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JULIO CARRERAS (h)
Nació en Santiago del Estero en 1949. Periodista, escritor, artista plástico y director de la agencia de noticias @DIN. Militante revolucionario, permaneció durante siete años preso en las cárceles de la dictadura. VER CURRICULUM


NOTAS ANTERIORES

Guerra nuclear

Por Julio Carreras (h)

"Irán será destruido, si se atreve a lanzar un ataque contra Israel", advirtió el ministro israelí de Infraestructura, Binyamin Ben-Eliezer, en una entrevista que publicó hoy miércoles 25 de junio de 2008 el diario moscovita Kommersant. Pero esta no fue la peor amenaza:
"Atacar a Irán, con el fin de detener sus planes nucleares, será inevitable" había dicho, el 6 de junio de este mismo año, un ex jefe del ejército israelí, que también se desempeñó como ministro de Defensa.

"Las sanciones no son efectivas," aseguró el hoy ministro de Transporte, Shaul Mofaz, al periódico israelí Yedioth Ahronoth.

Los iraníes, por su lado, no se han quedado cortos. Desde "dolorosas respuestas" a un presunto ataque hasta "borrar a Israel del mapa" fueron casi una constante en declaraciones de gobernantes iraníes de los más altos rangos en estos últimos meses. 

El prestigioso intelectual estadounidense James Petras indica por su parte que "un ataque israelí por tierra y aire sobre Irán tendría consecuencias militares catastróficas para las fuerzas estadounidenses y graves pérdidas de vidas humanas en Irak, pudiéndose asimismo prever estallidos de violencia militar y política contra los regímenes árabe-musulmanes que siguen a EE.UU., como Arabia Saudí y Egipto, que quizá acaben derrocados".

En su artículo Petras sostiene que "sin duda alguna, los preparativos israelíes para la guerra constituyen la mayor amenaza inmediata para la paz y la estabilidad política mundiales".Como si el monstruo destructivo se hubiese puesto en marcha por una fuerza ahora imposible de detener, los israelíes no se quedan en palabras y realizaron, recientemente, un ejercicio preciso de ataque integral sobre Irán.
"Israel ensayó durante una maniobra un ataque contra las instalaciones nucleares iraníes durante la primera semana de junio", informó el viernes 20 de junio de 2008 The New York Times, citando a funcionarios del gobierno estadounidense.

Según el rotativo, más de 100 cazas F-16 y F-15, helicópteros de rescate y aviones de reportaje realizaron las maniobras, sobrevolando Grecia y el este del Mediterráneo. Durante los ejercicios, las fuerzas aéreas se alejaron unos mil 500 kilómetros, la distancia entre Israel y las instalaciones iraníes de Nataz, añadía el periódico.

The New York Times señalaba que las maniobras tenían dos objetivos: por un lado, poner en práctica los detalles técnicos para un eventual ataque, como repostar combustible, y por otro, lanzar un mensaje tanto a Estados Unidos como a la UE, Irán y otros países, de que Israel reaccionará "con mano de hierro" si los esfuerzos diplomáticos sobre la disputa nuclear "no dan fruto".

Reacción en cadena

Con un ataque así podría estallar un conflicto que muy pronto se transformaría en la primera Guerra Nuclear de la historia. Y también la que -en caso de sobrevivir alguien- sería consignada en los textos como la "3ª Guerra Mundial".
Inmediatamente después de atacar a Irán, Israel recibiría no sólo duras respuestas de este país, sino también, posiblemente, ataques muy fuertes desde El Líbano y Siria.

Como ya lo anunció, es posible que la respuesta de Irán incluya ataques a objetivos estadounidenses. Sin descartar atentados suicidas o de otro tipo, como la contaminación bacteriológica ambiental en sus grandes ciudades. Rusia, un fuerte aliado de Irán, ingresaría pronto en la guerra, no directamente al principio, sino paulatinamente a través de apoyo logístico y provisión de armamento.

En este caso, es muy posible algún ataque "preventivo" a Rusia, desde los enclaves estadounidenses de Alemania, Polonia, Eslovenia, Turquía y Grecia. Incluyendo a su favor alguna cuña troyana en el mismo riñón ruso, como lo son las hoy disidentes Georgia y Ucrania.

Pakistán e India podrían ingresar rápidamente a la guerra incorporando quizá los primeros ataques nucleares, dado que ambos países poseen bombas atómicas y están ansiosos por estrenarlos.

China no querría quedar fuera y tampoco -menos- Japón, seguramente la primera en apoyo de Rusia e Irán y el segundo acompañando a sus aliados naturales, EE.UU. e Israel.

Como en un macabro dominó, el pavor nuclear se extendería entonces por todo el Norte de la Tierra, sembrando la muerte y la destrucción. Y en cuestión de meses, podría desaparecer toda la que fuese la orgullosa Civilización Tecnológica de Norte Desarrollado.

