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Del inconveniente de haber nacido

NOTAS EN ESTA SECCION
Sobre E.M. Cioran, por Fernando Savater
9 notas a partir de E.M. Cioran, por Ezequiel D’León Masís
Del inconveniente de haber nacido

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Sobre E.M. Cioran

Por Fernando Savater

Prólogo a la edición española de Breviario de podredumbre (Précis de décomposition, 1949)

¿Cuáles son los derechos de la desesperanza? ¿Puede edificarse un discurso atareado en negarlo todo y en negarse, en desmentir sus prestigios, su fundamento y su alcance, su verosimilitud misma? ¿No es el escribir una tarea afirmativa siempre, de un modo u otro, apologética incluso en la mayoría de los casos? ¿Cómo se compagina la escritura con la demolición radical, que nada respeta ni propone en lugar de lo demolido, que no se reclama de tal o cual tendencia, ni quisiera ver triunfante cosa alguna sobre las borradas ruinas de las anteriores; cómo se compagina el texto con las lágrimas, las palabras con los suspiros, el discurso racional con el punto de vista de la piedra o de la planta? ¿Es concebible un pensamiento que se ve a sí mismo como una empresa imposible o ridícula, inevitablemente falaz en el justo momento de reconocerse su verdad? Estas son algunas de las más urgentes preguntas que se plantean al hilo de la lectura de Samuel Beckett o de E. M. Cioran. La respuesta no puede venir de un exterior que las obras de esos autores niegan: es preciso volver al interior del texto mismo, reincidir en la pregunta, convencerse de que dentro tampoco hay nada. Leer a Beckett o a Cioran es reasumir, una y otra vez, la experiencia de la vaciedad.
Lo que hay que decir es que siempre se dice demasiado: "tout langage est un écart de langage" (Beckett). La multiplicidad de los discursos, informativos o edificantes, persuasivos, entusiasmados o curiosos, tiene algo de nauseabundo. El hombre es un animal ávido de creencias, de seguridades, de paliativos, y consigue todo eso merced al lenguaje. Pero sus creencias son deleznables, sus seguridades ilusorias, sus paliativos risibles: ¿por qué no decirlo así? Una vez que por azar o improbable ejercicio se ha conquistado la lucidez, la condición enemiga de las palabras, nada puede ya decirse, excepto lo que revele la oquedad del lenguaje de los otros, frente al que el discurso del escéptico es pleno, pues asume su vacío como contenido, mientras que los demás discursos, pretendidamente llenos de sustancia, se edifican sobre la ignorancia de su hueco. Pero, ¿qué propósito puede tener proclamar la inanidad que acecha tras las palabras, salvo excluir al escéptico de la condición de engañado, de drogado por el humo verbal, excluirle de la condición humana, en suma? Por encima o por debajo de los hombres, quien conoce la mentira de las palabras y su promesa nunca puede volver a contarse entre ellos. Será una roca que no se ignora, un árbol que se sospecha o un dios consciente de que no existe: un hombre, jamás.

"El escepticismo es un ejercicio de desfascinación" (Cioran): el pensamiento escéptico desarticula el montaje verbal que enfatiza, para bien o para mal, la raida realidad de las cosas: "Saber desmontar el mecanismo de todo, puesto que todo es mecanismo, conjunto de artificios, de trucos, o, para emplear una palabra más honrosa, de operaciones; dedicarse a los resortes, meterse a relojero, ver dentro, dejar de estar engañado, esto es lo que cuenta a sus ojos", dijo Cioran de Valéry y aun mejor podría haberlo dicho de él mismo. Pasión por el despedazamiento intelectual del objeto del pensamiento, por la disección amarga o regocijada, tanto da, de lo vigente; nada debe quedar a salvo de la crítica, pues en caso contrario ésta se convertiría en velada apología de lo otro, lo no analizado: si Cioran ensalza a los emperadores de la decadencia, es frente al opaco asesino sin imaginación que detenta en nuestros días el poder; si jura, nostálgico, por Zeus o por la curvilínea Venus, lo hace sólo por interés blasfemo frente al triunfante Crucificado; ensalzará al suicida contra quien jamás puso en entredicho la obligación de existir y su reticente apología del éxtasis es sólo una forma de flagelar la sosería sin sangre de la vida funcional. Nada se propone, nada se recomienda: Cioran sabe que si se asiente a Nerón o a Juliano no puede rechazarse al modesto funcionario gubernamental en quien hoy perviven, sin placer ni entusiasmo, los crímenes antiguos; la Historia se acepta o se rechaza en bloque, pues toda discriminación valorativa es sólo una forma especial de confusión o de complacencia en la confusión. Por eso, las exhortaciones positivas de Cioran son siempre irónicas; cuando recomienda algo es siempre lo imposible o lo execrable. La perplejidad resultante no es un accidente en el camino sino la meta misma del caminar, la única consecuencia del pensamiento que puede ser llamada, sin infamia, "lógica".

Lo que Cioran dice es lo que todo hombre piensa en un momento de su vida, al menos en uno, cuando reflexiona sobre las Grandes Voces que sustentan y posibilitan su existencia; pero lo que suele ser pasado por alto es que la verosimilitud del discurso de Cioran, el que sea concebible, siquiera momentáneamente, compromete inagotablemente el tejido lingüístico que nos mece. Si tales cosas pueden ser pensadas una vez en la vida, tienen que ser ciertas: una realidad que se precie no puede sobrevivir a tales apariencias. Basta que puedan ser pensadas, para que sean. ¿En qué puede fundarse la fe, la alborada del espíritu, cuando ya han sido dichas tales cosas? Las palabras se han mostrado ya como vacías o podridas; por un momento, hemos visto, inapelablemente, lo que alienta tras esas voces consagradas: "justicia", "verdad", "Inmortalidad", "Dios", "Humanidad, "Amor", etc..., ¿cómo podríamos de nuevo repetirlas con buen ánimo, sin consentir vergonzosamente en el engaño? Las diremos, sí, una y otra vez, pero recomidos de inseguridad, azorados por el recuerdo de un lúcido vislumbre, que en vano trataremos de relegar al campo de lo delirante; la verdad peor, una vez entrevista, emponzoña y desasosiega por siempre la concepción del mundo a cuyo placentario amparo quisimos vivir. ¡Lucidez, gotera del alma...

La mirada desesperanzada sobre el hombre y las cosas, la repulsa de los fastos administrativos que tratan de paliar la vaciedad de cualquier actividad humana, el sarcasmo sobre la pretendida extensión y profundidad del conocimiento científico, la irrisoria sublimidad del amor, biología ascendida a las estrellas por obra y gracia de los "chansonnier" de ayer y hoy, nuestra vocación la de todo viviente al dolor, al envejecimiento y a la muerte: todos estos temas los comparte Cioran con los predicadores de todas las épocas, los fiscales del mundo, quienes recomiendan abandonarlo en pos de la gloria de otro triunfal e imperecedero, o de una postura ética, de apatía y renuncia, más digna. ¿Es, pues, Cioran un moralista? Lo primeramente discernible en su visión de las cosas es el desprecio, y esto parece abundar en tal sentido; pero podríamos decir, con palabras que Santayana escribió pensando en otros filósofos, que "el deber de un auténtico moralista hubiera sido, más bien, distinguir, por entre esa perversa o turbia realidad, la parte digna de ser amada, por pequeña que fuese, eligiéndola de entre el remanente despreciable". Junto al desprecio, el moralista incuba dentro de él algún amor desesperado y no correspondido, rabioso: ama la serenidad, la compasión, la apatía, el deber o el nirvana: ama una virtud, una postura, una resolución. Salva, de la universal inmundicia, un gesto. Cioran no condesciende a ninguna palinodia; jamás recomienda. Quizá prefiriese en ciertos momentos, la condición vegetativa a la animal, pero no con el ademán de dignidad ofendida del moralista que gruñe: "La condición humana es una estafa, burlémosla haciéndonos vegetales", sino con irónico distanciamiento: "Señor juez, señor arzobispo, admirado filósofo, ¿no sería mejor, a fin de cuentas, aun a costa de la fachenda, ser cardo o coliflor?"

No tiene Cioran vocación de curandero, de saludador: no puede ser moralista. Lo que le importa, lo que se le impone, por un retortijón incontrolable de sus vísceras, es aliviarse del nebuloso malestar que le recome y diferencia, utilizando para ello la escritura: "Por mí, los problemas del cosmos y las teorías técnicas podían resolverse solos o como quisieran, o como acordaran resolverlos, en aquel momento, las autoridades en la materia. Mi gozo se hallaba más bien en la expresión, en la reflexión, en la ironía" (Santayana). Expresión, reflexión, ironía: aquí está la obra de E. M. Cioran. Expresar, debatirse de la íntima sensibilidad, muda y gástrica, hacia la objetivación; esculpir en la blanda inflexibilidad de la palabra la efigie del monstruo privado, de nuestra verdad; hablar de lo ciego, de lo roto, dar voz a lo que no puede tenerla, nombrar lo inmencionable. Sin objetivo, sin oyente quizá, sin intentar persuadir ¿de qué?, ¿a quién?, ¿por qué? , en la expresa renuncia al sistema, a la Verdad incluso, sobre todo a la Verdad. "Hablar por hablar es la única liberación" (Novalis).

Un ejercicio tan torvo, tan improbable, debería suscitar la risa: la risa preventiva, azorada, de quien trata de evitar que un discurso demasiado serio sea tomado en serio, pero también la risa liberadora de quien por fin se atreve a saber. No es el severo ropón académico, la lúgubre máscara de quien lleva en sus hombros el peso teórico del mundo (lo que dice más en favor de los hombros que del peso teórico, naturalmente), lo que sienta bien a la revelación nihilista: dejemos eso para quien tiene el Sistema y por lo tanto, el Orden de su lado. Pongámonos del lado de la risa, de la sonrisa inspirada, al borde del estallido, de la carcajada refrenada en estilo: en esto está la maestría del de Cioran. La risa alzada sobre, al borde, en torno de lo que la desmiente. Precisemos: no se trata de la risa nietszcheana, aún (o ya) no: la opinión de que los textos de Cioran son la prolongación contemporánea de los del solitario de Sils Maria necesitaría tales precisiones y comentarios que expresado en la cruda forma en que lo formula Susan Sontag, apenas puede compartirse. Hay muchas clases de risa, pero todas distan de ser igualmente estimables, igualmente sanas: "De todas las risas que hablando propiamente no son tales, sino que más bien reemplazan al aullido, sólo tres a mi juicio merecen detenerse sobre ellas, a saber: la amarga, la de dientes a fuera y la sin alegría. Corresponden a ¿cómo decirlo? a una excoriación progresiva del entendimiento y el paso de una a otra es el paso de lo menos a lo más, de lo inferior a lo superior, de lo exterior a lo interior, de lo grosero a lo sutil, de la materia a la forma. La risa amarga ríe de lo que no es bueno, es la risa ética. La risa de dientes afuera ríe de lo que no es verdadero, es la risa judicial. ¡Lo que no es bueno! ¡Lo que no es verdadero! ¡En fin! Pero la risa sin alegría es la risa noética, por este gruñido ¡ja! , así, es la risa de las risas, la risus purus, la risa que se ríe de la risa, homenaje estupefacto a la broma suprema, en resumen, la risa que se ríe silencio, por favor de lo desdichado" (Samuel Beckett). El humor rescata a Cioran del sermón de los ejercicios espirituales, con lívidos decorados de Loyola, del "no somos nadie", funeral de quien no se hubiera atrevido a decir eso mismo en vida del difunto o de su propia vida; el humor le salva de cualquier tipo de unción, y garantiza que la lucidez crítica del discurso no prescinde de volverse contra su misma empresa, que la lucidez tiene mucho de opaca y la risa también es risible. El humor preserva y confirma la reversibilidad del discurso, su circularidad; lo que puede volver sobre sí mismo, lo que necesaria libremente por azar retorna, escapa a lo dogmático: la ironía nos resguarda de la Iglesia.

Tarea intelectual incalificable la de Cioran: no se deja etiquetar a la primera y la división del trabajo no puede por menos de resentirse. En realidad, ningún género se le ajusta convincentemente: a lo que más podría parecerse es a los manuales de meditación o a los libros de horas: libro de horas del horror, de la infinita finitud de las horas... Pero sería demasiado tranquilizador, amparándose en el elegante clasicismo de un estilo, confinarle definitivamente en el campo de lo "puramente literario", en la acepción filistea que los profesionales de la filosofía y de la ciencia suelen dar a estas palabras, significando con ellas lo perteneciente en último término a lo venial y recreativo, lo alejado de la "dura realidad de la vida", ejercicio propio de quienes no alcanzan esto no suele llegar a decirse las severas glorias de la matemática, el laboratorio y el Sistema. Pongamos ¿solo por afán de provocar? que lo que hace Cioran es verdadera filosofía, con tanto derecho a ser llamada tal como lo tenía la de Diógenes frente a la de Platón. La historia de la filosofía la han escrito los sistemáticos: urge una apología del sofista. ¿Y si la Verdad está del lado de los que renunciaron expresamente a ella? El Sistemático científico insistirá en el carácter subjetivo del discurso fragmentario de Cioran: "Tu lo ves todo negro, aquél puede verlo todo color de rosa, con la misma razón. Sólo el Sistema da cuenta de una y otra postura." Pero también el Sistema es una postura, de la que pueden dar cuenta Cioran o los sofistas. Al sistemático se le escapa el carácter de opción que tiene todo sistema, el punto de vista subjetivo que le da origen; el escéptico es muy consciente, en cambio, de este inicio azaroso. El Sistema acusará a Cioran de contradicciones, de incoherencia, de escribir cada fragmento como si no hubiera escrito nada más; pero la coherencia que él busca es otra que la de la sencilla solidaridad de las palabras domesticadas: azuzando unas palabras contra otras pretende más bien la plena liberación de las fuerzas que las palabras ocultan o postergan. No se trata de edificar un castillo conceptual en el que refugiar nuestros sueños, las esperanzas sin las que no queremos perdurar: por demasiado tiempo ésta ha sido considerada la misión de la filosofía, pero "el pensamiento es destrucción en su esencia. Más exactamente, en su principio. Se piensa, se comienza a pensar, para romper las ligaduras, disolver las afinidades, comprometer la armazón de "lo real". Sólo después, cuando el trabajo de zapa está muy avanzado, el pensamiento se domina y se insurge contra su movimiento natural" (Cioran).

