Eduardo Gutierrez [Fragmento de "El Chacho"]
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Cuando el Chacho tenía,
todos tenían, pues su lujo era partir entre todos cuanto tenía a la
mano.
El Chacho era un hombre de una salud de bronce y de una naturaleza especial
para resistir la fatiga inmensa de aquellas marchas prodigiosas, que
dejaban asombrados y a treinta leguas de distancia a sus más tenaces
perseguidores.
La esposa del Chacho venía con frecuencia al campamento y al combate,
a partir con su marido y sus tropas los peligros y las vicisitudes.
Entonces el entusiasmo de aquella buena gente llegaba a su último límite
y sólo pensaban en protestar a la Chacha, como la llamaban, su lealtad
hasta la muerte.
Cuando llegaba la hora de pelear, el Chacho era el primero que entraba
al combate y el último que se retiraba, si eran derrotados.
Antes de entrar en batalla, el Chacho daba siempre a sus tropas un punto
de reunión, para el caso en que tuviera que dispersarlas. Y así se veía
que el Chacho, derrotado hoy con 2.000 hombres, reaparecía tres o cuatro
días después con un ejército de 3.000.
El Chacho no tuvo jamás una palabra dura para sus subordinados, y cuando
alguno cometía alguna falta grave se contentaba con expulsarlo de su
lado, prohibiendo terminantemente que formara parte de su ejército.
Manso y complaciente, accedía con la mayor facilidad a cualquier insinuación
que se le hacía y que él creía sana.
Cuando él la creía mala o veía que lo que se le pedía podría perjudicar
a su causa, la rechazaba redondamente, y una vez que el Chacho decía
no era inútil insistir.
El Chacho combatía por el pueblo, por sus libertades y por los derechos
que creía conculcados.
Para sí no quería nada ni pidió nada jamás, en tiempo en que, por hacer
con él la paz, el Gobierno le hubiera dado cuanto hubiera pedido.
De aquí dimanaba principalmente el gran prestigio de que gozaba el Chacho
y la cantidad de hombres que lo rodeaban.
Porque él había encarnado en él mismo la causa del pueblo, y cada hombre
de los suyos sabía que peleaba por su propia felicidad y en su propio
provecho.
El Chacho era un hombre
alto y musculoso, de una fuerza de Hércules y de una contextura de acero.
Su mirada suavísima y bondadosa solía irradiar a veces destellos de
cólera que hacían temblar a los que estaban a su lado.
Esto era cuando llegaba a sus oídos la noticia de alguna cobardía o
uno de los tantos fusilamientos que de chachistas hacían las fuerzas
nacionales.
Peñaloza se mostraba entonces en todo el esplendor de su nobleza, y
como una venganza terrible, mandaba redoblar sus atenciones para con
los prisioneros.
Las injusticias del Gobierno lo habían irritado, porque ningún gobierno
debía ser cruel e injusto; luego las iniquidades cometidas con los paisanos
por la autoridad de los pueblos habían conmovido su corazón hidalgo
y había derrocado al gobierno que creía malo.
Pero el Chacho tenía la debilidad de escuchar las opiniones de los amigos
que creía ilustrados, y prestar su apoyo, para suceder a un gobierno
derrocado, muchas veces a un hombre más indigno que el que derrocó.
Así los aspirantes a gobernador y los negociantes de la política mantenían
relación íntima con el Chacho para servirse de él, llegado el caso,
sorprendiendo su buena fe y engañándolo en cuanto les era posible.
Sumamente astuto, aunque inocente en los enredos políticos, se dejaba
engañar hasta cierto punto, haciendo a un lado al pretendiente una vez
que lo había calado.
Triunfando el Chacho, triunfaba la buena causa, la causa del pueblo,
y entonces el Chacho pedía una contribución en dinero para repartirlo
entre sus soldados, que andaban siempre careciendo de aquello más necesario.
En el ejército del Chacho no había más ordenanzas militares que la palabra
de éste, ni más ley obligatoria que el empeño que cada cual tenía en
servirlo y morir por él si era necesario.
El Chacho detestaba el sacrificio estéril de sus tropas, no aceptando
un combate sino cuando creía estar seguro del éxito, ni se empeñaba
mucho en la batalla de éxito dudoso, para conservar enteros sus elementos.
Con una seguridad asombrosa y una rapidez notable, el Chacho calculaba
cuál debía ser el fin del combate que sostenía, y si lo creía nulo,
desbandaba su ejército en todas direcciones para evitar la persecución.
Por eso es que el Chacho antes de entrar en pelea daba a sus tropas
el punto de reunión para un día fijo, encontrándolos reunidos cuando
llegaba al punto indicado, y aumentando, con los amigos que se plegaban,
a los derrotados.
Y ésta era la causa de que, derrotado el Chacho, se le viera en seguida
con mayor número de gauchos y mayores elementos.
Conocedor del terreno en que operaba, como cualquiera puede conocer
su aposento, el Chacho hacía marchas tan asombrosas y rápidas que muchas
veces el ejército que creía irlo persiguiendo lo sentía a su espalda
picándole la retaguardia y tomándole todos los rezagados que iba dejando
en la marcha.
Es que, mientras el Chacho disponía de los mejores rastreadores y de
toda la gente de algún valor en los ejércitos, el jefe que lo perseguía
marchaba a ciegas la mayor parte del tiempo sin encontrar quien quisiera
darle el menor informe, aun bajo la mayor amenaza.
Un dato perjudicial al Chacho, un informe que pudiera ocasionar una
sorpresa era un crimen que no había paisano capaz de cometer ni por
todo el oro del mundo ni por todas las torturas conocidas.
Esto había causado más de una vez el fusilamiento de algún paisano que
se había resistido a dar los informes pedidos, o el martirio de algún
prisionero por la misma causa.
Pero esto producía un efecto contrario al que se buscaba, pues con este
proceder los paisanos huían del ejército regular como de la calamidad
más espantosa.
Cada vez que el Chacho tenía conocimiento de algún hecho de éstos, su
indignación no conocía límites.
-¡Y ése es el ejército civilizado que nos persigue como a horda de salvajes!
-exclamaba conmovido-, ¡y degüella nuestros leales y azota nuestras
mujeres! ¡Y ésos son los valientes que vienen a enseñarnos el goce de
la ley bajo las banderas del gobierno!
Angel
Vicente "Chacho" Peñaloza (1798-1863)
Vicente Osvaldo Cutolo
[De Nuevo Diccionario Biográfico Argentino 1750-1930]
En 1821, Ángel Peñaloza, apodado el Chacho, trabó amistad con el Comandante
Juan Facundo Quiroga y luchó, bajo su mando, contra las fuerzas unitarias
al mando de La Madrid y el General José María Paz. Quiroga acuerda con
Juan Manuel de Rosas un plan para destruir a las fuerzas unitarias en
el interior del país e inicia, junto con Peñaloza, una campaña que culmina
con el dominio de Cuyo, La Rioja, San Luis, Mendoza, Catamarca y Tucumán.
Durante el gobierno de Paulino
Orihuela, gobernador de La Rioja, el Chacho fue designado comandante
militar y su prestigio era tan grande que en 1833 comandó la escolta
de Quiroga. Era un típico caudillo de la provincia, un hombre de campo
con todas las características que el poema de José Hernández atribuye
al gaucho argentino.
Cuando se produjo el asesinato de su jefe y protector en Barranca Yaco,
el 16 de febrero de 1835, quedó como sucesor indiscutido de su popularidad.
En 1840 se pronunció contra Rosas porque creyó que éste había sido uno
de los instigadores del asesinato de Quiroga. A las órdenes de Lavalle,
el Chacho sublevó los Llanos e inició una guerra de guerrillas contra
el fraile Aldao que había ocupado La Rioja. El deseo por tomar su provincia
natal para el bando unitario lo llevó a varios enfrentamientos con los
diferentes gobernadores de La Rioja. Finalmente fue derrotado por el
ejército del gobernador federal de San Juan. Se exilió un año en Chile
y en 1844, volvió a San Juan prometiéndole a Benavídez que se sometería
al régimen de la Federación. En 1848 y en una situación de pobreza extrema,
le permiten volver a La Rioja, su provincia natal. Esta situación molestó
a Rosas que le exigió a Benavídez, enviar al Chacho a Buenos Aires,
aunque el gobernador eludió la demanda. No obstante estar bajo garantía,
participó en el derrocamiento del gobernador riojano, Vicente Mota.
A partir de ese momento, la situación del Chacho mejoró pro su prestigio
en el sostén del nuevo gobierno de Manuel Bustos. En 1852, con la derrota
de Rosas, se afirmó con mayor solidez, intervino en cuestiones de política
local y llegó a cartearse con el general Urquiza.
El nuevo gobernador de La Rioja, Solano Gómez, toma una serie de drásticas medidas que provocan que en 1856 Urquiza -en ese momento, presidente de la Confederación-, envíe una comisión que interviene en los asuntos provinciales. Ante el fracaso de los intentos encauzar la política provincial en el marco de la Constitución nacional, estalla una revolución promovida por Bustos y apoyada por Peñaloza que destituye al gobernador. La Legislatura lo reemplaza por Bustos que mantiene buenas relaciones con el Chacho. Sin embargo, la armonía se rompió a causa de los intentos revolucionarios de los hermanos Carlos y Ramón Ángel en 1859 y 1860 para derribar al gobierno. Las sanciones aplicadas a ambos disgustan a Peñaloza que era su protector y pide la renuncia de Bustos. Nuevamente, el gobierno nacional envía diferentes delegados para solucionar el pleito pero estos fracasan. Finalmente, Peñaloza toma el poder provincial y convoca a elecciones, que dan como resultado el nombramiento de Villafañe como nuevo gobernador. Urquiza envía una comisión para aconsejarlo que desarrolle una política acorde a la Constitución nacional.
El triunfo de Mitre en Pavón
trajo un período aciago para la provincia. El gobierno central le pide
a Peñaloza que oficie de árbitro en el conflicto entre Santiago del
Estero y Catamarca. Aprovechando su ausencia el gobernador de Córdoba,
Marcos Paz, se apoderó de La Rioja. La región se insurreccionó y decenas
de partidas trataron de estorbar y aislar a los nacionales. Para congraciarse
con Mitre, Villafañe traiciona a Peñaloza y firma una declaración en
la que lo repudia y amenaza con castigos a los que lo apoyasen. El Chacho
regresa apresuradamente e ingresa la ciudad con el apoyo popular. Villafañe
había huido y el gobernador delegado repara el agravio inferido al Chacho.
En ese momento Mitre y Paunero, alarmados por la supervivencia del Chacho,
envían una comisión a negociar con él. Los jefes liberales reconocieron
la necesidad de incluir al Chacho como una garantía del orden y la tranquilidad
en el interior pero luego, lo acusaron de delitos que no había cometido
y buscaron por todos los medios posibles, que Mitre le declarara la
guerra. Por fin lo consiguieron y se designó a tal efecto, al gobernador
de San Juan, Domingo Faustino Sarmiento, enemigo encarnizado del caudillo
riojano. El Chacho enarboló la bandera de la rebelión frente al proyecto
liberal y organizó una guerra de montoneras. Intentó atacar San Juan
pero fue derrotado por el mayor Irrazábal. Dos días antes de morir,
escribió una carta a Urquiza que se considera su 'testamento político'.
Allí de pide que se ponga al frente de la lucha contra los herederos
de Pavón. El 12 de noviembre de las fuerzas de Irrazábal lo encuentran
en su casa y le exigen que se rinda. El Chacho entrega el puñal que
le había obsequiado Urquiza en señal de aceptación, pero Irrazábal lo
atravesó con una lanza. Su cabeza fue exhibida en la plaza de Olta durante
ocho días.
Sarmiento se alegró por su muerte, diciendo que el Chacho era una 'bestia
dañina', Mitre la desaprobó por no ajustarse a las disposiciones legales
-era un general de la nación y debió juzgárselo en un Consejo de guerra.
José Hernández, en cambio, publicó una reivindicación póstuma del caudillo
en su diario El Argentino, que apareció como libro al año siguiente.
También Gutiérrez y el poeta Olegario Andrade escriben en su favor.
El texto de Sarmiento de 1867, en el que defiende el crimen contra Peñaloza
desató una feroz polémica con Juan Bautista Alberdi.
Véase:
ANDRADE, OLEGARIO, Oda al general Ángel Vicente Peñaloza
GUTIÉRREZ, EDUARDO, La muerte de un héroe
HERNÁNDEZ, JOSÉ. Rasgos biográficos del general Ángel Vicente Peñaloza
SARMIENTO, DOMINGO F., El Chacho, el último caudillo de la montonera
de los Llanos
VIÑAS, DAVID. Rebeliones populares argentinas. De los Montoneros a los
anarquistas. Buenos Aires: Carlos Pérez Editor, 1971.
Imágen: Sello del Chacho
El 12 de noviembre de 1863 el brigadier general Angel
Vicente Peñaloza, a sus gallardos 70 años, está refugiado en la casona
de su amigo Felipe Oros, en la pequeña población riojana de Olta, con
media docena de hombres desarmados, a pocos días de su derrota en Caucete,
San Juan, contra las tropas de línea del gobernador de la provincia
y director de la guerra designado por el presidente Bartolomé Mitre:
Domingo Faustino Sarmiento, que estaba desesperado entonces por saber
dónde se escondía su peor enemigo. A principios de mes el capitán Roberto
Vera sorprende a un par de docenas de seguidores de Peñaloza. "Acto
continuo se les tomó declaración", dice el escueto parte de su superior,
el mayor Pablo Irrazábal: seis murieron pero el séptimo habló. El chileno
Irrazábal lo manda a Vera con 30 hombres al refugio del caudillo, donde
lo encuentra desayunando con su hijo adoptivo y su mujer. El Chacho,
el amable gaucho generoso y valiente defensor a ultranza de las libertades
de los pueblos, sale a recibirlo con un mate en la mano y, entregando
su facón -en cuya hoja rezaba la leyenda "el que desgraciado nace /
entre los remedios muere"-, le dice al capitán: "estoy rendido". Vera
lo conduce a uno de los cuartos y le pone centinela de vista. Y le comunica
el suceso a Irrazábal. El mayor no tarda en aparecer. Entra al cuarto
y pregunta de un grito: "¿quién es el bandido del Chacho?". Una voz
calma, desbordante de buena fe, le contesta: "yo soy el general Peñaloza,
pero no soy un bandido". Inmediatamente, y sin importarle la presencia
del hijastro y de doña Victoria Romero de Peñaloza, el mayor Pablo Irrazábal
toma una lanza de manos de un soldado y se la clava en el vientre al
general. Después lo hizo acribillar a tiros. Y mandó cortarle la cabeza
y exhibirla clavada en una pica en la plaza del pueblo de Olta. Sarmiento,
que nada deseaba más que esa muerte, le escribe a Mitre el 18 de noviembre:
"...he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle
la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las
chusmas no se habrían aquietado en seis meses".
La guerra "de limpieza social", de exterminio de los criollos, de degüello
de los federales, de carnicería feroz, de raptos, robos, saqueos, violaciones,
levas de enganchados y cepos "colombianos" a los gauchos, es la consecuencia
directa de Pavón, "la derrota que no fue" impuesta por las logias de
Buenos Aires. El 17 de septiembre de 1861 se enfrentaron junto al arroyo
de Pavón, al sur del la provincia de Santa Fe, el ejército bonaerense
liberal de Mitre y el ejército federal de las provincias de Urquiza.
Producida la victoria indiscutible de los federales en el campo de batalla,
inexplicablemente, Justo José de Urquiza se retira del campo a paso
lento, al tranco de su caballo, como para demostrar que es una retirada
voluntaria. ¡Y al mismo tiempo ordena también la retirada de los suyos,
ganadores del combate! Con la insólita claudicación urquicista, la Confederación
se derrumbó y el país quedó en las manos de "la civilización de la levita"
de los porteños, una de las páginas más tristes y sangrientas de nuestra
historia.
La bandera abandonada por Urquiza será alzada entonces por el Chacho
Peñaloza, brigadier general del ejército de la nación y jefe del III
Ejército -el "Ejército de Cuyo"-, aunque sin tropas de línea ni armas.
De una vieja familia fundadora de La Rioja, de larguísima carrera de
luchas en las que había ganado todos sus grados en el campo de batalla,
Peñaloza fue teniente coronel de Facundo Quiroga, y lo acompañó en todas
sus campañas, sirviendo después de Barranca Yaco a las órdenes del gobernador
Brizuela, con quien entró a la coalición del Norte. Este cambio de frente
obedeció a la falsa versión unitaria que le achacaba a Rosas la inspiración
del asesinato de Facundo.
Pero ya estamos después de Pavón, cuando el Chacho levanta una vez más
su enseña, cabalgando sin sombrero, ceñida la melena blanca con una
vincha gaucha, y son cientos, y pronto miles los que lo rodean, paisanos
con sus caballos de monta y de tiro, y una media tijera de esquilar
atada a una caña como lanza. De La Rioja a Catamarca, de Mendoza a San
Luis, de Córdoba a San Juan, la montonera crece levantando voluntarios
en marcha triunfal. En los Llanos, el caudillo es imbatible. Por eso,
el gobierno nacional manda al sacerdote Eusebio Bedoya a ofrecerle la
paz. El Chacho acepta complacidísimo y se fija La Banderita para el
cambio solemne de las ratificaciones y de los prisioneros de guerra.
El acude con sus tenientes y montonera en correcta formación. El ejército
de línea, conducido por los jefes mitristas Rivas, Arredondo y Sandes
-los dos últimos orientales-, rodean a Bedoya.
José
Hernández, el autor del Martín Fierro, narra la entrega de los prisioneros
nacionales tomados por el Chacho. "¿Ustedes dirán si los han tratado
bien?", pregunta éste. "¡Viva el general Peñaloza!", fue la única y
entusiasta respuesta.
Luego el riojano se dirige a los jefes nacionales: "¿Y bien, dónde están
los míos?... ¿Por qué no me responden?... ¡Qué! ¿Será cierto lo que
se dice? ¿Será verdad que todos han sido fusilados?"... Los jefes militares
de Mitre se mantenían en silencio, humillados; los prisioneros habían
sido todos degollados sin piedad, como se persigue y se mata a las fieras
de los bosques; las mujeres habían sido arrebatadas por los invasores...
Al decir del joven periodista Hernández -testigo angustiado de las desdichas
nacionales-, Bedoya y los propios jefes militares, conmovidos, sienten
asco por haberse mezclado en la negociación. Pronto el Martín Fierro
marcará a fuego la iniquidad mitrista:
¡Y después dicen que es malo
el gaucho si los pelea!
Pero hay uno que nada lo conmueve; queda en pie el enemigo más formidable
del caudillo de los Llanos: Sarmiento, que además de caracterizarlo
de bandido, vándalo y ladrón, lo hostiliza y hace perseguir implacablemente
a sus hombres, incorporándolos por la fuerza a los peores destinos militares,
después de apoderarse de sus mujeres y propiedades. (Unos meses antes
le escribía a Mitre sobre Sandes: "Si mata gente, cállense la boca.
Son animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga
con tratarlos mejor"). Hasta que el director de la guerra logra colmar
la paciencia del Chacho, que antes del año de La Banderita levanta nuevamente
el estandarte de la rebelión, declarando en una carta a Mitre: "Los
hombres todos, no teniendo ya más que perder que la existencia, quieren
sacrificarla más bien en el campo de batalla defendiendo sus libertades,
sus leyes y sus más caros intereses atropellados vilmente". Y toma su
lanza temible convocando a los dispersos federales, a los veteranos
de Facundo y a los jóvenes casi niños que prefieren morir con la tacuara
en la mano a aniquilarse en los cantones fronterizos, diciendo en su
proclama, que vuelve a conmocionar los Llanos: "El viejo soldado de
la patria os llama en nombre de la ley y de la nación, para combatir
y hacer desaparecer los males que aquejan a nuestra tierra".
La tragedia de Olta inició una ola de sangre descontrolada en toda la
región. Pero desde entonces una copla popular se empezó a cantar en
los Llanos:
Dicen que al Chacho
lo han muerto.
No dudo que así será.
Tengan cuidado magogos,
no vaya a resucitar.
Fuente: www.agendadereflexion.com.ar

Investigación periodística
e historia política, por Carlos del Frade
La investigación periodística revela el funcionamiento de los factores
de poder en una sociedad y descubre el por qué existencial de las mayorías
populares. La historia del periodismo argentino está plagada de antecedentes
del género que tomó auge a fines de los años cincuenta del siglo veinte
pero que, en realidad, asumió sus formas desde el diecinueve con políticos
y escritores como Belgrano, Fray Mocho y José Hernández. Este último,
conocido de manera mayoritaria por "Martín Fierro", fue uno de los pioneros
de un periodismo de denuncia precisa que revela el nombre y el apellido
de los multiplicadores del dolor del presente que le tocó vivir. La
investigación sobre el asesinato del Chacho Peñaloza es una pieza de
antología que no solamente es útil para los miles de estudiantes de
periodismo, sino también para la historia política de los argentinos.
Vayan estas líneas, entonces, como modesto homenaje a dos hombres comprometidos
con el sueño inconcluso de los que son más, Hernández y Peñaloza que,
en estos días, se recordaron con tibieza por las efemérides de sus nacimiento
y muerte, respectivamente.
Del Chacho a los hijos y entenados
José Hernández es el símbolo de un periodismo de denuncia y prólogo
del género de la investigación que descubre la trama íntima de la impunidad
en torno a un crimen político que conmovió a la sociedad argentina de
principios de la década del sesenta del siglo pasado.
El asesinato del Chacho Peñaloza fue presentado por los periódicos de
la época, los de Buenos Aires, como el "lógico final de un bandolero".
Sarmiento y Mitre justificarían el método en nombre del progreso.
Frente a esta construcción
de sentido del presente, tendiente a conformar una visión que justificaba
la eliminación de las resistencias del interior ante el proyecto económico
y político de la burguesía porteña en alianza con los ganaderos de la
Mesopotamia, el periodista Hernández, militante del proyecto de la Confederación,
descubriría otra historia.
Y lo haría a través de una serie de artículos que publicó en el periódico
entrerriano "El Argentino", de Paraná.
La primera nota se titulaba "Asesinato atroz" y comenzaba con una cabeza
escrita según los conceptos actuales de la estética del periodismo informativo.
"El general de la Nación, Don Angel Vicente Peñaloza ha sido cosido
a puñaladas en su lecho, degollado y llevada su cabeza de regalo al
asesino de Benavídez, de los Virasoro, Ayes, Rolin, Giménez y demás
mártires, en Olta, la noche del 12 del actual", en referencia a noviembre
de 1863.
"El general Peñaloza contaba 70 años de edad; encanecido en la carrera
militar, jamás tiñó sus manos en sangre y la mitad del partido unitario
no tendrá que acusarle un solo acto que venga a empañar el valor de
sus hechos, la magnanimidad de sus rasgos, la grandeza de su alma, la
genrosidad de sus sentimientos y la abnegación de sus sacrificios".
Hernández describe y utiliza los adjetivos que informan.
El periodista con conciencia política que es Hernández denunciará desde
el presente, el proyecto de dominación que enfrenta desde el campo de
batalla y desde el escritorio de una redacción.
"El asesinato del general Peñaloza es la obra de los salvajes unitarios;
es la prosecución de los crímenes que van señalando sus pasos desde
Dorrego hasta hoy".
Luego vendrá un segundo artículo, "La política del puñal" en la que
advierte desde la lucidez del analista político: "Tiemble ya el general
Urquiza que el puñal de los asesinos se prepara para descargarlo sobre
su cuello; allí, en San José, en medio de los halagos de su familia,
su sangre ha de enrojecer los salones tan frecuentados por el partido
Unitario".
La tercera nota es la presentación del género de la investigación periodística
en la Argentina.
"Peñaloza no ha sido perseguido. Ni hecho prisionero. Ni fusilado. Ni
su muerte ha acaecido el 12 de noviembre. Lo vamos a probar evidentemente,
y con los documentos de ellos mismos. Todo eso es un tejido de infamias
y mentiras, que cae por tierra al más ligerísimo examen de los documentos
oficiales que han publicado sus asesinos", aseguró el periodista.
Agregó que "ha sido cosido a puñaladas en su propio lecho, y mientras
dormía, por un asesino que se introdujo a su campo en el silencio de
la noche; fue enseguida degollado, y el asesino huyó llevándose la cabeza.
A la mañana siguiente no había en su lecho ensangrentado sino un cadáver
mutilado y cubierto de heridas. Esa es la verdad, pero todo esto ha
ocurrido antes del 12 de que hablan las notas oficiales. Los partes
y documentos confabulados mucho después del asesinato con el solo objeto
de extraviar la opinión del país, incurren en contradicciones estúpidas".
En esas líneas se descubre el sentido y el objetivo de las palabras
de Rodolfo Walsh en "Operación Masacre", luego de los fusilamientos
de José León Suárez.
"Examinemos ligeramente
esos documentos. El primer parte que aparece dando cuenta de la muerte
del general Peñaloza, es el siguiente" y transcribe el texto de Pablo
Yrrazábal y Ramón Castañeda fechado en Olta, el 12 de noviembre de 1863.
Allí
se pone de manifiesto que Yrrazábal sorprendió al "bandido Peñaloza,
el cual fue inmediatamente pasado por las armas" y aseguraba que también
tenía "prisionera a la mujer y un hijo adoptivo".
Hernández destacó a los lectores el hecho de que el operativo se produjo
en la madrugada del 12 y que no había más prisioneros que la familia
de Peñaloza.
A continuación, Hernández publicó una carta de Sarmiento, como gobernador
de San Juan, al inspector general de Armas de la República, general
Wenceslao Paunero.
En ella el sanjuanino le adjudicó la detención del Chacho a Vera y no
en la madrugada del 12, si no a las nueve de la mañana.
El tercer documento es la carta que Yrrazábal dirigió al coronel José
Arredondo el mítico 12 de noviembre de 1863.
"Pongo en conocimiento de VE el buen éxito de nuestra jornada que ha
dado el triunfo sobre el vandalaje", comenzaba el escrito.
Luego mencionó al "valiente comandante Ricardo Vera", la fecha 11 de
noviembre, la toma de 18 prisioneros y la partida hacia Olta en la madrugada
del 12. Habla de otro grupo de 18 nuevos prisioneros, seis muertos y
el secuestro de la mujer del Chacho y un hijo adoptivo.
Entonces Hernández pone en evidencia las contradicciones entre los documentos
oficiales.
"O miente uno o miente el otro. La verdad es que mienten los dos", escribe
en tono contundente.
Publica una nueva carta, del 13 de noviembre, enviada por Pedro Echegaray
al coronel y jefe de las fuerzas movilizadas, coronel Cesáreo Domínguez.
Lo hace desde Los Pocitos, provincia de Córdoba. Allí se cuenta que
se llegó a La Rioja en la noche del 12 de noviembre y que "muy pronto
quedará restablecido el orden porque el primer caudillo, que era Peñaloza,
concluyó su carrera en Olta, que fue muerto por una comisión del coronel
Arredondo al mando del comandante Ricardo Vera".
De allí que Hernández desmenuce el sentido profundo de los signos que
ofrecen las cartas.
"En esta nota, fechada un día después de aquel en que se da como acaecida
la muerte de Peñaloza, y a una inmensa distancia del lugar del suceso,
Echegaray habla del hecho como de un suceso viejo, habla de los resultados
producidos, de la marcha de Puebla, de los avisos mandados por él a
las autoridades de San Luis, de la ocupación de La Rioja por Arredondo,
de los individuos que se han presentado, y por fin de que se ha retirado
de aquella provincia por creer ya innecesaria su presencia allí. No
hay magia para hacer tantas cosas en unas cuantas horas, sino la de
los salvajes unitarios. Pero Echegaray no mentía, sino que Peñaloza
ha sido asesinado mucho antes de lo que dicen esas notas falsificadas",
remarcó José Hernández.
Y añadió una última carta de Yrrazábal a Echegaray, desde Ulape, el
8 de noviembre de 1863. "Según noticias, creo que US no está seguro
de que Peñaloza fue tomado e inmediatamente pasado por las armas", testimonia
el documento.
A partir de esa demostración, Hernández confirmó que "aquí está descubierto
el crimen. Esa nota es de fecha 8 de noviembre e Yrrazábal le asegura
a Echegaray que Peñaloza había sido muerto" y más adelante enfatizó
que "el asesinato que se pretende encubrir está revelado".
Después analiza la construcción de la historia oficial a través del
diario "El Imparcial" de Córdoba y "La Nación Argentina", de Mitre.
Terminó escribiendo que "el criminal se agazapa, se esconde, pero siempre
deja la cola afuera, que es por donde lo toma la justicia. Los salvajes
unitarios han dejado también la cola afuera".
Es una pena que este texto de investigación, análisis, precisión informativa
y moderna estética en la redacción, no se estudie en las facultades
de comunicación social y en las escuelas de periodismo como antecedente
de los escritos de Walsh, Bayer y Verbitsky.
Pero también constituye un flagrante delito de falsificación histórica
el tratar de reducir a José Hernández como el autor del "Martín Fierro".
Hernández demuestra, a través de su notable ejercicio de la construcción
de las noticias y de su compromiso político que lo llevó hasta los campos
de batalla, una voluntad de convertir en masivo lo oculto por los sectores
dominantes.
Su trabajo de descubrimiento a favor de las mayorías constituye un valioso
aporte para la formación de la conciencia social.
Esa que se nutre del mandato cultural y político que viene desde 1810
de formar una Argentina con igualdad y solidaridad, proyecto histórico
que resume la identidad nacional.
Fuente: ARGENPRESS.info, Fecha publicación:14/11/2005
Imágen: Arma del Chacho
Vida y muerte de un caudillo
Por León Benarós
Ángel Vicente Peñaloza fue caudillo de La Rioja en el
siglo XIX, llamado «El Chacho». Chacho es un apodo muy utilizado en
Argentina; quizá venga de muchacho. El Chacho fue asesinado por tropas
de Buenos Aires el 12 de noviembre de 1863 en Olta, La Rioja.
Canción de cuna del Chacho
Canción
(Recitado)
Un niño nace en la Rioja,
¿Qué destino ha de tener?
Para defender su provincia,
¡montonero habrá de ser¡
(Cantado)
Niñito de pelo ru[bio],
changuito de ojos celes[tes],
¡sosiégesee ya¡
Mi niñito de los lla[nos],
mi churito ángel Vicente.
Si se dormirá,
debajo del algarrobal.
Jorge Cafrune - Triunfo
del Chacho
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Duérmase, pues, mi changui[to],
mi clavelito elegi[do],
de Guaja la flor,
para cuando se despier[te],
fíjese que le trai[go],
arrope y mistol,
se duerme la luna y el sol.
Ya viene la montone[ra],
mi niño ya está dormi[do],
¿qué sueño hai´ tener?.
Se vera chul[i] y creci[do],
levantando polvare[da],
saliendo del ce[rro],
tal vez deberá padecer.
Tal vez deberá padecer.
Tal vez deberá padecer.
Montonereando
Adolfo Ábalos-León Benarós
Chacarera
(Recitado)
¡Tanto defender La Rioja!,
¡Tanto luchar y luchar!.
Destino de gente pobre,
¡sufrir y montonerear!.
(Cantado)
Guandacol, Chepaespetui, Malanzán,
tal vez esos lindos pagos,
no los veré más.
¿Dónde está la que un querer me juró?.
Ella me estará esperando,
pero tal vez no.
Chañaral, Churquicardón, Retamal,
soy llanisto, soy del Chacho,
soy de La Rioja.
Pobre soy, soy montonero señor,
libres somos los riojanos,
libre seré yo.
Floro Cruz, Apolinario Mazán,
Pancho Argüello, Cleto Luna,
no los veré más.
Otra vez, pecho el fusil donde esté,
es lo mismo, monte o cerro,
para morir pues.
Ya verán cuando se ofrezca pelear,
si medio la montonera,
se desempeñan.
Pobre soy, soy montonero señor,
libres somos los riojanos,
libre seré yo.
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La Victoria Romero
Ramón Navarro - León Benarós
Cueca
(Recitado)
Ya ese Chacho Peñaloza
se viene ganando a mozo,
un amor le está ocupando
su corazón generoso.
(Cantado)
Dic'qu'se Peñaloza
anda noviando.
Dic'qu'se Peñaloza
anda noviando.
Tiempo que no lo han visto montonereando.
¿Quién será que le roba su voluntad?.
Dic'que los ojos negros de alguna moza,
guerra le dan al Chacho, más que otra cosa.
Por esos jarillales ronda el amor.
Riojano amor,
ella es la flor,
de aquellos pagos.
Y el mocetón, con sencillos halagos,
jura su amor sincero,
a la Victoria Romero.
Dic'qu'se Peñaloza, va pretendiendo,
Dic'qu'se Peñaloza, va pretendiendo,
una moza de Tama, lo anda queriendo.
Ella es sencilla y pura, flor de cardo.
¡Linda la novia d'el Chacho,
alta y airosa!.
Moraba en los entreveros, tan valerosa.
Sabe mostrar agallas junto al varón.
Se va, se va, se va, se va.
Cueca riojana.
El Chacho va, con la novia en Anca,
y el juega la vida y fama,
por esa moza de Tama.
Deje, nomás
Adolfo Ábalos - León Benarós
Vidala chayera
(Recitado)
Noticias de Buenos Aires,
para afligir han venido,
porque han de pelearlo al Chacho,
como si fuera un bandido.
(Cantado)
Dicen que se ha de venir,
deje, nomás,
tropa baquiana de allá,
deje, nomás.
Déle chumbiar y chumbiar,
sable largo, por demás.
Y que nos viene a topar,
el entrevero será ya guaytá.
Dicen que está por llegar,
deje, nomás,
esa tropa nacional,
deje, nomás.
Y que nos viene a mandar,
¡Cuaya a saber si podrá!.
Gente del Chacho hallará,
le dificulto la facilidad.
Dicen que en la Rioja está,
deje, nomás,
esa tropa nacional,
deje, nomás.
Y que nos quiere allanar,
fiero les hemos de entrar.
Ha de quedar el tendal,
la polvareda y el viento, nomás.
Que sí será, si no será,
la polvareda y el viento, nomás,.
la polvareda y el viento, nomás,
la polvareda y el viento, nomás,
(Grito)
Triunfo del Chacho
Eduardo Falú - León Benarós
Triunfo
(Recitado)
¿Qué siente por ese Chacho,
la paisanada devota?.
Lo sigue sin desertarse,
en el triunfo o la derrota.
(Cantado)
Yo no soy de estos pagos,
soy de La Rioja,
soy de La Rioja,
donde no tiene sitio,
la gente floja.
¡Qué digo!. Soy de La Rioja.
Dicen que viene Sandes, (*)
la polvareda,
la polvareda,
queriendo avasallar,
tal vez no pueda.
¡Qué digo!. La polvareda.