Julio Carreras (h)

P.D.: (Como siempre) yo soy optimista. Creo que a nosotros no nos alcanzará. O al menos lo hará de un modo parcial. Entonces deberíamos esforzarnos por restituir los lazos entre países latinoamericanos, dándonos las manos como hermanos. Y construir democracias sociales con un alto grado de desarrollo económico natural. Es decir, con sistemas de producción alimentaria autosuficiente, industrias que no destruyan la naturaleza ni la contaminen, y un sistema de distribución de las riquezas que no permita que entre nuestros hermanos haya ni siquiera un solo carenciado.


Peronismo y Nación

Por Julio Carreras (h)

"El peronismo será revolucionario, o no será nada", había dicho Evita. "El año 2.000 nos encontrará unidos o dominados", diría Perón, algunos años después. Estas palabras proféticas parecen haberse cumplido ya en su peor sentido. El peronismo no fue revolucionario y se disolvió en la nada, durante el gobierno de Carlos Menem. Y el año 2.000... nos encontró dominados.

El golpe

Conocí el miedo político a los cinco años. El 20 de septiembre de 1956 un militar clericalista y pro yanquis asumió la presidencia de la república. Perón había abandonado el país iniciando un largo exilio.

Mi abuela y mi padre escondieron los retratos de Evita y de Perón enmarcados. Yo colaboré subiéndolos a un alto placard. Esa misma tarde el miedo que percibía en la atmósfera se convertiría en violencia dentro de mi corazón.

Los Barraza, que vivían al frente calle de por medio, eran radicales. Ante su vivienda se había detenido un camioncito con bocinas en el techo. Sonaba por ellas la marcha radical y se lanzaban vivas a la flamante dictadura. Para mirarlos mejor, subí al techo de mi casa. Llevaba conmigo, como siempre, mi honda.
Chuni, el único varón en esa casa, también apareció sobre su techo. Era unos dos o tres años mayor. "Viva Lonardi", gritó, respondiendo a la incitación del camioncito. "Viva Perón", grité yo, en el acto.
Su desconcierto duró sólo unos segundos. Después levantó un fragmento de baldosa y con fuerza me la tiró. Sentí su estallido al pulverizarse contra la baranda. Con frialdad saqué de mi bolsillo una posta metálica, cargué la honda y a mi vez, tiré. Vi a Chuni tomarse el costado y retorcerse y después escuché su dolorido llanto.  Bajé corriendo por las paredes como una lagartija, pues podía haber represalias.
Las vueltas de la vida. Unos quince años después, Chuni se haría montonero. Y yo dejaría el peronismo, por considerar que dentro del peronismo era imposible ya ser revolucionario.

Los militares

Varios militares habían resistido al golpe pro yanqui con armas, pero sin éxito. En mi juventud conocí a dos de ellos, el teniente primero Galván Achával y el capitán Jozami. Sustenté espontámente hacia ambos un afecto entrañable. Por su valentía y lealtad habían pagado no sólo en heridas de bala que dejaron secuelas. También con la interrupción abrupta de sus carreras. Jozami era rosarino, pero vivía en Santiago (en una casa que ahora están demoliendo, creo, sobre la esquina de San Martín y Entre Ríos).
Mi padre a su vez era amigo de otros dos, los capitanes Phillipeaux y Montiel. Algunos años más tarde frecuentó también al teniente coronel Cáceres.
Algunos de esos militares peronistas intentarían un contragolpe. Los gobernantes, general Aramburu y el almirante Rojas -ambos de orígenes santiagueños-, conociendo sus propósitos a través del espionaje, les tendieron una trampa. Así, cuando el 9 de junio de 1956 los cófrades intentan iniciar su asonada, son capturados en el acto.
El día 11 el diario La Nación informa "el fusilamiento del coronel (R) Alcibíades Eduardo Cortines, coronel (R) Ricardo Salomón Ibazeta, Teniente coronel (R) Oscar Lorenzo Cogorno, capitán Dardo Néstor Cano, capitán Eloy Luis Caro, Teniente primero Jorge Leopoldo Noriega, Teniente primero de banda Néstor Marcelo Videla, suboficial principal Miguel Garecca, sargento Hugo Eladio Quiroga, cabo primero músico Miguel José Rodríguez, sargento ayudante de infantería Isauro Costa, sargento ayudante carpintero Luis Bugnetti, sargento músico Luciano Isaías Rojas, Vicente Rodríguez, Nicolás Carranza, Carlos Alberto Lizaso, Francisco Garibotto, Reinaldo Benavides, coronel Albino Irigoyen, capitán (RE) Jorge Miguel Costales, Clemente Braulio Ross, Norberto Ross, Osvaldo Alberto Albedro y Dante Hipólito Lugo".
El día 12 de junio un comunicado oficial declara: "Fue ejecutado el ex general Juan José Valle, cabecilla del movimiento terrorista sofocado". Para dar muerte al general Valle, que se había entregado ya a las autoridades militares, el gobierno de Aramburu y Rojas aplicó en forma retroactiva una ley marcial ya derogada.
La masacre duró exactamente tres días y Lanús, Campo de Mayo, la Escuela de Mecánica del Ejército y La Plata, se constituyeron en escenarios macabros. En un basural de José León Suárez, varios escaparon milagrosamente, algunos fingiéndose muertos.