Pensador ahistórico, espléndidamente aislado, sin escuela ni progenie, la figura de E. M. Cioran aparece con creciente frecuencia en el Mar de los Sargazos de la cultura contemporánea: "the king of pessimists" le bautiza, en su inefable estilo, Time; Susan Sontag comienza con citas suyas una película (bastante mediocre), presentada en Cannes en 1971, y hace sobre él entusiastas declaraciones a la prensa; uno de sus libros, La chute dans Ie Temps, alcanza cierto éxito en Estados Unidos, aunque Cioran advierte: "como todo éxito, se trata de un malentendido"; se repiten sus aforismos, para dar peso sentencioso a artículos periodísticos con pretensiones de sublimidad (peligro máximo de Cioran: lo fácil y brillantemente que se le puede citar). No le busquéis en las obras de los filósofos profesionales, ni en las historias de la filosofía (una excepción: Ferrater le cita en su Diccionario filosófico, en la bibliografía del artículo "nihilismo"). Sus obras son contemporáneas de las de Sartre o Camus, pero nadie se atrevería a incluirle en el existencialismo francés: los galimatías de la esencia y la existencia son demasiado alemanes para él... Como Georges Bataille, como Clément Rosset, E. M. Cioran es miembro de la "sombra" (en el sentido en que emplea la expresión Eugenio Trías) de la filosofía oficial francesa de nuestros días; hacia esta sombra se van volviendo muchos ojos, fatigados del relumbrón de tantos alamares y charreteras.

De todos los países de Europa, el predilecto de Cioran, su obsesión, su límite y su infierno, es España. Leyéndole, se hace necesario que tal cosa como España exista. En mística y en blasfemias, en fanatismo, sangre, ímpetu y desesperanza, en azar y fatalismo, tenemos las raíces más largas y más hondas: hemos llevado a su límite la experiencia de vivir, hemos trasgredido los límites.. . Nuestro castigo es aleccionador.
Le llamé en algún sitio "nihilista" y me repuso: "No estoy muy seguro de ser nihilista. Soy más bien un escéptico al que tienta, de cuando en cuando, otra cosa que la duda". Así se ve él y quizá así debamos verle nosotros. Este es un libro que nunca se acaba de leer; al cerrarlo, uno se repite: "El Arbol de la Vida no conocerá ya primavera: es madera seca; de él, harán ataúdes para nuestros huesos, nuestros sueños y nuestros dolores." Y luego: ¿ahora qué? Ahora. Qué.

Madrid, 15 de julio de 1971.


Manuscrito de E.M. Cioran de "Del inconveniente de haber nacido", 1973

9 notas a partir de E.M. Cioran

Por Ezequiel D’León Masís

Émile Michele Cioran (Rumania, 1911-Francia, 1995) creía que, en el discurso de un filósofo, la incoherencia no es tan perjudicial al final de cuentas, debido a que ésta involucra un cambio autocrítico de posiciones. El hecho de que Cioran pensara así, lo hizo ser coherente con su filosofía. Sus ideas no responden a la tradición académica, sino a la fragmentación y al desconcierto de una época: si el siglo XX fuera un estado de ánimo, éste se hallaría retratado en libros tan suyos por tan humanos como Breviario de podredumbre (1949), Del inconveniente de haber nacido (1973) o Contra la historia (1983).
La sociedad tiende a señalar como pesimistas a ciertos mortales, cuando éstos no son sino decepcionados. Ese fue el drama de Cioran, también su jaula y su paradoja. Si bien sus propios editores lo tildaban de pesimista, él siempre supo que la decepción es confirmación y claridad del razonamiento, visión extrema de lo que se ha vivido en la práctica; mientras el pesimismo, en cambio, no va más allá de la ofuscación y la ignorancia.
Las preocupaciones reflexivas de Cioran nacieron de un profundo entendimiento de la realidad como hecho irrevocable para -o contra- el ser. No por azar, su línea de expresión fue escueta y casi siempre aforística, en cuya entonación se asentó la esencialidad del lenguaje y la severidad de lo espontáneo, lo lúdico y lo sombrío. Sus conclusiones desembocan en una suerte de realismo estricto o radicalizado, calificable acaso como cruel ante los ojos del lector incauto. En él, los ánimos propositivos son nulos. No es posible descubrir en Cioran señales de quijotismo, ni hay siquiera una propuesta de cambio social en sus ideas, ni un fin práctico, ni un limpio sistema filosófico planteado con las mejores intenciones. Es eso, de alguna manera, lo que salva a todo su pensamiento.
Según Cioran, la filosofía de Nietzsche "fue siempre la de un pensador adolescente". No se equivocaba Cioran, pues -al igual que Lutero veneró el concepto cristiano del destino y la voluntad divina- Nietzsche veneró la cátedra del eterno retorno: fue un fatalista excesivo. Nietzsche estuvo lejos de comprender -como sí lo hizo Cioran- que la filosofía no puede ser un simpático proyectito de humanidad.
Es impropio llamarle fatalista a Cioran. Él jamás concibió el "fatalis" místico de los romanos y si de ellos entendió algo fue el "factum" y no el "fatum"; asimiló el "factum" como acto fijo e irremediable. O sea, su manera de ver las cosas es fatídica sólo en lo tocante a su visión determinista de lo "irremediable" y no en las implicaciones que acarrea la mística tradicional del fatalismo. Lo que sí hay en Cioran es realismo, cierto realismo amargado si se quiere, pero nunca fatalismo.
Cioran pensaba que la libertad es un engaño fácil para los débiles mentales. Yo no lo creo. Todo está dado en relación con las dimensiones que le demos a la palabra "libertad". Tal vez, Cioran creyó demasiado en esa palabra al punto de negarla. La consideración sobre la libertad es distinta para cada sujeto, cosa que parecen haber olvidado también los existencialistas al formular recetarios improbables de una supuesta condenación a ser libres. El ser humano, en grados absolutos, no es libre, pero sí capaz de vivir, a momentos, la experiencia particular de "su" libertad. La libertad está donde no estén los prejuicios filosóficos (y otros prejuicios) del sujeto, es decir, donde el sujeto pueda ser un "sí mismo" pleno, donde su integridad subjetiva se separe de los esquemas que coartan su personalidad.
La antipatía de Cioran no era -como suele creerse- contra el mundo ni contra la sociedad, sino contra los absolutos; por eso, quizá, veía en la música el único logro de la humanidad entera.
Cioran ha dicho que el budismo no ha sido más que una especie de moda para los intelectuales occidentales. A mi parecer, las bases del budismo no deben descartarse por la simple circunstancia de la "moda" en Occidente. Aunque parezca absurdo, Cioran actúa como un vanidoso al advertir sólo eso, porque olvida que el budismo parte de la existencia individual del ser como verdad humana de sufrimiento. Además, el budismo no se relega a la sumisión respecto de una divinidad caprichosa, lo que la convierte en una doctrina religiosa menos idealista que el cristianismo.
El gran conflicto ético para el intelectual suele estar cifrado en el pragmatismo de sus ideas; la praxis es su prueba de fuego. Cioran, quien nunca se consideró intelectual, jamás tuvo reparos en ser criticado por su poca congruencia entre lo que decía y lo que hacía. Cioran odió las editoriales, pero éstas le dieron de comer caviar y buen vino. Así, su gran lección de ética fue no haber tenido ninguna, fuera de aquella que sí le corresponde a un sabio y su egoísmo.

Fuente: www.letralia.com

Del inconveniente de haber nacido

[De l'inconvénient d'être né, 1973]


I

Tres de la mañana. Percibo este segundo, después este otro; hago el balance de cada minuto.
¿A qué viene todo esto? A que he nacido.
De cierto tipo de vigilias viene la inculpación del nacimiento.

*

"Desde que estoy en el mundo", ese desde me parece cargado de un significado tan espantoso, que se torna insoportable.

*

Hay un conocimiento que quita peso y alcance a lo que uno hace; hasta el extremo él todo carece de fundamento, salvo él mismo. Puro, hasta el extremo, de abominar incluso de la idea de objeto, expresa esa suma sabiduría según la cual es la misma cosa cometer o no cometer un acto, implicando, al mismo tiempo, una satisfacción también extrema: la de poder repetirse en cada momento que nada de cuanto se haga merece la pena, que nada está realzado por ningún signo sustancial, que la "realidad" se inscribe en el dominio de la insensatez. Un conocimiento de esa clase merecería ser llamado póstumo, ya que se presenta como si el conocedor estuviera viva y no vivo, y no como si fuera ser y reminiscencia de ser. "Es cosa pasada", dice de todo lo que ejecuta en el instante mismo de la acción que, de esa manera, queda para siempre desprovista de presente.


*

No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento. Nos debatimos como sobrevivientes que tratan de olvidarla. El miedo a la muerte no es sino la proyección hacia el futuro de otro miedo que se remonta a nuestro primer momento.
Nos repugna, es verdad, considerar al nacimiento una calamidad: ¿acaso no nos han inculcado que se trata del supremo bien y que lo peor se sitúa al final, y no al principio, de nuestra carrera? Sin embargo, el mal, el verdadero mal, está detrás, y no delante de nosotros. Lo que a Cristo se le escapó, Buda lo ha comprendido: "Si tres cosas no existieran en el mundo, oh discípulos, lo Perfecto no aparecería en el mundo..." Y antes que la vejez y que la muerte, sitúa el nacimiento, fuente de todas las desgracias y de todos los desastres.

*

Se puede soportar cualquier verdad, por muy destructiva que sea, a condición de que sea total, que lleve en sí tanta vitalidad como la esperanza a la que ha sustituido.

*

No hago nada, es cierto. Pero veo pasar las horas lo cual vale más que tratar de llenarlas.

*

No reducirse a una obra; sólo hay que decir algo que pueda susurrarse al oído de un borracho o de un moribundo.

*

La imposibilidad de encontrar un solo pueblo, una sola tribu donde el nacimiento provoque duelo y lamentación, prueba hasta qué punto la Humanidad se encuentra en estado de regresión.

*

Rebelarse contra la herencia, es rebelarse contra millones de años, contra la primera célula.


*

Hay un dios al principio, cuando no al cabo de toda alegría.

*

Nunca estoy a gusto en lo inmediato, sólo me seduce lo que me precede, lo que me aleja de aquí, los innúmeros instantes en que yo no fui: lo no nato, en suma.

*

Necesidad física del deshonor. Me hubiera gustado ser hijo de verdugo.

*

¿Con qué derecho os ponéis a rezar por mí? No tengo necesidad de intercesores, me las arreglaré solo. De un miserable, tal vez lo aceptaría: de nadie más, aunque se tratara de un santo. No tolero que se preocupen por mi salvación. Si le temo y le huyo, qué indiscretas resultan entonces vuestras plegarias. Dirigidlas a otra parte, de todas formas no estamos al servicio de los mismos dioses. Si los míos son impotentes, no hay razón para creer que los vuestros lo sean menos. Y aun suponiendo que sean tal y como los imagináis, todavía les faltaría el poder de curarme de un horror más viejo que mi memoria.


*

¡Qué miserable es la sensación! Incluso el éxtasis no es, quizá sino una más.


*

Des-hacer, des-crear, es la única tarea que el hombre puede asignarse si aspira, como todo lo indica, a distinguirse del Creador.


*

Se que mi nacimiento es una casualidad, un accidente risible, y, no obstante, apenas me descuido me comporta como si se tratara de un acontecimiento capital, indispensable para la marcha y el equilibrio del mundo.


*

Haber cometido todos los crímenes: salvo el de ser padre.


*

Por regla general, los hombres esperan la decepción: saben que no deben impacientarse, que llegará tarde o temprano, que les concederá los plazos necesarios para que puedan entregarse a sus actividades momentáneas. Con el desengañado sucede de otra manera: para él la decepción sobrevino en el momento mismo de la acción; no necesita acecharla porque está presente. Al liberarse de la sucesión, ha devorado lo posible y convertido el futuro en superfluo. "Yo no puedo encontraros en vuestra futuro, dice a los otros. No tenemos un solo instante que nos sea común." Y es que para él, el porvenir en su totalidad está ya ahí.
Cuando se percibe el fin en los comienzos, se va más aprisa que el tiempo. La iluminación, decepción fulgurante, otorga una certeza que transforma al desengañado en liberado.

*

Me desligo de las apariencias y, no obstante, me enredo en ellas; mejor dicho: estoy a medio camino entre esas apariencias y eso que las invalida, eso que no tiene ni nombre ni contenido, eso que no es nada y que es todo. Nunca daré el paso decisivo fuera de ellas. Mi naturaleza me obliga a flotar, a eternizarme en el equívoco, y si tratara de decidirme, sea en un sentido o en otro, perecería por salvarme.


*

Mi facultad de decepción sobrepasa el entendimiento. Ella es quien me hace comprender a Buda, pero también es ella quien me impide seguirlo.


*

Si algo no logra ya apiadarnos, deja de existir, de ser tomado en cuenta. Por eso nuestro pasado deja de pertenecernos tan pronto se convierte en historia, en algo que no interesa ya a nadie.


*

Aspirar, en lo más profundo de uno mismo, a estar tan desposeído, a ser tan lamentable como Dios.

*

El verdadero contacto entre los seres sólo se establece en la presencia muda, en la aparente no comunicación, en el intercambio misterioso y sin palabras que se asemeja a la plegaria interior.

*

Lo que sé a los sesenta años, ya lo sabía a los veinte. Cuarenta años de un largo, superfluo trabajo de comprobación.

*

Estoy, por lo general, tan seguro de que todo está desprovisto de consistencia, de fundamento, de justificación, que aquel que osara contradecirme, aunque fuera el hombre que más estimo, me parecería un charlatán o un imbécil.

*

Desde la infancia percibía ya el deslizarse de las horas, libres de toda referencia, de todo acto y de todo acontecimiento, el desglose del tiempo de lo que no era tiempo, su existencia autónoma, su estatuto particular, su imperio; su tiranía. Recuerdo con perfecta claridad aquella tarde en que, por vez primera, frente al universo vacante, yo era sólo una fuga de instantes rebeldes que se negaban a cumplir su función propia. El tiempo se desprendía del ser a mis expensas.


*

A diferencia de Job, no maldije el día de mi nacimiento; a todos los otros días, en cambio, los he cubierto de anatemas.


*

Si la muerte sólo tuviera facetas negativas, morir sería un acto impracticable.

*

Todo es; nada es. Una y otra fórmula aportan igual serenidad. El ansioso, para su desgracia, se queda entre las dos, tembloroso y perplejo, siempre a merced de un matiz, incapaz de establecerse en la seguridad del ser o de la ausencia de ser.

*

En la costa normanda, a hora tan temprana, no necesitaba a nadie. La presencia de las gaviotas me molestaba y las hice huir a pedradas. En sus chillidos de estridencias sobrenaturales comprendí que era eso precisamente lo que necesitaba, que sólo lo siniestro podía apaciguarme, y que para hallarlo me había levantado tan de mañana.

*

Estar vivo; de pronto me sorprende lo extraño de esta expresión, si no estuviera referida a nadie.

*

Cada vez que estoy mal y me apiado de mi cerebro, me siento llevado por un irresistible deseo de proclamar. Entonces adivino de qué pedestres abismos surgen reformadores, profetas y salvadores.

