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Carpentier,
Alejo (1904-1980), novelista, ensayista y musicólogo cubano, que influyó
notablemente en el desarrollo de la literatura latinoamericana, en
particular a través de su estilo de escritura, que incorpora todas las
dimensiones de la imaginación -sueños, mitos, magia y religión- en su idea
de la realidad.
Nació en La Habana el 26 de diciembre de 1904, hijo de un arquitecto francés
y de una cubana de refinada educación. Estudió los primeros años en La
Habana y a la edad de doce años, como la familia se trasladó a París durante
unos años, asistió al liceo de Jeanson de Sailly, y se inició en los
estudios musicales con su madre, desarrollando una intensa vocación musical.
Ya de regreso a Cuba comenzó a estudiar arquitectura, pero no acabó la
carrera. Empezó a trabajar como periodista y a participar en movimientos
políticos de izquierda. Fue encarcelado y a su salida se exilió en Francia.
Volvió a Cuba donde trabajó en la radio y llevó a cabo importantes
investigaciones sobre la música popular cubana. Viajó por México y Haití
donde se interesó por las revueltas de los esclavos del siglo XVIII. Marchó
a vivir a Caracas en 1945 y no volvió a Cuba hasta 1958, año en el que se
produjo el triunfo de la Revolución. Desempeñó diversos cargos diplomáticos,
murió en 1980 en París, donde era embajador de Cuba.
Carpentier recibió la influencia directa del surrealismo, y escribió para la
revista Révolution surréaliste, por encargo expreso del poeta y crítico
literario francés André Breton. Sin embargo, mantuvo una posición crítica
respecto a la poco reflexiva aplicación de las teorías del surrealismo e
intentó incorporar a toda su obra la maravilla, una forma de ver la realidad
que, mantenía, era propia y exclusiva de América. Entre sus novelas cabe
citar El reino de este mundo (1949), escrita tras un viaje a Haití, centrada
en la revolución haitiana y el tirano del siglo XIX Henri Christophe, y Los
pasos perdidos (1953), el diario ficticio de un músico cubano en el
Amazonas, que trata de definir la relación real entre España y América
siguiendo la conquista española. Se considera que es su obra maestra, un
intento de llevar a cabo su idea de construir una novela que llegue más allá
de la narración, que no sólo exprese su época sino que la interprete. Guerra
del tiempo (1958) se centra en la violencia y en la naturaleza represiva del
gobierno cubano durante la década de 1950. En 1962 publicó El siglo de las
luces, en la que narra la vida de tres personajes arrastrados por el
vendaval de la Revolución Francesa. Más que una novela histórica, o una
novela de ideas es, en la interpretación de algunos críticos, una cabal
novela filosófica. Concierto Barroco (1974) es una novela en la que expone
sus visiones acerca de la mezcla de culturas en Hispanoamérica. Finalmente
El recurso del método (1974) y La consagración de la primavera (1978), obras
complementarias y difíciles; la primera suele "considerarse como la historia
de la destrucción de un mundo", la caída del mito del hombre de orden,
mientras que la segunda representa la larga crónica del triunfo en Cuba de
un nuevo mito, que Carpentier trata de explicar desde su imposible papel de
espectador: el autor trata de explicar el inconciliable desajuste entre el
tiempo del hombre y el tiempo de la historia.
A pesar de su corta producción narrativa, Carpentier está considerado como
uno de los grandes escritores del siglo XX. Él fue el primer escritor
latinoamericano que afirmó que Hispanoamérica era el barroco americano
abriendo una vía literaria imaginativa y fantástica pero basado en la
realidad americana, su historia y mitos. Su lenguaje rico, colorista y
majestuoso está influido por los escritores españoles del Siglo de Oro y
crea unos ambientes universales donde no le interesan los personajes
concretos, ni profundizar en la psicología individual de sus personajes,
sino que crea arquetipos -el villano, la víctima, el liberador- de una
época.
Viaje a la semilla
I
—¿Qué quieres, viejo?...
Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no
respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta
un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas,
cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los
picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de
madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas
que iban desdentando las murallas aparecían —despojados de su secreto—
cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos,
astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas
pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la
nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se
erguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados
por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en
agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros
sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El
viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la
estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos
apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba,
las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de
aves desagradables y pechugonas.
Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se desploblaron. Sólo
quedaron escaleras de mano, preparando el salto del día siguiente. El aire
se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas,
ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada
el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya
caída balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de
sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones
dormirían sin persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros.
Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las
hojas de acanto descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró sus
tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un aire de familia. Cuando
cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se
erguía aún, en lo alto, con tablas de sombras suspendidas de sus bisagras
desorientadas.
II
Entonces el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños,
volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.
Los cuadrados de mármol, blancos y negros volaron a los pisos, vistiendo la
tierra. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las
murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras
los tornillos de las charnelas volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida
rotación.
En los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas
juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en
lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente a sus
proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo
más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas.
El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y
comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando encendió los
velones, un estremecimiento amarillo corrió por el óleo de los retratos de
familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en todas las galerías, al
compás de cucharas movidas en jícaras de chocolate.
Don Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el
pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con largas barbas
de cera derretida
III
Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su
tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre. Las mechas blanquearon,
arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y los carruajes
partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los
ojos.
Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los
pomos de medicina, las borlas de damasco, el escapulario de la cabecera, los
daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de sus nieblas. Cuando el
médico movió la cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió
mejor. Durmió algunas horas y despertó bajo la mirada negra y cejuda del
Padre Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se
hizo reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho tenía, en el
fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se encontró,
de pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un peso en las sienes,
se levantó con sorprendente celeridad. La mujer desnuda que se desperezaba
sobre el brocado del lecho buscó enaguas y corpiños, llevándose, poco
después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en el coche
cerrado, cubriendo tachuelas del asiento, había un sobre con monedas de oro.
Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la luna de
la consola se vio congestionado. Bajó al despacho donde lo esperaban hombres
de justicia, abogados y escribientes, para disponer la venta pública de la
casa. Todo había sido inútil. Sus pertenencias se irían a manos del mejor
postor, al compás de martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo.
Pensaba en los misterios de la letra escrita, en esas hebras negras que se
enlazan y desenlazan sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando
y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios,
declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y piedras;
maraña de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban las piernas del
hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley; cordón al cuello, que
apretaban su sordina al percibir el sonido temible de las palabras en
libertad. Su firma lo había traicionado, yendo a complicarse en nudo y
enredos de legajos. Atado por ella, el hombre de carne se hacía hombre de
papel. Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar la seis de la
tarde.
IV
Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos por un remordimiento cada vez
mayor. Al principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento se le hacía
casi razonable. Pero, poco a poco, las apetencias de un cuerpo nuevo fueron
desplazadas por escrúpulos crecientes, que llegaron al flagelo. Cierta
noche, Don Marcial se ensangrentó las carnes con una correa, sintiendo luego
un deseo mayor, pero de corta duración. Fue entonces cuando la Marquesa
volvió, una tarde, de su paseo a las orillas del Almendares. Los caballos de
la calesa no traían en las crines más humedad que la del propio sudor. Pero,
durante todo el resto del día, dispararon coces a las tablas de la cuadra,
irritados, al parecer, por la inmovilidad de nubes bajas.
Al crepúsculo, una tinaja llena de agua se rompió en el baño de la Marquesa.
Luego, las lluvias de mayo rebosaron el estanque. Y aquella negra vieja, con
tacha de cimarrona y palomas debajo de la cama, que andaba por el patio
murmurando: "¡Desconfía de los ríos, niña; desconfía de lo verde que corre!"
No había día en que el agua no revelara su presencia. Pero esa presencia
acabó por no ser más que una jícara derramada sobre el vestido traído de
París, al regreso del baile aniversario dado por el Capitán General de la
Colonia.
Reaparecieron muchos parientes. Volvieron muchos amigos. Ya brillaban, muy
claras, las arañas del gran salón. Las grietas de la fachada se iban
cerrando. El piano regresó al clavicordio. Las palmas perdían anillos. Las
enredaderas saltaban la primera cornisa. Blanquearon las ojeras de la Ceres
y los capiteles parecieron recién tallados. Más fogoso Marcial solía pasarse
tardes enteras abrazando a la Marquesa. Borrábanse patas de gallina, ceños y
papadas, y las carnes tornaban a su dureza. Un día, un olor de pintura
fresca llenó la casa.