Los militantes

El 24 de diciembre de 1959 por la madrugada, un grupo de soldados entró fragorosamente en la Jefatura de Policía de la ciudad de Frías. El "militar" que lo comandaba se presentó a viva voz ante el jefe de turno:
-¡Soy el teniente coronel Puma! ¡Se ha declarado el Estado de Emergencia en todo el país!, ¡esta comisaría queda bajo custodia militar!
Lo acompañaban otro "oficial", un "suboficial" y varios "soldados". Los policías se entregaron sin resistencia. Fueron despojados de sus uniformes, de sus armas y encerrados en los calabozos. Luego los integrantes del comando se dedicaron a cargar todas las armas y municiones que encontraron en el Jeep donde habían venido y una camioneta de la policía. En menos de quince minutos, habían abandonado el lugar.
Así se efectuó la primera acción guerrillera en la Argentina. Sus protagonistas se bautizaron a sí mismos Los Uturuncos. Eran santiagueños y tucumanos, peronistas y creían que con su acción iniciaban un levantamiento general. Los comandaba el bandeño Félix Francisco Seravalle, un empleado de Vialidad Provincial, por entonces de unos 34 años.
De acuerdo a lo prometido por el general Iñíguez durante cierta reunión, mantenida con otros militantes peronistas, la toma de la comisaría iba a actuar como santo y seña para que de inmediato militares leales al peronismo se levantaran en las guarniciones de Santa Fe, Entre Ríos, Salta y la provincia de Buenos Aires.
Por su parte, las organizaciones sindicales llevarían adelante una serie de acciones concertadas, entre las que se contaban paros parciales de actividad y actos relámpago en los principales centros industriales.
Los únicos en llevar adelante el plan tal como había sido programado fueron los jóvenes Uturuncos. Después de la acción de Frías, se internaron en la selva tucumana. Allí resistirían varios meses. Hasta que finalmente el ejército los capturó y fueron sometidos a Consejos de Guerra y encarcelados.

La violencia

El 10 de agosto de 1974 las guerrillas del Ejército Revolucionario del Pueblo coparon simultáneamente el Regimiento y Fábrica Militar de Pólvora y Explosivos de Villa María, Córdoba y el Regimiento 17 de Infantería Aerotransportada, en Catamarca. Entre los jefes secundarios de los atacantes en Villa María estaba Charlie Moore.
Él y Joe Baxter -paradójicamente ambos descendientes de familias anglosajonas-, habían militado en Tacuara. Esta era una organización nacionalista de ultraderecha, que junto a otras como la Alianza Libertadora Nacionalista de Patricio Kelly, formarían parte de la caótica pléyade que defendería a Perón, armas en mano, durante los primeros 60.
Varios de ellos, como el capitán Ahumada o el teniente coronel Osinde, se reconvertirían en represores parapoliciales en la putrefacción del peronismo, durante el gobierno de Isabel Martínez y López Rega. Otro que había sido guerrillero y luego represor fue el cordobés Raúl Telleldín.(1) Jefe de torturadores policiales durante el último período de Isabel Martínez, integró, junto con el militar Mohamed Seineldín, un grupo paramilitar, responsable de numerosísimos crímenes, secuestros y desapariciones. Su hijo, Carlos Telleldín, permaneció varios años preso recientemente, acusado de ser responsable por el horrendo atentado de la AMIA en Buenos Aires.
El general Alejandro Agustín Lanusse, quien fuera presidente de facto en la Argentina, consigna lo siguiente en sus memorias:
"El 24 de abril (de 1969) el allanamiento de un departamento ubicado en la calle Paraguay" permitió la identificación de "una figura joven de extrema derecha -el dirigente universitario Carlos Caride- quien aparecía formando parte de una organización considerada subversiva. Otro de los detenidos estaba estrechamente vinculado a grupos y personas totalmente alejados de las líneas insurreccionales conocidas. Y, finalmente, alguien acusado de militante fascista, a nivel de coordinación internacional, era vinculado al mismo problema". [...] Casi todos los detenidos habían abrevado ideológicamente [...] en el antimarxismo más extremo". (1)
¿Y a qué vienen estas menciones?
Tienen el propósito de mostrar, brevemente, que las razones de la violencia en la Argentina no respondieron a "una conspiración del marxismo internacional", como se las presentó exitosamente desde el gobierno del Proceso. Sino a otras causas bastante más profundas, muy pocas veces analizadas.