¡Amalaya ese Chacho!,
tan combatido,
tan combatido,
ofertando la paz,
sin ser oído.
¡Qué digo!. Tan combatido.
Este es el triunfo, madre,
de los chachistas,
de los chachistas,
con La Rioja en el alma,
la lanza lista.
¡Qué digo!. De los chachistas.
(*) Nota: Sandes, fue el coronel que venció al Chacho en el encuentro
de Lomas Blancas (20/05/1863), y de donde el caudillo huyera, para caer
definitivamente derrotado en Olta.
La muerte del Chacho
Anónimo - León Benarós
Romance
(Recitado)
Cuente la copla de pueblo: - La muerte de Peñaloza.
Desarmado lo mataron, - así, nomás, es la cosa.
(Romance)
Yo he visto gemir al tigre, - y vi llorar al quebracho,
han de dejar que les cuente - cómo mataron al Chacho.
Como varón se sostuvo - de la cabeza a los pies,
finó el doce de noviembre - del año sesenta y tres.
Con entereza total, - se allanó a perder la vida.
¡Digan si se vio en La Rioja - una estampa parecida¡.
Sesenta y cinco veranos - ya cuenta ese Peñaloza.
Ver su provincia invadida, - el corazón le destroza.
Ya de la riojana sangre, - el suelo nativo entintan.
Las hartas canas al Chacho - en las sienes se le pintan.
Cuando en San Juan, la Victoria - le mezquinó sus halagos,
se sintió ese general - tironeado por sus pagos.
En llegando a Loma Blanca, - como quién va para Olta,
en el rancho de un tal Oros, - va a alojarse con su escolta.
El Mayor Pablo Irrazabal - los desbarata en Caucete,
va con orden de apretarlos, - pa' ver si los somete.
Y respirando rencor, - con una saña de fiera,
para perseguir al Chacho, - destaca a Ricardo Vera.
¿Con qué ánimo ha de ver éste, - comisión que se le cuadre,
si el general Peñalosa - era su amigo y compadre?.
Más bien iba, por si acaso, - a pactar la rendición,
por si ese Chacho, - acatara la fuerza de la nación.
Bajo una lluvia finita - con su gente, llega Vera,
desmonta y en un abrazo - con el Chacho se entrevera.
y allí le dice "Compadre, - su causa, es causa perdida.
Si usted se rinde al gobierno, - yo le aseguro la vida.
Ponga fin a sus trabajos - entre gente montonera.
Entréguese a la nación, - no es una fuerza extranjera".
Como mirando a lo lejos - queda el Chacho fijamente
en su catre de algarrobo, - mateaba tranquilamente.
Por fin, por segura prenda - de aquel pacto tan sencillo,
en señal de acatamiento, - ha entregado su cuchillo.
Ya la mucha edad al Chacho, - su brío porfiado vence.
Ya con aquellas razones, - su compadre lo convence.
Un tal Regalado Campos, - chasca en esa situación,
va a dar a aquel Irrazabal - parte de la rendición.
Más llega el dicho Irrazabal, - con toda la rabia junta
y sin desmontar, a Vera, - "¿Cuál es el Chacho?", pregunta,
Y al saberlo, allí, nomás, - ciego de fiera venganza,
se le viene a Peñaloza, - y de un lanzazo lo avanza.
Rendido de buena fe, - pues hasta entregó el cuchillo,
en semejante ocasión, - ¿qué iba a hacer ese caudillo?
En mentira y felonía - todo se le trueca -pienso-
por darle seguridad, - lo lancean indefenso.
Mudos quedan de sorpresa, - quienes lo están contemplando,
se le hundió hasta la moharra, - y el asta quedó temblando.
Todavía moribundo, - pudo, firme, ser oído:
"¡Cobarde!", murmura el Chacho. - "¡Matar a un hombre rendido¡".
Allí lo dejan, después - de semejante atropello.
Tiene la boca entreabierta, - tiene un rosario en el cuello.
Como una tigra, llorando - de pena que la acongoja,
ciega de dolor, la Vito - con furia se les arroja.
Alguno, más comedido, - de un talerazo la acuesta,
cuando ese Pablo Irrazabal - suelta su rabia funesta,
y señalándolo al Chacho, - doblado en sus estertores,
grita, ese mayor sin hiel: - "¡A ver¡ ¡Cuatro tiradores¡".
En un orcón de algarrobo, - el Chacho queda sujeto.
¡Ya le pegan cuatro tiros¡ - ¡Ya el crimen está completo¡.
Y para que haya, señores, - de todo, como en botica,
a la cabeza del Chacho, - la exponen en una pica.
¡Lindo es salirle a la muerte - en cualesquier entrevero¡.
¡Pero otra cosa, es que a un hombre, - lo maten como cordero.
¡Ya se acabó Peñaloza¡. - ¡Ya lo pudieron matar¡.
Tengan cuidado, señores, - ¡no vaya a resucitar¡.
La pura verdad
Adolfo Ábalos - León Benarós
Baguala
Una baguala que expresa con profundidad el anuncio del trágico destino
del caudillo.
(Recitado)
La vida y muerte del Chacho,
ya nomás estoy cantando.
El cayó por su provincia,
nosotros, vamos andando.
(Cantado)
Mi general Peñaloza,
la pura verdad.
Mi general Peñaloza,
la pura verdad.
Padrecito de los pobres,
Padrecito de los pobres,
no quiera la suerte, nos llegue a faltar.
Se lleva atrás de su poncho,
la pura verdad.
Se lleva atrás de su poncho,
la pura verdad.
Los riojanos corazones,
Los riojanos corazones,
no quiera la suerte, nos llegue a faltar.
(Recitado)
Con nadita se ha quedado,
lanza y poncho solamente,
porque todo lo que tiene,
lo reparte con su gente.
Mi general Peñaloza,
por su vida, ¡cuidesé¡,
los humildes de La Rioja,
lo precisamos a usted.
(Cantado)
Los humildes de La Rioja,
la pura verdad.
Los humildes de La Rioja,
la pura verdad.
Lo precisamos a usted,
Lo precisamos a usted.
No quiera la suerte, nos llegue a faltar.
No quiera la suerte, nos llegue a faltar.
(Grito)
Llanto por el Chacho
Eduardo Falú - León Benarós
Chaya
(Introducción)
Allá va, sombra del Chacho,
tal vez queriendo volver,
durando en los corazones,
sabiendo permanecer.
...................................
El general Peñaloza, solo y perdido, me dicen que va.
El general Peñaloza, solo y perdido, me dicen que va.
Lloran las piedras también tristes de verlo pasar;
le tiende sus ramas el algarrobal.
El general Peñaloza, solo y perdido, me dicen que va.
Desde su tierra natal, como un jirón del ayer,
levantando lanzas siguen los riojanos,
la sombra del Chacho, que quiere volver.
Pregunta el quimil; responde el tunal:
la lanza del Chacho, tal vez volverá.
El general Peñaloza deja su sangre por el arenal.
El general Peñaloza deja su sangre por el arenal.
Sombra se quiere volver, rumbo de la soledad:
en Olta la muerte lo viene a buscar.
El general Peñaloza deja su sangre por el arenal.
El general Peñaloza ya se levanta de su soledad.
El general Peñaloza ya se levanta de su soledad.
Lanza que pide volver; árbol que quiere brotar.
La voz de los llanos lo vuelve a nombrar.
El general Peñaloza ya se levanta de su soledad.
Desde su tierra natal, como un jirón del ayer,
levantando lanzas siguen los riojanos,
la sombra del Chacho, que quiere volver.
Pregunta el quimil; responde el tunal:
la lanza del Chacho, tal vez volverá.
Tal vez volverá..., tal vez volverá...
Visión del Chacho
Carlos Di Fulvio - León Benarós
Zamba
(Recitado)
Por aquí ha pasado el Chacho,
con sus montoneros de Aliva.
Crece una sombra de lanzas,
por aquellos peñales.
(Cantado)
La Rioja no te olvida,
un clamor por esos llanos va.
Y hay un reverberar
en la riojana soledad,
que alza tu visión, sombra fantasmal.
Y cuando la alta noche, crece sobre el jarillal,
gritos de un ayer se suelen escuchar.
Atiles, Tama, Olta,
Loma Blanca, Guaja y Malanzán,
mi tierra de algarrobos, Sañogasta y Achunvil,
viejo Guandacol, Solca y Chumical,
en sombras emponchadas, ya la luna ve crecer,
alzando de lo obscuro, todo un tacuaral.
Bravos riojanos, llanistos montoneros,
saquen las lanzas, prepárense a pelear,
la provincia fiel al Chacho,
no han de avasallar, no han de avasallar.
Sepan que cada pecho una muralla habrá de ser,
firmes hasta morir por nuestra libertad.
El Chacho, sombra ardiente,
otra vez nos quiere convocar.
Y viene de un recuerdo de tragedia y de dolor,
roto el corazón, desangrado ya,
pero desde la sombra nos empuja a resistir,
para defender la criolla dignidad.
Visión cabal del Chacho,
por añares largos vagará.
Los campos de La Rioja donde supo combatir,
no lo olvidarán, no lo olvidarán.
Las sombras de la noche su figura ven crecer,
inmensa como un alma noble y tutelar.
Bravos riojanos, llanistos montoneros,
saquen las lanzas, prepárense a pelear,
la provincia fiel al Chacho,
no han de avasallar, no han de avasallar.
Sepan que cada pecho una muralla habrá de ser,
firmes hasta morir por nuestra libertad.
Zamba para el Chacho
Ramón Navarro - León Benarós
Zamba
(Recitado)
En el corazón del pueblo,
Peñaloza quedará,
porque defendió su tierra,
porque era todo bondad.
(Cantado)
Ninguno se crea eterno,
todo es llegar y partir.
Miren ese Peñaloza,
y cómo vino a morir.
Miren ese Peñaloza,
y cómo vino a morir.
Así mataron al Chacho,
así fue su dura suerte.
Si le quitaron la vida,
no le acallaron la muerte.
Si le quitaron la vida,
no le acallaron la muerte.
Como que era zarco el hombre,
y libre entre sus hermanos.
Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.
Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.
La cabeza del caudillo,
queda en la plaza de Olta.
La soledad lo acompaña,
las estrellas son su escolta.
La soledad lo acompaña,
las estrellas son su escolta.
Ya Peñaloza no es nada,
ya la tierra lo recibe.
Y en el corazón del pueblo,
ya su memoria se escribe.
Y en el corazón del pueblo,
ya su memoria se escribe.
Como que era zarco el hombre,
y libre entre sus hermanos.
Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.
Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.
Domingo Faustino Sarmiento
Fuente: Segunda edición, Buenos Aires, "La Cultura Argentina", 1925.
Texto completo
El Chacho, último caudillo de la montonera de los Llanos
¡En Chile y a pie!
En septiembre de 1842, cuando todavía no dan paso las nieves que se
acumulan durante el invierno sobre la areta central de los Andes, un
grupo de viajeros pretendía desde Chile atravesar aquellas blancas soledades,
en que valles de nieve conducen a crestas colosales de granito que es
preciso escalar a pie, apoyándose en un báculo, evitando hundirse en
abismos que cavan ríos corriendo a muchas varas debajo; y con los pies
forrados en pieles, a fin de preservarse del contacto de la nieve que,
deteniendo la sangre, mata localmente los músculos haciendo fatales
quemaduras.
Los Penitentes ; columnas y agujas de nieve que forma el desigual deshielo,
según que el aire o el sol hieren con más intensidad, decoran la escena,
y embarazan el paso cual escombros y trozos de columnas de ruinas de
gigantescos palacios de mármol. Los declives que el débil calor del
sol no ataca, ofrecen planos más o menos inclinados, según la montaña
que cubren, y descenso cómodo y lleno de novedad al viajero, que sentado
se deja llevar por la gravitación, recorriendo a veces en segundos distancias
de miles de varas. Este es quizá el único placer que permite aquella
escena, en que lo blanco del paisaje sólo es accidentado por algunos
negros picos demasiado perpendiculares para que la nieve se sostenga
en sus flancos, formando contraste con el cielo azul-oscuro de las grandes
alturas.
Los temporales son frecuentes en aquella estación, y aunque hay de distancia
en distancia casuchas para guarecerse, si no se ha tenido la precaución
de examinar el aspecto del campanario, que es el más elevado pico vecino,
y asegurarse de que ninguna nubecilla corona sus agujas, o vapores cual
lana desflecada empiezan a condensarse a sus flancos, grave riesgo se
corre de perecer, perdido el rumbo entre casucha y casucha, casi cegadas
por la caída de copos de nieve tan densa que no permite verse las manos.
Aquella vez no eran los viandantes ni el correísta que lleva la valija
a espaldas de un mozo de cordillera, ni transeúntes, de ordinario extranjeros
que buscan este arriesgado paso del Atlántico al Pacífico. Eran emigrados
políticos que, a esa costa, regresaban a su patria contando con incorporarse
al ejército del general La Madrid, antes que se diese la batalla que
venía a librarle el general Oribe a marchas forzadas desde Córdoba.
Al asomar las cabezas sobre la cuesta de Las Cuevas, desde donde se
divisa la estrecha quebrada hasta la Punta de las Vacas, tres bultos
negros como negativos de fotografía fue lo primero que vieron destacarse
sobre el fondo blanco del paisaje. Los viajeros se miraron entre sí
y se comprendieron. ¡Nada bueno auguraban aquellas figuras! Mirando
con más ahínco hacia adelante, creyeron descubrir otros puntos negros
más lejos, y allá en lontananza otro al parecer más largo, porque largas
sin ancho son las líneas que describen los viandantes por las nieves,
poniendo el pie los que vienen en pos sobre la impresión que deja el
que les precede. ¡Derrotados!, exclamó uno meneando con desencanto profundo
la cabeza; y precipitándose por el declive, descendieron hasta la casucha
que está al pie, del lado argentino de la cordillera, donde a poco se
acercaron los que de Mendoza venían. ¿Derrotados?, preguntáronles aquéllos
a éstos desde lejos, poniéndose las manos en la boca para hacer llegar
la voz; ¡derrotados!, repitieron los ecos de las montañas y las cavernas
vecinas. Todo estaba dicho.
Luego se supieron los detalles de la batalla de la Ciénaga del Medio;
luego llegaron otros y otros grupos, y siguieron llegando todo el día,
y agrupándose en aquel punto inhospitalario, sin leña, sin más abrigo
que lo encapillado, sin más víveres que los que cada uno podría traer
consigo. Al caer de la tarde, llegaron noticias de la retaguardia, donde
venían La Madrid, Alvarez y los demás jefes, de haber sido degollados
los rezagados en Uspallata, entre ellos el comandante Lagraña y seis
jefes más.
Sólo los familiarizados con la cordillera podían medir el peligro que
corrían aquellos centenares de hombres, entre los que se contaban por
cientos, jóvenes de las primeras familias de Buenos Aires y las provincias
del norte, restos del Escuadrón Mayo formado de entusiastas, que a tales
y a mayores riesgos se exponían luchando contra el tirano Rosas. No
había que perder un minuto, y los mismos viajeros en hora menguada para
ellos, pero providencial para los otros, volvieron a desandar el penoso
camino, sin darse descanso hasta llegar al valle de Aconcagua, del otro
lado de Los Andes.
Fue en el acto dada la alarma, montada una oficina de auxilio, y merced
a sus antiguas relaciones, y de algún dinero de que podían disponer,
horas después partían para la cordillera baqueanos cargados de carbón,
cueros de carneros, charqui, cuerdas, ají, y demás objetos indispensables
en aquellos parajes, a fin de acudir a lo más urgente; mientras que
la pluma corría con rapidez febril, invocando el patriotismo de los
argentinos, la filantropía de los chilenos, la munificencia del gobierno
a que podían apelar seguros de que las simpatías personales harían grato
el desempeño de un deber de humanidad; y así puestas en acción la opinión
por la prensa, la caridad por asociaciones, y la administración, en
tres días empezaron a llegar médicos, medicinas, dinero, ropas, abrigo
y comodidades para mil hombres que decían ser los desgraciados.
¡Harta necesidad habría de médicos! El temido temporal se había declarado,
y era preciso ser vecino de Los Andes, donde la cordillera es un libro
que hasta los niños saben leer, para imaginarse la angustia general
de los que con pavor vieron sustituirse pardas nubes a los nevados picos
de Los Andes centrales que se cubrieron, dejando al sol en el valle
iluminar la escena sólo para que los extraños pudiesen contemplarla
de lejos sin poder prestar auxilio a las víctimas. Mídese la fuerza
del temporal por la intensidad de las nubes y su color sombrío, y cada
hora, transcurrido el primer día, como cuando se oye de lejos el fuego
de la batalla, calculábase el número de helados entre mil. Espectáculo
sublime y aterrador, tranquilo en sus efectos, afligente hasta desgarrar
el corazón del que lo contempla, como se ve venir la nave a estrellarse
fatalmente en las rocas; o cundir el incendio sin la última esperanza
de ver echarse por las ventanas, o poner escaleras para los que rodean
las llamas.
El cielo se apiadó al fin, y un día después de tres de angustia, se
supo que sólo habían perecido siete, y sido necesario amputar otros
tantos, pues que los médicos estaban ya al pie de la cordillera. Un
cuadro del pintor sanjuanino Rawson ha idealizado la escena del arribo
de los primeros chilenos que rompieron la nieve, y se abrieron paso
hasta el teatro de la catástrofe. El calor o el techo de la casucha
habían salvado dentro y fuera a trescientos, una roca inclinada abrigado
a ciento, los ponchos al resto conservando el calor apiñ ados estrechamente.
Salvada la vida, el hombre tenía a mano con qué saciarse.
Entre aquellos prófugos se encontraba el Chacho, jefe desde entonces
de los montoneros que antes había acaudillado Quiroga; y ahora, seducido
su jefe por el heroísmo desgraciado del general Lavalle, habíase replegado
a las fuerzas de La Madrid, y contribuido no poco, con su falta de disciplina
y ardimiento, a perder la batalla. Llamaba la atención de todos en Chile
la importancia que sus compañeros generalmente cultos daban a este paisano
semibárbaro, con su acento riojano tan golpeado, con su chiripá y atavíos
de gaucho. Recibió como los demás la generosa hospitalidad que les esperaba,
y entonces fue cuando, preguntado cómo le iba, por alguien que lo saludaba,
contestó aquella frase que tanto decía sin que parezca decir nada: ¡Cómo
me a dir, amigo! ¡En Chile y a pie!
Este era el Chacho en 1842, y ése era el Chacho en 1863 en que terminó
su vida. Ni aun por simple curiosidad merece que hablemos de su origen.
Dícese que era fámulo de un padre, quien al llamarlo, para acentuar
el grito, suprimía la primera sílaba de muchacho , y así se le quedó
por apodo Chacho; y aunque no sabía leer, como era de esperarse de un
familiar de convento, acaso el haberlo sido le hiciese valer entre hombres
más rudos que él. Firmaba sin embargo con una rúbrica los papeles que
le escribía un amanuense o tinterillo cualquiera, que le inspiraba el
contenido también; porque de esos rudos caudillos que tanta sangre han
derramado, salvo los instintos que les son propios, lo demás es obra
de los pilluelos oscuros que logran hacerse favoritos. Era blanco, de
ojos azules y pelo rubio cuando joven, apacible de fisonomía cuanto
era moroso de carácter. A pocos ha hecho morir por orden o venganza
suya, aunque millares hayan perecido en los desórdenes que fomentó.
No era codicioso, y su mujer mostraba más inteligencia y carácter que
él. Conservóse bárbaro toda su vida, sin que el roce de la vida pública
hiciese mella en aquella naturaleza cerril y en aquella alma obtusa.
Su lenguaje era rudo más de lo que se ha alterado el idioma entre aquellos
campesinos con dos siglos de ignorancia, diseminados en los llanos donde
él vivía; pero en esa rudeza ponía exageración y estudio, aspirando
a dar a sus frases, a fuerza de grotescas, la fama ridícula a que las
hacía recordar, mostrándose así cándido y el igual del último de sus
muchachos . Habitó siempre una ranchería en Guaja, aunque en los últimos
años construyó una pieza de material, para alojar a los decentes , según
la denominación que él daba a las personas de ciertas apariencias que
lo buscaban. Hacía lo mismo con sus modales y vestidos: sentado en posturas,
que el gaucho afecta, con el pie de una pierna puesto sobre el muslo
de la otra, vestido de chiripá y poncho, de ordinario en mangas de camisa,
y un pañuelo amarrado a la cabeza. En San Juan se presentaba en las
carreras, después de alguna incursión feliz, si con pantalones colorados
y galón de oro, arremangados para dejar ver calcetas caídas que de limpias
no pesaban, con zapatillas a veces de color. Todos estos eran medios
de burlarse taimadamente de las formas de los pueblos civilizados. Aun
en Chile, en la casa que lo hospedaba, fue al fin preciso doblarle las
servilletas a fin de salvar el mantel que chorreaba al llevar la cuchara
a la boca. En los últimos años de su vida consumía grandes cantidades
de aguardiente, y cuando no hacía correrías, pasaba la vida indolente
del llanista, sentado en un banco, fumando, tomando mate, o bebiendo.
Las carreras son, como se sabe, una de las ocupaciones de la vida de
estos hombres, y en los Llanos ocasión de reunirse varios días seguidos
gentes de puntos distantes. Las nociones de lo tuyo y lo mío no son
siempre claras en campañas donde el dios Término no tiene adoradores,
y menos debían estarlo en quien vivía de los rescates, auxilios, y obsequios
que recibía en las ciudades que visitaba con sus hordas disciplinadas.
Entregadas éstas en San Juan al saqueo e incendio de las propiedades,
en presencia de Derqui, que así preparó su candidatura a la presidencia,
queriendo poner coto a desórdenes que amenazaban arrasar con todo, dióse
una orden de pena de la vida a quienes fuesen sorprendidos saqueando.
Tomados cinco, el Chacho solicitó, en nombre de sus servicios, y obtuvo
el perdón de todos, no obstante que el Comisionado nacional contaba
con un regimiento de línea mandado por el general Pedernera, que fue
vicepresidente; y todos los degüellos, salteos y asesinatos, que tuvieron
lugar después, sin que pueda culpársele de ordenarlos, obtuvieron siempre
la bondadosa y obtemperante indulgencia del Chacho.
Su papel, su modo de ganar la vida, digámoslo así, era intervenir en
las cuestiones y conflictos de los partidos, cualesquiera que fuesen,
en las ciudades vecinas. Apenas ocurría un desorden el Chacho acudía,
dándose por interesado de alguna manera. Así había servido a Quiroga,
Lavalle, la Madrid, Benavides, Rosas, Urquiza y Mitre. A favor o en
contra de alguien había invadido cuatro veces a San Juan, tres a Tucumán,
a San Luis y Córdoba una. Su situación en la República Argentina, con
su carácter y medios de acción, era la de los cadíes de las tribus árabes
de Argel, recibiendo de cada nuevo gobierno la investidura, y cerrando
el último los ojos a las razzias que tenía hechas para robar sus ganados
a las otras tribus.
Y sin embargo, este jefe de bandas que subsiste treinta años no obstante
los cambios que el país experimenta, y mientras los gobiernos que lo
emplean o toleran sucumben, fue derrotado siempre que alguien lo combatió,
sin que se sepa en qué encuentro fue feliz, pues de encuentros no pasaron
nunca sus batallas, sin que esta mala estrella disminuyese su prestigio
con los que lo seguían, ni su importancia para los gobiernos que lo
toleraban.
Conocido este singular antecedente, la mente se abisma buscando la atracción
que ejercía sobre sus secuaces, sometiéndose por seguirlo a privaciones
espantosas, al atravesar desiertos sin agua, experimentando derrotas
en que perecen siempre los que por mal montados no pueden escapar a
la persecución de sus contrarios. Tiene en los Llanos la misma explicación
que en los países árabes la vida del desierto, pues aquella parte de
La Rioja lo es, aunque tiene pastos; es de privaciones, pobreza y monotonía.
Las excursiones hacen sentir la vida, despiertan esperanzas, llenan
la imaginación de ilusiones. Irán a las ciudades, donde hay goces, alimentos
variados, vino, caballos excelentes, vestido; y estos estímulos bastan
para hacerles afrontar peligros posibles, privaciones, que al fin de
cuenta, son las mismas a que están habituados diariamente.
El bárbaro es insensible de cuerpo, como es poco impresionable por la
reflexión, que es la facultad que predomina en el hombre culto; es por
tanto poco susceptible de escarmiento. Repetirá cien veces el mismo
hecho si no ha recibido el castigo en la primera. El bárbaro huye pronto
del combate; y seguro de su caballo, la persecución que no lo alcanza,
no ejerce sobre su ánimo duraderos terrores. Volverá a reunirse lejos
del peligro, sin echar muchas cuentas sobre los que más tarde pudieran
sobrevenirle. ¿Concíbese de otro modo cómo Peñalosa emprende una guerra,
cuando, sometida toda la República en 1862, había cuerpos de ejército
victoriosos en Catamarca al norte, en Córdoba al Este, en San Juan al
sur? Y sin embargo, esto lo repite cada uno de esos campesinos a su
turno. Oyendo Elisondo el tiroteo de Las Lomas Blancas, interceptando
el parte del combate que da por aniquilado al Chacho, él, que había
permanecido tranquilo hasta entonces, levanta una montonera que nunca
contó cien hombres, y molesta y fatiga largo tiempo a los ejércitos
regulares. Cuando el coronel Arredondo seguía la pista al Chacho supo,
decía, por los licenciados que alcanzaba, que se dirigía a San Juan.
Los licenciados eran los que por favor, ocupaciones o enfermedad no
lo habían seguido antes; pero al saberse que iba a San Juan, es decir,
a Orán o Bujía, de quinientos hombres que llevaba, su número ascendió
a más de mil, con los que no estaban para eso ni enfermos ni ocupados.
De los prisioneros tomados, sólo quince en más de ciento, no tuvieron
quien solicitase su libertad, y los acreditase de honrados, lo que probaba
que eran todos gente conocida y con familia. El robo, que era esta vez
el estímulo, era sólo reputado un botín legítimamente adquirido. La
tradición es, por otra parte, el arma colectiva de estas estólidas muchedumbres
embrutecidas por el aislamiento y la ignorancia. Facundo Quiroga había
creado desde 1825 el espíritu gregario; al llamado suyo, reaparecía
el levantamiento en masa de los varones a la simple orden del comandante
o jefe: la primitiva organización humana de la tribu nómade, en país
que había vuelto a la condición primitiva del Asia pastora. El sentimiento
de la obediencia se trasmite de padres a hijos, y al fin se convierte
en segunda naturaleza. El Chacho no usó de la coerción, que casi siempre
los gobiernos cultos necesitan para llamar los varones a la guerra.
Pocos son los intereses que los retendrían en sus casas miserables;
la familia vive de un puñado de maíz o de la carne de una cabra, y la
guerra es la vida, las emociones, las esperanzas; y el caballo, el ferrocarril
que suprime las distancias y convierte en realidad el sueño dorado,
hacer algo, sentirse hombres, vivir en fin. Esta organización se ha
visto reaparecer y perfeccionarse en los pueblos formados por la raza
guaraní, en Entre Ríos, Corrientes y Paraguay; y puesto a dos dedos
de su pérdida en varias ocasiones a los de descendencia más puramente
española que habitan la provincia de Buenos Aires, en la embocadura
del Plata, y la provincia agrícola de Cuyo, poblada por españoles venidos
de Chile y que extinguieron o absorbieron a los Huarpes, antiguos habitantes
del suelo. Los quichuas, que pueblan la provincia de Santiago, se conservan
casi desde los primeros años de la independencia bajo esta disciplina
primitiva e indígena, y sólo gracias a la buena intención de sus jefes,
es más bien que un peligro, un elemento de orden. De estos resabios
salió la montonera , pronunciándose, al expirar en el movimiento final
del Chacho, bajo las formas de un alzamiento de campañas, que bien examinado
en sus localidades y propósitos, era casi indígena, como se verá por
los hechos que vamos a referir. Por eso siempre que usemos la palabra
caudillo para designar un jefe militar o gobernante civil, ha de entenderse
uno de esos patriarcales y permanentes jefes que los jinetes de las
campañas se dan, obedeciendo a sus tradiciones indígenas, e impusieron
a las ciudades, embarazando hasta 1862 la reconstrucción de la República
Argentina bajo las formas de los gobiernos regulares que conoce el mundo
civilizado, cualquiera que sea la forma de gobierno, con legislaturas,
ejecutivo responsable y amovible, y tribunales que administren justicia
conforme a las leyes escritas, que la montonera había abolido en todas
las provincias argentinas durante treinta años en que, como aquellos
hicsos del Egipto, logró enseñorearse de las ciudades.
Las travesías
Las faldas orientales de la cordillera de Los Andes, desde Mendoza hasta
la cuesta de Paclin que divide a Catamarca de Tucumán, pocas corrientes
de agua dejan escapar para humedecer la llanura que se extiende hasta
las sierras de Córdoba y San Luis, al Este, que limitan este valle superior.
La pampa propiamente dicha, principia desde las faldas orientales de
estas últimas montañ as. Desierto es el espacio que cubren los llanos
de La Rioja, las Lagunas de Huanacache, hasta las faldas occidentales
de las dichas sierras. E1 Bermejo, de San Juan, que rueda greda diluida
en agua y se extingue en el Zanjón; los ríos de San Juan y Mendoza,
y el Tunuyán, que forman los lagunatos de Huanacache e intentan abrirse
paso por el Desaguadero, y se dispersan y evaporan en el Bebedero, he
aquí los principales cursos de agua que humedecen aquel desolado valle,
sin salida al océano por falta de declive del terreno. Veinte mil leguas
cuadradas que forman las Travesías , están más o menos pobladas según
que el agua de pozos, de baldes, o aljibes, ofrece medios de apacentar
ganados. A la falda de Los Andes están dos ciudades, San Juan y Mendoza,
que no modifican con su lujosa agricultura, sino pocas leguas alrededor,
el desolado aspecto del país llano, ocupado en parte por médanos, en
parte por lagunas, y al norte cubierto de bosque espinoso, garabato
y uña de león , que desgarran vestidos o carne, si llegan a ponerse
en contacto. Estas espinas corvas o encontradas como el dardo, dejarían
al paso como a Absalón, colgado a un hombre si la rama no cediese a
su peso. Los campesinos habitantes de estos llanos llevan a caballo
un parapeto de cuero para ambos lados, que cubre las piernas y sube
alto lo bastante para tenderse y cubrirse cuerpo y rostro tras de sus
alas. Por escasez de agua, ni villa alcanza a ser la ciudad de La Rioja,
que está colocada a la parte alta de los Llanos; igual inconveniente
al que retarda el crecimiento de San Luis, no obstante que ambas cuentan
tres siglos de fundadas.
A estas facciones principales de la fisonomía del teatro del último
levantamiento del Chacho, agréganse otras que por imperceptibles al
ojo, pasarían sin ser notadas.
Las lagunas de Huanacache están escasamente pobladas por los descendientes
de la antigua tribu indígena de los huarpes. Los apellidos Chiñ inca,
Juaquinchai, Chapanai, están acusando el origen y la lengua primitiva
de los habitantes. El pescado que es allí abundante, debió ofrecer seguridades
de existencia a las tribus errantes. En los Berros, Acequión y otros
grupos de población en las más bajas ramificaciones de la cordillera,
están los restos de la encomienda del capitán Guardia, que recibió de
la corona aquellas escasas tierras. En Angaco descubre el viento, que
hace cambiar de lugar los médanos, restos de rancherías de indios de
que fue cacique el padre de la esposa de Mallea, uno de los conquistadores.
Entre Jáchal y Valle Fértil hay también restos de los indios de Mogna,
cuyo último cacique vivía ahora cuarenta añ os.
Pero es en La Rioja misma donde se encuentran rastros más frescos de
la antigua reducción de indios. Al recorrer esta parte del mapa, la
vista tropieza con una serie de nombres de pueblos como Nonogasta, Vichigasta,
Sañogasta y otros con igual terminación, que indican una lengua y nacionalidad
común que ha dejado recuerdo imperecedero en los nombres geográficos.
Discurriendo estos nombres por faldas de las montañas, uno de ellos
penetra en San Juan por Calingasta. Un filologista noruego al leer estos
nombres entregábase a conjeturas singulares, a que lo inducía la averiguada
semejanza de los cantos indígenas llamados yaravíes con las baladas
populares escandinavas, y la frecuente ocurrencia en América de la terminación
marca , significativa de país o región en el gótico, Catamarca, Cajamarca,
Cundinamarca y otros que recuerdan a Dinamarca, o país de los danos,
y las marcas de Roma, que son denominaciones dadas por los lombardos:
creía encontrar en las terminaciones en gasta la misma en ástad de Cronstad,
Rastad y cien más que, fuera de toda duda, son la misma de Belukistán,
Afganistán, Kurdistán, cuya raíz significativa se halla en el sánscrito,
ramificación como el gótico, de un idioma común al pueblo ariano que
dio origen a las naciones occidentales por sucesivas emigraciones.
Más asombroso y de más reciente data, encontraba el nombre de Gualilán,
que tiene en las inmediaciones de San Juan un mineral de oro trabajado
desde tiempo inmemorial; gúel o gold es en gótico oro , y land , la
terminación conocida de Shetland, Ireland, Island ; Gualilán, significa,
pues, literalmente tierra de oro, importando poco las vocales, que se
cambian según la ley llamada de Grimm; reputando imposible que la casualidad
hubiese dado al mineral el nombre significativo que lleva, desde que
se sabe que todos los nombres antiguos de lugares expresaron circunstancias
y accidentes locales, como Uspachieta o Uspallata, en quichua significa
montañ as de ceniza, color que en efecto asumen las circunvecinas y
cuyo nombre dieron los conquistadores peruanos que invadieron a Chile
por el camino del Inca, visible aún a lo largo del valle de Calingasta,
y cuyas pascanas de piedras, a guisa de villorrios, se encuentran en
la quebrada que conduce al paso de la cordillera de Uspallata y pasa
por el Puente y la Laguna del Inca.
En Calingasta se encuentran numerosos vestigios de las poblaciones indígenas
y restos visibles de la conquista. Por allí estaban las célebres Labranzas
de Soria , minas de plata cuyos derroteros se encontraron en el Cuzco
en poder de los indios, y que más tarde en su busca trajeron el descubrimiento
de las minas del Tontal y Castaño, como la alquimia tras la piedra filosofal
reveló los principios de la química. En Calingasta la tradición oral
da al capitán Soria una epopeya que termina en la muerte, mandado ajusticiar
por los reyes de España por haberse rebelado con las indianas. Quizá
éste es sólo el eco lejano del fin trágico de Gonzalo Pizarro, ajusticiado
por La Gasca, y cuyo rumor se extendió por toda la América. En apoyo
del hecho muéstranse varios lugares donde en excavaciones naturales
a lo largo de la falda de ciertos cerros, están hacinados por millares
esqueletos de indios, muertos, según se dice, de hambre, por no someterse
a los conquistadores españoles. Un examen inteligente de estos curiosos
restos, muestra, sin embargo, que son cementerios de antiguas y numerosas
poblaciones indígenas que poblaron el fértil valle de Calingasta, y
que han desaparecido con la conquista. Más al norte y en dirección hacia
el punto de donde vino el pueblo de las terminaciones en gasta , se
encuentra una montaña de sal gema con cavernas prolongadas a extensiones
aún no reconocidas en su interior. Estas cavernas son un vasto osario
de momias de indios, que conservan el cabello en trenzas y las carnes
acartonadas, preservadas acaso por las emanaciones salinas del lugar
o por algún procedimiento de embalsamar.