*

Me gustaría ser libre, inimaginablemente libre. Libre como un ser abortado.

*

Si entran en la lucidez tanta ambigüedad y confusión, es porque esa lucidez es el resultado del mal uso que hemos hecho de nuestras vigilias.

*

La obsesión del nacimiento, al transportarnos más acá de nuestro pasado, nos hace perder el gusto por el futuro, por el presente y hasta por el pasado.

*

Raros son los días en que, proyectado hacia la post historia, no asisto a la hilaridad de los dioses frente al episodio humano.
Hace falta una visión de repuesto, pues la del Juicio Final ya no convence a nadie.

*

Una idea, un ser, cualquier cosa que se encarna pierde su figura, se convierte en algo grotesco. Frustración de lo que quiere realizarse. Nunca evadirse de lo posible, regodearse en eternidad veleidosa, olvidarse de nacer.

*

La única, la verdadera mala suerte: nacer. Se remonta a la agresividad, al principio de expansión y de rabia aposentado en los orígenes, en el impulso hacia lo peor. No es de extrañar que todo ser venido al mundo sea un maldito.

*

Cuando se vuelve a ver a alguien después de muchos años, habría que sentarse, uno frente al otro, y no decir nada durante horas para que, al amparo del silencio, la consternación pudiese saborearse a sí misma.

*

Días milagrosamente cuajados de esterilidad. Y yo, en vez de alegrarme, de cantar victoria, de convertir esa sequedad en fiesta, de ver un ejemplo de mi realización y madurez, de mi desapego, me dejo invadir por el despecho y el mal humor: así de tenaz es en nosotros el hombre viejo, la chusma turbulenta incapaz de hacerse a un lado.

*

Me atrae la filosofía hindú cuyo propósito esencial es el de superar el yo: todo lo que hago y todo lo que pienso es únicamente yo y desgracias del yo.

*

Mientras actuamos tenemos una finalidad; una vez terminada, la acción no tiene más realidad para nosotros que el fin que hemos perseguido. Nada consistente había, pues, en todo eso, salvo el juego. Pero hay quienes tienen conciencia de ese juego durante la acción misma: viven la conclusión en las premisas, lo realizado en lo virtual, minan lo serio por el hecho de existir.
La visión de la no realidad, de la carencia universal, es el resultado combinado de una sensación cotidiana y de un brusco temblor. Todo es juego: sin esta revelación fulminante, la sensación que uno arrastra a lo largo de los días no tendría ese sello de evidencia que necesitan las experiencias metafísicas para distinguirse de sus imitaciones: los malestares. Pues todo malestar no es sino una experiencia metafísica abortada.

*

Cuando uno ha agotado el interés que tenía por la muerte, y da por concluido el asunto, retrocede hasta el nacimiento, y se dispone a afrontar un abismo, también inagotable...

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En este momento, me siento mal. Este acontecimiento, crucial para mí, es inexistente, inconcebible para el resto de los seres, de todos los seres. Salvo para Dios, si es que esa palabra tiene algún sentido.

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Por todas partes se dice que, si todo es fútil, hacer bien lo que se hace no lo es. No obstante, hasta eso es frívolo. Para llegar a esta conclusión, y afrontarla, no hay que practicar ningún oficio, salvo el de rey, como Salomón.

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Reacciono como todo el mundo, incluso como aquellos a quienes más desprecio; pero me recobro arrepintiéndome de todo lo que hago, sea bueno o malo.

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¿Dónde están mis sensaciones? Se han desvanecido en... mí, ¿y qué es ese yo sino la suma de esas sensaciones evaporadas?

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Extraordinario y sin ningún valor: estos adjetivos se aplican a un cierto acto, y, en consecuencia, a todo lo que de él resulta: a la vida en primer lugar.

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La lucidez es el único vicio que hace al hombre libre: libre en un desierto.

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A medida que los años pasan, decrece el número de seres con quienes puede uno entenderse. Cuando no haya ya nadie a quien dirigirse, seremos al fin tal y como se era antes de sucumbir en un nombre.

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Cuando se rechaza el lirismo, emborronar una página se convierte en un infortunio: ¿qué sentido tiene escribir para decir exactamente lo que se tenía que decir?

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Es imposible aceptar ser juzgado por alguien que ha sufrido menos que nosotros. Y como cada cual se cree un Job desconocido...

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Sueño con un confesor ideal a quien decirle todo, confesarle todo: sueño con un santo hastiado.


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Después de siglos y siglos de morir, lo viviente se ha acostumbrado a estar vivo: de otra forma no se explicaría uno cómo un insecto o un roedor, el hombre inclusive, llegan, con algunos remilgos, a reventar tan dignamente.

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El paraíso no era un lugar soportable, de lo contrario el primer hombre se hubiera adaptado a él; este mundo tampoco lo es, ya que en él se añora el paraíso o se da otro por seguro. ¿Qué hacer? ¿Dónde ir? No hagamos nada, no vayamos a ningún sitio, así, sin más.

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La salud es un bien, cierto; pero a los que la poseen les ha sido negada la suerte de saberlo, pues una salud consciente de sí misma es una salud en peligro. Y como nadie goza con su carencia de enfermedades, se puede decir sin exageración que los sanos tienen un justo castigo.

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Algunos tienen desgracias; otros, obsesiones. ¿Quiénes son más dignos de lástima?
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No me gustaría que fuesen justos conmigo: podría prescindir de todo, salvo del tónico de la injusticia.

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"Todo es dolor", esta fórmula budista modernizada daría: "Todo es pesadilla."
De la misma manera el nirvana, llamado a poner término a un tormento más generalizado, dejaría de ser un recurso reservado sólo a algunos, para tornarse universal como la pesadilla misma.

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Qué es una crucifixión única comparada con la cotidiana que sobrelleva quien padece de insomnio?

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Cuando me paseaba, tarde, por el camino bordeado de árboles, una castaña cayó a mis pies. El ruido que hizo al estallar, el eco que se suscitó en mi, y un temblor desproporcionado con respecto a ese ínfimo incidente, me sumergieron en el milagro, en la embriaguez de lo definitivo, como si no hubiera ya más preguntas, sólo respuestas. Me sentía ebrio de mil evidencias inesperadas con las que no sabía qué hacer...
Así fue como estuve a punto de alcanzar mi momento supremo. Pero creí preferible continuar el paseo.

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Confesamos nuestras penas a otra persona sólo para hacerla sufrir, para que cargue con ellas. Si quisiéramos que se apegara a nosotros, le hablaríamos de nuestros tormentos abstractos, únicos que acogen con presteza todos los que nos aman.

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No me perdono el haber nacido. Es como si, al insinuarme en este mundo, hubiese profanado un misterio, traicionado algún compromiso de magnitud, cometido una falta de gravedad sin nombre. Pero a veces soy menos tajante: nacer me parece una calamidad que, de no haberla conocido, me tendría inconsolable.

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El pensamiento no es nunca inocente. Porque es implacable, porque es agresión, nos ayuda a romper nuestras trabas. Si se suprimiera lo que entraña de maldad, e incluso de demoníaco, habría que renunciar también al concepto de liberación.

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El medio más seguro para no equivocarse, es socavar certidumbre tras certidumbre.
De lo cual resulta también que todo lo que cuenta fue hecho fuera de la duda.

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Desde hace tiempo, desde siempre, tengo conciencia de que este mundo no es el que necesitaba y que no podría habituarme a él; por eso, y sólo por eso, he adquirido algo de orgullo espiritual, y mi existencia se me presenta como la degradación y el desgaste de un salmo.

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Nuestros pensamientos, a sueldo de nuestro pánico, se orientan hacia el futuro, siguen el camino del temor, desembocan en la muerte. Dirigirlos hacia su nacimiento y obligarlos a permanecer allí, es invertir su curso y hacerlos retroceder. De ese modo pierden el vigor, la desapacible tensión que yace en el fondo del horror a la muerte, y que les sirve a nuestros pensamientos para dilatarse, enriquecerse, fortalecerse. Y así se comprende que, al recorrer el camino a la inversa, llegan tan empobrecidos, tan cansados a su frontera primitiva, que ya no les queda ninguna energía para mirar más allá, hacia lo nunca nato.

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No son mis comienzos lo que me interesa, sino el comienzo. Si tropiezo con mi nacimiento, obsesión mínima, es a falta de poder saltar sobre el primer momento del tiempo. Todo malestar individual nos devuelve, a fin de cuentas, a un malestar cosmogónico, pues cada una de nuestras sensaciones expía ese delito de la sensación primordial por el cual el ser se deslizó fuera de no se sabe dónde...

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De nada vale anteponernos al universo, de todas formas nos odiamos más de lo que imaginamos. Si el sabio resulta una aparición tan insólita, es porque no parece contaminado por la aversión que, igual que todos los seres, debería abrigar hacia sí mismo.

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Ninguna diferencia entre el ser y el no ser, si uno los aprehende con igual intensidad.

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El no-saber es el fundamento de todo, crea todo mediante un acto que repite a cada instante, engendra este mundo y cualquier otro pues no cesa de tomar por real aquello que no lo es. El no-saber es la gran equivocación que sirve de base a todas nuestras verdades; el no-saber es más antiguo y más poderoso que todos los dioses reunidos.

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En esto se reconoce a aquél que tiene disposiciones para la búsqueda interior: pondrá el fracaso por encima de cualquier éxito, buscará incluso ese fracaso; inconscientemente, claro está. Y es que el fracaso, siempre esencial, nos desenmascara, nos permite vernos como Dios nos ve, mientras que el éxito nos aleja de lo que hay de más íntimo en nosotros y en todo.

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Hubo un tiempo en que el tiempo no existía... El rechazo del nacimiento no es otra cosa que la nostalgia de ese tiempo anterior al tiempo.

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Cuando pienso en tantos amigos que ya no existen, siento lástima por ellos. Sin embargo, no resultan tan dignos de compasión, pues han resuelto todos sus problemas, empezando por el de la muerte.

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Hay en el hecho de nacer una ausencia tal de necesidad, que cuando se piensa en ello con un poco más de detenimiento, a falta de saber cómo reaccionar, uno se queda con la boca abierta.

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Dos tipos de espíritu: diurnos y nocturnos. No tienen el mismo método ni la misma ética. En pleno día uno se vigila; en la oscuridad se dice todo. Las consecuencias saludables o enojosas de lo que piensa le importan poco al que se interroga durante las horas en que los demás se entregan al sueño. Rumia la mala suerte de haber nacido sin preocuparse del daño que puede hacerle a otro, o a sí mismo. Después de medianoche empieza la embriaguez de las verdades perniciosas.

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A medida que uno acumula años, se va formando una imagen cada vez más sombría del porvenir. ¿Es sólo para consolarse de estar excluido? Sí, en apariencia; no de hecho, pues el porvenir siempre ha sido atroz, ya que el hombre sólo sabe remediar sus males agravándolos, de modo que en cada época la existencia es más tolerable antes de encontrar la solución a las dificultades del momento.

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En las grandes perplejidades, redúcete a vivir como si la historia estuviese clausurada, y a reaccionar como un monstruo devorado por la serenidad.

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Si, antaño, frente a un muerto me preguntaba: "¿De qué le sirvió nacer?", hoy me pregunto lo mismo ante cualquiera que esté vivo.

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El apesadumbrarse sobre el nacimiento es sólo el gusto por lo insoluble llevado hasta la insanía.

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Con respecto a la muerte oscilo sin cesar entre el "misterio" y la "nada", entre las Pirámides y la Morgue.

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Es imposible sentir que hubo un tiempo en que uno no existía. De ahí ese apego al personaje que se era antes de nacer.

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"Meditad solamente una hora en la inexistencia del "yo", y os sentiréis otro hombre", decía a un visitante occidental un bonzo japonés de la secta Kousha.
Sin haber frecuentado los conventos budistas, ¿cuántas veces no me he detenido en la irrealidad del mundo y, por lo tanto, en la del yo? No me he convertido en otro hombre, pero me quedó, es cierto, el sentimiento de que mi yo no es real de ninguna forma y de que, perdiéndolo, no pierdo nada, salvo algo, salvo todo.

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En lugar de detenerme al hecho de nacer como me aconseja el sentido común, me arriesgo, me arrastro hacia atrás, retrocedo cada vez más hacia no sé qué comienzos, voy de origen en origen. Un día, quizá, logre alcanzar el origen mismo, para descansar en él, o hundirme.

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Fulano me insulta. Estoy a punto de abofetearlo. Reflexiono y me abstengo.
¿Quién soy, cuál es mi verdadero yo: el que replica o el que se echa, para atrás? Mi primera reacción es siempre enérgica; la segunda, débil. Eso que llaman "sensatez" es, en el fondo, "reflexión", es decir, la no acción como primer movimiento.

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Si el apego es un mal, hay que buscar su causa en el escándalo del nacimiento, pues nacer es apegarse. El desapego debería, pues, aplicarse a hacer desaparecer las huellas de ese escándalo, el más grave y el más intolerable de todos.

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Frente a la ansiedad y al enloquecimiento: la calma súbita al pensar en el feto que se ha sido.

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En ese instante preciso, ningún reproche que venga de los hombres o de los dioses podría afectarme: tengo la conciencia tan tranquila como si nunca hubiese existido.

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Es un error creer que hay una relación directa entre sufrir reveses y encarnizarse contra el nacimiento. Esta animosidad tiene raíces más profundas y más lejanas, y sucedería aunque no hubiera ni la sombra de su reproche contra la existencia. Incluso es mucho más virulenta cuanto más pródiga es la suerte.

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Tracios y Bogomiles: no puedo olvidar que he frecuentado los mismos parajes que ellos, ni que unos lloraban por los recién nacidos, y que los otros, para absolver a Dios, hacían responsable a Satanás de la infamia de la Creación.

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Durante las largas noches de las cavernas, cantidad de Hamlets deberán de monologar continuamente, ya que cabe suponer que el apogeo del tormento metafísico se sitúa mucho antes de esa insipidez universal que sigue al advenimiento de la Filosofía.

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La obsesión del nacimiento procede de una exacerbación de la memoria, de una omnipresencia del pasado, así como también de una avidez por el callejón sin salida, del primer callejón sin salida. Ninguna apertura, y en consecuencia ningún gozo, que venga de lo pasado, sino únicamente del presente y de un porvenir emancipado del tiempo.

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Durante años, durante una vida, pensar sólo en los últimos momentos para comprobar, cuando por fin se acerca uno a ellos, que ha sido inútil, que la idea de la muerte ayuda a todo, salvo a morir.

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Son nuestras desazones las que suscitan, las que crean la conciencia; una vez cumplida su misión, se debilitan y desaparecen una tras otra: La conciencia permanece y les sobrevive sin acordarse de lo que les debe, sin siquiera haberlo sabido. Y, aun cuando se deteste y quisiera aniquilarse, no se cansa de proclamar su autonomía, su soberanía.

