permito remitirle también a mis obras "La subversión de la ciencia por el señor E. Dühring" y "Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana" *[*], en las que se contiene, a mi modo de ver, la exposición más detallada que existe del materialismo histórico.

El que los discípulos hagan a veces más hincapié del debido en el aspecto económico, es cosa de la que, en parte, tenemos la [516] culpa Marx y yo mismo. Frente a los adversarios, teníamos que subrayar este principio cardinal que se negaba, y no siempre disponíamos de tiempo, espacio y ocasión para dar la debida importancia a los demás factores que intervienen en el juego de las acciones y reacciones. Pero, tan pronto como se trataba de exponer una época histórica y, por tanto, de aplicar prácticamente el principio, cambiaba la cosa, y ya no había posibilidad de error. Desgraciadamente, ocurre con harta frecuencia que se cree haber entendido totalmente y que se puede manejar sin más una nueva teoría por el mero hecho de haberse asimilado, y no siempre exactamente, sus tesis fundamentales. De este reproche no se hallan exentos muchos de los nuevos «marxistas» y así se explican muchas de las cosas peregrinas que han aportado....
________________________________________
[*]
Véase la presente edición, t. 1, págs. 408-498. (N. de la Edit.)
[**] Véase el presente tomo, págs. 353-395. (N. de la Edit.)

Se publica de acuerdo con el texto de la revista "Der Sozialistische Akademiker".
Traducido del alemán.
Fuente: http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/cartas/oe3/mrxoe329.htm


Reflexiones "preocupantes" sobre la Teoría de la Evolución*

Por Alberto J. Franzoia

Cuando leí el trabajo sobre la evolución humana realizado por el científico estadounidense Stephen Jay Gould (1) cuyo título es "La postura hizo al hombre" (2), observé que el mismo resulta de una significación capital para el desarrollo de un conocimiento no sólo más riguroso sobre dicha teoría (lo cual confirmó algo que sabía por mi anterior lectura de Engels), sino que de allí se podrían desprender algunas consecuencias "preocupantes" para los garantes del statu quo del mundo que habitamos. ¿Por qué?

1. Ante todo Gould destaca un ensayo de Federico Engels, "El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre" (3) que no es de los más conocidos para lectores no avezados en el tema pero que constituye un valioso aporte a la teoría de la evolución. Queda por comprobar sin embargo la afirmación de Gould, acerca de que el mismo fue tomado, sin reconocerlo, por el amigo de Marx de Ernst Haeckel (padre del concepto Pitecántropo y firme defensor de la importancia de la postura erecta para la evolución en el siglo XIX, cuando todavía no existían evidencias fácticas).

2. Dicho aporte es esencial para la teoría porque da cuenta de un aspecto esencial de la evolución no contemplado por Darwin: el papel desempeñado por la postura erecta del Pitecántropo (homo erectus) para que la mano se transformara en un medio de trabajo (producción de herramientas), la que a su vez fue evolucionando como tal a partir de la adaptación a las nuevas maniobras indispensables para mejorar la tarea. Para que la mano quedara en plena disposición para el trabajo fue necesario que se la liberara como medio de locomoción. Dice Engels al respecto: "Es de suponer que como consecuencia directa de su género de vida, por el que las manos, al trepar, tenían que desempeñar funciones distintas a las de los pies, estos monos se fueron acostumbrando a prescindir de ellas al caminar por el suelo y empezaron a adoptar más y más una posición erecta. Fue el tránsito decisivo para el paso del mono al hombre"(4). Por lo tanto, contrariando la idea instalada, dominada por los prejuicios de la época ya que se carecía de datos confirmatorios, se plantea que el desarrollo del cerebro fue producto de la nueva postura física adoptada por esos monos cuando descendieron de los árboles (confirmado por el Australopiteco, homínido hallado luego en África, productor de los primeros útiles tallados), y no un fenómeno inicial desarrollado en el vacío. El crecimiento del cerebro que distingue al hombre de sus antecesores pasa por lo tanto a ser considerado como una consecuencia de la postura erecta, junto a la progresiva adaptación de la mano, y no una causa, aunque por otra parte la consecuencia luego operase modificaciones sustanciales sobre su causa en un movimiento dialéctico.