Los huevos del odio

"Cazar a los hombres a tiro de boleadoras, engrillarlos, entramojarlos, vejar a sus mujeres, establecer casas de perdición con pobres víctimas arrancándolas del hogar doméstico por derecho de conquista [...] son otras tantas formas de tortura".
"Degollar despacio y con cuchillos sin filo; lancear de a poco, demorando el final; fusilar como rito de escarmiento, u otras formas semejantes de quitar la vida, son primero una tortura y después una ejecución. Así lo entendieron y así lo practicaron sistemáticamente los Coroneles de Mitre". (2)
Quien escribió el libro de donde fueron tomados estos fragmentos es un abogado. Fue diputado provincial riojano, entre 1973 y 1973. Insospechable de militancia guerrillera, el ejército lo capturó sin embargo, en 1976, manteniéndolo durante varios años preso.
Es que la represión aplicada por los militares durante el gobierno de Mitre se parece asombrosamente a la que más tarde llevarían a cabo, con otras tecnologías, los militares del "Proceso" (1976-1983).
Y estamos seguros que responden a una misma concepción. Esta es la de "aniquilar" por cualquier medio una resistencia social que hubiera hecho imposible la aplicación de un esquema político y económico antinacional.
En ambos casos -la sanguinaria cacería mitrista del siglo XIX y la represión procesista-, el propósito es imponer un ordenamiento que beneficie en primer lugar al imperialismo capitalista extranjero, y en el ámbito local a una pequeña minoría.
Durante el siglo XIX, el imperialismo dominante tenía como eje principal al reino de Inglaterra. En el siglo XX, ya había ocupado ese lugar Estados Unidos de Norteamérica.
Desde los inicios el peronismo fue visto por EE.UU. como un peligrosísimo "anti-ejemplo" mundial. No porque se lo sospechara cómplice de la Unión Soviética marxista -opción muy alejada de la ideología de Juan Domingo Perón, como se sabe educado en las escuelas de Hitler y Mussolini- sino por la pujanza de su proyecto de desarrollo industrial independiente.
Esas fueron las verdaderas razones que desencadenaron el odio al peronismo, por parte de las oligarquías argentina. Y el monstruoso derramamiento de sangre que comenzaría de a gotas con su caída, en 1955, para convertirse en una pavorosa ciénaga hacia mediados de los 70.

(1) "Nicky" Ceballos, valeroso combatiente santiagueño del ERP, fusilado alevosamente por el ejército en Córdoba, recordaba a Telleldín como ex compañero. "Fue con nosotros al Paraguay", contó al autor de estas líneas, durante una conversación en la cárcel. "En los años 60, dimos entrenamiento a la guerrillas nacionalistas, que se levantaban contra la dictadura de Stroessner".
(2) Alejandro Agustín Lanusse. Mi testimonio. Lasserrre editores, Buenos Aires, 1977. Carlos Caride, el entonces detenido de quien se narra, era uno de los jefes de las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas). Esta organización guerrillera, una de las primeras en Argentina, se había nutrido también con algunos de los miembros argentinos de la guerrilla del Ché con actuación en Salta.
(3) Ricardo Mercado Luna. Los Coroneles de Mitre. Editorial Plus Ultra. Buenos Aires, 1974.

Publicado en El Punto y la Coma. Revista cultural del Sindicato de Docentes Privados (SADOP). Santiago del Estero, Catamarca, Tucumán y Salta. Nº 28. Segunda quincena de junio de 2008.

Fuente: www.elortiba.org


Ibarra o el Espíritu de Santiago: Un caudillo que representa la identidad más profunda de nuestra sociedad

Por Julio Carreras (h)

A las 9 de la mañana del 1 de enero de 1817 fue fusilado en Santo Domingo el coronel Juan Francisco Borges.
No se conoce que Juan Felipe Ibarra hubiese levantado siquiera un dedo para evitarlo.
Ibarra por entonces revistaba también como oficial destacado en el ejército que, bajo las órdenes de Belgrano, combatía por nuestra Independencia Nacional.
Es que Borges e Ibarra eran, caracterológicamente -y también en su práctica de la política- sumamente distintos.
Borges tenía todas las virtudes y defectos de los agraciados. Buenmozo, temperamental, acostumbrado a ser tratado como un Señor, el cálculo no tenía sitio entre los recursos que consideraba aceptables.
Se sabe que con su amigo Martín Miguel de Güemes eran considerados "el terror y la miel de las chinitas" de la sociedad norteña.
Ibarra, en cambio, era reservado y racional.

La prematura desaparición del padre había impuesto a su familia una economía austera. No era alguien considerado atractivo por las mujeres.
Prueba de ello, tal vez, es que su matrimonio con una joven de la aristocracia salteña duraría... apenas una noche.