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Según la regla de San Benito, si un monje se tornaba orgulloso, o solamente contento de su trabajo, debía apartarse de él y abandonarlo.
He aquí un peligro que no teme el que haya vivido en el apetito de la insatisfacción, en la orgía del remordimiento y del asco.

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Si es verdad que Dios detesta tomar partido, yo no me sentiría nada incómodo en su presencia, tal sería mi placer de imitarlo en todo, de ser, como El, un sin opinión.

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Levantarse, acicalarse y después esperar alguna variante imprevista de tedio o de horror.
Daría el mundo entero y todo Shakespeare por una brizna de ataraxia.

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¡Qué suerte la de Nietzsche, haber terminado como terminó: en plena euforia!

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Referirse sin cesar a un mundo donde todavía nada se humillaba al surgimiento, donde se presentía la conciencia sin desearla, donde, encenegado en lo virtual, se gozaba de la plenitud nula de un yo anterior al yo...
No haber nacido, de solo pensarlo, ¡qué felicidad, qué libertad, qué espacio!


II

Si el hastío del mundo confiriera por sí solo la santidad, no veo cómo yo podría evitar la canonización.

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Nadie ha vivido tan apegado a su esqueleto como yo al mío: de ello ha resultado un diálogo sin fin y algunas verdades que no acabo de aceptar ni de rechazar.

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Es mucho más fácil avanzar con vicios que con virtudes. Los vicios, acomodaticios por naturaleza, se ayudan, son indulgentes unos con otros; en cambio las virtudes, celosas, se combaten y se anulan, y muestran en todo su incompatibilidad y su intolerancia.

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El creer en lo que uno hace o en lo que hacen los otros es entusiasmarse con tonterías. Se debería abandonar sin más a los simulacros; e incluso a las "realidades", situarse fuera de todo y de todos, apartar o aplastar los apetitos, vivir, como dice un proverbio hindú, can tan pocos deseos como un "elefante solitario".

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Todo se lo perdono a Fulano a causa de su sonrisa pasada de moda.

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No es humilde aquel que se odia.

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El algunos, todo, absolutamente todo, tiene que ver con la fisiología: su cuerpo es su pensamiento, su pensamiento es su cuerpo.

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El Tiempo, fecundo en recursos, mucho más imaginativo y caritativo de lo que se piensa, posee una extraordinaria capacidad de ayuda al procurarnos, en cualquier momento, alguna nueva humillación.

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Siempre he buscado paisajes anteriores a Dios. De ahí mi debilidad por el Caos.

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He decidido no detestar más a nadie desde que he observado que termino siempre por parecerme a mi último enemigo.

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Durante bastante tiempo viví con la idea de ser el hombre más normal del mundo. Esta idea me proporcionaba la afición, o mejor, la pasión por la improductividad: ¿qué sentido tiene sobresalir en un mundo de locos, hundido en la estupidez o el delirio? ¿Para quién prodigarse y con qué fin? Queda por saber si me he liberado enteramente de esta certeza, salvadora en el absoluto, ruinosa en lo inmediato.

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Los violentos son por lo general unos enclenques, unos "reventados". Viven en perpetua combustión, a expensas de su cuerpo, exactamente como los ascetas, quienes, al ejercitarse en la quietud, en la paz, se desgastan y se agotan lo mismo que los furiosos.

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Sólo se deberían escribir libros para decir cosas que uno no se atrevería a confiar a nadie.

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Cuando Mara, el Tentador, intenta suplantar a Buda, éste le dice: "¿Con qué derecho pretendes reinar sobre los hombres y sobre el universo? ¿Acaso has sufrido por el conocimiento?"
He ahí la pregunta capital, quizá la única que debería uno hacerse al indagar sobre alguien, principalmente sobre un pensador. Habría que establecer la diferencia entre aquellos que han pagado por el menor paso hacia el conocimiento y aquellos, mucho más numerosos, a quienes les fue otorgado un saber cómodo, indiferente, un saber sin adversidades.

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Se dice: fulano no tiene talento, sólo tiene un estilo. Pero justamente es ese estilo particular lo que no se puede inventar, es con lo que se nace. Es una gracia heredada, el privilegio que tienen algunos de hacer sentir su pulsación orgánica: es algo más que el talento, es su esencia.

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El mismo sentimiento de no pertenencia, de juego inútil, donde quiera que vaya: simulo interesarme por lo que no me importa, me afano por automatismo o por caridad, sin involucrarme jamás, sin estar nunca en ninguna parte. Lo que me atrae está en otro lado, y ese otro lado no sé qué es.

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Mientras más se alejan los hombres de Dios, más avanzan en el conocimiento de las religiones.

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"...Pero Elhoin sabe que el día en que comiereis de ello vuestros ojos se abrirán."
Apenas abiertos, el drama dio comienzo. Mirar sin comprender: eso es el paraíso. El infierno será, pues, el lugar donde se comprende, donde se comprende demasiado...

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Sólo me entiendo bien con alguien que se encuentra en lo más bajo de sí mismo, sin el deseo ni la fuerza de recuperar sus ilusiones habituales.

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Juzgando sin piedad a nuestros contemporáneos, se tiene la oportunidad de presentarse a los ojos de la posteridad como un espíritu clarividente. Al mismo tiempo se renuncia al aspecto azaroso de la admiración y los riesgos maravillosos que supone. Porque la admiración es una aventura, la más imprevisible: puede ocurrir que acabe con bien.

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Las ideas vienen caminando, decía Nietzsche. El andar disipa el pensamiento, enseñaba Sankara.
Las dos tesis están igualmente fundamentadas, y son igualmente verdaderas, y cualquiera puede probarlo en el lapso de una hora, y a veces de un minuto.

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Ninguna originalidad literaria es posible si no se tortura, si no se machaca el lenguaje. Otra cosa sucede si uno se atiene a la expresión de la idea como tal. Es este un sector donde las exigencias no han variado desde los presocráticos.

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¡Que no sea posible remontarse sobre el concepto, escribir a ras del sentir, registrar las variaciones ínfimas de lo que se toca, hacer lo que haría un reptil si se pusiera a escribir!

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Todo lo bueno que podamos tener viene de nuestra indolencia, de nuestra incapacidad de pasar a la acción, de llevar a cabo nuestros proyectos y designios. es la imposibilidad o el rechazo a realizarnos lo que mantiene nuestras "virtudes", y es la voluntad de dar nuestro máximo lo que nos lleva a los excesos y a los desajustes.

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Ese "glorioso delirio" del que habla Teresa de Avila para marcar una de las fases de unión con Dios, es lo que un espíritu endurecido, y por fuerza envidioso, no le perdonará jamás a un místico.

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No existe un sólo instante en el que no haya estado consciente de encontrarme fuera del Paraíso.

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Sólo lo que se, esconde es profundo y es verdadero. De ahí la fuerza de los sentimientos viles.

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Ama nesciri, dice la Imitación. Ama ser ignorado. Sólo se está contento del mundo y de uno mismo conformándose a este precepto.

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El valor intrínseco de un libro no depende de la importancia del tema (si no, los teológicos serían los más importantes), sino de la forma de abordar lo accidental y lo insignificante, de dominar lo ínfimo. Lo esencial no ha necesitado nunca del menor talento.

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El sentimiento de tener diez mil años de retraso, o de adelanto, sobre los demás, de pertenecer a los inicios o al fin de la Humanidad...

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La negación no parte nunca de un razonamiento, sino de un no se sabe qué de oscuro y antiguo. Los argumentos vienen después, para justificarla y apuntalarla. Todo no surge de la sangre.

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En favor de la erosión de la memoria: recordar las primeras iniciativas de la materia y el peligro de vivir que de ello ha resultado...

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Siempre que no pienso en la muerte tengo la impresión de trampear, de engañar a alguien dentro de mí.

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Hay noches que ni el más ingenioso torturador podría haber inventado. Sale uno deshecho, estupidizado, perdido. Sin recuerdos ni presentimientos, y sin saber siquiera quién se es. Y entonces es cuando el día parece inútil, y la luz perniciosa y más opresora aún que las tinieblas.

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Un pulgón consciente tendría que desafiar exactamente las mismas dificultades, el mismo género de insolubles que el hombre.

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Vale más ser animal que hombre, insecto que animal, planta que insecto, y así sucesivamente.
¿La salvación? Es todo lo que disminuye el reino de la conciencia y compromete su supremacía.

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Tengo todos los defectos de los demás, y, sin embargo, todo lo que hacen me parece inconcebible.

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Mirando las cosas desde el punto de vista de la naturaleza, el hombre fue hecho para vivir hacia el exterior. Si quiere ver dentro de sí mismo, debe cerrar los ojos, renunciar a la acción, salir de la corriente. Lo que se llama "vida interior" es un fenómeno tardío sólo posible por una disminución en nuestras actividades vitales: el "alma" surgió y se desarrolló a expensas del buen funcionamiento de los órganos.

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La mínima variación atmosférica pone en entredicho mis proyectos, por no decir mis convicciones. Esta forma de dependencia, la más humillante que existe, no deja de deprimirse disipando al mismo tiempo las pocas ilusiones que me quedaban sobre mis posibilidades de ser libre, o, sencillamente, sobre la libertad. ¿De qué sirve pavonearse si se está a merced de lo Húmedo y de lo Seco? Se desearía una esclavitud menos lamentable y dioses de otra ralea.

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No merece la pena matarse: siempre lo hace uno demasiado tarde.

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Cuando se sabe de manera absoluta que todo es irreal, no tiene ningún sentido fatigarse para demostrarlo.

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La luz se prostituye a medida que se aleja del alba y avanza en el día, y sólo se redime ética del crepúsculo en el momento de desaparecer.

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En los escritos budistas se habla a veces del "abismo del nacimiento". Es, en efecto, un abismo, una sima donde no se cae sino, por el contrario, de donde se emerge para mayor desgracia de cada cual.

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A intervalos cada vez más aislados, accesos de gratitud hacia Job y Chamfort, hacia la vociferación y el vitriolo...

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Toda opinión, todo punto de vista es necesariamente parcial, trunco, insuficiente. En filosofía, como en cualquier cosa, la originalidad se reduce a definiciones incompletas.

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Considerando detenidamente nuestros actos llamados generosos, no hay ninguno que, en cierta forma, no sea condenable e incluso dañino, capaz de inspirarnos el arrepentimiento por haberlo ejecutado, de tal forma que no nos queda más que optar por la abstención o por el remordimiento.

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La fuerza explosiva de la menor mortificación. Todo deseo vencido da fuerza. Mientras más se aleja uno de este mundo sin adherirse a él, mejor se le domina. La renuncia confiere un poder infinito.

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En lugar de que mis decepciones converjan hacia un centro y se constituyan, si no en sistema, al menos en un conjunto, se han desperdigado, creyéndose cada cual única y perdiéndose por falta de organización.
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Sólo tienen éxito las filosofías y las religiones que nos halagan, ya sea en nombre del progreso o en el del infierno. Condenado o no, el hombre experimenta una necesidad absoluta de estar en el centro de todo. Incluso por esta razón es hombre, se hizo hombre. Y si un día no sintiera ya esa necesidad, tendría que eclipsarse en favor de otro animal más orgulloso y más loco.

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Le repugnaban las verdades objetivas, el trabajo de la argumentación, los razonamientos sostenidos. No le gustaba demostrar, no le importaba convencer a nadie El Otro es una invención de dialecto.

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Mientras más le perjudica a uno el tiempo, más se quiere huir de él. Escribir una página sin defecto, una frase solamente, le eleva a uno por encima del devenir y de sus corrupciones. Se trasciende la muerte por la búsqueda de lo indestructible a través del verbo, a través del símbolo mismo de la caducidad.

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En el punto crucial de un fracaso, en el momento en que la vergüenza amenaza con aniquilarnos, de pronto nos invade un frenesí de orgullo que sólo dura lo suficiente para vaciarnos, para dejarnos sin energía, para hacer descender, con nuestras fuerzas, la intensidad de la vergüenza.

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Si la muerte es tan horrible como se pretende, ¿cómo es posible que al cabo de cierto tiempo estimemos feliz a quienquiera que, amigo o enemigo, haya dejado de vivir?

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Más de una vez me ha ocurrido salir de casa porque, de haberme quedado, no estaba seguro de poder resistir a alguna resolución súbita. La calle es más tranquilizadora porque se piensa menos en uno mismo, y porque en ella todo se debilita y se deteriora, empezando por las angustias.

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Lo propio de la enfermedad es velar cuando todo duerme, cuando todo descansa, incluso el enfermo.

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Siendo joven se tiene cierto gusto por los padecimientos. ¡Parecen tan nuevos, tan magníficos. Con la edad ya no sorprenden, pues se les conoce demasiado. Ahora bien, si no fuera por su punto de imprevisibilidad, no valdría la pena soportarlos.

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En cuanto uno apela a lo más íntimo de sí mismo y empieza a actuar y a manifestarse, se atribuye dones y se insensibiliza hacia las propias lagunas. Nadie está en condiciones de admitir que lo que surge de su interior podría no valer nada. ¿El "conocimiento de sí"? Una contradicción en los términos.

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Todos esos poemas donde sólo es cuestión del Poema, toda esa poesía que no tiene otra materia que sí misma. ¿Qué se diría de una plegaria cuyo objeto fuera la religión?

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El espíritu que duda de todo llega, al cabo de mil interrogaciones, a una apatía casi total, a una situación que justamente el apático conoce a primera vista, por instinto. Pues ¿qué es la abulia, sino una perplejidad congénita?

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¿Qué decepción que Epicuro, el sabio que más necesito, haya escrito más de trescientos tratados! Y qué alivio que se hayan perdido.

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-¿Qué hace usted todo el día?
Me soporto.

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Frases de mi hermano a propósito de los trastornos y las enfermedades que padeció nuestra madre: "La vejez es la autocrítica de la naturaleza."
"Hay que estar ebrio o loco, decía Sieyès, para hablar bien las lenguas conocidas."
Hay que estar ebrio o loco, agregaría yo, para atreverse a utilizar las palabras, cualquier palabra.

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El fanático del hastío elíptico está llamado a sobresalir en cualquier carrera, salvo en la de escritor.

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Habiendo vivido siempre con el temor de ser sorprendido por lo peor, he tratado, en todas las circunstancias, de adelantarme lanzándome a la desgracia mucho antes de que sucediera.

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No se envidia a aquellos que tienen la facultad de rezar, pero sí a los poseedores de bienes, a los que tienen riquezas y fama. Es extraño que uno acepte la salvación de otro y no el que pueda gozar de unas cuantas ventajas fugaces.

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No he encontrado ningún espíritu interesante que no esté ampliamente dotado de deficiencias inconfesables.

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No hay arte verdadero que no contenga una fuerte dosis de banalidad. Aquel que emplea lo insólito de una manera constante cansa pronto, pues nada es tan insoportable como la uniformidad de lo excepcional...