3. Mas allá de esto Gould destaca sobretodo el aporte a la teoría social realizado por Engels, ya que permite comprender porqué la comunidad científica de occidente ha sido tan proclive a priorizar el desarrollo de la inteligencia a la hora de abordar la evolución, aún después de encontrarse evidencias concretas desde fines del siglo XIX que avalan la hipótesis contraria:
"La importancia del ensayo de Engels no radica en el feliz resultado de que el Australopiteco confirmó una teoría específica sostenida por él -vía Haeckel- sino en su perceptivo análisis del rol político de la ciencia y de los prejuicios sociales que deben afectar todo pensamiento."
Efectivamente, según Gould, Engels ataca con su formulación los cimientos de una ciencia dominada por prejuicios sociales y necesidades políticas que le asignaban a la inteligencia una historia propia, independiente de la vida material. Claro que el cientificismo cuenta con no pocos ejemplos al respecto, pero este es tema para otro artículo.

Desde nuestra perspectiva, si bien el aporte señalado es esencial, no disminuye en nada la contribución de Engels a la especificidad de la teoría de la evolución, independientemente de que la misma surja lógicamente del desarrollo del materialismo dialéctico aplicado a las ciencias naturales, como intenta demostrar el científico alemán en su libro, o de que provenga de una influencia (Haeckel) no revelada por él como sostiene Gould

La división entre trabajo manual y trabajo intelectual a lo largo de la historia ("el tema engelsiano de la separación de la cabeza y la mano" dice Gould) con la asignación apriorística de supremacía al cerebro, ha servido para justificar tanto desigualdades sociales y formas de ejercer el poder, como la jerarquización de una actividad científica pura alejada de la práctica. En un artículo anterior (5) sosteníamos que el triunfo de Evo Morales en Bolivia ha marcado un principio de ruptura en ese país con las ideas dominantes, según las cuales un presidente debe ser, entre otras cosas, un profesional universitario, de sectores económicos y sociales acomodados. Ser necesariamente universitario es una condición que responde a la jerarquización del trabajo intelectual pero, además, pertenecer a sectores acomodados supone que se ha accedido a esa condición por una superioridad del intelecto. La lógica dominante, presentada como la "naturaleza de las cosas", pretende establecer apriorísticamente que el desarrollo de la inteligencia es anterior a toda desigualdad social establecida, por lo que las mismas son consecuencias inevitables de aquella. Según esta lógica vivir en la pobreza es el producto no deseado de una inteligencia "naturalmente" menor, por lo que los pobres no pueden dirigir los destinos de una país. En el mejor de los casos habrá que esperar que algunos inteligentes, que como tales ocupan una posición superior a la de los pobres en la pirámide social del sistema gestado por el capital, se hagan cargo de ellos desde un condescendiente paternalismo...

Claro que esta visión excede el terreno estrictamente político para incursionar también en la ciencia, como observa Gould. Por un lado estos prejuicios han obstaculizado el desarrollo de teorías validadas convenientemente por la práctica, como lo demuestra la aceptación incondicional en el siglo XIX de la primacía del desarrollo del cerebro como condición necesaria para la transición del mono a hombre cuando no existía ninguna evidencia que avalaran dicha hipótesis, prejuicio al que no pudo escapar ni siquiera el talento de Darwin. Por otro lado han permitido el desarrollo de una jerarquizada ciencia pura, alejada de toda práctica efectiva y transformadora. Afirma Gould:
"Si nos tomáramos en serio el mensaje de Engels y reconociéramos que nuestra creencia en la superioridad inherente de la investigación pura es lo que es -un prejuicio social- entonces podríamos forjar entre los científicos la unión entre teoría y práctica que un mundo que se balancea peligrosamente cerca del abismo tan desesperadamente necesita."

Para superar la mayor cantidad de prejuicios que nos sea posible todo científico debería recurrir a la epistemología, disciplina que permite reflexionar críticamente sobre nuestra actividad. Y al respecto resulta ineludible considerar un aporte valioso realizado por el cientista estadounidense Alvin Gouldner, quien en su obra "La crisis de la sociología occidental" avanza sobre este tema recurriendo a los "supuestos básicos subyacentes"(6), que están muy vinculados con lo que Gould denomina en su trabajo "prejuicios subterráneos". Estos supuestos constituyen verdaderos obstáculos para el desarrollo de un conocimiento riguroso ya que:
(a) en su condición de supuestos no están demostrados;
(b) pero son básicos porque, llamativamente, a partir de ellos se construye teoría;
(c) y al estar en una región intelectual subyacente, no son plenamente concientes, por lo tanto tampoco se los puede explicitar con nitidez;
(d) por lo tanto, es necesario realizar un esfuerzo colectivo para tomar conciencia de ellos y poder confrontarlos con el nivel empírico (nosotros diríamos con la práctica). Es allí donde surge el verdadero conocimiento científico, ya que su validación sólo puede ser consecuencia de dicha confrontación.