Más significativos restos se conservan en el valle mismo de Calingasta,
cerca de las actuales poblaciones cristianas. En las extremidades de
los espolones de un conglomerado antiguo de guijarros unidos por un
cemento, en que el río se ha excavado su actual lecho, vense unas depresiones
circulares de origen artificial, hasta quince en un solo lugar. Estas
depresiones corresponden a la entrada de otras tantas criptas o tumbas
excavadas dentro del conglomerarlo, en bóvedas, llenas hasta la altura
de la entrada de esqueletos de indios. En los que se han sacado, todos
con cabello rojizo por la acción del tiempo, se encontraron algunos
objetos de arte indígena, tales como agujetas de oro con un guanaco
figurado, y algunos de cobre. Un esqueleto de niño en una canastilla
de esparto de las Lagunas, preciosa industria que se conserva aún en
Guanacache, y en Valdivia de Chile. Una espada toledana con empuñadura
de plata encontróse en otro punto, y es variado el surtido de vasijas
de barro que abundan por todas partes.
A lo largo del río por leguas, vense de ambos lados en el terreno alto,
dos bandas o listas blancas que señalan los vestigios de antiguos canales
de irrigación, que sirvieron al cultivo del maíz, pues las piedras llamadas
conanas en que lo molían, y agujereadas por el uso abundan por todas
partes. La vega es igualmente fertilísima y produce hoy el preferido
trigo de Calingasta. Aquellas indicaciones de canales sirvieron al gobernador
de San Juan en 1863 para fijar el lugar donde habían de erigirse las
fundiciones de Hilario, que empiezan a dar nueva vida y riqueza mayor
que las Labranzas de Soria a aquellos lugares despoblados por la conquista.
Hacia el centro del valle está la Tambería, que los habitantes muestran
como población indígena, y el nombre haría creerla colonia peruana;
pero inspeccionándola de cerca, vese que es Reducción, según el plan
de los jesuitas, y la explicación no sólo de la desaparición de los
indios, sino de hechos iguales en La Rioja, y que van a entrar luego
en la historia del movimiento indígena campesino suscitado por el Chacho.
La Tambería de Calingasta, compónela una serie de ruinas, siguiéndose
unas a otras para construir una plaza en cuadro, visiblemente como medio
de defensa. En la parte más alta del terreno hay un edificio de piedras
toscas, pirca , de diez varas de ancho y veinte de largo. Esta ha sido
la iglesia, aunque no se descubre cómo ha sido techada, no habiendo
a los alrededores maderas naturales. El tamaño del edificio indica que
la Reducción no pasó de cuatrocientas almas.
Como se ve, pues, la Tambería es una misión jesuítica o de frailes franciscanos
que seguían sus planes. Pero aquella población facticia está contando
los crímenes de la conquista. Los cementerios indios, las catacumbas
excavadas en la piedra, las largas acequias a lo largo del valle, las
conanas y vasijas de barro que por todas parten abundan, están mostrando
que aquel valle de leguas de largo, estaba densamente poblado por una
nación indígena que tenía asegurada su subsistencia en el abundantísimo
pescado del río, y en el maíz que producía un terreno feraz, irrigado
por canales. La caza de vicuñas y guanacos, que todavía se hace en las
cordilleras, a más de carne abundante, debía proporcionarles lana para
tejerse telas, si las artes peruanas les eran conocidas, o envolverse
de la cintura abajo en sus pieles, pues las pinturas indígenas de indios
que se ven en las Piedras Pintadas de Zonda, otro valle inferior e igualmente
irrigado, muestran que así vestían, aunque lo imperfecto del diseño
no deje distinguir si es de tela o piel el chiripá que figuran.
Estas numerosas poblaciones desparramadas a ambas orillas a lo largo
del río, fueron desalojadas por los conquistadores para hacer de las
tierras de labor estancia y propiedad de algún capitán, acaso de apellido
Tello, pues a los Tellos pertenece hoy aquel país indiviso aún, y semillero
de pleitos, como los terrenos eternamente indivisos de Acequión y Berros
dados a otro capitán Guardia; el Ponchagual, Mogna y casi todos los
campos de San Juan. Los indios fueron a consecuencia reducidos a población,
y como era de esperarlo, en tres siglos desaparecieron, pues hoy apenas
se ven descendientes de raza pura indígena. En vano las Leyes de Indias
quisieron proteger a los naturales contra la rapacidad de los conquistadores,
que despoblaban de hombres el suelo a fin de crear ganados que les asegurasen
la opulencia sin trabajo. Hasta hoy en Buenos Aires mismo se nota esta
tendencia de los poseedores de suelo inculto, a despoblarlo, no ya de
indios, sino de familias españolas allí nacidas, y reducirlas a villas,
que son nidos de vicio y pobreza.
Que Calingasta fue un señorío, lo revelan las antiguas plantaciones
de árboles frutales que alcanzan a una altura prodigiosa, y las ricas
capellanías de que está dotada. Lo mismo y peor se practicó en La Rioja
donde, siendo escasa el agua, los indígenas vivían a la margen de las
escasas corrientes, y fueron reducidos en lo que hoy se llaman los Pueblos
, villorrios sobre terreno estéril, cuyos habitantes se mantienen escasamente
del producto de algunas cabras que parecen ramas espinosas; y están
dispuestos siempre a levantarse para suplir con el saqueo y el robo
a sus necesidades. El coronel Arredondo, que recorrió los Pueblos para
someterlo, los encontró siempre en poder de mujeres medio desnudas,
y sólo amenazando quemarlos consiguió que los montaraces varones volviesen
a sus hogares. El pensamiento le vino alguna vez de despoblarlos, y
sólo la dificultad de distribuir las gentes en lugares propicios lo
contuvo. A estas causas de tan lejano origen, se deben el eterno alzamiento
de La Rioja, y el último del Chacho. La familia de los Del Moral hace
medio siglo que viene condenada a perecer víctima del sordo resentimiento
de los despojados. Para irrigar unos terrenos los abuelos desviaron
un arroyo, y dejaron en seco a los indios ya de antiguo sometidos. En
tiempo de Quiroga fue esta familia, como la de los Ocampo y los Doria,
blanco de las persecuciones de la montonera. Cinco de sus hijos han
sido degollados en el ú ltimo levantamiento, habiendo escapado a los
bosques la señora con una niñita y caminado a pie dos días para salvarse
de estas venganzas indias.
¿Cómo se explicaría, sin estos antecedentes, la especial y espontánea
parte que en el levantamiento del Chacho tomaron, no sólo los Llanos
y los Pueblos de La Rioja, sino los laguneros de Guanacache, los habitantes
de Mogna y Valle Fértil, y todos los habitantes de San Juan diseminados
en el desierto que se extiende al Este y norte de la ciudad y hasta
el pie de las montañas por la parte del sur, con el Flaco de los Berros
que tanto dio que hacer?
Para terminar con este cuadro en que, en país estéril y mal poblado,
va a trabarse la lucha de aquellas poblaciones semibárbaras por apoderarse
de las ciudades agrícolas, comerciantes y comparativamente cultas que
están al pie de Los Andes, Mendoza, San Juan, Catamarca, debe añadirse
que esta parte de la Repú blica a que hemos dado el nombre de Travesía,
estaría condenada a eterna pobreza y barbarie por falta de agua y elementos
que fomenten la futura existencia de grandes ciudades, si por el sistema
de las compensaciones de la Infinita Sabiduría, no hubiese en su suelo
otros ramos con que la industria humana pudiese compensar tantas desventajas.
El valle que ocuparon los pueblos de la terminación en gasta , divide
de la cadena central granítica de Los Andes, otra paralela de terreno
secundario y metalífero. Desde Uspallata hasta Catamarca, abundan los
veneros de oro, plata, cobre, plomo, níquel, estaño y otras sustancias
minerales, siendo ya asientos conocidos de minas Uspallata, El Tontal,
Castaño, Famatina, y varios en Catamarca, de donde compañías inglesas
extraen abundante plata y cobre. En ramificaciones inferiores, otra
cadena de montañas en Guayaguaz, Huerta, Marayes, y aun las sierras
de los Llanos, ofrecen el mismo recurso y aun depósitos de carbón de
piedra apenas explorados.
El censo de Chile en 1855 dio en el número de habitantes de Copiapó,
provincia esencialmente minera, diez mil habitantes argentinos, que
son riojanos en su mayor parte, por ser ésta la provincia colindante.
Este aprendizaje de los que se expatrian en busca de trabajo, y los
irregulares laboreos de los antiguos minerales de Famatina, ofrecieran
medios de cambiar los hábitos semibárbaros que la dispersión en el desierto
ha hecho nacer, si con los capitales que requiere aquella industria,
una política conocedora de las necesiclades peculiares de esta vasta
región que ocupan cinco provincias, se contrajese a remediarlas. Desde
San Juan se intentó algo con tolerable y animador éxito durante la azarosa
época que vamos a recorrer, y en la esfera que podía hacerlo un gobierno
de provincia que estuvo condenado a mantenerse en armas, para evitar
la disolución completa que amenazaba a la sociedad culta, tan mal colocada
en aquel extremo apartado de la República. Pero algo más vasto ha de
emprenderse, y ésta es la tarea que viene deparada al gobierno nacional,
citando se halle desembarazado de los conflictos que en la hoya del
Paraná le dejaron otros errores de la colonización española con las
misiones del Paraguay. E1 ferrocarril central, que ya está trazado hasta
Córdoba y el límite occidental de la pampa, no se aventurará a internarse
más al oeste de la Travesía, si las faldas de los Andes no le preparan
carga de metales para trasportar a los puertos del Atlántico, y los
mantos de carbón de piedra que en varias partes asoman a la superficie
pábulo abundante y barato para el consumo de la locomotiva.
Reconstrucción
En 1861, la victoria de las armas de Buenos Aires sobre las autoridades
de la Confederación que habían rechazado a los diputados enviados al
congreso después de enmendada y jurada la nueva Constitución, traía
por consecuencia la necesidad de una reconstrucción general de la República,
a fin de hacer prácticas las instituciones federales que esa constitución
proclamaba. La caída de Rosas y el ensayo de una confederación sin Buenos
Aires, habían tenido el mismo mal éxito que la confederación de los
Estados Unidos, aunque por distintas causas. Cuando en 1853 hubo de
darse una constitución federal, el congreso se encontraba con un caudillo
de provincia dueño del poder que llamaban nacional, sostenido por los
mismos caudillos que habían como él apoyado la larga tiranía de Rosas.
La constitución ni constituía la nación, ni regía a su propio ejecutivo,
quedando la provincia más importante fuera de la nación, y el presidente
fuera de la constitución.
San Juan había luchado diez años para desasirse de la mano de su caudillo
de veinte años atrás, que el presidente caudillo apoyaba por analogía
de posición. La época constitucional fue para San Juan precisamente
la época de las violencias, las intervenciones armadas, las invasiones
del Chacho, con su acompañamiento de saqueos y aun de incendios, hasta
que aquel empeño de amalgamar la constitución y el caudillo, supliendo
la falta de uno con detestables procónsules, acabó en una gran catástrofe,
y en el sacrificio del virtuoso doctor Aberastain, muerto por improvisados
caudillejos, salidos apenas de las tolderías de los indios, a quienes
el gobierno confiaba misiones judiciales o ejecutivas, como la España
al juez La Gasca en los primeros tiempos.
El término de la guerra y el fruto de la batalla de Pavón era, pues,
despejar a las provincias del personal de las antiguas y modernas criaturas
de aquella política bastarda, y hacer práctica en sus efectos la constitución
que ya regía a Buenos Aires. Un esfuerzo de los ciudadanos de la ciudad
de Córdoba, derrocando el gobierno que aún adhería a los vencidos de
Pavón, y la actitud armada que Santiago del Estero había conservado,
simpática a la causa ya victoriosa, facilitaban la obra por esa parte,
no requiriéndose el empleo de las armas, que sólo serviría para dar
confianza a los pueblos, mientras se organizaban nuevas administraciones.
No sucedía lo mismo con respecto a las provincias situadas a las faldas
de los Andes. Los Saa se mantenían en armas en San Luis, Mendoza estaba
gobernada por un miembro de la familia de los Aldaos, San Juan por un
teniente de Benavides, La Rioja virtualmente por el Chacho.
El ejército que a fines de 1861 avanzó hacia Córdoba no llevaba instrucciones
para extender sus operaciones hacia aquella parte; pero retirándose
hacia ese lado las únicas fuerzas confederadas que se mantenían en pie
de guerra, una pequeña división fue siguiéndolas de estación en estación
hasta la ciudad de San Luis. En previsión de los sucesos, el general
en jefe de este ejército había dado misión al Auditor de Guerra, por
ser uno de los hombres públicos que habían traído el desenlace de aquella
cuestión y pertenecer a aquellas provincias, de dirigir los primeros
actos civiles de los pueblos que el ejército fuese librando del dominio
de la caída confederación.
No tardó mucho en hacerse sentir el acierto de esta medida. El jefe
de un regimiento de línea perteneciente a la confederación, y que se
había retirado desde Córdoba al acercarse el ejército de Buenos Aires,
ofició al jefe de la vanguardia, que estaba ya en San Luis, que el pueblo
de Mendoza había depuesto al gobernador y nombrándolo a él en su lugar,
con lo que creía quitada la ocasión y el motivo de avanzar fuerzas hasta
aquella provincia. Fuele contestado que él como jefe de fuerza nacional
que guarnecía a Mendoza de años atrás, era el único hombre que no podía
ser nombrado gobernador de la provincia que dominaba con tropa de línea,
y que el Auditor de Guerra, con poderes para representar al general
en jefe, marchaba incontinente, seguido de una fuerza, para conocer
la verdad de los hechos, y poner al pueblo en aptitud de darse un gobierno.
Compréndese que este lenguaje quitaba la tentación de inventar sofismas,
y apenas conocido en Mendoza, el nuevo y el depuesto gobernador pusieron
la cordillera de por medio, desbandándose todas las fuerzas, inclusas
las de línea. Una copia de la misma nota enviada a San Juan, produjo
los mismos efectos, desde que el círculo de los benavidistas supo, a
no dudarlo, que el autor de aquella nota era don Domingo F. Sarmiento,
y que éste se dirigiría bien pronto a San Juan.
El 1° de enero de 1862 atravesaban en efecto el puente medio destruido
del Zanjón de Mendoza los primeros treinta hombres del ejército de Buenos
Aires, enmudecidos y espantados ante la pavorosa escena que se presentaba
a sus ojos en las ruinas de una ciudad hasta donde la vista podía alcanzar.
Las convulsiones de la naturaleza habían sido más severas para con aquella
antigua y civilizada ciudad que los diversos tiranuelos que por treinta
años la habían detenido en sus progresos. El temblor de marzo, diez
meses antes, había arrasado hasta los cimientos, pulverizado los edificios,
y desgranado los templos en menudos fragmentos. Podían discernirse las
que fueron calles por estar acumuladas sobre ellas mayores masas de
ruinas. Las techumbres hacían con sus palizadas, una especie de inmunda
espuma que cubría la tierra, como aquellas basuras que las crecientes
arrastran y remolineando hacen una superficie sólida sobre el agua de
los grandes ríos; el pino del convento de San Agustín elevaba su solemne
y negra copa, visible ahora hasta el tronco de todos los puntos del
horizonte; la alameda plantada por San Martín tendía su línea de verdura
al extremo opuesto del lúgubre paisaje, señalando el término de tanta
desolación.
Debajo de aquellas ruinas estaban sepultados quince mil habitantes,
entre ellos la parte más inteligente y acomodada de la población de
provincia y ciudad tan importantes. Los partidos políticos habían perdido
hasta su significado, puesto que sus próceres habían desaparecido en
su mayor parte de la escena; y sólo como muestra de los intereses personales
que envolvían las cuestiones políticas, debe recordarse que del seno
de esas ruinas había salido una división de tropas, tres meses antes,
a llevar la guerra a otras provincias, con el mismo espíritu que cuarenta
días antes del temblor había encendido la saña del representante de
la política de exterminio del fraile Aldao y empapado en sangre a San
Juan. Mendoza tenía un importante rango entre las ciudades argentinas.
Colocada en la línea de comunicación del Atlántico al Pacífico a través
de los Andes, recibía de ambas costas la acción civilizadora, y no hay
viajero célebre, compañía de teatro o de ópera, que no hubiese visitado
esta ciudad. Allí se había formado el ejército de San Martín; allí hallaba
el comercio de Chile y de Buenos Aires un mercado vastísimo y productos
valiosos. A la hora de su muerte Mendoza ostentaba edificios, como el
pasaje Soto, que habrían decorado dignamente a Buenos Aires.
La calamidad más duradera empero, era la desaparición de una ciudad
agricultora, como centro de civilización, en aquella grande extensión
de territorio que hemos llamado la Travesía; San Luis en uno de sus
límites permanecía después de tres siglos un trazado de ciudad; La Rioja,
al norte, una villa sin importancia. Arrasada Mendoza como baluarte,
el desierto pesaba todo entero sobre San Juan, mal colocado para resistir
a su acción disolvente. Los vecinos de la destruida ciudad que salvaron
de la catástrofe, encontraron en sus fincas abrigo, pues que la intensidad
del sacudimiento se sintió bajo la ciudad misma, perdiendo, como la
luz, su fuerza a medida que irradiaba; y la provincia se había convertido
en una campaña agrícola sin centro, como las campañas pastoras que tanta
influencia han ejercido en la desorganización de la República. Veíase
esto en el traje de los ciudadanos más cultos, que teniendo que servirse
habitualmente del caballo como medio de locomoción, llevaban hasta la
afectación y como un buen tono creado por el temblor, el desaliño del
vestido, el poncho y los arreos del gaucho. La desaparición de Mendoza,
en el momento en que más se necesitaba de una fuerte ciudad en el interior,
sobrevenía tan en mala hora, como la muerte del general Paz cuando Buenos
Aires resistía victoriosamente a las últimas oleadas de los jinetes
en armas; su existencia sólo habría alejado muchos malos pensamientos
por lo improbable de su realización.
Con la falta de vistas que vayan más allá del momento presente, de la
simple idea de fijar un local para la reconstrucción de una nueva ciudad,
habían surgido dos partidos, cada uno armado de razones más o menos
plausibles, de acuerdo sólo en no ceder un ápice de sus encontradas
pretensiones. El uno tuvo al destronado déspota por jefe, decíase que
con miras interesadas; el otro a la oposición liberal. Más tarde la
legislatura sostenía a los unos, y el gobernador a los otros. Cuando
el gobierno nacional nombró un comisionado para designar lugar para
los edificios nacionales, y con eso dirimir la cuestión de galgos y
podencos, no fue aceptada esta arbitración que habría terminado por
lo mejor, que era hacer lo menos malo, pero fijar lo que era urgente,
un plano de ciudad.
Y este comisionado tenía, a más del encargo oficial para misión tan
aceptable, no diremos títulos a la consideración personal de todos,
sino lo que es más influente, enormes sumas de dinero a su disposición,
para que fuesen empleadas en edificios e instituciones públicas en Mendoza.
Cuando en Buenos Aires se supo la horrible suerte de la ciudad, la caridad
pública, allí como en Chile y en toda América, se excitó en favor de
las víctimas; pero estos sentimientos, por vivos que sean, no producen
espontáneamente todos los benéficos resultados que se desearía, si no
se organizan medios de acción, que administren , por decirlo así, la
filantropía, la caridad, el patriotismo. Mucho se hizo espontáneamente
o por asociaciones existentes, como los Masones, la de San Vicente de
Paúl, etc.; pero nada, ni todo esto junto, pudo compararse con los resultados
obtenidos por la oficina de socorros que aquel comisionado improvisó,
sirviéndose de la prensa, los colegios, las adhesiones políticas mismas,
y todos los medios de obrar poderosamente sobre la opinión. Médicos,
medicinas, dinero, ropas, abrigos, salieron de ese taller en ayuda de
los desgraciados; obteniendo veinte años después para Mendoza por el
mismo mecanismo, lo que había obtenido en Chile para los derrotados
argentinos, y sesenta mil pesos quedaron depositados en el banco, a
disposición de otro gobierno más moral que el que había disipado los
primeros auxilios enviados de todas partes. El de Chile habría mandado
los que retenía por iguales temores, y el agente español perdido todo
pretexto para guardar otra suma. Así, pues, un pueblo por no discutir
francamente una cuestión de conjeturas más o menos posibles, renunciaba
a recibir cien mil fuertes que le ofrecían sus amigos y el comisionado
podía decretar en una tira de papel.
Reunido lo que era posible de un pueblo tan disperso el 3 de enero,
procedióse a nombrar un gobernador interino, habiendo limitado su ingerencia
el Auditor de Guerra a crear un jefe de policía que mantuviese el orden.
San Juan
El 4 de enero treinta hombres de Guías al mando del capitán Irrazábal,
varios oficiales sanjuaninos y el Auditor de Guerra, se dirigieron a
San Juan, contando ya no encontrar resistencia armada, por tener anuncios,
aunque inciertos, de un cambio de autoridades.
En Guanacache salióles al encuentro un comisionado de San Juan, trayendo
comunicaciones oficiales del nuevo gobernador establecido, por haber
huido los comprometidos en la serie de violencias de que aquella provincia
había sido víctima por diez años, sin intermisión, como si la constitución
hubiese sido una túnica de Dejanira mandádale por una venganza atroz,
a causa de la parte que algunos de sus hijos habían tomado en la caída
de la tiranía de Rosas. El pueblo de San Juan, una vez libre de sus
oscuros carceleros, restableció la administración del doctor Aberastain,
tal como estaba el día de su muerte; gobernador interino, ministros,
tribunales, jueces de paz, policía, etc. La tranquilidad era perfecta,
como la del agua que ha encontrado su nivel después de tentativas inexpertas
que la han hecho precipitarse y causar estragos con su corriente.
Para entrar en San Juan, desde Mendoza, se atraviesa el campo llamado
la Rinconada, teatro de aquel drama horrible que preparó un acto discrecional
del gobierno nacional, obrando contra texto expreso de la constitución,
y sin datos suficientes; y que explotaron las malas pasiones, confiando
una misión judicial a un bárbaro que con ella se hacía aparecer en la
escena política.
Los que sobreviven a las grandes catástrofes como la de Mendoza o la
Rinconada, olvidan con el tiempo las impresiones que experimentaron,
cuando las ruinas están todavía bamboleándose o la sangre de las víctimas
no se ha secado aún. Se vive entre ruinas, y lo pasado se olvida, aunque
algún tinte, sólo discernible para los extraños, deje en las fisonomías
el recuerdo de una grande desgracia. Dios ha hecho este beneficio a
la humanidad haciéndola flaca de memoria. Pero la escena donde han ocurrido
tales acontecimientos, vista por la primera vez, evoca los fantasmas
de la imaginación, y el drama sangriento o aterrante vuelve a representarse
con la vista de los lugares, mudos testigos de los hechos. En la calle
de cuatro leguas sombreada de álamos que desde aquel campo de sangre
conduce a la ciudad, en frente de un jardín de laureles rosas entonces
en flor, con la profusión peculiar a esta planta de las riberas del
Jordán, una cruz negra, alta, labrada, señala el lugar en que fue fusilado
el doctor Aberastain. ¿Por qué? ¿Para qué? Nunca supieron decir los
autores del crimen ni aun sus motivos. Era un hombre educado, y los
bárbaros les tienen especial rencor. Saa, improvisado hombre público,
creyó mostrar en ello grande capacidad y energía. ¡No era culpa suya!
Allí habían venido a recibir al representante de tantas esperanzas,
por tantos años frustradas, con las armas de Buenos Aires triunfantes
al fin, los restos del batallón de guardias nacionales que se halló
en la Rinconada; y si a las escenas de los lugares se añaden aclamaciones
que acentuaban manos mutiladas alzadas al aire, se formará una idea
de las torturas morales que debían producir por el momento, aunque más
tarde el nivel del olvido viniese a hacer plácido lo que nunca deja
de serlo, la vista del país asociada a los recuerdos de la infancia,
la patria, la familia, en fin. Después de veinte años de ausencia de
un joven, San Juan recibía en medio de manifestaciones de júbilo a un
viejo, cuyo espíritu, por la prensa, la tribuna o la guerra, nunca estuvo,
sin embargo, fuera del estrecho, oscuro y pobre recinto de su provincia.
Es excusado decir que fue aclamado gobernador, destino que, dadas las
necesidades especiales de hombres que han vivido largos años consagrados
a la gestión de la cosa pública, a la discusión de las grandes cuestiones
sociales, en grandes centros de población, con el bullicio y los goces
de las capitales, no habría tentado a muchos, creyendo descender de
posiciones conquistadas. Había, sin embargo, perspectivas que entraban
a completar una grande obra comenzada, para quien no tuviese a menos
solicitar un departamento de escuelas, a fin de poder hacer dar un paso
en la organización de la futura república. ¿ Había gobiernos provinciales
en aquella confederación en que el presidente se había ocupado exclusivamente
en estorbarles toda acción propia, si no estaban subordinados a algunos
de sus agentes personales? Después de haber borrado de la Constitución
todo lo que a esta coacción concurría, ¿no valdría la pena de ofrecer
en la práctica la sencilla armonía de poderes nacionales y provinciales,
cada uno obrando en su legítima esfera? Y luego, ¿no hay una deuda contraída,
y que una vez ha de pagarse, para con aquellos que sin tener estímulos
ni recompensas que ofrecer, reclaman como propias, experiencias, ideas,
nociones adquiridas por los suyos, que los grandes centros les arrebataran?
Tres años inmolados honrosamente pasan luego y dejan una satisfacción,
si tal puede obtenerse, la de intentar el bien. El coronel Sarmiento,
hasta entonces Auditor de Guerra del primer cuerpo de ejército, aceptó
así el gobierno que sus compatriotas le imponían como un deber, y como
un honor que estimaba en mucho.
San Juan era, como Mendoza en lo material, un montón de escombros en
lo moral. Casi treinta años de gobierno de hombres oscuros, sin educación
ni principios, habían hecho de la autoridad pública algo menos que una
decepción, un objeto de menosprecio. Sin rentas, sin sistema de administración,
servían las que se cobraban a satisfacer necesidades siempre apremiantes,
objeto de especulación su cobro para algunos agraciados, de resistencia
y de fraude para el pueblo, que encontraba en ello el medio de hostilizar
al enemigo, el poder irresponsable y arbitrario. Sin industria que pudiera
con la paz desenvolver riqueza en grande escala, la guerra, las revueltas,
las invasiones del Chacho, las intervenciones nacionales, la incuria
del gobierno, el retraimiento de los ciudadanos, habían destruido más
propiedades y fortunas que las que el lapso del tiempo y el fruto del
trabajo venían pacientemente acumulando. Ni un solo edilicio público
debía la generación presente a las pasadas, seis templos yacían en ruinas,
y ni la antigua Escuela de la Patria se había conservado como único
establecimiento de educación. El desaliño de la aldea colonial, las
señ ales de los estragos de las aguas, excavaciones en la plaza como
muestras de tentativas de mejoras, indicaban bien a las claras que el
gobierno no era hasta entonces el agente de la sociedad misma para proveer
a sus necesidades colectivas, como cada uno provee a las individuales.
No habiendo un centavo en caja y estando por cobrarse desde principio
de año todas las rentas, el nuevo gobierno tuvo desde luego que estrellarse
contra aquellos hábitos inveterados de resistencia, contra el hereditario
descrédito que le legaban las administraciones pasadas, contra la falta
de autoridad moral del gobierno para hacer cumplir las leyes. A fin
de proveer a las necesidades financieras, llamó a los prestamistas de
dinero para procurarse el necesario para esos días, ofreciendo un interés
crecido, y nadie, habiendo entre ellos quienes giraban centenares de
miles, ni todos juntos, tuvieron dinero disponible, porque el deudor
era el gobierno. Un mes después, cobrado uno de los impuestos retardados
con la multa que la ley imponía a los morosos, muchos se presentaron
reclamando de esta severidad inusitada, pues era la práctica ganar tiempo
y retardar el pago, por negligencia muchas veces, por resistencia casi
siempre. Fenecido el primer año de administración, la contaduría presentó
en caja un sobrante de seis mil pesos, no obstante la variedad de trabajos
públicos emprendidos, porque en el lapso de ese año se había obrado
una revolución en las ideas, comprendiendo todos que el gobierno era
su propio gobierno y no el antiguo enemigo, idea que nos es común a
todos los pueblos sudamericanos, y que en los Estados Unidos hace que
hoy emprenda el gobierno pagar una deuda de tres mil millones que la
Inglaterra y la Francia no habrían soñado posible.
El nombre del Chacho había, desde pocos días después de operado el cambio,
empezado a resonar de nuevo. Cuando el gobierno de la confederación,
que lo había condecorado con el título de general, requirió fuerzas
para invadir a Buenos Aires, había este caudillo de la montonera de
los Llanos permanecido tranquilo e indiferente a la suerte de sus aliados,
hasta que el ejército vencedor hubo ocupado a Córdoba, y la lucha cesado
por todas partes. Entonces, por motivos y con objetos que él mismo no
sabría explicarse, se lanzó sobre Tucumán, desde donde rechazado, volvió
a los Llanos. Allí le aguardaba ya una división de ejército que lo batió
por segunda vez, quitándole la poca infantería, y un cañón que andaba
trayendo; y tras este combate, que habría bastado para pacificar el
país, se siguió una guerra de escaramuzas, que fue atrayendo refuerzos
de tropa de línea, de la que había venido a Mendoza y San Juan, y levantando
en masa los Llanos hasta tomar proporciones alarmantes, desmontar la
caballería regular en correrías sin resultado, y poner a rescate la
ciudad de San Luis, a donde fue a aparecer la montonera, a cien leguas
del punto en que el ejército la buscaba.
Una nueva fuga y nueva persecución del ejército acercó aquellas bandas
de descamisados a treinta leguas de San Juan, y no cambiaron de rumbo,
sino cuando obtuvieron, por pasajeros, la certeza de que eran debidamente
esperados. Sepultados de nuevo en los bosques de los Llanos, la persecución
seguía, agotados de una y otra parte los caballos, pero el ejército
con facilidad de remonta de San Juan, cuando recibió del jefe de las
fuerzas nacionales ya , orden del gobierno general de aceptar las propuestas
de sumisión que el Chacho había dirigido desde San Luis, lo cual dio
lugar a lo que el Chacho llamó tratado, y dejarlo tranquilo en su casa
con los honores de general de la Nación.
La distancia a que el gobierno nacional se hallaba, la poca importancia
que en el litoral se daba a este caudillejo que apenas tenía casa en
que vivir en medio de bosques de garabatales , la necesidad sobre todo
de presentar la República en paz para darle formas, reunir el congreso
y elegir presidente, ocultaban el peligro, que para lo futuro quedaba,
de dejar establecido, como parecía, que el ejército regular era impotente
contra la movilidad de la montonera; y la alarma en que quedaban las
provincias vecinas con aquel perturbador en posesión siempre de los
medios y posición que por tantos años le habían servido para sus depredaciones
y correrías.
Cualesquiera que fuesen las condiciones del tratado, si tratados era
posible que hubiese entre un gobierno y un general suyo, basta ver cómo
lo entendía y practicaba el Chacho, para comprender la situación en
que quedaban las provincias vecinas y el gobierno de La Rioja mismo.
Habiéndose creado en esta provincia un gobierno civil, quiso, como era
de esperarse, tener en su poder las armas que habían servido a prolongar
la guerra sin motivo aparente y sólo por la voluntad del general establecido
en los Llanos, y al efecto ordenó a los comandantes de los departamentos
recogerlas. A la solicitud del de Malangan contestó el Chacho lo siguiente:
"Malangan, julio 13 de 1862.
"Al señor comandante don Joaquín González:
"Acabo de recibir una comunicación del capitán don José María Suero
en que me da cuenta que un señor García comisionado de V. S. le pide
entregue el armamento y animales del Estado que tiene en su poder, quedando
sin efecto la comisión que a estos fines le confié, dando su dicho comisionado
por razón los tratados míos con el gobierno de Buenos Aires.
"Con sentimiento veo, señor comandante, que usted no está al cabo de
esos tratados, como veo no conoce sus atribuciones. Por esos tratados,
señ or, y de acuerdo con el jefe del primer cuerpo de ejército de Buenos
Aires, estoy yo encargado de garantir el orden en la provincia, a cuyo
efecto queda en mi poder el armamento que he tenido; y tengo a más instrucciones
que ni siquiera es dado comunicarlas a usted. Su gobierno mismo, señor
comandante, no puede exigir de mí lo que no está en su derecho, como
lo que usted exige. Cada uno en su puesto y no tomar las atribuciones
ajenas, porque de lo contrario no nos entenderemos.
"Por fin, mis convenios son exclusivamente con el gobierno nacional,
cuyas órdenes obedezco, y a él exclusivamente corresponde exigir, tanto
el cumplimiento de lo pactado, como darme las órdenes e instrucciones
que estime convenientes.
"En vista de los antecedentes que tengo manifestados, y para guardar
la armonía que deseo con usted como con todas las demás autoridades,
espero que usted no exigirá lo que por su dicho comisionado lo hace,
puesto que en ningún caso se le entregará, y cuento que será bastante
prudente para conocer su posición y la mía.
"Al dejar así cumplido el objeto de ésta, me es grato ofrecer a usted
las consideraciones de mi aprecio. ? Dios guarde a usted. - Angel Vicente
Peñalosa" .
"Guaja, julio 2 de 1862.
"Señores capitanes don Santos Carrizo y señor Castro:
"He recibido la apreciable nota de ustedes, y en su contestación digo
que el comisionado nacional coronel Baltar marcha en este momento a
La Rioja a dejar todo arreglado. El se dirigirá a ustedes sobre lo que
han de hacer, intertanto es preciso que se sostengan hasta que reciban
sus órdenes. Soy como siempre, etc., Peñalosa.
"Bichigasta, julio 16 de 1862.
"Señor comandante don Domingo García:
"A pesar de estar impuesto de los documentos que acreditan su comisión,
y estar a mi vista exactos, en contestación de ellos tengo una orden
del general Peñalosa, fecha 2 del presente, en la que me dice retenga
las armas basta que él me ordene, esto sin fijarse para nada de las
disposiciones del supremo gobierno. El 10 del presente hice un propio
al general Peñalosa por si me ratificaba la orden; y como hasta ahora
no he recibido contestación, me veo en el caso de retenerlas hasta aguardar
la disposición del señor coronel Baltar, comisionado, que también estuvo
presente cuando se me dio la orden. Dios guarde, etc. J. María Suero.