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El inconveniente de escribir en una lengua ajena es no tener derecho a cometer demasiados errores. Ahora bien, buscando la incorrección sin abusar de ella, rozando a cada momento el solecismo, es como se le da una apariencia de vida a la escritura.

*

Cada cual cree, de manera inconsciente, que es el único que persigue la verdad, que los demás son incapaces de buscarla e indignos de alcanzarla. Esta locura está tan arraigada y es tan útil, que es imposible imaginar lo que ocurriría con cada uno de nosotros si un día desapareciera.

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El primer pensador fue sin duda alguna el primer maniático del por qué. Manía poco habitual y de ninguna manera contagiosa. Raros, en efecto, son los que la padecen, los que están roídos por la pregunta y sin poder aceptar ninguna certeza, pues nacieron en la consternación.

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Ser objetivo es tratar al prójimo como se trata a un objeto, a un muerto, es comportarse con él como un sepulturero.

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Este instante ha desaparecido para siempre, se ha perdido en la masa anónima de lo irrevocable. No volverá nunca. Sufro por ello, y no sufro. Todo es único e insignificante.

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Emily Brontë. Todo lo que emana de Ella tiene la particularidad de conmoverme. Haworth es mi lugar de peregrinación.

*

Caminar a orillas de un río, pasar, correr por el agua, sin esfuerzo, sin precipitación, mientras que la muerte continúa en nosotros su rumiar, su soliloquio ininterrumpido.

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Solo Dios tiene el privilegio de abandonarnos. Los hombres únicamente pueden dejarnos.

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Sin la facultad de olvidar, nuestro pasado tendría un peso tal sobre nuestro presente, que no soportaríamos abordar un solo instante más, y muco menos entrar en él. La vida sola le resulta soportable a los caracteres triviales, a aquellos que, precisamente, no recuerdan.

*

Cuenta Porfiro que Plotino tenía el don de leer en las almas. Un día, sin más preámbulo, le dijo a su discípulo, muy sorprendido, que no intentara matarse y que emprendiera mejor un viaje. Porfirio partió para Sicilia: allí se curó de su melancolía, pero, agrega lleno de pesar, no asistió a la muerte de su maestro ocurrida durante su ausencia.
Hace tiempo que los filósofos no leen en las almas. No es su oficio, se dirá. Es posible. Pero entonces no debe sorprendernos que ya no nos interesen.

*

Una obra existe cuando se ha preparado en la sombra con la atención, con el cuidado con que el asesino medita su golpe. En ambos casos lo principal es la voluntad de acertar.

*

El conocimiento de sí mismo, el más amargo de todos, es el que menos se cultiva: ¿qué sentido tiene entonces sorprenderse a cada instante en flagrante delito de ilusión, remontar sin piedad hasta la raíz de cada acto y perder causa tras causa ante el propio tribunal?
*

Cada vez que olvido algo, pienso en la angustia que deben experimentar los que saben que ya no se acuerdan de nada. Pero algo me dice que al cabo de cierto tiempo se ven poseídos por una secreta alegría que no aceptarían cambiar por ninguno de sus recuerdos, incluso por los más excitantes.

*

Pretenderse más desapegado, más ajeno a todo que cualquiera, y no ser más que un loco de la indiferencia.

*

Mientras más nos encontramos a merced de impulsos contradictorios, menos sabemos ante cuál ceder. No tener carácter es eso y nada más.

*

El tiempo puro, el tiempo decantado, liberado de acontecimientos, de seres y de cosas, no se manifiesta sino en ciertos momentos de la noche, cuando se le siente avanzar con el único propósito de llevarlo a uno hacia una catástrofe ejemplar.


III

Sentir bruscamente que uno sabe tanto como Dios de todas las cosas, y ver desaparecer, con igual brusquedad, esa sensación.

*

Los pensadores de primera mano meditan sobre cosas; los otros, sobre problemas. Hay que vivir de cara al ser, no al espíritu.

*

"¿Qué esperas para entregarte?" Cada enfermedad nos envía una intimación disfrazada de pregunta. Nos hacemos los sordos sin dejar de pensar que la farsa está demasiado vista y que la próxima vez habrá que tener por fin el valor de capitular.

*

Mientras más avanzo, menos reacciono frente al delirio. Ya sólo me gustan, entre los pensadores, los volcanes apagados.

*

De joven me aburría desesperadamente, pero creía en mí. Si no tenía el presentimiento del personaje insustancial en que iba a convertirme, sabía, en cambio, que pasara lo que pasara, la Perplejidad no me abandonaría, que vigilaría mi vida con la exactitud y el celo de la Providencia.

*

Si uno pudiera contemplarse con los ojos de los demás,
desaparecería al instante.

*

Le comentaba a un amigo italiano que los latinos no esconden ningún misterio, por ser demasiado abiertos, demasiado habladores; que prefiero a los pueblos asolados por la timidez; y que un escritor que no llega a conocerla no vale nada en sus escritos. "Es cierto, me respondió. Cuando, en nuestros libros, relatamos nuestras experiencias, éstas carecen de intensidad y de prolongación porque ya antes las hemos relatado cien veces." Y después hablamos de la literatura femenina, de su falta de misterio en los países donde han hecho estragos los salones y el confesionario.

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Alguien, no sé quién, dijo que no debería uno privarse del "placer de la piedad".
¿Se ha justificado alguna vez a la religión de manera más delicada?

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Este afán de revisar los arrebatos, de cambiar de ídolos, de rezar en otra parte...

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Tumbarse en un campo, olfatear la tierra y decirse que ella constituye el término y la esperanza de nuestros abatimientos, que sería vano buscar algo mejor para descansar y disolverse.

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Cuando ocurre que estoy ocupado, ni por un instante pienso en el "sentido" de nada, y, mucho menos, en el de lo que estoy haciendo. Prueba de que el secreto de todo reside en el acto y no en la abstención, causa funesta de la conciencia.

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¿La fisonomía de la pintura, de la poesía, de la música dentro de un siglo? Nadie puede imaginarla. Como después de la caída de Atenas o de Roma, habrá una larga pausa debida al agotamiento de los medios expresivos, así como al de la conciencia misma. La Humanidad, para enlazarse al pasado, tendrá que inventar una segunda inocencia sin la cual nunca podrá reanudar las artes.

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En una de las capillas de esta horrible iglesia se ve a la Virgen con su Hijo elevarse por encima del globo terrestre. Una secta agresiva que minó y conquistó un imperio y heredó sus taras, empezando por el gigantismo.

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Dice el Zobar que "en cuanto apareció el hombre aparecieron las flores".
Más bien creo que estaban ahí desde mucho antes, y que su llegada las sumió en un estupor del cual todavía no se han recuperado.

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Es imposible leer una línea de Kleist sin pensar en que se mató. Es como si su suicidio hubiera precedido a su obra.

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En Oriente, los pensadores occidentales más curiosos, más extraños, nunca hubiesen sido tomados en serio a causa de sus contradicciones. Para nosotros es justamente en ellas donde reside la razón del interés que nos despiertan. Más que el pensamiento, nos gustan las peripecias, la biografía de un pensamiento, las incompatibilidades y aberraciones que en él se encuentran, nos gustan, en suma, los espíritus que, no sabiendo cómo ponerse en regla con los demás y mucho menos consigo mismos, trampean tanto por capricho como por fatalidad. ¿Su marca distintiva? Un poco de engaño en lo trágico, una pizca de juego hasta en lo incurable...

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Si en sus Fundaciones, Teresa de Avila, se detiene ampliamente en la melancolía, es porque la encuentra incurable. Los médicos, dice, nada pueden hacer, y la superiora de un convento, en presencia de enfermos de ese género, sólo tiene un recurso: inspirarles el temor a la autoridad, amenazarlos, asustarles. El método que la santa preconiza sigue siendo el mejor: frente a un "depresivo", se siente que únicamente serían eficaces las patadas, las bofetadas, una buena tunda. Y eso es, por otra parte, lo que ese "depresivo" hace cuando decide acabar: emplea los grandes recursos.

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En relación a cualquier acto de la vida, el espíritu tiene el papel de aguafiestas.

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Se podría imaginar a los elementos cansados de repetir un tema trasnochado, asqueados de las mismas combinaciones de siempre, sin variación ni sorpresa, buscando alguna diversión: la vida sólo sería una disgresión, una anécdota...

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Todo lo que se emprende me parece pernicioso y, en el mejor de los casos, inútil. En última instancia, puedo moverme, pero no puedo actuar. Entiendo muy bien, demasiado bien, las palabras de Wordsworth sobre Coleridge: Eternal activity without action.

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Cada vez que algo me parece todavía posible, tengo la impresión de haber sido embrujado.

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La única confesión sincera es aquella que hacemos, indirectamente, al hablar de los otros.

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No adoptamos una creencia porque sea verdadera (todas lo son), sino porque una fuerza oscura nos empuja a ello. Si esa fuerza llega a abandonarnos, sobreviene la postración y la quiebra, el enfrentamiento con lo que queda de nosotros mismos.

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"Es propio de toda forma perfecta que el espíritu emane de ella de manera inmediata y directa, mientras que la forma enviciada le retiene prisionero, como un mal espejo que sólo se refleja a sí mismo."
Al hacer este elogio tan poco alemán de la limpidez, Kleist no pensó especialmente en la filosofía, al menos no se dirigía a ella; eso no impide que sea la mejor crítica que se haya hecho de la jerga filosófica, pseudo lenguaje que, al querer ser reflejo de ideas sólo logra adquirir relieve y resaltar a sus expensas desnaturalizándolas y oscureciéndolas. Por una de las usurpaciones más desafortunadas, la palabra se convierte en diva en un terreno en que debería pasar desapercibida.

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"Oh Satán, mi Maestro, me entrego a ti para siempre". Cómo me pesa haber olvidado el nombre de la religiosa que, habiendo escrito esto con un clavo untado en su sangre, merecería figurar en una antología de la plegaria y el laconismo.

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La conciencia es algo más que la espina, es el puñal en la carne.

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Hay ferocidad en todos los estados de ánimo, salvo en el de la alegría. La palabra Schadenfreude, alegría maligna, es un contrasentido. Hacer el mal constituye un placer, no una alegría. La alegría, única victoria sobre el mundo, es pura en su esencia; es, por tanto, irreductible al placer, sospechoso siempre en sí mismo y en sus manifestaciones.

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Una existencia constantemente transfigurada por el fracaso.

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El sabio es aquel que consiente en todo porque no se identifica con nada. Un oportunista sin deseo.

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Sólo conozco una visión de la poesía que sea enteramente satisfactoria: es la de Emily Dickinson cuando dice que en presencia de un verdadero poema se siente sobrecogida por un frío tal que tiene la impresión de que no habrá fuego alguno que pueda reanimarla.

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El gran error de la naturaleza es el de no haber sabido limitarse a un sola reino. Al lado del vegetal, todo parece inoportuno. El sol tuvo que sentirse molesto cuando apareció el primer insecto, cambiar de domicilio cuando irrumpió el primer chimpancé.

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Si a medida que uno envejece hurga cada vez más en su propio pasado, a expensas de los "problemas", es sin duda porque es más fácil remover recuerdos que ideas.

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A los últimos a quienes perdonamos su infidelidad es a aquellos a quienes hemos decepcionado.

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Siempre tenemos la impresión de que podríamos hacer mejor lo que los otros hacen. Desgraciadamente no tenemos el mismo sentimiento hacia lo que nosotros mismos hacemos.

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"Yo era Profeta, advierte Mahoma, cuando Adán estaba aún entre el agua y la arcilla."
Cuando no se ha tenido el orgullo de fundar una religión o al menos de arruinar alguna , ¿cómo osar mostrarse a la luz del día?

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El desapego no se aprende: está inscrito en una civilización. No se tiende hacia él, se le descubre en uno mismo. Eso pensaba al leer que un misionero en el Japón, después de dieciocho años, sólo contaba con un total de sesenta convertidos, ancianos además. Y todavía se le escaparon en el último momento, pues murieron a la manera nipona, sin remordimientos, sin tormentos, como dignos descendientes de sus antepasados, los cuales, para entrenarse en los tiempos de lucha contra los mongoles, se dejaban impregnar por el vacío de todas las cosas y del suyo propio.

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Sólo acostados se puede pensar en la eternidad. Durante un período considerable ésta fue la preocupación principal de los orientales: ¿y acaso no preferían la posición horizontal?
En cuanto uno se recuesta, el tiempo deja de fluir y de tener importancia. La historia es el producto de una raza en pie.
En tanto que animal vertical, el hombre debería acostumbrarse a mirar de frente, no sólo en el espacio sino también en el tiempo. ¡A qué lamentable origen se remonta el Porvenir!

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Cualquier misántropo, por muy sincero que sea, recuerda en ocasiones a ese viejo poeta clavado en su lecho y completamente olvidado que, furioso contra sus contemporáneos, había decretado que no deseaba ya recibir a ninguno. Su mujer, por caridad, iba de vez en cuando a llamar a la puerta...

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Una obra está terminada cuando ya no podemos mejorarla, aunque se la sepa insuficiente e incompleta. Cuando se está tan harto que no se tiene ya la fuerza de agregar una sola coma, aunque sea indispensable. Lo que decide el grado de perfección de una obra no es de ninguna manera una exigencia de arte o de verdad, es el cansancio, y, más aún, el hartazgo.

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En tanto que la mínima frase que escribe exige un simulacro de inventiva, basta, en cambio, un poco de atención para comprender en un texto, aunque sea difícil. Garrapatear una tarjeta postal se acerca más a una actividad creadora que leer la Fenomenología del espíritu.

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El budismo llama "mácula del espíritu", a la cólera; el maniqueísmo, "raíz del árbol de muerte".
Lo sé. ¿Y de qué me sirve?

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Ella me era totalmente indiferente. Pensando, de pronto, después de tantos años, que pasara lo que pasara no volvería a verla nunca más, estuve a punto de ponerme enfermo. No comprendemos lo que la muerte es sino cuando recordamos de repente en el rostro de alguien que nunca nos importó.

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A medida que el arte se hunde en un callejón sin salida, los artistas se multiplican. Esto deja de ser una anomalía si se piensa que el arte en vías de agotamiento se ha tornado, a la vez, imposible y fácil.

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Nadie es responsable de lo que es, ni siquiera de lo que hace. Esto es evidente y todo el mundo está más o menos de acuerdo en ello. ¿Por qué entonces exaltar o denigrar? Porque existir equivale a evaluar, a emitir juicios, y la abstención, cuando no es producto de la apatía o de la cobardía, exige un esfuerzo que nadie quiere hacer.

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Cualquier forma de apresuramiento, incluso en dirección al bien, traiciona algún desajuste mental.

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Los pensamientos menos impuros son aquellos que surgen en medio de nuestras confusiones, en los intervalos entre nuestros problemas, en esos momentos de lujo que nuestra miseria se ofrece.