Ahora bien, completando el análisis de Gouldner habría que agregar que el contenido de los supuestos básicos subyacente no es ajeno a cuáles son las ideas dominantes en una sociedad, Y tal como lo sostuvo Marx, estas en realidad devienen de las clases también dominantes. En el capitalismo se ha consolidado una idea desarrollada desde los orígenes de la división entre el trabajo manual y el trabajo intelectual, que le asigna al segundo una serie de atributos superiores que se construirían en el vacío, independientemente de la situación material de los hombres. Por lo tanto, los agraciados con ese privilegio deben acceder a los mayores tributos: riqueza, poder, felicidad, amor y control de la actividad científica. Si el cerebro se desarrolló por generación espontánea antes que la posición erecta hubiera sido incorporada como una necesidad concreta, la ciencia pura debe tener entonces un status superior a la ciencia práctica o aplicada (pues sería portadora de la mayor inteligencia). Mientras que los ricos y diplomados deben ejercer el poder político (directa o indirectamente) ya que sus bienes materiales y simbólicos provendrían generalmente de su intelecto privilegiado.

Hallar datos confirmatorios del origen en realidad material del desarrollo del cerebro tal como lo plantearon Engels y Haeckel, por más que la actividad intelectual opere luego sustanciales modificaciones en dicha materialidad y de que efectivamente existan potencialidades humanas distintas, introduce un serio problema a la hora de justificar la historia tal como ha sido narrada por las clases dominantes. Y ese problema podría conducir al intento de soluciones alternativas, entre las que destacaría la posibilidad de favorecer el mayor desarrollo intelectual para el colectivo social modificando las condiciones materiales de su existencia. Por fortuna la historia es tan cambiante como el río que fluye permanentemente tal como lo sostuviera Heráclito. En la medida en que revisemos ciertas ideas-fuerza que se nutren de prejuicios y de supuestos básicos subyacentes (por lo tanto no validados), a través de una reflexión crítica que siempre debe ser colectiva, la ciencia logrará avanzar por caminos más rigurosos y las mayorías habitualmente humilladas construirán de manera cada vez más conscientemente (conciencia posible) su destino mediante una relación enriquecedora de aportes mutuos.


*El planteo central de este artículo fue publicado en el foro digital Reconquista Popular en enero de 2006

(1) Stephen Jay Gould nació en Nueva York el 10 de septiembre de 1941 y falleció el 20 de mayo de 2002. Paleontólogo, biólogo teórico y divulgador científico. En 1972 publicó junto a Niles Eldredge "Punctuated equilibria: an alternative to phyletic gradualism", donde exponen la hipótesis del equilibrio puntuado en la evolución de las especies. Dos años más tarde publicó un libro titulado "Evolutionary Theory and the Rise of American Paleontology". En estas y en posteriores publicaciones afirma que la evolución de las especies no se da de forma uniforme, sino en periodos de evolución rápida, como parece deducirse de la escasez de formas intermedias encontradas entre los fósiles animales. Aunque agnóstico, Gould creía que entre la ciencia y la religión no hay conflicto posible porque la ciencia se ocupa de explicar el mundo mientras que la religión se ocupa de la moral. Escribió en contra de todas las formas de opresión especialmente en contra de la pseudociencia utilizada para defender creencias racistas. Fue un firme crítico de la guerra, participó en el movimiento de científicos en los años 70 conocido como Ciencia para el Pueblo (Science for the People) que se oponía a la Guerra de Vietnam y también fue un acérrimo crítico de los usos sociales de la ciencia como "fundamento ideológico del poder". En esta línea destaca su actividad, junto a Richard Lewontin, en el llamado "debate sociobiólogico" que ambos sostuvieron frente al biólogo, y colega de la Universidad de Harvard, Edward O. Wilson y otros como el británico Richard Dawkins. Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Stephen_Jay_Gould
(2) Publicado el 3 de enero de 2006 en Reconquista Popular. Archivos: http://lists.econ.utah.edu/pipermail/reconquista-popular/
(3) Una de las ediciones que se puede conseguir de este ensayo de Engels escrito en 1876 está incluida junto a "Del socialismo utópico al socialismo científico" de editorial Anteo, año 1975.
(4)Texto citado, páginas 107-108
(5) Franzoia Alberto, "Evo Morales: el triunfo del pueblo boliviano", diciembre de 2005, editado digitalmente en Reconquista Popular
(6) Gouldner Alvin, "La crisis de la sociología occidental", Amorrortu, 1973.