"En estos momentos recibo la contestación del general Peñalosa con el
propio que hice, y me dice que retenga las armas hasta recibir órdenes
de él en el sentido contrario. Vale."
¿Supo el Gobierno Nacional estos hechos?
¿Fue engañado su comisionado?
El hecho real es que no había gobierno civil posible en La Rioja, y
que continuando el Chacho en la situación de barón feudal que el supuesto
o real tratado le creaba, San Juan no tenía hora segura de nuevas incursiones,
como si nada se hubiese cambiado en la condición y circunstancias del
país después de veinte años.
Ya se había expuesto en términos generales al Gobierno Nacional la situación
precaria de aquella parte del territorio argentino, y en correspondencia
íntima indicádosele con insistencia al gobernador de San Juan la necesidad
de hacer de esta ciudad, la única existente en más de diez mil leguas
cuadradas, un centro de poder material y de educación, a fin de contener
los progresos de la barbarie, que aquellos desiertos habían creado,
y reparar los estragos de treinta años de retroceso y de la reciente
desaparición de Mendoza, so pena de ver suprimido del país poblado y
civilizado un quinto del mapa argentino, si se dejaba por algunos años
más obrar las agencias disolventes. Pedía cañones, un batallón de línea
y permiso para crear fuerzas de caballería, educadas en país agrícola
y con caballos preparados al efecto, según ideas que sobre la reorganización
de la caballería argentina había tratado de generalizar, no siendo ellas
en definitiva más que volver a las tradiciones de los antiguos granaderos
y cazadores a caballo de San Martín, frescas aún en las provincias de
Cuyo donde aquellos famosos regimientos se remontaron. Estas indicaciones
no encontraron una formal aceptación, si bien por la insistencia de
otros, se obtuvo al fin que un batallón viniese a acuartelarse en San
Juan.
Quedando La Rioja, como quedaba, y el Chacho establecido en Guaja, que
sólo dista quince leguas de la villa de Valle Fértil de San Juan, era
conveniente cultivar las mejores relaciones diplomáticas con aquel cacique
que aconsejaba a los prudentes tener en cuenta las situaciones respectivas.
Felizmente había acompañado al ejército de Buenos Aires un capitán de
línea, hombre muy circunspecto, y además pariente muy cercano de Peñalosa.
Este fue nombrado subdelegado de Valle Fértil, con encargo de cultivar
la amistad del Chacho y evitar toda ocasión de desacuerdo, tan frecuentes
en las fronteras, e inevitables en aquel asilo de vagabundos y cuatreros
que eran el azote de San Juan.
Del tono de estas relaciones dará idea la carta del Chacho que contestaba
a las primeras del subdelegado que más tarde fue a Guaja y pasó algunos
días con él.
"Guaja, setiembre 22 de 1862.
"Señor sargento mayor don Sixto Fonsalida:
"Tengo a la vista sus dos muy apreciables, una oficialmente y la otra
particular, la que tengo el placer de contestar, diciendo a usted que
parece que la Providencia ha tomado una parte activa en la reconciliación
de nuestros desgraciados sucesos, para que terminen las disensiones
y sea una realidad el sostenimiento de una paz que nos dará por resultado
el sosiego de las pasiones exaltadas y la calma de tantos sufrimientos
debidos a nuestros propios desvíos.
"El párrafo de la carta que me trascribe textualmente del señor gobernador
de San Juan, me lisonjea en alto grado, y creo que siguiendo esas máximas,
habremos logrado el afianzamiento de nuestras instituciones, corrigiendo
los daños y desórdenes causados por la guerra. Los sentimientos nobles
que abriga el gobierno de San Juan no me son desconocidos, por lo que
presagio un venturoso porvenir, estrechando una relación sincera entre
las dos provincias, prometiendo a usted que todo lo que esté en la esfera
de mis atribuciones, lo emplearé contribuyendo con el contingente de
mi poco valer, a fin de conseguir tan importantes fines...
"Por lo demás, descuide usted que siempre observaré la conducta que
me es característica, no dejándome sorprender de suposiciones falsas
e imaginarias que jamás tienen lugar en mi imaginación. Mucho gusto
tengo en que haya arribado a ésa con los sobrinos mis amigos, entretanto
quisiera que disponga como siempre de la inutilidad de su afectísimo
amigo. - Angel Vicente Peñalosa" .
Esta carta había sido precedida, meses antes, por otra dirigida al gobernador
de San Juan en que recordaba con arte los servicios que había de él
recibido en Chile. "Por mi parte, le decía, no esquivaré la ocasión
de serle ú til, tanto más cuanto es un deber en mí para con uno de los
más valerosos campeones de la causa que en otro tiempo sostuve con el
malogrado ilustre general Lavalle, y de la que no he desertado." Estas
manifestaciones tomarán luego, en vista de los hechos, una singular
importancia.
No sería fácil decir si estos conceptos de la cancillería de Guaja,
el rancho del Chacho, eran suyos o del amanuense. Hay, sin embargo,
una palabra cuyo origen es curioso recordar. El adjetivo venturoso no
entra en la común parlanza de la gente llana. Rivadavia, en sus conversaciones,
se extasiaba al arrullo de la esperanza en el venturoso porvenir que
aguardaba al país. Sus enemigos hicieron de esta frase un apodo de ridículo,
y el que esto escribe la oyó en 1829 andando de boca en boca entre los
parciales de Quiroga. ¡Triste cosa! ¡Después de treinta años de desastres,
en lugar del venturoso porvenir anunciado, encuéntrase la frase en el
fondo de los Llanos, en boca de uno de los bárbaros que alejaron ese
porvenir con sus violencias, como encontraríamos en los matorrales un
jirón del vestido de un viajero que fue robado y muerto en ellos!
Estos dares y tomares ocurrían en septiembre. En noviembre siguiente
una partida de vagabundos, desertores o salteadores que se asilaban
en los Llanos, salió de allí y dirigiéndose a las Lagunas de San Juan,
saqueó la casa del juez de paz, arreó caballos y ganados, arrebató a
una recua de mulas las mercaderías que traía de Buenos Aires, desnudó
y despojó de su dinero y vestidos a dos transeúntes franceses, y después
de aporrearlos malamente, los llevó con el botín a los Llanos.
Era esto un salteo de caminos calificado, y la revelación de un peligro
nuevo para provincia como la de San Juan, separada de las otras por
desiertos y soledades que no pueden ser custodiadas. El importante comercio
de ganado con Chile exige que la plata boliviana con que se compra en
Tucumán y Salta, vaya en cargas, a la vista de todos y conducidas por
dos o tres mozos. El salteo de caminos, que no había hasta entonces
entrado en los desórdenes de la guerra civil, iba, a no ser reprimido
enérgicamente, a paralizar la industria y el comercio de que aquel pueblo
vivía.
Iniciada la causa criminal por la deposición de los robados, el gobierno
de San Juan se dirigió al de La Rioja pidiendo la aprehensión y entrega
de Agüero, Almada, Carrizo, Potrillo, Pérez y cómplices. El gobernador
de La Rioja, a su turno, los pidió al general Peñalosa, acompañándole
los documentos, y éste le contestó lo que sigue:
"Cuaja,diciembre 12 de 1862.
"El General de la Nación:
"En su mérito (la nota del Gobierno), quedan disueltas esas fuerzas
que hostilizaban la tranquilidad de San Luis y Córdoba. Los jefes han
entregado las armas que quedan en mi poder, y ellos bajo mi vigilancia.
Otras medidas más graves hubiera tomado, señor gobernador, si no estuviera
persuadido que esos hombres aleccionados por la experiencia y mejor
aconsejados, podrán ser útiles a la nación, pues que son soldados valientes
y amigos buenos y leales a la causa a que se adhieren; y que de consiguiente
una vez adheridos a la nuestra, nos ayudarán a sostenerla con la decisión
que han sostenido la que acaba de expirar. Permítame, señor gobernador,
que yo abrigue la convicción que al soldado valiente y al amigo bueno
que se desvía, es más prudente de encaminarlo que de destruirlo. - Angel
Vicente Peñalosa."
¿Era subterfugio estudiado confesar desórdenes en Córdoba y San Luis,
en lugar del salteo de las Lagunas? Lo que hay de curioso son las virtudes
de condottieri que sostendrían una causa con el mismo ardor que habían
sostenido la contraria. ¿No era el Chacho mismo el más feliz dechado
de esta acomodaticia virtud?
De todo esto se dio cuenta al gobierno nacional. La constitución federal
tenía establecido "que los actos públicos y judiciales de una provincia
gozan de entera fe en las demás", y si los reos de un crimen cometido
en una provincia no son entregados por la autoridad de otra, al gobierno
nacional incumbe allanar el obstáculo, a fin de que la administración
de justicia no sufra embarazo. En el caso presente era más urgente su
acción, porque el embarazo provenía de un funcionario suyo, que principiaba
sus notas llamándose el General de la Nación, aun en aquella misma que
encubría salteadores de camino a mano armada que no tienen asilo ni
en las naciones extranjeras. El delito de este jefe, que recibía salario
de la Nación, este vez estaba agravado por el ejercicio de la facultad
de indultar y conmutar penas que es sólo privativo del poder ejecutivo.
No sabemos que se tomase en consideración en los consejos del gobierno
nacional este asunto que tanta inmoralidad encerraba, no obstante que
todos los diarios reprodujeron las notas con la novedad que tales ocurrencias,
apenas concebibles, debían causar.
El gobernador de La Rioja acompañó este extraño documento, con cuatro
palabras que revelaban la desairada posición que ocupaba.
"La Rioja, diciembre 26 de 1862.
"Aunque con bastante atraso por su fecha, se ha recibido por este gobierno
la nota de 12 del corriente del general Peñalosa, que en copia legalizada
le adjunto, para el conocimiento y resolución de S. E., según el mérito
que ella arroja. - Francisco S. Gómez. - José Manía Ordóñez, oficial
mayor."
¿Qué iba a resolver el gobierno de San Juan? Así terminó el año 1862.
Dos millones de pesos y un millar de vidas sacrificadas iban a ser el
resultado de todos estos antecedentes.
Reacción
Bajo los más siniestros auspicios se abría el año 1863 en la región
que hemos descrito entre las sierras de San Luis y Córdoba al oriente
y la cadena de los Andes hasta Catamarca. La tempestad tiene precursores
en el lejano relampagueo de la nube que corona las montañas, ecos en
el tronar sordo que precede a la borrasca. La prensa, las discusiones
de las cámaras, el tono y el carácter de las reuniones públicas, están
mostrando en las sociedades civilizadas el grado de citación de los
partidos y los propósitos de sus prohombres. Pero imaginaos una conspiración
de oscuros cabecillas, de masas ignorantes que se agitan sordamente
en las campañas, o en las más bajas capas sociales de las ciudades,
sin ideas, sin periódicos, sin órganos audibles, porque lo que pasa
entre peones y paisanaje no llega a oídos de la sociedad culta que vive
de otras ideas y de otros intereses, y os daréis cuenta de los síntomas
exteriores de este estado de cosas, de los rumores que corren, de algo
que se siente y no se ve, sino por la fisonomía insolente de uno, por
una palabra que a otro se le escapó por la amenaza de un tercero de
lo que ha de suceder después.
Los comerciantes que regresaban de Chile repetían lo que en Los Andes
decían sin embozo tres ex gobernadores y varios coroneles de Benavides,
Saa o Nazar, los depuestos caudillos de Cuyo que se agitaban allí y
recibían mensajeros, noticias y avisos de los movimientos del Chacho,
que a la fecha estaría en San Juan, y de Urquiza que había ya ocupado
el Rosario. De los Llanos corrían los mismos rumores: la citación sería
para la Pascua, contaban con Catamarca y Córdoba; en San Juan con los
oficiales de Benavides, en todas partes con partidarios. En San Juan
la agitación tomaba formas extrañas y llenas de la malicia candorosa
de la ignorancia. El gobierno era masón, según los rumores que corrían
entre la gente llana, y había llevado la impiedad hasta hacer de una
iglesia una escuela; de una capellanía una quinta normal. La fotografía
recientemente introducida, prestaba con sus imágenes asidero a invenciones
supersticiosas; y sacerdotes paniaguados con el partido antiguo de Rosas,
a quien debían posición y honores, explicaban devotamente desde el pú
lpito toda la abominación de la masonería, subentendido que el gobernador
era masón, y a él se dirigían aquellas hipócritas conminaciones.
En este estado de fermentación en el interior, uno de los ministros
del gobierno nacional escribía al gobernador de San Juan: "Marzo 12.
Vamos navegando por un mar de rosas. Viviremos tranquilos. Progresaremos.
Usted se contentaría con que viviésemos tranquilos; pero eso es contentarse
con poco".
Con motivo de elecciones ocurridas en Chilecito, asiento y plaza de
minas, el Chacho había mandado fuerzas, apoderándose de sesenta fusiles
y pólvora, añadiéndose prisiones de comerciantes que rescataron su libertad
con mercaderías y erogaciones de dinero. Los despojados pidieron auxilio
a San Juan donde se estacionaba un batallón de línea; pero habiendo
el gobierno nacional apresurádose a declarar seis meses antes que toda
la República estaba bajo el régimen constitucional, y no teniendo instrucciones
el gobierno provincial para el empleo de aquella fuerza, se limitó a
darle cuenta de los desórdenes de Chilecito.
Era claro y sabido que se preparaba una insurrección cuyo centro estaba
en Guaja, y cuyos aliados se movían activamente en Aconcagua, de Chile,
desde donde mantenían inteligencias con San Juan, Mendoza y San Luis.
El subdelegado de Valle Fértil, encargado de observar los movimientos
del Chacho, daba en marzo cuenta de la agitación que reinaba por aquellos
pagos, y de las conferencias tenidas en Chepes entre diversos cabecillas
adonde había concurrido el Chacho a solemnizar con su presencia la dedicación
de una capilla, fiesta que daba ocasión a octavario de carreras, reunión
de gentes, y discusión de aquellos negocios que con el salteo de caminos
conducían derecho a la destrucción del gobierno nacional.
"En un paraje de la sierra llamado la Jarilla, escribe el subdelegado,
Lú car Llanos, Pueblas y Agüero tienen reunidos doscientos hombres,
desde donde algo intentan sobre San Luis. Están reuniendo caballadas
y citando la gente, dando por pretextos que los Echegarayes se preparaban
a invadir los Llanos.
"Conocedor de estos lugares, no extrañe que le diga que el gobierno
de San Juan no puede contar con la decisión de estas gentes, y que me
considero expuesto el momento menos pensado, no obstante el disimulo
con que espían mis movimientos.
"Acabo de saber que ha pasado por la costa de Astica un Ruiz, de Mogna,
con gente que dice viene a trabajar a una represa de Peñalosa. Por lo
que no trepido en decir a S. E. que se precava, y no esté tan solo,
sin una guardia, pues están en inteligencia con los de San Juan. Se
habla de una revolución y de la posibilidad de asesinar al coronel Arredondo...
"Me tomo la libertad de suplicar a S. E. no se fíe de nadie y ponga
cuidado en la elección de los hombres que lo rodean...
"El chasque sólo sabe que va a ésa, sin conocer objeto, y convendría
que V. E. reservase éstas porque importa algo que aquí no se aperciban
de nada".
El coronel Sandes, pocos meses antes, había recibido, saliendo de la
casa del gobernador en San Luis, una puñalada que le dejó tres pulgadas
de hierro clavado milagrosamente en una costilla, y el asesino asiládose
en los Llanos, a cuya política servía.
El gobierno de San Juan hacía tiempo se preparaba para hacer frente
al desquiciamiento que se veía venir. Podía contarse con la guardia
nacional de infantería; pero la milicia de caballería que se forma en
los departamentos rurales, simpatiza ahora como siempre con el Chacho.
Como en Buenos Aires hasta Cepeda y Pavón, en San Juan en todos tiempos,
la caballería se había desbandado al presentarse todo enemigo, si no
se pasaba en grupos a sus filas. Un día después de presentarse Quiroga
o Chacho, millares de voluntarios dejaban el trabajo para aclamarlo
y tomar parte en las escenas de violencia que seguían. Esta era la tradición
local, y el coronel Sarmiento había en muchas ocasiones mostrado la
necesidad de obrar un cambio en las ideas y en la organización de la
caballería. Vencido en Rosas, en Urquiza, el sistema que la montonera
había levantado; establecida en los campos de batalla la superioridad
de la infantería, la montonera no había sido vencida sin embargo, pues
que en Cepeda triunfó, y en Pavón se retiró ordenadamente, mientras
que nuestras enormes masas de caballería se habían desbandado al principio
de la batalla. La montonera nos había comunicado e impuesto el levantamiento
en masa, sin darnos su espíritu. En San Juan se había creado un plantel
de caballería con el nombre de Escolta de gobierno; y probado en encuentros
cuerpo a cuerpo con bandidos, se había logrado animarlo de otro espíritu.
Al concluirse la campaña de La Rioja, el coronel Arredondo, devolviendo
este puñado de soldados, los recomendaba como los que le habían con
más decisión servido en todas las operaciones de aquella laboriosa persecución.
Desgraciadamente eran sólo un piquete.
Tratóse de crear un escuadrón de Guías, tomando un nombre que el valor
del coronel Sandes había hecho célebre, y pidiéronse a los jueces de
paz hombres especiales. Del cuartel se fueron una noche trece, con vestuarios
de pañ o, y aun con las armas. Ya podía inferirse el espíritu que reinaba.
Al día siguiente, el Gobernador fue al cuartel, reunió la tropa y dijo
a los soldados sin rodeos lo que había sucedido, pretextando haber sido
mal servido por los jueces de paz; y recorriendo las filas dijo a uno:
retírese Ud. por viejo; Ud. por enfermo, el otro por andrajoso, lo que
demostraba que debía ser vicioso, y cinco más según que lo hacía plausible
algún motivo aparente. La deserción cesó, y con otras medidas y mayor
organización, se formó al fin el escuadrón de Guías, con cuyo espíritu
se podía contar. Era sargento de este cuerpo uno que en la Rinconada
se había pasado al enemigo, a vista y paciencia de ambos ejércitos,
golpéandose la boca en burla de sus jefes. Cuando hubo de sometérsele
a consejo de guerra, el fiscal nombrado insinuó al Gobernador que un
su pariente creía impolítico castigar aquel crimen; y sometido a juicio,
resultó que los testigos que una hora antes decían de voz en cuello
la verdad de tan notorio hecho, en la causa declararon que les parecía
haber visto, pero no podían asegurarlo. Esto había bastado para el fiscal,
y el reo fue absuelto. ¿Qué hacer contra desmoralización que llegaba
a tal extremo? Los Guías, sin embargo, sirvieron bien. Más tarde se
organizó un escuadrón de granaderos, cuyas clases eran oficiales de
milicia, a fin de darle consistencia, y romper aquella fatal tradición
del desbande en presencia de la montonera, que había condenado a perecer
a los ciudadanos en la Rinconada un añ o antes y entregado la provincia
al saqueo de cuantos querían invadirla. Persuadir al paisanaje de que
el Chacho no entraría a San Juan esta vez, ni frailes descalzos lo hubieran
conseguido.
Se había encargado a Chile armas, paños, plomo, traídose dos mil cabos
de lanza de Tucumán, y se procedía a organizar medios de defensa.
A mediados de marzo aparecieron grupos de montonera en las fronteras
de Córdoba, San Luis y Catamarca, logrando sublevar los departamentos
de San Javier y San Rafael en las faldas occidentales de la sierra de
Córdoba, tomando la villa del Río Seco en San Luis. El 2 de abril pasaba
desde Chile la cordillera de los Andes un coronel Clavero y sorprendía
los fuertes de San Rafael y San Carlos al sur de Mendoza, avanzando
hacia la desmantelada ciudad y amontonando gentes de a caballo. Así,
pues, San Juan se encontraba a principios de abril encerrado entre La
Rioja, oeste y norte de San Luis en armas, Mendoza amenazada al sur,
y el levantamiento de las Lagunas y de Mogna en la misma provincia;
no más seguro de los departamentos rurales contiguos a la ciudad y suburbios,
y encerrando en la ciudad misma el personal de jefes y oficiales de
Benavides cuyos compañeros en Chile o en las filas del Chacho estimulaban
la rebelión, que ellos podrían secundar prestando a la montonera el
auxilio de alguna práctica militar, o encabezar un movimiento en San
Juan mismo, así que el batallón de línea saliese a campaña, reclamado
de todas partes para contener el incendio, cuyas llamas asomaban por
todos los puntos del horizonte.
¿Qué querían estos hombres?
A falta de gobierno, de legislaturas, de diarios, de manifiestos que
explicasen el objeto y los medios de conseguir la proyectada subversión,
un comandante de fuerzas en San Luis recibió la siguiente carta del
Chacho, que por la torpeza de lenguaje y lo embrollado de lo que quisiera
que expresase ideas, muestra suficientemente el origen y los elementos
de aquella perturbación.
"Guaja, marzo 26 de 1863.
"Señor coronel Iseas: Mi querido y antiguo amigo: Me es muy placentero
este momento que tengo la satisfacción de dirigirme a Ud. deseando que
goce de una completa salud a la par de su apreciable familia, quedando
por ésta su casa a sus órdenes.
"Amigo: después de los terribles acontecimientos que nuestras disensiones
políticas nos hicieron sufrir, ha venido a renovarse la época del pasado,
a consecuencia de la opresión en que han puesto a los pueblos los malos
hijos de la patria. Nunca pude imaginarme que los que nos prometían
la fusión se convirtiesen en dictadores, despertando personalidades
y tiranizando a sus mismos hermanos; desterrando al extranjero y confiscando
bienes, hasta dejar las familias a la mendicidad. Estos terribles procedimientos
han dado el resultado que ya lo palpará Ud. Todos los pueblos se pronuncian
clamando por la reacción, todos piden que se les devuelva sus libertades
que han sido usurpadas por un puñado de hombres díscolos que no tienen
más bandera que el absolutismo; y conociendo por mi parte la justicia
que se reclama, no he trepidado apoyar tan sabios pensamientos.
"Recordando que Ud. ha sido un antiguo compañero y amigo, he resuelto
dirigirle ésta para demostrarle la situación, y que se desprenda de
esas creencias que lo perderán; yo lo garanto, amigo y compañero; véngase
que en mí encontrará la buena fe, y el apoyo de un verdadero amigo fiel
en mi palabra, y no dilate en admitir mis consejos, pues son los más
sanos, y porque será lo más sensible para mí que se pierda un amigo
de tanta importancia.
"Salud, amigo, y cuente con el afecto que le profesa su invariable S.
S. Q. B. S. M. - Angel Vicente PeñaIosa. "
Como este estilo y estas ideas embrionarias son comunes a todas las
notas del Chacho, debe atribuirse a la rudeza e ignorancia de los tinterillos
que escribían por él. Sin embargo, si no es un señor Gil Navarro que
tomó cartas en este movimiento, en todas las provincias a donde se extendió,
no hubo manifestaciones escritas ni más racionales ni más inteligibles
que ésta, por no haber tomado arte ningún hombre de cierta educación.
Es el movimiento más plebeyo, más bárbaro que haya tenido lugar en aquellos
países; pero aun así, como el de los chouans en Francia, y de la jacquerie
en la Edad Media, puso en peligro cuatro provincias, y pudo desquiciar
toda la Repú blica.
Cuando llegó a Mendoza la noticia de la invasión San Luis, el jefe del
regimiento N° 1 de línea se puso en movimiento a marchas forzadas, en
busca de bandoleros, pidiendo al gobierno de San Juan hiciese avanzar
una fuerza de infantería a las Lagunas, a donde él le enviaría órdenes
para que se le incorporase, lo que se hizo en efecto. El 1 de línea
era formado sobre el plantel de Guías que el coronel Sandes había traído
al interior, y derrotado al Chacho en las Lagunas de Moreno un año antes.
Aquel cuerpo, con los que tuvieron parte en el combate de la Cañada
de Gómez, que completó dos meses después la batalla de Pavón, era uno
de los primeros en la rehabilitación que la caballería obtuvo en aquel
combate, buscando y atacando a la montonera y derrotándola, no obstante
su esfuerzo para resistir. Este hecho de armas estaba destinado a hacer
crisis en la historia de la caballería argentina y destruir la preponderancia
de la montonera. El regimiento N° 1 inspirado por el arrojo y dominado
por el prestigio de su coronel, era el primer cuerpo que ofrecía llegar
a la solidez y empuje del regimiento de coraceros, o de los granaderos
a caballo, que sostuvieron durante los primeros veinte años de la independencia
la gloria sin rival de la caballería argentina por toda la América.
Si, pues, esta guerra del Chacho no se recomienda por el número de los
combatientes, ni por el brillo de las batallas, tiene el grande interés
militar de la rehabilitación de la caballería regular como arma eficaz,
y el grande interés civil de la destrucción de la montonera como elemento
político. Los argentinos están muy dispuestos a creer que su caballería
en todos tiempos y circunstancias, debido a la nativa destreza del jinete,
está en aptitud de medirse con toda otra. La guerra de Méjico, donde
el ranchero no cede en destreza en el manejo del caballo al gaucho argentino,
ha mostrado, sin embargo, su debilidad ante la caballería francesa,
que es irresistible para ellos cualquiera sea su número. Aun la contraguerrilla
francesa es superior a la caballería mejicana, poco feliz en los combates
por falta de preparación. A más de la preponderancia que la caballería
francesa adquirió sobre la austríaca durante las guerras de Napoleón,
su lucha constante con los árabes le ha enseñ ado a combatir los jinetes
más diestros en el caballo, por los defectos de esa misma calidad, que
son falta de consistencia en la línea, y grande espontaneidad individual
que la disloca fácilmente.
Al licenciar el grande ejército de los Estados Unidos después de la
guerra, se ha propuesto conservar de preferencia en la frontera los
cuerpos de caballería, habiendo enseñado la experiencia cuán difícil
es improvisarlos. Durante los primeros dos años de la guerra, la caballería
del norte mostró una grande inferioridad a la del sur; no porque fuesen
aquéllos menos diestros en el manejo del caballo, sino porque éstos
eran farmers , especie de nobleza como la de la Edad Media, o los quirites
romanos, que tan grave cuestión fue siempre la de la caballería.
Alzamiento del Chacho
Todas las provincias del interior se pusieron en armas espontáneamente,
así que les fue llegando la noticia del alzamiento. Salta, Tucumán,
Santiago del Estero, concertaron seis fuerzas para reforzar a Catamarca
o rescatarla si fuese tomada. Córdoba, San Luis, San Juan y Mendoza,
entraron en campaña inmediatamente para rechazar la invasión, o sofocar
la insurrección que por todas partes amenazaba. Los gobiernos de estas
cuatro provincias teatro de la guerra, declararon el estado de sitio,
a fin de apoderarse de los cabecillas conocidos que podrían dar apoyo
a la invasión o acaudillar insurrecciones.
Como una muestra de la situación en que sorprendía a la República aquel
inopinado alzamiento, copiaremos las lamentaciones que la prensa de
San Juan hacía al saberse la noticia de los movimientos de los Llanos.
"La noticia de su vandálica incursión en las campañas de San Luis, nos
llega al mismo tiempo que la carta del presidente de la República a
la sociedad de minas de San Juan.
"Al mismo tiempo que Rickard desde París anuncia estar trabajando para
San Juan.
"Al mismo tiempo que el sanjuanino Rawson allana las dificultades del
ferrocarril al interior.
"Llega en el día que el señor presidente recibe aviso que están fundiendo
en los hornos de Santo Domingo.
"El día en que los carros de Moreno descargan las máquinas de amalgamación
de Videla, construidas en Buenos Aires.
"El día que llegan a Calingasta las máquinas construidas en Valparaíso
para la Sorocayense.
"El día en que el señor Fragueiro empieza a beneficiar metales.
"El día en que se inaugura el club de lectura de San Juan.
"El día en que se preparan en Chile capitales, compañías y barreteros
para trabajar nuestras minas.
"El día en que los artífices llegados de Chile empiezan la techumbre
y conclusión de la escuela Sarmiento.
"El día en que se apresta la casa de la señora Cortínez para abrir la
escuela central de señoras.
"El día en que están saliendo para las minas las cuadrillas de barreteros
que van a reanimar el trabajo, y dar a las máquinas metales para convertirlos
en piña.
"El día, en fin, en que el señor presidente nos dice tengo diez vapores
y diez mil hombres para curar la sarna de La Rioja.
"Nazar, Saa, Ontiveros, Carrizo, ¿lograrán retardar estos bienes que
van a hacer de nosotros un pueblo rico? ¿Qué cosa harían sino lo que
de ellos debe esperase y son capaces de hacer? Daño, alborotos, saqueo
y destrucción de lo ya adquirido.
"Si, pues, hubiese que defender la tranquilidad pública defenderíamos
no sólo las instituciones, el gobierno, la propiedad contra los ladrones,
sino que defenderíamos el porvenir de riqueza y bienestar, de trabajo
y de producción que hemos creado con el desarrollo de la minería que
dará luego ya, riqueza para todos, pobres y ricos, patrones y peones.
"Los beduinos de San Juan, los sostenedores de Benavides, Virasoro y
Díaz, están aquí gozando de las garantías que el gobierno asegura a
todos.
"Pero si se imaginan que pueden conspirar a mansalva, a la sombra de
esas instituciones, les prevendremos que esas instituciones mismas tienen
sus resortes para montarlas a la altura de toda situación; y que han
de ser conservadas y mantenidas, a despecho de la soberana voluntad
de políticos de la altura de Agüero, Carrizo o Díaz. Ténganse por avisados."
El 7 de abril el Gobernador dirigió al pueblo la proclamación de la
guerra, en términos que contrastan con la oscuridad y estupidez de la
insurrección.
Proclama del Gobernador de la Provincia a sus habitantes
"Conciudadanos: Peñalosa se ha quitado la máscara.
"Desde la estancia de Guaja, secundado por media docena de bárbaros
oscuros, que han hecho su aprendizaje político en las encrucijadas de
los caminos, se propone reconstruir la República sobre un plan que él
ha ideado, por el modelo de los Llanos.
"Bajo su dirección e impulso, estas provincias serán luego un vasto
desierto, donde reinen el pillaje, la barbarie sin freno, y la montonera
constituida en gobierno.
"No es un sistema político lo que estos bárbaros amenazan destruir.
Es todo orden social, es la propiedad tan penosamente adquirida, toda
esperanza de elevar a estos pueblos al goce de aquellas simples instituciones
que aseguran a más de la vida, el honor, la civilización, y la dignidad
del hombre.
"Conciudadanos: Vosotros conocéis La Rioja, donde han imperado por años
hombres que eran todavía algo más adelantados que Chacho.
"Es hoy un desierto poblado por muchedumbres que sólo el idioma adulterado
conservan de pueblos cristianos. Habéislo visto en 1853 en San Juan,
incendiando inútilmente las propiedades y robando cuanto atraía sus
miradas para cubrir su desnudez y saciar sus instintos rapaces.
"Tendríais otra vez a esas chusmas en San Juan, no sólo para robaros
vuestros bienes, sino para hacerse de medios con que llevar la guerra
y la desolación a otros puntos de la República. Vuestras mercaderías,
vuestras mulas, vuestros caballos, vuestros ganados, vuestros trabajadores,
vuestro dinero arrancado por las extorsiones y la violencia, son el
elemento con que cuenta para llevar adelante sus intentos salvajes,
porque mal los honraríamos con llamarlos planes de subversión.
"San Juan, por la cultura de sus habitantes, por la posición que ocupa
en esta parte de la República, tiene algo más que hacer que defender
sus hogares y su propiedad. Débele a la patria común, a la dignidad
humana, salvar la civilización amenazada por estos vergonzosos levantamientos
de la parte más atrasada de la población que quisiera entregarse sin
freno a sus instintos de destrucción. San Juan reducido a la barbarie,
San Juan saqueado, San Juan gobernado por el Chacho y sus asociados,
desaparecerá del mapa argentino el día en que se aprestaba por sus propios
recursos, por su propia industria y esfuerzo, a contarse entre las provincias
más adelantadas y ricas de la Repú blica.
"Todo país encierra en su seno elementos de desorden. Los nuestros son
numerosos. Están en la barbarie dominante en las campañas, en la despoblación
de nuestros desiertos, en las pasiones feroces que este estado de cosas
desenvuelve.
"Pero recordad nuestra historia de cincuenta años a esta parte, y veréis
que cada día pierden fuerzas; que con Quiroga, Rosas, Urquiza y tantos
otros, han sido vencidos sucesivamente, hasta hacer prevalecer un orden
regular.
"Sucederá hoy lo que ha sucedido siempre. Harán daños, desquiciarán
el orden, interrumpirán los trabajos que adelantan los pueblos; pero
al fin, como siempre, triunfarán la civilización, el orden regular,
las leyes que nos ha legado la Europa.
"San Juan no está solo hoy, como otras veces, luchando en defensa de
sus derechos.
"Sobre toda la República se extiende el poder protector del gobierno
nacional. Sus vapores dominan exclusivamente los ríos. Sus batallones
victoriosos guardan las ciudades.
"El valiente coronel Sandes al este de los Llanos, con mil veteranos,
tiene a la vista a Ontiveros y Pueblas, la vanguardia de Peñalosa.
"A vuestro lado está el comandante Arredondo, a quien conocen Angel,
Chacho y demás bandoleros.
"Tenemos armas, y la brillante guardia nacional no ha de ir a las órdenes
de oscuros bárbaros a despedazar y robar a otros pueblos, que es lo
que les impondrían los enemigos que no supiera vencer.
"San Juan ha adquirido un nombre glorioso en la República, y por sus
minas hasta en Europa se busca en el mapa dónde está situado San Juan.
"Próximo está el día en que mostremos que toda virtud, todo heroísmo,
todo valor, toda acción noble y toda abnegación, tiene representantes
dignos y modelos en San Juan.
"Conciudadanos: ¡A las armas y que San Juan sea un ejército, un baluarte
contra la barbarie, y un ejemplo para todos los pueblos argentinos!
"Esto es lo que espera de vosotros vuestro compatriota y amigo. - D.
F. Sarmiento" .
El 8 se recibió la noticia de haber derrotado el coronel Sandes la montonera
de Ontiveros en la Punta del Agua, al norte de San Luis. Como hubiese
pedido antes al gobernador de San Juan instrucciones para obrar en aquella
improvisada campaña, éste, que conocía el arrojo de aquella fiera humana
sedienta siempre de combates, de los que tenía ya como recuerdo cincuenta
heridas en el cuerpo, aprovechó esta ocasión para insinuarle la idea
de su responsabilidad como jefe.