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Los dolores imaginarios son, con mucho, los más, reales ya que se les necesita constantemente y se inventan porque no es posible prescindir de ellos.

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Si lo propio del sabio es no hacer nada inútil, nadie me ganará en sabiduría: ni siquiera me rebajo a hacer cosas útiles.

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Imposible imaginar un animal degradado, un sub animal.

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¡Si hubiera sido posible nacer antes que el hombre!

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Por más que lo intento, no consigo despreciar todos esos siglos durante los cuales no se hizo otra cosa que intentar una definición de Dios.

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La manera más eficaz de sustraerse a una depresión, motivada o gratuita, es la de tomar un diccionario, de preferencia en una lengua que apenas se conoce, y buscar palabras y palabras, poniendo cuidado en que sean aquellas que nunca se utilizarán.

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Mientras se vive fuera de lo terrible, se hallan palabras para expresarlo; en cuanto se le conoce por dentro, ya no se encuentra ninguna.

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No hay aflicción límite.

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Los desconsuelos de cualquier género pasan, pero el fondo del que proceden subsiste y nada lo mitiga. Es inatacable e inalterable. Es nuestro fatum.
"Ese poco de materia": a fuerza de pensar en ello, se llega a la calma, una calma que ciertamente, más valdría no haber conocido.

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La paradoja no tiene sentido en los entierros, ni tampoco en los matrimonios o en los nacimientos. Los acontecimientos siniestros o grotescos exigen el lugar común, pues lo terrible, al igual que lo desagradable, cae dentro del estereotipo.

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Recordar, tanto en el furor como en la desolación, que la Naturaleza, como dice Bossuet, no consentirá en dejarnos por mucho tiempo "ese poco de materia que nos presta".

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Por muy desengañados que estemos, es imposible vivir sin alguna esperanza. Siempre conservamos una, a pesar nuestro, y esa esperanza inconsciente compensa todas las demás, explicitas, que hemos rechazado o agotado.

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Cuanto más entrado en años está uno, más habla de su propia desaparición como de un acontecimiento lejano altamente improbable. Se ha adquirido de tal forma el hábito de la vida, que se torna uno incapacitado para la muerte.

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Un ciego, por una vez verdadero, tendía la mano: en su actitud, en su rigidez, había algo conmovedor que cortaba la respiración. Transmitía su ceguera.

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Sólo les perdonamos a los niños y a los locos su franqueza: los demás, si tienen la audacia de imitarlos, se arrepentirán tarde o temprano.

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Para ser "feliz" se tendría que tener siempre presente la imagen de las desgracias que no han ocurrido. Sería para la memoria una manera de redimirse, ya que, al no retener por lo general sino las desgracias ocurridas, se empeña en sabotear, la felicidad con un éxito maravilloso.

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Después de una noche de insomnio, los transeúntes parecen autómatas; se diría que ninguno respira, ni camina. Todos parecen movidos por un resorte: ninguna espontaneidad; sonrisas mecánicas, gesticulaciones de espectro. Si tú mismo eres un espectro, ¿cómo ibas a ver en los demás a seres vivos?

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Ser estéril, ¡y con tantas sensaciones! Perpetua poesía sin palabras.

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La fatiga pura, sin causa, la fatiga que sobreviene como un don o un castigo: gracias a ella reintegro mi yo, me sé "yo". En cuanto desaparece ya no soy más que un objeto inanimado.

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Todo lo que aún permanece vivo dentro del folklore es anterior al cristianismo. Lo mismo ocurre con todo lo que está vivo todavía en nosotros.

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Aquel que teme al ridículo no irá nunca muy lejos ni para bien ni para mal; permanecerá más acá de sus talentos, y, aunque tenga genio, estará condenado a la mediocridad.

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"En medio de vuestras más intensas actividades, deteneos un momento para 'contemplar' vuestro espíritu". Esta recomendación no se dirige, por supuesto, a aquellos que "contemplan" su espíritu día y noche y que, por ello, no tienen que suspender ni un instante sus actividades, dado que no desarrollan ninguna.

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No permanece sino lo que ha sido concebido en la soledad, de cara a Dios, se sea o no creyente.

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La pasión por la música es en sí misma una confesión. Sabemos más de un desconocido que la tiene que de alguien insensible a ella y que frecuentamos a diario.

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No hay meditación sin una inclinación hacia la machaconería.

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Mientras el hombre iba a remolque de Dios, avanzaba lentamente, tan lentamente que ni siquiera se daba cuenta. Desde que no vive a la sombra de nadie, se apresura, se desconsuela, y daría cualquier cosa por encontrar su antigua cadencia.

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Perdimos al nacer lo mismo que perderemos al morir. Todo.

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Saciedad: no bien acabo de pronunciar esa palabra y ya no sé a propósito de qué, de tal manera puede aplicarse a todo lo que siento y pienso, a todo lo que amo y detesto, a la misma saciedad.

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No he asesinado a nadie, he hecho algo mejor: he matado a lo Posible, y, al igual que Macbeth, lo que más necesito es rezar, pero, como él, no puedo decir Amen.


IV

Distribuir golpes que no alcanzan a nadie, atacar a todo el mundo sin que nadie se dé cuenta, lanzar flechas cuyo veneno sólo es recibido por uno mismo.

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Fulano, a quien siempre he tratado muy mal, no me guarda rencor porque no se lo guarda a nadie. Perdona todas las injurias, no recuerda ninguna. ¡Cómo lo envidio! Para igualarlo tendría que recorrer varias existencias y agotar todas mis posibilidades de trasmigración.

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En los tiempos en que durante meses viajaba en bicicleta a través de Francia, mi mayor placer era detenerme en los cementerios rurales, tenderme entre dos tumbas y fumar durante horas. La considero la época más activa de mi vida.

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¿Cómo dominarse, cómo ser dueño de uno mismo cuando se viene de un país donde se ruge en los entierros?

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Algunas mañanas, cuando apenas he puesto el pie fuera, escucho voces que me llaman por mi nombre. ¿Soy verdaderamente yo? ¿Es ése mi nombre? Lo es, en efecto, llena el espacio, está en labios de los transeúntes. Todos lo articulan, incluso aquella mujer tras la ventana en ésa oficina de correos.
Las vigilias devoran nuestros últimos restos de sentido común y de modestia, y nos harían perder la razón si el temor al ridículo no viniese a salvarnos.

*

Mi curiosidad y mi repulsión, y también mi terror, ante su mirada de aceite y metal, ante su obsequiosidad, su astucia sin disfraz, su hipocresía curiosamente no velada, sus continuos y evidentes disimulos; ante esa mezcla de canalla y de loco. Impostura e infamia a plena luz. Su falta de sinceridad es perceptible en todos sus gestos, en todas sus palabras. El término no es exacto, pues falta de sinceridad es ocultar la verdad, es conocerla y en él no existe la menor huella, la menor idea, el mínimo asomo de verdad, ni tampoco de mentira, nada sino una aspereza inmunda, una demencia interesada...

*

Hacia la media noche una mujer bañada en llanto me aborda en plena calle: "Se han cargado a mi marido, Francia es un asco, afortunadamente soy bretona, me han quitado a mis hijos, me han drogado durante seis meses..."
De inmediato no me di cuenta de que estaba loca, pues su dolor parecía real (y, en cierto sentido, lo era), y así la dejé monologar durante una media hora: hablar le sentaba bien. Luego la dejé diciéndome que la diferencia entre ella y yo sería bien poca si, a mi vez, me pusiera a soltar mis sermones al primero que se me pusiera delante.

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Un profesor de un país del este de Europa me cuenta que su madre, una campesina, se sorprendió mucho cuando supo que él padecía de insomnio. Ella, cuando no podía dormir, sólo tenía que imaginarse un vasto campo de trigo ondulado por el viento y de inmediato se dormía.
No es la imagen de una ciudad la que produciría este resultado. Es inexplicable, milagroso, que un hombre de ciudad llegue a pegar el ojo.

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El cafetín es frecuentado por los ancianos del asilo de las afueras del pueblo. Están ahí, con un vaso entre las manos y se miran sin hablar. Uno de ellos se pone a relatar algo que quiere ser gracioso. Nadie le escucha, en todo caso nadie se ríe. Todos se han afanado durante años para llegar a esto. Antaño, en el campo, se les hubiera ahogado con una almohada. Sabia fórmula perfeccionada por cada familia e incomparablemente más humana que la de juntarlos, recluirlos, para librarlos del aburrimiento por medio de la atonía.

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Si hemos de creer a la Biblia, fue Caín quien fundó la primera ciudad para, según el comentario de Bossuet, tener donde aturdir sus remordimientos.
¡Vaya idea! Y cuántas veces no habré sentido yo mismo su exactitud durante mis vagabundeos nocturnos.

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Una noche, al subir las escaleras, en plena oscuridad, fui detenido por una fuerza invencible surgida de dentro y de fuera. Incapaz de dar un paso más, me quedé parado, petrificado. Imposibilitado, esta palabra tan común vino, más a punto que nunca, a darme luz sobre mí mismo y sobre ella; muchas veces me había ayudado, pero nunca como en ese momento. Comprendí de una vez por todas lo que quería decir...

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Una vieja camarera, sin detenerse cuando le lanzo un: "¿Cómo va?", me responde: "Vamos marchando." Esta respuesta banal me conmueve hasta las lágrimas.
Las frases que se refieren al devenir, al pasaje, a la marcha, cuanto más gastadas están, suelen adquirir el cariz de una revelación. Sin embargo, la verdad es que no crean un estado excepcional, sino que uno ya se encontraba en él sin saberlo y era necesario una señal o un pretexto para que lo extraordinario ocurriera..

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Vivíamos en el campo, yo iba a la escuela, y, detalle importante, dormía en la misma habitación que mis padres. Por la noche, mi padre acostumbraba a leerle en voz alta a mi madre. Aunque era presbítero leía de todo, pensando, sin duda, que, dada mi edad, no estaba en situación de comprender. Por lo general yo no escuchaba y me dormía, salvo si se trataba de un relato apasionante. Una noche agucé el oído. Se trataba, en una biografía de Rasputín, de la escena en que el padre, en su lecho de muerte, llama a su hijo para decirle: "Ve a San Petersburgo, aduéñate de la ciudad, no te detengas ante nada y no le temas a nadie, pues Dios es un viejo cerdo."
Tamaña enormidad en boca de mi padre, para quien el sacerdocio no era una broma, me impresionó tanto como un incendio o un terremoto. Pero también recuerdo con claridad y de ello hace ya cincuenta años , que a mi emoción siguió un extraño placer que no me atrevo a llamar perverso.

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Habiendo profundizado suficientemente, en el curso de los años, en dos o tres religiones, he retrocedido siempre, en el umbral de la "conversión", por miedo a mentirme a mí mismo. A mi juicio ninguna de ellas era lo bastante libre como para admitir que la venganza es una necesidad, la más intensa y la más profunda que existe, y que todos tienen que satisfacerla, aunque sea por medio de la palabra. Si uno la ahoga, se expone a graves trastornos. Más de un desequilibrio si no todo desequilibrio procede de una venganza que se ha diferido demasiado tiempo. ¡Sepamos estallar! Cualquier malestar es mucho más sano que aquel que suscita un furor acumulado.

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Filosofía en la Morgue. "Mi sobrino, claro, no tuvo éxito; si lo hubiera tenido, su fin habría sido otro." Usted sabe, señora, respondí a la gruesa matrona, que se tenga o no éxito da lo mismo. "Tiene usted razón", me respondió después de pensarlo algunos minutos. Esa conformidad tan inesperada por parte de tal mujer me conmovió casi tanto como la muerte de mi amigo.

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Los tarados... Me parece que su aventura, mejor que cualquiera otra, arroja luz sobre el futuro, que sólo ellos permiten entreverlo y descifrarlo, y que, hacer abstracción de sus logros es incapacitarse definitivamente para describir los días venideros.

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Lástima, me decía usted, que N. no haya hecho nada.
-¿Qué importa! Existe. Si hubiera escrito libros, si hubiera tenido la desgracia de "realizarse", no estaríamos hablando de él desde hace una hora. La ventaja de ser alguien es más rara que la de producir. Producir es fácil; lo difícil es no querer hacer uso de las propias dotes.

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Están filmando: la misma escena se vuelve a empezar varias veces. Un transeúnte, seguramente provinciano, no sale de su asombro: "Después de esto, nunca más iré al cine."
Se podría reaccionar de la misma manera frente a cualquier cosa cuyo secreto se haya penetrado. Sin embargo, por una obnubilación prodigiosa, los ginecólogos se encaprichan con sus clientes, los sepultureros engendran niños, los incurables hacen abundantes proyectos, los escépticos escriben...

*

T., hijo de rabino, se queja de que esta época de persecuciones sin precedente no haya visto nacer ninguna plegaria original susceptible de ser adoptada por la comunidad y dicha en las sinagogas. Yo le aseguro que hace mal en afligirse o alarmarse: los grandes desastres no dan nada, ni en el terreno literario ni en el religioso. Sólo las desgracias a medias son fecundas, porque pueden ser, porque son un punto de partida, mientras que un infierno demasiado perfecto es casi tan estéril como el paraíso.

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Tenía yo veinte años. Todo me abrumaba. Un día caí sobre un sillón diciendo: "no puedo más".
Mi madre, enloquecida ya por mis noches en blanco, me anunció que acababa de hacer decir una misa por mi "descanso". No una, sino treinta mil, me hubiera gustado gritar, pensando en la cifra, inscrita por Carlos V en su testamento, aunque, ciertamente, por un descanso mucho más largo.

*

Lo vi par casualidad después de un cuarto de siglo. Estaba igual, intacto, más fresco que nunca, parecía incluso que hubiese vuelto a la adolescencia.
¿Dónde se agazapó y qué maquinó para sustraerse a la acción le los años, para esquivar las muecas y las arrugas? ¿Y cómo ha vivido, si es que ha vivido? Como un fantasma. Seguramente ha hecho trampas, no ha cumplido con su papel de ser viviente, no ha jugado el juego. Sí, un fantasma, y un estafador. No discierno ningún signo de destrucción en su rostro, ninguna de esas marcas que prueban que se trata de un ser real, de un individuo y no de una aparición. No sé qué decirle, me siento incómodo. Incluso tengo miedo. Así nos desconcierta quien escapa al tiempo, o simplemente lo escamotea.

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D. C., que en su pueblo, en Rumania, escribía sus recuerdos de infancia, le dijo a su vecino, un campesino llamado Coman, que no le olvidaría. Al día siguiente, muy temprano, vino a verle el campesino: "Yo sé que no valgo nada, pero, ¡caray!, no creí haber caído tan bajo como para que se hablara de mí en un libro."
¡Cuán superior era el mundo oral! Los seres (y debería decir los pueblos) se mantienen en la verdad mientras les dura el horror por lo escrito. En cuanto se contagian de su prejuicio, entran en lo falso, pierden sus antiguas supersticiones para adquirir una nueva, peor que todas las otras juntas.