HISTORIA Y ECONOMÍA

Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política*

Por Karl Marx

Mis estudios profesionales eran los de jurisprudencia, de la que, sin embargo, sólo me preocupé como disciplina secundaria, junto a la filosofía y la historia. En 1842 1843, siendo redactor de "Gaceta Renana" [1] me vi por primera vez en el trance difícil de tener que opinar sobre los llamados intereses materiales. Los debates de la Dieta renana sobre la tala furtiva y la parcelación de la propiedad de la tierra, la polémica oficial mantenida entre el señor von Schaper, por entonces gobernador de la provincia renana, y Gaceta Renana acerca de la situación de los campesinos de Mosela y, finalmente, los debates sobre el librecambio y el proteccionismo, fue lo que me movió a ocuparme por primera vez de cuestiones económicas. Por otra parte, en aquellos tiempos en que el buen deseo de "ir adelante" superaba en mucho el conocimiento de la materia, "Gaceta Renana" dejaba traslucir un eco del socialismo y del comunismo francés, tañido de un tenue matiz filosófico. Yo me declaré en contra de ese trabajo de aficionados, pero confesando al mismo tiempo sinceramente, en una controversia con la "Gaceta General" de Ausburgo [2] que mis estudios hasta ese entonces no me permitían aventurar ningún juicio acerca del contenido propiamente dicho de las tendencias francesas. Con tanto mayor deseo aproveché la ilusión de los gerentes de "Gaceta REnana", quienes creían que suavizando la posición del periódico iban a conseguir que se revocase la sentencia de muerte ya decretada contra él, para retirarme de la escena pública a mi cuarto de estudio.
Mi primer trabajo emprendido para resolver las dudas que me azotaban, fue una revisión crítica de la filosofía hegeliana del derecho [3], trabajo cuya introducción apareció en 1844 en los "Anales francoalemanes" [4], que se publicaban en París. Mi investigación me llevó a la conclusión de que, tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado no pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada evolución general del espíritu humano, sino que, por el contrario, radican en las condiciones materiales de vida cuyo conjunto resume Hegel siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de "sociedad civil", y que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política. En Bruselas a donde me trasladé a consecuencia de una orden de destierro dictada por el señor Guizot proseguí mis estudios de economía política comenzados en París. El resultado general al que llegué y que una vez obtenido sirvió de hilo conductor a mis estudios puede resumirse así: en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica se transforma, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas transformaciones hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en un a palabra las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo. Y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco a estas épocas de transformación por su conciencia, sino que , por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos sólo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización. A grandes rasgos, podemos designar como otras tantas épocas de progreso en la formación económica de la sociedad el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica, no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por lo tanto, la prehistoria de la sociedad humana.
Federico Engels, con el que yo mantenía un constante intercambio escrito de ideas desde la publicación de su genial bosquejo sobre la crítica de las categorías económicas (en los Deutsch Französische Jahrbücher) [5], había llegado por distinto camino (véase su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra) al mismo resultado que yo. Y cuando, en la primavera de 1845, se estableció también en Bruselas, acordamos elaborar en común la contraposición de nuestro punto de vista con el punto de vista ideológico de la filosofía alemana; en realidad, liquidar cuentas con nuestra conciencia filosófica anterior. El propósito fue realizado bajo la forma de una crítica de la filosofía poshegeliana [6]. El manuscrito dos gruesos volúmenes en octavo ya hacía mucho tiempo que había llegado a su sitio de publicación en Westfalia, cuando no enteramos de que nuevas circunstancias imprevistas impedían su publicación. En vista de eso, entregamos el manuscrito a la crítica roedora de los ratones, muy de buen grado, pues nuestro objeto principal: esclarecer nuestras propias ideas, ya había sido logrado. Entre los trabajos dispersos en que por aquel entonces expusimos al público nuestras ideas, bajo unos u otros aspectos, sólo citaré el Manifiesto del Partido Comunista escrito conjuntamente por Engels y por mí, y un Discurso sobre el librecambio, publicado por mí. Los puntos decisivos de nuestra concepción fueron expuestos por primera vez científicamente, aunque sólo en forma polémica, en la obra Miseria de la filosofía, etc., publicada por mí en 1847 y dirigida contra Proudhon. La publicación de un estudio escrito en alemán sobre el Trabajo asalariado [7], en el que recogía las conferencias que había dado acerca de este tema en la Asociación Obrera Alemana de Bruselas [8], que interrumpida por la revolución de febrero, que trajo como consecuencia mi alejamiento forzoso de Bélgica.
La publicación de la "Nueva Gaceta Renana" (1848 1849) y los acontecimientos posteriores interrumpieron mis estudio económicos, que no pude reanudar hasta 1850, en Londres. El enorme material sobre la historia de la economía política acumulado en el British Museum, la posición tan favorable que brinda Londres para la observación de la sociedad burguesa y, finalmente, la nueva etapa de desarrollo en que parecía entrar ésta con el descubrimiento del oro en California y en Australia, me impulsaron a volver a empezar desde el principio, abriéndome paso, de un modo crítico, a través de los nuevos materiales. Estos estudios a veces me llevaban por sí mismos a campos aparentemente alejados y en los que tenía que detenerme durante más o menos tiempo. Pero lo que sobre todo reducía el tiempo de que disponía era la necesidad imperiosa de trabajar para vivir. Mi colaboración desde hace ya ocho años en el primer periódico anglo americano, el New York Daily Tribune, me obligaba a desperdigar extraordinariamente mis estudios, ya que sólo en casos excepcionales me dedico a escribir para la prensa correspondencias propiamente dichas. Sin embargo, los artículos sobre los acontecimientos económicos más salientes de Inglaterra y del continente formaba una parte tan importante de mi colaboración, que esto me obligaba a familiarizarme con una serie de detalles de carácter práctico situados fuera de la órbita de la verdadera ciencia de la economía política.
Este esbozo sobre la trayectoria de mis estudios en el campo de la economía política tiende simplemente a demostrar que mis ideas, cualquiera que sea el juicio que merezcan, y por mucho que choquen con los prejuicios interesados de las clases dominantes, son el fruto de largos años de concienzuda investigación. Pero en la puerta de la ciencia, como en la del infierno, debiera estamparse esta consigna:
Qui si convien lasciare ogni sospetto;
Ogni viltá convien che qui sia morta [9]
Londres, enero de 1859.
Publicado en el libro; Zur Kritik der plitischen Oekonomie von Karl Marx, Erstes Heft, Berlín 1859