"Marzo 27. Puesto que tiene la deferencia de pedirme consejo sobre la
conducta que debe guardar con los montoneros y las autoridades, quiero
corresponder a su confianza...
"A Ud. no hay que alentarlo, sino al contrario moderar los ímpetus de
su valentía. Le recordaré que nuestros valientes generales Lavalle,
La Madrid, Acha, no fueron felices en la guerra a causa de su mucho
valor. El objeto del general es vencer. Si disparando se vence, el objeto
está logrado. Chacho ha probado lo que puede hacerse por esta vía. Le
exagero las cosas para que más impresión le hagan.
"He dado orden al comandante Arredondo que esté listo para ponerse en
movimiento pero le aconsejo que no se recargue de infantería, pues lo
mismo son cien que doscientos cuando el enemigo no la tiene...
"Si caen en sus manos cabecillas y oficiales de la montonera, mándelos
bien amarrados al gobierno de San Luis para ser juzgados en un consejo
de guerra, y de ese modo se ahorrará las reconvenciones de los que desde
sus sillas poltronas en Buenos Aires hallarían qué decir [1] ."
El resultado de estas recomendaciones fue que con asombro de todos,
el coronel mandó el combate, sin ser esta vez el primero en lancear
enemigos; si bien no tuvo paciencia para aguardar la infantería que,
no obstante una marcha asombrosa a mula, y no haber perdido un minuto
después de recibida la orden de avanzar, llegó el 3 a San Francisco,
algunas leguas a retaguardia. Era tal su fiebre de combates, que a cada
momento se repetirán estos actos de precipitación que exponen a un contraste
sin motivo, o malogran sacrificios costosísimos.
El 8 de abril mismo se recibieron órdenes y disposiciones del gobierno
nacional nombrando comandante general de las fuerzas de línea y milicias
de San Juan y Mendoza al Gobernador de aquélla, aunque sin el título
de ordenanza, sino el de encargado de dirigir la guerra, e instrucciones
además sobre la manera de proceder.
De ellas resultaba que el departamento de la guerra, a tanta distancia
colocado, ignoraba hasta entonces la extensión del movimiento no teniendo
de él otra noticia que haber sido asaltados los departamentos de San
Rafael y de San Javier en Córdoba. Habría sido un prodigio que instrucciones
basadas en tales antecedentes, cuadrasen con los sucesos que era de
suponer se habrían desenvuelto quince días después de dadas, y por tanto
un mes después de pasada la situación que les sirvió de base. Por esta
causa se encarga la guerra a un jefe que está en el teatro mismo, y
se omiten instrucciones de detalle que pueden ser un embarazo o un contrasentido
por más racionales que parezcan, dada la base imaginada.
Las instrucciones prescribían "obrar de acuerdo con el gobierno de la
Rioja." ¡Había sido depuesto!
"Evitar comprometer al gobierno nacional en una campaña militar." La
guerra estaba ya en Catamarca, Mendoza, Córdoba y San Luis.
"Ocupar militarmente el punto de Famatina". El enemigo estaba obrando
a cien leguas de distancia en rumbos opuestos.
"Oficiar a Peñalosa, a fin de que coopere a las medidas." ¡El se declaraba
jefe de la rebelión!
"Si no fuese absolutamente necesario mover la caballería de línea que
se halla en Mendoza, no ordenar su marcha." Ya había sostenido un combate
a 150 leguas de distancia de Mendoza.
"No convocar la milicia, sino en caso extremo, etc." ¿No habría sido
mejor no mandar instrucciones?
Sin embargo, en carta particular se corroboran, como cosa meditada,
determinando el carácter de la guerra. "La Rioja se ha vuelto una cueva
de ladrones, que amenaza a los vecinos, y donde no hay gobierno que
haga ni policía de la provincia; declarar ladrones a los montoneros,
sin hacerles el honor de considerarlos como partidarios políticos, ni
elevar sus depredaciones al rango de reacción."
Las instrucciones oficiales daban igualmente el epíteto de salteadores
a los insurrectos, y su objeto era castigarlos . Tal era en verdad el
carácter de aquella guerra que principió por el salteo de las Lagunas,
y continuaban los mismos individuos que Peñalosa no había querido entregar
a la justicia, haciéndose así cómplice y encubridor.
Pero a despecho de lo dispositivo de aquel soñado plan de operaciones,
era preciso obrar, como si tal cosa se previniese; y en lugar de pensar
en Famatina al norte, el resto del batallón 6° de línea partió el 10
a la noche, hacia Mendoza al sur, a donde se acercaba Clavero, y no
contando el gobierno con elementos seguros de resistencia, ni el respaldo
de una ciudad que pudiese ser defendida, según lo exponía en notas cada
día más apremiantes. El 13, contándose ya con la llegada del coronel
Arredondo ese día a Mendoza, se aventuró con éxito un ataque de vanguardia
que dio por resultado la derrota de Clavero y su fuga al sur, a donde
mandó Arredondo avanzar una compañía de infantería de su batallón que
guarneciese el fuerte de San Rafael. Un mes más tarde su presencia y
su jefe, sofocaron un levantamiento de milicias de caballería que habría
vuelto a dar base a Clavero o a otros para tentar fortuna de nuevo.
Mendoza, pues, quedaba asegurada y la situación de San Juan despejada
del mayor de los peligros de la guerra, un enemigo a la espalda. ¿Cuál
era la posición de la división del coronel Sandes? El 8 de abril daba
cuenta de haber recibido nota del ministerio de la guerra, de ponerse
a las órdenes del gobernador de San Juan, detallando su fuerza de cuatrocientos
hombres a quinientos, y esperando órdenes. El 10 avisaba que sin esperar
esas órdenes ni contestación a una nota en que pedía a Peñalosa la entrega
de los invasores, marchaba sobre los Llanos. El 11 daba cuenta que acababa
de recibir carta del gobierno de Mendoza del 5, en que le comunicaba
la aparición de Clavero en San Carlos con una montonera, y emprendía
marcha forzada para Mendoza, suspendiendo sus operaciones sobre La Rioja.
Afortunadamente, el 12 recibía órdenes del director de la guerra, de
acercarse a las Lagunas donde encontraría instrucciones para continuar
a Mendoza, si la situación de la guerra lo exigía; permanecer allí,
o replegarse sobre San Juan, según el caso.
El 16 llegó, en efecto, a este punto, y sabedor de que Clavero había
sido derrotado el 13, y viéndose frustrado en su ansia de combates,
descargó su saña sobre un cabecilla que había tomado, haciéndolo ejecutar,
y en una nota al ministro de la guerra, se quejaba de la mala medida
del director de hacerlo venir a aquel punto en el momento en que él
iba a entrar en los Llanos con 1.500 hombres que decía tener a sus órdenes.
Nada habría sido más desastroso que la loca empresa de aquel valiente
temerario, pero falto de cordura y de toda idea de subordinación y dependencia.
La caballería no es fuerte por el valor solo, sino por los caballos.
Había hecho la suya 200 leguas desde Mendoza en 10 días, y estaba a
pie para entrar en los Llanos e iniciar una campaña desde campo raso,
sin una ciudad de donde proveerse de los artículos indispensables. No
tenía municiones y el armamento de un sexto de su regimiento estaba
inutilizado. Colocado en las Lagunas recibió orden de avanzar hacia
San Juan, a donde debía volver el coronel Arredondo, y reunido su batallón
que se hallaba parte al norte de San Luis y parte al sur de Mendoza,
concertar operaciones combinadas, con fuerzas, caballos y elementos
competentes.
Llegaban a la sazón las armas y pertrechos de guerra comprados en Chile,
y mediante el entusiasmo y abnegación de los ciudadanos que rivalizaban
todos en esfuerzo para acabar con aquel estado de cosas, con una administración
militar activísima, con los recursos de una plaza de comercio, y maestranza
dirigida con inteligencia, el 26 de abril salía de nuevo a campaña el
coronel Sandes, con una fuerte división montada toda a mula y con caballos
herrados, como el mariscal Bougeaud lo había intentado en Argel contra
los árabes, y se complacía en saber por el coronel Sarmiento que ésa
era la práctica en Cuyo desde la época de San Martín [2] .
El coronel Arredondo, con otra división igualmente fuerte, debía obrar
por la parte alta de La Rioja, pues el coronel Sandes tenía que volver
por el mismo camino que había traído, a causa de haber reaparecido las
montoneras en Río Seco y amenazar a San Luis de nuevo. Sus instrucciones
le ordenaban dirigirse a San Francisco, que está al Este recto de San
Juan, con lo que quedaba a cubierto la ciudad al sur, y desde allí operar
al norte y obrar sobre los Llanos.
En estas instrucciones y para que no repitiese lo de las Lagunas, se
le decía, además de lo concerniente a operaciones militares, que habiendo
probado una larga experiencia que los medios habituales de rigor no
son siempre eficaces para desarmar la insurrección, se recomendaba al
jefe de la expedición usar con mesura la pena de muerte, y no aplicarla
sino en los casos de ordenanza, y siempre con intervención de un consejo
de guerra verbal, que hiciese constar los hechos incriminados y dar
lugar a la defensa.
Sin embargo de entrar en operaciones dos divisiones tan superiores a
toda resistencia de parte del Chacho y sus bandas, San Juan, para quien
conocía la táctica de la montonera, nunca estaba más expuesto que entonces
a un golpe de mano, por lo que fue necesario reunir todas las milicias,
crear nuevos batallones, puesto que el de Rifleros estaba en campaña,
y estar preparados contra bandoleros de a caballo, que en la campaña
del año anterior habían fatigado al ejército en una estéril e interminable
persecución, y puesto a rescate a San Luis, cuando el ejército los buscaba
a cien leguas de distancia. Lo absurdo no es objeción racional contra
enemigos para quienes arrebatar caballos y merodear es el blanco y propósito
de una campaña.
Desembarazada de enemigos Mendoza, y armada parte de su milicia con
las armas traídas de Chile, el mando confiado al coronel Sarmiento,
contaba un batallón de línea y cuatro de guardia nacional, diez piezas
de artillería en ambas provincias, un regimiento de caballería de línea,
y tres de milicia movilizada.
De buena se salvó San Juan por entonces. Habiéndose publicado el 6 de
mayo la proclama a los vecinos de La Rioja que a continuación insertamos,
se mandaron ejemplares a las divisiones, y directamente a La Rioja,
para que fueran conocidas sus disposiciones. Uno de los emisarios tuvo
la desgracia de ser cogido y llevado a Patquia, donde el Chacho se preparaba
para lanzarse sobre San Juan, por el claro que dejaban descubierto las
divisiones en campaña. Amenazado de ser lanceado como espía si ocultaba
la verdad, se le pidieron noticias de las fuerzas que había en San Juan;
y como no se persuadiesen de su dicho, el paisano para corroborarlo,
sentándose en cuclillas como es la práctica cuando se pintan marcas
en el suelo, demostraba la posición de los diversos cuerpos en la revista
de la plaza de armas de San Juan el 6 de mayo. Desde la catedral al
cabildo, decía, estaban dos batallones; en frente del cabildo las piezas
de artillería, y desde aquí hasta aquí ocupaba la caballería.
El Chacho y sus capitanejos conocían la plaza de San Juan como a sus
manos, y podían darse cuenta del hecho. El resultado fue que la marcha
resuelta para el día siguiente, se abandonó, y que el Chacho fue sorprendido
el 21 de mayo por el coronel Sandes, quien le dio batalla y lo derrotó
completamente, como era inevitable, dada la calidad de las fuerzas no
sin que le arrebatasen al coronel Sandes mulas, caballos de repuesto,
y equipajes; lo que paralizaba la persecución que debía de ser activa
para que la victoria diese todos sus frutos. La proclama a los riojanos,
explicando el carácter y motivos de la guerra, era la siguiente:
D. F. Sarmiento, Encargado del Gobierno Nacional para restablecer el
orden perturbado por la sedición en La Rioja.
"Riojanos: La República ha sido sorprendida en medio de la quietud de
que gozaba, por las proclamaciones y manifiestos sediciosos de Vicente
Peñalosa, a quien el Gobierno Nacional había dispensado toda clase de
consideraciones. A aquella tentativa de sublevación contra todo gobierno,
habían precedido irrupciones sobre Catamarca, Córdoba y San Luis, al
mando de Ontiveros, Pueblas, Varela, Agüero y otros que no pertenecen
a La Rioja...
"Estas expediciones de vándalos han sido escarmentadas en todas partes,
y ahora los criminales vuelven a buscar un asilo en La Rioja para salvarse
del castigo.
"Riojanos: Peñalosa, vosotros lo sabéis, es demasiado estúpido, corrompido
e ignorante para que ningún pueblo ni partido le preste apoyo. Podrá
ser un bandolero, pero nunca un jefe de partido.
"Los que extravían a aquel torpe le han hecho creer que el general Urquiza
encabeza una reacción, y que en todas las provincias tienen partidarios.
"El resultado ha sido que la provincia de La Rioja sola aparece a los
ojos de la República como una guarida de ladrones, prontos a lanzarse
sobre todas las provincias vecinas que ningún agravio le han hecho.
"Riojanos: Estoy encargado por el Gobierno Nacional de restablecer la
paz y castigar a los malvados. Cuento con vuestra ayuda y cooperación
eficaz.
"Es preciso que cada riojano se lave de la mancha que le han echado
los intrusos que se asilan en su territorio.
"Es preciso que desaparezca el escándalo de un ebrio estólido, que con
el título de general, que no le da autoridad ni poder alguno, levanta
tropas, invade provincias, y aun se rebela contra el mismo gobierno
que le concedió aquel título.
"Riojanos: Los jefes del ejército nacional, coronel don Ambrosio Sandes
y teniente coronel don José M. Arredondo, llevan encargo de proteger
a los vecinos que se conserven tranquilos en sus casas, y de perdonar
a los que extraviados o por obedecer a sus jefes, han tomado las armas
y las depongan presentándolas a las autoridades que dichos jefes reconozcan,
o instituyan provisionalmente. Sólo llevan orden de prender a Peñalosa,
Chumbita, Angel, Potrillo, Varela, Lucas Llanos, Pueblas, Ontiveros,
Tristán Díaz, Agüero, Berna Carrizo, y los que sean autores de crímenes
comprobados.
"Riojanos: Ninguno de aquellos criminales o los que obren en su nombre,
puede mandaros; y hay delito en obedecerles después de esta proclamación,
hecha a nombre y por autoridad del Presidente de la República.
"Los jefes del ejército enviados a pacificar La Rioja, temibles sólo
en el campo de batalla, harán honor al deseo del Presidente de la República,
brigadier general D. Bartolomé Mitre, mostrando que son los mejores
amigos del vecino pacífico y honrado. Confiad en ellos.
"Así lo espera vuestro compatriota."
El Chacho en Córdoba
No se obtuvo en San Juan la noticia de la derrota del Chacho en Lomas
Blancas sin que accidentes nuevos viniesen a mostrar la tenacidad del
desquiciamiento que amenazaba al país. El conductor del parte de la
batalla fue detenido en el Valle Fértil por una montonera nueva en territorio
sanjuanino. Su cabecilla, un mayordomo de estancia, había estado oyendo
las descargas de fusilería del combate y leyó el parte que anunciaba
la destrucción del Chacho, y sin embargo éste fue el momento escogido
para organizar un levantamiento, en punto que estaba colocado entre
dos ejércitos. Como se ha visto ya, los descendientes de los indios
Mogna, los de los Huarpes, de Guanacache, y los raros pobladores del
desierto al oriente de Pie de Palo, estaban desde el principio en abierta
insurrección.
Un comisario de la administración de San Juan obedecía las órdenes del
Chacho, entre otras ésta:
"El General en jefe de las fuerzas reaccionarias. - Campamento general
de Patquia, mayo 11 de 1863. - Al señor juez comisionado Andrés Castro:
"Tengo conocimiento que usted está encargado por el coronel Agüero para
vigilar todos los puntos donde pueda pasar algún chasque o aproximarse
alguna fuerza de San Juan, y para el efecto le faculto a usted suficientemente
para que haga uso de recursos y hombres que precise para el servicio.
- Angel Vicente Peñalosa. "
La residencia de este juez estaba a doce leguas de la ciudad, y en efecto,
dominaba las vías de comunicación con el ejército en campaña. San Juan
estaba sitiado.
Al saberse que la división de Sandes había perdido su remonta de caballos,
el Director de la Guerra, en una proclama anunciando la victoria, pintó
la necesidad de un nuevo sacrificio, casi con aquella frase de Enrique
III: mi reino por un caballo, y ochocientos herrados, de pesebre, de
los de la silla particular de los vecinos, salieron el 29 de mayo, tres
días después de recibida la noticia, a proveer al coronel de medios
de movilidad que ejército alguno en América había tenido iguales. Escoltábalos
el escuadrón Granaderos, el segundo creado después del de Guías y bajo
el mismo plan, debiendo tenerse presente que al salir de San Juan el
coronel Sandes, contra lo prevenido en sus instrucciones escritas, se
había llevado el escuadrón Guías, quedando así la provincia sin ninguno
de los cuerpos de caballería sólida, con tanto esfuerzo creados.
El 5 de junio escribía desde Chepes al recibir municiones y víveres
que se le anticipan, lo siguiente: "He recibido su muy satisfactoria
de fecha 29 del pasado, en la que me anuncia mandarme seiscientos caballos
y mulas, los cuales me vienen perfectamente, porque están muy escasos
en estos lugares, y usted sabe que lo que se necesita en estas operaciones
son caballos, por lo que agradezco mucho a usted el celo que ha procedido...
"El comandante Segovia con cuatrocientos hombres persigue de cerca la
montonera en número de 200. El comandante Echegaray se hallaba a doce
leguas de ellos, el coronel Iseas tiene orden de aproximarse también.
Yo con la fuerza que tengo los espero por este lado, por si acaso quieran
dar la vuelta como acostumbran."
Nada más acertado. El mismo día 5 el que conducía los caballos avisaba
desde Valle Fértil haber llegado sin novedad, y estar tomando lenguas
sobre el paradero del coronel Sandes para dirigirse en su busca.
Sin embargo, el 7 avisaba a San Juan el coronel Sandes que se encontraba
en Río Seco, San Luis, en busca del Chacho haciendo sentir las graves
consecuencias que podría traer la demora de las caballadas. El se había
alejado al Este, recorriendo treinta leguas en dos días. El 11 estaba
en la ciudad de San Luis, en busca del Chacho siempre.
¿Por qué se movió de Chepes sabiendo que la remonta venía detrás de
los que le daban aviso del envío? ¡La sed de combates lo cegaba a ese
punto! Destruyó en una marcha de cien leguas sin descanso de día y de
noche, los caballos en que iba montado. Caían los soldados de fatiga;
él fue a morir a Mendoza de consunción y en San Luis nadie pudo darle
noticias del grupo de montonera que buscaba.
La peregrinación de la soberbia caballada fue una verdadera campaña.
En los Llanos, el patriotismo es como en el Sahara. El niño, la mujer,
todos contestarán lo contrario de la verdad. ¿Por dónde va la división?,
y le señ alarán con la boca o con el pie: para allá. Se puede tomar
a ciencia cierta el rumbo opuesto si se quiere acertar. La custodia
de la caballada tuvo tiroteos y escaramuzas, disparadas y campeos para
reunirla. Llegada a Río Seco, la división habría pasado de noche por
alguna parte y nadie salía dar razón de ella. Mejor orientado al fin,
el comandante se dirigió al Este en lugar de doblar al sur como Sandes,
y vagó y vio disminuirse y aniquilarse la caballada perdiéndose así
el nervio de la guerra, y el último esfuerzo que San Juan podía hacer
y había hecho con desprendimiento, Si Sandes hubiese tenido la paciencia
de estarse quieto veinticuatro horas, habría sabido la dirección que
el Chacho llevaba, y montada como habría podido estarlo su fuerza en
caballos de pesebre y herrados, seguídolo al extremo de la República,
y tomádolo al llegar a Córdoba.
Y no era que el coronel Sandes no estuviese prevenido; decíale en nota
del 11 de abril: "Por el plan que comunico a US., verá que nada es más
necesario que la exactitud en los movimientos, pues faltando una de
las fuerzas, la de US. por ejemplo, en caso de invasión a los Llanos,
se comprometería el éxito, por ser tan grandes las distancias para reparar
en tiempo la falta".
¿Dónde estaba el Chacho? ¡Estaba el 11 de junio en posesión de la ciudad
de Córdoba, la segunda en la República, a setenta leguas de la ribera
del Paraná!
Acertaba a encontrarse el Inspector General de Armas de la República
en San Luis cuando llegó allí la noticia de hecho tan inconcebible,
tan absurdo, y sin embargo, por desgracia indubitable. Recorría la frontera,
y la aventura del coronel Sandes, a quien había licenciado un día antes
dando por concluida la guerra, ponía desde luego, dando contraórdenes,
una fuerte división en sus manos. Esta circunstancia, feliz ahora, de
desgracia que fue en su origen, hacía que el general Paunero fuese esta
vez the right man, in the right place . Sus órdenes volaron en todas
direcciones, y el 29 de junio se reunían a la vista de la ciudad de
Córdoba, el 1°, el 4°, el 6° y el 7° de caballería de línea, parte del
6° y del 1° de infantería, medio batallón de rifleros de San Juan y
otras divisiones de milicias. Si algún defecto había en el plan de ataque,
estaba en la inútil superioridad de las fuerzas para enemigo de tan
poca capacidad; pero tal fue la alarma que lo extraordinario del hecho
produjo, que desde Buenos Aires venían marchando batallones y artillería
a fin de conjurar el peligro real de que la conflagración se extendiese
a otros puntos.
El Chacho, reforzado por los de a caballo en su tránsito y alrededores
de la ciudad, se puso en fuga a la sola vista de ejército tan irresistible,
dejando a la infantería de Córdoba rendirse a discreción a la primera
descarga. Esta fue la batalla de las Playas de Córdoba. Como Clavero
había caído sobre Mendoza en ausencia del 1° de caballería, los indios
cayeron sobre el Río Cuarto desde que el 4° de caballería abandonó su
puesto, y sobre San Luis con la ausencia del 7°.
¿Cómo había podido el Chacho entrar en Córdoba? Necesitamos volver un
poco atrás para explicar, si explicación admite este hecho. En país
tan perturbado por el desquiciamiento de medio siglo, no sólo en los
Llanos de La Rioja y en los seides de las tiranías han de buscarse las
causas que prolongan el malestar. Hay en toda la América del Sur ideas
sobre las facultades del gobierno republicano, o sobre la extensión
de las garantías de los gobernados, que alimentan y mantienen las luchas
de los partidos, aun los más sinceros: y en los Estados que se han dado
formas federales, se añaden muevas cuestiones a las que ya dividían
los ánimos. Sin remontar a otros antecedentes, recordaremos que en Córdoba,
como en las demás provincias, existían antes de la batalla de Pavón,
sostenedores de la confederación, y simpatizadores con las ideas que
sostenía Buenos Aires, y triunfaron entonces. Cuando el ejército vencedor
estaba paralizado en Rosario, entre el Entre Ríos al Este, que se mantenía
en armas, y las provincias del interior a las que cubría una fuerte
montonera tras del Carcarañá, los simpatizadores con Buenos Aires en
Córdoba, hicieron por sí solos un esfuerzo, depusieron al gobierno confederado,
y dieron batalla a sus fuerzas y las vencieron. Este hecho, y la victoria
de la Cañada de Gómez que le siguió, disolviendo la montonera, hacía
de la campaña sobre las provincias un paseo militar, haciendo de Córdoba,
amiga ahora, la llave del interior.
Pero con el ejército iba el personal del anterior gobierno emigrado
de Córdoba, escapados de un golpe de Estado que a su propio partido
diera el ex presidente de la ex confederación, para desbaratar un plan
retardado del gobierno de Buenos Aires; y llegado que hubo a Córdoba
el jefe del ejército, por razones de prudencia, creyó deber intimar
al gobierno simpático, pero revolucionario, que cediera el poder al
depuesto gobierno confederado antes y simpático ahora.
Cuán extraña e inmotivada pareciese esta resolución, los que habían
ahorrado al ejército una guerra dejaron el gobierno, que ocupó el antiguo
personal, y tuvo que ceder a un tercero provisorio mientras se procedía
a elecciones. El hecho mecánico del cambio dejaba el germen de un desquiciamiento,
que no cesa todavía, y que ha sido causa eterna de perturbación, como
lo había sido diez años para la confederación otra combinación igual
sugerida por una política mal aconsejada. San Juan había sido quizá
el único pueblo del interior que había simpatizado con el movimiento
acaudillado por el general Urquiza contra Rosas. Llegado al poder Urquiza,
creyó estar en sus intereses mantener en San Juan la dominación del
caudillo Benavides, declarar díscolos a sus amigos y ensañarse contra
ellos, porque no aceptaban la perpetración del caudillo que tan bueno
se mostraba para servir a Rosas corno a Urquiza, a quien poco antes
había declarado loco.
Las elecciones reñidísimas como era de esperarlo, dieron razón a los
simpatizadores que habían hecho la revolución libertadora, con lo que
quedaba probada la inutilidad al menos del sacudimiento, al deponer
el gobierno revolucionario aun dado el supuesto que para algo fuese
necesario.
El partido vencido no quedaba por eso anulado, la lucha continuó y la
brecha abierta agrandándose. En este estado encontraba los ánimos el
levantamiento del Chacho, que despertaba esperanzas de un cambio. Algunos
departamentos se sublevaron, los comandantes Carranza y Aguilar fueron
asesinados, y el gobierno declaró la provincia en estado de sitio, como
lo habían hecho las otras en que la insurrección respondía o amenazaba
responder a la invasión.
En esta crítica coyuntura apareció en los diarios de Buenos Aires publicada
una circular del gobierno federal declarando abusivo de parte de los
gobiernos provinciales hacer uso del estado de sitio en caso de invasión
o insurrección, por ser facultad, decía, reservada por la constitución
al gobierno federal.
La publicidad dada al acto mostraba que el poder ejecutivo deseaba que
no sólo los gobiernos a quienes se dirigía conociesen sus sentimientos,
sino que además ejerciesen su influencia sobre los pueblos mismos, y
para entrar en la realidad práctica sobre los partidos e individuos
a quienes podía afectar el estado de sitio.
El sentido práctico indicaba que provincias tan distantes no podían
acudir al gobierno nacional en tiempo de aprovechar de su venia, si
su venia era necesaria para apoderarse de los personas de militares
y seides que habían sido de Rosas, Benavides, Chacho, Saa, y demás de
esta clase.
Si era disculpable el error, o el celo por la verdad constitucional
que lo llevaba a suscitar esa cuestión, nunca quedaría justificado a
los ojos de una política prudente el momento inoportuno en que se hacía,
pues que la guerra ardía en cinco provincias, y la insurrección reaparecía
apenas sofocada. Si los gobernadores no tenían facultad de declarar
el estado de sitio ¿por qué el gobierno nacional no rectificaba la forma,
y lo declaraba él en los mismos lugares, en virtud de sus atribuciones?
¿No se sentía el riesgo de añadir a las dificultades de la situación
de aquellas lejanas ciudades, el peligro de destruir, enervar, desmoralizar
el poder moral de los gobiernos amenazados en su existencia por enemigos
semibárbaros, con una condenación que les quitaba toda autoridad? La
legislatura de San Juan al leer aquella circular, a fin de parar sus
efectos, ratificó el estado de sitio proclamado en su receso, declarando
no estatuir nada en litigio tan en mala hora suscitado.
El Congreso de los Estados Unidos después del primer año de guerra civil,
tomó una resolución aprobando todos los actos inconstitucionales, o
las infracciones de la ley a que hubiese vístose forzado el ejecutivo
para sofocar la rebelión, sin determinarlos ni discutirlos.
En Córdoba produjo el efecto que debía temerse dada la animosidad de
los partidos. Los adversarios del gobernador, que acertaba a ser un
médico, cobraron ánimo y se le rieron en sus barbas. El 13 de mayo se
publicó la circular y germinando esta semilla con la lozanía de las
malas yerbas, el 11 de junio dio su fruto en un motín de cuartel que
abrió las puertas al Chacho. El general Paunero, dando cuenta a los
gobiernos de Mendoza y San Juan del hecho, decía "que había habido un
movimiento encabezado por los rusos , teniendo a Oyarzábal (amnistiado)
por jefe, y al ex gobernador Achával, a consecuencia del cual el gobernador
Posse había fugado. El Chacho marchando como una exhalación día y noche
estaba el día 9 en el camino carril que va por el naciente de la Sierra
de Córdoba, así es que el movimiento encabezado por los rusos ha sido
con conocimiento que ese día han tenido de la dirección del Chacho".
La misma prensa que había inspirado la circular, en lugar de ver en
el desastre de Córdoba los efectos de desmoralizar el poder del gobierno,
y dar armas a las resistencias, se ensañó contra aquel gobernador que
no había sabido conjurar insurrecciones, traiciones e invasiones sin
estado de sitio, imponiéndole la necesidad de renunciar al puesto, con
lo que el desquiciamiento moral y político de Córdoba tomó nuevas creces
con nuevas elecciones, nuevas luchas, y nuevos partidos; y este mar
en borrasca, agitado por vientos que vienen de lejos continúa hasta
hoy sin encontrar su nivel y tranquilizarse. Uno de los ministros nacionales
escribía en enero de 1864: "He encontrado esta sociedad completamente
anarquizada, y puede decirse que desmoralizada. Sólo estando aquí se
puede comprender que una mitad de la población sólo se ocupe de ganarle
elecciones a la otra, sin reparar en medios". El mismo juicio había
formado el jefe de policía de San Juan, D. Camilo Rojo, que escribía
con fecha 27 de septiembre: "Cada vez más me persuado que si usted falta
del interior antes de la completa pacificación, es muy posible que todo
acabe por un triste desengaño, porque si se atiene a las altas medidas
del gobierno nacional, siempre tardías, y sobre hechos locales que no
puede apreciar tal cuales son, el remedio llegará cuando el enfermo
esté ya muerto. Córdoba no es más que un foco de desmoralización, que
todo lo reduce a escandalosa farsa; Mendoza sosteniéndose por la sola
voluntad del gobierno, porque no hay ciudad ni apoyo; así es que todo
lo que vengo viendo hasta aquí, me hace conocer lo único que nos queda
por este lado, es San Juan, que al menos tiene formas".
El gobierno de San Juan expuso, en defensa de sus facultades, las razones
que según su entender le servía de base, reducidas a considerar como
condición inherente al gobierno, cualesquiera que fuesen 1as formas
constitucionales, la facultad de preservarse, por la limitación de las
garantías personales, en caso de insurrección e invasión, como todos
los gobiernos de la tierra.
El gobierno nacional en réplica hizo esta significativa declaración:
"El pensamiento es hacer penetrar hondamente en la conciencia del pueblo
que el gobierno nacional se abstendrá de hacer uso de este medio de
gobierno (el estado de sitio), y que sólo lo empleará en circunstancias
muy extraordinarias y extremas; porque considera que ni es indispensable
para gobernar, ni superior a los medios ordinarios de gobierno que la
constitución ha puesto en sus manos para garantir eficazmente el orden
y las libertades públicas, sin necesidad de atacar o suspender esas
mismas libertades".
Era de dejar pasmados este intento a pueblos que no sean los de Sudamérica,
empeñados hace medio siglo en hallar la cuadratura del círculo. Como
se ve, no sólo la declaración de estado de sitio por las legislaturas
provinciales era vituperable, sino que también la cosa misma lo era
en su esencia y en la constitución federal, de cuya facultad no haría
uso, sino en el mayor extremo, no siéndolo por cierto el presente en
que iba corriendo medio añ o de revuelta, y derramamiento de sangre
por salteadores, a quienes se habían dado ya seis batallas, sin poner
fin al desorden creado con el confesado designio de destruir constitución,
gobierno, autoridades nacionales y provinciales, y entregar las ciudades
a saco.
¿Qué interés había, por entonces al menos, de hacer penetrar hondamente
en la conciencia del pueblo, que el gobierno argentino podía hacer lo
que gobierno alguno de la tierra había intentado jamás, que es mantener
el gobierno por los medios ordinarios contra la invasión combinada con
la insurrección? ¿Era a efecto de la inteligencia de la masa del pueblo
argentino, de su respeto habitual por la ley, de la moderación de sus
partidos, del celo por la libertad, mayor que en Inglaterra y los Estados
Unidos, donde el gobierno no hace tan peligrosas pruebas?
Otra cosa parecía resultar de medio siglo de luchas y desorden, ya para
destruir tiranías horribles, ya para crearlas y fomentarlas, porque
para todo había argentinos. ¿No valiera más pedir a los más adelantados
y celosos por las garantías que otras naciones fundaron y nosotros recibíamos
aceptadas por la conciencia humana, que en país donde los hombres están
diseminados sin formar sociedad, donde la ignorancia predomina y los
medios de comunicación son lentos y difíciles, si alguna modificación
pueden admitir esos principios en puntos lejanos y apartados? Los romanos
concedían la ciudadanía a los municipios que dependían del senado, mientras
que las provincias bárbaras o rebeldes quedaban bajo el dominio del
general.
Cuatro años de guerra civil en los Estados Unidos han mostrado cómo
entienden los pueblos libres las garantías en caso de rebelión, y cómo
aplican el remedio donde el mal aparece. En los Estados rebeldes y en
los leales, cuatro años durante la guerra, y un año después, se mantuvo
la suspensión del habeas corpus , y la ley marcial, y continúa ésta
aun en casos particulares, sin que nadie se alarme ni el congreso se
interponga, ni se le creyera por eso más prudente ni más justo que cualquiera
otro poder.
En pos de las grandes y prolongadas tiranías, las generaciones nuevas,
en su odio al poder despótico de que se han visto libres, envuelven
al gobierno mismo en sus principios constitutivos, lo que las lleva
por la perturbación diaria y el malestar a la anarquía, que requiere
al fin un despotismo. Este es el ciclo que creyó fatal Vico, y que la
Francia ha recorrido dos veces en menos de un siglo. No sucedió así
con los romanos. Cuando destronaron a los Tarquinos, si bien limitaron
el término, y dualizaron el personal del ejecutivo, le conservaron todo
su poder, sin excluir la dictadura irresponsable en los casos extremos.
Los lores ingleses, luchando siglos con sus reyes por asegurarse garantías,
nunca les disputaron el derecho de suspenderlas en caso de insurrección.
El habeas corpus fue, al fin de mil experimentos, el medio que se inventó
para reclamar de toda prisión injusta, excepto en casos de insurrección
que el habeas corpus no garante.