*

Incapaz de levantarme, atado al lecho, me dejo llevar por los caprichos de la memoria, y me veo vagabundeando, niño, en los Cárpatos. Un día me encontré con un perro cuyo dueño, sin duda para deshacerse de él, lo había amarrado a un árbol. Estaba transparente de delgadez y tan vacío de vida que apenas si tuvo fuerzas para mirarme sin moverse. Sin embargo, estaba de pie, él...

*

Un desconocido me cuenta que ha matado a no sé quién. No lo busca la policía porque nadie sospecha de él. Sólo yo sé que es el asesino. ¿Qué hacer? No tengo ni la audacia ni la deslealtad (pues me ha confiado un secreto, ¡y vaya secreto!) de ir a denunciarlo. Me siento su cómplice y me resigno a ser detenido y castigado como tal. Al mismo tiempo me digo que esa es una tontería. Quizá de todas formas lo denuncie. Y así hasta que despierto.

*

Lo interminable es la especialidad de los indecisos. No pueden resolver nada en la vida, y mucho menos en sus sueños, donde perpetúan sus vacilaciones, sus cobardías, sus escrúpulos. Son idealmente aptos para la pesadilla.

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Una película sobre los animales salvajes: crueldad sin descanso en todas las latitudes. La "Naturaleza", torturadora genial, penetrada de si misma y de su obra, se regocija no sin razón: todo lo que vive tiembla y provoca temblor. La piedad es un lujo extraño que sólo el más pérfido y feroz de los seres podía inventar, por necesidad de castigarse y torturarse, por ferocidad.

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Encima de un cartel que, a la entrada de una iglesia, anuncia: El arte de la fuga, alguien ha trazado con grandes letras: Dios está muerto. Y esto a propósito del músico que atestigua que Dios, en el supuesto que esté difunto, puede resucitar justamente durante el tiempo en que se escucha tal cantata o tal fuga.

*

Habíamos pasado poco más de una hora juntos. Aprovechó para pavonearse, y, a fuerza de querer decir cosas interesantes sobre sí mismo, lo consiguió. Si solamente se hubiera dirigido elogios razonables, lo hubiera encontrado aburrido y dejado al cabo de algunos minutos. Al exagerar, al representar bien su papel de fanfarrón, casi se volvió ingenioso. El deseo de parecer sutil no menoscaba la sutilidad. Un débil mental, si pudiera sentir deseos de impresionar, lograría engañar y hasta se acercaría a la inteligencia.

*

Fulano, que ya sobrepasó la edad de los patriarcas, después de haberse encarnizado contra todo el mundo durante una larga charla, me dijo: "La enorme debilidad de mi vida ha sido el no haber odiado jamás a nadie."
El odio no disminuye con los años: más bien aumenta. El de un hombre que chochea, alcanza proporciones apenas imaginables: insensible ya a sus antiguos afectos, pone todas sus facultades al servicio de sus rencores que, milagrosamente revigorizados, sobrevivirán al agotamiento de su memoria y hasta de su razón.
...El peligro de frecuentar ancianos es que, al verlos tan alejados del desapego y tan incapaces de alcanzarlo, uno se arroga todas las ventajas que deberían tener y que no tienen. Y es inevitable que la superioridad que uno cree tener, real o ficticia, sobre ellos en materia de lasitud o de hastío, incite a la presunción.

*

Cada familia tiene su filosofía. Uno de mis primos, que murió joven, me escribía: "Todo es como siempre ha sido y como será sin duda hasta que no quede ya nada."
Por su parte, mi madre terminaba la última carta que me envió con esta frase testamento: "Hasta lo que haga el hombre, le pesará tarde o temprano."
Y pensar que ni siquiera puedo envanecerme de haber adquirido a mis expensas ese vicio del lamento. Me precede, forma parte del patrimonio de mi tribu. ¡Vaya herencia, esta incapacidad para la ilusión!
*

A algunos kilómetros de mi pueblo natal había, en las alturas, un poblado habitado únicamente por gitanos. En 1910 lo visitó un etnólogo aficionado acompañado por un fotógrafo. Consiguió reunir a los habitantes, que se dejaron fotografiar sin saber lo que significaba. En el momento en que se les pidió que no se movieran, una vieja gritó: "¡Cuidado! Nos están robando el alma." Todos se precipitaron sobre los visitantes, que a duras penas escaparon.
¿Acaso no era la India, país de origen de esos gitanos semisalvajes, la que, en esta circunstancia, hablaba a través de ellos?

*

En continua rebeldía contra mi ascendencia, toda la vida he deseado ser otro: español, ruso, caníbal, todo excepto lo que soy.
Es una aberración pretenderse diferente de lo que se es, adoptar en teoría todas las condiciones salvo la propia.

*

El día en que leí la lista de casi todas las palabras de que dispone el sánscrito para designar al absoluto, comprendí que me había equivocado de camino, de país, de idioma.

*

Una amiga, después de no sé cuántos años de silencio, me escribe que ya no le queda mucho y que se apresta a "entrar en lo Desconocido"... Este tópico me hace poner mala cara. Después de la muerte discierno mal dónde puede uno entrar. En este caso cualquier afirmación me parece abusiva. La muerte no es un estado, a lo mejor ni siquiera es un tránsito. ¿Qué es pues? ¿Y con qué tópico voy a mi vez a responderle a esta amiga?

*

Sobre el mismo tema, sobre el mismo acontecimiento, puedo cambiar de opinión diez, veinte, treinta veces en un día. ¡Y pensar que cada vez, como el último de los impostores, me atrevo a pronunciar la palabra "verdad"!
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La mujer, fuerte aún, arrastraba tras de sí a su marido, alto, encorvado, de ojos aterrados; lo arrastraba como si fuese un sobreviviente de otra época, un diplodocus apoplético y suplicante.
Una hora después, un segundo encuentro: una vieja muy bien vestida, encorvada al máximo, "avanzaba". Describiendo un perfecto semicírculo miraba, por la fuerza de las circunstancias, al suelo; y sin duda contaba sus pasos inimaginablemente lentos. Se hubiera dicho que aprendía a caminar, que tenía miedo de no saber dónde y cómo poner los pies para moverse.
...Todo lo que me aproxima a Buda es bueno.

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A pesar de su cabello blanco continuaba en la prostitución. La encontraba a menudo en el Barrio Latino hacia las tres de la mañana, y no me gustaba regresar a casa sin antes haberle oído relatar algunas hazañas o anécdotas. Tanto las hazañas como las anécdotas se me han olvidado. Pero no puedo olvidar la rapidez con que, una noche en que me puse a despotricar contra todos esos "piojosos" que dormían, ella comentó, levantando el índice hacia el cielo: "¿Y qué dice usted del piojoso de allá arriba?"

*

"Todo carece de sustento y de sustancia", nunca me lo repito sin sentir algo parecido a la felicidad. Lo malo es que hay infinidad de momentos en los que no consigo repetírmelo...


V

Lo leo por la sensación de naufragio que me produce todo lo que escribe. Al principio se comprende, después se empieza a girar, luego es un torbellino insulso, sin pavor, y uno piensa que va a hundirse y, efectivamente, se hunde. No es, sin embargo, un verdadero hundimiento, ¡sería demasiado hermoso! Volvemos a la superficie, respiramos, comprendemos de nuevo, nos sorprende ver que parece decir algo y entender lo que está diciendo; después empieza otra vez el vértigo y sobreviene el hundimiento total... Pretende ser profundo y lo parece. Pero en cuanto uno se recupera, se da cuenta de que sólo es oscuro, y que el intervalo entre la verdadera profundidad y la profundidad buscada es tan importante como la que existe entre una revelación y una manía.

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Todo aquel que se aboca a una obra cree sin ser consciente de ello que sobrevivirá a los años, a los siglos, al tiempo mismo... Si mientras está dedicado a ella sintiera que es perecedera, la abandonaría en el transcurso, no podría terminarla. Actividad y engaño son términos correlativos.

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"Desapareció la risa, después desapareció la sonrisa."
Esta acotación aparentemente ingenua de un biógrafo de Alexander Blok define bien el esquema de toda decadencia.

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No es fácil hablar de Dios cuando no se es ni creyente ni ateo; ese es sin duda el drama de todos nosotros, incluyendo a los teólogos: el de no poder ser ni lo uno ni lo otro.

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El progreso hacia el desasimiento y la liberación, constituye para un escritor un desastre sin precedente. Más que nadie, él tiene necesidad de sus defectos: si los domina, está perdido. Que se libre de querer ser mejor, pues si lo logra, lo lamentará amargamente.

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Debemos desconfiar de la lucidez que poseamos sobre nosotros mismos. Ese conocimiento indispone y paraliza a nuestro demonio. Ahí es donde hay que buscar la razón por la cual Sócrates no escribió nada.

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Lo que hace a los malos poetas más malos aún es que sólo leen a poetas (así como los malos filósofos sólo leen a filósofos), cuando sacarían gran provecho de un libro de botánica o de geología. Sólo hay enriquecimiento cuando se frecuentan disciplinas alejadas de la propia. Es claro que esto únicamente es válida en los dominios donde el yo hace estragos.

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Tertuliano nos enseña que, para curarse, los epilépticos iban a "chupar con avidez la sangre de los criminales degollados en la arena." Si yo escuchara la voz de mi instinto, esa sería la única forma de terapia que adoptaría para cualquier enfermedad.

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¿Tenemos derecho de enfadarnos contra quien nos considera un monstruo? El monstruo por definición está solo, y la soledad, incluso la de la infamia, supone algo de positivo, una elección un tanto especial, pero elección indudablemente.

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Dos enemigos es un mismo hombre dividido.

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"No juzgues a nadie sin antes haberte puesto en su lugar."
Este viejo proverbio invalida cualquier juicio, pues sólo juzgamos a alguien porque, justamente, no podemos ponernos en su lugar.

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Quien ama su independencia debe estar dispuesto, para salvaguardarla, a cualquier infamia, a la ignominia inclusive.

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Nada tan abominable como el crítico y, con mayor razón, el filósofo que todos llevamos dentro: si yo fuera poeta reaccionaría como Dylan Thomas quien, cuando comentaban en su presencia sus poemas, se dejaba caer al suelo en medio de convulsiones.

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Todos los que se agitan cometen injusticia tras injusticia, sin sentir el menor remordimiento. Sólo mal humor. El remordimiento está reservado a quienes no actúan ni pueden actuar. Es su subtítulo de la acción, les consuela de su ineficacia.

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La mayor parte de nuestros sinsabores viene de nuestros primeros movimientos. El menor impulso se paga más caro que un crimen.

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Como sólo recordamos con precisión los malos ratos, los enfermos, los perseguidos, las víctimas de todo género han vivido en fin de cuentas, con el máximo provecho. Los otros, los afortunados, tienen una vida, es cierto, pero no el recuerdo de una vida.

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Es fastidioso quien no está dispuesto a impresionar. El vanidoso es casi siempre irritante, pero se gasta, hace un esfuerzo: es un pesado que no querría serlo, y se le agradece: termina por ser soportable y hasta por ser solicitado. En cambio, uno palidece de rabia ante aquel que no intenta causar ningún efecto. ¿Qué decirle y qué esperar de él? Hay que conservar alguno de los rasgos del mono o quedarse en casa.

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No es el temor de emprender algo, sino el temor de conseguirlo lo que explica más de un fracaso.

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Me gustaría una plegaria con palabras puñal. Por desgracia, en cuanto se pone uno a rezar hay que hacerlo como todo el mundo. Ahí reside una de las mayores dificultades de la fe.

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El futuro sólo se vuelve temible en cuanto uno no está seguro de poder matarse en el momento deseado.

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Ni Bossuet, ni Malebranche, ni Fénelon se dignaron hablar de las Pensées. Por lo visto, Pascal no les parecía lo suficientemente serio.

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El antídoto del aburrimiento es el miedo. Es menester que el remedio sea más fuerte que el mal.

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¡Si pudiera elevarme al nivel de lo que hubiera querido ser! Pero no sé qué fuerza que crece con los años me empuja hacia abajo. Incluso para remontarme a mi superficie tengo que utilizar estratagemas en las que no puedo pensar sin ruborizarme.

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Hubo un tiempo en que cada vez que sufría una afrenta, para alejar de mí cualquier asomo de venganza, me imaginaba bien tranquilo en mi tumba. Y en seguida me ablandaba. No desdeñemos tanto nuestro cadáver: puede sernos útil a veces.

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Todo pensamiento deriva de una sensación contrariada.

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La única manera de alcanzar al Otro en profundidad, es ir hacia lo que hay de más profundo en nosotros mismos. En otros términos, es seguir el camino contrario al que toman los espíritus llamados "generosos".

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Y no poder decir como ese rabino hasideo: "La bendición de mi vida es que nunca he tenido necesidad de nada hasta haberlo poseído."

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La Naturaleza cometió algo más que un error de cálculo permitiendo al hombre: cometió un atentado contra sí misma.

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El temor le vuelve a uno consciente: el temor mórbido, no el natural. De otra forma, los animales habrían alcanzado un grado de conciencia superior al nuestro.

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Como orangután propiamente dicho, el hombre es viejo; como orangután histórico; es relativamente reciente: un advenedizo que no tuvo tiempo de aprender cómo comportarse en la vida.

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Después de ciertas experiencias deberíamos cambiar de nombre, puesto que ya no somos el mismo. Todo adquiere un aspecto distinto, empezando por la muerte. Parece próxima y deseable, nos reconciliamos con ella y llegamos a considerarla "la mejor amiga del hombre", como la llama Mozart en una carta a su padre moribundo.

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Hay que sufrir hasta el final, hasta el momento en que se deja de creer en el sufrimiento.

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"La verdad permanece oculta para aquel que está lleno de deseo y de odio." (Buda.)
... Es decir para todo ser viviente.

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Atraído por la soledad permanece, no obstante, en el mundo: un estilita sin columna.

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"Comete usted un error al creer en mí." ¿Quién podría hablar así? Dios y el Fracasado.

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Todo lo que llevamos a cabo, todo lo que sale de nosotros, aspira a olvidar sus orígenes, y sólo lo consigue poniéndose en contra nuestra. De ahí el signo negativo que marca todos nuestros éxitos.

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No es posible decir nada de nada. Por ello es ilimitada la cantidad de libros.

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El fracaso, incluso reiterado, parece siempre nuevo; mientras que el éxito, al multiplicarse, pierde todo interés, todo atractivo. No es la desgracia, sino la felicidad insolente, la que conduce al tono agrio y al sarcasmo.