V
Los rubores eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas de los
biombos, las faldas caían en rincones menos alumbrados y eran nuevas
barreras de encajes. Al fin la Marquesa sopló las lámparas. Sólo él habló en
la obscuridad. Partieron para el ingenio, en gran tren de
calesas—relumbrante de grupas alazanas, bocados de plata y charoles al sol.
Pero, a la sombra de las flores de Pascua que enrojecían el soportal
interior de la vivienda, advirtieron que se conocían apenas. Marcial
autorizó danzas y tambores de Nación, para distraerse un poco en aquellos
días olientes a perfumes de Colonia, baños de benjuí, cabelleras esparcidas,
y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban caer sobre las lozas
un mazo de vetiver. El vaho del guarapo giraba en la brisa con el toque de
oración. Volando bajo, las auras anunciaban lluvias reticentes, cuyas
primeras gotas, anchas y sonoras, eran sorbidas por tejas tan secas que
tenían diapasón de cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo
deslucido, aliviados de desconciertos y cerrada la herida, ambos regresaron
a la ciudad. La Marquesa trocó su vestido de viaje por un traje de novia, y,
como era costumbre, los esposos fueron a la iglesia para recobrar su
libertad. Se devolvieron presentes a parientes y amigos, y, con revuelo de
bronces y alardes de jaeces, cada cual tomó la calle de su morada. Marcial
siguió visitando a María de las Mercedes por algún tiempo, hasta el día en
que los anillos fueron llevados al taller del orfebre para ser desgrabados.
Comenzaba, para Marcial, una vida nueva. En la casa de s rejas, la Ceres fue
sustituida por una Venus italiana, y los mascarones de la fuente adelantaron
casi imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendidas, pintada ya el
alba, las luces de los velones.
VI
Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío,
dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes
de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro,
luego las tres y media... Era como la percepción remota de otras
posibilidades. Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede
andarse sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles
firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que
no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado, ahora, a la
meditación.
Y hubo un gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó la
minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había dejado de tener
un valor legal, y que los registros y escribanías, con sus polillas, se
borraban de su mundo. Llegaba al punto en que los tribunales dejan de ser
temibles para quienes tienen una carne desestimada por los códigos. Luego de
achisparse con vinos generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una
guitarra incrustada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien dio cuerda
al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de los Lagos de
Escocia.
Otro embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los
fieltros encarnados de la vitrina, al lado de la flauta traversera traída de
Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a la de
Campoflorido, su sumó al guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos
falsos, la melodía del Trípili-Trápala. Y subieron todos al desván, de
pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello, se
guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En entrepaños
escarchados de alcanfor descansaban los vestidos de corte, un espadín de
Embajador, varias guerreras emplastronadas, el manto de un Príncipe de la
Iglesia, y largas casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en
los pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques
amarillos, túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero
con redecilla de borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó
aplausos.
La de Campo florido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo de color
de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes
decisiones familiares, para avivar los amansados fuegos de un rico Síndico
de Clarisas.
Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un
tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio
comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban terriblemente
impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura, recibiendo
manos de hombre sobre las ballenas del corset que todas se habían hecho
según el reciente patrón de "El Jardín de las Moodas". Las puertas se
obscurecieron de fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas
dependencias y de los entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta de
tanto alboroto. Luego. se jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial,
oculto con la de Campoflorido detrás de un biombo chino, le estampó un beso
en la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes de
Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se
alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se
pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos fueron a la Casa de Baile,
donde tan sabrosamente se contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin
perder nunca—así fuera de movida una guaracha—sus zapatillas de alto tacón.
Y como se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban
un trueno de tambores tras de la pared medianera, en un patio sembrado de
granados. Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron el
garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi
deseable, cuando miraba por sobre el hombro, bailando con altivo mohín de
reto.
VII
Las visitas de Don Abundio, notario y albacea de la familia, eran más
frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera de la cama de Marcial,
dejando caer al suelo su bastón de ácana para despertarlo antes de tiempo.
Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de alpaca, cubierta de caspa,
cuyas mangas lustrosas recogían títulos y rentas. Al fin sólo quedó una
pensión razonable, calculada para poner coto a toda locura. Fue entonces
cuando Marcial quiso ingresar en el Real Seminario de San Carlos.
Después de mediocres exámenes, frecuentó los claustros, comprendiendo cada
vez menos las explicaciones de los dómines. El mundo de las ideas se iba
despoblando. Lo que había sido, al principio, una ecuménica asamblea de
peplos, jubones, golas y pelucas, controversistas y ergotantes, cobraba la
inmovilidad de un museo de figuras de cera. Marcial se contentaba ahora con
una exposición escolástica de los sistemas, aceptando por bueno lo que se
dijera en cualquier texto. "León", "Avestruz", Ballena", "Jaguar", leíase
sobre los grabados en cobre de la Historia Natural. Del mismo modo,
"Aristóteles", "Santo Tomás", Bacon", "Descartes", encabezaban páginas
negras, en que se catalogaban aburridamente las interpretaciones del
universo, al margen de una capitular espesa. Poco a poco, Marcial dejó de
estudiarlas, encontrándose librado de un gran peso. Su mente se hizo alegre
y ligera, admitiendo tan sólo un concepto instintivo de las cosas. ¿Para qué
pensar en el prisma, cuando la luz clara de invierno daba mayores detalles a
las fortalezas del puerto? Una manzana que cae del árbol sólo es incitación
para los dientes. Un pie en una bañadera no pasa de ser un pie en una
bañadera. El día que abandonó el Seminario, olvidó los libros. El gnomon
recobró su categorla de duende: el espectro fue sinónimo de fantasma; el
octandro era bicho acorazado, con púas en el lomo.
Varias veces, andando pronto, inquieto el corazón, había ido a visitar a las
mujeres que cuchicheaban, detrás de puertas azules, al pie de las murallas.
El recuerdo de la que llevaba zapatillas bordadas y hojas de albahaca en la
oreja lo perseguía, en tardes de calor, como un dolor de muelas. Pero, un
día, la cólera y las amenazas de un confesor le hicieron llorar de espanto.
Cayó por última vez en las sábanas del infiemo, renunciando para siempre a
sus rodeos por calles poco concurridas, a sus cobardías de última hora que
le hacían regresar con rabia a su casa, luego de dejar a sus espaldas cierta
acera rajada, señal, cuando andaba con la vista baja, de la media vuelta que
debía darse por hollar el umbral de los perfumes.
Ahora vivía su crisis mística, poblada de detentes, corderos pascuales,
palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul celeste, estrellas de papel
dorado, Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el Asno, el Buey, y un
terrible San Dionisio que se le aparecía en sueños, con un gran vacío entre
los hombros y el andar vacilante de quien busca un objeto perdido. Tropezaba
con la cama y Marcial despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de
cuentas sordas. Las mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz triste a
imágenes que recobraban su color primero.
VIII
Los muebles crecían. Se hacía más difícil sostener los antebrazos sobre el
borde de la mesa del comedor. Los armarios de cornisas labradas ensanchaban
el frontis. Alargando el torso, los moros de la escalera acercaban sus
antorchas a los balaustres del rellano. Las butacas eran mas hondas y los
sillones de mecedora tenían tendencia a irse para atrás. No había ya que
doblar las piernas al recostarse en el fondo de la bañadera con anillas de
mármol.
Una mañana en que leía un libro licencioso, Marcial tuvo ganas, súbitamente,
de jugar con los soldados de plomo que dormían en sus cajas de madera.
Volvió a ocultar el tomo bajo la jofaina del lavabo, y abrió una gaveta
sellada por las telarañas. La mesa de estudio era demasiado exigua para dar
cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se sentó en el piso. Dispuso los
granaderos por filas de ocho. Luego, los oficiales a caballo, rodeando al
abanderado. Detrás, los artilleros, con sus cañones, escobillones y
botafuegos. Cerrando la marcha, pífanos y timbales, con escolta de
redoblantes. Los morteros estaban dotados de un resorte que permitía lanzar
bolas de vidrio a más de un metro de distancia.
—¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!...
Caían caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser llamado tres
veces por el negro Eligio, para decidirse a lavarse las manos y bajar al
comedor.
Desde ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el enlosado. Cuando
percibió las ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no haberlo
pensando antes. Afectas al terciopelo de los cojines, las personas mayores
sudan demasiado. Algunas huelen a notario—como Don Abundio—por no conocer,
con el cuerpo echado, la frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el
suelo pueden abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una
habitación. Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos de insectos,
rincones de sombra, que se ignoran a altura de hombre. Cuando llovía,
Marcial se ocultaba debajo del clavicordio. Cada trueno hacía temblar la
caja de resonancia, poniendo todas las notas a cantar. Del cielo caían los
rayos para construir aquella bóveda de calderones-órgano, pinar al viento,
mandolina de grillos.
IX
Aquella mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa y
el almuerzo que le sirvieron fue demasiado suculento para un día de semana.
Había seis pasteles de la confitería de la Alameda—cuando sólo dos podían
comerse, los domingos, despues de misa. Se entretuvo mirando estampas de
viaje, hasta que el abejeo creciente, entrando por debajo de las puertas, le
hizo mirar entre persianas. Llegaban hombres vestidos de negro, portando una
caja con agarraderas de bronce.
Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento apareció el calesero Melchor,
luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus botas sonoras. Comenzaron a
jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él, era Rey. Tomando las losas del
piso por tablero, podía avanzar de una en una, mientras Melchor debía saltar
una de frente y dos de lado, o viceversa. El juego se prolongó hasta más
allá del crepúsculo, cuando pasaron los Bomberos del Comercio.
Al levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama de
enfermo. El Marqués se sentía mejor, y habló a su hijo con el empaque y los
ejemplos usuales. Los "Sí, padre" y los No, padre", se encajaban entre
cuenta y cuenta del rosario de preguntas, como las respuestas del ayudante
en una misa. Marcial respetaba al Marqués, pero era por razones que nadie
hubiera acertado a suponer. Lo respetaba porque era de elevada estatura y
salla, en noches de baile, con el pecho rutilante de condecoraciones: porque
le envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicias; porque, en
Pascuas, había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando
una apuesta; porque, cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a
una de las mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su
habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio salir poco
después, llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que
siempre vaciaba las fuentes de compota devueltas a la alacena.
El padre era un ser terrible y magnánimo al que debla amarse después de
Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran cotidianos y
tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque fastidiaba menos.
X
Cuando los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que
había debajo de las camas, armarios y vargueños, ocultó a todos un gran
secreto: la vida no tenía encanto fuera de la presencia del calesero
Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las procesiones del
Corpus, eran tan importantes como Melchor.
Melchor venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos. En su reino
había elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí los hombres no
trabajaban, como Don Abundio, en habitaciones obscuras, llenas de legajos.
Vivían de ser más astutos que los animales. Uno de ellos sacó el gran
cocodrilo del lago azul, ensartándolo con una pica oculta en los cuerpos
apretados de doce ocas asadas. Melchor sabía canciones fáciles de aprender,
porque las palabras no tenían significado y se repetían mucho. Robaba dulces
en las cocinas; se escapaba, de noche, por la puerta de los cuadrerizos, y,
cierta vez, había apedreado a los de la guardia civil, desapareciendo luego
en las sombras de la calle de la Amargura.
En días de lluvia, sus botas se ponían a secar junto al fogón de la cocina.
Marcial hubiese querido tener pies que llenaran tales botas. La derecha se
llamaba Calambín. La izquierda, Calambán. Aquel hombre que dominaba los
caballos cerreros con sólo encajarles dos dedos en los belfos; aquel señor
de terciopelos y espuelas, que lucía chisteras tan altas, sabía también lo
fresco que era un suelo de mármol en verano, y ocultaba debajo de los
muebles una fruta o un pastel arrebatados a las bandejas destinadas al Gran
Salón. Marcial y Melchor tenían en común un depósito secreto de grageas y
almendras, que llamaban el "Urí, urí, urá", con entendidas carcajadas. Ambos
habían explorado la casa de arriba abajo, siendo los únicos en saber que
existía un pequeño sótano lleno de frascos holandeses, debajo de las
cuadras, y que en desván inútil, encima de los cuartos de criadas, doce
mariposas polvorientas acababan de perder las alas en caja de cristales
rotos.