Podría objetarse a la generalidad de esta doctrina que los Estados Unidos,
al darse una constitución, insertaron en ella el privilegio con la restricción,
tan inseparable es la una del otro, sin imaginarse ingleses y norteamericanos
que había luego de presentarse en la tierra un pueblo que tiene en su
lengua las palabras chiripá y guardamontes, caudillo, mazorca, montonera
, que pretendería hacer dar un paso más a la humanidad en cuanto a garantías
de la libertad personal, reclamándola aun en caso de insurrección para
Chacho, Potrillo, el Flaco de los Berros, Chumbita, el Rubio de las
Toscas, y los lores del desierto sus secuaces y paniaguados que sostuvieron
treinta años, y pretendían ahora reivindicar con Rosas, que la mejor
constitución es el cuchillo aplicado a las gargantas por el bárbaro
rudo de las campañas, o las clases bajas o ignorantes organizadas en
bandas armadas.
Como este disentimiento entre ambos gobiernos coincidiese con la batalla
de las Lomas en que fue derrotado el Chacho, y por tanto invasión y
sedición desaparecieran, el gobernador de San Juan se apresuró a renunciar,
por creerlo ya innecesario, el encargo de dirigir la guerra que tantas
duras cargas había impuesto al pueblo de San Juan, y tantos sinsabores
en su gobierno, dando cuenta de las operaciones ejecutadas y los resultados
obtenidos. La guerra lo había defraudado de una noble esperanza. Quería
constituir una provincia en la capacidad orgánica que conserva en la
federación, y visto desbaratada su obra.
Más tarde el gobierno nacional, con motivo de la guerra del Paraguay,
parece haber abandonado aquellas doctrinas, extendiendo el estado de
sitio a toda la República, en previsión de desórdenes posibles, y prolongándolo
mientras lo reclamen las circunstancias.
La experiencia propia y el ejemplo de los Estados Unidos han debido
ilustrarlo sobre este punto.
La guerra en los Llanos
En 29 de abril, como lo habrá ya olvidado el lector, el comandante Arredondo,
con buena fuerza, compuesta de parte de su subdividido batallón y parte
de rifleros de San Juan, la escolta de gobierno y dos escuadrones de
milicias, emprendió desde San Juan por la vía de Jáchal, ocupar a Chilecito
en la parte montañosa de La Rioja, y dominar los Pueblos, de origen
indígena.
El comandante Arredondo, afamado por su valor, era más digno de tan
merecida reputación por su sensatez y prudencia, que tanto lo habilitaban
para dar consejo como para recibirlo. Destinado a permanecer a las órdenes
del gobierno de San Juan con su batallón, pocos días le bastaron para
apreciar la marcha del gobierno y prestarle aquella cordial simpatía
que vale más en tiempos pacíficos que el concurso de las armas. Si alguna
vez le insinuaron la posibilidad de una revolución, contestó sobándose
las manos: "Magnífico para mi batallón que se aburre de estar de guarnición;
antes que haya recibido orden del gobernador, le paso el parte de la
volteada" , riéndose después con el gobernador mismo del pavor del Satanás
que venía a tentarlo.
En la campaña anterior, que había terminado con lo que el Chacho entendía
tratados, sitiado en la plaza de La Rioja que defendía con sesenta infantes,
contra la montonera, fusiló y colgó dos espías, cuando vio que le escaseaban
los cartuchos, como otro habría quemado sus naves. Herido en un brazo,
con fractura, dirigía desde su cama la defensa un momento reducida al
cuartel, pues los enemigos habían practicado una brecha en las trincheras.
El asedio fue levantado, y para la montonera conservado ileso el prestigio
de la infantería, aunque estuviese representada por una compañía contra
toda la turba de a caballo.
La campaña que esta vez emprendía sobre La Rioja estaba destinada a
ser la más laboriosa y oscura de aquella obstinada guerra, que la victoria
constante no era parte para extinguir. Cúpole siempre la parte más difícil
y la menos aparente. Su batallón en particular, se halló en todos los
encuentros, en Mendoza, San Luis, Córdoba, La Rioja, San Juan. A Mendoza
llegó a tiempo de servir de reserva al cuerpo de vanguardia que dio
buena cuenta de Clavero. A La Rioja llegó cuando fuerzas de Santiago,
Tucumán y aun Salta, al mando del general Taboada, habían disipado las
que les oponía un Berna Carrizo en las cercanías de la ciudad. Sin embargo,
sobre sus hombres pesó, mientras a otros tocaba la fácil gloria de disipar
montoneras, la ruda tarea de estorbar que volviesen a tomar consistencia
en el foco de donde partían.
De esta constante dispersión en átomos del 6° de línea para acudir con
su núcleo de fuerza a todos los puntos, hay un documento curioso que
por la novedad del caso insertamos aquí: "¡Soldados!, decía el gobernador
de San Juan a un resto del batallón; he sido encargado por vuestro comandante
de representarlo en el acto de entregar a vuestra custodia la bandera
que os conducirá en adelante a la victoria. No es un hecho vulgar el
que sólo un grupo de enfermos y la banda de música del batallón estén
presentes en este momento solemne. Vuestro batallón está hoy disperso
sobre un área de miles de leguas, cosechando en todas partes laureles
nuevos y prestando servicios al país. En sesenta días vuestras bayonetas
han brillado al mismo tiempo al pie de los nevados Andes de Chile, en
las campañas de San Luis, en el Malargue cercano al estrecho de Magallanes,
Chilecito, en las Lomas Blancas, y en las Playas de Córdoba, haciendo
en todas partes morder el polvo a los traidores que intentaron conflagrar
la República".
Llegado que hubo el comandante Arredondo a Chilecito, y disipando reuniones
con su presencia, encontróse con que el coronel Wilde, de Salta, ocupaba
aquellas alturas, mientras que el general Taboada estaba acuartelado
en la ciudad. Podrá formarse idea del carácter de aquella guerra y de
la situación del país por la circunstancia de que el gobierno de San
Juan, provincia limítrofe a La Rioja, hacia el sur, ignoraba hasta entonces
la verdad de los hechos ocurridos en el norte, cuyas fuerzas acumuladas
sobre La Rioja, ignoraban a su vez lo que pasaba en los Llanos y los
posteriores sucesos. Esto explica por qué la división Rivas se dirigía
un año antes al norte, cuando el Chacho sitiaba a San Luis al sur; por
qué Sandes se dirigía a San Luis, cuando aquél marchaba sobre Córdoba
que le abría las puertas: por qué la caballada de repuesto nunca pudo
saber la dirección de una fuerte división de las dos armas, en cuyo
seguimiento iba. El desierto es mudo, sordo y ciego.
Una revuelta en Catamarca requirió la presencia del general Taboada,
y con esto y el regreso de Wilde a Salta, terminó la acción espontánea
de las provincias del norte que se habían armado apresuradamente para
contener aquella conflagración, que el lejano gobierno nacional había
creído asunto de simple policía de caminos.
Ocupábase el comandante Arredondo con poderes e instrucciones del comisionado
nacional de organizar un gobierno provisorio civil, que pusiere orden
en aquel caos, donde no sólo faltaba gobierno, sino materia gobernable
o susceptible de ser gobernada, cuando recibió de San Juan aviso de
lo que ocurría en Córdoba. La carta al gobierno de Mendoza en que el
general Paunero comunicaba las primeras noticias con sus primeras impresiones,
concluía diciendo: "Es bueno que sin pérdida de tiempo envíe esta carta
a Sarmiento, indicándole que conviene que si el general Taboada permanece
aún en La Rioja, marche sobre Córdoba llevándose consigo al comandante
Arredondo, que en cuanto a las fuerzas de Tucumán y Salta, que están
en Chilecito al mando del coronel Wilde, les haga decir sin pérdida
de tiempo que allí permanezcan hasta que pase esta tormenta de verano".
Fue constantemente la suerte de todos estos planes concebidos a trescientas
o doscientas leguas del teatro de la acción partir de datos que tenían
un mes o dos de fecha. Ni Taboadas ni Wildes había a quien comunicar
estas órdenes, y en cuanto al comandante Arredondo, al trasmitírselas,
se le indicaba obrar bajo su responsabilidad, como creyese convenir
al mejor servicio, con lo que se abstuvo de darles cumplimiento.
El general Paunero había tenido parte gloriosa en las batallas de Caseros,
Cepeda, Pavón, en las que predominando por ambos lados el arte montonero
del levantamiento en masa de paisanos a caballo, los ejércitos contaban
por decenas de miles, perdiendo en solidez lo que ganaban inútilmente
en volumen; y como los caudillos no pagan sus tropas, ni usan material
de guerra, los gobiernos civilizados pagaban en millones de pesos el
plagio. El mariscal Bougeaud decía con este motivo que para vencer a
los bárbaros con sus medios, era preciso hacerse más bárbaro que ellos.
Esta ruinosa imitación de la montonera, y que tan malos resultados dio,
hacía al general Paunero acumular sobre Córdoba las fuerzas de ocho
provincias, abandonando fronteras y terreno conquistado sobre la montonera,
para disipar algo menos que una tormenta de verano, una nube de polvo
levantada por un puñado de derrotados.
Mejor aconsejado el comandante Arredondo trasladóse a la frontera de
los Llanos al Este para aguardar al Chacho que llegaría de Córdoba infaliblemente
derrotado. Colocóse en efecto en El Chañar, a cuyos alrededores no tardó
en presentarse el siempre derrotado Chacho corriéndolo todo un día,
hasta que la noche y la espesura del bosque espinoso ocultó a los dispersos
fugitivos.
Desde ese día principia el acto más heroico, más romancesco que las
crónicas de la montonera tan intangible, tan rápida y fugaz recuerdan.
Alguna cualidad verdaderamente grande debía de haber en el carácter
de aquel viejo gaucho, si no era nativa estolidez, como la terquedad
brutal que a veces pasa plaza de constancia heroica. Batido toda su
vida en sus algarabas, derrotado esta vez en las Lomas, en las Playas,
destruidas sus esperanzas de cooperación en Córdoba, San Luis, Catamarca
y Mendoza, esperado a su regreso a los Llanos por Arredondo, su ecuanimidad
no se abate un momento, y perseguido à outrance huye, huye, huye siempre,
pero sin perder los estribos. Toca la frontera del norte de La Rioja,
la sigue al oeste hasta encontrarse con la Cordillera de los Andes,
que le ofrece paso para Chile; pero lejos de aceptar este medio de salvación,
recorre sus faldas orientales, vuelve hacia el Este por la frontera
de San Juan, y llega, después de haber recorrido en cuadro la provincia,
al punto desde donde había partido quince días antes, dejando a sus
perseguidores a oscuras otros quince días sobre su paradero, y asombrados
y desconcertados al saberlo, después de haber destruido sus caballadas
y encontrándose casi bloqueados en la ciudad de La Rioja; pues pasando
por los pueblos en esta corrida fabulosa, el Chacho volvió a resucitar
las montoneras, que dieron en qué ocuparse por meses a la caballería
sanjuanina.
Recordaráse que el parte del combate de Lomas Blancas fue interceptado
en Valle Fértil por una montonera. Este incidente, al parecer insignificante,
vino a complicar de nuevo la situación del comandante Arredondo, que
no recibió la mitad de su batallón que había concurrido con Sandes al
combate de Córdoba, sino setenta y cinco días después. El gobierno de
San Juan mandó una fuerza de caballería conduciendo dinero y pertrechos
de guerra a la división que operaba en la guerra, pero con orden expresa
de estacionarse en Valle Fértil, a fin de mantener las comunicaciones
y disipar la montonera sanjuanina. Otra cosa dispuso empero el jefe
expedicionario, ordenándole penetrar en los Llanos en apoyo de pequeños
destacamentos de infantería dejados para tenerlos en respeto en Malanzán,
Orquea, etc. Y bien le valió por cierto, pues aumentando el levantamiento
con la vuelta del Chacho, uno de aquellos había sido sorprendido y tomado
prisionero, y para la montonera tomar infantes era triunfo tan grande
como en los tiempos de la conquista para los indígenas matar un caballo,
lo que mostraba que los monstruos no eran invulnerables. Inmediatamente
fue destacada de San Juan otra compañía del 6° de línea a reforzar al
comandante Arredondo y llevarle cien caballos, con instrucciones al
jefe de permanecer en Valle Fértil, hasta recibir órdenes de su comandante
y de no avanzar sin ellas. El oficial creyó inoficiosa esta precaución,
avanzó un día, y al siguiente amaneció sin caballos de remonta ni mulas
de transporte.
El gobernador de San Juan, que ya no dirigía la guerra, pero que tanto
conocía la índole de la montonera, sintió todas las consecuencias del
incidente, y la algazara con que se recibiría la noticia de hallarse
a pie en el desierto un fuerte destacamento de infantería, al que podían
aspirar a rendir por cansancio o por hambre. En el acto hizo partir
un nuevo escuadrón de caballería en apoyo de la infantería; y con el
anterior destacamento, y los infantes recogidos de Malanzán, se encontraron
reunidos a poco cuatrocientos hombres de infantería y caballería en
Valle Fértil. Enardecidos los capitanes con su fuerza, salieron en busca
de la montonera por recuperar los caballos, marcharon un día, y al ponerse
el sol, por una línea de escuchas subidos sobre los árboles, descubrieron
en el Bajo Hondo la del enemigo, al mando del Chacho, que en efecto
acudía ya a Valle Fértil a tomar la infantería que creía abandonada.
Muchas críticas se hicieron sobre este encuentro sin éxito que la montonera
dio por una derrota. La verdad es que la hora hacía inútil aventurar
cargas de caballería que exponiendo mucho, no podían obtener nada, pues
la noche hacía imposible la persecución. Acaso no debió formarse en
cuadro la pequeña fuerza de infantería, lo que disminuía sus fuegos
y su influencia moral; pero nada obtuvo el enemigo, ni apoderarse a
retaguardia de las mulas de silla y ni apoderarse a retaguardia de las
mulas de silla y bagajes, ni dispersar un solo hombre en cambio de los
muchos muertos que tuvo. En la noche, viéndose los capitanes rodeados
de fuego con el incendio del bosque circunvecino, resolvieron retirarse
a Valle Fértil, lo que ejecutaron sin pérdida, dando aviso y pidiendo
municiones a San Juan. Cuando se aprestaban éstas para salir escoltadas,
recibióse noticia de llegar en retirada la fuerza toda a San Juan, por
haberlo creído así prudente sus jefes, informados de que tenían encima
el grueso de la montonera. El comandante Arredondo no perdía en esto
sino veintiséis infantes de su propia fuerza; pero los Llanos quedaron
en poder del Chacho y en armas; la comunicación con San Juan cortada,
y el enemigo enardecido, puesto que una vez por lo menos no había sido
derrotado. Con los once infantes tomados, y fusiles recogidos de aquí
y allí, tenía el Chacho cuarenta y seis infantes, al mando de un desertor
del 6°.
Para San Juan principiaba con este incidente una nueva época, y para
el gobierno la tarea de defender la provincia, en lugar de cuidar como
hasta entonces de salvar a las otras. La posición de los Llanos, Valle
Fértil, los Colorados, Mogna y el desierto que se extiende entre las
lagunas y el Pie de Palo, ponía al Chacho a las puertas de San Juan
y a ésta sin medios seguros de rechazarlo. Arredondo estaba escaso de
caballería para contener el alzamiento de los Pueblos, que se ramificaba
a Catamarca, y carecía de caballos para descender a los Llanos en busca
del Chacho. Enviar remonta de caballos a Arredondo por Jáchal, única
vía expedita, acaso un plantel de caballería de línea, era el único
medio de poner a cubierto a San Juan, movilizando sus fuerzas, casi
desmontadas en la ciudad de La Rioja; pero en San Juan ya no había caballos,
y si el Chacho aventuraba un golpe de mano, no había caballería a quien
confiar el éxito de un combate fuera de la ciudad.
En Mendoza estaba el regimiento número 1, y el gobernador escribió al
coronel Sandes insinuándole la conveniencia de avanzar con su regimiento
y restablecer las posiciones perdidas en La Rioja. El coronel Sandes
estaba agonizando a causa de sus heridas y murió en pocos días. Este
sí que era un triunfo para la montonera.
Así terminó a la edad de treinta y seis años el coronel Sandes su carrera
militar, que podía seguirse por el reguero de sangre de sus propias
venas que dejó dondequiera que encontró enemigos, desde las floridas
campañas de la Banda Oriental, donde nació, hasta los espinosos desiertos
de los Llanos de La Rioja, en que terminó su obra. A Sandes debe la
República Argentina, no la extinción de la montonera, sino la rehabilitación
de la caballería regular, que con los Guías en la Cañada de Gómez, y
el regimiento 1° de línea volvió a las antiguas glorias de los granaderos
a caballo y de coraceros de Ituzaingó. El 1° de línea todavía se distingue
de los otros cuerpos en la pujanza terrible de sus cargas, como si los
manes de Sandes lo presidiesen siempre en el ataque. Sandes era montonero
de origen, educación y espíritu. En él se conservó el primitivo ardimiento
de las montoneras de Artigas y Carrera, la gloria y el ansia del entrevero
, es decir, del combate personal cuerpo a cuerpo, que fue el secreto
de la montonera en los días de su pujanza. Decaída en presencia de los
progresos del material de guerra y de la composición de los ejércitos
de línea, Sandes trajo a la caballería regular el fuego que le faltaba
para acabar con el alzamiento del paisanaje, de cuyo seno salía.
Muchos valientes tienen la suerte de escapar en una vida entera de combates
a las balas y a las cuchilladas. Ney no recibió una sola herida durante
su brillante carrera militar. Diríase que el cuerpo de Sandes atraía
los misiles; su alta figura las venganzas, como las agujas de los templos
atraen los rayos. En tiroteos parciales de avanzadas, Sandes salía herido
siempre; en un reconocimiento en que el enemigo hizo cinco disparos,
uno depositó una bala en el cuerpo de Sandes, a quien se mandaba en
arresto a fin de forzarlo a curarse. Con la desesperación del asesino
que sabe el peligro que corre si yerra el golpe, el puñal se clavó otra
vez en una costilla de Sandes, quebrándose, como se había quebrado antes
la punta del florete que lo atravesaba al volver de una esquina en Buenos
Aires. Recomendándole al general Mitre sus hijos, que hoy están en un
colegio militar de los Estados Unidos, hacía valer ésta su fatal predestinación
a recibir heridas. Pero las que le hacían en el combate cuerpo a cuerpo,
eran más el efecto de su arrojo que de la mala suerte. Era un almacén
de cólera, pronto a incendiarse con el menor frotamiento, y miraba como
tiempo perdido el consagrado a parar un golpe mientras había un pecho
en donde hundir su terrible lanza.
Sandes contó cincuenta y tres heridas de bala, de puñal, de sable, de
florete, de bayoneta, sin morir de ninguna. Murió de todas juntas, cuando
la sangre que no había derramado ya no pudo circular por aquellos canales
rotos y mal remendados por las cicatrices.
El boletín del ejército llevaba cuenta de sus heridas. En un tiroteo
en la campaña de Buenos Aires, una bala en el estómago, cuarenta y nueve
heridas hasta entonces. En el Carcarañá la quincuagésima, de bala, en
la caja del cuerpo quince días después. La quincuagésima prima, puñalada
de un asesino en el pecho en San Luis; la quincuagésima segunda un balazo
después de la paz, paseándose a los alrededores de su campamento en
los Llanos. La quincuagésima tercera, una lanzada en un pierna en las
Lomas Blancas, frontera de San Juan. Aquí paró la cuenta. Buscaba con
ahínco, dando las señas, al que le dio la ú ltima lanzada en quien reconocía
un valiente de su talla, "porque éste, decía, vino a pelearme sabiendo
quién era yo".
Puede juzgarse por el fin que hizo si era en efecto Sandes catador de
valientes. Entre los prisioneros hechos por la división del coronel
Arredondo, después de Caucete, preguntaron a un joven: ¿en cuál de aquellos
grupos va el Chacho? -En éste, contestó sacando su puñal y atravesándose
el corazón. Era el hijo de Ontivero, y el que buscó a Sandes para pelearlo
en las Lomas Blancas, en donde éste se había avanzado al frente, a desafiar
a los enemigos, contra las instrucciones escritas que le vedaban tomar
parte personal en el combate. Rodeáronlo ocho, dio algunas buenas lanzadas,
recibió una ligera en la pierna, y viendo el cuento mal parado, se replegó
sobre la infantería. Sandes decía al hablar de la lanzada, "aunque poca
cosa, lo siento porque el viejo me va a arrestar por haber desobedecido
sus instrucciones".
Como las mujeres en achaques de hermosura, no toleraba el elogio en
su presencia de otro valor que el suyo; y cuando de valientes heridos
se hablaba, preguntaba con la dignidad de un senador que interrumpe:
"¿Dónde están las heridas?, ¿en el pecho?" Era Orlando Furioso, y su
enajenación infundía estímulo y terror en sus propios soldados. Pródigo
de su sangre, no había de mostrarse económico de la ajena, y su odio
y desprecio por el gaucho, de que él era un tipo elevado, le hacía,
como es la idea del montonero argentino, propender al exterminio. El
Chacho murió a sus manos, aun después de muerto él mismo; pues sus subalternos
fueron simples ejecutores de esta manda testamentaria. Su carrera terminó,
sin embargo, en la hora precisa señalada a sus cualidades. Era la Juana
de Arco que rehabilita una causa perdida. Después no tenía misión en
que sus cualidades fuesen utilizables. Era batallador y no militar.
La sed de combates lo arrastraba, sin plan, sin mesura, en busca del
enemigo. Instrucciones, caballos, soldados, divisiones obrando de concierto,
todo era desatendido, inutilizado o propuesto. El poder civil, sólo
por influencias personales o por obtemperancias prudentes, habría podido
entenderse con él desde que hubiese ascendido a situaciones más altas.
Habíale el gobernador de San Juan, por quien tenía particular deferencia,
preparado una magnífica caballada herrada. Esta última circunstancia
lo tenía encantado por lo nuevo para él. ¿Y las mulas por qué no vienen
herradas?, preguntó al caballerizo. No sé, señor, así me las han entregado.
-Vaya, dígale al jefe de policía que hierre esas mulas. -El jefe de
policía se disculpó con que no tenía órdenes, y sobre todo con la inutilidad
de la cosa. Sandes se apersonó en el acto a la policía a imponer su
mandato. Como se le hiciese comprender que no se procedería a herrar
las mulas sin orden del gobierno, despachó al caballerizo a intimar
al ejecutivo su voluntad. Un gaucho con chiripá, botas de potro, y con
su lanza por toda arma, se presenta en la casa de gobierno con este
simple mensaje: -Dice el coronel que haga herrar ahora mismo las mulas.
-Retírese usted. -¿Qué le contesto? -Que se le ha dado orden de retirarse.
Comprendiendo que el defecto debía estar en que él no era el jefe de
la división, el caballerizo volvió a presentarse en las oficinas de
gobierno con esta nueva misiva: -Dice el coronel que de orden del coronel
Rivas hierre las mulas. -Retírese usted, fue la única contestación,
preparándose para lo que podía sobrevenir. El coronel Sandes había sido,
según se supo después, apartado con dificultad del propósito de ir a
atravesar con su lanza al gobernador que se obstinaba en no herrar las
mulas. Pasado el arrebato de cólera, el coronel se presentó en casa
del gobernador, pasó toda la tarde con él sin hablar del incidente,
en plática amistosa y mostrándose, como siempre, simpático y complaciente.
De estas escenas estaba llena su carrera. Su museo de heridas mostraba
la causa en la súbita e indomable ignición de su cólera homérica, terrible
como el incendio, para amigos y enemigos indistintamente.
De su sucesor en el mando del primer regimiento recibió contestación
el gobernador de San Juan que no se movería sin orden del general en
jefe que estaba en la ciudad de Córdoba. Acontencía así, pues, que el
cuartel general del ejército en campaña estaba a ciento cincuenta leguas
de sus tropas, y con el enemigo interpuesto entre las que obraban en
La Rioja.
Como nada hubiera que modificase situación tan tirante, fue comisionado
el jefe de policía de San Juan para ir a Córdoba a exponer al general
la situación real de las cosas, y conjurarlo a que mandase órdenes a
Mendoza de avanzar caballos y caballería de línea en auxilio de Arredondo
a La Rioja, so pena de un desastre inevitable en San Juan, de todo punto
al descubierto. Costóle al general aceptar la idea de un peligro por
ese lado, y remediar a la situación, como mandar una remonta de caballos.
Después de dos conferencias se obtuvo la orden de movilizar un escuadrón
del 1° escoltando quinientos caballos; orden que no pudo realizarse
sino a fines de octubre, como se verá en adelante. Con fecha 13 de octubre,
escribía el general en jefe lo siguiente al gobernador de San Juan:
"No creo oportuno prevenir a S.E. que una de estas disposiciones es
la que con fecha de ayer se comunica al señor general Rojo, a fin de
que formando una columna fuerte de mil hombres o más si fuese necesario
(en Tucumán, a doscientas cincuenta leguas de San Juan), abra inmediatamente
operaciones por Catamarca sobre la provincia de La Rioja, o los puntos
que designen las circunstancias, teniendo fundados motivos para creer
que el expresado general Rojo se ha anticipado en la realización de
aquella medida".
Se persistía, pues, en la estrategia de la grande guerra, y el "inmediatamente"
o a mediados de octubre, dadas las distancias, el cansancio y la falta
de recursos, debía computarse en el mes de diciembre. ¡El 20 de septiembre
habría sido tarde!
Los extractos que siguen mostrarán la persistencia desesperada conque
el gobernador de San Juan combatía aquel sistema fundado en juicios
formados a doscientas leguas de distancia, desoyendo a veces las aserciones
del que, en contacto con el enemigo, sabía hasta sus conversaciones,
esperanzas y propósitos; y en el remedio próximo o lejano estaban comprometidas
una provincia que podía ser saqueada de un día a otro, siete en las
que podría prender la chispa mal apagada del levantamiento. Así se le
contestaba: "Mendoza, septiembre 13: Con motivo del pedido que en fecha
anterior hace al señ or gobernador Molina de una compañía o escuadrón
de caballería como ú nica fuerza de esta arma con que pueda contar,
creo conveniente hacerle algunas explicaciones... Pero esté V.E. en
la persuasión de que si nuestra presencia fuese necesaria, el regimiento
volará a ponerse a sus órdenes para contribuir a la tranquilidad de
San Juan - Comandante Segovia."
"Octubre 13. Veo por su carta del 11 que el (ya) coronel Arredondo debe
haber batido al Chacho, y digo batido, porque tengo la más entera fe
en que así sucederá si acaso llegan a las manos, y por lo que me dice
el general Paunero en el párrafo de carta que le trascribo, me confirmo
más y más en esta idea. Espero que las próximas noticias que se digne
mandarme V.E. serán más satisfactorias; y que muy pronto podremos festejar
un nuevo triunfo de nuestras armas, o la pacificación de La Rioja por
cualquier otro medio. - Segovia."
¿Había algún otro medio que la victoria para destruir la montonera?
Sí; el párrafo de carta trascrito decía así: "No obstante que, según
dice el general, es muy probable que no tenga lugar la acción, y que
el Chacho trate de llevar a cabo la negociación entablada."
El coronel Arredondo trascribía por el mismo tiempo este párrafo de
carta del general Paunero datada de Córdoba; Septiembre 29: "Por las
noticias que tengo del Chacho debe encontrarse éste en Olta o en el
Chañar (estaba en Atiles, frontera de San Juan). Ha abierto negociaciones
conmigo sobre la base de someterse quedando de simple particular en
su casa, con tal que nombre gobernador de La Rioja al coronel Arredondo.
Le he contestado que admitía el sometimiento de todos ellos, con la
expresa condición de no quedar en La Rioja, alejándose temporariamente
de allí, hasta que el país quede completamente pacificado en todas direcciones.
Me cuesta creer que el Chacho acepte estas condiciones, y obro en el
sentido de estrecharlo en un círculo de fuerzas, como para acabar de
una vez con la montonera de La Rioja."
En carta al gobernador de San Juan comunicaba el mismo plan, con los
nombres de los amnistiados. Puebla, Potrillo, Agüero, Ontivero, etc.,
y esta circunstancia característica que "el Chacho le había escrito
muy enojado, porque no suspendía las hostilidades, diciéndole que si
en adelante quería tratar, se acercase el general en jefe adonde él
estaba, que todavía tenía medios de triunfar".
También al gobernador de San Juan le fue dirigida esta propuesta de
pacificación, y como no quedó de este negociado otro documento oficial,
insertamos aquí in integum las notas cambiadas, tales como se publicaron
entonces en los diarios:
"Campamento general de los Llanos
de La Rioja, agosto 26 de 1863.
"El General de la Nación.
"Al Excmo. Señor gobernador don Domingo F. Sarmiento:
"El que firma, con el deseo de terminar la incesante lucha en que se
ve comprometido con las fuerzas mandadas por V.E. de esa provincia y
de las demás, han dispuesto dirigirse a V.E. para que le manifieste
cuál es el verdadero fin que se propone al hacer a estas provincias
y la suya misma, una clase de guerra que no dará otro resultado que
el constante derramamiento de sangre argentina, y el exterminio y destrucción
total de las propiedades, porque si el infrascripto se ve en el caso
de hacer uso de los intereses de su provincia para sostenerse, las fuerzas
de V.E. que expedicionan a esta provincia con igual o menos derecho,
no sólo hacen uso de lo que precisan, sino que destruyen todo cuanto
encuentran sin respetar las propiedades y vidas de los vecinos, haciendo
así una guerra enteramente vandálica y destructora, muy indigna de un
gobierno culto y civilizado, y que si la nación entera ha puesto en
sus manos los recursos con que cuenta, no lo ha autorizado por eso para
exterminar sus habitantes ni destruir y atropellar las propiedades particulares.
"En vista de esta dolorosa situación a que ha quedado reducido el país
entero, se dirige el que firma a V.E. pidiéndole una explicación de
esta conducta, y de las razones que motivan al gobierno nacional a continuar
en el tenaz propósito. V.E. sabe muy bien que no sólo peleando se triunfa,
y que con política y tomar medidas más conciliadoras conseguirá lo que
no ha de conseguir del modo que se propone.
"Persuadido queda el que firma que V.E. en representación de ese gobierno
pesará estas reflexiones e inmediatamente adoptará el camino que queda
para terminar la guerra. No se negará el infrascripto ni se negarán
sus compañ eros de causa a aceptar un medio que sea prudente y admisible,
una vez convencido por V.E. y hecha una proposición justa.
"Queda el infrascripto esperando el resultado de ésta, y hasta tanto
ofrece a V.E. las consideraciones de su aprecio y distinción. Dios guarde
V.E. - Angel Vicente Peñalosa. - Agenor Pacheco, secretario en campañ
a."
"San Juan, septiembre 2 de 1863.
"Señor don Vicente Peñalosa:
"He recibido una nota firmada por Ud. llamándose 'general de la nación',
en la que dice 'que deseando terminar la incesante lucha, se dirige
a mí para saber cuál es el verdadero fin que me propongo al hacer guerra
a esa provincia', enumerando los males de ella, y pidiendo las razones
que motivan al gobierno nacional a continuar en el tenaz propósito,
indicándome que 'no sólo peleando se triunfa. Y que con política y con
tomar medidas más conciliatorias, se conseguirá lo que no ha de conseguir
del modo que se propone.'
"Sería faltar a la dignidad de un gobierno responder oficialmente a
tales proposiciones; pero al contestarlas particularmente como lo hago,
he creído que no es del todo inútil quitarle a los que tan imprudentes
notas le hacen firmar, el pretexto de haber sido desatendidos.
"Llámase Ud. general de la nación, y con este título se dirige a un
gobierno. ¿Obedece Ud. al presidente de esa nación, manteniéndose en
armas? El ser o haber sido general, ¿le da a Ud. títulos para reunir
fuerzas?
"Y al quejarse de los males que Ud. mismo hace sufrir a La Rioja, ¿
obedece Ud. al gobierno de esa provincia, o está Ud. investido de algún
poder legal?
"El gobierno nacional, al dar instrucciones para contener las depredaciones
cometidas en Río Seco y Río de Sauces por gentes armadas salidas de
los Llanos, debió contar con que un general de la nación, como se llama
Ud., concurriese con su esfuerzo a mantener la quietud y castigar a
los malvados.
"El coronel Sandes se lo indicó así el 5 de abril desde Río Seco, pidiéndole
la captura de los que habían perturbado la paz y que habían vuelto a
asilarse en los Llanos. No tenía Ud. que quejarse hasta entonces de
haber sido molestado, ni sospechado siquiera de connivencia en el atentado.
¿Qué contestó Ud.? Contestó que no los aprehendía porque habían invadido
a San Luis y Córdoba por orden suya. Pocos días después anunció Ud.
en una proclama, llamándose general en jefe del ejército del centro,
que se proponía obrar una reacción. Esos mismos que Ud. decía haber
obrado por su orden antes, volvieron a invadir a San Luis, mientras
que Berna Carrizo, que Ud. había hecho gobernador de La Rioja, Carlos
Angel y otros de sus partidarios, invadieron a Catamarca.
"Todos estos atentados los había perpetrado Ud. antes que un solo soldado
del ejército nacional ni de las provincias hubiese penetrado en el territorio
de La Rioja, adonde se fingieron fuerzas que a fines de mayo lo derrotaron
a Ud. en las Lomas Blancas.
"No tiene Ud., pues, disculpa. Como general de la nación fue Ud. traidor
y rebelde, sin que hasta ahora haya podido ni pretendido siquiera alegar
un cargo contra el presidente de la República, que le conservó ese título
de general, y que contó con la lealtad que Ud. le debía.
"¿Podría Ud. alegar algún agravio de parte del gobierno de San Juan?
Si hoy lo pretendiera, tendrá que confesar que nunca lo manifestó Ud.
antes, para ser satisfecho. El gobierno de San Juan tuvo por el contrario
motivos de queja de Ud.
"Prescindo de los ganados que a pretexto de marcas desconocidas tomó
Ud. de vecinos de Valle Fértil.
"Cuando un Agüero, sanjuanino, a quien mi gobierno no había perseguido,
asilado en los Llanos, entró en las Lagunas y las saqueó de ganados
y caballos, llevándose el botín a los Llanos, estropeando y robando
de su dinero y propiedades a varios transeúntes, entre ellos dos franceses,
el gobierno de San Juan reclamó, como era de su deber, pidiendo los
reos de un delito cometido en su jurisdicción. No era éste un acto de
guerra, pues Ud. mismo estaba en paz y reconocía las autoridades nacionales
y provinciales. Ordenándole a Ud. su gobierno contuviese esos ladrones,
Ud. contestó que habiéndolos desarmado, creía mejor perdonarlos que
castigarlos, y esos mismos ladrones son los que más tarde invadieron
por orden de Ud. Río Seco, Río de los Sauces, San Francisco, etc.
"Con estos hechos y los posteriores Ud. dejó burlada la confianza del
presidente, que con política y con tomar medidas conciliadoras, como
Ud., lo propone ahora, creyó que podría pacificar La Rioja. 'No se negará,
dice Ud., ni se negarán sus compañeros de causa, a admitir una propuesta
justa'. ¿Pero quién respondería de la lealtad y buena fe suya y de sus
compañeros, para cumplir con lo estipulado? ¿No engañó ya al presidente?