Los primeros pasos

Juan Felipe Ibarra nació el 1º de Mayo de 1787 en la localidad de Matará, Santiago del Estero.
Mientras esto sucedía, en los nacientes Estados Unidos se daban los toques finales a la nueva Constitución de ese país. Poco después sería presentada en Viena la considerada Opera Magna de Wolfgang Amadeus Mozart, Don Giovanni. Algo más tarde -en 1789- comenzaría en el Cuzco la rebelión antiespañola de José Gabriel Condorcanqui -más conocido como Túpac Amaru.
¿Y qué ocurría en Santiago?
Una enfermedad presuntamente originada en el agua sin filtrar inquietaba a las autoridades. Esta era llamada "el coto". Consistía en una protuberancia que se formaba sobre el cuello.
Mucho más frecuente en las clases populares, atacaba también, sin embargo, a los aristócratas locales. Debido a ello se había determinado, algunos años atrás, expulsar a todos "los forasteros casados" de la capital.
Dentro de la paranoia propia de toda epidemia, se los consideraba, aparentemente, culpables del aumento social del "coto". Como estas familias solían levantar ranchos precarios cerca de las orillas del Río Dulce, hacían también pozos allí para recoger agua.
La contaminación era adjudicada a que, por indolencia, muchas sirvientas recogían agua de esos pozos insanos, en vez de hacerlo directamente del río.
El coto martirizaba la imaginación, sobre todo de las niñas agraciadas de nuestra sociedad. Puede imaginarse lo feo que era ver a una muchacha con esa pelota desproporcionada que se formaba bajo del mentón.
Santiago era por entonces, como dijimos, mucho menor en importancia económica y edilicia que Matará. Apenas un pequeño núcleo de casas mayormente levantadas con adobe, con calles de tierra y grandes arboledas.
Por lo demás, la sociedad provincial estaba rígidamente dividida en castas. La más alta era de ascendencia española. La servidumbre, en tanto, era reclutada entre los mestizos e indios.
De estos últimos iban quedando ya muy pocos genuinos, debido al exterminio de sus varones por superexplotación y la paulatina absorción de sus mujeres a través de una sexualidad subalterna.
Nuestra provincia dependía entonces de Salta, donde residían las autoridades civiles y eclesiales. Gobernaba, cuando nació Ibarra, Dn. Ramón García de León y Pizarro. Nacido en Argelia, África, Dn. Ramón era Marqués de la Casa de Pizarro, Vizconde de Nueva Orán, Brigadier de Infantería de los Ejércitos Reales y miembro de las órdenes religiosas y caballerescas de la Gran Cruz de la Orden Calatrava.
Tanto los gobernantes civiles como eclesiásticos tenían por entonces poco interés o aprecio por Santiago.
Así, el obispo de entonces, Angel Mariano Moscoso, no oculta su reprobación en las pocas líneas que nos dedica. La capital santiagueña presenta "un pésimo estado edilicio", según el informe del obispo Moscoso a sus superiores.
No sólo esto, sino también una muy baja "Cultura en lo moral, pues a más de notarse estilos" de vida que "desdicen a la civilización, conserva la lengua quichua casi por idioma dominante de todos su vecinos".

El militar Ibarra

A los dos años de edad, el futuro caudillo de Santiago perdería a su padre. De inmediato la extendida y linajuda familia extendería sus alas protectoras sobre este niño.
Ello no quitaría las estrecheces económicas a su hogar, pero le permitiría educarse con un nivel que se consideraba adecuado a su condición aristocrática.
Así, Juan Felipe cursaría sus estudios secundarios en el prestigiosísimo instituto religioso cordobés Monserrat.
En 1811 entró a servir en la naciente fuerza militar Argentina como Subteniente del Ejército Expedicionario al Alto Perú.
Combatió contra las poderosas fuerzas españolas en las victorias patrióticas de Las Piedras y Tucumán, adquiriendo prestigio de valiente y templado.
Debido a ello y a otras acciones donde se destacaría, el general Manuel Belgrano lo envió, con el grado de Capitán, a resguardar la frontera norte de Santiago del Estero. No estábamos seguros de la lealtad Cordobesa contra los españoles: esa misión, pues, representa un signo de confianza en el santiagueño, por parte del entonces jefe de nuestras fuerzas nacionales.
En julio de 1817 sobrevino un terremoto espantoso, como ya se narró en el artículo anterior, que prácticamente destruyó la parte más humilde de nuestra capital.
También ya se dijo que la templanza y sobrio carisma demostrado por el capitán Ibarra, así como su capacidad organizativa, afianzaron un prestigio que se había ido perfilando en episodios anteriores.
1817 fue el año, también, de la promulgación nacional de un Reglamento Provisorio, cuyo propósito era el de cumplir un rol constitucional.
Aprobado por el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón, era centralista y unitario. Entre sus cláusulas, que sellaban la absoluta subordinación de las provincias a la autoridad nacional, estaban las razones que habían llevado a rebelarse al infortunado Borges.
Ibarra no acordaba con ese Reglamento. Pero supo callárselo hasta que llegó el momento oportuno.
Este se presentó cuando el gobernador de Tucumán -de quien dependía Santiago- envió una fuerza militar a nuestra provincia para supervisar las elecciones. Los militares tucumanos, mandados por el capitán Juan Francisco María de Echauri, cometieron toda clase de excesos en esta ciudad.
No sólo presionaron a los electores para obtener el resultado que buscaba Tucumán, sino violentaron a la población, abusaron de su hospitalidad y se comportaron con gran desprecio a sus costumbres e idiosincracia.
Ante esa calamitosa situación fue que un grupo de ciudadanos notables y algunas autoridades electas, convocaron al comandante de Abipones, Mayor Juan Felipe Ibarra, para que los librase de quienes actuaban como invasores.