XI
Cuando Marcial adquirió el habito de romper cosas, olvidó a Melchor para
acercarse a los perros. Había varios en la casa. El atigrado grande; el
podenco que arrastraba las tetas; el galgo, demasiado viejo para jugar; el
lanudo que los demás perseguían en épocas determinadas, y que las camareras
tenían que encerrar.
Marcial prefería a Canelo porque sacaba zapatos de las habitaciones y
desenterraba los rosales del patio. Siempre negro de carbón o cubierto de
tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba sin motivo y ocultaba
huesos robados al pie de la fuente. De vez en cuando, también, vaciaba un
huevo acabado de poner, arrojando la gallina al aire con brusco palancazo
del hocico. Todos daban de patadas al Canelo. Pero Marcial se enfermaba
cuando se lo llevaban. Y el perro volvía triunfante, moviendo la cola,
después de haber sido abandonado más allá de la Casa de Beneficencia,
recobrando un puesto que los demás, con sus habilidades en la caza o
desvelos en la guardia, nunca ocuparían.
Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa del
salón, para dibujar en su lana formas de nubes pardas que se ensanchaban
lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos.
Pero los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores.
Resultaban, en cambio, pretexto admirable para armar concertantes de
aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando la bizca del
tejadillo calificaba a su padre de bárbaro", Marcial miraba a Canelo, riendo
con los ojos Lloraban un poco más, para ganarse un bizcocho y todo quedaba
olvidado. Ambos comían tierra, se revolcaban al sol, bebían en la fuente de
los peces, buscaban sombra y perfume al pie de las albahacas. En horas de
calor, los canteros húmedos se llenaban de gente. Ahí estaba la gansa gris,
con bolsa colgante entre las patas zambas; el gallo viejo de culo pelado; la
lagartija que decía "urí, urá", sacándose del cuello una corbata rosada; el
triste jubo nacido en ciudad sin hembras; el ratón que tapiaba su agujero
con una semilla de carey. Un día señalaron el perro a Marcial.
—¡Guau, guau!—dijo.
Hablaba su propio idioma. Había logrado la suprema libertad. Ya quería
alcanzar, con sus manos objetos que estaban fuera del alcance de sus manos
XII
Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de
estas realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era accesoiria.
Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su sal desagradable, no quiso
ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista. Sus manos rozaban formas
placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba
por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes
nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que
moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló
hacia la vida.
Pero ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas horas. Los
minutos sonaban a glissando de naipes bajo el pulgar de un jugador.
Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la
hueva, dejando una nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas
doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra como abanicos cerrados. Los
tallos sorbían sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le perteneciera.
El trueno retumbaba en los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los
guantes. Las mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de carneros
distantes. Los armarios, los vargueños, las camas, los crucifijos, las
mesas, las persianas, salieron volando en la noche, buscando sus antiguas
raíces al pie de las selvas.
Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba. Un bergantín, anclado no se sabía
dónde, llevó presurosamente a Italia los mármoles del piso y de la fuente.
Las panoplias, los herrajes, las llaves, las cazuelas de cobre, los bocados
de las cuadras, se derretían, engrosando un río de metal que galerías sin
techo canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la
condición primera. El barro, volvió al barro, dejando un yermo en lugar de
la casa.
XIII
Cuando los obreros vinieron con el día para proseguir la demolición,
encontraron el trabajo acabado. Alguien se había llevado la estatua de
Ceres, vendida la víspera a un anticuario. Después de quejarse al Sindicato,
los hombres fueron a sentarse en los bancos de un parque municipal. Uno
recordó entonces la historia, muy difuminada, de una Marquesa de
Capellanías, ahogada, en tarde de mayo, entre las malangas del Almendares.
Pero nadie prestaba atención al relato, porque el sol viajaba de oriente a
occidente, y las horas que crecen a la derecha de los relojes deben
alargarse por la pereza, ya que son las que más seguramente llevan a la
muerte.
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