¿No ha declarado Ud. que iba a obrar una reacción contra ese presidente?
¿Puede Ud. estorbar a sus compañeros Pueblas, Lizondo y otros, que en
medio de la paz invadan las campañ as de Córdoba y San Luis; Agüero
las Lagunas de San Juan; Varela o Angel a Catamarca? Y si puede hacerlo,
¿por qué no lo hizo en abril, cuando Ud. era general de la nación y
gozaba del prestigio que sobre esos cabecillas le han quitado sus derrotas
continuas y su incapacidad de hacerse respetar?
"El gobierno nacional podrá obrar en la esfera de sus atribuciones como
mejor lo estime conveniente; pero yo no tengo autorización para dejar
impunes la serie de atentados cometidos por Ud. y sus compañeros.
"Mucho debe sufrir la provincia de La Rioja con la presencia de fuerzas
nacionales, y mucho más con las montoneras que Ud. ha reunido, pues
ya dice Ud. en su nota que se ve en el caso de hacer uso de los intereses
de su provincia, como si la Rioja fuese, a fuer de llamarse Ud. general
de la nación, provincia de Ud. y suyas las propiedades de los vecinos.
Recuerdo que el mismo uso han hecho Ud. y sus compañeros de los intereses
de los vecinos de San Juan, donde sus hordas indisciplinadas han entrado
por orden de Ud., y que mayores son los sacrificios que se han impuesto
todas las provincias y el gobierno nacional, para resistir a agresiones
vandálicas que han tenido por único instigador a Ud., según sus propias
declaraciones y proclamas.
"¿Cuál debe, con tales antecedentes, ser el motivo del gobierno nacional
al llevar adelante la guerra en La Rioja? El buen sentido debiera indicarle
que no puede ser otro que dar garantías a las vecinas provincias de
que en adelante no serán robadas de sus propiedades, invadidas por los
aventureros, sus compañeros de Ud. en atentados; y habiéndose Ud. rebelado
contra toda autoridad constituida y declarádose general en jefe de un
ejército del centro, para una proyectada reacción, capturarlo, para
someterlo al rigor de las leyes. Ese es al menos su deber. Como son
jefes del ejército nacional los que han penetrado en La Rioja con tropas
disciplinadas a quienes no se permite o tolera el robo, como lo hace
Ud. por impotencia quizá para reprimir el desorden, me creo autorizado
a negar los cargos que Ud. hace a su conducta, sin entrar en otros pormenores
que sería ridículo discutir con Ud.
"Muchos más daños puede Ud. inferir todavía a estas pobres provincias,
retardando indefinidamente la época de restablecerse de los quebrantos
que los desórdenes de Ud. y demás malvados que le acompañan han causado.
"Sería vergonzoso que Ud. solo contra la voluntad de las gentes honradas,
obre, a fuerza de destruir propiedades, paralizar el comercio y mantener
la alarma, un cambio de la situación política en el país. Ningún gobierno
puede reposar sobre tan desdorosa base, y el gobierno nacional abdicaría
todo sentimiento de deber y de honor si consintiese en que por ahorrar
sacrificios, prevaleciese ese sistema de irrupciones a las otras provincias,
acaudilladas por el primero que lo intente.
"Seguro de que Ud. no tiene de qué quejarse del gobierno de San Juan,
que ningún mal le ha inferido ni exigido nada de Ud., tengo el honor
de sucribirme su S.S. - Domigno F. Sarmiento."
La dignidad del gobierno estaba por lo menos salvada, y siempre es bueno
poder decir: todo se ha perdido menos el honor.
El Chacho en San Juan
Habíase mandado en comisión a Buenos Aires al jefe de policía para resolver
los reparos que la contaduría pudiera hacer a las cuentas de las sumas
gastadas en la guerra y anticipadas por el gobierno provincial al nacional.
Su inteligencia y probidad, el ser primo carnal de uno de los ministros,
circunstancia atendible para ser oído con simpatía, y el haber sido
encargado de recibir y entregar caballos, mulas y ganados, lo que constituía
el principal ítem de la deuda, hacía de este individuo el más adecuado
para llenar su misión. Llegaba, en efecto, a tiempo de que la contaduría
volvía las cuentas con numerosos reparos, concentrados en un largo informe
en que se suponía existentes en San Juan numerosas partidas de animales;
pero habiendo el señor Rojo presentado los recibos de los jefes del
ejército y otros comprobantes, la contaduría declaró en nuevo informe
que las cuentas de San Juan estaban comprobadas con superabundancia,
aconsejando su pago. Para no volver más sobre este asunto, añadiremos
que después de concluida la guerra, por un deplorable olvido de lo obrado,
se dirigió una nota en nombre del presidente, extrañ ando que no hubiese
en San Juan caballos de propiedad nacional.
Pero del viaje del jefe de policía a Buenos Aires queda otro documento
que muestra las impresiones de entonces, aun después de hablar con los
ministros. El 25 de octubre escribía don Camilo Rojo desde Buenos Aires
al gobernador de San Juan: "He recibido sus cartas del 24 y 30 del pasado.
Por cuanto en ellas me dice, comprendo perfectamente cuál es la situación
de San Juan. No puede ser peor, sobre todo desde que el egoísmo se atrinchera
en las decantadas garantías constitucionales, y son muy capaces de que
con ellas den al Chacho la provincia y la misma constitución, para que
él las interprete como sabe hacerlo. Todo ello es lamentable, y Ud.
sabrá dejar a un lado las mezquindades de los constitucionalistas de
nuevo cuño, y salvarlos, para que vean que con la constitución escrita
no se defienden las garantías y el honor de los pueblos. Se necesitan
ganados, caballos y otros elementos de guerra, y esos que se esconden
detrás de las doctrinas constitucionales, deben salir los primeros.
Esta será siempre la manera de hacerse acreedor a pedir, en estado normal,
el respeto y privilegios que la constitución acuerda a los ciudadanos
y la propiedad."
El general Paunero, en carta del 14 de octubre, como si en todas partes
se presintiesen los estragos que estaba produciendo la circular, y más
el folleto despiadado que la confirmaba dos meses más tarde, escribía
desde Córdoba: "No creo que ante la inminencia del peligro los sanjuaninos
se dejen saquear incondicionalmente por el Chacho, por no dar a Ud.
todos los recursos del modo más constitucional posible; pero si dan
lugar a que aquello suceda, que con su pan se lo coman. Mas, la historia
y la República le harán a Ud. un cargo tremendo por no haber salvado
a San Juan por salvar las formas... ¡El unitario!"
El lector necesita un antecedente para comprender este cargo de unitario.
En la Vida de Quiroga , de que es complemente este último episodio de
la montonera, el autor había hecho el retrato político del antiguo unitario,
cuyos rasgos describía así: "El antiguo partidario unitario, como el
de la Gironda, sucumbió hace muchos años. Pero en medio de sus desaciertos
y de sus ilusiones fantásticas, tenía tanto de noble y de grande que
la generación que le sucede le debe los más pomposos honores fúnebres.
"Me parece que entre cien argentinos reunidos yo diría: éste es unitario.
El unitario tipo marcha erguido, la cabeza alta; no da vuelta aunque
sienta desplomarse un edificio; tiene ideas fijas, invariables; y a
la víspera de una batalla se ocupará todavía de discutir en toda forma
un reglamento, o de establecer una nueva formalidad legal ; porque las
fórmulas legales son el culto exterior que rinde a sus ídolos, la constitución,
las garantías individuales... Es imposible imaginarse una generación
mas razonadora, más deductiva , y que haya carecido en más alto grado
del sentido práctico. "
¿Era por ventura el que había escrito veinte años antes esto, quien
estaba estableciendo en circulares y folletos nuevas fórmulas legales
a favor de las garantías individuales? ¿Era él quien carecía de sentido
práctico? Lejos de eso, apenas vio que el gobierno nacional insistía
en su inoportuna idea, tragándose sus razones, que las tenía muy buenas,
salió por donde le permitieron escurrirse, ahorrando al país un feo
espectáculo, como sería el de dos funcionarios empleando las formas
oficiales para lucir sus habilidades y ciencia, con detrimento de la
autoridad que investían. Hizo más, y fue alentar a otros gobiernos a
soportar la desairada situación que se les hacía, y sacrificarlo todo
en aras del deber. El 31 de agosto escribía al gobernador de Mendoza:
"He recibido su estimable del 28, anunciándome los esfuerzos que hace
para responder a las exigencias de la situación. Grima da ver al gobierno
nacional, como unos chiquillos, metiendo bulla con el estado de sitio,
mientras que nos deja aquí en las astas del toro, esperando nuestros
actos y sacrificios para aprobarlos y desaprobarlos. Y sin embargo,
necesitamos ser superiores a todo, o reventar. Le aplaudo su ecuanimidad
y su resignación. Es imposible que la República toda no le haga justicia
y a mí también.
"Por la nota que adjunto al comandante Segovia, verá la situación crítica
en que supongo al coronel Arredondo; y si Ud. recuerda el trabajo que
nos ha dado la reacción, batida en todas partes, imagínese lo que sucederá
si obtiene una ventaja sobre el ejército de línea, que es el único freno
que la contiene. Si Arredondo es vencido por falta de caballería, los
progresos de la montonera serán incontrastables."
Pero mucho antes de llegar las dos primeras cartas en que se empujaba
al gobernador de San Juan a dar coces contra el aguijón, había éste
convocado a los principales capitalistas y ciudadanos influyentes, para
exponerles la situación y la necesidad de conjurarla por un último y
supremo esfuerzo. El mal era irreparable sin embargo. El pueblo estaba
agotado de recursos, ya cansado de guerra que todos los días se daba
por terminada para principiar de nuevo y exigir nuevos sacrificios,
y las circulares habían destruido en el gobierno toda autoridad, en
el gobernador toda influencia y respeto. Era aquél una nave sin gobierno;
a éste se le podían ver bajo la banda celeste, las impresiones del látigo
de la polémica que había humillado su suficiencia. Su voz al dirigirse
a aquella asamblea había perdido la vibrante energía que da la convicción
y el derecho. Ahora hablaba como un amigo a otro, con la desconfianza
de quien está leyendo en los semblantes la réplica y la incredulidad.
Expuso, sin embargo, el objeto de la convocación: Peñalosa estaba interpuesto
entre San Juan y el coronel Arredondo; a pie éste, sin poder moverse.
Esperaba mandarle unos pocos caballos de Jáchal y quizá le llegarían
más de Mendoza; pero no había momento seguro mientras tanto; el cura
actual del Valle Fértil, les diría lo que había oído al Chacho en persona,
cuando con imponente fuerza había tomado aquella villa; podía el gobernador
defender la ciudad con infantería hasta esperar auxilios de afuera;
pero no podía salvar los departamentos rurales por falta de caballería;
y un día sólo que fuesen ocupados por la montonera, medio millón de
pesos costarían las devastaciones, y la guerra se prolongaría indefinidamente
con los recursos y hombres que allí tomarían; no había esperanzas de
socorro de afuera, habiendo agotado todos los esfuerzos para procurarlos,
y era preciso improvisar medios propios de defensa. Pedía, pues, no
al patriotismo sino al interés de cada uno, un empréstito para levantar
soldados, pagar los pocos en actual servicio y salvar las propiedades.
Nombráronse comisiones, propusiéronse expedientes, indicóse un empréstito
de treinta mil pesos garantido por el tesoro nacional y a más por la
provincia; hubo reuniones tres días consecutivos; bajó el empréstito
a diecisiete mil; discutióse de nuevo y bajó últimamente a siete, lo
que el gobernador aceptaba, recordándoles lo de las caperuzas del sastre
de Don Quijote, por cuyo sistema podría hacer una defensita , decía,
de valor de mil pesos. Convenido en siete mil al cobrarlos, algunos
se negaron a entregar sus cuotas, y todo quedó en nada. ¡No había gobierno!
¿Era éste el caso de seguir las indicaciones del general Paunero, o
del señor Rojo, de tomar los recursos donde los hallase y salvar al
país? Pero el gobierno nacional en su segundo escrito había establecido
que los damnificados podían entablar demanda ante juez, y recuperar
con costas lo tomado. Si el Chacho no venía, el gobierno nacional protestaba
la deuda hija del miedo ridículo, y el juez la mandaba pagar al que
la contrajo.
El 12 de octubre, antes de cruzar los brazos y confiar exclusivamente
en la Providencia, comunicando al de Mendoza las últimas noticias recibidas,
decía: "Una batalla en Patquia que está a sesenta leguas de San Juan,
tendrá lugar en dos o tres días de la fecha... Sería, pues, en buena
estrategia, llegado el caso de hacer avanzar el regimiento de línea
hasta San Juan y en ú ltima caso hasta Jocoli siquiera , en donde estaría
en franquía al primer aviso..."
Era lo que ya había aconsejado, aproximar a las lagunas el mismo regimiento
en vida de Sandes, cuando Arredondo marchaba a Mendoza y debía librarse
batalla a Clavero. Como es prohibido avanzar sin dejarse retirada, nunca
debe contarse con la victoria para la continuación de la resistencia.
Si Arredondo era vencido o paralizado en los Llanos, San Juan caía en
manos del Chacho, y la guerra continuaba sin término probable.
Una esperanza brilló al fin. El gobierno de Mendoza anunció que el 20
de octubre salían de Mendoza los quinientos caballos pedidos para el
coronel Arredondo, convoyados por 140 hombres, mitad de línea, al mando
del mayor Irrazábal. Hasta el oficial elegido era de buen agüero. En
San Juan se prepararon herraduras y herradores, y llegados en efecto
el 24, se encontró que la mayor parte no venía en estado de emprender
campaña tan larga; pero reemplazando los de servicio de la tropa con
mulas, y dándose maña, el 28 estaban al extremo opuesto de la población,
prontos a entrar en el desierto, con noventa infantes de línea que se
mandaban de refuerzo para la custodia de los caballos de que dependía
la seguridad de San Juan, y la movilización de la división del coronel
Arredondo a retaguardia del Chacho. Por entonces debían haber salido
también de Jáchal doscientos caballos, con buena escolta, que por otra
vía tentarían a abrirse paso y llegar al ejército en campaña.
En el campo enemigo había ocurrido esos días una escena que por singular
y característica merece recordarse. Debía tener el Chacho más de sesenta
y seis años a la sazón. Su asombrosa facultad de burlar al enemigo,
trasladándose a distancias inconcebibles y nunca presentidas, no ocultaba
a sus secuaces su constante mala suerte en los encuentros con quien
lograba salirle al paso. Un millar de ellos por lo menos habían perecido
en las derrotas, porque los heridos gravemente, abandonados a la naturaleza,
contaban entre los muertos. En el campo del viejo Néstor había también
jóvenes Aquiles que fascinaban a la turba con su valor y energía. El
mayor Irrazábal, que en Punta del Agua iba lanceando prófugos, llevaba
cerca de Ontivero, a quien le oía decir con voz entera: "un oficial
viene cerca, levante los caballos, no dejen el camino"; y otras frases
de consejo y mando para escapar al peligro. Estaba casado en una toldería
de indios de la pampa, y este emparentamiento con las tribus salvajes,
da siempre prestigio de valor. Los Saa habían hecho su carrera en las
indiadas, y sin más caudal uno llegó a ser brigadier general de la Confederación
en un añ o de atentados. Ontivero tenía su política también, que oponía
a la mansedumbre del Chacho, pedía degüellos, confiscaciones para remontar,
decía, el partido como en los buenos tiempos de Rosas. Una fracción
de la montonera compuesta de cuatreros de San Juan, Córdoba, San Luis
y oficiales de Benavides y perseguidos de la justicia, obedecía sus
órdenes, y de la escasa infantería íbase haciendo un pedestal de poder.
Las murmuraciones que excitaban tan largos padecimientos y tantas fatigas,
iban creando una oposición en el seno de la montonera; y cuando Ontivero
creyó llegado el momento, se presentó osadamente con un revólver en
el rancho en que estaba el Chacho, a echarle en cara su incapacidad
de dirigir operaciones, su política tímida y la necesidad de un cambio,
o de lo contrario no seguirían más a sus órdenes. El Chacho, sin perder
su serenidad, no se dejó intimidar un momento, y a su vez enrostró a
Ontivero sus barbaridades , las contribuciones que había arrancado a
vecinos pacíficos en los Llanos, y las maldades y violencias que los
deshonraban a todos. La contienda se fue encendiendo, pues éste era
el punto principal del litigio. Ontivero quería que no hubiese vecinos
pacíficos sin ser por esto sólo enemigos y tratados como tales; era
necesario hacerse temer y así sacarían recursos como Quiroga. Un rasgo
de ironía del Chacho, con su golpeado acento, daba sabor acre a la disputa.
"Si es tan guapo, le decía el Chacho, ¿por qué corrió en Punta del Agua?
No dirá que yo tuve la culpa. Si es tan guapo, amigo, ¿por qué no va
a buscar a Arredondo que está a pie en La Rioja? Si es tan guapo, vaya
pues a San Juan donde gobierna un dotor . ¿Por qué no va pues? ¡Qué
ha dir , amigo!" Pero el Chacho se sentía atacado en su autoridad de
patriarca autócrata, y por la primera vez sometidos a discusión sus
actos; y viéndose apostrofado, y desconocida aquélla, enderezó, siempre
hablando, hacia donde estaba su caballo, y echándose encima con el desgarbo
que es de buen tono entre los gauchos, dijo: "A lo que estoy viendo,
yo estoy por demás aquí y no quiero ser estorbo para otros mejores que
yo"; con lo que animó su caballo por la senda que por delante tenía,
y siguió sin ostentación y sin prisa hacia su casa. Muchas veces se
ha repetido esta escena en la historia. ¡San Martín en Lima!
La muchedumbre, atraída por las voces, viendo a su antiguo jefe alejarse,
movida por sus razones, y por escena tan torpe, fue requiriendo los
caballos, y uno en pos de otro siguiéndolo por la estrecha senda a paso
lento. El movimiento se comunicó a todo el campo: la infantería pidió
seguirlo, y Ontivero se encontró al fin solo, con unos cuantos pícaros
de su parcialidad. La autoridad estaba restablecida, y el Chacho vuelto
a su acostumbrada tranquilidad de ánimo. Al día siguiente Ontivero se
presentó al Chacho y en sentidas palabras le mostró su arrepentimiento,
con lo que la concordia se restableció entre los capitanes y sólo se
trató ya de salir de tan prolongada inacción.
El 29 de octubre por la mañana, reanudemos el hilo de los sucesos, un
paisano pidió permiso para hablar con el gobernador de San Juan; dijo
ser soldado de la división del coronel Arredondo, haber caído prisionero
de la montonera, servido en ella unos días, hallándose en un ataque
en que trataron en vano de arrebatar la caballada que le iba de Jáchal.
-¿Llegó la caballada? ¡Estamos salvados!, fue la interrupción del gobernador.
El paisano argentino tiene, porque el árabe su abuelo es vivaz, la compostura
y calma imperturbable del indio cuando habla. Su gala es no mostrar
señales de emoción o interés. -Pero otra noticia vengo a darle, continuó
el paisano, reanudando su historia interrumpida: hallábamanos en Valle
Fértil cuando se recibió orden del general Peñalosa de marchar con la
gente que allí había y alcanzarlo en los Papagayos, camino de San Juan...
-¡Qué!... -Y todos marcharon con Agüero... -¿Pero por las fisonomías
creyó Ud. que esto era de veras? -De veras, señor. -¿Y cuándo debe llegar
entonces? -Ha debido llegar ayer, o estar llegando hoy...
Estábanse dando órdenes a los comandantes de una fuerza de ochenta hombres
de avanzada en Angaco, y se buscaba al comandante de cincuenta Guías,
situado en Caucete, y entonces sin licencia en la ciudad, cuando la
emoción del jefe de policía que llegaba apresurado, hizo anticipar la
afirmación y la pregunta: ¡El Chacho!, ¿dónde? -En Caucete. -¿Quién
lo dice? -El juez de paz a quien vienen corriendo... -¡Vuele y haga
disparar dos cañonazos de alarma y tocar a rebato! -No hay tiempo. -¡Al
oficial de guardia de rifleros, al paso, que corra con los soldados
que tenga y se meta en el cuartel de San Clemente!
Los minutos necesarios para requerir caballo y armas bastaron para llegar
al cuartel al mismo tiempo que los cincuenta rifleros. La artillería,
parque y armamento, estaban salvados a lo menos.
Por todas las calles corrían al llamado soldados y oficiales de guardia
nacional al cuartel, y en media hora doscientos, en una trescientos
infantes, respondían ya de la ciudad. El Chacho ni sus avanzadas se
acercaban todavía.
La Providencia, que se burla de las combinaciones de la previsión humana,
o se compadece de la suerte de los pueblos víctimas del error de sus
mandones, había hecho una de las suyas cuando no pone su visto bueno
para castigo. El vecino que debía proveer de ganado para la marcha al
convoy de la caballada habíalo dado de reses flacas, y el mayor Irrazábal
detenídose a cambiarlas por mejores. Sin este accidente trivial, a esa
hora habría desde el día anterior estado a veinte leguas y necesitado
deshacerlas para regresar. Estaba, pues, a seis leguas del enemigo.
La provincia estaba salva si sólo sabían los hombres aprovechar de esta
muda y clemente indicación de la Providencia. Al mayor Irrazábal se
le despachó a la Punta del Monte la orden siguiente: "San Juan, octubre
30. Acaba de tenerse noticia que las fuerzas que se han introducido
en el departamento de Caucete constan de cuatrocientos hombres (siguieron
llegando todo el día). En este concepto hará Ud. todo lo posible por
caerles encima por la Puntilla de Caucete, y en caso de no poderlo hacer
así, tomará Ud. el paso del Alto de Sierra (en frente de la dicha Puntilla)
por donde se vendrá Ud. a esta ciudad."
Era preciso en el entretanto combatir el pánico con la aparente calma
y con el movimiento de aprestos. A un viejo militar que sugería avanzar,
como era del caso, dos piezas de artillería a la próxima calle ancha,
el gobernador mostrándole el puño cerrado, le dijo: -¿Comprende, mi
coronel, este plan de operaciones? ¡Los cañones aquí! Defiendo el cuartel
y defenderé lo más que pueda hasta donde dé la cuerda y nada más. Necesito
un punto fuerte para resistir hasta que llegue el Regimiento de Mendoza
que ya pido, o Arredondo que ya tiene caballos. Los que no quisieron
prepararse, sufrirán en los departamentos lo que Dios les tenga preparado.
Yo no respondo por ahora sino de este cuartel.
La artillería estuvo luego en posiciones al frente; la infantería recibió
municiones y fusiles flamantes; trescientas cabezas de ganado fueron
traídas al cuartel, y cuatro horas después cuatrocientos infantes tranquilos,
llenos de confianza, sin entusiasmo ni algazara, con cuatro piezas de
artillería y cien hombres a caballo, podían responder de la seguridad
de la ciudad y los suburbios rurales a una legua en rededor.
Caucete está a cuatro exactas de la plaza de armas, mediando un río
y dos leguas de campo salitroso. Un vigía colocado con anteojo en una
de las torres de la Catedral pudo pasar cada media hora parte sin novedad
por aquel lado. El mayor Irrazábal había acusado recibo de la orden;
y más tarde, de hallarse en movimiento en busca del enemigo seis leguas
a su retaguardia. ¿Qué se aventuraba en caso de mal éxito?
Los noventa infantes de línea podían echarse al río y con la noche cubrir
su retirada a la ciudad. De la caballería, ciento veinte milicianos
se dispersarían, y los setenta y cinco de línea, dejando algunos muertos,
se retirarían formados con su jefe. ¿Qué se ganaba si el golpe salía
bien? Salvar medio millón de propiedades saqueadas, ganados, caballos,
mulas, en Caucete, Angaco, Albardón; estorbar el levantamiento de mil
parciales de la montonera: evitar que proveyéndose ésta de medios de
movilidad, prolongase la guerra seis meses con ventaja, Dios sabe con
qué consecuencias.
A la caída del sol, con el anteojo del vigía se veía primero mucho polvo
dentro de una calle de álamos, la principal de Caucete, y todo el paisaje
circunvecino despejado; más tarde, unas líneas tenues a guisa de celajes
en el médano pálido que se divisa más lejos sobre la faja verdinegra
de las bellas plantaciones de Caucete y a la falda del Pie de Palo.
¿Serán derrotados? -Nuestros no, porque los polvos vendrían hacia el
río. El crepúsculo enturbió aquellas fugaces imágenes; y luego la noche
hizo caer lentamente su negro telón sobre el proscenio donde acaso se
estaba jugando la suerte de la República, ante dos espectadores silenciosos
y preocupados que trataban de adivinar desde una torre por platea, lo
que representaban en aquel lejano teatro. ¿Una tragedia? La noche avanzaba
en silencio. Los fuegos de los vivaques en la Plaza de Armas en que
estaba la pequeña pero robusta fuerza, dejaban ver caras serenas y varoniles.
En el cuartel un estado mayor de oficiales y empleados civiles, trataba
de interrumpir el silencio que a cada rato se hacía, especie de sueño
de la angustia. Uno dijo: les contaré a ustedes un cuento. Un viajero
inglés se había internado en los bosques de la India, y llevado del
ardor de la caza, olvidóse de las horas. La noche lo sorprendió, y hubo
de asilarse en un bungalow ; rancho construido ex profeso para refugio
contra las fieras, que pululan en aquellas selvas. No bien entraba cuando
un enorme tigre de Bengala que lo había olfateado, bramó a cierta distancia,
y llegó a poco a la puerta del bungalow ; pero como por la oscuridad
no se atreviese a entrar, acostóse gruñ endo y azotándose los flancos
con la cola. Y mi inglés y el tigre pasaron así la noche contemplándose
el uno al otro. Ya se puede calcular quién a quién se la juraba para
cuando amaneciese el día siguiente. El pobre inglés se echó en brazos
de la muerte; pero como no es posible estarse muriendo de miedo toda
una noche sin descansar un rato, el inglés empezó al fin a sacar cuentas
a solas. Primero se acordó de sus caballos y perros, después de su familia,
y en seguida de la Inglaterra, porque era muy amante de su país que
acaso no volvería a ver; en seguida recordó los peligros de que había
milagrosamente escapado en doce añ os de viajes, cuatro naufragios,
dejado por muerto por los beduinos, y cien percances más; y luego el
cuerpo es una filigrana que uno no sabe cómo vive, con mil reflexiones
más o menos filosóficas que lo llevaron a la conclusión de que es más
difícil morir que lo que muchos se imaginan; luego, se dijo, de alguna
manera habré de salir del aprieto. Ya empezaba a aclarar y el tigre
a menear la cola y a relamerse los bigotes, cuando el inglés creyó oír
a lo lejos ladridos de perros. El tigre echó una mirada de soslayo hacia
donde se oía el ruido, y el inglés se le rió en sus barbas diciendo
para su coleto: era seguro, de alguna manera se salva uno. Esta es la
moral del cuento: ¡escuchen por si ladra algún perro! Entraba a la sazón
un comandante que depositó con precaución al oído del jefe esta frase:
¡un derrotado que llega!
Examinado aparte, dijo que se habían batido en Caucete y sido derrotados.
-¿Y el mayor Irrazábal? -No lo vi en la confusión.
Dos derrotados más, un oficial. Interrogado éste dio mejores detalles,
sin saber más del paradero del mayor.
Un soldado de línea, herido; un sargento de línea; tres más de línea,
heridos; siete por todos. ¡Estábamos frescos! Teníamos en heridos la
décima parte de la tropa de línea, y si había tantos muertos y otros
tantos dispersos, había un tercio fuera de combate. Tiempo era de pasar
oficio a Mendoza sobre lo ocurrido pidiendo que acelerasen la marcha,
y avisar por vía que se les indicaba el día que estarían en tal punto,
para hacer una salida con la infantería. ¡Oh, si hubieran avanzado siquiera
hasta Jocolí cuando se les previno! El chasque a la puerta, la nota
lacrada, todo quedó ahí, porque heridos y sargento decían que después
de un terrible encuentro a pie firme donde ellos quedaron, el mayor
seguía adelante con una poquita gente y se perdió en la nube de polvo.
Una disputa se oía en la cuadra vecina. -¡Aunque sea oficial miente!
-Yo he salido después que se ha acabado todo. -Yo llevé la infantería.
-Hemos triunfado. ¿Ladraban al fin los perros? Era el ayudante don Ignacio
Sarmiento, vecino de Caucete, que había sido sorprendido allí por la
entrada de la montonera, tenido tiempo de despachar su familia, y escondídose
en los montes para saber la verdad y traer noticias. Viendo desde su
escondite pasar al mayor Irrazábal, se le incorporó, asistió al combate,
trasladó a su casa los heridos, y aconsejó, volviendo atrás, al capitán
de infantería que se mantenía en la calle por falta de órdenes, montar
en sus mulas la tropa e ir al alcance de Irrazábal que con sólo setenta
hombres iba arrollando una montonera de ochocientos. A tiempo llegó
la infantería de que la montonera avergonzada de huir delante de aquel
puñado de valientes, se rehacía y presentaba de nuevo batalla. ¡La infantería
echó pie a tierra, tendió una guerrilla, el sol se entraba a la sazón,
y la montonera dando la espalda, enderezó los caballos al desierto,
sin haber comido ese día, muerta de sed y de fatiga, y sin dormir dos!
Las campanas anunciaron al pueblo tan fausta nueva a las once de la
noche, el parte escrito se recibió a las dos de la mañana, se transcribió
a Mendoza para que no hiciesen tarde lo que debió hacerse dez días antes,
y todos reposaron de un día de labor, sobresalto, y emociones comprimidas.
En el parte del encuentro de Caucete se recomendaba al mayor Irrazábal
en estos términos: "Hoy que sabemos que Peñalosa al frente de 1.200
hombres perfectamente montados, y con el desierto y la desesperación
a la espalda, no ha podido resistir al mayor Irrazábal que lo combatía
con ciento treinta hombres en definitiva... S. E. comprenderá que este
hecho de armas coloca al mayor Irrazábal y los valientes que lo acompañaron
en el rango de los héroes. Río Bamba con Lavalle, o Angaco con Acha,
sólo pueden presentar hazañas de este género". Y al mayor: "Al darle
la orden a las nueve y media de la mañana del día de ayer, de caer sobre
el enemigo, sabiendo la pequeña fuerza con que Ud. contaba, y no pudiendo
hasta esa hora conocer con certidumbre la del enemigo, estaba seguro
de las vigorosas manos a que encomendaba la suerte de la provincia.
El infrascrito se complace en tributar a su valor personal y pericia
militar el homenaje de la gratitud de un pueblo, recordándole que fue
el jefe que le acompañó en 1861, en la expedición a San Juan, que vio
en Ud. y sus treinta soldados, las primeras avanzadas del ejército libertador".
Las cosas como son
Tres días después de esta noche angustiosa, el gobernador de San Juan
dejaba la procesión religiosa que bendecía el nuevo cementerio del día
de ánimas, para trasladarse a Caucete a dar un abrazo al coronel Arredondo,
que si bien llegaba dos días después de terminado todo, había encontrado
la montonera en fuga y héchole ciento y tantos prisioneros. "¡Por salvarlo
coronel, le dijo, he salvado a San Juan y me he salvado yo! ¡Qué día
el 29!". El coronel Arredondo, poniéndole una mano sobre el hombro,
le replicó: "¡Pero fue un solo día! Imagínese lo que serían para mí
cinco mortales, tirado en el campo, con mi división a pie, y apenas
me llegan sus caballos y los que mandaban de Chilecito y salgo en busca
del Chacho, sé por las mujeres y los licenciados, que me llevaba dos
días adelante a San Juan. ¡No he dormido ni comido de aflicción temiendo
lo que habría sucedido, hasta que divisando la montonera de regreso,
comprendí que había sido derrotado sin poder atinar cómo ni con qué
fuerzas!"
Habíase ya recibido la carta que desde Malazán había escrito el coronel
avisando el recibo de los caballos con fecha 24; y como el general en
jefe escribiese de Córdoba el 14, ambas cartas llegaron casi a un tiempo,
un día después de derrotado el Chacho. Copiamos lo que la una responde
a la otra, como si hubiese sido la del general escrita al coronel: "Córdoba,
14 de octubre. . Sobre su opinión (la del gobernador) de que es inminente
un ataque del Chacho a San Juan, ya he mostrado a Ud. la mía con repetición,
antes y después de haber pasado por aquí don Camilo Rojo, aceptando
la posibilidad, pero rechazando la idea de que pueda posesionarse de
esa provincia, pues que no se me ocurre que pueda derrotar al coronel
Arredondo, aun en el caso de no haber recibido refuerzos eficaces de
Catamarca, que tengo aviso de haber recibido."
"Malazán octubre 24. -Hace cinco días que me encuentro en este lugar
donde he llegado a pie , por habérseme concluido los malos caballos
que saqué de La Rioja. El gobernador de Catamarca a quien pedí comprarme
doscientos, no sólo no me mandó uno solo, sino que hizo venir la tropa
del comandante Córdoba en caballos flacos y sin herrar, diciendo que
en los Llanos engordarían, y que era inoficioso herrarlos. De los cien
hombres de Córdoba se han ido más de la mitad. El resto es de tucumanos,
también mal montados, pues son los mismos caballos que sacaron de Tucumán.
"Hoy he tenido una gran alta de caballos y de mulas. El coronel Linares,
de Chilecito, me ha mandado ciento setenta y cinco entre caballos y
mulas, y el comandante Vera me trae otros tantos de los que me manda
Ud. de Jáchal, que aunque no tan buenos están en buen estado.
"Mañana o a más tardar pasado mañana (el 26) me pondré en marcha en
busca de Peñalosa que se halla en Atiles muy mal de caballos, desmoralizado
y con quinientos hombres. Pocos días más y tendré la satisfacción de
anunciarle un triunfo. Conseguido esto le remitiré los rifleros, y la
caballería de San Juan, que irán aunque sucios y rotos, cubiertos de
gloria en la campaña de seis meses en que no han recibido un cobre de
la Nación... teniendo presente que San Juan no sólo ha puesto sus hombres
y sus pesos, sino también cuanto animal útil había en su territorio.
- Arredondo."
No habiéndose perseguido al enemigo derrotado en Caucete por acabar
el combate de noche, y ser espantoso el desierto de sesenta leguas que
media hasta los Llanos, puesto ya el mayor Irrazábal a las órdenes del
coronel Arredondo, dispuso éste que al frente de cuatrocientos hombres
perfectamente montados a mula y con caballos de tiro herrados y escogidos,
se lanzase sobre los Llanos en busca del Chacho para acabar con la montonera.
Con tal rapidez se ejecutó la operación, que el Chacho en Olta, a donde
había ido a tirar la rienda, poniendo tres sierras de por medio, recibió
la noticia primera por la partida que lo rodeaba en su campamento. -Son
de Arredondo los soldados, dijo al ver infantes a caballo. -Es mi tío
Vera, contestóle un muchacho que tenía a su lado. Lograron escapar algunos
cabecillas que lo acompañaban; él no hizo resistencia y se entregó.