El primer gobernador legítimo

"No puedo ya más ser insensible a los clamores con que me llama ese pueblo en su auxilio, por la facciosa opresión que sufre indebidamente de Usted", dice Ibarra en su ultimátum al capitán Echauri, entregado por el Sr. Faustino Silvetti en el Cabildo a las cuatro de la mañana el 31 de marzo de 1820. "Me encuentro ya a las inmediaciones de ese pueblo y si Usted en el preciso término de 2 horas del recibo de esta intimación, que desde luego le hago, no le permite reunir libremente un Cabildo Abierto para manifestar su voluntad, cargo con toda mi fuerza al momento."
Echauri intentó una maniobra dilatoria, encargando al Cabildo la redacción de una respuesta donde se consignaban ambigüedades. Pero cumplido el plazo de las dos horas, Ibarra atacó y derrotó completamente a las fuerzas opresoras, cuyos restos debieron huir como pudieron hacia Tucumán.
Al mediodía todo había terminado.
El pueblo, reunido en las calles, recibió con ovaciones al vencedor que llegó rodeado de su guardia personal, hacia las 11:30, a lo que hoy llamamos Plaza Libertad.
En ese mismo momento, fueron convocados los vecinos a un Cabildo Abierto, que presidiría don Pedro Pablo Gorostiaga. Este propuso "nombrar un teniente gobernador político y militar interino", hasta que por voluntad popular unánime se designara un gobernador definitivo.
El historiador Vicente Sierra considera que este sería el acto soberano que determinó, de hecho, la Autonomía santiagueña. Más adelante, vendrían las leyes. Pero la voluntad popular ya se había manifestado muy claramente.
Para el cargo de teniente gobernador fue elegido, entonces, el comandante de Abipones, don Juan Felipe Ibarra. Tenía, a la zazón, 33 años de edad.
Desde aquel día, hasta el de su muerte, ocurrida a los 64, el 15 de julio de 1851, iba a gobernar ininterrumpidamente nuestra sociedad.

La Pasión de Ibarra

El día que Ibarra pone en fuga a las fuerzas tucumanas era Viernes Santo. Refiriéndose a ello, Di Lullo escribió: "mientras Jesús moría en la Cruz, Santiago del Estero nacía como provincia autónoma".
Pero los tucumanos no se quedarían tranquilos tan fácilmente. Empeñados en constituir la República Autónoma del Tucumán, era imposible que renunciasen a una superficie territorial que constituía prácticamente el fragmento mayor de todo su posible territorio.
Esta idea de la república era alentada por el gobernador Aráoz y sus seguidores debido a la caótica situación que atravesaba la nación entera.
En efecto, los caudillos federales Artigas, López y Ramírez estaban poniendo en jaque al autoritario gobierno central de Buenos Aires. Bajo esta circunstancia, Córdoba procuraba también su propia Constitución independiente.
Así que los tucumanos, con una fuerte guarnición militar que los respaldaba, no quisieron quedarse atrás.
Menos de 24 horas después de la huída de sus militares de nuestra provincia, el gobierno de Tucumán ordenó volcar una poderosa fuerza a pocos metros de la frontera con Santiago. Esta comenzó de inmediato e efectuar ejercicios de combate, en una clara advertencia a las flamantes autoridades santiagueñas.
Pero Juan Felipe Ibarra y los autonomistas santiagueños tampoco iban a ceder. Mostrando asimismo el talento político que había adquirido de su tradición familiar, el gobernador santiagueño envió una delegación de prohombres destacados a negociar con los tucumanos.
Mientras tanto, se preparaba la magna Asamblea Legislativa y Constituyente que, con toda la fuerza que otorga el apoyo popular, iba a dictar, el 27 de abril de ese mismo año, nuestra completa Autonomía Provincial.