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"Un enemigo es tan útil como un Buda." Es cierto. Porque nuestro enemigo nos vigila, impide que nos abandonemos. Al señalar, al divulgar el menor de nuestros desfallecimientos, nos conduce en línea recta hacia nuestra salvación, pone en juego todo para que no seamos indignos de la idea que se ha hecho de nosotros. Así, nuestra gratitud hacia él no debería tener límites.

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Nos recuperamos y nos apegamos más al ser cuanto más hemos reaccionado contra los libros negativos y disolventes, contra su fuerza nociva. Libros reconfortantes en suma, puesto que suscitan la energía que los niega. Cuanto más veneno contienen, más saludable es el efecto que produce, a condición de que se les lea a contracorriente, tal como debería leerse cualquier libro, empezando por el catecismo.

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El mayor servicio que se le puede brindar a un escritor es prohibirle trabajar durante un cierto tiempo. Serían necesarias tiranías de corta duración que le impidieran cualquier actividad intelectual. La libertad de expresión sin ninguna interrupción expone al talento a un peligro mortal, le obliga a gastarse más allá de sus recursos y le impide acumular sensaciones y experiencias. La libertad sin límites es un atentado contra el espíritu.

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La autocompasión es menos estéril de lo que se piensa. En cuanto alguien tiene el más leve acceso a ella, adopta una actitud de pensador, y, maravilla de maravillas, llega a pensar.

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La máxima estoica según la cual debemos plegarnos sin chistar a las cosas que no dependen de nosotros, sólo toma en cuenta las desgracias exteriores que escapan a nuestra voluntad. ¿Pero cómo conformarnos con aquellas que vienen de nosotros mismos? Si somos la fuente de nuestros males, ¿a quién culpar?, ¿a nosotros mismos? Felizmente nos las arreglamos para olvidar que somos los verdaderos culpables, y, por otra parte, la existencia sólo es tolerable si renovamos cada día esa mentira y ese olvido.

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Toda mi vida he vivido con el sentimiento de haber sido alejado de mi verdadero sitio. Si la expresión "exilio metafísico" no tuviera ningún sentido, mi propia existencia se lo daría.

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Mientras más colmado de dones está alguien, menos avanza en el plano espiritual. El talento es un obstáculo para la vida interior.

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Para salvar de la vulgaridad y la grandilocuencia a la palabra "grandeza", sólo habría que utilizarla a propósito del insomnio o de la herejía.

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En la India clásica, el sabio y el santo se reunían en una misma persona. Para darse una idea de tal logro, hay que pensar, si se puede, en una fusión entre la resignación y el éxtasis, entre un estoico frío y un místico descabellado.

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El ser es sospechoso. ¿Qué decir de la "vida" que constituye su desviación y su deshonra?
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Cuando nos comunican un juicio desfavorable sobre nuestra persona, en lugar de enfadarnos deberíamos pensar en todo lo malo que hemos dicho de los demás, y decirnos que es justo que también se hable así de nosotros. La ironía quiere que no exista persona más vulnerable, más susceptible, menos dispuesta a reconocer sus defectos, que el maldiciente. Bastaría citarle la mínima parte de lo que se dice sobre él para que pierda el control, se desate y se ahogue en su bilis.

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Desde fuera, en cualquier clan, secta o partido, reina la armonía; dentro, la discordia. Los conflictos en un monasterio son tan frecuentes y están tan envenenados como en cualquier sociedad. Incluso cuando huyen del infierno, no lo abandonan sino para reconstruirlo en otra parte.

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La mejor conversión es vivida como un avance. Afortunadamente existen excepciones.
Me gusta esa secta judía del siglo XVIII en la que se adherían al cristianismo por voluntad de decaer, y también me gusta aquel indio de Sudamérica que, habiéndose convertido también, se lamentaba de tener que ser la presa de los gusanos, en vez de ser devorado por sus hijos, honor que le hubiera sido rendido si no hubiese abjurado de las creencias de su tribu.

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Es normal que el hombre ya no se interese por la religión sino por las religiones, pues sólo a través de ellas podrá comprender las versiones múltiples de su postración espiritual.

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Al recapitular las etapas de nuestra carrera, es humillante comprobar que no tuvimos los reveses que merecíamos y que teníamos derecho a esperar.

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La perspectiva de un fin más o menos próximo excita en algunos su energía, buena o mala, y les sumerge en una furia de actividad. Suficientemente cándidos como para querer perpetuarse por su empeño o su obra, se afanan por terminarla, por rematarla: no pierden ni un momento...
La misma perspectiva invita a otros a hundirse en el qué-más-da, es una clarividencia estancada, en las irrecusables verdades del marasmo.

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"¡Maldito sea quien en las futuras reimpresiones de mis obras cambie a sabiendas cualquier cosa, ya sea una frase o una sola palabra, una sílaba, una letra, un signo de puntuación!".
¿Fue el filósofo, o fue el escritor quien hizo hablar así a Schopenhauer? Los dos al mismo tiempo, y esta conjunción (si se piensa en el pésimo estilo de cualquier obra filosófica) es muy rara. No es Hegel quien hubiera proferido semejante maldición. Ni ningún otro filósofo de primera magnitud, excepto Platón.

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Nada más exasperante que la ironía sin falla, sin descanso, que no le deja a uno tiempo para respirar, y menos para reflexionar, la ironía que, en vez de pasar desapercibida, de ser ocasional, es masiva, es automática, y está en las antípodas de su naturaleza esencialmente delicada. Tal es, en todo caso, el uso que de ella hace el alemán, el ser que, por haber meditado tanto sobre ella, es el menos capaz de practicarla.

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La ansiedad no es provocada por nada; busca darse una justificación, y, para conseguirlo, emplea cualquier cosa, los pretextos más miserables, a los que se aferra después de haberlos inventado. Realidad que precede a sus expresiones particulares, a sus variedades, la ansiedad se suscita, se engendra a sí misma, es "creación infinita", mucho más apta, como tal, para recordar las maniobras de la divinidad que las de la psique.

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Tristeza automática: un robot elegiaco.

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Ante una tumba se imponen las palabras juego, impostura, broma, sueño. Imposible pensar que la existencia sea un fenómeno serio. Certeza de un engaño desde el principio, en la base. se debería escribir en el dintel de los cementerios: "Nada es trágico. Todo es irreal."

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No olvidaré fácilmente la expresión de horror sobre ese que fue su rostro, el rictus, el espanto, el extremo desconsuelo y la agresividad. No estaba contento no. Jamás he visto a alguien tan a disgusto en su ataúd.

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No mires hacia atrás ni hacia adelante, mira en ti sin temor ni nostalgia. Nadie desciende en sí mismo mientras permanezca esclavo del pasado o del futuro.

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Es poco elegante reprocharle a alguien su esterilidad cuando está postulada, cuando es su forma de realización, su sueño...

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Las noches en que hemos dormido son como si no existieran. Sólo permanecen en nuestra memoria aquellas en que no hemos pegado un ojo: noche quiere decir noche en blanco.

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Para no tener que resolverlas, he transformado todas las dificultades prácticas en dificultades teóricas. Frente a lo Insoluble, por fin respiro.

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A un estudiante que quería saber qué pensaba del autor de Zaratustra, le dije que había dejado de leerlo desde hacía tiempo. ¿Por qué?, me preguntó. Porque lo encuentro demasiado ingenuo...
Le reprocho sus arrebatos y hasta sus fervores. Demolió ídolos para reemplazarlos por otros. Un falso iconoclasta con visos de adolescente, y no sé qué virginidad, qué inocencia inherentes a su carrera de solitario. Sólo observó a los hombres desde lejos. Si los hubiese visto de cerca, nunca hubiese podido concebir ni ponderar al superhombre, visión extravagante, si no grotesca, quimera o antojo que sólo podía surgir en la mente de quien no tuvo tiempo de envejecer, de conocer el desasimiento, el largo hastío sereno.
Mucho más cercano encuentro a un Marco Aurelio. No vacilo entre el lirismo del frenesí y la prosa de la aceptación: encuentro mucho más consuelo, e incluso más esperanza, en un emperador fatigado que en un profeta fulgurante.


VI

Me gusta esa idea hindú según la cual podemos confiar nuestra salvación a otra persona, a un "santo" preferiblemente, y permitirle rezar en lugar nuestro, hacer cualquier cosa por salvarnos. Es venderle el alma a Dios...

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"¿Acaso tiene el talento necesidad de pasiones? Sí, de muchas pasiones reprimidas." (Jaubert.)
No hay un sólo moralista francés al que no se pueda convertir en precursor de Freud.

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Siempre sorprende ver que los grandes místicos hayan producido tanto, que hayan dejado un número tan importante de tratados. Sin duda pretendían celebrar a Dios y nada más. Esto, en parte, es verdad, pero sólo en parte.
No se crea una obra sin apegarse a ella, sin convertirse en su esclavo. Escribir es el acto menos ascético que existe.

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Cuando velo hasta muy entrada la noche, me visita mi genio malo, igual que le ocurrió a Bruto antes de la batalla de Filipos.

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"¿Acaso tengo el aspecto de alguien que tiene algo que hacer aquí abajo?" Eso es lo que quisiera responder a aquellos que me preguntan sobre mis actividades.

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Se ha dicho que una metáfora "debe poder ser dibujada". Todo lo original y vivo que se ha hecho en literatura desde hace un siglo desmiente esta observación. Pues si algo ha persistido es la metáfora de contornos definidos, la metáfora "coherente". Y la poesía no ha dejado de rebelarse contra ella, hasta el punto de que una poesía muerta es una poesía atacada de coherencia.

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Oyendo el boletín meteorológico, gran emoción a causa de las "lluvias dispersas". Lo cual demuestra que la poesía está en nosotros no en la expresión, por más que disperso sea un adjetivo capaz de suscitar cierta vibración.

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En cuanto formulo una duda, o mejor, dicho: en cuanto siento la necesidad de formular una, experimento un bienestar curioso, inquietante. Me sería mucho más cómodo vivir sin el rastro de una creencia que sin el de la duda. ¡Duda devastadora, duda nutritiva!
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No hay sensación falsa.

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Volverse hacia uno mismo y descubrir un silencio tan antiguo como el ser, más antiguo inclusive.

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Sólo se desea la muerte durante los malestares imprecisos: ante el menor malestar concreto, se huye de ella.

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Si bien detesto al hombre, no puedo, en cambio, decir con la misma facilidad: detesto al ser humano, por la razón de que hay, a pesar de todo, en esa palabra ser, un algo pleno, enigmático, cautivante: cualidades ajenas a la idea de hombre.

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En el Dhammapada se recomienda, para obtener la liberación, sacudir el doble yugo del Bien y del Mal. Pero estamos demasiado atrasados espiritualmente para admitir que el Bien sea un obstáculo. Así, no nos liberaremos.

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Todo gira alrededor del dolor; lo demás es accesorio, inexistente, puesto que sólo recordamos lo que hace daño. Las sensaciones dolorosas son las únicas reales; es casi inútil experimentar otras.

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Creo, como ese loco de Calvino, que estamos predestinados a la salvación o a la condenación desde el vientre materno. Ya hemos vivido nuestra vida antes de nacer.

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Es libre aquel que ha discernido la inanidad de todos los puntos de vista, y liberado quien ha sacado las consecuencias.

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No hay santidad sin una inclinación hacia el escándalo. Y esto no sólo es válido para los santos. Quien se manifieste, de cualquier forma, demuestra tener, más o menos desarrollado, el gusto por la provocación.

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Siento que soy libre, pero sé que no lo soy.

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Suprimía de mi vocabulario palabra tras palabra. Terminada la destrucción, una sola sobrevivía: Soledad.
Me desperté colmado.

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Si hasta ahora he podido resistir es porque, a cada abatimiento que me parecía intolerable, seguía otro mas atroz, luego otro, y así sucesivamente. si estuviera en el infierno, desearía ver multiplicarse los círculos para poder esperar una nueva prueba, más rica que la anterior. Política saludable, al menos en materia de tormentos.

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Es difícil saber qué fibra nuestra hiere la música; lo cierto es que toca una zona tan profunda que ni la misma locura sabría llegar a ella.

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Deberíamos haber sido dispensados de arrastrar un cuerpo. Bastaba el peso del yo.

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Para volver a tomar gusto a ciertas cosas, para rehacerme un "alma", me vendría muy bien un sueño de varios períodos cósmicos.

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Nunca he podido comprender a ese amigo que, de regreso de Laponia, me hablaba de la opresión que se siente cuando, durante días y días, no se encuentra la menor huella de hombre.

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Un desollado erigido en teórico del desasimiento, un convulsionario que juega al escéptico.

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Entierro en un pueblo normando. Pido detalles a un campesino que miraba de lejos el cortejo. "Todavía era joven, apenas sesenta años. Lo encontraron muerto en el campo. ¿Qué se le va a hacer. Así es... Así es... Así es... ".
Ese estribillo, que de momento me pareció divertido, me obsesionó después. El buen hombre no sabía que estaba diciendo de la muerte todo lo que se puede decir y todo lo que se sabe de ella.

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Me gusta leer como lee una portera: identificarme con el autor y con el libro. Cualquier otra actitud me hace pensar en un descuartizador de cadáveres.

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En cuanto alguien se convierte a lo que sea, primero provoca envidia, después lástima, y, finalmente, desprecio.

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No teníamos nada que decirnos, y, mientras yo profería palabras ociosas, sentía que la tierra se hundía en el espacio, y yo con ella, a una velocidad que me producía vértigo.

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Años y años para despertar de ese sueño en el que se complacen los demás; y, después, años y años para huir de ese despertar...

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Cuando tengo que llevar a cabo una tarea que he asumido por necesidad, o por gusto, acabo de empezarla y todo, salvo ella, me parece importante, todo me seduce menos ella.

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Reflexionar sobre aquellos a quienes ya no les queda mucho tiempo, que saben que todo se les ha acabado, salvo el tiempo durante el cual se desarrolla el pensamiento de su fin. Dirigirse hacia ese tiempo. Escribir para gladiadores...

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Nuestro ser corroído por los achaques: el vacío que resulta está colmado por la presencia de la conciencia ¿qué digo?, ese vacío es la conciencia misma.

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La disgregación moral cuando se reside en un lugar demasiado bello. El yo se disuelve en contacto con el paraíso.
Sin duda el primer hombre, para evitar ese peligro, hizo la elección que ya conocemos.

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A fin de cuentas han existido más afirmaciones que negaciones; por lo menos hasta ahora. Neguemos pues sin remordimiento. Las creencias pesarán siempre más en la balanza.

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La sustancia de una obra, es lo imposible: lo que no hemos podido lograr, lo que no nos podía ser concedido; es la suma de todas las cosas que nos fueron negadas.

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Cuando buscamos fuera lo que sólo puede existir en nosotros, a todos nos sucede lo que a Gógol, quien, con la esperanza de una "regeneración", se aburrió en Nazaret lo mismo que en "una estación en Rusia".

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Suicidarse por ser lo que se es, pase; pero no porque la Hu