Para llegar a Olta, pequeña y miserable aldea, es preciso descender
de la sierra que divide la costa Baja de la del Medio, por una empinada
cuchilla, cuyas vueltas y revueltas invierten más de una hora. Desde
las puertas de los ranchos se ven descender o subir lentamente los viajeros,
y esta circunstancia hacía a Olta muy seguro lugar de refugio. Pero
ese día Dios descargaba una lluvia harto deseada para los sedientos
campos, y nadie vio descender ni aproximarse a los primeros cincuenta
hombres, cuya presencia sorprendió a todos y al Chacho, que descansaba
tranquilo, acaso rumiando nuevos planes. Llegado el mayor Irrazábal,
mandó ejecutarlo en el acto y clavar su cabeza en un poste, como es
de forma en la ejecución de salteadores, puesto en medio de la plaza
de Olta, donde quedó por ocho días.
Al huir de Caucete, Ontivero tomó con un grupo de sus parciales el camino
de las Lagunas, en el que robaron una tropa, y se dirigió a San Luis,
adonde se hallaba por segunda vez el general Paunero, acaso a fin de
colocarse en posición conveniente para dirigir la guerra. Creyendo que
aquel grupo era todavía un núcleo persistente de montonera, pidió a
Mendoza el regimiento de línea. Regresado éste a Mendoza, con la dispersión
de los grupos, un mes después apareció una indiada al frente de] Fuerte
Mercedes al sur de San Luis, acaudillada por Ontivero, que volvía por
este medio atroz a probar fortuna. Habiéndose acercado a la débil trinchera
con ánimo de reconocerla, un francés, se dice, le puso una bala en la
frente y lo dejó tendido. Los indios amedrentados volvieron bridas hacia
sus toldos, terminando con un tiro y un muerto esta última intentona
de aquel bandido.
Así acabaron su existencia el Chacho y Ontivero, y así desapareció batida,
escarmentada y destruida, la montonera de los Llanos, que principió
con Quiroga en 1826 y continuó sus depredaciones con el Chacho hasta
1863. Si la guerra civil ha de encender en adelante sus teas en la República
Argentina no será ya en Atiles, en Santa Fe, o arroyo de la China, donde
se alzará el pendón de la rebelión de paisanos de a caballo. Como elemento
de guerra acabó por ser impotente, y la derrota en Pavón de sus representantes
políticos, o en Caucete de su núcleo primitivo, ha puesto fin al movimiento.
El ferrocarril transformará la pampa dentro de poco, y los recuerdos
de sus escenas y sus héroes quedarán mejor que en las novelas de Cooper,
en tipos reales y en leyendas populares.
Pero la montonera sucumbió en Caucete ante la completa rehabilitación
de la caballería regular que, con Irrazábal, aquel día tocaba a su apogeo
de consistencia y empuje, acometiendo sin vacilar fuerza numérica infinitamente
superior, pugnando sin desconcertarse hasta vencer la resistencia y
dar la victoria. Desde el 2° de coraceros, último cuerpo de caballería
que quedó organizado después de la guerra del Brasil, no se había repetido
lo que con aquel cuerpo era frecuente, a saber, mandar una mitad de
caballería a disipar un grupo de montonera, sin contar su número, y
conseguirlo siempre.
E1 hecho de armas de Caucete era, pues, lo que los franceses llaman
una acción d'etat , y su ejecutor acreedor a la distinción que en todos
los ejércitos se concede a estos rasgos de valor; pues que en Irrazábal
no era sólo digno de premio el empuje mecánico de su regimiento, sino
el acometer sin vacilar la empresa, pues desde que recibió la orden
de contramarchar, sabía que se le encargaba hacer algo más que medirse
con fuerzas iguales. Así fue recomendado en el parte en que su jefe
accidental daba cuenta al general del ejército, y así estaban obligados
a estimarlo.
Acaso por un error involuntario, se cometió entonces un equívoco de
palabras que oscureció una parte de la verdad de los hechos. El triunfo
de Caucete, que acababa con una guerra tan obstinada, no era simplemente
el resultado del encuentro material de dos fuerzas de caballería. Al
darse parte al Presidente se hacía aparecer al mayor Irrazábal como
jefe que obra de su propia cuenta, y a los gobernadores de San Juan
y Mendoza como simples órganos para trasmitir la noticia. El parte de
Irrazábal al gobernador de San Juan, sin embargo, principiaba diciendo:
"Inmediatamente de recibir sus órdenes me puse en marcha desde la Punta
del Monte"; y ese gobernador era un coronel del ejército que al dar
la orden a un jefe de vanguardia, estaba con la espada al cinto al mando
de una división de las tres armas. Ni casual era la presencia de un
escuadrón de línea en San Juan, sino resultado de anteriores planes
de guerra, fundados en práctica y conocimiento de las necesidades de
la campaña. [3]
Con Irrazábal triunfaba su jefe accidental no sólo del Chacho, sino
de las resistencias que había encontrado para hacer prevalecer su plan
de operaciones, que consistía en movilizar a Arredondo inutilizado en
La Rioja, y en lugar de darle milicia de caballería sin caballos, avanzar
de Mendoza un piquete de línea. No creer que pudiesen ser dispersadas
por la montonera en La Rioja otras montoneras de caballería catamarqueña
o sanjuanina, era tener muy mala memoria los que habían visto correr
tres mil hombres en Cepeda y ocho mil en Pavón; era olvidarse de lo
que estaban cansados de oírle al general Paz, que por falta de 500 hombres
de línea no se constituyó la República en 1831. Si no es de línea la
mitad del escuadrón de Irrazábal, y acaso si no es él quien lo manda,
por serle conocidas a su jefe sus cualidades, no hay combate de Caucete,
y el Chacho pasa a Jáchal cuando Arredondo hubiese llegado a pie por
las peñas, y levanta dos mil hombres y se provee de seis mil caballos,
que eran la última parada en aquel juego. En toda la campaña han debido
destruirse más de diez mil, y éstos destruidos, no había reemplazo fácil.
La montonera ha muerto ante su mortal enemigo, la razón ilustrada por
el conocimiento de sus calidades y de sus defectos, y la caballería
de línea.
La circular despojando a los gobernadores de las facultades inherentes
al gobierno para sofocar insurrecciones, merecía también una medalla.
Sin su acción desmoralizadora, no habría habido en San Juan un osado
que diese ganado hético para alimento de los soldados; y a la demora
de un día para cambiarlo, se debió la salvación de San Juan. A quelque
chose malheur est bon!
La Legislatura de San Juan decretó al mayor Irrazábal una espada de
honor, y al Regimiento N° 1 un estandarte con cuatro medallones de sus
cuatro encuentros con la montonera, los nombres inscriptos entre laureles
de oro.
Una orden del día del ejército vituperó, sin embargo, en el mayor Irrazábal
la ejecución sin formas del Chacho, y todo quedó por entonces dicho.
¿ Había justicia en esa condenación? ¿Había alguna conveniencia política?
¿No era esta orden del día prima hermana de la circular sobre el estado
de sitio y de las tentativas de tratarlos con el Chacho? Este es un
asunto muy grave y merece examinarse. Las instrucciones del ministro
de la guerra al gobernador de San Juan, le encomendaban castigar a los
salteadores , y los jefes de fuerzas no castigan sino por medios ejecutivos
que la ley ha provisto; y cuando son salteadores los castigados, los
ahorcan si los encuentran en el teatro de sus fechorías. La palabra
outlaw , fuera de la ley, con que el inglés llama al bandido, contiene
todo el procedimiento. Las ordenanzas lo tienen, autorizando a los comandantes
de milicia a ejecutar a los salteadores. Ciertas palabras tienen valor
legal.
En la carta confidencial que confirmaba y explicaba esas instrucciones,
estaba más terminante el pensamiento: "Digo a Ud. en esas instrucciones
que procure no comprometer al gobierno nacional en una campaña militar
de operaciones, porque dados los antecedentes del país, no quiero dar
a ninguna operación sobre La Rioja el carácter de guerra civil. Mi idea
se resume en dos palabras, quiero hacer en La Rioja una guerra de policía
. La Rioja se ha vuelto una cueva de ladrones que ameniza a los vecinos,
y donde no hay gobierno que haga ni la policía de la provincia. Declarando
ladrones a los montoneros sin hacerles el honor de considerarlos como
partidarios políticos, ni elevar sus depredaciones al rango de reacción,
lo que hay que hacer es muy sencillo".
Aquellas instrucciones se recomendaban además como muy meditadas; y
en esta parte, sus disposiciones mostraban que lo habían sido. El asalto
de las Lagunas y el salteo de pasajeros salidos los salteadores de los
Llanos y vueltos a ellos con el botín, negándose el Chacho por un documento
público a entregarlos a los tribunales que los reclamaban, lo constituían
ante las leyes jefe de banda, y lo ponían fuera de la ley; pues ni el
derecho de gentes concede asilo a esta clase de delincuentes que atacan
a la sociedad. Cuando el coronel Sandes, sin entrar con la fuerza nacional
en la usurpada jurisdicción del Chacho, le intimó entregase los reos
de ese mismo atentado, y del saqueo e invasión de Río Seco y campañas
de Córdoba, contestó también por escrito, que mal podía hacerlo cuando
obraban Ontivero, Potrillo, Agüero, etc., por sus órdenes; y siete meses
duraron las excursiones de aquellas gavillas, amenazando cuatro ciudades,
apoderándose de una, y esparciendo la alarma por toda la Repú blica.
¿En qué estaba la falta del sucesor de Sandes, haciendo la policía de
La Rioja, donde no había gobierno, al ejecutar al notorio jefe de bandas?
¿Cuáles son los honores de partidarios políticos que no habían de concederse
a los ladrones?
Las leyes de la guerra entre dos naciones favorecen a los pueblos, cuando
desconocen la autoridad de los gobiernos hasta entonces establecidos;
pero esto no es sin condiciones. Esos pueblos deben para ello estar
representados por gobiernos regulares, aunque revolucionarios, defendidos
por ejércitos organizados, y manifestar propósitos políticos, como el
deseo de independencia, la destrucción de una tiranía, etc. Cuando la
sublevación no asume esta forma, el acto puede ser calificado de bullicio
de ciudades o partidos, de motín militar, sedición, etc., y cada uno
de estos casos tiene leyes especiales para su corrección.
El crimen de la política de Rosas que ha hecho execrable su nombre,
estaba en que mantuvo veinte años la pena de muerte aplicada a prisioneros,
jefes ilustres del ejército y ciudadanos pacíficos, con agravación de
crueldades horribles. El partido político que combatía su tiranía salvaje,
se componía de las clases cultas de la sociedad, representadas en la
guerra por los más ilustres generales de la independencia. Los pueblos
que resistían su usurpación de poderes, tenían gobiernos regulares,
que ni revolucionarios eran, tales como la Liga del Norte, compuesta
de Tucumán, Salta, Catamarca y La Rioja: la posterior de Corrientes,
Entre Ríos, Córdoba las otras provincias, cuyos ejércitos de tropas
regulares mandaron los generales La Madrid, Lavalle, Paz, Acha, etc.
Cuando éstos fueron vencidos en las provincias, el Estado del Uruguay,
nación independiente, entró en guerra con Rosas, y la guerra se hizo
con esto internacional, lo que no hizo de parte de Rosas abandonar el
sistema de exterminio de prisioneros de guerra y presos políticos.
El general Paz se decidió al fin en la defensa de Montevideo a usar
de represalias, como se le había aconsejado en una memoria escrita,
de que tuvo conocimiento el Dr. Alsina una año antes, cuando aquél mandaba
las fuerzas del gobierno de Corrientes.
La persistencia misma de aquella resistencia que duró veinte años y
comprometió a dos generaciones hasta derrocar al sangriento tirano,
era un título y una justificación de los motivos. Los Estados Unidos,
declarando rebeldes a los estados del sur en armas contra su gobierno,
trataron a sus prisioneros según las prácticas del derecho de gentes
entre naciones, aunque no reconociesen ni a los gobiernos ni a los generales
que los sostenían.
El idioma español ha dado a los otros la palabra guerrilla , aplicada
al partidario que hace la guerra civil, fuera de las formas, con paisanos
y no con soldados, tomando a veces en sus depredaciones las apariencias
y la realidad también de la banda de salteadores. La palabra argentina
montonera corresponde perfectamente a la peninsular de guerrilla . El
partido unitario, no teniendo a su favor los paisanos a caballo de las
campañas, no tuvo sino por accidente montonera o guerrilla en su defensa.
Combatía, por el contrario, a los gobiernos que la montonera había impuesto
a las ciudades.
Las guerrillas no están todavía en las guerras civiles bajo el palio
del derecho de gentes. Cuando en la de los Estados Unidos fueron rendidos
los ejércitos regulares de Lee y Johnston y sometida Richmond, el gobierno
dio orden a sus jefes en campaña de pasar por las armas como a salteadores,
a toda guerrilla que persistiese en continuar la guerra de depredación
o recursos por su propia cuenta, y fueron ejecutados cuantos cayeron
en poder de las partidas, en el lugar de su aprehensión, y por el jefe
que los tomó, como lo fue el Chacho, en las mismas condiciones, y por
las mismas órdenes del gobierno, dadas desde el principio de la guerra
de policía , sin los honores de guerra civil, castigándolos como a salteadores
.
Y si los Estados Unidos han protestado contra el decreto del Emperador
Maximiliano, que declaró guerrillas a los generales y partidarios mejicanos
que no reconocen el imperio, es precisamente porque faltaba a la verdad
de los hechos, suponiendo en el mismo decreto que el Presidente Juárez
había salido del territorio mejicano, y porque los mejicanos sostienen
sus instituciones antiguas y su independencia contra un gobierno nuevo
y de origen extranjero, aunque algunos lo hayan reconocido. El imperio
es el gobierno revolucionario y no el de Juárez.
¿Cuál era a la luz de estos principios la situación del Chacho? Jefe
de guerrilla durante veinte años, invadiendo ciudades y poniéndolas
a saco o rescate; general de la nación que no obedecía a su propio gobierno
y obstruía la acción de la justicia amparando a los reos de salteo calificado,
sublevado contra su propio gobierno, y esforzándose en obrar una reacción
sin bandera, manifiesto ni principios. Ningún gobierno de provincia
prestó su apoyo a este proyecto, sin excluir el de Córdoba, entregada
momentáneamente por un motín de cuartel. Ningún general de la República
le dio su concurso, sin excluir al general Urquiza, cuyo nombre invocaba,
pero de cuyo egoísmo e inacción se quejaba altamente en correspondencias
interceptadas, lo que probaba que tomaba su nombre en vano. Ningún hombre
notable del partido de la depuesta Confederación se adhirió a su causa,
ni escritor alguno trató de darle formas. Sus jefes eran salteadores
y criminales notorios, soldados o sargentos desertores, o lo más abyecto
o lo más rudo de los viejos partidos personales.
Chacho, como jefe notorio de bandas de salteadores, y como guerrilla
, haciendo la guerra por su propia cuenta, murió en guerra de policía,
en donde fue aprehendido, y su cabeza puesta en un poste en el teatro
de sus fechorías. Esta es la ley, y la forma tradicional de la ejecución
del salteador.
Algo más justificaba aquel acto. Que no había justicia en el país en
que tales cosas sucedían, lo probaban veinte años de impunidad, el tratado
de 1862 como lo entendía el Chacho, y el no habérsele cerrado las puertas
a un segundo, cuando sintiéndose vencido, se acogía al habitual indulto.
Las sociedades humanas tienen el derecho de existir y cuando las organizaciones
que establecen para castigar los crímenes son ineficaces, el pueblo
suple a la falta de jueces en país despoblado. Cuando los deportados
y bandidos tenían en California periodistas, jueces, empleados públicos
y abogados de su banda, hallándose que la ley común no los alcanzaba,
el pueblo, es decir los robados, los asesinados, sin deponer a los jueces
ordinarios, organizó una justicia de conciencia y ejecutó a los audaces
bandidos, sin que el Presidente de los Estados Unidos quisiese intervenir
en defensa de las formas violadas. El mundo sancionó con su aprobación
este acto. El brigandaje napolitano fue así perseguido.
El mayor Irrazábal había visto morir a su jefe a consecuencia de heridas
recientes, una puñalada aleve dada en la oscuridad de la noche por asesinos
que cobijaba el Chacho, y un balazo en el cuerpo, en tiempo de paz,
en los Llanos, mandado por asesino que el Chacho no castigó.
Sandes, Albarracín, Salcedo, los Moral y mil muertos más, fueron vengados
en Olta, y seis provincias levantaron las manos al cielo en señal de
aprobación. ¿Habríanlo sido, sin la expedita ejecución militar del mayor
Irrazábal?
La justicia del estado
Hemos dejado para tratar por separado un incidente de la guerra que
a muy serias resoluciones dio lugar y marca con más claridad la fisonomía
de la política que prevaleció. El 13 de abril fue derrotado en Mendoza
Clavero, quien escapó al sur, tratando de refugiarse entre los indios.
Habránse notado durante toda la lucha estas concomitancias de la montonera
con los indios salvajes del desierto. Los Saa, Ontivero, son hijos adoptivos
de unas tribus; Clavero se dirige a sus toldos, y por entre los claros
que dejan las guarniciones de frontera, asoman siempre los indios. Asaltadas
las Achiras en San Luis por una indiada, su grito de guerra mientras
saquean es viva el Chacho ; el ú ltimo acto del drama después de Caucete,
es la aparición de los indios en Mercedes. La causa de estas relaciones
es que entre el gaucho de a caballo y el indio de la pampa, la línea
divisoria en fisonomía, hábitos e ideas es tan vaga, que no acertaría
cualquiera a fijarla.
Muchos se asilan en los toldos y viven años del pillaje de las propiedades
de los cristianos, adquiriendo entre los indios posición e influencia
con su valor o su prudencia. Clavero vagó largo tiempo en los campos
de Malargue, y al parecer desconfiando de librar su suerte a los indios.
Seguíanlo cinco gauchos, y entre ellos un indio cristiano, tomado cautivo
cuando niño. Este concibió la idea de entregarlo al gobierno de Mendoza,
se confabuló con algunos de la partida; y al estar asando un pedazo
de vaca al fuego, los conjurados se apoderaron de las armas, y ataron
a Clavero, que fue conducido a Mendoza, y en San Juan recompensado el
indio, aunque no con los miles que el gobierno de los Estados Unidos
ofrece por la entrega de los reos. Este fue remitido a disposición del
comandante general de armas de Mendoza y San Juan, y luego de saberse
su captura, llegó orden del Ministerio de Guerra para que poniéndolo
a disposición, éste lo sometiese a juicio.
Clavero no era ni salteador, ni encubridor, ni caudillo ni gaucho malo.
Era un viejo veterano de granaderos a caballo del ejército de San Martín
que a fuer de antiguo soldado y de valiente había llegado a coronel
al servicio de Rosas y de la montonera. Ignorante, no más malo que los
otros, había sido condenado a muerte por un consejo militar en Buenos
Aires, por motín, y después perdonado. Había sido un año antes el jefe
de Saa, que mandó matar al Dr. Aberastain en la calle del Pocito, yendo
en marcha hacia la ciudad tropa y prisioneros escapados a la brutal
matanza de la Rinconada.
Emigrado en Chile, y de acuerdo con el Chacho, pasó la cordillera por
el sur para secundar el movimiento de los Llanos, sorprendió dos fuertes,
allegó gentes y avanzó hasta pocas leguas de Mendoza, donde fue derrotado.
El Estado, en los crímenes que atacan su existencia, cualquiera que
la forma del gobierno sea, no entra en litigio con sus enemigos ante
los tribunales creados para arreglar cuestiones individuales, sino que
tiene sus leyes especiales y sus jueces que proceden rápidamente y sin
las formas ordinarias. Son aquellas las leyes militares y los Consejos
de Guerra. El delito está en todas las naciones bien definido, y la
competencia del juez la establece el cuerpo del delito. ¿Se ha cometido
con armas del Estado con intento de subvertirlo? Es reo de delito militar,
sea soldado, paisano o mujer el complicado, porque no ha de decirse
que la bala o la bayoneta en manos del paisano es menos mortífera que
la del soldado en servicio actual. El comandante general de armas nombrado
para hacer la guerra, es juez de la jurisdicción que se le señale, cesando
los jueces del crimen ordinarios en sus funciones en todo lo que a la
guerra concierne. Esto es así en España, en Inglaterra, Estados Unidos,
y en la República Argentina, porque allí como en todas partes, el soberano
se basta a sí mismo para su preservación.
Estos principios los practicaba el gobierno nacional, puesto que mandaba
juzgar a Clavero por el comandante general, único juez en causa de armas.
Nombróse Consejo de Guerra de oficiales generales, aunque el ministro
de Guerra creía, en carta particular, que bastaría el ordinario, por
haberse encontrado en el escalafón de la Confederación el nombre de
Clavero reconocido coronel, y no estaba dado de baja.
La sentencia venía de suyo. Había tomado plazas fuertes, atacado a las
tropas nacionales, dado muerte a soldados y declarádose en rebelión,
de su propio motu, contra el Presidente, y sin un gobierno revolucionario
o sublevado que lo autorizase. Pasóse en consulta al Presidente la sentencia
de muerte, como lo manda la ordenanza en caso de que el reo sea oficial,
y ahí paró el asunto cuatro meses, hasta que muerto el Chacho, el Ministerio
de Guerra comunicó al gobernador de San Juan un proveído, que no venía
en los autos, pues que éstos quedaban en su ministerio, declarando nula
la sentencia pronunciada en Consejo de Guerra por no estar el reo al
servicio del Estado en la época de cometer el delito, y mandando pasar
la causa al juez federal de la provincia o al de Mendoza, si allí no
lo hubiere.
El gobernador, que no era ya comandante general, mandó el reo en el
acto a Mendoza, porque si juez federal del orden civil hubiese habido
en San Juan, no tenía éste jurisdicción sobre delito cometido en Mendoza,
donde estaba lo que se llama el fuero de la causa.
El público presintió lo que la ley ha previsto desde que se creó la
jurisdicción militar para estos delitos, y es que los tribunales ordinarios
lo dejarían impune.
Resultaba de esta resolución que el soldado que defendía con su vida
al Estado, estaba condenado por ello a los rigores de la ley militar
si delinquía; pero que el traidor que lo mataba con el confesado propósito
de destruir el gobierno, estaba favorecido por las leyes civiles, y
no podía juzgársele sin las garantías de todos los trámites, pruebas,
dilatorias, excepciones y artículos de que los litigantes se valen para
parar si pueden la acción de la ley cuando afecta a un individuo contra
otro.
No recordaríamos este incidente, si él no hubiese dejado establecido
en principio que el ejecutivo queda en adelante desarmado para su propia
conservación, y abolidas las leyes e instituciones que lo protegen,
cosas que no están, por sagradas y fundamentales, a merced de la simple
rúbrica de un ministro de guerra.
¿Por qué no usaba el Presidente de su derecho de perdonar, conmutar
la pena, o absolver al reo, si tal era su deseo, pues para estos fines
manda la ordenanza consultar al rey la sentencia?
¿Por qué no declarar nulo el procedimiento en virtud de algún vicio
en la secuela del juicio, sin ir a tocar la jurisdicción militar misma
que quedaba para todos los casos abolida? ¡Y la causa ofrecía pretextos
en que escoger para darle esta salida a la lenidad, indulgencia, política,
o llámesele como quiera! El defensor de Clavero había en un escrito
acumulado causas de nulidad con esa profusión que ostentan los abogados
cuando el crimen es evidente y la pena es de muerte. Se recusaba al
presidente del consejo, por cuanto en una proclama, al aparecer Clavero,
había dicho que lo aguardaba la horca. Es, sin embargo, éste el lenguaje
textual de la ley que dice de los que asaltan plazas fuertes: "morirán
ahorcados en cualquier número que sean ".
Ahora veamos cuál era la práctica de los Estados Unidos, ya que la de
las demás naciones sería desechada por monárquica, al mismo tiempo que
tal declaración se hacía, no olvidando que allí había verdadera guerra
civil con gobiernos, propósitos y ejércitos definidos, mientras que
en la República Argentina eran bandas de salteadores unos, aventureros
otros, sin antecedentes políticos, si no es su ignorancia y sus crímenes.
Durante la guerra todos los Estados amenazados, los leales y los rebeldes,
estuvieron bajo la exclusiva jurisdicción de los comandantes generales
de los distritos militares, con suspensión de la jurisdicción de las
cortes ordinarias, ya federales, ya de Estado, en todo crimen que a
la tranquilidad pública afectase, sin excluir diputados al congreso,
juzgados militarmente por consejos de guerra, diarios suspendidos por
el comandante militar a causa de discursos o escritos hostiles.
Concluida la guerra, a fin de asegurar la tranquilidad, se estableció
la oficina de libertos , administración militar con jurisdicción judicial
para todo lo que se refiriese a los motivos de la guerra y sus efectos,
contratos de los negros libertos, reyertas entre federales y confederados.
Cuando un reo pedía el privilegio del habeas corpus , el juez civil
negaba el escrito, por ser militar la prisión y militar el juez.
Declarada por el Presidente, restablecida la paz un año después de haber
cesado la guerra, y por tanto entrado el país todo en el estado normal,
fuéle consultado desde Georgia: "¿Está suspendida aquí la ley marcial?
Si tal caso sucede no puede proceder el general N. a prender individuos
que han injuriado a libertos o a refugiados leales." El ministerio contesta
por telégrafo: "Abril 16 de 1866. La proclamación del Presidente no
suspende la ley marcial ni en manera alguna influye sobre la acción
legítima de la oficina de libertos . Pero no sería conveniente recurrir
a los tribunales militares en ningún caso en que puede obtenerse reparación
por medio de las autoridades civiles."
En el juicio seguido por la comisión militar de Alejandría en marzo
de 1866 contra los autores de una revuelta, el Presidente mitigó las
penas cuando la sentencia le vino en consulta, sin declarar nulo el
procedimiento. Y siendo análogo el delito al de Clavero, citaremos parte
de los cargos deducidos contra los reos: "asalto y violencia con intención
de matar; y estando empeñados en perturbar la tranquilidad pública en
oposición y contra el gobierno de los Estados Unidos... la comisión
los sentencia a quince años de reclusión y trabajos forzados, etc.,
etc."
Proclamada la paz, un juez da el escrito de habeas corpus al general
Lee sometido a juicio militar. Consultado el Presidente, contesta a
la comisión militar "que no entregue el reo, tanto más cuanto que la
causa se había iniciado antes de la proclamación, y debe continuar en
el tribunal que la comenzó". Sin embargo, recomendaba seguir la causa,
no sentenciarle y mandarle el proceso para verlo, "porque el Presidente
es el juez supremo en juicios militares".
Podemos, en vista de estos hechos, designar claramente la manera de
proceder y la ley del caso. En alborotos y bullicios de ciudades, desórdenes
de elecciones, rescate de reos por fuerza de número, rige la ordenanza
de Carlos III que hace civiles estos juicios, aunque tomen en ello parte
militares.
En el caso de ataque de fuerzas, sublevación de tropa, toma de plazas
fuertes a mano armada, rige la ordenanza militar, cualquiera que sea
la condición del reo.
En las revoluciones políticas con gobiernos y ejércitos revolucionarios,
las leyes de la guerra entre naciones protegen a los rebeldes.
Las guerrillas , desde que obran fuera de la protección de gobiernos
y ejércitos, están fuera de la ley y pueden ser ejecutados por los jefes
en campaña.
Los salteadores notorios están fuera de la ley de las naciones y de
la ley municipal, y sus cabezas deben ser expuestas en los lugares de
sus fechorías.
Este es el uso que hace, no la república más celosa de las garantías,
sino todo Estado, todo soberano, de los privilegios que las naciones
se han reservado a sí mismas para proveer a su preservación y conservación,
atacadas por quienquiera que sea, nación extranjera, soldado, ciudadano
o mujer, que todos pueden dañarla. "Pueden sobrevenir tiempos, dice
un constitucionalista inglés, de gran peligro, cuando la conservación
de todos exige el sacrificio de los derechos de unos pocos; circunstancias
que no sólo justifican sino que fuerzan al temporario abandono de las
formas constitucionales. Ha sido la costumbre de todos los gobiernos
durante las rebeliones, proclamar la ley marcial o la suspensión de
la jurisdicción civil." "La ley marcial, decía Webster, es la ley del
ejército, y proclamada, la tierra se vuelve un campamento."
La más alta función del gobierno es dar a la sociedad garantías de reposo,
a fin de que ejerza sus derechos y desenvuelva sus elementos. ¿Habría
habido mal en indultar a Clavero? Era un acto legal, y podía aconsejarlo
una política prudente; pero suprimir la ley en virtud de la cual se
castigará a los futuros atentadores contra la seguridad pública, declarando
iguales ante el juez al Estado con el individuo cuando de subvertirlo
se trata, es sólo condenar la sangre que en su nombre y en el del deber
se derrama.
¿Qué juicio formaba el público de aquellos sucesos? Pacificadas las
provincias del interior después de lucha tan encarnizada, el Standard
de julio, diario inglés de Buenos Aires, por lo general bien informado,
extraño a cuestiones de partido y reflejo del medio social en que vive,
hacía esta accidental apreciación, con motivo del nombramiento del ministro
plenipotenciario en los Estados Unidos, recaído en el gobernador de
San Juan: "No trepidamos en decir que no podría haberse elegido persona
más apta para aquel puesto. El señor Sarmiento es el autor de un libro
de viajes; pero mejor conocido como un grande admirador de las instituciones
americanas. Su carrera no ha sido muy feliz en San Juan, y en verdad
que su política inquieta ha hecho tal daño al presente gobierno nacional,
que el presidente Mitre le hace un favor particular y un servicio a
San Juan removiendo su gobernador a Washington."
El silencio de los otros diarios asentía sin lastimar en este fallo;
las correspondencias particulares lo hacían descender desde las oficinas
a los corrillos; y basta ser americano del sur para comprender cuán
fácil asentimiento encuentra toda idea que limita la acción del Poder
Ejecutivo, en nombre de crudas teorías de libertad que, por desgracia,
carecen de ejemplo en la propia historia, y no hallarían modelo en la
ajena. La teoría, como la historia del gobierno de los pueblos libres,
es todavía un misterio para los que las contemplan de lejos. Las tentativas
hechas por organizarlo durante un siglo en la Europa continental, han
conducido a la negación misma de la libertad. La de Inglaterra es como
aquel sedimento fecundo que los siglos van depositando en las llanuras
de las rocas que el tiempo va desagregando; pero la roca existe aun
sin acabar de disolverse. De esta desintegración de moléculas, se hicieron
los Estados Unidos, petrificando de nuevo una parte para constituir
gobierno. La primitiva confederación fue un desgraciado ensayo del gobierno
voluntario, sin coerción, y contando sólo con el espontáneo asentimiento.
Al ver desmoronarse el frágil edificio, Washington señaló el mal y apuntó
el remedio. Influence , dijo, is not government ; y la nueva constitución
de los Estados Unidos salió de ahí, con un gobierno que tiene en sí
los poderes para ejecutarse a sí mismo. La tranquilidad interna, la
paz exterior por setenta años, fue el fenómeno que la naciente República
ofreció a la contemplación del mundo. Cuando causas mórbidas amenazaron
disolver la unión, el gobierno halló en su institución los medios de
dominarlo todo, resistencias, sucesos y poderosas voluntades. Si alguien
le hubiera echado en cara que traspasaba los límites de su acción, habría
contestado como Escipión: Vamos a dar gracias a los dioses porque un
día como el de hoy se salvó la Repú blica. Pero nadie le hizo ese cargo,
porque el pueblo norteamericano posee tradiciones de libertad y ha heredado
ideas de gobierno. Nosotros de la libertad tenemos la santa aspiración;
del gobierno la negación que la tradición de raza nos ha dejado en herencia.
Tanto sabe de esto la España como sus colonias, y ambas mirándose de
reojo, y siguiendo senderos opuestos, muestran al mundo el triste espectáculo
de una eterna convulsión.
El gobierno, muéstralo la Inglaterra y los Estados Unidos su consecuencia,
es un largo hecho experimental. La teoría de hoy tiene por base un hecho
conquistado ayer; y así remonta los siglos hasta perderse en la conquista
de Guillermo. Nuestra experiencia es como nuestra existencia misma.
El que más años cuente, tendrá el privilegio de haber sido testigo de
mayores desastres. ¡Y qué es la vida de un hombre en esta ciencia acumulada
por deposiciones lentas! Tras de la emancipación americana, representada
en nuestras armas por un sol naciente, está la noche oscura de la colonia
que llega hasta Felipe II; el caos, las tinieblas. Esta es nuestra ciencia
propia. Ni como individuos, ni como nación, ni como raza, nos es dado
tener confianza en nuestras propias ideas de gobierno. Así se ha visto
cómo un bárbaro que no sabe leer, un salteador de caminos, basta para
poner en peligro nuestra frágil organización, incapaz por lo mal ajustada
de resistir al menor choque. No se ha hecho en Italia entrar en el plan
constitucional el brigandaje de los Abruzzos, como la montonera argentina
no se prestará nunca a composición. Son ambas negaciones de la sociedad
misma que toda institución orgánica presupone.
Hemos por esto dado grande importancia al drama, al parecer humilde,
que terminó en Olta en 1863. Era como las goteras del tejado después
que la lluvia cesa, la última manifestación del fermento que introdujeron,
Artigas a la margen de los ríos, Quiroga a las faldas de los Andes.
El uno desmembró el Virreinato, el otro inutilizó el esfuerzo de Ituzaingó
con treinta años de convulsiones internas. Civilización y barbarie era,
a más de un libro, un antagonismo social. El ferrocarril llegará en
tiempo a Córdoba para estorbar que vuelva a reproducirse la lucha del
desierto, ya que la pampa está surcada de rieles. Las costumbres que
Rugendas y Pallière diseñaron con tanto talento, desaparecerán con el
medio ambiente que las produjo, y estas biografías de los caudillos
de la montonera, figurarán en nuestra historia como los megaterios y
gliptodontes que Bravard desenterró del terreno pampeano: monstruos
inexplicables, pero reales.
Notas
1. Esta nota y las demás que se extractarán deben conservarse en el
archivo del Regimiento N°1.
2. Viajes por Europa, Africa y América , del autor.
3. "Córdoba, setiembre 28. Por lo que a mí respecta, en lo que puedo
alcanzar a esa inmensa distancia, me es muy agradable decirle que según
lo acordado con Rojo, (el comisionado de San Juan) ordeno a Segovia
que disponga inmediatamente la marcha de 150 hombres de caballería,
entre ellos la mitad de línea, todo a la orden del mayor Irrazábal,
y tomando 500 ó 600 caballos, haga usted marchar a reforzar y remontar
a Arredondo. - Paunero."
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