Publicado en La Columna, revista de información semanal. Nº 755, 15 de mayo de 2008.


Los Ibarra: una aristocrática tradición caudillesca

S
antiago desconocido

Por Julio Carreras (h)

Juan Felipe Ibarra fue con seguridad el personaje más importante que tuvo Santiago del Estero en toda su larga historia. Por lo general se lo considera un gaucho rústico y afortunado, que supo combinar la fuerza física, el valor y la osadía con una gran astucia. Pocos saben que su familia venía gobernando directa o indirectamente nuestra provincia desde ya dos siglos atrás.

Un espantoso terremoto

El 4 de julio de 1817 intensos temblores de tierra comenzaron a sacudir la ciudad de Santiago. No se detendrían hasta el día doce -ocho días después-, repitiéndose con intervalos de horas. Las casas más precarias cayeron, como si fuesen de arena y las estuviese abatiendo un temporal. 

Cundió el terror. El día 6, la mayor parte de la población humilde se había reunido en la plaza, frente a la Iglesia Catedral, para implorar a Dios. Sacerdotes compungidos celebraban impetratorias, intercalando sermones. 

Se repetían los temblores. Más ranchos caían. De pronto se desbocó una yunta de caballos que tiraba un carro y despidiendo a su conductor comenzaron a disparar con ofuscación, derribando lo que encontraban a su paso. La histeria se generalizó. Gritos de mujeres, niños que huían despavoridos, hombres que trataban de apartar a su familia para quitarlos del furibundo paso de las bestias, que se habían convertido en una tromba mortífera.

Entonces, como una visión de un sueño, de entre la multitud surgió un joven militar, quien poniéndose en el centro de la calle esperó a los animales, con gesto firme. De un salto, atrapó las riendas de ambos brutos con cada mano, y en la polvareda que siguió se vería de pronto emerger una escena increíble: con gritos y forcejeos, había logrado detener sus ímpetus enloquecidos.
Era Juan Felipe Ibarra. Tenía 30 años, revistaba como capitán de caballería del Ejército Nacional. Y a partir de entonces tomó el liderazgo de aquella multitud sin guía.
No sólo organizó en grupos la solidaridad con los damnificados, sino también estableció pautas para afrontar la emergencia hasta que remitiera.
Poco tiempo después, iba a ser el hombre que determinase la configuración geográfica de nuestra provincia, y la gobernara ininterrumpidamente, por más de 30 años.
Muchas personas saben que Ibarra fue nuestro caudillo más importante. La mayor parte de ellas imaginan a un hombre rudo, voluntarioso, temerario, que llegó al poder únicamente gracias a una mezcla de tenacidad y suerte. Lo suponen además un emergente aislado, que, como otras individualidades exitosas, supo gestarse a sí mismo, "de la nada".
Se equivocan.
Ibarra provenía de una de las familias más aristocráticas y tradicionales que pisó la superficie de Santiago del Estero en toda su larga historia.
Una familia que en realidad, de un modo u otro, no había estado ausente de las decisiones políticas de nuestra provincia en los últimos dos siglos antes de que él gobernara.

Un hombre educado

El mismo Ibarra, de quien se ha hecho un retrato histórico distorsionado, no era un personaje agreste.
Hijo del Oficial Mayor don Felipe Matías Ibarra, al morir este en 1789, dejándolo bajo la protección de su madre a los dos años, su educación quedaría en manos sacerdotales.
El padre Mariano Ibarra, hermano de su padre, se encargaría pues de guiar al niño Juan Felipe por las sendas del conocimiento regular. Dos sacerdotes jesuitas, Juan José y Domingo de la Paz y Figueroa, también parientes cercanos de su familia, supervisarían dicha educación.
En la familia Ibarra había además otros dos sacerdotes: el presbítero Manuel Antonio Ibarra y el cura párroco de Salavina, Don Basilio Ibarra. Este último fue candidato a ocupar un escaño político, como diputado para el Congreso de Tucumán, en 1816.
Descendiente de antiguas familias españolas, Juan Felipe Ibarra podía ostentar sus vínculos con personajes nobles como el barón de Almonáster, Dn. Gonzalo Martel de la Puente y Guzmán, o el Señor de la Torre de Palencia y Santiago, don Cabrera Zuñiga de la Zerda. También revistan entre sus antepasados algunos de los más prestigiosos conquistadores españoles, como don Juan Jacobo de Pimentel o don Juan Ramírez de Velazco.
Más conocida es su vinculación familiar con María Antonia de Paz y Figueroa, llamada popularmente "La Beata Antula".