[1] Gaceta renana ("Rheinische Zeitung"): diario radical que se publicó en Colonia en 1842 y 1843. Marx fue su jefe de redacción desde el 15 de octubre de 1842 hasta el 18 de marzo de 1843.
[2] Gaceta general ("Allegemeine Zeitung"): diario alemán reaccionario fundado en 1798; desde 1810 hasta 1882 se editó en Ausburgo. En 1842 publicó una falsificación de las ideas del comunismo y el socialismo utópicos y Marx lo desenmascaró en su artículo "El comunismo y el Allegemeine Zeitung de Ausburgo", que fue publicado en Rheinische Zeitung en octubre de 1842.
[3] C. Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel.
[4] Deutsch französische Jahrbücher ("Anales franco alemanes"): órgano de la propaganda revolucionaria y comunista, editado por Marx en parís, en el año 1844.
[5] "Anales franco alemanes"
[6] Marx y Engels, La ideología alemana.
[7] Marx, Trabajo asalariado y capital.
[8] La Asociación Obrera Alemana de Bruselas fue fundada por Marx y Engels a fines de agosto de 1847, con el fin de educar políticamente a los obreros alemanes residentes en Bélgica y propagar entre ellos las ideas del comunismo científico. Bajo la dirección de Marx, Engels y sus compañeros, la sociedad se convirtió en un centro legal de unión de los proletarios revolucionarios alemanes en Bélgica y mantenía contacto directo con los clubes obreros flamencos y valones. Los mejores elementos de la asociación entraron luego en la organización de Bruselas de la Liga de los Comunistas. Las actividades de la Asociación Alemana en Bruselas se suspendieron poco después de la revolución burguesa de febrero de 1848 en Francia, debido al arresto y expulsión de sus miembros por la policía belga.
[9] Déjese aquí cuanto sea recelo;/ Mátese aquí cuanto sea vileza. (Dante, La divina comedia).

*Escrito: En 1859.
Digitalización: Germán Zorba.
Fuente: http://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/criteconpol.htm
 

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