La Villa de Matará

Hacia 1850 Matará no sólo constituía la Cabecera Parroquial de la que dependían los curatos de Mailín, Guaipe, Lojlo, La Brea, La Guardia y Reducción, sino que era también la comunidad más poblada de toda la provincia. Con más de 17.000 habitantes, superaba a la capital y todos los otros poblados de nuestro territorio, que en conjunto apenas sumaban unas 10.000 personas.
Pero su prosperidad e importancia política no era reciente. Ya hacia 1600 Matará es considerada la zona más rica de esta región, donde se practica todo tipo de artesanías, sustentando además sus ingresos económicos en una ordenada producción agrícola y ganadera.
Y ya en 1660 encontramos gobernando esa rica jurisdicción a un Ibarra: se trata de Don Juan de Ibarra y Argañarás de Murguía, "Maestre de Campo y Señor de las Encomiendas de Ampata, Ampatilla y Atacama".
Dos de sus descendientes inmediatos ostentarían también cargos públicos y dignidades militares importantes. Don Simón Gerónimo de Ibarra Argañarás y Busto, y Don Francisco Xavier de Ibarra y Bravo de Zamora, serían, respectivamente, "Sargento Mayor de la Plaza de Santiago del Estero" y "Señor de la Encomienda de Ansigasta".
Los Ibarra no eran los únicos hidalgos, terratenientes y propietarios de centenares de indígenas que utilizaban para trabajar la tierra como mano de obra prácticamente esclava. Y por lo tanto, mantener el estatus de familia rectora constituía una permanente disputa con otros pretendientes a dicho sitial en la sociedad de Matará, como dijimos por entonces más importante que la mismísima capital.
Así, década tras década se suceden enfrentamientos políticos, judiciales o incluso armados, que van forjando una experiencia histórica sin par en esta familia.

Forcejeos por el poder

Hacia 1720 el hidalgo santiagueño Don Gerónimo de Peñaloza, Alcalde Mayor de la Santa Hermandad de Santiago del Estero, disputa el dominio también de Matará. Se sucede una larga puja jurídica, después de la cual Peñaloza obtendría por fin ser confirmado por la corona de España con el título de "Encomendero de Indios en Matará".
Pero en 1727, y luego de también trabajosas disputas, es desplazado por Don Joseph de Aguirre, quien con el apoyo del Cabildo de Santiago del Estero y venia de la Corona, toma para sí el puesto anteriormente ostentado por Peñaloza.
Los Ibarra se sostienen sobre la producción económica de sus tierras, saben ya dar un paso al costado cuando resulta conveniente y esperan su oportunidad.
Esta volvería a presentarse 30 años después. Pero sería muy bien aprovechada por la familia, como se verá.
En efecto, hacia 1765 encontramos a Don Simón Gerónimo de Ibarra y Xeres como "Alcalde de Santiago del Estero y la Santa Hermandad", con jurisdicción asimismo en la rica Villa de Matará. Este gobernador mantendría su puesto por veinte años, hasta 1785.

La Independencia Nacional

Ya a principios del siglo XIX, hallamos nuevamente a un adolescente Juan Felipe Ibarra cursando sus estudios secundarios en el Colegio de Monserrat, Córdoba. Como se ve, su historia personal dista mucho de ser la de "un gaucho iletrado".
La oportunidad de su primera acción militar se presenta con las Invasiones Inglesas.
Así, en 1810 revista como oficial del Cuerpo de "Patricios Santiagueños", un batallón de 300 hombres comandado por el joven Coronel Juan Francisco Borges -tatarabuelo de Jorge Luis-.
Entre los santiagueños que cubrieron de gloria sus primeras armas junto a Ibarra se contarían también el capitán Pedro Pablo Gorostiaga, el teniente Gregorio Iramaín y los oficiales Severo Ávila, Lorenzo Lugones, y Pedro José Cumulat.
Poco después del pronunciamiento patriótico de 1810, uno de los primeros lugares de la futura Argentina de donde saldrían milicias armadas para defender la Independencia sería Matará.
El joven Juan Felipe Ibarra, ayudado por su tío, el sacerdote católico Juan Antonio Paz, recauda donaciones de los hacendados para formar un ejército que, a su mando, se pondría a las órdenes del general Belgrano.
Entre 1810 y 1820 se desarrollarían en Santiago del Estero sórdidas disputas que entre otras conllevarían la tragedia del fusilamiento de Borges.
Ibarra, si bien simpatizaba con el sector encabezado por Borges, se mantiene al margen disciplinadamente y acata la autoridad militar. Demuestra en esto, evidentemente, la extensa tradición de su familia en el ejercicio y consecución del poder.
Recién con motivo de las inaceptables condiciones en que Buenos Aires pretendía sujetar nuestra provincia a la jurisdicción de Tucumán, exhibe clara y abiertamente sus dotes de caudillo.
Pero esta ya es otra historia, que esperamos desarrollar, Dios mediante, en próximas entregas.

Publicado en La Columna, revista de información semanal. Nº 754, 8 de mayo de 2008

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